Texto digital de El ingrato
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Antonio Mira de Amescua Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El ingrato. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ingrato-el.

EL INGRATO
JORNADA PRIMERA
Fuentes que en estos jardines escucháis las ansias mías entre verdes celosías de yedras y de jazmines; fieras, monstruos y delfines, que entre galeras y naves de murtas, flores suaves, parece que con sentidos os ha dejado dormidos la música de las aves. Parque hermoso, jardín rico, que al de Chipre se adelanta, sabed todos que la Infanta de Nápoles ama a Enrico. Con vosotras comunico un amor, el más perfeto, que aunque el silencio es discreto no cabe en el pecho ya, y con vosotros está comunicado y secreto. El Duque Gobernador está aquí. Vendrá después. Dice que importa. Entre, pues. Disimulemos, amor. Después que el Rey mi señor fue a la guerra de Venecia, es la cosa que más precia la que he de comunicarte. Di, pues. Ha de ser aparte. Déjanos solos, Lucrecia. Elena, públicamente dice toda la familia que el Infante de Sicilia es tu esposo. Poco siente alma que da fácilmente crédito sin resistencia a mi mudanza o mi ausencia: no estimas el mal que paso, pues sabiendo que me caso vienes con esa paciencia. Si alguna de ti dijera lo que de mí te han mentido, o no lo hubiera creído, o, si acaso lo creyera, el mismo ciclo rompiera con quejas: mi sentimiento igualara mi tormento; causas diera más veloces con suspiros, llanto y voces, al cielo, a la tierra, al viento. A las fuentes, que estas flores despiertan con dulce estruendo, tu nombre estoy repitiendo, cantando estoy mis amores. La voz de los ruiseñores, decir pudiera si de mi voz aprendiera: bien puedes considerar cómo se podrá casar quien quiere desta manera. No es preguntar blandamente poco amor a lo que pienso: ¿no has visto un dolor inmenso que viniendo de repente parece que no se siente, porque haciendo reprehensión en el alma la pasión los efectos se pasmaron, y ni los ojos lloraron ni suspiró el corazón? Así, con el sobresalto cuando tal desdicha escucho, de puro sentirlo mucho, de sentimiento estoy falto; porque el remedio más alto para un dolor inmortal en el alma racional es llorar; que quien se queja alivio en el alma deja, porque deja fuera el mal. Que he de casarme no creas. ¿Si quiere el Rey? Su querer piedra de toque ha de ser en que los quilates veas de mi amor; y si deseas mi- amorosos amores, pierde, Enrico, los temores, que tuya soy, pues soy mía. ¿y si tu padre porfía? Haré finezas mayores. Martas has hecho por mí, pues siendo un pobre soldado, si bien ilustre y honrado, pues (]i\e tu primo nací, por tu amor y arte subí a la privanza en que estoy: Duque de Abellina soy y Marqués de Vallenuevo: a tus finezas lo debo, amores, y amor te doy. Ya de avariento te acuso y a Alejandro he de imitar, que mandó a un soldado dar cien talentos, y confuso el tesorero, los puso contados en su aposento porque mudase de intento, y al revés le sucedió, que dijo cuando los vio: "Pocos son; dale otros ciento." Y así yo. Duque, seré. No hay paga a mi amor bastante; seré en servirte constante. Igual no tiene mi fe. ; Señora, albricias! ¿De qué? El Rey ha venido ya. Por esta puerta entrará; aquí le recibiré. Galeras se han descubierto, los castillos hacen salva. Tú. Lucrecia, como el alba, nuevas traes del sol al puerto. Ven a recibirle. ¿Es cierto que amas, Enrico? No hay cosa a mis ojos más hermosa. i Oh, cómo es esquiva y fiera mi condición! No quisiera la mujer tan amorosa. Otras nuevas te he callado hasta que el Duque se fuese. ¿Y cuáles son? No te pese: que a Nápoles ha llegado el Infante, disfrazado, de Sicilia, para verte. ¿Y alegre estás de esa suerte de mi pena y mi pesar? ¡Si no me quiero casar, nuevas me traes de la muerte! ¿Qué importa que venga a verme si ajena Carlos me halla de su amor? ¡Sirena, calla! ¡Amor basilisco, duerme, no empieces a revolverme la vida con mis pasiones! ¿Dificultades me pones? Anima de Enrico fui; suya he de ser, porque así de tu laurel me corones. Montes me ponen en medio, ¡casi el alma se me parte! Era el remedio casarte y olvidóseme el remedio. Señora, no hay otro medio, ponte de modo que tea parezcas cuando te vea, aunque esto es dificultoso. Sí, porque siempre es hermoso aquello que se desea. Otro remedio: él se precia de discreto y entendido, filósofo y presumido; finge hablando de ser necia y no te querrá. Lucrecia, bien has dicho, eso me agrada, y en ello no finjo nada: necia soy, dices verdades, pues temo dificultades cuando estoy enamorada. Elena, entre las flores, ¿qué pudiera yo hallar sino las rosas de tus mejillas cándidas y hermosas? Dame, hija, tus brazos, que al amor paternal son dulces lazos. Dame, señor, tu mano, en que con nuevo ser da nueva vida. Elena mía, el Príncipe tu hermano queda gobernador de aqueste estado, que tu prima ha heredado, con Carlos, el infante de Sicilia. Habla a Porcia, que viene a alegrarse contigo. Porcia mía, tú dabas alegría al mismo sol, y bien venida seas. Porque mi amor en mis abrazos veas. Rey. Refiéreme si bien ha gobernado Enrico en esta ausencia. Acreditarle pienso, disimulando así mi amor inmenso. Enojada me tiene; dos cosas le pedí y ninguna hizo: que perdonara a un paje suyo, preso por causa bien ligera, y que a un ladrón su gracia concediera. Rey. En eso mostró Enrico su prudencia y valor, que ha castigado por culpa tan liviana a su criado; ejemplo y escarmiento será de los demás, y no merecen la piedad de su Príncipe ladrones, aunque haya intercesiones de damas como vos, Elena mía. Enrico hizo muy bien; baste el enojo, que sólo ha de ser fiesta cuando Porcia a honrar viene tus bodas con Carlos, el infante de Sicilia. A servir a mi prima en esta fiesta. Tragedia para mí y acción molesta. Tu Majestad dé a Enrico tu generosa mano, y bien venido sea al reino, que con gusto le desea. Rey. Enrico, bien venido, que he estimado el cuidado que en gobernar mi reino habéis tenido; los brazos quiero daros. ¿Quién merece tal favor, honra tanta? Rey. Ya supe de la Infanta la integridad del ánimo severa. Fineza suya fue, no es la primera. Rey. Hablad, Enrico, a Porcia, mi sobrina, y vea en vos mi amor y mi privanza. j Soberana deidad, rara hermosura! La fama fue envidiosa cuando de Porcia dijo que era hermosa: divina la pudiera llamar, y corta fuera su alabanza. Esta es la vez primera que la pureza de mi amor permite un género de envidia y un tormento de que la mire Enrico tan atento. El ceño y la altivez desta hermosura deleita y arrebata los ánimos mejor que la blandura, la piedad y el amor, y es como alcanza mi condición aquí tu semejanza. Rev. La Duquesa vendrá del mar cansada; si el parque no la agrada, a tu cuarto la lleva, Elena mía. ¿El amor a quién cansó en tu compañía? ¿Si son estos cuidados y recelos esto que llaman los amantes celos? Estrellas, detened vuestra influencia, no confrontéis mi sangre con la suya, que beldad tan divina matar puede después si ahora inclina. ¿Para qué te has disfrazado, di? ¿Qué pretendes hacer? Carlos Pretendo con esto ver la discreción y traslado de Elena, que aunque parlera, la fama siempre compone, mucho más si amor dispone la voluntad. Considera Pasquín, que es mía. ¿Y si ella se precia de discreta y no lo es? No: la que en Nápoles nació, es imposible ser necia. ¿No ves cómo resplandece el río, la tierra y mar? Pues si tan bien te parece, busca en Nápoles un amo. . Desde aquí licencia toma. Estoy muy cerca de Roma, y como Pasquín me llamo, perder las narices temo, que sátiras no me aplacen. Múdate el nombre. Eso hacen españoles con extremo. Si a un padre un hijo querido a la guerra se le va, para el camino le da un (Jon y un buen apellido. El que Ponce se ha llamado le añade luego León; el que Guevara, Ladrón, y Mendoza el que es Hurtado. Yo conocí un tal por cual que a cierto Conde servía y Sotillo se decía; creció un poco su caudal, salió de mísero y roto, hizo una ausencia de un mes, conocile yo después y ya se llamaba Soto. Vino fortuna mayor; eran sus nombres de gonces; llegó a ser rico, y entonces se llamó Sotomayor. Bien hizo. Así confirmó el nombre de su bautismo. No pudo hacer esto mismo un escudero que entró a servir a cierta dama. ¿Qué le sucedió? Direlo: llamábase el tal Ciruelo, y así le rogó su ama que se mudase aquel nombre. Pasó un día y otro día, y Ciruelo se decía como primero el buen hombre. La señora, con primor, se enojó, y dijo: "Sepamos vuestros nombres y escojamos entre los dos el mejor." Él dijo: "Señora mía, bueno está, de nombres vaya: mi buen padre, que Dios haya, Juan Barraco se decía. La madre que me parió, que no nací como hongo, se llamó Marimondongo." La señora respondió, mirando admirada al cielo: "De los nombres y vocablos idos con trescientos diablos! !Mal por mal, llamaos Ciruelo." Tus cuentos me han divertido. Avisa, Fabio, a un portero, que hablar a la Infanta quiero. Parece que suena ruido. Aquí ha salido una dama para saber lo que quieres. ¿Quién diré a la Infanta que eres? Un Marqués, que Héctor se llama, y le trae cartas aquí de Sicilia. ¡Ay, patria mía! Su nombre me da alegría. ¿Sois vos de Sicilia? Sí; y con natural amor que a mis príncipes les debo, a preguntaros me atrevo si el Infante mi señor que se casa con Elena es discreto y gentil hombre. Este es Carlos. Es un hombre de opinión y fama buena. No hay partes que no acompañen su talle y entendimiento. Oídme a solas; yo siento que a mis príncipes engañen ¿No le podéis avisar que aunque es muy hermosa Elena para un discreto no es buena? ¿Pues qué mancha puede dar sombra a la luz de sus días? Digo, aunque parezca ingrata, que es necia y es mentecata, y dice mil boberías. Mas cosas son que hace Dios, no nos metamos en eso; dije mal, yo lo confieso, allá se lo hayan los dos. A avisarla voy. ¡Ay, Fabio, qué mal mi amor se asegura, porque suele la hermosura hacer al ánimo agravio! ¿Esto tenemos ahora? Ella sale; espera, pues. El infante Carlos es, disimula bien, señora. ¡Gallardo talle! Belleza y hermosura miro en él. ¿Es posible que el pincel desmintió, o Naturaleza, cuando esta imagen formaba, permitiendo que un borrón cayese en la discreción que su hermosura adornaba? ¿Cómo en un cuerpo tan rico hay alma pobre y que sea vaina hermosa, espada fea? ¡Cuánto me debes, Enrico! ¿Sois el marqués Héctor. Sí, mi señora. ¿Quién me ha escrito? Celia. Que estéis no permito en pie. Bien estoy así. Haced lo que mando yo. ¡Qué rostro tan soberano! ¿Sois vos Héctor el Troyano? No, señora ; ése murió allá en las guerras de Grecia. La dama no me ha engañado: ¡vive Dios que se han juntado el ser hermosa y ser necia! ¿Cómo está mi prima? Buena, y ésta para vos me dio. ¿Es tan linda como yo? ¿Qué es lo que dices, Elena? No, señoril, que es el día, con sus rayos de luz pura, sombra de vuestra hermosura. Eso ya yo lo sabía. ¿Oyes, Fabio? Sí, señor, harto admirado y confuso. ¡Que en caja tan rica puso joya de poco valor Naturaleza! Esta es, Lucrecia, industria excelente, pues sin ser inobediente al Rey, no me casaré. ¿Pues no te gusta el Infante? No es posible que le quiera. Si esto en farsa se fingiera dijera algún ignorante que hacerse una infanta necia era ingratitud. ¡Qué error! los que no saben de amor dijeran eso, ¿Amas? Sí. Pues de ese modo, prosigue. ¿Es bien entendido el Infante? Ha pretendido saber. Y lo sabe todo. Dicen que es grande poeta; parecémonos en eso, que yo también lo profeso, porque yo soy muy discreta. Mucho me holgara llevar sonetos de Vuestra Alteza. Uno tengo de cabeza; oíd, que os ha de agradar. Por eso al dios de amor le pintan ciego, sin embargo de que tira y acierta, pues por una mujer, o vieja o tuerta. rucie un hombre vivir sin su sosiego, ardiente en llamas, por Etnas de fuego; y yo vi por amor mujer discreta ser necia, y al revés que a un hombre necio por el amor le he visto ser poeta. Templar no puedo la risa. ¿No es valiente? ¡Ved si afloja, de ocho en ocho los arroja! Cásate, señor, aprisa, pues la Infanta es tan discreta; no pierdas lances tan buenos. ¿No alabáis versos ajenos? Sin duda que sois poeta. Es muy bueno.—Vuestra Alteza vea la carta y me dé la respuesta. Sí haré, porque vea mi agudeza en el escribir mi prima. ¡Que el rostro de esta mujer perfecto no pueda ser para el alma que la anima, organizado instrumento! Felices mis años fueran si entre sí correspondieran su gracia y su entendimiento. No sé leer; Lucrecia lea. ¡Vive Dios! ¿Que leer no sabe? ¡Bella imagen, deidad grave, más te valiera ser fea! "Prima y señora..." Después lo veremos más despacio.- Pues ya sabéis a Palacio, venid por acá después. ¡Por Dios que queda corrido Vuestra Alteza como un potro! Él ha fingido ser otro, y yo ser otra he fingido. Entre rayos y entre nieve fuego su hermosura da. ¿Cuándo Enrico pagará las finezas que me debe? ; Quién vio tan extraña cosa? ¿Tengo de casarme yo corno el otro que adoró una imagen muy hermosa? Sí mujer sola querías, ¿para qué buscas letrada? ¿A qué hombre discreto agrada mujer con bachillerías? Para criar y parir sólo la mujer nació. Un cortesano que vio a su mujer escribir, casi en los cascos le abolla el tintero, y enojado, estas liciones le ha dado: "Sabe guisar una olla, sabe echar unas soletas y no te metas en más." Pasquín, enemigo estás de las mujeres discretas. De los hombres de tu porte esa política es. Servía a cierto ^Marqués un lisonjero en la Corte, y de ordinario decía, estando a solas los dos: "Quite de mis días Dios y ponga en Vueseñoría." Sucedió que caminaban unos días, y los vientos, con cierzos y aires violentos, los peñascos arrancaban. "¡Oh, que mal día hace aquí!", dijo el amo ; y respondió : "Destos días digo yo que me quite Dios a mí y ponga en Vueseñoría." ¿A qué piensas aplicar ese cuento tan vulgar, que es comparación muy Pues aplico y digo así: Mujeres desta belleza quítelas Dios a tu Alteza para dármelas a mí. Aquí, mi señor, te espero. ¿Vienes contento? Enojado, pues que tan mal has pagado lo que te estimo y te quiero. Cuando a Nápoles veniste a la Infanta me alabaste, su hermosura ponderaste, sus partes encareciste. Vino a verla mi ventura: en cuanto a la discreción fue incierta tu relación, sin alma está su hermosura. ¡Ay, señor, mira con quién hablaste, porque es perfeta, y no sólo es discreta, pero muy sabia también De aquí podrás inferirlo: fría? En las faldas de una dama que la Infanta quiere y ama asentado vio un perrillo. y este soneto escribió, adonde echarás de ver que en ingenio de mujer lo que no piensas se vio: ¡Oh tú, guarda fiel, que en la clausura De este jardín, que respirando olores desprecias de las yerbas los vapores de la encarnada rosa y nieve pura, sabiendo bien que Júpiter procura robar también con Venus cultas flores, el hijo por matar mejor de amores, la madre por tener más hermosura! Retrato siendo tú del verdadero, dichosísimo can, nos das aviso que arden los rayos del que luz espero. ¡Oh tú, bruto fiel; Júpiter quiso, como guarda el Infierno el Cancerbero, guardases tú también el Paraíso. La locución tersa y bella el sujeto satisfizo. Elena estos versos hizo, mira si es necia. ¿Si es ella la que hablamos? Podría ser que aquellas damas supiesen quién eres y te quisiesen burlar con otra mujer. Mis años fueran felices si junta amor para mí la belleza que yo vi, la discreción que tú dices. Porcia y señora, después que vinimos a Milán con mil desvelos te miro, muy melancólica estás. Los que llaman a los ojos vidrieras de cristal por donde el alma se ve, dijeron bien, porque están la alegría y la tristeza, la pasión y los demás afectos del alma escritos en su modo de mirar. ¿Viste, mi Celio, en los míos la pasión y pena que hay en el alma? Oye la causa, y da remedio a mi mal. Ya te acuerdas cuando Flor, marquesa de Monserrat, fue mi huéspeda. Pues ella turbó el sosiego y la paz de mi vida, y sus desdichas me obligan a pasar más, su hermosa luz escondida entre nubes de cristal. En los soles de sus ojos no vi contento jamás; estaba triste conmigo, y con dos letras de un ¡ay! mucho sin querer decía, contaba mucha verdad, que corazón que suspira amante o enfermo está. Flor, pues, rompiendo el secreto a la muda soledad, me dijo: "Amiga, yo adoro al hombre más principal de Italia. Porcia, perdona, no puedo decirte más." Esta razón en mi alma causó tal curiosidad, que ha llegado a ser deseo, y un deseo que llegar ha podido a ser cuidado, porque la mano se dan los afectos y se enlazan con el alma racional. Sucedió que una mañana, entrándola a visitar, hallé sus ojos dormidos, que tal vez a pena tal da breve alivio de treguas la pasión accidental. Tenía cabellos sueltos, y en un blanco tafetán un retrato de su amante. ¡Qué ingratitud, qué crueldad oirás ahora de mí! Húrtesele, desleal entonces a mis deseos, después a mi libertad. Yo misma robé mi muerte, yo misma robé mi mal; mira esta muda pintura que diciéndonos está lengua me falta, no alma. ¡Qué dispuesto, qué galán, qué bien formado, qué airoso! Parece que trasladar el alma, no el cuerpo, quiso el pincel artificial, venciendo naturaleza: con justa facilidad me dejo engañar a veces y pienso que quiere hablar. Mírale atento, y con risa nos dice : No me tengáis por pintado, aunque soy mudo, porque no es muerte el callar.- Ten el retrato contigo, no me le des, que quizá este género de ausencia será alivio a tanto mal. Ya que a Nápoles veniste, bien haces. Porcia, de estar entre flores y jardines, porque de ti copiarán risa, beldad y colores. Colores, risa y beldad pueden haber aprendido de su dueña celestial, la Infanta, que los habita. Hermosa es Elena, y tal, que es admiración del mundo; mas... Cuando llego a escuchar mi alabanza un “mas” encuentro. Enrico, ¿por qué calláis, si es que ese “mas” significa si es lo que queréis más? Bellas son todas las flores: hermoso es el azahar guardando en su nieve el oro, que ser otra vez le da; bello es el hermoso lirio cuando sus hojas están guarnecidas de pajizo entre su verde sayal; pero igualar no se debe a la antigua majestad de la rosa, que fue sangre de Venus, hija del mar. Bellos son todos los frutos: serva, manzano y peral, camueso, almendro..., mas todos al granado parias dan y tributo, pues en él guarda una bella ciudad, una república ilustre, que remedando al panal de la abeja artificiosa en concierto y orden van. Bellas son todas las nubes, que al hermoso trasmontar del sol parecen cortinas de su cámara, en quien van bordando rayos de nácar en morado tafetán; pero igualadas al sol, puntos y átomos serán, pues son unos breves rasgos de su inmensa claridad. Hermosas son en el agua las naves, que las verás ser carrozas de Neptuno, mas todas se han de humillar a la fuerte galeaza, que es un águila caudal. Tú eres la rosa, el granado, con sus hojas de arrayán; nave, sol, luna, y Elena es el lirio, el azahar, nube y estrellas, amagos del sol, que no han de durar. ¡Qué lisonjas tan floridas! ¡Que ingratitud, qué crueldad! ¿Mas para qué desconfío?, Que quizá es disimular su amor. Ánimo, yo llego. Las estrellas siempre van al sol mendigando rayos con que poderse alumbrar; y así Elena llega a Porcia. ¿Quién vio gusto sin azar o pensión que a la desdicha paga la prosperidad? El que te trajo las cartas de Sicilia afuera está aguardando la respuesta. Entre, si me quiere hablar. Duque, mirad al que entrare y mi respuesta escuchad atentamente, que quiero que ahora de mi aprendáis a tener firmeza y fe, valor, amor y amistad, pues cuando vos me ofendéis en mi más finezas hay. Mira, Elena, que te engañas. Mira, Ludovico, cuál es la Infanta, para ver si me engaño. La de allá. ¡Vive Dios, que es ella misma! Llega conmigo, quizá deslumbrado en su hermosura yo me debí de engañar. Marqués, ¿estáis de camino? Sí, señora, porque el mar con dulce calma convida. ¿Vais en posta, o en qué vais? Por mar te he dicho que voy. Así, divertirme es ya costumbre de los señores no estar atentos jamás. Yo apostaré que a mi prima encarecéis y alabáis mi discreción y hermosura. Si, señora, claro está. Dadle un abrazo en mi nombre y una carta, y no digáis al Infante que me visteis. ¿Por qué? Porque os molerá con preguntas y demandas. que un pretensor y un galán, si se precia de entendido, es cansado en preguntar. O Elena perdió el juicio o era necia, o como van olvidándola mis ojos, lo advierten hoy viendo más. ¿Oyes, Ludovico? Sí, y crédito no he dar a la fama enteramente: ¡qué infelice y singular hermosura! Mi señora, si te quieres alegrar, mira al que habla a la Infanta, que parece original De este retrato. Eso mismo estaba advertido ya. Él es, sin duda, y los cielos te quieren hoy alegrar. ¡Cielo! Mirémosle bien. No hay que conferir ni hay duda en eso. Pregunta a ese criado que está con él quién es. ¡Ah, hidalgo! ¡Ah, caballero! ¡ Ah, galán! Todos tres nombres son míos. ¿Qué es, señor, lo que mandáis? ¿Quién es aquel caballero que habla a la Infanta? Verdad, para que no le conozcan, de mi boca no salgáis. Aquel se llama Pasquín, hombre raro y singular, bufón discreto y gracioso y trecientas cosas más. Hase fingido Marqués para ver y deleitar a la Infanta, y yo descubro para que después riais, cuando nos vamos, el caso. ¿Oíste? Sí, por mi mal; corrida estaré, mi Celio, si lo que dice es verdad. ¡Pedazos haré el retrato! Pues que licencia me dais, quedad con Dios.—Desengaños, dudosa vida me dais, ¡Válgate Dios la hermosura si aprendieras a callar! Prima, ¿no sabes quién es? No me ha podido engañar: aunque Marqués se ha fingido bien le he conocido ya; si nos hubieras oído me vieras bufonizar, burlando del por sus filos. Basta, que dijo verdad. ¡Retrato vil, que cuidado sin conoceros me dais, vuestra vida y sus engaños desta suerte acabarán! ¡Válgate Dios por buen talle, si tuvieras calidad! ¡Confuso estoy todavía! ¿Pero a quién no han de admirar tales razones de Elena? Duque, confuso quedáis: aquel hombre es el Infante, y yo, para no agradar a su alma si los ojos aficionados están, con él me fingí ignorante. Este es un modo de amar tan nuevo, que no se ha visto de mujer fineza igual. Y yo, Elena, de tu amor conociendo la verdad, sin poder ser poderoso para el favor que me das, a la hermosura de Porcia el alma siento inclinar; si fuere ingrato, perdona, Elena, ¡no puedo más!
JORNADA SEGUNDA
¿De qué te sirve, señora, ser discreta y saber tanto, sí a las tristezas y llanto jamás usurpas un hora? Con amor se paga amor: paga olvido con olvido. En mi olvidar no he querido, es defecto y no es valor. Si es ingrato el que has de amar, olvidar será virtud. Sentiré la ingratitud, pero no le he de olvidar. Haz esfuerzo para ser de Carlos. No me he inclinado. Un sabio comunicado siempre se deja querer. Esta noche, sin que él vea quién eres, le puedes dar admiración con hablar; y a fe, señora, que sea lindo rato dar espanto al que te tiene por necia. Ordénalo, pues, Lucrecia, sólo por templar mi llanto. Un papel sin firma quiero escribirle. Prima mía, ¿estás con más alegría? Ni la busco ni la quiero. Dame un consejo: si ingrato al que amor te debe vieras, para vengarte, ¿qué hicieras? Lo que yo con un retrato que tuve. No conocía al dueño y me enamoraba la hermosura que ostentaba del pincel la valentía. El tiempo acortó los plazos al deseo: el dueño [vi;] era hombre bajo, y así el retrato hice pedazos. Era amor sin fundamento, no fue discreto el pincel. Quiero enseñarte un papel que escribí a mi pensamiento. Voy por él. Aunque mi amor de un pincel ha procedido, grande fue, pues no ha podido templarse con mi valor. Quien me obliga a padecer con beldad tan superior, si sufrir este rigor, algo pueda merecer, sin reconocer mi ser, dame. Porcia, algún favor. Si es no quererte mi amor, ¿el favor cuál ha de ser? Ese será en quien desato de tu pecho la crueldad. ¿Quién os dio esa libertad, atrevido, necio, ingrato, lleno de soberbia vana, sin razón, justicia y ley? ¿Por la privanza del Rey, que podrá faltar mañana, a mi pecho habéis perdido el respeto? Esos rigores me dan, Porcia, más temores, y la cinta que atrevido quité, el pecho estima en más que si tú misma la dieras, y no quiero que me quieras, pues no queriendo me das más favor, más ocasión de quererte, y siendo así no podrá faltar en mí contento y delectación. Si aborreciéndote estás con fortuna tan segura, larga será tu ventura, pues no te querré jamás. Y si el listón por robado más estimación te dio, estoy por dártelo yo, para no verle estimado. No podré perder si tienes tanta gloria en tus rigores, que desdeñan tus favores y dan favor tus desdenes. ¿No me dijiste estos días que no querías casarte? Dime: ¿qué pudo obligarte? Cansadas majaderías. Tú has tragado ya lo necio y lo hermoso te agradó, por eso te dije yo que de nada hagas desprecio. Hoy un papel recebí que al terreno me obligó venir, y le traigo yo; el billete dice así: "Al marqués Héctor fingido: Señor Marqués, cierta dama que en las lenguas de la fama os tiene ya conocido, esta noche os desafía a los balcones del mar, a discurrir y parlar de amor y filosofía." ¡Cuerpo de tal, y qué fea la bellaca debe ser! Mujer sabia no es mujer, fuerza es que un demonio sea. Antípoda de la Infanta, ¿quién te mete a bachillera? Pienso que Carlos espera. Esa novedad espanta a mí misma ; quien solía ver a Enrico por aquí, ¿se atreve a tal? Vence así tu mucha melancolía, y admire tu discreción el que admiró tu inocencia. ¡Con qué esquiva repugnancia vengo a esta conversación! ¿Sois vos Héctor el marqués? El mismo que habéis nombrado, y el que será afortunado si acierta a serviros es. ¿Quién dudará, señor mío, que vengáis con vanagloria, seguro de la victoria de aqueste mi desafío? Pues, como dice Platón, aunque agudo suele ser el ingenio en la mujer, nunca iguala al del varón. Y más siendo singular como el vuestro, aunque podré decir que os desafié a aprender y no a enseñar. Y siendo así no podéis teneros por vencedor, que yo aprenderé, señor, porque vos enseñaréis. Con cuatro bachillerías te ha pagado de antuvión, pero en la conversación dirá mil majaderías. ¡El Infante está perdido! Antes, por estas razones, es justo que te corones con despojos del vencido. Y no es razón desigual, porque las cosas que son más extrañas y excepción de una regla general suelen ser más eminentes, y por esta causa fueron las mujeres que supieron admiración de las gentes; que obrando Naturaleza un milagro, dio a entender la fuerza de su poder. ¿Y quién dijo a Vuestra Alteza, digo a Vuestra Señoría, que yo ese milagro fui? En hablando conocí la fuerza y la valentía del ingenio. A lisonjero os voy, señor, condenando, porque quien entra alabando sin reconocer primero en qué méritos estriba su alabanza, o lisonjea o el mérito no desea de su buena estimativa. Es así; pero si vemos que amor, aquello que aplace, del entendimiento nace, y gustando amor de extremos hoy nos mata y nos inclina de repente, hecho instrumento, como rayo más violento, la hermosura peregrina; claro está que sí procede de lo amado nuestro amor, reconociendo el valor de lo propio, pues se puede reconocer los extremos de algún objeto excelente, pues si amamos fácilmente, fácilmente aborrecemos. Como filósofo habláis, porque es inferir discreto la causa por el efecto; pero en una cosa erráis: el ejemplo del amor que se engendra con presteza es sólo de la cabeza, que llamamos exterior; y los ojos la aperciben fácilmente, porque es tal la belleza material, que al momento la reciben los sentidos; pero aquella hermosura consistente en el ánimo eminente, más generosa y más bella, júzgala el entendimiento con discurrir y saber, y así no nos puede ser fácil el conocimiento. Y la diferencia es clara, y hay lo mismo, según eso, que entre los ojos y el seso entre el ánimo y la cara. ¡Oh entendimiento veloz! ¡Oh dulcísima sirena, feliz yo si, como Elena te parece algo en la voz, te pareciera en saber! Un serafín comunico. ¡No vi jamás, Ludovico, tan peregrina mujer! O ésta fue monja, o ha sido dama de algún estudiante. ¡Habladora es de portante! Si el arroyo ha procedido de una fuente, no ha de ser de calidad diferente, siendo el ánimo la fuente de do suele proceder. La hermosura corporal concierta correspondencia, porque halláis tal diferencia en el alma racional, y el ver que la anima a ella con un ejemplo se puede significar: ¿No procede de la luz del sol la estrella? Si, y con más facilidad, aunque su brillar resista, la apercibe con la vista la humana capacidad. Sepa yo, señora, pues, quién es la que me venció, quién es la que me admiró. Una pobre mujer es que por aya la han traído de Elena; como Su Alteza tiene tan grande rudeza; inutilísima ha sido, vana será su porfía. Yo oí decir que es discreta cuanto hermosa, y aun poeta. Diranlo por ironía. Serán encarecimientos de la lisonja; que errores de príncipes y señores llama el mundo acertamientos. De un átomo forma un monte la adulación infelice; divinamente lo dice en su P[i]edra Jenofonte. ¿Hay tal hablar? ¡Juro a Dios que me pudro si no hablo! ¡Jenofonte o Jenodiablo, argumentemos los dos! Si eres mondonga bobilla, aprende a dar perfeción a la goma y almidón de la toca y lechuguilla. Sabe prender la valona con treinta mil alfileres; mezcla bien lo azul, pues eres un dedo más que fregona. Y si eres dama y del sol competidora te dices, vete a mezclar los matices del solimán y arrebol, rasura y huevo de clara al espejo, y tú con él, hecho tu dedo un pincel, pinta en tu cara otra cara. Si estado de dueña gozas vete a coser y a labrar, a pedir y a mormurar y a decir mal de las mozas. Si te sirven con porfías papavientos Lanzarotes, vete, necia, a pensar motes llenos de mil boberías. ¡Cállate, necio!—Señora, para bien saber vivir, ¿podrá volveros a oír el que vuestro ingenio adora? Si quien sabe es inmortal y oyendo ciencias se alcanza, tenga este bien semejanza con la gloria celestial. Este rato sin segundo vida de siglos desea, tan breve rato no sea como deleites del mundo, que cual relámpagos vienen. ¿No os vais a Sicilia? A Atenas, donde me cantan sirenas y remoras me detienen, ¿cómo las podré dejar? Avisad a Carlos, pues, que no se case quien es príncipe tan singular con quien es tan ignorante; porque una mujer hermosa, soberbia y presuntuosa no es para un varón constante, cuerdo, sabio en dos extremos; no hay amor, que unidad es. Y con esto adiós, Marqués, que otra noche nos veremos. Mas qué, ¿te ha agradado ya? Yo llamo a mi pecho infierno, porque mi mal es eterno y porque del no saldrá el que entró una vez. Amor, que fieras y hombres humillas, de tus altas maravillas es aquesta la mayor. A la beldad peregrina de Elena inclinarme siento, y este raro entendimiento más me fuerza que me inclina. Pues siendo tu ser y vida unión de dos voluntades, a tener me persuades mi voluntad repartida. Óyeme, Amadís de Gaula, un consejo quiero darte: con ambas puedes casarte, y metiendo en una jaula a esta fea bachillera, coserás la boca a Elena, y así vivirás sin pena, si es que tu amor persevera con gusto. Esa es necedad, que el hablar desta mujer da a entender que ha de tener grande parte en la beldad. En voz, lengua, ojos y manos dice Ovidio que ha de estar, y así en ellos puede dar efectos más soberanos. La dulce habla que dices tendrá efectos milagrosos, con dos ojos lagañosos y mías manos de raíces. ¡Vive Cristo que si mía mujer tan discreta fuera que con ella no durmiera, que pensara que dormía I con Aristóteles! Muero, por sólo saber quién es aquesta mujer. ¿Si es Porcia? ¿Si es Homero? Amor, un poco sucinto, quiero, temo, adoro y veo, que no sé lo que deseo; ¡qué confuso laberinto! Darme consejos, Fernando, es prender vientos y mar: ¿qué puede considerar hombre que padece tanto? Quiero a Porcia, el Rey me casa, su gran dote me desvela, con fuego Elena me hiela, Porcia sin fuego me abrasa. Quise a Elena, y su pasión me ha cansado, no te asombre, porque pienso que no hay hombre sin mudable condición. Haced lo que os ordené con industria y traza buena, porque así, a pesar de Elena, dueño de Porcia seré. Anillos tiene amor de blanca nieve con que enero oprimió los montes canos, y a los ojos de Porcia, soberanos, como a región de fuego no se atreve. Osado intento fue, que en tiempo breve se ardieron arco y flechas de sus manos, y es tanto, que el horror de los humanos a estar en su presencia no se atreve. Abrasado quedó, y templar no pudo en su frígida zona el fuego esquivo, que el hielo de las almas ha deshecho. Mal puedes, dijo, en fuego fugitivo, ¡oh Porcia!, dar alivio a amor desnudo si Etna tus ojos son y Citia el pecho. Si Etnas tus ojos son y Citia el pecho, subieron de tu boca a mis oídos los aires, con tu voz favorecidos, con que lisonjas a mi amor han hecho. Si Etna sus ojos son, ya habrán deshecho el uso a mi razón y a mis sentidos; si el pecho Citia fue, tendrá oprimidos mi amor, mi libertad y mi provecho. Si de mis ojos y mi pecho hablabas, Citia son ellos, y él es Etna ardiente, pues dan llanto y suspiros en despojos. ¿Por qué los epitetos no trocabas? Pero dijiste, Enrico, agudamente, si hablaban de tu pecho y de tus ojos. Antes que alegrase el día de este jardín a las flores, preguntaba los dolores de tu gran melancolía: preguntaba, Elena mía, si amor tu pecho me debe, y respondió el viento leve entre flores ,y arrayanes, que tus ojos son volcanes y tu pecho es blanca nieve. Mis tristezas, tan calladas que aun a mis, labios no obligan, queréis, Enrico, que os digan las cosas inanimadas; mis ansias enamoradas no te las saben decir, y tú las vienes a oír de flores y fuentes bellas, o estás aprendiendo de ellas el mormurar o el reír. Mas bien haces, que ellas son testigos de que te di rendida el alma, y así preguntaste la ocasión de mi pena y mi pasión. Ya sé que responderán que el amante y el galán tirano de mi albedrío quiere dejar de ser mío por ser Duque de Milán. Fernando. ¡Muera el traidor alevoso que así ha ofendido al Infante! ¡Ay de mí, infeliz amante! ¡Ay de ti, infeliz esposo! Si eres, amor, poderoso, ¿cómo mi pena no sientes? ¡Suspiros, id diligentes, detened esos traidores; enlazad sus plantas, flores, y corred tras ellos, fuentes! ¿A quién no admira que esté perdiendo juntas, dos vidas, quien recibe las heridas y quien las heridas ve? Voces al cielo daré. ¡Padre, Rey, justicia, gente, escuchad mi voz doliente! Tisbe y Píramo murieron, y con su sangre tiñeron estas flores y esta fuente. ¡Muera, muera! ¡Dale, dale! Ya se quitó lastimosa con sus lágrimas, y hermosa como el alba cuando sale. Al principio amor iguale al fin que mi pecho ofrece si el ingenio resplandece, para que yo trueque ahora una mujer que me adora y un ángel que me aborrece. Fernando. Pues Elena te ha adorado no la pagues con olvido: hazlo por agradecido, sino por enamorado. Su amor me tiene prendado, ¿qué he de hacer? Mas cuando sea que el Rey mis delitos vea y Elena lo cuente todo despechada, haré de modo que el mismo Rey no lo crea. Nunca dejen. Porcia mía, sola a Elena tus dos soles, que aumentan las soledades melancólicas pasiones. Siempre, señor, la acompaño, y ahora siento sus voces entre estos cuadros que forman laberintos de las flores. Oiga Vuestra Majestad, y si es desdicha perdone, lo que causan las tristezas en humanos corazones. Los filósofos dijeron que las aguas cuando corren, como los músicos, hacen muchos efectos mayores. Dan al alegre alegría, tristeza al triste; conforme hallan el alma, la visten de otras nuevas impresiones. Así este parque, esta fuente, esta murta y estas flores en la Infanta mi señora han hecho que se transforme su entendimiento, y también sus sentidos, y aquel orden en que su ingenio divino colocaba las razones, se le ha trocado de suerte que apenas hoy se conoce. Mil despropósitos dice; unas veces, que traidores me dan alevosa muerte, y con esto el cielo rompe con sus lágrimas y quejas, y cuando me reconoce, o se suspende o se aira, la piedad vuelve en rigores, pidiendo de mis agravios venganza y satisfaciones. Esto pienso que es la causa que gobernando tu Corte a Su Alteza repliqué a ciertas intercesiones. Trata, señor, de casarla; estado felice tome, que el contento y la alegría de las bodas con un joven tan gallardo como Carlos harán el gusto conforme al deseo de su alma, tan generosa y tan noble. ¡Que los Reyes poderosos paguemos estas pensiones a la desdicha! Quisiera hacer capitulaciones de este casamiento. Sé como en Nápoles se esconde el Infante, disfrazado por ver sus divinos soles. Si a ti, señor, te parece que como es justo se honre, haré hospedarle en Palacio y visitarle en tu nombre. ¿Das licencia que así sea? Enrico, sí. Pues conoces mis servicios y que tengo sangre tuya, haz que se logren; manda a Porcia, como dueño, que conmigo se despose. Paga en esto mi lealtad, pues en esto la propones un esclavo que la sirva y un marido que la adore. ¿Querrasle tú. Porcia mía? Trata, señor, que mejore mi prima de su pasión, y hablaremos de eso entonces. Padre y señor, que debías ser un Monarca del Orbe, pues son tus altas virtudes admiración de los hombres, tema Italia tu justicia, que mezclando con rigores la piedad, ganan los Reyes fama eterna, inmortal nombre. Piedad y rigor te pido, porque la tragedia que oyes dará piedad a las fieras, dará rigor a los montes. En esos amenos cuadros donde sus cristales corren pidiendo venganza al mar de dos infames traidores: Enrico por dos heridas da su vida a eterna noche, da su espíritu a los cielos y da su sangre a las flores. Dos criados del Infante de Sicilia el pecho rompen más leal, más justiciero, más generoso y más noble, agonizando en las ansias de las heridas atroces, dormirá el último sueño y en sombra inmortal se pone, con agonía terrible, y en deseos y temores de la vida y de la muerte ya se alienta, ya se encoge. Si a los delincuentes matas y al triste Duque socorres. de piadoso y justiciero merecerás alto nombre. ¿Cómo oyendo lo que digo tienes el pecho de bronce, que no el suceso te indigna ni te lastiman mis voces? ¿O la grandeza del caso hacer pudo que te absortes y suspendas, dando causas a sentimientos mayores? Si arrebató tus afectos . el sobresalto, interrompe con silencio el sentimiento, cólera el ánimo cobre para vengar la traición, ya que los ojos no lloren. ¿Qué hielo te vuelve mármol? ¿Qué nuevas indignaciones al pecho?—Porcia, ¿qué es esto? Haz que piadosos favores, ya que no justas venganzas, den a un desdichado pobre, que se revuelca en su, sangre sin ver piedad en los hombres. ¿También tú, con ser mujer, ni indignada me respondes, ni lastimada te mueves, ni obligada me socorres? ¿Cómo callas?—Rey, perdona, que así me dan presunciones de que le dieron al Duque las heridas por tu orden. I Qué lástima y qué dolor! Eso sí, que no eres roble; enternece las entrañas y los ojos se coronen de lágrimas. Hija mía, haz que diviertan y borren esas pasiones de ira, porque son inflamaciones de melancólica sangre; las memorias no te enojen de Enrico, pues fue razón cuando opuesto a mis favores, ser severo a mi justicia. ¿Aquí, señor, corresponden esas palabras? Allí verás el túmulo pobre de tu criado. Mas eres hombre al fin, y desconoces lo mismo que bien quisiste. ¡Qué penas! ¡Qué confusiones! Ellas, Porcia, serán mías si a desengaños mayores no me trujera tu amor. Prima mía, no congojes el corazón con tristezas, que son imaginaciones de una errada fantasía; haz que aliento el alma cobre. ¿Qué es esto. Dios? ¿Estáis loca?- Mi Lucrecia, si no pones a este abismo claridad, harás que bien no se logren mis años. Señora mía, ¿quieres que cante, y las voces de mi garganta y las cuerdas templarán tu mal? Rigores de los cielos son aquestos. ¡Fieras, plantas, aves, robles, tened piedad, pues que falta en humanos corazones! Ya, señor, supe que Carlos se disimula y se esconde; haciendo estoy prevención para hospedarle esta noche. ¿Qué es esto, desdicha mía? Juntose hoy para mi daño la ingratitud, el engaño, el desdén, la alevosía: la que de su amor se fía este pago es bien que aguarde. Llegó el desengaño tarde para causar mayor furia, venganza pide esta injuria en el pecho más cobarde. Cuando mis ojos le vieron entre sangre y confusión ¿bueno está? Milagros son que mis desdichas hicieron. Engaños de Enrico fueron, ¡ved qué desdichado amor, que me estuviera mejor su muerte, pues le he mirado cuando muerto, enamorado, y cuando vivo, traidor! Entre tantas falsedades ¿qué respetos me detienen? Todos por loca me tienen, ¿qué miro dificultades? Diré quejas y verdades, pues no hay desdichas que tema. ¡Traidor! Ya vuelve a su tema. Siempre estés como yo, triste; véngate lo que fingiste, que es la maldición suprema. ¿Tal amor y obligación con traición se corresponde? Síguela el humor, responde dando la satisfación. Dame, señora, perdón; tuyo soy, jamás erré, pues mi culpa sólo fue examinar la fineza con que pagaba tu Alteza los méritos de mi fe. ¿Quién examina el amor de su fama, amar pretende; quien vive amando, no ofende; fingir por ver no es error. Parece que está mejor. Alégrate, Elena mía, porque ya se llega el día de tu boda en esta casa, y también Porcia se casa con Enrico; da alegría a tu triste corazón. ¿Porcia y Enrico me dices que se casan? Sí, y felices vivirán con tal unión. Porcia, la misma traición es Enrico; tu virtud, tu hermosura, tu quietud, no le consientan ser tuyo, que el menor defecto suyo es la infame ingratitud. Señora, Su Majestad tanto ha querido valerme, que de Porcia quiere hacerme; permita tu Majestad mi bien; generosidad será dar para este empleo la licencia que deseo. ¿A mí me pides licencia? ¿Para qué quiero paciencia cuando estos agravios veo? Traiciones y alevosías ha de vengar mi rigor si mereciera un traidor morir a las manos mías. Tus engaños y porfías al mismo Rey ofendieron; casado estás, bien lo vieron las hojas de este arrayán, que mis venganzas sabrán, pues mis desdichas supieron. Huye, Enrico, que furiosa su piedad vuelve en rigor. ¡Qué lástima y qué dolor! ¡Qué desdichada y que hermosa! ¿Quién a aquesto la provoca? ¿Has visto aquello? Y me espanta; loca se ha vuelto la Infanta. No me espanta que esté loca, no me prometí yo menos: la ignorancia y la hermosura hijas son de la locura. Isabel. Si están tus ojos serenos del mal de la Infanta, mira el retrato que rompiste. Al decir el que quisiste, dijeras mejor admira. Aquí está Porcia, y por Dios que en viéndote se demuda. ¿Si es la de anoche? ¿Quién duda? Llega, y lleguemos las dos. Decidme : ¿cómo lo pasa el Infante disfrazado? ¿Está muy enamorado de Elena? ¿Cuándo se casa? A Virgilio y a Platón le sabrá Elena agradar, que es sabia. No hay que dudar, ellas las de anoche son. ¿Quién duda que halle el Infante cuando esos balcones mire hermosura que le admire y discreción que le espante? Dos partes son soberanas, y ambas le dan alegría: en los jardines de día, y de noche en las ventanas. Hermosura y ingenio unidos le dan precisos despojos: las mañana por los ojos, las noches por los oídos. ¡Qué bien habla! ¡Qué bien huele! Buenas manos, buen olor, prometen nobleza. Amor hacer mil engaños suele. ¿Quién dudará que esos cielos vea el Infante entre sí con estrellas de rubí? Busque a Elena. Estos son celos. Isabel. Pues sabes que le quería, Flor con tan grande pasión, sin duda que no es bufón. Quizá no le conocía. Muriendo estoy por hablarle. ¡Que hiciese el cielo un truhan tan discreto y tan galán y le diese tan buen talle! Isabel. Que no lo es nos da indicio; yo lo he de saber así. ¿Cómo está Pasquín? Aquí, señora, a vuestro servicio. De todos está informada, con despejo quiero hablarle. Cierto que tiene buen talle, loca estoy de enamorada. Pues que conocido soy de vuestros ojos, señora, el que vuestro ingenio adora merezca esas manos hoy. Anoche vuestras razones los sentidos me robaron, porque en el alma dejaron peregrinas impresiones. Vine a casarme, mas tanta confusión me causó el ver ser tan hermosa mujer y ser tan necia la Infanta; vi que el discurrir hermoso. y aquel razonar discreto era vuestro, y en efeto: fui vencido y muy dichoso. Y luego el alma que os precia en oyendo os conoció después, señora, que vio que era Elena mujer necia. Cuando Marques me he fingido... ¿No has mirado bien que, en fin, ha descubierto Pasquín que es un loco y atrevido? ¿Haslo visto hablar sin seso? La culpa y la causa fui, pues hablándole le di atrevimiento con eso. Loco arrogante, ¿de quién lo necio habéis aprendido? Si vos me habéis conocido y yo os conozco también. i Cómo atrevimiento os doy? Si de errores semejantes suelen gustar los infantes de Sicilia, Porcia soy, y mandaré en un instante que os corten esa cabeza, sin que os valga la grandeza de príncipe ni de infante. ¿Quién os dijo a vos que yo soy bien sufrida y que Elena es necia, y es la sirena que Nápoles adoró? ¡Salid, bárbaro, de aquí! ¡Así nobleza tuvieras, que cierto está que no oyeras estas razones de mí! Hidras son mis confusiones: en cortando el cuello a una nacen siete. Mala luna reina en aquestas regiones. No hay mujer que no sea necia en esta casa de día. Si Porcia me conocía, ¿cómo Porcia me desprecia? Para las noches apela de ingenio y de lengua aguza, quizá es discreción lechuza, que sólo de noche vuela.
JORNADA TERCERA
Tan otra estoy y en mí siento tal mudanza, que es rigor la piedad, ira el amor y la fe aborrecimiento. Ni amo, ni dudo, ni temo, libre estoy, no sé querer; bien dicen que la mujer anda de extremo en extremo. Mi pecho en esta mudanza está con tal diferencia, que pidió correspondencia y ahora pide venganza. En tu mano está; bien puedes derribar al que has subido, por tu mano ha recebido del Rey tu padre mercedes. Por ella misma podrá recebir los disfavores: el sol engendra las flores, el sol la muerte les da. El sol levanta una nube, el mismo sol la deshace: contrarios efectos hace, a unos baja y a otros sube. Bajar debe, y pues te dio el cielo ingenio tan rico, baje Enrico y muera Enrico por los pasos que subió. La venganza se compara a la abeja cuerdamente, pues por picar solamente en su vida no repara. Mi pasión hará más grave la venganza y el rigor, pues será contra mi honor; que si el Rey mi señor sabe el amor que me ha fingido, las finezas que mostró, los papeles que escribió y el tiempo que me ha servido, ¿quién duda que su privanza odio venga a producir? Pero es picar y morir este modo de venganza. Si es que tu pecho desea divertirse en tanto mal, vamos a Pozo Real, para que tu prima vea que es la casa de placer mejor del mundo. Hasta aquí el placer aborrecí; ya he de buscar el placer. Vamos, cuando baje el sol, a las antárticas olas. ¿Qué gente ha de ir? Vamos solas, tapadas a lo español. Prima, tu padre porfía en que me he de casar; si tu pena da lugar a que remedies la mía, sabe que yo no me inclino a Enrico, y así conviene cierta sospecha que tiene mi corazón adivino. Tú le amaste, bien lo dice aquella injusta tristeza, que al ingenio y la belleza es propio el ser infelice. Aunque soberbia y altiva con ese error semejante, y cuanto tuve de amante tengo ya de vengativa. Y he de castigar su intento, que el enemigo peor es la mujer que el amor trocó en aborrecimiento. Ayúdame. De manera me lastima el mal que pasas, que por ti comiera brasas, como la Porcia primera. Tus venganzas encamina, que a tu lado estoy constante. El Rey viene. ¡Ingrato amante, hoy comienza tu ruina! Tu desdicha solicito. Elena, con el cuidado de tu accidente pasado, en las desdichas te imito. ¿Cómo estás? Triste, con una eterna inquietud, y es tan fácil mi salud, que en tu voluntad consiste. Padre, médico y Rey eres: mi vida y salud ordena, pues no sentiré más pena que aquella que tú me dieres. ¿Dudas de mí? Sí, señor, porque juntas dos extremos: Enrico y yo no cabemos en un pecho, en un amor. No caben en un sujeto dos contrarios, y es forzoso que venza el más poderoso, o mayor o más perfecto. Cuando al líquido vapor nubes húmedas rodean, los dos opuestos pelean, hasta que vence el calor con el trueno o con la llama, que no pudiendo sufrir a su enemigo, al salir se sutiliza y se inflama. Y siendo el amor unión que iguales almas ha hecho, no es bien que estén en tu pecho mi lealtad y su traición. Echar al uno conviene, y la lealtad oprimida salga, rasgando la vida del enemigo que tiene. No vuelvas, hija, a ese error, que parece ya locura. ¿Cuándo se vio la hermosura ser cruel con tal rigor? La belleza afeminada piedad en el alma pone, porque lo hermoso supone sangre y condición templada. ¿De modo que ese rigor es tema y es frenesí, y es más fácil para ti ser yo loca que él traidor? Pues una de dos... Prosigue. o a Enrico has de deshacer, o posible no ha de ser que mi dolor se mitigue. De dos extremos cercado, fuerza es que el ánimo elija más la salud de su hija que la vida de un privado. Pero es de reyes tíranos no justificar su ira, que la justicia no mira en los secretos humanos, ¿Y si yo te justifico su causa y razón primero? Seré padre justiciero, desharé entonces a Enrico. Juzguen su culpa tus ojos: este papel me escribió, que hasta aquí he guardado yo para no causarte enojos. De esto nace el sentimiento que el alma misma penetra, pues que conoces su letra conoce su atrevimiento. "Yo te adoro, Elena mía, y ausente está el Rey: permite que en el jardín te visite cuando el sol nos niegue el día. Y pues soy gobernador me tomaré esta licencia, que no es traición la violencia cuando la disculpa amor." No pasó en ese papel su atrevimiento; mas callo, que entre tantas quejas hallo sentimiento más cruel. ¿Qué te suspendes y dudas y con silencio te espantas, si mientras más le adelantas a más soberbia le ayudas? Qué traiciones no habrá hecho el atrevido insolente, que quitó violentamente una cinta de mi pecho. Claro está que la tristeza de mi prima ha procedido de ver que Enrico ha perdido el respeto a su grandeza. No nace mi suspensión de dudar lo que he mirado, cualquier caso no pensado trae conmigo admiración. Y como no imaginé de Enrice tal osadía, admiración fue la mía, dolor reprimido fue. Y el considerar la injuria con pausas y suspensión, convirtió la admiración en otro efecto, que es furia. Y si el ver una belleza suele templar los enojos, no quiero ver vuestros ojos; dejadme solo. Ya empieza a mostrarse arrepentida mi alma en esta venganza: ¡el perderá la privanza, y yo perderé la vida! En mi misma me vengué, mi propio amor me condena, pues él sentirá una pena y yo dos, pues sentiré la suya más que la mía. Ten, amiga, ten valor. Infanta, ¡Porcia, Porcia, grande amor no se acaba así en un día! Ya vendrá; prima, escuchemos lo que dice. ¿No dijiste que ya a Enrico aborreciste? Son esfuerzos, son extremos con que se alienta y se anima una tímida venganza que desmaya en la esperanza. ¿No has visto un juego de esgrima, donde por fiesta y solaz riñen dos hombres, y cuando a las veras van llegando el maestro mete paz? Mi enojo contra mi amante empezaba a prevenirse, pero al tiempo del herirse metió el amor el montante. Enrico, si el Rey es Dios y es Dios la suma Justicia, como es Dios cuando nos premia será Dios cuando castiga. Subiste desvanecido a la poderosa silla, no supiste gobernar el carro de luz divina. No eres duque ni marqués; vuelve a calar una pica en la guerra, que es el ser que tener antes solías. Quien te estimaba te niega, quien te adoraba te olvida, la que te alentó te ofende, quien te subió te derriba. Fernando, un mal semejante de los sentidos nos priva, y conocer no debemos si es pasión o si es envidia. ¿Qué desdicha ha sido aquesta, que apenas la determinan mis sentidos, ya pasmados de golpes desta caída? Fernando. Esto es lo mismo que yo te previne muchos días: tu ingratitud hace el daño, Elena lo solicita. ¡Qué animal inexorable, qué bestia fiera con ira es la mujer poderosa enojada y vengativa! A su piadosa humildad excede su tiranía. De extremo en extremo vive; ni la lastiman desdichas, ni la mueven persuasiones, ni con lágrimas la obligan: áspides temo de Elena si rayos Júpiter libra. Los dos conflictos me turban, y cuando el Rey me castiga clavel no puedo aplicar a la piedad de su ira. Volvió mi vida a su ocaso, volvió al centro que tenía, tornó el sol a su poniente, sombra es ya la que antes día. Los que tuvisteis de mi bien envidia tened lástima ya de mi desdicha, y la lástima sea más que la envidia fue, porque se que en mí es más eminente [vea que la dicha pasada el mal presente. Enrico, tened paciencia: a confiscaros me envía vuestra hacienda el Rey. Fernando. ¿Qué es esto? Lo que ves. Caíganme encima mil desgracias, porque todas las tengo bien merecidas. Quede sin títulos ni honras el que enloquecer quería el divino entendimiento de una mujer peregrina. Quede pobre el imprudente que entre ambición y avaricia, por ser Duque de Milán miró su lealtad perdida. Quede sin Porcia ni Elena quien desprecia y desestima la piedad de la amorosa por el rigor de la esquiva. Los que tuvisteis de mi bien envidia tened lástima ya de mi desdicha, y la lástima sea más que la envidia fue, porque se que en mí es más eminente [vea que la dicha pasada el mal presente. Casa de campo cual ésta no se puede imaginar, cada estanque es ancho mar, cada calle una floresta, cada cuadro un paraíso; siendo aquí el agua tan bella, más enamorada de ella que de sí mismo Narciso. Sentémonos, Porcia, y cante Lucrecia, y venzan así el mal, que es eterno en mí. ¡Ay, si viniese el Infante! Que le has llamado sospecho. Sí llamé, mas no en tu nombre; que deseo eches un hombre tan ingrato de tu pecho. "Bellas aguas de Leteo, que corréis al mar dormidas, llevad apriesa mis males como me lleváis las dichas, ¡Cuándo será aquel día que tenga el alma un hora de alegría!" ¡Linda voz! Es una Orfea. Gente viene. Carlos es. Tapémonos todas, pues nadie quiero que me vea. Las que están tapadas son Elena y Porcia sin duda. Un perro seré de ayuda, enviste con ocasión, que yo de las cuatro escojo este ruiseñor que canta: esta es la primera Infanta que se tapó de medio ojo. Hermosísimas señoras, que por no matar cubrís los rostros con que decís no viva nadie dos horas, pues que sois piadosas, dadme remedio a una pena fuerte viéndoos, y venga la muerte: descubríos y matadme. A lo desgarrado habló. Como tapadas estamos, esa libertad le damos. ¿No te va agradando? No. Que suele favorecer la Fortuna al atrevido dicen muchos, y yo he sido de contrario parecer, que el atrevimiento es, cuando en el alma comienza, un modo de desvergüenza y una locura después. Y así yo, que me he tomado este lugar atrevido, suspenso estaré, y os pido perdón de haberme sentado. Y quien sabe decir eso no sintiendo su deshonra, ¿se inclina a vivir sin honra, se agrada de hablar sin seso? Ese talle, que promete ser un príncipe, un infante, ¿halla modo semejante de vivir? Levanta, vete, que me da lástima el verte y algunas veces enfado, pues si de verte me agrado me pesa de conocerte. Esta es la Infanta, sin duda, que la ignorancia lo dice, ¡Oh tú, hermosura infelice!, ¿por qué no naciste muda? A vuestra luz celestial vuelvo el rostro, el alma y vida: dadme mejor acogida, porque aquí me tratan mal. ¿Luz celestial es la mía? ¿Qué sabéis si son tinieblas? El sol que entre pardas nieblas suele dar su luz al día cuando su margen compite al Nilo, que apenas halla su origen, el sol batalla con las aguas de Anfitrite. Y despertando raudales, los vecinos labradores de aquestos campos y flores, miran sordos sus caudales. La celestial armonía es capacidad pequeña al oído ; así lo enseña la griega filosofía. Porcia es sin duda, ya obra veneno de amor en mí. ¡Ay, desdichado de ti, del ingenio que a ésta sobra no dieras una centella, un átomo no trocaras para que al mundo admiraras! ¡Sol, ilumina esta estrella, haz a Elena mujer rara! Prodigio fuera tu prima si del alma que te anima un resplandor le tocara. ¿En qué presumís que soy Porcia yo? Mal conocéis. En que ni sois ni podéis ser Elena, y en que os doy el alma y la libertad sin veros, que son señales de que amor nos hizo iguales en sangre y en calidad. ¿Habiendo venido amante de Elena os mudáis así? Quien al lado de un rubí mira brillar un diamante, y contra lo que le inclina haciendo del elección, aunque sus reflejos son de sangre y púrpura fina, ¿no errará? Pienso que sí. Luego es feliz inconstante amor que escoge diamante , cuando esperaba rubí. No os dan a vos tan temprano el grado de bachillera: sois hermosa ; mas, casera, vos habláis en canto llano. Bien hacéis, ello es mejor; el contrapunto me enfada y la fábula me agrada del cuquillo y ruiseñor. ¿Vos bufonizáis también? ¿Quién si no yo? ¿Qué pretende en Nápoles como duende vuestro Infante? ¿Quiere bien? Ver no se deja y envía a sus bufones criados a solicitar cuidados y él no parece de día. ¿Por qué vive tan extraño si ver a Elena procura? ¡Oigan, oigan, que les dura la friota de mi engaño! ¡Qué tontas son, vive Dios, que a Carlos no han conocido! Lo de Pasquín han creído. ¡Qué cuitadas son las dos! Descubrid, señora mía, el bello rostro, que espero salga el sol de su hemisferio, salga de su oriente el día. Salga ya, merezca verla, de ese manto luz hermosa, de su capullo la rosa y de su concha la perla; que aunque no apercibiré objeto que es tan divino, teniendo el sol por vecino águila vuestra seré. Y como aquel que nació ciego, viendo de repente el luminoso accidente, mudo y absorto quedó, así yo, que he deseado ver ese sujeto hermoso, mudo estaré de glorioso y suspenso de admirado. Vos, señora, interceded en lo que yo estimo tanto. Ya a mí me cansaba el manto; concédole la merced. ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que vi? ¿Play caso más raro y nuevo? Admiración mayor debo que la que me prometí. Confúndese el alma mía y una sospecha la agravia: ¡Elena de noche es sabia, Elena es necia de día! Tapada Elena discreta, necia Elena destapada. ¡Amor, amor, no me agrada maravilla tan secreta! La que agradar no me quiso, amor tiene en otra parte. ¿No acabas ya de admirarte? Un celestial paraíso trae mis ojos divertidos, porque un sujeto excelente conocer no se consiente de los humanos sentidos. No permitimos las dos que esté, señor, Vuestra Alteza descubierta la cabeza. ¡Carlos es, válgame Dios! El Rey sabe ya que estás en Nápoles, y te espera alegre. Desa manera no es justo encubrirme más. Vamos a verle.—Confusa me da amor su gloria y pena entre Porcia y entre Elena. ¡Qué raros milagros usa conmigo amor! ¡Qué admirado que irá el Infante de ver cuerda y necia una mujer! ¡Qué confusión! ¡Qué cuidado! Pues el Príncipe ha venido a casarse con Elena, pide al Rey que de la pena te saque en que te ha metido. El que se vido mandar pida así no es maravilla, si un leño azota y humilla la altiva frente del mar. Ya Porcia a su cuarto viene, díselo. Valdreme de ella, pues el rigor de mi estrella tantos males me previene. Duquesa hermosa, si tiene tu pecho lástima ahora alcance del Rey que un hora de audiencia me quiera dar, porque pueda disculpar el alma de quien te adora. Si yo la causa no ajusto ni sé la razón porque eres tan infeliz, ¿cómo quieres que pueda hacerte ese gusto? A secretos de un Rey justo no me atrevo, ni querría. Tu esquivez no prometía más amor ni fe más pura. ¡Oh, qué bárbara hermosura! ¡Qué rústica tiranía! Fernando. El vaso que estuvo hecho de algún precioso licor, tarde pierde aquel valor. Que Elena viene sospecho. ¡Tarde saldrán de mi pecho los resquicios del olvido! ¿Qué delincuente atrevido, sin prudencia y sin saber, jamás se fue a retraer en casa del ofendido? No vengo, como solía, soberbio y vanaglorioso, juzgándome tan dichoso que tu favor merecía. Tráeme la fortuna mía tan otro del que me vi, que estar delante de ti no me atrevo y me retiro, que eres espejo en que miro lo que soy y lo que fui. No pretendo aquel estado en que me vio la Fortuna sobre el crisol de la luna, que habiéndome derribado, como su luz me ha faltado, como ya no resplandezco y mis desdichas padezco, con mi misma obscuridad conozco mi indignidad, y este es bien que no merezco. No pretendo, no, perdón, porque ofensa hecha a mujer divina, no ha de tener humana fascinación, ni pretendo galardón, que amor me responderá, que a un ingrato no le da, y en la desdicha presente yo pretendo solamente que me escuches. Bien está. ¡Bien está! ¿Qué es esto, cielos? ¿Aun atención no me dio? Pero bien está que yo no tenida humanos consuelos, pues amor pagué con celos. Esta desdicha es mortal y mi pena es desigual, puesto que mis ojos ven que a mi desdicha está bien lo que a mi amor le está mal. Retrato, salid acá porque mis penas os diga: imagen de mi enemiga, ¿queréis vivir? Claro está. Pues si Elena es otra ya y su antiguo ser tenéis, por lo menos no diréis que en romperos soy ingrato, pues que siendo vos retrato al dueño no os parecéis. Quien en el florido mayo ve una nube parda rubia amenazar con su lluvia y amargarnos con un rayo, y en el bosquejo o ensayo de la tempestad que ordena, cuando más asombra y truena, pasa ligera, y, en fin, la viste el sol de carmín y el cielo hermoso serena. El enojo de un amante es cual nube de verano, que amenaza con tirano rigor, sin pasar delante, por ser cólera inconstante. Para escucharos volví. Hablad, Enrico. ¡Ay de mí, oso y temo! Amor prevenga la disculpa, porque tenga consolada muerte así. En el engaño pasado yo no o Tendí a Vuestra Alteza: probar quise la fineza de mi amoroso cuidado y quedé desengañado. Ingratísima mujer, ¿por qué me quisiste hacer tu imagen para borrarme? ¿De qué sirvió levantarme para dejarme caer? Pídele al Rey mi señor licencia para volver a la guerra, a merecer su gracia con tu favor, por aquel fingido amor que me tuviste. Primero que asistáis, Enrico, quiero al estado que hoy recibo. ; Cómo podré verlo vivo, si sólo oyéndolo muero? ¿Por qué queréis que yo asista a las bodas del Infante, si es fuerza estando delante darte el alma por la vista? Cásate y no lo resista mi desdicha, pero sea la venturosa pelea de tu amor y de mi suerte, de tu olvido y de mi muerte, adonde yo no lo vea. Dadme consejo los dos. ¿Los dos somos consejeros? Porcia y Elena igualmente son unos ángeles bellos, y aunque Elena me enamora me ha acobardado el intento con que necia se ha fingido, porque éste fue mi desprecio o querer en otra parte. Pues responde a lo primero e! consejero Pasquín, y dice así... ¡Calla, necio! " No puedo callar, que yo por los nombres me gobierno. Porcia diz que fue avestruz que le engulló mucho hierro, y Elena dio a Menelao el grado y borla de necio: enójese o no se enoje Porcia, yo a Elena me atengo. Ruégale, Porcia, a tu prima que acepte ya el casamiento de Carlos. ¿He de pedir el mismo mal que aborrezco? ¿He de rogar mi desdicha? ¿He de buscar mi tormento? Infanta, pues con más gusto te ven los piadosos cielos, toma ya resolución en tu casamiento. Acepto tu gusto como perdones a Enrico. Rey, Tú eres el dueño de tu agravio: yo remito la culpa a tus pensamientos, aunque es verdad que tu enojo en mi desgracia le ha puesto; nunca fue mi voluntad, querida hija, de hacerlo. Perdonado estás, Enrico. Si has de humillarme, pues veo casarte, ¿por qué levanta tu mano mis pensamientos? Si estáis asido a mi mano no temáis: subid, teneos. Sí temo. Quien desconfía no siempre, Enrico, es discreto. Infante, si divertida para levantar del suelo a Enrico, le di la mano y estos descuidos ha hecho mi ignorancia y bobería, ¿qué he de hacer? Muy bien lo entiendo. y lo que puedes hacer es que tu divino ingenio me dé a Porcia. Prima mía, hoy lograrás tus deseos. ¿Qué es esto, Elena? Señor, este fue arrepentimiento de haber derribado a Enrico de tu amor, y así le vuelvo con tu licencia a tu gracia. Alegre con ser tu yerno. ¿Cómo yerno? Señor mío, si es tu sobrino y ha puesto en mí los ojos y pierde tu amor y gracia, por eso no es bien que la causa sea, justo fue mi atrevimiento, y el amor que le tenías ha de volver a tu pecho. Si el Infante quiere a Porcia, Elena, yo gusto de ello. La mano te doy. Yo el alma. ¿Qué dicha como ser vuestro? ¡Qué vergüenza tan dichosa! ¡Y qué fuerza de amor! Veo en el Infante tal gusto, que lo miro y no lo creo. ¿Quién entiende a las mujeres notando tales extremos? ¿Quién es ingrato con ellas si saben dar este premio a quien las sirve? Aunque fui El Ingrato, a ser comienzo desde hoy el agradecido, dando fin a mis sucesos.
