Texto digital de El hortelano de Tordesillas
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) del manuscrito MSS/17299 de la BNE.
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Martín, Irene y Julia Rodríguez. Texto digital de El hortelano de Tordesillas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hortelano-de-tordesillas-el.

EL HORTELANO DE TORDESILLAS
JORNADA PRIMERA
Inés, extraño valor. La vida habrá de costarle. No le matéis, ¡esperad! Serán villanos cobardes los que lo intentan sabiendo que la ventaja es infame. Uno puede presumir que Vuestra Alteza ordenase que juntos me acometiesen, que fuera no acreditarse de príncipe, que a Castilla a sus rojos estandartes, soldados de quien se fie para las empresas grandes. Canalla muy desvalida en acciones militares me acometió, gran señor, con la ventaja que sabe su escarmiento. No conforman su valor y su lenguaje con las muestras de villano. Que así su ofensa disfrace, sin que su muerte acredite, mi furia, del que menos vale de los soldados que miras XXXXX XXXXXXXXX de verte atrevido y loco en presencia del Infante, hecho pedazos te viera, manchado asombro del aire. Fortún Lopez bueno está. Desde aquí hemos de escucharle para ver si se disculpa. No sé si disculpan caben en el despejo que muestras. Inés, el hombre es notable. Como la verdad me digas, yo prometo perdonarte. Que la diré, cosa es llana, si viese ahora delante escuadras de basiliscos armadas para matarme. Pero como es imposible que el bajo temor me arrastre donde la infamia se viste de corazones cobardes, es imposible también que lleguéis a perdonarme cuando la verdad os diga. A tener hidalga sangre, tuvieras más confianza de palabras de un infante. Pues atended a las mías y tope donde topare: soy un pobre hortelano, que al verde junio y al diciembre cano les pide conveniencias mi deseo para el colmado empleo: que a la copia de frutas la corone, que aquel las críe y este las sazone. Dejaré de contaros, por no cansarme yo y por no importaros, la ocasión que me trujo a Tordesillas pisando campos de las dos Castillas. En esa huerta que miráis enfrente es trago ya feroz de vuestra gente que, con feroz tributo, niégala la esperanza de otro fruto. Pues, ¿los troncos heridos dicen a los esquilmos escondidos que aguarden ocasiones más felices en el pardo embrión de sus raíces? A la margen sonora que peinaba el cristal y sangre ahora de un travieso arroyuelo diligente, ya perezoso en púrpura caliente, repasaba memorias que pidieran aplausos a las historias, a no ofenderse la ambiciosa fama si mi valor la llama; porque a un sujeto humilde la fortuna con el sepulcro le meció la cuna y él mismo en su humildad se satisface que muera su valor a dónde nace. Llegó, pues, una escuadra de soldados, que los dejara mi valor contados si esperaran un poco los que huyeron. Solo pude contar los que cayeron, que, como fiero, me arrojé a esperarlos; tuve muy largo espacio de contarlos. Entraron pues con atrevido empeño, tan dueño ya de lo que tiene dueño, que sin duda su hambre les dió aviso que era mi huerta ya su paraíso. Y de suerte el precepto quebrantaron, que no había que aguardar cuando pecaron. Templado me sufrí, guárdeme oculto por no manchar de sangre tanto insulto; un tronco estéril me guardó a su vista. Que supiera conquista por pobre reservo, aunque más les ciegue. “Que adonde asiste un pobre no hay quién llegue”, uno dijo. Prosigue. Son agravios que no los deben repetir los labios. ¿Son contra mí? Vos sois quien XXXX y ciérralos el pecho con llave del silencio, por no daros espejo en que miraros. No te turbes, prosigue, pues te he dado licencia ya. ¿Qué dijo aquel soldado? Lo que os ha sucedido. Yo la poca razón que habéis tenido. El soldado contaba lo que vuestra injusticia blasonaba. Alabando la acción, yo pude oírlo, mas no pude sufrirlo y, juntando al delito de la fruta una acción, no cristiana, sino bruta, esta espadeja tomo, este broquel en brazo llevo y, como bañado a espumas y clavado a hierros, toro en la plaza despidiendo perros y votando peones. ¡Oh turbado escuadrón de gorriones que esparce el plomo y, en menudas muertes, sobre el volar heridos, echan suertes! Así señor los trato, pero los unos y los otros mato. Y si de lo demás no estáis muy cierto oídme a mí, pues el soldado es muerto. ¿No lo has escuchado, Inés? Resolución peligrosa. Pero si escapa la vida, su esfuerzo y valor me importan para los ahogos míos. Si se libra y queda a solas, le llamaré de tu parte. Inés, mis intentos logras. Vuestra Majestad, señor, se detenga un poco ahora y oiga al villano que pudo hurtar las romanas glorias. De aquí sabremos su intento. Señor, es acción honrosa que le escuches a un villano relaciones tan costosas. Ya estoy empeñado en ellas. Di pues. Verdades son todas. Comienzo por vuestras partes tan ilustres, tan heroicas, que os guarda ya la fama, Enrique, más que al Macedón memorias: sois primo de nuestro Rey Don Juan el segundo, gloria de católicos blasones en su tierna edad dichosa. El Infante Don Fernando, vuestro padre, la corona heredando de Aragón se coronó en Zaragoza, siendo a la sazón tutor de mi Rey, con tantas honras y mercedes recibidas en Castilla, que pregonan sus ricos heredamientos estas mercedes notorias. Renunciándolas en vos y confirmándolas todas, el Rey os hizo elegir, alcanzando bula en Roma, maestre de Santiago. Por la falta tan forzosa de vuestro padre, nombraron por tutores las personas más ilustres en Castilla en sangre y valor. Ahora dice el mundo vuestras quejas que sin razones se apoyan. Esta es voz del pueblo, Enrique, y aunque mi voz es tan tosca, viendo que es la voz de Dios, suena a bulto entre las otras: ¿que por qué causa no os dieron, siendo vos parte tan propia, la tutela y el gobierno? Pues por esto no os lo otorgan: que siendo en Castilla Infante y con fuerzas poderosas, de vuestro padre también las que previene, y convoca vuestras cautelas del Rey, vuestro hermano, que ya goza la corona de Navarra; eran muestras sospechosas para temeros, Enrique. Y, ¡mirad cuánto le importa a nuestro Rey y a Castilla no daros tan ambiciosa mano en el gobierno! Pues saliendo frustrada toda la esperanza que pusisteis en Aragón, vergonzosa demanda, que vuestro padre con reprensiones tan propias de cristiano rey, os niega petición tan peligrosa. También el Rey de Navarra, vuestro hermano, con heroica demostración por vasallo que fue de mi Rey, pregona que es vuestra demanda injusta, vuestra intención engañosa. Pues, para que el mundo advierta que la ambición no perdona a la lealtad, que deseeis a un Rey, que os estima y honra, burla de vuestra esperanza de socorros, que malogra de hermano y padre. Vos solo con la gente sediciosa que quiere, turbando el reino, aumentar su hacienda propia con vos de gobernador, diciendo al Rey que le importa. Por su primo habéis hurtado la justicia, donde llora la paz tan acreditada en las muestras y las obras de vasallos tan leales, que con intención piadosa gobernaban a Castilla. Los validos, los que apoyan en su prudencia y valor el gobierno, se arrojan a coronar pensamientos de sus esperanzas locas. También, con poder sobrado, pedís al Rey para esposa a su hermana, que ha tenido gusto siempre de ser monja y, retirada a un convento, ya obediente o ya medrosa, la ha mandado ya salir y vos, con majestuosa pompa de rey, os servís, guardándole la persona contra el real fuero. Estas cosas, que por brújulas descubre el buen discurso, pregonan Enrique, vuestros deseos pero, ¿qué intención se logra fundada en desobediencias? ¿qué despeñadas se postran en tráficos escarmientos y en memorias lastimosas? Esto os advierte un villano, que con fe y con alma heróica dará por su Rey más vidas si con lealtades se compran. Se despide rayos puros esa corona de antorcha que pierde a soplos valientes el cierzo menudas hojas, que quiebra la roca espumas, que peinan su margen ondas, que lágrimas llora el alba, que perlas engendra en conchas, que llueve el abril jazmines, que el mayo despierta rosas. Que rayos, soplos, espumas, lágrimas, márgenes, rocas, jazmines, conchas, abriles, rosas, mayos, perlas, ondas no igualan a mis deseos porque a los vuestros se opongan. Conde, buen vasallo. ¡Advierte, necio! Fortún, mucho ignoras. Aqueste hombre he menester, aunque ves que me provoca, tan atrevido y resuelto. Primo. Si ocasiona, señor, aqueste villano vuestro castigo y ahora, de vuestro enojo llevado, dejáis el palacio, ponga sangriento freno a sus culpas, señor, no vuestra persona, sino vuestra voz y ojos. ¿Quién vuestro nombre pregona con justicia que guardo? Noticia tengo de toda la ocasión que le obligó, y fue la defensa propia natural siempre en el hombre, y tales culpas perdonan benignamente los cielos. Su Majestad. Que se oponga a mis intentos el Conde de Benavente. Dichosas son ya vuestras esperanzas, Enrique, si bien ignoran con el suceso presente las buenas dichas que logran. No, salió Su Majestad porque su persona importa para templar alborotos, que cuando vuestra persona los causara desde el solio regio, donde las remotas naciones su nombre tiemblan, desde las revueltas ondas del Danubio al hondo Eufrates, espejo de Babilonia en que sus torres se miran, con mano tan poderosa como suya os reprimiera, Don Enrique, no las obras, sino el menor pensamiento de sospecha escandalosa. Como está junto a palacio el convento y la señora Infanta, obediente siempre al Rey, ha de ser esposa vuestra, si varios sucesos no lo impiden XXXXXX, se vuelve ahora a palacio y por tan cerca no importan la ostentación y grandeza de sillas, ni de carrozas; a la puerta del convento, la aguarda el Rey. A la sombra de tan alta Majestad tiembla la máquina toda de este hemisferio, que ciñen de este globo, que coronan rasgos del mayor lucero, bostezando siempre auroras. ¡Viven los cielos!, que en Libia no se engendran venenosas más serpientes que en mi pecho; que tales palabras oiga sin que el furor las castigue para que escarmiente en otras. Es aqueste el villano. Llega a besar la mano al Rey, que en su semblante descubro tu perdón. Si veo delante rayos de tanto sol para temeros, ¿para qué he de enojaros? Basta veros. Príncipe invicto, a vuestras luces llego tan turbado y tan ciego que, por haber llegado, me dejan vuestras luces castigado, mas ellas mismas, como a verlas llegue, los rayos templaran porque no ciegue; que un mismo sol por la región que pasa, regala ahora, si primero abrasa. ¿Cómo es tu nombre? Pedro. En mi fortuna padezco más mudanzas que la luna; en el traje, en el nombre y en el estado, mas de todo es capaz un desdichado. Muy bien te defendiste. Mal pudiera. Si mi vida no más la defendiera, por causa superior cobraba aliento ¿Y cuántos eran? Pocos fueran ciento si el sol que he visto ahora me alumbrara, mas si la antorcha clara que los cielos pasea, aunque el luciente cuerpo no se vea, alienta, alumbra, anima. Por más que el escuadrón mi pecho oprima, llegó a hacer mi valor la misma cuenta porque tanto me alienta esta luz retirada, que culmine sus rayos en mi espada. Con cien hombres, señor, como el villano. Ya os he entendido, Conde. De hortelano tu huerta destruida, ¿a dónde has de ir? A fatigar la vida hasta tocar la muerte. Ya mi piedad advierte cómo te he perdonado tus delitos. Vuestros blasones deje el tiempo escritos, mas tengo, gran señor, (intentos locos) sin los de Tordesillas, otros pocos Yo los perdono como no hayan sido contra mi real servicio. No he servido tan limpiamente a Dios, que haberlo dicho. Yo estoy bien satisfecho que el Infante por santo me rezara y aunque sé que Fortún López me soñara. Toma. Porque no ofenda tu persona ningún ministro. Vuestra voz me anona, que la sortija, gran señor, querría, por alegre memoria de este día, dársela a mi mujer. ¿Eres casado? Aún no me he desposado que mi fortuna malogró mi intento. Ya ha salido Su Alteza del convento. Nuevas venturas mías, alentad mi esperanza en mis porfías. Fortuna, este villano te encomiendo. Granjearle pretendo con mi amistad y amor. Ya os he entendido. No echéis, señor, mis causas en olvido. Será Elvira su esposa si lo estorbase el mundo, Más hermosa que se muestra en abril la blanca aurora. Salió al balcón ahora. Visítala y prosigue en tus deseos. De sus desdenes llevaré trofeos. Con el seguro vuestro, no es cordura fundar la resistencia en la clausura. Solo en vuestra palabra me acredito. Resistirse a su fe fuera delito. Presto homenaje os hice, estad segura, que el Infante procura serviros y agradaros. Vos podéis pensar que el adoraros es tan dichosa acción del albedrío, que no se atreve un pensamiento mío a romper las prisiones, que le dan a mi amor tantos razones, que vive el alma en ellas, como viviendo el sol tantas estrellas. Infante, el claro invierno, entre nevados copos, desata en círculos preñados las pardas naves que burló el estío, baña su margen el angosto río y, en crespas ondas que sacude el viento, parece original de su elemento, y que mendiga el mar, que le acaricia el revuelto cristal que desperdicia. Crece máquina tanta y sobre las coronas se levanta del guarnecido monte, que se atreve con trabucos de nieve a embestirle, feroz, sus pardos muros en su vejez robusta, mal seguros. Y aún quiere el río, que trepando sube, volverle su cristal a alguna nube y que parece con mejor gobierno que se le da aguardar para otro invierno. Teme el pastor y el pasajero espera la estación lisonjera del sol; que en verde abril se vence la furia de la nevada injuria, pierde el feroz estruendo el crespo río y vuélvese al templado señorío, logrando su ribera. ¿Quién sufre humilde? ¿Quién callado espera? Y decid que, obediente, aunque su furia aumente el airado cristal con más despojos que da a la noche el sol, lucientes ojos, faroles claros de su octava esfera. Después del cano invierno, ¡ay, primavera! Vamos, Infanta. A vuestros pies postrada estoy, sol español. Veros casada quisiera. Sí, veréis, pues él se humilla a conocer que sois rey de Castilla. Conde de Benavente, ¿por qué irritáis mi cólera impaciente? Si no mirara, ¡vive Dios! Pues eso que vos miráis ahora es el exceso en que os culpa, señor, el real decoro. Vos sois opuesto mío. Yo lo ignoro. ¿Vos queréis gobernar? Estoy nombrado. Pues dejad el gobierno. ¿Ha lo mandado el Rey? ¿Si yo os lo mando no es bastante? Para mandarme a mí basta un infante tocando a mi persona y a mi estado. Pero el gobierno que mi Rey me ha dado ha de mandarme él mismo que lo deje. Conde, esperad. Señor, que así te deje sin que vengues tu enojo. Estoy corrido, mas tú verás al Conde arrepentido. Conozca lo que pierde en disgustarte. A muchos tendrá el Conde de su parte. Pedro. ¿Qué mandáis? Advierte que para cualquier suceso te ha de importar el favor del Infante. Yo os concedo que es soberano favor, pero al de mi Rey me atengo. Necio estás. Y vos cansado. Como a villano te dejo. Pues yo no pienso dejaros como no mudéis de intento. Bella Elvira, a tus desdenes consagro el alma en el fuego donde renace mi amor como los cielos eternos. Donde camina, XXXXX, en hombros de mis sucesos que, si os advierto templados, más crueles os advierto. Martín, ¿así desamparas a tu señor? No fue el riesgo el que amedrentó mis pasos, que tengo valor y aliento para morir a tu lado. Pero sin armas es necio quien porfía en el peligro cuando lo mira tan cierto. Ya me ha perdonado el Rey, pero escucha lo que temo porque en sus mismos favores voy tropezando y cayendo. ¡Válgame la providencia de una cocina que veo! ¡Cielos! ¡O yo estoy tullido de los ojos o no acierto a decir que éste es mi amo! ¡Vive Dios que es él! Y creo que ha sido el mismo hortelano que les fue sembrando berros a diez o doce en los carros. Él salió de León huyendo y se disfrazó sin duda. ¿Qué aguardo? ¿Cómo no llego a darle dos mil abrazos? Estimo tu buen deseo, Martín. Mas no sea el diablo que, al abrazarlo, alce el hierro que está ahora sin camisa y me dé con él seis muertos para que traiga otro día más vivo el conocimiento. ¿Pues dónde hemos de ir ahora? Peregrinos, discurriendo por nuestra misma fortuna. Ya fuera dormir despierto si me engañara la voz. Él es como dicho tengo o sobre ello me daré a los diablos. Tomo y llego, abrazando de ramplón. ¡Bendito sea Dios! ¿Qué es esto? ¡Villano traidor! ¿Querías tan a mi salvo prenderlo? ¡Vive Dios!, que ha de pagar tu vida el atrevimiento. El corazón me lo dijo y no acabé de entenderlo. Basta, señor hortelano, Déjese manir, que un yerro le comete un contador por más que sepa su cuento. Hernandillo es éste. ¡Espera! Que no hay para qué temerlo cuando viene sin espada. Si más traerá. Mucho miedo, que he de traer basiliscos. Pues no pudiera traerlos. Él mira de hito en hito y será a lo que sospecho, basilisco chabacano, que yo, si miro, es al sesgo. Bueno está. Yo estoy borracho, pues miro, ya que no bebo. Esta cara ha sido imprenta, de esta han sacado los cielos la de mi amo. Mis penas se han aliviado con verlo. Señor, demonio hortelano, si hay huertas en el infierno, dígame, por Jesucristo, si es el que buscando vengo. Con menos cólera, Hernando. ¡Oh, bien logrados deseos! ¡Oh, alpargates muy bien rotos! ¡Oh, caminos muy bien lejos! ¡Oh, hambres bien caminadas! ¡Oh, bien sufridos venteros! Y él, sea pringón de pendencias, ¿cómo habla así a forasteros de mi porte, y de mi flete, de su Cristo nazareno? Me ha tenido de su mano, pero advierta si me suelto. Por mi amo le he callado. Yo le he hablado por lo mismo. Los dos han de ser amigos. Yo entré a servirte primero y aqueste, esconde raíces. Se ha de ir a los Pirineos a sembrarlas o los dos hemos de jugar a un juego. . ¿Y el juego cuál ha de ser? Saca ruín y mete bueno. Yo sirvo bien a mi amo. Yo estoy, y esto a mucho tiempo, harto de comer su pan y algunas veces su queso. ¿Yo qué como? Sus pepinos. Mis pesares entretengo con oirlos. Baja y siembre sus bretones. Yo los siembro. Y con muchísima honra. Y con muchísimo estiércol. . Los dos quiero que me sirvan. . Yo, claro está. Y muy sereno está conmigo también. Pues podrá ser que haya truenos. Hablaros quisiera aparte si gustáis. Deténganse ellos, que no ha de haber escuchones. Por eso me darán luego traslado de lo que dices, aunque digas año y medio. Mucha mano se ha tomado. Tomaré un menudo entero. ¿Qué quiere? No quiero nada hasta que llegue su tiempo. Pues dices que tú le sirves. ¿Y cómo se llama? Pedro. Duelos te dé Dios, pobrete. Ese nombre le pusieron los Albarco, que de ogaño porque es un hombre que el pecho honra con la insignia roja, y es su nombre verdadero (Esto qué importa decirlo, que no me encargó el secreto) Garcifernández Manrique, que allá por ciertos encuentros de León, hecho una oveja el nombre y traje mintiendo, te recibió en Tordesillas por criado melonero. Decid, ¿qué gustas mandarme? Desde el balcón pudo veros mi señora, y vio el valor que mostrasteis y os prometo (como es ella tan bizarra) que estimó tanto el esfuerzo con que solo os defendisteis de soldados tan resueltos, pagando con sangre suya su bárbaro atrevimiento, que ella se ofrece a libraros con su hacienda, intercediendo con Su Majestad por vos. Confieso que no merezco, por ser hombre tan humilde, tan piadoso ofrecimiento. Si bien ya me ha perdonado el Rey, que guarden los cielos como ha menester Castilla, pero mi persona ofrezco para servir a esa dama si gusta mandarme. Luego quiere que la entréis a ver. Vamos, que ya os obedezco. Esperadme aquí los dos. Pues no es mejor allá dentro. ¿A dónde van? Yo voy solo. . Si usted gusta, me quedo. . Entre, por esa humildad. Yo soy su criado. Niego, porque él parece lacayo y este es hortelano. Velo. Quieren, así pues, si atraviesa de aquí a que se caiga muerto estos umbrales por vida de esta moza, juramento que no pienso quebrantarlo, sino en Roma. Hable más quedo y sepa que puedo yo quebrantar los mandamientos y que me voy a la mano. ¿Por qué? Por justos respetos. Pues esta vez no ha de entrar. Yo, por si hubiera algún riesgo en que empeñar la persona, querría entrar allá dentro, que por mí… Riesgos hay muchos. Tomara que hubiera menos. ¿Sabrá guardar una puerta que sale a cierto aposento sin que entre criatura humana? Sí, sabré. Tibiezas veo en sus labios. Y las viera a tener rejas, el pecho, en el mismo corazón. ¿Y sabrá meterse en medio para acabar unas paces entre una suegra y un yerno? Pues, si usted pide imposibles, el caballero del Febo se arrojara a esta aventura, que, donde anda el diablo suelto, ¿quién ha de bastar? Mas vamos, que yo me revisto en suegro. ¿Ha se visto en ello? Sí. ¿Está resuelto? Resuelto. Hará en la ocasión como hombre. Y aún haré como hombre medio. . Pues quédese (e)n hora mala, que no ha de entrar acá dentro. Esto es, en definitiva, no pase de aquí. ¿Y no puedo esperar en el zaguán? Mucho pide, mas los ruegos pueden mucho. Cúbrase, que no quiero cumplimientos. Muy áspero anda usted conmigo. Pues no es más de esto. Ya lo veo, mas por vida de mi alma que deseo servirle con muchas veras. . Oye, pues sirva más quedo. Por Dios, que temo empeñarme con un mozo tan travieso. Inés, ¿qué dices? Que aguarda tu licencia para entrar. Hoy mi intento he de lograr, aunque el temor le acobarda. Pedro es su nombre, señora. Dile que entre. Pedro, entrad. Nunca con más voluntad he obedecido que ahora. ¿Qué me mandáis? Porque entiendas que sé estimar tu valor, o, si supiera mi honor que eres hombre de más prendas, para fiarme de ti, porque temo que un villano. No ha empleado el cielo en vano el valor que vive en mí y el traje, tal vez, señora, suele encubrir prendas altas de sangre ilustre. Tú esmaltas, con lo que he escuchado ahora, el traje. Con la nobleza que en tu valor considero. Servirte, señora, espero, que peregrinaje llega; en cuanto mandas y ordenas te he venido a obedecer. ¡Cielos! ¡Este hombre ha de ser el remedio de mis penas, has de saber! En mi vida vi más perfecta hermosura, pero, ¡cielos! no es locura si la fortuna me olvida acordarme yo de amor después de mi bien perdido. Pienso que seas divertido. . Pues creed que no es temor. . ¿Cómo dejaste la espada? Porque desnuda venía y fuera descortesía muy necia y desconfiada, llamándome una mujer, que yo trujera al entrar prevención de pelear cuando vengo a adolecer. ¡Ay, señores, que es discreto! Advierte, pues, los ahogos de una mujer infeliz, tanto que en ellos me postro a dar cuenta a un hombre humilde para que me dé socorro. Pero si el valor es alma de la nobleza, en ti solo descubren timbres ilustres las esperanzas que cobro. Murió mi padre; guardóme el amparo generoso del Conde de Benavente, mi tío. Los alborotos de Castilla ya los sabes: que el Infante, poderoso por quién es y por maestre, queriendo el gobierno todo del reino y, dándo a entender que el Rey portugués, furioso, levanta contra Castilla quinas de pendones rojos, se previene de soldados. A su amparo, escándalos a tu voz, mal do(c)trinados y, en signo de obediencia, locos, el Rey, como ves, no puede templarle, ni pueden todos los cuatro gobernadores, porque han de ser flaco estorbo a la ambición de su pecho. Es mi tío mayordomo del Rey y sigue la Corte y, así, a mi me fue forzoso dejar a Valladolid. ¿A cuántas lágrimas lloro o cuántas penas resisto? ¿Cuántos olvidos perdono? ¿Cuántas disculpas admito y cuántos engaños compro? Tiene un criado, el Infante, noble y rico, que a mis ojos es todo desagradable, es aborrecible todo, más, ¿quién tiene el corazón preso en lazos más dichosos? Poca luz es la del sol, son sus resplandores cortos para que el alma los vea. Águila de sol más propio que, sin que ausencias lo impidan, goza sus rayos piadosos, desvanecido en mercedes del Infante, vano y loco: Fortún López. ¡Oh, pesares, con cuánto enfado le nombro! Con escándalos soberbios en un amante que, impropios, mis favores solicita, tan vano y presuntuoso que piensa que en visitarme. Me califico y me honro, juzgando por dichas mías, que llegase a ser mi esposo, mas si los cielos le dieran más parte, más yo me corro de concederle ninguna, porque aún hasta ahora ignoro que a un hombre desvanecido en que lo merece todo, le dé el cielo la menor de las que reparte a otros, que dé esto para otro tiempo, cuyo empeño, peligroso. Solo tú, que a los delitos no sabes volver el rostro, lo has de vencer aunque arriesgues mi vida, que la dispongo al arbitrio de su brazo y, de su esfuerzo, al socorro que pues opuesto a Fortún te vi del balcón. No ignoro que los empeños prosigas. Tan hecho a hallarte en otros ahora entran mis memorias, mis lágrimas y sollozos; entran ahora en León. Si bien yo no le conozco, vivió un caballero ilustre. Mi padre y mis deudos todos trataron mi casamiento, mas no llegaron a colmo mis venturas, que mi suerte con amagos envidiosos de mi bien, negó a mi estrella tan acreditados logros porque sus heróicas partes de valiente y delirioso, de generoso y galán eran ya de vulgo asombro, porque solo repetía, buscando en campaña, al moro, opuesto alante su escudo, su estoque al alfanje corvo, en las justas y torneos, en las canas y en los toros, las unas, tocando nubes, vertiendo sangre, los otros. Visitaba honestamente, por divertidos socorros de mi ausencia, a cierta dama, cuyo hermano cauteloso que de industria le fiaba su casa, poniendo el hombro a deseos imposibles, juntando sus deudos todos, quiso con bárbara fuerza que se casasen. No el soplo del cierzo, turbando el bosque, tronca los verdes pimpollos que, siendo pompa del aire, son escarmientos del soto con más furor que él se opuso y, en el espacio tan corto de una sala, dio al hermano desengaños tan costosos que su burlada esperanza trocó en monumentos rojos y, como le ves espumas, desvanece el pardo escollo, que si le tocan se pierden. Mintiendo vanos asombros a si le acometen muchos y a si le resisten pocos, que por heridos cobardes pudieron dejarte solo, salió a la calle y, ganando un caballo, dio a los ojos desvanecidas vislumbres que las coronaba el polvo. Dejó a León y ha dos años que, encubierto como el topo, vive en la tierra que niega, muere en la región que ignora. Rigurosas provisiones se despachan y es forzoso que ha de pagar con la vida lo que con lágrimas compro. Garci Fernández Manrique es el nombre de mi esposo, imposible por oculto, desdichado por notorio. Mira en el afán postrero mira, Pedro, si es piadoso el favor que te merece un empeño tan heróico. Vivirás dentro en mi casa como ocupado, gustoso si es el campo tu ejercicio, pues las auras y favonios, huyendo de los pensiles, en este jardín los gozo entre nativos cristales. Dando espejos los arroyos desmiente la sangre humilde en peligros generosos y debate la fortuna más privilegios que asombros; que si del poder tirano, si del riesgo escandaloso, si del cauteloso agravio, y si del intento loco de este bárbaro me libras, mil corazones son pocos adonde mi honor escriba, que le restauras tú solo. ¡Cielos! Ni aún soñadas pienso que son dichas las que gozo: Mi esposa es esta. ¡Oh venturas, como con pinceles toscos os dais al alma en bosquejos de los peligros que toco! Mas ellos mismos me encubran hasta albergar el golfo de las experiencias mías, que son del honor socorros. Otra vez te has suspendido. ¿Parécete muy costoso el empeño? Estoy, señora, juzgándole por tan corto que entendí que me burlabas. Vuela con más desaogos al templo de tu esperanza que, con tan crecidos colmos, verás las dichas que aguardas; que antes que en carrozas de oro el sol, abollando nubes, visite el opuesto polo, libre de Fortún, tendrás nuevas de tu amado esposo y, en fe de estas esperanzas, por crédito y por abono, guarda esta sortija. Espera, villano que intentos locos en tan nuevos desatinos te despeñan: yo conozco esa sortija, ¿no es la que el Rey te dió? Pregono en ella favores suyos. Loco estoy, estoy furioso, pues no le dijiste al Rey “si tan altas dichas logro se la daré a mi mujer”. Si dije Pues dime, ¿cómo se la has dado a este prodigio de hermosura a quién yo solo puedo mirar? Vete luego villano, que ya me corro de haber visto acción tan baja en quién… Fortún, poco a poco. Y advertid adonde estás, que voto a Dios; si me enoja, que os eche por un balcón. Así perdéis el decoro. A mi casa no, advertid. Mientras la deja, perdono a este villano el delito y a vos, pero no celoso, sino cansado de veros tan libre, dar en retorno de los desenfados vuestros más pesares, más ahogos; que hay en vos descortesías y, en él, pensamientos locos. Yo os lo quitaré delante. Ya le temo poderoso como ofendido. Mas, dime, ¿con qué intento? El alboroto de vuestras dudas se temple, señora. Si es tan notorio que a tu mujer le ofreciste aquesta sortija, ¿cómo quieres que no te la guarde? ¿Qué intentas, bárbaro monstruo? ¿Has engendrado en tu pecho acaso algún fiero aborto de malnacidos deseos? porque ¡vive Dios! ¡Qué hermoso la deja el pincel del susto el bello campo del rostro! Toma tu sortija y vete. En peligros tan forzosos, como buen esposo tiene, perderéis su amor. Le adoro. ¿Qué diérais por verle? El alma. ¿Fuérais donde está? Es muy corto el espacio de la tierra. Es mucho. Mi amor conozco. Es muy grande. Como el cielo. Pues la sortija es socorro de tan grande amor. Guardadla y sabréis de vuestro esposo. Pedro, ¡aguarda! ¡Escucha, cielos! Este es el mayor ahogo, que van temores y dudas tropezando de unos en otros.
JORNADA SEGUNDA
Señor, ¿en mi casa vos? Conde, ¿de qué os admiráis? De lo mucho que me honráis. Más os debo. Sabe Dios, señor, que no hay en España quién más guste de serviros. No acabáis de persuadiros; que vuestro intento os engaña. Siendo yo gobernador se apagará tanto fuego; Castilla tendrá sosiego aumentando en mi favor que todos los caballeros, que por maestre me deben obediencia, no se mueven contra los bárbaros fieros, fronterizos, hasta ver mi pendón en la campaña. Y oponeros no es hazaña, Conde, a tan grande poder que, aunque el Rey os favorece, puedo aumentar vuestro honor con la encomienda mayor de Castilla. En honras crece y, en estado, el que es mi amigo. Justo es que vos lo seáis en las honras que me dais. Libra mi afrenta, el castigo. ¿A quién volveré los ojos si mi Rey los muestra airados? Favores, honras, estados serán caducos despojos del escarmiento feroz si vienen por otra mano. Don Juan es rey soberano. El mundo tiembla a su voz, aunque en tierna edad le veis. Si por él debo morir, ¿cómo podré recibir las honras que vos me hacéis? Y ha sido en tanta lealtad, como hay en la sangre mía; decirlo vos, osadía; oírlo yo, temeridad. Blasones que el sol los cuente a su luz hermosa, iguales, los granjean por leales los Condes de Benavente. Conde, ¡esperad! ¿Qué mandáis? ¿Cómo os vais de mi presencia sin concederos licencia? Porque el honor me quitáis pues, opuesto entre los dos, siendo el sol la Majestad, aunque es tanta mi lealtad, sois muy grande sombra vos y, por más que me remonte, no veré al sol descubierto, porque he visto ya cubierto de sombras vuestro horizonte. Y así, el más cuerdo remedio, pues en él fundada está la luz de mi honor, será no veros a vos en medio. Como vuestra casa tiene puerta a palacio y la Infanta honra tanto a doña Elvira que gusta comunicarla, pasando a verla, olvidando la majestad soberana tanto que igualdad pudiera llamarse el amor de entrambos, quiero que vuestra sobrina Elvira mis partes haga, acreditando mi amor con mi prima, que la cansan mis ruegos, cuando conoce -si bien es propia alabanza- que no hay príncipe en Europa desde las lises doradas del suelo francés, adonde beben las águilas pardas, al sol alemán, las luces de trofeos coronadas, que se oponga a mis deseos, que merezca conquistarla con prendas de más amor; a esto vengo a vuestra casa, ya que vos, opuesto siempre a mi pretensión fundada en la utilidad del reino, alegando injustas causas, solicitáis mi disgusto, por lo menos halle el alma crédito en vuestra sobrina, pues sabéis que puedo honrarla. Elvira, señor, me ha dicho, por ser las mercedes tantas que de la Infanta recibe, que, si no dejáis las armas, si no os ajustáis al gusto del Rey y si a la demanda del absoluto gobierno, con obediencia jurada de nuevo como maestre tan poderoso en España, no dais eterno silencio, no alcanzaréis de la Infanta, aunque le cueste la vida, ni promesas, ni esperanzas. Vos pienso que lo decís por ella, que tan sobrada libertad ni aún de sus labios puede un infante escucharla. Señor. Bueno está. Advertid. Que mi poder no deshaga aqueste monstruo soberbio. A no templarme sus canas viven los cielos, ¡oís! Vuestra Alteza, ¿qué me manda? ¿Para qué son sumisiones? ¿Para qué humildades tantas, si os descubro el corazón con ambiciones tan claras que me estorbáis el gobierno, que persuadís a la Infanta, que le aconsejáis al Rey, que con los grandes de España hacéis juntas contra mí? ¿Por qué queréis gobernarla cuando yo, por ser quién soy, puedo por tan justas causas? Pero, ¿pues no bastan ruegos? Que con un bronce bastaran; podrá ser que sean castigos; las que burláis, amenazas. Furioso va, mas la vida, cuando la pierda a sus plantas por la lealtad de mi Rey, no vendrá a ser de mi casa la mayor hazaña. Digo que no encontremos palabras, que he de entrar mejor que tú. ¿Qué es esto? No es casi nada. Este mozo dice que es. ¿Eres tú tutor de mi habla? Es mi amo. El hortelano. Dice que es su amo. Y, ¡basta!, que yo mismo lo pronuncié. Estáis locos. Pero, ¡calla!, que fuera de aquí… Hablad vos. en berenjenas zocatas puede dar su parecer. Señor, ¿dice que se llama…? ¡Malo es esto! Este villano lo ha de descubrir; la traza del disfraz me ha de valer. Querían holgarse en casa los criados y mi amo, que hubo hacienda sobrada en León algunos días. Como la rueda voltaria le envió, de Juan Paulín tomó una huerta alquilada en Tordesillas, adonde entró a servirle este mandria en vuestra casa después. Y quiere con amenazas de tonto, por cuatro días que sirve, estorbar la entrada a un criado original, que antes de perderse España, mis antepasados todos sirvieron, en letras y armas, de lacayos a los suyos y de esto tengo en Simancas un privilegio rodado que solamente le alcanzan los que caminamos mucho. Tu gracioso humor me agrada. Como está vuestra sobrina melancólica, trazaban los criados, como he dicho, con disfraces alegrarla. Busqué a mi amo un vestido más galán que siete pascuas y una cruz de Santiago. Como por honra, por gala, que, ¡vive Dios, que parece lo que representa! Extraña invención. ¿Que no pudiera, sin ostentación de galas, darse a conocer mi amo a doña Elvira? Él lo paga, pues lo peca. Si no, miente; Él me dijo esta mañana que el hábito que se ha puesto… Él me descubre la chanza y somos todos perdidos pues, si vuecelencia trata de que tenga voto en cortes un patán, hable espinacas. …Vuecelencia lo averigue que, ¡vive Cristo que es maula de este bufón! Calla, hombre. No quiero. Por las entrañas de la tierra que destripas, ¡que calles! Así al sembrarla se te vuelvan, ruego a Dios, los melones, calabazas. Dime lo que sabes. ¡Cielos! Lluevan en su huerta ranas para que, haciendo ruido, les estorben lo que aquí cantan. Ya mi señora ha pasado a recibir a la Infanta, que viene a nuestros jardines. Pues Inés, ¿no me avisaras? Martín, verásme después. ¿Qué hay, galán? Nada, galana. ¿No le dije que no entrase? Cierto que está muy huraña vuesarced, con los amigos. Con los hombre de su marca está huraña y arisca, mas con los… Ya entiendo, basta. Que ya sé que es la doncella amiga de verdolagas. Es mejor la paja. Bien cañitas. No, sino baras. ¿Dirá merced de de esta moza que no se duerme en las pajas? Soy muy fresca. Concedo, mas también quiero avisarla que doy también alcacel. Eso déselo a su acá. Ya pasa de palabrero. Todas las cosas se pasan. Y aún a algunas caras suelen pasarse dos bofetadas. Y un garrote a unas costillas. Y a un gaznate una almarada. Si hay tanta prisa en pasón, quedémonos de esta banda. Con tantas melancolías, Elvira, puedo pensar que te quieres igualar, en la tristeza, a las mías. Pluguiera el cielo, señora. Me faltara la ocasión por dar a mi corazón las que tú sientes ahora. Débesme, Elvira, ese amor. Mi hermano Conde os espera y decidle que no quiera -aunque es crecido el favor que de su mano recibo- dar tanta mano al Infante, que soberbio se adelante y se muestre ejecutivo, con soberano poder casi igual al de Su Alteza, y que no quiero grandeza sin obediencia XXXXXXXX, que cuando, del Rey, mi hermano se precie de hechura humilde, entonces, Conde, decidle que yo le daré la mano. Eso le he dicho al Infante de vuestra parte, señora. Decídselo al Rey ahora. Vuestro nombre se adelante, hermosa Fénix de España, a la luz del sol más pura, que el mar, en la sombra oscura, de rayos lucientes baña. Venid conmigo los dos. Ya yo no soy menester. En entrad. No puede ser. Pues, ¿por qué? Porque entréis vos. Pues descubro la maraña. El diablo os ha de llevar, pues no más de por sembrar, estás sembrando cizaña. Solo su vista me alegra, Elvira. Beso tu mano, señora, por tantas honras y mercedes. Mas si acaso quieres entrar al jardín, volverá otra vez el mazo a coronarle de flores como las vayas pisando. ¡Oh, qué lisonjera estás! No me dejan mis cuidados gusto para aguas y flores. Pues, ¿siquiera un breve espacio no divertirás tus penas? La música es el sagrado donde todas se retiran con divertido descanso. No te quiero replicar. Canta, Inés. Con mal templados acentos será forzoso que te obedezca. Los casos que hoy en Castilla suceden no dejan desembarazos al alma para escuchar canciones de amor, si acaso la sabes de alguna historia de Castilla. Más cuidado pongo en verdades sencillas que en lisonjeros encantos. En el alcázar de Soria, preso en la flor de sus años, está el príncipe don Juan hijo de don Sancho el bravo. Aquí no podrá excusarse de verme, aunque más enfados le causa mi vista. Vengo en mala sazón; cantando pienso que están. Pues prosigue, aunque es lastimoso el caso. Canta. Mándole prender el Rey, porque son muchos los cargos, que su justicia le ha hecho, de que está bien informado. ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? Quien pierde, con desacatos a su rey y a la justicia, el respeto soberano que por respeto le debe es justa ley castigarlo. Por mí la Infanta lo dice; sin duda el Rey ha mandado prenderme, en XXXXXXX. ¡Cielos! ¡Descubrióme Hernando y el Rey a prenderme envía! El Conde es quien me ha culpado, y le da crédito el Rey. ¿Dónde guiará los pasos mi desdicha, si en la Infanta no hallo dichoso amparo? Ya estarán pasos y puertas, con guardas del Rey, cercados. De la piedad de la Infanta me he de valer. No hay sagrado más seguro. ¿Qué es aquesto, Infante? Suceso extraño. ¿Qué hombre es este? Yo, señora. Y a mis desdichas llegaron, que el Rey a este caballero de mi orden ha enviado a prenderme. El mismo Infante como mi maestre es llano, que ha mandado que me prendan por orden del Rey. Templaos, Infante, que estoy yo aquí y venís desalumbrado, pues me perdéis el decoro. Este es el hortelano. Cielos, ¿qué encantos son estos? Bella Infanta, sosegaos. ¿Cómo venís vos tan libre y tan revuelto? Es en vano resistir tanta fortuna, señor, humilde y postrado a vuestras plantas, ¡oh, cielos! Y cuán presto se vengaron de mis locas bizarrías que han de llamarlas agravios el Infante y Fortún López. Si en príncipes soberanos caben piedades, yo vengo atropellando naufragios a vuestro piadoso puerto, porque yo soy… Reportaos. Garcí Fernandez Manrique. ¡Ay, más lastimoso caso! Este es mi esposo. ¡Ay de mí! Que con disfraz de hortelano hice lo que visteis vos, en mi defensa empeñado, pero si por los delitos de León, aunque fundados también en defensa noble, si bien tengo de resguardo, aunque en disfrazado nombre, haberme el Rey perdonado, quiere castigarme ahora, mi vida está en vuestras manos. Ya sosego el corazón. No vi más extraño caso. Echaréis de ver ahora que son los vuestros villanos desatinos en querer oponeros a mi brazo. Vos, preciado de leal, vos, preciado de vasallo, culpáis los intentos míos; pues veréis en breve espacio lo que os cuesta el disgustarme. Hola. ¿De qué te has turbado, Elvira? Señor, ¿qué mandas? Vos veréis si lo bizarro ha de ser conmigo XXXXX. ¿Está Fortún? Esperando a Vuestra Alteza quedaba en el corredor. Llamadlo. ¡Ay, esposa! En triste día se encaminaron mis pasos a tus luces para verse burlado el amor de entrambos. ¿Qué me manda Vuestra Alteza? El que ves es el villano que, con el disfraz mentido, hizo tan bárbaro estrago. Disfrazose; por delitos que verá el sol castigados antes que, pisando auroras, dé tres vueltas al ocaso, en mi misma casa quiero que le tengas preso. El cargo te doy de su guarda. ¡Oh, cielos! ¿Qué tanto os alegran, tanto, las desdichas que me esperan, que me entregáis en las manos de mi mayor enemigo? Ahora verás si alcanzó, sin estorbos de tu vida, el laurel que conquistaron mis amorosos deseos. Infante. Obediente aguardo a que me mandéis. Oídme. Que en vano reprimo el llanto, mas no me atrevo a empeñar a la Infanta por librarlo porque no piensen que estuvo en mi casa disfrazado y que encubrí los delitos. Que el pundonor soberano de mi sangre se oscurece dando en su defensa un paso. Maestre Garci Fernández, ya que gozó, disfrazado, privilegios de servir al Conde y yo estimo tanto a doña Elvira, yo os ruego que dejéis que a mi hermano pedire la gracia yo con que podré disculparos. Es causa que toca al Rey y yo no puedo. Llevadlo. ¿Con esa descortesía estáis, Infante? Ea, vamos. Vamos, pues. ¿A dónde están los bríos? En estas manos. Ni los perderás muy presto. Esperad un breve rato, gran señora, a Fortún López. ¿Qué queréis mandarme? Si algo puedo yo con vos, que es esto tan presto, se despeñaron mis afectos, ¿lo lleváis preso vos? Sí. Pues llevadlo. Elvira, si en el semblante tal vez se descubren rasgos de las pasiones del alma, ya por tu semblante alcanza la pena de verle preso. Dime si son más cuidados los tuyos que haber servido con el disfraz de criado en tu casa. No, señora. Advierte. Estoy reventando de dolor. Yo te prometo, por la vida de mi hermano, de aventurar mejor por ti al riesgo mayor. Si acaso Vuestra Alteza tiene gusto de interceder por criado, se entiende, pero no más. Serán los ruegos templados viendo que te importan poco. Aliéntelos, mas no tanto que se presuma. No, Elvira. Yo, que he de solicitarlo, lo presumo solamente. Vivas, señora, los años que dilata el sol en siglos para dichoso milagro de Castilla. Pues ya puedo, seguramente, tratarlo. Verás los empeños míos en su defensa. Postrado el corazón a sus plantas, enamoroso holocausto te sirva de alfombra humilde. Mi amor te ofrece mis brazos. No perdamos la ocasión. Quédate, adiós. No lograron, los sosiegos temerosos, atrevimientos bizarros. Su generoso corazón, preso mi esposo, pongamos en balanzas de finezas, contrapesos de recatos y débame algún peligro amor tan hecho a milagros. ¿A dónde vas, Fortuna, sin esperanza de mudanza alguna? Véngose mi enemigo, airados cielos. El peligro de muerte son mis celos. Dejadme entrar. ¿Adónde vas, villano? A ver a mi señor. ¿Tratáis en vano de impedirme la entrada? Que entraré por los filos de una espada. No ha de costarte menos que la vida la intención atrevida. Dejadle, amigos, si os obliga el ruego; que viene a verme, y volverase luego. Sin armas vengo, como veis. ¿Pudiera vuestra puntualidad ser menos fiera? Pues no puedo ayudarle ni ofrecerle más remedio que verle. Es mi criado, amigos. Asistidme los dos para testigos, que solo viene a verme. Estad seguro que serviros procuro. Fuera le aguardaremos. Yo os estimo el favor. Lindos extremos. Martín. Señor, tan poco he merecido, que tu nombre de mí le has escondido. Aunque villano soy, yo te prometo que mereció mi pecho tu secreto y que osaré morir en tus prisiones, pidiendo a mi lealtad las ocasiones que el peligro mayor me solicite. Tu defensa permite, a costa de mi vida tan bien lograda, cuanto bien perdida, que a tus pies me verás hecho pedazos. Dame, Martín, los brazos por tan honrado aliento. No es ahora mi riesgo lo que siento. Mi peligrosa ausencia da a mi temor tan bárbara licencia, que luchan ya conmigo más furiosos los celos que el castigo. Elvira. Bien lo sé. Pues vuelve luego y templarás sus penas y mi fuego. Pues, ¿de quién te recelas? De las viles cautelas de mi enemigo Fortún López. ¿Quieres, con que a la sombra de la noche esperes, que sean, si en sus celos te embarazas, allá escarmientos lo que aquí amenazas? Traición no la permito. Es sabroso delito darle a un estorbo de estos por un lado, con la dura intención de un amolado. Advierte que me ofendes si le ofendes. ¡Qué mal con la templanza te defiendes! Vete, Martín. Y a vos bien advertido. Has de mirar. Primero, que tu olvido venza la ingratitud, el rostro infame, porque es bien que se llame, hombre no, sino fiera endurecida, quien beneficios que recibe, olvida. No espero, en mi desdichas, buen suceso. Ya estás en mi poder. Yo lo confieso Yo te quiero obligar. ¿De qué manera? Dándote libertad. ¿No considera Vuestra Alteza que no hay en toda España lugar seguro de mi Rey? Ocaña, lugar de mi maestrazgo, es fuerte villa. Tengo muchos lugares en Castilla, como en Extremadura, adonde tu persona esté segura y, aún si quieres, García, con tropas de lucida infantería que tengo prevenida y bien pagada. Contra el Rey de Granada, como mi Rey me envíe, iré el primero. Téngote por bizarro caballero y me has de ayudar en mi fortuna: Don Álvaro de Luna, que era mi opuesto, con soberbio brío le ha desterrado el Rey por gusto mío. Está Ruy López de Ávalos ya preso; vanle haciendo proceso de que al moro escribía, que en el crimen cayó de alevosía y, aunque es Ruy López de Ávalos mi opuesto, y el crimen por escritos manifiesto, no lo puedo creer de su nobleza; de este ya está seguro mi grandeza. Del Conde yo te fío, que ha de ajustar su intento con el mío. Tú solo te me opones cuando puedes adelantar mercedes. Gobernarás también si yo gobierno, será tu nombre eterno, tu casa, ilustre siempre. No prosigas, que el sufrimiento obligas, el decoro profanas, lealtades pierdes y baldones ganas. No puedo reducirte. Mucho pudiste, pues que pude oírte. Si te doy libertad… Ya no la espero. ¿Que no me temes? A mi Rey primero. Es grande mi poder. Tu voz te engaña, Mandárete matar. No será hazaña. ¿En qué te fundas? En lealtad me fundo. ¿A quién la guardas? A don Juan segundo. Él mismo te condena. De su mano será dichosa la pena. Yo quiero ser tu amigo. Vasallo soy del Rey. Que no te obligo. Si lo manda mi Rey, servirte espero. Quédate, monstruo fiero, que te dejo la vida, porque la tienes tan aborrecida. Castigos tan baratos mereces que te quiero dejar lo que aborreces. Señor. Fortún, ¿qué dices? ¿Qué porfía para hablar a García una mujer tapada? ¿Viene ella sola? Viene una criada. Déjala entrar, que no es inconveniente. Podrá ser que te aliente, García, mi favor. Volveré luego, que estás ahora en tus intentos ciego. Señora, pues aún presto, aún desvalido, sin conocerme grande prueba, ha sido de piedad generosa. Debo yo a vuestro nombre el ser piadosa. ¿Qué advierto, cielos? ¿Cierta está mi muerte? Que cuando más se advierte crecido el resplandor, con luz más viva la vela se derrita en la mortal ceniza que la afrenta. Al mismo paso que su lumbre aumenta favor tan soberano, vence el mérito humano, donde el alma turbada considera que me mata el favor con luz postrera. García, en corazón tan generoso puede intentar ofensas lo medroso, que los favores dudes por mortales. ¿De qué miedos te vales para turbar el alma siendo tuya? ¿Es bien que se atribuya, el cobarde temor, tanta victoria? Revuelve la memoria de quién soy y quién eres, muere de amor si mueres, no de cobarde asombro de tus penas, que las que están demás desdichas llenas, medrosas huyen si el valor las mira, su fuerza acaba y su rigor expira, si el discurso y prudente, avisado y valiente, con generoso aliento, corona de valor el sufrimiento. Hay en Tesalia un monte, Argos de su horizonte, que duda el cielo entre sus luces bellas si con flores le mira o con estrellas. Tan alto en la región del viento sube, que el último peñasco es una nube no densa, no preñada; de vapores terrestres congelada, que a la cumbre del monte no camina impresión peregrina, que puro el sol, entre celajes de oro, le guarda al monte su imperial decoro tanto, que por sus luces le pregunta y le cuenta los rayos, punta a punta, abajo, en la mitad, en pardos senos, lo rubrica el granizo, el agua y truenos, brama feroz el viento, que piensa que es el monte su elemento, burla fianzas de los verdes chopos, la riza nieve se desgaja a copos, los peñascos caducan y, entre mentidos troncos se trabucan tanto, que juzga el sol y no se engaña palestra de elementos, la montaña. Bien pueden las desdichas, los pesares, dedicarle al temor vanos altares en la baja porción del cuerpo humano, no el espíritu, no; que es soberano que a par del sol campea sobre toda impresión de sombra fea, siendo su claro asiento la cumbre de su mismo entendimiento. Tu esposa soy, García. Estima esta palabra por ser mía. Por ti ruega la Infanta; no es tu desdicha tanta que ya no se mejore, que salga el sol y que las cumbres dore, aunque mire el temor fieros ensayos de trueno, de granizo, nieve y rayo. En esas confianzas triunfo podrán contar mis esperanzas. Pero el Infante vuelve. Adiós, García. En tus memorias fía el alma que te adora. Tan firme como ahora ha de hallarme la muerte. ¡Oh, qué dichosa suerte! ¡Oh, qué dichoso empleo! Guardad tanto deseo para dichosos plazos cuando os debáis las almas en los brazos. Inés dice muy bien; que hay riesgo ahora. Pues, adiós, dueño mío. Adiós, señora ¡Ea, fortuna mía, vuelve tu rueda! . ¿Hablástelas, García? Sí, señor. Y, ¿quién eran? Si es forzosa la noticia de parte de mi esposa, con quién estoy tratado de casarme, vinieron a avisarme que mi peligro y mi prisión me quitan las dichas que mis ansias solicitan. Pues, ¡vive Dios! Has de casarte luego, aunque contigo no ha bastado el ruego y aunque a mi me provoca castigar tu delito. Al Rey le toca; él se me ha opuesto ya por caballero, pues libertarle espero. Quizá podré. Señor. Vete a casarte que, a puro hacerte bien, ha de obligarte. Cielos, delito fuera que rogándome el bien no le admitiera. e. ¿Qué bien habrá que no espere si recibo tantas honras? El Conde estaba presente y dio, con muestras piadosas, aliento a los ruegos míos. Tanta merced, tantas honras, señora, como vuestras. Si no mirara dos cosas: ser yo muy cuerdo la una y no importarme la otra, mató a un hombre, vive expuesto. ¿Qué dices, loco? Bien logra mi señor sus esperanzas; burladas salieron todas. ¿Tú también vienes turbado? El respeto es quien perdona una hazaña de villano, que en historias españolas animara el bronce a siglos el justo dolor. Me ahoga que, si no han de obrar las manos, selle el silencio la boca. Hombre, ¿qué dices? No encubras lo que sabes cuando importa, en tu noticia, el remedio. En el alma temerosa, ya las potencias confusas están vacilando todas. Vi a Fortún López. ¡Oh cielos! ¿Qué no me dierais ahora, sangre noble? ¿Hay confusión semejante? Inés. Señora, a no estar aquí Su Alteza. No excuses cuánto ocasiona mi asombro; di lo que has visto. Vi a Fortún López ahora. ¿Dónde? En tu mismo aposento. Lleno de arrogancia loca, dijo, “Ines, esta es mi casa. No sé como tú lo ignoras, siendo yo dueño de Elvira con posesiones dichosas” ¡Piedad, cielos! ¡Ay de mí! Elvira, en la sangre heroica de mujeres nobles cabe infamia tan vergonzosa. Eras tú la que rogabas por García. Ea, congojas. ¿Para cuándo son los lazos, si ya es vuestra el alma toda? El dolor me tiene ciego, ¡Cielos!, ¿qué he de hacer? ¡Ay, honra! ¿Cómo sin culpa os infaman? Pero si tantas memorias, tantos blasones ilustres por una infamia se postran a los pies del escarmiento, todos con vergüenza propia remediemos nuestro honor. Primero, García, perdona, mis desdichas te condenan y quien te mata es mi honra. Mujer atrevida, ¿cómo? Como sin pasión me oigas, disculparás mis intentos. Como es la privanza toda del Infante Fortún López, y es Su Alteza quien le abona, y por sus prendas merece que mi alma se disponga a estimarle y a quererle por no saber, temerosa. Señor, si tú gustarías por la oposigión notoria que tú has hecho a los disignios del Infante, vergonzosa, encubrí siempre mi amor, mas, ya que me fuerza ahora la verdad. ¡Oh, corazón mentido! ¿Cómo pregonas la misma muerte que aguardas? Prosigue, Elvira. Señora, digo que es Fortún mi esposo y que, si rogué piadosa por García (¡Ay, dueño mío!), fue porque en mi casa propia le sucedió la prisión. Esa fue acción generosa como cobardes tus miedos. Queriendo a Fortún, ¿qué importa que lo digas si le quieres para esposo? Sí, señora. ¿Dónde está Fortún? Muy vano, dueño de la casa toda, se pasea en esta sala. Voy por él. Así se logran tus deseos. Ruego a Dios que mi muerte se disponga. De suerte que no los logre una posesión traidora. Fortún, culpa habéis tenido, en vuestra suerte dichosa, haber dilatado el bien de Elvira. Que el alma oiga tan mortal sentencia y calle. Y a mis fortunas pregonan mis cortos merecimientos. De mi industria cautelosa ha logrado amor XXXXXX. ¿Cómo el dolor no me ahoga? ¿Cómo el pesar no me mata para que el mundo conozca que padece fuerza el alma por acreditar la honra? Las venturas son las mías en vuestras felices bodas. Daos las manos. Bella Elvira, vuestro soy. Yo vuestra esposa. Ya lo dije y no me he muerto, pero si el veneno arroja el corazón por los labios, ya perdió la fuerza toda y estoy viva hasta que beban más veneno, mis memorias. ¡Esperanzas, socorredme! ¿Qué miro, cielos? Ahora es menester que el valor me apadrine y me socorra. García, hablad a mi esposo Fortún López. ¿Qué, señora? ¡Es ilusión! ¡Sueña el alma! Ya que está vuestra persona conocida sin disfraces de villano, no es honrosa la acción de que estéis en casa, que ni ya el traje os abona, ni mi crédito lo pide sin pensión escandalosa. Esta sortija me disteis a guardar. Mientras, se logra en vuestro destierro el bien de dársela a vuestra esposa. Ya podéis XXXXX, pues la Infanta, mi señora, ha intercedido por vos. Merece vuestra persona mi favor; yo os le prometo. . Seguras tenéis las honras. . ¿Dónde tengo los sentidos? ¡Cielos!, ¿quién los transforma? O se ha embelesado el alma o las potencias la roban. Sin duda que estoy sin mí. Vamos. ¡Oh, mujer traidora, tan mudable en un instante! ¿A dónde voy, si voy loca del dolor? ¡Cielos! ¿A dónde me encaminan las congojas de mi muerte? Yo he tenido, Fortún, suerte venturosa. El sol envidia la mía. La arenosa Libia es corta para que mi pecho abrasen sus vivoras venenosas.
JORNADA TERCERA
¿Qué decís, Conde? ¿El Infante le libró después de preso sin darme cuenta? Señor, quizá por ser caballero de la Orden. Si sabéis del Infante los intentos, ¿cómo abonáis esta causa? Perded, señor, los recelos de García, que yo sé que al Infante es tan opuesto que no podrá reducirle si es contra el servicio vuestro. Haberle librado, Conde, teniendo el valor y esfuerzo que vimos, con causa justa, sus deslealtades sospecho. Mas hoy se remediarán del Infante los excesos. Garcí Fernández y Manrique, señor, así os lo prometo, vendrá humilde a vuestras plantas, aunque conozca que luego le habéis de quitar la vida. ¿Lo que os encargué está hecho? Ya está todo prevenido. Es tan libre y tan resuelto el Infante que, aunque yo le envíe a llamar, recelo que no ha de venir. ¿Quién puede huir vuestro mandamiento que pueda vivir seguro en los más ocultos, señor de la tierra? Don García, señor. Alzad. Vengo preso a que vos me castigueis, mas no el menor pensamiento de ofensa vuestra. Y si alguno tan atrevido y soberbio, fuera de vos, ha pensado que yo al Infante debo favores para pagarlos contra mi honor en desprecio de tan alta Majestad, que aun el sol tiembla de veros, cuerpo a cuerpo en la campaña le desafío y le rezo para que conozca el mundo, que siendo mandato vuestro seré contra el mismo Infante un ejecutor severo. Es Manrique muy leal. De vos no esperaba menos. Alzad. Beso vuestros pies. Señor, acordaros quiero que le habéis ya perdonado. ¿Cuándo? Dígalo este sello: cuando el disfraz de villano. Bien decís, muy bien me acuerdo. Y que merece también honras y favores vuestros. De que me sabréis servir, Manrique, estoy satisfecho. . Aquí está el Rey temeroso y confuso. A verle llego, que me han cerrado las puertas hasta el último aposento, donde severo le miro. Temo un infeliz suceso, gran señor. Dadme una pluma, Conde. Fortuna, ¿qué es esto? Yo, temor, siendo quien soy, de sus pocos años, tiemblo, mas la Majestad es grande soberana en todo tiempo, que aunque la corona ciña en la cuna Infante tierno, en la misma monarquía halla ejemplares severos. Más crecen mis confusiones. Ved ese papel y luego ejecutad lo que dice. Fuese el Rey. ¿Qué es esto, cielos? ¿Que dudáis lealtades mías? Lo que manda ejecutemos. “Garcí Fernández Manrique, Conde sois de Galisteo, y capitán de mi guarda, cumplid luego este decreto y haced que firme el Infante esas cartas y vos mismo tomaréis la posesión de las fuerzas que en el reino tiene el Infante. Yo, el Rey” Como manda, lo obedezco. Firme luego, Vuestra Alteza, estas cartas, porque tengo en este papel el orden. Vos, García... Obedecemos, señor, a Su Majestad. Dejadme hablarle primero. No tengo orden. Conde, amigo, decidle al Rey… Yo no puedo. ¿Qué dicen las cartas? Bien. Podéis verlas. Ya sospecho lo que dudaba el temor. El decreto es manifiesto: para entregarme por ellas de las fuerzas que en el reino tienen hoy vuestros alcaides. Ese es temerario exceso, que son mías por maestre de Santiago y las tengo por castillos de mi Orden. Mándalo el Rey. En lo ajeno no puede mandar. Sois vos vasallo suyo. No niego que es mi Rey. Puede mandaros. Bien puede, yo lo confieso. Pues si os manda a vos, bien puede mandar en los bienes vuestros. . Yo no he de firmar las cartas. . Pues yo he de llevaros preso. . ¿Qué decís? Eso, señor. ¿Vos a mí? Yo a vos. Que tengo sufrimiento para otros. No es el suceso primero que habéis tenido en Castilla. Garcí Álvarez de Toledo señor de Oropesa, os tuvo por mandado del Rey preso en el castillo de Mora más de dos años y medio y, como Rey tan piadoso, dejó vencerse a los ruegos del de Aragón, vuestro padre. Eso ha de ser. Deteneos, García, y considerad que os dejé yo libre y suelto cuando pude castigaros como maestre. Confieso tan grandes obligaciones y que pagarlas prometo, no habiendo reputación que perder ni mandamiento de mi Rey, que los vasallos como yo cumplir debemos, aunque se arriesguen las vidas. Si habéis de firmar sea luego, porque me he de partir hoy a Ocaña, lugar primero y cabeza del maestrazgo. Señor, tomad mi consejo y obedeced. ¿Qué os importa la templanza y sufrimiento? Mostrad. Firmaré las cartas. (Denme paciencia los cielos). En esta nadie se sienta, sino el Rey. ¿Pues yo no puedo? No, señor. Esto permito. ¿Cómo he de firmar? Poniendo la mano sobre mis hombros y yo de rodillas puesto, que sois en Castilla Infante. Cuando vengarme pretendo, me templan sus humildades; es cortesano discreto. No he visto, con tantas partes, más bizarro caballero. Quedará eterna memoria de tan valeroso hecho y será Juan el Segundo blasón heroico del tiempo, dándo ejemplares ilustres de obediencia y de respeto. . ¿Firmó el Infante? Señor, en nada mostró su pecho tan temeroso y bizarro como fue en obedeceros. Salid luego de Castilla. Ese, don Juan, es destierro y a príncipes como yo… Libra Castilla el sosiego en vuestra ausencia. Tres días os doy de plazo. ¿No puedo hablaros, señor? Sí, Infanta. Dijéronme, entrando a veros, el rigor que habéis mostrado con el Infante. Desprecios parece que usáis conmigo cuando favores espero, cuando ya toda Castilla aguarda mi casamiento, siendo yo quien lo excusaba. Y, por sólo obedeceros, dejé el convento y salí con humildes rendimientos a librar mi voluntad en la vuestra. Dáis, severo, con castigar al Infante, ocasión a mis desprecios. Que él os obedezca es justo, que a vuestros pies él primero conozca que sois el Rey; es razón que la defiendo. Pero si ha de ser mi esposo, no es razón que llegue a serlo despreciado y desvalido, cuando ya le considero tan rendido y obediente al menor aliento vuestro que a uno osara, yo lo fío, alzar los ojos a veros. Acariciadle y honradle, si favores os merezco, pues en él me honráis a mí; esto a suplicaros vengo, siendo posible, y, si acaso importa lo que habéis hecho a vuestra razón de estado como a la quietud del reino y, en mis ruegos no hay lugar, yo me volveré al convento, donde en dichosa clausura gocé más feliz sosiego. ¡Esperad, Infanta!. Conde, aquí he menester consejo de los hombres como vos. No serena el sol los cielos después del feroz naufragio, para ver dichoso el puerto, con más temerosas luces que las vuestras, pues han hecho que, turbado, el mar le aplaque, que se muestre limpio el cielo. Vos me restauráis la vida. Pues, en verdad, que no os debo ni aun la menor cortesía, pues cuando llevábais preso a Garci Fernández yo, que estimara un Rey mis ruegos, no pude con vos. Señora, fue porque… ¿Qué fue, si luego le enviasteis libre? Templad tan peligrosos alientos, que os llevan a despeñaros. Mal podré si sois el freno que blandamente reprima desordenados intentos. Alcanzaréis por humilde lo que perderéis por soberbio. Sois príncipe generoso y el Infante es primo vuestro y la Infanta os lo suplica. Lo que me pedís concedo. Llegad, Infante, y besad la mano al Rey. Con tan nuevo corazón y fe tan leal, que de mis pasados y errores copie Castilla lealtades y la soberbia, escarmientos. Mis brazos, primo, os darán muestras de mi amor. El cielo guarde, señor, vuestra vida. Ahora sí que os merezco, logrando las dichas mías. Soy, señora, esclavo vuestro, que mi amor y mi fortuna, por tan peregrinos medios, me han hecho dichoso. En cuanto a la entrega de los pueblos adonde tiene castillos el Infante… Eso no entiendo, señor. Esas cartas hice que firmase, previniendo sus designios. ¿Y a quién disteis el orden? A mí. El decreto está muy justificado. García se parta luego a poner en vuestro nombre guardas y alcaides en ellos, porque veáis que no busco los remedios tan violentos que la paz de nuestras bodas turben escándalos nuevos. Mas yo os suplico, señor, que haya limitado tiempo en la posesión que pierde el Infante. Lo concedo. ¿Qué pediais? Por tres años. No me juzguéis tan severo. Basta un año. ¡Qué perdidos anduvieron mis deseos cuando os negué sucesiones! El bronce blasón eterno de los metales, unidos con el arte y el ingenio, será materia caduca, señor, para el nombre vuestro, porque ha de ser a su fama, vergonzosa línea el tiempo. Pues el día de mercedes, yo también hacerlas quiero. Hoy se casó doña Elvira, sobrina del Conde, y debo, por muchas causas, honrarla; Fortún López es su dueño, tan privado del Infante como véis. Entre los deudos y amigos del Conde trazan, entre festines diversos, para esta noche un sarao. Pasad vos también a verlo, porque honréis los desposados. Iré por ser gusto vuestro. Posible es que las desdichas no han dilatado su imperio. No es posible que jamás, en los humanos sucesos, se han mostrado tan rebeldes a la fortuna ni al tiempo, pero son desdichas mías, que bastan para su aumento mis esperanzas, mis pasos, mis firmezas, mis deseos. García. ¿Qué me mandáis? ¿Cuándo os partiréis? Yo luego. No es la prisa tan forzosa; mañana iréis. No obedezco con menos puntualidad, porque a la prisa le debo gran parte de mi quietud y, en quedándome, la pierdo. Esta noche habéis de honrar mi casa. Serviros debo, mas creo… Ni aún por excusa la admito. Ya os obedezco, mas si he de ver a Fortún, yo mismo, si voy, me temo. Pues mi amor no se descuida, García, en vuestros aumentos. Y pues veis que el Rey me estima y os honra tanto, pretendo pedirle para casaros. De eso estoy, Conde, muy lejos ¿Y si es dama de la Infanta, doña Inés Portocarrero, hija del marqués de Cádiz? ¿No es ilustre casamiento? Para otro cualquier marido, pero yo merezco menos de lo que vos presumís esta noche, pues me quedo por serviros. Decís bien. Largo en mi casa hablaremos. Si con tan nuevos pesares al pisarla no reviento. Si es tu amo caballero y en casa no ha de vivir, véle a otra parte a servir. Estilo tan majadero jamás le he visto en mujer. Aquí vendrá mi señor y es muy pícaro rigor y bellaco proceder echarme de casa a mí, quedándose Martinillo; yo no he de poder sufrirlo. Ni él puede sufrirte a ti. ¿Cómo no? Pues, ¡vive Cristo! que me sufrió, linda prueba, la bofetada más nueva que los nacidos han visto. La campana de Velilla, Inés, no fue tan sonada. ¿A quién dió esa bofetada? A mí, pues es maravilla. ¿Él mismo? Dime ocasión. No lo acabo de entender. Diga, ¿no puedo yo hacer de mi cara un bofetón? Está tan hecho a llevarlos, que nada me espanta ya y aún pienso que se los da él mismo por no enfriarlos. Ha estado en mi pensamiento. No ha de estar un hombre honrado en cosa que él ha pensado y, así, miente. Y así miento. Oye, muy poco sonó la campana de Velilla. Yo haré que suene en Castilla. ¿Cómo? Sí, la traigo yo. La torre puede traer, que es muy gentil ganapán. Otros, sin ganarlo, están holgando para comer. ¿Qué guel gozo? Los di santos. Pues hagamos una apuesta, que con ser hoy día de fiesta y de regocijos tantos… Diga. Que quebrantó el día, haciéndole trabajo moliendo de arriba abajo, alguien. No me espantaría que, quién quebranta rompiendo la tierra, con ser más grave quebrante un día, suave, para gastarlo moliendo. Váyase. Dígalo Inés. Eso será repetirlo. Ya lo has dicho. Sin decirlo. Pues, váyase. Voyme, pues, mas es porque no suceda. Casi enfadándome estoy. Yo soy hombre que me voy y él es hombre que se queda. También yo me voy, Martín, a prevenir dos mil cosas para esta boda forzosa; ha de haber cena y festín y sarao después de cena. Pues adiós, Inés. Adiós. Opuestos somos los dos: tú en el gusto y yo en la pena. Este es mi señor. Martín. Poco sientes los pesares, pues al del alma te arrojas, siendo los pasos, delitos. Amigo, a ruegos del Conde, forzando el alma, he venido. No me culpes. ¿Y has de entrar a ver tus agravios mismos? ¿Has de sentarte a la mesa? Eso fuera ver prodigios y verse anidando juntos palomas y basiliscos. No para consuelo tuyo, porque carecen de alivio los imposibles humanos y esto cura el repetirlos. Pero por verdad lo cuento, pero por verdad te digo, que estando yo en el jardín esta tarde… El cocodrilo pienso que escucho en tus voces. Si vas de tanto martirio de un burlado corazón, con agravios infinitos quieres que muera. Prosigue. Elvira a los cuadros limpios del cultivado jardín entró. Si fue desatino de mi confusión, perdona, que engañados mis sentidos, entendí que, como el sol se pone en salados vidros, monumentos de sus rayos adonde mueren dormidos, y el alba, su precursora, le va peinando los rizos, entendí también que Elvira, como el sol, buscaba sitio dónde ponerse y tocaba los claveles y narcisos para descansar en ellos de su rosado camino. Acreditóse mi engaño viendo, imitando el rocío, porque de lágrimas bellas coronó sus laberintos. Mas luego vencí mis dudas porque, en mortales suspiros, Elvira enjugó las flores y, aún fuera abrasado estío a no tocarlos sus plantas por cuyos pasos perdidos de la congoja llevados, ya ligeros, ya prolijos, se iban rescatando mayos y el jardín, a un tiempo mismo, se vio atropellando aromas; confuso pero florido. Cielos, ¿soy yo quién lo escucho? ¿Has visto, señor? ¿Has visto? Perdona las semejanzas que, como es el centro mío árboles, fuentes y flores; que es mi común ejercicio, te diré que Elvira entonces, con mil “ayes” repetidos, tu nombre engarzaba entre ellos, tan medrosamente dicho que aún el eco lo ignoraba por más que gustaba oírlo. Y, entre lágrimas y acentos, “¿dónde estás Manrique?” dijo, y, derribada en la hierba como suele hermoso lirio que troncó el rústico arado abreviarse en parasismos, así, Elvira, así, tu esposa. ¿Qué dices? Lo que ella dijo: “¿Dónde estás”- dijo mil veces- “dulce ausente esposo mío? Que si es mejor prenda el alma, el alma te sacrifico, abrasado un corazón en castos amores limpios y negándose a la tierra ufana en los desperdicios, pues en ellos guardó el sol primaveras a mil siglos, confusa de cuadro en cuadro, medrosa de sitio en sitio.” Tórtola desamparada, que se arrulla con gemidos, viendo que a su tierno esposo, brazo traidor escondido con aleves acechanzas, le derribó de improviso. Y va repitiendo quejas, todas sin haberme visto, hasta que templé sus pasos, dónde, alentada conmigo, me pidió que te buscase, que aunque viese más peligros que el viento guarda en escollos, que el mar esconde en sabios, ha de verte porque, ahora, con parabienes de amigos que a las dichas sobran muchos, está Fortún divertido. ¿Qué dices, Martín? ¿Tú quieres que en bárbaro sacrificio despedace el corazón, siendo espadas sus delitos? Sobra a un alma tanta pena. Cortos vienen los sentidos para ajustarse a pesares. Con el blasón de infinitos no veré otra vez mi muerte. ¡Aquí está! Dichosa he sido, porque dudé que vinieras. A no ser ruego preciso del Conde, dudaras bien. Con el trafago y bullicio podrá mi señora hablarte sin estorbos de testigos. Pues, ¿qué quiere? Disculparse del que juzgaste delito. Ya está aquí. Dorar el hierro para matar quien lo ha visto. Mirad los dos a esa puerta si hay peligroso registro que multiplique el temor de pasos mal advertidos. García, pues quiere el cielo que tenga mayor dominio en el alma el claro honor que el afecto más rendido, porque a las mujeres nobles, que para ejemplo nacimos, de las que infamarse quieren con disculpados delitos, no hay excusa que nos valga, no hay consejo, no hay arbitrio que de la infamia reserve a deseos atrevidos contra el invencible amor, puro siempre y siempre limpio. Esto es en primer lugar, pero yo te certifico, si hay consuelo en un dolor tan mortal siendo tan vivo, que adoré tu nombre siempre. Mas viéndome en el peligro de un escándalo tan grande de que en mi aposento mismo con desenfados traidores que era ya mi dueño, dilo el que ha de serlo por fuerza, que era justo en tanto abismo de vacilados deseos, de pensamientos perdidos, de esperanzas despeñadas, de cerrados laberintos, con tan afrentosa nueva y con tan infame aviso en presencia de la Infanta y en presencia de mi tío, que era justo que yo hiciera y agradézcole infinito, que dicen mis desventuras que es un hombre bien nacido, porque a ser de baja sangre pienso que hiciera lo mismo, porque se suelda el honor por bajo que sea un marido. En las orillas del mar, sobre sus peinados riscos, unos pájaros se crían, que con aliento atrevido dejan la tierra y se engolfan, porque entre céruleos vidros les da la mar el sustento de menudos pececillos que en la superficie nadan ligeros, sino advertidos. Engolfadas, pues, las aves, suele, tal vez de improviso, levantarse una borrasca de vientos tan repetidos, que perdiéndose a la tierra, les niega el aire el camino, siendo las alas su peso para mayor precipicio. Brama el mar, túrbase el sol, y pierde el amado nido el pájaro en los encuentros de tan mortales peligros y, vacilando confuso, y naufragando perdido por daño menor, escoge derribarse a los abismos; esta soy. ¿Qué culpa tengo si me despeñó el peligro? Si para satisfacerme lo que te he escuchado has dicho, no hay satisfación que baste para ver mi bien perdido, sin socorros de esperanzas, porque se mienten alivios si está sin remedio el alma de que la sirven avisos. Si me pidieras consejo, en tu dolor y en el mío la borrasca se templara, volviera el pájaro al nido y, burlando las espumas, fuera ejemplo de los siglos. ¿Pues de qué suerte, García? Entrando. Tente. Yo mismo. Y haciéndole más pedazos. Mira. Ciego estoy, no miro. Es mi esposo. Pues ¿qué importa? Yo tengo honor. Yo albedrío. Tú en mi casa. Yo en tu casa. ¿Qué dirán de mí? Harto han dicho. Pues no miras, que me pierdes. No miras, que me has perdido. Débate yo esta fineza. ¿Para qué, si es desatino pensar que puedas pagarla? Pero, pues tantos servicios se malogran entre en ellos este, pues, en él te sirvo. Tu vida guarden los cielos. Señora, ya los padrinos infantes y el desposado, para colmar regocijos con tu presencia te llaman. Por aquí, pues no me han visto y ya la noche desata sombras de su manto frío, entraré más bien, García. De la mitad me despido del alma. Quédate a Dios. Una cosa te suplico. ¿Qué quieres? Que no te vayas hasta que entre el Rey. Ya rindo mi voluntad. Mas, ¿qué intentas? Ven, señora. Ya te sigo. Adiós, García. Él te guarde. ¿Es posible que permito consuelos a mi dolor? Ya con aplausos festivos se van sentando a la mesa. Con tantos dorados visos de las galas y las luces, la sala me ha parecido cielo bañado de estrellas. Su pompa y grandeza admiro. ¡Oh, Fortún, en tu fortuna te goces dichosos siglos, pues te han hecho venturoso las desdichas en que vivo! Y ruego a Dios que tu esposa pague mi amor con olvidos, porque hasta los pensamientos los ocupe en tu servicio, que son infames deseos alentarlos, vengativos. El Rey viene. No quisiera que me viese. Ya te ha visto. García. Señor. ¿Pues cómo no habéis entrado? He venido tarde y aguardo a que cenen por ver si hay en qué servirlos en el sarao. Está bien. Mas, si no me engaño, miro turbado vuestro semblante. Señor. Decidme qué ha sido, porque vuestra turbación no es sin causa. Juan invicto, negaros yo la verdad fuera confesar yo mismo que no estimo vuestras honras logradas con beneficios. Una sortija me disteis. Es verdad. Y en el fingido traje de hortelano os dije (mi muerte, señor, repito) que era para mi mujer. Dijísteisme, no me olvido, que ahí no estábais desposado. Ahora lo mismo os digo. Sus padres, que lo trataron, murieron; quedó su tío, que la recibió en su amparo, sin saber nuestros disinios; esta es Elvira, señor. Pues, ¿cómo? Señor, ha sido (perdóname el desacato) un alevoso delito de Fortún López, pues hoy, ¡oh, celoso, oh, vengativo!, para lograr sus venturas, infamar a Elvira quiso, escondido en su aposento, sentado en su lecho mismo con tanto desembarazo, que fue seguro partido desposarlos arrancando dos almas a un tiempo mismo. Donde se padece fuerza no es justicia el consentirlo. Vive Dios. Ya están casados, señor. Si yo lo permito. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¿De qué bárbaro se ha oído tan feroz crueldad? Señor, de vos aguardo el castigo si me oís. Alzad del suelo. Maté a Fortún. Ya lo he visto. Quiso manchando mi honor. Ya lo sé. Guardaba limpio mi casto amor a mi esposo, García. Ya lo he sabido. Mis padres lo habían tratado. Cuanto me informáis me han dicho. Pues, señor, si lo sabéis, no perdonéis mi delito, sino sólo disculpadle para que sirva de alivio a la muerte que me arroja de un abismo en otro abismo. Tan justa causa ignoraba, que no hubiera permitido tan atrevidos deseos a Fortún, sí el voto mío, señor, para sentenciar esta causa. Yo os la fío, Infante. Juzgadla vos. Tiene Elvira por padrinos la piedad y la razón. Ya soy bueno para amigo. Y yo para vuestro esclavo. Elvira, si sois servido el bien, que esté algunos días con la Infanta en su servicio mientras toma posesión García de los castillos que me pedís en resguardo. Y si los estados míos queréis, señor, que os entregue, yo nací para serviros. Solo que me deis en premio la merced que solicito desposándose XXXXX, que ahora es inadvertido consejo tratar de bodas, viendo el suelo en sangre tinto, con tan lastimosa muerte. Vuestro voto ha sido el mío. Eternice vuestra fama el tiempo. Llegue a rendiros sus arenas de oro el Ganges. Volví a cobrar mis sentidos, despeñados del dolor. Donde, con tan rudo estilo, esta historia castellana por el poeta os la pinto en bárbaros bosquejos y en versos tan mal escritos.
