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Texto digital de La honra vive en los muertos

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Zabaleta
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega a partir de Ana Elejabeitia.

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Cita sugerida

Elejabeitia, Ana, Álvaro Cuéllar y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La honra vive en los muertos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/honra-vive-en-los-muertos-la.

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LA HONRA VIVE EN LOS MUERTOS

JORNADA PRIMERA

De mi vida el flaco estambre se corta infaliblemente; pues te precias de valiente mátame, Alonso, esta hambre. Andrea, pues me conoces y sabes lo que te quiero ya que no tengo dinero yo te la mataré a coces. ¡Que así tu crueldad me trate! Pues yo (en pensarlo me alegro) seré mala con un negro solo porque me la mate. Aunque es lo que dices yerro será fácil intentado, que en tiempo tan desdichado muy presto hallarás un perro. Mas ¿por qué? ¡no me dirás tan cruel venganza te place! esta hambre ¿qué te hace? ponerte flaca, no más. Pícaro ¿me das matraca? que no quiero, as de entender, ser flaca por no comer; por comer quiero ser flaca. en fin, tú haces desdén o trisca muy desleal de que yo lo pase mal Procurar pasarlo bien. ¡Te burlas de mí; ruin, soez! pues si cojo un palo...! Pues ¿un redomazo es malo de vino de San Martin? Que alegra pechos y copas ese licor, imagino. Pero yo no bebo vino. Es virtud. Mas hago sopas. Esas voces, como exceso, en mí admiración no imprimen; que lo harás porque te arrimen, que eres inclinada a eso. El vino está en el desván en que duermo sin comer; mas si has las sopas de hacer tienes de buscar tú el pan. Tú eres loco, bien lo fundo, pues me estás aconsejando que yo el pan me busque, cuando no hay para un pan en el mundo. No juzgo yo tan escasa tu inteligencia que ignora que, si no es con mi señora, yo nunca salgo de casa; donde, con pausa fiambre y con perpetuo dolor, vivimos de hacer labor, pero morimos de hambre. Y esto es forzoso se parta con su padre, a quien sustenta; porque de honrada revienta mas no revienta de harta: ¿Por qué cuentas esa historia a quien nunca la ignoró? que siendo de casa yo la tengo bien de memoria. Y sé que doña Beatriz a ser honrada se estruja y a sustentar con su aguja a su padre que, infeliz con la gota enfermedad vieja, está en triste quietud; y ello, por cierto, es virtud más poca comodidad. ¡Que con tan rara hermosura quiera pobreza tan rara, valiendo una buena cara más que una buena ventura! Mira ¡Dios es mi señor! que tanto me encolerizo de oírte esas necedades que te diera en los hocicos con ambos puños ahora, a no apagarme los bríos más que mi mucha prudencia lo muy poco que he comido ¿Ignoras de don Fernando mi señor... Y también mío. la nobilísima sangre? No la ignoro. Y di tú mismo, pues en casa te criaste... Eso desde tamañito... ¿No viste cuánta riqueza era ilustre desperdicio de su generosidad? De todo soy buen testigo; mas ¿qué tenemos con eso? Que es un infame delirio acusar a mi señora de que no arroja, al estilo común, de su gran belleza aquel singular prodigio, solo por no padecer de la pobreza el martirio. He aquí que mi amo es muy noble; y que fue muy rico; y que ahora no tiene un cuarto, porque a pleitos consumido está en la mayor pobreza. Su sangre ¿de qué servicio es hoy para su comer? Las riquezas que ha tenido le hacen más desdichado y no le sirven de alivio. el que muda de fortuna mudar de sangre es preciso; pues el dinero, no más, hace bien o mal nacidos. Quien nació rico y es pobre es vulgar trasto del siglo; pero muy gran caballero quien nació pobre y es rico. Doña Beatriz y su padre, desde aquel instante mismo que empobrecieron, son nada; y si son algo es dos nidos en donde vive la hambre. Luego, es muy gran desvarío el tener lo altivo siempre quien tiene solo lo altivo. Doña Beatriz es hermosa y está por ella perdido don Diego Girón, que es hoy de Sevilla el más lucido caballero, el más sobrado, muy liberal y muy fino con las damas; y esto yo lo sé porque introducido estoy con él. ¿Por valiente o por bufón? Por amigo. y si ella su galanteo admitiera, yo te afirmo que otra olla nos cantara. Mira, Andrea, yo no digo que sea mala mi señora; que no sea tan buena pido. Dé una esperanza que es aire y reciba un papelillo que es un trapo; y por no ser descortés tome un bolsico con cien escudos, que el oro no es más que barro amarillo. Si la envía algún regalo, y aunque sean veinteicinco, tómelos; pues el tomar es tan barato cariño. Que de todo esto que oyes, que de empeños un abismo parecerá, cuando mucho puede resultar un hijo. ¡Tú estás loco! Mas mi ama debe de tener designios de ser esposa de este don Bernardo, que admitido es tal vez a una visita de mi señor. Ese es lindo pelón. No tiene un real este viejo vive cristo A ti no te toca dar en estas cosas tu arbitrio; lo que te toca, ruin hombre, es, supuesto que te admito a mí, galán por lo bueno. Ese también es camino para lo malo. Y quizá te dejaré ser marido y criado de esta cara; traerme algún regalillo de cuando en cuando que el dar es del amor fuerte indicio. Mientes, que a la mano zurda es del corazón el sitio y el sitio donde arde aquel incendio maldito; y la zurda es una mano que jamás ha dado un higo. Pues ¿qué es amor? ¿qué sé yo? ¿no sabes? que, como vivo de milagro, porque en casa a título de haber sido criado de ella me dan solo un jergón y un rinconcillo en que me recoja, ando todo el día por garitos, por tabernas, por boliches y que con el ejercicio crío hombre? pero como lo que mi dios es servido; y tal vez suele servirse de traerme el cuerpo vacío. Que no hay quien un cuarto tenga, porque está el mundo perdido. Mira tú ahora qué puedo traerte con este oficio. Pues, rey mío, no enamore. ¡Yo no puedo más conmigo! Pues pueda irse noramala, siquiera. Ni a eso me inclino. No me hable más. ¿Cómo es eso? ¿Cómo ha de ser? Andrea, chito, que llevarás. ¿Yo llevar? ¡Vagamundo! Dulce arrimo son tus brazos. ¡Mi señor! El nuestro montante ha sido; que mis bríos ya se iban a tu cara. ¡Dios lo hizo! Padre y señor, aquí fuera estaréis mejor conmigo que en la prisión de la cama, que en siendo larga es martirio. Mientras de comer es hora podéis gozar del benigno rayo del sol que aquí hiere con dulces reflejos tibios; que la nieve de las canas y el sol no son enemigos. ¡Ay Beatriz del corazón, el pedazo en que más vivo y el cuidado en que más muero! porque siempre que te miro mujer moza y no, muy fea, pobre y sin humano arrimo, insaciablemente lloro y mortalmente me aflijo. Señor, con pensar que soy noble concepto nacido de vuestra sangre estaréis gustoso. En lo que yo estribo es en tu buen natural. Que la sangre a nadie hizo bueno ni malo; que ese es un muy vulgar delirio. Fuera de que yo del cielo y de su clemencia fío; que en felicidades grandes te ha de pagar los fastidios, hija, que conmigo tienes. No deis señor tan indigno título, nombre tan feo, al gusto con que os asisto. ¡ah! que es forzoso que cansen los lastimosos gemidos en que los vivos dolores de mis achaques explico: El vestirme, el desnudarme, acudir a lo que pido; y muchas impertinencias que la vejez trae consigo por la falta de razón; que por soberano arbitrio se vuelven niños los viejos, porque cobren de sus hijos, casi en la misma moneda, los cariñosos oficios en que ellos se ejercitaban con ellos, cuando eran niños. Pero lo que más, Beatriz, yo te agradezco y estimo, y te ha de estimar el Cielo, es aquese afán prolijo con que me estás sustentando; pues cuanto yo como y visto son tareas de tu aguja, desvelos de tu cariño. Hay un pájaro piadoso en cuyo pecho sencillo está el cuarto mandamiento inmutablemente escrito del dedo de Dios; pues siempre, por inagotable instinto, que a sus padres mira viejos recogiéndolos al nido los alimenta agradable; y tal vez se quita él mismo a sí mismo su sustento por dársele al que principio le dio en la naturaleza; a este bien agradecido. Si la vejez le despluma él con sus plumas el frío le defiende y de una vez le da el calor y el vestido; cuando es forzoso mudarle desde un sitio hasta otro sitio, tendidas en cruz las alas sobre sus hombros, benigno, le coge y con lento vuelo conduce el peso querido. Pero puesto en cruz ¿qué había de hacer sino beneficios? Vos, hija, pájaro hermoso de quien es rubí el pico, plata la pluma brillante, oro la garzota rizo, alimentáis mi vejez, vestís mi cuerpo encogido y, si he de moverme, sois el báculo a que me arrimo. Mas, cuando me dais la mano, enferma de cruz os miro; y es que vais volando entonces, pájaro de Dios bendito, al cielo con esta carga por lo que le habéis sufrido. Aún más lágrimas que veros me causa, señor, oíros. Yo hago de muy buena gana esto poco con que asisto a vuestras necesidades; mas es tan poco ¡ay Dios mío! que es nada lo que remedia. Así trujeran los siglos hasta mi tiempo la ley en que era permitido que en necesidad extrema vendiese un padre a sus hijos. Porque yo misma os rogara que en tan amargo conflicto usaseis de este derecho y que vendieseis, a gritos de pregonero, esta alhaja que os dejó el hado enemigo; porque siquiera algún tiempo con aquel precio adquirido por mi libertad tuvieseis más canales los alivios. ¡Hija de mi vida! ¡oh, cuánto me festejan los oídos aquesos afectos! toma mis brazos por lo que has dicho, llega tu rostro a mi rostro que en ti mis venturas cifro. Mucho ha que estáis en pie; que os sentéis aquí os suplico. Llega esa silleta, Andrea. Yo la llegaré Alonsillo ¿tú estás aquí? Sí, señor. En fin, ¿te andas perdido sin querer acomodarte? Señor, el andar baldío aún es más falta de amparo que inclinación a los vicios. No es muy mala la disculpa, Alonso; yo te la admito, que nadie es hombre sin hombre. Al cielo hago testigo que no te puedo ayudar; pero adviértote que he oído que traes malas compañías, que entras en puestos indignos. Y esto no te lo disculpo. ¿Nunca, señor, has oído que toda humana pasión, aun cuando está con más brío, puede vencerse a razones sino es la hambre, executivo acreedor? ¡Y es cierto! pues más de mil veces la he dicho: Señora hambre, mire usted que soy un caballerito criado entre buena gente y no me será bien visto por comer hacer ruindades; mas viendo que no la obligo, porque más me aflige entonces, parto a un boliche, a un garito, a una taberna hasta que, por bueno o por mal camino, como; y entonces me deja; mas vuelve de allí a un poquito. Y agora, porque ya siento que ha empezado a hacer lo mismo, me voy al mismo negocio. Y que hoy será bueno fío, porque hay toros y andan todos de bureo y regocijo. Dios te tenga de su mano. ¿Hoy hay toros? No ha tenido día Sevilla jamás más alegre y más festivo. Hay toros y juega cañas lo más noble y más florido de la ciudad. Trae, Andrea, las almohadillas. ¡Oh vivo retrato de aqueste mundo! allí fiesta, aquí suspiros, allí holgura, aquí trabajo ¡oh gran Dios, vos seáis bendito! Andrea, démonos priesa; porque en comiendo es preciso llevar aquesta labor a su dueño. ¿Ay tal martirio? ¿hoy día de toros, señora? Y más, que en el mismo sitio es la casa en que se corren. Que así respondas admiro. ¿No sabes que no hay dinero -¡oh riguroso destino- para que cene mi padre? Ya no despego mi pico. ¡ah, con cuánta diferencia vuestra madre, que zafiros pisa, solía hacer labor! pues ella cuando la hizo era por entretenerse: en estrado hermoso y rico, rodeada de criadas con merienda y regocijo. Mas vos para sustentarme. Cada vez que lo repito ¡no sé cómo no me mata este invisible cuchillo! Ya eso pasó, y a este tiempo el cielo nos ha traído. Él sabe por qué. Paciencia. ¿Queréis que por divertiros cante Andrea? Sí, Beatriz y aún que tú cantes te pido; que en ambas de tantas penas tendré dos dulces olvidos. Empieza tú. Ya yo empiezo. Y ya yo también te sigo. Con razón está gustoso quien dichas pudo alcanzar. Cantando ambas, cada una de por sí No está, pues no puede dar la razón porque es dichoso. Para darse a la alegría, quien las tiene, a más no espera. El más justo placer fuera saber que las merecía. Yo quiero tenerlas. Y yo merecerlas. Eso no es vivir. Ni eso discurrir. Pues yo vuelvo a decir: Con razón está gustoso quien dichas pudo alcanzar. No está, pues no puede dar la razón porque es dichoso. Cuando entro a visitaros, acentos oigo divinos y a moverme no me atrevo, por no enojar al oído. ¡Señor don Bernardo! ¿aquí? Vos seáis muy bien venido. Beatriz, deja esa labor. Que no estorbe yo os suplico. (A mi hija por esposa don Bernardo me ha pedido y a dársela estoy resuelto; que es muy noble, aunque no es rico, y al fin estará casada. Bien que cerca de heredar está, según imagino, un mayorazgo muy grande) ¡Qué ojos de basilisco le echas! ¿Qué quiere este hombre? Casi nada; ser marido. ¡No creerás lo que me cansa! Ya que es don Diego imagino quien te agrada... Nadie a mí me agrada, a nadie me inclino. (Pluguiera a Dios fuera ansí porque a Don Diego le rindo el alma; bien que él ignora estos secretos delirios.) Aunque hoy Sevilla presenta estos toros, prevenidos gustos al gusto de todos, porque sea cabal el mío he venido a veros. Yo esa lisonja os estimo. Hija, llámala fineza. Es muy grande ese apellido para tan pequeña acción. (A este mozo me inclino) ¡Qué grave está la señora! (¡Oh, qué desagradecido es un corazón que tiene en otra parte el cariño!) Ya yo la dicha he logrado de veros; bien que el designio de que en algo me ocupéis, que sea de vuestro servicio, ninguna vez se me logra; y así, porque he presumido que ya es hora de comer, me quiero ir. Y yo os suplico que creáis que en esta casa os estiman infinito. Hija, dame aquesa mano y condúceme al retiro de la tribuna, que quiero estar en ella un poquito antes de comer; pues Dios me ha dejado aqueste alivio en mis trabajos, que es tener templo tan vecino, que hay para él puerta en mi casa, grandeza de los lucidos varones de quien mi sangre toma su noble principio. (¡Oh, con qué dificultad a estar sin verla me animo!) (¡Qué de cuidados alberga este caduco edificio!) (¡Oh, qué de penas a un tiempo en aqueste pecho abrigo!) El cielo os guarde mil años. Y a vos os guarde los mismos. En fin, querido esposo, con denuedo galán, garbo animoso queréis hoy en la plaza, que una ciudad en buen espacio abraza, entrar en lid sangrienta con la fiera que dos rayos ostenta atados a su frente, cada cual tan valiente, tan raro, que en la arena es importuna, hijo del fuego, imagen de la luna. Yo os confieso que hacerlo es yerro grave por el riesgo que cabe en holgura tan breve; mas también el juicio aquí se atreve a confesar a la verdad opuesto, que alguna vez importa errar en esto, que a un caballero bien no le estaría que pareciese el seso cobardía. Entrad, pues, en buen hora que, aunque el peligro tiemblo y ya le llora mi corazón amante, con pensar que ya os mira palpitante en un andaluz bruto, tan lozano que parece que el peso le hace vano, de quien son en feroz desasosiego su aliento humo, sus relinchos fuego; sobre jaez de oro tan luciente, que piensa todo el vulgo, de repente, que tuvo sed de luz y que al buscarla se bebió todo el sol por apagarla; entre lacayos de librea costosa donde son del bozal las campanillas de la selva parleras avecillas; y que no os descomponen al mandarlo las locas inquietudes del caballo, me alegro de manera; que lo mismo que temo ya lo espera con priesa el pecho mío; tanto de vos en vuestro aplauso fío. Dios te guarde, Leonor. (¡Ay Beatriz bella! ¡Qué enemiga en mi amor hallo a mi estrella) ¿Qué sequedad, señor, en responderme es esa? más debéis favorecerme cuando yo, cariñosa, amante os hablo y os requiebro esposa. Mas no es de agora, no, el estar severo conmigo y con mi amor. ¿Sabéis que infiero que estáis arrepentido ya de ser mi marido? y si es así, don Diego, ese disgusto no sea conmigo, sea con vuestro gusto que lo solicitó y que no temprano consiguió los agrados de mi mano. Porque vos lo quisistis, en efecto, conmigo estáis casado de secreto con una estimación que es tan escasa que a título de prima estoy en casa; y esto no más de porque mi riqueza no pudo competir vuestra grandeza; debiendo ella iguales resplandores a mis costumbres y a vuestros mayores. Pues no ha de ser así de aquí adelante; que el tormento de ver vuestro semblante siempre sin alegría se ha de cobrar mi voz con osadía en la gloria que anhelo sin reposo: en publicar, señor, que sois mi esposo. No te enojes, Leonor, dueño querido. No es ese de mi queja el apellido, que en mí para con vos, guando me arrojo, hay sentimiento pero no hay enojo. Repara, esposa, en que me aflige mucho la queja que en tu labio agora escucho. Yo siempre de tal suerte te he estimado que entre las dichas que le debo al hado juzgo, y al cielo pido que lo creas, por la dicha mayor que tú lo seas. Aquestas suspensiones que en mí lloras nacen de algunas causas que tú ignoras y tan sin mí me tiene su inclemencia que en mí de mí no hay más que la apariencia. En sepulcro tal vez no has visto hermoso labrado con aliño religioso ¿no has visto escrito el nombre de su dueño diciendo que allí yace en dulce sueño? mas si vas a buscar lo que allí yace nada el cuidado en su cuidado hace; pues, la tierra en la tierra desatada, cuanto pensaste hallar se ha vuelto nada; con que en aquel labrado mauseolo lo que se pudo hallar fue el nombre solo. De esta suerte me juzga, esposa mía, en mi triste y mortal melancolía y mi mudo silencio no te asombre que en mí de todo yo no hay más que el nombre. Escucharos me ha dado nueva pena. Aquesta sola a muerte me condena. Lo que te ruego ahora es que a tu cuarto vayas, porque es hora, a acomodar con nobles atenciones por aquestos balcones que salen a la plaza a tus amigas; que no se escusan hoy estas fatigas; mientras que yo registro a mis caballos para poder seguro manejarlos; que en esto no me hubiera yo metido menos que de mis deudos persuadido; pero, pues ya es forzoso, es bueno procurar salir airoso. Hágalo el cielo en tan dudoso empleo. Por tu gusto no más yo lo deseo. Aunque esta llama en que ardo por Beatriz me arrebató a mí de mí; de mi esposa dejo la veneración; que en pasión tan vehemente puede hacerme la pasión que no asista a lo que vivo mas no que falte a quien soy. ¡Ay, Beatriz, cuánto me cuestas! ¡Señor don Diego Girón! ¡Alonso, seas bienvenido! A tus ojos con temor llego. ¿Por qué? Porque como de mi señora el rigor siempre es de bronce, pues que no se agosta, ruego a Dios que de plata se vuelva, o siquiera de vellón; que ella lo gastará presto según todo vale hoy. Tengo vergüenza de verte sin traerte algún favor o algún recado agradable, o alguna buena razón. Tú no tienes culpa de eso, tiénela el hado feroz que me gobierna; yo Alonso te agradezco la intención. ¿Qué hace doña Beatriz? A la almohadilla quedó, acabando cierta obrilla con ahogo y aflicción para llevarla a su dueño esta tarde; que si no se quedará sin cenar su familia. ¿Hay compasión como esa? Es muy gran boba; que muchos he visto yo que ganan a holgarse más que ella gana a hacer labor. Esa es de aquella sangre la forzosa obligación. En verdad que pienso que es la casa de quien le dio la labor que está acabando por solo entregarla hoy aquí a dos casas, mas ¿qué es aqueso? Pues eso ¿qué le hace a mi pasión? ¿Qué hace? yo lo diré: que estemos ojo avizor a ver si pasa; y si pasa, salirle tú de antuvión al encuentro y referirle con retórico primor de tus malos pensamientos la mal nada inclinación. ¡No seré yo tan dichoso! mas por la esperanza doy a tu cuidado este premio. ¡Vivas más que este doblón dos mil veces! aunque entre en poder de algún capón. En fin, ¿esta tarde entras en la plaza? ¡Qué sé yo! por fuerza me hacen entrar, porque tan sin gusto estoy que no hay cosa en que le halle. Mas ¿qué paño de color es aquese que se asoma a tu faltriquera? (¡Adiós! descubriose mi flaqueza.) Aqueste paño, señor, colorado traigo aquí porque con resolución estoy de que aquesta tarde vea el mundo mi valor y destreza toreando; y la principal razón porque le hago es porque cualquier toro más feroz enviste lo colorado que otra cualquiera color; bruto de mal gusto, pues siendo ella la que dio siempre más gusto a la vista, porque es más su perfección, perdona a una capa vieja y enviste con lo mejor. A este animal se parecen unos hombres que hay de humor de decir mal de los buenos, pues con grave presunción muerden un libro en que hay mil cosas de admiración, y a un boticario perdonan que en almirez traidor clamorea por los que tomaren lo que él molió; pero ¡helas! ¿Qué es aqueso? hablan mal del que está pobre porque se da a la lectura de la historia y la poesía, y vejan a un cavador que para comer muy mal revienta de sol a sol hablan mal del que hace versos por ser inútil labor, y a un abogado perdonan que sin conciencia ni dios anda alquilando la lengua para defender veloz al derecho, aunque sea tuerzo de aquel que se lo pagó. Ellas¡vive Cristo! son Doña Beatriz y Andregüela. ¡Feliz sumamente soy! Salir a la calle quiero y ver si su condición mejora con mi fortuna. Sígueme, Alonso. Eso no; porque dirá mi señora que soy un alcagüetón, que de falsos testimonios soy lisiado; y así, yo por otra parte me iré con tu licencia. No voy contra tu gusto en la calle; haz lo que te está mejor. Pues ¡vamos apriesa!. Vamos ¡oh amantes que locos sois! Miseo don Diego ¡ya asoman! usted se quede con Dios. Él te guarde. Amor, agora he menester el valor. Señora, démonos priesa porque yo temblando voy de que no se suelte un toro. Tropiezan ¡Aquestas tus priesas son, hacerme caer! La tierra no merece más favor que el de besar vuestro pie; no le deis más presunción poniendo en ella las manos. Llegáis tan a tiempo vos que me escusáis la caída y hacéis el susto menor. (¡Que hubiese de ser don Diego el que a este tiempo llegó!) (¡Ea, don Diego en campaña!) (Pegada tengo la voz a la garganta, que en muchos desdenes escarmentó.) Por la merced recibida mil años os guarde Dios. Que os detengáis os suplico. (¡Andar! ya la conoció.) ¿En qué os puedo yo servir? En dejarle a mi dolor para referir sus ansias lograr aquesta ocasión. (Don Diego me a conocido ¿qué he de hacer?.) Mirad, señor, que no soy la que pensáis. Vos la que yo pienso sois que aún por entre nubes negras se da a conocer el sol. Descubríos, yo os lo ruego. Que os obedezca es razón. Mas reparad que en la calle no estamos bien. Por mejor tengo aquel sitio; seguidme. (Que fácil obedeció quien gusta de que le manden.) (Ahora hay coloquio llorón) ¿Es posible, Beatriz bella, que os dure tanto el rigor que algún día de consuelo no le deis a mi pasión? Desde que os adoro, sirven a males el corazón, a solo llanto los ojos, y a solo quejas la voz. Cesen ya pues los desdenes, no sea todo condición y amanézcame una dicha en la aurora de un favor. (Hágame aquí las palabras no el alma sino el honor.) Señor, no os respondo más que la que fui siempre soy. Pues siempre fuistis de mármol. De esa manera me estoy. Pues aún vive mi esperanza. ¿No la habéis perdido? No; que la razón de tenerla está dentro de mi amor; que, al modo que un fuego es el instrumento mejor para encender otro fuego, para hacer una afición otra afición es el medio de más eficaz valor. Y, pues en un alma otra se enciende, bien puedo yo esperar algún alivio en medio de tal rigor; que a puro quereros tengo de hacer que me queráis vos. Podrá ser que no os engañe esa entendida aprehensión. (Que yo os quiera, ¡ay de mí! quizá queriéndole estoy.) Pero, ¿quién ha de empeñar el gusto y la inclinación con quien no sabe si tiene el suyo en superior parte ocupado? Parece que queréis decir que yo puedo amar en otra parte... Sí. Pues es tan grande error como creer que puede alguno a un tiempo y con una acción mirar al cielo y al suelo. Vos, señora, el cielo sois donde yo tengo mi gloria; las demás mujeres son flores que habitan la tierra o por patria o por prisión; pues mirad cómo podía a un mismo tiempo mi amor mirar al hermoso cielo que en vos el cielo cifró, y a la tierra, aunque esté en ella hermosísima una flor. Para muy enamorado estáis muy adulador. Verdades hay desdichadas, pues tal vez se pareció alguna mentira a ellas. Yo os confieso que la voz de vuestros afectos hace en mí gustosa impresión y que a poder esperar, señor don Diego Girón... ¿Qué? Que habíais de ser mi esposo. (Aquí mi muerte llegó; que engañarla es injusticia y desengañarla error. ¡Quien no fuera casado!) (Aquí se suspende ¡ay Dios!) Esa de mis dichas fuera la más dulce, la mayor; pero yo no la merezco. (Volved en vos, corazón.) Vos, señor, merecéis mucho. (Si Beatriz no me entendió y que soy libre imagina, yo no he dicho que lo soy; con que nunca se podrá quejar de mí con razón.) Y creedme que estimado, si correspondido no, vuestro amor está de mí; porque no siempre nació con mujeres que se tienen a sí tanta obligación el recato con mal gusto y sin ojos el honor. Ya está mejor mi fortuna; y para que lo sea hoy en esta fiesta, os suplico que me deis este listón que luce en vuestro cabello. Muy presto queréis fiador de que es verdad lo que he dicho; veisle ahí. Ya tiene dos mi cuerda desconfianza en la cinta y el color. (Ya el primer yerro está hecho.) (Aquesta es buena ocasión de darle a doña Beatriz una prenda de valor para que de sus ahogos remedie alguna aflicción.) Pues otra merced aquí me habéis de hacer, que favor no me atrevo yo a llamarle. Y ¿cuál es? (¡Sin vida estoy!) Recibir estos diamantes donde está cautivo el sol; tendreisle ya por esclavo, si antes por inferior. De espacio, señor Don Diego, que es mucha resolución. Al primer intento mío ¿queréis la rueda veloz de la inconstante fortuna dejar fija para vos con un clavo de diamante? No lograréis la traición. Vuestra sortija guardad, y no viváis sin temor que quizá será mañana desdén lo que agrado es hoy. No habéis hecho buen juicio señora, de mi intención. Que los recibáis os ruego. Es imposible, señor, porque los diamantes tienen mucha luz, y no es razón que este descuido primero, aunque tan lejos de error, puestos en la misma mano que fácil le cometió le manifiesten al mundo con parlero resplandor. Yo no he de quedar con ella que fuera... Apartaos por Dios, porque viene gente. Andrea ¿no es don Bernardo? El pelón es que quiere ser tu esposo. A ver a don Diego voy poner a caballo; que es muy precisa obligación asistirle en este día. El que pasa es el mayor amigo que tengo. Eso no hace mi pena menor. Mas tan divertido va que ya sin vernos pasó; y pienso que va a mi casa. Pues dadme licencia. No os la doy sin que reciba aqueste pequeño don esa doncella siquiera. Sea por amor de Dios. ¡Estate queda! Advertid que esa alhaja desde hoy es mía y que como tal en depósito os la doy; guardádmela para cuando la pida, que yo gusto de que estén esos diamantes, señor don Diego, con vos, porque os enseñen a ser muy constante en este amor. ¡Oh, cómo con la belleza igualáis la discreción! Yo os obedezco. ¿Que, en fin es ya menor el rigor? Sí, y yo se lo agradezco a mi esquiva condición. Ya de contento estoy loco. (Lisonja es ese favor que me parece muy bien.) ¿Qué, ya daréis atención a mis suspiros? Sí, haré. (Que me agrada su dolor.) ¿Qué, me escucharéis? Con gusto. ¡Qué gran dicha! Adiós. Adiós. Por lo que debo a don Diego le vengo aquí a acompañar; si bien, en viéndole entrar en la plaza, me iré luego; que fuera descortesía de mi amor, que etnas contiene, cuando Beatriz no la tiene que buscase yo alegría. Él no está en casa y no sé qué puede ocuparle agora, cuando ya de entrar es hora. Dudando estoy lo que haré. ¡Don Bernardo, amigo mío! (Nunca tan gustosa el alma he tenido ¡feliz soy!) Pues don Diego ¿qué tardanza es ésta? ¿No veis que es hora ya para entrar en la plaza? ¿Está todo prevenido? Sí, amigo Regocijada tenéis la voz, y el semblante con señas de gusto claras. ¿Qué hay de nuevo? Estoy gustoso. Vos estáis de alguna dama favorecido; el listón del sombrero lo declara. La alegría de mi pecho me da firme confianza de que he de salir muy bien del empeño que me aguarda. Pues creed al corazón que pocas veces engaña. y pone dos a caballo porque ya está en las ventanas toda Sevilla. (¡Beatriz, tú has hecho glorias mis ansias!) Ya que don Diego se ha ido quiero volverme a mi casa, que la soledad es quien mejor a un triste acompaña. Pero ya estoy en la calle y perezosas las plantas obedecen tardamente al ánimo que las manda. Todos mis miembros están presos de tan torpe calma que un pardo sueño parece que los impida o los ata. Desde aquí se oye el ruido que hace la gente en la plaza. ¡Guarda el toro! ¡Guarda el toro! ¡Diole brava cuchillada! ¡oh vulgo, que necias cosas te entretienen o te agradan! Ya usted está en salvo; agora vaya a buscar unas bragas y si antes las halla, puede ponerse algunas enaguas Adiós sea compadre. Adiós. Allí parece que sacan algún hombre a quien el toro ha cogido, y le dan vaya. Sale Alonso, rotos los calzones Señor San Miguel de Oñate, el que bragas de oro calza, envíeme algunas viejas que éstas ya no valen nada. ¡Válgame el diablo, el torillo! ¡y los vestidos que rasgas! mas rompe muchos calzones, como tan apriesa anda... los más greguescos del mundo de trabajar se maltratan; pero de holgarse los míos no pueden servir mañana. Herido saco el caballo en que me entré a pie en la plaza; y no solo es esto, que traigo un dolor a las ancas... ¿Qué es eso, Alonso? Señor, es salir de la estacada como Adán del paraíso, buscando por si se halla algo que estas carnes cubra; aunque sean hojas de parra. ¿Para qué toreó? Porque no imaginé que encontrara toro tan poco corriente que le ofendiesen las chancas. ¡Jesús, Jesús! ¡cuál le ha puesto! Oigan. ¿De aqueso se espanta? pues juro a Dios que lo hizo a ojos cerrados. Mañana se pondrá un vestido mío. Por aquesa merced tanta te haga Dios que sin la cuenta los tuyos el sastre traiga. (¡aquel trapo colorado...! ¡Bercebú lleve su alma!) pero ¿qué ruido es aqueste? Parece que se desgaja toda la plaza ¡Jesús! ¡Que me ahogan! ¡Que me matan! ¡Todo un tablado se ha hundido! ¡Válgame Dios, que desgracia! Ya todos los caballeros. al socorro se abalanzan. Lleven algunos heridos, pues está cerca, a mi casa. Acudamos a esta pena. ¿Quién ha de acudir sin bragas? Señores, entren aquí esa mujer desdichada. Ya parece que está muerta. Y pues que de ella se encarga vuestra piedad, al socorro volvamos de lo que falta. ¡Elvira, Teodora! ¿habéis visto desdicha tan rara? ¡Qué lástima! ¡Qué belleza! ¡Qué mocedad malograda! Alonso, aquí a mi señora la trujeron desmayada. Desmayada no, que muerta está ya. ¡Fiera desgracia! ¿Muerta? ¿qué es esto que escucho? Ven acá, Andrea ¡mal haya tu vida! ¡No te murieras tú un día por tu ama! Haz cuenta que ya lo estoy, porque estoy descalabrada. ¡Ay señora de mi vida! Yo le voy con esta mala nueva a aquel viejo infeliz; pues no es servirle callarla. ¿Quién sois señora? Yo soy de aquesa infeliz criada, con quien por debajo ahora de los tablados pasaba; que ella no vino a los toros y la alcanzó la impensada ruina que ha sucedido, y aún a mí de ella me alcanza. Leonor ¿ay algún herido a quien nuestra piedad valga? Solo esa triste señora que ni se mueve ni habla, porque está muerta, sin duda. ¿Ay tragedia tan extraña? Pero ¡qué es esto que miro! ¿No es ésta doña Beatriz? ¡Que ya hermosura infeliz diste el último suspiro? ¿Tú habitas ya ese zafiro de la humanidad desnuda? ¡Turbada el alma lo duda! ¿Tú, agora, con mis placeres no me hablabas? y ¿ya eres tierra sorda, sombra muda? De tan súbito pesar empezaba a colegir que menos tiempo en morir se gasta que en respirar; si es tan fácil de acabar vida tan superior, que en ella siglo mejor puede hacerse con gran fama, ¿de qué se queja una llama?, ¿de qué se queja una flor? Nueve meses, es constante, para nacer tienen todos; y luego, infinitos modos de morir en un instante. ¡Que sea tan inconstante la vida! ¡Qué aqueste ser sea tan fácil de perder! ¡Y que el cielo no quisiera darnos al morir, siquiera, los términos del nacer! Mas piedad es admirable, Diego, lo que acusas; pues viendo que la vida es un martirio inevitable, con dulce decreto afable en pena que es tan crecida hizo, atenta y advertida, su providencia piadosa la entrada dificultosa y tan fácil la salida, (¡Qué efecto tan vehemente. es la lástima! Turbada tiene la atención don Diego.) Alonso, ¿esta es la casa? Sí señor, y mi señora es la muerta o desmayada. ¡Déjame llegar! que en este dolor nada me embaraza. ¡Hija! ¡Beatriz! ¡Prenda hermosa! ¿Qué es esto? ¿ya no me hablas? ¿ya no me miras? ¡ay Dios! y qué cierta es tu desgracia, que olvidarte tú de mí no era posible con alma. ¿Tú, en polvo y horror envuelta? ¿tú, con tu sangre manchada? ¿tú, todo el rostro sin día? ¿tú, presa de la guadaña de la muerte? ¡ah quién pudiera avisarte esta mañana cuando para sustentarme, con tal priesa trabajabas que los años que añadías, entre fatigas y ansias, a mi vida con tu aguja a tu vida se quitaban! ¿Qué es esto, cielos, qué es esto? ¿Cómo logran en mis canas esos astros enemigos el daño que amenazaban? ¡Por mí, por mí estás sin vida, Beatriz! yo he sido la causa; yo te he muerto, pues por mí hoy saliste de tu casa. ¡Qué duro camino el cielo, para aliviarte la carga pesada de mis desdichas, le dio a tu edad malograda! Si bien, ya mis sentimientos de otro parecer se hallan; y en tanta turba de males como por mí te acosaban yo te doy el parabién de este, pues de ellos descansas. ¡Loco me tiene la pena! ¿Cómo no llega mi muerte? ¿Cómo este dolor no mata? Su padre es este sin duda. ¡Si es verdad lo que me acaban de decir! mas... cierto es que allí en lágrimas se baña el infeliz don Fernando. (¡Solo este llorón faltaba!) Pena que quejarse puede se queja con poca causa. Si a una leona le da el cielo tan vital fuera, tan rara, en los bramidos que puede dar la vida que les falta a sus hijuelos ¿por qué no he de tener yo esperanza de poder con mis gemidos dar vida a quien me la daba? ¡Beatriz! ¡hija de mis ojos! ¡mira! ¡mira que te llama tu padre y quien más te quiere! ¡Válgame Dios! (¡Dicha extraña!) ¡Beatriz vive! Ahora es mayor el riesgo que me amenaza; que el gusto de verla viva a más breve fin me llama. ¿Qué tienes Beatriz, bien mío? (¡Mi padre y señor! ¡qué ansias!) No os desconsoléis, por Dios, que ya lo que tengo es nada. ¡Feliz de mí! ¿Dónde estoy? Estáis, señora, en mi casa y en mis brazos. ¡Dios os guarde mil años por merced tanta! mas, para que sepa yo a quien debo aquesta hidalga piedad, que digáis os ruego quién sois. De muy buena gana. Soy de don Diego Girón esposa, que aquí se halla para serviros. ¿Esposa (¿qué es esto que escucha el alma?) sois vos de ese caballero? Su esposa y vuestra criada. (¿Cuándo vino un mal sin otro? y, si el segundo no acaba con mi vida, soy de piedra.) (¡Llegó el fin de mi esperanza!) (¡ah, caballero traidor!) ¿Cómo os halláis? Yo muy mala; con un accidente nuevo que el pecho me despedaza. (Ya ha dicho su sentimiento en equívocas palabras.) (De la cinta que le di en el sombrero hace gala; ¿yo a hombre casado favores? ¡diera agora por cobrarla!) ¿Qué sentís? Aquesta mano me duele y si le apretara con algo descansaría. (La ocasión es extremada de hacer que me dé don Diego aquel listón que me causa tantos celos.) Esta cinta puesto aquí hace poca falta en el sombrero me dad este listón; y podrá aliviar aquesta dama de este dolor. (¡Soy dichosa!) (Ya no es posible negarlo.) Veisla ahí, (presagio triste de que es mi esperanza vana.) Átale la cinta a un dedo ¿Sentís descanso? Muy grande; mucho os debe mi desgracia. Que me prestéis, os suplico, el coche para llevarla. Vuestra hija, señor mío, no ha de salir de mi casa, que vos me daréis licencia, menos que estando ya sana. La merced os agradezco; pero un enfermo embaraza en techos suyos, ¿qué hará entre personas extrañas? Yo, señor, me animaré. Sí hija. Sin ir curada no haréis bien, que donde estáis hay más obras que palabras. Lo que os suplica mi esposa la misma opinión lo embarga; no repliquéis que no es justo. Hágase como lo manda vuestra esposa. (¿qué he de hacer? no tengo con qué curarla.) Elvira, Teodora ¡aprisa! se haga en mi cuarto una cama y entrados vos a curar. Hija, pues Dios nos depara tan noble piedad, no fuera justa razón malograrla. Él quede con vos, Beatriz. También, señor, con vos vaya. Andrea, ve con mi padre y, pues que dineros faltan, vende aquel vestido mío y mucho me lo regala. A mí arrimada podéis ir al lecho que os aguarda. Nosotros también, señor, podemos irnos a casa. (¡Cielos, no sé cómo vivo!) (¡Amor! ¿por qué aumentas llamas?) (¡Tantos males en un día!) (¡Tantas penas! ¿Quién las pasa?) ¡Que esto los hados ordenen! ¡Qué esto las estrellas hagan! ¡Que pueda tanto el destino! ¡Que sea mi desdicha tanta! (Venga la noche y será mientras amanece bragas.) Ay, señores, os dejo la mejor parte del alma.

JORNADA SEGUNDA

Señora, yo no te entiendo; cuando quiso Dios librarte de que en tortilla murieses, peligro que fue tan grande que, creyendo la fortuna que era imposible escaparte, te enterró en polvo y madera, sin que a tu fin aguardase; cuando ya has convalecido del susto, que fue la parte peor de aquel accidente, y luego, de los millares de golpes que aquellos palos te dieron al despegarse; cuando tan dichosamente aquesta casa te hallaste, donde te han curado y donde te regalan de tal arte que más parece que es parentesco que hospedaje ¿traes esa melancolía? Si algún festejo te hace doña Leonor, le revives como si te le negase. Hoy, que es el primer día que te levantas, te sales de su estrado y su cariño y en tu cuarto te retraes. ¿Qué es esto? Di lo que tienes. ¿Has estado hoy con mi padre? (Esto y lo que le pregunto es todo uno; mas lo grave en los que se ven servidos es defecto inexcusable.) Sí, señora, esta mañana; y le dije que esta tarde te levantaban un poco. Y pienso que a visitarte vendrá, a pesar de sus muchos y embarazosos achaques; que con un grande placer no es él a venirse fácil. ¡Ay querido padre! Dios me dé con que regalarte. Tú entra en mi cuarto y aliña; porque no es razón dejarles ese cuidado también -los que ellas se tomen basten- a las doncellas de casa. Mira que es fierro notable que mandes en casa ajena; basta que en tu casa mandes. ¿Tú no eres de casa? Yo soy quien no puede llevarte. ¡ah, que rato que fue tan desdichado el que me descubrió que era casado aquel traidor amante, en querer y engañar siempre constante! Ya el fundamento en que se sustentaba mi vida arrebató la furia brava de la fortuna mía. ¡oh cuánto bien, ay Dios, se llevó un día! y en un breve momento ¡oh, cuántas esperanzas llevó el viento! de aquí adelante el pensamiento mío se puede estar baldío; no se ocupe en mi bien ni mi sosiego, que ya no hay donde hallarle sin don Diego. Y mi fortuna, en acabarme atenta, un nuevo mal por ofenderme inventa, que es el dolor, el ansia, la agonía de haber perdido lo que no tenía; que ¿quién tan loco estuvo que, perdido, lloró lo que no tuvo? ¡Beatriz! ¡Padre y señor mío! (Solo ha querido dejarme el cielo aqueste consuelo para alivio de mis males) Ya os salgo a recibir. Estate queda; no andes, que estás recién levantada y te hará mal el cansarte; yo llegaré poco a poco. Aunque estén los pies cobardes con la enfermedad, señor, las plumas que el gozo bate sin pies hasta vuestros pies me llevarán. ¡Dios te guarde! Descansa en mis brazos, hija. Fuerza es que en ellos descanse. ¿Sabes que me has parecido? el pajarillo que antes que se cubra bien de pluma deja en el nido su padre, mientras él sale a correr esas campañas del aire; vele volver desde lejos y es su contento tan grande que, arrastrando las alillas, sin formar pasos cabales arrimando pico y pecho al suelo por no volcarse, va llegando poco a poco, bien que con afán amante, sin reparar en el riesgo, al borde del nido frágil; pero, cuando ya de gozo está para despeñarse, llega el padre y le detiene, y con dulces ademanes le agradece los cariños, haciendo que se enmarañen las alas del uno y otro con abrazos tan tenaces, que los nudos significan con que ató el cielo su sangre. Gran ventura es para mí el parecerme a las aves en amaros, porque en ellas jamás ha podido hallarse amor fingido; que en esto grande ventaja nos hacen. ¡ah, qué discreta que eres! Di agora, de tus achaques ¿cómo te va?, ¿estás ya buena? Ya quiere Dios que me halle sin ofensa en mi salud. Y lo afirma tu semblante, que en dos incendios de rosas tus dulces mejillas arden; los jazmines de tu cuello, ya con luz de estrella, parten la hermosura que les sobra con la nieve de los Alpes; de tus labios ya el rubí y los dos claros diamantes de tus ojos hacen, bellos, bellísimo maridaje; ya el rosicler de tu rostro de todo punto cobraste. Hermosa estás, hija mía, y adviértote que no extrañes este lenguaje en mis canas, porque de aqueste lenguaje usan los amantes siempre, Beatriz, y yo soy tu amante. Muchos favores me hacéis, señor. Dime agora ¿hacen estos señores contigo muchas finezas? Son tales que, no digo yo pagarlas, mas referirlas, no es fácil. ¡Oh, bondad de Dios, inmensa que, cuando al que miserable fortuna tiene, parece que le niegan sus piedades todos los bienes, entonces, misteriosamente afable, los está entregando a otro, para que con liberales manos al pobre le dé todo cuanto le faltare. ¡Y nosotros entendemos que el recibir es ultraje! ¡oh ignorantes! que antes es que su clemencia inefable tesoreros de los pobres a los poderosos hace. Yo estoy muy agradecida. Esa es deuda inevitable; y mira que también es de agradecimiento parte procurar no ser pesada, tener palabras suaves, y hacer a la natural condición que se avasalle. Pero tú eres entendida; lo que has de hacer, vigilante, es advertir a Andregüela que jamás contienda trace con las doncellas de casa porque este vulgo ignorante de los criados las leyes del hospedaje no sabe y por cualquier niñería suelen tener mil debates. A Alonsillo ya yo he dicho, como sé que es arrogante, entretenido y parlero, cómo tiene que portarse. Y agora ¡queda con Dios! porque yo me voy a darle las gracias a mi señora doña Leonor de que trate vuestra humildad con grandeza tan desigual; y al instante me iré a casa. Mucho siento la fatiga del viaje. El gusto de haberte visto hará que olvide mis males. ¡oh quién pudiera ir con vos! No te aflijas que no es tarde. Ea, adiós prenda querida. El señor os acompañe. Ansí, Beatriz en los viejos ¡cuánto la memoria es frágil!- don Bernardo me ha pedido licencia para enviarte un regalillo de enferma; admítele y da agradable respuesta, pues su deseo es que contigo le case; y yo no sé lo que haré. (¡Qué despique a mis pesares!) En todo he de obedeceros. En mundo tan miserable, quien no alcanza lo que quiere quiera aquello que alcanzare. Quédate en buen hora. ¡ah, hijos! gran carga sois, mas suave. Pesares, ¿dónde iré yo que de mí misma me aparte? ¿dónde estaré yo sin mí? Que ya no puedo llevarme. ¡Oh, lo que me pesa el alma! ¿dónde fuera yo a buscarles remedio a los males míos? mas ¿tan pocos son mis males que pretendo, neciamente, añadirles los afanes de andar buscando el remedio, siendo imposible el hallarle? ¡Venga el dolor todo junto, acabe ya de acabarme! pues que casado don Diego... ¿Qué es lo que queréis mandarme? ¡Aquí estoy! Pues ¿quién os llama? Vos mi nombre pronunciastes; y estando sola, o fue hablar vos con vos o fue llamarme. Entrambas cosas os niego porque vuestras falsedades no merecen que me acuerde de vos jamás; ni que os llame. Solo por hablar en esto, solícito y vigilante he buscado esta ocasión; porque, desde aquella tarde feliz que a mi casa os traje, he notado que el mirarme es con ceño, cuando veis que en vos no repara nadie. Si alguna cosa os pregunto le hurtáis, desagradable, palabras a la respuesta porque más presto se acabe el hablar conmigo; cosa que es milagro no me mate. Decid ¿qué tiene que ver aquesto con haber, antes que el fracaso sucediese y casi en la misma calle, oído gustosa mis penas, dádome respuesta afable y aún dado de que teníais amor tan claras señales? Que el no creer que era así fuera ser muy ignorante. Diréis que de haber sabido que yo era casado nacen aquestos desabrimientos. Hacéis muy bien de escusarme el daros yo esa razón, porque son mis ansias tales que podía ser que me explique por palabras de tal arte que os dé mucho que sentir, aunque bronce el alma os guarde; porque es muy libre el dolor. ¿Habrá a quien esto le pase pues deudo caro ¿yo os dije que no era casado? ¿Hay alguien que esto en mis labios oyese? No; pero el no declararse fue tratarme con traición. ¡Cuáles son vuestras crueldades! en fin, lo que vos queríais era que yo confesase que era casado, poniendo mi vida en tan duro trance de que Tirano nos cuenta el Libro de las edades, que a alguno dijese que él a sí mismo se matase. Dado caso que no fuese esa cautela engañarme, y que solo en el estilo aquesa traición se salve ¿no me diréis de qué suerte de una mujer de mis partes espera el menor favor un hombre, cuando casarse es imposible con ella? ¡Ah, que llego es un amante! Eso no sé, porque a mí no me toca averiguarles a los astros los secretos. Los efectos favorables es lo que busco; mas no de las causas el dictamen; bien que he visto muchas veces que esas estrellas errantes para hacer a uno dichoso a otro desdichado hacen. Pues, señor Don Diego, a mí los influjos celestiales no me han de hacer desdichada, creedlo, en aquesta parte y así os suplico y os ruego (¡ay Dios, que no se me rasguen las entrañas al decirlo!) que vuestra pasión no gaste más corazón en quererme, porque le consume en valde. Yo os escuché como a hombre con quien pudiera casarme; pero ya os encuentro otro y una mujer de mi sangre a dos hombres diferentes no ha de oír; que disculparse puede un yerro, pero dos tocan en flaqueza infame. Olvidadme, que podréis si queréis. ¿Qué es olvidarte? si huyendo de mis delirios el mundo peregrinases... ¡No prosigáis! ¿qué locura es aquesta que os combate? ¿Qué perdéis vos en perderme, cuando os hallan los desaires de mi honor tan al principio de vuestra pasión que hablarme tal vez solo habéis podido?, y eso, acaso, en la calle. ¿Qué pierdo en perderte? ¡ah, cielos, que bien imitas al áspid! Pues decidlo. Una esperanza. Y aquesa ¿es pérdida grande? La de más estimación que puede venir a nadie. Pues oídme, porque más aquese error no os engañe. El que pierde una esperanza nada pierde, pues aquel a quien le sale más fiel consigue una semejanza, no más, de lo apetecido; no lo que él apeteció, porque a nadie le salió igual con lo poseído lo esperado; que el deseo es muy encarecedor y da siempre más valor del que él se tiene a un empleo. La esperanza, en lo que arguyo, finge el bien con interés dulcísimo, mas después le da el mundo como suyo; con que lo que se apetece, cuando se mira alcanzado, no solo es lo deseado mas ni a ello se parece. Luego, por lo que se vio en todo lo que se alcanza, el que pierde una esperanza nada en perderla perdió; pues, aunque él en pretenderla aniquilara su ser, era imposible tener lo que imaginaba en ella; y así, pues solo perdéis hoy una esperanza en mí, y que es la pérdida aquí tan ninguna, como veis, olvidadme; porque airada vuestros despechos escucho; y no dudéis como mucho lo que no viene a ser nada. ¿Piensas que me han concluido esas razones? pues sabe que están su argumento y ellas de la verdad tan distantes que enemigas se le oponen. Veraslo si me escuchares y verás si es infinito lo que pierdo en olvidarte: Quien pierde una posesión en que se gozaba ufano pierde un bien que siendo humano tendría alguna imperfección; mas a el que pudo privar de una esperanza el desdén de los hados, pierde un bien como él le quiso pintar. En aquel primer empleo clara una experiencia ya tuvo el alma; pero acá el informe del deseo; él como es gran orador, le fingió grande, mas ¿quién pudiendo hacerse él el bien deja de hacerle el mayor? De donde a entender se alcanza que es siempre menos pasión perder una posesión que perder una esperanza. El objeto de la mía eres tú y encarecido, si la esperanza ha podido, estará en mi fantasía. Una idea más que humana me habrá formado ingeniosa: ¡ay Dios, cuál será la cosa que a ti en perfección te gana! Y así, hoy en obedecer lo que me mandas aquí, si hay que perder más que a ti, más que a ti vengo a perder; y si no, como lo escucho de mis males de amor llenos, te pierdo a ti por lo menos; mira tú si pierdo mucho. (a tan amantes acentos el corazón se me parte. ¡Que haya en el mundo quien solo de verse amada no ame!) (¡Que a un cuerpo de rosa y nieve diese Dios alma de jaspe!) (Mas ¡valor, corazón mío!) En fin, ¿no te persuades a que yo tengo razón? Aunque la tengáis no vale yo estoy resuelta y así tratad, señor, de dejarme y empezad desde este punto. (¡Qué sea yo tan ignorante que busque piedad en quien vive solo de matarme!) ¿Que me vaya, dices? Sí. y perdonad que así os trate, que lo ha menester mi honor. (¿No hay rayo que se gaste en mi vida, pues que pude pronunciar palabras tales?) Antes se moviera un monte de su duro asiento y antes... Pues yo os dejaré. ¡Pax Cristi! mas ¡aquí don Diego, zape! Pues este ha entrado, ya es disimular importante. (Ya con su grave silencio me está mandando que calle.) (Si yo el regalo descubro de venda, cintas y guantes, barros y otras bujerías que envía en este azafate don Bernardo, soy perdido; que don Diego ha de enojarse de que de otro sea tercero, y también habrá certamen de celos entre los dos. Pues yo me vuelvo.) Hace que se va ¿Qué haces, por qué te vas? Porque quiero. Estate quedo. ¡No estate! A mandar a sus criados. ¿Sabes que pienso que traes buen humor? Y aún otra cosa; no son muy buenas señales ser el que aquí ha entrado Alonso, recatar un vulto grande y volverse sin hablar solo porque estoy delante.) ¡Desembózate! Ya he dicho que a sus escuderos mande si los tiene, que a mí no; y pues ya llegué a enfadarme no estaré más aquí un punto. Por mí, Alonso, no recates lo que quieres; yo me iré que no es razón de embarace. Quede don Diego junto a Alonso Ya lo que os vais no permito; necio ¿qué es eso que traes? (¡Dios me la depare buena!) Las hierbas que tu mandaste para hacer el cocimiento para las muelas. Achaque es de que no se ha quejado. Las mujeres principales no porque unos huesecillos les duelan han de quejarse. ¿Qué querrá hacer este loco con estos necios donaires? Y ¿güelen a ámbar las hierbas? (¡Peso a la ballena infame que para echarme a perder hizo sus necesidades!) Cesen ya los desatinos. Barros, guantes venda, cintas y otras cosas señora, que os envía alguien. (Este el regalo es, sin duda, que me previno mi padre que don Bernardo enviaría.) (Yo he dado con todo al traste.) Y ¿quién le hace este presente? (¡Mi pecho esconde volcanes!) ¿Quién os mete a vos en eso? Su amiga doña Violante. Pues si de una amiga es ¿para qué tú le ocultaste y aún le negaste al principio? (Ea, respóndale un sastre que halla razón para todo cuando yerra, aunque no cuadre.) ¿No respondes? (¡ah, villano!) (¡Oh, cuánto me pesa darte este pesar! mas conviene que esté mi rigor constante) Ya es eso mucho apurar, señor don Diego, la baste; a vos ¿qué os importa que lo envíe quien lo enviare? ¿Qué me importa? ¡vive el cielo! que primero que lograrle puedas hecho mil pedazos le verás. ¿Qué disparate...? ¡qué atrevimiento! ¿Qué es esto? (No es casi nada el montante que ha salido a dividirlos.) (¡Este faltaba en mis males!) (¡Válgame Dios, que en las penas unas a otras se arrastren...!) ¿No sabré yo de estas voces la causa? (Aquí del dictamen de la que es siempre ingeniosa necesidad.) No os espante hallarme de esta manera, porque es la causa muy grande. Ese criado, que es un necio, en esa azafate me trujo lo que miráis en ese suelo de parte... (¡Vive Dios, que se lo dice!) de un hombre tan ignorante que sin saber si yo gusto se ha atrevido a regalarme. Sentí mucho esa osadía; pero más que no mirase que estaba yo en vuestra casa; y con un noble coraje empecé a hacerlo pedazos. Don Diego estaba delante; quiso detenerme y yo porfiaba en que volase todo en piezas por el viento. En esta ocasión entraste y no se atrevió mi furia a pasar más adelante. La lisonja os agradezco. (¡Válgame mil barrabases, y qué mentira que ha dicho!) Señores, no dude nadie que el mentir conserva el mundo en paz, porque a declararse los engaños, las traiciones, las cautelas, las ruindades que unos se hacen a otros, se mataran por instantes. (Tan discreta es como hermosa.) Vos en hacer el desaire a ese hombre lo acertabais; don Diego, en embarazarle. Decidme ¡por vida vuestra! ¿no hago bien en despecharme con un hombre que conmigo es imposible se case? (¡Ah, con qué doblez pregunta!) ¿Eso más? a ese arrogante ni mirarle, ni atenderle, ni oírle y si porfiase neciamente con su amor, dar orden de castigarle. (¡Buen socorro me ha venido!) ¿Veis, señor, cómo enojarme con hombre tan indiscreto no solo en mí no es culpable, mas es muy puesto en razón? Los hombres siempre de parte están de los otros hombres. (¡Vive Cristo, que le abren!) (Reventando estoy de enojo.) Si yo he herrado, perdonadme. Y pues ya está aquí mi esposa, quedad con Dios. Él os guarde. Levanta esa banda, Alonso. No hay para qué la levante. Sí hay; porque de este susto podrá ser que yo me sangre. (Ya yo no estoy bien aquí porque ha empezado a arrojarse mucho don Diego, con que el irme no es excusable) Señora, yo os agradezco el generoso pasaje que habéis hecho a mi fortuna ¡quiera Dios que yo lo pague! ¿A qué propósito ahora referís las cortedades con que os ha servido esta pobre choza? (¡Fuerte lance!) Porque quisiera pediros licencia para tornarme a mi casa, pues que ya he empezado a levantarme. Tiempo queda para eso; esperad que él afiance vuestra salud. No es posible porque está solo mi padre. Ya yo le pedí licencia y él me la otorgó agradable, para que convalecieseis en mi casa. Perdonadme; que hay, sin esa, otras razones que a esto pueden obligarme. Vos, señora, os entendéis; y pues no puede escusarse aguardad que venga el coche. No es menester que le aguarde, pues no está mi casa lejos; y así, y ruégoos que no os canse, me voy a poner el manto. (¿Hay tan cruel determinarse?) Entrad, que ya soy con vos. Vos siempre gustáis de honrarme. Alonso, vente conmigo. (Ella quiere tener hambre.) (Entre mi amor y mi honor es mi honor el que más vale.) Ahora digo que mi ama puede hacer mil disparates cada dos horas, según la priesa con que los hace. Yo quedo en gran confusión con esto que a mí me pasa; que irse Beatriz de mi casa tan sin aguardar razón es imposible que sea sin gran causa. Mi señora doña Leonor ¿cómo ahora vuestra persona se emplea en tan muda soledad? Porque estoy fuera de mí. Pues decid ¿qué os tiene así? Una extraña novedad. Ya habéis visto aquella dama que aquí se estaba curando. (¡El pecho me está temblando!) Sí; y aún estaba en la cama ayer. Hoy se levantó, pero su convalecer en mi casa había de ser. Un presente la envió no sé qué hombre y en los brazos de Alonso que le traía, furiosa como una harpía, le dividió en mil pedazos; que aún ahora algunos están rodando por ese suelo. (¡Qué escucho! ¡Válgame el cielo! buenas mis fortunas van.) Y esto me tiene admirada; cierto, con mucha razón, que me ha parecido acción de mujer que es muy honrada. Pero mi mayor espanto es que luego dio en decir que a su casa se había de ir; y se está poniendo el manto. Cosa tan no prevenida yo no sé cómo entenderla. Mas, el despedirme de ella es fuerza. Por vuestra vida que aquí aguardéis un momento sin culpar mi ausencia, pues con quien tan de casa es no hace falta el cumplimiento. Aquestos son los despojos del pobre presente mío; que a los ojos que le envío sin duda ha causado enojos. ¿No me diréis, bellos ojos, a qué fue tan impaciente estrago, y tan inclemente? Pero ¿para qué me ofusco ni otras razones le busco más de ser pobre el presente? Hizo bien en despreciar de mi amor tan cortas señas, porque dádivas pequeñas solo a Dios se pueden dar, porque él las sabe apreciar para que a lo inmenso igualen, por el pecho de quien salen; mas los que en el mundo están, por la persona a quien van y por el oro que valen. ¿No mirarás, Beatriz Bella, que en la dádiva menor, cuando es hija del amor, va el corazón dentro de ella? Injusta fue tu querella y tu enojo sin razón juzgando pequeño el don, pues que cuando le rompiste en sus pedazos hiciste pedazos mi corazón. En el don, en quien parece que es pequeño el interés, lo primero que va es el alma de quien le ofrece. Y aunque ella tanto merece. ya no hay quien quiera aplaudirla. Esta injusta maravilla la vida me tiene en calma; ¡mundo vil! ¿no valdrá un alma el gusto de recibirla? Perdonad lo que he tardado, que agora se fue Beatriz. ¡Ay corazón infeliz... Parece que está elevado, señora. Hoy en este punto aún más prodigios aguardo. ¿Oís, señor don Bernardo? no te mates, que es muy presto! ¿No reparáis en que yo os llamo? ¡Señora!, sí. -No estoy ¡vive Dios! en mí- Violento me arrebató un pensamiento. ¿Se fue ya esa dama? Sí, señor. Sin duda es de raro humor. Pues agora también me iré yo, si licencia me dais. Hacer podéis vuestro gusto. (¡ah, destino siempre injusto!) Quedad con Dios. Con él vais. Señora, ¿qué es lo que pasa? ¿qué es esto que estamos viendo? Elvira, yo no lo entiendo; hoy es prodigio mi casa. Ya de este puesto procura salir mi asombro. ¿Por qué? Porque temo que nos dé también alguna locura. ¡Alonso! ¿estás en casa? ¿No hay quien vea lo que es mi espanto? ¿No has venido, Andrea? ¿Nadie responde? ¡Oh, soledad penosa, cómo eres de ilusiones achacosa! Sentado estaba, agora, en un banquillo en ese corredor, tiemblo al decirlo, pensando en mis trabajos muy suspenso, que ha treinta años que solo en ellos pienso, ¡sea Dios alabado! y estando en esto absorto y trasportado se entró en mí de repente un temor de la muerte, tan vehemente, que me pareció, sí, no que la vía mas que sus pasos muy de cerca oía. Pero ¿a hoy aguardo, raro portento, a escuchar el estruendo macilento que abre camino a tantos desengaños? ¿Tan poco ruido hacen sesenta años? ¿Tan quedo se nos llegan los dolores, los achaques, las penas, los temores, y los cuidados, rayos del más fuerte? Que estos los pasos son que da la muerte. Yo, en fin, sordo o errado hoy solamente, ay Dios, los he escuchado, con un horror que en mí dura tan firme que de temer morir he de morirme. Entremos en razón, corazón mío, veamos si este susto es desvarío. Dime: este temor fiero ¿te aflige porque viene como agüero? Que sí responde, palpitando grave. ¡ah, que poco turbado un pecho sabe! ¿Qué novedad traer consigo puede el temor de la muerte? este que excede aún al mayor espanto con el nombre; siendo tan natural en todo hombre por ser de nuestros males el exceso, que Cristo la temió; yo lo confieso, mi razón a esa razón se acerca; pero temiola cuando estaba cerca; y por eso es mortal el ansia mía, porque de esta cruel tiranía solo cuando está cerca da cuidado, que a nadie desde lejos ha asombrado. Y así, hoy de mi asombro en el extremo la temo mucho más porque la temo. Mas dejemos presagios inhumanos, pues las más veces vemos que son vanos. Siempre es para morir, si se ha advertido el agüero mayor, haber nacido; y ese a sesenta años que le tuve y aún estoy vivo hoy. ¡Qué necio anduve en dejarme llevar de aqueste engaño que amenazó sin causa el mayor daño! Pluguiera a Dios que fuera la muerte tan leal, que antes que hiriera avisara; mas ella es tan aleve que más queda al llegarse el paso mueve. Y así, lo que ahora me aflige en esta soledad mía... Andrea, toma este manto. ¡Qué es lo que mis ojos miran! Beatriz ¿tú hoy en esta casa? ¿qué venida es esta, hija? ¿qué novedad a una cosa tan impensada te obliga? ¡Ay de mí! no sé qué pena grande el pecho me adivina. (Ya el viejo empieza a asustarse) (¡Ea, ya el viejo se eriza!) (Yo no sé qué responderle que no le enoje o le afija.) ¿No me respondes, Beatriz? Señor, tan intempestiva entrada es de que vos me la agradezcáis muy digna. Harto me holgaré yo de eso ¿por qué? Porque se deriva del amor que siempre os tuve. A no ser tan entendida tú, pienso que lo creyera; mas ¿cómo se verifica eso con haber yo estado contigo en la cuadra misma de tu albergue, sin que entonces me dijeses que vendrías? Y aquesto debe de haber dos horas. No, Beatriz mía. Esa razón no me cuadra y mis presunciones lidian, enemigamente fieras, con esta caduca vida. ¡Hija, dime la verdad! ea, ¿no te determinas? ¿no hablas? Digo, señor, (¡Cielos! si mi voz publica la causa, mi padre tiene la condición tan altiva que le ha de matar la pena; que las más veces la ira tiene de la presunción de su dueño la medida.) En fin, no respondes? (Cielos mucho temo una desdicha!) Andrea, pues que Beatriz a decirlo no se anima dime tú lo que ha pasado. Yo, señor, en mi almohadilla estaba, cuando llegó mi señora dando prisa por el manto. También tú criada y mujer te desvías de estas dos naturalezas, que son ventas enemigas por donde un secreto pasa pero poco las habita, porque en tu aleve silencio más esta pena me aflija. Alonso, llégate acá y de cuantas parlerías haces sin ser menester, haz hoy ésta que es precisa. Dime lo que en esto hay. De tres, la una no podías errarla; yo habré de ser por fuerza quien te lo diga. Yo no te entiendo. ¿Es posible que estando yo aquí te ibas a otros por un secreto? Bien merezco que me riñas. ¿Has visto en Carnestolendas algún perro con vejiga corriendo hacia muchas partes no más que por desasirla? pues de esa manera a mí un secreto me fatiga, y no para hasta que encuentro quien de esta maza me libra. No lo creerás; es en esto mi inclinación tan maldita, que antes sufriré en la boca ascuas que me la derritan que un secreto. Yo lo creo. Dime lo que pasa, aprisa. ¡Mal haya yo si lo sé! ¿Para eso me encarecías tu habilidad? ¡ah villano! cuánto mi paciencia irritas. ¿Tú no viniste con ellas? Sí, señor. ¿Y no asistías casi siempre allá? También. Pues dime cómo se había de esconder nada de ti. Si lo que es toda la riña delante de mí pasó. Pues ¡vil sangre mal nacida! ¿cómo me lo estás negando? ¡vive el Señor que haga astillas este palo en tu cabeza si no... Detén la mohína; ahora lo diré, que no has de vencerme en cortesía; porque el pedir con buen modo no hay cosa que no consiga. Diome don Bernardo hoy... Ya que tú te precipitas a decir lo que ha pasado mejor es que esta noticia se la debáis a mi voz. (¡Ay honor, a cuanto obligas!) Don Diego, señor... ¿Don Diego es la entrada? (¡ay, ansias mías! mal empieza; plegue a Dios que sea mejor la salida.) atrevidamente ciego... ¡Calla, calla, no prosigas! (don Diego dijo, ir por ciego y atrevido lo confirma; ¡ay Dios! y qué tres palabras para no temer desdichas) Entremos allá, Beatriz, porque quiero que me digas muy de espacio este suceso. (Ya el pecho se desanima.) (Ya el alma espera turbada.) (Ya mi discurso delira.) (Ya desmaya mi valor.) (Ya mi corazón palpita desordenada.) ¿No entras? Sí, señor; ¡dura fatiga! Entra, pues, y ruego al cielo que no me cuestes la vida. Andregüela, esta tu ama es loca. Tan aburrida me tiene su vanidad que me fuera para no oírla a la China. Sí que a ti te parece bien la China. Esta mujer ¿de qué huye? De que don Diego la sirva. ¿Tan mal es comer, tan malo vestir galas y estar rica? y Gracias a Dios que caíste de tu antigua bobería y conoces que se puede mejor en aquesta vida estar sin honra diez años que estar sin comer dos días! ¿Qué he de hacer? si aquesta honra nunca güele en la cocina, y dos libras de carnero aún desde el puchero animan. Pero ya es de noche; quiero a estas dos fantasmas vivas llevarles luz y veré las fieras hazañerías que hacen ambos por su honor, que es una linda comida. Yo apostaré que don Diego anda agora por Sevilla pensando en descalabrarme por esta alcagüetería; mas no hará, que es muy discreto; y, aunque los celos le pican, verá que el ser alcagüete es una cortesanía galante, de que no puede librarse quien tiene tripas y no tiene oficio que... Encontrar a Alonso antes que doña Beatriz querría, para saber de él. ¿Quién va? ¡Alonso! ¡Señor! Herida traigo el alma de una injuria. Cerca está una barbería; mas ¿podré saber cuál es? El desdén, la grosería que con mis nobles deseos ha usado, desvanecida, tu señora y no sé yo... Antes que te arrojes, mira que es doña Beatriz muy cuerda. De aqueso no la acredita el haber hecho pedazos, furiosa, las niñerías que contigo la envié. Esa es la mayor mentira que hasta la cruz le han clavado a nadie por la tetilla. Yo vi rotas muchas de ellas en el suelo. Eso no afirma que ella fue quien las rompió. Pues ¿quién pudo con su vida estar tan a mal que tuviese tan peligrosa osadía? ¡Hubiéraslo preguntado que ya tuvieras sabida la materia de pe a pa, sin quitarla ni añadirla! Sabrás... ¡Alonso! ¡Borracha! Mi señor te llama. ¡Linda! mermelada! ¡Acaba ya! Acaba tú, relamida. Ya me han empatado hoy dos chismes y si porfían reventaré por un lado; el ir es cosa precisa, señor. Pues ¿qué hemos de hacer? A esta cuadra te retira que yo saldré presto. Alonso, ya pende de ti mi vida. ¿Cómo es esto? antes Beatriz, ahora Andregüela me quitan el cuento de entre los labios. vive Cristo. Date prisa, que está regañando el viejo. Pues ¡cuéntaselo a su tía! (Mas quiero ir, que por volver al chisme tengo cosquillas.) La osadía de don Diego al viejo cuenta su hija; él suspirando la escucha y ella llorando se explica. mi honor, dicen muchas veces ambos, y luego suspiran; ella se tuerce las manos, él tiembla y al cielo mira. ¡Bobos, librad vuestras almas de esas simples agonías; advertir que la honra es locura de gente rica; los pobres hacia otra parte han de ser locos! Si libra el cielo contra mí rayos que en pavesas me dividan, tengo de hablar a Beatriz esta noche. Muy vecinas oigo pisadas. ¿Quién es? -Esta es Andrea-. Quien pisa, dos veces ciego, esta casa con su amor y con las frías sombras de la noche escura. Pues señor ¿qué determinas entrándote de esta suerte? Preguntar a esa enemiga por qué de tantas maneras mi corazón martiriza, la razón porque se vino. ¡Oh, cuánto el amor delira! Repara en que si te oye mi señor, que hoy a malicia de este caso, tu afición, tendrá con tal demasía el dolor, que es muy posible que hasta la postrera línea de su vida le conduzga. Vanamente solicitas apartarme de este intento; tú de que aquí estoy la avisa; o ¡vive Dios! que me entre osado a la parte misma en que con su padre está. Pues tanto te precipitan o tus celos o tu amor, de este cancel te apadrina para que nadie te vea; mientras yo voy a decirla como... ¡Andregüela! ¿Te llaman? Sí; escóndete, que advertida estoy de lo que he de hacer; ¡acaba! Si facilitas que hable esta noche a Beatriz verás cuán agradecida tengo el alma. Yo lo creo. ¡Venga alguna vez la dicha! Del esconder a don Diego el que se arroje se evita a atrevimiento más grande; y fuera de esto podría ser que por mi diligencia me dé algo a la salida; que es de un amante el dinero, entre los que se le arriman, cosa en ellos tan ganada como en él cosa perdida. Voces oigo dar a Alonso, quiero ver si se avecina; saldré ya de aquesta duda con quien mi sosiego lidia. ¡Válgame Dios! ¿quién será? porque en esta sala pisan lentamente; si Beatriz, ¡dichosa suerte sería! ¿Quién es? ¿Qué es aquesto, cielos? un hombre mal atrevida la voz me habla y no es Alonso. Al momento diga quién es quien me está escuchando. (Ya es mi pena más crecida; don Diego es el que me habla que, escondido, esperaría a hablar aquí con Beatriz. ¡Ya mis dudas se descifran! que supuesto que don Diego halla aquí buena acogida o él despedazó, celoso, mi presente o ella, fina, le maltrató por hacer una lisonja a su vista. En mil volcanes de celos el alma tengo encendida.) ¡Vive Dios! si se detiene en responder, que ofendida mi espada le dé la muerte. No es fácil, si por la mía ha de llegar a mi pecho. (Ya está la voz conocida de don Bernardo; ¡ay de mí! ahora digo que sería suyo el presente; sin duda gusta Beatriz que la sirva, pues el que yo le rompiese con tal fuerza defendía; y pues el estar aquí a él se le facilita.) (Aunque a don Diego proponga que este intento no prosiga y él como amigo lo haga no es dar, luego, con la dicha; porque con esto el amor a ella no se le quita y aún quizá le querrá más, por ser de lo que la privan.) (Aunque yo con don Bernardo me declare y él desista en virtud de la amistad de aquesta galantería ¿qué he hecho si ella se queda con la afición que tenía? pues ¡muera quien me embaraza! (¡Pues quien me estorba no viva!) (Primero que mi amistad soy yo) (Primero es mi vida que la amistad de don Diego) (Pues ¡al acero!) (¡A la ira!) De esta suerte haber entrado a este lugar se castiga. De este punto que pisáis es la muerte la salida. Dentro ¡Hola! ¡Alonso! ¿qué es aquello? ¿Dentro, en casa se acuchillan? ¡Será el duende! Dame presto, Beatriz, aquella bujía. No salgáis, padre y señor. ¿Qué es? ¿no salir? No me impidas (Yo no he de dejar el puesto) (Mi valor no se retira) ¡ah, pies caducos! ahora era tiempo de caídas. La luz se ha muerto, mas yo les haré que se dividan, mientras otra vela sacan. (¡Que tanto se me resista!) (¡Sirva el báculo de acero!) (¿Está mi espada baldía?) ¡Muerto soy! (Don Diego la que me he vengado publica.) (Parece que don Bernardo dice a voces su ruina.) (Pues antes que me conozca, me voy) (Pues antes que diga la luz quién soy, me retiro.) (¡Feliz soy con su desdicha!) Nadie extrañe mi fiereza, porque es ley establecida que el amor y la corona compañeros no permitan. En voz baja ¡Ay de mí! Cierra esas puertas que he de ver quién osadía tuvo de entrar en mi casa a reñir. Pero ¡qué miran mis ojos! ¡si son engaños que forma la fantasía! ¡Herido está el viejo, Alonso! Ven acá, perra enemiga; ¿a quién has metido en casa? Yo a don Diego, y ¿tú? Si gritas soy perdido; ¡a don Bernardo! Pues sin querer le darían... ¿Qué es esto, señor, qué es esto? ¡Quítate allá, aleve hija! esto es haber tú nacido. ¡ah! mal haya amén el día que vi la luz, si yo soy causa de aquesta desdicha. Tú me has muerto y en el alma tengo la mayor herida. ¡ah, señor! ¿también vos sois de los muchos que imaginan que el cielo solo da bienes y que nunca se derivan los males de sus decretos y de su mano divina, sino que el que los padece se hace con su culpa misma el fracaso, y que de él solo sus pesares se originan? Pues mirad que os engañáis; y advertid que la ruina de vuestra vida y mi fama, mal que todo a mí se aplica, que todo en mí se aprovecha, que todo en mí se ejercita, no es mi culpa quien le trujo sino el cielo quien le envía. ¡Cielos, piedad! ¿Qué tenéis? ¡No te acerques, enemiga! déjame solo el consuelo de morir sin que me asistas. ¿Qué es no acercarme? ¡ay de mí! Dejad que por las heridas entre mi llanto, señor, porque si él es sangre mía, y mi sangre es sangre vuestra, esa que se desperdicia no os hará falta, si estas lágrimas que se distilan las venas van ocupando que van quedando vacías. Pluguiera a Dios que en el llanto que sobre mí precipitas vertieras, mujer aleve, cuanta sangre tienes mía. Pluguiera a Dios, porque así de infames manchas se libra. ¡ah! pese a tantos pesares ¿no basta, estrellas inicuas, el ver a mi padre casi en la postrera agonía sin oír estas razones? mas ¡vengan, vengan desdichas como mi padre no muera! Andrea, Alonso ¡qué fatiga! ayudadme a levantar a mi padre ¡suerte impía! y llevémosle a su cuarto. ¿Quién vio pena tan crecida? Llegad vosotros; mas tú ¡no me toques! hija indigna. Sea en buen hora, si con eso vuestros dolores se alivian, Ya yo me aparto. ¿Hay más penas, fortuna, con que me aflijas? Voy a menearme y no puedo, ¡ay de mí! que mal se afirman los pies. Animaos, señor. El cielo, en fin, determina que yo a ti me arrime, siendo tú quien la vida me quitas, que es lo mismo que querer que la guadaña enemiga de la muerte en los postreros pasos de bordón me sirva. Vamos, pues que Dios lo ordena. ¡Astros, templad vuestras iras! ¡Yo tengo la culpa de esto! ¡Yo he causado esta desdicha! ¡ah, Beatriz, lo que me cuestas! ¡ah, cuanto este mal lastima! ¡Penas, las heridas bastan! ¡Lágrimas, salid aprisa! ¡hielos, mirad por mi honor! ¡Cielos, guardadme esta vida!

JORNADA TERCERA

Ya amanece, que ya el sol con el oro de sus llamas de todos esos luceros va desatando la plata. Ya es de día, que ya el cielo con naturaleza varia de su varia piel hermosa pierde las lucientes manchas. (Y ya yo pienso salir de las dudas que me matan sabiendo si dio la muerte a don Bernardo mi espada.) (Y ya yo saber deseo si de mi enojo a la rabia de Don Diego la locura tuvo las postreras ansias.) De Beatriz esta es la puerta. Esta es de Beatriz la casa. Y nada se escucha en ella. Y en ella se advierte nada. Mas ¿qué es esto? don Bernardo -o está mi vista turbada- es el que miro. ¡Don Diego, si aún la luz del sol no engaña, es el que las rejas nota, sin muestras de que en él haya herida ni daño alguno! ¡Si sueño lo que me pasa! No es don Bernardo el que anoche dijo con la voz troncada ¡muerto soy!, pues no es creíble, de hombre que tal sangre guarda en las venas, que el temor le formase las palabras. ¿Yo mismo no le oí decir a don Diego, cosa es llana, ¡muerto soy! midiendo el suelo? Pues ¿cómo ¡cielos! se halla a las puertas de Beatriz al sol la misma mañana? pues persuadirme a que pudo hombre de nobleza tanta fingirlo por no reñir es locura declarada. Mas él me ha visto. Él me mira. Yo no he de hablar si él no habla en la materia. Si él conmigo no se declara, tendré mi pena en silencio. Todas las dudas desata el tiempo; desate esta. De los muchos que no guardan secreto es el tiempo uno, en él pongo mi esperanza que quiero llegarle a hablar. Aquí la industria me valga. Señor don Diego ¿qué es esto? ¿cómo estáis tan de mañana levantado? Yo con las mismas palabras os salía a recibir. Yo madrugué esta mañana (La cautela es de importancia para salir de esta duda.) Yo madrugué esta mañana porque ha muchas que madrugo. Y ¿cuál ha sido la causa? Importar a mi salud. Y a vos ¿qué atención os saca de vuestro lecho a estas horas? (Ya qué decirle me falta.) Hacer cierta diligencia que a un caballero que enlaza conmigo amistad le importa. ¿Es cosa grave? Pesada; aunque no para el honor, para el sosiego. Eso basta; que si todos fueran gustos no había cosa tan sobrada ni tan ociosa en el mundo como la amistad. (¡Que nada de su voz inferir pueda!) (Nada su voz me señala en favor de mis sospechas.) (Ni nadie sale de casa de Beatriz, de quien poder tomar noticia más clara. Despedirme quiero agora de él para hacerle que se vaya y aguardaré a esotra esquina.) (Ya don Diego me embaraza; de él me quiero despedir y volver luego.) ¿No basta nacer para mil desdichas en aquesta vida humana sin nacer para morir? Cosa tan fea y tan mala, que si no la hicieran todos fuera la mayor infamia. (Mas ¡Alonso está a la puerta! Yo quiero ver si me habla.) (Mas ¡Alonso está en la calle! él me dirá sin tardanza lo que hay.) Mas ¿de qué sirven los discursos para el alma del difunto? mejor es al criador encomendarla. Pater noster... El rosario, devoto, en la mano saca. Y sale como lloroso. ¡Qué macilento que anda! Sed líberanos a malo... Pero ¿estas dos buenas lanzas es lo primero que encuentro? Estoy por volverme a casa. Alonso ¿tú te levantas tan de mañana? Señor, quien a la tarea pesada se levanta de ser pobre si no madruga no masca. Fuera de que tengo hoy mucho que rezar. Extraña ocupación es en ti. ¿Por qué rezas? Porque salga de penas, si es que está en ellas, un alma que fue muy santa. ¿Era tu deudo el difunto? No, que más alto picaba don Fernando, mi señor. ¿Don Fernando -¡pena rara!- murió? ¿De doña Beatriz el padre es muerto? ¡Ya escampa! Pues qué ¿tan dificultoso es morirse que no acaba de creerlo vuestro susto? pues es tan fácil hazaña que la puede hacer un niño de teta y una beata. Anoche dio su alma a Dios. Y ¿sabes cuál fue la causa? porque ayer yo le vi bueno y levantado en mi casa. Pienso que una pesadumbre. (Equívocamente habla.) (Con dos sentidos responde.) (Mas ¿qué fuera: que mi espada le hubiera dado la muerte pensando que ejecutaba los golpes en mi enemigo, porque él, a las cuchilladas, de su aposento salió anoche? ¡Fiera desgracia!) (Diciéndome el corazón está que mi mano errada a don Fernando quitó la vida; porque él andaba pidiendo luces, brioso, anoche entre las espadas.) (En grande conversación están los dos con sus almas. ¡Oh, quién pudiera decirles que murió de una estocada que alguno de ellos le dio! pero mandome mi ama, por lo que a su honor importa, que a nadie lo revelara.) Y ¿quién le dio ese pesar? Su suerte siempre contraria; lo más cierto es que sus muchas enfermedades, y largas, le acabaron. (Con industria este el suceso recata.) (Lo que ha sucedido a un tiempo este lo esconde y lo amaga.) Y ¿cuándo le enterrarán? Ya esas son cosas pasadas. ¿Cómo? Porque ya está hecho. Es imposible, que acaba agora de amanecer. No es sino posible. Aguarda, acabaré de rezar esto poco que me falta y lo diré. Quien desea no espera de buena gana. Dices bien, y fuera de eso, los santos por muchas causas hemos de ser muy corteses. Pared en medio de casa, ya lo veis, está esa iglesia donde una capilla anciana hay, que fundaron piadosos los abuelos, cuya fama y hacienda heredó el difunto; y en ella de bien labradas piedras un entierro noble para los que de ellos manan; que tiene la vanidad naturaleza muy rara, pues los otros vicios solo en los vivos se embarazan, mas ella en vivos y muertos su jurisdicción dilata, haciendo a los que la tienen que con pompa y arrogancia labren costosos sepulcros para su postrer jornada, por dar a la tierra fea de tierra hermosa una casa. Tiene, pues, esta capilla una puerta condenada a nuestra casa y anoche, notando lo que se gasta mi señora en un entierro, y que ella no tiene blanca determinó que asistiendo un sacerdote que haga piadoso el cristiano oficio, entre el hombre a quien se encarga la iglesia y yo del sepulcro a las tristes sombras vanas entregásemos el cuerpo de su padre; y sin tardanza se ejecutó de esta suerte. Que la fortuna indignada a sus altiveces quiebra tiranamente las alas. ¡Muerto el suceso me tiene! Yo la vida tengo en calma. (A Beatriz veré, por ver si de estas dudas me saca.) (De la boca de Beatriz he de saber lo que pasa.) Señor Don Bernardo, adiós. Él, don Diego, con vos vaya. Veámonos luego, Alonso. Harélo como lo mandas. Ellos se han ido y yo quiero volverme a entrar, que a mi ama no es razón faltarla agora, por ver si quiere que salga a buscar alguna cosa de las muchas que le faltan. Que es fuerza se busque todo en esta vida tacaña, sino en las penas, que ellas se nos vienen sin buscarlas. Ya estoy en casa y no oigo sino sollozos y ansias. Andrea vete allá fuera. Tú, Alonso, también te aparta. Dejadme; que solo gusto del dolor que me acompaña. Dejadme sola, que así algo mi pena descansa; que en los grandes sentimientos que todo el pecho arrebatan dentro allá del dolor mismo hay no sé qué que agasaja. Voyme a rezar como un turco. Yo me voy a no hacer nada. ¡Válgame Dios, qué de siglos ha que vivo desde anoche! ¿A cuándo aguarda la muerte a ejecutar sus rigores? Pero ya sin duda llega; que las ansias que me rompen el corazón, lo turbado de mis sentidos, lo inmóvil de mi cuerpo casi frío y de mi aliento el desorden de que ya muero me avisan. ¿Qué es esto, estrellas feroces, de cuándo acá mis deseos dais licencia que se logren? ¿A un desdichado sucede alguna cosa conforme a su voluntad? Si a mí me mataren mis pasiones sepa el mundo que en el hielo hay novedad desde entonces. Pero todo esto que muero aún es vivir, que dispone enemiga mi fortuna que me falte en mis dolores para morir la ventura, aunque las causas me sobren. ¡ah, qué en vano que desean los humanos corazones lo que en su mano no puso la mano que rige el orbe. Yo en fin, vivo; y vivo solo a los embates enormes de los duros sentimientos que es forzoso que me acosen con lo que me ha sucedido. ¿Fui yo la causa de que el noble, santo, pecho de mi padre le rompiese duro golpe? ¿Yo vi arrojarse en mis brazos vertiendo en rojos humores la vida más asustada, entre troncadas razones, al que fue autor de la mía? ¿Yo vi el cadáver informe, remolinado el cabello, el rostro lleno de horrores, donde lo severo estaba con señales tan feroces que pareció que mi culpa la estaba viviendo entonces? Yo vi esto y ¿tengo vida? Y ¿no más de con que llore se contenta mi fortuna, sin permitir que me ahogue mi dolor? sin duda el hielo por castigar mis errores ató a mi cuerpo mi alma con ligaduras de bronce. Y pues llorar solamente consigo que se me otorgue ¡vengan lágrimas! y sean tantas las que el pecho brote que el corazón se desate en ellas cual nube torpe, feo embarazo del día que, herida de los ardores del sol, se resuelve en agua porque más su luz no estorbe. y así me será preciso morir, si ya no disponen los hados que aquel que nace no más depara dolores, viva sin un corazón, sienta con mil corazones. ¡Déjame entrar! Advertid que no en todas ocasiones es permitido. ¿Qué es eso? Yo, que al entrar me propone dificultades Andrea. No espantéis, que ya corren de otra manera las cosas. (Al modo con que responde y lo airado del semblante diciéndome están conformes que es verdad lo que sospecho.) Llena estoy de confusiones y miro ya a don Bernardo con horror, que le conoce mi pecho como a instrumento de pesar que en él se esconde.) Parece que estáis llorosa; y el mayor de los favores que os puedo deber será deberles a vuestras voces la causa, por ver si puedo hacer que más no os enoje. Son tantas en esta vida de llorar las ocasiones que con gran dificultad el número las recoge; más qué mucho, si es el cuerpo, por ser la porción más torpe, barro amasado con llanto, pues fue hecho el primer hombre de agua mesclada con tierra, y es el agua entre humores llanto que la tierra exprime por los poros que descoge; y así, si de la materia de que el cuerpo se compone lágrimas son la mitad, don Bernardo, no os asombre que cualquier mortal, sujeto por serlo a tantas pasiones, del poco tiempo que vive siquiera la mitad llore. (Más mi desdicha publica cuanto más su mal esconde.) Decís bien; pero el dolor que agora en vos reconoce mi pena saber deseo. Sabreisle en breves razones. (¡Ea, corazón, agora mi voz tu valor pregone!) No os admire que este llanto mi pálido rostro moje; que es por mi padre que ya pisa gloriosas regiones. Anoche murió de tantos achaques como sin orden le estaban acometiendo, si ya no murió de hombre que es la enfermedad mayor. Y le enterramos anoche por faltarle a mi fortuna para las ostentaciones el caudal; que hasta en un muerto parece mal el ser pobre. Este es mi suceso y hoy no pretendo que las voces discretas de vuestro pecho consuelen las sinrazones de mi fortuna; ni quiero que vuestro afecto se tome la mitad de mis pesares, porque todos no me acosen. Esto lo que os pido es. Mas porque el ruego se logre, de estas lágrimas que vierto agora en fuentes veloces, la parte que más de adentro del alma a los ojos corre pongo por intercesora para que luego se otorgue. Lo que os quiero suplicar porque los cielos disponen que lágrimas de mujer puedan mucho en pechos nobles: Que desde el punto, el momento que de aquí salgáis no tornen a pisar esos umbrales vuestras plantas; que se expone mi honor a que estas visitas le desluzgan o le borren muerto mi padre; que el vulgo de una vecindad se pone de parte de una malicia aún con indicios menores; y no querréis vos que ande mi opinión en opiniones. (¡ah, que cuerda me castiga sin que nada me perdone!) Como siempre a mis deseos los va sirviendo de norte mereceros para esposa, no he mirado en que se noten mis visitas; mas pues vos, no sé si con pecho noble, gustáis de que así se haga, dejando agora razones de quejas, a quien de celos no les quiero dar el nombre, porque nunca he de creer que vuestro honor no responde a vuestra sangre, os prometo hacer lo que me proponen vuestras bien miradas penas y acertadas atenciones; aunque me cueste la vida aquesta obediencia noble. Lo que no podréis quitarme será que en veneraciones de estas paredes consuma mi vida, y que los ardores primeros del sol me encuentren adorando esos balcones. Y dos cosas os suplico, si es que vuestro desdén oye, que creáis de mi afición: una que el pecho me rompe la muerte de vuestro padre, que ya de estrellas al tope está coronado, y otra que si vuestras aflicciones, aún para el menor alivio, han menester que se corten mis venas y se desangren, desde luego se disponen mis brazos a obedecer del acero a los rigores. Hoy empiezo yo a deberos. Y hoy logra en mí el mayor golpe la fortuna. Sois discreto Soy el más infeliz hombre. ¡El cielo os guarde mil años! ¡Tantos vuestra vida goce! Este ya va despachado. ¡Andrea! Señora. Ponte el manto y ve a buscar a don Diego. ¿Qué dispones? Que acabemos de una vez con estas resoluciones. Yo no he de ver a ninguno; sepan entrambos que corren una fortuna conmigo sin que a nada aspiren. Voyme a obedecerte, mas él ha quitado el picaporte. (Estrellas, dejadme aquí obrar sin inclinaciones.) Alonso me dijo ahora que vuestro padre, que goce el hielo, de sus achaques dio el postrer suspiro anoche; que le enterrastis así como murió. Y como toquen tan dentro en mi corazón vuestros pesares moviome el dolor y sin sosiego vengo a ver si se socorren vuestros disgustos en algo, de tantas obligaciones como os tengo. (¡Qué severa se mesura y se compone!) La verdad os dijo Alonso y no estraño yo que obre vuestra sangre de esa suerte, porque a mucho que conocee mi casa vuestras finezas. (Qué discreta que recoge sus sentimientos.) No admiro que ese dolor os congoje mucho; que es grande la causa. Por eso el pecho me rompe, pero ya es fuerza que otro hoy su muerte me ocasione (Si aquí el alma no supone fortaleza, desanimo para después mis razones) Yo no tengo sentimiento; la sangre esta vez perdone porque era muy virtuoso mi padre. Y cuando se rompe la tierra para sepulcro de alguno de los varones que vivieron justamente, en el triste albergue, donde parece que solo puede haber abominaciones, hallan ellos un tesoro pues hallan a Dios, que entonces a enriquecerlos empieza de glorias que los coronen. Luego no fuera razón afligirme de que more mi padre con las estrellas y de que, entre resplandores mullidos por lecho blando, sobre el mismo sol repose. Solo un sentimiento es fuerza que su muerte me ocasione. ¿Cuál es? Haber de pediros, pues ya falta quien apoye de seguras las visitas, que no permitáis se noten las vuestras en esta casa, porque mi honor no desdoren. ¡Oh, cómo para matarme usáis de las ocasiones! Pues ¿cuándo puedo mejor pretender yo los favores de vuestro agrado que agora que no hay quien me los estorbe? y así... No, no prosigáis que caeréis en mil errores. ¡Beatriz hermosa, bien sé cuán justamente interrumpen vuestras voces mis designios, pero no hallo por dónde poder escapar el alma del incendio que esos soles causan en ella; y así a pesar de los horrores que en vuestro honor encendéis porque de rayos blasonen, he de proseguir mi intento con ruegos que ablanden montes, con lágrimas que os lastimen, con dádivas que acomoden vuestras descomodidades y la fortuna os mejoren; mas si esto no me aprovecha con cautelas, con traiciones, con estragos, con violencias y aún con medios más atroces. (¡Cielos, quitadme el amor para que una vez me enoje! ¡qué fácil, si se desea, se juzga cualquier desorden!) Señor don Diego, mirad que os mienten vuestras pasiones. ¿Vistis el mar, aquel mundo de cristal, adonde corren tantos ríos diferentes: unos de dulces sabores; otros que arenas de oro ruedan en ondas veloces; aquel que a la tierra hurta los desasidos terrones y lleno de manchas feas al piélago se descoge; este que hijo de una peña, lisonja luego del bosque, entre aljófares conduce mentidos los amargores; y que el mar, aunque agradable y apacible los recoge, ni de color ni sabor jamás muda, mas conforme siempre es espejo del cielo donde sus luces compone? Pues de aquesa misma suerte, aunque vuestro amor arroje ríos de llanto unas veces, de oro otras veces los brote, vierta arroyos de amenazas, de molestias v rigores, aqueste mar de mi honor, siempre igual en sus acciones, ni de color ni sabor ha de mudar; mas entonces espejo será del sol donde su limpieza copie. Yo estoy resuelto a seguir esta mi pasión por montes de dificultades. Yo me saldré con ser de bronce. No habéis de poder quitar su naturaleza noble vos al amor; que es hacer que segundo amor se forme en el sujeto adorado que al primero corresponde. Lo que yo podré hacer siempre será ser yo. Pues perdone vuestro respeto si acaso no le atienden mis furores. Y vos perdonad si yo fuere vengativa entonces. El hombre va despechado; mas ¡saben querer, señores! que no hay ninguno, aunque sienta mucho un desdén, que se ahorque. En fin, aunque se animaba don Fernando ¿murió ayer? Sí y en eso echo de ver, señora, que caducaba; porque, si me dais licencia y mi voz no te importuna, siento que el morirse es una grandísima impertinencia; mas también, señora, digo, pues agradable me escuchas, que ella es una de las muchas que la vejez trae consigo. Sentirá tan vehemente pesar mucho tu señora. Si ella siente como llora muchísimo es lo que siente. Que es igual con la pasión el llanto se ha de entender. En lágrimas de mujer se ve mal el corazón; si bien, mi ama quería tanto a su padre que arguyo que es mayor el dolor suyo que aquesta malicia mía. Tiéneme tan admirada este suceso infeliz como que doña Beatriz, cuando de mí agasajada estaba, y no mal servida, de mi casa se saliese sin que yo ocasión le diese La mujer más entendida con atributos divinos (y tabícame la boca si algo de mujer te toca) hace dos mil desatinos. Mas déjala de culpar que es famosa, a mi entender, invención de agradecer el darte qué perdonar. (Yo siento acá unos recelos que entre amagos de dolores naciendo como temores van creciendo como celos. Tengo por sus peregrinas partes a mi esposo amor. Y amor es de tal valor que hace las almas divinas. Viendo estos raros portentos y efectos maravillosos en los amantes celosos ¿qué entienden los pensamientos? Y así nunca, cuando mueven los pechos enamorados, hay celos tan mal fundados que alguna razón no lleven. Y cáusame gran pesar en mi celoso temor, como tengo tanto amor, ver que debo de acertar. Mas disimular conviene; ¡celos, templad la inclemencia, aguardad a la evidencia!) (¿Cómo don Diego no viene? que en casa me dio a entender que habíamos de hablar los dos; y ya me falta, por Dios, qué hablar con esta mujer. ¿habrá a quien esto no asombre como a pensarlo se aliñe? con mujer con quien no riñe ¿qué tiene que hablar un hombre?) Yo iré, que es muy justa cosa, a dar a doña Beatriz de este suceso infeliz el pésame. Alonso. ¡Esposa! Halláisme de pesar llena con lo que le ha sucedido a Beatriz. Yo lo he sabido y me ha causado harta pena. (A Alonso quisiera hablar y me embaraza Leonor.) Don Diego está con amor que no puede sosegar. Leonor, en muy breve plazo tengo mucho que escribir. (De aquí vengo a colegir que le enfado o le embarazo) Siempre vos podéis mandarme y a mi cuarto me recojo. (Reventando estoy de enojo y quisiera declararme; mas, porque a hablar me provoco, me voy; que si bien se mira, quitar la lengua a la ira es quitar la espada a un loco.) ¿Fuese mi esposa? Ya aplico la vista y pienso que sí. Pues ya nadie nos ve aquí toma, Alonso, este bolsico. Si reliquias se recogen en él, guárdale y repara que teniendo yo esta cara no es posible que me aojen. Cincuenta escudos contiene. ¿De oro fino? Lo imagino. Pues está aquí el oro fino, mucho amor sin duda tiene; mas para quién es, ignoro. Para ti. Pues ya le encierro; mas ¿que quieres que algún yerro haga, pues que me das oro? Sea el primero favor que yo consiga de ti tener lástima de mí, porque me muero de amor. Aunque a tenerla me aplico, muy difícil ha de ser porque ¿quién puede tener lástima, señor, de un rico? ¿de un rico que sin alguna dificultad, por mil modos, no solo nos manda a todos mas también a la fortuna? si por eso, a lo que infiero, le das vuélvele a tomar, que no me he de lastimar de hombre que tiene dinero. Deja agora esas locuras. Lo que te quiero pedir es que esta noche has de abrir, que podrás si lo procuras, la puerta de la capilla que paso a tu casa da; que la de la iglesia ya tengo yo forma de abrirla. Si lo haces, te promete mi amor que tendrás en mí quien cuide siempre de ti. Eso sí; ser alcagüete con grande fineza yo, abrir puertas y ventanas, lo haré de cuatro mil ganas; mas tener lástima no. En fin, ¿lo que quieres es que abra la puerta? Eso agora te suplico. ¿Y a qué hora? Entre las dos y las tres. Mucho siento no dormir que para mí es caso duro; mas bien puedes ir seguro, que yo te bajaré a abrir. Que no me engañes merece mi fe. Verás mi lealtad; que en no tratando verdad cualquier oficio perece. y lo que más lo asegura es salir yo de miseria. Con eso me das materia para labrar mi ventura. Yo he dado en un grande error y desde aquí lo condeno. Ser alcagüete no es bueno, pero ser pobre es peor. Ya es de noche y voy mirando por cuál de aquellos luceros estará agora mi padre notando lo que padezco; pero más cerca sin duda está; ¡sí! ¡él es! ¡yo le veo! y no me asusto, que antes de tenerle aquí me alegro. ¡Padre, señor! ¿vos conmigo? ¿ay tal dicha?. Mas ¡qué es esto! ¿cómo de mis fantasías tan fácilmente me llevo? ¡Andrea!, ¡enciende la luz! Aguarda, que ya la enciendo. ¡Date priesa! Ese recado va a la yesca y no a mis dedos. Estos montones de sombras de tal arte los contemplo que, unidos unos con otros, me están formando portentos. Ya está aquí la luz, señora, y mira que se te ha hecho muy mala la condición. Si lo dices por lo presto que pedí luz no te espantes, porque en los lóbregos senos de la oscuridad confusa a mis tristes devaneos lo muerto parece vivo, lo vivo parece muerto. De tu infeliz fortuna son tantos los sentimientos que a ti te privan de ti; ya ni aún la labor hacemos que antes nos sustentaba, porque llorando y gimiendo se te pasa todo el día; y la vez que acometemos a las tristes almohadillas con más hambre que deseo, enjugando lo que lloras hechas a perder el lienzo. Con que no solo tu cara, señora, no es de provecho pero tampoco tus manos; y no miras... mas ¡no quiero hablar! ¡Dilo! No es posible. ¡Acaba! que perecemos. Y agora echo de ver cuán fuertes tiene los miembros la soberbia, pues rendirla las desdichas no pudieron. Con este tu honor, señora, (perdóname si me atrevo que ya no puedo sufrirlo), ni vestimos ni comemos, y me holgara saber cuándo llega, de tenerle, el premio. (¡ah, de la necesidad qué libres son los tormentos! y como esta pasa tanta me va perdiendo el respeto. Si la riño, puede irse y me hará falta; si el cielo hubiera dado a entender a estos enemigos nuestros, los criados digo, del mundo desestimado desecho, lo que son menester, nadie se averiguara con ellos; y así más que del enojo me he de valer del consuelo.) Que tiene premio el honor, y que le espera muy presto el mío verás, Andrea, si atiendes en este ejemplo. De la suerte que la sombra acompaña siempre al cuerpo, que nunca le desampara hasta que le ve desecho, sigue el premio a la virtud con un nudo tan estrecho que mientras ella durare no habrá quien pueda romperlo. Pero ya habrás reparado que, según los movimientos del sol, la sombra unas veces va delante de su dueño y otras detrás, pero nunca de él apartada por eso. Pues en esto puedes ver, como en cristalino espejo, que tiene premio mi honor y que si, porque el inmenso sol de justicia se mueve conforme allá a sus decretos, agora no va delante, atrás queda y no está lejos. (Para un buen renegador hace mucho al caso esto.) Si está Alonso recogido cierra las puertas y entremos a recogernos nosotras. Aún no ha venido. No ha hecho bien y pues el necio tiene hoy tan poco miramiento ¡quédese en la calle! ¡Guarda! que me matará el sereno. ¿Cómo has tardado? ¿No sabes que agora nos recogemos temprano? Señora, sí. Pero aquesta tarde al juego gané no sé qué realillos y quise antes de perderlos, porque perder quien jugare es aforismo muy cierto, traer para que cenaras no sé cuántos güevos frescos como una lechuga y un angostísimo conejo; bien que al vendérmele caro se me ensanchó el despensero con una poca de fruta; y aunque el regalo es pequeño te puede alegrar, por ser en esta casa uso nuevo. Alonso, Dios te lo pague y yo el cuidado agradezco. Fuera de esto, don Bernardo hoy ha recibido un pliego de Aragón en que le avisan que, por la muerte de un deudo suyo, feliz ha heredado un mayorazgo muy grueso; y fui a darle el parabién. Pues a ti ¿qué te va en eso? A mí, si no quieres, nada. (Oigan la cara que ha puesto) (Dineritos tiene Alonso; desde este punto le quiero.) Andrea, cierra esa casa y éntrate acá. (Sentimientos, acabemos de una vez con la vida que aborrezco.) Toma esta cestilla que yo me voy a mi aposento. ¿Quiere usted darme barato? Perdone usted, que no quiero. Picarón cómo se ve que eres ruin y plebeyo; luego por aquese estilo respondiera un caballero. ¿No? pues yo me enojaré. Enójese usted por cierto que mejor que con su agrado me hallaré con mi dinero. Picarón cómo se ve que eres ruin y plebeyo; luego por aquese estilo respondiera un caballero Si el caballero no es bobo te ha de responder lo mesmo. Treinta mujeres no valen real y cuartillo, esto es cierto; y vale real y cuartillo en la faltriquera puesto no haber menester pedirlo; mira si es grande su precio. Pues ¡quédate noramala! Norabuena; porque eso lo tengo por más barato que el barato que te niego. Ahora bien, supuesto que debe el hombre que es discreto hablar poco con los otros y mucho consigo mesmo, quiero ser discreto un día y que Alonso y yo parlemos, más que en las cosas del gusto en las cosas del provecho, mientras es hora de abrir la puertecilla a don Diego. Que debe cualquier honrado hacer su ruindad a tiempo: - Es verdad. Y también pienso: - ¿Sabe que el dinero es de natural tan perverso que si se guarda no sirve y si sirve se va presto? Pues para que no se vaya y que sustente a su dueño, que es para lo que se busca... - ¡Qué remedio, qué remedio! - Poner un tratillo lindo. - Bellísimo es el consejo. - Elijamos, pues, el trato. - ¿Cuál será? - Sea sombrerero. - ¿Sombrerero? ¿Es buen oficio? - Es buen oficio y tan bueno que a Dios se parece en algo. -Mi señor Alonso, ¡quedo, que hay inquisición! - No importa. - Pues dígame en qué, al momento. - En que está llamando a todos. - No dice mal; pero advierto que llaman Dios y esta gente con encontrados intentos Él para desengañarnos y para engañarnos ellos. Dejemos las calidades, que es lo que aquí importa menos, y a la conveniencia vamos. Reparo en que no es entero este trato, porque solo sirve a la mitad del pueblo, que son los hombres. - ¡Son muchos! - Pues he aquí que llega tiempo en que hombres no se usan, ¿qué hemos de hacer del empleo? y ve aquí que aunque se usen, ellos por capricho nuevo dan en ponerse turbantes; ¡buena la hubiéramos hecho! Oficio de contingencias; ¡vaya arredro, vaya arredro! - Pongamos una botica, que con dos reales y medio de caudal y agua del pozo está negociado esto. - ¡Por Dios! pongamos... mas ¡ay! ya parece que en silencio está todo y que ya es hora de bajar; ¡sí que me duermo! ¡Válgame Dios lo que corre en una comedia el tiempo! Esta luz mato; quedose como un pajarito; cierto que en matar luces jamás tuve más alma que un perro. Yo bajo y, aunque parece que esta hazaña solo emprendo, voy muy bien acompañado que llevo muy gentil miedo. ¿Duermes, Andrea? ¿Qué mandas? Que mires no nos quedemos sin luz. Yo agora estoy solo para mirar hazla dentro. ¡haz lo que te digo! Ya pongo otra vela. Esto es hecho. Lo primero con que he dado es con la iglesia; ya tiemblo, mas ¿de qué? que aquí no hay sino difuntos y a esos los entierran maniatados, con que el más crudo y más fiero el mal que me puede hacer es hacerme algunos gestos. Paso adelante; parece que a aquel lado desde dentro de una sepultura angosta me cecean; ya lo entiendo; allí está alguna mujer y quiere como es invierno pedirme para hipocrás. Señores ¿no es caso recio que aún muertas han de pedir? ¡higamonos! que los muertos no han de pedir gollorías, ¡como tierra! Ahora diciendo queda entre sí la difunta: ¡Jesús, que hombre tan grosero! ¡Por Dios! yo estoy bien hallado; ¡que haya quien tenga miedo a cosas de la otra vida! El postigo dejo abierto porque he de salir por él. ¡San Irtifón, san Anselmo! ¿qué es esto que hacia mí viene tan alto y pisando quedo? ¡si será don Diego! No, que no es la mitad don Diego; ¡alto! él es difunto. Pasos hacia aquella parte siento. ¡Si será Alonso! ¿quién va? ¡Qué sé yo! ¡Dígalo presto! No es posible; que no hay quien se conozca a sí mesmo. ¡Alonso! ¡fuego de Cristo! mi nombre sabe este muerto. Yo quiero meterme en casa, que me ha de dar pan de perro. ¿Qué es eso, pues de mí huyes y cierras la puerta? ¡necio! Informe desde allá afuera que acá se verá su pleito. Abre, que don Diego soy. ¿El mismo? Yo así lo pienso. Pues no quiero abrir en duda. ¡Ea, no seas majadero! ¿Que no es difunto? No, Alonso ¡Jurado a Dios! (Si no pierdo el juicio estoy sin él.) ¡Digo que estoy sano y bueno! Pues traiga una fe de vida, que yo le abriré al momento. Abre y toma este diamante. En aqueso de ver hecho que está vivo, porque nunca dan sino piden los muertos. Abro y guardo la sortija. Eso también es ser necio. Pues serlo solo una vez, mi señor, no fuera serlo. ¿Parécete que es ya hora? Sí, ya es hora de que entremos. Pues cierra esa puerta en falso. Siempre en todo te obedezco; sígueme. Dele el amor su dicha a mi atrevimiento. Este es de Beatriz el cuarto. Pues yo entro. Y yo me quedo. ¡ah, que ciego es el amor! Y el interés es más ciego. ¡Que haya cometido yo un delito tan tremendo! Estoy por darme de coces. Andrea ¿oyes? ¿Qué tenemos? ¡Levántate, aprisa! ¡acaba! ¿Estás soñando? No sueño; llama a Alonso. Aquese es un muy lindo llamamiento. ¡Valedme, cielos! ¡Y a mí me valga en aqueste aprieto la coartada de que estoy sobre mi jergón durmiendo! Hombre ¿qué quieres? ¿qué buscas? si el vil interés te ha hecho entrar en aquesta casa, saliote el designio incierto, que el despojo que hallarás en ella solo es tormentos. ¿Qué te ha dado? ¿ves fantasmas? mas ¡hay un hombre aquí dentro! ¡Alonso, Alonso! ¡ladrones! Sosegaos las dos. ¿Qué es esto? (Ea, don Diego en campaña.) (Agora es mayor el riesgo.) Yo quiero dejarlos solos porque este es más verdadero camino de que comamos que aguardar de su honra el premio y guardar el mandamiento de no estorbarás; podrá ser que por aquí medremos. ¡No os asustéis, dueño hermoso! Mi honor no admite sosiego cuando os ve tan atrevido. Aún aquí del rendimiento me quiero valer. Mirad que os adoro y que pretendo que mis finezas se admitan. Lo que respondido tengo he de responderos siempre; y así pues sois caballero os suplico... Reparad que si no aprovecha el ruego... ¿Qué habéis de hacer? ¡ay de mí! Me he de valer del despecho. Y yo en confusión tan grande me he de valer del ingenio. En vano, enemiga, matas la luz y sales huyendo de tu retrete, si a mí me dejas con mis deseos. ¡ah, que dichosa que he sido! abierta la puerta encuentro; ya de la iglesia amparada está de más lo que temo. Bien haces, toma sagrado pues me has muerto. Don Diego baja tras mí ¡qué desdicha! y ya me habrán descubierto de las lámparas las luces. ¿Dónde va tu arrojamiento? A prender la crueldad tuya. Ten a este lugar respeto. ¡Estoy loco! ¡Padre mío! ¿Para qué llamas a un viejo que vivo no te amparaba? ¡Para que la ampare muerto! ¡Detén el brazo indignado! ¡Espectáculo tremendo! Mas ¿qué es lo que le detiene asombrado y sin aliento? ¡No, no ejecutes el golpe que sobra el amago fiero! Yo me vuelvo a entrar en casa, pues me da lugar el cielo y embaraza a mi enemigo con algún raro secreto. ¿Dónde vas hombre engañado? ¿qué te ha hecho, qué te ha hecho mi honor que así le persigues? ¿no basta, di, que tu acero me quitase a mí la vida, sin que tus atrevimientos quieran deshonrar mi sangre? enfrena el loco ardimiento que en Dios vive la justicia; la honra vive en los muertos. Venerable sombra, ¡aguarda! que desde aquí te prometo no ofenderte. Un hielo frío me prende los movimientos. Salir quisiera a la calle y con la puerta no acierto; mas esta que abierta hallo será la que yo pretendo. ¡Alonso, Andrea! Cobardes; ¿dónde estáis? Yo busco a tiento el recado de encender. (¿Qué será que de don Diego no oigo la voz?) Yo señora, en este punto recuerdo a tus voces; di qué tienes Sin tino piso las sombras. ¡ah, que fácilmente, cielos, a una mujer sin amparo se atreve cualquier deseo! ¡Válgame Dios! ¿dónde estoy? de mí mismo estoy incierto que aún no del asombro mío se desembaraza el pecho. Mientras más va más me aflige la turbación que padezco ¡ya, ya! ¡no puedo moverme! ¡ya, ya! ¡me falta el aliento! ¿Qué, no hay quien traiga una luz? mas ya va amaneciendo quiero abrir esta ventana y entre el día, mas ¿qué veo? Es buen consejo. Abre una ventana Vesla ahí abierta, mas ¡ay señora! ¿qué es lo que veo? ¡Don Diego está allí sin vida! ¡Juro a Dios que ella le ha muerto! ¿Qué es esto que por mí pasa? Alonso, llega y miremos si tiene pulsos. No, Andrea que puede tenerle bueno para dar dos bofetadas. ¿No te atreves? ¡No me atrevo! Pues yo llegaré, mas oye... llamando están, y muy recio, a la puerta de la calle. ¿Otra pena? ¡A lindo tiempo! ¿Quién podrá ser a estas horas? A la ventana me llego a ver quién es. Dos mujeres. ¿Dos mujeres? No lo entiendo. Vuelven a llamar Otra vez llaman ¿qué haré? Andrea, yo estoy sin seso nada se me ofrece. Diles que se vayan al infierno. Pero sea quien fuere, abre; que en tan extraño suceso nada puede contra mí ser tanto como el secreto. Ya abro y es doña Leonor ¿Leonor? ¡Buena la hemos hecho! Alonso, ponte delante que entra ya. Si aquí a don Diego no hallamos, Elvira, yo a Beatriz decirla pienso cómo ha faltado esta noche de su casa y que así vengo a consolarme con ella; y si está, sabré de cierto que es ella la que me ofende. Con discreción lo has dispuesto. ¡Señora doña Beatriz! (La voz se me anuda al cuello.) ¿Qué tenéis que tan turbada estáis? (Sin duda mis celos me dijeron la verdad; yo lo veré. Mas ¡ya veo la mayor de las desdichas pues miro a mi esposo muerto!) ¡Esposo del alma mía! Desdichas ¿cómo no muero? ¡Dueño, señor! ¡Quiín huyera! No fuera razón oyendo este ruido pasar sin entrar a ver si puedo servir en algo a Beatriz. ¡Otro demonio tenemos! Mas ¡don Diego desmayado! Leonor, lágrimas vertiendo; Beatriz, turbada; este caso tiene algún raro misterio. ¿Qué es esto? ¿qué ha sucedido? Señoras, decidlo presto. Solo sé que infeliz soy. ¿Tantos pesares a un tiempo? ¡Don Diego! ¡Amigo! ¿Quién llama? ¡Yo soy! ¡Un amigo vuestro! ¿Dónde estoy? Esta es mi casa ¿Qué tenéis? ¡hablad! No puedo. Pues yo diré lo que sé para que no corra riesgo mi opinión, que es bien dejar tantos ojos satisfechos. Si a vuestra opinión importa a mí me toca el hacerlo. Yo entré esta noche, a deshora, usando de inicuos medios en el cuarto de Beatriz; conoció mi atrevimiento y por la puerta que tiene a su capilla, huyendo de mí, en la iglesia se entró; yo, sacrílego y soberbio, sin reparar en que estaba en sagrado, iba violento a cogerla por la mano; guando con un impío acero el cadáver de su padre vi entre los dos interpuesto diciendo que defendía su honor; y dejome luego. Yo con el suceso raro, absorto, turbado y ciego, sin saber lo que me hacía, errado, volví a este puesto donde me faltó el sentido. Aqueste es todo el suceso. Y pido a doña Beatriz perdone mi arrojamiento y a mi esposa los pesares que la he dado con los celos. Y yo la mano de esposa, pues quedo tan satisfecho, con un mayorazgo grande a doña Beatriz ofrezco. Yo la admito, por salir de una vez de tantos riesgos. Yo me doy el parabién y os lo doy a un mismo tiempo. ¿Quieres casarte, Andregüela? Sí, Alonso. ¡Pues yo no quiero! y para que no me obligue a casar el amo nuevo aquí, señores, dé fin la honra vive en los muertos.