Texto digital de La honra por la mujer
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- Lope de Vega Carpio
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- Comedia
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- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Velasco, Adrián. Texto digital de La honra por la mujer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/honra-por-la-mujer-la.

LA HONRA POR LA MUJER
JORNADA PRIMERA
Al rayo del sol de abril su nieve peinan los montes, por dar a sus viejas canas nuevos cabellos de flores. Dilatados arroyuelos cadenas de hierro rompen, dando plata la esmeralda de las márgenes que corren. A las plantas de los sauces su luz quitan las prisiones, y suenan grillos nevados para que perlas se tornen. Cantan las aves del día y las nocturnas se esconden, que como las sombras aman tienen a la luz por noche. ¡Mas ay del que las oye, celoso de su bien, rico de amores! Dichoso, señora, el que ama ajeno de estos recelos, sin tener desdén y celos. Ese sólo amor se llama, aunque diga algún discreto que son salsa del amor. Correos dirán mejor de algún amor imperfeto; que aunque dicen que ellos dan a su esencia nueva vida y que con ser su homicida nueva alma dándole están. para mí, causa que quita el sosiego, infierno es, y aun imperfección después, pues tanto la solicita. ¡Gracias a Dios, Conde amado, que podéis decir que amáis sin ellos, y que gozáis ajeno de ese cuidado. En tan quieta posesión los brazos, como marido, y gracias a Dios que ha sido tan dichosa mi afición. La dicha, Condesa hermosa, sólo la he gozado yo, pues Amor al mío dio discreta y honesta esposa. Dar ventura a un hombre el cielo en hacienda por el mar, por bien se debe estimar darle gracias en el suelo. Con honrosas dignidades, mandos, imperios, criados, con que de humildes estados levantan sus calidades, grande dicha viene a ser y es de los ciclos favor; mas de todos el mayor es darle cuerda mujer. Y de las partes, mi bien, que Amor sabe que gozáis, con que a las romanas dais gracia y envidia también. Lo más digno de alabanza en mí viene a ser, señor, el merecer vuestro amor. ¿Qué gusto, di, Porcia, alcanza el que gozan los que riñen como aquestos dos señores? Y con plumas de favores las tiernas almas escriben. ¡Ah matrimonio dichoso, comunes las voluntades! Si en él se tratan verdades. ¡qué yugo es tan sabroso! ¿Qué piensan los avestruces, índices del tiempo vario, que le han llamado calvario, dándole infinitas cruces? ¿Hay gusto como pensar que aquel libro donde lee un hombre es suyo, y posee lo que no le han de quitar? ¿Hay regalo como ver en amable compañía toda la noche y el día a su lado una mujer? Y que por lo menos esta, si intenta darle pesar, al cabo le ha de dorar por no desdecir de honesta. Mal año para el amante que, hecho camaleón, aguarda una posesión, idolatra en un diamante. Y tras de haberle labrado a poder de sangre y oro, con el indio y con el moro le engasta, si le da agrado. Y esto con sólo querer darse por descomedida, que no es censo de por vida el gusto de una mujer, cuando al fin la sucesión pende de su voluntad. Has dicho, Valón, verdad. ¿Verdad? Evangelios son. Ninguna hay que no desea chupar, como las esponjas; ¿hay mejor torno de monjas, que dándole se rodea? ¿Qué decís? Está alabando tu vida Valón, y yo digo que el ciclo te dio lo que el mundo está envidiando en tu esposa y mi señora. Hoy de Belflor la saqué por lograr mejor mi fe, que sólo en la suya adora. A esta quinta la he traído, y sé que en aquesta quinta en el alma Amor la pinta sin que la borre el olvido. ¿No es verdad esto, mi bien? De mi afición ¿qué sentís? Que es ansí lo que decís, y que yo os pago también. Y bien sabe. Conde, Amor que en aquesta soledad, donde vive la verdad sin afeite de color, que me hallo con más gusto que no en la Corte del Rey, porque siguiendo la ley del vuestro sigo lo justo. Fuera de que no pudiera gozar allá de los ratos sobre estos campos, retratos de la hermosa primavera, de mi esperanza cumplida como los gozo con vos, en paz y en unión de Dios, ya por mi bien florecida. ¿No es verdad esto? Cantad y bajemos a estas fuentes, porque sus puras corrientes retraten vuestra verdad. Las flores darán pinceles, vuestros labios las colores, y si han de pintarse amores, ¿quién, sin amor, será Apeles? Cayó el Rey. Ten el caballo. ¡Mal haya, amén, quien le puso el primer freno y dispuso los modos de sujetarlo. El sol de Hungría ha eclipsado el más feroz animal. ¡Matadle, por desleal! ¿Cómo está tan sosegado? Conde, aquí Vueseñoría, cuando un alazán ha muerto a su Rey, porque encubierto ahora a cazar venía a ese bosque? ¡Santo cielo! De un estribo le ha arrastrado largo trecho en ese prado, y así su muerte recelo. Mas, ¿qué me canso, si es este que trae el marqués Leonido? ¡Qué grande desdicha ha sido! Conde, el remedio se apreste: partid por él a Belflor, traed los médicos luego. ¿Tal en mi casa a ver llego? ¡Ay, rey Enrique! ¡Ah, señor! Dadme un caballo, y llegad, Marqués, a Su Alteza aquí. Muy bien va trazado ansí. Esta sala despejad. ¿Qué es esto, Enrique dichoso, luz de Hungría, sol del mundo, Alejandro sin segundo, más que el Macedón famoso? ¿Qué sentís? ¿No habláis, señor? ¿Estamos solos, Condesa? La que serviros profesa no está sola de favor, aunque de criados sí. y yo en la Corte lo he estado después que en ella ha faltado la hermosura que en vos vi. Aquese favor estimo como de mano de un rey, que hace la palabra ley, y a agradecerlo me animo. Pero de aquesta caída, ¿cómo Vuestra Alteza está? Como quien espera ya remedio en vos de la vida. ¿En mí, señor? ¿De qué suerte? Hablemos claro, señora; disfraces dejando agora en una ocasión tan fuerte, donde ha sido menester caer para dar lugar a que os deje el Conde hablar. ¿Vuestra Alteza echa de ver que ya soy del Conde esposa? y de eso sólo ha nacido haber, Condesa, caído. Qué, ¿traza ha sido? y forzosa. Aquesto ahora fingí y ya de hablaros dispuesto, tras de haber mi vida puesto, Margarita, en vos sin mí. Yo os adoro, aquesto es cierto, y aunque de su potestad puede usar la majestad, por este camino acierto; que el hombre que tiene amor y con lástima no obliga, ninguno en el mundo diga que obligará con rigor. Después que a Belflor venisteis y os vi, Condesa, casada, aunque tan bien empleada, nuevo amor en mí encendisteis. Quíseos doncella, y ansí por más antiguo que al Conde, que a vuestro amor corresponde me debéis querer a mí. A esto vengo, y es fingido lo que habéis visto. Condesa, la victoria en esta empresa al campo de mi sentido. Aunque es común opinión que quien escucha responde, a la respuesta es de adonde renace la posesión. Os tengo de responder ya, señor, que os he escuchado, porque de vuestro cuidado desengaño venga a ser. Y así digo que confieso que doncella os tuve amor, en aquel grado, señor, que a la libertad el preso. Vuestras colores vestí, vuestros favores gocé, los papeles estimé que por vuestros recebí. ¿Las galas y los paseos que di a vuestra confianza fundaron en mi esperanza babilonias de deseos. Pero tras de todo aquesto ya mi padre me casó. Así en el original; pero parece debiera decir y por mi esposo me dio al Conde, a quien he propuesto querer con la obligación que debo a noble mujer, dejado que este querer nace de mi inclinación. Yo estoy contenta con él, porque es muy galán el Conde, y aunque su poder no esconde otra goza de laurel de un ingenio peregrino, y el alma que esconde amor tiene el imperio mayor, sólo busca ese camino. Y así caed en la cuenta, para que no intentéis, ciego, conquistas de cuyo fuego ha de renacer mi afrenta. Condesa, es un sol que a nadie puede manchar. Sí; pero puede eclipsar la fama con su arrebol. Que como la luz es tanta que entre su grandeza ofrece, aquel que mira oscurece, y al fin, como es sol, levanta del suelo de algún traidor el ver que a mandar le sube vapores, que son la nube en el cielo del honor. Yo no impediré ese intento, pues en estas ocasiones sólo saco exhalaciones que abrasan mi pensamiento. En el mío no han de entrar más que la estrella del Conde, con cuyos rayos se esconde la estrella del mal de amar. Vos sois sol, aquesto es cierto; mas con vuestra claridad no ha de llegar mi lealtad a ningún honroso puerto. No porque vuestro arrebol es causa de ellos forzosa, mas porque es natural cosa seguir las sombras al sol. Estas en vos son criadas almas de la adulación, que ya viles lenguas son cuchillos de las honradas. Y así, cuando no mirara más que esa razón, muriera primero que oscureciera, la estrella del Conde, clara. Concluyendo en esta ley, por quien ya licencia os pido, que quiero más del marido la estrella, que el sol del rey. Y si yerros por amor son dignos de perdonar, bien me puede disculpar aquestos, por ser de honor. Aguarda.— ¡Fuese ! Esperando he estado yo aquí escondido. y mi mal habrás oído estar siempre pronunciando a aqueste hermoso juez. del reino de mis deseos. Firmezas son y trofeos. Pero ¿quieres de una vez volver a entrar en su pecho y ganar lo que perdiste? Que en tus industrias consiste hoy mi remedio sospecho. ¿Cómo podré? Lleva al Conde a la Corte; dale en ella cargos, pues es estrella, y en algo al sol corresponde. Tendrá para ellos valor: quizá el ver a su marido honrado, hará que su olvido trueque en recíproco amor. Que si ella le quiere bien, claro está que ha de gustar le honres, y la ha de obligar la satisfacción también. Este es el medio más sabio, que no es el primero adonde suele ser aqueste Conde el honor capa de agravio. Esto, señor, he elegido para poderla ablandar, que con dar y porfiar, ¿qué torres no se han rendido? Prudente consejo es, y seguirle determino, aunque no es este camino donde hay pasos de interés. Pero servirá siquiera el tenerlos a mis ojos, y aunque creciendo en enojos alcanza quien persevera. ¿Diremos que has vuelto ya en ti del golpe, señor? Antes ha sido mayor el que ya el rigor me da. ¿Bueno ya el Rey en tan breve tiempo? No sé qué sospecha camina al alma derecha con los efetos de nieve. Los pies Vuestra Majestad me dé, que de verle ansí nueva alma se infunde en mí de gozo. Buen Conde, alzad. ¡Oh qué amigo tengo en vos! ¿Traéis los médicos ya? Los mejores que hay allá os traigo. Gracias a Dios que no serán menester. ¿Cómo? Como fui de vida, Uberto, en esta caída. Yo vine a este monte ayer, por él anduve cazando; llegué aquí, quíseos hablar, y esto tuve por azar; pero ya estoy mejor. Cuando así os vi, saben los cielos el cuidado que hubo en mí y cómo a Belflor partí... ¡Que vais penetrando, celos! Pero el disgusto pasado porque estéis bueno agradezco. Lo que por la pena ofrezco y el recebido cuidado. Aunque también vuestra esposa como vos, Conde, ha caído, pues lo tenéis merecido por lealtad, por sangre honrosa. Título de mayordomo Os doy en mi casa y sea para que dejéis la aldea. A mi cargo el honor tomo. Hoy el agradecimiento de tan noble favor; y caídas, gran señor, que traen por fundamento tales mercedes, serán hoy de mi honor escalera, adonde como en vidriera de obligaciones verán mis ojos, que les importa: trabajar para serviros. Empezad a preveniros, pues es la jornada corta para partir, y quedad adiós. Tras de vos iré, donde siempre os serviré. Honraros pienso. Llevad la Condesa. ¡Gran señor, quiera Dios que de esta honra no nazca alguna deshonra para enterrar a mi honor. El Rey se va y fue fingido lo del caballo. ¿No ves cómo me ha hecho después su mayordomo? ¡Crecido favor! ¡Sabe Dios si sienta que me honre! ¿Enriquecer tu valor, qué puede ser? Mi mujer es fundamento. Y cargas que van fundadas en ellas habrán de verse, que vienen a deshacerse y dejan de ser honradas. Por este camino así ... Deja aquestas con fusiones que quizá son ilusiones que forma el amor en ti. Yo les pienso dar lugar, Valón, en mi pensamiento, por ser todo el fundamento quien el sol puede envidiar por honesta y virtuosa, y hasta para tener defensa del ser mujer ser Margarita mi esposa. Ella viene. Bien pudiera daros del cargo, señor, el parabién; mas quisiera que el Rey no os le hubiera dado. ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Porque yo jamás me hallé con más venturoso estado que aqueste en que agora vivo lógranse mis esperanzas sin estorbos ni mudanzas, y ningún daño recelo. Pienso que en mi fe jamás sospecho que las veréis. Y si es que en la Corte os veis será el pensar por demás que dejéis de distraeros, porque galas, discreciones, embotan en ocasiones los más constantes aceros. Esas razones, mi bien, tienen algo de recelos, por lo azul. Tengo recelos. Sí; mas no tenéis de quién. Vamos, porque luego quiero que se apreste la partida. Si el Rey entra por caída a levantaros, primero que a mi honor vea caer no habrá en mi sangre valor, que aun muerto será mi honor vivo contra su poder. ¡Plaza dé aquí a Su Alteza! iQué poco gusto muestra tener con la belleza el Rey de este retrato que ha traído de la Reina, su esposa! La tristeza en los reyes es forzosa. Bella Condesa mía, no mía, ajena; si por darme enojos cuando tu claro día por los serenos cielos de esos ojos mostraba a mi esperanza que tras la tempestad es la bonanza; cuando tu hermoso oriente sin nubes de rigor, que era mostrarse regando el sol la frente y en premios de suspiros anegarse, por mantener de flores nueva vida mi amor, niño en favores; si de tu hermosura la gloria sólo está de mis deseos pendiente, ¿qué procura tu desdén riguroso? ¿Qué trofeos, esperas de un vencido, más que mirarlo por tu amor perdido? Yo confieso que debes mucho a tu honor; pero el amor, señora, que a resistir te atreves tienes mayor obligación ahora, por haber de tu pecho antes que ese honor el amor hecho. Mas iay!, que estás casada y adoras como honrada tu marido; mas aunque sierra helada a las quejas de un Rey si piedra ha sido, sol será mi porfía contra la fuerza de tu nieve fría. Ya los embajadores de Inglaterra y Persia se han partido. Y ya en tales rigores, Leonido, del amor pierdo el sentido. Tu ilustre casamiento impedirá, señor, aquese intento. El orden lleva Eusenio, de la Condesa padre, que a Rosaura suspenda el casamiento. Poco el Duque, Leonido, me restaura el perdido contento, que sin ser, ya es loco pensamiento. No quiero sin sus ojos que tengan ningún bien mis esperanzas; todos sean enojos mis gustos y contentos y bonanzas que en el mar de mi pecho de su ausente hermosura amor ha hecho. Que como fue pintada y vi el original de la Condesa tan bella como helada, borré del alma a la Reina apriesa, porque antes que su día amaneció tu sol, Condesa mía. Casose y recordaron, señor, con nueva vida tus deseos, si en algo se olvidaron. Retratome las galas, los paseos, la envidia que su esposo gozase el dueño que adoré dichoso. Albricias Vuestra Alteza me puede dar. ¿De qué? De que entra ahora el Conde y la belleza de su esposa con él, dando a la aurora de su hermosura al suelo lo que las aves dan con veloz vuelo. De Bel flor han llegado, que, como cerca está, hoy se partieron y han en la Corte entrado. Dime, ¿entró muy hermosa? Como al nacer del sol purpúrea rosa. ¿No has visto entre la nieve de una montaña y la del cielo el alba salir cuando se atreve hacerle al campo sonorosa salva dando rayos al día? Pues en una litera así venía el Conde y sus criados a mula, y en dos coches las doncellas, sus soles anublados, tan sólo por venir dando centellas, en cuyas blancas tocas suelen decir que viven almas locas. Mas el Conde, que viene de camino a besar tus pies reales donde su dicha tiene, podrá darte de aquesto más señales. Salid a acompañarle. Bien merece, señor, el Conde honrarle. Deme sus pies Vuestra Alteza, generoso ilustre Enrique, a quien los caducos tiempos contra la envidia eternicen; a quien obedezca el mar, y como agora te rinden su cetro Hungría y Escocia mandes desde España a Chipre; dando a las heroicas trompas de la fama que publiquen sobre los hombros del Austro triunfar vitorias insignes. El Conde soy de Belflor, que honrado vengo a servirte, tan noble como leal, tan vasallo como humilde. La lealtad viene en mis obras, y entre sus honrosas timbres servicios de mis pasados para que a honrarme te obliguen. Que aunque parezca arrogancia, el reino que manda y rige por Eduardo, mi abuelo, sus verdes laureles ciñe. Mi padre, el conde Laurencio, que, ya cansado, reside retirado en un convento, de ser en la guerra Alcides, de todo el húngaro mar, en sus años juveniles, fue general, sujetando sus Escilas y Caribdis. Mil triunfos dio a su corona, dejando a la envidia triste, que en el pecho de palacio como cuerpo propio vive. Animando estas vitorias Carlos, que a sus pasos rige su hermano, a quien ya señor, la pálida muerte rinde. Ese soy, y aquesto he dicho delante de los que os sirven honrados de los favores, que es justo que el mundo envidie. No, señor, porque lo sepan, pues ya la faz me lo dice; mas porque si honrarme quiere sin servicios no publiquen que es dicha, sino que entiendan que con aquéllos se miden que han hecho a vuestra corona mi padre y abuelo insigne. Levantaos, Conde, del suelo, y porque de vuestra estirpe gocéis el premio debido a sus hazañas sublimes, Marqués de Lipona os hago. Si así pretendes subirme sea escala vuestra mano: dadme que la bese humilde. Tomad, y con ella os doy, pues de escala al reino sirve, la frontera de Daniel, fuerza contra el mar terrible. Si me honráis de aquesa suerte, ¿quién habrá que no me envidie? Viva eterna vuestra fama, que con los ciclos compite. Estate en el suelo un año, pesia tal, si ha de añadirte esas ensanchas el Rey, aunque en él te arromadices. Bien has hecho en referir cómo son estos países suyos por tu ilustre abuelo. La envidia, Valón, es lince, y quiero que sepan estos señores que al lado siguen del Rey, que si el Rey me honra no es por intereses viles. Galán viene el Conde. Es cuanto discreto, apacible; cuanto galán, cortesano. No envidiaré yo que prive. Esta noche a la Condesa tengo de ver. Apercibe capa de ronda, que el Conde dará lugar, pues me sirve. Está bien. ¡Qué amor abrasa el pecho de Enrique! Mi privanza sois. Hechura soy vuestra, señor, en todo, y soy vuestro esclavo humilde. Ya empieza el Conde a hacer. Porcia, verdad mis recelos. Disculpa puede tener hasta ahora con tus celos. ¿Cómo? Como irá a ver a Su Alteza y le tendrá en palacio entretenido con el cargo que le da... Haberle favorecido para tenérmele allá, no contento con el día, la noche, disfavor es. No es tarde, señora mía. Se funda en el interés mi amorosa fantasía. Si es el Conde mi esperanza y mi amado y dulce amor. sólo espera su bonanza que este dichoso favor lo marchite su mudanza. Si de sus ojos y orientes, almas de mi voluntad, están mis glorias pendientes, siendo de aquesta verdad obras, testigos presentes, ¿cómo quieres que no esté sola sin él, pues sin mi está cuando no le ve el alma, que ya ofrecí en las aras de su fe? Sí; pero no ha merecido culpa el Conde, mi señor, que como haya venido a la Corte de Belflor de su Rey favorecido, sin duda que estará agora en palacio, que es adonde no ofende tu amor, señora; porque ya se bien que el Conde sólo en tus ojos adora. ¡Ay, Porcia, si yo tuviera de aqueso satisfación, que venturosa que fuera Ser puedo en esta opinión coronista verdadera. ¿Cómo? Como la experiencia muy claro me lo ha mostrado, que es la más heroica ciencia. ¿Dónde? Donde hemos estado. ¿No ves que no ha habido ausencia? ¿O es porque se descubre la falsedad de un amante? Yo sé que el Conde es diamante y que su fineza cubre con el oro de firmeza; obligándome a creer todo aquesto tu belleza, que de todas pudo ser principio y naturaleza. Demás que por los sujetos son las causas conocidas: éstos en él son perfetos, pues engendra nuevas vidas amor sus tiernos concetos. Mil veces, cuando salía en Belflor a ver las flores a tu amor las ofrecía disfrazados en favores, favores que a ti te hacía. Si vía el blanco jazmín, decía que era tu frente, y si el clavel de carmín tus labios, dando al oriente menos hermosura, en fin. Si a las encarnadas rosas, "de mi Condesa querida son las mejillas hermosas, que al alma dan nueva vida y a mi amor gloria dichosa". ¿Por qué en esto no podía conocer bien su firmeza? Las palabras, Porcia mía, en ti son mucha agudeza. Mucho tu amor desconfía. Amo y temo, que el amor de perderse lo ganado es solamente un temor; mas por lo que has consolado el mío, toma. El favor como de tu mano estimo. Hacia el corredor salgamos, que aún de esperanzas me animo. Si hoy para tu amor ganamos algún favor, hoy imprimo en bronce la industria dada para haber llegado aquí. Sólo de la nieve helada De esta piedra por quien vi mi esperanza mal lograda, me contentaré con ver la superficie divina, y podré alegre volver. El sol corrió su cortina y ya quiere amanecer, pues por ese corredor vienen dos albas. La una, según muestra el resplandor que nos da la blanca luna, la Condesa es de Belflor. ¿Viose tal dicha? Leonido, déjame llegarla a hablar, que pues dejo entretenido al Conde, bien podrá dar gloria un rato a mi sentido. Embozado llego. Ve. ¿Es el Conde? Sí, señora. ¿De dónde venís agora? Señor, bien imaginé esto en Belflor. La primera noche que en la Corte estáis hacéis que de ausencia muera: mal mis deseos pagáis! Esta será la postrera que os dé disgusto, mi bien. ¡Ay de mí! No es éste el Conde. Yo lo extrañaba también. Alma de poder esconde. Porcia mía, un hombre en quien vive tal atrevimiento Ve, señora, ¿os vais? Oí: advertid que os llama el Conde Éntrate y cierra tras ti, que el Conde que en voz se esconde no es buen Conde para mí. Su engaño sin duda vio. Entrose, y Porcia la puerta ya de su cuarto cerró. ¡La de mi desdicha abierta con ausentarse dejó! La ocasión mejor se ha ido; sin duda, señor, que fuiste en la voz desconocido. Cuando en engaño consiste, ¡qué fácilmente es perdido! A dar voces me provoco. Quedo; advierte que hacia aquí sube gente. En lo que toco se ha de ver muy bien en mí, que el amor me tiene loco. Hacia el zaguán nos bajemos, no nos tope algún criado. El honor es todo extremos, y más de amor animado. A conocerlos lleguemos; que embozados y a esta hora en tu casa no es razón cuando en este brazo mora valor, fuerza y opinión. Valón, el estar ahora receloso de llegar no es poco valor tener si ha de venir a alcanzar enigmas que habrán de ser vistas de mejor pesar. Mandome el Rey que esperase en palacio hasta la cena y que del no me ausentase. Fuese, y quedó el alma llena de ver que así me obligase. Aguardarle de recelos contrarios para mi honor, inspiráronme los cielos, profetas cuando hay amor, que hacen ciertos sus desvelos, a que a mi casa viniese: ha querido mi desdicha que en ella estas sombras viese. Ya que eso no ha sido dicha... y si éste el Rey fuese, ¿qué puede en ella querer cuando de ella ausente soy? Si piensas que él ha de ser en gran confusión estoy en lo que tienes de hacer. ¿Quieres conocerle? Sí. No procures conocerle, sino disimula ansí, que si intentas ofenderle no le apartarás de aquí. Eso pone en mis sentidos sospecha, Valón, forzosa para quedar más perdidos; que si es él es cierta cosa que a esto vienen prevenidos. ¡Veré si es él, vive Dios! Pues llega, y entra mandando, que dos somos para dos. Hacia acá vienen llegando. Vamos. ¿Quién va? ¿Quién sois vos? Preguntar más es error, y a tu honor no corresponde. Vuelve atrás, porque es mejor, pues en llamar vos a un Conde te ha dicho que es Rey, señor. Con eso y irse embozado lo muestra. Pues no ha de irse sin dar luz a mi cuidado. Piensa bien, que en encubrirse es lo que has imaginado. Embózate, y ven por donde no nos conozcan, Leonido, que esto a mi honor corresponde. De palacio se ha venido. Sospechoso viene el Conde. Fuéronse. ¿Flay tal confusión? Allí su balcón ha abierto, y está. Abrir el balcón cuando aquí hallo encubierto al Rey en esta ocasión, todo lo que he dicho es cierto. ¡Ah, Margarita atrevida, en él quiere que la vea! Vista será pretendida, y piedra que esto desea cerca está de oscurecida. ¡Qué mal hice en no saber quién era cierto! Bajemos, que los he de conocer. Olvida aquesos extremos. Pues está aquí tu mujer ella te ha de informar de ello. Llega con nombre fingido, di que aquí pudiste verlo, y si ella no lo ha sabido no te importa a ti el saberlo. ¡Ah, caballero! ¿Llamo? Sí, señor. ¿Qué me mandáis? Suplicaros quiero yo sólo que merced me hagáis, si una mujer obligó siempre a caballeros tales como pienso que seréis, de iros de aquí, pues señales a los que os vieren daréis en nada a mi honor iguales. Que es del Conde de Belflor advertid aquesta casa, que tiene honor y valor, donde cual fénix se abrasa para renacer mejor. Y a criados ignorantes no parecerán, señores, bien en horas semejantes que sobre sus corredores haya hombres hechos gigantes. Esto os pido, y es muy clara como justa mi razón, y al mismo Rey le hablara con esta resolución cuando lo mismo intentara. Del Rey soy el más amigo, y aun el mismo; tened ley si os obliga amor conmigo, Pues esto haced si sois rey, que como honrada os lo digo. Fuese, y las puertas cerró. Ella es noble y muy discreta. ¡Oh, noche, no noche, día, que a la oscura de mis penas, has dado tranquilo puerto, jamás el sol te amanezca! O sus cabellos de nieve se pongan de espinas negras, y tu dorada carroza a su carro de oro venza. En este mar de recelos mi honor ha andado en tormenta, y ya con esto, Valón, parece que se sosiega. Nada la Condesa sabe de aquestas vanas sospechas que mis celos engendraron, que de átomos las engendran. Y pues que no lo ha sabido ni ha sido la causa ella, si es cierto que el Rey pretende mil veces el Rey pretenda, que como el muro de honor que al de su hermosura cerca sea el que ahora ha mostrado, no la rendirán sus fuerzas. Mas, ¡ay!, que en la posesión no nace sólo la afrenta: esperanzas al honor son las que la infamia ordena. Pues de pretensiones locas toman motivo las lenguas para la infamia de un hombre aunque sepan su inocencia. ¿Puede ser aquesto engaño? Muy bien puede ser que sea, Pues a Palacio volvamos, si has de asistir a la mesa del Rey. Es la causa, amigo, que vuelve aumentar mis penas fue el no conocerlos bien. Si está salva la Condesa árdase Troya en sus almas, que bien sé que será Eneas que en hombros saque al Anquises de tu honor y su belleza. Un poderoso enemigo es cordura que se tema. Es verdad; mas si no sabes si es el Rey, ¿de qué te quejas, satisfecho de tu esposa? Conde, Moriré hasta que lo sepa. ¿Es el Conde? El Conde soy, marqués ¡Leonido! Su Alteza que os llamase me mandó. ¿Ves cómo ha sido quimera? ¿Dónde está el Rey? En palacio. Ven acá, Valón, ¿no es esta la capa que aquí ahora vimos? Parece, señor, que es ella. Pues el Rey fue el que topamos, él mi deshonor intenta. Leonido con él venía, y estas son estratagemas usadas con las que aman para asegurar sospechas. Pues por si lo conocimos al bajar de esta escalera, para borrar mi recelo me envía a llamar a priesa diciendo que está en palacio, y es, Valón, cosa muy cierta que a sus puertas no ha llegado. Mucho tus celos penetran; en un instante te animas y en otro te desconsuelas, sacabuche es tu cuidado, que ya está dentro ya fuera. El pretende a Margarita; él me sacó de mi aldea por lograr su pretensión, por esto mi lealtad premia. Los títulos, los oficios que me ha dado en su tierra, como dorados venenos a este intento lo gobiernan. El fingir haber caído del caballo es cosa cierta, que fue buscando ocasión de hablar así la Condesa. Y lo más que de esto siento es que Leonido lo sepa, enemigo de mi casa y quizá autor de mi afrenta. Mas vive el cielo, Valón, que si el Rey aquesto piensa y está segura mi esposa, como mi amor lo sospecha, que primero que mi honor derriben las locas piezas del artillería infame con que conquistarlo intenta, y primero que el vasallo injusto que le aconseja vea manchas en mi sangre, más limpia que las estrellas, que ha de ver Hungría, el mundo y el Rey que así se gobierna, que la honra por la mujer, quien es noble la desprecia. Venid, Leonido, a palacio. Vamos, que el Rey os espera. Si puedo yo moriré, honor, primero que os pierda.
JORNADA SEGUNDA
Un filósofo decía que el que la quietud gozaba este, Ruperto, vivía, y más bien el que buscaba soledad por compañía. Según eso, el que ha dejado, como tú, mando y estado solo por vivir aquí, ¿diremos que vive? Sí; aquí la vida he gozado. Después que a este monasterio de Jerónimo divino me recogí del imperio libre, que tuvo contino no en mí el honor sin misterio; después de haber yo surcado, hecho general del Rey, las ondas del mar salado, guardando siempre la ley de leal y de soldado; después que de mil victorias las de mis padres volví a pintar en sus memorias, de quien siempre señor fui renacido de sus glorias, y al fin, después que llegué aquí, y aquí edifiqué la casa donde apercibo la postrera, sólo vivo, que de antes no. ¿Pues por qué? Porque no tuve quietud, porque seguí la ambición, alma de la juventud, y hice, aunque sin razón, contra al sol de la virtud. Porque, ambicioso de dar triunfo a mis Reyes, bien pude la ley de Dios olvidar, que el que a honrar el mundo acude mal puede a su Dios honrar. Aunque no me pesa, a fe, de haber sido tan leal y del tiempo que gasté, pues no fue pagado mal, y allá en la Corte dejé al Conde mi hijo, adonde Enrique podrá premiar su valor, si corresponde a quien es. No da lugar pienso mi señor el Conde, que en Belflor enamorado vive con su Margarita, de palacio retirado. Dícenme que resucita su rostro un nuevo traslado del Duque su padre. Cierto, solo sé que es muy hermosa y que adora al conde Uberto, al paso que es virtuosa. !Mil siglos gocen, Ruperto, de su amable compañía; que espero nietos tener de los dos que sean a Hungría solos, pues de tal mujer más que esto mi amor confía. Que del Conde te prometo que sé que me ha de imitar, porque al compás que es discreto, sé muy bien que puede dar reglas en cualquier preceto. Mucho ha sido que sus bodas se hiciesen, señor, sin ti. Mal conmigo te acomodas; no me sacarán de aquí las glorias del mundo todas. Si Vueselencia ha de ir a Misa, es hora, señor; bien se puede prevenir. Dame la espada. Mejor será que la vaya a oír como está, por la tribuna, Vueselencia. ¿Pues la espada causa ocupación alguna? En edad ya tan cansada de vencer con tal fortuna, bien se puede jubilar. iNecio! La espada del lado de un noble no ha de faltar, aunque haya el valor faltado, para poderla mandar. Pues cuando algún indiscreto quiera eclipsar el conecto del dueño a quien ha servido, en ella vea que ha sido y así le obligue a respeto. Vuesa Excelencia perdone, que aquí está, y de su valor ella las muestras pregone. La ignorancia de tu error la debida culpa abone. Deme los pies. ¡oh Conde y padre amado!, Vuecelencia. ¿Qué veo, Uberto hijo? ¿Tan de repente a Lipona habéis llegado? ¡La vida aumente el nuevo regocijo! Merézcalos también este criado. Bienvenido, Valón, aunque me aflijo de ver al Conde así. Hijo, ¿qué es esto? Señor, quedemos solos. Salid presto y cerrad esas puertas. —Di : ¿qué ha sido la causa, Conde, que de aquesta suerte tan de priesa a mis ojos te ha traído? Objetos, padre, de mi infeliz suerte. ¿Es negocio de honor? Del ha nacido esta quietud, que causará mi muerte.. Vete de aquí, Valón. No importa. Parte, que aun el viento no había de escucharte. Tu mandato obedezco. Dame cuenta de la pasión que veo en esos ojos, Uberto. ¿Quién tu deshonor intenta? Y quien del muerto al viento los despojos, pretende ver con miserable afrenta. ¿Quién da al sol de tu frente esos enojos, siendo el conde Laurencio vivo hoy día contra la noche, que la infamia cría? Sabe la Corte, el mundo, los señores, el Rey y los vasallos que sirviendo a su persona están de aduladores, sólo la envidia por manjar comiendo, guisado con la salsa de favores, que eres la imagen del que están diciendo las naciones más bárbaras que es Marte, de a do se pone el sol adonde parte. Saben que ya de tremolar cansado los reales pendones de mis Reyes aún no he perdido mi valor pasado, temido desde aquel que guardó bueyes, al que vive de imperios coronado, quitando abusos y poniendo leyes. ¿Quién te ha ofendido? Di la causa luego, que hasta saberlo. Conde, no sosiego. El Rey. ¿El Rey? El Rey mi infamia ordena. Dime por dónde o cómo le has perdido el respeto a Su Alteza, o te enajena de algunas villas que del reino han sido, y eso debe de darte, Conde, pena. Una villa, señor, ha pretendido de los tesoros que poseo llena. ¿Cuál? La de mi mujer. ¿Tiene castillo de resistencia? Intenta resistirlo. Y para no cansarte con razones, a la Condesa digo que pretende entre dañosas, falsas intenciones; dándome honor a mí su Troya enciende: voylo echando de ver en ocasiones y entre los cargos, padre, que me vende, aunque van, como píldoras, dorados. ¿Cargos te da? En oficios y en estados. De Belflor me sacó, adonde estaba, señor, con mi hermosísima Condesa, a quien doncella dicen que él amaba como galán, y aun ella lo confiesa. Allí llegó, diciéndome que andaba a caza —(¡ah, cielos, qué cobarde empresa! y que de un alazán había caído sobre los brazos del marqués Leonido. La lealtad me movió: bajé a la villa por los médicos ; vine ; hállele bueno, causando a mi sospecha maravilla, ya recibiendo el alma algún veneno. Esa caída vino a reducirla en darme honor después, porque más lleno quedase del rigor de las sospechas, que a dar muerte a mi honor iban derechas. Hízome en pago de esto mayordomo, porque asistiese siempre a su palacio: dorado cargo, aunque en la ausencia plomo. Sin permitir la diligencia a espacio en la mudanza, hablé a mi esposa: como al cristal de sus ojos puso lacio, mira su loco injusto pensamiento, aunque bien conocido ya su intento. De Lipona me ha dado el marquesado, con la frontera de Daniel, fingiendo que a Vueselencia en mí, señor, ha honrado, aunque de aquesto lo contrario entiendo: pues en los cargos todos que me ha dado de mi amor las ofensas estoy viendo con que a la Corte agora me ha traído, para la Condesa y el consejo os pido, pues la primera noche que entré en ella en mi casa le hallé. ¿Cómo en tu casa? ¿Con la Condesa? No, porque es estrella que los rayos de honor aun del sol pasa; mas ¿quién duda, señor, que iría a verla con el intento que su pecho abrasa? ¿Ha habido más que aquesto? No. ¿El pretende...? ¿Sábelo Margarita? Nada entiende. ¿El Rey ha imaginado tu sospecha? Tampoco. ¿De ella satisfecho vives? Mi afición de su fe está satisfecha. Al fin aquese honor del Rey recibes, pues, Uberto, de industria te aprovecha, y con los celos, hijo, no te prives de la prudencia, que en sucesos tales es la que muestra del valor señales. El contrario tenemos poderoso, para su ofensa la lealtad por freno; de suerte, Uberto, que será forzoso para aquesto elegir un medio bueno a tu honor, que miramos peligroso, y sin aqueste de salud ajeno, y sea, pues, quitar las ocasiones el ver adonde a Margarita pones. Si el cuerpo de tu casa vive enfermo, sángrale de las venas de criados si alguno de lealtad mirares yermo, aunque son enemigos no excusados. De eso, padre y señor, seguro duermo. Si el Rey te aumenta oficios, te da estados, agradécelo, Uberto, y de tal suerte, que no advierta en tu honor, aquesto advierte, A Su Alteza traerle has a la memoria de mil servicios hechos por tu abuelo, tantas nobles hazañas y vitorias como por él gozó el húngaro suelo; que recordando, Conde, estas historias Su Alteza podrá ser que deje el celo del intento que lleva, que los reyes nunca establecen ir contra las leyes. Del honor es el Rey vivo dechado, el vicio es violento en su grandeza, y así, si de razón anda acertado, al cabo ha de volver a su nobleza; y aquese loco frenesí acabado es bien que eche de ver después Su Alteza, que impidiste su amor con medio sabio quitándole no intente así tu agravio. Para que aquesto intentes ven, que quiero un lienzo darte donde están pintadas dos mil Vitorias que tu abuelo fiero a los suyos les dio por él ganadas; y si aquesto no sale verdadero a sus ojos, Uberto, retratadas, envíame a llamar, que yo en la Corte otro medio daré que más importe. Y de esto nada entienda la Condesa, no eche de ver que su valor limito, porque es mujer, y aunque lealtad profesa la privación es causa de apetito. Ven por el lienzo, y pártete de priesa. Aguarda, que ya vengo. Sabrás el medio que a mi honor prevengo. Yo aguardaré de postear cansado para volver al ejercicio mismo adonde de un rocín voy columpiado. En qué confuso riguroso abismo el Conde, mi señor, anda cercado de celos del honor, vil parasismo, pues ya le dan la vida, ya le matan, que mal los celos a quien quiere tratan. Señor Valón. Ruperto, había de verte. ¿Cómo viene voacé? Hechas harina las partes que ya entiendes y a la muerte: que es un puto el sirviente que camina en animal trotón y silla angosta. ¿Tú cómo estás? Como hombre a quien le anima SU estrella, que aquí vivo hecho langosta, Valón amigo, de estas soledades, donde dicen que viven las verdades. Y es porque no hay quien mienta, que si hubiera centro, Valón, de las mentiras. Vida que aun es para capón muy fiera. ¡Dichoso tú, que allá en la Corte miras, de todos común patria, aunque extranjera, ángeles, que te acuden si suspiras! A caer de un barranco y a todo hombre si del tribu de Dan le falta el nombre. Ángeles hay, Ruperto, más con uñas, y buscan almas, pero son de gatos; viejos demonios, pero meten cuñas; mas esto sólo por sacar baratos; galas de amigos, que aunque en vellos gruñas sólo su mediodía son tus platos y aunque la olla sea de tocino, y nabos, ellos nunca beben vino. Hay unos bonetazos y manteos que meten una niña de quince años en casa entre los negros bamboleos, por no darle al vecino desengaños; hombres moncayos, que por verse hebreos contra naturaleza forman baños, y fregonas del gusto letuarios; poetas, flaires... El Conde. .y boticarios. Este lienzo pondrás en tu maleta, Valón, y vente aquí. Mi señor, vamos; ¿Cómo viene voacé? Hechas harina las partes que ya entiendes y a la posta: que es un puto el sirviente que camina, etc. mas contra la sospecha que te inquieta, ¿llevas algún remedio? Que volvamos hoy a dormir a casa. Aquesa es treta que todos los cristianos deseamos, que viven como yo. iAy, honor mío, que no os he de perder en Dios confío! Porcia, de esta ausencia siento que anda el Conde receloso. En quien ama es muy forzoso tener de amor fundamento. Con los celos amor crece, como con el sol el día. No es sino desdicha mía, que el Conde no los merece. El Rey ha dado en querer emprender contra mi amor empresas de cuyo error hoy basilisco he de ser, para que conozca Hungría que haya una mujer adonde vive el honor, y de un Conde el justo amor que vería. Antes que el alba saliese a la posta se partió. Porcia, mi lado dejó sin que adonde iba supiese. Aunque él me dijo que a caza, y para mí sus desvelos dicen que a caza de celos. Esa no falta en la plaza: de amor jamás, mi señora, pues siempre en ella se vende. Su inquietud sólo me ofende; que como el alma le adora y él vive por alma en mí, la mayor pena y tormento él lo pasa y yo lo siento. Vuelve, si es posible, en ti, y olvida aquese cuidado, supuesto que a mi señor no ofendes. De mi valor puede vivir confiado. Bien puede el Rey pretender, conquistar y pelear, que en mí contino ha de hallar un diamante por mujer. De áspid serán mis orejas para escuchar a su amor, que en pechos donde hay honor ofenden ajenas quejas. Bien sé yo por el camino, Porcia, que honra al Conde tanto; mas sorda seré a su encanto. De ofensa es el Conde indigno. ¿Cómo ofenderle? Primero que en mi noble pensamiento a un primero movimiento haya de intento tan fiero; primero que a su afición con nombre de darle palma abra para entrar el alma puerta a la imaginación, verás que es la noche día, el sol sombra, fuego el mar, contento lo que es pesar y tristeza el alegría. Los polos desencajados de su firme fundamento, puestos en el firmamento sus móviles mazugados. Sin claridad las centellas de los rayos voladores, sembrado el cielo de flores y el campo lleno de estrellas. En un traidor confianza, seguridad en la ofensa, discreción en quien no piensa y sin envidia privanza. Que para poder hacer verdad lo que he dicho aquí, hija de un Duque nací y de un Conde soy mujer. ¿Dónde vas ? Al oratorio, quiero recogerme un rato. Ya el pensamiento es notorio del Rey, y Porcia está aquí, criada de la Condesa, ¿y quién podrá de esta empresa que me encarga el Rey a mí ser el adalid mejor, pues fuera de que él Rey es quien obliga, el interés vence la lealtad mayor. Guárdeos el cielo, señora. El guarde a Vusiñoría. ¿Está en casa el Conde? El día, que en brazos mostró a la aurora y le vino amanecer, en el monte a caza está. ¿Y aquesta noche vendrá? No dejará su mujer sola. Muy bien lo merece mi señora la Condesa. Cortesía es que profesa su amor, que el sol escurece. Y, Porcia, ¿podrela hablar? No, señor. ¿Y si es del Rey el recaudo? ¡Injusta ley es vos quererlo estorbar! Nada al sol de su grandeza hay oculto, y ansí yo, si a un Marqués dije de no, que sí le digo a Su Alteza. Pues con este sí os daré lo que a mí él me ha mandado del secreto así guardado. Con callar os serviré. Pues para que empiece abrir la puerta a la voluntad esta cadena tomada. Esa no he de recibir. ¿Por qué cosa? .Es bien segura. Tomar sin [antes] saber lo que tengo de volver en trueque, es poca cordura. Que la mujer que es honrada si sabe que algo recibe, en ley de justicia vive siempre a pagar obligada. Y así, hasta saber primero lo que me queréis decir no la pienso recibir, pues de hacerlo considero que falto con esas sobras a mi honor, que estatuas labra, que aun dádivas de palabra se deben pagar con obras. En las que ocuparos quiere el Rey son en que sirváis, pues la privanza gozáis de aquesta piedra, que hiere con nombre de Margarita su pecho entre tal rigor, de modo que si su amor vuestra industria solicita por el desdén sepultado os dará un esposo tal, que sea del Conde igual. Que de mí se haya acordado Su Alteza tanto agradezco, que encarecimiento falta; pero su empresa es muy alta y dificultad le ofrezco. Y así le podéis decir que en aquesto le sirviera, pero echo de ver que fuera un imposible rendir. Mi señora adora al Conde con tanta fuerza de amor, que no ofenderá su honor por las riquezas que esconde no sólo la tierra, el mar, por los imperios del mundo, y así que en locura fundo lo que pretende intentar. Fuera de que yo he nacido en casa de mi señor Uberto, a quien el honor que goza sólo es debido. Y por cuanto puede darme no le pretendo vender, que en esto seré mujer, pero no en saber mudarme. Pues déjame entrar adonde la Condesa está. Ya digo que de aquel sí me desdigo que os di. ¿Que aquesto responde? Y así, guardando la ley del honor del Conde y Dios, aquel no que os dije a vos sirva de recaudo al Rey. El callar esto os importa como a mí el entrar allá. Vuesiría no entrará. ¿Que así el honor me reporta? ¡Ah, mujer digna de fama, yo tu lealtad premiaré! De Lispona ahora llegué: iba a entrar, vi aquesta dama con el Marqués, y escuchando, receloso de mi mal, he visto que en su leal pecho está reverberando con nueva vida mi honor. ¡Mucho es para una criada que pique tanto de honrada! Tengo de reina el valor. Yo tengo de entrar. Oíd, no me perdáis el respeto, que os lo perderé os prometo. Deteneos, y advertid que aquesta mi casa es. Y como a tal la respeto. No se echa de ver aquí, pues cuando de fuera vengo casi dentro de mi cuarto, casi en mi mesmo aposento, os hallo con una dama de la Condesa riñendo, o por lo menos airado el rostro para hacerlo. Y, vive Dios, que en las casas de los que son caballeros como yo y que tanto estiman el honor, que adoro y precio, es muy poca cortesía, y es, Marqués, no intento cuerdo con criadas, con esclavas tratar ni tener requiebros! Y que sabré yo también al que tiene atrevimiento para perder a mi honor así el debido respeto matarle, porque llegando a intentar ser de mi templo Sansón, ninguno es infamia el no venir a saberlo. Y sé que de aquesto Enrique, sabio como justiciero, tendrá gusto, que los reyes a las casas de sus deudos no desean que se infamen con locos atrevimientos. sino que como a la suya se respete desde lejos. Mayormente que lo son de Eduardos y Laurencios, condes por quien ellos gozan pacíficamente el cetro. Idos de aquí, y advertid... Escuchadme: yo os confieso que el día que con el Rey fui a Belflor, amor ciego despertó a mi voluntad con la dama que estáis viendo. Hablela, mostrose esquiva, animose en mí el deseo; vine a veros, la ocasión me obligó hacer aquesto. Bien el intento ha ignorado. Mas que perdonéis os ruego, que como en casa de amigo esforcé mi atrevimiento. ¿Qué tengo ya que esperar en haber oído, cielos? Que era del Rey enviado a su engaño diera crédito. ¡Bien ha dorado la infamia, pensando que no lo entiendo! ¿Y vos de esto qué decís? Que siempre ha hallado en mi pecho a Porcia, y que con el nombre las obras igualar pienso. Verdad el Marqués ha dicho. Comodidad buscad luego, que os habéis ir de mi casa. Señor, advierte... Ya advierto que primero faltará mi honor en ella. Obedezco. Y vos, Marqués, la merced que me habéis de hacer os ruego es que cuando no estuviere en su Casa el conde Uberto no entréis en ella mandando, si con el poder que tengo os puedo servir en algo, a mi persona. Prometo de hacer lo que me mandáis. Adiós. Las manos os beso. ¿Qué más claros, ¡ay de mí!, han de estar ya mis recelos? Bien fingí no haber oído lo que la estaba diciendo, porque aunque intenta ofender él más mi honor, sepan éstos que aunque lo entiendo no lo oigo, por no ofenderme entendiendo. ¿Tras de esta ausencia, señor, has visto a tu hermoso dueño? He visto, Valón, aquí del Rey más claro el intento: con Porcia a Leonido hallé en este mismo aposento, persuadiéndola que fuese desleal a mi honor, al cielo, y que hablase a Margarita por el Rey. ¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Y ella qué le respondió? Lo que pudiera el espejo de la lealtad mayor. Al alma el juicio has vuelto. Yo amo a Porcia, señor, y esto con amor honesto, dirigiendo mis cuidados solamente a casamiento. De Porcia pienso tener, por vos, hijos castos, nietos, por verlos, y si esta Porcia no tuviese porcio el pecho la haría porcelana mi rigor, ¡viven los cielos!, para que en ella cogiese la sangre de su desvelo. Yo le cumpliré, Valón, ese honroso pensamiento libre de aquestas tormentas. Darás mi piedra a su centro. ¿Vos a Porcia despedís, señor? Sí, porque pretendo que nadie tenga ocasión de entrar hasta mi aposento diciendo que es ella causa, o su hermosura, a lo menos. Si ella no fue sabidora de ese impensado suceso, ¿qué debe? Pues si la hallara culpada, señora, en ello, ¿no la quitara la vida? Mal sabéis cómo profeso leyes de honor en mi casa. Por el descuido primero la tenéis de perdonar. Por vos en ella la dejo, y por ser ella quien es. ¡Plaza! El Rey viene. ¿Qué es esto? ¿En mi casa el Rey? ¡Conde! Señor, ¿tanto bien merezco? Ya que no os he visto hoy en palacio a veros vengo. De Lispona vengo agora. ¿Cómo está el conde Laurencio? Bueno. Perdonad, Condesa, que no he hecho lo que debo. ¿Cómo estáis? Para servir a Vuestra Alteza. ¿Está viejo vuestro padre? Aunque los años son en él lo más, lo menos no es el valor en serviros: todavía aquel esfuerzo muestra con que tantas veces os defendió aquestos reinos. Trae el lienzo que te di. Voy por él. Y sea presto. Fue el restaurador de Hungría él y el Conde vuestro abuelo. De las Vitorias, señor, que dio vuestro padre muerto cuando Segismundo quiso de aqueste nombre el tercero Rey de Bohemia oponerse sin acción al poder vuestro, me dio una copia, aunque breve, para hacer pintar un lienzo mayor, que os quiero enseñar porque veáis en sus hechos lo que un Rey debe a un vasallo leal y de tanto esfuerzo. Holgaré verlo. Aquí está. Muestra. Este es el reino (aunque dibujo sucinto) de Hungría. Y éste el primero lugar que el campo sitió, señor, arrogante y fiero, del bohemio Rey. Muy bien. Y aquese, Condesa, el puesto del campo para mirar desiertos mis pensamientos. Aquí mi abuelo Eduardo, viendo el poder del ejército del contrario a los cercados, sin defensa y bastimento, una noche, cuando el alba rompía el pecho al silencio, dio sobre él con diez mil hombres, y tal estrago le hicieron, que al Rey hizo retirar y que levantase el cerco, dejando solo aquel sitio y a los cercados sin miedo. y aquí, señora, otra noche mis industrias os tuvieron cercada, fingiendo el Conde; mas como me conocieron vuestros rigores, de mí huyeron a su aposento. Mas reforzando y curando los heridos, se pusieron contra el fuerte de Amias, a quien en breve rindieron, al cabo de cuatro días. y de ahí nació a mi reino la desdicha. Sí, señor, porque desde aquí tuvieron mil sucesos venturosos; pero mirad a mi abuelo cómo llega a Segismundo y conciertan, cuerpo a cuerpo, los dos campal desafío, a este punto resolviendo o su vuelta o la vitoria de todos los demás pueblos de Hungría, que al Rey seguían, vuestro padre. y vos el celo con que honro a vuestro marido mirad, y que estoy resuelta de rendir vuestra hermosura o morir. ¿Qué es esto, cielos? Aceptando a este partido, mirad cómo a los encuentros primeros, de un golpe el Conde a Segismundo echa al suelo. y vos ved los que le dais, Condesa, a mi sufrimiento. En el suelo ya los dos, a las espadas metieron mano, y al son de las cajas, que animaban los acentos de los clarines y trompas. ¿No os enternecen mis ruegos? ¿Mis favores no os ablandan? ¡Qué!, ¿tenéis de bronce el pecho? ¿Diviértese Vuestra Alteza ? No, Conde, no me divierto. Ni yo en discurrir historias adonde mi infamia veo. Al fin de este desafío se volvió el Rey a su imperio y dejó a Hungría. Otras cosas acerca de este suceso están, señor, retratadas por quien la merced merezca que Vuestra Alteza me hace. Por ella y por vos pretendo honraros. Venid conmigo. Conde, que mi lado os quiero dar en mi coche. Señor, ¿cuándo he de pagar aquesto? Cuando vos deis a mi amor el justo y debido premio, Condesa. Siempre mi esposo vendrá, señor, a deberos. Porcia. ¿Qué dices, Valón? Que en su punto anda el acuerdo del Conde con la Condesa; el desdén al mesmo peso que en el Rey a dar favores. Mas, ¿sabes lo que hay de nuevo? ¿Qué? El Conde mi señor, leídos ya los procesos de mi lealtad y mis partes, fallando que soy discreto y que puedo ser Valón de un francés o de un tudesco, y aun calzar a su seoría como no tenga bragueros... Acaba; deja las burlas, que tengo priesa. ¿Direlo? Sí, que licencia te doy. Bruto de tu casto pecho, Géminis con tu persona, de dos medios un entero, el salpicón de tu hambre, calentador de tu invierno cuando helado esté, y al fin participante en tu lecho. Valón. yo soy la que gano. Yo quien el juicio pierdo. Mas, ¿no intentó despedirme? El Conde es príncipe cuerdo: tu valor ha conocido. Si infierno de amor son celos, celos y honor, todos juntos, más penas dan que el infierno. Señor.—Vete, Porcia. A mi honor importa luego que al punto a mi padre vayas: dile que deje al momento a Lispona. ¿Pues qué piensas con sacar al Conde viejo de su quietud? La obediencia ha de ser solo tu espejo, que los criados, Valón, nunca han de ser con sus dueños cansados preguntadores, sino obedientes. El cielo sosiegue tanta inquietud. En vano tendrá sosiego, ¡ay, Valón!, quien su esperanza trae en las alas del viento; la nave que entre las olas del mar del honor inquieto ya toca espumas de plata, ya mil escollos soberbios. Y al fin, quien mira en su ofensa el poder de un rey dispuesto por su amparo a una mujer, ella hermosa y él discreto. Blancos jazmines, encarnadas rosas, vivos retratos de mi casto pecho; lirios donde el amor estampa ha hecho de mis tiernas pasiones amorosas. Decidle a las violetas más celosas a quien mi esposo paga injusto pecho, que no le den colores, pues sospecho que son ciertas, cuanto en sí penosas. Que el Rey pretende más, que en él revoco el intento en que funda sus favores, cuando a sólo favor por mío invoco. Que cuanto más se hablan mis rigores vendrá a gozar tras de su mayo loco mi honor el fruto, y su esperanza flores. Muy bien la puerta se halló; aquí podrás esperar, pues me da el tiempo lugar. Una voz allí se oyó. Si tanto rigor. Condesa, como mostráis a mi amor no para en algún favor, la vida del alma cesa. Si aquí no le dais bonanza hoy al pensamiento mío, de mi dicha desconfío, secarase mi esperanza. Señor, ¿qué es esto? ¡Ay de mil ¿En mi jardín Vuestra Alteza? ¿Quién le trae? Esa belleza. ¿Y quién le ha entrado hasta aquí? Mis pensamientos, que son en la sutileza viento, alas de mi atrevimiento, encantos de mi afición, ánimo de mi poder; que si ablandaros procura la Circe de esa hermosura, que invencible suele ser... ¿Sabe que el Conde está en casa y que puede entender esto? ¿Quién pensará que es honesto el intento que le abrasa? Culpará en algo mi honor. Señor, sálgase de aquí; mire... Yo miro. ¿Qué vi, cielos? De vuestro rigor he de llevar confianza que ha de tener fin. Condesa, y que mi amor de esta empresa ha de lograr su esperanza. Mire que es injusta ley que fuerce una voluntad. Fuerza de amor no es crueldad. Es grande gusto en un Rey. ¿Que vea esto a mis ojos? ¿Que la lealtad me detenga, para que acabar no venga el fin de aquestos enojos? Cielos, ¿qué tengo de hacer viendo mis celos tan claros? Digo que he de importunaros hasta poderos vencer. Por la puerta del jardín falsa entré aquí, que la abrieron industrias, que siempre fueron de cualquier intento fin. Y hasta que resolución vea en vuestra voluntad no me he de ir. Decid; hablad, que premiaréis mi afición. Mirad que mi amor merece, no por vos, por su nobleza, saber de vuestra belleza, que la crueldad oscurece dones de tan alta estima como los que enriquecéis. ¿No me habláis? ¿Qué respondéis, Condesa, señora mía? Consultado con amor el bien que me habéis de dar, sin que pueda voto dar el fiscal de vuestro honor. Mi afición echad de ver, que es la que información da; testigo es mi pena ya. No lo consultes, mujer. Mira que es pleito de honor y es más antiguo en tu sala, y que esa ley no se iguala en las leyes del amor. Y que temo que esa ley, aunque en su bien es oculta, ya muy mal se dificulta cuando es en favor de un rey. ¿Qué dices? Digo que en vano tal intenta Vuestra Alteza, y advierta que la nobleza del Conde ofende, y es llano que en mi pecho no ha de haber más, señor, de lo que ha visto: yo amo al Conde. Yo conquisto, que soy Rey. Y yo mujer determinada. ¿Qué importa contra mi fuerza? Esa ya no es cordura. Sí será donde el remedio se acorta. ¡Ah, señor! Amor es ciego. Vence el honor. Es en vano: besar tengo... ¿Qué? La mano. Si podéis. Podrá mi fuego. ¡Llamaré! ¿Tal se consiente? Ya, Condesa, la besé. Con ésta la cortaré. No te la cortes, detente. ¿Oué es esto? Condesa amada. ¿con quién a solas habláis? Ya lo veis, pues lo miráis. ¡Esta escultura extremada os ha metido el poder, señor, en vuestro jardín, que por mí pretenden fin a su fuente enriquecer, aunque desea mancharla el agua con tal favor; pero el caudal de mi honor tiene poder de anegarla. Muy gran semejanza tiene con la persona real. Y así, Conde, como a tal conservarla nos conviene. Bien sé que en esta ocasión que al presente a mirar llego imita al caballo griego; mas no seáis vos Sinón. No porque de esta escultura no podéis ser bien igual, mas porque en conquista tal vuestra Troya está segura. Y así, teniendo a esto cuenta, no ofendáis a su valor, si no por lo que es, señor, por lo que al fin representa; sirviendo esta daga aquí, cuando por señal la gano, de lealtad en vuestra mano, de satisfacción en mí. Si del Rey estampa es y está con él avenido, volverla donde ha salido es mi mayor interés. Pero decidle primero, si os viéredes con Su Alteza, que no imite en la dureza su corazón vuestro acero. No sea, podéis decir, rayo ardiente su violencia, que donde halla resistencia allí intenta más herir. Que sepa guardar la ley y honra de un noble vasallo, pues sólo a este intento hallo que le hizo el cielo Rey. Y decidle que el señor que a mí me ha dado fingido y hasta aquí estimado ha sido que del vuelva a su señor. Que ni le estimo ni quiero, porque su mayor blasón es el dar satisfacción, y en ella mi infamia espero. Y decid, que no se fíe en que es Rey, daga también que en otro no estará bien, ya que de mí la confié. Pues cuando gobiernan tales intentos pechos de Reyes, la razón deroga leyes y trueca los más leales. Que los cargos que me dio le vuelve en vos mi lealtad; mas en vuestra vaina entrad, que harto le he dicho yo. No me dio a hacerlo lugar: fuese. ¡Ay, edad mal madura! Bien con nombre de escultura he cumplido con callar. ¿Qué hay que guardar más, honor, cuando he mirado, ¡ay de mí!, a un Rey tan dispuesto aquí en ofender mi valor? ¿Qué medio será mejor para no veros perdido: fingir que no le he entendido o declarar que lo sé? Pero no, yo callaré, sin ser de nadie sentido. Y si de esto resucita murmuración en las lenguas, y de callar estas menguas mudanzas en Margarita, a quien con callar imita a la infamia, pues hablemos; mas ¡ay!, que de los extremos lo que es nada suele ser. Y así, pues es mi mujer ejemplo de honor, callemos. Teneos, Conde. ¿A quién? A mí, por el Rey, y dad la espada. La espada, darla me agrada; pero a qué causa decí: ¿voy preso? Pienso que sí. Pues ya darla no profeso. ¿Por qué? Porque con exceso la pedís. Conde, mira... Miro que ella no se da sino al Rey, si voy preso. Yo soy del Rey enviado y me la habéis de entregar, porque al Rey la he de llevar, a quien habéis enojado. A ir preso estoy obligado, obedeciendo a Su Alteza; pero de vuestra bajeza... La bajeza habrá nacido de vos, que en vos habrá sido más propia naturaleza. Id con Dios, que yo me iré preso donde el Rey mandare. No cumpliré si os dejare con las leyes de mi fe. La espada. Conde, le dé al Marqués vusiñoría, que eso es ya descortesía. ¡Oh, sois los dos muy leales! Mas mi espada, en hechos tales, sólo de mí se confía. Yo soy Marqués de Liona. Y yo. Conde, un caballero, que más que título espero del Rey. ¡Su Alteza se abona! Y sé que por mi persona a vos espero igualar. Yo también os puedo honrar, conde Uberto, y si advertís... Responderé que mentís, por lo que escuché al entrar. ¡Padre y señor! ¿Qué es aquesto? Mándame prender el Rey. ¿Has ido contra su ley en algo? Este mismo puesto dirá si fue intento honesto verle la daga en la mano contra el Rey. Con ella gano más lealtad, padre y señor. Para agora es el valor. Que os sabe imitar es llano. Andad y partid de aquí: decid al Rey que yo soy el que por el Conde voy preso. Harémoslo así; mas de esta ofensa advertí que la venganza ha de ver. Conde, ¿de qué pudo ser aquesto? Haberse trocado en odio, por ser yo honrado, la honra por la mujer.
JORNADA TERCERA
¿Que con tal resolución os habló el conde Laurencio? Sí, señor. Rey. Verá que venzo el mundo en esta ocasión. Y ha sido inclinación el llamar a la belleza de aquesta piedra, en firmeza más que el diamante y rubí; el arte vencerá en mí la mesma naturaleza. Ausonio. De aquesta suerte estorbó el haber a Uberto preso, como he dicho. Fue un exceso. Señor, no le culpo yo, el paternal sentimiento esfuerza un atrevimiento; mas culpo la humanidad en que Vuestra Majestad le deja lograr su intento. ¿Un vasallo ha de oponerse contra el mandado de un rey, y atropellando la ley, de leal querer hacerse señor? Si esto viene a verse, famoso Enrique, en Hungría, en tu corona otro día se pondrá con falso intento. Castigaré su osadía. Al Conde pondré en prisión; y si hasta aquí le honré con el intento que ve hoy vuestra justa pasión, prosiguiendo en mi intención lo llegaré a tal estado, que si el verse tan honrado no ha obligado a la Condesa, si tenerle amor profésale obligue menos privado. Muy bien sé que aquesto importa para ablandarla más bien. Y es seguir a su desdén lo pasos de nieve corta, pues el freno que reporta su amor, es el ver, señor, el Conde con tanto honor: porque cualquiera mujer mientras tiene que perder más, es más grave el temor. Haced la guarda juntar. El conde Laurencio viene. Que os salgáis de aquí conviene, que solo le quiero hablar. No des, gran señor, lugar a sus disculpas, pues son todas con falsa razón. Antes le reprenderé sus yerros que admitiré ninguna satisfacción. Desde aquí escuchar podremos, Ausonio, nuestra venganza, que por Su Alteza se alcanza hoy con más gusto veremos. Repréndale los extremos en los cuales da este viejo, arrogante y sin consejo. Por esperar en la ley que suele tenerme el Rey solo en sus manos le dejo. Tras de besar vuestros pies con la lealtad que es razón, vengo a dar de la prisión del Conde mi hijo, que es la causa, señor, después las llaves a Vuestra Alteza: estas son de su nobleza guardas, y el alcaide yo; para castigarle o no, es el juez vuestra grandeza. Levantaos, Conde, del, suelo y seáis muy bien venido. Mucho mejor recibido pensó ser de vos mi celo. Que no pudiera recelo serlo mi padre mejor de mí, y porque de este amor la fineza conozcáis. Duque de Urbino os alzáis. Yo os beso los pies, señor. Bien sé que estáis retirado; vuestra casa a Uberto dais más honor con este estado. El Conde se estaba honrado con ser Conde de Belflor, y pues solo estáis, señor, ojalá no lo trujera Vuestra Alteza, que él tuviera menos oro y más honor. El nuevo título estimo, porque sé que me le dais sin la pensión que esperáis, Rey, del Conde vuestro primo, por las heridas que imprimo, señor, en aqueste pecho. Duque agora me habéis hecho: ya el cetro que en vos mora por ellas pudiera agora tener acción y derecho. Miradlas bien, que son dadas vuestros reinos defendiendo, a vuestros padres sirviendo, sujetando ondas airadas; con ser Duque están premiadas. Y así, en aquesta impresa que tan gran honra interesa, ellas solamente son las que dan satisfacción, que yo no tengo Condesa. ¿Qué en eso queréis decir? Lo que intentáis vos callar, lo que me pudo obligar hoy de Lispona a venir. De esto podéis colegir. Si por no haberlo oído, señor, no he sido entendido, cuando la razón me obliga solo aquesta daga os diga lo que decir he querido. Menos agora os entiendo. Hablemos claro, señor, que aunque acordando mi honor aquestas cosas ofendo. Tened, que ya voy cayendo por vuestro valor extraño, como lo voy de mi engaño en lo que decir queréis; pero en mí sé que veréis hoy un noble desengaño. Confieso que una pasión pudo a la razón cegar, las leyes atropellar de mi justa obligación; mas tras de esta confusión la luz de aquella mujer, que al sol puede oscurecer, tanto alumbró mi sentido, que a error más conocido puede, Duque, amanecer. Seguro vivir podéis de aquesta cierta verdad, si una loca voluntad da la inquietud que traéis, fue causa que honrado veis por ella, Laurencio, al Conde, otro en mi pecho se asconde y de intentos más perfectos, que aunque iguales los secretos contraria le corresponde. Preso está Uberto; mas yo, que al fin prender le mandé, la libertad le daré, pues luz la razón me dio. Y porque entendáis que no son aquestos cumplimientos, sino muy firmes intentos de no pensarle ofender, hoy le habéis de echar de ver si escucháis mis pensamientos. Decid. La Reina he tenido nueva que en Florencia ha entrado: lo que había dilatado su entrada aquí; mas yo os pido, Duque, de esto arrepentido, que os partáis, y con Ursino apresuréis su Camino, porque hoy pretendo casarme y con hacerlo quietarme, que en esto me determino más en mi culpa y mi yerro, y perdonéis el destierro del gusto que en vos traéis. Vos, señor, la razón veis. Luego partiré de aquí a serviros, que nací con esas obligaciones. y dicen esas razones que hay grande mudanza en mí. No me habléis más en aquesta Alegre parto, señor, de ver que tan gran valor en vuestros años ha puesto el cielo. Si no fuese esto el intento con que honré a mi primo, hoy mostraré mudanza en un mesmo intento. Enrique, siempre violento el vicio en los reyes fue. Id con Dios, y aquesta carta que habéis de hacer os diga, Hoy Vuestra Alteza me obliga a que muy contento parta. Yo quedo con pena harta, Duque, de haber intentado cosa que tan mal me ha estado, Durmió el Rey entre su error; mas volviendo en su valor, su sangre le ha despertado. ¡Qué notable reprensión le dio el Conde a Vuestra Alteza! ¿Qué os parece? La aspereza con que en aquesta ocasión le has tratado, algún Nerón sólo la podrá imitar. ¡Muy bien le habéis visto honrar Duque le has hecho, señor. Pues, Leonido, aquese honor la Condesa da lugar. Si ha sido con ese intento el ausentarle, has andado cuerdo. Por tila le he honrado; ella sola es fundamento. Lograrás tu pensamiento; que el ausente, preso el Conde, aunque no se corresponde, ablandará a Margarita. ¡Mal sabes lo que me incita el celo que en mi se esconde! Digo que tenéis razón; en casa el Conde vení, que en sacándole de allí le he de dar nueva pasión. Sin duda tiene intención con eso el Rey de vencer. La honra por la mujer, los que me han aconsejado, aunque a intento más honrado, siempre en el Conde han de ver. Cantan. "El magno rey don Alfonso de Castilla y de León vio en unas fiestas un día a la hermosa doña Sol, sangre del conde don Ñuño, en España la mejor. Y la luz de su hermosura encamina su afición." ¡Ya mi desdicha miráis! Cadena en vuestros pies veo, y sus hierros, Conde, son sólo los que en tal pasión cautivan a mi deseo. Vuestro padre se ha partido por la Reina, Conde amado; en brazos os ha dejado del Rey, ¡crueldad ha sido! No sé qué tenéis de hacer. Siendo vos quien sois, señora, sólo aguardar preso ahora lo que ordene su poder. Que pues mi padre se fue, quizá culpado me halló. ¡Ay, mi bien, qué os amo yo! Margarita, ¿y qué diré? Vos solo vivís en mí. Y conmigo vivís vos. ¿Quién el alma de los dos? No es amor? ¿Y el mío? Sí. Qué gran fuerza de afición ¡Bueno es darte de la puerta las llaves y hallarla abierta! El Conde y su esposa son. ¿Quién estas puertas abrió sin mi licencia, Condesa? Quien tenerle amor profesa al preso, gran señor: yo. Pues llevándome la llave el conde Laurencio a mí, tras de haberle dado aquí una prisión tan suave, ¿hay quien romperla ha podido? Eso no ha sido razón. Fuerza ha sido de afición, y jamás prudente ha sido. Ahora bien; Conde, venid, que en todo pondré remedio, dando solamente un medio fin a estas cosas. Decid, ¿dónde al Conde me lleváis? A otra prisión. ¡A la muerte me llevan de aquesta suerte! Mas pues de mí os apartáis, o nos aparta el poder, mirad por mi honor, señora, y mi muerte no sea ahora instrumento de vencer. Y pues por ser vos hermosa a morir voy condenado, sufrid porque sea honrado dos mil muertes vos, esposa. No tengáis miedo que tal rigor vea mi esperanza. ¡Ay, Condesa, esta mudanza efectos son de este mal! Señor, mirad lo que hacéis, y que siempre al Conde honrasteis. La daga que me quitasteis en lo que para veréis. "La daga que me quitasteis en lo que para veréis", te dijo el Rey al salir. Ya sé lo que dijo el Rey. Ya sé, Porcia, que a morir va mi esposo, y muy bien sé que si él muere yo la vida vengo a perderla también. ¡No será de aquesa suerte! Antes si tiene de ser, porque el rigor del cuchillo levanta de su desdén. Esa es imaginación. ¡Porcia, Porcia, verdad es! no lo niegues, pues lo siento y aniquilo! ¿ Tú? ¿Por qué? Si soy el alma del Conde, ven acá, ¿no echas de ver que he de sentir el herir lo mesmo que siente él? Ya va entrando en el palacio y ya el cadalso se ve, donde la muerte le espera, flaca y amarilla tez. ¿No lo ves todo enlutado, donde las hachas se ven arder, aunque muerto vive el que las manda encender? Ya las campanillas suenan; pero el pregonero, que es sin justicia aquesta muerte, y así se calla el porqué. Sólo veo que te cansas, señora. ¡Mira, mira el cordel con que al Conde atan las manos! Pero no he acertado, bien, que es un listón, y aunque azul, sí por qué quiere saber: porque es color de celosos y le hacen el cargo en él. Ya le mandan que se quite el cuello, y es de una vez; así se va desnudando, sólo por obedecer. ¿Qué haces? No adviertas más. ¿Qué he de advertir? ¿Ya no ves cómo se echa en el estrado? El juicio ha de perder. Ya el verdugo alza la mano y ya le dio; mas de aquel golpe, como era mitad suya de mi pecho fiel, nos dio la muerte a los dos, y así yo soy muerta, ten; saldrá el alma; ya ha salido. ¡Cierta su locura es! ¿Advierta estás, señora? Advierte... Tú discreta solías ser. ¿Por qué lo dices ahora? Por tu pregunta. Si ves que estoy en el otro mundo y que ya el cuerpo dejé, ¿no es necedad preguntar si está muerta una mujer? muerta estoy, pues murió el Conde; ya al purgatorio llegué de amor: éstas son las puertas. Pues aguarda, llamaré. ¡Ah de casa! ¡Ah de allá dentro! ¿ No responden? Otra vez llama. ¡Ah de allá! ¿Qué es aquesto? ¡Ay, Valón!, ¿qué puede ser? ¡Desdichas! ¿Qué? Mi señora loca está viendo que el Rey ha sacado de aquí al Conde: dice que está muerta. ¿y bien? Que aqueste es el purgatorio de amor; que ha de entrar en él a purgar no haber tenido celos. ¿Quién puede creer tal desgracia en tal virtud? Lo que importa es conceder en todo lo que dijere, que así se podrá vencer a su loco frenesí. ¡Ah de allá! ¿Quién es? 'La Condesa de Bel flor. ¿La Condesa? ¿Pues ayer no la dejé yo en el mundo? Sí; mas ya murió. ¿De qué? De haber muerto su marido. ¡Notable amor de mujer! Pocas mueren de ese mal; mas como en el mundo es culpa, lo vendrá a penar. Ya abro. Luego ha de ser. Aquí es portero Valón. Y el que le da el parabién de su venida a Vusía. ¿Acá estáis? ¿Pues no lo veis? Valón, pues que sois la guía, decid: ¿no me enseñaréis las penas de cada amante? Que allí hay calderas de pez donde deben de penar. Los que aman por interés. ¿Qué de ellos son, Valón? No habrá en el mundo papel en que se escriba. Entremos, y guiadme a mi cuartel. Dadme, señora, la mano, que lo que mandáis haré, y entrad; pero sea con tiento, que estas hileras que veis son le almas que están penando y temo que las piséis. Vamos andando pasito. ¡Ay, no la pisan! ¿Qué fue? Una viuda melindrosa, que estando de ella diez pies se queja que la pisamos. ¿Por qué pena ésa? ¿Por qué? ¿No es harta culpa melindre, y harto cargo no es haber tenido en el mundo de pasión la primer tez y lo demás de aleluya en llegando a anochecer? Sí, por cierto; pero pasa. Di, ¿quién es éste? ¿Quién es? Un boquirrubio galán. ¿Por qué desnudo se ve? Porque se dejó quitar Las plumas de una mujer. Si quiso bien, disculpado está ya. Aquella. ¿Quién es?, La que le peló. allí le dan? ¿Y qué pena Poca, a fe: sólo que le esté mirando y viendo su desnudez; ella coma y el ayune, y se esté riendo de él. ¡Aquesa es gran injusticia! Usase así en este mes. Vamos marchando adelante. ¡Tu, tu, tu, tu! Detén. ¿Qué trompeta es ésta, di? La del juicio. ¿De quién? De uno que le perdió amando a una mujer; ajedrez lo caben tantos peones. Necio y confiado fue. ¿Por qué le está aquel amante el alma royendo un pez? Amaba una tabernera sólo por el interés, y hallole un día en el vino. ¿En el vino? Y está bien, porque como ella la aguaba estaba en su centro el pez. Guía hacia acá los casados. Penando hay de tres en tres. ¿Qué culpa? ¿No lo es casarse? No, porque yo me hallé muy bien en aquese estado. ¡Oh, tú tenías qué comer! Este que mirando estás en todo distinto es, que era pobre y lo buscaba, y era fea su mujer. ¿Quién por mí te ha preguntado? ¡Ah, Es el Conde, mi señor, bien le debes conocer. mi bien! ¿El Conde entre estos establos? Y di, ¿quién viene con él? El honor, que le acompaña. ¿Porqué, di? Por ser quien fue la Condesa. ¿Aquí está el Conde? ¡Alto!, llega a su cuartel. Pero no le veo yo. Ni yo de lo que tú ves veo; mas, ¿de qué te cansas? El Conde ha dado en correr diciendo que tú estás loca. ¿Loca yo? Tras él iré; y sé que aunque es bien ligero que no se me ha de ir por pies. Para que me aguarde, dile que tras de mí viene el Rey, que a fe que vuelva a librarme aunque más penando esté. Déjame, que si voy luego es fuerza alcanzarle. Ven, ensillarete un caballo. ¡Necedad! No es menester. Donde están mis pensamientos con ellos le seguiré, hasta que sepa mi esposo que si el honor va con él, su persona acompañando, es la causa su mujer. ¡Ay, Valón! ¿Quién hay que crea tal desdicha? ¡Ella se fue! Yo parto avisarle al Conde. ¡Quiera Dios que pare en bien! Más con vuestra venida que con la fiesta que a mi entrada ha hecho Florena agradecida, queda mi honor, ¡oh. Duque!, satisfecho; pues ha en nubes llegado el de mi esposo, aunque está eclipsado. El haber detenido en la Corte la entrada Vuestra Alteza no sin misterio ha sido, pues pareciendo a Enrique la grandeza corta en que os recibía, hasta aumentarla dilató este día. Con sólo ver sus ojos perdonara las fiestas. Duque amigo, y huyeran los enojos, de quien ha sido Urbino buen testigo, tenido dulce calma, sosiego el gusto, sin razón el alma. Venir de Ingalaterra hecha lince del alma mi esperanza, y en llegando a esta tierra, donde esperaba tras del mal bonanza, vino orden que mandaba que dilatase lo que más amaba. Sospechas engendraron del poco amor de Enrique. Las sospechas vuestro amor engañaron, y en nada han sido a la verdad derechas, la causa os he contado. Yo lo quiero creer, que es acertado, pues lo demás no importa. A mi sosiego Vuestra Alteza crea, que Enrique no reporta otra cosa ninguna; que desea celebrar su venida por alma sola de su mesma vida. Pagará los deseos con que a ser su mujer. Duque, he venido. Esos son los trofeos que en las glorias de amor habrá tenido, con mayores extremos pagando su afición. Adentro entremos. Tres caballos he muerto, y aun yo lo vengo de sufrir sus pasos hasta verme en el puerto de tus ojos, señor, a quien escasos que no sean les pido en remediar a mi señor. ¿Qué ha sido? El Rey a su palacio preso al Conde llevó de casa, adonde dicen que en breve espacio verás la muerte de tu hijo el Conde. Vengo a esto solamente, pon a tu honor el medio conveniente. ¿Qué cometió Uberto? Por defender su honor. ¿Es la Condesa de aqueste desconcierto causa, por suerte, di? Su fe profesa ser de ese tronco rama. ¿Nuestras cosas así Su Alteza infama? El Rey la ha pretendido, y ella le resistió con valor tanto, que a sus quejas ha sido lo que el áspid al riguroso encanto. Con ese pensamiento al Conde ha honrado, aunque tirano intento. Reprendí a Su Alteza en secreto estas cosas, y él me dijo, hablando con llaneza, dejaría el intento y a mi hijo el honor guardaría. Mas fue su fe de griego y voz de arpía. Luego de aquí partamos. No, Duque; a Reina llevaremos; pero luego escribamos a nuestros deudos den a estos extremos si pueden tregua. Ursino, mientras vemos el fin de este camino. Ah, caballero! Señora, mi nombre me habéis llamado. Si con eso os he obligado y con ser mujer ahora, una cosa, amigo, os pido que me digáis. ¡Si haré como os importe. ¿Quién fue esa dama que ha querido el Rey, que de este aposento a lo que venís oí? Pues nos habéis visto aquí, contároslo todo intento. Y porque quisisteis darme el nombre que yo más quiero, que ando por ser caballero y no sé por dónde entrarme; aunque dijo un licenciado muy discreto en superiores que andando con los señores quedaré acaballerado, y estar el día y la noche llevando en mí por devisa de perder antes la misa, que aunque les pese su coche. ¿Quién fue, al fin? Fue la Condesa de Belflor, por quien perdido ha andado Enrique, y ha sido muda a su amorosa empresa. Pero vos, ¿quién sois, señora? Una dama de Su Alteza que posa aquí. ¿Hay tal belleza? iAy de mi sospecha! Ahora ha venido a quedar cierta. Muy mal el Rey lo ha mirado. ¡Vive Dios que no ha intentado cosa más loca e incierta que esto! ¿No fuera mejor que de su Reina gozara y que lo ajeno dejara, y más a do hay tanto honor? Pero si os he parecido bien, dadme un favor, señora, de estos que se usan agora, ¿Y es? Fingir que habéis caído y me daréis una mano; y cuando no me la deis diré que me la habéis dado, aunque mienta, que ha llegado a ser trato lo que veis. Mirad que vuestro señor viene. ¿Aquí está Vuestra Alteza? ¡Culpa mi mucha agudeza! ¡La Reina es! ¿Hay tal error? ¡Si del Rey dijera mal, qué buen lance echado había! Duque, no he de ver el día aquí con sospecha tal. Que hay grande daño creer; vuestra inquietud he sabido y por quien me ha detenido el Rey también. Luego haced que se apreste una litera, que he de partirme a la Corte, para dar en todo el corte que conviene. En vos espera el alma que sabréis dar sosiego en tanta pasión, y la mucha sinrazón de vuestro esposo enfrenar. Si verdad os han contado, lo que la Condesa ha sido ya, señora, habréis sabido. Hoy cesará su cuidado. Por Reina vengo de Hungría, y sus nobles han de ver que si el Rey sabe ofender sé yo honrarles este día. De ella me iba enamorando; mas si es la Reina, Valón, cerramiento a tu afición, pues Porcia me está llamando. Si así le dais a mi honor tal favor, arrepentido volved a caer, señor; pues levantando el caído será su fuerza mayor. Con los cargos quedo honrado, gloria a Dios que honor me dio, aunque hasta aquí habéis pecado, que si no pecarais, yo no os hubiera perdonado. La Condesa traed aquí y os apartad, que eso ha sido traza para darle ansí el juicio que ha perdido. ¿Cómo? Aqueste frenesí le dio sólo de pensar que mudando de prisión la muerte os venía a dar; aquesta imaginación le hace con porfiar que estáis muerto, y así ahora enseñándoos a sus ojos vivo, verá lo que ignora y cesarán los enojos. ¿a mí, canalla traidora, me lleváis al Rey? ¿Por qué, si ya en otro mundo estoy adonde reina la fe del honor que al Conde doy muerto, porque honrada soy? Mira que te hemos traído delante Su Alteza, tente, para cobrar lo perdido. Bueno, sí: miren su frente rabiando al que me ha mordido; mal año, que en vuestra vida os veáis vengados del. Rey. Sosegad, prima querida. ¡Mal sosegará, cruel, quien ve su fama ofendida! El Conde es vivo. Y notorio que no dices la verdad, porque allá en el Consistorio de Amor hoy salió. Esperad. Que vive en su purgatorio, donde son penas los celos. y si yo vivo os le doy, ¿cesarán vuestros desvelos? ¡Ojalá! Mira que estoy aquí. ¿Qué es aquesto, ciclos? En mi casa estáis, adonde solos os quiero dejar, Margarita, a vos y al Conde, que quiero al paso imitar que al del jardín corresponde, pues en él vuestra hermosura me hizo, Condesa, escultura; mas yo, que imitando os voy, al Conde con alma os doy y de mi ofensa segura. i Que tal han visto mis ojos! ¡Y que tal venganza el alma! Loca, Conde, me he fingido. ¿Quién? La honra. ¡Notable cosa! Viendo que os traía el Rey a daros prisión más larga y que era, Conde, la muerte por lograr sus esperanzas, para poderle perder el respeto si intentaba proseguir en la conquista que tanto su sangre infama, me forzó a salir por loca, y a mis criados en casa, como habéis visto, engañé con mil locuras extrañas, y aun hasta a Porcia encubrí, con gozar de mi privanza, esta industria. Siempre yo entendí que loca estaba. ¡Oh, mujer, corona y gloria del honor, ríndate Italia los lauros de sus matronas; Grecia sus invictas palmas, pues Penélopes, Lucrecias a tu castidad no igualan! Donde vive amor y honor mil imposibles se alcanzan. Que entréis los dos allá dentro Su Alteza, señor, os manda, que ha venido nueva agora... ¿De qué? De que entra Rosaura, la reina, a quien tantas fiestas hoy en la Corte esperaban, ya por palacio. ¿Pues cómo, sin decir a Enrique nada? Vamos, esposa querida. ¿Quién esta necedad causa? Los dos me dicen que son; aquesto esparce la fama: celosa viene la Reina, los dos Duques con pena harta; mas ya pienso que los Reyes entran por aquestas cuadras. Tras de mil noches de pena viene [a] amanecer el alba de vuestros ojos, señora, al sol de mis esperanzas. Los nortes de Ingalaterra con rayos de oro me abrasan, de quien ya suyos los míos premio en sus brazos aguardan. Deténgase Vuestra Alteza. ¿Quién es, señora, la causa para impedirme esta gloria? ¡Qué novedad tan extraña! La causa, famoso Enrique, que de tanto bien me aparta, es que primero pretendo que me deis vuestra palabra. Si os he dado el alma siempre, ¿qué os podrá negar el alma? Vuestra voluntad decid. Pues ya en la Corte es tan clara cosa el saber, aunque injusta, que nada encubre la fama, que una fuerza pretendéis, en cuyas almenas altas ha vivido el santo honor tan solamente por guarda. Rey, ¿Al fin me queréis decir que deje de conquistarla? Aquesa palabra os pido; por aqueso mi jornada ha sido tan de repente, lleno amor de honrosas ansias. Tened, que venís a tiempo a pedirme eso; que mi pecho arrepentimiento, como al Mongibelo llamas. Y porque ya sé que Hungría por mis locuras extrañas está llena de esa voz, aunque da honor a la clara sangre que quise ofender por la resistencia honrada de aquella Condesa hermosa, digna de eternas estatuas, digo, delante de todos los nobles que me acompañan, que es verdad que pretendí su hermosura soberana. Que al Conde traje a mi Corte, dándole oficio en mi casa y otras honras, con intento de ofender su esposa casta. Pero que viendo que ha sido a mis promesas montaña, me amaneció la razón tras de una noche tan larga; y que olvidando pasiones que los verdes años causan, pudo el arrepentimiento tanto en mí, que en esta sala, a los pies del Conde, hoy le pedí perdón, que basta en un Rey tanta humildad cuando se engendra del alma. Pues cómo, ¿le tenéis preso? Eso no. Duque; su casa dejó para verse libre, y porque veáis más clara esta verdad, y que ya de desengañaros trata, aquí está con la Condesa, de cuyas manos aguarda que se coronen los Reyes de Hungría. Llega a tomarlas. Engañado nos ha el Rey. Agora sí que os abraza Rosaura, invicto señor. Siempre de Enrique esperaba esto. El temor me engañó, que siempre el temor me engaña, para llevaros la nueva. Llegad, hermosa Rosaura. Antes, Leonido y Ausonio, que en parte habéis sido causa de mi locura, ofreciendo para esta conquista trazas, llegad a los pies del Conde, que pues se humilló a sus plantas un Rey, no tendréis los dos hoy por afrenta el besarlas. ¡Bien lo habemos merecido! A los dos el Conde abraza. Lleguemos por las coronas. Antes tiene de gozarla que nosotros su cabello, por mis manos. ¡Gran hazaña! Hoy por reina del honor vuestras frentes coronadas queden. Y yo agora a Vuestra Alteza, hermosa y bella Rosaura, lo que me ha dado le vuelvo, por indigna de honor tanta. Como yo al Rey mi señor. Entremos donde mañana en nuestras bodas seréis los dos padrinos. No basta para agradecer tal honra nuestras fuerzas. ¡Porcia amada, ya se logró nuestro día! ¡Mi Valón, tuya es el alma! ¡Plaza de aquí a Su Alteza! Venid, Condesa gallarda. Mi lado. Conde, ocupad, que toda esta honra alcanza vuestro honor por la mujer. Aquí la comedia acaba. Fin de la famosa comedia de La Honra por la mujer.
