Texto digital de El hijo por engaño
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- Lope de Vega Carpio
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- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hijo por engaño. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hijo-por-engano-el.

EL HIJO POR ENGAÑO
JORNADA PRIMERA
Ríndete, Alfonso, a tu hermano. Ponedlo en una prisión. No goces, Rey castellano, La corona de León Que me usurpas tan temprano. De mi herencia me destierras, Y nuevos reinos buscando, Turbas el reino con guerras Cuando acaba el rey Fernando De distribuir sus tierras. Diote a ti, como a mayor, La corona de Castilla, De quien fuiste sucesor: Ocupaste aquella silla: Llámate el mundo señor, Reinaste seguro allí, Y por un vil interés Quítasme el reino leonés, Que me dio mi padre a mí Como menor; y después. Ya que tu fe era deudora De aborrecer la mentira. Haces como ingrato ahora: Quitas Toro a doña Elvira Y a doña Urraca a Zamora; Sus haberes desperdicia; Vierte su sangre y la mía, Y si más es tu codicia, Mata y prende a don García Y corónate en Galicia. Cuando me corone en ella, Como lo hago en León, Y de Zamora la bella Entre a tomar posesión, Puedo también poseerla. En mi justicia confío, Y así, de vencer no dudo; Vuélvome atrás: no soy río: Porque mi padre no pudo Distribuir lo que es mío. Mi padre pudo testar De bienes libres, concedo; Mas de un reino no hay lugar: Yo soy mayor, yo lo heredo, Y él no lo pudo mandar. Si de no contradecirlo Le di palabra, y por eso Me culpa algún hombrecillo. Que lo prometí confieso, Pero no quiero cumplirlo. ¡Muera don Alfonso! ¡Muera! Será dichoso ese fin; Tendrá don Fernando fiel. En don Sancho, hijo Caín, Y en don Alfonso, hijo Abel. Quita la inocente vida En cuyo lugar sucedas, Haz la traición bien cumplida: ¡Tirano, me desheredas! ¡Matarasme, fratricida! Si tus ambiciones hacen Milagro en la sujeción, Y han de morar los que nacen, Mátame y reina en León. ¡Leones te despedacen! Si promesas mal guardadas Honran a tus agresores, ¿Qué aguardan tantas espadas? ¡Matadme a traición! ¡Traidores Te maten a puñaladas! Si la sangre desconoces Que en esta mortal ceniza Hermano te llama a voces, ¡Mátame o no tiraniza! ¡Nunca, ruego a Dios, te goces! ¡Un hombre particular Te eche a lanzadas del mundo! Sale el conde D. Fernando Ansúrez. Fuera espera, y quiere entrar, El abad de San Facundo, A quien mandaste llamar. ¡El abad! ¿Qué quieres de él? Direte mi pretensión: Quiérete abonar con él; Que has de ser monje en Cistel, Pues no eres Rey en León. ¿No ves que tengo mujer? En Santa Clara la dejo. ¿Monja también ha de ser? Es necesario consejo. Y mis hijos, ¿qué han de hacer? ¿Qué pena te da un bastardo? Dele de comer su espada. ¿No ves, robador gallardo. Que está la Reina preñada Y otro legítimo aguardo? ¡Que tal a un Rey se le antoje Por heredar a su hermano! Antes que de él te despoje, Renuncia el reino en mi mano Y a una celda te recoge. No hay que replicar aquí; De este parecer estoy. ¿Qué harán mis hijos sin mí? Pues que la vida te doy, Alfonso, gástala así. De esa manera podrás Huir de muchos pesares; En dos extremos estás: Fraile, vives; seglar, mueres; Escoge cual quieres más. Sin duda el Rey mi señor. Usa de mucha equidad. De crueldad usa mejor: Vos no decís la verdad; ¡Dele la muerte un traidor! ¿Qué hace el Rey de Castilla, Que vuestro voto le abona? ¿Tenéis a gran maravilla. Si me usurpa una corona. Que me ponga una capilla? Bien parece que será Esa franqueza infinita; Negociad con él allá Que me dé lo que me quita Y toméis lo que me da. Y si por amor o miedo, De la monástica ley Decís el bien que concedo, Vos, que nunca fuisteis rey, Sed fraile; que yo no puedo. Parece que sientes mal De la religión. Yo siento Como cristiano: no hay tal; Pero sin consentimiento No hay hombre espiritual. Si para la religión Libertad es menester. Preso tengo el corazón. Ya deshizo esa prisión La línea de mi poder. ¡Venga el abad! ¡Por el mismo Dios, cuya verdad profeso, Por aquel eterno abismo, Por el carácter impreso En el agua del bautismo. Por la eternidad que aguardo. Por la unción que recibí, Por el amor en que ardo, Que has de ser muerto por mí, O fraile de San Bernardo! ¡Que tengas tanto poder, Que un matrimonio deshagas Y me quites mi mujer! Tu libertad no me pagas. Y mis hijos, ¿qué han de hacer? De su vida desconfío, Si a lo que pides me allano. Hoy quedan a cargo mío. Hasme sido mal hermano Y no les serás buen tío. Pues fuerzas mi voluntad. El mismo Dios te lo pida, Y a vista de una ciudad Tuya, te quiten la vida Con título de amistad. La grana que vestir sueles Hallen los tuyos sangrienta; Dardos te arroje crueles Un hombre de poca cuenta Para que no te receles. Y si alguna noble espada Hiciere retos, a usanza De Castilla, en la estacada. Porque no alcances venganza, Venza la verdad retada. Alfonso, vete a la mano, Pues el ser menor te obliga. ¿Tú me aconsejas, villano? No es mucho que me maldiga; Que pierde un reino mi hermano. Pero si tu tiranía Desheredado me deja Del reino que poseía, Y mi razón, que se queja, Te ha culpado por ser mía; Si mi querida mujer Rompió el cristalino espejo Y es monja ¿qué puedo hacer? Yo te he dado buen consejo. Y mis hijos, ^qué han de hacer? Pero cuando dejéis vos, Alfonso, dos pobres graves, Dios cuidará de los dos; Pues los hijos, bien lo sabes, - Comen en plato de Dios. Venga el abad; que ya ofrezco El alma a la soledad, Y a mi hermano le agradezco Estos actos de humildad. Que, aunque forzado, merezco. Mas ¿de qué sirve decir Que venga el abad a darme Lo que tengo de pedir? ¿No es mejor adelantarme? ¿No es más humilde pedir? Sí, sí, fuera presunción. Pedir el hábito quiero; Seguiré en la religión Las pisadas de un Cordero, Pues me han quitado un León. Ya quiero seguir su acuerdo. Castellana Majestad; Hallaré en Dios lo que pierdo, Y de la necesidad Haré virtud, como cuerdo. Á que el hábito me den Voy, por salvarme y servirte: Vivas mil años, amén; Que no quiero maldecirte. Sino desear tu bien. Seguro reines de males, Ninguna traición receles, Adórente tus iguales; Sírvante ciudades fieles, Amenté amigos leales. Si algún traidor te buscare. Antes de hallarte, se ciegue; Y en el aire que tocare Se deshaga, antes que llegue, El dardo que te arrojare. Yo voy con entera fe, Hecho el corazón pedazos; Perdona si te enojé; Que no te pido los brazos; Que monje te los daré. Mas pues un Rey te obedece, y hace por ti tal mudanza, A mi mujer favorece: Mira que es hija Constanza De reyes, y lo merece. El infante que naciere, Pues nada te ha de costar. Trátale bien si viviere, Y déjale aprovechar De lo que el cielo le diere. ¿Haraslo así? Mi Real Palabra te doy en prendas. Ya que me has tratado mal, Como a mi hijo no ofendas, Te seré amigo leal. El bastardillo, querría Que la milicia siguiese; Si en él vieres algún día Algún valor, no te pese, Pues es tu sangre y la mía. La casa de San Facundo Honra, pues es mi convento, Y perdona, Acab segundo; Que ordeno mi testamento Como muero para el mundo. ¿Acab me has llamado? Sí. Y yo tu Nabot he sido, Que apedreado de ti. Te dejo por buen partido La viña que poseí; Mas éntrate a poseerla, Pues tantas leyes evitas, Y goza heredad tan bella; Que a un hermano se la quitas, Y a Dios darás cuenta de ella. Vase D. Alfonso. ¡Extraña mudanza ha sido! Reventando va de llanto. Llora su reino perdido, Y un hombre que llora tanto No puede ser comedido. Parece que le tocó Dios, pues tan de buena gana En San Facundo se entró. ¡Qué mudanza tan cristiana! ¡Por Dios, que me enterneció! Con el hábito y capilla Le verás después más ancho Que si ocupare su silla. Dan dentro voces: ¡León, León por don Sancho! ¡Viva don Sancho en Castilla! Como me ven vencedor, Ya me apellidan aquellos Que me pusieron temor. No hay que tener queja de ellos; Que era Alfonso su señor. Con mucha solemnidad Sale a tu recibimiento La restaurada ciudad. Un desasosiego siento En esta felicidad. Tiemblo de una maldición Que me echó Alfonso, No llores Desdichas que aún no lo son. ¿Si me han de matar traidores? Mas ¿si moriré a traición? Un hombre en penas deshecho, Maldice con libertad. Temo, recelo, sospecho; Cumplí mal la voluntad De mi padre, mas ya es hecho. Lo que ahora es menester. Es conservar la corona Que era de mi hermano ayer. ¿De qué manera? Perdona, Inocente por nacer. Fruto concebido en vano, Del más heroico español Que tuvo el pueblo cristiano; Perdona, que viendo el sol Has de morir a mi mano. Oye, Ya me hace Homicida: honrarme quiere. Que muera me satisface Que lo que pierde el que muere, Suele cobrar el que nace. Pon en Santa Clara espías, Porque del parto me avisen. ¡No quiera Dios que en mis días, Religiosos pasos pisen Las indignas plantas mías! Antes tengo de avisar A doña Constanza de esto. Poco importa que el lugar Sea religioso y honesto; Éntrate hasta el mismo altar. ¡Oh, Rey malaconsejado! Esto has de hacer. Yo te juro De no intentar tal pecado. Con esto quedo seguro, Y tú quedarás premiado. Entran tres soldados. ¡Guerra, guerra, y luego el saco Se defiende! ¡Vive Dios, Que es mayor ladrón que Caco Quien vierte sangre por vos! ¡Pese al capitán bellaco. Pese al Rey, y pese a ¡Tate, Que está aquí Su Majestad! Decidle al Rey que me mate: ¿No le gané una ciudad? Pues súframe un disparate. ¡Cuerpo de ! Puesto que goza De León, toquemos luego Oro, joyas, plata honrosa ¿No se ganó a sangre y fuego? Saquéese a toda broza. Y si no, ¡muera León, Y muera el que ha de gozarla! ¡Libertad! Tienen razón. Gente es ruin. Pues contentarla; Repartidles un millón. Eso me parece bien. ¡Viva Vuestra Majestad Como otro Matusalén! En nombre de la ciudad Te damos el parabién, Don Sancho, de esta victoria. Llegan a besarle el pie al Rey. Por largos años la goces, Y viva eterna en memoria. La fama, en públicas voces. La haga al mundo notoria. Entra triunfando ahora, De tu ciudad obediente, ¡Uno canta y otro llora! Marche a Zamora la gente; Que he de cercar a Zamora. Ya que León es perdida, Desheredado mi padre, Y la Reina mi señora. Monja en Santa Clara yace; Ya que soy su indigno hijo, Y nací con prendas tales Que me adoran los pequeños Y me respetan los grandes, Quiero que conozca el mundo Que no olvido, como alarbe, Las grandes obligaciones Con que un hijo honrado nace: Reto al cruel don Sancho, Á todos sus capitanes, A sus villanos jinetes, A sus peones infames, Las arrogantes banderas, Los pendones arrogantes, El tiritín de las trompas, Y el taratán de los parches; Y digo que el rey don Sancho Es un mentiroso infame, Quebrantador de preceptos, Violador de libertades. Merecedor, por sus obras. De que los muertos que yacen Cubiertos negros doseles. En sepulturas reales, Del sueño eterno despierten, Y al juicio de Dios le llamen, Como perjuro que rompe Sus últimas voluntades. ¡Rey don Sancho, si me escuchas, Bien sabe Dios, y bien sabes, Que la de tu padre el Rey, Como mal hijo quebraste! Dio a León a don Alfonso, Y tú en sus manos juraste Que no se la quitarías Aunque mil años reinases. Y apenas cerró los ojos, Cuando tus trabucos baten Las murallas de León, Con codicia de ganarle. Y así has robado, cruel, Y aunque eres vil y cobarde, Hallaste su Rey seguro, Y venciste como infame. Rey te llaman los leoneses. Pocos años te lo llamen; Los tus privados, a un tiempo Se amotinen y levanten; No te obedezcan tus hijos. Tus obligados te agravien, Con tus mismas armas mueras, Falsos amigos te maten; Y la corona que robas, Vuelva el tiempo variable A la cabeza de Alfonso, De donde tú la quitaste. Mas ¿qué me canso? que duermes, Y yo doy voces al aire; Mas, como agraviado, al fin Lloro, y quéjome aunque en balde. Estos son los altos muros Mira arriba. De Santa Clara; mi padre Me envía con esta carta; Quiero hacer la seña y darla, Y hablaré de camino A la cautiva mi madre. Que desde mi nacimiento Tiene estas tapias por cárcel. ¡Oh noche, fiel secretaria De verdaderos amantes! En lo que hago este oficio, No vueles, aunque eres ave. Si de mi necesidad. Noche agradable, te dueles; Si mis suspiros crueles Pueden moverte a piedad. Pues tu tristeza me alegra, Desde el negro coche arroja Al hombro de mi congoja La estrellada capa negra. Una miserable Infanta, Que tien de término un hora. Por sus tiernos pasos llora, Y tu fealdad no la espanta. Pero si tú, por ventura, Entre cortinas de sueño, En los brazos de tu dueño Duermes amada y segura. No quiero apartar amantes. Negra enemiga del día; Como venga don García, Descansa, y no te levantes. Una voz flaca y turbada Oigo por las celosías. Temo del Rey las espías, Como anuncio de su espada. [Madre y señora! Sin falta Me ayuda mi buena suerte: ¿Quién es? Yo, que vengo a verte. Estoy muy baja y muy alta: Alta estoy por la ocasión; Alta, porque estoy aquí, Y baja, porque caí De la silla de un León. Mas ¿cómo sin preguntar Quién es, me voy descubriendo? ¡García soy! Ya te entiende. Y carta te vengo a dar. Yo te daré en un cordel. Con pecho animoso y franco. Una suerte blanca en blanco. Aunque es suerte de papel. Darete un libro, en que escribo Mis sucesos desdichados; Vivos, al vivo pintados, Porque van en libro vivo. Darete un joyel que ayer. Antes de esta guerra brava, Al cuello Real estaba, Y hoy acabó de caer. ¡Allá va! ¡Mira, García, Que tengas cuenta con él. y en ella una niña. Porque va en ese papel Toda la ignorancia mía! Procura mucho engastarle En humilde guarnición; Que ha puesto el Rey de León Espías para hurtarle. En Alteza soberana Vendrá el tiempo en que se vea; Pero entretanto, le emplea Al cuello de una aldeana, Porque el tirano Leonés No le descubra y le cobre; Que un diamante en mano pobre, Nunca parece lo que es. Gente suena, don García: Cobra, y vete norabuena. Ahí va el papel. ¡Con qué pena, Con qué confusión me envía! ¡No he podido hablar con ella! Señora, qué, ¿ansí te vas? Escucha. No puedo más. ¡Mi madre! No puedes verla. ¿Qué suerte en blanco será La que me dio mi señora? Va mirando D. García a la niña. ¡Santo Dios, libro que llora, Escrito con sangre está! Este es el rico joyel Que ayer con fortuna igual Estuvo al cuello Real, Y hoy cayó, quebrado, de él. Este es el diamante puro, Que pondré de buena gana En mano de una aldeana. Para que esté más seguro. Esta es la piedra nacida En ocasión desdichada. De don Sancho procurada Y de mi fe defendida. No hay más que esperar con ella; Su valor perdone ahora; Que al cuello de una pastora He de colgarla y ponerla. Mientras el embajador De Toledo y de Aldemón Visita al Rey de León, Pues está León sin miedo, Verá Zayda mi valor. Ya sabes que prometí Llevarle un leonés cautivo; Y a quien la palabra di, La he de cumplir, si recibo Cien mil muertes. Es ansí; Pero cometes traición, Porque venimos de paz. Ofendo con afición, Y como amor es rapaz, No es mucho que dé en ladrón; a Zayda le he de ofrecer Un cristiano; no hay que hablar. Aquestos, ¿quién pueden ser? Que aqueste modo de hablar No le he podido entender. ¡Oh, si escaparme pudiera! No puedo; muy cerca están. ¡Piedra de aquella cantera. Que es divina piedra imán. Muda un rato persevera! Espías deben de ser. Dicha será si algo hallas. Llora la niña. ¿Oíste? Echome a perder: Qué, ¿aun en peligro no callas? Eso tienes de mujer. Aquí está gente: ¿quién vive? La fe de don Sancho muere, Y don Alfonso recibe Mil agravios. Sea quien fuere. Hoy por cautivo se escribe. Un mozo de buen semblante La luz escasa nos muestra. ¿Qué es esto? Nadie se espante; Que es la fortuna siniestra. Aunque fortuna constante. ¿Sois criado del Rey? No. ¿Viose mayor desventura? ¿Qué haré de esta criatura, Que tan sin dicha nació? ¿Moros de Toledo aquí? ¿Qué es lo que traéis ahí? Joyas perdidas traía, Y de nuevo las perdí. ¡Por Alá, que es un mozuelo! Prisión de importancia fue. ¡Mata esa criatura! ¡Ah, cielo! Cautivo vas. Ya lo sé: ¿Piensas que es mudo el recelo? Sólo te quiero rogar Que éste, cuyo soy padrino, Me dejes dar a criar. Dejarasle en el camino En el primero lugar; ¡Parte ya, Zayda divina, Manifiesta lo que puedo! ¿Cómo? Tu temor me indigna; Hasta llegar a Toledo, Solas las noches camina. ¿Y esta criatura? Procure Su comodidad IZÉN. ¡Y que una desdicha dure Tanto tiempo! ¿No hay un bien Que la entretenga o la cure? Ésta es como un desdichado, Que nunca gana a traviesa, Y de mollino y picado, No sabe dejar la mesa Hasta quedar rematado. ¿Qué es esto? ¿En pérdidas tantas. Tanta flema y sufrimiento, Y tus amigos espantas. Pues pierdes cada momento, Alfonso, y no te levantas? Si procuras suertes nuevas, En este naipe no hay ley; No te piques, ni te atrevas; Perdiste un reino con Rey, ¿Qué nuevas venturas pruebas? Vamos, cautivo, de aquí. Pica, Izén ; que es necesario. ¿Eso me adviertes a mí? ¡Oh, hado siempre contrario! ¿Quién se escapará de ti? En triste constelación Nacistes, Infanta tierna, Y heredera de León, Pues desde el vientre materno Os llevan a la prisión. ¡Tanta tibieza en mi pecho, Tantos disgustos en él, Y tantas faltas! Sospecho Que en la huerta de Cistel No soy planta de provecho. Parece que Dios me inspira A otro trato impertinente; Que este borbollón de ira, Esta cólera impaciente Diferentes fines mira. No vuelvo de la oración, Sino más tibio me vengo; Ruines pronósticos son; No soy buen fraile, que tengo Muy inquieto el corazón. Desarraigarme no puedo De una importuna porfía, Y cuando rezando quedo, Añado al Avemaría, En lugar de amén, Toledo. Esta ciudad traigo en peso, Su sombra me desvanece; Entro donde me confieso, Y su imagen se me ofrece Hasta en las cruces que beso. Ciudad noble, a quien fundó Focas, ¿qué tienes conmigo? No oigo tus voces, no; Que si te perdió un Rodrigo, No puedo ganarte yo. Tú me animas, yo desmayo; Que aunque en los hombros te llevo, Sobre los hombros te traigo; Como si un humilde lego Pudiera ser tu Pelayo. No te debo de importar, Sino que el demonio intenta Con esto hacerme turbar; Una ciudad me presenta, ' ' Mas no la pienso aceptar. Quiero abrir esta cortina, Donde Bernardo a María Tanto se halla y se inclina, Que como a hijo le cría Con dulce leche divina. Vos, prodigioso Patrón Del rebaño de Cistel; Privilegiado Sansón, Que hacéis panal de la miel. Sin haber muerto al León; Vos, que en la carrera humana, Con el peso de la vida Gozaste con alma sana Esa tierra prometida, Que da miel y leche mana; Dejad el convite un rato, Y atended al dolor mío; Que, aunque este gusto os dilato, Cuando este plato esté frío. Poco importa; que es buen plato. Decidme, prudente Abad, Con leche de Dios criado, (Ansí en la postrera edad Nunca os falte ese bocado Que os guisa la caridad), ¿Qué tibiezas son las mías.? ¡Qué mudo estáis! Responded; Que aún no son cuarenta días Que subo al monte de Hored, Y no falta el pan de Elías. Padre, ¿sois de parecer Que viva con esta pena? ¿Soy fraile? ¿Puédolo ser? Mas tenéis la boca llena, ¿Cómo habéis de responder? Yo triste, vos convidado; Vos coméis, y yo me aflijo; Aunque quedáis disculpado De no consolar a un hijo Por no dejar tal bocado. Comed muy enhorabuena. En tanto que yo me asiento En mi firmeza de arena; Que vos calláis de contento, Y yo me duermo de pena. Magnífico triunfador De la invencible Toledo, Que a traerte este apellido Viene por la posta el tiempo: Ya que tu hermano don Sancho Te ha tiranizado el reino. Renuncia el hábito humilde, Que al fin te lo dio un soberbio. Grandes victorias te esperan, Y tan cristianos sucesos. Que te ha de llamar el mundo El Santo Rey, por lo menos. ¡Toledo por don Alfonso! ¡Viva Toledo, Toledo! Entretanto que Bernardo Come el manjar que le ofrezco, Porque no deje la mesa Adonde yo le sustento, Oye, retirado Alfonso, Lo que se trata en el cielo. Que ha venido a mi noticia. Como grande de aquel reino: Toledo, la inexpugnable, A quien tiene España en medio. Haciendo en ella el oficio Que el corazón en el cuerpo. Hoy te está llamando a voces. Porque su bárbaro dueño. Como tirano, la cansa, Y quiere señores nuevos. Zorobabel valeroso. Vuélvele a Dios aquel reino. Renuncia sus moradores Y purifica sus templos. Y aquella capilla santa, Donde yo bajé algún tiempo A visitar a Ildefonso, Mira que te la encomiendo. A los cristianos que viven Entre ismaelitas soberbios. Que porque viven mezclados Llaman mozárabes ellos, Mira que los gratifiques Con honras y privilegios; Que entre vecinos tan malos, Ha sido mucho el ser buenos. La victoria te aseguro, Y aunque no será tan presto, Ganarás la ciudad noble Que perdió el godo postrero. Canta el músico dentro: ¡Toledo por don Alfonso! ¡Viva Toledo, Toledo! ¡La ciudad es nuestra, amigos. Los moros huyen ; a ellos! Vase quitando los hábitos y echándolos. ¡Venga una lanza o estoque, ¡Venga un espaldar, un peto, Mi celada, mi caballo. Mi escarcela, mi coleto! Venga la banda del brazo. Denme las plumas de presto. Estos hábitos me estorban: ¡Fuera; que mis pensamientos. Como son de Rey, no caben En lugares tan pequeños! ¡Toquen al arma mis cajas! Ármense mis escuderos, Y los toledanos muros Vengan a soplos al suelo! ¡Toledo por don Alfonso! ¡Viva Toledo, Toledo! ¡Santo Dios! ¿Qué confusión Es ésta y qué vocería? Mis hábitos. Pues ¿quitolos? Sí, padre; que no cabía En ellos el corazón. Repórtese. ¿Cómo puedo? No hallo lugar en mí Para mi mismo denuedo. ¿Qué es esto? A León perdí: Voy a ganar a Toledo. ¿Qué fuerza es ésta enemiga?' Sosiéguese, fray Alfonso. Hasta que el Preste me diga El postrimero responso, Será mía esta fatiga. Padre, yo no soy profeso, Ni gusto de profesar. Y ¿quién le ha metido en eso? Mi perpetuo imaginar. Hace mal. Yo lo confieso, Padre, no vivo contento: Ayer me encerró don Sancho, Y hoy rompo el encerramiento, Porque a mi vida le es ancho. Por no tener tal tormento. Yo confieso, padre Abad, Que me hará mucha ganancia Esta dichosa humildad; Mas es la perseverancia Hija de la voluntad. Ésta me faltó, y no pudo Hacer nada contra ella; A mi advocación acudo: Mi ropa mande traerla, Y si no, me iré desnudo. Tráigansela poco a poco; Paciencia, Alfonso. No puedo. Vuestra Alteza espere un poco. Voy a ganar a Toledo. ¿Cómo? ¿Qué sé yo? ¡Estoy loco! Que en esta imaginación La mansa quietud confundo, Y hasta en la misma oración Parece que todo el mundo Me cabe en el corazón. Si éstas son voces de Dios, No sé, pero a toda ley La gano para los dos; Pero si yo soy su Rey, Seréis su Arzobispo vos. Padre, Rey soy. Desespera De tu pensamiento vano. Mucho alcanza quien espera. ¡Arzobispo por tu mano! ¡Válgame Dios, quien lo fuera! Mas a fe que me embravezco De oír tan gran desvarío. Soy Rey, y reinos merezco: ¡Al arma! ¡Toledo es mío! ¿Cómo? ¿Qué se yo? ¡Enloquezco! ¿Cómo puedes esperar Que esa dicha te suceda? O ¿cómo la has de alcanzar, Que ni un paje no te queda Que te ayude a desnudar? Cierto que me desengañas Prudentemente; es ansí; Mas hay locuras extrañas; Que pienso que hay gente en mi Para ganar mil Españas. En efecto, padre Abad, Me voy. ¡Mira que te pierdes! Tu hermano está en la ciudad: Cuando de ti no te acuerdes, Te acuerda de su crueldad. Porque el reino le dejaras, Te tiene aquí como preso; Pues si os veis los dos las caras, Eres muerto. Cierto es eso, Todas son razones claras; Pero contra su poder. El miedo un remedio hallar A Toledo voy a ver, Y no voy, padre, a ganarla, Sino a ganar de comer. Yo sé que el rey Aldemón Me hará favor, aunque es moro; Que en fin, soy Rey de León, Y aunque perdí un gran tesoro, Quedome la estimación, Y yo le sabré obligar. Y ¡que a tal tiempo has llegado! Antes pretendo llegar; Que, en efecto, un rey privado, No es mucha dicha privar. Rey me vi, mas he caído, Y ya no puedo servir; Yo seré bien admitido. Porque me enseñé a servir Primero que a ser servido. Doña Constanza, mi esposa, Queda en Santa Clara presa, Por ser ausencia forzosa. Decidle vos que me pesa De no ver su cara hermosa, Y que le escribí un papel Con mi hijo don García, Y no ha respondido a él. Pues espera sólo un día. Vos sois mensajero fiel; Habladle, y mirad por ella; Que os la dejo encomendada. Gustaré de obedecerla. Mirad que queda preñada, Y espero una hija bella Dentro de muy pocos días. Y son ciertas profecías, Que hija tiene de ser. Sea lo que Dios quisier. Mirad que son cosas mías. Críese en hábito honrado. No con mucha autoridad; Que con un arzobispado Os pagaré, padre Abad, Lo que hubiéredes gastado. ¿Ya vuelves a dar en eso? Es decir, que no esperéis Paga. Yo me pago de eso. A García no olvidéis. Mucho tarda. Algún suceso Le detendrá de los míos; Que tan sin dicha nací. Que hace el tiempo desvaríos, Y como al mar van los ríos, Vienen desdichas a mí. La noche cierra, y ya puedo Salir con seguridad. Con notable pena quedo. No quedéis con pena. Abad, ¿No veis que voy a Toledo?
JORNADA SEGUNDA
Hácesme fuerza. Rey, como tirano. Mas no puedo dejar la ley que adoro. Aunque me ofrezcas el reino toledano, Y me asegures sus montañas de oro: ¡Ay, Dios, que muero! De tan buen cristiano He de hacer un valeroso moro. ¡Ay, terrible dolor, que al alma llegas! Hoy mismo has de morir si no reniegas. No podrán los cristianos de Toledo, Que están sujetos a mi cetro y mando. Quejarse de esto; que es leonés, y puedo Hacerle renegar. Y en renegando, Puedes forzarle con amor o miedo. Que es un cautivo de León; y cuando Algún cristiano de Toledo fuera. Eres Rey: no le agravias aunque muera. Seis horas ha cabales que resiste El tormento mayor que inventó Roma. Si la marlota y capellar se viste, Un bravo defensor tendrá Mahoma. Y en sudar sanguinoso, y triste, Cual suda el árbol pegajosa goma. Le hace sudar sangre la congoja. Bebe, tirano, de mi sangre roja; Mas soy piedra, soy bronce y soy acero; Espera, afloja, ten la mano airada. ¡Oh, gran Mahoma, de tu mano espero Ver esta gran empresa efectuada! Llévale, Izén, allá dentro, Que haga oración a Mahoma. Sí haré: vamos. ¡Oh Mahoma! En agradecimiento, un candelero Pondré en la tumba de tu cuerpo hermoso. Que pese seis quintales de oro puro. El deseado gozo te aseguro. Gracias, Mahoma, te den En tu trono de cristal. ¿Qué viene diciendo Izén? Que se ha de estimar el mal Como en vísperas del bien. Para Toledo has ganado Un alma de gran valor. Por las nuevas que me has dado, Te hago gobernador De la mitad de mi Estado. ¡Al fin alumbrole Alá! Publíquese por Toledo La victoria que hoy me da. Encarecerte no puedo La devoción con que está. Avisen al alfaquí. Que la ceremonia haga. Gánase un alma por ti. Mi mucha afición me paga; Que su bien es premio en mí. Vaya honrado a la mezquita, Y acompáñele la Corte; Que cuando el hado permita A León cosas que importe. Su valor lo facilita. Decid que no le acompaño. Por ser prohibido al Rey Acompañar a un extraño. Vayan todos; sólo Audalla Se quede conmigo aquí. Toda la ciudad se halla Junta. ¿No hay música ahí? Si hay música, ¿cómo calla.? De su valor desengañas. He de gastar mis tesoros. Llámente rey mil Españas. Corran los plebeyos toros, Y los nobles jueguen cañas. Izén fuerte, y Zulemán, Honrad mucho su virtud. Locos de contento están. ¿Qué dicen? ¡Viva Dragud! Que ya este nombre le dan. Con un blanco capellar, Blanco bonete y marlota, Izén, le haréis adornar; Que es color pura y devota Para quien va a pelear. Vamos. Mi propia persona Podéis pensar que va en él. Ese crédito le abona. Hombre que a Mahoma es fiel, Será fiel a mi corona. Audalla, contento estoy Mucho de este buen suceso. Es razón. Mi fe te doy Que, si he de perder el seso De contento, ha de ser hoy. ¡Ah, señor, y cómo ignoras Cosas pesadas y graves! ¡Cómo! ¿Pesadas y Horas.? He sabido {Tú qué sabes.' Que me atormentas por horas. ¡Por Alá, que tengo miedo A tu mágica infalible! Di; licencia te concedo: ¡Ay, pronóstico terrible! ¡He de perder a Toledo! No hay que disimular Lo que por fuerza ha de ser. Acaba de vomitar. A Toledo has de perder. Pues y ¿quién le ha de ganar? Un Rey que, desposeído. Viene a servirte contento. Y ¿podrá ser conocido? Tratarasle en tu aposento. Mátatele. Es mal perdido; Quiere el cielo que esto sea, Y es fuerte su voluntad; Mas si Tu Alteza desea Que esta cruel tempestad En tu tiempo no suceda, Darete un remedio, y tal, Que en paz tus cosas estén. Eres vasallo leal, Y has de aconsejarme bien, Aunque pronosticas mal; Di qué consejo me das, Y seguirele sin duda. Has de pensar que jamás Lo que es verdad no se muda. Mas dilatarlo podrás. Supuesto que lo que digo No puede dejar de ser. En teniéndole contigo. Procúrale entretener. Hazle caricias de amigo. Con una y otra franqueza Su curso dichoso enfrena. Que corre con ligereza; Y el beneficio es cadena Y la amistad fortaleza. No has de consentir que un día Falte de Toledo; aprende Esta fiel doctrina mía. ¿Que he de honrar a quien me ofende. Sí, Rey. ¡Ay, desdicha mía! Si en tu presencia se halla, Nunca habrá temor de nada. ¿Que pierdo a Toledo, AUDALLA.? Ha de tenerla cercada Y por sitio ha de ganarla; Porque he llegado a saber Una oculta maravilla: Que este Alfonso, Rey ayer, Irá por gente a Castilla Después que esté en tu poder. Con no dejarle salir, Se asegura nuestro miedo. ¡Muera Alfonso! No hay morir; Que ha de ser Rey de Toledo, O el cielo se ha de hundir. Y ¿no le tendré en prisión? Si le desgracias, te pierdes. ¿Viose mayor confusión? Regala sus años verdes Y préndele en tu afición; Hazle jurar que en su vida Saldrá de tu voluntad; Que esta lealtad conocida, Jamás se ha visto verdad Por castellano rompida. Y, en fin, Alfonso se llama: Tuve cuenta con su nombre. Es hombre de mucha fama Y reinó en León. Es hombre Que mi sosiego derrama. ¿Quién el reino le quitó? Un don Sancho, que es su hermano; Porque, informándome yo De sus cosas, un cristiano Esta información me dio. Deseo saber quién es Este bienquisto, temido Y venturoso leonés; Que un vil castillo perdido. Ganará un reino después. En fin, ¿le he de acariciar? Pienso que será de veras; Que un dichoso ha de obligar A mansedumbre las fieras, Y el odio a saber amar. Con solemne procesión Se llevó a la mezquita Dragud. ¡Mezclada pasión! ¿Un castellano? Me quita. Dice que es Rey de León. Túrbase el Rey moro. ¡Santo Alá, la sangre helada Siento en las venas de miedo! ¡Ah, mágica al mundo dada, Para su mal a Toledo, De tu boca pronunciada' ¡Audalla, siento un dolor. Un universal temblor. Que el alma me ocupa y hiela! Asegúrate, señor. Mal podrá quien se recela. Porque es inquieto el temor. Mándale al momento entrar, Y hónrale mucho en entrando. Antes le saldré a abrazar. Mira que estará aguardando, Y cansa mucho esperar. No sé qué siento en el pecho; Parece que con la mano El corazón me han deshecho: Entre el dichoso cristiano Que tan sin dicha me ha hecho; Pero no le quiero ver Di que se vuelva a su tierra. ¿Quieres echarte a perder? Recibir en paz la guerra, Sólo en mí se puede ver. ¿Sabes qué he determinado? No te canses, Aldemón; Que es beber tósigo helado Cualquier determinación Fuera del orden que he dado. Si no le piden por mí, Licencia vengo a pedir. ¿Éste es don Alfonso? Sí. ¿Qué digo, moro? ¡Una silla Para mi señor, aquí! ¡Una silla al Rey! Espera; Que el de Toledo está en pie. Siéntese León afuera. ¡Valdivia! Silla traeré, Hecha pedazos o entera. ¿Eres el Rey de Toledo? Si el serlo te es importante, Que soy el Rey te concedo. Dice tu real semblante Lo que yo dudar no puedo. Vale D. Alfonso a besar los pies. Dame tus pies a besar. ¡Qué buena presencia tiene! ¿Este me puede engañar? Alza, Rey, que no conviene Que ocupes ese lugar; Alza del suelo, leonés, Ofendido de tu hermano; Que no te debo los pies, Sino un abrazo, y la mano De amigo. Abrázanse los dos. Alfonso, ¿qué ves? ¡Que estas razones te diga Un bárbaro de otra ley, Y tu hermano te persiga! Mas te obliga como rey. Un rey a mucho se obliga. Ese buen recibimiento Esperé siempre, señor, De tu real pensamiento. Empiezo a tenerle amor, Pero luego me arrepiento; Fuerza su buen parecer A tenerle en mucha estima: Voy a arrojarme y querer, Y luego me desatina El mal que me viene a ser; Pero si forzado viene De su estrella favorable, Alfonso, ¿qué culpa tiene? Vuestra Majestad me hable De mi libertad, y ordene; Disponga de mi nobleza; Que sólo vengo a rendirla Con lealtad y con llaneza. Sale Valdivia con un cojín. No hay en palacio una silla; Siéntese aquí Vuestra Alteza: Hasta el mismo camarín Entré, mostrando las prendas De Navarra y de Lerín. Mi mucho descuido enmienda, Alfonso; toma un cojín. Siéntate, que ¡por Mahoma! Que es tu valor de león Y parece que los doma. Alfonso, siéntate, toma. Ya me he sentado, ALDEMÓN. ¿De esa manera se trata A mi señor? ¡Rey, mirad! Una silla de escarlata, ¡Hola! al Rey aparejad; Pongan blandones de plata, Ardan pebete por velas. Traigan el manto y mis armas, Las bordadas escarcelas; Quítenle el arnés las damas. Los hidalgos las espuelas; Traigan toallas de lino. Cajas de azúcar y miel. Agua rosada por vino. Las damas curarán de él, Doncellas de su rocino. ¡Qué bien mis lecciones van! Venga la Reina en persona. Honraré un huésped galán. Y esa dama quintañona Le sirva el vino y el pan. Con tantas demostraciones De franqueza, ya en las nubes. De honor y gloria, me pones. Señor, muy apriesa subes: No bajes a arrempujones. ¡Oh, qué bien le perseveras! ¡Cómo le voy obligando! Humano a un tigre hicieras. ¡Por Alá, que no es burlando, Que le quiero bien de veras. Manda a un Rey que es tu vasallo. Téngote de obedecer. ¿Quieres salir a caballo? Perdiósenos el comer, Y venimos a buscarlo. Tengo a gran felicidad Que nos veamos los dos. No pienses que es amistad, Mahoma, que ¡vive Dios! Que es pura necesidad. Con tan buen recibimiento, r Valdivia, arrojarme puedo. Con todo, habla con tiento. ¿A qué has venido a Toledo.^ Sepa yo tu pensamiento. Ya sé que tu hermano, aleve, Del reino te despojó, Y que no ha hecho lo que debe. Pues su rigor te informó, Mi respuesta será breve. Dime el postrer desengaño, Que en mí hallarás un buen trato. ¡Qué embozado si es engaño! Faltome un hermano ingrato. Busco un favorable extraño. Restauro lo que perdí De calidad y de honor, Aspiro a ser el que fui, Y, finalmente, señor, Te vengo a servir a ti. Huyo de lo que me asombra. Que ha sido asombro notorio; Sígueme el mal como sombra, Faltome mi refitorio, Y vengo a buscar tu alfombra. listo había de responder Mi amo, por la experiencia, Y esotro es desvanecer; Que hacíamos penitencia Y no había qué comer. En fin, ¿quieres asistir En mi casa, para honrarla? Sólo te vengo a servir. Y ¿cuándo piensas dejarla? En ella quiero morir. Tus patios, de gente llenos, Han de ser mi habitación. Y esos propósitos buenos, ¿Llegarán a ejecución? Sí, que no pueden ser menos. Antes faltará la silla Del sol y los elementos. Que esta mi verdad sencilla. Pues tendrás para alimentos Diez mil doblas de Castilla. ¿Hay tan gran magnificencia? Perpetuo en tu casa quedo. Pues quiero correspondencia, Alfonso: que de Toledo No salgas sin mi licencia. ¿Qué dices? Quedar tapiados Nos estuviera muy ancho, Cuanto y más acreditados. Seguros del rey don Sancho, Y con veinte mil ducados. Hace tal ofrecimiento, Y pienso que naces hoy. En vez de agradecimiento, Rey, a mí mismo te doy. Ese buen trueco consiento. Hele dicho que se puede, Y yo en su nombre lo aceto. Mirad un Rey lo que puede: Mal hago en quedar sujeto; ¿Qué sé yo lo que sucede? De tu buen juicio recelo. Libertad a toda ley. Para tu pobreza apelo: Puedes venir a ser Rey, Si no es que se caiga el cielo. Bien dices, estoy perdido, Y estas diez mil doblas toco. ¡Que aún no lo tengo rendido! Parece que duda un poco En aceptar el partido. Y ¡que viendo mi franqueza Y su miseria, repare ! Tiene un libre gran riqueza; Pero cuando lo aceptare, Júrelo con gran firmeza. El haberte adelantado Tanto en casos semejantes, Parece que le ha enfriado. Fue muy presto. Mucho antes Le habías de haber obligado. Porque te tengo afición, Tener perpetua querría Tu buena conversación. Confieso que es deuda mía, Como otras muchas lo son. Y así, me resuelvo y digo Que en tu casa quiero ser De tus victorias testigo. Entiende que has de tener, Alfonso, en ella un amigo. En fin, que de mi ciudad No saldrás sin que yo quiera. Empeñote mi verdad ; Que tendré, hasta que muera, Por pasión tu voluntad. Jura, como caballero, Que será firme y segura Esta promesa. Este acero Entre hasta la empuñadura En mis entrañas, primero Que salga de tu obediencia. Júralo por Dios también. Por Dios, de no hacer ausencia, Aunque mil reinos me den. Si no me dieres licencia. Por su Madre lo promete; La Virgen también se invoca. Asistiré, y servirete. Hasta que tu misma boca Me diga tres veces: «Vete.» Bien está; contento quedo En tenerte en mi poder. ¿Esto es ganar a Toledo.? Esto es venirme a perder Por necesidad o miedo. ¡Oh, mal castellano, vil! ¡Tú hijo del rey Fernando! ¡Hazaña fue femenil! Pregunta al Rey desde cuándo Corren estos veinte mil. Hacen dentro ruido. En la mezquita mayor. Es este alboroto y voces. ¡Oh, vil pueblo, voceador. Que olvidado desconoces Tu verdadero señor! Esta misma confusión. Este alboroto villano, Oí cuando, sin razón. El rey don Sancho, mi hermano, Me tiranizó a León. Pues aquí no es tiranía, Sino regocijo santo. Pues ¿por qué? Porque hoy es día Grato al gran Mahoma, tanto Castigo es de su herejía. Tanto, que su celestial Trono, de cristal y fuego. Nos da notoria señal. ¿Mahoma trono.? ¡Reniego! ¿Trono, y trono de cristal? Reventando estoy de pena Por no poder replicar. Suena música dentro. Esta música que suena. Suele hacerse al renegar De algún noble. ¡Más avena! Noble y renegar, no es cosa Que se compadece bien. Nueva es ésta peligrosa; Y ahora, ¿reniega quién? Hoy, un alma venturosa. ^Venturosa? Tal ventura No me dé Dios en mi vida, Por aquella vestidura Del Verbo Dios, no cosida, Que celebra la Escritura. Sed libera nos a malo: Jesús, arredro! ¡Estoy muerto La pena al temor igualo. El corazón tengo abierto; Tanto sentimiento es malo. ^Quién hace tal sinrazón? Un mancebo principal, Que vino aquí de León; Su ley le pareció mal, Y ha abrazado la razón. Yo voy a honrarle, perdona, Y regálente entretanto Como mi propia persona. No puedo hablar de espanto; Goces tu real corona. Volveré presto. No tardes, Que no me hallaré sin ti. ¡Ah, pensamientos cobardes! ¡Ah, sobresalto, que en mí, Ya te hielas, ya te ardes! Dejad la incierta sospecha, Tan derecha para mí; Consolarme no aprovecha; Que el nombre leonés que oí, Fue bala al alma derecha. Por salir de unos recelos Temerarios que formé, Llega a la mezquita, y velos. No me lo mandes. ¿Por qué? Si voy allá, quemarelos. Todos cuantos perros son. Morirán juntos a una, Y para más confusión. Me arrimaré a la coluna Con los hombros de Sansón. Llega, y desde afuera mira Aquel que está renegando. Yo pienso que Dios te inspira, Porque los mate, en llegando. Con un soplo de mi ira. Yo voy; espera la nueva De la venganza de Dios. [Ánimo, cristiano, llega. Sepamos, temor, de vos! ¿Qué causa tenéis que os mueva? Pero ¿qué más que faltar El bastardo don García, Y haberme dicho al entrar En Toledo, que venía Con Zulemán y Aliatar? Sin duda, el embajador Que fue a León, a mi hermano. Trajo este mozo traidor, Y temió, como villano, Y renegó de temor. ¿Yo hijo había de tener Que tan mala cuenta diera De mi honor? |No puede ser! Mintió la infame ramera. Como ramera y mujer! Mas ¿qué sé yo si es aquel Que aquí renegando está? ¡Oh imaginación cruel: Si no es, el hijo será, Mas no es mi hijo si es él! Si me fuera permitido, A la mezquita llegara. Yo entrara sin ser sentido. Si a la puerta no topara Al Rey. Seas bien venido. ¡Oh, don Fernando, en Toledo Te ven mis ojos! ¿Qué es esto? Llamarme dichoso puedo: Levanta, presto levanta; Estoy bien así. No puedo Ver en ti llaneza tanta; Basta que una vez lo mande, Si esta novedad espanta, Y un caído te levanta. Mil veces beso tu planta. ¿A qué es tu buena venida? ¿Viénesme acaso a buscar? Tu triste ausencia sabida, Se me mandó despachar Por la posta y a la brida. ¿La reina doña Constanza? A que te sirva me envía. Como tiene confianza' De tu mucha hidalguía, También su pena te alcanza. ¿Cómo la Reina quedaba? Triste en tu ausencia. ¿Y León? León, por su Rey lloraba. Entristece una traición Luego que de hacerse acaba. ¿Escribe la Reina? Sí. ¡Oh deseado papel; Que ya recupero en ti La falta de un hijo infiel Que sospecho que perdí! ¡Gracias a Dios! Que parió Me escribe. Una hija bella. ¿Sabes a quién la entregó? Señor, no lo supe de ella; Pero ¿no lo escribe? No. Dice que me has de contar Un caso. Dime. ¿Qué es esto? ¿Hay más que me atormentar? ¡Gran novedad! Dila presto, Que es para mí si es pesar. Murió doña Juliana, La madre de don García, A quien por hijo confiesas, En Santa Clara la antigua. Apretáronla dolores, Y en poco más de tres días Puso en perpetuo silencio La melancólica vida. Y ya que estaba a la muerte, Con la candela encendida, Rodeado el triste lecho De sus llorosas amigas, Por sus descuidos confesa. Por sus pecados contrita. Que son víboras que al pecho Para matar resucitan. Pidió a voces por la Reina, Y aunque estaba recogida. Vino; que el hombre que muere, A muchas cosas obliga. Dijo llorando: «Señora, No sé si perdón os pida De un agravio hecho al Rey, Que sospechabais vos misma. Manda llamar cuatro nobles, Porque en su presencia diga Cosas que importan al reino Y a mi conciencia el decirlas.» Vinieron al punto aquéllos. Por orden de la justicia. «Sepan los que están presentes, Dijo, cómo don García No es hijo del rey Alfonso, Aunque por tal le acreditan. Cautiva estuve dos años; Que soy aquella cautiva Que en la ciudad de Toledo A Galiana servía. El rey Aldemón entonces. Poco reine y poco viva. Se aficionó de mis ojos. Que ya van a ser ceniza. Trató conmigo, en efecto. No con poca pena mía; Pero la fuerza de un rey Quebranta leyes divinas. Diome infinitas riquezas; Mas tanto le aborrecía, Que por huir de sus brazos Me vine huyendo a Castilla; Donde, dentro de dos meses. Sentí que la afrenta viva, En las entrañas aleves Trataba de hacer manida. Quise morirme de pena, Como vi que prendas mías Eran la mitad de un moro. Mezcla por ley prohibida. Mas Viome el rey don Alfonso, Que aún no era rey, ni tenía Vuestro legítimo lado, Y tratome como amiga. Y yo, como infiel al cielo. Por interés y codicia, Le hice dueño del parto, Que después nació sin dicha. Fueme favorable el tiempo. Que entonces, por dicha mía, Aunque es padre de verdades. Consintió aquella mentira. Porque el concebido infante Salió a ver, llorando, el día Al cabo de siete meses Después que vine a Castilla. Por hijo le tiene el Rey: Esa verdad se le diga: Que ese bastardo es de un moro, Y de una mujer lasciva.» Calló; alterose la Reina, Pasmaron todos de oiría, Y llamando a Dios a voces. Murió con esto contrita. Mandó la Reina al momento Que esta confesión se escriba, Y autorizada del reino. Rey Alfonso, te la envía. Dale un papel a manera de proceso. Mensajero soy; perdona Si la novedad te admira; Yo no te quito tus hijos; Que la verdad te los quita. ¡Válgame Dios, qué de agravios Hace una mujer perdida! ¡Qué de traiciones envuelve Entre fingidas caricias! De duda salgo con esto; El caso me certifica, Que el cristiano que reniega Es el mismo que temía. ¡Ah, divino desengaño, Doyte gracias infinitas, Pues ya por ti mis sospechas No son de desdichas mías! Por engaño tuve un hijo. Por engaño le quería; Pero hijo por engaño, No será hijo en mi vida. Guarda ese papel, Ansúrez, Hasta que yo te le pida; Y líbreme el cielo santo De mujeres y mentiras. No derribé el edificio De la capilla profana. Autor de tan mal oficio. Por pensar que allí mañana Se ha de hacer a Dios servicio. ¿Qué hay VALDIVIA.' ¿Qué tenemos? Hija, y muerta. ¡Bien temí! ¿Qué viste.' Herejes extremos; Mil temeridades vi En estos moros blasfemos. Renegó del nombre ;ay Dios De la Santa Trinidad Negó con boca blasfema. Negó en Cristo haber deidad; Y el ser justicia suprema, Confesó no ser verdad. En fin, que el juicio negó: ¡Oh bárbaro, ingrato a Dios! Solamente reservó La pureza de María. ¿No quiso negarla.' No. Qué ¿en tan infame sujeto Cupe prevención tan cuerda? Así fue. Yo te prometo. Valdivia, que no se pierda Hombre de tan buen respeto. ¿No conociste quién era? De mí no se ha de saber; Si alguna lengua parlera Cuchillo suyo ha de ser, Con otro cuchillo muera. Bien vi que era don García, Mas sépalo de otro autor. Siquiera por cortesía, Has de responder mejor. ¿Era el hombre cosa mía.' ¿Tengo parte en ese daño? Si por temor que me aflijo. Dudas, y estás tan extraño, Don García no es mi hijo. Que era hijo por engaño. Reniega un hombre, y temí, Don Fernando, que era aquel A quien nombre de hijo di. Pues declárate si es él. Yo digo que no le vi; No le vi, cierto. ¿De veras? Dime la verdad, Valdivia; Que yo sé que respondieras Con voz no turbada y tibia Si mis dichas conocieras. No le conocí, en verdad. ¡Virgen, Madre del Autor Del mundo, manifestad Quién fue el fiel respetador De vuestra virginidad! Moriré si no le veo; Que, aunque hijo por engaño La hambre de un desengaño Martiriza mi deseo. Puesto estoy en mil tormentos, Lleno de imaginaciones; Mis miembros yacen hambrientos En el lago de leones, Que lo son mis pensamientos. Teniendo hambre Daniel, Comió del pan de Abacú; Ave santa de Gabriel, Dame otro profeta tú, Y comeré yo con él. Colgada de los cabellos Veo una nueva ilusión. Mas ¿quién es el dueño de ellos? No es el famoso Absalón, Que eran los suyos más bellos. De un manojo de ellos, grueso. Pende aquel cuerpo importuno, Y es menester todo eso; Que aunque Abacú vino uno, Tiene este Abacú gran peso. Ya os conozco. García infame, Hijo de Alfonso el Cristiano, Y aunque admirado os recibo, Á ser cierto el nombre vano, No me hallárades vos vivo. Vínome a desengañar La verdad, que al hombre viene Del tiempo, y a no aguijar. Para mí, el brazo que os tiene Fuera del rey Baltasar. Con todo, pena me dan Vuestros sucesos. García; Que aunque a mi cuenta no están, Os llamé hijo algún día, Y habéis comido mi pan. Mas es sentimiento en vano; Que Dios, como justo y bueno. Como os ve tan mal cristiano. Os cuelga de un brazo ajeno Por dejaros de su mano De donde echaréis de ver Cuánto mi Cristo os amaba. Pues su infinito poder, Aun cuando más os dejaba. No os quiso dejar caer. Quiéroos descolgar de ahí, Porque despacio hablemos. Desapareció de mí. ¿De qué estás haciendo extremos? ¿Qué estás hablando entre ti? ¿No vistes a don García? Él es con quien he hablado, ¿Cuándo? Ahora aquí venía, Por los cabellos colgado. ¡Hermosa melancolía! ¡Cómo! Qué, ¿no vistes nada? ¿Qué habíamos de ver, señor? ¿Así burlarnos te agrada? Mas ¿si me pintó el temor Aquella imagen borrada? Mas ¿si lo hizo, acaso, La intensa imaginación? Con un capellar de raso. Bordado de guarnición, Y un borceguí verde ¡Paso! Iba a decir que le vi Renegar en este traje Mas no lo sepan de mí. ¡Válgame Dios! ¿Tal linaje De tentación contra mí? El rey Aldemón te llama. Que va a la huerta del Rey. ¿Con quién? Con Dragud. ¡Qué fama! Como ha dejado su ley, Mucho le estima y le ama. Si fuera propio este daño, ¿Qué sufrimiento bastara.? Muéstrale un amor extraño. Ningún perjuicio me daña, Que era hijo por encaño. Hay razones encubiertas Para que le quiera bien. El Rey espera a las puertas Del campo. Vamos, Izén; Solo me voy. No lo aciertas. El Rey me hace favor De veras; no hay que temer. ¿Dónde esperamos, señor? Á palacio he de volver. No quedo sin gran temor. Yo no; que sé el amistad Con que el Rey le recibió. ¿De éstos esperas verdad? En tanto que vuelve o no, Vamos a ver la ciudad. En obligación me has puesto, Noble Dragud, este día. Mi interés he hecho en esto; Y si la ganancia es mía, A agradecerla estoy presto. Tal mudanza siento en mí Después que tu ley bendita Por milagro recibí, Que transformé en la mezquita, En lo que soy, lo que fui. Hoy contra el bando cristiano Verás en mí tal valor, Que con la lanza en la mano Te pienso hacer señor Del leonés y el castellano. No hagas con ellos treguas; Haré tu imperio más ancho Galopeando tus yeguas Por los reinos de don Sancho, Y más allá treinta leguas. A don Alfonso quitó. Siendo yo de ello testigo, La corona que heredó; Y pues despojó a mi amigo, He de despojarle yo. ¿Es tu amigo Alfonso? Sí. Pues tú lo dices, lo creo. Tiene alguna parte en mí. ¿Quieres verle? No lo deseo. ¿Por qué? Porque estoy así; Tiempo fue que pude hablar Con él con mucha crianza. ¿Y ya no? Ya no hay lugar; Que esta mi mucha privanza Le dará mucho pesar. Esta es la huerta en que espera El Rey. ¡Hermoso jardín! ¿Y £i él a verte viniera? Fuera mi rostro un carmín De vergüenza, si me viera. Pues en tu presencia está. |Ay, corazón, ya te hielas! Con esta huerta, que ya f - ^ Al descuidado desvelas, Pero entretiénesme ya. Con mucha cuenta ha mirado Del jardín alguna parte; Pero dice que han andado, Naturaleza y el arte, Con milagroso cuidado. Viene tan contento de ella, Que de encarecer no acaba La proporción menos bella. Aquí gocé de mi esclava Cuando no pensé perderla, De la hermosa Galiana. La ingrata cautiva, aquí Vio mi Alteza humilde y llana: Tratable la poseí, Pero perdila tirana. Con mucha cuenta ha mirado Alfonso a Dragud el nuevo. ¡Ah, señor! ¿Con tanta ira Me miras? No te la debo. Entre sí mismo suspira. Débense de conocer. Hablando en secreto están. Lloro de verte perder, Porque comiste mi pan, Que no debieras comer. Mi mucho arrepentimiento Me disculpa. ¡Quita, infame! Padre, forzome un tormento. Nadie tu padre me llame. Ni tú, que mientes. Si miento. Dices, señor, la verdad; Que, aunque como a verdadero Hijo me hiciste amistad. No lo soy, pues degenero. Padre, de tu calidad. Poco me importa ese daño; Ni parentesco, ni amor. Tiénete mi culpa extraño. ¡No soy tu padre, traidor, ¡Que eres hijo por engaño! No me llames padre aquí; Que te haré quemar vivo; Y no lo soy ni lo fui. ¿Conoces este cautivo? Pienso que en León le vi. Menos mal fuera morir. Pues cerca la muerte estuvo. El acaba de decir Que por su amigo te tuvo. Díjolo y pudo mentir. ¿A tantos quilates llega Hombre que dejó su ley, Que un Rey su amistad le entregar Si yo soy acaso Rey, Él miente, y el Rey lo niega. Bien pudo ser que le diese El título del honor; Mas aunque de hijo fuese, Como había de ser traidor, No quiso Dios que lo fuese. Tu amistad tuvo en León, Y en Toledo la procura. Cosas acabadas son. Después que en esa figura Le vio mi imaginación. De los cabellos colgado. Le vio ansí mi fantasía; Y aunque le miré agraviado, No soy Joab, ni venía Con las tres lanzas cargado. Que en verlo de tal manera, A traer su lanza yo. Las tres lanzadas le diera, Imaginando murió E imaginando muriera. ¿No le habla con pasión ? Sí. Con atención le oíd. óiganme con atención; Que ni yo soy su David, Ni él fue jamás mi Absalón. Reclínate entre estas flores, Porque goces su fragancia. No me entretienen olores. Cualquier buen rato es ganancia; Drague! se siente a tu lado, Y anúdese esta amistad. Un nudo tuvo apretado, Mas rompiole la verdad: No puede durar atado. ¿No te sientas con tu amigo. ¡Qué vergonzoso te sientas! Yo me he sentado contigo. ¡Calla, villano, no mientas! Verdades pienso que digo. Aunque como a cosas mías Te di parte de mis bienes, No has quedado el que solías; Muy otro estás, pues no tienes El título que tenías. No le riñas más, ya basta. Quiero obedecerte. Rey; Que aunque mi paciencia gasta, Es bien que sea de tu ley, Pues es también de tu casta. ¡Ojalá mi hijo fuera, Porque a Toledo heredara! Y si mi esclava no huyera, Quizá no le deseara, Pues de su edad lo tuviera. Di cómo. Aquella ingrata, Pienso que preñada huyó; Que esta memoria me mata. Si la verdad no murió. Ninguna mujer la trata. Ya está claro aquel delito Que confesó mi enemiga. Si me ha pesado infinito, Y como al lagar la viga, Tengo al corazón contrito, ¿No me querrás perdonar? Aun hablarte me da pena. Mira que me iré a matar. Llora D. García. Derramarás sangre ajena; El Rey la puede llorar. Consuélate, y no estés triste; Que yo, ni siento ni lloro: Cosa natural hiciste; Que si volviste a ser moro, A tu centro te viniste. Pues procedes tan extraño. No te espante lo que hiciere. ¿Vaste? Sí, a buscar mi daño. Vase D. García solo. Vete, y haz lo que quisieres; Que eres hijo por engaño. Gana de dormir me ha dado: Rey, con tu licencia, un poco Quiero dormir arrimado. La pena me tiene loco, Y peno disimulado. La dulce vida desdeño. ¡Qué huerta tiene Toledo! Y Toledo, ¡qué buen dueño! Bueno me puedes llamar. Pues tan gran ciudad es mía; Pero muérome en pensar Que he de perderla algún día; Mas ¿quién la puede ganar? Parece cosa imposible El perderla Vuestra Alteza, Porque es su muro terrible, Natural su fortaleza, Y su sitio inaccesible. El que piensa verla extraña, O lo pretende, o lo sueña. ¿No ves que la puso España En los hombros de una peña, Cercada de una montaña? En forma de una herradura, El Tajo aguija a cercarla; Que la próvida natura, Sólo para asegurarla Quiso ponerla en clausura. Yo seré de parecer Que es imposible perderla. Yo, que se puede perder. ¿Qué razón? Fuera de aquella Que te dije, y ha de ser. Puede ganarse Toledo Sólo con una cautela. Sueño, espera; oiré si puedo. Audalla, di. ¿Si recela? Es muy sospechoso el miedo. ¡Por el sagrado Alcorán, Que es mucha su fortaleza! ¿Qué fuerzas la ganarán? No duermas, Alfonso: esfuerza, Que éstos la ciudad te dan. Si tres veces abrasaren, Los que a Toledo cercaren, Huerta, olivares y trigo, Llámame, Rey, tu enemigo Si luego no la ganaren. Buen consejo; ya le oí: Quiéreme fingir dormido. En oyéndote, temí. Tu reino, Rey, es perdido, Necesitándole así. Es inexpugnable asiento El que tiene; pero advierte Que, con este fundamento. Ninguna ciudad es fuerte Falta de mantenimiento. Gente será menester, Pero puédese ganar. Y yo lo quiero creer; Que un imposible pesar Es posible suceder. ¡Don Alfonso aquí! Bien pudo Escuchar lo que tratamos, Habiendo el sueño trazado. No, que duerme. De eso dudo. Izén, desnuda esa espada Tras un secreto desnudo. ¡Que nadie de él se acordó! ¿Nadie le vio? Tengo miedo. Que, aunque amigo suyo só, Que si se gana Toledo, Querrá ser Rey quien reinó, Señor, a mi cargo tomo Que está don Alfonso muerto. Cuanto y más dormido. ¿Cómo? No es posible esté despierto. ¡Hola, Izén! Derrite plomo; Que si de veras dormía, Lo recibirá en la mano. ¡Animo, paciencia mía! Es tu ingenio toledano: Inventó como temió. Lumbre tiene el jardinero, Y tendrá plomo también. Si ha de despertar primero Audalla, no viene Izén; Ya tarda, porque le espero. Si en una tabla cayese, Saldrá de la tabla fuego; Hace que penetre y pase. Alzadle la mano quedo: Vierte, IZÉN. ¡Crueldad ha sido! ¿Quién me ha muerto? No hayas miedo. Don Alfonso queda herido. Mas no seguro Toledo. Si fue el Rey, o sea quien fuere El que procedió tan mal, Muera, y yo si le creyere; Que no es amigo leal El que dormido me hiere. Quejareme justamente De tu palabra rompida; Que el que se halla presente A la ofensa, da la herida. Por lo menos, ya está hecho; Matarme quiso el villano Que tan gran traición me ha hecho; Dormido estaba, y es llano Que iba la herida al pecho, Y reparé con la mano. Mas tu crueldad demasiada, Ganancia fue para mí; No me quejaré de nada, Pues me llamarán por ti El de la mano horadada. Y así es honra, por mi mal. La de este nuevo apellido, Y no la merezco tal. Pues me la dan por dormido, Y no por ser liberal. Y a ti, aunque de penas rabio. Primero te he de obligar; Que como ofendido sabio, Un hijo te pienso dar En galardón de tu agravio. Retírate a tu aposento, Y lee esa información. ¿Qué me das, o con qué intento? Rey, pago una sinrazón Con un agradecimiento. Pero la ocasión me di De esta penetrante herida. Por no matarte, te herí. Pues si me diste la vida. Poco agravio recibí. Yo me retiro a leer, A ver qué me puedes dar. Acabarás de saber Que sabe Alfonso obligar Mejor que tú agradecer. Zulemán, Izén, Audalla, Venid en mi compañía. ¡Viva Toledo! Cercarla Bien sabrá Alfonso algún día. Mas no el modo de ganarla. Ya, perros, ya se acabó Vuestro imperio y majestad; Que contra vuestra crueldad Mi sufrimiento bastó. Todo cuanto he pretendido Saber, me habéis descubierto; Que escuché como despierto Y sufrí como dormido. Barrenome el plomo a gotas La mano, mas no me pesa; Que yo la haré turquesa De balas y de pelotas. Bien la sentí barrenar, Mas no quise defenderla. Porque os pienso dar por ella Lo que os pretendo ganar. Antes estimo la herida, Porque mi franqueza quiere Que si por medida diere. Que esté rota la medida. Mas ¿qué sirve blasonar? Que esta fuerza toledana. Ya yo sé cómo se gana. Mas ¿cómo la he de ganar? ¿Qué gentes o qué tesoro Tengo? ¿Qué rebeldes domo, Si estoy tan pobre que como Alimentos de un Rey moro? Sale el Conde, y humillase. Rey Alfonso de León, Deme los pies Vuestra Alteza; Que por muerte de don Sancho También es tuya Castiella. Quiso ganar a Zamora, Mas Dios permitió que, en pena De inobediente a su hermano, La vida y los reinos pierda. Siempre temí de don Sancho Una desventura de éstas; Y aunque heredo por su muerte, ¡Vive el cielo, que me pesa! En Agurlema le dije: «¡Permita Dios que no sean Ocasión mis maldiciones De que este mal le acontezca!» Los reinos están por vuestros, Y mi señora, la Reina, Con un bastón en la mano, Los conquista y los gobierna. Con diez mil soldados nobles Partió a Castilla la Vieja, Y apoderada de Burgos, Tomó posesión en ella. El común os clama a voces, Los hidalgos os desean, Y como a David un tiempo, Os cantan ya las doncellas. Catorce Grandes lo dicen. Que vuestra presencia esperan Para besaros las manos; Dadles, Rey, vuestra licencia Para sus buenos deseos Conviene que no me vean; Visitadles de mi parte Y pedidles que se vuelvan; Que aunque me espere Castilla, Y aunque León me obedezca, No he de salir de Toledo Si el Rey no me da licencia; Si no me dice tres veces: «Vete, Alfonso-, nadie crea Que romperé mi palabra Aunque mis reinos se pierdan. El Rey la dará al momento. Yo procuraré tenerla. Si no fuere llanamente, A lo menos con cautela. Quemaré sus campos verdes: Sus moros me lo aconsejan, Y esta mano horadada Por momentos me lo acuerda. ¡Válgame Dios, don Fernando, Cómo los tiempos se truecan! Ayer pobre, ahora Rey, Y mañana seré tierra. Ya no me enloquecen reinos; Pero si ahora me alegran. Es por ganar a Toledo Y servir a Dios en ella, Y por volver a Ildefonso Aquella famosa iglesia Donde le dio la casulla La Madre Virgen y Reina. Vamos, don Fernando Ansúrez; Procuraré la licencia, Y despedirás los Grandes, Porque a Castilla se vuelvan.
JORNADA TERCERA
Con este lazo tirano Me determino a morir; No sé si pierdo o si gano; Que por no me arrepentir No he hecho discurso humano. Pues a tal padre ofendí. Mi memoria así se borre: Pues dejé de ser quien fui, Que sustentara una torre, Y no me sustentó a mí. ¿Quién me hace tal amistad, De mí tan aborrecida.? Dragud, la Virginidad. Daré el batel de la vida Para mayor tempestad. Dure el vano pensamiento Que me persigue cruel; Y si para más tormento Me dejan vivir con él. Por penar más lo consiento. Mi pecado me dejó De buenos sucesos pobre, Y como solo me vio. Para que en el mundo sobre, Hasta un árbol me faltó. ¿Quién tan poderoso fue Que pudo quebrarle? Hijo, La Virginidad. ¿Por qué? La Virginidad me dijo, Y es porque no la negué. Pues si un tan raro suceso Á un hombre, de pasión ciego, Le ha sucedido por eso; Si vino, yo no lo niego, Que esperare si confieso. Pues confieso que ofendí A Dios, y me pesa de ello Ya despierto y vuelto en mí, Y velaré en deshacerlo. Pues para hacerlo dormí. Bien sabe Dios que, forzado En un tormento y aprieto, Negué su nombre sagrado; Pero, al contrario, prometo Confesarle atormentado; Aunque en una duda mía Me desconsuelo y aflijo: Y es que cuando me reñía El rey Alfonso, me dijo Que a mi centro me volvía. ¿Qué quiso decir en esto Mi padre.? Confuso estoy. Veréis el Príncipe presto. ¿Cuándo lo supisteis.? Hoy He sido dichoso en esto: Ya tengo hijo en Toledo, Legítimo sucesor. Por muchos años, señor, Le goces. Huir no puedo; Acabaré de dolor. Mi muy amada cautiva. Muriendo en León, le dijo Que el nuevo moro es mi hijo. Si es tu hijo con causa priva. Y no sin causa intenté Su conversión. ¡Caso extraño. Que fui hijo por engaño! ¡Tan poca mi dicha fue! ¡Esto es, sin duda, volverme A mi centro; de este moro Soy hijo; perdí el tesoro Que más pudo enriquecerme! Por hijo me confesó: ¿Viose mayor desventura? Sucesión tengo segura. Y segura infamia yo. Sin esperanza ninguna. Padre de su hijo soy. ¡Hijo por engaño hoy! ¡Ah rigor de mi fortuna! Súpose el caso después Que murió su ingrata madre. ¿Que no es Alfonso mi padre, Y que un rey moro lo es? Por este suceso haréis En Toledo regocijos. ¡Adiós, legítimos hijos. Qué ventura que tenéis! Sin duda en el sacro coro Se decretó más temprano Que un hijo tan mal cristiano Tuviese por padre un moro. Rey es el moro, es así; Mas aunque en su gracia estoy. Mucho va de lo que soy A lo que primero fui; Mas ninguno de los dos. Por su hijo han de tenerme; Que mis obras han de hacerme Hijo adoptivo de Dios. ¿Dices que quedaba aquí Mi hijo? Por esta puerta Del jardín, que estaba abierta, Entrar apriesa le vi. Yo quiero disimular Y salirle a recibir. Acaso te oí decir Que un hijo vas a buscar; Y yo no he visto persona. Después de tu Real grandeza, A quien llamar pueda Alteza, Ni que merezca corona. Esa corona mereces, Y ese nombre te se debe. ¿Qué justa causa te mueve? Dame los brazos mil veces. Desde hoy, por tu padre quedo, Flor hermosa, en sazón verde; El de Castilla te pierde, Y te gana el de Toledo. Y ¡que mi fortuna brava, Tanto mal hacerme quiso! Sí, que mi madre dio aviso Que este moro la adoraba. Y no es negocio dudoso; Que hay claridad y llaneza: Por mil años Vuestra Alteza Goce el título dichoso. Y ¡que haga una mujer Católica tan gran yerro! Fue cautiva de este perro. Quísola, ¿qué había de hacer? El venturoso hallazgo Sea, Príncipe, para bien. Mis amigos te le den De mi Real mayorazgo. Mil años, de esa hermosura Goce tu cuerpo robusto. Para bien de mucho gusto. Tal os dé Dios la ventura. Danos la mano Real Que ha de hacernos mercedes. ¡Qué poco, fortuna, puedes, Sino es para hacerme mal! ¿Cómo disimularé Mi antigua gloria perdida? ¿Qué demostración fingida De este suceso haré? Mas ¿qué importa si estoy triste? Fingir contento quisiera. Mahoma te remunera El servicio que le hiciste. ¡Oh, nunca yo se le hiciera. Nunca yo hubiera nacido. Nunca el padre que he perdido Por hijo me conociera! ¡Con qué tristeza quedó! ]Ah, ruin suerte! ¡Ah, ruin estrella! Es la gravedad aquella Que del título nació; Que como es humano el ser Del que nace, siempre ha sido. Como tan recién nacido. Llorar también al nacer. No sé, Dragud, cuándo espero Que de mejor gusto estés; ¿Que eres mi hijo no ves, Mi sucesor, mi heredero? Que ni soy tu hijo yo. Tu sucesor, ni soy nada; Una mujer me parió, No puedo decir honrada, Pues tanta honra me quitó. Tu hijo me llamas hoy, Y de Alfonso lo fui ayer; Mira el estado en que estoy: Sé qué he dejado de ser, Pero no sé lo que soy. Y ¡que este mozo no estime La ventura que ha tenido! ¿No quieres que me lastime Si en un momento he caído De un estado tan sublime? ¿Quién tanta ventura tuvo Finge tan triste desmayo? ¿Sólo en ser mi hijo estuvo? ¡Ah, Rey, que sé dónde cayo, Pero no sé dónde subo. Darala, o dará la vida: ¿Eres esclavo del Rey? Oblígame a que la pida Porque la palabra es ley, Y parece mal rompida. Mil años dichoso seas, Famoso Rey de Toledo. ¡Y que en un moro me empleas! Si en los hijos te sucedo, ¿Qué mayor bien me deseas? Cuanto intentas, efectúa La fortuna en tu favor; Su ley sigue. ¡Linda púa, El niño renegador! Soy, Alfonso, muy dichoso: Dísteme grandes riquezas. ¿Cómo no he de hacer franquezas, Si me tienes manirroto? ¡Lindo modo de fingir! Déjame tú negociar, Pues es puerta el lisonjear, Por donde se entra a pedir. Déjame llegar a hablar A mi padre negativo. Llega, y honra tu cautivo. Señor, ¿no te oíste nombrar? Su cautivo me llamó, Cuando a serlo estoy a pique. Resuélvete, aunque replique; Que en lo que dijo mintió. No se contradice en nada Un rey si aprueba o reprueba; Que lo que afirma ley nueva. No será ley derogada. Heme llegado a pedirte Perdón del vivir pasado; Que soy, pues que me has criado. Criado para servirte. Y ya que no merecí El buen título que tuve, Y como al cerco la nube Tan presto desparecí, Perpetuamente he de ser. En público o en secreto, Hijo tuyo en el respeto, Ya que no lo soy en ser. Mas dime, así en altas voces Te veas apellidar, Y tengas, en mi lugar, Mejores hijos que goces; Así por Real blasón Pongas en dosel y silla, El castillo de Castilla, Y de León el león, Que me digas si es verdad Lo que el Rey moro me dijo: Díceme que soy su hijo; ¡Mira qué temeridad! Si lo fingió tu decoro . Por no mostrarte agraviado, Ya padre moro me has dado Por no tener hijo moro. Tu castigo solo fue: Confieso que se me emplea; Pero déjame que sea Tu hijo, yo callaré. Tiéneme tu llanto lleno De pena y melancolía; Propio te gocé algún día, Y ahora te lloro ajeno. ¿Por qué atormentarme quieres Con lastimosa crueldad? No eres mi hijo, es verdad, Pero en el alma lo eres. No pienses que lo he fingido Con malicioso cuidado; Que, aunque te vi renegado. Yo te viera arrepentido. Con notable pena mía. Le rendí al Rey la palabra, Porque te arranqué del alma; ¡Mira si lo sentiría! Tu madre manifestó En su muerte este suceso: Yo te descubrí con eso, Y el Rey por eso te honró. ¿Tan rigurosa sentencia Se pronuncia en los estrados, De mis delitos pasados Y mi presente inocencia? ¿Tan gran pérdida es la mía? ¿Tan lamentable mi mal? Venga la noche mortal, Máteme en medio del día. Lo que digo es verdad llana: Hoy te acabo de perder. Todo se puede creer. Que tuve madre liviana; Pero, pues por ti me rijo, Mira que soy violentado; Admíteme por criado, Pues no merezco por hijo. Y si al nombre soberano De Cristo perdí el decoro, Finge que llevas un moro Que va a volverse cristiano. De algunos gustos te acuerda Que te dio mi mocedad. Honra la Virginidad: No hayas miedo que se pierda. Qué, ¿tan sin dicha nací? ¿Tan sin recato mi madre, Que no he de llamarte padre? ¡Ay, padre, que te perdí! ¡Ay, triste, y suceso extraño! ¡Paso, que te va tu honor! Padre serás de dolor. Pues fui hijo por engaño ¿Qué es esto? Están abrazados. Bien tiene por qué llorar. No muestres tanto pesar. Pesa mucho un mal pasado. Vete, Alfonso, vete presto. Valdivia, dos veces son. Vete. Tres son; no hay traición. Mi fe se cumplió con esto; Pero aun quiero que confirme Más esta licencia mía; Que hoy es el dichoso día, Valdivia, en que tengo de irme. ¿Que hay en mí, que te inquietas? ¿Tres veces me mandas ir? Tres veces y ciento, vete. Que tú a mi hijo me inquietas. No quiero ese nombre, Rey, Ni tu favor, ni tu ley, Ni tus telas, ni tus rentas, Ni tu reino, ni tu herencia; Guarda tú cuanto me das. ¡Paciencia quisiera más. Que he menester gran paciencia! Voy a pedírsela a Dios, Y a ti no te pido nada. ¡Oh rapaz! Dadme esa espada; ¡Muera, matadle los dos! Espera, Rey : no te enojes; Que es muchacho, y no me espanto De verle extraño hasta tanto Que obras de padre le hagas. ¡Buena consideración! Premio por ello mereces. ¿Que me enviaste tres veces? ¡Qué mal pagas mi afición! No puedo yo aborrecerte; ¿No me eres amigo fiel? Perdona, que voy tras de él. Y yo tras mi buena suerte. ¿Qué te parece, he cumplido Con la palabra que di? Y ¿podemos irnos? Sí. Brava ventura has tenido. ¡Ea, pues, a prevenir! Salgamos de la ciudad. ¿Con esa publicidad Piensas que nos hemos de ir? Pues si el Rey fuera del muro Nos coge, todo acabó. ¿Y la licencia? Sirvió Para no salir perjuro. Si hay peligro en la salida. Guardarnos es negociar. Si me salen a buscar, Pongo al tablero la vida. ¡Oh Virgen Santa María! ¿Que haré? Un remedio ¿Y es? Hierra un caballo al revés. ¡Brava estratagema! Es mía. De ésta me voy, y me quedo; Que por la huella el infiel, Ha de pensar que entro en él, Cuando salga de Toledo. ¿Y la guarda de las puertas? Su muerte esta noche aguarda. Pues ¡hierro, y muera la guarda; Que esa es la traza más cierta! Avísale a don Fernando Que en saliendo el sol se ausente. Y ¿podrá públicamente? Como que se va paseando. Si esta ciudad, Rey del cielo, Os gano, una losa fundo Adonde el rey Recisundo Cortó de Leocadia el velo. Mirad que parece mal, Alta Majestad bendita, Que llame el Moro mezquita, Una iglesia catedral. Hacedme vos vencedor, Y ya que en Toledo extraño Dejo un hijo por engaño, Gane un hijo por favor No he de volver a León Sin Alfonso, mi marido, Que está en Toledo en prisión. Bien se ve que le ha tenido Lealtad y firme afición. ¿Qué gente llevo? Bastante Para cualquier interpresa; ' Pero lo más importante Es la de a caballo. En ésa Llevo un muro de diamante. Con infantes y jinetes. Catorce mil llevarás. Mucha gente me prometes. Algunos millares más Te pienso dar que sujetes. Con esa apariencia puedo Pretender cualquier partido; Fuerte es la ciudad, concedo. Mas yo voy por mi marido, Y no a cercar a Toledo. Y de camino sabré Del bastardo don García, Á quien mi hija entregué, Quién la tiene o quién la cría, Y luego descansaré; Que, aunque soy Reina, con eso Vivo miserable vida. Pues no puede haber suceso Bueno de una hija perdida Y un tan buen marido preso. Venga el huésped que me ha honrado Esta noche en esta aldea. Aquí estoy a tu mandado. Toma, amigo, esta cadena Por la cena que me has dado. Que no te cures de nada; Con la merced que me han hecho, Nunca en mi choza esperada, Quedo rico y satisfecho De la mesa y la posada; Que estas joyas no son buenas Para mi cuello, que goza Menos oro y menos penas. Llama a tus hijos. ¡Aldonza, Urraca! Sale Urraca, de labradora. URRACA. ¿Qué nos atruenas? ¿Qué es de Aldonza, dónde queda? URRACA. En Fuentes está mi hermana, Labrando un garvín de seda. ¿Viste tan bella aldeana? Dudo yo que verse pueda. Besa a la Reina los pies. URRACA. ¿No bastará que la abrace? Con que los brazos me des. El alma se satisface. Allá van; tomadlos, pues. Abrázanse ambas. Vencerá tu talle y cara Un corazón de diamante. Urraca, mucho gustara Que tu famoso semblante Esta vez me acompañara. ¡Que aun cuando no la conoce, Se inclina tanto a querella! ¿Cuántos años tiene? Doce. Padre, déjeme ir con ella, Así larga vida goce; Que poca falta haré en casa. Por horas mi amor renueva. Guardará su hacienda escasa, Y pues la Reina me lleva. Haga cuenta que me casa. Y ¿qué haré yo sin ti, Que eres mis pies y mis manos? En toda mi vida vi Agradables aldeanos Como los que he visto aquí. No OS está mal que conmigo Vaya vuestra hija bella. Acepta el favor, amigo. Antes miráis mucho en ella, Y por eso contradigo. Hame dado mucha pena Veros con tanto fervor; Y una mujer, mejor suena En su casa con honor. Que con riqueza en la ajena. Pues sabed que es principal. Aunque la veis en la aldea; No os engañe aquel sayal. Luego ¿no es tu hija? ¿Mía? ¡Pardiez, que dijo un garzón Que aquí me la trajo un día, Que es lo bueno de León! ¡Válgame Dios! ¿Qué sería Si fuese Urraca la prenda Que al fugitivo bastardo Dio su madre en encomienda? De su corazón gallardo, Tal es razón que se entienda. Decidme, ¿qué puede haber Que os la dieron a criar? Ella vino a mi poder ¿Qué tiempo? Al segar el pan; Por Julio debió de ser. Día de la Magdalena. ¿Hay mayor ventura? No puedo creer que es mía. Y porque dicen que el cura Predicó a misa aquel día, Y aun nos dijo en el sermón Que al rey don Alfonso el bueno Le habían quitado a León. ¡Válgame Dios: tengo lleno De alboroto el corazón! No quiero saber ahora Más; que no cabe en el pecho Tanto bien tan a deshora Mucha merced le habéis hecho. Harto me cuesta, señora. Mas doilo por bien gastado. Pues con la prenda me quedo. Decid, mayoral honrado, Á cercar voy a Toledo, ¿No iréis vos por mi soldado Y acompañaréis también A vuestra hija? Buen hombre No echéis de vos este bien. No hay cosa que más me asombre Que es guerra. Un caballo os den. Y serviréis en la paz; Vuestra hija, en mi carroza Irá muy a su solaz. Ya digo, honrada es la moza. Digo que estás pertinaz. Qué, querríades vos que fuera Como la que se derrama Por ese mundo, ramera. Pues ¿cómo al Rey de Navarra Le habláis de aquesa manera? ¡Oh! Qué, ¿Reyes su merced? Perdone Su Señoría; Como viene ansí, pensé Que con Otro hombre lo había; Y por amor de él, yo aceto El servicio que me hace, Porque le debo respeto. La voluntad se agradece. Esa, con obras prometo. Rey de Navarra, a marchar Toquen, y él se parta. Vamos a mundanear. Por nuestra carta Será franco este lugar. ¿Es posible que rompió Tan solemne juramento y que de Toledo huyó? Buscadle de ciento en ciento, Mirad por dónde salió. Más de cuatro mil espías En su seguimiento van. ¡A tantas mercedes mías, Tan mal galardón le dan! No sin gran razón temías. ¿Cuánto mejor fuera, Audalla, Matar al traidor leonés? Señor. Váyase, y gane después La ciudad, si ha de ganarla; Que pues que ya te creí. Cualquier mal que me acontezca Es muy poco para mí. No es posible que parezca: Tras don Alfonso salí Deseoso de alcanzarlo, Y por el ancho arrabal, Por ningún camino hallo, Señor, rastro ni señal, Ni herradura de caballo. Corrido y burlado quedo; Cierta salió mi sospecha. Sólo hallé, a la luz del miedo. Una huella recién hecha Que viene a entrar en Toledo. Muy bien así me aseguro Del mal que se me pretende. Que no pude más te juro. Huella que entra, no me ofende; Huella que salga, procuro. (Toledo se pierde hoy: Hoy Mahoma se destierra De España; perdido soy! Muy mal me hallo en tu tierra. Cuanto ha que en ella estoy: Ya dejé las vestiduras Con que mi cuerpo aderezas; Que, aunque tú honrarme procuras. Sin Dios, todas tus riquezas No las tengo por seguras. Yo soy cristiano a pesar Del mundo; perdona. Rey, Porque he de perseverar En la verdadera ley Que comencé a profesar. Y si el que tu ley desdeña Merece morir por suerte, A ser Abraham te enseña; Como Isaac vengo obediente. Veis aquí cuchillo y leña. De cualquier tormento extraño Que me quieras dar, no huyo; Que soy, para mayor daño. Verdadero hijo tuyo, Y de Alfonso por engaño. Si me hiciste renegar, Sin voluntad renegué; Cristo es mi Dios, y en su altar, Como fiel suyo, tendré Su santo cuerpo en manjar. De aquel Cordero inocente, Que admite al que se arrepiente, Perdón de mi culpa espero; Que Cristo es Dios verdadero, Y el falso Mahoma miente. Si esta blasfemia permites. Has de perder la ciudad. De esto, ¿qué disculpa admites? Lo que digo es la verdad, Aunque mi mal solicites; Digo que el falso Mahoma Os engaña y os condena. Mira, Rey, qué enmienda toma. Su ley, de mentiras llena, Más que de culpas Sodoma, Su Alcorán falso, desprecio. Semejantes pecadores Pierden los reinos. ¡Qué necio! Rey, si no aplacas a Alá Con su muerte, eres perdido. Dale esa vida, y quizá El castellano escondido a su padre volverá. Ya la paciencia perdí Contra ti, y te juzgo extraño; Que pues para Alfonso aquí Fuiste hijo por engaño, Eso será para mí. Bien dices. ¡A un hijo ingrato Tengo de sacrificar! ¡Muera el paternal recato! Porque me ha de castigar Mahoma si no le mato. Ley es nuestra que el blasfemo Muera al momento por ello: Quiero al hijo, ya le temo, Por mi mano le degüello, Y degollado, le quemo. ¡Mire todo el horizonte Un Rey que justicia enseña! ¡Blasfemo, a morir disponte! Tú el cuchillo, y yo la leña, Hemos de llevar al monte. Carga la leña tú, y vamos, Y dame a mí tu cuchillo. ¡Por vos muero, Cristo mío! ¡Mahoma, tu gloria vive Por mí! ¡Gran paso! Vamos. Ya que tu prudencia ha sido Tan grande, noble Constanza, Que a rescatarme has venido, Y con la mayor pujanza Que jamás Rey ha tenido. Pues eres única y sola, Y tus pies el mundo pisa Cuanto tu cruz enarbola. Hagamos alguna empresa Con esta gente española: Pienso que ha llegado el día En que vuelva esta ciudad Á la imperial Monarquía. ¡Hola! ¡Ha del campo, ojo alerta! Constanza, Toledo es mía, Y más con vuestro favor, Famoso Rey de Navarra. Vuestro soldado menor No he de salir de la tierra Sin nombre de vencedor. Y vos, famosa aldeana, ¿En qué servicio venís? De la Reina castellana. De un buen rostro os servís. Sirve de muy buena gana. Con mil sospechas estoy Que es Princesa de Castilla; Pienso que su madre soy, Mas no quiero descubrirla: Disimularé por hoy, Hasta ver si don García Nos declara esto mejor. La puerta de la ciudad Que mira hacia Mediodía, Con alboroto se cierra. Pienso que a la mira están: Arda en fuego de alquitrán Cuanto produce la tierra; Arda la verde arboleda, Hasta aquí del fuego exenta. Hasta el moral que sustenta El gusano de la seda; Ardan las mieses del trigo, Los montes de claro en claro; Que éste es el consejo caro Que me vendió mi enemigo. De esta suerte he de cobrar La ciudad tiranizada; Pues me dio mano horadada, Deme Toledo qué dar. Fácil te será rendirla Si la combaten por miedo. ¡Arda el campo de Toledo! ¡Vivan Alfonso y Castilla! Bien ejecutan el bando; Como ley tuya se guarda. Y la misma ciudad arda; Quémese en no la entregando. Los olivares se arden. Todo el trigo Se abrasa. ¡Incendio extraño! Cercado tiene el pueblo el enemigo; Alfonso es éste, cierto es nuestro daño. Estratagemas de la guerra ha sido. Decidle al Rey Que es un perro galgo. Que Alfonso tiene su ciudad cercada. Alfonso, el de la mano horadada. Decidle que por deleite Quemó Alfonso a su enemigo, En las espigas el trigo, Y en el olivo el aceite. Ya sabe tu ingratitud El Rey, ¿piensas que lo ignora? ¿En qué se entretiene ahora? Está falto de salud; Por eso no sale a verte Y agradecerte el cuidado Con que el suyo le has pagado; Que hay mucho que agradecerte. ¡Mal haya el perro que así Te enseñó a ganarla! Tú me lo enseñaste, Audalla, Y dormido lo aprendí. Dirasle a ese Rey tirano Que ésta es venganza que tomo De aquellas gotas de plomo Que Izén me vertió en la mano; Y que aquel consejo fiel Que tú me diste tan claro. Pues que me costó tan caro, Quiero aprovecharme de él. Luego ¿entonces no dormías? Pues es tuya la ciudad. No será gran novedad, Que otras mayores son mías. Habrá de cumplirse así. Que lo ordena el ciclo santo; Mas el Rey, que te honró tanto, Muere quejoso de ti. Y pues con tal villanía Su franqueza agradeciste, Una joya que le diste Muy de tu mano, te envía. En esa caja verás. Ingrato Alfonso, cuál es, Y dice que se la des A otro que la estime en más. ¿Qué es lo que me envía aquí? ¿De eso dudas? No eres cuerdo. ¡Vive Dios, que no me acuerdo Si alguna cosa le di! ¡Extraña visión! ¿Extraño Te he parecido, señor? Padre serás de dolor: Tu hijo soy por amor, Ya que lo fui por engaño. Sólo en verle me da miedo: ¿Cuyo es tan cruel extremo? En ese mozo blasfemo Te hirió el Rey de Toledo: Del gran profeta Mahonia No sé qué blasfemias dijo, Y el Rey, en su propio hijo, Aquesta venganza toma; Pero con tan gran pasión Del nuevo amor paternal, Que aquesa herida mortal Se la dio en el corazón, Porque de puro pesar Está a punto de morir Por mí le podéis decir Que no me pudo enviar Presente de más estima: Aunque por un modo extraño Siendo hijo por engaño, Como propio me lastima. Moros, ¿qué hacéis en el muro? Mirad que vuestro Rey muere. Irse con Mahoma quiere. Por estar allá seguro. Con voces muertas os llama. Hoy, Toledo, os restituyo. De un ingrato huésped suyo Se está quejando en la cama, Y dice que siente más Su ingratitud que la muerte. Si él me culpa de esa suerte, Mano que horadada estás, Tú me disculpa con él; Que no es diferente trato Que halle huésped ingrato El que fue huésped tan fiel. Vamos a verle morir. No sé si podréis llegar. Y volvedme a coronar, Moros que os veis destruir. Y vos, noble don García, ¿Qué suceso es éste? Bueno; Muero de contento lleno, Rey, en tu ley y la mía. Y pues llegué a tu presencia, Y la Reina mi señora Me tiene presente ahora Tras tantos meses de ausencia, Le quiero dar cuenta aquí De una hija que me dio. ¡Mi desengaño llegó! El triste suceso vi. En León me cautivaron, Cuando en los brazos tenía, Nacida de aquesta noche. La ínclita Reina tu hija. Moros de paz me prendieron, Que a una embajada venían; Que aún no es segura la paz Para los hombres sin dicha. Yo les supliqué llorando Que, pues llevaban cautiva Mi libertad, me dejasen Dar a un ama aquella niña; Y movidos de mis quejas, Que mueven si son oídas, Me dejaron que la diese, Aunque matarla querían. Y en una pequeña aldea. De León casi diez millas. La di a un mayoral honrado, Que ahora la tiene y cría. Yo vine preso a Toledo, Donde en quince años de vida He tenido mil sucesos, Y en ellos cien mil desdichas. Bien lo sabe el rey Alfonso, El rey Alfonso lo diga; Para quien no sabe el caso. Esta muerte lo publica. Como católico muero. Porque la secta maldita Del engañoso Mahoma Nunca la seguí en mi vida. Llega a ver si te conoce, ¿Me conoces, García.? ¡Oh Simón! ¿Qué es de la Infanta? Alfonso, Urraca es tu hija. Este es Simón, Reina insigne, El que vuestra hija cría: Con buena fe me la distes, Vuélvoosla con ella misma; Y con esto, adiós, que parto a dar cuenta de mi vida. ¡Santo Redentor del mundo, En vuestras manos benditas, Clavadas por mis pecados. Encomiendo el alma mía! ¡Ya murió! ¡Ay de mí! ¡El corazón me lastima! ¡Grande compasión me ha dado! Extraño suceso es éste. Aquesta, Rey, es tu hija. Para bien. Infanta hermosa, Seáis Reina de Castilla. ¿Qué os parece. Urraca, de esto? A vos os debo la vida, Y no me hallaréis ingrata A la merced recibida. ¿Que esta pastora es mi ama? Dadle al humilde Valdivia Los pies a besar, señora; Pero basta la basquiña. Este suceso dichoso, Venturoso don García, No le lloro yo, por cierto. Pues nos honra y acredita. Comistes pan a mi mesa, Y al fin en vuestra hidalguía Hizo impresión, como es justo, La católica doctrina. Mártir os llame Toledo, Mi hijo os llame Castilla; Que el tener tal hijo yo. Lo tendré por mucha dicha. De la ciudad sale ahora Un escuadrón enlutado. El Rey, sin duda, ha expirado, Y el pueblo se enluta y llora. Fuese a cenar con Mahoma; Acá cenará mejor. Magnífico triunfador, Que reyes y reinos doma. Ya que en tal necesidad Nos pone el hado y nos pones, Con estas tres condiciones Se te entrega la ciudad. Cuales fueren las concedo. Que saquen libres los moros Sus haciendas y tesoros. Si se fueren de Toledo, Es la una. Francamente Salga el que salir gustare; Que todo lo que llevare Se le deja francamente. La .segunda condición Es, que los que se quedaren, Y ser sujetos gustaren a tu imperio y sujeción. Puedan vivir en su ley Sin estorbo de enemigo. A esa condición obligo Mi palabra como REY. La condición tercera es, Que los moros que ansí Quedaren por esta vez. Tengan aparte su juez. También lo hallareis en mí; Cualquier franqueza os es dada Que gocéis en vuestra ley; Que doy al fin como Rey Que tiene mano horadada. Pues la gran Toledo es tuya, Gózala por largos años. Sucesos han sido extraños; Pero ¿quién hay que los huya? ¡Viva Alfonso, vencedor De Toledo! A Dios se den Las gracias por este bien. ¿Quién le recibió mayor? ¡Alfonso viva en Toledo, Alfonso, el gran vencedor! Al santo abad fray Bernardo, Por su Arzobispo le elijo. ¿Sábelo? Ya se le dijo; Solo que lo acepte aguardo. Aunque cuando le nombré, Muy de veras se rio; Pero prometílo yo, Y así se lo cumpliré. El Rey de Navarra espera Otra merced. Cualquier cosa Pide a Urraca por esposa. Esa merced te pidiera Yo mismo, si tu nobleza A pedir no se allanara. Lleváis una buena cara. Soy esclavo de Tu Alteza. Soy vuestra. ¡Qué bien están Rey de Toledo y León! Entremos, y de Aldemón Las obsequias se harán. Y yo depositaré Al dichoso don García En el Carmen, hasta el día Que otro sepulcro le dé. Entra a darnos nuevas leyes, Pues Toledo se aventaja. Alzad, primo, de esa caja; Vaya al hombro de dos Reyes. Con esa joya cristiana No temo futuro daño; Y aquí El Hijo por engaño Muere, y Toledo se gana.
