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Texto digital de El hijo de Marco Aurelio

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Atribución tradicional
Juan de Zabaleta
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El hijo de Marco Aurelio. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hijo-de-marco-aurelio-el.

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EL HIJO DE MARCO AURELIO

JORNADA PRIMERA

Ya Conmodo, mi hermano, césar novel, en cuya augusta mano la tienda de su imperio ha puesto Roma, pisa sus calles y dichoso toma la más dichosa posesión del suelo y el cuidado mayor que tiene el cielo. Ya en el Bridón valiente, enseñado a pisar herida gente en la campaña ciega, a la heredada paz airoso llega. Ya el pueblo desarruga el semblante y enjuga el llanto que vertía por su muerto señor en la alegría del nuevo emperador, a quien recibe porque piensa que en él de nuevo vive. Ya mezclado el agrado con lo augusto, hollando flores que le arroja el gusto que en sus vasallos solo gusto encuentra, a palacio camina. Ya en él entra. Cerrad aquesas puertas, que mañana el pueblo podrá entrar. Señor. Hermana. Vuestra cesárea majestad permita que la mano le bese. Solicita mi amor que llegues a mis brazos. Llega. Mi libertad a vuestros pies se entrega. Dadnos sillas. A ti te aguarda esta, hija del mejor padre, que ya presta luces al cielo, donde estrellas pisa, hermana mía, hermosa Fidelisa. De ti el césar los ojos un instante no quita. Él se fue amante y vuelve amante. Aunque mi amante ha sido, ¿cuándo la ausencia no ha causado olvido? Marcia, hija, llegad, besad la augusta mano del césar. (El respeto asusta.) A vuestros pies, señor, la mano os pido. A mis pies está el sol, mucho he subido. No estéis así. De vuestras reales plantas siempre saldré, señor, con honras tantas. (Amor ciego, importuno, o a los dos nos abrasa, o a ninguno.) Estoy muy bien servida de Marcia. Así estará favorecida. Quiérola mucho. Digno premio es suyo. (Ojalá mi amor fuera como el tuyo.) Vuestra alteza me dé a besar su mano. Hermana, Electo es de Pompeyano sobrino y un soldado muy perfecto. Ya yo, hermano y señor, conozco a Electo. (Pluguiera a Dios que no le conociera, quizá menos cuidados padeciera.) Levantad. (Amor ciego, ¿cómo esconde la nieve tanto fuego?) Ya, señor, por la paz, con gloria extraña la tienda habéis dejado y la campaña y tanto vuestra suerte se mejora que el que allá era bastón es cetro ahora y, adorado, ocupáis el eminente trono imperial, a vuestros pies decente. Ya Roma os ha aclamado su emperador y alegre os ha entregado este palacio lleno de decoro que alumbra en jaspes y deslumbra en oro. La causa de ocuparle vos es fijo que es ser del grande Marco Aurelio hijo, el mejor hombre que mandó la tierra, el que sin sangre supo hacer la guerra, el que humanos mandó con pecho humano, el que fue emperador ciudadano y el que tan bueno fue por tantos modos que al verle muerto sus vasallos todos, los ojos de tristeza y llanto llenos, como con una voz le echaban menos. Unos decían «ya triunfó la muerte del capitán más fuerte», otros, «ya está más alto que la luna el que hizo acertar a la fortuna», este «recto», aquel «justo» le llamaba y nadie pareció que se engañaba. Por muerte, pues, de padre tan glorioso, el imperio tenéis más poderoso. Heredalde, y no solo en la riqueza, en la real grandeza, si no en la fortaleza, en la templanza, en la prudencia y en igual balanza, que, si salís en esto desfraudado, lo menos de la herencia os ha tocado. Traslado vuestro estilo de su estilo nuevo, de las virtudes dulce asilo, haga que apruebe el mundo sin desmayo el haberme elegido para ayo de vuestra juventud por que no diga la malicia común siempre enemiga que es autor de ellos, si os acusa engaños, quien gobernó vuestros primeros anos. Obrad, pues, de manera que en esa azul esfera vuestro padre excelente, haciendo atrás la estrella más luciente, se asome a ver de vuestro atento brazo el gobierno real sin embarazo de las pasiones por que en tal consuelo coja en el suelo glorias para el cielo. (¡Qué viejo está Pompeyano! ¡Todo es consejos un viejo! En el ocio del consejo vive gustoso un anciano.) (Mucho temo el natural de este mozo a quien corrijo, que a un padre parece un hijo solamente en ser mortal.) Yo solo os deseo mayores siglos que os sucedan ciertos, que aconsejaros aciertos es temer en vos errores. Vuestro padre, que luz peina, nueva vida en vos recibe porque parece que vive aquel cuya sangre reina y, porque para el laurel que causa solicitudes hay en vos tantas virtudes como admiramos en él, porque vos sois vigilante, severo apaciblemente, en los cargos asistente y en la justicia constante y, aun si notáis el abismo de valor que en vos se inflama, principio de mayor fama habéis de hallar en vos mismo, que, aunque él atento y profundo rigió el orbe, asombro humano, quizá tendréis mejor mano para la rienda del mundo. (Orejas, Conmodo, afables, presta a tan grandes errores. ¡Oh fieros aduladores! Enemigos agradables cría en su luciente espacio, que de majestad se aliña estas aves de rapiña como está en alto un palacio. Cuervos de tan gran maldad que entre apacibles enojos sacan a un alma los ojos por que ignore la verdad.) Señor, para dar placeres con el brío en que te empleas, solo te pido que seas lo que te dirán que eres y tan justa petición es bien que todos la hiciesen. ¡Oh si los príncipes fuesen los que les dicen que son! El uno aconseja fiel y el otro me tiene amor; este me suena mejor y me va cansando aquel. Del que me ama más me obligo y más le debo estimar porque es más fácil de hallar un consejo que un amigo. Fidelisa, retirarme quisiera. Entrad en buen hora. (¡Qué de penas atesora este amor que ha de matarme!) Perenio, muy a mi gusto me asistís, no me dejéis. A vuestros pies me tenéis. Reparad, príncipe augusto, que sin miedo os sobresalto, el adulador desvelo a todos los sube al cielo por que caigan de más alto. Lucrecilla. Sabañón, ¿qué dices? Ven acá, perra, ¿cómo habiendo yo llegado hoy a Roma con el césar no me abrazas? ¿Yo, abrazarte? ¿Estás loco? ¿Se te pegan las sequedades del nombre, que fuera graciosa tema? Las Lucrecias nunca abrazan. Pues abrazarlas por fuerza y luego..., mas que se maten. ¿Hay tan grande desvergüenza? Oigan, y lo forcejado el saborcillo que deja... ¿Este atrevimiento a mí? Si no se escusa, Lucrecia, el matarte en este caso, aquesta es mi daga. Ea, date veinte puñaladas, dátelas y ten paciencia, toma ejemplo en la matrona. Si sucedido me hubiera todo el fracaso cabal, yo me matara. Pluguiera a Dios se mataran todas después de la tal miseria, que en mujer gozada solo hay un gusto. ¿Qué es? No verla. En fin, ¿no te matas? No. ¿Ni quieres darte siquiera dos puñaladillas, cuanto te pongas de la postrera boqueada dos deditos? Tampoco. Pues vuelva a su sotana de cuero mi daga, pues no aprovecha, y seamos amigos. Vaya, como estén secas y quedas las manos. Secas; sí harán, que no verás jugo de ellas. Dime, después que heredó, ¿de que le sirves al césar? Yo, de maldita la cosa, antes con impertinencias suelo embarazarle. ¿Cómo? Porque sea mala o sea buena cualquiera cosa que haga, digo que es la más perfecta. ¿Y él te cree? Su alabanza ninguno que miente piensa, fuera de que casi a todos de un mismo modo deleita la verdadera y la falsa. ¿Quieres ver de esto la prueba? Sí, que me alegro de oírte. Tú bien sabes que eres puerca... ¡Ah, pícaro! Ya eso es salirte de la materia. Lucrecia, hablemos verdades, ello es fuerza que lo sepas, por la ropa que te quitas, por los botes que te afeitan, por el polvo de los vidros, por las sillas mal compuestas, por tu cama, que está siempre más bien deshecha que hecha, y por otras muchas cosas. Algunas noticias de esas tengo de que no soy limpia. Pues ahora tenme cuenta. Del aliño que te asiste, bien notados los primores, menos olorosas flores la primavera se viste, la fuente que al prado embiste limpia menos diligente, Lucrecia, con su corriente el sitio que la señalan, que a tu limpieza no igualan la primavera y la fuente. Dime, ¿no te suena bien aunque es mentira tan fiera? Lindamente. Pues lo mismo sucede a todos, Lucrecia. Ahora digo que has hallado de mediar famosa senda. ¿Y tú a Marcia de qué sirves? Yo pienso que me sustenta por tener con quién reñir. Enfermedad es muy vieja esa de todos los amos, porque a quitarles que puedan estarnos riñendo siempre nadie de otro se sirviera. Mas fuera de aquesta plaza... ¿La infanta? Y Marcia con ella y Electo. Lucrecia, adiós, y piensa algo bueno acerca de quererme. Piensa tú algo con que no me quieras. Yo, con que me pidas algo, huiré de ti dos mil leguas. Mientras mi hermano descansa, saber, Electo, quisiera de la muerte de mi padre, que azules globos albergan, muy pormenor todo el caso, porque, aunque ha de darme pena, hay dentro allá del dolor un no sé qué que deleita. (Amor, esta es la ocasión en que he menester que seas en mi ayuda, pues aquí mi bien o mi mal empieza.) (Gusto de oír a este hombre y el hacerme resistencia sería como querer enmendar a las estrellas.) Estaba el emperador mi señor, que el cielo tenga ⸻ya lo sabéis⸻ ocupando de su imperio las fronteras, a dar calor a sus armas y a castigar la insolencia de los enemigos que a nuestras águilas negras desnudarlas de su pluma real fieramente intentan. Tenía consigo a su hijo, el príncipe que hoy gobierna, cuyas victorias sean tantas como él merece que sean. Vuestro padre se ocupaba, ya en apacibles audiencias, ya en leer cuerdas consultas, ya en dar órdenes discretas a los cabos de sus tropas, tan cruel carga de la guerra que solo el que manda es quien más que todos pelea. Entretanto, vuestro hermano, que ya entraba en la soberbia edad de la juventud, se abrasaba en la impaciencia de la quietud y moría por irse tras las trompetas, por mezclarse con las cajas y acaudillar las banderas. Bien como suele la heria generosa de la fiera que, por púrpura, la piel tostada en el monte reina, como el hijo del león a quien la paterna cueva cariñosamente guarda y rudamente aposenta, que, viéndose que han crecido sus pies con las uñas huecas, su boca con los colmillos, su espalda con la guedeja, come de muy mala gana de la mal trinchada presa que las armas de su padre le traen y la tosca peña quiere dejar impaciente por cebar su furia nueva de un blanco toro en la espalda, bello asombro de la sierra, que le harte de vanidad más que de sangre grosera, pero el bruto anciano allí cuerdamente se lo veda hasta que, como el valor, le hayan crecido las fuerzas. Vuestro hermano de esta suerte al eco que el parche deja, pendiendo todo en la punta de un pie, el caballo apriesa y el dorado arnés pedía, pero la anciana prudencia de vuestro padre mandaba que ninguno se le diera, porque ningún riesgo hay de calamidad tan cierta como corazón muy grande con fuerzas que son pequeñas. Estaba una tarde yo divertido en la belleza varia de una galería de palacio y, sin que sienta ni lo claro de una llave ni lo sordo de una güella, vi a vuestro padre a mi lado, retiré a la reverencia todo mi divertimiento, mas él, con voz alagüeña y blanda, confusa risa, me guio a una vedriera de las que a la galería eran luz y eran defensa, mirome y díjome: «Electo»..., mas no es justo que refiera yo lo que entonces me dijo estando en vuestra presencia, y así pasaré a otra cosa. (Faltome el valor. ¡Qué pena!) Cuando de allí a poco. Oíd, no prosigáis sin que sepa yo lo que os dijo mi padre, (Estragos de amor, clemencia.) que bien sé lo que pasó y no afectéis la modestía, porque ¿qué pudo él decir que en cualquier parte no pueda referirse? Cualquier riesgo con mandármelo vos cesa. Díjome: «Electo, yo ha mucho que atendiendo a tantas buenas partes como en vos se hallan, tengo gusto de que sea vuestra esposa Fidelisa, mi hija, la mejor prenda de mi alma». Entonces, yo, como aquel que se despeña a besar sus pies me arrojo, en donde, con la estrañeza del gusto y lo peregrino de la dicha, tan suspensa estaba el alma que allí hasta ahora me estuviera a no levantarme afable la mano que más perfecta supo gobernar el cetro en el mundo. ¿Y eso era lo que no queríais decir? No lo acertabais, que es fuerza que la elección de mi padre, (¡ay de mí!) por su prudencia y por respeto preciso, a mí muy bien me parezca y el referírmelo vos, aun con palabras sinceras, nunca lo pude acusar de arrogancia poco atenta, que fuera locura mía pensar que encontraba diestra un vicio en quien no le halló la más clara inteligencia, y es cierto que, si le hallara, nunca a tanto os admitiera. (Ya parece que mi dicha entre sus labios se engendra.) Y creed que, aunque cesó ya eso,... (¿Qué escucho, penas?) .miraré vuestra persona desde hoy con la reverencia que debo, a quien fue elegido para que mi esposo fuera. Proseguid. Su majestad iba a hablar en la materia más con migo cuando advierte que todo el cielo se afea de unas pardas nubes que perezosamente ruedan. El horizonte empezó a examinar, pero apenas por la oscura luz rompía su vista cuando violenta toda la furia de un rayo, en una torre se emplea del alcázar, que tembló con la misma ligereza que el relámpago que al aire dejó aquella ardiente flecha. El trueno que tras el vino dio a entender en lo que suena que unas sobre otras calan las azules once esferas y, en tanto horror, vuestro padre, con sosegada entereza ⸻que una conciencia segura está entre los rayos quieta⸻ que yo viese me mandó si aquel daño se remedia y se retiró a su cuarto. Acudí con diligencia y vi que era el daño poco, aunque en tan hermosas piedras que murió de arrepentido el rayo que así las deja. Con esto hacia mi posada me fui, el alma tan llena de la mayor de las dichas que el sueño con sus ligeras imágenes aun no pudo fingir otra más perfecta. Amaneció y sin reposo doy a palacio la vuelta y apenas le piso cuando, parados en la escalera, algunos médicos miro disputando en voz secreta como que era cosa grande la que trataba su ciencia. Paso adelante y reparo en que la familia regia todo era salir y entrar asustadamente inquieta. Los soldados de las guardas, arrimados a las gruesas paredes de los salones, estaban la vista muerta y los rostros arrojados sobre el pecho con tristeza. Lo que aquello era pregunto a unos y otros, pero era tan pertinaz el silencio que no consigo respuesta, y lo más que pude en todos hallar fueron unas medias lágrimas no bien distintas, unos suspiros que empiezan a formarse y no se acaban, un mudo arquear de cejas, un apretarse las manos una con otra y las señas, en fin, todas de algún grave caso que los atormenta. A hacer empiezo discursos y a formar unas ideas, que algo en la verdad tocaban. Doyme a saberlo más priesa. Llego al retrete y, entrando un caballero, con tierna voz me dijo que había sobrevenido tan recia enfermedad de repente a la edad larga del césar que en poco más de dos horas no dejaba ni aun pequeña esperanza de su vida, tan arrebatada entra. Entré, en fin, donde estaba en el lecho y en tan quieta calma le vi, tan rendido al achaque que le aqueja que pude pensar que allí las blancas sábanas eran los mármoles del sepulcro y él el cadáver que sellan. Llegueme a la cama bien y mirome con terneza, como que se lastimaba de dejarme con su ausencia tan huérfana mi fortuna, tan sin gobierno a mi estrella. Los médicos, entretanto, le aplican sin resistencia turba de remedios que fatigan y no aprovechan. Tenía delante a su hijo y a otros muchos, que lamentan el suceso infeliz, cuando súbitamente se niegan las gustosas facultades a sus sentidos y él queda tan acabado que solo de que está vivo dan señas la inquieta respiración. Ya la agonía postrera empieza, ya de los pulsos las largas intercadencias, ya el pecho se le levanta, ya el alma, mas, si su alteza no me oye,... Fidelisa, ¿qué tienes? ¿Qué pena es esa? ¿Qué llanto? ¿No me respondes? ¿Qué novedad es aquesta? Decid, ¿qué tiene mi hermana? Mandó, señor... .que dijera mi primo... .de vuestro padre... .la muerte triste y molesta... .con todas sus circunstancias. Obedeció... .pero, tierna,... .en oyendo que moría, por darse al llanto nos deja. Casos hay en que es mayor respeto la inobediencia. No hicisteis bien en contarle, aunque lo mandara ella, cosas que habían de afligirla, según la naturaleza, y pudierais advertir que el día en que hace fiestas Roma a mi coronación es grosería muy necia contra mi fortuna dar ocasión a la tristeza. (Este hombre me va enfadando.) Idos. (A entrar en la herencia los afectos, hoy me hablara Conmodo de otra manera.) (Enojado está. Yo quiero retirarme, mas no acierta el alma, porque con gusto se detiene en su presencia.) (Después que llegué, he mirado de Marcia en las luces bellas no sé qué agrados cobardes, cuya astrología secreta me avisa de alguna dicha, mas ¿qué mucho que yo sea adivino cuando hallo tan a mano las estrellas?) (Amor, para un imposible en vano tu pluma alientas, porque no llegan tus alas donde mi locura llega.) (Mucho agradezco a mi dicha que aquesta ocasión me ofrezca para hablarla.) (¡Estoy sin mí!) Señor, con vuestra licencia... ¿Qué queréis? Ir a asistir, porque es mi oficio, a su alteza. Esperad. ¿Qué me mandáis? Quiero, Marcia, (¡Fuerte pena!) quiero de mi antiguo amor referirte el ansia, aquellas penas tan mal escuchadas como bien sentidas penas. (¡Aquí de mi honor!, que el alma ya de ser vencida tiembla.) Vuestra majestad descanse, que tiempo para eso queda, dado caso que perder palabras y tiempo quiera, porque ahora es fuerza el irme. Detente, Marcia. (Hoy se muestra más terrible mi fortuna.) (Deme el amor su elocuencia.) Ya sabes, prodigio fuerte de hermosura aun no entendida, bello encanto de mi vida, dulce causa de mi muerte, que te adoro de tal suerte que en mí no hay sino penosas ansias, quejas dolorosas, desde que, en dulce arrebol, en tu semblante vi un sol enmarañado en dos rosas. Ausénteme, mas fue tal mi amor, no admitiendo calma, que se hizo parte del alma, con que se volvió inmortal y, así, la ausencia, que es mal de conocido rigor, ni el accidente mayor que al amor más guerra hace, si el alma no me deshace, no me declara el amor con esto, pues a esos bellos ojos vuelvo tan rendido como el día que, afligido y amante, me aparté de ellos, que, aunque pareció perdellos ausentarme, engaño fue, porque un amante de fe que aspira al bien sin sosiego siempre está ciego, y un ciego solo en lo que piensa ve. Algún tiempo, señor, hubo en que vuestra majestad me mostraba voluntad, aunque no sé si la tuvo, mas, si enamorado estuvo, ya la ausencia perezosa le habrá curado ingeniosa, que no había en su dureza de mudar naturaleza por hacerme a mí dichosa. Quien dice, incierto y osado, que la ausencia desvanece de un alma el amor merece ser de todos olvidado, que está bien averiguado para el que razón profesa que el que en contienda traviesa algún golpe recibió por huir de quien le hirió no sanará más apriesa. Amante, pues, y leal vuelvo y es mi padecer tanto que llego a entender que es esta pasión mortal. Ese, señor, no es gran mal, que cuando hiere el amor a un corazón es mejor que sea su mal crecido por que se pierda el sentido con la fuerza del dolor. Es aqueste en mi tormento de suerte tan esquisita que, aunque el sentido me quita, no me quita el sentimiento. Pues, señor, al escarmiento, ahogad llamas y centellas de ese amor para que de ellas nazca un sosiego profundo. Aunque soy señor del mundo, yo no mandó a las estrellas. Sí mandáis, aunque os parece que es su poder excesivo, porque el astro más altivo a la razón obedece. Y advertid que, cuando crece vuestra pasión, crece en vano, porque tiene el soberano honor, que a quien soy se ajusta, para no hacer cosa injusta las estrellas en la mano. No importa, pues yo en mi amor tan firme siempre estaré que el favor le desearé y agradeceré el rigor. ¿Mi voz no os quita el error de afecto tan desigual? No, que es mi desdicha tal que en tanta desconfianza no se pierde la esperanza por que no se pierda el mal. (¡Que esto pronuncien mis labios contra lo que el pecho siente... (¡Que esto mi rigor consiente sin explicarse en agravios!) .cuando los efectos sabios ha tenido algún amor!) (¿De cuándo acá mi dolor tiene a mi poder en calma?) El no rendiros... ¿Qué? El alma... ¿Cuál es la causa? Señor. (¿Si me ha oído Pompeyano?) (Mi padre ha entrado. ¿Si el verme aquí a solas con el césar le habrá enojado?) (¡Valedme, cielos, contra este dolor que se ha entrado de repente por los ojos hasta el alma! En ambos semblantes lee mi sospecha más desdicha, mas disimular conviene.) Para dar pública audiencia (¡Oh qué delicadas tienen las almas los pechos nobles, pues que tan presto adolecen!) la púrpura imperial traigo, para que pendiente de vuestros augustos hombros, ella se honre y se observe el rito romano. En fin, ¿los emperadores siempre púrpura en público visten? Sí, señor. No me parece ceremonia bien fundada. (Solo porque este lo quiere, de ella no tengo de usar, que me cansan sus vejeces, sus celos y su dotrina.) Haced que luego la lleven. Mire vuestra majestad que de esta insignia, que de este ardiente esplendor usaron emperadores y reyes porque hermosamente grave de todos los diferencie, porque no pueda el vasallo que de otras provincias viene ni aun por yerro de los ojos, mirándole entre la gente, no conocer a su rey, porque la prudencia advierte que es bien quitar la ocasión aun para traición tan leve. Yo no gusto de ese traje. Si no dais razón más fuerte, bien os lo podéis llevar. Supuesto, pues, que no os vence la autoridad de los siglos, que fuerza de razón tiene, advertid que este color, a cuyos dulces claveles, por que no mueran de flores, son mayo todos los meses, es sangre de un pececillo que entre dos conchuelas breves las olas del mar arrojan de Tiro, por que no piensen las perlas que su belleza sola en nácares se mece, pues a este blando rubí de quien recibe embriagueces hermosas el vellón blanco o la seda reluciente entre veneras se cría, que el cielo advertido siempre, como a joya de su gusto, le hizo caja en que naciese. Esta, pues, sangre es tan rara, tan noble, tan excelente que ella jamás se corrompe aun después que el bruto muere, en cuyas venas vivía, y de aquí nació el que fuese vestidura real sin duda, o por que entiendan los reyes que su virtud ha de estar preservada al accidente, o por que siempre se sirvan, pues que su grandeza puede, de sangre noble, que esta nunca suele corromperse de afecto vil o la otra, que mana de indigna fuente, cualquier mudanza la estraga y cualquier pasión la mueve. Si por esas propiedades la púrpura pertenece para insignia imperial, más la piel de un león conviene para ejercicio tan grande, por ser animal más fuerte que los demás y a quien todos por naturaleza temen. (¡Que siempre esté la lisonja de parte del que más puede!) Dice muy bien, y yo he dicho alguna vez que, de haberse de poner la majestad alguna señal que muestre su grandeza, había de ser de un león la piel ardiente, porque ¿a quién, si no a un león, un rey ha de parecerse? (Cielos, ¡que educase yo fiera de tantos reveses!) Señor, de este color grave que fue el inventor se entiende un perro que en la ribera del martirio diligente algo que comer buscaba, vio esta concha y con los dientes la hizo pedazos, quedando en este hermoso y alegre color sus labios teñidos de tal modo que perderse de ellos no pasó la mancha, y aquí empezó el que tuviese tan crecida estimación lo que tan bien la merece. El perro es el animal más fiel y en quien menos mienten la falsedad y el engaño, hijos de palacio aleves. Vestid, pues, señor, la ropa, que la lealtad os ofrece siquiera por ser segura, que esotra insignia indecente podrá ser que la lisonja sea la que la engrandece. (Terrible este viejo está y es menester que se enmiende.) Pompeyano, yo deseo que en mis acciones se cuenten del león las propiedades, con que no es fácil vencerme. El primero que intentó domar leones se cree que fue Jano el de Cartago, pero los cartaginenses, no dándose por seguros de hombre que pudo atreverse a cosa tan desusada, le desterraron. Creedme que el querer domar leones es seguro pocas veces. (¡Que de dolores a un tiempo me fatigan y me ofenden!) (¡Que mi padre tan de parte de la razón esté siempre!) (Allí miro disipados los saludables, los fieles preceptos que yo le di a este joven que se pierde. Aquí amenazados noto los mayores, los más crueles males que en aquesta vida a una honra le acontecen. Yo he sospechado que a Marcia Conmodo engañar pretende ⸻no lo permitan los cielos⸻ y ahora tengo de valerme de una industria y ha de ser ⸻si mi ahogo lo consiente⸻ a título de quejarme referirle algunos leves defetos suyos, aunque de hallar en ellos me pese que es mi rey y he de sentirlo, y, en lo que me respondiere, veré si ella se le inclina o alguna afición le tiene, porque no hay en este mundo dos cosas tan igualmente parecidas entre sí, aun en los mismos que mienten, como el alma y las palabras, que es parentesco muy fuerte. Fuera de esto, malquistarle con su gusto es conveniente por preservar cualquier daño ⸻¡ay de mí!⸻, que las mujeres mucho más que por los ojos por los oídos se vencen.) (Muy suspenso está mi padre. Yo me voy.) Marcia, detente. (Si oyó al césar, soy perdida.) Hija,... (Buen principio es este.) .muy desconsolado estoy. ¿Qué es, señor, lo que os sucede? ¿Qué ha de sucederme, Marcia, más de mirar cuán rebelde a mi consejo y dotrina el nuevo césar procede. Diez años ha que le enseño y en todos no pude hacerle que obre con la razón ni que a ella se sujete. ¿Eso, señor, os espanta? (Honor, atended prudente.) Ahora sabéis que es difícil y que a imposible se estiende gobernar a los dichosos, mirad qué será a los reyes, porque muchos de ellos juzgan los mozos principalmente que se hace menor su imperio si a la razón obedecen. Lo que os ha tocado hicisteis, lo demás ninguno puede pedirlo al arbitrio humano, que eso al cielo pertenece, mas, si por lo que le amáis el que no mejore os duele, otro maestro le queda el tiempo, que es el que suele hacer mudar de costumbres a la juventud más fuerte. Mozo es el césar, señor, dejad que el tiempo le enseñe. (Cuando esperaba en su voz alguna cosa que aumente mi cuidado, encuentro mucho en su ingenio que me alegre, mas pasemos adelante.) Demos caso que remedie el tiempo sus sinrazones, es preciso que flaquee muy presto, porque es muy vario y no durará, aunque empiece. ¿Vario, señor? Vario, sí. (¡Amor mío, infeliz eres!) (En su rostro no ha quedado color cierto y enmudece quien siente tanto este vicio. Firme sin duda le quiere.) Es muy inconstante, Marcia, pues su ser mancha eminente aun de otra cosa peor. ¿Peor? (Hoy será mi muerte.) ¿Y cuál es? Que, cuando habla, dice uno y otro siente. Que es lo mismo que ser falso. Yo no he querido ponerle ese nombre, ponle tú allá el nombre que quisieres. (¡Triste de aquel corazón que ha empezado ya a creerle!) Cierto que es ese defeto tan indigno de que entre en un corazón real que aun las flores desmerecen solo porque al áspid guardan, al cocodrilo aborrece todo el Nilo porque es falso, el mar es infame siempre porque engaña el basilisco. Basta, basta, no te entregues tanto al dolor, que es hacer que lo sienta yo dos veces. (¡Y luego dirán que el cuerpo cubre el alma y la oscurece! Quien solo descubre el alma es el cuerpo que la tiene. Ya yo la de Marcia he visto, ¡hija infiel, mujer aleve!, pero tratar del remedio es aquí lo conveniente.) Vamos, hija, y las piedades del cielo a mí me consuelen y a ti te hagan dichosa. Las medras, los intereses que yo pido a mi fortuna solo es vuestra vida. (Plegue a Dios que no me la quite algo que tu engaño yerre.) (Después que le tengo amor estas noticias me vienen, mas ¿cuándo ⸻¡ay, Dios!⸻ un aviso llega en tiempo que aproveche?)

JORNADA SEGUNDA

Déjame, por Dios, Lucrecia. Señora, ¿qué novedades son estas? Dime, ¿qué tienes, que en el sosiego no cabes? Apenas ha amanecido y a medio vestir te sales a este jardín, despertando con tus suspiros las aves. Tres noches ha que no duermes, todo es llorar y quejarte, ¿por dónde a tan gran fortuna pueden entrar los pesares? Tú tienes de aqueste imperio la más venerada sangre, tu padre es quien le gobierna, tú, hija sola de tu padre, la juventud de los nobles a ti solamente aplauden y, para más gloria, es un emperador tu amante. (Pluguiera a Dios no lo fuera.) Tú sin que lo dude nadie eres hermosa. No digas, Lucrecia, más disparates. Yo no soy hermosa. ¿No? No, aunque el oírlo te espante, porque la hermosura es una consonancia muy suave que hacen el alma y el cuerpo con atributos amables. Quien tiene el alma imperfeta no hay por qué hermosa se llame, con que yo no lo soy, pues no es hermosa la ignorante. Señora, ¿qué es lo que dices? ¿Ignorante? ¿Tú, que sabes no reñir con tus amigas aunque cien años las trates? ¿Tú, saber poco, que cuando te burlas con tus iguales, aunque verdades te digan, nunca les dices verdades? ¿Tú, ignorante, que no entras en los usos generales y sabes no ser esclava de los gustos de los sastres? Entendida eres, y mucho, tu modestia no te engañe. No dices mal, de entendida debo de tener gran parte, que quien sabe poco nunca comete yerros tan grandes. Pues ¿qué yerro has cometido? Deja de preguntarme o déjame, que no puedo sufrir tantas necedades. Pues ¿qué puedes tú tener que no pueda revelarse a mi amor?, que, aunque criada, soy criada, que criaste. Dentro en tu casa nací y será bien que repares que son parientes humildes criados que en casa nacen. Comunícame tus penas, podrá ser que a consolarte acierte la que de verte disgustada se deshace. Yo te agradezco el cariño y a haber algo que contarte lo hiciera, porque te tengo voluntad, ya tú lo sabes, pero a mis melancolías no es posible que les halle causa y solamente siento sus dolores penetrantes. Yo imagino que es especie de locura aqueste achaque y así te pido que aquí me dejes sola un instante, que en el sentir mucho pienso que el no sentir ha de hallarse. Yo te obedezco, pues que tan poco mi ruego vale. (Cual es mi ama de atenta en el mal que la combate, sabe guardar su secreto y dice que es ignorante.) Mucho he hecho en no decirle lo que es causa de mis males, que a los infelices es gustoso alivio el quejarse, mas ⸻¡ay de mí!⸻ ¿cómo puede decir mi aflicción a nadie aquello que yo quisiera que aun yo misma lo ignorase? ¿Cómo he de decir que quise a Conmodo de tal arte que al reconocer la herida que hizo en mi pecho el infame ciego amor me desmayaba de verla tan incurable? ¿Cómo he de decir que, viendo su fineza tan constante, sin atender a desdenes ni reparar en desaires, le declaré de mi pecho temerosamente afable las ansias correspondientes y los callados volcanes, que permití que de noche a aqueste jardín entrase primero a hablar por las rejas, y después entre los sauces, que escuchaba sus amores tan toda en el escucharle, que no oía los suspiros del ruiseñor elegante? Y, en fin, ¿cómo he de decir que, viéndole desatarse en llanto, jurando siempre con aquella fuerza grande que suelen los que desean que crean lo que juraren, que había de ser mi esposo si la vida le durase? Ciega, loca, desatenta, mal mirada, aleve, frágil y, en fin, mujer, le entregué mi honor, pues al acordarme de esto no me caigo muerta, debo de ser de diamante. Yo quise perderme yo y yo quise más quejarme ahora que defenderme de mi fiera pasión antes, mas no por quejarme alivio mis penas, que son mortales, que ya a los pies del dolor se rinde el alma cobarde y, pues el morir es fuerza, sepan los cielos, los aires, estos árboles... Señora. ¿Qué dices? Que el césar sale a este jardín con Perenio. ¿Vio que entrabas a avisarme? No, señora, no me ha visto. Pues retírate a esta parte, como que cogiendo flores nos entretenemos. (Tate, entre mi ama y el césar hay historia.) Aquesta tarde aguardo, señor, respuesta de la carta. Vigilante sois en cuanto os encomienda mi voluntad. Que se case vuestra majestad deseo tan a su gusto que halle algo nuevo cada día en la novia que le agrade. Valía una novia de esas diez millones. A la margen de aquella fuente hay mujeres. Marcia es. (¿No habrá ahora parte donde no la encuentre solo?, porque es fuerza que me canse.) Y así con vuestra licencia me retiro. Dios os guarde. Y así, señor, no olvidéis lo que os supliqué ayer tarde en orden. No prosigáis. Yo haré lo que me rogasteis. (Yo también quisiera irme, mas ya me ha visto.) Adelante no pases, que ha entrado el césar, mas aquesa puerta abre. Nos entraremos. ¿Por qué? Proseguid el agradable ejercicio sin que yo os estorbe ni embarace. Ya ha rato que estoy aquí, que salía a desenfadarme un poco y quiero volverme a mi cuarto. Eso es quitarlo la mejor flor al jardín. Trae unas tristezas tales estos días mi señora que no hay cosa en que descanse. (Cielos, ¿qué responderá?) (No quiero que se declare mi cansancio de mí mismo, me diferencie el semblante y la voz. Basta una injuria sin añadirle un desaire.) Pesarame que la causa con los efectos se iguale. Las mujeres poco habemos menester para entregarle a cualquier melancolía los sentidos. (Agradable me habla. Corazón mío, no tan temprano desmayes.) Procurad divertimientos que os alegren y agasajen. Su majestad te aconseja, señora, lo saludable. ¿Quieres que por divertirte algunos músicos canten y, mientras oyes dulzuras, mirando estarás visajes? No, Sabañón. ¿Quieres que aquí en tu presencia dancen y pensarás que están locos los que el festejo te hacen? Tampoco. Pues mormuremos, que es el regalo más grande. (Si su gusto aquí no muestra, gusto requies cantimpace.) Pues ¿los defetos ajenos son holgura? Inremediable está, pero no por eso dejemos de ir adelante. ¿Quieres que Lucrecia y yo nos vamos para que hables con el césar? Calla necio. ¿No respondes? Tus frialdades no han de pasar de simplezas. No estés más aquí un instante. Pudriéraseme en el cuerpo un cuento y he de contarle. Una negra enferma estaba, con tal melindre y desdén que nada le sabía bien y de nada se alegraba, otra negrilla su amiga le entro un día a visitar, empezola a preguntar, con cariñosa fatiga, «plima, ¿quiele diacihona? ¿No, plima? ¿Y culambazate tampoco? ¿Y chucurulare? Pala eso za la puluzona. Pulucielto», pues, como vio tan ostinado el enfado, la amiga por otro lado maliciosamente echó y replicó «plima mía, ¿quiele que con su tiplillo la venga a ver Antonillo?». La enferma, con alegría, reprimida allí de oír tan dulce proposición, dijo «no me miente a Antón, plima, que me hará reír». Lucrecilla, ven tras mí y habrá discretos a pares. Quiero ir tras Sabañón, que él me dirá, si lo sabe, lo que entre Marcia y el césar hay, porque es un bergante y es fiarle a él un secreto como colgallo en la calle. (¡Oh cómo el mayor secreto no deja de sospecharse!) Ya estamos solos y es justo que conmigo se declare tu pasión. Oime, ¿qué tienes? (¡Que haya un gusto de costarme estar fingiendo finezas!) No sé, señor, no me cabe el corazón en el pecho. Eso, Marcia, es injuriarme y tratar mal a mi amor. A saber yo que constante eráis en favorecerme, ¿hubiera en el mundo alguien que más gustosa estuviera ni con más felicidades?, mas soy muy desconfiada. No sabes tú lo que vales y por eso desconfías. Bien puedes, Marcia, alegrarte. (Habrá algún hombre tan necio que, aunque una mujer le enfade, se atreva a hacerla desvíos y decirla sequedades? Y nunca creyera yo que mujer a quien afable le di palabra de esposo, que es lo más que pude darle, se pudiera entristecer. Son mis atenciones tales que jamás, ni aun acá dentro del secreto incontrastable de mi pecho, me atreví a creer bien semejante, que ni aun para esclava vuestra tengo méritos bastantes. Si vos por vos no lo hacéis, por mí, señor. Humildades tan discretas bien merecen que mi mano las ensalce. (Si he de estar fingiendo siempre, a mucha costa me salen de esta mujer los favores, pero no puede excusarse.) Yo cumpliré mi palabra de tal suerte que no ganen a mis ciertas atenciones del sol las puntualidades. ¡Ah, señor, no os parezcáis, por Dios, en aquesta parte al sol! ¿Por qué, Marcia bella? Porque el sol no es buen amante. ¿No veis cómo a la mañana al aurora envía delante a que le diga a la rosa que a ser galán suyo nace? Con los pájaros sonoros músicas la da suaves, preséntala en el rocío muchas perlas de quilates, él sale luego vertiendo copos de oro en los celajes que de puro codiciosos con el peso se deshacen, con sus luces da mil tornos al verde lecho en que yace no con ardor que le aflija, mas con calor que la alague. Ella, entonces, de obligada, o porque llegó a inclinarse en su pecho, le recibe con un cariño tan grande que no estiende bien las hojas por no dejar de abrazarle. Con ella está todo el día, mas en llegando la tarde apacible se despide, como es forzoso apartarse. Ella se aflige en su ausencia y engaña sus soledades con la esperanza que tiene de que volverá a gozarle. Él vuelve muy de mañana otro día a aquel paraje, mas ¿sabéis vos a qué vuelve? A enamorar arrogante otras flores nuevas que visten al jardín de esmaltes y a la flor que ayer gozó de tal suerte no la aplaude, que ingrato y traidor la deja que se marchite y se aje y que sus celos, al fin, la consuman y la acaben. ¡Triste de mí, señor mío, si vos al sol igualaseis en esto! ¿Cuáles quedarán un amor que por vos arde y un honor a quien la luz tuvo envidia de mirarle? (Lo mismo hago yo que el sol, pero disfrazo el ultraje.) Si eso es así, de su ejemplo nunca usarán mis verdades. ¿Que seréis fiel a mi amor? No halla buen hospedaje la ingratitud en los pechos que tienen hidalga sangre. ¿Seréis mi esposo? Dudarlo es querer desobligarme. ¿Que seréis muy firme? ¿Quién contigo será mudable? Pues dejad, señor, que bese ⸻por favores que son tales⸻ no vuestros pies, que no soy digna de bien semejante, sino la tierra que pisan. Levanta, Marcia, ¿qué haces? Lo que la razón me enseña. No hagas eso, mas tu padre. ¿Qué decís? Por el jardín entró ahora. Retirarme es forzoso. Adiós, señor. Él muchos siglos te guarde. Para ser esclava vuestra. Para que siempre te ame. Loca de contento voy con tantas felicidades. Si su padre no viniera, tenía traza de matarme. (¿El césar donde se ve la posada de mi hija? ¡Ah, pena cruel y prolija!, mas yo lo remediaré.) Señor, porque vi pasar la hora impuesta a cosas tales, traigo aquí los memoriales que hoy habéis de decretar, que, aunque en un jardín molesto sea el rendirse a esta ley, en dondequiera sois rey y estáis obligado a esto. (Ya me empieza con sus crueles consejos a dar disgusto.) Ahora estoy con poco gusto y no puedo ver papeles. Volveos. Que no me hallo con sazón yo os lo confieso. (Pues ¿qué culpa tiene de eso el afligido vasallo? Mas no os vais. (¡Cómo sin tino se aplica el yugo real!) Buscad ahí un memorial que dice «Lucrecio Alvino». (Así obrase con su ingenio, mas de él su estilo desdice.) Aquí está y abajo dice es por quien pide Perenio. ¿Qué pretende? (¡Lo que impide la razón y la justicia!) El gobierno de Sicilia. Pues poned, como lo pide. (Sin distinción de personas a este el oficio concede. Mucho la lisonja puede, pues que manda en las coronas.) Aunque os cause indignación muy claro os pienso hoy hablar, porque dejaros errar fuera especie de traición. Sabed que Alvino es indigno del oficio que le dais por mil causas que ignoráis y que favorece a Alvino Perenio con tan desnudos afectos, vil acechanza, porque le da, si le alcanza el cargo, diez mil escudos. En aquesto hay gran malicia, despertad de ese letargo, mirad que quien compra el cargo quiere vender la justicia. Vuestro juicio condeno y hoy al mío no le igualo, que, si Alvino ha sido malo, ahora podrá ser bueno y, aunque el dárselo sea culpa, también a hacerlo me obligo porque el ruego de un amigo me servirá de disculpa. Ajustados a la ley, que aun Dios dignidad primera Dios sin justicia no fuera; sin ella, ¿qué será un rey? Muy temerario estáis hoy y sobran vuestros alientos. No me hagáis más argumentos. Poned que el cargo le doy. Vuestra majestad, pues quiere lo escriba, ahí la pluma está, que, si de mi letra va, lo dudará quien lo viere y, fuera de esta sospecha, no quiera Dios soberano que sea instrumento esta mano de cosa que no es bien hecha. (Este viejo es muy discreto y constante en su opinión.) Mucho puede la razón, dejad ahora ese decreto. (Con tanto contradecirle con despego me ha dejado, pero bien está enojado para lo que he de pedirle.) Aunque ahora estéis con disgusto, os suplico que veáis un memorial. Necio estáis. Mirad que os ha de dar gusto. ¿De quién es? De Pompeyano. ¿Vuestro? Pues ¿qué pretendéis? Que vos licencia me deis, pues que ya estoy tan anciano y que casi desvarío, pensión de la edad prolija para que yo con mi hija me retire a un lugar mío. (¡Rara novedad que excede a todo lo imaginado!, mas que Marcia le ha contado lo que entre los dos sucede... Yo bien le dejara aquí ir, que mi gusto no ofende, mas, si que es engaño entiende lo que a Marcia prometí, podrá, porque es un varón amado de la nobleza y del pueblo, ser cabeza de alguna conjuración, con que en la mía no está seguro el laurel sagrado.) ¿No me respondéis? (Yo he dado con mejor acuerdo ya.) Pompeyano, de mi amigo en esto dais muestra corta. No quiero que os vais, que importa teneros ahora conmigo. Señor, muy grande es mi fe, pero ya que os canso infiero. Esto es lo que ahora quiero. (Yo el peligro atajaré.) El césar ⸻¡ay de mi honra!⸻ me detiene. ¡Qué dolor! ¡Plegue a Dios que este favor no me cueste una deshonra! Al cuarto de vuestro hermano llegamos ya y es precisa obligación no pasar de aquí. Con razón se mira ese respeto. Quedaos. Es verdad, pero que diga vuestra alteza tan entera eso es fuerza que me aflija, cuando yo de pensar solo que he de perderla de vista parece que de mi muerte llega la hora enemiga. Mirad, cuando una mujer como yo se determina a dar a entender a un hombre, que gusta de que la sirva, creed que tiene en el alma mucho más de lo que explica. Yo, Electo, os estimo en mucho, más cada vez que imagina mi voluntad lo difícil, que es ⸻¡ah, fortuna esquiva!⸻ el reducir a mi hermano a que apacible permita el que conmigo os caséis. Es tan grande mi agonía que, por que no se conozca el mal que en mi pecho habita, en sequedades disfrazo las tiernas pasiones mías. Perdonadme si me alegro de miraros afligida, porque el costaros yo penas es la mayor de las dichas, pero ¿de dónde inferís que vuestro hermano no admita con gusto este casamiento, sabiendo él que se haría si viviera vuestro padre? Esa pregunta es baldía. ¿Queríais vos que el que en ninguna acción a su padre imita solamente se parezca a él en tener la misma voluntad de que a los dos nos junte coyunda amiga? Aquesa experiencia está por hacer y, así, se anima mi afición. Si vos me dais licencia a que yo le pida esta merced, por que cuando lo niegue o lo contradiga, ¿pueda estar en peor estado que en el de no ser? Desdicha ⸻nunca el hado la consienta⸻ que me ha de costar la vida. No decís mal. Proponeldo y favorable os asista la fortuna. Pues él sale. Prontitud que a ser aspira anuncio de un gran suceso. Retiraos. En esto estriba todo el sosiego del alma. Advertid que el umbral pisa. Ya voy, y la suerte ayude al que animoso peligra. Buscando vengo a Perenio, porque hoy dijo que vendría el correo que a Liguria envió,... (Ahora vacila el valor y titubea.) .que tanto a la peregrina Rosaura me alaban todos que ya solicito el día de llamarme esposo suyo. Dese el sol a traerla prisa. Señor. ¿Qué queréis, Electo? Quisiera, si no os fastidia, pediros una merced, aunque es muy grande. Decilda. Mi sangre bien la sabéis. Sé que alguna tenéis mía y que toda la demás es senatoria y patricia. Bésoos los pies muchas veces por honra que es tan crecida que, confesando vos eso, ya nada me desanima. También sabéis (ahora, estrellas) que vuestro padre, que habita el cielo, trató de hacerme esposo de Fidelisa, vuestra hermana y mi señora. Tengo tan buena noticia de eso que a él se lo oí decir. Pues lo que ahora os suplica mi afición y mi humildad es... No os turbéis. Que prosiga vuestra majestad lo que su padre empezó. No había yo caído hasta este punto en que era tan atrevida vuestra vanidad. Decid, ¿vuestra presunción altiva no echa de ver que es locura lo que propone? (Malicia de mi fortuna ya empiezas.) No, señor, porque elegida del juicio de vuestro padre mi persona se acredita. ¿Y quién os ha dicho a vos que mi padre no podría errar? Con experiencias grandes su prudencia lo acredita, pero demos caso aquí que pudiera inadvertida errar, cosa que aun soñada me asombra y me escandaliza, nunca vuestra majestad pudiera pensar que había errado en darme a su hermana, pues, fuera de mi nativa grandeza, prosapia ilustre llena de regias insignias, y fuera de mis servicios en la sangrienta milicia, que son muchos aun contados por las ganadas provincias, entre otras cosas loables, me debéis la esclarecida hazaña de haber sagaz descubierto la osadía secreta de aquel soldado que os quiso quitar la vida dentro del templo, a quien yo con aquesta espada misma a vuestros pies le maté por que, entre sus agonías, el adorar vuestras plantas fuese lo que más le aflija. Siendo esto así, cuando vos me honráis con la divina mano de la infanta, nadie calumniároslo podía, que no le está a una corona mal el ser agradecida. ¿De suerte que, por pagaros de esos servicios, queráis que hiciese yo de una infanta, que es mi hermana, en quien se cifra mi grandeza, una vasalla? Vuestra ambición no camina con buena luz, y advertid que hoy mi mano os gratifica y os paga cuanto habéis hecho, pues severa no os castiga. Señor. No me repliquéis. Idos. (No puede la envidia de mi suerte ya quitarme mayor bien del que me quita.) Sobrino es de Pompeyano este que soberbio aspira a tener de aqueste imperio la grande segunda silla, siendo esposo de mi hermana. En toda aquesta familia noto una soberbia grande y, si el enojo la irrita de saber que está burlada Marcia, que es la luz que priva, con estos puede mover tal sedición que me impida la quietud, pues al remedio, que a las coronas altivas el no creer que hay traiciones suele causar mil desdichas. Hola. La palabra «hola» me persuade y me obliga a que entre a ver lo que mandas porque es palabra atractiva. El recado de escribir. Si quieres que yo te sirva de secretario, te advierto que tengo mil reendijas por adonde los secretos se me escapan y deslizan. Haz lo que te mando. Acaba. Señor, es cosa perdida, que soy tan grande hablador que antes sufriré ascuas vivas en la boca que un secreto. Ya está necia tu porfía. Tráeme la cartera al punto. Dalle, pero ya es precisa la obediencia, voy por ella. El poder lo facilita todo. ¿Hemos de hablar claro? Sí. Pues dejemos enigmas. Jurado a Dios que no sé escribir. ¡Para mi priesa es bueno esto! Quedé niño en poder de una tía que no me enviaba a la escuela, porque su sed infinita me tenía en la taberna con el jarro todo el día. Si más me hablas te haré... ¡Oh pues, si te encolerizas, no habrá en estas cinco leguas persona tan bien servida! Que en aqueste mundo sea ley de ninguno rompida que haya de temer a muchos, por más que el valor le asista, aquel a quien muchos temen. Ya de Rosaura divina tenéis el retrato aquí. ¿Qué decís? La pluma y tinta, la salvadera y la oblea, y el papel te traigo. Encima lo deja de aquel bufete. Y vos la copia que estima aun antes de verla el alma me mostrad. Tan exquisita hermosura no vio el sol en los orbes que ilumina:. Veisla ahí. Una pintura el césar contempla fiel. Ella es muy hermosa y él se suspende en su hermosura. Todo lo miro trocado, y grande asombro recibo, porque el retrato está vivo y el vivo está retratado. (Todo el césar es trofeo del retrato que miró.) ¿Qué os parece? ¿Qué se yo? De haberla visto no veo, pero, volviendo ya en mí, si el pincel dice verdad, esta es la mayor beldad que en toda mi vida vi, pero es fuerza que la diga, bien lo averigua mi espanto, que inventar no pudo tanto del ingenio la fatiga, una hermosura tan rara el pincel más singular no la pudo imaginar. Harto fue que la copiara a una mujer que es tan bella, que con luz al sol le acude; aunque estar sin bella pude, no podré estar sin querella. Muy justo es adoralla si en una cosa parece a ese retrato que ofrece. ¿Y cuál es? En lo que calla. Su padre me escribe ufano con tan inmenso favor que en sus dichas la mayor será que la deis la mano. (¡Qué desatinada soba le casca el casamentero!) Que se haga al punto quiero. (Cuenta no nos salga boba, que el pintor que en esto trata, aun más verdad que un espejo, solo retrata el pellejo, que el alma no la retrata.) Pues que ya servido en esto tan a vuestro gusto estáis, ahora una queja de vos a vos mismo os he de dar. ¿Queja de mí? Sí, señor. Decid, ¿cómo el memorial de Lucrecio Alvino hoy aun está por decretar? (No lo haga todo el afecto, alguna vez pueda más la razón. Hoy a su ley me tengo de sujetar.) Perenio, ese cargo yo se le tengo dado ya a persona diferente,... (¿Esto he venido a escuchar?) .mas, por que os desenojéis, si es que a sentirlo llegáis, diez mil escudos de oro mi tesoro os dará. Bésoos los pies muchas veces por merced tan singular. (Cielos, ¿si le han dicho al césar que esta misma cantidad me daba Lucrecio a mí?) (Así quiero castigar el que venda mi favor y luego ni él quedará sin el premio que esperaba ni yo me sujeto a dar la vara de mi justicia a quien use de ella mal.) (Corrido estoy del suceso.) Si vos licencia me dais, quiero al que trujo estas cartas irle luego a despachar.) Id en hora buena. (¿Quién cosa imaginara igual de un hombre tan desatento?, pero en esta humanidad frágil aun en el que es muy malo algo bueno hay. Ya que solo me han dejado, quiero orden enviar a quien me libre de este inquieto y pesado afán de aquesta familia que mi enemiga juzgo ya. Bien sé que con lo que intento se han de escandalizar cuantos gobiernan mi brazo, pero poco importará como yo viva seguro, que al dulcísimo reinar el espacio de la vida le da la felicidad. Y, entretanto que yo escribo, este retrato estará mirándome por que vea que solo para gozar de su hermosura le busco a mi vida eternidad. El césar está escribiendo y no le quiero estorbar, aunque hablarle me importaba, mas, si en mi vista no hay engaño, junto a él advierto un retrato que les da mucha hermosura los ojos que le quieren contemplar. ¡Ay, Dios! ¿Si querrá a su dueño?, mas dudarlo es necedad, que quien festeja al retrato gusta del original. ¡Rabiando estoy de celos! ¡Ya mi pecho es un volcán! Yo he de salir a tomarle, mas, pasiones, esperad un poco, no os arrojéis, porque a la atención se da el césar de los papeles, donde aun para respirar no se mueve y puede ser que toque a la dignidad del gobierno lo que escribe y sacrilegio será, si atentamente se mira, querer yo ahora mezclar lo divino del gobierno con lo terrestre y mortal de mis celos, que sería muy necia temeridad buscarle yo como hombre cuando él como Dios está. Ya este despacho está hecho y en el mismo pliego irá que estorros, pues cometidos todos a Licinio van. Yo quiero hacer este pliego por mayor seguridad, pero allí a Marcia diviso y amante me querrá hablar. Voyme y llevo los papeles, que el secretario le hará. Los papeles ha dejado, la ocasión he de lograr, fuese y el retrato deja. Celos, veamos qué tal es la que me ofende aquí. Hermosa y gallarda está. ¡Que siempre hacia lo mejor los pintores han de errar!, mas puede ser que la copia sea con su dueño igual y que mi estrella enemiga, por ofenderme no más, le haya prestado la luz y aumentado su beldad. Celos me abrasan el alma. ¡Válgame Dios! ¿Quién será esta mujer? En la mesa se quedó un papel, quizá él me dirá lo que yo quise al aire preguntar. Yo le leo, aunque el enojo se me ha vuelto ceguedad. «Lucio Licinio, mi alcaide de la fortaleza de la Roca, vendréis dentro de diez días a esta corte de Roma con cincuenta soldados, los cuales dejaréis fuera de la ciudad y, por vuestra persona, sin aguardar nueva orden prenderéis a Electo, a Pompeyano y a Marcia, su hija, y los llevaréis al castillo que está a vuestro cargo, donde les daréis la muerte con veneno, que así importa a mi imperial servicio». Por este fiero papel que mi quietud atropella no la he conocido a ella, hele conocido a él. ¡Ah, enemigo cruel! ¿Tú el amante fino eres? ¿Tú el que a los muchos placeres que te di no hallabas nombres? Si así son todos los hombres, ¿para qué nacen mujeres? ¿Así un corazón se aprecia? ¿Así se premia un amor? ¿Así se paga un honor? ¿Así un alma se desprecia?, mas, si lo admiro, soy necia, que es muy justo, si se advierte, que la que con error fuerte y con engaño infinito premio espera de un delito tenga por premio la muerte. ¡Ah, qué terrible pesar y qué dolor tan molesto! ¿La mano que afirma esto es la que me había de honrar? Muy necio te miro andar, hombre infiel, en querer darme veneno para acabarme. Tratárasme bien, que así yo me muriera por ti y tú ahorraras el matarme, mas guardemos el decreto, que venir puede a importar tres vidas y una venganza si mi enojo no anda mal. Olvidado en el bufete dejé el retrato y está Marcia aquí. Para buscarle de una cautela he de usar. Finjo que busco un papel. Mas ⸻¡ay de mí!⸻ el desleal Conmodo ha entrado. Ya Marcia le tomó, la necedad de haberle dejado aquí merece castigo igual. Estoy perdido. Señor, ¿qué hace vuestra majestad? Busco un papel, Marcia hermosa. (Con darle el retrato habrá disimulado mi pena que el papel pude encontrar. Miraldo bien, que no es papel lo que aquí buscáis. No echo otra cosa de menos. Este retrato será que estaba sobre el bufete. (¿Qué disculpa la he de dar?) Veis ahí la copia lucida que en contemplativa calma os habrá costado el alma y a mí me cuesta la vida. ¿Eso te tiene afligida? Tomad esos ojos llenos de los rayos más serenos del sol sin contradecirme, que estando para morirme no quiero bienes ajenos. Yo de tus manos le tomo por que no te cause más enojo, aunque mal fundado, porque yo el original de esta copia no conozco, porque esta tarde, al entrar en esta cuadra, le hallé en el suelo y se habrá caído a algún caballero. Sí, que se deben de usar los amantes poco atentos. (Ya mi retrato está acá. Ahora como quisiere Marcia lo podrá tomar.) (El papel está conmigo. Tenga él el retrato allá porque, para lo que intento, le he menester conservar.) (Mas quiero fingir caricias, que poco puede durar porque ya camina el pliego que me dará libertad.) En lo suspenso parece que crédito no me das. ¿Quién hay tan necio que no crea lo que bien le está? Por convenencia no sea eso, sino por verdad. Por tal lo quiero creer y ahora licencia me dad para irme. Aunque lo sienta, yo no lo puedo estorbar. (Ea, agravios, a emprender la mayor atrocidad.) (Ea, corazón, muy presto sin sustos te he de gozar.) (Honor, a volver por ti.) (Rosaura, tuyos serán sin estorbos mis deseos.) (Fiero amante, tú verás lo que mi honor ofendido hoy se atreve a maquinar.) Guárdete el cielo mil años. Guárdeos a vos mucho más.

JORNADA TERCERA

¿Adónde, de sala en sala, tan misteriosa nos llevas, Marcia, como que a tu voz no hay parte que bien le venga? Esta de palacio es la más retirada pieza. Si algo tienes que decirnos, libra el acento. ¡Qué pena! Padre mío, primo Electo, cerrad todas esas puertas. Aquesta ya está cerrada. Ya está con la llave esta. Di ahora lo que nos quieres. Ahora di lo que intentas. Haceros una pregunta ⸻¡ay de mí!⸻ el principio sea. ¿Habéis, señor, cometido contra la lealtad del césar algún delito? Yo, Marcia, contra la persona excelsa de mi natural señor ni aun la culpa más ligera había de cometer. Muy necia pregunta es esa. Sabes quién son tus abuelos, sabes la sangre que encierran estas venas. Señor, sí. Pues date tú la respuesta. Miraldo bien. Yo estoy loco. Mujer, ¿cómo así me aprietas en estos breves instantes de asombros el alma llena? Al círculo de mis años he dado una y muchas vueltas por ver si encuentro en sus horas malicia para mí nueva, que hay una suerte de culpas que no sabe el pecho de ellas y ni aun de las de esta especie la atención alguna encuentra. Muchos servicios, sí, y grandes, muchas y grandes finezas que he hecho por su persona y por que su imperio crezca. Pues ahora, primo, a vos hago la pregunta mesma. Yo lo mismo te respondo, que, aunque causarme pudiera algún escrúpulo haber pedídole de la bella Fidelisa, hermana suya, la mano que al sol afrenta, haber hablado su padre en que casase con ella yo y haberlo él sabido me dio para esto licencia. Recelo ninguno, en fin, en vuestros pechos se alberga. No es una fuente más limpia dentro en la roca materna. No son más puros los rayos que da el sol a las estrellas. Pues leed ese papel ahora que en la cartera olvidado se dejó y que ya le lleva piensa el correo. El corazón de enojo y dolor revienta. (A recibir sus renglones temblando la mano llega.) (Alguna novedad grande turbada el alma sospecha.) Corazón, no lo adivines. Dice de aquesta manera: «Lucio Licinio, mi alcaide de la fortaleza de la Roca, vendréis dentro de diez días a esta corte de Roma con cincuenta soldados, los cuales dejaréis fuera de la ciudad y, por vuestra persona, sin aguardar nueva orden prenderéis a Electo, a Pompeyano y a Marcia, su hija, y los llevaréis al castillo que está a vuestro cargo, donde les daréis muerte con un veneno, que así importa a mi imperial servicio». ¿Qué os suspendéis? ¿Qué miráis sin mirar hacia la tierra? ¿Qué hielo os prende la vida en medio de su carrera? ¿Por qué dejáis que el asombro os vuelva estatuas de piedra para ser de este palacio, más que enemigos, grandeza? El césar es quien os mata, aquel cuya edad primera te costó tantos cuidados, pues, notando la fiereza de su estraño natural, para que mejor saliera de tus manos, te pusiste como con el cielo a temas y pretendiste en virtud del arte y la diligencia formarle de nuevo el alma, pero tuvo mayor fuerza que tus desvelos la nunca vencida naturaleza. El césar, a cuyo padre dio tu cuchilla sangrienta aun más provincias que hojas en su sacro laurel tiemblan, aqueste os quita las vidas, natural es la defensa, verter su tirana sangre ha de conservar la nuestra. Muera el que sin razón mata. Calla, calla, que despeña el natural vengativo de mujer cuanta nobleza tus ascendientes leales dieron en sangre a tus venas. Yo te confieso que es la resolución del césar por infiel para sentida, para temida por fiera, pero no para enmendada con medios de más violencia, que el ruego y el rendimiento. Cuando la ocasión se ofrezca, sola la mano de Dios está sobre la cabeza de los reyes, a él le toca castigar lo que ellos yerran. Marcia, vasallos nacimos, y muy nobles, la primera razón de cuantos discursos hicieres ha de ser esta y advierte que en este caso doy solamente licencia para que te aflijas mucho y muchas lágrimas viertas, mas no para que te enojes, que, si el sentimiento llega a más que ser pena y llanto, harás delito la queja. (¡Qué fría tienen la sangre los viejos! ¿Y a esta tibieza neciamente inadvertido el vulgo llama prudencia?) Tú, Electo, ¿qué me respondes? Que es tan grande la inclemencia del enojo que han causado esas enemigas letras que en cada imaginación un rayo mi pecho engendra, mas reparo en que, si quiere arrojarlos mi impaciencia contra este príncipe injusto, como ciñe su cabeza sagrado laurel, a quien siempre los rayos respetan, han de echar por otra parte a ir a apagarse en la esfera del aire, y así es mejor, pues el cielo le rodea de aquella imperial corona por que ninguno le ofenda. Ahogar en mis entrañas los rayos que forjan ellas y, aunque me cueste la vida, hacer lo que el cielo ordena. ¡Que un peligro y un agravio con tal respeto se sientan! En fin, ¿que vuestra lealtad en medio del riesgo os deja? Sí, que en los buenos vasallos nunca ha habido resistencia. ¿Vivir no es antes que todo? Mucho más el honor pesa. Pues ya que os duelen tan poco las heridas que os esperan en el cuerpo, a las del alma he de apelar. Luego ¿aun resta algo que haga en el alma estrago que en ella duela? Sí, mayor ofensa hay que mataros en el césar. ¿Qué dices, Marcia, qué dices? Que con amantes cautelas y con palabra de esposo... El infame acento enfrena. No prosigas. .de mi honor borró toda la pureza. Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¡Oh si Conmodo supiera que hace muy poca falta el verdugo donde hay penas! ¿Qué has dicho, mujer, qué has dicho? ¿Qué voz arrojó violenta tu pecho? ¿Qué de mi vida es la ruina postrera si por moverme a venganzas divulgaste la flaqueza? ¿Qué acero quieres que empuñe una mano que está muerta? Mátete el emperador mil veces en hora buena con tal que, porque mataste a tu padre, aleve infiera, solamente por tu antojo, diga la justa sentencia. ¡Ay, honra del alma mía! ¡Ah, qué a tiempo mis sospechas me avisaron! ¡Ay de mí! ¿Cómo la dura tragedia de tu honor y de tu vida solo a desarmadas quejas te mueve, a vanos suspiros y a llanto que no aprovecha? Este es tiempo de sollozos, sino de intentar que enciendan voraces llamas aqueste edificio que aposenta a nuestro fiero enemigo y hacer con furia proterva que de su vida y su alcázar suba el humo a las estrellas. Una crueldad emprendamos tan terrible que, aunque sea contra él, nos tenga envidia de ese infame la fiereza. Entre el césar y nosotros está una espada violenta arrojada y ha de ser del que antes la aprehenda. Si él primero la empuñare, segará nuestras cabezas; si nosotros la tomamos, estorbaremos la ofensa. Pues, sangre mía ofendida, démonos priesa a cogerla, lleguemos antes, que así se asegura el que padezcan tan sin razón nuestras vidas. Limpiamos la mancha fea de mi honor y a nuestra patria libramos de sus violencias. Ya no me espanta ni admira que una infamia cometiera mujer que pudo pensar, libre, atrevida y resuelta, una traición. ¡Vive el cielo infiel que, si perseveras en consentir a tu enojo que haga tan viles ideas, que en público tribunal te acuse yo mismo de esa traición, de aquesa venganza que persuadirnos intentas, pidiendo por premio solo de mi lealtad verdadera que el día de tu castigo se me permita que sea yo el ministro de tal muerte, para que los siglos vean que, por añadirse honra, hubo quien verdugo fuera! Cuando los remedios son peores que la dolencia, es el morir del achaque la resolución más buena. ¿Esto es tener sangre ilustre? ¿Esto es tener gran nobleza? ¿Esto es tener mucho honor? ¿Esto es conservar entera la estimación heredada? Miente la cobarde lengua mil veces que lo pronuncia, miente el pecho que lo piensa y, si no, decid, cobardes, decid, por que yo lo sepa, ¿en dónde tiene la honra quien sus agravios no venga? ¡Ah, mal haya mi fortuna! ¡Que esto a mi enojo suceda! Cuando busco quien me ayude, hallo quien me reprenda. ¿Qué es esto, cielos injustos? ¿Qué es esto, naturaleza? ¿Cómo a estos dos corazones no los permitís que sientan?, pero no importa, yo sola intentaré la tragedia más nueva que vio el mundo, la hermosa circunferencia. Dos jornadas suele hacer la venganza que se apresta: desde el corazón al labio siempre ha sido la primera, y esta ⸻¡ah, infeliz de mí!⸻, aunque en vano, ya está hecha; la segunda es desde el labio a la mano y esta queda por hacer, mas yo prometo a ese piélago de estrellas, al sol que me forma el día, a las aves y a las fieras que, perdiéndole el amor a esto poco que me resta de vida, que no será mucho según lo que intenta ese mi enemigo amante, que yo tome la más nueva venganza que de mujer trágicas historias cuenten, que quien no estima su vida siempre es dueño de la ajena. Yo no lo puedo sufrir. Llegó el día de medrar. Hoy al césar pienso hablar. Muchísimo he de subir. Sabañón. ¿Estoy soñando? ¿Cómo te has entrado aquí? ¿Tú al cuarto del césar? Sí, porque le vengo buscando. ¿Y qué le quieres ahora tan sin compás diligente? Que me saque solamente del poder de mi señora. Pues ¿por qué es ese desdén? Porque servirla no quiero. Pues mira, vete a un potrero, que saca piedras muy bien. ¿Soy piedra yo? La más dura que entre peñas se ha engendrado. No me deja aquí mi enfado responder a esa locura, que con lo que estoy sintiendo mi corazón se deshace. Pues ¿tu ama qué te hace? Estarme siempre riñendo porque anda descontenta y rabiosa, de tal modo que, aunque yo lo acierte todo, con nada la veo contenta y a mi paciencia desmaya. Al cielo hago testigo que de poco acá conmigo trae una cara de aya, pero ella consigo debe detraer algún demonio y de esto da testimonio la tristeza que la mueve sin ocasión a llorar, a que a sollozos respire y a que, aunque mucho suspire, no se harta de suspirar, y, así, al césar, pues espacio tengo ahora, le pediré que me dé algo con que poder salir de palacio. Esa es desesperación siendo de Marcia criada, que, según lo que le enfada, te hará echar por un balcón. Nunca la causa entender pude, mas así lo infiero. Pues aun de esa suerte quiero salir de aquesta mujer. Antes elijo el morir y sufrir sus inclemencias que tantas impertinencias. Yo también vengo a pedir, mas yo llego sin azar porque a mí el emperador me tiene... ¿Qué? Mucho amor. ¿Dístesele tú a guardar? De botiller el oficio desde anoche acá ha vacado y él me le tiene mandado. Es excelente ejercicio. Botiller del alma mía, si es que has ardido en mi fuego, cásate conmigo luego, seré tu botillería. De hacerlo tu piedad trate, me sacará tu afición de una infernal condición. Aquesta es mi mano. Tate. Tu ruego en cansado ocio, eso a pedir no se ponga, porque, para una mondonga, botiller, mucho negocio, que, aunque algún amor me dura y deseo tu clemencia, es solo concupiciencia sin que llegue a ser locura. No tanto rigor, por Dios, que tengo, aunque pobrecita, una cara algo bonita. Pero luego tendrás dos. ¡Que ahora tan rebelde esté tu crueldad de gusto avara! Si me caso por la cara, presto te aborreceré, y este es verdad evidente aunque los bobos la dudan, porque las mujeres mudan de cara muy fácilmente. Sin pisar de los estremos en uno, (bien me acredito) canto también mi poquito. ¿Y en callando qué tenemos? En fin, ¿que no te conviene mi mano? Una roca soy. Pues, mas que me mate hoy el césar,... Vesle, allí viene. Ya es tiempo, señor, de que nombréis con acuerdo sabio alguno de los más nobles de vuestros nobles vasallos para ir por la emperatriz. Ya le tengo yo nombrado. ¿Y quién es, señor? Vos sois. Los pies os beso por tanto favor. (Ahora me manda echar de una torre abajo.) Señor. ¿Qué quieres, Lucrecia? Quiero humilde suplicaros que alguna merced me hagáis con que salir de palacio. Sí, señor, que se hace vieja en el inútil estado de doncella y los placeres se le pasan al soslayo. Yo me acordaré de ti. Miren qué gentil despacho. Señor. Abate, mujer. Yo tengo tan mal hallado el gusto que, por salir de aquesta vida que paso, tomara que me mandarais matar. En fin, ¿para cuándo os parece que podréis hacer la jornada? (Andallo, si Lucrecilla le apura, se ha de ver en un trabajo. Ahora entro yo, pero yo, gracias a Dios, soy privado.) Vuestra majestad bien sabe que ha ya muy cerca de un año que me dijo que me haría su botiller en estando vaco el oficio. Es verdad. Pues ya, señor, está vaco, que por hacerme merced murió anoche el propietario. A muy buen tiempo lo has dicho. Lucrecia, merced te hago de este oficio para que te cases. ¿Qué es esto, diablos? Déjame, señor, que bese la suela de tu zapato. Déjame que dé unos gritos que los oigan en El Cairo. Primero son las mujeres, Sabañón. Que un desdichado..., mas al remedio, y un cuento aderece este fracaso. Un hombre tenía un talego de doblones y el cuitado, por tenerle más seguro, se salió con él al campo y al pie de un árbol cavó y le enterró con recato. Amaneció el día siguiente un tahúr, desesperado porque no tenía un real ni camino de buscarlo. Sacudió las faltriqueras y en una se encontró un cuarto, parte y cómpralo de soga y desde allí como un rayo se fue al campo a que le quite los pesares el esparto. Trataba de ahorcarse, en fin, y escogió para esto el árbol adonde el tesoro estaba y, estando poniendo el lazo, se le hundió en el hoyo un pie y vio el talego enterrado. Cogiole, besole y fuese, dejando pendiente el lazo de la rama más robusta de allí a un poquito muy falso. El tal dueño del talego vino a besarle las manos, halló la tierra movida y vio que le habían hurtado. Hallose la soga allí y, por no sentir su daño mucho tiempo, se ahorcó con lindo desembarazo. Ya todos en este ejemplo ven las fortunas de entrambos y, así, lo que resta es solo que yo me ahorque, pues, alto, échome el lazo al pescuezo y con Lucrecia me caso. ¿Conmigo? No dice mal. Sí dice, señor, que es llano que es poca cosa ese hombre para un dote tan honrado como el mío. ¿Aquesto escucho y no me lleno de cantos los oídos? Botillera del demonio, ¿Qué has hablado? Sabañón, Dios le remedie. Cierto que yo estoy juzgando que será buen casamiento. Vereme en ello despacio y ahora, con vuestra licencia, me retiraré a mi cuarto. Dios te guarde. Lucrecilla, en fin, ¿que no nos casamos? Podrá ser que te reciba por mi marido y criado. Pues guárdate, presumida, de querer darme la mano de esposa, que voto a Dios que te he de matar a palos. ¿Ya da vuestra majestad en casamentero? Trato de divertir los deseos que alimento de cuidados, mas dejadme ahora solo. Yo en obedecerte gano. Dos deseos fatigan mi sosiego: el uno es deber luego a la bella Rosaura, a cuyos ojos quiero deber dulcísimos enojos, el otro es de no ver a esta engañada mujer que es a mis ojos tan pesada. Hoy es del plazo fiero que a Licinio le puse el día postrero y él es en mi servicio tan seguro que, antes que el manto de la noche oscuro llene el mundo de sombras y de olvido, estará mi decreto obedecido, mas, mientras no lo veo ejecutado, es tanto mi desvelo y mi cuidado que a la noche y al lecho que desdeño ni le pago quietud ni debo sueño ni me causa alegría la luciente y hermosa luz del día, y el de hoy, que por lo largo a un siglo iguala, determino pasar en esta sala, pero aquí está Pompeyano con tal atención leyendo que es quien menos está aquí, porque está allá en su silencio. «Si es de la mano de Dios el rey malo como el bueno, aquel que obedece al malo que obedece a Dios es cierto». Buena sentencia. Entre sí habla. Ahora está cogiendo alguna moralidad con que aconsejarme luego. «Cuando los fieles vasallos padecen injusto dueño, ellos son muy infelices y él más infeliz que ellos». En llegando a contemplar la desdicha del imperio romano con lo terrible de su príncipe indiscreto, por lo que los quiero a entrambos el llanto enfrenar no puedo ¡Ah, cielo!, mas vos aquí, señor. (Helado y suspenso he quedado. ¡Sin mí estoy!) ¿De qué lloráis? De contento. (Finjamos, corazón mío, y veamos si es buen medio de llevarle hacia lo justo referirle los que dieron principio ilustre a su sangre, raros del mundo portentos.) ¿De contento? Sí, señor, porque en este libro viendo estaba vuestra ascendencia y tenéis tales abuelos que, aunque quisierais ser malo, no fuera posible serlo. ¿Sabéis de quién descendéis? (Que esto va largo sospecho y en pie estoy mal.) Esa silla llegad y id prosiguiendo. (Cielos, de tanto varón grande le mueva el ejemplo.) Aunque la paterna línea os da tantos y tan buenos progenitores, aquí irlos nombrando no quiero, porque con saber que sois hijo del gran Marco Aurelio, tenéis harto para ser el príncipe más perfecto. Por parte de vuestra madre, sois dichosamente nieto de Antonino Pio, varón de humano y piadoso pecho, que es matar él a ninguno sin razón, aun a sus mesmos enemigos perdonaba, y hacía muy bien, que con eso se conservaba seguro de mil traidores despechos. El matar por condición es de fieras y, discreto, solía decir que, si un rey tratara atroz y sangriento de matar a todos cuantos a su gusto son opuestos, no tendría a quién mandar dentro de muy poco tiempo. Por esta línea también tenéis sangre del excelso Adriano y, si tratáis de ir por los grados subiendo, hallaréis que el gran Trajano es abuelo cuarto vuestro. ¡Ah, qué español! En su vida engañó a nadie, teniendo el no cumplir la palabra por vilísimo defeto. Siempre dijo la verdad, siempre lo que en el secreto tenía del alma escondido salió a los labios sin velo, siempre..., mas que se ha quedado dormido parece y quiero irme, porque siento mucho verle así, porque, si el sueño es imagen de la muerte, y se le han causado necios mis discursos, mi lealtad se afloje y yo me atormento de ver que por culpa mía tenga apariencia de muerto. El ser los emperadores de Roma tan compañeros de sus vasallos no sé que sea tan buen gobierno como el que los reyes tienen de Persia, porque de aquestos son esclavos los vasallos por los establecimientos de aquel reino y es razón, claro está..., pero no veo ya en la sala a Pompeyano. Yo debí, con lo molesto, de dormirme y él se iría y ahora, cuando despierto, a lo que al principio dijo le iba a responder severo, mas el pesar de no ver ya logrados mis deseos me causa sueño y rendirme quiero a él, que mientras duermo por lo menos no veré a esta gente que aborrezco. Sin ser de nadie sentida he llegado hasta este puesto, porque pienso que está en él aquel mi enemigo fiero. Aquí está y, según le miro en calma los movimientos, entrega al sueño la vida. ¡Que haya hombres que, viendo que es ley precisa el dormir, tengan ánimo, soberbios, de ofender ni aun al más flaco ni aun al de menor esfuerzo, siendo a cualquiera tan fácil darles la muerte durmiendo!, mas, supuesto que mi dicha me ha traído a tan buen tiempo, todos los agravios míos ha de vengar este acero. Ahora pagarás, aleve. Mas ⸻¡ay, Dios!⸻ ¿cómo me atrevo a querer dar muerte al que por soberano decreto es mi rey y mi señor natural? ¿En el espejo de mi sangre caer pudo mancha de tales alientos?, pero es amante traidor, no importa. Rosaura, presto seré tu esposo. ¿Qué escucho? En maldad está entre sueños publicando. Muera Marcia y con ella... ¡Que en efecto por darle la ingrata mano a otra quieres sangriento matarme!, pues este brazo..., pero ¿yo pierdo el respeto a una corona? El honor tronca al furor los despechos. Donde hay tal razón injusto es el arrepentimiento. Él ha de morir. Mirad, corazón, que es fuerte empeño. Ya no hay que mirar. Así pues, sangre mía, al remedio. Señor, señor, despertad, que os quieren matar. ¿Qué es esto? ¿Quién me quiere dar la muerte? Mi enojo, que es todo fuego vengativo. ¿Y quién me avisa? Mi lealtad. ¡Válgame el cielo! Mi enojo, señor, causado del insufrible proceso de las sinrazones que tratáis de hacer poco atento con mi honor y con mi vida... Dígalo el tirano pliego que enviabais a Licinio y que hoy se guarda en mi seno. De tal manera encendió en furiosos desconciertos mi pecho y a la venganza me inclinó con tal extremo que aquella parte del alma, mejor y de más provecho que es la razón se abrasaba sin que pudiese el consejo de la verdad socorrerla ni sacarla del incendio. ¿Nunca habéis visto que, cuando por desdichado suceso se abrasa algún edificio y alguna persona dentro, con el ruido de las llamas y con el humo que espeso la rodea, no hace caso de los que la están diciendo por dónde puede salir de tan peligroso aprieto? Pues de esa suerte, turbada mi razón con tantos celos, con el riesgo de mi vida, de mi honor con el desprecio, no atendía, no escuchaba a tanto noble respeto como allá desde mi sangre le daban con sumo esfuerzo voces para que saliese de engaño tan manifiesto, pero, viendo mi lealtad que iba aquel fuego creciendo y que mi razón en él peligraba sin remedio, notando que a vuestra vida se encaminaba violento el rayo de este puñal, la llama de aqueste acero, os dio voces porque no os encontrase durmiendo y el enojo aprovechase todo su aborrecimiento. Esto es, señor, lo que pasa, pero lo que ahora os ruego es que no me perdonéis, sino que entreguéis mi cuello en una plaza a un verdugo para público escarmiento. El acusarme yo misma no os sirva, no, de argumento para la piedad, matadme a vista de todo el pueblo. No merecen los traidores clemencia, sacad severo esta sangre vil en quien hizo presa el ardimiento de enojo tan desleal, de traición de tal veneno por que quede mi cadáver honrado sin este feo humor que le mancha todo, que de esta suerte los huesos de tanto ascendiente ilustre como a los siglos les debo en sus sepulcros de jaspe le darán lugar contentos. Volveré a ser lo que fui, volveré a vivir muriendo, yo estaré sin una infamia y estaréis vos sin un riesgo. ¡Ah de mi guarda! Señor. Pero ¡un puñal en el suelo está! Pero ¡allí arrojada una daga! ¿Es horror nuevo? Sí, para darnos la muerte. ¿Llamáis quién aquese acero empuñe? Nosotros mesmos. Un verdugo llamaremos. Que a vuestros ojos nos mate. Si a vuestro servicio esto importare. Y aun por solo vuestro gusto lo haremos. ¡Hola! Mi padre, señor, y mi primo, no supieron nada. ¿No hay quien me responda? Aquí tienes a Perenio. Aquí Fidelisa está. Adsum. A servirte entro. Llegad todos. Aquí estamos, Pues estadme ahora atentos. Leales vasallos míos, después que de aqueste imperio tengo la rienda dorada y empuño el augusto cetro, en cuanto he determinado, en cuantas cosas he hecho, Conmodo ha obrado no más esclavo de sus afectos, mas hoy, porque así lo pide el más estraño suceso que oyó la tierra, ha de obrar el hijo de Marco Aurelio. A Marcia le doy la mano de esposo porque este premio me merecen sus lealtades. Yo como esclava la beso. Y a Pompeyano le hago mi vicario en cuanto tengo a mi cargo. ¡Gran fortuna! Y Fidelisa dé a Electo la mano porque mi padre así lo tenía dispuesto. Su gusto y el vuestro aquí con mucho gusto obedezco. Perenio, aqueste retrato le volveréis a su dueño y avisaréis lo que pasa. (¡Corrido estoy, vive el cielo!) Y yo seré botiller, mi Lucrecia. Yo consiento. Y tenga aquí fin dichoso El hijo de Marco Aurelio.