Texto digital

Texto digital de La hermosura de Raquel (segunda parte)

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis Vélez de Guevara
Atribución estilometría
Luis Vélez de Guevara Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Estefanía Casadevall Stefanova, Berta Cuadrado de la Fuente y Leillane Almeida.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Casadevall Stefanova, Estefanía, Berta Cuadrado de la Fuente y Leillane Almeida. Texto digital de La hermosura de Raquel (segunda parte). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hermosura-de-raquel-la-segunda-parte.

Logo BICUVE

LA HERMOSURA DE RAQUEL (SEGUNDA PARTE)

JORNADA PRIMERA

Buenos días. Buenos días. Ya estamos todos aquí. ¿Iremos al campo? ¡Sí! Bien lo han menester las crías. Que según otros pastores dicen, que intentando robos en ellas andan los lobos rondando aquellos alcores. Y están cada noche a pique de sus dientes inhumanos. Qué buena prueba de hermanos, el cielo nos multiplique. Aquí estamos diez no más, ¿quién falta? Joseph. No hay duda. Este ni falta, ni ayuda, No le quise bien jamás. Hay en nosotros alguno que le tenga Zabulón, un tomo de afición. ¿Qué pesado es? ¿Qué importuno? Debalde le quiero mal. yo nunca le quise bien. Le maldiga el cielo amén, como enemigo mortal. Sólo Jacob nuestro padre que en el de si se enamora le quiere bien y le adora por lo que quiso a su madre. Y porque a veces también en cuanto entre nosotros pasa le cuenta siendo en su casa solo su gusto y su bien. Con mil diferentes modos de caricias y de estremos, tanto que ya parecemos hijos de otro padre todos. Y para diferenciarle más, suspenso en su hermosura, y extraña, quiere adornarle. Que de diversos colores mando tecer para el caso, de furia estoy que me abrazo. Ya viene. Hermanos, señores. Para venderlos después vendrá con hechicerías. Dios os dé muy buenos días. Y a ti te los de los reyes. ¿Cómo tan mudo estáis? ¿Qué tenéis? No hemos querido responderte. No lo hagáis si no es vuestro gusto hermanos, así que esperaba el día. Vaya Maymon una letra Porque contaros quería de los sueños soberanos. Una notable extrañeza, Escuchadme hermanos míos. Ya vendrá con desvarios, a quebrarnos la cabeza. Bien le podéis escuchar, veamos lo que ha soñado, Pues Rubén de ello ha gustado, sueños puedes contar. Pues dasan de desta manera, Cuenta. A mí me parecía que estábamos cierto día segando la sementera. De nuestro padre Israel, y que al manojo que yo segaba si levantó sobre todo, que con el. Ninguno pudo igualar, y que los vuestros después le adoraron. Tú no ves que esto Joseph es soñar. Porque cuenta desvarios que no pueden suceder, Él se pinta que ha de ser su manojo. Hermanos míos, no digo yo tal que sueño quise contar no más. Soberbio Joseph estás, Tú piensas que has de ser dueño. De todos tus once hermanos, y que te has de levantar así, y ¿te hemos de adorar? Tus intentos son tiranos. Sabe el cielo que deseo ser, hermanos, vuestro esclavo, sirviéndonos, que en esto alabo la humildad de mi deseo. No ha sido soberbia mía sino gusto de contaros sueños que han sido tan raros, que solo de amor nacía. Más yo callaré el segundo, por no daros más pesar. El segundo has de contar también. Yo solo me hundo. En procurar agradaros, y nunca, hermanos, quisiera En mil siglos que os sirviera pesar, mi disgusto daros. ¡Oh, qué fingida humildad, para tenernos a raya! El sueño segundo vaya. Si es vuestro gusto, escuchad y perdonad, porque entiendo hablar la verdad en todo, no penséis que de este modo a vuestro decoro ofendo. Acaba pues lo que he contado, que a la Luna y Sol dorado A muy buen tiempo llegué. Quiero este sueños escuchar Once estrellas que alumbraban la tierra, y que me adoraban, La envidia quiero atajar de sus hermanos con esto. LLega !Joseph yo estoy admirado. ¿Aquí estás padre amado ? Habiendo en ti el amor puesto. Que de tales desvaríos, hagas caso, tú pretendes que te adoremos, no entiendes que son ellos locos ebrios. Once estrellas, y la Luna, y el Sol, dices que soñabas que te adoraban y dabas a tu soñada fortuna. Credito de esta manera, vendrás a perder el seso. Que fue ignorancia confieso, tu perdón mi culpa espera. Llorar me hace, levanta, prolijo, Joseph estás. No contaré sueños más. Tu desatino me espanta. Aunque dijera mejor, el favor que el cielo quiere, hacerte, que te prefiere, a tus hermanos. Señor, perdóname. Bien está, estos sueños son del cielo. Pues no me alzaré del suelo, sin que me perdones. Ya tu ignorancia te perdona, que en el sueño que tuviste, si por tu padre entendiste, como la mayor persona. El Sol, la Luna luego por tu madre y las estrellas once, lucientes, y bellas por hermanos ser ciego, ser ciego. Errores se ve claramente, pues que tu madre murió, cuando a Benjamin parió y cuya muerte el alma siente. Y falta esta parte al fin, para no ser verdadero el sueño. aunque de él espero un dichosísimo fin. Digo que tienes razón, y que como necio erré. Nunca des a sueños fe, que los sueños, sueños son. Vosotros, ¿qué hacéis aquí? que a los ganados no os vais, y vanos sueños estáis escuchando? Verte a ti. Esperamos, y ahora que te hemos visto nos vamos, que otra cosa no esperamos, Pues partíos que ya es hora. Gracias a Dios que una vez, venciendo el inmenso amor que tiene, en nuestro favor contra Joseph fue juez. Algún día, si yo puedo, viéndole a otro lugar los sueños ha de pagar. ¿Viene Joseph? Porque quedó sólo se queda conmigo. No se queda Benjamin. Es Joseph mayor al fin y siente lo que le digo. Y así es de mayor consuelo, de Joseph la compañía. ¡Ay, amada prenda mía! os libre de esta envidia el cielo. Vamos, pues al campo hermanos, De Dios la mano piadosa, os de jornada dichosa sin hacer de sueños vanos jamás caso. Adiós, señor. Adiós, que os ampare diez columnas de mi vejez. Matar pienso al soñador. Dame tus brazos ahora, Joseph amado, y no estés triste. Dame tu los pies. Más tu humildad me enamora, levanta Joseph del suelo. Entiendo que te he ofendido. Toda mi cólera ha sido de tus peligrosos celos, que se que te quieren mal, tus hermanos, de suerte, que entre la vida y a la muerte, corre peligro mortal. Que la envidia de mirarte, Joseph de mi tan amado, en sus pechos ha engendrado pensamientos de matarte. Escuchándoles mil veces amenazas contra tí, llenos de furia y así como Joseph, resplandeces. Tanto a mis ojos por ver el retrato milagroso del original hermoso de la más bella mujer. Entre las mujeres todas que en el mundo hubo jamás, y que no he querido más pues constaron sus bodas. Catorce años de servir de ganadero a Lauan, como te envidia dándote están, y pueden de esto venir. A darte muerte de bién reparé con este engaño de mi enojo todo el daño que puedan hacerse. Este con la envidia que quisieren, porque si tengo en el suelo, padre, de mi parte el cielo, hacerme daño no esperen. Más recreaba tu enojo que toda la furia de ellos. Ruego a Dios que estos cabellos que avergüenzan el sol rojo vueltos de plata mil años, a pesar del tiempo peines y como ha soñado reines con dichosos desengaños. Porque tus sueños sin duda, mi querido, Joseph, son del cielo, que el corazón santo que tienes te ayuda, Ven mi amor, y te pondrás mudándote este vestido, la ropa que te he tejido o qué galán estarás. Mil besos tengo que darte, mi regalo por tu vida, cuando la tengas vestida ¡Ay, padre de alma mía! ¿con qué he de servirnos tanto? Con qué Patriarca Santo de la suma Monarquía. De Dios recompensaré, el amor que me mostráis. Con que queréis, me pagáis mil dichas el cielo os dé. Ai si vuestra madre os viera en esta edad, prenda cara, que de veces os besara y qué de abrazos os diera. Pero no me quiso el cielo, tantos bienes conceder, por mejor debió ser. Padre no cubráis el suelo, de llanto sin que os imite, que pasado cuando crece por vuestras canas, parece que es nieve que se derrite. Y para el pesar que trata de daros nuevos enojos, en estas hierbas de plata Que con gran cantidad del blanco aljófar que llora, más parece, padre Aurora, que no a caso vuestra edad. Consuelo de mis enojos, sois vos, mi prenda querida. Venid padre de mi vida. Entrad hijo de mis ojos. Al monte pasa el río ataja, ataja. Aca Rubén, que ya ataja el río. Corre Isacar, que ya a su orilla baja. Herido va a buscar el cristal frío, que con un dardo le he pasado el pecho. Y yo acabarle de matar porfío Al margen por la falda va derecho Al viento en la carrera se aventaba, ¿Qué da la vuestra al enseñar sospecho? Al ganado otra vez furioso baja. Pues le salgamos al paso del robledo. ¡Ataja! Simeón. ¡Ataja! ¡Ataja! El primero de todos, si yo puedo pienso alcanzar el lobo, ay cielo santo, aquí me ha helado, la carrera el miedo, de Rubén me de asir. Terrible espanto como nunca visto prevenidos modos, el nunca visto sobresalto altera. Ya estuve en la cisterna hasta los codos, si de Rubén presto no me hiciera, a estas horas estoy precipitado, Notable azar ha sido en la carrera, ya con aquello el lobo se ha escapado, Y yo también de no morir tan preso, hoy comienzo a mirar el sol dorado mal haya la cisterna, y quien la ha puesto, donde mi amarga muerte ser podría, de otro daño me avisa el cielo en esto, bien puedes de este venturoso día larga edad Simeón, hacer memoria, y todo el esquadron en que te seguía, pues en la misma lamentable historia fuéramos compañeros, si cayeras. Al cielo demos de este bien la gloria, ¿Hay agua dentro a ver? No consideras que agotó de sus aguas el estio y es solo ahora entierro de la tierras, y a estas las lluvias del invierno frío no se vuelve a llenar su obscuro centro; Ya no se viera en el pedazo mío, sola una obscuridad se mira dentro, entre cuya tiniebla densa, solo el eso a nuestra voz sale al encuentro; Parece que atraviesa el otro polo por la profundidad extraordinaria Diez romanos si cae el primer bolo; con que ganas a la fortuna habría el juego todo acuesta de diez vidas cada cual para el bien tan necesaria, Olvidemos fortunas y caídas Cosas que sólo a suceder llegaron como sucesos han de ser sentidas que las tempestades del mar pasaron dieron olvido a la pesada pena luego que en parda arena el pie estamparon; sea de nuestra tormenta nuestra arena para escarmiento de otro advierto caso de ella, dejando esta cistierna llena, que ya que es este de este monte el paso; daños estorbamos de este fuerte que pueden suceder en el acaso, Iudas no ha dicho mal, que el daño es fuerte, y así puede atajarse no sepamos dejando la canción de alguna muerte, por ramas, por arena y piedras vamos, y esta cistierna inútil cegaremos, que esto a nuestro escarmiento es bien hagamos. Esto, como es razón, después haremos, porque si no me engaño, pienso ahora que viene el soñador. Aquí podemos, A despecho del padre que le adora, darle muerte y echale en la cistierna, a ver si aquí su vista te enamora, porque si como sueña nos gobierna, vendremos a pagarle de esta suerte la mala voluntad de la edad tierna, sea la arena que el peligro fuerte cierre su boca de Joseph la vida. Mucho rigor será darle muerte, mejor que vivo en la escondida profundidad de esta cistierna oscura quede, donde sin agua y sin comida de su soberbia edad la parca dura corte el hilo vital, y temeroso estambre, con qué telas de honor tercer procura serán provincia de sus reinos hambre. Sed y tiniebla sus vasallos fieles, de tantos muertos brutos el enjambre, esto serán castigos más crueles, más no tan rigurosos a la vista. Aconsejas, Rubén, como tú sueles, que pues es imposible que resistas nuestro furor, no es bien manchar las manos en tan humilde, y misera conquista, solo conviene, que por sus sueños vanos, que este enemigo muera. ¡Muera! ¡Muera! ¡Ya llega! SALE JOSEPH CON VESTIDURA NUEVA, QUE ES UNA COMO ALMALAFA HASTA LOS PIES DE MANGAS ANCHAS. Guadeos Dios, amén hermanos, comida os traigo y si a comer se espera, bajaré del jumento la comida. De tanto tornamos la primavera no viene por el mayo guarnecida, como se ven colores diferentes en la ropa que trae Joseph vestida, tanto que los arroyos, y las fuentes, sin duda imaginando que venía, con guijas se han reído en vez de dientes, ¿Queréis comer? que la mitad del día el sol con rayos de topacios parte y con vida a dormir la sombra fría. La mala voluntad que se reparte en sus ingratos y envidiosos pechos, no pueden encubrir. Escucha a parte. De tus envidias temo y santos hechos. Le quitemos la nueva vestidura. y atándole un cordel, vamos derechos con él a la cistierna y si procura defenderle le atemos pies y manos. No está mi vida ahora muy segura. LLeguemos. ¡De tus sueños, Joseph, vanos, hoy tendrás el castigo merecido! La ropa le quitas. ¿Qué esto hermanos? Darte la muerte. Tan ingrato he sido a vuestra voluntad. Atadle preso las manos y los pies. Ya estoy rendido, no es menester atarme, que profesa mi pecho humildad grande a vuestras manos Con verse atado a penas de hablar cesa ¿Por que os mostráis conmigo tan tiranos? ¿Qué ofensa os hizo mi sencillo pecho? Ahora vaya a la cisterna. Hermanos, amigos, no diréis que ofensa he hecho ¿Qué de esta suerte me tratáis, señores? Ya no son tus hechizos de provecho, no importa que hagas lastima, ni llores, dentro de esta cistierna has de quedarte, donde podrás soñar cosas mayores. ¿Por qué queréis en tan obscura parte meter a vuestro hermano, hermanos míos? Aquí podrás reinar y entronizarte. No véis que fueron todos desvariados, como sueños al fin. Echadle dentro. Si de mi llanto los copiosos ríos no os mueven, mejor es que antes que el centro de esta tiniebla pise maniatado. Qué me matéis, pues esta paga encuentro de haber venido con tan gran cuidado a traeros comida. ¿Qué se espera? le arrojemos dentro. Hermano amado Rubén,¿esto permite? No quisiera hallarme en ocasión tan lastimosa. Cuando para dejarme no os moviera, hermanos con la nueva dolorosa que de mi muerte ha de ir al padre anciano vuestro y mío, la pena rigurosa, no más, del sentimiento y llanto en vano, Bastante causa a no matarme daban. Acabad ya. Tu Simeón hermano eres quien más ofendes. Hoy se acaban tus sueños y tus chismes. Ruego al cielo. Se acabe vuestra envidia. Esto esperaban vuestras remisas manos viniese al suelo, de este profundo centro este enemigo. Adiós de esta crueldad, Simeón, apelo. Aprisa, baje. Vaya Dios conmigo. Esto está hecho, vámonos ahora a comer y pues no hay ningún testigo de este suceso, al padre que le adora diremos que la tierra le ha tragado. Y la verdad diremos. Rubén llora. En verdad, no más, me ha lastimado. No puede esto saberse eternamente, si no lo hablemos de este prado. Vámonos a comer, que más ardiente el Sol la tiene en fuego envuelta. Simeón: Vamos, no nos encuentre aquí otra gente. Adiós, señor Joseph. ¡Hasta la vuelta! Aquí me quise quedar, solo por ver si pudiese sin que ninguno me viese a este inocente librar. Por la parte que le alcanza a mi padre del suceso que vendrá a perder el seso cuando corra más bonanza. Qué manera le quiere, de su fe sencilla cierto, que moriría por el muerto, pues vivo por el se muere. Y en sacándole del centro, a Canaán podré enviarle, que no es razón que se halle del Jacob sangre aquí dentro. Arrojare el cordel quiero que piense que alcanzará, pero gente vuelve ya. En harto poco dinero os daremos el esclavo que puede ser en Egipto os den por el infinito, que el traje y rostro os alabo. Que es tal que puede servir al mismo rey faraón Estos mis hermanos son que acá vuelven a venir con estos dos Ismaelitas. Sácale de donde está que si él es tal se dará el precio que solicitas. Esta es la cistierna adonde le tenemos maniatado, porque no se hubiese, dado le llevaréis. corresponde vuestra mucha cortesía grande nobleza, Aquí está nuestra cabeza y hermano mayor, quería darle de este caso cuenta. Es justa ley y razón. ¡Oh, Rubén! ¡Oh, Simeón! Ya hemos convertido en venta de Joseph la muerte. Así, pues ¿qué pretendéis hacer? Le pretendemos vender ¿A estos Ismaelitas? ¡Sí! Por parecernos crueldad muy grande darte la muerte a un hermano de esta suerte. Tenéis razón, es verdad. Nuestra pretensión ha sido quitarle de delante a nuestro padre, y bastante será enviarle vendido a Egipto, de donde nunca a Canan podrá volver. Este es mejor, parecer, Que temerosa espelunca. Muerto debe de estar ya, A poco que dentro entró ISMAELITA: ved si la cuerda llegó Mejor llamarle será porque Joseph se asga de ella. El nombre sin ver el talle, me da codicia a comprarle. En el centro se quiere ella con lastimosos gemidos, llamadle. Joseph. ¿Quién es? Si es la muerte, llegue pues a mis años afligidos. Y el Hilo de ellos rompiendo de venganza mis hermanos Toma Joseph con las manos esta cuerda, y ve subiendo. Porque queremos sacarte de esta tiniebla en que estás ya siento tirar. Jamás vi más temerosa parte. Tirad a prisa, tirad, que ya poco a poco sube, Y bajará como nube con segunda tempestad. Déjame hacer el empleo y Ruben será el juez. Gracias a Dios que otra vez de los cielos veo. Qué espantosa figura le sale a medio muerto, de lodo y barro cubierto. Tenebrosa sepultura. Donde casi muerto ha estado vuestra oscura sombra fría, que ofensa le ha hecho al día que eterna luz le ha negado. En vos enterrado estuve, más la balanza ligera de mi inocencia sincera otra vez al sol me sube. Este es el esclavo, ahora Ved lo que por el daréis. ¿Venderme ahora queréis? Paciencia,y tu culpa llora, y agradece que se trueca tu muerte en esclavitud bien excusada virtud para un ingrato que peca. ¿Pués en qué pequé, Simeón, que me habéis tratado así? Ya no es esto para aquí. Quedaréis en conclusión. Le tenéis tan mal tratado con el castigo cruel, que no me atrevo por el daros precio, aún moderado y es muy pequeño también. Que se os ofrecen de dudas. ¿Quién hace la venta ? ¡Iudas! Sabrá pues hacerla bien. Treinta dineros no más daré por él. Vuestro es, aunque es poco el interés. Liberad, Iudas, estas. Debalde le diera yo solo porque le llevasen. Sobre mis desdichas pasen que el que mi inocencia vió. Bien sabrá volver por mí. Ya es tarde y partirme quiero. Tomad, contad el dinero y vamos, Joseph, de aquí. Vamos, señor, que imagino por gran verdad que procura el cielo hacerme figura de otro misterio divino. Porque un bendito inocente sólo a Dios puede imitar. Ya es hora de caminar que va el sol menos ardiente. Adiós. Hermanos, adiós. No pido que me abracéis, porque se que no queréis. Ruben, sólo os pido a vos como a mi mayor hermano por los más humildes modos, me déis en nombre de todos besaros la mano. Y perdonadme vosotros, si os fui enemigo tan grande. No hay ninguno que se ablande en todos nosotros. No está aquí Raquel tu madre y en Canaán tu padre está. Camina, que es tarde ya. Rubén, abraza a mi padre. Por mí, y su vejez consuela que ha de hacer gran sentimiento. De tierno estoy que reviento. acaba ya que el sol vuela para el ocaso, y estás aquí entreteniendo el día. ¡Oh, hermanos del alma mía! ya no os tengo de ver más. Esto está bien acabado, vamos y señalaremos con quien la nueva enviemos del incesto desdichado de su muerte, a nuestro padre con algún fingiendo cuento. Excederá, al sentimiento de su mal lograda madre. Diremos, que de las fieras se despojó en el sombrío monte. Ay, anciano padre mío que triste nuevas esperas. No me le mates aguarda, aguarda bruto espantoso, cruel, que es retrato de Raquel a quien mi amor se lo guarda. Defiende de tus manos, contra tu feroz rigor, las saetas de mi amor. ¿Mas qué es esto? ¡Oh, sueños vanos! Qué triste imaginación, durmiendo me ha divertido, o que amargo sueño ha sido más sueños, sueños son. ¡Ay, Joseph, del alma mía! líbreme el cielo del mal, soñaba que un animal que a ninguno parecía. De cuantos Libia, y Hircania, Armenia, y Egipto engendran y entre sus montes acendrar de indomable y bruta insania. Tan espantosa, y tan fiera en talle, y en condición, que su mismo corazón le sacó y comió primero. Tras Joseph hambrienta andaba estando solos los dos y con sus garras. ¡Ay Dios ! Su pecho despedazaba. Y con la pena dormido dándole voces salí, y ahora volviendo en mí, del sueño solo advertido. Que este animal es la envidia que se como el corazón, que es la enemiga pasión que con sus hermanos lidia. Entre ellos no está seguro. Ruego al cielo le defienda, cuando este animal le ofenda su pecho sencillo y puro le libre de su veneno, que quien con tanta pasión se come su corazón no perdonará al ajeno. Hijo seas bienvenido. ¿Qué hay de nuevo? ¿A qué volvéis solo? ¿No me respondéis ? Responderos no he podido de sentimiento, señor. De sentimiento ¡Ay de mí! Pues ¿qué ha sucedido? Aquí me falta, padre, el valor para contarlo. No más mi daño en vano resisto, pues en tus manos he visto con lo que muerte me das. Que es de mi Joseph amado la sangrienta vestidura. De esta suerte en la espesura del monte la hemos hallado. Y te la he traído yo, aunque venir no quisiera. Alguna pésima fiera, a Joseph despedazó. Romper quiero ya también en vez de sus garras duras mis antiguas vestiduras. ¡Ay mi Joseph!, ¡Ay mi bien! ¿Dónde estás? ¿Qué te has hecho? que nuevos males y enojos te han quitado de mis ojos, y tu hermosura han deshecho. Dame, besaré mil veces su sangre y la sangre mía. ¡Ay mi bien!, ¡Ay mi alegría! ¿Cómo ahora me entristeces? Sangre de Joseph, hablad, inocente y verdadera y de vuestra muerte fiera me contaréis la verdad. ¿Quién os mató, Joseph mío? Qué mortal tiniebla obscura. ¿El sol de vuestra hermosura dejo tenebroso y siervo? ¿No me queréis responder? Más sois de su pecho sabio y hasta en callar vuestro agravio le pretendéis parecer. No ha sido mi sueño vano, verdad es y no quisiera que la envidia, bestia fiera, muerto hubiese a vuestro hermano. Señor, eso has de pensar. No sé Iudas que te diga que más a decir me obliga su desdicha y mi pesar. Todo para mi murió con Joseph, todo el contento de este nuevo sentimiento a las manos acabó. ¡Oh, campos de Dotain!, ruego a Dios que abrace el hielo vuestro florido jardín, os niegue el rocío el cielo y sobre todos al fin. No quede una verde rama una hierba, ni una flor, sierpes se vuelva la grama sombra falte en el calor, y al siervo cobarde cama. No vista la primavera sino el luto sus prados vuelva el Jordán su carrera porque mueran sus ganados de hambre y sed en su ribera. El cielo esquilme los frutos a los árboles con piedras, lloren los hombres y brutos dejen los olmos las hiedras y arrastren amargos lutos. Desde el enero al diciembre, llueva sangre el cielo impío, porque el labrador no siempre coja pan, el estío ni haga vendimia en septiembre. No des así, a los enojos rinda señor. Déjame echar un mar por los ojos, porque es su padre el que ve estos sangrientos despojos. Desde hoy he de sepultar en ceniza el cuerpo frío y eternamente llorar. ¡Ay Joseph! ¡Ay Joseph mío! Tu padre te va a buscar. Tú has quedado como el sol a quien rubios rayos das no tiene que verte mas Bien sé que rubio arrebol que le presta el agua fría, si me hiciera competencia mostrará la diferencia que tiene la noche al día. Y no es soberbia que sea más perfecta que él por ser sólo racional y mujer. De este parecer estoy. Que en Egipto es tu hermosura contada por la más rara, que a vista del sol la cara de quien los rayos procura. Sólo tu hija podrá competir con su belleza con quien la naturaleza copiando tú rostro está. Le falta a Seneth el brío, que es el más hermoso agrado. ¿Está bueno no este tocado? alza. A pisar el rocío. No sale el alba tan bella cuando se empieza a vestir de coral y de zafiro tras la enamorada estrella. Quitarte quiero el espejo, porque no te vuelvas loca viendo el coral de tu boca y el soberano reflejo. De tus celestiales ojos. No hay peligro en el deseo, que como yo me poseo, tengo muertos los antojos. Ya Seneth viene, Señor. Vendrá muy necia, y muy fría. Aquí estás señora mía. Si, que me levanto ahora. Con el sol te has levantado aventajando su lumbre. Verla le da pesadumbre, que no hay caso tan pesado a la madre que más ama, que más de duela, ni aflija que ver ya grande su hija si ella pretende ser dama. Señora, mi padre viene. De mis amorosos lazos es olmo. Dadme los brazos bellísima Mitilene, Vos seáis muy bienvenidos, ¿De dónde venís? Acabo de ver al rey, un esclavo nuevo a casa os he traído. Que es hebreo de nación, de muy buen talle. Es empleo de vuestras manos. Hebreo. Señor. Que gran perfección de rostro y talle, parece que es un Ángel soberano. Llega y pídele la mano a tu señora. Hoy se ofrece a vuestros pies este esclavo para sombra de estos pies. Que muchacho y galán es, Putifar. La joya alabo. Alzate del suelo amigo, ¿Cómo te llamas? No sé, que ya mi nombre olvidé. Noble parece. Es testigo su buen talle. Y qué buen talle, no le tiene Egipto igual. El esclavo es celestial, no ha dejado de mirarle mi madre, y ya tengo celos. Parece que es esto amor. No han puesto talle mejor sobre la tierra los cielo. Mucho le mira también Seneth, celosa estoy, Del esclavo esclava soy, que me ha parecido bien. Porque de los ojos tira fuego que al alma se bien, mucho mira Mitilene, y Seneth mucho le mira. Celos me matan. No sé con qué fin estas me miran tan atentas y suspiran. No hay de la cabeza al pie en él cosa que no sea sobrenatural y hermosa. No ha criado el cielo cosa tan bella. Del sol es fea la lumbre con su hermosura. Estoy, por Dios, tan pagado de su detalle y su gordura. Qué he de vestirle y tratarle como mi propia persona, porque su rostro le abona. ¡Qué buen rostro! ¡Qué buen talle! Que cautivo de los cielos. Ya os aguarda la comida. Vamos a comer mi vida, Muero de amor, y de celos. Muero de celos y amor. De amor y de celos muero. Hablarle a solas espero. Sola le hablaré mejor. A solas le pienso hablar. Hebreo, adelante pasa, que entiendo hacerte en mi casa otro yo. Dame a besar los pies por tanto favor. ¿No sé que tienes contigo, ¿qué te ha dado el cielo amigo, que en todos pones amor ? Agradezco al cielo el bien que en agrado me ha hecho, Entremos. Vanos antojos pone el amor al deseo si hay bello esclavo. ¡Ay, hebreo! ¡Ay cautivo de mis ojos!

JORNADA SEGUNDA

¿Qué hay de nuevo, mayordomo? De ti he venido a saber qué es lo que quieres comer. Lo mismo que siempre como. Como es señalado día, gusto Putifar tendrás que se añadan platos de más hoy. No sé por la vida mía. ¿Qué caballo te ponemos esta tarde? El más galán. Hoy llevas el alazán, que está haciendo mil extremos. Con las manos y los pies de espuma el freno argentando. El despacho está aguardando el correo que después de medio día no piensa en manifestarse más y tu muy remiso estás. Es menester una inmensa memoria para adquirir tanta variedad de cosas. Cumple con las más forzosas. Si he de sacar a vestir para tu persona, el gusto de la seda saber quiero. No sé por Dios, camarero, ahora de lo que gusto. ¿Qué firmes importa, luego estas libranzas, señor? A buen tiempo, contador. Al tiempo que importa llego. Mira que falta cebada. Ya la libranza se hizo. Bien está caballerizo. Mira que seda te agrada. Deja dicho que ha de ser los platos que he de aumentar. Advierte que hay no hay lugar si tienes que responder. Lugar aura secretario y ya véis todos que estoy ahora deprisa y voy a lo que es más necesario. Que no son remisos de igual modo sino, tener espacio. ¿El rey me agrada en palacio? Acudid a Joseph todos. A Joseph se ha de acudir. Que a un esclavo que a un hebreo de tan extraña nación le lleve la inclinación. Yo lo veo, y no lo creo. No hay cosa que por su mano no pase en la casa. Y no hay cosa que por más dificultosa de ello no alcance este villano. Él es toda su privanza y su consejo también. Todo su gusto y su bien. Tanto el extranjero alcanza teniendo en casa criados que lo merezcan mejor quien sirve a ingrato señor así mira sus cuidados. Que cuando en servir más hagan esperan premios peores que rameras y señores de una misma suerte pagan. Eso ya es antigua queja en los palacios. Ya viene quien siendo esclavo nos tienen en cautiverio y no deja cosa en casa que no esté a su parecer sujeta. Es influjo de planeta que favorable le fue. Tanto que con detalle no mucho bien en su ausencia en llegando a la presencia recibo gusto en mirarle. Y es de manera el efecto de esta causa principal que queriéndolo hablarle mal pone temor y respeto. Lo mismo a todos nos sucede. Donde su valor reflejos. Haced que aquellos lejos menos vivo el color quede. ¿Qué es la pintura perfecta que no tiene propiedad porque de la facultad que al pintor dan al poeta? No se ha de usar para hacer en el arte imperfección. Nada dejas de saber. Con buen discurso se alcanza lo que se puede dudar. Con razón de Putifar, eres toda la privanza. ¿Ha sido favor del cielo? Y le mereces mayor. Haced acabar señor esos cuadros que recelo. Que habrán de ser menester muy pronto. En esta semana lo acabaré mañana. Sutil pintura ha de ser. Aunque esta noche imagino según bien dispuesto está que entre los demás será el cuadro más peregrino. Que imitan mucho el efecto estas sombras y celajes y de aquellos homenajes los humos. Eres diferente. ¡Qué Dios te guarde mil años! ¡Qué bien que mi ingenio alcance lo que es digno de alabanza! Más ingenio tenéis vos. Pues un rostro habéis mostrado a la alabanza y a la enmienda sin que ninguno os ofenda que un artífice extremado. Quiere que los que más saben en cuanto hacer se disponga que nadie falta le ponga y que todos se lo alaben. Y así con la confianza propia, muchos se perdieron y a muchos necios hicieron la lisonja y la alabanza. Andad con Dios y acabad los cuadros, que no diré al capitán lo que sé de lo visto con verdad. Y enviad el dinero que se os debe. Adiós señor. ¡Secretario, contador, mayordomo, camarero, caballerizo! ¿Qué hacéis? Muere su gran preferencia a respeto y reverencia venir a que nos mandéis. ¿Qué hay de nuevo necesario? Que natural gravedad. En casa hay necesidad. Despechar al secretario quiero primero, por ser, según Putifar, me ayuda su negocio más deprisa. Le tiene que responder el capitán a mi señor. Ya sé lo que es el despacho. No se ha visto un muchacho tal ingenio ni valor. Esto es lo que se ha de hacer. Bien lo podéis despechar. Pues de esto al mundo admirar, sufrillo fuerza ha de ser. ¿Qué querrá el caballerizo ahora? Falta cebada en casa. ¿No está firmada la licencia que se hizo? Esta y otras tengo aquí que son menester a fe. Dádmelos que os lo firmaré. Con sólo tu firma, di Joseph, ¿le podré librar el dinero? Contador, el capitán, mi señor, me manda al salir firmar. Y así le obedezco en ello, perdonadme el no poder dejarle de obedecer. Yo también estoy dispuesto a obedecer, pues si gusta. Que de esto interés no espero ya lo sabe el tesorero con quien la cuenta se ajusta y aún si mi firma valdrá como la de mi señor. No puede a mayor favor llegar su privanza ya. A saber el gusto solo de la seda del vestido del capitán he venido. El gusto es diverso polo, donde no puede negar conocimiento extranjero si no la ha visto primero. Más pues, ¿yo el voto lo he de dar? Y para el campo ha de ser, esta nueva gala, sea del color de su librea. Yo te pienso obedecer. Yo saber los platos quiero que en la mesa he de añadir. En el gusto del vestir y del comer, considero dos votos, y entre ambos juntos, porque dicen que ha de ser. Al gusto de uno el comer, y el vestir, a muchos gustos. Y así los platos serán de los que sabéis que os gusta más el capitán. Es justa resolución. Los que están con experiencia, mejor del señor el gusto saben. Tu ingenio todos alaben que es en Egipto el mayor. Envidia aquí temo más vuestros desvaríos locos porque en privanza muy pocos tuvieron fin jamás. Y más ayudando vos, que sois con los más sabidos el peso de sus caídas. ¡Oh, Joseph! Que te guarde Dios. Señora, el cielo te guarde, como desea el amor del capitán mi señor. No hay fiera que me acobarde tanto como esta mujer. ¡Cúbrete! No mandes que con favores tan grandes me venga a desvanecer. Bien estoy así, que soy tu esclavo, y tú mi señora. Haz lo que te mando ahora. Mira la nota que doy. Si de esta suerte me ven. Pues, has de estar de suerte. No tengo que obedecerte. Así estoy, señora, bien. ¡Qué riguroso que estás! ¿De mármol eres hecho? Porque ablandar tu duro pecho no puedo, Joseph, jamás. Señora, ¿en qué no te he obedecido de lo que me has mandado? Siempre, Joseph, con olvido mis memorias has pagado. ¿Qué olvidé de lo que me mandaste? No te acabo de entender. A tus reyes, mujer, de entenderlos acabes. Teniendo el entendimiento que tienes, no has conocido este secreto escondido del alma en el pensamiento. Que los ojos le escribo para que tú lo leyeses y el alma me conocieses. Dudas que conozco yo las mercades que recibo mirando tu calidad. Y viendo la indignidad que tiene un pobre cautivo nombre de ingrato pudiera merecer, sino alcanzara a estimar lo que estimara otro que más mereciera, y es poco encarcimiento aunque un rey fuera tu esclavo. En cuanto que dices, alabo tu divino entendimiento. Pero, Joseph, ¿no me entiendes? Ahora soy desdichado. No agradecer el cuidado con que te miro, pretendes de este modo, José, cuando están mis ojos llenos. Ahora te entiendo menos. De tu infamia estoy temblando Llégate, y me entenderás. Ya llego,¿estoy bien ahora? Llégate a mi más. Señora, bueno estoy. LLégate más. ¡Oh, flaca mujer, estoy sin sesos! Muestra una mano. TÓMALE LA MANO Cielo soberano, ¿qué es esto? Perdido soy, solo vuestro amparo espero. ¡Qué esquivo estás conmigo! ¡Suelta ya! Joseph, amigo, por ti vivo y por ti muero. No me pongas con olvido y desdén. ¿Qué es esto, cielos? ¿Mi madre me abraza en celos? Pienso que el lecho has perdido, suéltame. ¿Con qué podré echarle luego de aquí? No estaba Joseph en mí, perdona. Solo yo erré y tú me has de dar perdón. Madre toda la guarda. Dice que mi padre aguarda a que salgas al balcón, que quiere hablarte. Voy pues. De un escollo huyendo voy apenas y en otro doy pero no daré a través. Favoreciéndome el cielo, que más daños satisfaga. ¿Cómo das tan mala paga a mi amoroso desvelo? ¿Cómo, Joseph, tan ingrato eres a mi voluntad, con celos contra la verdad del alma y del limpio trato? ¿A mi amor eres cruel, teniendo amor a mi madre en ofensa de mi padre? No te está mejor con él. Di Joseph, ¿emparentar por el casamiento mío que no con el desvarío que intentas tu honor manchar? Para poderte decir esto, Joseph, hice ahora que llamabas a tu señora mi padre. Todo es mentir. Pues, ¿miento yo ingrato? No, pero engañaste en verdad, porque de la honestidad que a Mitilene te dio. El cielo estaba tu madre, no pudo nacerme a mí pensamiento injusto aquí para ofender a tu padre. Este pensamiento loco, de ti, hermosa señora, tuya que basta ser madre tuya para no tenerla en poco. Mira que es tu honor pensar de tu madre, Seneth, bien. Pues de su injuria,también parte tienes de alcanzar. Fuera de que yo procuro, que el capitán, mi señor, presente tenga el honor, como ausente, en mí seguro. Y a ser de importancia alguna mi vida se la ofreciera, que lo sepa el cielo, aunque fuera la recompensa ninguna. Que pues siendo irracional, un perro agradece el bien, un hombre, no fuera bien lo agradeciera tan mal. Y en lo que has imaginado a Seneth de casamiento, es humilde pensamiento conmigo haberte igualado. Que soy un esclavo tuyo para tan dichoso empleo y un advenedizo hebreo. Con que tus quejas concluyo. No te acuerdes de ello más, que es vileza imaginarlo. Infinitas partes hallo en ti, muy humilde estás. Yo sé que no te merezco para tan dichosas bodas, y que son excusas todas a los que celos padezco. Yo te supliqué que dejases tan humilde pensamiento. Cuando celoso tormento, que padezco me aumentase. Ingrato, con lo que vi más rigor pudiera ser. ¿Qué pudiste, Seneth, ver? ¿No le estabas dando aquí la mano a mi madre ahora? ¿Puedes negar la traición? ¡Qué loca imaginación! Le mostraba a mi señora esta esmeralda y rubí que me dio tu padre ayer. Mira si le he de ofender viendo que me trata así. Y ya son más que desvías a Seneth tus pensamientos. Loca estás. Son sentimientos de mis locos desvaríos. Ay, Joseph, ¿qué no has de ser mío? Palabra te doy si del estado en que estoy en otro me vengo a ver. Que puede igualar contigo que es bien que ha guardado el cielo otra mujer, y me obligo. Que si hubiera de querer otra, que también lo seas, si mi voluntad deseas. ¿Hay más dichosa mujer? Da me en señal que lo juras esa mano. Mírala aquí. Para ser tu esclava nací. Mis glorias quedan a oscuras. ¡Cielo! ¿Qué es esto que miro? A Seneth le da la mano, ay, falso hebreo, ay, villano. Me quejo, lloro y suspiro. ¿Cómo lo echaré de aquí? Pero ya con la ocasión, se me ofrece una invención, señora. Triste de mí. Mitilene, mi señora, te llama. Ya voy. Ahora hebreo que estoy contigo a solas, ahora mi razón has de escuchar mirando sin razón. Pues, eres de mi afición, dueño. ¿Hay más que pasar? ¿Esto ahora me faltaba? Ya con la paciencia acaba. No seas ingrato esclavo que era yo tu humilde esclava. ¿Cómo no estimas mi amor y con Seneth me das celos? Riguroso estás. ¡Qué celos, ni qué rigor! ¡Qué amor, ni que ingratitud! No te entiendo déjame. Invención de tu amor fue. Así Dios me da salud. Que quieras, o que no quieras, que te tengo que abrazar. O me tienes que acabar. Mujer déjame. ¿Es de veras? Abrazo es. De celos muero. Muero de celoso amor. Al capitán, mi señor, contadle este agravio espero. Que no ha de haber en su casa tan gran disolución. En palacio un repelón por fruta de sartén pasa. Deja el amor por juez que mi pensamiento abona y este abrazo perdona. Que no lo haré otra vez. Tu padre viene. ¡Ay de mí! ¿Y, si mi señora me oyó? Perdida estoy. Ya volvió el capitán. Ya volví de palacio, solamente, a deciros a las dos como es hoy de nuestro Dios Apis, en la egipcia gente, la general procesión y va el Faraón en ella. Os he tomado un balcón en lo mejor de la plaza y en lo mejor del lugar. Venidlo, pues,a ocupar que ya la fiesta se traza. Yo Memfis alborotada, de regocijo está loca y toda la fiesta provoca de seda y oro colgada. Vamos, pues es vuestro gusto Quiero que cuando ocupéis el balcón al del Sol déis envidia. No os de disgusto que se vaya a acompañaros y serviros juntamente por ser mi ley diferente. Gusto, Joseph, quiero daros. Quedaos en casa en buena hora. Los pies mil veces te beso. Que os quiero bien os confieso. Y quien lo escucha os adora. Y esta es notable ocasión para el pensamiento mío, perdonad mi desvarío. Amor, que es ciego ocasión. ¡Cuánto por hacer dejaste y tu acabar no pudiste, hice luego que te fuiste! Como señor, me mandaste. Conmigo estuvo el pintor y esta mañana traerá el último cuadro ya acabado. ¡Qué dolor! Sabe el corazón me ha dado de repente que me muero. SE CAE SOBRE JOSEPH Deténme Joseph. Mal tan fiero tan de repente ha eclipsado. Mitilene vuestros soles, mi gloria, mi bien, mi amor, en nieve trocó el color de sus rojos árboles. Notable desmayo ha sido señora. ¡Ay, muerta mi ama! Joseph, llévala a la cama en brazos para que el sentido le vuelva en ella y a los médicos llamad. ¡Qué notable enfermedad! Bien la fiesta celebramos. ¿Qué tan de repente ha sido? Tan de repente, esto pasa, alborotada está la casa. Y ella sin sentido. ¡Qué riguroso accidente, alguna triste pasión, debe ser del corazón que aprieta así de repente. Líbreme de ti mujer el cielo, no estoy en mí, no sé. Joseph viene aquí, de ello lo podremos saber, Joseph, ¿qué hay de mi señora? Un desmayo solo ha sido, mas ya queda ahora en su sentido, y queda mejor ahora. Tan buenas nuevas, ninguno que no fuera tú, pudiera darnos. Yo me salí fuera, luego que peligro alguno en tu enfermedad no vi. ¿Allá podremos entrar para ver a Putifar? nos ha menester. Aquí el seso perdiendo estoy, la enfermedad fue fingida, a mujer más sementida que de cuantas viven hoy. Y han pasado, se tendrá entre los hombres memoria, tu infame y lasciva historia, amenazando me está. Pero el cielo de mi parte, y contra su loco amor, me ha de dar siempre valor, que en castos pechos reparte. Y como a la envidia pudo, que me maltrató rendir, la lascivia resistir podré con el mismo escudo. Desde luego, que sospecho salir, pienso como el Sol, que la ocasión es crisol para resfriar el pecho que cuando pensé que lava con el parasismo fuerte, postrero tributo a la muerte. Que sus sentidos llamaba. Me apretaste de manera la mano, que aún Putifar casi pudo sospechar su intento, ¿hay mujer más fiera? Sin duda el seso ha perdido, y así como Mitilene, que es cabeza no la tiene, andamos todos perdidos. Mi señora me ha mandado. Joseph, que te llame ahora. Pues, ¿cómo está mi señora? Buena, Joseph, ha quedado. Y Seneth, y el capitán, Joseph, mi señor y tuyo, a la procesión se van. Y los tres solos en casa hemos quedado. ¿Por qué, también Seneth se fue? Porque a la fiesta que pasa quiso su madre que fuese diciéndole que entre tanto reposar pretende. ¡Oh, santo cielo! Tu ayuda no cese. Que ya el campo me presenta esta enemiga mujer, no le permitas vencer que ganarme el alma intenta. Entra, acaba que te llama. No es razón que yo entre ahora, a donde está mi señora sola, y desnuda en la cama, tú te debes engañar. De espacio estás, entra pues que te llama. ¿Tú no ves que no me es lícito entrar? Si ella no ha advertido en ello, ¿por qué tú lo has de advertir? Desde aquí puedes oír su voz también. Hecho el sello esta vez, la fuerte mía, entra tu también acá. A solas te quiere allá. Que rigorosa porfía. Sin duda que determina como en saber te acrisolas consultar contigo a solas alguna medicina. Ninguna el juicio tiene, que su mal puede curar. Joseph acaba de entrar, que te aguarda Mitilene, y te encargo allá mis celos que te quiero bien a fe. En la cisterna entraré con tantos temores, cielos. Válgame Dios para que Mitilene llamará a Joseph, y me dirá, que aquí a la puerta me esté. Varias imaginaciones, en este caso me dan, que anegando el alma están, entre un mar de confusiones. Si mis sospechas han sido verdaderas, como pienso, me dará muerte el inmenso dolor. ¿Estás sin sentido? Suelta señora. Tirano, ¿por qué no miras mi amor? Debo mucho amor a mi señor. ¿Y no a mi amor inhumano? Suelta señora, que estás sin sesos; suéltame, suelta. A mujer que está resuelta, en frenar es por demás. La capa pues de esa suerte, mujer en tus manos dejo como culebra el pellejo, para escapar de la muerte. ¡Espera, tirano hebreo, esclavo enemigo, espera, como llevándome el alma! ¿Sólo una capa me dejas? ¿Cómo huyes victorioso y la que vencida queda goza huyendo su enemigo los despojos de la guerra? ¿Por qué te vas, si te adoro? ¿Por qué si te sigo vuelas? ¿Qué soborno al vuelo hiciste? ¿Qué te dio su ligereza? Ruego a Dios que huyendo caigas aunque con las alas te ausentas y tropieces cuando corras en tu ligereza misma. Para tragarte, tirano, se vuelva bocas la tierra, o para abrazar tus alas, el aire, fuego se vuelva. Y las plumas abrasadas desde tu misma soberbia, ¿des en el mar de mi llanto, que a tu propio dueño anega? pero nada te ofenda y sólo sirvan estas tristes quejas de dar descanso al alma que me llevas. Ciertos mis celos han sido, ciertas fueron mis sospechas, este hechizo que tiene toda esta casa revuelta. Mitilene está perdida por él, y la causa es esta, de haberte en casa quedado y haberte fingido enferma. Aquí me importa la vida el disimular con ella y el encubrirse este caso. Espera tirano, espera, ¿a dónde te has escondido de mis ojos? ¿Dónde piensas llevarme el alma que usurpas con ingratitudes fieras? Señora. Déjame. Mira. No puedo que estoy muy ciega y el que me niega su villa tras sí los ojos me lleva. Si nos has parado enemigo, ruego a Dios que tu carrera te lleve a precipitar y en átomos te resuelvas, no quede de ti pedazo, porque aún memorias no vean en ti los ojos humanos, castigo a tu ingrata ofensa. Pero nada te ofenda, y sólo sirvan estas tristes quejas de dar descanso al alma que me llevas. ¿Qué es esto que ha sucedido? ¿Qué voces son estas? Mi señor viene. El rigor de mi furor hoy empieza. ¡Cielos, qué es esto que miro! No es Mitilene, ¿qué nueva causa así la descompones? Ingrato tu dueño espera, que hoy la ofensa has de pagar. Quien mi bien os hace ofensa, qué es esto quién os agravia. Oh señor,a tiempo llegas que podrás darme venganza. Dejé al rey, dejé la fiesta, por saber señora mía nuevas de tu salud vuestra, y encuentro entrando en mi casa de ofendas y agravios nuevos. Esto espera de un ingrato quien le levanta de tierra. Habladme mi bien más claro, remediaré vuestras quejas. Ese hebreo, ese villano de ingrata naturaleza, ese que en mi casa hiciste imagen de la soberbia con tantas horas, que han sido las alas para tu ofensa, viéndose sola, señor, aquí enmudece la lengua, y como propios agravios a publicadlos no acierta. ¿Qué hizo al fin que estoy loca? Adivinando mi afrenta. Hasta mi cama entró, que intentando con ternezas primero manchar tu lecho y no pudiendo por fuerza, quiso después intentarlo, y yo de cólera fiera llena el alma, arremetí, pero la justa defensa, y el temeroso y turbado huyendo de esta casa deja en mis manos prensas viles, como testigos sin lenguas de su delito y tu agravio. Basta, quien tal entendiera a perro ingrato villano hebreo, hoy verá la tierra que ejemplo dejo de ti, buscadle todos deprisa, no dejéis en Memfis toda un ladrillo, ni una piedra buscando a este ingrato esclavo. Hoy las mercedes inmensas que le has hecho a un vil señor, la paga de esta manera. Buscadle ahora y dejadme. Andad. Ya vamos, espera. Piadosos cielos volved por tu afligida inocencia. Pienso señor que me llamas, ¿qué mandas? Qué desvergüenza tan notable vive el cielo que le he de dar muerte fiera. Señor no manches las manos en tan abatidas prendas, otro castigo mejor. Ya de lo dicho me pesa, pero no he podido más. Si os he hecho alguna ofenda, humilde la muerte aguardo, que no nos hago resistencia. Perro eso dices. Por aquí esta siempre intenta mi desdicha. Desnudadle. No será la vez primera que me han dejado desnudo, y quizá mi sangre medma. Esto tengo yo en mi casa, villano, de esta manera pagas los favores nuevos. Aún así tiene belleza. Traed cadenas y esposas. Vengan daños males, vengan desdichas y penas bajen, como yo al cielo no ofenda. Aquí está ya la cadena, y los despojos. LLegad y ponedla. De pena estoy traspasada el alma, más el honor de esta fiera que le despedaza importa tener la lengua de piedra. Ya está de hierro cargado. Todo por Dios poco será. A la cárcel le lleváis ahora de esta manera y al alcalde le diréis que si mi amistad profesa en llegando al verdugo sin género de clemencia, que amarrado a una columna le azote con tanta fuerza que el mármol quede manchado con la sangre de sus venas. Y que le sirva en la cárcel del después hasta que muera. Que lastimoso castigo. Andad con él. Vamos, ea. Venid señora. Voy loca. Vuelva Dios por mi inocencia. Nunca ceséis de llorar ojos el bien que perdisteis, y pues no véis lo que viste llorad siempre sin cesar. Lloviera al cielo que un mar, pues habéis llorado tanto, pudiérais hacer de llanto, y pasara de esta suerte el estrecho de la muerte, que navega el mundo tanto. Ay, Joseph, ay mi alegría, ¿dónde estás que no te veo? Que nublado oscuro y feo eclipse al Sol de tu día. Buscándote prenda mía como si no fueses muerto, ando de mi mal incierto, la noche y día engañado, que como quien ha soñado, te pruebo a buscar despierto. En cualquier parte imagino que te tengo que encontrar. Y lloro en cualquier lugar mi caduco desatino. Luego volver determino segunda vez a engañarme, a llamarte y a quejarme, como a mis voces no vienes, y mientras más te detienes, más tardo en desengañarme, Joseph, ¿qué tardanza es esta a mi vejez afligida que me cuesta tanta vida, y tanto llanto me cuesta? Joseph,Joseph, ¿no hay respuesta? ¿Dónde estás, mi bien, en dónde? Ni aún el eco me responde, porque mi fortuna atroz escondiéndome de tu voz, hasta el engaño me esconde, dónde iré triste de mí, si el báculo me ha faltado en que yo andaba arrimado, más Benjamín está ahí que podrá serlo, no fui tan desdichado en quedar sin él, pues en tu lugar este consuelo me queda. Pero no hay Joseph, quien pueda vuestro lugar ocupar. Quiero hacer cuenta que estoy hablando Joseph, contigo, que pues que vienes conmigo fuera de razón no voy, ¿qué te has hecho mi Joseph? ¿Dónde, mi bien, has estado, qué tanto tiempo has tardado? Muy tarde a casa has venido, dirás andando perdido que has ido viendo el ganado. ¿Cómo están los recentales? ¿Están muy gordas las crías? ¿Hace allá mejores días que los que paso inmortales? ¿Jugaste con los zagales a sus juegos aldeanos? ¿Traes de naterón las manos llenas para Benjamín? ¿Cómo, Joseph, te va al fin, de envidia con tus hermanos? Dirás que muy mal te ha ido, y créelo yo también, dame esos brazos, mi bien, y seas muy bienvenido, que bien deseado has sido. Hablando contigo está mi padre. Abrázame ya. A mí me debe decir, llegar quiero a recibir los abrazos que me da. Ya me parece que os toco, llegad mi Joseph, llegad, pero que esto es verdad, me parece o, ¿estoy loco? a mil gustos me provoco, a Joseph abrazos doy. ¿Quién eres? Benjamín soy tu hijo. A suceso extraño, que poco duró mi engaño, y,¡cuán engañado estoy! Mis hermanos han venido, padre, por carne y por pan, y solo aguardando están que se lo den. ¿Han traído, Benjamín, de mi querido Joseph, nuevas? No, señor. Por consolar mi dolor, no me dijeras que sí. ¿Si es muerto cómo? ¡Ay de mí! Que es cierto que al fin, que rigor. Si das padre siempre en eso, todas las noches y días, las largas melancolías vendrán a quitarte el seso, que es justo, señor, confieso, en en fin sin dicha temprano de Joseph, mi amado hermano, pero no ha de ser suerte que derribe con su muerte todo ese edificio en vano, hijo de Raquel soy yo. Como Joseph me mira, y controlarte podré, ya que el cielo esto ordeno. Hoy Benjamín que saltó la luz en los ojos míos. No son ojos que son ríos, que entiendo que han de llover tras ti de la muerte al mar, y a nuestros despojos fríos todos hemos de morir en la muerte que te das. Benjamín prudente estás, ya comienzas a seguir en el hacer y decir a Joseph, tu hermano amado, tu solo me has consolado, remedio siento contigo, ven solo a hablar conmigo, engañaré mi cuidado. Soñó el Rey Faraón un sueño grave y convocando a Memfas cuantos sabios hay en Asia y en África, ninguno no ha podido alcanzar el pensamiento, y así, confuso el rey, todos los días aquí aparece en público en un trono que fabricado tiene para el caso. Todos los días, y acudiendo a muchos sabios, que cada día acuden tantos. que es Memfis ya de ciencias una escuela, propone el sueño, para ver si alguno de la declaración que el Rey aguarda. Notable confusión de sueño ha sido, sin duda algún secreto encierra el cielo entre su oscuridad,él lo declare, y ampare a Egipto, que afligido teme con este sueño alguna desventura. Levantaos de la tierra, y ved si alguno en la declaración del sueño ha dado. Mudos estáis, ninguno acierta al blanco de mi profundo sueño, extraña cosa. Todos, señor, nos hemos desvelado con libros y diversos pensamientos, revolviendo la Esfera, y no dejando imagen en su círculo que tenga influjo en los humanos corazones, y no entendemos tu confuso enigma. Si de tu Egipcia Magestad sagrada tengo licencia, quiero hablar. Si tienes, habla de este suceso, ¿estás medroso? Cuando por voluntad tuya ,en la cárcel, tu panadero y yo, copero tuyo, fuimos presos por cosas bien distintas, pues así los efectos resultaron, Estando un día tristes por dos sueños que habíamos la noche antes tenido, un hebreo entró a vernos que está preso, muchos días habrá, por orden sola de Putifar que fue señor, su esclavo, de gentil parecer y entendimiento, y hallándonos así tristes, nos dijo que de nuestras tristezas le contásemos la causa. Yo le dije ser dos sueños, y su declaración oscura darnos pesadumbre mortal nos rogó luego, que se le diese parte de ellos, dando consuelo a nuestros ánimos confusos, le conté yo mi sueño de este modo: yo vi cerca de mí con tres sarmientos una abundante vid, que de racimos poblándose las uvas exprimía sobre su copa, y a beber te daba. El sueño da a entender, dijo el hebreo, que dentro de tres días habrás vuelto al oficio primero que tuviste, te suplicó que viéndote en el palacio, tengas de mi memoria y le declares al rey, que estoy sin culpa en esta cárcel. Le contó el panadero el sueño tuyo, y le dijo que dentro de tres días estaría en la horca, y esto todo sucedió como digo, y hasta ahora, no he tenido memoria, siendo ingrato, al bien que me hizo en declarar mi sueño, yo pienso que esto solo podrá ser suyo, dar la interpretación que le deseas. No hay copa que se olvide más deprisa que el beneficio,como dijo un sabio, vayan por este hebreo. Ya ha partido un soldado por él, ese es mi esclavo, a quien yo por su raro entendimiento, estimé, de manera que le hice en mi casa otro y con testimonio de mi difunta esposa Mitilene le puso de la suerte que has oído, ya su muerte dejó un papel cerrado que abriéndole ley esto dentro: Joseph, no te ha ofendido que fue solo vana imaginación del pensamiento pide por mi perdón tu inocencia y ha sido su desdicha tan notable, que no he tenido de él memoria alguna. Pues es tan desdichado, él es sin duda mozo de grandes prendas. Te prometo que su ingenio no iguala a ningún hombre. Afición le he cobrado a solo el nombre. Entra esclavo, que espera el Rey. Ya llego. Pon la rodilla en tierra. Ya la tienes en tu presencia. De la suya puedo colegir su divino entendimiento. No he visto en hombre tan hermoso agrado, levántate del suelo, y sino sabes a qué has venido, escucha atentamente. Ya sé que vengo a declarar un sueño, que hace días que le tengo declarado por celestial secreto de los cielos. Temor notable en mis sentidos lucha. Atentamente lo que encierra escucha. Las siete bocas gordas que pacían la hierba a un prado fértil y abundante, y de las siete espigas fertilisimas el manojo señalan para Egipto siete años de abundancia copiosísima. Pero las siete vacas que salieron macilentas, después a las primeras se comieron,y esas otras espigas débiles y anubladas, le prometen de estéril temporal otros siete años, que seguirán a los primeros fértiles. Y vendrá a haber de pan tan grande falta, que olvidarán los años abundantes, tu majestad pruebe para el medio de esta desdicha algún varón prudente que gobierne en Egipto, y que presida, y mándale que junte en los siete años primeros de abundancia,todo cuanto de rubio trigo pueda en hondos silos. Y quedará tu Reino provisto contra el hambre que de Egipto espera y no hará falta nunca de sustento, esto es lo que alcanzó mi entendimiento. Sin duda habla el celestial espíritu. Hebreo, en tus palabras, tu persona sola merece el cargo de tu arbitrio, poder te doy desde hoy sobre mi reino y en tu confirmación te doy mis brazos, y mando que en mi reino te obedezcan y tengas el segundo asiento mío. En señal de lo cual, te doy mi sello, y mando que te púrpura te vistas, y que en carro triunfal por todo Memfis salgas, y con pregones diferentes vayan diciendo tosos cómo has sido el salvador de Egipto, y mis vasallos, como a mí, a tu presencia se arrodillen, y que elijas mujer como quisieres. Los pies me da a besar, pero perdona, que primero que pueda hacer su gusto, tienes que libertarme que hasta ahora soy de tu capitán humilde esclavo. Por ti le doy una ciudad de Egipto, como no sea Memfis. Yo te beso los pies por las mercedes que le haces. Y pues me mandas que mujer elija, pues sé, ya que de mi inocencia tienes el desengaño, Putifar, yo quiero, si es gusto tuyo, de a Senet la mano, gustando de ello el Rey, y también ella. Yo gusto de la elección que has hecho. Yo me tengo por dichoso en servirte. Yo los males que me has hecho, Putifar, perdono, y en señal de esta paz te doy los brazos. Y yo los pies apenas no merezco. Vamos, darás a Egipto confianza. ¿Notable entendimiento? Gran privanza.

JORNADA TERCERA

La necesidad, señor, importuna, el parecer obliga. Honrada mujer, ya lo sé. El gobernador de palacio no ha venido y aunque mayordomo soy, hasta que él venga no doy trigo. Que tiene un marido en una cama y sin él, tres hijos que sustentar y viendo todo el lugar con necesidad cruel. No es mucho que se den prisa, el sustento les procura, que piensa que ha de faltarles. La necesidad precisa. De todo Egipto, no sé si se vuelve el trigo el mar. ¿Cómo podrá remediar aquello el gobernador? Él fue el que el sueño declaró y el que dio luego el remedio para el riguroso asedio que padece, y pues que vio lo que suceder había en los siete años pasados. Tendrá de trigo colmados los silos, que el sol del día cubrieron de espigas de oro los labradores de Egipto, siendo el esquilmo infinito y después de gran tesoro que tuvieron y ganaron en las rubias fementeras. Más fue el trigo de las heras, que la paja que dejaron. Pero bien se paga ahora la fertilidad pasada, que aún no alcanzan de cebada pan nuestros hijos. Señora voluntad del cielo ha sido, da muchas gracias al cielo que os previno ese consuelo. Ya imagino que ha venido, Señora, el gobernador y Seneth, su amada esposa, luna de sol hermosa. Trigo, señor. Pan, señor Mira las voces que dan niños, mujeres y viejos, que le siguen de tan lejos. : Dadnos trigo. Dadnos pan. Siguiendo su carro viene todo Egipto. Y el bizarro, con Seneth, ya deja el carro. Ahora el cielo le tiene en Egipto, para ser su bien y restaurador. : Señor, trigo. Pan, señor. A todos da de comer. : ¡Viva el gobernador de Egipto! ¡Viva el gran gobernador! : Señor, trigo. Pan, señor. Ser su amparo solicito. Mayordomo, a todos da para que trigo les den cedulas. Está muy bien, pero has de advertir. Anda. Señor, obligado estoy prevenir que para ti no falte. Ya es para mí si a los pobres se lo doy. Con lo que ellos comen, como. Que falte no temáis vos mayordomo, porque es Dios universal.Mayordomo, ¿qué quiere aquella mujer? A pedirte trigo espero, aunque no traigo dinero para lo que es menester. Tengo tres hijos y un padre en una cama, señor. Que sólo con mi labor sustento. Piadosa madre, después que preñada estoy, no hay nadie que no me mueva a lástima. Es cierta prueba de tu nobleza y pues doy en mi lenguaje y vestido, de mi gran necesidad muestras, ten de mi piedad. Eso a mi esposo le pido. No era menester señora, que para cosas de Dios intervinieses vos. ¿Con cuánto podéis ahora pagar? Con poco, señor, podré reparar mi daño. Hacerla dar para un año trigo. Viva tu valor Muchos en Mensis y Egipto. Dios os guarde y anda que estás despachada. Dios os guarde. Al cielo, a Senet imito, que en este lugar me ha puesto por secreto soberano para servir a tu mano, sólo de instrumento en esto. Dios reparte, no yo, yo soy un agente y así doy lo que me ha dado. En ti talento igual conozco, porque en tu mucha humildad este rayo se descubre que jamás José se encubre la virtud y la verdad. Y esto viendo, quiere el cielo además de hacernos bien, darte la paga también sobre la cara del suelo. escucha las bendiciones que te echa toda la gente, viendo en ti su bien preferente. Dios coma sus corazones, que como rey infinito le sabrá premiar mejor. : ¡Viva el gran gobernador! ¡Viva el salvador de Egipto! Lo que me mandaste he hecho. Habéis, Mayordomo, vos agradado a mí y a Dios. Qué puro, qué limpio pecho. ¿Quién causa ahora ruido? Unos hebreos serán, que de tierra de Canán por trigo a Egipto han venido. Y quieren entrar a hablarte, señor, hasta este lugar y no los dejan entrar. ¿Qué de tan remota parte vengan por trigo? Señor, dicen que hay en su distrito la propia hambre de Egipto. Común ha sido el rigor del cielo, hacerlos entrar. Yo, entre tanto, voy a mi aposento porque buena no me siento, me voy. Yo iré a acompañar vuestra divina belleza, de quien quedo ahora ausente en despañando a esta gente. Adiós. ¡Qué extraña grandeza! Poned todo en el suelo la rodillas y adorad al gobernador. Hablad ¿a qué venís? Santo cielo estos mis hermanos son. ¡Qué majestad, qué grandeza! Tratarlos con aspereza quiero en aquella ocasión. Que no me conocerán mirándome en este estado tan diferente y mudado. Desde tierra de Canán a comprar trigo venimos diez hermanos extranjeros, luego que de los graneros de Egipto nuevas tuvimos, para que coma unos días un viejo padre y nosotros. Antes pienso de vosotros, Hebreos, que sois espías y con ella estratagema del trigo que me pedís, a ver lo flaco venís de la tierra. Y que se tema de vosotros es razón por mil diferentes modos que sois muy amigos todos de la envidia y la traición. Señor, no somos espías, tus siervos somos, señor. Tú me pareces traidor, más que todos los que guías. De paz venimos y es llano, pues te venimos a ver. Talle tenéis de vender, traidor hebreo, a un hermano. Bien os ayudáis a fe todos. Así Egipto goce tu valor, que éramos doce hermanos y el uno fue muerto a manos de una fiera, que en el monte le encontró. Y otro en Canán se quedó con nuestro padre, que espera nuestra vuelta con deseo de vernos, solo, afligido, y los diez hemos venido por trigo. A traidor hebreo, por vida del rey que habéis de quedar presos aquí hasta traer ante mí el hermano que tenéis. Uno de vosotros vuelva por él, los demás quedad en prisión, que a esta crueldad es razón que me resuelva. Hasta que este desengaño vuestra verdad justifique que así es razón testifique de Mensis y Egipto el daño. Justamente padecemos este mal y esta aflicción, pues con tanta sin razón de envidia y locos extremos a nuestro hermano inocente maltratamos y vendimos. De Dios la gracia perdimos Como es lengua diferente de la Egipcia la de Hebrón piensan que no los entiendo hablar. Escuchar pretendo toda su conversación. Vender,fue grande pecado, nuestra sangre por dinero. Ya os avisé yo primero. Pena escucharlos me ha dado, pero aquí como juez he de castigar su culpa. Señor, si no nos disculpa nuestra inocencia esta vez, haz de nosotros tu gusto. Porque en todo cuanto ofreces más hombre de bien pareces y yo pretendo ser justo. Uno solo, y no es rigor, me parece que conviene que quede en tanto que viene el otro hermano menor. Señala a quien. Aquí estamos, señor, sujetos a ti. Este me parece a mí. Paguemos como pecamos. A Simón, que fue autor de la venta y de su daño de Dios, por secreto extraño señaló el gobernador. No hay sino tener paciencia. Mi culpa pagar procuro. No está Judas muy seguro, le vi aquí en mi presencia. Secretos del cielo son, y de la tierra. Y sacar, que prometo declarar al cielo, cualquier traición. Ya está la cadena aquí. Ponerla a vuestro hermano. Vosotros a vuestro hermano traed, acabad. ¿Qué hacéis? Así todas las culpas se pagan. Como a un hermano inocente ataste, el cielo consiente que lo mismo esta vez hagan. Simeón, perdona. Yo estoy justamente castigado, que esto es pagar mi pecado. Un mar de lágrimas soy. Entrarme quiero llorar, que me enternece el rigor. Tierno está el Gobernador y lo debía de causar el castigo que procura hacer en estos hebreos por alcanzar los deseos que tienen, con que asegura a Egipto de cualquier daño y tiene tan tierno el pecho que, de esta prisión que ha hecho para ver el engaño, se entró de lágrimas lleno sin poderse resistir y ahora vuelve a salir. Hoy como juez condeno. Y como hermano también hacerles quiero favor. ¿Qué mandas, señor? Haced que el trigo les den, que esos hebreos pidieron, haciendo precios iguales y echadles en los costales todo el dinero que os den. Y al punto los despachas, y al que el rehén a de ser hace en la cárcel poner, en un aposento. Anda. Y advertiréis que pretendo que esto se ejecute al punto. Favor y castigo junto, por APIS que no lo entiendo. Venid, hebreos, conmigo. Ya mis hermanos se van. Hoy saldréis para Canaán sin un hermano y con trigo. Con brevedad procura traer al Gobernador a vuestro hermano el menor. No sé cómo eso será, porque quiere a Benjamín tanto, nuestro padre amado, que no le deja de lado y temerá el mismo fin. De eso otro que le falto con nosotros. De esa suerte para librarme a la muerte sólo habré de aguardar yo. Vamos, y otra vez vuelve de rodillas a adorar al gobernador. Si un mar primero mi llanto fue, ya es un diluvio. Señor, adiós. Yo en tus manos quedo. Adiós hermanos, no puedo disimular el dolor. Mientras mi padre dormía, salí a la falda del monte, cuando daba el Horizonte círculo de plata al día. Y su caza fatigando, sólo un conejo he podido matar, que medio dormido salió de un vivar faltando. Y se le he de presentar a mi padre por primicia de la notable cudicia con que me inclino a cazar. Que si vivo, de manera he de vengar a mi hermano, que, en el monte ni en el llano, no he de dejar ni una fiera. Cuchillo he de ser y furia de sus cuevas, de sus crías. Y han de ser las fuerzas mías vengadoras de alta injuria. Más mi padre viene ya vestido, quiero salir y sus brazos recibir. Benjamín dónde estará, que con la primera lumbre del sol saltó de la cama, que una inclinación le llama que a mí me da pesadumbre. Que es por la caza perdido y temo un fin desdichado, viéndole al monte inclinado. Padre. Benjamín querido dame tus brazos. Amor ¿de dónde vienes ahora? Desde que la blanca Aurora se afeitó de resplandor, en este monte cercano que lleno de asombro dejo. Salí a buscarte un conejo que te he muerto por mi mano. Perdona como discreto la humildad del cazador, que en siendo un poco mayor un jabalí te prometo. Dadme los brazos, regalo por el donaire mil veces, o como al Joseph pareces. Sólo en quererte le igualo, que lo demás bien confieso que quedo, señor, atrás. Hecho un niño, amor, estás. Pierdo mirándote el seso. Si tu vas de esa manera, no es mucho mi cazador, mates las fieras de amor, más no te encuentre la fiera que mató Joseph, tu hermano, contra quien amor no pudo ser flecha, ni ser escudo. Sólo ejercito la mano para vengarle, señor, pues tanto llanto nos cuesta. Tiene diez cabezas esta, huir de ella es lo mejor. aunque tuviera diez mil. Ay hijo, que es muy cruel con la sangre de Raquel y es traidora, ingrata y vil. Enigmas son que no entiendo, dejemos esto, señor, y porque de cazador tener opinión pretendo para ver si tirar sé, que tiraremos los dos, quisiera padre, yo y vos, porque después que maté este conejo es de modo que pienso que no alcanzó nadie a tirar como yo. A tu gusto me acomodo, hijo de mi corazón, y pretendo entenderte como gustas de esta suerte. Y para que la opinión de ambos pase, o quede atrás, precios hemos de poner. ¿Qué precios, pues, podrán ser? Precios que pagar podrás y que yo pagar pueda. Yo he de darte, hijo amado, una cría del ganado a cada vez que pueda y cada vez que tú, a mí un abrazo. Estoy contento, ganarte el ganado intento. Yo hacer mil lazos de ti. ¿A qué blanco tiraremos? A aquel ladrillo que ves descubierto. Vaya pues, tiremos, padre. Tiremos. ¿Quién primero tira? Tú, que tienes al fin el arco ya, Benjamín. Pues señala el lugar. Desde esta raya, que yo hago ahora con mi mano. Hoy verás como te gano. Mantente a la raya, eso no, que es ventaja conocida. ¿Estoy bien ahora? Sí, tira ahora desde ahí, dulce puntal de mi vida. Ya tiro, en el blanco he dado, no me vas a poder ganar. Más en medio pienso dar. Toma, padre, el arco armado. Muestra mi bien. Peregrino fue mi tiro. Mano y brazo me tiemblan, apréstame un abrazo, que ganarte determino. A gallarda mocedad, que no he de acertar sospecho, a tirar falta me has hecho, o lo que puede la edad. No tiras, ¿tiemblas, señor? Ya estoy, Benjamín, de fuerte que soy blanco de la muerte, más que diestro tirador. Y con todo he de ganarte, tal es la propia pasión, que viéndome en la ocasión no quiero ventaja darte. Ya tiré. El blanco has errado, te llega, señor. Ya miro, me faltó la vista al tiro. Un cordero te he ganado. Es verdad. ¿Quieres más tirar? Ya la ventaja te doy. De esa manera ya soy gran tirador. No hay que hablar, puedes, Benjamín, querido, con el mejor tirador ponerte a tirar. Señor, lo que he ganado te pido. Escoge en todo el ganado el más hermoso cordero, pero de barato quiero un abrazo. Padre amado siendo vuestro Benjamín los brazos vuestros serán, aquí con el alma están. Eres mi descanso al fin. Comerte también las manos, que también tiran deseo. : Aquí está mi padre. Creo que han llegado tus hermanos. Danos tus manos, señor. Abrazadme, hijos queridos, y seáis muy bienvenidos. A Benjamín cazador. En ello ha dado. Abrazadme, hermanos del alma mía, y en señal de esta alegría con vuestros brazos honradme. Aquí está, hermano amado, nuestros burracos y con ellos la sangre. No quiero de ellos, sino sólo ser honrado. Aquí falta Simeón, ¿dónde está? Padre, preso. ¿Cómo? contadme el suceso. Escucha. ¡Qué confusión! Desde Canán, padre amado, en la demanda que fuimos, llegamos a Mensis todos. En seis días de camino, entramos luego en la casa del gobernador de Egipto, que reparte trigo al reino y adorándole dijimos que veníamos de Hebrón y desde Canán, por trigo, por estar toda la tierra falta de sustento. Y dijo con aspereza notable "vosotros sois enemigos y espías, que a ver la tierra solamente habéis venido, por reconocer lo falco que tuviere", respondimos "tus humildes siervos somos, que nuestro padre afligido, nos envía de Canán por lo que te habemos dicho. De paz venimos señor, porque doce hermanos fuimos, uno murió, otro quedó con nuestro padre". Encendido en nuestra cólera, entonces, sospechoso, a sus ministros mandó poner en prisiones cómo espía y enemigo a Simeón. Hasta tanto que a nuestro hermano y tu hijo menor a Mensis llevemos por castigar el delito o saber si es verdad. Y dándonos todo el trigo que pedimos y pagamos, sin nuestro hermano venimos. Y abriendo después, señor, los costales, hemos visto de cada cual en la boca todo el dinero que dimos. No sé si fue engaño nuestro o si por malicia ha sido. Nuestro hermano queda preso y con muy grande peligro de la vida si tardamos con tu Benjamín querido para que se desengañe el gobernador de Egipto. ¡Cielos, regalos son vuestros, si no son pecados míos quitándome de delante de esta manera los hijos. Joseph murió, Simeón queda en prisión o cautivo. Y ahora queréis llevarme a Benjamín. Padre mío, de esta suerte, ¿no entendéis que a mi amado hermano libro si vuelvo con mis hermanos? no hay que temer el camino, seguro con ellos voy Os quiero yo mucho y he sido con Joseph muy desdichado, y así temeroso vino. Para mi daño le disteis al gobernador aviso que teníais otro hermano. Rubén, Lo preguntó y no pudimos adivinar el suceso. ¿Quién pudo ser adivino? ¡Qué grande mal me habéis hecho! Padre, al remedio venimos de Simeón, nuestro hermano. Si de ti no es tan querido como Benjamín, al fin en nuestro hermano y tu hijo desear tienes, señor, verle libre y verle vivo, si es tu voluntad de darnos a Benjamín, que te pido por todos esta merced. Yo te aseguro, y digo, si es tus brazos no le vuelvo libre de todo peligro que sea de ti culpado gravemente por delito extraño en cualquier tiempo. Vaya pues Judas contigo, si es necesario. Y llevad al gobernador de Egipto, para aplacarle, presentes de nuestros ganados ricos y duplicando el dinero para saber si fue olvido o malicia. Y de esta suerte, segunda vez en camino os pondréis, si quiere el cielo que volváis libres y vivos a los brazos deseosos de vuestro padre afligido, que entre tanto quedará volviendo los ojos ríos de lágrimas, triste, solo y huérfano de mis hijos. : Aparta, aparta, aparta. Brava máscara. Mensis saca el alegre regocijo del hijo que en Senes me ha dado el cielo, quiera que sea para largos días. De modo ha sido el gusto de la gente que si fuera por príncipe heredero hijo de faraón el rey de Egipto, tanta demostración no hubieran hecho, pero de verte a ti más que a sus reyes. Ya corren otra vez. : Aparta, aparta. Otros dos siguen a los dos primeros. : Afuera, afuera. Qué lindos caballos, igual pareja no ha venido al Nilo. : Aparta, aparta. Bellamente corren. : Afuera, afuera. Joseph: Gallardo rucio y generoso HOUERO. : Aparta, aparta. Lindos morcillos. : Afuera, afuera. Buenos dos pellejos de yegua y de caballo. : Aparta, aparta. Ahora salen tres y el que va en medio con un tordillo deja atrás los aires, que así le imita sólo en la carrera. : Aparta, aparta, aparta, afuera, afuera. Famosas son de todos las libreas Gente parece principal. No hay duda, gente noble parece de palacio. Ya dejan los caballos y parece que entran a darme el para bien. Egipto has de ver despoblar para su intento. Todos los de la máscara han entrado, más bizarra cuadrilla nunca he visto, no viene abril más lleno de colores. Goces, Joseph, el hijo muchos años. Señor, ¿vos de esta manera? Los privados, que os que tu mereces, de este modo los han de honrar los reyes. Soy tu esclavo, tus pies beso mil veces. En sabiendo el parto de Senet, luego de gusto salí a alegrar a Mensis de esta suerte y di en albricias una estatua de oro tuya al primero que me dio las nuevas, haciendo justamente sacerdote sumo, de todo Egipto, en Heliópolis, a Putifar, tu suegro, porque quiso difunta tu mujer. De esta manera de palacio y de Mensis se retira y allí guardaba en otro Sacerdocio este que ha merecido dignamente. Y por Apis divino, que tus nietos han de ser reyes, como yo de Egipto. Me honra y me favorece infinito. ¿Cómo piensas llamar al primogénito tuyo, Joseph? Yo determino llamarle Mánases, que en lengua hebrea quiere decir olvido, pues Dios quiso olvidarme de todos mis trabajos y de la caza de mi padre. Tienes altos y soberanos pensamientos, te guarde Dios a Mánases mil años, que yo me voy con esto, que no quiero ahora visitar a la parida hasta después. Más años que el sol vivas. José, no has de ir conmigo, que no es tiempo ahora de apartarte de tu caza, quédate a Dios y dale de mi parte un recado a Senet y cubra el suelo tu linaje, Joseph. Te guarde el cielo. No se ha visto favor más peregrino desde que hay reyes en Egipto. Puedes, Joseph, llamarte el hombre más dichoso que jamás sobre ti tuvo la tierra, puesto que lo mereces justamente. Favores son del cielo, mayordomo, enderezados a servicios suyos, que mi canción en honradme pretende. Licencia para entrar a verte, piden unos Hebreos. No pudieras darme mejores nuevas, diles que entren. Ya voy. Hoy viene desde todos los puntos la alegría, ya han entrado en la sala mis hermanos, que gusto el corazón recibe en verlos. Pon Benjamín en tierra las rodillas como todos nosotros lo hemos hecho. Levantaos de la tierra. Ya cumplimos señor, con la palabra que hemos dado ves aquí a Benjamín, hermano nuestro menor. Habéis andado como nobles, ahora vuestro hermano estará libre que este menos que me traéis es bello. Llega a besarle el pie. Los pies te pido. Los brazos quiero darte a sangre mía y cómo reconoces la que tengo ¿Cómo dejáis a vuestro padre anciano? Nuestro padre y siervo tuyo queda bueno y de que Benjamín viniese a Egipto triste porque era su regalo todo. Presto volverá a verle, mayordomo, haz que luego traigan de la cárcel a Simeón, su hermano, y que nos pongan de comer en dos mesas diferentes que quiero en regocijo de este día que coman todos juntos. Yo voy luego a hacer lo que me mandas. Y nosotros entre tanto, señor, por nuestro padre te presentamos con humilde pecho pobres y ricas dones, los que pueden nuestras frágiles fuerzas presentarte. Rubén aquel vaso te presenta de miel virgen. Y Iudas este vaso de mirra de estoraque y de Terebinto que es lo que Hebrón produce solamente la voluntad recibe en el presente. Con abrazos pretendo agradecerte tan grande voluntad llega abrazarme. Ya Simeón, señor, a tu presencia libre ha llegado. Y a mis brazos llegue. Tus brazos aún no merezco. Alza del suelo y abraza a tus hermanos. Seáis todos hermanos bienvenidos. Y tu seas muy bien hallado, Simeón hermano por ti hemos hecho cuanto se ha podido y al fin Benjamín dio nuestro padre porque volvieses a Canán. Hermanos como tales me habéis favorecido. ¡Oh, hermano Simeón! el verte preso a más peligros obligar pudieron mis tiernos años. Benjamín, hermano, el favor con el alma te agradezco. El contento que tienen de ver libre al hermano, yo estoy lleno de llanto de mirarle abrazar. Ya está en la mesa la comida, señor. Hoy quiero, Hebreos, por ser de mi nación y haberme dado hoy un hijo los cielos, que en mi casa comáis. Tanto favor no lo merecen tan humildes esclavos tuyos. ¿Esto habéis de hacer? Obedecer es justo. LLegad y por orden de los años id tomando lugar. Tu gusto haremos. este favor es digno a la palabra que me distes volviendo todos juntos por vuestro hermano. Dale, mayordomo, al hermano menor en la comida siempre más que a los otros, cinco partes. Haré tu gusto. A cielo soberano por cuantas diferencias de caminos de los humanos casos el fin guías a mi poder vinieron mis hermanos y pudiendo vengarme no lo he hecho que temo a Dios y tengo mejor pecho. Quien pudiera pensar igual suceso de las primeras obras y palabras, secreto es de los cielos que no entiendo. Dame a beber. Aquí la copa aguarda. Levantémonos todos mientras bebe que es cortesía en actos semejantes. En esta misma copa da a todos por orden de beber. ¡Qué hermoso vaso! Aquella copa es digna solamente de tal persona. Nunca vi en mi vida joya más rica. Todos de la copa han quedado admirados e imagino probar la voluntad que todos tienen en Benjamín con ellos y ver si tratan como la mía su persona y luego descubrirles quién soy. Ya me parece que habéis comido, levantad las mesas. Rubén: Para gloria de Egipto señor vivas más edades que tiene el Nilo arenas. Bien os podéis partir y dales todo el trigo, mayordomo, que pidieren. Aquí, señor, traemos el dinero dos veces tanto como te trajimos que no sé a qué ocasión en los costales señor, nos lo pusieron los ministros. Ello debió de ser equivocarse, ahora podéis pagarlo todo junto. Advierte que el dinero que llevaron y el que han traído ahora has de ponerles como primero en los costales mismos y en el de Benjamín, que es el pequeño la copa en que han bebido y luego al punto vuélmelo a decir, que este secreto sabrás después. A obedecer parto. Hoy pruebo su lealtad de esta manera ya lo quiso sus pechos y descubro con Benjamín sus varios pensamientos. Beso, gobernador, tus pies. Tú vengas con la salud, Sileno, que deseo para mi proprio. ¿Qué hay de nuevo ahora en que os podré servir? El rey me envió con este presente que ha llegado a palacio mando que te trajese, que es esta caja llena de Piropas, de carbuncos, jacintos y valajes que valen dos ciudades como Mensis para mantillas y pueriles galas de Mánases. Al rey beso mil veces las manos y los pies y yo mismo a darle gracias de esto, que no puedo pagarle con la sangre de mis brazos tantas mercedes como del recibo. Ya he hecho, gran señor, lo que mandaste que ya estaban cargando el trigo todos. Pues importa que luego, mayordomo, corras tras ellos y me traigáis preso al que tuviere en su poder la copa sin exceder jamás de lo que os digo. Sin exceder tus pensamientos sigo. Aquí podremos hacer alto en tanto que descansa el bagaje a su placer y en este mismo lugar la ardiente tarde pasemos, podremos aquí arrimar los costales que traemos. Y cada cual a dormir sobre el suyo recostarse podrá. Habremos de seguir tu parecer. A bañarse en oro empieza el zafir del cielo ahora y la tierra es una esfera encendida. Y parece que esa fiera, que antes estuvo vestida de nieve, un volcán encierra. Ea, ponga a cada cual en el puesto que eligiere, para dormir, su costal y mientras por él hiriere con rayo piramidal. El planeta de la vida pasemos aquí la tarde, que a sueño el estío combida. ¡Qué alegre y vistoso alarde de costales! La comida, que de imposibles intenta, que de caminos allana, mil novedades inventa, hombres rinde, muros gana, porque la vida sustenta ella sola de esta suerte, de nuestra patria nos trajo casi en manos de la muerte, aunque a dulce fin redujo el cielo este daño fuerte. Gracias a Dios que volvemos libres todos a Canaán de mil confusos extremos. Aquí me dicen que están. Cielos que esto que vemos, ¿el mayordomo no es este del gobernador? Sí, hermano. Hoy haré, hebreos, que os cueste algún castigo inhumano lo que habéis hecho. No apreste el cielo otra desventura viniendo sobre nosotros, que parece que procura nuestro mal. Como vosotros con fe traidora y perjura ¿pagáis al gobernador tan mal el bien que os ha hecho las mercedes y el honor? Que hay nuevo daño sospecho, habla más claro, señor. ¿Os parece poco llevarla la copa al gobernador y una joya hurtarle de esta manera el honor que os hizo queréis pagarle? No permita el cielo tal, que el honor que recibimos no hemos de pagar tan mal, pues el dinero devolvemos, señor, que en cada costal llevamos a Hebrón después que en el camino lo echamos de ver, y esto muestra es, que la copa no robamos, pues era todo interés. Antes queremos, señor, que nuestros costales veas para informarte mejor si hacer, como es bien deseas servicio al gobernador. Y aquel en cuyo poder el vaso de oro estuviere que su esclavo venga a ser, séase al fin el que fuere. Los costales pienso ver, ¿de quién es este? Este es mío. No está en él. Pasa adelante, porque en nosotros confío que no has de hallar semejante maldad, que primero el río que corre al mar volverá atrás, el cielo a la tierra las luces tras la dorada y la cumbre de la sierra igual al valle estará, que en nosotros halle tal nosotros gente ruín. ¿De quién es este costal? Aquel es de Benjamín, cuyo pecho es de cristal. No somos gente que engaña, porque a todos, mayordomo de Jacob sangre acompaña. Aquí está la copa. ¿Cómo? La veis aquí. Desdicha extraña. ¿Qué es aquello, Benjamín? No sé, mi desdicha ha sido. Del gobernador en fin con esto quedas vendido por esclavo. A triste fin, todos queremos volver con el gobernador para sus esclavos ser, que sin Benjamín mejor será la vida perder. Si esta es vuestra voluntad, vamos muy en hora buena y los costales cargad. En medio de tanta pena, declare Dios la verdad. Un soldado de la guarda viene a llamarte, señor, de palacio que te aguarda el rey. Para ese favor aún el pensamiento tarda. Luego iré, porque primero de cierto secreto el fin que importa, ver espero y probar en Benjamín, a sus diez hermanos quiero. En esta ocasión a ver si la mala voluntad que me tuvieron por ser de mi padre la mitad con él muestran hoy tener. Pues de la misma manera debe de tenerle amor mi padre, que ya no espera verme en su vida. Señor, tras esta canalla fiera como me mandaste fui y en el costal de este hallé la copa que falta aquí y antes de buscarla fue concierto, que aquel que allí en su poder la tuviese, imposible al parecer, tu eterno cautivo fuese y así viene a tu poder Benjamín. Que esto se hiciese, hebreos, a mi valor y a las buenas obras mías. Dame licencia, señor, para hablar. Alevosías querrás imaginar traidor. ¿Qué quieres? Habla. No más, que ya que el cielo ha querido lo que no pensé jamás y a Egipto te hemos traído a Benjamín, pues estas. De lo que mi padre amado le quiere, ama y adora con la experiencia informado y yo por tu gusto ahora solo de él vine encargado. Y debajo de una pena muy grande le prometí vivo de la tierra ajena volverle a Canán y así la fortuna me condena. Quiero en su lugar, señor, quedar por esclavo tuyo por no asistir al dolor del anciano padre suyo pues te serviré mejor. Deja a Benjamín volver con mis hermanos a Hebrón, yo quedaré en tu poder que matará la pasión a mi padre. Él ha de ser mi esclavo, pues él ha sido quien la culpa cometió. Esto por merced te pido, que no puedo volver yo sin tu Benjamín querido. Y sin cumplir la fe dada mira que es de su vejez la prenda más regalada. O quedaremos los diez si uno solo no te agrada. los diez os podéis volver, que él ha de quedar aquí. ¿Cómo, señor, podrá ser? primero has de darme a mí la muerte. No hay más que ver, la experiencia he hecho ya y yo de pena reviento. Llorando el virrey está. Ya no tengo sufrimiento, de la tierra os levanta. Y dadme, hermanos, los brazos que yo soy Joseph, a quien quisisteis hacer pedazos y le vendisteis también y hoy confirmo con abrazos vuestra necia enemistad y vuestra envidia primera llegad ¿qué tenéis? LLegad, que vuestro hermano os espera colmado de voluntad. esto el cielo ha permitido que para esto me ha guardado ya los sueños se han cumplido pues que me habéis adorado después de haberme vendido. LLegad. Estamos sin seso, danos, hermano, los pies y perdónanos después, que yo por todos confieso que pecamos contra ti. Ya yo lo tengo olvidado, vamos hermanos de aquí para que a mi padre amado volváis y rogueis por mí que deje a Canaán y a Egipto venga con toda su casa y las vuestras, que le imito desde hoy ser padre. Pasa tu valor de ser escrito. Hoy das de tu pecho pruebas. No se ha visto tal suceso. Vamos. Cautivos nos llevas. Perderá de gusto el seso mi padre con estas nuevas. No puedo hallarme un momento sin Joseph, que tanto alcanza su divino entendimiento porque pasa su privanza a justo conocimiento. Merece cuantos favores le hago y siempre imagino que los merece mayores porque su ingenio es divino todos son premios menores. Todos me cansan sin él estrella notable ha sido y deuda a su pecho fiel. El arquitecto ha venido y quiere hablarte. ¿Y con él no viene Joseph? Señor, de tu parte le han llamado. Le tengo notable amor, andará ahora ocupado el arquitecto mayor. Entre, sin Joseph no acierto a dar paso en cosa alguna, que el valor que he descubierto en él, de tanta fortuna es digna, ya pasó el puerto. Dame tus manos reales. ¡Oh, arquitecto! hacer querría, al margen de los raudales del Nilo, una cacería, a donde los desiguales días del ardiente estío pueda pasar y quisiera que la trazases. Confío agradarte de manera que permanezca en el río. Será su edificio hermoso, entre todos cuantos tienes, más excelente y famoso y si acaso te entretienes daré, señor, poderoso la traza. Me darás gran gusto, aunque sin Joseph jamás de ninguna cosa gusto. Señor, escucha y verás que bien al tuyo me ajusto. Primeramente el cimiento con el gallardo edificio ha de igualar dando al viento de su fortaleza indicio, que importa el buen fundamento. Sobre columnas hermosas de jalpe han de levantarse luego puertas espaciosas donde podrán relevarse de oro tus armas famosas. Poco muestra y fuera mejor haber diferido esto a Joseph que lo oyera, parece que está dormido, quiero salirme allá fuera. ¿Quién eres mujer bizarra que tantos cautivos tienes que los más son capitanes y algunos parecen reyes? Faraón, yo soy Egipto y estos doce que parecen mis esclavos son los tribus a quien de Israel la gente llamará en siglos futuros porque estos doce ascendientes han de dar doce linajes a Canaán, de donde vienen. Sangre de Jacob son todos y hermanos de quien pretende el cielo, que al mundo nazcan diques, patriarcas, reyes. Y aquel que ves con corona los cielos piadosos quieren que una mujer nazca al mundo para su bien solamente, que emparentando con Dios, que es a dónde más se puede llegar, será reina hermosa de los cielos para siempre. Tendré gran tiempo cautiva en tus reinos esta gente y después del cielo armados podrá ser que yo los tiemble. Y otro de tu nombre mismo ser queriendo inobediente al cielo, del mar Bermejo le harán sepulcro los peces. Recíbelos como es justo porque con ellos mis mieses verás volver a cubrir del Nilo los campos verdes. Notable sueño he tenido, que de cosas ve el que duerme, pasa arquitecto adelante. No está aquí, me dormí y se fue. Seas Joseph bienvenido. Hoy confiado que tienes inclito señor, que sueles he cambiado por mi padre que con once hijos que tiene sin mí, contigo procuro que en Egipto viva. Puedes mandar en él como yo, que ya todos te obedecen. Los pies te beso. Levanta. Hoy sin saber que pudiese estar yo vivo, ni estar en puesto tan eminente. Vinieron mis once hebreos por trigo y después de hacerles una molestia, que tú sabrás después largamente, para probar su lealtad dándoles con que volviesen y trajesen a mi padre, en llegando a conocerme se partieron a Canán. Los favores y mercedes que has recibido en tu sangre será razón que hacer piense, vengan tu padre y hermanos. Señor, tus hermanos vuelven con tu padre que venía a buscarlos con la gente de su casa. Hoy es la hora que he tenido más alegre , señor, para recibirlos dame licencia. Detente, que quiero salir contigo. Ya llegan. Abridles y entren. De regocijo estoy loco. ¿Dónde está Joseph? No viene en sí de gusto. Señor, deja que tus manos bese. ¡Ay hijo del alma mía! ¿es posible que tú eres? ¿estás vivo? ¿que te toco? Sí padre, vivo me tienes. Vuelve otra vez a abrazarme. Te abrazaré mil veces. ¡Ay amada prenda mía! ya no hay de temer a la muerte. Habla al rey, que está delante. Quien halla a un hijo no puede reparar en cortesías, dame tus pies. Tú mereces ser padre de tales hijos. Me honras al fin como puedes. Hoy quiero haceros a todos un espléndido banquete porque vuestro regocijo es justo que yo celebre, que después, como veréis, os haré largas mercedes. Está es de Joseph, senado la adversa y próspera suerte.