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Texto digital de La hermosa fea

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La hermosa fea. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hermosa-fea-la.

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LA HERMOSA FEA

JORNADA PRIMERA

Fuera temeraria empresa, pero muy digna de ti. Todo cuanto en Francia vi no iguala con la Duquesa. Julio, ¿qué te ha parecido? Un ángel me pareció que de mujer se vistió, si alguna vez se ha vestido. No he leído yo jamás que se vistió de mujer; pero como puede ser, no pudiste decir más. En cuanto el sol mira y dora se alaba su gallardía. ¡Oh qué divina armonía hacen en una señora la majestad en el talle y en el rostro la hermosura! El oro y la nieve pura de nuestra Alemania calle con su rara perfección. Parece que en su belleza retrató naturaleza mi propia imaginación. Aquí me pienso quedar, de secreto, algunos días para verla. Bien podrías tener de hablarla lugar como no sepa quién eres. Tú sólo sabes quién soy. Pues la palabra te doy, Príncipe, si hablarla quieres, después de guardar secreto, de hacer que posible sea. Haz, Otavio, que la vea y ser tu esclavo prometo. Si sabe que estás aquí dificultoso ha de ser, porque te ha de conocer. Escucha un remedio. Di. Escribe a Celia, su prima, con quien tienes parentesco, que por ir a ver a España a la ligera y secreto no pudiste visitarla, pero que después volviendo cumplirás tu obligación, y quedaraste con esto escondido en la ciudad, donde el ingenio y el tiempo, para que la veas y hables, darán traza a tus deseos. Dices bien, y lleve Julio la carta; pero advirtiendo que si la Duquesa Estela le pregunta, como pienso, si la vi, que le responda que sí, una tarde, saliendo a caza; y si prosiguiere, lo que dije y lo que siento de su persona, le diga que volví triste diciendo que era su fama un engaño de algún pintor lisonjero, cada pincel mil mentiras. cada color mil enredos; que el ducado de Lorena era tan gran casamiento que hacía los pretendientes lindo parecer lo feo, y que a mí, que no lo era, me pareció con extremo fea y de persona humilde. ¿Pues qué pretendes con eso? Asegurar la intención que para servirla tengo, como veréis adelante. ¿Y no hallaste mensajero mejor en cuantos te vienen desde Polonia sirviendo? ¿A qué mujer, cuando fuese lo más ínfimo y plebeyo, le dijeran que era fea que tuviera sufrimiento para no tomar venganza, cuanto más un ángel bello? Tan gran señora no miras que entre algunos mandamientos que hizo para el honor de las mujeres el celo y obligación de los hombres no llamarás, fue el tercero, fea ni vieja a ninguna, y que de atrevimiento sería justo castigo salir de palacio muerto a palos de las cuchillas de dos gigantes tudescos. Julio, si ella fuera fea, era delito muy necio; pero siendo tan hermosa, como le ha dicho su espejo, ha de correrse de mí y poner su entendimiento en vengarse cuando vuelva; y este principio el deseo le ha de dar de enamorarme, que es lo que voy pretendiendo, y tú verás que resulta de este agravio algún suceso en favor de mi esperanza. Confieso que voy con miedo, mas consolando el peligro con saber que te obedezco. ¿Tanto sienten este nombre? Si es la hermosura el opuesto, y ésta la mayor lisonja, <qué término más grosero que quitarles la esperanza de aquel soberano imperio con que rinden a los hombres? Tú verás que es fundamento del edificio mayor que tuvo amoroso empleo. Ven, Otavio. Aún no percibo tu pensamiento. Pretendo obligarla a enamorarme; lo demás te dirá el tiempo. Bien me holgara que te hubiera el Príncipe visitado y que el venir rebozado menos disculpa le diera. Mal cumplió la obligación de pariente Pensaría que el secreto me daría bastante satisfacción, pues parece que la tienen para ocasiones mejores. El secreto en los señores, cuando de rebozo vienen, es mayor publicidad, porque todos hablan de ellos. Es mayor grandeza en ellos Pensemos que es vanidad. ¿Sabes qué sintió de mí? Pregúntaselo a la fama. Fénix de Francia te llama: lo mismo dirá de ti. Cuidado, Celia, tenía de ver en alguna parte este nuevo Adonis Marte por talle y por valentía; pero él se guardó de suerte que me vio sin verle yo. Ingrato correspondió a la ventura de verte; qué bien pudiera pagarte, si es gentilhombre y galán, con dejarse ver Están tantas culpas de su parte, que, aunque te escriba, no creo que a .satisfacerlas baste. De la privación sacaste las fuerzas de tu deseo, porque si verse dejara menos cuidado tuvieras, que de lo que visto hubieras ninguna idea formara agora la fantasía. El privar a una mujer de lo que desea ver bien sabes tú, Celia mía, que aumenta más su deseo. Así murió la romana, por no ver par su ventana pasar aquel monstruo feo; pues cuánta más diferencia la de un gallardo alemán, mancebo hermoso y galán. *** Pedid, señora, licencia. Hablarte quiere un criado del de Polonia. No ha sido descortés ni ha merecido hasta agora ser culpado. Licencia vendrá a pedir para yerme. Ya le vuelvo la honra. Y yo me resuelvo en que le has de ver y oír. Di que entre. Dadme los pies No soy yo la que buscáis. Sin razón culpa me dais, que este yerro acierto es, pues me trujo el resplandor de su divina belleza a saber que vuestra alteza de dos soles el mayor. Y así, me vuelvo al segundo, a quien traigo este papel; mirad lo que dice en él y yo cómo abrasa el mundo el ángel que estoy mirando en la señora duquesa, donde parece que cesa cuanto puede hacer pintando con los más vivos colores la diestra Naturaleza, y perdone vuestra Alteza que de estrellas y de flores no haga un retrato aquí, como suelen los poetas, porque partes tan perfectas son deidades para mí. Yo he leído este papel. ¿Qué escribe? Que se partió a España. Correspondió a aquella patria cruel de fieras y hombres feroces. Discúlpase con pasar de rebozo. Y por guardar, así tu hermosura goces, a tu grandeza respeto. ¿ Pues a mí qué me importara cuando a Celia visitara? Esto de venir secreto debió de ser la ocasión por la poca autoridad. ¿Qué dijo desta ciudad? Que las de tu Estado son la parte mejor de Francia. ¿viome a mí? Ya te vio a ti, que para venir aquí fue lo de más importancia. ¿Qué le parecí? Si das licencia, a Celia diré lo que dijo. Sí daré. Oye pues. ¿A mí no más? ¿Qué puede ser que no sea muy conforme a su valor, puesto que fuese de amor? Haber dicho que era fea. ¿Qué dices? ¿Estás en ti? Por eso te quise hablar aparte. Estoy por pensar que te has burlado de mí; que me pareces de humor. Tentado soy del despejo; mas siempre las burlas dejo cuando respeto el valor. No he visto necio a mi amo, señora, con tanto extremo. ¿ Cómo necio? Y aun blasfemo de un ángel. Pues yo le llamo dichoso, aunque no discreto; porque a parecerle bien, quedara al mayor desdén que ha visto el mundo sujeto. Que de cuantos la han sentido ninguno agradarla puede, y es mejor que libre quede que a lo imposible rendido. ¿La Duquesa fea? Sí. ¿Tiene ese hombre entendimiento? tan mal gusto es fundamento de que le parezca ansí: fuera de ser cosa llana que no hay disputa en los gustos. Sí; pero gustos injustos hacen la razón villana. Hombres hay que un día obscuro para salir apetecen y el sol hermoso aborrecen cuando sale claro y puro. Hombres que no pueden ver cosa dulce, y comerán una cebolla sin pan, que no hay más que encarecer. Hombres en Indias casados con blanquísimas mujeres, de extremados pareceres, y a sus negras inclinados. Unos que unieren por dar cuanto en su vida tuvieron, y otros que en su vida dieron si no es enojo y pesar. Muchos duermen todo el día y toda la noche velan, y muchos que se desvelan en una eterna porfía de amar sola mía mujer, y otros que, como haya tocas, dos mil les parecen pocas para empezar a querer. Según esto, la Duquesa no deja de ser hermosa por un mal gusto. Es la cosa más nueva y que más me pesa de cuantas pudiera oír. Ven por la carta después. Dadme, señora, )os pies y de no se lo decir palabra. Vete en buen hora. Guarde el cielo a vuestra Alteza, en cuya hermosa cabeza el laurel que Apolo adora brille de Francia o España. ¿Tu nombre? Julio es mi nombre. ¿Qué oficio? Soy gentilhombre que a sí mismo se acompaña; pero en gracia de mi dueño que esta embajada me fía. ¿No respondes, prima mía? Celia me mira con ceño. Ya le dije a este criado que vuelva por la respuesta, que si al Príncipe le cuesta su papel tanto cuidado, no quiero escribir sin él. ¡Brava plática tuvisteis! ¿Qué tratasteis? ¿Qué dijisteis? Si dio materia el papel, dirá que está enamorado de mí el Príncipe y que fue perdido a España. No sé. Quién duda que te ha contado; que es ordinario en los hombres que en toda Francia no vio dama, Celia, como yo, con todos aquellos nombres de ángel, estrella, jazmín, rosa, perla y otras cosas tan necias y mentirosas? ¿De mí qué te dijo al fin? No eran cosas de importancia las que hablamos. ¿Cómo no? Antes de enojo. Y si yo le volviese a ver en Francia... ¿Qué murmuras? ¿Fue, por dicha descompostura de amor? ¿Pidió, necio, algún favor? Tengo, Duquesa, desdicha tener tan necio pariente Dime lo que es. No es razón. ¡Qué confusión! Cosas son de aquella bárbara gente. Quien quisiere una mujer a puras ansias matar, procúrele dilatar lo que quisiere saber. Ni fue jamás discreción dejar razón comenzada. Si puede ser excusada, antes parece razón. Celia, lo que fuere sea. ¡Qué porfiar tan prolijo! Dijo el Príncipe... ¿Qué dijo? Dijo, el necio, que eras fea. Pues bien, ¿fue mucho el agravio? ¿Cómo puede ser mayor? Pregúntale a tu color si te importa el desagravio, pues ya te escribe el desprecio en la cara vergonzosa. con letras de pura rosa, el agravio de este necio. Confieso, Celia, que ha sido el repetirlo el criado ocasión de haber quedado en parte mi honor corrido. Hazme placer, cuando vuelva, de decirle que se quede conmigo. ¿Julio qué puede, cuando a querer se resuelva, hacer para tu venganza? ¿Nunca has oído contar que el que se quiere ahogar cualquiera cosa que alcanza tiene fuertemente asida? Pues así tengo pensado que el asir de este criado es asegurar mi vida. ¿Qué dices? Que éste ha de ser por quien me pienso vengar; que invención no ha de faltar para que me vuelva a ver. Y si me ve, ten por cierto que ha de adorar la fealdad que dice y que mi crueldad le ha de ver perdido y muerto o no ha de haber alma en mí. Con razón estás quejosa; pero es imposible cosa que puedas vengarte ansí. Mejor fuera... No hay mejor. Déjame, Celia, pensar cómo le pueda obligar para que me tenga amor. Que una vez enamorado, con la risa y el desprecio quedará de aqueste necio mi sentimiento vengado. Que no hay venganza que sea más discreta y más gastosa que hacerle querer hermosa quien le ha parecido fea. Así de aqueste enemigo vengarse mi agravio piensa, porque de la misma ofensa se ha de sacar el castigo. *** Esta es la hora que sin alma queda. No hay cosa, Julio, que obligarla pueda a lo que yo pretendo de mayor importancia. Así lo entiendo Ricardo. Y el camino que hallaste fue mucho más discreto. Al fin dejaste con Celia concertado volver por la respuesta. Hale causado notable novedad que la Duquesa, cuya hermosura es la mayor empresa de príncipes y grandes de Francia, de Alemania, España y Flandes. te pareciese fea. Desta manera el cazador rodea al animal o al ave. Presto verás que su arrogancia grave se rinde a mi deseo. Otavio amigo, en la ocasión me veo que tu fidelidad me ha de dar vida; de tu amistad mi confianza asida pretende conquistar esta arrogante hermosura francesa, que en diamante con pinceles de nieve pintó el cielo. La traza que fabrica mi desvelo es la que te he contado; de todos mis criados he dejado sólo a Julio conmigo; él me acompaña, que los demás a España van caminando con el Conde. Hoy quiero dar principio dichoso al bien que espero. Francés soy por la vida, ya vuestra Alteza tiene conocida mi lealtad y amistad. Esté seguro, y por esta que al lado traigo juro de guardarle secreto. Pues para dar a lo que intento efeto dile al Gobernador secretamente lo que te dije, porque luego intente prenderme; que por causa tan notable no dudes de que hable con la Duquesa y que ella verme quiera, donde mi amor en mi fortuna espera lo que mi atrevimiento me asegura o a las manos morir de su hermosura. Tú verás el efeto de un noble amigo. Di, también discreto, en qué consiste la ventura mía. ¿Cuándo faltó la dicha a la osadía? vuelvo por el papel mientras te prenden y a ver cómo se encienden de la Duquesa los claveles vivos con tantos pensamientos vengativos si a quien tanta hermosura llamó fea rendir, matar, o enamorar desea. *** No carece de valor de Ricardo el pensamiento, y más siendo el fingimiento el primer paso de amor. ¡Oh fuerza de la amistad, a qué me pongo por ti! Pero ya le prometí favor, silencio y lealtad. Prósperamente sucede: este es el Gobernador, que hasta en esto muestra amor lo que sabe y lo que puede. Con él viene un capitán; concertose la fortuna con el amor, si en alguna fortuna y amor lo están. *** Conozco vuestro cuidado. Cuando me toca la guarda soy Argos de la ciudad; no ha de .suceder desgracia hasta que deje la noche la capa en manos del alba; que aun por esto la prendiera si la noche se quejara. Estar limpia una ciudad de gente ociosa es la causa de no haber hurtos y muertes: en que se ve que .si engañan los que gobiernan si piensan que sólo el castigo basta. Prevenir que no sucedan delitos, con que no haya quien los haga, en quien gobierna es la prudencia más alta. Porque castigar después, supuesto que es de importancia para el ejemplo, ya es fuerza, y es mejor que se excusaran. ¿Quién limpiará una ciudad donde acuden gentes varias? ¿Quién? El temor del castigo y el cuidado del que manda. ¡Oh, qué a propósito viene de mi intento lo que tratan! En vuestra busca venía; doy al cielo inmensas gracias de haberos hallado aquí. ¿Qué es, Otavio, lo que mandas que haberme hallado agradeces? Si no te ha dicho la fama que el Príncipe de Polonia de rebozo estuvo en Francia, sabe que, entre otras provincias, vino por ver a ]Madama a la corte de Lorena y fue huésped de mi casa, donde hicimos amistad. Partiose, en efecto, a España, peregrino de su gusto; tuve anteayer una carta en que me dice que un hombre, tan noble que le llevaba por secretario, que a veces no conforma al cuerpo el alma, todas las joyas le hurtó, y que si por dicha pasa por esta ciudad, le prenda. Ha sido mi dicha tanta, que hoy le he visto en una quinta pasear con mía dama, que del hurto y de volver fue, por ventura, la causa, fingí que no conocía quién era, aunque él me miraba, sospechoso de mis ojos, que el miedo en todo repara; y como ves, he venido. No permitas que se vaya con tal delito, pues puedes, sin peligrar, y aun sin guarda, hacer tan justa prisión. Cuando trujera más armas. más soldados, más defensas para las joyas hurtadas que tiene agora sospechas, porque nunca el alma engaña, yo solo le he de prender; que para ladrones basta el temor de la justicia, Mi intento no es que le hagas agravio, que es caballero, mas que con buenas palabras se cobren todas las joyas. El capitán de campaña venga conmigo no más y dos soldados de guarda. *** Esta es la carta. Sospecho que con enojo le escribes, y del que en esto recibes culpo mi inocente pecho. Que te parlé sin pensar lo que el Príncipe sintió de Madama. No sé yo a quién se deba culpar: o al que dijo que era fea o a ti, pues que fuera justo que callares su mal gusto. Pero no hay cosa que sea más peligrosa, y perdona, que servirse de criados necios. ¡Qué bien castigados vamos los dos! ¿Pero abona tu culpa, en esto, la mía? ¿Cómo? Si yo te conté, que toda mi culpa fue, lo que el Príncipe decía, el tuyo fue el mismo error contándole a la Duquesa lo que yo dije. No es esa disculpa. Y aun fue mayor, que en su ausencia me atreví, y es como no haber hablado, pues, ausente el más honrado, no puede volver por sí. Y tú, señora, en su cara le dijiste que era fea; que aunque agravio ajeno sea, si en la verdad se repara. el que le dice le hace, pues que la lengua le hurtó al que ausente se atrevió, y su intención satisface. ¿Cuál será más atrevido: el que me dice un pesar, que dijo quién por no osar jamás me hubiera ofendido, o el que habló, en ausencia mía, cobarde y dando a entender que no pudiera tener en mi presencia osadía? Claro está que lo será el que el respeto perdió, siendo amigo al que ofendió, cuando más seguro está. De suerte, que no fue sabio consejo darme a mi culpa, porque aquél tiene la culpa de quien se debe el agravio. Sentiste el llamarte necio. ¿Pues no quieres que lo sienta si aquello que el alma afrenta fue siempre el mayor desprecio? ¿Pues qué llamas afrentar el alma? Llamar a un hombre necio. ¿Por qué? Porque es nombre que por fuerza ha de agraviar al entendimiento, que es potencia suya. El honor te vuelvo. Y, por el favor, yo vuelvo a besar tus pies. Tú, a lo menos, no has tenido a la Duquesa por fea. No quiera Dios que me vea falto de tan gran sentido; que sólo pusiera un ciego en duda tanta hermosura. Es ángel de nieve pura, con dos estrellas de fuego; es de la Venus de Fidia retrato, y con más primor, higa de cristal de amor contra el ojo de la envidia. Es toda nácar lustrosa, en cuya boca también las bellas perlas se ven por celosías de rosa, cuyo dulce movimiento enseña un rojo clavel, que es intérprete fiel de su raro entendimiento. Sus mejillas encarnadas de manutisas parecen cuando entre aljófares crecen, del alba pura esmaltadas; V por no hacerlas agravios, te digo que son tan bellas, señora, que solas ellas compitieran con sus labios. Cuando a las manos te inclines, de tanta gracia están llenas que con rayos de azucenas parece un sol de jazmines. Finalmente, su valor es de tan alta excelencia, que, sin pedirle licencia, ni tira ni mata Amor. Pues, ;cómo el Príncipe, ha sido Estela un demonio fiero ? Porque es un gran majadero. Mira, Julio, que te ha oído la Duquesa. ¿ Dónde ? Estaba detrás de aquella antepuerta. *** Escuchándote, encubierta, de tus Lisonjas gustaba; y como de la alabanza resulta siempre afición, tu ingenio y buena opinión tanta, con mi gusto alcanza, Julio, que quiero pedirte que en mi servicio te quedes. Hácesme tantas mercedes en querer de mí servirte, que en tu nombre, serafín, pongo la boca dichosa en la estampa venturosa del corcho de tu chapín. ¿Pero cómo podrá ser sin licencia de mi dueño? A sacarte de ese empeño pienso que tendré poder con escribir a Ricardo. Tú, entretanto, me respondí-, y fue a quien es corresponde. como de su nombre aguardo, estarás conmigo aquí, que me has parecido bien. Gracias, señora, te den tus mismas gracias por mí. Alaben tus altas glorias y tus virtudes perfetas en sus versos los poetas y en su prosa las historias; los poetas, en sus liras, a tus méritos divinos cantando mil desatinos, las historias, mil mentiras. ¿Dónde estará tu señor agora? Aun no habrá llegado a España.—Ya su cuidado es de venganza y amor. *** No es razón que le deis cuenta, para afrentar este hidalgo, a la Duquesa. Yo salgo al remedio de esta afrenta. ¿Qué es eso, Gobernador? Señora, ha escrito Ricardo, el Príncipe de Polonia, desde Lunevila a Otavio que, hurtándole muchas joyas, se le ha vuelto el secretario a tu corte. Diome parte de este suceso, y buscando los sitios de más sospecha, en una quinta le hallamos. Como avisarte de todo cuanto pasa me has mandado, aunque Otavio no quería, a tu presencia le traigo. Otavio. Señora. Muestra la carta. Esta es. ¡Qué extraño suceso! ¿Un hombre tan noble en tanta bajeza ha dado? Señor Otavio: Después de daros cuenta de que voy con salud, aunque sintiendo vuestra ausencia, sabed que Lauro, mi secretario, con algunas joyas mías .se ha ido esta noche, con admiración mía y de mis criados, siendo tan gran caballero. Si volviere a esa ciudad, donde entiendo que una dama le ha obligado a este desatino, haced que, sin afrenta suya, sepa de vos el disgusto con que quedo. Dios os guarde.—El Príncipe de Polonia.» ¿Conoces aquesta firma, Julio? ¡Y cómo!: aunque no creo de Lauro el error que veo y que esa firma confirma. ¿Quién le trae? El capitán de campaña. Verle quiero. Entrad. *** Gentil caballero, y por extremo galán. ¿Sois Lauro vos? Sí, señora. Despejad todos la sala, Celia y Julio solos queden; vos, capitán de campaña, volved después por el preso. ¿Cuándo vuestra Alteza manda? Mas no volváis, que no importa, aquí estará en confianza. Di, caballero: ¿sirviendo a tan gran señor le hurtabas sus joyas y fugitivo desde el camino de España a Lorena te volvías y oculto en mi corte andabas? ¿Qué ocasión pudo moverte para tan infame hazaña y para venirte aquí? Con obligaciones tantas de noble y de secretario de un Príncipe y con gallarda persona y con ser forzoso tu ingenio en bajeza igualas a los hombres mal nacidos? Señora, en cuya alabanza de entendimiento y belleza gasta la parlera fama trompetas de inmortal bronce, del fénix purpúreas alas, con los ojos del pavón, que ya de celeste plata clavos errantes y fijos el zafiro eterno esmaltan; yo soy Lauro de Lorena, que fue mi padre de Francia y fue vasallo del tuyo, si en el título reparas. Casose en Cracovia insigne con una dama polaca; de suerte que soy francés, pues es la primera causa el hombre, como la forma de su actividad estampa en la materia que imprime. De suerte que ya te alcanza la obligación al favor por vasallo de tu casa. Supe en mis primeros años lo que buenas letras llaman y dime a la astrología, después de otras ciencias varias; porque puesto que no obligan las estrellas, pues la sabia prudencia puede regirlas, y que ellas fueron criadas por el hombre y no él por ellas, es ciencia tan dulce y alta y tan' digna de un ingenio, que me precié de estudiarla. Supe, en efecto, por ella que en tu corte me guardaba un grande bien la fortuna, que fue de volverme causa desde el camino a tu corte; que las joyas de la carta que dice el Príncipe ha sido invención porque la infamia me obligue a volver con él. Tanta ha sido mi privanza, que era yo Ricardo y él Lauro, sin que apenas haya diferencia entre los dos, sirviendo a los dos un alma. Y pues Julio está presente, bien sabe que no se hallaba Ricardo un punto sin mí y que fue nuestra crianza una misma, siempre juntos desde la primera infancia hasta la presente edad. Pero si acaso te espanta la ingratitud con que olvido quien con tanto amor me paga, si amor merece disculpa, que en las pasiones humanas le dan el imperio ejemplos, amor, señora, me obliga. Estando el Príncipe un día que salió su alteza a caza con poco gusto de verte, mira qué necia desgracia, yo vi, no lejos de ti, una tan hermosa dama que vine a creer que amor mudó la flecha y la aljaba en arcabuz, como dicen que, cual la violenta bala, derriba el aire a la tierra, que envuelto el cuello en las alas baja sin sangre, que toda por el aire la derrama; así yo sentí de un golpe salir de mi pecho el alma envuelta en tristes suspiros. Pasé la noche en mil ansias, y antes de ver el aurora el Príncipe se levanta y me notifica, ¡ay triste!, que quiere partirse a España. Fue forzoso obedecerle; pero en aquella jomada traían su amor y el mío tan espantosa batalla, que quedó vencido el suyo, y por la posta, madama, volví a tu corte, en que estoy loco de mirar su casa, contento de estar presente, gustoso de imaginarla, triste de no merecerla, pagado en ver que me mata, glorioso de que me vence rendido a belleza tanta, suspenso en su perfección, muerto de sus bellas armas, aficionado a su ingenio, rendido a su hermosa cara; esclavo de Argel, que es cielo, soberbio de amar sus gracias, obligado hasta la muerte, porque le doy la palabra de pretenderla sin vida, de amarla sin esperanza. Sin tanta satisfacción vuestra persona abonaba, que sólo son vuestros hurtos de voluntades honradas; que amor a Lorena os vuelva es disculpa, no es desgracia. Seguid, Lauro, vuestro intento, y si alguna cosa os falta en mí la tendréis segura. Con más que palabras almas beso mil veces la tierra que esos jazmines esmaltan. Vendré a veros si me dais licencia, hermosa madama. Holgareme de saber lo que con la vuestra os pasa. ¿Y cómo os va de favor? ¿Celia? Señora. La salva con que ha entrado este navío muestra que de paces trata. Mas, ¿si eres la dama, Celia? Creo que no me pesara que me quisiera. Ni a mí. ¿Qué dices? Que no te iguala. ¡Ay, Julio! Acá estamos todos. ¿Parécete que se entabla mi pretensión ? Lindamente; pero guarda bien las cartas, no te conozcan el juego, aunque es nueva la baraja. ¿Qué te dijo de ser fea? Allá verás de tu carta la respuesta, y lo que entiendo es que ha quedado picada y que vénganse desea. Yo haré de suerte que salgan a libras, Julio, de amor, las onzas de la venganza.

JORNADA SEGUNDA

Estoy contenta de ver de Lauro el entendimiento. Mucho me espanta tu intento. Soy agraviada y mujer. Si miente en llamarte fea, ¿qué venganza de su error es para mostrarle amor solicitar que te vea? Porque tengo confianza que le puedo enamorar, en que pretendo fundar la más discreta venganza. Enamorado de un', yo te le pondré de modo que se desdiga de todo cuanto Julio dijo aquí. Sin esto, cuando más cierto de mi amor Ricardo esté, con mil desdenes le haré vivir abrasado y muerto. Hasta llegar a querer un hombre es hombre Es verdad, que pierde la libertad, que es como dejar d« ser. Luego si ha de ser Ricardo sólo lo que yo quisiere, de estar sujeto se infiere que mayor venganza aguardo. Guárdese un hombre de dar su libertad por querer, porque entonces no hay mujer que no se sepa vengar. Yo voy con Lauro tratando que el Príncipe venga a verme, si él viene, y viene a quererme, tú le verás suspirando, tú le verás padeciendo, porque en viéndole querer tengo de darle a entender que estoy por Lauro muriendo. Lauro tiene gentileza. ¡De celos se ha de abrasar! No se puede dar pesar a costa de la grandeza; que donde hay tanto valor no sé, Estela, cómo quieres imitar a las mujeres viles en tretas de amor. Y aun por andar tan iguales, Celia, a su grandeza asidas suelen ser menos queridas las mujeres principales. Déjame seguir mi intento. ¿y Lauro, te ha declarado quién es la dama que ha dado principio a su pensamiento? No lo ha querido decir, ni era justo porfiar; secreto la quiere amar si no la quiere decir; que este amor debe de ser al tiempo antiguo. Aquí viene Julio. Grande amor le tiene. Él lo debe de saber. *** ¿Qué hay, Julio? Venir, señora, a ver si te sirvo en algo, que con lo poco que valgo mi desconfianza ignora servicio que pueda hacerte de más consideración, que para toda ocasión ser tu esclavo hasta la muerte. Hoy se ofrece en qué podrás mostrarme ese buen deseo. Y hoy la dicha en que me veo si tanto favor me das. ¿Quién es la dama a quien ama Lauro? Pésame, por Dios, porque, aunque amigos los dos, nunca me ha dicho su dama; que bien sabe vuestra Alteza que no guardara secreto siendo su gusto, en efeto, aun a su misma grandeza; lo que más puedo decir es que parece dentro de palacio, así por centro de hermosura a quien servir; como porque no le veo fuera del mirar ni hablar, de donde pueda sacar la causa de mi deseo. Duermo en su mismo aposento, y de noche el pobre amante es reloj cuyo volante el alma del movimiento. Así parece en la cama, y las horas, los suspiros, que dan amorosos tiros al índice de su dama; todo con tal desconcierto que nunca supe la hora desta encubierta señora. Pues yo tengo por muy cierto, Celia, que eres tú. ;Yo? Sí. No lo crea vuestra Alteza, fíe más de su belleza. ¿Qué dices? ¿Quererme a mí? ¿No se ve claro en tener Lauro secreto su amor? ¡Qué desatinado error! No puede un hombre querer, sin ofensa del sujeto, con secreto y discreción? No es amor, Celia, pasión que sabe guardar secreto. Y ahora bien, quien fuere sea, ya es mucha curiosidad, por lo menos es verdad que no le parece fea. ¿Vamos de aquí? Siempre asiste ese pensamiento en ti. Necia en ofenderme fui de agravio que no consiste en la razón, siendo el gusto un albedrío sin ley, que, de los sentidos rey, puede ser justo o injusto. Mas ya que mi confianza dice que es ofensa mía, no dejaré la porfía hasta tener la venganza. *** Valiente resolución. Esto se encamina bien, porque el favor o el desdén de una misma suerte son príncipes de amor que ya asisten en la memoria, de donde la pena o gloria pendiente del alma está. Porque como del favor puede nacer la mudanza, tiene el desdén esperanza de que se mude en amor. *** Pues ya caminan tan bien, por la privanza de Estela, tus cosas, que a tu cautela no hay crédito que no den, advierte, Ricardo amigo, no Lauro, pues para mí no eres Lauro, si yo fui parte entonces y hoy testigo de tu secreta invención que es Celia la misma vida que tengo en el alma asida y que ha llegado ocasión en que me puedes pagar lo que te he servido en esto. En obligación me has puesto que es imposible pensar humana satisfacción, mira en qué puedo servirte. Basta, Ricardo, decirte que tengo a Celia afición mal declarada en los ojos, que ellos solos han hablado, lenguas mudas que le han dado, por temor de sus enojos, información de mi amor; yo creo que le ha entendido, si bien nunca merecido, aquel primero favor; que corresponde al mirar cuando los ojos se encuentran, porque es, si dichosos entran, alta manera de hablar. Tú, pues, si llega ocasión, infórmala bien de mí, que mejor se escucha ansí una amorosa afición. Esto has de hacer, en efeto, porque en los tratos de amor es el concierto mejor por un tercero discreto. Fía de mí, que tendré más cuidado que del mío. De ti mi remedio fío. Amigo Julio. Aguardé que con Otavio acabases el comenzado discurso para no romperte el curso de lo que con él tratases. ¿Hablaste al Gobernador? Dile tu carta fingida, de su gusto recibida con muchas muestras de amor. Díjele que había venido de donde el Príncipe estaba, que si responder gustaba, el que la había traído mañana se partiría. ¿Carta le escribes? Después sabrás, Otavio, lo que es. Cuando de darla venía doy con Celia y con Estela, de quien, señor, entendí que se han de lucir en ti la afición y la cautela. Notable examen, por Dios, sobre saber quién ha sido la dama que te ha traído hicieron en mí las dos. Porque debe de pensar cada una que es por ella. ¿Y qué dijiste? Que de ella solamente imaginar, que era en palacio sabía, pues fuera a nadie mirabas, que de noche suspirabas y andabas triste de día. Bien hiciste, porque es justo ir poco a poco y a tiento, porque de este atrevimiento no nos resulte disgusto. Que aunque adora su belleza, no puede ofenderse ansí, podría echarme de aquí per cumplir con su grandeza. Porque fuera de ser justo en mujer de calidad, más puede la honestidad que los consejos del gusto. Dices bien; pero yo sé que no le falta de ti. La Duquesa viene aquí. Vete, Julio. Y yo me iré con volverte a suplicar no se te olvide mi ruego. *** Será, amigo Otavio, luego que Celia me dé lugar. *** Lauro, ¿estás solo? Aquí estaba Otavio. ;Y fuese? Ya es ido. Muchas veces he querido, que sus cabellos me daba, Lauro, la ocasión, fiarte un secreto y me ha faltado atrevimiento; hoy me ha dado licencia mi honor de darte satisfacción del temor y cuenta de lo que espero que tan noble caballero hará por mi propio honor. Imagine vuestra Alteza las fábulas o verdades de aquellas antigüedades llenas de horror y extrañeza. Imagine que Teseo va a matar a Minotauro y presuma que de Lauro espera el mismo trofeo. Imagine que desea tener las manzanas de oro cuyo guardado tesoro fue perdición de Medea. Imagine que pretende del campo Elíseo un laurel y que pasando por él el infierno le defiende, o la cristalina esfera por quien hoy Atlante es monte, o como a Belerofonte ir a matar la Quimera, que no pondré duda alguna si lo intentan estorbar la tierra, el infierno, el mar y el poder de la fortuna. Pues en esa confianza, caballero ilustre, advierte que aquel día que me vio el Príncipe tu pariente, o tu dueño, si lo ha sido, esto como tú quisieres, dijo, no sé cómo diga para tratarle de suerte con término más decente o con disculpa más justa la causa que me entristece, que era yo en extremo fea. Vino este Julio a traerle a Celia una carta suya, y como ella pretendiese saber si yo le agradaba, pues vino a esta corte a verme, tan descortés como el dueño dijo que no libremente, y contó de mi fealdad cosas. Luro, que parecen más que de Príncipe, de hombre que los perezosos bueyes guía por la tierra dura, donde con el hierro ardiente escribe iguales renglones que abril mira y mayo lee. Agora quiero que veas lo que somos las mujeres, que mi vanidad acuses y que mi enojo condenes. Tan grande le tuve. Lauro, que no hay cosa que no intente por vengarme de este necio, y así, quiero, pues tú puedes ayudar a mi venganza, que mi amistad recompenses en escribir a Ricardo que venga a Lorena a verme con una invención notable; escúchame atentamente. Tú has de decir en la carta que tanta privanza tienes conmigo, que te he contado mis pensamientos mil veces, y que te dije que el día que me vio, sin que entendiese que yo le vía, le vi, y conocí claramente, porque Celia me lo dijo, y que me dejó de verle tan perdida desde entonces, que siendo naturalmente alegre, vivo tan triste que no hay co.sa que me alegre, porque de todos los hombres me pareció diferente; con cuya imaginación no hay noche que no me acueste ni día que sin deseos de volverle a ver despierte, y que yo misma te dije que si a la corte volviese tendría gusto en hablarle, novedad de mis desdenes, castigo de mis desprecios, padecidos justamente por haber sido con todos ingrata y áspera siempre. Dentro, Lauro, de la carta quiero también que le lleven un retrato, por que vea lo que tan mal le parece; éste es hombre al fin, y mozo, y pienso que como piense que una mujer como yo con canto extremo le quiere, vendrá, sin duda, a buscarme, que tanto los desvanece su presunción, y está cierto que si el necio a verme viene le tengo de enamorar tan diestra, tan falsamente, que llegue a vivir sin alma; y que cuando llegue a verse en estado que yo pueda a la venganza atreverme, me tengo de retirar con tiros, con disfavores, con celos y con desdenes que le ponga en ocasión que le parezca la muerte más alegre que la vida. Y si este caso sucede como le tengo trazado, y tú, Lauro, no me vendes, tengo de hacer ele Ricardo, aunque no quiera, confiese que sois lo que dicen todos y que en haber dicho miente que soy fea, despreciando lo que en reinos diferentes ha parecido a sus dueños, tan buenos como él, de suerte que por mil embajadores han intentado ofrecerme los imperios y las manos para que aceptase y diese las mías, a quien castiga mi arrogancia justamente, pues me ha despreciado un hombre que sólo el nombre me ofende; que no merecen amor los que son tan descorteses que a las mujeres les quitan lo mejor que las concede Naturaleza, piadosa, para que estimadas fuesen. Una mujer no ha de ser, Lauro, capitán ni alférez; fuera de que ha habido algunas que con eternos laureles, por hazañas admirables, ciñen las gloriosas frentes; ni ha de ser una mujer filósofo, ni oponerse a las cátedras que enseñan divinas y humanas leyes. ¿Pues qué ha de ser? Lo primero hermosa, discretamente y hermosamente discreta, que es decirte, Lauro, en breve que hermosura y discreción la ennoblezcan igualmente. Con esto será estimada, dejando aparte que debe preciarse más la virtud que en las buenas resplandece. De forma. Lauro, que ha sido, perdone Ricardo ausente, agravio de necio, a quien mi honor castigo previene. Y pues no estás bien con él, permíteme que me vengue si vencido de tu engaño y desvanecido vuelve. Que no hay víbora en la Scitia ni tiene el África sierpe como mujer agraviada de que el hombre la desprecie. Pésame, Duquesa ilustre, por la parte que me toca Polonia, la opinión loca de un hombre de tanto lustre. Que aunque no es justo alabar delante de quien lo siente, el que agravia injustamente al que se quiere vengar. Os aseguro que es hombre de entendimiento y valor y, en efecto, un gran señor, que basta sólo este nombre. No sé cómo puede ser que le pareciese mal un ángel tan celestial en figura de mujer. Pero, al fin, hay en los gustos tal vez tan mala elección que en la mayor discreción son, por extraños, injustos. Pero puédoos consolar que de vuestra parte estaba, que siempre se desalaba lo que se quiere comprar. Justamente os vengaréis, y yo a escribirle me ofrezco, contento de que merezco que, extranjero, me fieis, señora, tan gran respeto. Y así, pienso despachar a Julio, que sabrá dar, como criado y discreto, la carta en su propia mano. Pues esto aparte, escuchad si en vuestra firme amistad todo cumplimiento es vano. Cuando un músico pretende a otro músico escuchar, suele primero cantar, y el otro no se defiende. Porque al fin está obligado de lo que el otro cantó, y así para oíros yo mi secreto os he contado. ¿Cómo se llama la dama a quien servís? Gran señora, no me preguntéis agora cómo mi dama se llama; porque siendo desigual notable ofensa sería. El favor y amistad mía, ¿cómo puede estarte mal? Sea quien fuere la dama, pues yo ayudarte prometo. Por pagar vuestro secreto, Celia, señora, se llama. Pésame. ¿Por qué? Yo soy con vosotros desgraciada, nación tan mal inclinada a mi favor, (loca estoy) Tu dueño me llama fea, y tú aun de burlas no quieres, tan descortés, Lauro, eres querer que la dama sea. ¡Notable estrella he tenido con vosotros! Pues, señora, ¿si yo. te dijera agora, a tu grandeza atrevido, que eres el alto sujeto de mi humildad, no me hicieras castigar? No, mientras fueras honestamente discreto; porque, ¿cómo puede ser dar castigo por amar? Por amar se ha de premiar. que no por aborrecer. Querer mal a quien me quiere no era cosa natural; yo no te quisiera mal. pues, desta razón se infiere. El galán que se contenta del estado de .su dama jamás ofende a quien ama, pues lo que es honesto intenta. Duquesa y señora mía, dándome tanta licencia vuestra discreta prudencia, vuestra dulce cortesía, dice... Mas ¡ay, osadía de mis fáciles antojos! ¿cómo diréis mis enojos si podéis con menos mengua hacer de los ojos lengua, pues saben hablar les ojos? ¿Quién es el sol que me enciende y me hiela y me acobarda? ¿Quién la tirana gallarda que en su dulce Argel me prende? ¿Quién me entiende y no me en- [tiende ? ¿Quién es mi hermosa homicida? ¿Quién mi esperanza perdida en tanta gloria convierte, que de tan hermosa muerte aun se halla indigna la vida? Ea, pues, atrevimiento, agora es tiempo de hablar, pues os mandan declarar vuestro oculto pensamiento: mas si lo que callo y siento, se pude en los ojos ver, presumir y conocer, aunque me deje morir no se lo quiero decir, pues no lo quiere entender. *** Con razón me tuvo atenta relación tan bien fundada; de oírle quedo admirada, mas no quedo descontenta; que cualquier atrevimiento, siendo amoroso, perdona una gallarda persona y mi discreto entendimiento. Mucha licencia le di por saber a quien quería; mas sirva en disculpa mía el quererme Lauro a mí. Porque, enojada y corrida, estaba desconfiada, del Príncipe despreciada y de Lauro aborrecida. Que a quien ninguno procura querer bien y vive en calma, o es hermosura sin alma o es alma sin hermosura. *** Bien despacio Vuestra Alteza ha estado con Lauro. Emprendo la venganza que pretendo de su ingenio y su nobleza; que a los dos he confiado el hacer que venga aquí Ricardo. ¿y dice que sí? Esa palabra me ha dado. ;Pues cómo vendrá? Secreto, para que le pueda hablar, que hablándole pienso dar a mi pensamiento efeto. ¿y si se sabe en la corte que Ricardo viene aquí? Déjame el cuidado a mí cuando el esconderle importe, que le tengo de burlar aunque aventure en rigor cuanto no fuere mi honor. No te quiero aconsejar; conozco tu condición, tan furiosa resistida, que aunque aventure la vida has de lograr tu opinión. Pero dime: ¿preguntaste A Lauro la dama? Sí. ¿y a quién ama Lauro? A ti. Tú, Celia, le enamoraste; Tú le trujiste a Lorena, por ti su dueño olvidó. No es posible, que soy yo la que lo fue de su pena. No me dé el cielo ventura si no me lo dijo ansí. ¿Que quiere Lauro a mí? Bien puedes estar segura. Y agradecida también. Eso no porque es mal caso. cuando sabes que te caso, querer a ninguno bien. Si le pesa a vuestra Alteza, ni le veré ni hablaré. No me pesa; pero sé que puede su gentileza impedir la voluntad del tratado casamiento si este nuevo pensamiento te quita la libertad. No pasará por el mío querer a Lauro. Harás bien. *** No hay ocasión que le den al amor como el desvío. Mal, si son celos, intenta que muestre a Lauro rigor, porque resistido amor con la privación se aumenta. *** Ponte, Julio, de camino, y por la posta saliendo, a vista de la ciudad llegarás a donde tengo al Conde y a los criados, que de Polonia vinieron, en mi servicio, y dirás que vuelvan todos fingiendo, aunque con poco ruido, que vengo también con ellos. Esta carta me darás en que diciendo que luego que vi la de Lauro, puse en ejecución su intento; y advierte que me la des, con atrevido despejo, delante de la Duquesa. No has tenido pensamiento de más ingenio en tu vida. Es amor grande ingeniero; las máquinas de Arquímedes no son encarecimiento para las que tiene amor. Ya sé que amor es tan diestro que fabrica laberintos, tal vez a maridos necios, donde encierra Minotauros, que suelen matar Teseos con hilos de oro, que son, sobre tabíes diversos y lamas tornasoladas. pasamanos de manteos. Ya sé que no va Leandro por Hero de Abido a Hesto, que para romper las torres los Heros vuelven dineros. Dédalo se ha vuelto amor, no por los dorados cercos del sol; por lo bajo danza entre sastres y plateros. Su matemática toda es inventar usos nuevos de joyas y de vestidos, y yo pienso que es lo cierto; porque si de lo que ha sido, por amor, vicioso extremo, es fuerza, en quien tiene honor, que quede arrepentimiento. Cuatro joyas de diamantes serán más noble consuelo que del honor y el peligro las memorias sui provecho. Parte, Julio, con cuidado. Yo parto en brazos del viento, para volver en sus alas. *** Y yo quedo satisfecho de tu diligencia, Julio. Lauro. Señora. ;Qué es esto? ¿Dónde despachas a Julio? Al Príncipe, con deseo de dar gusto a la Duquesa, a quien ya tengo por dueño; ni es deslealtad engañarle y hacerle venir, pues pienso que aunque pretende burlando enamorarle, el ingenio de Ricardo es tan sutil, que, por si duda, sospecho que le ha de querer de veras. Aquí me dijo su intento y que te había preguntado quién era aquel nuevo empleo de tus pensamientos, Lauro. ¿Y qué te elijo? No acierto en decirte que soy yo; pero si no te agradezco tanto amor que por el mío hayas dejado tu dueño V aventurando tu honor; que en ocasión te hayas puesto de estar en país extraño con nombre tan bajo preso, mal cumplo la obligación de mi noble nacimiento; y así, digo que lo estimo. Lauro galán, como debo V cuanto puede mi estado mostrar agradecimiento; que de ser agradecida a quien me obliga me precio, mayormente con amor, que es acción de nobles pechos. Ricardo. Celia, yo sé que un hombre desdichado para mayor desdicha fue dichoso, como mi ejemplo muestra que ha llegado a romper mi silencio temeroso. Tu agradecido pecho, tu cuidado y el verme tan aprisa venturoso, siendo en tus prendas mi valor tan poco fueran bastantes a volverme loco. Mas no quiso el rigor de mi fortuna que yo gozase el bien de mi deseo, mostrándose tan fiera e inoportuna cuando el favor sin esperanza veo. Ayer, cuando a la vista de la luna se trasladaba el resplandor febeo al ocaso entre nubes de zafiros, mezclando en las palabras los .suspiros, me dijo Otavio que eras, Celia hermosa, alma de sus sentidos y que estaba sin la suya por ti con amorosa ternura que las piedras ablandaba. Que pues con la Duquesa generosa hallé tal gracia que en palacio entraba con libertad y en él te hablaba y vía, fundase su esperanza en mi osadía; que te dijese, Celia, que le dieses licencia de servirte libremente, porque si tanto amor favorecieses verte, aflorarte y escribirte intente. Aquí querría que pensar pudieses cuál fue, dulce señora, el accidente que mis venas heló, viendo el amigo mayor que tengo descansar conmigo. Quererte y engañarle es imposible; aunque me uniera yo, dejarle debo la empresa a Otavio, y con dolor terrible, cuando puedo vivir, la muerte apruebo. Tú, cuando fuere a tu valor posible, Nunca que engaño en el amor tan nuevo que a Otavio favorece, sin que Otavio sienta mis celos y tu amor mi agravio. Si tuvieras amor, ¿quién te quitaba que le dijeras, «Lauro, a Celia quiero», aunque lo que él de mí te declaraba en tu imaginación fuera primero? Mas como el no tenerle te obligaba, sigues la ley de amigo verdadero, que tantos han quebrado con disculpa de que el agravio por amor no es culpa. ¿A qué padre, a qué amigo, a qué pariente guarda respeto amor? Pero ya es tarde para reñir a un hombre que no siente y que quiere que amor respetos guarde. No quiera el cielo que querer intente hombre que tuvo amor y fue cobarde, pues no lo siendo para hablar conmigo calló sus penas a su propio amigo. Traidor fuiste a los dos: a él callando tu amor, cuando él su amor te fue diciendo, y a mí, pues, mis favores despreciando, de tu villana ingratitud me ofendo: ninguno me hable, aunque se muera amando, porque a los dos estoy aborreciendo. Celia, señora. Vete, impertinente. Por Dios, que la engañé famosamente. *** ¿Carta del Príncipe a ti? Por mano de Otavio ha sido este milagro. Ofendido Ricardo estará de mí viendo que di libertad a Lauro. Engáñase en todo) Vuestra Alteza; de otro modo intenta hacerle amistad. ¿Cómo amistad? Esta es la carta, que vista, fuera causa que pena me diera de haberle preso después. Celia, ¿es su letra? y su firma. Lee. Escucha. Como sombra este principio me asombra y sus agravios confirma. Celia. «El enojo que me dio Lauro con su necia partida me hizo tomar tan mal consejo por detenerle. Suplico a vuestra señoría que, si está preso, le dé libertad, y si no, le persuada que se vuelva conmigo, que estoy en una aldea a veinte leguas de esa corte, enfermo desde que él se partió, porque, fuera de ser mi primo, es mi mayor amigo.» Dos cosas vienen aquí notables; es la primera ser su primo. ¡Quién creyera menos de Lauro! Es ansí; la nobleza trae escrita. La otra, que enfermo esté desde que de aquí se fue. No sin causa solicita que vuelva Lauro con él. Responded, Gobernador, que no fuisteis con su honor de Lauro vos tan cruel, y que nunca estuvo preso. Que le hablaréis con cuidado de verle tan agraviado por aquel pasado exceso; pero no le prometáis que irá a verle. A escribir voy. Ni que yo avisada estoy del mal que tiene escribáis. *** Pareciome que trataban, gran señora, Vuestra Alteza y el Gobernador de mí. Hay una cosa muy nueva. ¿Cómo? El Príncipe tu dueño, mejor tu primo dijera, no veinte leguas de aquí está enfermo en una aldea. ¿Enfermo? Así lo escribió. ¿Pues cómo estando tan cerca no se ha sabido? Habrá dado también en que no se sepa. como en otras necedades, porque presumo que piensa que estás preso. A no haber sido por tu piedad, yo estuviera no sólo en duras prisiones entre la gente plebeya, mas, por ventura, sin vida. Primero la suya sea ejemplo de desdichados y nunca a Polonia vuelva. ¿No le dices cómo quiere que Lauro vaya al aldea? ¿Pues escribe que yo vaya? Con el temor de tu ausencia aun no te osaba decir que verte. Lauro, desea; pero si sientes tu agravio, como es razón que le sientas, no pienso yo que en tu vida volverás donde te vea. Si mi ausencia, como dice, la de sentir Vuestra Alteza, perdone esta vez Ricardo, por más que la sangre mueva los deseos de su vista, fuera de estar mi inocencia tan quejosa de su agravio. *** ¿Quién pensara que pudiera volver tan presto de España? ¿Es Julio? Con razón llegas a dudar si Julio soy dando tan presto la vuelta, que más parece de marzo. Lauro, ¿Julio estaba fuera? Fue el criado que escogí, fiado en su diligencia, para la que hacer mandaste, y pues ya lo sabe Celia y este loco ha entrado aquí, que hablarme después pudiera, él te dirá lo que pasa, excusando que en la aldea que dice el Gobernador le ha detenido en Lorena peligrosa enfermedad. Si lo saben, ¿qué me queda para que les pida albricias? Saber si te dio respuesta. Esta carta, y por la tuya el porte desta cadena. Queda loco del retrato • y el favor de la Duquesa, de suerte que, al mismo punto, como si tu imagen bella Fuera de milagros, pide le den de vestir, y queda tan alentado y brioso, que el Conde y la gente nuestra han dado con los caballos por varias partes carreras alborotando el lugar como al salir la sentencia de mi gran estado en las cortes los que van a dar las nuevas. Pues el que me tuvo en poco y a quien parecí tan fea, ;con mi favor, con belleza y mi retrato se alegra? Debe de querer el cielo dar a tu venganza fuerzas. Léete la carta. Después quiero, Lauro, que la leas, cuando estemos los dos solos. ¿De qué manera conciertas que venga a verte Ricardo? Porque no demos sospecha, verme de noche podía. ¿Y ha de entrar a tu presencia? No, Lauro, que no es razón. ¿Pues cómo quieres que sea? Hablándome como amante por alguna de las rejas que salen a los jardines. Ya voy previniendo penas. ¿De qué, Lauro? Ya, señora, de aquel favor no te acuerdas con que prometiste dar vida a mi esperanza muerta. Sí, acuerdo. ¿Pues no es razón que celos un hombre tenga de las partes de Ricardo? Calla, Lauro, que si llega esta venganza a su punto, como mi agravio desea, él tendrá celos de ti. *** Beso los pies de tu Alteza. Lauro. Celia. ¿No hablarás conmigo mientras Estela con el Príncipe? Si Otavio, señora, me da licencia... ¡Qué cobarde caballero! *** Señora, guardar es fuerza el decoro a la amistad. ¿Qué dices, Julio? Que enredas tal máquina de invenciones, que es imposible que puedas, si has de ser Lauro y Ricardo, salir bien, con lo que intentas. En gran peligro me veo, pues he de hablar en la reja con Estela a un tiempo mismo y, como Lauro, con Celia. Mas como voy entablando, Julio, el amor que me muestra, ¿qué daño puedo temer cuando el engaño se entienda? Pareces amante halcón, en conquistar su belleza, que gustan de que la caza que han de comer se defienda

JORNADA TERCERA

Notable invención ha sido tú mismo fingirte a ti. Mayor es, estando aquí, ser, Otavio, el que ha venido. ¡Qué bien fingido secreto! Bien llegaron tus criados. Vienen diestros y enseñados del Conde para este efeto. Pero el peligro mayor es hablar a la Duquesa. Cuando esto pienso, me pesa de haberla tenido amor. Porque llegando a pensar, aunque de noche ha de ser. que me puede conocer, temo que se ha de enojar. Y si yo libre estuviera, dejara en aquel estado cuanto sabes que ha pasado y con Ricardo fingiera que a la patria me volvía o a España, como pensé cuando la Francia pasé, pues solo a verla venía. En vano tienes temor, que no te ha de conocer por la habla, si ha de ser en la distancia mayor. Y cuando a su pensamiento malicia pueda llegar, por la patria ha de pensar que tenéis un mismo acento. Esa razón es verdad, y gran ventura haber sido esta noche, en que ha venido un limbo de obscuridad. Algo tiene que decir la luna en esta ocasión al pastor Endimión, pues no ha querido salir. Y como son sus doncellas las estrellas que la ven, habrá querido también recoger a las estrellas. Lluvioso el cielo se muestra y favorable a mi engaño. La habla no te hará daño, que no es Estela tan diestra. Y como es tan poderosa la imaginación, no dudes que, por poco que la mudes, quede Estela sospechosa. Paréceme que dirás a qué efecto me he fingido con ella El mismo que he sido, pues no ha de quererme más. Mira, Otavio, esta señora, por soberbia de hermosura, dio en despreciar la ventura que tiene dudosa agora. No le agradaba marido, mil Príncipes despreció; temiendo lo mismo yo, cuánto sabes he fingido por enamorarla ansí, que si de otra suerte fuera lo mismo conmigo hiciera; pero más dichoso fui, pues ya la tengo en estado que cuando llegue a saber quién mí, no podrá tener desprecios de mi cuidado. Dichoso fuiste; mas yo tan desdichado me veo con Celia y con mi deseo, que Celia me aborreció y él no me quiere dejar. Celia será tuya. ¿Mía? Si llegare, Otavio, día que yo lo pueda mandar. ¡Quiéralo el cielo! Sí hará. Julio sale. ¿Es hora? Sí. ¿viste a la Duquesa? ¿Sale ya a las rejas? Pareces eco. vi. Ya. En oyendo que estaba allí me llamó, entré, vi El sol y él me vio a media noche saliendo, aunque este concepto sea villancico en Navidad. Pintarte la majestad de aquella divina fea es ofender su hermosura. Detrás de un bufete estaba, que luz a dos luces daba con su luz hermosa y pura. Allí estaban, por despojos, tus amorosas porfías y corridas las bujías de que alumbraban sus ojos. La ropa de levantar era de este sol esfera, mas mejor lo pareciera para ropa de acostar. El faldellín en que había quedado aquel cuerpo hermoso era telliz venturoso del alba en que sale el día. Lo demás es lo de menos, siendo del mundo lo más, y, al decirme cómo estás, brilló los ojos serenos. Aquí viene la oratoria en su punto. Filialmente, me preguntó: ;Cómo siente Lauro la amorosa historia? De su Príncipe Ricardo, después que a la corte vino, ya celoso le imagino, que me dicen que es gallardo.» «Señora—le repliqué—, toda la noche han estado juntos y de ti han hablado.» Y en esto no la engañé. Pues que sois uno los dos, siente que esta noche quieras hablarle, y, si perseveras, matas a Lauro, por Dios. «Ya no lo puedo excusar —dijo—, pues está en la calle; y celos, sin ver su talle, ¿cómo se pueden causar? «Celos—dije yo—, pues sientes las causas de sus achaques, son, gran señora, almanaques de futuros contingentes.» Donde dicen que ha de hacer claro, llueve sin reparo y sale el sol puro y claro si dicen que ha de llover. Yo no sé de astrología De esto que llaman amor; pero llame dado temor que se ha de trocar el día.» «Vete—dijo—, y di que ya salgo al balcón». Está atento, que en las celosías siento que alguna persona está. Y pues te has determinado, llega a morir o a vencer. Dos papeles he de hacer que el poeta amor me ha dado: ya he de ser Ricardo y ya Lauro; pero Otavio entienda que los mismos le encomienda, que así concertado está, Ricardo y Lauro ha de ser. Si sales con este engaño, ¿servirá de desengaño de Jo que amor puede hacer? Señas han hecho, yo llego. *** En dos partes hacen señas. Si a Celia, Otavio, conoces, fíngete Lauro con Celia, porque yo me fingiré Ricardo con la Duquesa. Si es fingirme el ser quien soy, tú, Julio, ya entiendes. Llega. ¿Es el Príncipe Ricardo? ¿Es, señora. Vuestra Alteza? Soy yo. Y yo quien adora esas hermosas estrellas. ¿Qué diréis de mi osadía? Pero fuera yo muy necia si disculpara quien vio vuestra rara gentileza. No he sabido defenderme de vos, pues que tanta ausencia sola una vista no olvida. Si amor con milagros piensa hacerme tan venturoso, ¿qué tengo )'o que le ofrezca si os he dado a vos el alma? La enfermedad del aldea fue de amor, fue de haber visto vuestra divina belleza. ¡Ah, caballero! ¿Sois Lauro? Lauro soy, hermosa Celia. ¿No queréis hablar conmigo por no dar celos a Estela? Yo, mi señora, no doy celos, y cuando los diera, aventurara mi daño por el gusto de quien reina por alma de mi albedrío, donde no puede haber fuerza mayor que la voluntad. ¡Qué desigual competencia hacemos mi prima y yo! No puede Estela tenerla Con vos si yo soy la causa. ¿Con qué queréis que agradezca tanta merced? Con pagarme; mirad qué breve respuesta. Muriéndome estoy de ver que hablen juntos Lauro y Celia. ¿Qué haré para dividirlos? ¿Con quién habla Vuestra Alteza? ¿Es Lauro aquel? Sí, señora. Decidle que a hablarme venga y vos a Celia daréis de lo que traíamos cuenta, que es muy justo, por mi amiga, por mi prima y deuda vuestra. Notablemente sucede. *** ¡Cuánto se engaña quien piensa que nadie puede engañarle! Lauro. Señor. Dad licencia por un instante. Oye aparte. ¿Conociote la Duquesa? De ninguna suerte, Otavio; mas como de ver le pesa que hables con Celia, que, al fin, presume que hablo con Celia, me ha mandado que te llame y que entretanto entretenga a Celia. ¿Pues qué has de hacer? Que tú a hablar a Celia vuelvas y yo vuelva como Lauro, de suerte que vaya y venga a ser dos, siendo uno mismo. ¡Extrañas cosas intentas! No puede mi desatino volver atrás aunque quiera. ¿Es Vuestra Alteza? Yo soy. Ríe, Que me llama Vuestra Alteza me dijo el Príncipe. Dúo. Lauro, líame dado mucha pena que hables con Celia. Señora^ Dios sabe que no quisiera ni verla, ni haber nacido para ser de mis ofensas tercero, como lo soy. ¿De que pretenda te quejas burlarme con estas burlas? Quien llega a morir de veras, no funda en burlas sus celos. Lauro, si yo presumiera que esto había de causarte un átomo de sospecha, ni la venganza intentara, ni, aunque me llamara necia, que, entre personas con alma, es más agravio que fea, tratara de castigarle. Que satisfacción merezca de esa boca mi osadía, todos mis celos sosiega. ¡Oh qué palabras tan dulces! Bien haya quien paga en perla penas de celos fingidos. ¡Oh quién estuviera cerca para deshacer las hojas de esas blancas azucenas poniendo en tierra la boca! Yo aguardaba que amanezca por ver al Príncipe el talle; pero porque me agradezcas que este deseo no cumpla, que en mujer es cosa nueva, di al Príncipe que perdone, porque el aurora no sea causa que alguno en palacio esta novedad entienda. Esto fineza parece. Si en la voluntad engendra almas amor, sean mil almas agradecida respuesta. Secretaria de la cifra de amor llamaba un poeta a la noche, en quien se fían cuantas palabras y señas de dos amantes caminan desde la calle a las rejas. Es el aurora una espía cuya luz viene secreta a disfrazar pensamientos y a entretener dulces penas. Yo voy para que nos vamos, que noches, señora, quedan para engañarle, y como es mozo de poca experiencia y soberbio de su talle, no dudes de que ya piensa que estás del enamorada. Bien dices, yo me voy. Celia. Señora. Vamos de aquí. Adiós, Lauro. ¡Quién pudiera iros siguiendo, sol mío! ¡Julio, hola. Julio, despierta! ¿Quién llama? ¿No me conoces? Mueran. ¿ A quién dices mueran? ¿Dónde están los enemigos? ¡Detén la rodela, bestia! Si no eres tú, ¡vive Dios, que estás haciendo floretas a estas horas en el aire! ¿Qué hay de Duquesa y de Celia? Que he sido un dios Jano amante con dos caras. ¿La Duquesa al fin no te ha conocido? ¿Quién pensara que tuviera tan firme imaginación en mi fe y en su grandeza para no ser engañada? Triste está Otavio. No alegran dichas fingidas. La aurora ya per la boca risueña cándidos rayos dilata, flores y fuentes le besan los coturnos de oro y nácar. Y yo dijera, en mi lengua, que salía la mañana en chapines o en chinelas. ¡Oh, amor!, ¿qué será de mí? ¡Adiós, rejas! ¡Quién creyera que no hubiera para Julio una Inés en esta feria! Mas dícenme que se cansan de que los amantes tengan criado para criada; y así, no hay Inés; paciencia. *** ¿A mí me quieres hacer, prima, tan grande disgusto? La que se casa sin gusto, ¿dónde le piensa tener? Casada, toda mujer ama después su marido; pocas dichosas han sido por casarse enamoradas. Debieron de ser culpadas, cuando amor merece olvido. Si Lauro no te obligara, yo sé que me obedecieras. y yo que no te ofendieras si Lauro no te agradara. Pero, señora, repara en que no te iguala a ti; Reyes y Príncipes, sí. Luego no he pensado mal que un hombre que no es tu igual será bueno para mí. Celia, menos bachillera; que yo me puedo casar con mi gusto y puedo dar mi estado a quien menos fuera. Y cuando yo a Lauro quiera, ¿no es Lauro primo de quien a mí me estuviera bien? Luego aquel mismo valor me puede obligar a amor como al Príncipe a desdén. Como tu melindre ha sido tan recatado hasta agora en querer buscar, señora, entre Príncipe s marido, no pensé verle rendido a un hombre que no lo es, y me espanto de que des en querer, Estela, ansí quien me quiere sola a mí, pero a ti por interés. ¡Qué loca te tiene amor! ¿Lauro a ti? Si anoche oyeras a Lauro conmigo, hubieras desengañado tu error. Del Príncipe, su señor que conmigo, Celia, hablaba celoso, por dicha, estaba, pues cuando yo le llamé desengañada quedé de que Lauro te engañaba. ¿Cómo que te hablaba a ti? Pues nunca Lauro te habló, si de mí no se apartó en cuanto estuviste allí. Digo que le hallé y le oí tan tierno, tan dulce amante, que se ablandara un diamante. No sé cómo puede .ser que de Lauro pueda haber un retrato semejante. Pero pues se ha declarado desta suerte Vuestra Alteza, en mí fuera ya bajeza darle con celos cuidado. Y del que Lauro me ha dado quedo tan arrepentida, que no le hablaré en mi vida; que prenda tan estimada no ha de ser de mí enojada, sino adorada y servida. *** Duquesa, ¿Soy yo, por dicha, pensamiento mío, la que jamás rindió su pensamiento? Celos quieren vencer mi entendimiento y entrar con mi valor en desafío. Amar por la razón el albedrío es dar a la disculpa fundamento; por celos no, que es envidioso intento, y ofensa del honor el desvarío. Conciertan las estrellas de los cielos el amor entre dos, porque por ellas se quieren con recíprocos desvelos. Pues si estrellas de amor son causas bellas, conciértenos el cielo; que los celos, si son infiernos, no han de ser estrellas. Salga Vuestra Alteza a ver del Príncipe mi señor un presente, aunque el valor tan desigual viene a ser con el que hoy ha recibido (le sus manos liberales, que en sus minas celestiales diamantes han producido, si bien más que los diamantes la ropa blanca estimó, que nunca el sol se vistió con auroras semejantes; porque tan lindas camisas parece que le dio el alba en su azafate con salva de sus flores y sus risas. Alaba olor y limpieza de las cajas de ciprés y dice que todo es retrato de su belleza. Finalmente, se ha esforzado a enviarte niñerías. Qué, ¿tan presto de las mías el Príncipe se ha pagado? No son cosas de valor, si bien son curiosidades. Con esto me persuades que me tiene poco amor. Sólo un retrato le tiene que está engastado en diamantes. ¿De quién? Por que no te espantes, la lengua el nombre detiene. Di presto. De Lauro es. ¿Retrato de Lauro a mí con tantos diamantes? Sí, porque dice que después que te oyó .decirle amores no te pudo hacer presente de más valor. Lauro miente si le ha dicho mis amores. Siempre he de hallar, señora, en vuestros labios a Lauro. No esta vez por gusto mío, sino para vengar necios agravios. Más de tu ingenio y tu valor confío. Nunca se alaban los amantes sabios, porque es ingratitud y desvarío, de los favores de sus damas. Mira que son los celos del amor mentira. Díjome anoche el Príncipe, señora, que nos oyó requiebros cuando hablaba con Celia, en cuya plática el aurora nos halló sin dormir, tan necio estaba. Con esto, Julio te habrá dicho agora que mi retrato propio te enviaba, pasándole a una caja de otro suyo. Más la merece, sin enojo, el tuyo. Pues si esto en la verdad, los claros cielos serene de sus ojos vuestra Alteza, que no se han de atrever a cielos celos ni la sombra a la luz de la belleza. Lauro, no me bastaban los recelos de Celia, que me han dado igual tristeza, sino pensar de ti que me vendías. ¿Pues qué dice de mí? Que la querías. ¿Yo? Sí. Tú misma entretenerla, señora, me mandaste, y porque fuese más secreto mi amor fingí querella, no porque yo, señora, la quisiese. Lauro, Lauro, no más hablar con ella, que hablaré con Ricardo, aunque te pese; ya no es tiempo que andemos tan secretos. ¿Pues no es secreto amor entre discretos? Llegada a declararme desta suerte, no quiero discreciones. Gran señora, que está aquí Julio y que nos oye advierte. Pues por eso haré yo matarle agora; Ea, señora ¿a mí me das la muerte? ¿Por qué delito, a Julio, que te adora? Pero para la muerte, ;qué mayores que haber sabido faltas de señores? Por el donaire, Julio, te perdono. ¡Ea!, que no pensabas en matarme, que tengo en tu grandeza ilustre abono y aquí no tienes tú que perdonarme; pero así del mayor imperio y trono tu casa de Lorena timbres arme, como pienso que Lauro te parece, y no es falta querer quien te merece. Lauro, ¿agora tristezas? ¿Nunca oíste que en la prosperidad ninguno es sabio y que mejor un hombre se resiste de la desdicha en el adverso agravio? Estoy, ¡ay, Dios!, de tus favores triste; desconfiado el pecho, mudo el labio, el alma sin valor y la esperanza temiendo la fortuna en la bonanza. Cuando tormenta mi bajel corría con menos pensamientos navegaba, las olas que llegaban recibía y de las que pasaban me alegraba. Mas triste agora estoy, sereno el día, y en las velas que el ábrego bramaba cantar oyendo el céfiro suave, que más teme el peligre quien le sabe. Veo celoso al Príncipe Ricardo, Príncipe al fin, y a ti no mal contenta de verle padecer, ¿pues ya qué aguardo si sé el peligro y temo la tormenta? El de Polonia, próspero y gallardo, público, Estela, ya servirte intenta, pues en saliendo en público ¿no miras que en vano de ti misma te retiras? ¿Cómo puedes, señora de mis ojos, que presto no verán los de tus cielos, excusar su favor y mis enojos ni la ciudad hablar en sus desvelos? ¿Tengo yo de aguantar a tus antojos que él se enamore y que rae maten celos y esperar a si quieres o no quieres, no siendo de diamantes las mujeres? ¿Tengo yo de mirar, señora mía, de qué manera, a vista de tus rejas, pasa Ricardo, por ventura, el día que ya firmados los conciertos dejas? ¿Será bien que mi bárbara porfía venga a decirte lastimosas quejas la misma noche, y que .se queje al viento la envidia de mi loco pensamiento? ¿Tengo yo de sufrir que, coronado de varias plumas, pase por la tela mirando al .sol de tu balcón dorado y que salgas a verle, hermosa Estela? ¿Y que bañe al bridón, de fuego armado, espuma el freno y púrpura la espuela, con aplauso común, que el vulgo admire, por que no sientas cuando yo suspire? ¿Será justo que entonces mi esperanza, que fue por ti pirámide en el viento, caiga por la región de tu mudanza, lastimando su mismo fundamento? Siempre estuvo el peligro en la tardanza; no quiero estar a mi desdicha atento para morir de un súbito accidente, que más despacio muere un hombre ausente. Dame licencia que me parta a España, donde me escribirán tu casamiento, que basta, para ser gloriosa hazaña, inclinar a mi amor tu pensamiento. Mejor me tratará la tierra extraña y allí será menor mi sentimiento, fuera de ser peligro cuidadoso dar celos a un amante poderoso. Ni tú querrás que yo pierda la vida a manos de Ricardo injustamente, que un hombre, de quien tú fuiste homicida, sólo le ha de matar su pena ausente. Y no presumas que el ausencia olvida en tu hermosura efecto diferente, que tiene amor, para impresiones tales, estampa de las almas inmortales. Lauro, si tú no supieras mi calidad y valor, ingrato a mi grande amor, temer mudanza pudieras. Mas si quien soy consideras, es justo que consideres que no todas las mujeres a cualquier viento que corre, como veleta de torre, mudamos de pareceres. Sin esto, más confianza merece mi inclinación, sabiendo que mi intención no es amor, sino venganza. Ya que te he dado esperanza, no es para mudar de intento, que cuando mi entendimiento dijo «a Lauro he de querer» no supe que era mujer para mudar pensamiento. Si temes, viendo que intenta salir público Ricardo, más presto venganza aguardo de aquella pasada afrenta; porque a darte gusto atenta. impediré que lo intente. Espera, Lauro valiente, que si, cobarde, te vas, mucha licencia me das para que te olvide ausente. No he pensado declararme tan locamente contigo, ni es bien, si lo más te digo, en lo menos recatarme. Para ayudar a vengarme no te ha de faltar valor; escucha, y pierde el temor, que si amor crédito alcanza, quien no tiene confianza no diga que tiene amor. Señora, nunca he temido de tu generoso pecho; de mi poca dicha, sí. Oye lo que digo atento: para abreviar mi venganza y quitarte, Lauro, el miedo, dile al Príncipe Ricardo que si como yo le quiero me quiere y como me agrada le agrado, no nos casemos en calles, rejas y noches, dilatando el casamiento; que de la corte se vaya y que vuelva descubierto, echando fama que ha sido resuelto por mi consejo que nos casemos los dos; y cuando juntos estemos y él llegue a darme la mano mira qué venganza espero: retirando yo la mía, diré con atrevimiento: «Príncipe, no me agradáis, atrás la palabra vuelvo, porque si os parezco fea vos me parecisteis necio. ¡Notable imaginación! Lauro, en esto me resuelvo. ¿Y si se enoja Ricardo? ¿Qué importa, si entonces tengo mil soldados prevenidos? Y yo ¿qué figura llevo en este discurso tuyo? Ser condición del concierto que tú vienes a casarte con Celia, para que, al tiempo que te quiera dar la mano, llegue yo entonces diciendo: «Eso no, que Lauro es mío y los dos nos casaremos». La venganza, Estela mía, conozco que es de tu ingenio y la merced que me haces digna de tu heroico pecho: mas si Ricardo, agraviado, previene ejército luego... ¿Por dónde le ha de pasar desde Polonia, su reino, al ducado de Lorena? Ahora bien; lo que has resuelto es para tanto honor mío que, acertado o desacierto, se ha de ejecutar por mí. Da cuenta a tu Parlamento de lo que has determinado mientras al Príncipe vuelvo. Voy a prevenir a Celia, de quien me vengo con esto de los celos que me ha dado. *** Siempre se vengan los celos. Escuchando estas locuras he estado atento, aunque pienso que debo de haber soñado, señor, lo mismo que veo. Disculpo de la venganza a la Duquesa, y confieso que haberla llamado fea es el último desprecio en condición de mujer, y que este notable enredo es fábrica del agravio en su raro entendimiento. Lo que me admira y me obliga, Ricardo, a perder el seso es ver que el Príncipe seas y que digas muy severo que irás por él. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿A quién o cómo? ¿Qué es esto? ¿Qué Príncipe ha de venir? Si no es que estás previniendo que venga el Conde en su nombre. Hoy ha de quedar deshecho, Julio, todo este teatro de la fortuna y el tiempo; hoy ha de hacer fin mi engaño viendo que ha llegado al puerto de mi esperanza y vencido este gigante soberbio despreciador de los hombres. ¿Cómo? Ten, Julio, silencio; que pintaron los antiguos la dicha de un buen suceso en los pies la diligencia y en las manos el secreto. *** Albricias me darán vuestros estados. Solícitos cuidados de su descanso y gusto han preferido. Gobernador, mi condición y olvido. Ya estamos de casarnos concertadas mi prima y yo. Si estáis bien empleadas, dichosos parabienes Lorena os da por mí. Si queja tienes por haber excusado al Parlamento el conferir con él mi casamiento, sabed que fue forzoso el .secreto y el nombre d^ mi esposo, Pero ya que ha venido, desde hoy sabréis que el de Polonia ha sido Príncipe generoso, que por cartas de Lauro concertado, que con él solamente se ha tratado, está en Lorena y en la corte pienso. De tus vasallos el amor inmenso esto sólo podía por conservar en ti su monarquía. ¿Y a Celia en quién la empleas si la misma ventura la deseas? En su primo del Príncipe Ricardo, que todos conocéis: Lauro, gallardo. Hasta agora, señora, no creía tanta ventura mía. Tus pies mil veces beso, y ya, pues puedo, alegre te confieso el justo, el grande amor que le he tenido. Importa que advertido el Capitán, y con igual secreto, tenga, para este efeto, un tercio de soldados no lejos de palacio. ¿Qué cuidados de guerra, en tanta paz, teme su Alteza? O sea por grandeza o por temor de algún suceso extraño, no puede el prevenirlos hacer daño. Id vos, Gobernador, a acompañarle, reconocerle y darle el parabién por todos mis estados; y vos para que estéis con los soldados, capitán, en el puesto que os parezca, para salir cuando ocasión se ofrezca. Bien puede vuestra Alteza estar segura. Conceda el cielo próspera ventura a tan dichosas bodas. *** Celia. Confusa estoy de ver que no acomodas el aposento que a los dos conviene, pues ya te han dicho que Ricardo viene. Sosiega, Celia amiga, que ha de tener la noche de este día suceso diferente. Ya parece que suena entre la gente el regocijo. Es propio en los antojos de amor anticipar el bien los ojos. *** Público, pues lo has mandado y justa licencia tiene, del Conde y de Lauro viene el Príncipe acompañado. Admírase la ciudad del secreto que has tenido. Más lo estará de que ha sido en tu desdén novedad. ¿Viene muy galán Ricardo? No ha pretendido mostrar cuidado, aunque no faltar a lo que debe a gallardo. ¿Y Lauro viene contento? Viene contento de ver que llegue el tiempo de ser de tu venganza instrumento. Habla, Julio, con recato. ¿Cuál te parece mejor de Lauro o Ricardo? Amor del Príncipe, o fuera ingrato, no me dejarán juzgar cuál es mejor; pero advierte que los quiso de tal suerte naturaleza pintar, que parece que copió el uno del otro tanto que mirarlos causa espanto, pues no determino yo, con tratarlos cada día, cuál es Lauro y cuál Ricardo. Parece que me acobardo de ver mi necia porfía. Casi arrepentida estoy que es propio de la venganza cuando lo que espera alcanza. Viene. A recibirle voy. *** ¿Adónde decís que está mi señora la Duquesa? Aquí os están esperando su Alteza y su prima Celia. Notablemente parece a Lauro. Sea Vuestra Alteza bien venido. Y no es posible que haya bien que mayor sea. Perdonad, Lauro, que os tuve por Ricardo. ¿Adónde queda el Príncipe? Yo, señora, soy el Príncipe. No fuera posible, sin ser milagro, haber la naturaleza hecho en una misma estampa dos rostros de una manera. Lauro, decid: ¿dónde está el Príncipe? Hermosa Estela, ya os digo que soy Ricardo. Vasallos, traición es ésta, el Príncipe me ha burlado. Conde, ¿soy yo? ¿Quién pudiera ser sino vos? ¿Soy Ricardo, Otavio? ¿No manifiesta ¿Vuestro valor que sois vos? Julio. Señor. ¿Qué esperas que no le dices quién soy? Señor, en cosa tan cierta, ¿qué importa e! crédito uno? A la corte de Lorena vine, señora, por verte, presumiendo que pudiera verte sin dejarte el alma; y como de tu belleza hizo tan grande impresión aquella divina fuerza en ella y en mis sentidos, no pude, ni me atreviera, a pasar de Francia a España. Pero la imposible empresa de conquistar tu desdén, que a tantos Reyes desprecia, tantos Príncipes descarta, tantos amantes desdeña, me puso tanto temor, que intenté que te dijeran cuanto fue causa, señora, de la venganza que intentas, solicitando tu amor, no por soberbia grandeza, como muchos, confiados, que has despreciado por ella. Si entendí tu condición, si tu endiosada aspereza, si vencí tu libertad y la palabra confiesas que me diste, siendo Lauro, y agora no me deseas por Príncipe de Polonia, tus bellas manos merezca con título de tu esposo; pero si juzgas a ofensa que haya encubierto mi nombre para que estando tan cerca de tu persona, mejor rindiera tu fortaleza, que mejor llegan suspiros, ansias y palabras tiernas cuando juntos dos amantes tienen de hablarse licencia que con distancias ausentes, calles, papeles y rejas, como el efecto confirma mis dichas en tu presencia, para merecer tus manos; porque, finalmente, en ellas están mi muerte y mi vida, mi bien, mi mal, gloria y pena, que, muerto o premiado, estoy contento de ver que tenga victoria amor de un desdén que fue en belleza y soberbia fénix y Luzbel de Francia, quedando mi nombre en ella con más fama que Alejandro y con mayor diferencia, . pues él conquistaba el mundo y yo el cielo de la tierra. Dúo. Tanto ha sido tu valor, que me pesa que no .seas Lauro para hacer por ti lo que por Ricardo hiciera. No por Lauro mereciste castigo, ni yo quisiera más venganza de Ricardo que saber por cosa cierta que le estaba enamorando cuando él me daba sospechas de que era fea en sus ojos. Enojada he visto a Celia. ¿Darémosla al Conde? No, para que de Otavio sea. Ya sabes que siempre estuve a tu voluntad .sujeta. Al fin, ¿qué dices de mí? Antes que lo digas venga, pues no hay, Inés, para Julio alguna cosa que pueda satisfacer tantos pasos. Dos mil ducados de renta. y a Lauro y Ricardo juntos la mano y el alma a medias para que los dos la partan. Aquí dio fin el poeta a La hermosa fea, senado; pero con esta advertencia: si os agrada, será hermosa, y si no, La hermosa fea.