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Texto digital de Hechizo imaginado

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Zabaleta
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Hechizo imaginado. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hechizo-imaginado.

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HECHIZO IMAGINADO

JORNADA PRIMERA

Seáis, señora, bienvenida. Vos seáis muy bienhallado. La señora Cesarina, vuestra prima, por amparo segundo, me dio esta carta, que pusiese en vuestras manos. Si a un precepto de mi prima le pudiera quedar algo por hacer, con el segundo de deudo me hiciera esclavo. «Padeciendo sin disculpa ni culpa estoy celestiales influjos. Vengan los males, pero no parezcan culpa. Falsa de leve me culpa la fortuna y, mientras sigo su violencia, me fatigo con insufrible dolor, que es la desdicha mayor la que parece castigo». En esta carta, mi prima con estilo cortesano me da las gracias de haber de mi sobrina alcanzado la princesa de Casandria el que entréis en su Palacio por criada suya y de nuevo me manda que, asida a cuanto se os ofrezca y yo lo ofrezco porque debo a sus mandatos mucha obediencia por muchos beneficios, y agasajos. Fuera de esto, os aseguro que tenéis, aunque ignorado, en mí un raro patrocinio, que es la estimación que hago de los que al cielo le deben vivo ingenio y ya aplicado, y allá en su carta primera mi prima me dijo tanto en esta parte de vos que os venero por milagro hija en efeto de Atenas, donde cuanto nace es sabio. Yo, señor... Dejemos eso, ahora a lo que importa vamos. Mi sobrina la princesa de Casandria, que es el raro prodigio de Macedonia aunque entren siglos pasados, porque el cielo la dotó de tanto divino cuanto caber puede en un sujeto sin dejar de ser humano, después que murió su padre, que muy presto hará dos años, ha hecho corte de la selva en esa casa de campo. Pienso que es la causa de esto gustar de la caza, al paso que el casamiento aborrece, bien que le aborrece en vano porque es soberano dueño de este no pequeño estado y el gobierno de mujer hace infelices vasallos. Ella piensa que en los bosques hurta al político labio que la ruega elija esposo el oído amedrentando, pero su pasión añade este engaño al otro engaño, que no hay contra la razón retiro con embarazo. El odio, en fin, que le tiene al casamiento es extraño y os prometo que me causa mil dolorosos cuidados porque tengo sangre suya y porque quedé encargado cuando su padre murió, que fue en mi pecho y mis brazos de todas las atenciones de que el feliz desamparo necesita del que hereda grandeza con pocos años. Esto supuesto y supuesto vuestro entendimiento claro, quiero que, si se ofreciere ⸻que, aunque parezca temprano para aqueste advertimiento, yo lo juzgo necesario, que tienen las ocasiones unos encajes tan raros que nunca es antes de tiempo la advertencia para el caso⸻, quiero, pues, que, si se ofrece de la princesa en el cuarto hablar en los casamientos que ella escucha con enfado, vos con suaves razones procuréis irla quitando aquella falsa opinión que amenaza muchos daños, que un mismo sano consejo puesto en diferentes labios como verdad suena en unos, suena en otros como encanto. Esto habéis de hacer por mí, que en mi habrá..., pero apartaos, que viene allí la princesa. Y ya empiezo a ser de mármol. Prevenid la montería, porque entre aquellos peñascos dicen que anda un jabalí de corazón tan gallardo que con armas muy pequeñas intenta grandes estragos y quiero verle reñir con lebreles y venablos. Ya está todo prevenido y los monteros cercando van el monte por traerle a puesto en que sin cansancio le veáis vivir de atrevido, le veáis morir de acosado. Avisad en siendo tiempo. Al punto vendré a avisaros. Ya tiene aquí vuestra alteza a Celinaura. Los brazos me dad, seáis bienvenida. A vuestros pies os consagro el corazón, que el serviros hace obligación de amaros. Levantaos. Mucho a mi tío le debo en haberle hallado a mi servicio persona de prendas que vale tanto, porque después de ser vos me afirma que sois el pasmo de Atenas en lo entendido y en lo muy bien doctrinado. Dícenme que con los libros tenéis comercio ordinario y que, por lo que os enseñan a vos, les añadís algo. Que tengo amor a los libros es verdad y que los ratos que estoy sin ellos padezco el destierro más pesado, mas esto de aprobación no es digno en mí ni de aplauso, que lo violento, aunque sea bueno, hace culpable el ornato. Galán venerable el hombre. está con la espada al lado y con ella una mujer llamará los desacatos. La mujer no ha de saber más de aquello que le es dado, que lo demás es querer enmendar a Dios la mano. Han de tener las mujeres para estar de lindo garbo el ingenio muy rendido, el tiempo muy ocupado. Hasta hoy os aseguro que me causaba embarazo y vergüenza haber nacido con un genio extraordinario, mas, ahora que a vos, porque lo inducen amigos astros, os agrada mi defecto, ya en mi defecto me agrado. Vuestra misma acusación la opinión os ha asentado que es fuerza que sepa mucho la que culpa el saber tanto. No despreciables los montes son porque haya muchos llanos, que a la ordinaria medida el cielo no está obligado: y así... ¡Justicia, justicia! Justicia de algún agravio pide ahí una mujer. Nadie le embarace el paso. Princesa hecha de una perla, si hay perla de esta mano, justicia pido. ¿De quién? De un lobo. ¡Suceso raro! Pues ¿qué os ha hecho el lobo? ¿Qué? Anoche me comió un asno, menos los pies y la cola. La puntualidad alabo en la verdad. Sí, señora, que es desatino muy claro que, si un trabajo sucede, se lleve el alma el trabajo. Pues ¿qué le puedo yo hacer al lobo? ¡Lindo despacho! Llamarlo a editos a un tiempo y pregones y, si acaso no parece, en rebeldía haz a horca sentenciarlo. Bien sabéis de pleitos. Soy sobrina del escribano. Y veis aquí que parece, después de preso y atado, ¿qué le hemos de hacer? ¡Qué lindo! Abrirle de arriba abajo y sacarle de aquel vientre del jumento los pedazos. ¿Y qué habéis de hacer después? Coserlos con hilo pardo y surcir la cola y pies que tengo en casa guardados y, en estando todo junto, tendido en tierra a lo largo, decirle «¡arre!» y acudirle con unos pocos de palos, que con esto se levanta aunque esté difunto un asno. Sabiendo resucitar, ¿estáis tan pobre? No hagamos chanza mi dolor, haced buscar al lobo en los pastos, que era mi dote el jumento y me le comió el malvado. Un marido vagamundo os hiciera el mismo daño. Si mi esposo le comiera, lo llevara yo cantando, que el daño que hace un marido le tiene el amor pagado. Paréceme que tenéis inclinación a casaros. Sí, que una mujer por casar, según dice el boticario, es un cuerpo que no vive y que solo está formado. ¡Enviad esa mujer! (¿Hay natural tan estraño?) ¡Andad con Dios, acabemos! No quiero, que es fuerte caso que, porque verdades digo, no me escuchen lo que hablo. El alma de la mujer es el marido, esto es llano, él su entendimiento es, él su voluntad, pues cuanto hace una mujer casada lo hace al arbitrio, no errado las más veces, de su esposo; cuanto él quiere, bueno o malo, ella también lo apetece, con lo cual averiguamos que es su alma, pues en él sus potencias ha encontrado. Y esto no lo digo yo porque sale de mis cascos, que el boticario también lo dijo los días pasados y es hombre bien entendido y de ingenio tan bizarro, que a las damas cada día gana un puñado de cuartos. No la echéis, dejadla estar, que quiero que en mi palacio quede por que no se case, que con eso castigado su mal gusto quedará. Viváis, señora, mil años por el castigo, pues me hallará un esposo honrado. Señora y sobrina mía, que esta mujer haya entrado aquí con un desatino para decir, en llegando al casamiento, razones dignas de mucho reparo parece misterio oculto del gobierno soberano, que en el cuidado del cielo en quien es todo cuidado se juzgan por más atenta providencia los acasos. Advertid que ese capricho se va en culpa transformando, que el ser condición no hace que sea bueno lo que es malo. Un error por influido no se libra de acusado, estando temblando siempre de nuestra razón los astros. Mirad que será dejar sin sucesión vuestro estado, causa de mil sediciones, materia de mil fracasos que, en entrando transversales, sin atender a los grados, se hace el mejor derecho con la espada y el estrago. Fuera de esto, hay otras cosas que ahora en silencio las paso, que son daño y no merecen injurias vuestros vasallos. Casaos, señora, pues hoy Tebas os está rogando, con Jiradolfo, sobrino de su duque excelso y claro,... (¡Ay, hermano, que el temerte me hace andar peregrinando!) .sobrino que le hereda, querido con tan no usado amor que, habiendo a su casa ido de solos seis años porque su padre murió en Atenas, no ha dejado que vuelva a ver a su madre, que teme amante un anciano que no ha de poder sufrir su ausencia, y yo no me espanto, porque de él me dicen todos que es un joven muy gallardo, muy entendido, valiente y liberal y que, a cuanto bueno le dio el cielo, pone un velo muy agraciado de modestia transparente, que, aunque él quisiera cerrarlo de todo punto, no sufre ella que la aprieten tanto. Bien creeréis que el insistiros en que os caséis no es mirando a introducir con cautela a mi hijo a un bien tan alto, que, aunque tiene sangre vuestra Rosimiro, con no escaso patrimonio y en su edad acciones de muy buen garbo, por que no pudieseis vos pensarlo ni él intentarlo, de la corte le envié, y a lugar tan apartado que le beben al Danubio los cristales sus caballos ⸻ya sé que este advertimiento no me sale muy barato, que ha días que no me escribe y me da mucho cuidado⸻. En fin, señora, yo os ruego, por lo que os debo y os amo, que os caséis por que dejéis a vuestros fieles estados de vuestro difunto padre vivientes muchos retratos. Tío y señor, yo confieso que la inclinación que hallo en mi corazón no es favorable a mis vasallos, pero ¿dónde he de ir por otra? El cielo que me la ha dado es quien la puede trocar y no hace estos agasajos. Pelear con las estrellas, cuyo esfuerzo es soberano, no es buscar una victoria, sino dar en un cansancio. Que puede triunfar de todas el entendimiento es llano, pero pocos ejemplares de estos triunfos encontramos. Muchos son los que lo dicen, pocos los que lo han logrado; desde el decirlo al hacerlo sin duda hay inmenso espacio. Naturalmente aborrezco el casarme, los vocablos en que la boda se empieza más noble me son contrarios. Esperanza, amor, incendio, idioma tan inhumano que está dando en lo que adora lo que hay divino por falso. Después ya de contraído el matrimonio, al que esclavo fue antes se vuelve señor y condición, el agrado. Pues no ha de pasar por mí estas injurias. Mi estado o me deponga, o me sufra, que de casarme no trato. Cierto, señora, que el vuestro es natural temerario, pero vuestro gusto vale más que todo. Sosegaos, que ella se ablandará, que, pues habla, no es de mármol. Dice bien la labradora. No quiero desesperarlo.) Puede ser que la razón o el ser mujer desviando me vayan de esta porfía, pero, aunque hubiera entregado ya mi dictamen al vuestro, no es tiempo ahora (así le engaño) de ir prosiguiendo con Tebas la plática que ha empezado en orden a que yo dé a Jiradolfo la mano, porque su hermana Lisinia, que dicen que era un milagro de hermosura allá en Atenas, rindió la vida a un desmayo. (Ya la ficción de mi muerte el mundo va penetrando.) ¿No es verdad? Señora, sí. Él es lastimoso caso. (¡Que a mí me tengan por muerta cuando estoy sintiendo tanto!) Y ahora, mientras los monteros me avisan de que ha llegado a ese llano el jabalí, será bueno retirarnos a esa arboleda las dos, que quiero que allí despacio me contéis de esa señora el suceso desdichado. (¿Esto me faltaba ahora?) (Con esta traza me aparto de mi tío, que sin fruto trabaja en casarme.) Vamos. Digo, ¿y la requisitoria contra el lobo se ha olvidado? Plegue a Dios que cuando quieras casarte no haya un diablo que te quiera. Esa mujer en su servicio ha mandado mi sobrina que se quede. A vosotras os la encargo, señoras. ¿Cómo os llamáis? ¿Cómo? Tonela me llamo. (El tema de la princesa me hace el corazón pedazos.) Vamos, Tonela, que ya el casamiento ha volado. Volada con una mina esté la que el embarazo me pone. Ya no hay remedio. Pues ya no hace falta el asno. En aquesta arboleda que las hebras de oro al sol enreda, huyendo de mi tío, esperar quiero el aviso que aguardo del montero y, porque el esperar es enfadoso, tu voz le haga gustoso contando de Lisinia el mal ingreso, en mi noticia mísero suceso, aunque penas ajenas, si entretienen oídas, causan penas. (Referir solo intento de mi infelicidad y mi tormento la parte que no puede descubrirme, que mi secreto siempre ha de ser firme.) Suspensa estás. Ycon razón, señora. Pues ¿qué es lo que tu voz oprime ahora? Que a mí en alto secreto fue entregado lo que me habéis mandado que os refiera y hacello ha de ser obligándoos a este sello. Con esa obligación lo admito todo. Bien lo puedes decir. Fue de este modo. Murió en Atenas Leonido, como sabe vuestra alteza, dejando a su triste esposa dos hijos y muchas penas. Tan pequeños los dejó que en la fatal inclemencia, quedando con la orfandad, se ahorraron el padecerla. Quedó de solos seis años Jiradolfo y de más tierna edad Lisinia y entrambos de su madre en la tutela. Envió por Jiradolfo. su tío el duque de Tebas al punto, que por estar viudo y sin hijos le hereda. Lleváronle y al anciano tanto el pecho le granjea que no ha podido sufrir ni un instante de su ausencia, Con esto, el mozo a su madre ni hermana conoce y ellas esta misma ceguedad padecen con impaciencia. Fuese Lisinia criando en la inimitable escuela de su madre, pues jamás viuda se vio tan austera. Salían de casa las dos muy pocas veces, aquellas que, a no hacerse singulares, bastaban. Fue atención cuerda, que la singularidad ira ocasiona risueña porque es hacer lo que nadie tener mayor la soberbia. Aprendió Lisinia todo, aun en tan rica nobleza, cuanto pudiera aprender la más humilde doncella. Hacía muy bien quien le hacía que lo aprendiese, que aprietan tal vez las estrellas tanto que lo superfluo aprovecha. Su madre, prolija aun más de lo que el honor ordena, la guardaba, que es lo honrado sin discurso parte fiera, mas ella por sí era tal que un sepulcro no le fuera, como en él entrara luz, desconsolada vivienda. Vuestra alteza, según juzgo, de esta historia en todo cierta sabe hasta aquí, pues ahora a lo que no sabe atienda. Dispuso la juventud noble y dichosa de Atenas correr lanzas de sortija con aparato y grandeza. Llegó el día señalado, y, al tiempo que ya vocean esforzados los clarines el principio de la fiesta, entre los que habían de entrar, un forastero se mezcla hasta allí de nadie visto con prevención opulenta. Pidió licencia a los otros para pasar la carrera comedidamente y ellos afables no se la niegan, que, aunque ninguno sabía si era caballero, era temeridad descortés oponerse a tantas señas. Empezose, en fin, la noble amiga airosa contienda y el que menos bien lo hacía no manchaba la palestra, los más obraron muy bien, algunos con excelencia, pero el forastero a todos los aplausos les desmedra. Fue suyo el día o porque sus méritos lo granjean, o porque la gracia es mucha siempre aclamar cosas nuevas. El fin del día lo fue de la festiva tarea, que, convidando a una holgura, en una fatiga empeña. Mientras ella se acababa, de mortal envidia enferman los que sin gloria quedaron por las lanzas forasteras. Sed los aflige de sangre ardiente, rabiosa, inquieta de aquel que, sin él, con solo el cielo les hizo ofensa. Aguardáronle una noche, aleves, junto a la cerca del jardín, que es del palacio de Lisinia blanda selva. Fue la razón de elegir este puesto, sin que tengan otra, ser por allí el paso de la casa que le alberga. Iba a recogerse el joven cuando en repentina rueda grande número de espadas sangrientamente le cerca. Diéronle tantas heridas que ya o por muerto le dejan, o porque su misma culpa les daba a que huyesen priesa. Agonizando el herido, ya mal en pie, ya en la tierra, no bien arrojado, dio con el cuerpo en una puerta. Era del jardín y el hado, que aquella desdicha apresta, hizo que, en falso cerrada, al golpe quedase abierta. Cayó dentro y con más causas ya de morir, aunque enredan hilos de sangre sus ojos, vio una luz que estaba cerca. Con el ansia de vivir, en mal ordenadas huellas llegó a la pieza en que ardía la piadosa llama en cera. Entró y apenas los blancos juncos pisó de una estera cuando, sin poder su espada detenerle, cayó en ella. Todas cinco facultades de sus sentidos le dejan y por señal de que vive solo el respirar le queda. Era el cuarto de Lisinia en el que entró, que en aquella sazón, solo acompañada de un libro, estaba suspensa. Al estruendo repentino volvió apenas la cabeza cuando lo que inquietó el susto, un desmayo lo sosiega. Al caer de la almohada, el bufetillo atropella en que estaba la bujía que introdujo la tragedia. Sonó en el suelo la plata y al canoro ruido entra una criada que del suelo alzó la antorcha aun no muerta. Vio el asombro y de su madre al cuarto turbada vuela, a quien con voces quebradas le dio en mil muertes la nueva. Baja triste, mira grave y en ira muda se quema, que mucho contra su hija los indicios argumentan. Piensa que ella ha sido causa de aquellas heridas fieras y que allí su liviandad le dio al estrago licencia. Entretanto, las criadas, para ver si por las señas aquel mal vivo conocen, sangre en su rostro no dejan, mas, como de ellas ninguna se halló en las lanzas, tan ciegas como antes de hacerla estaban las dejó la diligencia. Restituyose licencia a sus sentidos y apenas con voz su madre la mira cuando la examina atenta. Ella afirma que no sabe quién aquel infeliz sea ni por dónde allí entrar pudo alucina, aunque lo intenta. Con esto, más maliciosa la anciana, les manda y ruega a sus criadas que el herido saquen a la calle cuerdas. Licinia, que esta impiedad escucha, le pide tierna que aquella vida socorran, que aquella alma favorezcan, pero, al paso que se aflige, la duda su madre aumenta, que, aunque es su madre, es mujer, y todo lo peor sospecha. El precepto revalida y las criadas sin fuerza y con piedad a la calle el casi difunto llevan. Dejáronle allí y jamás la atención siempre despierta de su vida ni su nombre halló rastro, aunque le acecha. Recogiose la familia y Licinia, con tristeza, temerosa, de su cuarto al de su madre se entrega. Levantose el día siguiente y en un bufetillo encuentra una carta, aun no acabada, y vio la mano en la letra. Era de su madre, que a Jiradolfo da cuenta de todo el caso y le manda que a volver por su honra venga. Licinia, que ve la suya sin crédito y se ve expuesta a los castigos de fácil, sin delito y sin defensa, tan gravemente se angustia que al corazón que en aquella congoja miró la sangre, por socorrerle, le anega. La vida ofendió a la vida y, al fin, por decirlo apriesa, allí con la injusta carta en la mano cayó muerta. ¡Suceso infeliz y extraño! (Pluguiera al cielo, pluguiera que yo hubiera muerto entonces, mas no fue así, que en la misma hora que encontré la carta, por no poner mi inocencia en las manos de mi hermano, mal informadas y fieras, a casa de Cesarina me pasé con tan secreta fuga que nadie lo supo y mi madre de esta ausencia, infiriendo que me fui con el que era causa de ella, que era muerta publicó por esconder mi flaqueza. Yo, viéndome en este estado y que ya imposible era volver a entrar en mi casa ni parecer en Atenas, dispuse venir aquí sin mi nombre y con miseria a ser humilde criada. Plegue a Dios que por bien sea.) ¡Al arroyo los caballos, que se va por la ladera el jabalí! Ya las voces de los monteros se acercan. Ahora una fiesta verás muy gustosa. Vuestra alteza puede ya salir al llano porque dentro de las telas estarán presto los brutos, que embravece esta aspereza. Ya llega la vocería, señora, que desalberga los brutos de esa montaña por que muriendo entretengan vuestra vista. Es para mí hoy lo que más me recrea. Vamos. Esperad, señora, ¿no veis sobre aquella peña luchar con un oso un hombre? Es verdad, y con violencia tanta que de vencedor va tomando algunas señas. ¡Fuego en él, y lo que el oso entre los brazos le aprieta! ¡Dios te socorra! Abrazado con el bruto se despeña desde la cumbre a ese valle. Y ya por el suelo ruedan forcejando uno con otro por tomar en la contienda el mejor lugar, y otros a socorrerle, que dejan los años de ser pesados cuando la piedad los lleva. Mas ¡válgame Dios, qué asombro! La una rodilla puesta sobre los pechos del bruto, con un puñal muchas puertas le está abriendo a aquella vida siempre de muertes hambrienta. Ya es muerta la furia y ya el vencedor se acerca. Ved, hidalgo, que a los pies os halláis de la princesa de Casandria, a quien peligro veros peligrar le cuesta. (Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿A los pies de la belleza que antes de verla adoraba he caído, cuando es fuerza ⸻¡ay Dios!⸻ no decir quién soy? A saber que en su presencia con aquel bruto lidiaba más corta su vida fuera.) Vuestra alteza me perdone si mi batalla sangrienta le ha hecho costa de un susto por un esclavo que entrega. Cautivar con el valor, eso lo hace cualquiera; cautivar con las congojas, solo vos sois quien lo acierta. Levantad, no estéis así, y la primer diligencia sea curaros, que os derrama sangre la mano siniestra. Esto, señora, no es nada, más vuestra piedad hiciera que fuera mortal la herida con perderos tan apriesa. (Lisonjero es este hombre y, siendo así que molestas me son siempre las lisonjas, ahora menos mal me suenan.) Ya que es el daño tan poco, dadle un lienzo que detenga la sangre. Pues es el mío el que se halla más cerca, yo se le ataré en la herida. (Ella será muy grosera si no se rinde el rigor a la piedad de su alteza.) (Mas ¡válgame Dios, qué espanto! La señal que diferencia a mi hermano de los otros, que es tener en la muñeca siniestra un lunar muy grande, estoy mirando en aquesta.) Ya con menos libertad la sangre estará más quieta. Querría págaros la cura, si es que hay paga para ella, mas tomad esta sortija, que temerosa la empieza. Si vuestra galantería ha menester mi obediencia, yo la admito, y creed que ahora es cuando empieza la deuda. (Ya esto no puede dudarse. Esta es la sortija misma que mi madre le envió poco antes que sucediera mi desdicha. Sin mí estoy, si bien la corta defensa de ver que no me conoce para estar aquí me esfuerza.) ¿Quién sois? Un estatuario. (Mejor informan las señas.) ¿Y adónde vais? A un lugar a hacer, si hallo la materia, dos estatuas. ¿Con qué forma? Con la de una mujer muerta y un hombre muerto. (Esta cifra es la venganza que intenta. ¡Que oiga yo, estando sin culpa, de mi muerte la sentencia!) Funesto artífice sois. Así ahora el tiempo lo ordena. (Tan hecho a decir verdad estoy que la voz no acierta, aun cuando el secreto importa, a dar falsa una respuesta.) Decid ahora, ¿cómo entrasteis con el oso en la pelea? Pasaba por el camino que de aquella loma huella la dura espalda a caballo cuando de entre la maleza salió el oso con señales de alguna injuria tan fresca que aun el sudor le duraba de la congoja postrera. Vínose a mí y el caballo se me espantó y, si la rienda yo le aflojara, sin duda saliera en su ligereza. Quíselo hacer, que peligros en que la tierra no empeña es desatino buscarlos y rehusarlos no es flaqueza. Ya lo empecé y advertí en que mis espaldas vueltas al riesgo las vía un criado, que también la fuga intenta. El rostro al momento puse al oso, que es cosa cierta que al que uno ha visto cobarde fácilmente le desprecia. Nadie sin valor es nada y así es preciso que tenga, si ha de vivir entre hombres, ratos un hombre de fiera. Arrojeme del caballo porque él con inobediencia forzuda rehusaba el lance valiente para su afrenta, saqué la espada y halleme la fiera de mí tan cerca que entre su pecho y mi brazo se hizo la espada tres piezas. El tercio solté que había quedado en mi mano diestra y, queriendo ir al puñal, me embarazó su presteza. Con él me encontré abrazado, bien claro está que con fuerza mucho menor que la suya, pero siempre en las pendencias cualquiera enemigo basta al que sin dicha pelea. Forcejando uno con otro hasta el filo de la peña llegamos y en aquel sitio se me infundió fortaleza. Dentro allá de mi fatiga osadía encontré nueva, y tan nueva que allí el bruto me pareció poca empresa, y fue sin duda que entonces los ojos de la princesa empezaron a mirarme. con briosas influencias. Rodamos desde la cumbre y yo le maté en la hierba, ya lo visteis y sabéis que fue la victoria ajena. Señor, ¿quiérese casar conmigo? Quita allá, necia. ¿Que también a ella la enfada, como acá a su Pestilencia, el que las gentes se casen? ¿Dos locas con una tema? La elección os agradezco, mas no sé que haya en mí prendas que a eso puedan obligaros. Hay que es valiente y consuela a una mujer tener hombre a quien otros hombres teman. (No elige mal la villana y, si ella en él conociera con lo bravo lo entendido, lo intentara con más verás, pero ¿en mí de cuándo acá se miran y se ponderan las perfecciones de un hombre? ¿Hoy he amanecido atenta más que siempre? ¿Si amenaza mi quietud?, mas es quimera.) Sabrá que tenía un borrico de dote y un lobo a tientas me le comió, mas no importa, que cinco ánades me quedan. Íten, sé guardar lechones. Íten, sé hurtar berenjenas. ¡Ah del camino! ¿Quién llama? Un hombre a quien una pierna se le hace de rogar y en este campo le deja. ¡Sáqueme, por Dios, de aquí! Esperad. Una de aquellas voces es de mi criado y habla como que se queja. Y yo conozco la otra. Ir a socorrerle es fuerza. Decís bien. Vamos los dos. ¡Ay, maldita sea mi abuela! Rosimiro, hijo adorado, en buen hora yo te vea. Lagarto, ¿qué es lo que tienes? ¡Ay, ay! Háblenme de afuera. ¿Qué he de tener? Un mal amo. Padre y señor. Una queja tengo muy grande de ti, ¿cómo ni una sola letra me has escrito en tanto tiempo?, mas habla ahora a la princesa, que tiempo para eso hay. ¡Que con tan gran diligencia mire el cielo por los locos que ni una caída fiera ni una fiera te hagan mal! Humilde vuestros pies besa mi labio. No estéis así. Vengáis muy en hora buena. ¡Ay, ayudadme a asentar! Mira que está aquí su alteza, la princesa de Casandria. No se me da dos camuesas. ¿Soy clavel, que he de tenerme en un pie? ¡Graciosa flema! (A mi padre he de encubrir las heridas que en Atenas me dieron por que no impida mi venganza.) ¿Habrá cuarenta pañuelos que atarme aquí? Mire, tome esa gorguera, y fíe con ella el golpe. Para echártele a ti a cuestas. Y interceda con su amo para que mi esposo sea luego al punto a más tardar. Dios mío, ¿qué charra es esta? (Apenas la admiración pensar en esto me deja. ¿Rosimiro es el que herido entró a ser fatal tormenta en mi cuarto? ¡Qué estampadas tengo en el alma sus señas! Él no me conoce a mí porque tuvo en calma muerta todos los cinco sentidos lo que duro en mi presencia. ¡Cielos, lo que por mi pasa es mucho aun para novela! Lagarto. Señora mía. Decidme, ¿de qué manera recibisteis ese daño? Vi rodar por una cuesta abrazado con un oso a ese maldito tronera de mi amo, quise ir a darle socorro apriesa y caí en un barranco, con que esta pierna está hecha astillas. ¡Ay lo que duele, Dios mío, en hablando de ella! ¿Y tenéis un mismo oficio los dos? Esa es una y buena. Ambos somos herbolarios y, viniendo a buscar hierbas, encontramos con el oso. Ya esta variedad confiesa que su calidad encubre este hombre. No haga cuenta vuestra alteza de este loco. Tú lo eres. Pues ¿tiene ciencia qué yerba hay para casarse? Seis mil ducados de renta. Mujer, ¿qué es lo que me quieres? Duélete de mi cabeza. Señor, ¿quién es esta dama que no conozco? Es de Atenas, ha poco que vino y es de Cesarina encomienda. (Siendo esto así, es muy posible que en la sortija me viera el rostro y, ahora que sabe quién soy, le puede dar cuenta a mi padre del suceso, con que mi venganza cesa. Yo he menester prevenirme.) (El alma tengo suspensa.) Cien escudos a Lagarto le den. Y cien mil hanegas de mostaza, con sus granos, sean de tus años la cuenta. Deja que llegue arrastrando. a esos pies, que, aunque parezca culebra, la adoración para ninguno es culebra. Vos idos a reparar. (No sé qué el alma sospecha, parece que el corazón las altiveces me niega.) Hijo, vete a descansar, que yo doy luego la vuelta. (¡Que a los ojos que adoraba me haya traído mi estrella cuando este gusto mi honor lastimado me destempla!) Lagarto, arrímate a mí. No sé si bien me aconsejas, que endenantes, por seguirte, me hice pedazos la pierna. ¿Qué va que en los casamientos? ¿Vengo a quedar zapatera? Deteneos, señora. (Cielos, ¿qué Rosimiro querrá ahora?) ¿Qué mandáis? ¿Conoceisme? (Si lo niego, dejo el estado de mis cosas ciego.) Por el rostro os conozco. ¿Y por el nombre? Hasta hoy no le supe, y no os asombre, porque en Atenas nadie le sabía, que fue donde yo os vi. Cautela mía fue el tenerle escondido, que, aunque no entre en las lanzas deslucido, si quién soy se supiera, mucho mayor aquel empeño fuera. Pasaba de camino y, disfrazado ⸻pluguiera al cielo que le hubiera errado⸻, supe que había una holgura y en ella quise entrar por travesura. ¿Conoceisme a mí vos? Vuestro semblante jamás he visto. Vamos adelante. Ya sabéis las heridas que me hicieron mis envidiosos. Sé lo que hicieron y sé (mi entendimiento el cielo alumbre) que me costáis más de una pesadumbre. ¿Yo a vos? Aquesto es cierto, porque todos creyeron que eráis muerto, como desde ellas nadie de vos supo, lástima de que parte a todos cupo. (Con esto ⸻¡ay, Dios!⸻ le niego en penas tales la mitad de las causas de mis males.) Yo caí en la calle sin sentido porque sobre una sien estaba herido, recogiome animoso un varón muy honrado y virtuoso y, piadoso y discreto, me curó con cuidado y con secreto; con cuidado porque eran de tal suerte las más heridas que amagaban muerte y con secreto porque peligraba nuevamente a saberse dónde estaba. Curome, en fin, y, ya convalecido, me sacó del lugar. No lo ha perdido. Los oídos me dejáis de gusto llenos y vivo ya con una pena menos. Yo os la agradezco y lo que quiero ahora pediros es que, pues mi padre ignora lo que allí sucedió, que no lo sepa. Este secreto en vuestro pecho quepa. A serviros estoy dispuesta en todo y ese secreto guardaré de modo, pues tanto vuestra voz a ello me exhorta, que parezca que soy a quien le importa. De vuestras prendas habéis hecho alarde. Guárdeos el cielo. El cielo a vos os guarde. Escuchadme. ¿Qué queréis? Y perdonad si os enfada mi prolijidad. Ninguna cosa a mí vuestra me cansa. Porque he notado que en vos hay profundidad tan alta que en ella muchos secretos, sin que peligren, se alcanzan. Os pregunto si tenéis noticia de cierta dama que murió súbitamente el día siguiente en la casa junto a cuyo jardín fui ofendido de las armas de mis contrarios. Sí tengo. (¿Adóonde irá encaminada esta pregunta?) ¿Quién era? ¿Quien os dijo que dio el alma a repentino accidente no os dijo el nombre y la causa? La causa me dijo solo el anciano que cuidaba de mi salud, mas el nombre. Atención, que de importancia entonces debió de ser. ¿Y qué motivo le da a aquella muerte infeliz? Al referirlo se rasga el corazón. El decirla la persona a quien estaba sujeta, que yo iba a verla, porque ella... ¡Basta, basta! (¡Ah, con qué dificultad todo un secreto se guarda!) Así fue, pero ¿ibais vos a eso? El cielo se caiga sobre mí... No prosigáis. Yo lo creo, que miraba mucho por su estimación, mas la atención no desarma de rigores al destino. En fin, ¿cómo se llamaba? Lisinia. ¿Y qué calidad tenía? Era única hermana del príncipe Jiradolfo de Tebas. ¡Que vida tanta mis traidores enemigos con mis heridas quitaran! Antes de saber quién era, la vana sombra adoraba de la que murió por mí solo porque fui la causa. ¿Qué haré ahora, cuando miro la sangre que la ilustraba? Decidme, ¿era muy hermosa? No era fea. Su desgracia era grande, pues aun muerta le niegan las alabanzas. ¿Qué os cuesta decir que sí? (¡Oh qué pasión tan hidalga!) ¿Era muy discreta? Era mujer en quien no se hallara jamás alabanza propia. Está muy bien explicada su discreción. Yo os prometo que, si hoy su vida durara y ella quisiera, que fuera su esposo. Por cosa llana tengo que quisiera ella. Mucho esa voz me agasaja, y fuera de cualquier suerte su esclavo. (Con sus palabras y su persona parece que ya mis males me agradan.) Yo tengo hecha acá una idea de su persona, una estampa. Dejad para otra ocasión la plática comenzada, que viene allí la princesa. Y por este lado baja aquel forastero herido. Pues adiós. Él con vos vaya. (Mas ¡si yo viniese a ser dichosa por desdichada!) (¡Que adore lo que no he visto y adore sin esperanza!) ¿Qué pasión será esta mía que trae pasiones contrarias, pues sabe a lisonja y luego como enfermedad maltrata? Las cosas que son muy grandes no habían de tener fama porque las hace menores, como no puede igualarlas. Lo entendido, lo valiente de este que a las fieras mata a más que a hacerle bienquisto en mi corazón se alargan. Dígolo por la hermosura de esta mujer soberana, que oída me llamó el pecho, vista me ha llevado el alma. Mas él está allí y mis ojos, sin mi licencia, se paran a mirarle atentos. ¡Ay, del que en sus ojos no manda! Mas ella está allí y, al verla, me atormenta mi ignorancia, que no entiendo bien su rostro, sin duda, pues no me acaba. ¿Qué he de hacer? No acierto a irme. ¿A qué volvéis a esta estancia? (Haber fingido que soy escultor ahora me valga.) Endenantes por aquí, y la vista no me engaña, vi de pórfido un pedazo de luz y belleza rara y, como soy escultor ⸻ya os lo dije⸻, antes que parta de vuestros ojos, quisiera con perfección extremada dejaros hecho un Cupido. (Parece que en lo que habla habla sentido segundo y en él de piedra me trata.) ¿Qué habéis dicho? Que deseo en piedra de tantas gracias dejar labrado un amor. (Ya mucho más se declara.) Es esa piedra muy dura para una impresión tan blanda. (Parece que me ha entendido y de oírme no se cansa.) Dura es la piedra, es verdad, pero el arte no desmaya. ¿Y con qué pensáis hacer en materia que es tan brava aquese amor? Con querer. (Mucho esfuerzo a una palabra le ha dado, porque un amor es de otro amor fuerte causa, mas quiero hacer que no entiendo la equivocación osada.) Por obra la voluntad solamente en Dios se halla. No digo eso, que no tengo yo la soberbia tan alta. Pues ¿qué quisisteis decir? Yo os prometo que me faltan palabras, que mis ideas padecen siempre una tacha y es que las explico mal. Tal vez debe de ser gracia. Lo que yo sabré deciros es que el amor que arrojado intenta el arte dejar en la piedra más ingrata no tiene más instrumentos con que hacerse que la larga tarea de muchos días y un buril de tan postradas osadías que parezca que ruega y entonces labra. En fin, a fuerza de días, ¿aquesa empresa se alcanza? Sí, señora, las más veces. (Pues no la veréis lograda.) Está bien, andad con Dios. Él os guarde edades largas. (Aunque el no verla me aflije, lleva un consuelo mi ansia, y es que la tendré en las rosas presente de esta campaña.) Esto ha de ser aunque muera yo mil veces. Celinaura. Señora. Dale a este hombre que agora de aquí se aparta... ¿Al qué mató el oso? Sí. (¿Si es esto dicha o desgracia?) Una joya de las mías, que te la daré, Rosaura, y le dirás que yo digo que luego al instante salga de este sitio... (¡Infeliz suerte!) .y que en esto no haya falta. (Con esto no labrará el amor con que amenaza.) (Aqueste es muy mal suceso, que a mi hermano le baraja la fortuna un grande bien si de su presencia falta y luego será posible que el trato y el tiempo hagan que a Rosimira le dé la mano de esposa, y ambas cosas me están a mi mal. Pues, ingenio, a remediarlas.) ¿Todavía estás ahí? Ya voy a servirte. Acaba. (Ahora veré si una industria para hacer dos astros basta.) Ahora verán mis sentidos que son sus fuerzas muy flacas.

JORNADA SEGUNDA

Un amor y una venganza dentro en mi pecho litigan, aquel me detiene blando y esta me da mucha prisa. A buscar mi injusta hermana y al traidor, que la desvía del miramiento que debe a la razón y a sí misma, salí de Tebas tan ciego que a ninguno ni aun de vista conozco, pero el enojo todo se lo facilita, mas una cosa consuela aquesta deshonra mía, que a ella por muerta la tienen o de él se duda que viva. Para conocerla a ella traigo la luz encogida de un retrato suyo, a quien cobardes los ojos miran; de él ni aun la seña menor no ha llegado a mi noticia. ¡Ay, Dios, a qué larga empresa la honra me fuerza y me anima! Porque aquí con este intento pasaba y mi estrella impía con una dicha me hace más durable la desdicha. Vi a la princesa, cautivo quedo, que a las plantas mías, en donde estuvo su sombra, una prisión se fabrica, pero, pues ello ha de ser, huyámonos de esta dicha, cuerpo infeliz, y busquemos los que mi honor amancillan. Quiero sacar el retrato por ver si con él divisa en algún rostro de aquestos mi atención a mi enemiga..., mas conmigo no le tengo, y conmigo le traía, o a Lagarto se le he dado, o del cerro en la caída le perdí. Lagarto, ¿oyes? Muy bien. Pues ven acá, mira. A haber de ir con las orejas, ya tu persona servida estuviera, pero voy con esta pierna maldita y es menester que te aguardes. Ambas las tienes tullidas, para servir. Acabemos. Señor mío, esta canilla de verme tan buen criado, está, y con razón, sentida. Yo hago más... Dejemos eso. (El hablar en él me irrita.) ¿Hete dado aquel retrato que en la cartera venía?, porque no le tengo aquí. No me acuerdo. Pues registra toda la ropa, que me hace mucha falta. ¿Aquesta es linda? Mientras en tu faltriquera te acompañó, de él no hacías aprecio y, si le sacabas, con acción agria y esquiva le echabas sobre una mesa boca abajo o boca arriba, y, ahora que no le hallas, ¿quietud y gusto te quitas? ¿Aquesta copia es a todas las mujeres parecida? Y, si abajo no le hallares, todo aquel campo examina en que luché con el oso. Plegue a esas estrellas limpias que sobre mí caiga aquella osa que entre ellas habita. si allá fuere. ¿Estás borracho? Amo traidor, ¿qué querías, que lo que ha quedado sano de mis huesos lo haga astillas otra fiera? Si a ti voy... Señor Licio, que así afirma vuestro criado que os llamáis. Y, si hubiere alguien que diga lo contrario, en la campaña. Haz lo que he dicho, camina. ¡Que haya otro hombre de mandarme solo por una comida! Florismunda, la princesa de Casandria, aquí os envía esta joya. Mucho es que gloria tan repentina no me mate. Es gran favor. Pero me ha dicho que os diga que salgáis luego al instante de este sitio en que ella habita. Esa pena me matara a no pensar que la hacía con ello un gusto ⸻¡ay de mí!⸻ mas decidla que la cinta tomo, no más de la joya, que a lo que el alma se inclina es a la prisión, que de ella no más tiene la codicia. Engañáronme los ojos o el oído. ¡Ah, estrella inicua! (Agora mi astucia entra, hallé a la suerte propicia.) Yo, señor, os he cobrado afición, que la sortija que me disteis de quién sois con luz me ha informado limpia (y cómo que me ha informado, pues que sus señas me avisan de que es mi hermano) y así es razón que en todo os sirva. Criada soy de la princesa, y de una lealtad tan fina que ni a pensar me atreviera lo que a ejecutar se anima hoy mi pecho, a no creer que la dejaba servida. Vos estáis aficionado de ella, que, aunque no lo diga vuestra voz, vuestro semblante con mil señas lo publica. Aquesta misma afición que en vos se ve testifica que tenéis en esas venas sangre que de esclarecida fuente se derrumbó ilustre y es consecuencia precisa que de achaque tan heroico no enferma sangre abatida. La princesa os vio matar al oso con valentía tan limpiamente gallarda, tan sin vicios de fingida que se inclinó a vos sin duda; luego en suaves enigmas os oyó hablar muy discreto, con gracia muy atractiva, y oír hablar como hombre al que como fiera lidia en cualquiera mujer hace impresión que se eterniza. Ella ha hecho público empeño de sequedad peregrina y huye, como de un desaire, del peligro de rendida. Porque se teme, sin duda, de sus ojos os desvía y vos, si la obedecéis, sois de vos mismo homicida y os desbaratáis cobarde la más estimable dicha. Y, así, soy de parecer que no os vais, que es cosa fija que a quien lo que manda siente la inobediencia no irrita. Vos me aconsejáis muy bien, mas... Creed que es cobardía muy dañosa aquí el reparo. No parece, ni una pizca de... ¿Qué es lo que dices? Calla. ¿Qué? Que ni muerta ni viva aquella estampa parece. (Ya es fuerza dos o tres días detenerme mientras que hago buscar de Lisinia el retrato, que aun pintada me ofende y me martiriza, y en este tiempo veré si es cierta aquesta benigna conjetura.) Yo resuelvo el no irme tan aprisa, pues vos juzgáis que conviene. Mi afecto así lo imagina, que como una hermana os quiero. Elegid por vuestra vida otro parentesco, que ese es quien menos me acaricia. (¡Ay, Dios mío, y quién pudiera decirle que le amohína el parentesco de hermana sin razón y sin justicia!, mas tiempo habrá, que un engaño pocas veces se eterniza.) Yo, en fin, os aprecio mucho y haré que mi fe os asista en cuanto aquí se os ofrezca. Mi corazón os estima ese afecto, como debe. El cielo os dé muchas dichas. En efecto, ¿aquel retrato no parece? ¿Hay tal porfía? ¿He lo de decir en solfa? Entre la yerba crecida que está al pie de aquella peña de que caí... Si me pringan, no he de ir allá, que andan fieras que matan más que las lindas. Estese el retrato allá, aunque es de dama jarifa, que una hermosa entre diez fieras ordinariamente habita. Pues ello ha de ser. Deo gracias. Tu casamiento. Exquisita aprehensión de mujer. Digo, ¿no se determina su merced a ser mi esposo? Pues no, no soy tan maldita, y más, que este memorial a esta princesa fruncida llevo ahora para que por mis servicios se sirva de darme oficio con que mi esposo como un rey viva. ¿Qué responde? (Por poder irme, es preciso que diga que sí.) Que seré tu esposo. Dame, si no te fastidia, mientras que me das la mano, un pie que bese rendida, Dáselos ambos, con que tendrá cuatro, que es precisa cantidad para una bestia. ¡Ah, picaron, ah, familia, yo os despediré! Ea, adiós. De la pájara Francisca vivas los años y luego los mismos años revivas. Ya estoy casada, a Dios gracias, y seré casada y rica si la princesa..., mas ella allí sale. Redonditas estrellas, tratadme bien. ¿Qué hay de nuevo? Que porfía vuestro estado en que os caséis y, así, postrado os suplica que... Está bien. ¿Y tú qué quieres? A este memorial asida soy pretendienta. ¿De qué? El cartapacio lo diga. Dice así: (¡Que me interrumpa siempre o que me contradiga!) «Señora, Tonela Breva dice que es vuestra criada y que por verse casada el demonio se la lleva. Suplícaos que, por favor, para dote y beneficio le hagáis merced del oficio de porquerizo mayor; esto es, que a su esposo den, que será en cobrarlo terco, dos reales de cada puerco por siempre jamás. Amén». Esto es muy puesto razón, pero, si de aquesta especie el año saliere malo, ¿no es fuerza la renta cese? Digo que me quiere bien y ha advertido lindamente, pues entren con los lechones cuantos manchado trujeren el vestido y cada uno pague el impuesto. Esa es fuerte crueldad, que siempre son pobres los que de aquesto adolecen. Si como a un niño viruelas, a un vestido viejo suelen darle manchas. Muy bien dices. Pues los ricos descorteses, por ser muy gran porquería, paguen. Mejor me parece. En fin, ¿me hace merced? Sí. Plegue a Dios que te contente algún novio, que es la dicha mayor que venirte puede. Ya te obedecí. ¿Y qué dice? De la joya solamente tomó la cinta y responde que de aquí salir no puede tan presto. El hombre, sin duda, es más de lo que parece. (Ya esto es mucho declararse y más mi altivez se ofende mientras él me agrada más.) En fin, señora, aunque intente vuestra alteza barajarme lo que digo, y no se atreve mi lealtad a no decirlo, pero será brevemente. Vos al presente tenéis tres casamientos que pueden honrar muy bien tres coronas aunque tres mundos ciñesen. El primero es Jiradolfo, que es mucho lo que merece y estoy con pena porque su tío el duque eminente de Tebas me escribe ahora que está enfermo, y de tal suerte que no me puede escribir y mi corazón lo siente, porque yo le quiero mucho. (Con esta traza pretende encubrir sin duda el duque la ausencia que hacer le mueve a su sobrino el honor. Mucho mi opinión padece.) El príncipe de Bisancio es el segundo, mas de este hoy tuve la primer carta, primorosa ciertamente, porque es toda de su letra, que yo la he visto mil veces y luego la firma el nombre de un deudo suyo contiene. En ella me dice que le avise si me parece que el casamiento se trate para que luego se intente. Veisla ahí. Vos me diréis lo que puedo responderle. Celinaura, aquesa carta guarda. (Este hombre me muele.) El tercero es Rosimiro, mi hijo, que solo tiene por mérito vuestra sangre. (Esto sí que es darme muerte.) Uno de estos elegid, pues advertís que conviene, y, si no, buscad razones que a vuestro estado contenten. (Gracias a Dios que se ha ido.) Tonela. ¿Qué mandas? Vete. Que, porquerizo mayor, te tengo ya en escabeche. En fin, ¿qué dice ese hombre? En no irse está rebelde, mas él, como tú en palacio mandaste que le acogiesen, está allí con su criado hablando. Dile que entre. Licio, la princesa os llama. A su mandato estoy siempre muy obediente. Y se os luce. Mi amo es muy obediente así lo fuera esta pierna, comida esté de lebreles. que en cosa chica ni grande al cirujano obedece. Pienso que la he de trocar con la primera que encuentre de ahorcado en un camino. ¿No os dije yo que no hicieseis en el pórfido el amor? Fuerza es que yo no lo niegue. Pues ¿qué hacéis aquí? Señora, agora dice que quiere hacer buñuelos de un risco y ha enviado por aceite. En aqueste ameno sitio dos estrellas me detienen. Singular sois en el mundo, pues con una solamente nacen todos y a vos solo a su cargo dos os tienen. No nací con ellas yo, mas nací de ellas pendiente. ¿De que uno con dos estrellas nazca se admira y suspende? Pues veme aquí vuestra alteza a mí, que nací con siete. ¿Con siete? Sí, las cabrillas. Pues ¿eso de qué lo infieres? De que por cerros y riscos este diablo me trae siempre. Dejemos sofisterías, que ofuscan y no convencen, y decid, ¿por qué no os vais? Porque soy naturalmente inclinado a cosas raras. Pues ¿cuál aquí os lo parece? Una dama que me dicen que tiene el alma de nieve como el cuerpo de alabastro, que oír decir amor le ofende, que al nombre de la esperanza asustada se estremece, que decirla que se case, es avenenarle el leve aire que por los oídos lleva al alma las especies... (Eso era en algún tiempo, mas ya ⸻¡ay Dios!⸻ es de otra suerte.) .y quiero ver en qué para, porque es que persevere imposible o el dictamen de los cielos desvanece. ¿Por imposible tenéis que mujer haya tan fuerte que de su entereza grave no pueda un agrado hacerse? Sí, señora. ¿No habéis visto del sol los átomos breves? Muchas veces. Pues oíd. Si los visteis muchas veces, aquellos pequeños cuerpos con ninguna cosa tienen comercio ni compañía ni extraña impresión padecen, tan de por sí cada uno vive, tan singularmente que unirle con otra cosa humana ingenio no puede. Pues, si en cuerpo tan pequeño, entereza hay suficiente para el despego mayor, ¿por qué una mujer que adquiere grados de divinidad con la porción eminente de la razón no podía de toda unión defenderse y esconderse del cariño dentro de sus altiveces? ¿La abeja más ingeniosa podrá, por más que se esfuerce, de su piel arrojar parda las mellas que de oro débil fijó allí naturaleza hermosa y prolijamente? Que no podrá es infalible, que ninguna maña vence de este artífice mayor la mano constante y fuerte. Mientras que se va labrando cualquier corazón, se embebe en él la pasión de amar otro animal de su especie, pues, como quiere esa dama, si es que allá en su pecho siente corazón, arrojar de él la inevitable, la leve dulce pasión del amor, sin desasirse no puede. (Pienso que dice verdad, pero no quiero creerle.) No es eso cierto. Yo, en fin, por más que dura se ostente, tengo esperanza... (¿Esto más?) .de verla escuchar alegre de amor el nombre agradable y aun de que en sus llamas pene. Mirad, las cosas amargas no es posible que sustenten a cosa alguna que viva porque mudanza no tiene. Aquesa vuestra esperanza, buscando que la alimente, solo hallará sequedades, asperezas, y desdenes amargos, con que es preciso que se muera fácilmente, y, así, pues es perder tiempo, vuestra curiosidad cese en esta empresa. Seguid vuestro viaje y no tropiece en estas cosas, que es desatención imprudente. Bien quisiera obedeceros, mas estoy a estas paredes atado con una cinta, prisión, aunque blanda, fuerte... (Ya esto es mucho declararse.) .y, por que más no me apriete vuestro precepto, me aparto, pues no puedo obedecerle. ¿Adónde nos hemos de ir, si estamos convalecientes? Tenga modo y, pues que cura, cúrenos como se debe. Celinaura, trae recado de escribir. Voy a traerle. Al valor, a los agrados de un hombre mis altiveces, que invencibles se juzgaban, ¿padeciendo están vaivenes? Obstinado en asistirme, este hombre no se resuelve a ausentarse, a mi mandato y a mi ruego inobediente, pues antes soy yo que todo, mi crueldad se desenfrene, que quien ruega con la paz hace guerra justamente. Ya el recado de escribir sobre el bufetillo tienes. (Yo he de vivir sin amor y lo que costare cueste.) (¿Qué querrá hacer la princesa?, mas, aunque atrevida peque, contra el respeto debido a un papel he de leerle. ¡Válgame Dios, qué desdicha! Por mí este mal le sucede a mi hermano, de secreto manda que le den la muerte. Ahora, cielos, si piadosos sois, de industrias socorredme.) Aquesto ha de ser. Señora, antes que ese papel cierres, escucha. Di. Yo he leído lo que... Pues ¿cómo te atreves tú a poner la vista donde mandada mi pluma hiere? Que no te enojes te ruego, que el verlo fue casualmente y será posible que del acaso no te pese. Tú mandas que mate a Licio donde quiera que le encuentre al guarda mayor del sitio que a este alcázar pertenece, como no sea dentro de ella y que nunca manifieste que es orden tuya. Es así. Pues ahora a mi voz atiende. (Ya que hice el peligro, quiero ver si puedo deshacerle.) No entro ni salgo, señora, en que yerres o en que aciertes, que con todo ha de servir el criado que es prudente, si no es con el consejo, porque enfada las más veces. Y así digo que, supuesto que a dar muerte te resuelves a este hombre, sé yo modo más libre de inconvenientes para hacerlo. Ya le aguardo. (Ahora mi ingenio se esfuerce.) Ya a Clavedonio, tu tío, para que me recibieses le oíste decir que yo era a muchos y diferentes estudios muy inclinada. La razón más vehemente fue esa para que yo en mi casa te admitiese. Pues yo un veneno le haré tan disimulado y fuerte que le ha de matar durmiendo sin que señal en él quede de la violencia mortal. ¿No me dirás de qué suerte? Dándole cosa que al sueño tanto la materia aumente que o le mate la abundancia o porfiada le apremie a que alimento no tome que la vida le sustente. Dices bien, medio es mejor, pues el secreto defiende de despiertas conjeturas que encontrar la verdad suelen y, así, a ti mi indignación esta ejecución comete. Tú misma le verás muerto. (Ya el escucharlo me duele.) No habrá duda en su castigo. (Mucho mi rigor me debe.) Mortal fiereza sin sangre haré que tu enojo temple. Hazlo, Celinaura, y no me lo digas tantas veces. Hasta aquí no se ha hecho mal. ¡Oh quién encontrar pudiese con brevedad a mi hermano! Hecho estoy cuarenta hieles de que tan presto nos vacíe aquesta princesa sierpe y, si la encuentro, la he de poner, como merece, con Jiradolfo. Lagarto. Señora. A buen tiempo vienes. Sí, para andar apuñadas por un tris con Holofernes. Dime, ¿dónde está tu amo? Borrando las paredes del cuarto de esa mujer con los ojos. Que se llegue aquí al instante le di. Desde aquí he de obedecerte. ¡Ah, ah, señor! ¿Qué es lo que dices? Yo le dije que hiciese esta diligencia. Pues ¿qué de nuevo se ofrece? Que..., mas, pues que se quedó allí aquel papel, leedle. Lagarto, ¿parece alguien por ahí? Capear nos pueden. Aquí la princesa manda que me maten. Hombre, vuelve a leer, que no es posible. No hay quién su desdicha yerre. ¿Y es juicio mancomunado en esa tragedia aleve? No. Es una puerca, que eso es tratarme de inocente. En fin, señor, yo leí este papel inclemente mientras le iba escribiendo y, arriesgando el que sintiese mi osadía, sagaz pude disuadirla, no la muerte, sino el modo, pues la hice creer que sé doctamente hacer venenos y que uno hacía con que murieseis. Esto tiene aqueste estado. Huid del riesgo patente. Lo que os estimo esta acción para otro tiempo se quede y ahora os digo que en irme hallo tres inconvenientes. Él primero, que acobardo para el mayor bien mi suerte; el segundo, que quedáis, si huyo, en riesgo evidente; el tercero, que, si os llevo, la opinión vuestra perece. Pues ¿qué se ha de hacer? Quedarme y fingir que el vehemente veneno con sueño grave me puso en el de la muerte. Valor tenéis. Bien decís. Digo, ¿y hay dónde esconderle después? De una vez dos cosas facilitarse no pueden. Quien no fía en la fortuna que no le ayude merece. Vamos, bella Celinaura. Corazón constante y fuerte, vamos, que de aquestos sustos suele amor hacer placeres. ¿Cuándo ha de ablandarse el tiempo?, mas recio las pulgas muerden, muy cerca le anda el camino a la que adorada ofende. ¿A otra ausencia me condenas, hijo? Ese es fiero rigor. Vos me habéis de dar, señor, licencia, para ir a Atenas. ¿Qué tienes allá que hacer? Ver a un amigo. ¡Error fuerte! (No es sino vengar la muerte de una divina mujer.) En aquesa intención cesa si me tienes afición, porque agora es mi intención casarte con la princesa. Que es incasable asegura su condición. ¿Ya es molesta mi porfía que nos cuesta examinar la ventura? Que tenéis razón confieso, mas esto me importa mucho. ¿No concluye lo que escucho? Pues ello ha de ser. ¿Qué es eso? (Ahora veré si le tiene la princesa inclinación.) (La crueldad de mi desdicha me tiene de librar hoy.) Rosimiro me pedía, con humilde obstinación, licencia para ir a Atenas y negábasela yo. No hacíais bien, que a Rosimiro el cielo le concedió mucha cordura y no hará cosa fuera de razón. (¿Veis, señor, cómo es cansaros intentar que su rigor, que en ella es naturaleza, huya de su condición?) (Hijo, la esperanza suele hacer milagros. Quien dio poco tiempo a la fortuna no la quiso en su favor.) Toma este lienzo, señora. ¿Pusiste en ejecución lo tratado? Ya el letargo que le ha de matar bebió. (Discreta anduvo en traer el lienzo en esta ocasión Celinaura, que a mis ojos amaga llanto veloz.) (Si salgo bien de este engaño, feliz sumamente soy.) Bien podéis dar a vuestro hijo la licencia que os pidió para ir a Atenas. (¿Qué escucho?) Dársela muy sin temor de que sea liviandad, y ahora retiraos los dos, porque quiero quedar sola. Por la nueva obligación os beso los pies. El cielo os guarde. Vamos, señor. (Si Rosimiro se va, vuelve el hado a ser feroz.) Supuesto que por consejo y no por resolución que ir le deje me decís, si no os obedezco, no tendréis razón de enojaros. Quedad agora con Dios. En fin, ¿os vais? A vengar aquella deshecha flor sin culpa y sin causa mía. Es la determinación muy digna de vuestro pecho y es ejecutarla error. Nunca lo es vengar la muerte de la que por mí murió. Si Lisinia fuera viva y os mandara lo que hoy os ruego yo, ¿no lo hicierais? A su precepto, a su voz me rindiera todo. Pues haced cuenta que soy yo y haced esto que os suplico. Por la representación sola lo debía hacer, mas ¿qué dirá mi dolor? Pues, si nada de esto basta, diré a lo que vais. Adiós. Ya con ese son dos grillos. Segura está mi prisión. En fin, Celinaura, ¿ya con el letargo feroz Licio estará agonizando? Y, según era el rigor de la bebida, muy cerca de morir. (¡Sin vida estoy!) El amor que es más indigno, si no merece otro amor, es acreedor por lo menos de agradable estimación. ¿Cómo aquí cantan ahora? Como de tu parte yo a los músicos le dije que hoy en aquesta mansión cantasen. ¿Para qué efecto? Por que, si acaso el dolor al despedirse de aquel cuerpo infeliz el veloz espíritu ocasionare lastimoso algún rumor, le cubra de aquellas voces el ruido agasajador. (¿Y luego la letra hubo de ser en mi acusación?) Pues ¿tan cerca de aquí está? Sí, porque ahí le cogió en una silla sentado del mortal sueño el rencor y por que en mi fe no dudes, vesle ahí. ¡Válgame Dios! No injuriada, cualquier fiera tiene envainada el rigor; fiera es más fiera que todas la que adorada injurió. (Apenas puedo los ojos guiar hacia aquel horror.) (¡Qué bien finge Jiradolfo lo inquieto en la suspensión!) Bellísima Florismunda, cuando injuriara el amor, siendo la causa tus ojos, era digno de perdón. Conmigo habla. Está soñando, porque arrebata veloz el sueño para los sueños por natural condición lo último en que pensaba el que a dormir empezó. Celinaura, ya me aflige esta cruel resolución. Si tiene contraveneno este veneno feroz, dásele luego, no muera el reo que he visto yo. (Si la digo que hay remedio, queda en su fuerza y vigor la primer dificultad, y así le diré que no.) Ya, señora, llega tarde esa conmiseración, porque está desordenada la armonía interior de aquel cuerpo de tal modo que no tiene redución. Yo muero dos veces, y ambas contento, por quien me dio la causa, que son muy grandes mi afecto y veneración. Una piedra tiene envidia del humano corazón y hay corazón que a una piedra le está envidiando el rigor. ¡Y yo muero muchas veces! ¡Aparta, aparta, por Dios, de mis ojos ese objeto que da en vano compasión! ¡Ah, mal haya mi crueldad! ¡Mal haya, amén, el furor con que he quitado una vida que más vida mereció! Todo lo he estado escuchando. La mujer no es tan Nerón como parece. El engaño enterito se tragó. Cierra esa puertas. Ya están cerradas. Salid, señor. Yo doy por bien empleado el laberinto en que estoy solo por haber oído una piedad en la voz de la princesa. Este engaño llegará a su perfección ya con poca diligencia, que con hacer creer a dos o tres lo que ella ha creído esta máquina cesó. Agora falta saber dónde he de esconderme yo. De un poeta en el bolsico el lugar toma mejor sin miedo de que la luz te descubra de un doblón. Vos no os habéis de esconder, que es desmedrar la intención con que aquí os habéis quedado. Un engaño conservó siempre otro engaño y, pues otro habemos menester hoy, ha de ser el que diré. Algo, por amor de Dios, con que a los dos nos ahorquen. Saldremos de confusión. El príncipe de Bisancio a Clavedonio escribió con su letra y no su nombre, creyendo que era primor, que desea ser su esposo de la princesa y paró la carta en mí. Yo he mirado la letra y tan de señor es que de mujer parece, con que con poca labor la he podido contra hacer. Pues ¿aqueso qué ocasión nos da para no esconderme? Ahora os lo diré, que vos, mudándoos ese vestido mañana después que el sol amanezca, en un caballo de buen talle y mucho ardor habéis de llegar a este palacio y sin turbación preguntar por Clavedonio, a quien le diréis que sois el príncipe de Bisancio. Mujer, ¿en qué te ofendió aqueste pobre trompeta, que buscas su perdición? Pues ¿cómo en tiempo tan breve a esa transformación me puedo atrever, que es fuerza que viéndome quien me vio con un rostro en dos sujetos conjeture la ficción? Esa misma brevedad a quien vos tenéis temor, el engaño desparece y afirma más bien que sois el príncipe que imitáis, porque en el mayor valor no ha de parecer posible tan grande resolución. Fuera de esto, con la letra imitada os daré yo instrumento que asegure lo que afirma vuestra voz y, cuando un mismo semblante cause la equivocación, no es novedad en el mundo parecerse mucho dos semblantes, con que intentáis muy seguro aquesta acción. Decís bien. Así lo haré. ¿Y tengo de ir yo allá? No. Y ahora, mientras anochece, volveos adonde os vio la princesa, que yo haré lo que a mí me toca. Adiós. Silencio, Lagarto amigo, y fingir grande dolor. ¡Ay, Dios mío, quién hallara por dos días desde hoy los ojos de una mujer para llorar sin pasión! Yo de todas las edades soy la más fiera mujer, pues que le he podido hacer al amor hacer crueldades. ¿A Licio por qué maldades a muerte mi ira condena, de todo discurso ajena? ¿Porque me amó? No es disculpa, que, si el decirlo fue culpa, el padecerlo era pena. ¿Qué he de hacer en ansia tal? Señora, a hablarte no acierto, Licio en una silla muerto se ha quedado. Era mortal. El corazón tengo lleno de pesar y no te asombre del suceso de este hombre, porque ayer estaba bueno. Aquesta fatalidad no a tanto asombro te lleve, que para vida tan breve basta breve enfermedad. ¡Ay, huérfano y sin favor! ¡Ay, viuda desdichada! ¡Ay, mocedad malograda! ¡Ay, porquerizo mayor! Aquel por su dueño ahora llora, mas la de este lado ni yo sé de qué ha enviudado ni alcanzo por lo que llora. ¿Por qué ese traje has vestido, Tonela? ¡Lindo reposo! Por mi Licio. ¿Era tu esposo? Era casi mi marido. En lo que digo no hay tacha. Un día me dio muy contento palabra de casamiento. Mientes como una borracha. Tú lo oíste y esos modos conmigo no han de tenerse. Fue por solo entretenerse. Por eso se casan todos. Tú has creído, alacrán fiero, que era mi amo estatuario, algebrista o herbolario, pues era un gran caballero. ¿Caballero? Como el sol. ¿Y cómo su nombre era? Don Leandro de Ribera, ilustrísimo español. ¡Ay, don Lepanto querido! ¿Y a Macedonia a qué efeto vino? A veros, que discreto era mucho y entendido. (¿Quién tan gran desdicha vio?) ¡Ay, tortolilla de mí! ¿Vístele tú muerto? Sí, por señas que se rio. ¿Después de muerto? ¡Y qué cierto! Ese fue caso notable. Él era tan agradable que lo fue después de muerto. Infelices son mis hados. Triste es mi suerte. Señora. Déjennos llorar ahora, que estamos muy ocupados. Ya soy con vos, perdonadme. ¿Qué quieres? Que, ejecutivo, mi cuidado... Ya te entiendo y la obediencia te estimo. (Con eso el primer engaño queda del todo creído.) ¿Qué es ahora lo que mandáis? A daros vengo un aviso que os ha de admirar. ¿Cuál es? Que, preciado de muy fino, el príncipe de Bisancio, no obstante que le había escrito yo que por agora vos no entregabais el oído a proposición alguna de esposo, siendo preciso, adelantado de toda su familia, con altivo despejo ha llegado aquí y que os pida me ha pedido licencia de veros. (Nunca enfado alguno me vino a tiempo que me pudiera causar tan grande fastidio.) Mas ¿cómo sabéis que es él? Porque a ninguno atrevido le juzgo tanto que intente falsedad de tal peligro y luego, para creello, tengo un esforzado indicio y es que, al descoger el lienzo, mientras hablaba conmigo, se le cayó aquesta carta, de que con atento arbitrio no le advertí por si acaso os era de algún servicio, miré el sobrescrito y es de su letra el sobrescrito. ¿No lo habéis abierto? No. Pues abridla. Ya cumplido está lo que me mandáis. Dice así. (Esto va lindo.) Filipo, dondequiera que os encontrare esta carta os detendréis y no vendréis adonde yo estoy hasta tener otro aviso. Cuidad mucho de los caballeros y tened prevenido todo lo necesario para mi lucimiento. Dios os guarde. El príncipe de Bisancio. ¿Es también esa su letra? Sí, señora, y, si perdido no habéis la carta primera, con ella se hará más fijo lo conjeturado. Es cierto y, si no es que yo me olvido, la he de tener en la manga. Aquí está. (Sedme propicios, astros, para aquesta industria.) Mirad si son parecidos los caracteres. Y tanto que unos y otros son los mismos. El príncipe es y lo hablado lo está confesando a gritos. Ea, pues ello ha de ser, decid que entre. (Ahora es lo fino.) Prevenid sillas. (¿Qué quiere de mí el hado vengativo? Sea, señora, vuestra alteza bien hallada. Bienvenido vuestra alteza sea mil veces. (Cielos, ¿qué es esto que miro?) (Ahora conozco que es menester muy grande brío para engañar, porque yo turbado estoy y perdido.) Tome vuestra alteza asiento. Celinaura. ¿En qué te sirvo? Cuidado con aquel rostro. Ya le he visto y es prodigio. ¿Cómo viene vuestra alteza? Aunque es tan largo el camino, quien viene a veros no puede traer sino regocijo. En fin, señora, yo vengo a que sepáis que un cautivo tenéis en mí, tan del todo que aun llega al alma el dominio. No pretendo vuestra mano, que, aunque no era precio indigno, de una mano un corazón no le tengo y no la pido. En un retrato os le di y fuera grave delito intentar ahora venderos lo que es ya vuestro por mío... (O lo hace la semejanza del difunto, o mi destino desdichado, sus razones son encanto de mi oído.) .y agora, quedad con dios, que con haberos yo mismo dicho que soy vuestro esclavo sabréis en lo que lo estimo. Lo que he sabido con eso es que sois muy entendido. Dios os guarde muchos años. (Ea, cayó en el garlito.) Tío y señor, escuchad. Siempre a vuestro gusto asisto. Señora viuda. Señor. Tomad aqueste bolsico para tocas, aunque siendo tan cumplidas no es cumplido. Viváis, señor, mil edades. ¿Y quién fue vuestro marido? Don Lepanto de Ribera, español y porquerizo mayor de aquestos estados. ¡Ay, pobre malogradito! Vedme mañana, que tengo qué encomendaros. Serviros es para mí dicha grande. Dadle el hospedaje digno al príncipe de quien es. Que me lo advirtáis admiro. Vamos, señor. Por instantes va creciendo el amor mío. Ya tiemblo de lo que habrá la princesa presumido. Lagarto. Señora. (¡Ay, Dios!) Dime, ¿no es muy parecido aqueste hombre a tu amo? Como a un jilguero un borrico. ¿Es posible que esto dices? (Ella ha de salir de tino.) Don Leandro mi señor era cabal un Narciso y este hombre es algo estebado y tiene un ojo sorbido. Tonela, ¿no te parece que es verdad lo que yo digo? Pues, si a él se pareciera, ¿ya no le hubiera yo dicho que conmigo se casara? Y él no se mostrara tibio, que mi dote y mi persona son muy para apetecidos. Calla, ignorante. No quiero, que don Lepanto en un brinco y este a él se parece como a mí una muelacuchillos. Vete tú también, Lagarto. Sí haré, pero te suplico que, pues huérfano he quedado, me admitas en tu servicio. Si eso te detiene, vete, que ya estabas admitido. (Engañar a uno no es mucho, por despabilado y vivo que sea, hacerle que pague el engaño es lo pulido.) Señora, tú dices bien, mucho se parece a Licio o don Leandro el de Bisancio y de suerte que te afirmo que, a no haberle visto muerto, jurara yo que era el mismo. No es lo que me admira eso, que muchas deces se han visto en el mundo dos semblantes con estremo parecidos. (Lo que me admira ⸻¡ay de mí!⸻ soy yo y, pues que enemigos mis hados esto disponen, yo seré su cruel ministro.) Celinaura, aquesas puertas cierra. (¿Si habrá conocido mi engaño? ¡Válgame Dios, qué cobarde es el delito!) Ya las cerré. Pues ahora que estés atenta te pido. Ya la ojeriza conoces con que siempre el pecho mío oyó el nombre del amor, por eso no la repito. Siendo esto así, cuando vi el desesperado brío, la persona sin defecto, lo galán sin artificio, lo entendido con modestia, los descuidos con aliño del español infeliz, reconocí repentino en mi corazón de mármol un forastero cariño. Quise enviarle agradable, él ausentarse no quiso, resolvime a darle muerte, tú obediente a mi delirio la sentencia ejecutaste, ¡sabe Dios si lo he sentido! Ya esto sucedió y ahora, con discreto airoso estilo, el príncipe de Bisancio a esta selva ha venido. Viome y vile ⸻¡ay, desdichada, con qué vergüenza lo digo!⸻, vile ⸻agora las palabras sin llegar a ser sonido van huyendo de mi labio al corazón que las hizo⸻, vile, en efeto, y ya sea el ser un retrato vivo del que murió o que los cielos me envían este castigo, le he dado en mi corazón el cetro de mi albedrío. Aquesta debilidad del antiguo rigor mío, esta fácil ligereza, este valor quebradizo me tienen tan enfadada de mí, con tan grande hastío de la vida que quisiera agotarla en un suspiro, mas, pues esto intento en vano, a tu ingenio le remito aquesta crueldad piadosa. Dame el más ejecutivo veneno, aquel en que el cielo haya más muerte escondido y no lo dejes de hacer pensando que en lo remiso de tu obediencia ha encontrado mi enojosa vida asilo porque, si te tardas tú, yo misma con un cuchillo romperé este corazón ocupado de delitos y, cuando el valor me falte para tan justo disignio, esta víbora mental, que en mi pecho ha producido el noble conocimiento del defecto a que me rindo, contra aquel público empeño que hizo mi desdén altivo me irá la vida quitando con doloroso martirio, y, pues una crueldad de estas ya contra mí no la he visto, el matarme a menos costa será grande beneficio. (Aquí, ingenio, aquí, prudencia, os he menester unidos, aquí está de Florismunda o la vida, o el juicio peligrando si un engaño por medicina no aplico. Ea, pues, alto a engañarla, pues tanto su vida estimo.) Vos, señora, de enojaros habéis errado el camino, porque no ha de ser con vos la ira, sino conmigo. De esas inconstancias vuestras yo toda la causa he sido. Pues ¿quién a ti de mi pecho te pudo dar el dominio? Si me escuchas, lo sabrás. Ya a la admiración le pido prestado para escucharte uno de cinco sentidos. (Esta cautela el remedio ha de ser de este delirio.) Apenas llegué, señora, a estar en vuestro servicio de Atenas, mi patria, cuando, deseoso vuestro tío de que admitieseis esposo, lleno de angustia me dijo que procurase a razones venceros aquel capricho que al cariño conyugal se estaba oponiendo esquivo. Yo lo tomé tan de veras ⸻mal hayan, amén, los libros que el secreto me enseñaron⸻ que en aquel florido sitio que os vi la primera vez vi una yerba, a quien da brío tanto un carácter pequeño que en ella con la uña imprimo que hará que rinda al amor una peña el pecho frío. Con disimulo traidor la introduje en el vestido vuestro entonces, que un engaño encuentra muchos resquicios. De allí a un poco, el español, abrazado y enemigo de la fiera a quien dio muerte, bajó por el precipicio, que a morir de mejor causa le condujo su destino. Lo que pasó en vuestro pecho con él ya me lo habéis dicho, si bien yo por vuestros ojos con lástima lo había visto. Saqué la yerba después, que seca ya al calor tibio estaba de vuestro cuerpo, y, hecha polvos en un vidro de las bebidas que al agua le quitan lo cristalino, la introduje en vuestro pecho. El efecto es buen testigo, pues en vos el de Bisancio halló agrado repentino. Esta es la verdad, señora, el rigor vuestro nativo, a no haber mi ciencia obrado, jamás se viera vencido. Bien sabe Dios que mi intento fue templaros los desvíos para que en vuestros estados se continuase el divino dictamen de vuestra sangre, que hace rectitud y alivio, pero, pues que esta mudanza tanto, tanto os ha ofendido que de vos queréis vengaros, en vos con mortal castigo. Vivid vos, que no tenéis parte en ella, el vengativo rigor sea contra mí, que toda la causa he sido; en vos no, en mí se ocupe veneno o acero limpio. Quien tiene la culpa muera y no quien no la ha tenido. ¡Válgame Dios, este mundo lo que ocupa de prodigios! Ya de mí yo me espantaba, pero, si hay artificio contra el arbitrio de una alma, ¿de qué sirve el libre arbitrio? No te aflijas, yo perdono tu error, aunque de atrevido tiene tanto, que no hay con buena intención delito. (Ea, a sosegarme, pecho turbado, que lo ha creído y con su ardor bien hallada a la clemencia se vino.) En fin, ¿que la yerba fue la que mudarme ha podido? Sí, señora. ¡Raro caso! ¿Y podré sin desvarío esperar que aqueste afecto se gaste? Como sufrirlo podáis con secreto, es cierto. ¿Sabes que me ha parecido que de oír que he de sanar alguna pena recibo? Es la fuerza de la yerba, mas el tiempo hará su oficio. En fin, sea como fuere, yo llevo muy grande alivio de ver que para ablandarme fue menester un hechizo.

JORNADA TERCERA

Señora doña Tonela. Voy de priesa. Usted se aguarde, que no han de ser tan fogosas las viudas venerables. ¿Qué quieres? (Ahora la estafo.) Acabemos. Ya usted sabe que fui criado de su esposo el malogrado. Adelante. Y ya sabe también cómo la princesa, Dios la guarde, me da una ración,que nunca me viene a pedir de hambre, sino cuando se le antoja al severo y formidable guardamantel, y este antojo le da muy de tarde en tarde. Brevedad. Digo, en efeto, que, pues que por dicha grande fui algún tiempo su criado y ve mis necesidades, la suplico me socorra con alguna hermosa parte de las monedas de oro que aqueste príncipe amante de la princesa en usted echó como en esa calle. Que agua pasada no muele suelen decir los vulgares, pero criado pasado que muele es cosa constante. ¿Qué me quieres, vagamundo? Que alivies mi pena grave o el alma de su marido se vea comida de sastres. ¡Ay, qué maldición, Dios mío! Toma seis doblas, infame. ¿Seis doblas? Aunque las beso, me sobra boca bastante para echar mil maldiciones. ¿Y esas en los muertos caen? De medio a medio los cogen. Pues, a trueco de que calles, te he de dar todo el bolsico. Toma. El cielo te lo pague y adiós, porque desde aquí voy a desenhuerfanarme. Ansí, Lagartillo ⸻¿oyes?⸻, por si acaso me faltare con quién casarme de prompto, ¿querrás conmigo casarte? ¿Yo con mi ama y señora? Fuera horrendo disparate. Yo dispenso, picarón, todas las desigualdades. ¡Oh pues, si dispensas tú, aquí estoy! (Extraño achaque es el de casarme en una y en otra el de no casarse.) Pues quédate ahora, que yo voy a un negocio importante. Partamos ese secreto, que son bienes gananciales. ¿Cómo? Eso de marido es en caso que otro falte. Mientras el otro no llega, a mí me toca esta parte. En fin, ¿que es obligación del matrimonio? Es constante. Pues allá el secreto va dividido en dos mitades: el príncipe de Bisancio me dijo que, al acercarse a este palacio, por que antes que él el día llegase, se recostó entre la yerba que al pie de esa peña nace, que por las señas es donde vertió del oso la sangre don Lepanto de Ribera, mi marido lamentable, y que allí se le cayó un retrato que le hace muy grande falta, y mandome que yo atenta le buscase, jurando que, si le hallaba, me daría de diamantes una sortija, que allí me enseñó, tan abundante que apenas en una criba, si de allí los echa, caben, pero que era condición que no lo supiese nadie, porque, si alguien lo sabía, el premio sería matarme. Este premio o este riesgo tiene esta acción y a buscarle voy, pues que puedo callar y es posible que le halle. (Este retrato maldito me cuesta ya en varios lances tres o cuatro mil patadas y tres o cuatro pesares.) Camina, que todo es dote. ¿Ahí te duele, bergante? Pues ¿dónde quieres que duela? ¿En esta cara de ángel? Doña Tonela, mirad, para que salga agradable una novia ha de tener por precisos dos caudales: belleza que gaste el tiempo, dote que el marido gaste. De porquerizo mayor usted no lleva buen talle. Fuese la simple y dejome los doblones radiantes, que, aunque el dinero parece del que con difícil llave le guarda, suele irse a quien no pensó en él tener parte, pero ya he llegado al puesto adonde mi amo sale a cazar, que la princesa, engañada con el arte de Celinaura, le tiene sin que a dudarle se pare por príncipe de Bisancio, en Tracia ilustre y amable, y cortesana o gustosa este festejo le hace. ¡Válgame Dios, lo que hay de prevención elegante! Al bosque los caballeros fieles arcabuces traen, las damas arcos y flechas, ellas leves y ellos graves. En vez de bocinas, hay muchas músicas suaves, que regalen y recojan al vecino y el distante, mas mi amo y Celinaura se acercan a este paraje. ¿Si habrá algún enredo nuevo? Dios en paz de esto me saque. Ya os dije lo de la yerba. ¡Piadosa industria!, y que hace, con guardar aquella vida, que la mía no me falte. Pues ahora, a los despegos discretos, para que acaben de digerir las reliquias de fierezas y crueldades que han quedado en aquel pecho. Tan felizmente me salen tus arbitrios que me obligan a obediencias inviolables. Lagarto, vente conmigo, que a título de mirarme puedes asistirme hoy. ¿Y si hay osos? ¿Lo cobarde aun te dura? Como los osos duran, no te espantes. ¡Ay, hermano de mi vida, los cuidados, los afanes que tu vida y tu fortuna me cuestan! Por otra parte podéis la caza buscar. Porque en ocasiones tales impensado algún peligro del mismo deleite nace, os asisto. Yo lo estimo, mas estas amenidades con mansedumbre de flores producen los animales y así vuestra prevención está de más. Dios os guarde. Celinaura, ven conmigo. En fin, ¿que vos muy galante o muy amante asistir queréis, por que no la asalte desimaginado riesgo, a la princesa esta tarde? Hacéis bien, mas, si pudiera tener celosos pesares la que por vos está muerta, hacíais de vuestra parte todo lo que es necesario para que ella se enojase mucho o mucho se afligiese con desatención tan grande. Lo que a la princesa ofrezco más es deuda de la sangre que sacrificio del gusto, pero, ya que poco afables mis astros deudor me hicieron, diestros en atormentarme, de una bella sombra, en quien no hallo acreedor a quien pague, no se puede llamar culpa que sirva a quien ensalzarme puede con su blanca mano. (De aquesta voz solo el aire me mata, ¿qué haría el suceso?) Yo os daré un camino fácil para pagar a Lisinia el mal que le ocasionastes. Decid, ¿cuál es? Creer que vive. Pues cuando yo lo pensase, ¿qué viene a importarle a ella? ¿Qué sabéis vos? Presto al valle los monteros. A seguir, señora, este dulce alcance. A verle galantear inculpablemente amante otra dama me convida y, en tan doloroso trance, ni dejarle ni asistirle pueden mis pasos cobardes. ¡A la guerra, a la guerra!, que festivo les hace a los brutos el gusto. Corran las damas, vuelen los galanes. La música me convoca cuando tropiezo en mis males, pero ya puedo seguirle, pues veo que hacia estos sauces veloz la princesa llega. Corran las damas, vuelen los galanes. Por huir de mí misma piso flores y yerbas errante, pero temo, si me pierdo, que no he de poder hallarme. Según el amor ha sido para todos los mortales, con un bien con muchos males cada estrella es un Cupido. Yerras, engañada voz, que la llaga que en mí arde no es flechazo de mi estrella, sino malicia del arte, que la que a mí me ha cabido, llena toda de rigor, no brilla rayo de amor. Cada estrella es un Cúpido. ¡Porfiado errar! ¡Ay, mi Dios! ¿Qué tienes, Lagarto? Un grande miedo y un grande pesar. ¿Quó dos causas tus dos males ocasionan? Un león y un príncipe. (¡Pena grave!) ¿Un león al de Bisancio le ha salido? Del remate de esa entamada de chopos, pero ¿qué pregunta? Alargue los ojos y lo verá. Es verdad. ¡Oh fuerte trance, que el arcabuz le ha faltado! Ya de la espada se vale y aguarda el zarpazo fiero. ¿No hay quién al príncipe ampare, que le acomete un león? ¿Hay desdicha semejante? Ve a socorrerle. ¿Qué dices? ¿Estás en ti? Quita, cobarde. Amor, dame tu destreza, pues eres flechero grande. ¡Ay, Dios, que le pasó el brazo que tenía ya en el aire!, y cojeando la fiera, aun más que camina, cae. ¡Ay, qué manos de hacer mal! Cazadores, nadie mate a ese bruto, que es su alteza quien le ha herido y manos tales dentro del rayo que arrojan arrojan felicidades. Una vida que pudiera aquella fiera quitarme a no haberla vos herido. Dentro del brazo, el coraje agradecido os ofrezco. Perdonadme que quitase mi flecha de vuestra espada la victoria indubitable. A un león en un real no espera tan sin turbarse un barbero como vos al real león esperastes. Muy poco ha que os conozco, mas os cobré en este instante un amor de veinte y un años. Deidad, señora, os mostrasteis vos, en fin, para el conflicto, pues fue el socorro volante. Que me deis la mano os ruego por esta acción, semejante a todas las que son vuestras. La piedad no es excusable en riesgos de ajena vida. (¿Piedad dije? ¡Ah, pena grave, que corto nombre le he dado al motivo de ayudarle!) (¡Ay, hermano, que tu riesgo pudo la vida costarme!) Tan agradecido estoy... No, no paséis adelante, que agradecido es muy poco para quien viene a casarse. (Ya de Celinaura entiendo la intención. Con qué pagarle a esta mujer no he de hallar lo que por mis dichas hace.) Bien sé yo que otro cualquiera que donde estoy yo se hallase dijera que a los incendios de amor que en su pecho arden se habían llamas añadido dichosamente mortales. Yo no os entiendo, que nunca he oído ese lenguaje, mas, si delante de mí algún hombre de él usase... (¡Que una yerba venenosa en mi pecho de diamante aun este fingido enojo llena de imperio me ataje! ¡Que pueda tanto un hechizo!) Vuestra alteza no se mate, que el príncipe no lo dice... Yo, señora, tan distante estoy de eso como estoy de todas las falsedades. (Peor es esto que decirlo.) (¡Qué bello par de caimanes mi amo y la Celinaura!) Pues, aunque ahora se canse de mi airado atrevimiento, la princesa y me maltrate, os he de decir, señor, lo que siento en esta parte. ¿Vuestra alteza no ha venido a pretender que se enlace la mano de la princesa con la suya? Eso es constante. ¿Y se viene sin amor? Tan sin él que ni empezarse acá en mi pecho ha podido. ¡Muy buenos papeles trae! ¡Voto a Dios que es esa una grosería que no cabe en una cuba! Ese modo embárquele usté a Alicante. ¿Quién te mete en eso a ti? Una ración de dos panes, de una azumbre de vino y de dos libras de carne. Anda, vete noramala. No quiero, que es un bergante y le he de hacer mil pedazos. ¿Sin amor viene a casarse? ¿Con nosotros? ¡Voto a cribas! Ya te he mandado que calles. Vete al punto. Luego hiciera aquesta infamia aquel ángel de mi amo don Leandro de Ribera, que ahora pace berros azules allá en los prados celestiales... Agradezca que a llorar me voy aqueste desastre. (La mujer ha de quedar, si esto dura, como un guante.) Todos se han enojado conmigo sin escucharme. Sin amor vengo, es verdad, pero no me culpe nadie, que, aunque quisiera traerle a esta empresa, era el criarle imposible, que un amor se hace con dos voluntades y la de su alteza nunca quiso en este caudal parte. (Con aquesta astucia bien la obliga a que se declare.) (Amor, ayuda mi intento.) (Yo pienso que en este lance el demonio de la yerba me ha de obligar a que hable.) Quiero a solo discurrir a esta plática entregarme. Según eso, ¿cuántos nobles las coyundas conyugales apetecen, sin amor buscan la prisión afable? De ningún modo, señora. Las mujeres principales a ningún hombre del mundo quieren hasta que se casen. Verdad es, mas la esperanza de que han de querer casarse y que casadas querrán en aquel afecto vale por la voluntad segunda, con que hay materia bastante para formarse un amor que el discreto pecho abrase del que aspira a ser esposo de la belleza más grave, mas, como de la crueldad de vuestra alteza no sale ni la esperanza menor de estas afabilidades, es fuerza que, cuando yo a intentar vengo cobarde conseguir su mano hermosa, no traiga amor que me inflame, sino solo adoración que divina la idolatre. (¿Cómo me explicaría yo sin que a mi decoro falte?, mas ya un modo se me ofrece que a las dos dificultades ingeniosamente acude. Quiera el cielo que me baste.) Desconfiar que mi pecho ha de llegara ablandarse es conjetura tan cuerda que es imposible que falte, porque antes de una roca se hará una caña inconstante que se hará de mi crueldad ni aun un mirar agradable, pero, si alguna mujer pudiera en el mundo hallarse que con esta condición naciera tan indomable, era error no persuadirse a que pudiera amansarse aquella crueldad rebelde aquel rigor intratable. ¿De qué modo? (Ya parece que baña el hermoso aire de sus palabras la luz del fuego que oculto late.) Yo os lo diré y un ejemplo me ha de ayudar a explicarme. Quiere un artífice diestro una espada hacer cortante, de fortaleza invencible como de crueldad no frágil. Empieza a labrarla, en fin, y lo primero que hace es encender el acero en un fuego que le ablande. Después, ya que con el fuego humilde le tiene, y fácil, a la forma reducido conveniente y elegante, para darle el duro temple que han menester las crueldades la endurece en la agua fría que junto a la fragua yace. De allí sale tan feroz que no más que atrocidades está ofreciendo a los ojos que la contemplan brillante, mas, como en el fuego allá aprendió docilidades, viene, al fin, a sufrir dueño la que herir a todos sabe. De este modo, de esta suerte, cuando el artífice grande, la naturaleza ⸻digo⸻, labrar quiere un intratable corazón en una dama, primero para forjarle le enciende en fuego, que es elemento inevitable, después para endurecerle y para que salga hábil a matar hombres le yela en desdenes fulminantes, pero, aunque este rigor vea quien la adora, no desmaye, porque hubo fuego al hacerle y aqueste no se deshace en corazón que está vivo. En alto secreto arde el calor que entonces hubo, con que inferir puede amante que nace a servir a uno la que herir a todos nace. (¡Albricias, corazón mío!, mas, pues obliga a que salten de aquel corazón centellas de agrado las sequedades, sigamos este camino, pues es rumbo favorable.) Señora, puesto que aquí esa dama que pintastes no tenemos, sino a vos, de quien no puede esperarse indicio de mansedumbre, mil años el cielo os guarde, que sin amor me he de estar hasta que el hado os depare una voluntad que ayude a la mía que le labre. ¿Qué es esto que me sucede? Celinaura, este desaire no le padeciera yo si supiera ser constante. ¿Qué te parece este hombre? Ahora que el hado me abate... ¡Ah, pese a mí! ¿A que le quiera el corazón me deshace a despegos cortesanos? Pues a mí no hay que culparme en esto, que en la bebida no entra el que el otro te ultraje, porque esto solo es rigor de alguna estrella implacable. Dices bien, pero ¿no hay yerba que al príncipe le avasalle el pecho, como la hubo para mí? Cogerla es fácil, el dársela es muy difícil. (Ahora, para que acabe de rendirse esta altivez, otra industria ha de ayudarme.) ¿No me dirás la razón? Sí, señora, porque trae una piedra en un anillo de lealtad tan admirable que no hay, si se da a su dueño, veneno que no desarme. En fin, ¿que una piedra breve a él le libra de que ame y el ser yo toda de piedra no fue para mí bastante? Mira, un remedio te queda. ¿Qué remedio? Declararte, decir que casarte quieres, porque con eso escusarse de tener amor no puede, pues ya hay voluntad que parte tome en hacer un amor con la suya. El no matarte por solo eso que me has dicho, atrevidamente infame, es por la ofensa primera que te agradezco, aunque abrase. ¿Yo decir, yo pronunciar que mi altivez apearse pudo de aquel rigor sumo que amedrentaba arrogantes? Primero en este secreto ardiente querré quemarme y agora vete de aquí, porque temo el escucharte, que mi estrella y tus palabras son enemigos muy grandes. Yo me voy, porque ofenderte nunca ha sido mi dictamen. (Muy infeliz he de ser si de esta industria no salen para dos deseos que tengo dulces dos felicidades.) ¿Quién padece pena tal, toda injuria y desconsuelo? Cielos, ¿cómo hay en el cielo quién al cielo quiera mal? Rayo es este padecer y tarda el postrer desmayo, pues no me destruye un rayo, ¡qué flaca debo de ser! En la viuda que más siente la falta del dulce sueño el aire que enjuga el llanto, ese se lleva el tormento. El difunto se pudra por su suceso, que el pudrirse lo hacen mejor los muertos. Cantando Tonela allí viene y dándose consuelos, pero quien consuelo busca ya, ya le tiene en el pecho. Por huir sus ignorancias, que causan divertimiento, entre aquellas ramas toscas esconderme de ella quiero. Si es que me amaba mi esposo por que no pene, no peno y, si a él no se le da nada, déseme a mí mucho menos, Dolor propio se hace con el ajeno, si él no siente mi angustia, ni yo la siento, contenta como una pascua a este verde sitio llego, porque he hallado el retrato que ha de colmar mis aumentos. Pintado en él está un rostro y, aunque yo le he visto, pienso quién será, mas ¿quién será? En un retrato poniendo está la atención y es novedad en tal sujeto. Quiero llegarme más cerca Al herrador de mi pueblo se parece, pero no, que tiene las barbas menos. Retrato es de una mujer, y no fea. Ya di en ello. La cara es de un musiquillo, que para esposo no es bueno, de estos que en palacio cantan. ¿Qué retrato es ese? (¡Fuego! Con el secreto hemos dado en la calle, volaverunt.) Señora, este es un retrato del príncipe de Marruecos, que me le envía por ver si casarme con él quiero. (El recato y la mentira son indicios no pequeños de que es cosa de importancia.) Mucho de tu bien me alegro. Veamos, ¿es muy galán? Yo temo mucho los celos y, si el retrato te agrada, ha de ser fuerza tenerlos. Dámele acá si no quieres que... ¿No tiene remedio? Vesle aquí. (De Celinaura es el semblante que veo.) ¿Quién te dio aqueste retrato? Señora, como en secreto lo tengas, te lo diré, que me le encargó su dueño. El príncipe de Bisancio me dijo que este bosquejo había perdido en la senda de un hermoso sitio ameno en que a la aurora esperaba recostado y soñoliento para entrar en el palacio que es de tu hermosura cielo, que se le buscase y que, si le hallaba, sería el premio una sortija que arde en diamantes o en luceros. Yo le busqué codiciosa y le hallé dichosa, pero a la promesa añadió, y aun con algún juramento, que, si a alguno le enseñaba, vería mi muerte muy presto... (Cielos, ¿qué es esto que escucho? Sin duda con el pretexto de solicitar mi mano viene ⸻¡de dolor reviento!⸻ a ver el original de este retrato.) .y, supuesto que a ti no te importa nada, que me le vuelvas te ruego, pues me entregas a una dicha y me sacas de un gran riesgo. Yo he menester el retrato... (Dios mío, ¿qué ha de ser esto?) .y mi dádiva será mucho mayor, mas te advierto que, si al príncipe lo dices ni a nadie que yo le tengo, que te he de quitar la vida. Digo, ¿y eso será cierto? Tan cierto que será así. (Rabiando voy de celos.) ¡Lindamente ha sucedido! Dimos con todo en el suelo. ¿Qué le he de decir ahora a este príncipe extranjero? ¿Si habrá encontrado el retrato? Estoy sin seso, que primero en mi cuidado está mi honor, mi amor luego, pero ella está aquí. ¿Qué hay, Tonela? (Llegó el empeño.) ¿Encontraste aquel retrato? Sí, señor, luego al momento. Bien hayan, amén, los ojos que tan grande bien me han hecho. Será tuya la sortija. Dámele amiga. No puedo. ¿Por qué? Porque le he perdido. (Aun me crece este desvelo.) ¿Eso cómo puede ser? (Respóndole con un cuento.) De mi pueblo al escribano le preguntaron «¿a cuántos somos hoy?» y él muy severo dijo «¿hoy? A treinta y dos» y un regidor como un trueno dijo «¿cómo puede ser?» y él respondió con sosiego «porque ayer a treinta y uno fuimos, ¿está satisfecho?» Pregúntame su altitud cómo pudo ser que, habiendo estando junto el concejo, se me perdiese de nuevo y respondo que así como le hallé, le metí en el seno y que después, al buscarle, no le encontré. ¿Está contento? ¿Sabes dónde le perdiste? Eso lo sé muy de cierto. Pues vuelve a buscarle. Aunque hallado el retrato yo le busque es perder el tiempo. Esto merece el que a un bruto le fía su desconsuelo. Ea, venga la sortija. No apures mi sufrimiento, ¿qué quieres de mí, villana? La sortija, caballero. Pues ¿qué es del retrato? Yo me obligué, muy bien me acuerdo, a hallarle no más y, pues ya le hallé, ya la merezco. No me obligues a que en ti mi enojo haga un desacierto. Yo pido suerte y verdad. Lo que te afirmo y prometo es que, si acaso le has dado a alguien, faltando al silencio prometido, que he de darte la muerte con este acero. Digo, ¿y habrá en eso falta? Allá verás cómo es cierto. (¡Yo tengo muy buen estado! La otra me dijo, ardiendo en sus ojos dos demonios, que, si acaso de mi pecho salía que ella tenía el retrato, vería luego mi muerte, y este me dice que, si he faltado al secreto, me ha de dar mil puñaladas, pues ¿qué?, ¿pensar que yo tengo de consentir que me maten? Es chilindrina. Al remedio, Tonela, porque mi vida se ha de dar a muy buen precio.) ¡Válgame Dios, qué difícil de mi honor el desempeño se me ha vuelto! ¡Estoy sin mí! ¿Ahora, señor, tan suspenso cuando la dicha que estaba tan lejos no está tan lejos? Fuera de aquese cuidado, otros me tienen inquieto, mas esto a vos no os importa, ahora de otra cosa hablemos. Decidme, ¿hubo acá noticia de unas fiestas que se hicieron en Atenas poco ha? (¿Qué querrá ser esto, cielos? Mejor le niego quién soy si todo no se lo niego.) Sí, señor, acá se dijo que con grande lucimiento hubo lanzas de sortija. ¿Díjose de un forastero que en ellas entró ocultando nombre y patria a quien le dieron una noche unas heridas de un jardín en el secreto? Sí, señor, también se dijo. ¡Ay! ¿Sois vos? (Según aquesto, esta no sabe quién es.) (Este no ha sido mal modo de encubrirlo.) No soy yo. Penselo porque dijeron que era un hombre muy galán y muy airoso. Por eso no lo habíais de pensar. Y decidme, ¿a aqueste puesto alguna mujer de Atenas ha llegado? Por momentos mujeres de ese lugar pasan por aquí. (¡Qué entero tiene el odio que me tiene en el vengativo pecho! ¡Sin mí estoy!) ¿Y hubo de alguna...?, mas la princesa. Dejemos esto para otra ocasión. (Si no me depara el cielo este remedio, sin duda mi turbación y mi miedo me descubrieran aquí.) Yo me voy porque ahora tengo qué hacer. (Pensar en mis males, que es el trabajo más fiero.) Dios te guarde, Celinaura. A vuestra alteza los cielos den tantos años de vida como agasajos la debo (y el que ahora en llegar me hizo no ha sido de los pequeños.) Pensando en ti venía ahora. De estar en tu pensamiento estoy muy gloriosa yo. Por ti estaba discurriendo en que una buena criada es gran dádiva del cielo. ¿Y de esas dádivas grandes soy una yo? Sí, por cierto. ¿Conoces ese retrato? (¿Qué es lo que miro, tormentos? Yo este retrato tenía en un escritorio al tiempo que sucedió mi desdicha.) Sí, señora. Los discretos se conocen a sí mismos. Muy poco me alcanza de eso, mas decid, ¿quién os le dio? Pues, traidora en cuyo pecho juntó grecia sus engaños, ¿no te bastan tus enredos sin querer averiguar ahora conmigo tus celos? Mas, para que no los tengas, yo te contaré el suceso. El príncipe de Bisancio, amante tuyo no incierto, este retrato traía, perdiole y, de angustia lleno, hizo que se le buscasen, mas quien le halló, sin que en esto malicia alguna tuviese, me le dio. Despliega el ceño, pues a mí de la victoria no ha llegado por trofeo. (Por guía de su venganza mi hermano le traía fiero y haberle perdido ha sido muy feliz acaecimiento.) Señora, aquese retrato para diferente efecto ha venido que tú piensas, que me le entregues te ruego. No, no te aflijas, que yo se le entregaré a su dueño. Que no hagas tal te suplico. Guárdale tú y ten por cierto que es el príncipe tu amante. No estoy lejos de creerlo, porque quien trae mi retrato sin mí no vino a este puesto. ¡Ah, falsa! ¡Ah, ingrata! ¡Ah, villana! ¿Que piensas que no me acuerdo de la piedra en la sortija para desarmar venenos? Aqueste retrato tuyo es la piedra, ya lo veo, pero, para que conozcas la diferencia que el cielo puso en nuestros corazones, yo, yo a tu amante te dejo, aunque tú fuiste la causa de este mal nacido incendio, y, por que mi corazón pueda olvidarle más presto, me casaré con mi primo. (Ya llegó el rayo postrero, que los otros espantaban no más, aqueste me ha muerto.) Señora, mira que anublan el sol de tu entendimiento falsas imaginaciones, que será tu esposo ofrezco el príncipe sin que él sepa que está en tu deseo, mas no le enseñes, por Dios, el retrato. Yo no entiendo tus disignios, mas de mí sé que haré lo que he propuesto, (que será darle a mi vida es cuchillo más violento.) Voy a decirle a mi hermano ⸻¡estoy sin mí!⸻ que ya es tiempo de pedir de la princesa la mano, que, si sus celos no atajo con brevedad, la ha de calar el despecho con suprimo, con que habrá mi astro injusto y sangriento logrado en mí todo el odio con que me miró en naciendo. No hay tabernero tan bobo que no guarde su pellejo siendo solo un poco de agua sahumada con vino nuevo, luego mucho no será que yo con este coleto guarde el mío, que contiene venas, tripas, carne y hueso. Si el secreto se desliza del retrato que mal fuego consuma, entre dos peligros tengo la vida que tengo, pues pensar que hay en el mundo. algún peligro tan quieto o bien acomplejionado que sufra candado es cuento, y, así, por lo que el diablo puede hacer contra el acero, traigo aquestas dos pistolas, cuyo estornudo soberbio hace que al que enfrente está le digan Dominus tecum. Y, por si veneno acaso me quieren dar, me prevengo de esta raja de unicornio que, metida en lo que bebo, puedo beber de una vieja en ayunas el aliento. Con esto, al que me matare, que será muy grande puerco, yo se lo perdono. ¡Bravo día!, mas ¿qué veo? ¿Eres pintura de El Bosco? ¿Eres quimera? ¿Eres sueño de sueño con calentura? Sobre lo simple te has puesto lo loco, pero ¿qué loco no ha sido tonto primero? (Mas ¿si este fuese asasino?) ¡Ah, bergante, hablar de lejos! ¿Qué haces, mujer del demonio? ¿Conmigo por qué es el pleito? Dime, ¿está aquesa pistola cargada? Como un camello. ¿Quién te ha agraviado? Ninguno. No te entiendo. Yo me entiendo. Deja el enojo, que hoy es día de gran festejo. Como me hables apartado, mi oído tendrás atento. ¿Estoy bien aquí? Muy bien. Ea, el negocio acabemos. Pues sabe que la princesa ha dejado el tema necio de no quererse casar y agora sale a este puesto a elegir novio seguro. Pues ¿qué se me da a mi de eso? Lo que fuera para mí fiesta fuera un casamiento para mí, que lo demás es envidia y no contento. ¡Anda, loca! ¡Ah, bergantón!, mas ¿que os emboco en el cuerpo dos pajaritas de plomo que os lleven a los infiernos? Lagarto. (Este es mi enemigo, cuidado.) Antes que tu acento haga la proposición, mira aquese monstruo horrendo. Tonela, pues ¿contra quién te armas? Contra dos riesgos. Yo te sacaré de entrambos. Que uno no me acuses quiero. ¿Por qué de mí te retiras? Porque estar sola pretendo y, si usted se acerca más, que será en hacerlo necio, le convidaré al menudo de este animalito hueco. Quítate presto de ahí, que está loca. Este es el miedo que a ninguno ha deshonrado. Quiero tomar tu consejo. (Haceos de mantequilla y os comerán con dos dedos.) Sé a lo que vienes aquí y sin duda que a lo mismo viene Rosimiro. Soy muy infeliz y me temo... Hame mandado mi padre... (Este es seguro.) .que, al tiempo que salga aquí la princesa, esté yo aquí. Ya le entiendo. A la elección dichosa del mejor casamiento que ha celebrado el mundo, ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo. (A esta determinación llena de vergüenza vengo y confusión, que entre ambas me labran un gran tormento.) Señora, mira a Tonela con un estilo muy nuevo en el traje. ¡Estraña simple! No hay que mirarme con ceño, que no se me da dos blancas, que aquí tengo el santo hueso que en la frente aquel caballo espanta venenos. Para elección tan grande, aunque es su entendimiento divino a todas horas, ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo. Yo os doy las gracias, señora, en nombre de todo el pueblo, de aquesta resolución y agora, porque es precepto vuestro que os proponga esposos, irlos proponiendo quiero. ¿Qué hay que proponer adonde se halla el príncipe excelso de Bisancio? (De este modo le estorbo hacer el empeño por su hijo, que mi vida se ha de perder si le pierdo.) ¿Quién te mete en eso a ti? (En gran confusión de nuevo aquesta mujer me pone.) Tío y señor, el consejo vuestro solamente aguardo. Si os he de dar el más bueno, olvido a mi hijo y de vos no más acordarme quiero. El casamiento que hoy me parece más a cuento, es el del príncipe. Ahora en vuestras manos lo dejo. Ea, señor, muy dichoso sois, pues que la princesa ha puesto en su tío la elección y con juicio discreto él a vos os ha elegido. Mi felicidad confieso y que esta mano es corona sin más costa que su dueño, mas no puedo ahora casarme, quizá podré en algún tiempo. (Cuando haya vuelto a formar mi honor este noble acero.) Ya no es tiempo de artificios, ya son de más los despegos. Que casarme es imposible por ahora a decir vuelvo. (¿Ves, traidora, tus engaños?) (Ahora verás de mi pecho la verdad. Ea, valor, para agora es el esfuerzo.) Y, si yo ese tiempo os hago aquí, ¿se hará el casamiento? Sí, mas no podréis hacerle. ¿No? Pues escuchadme atento. Vos no sois el que decís, sino del duque supremo, que es hoy de Atenas, sobrino y su único heredero; vuestro nombre es Jiradolfo. ¿Qué es esto que estoy oyendo? Que ha muchos días que vos vivís de solo el deseo de alcanzar de la princesa la mano también es cierto. Por lo que ahora suspendéis el dichoso cumplimiento de vuestra dulce esperanza, es porque queréis primero darle la muerte a Lisinia, vuestra hermana. Pues aquesto yo no lo sabía, por Dios. Y matar a un caballero que creéis que la ha robado. Es verdad y, con lo mesmo que piensas facilitar el que me case, has dispuesto que sea más tarde, pues ya es tan público mi empeño. Pues, por que veáis que podéis salir del empeño presto, el caballero que herido encontró en el aposento de Lisinia vuestra madre es Rosimiro. ¡San Telmo! Pues agora con la vida pagará el atrevimiento. Pues ¿cómo así en mi presencia? Escuchadme agora y luego haréis lo que os pareciere, porque a todo estoy dispuesto. Que caí herido en el cuarto de vuestra hermana confieso, mas me hirieron en la calle no por ella y, padeciendo la inquietud de una agonía, entré en el jardín que abierto acaso estaba y llegué al cuarto tan sin aliento que en él caí sin sentido, mas os hago juramento que ni antes la vi ni entonces, y esto que digo es tan cierto que pudiera estar hablando conmigo en aqueste puesto y no conocerla yo. Y es tanta verdad aquesto que soy yo y no me conoce. ¿Qué escucho? ¡Feliz suceso! Este retrato podrá quitar la duda. (Aquí entro yo con mis pistolas.) Yo se le di y está bien hecho. Es verdad, mi hermana es. Pues yo que es razón advierto que quien por mí ha padecido sea mi esposa y mi dueño, si es que merezco esta dicha. Y yo aquí, como primero me dé licencia mi hermano, gustosa mi mano ofrezco. Es felicidad tan grande que yo, hermana, te lo ruego. Y agora, señora, yo, lleno de humildad... Teneos, porque la princesa nunca ha de decir que se ha hecho esto con engaño alguno. Sabed, señora, que el muerto escultor, ¡oh don Leandro!, es mi hermano, que supuesto fue todo, porque su amor quiso todo padecerlo. Don Lepanto de Ribera, ¿es este querido dueño? Pues sepa el mundo también, ya que miro lo soberbio de mi altivez, que casarme yo hoy no es haber depuesto de mi corazón lo ingrato, sino artificio violento de... No prosigáis, señora, que también fue fingimiento de mi amor, porque el pesar no os matara, de que el tierno amor se os hubiese entrado en la dureza del pecho, que yo no entiendo de hierbas, y creed que para esto no son menester hechizos, que es pasión que pone el cielo en todos los corazones. Yo la industria te agradezco. Esta, señor, es mi mano. ¿Cómo? Pongo impedimento. ¡Aparta, loca! ¡Ah, villano! Y yo, señora, la beso. Ea, Lagartillo, al punto sed mi esposo. Yo obedezco, y El hechizo imaginado aquí tiene fin. Laus Deo.