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Texto digital de Los guzmanes de Toral

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los guzmanes de Toral. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/guzmanes-de-toral-los.

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LOS GUZMANES DE TORAL

JORNADA PRIMERA

El sétimo Alfonso viva. Rey de Castilla y León. Eterno el nombre reciba, pues en su heroica opinión el cielo de España estriba. Viva más que un ciervo, amén, coronada la cabeza, que Alfonso es hombre de bien. Ya del Reye y su grandeza aquí las muestras se ven. Saldrán a besar la mano a Alfonso. Y digo lo mismo; él es príncipe cristiano. Hoy cuenta el moro en guarismo su poder, no en castellano. Ya que el juramento ha hecho Vuestra Alteza en el misal, y con tan justo derecho del más precioso metal se ciñe y adorna el pecho, todo el suelo castellano se llegue a besar la mano. Sentado, Manrique, espero. ¡Qué agradable! ¡Y qué severo! Será otro español Trajano. No podéis llegar. ¿Por qué? Porque os falta la nobleza, como en el traje se ve. Siempre el vestido es corteza en mí. Dejad, llegaré: que soy noble, y tan igual del Rey, que su sangre es mía, y aun no le está, pienso, mal. ¡Qué grande descortesía! ¡Sal, bárbaro! No hables tal, que el bárbaro solo es, en cualquier noble opinión, el que tiene, según ves, en el cuerpo la ambición, por alma el propio interés. Del concierto salte fuera. Yo saldré ¿¡tratadme bien! ¿Qué es eso? El enojo altera, y el imperio hace también ser aquel que nada era. Este bárbaro quería llegar a besar tu mano. Bien pudiera yo este día dejar tu esperanza en vano, satisfaciendo la mía. Pero yo un bárbaro soy, no en la sangre : en el vestido; aunque este que traigo hoy, por cortesano he tenido. Conociendo quién es voy... Si habéis de darme la mano, luego. Rey, tiene de ser. porque aunque en besarla gano, tengo en mi solar que hacer, do huelgo de ser villano. ¿Quién sois? ¿Importa, señor, para dársela a un vasallo, el conocer su valor? Sí. ¡Pues yo por cejo hallo ese vano pundonor! Venid acá ¿hacia el mar, del humilde al mayor río no suele, al fin, caminar con alegre curso frío, codicioso de llegar? Claro está. Decidme : ¿en él no les ofrece los brazos, a quien el bóreas cruel hace tal vez mil pedazos, rompiendo el turquí dosel? ¿A sus aguas no recibe con un mismo amor y nombre? Eso la razón concibe. Pues si es ansí, ¿por qué un hombre que con alma y razón vive, cuando es rey, que es como el mar, a todos no ha de admitir, si de él se van a amparar? ¿Para qué ha de dividir, si un amor obliga a amar de los arroyos los ríos en actos que son de amor? Ahora ellos son desvaríos, ¡pues la muerte hace, señor. iguales los señoríos! Mostradme acá, y besaré la real mano y me iré. ¡Notable resolución! —No sé qué luz la razón disfrazada en este ve.— Primero habéis de decirme quién sois. Pues me lo mandáis, harelo, señor, por irme hoy, pues lo deseáis. —Casi provoca a reírme.— Mi padre, que yace muerto, fue Rodrigo Pérez, vivo, de Guzmán ¿del sexto Alfonso el vasallo más querido. Su origen no lo refiero, pues los anales antiguos vienen a ser en sus hojas de sus hazañas testigos. Casó con doña Brianda de Castro, cuyo apellido tantos blasones honraban que os cansara el referirlos. Cuando Sancho, que Dios tiene, del Magno Fernando hijo, a quien dio muerte en Zamora con un venablo Bellido, lo ayudó a librar al conde Pedro Ansúrez, y les hizo pasare para Toledo, asegurando el camino. Volvió a reinar vuestro abuelo, y él, de aquesto agradecido, le hizo notables mercedes, y Atlante, señor altivo, del peso de su privanza, cuyo imperio mero y mixto fabricó el tiempo, y el tiempo como es mudable, deshizo. La causa fueron traidores que con lisonjas contino son de las reales orejas engañosos cocodrilos, y heredar vuestra Castilla y León, dos reinos ricos, doña Urraca, vuestra madre, a quien por parienta vimos que repudió don Alfonso, Rey de Aragón, y en un liso, mármol yace sepultada; siendo igual, señor invicto, al más mínimo vasallo u a mí. que es decir lo mismo. Desposeído mi padre de mil honrosos oficios; desengañado y contento, que es harto, habiendo tenido poder, ser el desengaño amado del que ha caído, a nuestra casa, a Toral, con su familia se vino. Allí, en un gabán envuelto, pardo; un palo por estribo de sus canas, muchos años se sustentó su edificio; hasta que la muerte airada, dando a su guadaña un filo, volvió lo que fueron rosas marchitas, cárdenos lirios. Pero antes que diese el alma al que a su imagen la hizo, al darme su bendición, estas razones me dijo: "Hijo, Payo de Guzmán, que el nombre heredáis antiguo de mi casa y de hombre bueno, pues que Guzmán es lo mismo, bien sabéis que os he criado, no con intentos altivos de ambiciosas dignidades, de la vida paroxismos: pues al que más las pretende, habiéndolas poseído, parecen sueños, despierto, donde se perdió el juicio. Bien sabéis que en nuestra casa sois heredero legítimo, y que el traje que traéis hoy. por imitar al mío, no es de caballero, no; mas es de un hombre que ha sido desengañado del bien, que jamás estuvo fijo. En él quiero que viváis, no obligándoos el vestido a que los actos de noble pierdan en vos sus oficios. Vuestra vida, vuestra hacienda, —¡advertid con lo que os digo!— perderéis por vuestro Rey, mostrando que sois mi hijo. Mas de buscar al palacio os apartad, que es bullicio que no entiende el que lo toca cuando más bien lo ha entendido. Con lo que os dieron los cielos y yo os dejo, en este sitio estad. Payo, muy contento, sin ser más desvanecido; que la ambición y los cargos sirven sólo, poseídos, de pena, cuando se dejan, y de hacer viejos los niños. El que viviere contento con lo que tiene, ese es rico; que no está la gloria humana en más que en lo que os he dicho." Aquesta razón postrera de suerte su impresión hizo en mi pecho, que contento con lo que tengo he vivido. Hoy supe que Vuestra Alteza, que guarde el cielo los siglos que han menester sus vasallos, y que yo a voces le pido, se coronaba en León, donde con leal regocijo, para besarle su mano, dejé el grosero vestido; éste hice de Contray y poniéndome en camino vine a ocasión que la jura fin, señor, había tenido. Llegué a besarle su mano, adonde, como habéis visto, este hidalgo lo impidió; mas yo, a vuestros pies rendido, la beso : y pues ya lo he hecho, a la casa donde vivo me vuelvo, y contento en ver que como noble he cumplido ya con las obligaciones de mis progenies antiguos. Si me hubiereis menester, en Toral. Alfonso, vivo. Dios os guarde, y vuestro imperio se extienda hasta los indios. ¡Detened a Payo! En vano será, que ese corredor baja, no cual viento vano, mas cual rayo volador en tempestad de verano. ¿Que este es Payo de Guzmán? Este es, señor, el mancebo a quien las montañas dan de Diógenes nombre nuevo. Sí ¿esos pendones que están en la iglesia de León, de sus heroicos pasados satisfacen la opinión. Él gobierna sus estados mejor y con más razón que ningún rey de la tierra, pues sabe el cuerpo huir a la invidia, cuya guerra imposible es resistir. De la corte se destierra, y cual filósofo vive en su casa, en su solar, donde las pompas prohíbe, sin esperar en el mar que humana ambición concibe. ¿Quién fue el que aquí le impedía la entrada? Yo, gran señor. Besar tu mano quería ansí... Pues fue gran error, y no os suceda otro día. A nadie impidáis la entrada, que me quisiere hablar; no esté la puerta cerrada al que viene a negociar, que oír al humilde me agrada como al grande. No entendí que era Guzmán al que agora has visto tratar ansí, porque el traje le desdora. ¡Traje es que le invidio aquí! Él vive para gozar de la quietud, y es razón su vida, Álvaro, invidiar. pues reprueba el ambición por no temer ni esperar. Hoy a León y a Castilla heredo, y entro reinando en su generosa silla, y aquí le estoy invidiando aquel traje que le humilla. Porque aunque os ha parecido muy extraño aquel vestido, es sin lisonjas cortado: y si a vos no os ha agradado, le viene a un Guzmán nacido. En una yegua subió, y dejando atrás el viento, de palacio se salió. Vive en su casa contento. Alon.so a. Estado es que invidio yo. Alas ninguno reciba en mi casa sin consejo. ¡En todos esto se escriba! De España eres el espejo. ¡Viva Alfonso! ¡Alfonso viva! Vive Dios, que estoy corrido de que ansí me haya hablado el Rey. Mucho se ha ofendido que al Guzmán hayáis tratado hoy ansí. ¿Aunque conocido hubiera el enojo injusto que con su casa la mía tiene, por aquel disgusto que sabéis? Aqueste día no fue, lo que hicistes, justo. Esto para entre los dos. Bien lo conocí ¿mas quise señalarme aquí, y, ¡por Dios, que aunque la razón me avise que no he de hallar en vos acogida de mi intento, que su vida han de quitar mis manos! Tal pensamiento, primo, debéis olvidar. ¡Vos no tenéis sentimiento! Nuestra sangre está ofendida de la suya. ¿Cómo ansí? ¿No es cosa bien conocida? ¿Si muerto a mi padre vi por la mano fementida del suyo! fue en desafío. ¿Qué importa? Aquí me tenéis al bien y al mal. - De vos fío que en todo me acudiréis, al fin, como primo mío. Desta suerte... García viene. El Rey grande enojo tiene de que fueseis tan cruel con Payo. Su Alteza enfrene el rigor, que si con él algo anduve demasiado, fue que no le conocí. Solo eso os ha disculpado. Guárdeos Dios.—¡Contino vi odio en él, que fue agraviado!— Bien puedes aquí aguardar, que la seora doña Aldonza dice que te quiere hablar, cuya hermosura es peonza en este juego de amar, pues su soberano gusto anda tras ti alrededor. ¿Vístela? Decirte es justo cómo de su resplandor gozó este talle robusto. ¿Entraste a su cuarto? Sí,- suelto e! cabello la vi. íQué, tocábase al espejo? Donde tomaba consejo si era hermosa. ¡Acaba, di! Mas, ¿qué me canso, si sale ya a verte? Señor hoy con vos no es bien se iguale el cielo. ¡Ay, Aldonza mía!, cuando de esa luz se vale. ¡Hermosa venís! Pudiera más. a ser menor el enojo, el que mi firmeza altera, cuando para cielo escojo la luz que en vos reverbera. ¿Enojo? ¿De qué. mi bien, si sabéis que vuestros ojos son tan solamente quien de mí ausentan los enojos, siendo mi gloria también? De ver que os habéis tardado en verme. Destos balcones, orientes del sol dorado, soy en todas ocasiones el galán más porfiado. En ellos me halla el alba, cuando por montes de oro viene y le hace el campo salva, esperando al sol que adoro; mas la ocasión miro calva, pues nunca en ellos os veo; y hoy, en la coronación, pensó veros mi deseo, mas también vi a la ocasión que burló lo que poseo. Por eso aqueste envié hoy a veros. Vuestras quejas son las mías. ¡Bien, a fe, vos venís a aquestas rejas de noche, García! ¿No sé! Preguntadlo a las estrellas que en ese cielo se miran y a quien cuento mis querellas hasta que al mar las retiran de Febo las luces bellas. Preguntadlo a esas paredes, cuyos mármoles estimo, y a quien siempre vencer puedes en la dureza que imprimo en tu pecho, aunque la excedes. Pregúntalo... ¡Quedo! , a mí me lo puede preguntar, pues siempre el motilón fui que te vine a acompañar, hecho hombre reloj por ti. Pregúntelo al sueño mío, a quien di más cabezadas en mi desdén u desvío que a una bota da estocadas un francés, si el vino es frío. Y pregúntalo al amor, que yo sé que te dirá... ¡Que en todo eres hablador! ¡Muy bien entendida está de don García la flor! ¡Otra dama galantea! ¿Celos? Ésta es la verdad. Si otro amor mi amor desea, máteme vuestra beldad con decir que no la vea. Plega a Dios que si otra dama me hiela, Aldonza, o me inflama, que me mate tu desdén cuando más aguarde el bien que mis esperanzas ama. Plega a Dios... Voces no des. —¡Si de su mano le deja, más pliegues verá después que en su faz muestra una vieja y un cuello de sayagués!— Atájese este plegar, con mostrarle más sereno este golfo de la mar. Plega a Dios que si no peno por ti, hasta ver llegar lo que más vivo esperando, que no vengas a ser dueño de mi amor, Aldonza. Y cuando duermas que te falte el sueño, aunque el lecho sea blando, que es la maldición mayor. Y si yo no tengo en ti. García, todo mi amor, él me falte. Aqueso sí. Plega a Dios que su rigor hiera, García, a mi vida con flecha de plomo adonde no sea correspondida, si mi fe no corresponde a la tuya agradecida. Plega a Dios que en ese punto seca mi esperanza sea con amor y olvido junto. Lo que más amare vea entre mis brazos difunto. Plega a Dios... No hay que hablar, ¡basta!, ¡que el triunfo ha salido hoy en los dos del plegar! ¡Tú eres mi dueño querido! ¡Tú el sol que me ha de abrasar! ¡Oh, mi amigo don García! Bella Aldonza, ¿qué decís? Que un siglo desde este día os gocéis, Rey, pues vivís por sol desta monarquía, para honrarme, gran Señor. Téngoos, prima, grande amor. Merécelo mi cuidado. Siempre el mío habéis pagado. Vuestro invencible valor siempre me ha sabido honrar. García, ¿sabes a qué aquí te salgo a buscar? Que me estás honrando sé solo. Pues vete a aprestar para hacer una jornada. ¿Dónde? A Toral. ¿Pues qué intentas?- Ver lo que a Payo le agrada, y adonde viven contentas sus esperanzas. Posada es su solar donde sé que hay cuatro o seis labradores. Luego a lo que digo ve, que hoy los dejará. Favores son debidos a la fe de tantos antepasados que esta tierra han defendido; pero serán excusados intentos, si él ha nacido tan exento de cuidados, el pensar que ha de venir a la corte. Yo le haré su inclinación resistir, porque con traerlo sé que me vengo a prevenir del gobierno de las leyes; demás que siento, García, que entre gañanes y bueyes viva un hombre que podía ser espejo de mil reyes. Digo, señor, que lo aciertas. Ven. Pues ir allá conciertas, ¡no veas su bella hermana! Toda tu sospecha es vana. ¡Ay!, que son los ojos puertas por adonde fácilmente el alma a el amor concibe. Con los rayos de tu oriente, ¿qué luz, bella Aldonza, vive? Tuyo soy eternamente. , Pues le lees la cartilla en la frente, en vano pides celos. El temor me humilla. Hoy traigo un nuevo Aristides al gobierno de Castilla. Suelta la yegua al prado y vente luego, Tirso. Iranse luego. Ya a mi tierra he llegado y ya a mi casa antigua a mirar llego entre aquella espesura, plaza en verano contra el sol segura. Gracias a Dios que miro ya por la chimenea el negro humo salir, adonde aspiro más que al real palacio; en quien presumo que son camaleones los hombres, sustentados de ambiciones. Altos soberbios montes, contentos recibid a vuestro dueño. que en vuestros horizontes se halla alegre, sin buscar el sueño de pretensiones vanas, de la quietud y de la paz tiranas. En vuestras claras fuentes hallo las aguas puras y suaves, que en copas transparentes me ofrece el cielo : y las cantoras aves me hacen aquí salva, dándome alegres lo que dan al alba. No me niega el verano, entre vosotros, matizadas flores; del almendro temprano hasta el camueso, dan fruto y olores, que entre estas verdes faldas primero son capullos de esmeraldas. Estese allá en la corte el que la guerra y la inquietud desea; téngala por su norte, que yo más precio ver esta librea que abril al campo ha dado, que cuanto goza el Rey, pues es prestado. Más precio ver al día risueño amanecer por llamas de oro, y huir a porfía las estrellas en viendo su tesoro. haciéndole sus rojos rayos Argos al mar con tantos ojos, que cuanto el mundo precia; pues, siendo todo vano fingimiento, es vanidad muy necia hacer estimación de lo que es viento. ¡Dichoso el que ha sabido solamente excusar su bien fingido! La yegua maneada paciendo en ese arroyo queda el heno, y en viendo la posada del sitio tan lozano y tan ameno. "Aquí mi pancho hincho'', me dijo, pronunciado en un relincho. "¡Ansí—le dije—sea!", y allí la maneé. La hermana mía, dando al campo librea, a verme sale como el mismo día. Con Mireno y ¿Qué gusto con aqueste, ¡ay Dios!, se iguala? Escucha la musquina de Silvio y de Mireno, escucha atento, que, par Dios, que es devina. ¡Ah, dulce soledad!, yo estoy contento de ver vuestras verdades, sin adorar humanas majestades. Venga norabuena nueso amo a su tierra, venga norabuena. Olvide la corte quien vivir desea, pues traen sus glorias por sombras las penas. Vanos vientos son todas sus promesas. y el que en ellas fía en el mar se entrega. Ciego es el que aguarda sus canas en ellas, pues un desengaño es la paga cierta. Venga norabuena. Tanto, hermano, habéis tardado, que imaginé que la corte en algo os había prendado, siguiendo más claro norte que en el que estáis eclipsado. Dadme, hermana mía, los brazos. Y el alma en ellos. ¡Oh. dichosa compañía! Enlaza a todos los cuellos. Oigan todos a porfía: idos llegando despacio, que para todos habrá. ¿Y tú cómo estás reacio en no llegar hacia acá? Estoy de esperanzas lacio. Pardiez, Pascuala, que vengo de la corte enquillotrado. Ya con celos me entretengo. ¡Bien puedes, que me he casado! ¡Bien puede la hija de Mengo. Pascuala, desde hoy tirar I ¿Yo? ¡Sí, pardiós! ¿Y con quién me has dado tanto pesar? ;Con quién?; con una sartén que oí a la puerta chillar, más bella, en un bodegón, que tu cara cristalina; allí dejé mi afición y allí hizo su musiquina bailar mis ojos a son. Mas socediome al mirarla un soceso endiabrado. ¿Y fue? Yendo a enamorarla, de sus chellidos prendado, quise llegar a tocarla con la mano. Mas detrás de una puerta se asomó un hombre, algún Barrabás era, aunque sospecho yo que era su galán no más; y con dos palmos de un palo, al asilla yo, me dijo: "¡Soltad, que quema el regalo!" Pero yo, que ya la rijo en mi mano—¡estonces malo fue el consejo!—, respondí: "¡Oh!, no la pienso dejar." Él volvió a decir: ";No?''; "Sí" le dije, y sin porfiar más de lo que he dicho aquí, sonando en mí cual sonajas, hizo el palo maravillas donde, sin hacerse rajas, volvió órganos mis costillas, ¡unas altas y otras bajas! ¡Guarda fuera! Esto en León, como digo, me ha pasado. Ansí la coronación vi de Alfonso, que admirado lo dejo, en resolución. No sé si lo hicistes bien, que un Rey se suele enfadar de libertades también. Yo soy rey en mi solar; su favor ni su desdén no temo. Pues que allegamos a casa, sacad la cena; cenará entre aquestos ramos ¡La gana es muy buena hoy! La cena aparejamos. A punto está. ¿Y es? Un capón tierno, al fin. cual los de acá. ¡Buena nueva! Un perdigón también no te faltará, donde gastes un limón. No en balde mi casa estimo. ¿Hay ensalada? Borrajas, que entre dos platos exprimo con su aceite, que en tinajas fue del tiempo fruto opimo, y con vinagre también ¡que hace gestos al probarlo! Pan, ¡que ansí, señor, estén mis manos! Por verdad hallo que este es sólo el mayor bien. Id, sacadme aquí la mesa. "Yo os he de dar de cenar. Si sobrare alguna presa, sabedla diestra arañar. ¡De tu desgracia me pesa! Venid, traeréis al señor la cena. ¡Ah, quietud querida!, del mundo eres bien mayor, donde está libre la vida de adorar en un favor. ¡Venga norabuena nueso amo a su tierra, venga norabuena! Saca la exhalación el sol dorado, y luego en la región del aire puro brama, soberbia, derribando el muro, el tosco roble, el olmo levantado. Ejemplo viene a ser del que es privado y nunca previniendo lo futuro, ingrato al Rey, de condiciones duro, rompe el ser que le dio de entronizado. De estos fue aquel que mi vestido viendo, sin respetarle, con rigor esquivo quiso ofenderme cuando no le ofendo. Dichoso yo, que sin envidias vivo en mi sosiego, donde sólo entiendo que si gozo algún bien de él lo recibo. La cena, señor, está aquí. Llegad esa silla. Siéntate. Algo canta. ¡Crespo, vaya una letrilla! La canción del alba va: í Siéntase Pavo y cantan mientras cena.) Sobre hojas de flores escribe el alba letras de rocío, donde a los ruiseñores manda que canten al compás de un río, que ceñido de murta la plata a una montaña alegre hurta, cuando Mireno llora al pie de un sauce verde su cuidado: "¿A quién la hermosa Flora dio la librea de que viste el prado, mirando en su esperanza cómo secó la suya una mudanza?" ¿Qué te parece de aquesto? Que esto es gozar de la vida, gran Señor, y. por mi vida, que envidia en mi pecho ha puesto. ¿Acabose la canción? No, señor. Pues proseguí, que más vale estar aquí que no hecho camaleón en palacio. Aunque si el Rey me ha menester, mi hacienda y vida quiero que entienda el mundo que con la ley que lo han hecho mis pasados, tiene de hallar en mí; pues lo que poseo aquí, tierras, casas y ganados, son suyos, y con igual gusto se los volveré, si dádiva suya fue, que es mi señor natural. Lo que quiero que me deis es de cenar esta noche. Payo, pues del sol el coche ausente del campo veis. Señor, ¿vos en esta tierra? Tras de vos. Payo, he venido. ¿Quién tal bien ha merecido? Quien de mí ansí se destierra. Con vos tengo de cenar; no se alborote ninguno. ¡No reproches, importuno! Digo que se ha de adorar: híncate aquí de rodillas y date en los pechos. Quedo. que do miedo hablar no puedo. El gozo me hace cosquillas. De vello contentó esto... —¡Pardiós!, ¿cuándo no reposas?— porque me ha de dar mil cosas. ¿Qué son cosas? ¡Qué sé yo! ¡Digo que lo habéis de hacer! Si así me apretáis aquí, cenaré con vos ansí, sólo por obedecer. En esa silla os sentad, que aunque alguno se me atreve, sé el respeto que se debe a la real majestad. ¿Cómo?, estáis en vuestra casa. Vuestra es, señor, aunque es mía. Sentaos, por vida mía. De merced y favor pasa la que llena de honor hallo; mas no dirán de mi ley que me iguale con un Rey, siendo un humilde vasallo. ¡Qué bien que te ha respondido! Con el canto proseguí, que luego sabréis de mí, Guzmán. a lo que he venido. "¡Ay!—dice—Anarda bella, en el rigor de tu crueldad nacido, sólo culpo a mi estrella: pues solamente por mi mal ha sido quien estorbó, señora, que amanezca tu luciente aurora." La bebida al Rey le den. Ya tu hermana sale a dalla, que yo vengo de avisarla. Quedas tus manos estén, que te hará el Rey matar. Tengo, ¡pardiós!, de comer. No habléis alto. De beber. Ya se lo vienen a dar. Rey Alfonso de Castilla, a quien justamente dan nombre de Numa en León, aunque en tan pequeña edad, aquí tenéis la bebida: clara es como su cristal la voluntad, gran señor, con que don Payo os la da. Bien sé que en esta ocasión. que tanto, señor, honráis su persona en estos campos, quisiera, no este solar tener para recibiros, mas un palacio real como aquel que a Constantino el ingenio singular de Paro le labró en Grecia; mas donde fuerzas no hay, deben los reales pechos estimar la voluntad. Bebed, invicto señor. ¡Cielo, de la tierra alzad! ¿Quién es esta dama. Payo? Doña Greida de Guzmán, mi hermana, que, como yo, vive en esta soledad, libre del mar de la corte. —Y es de la hermosura mar.— De beber, Greida, pedí, y ya satisfecha está el alma de todo cuanto aquí pudo desear. Levantaos. Bebed, señor. —¡Qué donaire celestial!— Digo, Greida, que he bebido: aunque veneno será brindado con vuestros ojos, que luces al cielo dan. —García, ¡gallarda dama! Amanecer le podrá a la más bella en León.— Alzaos, Payo. Perdonar puede aqueste atrevimiento vuestra Alteza, y pues está en el campo, echar de ver que en él servido le han con voluntad solamente y al uso de por acá. a tratarme como a rey aquí, ¡viniera a pensar que no sois el que me han dicho!; y veréis esta verdad contemplando la llaneza con que me asenté a cenar con vos—¡donde al sol he visto! Pues, ¿no os habíais de sentar? Esa por acá estimamos, y ansí, en tanto que aquí estáis, no os faltará un ordinario. y es lo que me agrada más. Un sabio pintó al Amor en un diáfano cristal, dando a entender que ha de ser claro como la verdad, sin cumplimientos ningunos. Este os tengo, y ansí va mostrado sin más lisonjas que las que mirando estáis. ¡Qué galán es el Rey! ¡Quedo! Sí, mas Tirso es más galán. ¡Hace burla enhorabuena!, que a fe que me ruegan ya. : Burla? ¿De qué la ha de hacer, si soy un Narciso? Allá os desvía de la moza, ¡que es doncella! ¿Pues qué haz? Nada, Pascuala, ¡pardiós! —¡Él ya quisiera empascuar!— ¡Oh, hideputa, cortesanos! Mala Pascua y mal San Juan me dé, ¡si no sois más linda que un oro! Cierto collar de azabache os traigo aquí... ¿Y quién lo tien de tomar? Vos. ¡Ojalla, pajarón! No haré sino pellizcar. ¡Harre allá! ¿Traes pellizco? Algo más se seguirá, que andan como agua y anís los pellizcos y el besar. No hay de excusaros de aquesto. ¿Adónde decís que está? Aquí a mi amo dejé, que se sentaba a cenar. Aquel es ; ¡dale! ¿Qué es esto? ¡Traición! ¿Al Rey respetáis de aquesta suerte, villanos? ¡Qué notable ceguedad! El Rey está aquí, ¡huyamos! No se nos escaparán si en las alas de los vientos piensan más que el sol volar. Prendé ese villano. ¿Yo? Preso estoy. Él nos dirá quién son los que así huyeron. Señor, atento escucha. ¡Triste Verveco, hoy le ahorcan! ¿Por qué me habían de ahorcar? En casa entraron dos hombres, por don Payo de Guzmán preguntaron, y yo aquí se lo venía a enseñar. ¿Qué? ¿Contra él fue la traición? A él le venían a buscar, señor. ¿Con máscaras, cielo? A los pies del Rey llegad, ¡que os dé el premio o el castigo que ya mereciendo estáis! Las caras les descubrí. Más bien cubiertas están, que si son, señor, traidores, como lo muestra el disfraz, os matarán con la vista. Las máscaras les quitad. Antes la vida nos quita. Después os la quitará su Alteza. ¡Cielos!, ;qué es esto? ¿Urgel y Álvaro? ¡Que están pidiendo a voces perdón! ¿Cómo os he de perdonar, si venís a darme muerte? ¡No quieran los cielos tal! ¡Ah, traidores! A don Payo, de Rodrigo de Guzmán hijo, a dar muerte venimos. Esta es, señor, la verdad, porque se la dio a mi padre el suyo, y tu Majestad ayer a mí me afrentó, impidiéndole el entrar, por él, a besar tu mano. ¿y aquesta fue lealtad? Pues hoy conmigo le llevo a León; y él ha de dar el castigo a vuestros yerros. Mirad qué queréis, Guzmán, que se haga de aquestos dos. ¿Vos a León me lleváis? a eso, Payo, sólo vengo, y no os habéis de excusar. Pues si he de ir allá, señor, aunque mi bien me quitáis, a los dos que están aquí los habéis de perdonar, u no mandarme que vaya. ¡Vos, Payo, los perdonáis! Y les doy mis brazos yo, que ansí pretendo obligar su enojo. ¡Guzmán, al fin!... Por vuestros nos señaláis, trocando nuestra venganza en una eterna amistad. ¿Que a la corte el Rey os lleva? Sí, y aquí empiezo a mostrar cómo ha de usarse del bien y ha de prevenirse el mal.

JORNADA SEGUNDA

Que ya la Sierra Morena contra Toledo ha pasado, escribe, y me causa pena, que el moro es determinado. Sí, ¿mas qué tu Alteza ordena? Enviarle de León y Castilla gente a Sancho, que defienda mi opinión, pues que con aquesto ensancho de mis reinos el blasón. Él es un soldado tal que lo sabrá defender; pero a su valor igual soldados ha menester, aunque tan gran general. Dos mil hombres enviaré en su ayuda, y capitán en don Payo le daré, que basta que sea Guzmán para que con él esté libre del moro Toledo. Puédesle muy bien fiar el bastón, sin tener miedo que no le sepa mandar: esto asegurarte puedo, porque aunque es verdad, señor, que en la marcial disciplina le falta el uso, el valor, que siempre en él predomina con el ingenio mayor, la verdad le mostrará, fuera de que el modo bien de la guerra sabe ya. Quien sabe en todo, también nada de ella ignorará. Él es, con justa razón, por filósofo tenido. Ve y tráeme aquí el bastón. Voy. Allí Aldonza ha salido; direle aquesta pasión. Que vuestra Alteza me llama, Urgel de Armengol me dijo. Sí, Aldonza, que como os ama mi amor, sin veros me aflijo. En los hombros de la fama vuestro nombre heroico viva, porque de él tantas mercedes como me hacéis reciba. Bien de mí confiar puedes, que esto es verdad, y que estriba en tenerte solo amor el declararte mi pena. ¿Que a esto vienes, gran señor? —¡Cielos!, ¿qué Su Alteza ordena?- Siempre de vuestro valor creo que tiene de honrarme. Contigo he de declararme. —Direle que amo a García, si en su loco amor porfía, y de nieve habrá de hallarme.— Bien sé que amas... —¡Sí sabrás que a García Ibáñez estimo!... Pues si enamorada estás, anímame, cuando animo lo que tú buscando vas. Da. Aldonza, con tu favor remedio a un Rey que padece; ¡ansí te dé el suyo Amor! Un Rey el favor merece como natural señor; pero quería saber la causa. ¿Quién puede ser, dime. Aldonza, no has sabido? —¡Paciencia al Amor le pido! ¿Hay más infeliz mujer? El Rey. de mí enamorado está, cuando sólo adoro a García ¿esto ha mostrado, mas fingiré que lo ignoro, cuando él más se ha declarado.— Señor, ¿y qué tanto ha que gozas de esa afición? Ocho días, Aldonza, habrá que aquesta injusta pasión eterna muerte me da. —Cuando con García me vio sola aquí, se enamoró: que el amor suele nacer de ver a otro apetecer aquello que él deseó.— ¿Y qué pretendes aquí, señor, con llamarme a mí? Que tú seas la tercera, aunque puedes ser primera, en decirle mi amor. Di qué es lo que quieres que diga. Bella Aldonza, que la adoro; que a ser un volcán me obliga mi pecho, cuando el decoro real mi pasión mitiga. Que a solas la quiero ver después de esto, y le dirás que reina la puedo hacer. Señor, con cautela vas; tercera no puedo ser, que esa mujer te responde que ya tiene otro galán donde su esperanza esconde, en cuyas dichas están, cuando más la corresponde, todos sus bienes cifrados; y ansí, su conquista olvida. ¡Celos matan mis cuidados! ¿Otro galán? Por tu vida. no de tan altos estados como los tuyos, mas quien sabe estimar su favor. Cayó por tierra mi bien, ¡secose mi dicha en flor y mi esperanza también! ¿Que a otro ama Greida? ¿Quién dices? Doña Greida de Guzmán. ¿A esa amas? ¡Cuándo desdices de mi bien con tal galán y mis dichas contradices! A esa, cuando truje aquí a su hermano, Aldonza, vi en Toral, y le entregué la vida, el alma y la fe. quedando en ella sin mí. Dos noches a su solar he ido desde León, y no la he podido hablar. Forzado de mi pasión. a ti te envié a llamar para que fueses a verla y le dijeses mi amor. pues no hay orden que traerla Payo quiera aquí. Señor, si ansí tu amor te atropella, yo me partiré a Toral y la hablaré por ti. Si, mas póneme mortal eso que agora te oí. Yo, señor, te entendí mal: otra dama pensé fuera la que amabas, y ansí dije que no podía ser tercera, y tu intento contradije. ¿Que otra dama, Aldonza, era la que tiene ese galán, y no Greida? Sí, señor. Vida a mis glorias les dan tus razones, y a mi amor mil dichas dándole están. Mas, dime, ¿no harás por mí lo que digo? Partiré y le hablaré por ti. ¡Hoy a tus pies me echaré! I Señor, no me honres así! Este es... ¿Ay cielos!, ¿qué veo? ¿A los pies de Aldonza el Rey? Da vida a aqueste deseo. El obedecerte es ley. —¡Yo hago gentil empleo!— ¡García! Señor, el bastón está aquí, y un pliego. Di, ¿quién lo envía? Avisos son. ¿Esto, Aldonza, he visto aquí? Mi bien, no tienes razón, que el Rey... ¡A tus pies le he visto! Sí : mas vínome a rogar que fuese... ¡El oír resisto! . a aquel antiguo solar... ¡Que esto es lo que yo conquisto . de... No hay que disculparte: a ti te ama el Rey, y yo desde hoy empiezo -a olvidarte. ¡Cielos! ¿Quién esto causó? ¡Oye! No pienso escucharte. Mi bien... Falsa, desleal, ya no me llames tu bien, sino llámame tu mal, pues que has sabido también engañarme en tiempo tal. Mira que el Rey... ¡Ah. perjura! ;Que no quieres escucharme? Pues otro dueño procura: vete, ¡que no has de hallarme jamás en tu amor segura! Si más te volviere a ver, ni más te volviere a hablar, fálteme la vida, el ser; no venga cosa a alcanzar de la que pretenda hacer. Pues el que con tal rigor celos sin causa ha pedido, sin oír disculpa en su error, ¡es necio y no ha merecido que le guarden fe ni amor! i Oye!... Fuese Aldonza? Sí. Sancho otra vez pide aquí que envíe gente a Toledo. —¡Qué bien despachado quedo!- Ya don Payo sale allí. Deme los pies, señor. Vuestra Grandeza. Bien venido, don Payo; levantaos. Harelo, pues lo manda Vuestra Alteza. Dadme los brazos. ¡Gran señor! cómo estáis? Llegaos, Como aquel que ver empieza la corte de León, aqueste caos en cuya confusión contenta vive la ambición, que del viento alas recibe. Estoy, señor, como el que en medio el sueño está con mil quimeras perseguido, siendo de un descontento eterno dueño. Para que estéis contento os he traído. Pues aquí, gran señor, mi fe os empeño, que el que en mi casa tuve lo he perdido: esto es hablar verdad y entre esta calma decir, Alfonso, lo que siente el alma. No porque siendo yo vuestro criado no tenga gusto siempre de serviros, que esto al mayor señor aventajado y puedo sin temor sólo deciros que atropellar por todo me ha obligado, mas porque es la quietud, libre de carga alguna, quien promete vida larga. Ésta cayó con ella allá en mi tierra, y no os espante que perdida agora sienta la causa en mí que me destierra, aunque en serviros mi esperanza adora. El cordobés Hacen me mueve guerra, y ya en los campos de la Alcudia mora con su gente, don Payo, y hoy pretendo ir su entrada en mis tierras defendiendo. Nadie cual vos para esta empresa hallo, y ansí aqueste bastón hoy os entrego, que pretendo con vos, Guzmán, honrarlo, siendo castigo del Alarbe ciego. Bien sabéis, ¡oh señor!, que soy vasallo que a conocer lo que os importa llego, y si es verdad que aquesto habéis sabido, que a otro deis el bastón, señor, os pido. A Alonso Ansúrez, hijo de aquel Conde que en el Valle de Olid yace eclipsado, podéis dallo muy bien, pues es adonde el valor de su sangre está cifrado. El Manrique, que a Marte corresponde, Sancho como su padre, al fin, llamado, este bastón merece, que él podía vencer a Hacen como a la noche el día. Demás que, si tenéis aquí presente a García, mi amigo, donde miro del muerto Cid el ánimo valiente. y en la fe, gran señor, a un Cinegiro, quitárselo sería impertinente intento. Éste es el mío, con que aspiro a desear vuestro bien. El bastón dadle, y, cual merece su persona, honradle. Que porque no entendáis que me he excusado de ir a serviros, gran señor, pretendo irme con él tan sólo por soldado. Esto es lo que os importa y lo que entiendo. —¡Bien de todos los cargos se ha excusado!— Bien sé, Guzmán, que mi gobierno ofendo enviándoos de aquí, y ansí revoco el bastón, de quien dueño a García invoco; que, pienso, gusto recibís en eso. Él vaya contra Hacen, y vos, don Payo, en León os quedad, porque profeso teneros amistad. Seréis un rayo contra el moro cruel. Los pies os beso. Sin que salga el abril, sin que entre el mayo os habéis de partir. Venid conmigo. Soy tu esclavo, señor. Vos sois mi amigo. Por la merced recibida, los brazos os doy, Guzmán. Aquí los míos están, don García, con mi vida tan sólo a vos dedicados; y esto hallaréis por verdad. Conozco vuestra amistad sin ambiciosos cuidados. Mas pues por vos hoy me ha hecho general el Rey aquí, y en vos siempre conocí finezas de un noble pecho, os quiero reprehender, u, hablando más despacio, deciros lo que en palacio os han querido morder algunos, que han invidiado que os haya traído el Rey. ¿Pues qué han dicho de mi ley tan presto en que me han hallado? No es cosa, Payo, que importa; bien lo podéis remediar, y ved que me atrevo a hablar como amigo: esto me exhorta. Decid. Lo que han dicho es que cómo un Guzmán, que honrada lo trae el Rey por su privado a su corte... ¡Acabad! Pues, ¿ha de traer el vestido aquí como en una aldea? ¿Eso mormuran? Sí. Sea, i y no que traidor he sido! García, bien sabe Dios que no lo hago de avariento ni de pobre, que ese intento que es en vano sabéis vos. ¿Pues por qué el traje traéis de la montaña, y aquí no os vestís del nuestro? Oí, Y, si gustáis, lo sabréis. Decid. Porque yo he venido a León del Rey honrado. y en los cargos que me ha dado, sólo un oficio he admitido; aqueste para servirle tengo : a volverlo dispuesto cuando el sol que nace, puesto sea, y la envidia me humille. Las privanzas son ganancias adonde contino vi que lo que hay de un no hasta un sí son sus mayores distancias. Yo privo y puedo caer: y ansí vengo a conservar mi gusto, con no abarcar aquello que he de perder. Si cayere, la fortuna no me halle con bien ajeno: que está a pique el que es más bueno. sin dar ocasión ninguna. Pues cuando con desigual rigor vea su desdén, si no he conocido al bien, no vendré a sentir el mal. Por aquesto, aqueste traje no ha de apartarse de mí. Con él, García, subí; con él mi privanza baje. Demás que no hay lengua ruda que no diga al que ha subido: "¡Este ha mudado el vestido, también la condición muda!'' Yo no la pienso mudar. aunque vea más claro el día. ni he de ser otro. García, que el que he sido en mi solar. En este traje he vivido, y, ansí, en aquesta ocasión, por no mudar condición no quiero mudar vestido. A tal respuesta no hay quien pueda con razón culparos. Yo me voy. Id a ocuparos en lo que os está más bien. Haced al moro testigo de vuestro valor. Adiós. Él, García, vaya con vos. En mí tenéis un amigo. Albricias me puedes dar. ¿De qué. Tirso? De que viene tu hermana y deja el solar donde su hacienda tiene, más linda que un azahar. más gallarda que una grulla, vestida al uso de acá. con oro como casulla de estas que tien por allá. Pues si paso a la garulla de Mireno y de Pascuala. Albano y Martín, ninguno en León se iguala a su vestido y en fin, ya se entran por esa sala. Sal alegre a recebirla. que viene como una Pascua. Saldré a ofenderme y decirla mi parecer. Hecha un ascua viene también mi carilla. Con el deseo, señor, ya de llegaros a ver. juzgo el tiempo por mayor que en mi casa solía ser. Mucho debo a vuestro amor. De vuestra rara hermosura penden sólo mis cuidados. y en su luz serena y pura los que, cual yo, son privados del Rey. su gracia segura tienen, que en esta ocasión no es sol, pero viene a ser alma de vuestra ambición. Con que aquí venís a ver grandezas que viento son; y ansí, pues os vengo a hallar tan bella en este lugar, como mi reina y señora, me dad vuestra mano agora, porque os la quiero besar. ¿Yo reina? ¿De cuándo acá te trata tu hermano ansí? ¿Desconocidos nos ha? Siempre que me honraste vi... A ver a Su Alteza entra, señora. ¡que está aguardando alegre a Vuestra Grandeza! ¡Él está desvariando! Señor, ¿qué tien la cabeza? ¿No echas de ver que habrando con tu hermana estás? Vení. y Su Alteza os verá ansí. Si haber, don Payo, venido a veros ha merecido que ansí me tratéis aquí: si la privanza os ha hecho que ansí me desconozcáis. y ansí perdéis el derecho de la sangre que miráis mía en vuestro ingrato pecho; si porque el Rey os ha dado cargos y os ha levantado a este puesto en breves días. ¿qué os pone esas fantasías? ¡Mal. Payo, lo habéis mirado! Pavo. ¿Vos tenéis mi sangre? Sí. ¿Pues no sois la reina vos que a Alfonso le traen? Di, ¿no conoces a los dos? y aun cuatro que están aquí. Que es tu hermana. No mi hermana doña Greida es. Aparta: él tien la cabeza vana, pues ¿con quién habrando está? ¿Su mercé está muy galana! Yo soy Verveco. Y Mireno yo también. Ésta es la moza que bien os conoce. Bueno. mas el venir en carroza y no en carreta, entre heno, aquello le hace ver. Volvámonos ya de aquí, y advertí que ese poder que en vos tan soberbio vi puede venir a caer. A veros yo he venido sólo obligada de amor, y pues me habéis recibido ansí, lleno de rigor, cansado de haber subido, quedaos con Dios: advirtiendo que me vuelvo a aquel solar, donde viviré muriendo. ¡solamente con pensar esto que hacéis y estoy viendo! Por esa misma razón no os conozco, y se ha engendrado en mí aquesta presunción con que me habéis sepultado en una justa pasión. Es verdad que yo tenía allá, en Toral, una hermana; ésa, como yo. vivía en hábito de villana, no cual venís este día. Cuando partí, le mandé que no saliese de allí, ni que el mirar con la fe que el Rey me trataba a mí loca vanidad le dé. Y por cuerda la respeto, y ansí no habrá de venir como os miro. ¡Que os prometo que me diera que reír su proceder indiscreto!: pues, cuando yo no he querido aún dejar aquel vestido que saqué de allá, obligado de saber que, si he ganado, me puedo mirar perdido. fuera gran locura ver tan soberbia una mujer, aunque yo esta dicha gano. ¡que ha de obedecer su hermano en lo que hubiere de hacer! Mas si aquestos todavía dicen que la hermana mía sois... ¡Que es ella, señor! . en el traje labrador muy mejor me parecía. Hasta que en éste la vea. que no le he de hablar crea; y ansí, pártase de aquí y vuelva adonde nací. Déle Toral su librea, que si su color resiste. cuando en él su honor consiste, desvanecida y liviana, ¡no la tendré por mi hermana, si con ella no se viste! —¡Zampoje!— Tirso. ¿y a mí no me conoces? Tampoco, que como serrana os vi, y ahora con seda. ¿Estás loco? ¡Pardiós, que os desconocí! Como estás entronizado y eres de Payo privado, no me quieres ya, ¡traidor! Sí. ¡a la he! ;Pues el amor? Va yo lo tengo olvidado. ¿Y mi honra? Ilda a buscar, que yo no os pienso hablar. ¿Quieres ya a otra cortesana? ¡Estáis acá muy galana! ¡Aguarda! No hay que tratar; hasta que volváis a ser serrana, no os pienso ver. Pues, ingrato, ¿por qué, di? Porque.... porque estáis ansí. A tomillo habéis de oler, antes que os conozca acá. ¿No es bueno el traje que ves? Muy bueno; mas con él ya a pedir os vezaréis, y el diabro no os sufrirá. También sé que... Aquesto ha sido porque mudé de vestido. Volvámonos a Toral. ¡Pardiós, que él lo ha hecho mal! ¡En mal hora hemos venido! Estos memoriales son los que te pido que veas. Agora no hay ocasión; y yo gusto que los leas, y encargo su provisión. De soldados son, que piden lo que les debes, señor. y con la razón se miden; mas, don Payo, por mi amor, que pues estorbos no impiden que estemos solos aquí. que tú te iguales a mí: que te cubras y te sientes. Gran señor, eso no intentes. porque yo estoy bien ansí. Tengo contigo que hablar cosas de importancia. Creo que en pie lo puedo escuchar. Igualarte a mí deseo. y te tienes de sentar, u me enojaré contigo. Por obedecerte digo, señor, que lo quiero hacer; mas la silla ansí ha de ser. ¿Qué en vano, Payo, te obligo? Señor, yo he de ser discreto en saber del bien usar; tu vasallo soy inquieto no ha de traerme el privar para perderte el respeto. Sentado estoy bien ansí, pues cumplo tu mandamiento y no estoy igual a ti. Conozco tu entendimiento. Mas óyeme atento. Di. Bien sabes que he procurado, después que te he traído en mi corte, haberte honrado; ansí sólo has admitido, de amparar siempre obligado los pobres, ser regidor de León. Ansí es, señor. Pues en ti he de echar de ver, con lo que tienes de hacer, a lo que llega tu amor conmigo. Necesidad tengo. Payo, que un tributo se reparta en la ciudad: no que quede en estatuto en ella... Señor, pasad adelante. Este ha de ser entre todos los vecinos pagado, y tienes de hacer hoy, pues son intentos dignos de tu leal proceder, que la ciudad lo conceda. ¿Y cuánta es la cantidad? Treinta mil ducados queda que los pague la ciudad. ¿Cuándo, señor? Cuando pueda, como no pase de un año, dándome agora los veinte. Conmigo has andado extraño en mandarme que me siente, y puedo llamarle engaño. ¿Para obligarme a hacer una tan gran sinrazón me sentaste? Echo de ver, Alfonso, que estas no son cosas que he de conceder; y ansí, me levanto en pie, de impedirlas obligado, solamente porque sé que si te hablo sentado, a concederlas vendré. Y respondo que León no puede ese pecho dar. ¿Servir su Rey no es razón? Cuando lo pueden llevar los vasallos. ¿Pues no son ricos? No. señor ¿y ansí, porque conozcas de mí cómo servirte deseo, te he de dar lo que poseo. Cuando me trajiste aquí diez mil ducados me diste con que pusiese mi casa; esos, de quien dueño fuiste, tengo, y con mano no escasa, pues siempre larga la viste en tu servicio, señor, te vuelvo, con otros tres que en Toral tengo. Mi amor, tan ajeno de interés, reconozca tu valor, echando también de ver que ha sido el no conceder con lo que aquí me has pedido. el saber que injusto ha sido lo que has querido imponer. Por esa lealtad me da los brazos, que me aconsejas solo lo que bien me está. Veo del Reino las quejas, las voces que dando está. Que me encamines te ruego lo que me importa; que en pago de la fe que en ti a ver llego, hoy mi igual, Guzmán, te hago: la joya que a muchos niego te doy por mujer. Señor, ¿quién es? Aldonza, mi prima. Conozco su gran valor, y como a sangre la estima de Vuestra Alteza, mi amor. Pues a Toral nos partamos, que allí Amor hará que pueda ser Aldonza tuya. Vamos. Fortuna, detén la rueda, que ya a la cumbre llegamos. Mas si del bien que me ha dado contino el Rey, me ha pesado, ¿qué importa que del me prives? Pues cuanto más me derribes vengo a estar más levantado. No marche el campo ya, pues esta carta de Sancho, alcaide de Toledo, dice que nos volvamos a León. ¿La causa? Porque el rey cordobés Sierra Morena ha vuelto a atravesar desde Almodóvar. donde había llegado con su campo, y deja la conquista que emprendía. Pues pasemos aquí la noche fría, que con su negro manto nos ha dado a probar la humedad de sus tinieblas, que mañana el helado Guadarrama a pasar volveremos. De la guerra, sin haberla probado, vencedores. ¡Alto!, planten la tienda en estos prados, y cada cual para pasar se aplique las horas que la noche nos durare, pues agua nos ofrece Manzanares que estos alegres campos fertilizan, por que den a Madrid con mil olores sabrosas frutas entre helecho y flores. Y, en fin, ¿que viendo el alba volveremos a la vieja Castilla? Sí. don Álvaro; Sancho nos da este orden en su carta. y por otra sabrá el Rey que volvemos, y hemos de obedecerle, que es mandato de Su Alteza. Pues vamos, y haremos que nos armen las tiendas los soldados. —¡Mientras que lloro yo ausentes cuidados de mi hermosa Aldonza, de la aurora que ha vestido de luz mis pensamientos con la belleza de sus luces bellas. como el Sol en la noche a las estrellas!— Tres caballos he muerto en aqueste viaje hasta alcanzar el campo, cansado de cansarme. Dejome allá en León mi amo a que hablase por él a doña Aldonza, gloria de sus pesares. Fui a verla, y me dijeron que fue a Toral a hablarle a Greida : después supe que en él ha de casarse... Mas, ¡quedo!, ¿qué es aquesto? Hacia allí un hombre sale; debe de ser soldado: harele que me hable y a la tienda me lleve de don García Ibáñez, mi amo. ¡Ah!, ¡caballero! ¿Llamáis? Oíd, escuchadme: ¿del general cuál es la tienda? ¿adónde yace en los brazos del sueño, que es hora que descanse? Con él hablando estáis. ¡Señor, dicha tan grande! ¿Godínez? ¿Qué es aquesto? ¿Qué? Venir a buscarte y decirte que Aldonza. a quien me encomendaste que viese, se ha casado. ¿A eso vienes? ¡No hables! ¡Calla la infame lengua! ¡Nombre me das de infame cuando a la posta vengo sólo por avisarte, hechas, señor, cecinas las extranjeras partes! Ven acá, amigo mío; ¿búrlaste, acaso? Dame a entender si es verdad, porque adoro su imagen. Pues que se casa digo, aunque de sus altares seas el monacillo, el crego o sacristane. ¡Aparta! Ya me aparto: pero quedito dame, ¡que temo que me has muerto! Con tu amigo el más grande la casa el Rey Alfonso. ¡Paciencia y consolarte! ¿Con quién?, di. Con don Payo, aquel medio salvaje que ha traído a León. ¡Sean mis ojos mares! ¡Ah, falso, ingrato amigo!; ¡por eso me ausentaste, dándome este bastón, rayo que ha de matarme! Por aquesto fingiste ansí desestimarle. ¡y por quitarme el bien en mí lo renunciaste! Y tú, falsa sirena, que has venido a encantarme para darme la muerte, ¿tan presto me olvidaste? ¡Mas mujer que es querida. al compás que la quieren a ese olvida!- ¡Mal haya aquel amante que el alma deja en animal tan fácil! ¡Alto!, partamos luego a León. ¿Tú qué haces? ¿Y tu honor? ¿y la gente que el Rey te entregó? Parte, y prevenme dos postas; ¡más, Godínez, no hables! ;Pues el bastón, señor, que el Rey te dio? El alarbe moro se vuelve a Córdoba; yo, a León a vengarme. Ve, y más no me repliques. No pretendo enojarte. porque colgar me puedes de un álamo gigante destos de aquese rio. Cruel, ¡que se casase!... Que se ha de casar di, y tienes de quedarte tú a escuras. Sin sus ojos, ¿qué sol podrá alumbrarme? ¡Mas mujer que es querida, al compás que la quieren a ése olvida! ¡Mal haya aquel amante que el alma deja en animal tan fácil! Seáis tan bien venida a aquesta vuestra casa. Aldonza bella, cuanto de mi querida habéis sido por fama, aunque fue estrella con el sol que he mirado la que de vos el mundo me ha contado. A ser vuestra criada, hermosa doña Greida. hoy he venido, por fama enamorada de vos, cuando León no ha merecido gozar de esa hermosura. Que no goce mi bien Payo procura; aquí quiere que viva en este traje, Aldonza, hasta tanto que marido reciba. De su rigor me admiro. V del me espanto, pues lucir no me deja. Con justa causa vuestro amor se queja. Mas yo sé, Greida hermosa, que tenéis un galán apasionado, y aun con queja forzosa de que a sus esperanzas no hayáis dado el justo acogimiento. Será Su Alteza! Sí: vistes mi intento. Él me dijo, señora, que a sus quejas cerrastes el oído, y sé que en vos adora. basta ya : si habéis venido con aquesos favores a vestir a mi rostro de colores, que no me habléis os ruego en cosa que parece burla, y tanto que yo a enojarme llego. No os cause, hermosa doña Greida, espanto, que mi primo os estima, y sólo en vos a su esperanza anima. Queredlo como es justo, que de un rey el favor no fue cordura no admitirlo. Ni justo parecerá, Aldonza, al qué mormura. no siendo a honesto intento. Del favor nace, Greida, el casamiento. Que el Rey os ama creo, y a Toral a que os viese me ha enviado. Si aqueste es su deseo, la luna luce con el sol dorado, tal vez, Aldonza, aunque ella la luz recibe de su antorcha bella. Con intento tan santo, pues me tiene también enamorada, le diréis que su llanto, Aldonza, tendrá fin : que esta posada es suya, y que me vea. ¿Y cumpliréis, al fin, lo que él desea? Pero ha de ser primero con voluntad. Aldonza. de mi hermano, porque sin él no espero que Su Alteza, aunque Rey, toque mi mano: que seré en este juego, gustando Payo, nieve de su fuego. Que esto os he respondido, a Su Alteza diréis. Señora, el Reye con tu hermano ha venido. Sal a verlos al punto, porque es leye que te alegres con ellos, cuando nos vuelven aún los campos bellos. La gente que se apea al pie de aquella fuente del castaño, al mayo hermosea. y aún no lo he visto tan florido ogaño: pues Tirso, no vi guindo con fruta que mostrase estar más lindo. Tras de mi se ha venido por veros. Greida. sólo. Su cuidado de mí estimado ha sido. Vamos a recebirlos. Ya han entrado. ¡Oh Aldonza!, ¡oh Greida hermosa! En que honréis nuestra casa soy dichosa. Primo, señor, ¿qué es esto? Sabiendo que a Toral habíais venido, vine a veros, dispuesto de daros lo que en ella habéis sabido que en la corte os he dado para aumentar vuestro dichoso estado. Señor, yo llego agora aquí de Miraflor, donde diez días he estado, a ver la aurora de Greida, sol de las montañas frías. —¡Y en cuya luz adoro!— —i Yo en vos también, señor!— Lo que es inoro. Pues sabed, prima bella, cómo os tengo casada. —Con García será. ¡Dichosa estrella! ¿Si habrá vencido al moro?: que este día que ansí el Rey le ha premiado, sin duda que habrá sido por soldado.— ¿Y con quién Vuestra Alteza me hace tal favor? Con el que estima más mi real grandeza: con Payo de Guzmán os caso, prima. Que es quien loco se siente de ver que le amanezca vuestro oriente. Esta noche la mano habéis de darle aquí. —Pasó mi gloria como cometa vano, dejando a don García en la memoria. aunque ya muerto, vivo, pues por dueño al Guzmán desde hoy recibo. Mas sufrid, pensamiento: no lo deis a entender tened paciencia, pues al entendimiento le da vuestro valor la suficiencia para callar, hablando cuando os ofrezca la ocasión el cuando.— ¿Qué respondéis a aquesto? Que la que gano soy. Rey poderoso. A amar estoy dispuesto vuestra hermosura, siendo vuestro esposo. Vuestros son mis favores. ¡Echó mi dicha el resto! ¡Hola, pastores!, serranos de esta sierra, mi dicha celebrad en dulce canto, a toda aquesta tierra de mirtos despojad y de amaranto. viniendo coronados, que envidia deis a los floridos prados. Cisnes en vez de gansos corred para que canten dulcemente, viendo su muerte mansos; vestid de alisos verdes esa fuente, que aquí llega encañada, por que sombra nos dé con su enramada. De flores las paredes entapizad de toda esta portada. Y aún más, mandar más puedes. Y luego una famosa encamisada trazad para esta noche, pues gozo al sol en su dorado coche. No queden invenciones que a vuestro modo aquí no tracéis luego, sin que las dilaciones en vosotros dispongan su sosiego, ¡que voy de amores loco! ¡Óyeme, ingrato amigo, aguarda un poco! ¿Quién es? El que has ofendido. Dame esos brazos. García, ¡Aparta, Sinón fingido! No me toques, que podría matarme tu injusto olvido. Si es porque te hice enviar adonde sin pelear vuelves, según escribió Sancho, ¿soy culpado yo? ¡Bien lo sabes disfrazar! Cuando en Aldonza adoré, ¿con ella haberte casado? ¡Bien has pagado la fe con que siempre te he estimado y tu privanza apoyé! Que Aldonza tu amor servía, yo jamás supe. García; que a saberlo, ¡vive Dios, que no hubiera entre los dos aquesta descortesía! Pero escucha, que aún remedio tiene: yo no estoy casado... Ya no hallo en mi mal medio cuando estás enamorado y el Rey está de por medio. Si sabes de mi valor, que nunca en el bien se mide con ambición de señor. ¿por qué has de dudar que olvide por el honor al amor? Es verdad que enamorado de Aldonza estoy; pero aquí, García, el tuyo he mirado: y no he de perderte a ti por mirarme yo ganado. Tú amas a Aldonza, y hoy quiero dártela como primero. ¡para que eches de ver hoy, don García Ibáñez, que soy tu amigo el más verdadero! Muy bien sé que atribuirán a poco amor, los que están mirando si soy Leandro en amor, que sea Alejandro de esta Campaspe un Guzmán ; mas aunque esto no es verdad, quiero que sepa, García, el mundo en aquesta edad que te doy lo que quería por no perder tu amistad. Tanto me vas obligando, que por ti mi amor olvido; oye ... No me estés llamando. que lo que hoy hecho ha sido tu mesma razón mirando. Goza, pues fuiste el primero, De este tu amor verdadero. echando de ver aquí que te estimo más que a mí, pues te doy lo que más quiero. No harás tal, que no has de verme que dejo de amor vencerme y la ley de amigo olvido. García, esto no es fingido; como en cristal puedes verme el alma; lo que te digo has de hacer; no hay que excusarte por cortesías conmigo. Con Aldonza has de casarte, u perder de ser mi amigo. Ejemplo del amistad mayor que la antigüedad dijese. Vuelve. ¡Señor! Él es el mayor valor que se ha visto en nuestra edad. Sabrás ... Todo lo escuché. Con bien vengas; y ya sé que te vuelves con la gente.· Sí, pero tu Alteza intente premiar tan heroica fe. ¿Qué premio hay a hazaña tal? Ninguno ha de ser igual. Él es quien sabe más bien cómo ha de usarse del bien y ha de prevenirse el mal.

JORNADA TERCERA

Sol hermoso de estos valles, Despertad, que el alba sale. Premiad al que viene a nuestros umbrales a ofrecer humilde deseos gigantes; mostradle el oriente donde su luz nace. que cual mariposa procura abrasarse. Despertad. que el alba sale. Parad, suspended el canto. por cuyo acento pudieran a la razón reducirse de estas montañas las fieras. Godínez ,vaya a enramar los umbrales de la puerta. Que, si es oriente, es la caja de la más hermosa perla. Yo iré; pero no querría. cuando tanto la celebras, que algún mastín vomitase. circuncidador de piernas; que en el mar de estos desiertos, cuando no lo consideras, suelen ser ellos Jonases, y estas caserías, ballenas. Mas pregunto, que hasta agora no he sabido cosa cierta: ¿qué te obliga a amar, señor, a mi seora doña Greida. hecho un Píramo de amor y un Tántalo de sus rejas? ¿Qué a dejar a doña Aldonza, que ha tanto que galanteas? Ser hermana de don Payo, querer casarme con ella por emparentar con él. Tu intención es más que buena. Diole el Rey a doña Aldonza; llevásteme tú la nueva; por la posta vine aquí: fue tan grande su nobleza, que me la devolvió, Godínez. Y esto con tan grande fuerza de amistad, que no ha podido hacer que su mano bella vuelva a tocar don Alfonso. Esto me obliga a quererla. ¿Amistad te ha parecido? Y por la mayor la cuenta mi lengua que España ha visto. La mía se lo reprueba: antes no ha sido amistad. ¿Cómo o por qué? Toda hembra viene para cruz del hombre, cuando por los pasos entra de casamiento en su casa: los mismos seguirá aquesta. Sintió la carga el Guzmán. y, como tanto penetra, echote su cruz a cuestas, sacudiéndola del hombro, ¡Mira si grandeza ha sido! ¡Disparate! Acaba; llega y enrama su puerta. Voy. Y vosotros, a la negra noche dad solaz cantando por que mi sol amanezca. Sol hermoso destos valles, despertad, que el alba sale. ¿Estás aquí? ¿Qué hay, Godínez? Cosas que no me contentan. Habla, dime lo que has visto. ¡Visitas una doncella recogida, a aquestas horas! ¡No enrames! ¡Demos la vuelta!, y piensa que un infanzón que embozado salió fuera de su casa, a su guitarra pretende tocar las cuerdas, ¡si ya no la ha destemplado! ¿Embozado? Por la puerta lo arrojaban cuando yo llegaba a enramarla. Espera... "Adiós", al cerrar le dijo el postigo, y mujer era. ¿No le conociste? No. Calla, pon freno a la lengua, que no tanto por mi amor cuanto por Payo me pesa de lo que has visto esta noche. Antes que el alba amanezca, nos podremos recoger, pues una esperanza fresca fácilmente se reduce, del desengaño contenta. Godínez, en breves días, en mí pudo tanto aquesta, que sólo pudiera el dueño sosegarme en tantas penas. Pues reducción, si has mirado que otro cultiva la tierra con más ventura que tú. ¡hablando con reverencia! ¿Será labrador? No. no; rugimiento hubo de seda. ¡Ah, facilidad humana! ¡ah mujeril fortaleza edificada en el aire cual prodigioso cometa! Volvámonos a León, y para que me divierta de este enojo, proseguí, cantad, y estos montes sepan que a ellos vine enamorado, mas que un desengaño ordena que el amor trueque en olvido, ¡por ser a quien es la ofensa! Labradores de mi casa. hora es ya de ir a la siega; despertad, ¡hola!, que el día abre del zafir las puertas, y antes que en puntas el sol de oro le engarce sus perlas más bien se logra el trabajo. A gozar del aura fresca. Ya vamos : no más dé voces. Toda la casa despierta, y temo alguna desgracia, si aguardas a que nos vean. Bajemos hacía ese valle. adonde Fernando espera con los caballos. Bajemos. Pascuala, dame sospecha lo que me has dicho, que es Payo ese que abrir vio la puerta; y si es él, soy muerta, amiga. El lobo está en la conseja. Más de quinientos villanos la batalla nos presentan, que por esa esquina asoman. Ahora bien, Godínez, llega y reconoce quién son, que puede ser que este sea de doña Greida el amante que a echarnos del puesto vuelva. ¿Eso te causa cuidado? Yo, el galgo : ¡por liebres cuenta. aunque tantos, los que miras en huir por esas cuestas! —¡Temblando voy de un leñazo!— Siempre estimé tu destreza. ¡Soy valiente peleón I ¿Quién va aquí? —¡Qué caras feas!- ¿Vos? Un hombre que servir a vuestra merced desea. Godínez soy, un lacayo que ha venido a aquesta tierra con don García, su amo. amante de doña Greida, que es el que allí se retira. Con esa música tierna vino a ablandarla esta noche: llegó a sus dichosas puertas, oyó este monte sus quejas; mandómelas enramar, aunque postrero hoy se cuenta de mayo; fui, y vi salir, de cierta serrana abiertas, un embozado fantasma y alma para él en pena. Donde después que lo supo, sus esperanzas resueltas en humo, a León se vuelve, pesante que una doncella a la sombra de la noche un hombre en su casa meta, y sospechoso, ¡por Dios!, cuando la tuvo en honesta opinión, que habrá sido organista de sus teclas, —¡Vive Dios, que es un bellaco quien confía de mi lengua! Secreto todo lo he dicho, mas el miedo, ¿qué no cuenta?— Pues decidle a vuestro dueño que sosegado se vuelva a la corte, que el que ha visto de aquí salir es en ella el más noble, y es esposo de la misma que festeja. Que no se canse en rondar sus ventanas ni sus puertas, inquietud de sus criados y de su opinión ofensa. Y a vos, si de lo que vistes decís algo que se sepa en León u en la montaña, os haré cortar la lengua. ¿La lengua? ¿Para qué sábado? —¡El miedo me bambolea!— Ven, Pascuala, y tú ven. Vamos. que la espada va doncella. ¿pardiós! No siendo mi hermano quien salir vio. como cuentas. a mi esposo, nada importa. Nada, pues tal bien espera. ¿Qué hay. Godínez? Ya se han ido. y nosotros demos vuelta a León. ¿Quién eran, di? Tres sabandijas envueltas en tres capas, que temblaron solo de oír la aspereza de mi voz: de las serranas que aqueste solar encierra de Guzmán son los amantes. Lo que el amo ama desean. Bueno anda el honor. ¡ah cielos! De mi amigo. ¡Ah. ingrata Greida. tu liviandad sabrá Payo. cuya sangre y casa afrentas! Nadie ha de pasar de aquí. Habemos de acompañar a quien premiar sabe ansí. A su Alteza habéis de dar las gracias. Y luego a ti. No hay en la corte soldado que hoy no queda despachado; muy bien se pueden volver a sus fronteras y hacer como quien va bien premiado cada cual, pues el valor sin el agradecimiento ofende a su mismo honor. En cualquier soldado siento nuevos deseos, señor ; que el premio, en quien solo estriba esperanza, ya ganado. de toda queja le priva. Vos no halléis sosegado; vuestro nombre eterno viva, pues los servicios premiáis que a costas de nuestras vidas por don Alfonso miráis, ¡y a vos están ofrecidas! ¡Guzmán. un siglo viváis! ¿Cómo un siglo? ¡Eterno viva por Atlante de León! Paso, que en Alfonso estriba sólo aquesta provisión. Vuestra voz a Alfonso siga. que yo no soy más que un hombre que lo que él le manda ha hecho. Tu prudencia es bien que asombre, pues lo que has hecho deshecho no quiere por ello nombre. Adiós, señores. Él dé el laurel a vuestra frente, premio a tan heroica fe. Porque dure, cual prudente, ¡el premio a mis pies pondré! Fácil se puede creer; pues cuando me hizo mujer vuestra, premiando al valor de Toral el Rey. señor don Payo, lo pude ver. A vuestro amigo me distes; sin causa me despreciastes; mal en hacerlo anduvistes, pues ya que no me estimastes, al menos me merecistes. El mereceros, señora, niego, y confieso estimaros. Queda de probar agora por qué a Ibáñez pude daros, cuando vuestro amor lo ignora. Que si la causa sabéis, a grandeza atribuiréis lo que el mundo a poco amor. Muy bien sé que fue valor, cuando amistad le tenéis. Tan sólo aquese respeto, viendo que él idolatraba en vuestro hermoso sujeto, que de mí quejas formaba, loco, de celoso inquieto. me obligó, Aldonza hermosa. a hacer lo que entonces hice. cuando a mi esperanza ociosa de vuestro amor satisfice, ya infeliz, si antes dichosa. ¿Que me quisiste? Es cierto, que adoraba en vuestros ojos, que eran de mi nave puerto; que estos injustos enojos. Aldonza. me tienen muerto. Pues yo. si os he de hablar verdad. y he de confesar lo que siento. he de deciros que mil días de suspiros no me obligaran a amar tanto como lo que hicistes con García; el amistad que contra el tiempo escribistes, esta liberalidad en que a Alejandro excedistes. me obligó a que os tenga amor; y ansí mío habéis de ser. que amigo tan superior, en trato con su mujer lo sabrá tener mejor de esto. Habéis de dar la mano a mi amor. Soy el que gano: pero García primero se ha de casar. ¿Por qué? Quiero ver ese imposible llano. No porque García limite mi voluntad ni la quite. mas porque en juegos de amor no diga algún jugador que le hice de falso envite. Por su prima le ha enviado el Rey a Vizcaya, y creo que tarda ya. Él casado. daré vida a mi deseo. premiando vuestro cuidado. ¡que, vive Dios. que os adoro! Y¡ Él mismo vive!, que tengo en vos mi amor y decoro. por quien a merecer vengo estatuas de bronce y oro. ¿Que me queréis mucho? Sí. ¿Y ha de faltar eso? No. Hoy que mi amor vistes… Vi. ¿Quién ha de premiarle? Yo, porque para vos nací. Esto, a pesar del rigor del tiempo. Payo. y también del Rey. natural señor. Gente viene. Adiós, mi bien. Adiós. dueño de mi amor. ¿Qué bien puede ya faltarme? Pon clavo, Tiempo. en tu rueda. ¡Todo León llega a amarme! Tu gobierno en todo aprueba. Por ver que sé contentarme. sin ser ambicioso en nada, con lo que truje a su corte: pues cuando mi hermana amada desea gozar su norte. aún en Toral eclipsada la tengo, porque no diga ninguno que la privanza a vanidades me obliga: que no hay segura esperanza en el mar ni en el que priva. Pero ¿qué mi hermana hará? Que con Pascuala estará en su contina labor. siempre deseosa. señor. de que tú vayas allá. Y si va a decir verdad. que allá huéramos quijera. Pídele a su Jamestad licencia. que vamos siquiera dos días. De honestidad Es ejemplo Greida, y creo que traer la puedo a León. ¡Sí. señor! ¿Qué es lo que veo? Un papel de aquel balcón cayó. Muestra. Toma. Leo: ''A Don Payo de Guzmán" dice el sobrescrito; ¡cielo!, ¿qué avisos en él vendrán? ¡Que ya de abrirlo recelo! Mas aquí me avisarán de alguna cosa que he hecho mal en el hoy, mis amigos. Con razón no lo sospecho, pues tus mismos enemigos confiesan que andas derecho. Abro el papel. Eso sí. Si algo me enmiendan aquí, acerca del gobernar, bien será por ignorar, y no por malicia en mí. "Cuando miráis por la casa real, la vuestra, Guzmán, a quien tanto honor le dan, por vuestra hermana se abrasa. Sola, aunque lasciva, pasa en Toral: mas es el día. Que en viendo la noche fría —yo testigo—, un galán que ama es dueño en mesa y en cama de su mayor monarquía. "Volvé a cobrar el honor que ella, necia, os ha quitado; cásense, si él la ha igualado, que es el consejo mejor; si no, matarle es valor."' —¡Cielos! , ¿qué leo? ¡Ay de mí!— "que, esto hecho, queda aquí vuestro honor, Payo, vengado él, de su traición pagado, y ella, sin su gusto ansí." ¿Si es lo que he leído sueño? ¿Si es lo que he mirado encanto? ¡Que aunque encanto y sueño, el llanto debe ser del alma dueño! ¡Cielos! ¿adónde me empeño? ¿Cómo al Rey sirviendo obligo, cuando algún falso enemigo es con mi hermana Sinón de la mejor opinión que en hombros del mundo sigo? Pero si siempre mostró quilates de honestidad, ¿creeré que aquesto es verdad? Sí, ¡que es mujer!... Pero no... ¡Mas la más prudente erró! Mar es su mejor intento ¡sin ser la de más asiento! y cuando el amor la inquieta, la más hermosa, imperfeta, y la más constante, viento. ¡Ah, vana y loca hermosura, fabricada en verdes años, venganza de tus engaños, sin fama, mi honor procura! tras ti voy, falsa, perjura. inconstante, injusta, cruel, vana, arrogante, infiel, que a la venganza mayor principio dará mi honor, si motivo este papel. ¿Venís solo, don Payo? Acompañado del valor de serviros solamente. —¡Ay de mí!—Sólo está aqueste criado. Pues sálgase de aquí y diga a la gente de la guardia que nadie sea osado de entrar aquí mientras que yo no intente otra cosa. Yo voy, señor, al punto. —¡Y oliendo, de temor, como un difunto!— Don Payo amigo, Alcides de mi cielo, sobre quien con firmeza mi privanza fundo, mientras que el sol alumbre el suelo dando sus luces general bonanza, bien sé que os causará el amor recelo que os hable ansí, pensando que hay mudanza en algunas acciones de mi intento, y encamino a otro fin mi pensamiento. De cualquiera manera que en servirte me ocupes, ¡gran señor!, estaré loco. De esto puedes, sin duda, persuadirte. ¡cuando tu nombre por mi dueño invoco! A la cumbre más alta he de subirte que con el mando de mi imperio toco. Siempre, invicto señor. las fuerzas mías tendrás al bien, al mal. como confías. Sabrás que a Urgel y Álvaro he enviado. oyendo lo que hiciste con García, por mirarle, Guzmán, quieto y casado. y a ti, mi Atlante en esta monarquía, por mi prima doña Ana. Esta he pensado casar con él, porque el hermoso día de doña Aldonza alumbre tu esperanza, cuando solo un Guzmán tal dicha alcanza. Esto, no en orden para honrarte sólo, mas para que a igualar vengas mi alteza y yo de aquella Dafne sea Apolo, que pudiera vencerla en la dureza. ¿De quién dices, señor?, De la que es polo donde el eje. Guzmán. de la belleza lleno de estrellas solo el desdén mueve, no en valles de zafir, pero de nieve. De tu hermana, don Payo, enamorado estoy, y ha de ser reina de Castilla, en viéndote contento desposado con la que es de hermosura maravilla. Cuando has, señor, a mi humildad honrado tanto que la has llegado hasta tu silla, no sé qué te responda, Pero escucha, ¿sabrás que en tal sujeto es honra mucha? ¿Qué dices? de doña Aldonza, por quien hoy levanto a Toral hasta el mismo firmamento, que ni me admira ni me pone espanto; mas que quieras hacer tu casamiento con mi hermana—¡ay cruel!—eso repruebo. ¿Por qué? Señor, aconsejarte debo. Porque soy vasallo, tú Rey eres, y haremos diferentes consonancias; fuera de que los muchos pareceres acerca, gran señor, de las distancias que hay desde tu valor a la que quieres vendrán a hacer tan grandes disonancias en León, que el que es cuerdo sea tenido por loco, y sin por qué desvanecido. ¿Pues no casó mi abuelo Alfonso el Sexto con Zaida, hija de un moro? ¿Qué te espanta que yo este casamiento haya propuesto? Sí, pero era, señor, su Alteza infanta de Sevilla, y agora, en este puesto, ¿qué está mi hermana Greida? Aunque fue tanta la nobleza que dieron mis pasados a su sangre, no tiene esos estados. Yo se los quiero dar, ¡y amor lo diga! No repliquéis en ello. En este intento, perdonadme, señor, que aquesto diga, no he de venir jamás, ni lo consiento. —¡Ah, si supiera el Rey lo que me obliga I Dad a Greida otro noble casamiento, que le estará mejor que vuestra Alteza. ¡Qué necio estáis! Conozco su bajeza. Señor, digo que en cuanto honrarme a mí con el heroico aumento Si de casar con ella tengo gusto, ¿quién lo podrá impedir? Señor, no hay fuerza que pueda resistirlo, mas no es justo. ¿ Y quién podrá, don Payo, hacer que tuerza, aunque España me dé nombre de injusto, cuando tu ingratitud así me esfuerza, que de León no salgas desterrado? Nadie. ¡Pues vete luego! i Y voy honrado! Yo partiré, señor, e iré contento, no porque ansí me excuso de servirte, mas porque salgo de seguir el viento de la privanza, ¡peligrosa sirte! Yo te he honrado sin causa y fundamento, y no puedo, don Payo, ya sufrirte tantas y tan sin orden libertades. ¡Paso, señor, que ofendes mis verdades! Que me has honrado en tu León confieso; sin fundamento, no: que lo han dejado pasados míos, de quien ser profeso imitador, muy más que tu privado; y aunque culpado sea de este exceso, volver te quiero lo que en él me has dado, que aunque es poco, señor, al fin concluyo mi deseo con darte lo que es tuyo. A mi quietud dejé, de ti vencido, adonde precio más dos claras fuentes, desnudo a un prado y por abril vestido, que los puestos más altos y eminentes. La grana con que el pecho me has ceñido del Santo, cruz y asombro de las gentes bárbaras, arrancándola del pecho vuelva a tus manos, que merced me han hecho. Da el hábito famoso de Santiago y de León el noble regimiento a quien pague mejor que yo te pago, deseando siempre tu mayor aumento; que yo, cuando de ti me satisfago, a mi casa me parto muy contento de ver que tu privanza no ha podido desvanecerme aun a mudar vestido. ¡Ah de la guarda! ¡Alfonso Ansúrez! ¿Hola? La gloria de Vizcaya ha ya llegado, en hermosura peregrina y sola. Todo León, señor, le ha acompañado, que en servirte tu amor hoy acrisola. A un disgusto cruel, gusto le has dado: entre doña Ana de Haro, porque luego a Toral tienes de ir. A que entren llego. —¡Confieso que el Guzmán prudente ha sido, aunque delante mi real grandeza ha andado libre, al paso que atrevido I— Los pies le dé a su prima vuestra Alteza, y a mí. que por su gusto la he traído. ¡Oh pariente don Lope!, mis abrazos daré a los dos. Aquestos son mis brazos. ¿Cómo mi prima viene? Viene buena. ¿Y vos. don Lope? Estoy para serviros, de gusto, viéndoos. Rey. el alma llena. Para el descanso entrad a preveniros. Obedecer mi voluntad ordena. Bienvenido, don Álvaro. Deciros puedo que ausente, Aldonza, vuestro he sido. —¡Cuando gano a mi prima voy perdido! — Las escuadras de la noche, en el campo de los cielos. hacen retraer al sol, temeroso, al mar huyendo, cuando las altas montañas con sus libres arroyuelos de que las dejan mormuran en la prisión del invierno. Platos. ¿Qué es la causa, di. que con tal autoridá cenas y comes ansí. diez días ha? ya de ser serrana salí. El dueño de mi afición. de mi ser, de mi opinión, que ansí me trate ha mandado. Sin duda que te ha casado allá tu hermano en León, pues te hace mudar vestido, dispuesta aun el comer diferente que has vivido. De quien pienso ser mujer esta mudanza ha nacido. Importa tratarme ansí, que su grande autoridad lo pide. ¿Es el Reye? Sí. Perdone su Majestad. Serlo espero. Proseguí. No hay pájaro en tronco o rama que no sienta el duro hielo, flor que marchita no llore ausencias de sus cabellos. —¿Qué es lo que mirando estoy? ¿Vestida de cortesana mi hermana comiendo hoy, cuando por ser tan liviana no es reina ni feliz soy? Neguela al Rey, ¡ay de mí!, no porque a su sangre, no, deje de igualarle aquí: pero porque me obligó lo que en un papel leí. El sí no le quise dar, porque era injusta razón, si otro la pudo gozar, por honrar yo mi opinión, a un Rey, mi dueño, engañar. Mas desimulando quiero llegar.— ¡Oh, Greida I ¿Quién es? Tu hermano. ¡Señor! Que espero... Denos su merced los pies. ¡Pascuala! ¿Aparta, grosero! ¿Cómo no te has levantado y a recebirme has salido, Greida? Como el nuevo estado, si a ti te ha desvanecido, a mí también me ha trocado, no te cause. Payo, espanto. Proseguí con ese canto. ¡Ah, infamia de mi nobleza! ¿Cortar te haré la cabeza, si hablas! —¡Aqueste es encanto! — ¿La cabeza a mí?, ¿pues quién puede ser a eso bastante? ¿Estás loca, mujer? Bien; ¡paso, que estás arrogante y aun atrevido también! Quien esa mudanza aprueba es el Rey. que es ya mi esposo. Mira si camino lleva lo dicho. ¡ingrato, ambicioso! —¿Ya ha llegado acá la nueva?— Cuando a León te fui a ver, muy peor me recibiste: y ansí, pues reina he de ser, te he de dar lo que me diste. Al fin, fin, fácil mujer; ¡levántate de ese asiento! ¿Sabes que estoy en mi casa?, ¿que lo que dices es viento? ¿y que el impedir me tasa la vida tu casamiento? ¿Sabes que ha derribado mi privanza por el suelo, pues por haberlo estorbado —¡bien sabe la causa el cielo!— vuelvo del Rey desterrado? ¿Sabes que vuelvo a gozar la humildad de mi solar? ¡Quizá con menos honor!... Pues, Payo..., hermano..., señor..., ¿quién te lo pudo quitar? Tuya es mi sangre, mi vida; no temas, tu hermana soy; que si era desconocida reina, con serlo ya estoy a tu amor agradecida. Habla y siéntate a cenar. ¡Solos hemos de quedar! Quitad esa mesa luego. —¡Aqueste encendido fuego me hace todo trasudar!— —¡Quien me ha ofendido sabré agora!— —¡Qué confusión!— Gente sube acá, a la he, señor. Daos, Payo, a prisión. ¿A prisión, García? ¿Por qué? No sé. A León habéis de ir. Lee el decreto. Resistir, sabremos. ¡Calla! ¿Prender? ¿Prenda allá algún bachiller de estos todo presumir! ¡Prenda allá un almidonado siempre virote emplumado entre el Cambray embutido! A uno que por ser marido se viste como el soldado. ¡vendiendo caballería! ¡A un Don Sobre-Berbería! y a un coche puede prender, ¡que es quien suele cometer más delitos cada día!; que a mi amo, no, ¡pardiós! Yo he leído, ¡y dice aquí que preso vaya! Mas ¿vos venís a prenderme a mí, García? Con estos dos, que os han de dar libertad. Al fin, fueron enemigos. Sí, Payo ¿mas la amistad, aquestos montes testigos, obliga a nuestra lealtad. El Rey os manda prender, y a mí; pero mi caballo os libre de su poder. Halla en mí lo que en vos hallo cuando os hube menester. Y no hay que esperar a más. porque en gran peligro estás. Quedando ansí satisfecho, porque nunca un noble pecho pagó mal por bien, jamás. Esto, don Payo, haced y que es lealtad nuestra ved. Eso no, que si lo hiciera, mi valor escureciera; y ansí os pago esa merced, no con irme, mas con ir preso con los tres al Rey, porque quiero más morir, agradecido a esa ley, que, ingrato, huyendo, vivir. Vos no habéis de ser traidor por darme a mí libertad, pues cobro yo más honor en daros una lealtad que en mi libertad mayor. Y si es que aquesto es ansí, preso he de ir con vos aquí, porque a voces diga España que estimé más la hazaña de vuestra lealtad que a mí. Mirad. Payo, que os importa el huir este rigor. Hermano, el enojo acorta ansí del Rey, que es valor, pues cualquier cosa reporta el tiempo. Fiad de mí y de los dos. que hagamos que su enojo temple ansí su Alteza. Ahora bien : huyamos, pues me aconsejáis, de aquí. ¡Y si a ser venís privado alguno, ejemplo tomad! Yo os doy lo que me habéis dado. Pavo. Yo gano esta libertad de haber bien del bien usado. Y yo me parto de aquí, donde no sé si he de verte más. ¡Acuérdate de mí! Si es que sabes de mi muerte, ¿publica que fue por ti! ¿Pues qué, Pascuala, ha causado Tirso? ¡El alma no reposa! ¿Qué os lleva con tal cuidado? ¿Qué, Godínez? ¡Ser hermosa y veros a vos al lado! ¡Linda bestia! Esto ha de ser: vos habéis de ir a León, que ansí lo manda hacer el Rey, Greida. ;A qué ocasión? No lo podemos saber; que prendiese me mandó vuestro hermano. Que os llevase, señora, a Miraflor yo: que el orden allí aguardase que su Alteza no me dio. Pero, sin duda ninguna, en León entraréis mañana. Veo tan varia mí fortuna, que a dar crédito se allana sólo al mal que la importuna; mas su palabra me dio... ¿El Rey? ¡Él la cumplirá! ¿Quién tal desdicha causó? Payo a privar volverá, ¡o no seré Ibáñez yol Nace en el hombre, cuando al mundo nace, derecho de cumplir obligaciones, y aquel que más usare estas acciones, más a la tierra y cielo satisface. El Rey, cabeza de su imperio hace, a quien en bajas u altas condiciones siguen los miembros ¿porque ansí blasones honran, que el tiempo volador deshace. Si imitan, según esto, la cabeza, y esta no paga deudas, obligada, indigna viene a ser de real alteza. Greida, tu causa está bien sentenciada: hoy ceñirás con inmortal firmeza laurel de amor, mi obligación pagada. Loco de alegre, León que entre la grandeza aguarda de su Alteza. Ya se tarda, don Lope, y tienen razón de mostrar tanto contento, cuando solo con mi gusto, si bien que lo hecho es justo, me caso. Tu real intento. ¿quién lo puede reprobar? Mas, ¿por qué, invicto señor, mandas prender al valor de España, al que supo dar en toda noble ocasión, con singular maravilla de fe, a León y a Castilla bastante satisfacción?; y más cuando tu cuñado, para honrarle más, lo has hecho. Don Lope, porque sospecho que ha de estorbarlo, obligado de ver la desigualdad que hay desde un vasallo a un Rey. Cuando reina Amor no hay ley, que él manda a la voluntad. Esta es, señor, la corona que me mandaste traer. Si es para quien ha de ser reina, la fama pregona que entra ya por la ciudad. Habrá, Alfonso, apresurado, viendo que vivo eclipsado sin su divina beldad, de Miraflor su camino. Ana y Aldonza, señor, que conocen vuestro amor, que lo habrán hecho imagino, pues ellas la han de traer. Al sitial subirme quiero donde pienso ser Asuero de la más hermosa Ester. Sí, que la música avisa cómo entra ya por la sala. ¿Qué el poder de amor no iguala, si es la obligación precisa? Sin méritos ni valor llego, señor, a esos pies, si merezco me los des, solo animada de amor. Reina de León, levanta, que esa humildad que se humilla también te ha dado a Castilla, que alegre mis dichas canta. Tu amor, tu sangre te abona, pues que pudo merecer que yo te baje a poner de mis reinos la corona. Y pues en tu frente estriba, ya cuando alegres están. ¡doña Greida de Guzmán. Reina! ¿Doña Greida, viva! ¿Reina doña Greida? Viva doña Greida de Guzmán a voces publican todos. Pasos, ¡caminad allá! Bien parece, ¡ay cielo!, cuando destierro a su hermano dan sin merecerlo. ¡que a ella le den la corona en paz! Huyendo a Aragón me iba, pero a León vuelvo ya a que Alfonso me castigue, si en algo pude pecar. ¡Ah, palacio! ¡ah, laberinto, donde con cualquier disfraz gana aquel que sabe menos y pierde quien sabe más! ¡Ah, sueño, tras cuyo encanto el alma ciega se va, sin ver que tu mayor dicha es el saberte dejar! Segunda vez vuelvo a ti; preso me trae mi lealtad, tan inocente de culpa cuanto lleno de pesar, aquí... Mas, ¡cielos!, ¿qué veo? La Reina, tu hermana, está en medio su mayor gusto Sin ti. Payo, hecha un mar. ¡No reina, mientras yo viva, porque mal corona está en quien tuvo, sin el Rey. otro galán en Toral! Dos o tres noches su Alteza pudo aquella casa honrar, y si eso bastó a impedir mi bien, Payo de Guzmán, mira que tu hermana soy y que no habías de pensar esa flaqueza de mí. ¿Que el Rey te fue a ver allá de noche? Hermano, sí. —¡Cielos, si era él el galán que en el papel me escribieron!- Don García lo dirá, que salir lo vio encubierto, yéndome él a enamorar. —¡Y él escribiría el papel, que es tan grande su amistad que este aviso me daría!— Lo que dices creo, y pues ya en Castilla y en León, por tu bien, reinando estás, gózate alegre mil siglos y pide que en mi solar me deje Alfonso siquiera cuando adoro su humildad: que solamente venía tu casamiento a estorbar, ¡vive el cielo! porque el Rey, Greida, ¡no se ha de engañar! Quédate con esto a Dios. ¿Ir te quieres? No te irás, ¡que el Rey ha de verte! ¡Suelta! ¡Ah de la guarda! ¿Llamar la guarda intentas?... ¿Qué es esto? ¿Qué? Don Payo de Guzmán, que preso pongo a tus pies, a quien has de perdonar por mi hermano y tu cuñado. Él sabe del bien usar tan bien, que ninguna culpa nadie en el mundo le da. Yo le desterré, enfadado, de León : esto es verdad, porque el intento estorbó que vengo hoy a ejecutar; y cuando fueron por ti estos que mirando estás, que lo prendiesen mandé o le hiciesen ausentar. Mas ya a mi gracia le vuelvo; de mi reino la mitad es suyo, con doña Aldonza, pues, porque se case, ya es Ana de don García. Beso tu mano real. Si estorbé, invicto señor, esto fue por humildad, creyéndome de un papel... Que viendo yo de Toral salir a Alfonso una noche, pensando era otro galán, os arrojé de un balcón: y fue aviso... ¡Y amistad! Yo fui el que García dice; su criado me vio. Es verdad. Gran señor, no puede el Rey honor a nadie quitar. De Aldonza la mano estimo, con condición y no más que a Toral nos hemos de ir. Sería, Guzmán, faltar el gobierno a mi corona. Tuya soy. Quedaré acá sin que me des cosa alguna. Mi reino por tuyo está. ¿Y Pascuala qué ha de her, y Tirso? ¿Qué? declinar, hasta que conjugue amor en tálamo conjugal. Tuya es con seis mil ducados. No puede desear más. Todos, Payo, somos vuestros. Porque ansí venga a acabar, cuando granjear os supe con servir sin envidiar, cómo ha de usarse del bien y ha de prevenirse el mal.