Texto digital

Texto digital de La gran columna fogosa

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La gran columna fogosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/gran-columna-fogosa-la.

Logo BICUVE

LA GRAN COLUMNA FOGOSA

JORNADA PRIMERA

No puede ser que no sea, Santo Efrén, bien recibida Del cielo tu santa vida, Pues en el ciclo se emplea. Cuando miro tu abstinencia. Tu rara predicación. Tus lágrimas, tu oración, Tu ayuno, tu penitencia; Tu vivir como si fuera Fuera de carne mortal, Y que el sol, como en cristal, En tu alma reverbera; De cuyos reflejos tantos Tienen luz cuantos te ven; Que a ejemplo de un santo Efrén Hay mil discípulos santos; Echo de ver cuán atrás De la senda de la vida Queda mi ignorancia asida Al mundo. Fausto, no más; Mira que la vanagloria Que la caridad enfría. Mucho a los hombres desvía Del camino de la gloria. Es viento que, aunque suave, Como música a concierto, No deja llegar al puerto De nuestra humildad la nave. A quien en tal perfección De vida está colocado; Á quien tiene atropellado Al mundo en toda ocasión; A quien, de Cristo vestido, De sí mismo está desnudo, ¿Qué vanagloria le pudo Mover jamás el sentido? Nuevo lenguaje y razones, Fausto amigo, son aquestas; Flechas que, a mi pecho puestas, En el alma me las pones. No es aqueste el ejercicio Que teníamos los dos. Pues ¿en qué se ofende a Dios De este amigo y justo oficio? No solíamos así Ejercitar la humildad. Ejercitar la verdad No es fuera de ti y de mí. La verdad, aunque me arguyas. Era, Fausto, que decías. Tú a mí, las bajezas mías; Yo a ti: las bajezas tuyas; Tú a mí: tú eres viento vano; Yo a ti. tú eres polvo o nada; Tú a mí: ceniza pisada; Yo a ti: pequeño gusano; Tú a mí: sepultura fría; Yo a ti: humo; y de esta suerte, No había contrario tan fuerte En tu flaqueza y la mía. Ahora no sé en qué fundas Esta inútil alabanza. Padre, por la confianza De tus virtudes profundas; Y aún estoy arrepentido De no te haber estimado; Que el no te haber alabado Falta de justicia ha sido. Dígote, Fausto, que temples Tu alabanza en mi bajeza, Y que la humilde flaqueza De mi ser mortal contemples Y en alabarme porfías. Padre Efrén, por reformar Mi conciencia, y desquitar Lo que hablé mal tantos días. Eres un hombre perfeto; Soy un pecador. Ya eres Pesado, Fausto; ¿qué quieres? No me aprietes. ¿Yo te aprieto? Casi me has hecho tomar Ira; perdónete Dios. ¿Cuándo, Fausto, entre los dos Así solíamos hablar? Padre, un honrado varón Que esta soledad habita, A que te honre me incita, Y tiene mucha razón: Dice que al Señor ofendo En no saberte estimar. Yo te quiero disculpar, Que ya la razón entiendo. ¿No me llevarás adonde Está ese monje? Sí haré; Que en lo hueco que se ve De este peñasco se esconde. ¿Conózcole yo? No creo, Pero es muy aficionado A tu virtud. Hasme dado De verle extraño deseo. En el margen de esta fuente Se suele a veces sentar; Que debe de contemplar Su Hacedor en su corriente; Mas destos árboles sale, Padre. Sale un demonio en hábito de ermitaño. o es santo o es gran varón. Si amor es obligación, Que no hay sin él quien la iguale. Dame esos brazos; mal digo: Esos pies me da a besar. Tú a mí me los puedes dar; Que yo soy tierra contigo. Si por acto de humildad Haces eso, y has mandado A Fausto que con cuidado Alabe mi indignidad. Perdona, varón; que creo Que te engañas. Yo tenía, Efrén, en Alejandría, De conocerte deseo. Por tu fama justa y santa Y ofreciéndome el Señor Este camino, mi amor Con tu vista se adelanta. Hablé con Fausto en tu vida, Y por lo que me contaba. Vi que si a ti se igualaba Era ignorancia atrevida; Aconséjele te honrase. Dar honra al mayor es justo; Mas bien ves tú que es injusto Permitir que me alabase. Porque si el Eclesiastés Dice que al varón preclaro Se alabe, luego está claro Que se alabe el que lo es. Antes, él mismo aconseja Que a ninguno, aunque más fuerte. Alabes hasta la muerte. ¿Qué regla ninguna deja De tener excepción? Mira Cómo Cristo alaba a Juan, a quien sus virtudes dan El nombre que el mundo admira. Cristo alabole en ausencia. Sí; mas vivo le alabó. ¿Y soy el Bautista yo? Imitas su penitencia. Pablo a los Corintios dice Que Dios dará a cada cual Su alabanza. Es celestial Con que nos premia y bendice; Pero el mismo Pablo afirma Que no hay gloria en él sin Cristo, Y en Sofonías he visto Cuanto esta verdad confirma. Promete quitar de en medio De Israel los que le alaban; Luego algún daño causaban, Pues que Dios pone el remedio. David maldice la boca Que engrandece y lisonjea. No pongo duda que sea, En parte, alabanza loca. Pero alabar la virtud Es justicia. El que la tiene, Harta alabanza contiene. Es al cielo ingratitud No alabar al virtuoso. Séneca, en el alegría Del alma el premio ponía; El que es bueno esté gozoso; Y fuente que nace en sí. También Agustín la llama. Dios quiere que tengan fama, Efrén, sus santos aquí. Tú eres santo, luego es justo, Efrén, de que seas famoso, Pues que Dios es glorioso En sus santos. ¡Qué disgusto Me has dado con tus razones! Y por tu vida y la mía Te vuelvas a Alejandría, Porque en cuidado nos pones. Que acá estaremos mejor Sin esos nuevos preceptos. Mira que estos son efectos, Padre, de su justo amor. Yo iré, pues me mandas ir, Aunque de intento me mudes; Pero tus grandes virtudes Pienso a todos referir. Diré, padre, que eres santo; Daré a todos testimonio. No he visto hombre que demonio Parezca en sus obras tanto. Polvo soy, viento es mi vida; Pecador soy, yo soy nada; ¡Ah, fiera lengua de espada! ¡Oh, cruel boca homicida! Echarme quiero en la tierra; Esto soy, esto seré. ¡Qué vanamente intenté Hacerte engañosa guerra! Quédate, Efrén, victorioso: El Demonio soy. Vase. ¡Ah, perro! Perdona, padre, mi yerro; Engañome aquel tiñoso. Ora conmigo al Señor. ¡Ay, padre! Dame tus pies. ¿Quién, Señor, como yo es Miserable pecador? Dame a entender este fiero Que soy bueno, siendo malo. Hacedme ahora un regalo Por lo que sabéis que os quiero. Mostradme alguno que viva, Cuya santidad me sea Confusión, porque yo vea, Lo que con vos puede y priva. Tal es y tal nombre alcanza Basilio divino. Y por eso es digno De tal alabanza. Basilio en el suelo Sin mácula alguna. Es una coluna De fuego hasta el cielo, En la tierra alcanza Al trono divino, Y por eso es digno De toda alabanza. Cúbrese la apariencia. ¡Ah, señor, cómo era cierto Que en la tierra tenéis justos Tan grandes! ¡Oh cuántos gustos, De aquel divino concierto, Padre, el alma recebía! Repara, Fausto, en el alma De esas voces. ¡Oh gran palma Que el cielo florece y cría! ¡Oh, gran Basilio; oh, gran hombre! ¡Oh, gran santo; oh, gran pastor! ¡Ay, Fausto! Soy pecador. Así es razón que me nombre. Fausto amigo, verle quiero, Quiéreme echar a sus pies. ¿Pues adonde está, o quién es? Saberlo y hablarle espero. Ven conmigo; informareme Dónde el gran Basilio está; Que el alma, por verle, ya a ningún peligro teme. Pecador soy, Fausto amigo; Fausto, yo soy pecador. Y yo, ¿qué seré, señor? Calla, Fausto, y ven conmigo. La iglesia es vuestra, y ojalá pudiera Hacer que todas fueran arrianas, No porque yo al Pontífice temiera. Pues todas, en efecto, son cristianas; Mas porque el bando popular se altera Viendo las voces y palabras vanas De Basilio, su obispo, que no sigue Nuestra opinión, por más que yo le obligue. De católico dicen que se precia, Y blasfema de Arrio, a quien estimas. Dice que es tu opinión bárbara y necia. Pues con tu dignidad al pueblo animas. Basilio, ¡oh César! todo lo desprecia. Día vendrá que su furor reprimas. Preciase de letrado; enseña, escribe. Bien satisfecho de su ciencia vive. Teólogo es Basilio; no lo niego; Pero agrádale mucho lo que sabe, Y con sus opiniones está ciego. Es verdaderamente un hombre grave. Las obras de Arrio ha condenado al fuego. Esto, señor, ¿en qué discurso cabe? ¿Sabéis lo que responde a eso Basilio? Que no lo aprueba el Papa ni el Concilio: Y que siendo la piedra y fundamento El Papa de la Iglesia, y que es regido En cosas de la fe su entendimiento Del Espíritu Santo, y del movido. Lo que él no aprueba, es fácil argumento Que ha de ser refutado y defendido. Y tú, gran César, ¿cómo sientes eso? No sé qué diga; siéntolo en exceso. Mas yo iré poco a poco, en cuanto pueda, Deshaciendo a Basilio los intentos, Y al fin la iglesia por vosotros queda; El ponga agora vanos argumentos. Como tu majestad nos la conceda, Por ser capaz en coros y en asientos, Allí nos juntaremos con más gusto. Yo sigo esa opinión. Haces lo justo. Perdona, gran señor, si a tu presencia Llego cual ves. Tu dignidad te abona; No has menester, obispo, más licencia Para la mía, que traer corona. Bien haces en honrar su preeminencia; Ya sé yo que no es digna mi persona. Mas por ser Cristo Dios, méritos tengo, Soy de su casa y en su nombre vengo. Pues, Basilio, ¿qué quieres? He sabido Que una iglesia has quitado a los cristianos. Todos lo somos. Todos lo habéis sido. Católicos distingo de arríanos, Y mira que no hables atrevido Delante de los Césares romanos. Déjale, Pretoriano; di, ¿qué quieres? Señor, tú eres el Rey. Rey soy. Rey eres. Escrito está que el rey ama el juicio; Esta es su honra y su justicia es esta. ¿En qué le ofende a mi Real oficio, ¡0h gran Basilio! la razón propuesta? Los templos se dedican al servicio De Dios. ¡Qué ley, qué cosa más honesta! ¿Por qué has dado una iglesia al arriano? Siendo tú justo Rey, siendo cristiano, Al católico quitas de malicia El templo. No te metas, ¿qué te importa? Basilio, en estas cosas por codicia. Codicia de servir a Dios me exhorta; Yo tengo de morir por la justicia. Si tu atrevida boca no reporta Su lengua, por ventura ¿Y qué ventura, Posidonio, mayor ni más segura? Las de Arrio son muy justas opiniones En las cosas de Cristo y de su madre. Errores son, y vengan a razones Los que le tienen por maestro y padre. Si con tu dignidad, señor, te pones Á defenderlas, cuando más les cuadre Tu amparo para hablar, en Dios confío. Quedo, padre. Dios es amparo mío. Anda, vete, Basilio, y examina esto mejor, y cuando veas Lo que la fe decide y determina, Alcanzarás mejor lo que deseas. Nadie quiere argüirme, a nadie inclina Ver mi ignorancia. Tus palabras feas Pudieran obligarme, mas no quiero Adonde, como ves, haya tercero. Heraclio es lego, Heraclio no ha estudiado, Y él se irá si tú quieres. Otro día Te pretendo argüir menos airado. Mas di que temes la justicia mía; Pero si estás, ¡oh César! confiado En que a lo cierto tu opinión te guía. Hagamos un concierto. ¿De qué suerte? Estame atento, y lo que digo advierte. Ciérrese aquesta iglesia, y tú presente Católicos iremos y arríanos, Y cada cual entrar en ella intente Sin que a la puerta toquen nuestras manos; Si ellos entraren, es más conveniente Su opinión, y ellos son los más cristianos: Si entráremos nosotros, dame el templo, Y esta verdad te sirva por ejemplo. ¿Queréis vosotros? Todos lo queremos. En fin, que el que, cerrado, al templo entrare. Ese le goce. Así lo pretendemos, Y el César por edicto lo declare. Pues nosotros con esto nos iremos, Y al que acierta mejor, el cielo ampare. Quédate, Heraclio, aquí. ¿A dónde vas? Quiero Sobre este caso hablar con Dios primero. Ciega y loca vanidad Es la que sigue esta gente; La mentira impertinente No obscurece la verdad. Con vanas sofisterías. Estos que al Emperador Engañan, fundan su error En temerarias porfías. Arrio, fiero heresiarca Que está ardiendo en fuego eterno Entre aquellos que al infierno Pasó de Carón la barca. Pertinaz en su opinión, Hizo a esta gente entender Cosas que aún no pueden ser En buen discurso y razón. Basilio santo defiende Las católicas verdades, Y deshacer las maldades De aquesta gente pretende. Mas como el Emperador Es también fiero arriano, No tiene fuerza su mano Ni estimación su valor. En efecto, mi señora. Que te quedarás aquí. No hay, Sabina amiga, en mí Deseo más cierto ahora. ¿Cuándo mi padre querrá Que en el monasterio quede? Él quiere, pero no puede; Que amor forzándole está. Que seas monja desea; Consagrarte quiere a Dios; Para apartaros los dos No sé que posible sea. Es muy rico, y sólo tiene Tus ojos en qué mirar. Cerca viene de expirar Quien esto escuchando viene. No pongas duda, Sabina, Que seré de Cristo esposa. ¿Qué haré yo, Antonia hermosa. Si eres su esposa divina? No porque lo puedes ser Mía, siendo tu criado; Mas porque estaré privado De poderte hablar y ver. Señora, aquí se pasea Heraclio, mi señor. Creo Que con mi propio deseo En estos pasos se emplea. ¡Señor mío! ¡Hija querida! ¿Dónde bueno de esa suerte? El lugar, señor, te advierte El discurso de mi vida. ¿Cómo tan sola? Quien viene De ver a Dios, es razón Que humille su corazón. Que con él gran valor tiene. ¿De qué sirve el aparato Para Dios, ni el ir al templo A dar, señor, mal ejemplo Con el espléndido ornato? Descalzo llegó Moisén A la zarza, y Constantino, Con la cruz, descalzo vino A entrar en Jerusalén. No quiere Cristo, mi esposo, Que su esposa en lo interior Lleve esa pompa y honor, Gente y hábito costoso. Basta para honestidad Dos criados como llevo, Esta esclava, este mancebo, Y no más autoridad. Hija, tu gusto lo es mío; Tu camino voy siguiendo; Lo que pretendes pretendo; Eres mi libre albedrío. Sigue a Cristo; que yo adoro Á Cristo, y bien se conoce En que pretendo que goce Lo mejor de mi tesoro. No sea de hombre nacido Mi hija; de Cristo sea. No hay duda; muy bien la emplea; No hay en la tierra marido Que a Cristo igualarse pueda; Cristo es Dios; si la casara Con hombre, al fin me quedara Más consuelo que me queda; Que aunque su criado soy. Casada la pretendiera, Y por dicha se doliera De ver que muriendo estoy; Si en mi bajeza no hay medio Ni en mi temor confianza, En efecto, era esperanza Cuando no fuera remedio. Pero con Cristo casada. No hay burlas, que es Argos santo, Y de esposo que ve tanto. Es justo temer la espada; Nunca vi que se lograse Quien esposa a Dios quitó; Mas ¡qué digo, ay, triste yo! Quiero impedir que se case. Matareme, haré locuras. Digo que contigo iré; Que la hablaré y la diré A Antonia lo que procuras; Mas quede Patricio aquí. Por si Basilio volviere. ¿A quién me mandas que espere? A Basilio. Harelo así. Si vuelve, venme a avisar, Que en el monasterio estoy. Ya la lleva, muerto soy; Mas no la puede dejar Hasta haber hecho el concierto Y el ajuar prevenido. ¡Oh, soberano marido. Que sin celos me habéis muerto! Perdido soy; ¿qué esperanza Me queda. Enloquezco, muero. Ardo, tiemblo, temo, espero Un bien que jamás se alcanza; Pero si yo soy criado De Heraclio, y no tuve acción Jamás a la posesión De este bien que me ha quitado; Si era más fácil helar El fuego y quemar el hielo. Ver los peces en el cielo. Las estrellas en la mar. Que ser de Antonia marido, ¿De qué me aflijo y lamento? Mas ¿cómo no si me siento Abrasar alma y sentido? ¡Cuitado yo, que enfurezco. Que deliro, que estoy loco! Mas ¡ay, ángel! todo es poco Cuanto mal por ti padezco. ¡Ay, divina Antonia mía! ¿Dónde voy, a dónde iré?' ¿Si me mataré? Sí haré, Y será este mismo día. Echarme quiero en la mar; Pero no quiero, ha de ser Donde no pueda saber Lo que me pudo costar. ¡Válame Dios, que me abraso De todo un infierno en medio! Para todos hay remedio, Y no para el mal que paso. Hechizos se hallan indignos: Mil hechizos he probado, Mil quimeras intentado caminos. Todo ha sido desvarío; Por vanos remedios queden. Porque hechizos ¿cómo pueden Forzar el libre albedrío? Pues algo tengo de hacer; No me tengo de morir; Al campo me quiero ir Y en los montes esconder. Donde dando como loco Gritos en su soledad, Mueva el infierno a piedad, Pues muevo al cielo tan poco. Éste, Basilio, es el templo. Aquí verás cómo Dios Nos pone en paz a los dos Con un soberano ejemplo. Pues todos somos cristianos, ¿En qué piensas mejorarte? En ir por segura parte Con los pastores romanos. Las verdades que aprobaron, Ésas sigo, que son ciertas. Cerradas están las puertas. Tus errores las cerraron. Arrio tuvo la opinión Que a nuestra fe le conviene. Quien la opinión de Arrio tiene. No verá su salvación. Y pues el templo cerrado Se ha de dar al que le abriere. Que es señal que Dios lo quiere. Llega, Agustulo esforzado; Llega, Posidonio, llega; Allega tú, Pretoriano; Veamos si al arriano o al católico se niega. No se dará a la herejía, Sino a la santa verdad. Ea, ¿qué esperáis? Llegad; Vencerá la opinión mía. Verá Basilio que ha sido Arrio admitido del cielo. Antes, por su injusto celo, Fue del cielo aborrecido. Dice de rodillas: Arrio a tu puerta llama: abre tus puertas, Divino templo del Bautista santo, Que si por la verdad padezco tanto, Bien es que a la verdad estén abiertas. De cerrojos y láminas cubiertas, Y fundadas en firme y duro canto, Con mis palabras solas hoy levanto En fe de ser mis opiniones ciertas. El César está aquí; puertas, abríos: Bautista, el César llama, y no con fuerza. Sino con sólo la opinión que sigue; Haced a Dios lugar, mármoles fríos. Hoy que nuestra verdad el cielo esfuerza. Porque hasta un mármol la verdad obligue. No se abrió la puerta. El cielo No quiere milagro hacer. ¿No entráis? ¿Cómo puede ser? Bien sabe el cielo su celo. Ya pensarás que has vencido. ¿No sabes que todas veces No hace Dios milagros? Creces Tu error. Dios es como ha sido. Sí, pero es tentar a Dios Pedirle milagros cuando Puede hacer un hombre obrando Lo que podemos los dos. Si esta puerta con la llave Tan fácil se puede abrir, Milagro al cielo pedir, ¿En cuál ignorancia cabe? El demonio ¿no decía Á Dios: «Haz de piedras pan?> Ya, Heraclio, estos hombres dan En su locura y porfía. ¡Mira qué tiene que ver Saber Dios lo que intentaba Satanás, que procuraba Su divinidad saber, Para que el pan no mudase! Pues cuando fue necesario, Un pueblo, un mundo tan vario, Quiso que de pan se hartase. ¿Y no mudó el agua en vino En las bodas de Canaán? Hacer de las piedras pan Fue cosa que no convino. Y si éstos aquí venían Seguros de entrar aquí, Y lo han intentado así, ¿Cómo agora se desvían? Ea, César, ¿cómo no ves Tu engaño? Glorioso estás, Ahora verás. Si mi opinión cierta es. Dice de rodillas: Puertas, como se abrió la cárcel fuerte Al santo Pedro encadenado en vano, y el pan en cuatro partes a la mano De Cristo, en que Cleofás quién era advierte; Como el sepulcro en que espantó a la muerte. Saliendo de él con triunfo soberano, Y el reino horrendo de Luzbel tirano. Quedad abiertas de la misma suerte; Puertas, a la mentira resistíos; A la verdad abríos; que yo llego Con el nombre de Aquel que entró por otras; Abridlas luego, ¡oh, príncipes!—Abríos, ¡Oh, puertas perdurables, porque luego Entre el Rey de la gloria por vosotras! Abriose; no hay que dudar Que nuestra opinión es cierta. Basta, que se abrió la puerta. Pastor, bien puedes entrar. Ea, señor; que estos son De Basilio encantamientos, (O Ni de su cierta opinión. Basilio es gran estudiante: Por mágica natural, O alguna ciencia infernal. Hizo hazaña semejante. Eso mismo le decían A Cristo los que al demonio, De su fuerza en testimonio. Lanzar de los cuerpos vían. ¡Ah Valente, que estás ciego! Voyme enojado y furioso. Vuelve, César generoso, Y teme el eterno fuego. Oye, César, mis verdades. Déjame, BASILIO. Vase Valente y arríanos. ¡Ah, cielo! Corridos van. Hasta el suelo Se afrenta de sus maldades. Ya, padre, la iglesia es nuestra. Aquí los pasos detén. Ya el piadoso cielo, Efrén, Al gran Basilio nos muestra. ¡Válame Dios, que aquél es! ¿Éste es aquel hombre santo? ¿Éste el que merece tanto? Sí, padre, el mismo que ves. Entra, Heraclio, porque demos Gracias a Dios de este bien. Ya se ha entrado, padre, Efrén; Ahora hablarle podemos. ¿De qué estás tan admirado? ¿Cómo no hablas? ¿qué tienes? Si a ver a Basilio vienes, ¿Cómo a hablarle no has llegado? Responde, pues. ¿Es posible Que la columna de fuego Que vi, si no estaba ciego. Tan espantosa y terrible Es un hombre bien vestido, Lleno de seda y brocado, Con un caído dorado Y un roquete guarnecido; Un hombre con tanta gente Que le sirve y acompaña? A santidad tan extraña Parece cosa indecente. ¡Ay de nosotros, Efrén, Sujetos al aire y frío! ¿Que éste es Basilio, Dios mío? Gracias los hombres te den. Para nosotros se ha hecho La soledad, el ayuno, El calor, el frío importuno. La jerga, el cilicio al pecho. ¿Que éste es columna del cielo? ¿Que éste es hombre tan divino, Vistiendo la seda y lino. El raso y el terciopelo? ¡Oh, gran Señor! ¿Quién podrá Entender vuestros secretos? ¡Que produzca estos efectos El oro y la seda ya! ¿De qué sirve la montaña; La estrecha celda, cubierta De helechos, la humilde puerta Que el arroyo ciñe y baña? ¿De qué sirve la comida Que a un ave sustenta apenas? en hojas y arenas teñida. ¿De qué el cilicio que escarba El pecho? ¿De qué el bajar Los pájaros a tomar El trigo puesto en la barba? ¿De qué estar una hora o dos, Cielo, en vuestras maravillas? ¿De qué hacer en las rodillas Callos, para hablar con Dios? ¿De qué el resistir la furia De la mayor tentación. Donde la imaginación Apenas consiente injuria? ¿De qué sufrir del demonio Tantos golpes, tanto engaño. Si aquí al oro, seda y paño. Da el cielo tal testimonio? ¿Dios no mandó, padre Efrén, Que una túnica tuviese Quien con su cruz le siguiese? Luego aqueste no va bien. En blanda y mullida cama. Bien vestido contra el frío, ¿Se sirve a Dios, padre mío? Dice una voz de adentro: voz. ¡Efrén! ¡Ay mi Dios! ¿Quién llama? voz. Más te huelgas tú en jugar En tu celda con un ave. Que con esa pompa grave Basilio se suele holgar. Vuelve los ojos y mira Debajo del terciopelo Cómo vive. ¡Ay, santo cielo, Yo pequé, templa tu ira! Mi ignorancia, gran Señor, Fue causa de mi malicia; Templad de vuestra justicia El merecido rigor. Padre bienaventurado, Pide a Dios perdón por mí; Que ese sayal no entendí Que aforraba aquel brocado. Más te ensalza, varón santo. Que entre raso y terciopelo Tengas por cama ese suelo Y por cabecera un canto. Si en ese espejo te miras Cuando la mitra te pones. No miras tus presunciones, Ni a tu vanagloria aspiras. Y si a Cristo crucifijo Tienes, Basilio, presente, ¿Quién como tú está obediente Á lo que el Apóstol dijo? Allá te voy a buscar; Perdóname, varón santo. Yo, padre Efrén, con mi llanto Los pies le pienso lavar. Si a tus conjuros se mueve El cielo, Arquilaido amigo; Si te obedecen las nubes. Fuego ardiente y aire frío; Si se paran a tu voz Áspides y basiliscos; Si caen donde tú quieres, Agua, rayos y granizo; Si la triforme Diana, Retrocediendo a tus gritos. Tus conjuros obedece Con sus planetas y signos; Si amenazas con apremio En la orilla del Cocito Los espíritus que fueron Ángeles del cielo empíreo, Remedia, sabio Arquilaido, Las desdichas de Patricio; Mira que me está aguardando Cordel, veneno o cuchillo. Del lugar en que nací Vine a Cesárea, aunque niño, Á servir al noble Heraclio, Por sangre y valor antiguo. Es la bellísima Antonia Su hija; yo, triste, he sido Quien desde sus tiernos años Se ha ocupado en su servicio. No sé si fue la costumbre De asistir a sus divinos Ojos, más bellos que el sol, o el ver sus lazos y rizos; No sé si ver al descuido, Tal vez de alabastro liso Los dos bultos de sus pechos, Donde está amor escondido; No sé si el verla salir, Con poco recato mío, Desde su cama a su estrado, Envuelta en un rebociño, Donde el bordado manteo. Nunca bueno para amigo, Porque descubre mil cosas Que al dueño causan peligro. Me mostraba un pie pequeño, De blanca nieve esculpido, Bastante a poder pisar Espadas, cetros y libros. Esto, o lo que fuere, en fin, Al pensamiento me vino Que viviese mi razón Esclava de mi apetito. Muero por la bella Antonia; Ninguna cosa le digo, No porque soy su criado. No porque a su padre sirvo, Sino porque no hay en ella Puerta por donde, atrevido, Entre mi abrasado amor. Que ya se lo hubiera dicho. Y créeme, que no hay hombre Tan ciego, loco y perdido. Que a la mujer que es muy casta Diga requiebros lascivos. Hoy, para acabar del todo La triste vida que vivo, Quiere desposarse Antonia Con un hombre noble y rico. ¿Qué haré, que muero, que rabio, Que tiemblo, lloro y suspiro. Que muerdo la tierra, y doy Gritos perdiendo el juicio? Si se casa, no te aflijas. Con justa causa me aflijo. ¿No es mejor que tenga esposo? ¡Ay, amigo, es Jesucristo! Y si él la mete una vez Por cuatro puertas o cinco Que tiene en su cuerpo, y cierra, Buscarla es grave delito. Mira, Patricio, ya sé Que hay muchas suertes de hechizos; Pero todas son sin fuerza Para hacerla al albedrío. Hanme dicho que una imagen De cera, si la fabrico Con ciertos nombres Detente, Que todos son desvaríos. ¿Tú harás lo que te dijere? Si al rubio alemán, si al indio, Si a la China, si al Japón, Si al ocaso, si al Olimpo, Si al infierno me mandases Que fuese Mientras escribo Dos renglones, aquí aguarda. Sí haré. Dame pluma, Atilio. Vase. Oscura noche, capa de traidores. Máscara de la luz del claro día, Centro de la cruel melancolía. Tercera de secretos y de amores; Aumento de las quejas y dolores. Cueva de pensamientos, donde cría La enamorada o triste fantasía Del parto de su pena los errores; Cuan bien sabe que en malos pasos ando, Pues por vuestras tinieblas que gobierno, Y voy al día el claro rostro hurtando; Mirad lo que ha podido un amor tierno; Que al cielo con mis lágrimas cansando. Vengo a mover las puertas del infierno. ¡Patricio! ¡Oh, caro amigo! ¿Qué has escrito? Toma aqueste papel, y a media noche, Que ya debe ser cerca, subiéndote En un sepulcro de un gentil, da voces Al demonio y arroja por los aires Este papel. Haré lo que me mandas; Que un grande amor cualquier peligro vence. Quien tiene mucho amor, no tiene miedo. Muy obligado a tu servicio quedo. Ya tardo en llegar al puesto Donde mi remedio está; Que a procurarle, dispuesto, Animo el pecho tendrá, A todo el infierno opuesto. ¡Oh, noche, gran secretaria De tantos malos sucesos. Pues no es tu luz necesaria. Ten esos diamantes presos, Detén la luna voltaria! Todo me espanta y asombra Me retiro y amedrento; Apenas se mueve el viento, Cuando pienso que me nombra. Allí murmura una fuente, Y yo pensé que pisaba Esta senda alguna gente; Por ventura me llamaba Para templar mi accidente. Mas el agua no podrá. Que hasta el alma es fuego ya; Aquí veo unos cipreses; ¡Oh, amor, si entre ellos pusieses Lo que entre ellos siempre está! Sí, sin duda aquí parece Un bulto de sepultura Que este alabastro guarnece; ¡Mirad qué ocasión tan dura El tiempo a mi amor ofrece! Quiero ponerme sobre ella. ¡Todo el cabello me eriza! ¡Cómo eso amor atropella! ¡Oh, cuánto me atemoriza! ¡Maldigo mi propia estrella! Muerto que a mis pies estás. Trueca mi vida a tu muerte. Pues que tú descansas más; La voz tiembla; amor es fuerte. - Oye, escucha. Satanás: Toma esa carta. ¿Qué quieres? Lee, que es de un grande amigo, Sosiégate, no te alteres; Habla, y descansa conmigo. Ángel soy. Ya sé quién eres. ¿Qué es lo que quieres de mí? Esa carta lo dirá. Ya la leo; dice así: Carta. El que aquesta te dará, Va, mi señor, para ti, Que como tu bien procuro, Los que más puedo te envío, Y a buscarlos me acomodo; Es hombre noble, y confío Que le tendrás muy seguro. Quiere tanto a una doncella, Que el alma dará por ella; Haz que a su gusto se Aplique. Porque yo me glorifique De haberte dado a él y a ella; Que si esto haces, te juro más lealtad Otros muchos que procuro, Tu amigo. Dice verdad; Y que lo soy te aseguro. Esta mujer te daré, Pero has de negar tu fe. Sí haré Pero será error Fiarme. ¿Por qué, señor? Yo me entiendo. Di por qué. Cuando me habéis menester. Venís a mí, y en cumpliendo Vuestro apetito y placer, Vais de mi servicio huyendo, Y al fin os vengo a perder. Y como está tan abierto De manos, pies y costado. Aquel que en la cruz fue muerto, Acogeisos a sagrado Y no cumplís el concierto. Pues si en la tierra del Papa De la justicia se escapa. Cuando huye, el delincuente, La sangre de aquella fuente Mayores delitos tapa. Yo te serviré, señor. Pensáis que aquellos caminos Abrió en su pecho el rigor De la lanza de Longinos; Y fue la flecha de amor. Yo no quiero, sin tener Firme y válida escritura. Lo que me pedís hacer. Pues yo la haré tan segura Cuanto fuere menester. ¿Firmaraste mío? Sí. ¿Negarás lo que quisiere? Ya soy tuyo. Siendo así, La que ahora no te quiere Morirá de amor por ti. ¡Hola, Zaquiel! ¡Señor! Luego que veas firmada Esta cédula a su amor. Esa dama recatada Ha de volver tu furor. En su esclava te reviste Porque la incites. Sí haré. Alégrate, no estés triste; La palabra cumpliré; Cumple tú la que me diste. Mi alma será la palma De tu premio restas estés en calma. ¡Ay, Antonia, qué me cuestas. Pues que por ti pierdo el alma!

JORNADA SEGUNDA

¿No me dirás lo que tienes? Ya no puedo, aunque me mata. Crece el mal quien le dilata; Crecerá si le detienes. Crezca y auméntese tanto. Sin poderle remediar. Que, como fuego en la mar, No le deshaga mi llanto. ¡Terrible desasosiego. Espantosa confusión! ¿Qué es tu mal de corazón? ¿Oír a un sordo y ver a un ciego? No sé lo que es, pero creo Que no poca parte ha sido De mi mal: por el oído Has dado al alma un deseo, Y éste, en la parte más fuerte. Ha llegado a imperio tal, Que, a ser el alma mortal. Le hubiera dado la muerte. Dime sólo el sentimiento Y del mal las condiciones. Extrañas son mis pasiones: Siento, Sabina, y no siento. Yo he llegado al postrer paso De un eterno desconsuelo; Cuando me abraso, me hielo; Cuando me hielo, me abraso. Nace de mi cobardía Un extraño atrevimiento; Cuando ejecutarle intento, El mismo temor me enfría. Vence a la vergüenza el gusto Y cuando a serlo comienza, Vuelve otra vez la vergüenza Y trueca el gusto en disgusto. Cosas parecen posibles Para mi imaginación, Y en llegando a la razón. Todas las hallo imposibles. No hallo de quién fiarme, Y a todos pretendo hablar; Con todos querría estar, Y de todos apartarme. Procurome entretener, Y es tanto peor hacerlo, Que la sombra de un cabello Me suele el alma ofender. Doy crédito a la esperanza En las cosas más inciertas, Y las que tengo por ciertas Ninguna esperanza alcanza. Á mis enemigos creo, De mis amigos me guardo; Cuanto más en hablar tardo. Tanto más hablar deseo. No duermo ni firme estoy En cosa jamás del mundo; Toda en quimeras me fundo; Monstruo vivo, enigma soy. Señora, con tu licencia. Bien te sabré yo decir Tu mal. Puédesle argüir, Sabina, con poca ciencia. Quitado me has el temor; Cree, y no te escandalices, Que son todas las que dices Las condiciones de amor. ¡Amor es esto que tengo! Rompe, Antonia, ese recato, Pues con llaneza te trato Y a darte remedio vengo. Amor tienes, no lo dudes. Quien de Cristo ser pensaba Esposa, y tan cerca estaba De darle el dote en virtudes, No te espantes que no diga Que ha puesto amor en un hombre, Quizá de tan bajo nombre, Que a no decirlo me obliga. Si todas las que han nacido Esposas de Cristo fueran Y castidad le ofrecieran, Poniendo el mundo en olvido. Presto el mundo se acabara; Verdad es que es más perfecto Ese estado; que, en efecto. Su alteza es notoria y clara. Pero advierte que también El matrimonio es loable, Su institución admirable. Su autor, el autor del bien. Dios le instituyó; el lugar Fue el Paraíso; es estado Muy antiguo y estimado. Porque Dios le quiso honrar. A Noé y a su mujer Libró Dios para el aumento Del mundo; este Sacramento Es digno de encarecer. Representan los casados A Cristo y la Iglesia. ¡Ay, cielo, Cómo siento en tu consuelo Gran remedio a mis cuidados! Pero di, ¿dónde aprendiste, Siendo esclava, tales cosas? Nunca tan maravillosas, Sabina, me las dijiste. A mil personas oí Las cosas que te refiero. ¡Ay, que si casarme quiero No me iguala el hombre a mil ¿No te iguala? Pues ¿quién es? No me mandes que lo diga. Poco tu fuerza la obliga. ¡Poco, si muerta la ves! ¿Quién piensas que habla en su esclava? Yo no sé. ¿Pues no lo ves? Un demonio como yo es. Que te encarece y alaba; Un demonio que te pinta Más hermoso que Absalón. Mucho de la obligación Está la paga distinta. Si te hice la escritura, ¿Por qué a Antonia no me das? ¿Piensas que se puede más? ¿No basta que se procura? ¿Ya la mujer no te adora? No basta; más has de hacer. ¡Cómo! Hacerla mi mujer. Para que la goce ahora. Yo te digo que la infunda La esclava al pecho tal fuego, Que presto el desasosiego Has de ver que del redunda. Llega a Antonia; que tu vista También ha de aprovechar A poder facilitar El fin de nuestra conquista. Apriétala cuanto puedas. Ya por ti se vuelve loca. Salió el dolor por la boca, Y ansí descansada quedas. ¿Que a Patricio quieres bien? Me abraso, me pierdo y muero. Disculpar tu yerro quiero Y aun alabarle también. ¿Hay hombre como Patricio, Más amable, más gallardo? Esto escucho y me acobardo. La indignidad del oficio Debe de tenerte triste, Como si fuera el servir Infamia. Quieren decir Que en bajo estado consiste. ¡Cuántos Césares romanos, Antes de serlo, sirvieron, Y no por eso perdieron Sus títulos soberanos! ¡Cuántos después fueron reyes Que sirvieron sus mayores! ¡Qué Papas, qué emperadores De la nuestra y otras leyes! Si fuera Patricio acaso Otra mujer, y quisieras Casarte con ella, dieras Al mundo un notable caso; Mas siendo hombre como es, ¿Hay imposible? Bien habla. Tal es quien tu causa entabla, Supuesto que no le ves. No hay, Patricio, en el infierno Espíritu más lascivo. Pues ¿por qué muriendo vivo En este cuidado eterno? ¿Dónde está mi padre? Fue ¡Ay, Dios! ¿Qué te espanta? No permite gloria tanta Que pueda gozarla en pie. Tenme, Sabina. Patricio, Toma esta mano. No puedo. Que estoy temblando de miedo. De tu amor es claro indicio; Llega y tómala. Pues ¿quién Te ha dicho a ti que yo quiero A Antonia? Calla; que espero Hacerte presto algún bien. Sabina mía, yo estoy Abrasándome y temblando. La ocasión te está llamando. Advierte que indigno soy. Tómale la mano, acaba. Y tú, ¿qué quieres aquí? Vine a saber si hay en ti Cuidado. Ese me faltaba. Vuélvete a casa. Sí haré. ¿Conoces, Sabina, a este hombre? Bien sé su casa y su nombre. Pues mira que volveré Si te descuidas; Patricio, Yo me voy, presto verás Cómo a quien sirves tendrás Como esclava a tu servicio. ¡Oh, mano de mi remedio, Decir quiero, pues os toco. Que cuanto me espera es poco. Aunque hay un infierno en medio! Recordad, Antonia mía, Y denme vida esos ojos; La noche de mis enojos Espere el alba en su día. Indigno soy de miraros. Cuanto más de mereceros; Temblando he llegado a veros; Cuéstame el alma gozaros. Mas si vuestros ojos son Como música de Orfeo, Que atraen a su deseo Cuantos ven su perfección. No os espantéis de que llegue Mi humildad. ¡Patricio mío. Aunque el miedo helado y frío Hablarte libre me niegue, No puedo, no, te decir Que eres la vida que vivo; Tú, pues de ti la recibo, Vivir me manda o morir! No la gran desigualdad Que hay entre los dos es parte Para que deje de amarte Mi abrasada voluntad. esta palabra y fía tu mujer. Tu padre no ha de querer, Querida señora mía. ¿Qué es no querer? ¿Dónde está? Y verás lo que le digo. Con Emerencio, su amigo, Pensativo y triste va A buscar con qué poder Vencer las melancolías Que has tenido aquestos días. Ya no será menester. Música y fiestas ordena Por ver si fiestas son parte. ¡Mi vida, en sólo mirarte Tiene remedio mi pena! ¿Qué piensas hacer de mí? Hacerme loca llorar Hasta que pueda gozar En estos brazos de ti. Mucho será menester Para que tu padre quiera. Mi pena será tan fiera. Que le pueda enternecer. En fin, Antonia querida, Serás mía. Aunque él no quiera. Darte Heraclio a Cristo espera, Á quien te tiene ofrecida. Deja ahora de nombrar Esas cosas. Que yo he de ser Ya no creo Que se podrá mi deseo Con otra cosa templar. No todas las que nacieron Fueron monjas; tuya soy. Triste por extremo estoy; Lo que os digo me dijeron. Pues ¿de qué le ha procedido Esta tristeza? No sé. A la fe, Heraclio, eso fue Quereros pedir marido. ¿No veis los niños pequeños. Cuando no aciertan a hablar, Que con tartamudear Piden sustento a sus dueños? Las doncellas que desean Casarse, a esta traza han sido; Que ellas no piden marido, Pero al fin tartamudean. Si ya sabéis la virtud De Antonia, que a Cristo quiere Por esposo, y cuánto muere Por el silencio y quietud Del monasterio, ¿no veis Que es disparate pensar Que se desea casar? Heraclio, no os descuidéis; Mirad que si tiene el día Doce horas, las mujeres, Otros tantos pareceres. Callad, que está aquí mi hija. ¿Cómo te va de tu mal Ha estado Cosa de un hora templado El accidente mortal; Mas ya vuelve a su tristeza. Para más tormento mío. ¿Que el furor de un desvarío Pueda eclipsar tu belleza? ¿Que no digas lo que tienes? ¿Qué me preguntas? ¡Ay, triste! ¡Padre, la vida me diste Y a darme la muerte vienes! Yete, vete, no me toques. ¿Por qué, mi bien? Oye, espera. Porque a tristeza más fiera No me incites y provoques. Hija, pues yo te engendré, No quieras huir de mí: ¿Cómo, si vida te di. Dices que yo te maté? Déjame, que me atormentas. ¿Ves cómo aquella tristeza Nace de que a su belleza Poner ese yugo intentas? Cásala, Heraclio. Señor, Apriétale a que la case. ¿Que quieres tú que me abrase, Padre, este incendio, este amor? No soy mujer; no es mi tierno Pecho aquella nieve fría, Aquel mármol que solía; Ya es Etna, es Troya, es infierno. Muero; duélete de mí, Cruel padre; muerta soy. Temblando, Emerencio, estoy; En mala estrella nací. Luz destos ojos, espejo, De estas canas alegría; Duélate esta vida mía, Si no por padre, por viejo. Ya estas lágrimas merecen Piedad. Vuélvese y no mira; Que antes la provoca a ira Y que sus tristezas crecen. Apriétale a casamiento; Que tú has dado en lo que importa. Heraclio, el llorar reporta Y el dar suspiros al viento. ¡Ay, Emerencio! ¿Qué haré? Debajo de que el furor Es pasión, pienso que amor Fue la causa. ¿Amor? ¿De qué? ¡Haceos niño, por mi vida! De Cristo adoraba el nombre. Pues ya será de algún hombre Que ese propósito impida. ¿Hombre?' ¡Pues no! ¿Qué os espanta? ¿No es mujer? Si yo entendiera Pienso que espera Hacerla por fuerza santa. Santos fueron mil casados; Casada lo puede ser. Haced luego aquí traer A todos vuestros criados; Que amar y no decir quién. Es que el dueño de este amor Es hombre humilde. Señor, Vos habláis en esto bien; Que mil veces he pensado Que la causa de este mal Es persona desigual, Y por ventura criado. ¿Queréis que traiga la gente De casa? ¡Perro! ¿qué dices? Señor, no te escandalices De que esto diga e intente. Prueba; que probar es bien En un peligro imposible Todo remedio posible Que por consejo te den. Dado caso que aquí venga Mi gente, y pueda querer A alguno, ¿en qué se ha de ver? Muy bien dices: como tenga Tu mano su pulso asido, Cuando el que quiere la hable. Del movimiento notable Será entre mil conocido. Servirá, si esto es tristeza. De poderla divertir. No me puedo persuadir A semejante flaqueza; Pero por no replicaros Y porque ella se entretenga, Haced que mi gente venga. Pues los dos podéis sentaros Y tú el pulso la tendrás. Sacadnos sillas aquí. ve, patricio. Voy. Así Quién ama conocerás. Hija, no entiendo que sea Esta tu tristeza amor; Y si es amor, ¿qué furor En tanta humildad te emplea? Si del gran Cristo, Mesías, Tu esposo, quitas los ojos, A quien tus castos despojos Desde pequeña ofrecías, Ponlos en un ángel bello: No hay proporción en los dos, Que es criatura, y Cristo es Dios; Mas tendrás disculpa en ello. Ponlos, como otra Faetonte, En el carro del sol puro; Abrasa el helado Arturo de un monte. Ama un cielo, ama una estrella, Y si ángel, sol, fuego y cielo No quieres, ama del suelo La cosa más limpia y bella. Pon los ojos en un hombre Igual al César; no sea Que en persona baja y fea Manches mi sangre y mi nombre. Aquesto de mis criados Es por sólo entretenerte; Que tus ojos de otra suerte Deben de estar ocupados. Diles, Sabina, que aquí Salgan todos de invención Á decirla su razón; Y tú dame el pulso a mí. Ya, señor, a tu mandado Están Leonicio, Fulbino, Telemarco, Roselino, Decio y Poncio. Habéis llegado Enamórate de un monte; Todos a buena ocasión. Hable a Antonia cada cual Por entretener su mal Con una buena invención, Demás que yo os doy licencia Que le asáis la diestra mano. En aquese tacto, es llano Cantan o tañen. Que hará el pulso diferencia. Dícenme que mi señor Teme que Antonia ama alguno De nosotros. Á ninguno Presumo que tenga amor; Todo es por entretenerla. Fuera, por Dios, grande falta En una mujer tan alta. Rica, virtuosa y bella. Llegad, pues; ¿qué os detenéis? Yo, señor, llego el primero, Y aquí, de rodillas, quiero Pediros que me mandéis Dar la mano, porque soy Procurador del Soldán. Seguros los golpes dan. Vete. Con esto me voy. Dadme, señora, la mano; Que dejo en esas riberas Del mar cuarenta galeras Del príncipe Trasilbano. Mirad que vengo por vos. Antes está más remiso. Pues voyme con este aviso. Llega tú, o llegad los dos. Los dos, tomando tus manos. Por reina te obedecemos De Irlanda. No hace extremos; Todos son remedios vanos. Decio y Poncio juntos lleguen. Por el Rey que nos envía. Pues él manda, reina mía. Que sus reinos se te entreguen. Tus bellas manos besamos. Antes hay intercadencias; De estas vanas diligencias Poco provecho sacamos. ¿Cómo no llegas, PATRICIO? ¿Yo, señor? ¿Yo? ¿Por qué no? Porque soy indigno yo Aun de burlas de ese oficio. Llega, que aqueste es mi gusto. Llegaré porque lo es; Dadme, señora, esos pies. Que vuestras manos no es justo. Verase al vivo un traslado De los dos ángeles bellos. Siendo vos el que está de ellos En gracia y luz confirmado. Yo seré a esos pies aquel Que por soberbia cayó En el infierno, pues yo En todo imito a Luzbel. Ya de un golpe que me distes En el infierno me echastes; Mirad si me castigastes Cuando tan alto me vistes. En dos infiernos penando Me tiene mi ciego error, Porque sin el del amor. Otro me queda esperando. Pero si infiernos me das Más que tiene el cielo estrellas. Tendré por más gloria que ellas Cuando te goce. No más, No más, que si el pulso hablara, Más claro no me podía Decir que este hombre quería. Así lo dice su cara; Las rosas se le han caído De las mejillas, y al punto Parece que un jardín junto Di claveles ha cogido. No eran en vano tus miedos. Ya lo dijo en breve suma; Que haciendo del pulso pluma. Me escribió el caso en los dedos. ¡Gran calentura de amor Que hiciese del pulso lengua! ¿Tú no ves que se deslengua En materia de calor? Como reloj me ha tocado Las horas de mi sospecha; Fue de las letras la flecha Que el número me ha mostrado. ¡Ah traidora! Un gentilhombre De mi casa, al fin gentil. Truecas por Dios, mujer vil, as a un hombre; Pero ya que todos fueran Fuera de comparación Con Cristo, a tu condición. Hallarse tres mil pudieran. No hallaras quien igualara A Cristo, mas quien a ti ¿Por qué me culpas a mí. Si está mi inocencia clara? Si ella me quiere, o si no. Yo ¡triste! ¿en qué soy culpado? Ella diga si la he dado Para este amor causa yo. ¡Que te escucho sin matarte! ¿Qué culpas tiene Patricio? Quien da la culpa del vicio, ¿No tiene en el vicio parte? ¿Por qué se mata y condena De un basilisco la ira? Porque mata cuando mira. Luego éste merece pena; Si éste basilisco ha sido. Bien merece ser culpado, Porque de haberla mirado Mi desventura ha nacido. Pregúntala si la dio Causa al amor que le tiene. Pienso que huir me conviene. Tente, Patricio; eso no. ¿Por qué, Sabina, si aquí Me manda Heraclio matar? Pues yo te mando esperar; Fiarte puedes de mí. ¿No eres Sabina? Sí soy, Pero hay en mí un gran amigo Tuyo. Temo su castigo. Esta palabra te doy De cumplirte la escritura. Sabina, ¿cómo lo sabes? ¡Que de conocer no acabes El que por mí te asegura! No te vayas. No haré. Muda, justamente muda, Pues tal liviandad te muda De aquella primera fe. ¿Cómo no hablas? ¿Qué es esto? Di, ¿cómo a Dios has dejado? Pues que ya me has obligado Que rompa el silencio honesto, ¿No os dejará Dios querer Un hombre para marido; Que a no haber humilde sido, No hallaras qué responder? ¿Dios no ordenó el casamiento? ¿No es santa cosa? ¿No es justa? Bien dice, casarse gusta; En efecto, es sacramento. Bien dice, mas hace mal; Que a mil príncipes prefiere Un siervo humilde. No quiere, Heraclio, sino su igual; Como la habéis apretado Con meterla en religión. Buscó en casa la ocasión Que fuera le habéis negado. Pero ya que hemos sabido Que se pretende casar, Claro está que ha de tomar De vuestra mano marido; Que eso de Patricio, ahora Es donaire, no es verdad. ¡Qué caduca frialdad! ¡Qué vejez engañadora! ¡Viejos del diablo, importunos. Cansados, locos, avaros. Mi mal no ha de hallar reparos En argumentos ningunos! Resolución es aquesta De todo mi entendimiento; Mis sentidos, si algo siento, Y el alma, a este error dispuesta. Sus potencias, sus acciones. Su albedrío, y cuanto encierra De aire, fuego, de agua y tierra, Este cuerpo en sus pasiones. De no querer otra cosa Que a Patricio, mi criado; La mano y alma le he dado; Es mi esposo y soy su esposa. Dadme a Patricio, y doleos De esta triste que se abrasa; Teniendo el remedio en casa, ¿Para qué buscáis rodeos? Rasgaré por el dolor Mis vestidos y mis canas. Señora, mira que allanas Á un criado tu valor. Señora, aunque él sea tan bello Que te obligue a tanta furia. Mira que recibe injuria Tu honor. Bien puedes hacerlo; Que estos viejos avarientos Te quieren dar otro igual, Y quizá Emerencio es tal. Que anda en estos pensamientos. o si monja te metieses. Tu padre querrá casarse Con su hija. Aunque juntarse La mar con el cielo vieses; Aunque en el cuarto elemento. Naciesen flores, Sabina, Y rasgada la cortina Del hermoso firmamento Cayesen luces acá Desasidas de sus velos. Que hechas lenguas de los cielos. Esto me mandasen ya ¡Dadme a Patricio, villanos! ¡Hay tal deshonra, tal furia! ¿Con tan sacrílega injuria En tu padre pones manos? Loca estás, venga castigo. Imposible es lo que intento. Ten, Patricio, sufrimiento. Por el mar y el viento sigo. Ahora bien, esto es furor; Encerrarla me conviene, Y castigar a quien tiene Culpa de su loco amor. Prended a Patricio luego. ¡Yo, señor! ¿Por qué razón? ¡A mi marido en prisión! ¡Fuego de mí, fuego, fuego! ¡Oh, traidores! Tenla, Decio. Ásela ya. DECIO. Es imposible. Ya sé lo que es convenible En tanto mal. Suelta, necio. ; El diablo puede tenerla! ¡Eh, tú, Fulbino! ¡Ah, Basilio! Que es el verdadero auxilio, Que estos monstruos atropella. No, no, que me mataré; No venga Basilio aquí. ¿Por qué no?" ¡Triste de mí! Dame un lazo, moriré. Ahorcareme si viene; No quiero a Basilio, no. Después que a Cristo dejó. Odio a sus amigos tiene; Dejadle, no le llaméis, Pero llevadla a encerrar Donde la pienso acabar. Aunque mil muertes me deis, Patricio es mi propia vida. Echadle una gran cadena. Bien puede ser esta pena De Otras culpas merecida; Pero injustamente quieres Quitarme la vida a mí. Llevadle luego de aquí. ¿Qué haré, Sabina? Que esperes. Ven, Emerencio; que estoy Lleno de cólera y furia. Siento con razón tu injuria, Porque al fin tu sangre soy. ¡Mirad por quién deja a Cristo! Casárase con su igual. Bien adiviné su mal. Como si lo hubierais visto. Dádome ha grande alegría. Padre amado, el conocerte. Beatísimo padre, el verte Puesto en confusión me había; Perdona mis ignorancias. Muy bien pensaste de mí. Como instrumento te vi, Sin tocar tus consonancias; Mas después que vi el acento Que tus virtudes hacían. Vi que esas ropas servían De funda al rico instrumento. ¡Ay, Efrén, cuánto mejor Pasara en la soledad! Bien estás en la ciudad, Basilio, santo pastor. ¡Ay! que estuve en la fe diestro De Cristo, y al que solía Ser en la filosofía Mi preceptor y maestro, Con argumentos vencí, Y vio que Cristo era Dios, Bautizándonos los dos En el Jordán, donde vi El sacro Espíritu Santo, Que cual paloma bajó Después de un rayo que abrió Del cielo el dorado manto. Algún tiempo en soledad Viví más contento, Efrén. Quien sirve a Cristo tan bien, Mejor está en la ciudad; Y pues por orden divina Fuiste en Cesárea elegido. Donde la mesa y vestido Son cilicio y disciplina, ¿Qué soledad cual la tuya? La tuya envidio. Bien fue; Que aquí tu virtud y fe Sus enemigos destruya. Padre, allá en las soledades Los ánimos bien quietos Para los altos efetos De las divinas verdades; Como águilas, sólo bajan Al suelo por la comida. Los que en solitaria vida Por su perfección trabajan, Tocan solamente el suelo Por el sustento templado, Y en habiéndole tocado, Vuelven a subirse al cielo. Séneca, sin fe, decía Que en el cuerpo se ha de estar Como quien sin él pasar No puede esta incierta vía. Crisóstomo, de Platón La soledad cuenta, Efrén, Y de Sócrates también La pobreza y perfección. De Arquilao dejó el palacio Y a Alejandro despreció Díógenes, que vivió En aquel estrecho espacio. ¡Ay de mí, en regalos puesto. Si un gentil se desnudaba De cuanto el mundo le daba Que no pareciese honesto! Padre, bien desnudo estás Del mundo, que yo te he visto Sólo vestido de Cristo. ¡Qué santa envidia me das! Ruégale al Señor por mí; Mira que soy pecador. Antes yo, santo pastor, Eso pretendo de ti. Aquí ha llegado un criado De Heraclio, con un papel. Que, aunque cerrado el cancel. Por fuerza en la celda ha entrado. Dice que es tu conocido Y que no te pesará. ¿Dónde está? A tus pies está. Seas, Fulbino, bien venido. Despacio quisiera hablarte, Pero sé tu condición; Tan santa conversación No será razón que aparte. Lo que dice este papel. Ruega mi señor que hagas, Porque el amor satisfagas, Pastor, que conoces del. Que le va en esto la vida. Dile que lo haré, y el cielo Te bendiga. Beso el suelo. De tus pies. Ya va perdida La traza que tengo dada Para que Patricio pueda Gozar de Antonia, si hoy queda A Basilio declarada. Pídele en este papel Consejo en el casamiento, Heraclio, y que ruegue atento A Dios por ella y por él. Si esto llega a su noticia Y por ellos ruega a Dios, No se juntarán los dos. Porque sabrá mi malicia. ¿Perderé el alma, en efeto, De Patricio? ¿Qué haré? Siempre te ocupan. No sé De este papel el secreto. Pero hablemos; que habrá tiempo En que verle y responder; Que no será bien perder Este santo pasatiempo. Ponme este papel allí, Fausto amigo. Tente, espera; No le pongas, considera Que hay algo importante aquí. ¿Quién hay que no quiera ver Y saber cualquier secreto? ¿Cómo puede ser discreto El que no quiere saber? Cosas de tan grande santo, Grande gusto te darán. Mil tentaciones me dan mi mismo me espanto De ver aqueste papel; No es discreto el que no muere Por saber. Bueno, ya quiere Saber lo que viene en él. Cosas de un santo varón Como Basilio, gran gusto Me darán, mas es injusto Caso y grave sinrazón. ¡Ay de mí, que el gran deseo Me mata y con más furor Me enciende! Aquí está, señor, Aquel obstinado Di que entre. Guárdete Dios Pues ¿cómo va, Misael? ¿Guardaste, Fausto, el papel? Sí, señor. Nunca los dos Solos habernos de hablar. ¿Qué quiere aqueste buen hombre? Estima el cristiano nombre. Nuestra fe quiere tomar, Mas no acaba de creer Las cosas que son más graves, De que tiene Dios las llaves En su infinito saber. Téngole con la Escritura, Amigo Efrén, convencido Que el Mesías ha venido. Pues ¿qué niega o qué procura? Ya lo que es la Encarnación Confiesa, y no me ha negado De aquel Rey crucificado La santa resurrección; Pero está fuerte al misterio De la misa. Dime, hebreo, Si tienes santo deseo De salir del cautiverio De otro Egipto, a promisión De la bienaventuranza, ¿Por qué en la dura tardanza Imitas a Faraón? Padre honrado, yo estudié En mi ley, en que soy sabio; Pienso que tu fe no agravio En no entender bien tu fe; El Sacramento no entiendo Del altar. ¿Cómo podrás Sin fe, pues la fe no más Es quien a Dios está viendo? Esta suple los defetos Del sentido. Aún estoy rudo. Pues yo, con mi fe, no dudo De sus divinos secretos. Pero ¿no te atreverás A oírme una misa a mí? Digo, Basilio, que sí. Pues ven. ¿Dónde vas? Conmigo. Diácono soy, bien puedo Ayudarte. Cierto quedo Que hoy se rinde. Esto va bien. Con el papel he quedado; Basilio a la iglesia va; Leerle quiero; ya está Mi gusto determinado. No lo he podido excusar. Que me abrasa un gran deseo; Rompí la nema, ya leo. ¡Qué bien le supe engañar! A mi hija le ha dado una locura Con que dejando a su divino Esposo, No sólo el de la tierra vil procura, Pero con frenesí de amor furioso A un humilde criado me ha pedido, Y de mi casa el menos virtuoso. Yo me he visto tan triste y afligido, Que, porque no se mate, casi llego Á prometerla aqueste vil marido. Que le ruegues a Dios, padre, te ruego, Remedie su locura, y que me digas Si haré su gusto y templaré su fuego; Que como tú las bodas contradigas. Aunque se mate la tendré en cadena; Tanto con tu virtud y amor me obligas. Mas si me dices que así Dios lo ordena, Darásela sin duda Heraclio triste, Que queda lleno de congoja y pena, Cuyo remedio en tu virtud consiste.» ¡Ved lo que ver deseaba! Pequé, sin duda, pequé, Adonde ninguno hallé Del gusto que imaginaba. ¿Qué fue aquesto que me dio? No me supe reportar. ¿Si podré el papel cerrar? Ya ¿cómo puedes? Ya no. Rasgarle será mejor. Por mejor tengo rasgarle, Y que rasgado le halle Sin que se sepa el autor. Yo voy al divino oficio; Perdón de mi culpa espero. Estaba a mi gusto; quiero Ir a buscar a PATRICIO. Aguardo, como os digo, a que responda; Que si en cosas pequeñas me gobierno Por el consejo de Basilio santo. Mejor me obligarán las de importancia. Bien ha probado con ejemplo claro, Patricio, que la vida es de gran precio, Y en qué poco la estiman los amantes. ¿Cómo? Sabiendo que matarle pretendías, Rompió con sola industria la cadena; Que el peligro es el padre de la industria. Y con ayuda de Sabina, dando Un garrote a la reja, metió el cuerpo, Que descolgó con dos rompidas sábanas. Hace cosas tu hija, que a las piedras. Cuanto más a los hombres, mueve a lástima: Mesa el cabello, rompe el bello rostro. Y en fin, quiere matarse con sus manos. ¡Ay, triste viejo! ¡Ay, perezosa muerte! Huyes al fin de quien te llama, y sigues Dejaos de lamentar, buscad remedio. ¿Qué haré, Emerencio? Que a las puertas luego De la ciudad, con mucha gente acudas, Y que hallando a Patricio, le desposes. Qué, ¿en fin los casaré? Dime, si hubiera Como muchas que vemos cada día. Hecho algún yerro de los que amor dora, Tu hija Antonia con aqueste mozo, ;No se la dieras? Eso, ¿quién lo duda? Pues imagina que ese yerro ha hecho. Bien dices; que a buscarle vamos juntos. EMERENXIO. La honra es como media, todo es puntos. Movedme, cansados pies, Al paso de mi temor; Descansaremos después De aquesta carga de amor, Que un Etna en mis hombros es. Huyamos de un padre airado, Y huiremos también de aquel Cuyo poder no ha bastado, Dándole yo el alma a él, Para darme un bien prestado. Ved cuan imposible ha sido Aquel bien que pretendí. Si el infierno no ha podido Dármele en trueco de mí. Ya condenado a su olvido. Imagino que me ha hecho Tal la pena, que no soy Al infierno de provecho, o que tanto fuego doy, Que se teme de mi pecho. Pues si el infernal tormento Tiembla del fuego que siento Entre su alquitrán y azufre, ¿Cómo esta vida me sufre? ¿Cómo vivo y me sustento? ¿Posible es que un pecho tierno Pueda más fuego tener Que todo el tormento eterno? Basta; que he venido a ser Salamandra del infierno. ¡Ay, Antonia, muerto voy! ¿Dónde huyes de esa suerte? ¿Qué temes? Contigo estoy. Huyendo voy de la muerte, Pero a ti mismo te doy. ¡Así cumples el concierto! Y tú, ¿cómo le has cumplido? Yo estoy de cumplirle cierto, Y tú no, que no has salido Y ya te vuelves al puerto. Al fin se canta la gloria; El que no espera y pelea, ¿Cómo ha de alcanzar victoria? Quien huye lo que desea, Rompe a la mitad su historia. ¡Vuelve, vuelve, vil, cobarde! ¿La muerte quieres que aguarde? Dame mi cédula luego; De tus engaños reniego. Aunque lo conozco tarde. Anda, loco; que te espera Heraclio, y anda a buscar. ¿Á buscar? Para que muera. Mi cédula me has de dar, o cancelarla siquiera; No es muy mucho responder Como oráculo a la gente, Tu caviloso saber. Dame mi cédula. Tente; Que hoy su marido has de ser. ¿Su marido? ¿Que lo dudas? Si otras mil almas tuviera, Te diera. Harto bien te ayudas; Vuelve a casa, y considera Que mi propósito mudas. Mira que te busca el viejo, Y que a Basilio, su espejo, Una carta le rompí. En que pedía por ti Su oración y su consejo. Ya está todo remediado. Si a tanto bien he llegado. Déjame echar a tus pies. Tú los gozarás después; Que es cumplimiento excusado. Mira que te buscan ya; Vuelve y goza tu mujer; Que ya Heraclio te la da. Si no me mata el placer, La muerte, ¿cómo podrá? Ya te han visto, y han llegado; Voyme, Patricio, de aquí. Vete, amigo, confiado; Que a la firma que te di Cuarenta firmas añado. Por aquí sin duda fue. Así la guarda lo dijo. ¡Triste, si me esconderé! Si me engañó Este es. ¡Hijo! ¡Señor! Deja que te dé Mil abrazos. Soy tu esclavo; Huí por no darte pena. No porque mi muerte al cabo Vi estar de aquella cadena. Tu buen propósito alabo. Mi suerte o la tuya es ésta. Si no acudes prestamente, Antonia su muerte apresta. Que iré a verla diligente Te da el alma por respuesta. Hijo, su yerno has de ser; De tu señor tu ventura Este bien te quiso hacer; Su riqueza y hermosura Hoy entran en tu poder. Sé el que debes. Yo, señores, Soy vuestra hechura. No llores. Lágrimas son de placer Que riega el alma por ver De mi esperanza las flores. Ved qué criado escogió mi ama, ¡pesia a la necia! Vamos. No estaba aquí yo. Heraclio, tu sangre precia. Dios este yerno te dio; No vayas, por Dios, en calma. Nunca dé fruto esta palma; Bien caro me cuesta: habladle. No lo compré yo de balde. Que a fe que me cuesta el alma.

JORNADA TERCERA

Ten en mucho, Embolio amigo. Que a Basilio has enseñado. Antes él a mí me ha dado La luz de la fe que sigo. Si vana filosofía Y humanidad le enseñé, Él a mí de Dios la fe en divina teología. Dejad vanos cumplimientos. Pues al templo hemos llegado; Que de lo que me han contado Me matan mil pensamientos. Por las puertas de él me cuentan Se ve una clara visión Que a Basilio en oración Hoy los cielos representan. El gran Basilio pedía a Dios lo que aquí veremos. Si acaso ver merecemos El milagro de este día. Porque tan devoto ha sido a la Santa Eucaristía, Que lo que veréis pedía Que le fuese concedido. Después que la noche ha estado Ante el altar de rodillas, En tan altas maravillas Como Pablo arrebatado. Los clérigos que venían A la iglesia, entre las puertas Vieron patentes y ciertas Las cosas que nos decían. Llegad por aquesta parte; Oiréis qué música suena. ¡Que en esta divina cena Basilio alcanzase parte! Nombre de grande merece Quien a serlo tanto vino. Que en un altar tan divino Sacrificio a Cristo ofrece. Basilio, en este favor. Mucho mi amor te he mostrado. Nuevamente me ha obligado. Vuestro soberano amor Haz memoria de este día No saldrá de mi memoria Día de tan alta gloria; ¡Venturosa el alma mía! No me cabe en el pecho bien tan alto: A decirlo a mis hijos voy corriendo. ¡Qué notable favor! ¡Oh, pastor digno De ser eternamente celebrado! Basta que en el altar de Cristo, él propio Presente al sacrificio y sus Apóstoles, Ha celebrado misa el gran Basilio. Partamos a besar sus santas manos. Yo con sus pies dichosos me contento. Yo con la tierra en que los pone. Vamos, Y este misterio de su voz sepamos. En fin, ya tu padre llega, Mi querida Antonia, a hablarte. Ya me da en sus ojos parte Y a que los mire me ruega. Pasado se han los enojos; Que cuando ha habido rigor Se muestra sereno amor En los arcos de los ojos. Yo sé que te quiere bien Y que le puedes hablar. No me atrevo a contrastar La furia de su desdén; Que puesto que me ha casado Contigo, y soy tu marido, Témole como a ofendido Y como a suegro forzado. Grande es el odio, no hay duda. De un suegro a un yerno a disgusto; Pero con el tiempo, en gusto Todo ese enojo se muda; Y más cuando de los dos Nace un ángel que intercede. ¡Ay, Antonia, mucho puede Un nieto! Quiéralo Dios. No estés triste. No querría. Alegra tu corazón. Es ya propia condición Aquesta melancolía. No tienes contento en cosa es tu desigual Pienso que me tratas mal; De verte así estoy celosa; No tienes gusto conmigo. En todo te has engañado. Aquí tu padre ha llegado Con Emerencio, su amigo, Y no te ha llegado a hablar Por Patricio, aunque quisiera. Mira si de esta manera Me puedo, Antonia, alegrar. ¡Ay de mí, cuan diferente Es mi mal del que publico! Por gozar de un bien tan chico Pen.ar quise eternamente. Por una flaca mujer Perdí a Dios. Viene espantado Mi señor, de haber mirado, De haber merecido ver Un milagro soberano Que entre las puertas se ha visto Del templo. En nombrando a Cristo Miro la vara en su mano. Ya soy como el delincuente Que del nombre del juez Se espanta. De aquesta vez Perece la arriana gente. En la misa y santo altar, Al gran sacerdote Cristo Basilio sentado ha visto. Tiemblo en oírle nombrar. Del milagro sucedido Hoy quiere hacer un sermón Basilio, a cuya ocasión Entra el pueblo enternecido Por el templo tan aprisa, Que si luego allá no vas, Ni entrar, ni llegar podrás. Vamos, mi Patricio, a misa. Ea, mi bien, ven conmigo, Y este milagro sabremos Para que a Dios gracias demos. Allá quisiera ir contigo. Mas tengo mucho que hacer; Vete y vuelve en acabando. Porque te estaré esperando, Antonia, para comer. Ea, pongan la carroza. ¡No, por mi vida, mi bien; Conmigo a la iglesia ven! ¿No te alegra y alboroza Oír tocar las campanas. Que repican de alegría? ¡No puedo, por vida mía! Todas son palabras vanas. Ea, mi señor, ¿qué tienes Que tanto pueda importarte? De todo te he de dar parte. Pues pensaré, si no vienes, Que vas a darme pesar, Y a ver alguna mujer. ¿Celos he yo menester? Oye. No tengo lugar. Vase. Déjale, no le detengas. Que yo sé bien que es en vano. ¿Cómo así? No es más cristiano Que un turco. ¡En eso te vengas! ¡Eso en mi presencia dices! Ya no es Patricio tu igual, Ya es mi marido. ¡Oh, gran mal! ¡Oh, bodas siempre infelices! ¿Qué dices, Fulbino? Digo Que dicen que no es cristiano Pues qué, arriano? No; mas de Dios enemigo. ¿Cómo? No quiere pasar Por la iglesia, antes rodea; Como sin pensar la vea. Ya echa por otro lugar. Jamás se quita el sombrero A la cruz, ni hombre le ha visto Hacer reverencia a Cristo, Ni oír misa. ¡Ay, triste! ¡Ay, muero! ¿Eso es cierto testimonio? ¿Es eso envidia? ¡Pluguiera A Dios que esto envidia fuera, Y no enredo del demonio! No lo creo, estoy dudosa. Vémele a llamar, y di Que quedo muriendo aquí De un desmayo o de otra cosa. Voy, que deseo que hagas Grande diligencia en esto. ¡Sabina! Vase. ¡Señora! Entra Presto, Presto, si este amor me pagas. Llama a mi padre. Mas, ¡triste! ¿Qué hago? Escucha, detente. ¿De qué es aqueste accidente? ¿Dónde la caja pusiste Que ayer te di? Voy por ella. Qué, ¿con tanto mal quedó? Muriendo la dejé yo; Vuelve a darla vida, y verla. Mi señora, ¿qué es aquesto? De casa apenas salí Cuando Fulbino, tras mí, En gran confusión me ha puesto. Si son celos, mal hacéis. No lo son, ¡por vida mía! Sino que aquesto fingía Sólo para que tornéis: íbades muy enojado. ¡No, por mi fe! ¿En qué veré Que no lo estáis? ¡No sé, a fe! Compradme cierto tocado. No más de esa niñería; Venga, y de diamantes sea. ¿Quien ha de haber que esto crea? ¡Sabina! ¡Señora mía! Muestra esa caja. Aquí está. ¿Está aquí el tocado? Sí; Que si os toca como a mí, Bien tocado os dejará. ¿Es oro? Salíos afuera. ¿Qué es esto? Allá lo sabrás. Abre. ¡Ay, ay, tente, no más! Saca Antonia de la caja un Cristo. Aguarda, Patricio, espera. Cristo es este que ves, Cristo vencido De amor y de la muerte, y amoroso, Todo de sangre hasta los pies teñido; Este es el Agmis tierno y ofrecido Al Padre en sacrificio riguroso; Este el amante muerto de celoso, Y el Cupido vendado y escupido; Este es el Dios que, porque al hombre obligue A tomar sus tesoros soberanos, Abierto y roto por mil partes viene; Éste, porque le alcance quien le sigue, Los pies tiene clavados, y las manos Para no castigar a todos tiene. Pues ya no es tiempo, señora, De que te niegue este caso. Viendo presente el Juez, Aunque en su vara enclavado; Sabrás que, amando tus ojos, Di al demonio, por gozarlos. Una firma de ser suyo. De mi sangre y de mi mano. Él con esto te encendió De amor lascivo é incasto, Con que dejaste el de Cristo, Limpio, honesto, puro y santo. De esta suerte me quisiste, De esta suerte te he gozado: Fuerza del demonio ha sido, e industria de sus engaños O de amor, que todo es uno; Uno es su fuego y sus lazos: Así quema, y así prende; De una aljaba son entrambos. No puedo llegarme a Cristo, Aunque lo estoy deseando. Porque le negué mil veces. Calla; que otros le negaron, Y llorando arrepentidos, Fueron de Dios perdonados. Porque como está tan roto, Se le entran por pies y manos. El llanto es hierba del lotos; Que aunque tuviera candados De hierro su pecho tierno. Los abriera luego el llanto. ¡Triste de ti si no aciertas Á entrar por este sagrado. Donde tantas puertas miras Que todas te están llamando! Ya lo sospechaba yo, Que al acostarte a mi lado No te santiguas ni tomas Agua bendita en las manos. Jamás has nombrado a Dios Por ningún extraño caso, Nunca a su Madre bendita, Ni te he visto su rosario. Ea, Patricio, si el amor De una mujer te ha engañado; Si te ha forzado a buscar Remedio con tanto daño. Para hallar a Dios, Patricio, Para cobrarle, ¿qué pasos. Qué remedio, qué invenciones. No intentan tus desengaños. Vuélvete a Dios, vida mía; Que yo en su nombre te llamo Con ser mujer pecadora: Mira que es cordero manso. No le imagines león, Sino en este altar sagrado Rogando a Dios por aquellos Que aquí le crucificaron. Luego, ¿tendré yo remedio fuera de una soga o lazo? ¿No ves que al Señor vendí, Y Judas hizo otro tanto? ¡Calla; que si aquél entonces Bañara de tierno llanto Los pies del mismo vendido, Perdonara sus pecados! Pues estás junto a la cruz, Se el buen ladrón, y no el malo. Ánimo, Patricio mío. Hurta el cielo; aquí te aguardo: Pon una escala de fe: Sube a estos divinos brazos: Sea tu arrepentimiento Martillo para estas manos. No es el remedio imposible: Aquí cuelga de tres clavos: Alcánzale con la fe: Merécele con el llanto. ¡Ay, soberano Dios mío! Pequé yo, pequé negando Vuestro nombre; tiemblo, temo, Y desde lejos os llamo. Esos arroyos de sangre Me están pareciendo rayos. ¡Ay, si de amor me abrasara Como de temor me abraso! Gigante he sido de culpas. Montes levanté de agravios; Fulminadme, gran Señor, Cubridme de otros más altos. Esta mujer para mí, Como para Pedro el gallo, Me está diciendo que estáis Mi juramento mirando. Yo lloraré, Cristo mío; Dadme vuestras santas manos. Mas ¡ay! que las clavé yo; ¿Cómo alargaréis los brazos? No desconfíes. Confío. Dios te dará perdón. ¿Cuándo? ANTONIA Luego, si lloras. Sí haré. Busca un sacerdote. Vamos. Basilio podrá. Eso creo. Que es gran pastor. Es mi amparo. ¿A sus pies no irás? Sí, No desmayes. No desmayo. Mira este amor. ¡Ay, mi Dios! Abrázale. Ya le abrazo. Niega al Sí niego. Llama a Cristo. A Cristo llamo. Mira esta sangre. Esa adoro. Pues ¿qué temes? Mis pecados. Esta es fuente de piedad, Y yo seré un mar de llanto. Chirimías. Ya que me has dado licencia Para volverme al desierto, Y estoy de tu amor tan cierto Como tú de mi obediencia, ¿Qué mandas, padre bendito; Que es hora de caminar? Que me procures llevar En tu corazón escrito. Mira, Efrén, cuan pecador Me has visto, y pues me conoces. Así de la vida goces De aquel soberano amor. Que le ruegues que perdone Mis culpas, pues te ha de dar La soledad más lugar. Tu santa humildad te abone. No te quiero dar enojos Con la gloria de tu vida. Que de vergüenza, ofendida Está la luz de tus ojos. Pero págame, pastor. En rogar a Dios por mí. Yo lo haré, mi padre, así. Aunque indigno y pecador. Quien en la mesa de Cristo Pan como apóstol comió Y el sacrificio ofreció Que toda Cesárea ha visto, Por pecador se confiesa, ¡Triste! ¿qué será de mí? Á que me aparte de ti Me dan mis negocios priesa. Dame, santo Arquimandita, Tu bendición. Dios te guíe Y de aquella paz te envíe Que en su corte santa habita. Bendice a Fausto también, Pastor, pues que puedes tanto. Fausto, el Espíritu Santo Te alumbre. Adiós, padre Efrén. Adiós, Basilio divino; Iré, mi Fausto, llorando, Mi barba blanca regando Y las hierbas del camino. Antonia Lucila, hija De Heraclio, te quiere ver. Entre: ¿qué puede querer. ¿Qué puede haber que la aflija? ¿No estaba recién casada? Entra Antonia, con manto. Déjame echar a tus pies. ¿Qué es esto, Antonia? Después De mi boda desdichada. Que, en efecto, me ha salido Cual se ve por experiencia, A quien contra la obediencia Del padre busca el marido. No he podido visitarte. Padre, porque Tierna estás; Sosiega, y luego hablarás; Ea, aquí puedes sentarte; No llores. Padre, no puedo; Que el alma, vuelta en enojos, Se me saldrá por los ojos Si con el llanto me quedo. ¿Son celos de tu marido? No, señor. No, padre. ¿Trátate mal? ¡Hay lástima igual! ¿Qué puede haber sucedido? Padre, ya sabrás que fue Mi criado. Así es verdad. Y que contra voluntad De mi padre, me casé. Sí, hija. Habrasme culpado. No, por cierto. Mi furor No fue natural amor. Pues ¿cómo fue? Amor forzado. No se fuerza el albedrío. El demonio me forzó. ¿Cómo? Porque me obligó, Padre, a tanto desvarío. ¿De qué suerte? Prometiole El alma ¡Ay, Dios! Y por concierto en los dos, Una cédula escribiole. Con esto, por la codicia De su alma, me encendió De su amor, y me obligó A estar loca. ¡Hay tal malicia! ¡Ah, bellaco! ¡Ah, fementido! ¡Ya os hacéis falso escribano! Ésta firmó de su mano, Y vino a ser mi marido. Por el concierto, jamás Oyó desde entonces misa; Fulbino de esto me avisa. Y no fue menester más; Que con mi sospecha, luego Esta verdad confirmada, Hoy quedó más declarada. Que me lo digas te ruego. Fingí comprar un tocado, Y de una caja saqué Un Cristo, que apenas fue De mi Patricio mirado. Cuando se me quiso huir; Yo, a quien Dios puso en los labios Entonces lo que hombres sabios Suelen saber y decir, Enternecile de suerte, Que lloró y se arrepintió. ¿Dónde está? Aquí. Véale yo. Padre, que es mi esposo advierte; Padre, duélete de mí. Entra ¡Ah, Patricio! Mi vergüenza La santa esperanza venza, Gran pastor, que tengo en ti. Heme aquí, padre, encogido. De mi temor testimonio. Porque pienso que el demonio Me tiene atado y asido. Tócame, padre bendito; Allégame a ti. Sí haré. Dios es piadoso; ten fe. Un Pedro llorando imito. ¿Esto es verdad? No hay cosa Que no haya pasado así. ¿Cédula le diste? Sí, Por interés de mi esposa. ¿Qué dice? Que le daré El alma. ¿Negaste a Dios? Sí, padre; que entre los dos Primero concierto fue. ¿Crees en Dios? Sí, señor. ¿Lloras tu pecado? Tanto, Que puede ahogarme el llanto Y consumirme el dolor. ¿Quieres salvarte? Sí, padre: En este manto me envuelve. Pues, mi hijo, a Dios te vuelve. Vuelve a la Iglesia, tu madre. Yo te tengo de encerrar En un aposento. Vamos. A Dios oración hagamos; Que Dios te ha de remediar. Su sangre me da esperanza. Vete a tu casa, señora, Y confía que el que llora. De Dios lo que quiere alcanza. Padre, en tus manos estamos. Ven, Patricio; que te aguarda Gran penitencia. Ya tarda. Vamos, padre; padre, vamos. Abre este cuerpo, esta carne, Que tanto mal me causó; Carne que a Dios olvidó, Buscando a Dios se descarne. Hijo, yo lo haré por ti; Ofendímosle los dos. Haz, padre, oración a Dios, Y dame el castigo a mí. Resolución he tomado De dejar mi ley hebrea; Cuanto hay en mi casa, hoy sea Por Basilio bautizado. Con Basilio tuve ayer, Raquel, grandes argumentos; Mis obstinados intentos no pudo jamás vencer. Puesto que bien me probó Que era venido el Mesías, Con las mismas profecías Con que le esperaba yo. Rogome un santo ermitaño Que estaba con él, que fuese Al templo y su misa oyese. Donde vi un milagro extraño, El cual me obliga a creer Que Cristo es Dios. MUJER. ¿De qué modo? Pues estad atenta a todo, Que bien tenéis que saber: Entre la cristiana gente Que la misa oyendo estaba. Me entrometí, Raquel mía, Subiendo al altar las gradas, Donde vi que el gran Basilio Puso las humildes plantas, No como el gran sacerdote Que nuestra ley Sumo llama; No con el efod al cuello Ni las piedras donde entalla Los doce tribus escritos, El pectoral y tiara; No con túnica y balteo. Campanillas y granadas, Con que llegaba a incensar Tras las cortinas el arca, Sino con un blanco amito, Cíngulo, casulla y alba; Un manípulo y estola, Llenos de cruces de nácar. Dos diáconos traía Que a la misa le ayudaban; La Epístola dijo el uno Del apóstol Pablo ad Calatas; El otro el santo Evangelio Que Lucas escribe y canta En el segundo capítulo De aquella su historia sacra. Contarte las ceremonias. Bendiciones y palabras. No sabré; basta que diga Lo que me ha elevado el alma. Descubierto un cáliz de oro, Donde echaron vino y agua, Y puesto el pan blanco y hostia En la patena de plata. Yo vi que la alzó Basilio Con ciertas palabras santas. Con que es sin duda que Dios Del cielo a la tierra baja. Alzó el cáliz, y otra vez. Tras mil bendiciones varias, El pan sobre el cáliz mismo Al pueblo muestra y levanta. Después, en fin, que en los pechos, Adorándole, se daba Tiernos golpes, y Cordero De Dios a voces le llama; Después que indigno se afirma De que entre Dios en su casa, Y que le quiso partir Para meterle en el alma, Yo me puse a imaginar Si Dios en el pan estaba, Y en esta duda, Raquel, Vi que entre sus manos santas Un niño, en lugar del pan, Con más rayos que la cara Del sol, estaba. ¿Qué dice? No lo dudes, esto pasa: Partiole, como si fuera La hostia, y con tiernas ansias De amor, desde la patena Le trasladó a las entrañas. Comiose el Infante vivo: Yo, viendo cosa tan alta, Propuse dejar mi antigua Ley, por esta ley de gracia. Cristo es Dios, Cristo es Mesías; Hoy, Raquel, toda mi casa Se ha de bautizar, sin duda; Que yo sé que Dios me llama. Yo digo que te obedezco Y que a Cristo adoro y sigo. Que su gran piedad bendigo, Y que a su Iglesia me ofrezco. Y yo, padre, que la ley Nuestra ya es perniciosa. Hoy desde su mesa, esposa, Nos llama este santo Rey. Árbol soberano y santo, En quien se tendió la vela Con que mi esperanza vuela Por este mar de mi llanto. Llevadme al dichoso puerto, Libradme de los corsarios, Y entre tantos vientos varios, Mi fanal no quede muerto. ¡Viva la Fe que me guía En la popa de mi fe! ¡Ánimo, que ya se ve La luz, la estrella María! ¡Virgen santa, si los hombres Os dieron nombre de Madre De aquel Hijo del gran Padre Y el mayor de vuestros nombres, Obligada estáis a ser Amparo de los perdidos! Suena ruido de cadenas adentro y salen los demonios. ¡Qué temerarios bramidos! ¡Hoy tengo de perecer Si vos no me dais la mano, Ángel custodio, ángel puro! ¡Ah, falso, perro, perjuro, ¡Que llamas a Dios en vano! ¡Basilio, Basilio! Di, Perro, enemigo, sin fe, ¿Yo, por dicha, te busqué, O tú me buscaste a mí? ¿No me estaba yo en mi hacienda? ¿No me viniste a ofrecer El alma por la mujer Que ahora tienes por prenda? ¿Fuite yo a buscar acaso? ¡Vuélvete a mí! ¡Jesús, Dios, María, valedme vos En este tránsito y paso! ¡Dale! ¡Mátale! ¿Qué aguardas? ¡Muere, traidor! ¡Ay de mil ¡Basilio, Basilio, aquí; Aquí, padre, aquí, que tardas! ¡Ay, ay! ¡Vámonos, que viene! Hijo, ¿qué es esto? ¡Ay, señor. Grande mal, grande dolor! Sufrir, hijo, te conviene. Vinieron, Basilio, aquí Los demonios de mil formas. Conociendo que me informas Del alto bien que perdí, Y hanme puesto como ves. Toma, esfuérzate con esto; Yo volveré a verte presto. Vase. Dame, Basilio, esos pies: Fuese mi sol, ¡bueno quedo! Pero en esta resistencia Quiere probar mi obediencia; Solo estoy, tiemblo de miedo. Virgen santa, ¿qué he de hacer? ¿Así, traidor, llamáis gente? Haceos ahora inocente; Que poco os ha de valer. Aquí la cédula está; Yo iré al Tribunal de Dios; Oírnos tiene a los dos. ¡Justo es el Juez; sí hará! Rásgale aquellas entrañas. Basilio santo, Basilio, Dame tu favor y auxilio. ¿Tan presto de él te acompañas? ¿Ya llamas al monje? Hijo, ¿Qué es esto? ¡Ay, mi padre amado! Por tu luz, que luz me ha dado En mis tinieblas, me rijo. ¿Cómo te va? Ya mejor. Que desde lejos me hablan, Donde ya la causa entablan De mi delito y error. La cédula me han mostrado. Hijo, espera; haz penitencia, Que a quien falta la paciencia No puede ser coronado. Llámame siempre que veas Que hay necesidad de mí. Mi esperanza tengo en ti. Vencerás si en Dios la empleas. Con algún alivio voy. ¡Ay, penitencia divina, Saludable medicina Del grave mal en que estoy! ¿Cuándo, Señor soberano, Tendré mi alma segura? ¿Ya pensarás, por ventura, Que está tu negocio llano? Pues la cédula está aquí; No te canses: desespera. Ya me hablas desde afuera; Ya se acerca Dios a mí; En que huyes a despecho Del concierto de los dos, Conozco que viene Dios Acercándose a mi pecho. ¡Ánimo, que el enemigo Huye; la victoria es cierta! Entra, y cerraré la puerta. Cierra, y hablaré contigo. Pero, pues hay gente aquí, Toma este papel, señor. Que es la suma de mi error que a Dios ofendí. Mujer pecadora he sido; Estos mis pecados son; Dale un papel sellado como carta. Si me alcanzas su perdón, No ha de ser más ofendido: Esta palabra te doy. Cerrados vienen. Sí vienen. Por la vergüenza que tienen De ver que su dueña soy. Yo rogaré a Dios por ti, Aunque mayor pecador Que tú. ¡Ay, humilde pastor, Cuánto te ensalzas así! Lo que me mandas haré; Vuelve a ver lo que sucede. Hazlo, pues que tanto puede Con él tu virtud y fe. Pues, Patricio, ¿cómo va? Ya, señor, mucho mejor. ¡Cómo! No llega el traidor; Habla desde lejos ya. Qué, ¿ya no le ves a él? No, padre. Pues ven conmigo; Veamos si yo le obligo A que te vuelva el papel. De esta suerte venir nos ha mandado, Y él dice, Heraclio, que traerá a Patricio, Que ha tenido encerrado tantos días, ¡Mientras los dos han hecho penitencia. Bien sospechaba yo que la locura De Antonia era violenta: ¡oh, cuánto puede Amor en los humanos corazones! ¡Quién pensara que un hombre se atreviera A hazaña tan diabólica! No hay cosa Que no penetre amor, que amor no emprenda, Desde el empíreo al cerco de la luna, Y desde el fuego elemental y puro, Al eterno castigo de las almas. ¡Mísero yo, no me bastaba el daño Que padeció mi honor, mi sangre ilustre! Hazaña fue, señor, del enemigo De la quietud humana, distraerme De aquel santo propósito que tuve De ser de Cristo esposa. El pastor viene. Entra Basilio con Patricio de la mano. Llegad al templo, y todos de rodillas, A Dios pidamos con ardientes lágrimas De Patricio el remedio. Ya está abierto: Ha de entrar. No ha de entrar hasta que tenga Seguro, Embolio, lo que a Dios le pido; Hagamos oración; hacedla todos. Padre, ruégale a Dios que me perdone. Pues su sangre no hay yerro que no abone. Pónense todos hincados de rodillas ante el altar. Divina fuente, celestial, perenne, De donde mana gracia, gloria y vida; Divina humanidad al Verbo unida, Que el alto Serafín a sus pies tiene. Pastor, no de las fuentes de Hipocrene, Sino de vuestra gracia esclarecida, Una ovejuela mísera perdida. Suelta del lobo, en vuestra busca viene: Robola del rebaño que me distes, Y pasola a su monte por la barca De su lascivia al pasto que es vedado: Oíd, Dios mío, sus balidos tristes; Que no podéis negar que trae la marca Del costado, que tanto os ha costado. Que me estás atormentando, ¿Qué te he hecho yo? Dime dónde, cómo o cuándo: Suéltame el hombre. Eso no. ¡Ay, Antonia! Estoy temblando. Basta que por ti no ha sido A los infiernos llevado Y en su fuego sumergido. ¡Suelta, perro! ¡Ay, padre amado, Tenme, que me tengas pido; No me consientas llevar! Dame la cédula aquí. ¿Qué cédula te he de dar? Muestra. ¿Tú me has dado a mí. Sino es enojo y pesar? Este hombre te la dio. Si me la dio, también yo Le he dado aquella mujer; Ya sabes que la gozó. Téngale yo, pues es justo; Haz justicia si lo eres, Y si no, serás injusto. ¿Argüir conmigo quieres? En buen hora, de ello gusto. Sabes poco para mí. Que soy ángel, ya que aprendo Desde aquello que emprendí. Di el caso, vencerte entiendo. Oye una palabra. Di. Si le di aquesta mujer Y el alma me prometió, ¿Qué tienes que responder? A eso respondo yo Que válido no ha de ser Contrato tan engañoso, Pues por un pequeño gusto Quieres, traidor envidioso, Llevarte el alma. ¿Eso es justo? El argumento es gracioso: Si Basilio abogar viene Por ti, muy poco te vale. Gran precio el alma contiene. Basilio, el alma eso vale En que cada cual la tiene. ¡Mientes, perro, que si cuesta Sangre a Cristo su valor, Lo que cuesta manifiesta! Si de esa sangre es traidor Y vende a Dios, ¿de qué presta? Suelta esta alma; que ésta es mía; Firma tengo, fecha y día. Año y mes; júzguenos Dios. Basilio, valedme vos, Ángel Custodio, María. ¡Traidor, deja el hombre! Luego Traed la cédula aquí. De cuanto puedo reniego. Ea, Dios lo manda así; Vuélvete al eterno fuego. ¡Esto ha de poder un viejo! ¡Rabio, aumento mi dolor! Ya es ido. ¡Oh, sol, luz y espejo Del mundo! ¡Oh, santo pastor, Danos tu ayuda y consejo! Si el papel no vuelve el fiero, ¿Qué importa que se haya ido? ¡Satanás, mira que espero; Esta cédula te pido Por Dios santo verdadero! Toma, BASILIO. ¡Ay de mí, Perdí el trabajo, perdí La acción de este hombre! ¡Ah, traidor! Gracias te doy, gran Señor, En cuyo nombre vencí: Esta es la cédula. ¡Oh, santo, Danos a todos los pies! Y a mí, que intereso tanto. Mira si es ésta. Esta es. Volved al templo entretanto; Que aquí me quedo a impetrar De Dios cierta petición. Vase. Mil gracias le debo dar; Ya, Antonia, tengo el perdón; Ya me puedes abrazar. Ya Basilio me ha quitado Del palo en que condenado Estaba a aquel fuego eterno. Ya te abrazo, en llanto tierno Deshecha, Patricio amado. Y yo, hijo de mi vida. Que me dolía de verte Con tan mísera caída Condenado a eterna muerte. Señores, esto no impida Dar gracias a quien se deben. Vamos con grande alegría. Nuestras vidas se renueven Desde hoy más, Antonia mía, Y el cierto camino lleven. Eso prometo al Esposo Que dejé por ti, PATRICIO. ¡Has hecho, padre piadoso. Por mí aquel devoto oficio? Sí, Layda, y estoy gozoso De que pienso que a los dos Nos ha hecho Dios merced. Mi alma ganastes a Dios. Señor poderoso, ved Su arrepentimiento vos. Esto dice con el papel en las manos. Borrad, Señor, estas culpas, Si lágrimas son disculpas; Toma y no vuelvas a ellas. ¡Ay, padre, déjame verlas! Mira que al doble te culpas Si vuelves a las pasadas. Todas, padre, están borradas; Pero ¡ay, notable dolor! Que está escrita la mayor, Y las otras perdonadas: Ruega por mí a Dios, pastor. Yo, hermana, soy pecador. Pues, ¿dónde iré, padre, a quién? Ve al yermo, y al santo Efrén Muestra esa culpa mayor, Y de mi parte le di, Layda, ruegue a Dios por ti. ¿Quién, padre, me dirá de él? Los monjes. Pues voyme a él; Padre, ruega a Dios por mí. Otra vida es ésta, Fausto, De aquella de la ciudad. Tan libre de pompa y Fausto. Mejor en la soledad Se ofrece a Dios holocausto; Bien estamos, padre, aquí. Toma ese cántaro, amigo, Y trae agua. Harelo así. ¿Eso pudo hacer contigo Basilio? Digo que sí, Y que tanto me forzó. Que hasta el papel me quito, Y con el hombre se queda. ¡Que esto alcance! ¡Que esto pueda! Confieso que me venció. ¿Dónde va esta honrada gente? ¡Huéspedes tendremos hoy! A ellos digo. ¿Qué hay, pariente De aquel por quien tal estoy, Que bramo de rabia ardiente? De parte de Dios os mando Me digáis dónde venís. De Basilio blasfemando. Pues ¿qué es lo que del sentís? ¿Qué nos estás preguntando? Quitonos un hombre nuestro Que una cédula nos dio. Ninguno, infames, es vuestro; Y no os quejéis de quien yo Tengo por padre y maestro. Hemos de vengar en ti La rabia. Partid de aquí. Bestias fieras. Ya nos vamos. ¡Padre, ah, padre, entre estos ramos. Una mujer viene a ti! Demonio debe de ser; Cierra nuestra celda, cierra. Aquí debe de tener Su celda. ¡Oh, preciosa tierra! ¡Tente! ¿Dónde vas, mujer? Al santo Efrén le traía Del gran Basilio un recado. Mujer es. ¡Por vida mía. Que la escuches! Tú has nombrado La misma luz que me guía. ¿Qué quieres? Dile el papel Que miras, porque escribí Todas mis culpas en él, Y rogando a Dios por mí, Todas se borraron del; Mas quedando la mayor, Me dice que es pecador, Y a ti me envía, y te ruega Le ruegues a Dios Qué, ¿llega Tu humildad a tanto honor? ¡Ay, hija, engañada estás! Por quien Dios uno perdona. Perdonará los demás. Vuelve allá, que en su persona Lo que pides hallarás. Si es pecador tan gran santo, ¿Qué seré yo? Vete presto, Y camina, amiga, tanto. Porque está en peligro puesto, Que llegues antes del llanto: No te detengas, camina. Padre Efrén, ¿sin tu consuelo Me dejas? El paso inclina; Mira que he visto en el cielo Una claridad divina. Vete si le quieres ver. ¡Desconsolada mujer, Grande fue aqueste pecado, Pues perdón no me ha alcanzado! ¿Quién tiene tanto poder? Rómpase de dolor la misma tierra, Llore este templo aunque a razón repugna, Hagan los elementos mayor guerra, Levántese en la mar cruel fortuna. Hoy de Cesárea el cielo nos destierra: Su gran pastor cayó, la gran coluna Fogosa de la fe, luz de la Iglesia, Como era Juan de Patmos y de Efesia. ¿Qué voces de dolor serán bastantes? ¿Cuáles gemidos llegarán al cielo, Entrando por sus ojos de diamante, o por las puertas del Señor de Delo, Donde las tres personas semejantes, Y un solo Dios, en tanto desconsuelo Nos den su luz y soberano auxilio. Transpuesto el sol del celestial Basilio? Padre, quien como yo perdió tu amparo, ¿Qué consuelo le queda de tu muerte? ¿Dónde te fuiste, sol divino y claro? ¿En qué aurora mis ojos podrán verte? ¿En quién mis males hallarán reparo? ¡Brava desdicha, Antonia! ¡Extraña! ¡Fuerte! Como Sansón murió, porque ha caído Con él el templo donde estaba asido. ¿Qué alboroto es aqueste, que no siento Por la ciudad sino confuso llanto? Su falta, destrucción y perdimiento. No pienso que pudieran sentir tanto. ¡Ábranse aquestas puertas al momento! Dadnos el cuerpo de Basilio santo. Dejádnosle besar; dadnos siquiera Reliquias de su ropa. ¡Ay, pena fiera! Amigos, ¿quién murió? Tú sola eres Peregrina en Cesárea. Agora vengo Del yermo. Llega, si saberlo quieres. ¡Muerto a Basilio ante mis ojos tengo! Descubren el Santo sobre un túmulo, la cabeza en unas almohadas altas, con su báculo pastoral y un cáliz en las manos, con su patena, y luces. ¡Ah, pastor! ¡Ah, Basilio! ¡Ah, si te mucres! ¿Cómo en decir la causa me detengo De mi desdicha? ¡Oh, pueblo! Ya mi vida Ha sido de vosotros conocida. Di este papel con todos mis pecados A Basilio, y rogando a Dios por ellos. Fuera de este mayor, los dio borrados, Y al santo Efrén me envió después con ellos. Él, con los ojos bajos y humillados, Que cubrió de asperísimos cabellos, Me dijo que volviese al gran Basilio Y para los demás pidiese auxilio. ¡Ah, padre, esto se sufre! Por librarte De mí, me envías al desierto. Ahora, ¿Quién rogará por mí, quién será parte Para el perdón de aquesta pecadora? Toma el papel, y nunca yo me aparte Con tierno llanto de tu cuerpo un hora; Dios juzgue entre los dos, padre, este caso. El Santo alarga el brazo! tened paso. Mira, Embolio, el papel. ¡Milagro extraño! ¡Borrado está el pecado! ¡Ay, padre mío. Con llanto de placer tu cuerpo baño! ¡Fuentes mis ojos son, y el alma un río! Gran gente acude, y ha de ser en daño Nuestro, sin duda, porque no confío Del respeto vulgar al cuerpo santo. Porque han de cortar del si falta el manto. Cerrad el templo, y como en otras muertes Se hace aplauso de funesta pompa, Ésta, que es vida, ha de trocar las suertes; Y así es razón que el llanto se interrompa; Pueblo cristiano, que a Basilio adviertes; Aquí el estilo de sus hechos rompa Su muerte, dando fin a nuestra historia. Alabanza a Basilio y a Dios gloria.