Texto digital

Texto digital de Fray Diablo y el diablo predicador

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Fray Diablo y el diablo predicador. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/fray-diablo-y-el-diablo-predicador.

Logo BICUVE

FRAY DIABLO Y EL DIABLO PREDICADOR

JORNADA PRIMERA

ACTO PRIMERO De entre lóbregas cavernas, minas de fuego y salitre, depósitos de alquitrán y de tormentos terribles: del Infierno, en fin, adonde no mueren los que mal viven, porque es su vida inmortal, si vida puede decirse, me has sacado. Y con saber tanto un demonio, pues rinde humanas sabidurías, secretos incomprensibles, sabe mágica engañosa, a tantos sabios difícil, los astrólogos desprecia; porque del trono sublime cayó, y al caer, ¿quién duda que sus astros infelices y sus planetas dichosos para asistir donde asisten, conocerían las causas y los secretos, pues rinden los más agudos ingenios y los más curiosos linces? ¿Qué filósofo no excede con argumentos sutiles? ¿Qué teólogo no iguala? Mas ¿qué me canso? que libres, aunque ignorantes, se saben salvar, pues vencen y oprimen tu valerosa cabeza, y nosotros, infelices, animosos y valientes, hechos esclavos humildes de aquel mesmo que nos puso estado tan infelice, le rendimos vasallaje. Mas si aquel Dios lo permite, si aquel Dios les favorece, cuando ellos menos le sirven, cuando ellos le ofenden más, cuanto más su curso impiden.., Quiero callar, a pesar del Infierno, que recibe mis roncos y tristes ecos en sus senos menos tristes. Pero volviendo a mi intento, con saber, como te dije, tanto un demonio, no puedo, declarando, persuadirme qué puede haber importado salir al mundo. Un humilde, cuando a la primer refriega que tiene llega a rendirse o salir herido, es cierto que le ha de ser muy difícil el volver hallarse en otra, porque aquel temor lo impide. Tú, que a la primera impresa, como del Cielo caíste a la tierra, estás cobarde; como lo pasado viste, eres demonio común, no eres demonio invencible como yo, que con caer también como tú caíste, me opongo cada momento, soberbio, atrevido y libre, a competir animoso lo que luego lloro humilde. Mas lo que quiero emprender escucha, que no es difícil; que, como mal comenzaste, cualquier empresa te aflige. No es tanta mi cobardía; di lo quieres decirme. Sobre mil montes de fuego donde mi fuerza infernal de las penas que padezco haciendo donaire están, me senté una noche oscura, digo noche, porque allá a cualquier tiempo es de noche, que es globo de oscuridad. Tomé el tridente en la mano y dije al cetro real, adornado de culebras que vomitan alquitrán: "¡Quién te viera en los humanos reyes!" Volví a reparar y dije: "Si veo a su lado con soberbia y vanidad tantos lisonjeros juntos y envidiosos, pues ¿qué más tormento quiero a los reyes, cuando cercados están de tantas fieras crueles que con más riguridad le ofenden y le persiguen con amoroso disfraz?" Púseme la real corona, que es sola corona real por ponerla yo en mis sienes, pero no por lo demás. Porque, en vez de los rubíes, que le dan belleza, igual sirven brasas, que es rigor y adorno de su frialdad. Por las verdes esmeraldas la culebra, el alacrán, el animal ponzoñoso que atormenta a otro animal; el luminoso diamante, que tanta luz le da allá, se vuelven bolas de fuego, que ni lucen ni arden más: quédeme solo en la silla, que yo le diera a gozar a todos cuantos diviso en el globo universal^. Tendí los ojos al mundo y comencé a reparar en aquellos que me sirven y en aquellos que le dan obediencia a Dios. Miré una casa principal y vía que un gran señor se condenaba por dar riqueza a los lisonjeros y al pobre riguridad. Mirando a partes diversas vi a otro señor matar, herir, forzar las mujeres, pero a aqueste no le dan castigo. Por otra parte, a un hombre vi castigar con crueldad y con malicia, porque era pobre no más. Vi al otro religioso hacer donaire galán del hábito que traía y viviendo a lo seglar. Vi a jueces sobornados, pero viles, castigar; aunque no es castigo humano de tal delito la paz. Vi a señores derribados y a pique de castigar a quien mató confianza, símbolo de necedad. Vi hipócritas que engañaban con capa de santidad al mundo, y mujeres vi cebadas en murmurar. Vi mercaderes metidos en el mundo, que es el mar suyo; mas no castigados, aunque les vieron hurtar. Vi logreros que sembraban el dinero acá y allá; mas era abundante el año, porque el más mínimo real vi que doblaban tres veces. Vi al sacerdote llegar indignamente a su oficio, torpe delito y maldad; pero al cabo de algún tiempo vieras que llamando están a las puertas del Infierno, que se abren de par en par, a recibillos a todos; llega el señor principal, el humilde, el caballero, el juez que sobornar se dejó; el que nunca dijo bien y siempre dijo mal; llega el hipócrita vil, el sacerdote incapaz de su oficio y el señor que fue a su rey desleal. Diles tormentos a todos en pago de su maldad, vengué en ellos mi impaciencia y mi rigor inmortal. Díjele a Dios, riguroso: "Señor: Aunque hagas más por el pecador, advierte, mira los que entrando van en mi poder; mira aquí cuan pocos llevas allá; si tres partes arrojaste de ángeles del celestial asiento al oscuro abismo, bien ves que se vienen ya; de cuatro partes que mueren las tres partes llevo, y más. Yo poblaré los Infiernos de tal suerte, a tu pesar, que me quite yo las penas para podérselas dar." Mas volví, y advertí luego que estaban de par en par las puertas del Cielo y vi que apriesa entraban allá muchas almas, y que todos entraban por la bondad y intercesión de Francisco, aquel del pardo sayal, aquel soldado animoso que contra el Infierno va tremolando vitorioso las armas de la humildad; soldados suyos también entraban tantos, que ya pensé que quedaba el mundo disierto. "i Oh, gran capitán! ¡Oh, serafín animoso! ¡Oh, centro de la humildad! ¡Nunca salieras al mundo o nunca en su alcázar real me criaras, Dios, a mí, para pasar tanto mal!", dije entonces, y atrevido dejé la silla infernal. Por horizontes de fuego trepé con riguridad sobre un dragón escamoso, harto ya de vomitar fuego, batiendo las alas, que ayudaban a avivar el fuego por donde iba. Llegué a la puerta infernal del Infierno, con tu ayuda, la mucha de mi crueldad. Rompí los fuertes cerrojos y los candados que están en las puertas que acompaña nuestro triunfante voraz. Salimos al mundo, adonde solo es mi intento estragar esta religión, que hace al Infierno tanto mal. En Italia estamos. Luca se llama aquesta ciudad; esta goza un enemigo, el más fuerte y más mortal mío de esta religión. Tú a este persiguirás, porque en Castilla también 'hay una grande ciudad, que es Toledo; aquesta es centro de la Santidad. En aquestas dos ciudades habemos de comenzar a perseguir a Francisco pretendiendo derribar su gente. Parte a Toledo, que, por la pena inmortal que padezco, por el fuego que dentro en mi pecho está, que si alcanzo esta vitoria con tu ayuda, he de formar una corona adornada de resina y alquitrán, para ponerla yo mesmo en tu cabeza real. Tu intento apruebo, yo voy. ¡Muera Francisco! Hoy verás que no valen contra mí las armas de la humildad, Tan bien venida seáis como esperada habéis sido, no reservando al olvido el contento que me dais con veros. ¿Cómo venís? Toda esta escena tiene trazas de ser una interpolación de mano distinta de la de Lope, al menos en gran parte. i3 194 FRAY DIABLO Y EL DIABLO PREDICADOR Como quien llega a gozar el bien que debo estimar tanto como vos decís. Todo ese tiempo que Enrico ha estado ausente por vos, bella Otavia, sabe Dios lo que sintió Federico. Aqueso mi amor agravia, aunque mostréis tan buen celo; que ausente vos, sabe el Cielo que estuvo sin vida Otavia. Federico, ¿Cómo venís? Cuando llego a vuestros brazos, señor, ¿qué preguntáis a mi amor? Con vuestra vista estoy ciego. Desde el punto que llegó a Luca el noble Teodoro, padre vuestro, que os adoro es cierto. Amor infundió, aunque ausente vos de mí, bien puedo decir veneno, porque veneno tan bueno es triaca para mí. Infundiome Amor, amor, para teneros lealtad; si no os igualo en beldad vos lo sentiréis mejor. Traté nuestro casamiento con él, el cual otorgó, y Enrico por vos partió sobre las alas del viento. Trujo os a darme la vida que ausente os pude ofrecer, y si me llegáis a ver vivo, €S cosa conocida que como el alma sintió el imán del cuerpo mío, viniendo vos al vacío que antes dejó, se volvió de modo que vos, señora, aunque fuiste mi homicida, fuiste, dándome la vida, de mi muerte intercesora. No puede haber mucho amor donde lisonjas escucho, porque nunca quiso mucho el que fue lisonjeador; que ausente yo, claro está que si amor os apremiara nunca lisonjas hallara amor si en vos firme está. Como ya llego a gozar, doyle lugar al amor porque descanse. ¡Señor, amor no ha de descansar! El caminante que a pie camina, es cosa bien clara que si a descansar se para se hiela, se enfría; porque el fuego que lleva en sí tiene lugar de gozar el viento, que, sin parar, fuera imposible. Federico, Es ansí. Pues aunque fuego tengáis de amor, advertid, señor, que estéis firme en vuestro amor, que os helaréis si pasáis. En esta casa ha de ser mi primera batería; hoy muestro la ciencia mía solo en procurar vencer. No ha de hallar, si puedo yo, limosna esta religión en Luca. Mi corazón ya al vuestro declaré yo. Aqueste es el mercader más rico de esta ciudad que con tanta crueldad los habrá de reprender. Cuando lleguen a pedir, la limosna no ha de entrar más en su casa a buscar sustento para vivir, y con todos los demás ricos he de hacer lo mismo. Seré de amar dulce abismo. Parece que triste estás, mi bien, mi prenda divina: alegra la hermosa cara, que no es tan bella y tan clara la estrella más cristalina. Esos ojos, luz del día, no eclipses, porque parece que la del sol desfallece como la tuya no haga, Vierta flores olorosas esa boca celestial; divida en dos, el coral hará dos piedras preciosas. El más opulento estado gozas de aquesta ciudad, y yo la mayor beldad que en el mundo se ha criado. De quinientos mil ducados eres, señora, mi bien; dime a mí que soy también el dueño de tus cuidados. Oro pisarán tus pies; si de brocado te indignas, de oro y esmeraldas finas harás desprecio después. Los techos te entoldarán, si de tu vista te asombras, con berberiscas alfombras o con telas de Milán. Sembrados con mil rubíes y diamantes escogidos, te daré ricos vestidos de telas y de tabíes. ¿Qué tienes? El mucho gusto ansí me llega a poner; que siempre el mucho placer es presagio del disgusto. Cantad a mi dulce esposa, si así la aflige tristeza, motetes a su belleza. ¡Qué afición tan fervorosa! Este es el hombre peor que ha sustentado la tierra: por eso no le. hago guerra, porque soy dueño y señor de su alma. Divertidos estáis, ¡Músicos, cantad, y con vuestras voces dad dulce acento a sus oídos! "A la alegre boda de la hermosa Otavia, el gran Federico con bailes la ensalza. A sus pies ofrece perlas y esmeraldas, diamantes vistosos, y joyas bizarras. Viola con tristeza, y como la amaba, con bailes la alegra y músicas varias." De vuestra dichosa boda os quiero dar parabién; dadnos vos, por Dios, también. Agora en la casa toda, padres, a fe de quien soy, no tenemos que les dar; bien se pueden levantar, padres, que ocupado estoy agora con la venida de mi esposa. A esta ocasión impiden de tu afición la ventura conseguida. ¿A tal ocasión se atreven a entrar? ¡Levántense luego, padres! De amor estás ciego; no permitas que te lleven tan loco y arrebatado tus mocedades: advierte, señor, que también hay muerte. ¡Por Dios, que estoy enojado! ¿A reprehenderme vienen con tan gran desenvoltura, cuando gozo la ventura que los Cielos me previenen? ¡Échenlos luego de ahí! Que nosotros nos iremos. No hagas tantos extremos, te ruego; vuelve por ti, que la limosna que pido y tú piadoso nos das en el Cielo lo hallarás, que es Dios muy agradecido. Y en el tiempo de más gusto de Dios debes de acordarte, que Dios está en cualquier parte; que es Dios muy severo y justo. Que toda aquesta alegría se ha de acabar en un punto y ese divino trasunto será enojoso algún día. Solo Dios, como es eterno, tiene de perseverar; Él te tiene de salvar o arrojarte en el Infierno. Vuelve, señor. ¡Vive el Cielo, si él hábito no mirara... ¿Qué hicieras? Te castigara como mereces. Recelo que el contento te ha cegado y no me conoces hoy; un fraile francisco soy que por limosna he llegado, y nunca cristiano ha habido que a su divino sayal le haya tratado tan mal, que es sagrado este vestido. Hombre o lo que eres, si vienes loco, mira que te advierto que te haré... El hombre es tuerto, mira por un lado. ¿Tienes juicio, vil, ignorante? Matadle. ¡Cómo, matar! A alforjazos he de andar, ¡vive Cristo! Un arrogante, un malhechor y sin fe, cuando mira este vestido tiene respeto. ¡Atrevido! ¡Yo mismo te arrojaré a mis pies, loco, villano, hipócrita! ¡Gran Señor, no castigues su rigor como merece su mano; mirad a vuestra Pasión y la sangre que vertistes; mirad que le redimistes con sangre del corazón! A tus pies estoy; castiga, rompe, quiebra sin temor. ¡Villano, loco, hablador! ¿Qué te fuerza o qué te obliga a hablar así? Detened el brazo, señor. Por vos me detengo ya. ¡Mi Dios, misericordia tened! No deis limosna jamás a esta religión. No haremos. Señor, ¿cómo viviremos si tú limosna no das, siendo el que puede mejor darla? ¡Trabajad, villanos, que hombres sois con pies y manos t ¿Y si el culto del Señor se pierde? Cuando se pierda El sabrá lo que ha, de hacer. ¡Que pueda ya una mujer hacer loca a un alma cuerda! ¡Qué bien mis intentos van! ¡Qué mal camino ha tomado! El está ya condenado; vámonos, padre fray Juan, que ¡vive Dios! que reviento, y si no temiera nada le diera una bofetada. Idos a vuestro convento; pedid a Dios de comer. Bien puede darlo, si quiere. Y si aquí otra vez viniere esta gente haré prender; ninguna cosa les dad; pésame lo que se dio. ¿Qué locura te engañó? ¿Hay mayor temeridad? Mas engañote mujer. Padre, padre, vámonos; que este no conoce a Dios, pues tiene tal proceder. Voyme, y espero algún día que has de caer en la cuenta. Este otra vez me atormenta con su falsa hipocresía. En vano el furor resisto. ¡Hola, criados, matadlos: luego al punto castigadlos! Aqueso no, ¡juro a Cristo! No llegue ninguno acá, porque con un alforjazo le he de derribar un brazo. ¡Ah, mi señor, bueno está! Esto mesmo voy a hacer en todas las demás casas. Ya de los límites pasas, no tan cruel has de ser. Tú me aplacas solamente; tú solamente me obligas, y tú los brazos me ligas y me amansas tiernamente. ¿Hay tal gente? ¿Hay tal locura? Bueno está ya. ¡Hola, cantad, porque su riguridad se temple con mi ventura! Seis cantos he metido en las alforjas por si acaso encontrase algún criado de aquel hereje perro. Calle, hermano, que por mi Dios se puede llevar todo y mucho más que aquesto. ¡Padre mío, lo que toca al ayuno y oraciones, la mortificación y diciplina puédese llevar bien, no lo resisto; mas palos, eso, no, ¡por Jesucristo! Que calle digo. ¡Padre de mis ojos! Un palo fuerte en manos de un lacayo, y más si el tal lacayo es de la Mancha, en la lengua más cuerda da zollipo. ¿Quiere callar? Que ¿no hablará un novicio aunque le azote luego su convento? Calle. Déjeme hablar, porque reviento. Teodoro vive aquí. Llame a la puerta, o subamos allá, pues está abierta. ¿Y si hay palos? Sufrirlos. No es muy malo. Súfralos un jumento. Es gran regalo el sufrirlo por Dios. Con todo eso, desde acá bajo llamo. ¿Quién da golpes? Hermanos del seráfico Francisco piden una limosna. Tú estás pobre y tienes cinco hijos. Padres míos, no tenemos que dar cosa ninguna. Perdónenme, si quieren. ¡Quién le diera con un canto de aquestos! ¡Dios inmenso! ¡Teodoro la limosna me ha negado! Aquí vive Fisberto. No lo entiendo. Pues bien recio nos hablan. Llame. Llamo. ¿Quién llama? La limosna de los padres de San Francisco. Para tu disgusto viene muy a propósito. Perdonen, que no les puedo dar limosna agora. ¡Por amor de Dios! ¡Váyanse luego, o ¡vive Dios! que les arroje el fuego que hay en mi corazón! Créame, padre, que es maldición de mi difunta madre. "¡Quemado mueras!", dijo muchas veces. Ahora me acuerdo. ¡Dios de mis entrañas! ¿Qué novedad es esta y qué desdicha? ¿Serafín de mis ojos? Mi Francisco, ¿cómo os «niegan agora lo que nunca os han negado? Pues porque replica que hay ladrillo que habla de misterio. Volvámonos al punto al monasterio. ¡Gente bárbara y sin fe!, ¿qué novedad es aquesta? ¿La limosna a Dios negáis, cuando El dio su sangre mesma por vosotros, cuando El quiso derramar por cinco puertas fuentes de hermosos rubíes para lavaros con ella? ¡Gente bárbara!, ¿qué hacéis? Dadle a Dios, cuando Dios llega, limosna; acudid al pobre, que es su semejanza mesma. Desconsolados los pobres, puesta, ¿qué han de hacer? Dadme res- ¿Cómo han de rogar a Dios por vosotros? Padre, advierta, que no se deslengüe mucho, que, ¡vive Dios!, que esta tierra está vomitando herejes. Juan, Abrid del pecho las puertas. Dad limosna, amigos míos, a Dios, que, aunque poca sea. El vuelve ciento por uno, que es liberal en la vuelta. Tu tierra, bien gobernada, ¿has de permitir que sea alterada por los pobres que la religión confiesan de aqueste sayal grosero? Dejen tu Estado y tu tierra. Hermano, ¿por qué da voces? ¿Por qué la ciudad altera? Gobernador valeroso: doy voces porque nos niegan la limosna acostumbrada, porque a los pobres destierran. Nuestra religión no puede vivir, que no tiene hacienda, si no son los nobles pechos que la amparan y sustentan. Váyanse; la tierra dejen, pues tanto la menosprecian. Pues ¿por fuerza quiere, hermano, la limosna? ¿Yo. por fuerza? No, gran señor. Si se hallan tan mal en aquesta tierra, déjenla luego, pues, padre, la aborrece estando en ella. ¿Y esa es caridad cristiana y de un señor que profesa la ley de Cristo? ¿Qué más un alarbe respondiera? ¿Tanta desvergüenza sufres? Si sufro tal desvergüenza, ¿para qué gobierno a Luca? En las tierras extranjeras, aunque contrarios, se usa tener piedad y clemencia de los pobres; ¿por qué tú, que profesas la ley nuestra, no la tienes? Porque no. Tú, bárbaro, ¿en mi presencia hablas así? ¡Ea! Pregonen luego que nadie se atreva a dar limosna a esta gente que con tanta desvergüenza hablan al Gobernador, pena de la vida. ¿Es esa cristiandad? ¿El que debía amparar la Santa Iglesia de Dios pregona, atrevido, que nadie la favorezca? Teme el castigo, señor. Teme su mano, que empieza a desenvainar la espada de su justicia sangrienta. ¡Hola, gente! ¡Apedreadlos! ¡Matadlos! ¡Los viles mueran! ¡Gente bárbara resuelta! Detente. ¡Mueran! Mi Dios, no permitáis que se pierda vuestro culto soberano; dad favor a vuestra Iglesia. Huya, padre, que mi vida estriba en la ligereza de mis pies. ¡Ay de mí, hermano! ¡Muerto soy! ¡A ellos! ¡Mueran! ¡Bien ha salido mi intento! Seguirelos por que vengan a desamparar la casa. Pero ¿qué visión es esta? ¡Detente, fiero enemigo! ¿Qué quieres que me detenga? ¿Sabes lo que has hecho? Sé que me afliges y atormentas cada instante. ¡Vuelve, ingrato! ¿Adónde quieres que vuelva? A deshacer lo que has hecho. ¿Qué? ¿Aún te dura la inclemencia, gran Señor? Porque mi enojo con mayor rigor le sientas, tú mismo, enemigo mío, tú mismo, aunque tú no quieras, 'has de sustentar los pobres que esta religión profesan. Tú mismo has de predicar que los amen, que los quieran, y tú mismo has de pedirles la limosna. ¿Qué?. ¿A esto llega el poder de tus desnudos? Y tú mismo, con prudencia, a tu pesar, has de hacer que el mercader se convierta y vuelva a mí, predicando mi ley santa. ¡Qué inclemencia! Tú mismo has de edificar otra casa, donde tenga mi Francisco... ¡Qué rigor!' Más hijos de su obediencia. Pues ¿cómo puedo yo hacerlo? Yo te diré cómo puedas.- Entra conmigo. ¡Ah, Francisco; nunca contra ti opusiera mi poder! Entra, arrogante. Oprimido voy. ¡Paciencia! Con Francisco no te burles, que tiene mayores fuerzas. ¿Qué dice, fray Antolín? Lo que he dicho ha sucedido. ¿Tan grande escándalo ha habido? De mi vida vi ya el fin; pero mis piernas ligeras lo han hecho tan bien conmigo, que no pude ser testigo de sus resueltas quimeras. Más de setecientos cantos me zumbaron los oídos. ¡Ya estos reinos son perdidos! Padre, ya no importan llantos. La ciudad desamparemos y el monasterio también. ¿Qué dice? Padre, ¿no es bien? ¿Quiere que aquí nos quedemos en peligro semejante? ¡Cuánto mejor es morir! ¡Cuánto mejor es huir de aqueste vulgo arrogante! M punto, padre, nos vamos, que no estamos aquí bien, porque al momento no den con nosotros los tiranos. ¿Y fray Juan? Medio aturdido de una pedrada quedó, que un zurdo se la tiró, que le dejó sin sentido. ¿En qué le ofendió el bendito? Los zurdos no miran nada. Otro le dio una pedrada, cofrade de San Benito y devoto del aspado, porque de aquellas porfías no llamaba a su Mesías; mas medio desnarigado le dejé de una pedrada. Hermano, ¿tal fue a intentar? Tuvo mucho en qué topar; mas, padre, no importa nada. No pido, mi Dios, venganza de aquesta gente atrevida, que aunque me falta la vida no me falta la esperanza. ¡Hermano! ¡Padre! ¿Qué es esto? ¿Viene herido? Padre, sí. La sangre que yo vertí en tal extremo me ha puesto. No lo siento como ver aquesta ciudad perdida. Ya nos falta la comida; porque nadie ha de querer darla con peligro tal, habiendo ya pregonado que se ha de hallar culpado contra la corona real el que a dalla se atreviere. Dejemos, padre, la casa mientras el tumulto pasa. ¿Qué dirá quien lo supiere? Cerca otro convento está. Allá iremos entre tanto que esto pasa. En tierno llanto el alma se anega ya. La custodia llevaremos y las reliquias también. Los cielos santos nos den paciencia. No haga extremos cuando la virtud entablo en ausentarnos de aquí. Un fraile ha entrado, ¡ay de mí!, que parece el mismo diablo. Humillado y oprimido, infelice y desdichado, vengo a hacerme guerra a mí. ¡Nunca yo hubiera intentado hacer guerra al Serafín que a Cristo tuvo en sus manos! ¿Quién es- el que no se humilla y obedece a sus hermanos? Muy bellaca cara tiene. Una por una. ¿Qué aguardo? ¡Hermano! A tus pies estoy. ¿Quién es? Porque en tiempo tanto que en aquesta casa asisto nunca le he visto ni hablado. Dígame cómo se llama. ¿No responde? Sí. Fray Diablo. ¿Fray Diablo? ¡Jesús! ¿Qué ha dicho? ¡Jesús! Fray Diablo me llamo. Pues cata, hermano, la cruz. Nunca de cruces me espanto después que una me dejó corrido y avergonzado. ¿De dónde viene? De Roma. ¿A qué viene? A predicaros. ¿A nosotros? A vosotros; porque Dios me ha revelado que intentáis desamparar este convento, y volando sobre los hombros del viento a esta ocasión he llegado, donde os digo que no sois prudentes. ¡Qué extraño caso! Pues ¿una casa de Dios y de nuestro Padre amado, (¡a pesar de cuanto fuego tengo en el pecho encerrado, aquestas razones digo oprimido y desdichado!) de aquesta suerte dejáis? ¿Una casa, un templo santo donde tantas veces Dios, siendo quien es, ha bajado? Volved, hermanos, volved a vuestro convento; en tanto que el castigo no os impido. ¿para qué intentáis dejarlo? No permitáis que se diga que el mundo os aflige tanto, que desamparáis cobardes \o que valiente ha ganado nuestro Padre (y mi enemigo). No temáis a los contrarios, que desde hoy no lo serán si salgo yo en vuestro amparo. Yo tengo de sustentar esta casa. ¡Oh, fraile santo! Fray Ángel te llamo yo, que no te llamo fray Diablo. Yo tengo de edificar otra casa, y el espanto os he de quitar a todos. A vuestros mesmos contrarios yo solo he de predicar la ley de Dios, y a tiranos y enemigos de la fe tengo de hacer desterrarlos. ¡Viva la fe de mi Dios! j Viva el sayal tosco y pardo que nuestro Padre nos dio para vestirnos y honrarnos! ¡Animo, amigos de Dios! ¡Mis hermanos, animaos, que yo os he de defender, aunque me llamo fray Diablo! Tanto, hermano de mis ojos, pueden sus razones; tanto (han movido nuestros pechos, que cuando aquestos tiranos inventaran más martirios que en el público teatro vio Roma infinitas veces, prometo como cristiano y como fiel religioso de nunca desampararlo, sino padecer por Dios. Y yo a lo mismo me allano. Y yo también, como cumpla lo que ha dicho aquí el hermano. Ya lo veréis. Algún ángel en él viene disfrazado. (A pesar de mi soberbia. que me ha puesto en tal estado, yo mismo he de ser ministro de mi mal y de mi daño. ¿Qué me quiere Dios? ¡Paciencia, que estoy oprimido y callo!) Vamos, hermanos, y al Cielo demos gracias, que ha enviado tal socorro en tal peligro. Nunca mi Dios se ha olvidado de los suyos. (¡Fuego arrojo!) Entre, hermano, restaurador de esta casa, de la Religión amparo. Vamos. (Rabiando me lleva mi furor.) (Parece un santo.) ¿No entra el hermano también? Claro está. Antolín hermano, compañero he de ser vuestro. Antolín, ¿Quién le ha dicho que me llamo fray Antolín? Yo lo sé. Antolín, ¡Válgate el diablo, fray Diablo! ACTO SEGUNDO

JORNADA SEGUNDA

Rendida a mi amor la hallé a dos veces que la vi. ¿Tanto el efecto hizo en ti? Y a dos veces que la hablé, su belleza rayo fue que al amor de mi firmeza llegó con tal fortaleza, que al suelo le derribó; mas luego se levantó a competir su belleza. Amela, hablela, rendí su constancia más segura; ayudado de ventura, vencedor de su amor fui. Pues que con ella vencí y este amor de su marido aqueste bien ha impedido, que anda en extremo celoso. Un amante poderoso ningún temor ha tenido cuando la ocasión le ofrece sus cabellos. Pues aqueso me aconsejas, mucho en eso que eres mozo me parece. ¡Ay del que amando padece! Verdad es que nunca Amor ha padecido temor. Mas soy hombre poderoso; nías mi Otavia tiene esposo, y su esposo tiene honor. Arriesgarme yo, atrevido, al fin de mi pretensión pondrame en obligación que lo sepa su marido. De no ser yo lo que he sido, aunque soy hijo mayor del Gobernador, mi amor ha de ofenderle, quién duda. Pues, señor, el amor muda o no mires a su honor. Si Otavia te quiere ya, ¿a quién tienes que temer? Y Otavia, al fin, es mujer. Rienda al apetito da, y muy presto olvidará, pues se declaró tan presto solo a su oficio dispuesto. Un mercader es su esposo, «que no es hombre poderoso como tú. En peligro puesto de gozarla no temiera, si este amor secreto fuese y su esposo no sintiese cosa alguna; mas quisiera lo que yo excusar pudiera. Pues háblala de secreto y sírvela con respeto, pues tan cortesano eres. El honrar a las mujeres le pertenece al discreto. Agora es buena ocasión, que su esposo sale fuera. ¡De amor parece quimera! Tienes, Enrico, razón. Para salir al balcón tu bella Otavia está en vela. Retírate aquí. ¡Villano! ¿Vos limosna habéis de dar? La vuestra os he de cortar si no fuere por mi mano. ¡Vive Dios! Lo que yo gano, con el trabajo que veis, villano, ¿lo despendéis, siendo mi criado vos? Pidió por amor de Dios. Pida él, mas vos no lo deis. Estaba desnudo, y tanto, que casi me movió a llanto. Dadle vos de vuestra hacienda, o él por esclavo se venda. Ya de tu rigor me espanto. Esta os perdono, por ser la primera. A mi mujer decid que el Gobernador me ha llamado. Hoy en mi amor el dulce efecto he de ver. Nunca, si de condición no muda su inclinación, tendrá con Dios amistad, que la mala caridad pierde con Dios la opinión. Quiero entrar. Entra, señor, y pues que tienes valor, de la^ ocasión te aprovecha. Mi voluntad satisfecha ha de quedar con su amor. Vete, no estés a la puerta, porque no sospechen nada de lo que mi amor concierta. Ya te dejo en la estacada; ten ánimo. Ya la puerta 'ha cerrado del balcón. Si esta dichosa ocasión llego a gozar libremente, oro faltará en Oriente para labrar mi afición, estatuas piramidales al Amor. De los umbrales las piedras hermosas piso y entro ya en el paraíso por dos puertas celestiales. Otavia, si Amor te obliga... ¿Quién nombra a Otavia? Yo soy quien te nombra. O me castiga o prémiame a mí, que estoy con mi pasión enemiga luchando, y es cierta cosa casada la más hermosa que la luz del sol envidia y al mismo Amor le fastidia en su esfera luminosa. Mira que me estoy muriendo y en tu amor perseverando; perdóname si te ofendo, que no puedo amar callando, si no es que esté padeciendo. A tu esposo vi salir fuera; no quise impedir tan alto bien a mi amor, y entro a verte. Otavia, Gran señor, no habéis vos de permitir de que mi honor desdoréis. Ved, señor, que me ofendéis si aquí mi marido os halla, y anda muy celoso. Calla. Que otro día volveréis; idos y no estéis aquí, que podrá venir mi esposo y hallaros conmigo aquí. Que anda en extremo celoso sin haber hallado en mí cosa alguna. Yo confieso que os amo con grande exceso, y que tengo sabe Dios cautiva el alma por vos. Y cuando aquesto confieso, bien claro os doy a entender, señor, si os llego a tener amor, que de amor excede. Que, aparte el gozar, no puede decir más una mujer. Pues ¿qué ocasión hay mejor para que logre mi amor? El tiempo darla sabrá, que no tan lejos está mi esposo. Dadme un favor siquiera. Aqueste diamante, de mi firmeza constante, espejo os doy, y quisiera, mi bien, que un mundo valiera. No el sol, con su luz brillante que el cuarto cielo fulmina, vence su luz peregrina. Idos, por Dios. Quedo ufano; goce también esa mano transparente y cristalina. Con gran peligro os la doy. Loco de contento voy. En ella mi boca imprimo. Adiós. (Si el furor reprimo ni cuerdo ni honrado soy. ¿Felisardo de la mano de mi mujer? ¡Ah, tirano!) (Mi esposo ha entrado. ¡Ay de mí! ¡Si vio que la mano di a Felisardo!) (Es en vano el reprimir ya mis celos resueltos y declarados. Quitadme la vida, cielos, que estos celos declarados cubren los funestos velos a mi furia.) ¡Esposo mío! (A reportarme porfío.) Ya vuestros brazos aguardo. ¿a qué entró aquí Felisardo? (¡Dulce amor, en vos confío!) (Quiere unas galas sacar, según dijo, y como yo no supe, quiso llegar... pero... al fin... (Ya se turbó.) Bueno está. Quise bajar, y díjome que otro día a sacarlas volvería. (No volverá, si yo puedo.) (A su rigor tengo miedo.) ¡Hola! (Mi temor porfía.) ¿Qué mandas, señor? Cerrad todas las puertas, y estad vosotros a la primera. Criados. Así se hará. (¡Quién pudiera librarse de su crueldad!) (Yo os vengaré, amado honor, a fuerza de mi rigor, de una mujer que os agravia.) Dadme aquesa mano, Otavia. Otavia, Tomad la mano, señor. ¿Y el diamante que yo os di? (Perdida soy. ¡Ay de mí!) Dile, mi señor, ahora para que cierta señora, que ayer me visitó aquí, otro por la misma hechura hiciese, ¿No estáis segura conmigo? ¿De qué teméis? Tan grande rigor traéis, que ni el amor me asegura, ni la inocencia no ha hallado cosa que a vos os obligue a rigor. (¿Que estoy dudando? Sola su muerte mitigue la pena que estoy callando. A Felisardo le ha dado el diamante, y ha negado fingiendo. Vos, fuerte acero, que me vengaréis espero de quien mi honor ha infamado.) Dadme limosna, señor, para San Francisco, luego, (De mi paciencia reniego, pues estorbé su rigor.) Fraile, Demonio, o lo que eres, ¿qué me quieres? ¿qué me sigues? Fraile: ¿por qué me persigues? Fraile: ¿qué buscas? ¿qué quieres? ¿Tú te entras en mi aposento? ¿Tú te entras adonde estoy? Sepa que fray Diablo soy, hermano, y esteme atento. Dios me manda que le diga que se enmiende y se corrija y que a los pobres no aflija ni a la religión persiga. Que restituya al momento todo lo que debe al mundo. Mire que se va al profundo y mire... ¿Aquesto consiento? ¡Vive Dios! No se me allegue, que no conoce quien soy. Por embajador estoy de Dios. Mire no le ciegue la codicia, que está lleno de avarientos el Infierno, y mire que Dios es bueno para amigo. ¡Hola, criados! ¡Hola, gente! ¿Quién da voces? Mire que hay penas atroces allá para los culpados. ¿Cómo dejastes entrar este fraile aquí? Señor, nadie le ha visto. El rigor mayor te ha de atormentar. Este que es imagino algún gran santo varón. ¿Hay tan grande confusión? Sin duda es varón divino. Que lo sea o no lo sea, limosna no le he de dar. Déjame, fraile, gozar de los bienes que posea. Con disgusto no le quiero dar limosna. Vete, vete luego al punto, o matarete. Antes morirás primero. Váyase, hermano, con Dios. Señora, a no haber venido, ¿de vos qué hubiera ya sido? ¿De mí, padre? Si, de vos. (Este es santo, pues que sabe lo que ninguno le dijo.) (Solo en mirarle me aflijo.) Echadle luego. La llave echad a todas las puertas. Idos luego. Ya me voy. (¡Gran Dios! Oprimido estoy y no sé lo que conciertas. Ya predico a mi enemigo tu ley y su salvación, si él no ablanda el corazón, con esto cumplo contigo.) ¿Hay persecución tan fiera? De la ciudad quiero irme. Haced luego prevenirme caballos. En la primera casa he de quedarme, y vos preveníos también, señora. Sí haré, mi bien. (Triste hora. ¡Matarme quiere, mi Dios!) (¡Vive Dios! que he de matarla aunque la amparen los Cielos, porque el amor y los celos traban sangrienta batalla.) Prevendrase la partida luego. (¡Ay, santo varón: a qué dichosa ocasión entraste a darme la vida!) ¿Qué le ha dicho Federico, hermano? Es muy largo el cuento.. No quiso darme limosna. ¿Por dónde entró? Que sospecho» que estaban todas las puertas cerradas. No hay aposento, por más cerrado que esté y defendido de acero, que esté seguro de mí. (Grande confusión padezco; mas no sé si aqueste es santo es demonio del Infierno. Él se entra en todas las casas sin respetar a sus dueños; junta limosna infinita, y a todos tiene contentos; sabe lo que el otro hace en su casa...) Hermano, advierto que no mormure de mí, que Dios puede todo hacerlo y soy por El enviado. Fray Demonio, bueno es eso; antes digo que es un santo y que entrambos pies le beso. (Mal güelen, por vida mía.) Recójase al monasterio, que lleva mucha limosna y será muy grande el peso. No importa, que por mi Dios seré un jumento o muleto. ¿De dónde es, fray Antolín? Francés soy, que no lo niego. Pues yo sé que es cosa cierta no ha ayunado en año y medio.. Verbum caro factum est. Hermano, aqueso le niego; no como ni bebo más de lo que me da el convento. Pues ¿la bota que escondió ayer? (Callo como un muerto. Este es santo.) ¡Padre mío!, que no descubra le ruego mi pecado. No haya miedo, muy bien puede estar seguro porque aunque quiera no puedo. Yo sé que tengo razón. Y yo sé también, Fisberto, que es verdad cuanto os he dicho. En el campo lo veremos. (También a estos dos me oprime les reprima los aceros, porque no se den la muerte.) ¿Dónde bueno, caballeros? Al Infierno vamos, padre. Hágales muy buen provecho. (¡Que a aquesto me obligue Dios!) Oigan, que decirles quiero la causa de su pendencia: estenme un instante atentos. (¿Hay tal fray Diablo, señores?) ¿Qué dice? Que soy un cesto. Nunca los que son amigos, por cosas de más o menos han de salir a matarse como enemigos soberbios. La mujer que ha pretendido Teodoro, ha más de año y medio que Fisberto la ha servido, y así es razón que Fisberto la posea por antigo; mas en su amor vuestros celos reprimid, mirad que Dios desde el estrellado asiento os está mirando a todos y que hay Gloria y que hay Infierno. A tus pies, santo varón... A tus pies, varón del Cielo, pido perdón de mis culpas. Alzad, señores, os ruego; las manos os dad de amigos. Mis manos aquí os ofrezco y de mi intención desisto. Laura es ya vuestra, Fisberto. Desde hoy soy vuestro amigo. Idos con Dios. Besaremos otra vez aquesos pies, varón santo, a quien los Cielos dotaron de santidad, que los humanos secretos penetras. Adiós, hermanos. (¡Que aquesto permita el Cielo, que a mí me tengan por santo siendo el señor del Infierno!) Enojado está el hermano con razón. Yo no lo niego. Al tiempo que de su mano tocar quise el cristal tierno entró su esposo. . Desdicha grande. Mas ya voy resuelto, si es que de casa ha salido su esposo, celoso y necio, a gozarla. ¿Felisardo? (Todos los voy conociendo a mi pesar.) ¡Quién me llama! Dejad, noble caballero, el intento que lleváis; porque abrasado de celos, Federico, la ciudad quiere dejar y resuelto de matar a su mujer. ¿Qué dices? Aquesto es cierto. En la primer casería que llegue ha de ser su entierro, y vos la causa habéis sido. Santo varón, agradezco la merced que en declararme sus intentos me habéis hecho; dadme vuestros pies, dejadme que mi boca imprima en ellos. Y yo merezca también besarlos. (Airados Cielos, aunque me tratéis tan mal, por una cosa me huelgo. y es que me besan los pies los hombres.) Yo parto luego a estorbar tan gran desdicha. Ven, Enrico. Imita al viento. ¡Ay, santo del alma mía! El alma mueve a respeto. De su mayor enemigo los hombres amigo han hecho. ¡Ah, Francisco, y cuánto puedes! ¡Ah, Francisco, y cuánto siento el haberme opuesto a ti, pues que contra mí peleo! ¿Qué quiere aquesta mujer? Mujer. Padre mío, porque tengo tres hijos, huérfanos todos, pido que me dé remedio para poder sustentarlos. El sacristán de San Pedro es su padre; a él acudan. Mujer. No hay nada que esté secreto, Santo es, sin duda, este fraile. ¿y un sacristán tiene ingenio y valor para hacer hijos? ¿Quién le mete, hermano, en eso? ¡Callaré como una mula. Mas una cosa le ruego, padre, pues que tanto alcanza Cielo con Dios: ¿Cuánto hay desde el a la tierra, que no ha habido quien me diga este secreto? Solamente los demonios pudieron saber aqueso; mas, como aprisa bajaron faltoles, hermano, el tiempo, y no pudieron contar las leguas. ¡Cuitados de ellos! Tome aquesa alforja, hermano, y vaya luego al convento, que yo tengo acá que hacer. ¿Esta tarde no saldremos a pedir limosna? Sí, que yo volveré muy presto. Vaya con Dios. Y si agora le doy a la bota un beso, ¿descubrirame? No, hermano. Pues yo me voy como el viento. Y yo voy a predicar a mi enemigo soberbio. Líbreme Dios de fray Diablo. ¿Qué dice? Que soy un leño. Aquí veré si seguro puedo estar de la ciudad; en aquesta soledad vengar mi agravio procuro. No en vano no me aseguro, mi muerte temiendo voy. Ni cuerdo ni honrado soy si mi deshonra no vengo; noble soy y causa tengo. ¿Quién temo, si solo estoy? ¿Cómo no me habláis, señor? Tengo una tristeza, Otavia, que de tal suerte me agravia que no me ayuda el valor. ¡Qué poco estimáis mi amor, pues la causa no decís! ¿A mí, señor, encubrís causa de vuestra tristeza? ¡Oh, frágil naturaleza, y qué presto que os rendís a leyes del mundo vil! ¡Mal haya el que os inventó! ¿Es razón que pierda yo por flaqueza femenil mi honor, a pecho cevil, a pecho de agravios lleno, depósito de veneno, de injuria, muerte y agravios, y que haya en el mundo sabios que este error tengan por bueno? ¡Que conserve yo mi honor y mi mujer me destruya? ¡Que yo mis agravios huya y me destierre el amor de una mujer? ¡Ah, rigor, terrible enemigo fuerte ¡Qué loco en su amor advierte, el hombre más avisado, que se arroja sin cuidado a los brazos de la muerte! ¿Y qué muerte puede haber mayor que perder un hombre estado, riqueza y nombre, y la honra, que es su ser? El juicio he de perder si no me ayudan los cielos, atorméntanme desvelos y confusiones me matan; aquí los brazos me atan y allí me persiguen celos. Mas solo estoy, y no es justo que deje yo de vengarme, aunque venga luego a darme la muerte mayor disgusto. Amor me presenta el gusto de sus regalos y amores; honor me ofrece rigores y aceros para su ofensa; alto pues, Amor, dispensa, que no estimo tus favores. Mas, gente suena. Cazando por este monte he sabido que a la quinta habéis venido y a. veros vine volando. Federico, ¿cómo estáis? Para serviros, señor. (¿Qué indicio quiero mayor oír) que aqueste?) ¿Cómo os halláis, bella Otavia, retirada de la ciudad? Como quien goza tal bien. (Declarada está ya, ¡viven los cielos! que aquesto ha dicho por él. ¡Ah, Circe, fiera cruel, llamas me abrasan de celos!) (El fraile engañado se ha, que no es indicio este amor de matarla.) (Fuera error el imaginarlo ya.) (Ya estoy más seguro, Enrico, de su agravio y de su honor.) (Tiénela notable amor su marido Federico.) (¡Viven los cielos!, que están. para aumentar mis enojos, (hablándose con los ojos.) Voces en el monte dan. Alguna caza han hallado. Adiós, amigo querido. (¿Qué aguardo? ¡Yo estoy perdido. Adiós, señor Felisardo.) Que luego os volveré a ver, que esta noche he de quedarme con vos. Será aqueso honrarme. (Mas no hallaréis mi mujer.) Adiós, bella Otavia. Adiós. (¡Que deje ir a quien me agravia libre y yo pague la pena!... ¡Pues que mi mujer no es buena, yo ejecutaré mi rabia!) ¿Dónde habéis de aposentar a Felisardo, si viene? (Notable cuidado tiene, y yo tengo más pesar.) Que es justo la prevención para quien es... Es verdad. (¿Quién vio tan gran deslealtad?) Otavia, no es menester el prevenir la posada; disculpado podré ser. El traerte de esta suerte a la soledad que ves, solamente, Otavia, es por darte en ella la muerte. Tú me ofendes, ¡vil traidora!» con Felisardo. ¡Oye, escucha! Cuando la pasión es mucha no hay disculpa. Oye agora. La posada que hallará será tu cuerpo difunto, que el alma en aqueste punto con este acero saldrá. ¡Virgen bella, claro espejo adonde se mira Dios, ¡valedme, Señora, vos! Culpa tuve, a vos os dejo por intercesora mía! Federico, ¡Muere! Limosna me dad para Francisco. ¿Hay crueldad como aquesta? ¿Hay tiranía tan cruel? ¿Qué es esto, cielo? ¡Vive Dios, que he de matarle! No tengo de respetarle; mas arrojarele al suelo y su rostro pisaré. ¿Qué quieres, villano loco, que a más furia me provoco en viéndote? Ya que fue gusto de Dios infinito que te predicase yo, advierte que Él lo mandó; no intentes tan gran delito. Mira que Dios, aunque agora se te muestra tan piadoso, es Juez recto y riguroso y que tus culpas no ignora. Ni quiero que Dios me quiera ni quiero verte tampoco. ¡Vete, vil! No seas loco. ¿Esto mi paciencia espera? ¡Hipócrita, mal nacido!, huye de mis fuertes brazos, que en ellos te haré pedazos. Mas ¿dónde te has escondido? ¿Huyes de mí? Mira, advierte que Dios esto me mandó. Matarete agora yo y luego deme Él la muerte. Aguarda. ¿Adónde te vas? ¿Dónde estás que no te veo? Mira que tu bien deseo. ¡Oh, villano! ¿Adónde estás? Sombra, demonio o lo que eres, santo de apariencia vana, contrapuesto a mis deseos, despreciador de mis armas, ¿cómo a esperar no te atreves los filos de aquesta espada? Mira que es Dios riguroso, mira que ya desenvaina la espada de su justicia ¿Por qué huyes? Mas ¿qué aguarda mi furor? En esta infame da tengo de vengar mi rabia. ¡Muere, a pesar de los cielos, que te defienden y amparan! ¡Virgen, de quien siempre he sido devota, Reina sagrada, volved por mí, no miréis mis culpas, que han sido tantas! ¡Muerta soy! Tú, fraile loco, llega si quieres vengarla; {Da cuchilladas al aire.) que ni tus hábitos temo ni estimo tus amenazas. (Cuando él piensa que me ofende, que me aniquila y agravia, como yo hago la suya hace también él mi causa. Mas esta opresión me incita y este preceto me mata.) Pecador, oye. ¿Qué quieres? Segunda vez Dios me manda que te vuelva a predicar. Vuelve los ojos, repara y mira en aquel peñasco aquella furiosa espada, no de reluciente acero sino de sangrientas llamas que amenazándote está. ¡Solo el mirarla me espanta! ¡Oh, qué de fuego que arroja! Pero mira cómo es tanta la fuerza de nuestro padre, que la detiene y aparta! ¡Mira a Francisco, que está con sus descubiertas llagas mostrándolas al Señor porque refrene su espada! ¿Qué hechizos o qué locura son éstas, que ansí me espantan? Hechizos son de este fraile, que con la vista me agravia. Rebelde estás todavía, pues mira, vuelve y repara en aquel asiento adonde te tienen tus arrogancias; mira cuál estás, advierte... ¡Cielos, desmayando voy, y ya las fuerzas me faltan! ¿Yo mesmo soy el que estoy 'vomitando tantas llamas, sufriendo tantos tormentos? ¡Padre mío, padre, baja, dame tu ayuda! (¡Oh, cobarde, y qué presto que desmayas! Ya enterneciéndote vas; no quiero decirle nada; mas ¡ay! que me oprime Dios y su poder me amenaza.) ¡Padre .de mis ojos, llega! Mas, si mis culpas son tantas, ¿cómo me ha de perdonar, si es el Dios de las venganzas? Y cuando me vuelva a Él, ¿ha de consentir el alma que yo la venganza deje si Felisardo me agravia? Un odio tengo con él que, cuando agora expirara, muriera con él. Advierte que si aquese rencor guardas, que te verás como aquellos que cayeron en desgracia. Ya me enternezco. Dios mío; el corazón se me ablanda; un sudor helado y frío siento. Bondad soberana es la de Dios. (¿Es pusible Dios, que con clemencia tanta tratas al hombre, y a mí, por una ofensa liviana me castigases ansí? Permite que las entrañas rasgue junto con la furia para que vierta las llamas que abrasan mi corazón. Ya he cumplido tu palabra, ya he predicado a este infiel; déjame agora que vaya a sustentar el convento donde tus siervos aguardan.) ¡Gran confusión es la mía! ¡Afuera, ilusiones varias! Que ni está enojado Dios ni me amenaza su espada. ¿Qué dirá el mundo de mí, si saben que me afrentaba Felisardo y no le mato? ¡Muera, muera quien me agravia! Enójese Dios conmigo, amenáceme su espada, incíteme su castigo, denme temor sus palabras; que ni temo su rigor ni estimo sus amenazas, ¡Muera Felisardo, muera! Su sangre lave las manchas de mí honor, que cuando Dios más le enoje, cosa es clara que más penas no ha de darme que del Infierno las llamas; y cuando me vengue yo, ningún Infierno me espanta. Hacia aquesta casería que venía me dijeron muchos que salir le vieron de la ciudad. Este día tengo de lograr mí amor. Aquí tengo de quedarme esta noche. Podrás darme albricias del bien mayor que hombre ninguno ha gozado. Aquí quedaron los dos. Es verdad. ¡Válgame Dios! ¡Qué suceso desdichado! ¿Qué es, Enrico? Otavia muerta. ¡Ay de mí! Dos hombres llegan aquí. ¡Riguroso Federico! ¡Corazón de tigre fiera! ¿A un ángel diste la muerte? ¿Pecho tuviste tan fuerte que a tal diosa se atreviera? ¡Ángel hermoso! ¡Bien mío!, yo tuve toda la culpa; mas sírvame de disculpa mi amor firme. Helado y frío está el cristal de sus manos y el nácar de su hermosura. ¡Qué corta fue mi ventura! Aquí están dos cortesanos, que el uno está suspirando y el otro llorando está. ¡Válgame Dios! ¿Qué será? Iré como loco dando voces por aquestos montes que mi desdicha están viendo, llorando y enterneciendo sus poblados horizontes. Atlante firme seré de este cuerpo generoso, de aqueste espíritu hermoso que ángel en la tierra fue. ¿En brazos la has de llevar? y aun en el alma quisiera, Enrico. Detente, espera; que, aunque en desierto lugar, un religioso ha llegado. Tienes, Enrico, razón, y es de aquel santo varón compañero. Hermano amado, llegue acá, por vida suya. ¿Qué quiere, hermano? Ya llego. Tengo yo muy poco brío y ánimo muy mucho menos para poder consolarlos. ¿Qué mujer es la que veo? Es la que en la tierra fue vivo retrato de Venus, la que fue de la hermosura y de la belleza espejo, ejemplo de discreción y de virtudes ejemplo. Ansí, padre de mis ojos, cuando desampare el cuerpo, pise celestes zafiros en azules pavimentos, que pues con Dios tanto alcanza, que muestre aquí los secretos de Dios; muestre aquí el valor que les concede a sus siervos. Pídale a Dios que la vuelva el alma al difunto cuerpo. Haga un milagro. ¡Por Dios, que se ha hallado el milagrero! ¿No hay más que hacer milagros? ¿Son los milagros buñuelos? Yo sé que si quiere, puede. Yo sé, hermano, que no puedo aunque quiera. ¡Por su vida, que lo haga! (¿Hay tal aprieto?) Reservada está de Otavia el alma, no sé a qué efeto, que ni al Infierno ha bajado, ni menos subido al Cielo, ni entrado en el Purgatorio. ¡Padre! Hermano, ¿en el desierto? Padre, véngole a buscar porque le llama el convento. A vuestros pies, padre mío, en llanto anegado vengo a que remediéis, piadoso, la desdicha que contemplo. ¿Cómo, si soy pecador? Sois un santo. (Aquesto siento más que todas mis desdichas. ¿Santo? ¿Yo, santo? ¡Blasfemo de mí mismo!) Esto ha de hacer. (El hermano compañero me ha sacado de la puja.) (¡Ay de mí! ¿Qué es lo que veo? Cercada de paraninfos llega agora, ¡santos cielos!, la Madre de mi enemigo, la causa de mis tormentos. Ya llega donde está echado de Otavia el difunto cuerpo y con sus divinas manos la toca. No quiero vello; al fuego quiero arrojarme; él me reciba en su centro.) Ya se humilla el santo fraile a hacer oración al Cielo. (¿Por sola una devoción que esta tuvo, ¡rabio, muero!, baja del Cielo María a volverla el alma al cuerpo? María, no me persigas; basta, María, el tormento que yo paso. Ya la toca con sus manos; ya el aliento vuelve al alma; ya se mueve; ya tocan los instrumentos celestiales; ya se va el real acompañamiento. ¡Quiero la tierra dejar!) ¡Jesús, qué grande consuelo! ¿Qué visión tan milagrosa es la que veo en el viento? ¡Ay, padre! Su santidad enriquece aquestos reinos. Déjeme besar sus pies. Déjeme que goce de ellos también. y déjeme a mí que mi boca imprima en ellos. (¡Oh, mal haya mi poder! ¿Por qué no exhala mil fuegos y a todos éstos abrasa?) Otavia mía, ¿qué es esto? ¿Adónde mi esposo está? Vuestro esposo ya no es vuestro. Mía habéis de ser, si pesa al mundo. ¿Si enojo al Cielo otra vez y me castiga? Vamos a la Corte luego, que yo he de hacer castigar a Federico al momento. No incites a Dios ya más. Vuestro gusto seguiremos. Caballos están a punto, subid vos en uno de ellos. Yo he de ir a pie, hermano mío. Vamos, Otavia. Aún no he vuelto del éxtasis en que estuve. En este paso contemplo un Diablo santo, que ha sido de aqueste nombre el primero. ACTO TERCERO

JORNADA TERCERA

Dejadme, gente bárbara, dejadme; que no soy santo yo, ni serlo espero. Pueblo engañado, pueblo lisonjero, mirad que soy el pecador más grande que en este mundo habita. Padre mío, un poquito no más. De tus narices lo cortarás mejor. (¡Impaciencia cruel!, dime, ¿qué esperas, que esta ciudad no abrasas?) No se apegue; mire que le daré con las alforjas. Yo también corto. ¡Voto al jumento santo que entró en Jerusalén el día de Ramos, que el pan he de tirar de las alforjas si otra vez llegan! Tenga. ¡Voto a Cristo! Pues ¿cómo jura así? Jurando, padre. ¿Qué quiere, que consienta que me corten el hábito, si luego me hace falta y por mil redendijas me entra el aire? ¿Soy santo yo, por dicha? Serlo espere. Hermano, sea santo el que quisiere con aquesa pensión; y si él es santo, córtenle su vestido; mas el mío, ¿qué debe a los vecinos de esta tierra, de Moisenes, Danieles y Abrahanes? Si a Cristo le cortaron el vestido, quiso poder sufrirlo por salvarnos; pudo hacerlo, que es Dios; mas que me quite» La mí el vestido... ¡Por San Nicodemus!.. que si no se me enmiendan y reportan que otra vez y otras dos los circuncide. Tenga paciencia. Téngala una bestia, pues nació irracional; tenga un discreto paciencia cuando habla con un necio; tenga paciencia un hombre cuando hay lutos y no se hallan bayetas, ni aun se hallan sastres, que es hoy la cosa más sobrada; tenga paciencia el hombre que se quita la barba con barbero que habla mucho y tiene mal aliento y torpes manos, sobre tener navaja rechinante: tenga paciencia quien con monjas habla; tenga paciencia quien, por mal regido, de su privanza cae a olvido y llanto, y no la tenga yo, que no soy santo. ¡Que el hábito me corten de esta suerte! Tenga paciencia y haga pecho fuerte. Por cortarme un pedazo me han metido medio cuchillo por la parte oculta. El primer santo soy martirizado por tal lugar; mas él la culpa tiene en revelar a nadie sus secretos ni hacer milagros tantos. Aquí vive Pues si entra, yo me escurro, que más temo los palos que no el hábito, aunque a puro cortar le hagan arnero. Pues váyase el hermano, que entrar quiero. Padre, si hubiese palo, haga un milagro, que le deslomarán con gran donaire. Por Dios lo sufriré, pues Él me oprime. Vuélvase luego acá. Padre, no quiero, que me duele la herida bravamente y me persigue ya toda la gente. Mire que parará la risa en llanto. Que por eso no tengo de ser santo, por no verme, solo esto dificulto, martirizado por lugar oculto. Esta es la vez postrera, Federico, que a mí me manda Dios que te predique; si esta vez no se ablanda tu dureza, ceñiré, aunque vencido, mi cabeza del tridente, que no ciño ha mucho tiempo. Dos meses faltan ya tan solamente del plazo que me dio Dios riguroso para andar oprimido de esta suerte; n-as en cumpliendo, por la silla angélica que, soberbio, perdí; por la que ciñe murallas de alquitrán y de salitre, y que agora poseo a mi disgusto, que he de vengarme de esta chusma infame. El mundo he de asolar, y en el Infierno no ha de quedar lugar desocupado. Hasta la mesma sala he ya llegado de Federico, y ya sacan la mesa porque quiere comer. Aquí he de hacerme al principio invisible. ¡Airados cielos! ¡Que así estime Dios quien le aborrece! En rabia y en furor mi envidia crece. "Ausente de su zagala, los valles Lisardo siembra de lágrimas que enternecen los árboles y las peñas." No me cantéis, necios, ya ningún romance de ausencia, que aunque la muerte lo es, no quiero me tratéis de ella. "Sale derramando flores sobre los montes abril, tan liberal al entrar como pródigo al salir." Aquese romance, amigos, no me pertenece a mí, porque yo vierto ponzoña si flores derrama abril. "Ofendido de su esposa, que justamente le agravia, quiere tomar Lisidoro la ya trazada venganza." Aquí sí. ¡Qué buen romance! Ese romance me agrada. Tornad; volvedle a cantar para que descanse el alma. "Mató a SU esposa en el monte, aunque con culpa, engañada, y al descuidado ofensor en una pública plaza." Pues Lisidoro mantuvo más honor y más valor, si supo vengar su honor, en mi propio pecho estuvo. No pudo su noble pecho mayor valor encerrar, pues, solo, supo dejar el santo honor satisfecho. Quedó de su injusto agravio, como mató al ofensor, finalmente, con honor y vengado. ¡Muero y rabio! Como a su esposa mató y al que le ofendió dio muerte, pues ¿fue Lidoro más fuerte o más valiente que yo? ¿Fue, acaso, más valeroso, más estimado y querido? ¡Alto! ¡Muera el atrevido! Pero... si es tan poderoso Felisardo, por lo menos, hijo de un Gobernador. ¡Oh, pues si temáis honor, bellaco, pleito tenemos! Nunca si teméis haréis cosa digna de contar. ¿Qué tenéis que aventurar cuando ya perdido os veis? ¡Muera Felisardo, muera! (Mas volvereme a sentar, no vengan a sospechar éstos lo que antes pudiera encubrir.) ¿Cómo, señor? (Disimular me conviene.) (¡Notable tristeza tiene!) (¡Yo os vengaré, amado honor!) (¡Bravo rencor ha cobrado a Felisardo!) Aquí están dos pobres. Cerrad el pan; ninguno les dé bocado, o mi casa dejen luego. Matadlos si se detienen. ¡Señor! Federico ¡A buen tiempo vienen! ¡Cuando yo me abraso en fuego í Ya se van, señor. Espera. Decidles que entren aquí. Nunca seguro comí de esta gente lisonjera, de estos vagamundos viles. Quitadme de aquí la mesa y dejadme descansar. ¡Qué tristeza! ¡Qué pesar! De tu tristeza me pesa. (¡Qué gran contento me ha dado el ver lo que he visto aquí I) Una mujer... ¡Ay de mí! ¡Mujer! Y el rostro tapado, entra en tu sala. ¿Adonde vas, mujer, de aquesta suerte? Mírote y no puedo verte. ¿Por qué tu rostro se esconde en la nube de ese manto? ¿Vienes por limosna? Sí. Echadla luego de ahí. Paso, no te enojes tanto. No hables, porque tu voz tiene semejanza tal con la de una desleal, que, como a encanto feroz de la amorosa sirena, tiemblo y estoy temeroso. ¿Qué quieres? Busco a mi esposo, que me da su ausencia pena. ¿Es algún criado mío? No; que quedéis solo os ruego. Federico, (¡Bueno es esto para el fuego de mi pecho!) (En Dios confío que le tengo de cobrar otra vez.) Salíos afuera todos. (Alguna quimera se tiene de levantar.) ¿Conócesme, falso ingrato? ¿Qué me miras? No te espante de que me tengas delante. De Otavia es el retrato que miro. ¡Válgame Dios! ¿Para qué te ha de valer, si no le quieres temer? Solos estamos los dos. Apártate, sombra vana; no llegues a mí. Yo soy tu esposa Otavia. Su alma podrá ser; su cuerpo, no, que de cinco puñaladas desamparado quedó. Es verdad. No te me llegues, sombra, fantasma o visión; espíritu fugitivo de la cárcel que le dio su mal vivir. Si es que vienes a que por ti ruegue a Dios, o que haga bien por tu alma, vuélvete luego, que yo harto haré de hacer por mí, sin hacer por quien me dio tanto deshonor y pena. Ya sabes que nunca doy limosna, y también sabrás cuan poco amor tengo a Dios. No hará por mí cosa alguna, aunque se lo ruegue yo, cuanto y más que no imagino hacerlo nunca. Los dos estamos solos. Escucha, que ni yo espíritu soy, ni vengo a que des limosna, ni ruegues por mí al Señor. Confieso que me mataste, con soberbia y con rigor, en unos amenos valles, donde teñiste la flor más blanca con sangre mía. Difunto el cuerpo quedó, y lo confieso; mas quiso Dios en aquella sazón llegase aquel santo fraile, aquel divino varón, que viste el tosco sayal de Francisco, y rogó a Dios por mí, y su divina Madre, despreciadora del sol. de quien la luna es despojos puesta a sus pies, porque yo desde pequeña la tuve, como es justo, devoción, volvió a restaurar mi vida, mi alma al cuerpo volvió, volví a gozar de la luz que tu mano me eclipsó. Mi inocencia y mi lealtad verás en esto, señor. Vuelve, piadoso, a mirar a quien eres y a quien soy. Bien pudiera con mi padre volverme; mas quiero yo volver a gozar tus brazos. De rodillas, mi señor, mi esposo, mi bien, os pido que me recibáis. No estoy de ese parecer, Otavia. Si la vida Dios te dio, vuelve a Dios que te reciba. Mas ¿qué aguardo? ¿Noble soy? ¿Esto sufro? ¿En mi presencia vuelves, mancha de mi honor, afrenta de mi nobleza y de mi casa? ¿Qué error cometí yo contra ti? Solo mi enemigo atroz pudo volverte la vida. ¿El vil fraile te volvió el alma que el noble acero como afrentado sacó? ¿Francisco? ¿El que llama humilde el mundo? Tú, que el pendón levantas de la humildad, agora verás que soy más poderoso que tú. ¡Ay de mí! ¿Qué hacéis, señor? Volverte a quitar la vida, por ver si la intercesión de Francisco, mi enemigo, te libra. ¡Qué gran dolor! Y cuando acaso te libre otra vez de mi rigor, he de volver a matarte, y si más te libra Dios, te he de volver a matar más veces que tiene el sol rayos y estrellas el cielo. Detente. ¿Quién eres? Yo. (Espantado se ha quedado. Quiero huir su rigor y volverme a Felisardo.) ¡Fraile, demonio o visión! ¿qué me quieres, que me sigues? Déjame vivir, que estoy muerto, loco y sin juicio. Da limosna. Aqueso no. Llama a Dios. Cuando sea tiempo. Federico, ya llegó el plazo tan deseado para mí. Dios me mandó que te predicase. Advierte que este es el postrer sermón. Mira que no tiene el mundo otro mayor pecador. Mira que es Dios riguroso. Todo me cubre un sudor. El corazón dando saltos me dice que vuelva a Dios. (¡Ay de mí, que se enternece! ¡Ah, cobarde!) ¡Mira el sol de la justicia divina enojado! ¡Pecador he sido; yo lo confieso! y quiero... (Perdido estoy. ¡Ah, villano!) Volver quiero a su gracia. (¿Qué rigor de Dios contra mí es aqueste?) Mas, ¿perdonarame? No; claro está. Mas... sí hará, que es muy piadoso el Señor del Cielo. Pero es quimera... No puede ser... ¡Pecador, mira que Dios te amenaza! Que si me amenaza Dios y la espada de Justicia vendrá contra mí, ¿qué estoy dudando? Padre, confieso mi grande culpa y errar. (¡Cielos!, ¿esto consentís? ¡Infierno!, ¿esto sufro yo?) Confieso que malo he sido y que yo soy el peor que en toda la tierra ha habido. Pues da limosna. Eso no. En llegando a dar limosna a Francisco, olvido a Dios. ¿Qué dices? Que aquesto digo. (Ya he predicado, Señor, lo que Vos habéis mandado; con esto cumplo con Vos. Albricias doy a mi dicha. ¿Más me oprimís? ¡Grande amor es el vuestro! Quiero hablarle, pues que Vos gustáis, Señor.) ¡Abrid, mostruos del abismo, aquesa puerta feroz del Infierno! Federico, ¿ves esta puerta? Si no te arrepientes yo alcanzo hoy la Vitoria mejor que se ha alcanzado jamás. ¡Oh, qué vista tan feroz! ¡Oh, qué de penas crueles! Padre, ya rendido estoy. ¿Qué dices? Que estoy rendido. Da limosna. Aqueso no, que es mi enemigo Francisco. ¿Oprímesme más, Señor? ¿No? Pues goza ya de mis penas. Déjame agora quejar ¡oh, riguroso Señor! del amor que al hombre tienes. Si cuando te ofendí yo me dieras tanto lugar para llorar con dolor mi culpa, mi ofensa grave, ¿no te pidiera perdón? Claro está. Pues ¿por qué causa al hombre que te ofendió tantas veces, conociendo que eres quien le redimió le aguardas un año y otro y mitigas tu rigor cuando se arrepiente y llora? ¿Tan ciego estás de su amor? ¡Tanto le estimas y honras! Pero harto te costó. No me espanta la respuesta, que es su disculpa mayor. Quiero volver a mi intento; volver quiero a mi opinión hasta que se cumpla el plazo. Ya Federico bajó al Infierno, y no quisiera que con esta muerte atroz la ciudad se alborotase hasta el mismo día que yo su desdicha publicando a todos, pues dueño soy de las penas infernales, participen su dolor. Quiero obligar a un ministro a que cumpla mi intención en forma de Federico. Sal luego al mundo, Estarot, pues que Dios me obliga a ello. ¿Qué me quieres? Aquí estoy. Que sufras de Federico la persona desde hoy hasta el día que yo diga públicamente el error de las penas que padece. Tu esclavo obediente soy. Calla a todo cuanto vieres. Así lo haré, A pedir limosna voy desde aquí para Francisco, que es mi enemigo mayor. Soberbio desconocido, ¿aquí estás de aquesta suerte cuando a Otavia diste muerte? Loco, desagradecido, ¿qué te hizo su inocencia? ¿En qué te ofendió su amor para dar contra su honor tan rigurosa sentencia? ¿Ofendiote, por ventura? ¿No hablas? ¡Falso, villano!, ¿tú ensangrentaste la mano en la mayor hermosura? Habla. Pero ¿qué has de hablar cuando te ves tan culpado? Después de haberla librado su inocencia, a tu pesar, de la muerte, ¿es justa cosa, Federico, volver vos a deshacer lo que Dios y su Madre generosa ha restaurado? ¿Es verdad aquesto que Otavia dice? Nada, señor, contradice, pues que calla su maldad. ¿Distes a Otavia la muerte? A todo calla el traidor. ¿Matástela? Sí, señor; yo lo vi. Pues de esa suerte probada está la malicia. A la cárcel le llevad, donde dirá la verdad y se hará con él justicia. ¡Villano!, ¿a nadie respondes? Su error le habrá convencido. Ya tu delito he sabido. Pues ¿para qué el rostro escondes? Llevadle, que yo haré la justicia que verás. Con tu oficio cumplirás y yo a Otavia gozaré. Toda la casa está llena de enfermos de varios modos. ¿Y a qué vienen? Vienen todos, como tu fama es tan buena y tan santa, que los cures de su enfermedad: ¿A mí? ¿Qué dices, di? Esto es ansí. A estos es bien que procures la salud, que no a los otros que son ricos. Es verdad. Sánales su enfermedad siquiera porque a nosotros nos imitan en pobreza. (¡En qué tormento estoy puesto! A no acabarse tan preste faltara la fortaleza de mi valor.) Padre mío, a quien el Cielo dotó de santidad e infundió tal virtud; en vos confío. Aqueste niño ahogado aquesta mañana hallé en mi cama. Váyase, y otra vez tenga cuidado, ¡Noramala para ella y para quien la parió! Mujer. Merezca aquesta vez yo, por la Virgen pura y bella, Madre de Dios, que os dignéis de rogar a Dios por él. (¿Yo rogar a Dios, cruel?) Mujer. Pues que sois santo, os mostréis conmigo. Dejadme aquí, hermana. Gran confusión. Llegad siquiera el cordón. ¡Ay, venturosa de mí! La boca abre y los ojos tiene abiertos, padre mío. (¿Tal consiento?) ¡Qué desvío! Dejad que sean despojos mi boca de vuestros pies, de quien tanto bien recibo. Demonio, (O este niño estaba vivo, o aqueste milagro es.) Iré dando, como loca, derramando alegre llanto, voces. Digo que sois santo. ¡A qué rigor me provoca! Dónde me lleváis, villanos? Adonde os hagan salir los conjuros de este santo. Nunca tuve devoción con asistir donde hay diablos. ¿Dónde vais, el de la bota escondida? Diablo honrado, yo no me meto con él; quiero arrimarme a este lado. Padre, aqueste es hijo mío. El diablo se ha apoderado de él, ¿Desde cuándo? Desde el día que de casarle han tratado, nunca Dios lo permitiera. ¿Qué preguntáis, vos, hermano? ¿Disfrazado ahí estáis? ¿Sois vos al que llaman santo? El mismo. Como mi abuelo. (¡Cómo le teme el bellaco!) ¡Bien parescéis, por mi vida, con el sayal tosco y pardo! Vestímele a mi pesar. Ya yo sé que os ha pesado. ¡Qué poco os debe el infierno .' No soy mío, soy mandado. Pues ¿quién os obliga? Dios. ¿Y sois vos aquel bizarro y gallardo capitán que se atrevió a derribarle de su silla? Yo soy. ¿Vos? Yo os conozco; estáis trocado. Yo os vi enarbolar bandera sobre los célicos astros diciendo: "¡Viva Luzbel!" No fue cosa de cuidado, que dieron patas arriba con vos. ¡Oh! Lo que habla el Diablo; poder de Dios! Antolin. seamos amigos. ¡San Marcos, con su rujero y león me ayuden! Cordón santo de mi padre San Francisco, valedme. ¡Calla! Ya callo. Padre, conjúrelo luego, que le martiriza tanto, que temo no se me muera. Ya llego. Llegáis en vano. Sal de ese cuerpo al momento. Y si entráis vos, ¿no es bien malo? Ya sabes que yo te puedo oprimir. ¿Vos a mí, cuando tan bueno soy como vos? Aun si dijeras tan malo, dijeras una verdad en tu vida. Fray Diablo, tú parece que le temes. No temo yo a nadie, hermano Demonio. Padre mío, perdone, que soy un asno. Sal de ese cuerpo. ¿Qué dices? Que salgas luego. Pues ¿cuándo ¡has tú mandado tal cosa? Agora que te lo mando. Y ¿quién eres tú? Quien tiene más poder que tú. Hable paso, que todos somos demonios. (Un poco se ha sosegado.) Es verdad, pero el mayor soy. No te llegues tanto. ¡Cómo le tiembla el Demonio! No temo a nadie. Yo callo. Desde él infelice día que del trono excelso y alto caímos, somos iguales, porque a no serlo, está claro que no fuera igual castigo el nuestro. Cuando un vasallo de un rey, por servir a otro va contra él, caso es llano que son dignos por traidores, de un mesmo castigo entrambos. De modo, que si yo fui el que alboroté el palacio Villano. de Dios, si tú me seguiste, Antolín. mereces lo mismo. (Un santo Demonio. es el fraile. Bravamente le aprieta.) Porque el vasallo que deja al señor que es bueno por otro que será malo, o al menos no sabe bien lo que ha de hacer, es culpado mucho más que el que nació tan hermoso y gallardo que le obligó su hermosura a hacerle guerra. Es en vano cuanto has dicho. Aquí he de estar hasta que este desdichado cuerpo desampare el alma. Llegarete el cordón santo de Francisco. ¿De invención te vales? ¡Notable caso! Quita, quita, que me matas. ¡Oh, hideputa, el bellaco, y cómo le 'hace dar voces! Sal presto, digo. Si salgo te ha de pesar, que tengo de publicar tus agravios por la risión del Infierno. ¡Qué gran tormento que paso! ¿Por qué no llamas a Dios agora, pues eres santo? El Diablo tiene razón; ha hablado muy bien el Diablo. Nunca para cosas mías, después que nací, le llamo. Pues ¿cómo quieres que salga, que Dios no me lo ha mandado? ¿Cómo? Mandándolo yo y poniendo aqueste santo cordón encima de ti. ¡Quita, quita, pese a cuantos tormentos he padecido! No te espante si esto hago, que me oprime Dios. Ya salgo. ¿Quieres dejarme. Luzbel? ¡Oh, cuáles van los demonios volando por los tejados! {Suena ruido muy grande.) A descansar le llevemos. Mucho puede con el diablo, padre. No puedo conmigo, que son efetos contrarios. Denos, padre, aquesos pies. (No he visto pies tan asados en toda mi vida.) Vayan, y a Dios le encomienden. Vamos. ¡Que yo mismo sea ministro de mi mal y de mi daño! ¡Que yo a Francisco aborrezca y por él haga milagros! Mas ya no importa, que es poco, que mañana cumplo el plazo de mi desdicha. Corrido, triste, humilde, avergonzado vuelvo a verte. ¿Qué es aquesto? • ¿Qué hábito es este contrario a quien eres? Goza, amigo, primero de mis abrazos; y, en acabándome tú de contar lo que ha pasado en Toledo, te diré la causa de mis agravios y de mudar el vestido. Pues estame atento un rato. Llegué, como me mandaste, a Toledo, que no alabo, que es infamar cualquier cosa cuando la alaban los diablos. Entré en San Juan de los Reyes, monasterio de aquel santo a quien obedeces tú. Porque es causa de mis daños. Vi salir dos religiosos con sus sombreros y báculos, a pie y descalzos. Sentí que iban a hacer agravio al Infierno y a dar gloria al Firmamento más alto. Seguilos y, al fin, adonde Guadarrama, río nombrado que Castilla ensoberbece sus raudales menos mansos, paráronse porque vieron que estaba muy hondo el vado, evitando ya el pasar su cristal acelerado. Usé de astucia. Al momento me transfiguré en un macho tan hermoso y apacible, que los devotos y santos se persuadieron, humildes, a pasar en él. Llegaron y, como astuto, hice yo del inocente y el manso. Humillé entrambas rodillas; subieron, y caminaron por el río. Y aun apenas pasan la mitad del vado, cuando, soberbio, me arrojo por la corriente nadando. Temieron el gran peligro; pero el uno de ellos, ¡rabio de enojo!; al cuello me echó un grueso cordón de esparto de su padre San Francisco. Mas apenas sentí el lazo milagroso, cuando vuelvo, con mansedumbre, a llevarlos. Páseles el vado, y luego, cuando pensé que agradados de mi servicio se fueron y me dejaron entrambos, me llevaron a Escalona, donde un sermón predicaron, que dio admiración al Cielo y a los Infiernos espanto. Volvieron para Toledo, siempre sobre el triste macho^ cansado ya de sufrir tal peso y trabajo tanto. ¡Ay de mí! Por ti se dijo aquello del "¡pobre diablo!" Pues para darme a comer, cuando yo comiera acaso, arena y piedras echaban en el pesebre, y no tanto sentía esto como ver la inmundicia de los gatos entre la arena. Mas quiso mi suerte que un fraile honrado, recién venido al convento, por allí pasase acaso. Fingí ahogarme, y el fraile, como vio ahogarse un macho, sacó de un pequeño estuche un cuchillo y corta el lazo. Huyo, dejando el convento, a tres pies. Llego cansado de sufrir a carpinteros y albañiles desalmados que, por cualquier niñería, me derrengaban a palos. Gran poder tiene Francisco, yo lo confieso, aunque callo. Pues que Dios por él me oprime a sufrir tormentos tantos, no porque vengas vencido no has de ser galardonado. Mi corona has de ponerte y el tridente rodeado de culebras escamosas. Buen premio de mis trabajos. Mas ¿cómo este traje vistes? Como soy tan desdichado que le traigo a mi pesar, escucha. Mas es en vano, que viene gente. Antolín es éste. ¡Suceso extraño! ¿Qué es esto, hermano Antolín? Vengo yo más contento que un poeta que ha hecho una comedia. A Federico le saca la justicia en este punto a cortar la cabeza. ¿Qué me dice? ¡Pobre Estarot, y cuál irá el cuitado! Jamás se ha visto año desgraciado en demonios como éste. Y el hereje: que no hay remedio que llame a Jesucristo, ni decir un Credo solamente. ¡Que este Francisco mi valor afrente! Un Cristo le pusieron en las manos y luego le arrojó como un cohete. ¡Ah, falso, hereje! ¡Vive Dios! Si fuera seglar agora, aquí, cuando pasara, le había de meter en la cabeza seis lágrimas lloradas por el padre que le nacieran cuernos en la frente sin ser casado. Mire lo que dice. El clavo de Jahel, sin ser yo ella, le había de zampar por las orejas; la espada de Judith por las entrañas; la daga de Laurencio por el pecho, y las brasas de Porcia por la boca, y, finalmente, le arrojara un silbo que se quedara muerto por un hora. Sin duda que el juicio ha ya perdido. Ya el ruido suena. Ya ha llegado el plazo de mi oprisión, hermano. ¿Qué le parece? No me meto en eso. Hoy mis culpas en público confieso. ¡Hermano, por el Dios que tanto alcanza^ que se vuelva a mirar retrato suyo! ¡Confiésese siquiera; a Dios reciba, y háblele una palabra solamente! Déjelo, padre, que viene ya resuelto o morir de esta suerte. La cabeza le corten luego, aunque el castigo justo fuera entregarle al fuego agora vivo. ¡Hermano de mis ojos, vuelva y mire este Señor divino que se puso en esta cruz por él; mire sus manos derramando corrientes de rubíes destilados en hilos carmesíes! Aunque le haya ofendido muchas veces, una vez sola que "pequé" le diga Dios le perdonará, que es infinita su piedad soberana. —No hay remedio. Désele Dios. Amén. Suba al suplicio. ¡Hombre, mira que vas de Dios al juicio! ¡Oh, mi padre fray Diablo! ¿Qué es aquesto? Oídme, ciudad de Luca. Vosotros, estadme atentos, que ni aqueste ha de morir ni puede. ¿Qué es esto, Cielos? Yo soy el Demonio, a quien oprimió Dios este tiempo porque quise derribar las iglesias y los templos del seráfico Francisco. ¿Hay semejante suceso? Mandome que me vistiese este vestido, el cual dejo, como veis, aquí delante de vosotros. No haya pleitos, señores, por las reliquias. Mandome también que luego otra casa edificase y que los diese sustento a todos los religiosos. Mandome que predicase a Federico algún tiempo. Prediquele; mas no quiso enmendarse. Ya le tengo en el Infierno. Miradle, porque toméis escarmiento. Cuando en este mundo estuvo, vanaglorioso y soberbio, a ninguno dio limosna, que era avariento en extremo. Por eso permite Dios que, en una mesa de fuego, esté bebiendo resina y alquitrán esté comiendo. Aqueste que habéis traído es ministro del Infierno que, para aguardar el plazo, le saqué para este efecto. El plazo ha llegado ya. Prediqué yo y di sustento al monesterio. Ya hice la casa. Cumplido dejo el mandamiento de Dios. Yo voy rendido y resuelto a no perseguiros más, si me persigo a mí mesmo. Haced lugar y veréis cómo del mundo me ausento. Síganme los que quisieren irse conmigo al Infierno. ¡Válgate el diablo, fray Diablo! Maravillas son del Cielo. ¡Válgate el Diablo mil veces! Ni me canso ni arrepiento. ¡Maravillado he quedado! El hábito guardar quiero para alzarle por reliquia a una higuera. A Dios le demos alabanzas infinitas, pues tantos son sus misterios, y al Serafín valeroso. Yo a ser el dichoso vengo, pues hoy será Otavia mía. Ya quien descubra no tengo mis secretos. Noten todos y miren aqueste ejemplo, y con el glorioso Padre que tanto bien nos ha hecho en este mundo se tenga gran devoción, pues es cierto que a los Infiernos oprime. Aunque humilde y verdadera, esta historia se hallará en las jomadas del Cielo. Vuesas mercedes perdonen y nos perdonen los yerros.