Texto digital de El fénix Español, San Lorenzo mártir
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- Francisco Lozano Estarrués
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El fénix Español, San Lorenzo mártir. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/fenix-espanol-san-lorenzo-martir-el.

EL FÉNIX ESPAÑOL, SAN LORENZO MÁRTIR
JORNADA PRIMERA
, , h , Legue Valeriano a Roma La triunfante, y el Noble Imperio, venerándole Monarca, le jure del Orbe dueño. llad, no el blando fusurra quite a la impresión del pecho, el estrago que fulmina contra estos viles objetos de mi indignación. Señor. Señor (qué cruel tormento Bárbara acción! Ea, dejadme siegue sus infames cuellos; porre su sangre me sirva de allombra a mis plantas, Cielos, qué crueldad a esta iguala? Mira que. Flora, ya veo que pueden mucho tus ojos; ya soberanos preceptos no los deroga la ira, aunque los resista el ceño: mandan, que ya no soy mío. Si es que a merecerte llego, goce el indulto una vida, que la ofrece el rendimiento. No se malogre a la vista de tantos nobles trofeos, como a tus huellas postrados repiten los vencimientos. No triunfo tan corto, intente borrar la impresión que han hecho en la lámina del Orbe los búriles a tu objeto. No logre un mísero esclavo ser blanco a tan noble incendio, permítele a la esperanza las vanidades del ruego. Triunfante en tu aclamación te ilustran Provincias, Reinos, y aún para su aplauso, juntos todos los cuatro Elementos, desde sus Solios te ofrecen, con veneración a un tiempo, unos, a tu nombre, plumas, otros, a tu herarío, feudos; este, simulacro al culto, y aquel, duración al Templo. Roma Laureles te ofrece, y en tus Armas, por trofeos se esculpen Colonias, Flores, Laureles, y Coronas, siendo, no sin providencia grande, blasón tuyo, y triunfo excelso. El Aire en metro canoro, tu nombre esparce, y el eco pasa, aún más allá de aquel ambicioso afán del riesgo. El Cristal por siete bocas desangra en fecundo feudo, nevado aljófar, que sirve de trono a tu culto Regio. La Llama a soplos ánima, sabia Fénix el reflejo, por consumir a tu Aurora cuanto renace a su incendio. La Tierra en su tardo curso es de tu deidad obsequio, y sirve la duración a cuenta de los respetos. Para que conozca el Orbe, el Indio, el Tartaro, el Medo, África, Roma, y Europa, el Moscobita, el Isleño, Tierra, Fuego, Aire, y Agua, que a tu dominio sujetos postran, consagran, dedican al Ara, al Culto, y al Templo, Colomas, Flores, Laureles, y Coronas, porque a un tiempo, al ollarlos tu deidad, se escucha repite el eco de su armonía en mi labio, con la voz del rendimiento. Llegue Valeriano a Roma triunfante, y el Noble Imperio, venerándole Monarca, le jure del Orbe dueño. Bella deidad, hermosa Flora mía, a quien venera el corazón del día, y en lucientes desmayos es sumiller dichoso de tus rayos, y al correr la cortina, viendo humana la llama tan divina, mariposa se exhala, y en su fuego las alas quema, y al mirarse ciego, por víctima se ofrece, dando indicio de ser su adoración el sacrificio. Ya por tu causa, del sangriento brazo entrego la cuclarla a su regazo, . guadaña de la muerte tan severa, que aún Júpiter tonante allá en su Esfera, viendo que a mi valor hoy se sujeta, sino la temo, a lo menos la respeta: Esos viles Cautivos tengan vida, y suspensa la herida, repita a tus decretos el estrago, fatalidades solo en el amago. No llores, dulce encanito, la olanda enjugue de tu aurora el lla sino es que de las perlas que han caído, ese nevado copo, sumergido en hondas de cristales, viendo tantas señales, de ser volcán de nieve los despojos, pase a enjugar la olanda, y no los ojos. Vivan, no solo aquestos infelices, mas todo Roma abata las cervices a tu yugo, y arentos de diquen a porfía rendimientos. Dia es de hacer mercedes, Flora mía, bien puedes intentar imposibles, pida el labio; mira que haces agravio a tu misma belleza, desviese el dolor, y la esquiveza, mirando que el blasón que me levanta es más tuyo, que mío, pues tu planta pisa él trofeo, que se vio triunfante, y hoy logra por amante duplicado el laurel, pues se eterniza en la vasa, que amor se inmortaliza. Diez Provincias, que besan esos Mares, haré que a tu Deidad labren altares; todas quedan rendidas a mis brazos, y en recíproca unión, y en tiernos lazos, al verse de tu luz iluminadas, y de amor, que es su templo, colocadas en muda adoración todo el deseo, y rendido el trofeo, el fendo pagarán con el Romano, el Persa, el Moscóbita, y Valeriano. Estimo la fineza enamorada, agradezco obligada, (yo agradecer a un Bárbaro?) atenciones, que en mí han de ser de hoy más veneraciones: (mas ay Laurencio mío) y mi albedrío postra a tus pies (mal puedo si no es mío) la voluntad (oh amor! quien te dijera que este Cristiano mi homicida fuera) sin que pueda obligarle mi belleza, pues paga con desvíos la fineza. Hipolito. . Señor. Se ha publicado del decreto el rigor? Cómo has mandado, por toda Roma, en voces sucesivas, obedientes repiten, siglos vivas, para ser del Cristiano parca fiera: o qué ley a mi oído tan severa! . Avisaste a mi Guarda la promesa que da mi Majestad, a quien la empresa consiga de ese Mágico, de ese hombre, de ese Sixto? que solo con el nombre deja al valor, y el pecho sin sentido, pues ciego, y atrevido con encantos mis triunfos atropella, y en su constancia sella la Religión que tiene a Roma inquieta, pues a su Magia todo se sujeta. El hallarle es preciso, que el cuidado anda por darte gusto desvelado. Quiera Marte no logres esa gloria. . Oh soberano Marte! si memoria quieres deje mi nombre de Monarca, sienta Sixto la parca de esta ardiente entereza, y ofrezco a tus altares su cabeza. No sé como templarle. Flora bella, este dolor el juicio me atropella. Tu voluntad se cumpla, que no intento sea el favor motivo al sentimiento. Esto manda la ley, y aunque el decreto quisiera derogar por tu respeto, mal puedo, no me acoses, que ofendo, resistiéndome, a los Dioses, Señor, esta piedad en mi es forzosa, y no extrañes el verme tan piadosa con Roma, que es mi Patria, y conocidos tengo algunos Cristianos, y abatidos hoy los veo al rigor de la fortuna, sin esperanza alguna de volver a gozar su patrio suelo, ultrajados del hambre, y desconsuelo. No llores, que por Júpiter Sagrado, alta deidad, en solio venerado, que me enoje, pasando a ser baldones estas que fueron ya veneraciones. No basta que el amor, dulce homicida, doce a tu inclinación neutral la herida, tan remisa en su aliento, que parece ha volado su ardimiento a la región del fuego, y en su esfera para el castigo el orden tuyo espera? Basta, Flora, la pena, deja la suspensión que te enajena; y pues es mi fineza sa que manda que viva tu belleza, sin el susto, que el bando ha publicado, guardando a tu sagrado toda atención, no quieras malograr tus hermosas primaveras; goza la edad de amor, que es Dios, y puedes esperar de su fe Regias mercedes. Oh amor tirano! pues mi fe conoces, inspira a Flora voces no gratas, ni suaves; y pues rendido sabes doy a tu altar callados mis desvelos, pues me sobra el amor, quita los celos, Señora Libia, gracias a la suerte, que fui, vencí, he vuelto, y llego a verte. Solo a César repiten esa gloria. Dime, Libia, o Libiana, y la memoria? cómo en mi ausencia estaba? Rey mío, de perdida no a hallaba; verdad sea, que acaso el otro día, como en mi estimación fue bugeria, en cierto escapárate reservada fui a verla. . Y qué? La hallé quebrada, arrojela en efecto. . Fácil fuera, que memoria rompida se tuviera. No quede a estos villanos la esperanza contra el decreto justo en la venganza. Piedad, Señor. Ya el orden distribuido, es lisonja la voz para el oído. Qué violencia! Qué estrago! Qué tormento! Mueran hoy al cuchillo más sangriento: Bárbara Plebe, si buscáis templanza en Marte, idolatrad a la esperanza, ofreciendo en el ruego afectos vivos, en señal de ser libres por cautivos. La libertad que ofrece no la alabo, pues quedando cautivo, queda esclavo. El triunfo, y la armonía se prosiga, y en Religión que a tanto culto obliga, guiad al Templo, a que consuma el fuego al sacrificio que supure el ruego, siendo la voz la víctima primera; que repita a su esfera. Festivos canoros los dísticos tiernos al Temple Marte dediquen sequios. Supremo Dios guerrero la víctima embote los silos sangrientos. , , s Deja, Libia, que el peligro se pierda de vista, y luego busque veloz el cariño alivios al desconsuelo. Ya se aleja la armonía, señora; pero yo temo te halle menos Valeriano. No hará, porque considero, que por dos razones tiene los atributos de ciego. Qué intentas? Dar el aviso a los Cristianos del riesgo, y buscar con la fineza algún agrado en Laurencio. Ay cómo temo, señora, si se sabe. Pierde el miedo, que está una oculta razón, que no la alcanzo, ni entiendo; al riesgo patrocinando, y al peligro fendiendo, y más si escueho a las voces, que barajando su acento la armonía del cariño, dirá con rendido afecto: Supremo Dios flechero, la víctima temple los filos sangrientos. Huid del Tirano, hijos, y de la tierra en su centro esperad, que como madre nos reciba: no, no siento el morir, ni aquesta fuga es negarme a un leve riesgo, que se siente como gloria, y se goza como premio; huyo el peligro, y la vida, eternizarla deseo, que penden de mis suspiros el alma de algún aliento. Ay Laurencio mío, llega, llega a mis brazos, y en ellos el lazo de tu cariño hará a mi amor más estrecho. Miren lo que aprieta el Padre: Señor, váyase con tiento; qué deja para un Bonete de este talle, y de este gesto? Abrázame Nepociano, que tu costancia. Tu aliento es quien en mí la asegura, y la establece. Esto es hecho, abrace, Padre, que yo les voy previniendo el beso, Ay infeliz Monarquía! ha desventurado Imperio, que fijas la duración en sacrílegos cimientos! Llorad, hijos, nuestras culpas, Bien me parece, lloremos, el paso de jeremias en este lance era bueno. No callas? Señor no es fácil, que el que llora con afecto, es el alma de un suspiro, el ay de mí, y el gemeco. No sé qué influjo me inspira has de ser hijo, el primero, que eternice los laureles en vasas de barro, y hierro. Lustre de Aragón serás, Fénix Español, y a un tiempo, cuando repita victorias, este colgará trofeos. Dichoso (oh aquel primer nutrimento, que te animó para ser el Fénix de nuestros tiempos, No es hoba la profecia; quemado siendo Laurencio? no puede ser, que las llamas tienen al Laurel respeto. Ay Nepociano! Seguidios, mueran, Muy malo va aquesto: como nos ven alcanzados, traen la miseria corriendo estos perros como galgos. A lo Padre, no al riesgo permitas poner la vida, que es de todas el remedio; huye, Señor, el peligro, dejándome a mí, que llevo para defender su impulso, con la fe tus ardimientos, Mueray, como se salve la Nave, que a vela, y remo; de la borrasca, y el golfo ha sido el Iris, y el Puerto. Tu ultrajado? tu abatido? el corazón en el pecho, de puro sentir, ignora el dolor del sentimiento. Tú con ropajes, indignos a tu Dignidad? ha Cielos! pues el dolor me permites, logre yo él merecimiento. No, ViceDios, enternezcas mas al corazón, que ha puesto de la fineza en el ara todo su curso deshecho. Aunque es más gloria del triunfo ir en busca del trofeo, aquí el laurel se asegura con dejar vencer al miedo. Si para tus hijos fuera vida tu muerte, qué presto que llevara al sacrificio la leña el conocimiento! No lo es, Señor, ni ser puede, que apagados tus alientos, quedan las respiraciones sin la taréa del pecho. Supremo Dios guerrero la víctima embote los filos sangrientos. Ya se avecina el peligro. Señores, huyan sus ecos, no la sombra de armonía sea falta en los conciertos; pues si una vez el compás llegan a echarnos, yo creo, que antes que el Sol se repita estará el Mi padeciendo. Ven, Señor, y de mi albergue, por retirado, podemos cegar a las invasiones, hasta que permita el Cielo demos por la Fe la vida. Yo Martir? no vengo en ello, que en mi linaje, los más por Confesores murieron; y esto de acabarse un hombre, lo ha de mirar con gran tiento, que no es para cada día el ser Fénix contrahecho. Gozad, Cristianos, la dicha que ofrece el acaso al ceño, y por instantes se pierde, si malográis mi decreto. Dejad el golpe pendiente, excufando al movimiento en las heridas el bulto, y en los estragos el cuerpo. Pagad aquesta fineza con no miraros sangrientos; débanse a las prevenciones la quietud de los deseos. Huid, y si os falta albergue donde asistáis, en mi pecho regazo os dará el amor, sin el susto de los riesgos. Huid, huid. Dios te pague, Matrona, tan noble celo; que agradecido le admite por religioso el afecto. Aprovecha las piedades, que es desgracia en ese objeto se vista el alma de sombras; y de púrpuras el cuerpo. Fía, que a este beneficio agradecido, algún tiempo haré vistas el ropaje mas noble; que el que ese fiero Emperador a tus plantas sirve alfombra de tropiezos. Con qué terneza mi amo, muy a lo de Dios atento, le profetiza una gloria, vir culada en un Precepto. Estimadme esta piedad, y quedad con Marte. Bueno: Si es Marte Dios, será sijo; si es el Dios Marte, no es cierto. Ven, Libia, y disimuladas, entre el concurso del Templo, aprovechando el cuidado del recato, nos valdremos. . Vamos, Señora. Doncerla, si alguna piedad la debo por mi parte, la suplico. Que lo empalen. . Malo es esto; como la llamé doncella se vengó, que en estos tiempos no hay quien sufra un testimonio, que se levanta así al vuelo. Por si los Cielos disponen no te vea más, Laurencio, atiende, y tú, Nepociano, ambos oíd mis decretos. Desde tu primera infancia, según me has dicho, y yo creo, porque tu acento en mi oído tiene inviolable precepto, dejaste a tu Patria insigne Aragón, en quien hoy creo se ha de venerar su Trono por tu esplendor siempre Regio. Después de varias tareas, que en primeros rudimentos, de tu tierna edad logró verte Zaragoza Maestro. Llegaste a Roma, logrando en mi bien fundado afecto una inclinacrón, a quien obligado me confieso. Pastor de la Iglesia hallaste a este infeliz, y hoy me veo blanco escollco donde tiene la infelicidad sn objeto. Comunicándote el Orden de Diacono, te di, siendo mi elección, en aquel día, de tu virtud un diseño. Tu poca edad fue la causa de no adelantar su premio la dicha en el Sacerdocio: (que aunque en algunos es riesgo la Dignidad, pues se olvidan con la vanidad de serlo) en ti no fuera su escollo aún leve indicio al tropiezo, que están velando los ojos a las taréas del sueño. Vecino al riesgo me miro de morir, no los afectos se asusten, que a tanto logro, (si es que a merecer hoy llego el martirio) sus laureles eternizarán mi aliento. Los vasos de oro, y riquezas reservados en el Templo, sean para pobres, y estas las haya de dar Laurencio. Tú, Nepociano, conforta los que a tu custodia han hecho por la Fe tal resistencia, que envidioso me confieso. Y esto prevenido, vamos a ver, si ocultos podemos ofrecer a Dios las vidas en paga de tantos riesgos. El permita que yo llegue de las llamas del acero a ser despojo en las sombras de ese voraz embeleso, que a tantos míseros lleva el lince albe go, y locos repiten cultos, tan bárbaros como ellos, y a la verdad obstinados, niegan la razón, diciendo: Supremo Dios guerrero, la víctima embote los filos sangrientos. Diga nuestra voz, negando tan bárbaro sacrilegio, en religiosa armonía, que baraje sus intentos. Supremo Dios inmenso, la víctima sea ofrenda en tu Templo. Huid del horror, no quede en su vagaroso seno cuerpo, donde el ansia tenga bulto, en que tropiece el miedo. Flora, Hipólito, Soldados, dejad por ahora el Templo, que está la Deidad sin ojos, y está la culpa con ellos. Raro asombro! Grave susto! Recia pena! Cruel tormento! Viste, Hipólito; notaste, Flora, con qué supremo dominio la Deidad postra mi nunca vencido aliento? Pues por vida de sus luces, que ha de pagar el primero infeliz, con una vida, tanto dolor como el pecho sufre inmortal. Por si logro suspender en parte el riesgo a Laurencio, amor me anime; con mis halagos intento desvanecer a sus iras la indignación. Por qué medio hallará descanso el alma? Con favorecer a un ruego, que solo aspira se temple tu confusión, con los ecos de tanto asombro, escondido para mí, pues aunque al Templo quise llegar, por la nota de lo mucho que te debo, excusé con mi atención los pasos al movimiento. Porque lo mandas, por ser tu gusto, por hacer tiempo de ver si alguno merece ser de mi rigor trofeo; escucha, y de paso advierte, que si no dice el aliento lo que cabe en el discurso, hará a su juicio un diseño. Esto me huele a romance; y pues se debe al discreto el atributo de mudo, sea su voz el silencio. . Después que mis Escuadrones en las márgenes del Nilo bebieron por fiete bocas espumosos obeliscos; y después que fatigados de asaltos, choques, y sitios, buscaron en el descanso resniración para el brío, pues la taréa precisa de escaramuzas, les hizo olvidar del todo aquella disonja de los alivios. O si en los asaltos vieras, con afanes sucesivos burlar el valor el riesgo que amenazaba el peligro! Dígalo el constante incendio de sus ardores, que fijos, negándose al escarmiento, lisonjeaban el destino. Ya del alquitrán burlando aquel letargo nocivo, que se enciende como estrago; y se apaga parasismo, Ya de la flecha volante, que en vagaroso incentivo, negada a las suspensiones, se desvanece al gemido. Ya del fragmento terrestre, que en confusos torbellinos, hondas de arena a los ojos no dejan hacer su oficio. Ya de aceros, partesanas, picas, bomvas, y estallidos, saetas, carcasas, dardos, arpones, arretes, tiros, sin que el horror, ni el estruendo en afanes sucesivos ataje de su ardimiento el valor en los destinos, la fortaleza en los sustos, la lisonja en los peligros, duración en la fatiga, perpetuidad en el brío, en la obediencia constantes, en la soberbia remisos, violentos con los rebeldes, piadosos con los rendidos. Triunfante, pues, mi ardimiento; en marchas dobladas, hizo buscase la tregua el triunfo en el Solio merecido. A Roma los Escuadrones mando marchen, prevenidos sea el trofeo del ocio el laurel del albedrío. Apenas, pues, a sus muros me abanzo, cuando distingo, que tus ojos me presentan guerra galana, y rendidos amor, y obsequio, a la lid hicieron frente al dominio de tus negros (loco amor, contra tu dueñe remiso) Rapaz, en fin, quien pudiera desengañarte, que has sido grosero en la suspensión, y necio en el precipicio. Y más (oh Flora!) advirtiendo de Marte en ti prevenidos los instrumentos de guerra, que en tu beldad hoy admiro; siendo la frente campaña venerada del Eliseo; las cejas, las medias lunas; rebellín, el pelo en garos; muralla, la fortaleza; baluarte, el discurso activo; cañones, las dos narices; pólvora, los cupididas; valas, los dientes; la cuerda, el labio en brasa encendido; clarín tu aliento; banderas la tez; Soldados, los bríos; los pensamientos, los Cabos; los Caballos, los suspiros; las Corazas, el recato; y el General, el divino entendimiento, a quien postra todo el belico ejercicio, trofeo, laurel, diadema, susto, afán, riesgo, y gemido. Ya escucho dices, que causa sin prevención de motivo me enajena, te repita el fundamento preciso a que me obligué; pues oye, que no se niega a decirlo, quien no estuvo del asombro tan cobrado en su principio. No ignoras, que la armonía saludó en métrico estilo el ara de Marte a voces, que en su Templo fueron himnos. Pues apenas llego al atrío a ofrecerle los rendidos despojos de su poder, cuando el semblante benigno, vuelto en semblante horroso, en espacio breve vimos a un leve suspiro suyo ticubear el edificio, y en sí se cae, o no se cae quedó un rato suspendido. Hicieron los capiteles, y columnas, con suspiros, fatal rumor, y a los ecos tembió el mármol, sudó el pino; las claraboyas granizan, y con pólvora de vidro rayos fulminan, y el hume repite los parasismos. Todo se confunde, nada se percibe, y al conflito, asombrados los alientos, no encuentran con los latidos, cual con la sombra se abraza, este del temor asido busca el cuerpo, y en su sombra pierde la mano el instinto. Crece el tumulto, la queja se desmaya, y los nocivos Elementos se perciben desatados basiliscos. Gime el hombre, brama el aire, el fuego en saña encendido, llama el artesón consume, ceniza envuelve el abismo, llora el jaspe, y con temblores, la tierra en roncos gemidos, por sus gargantas recibe sombra, miedo, polvo, y ruido. Todo es horror, pasmo, y susto, hasta que el velo corrido a la deidad se escuchó, que en idioma airado dijo: Si quieres admita el culto, vea yo el mármol teñido de sangre Cristiana, y sirva de incienso a mi sacrificio. Y dejando el simulacro, se negó a la vista, o quiso que fuera la ceguedad de la adoración indicio; dejé el Templo, y aún no puede dejar mi asombro el latido, que en el corazón se siente el presagio mal distinto. No quede escondida gruta, que no la busque el distinto: no haya reservado erario, que no se escale atrevido en busca de estos aleves, que si alcanzo, si consigo la dicha de recobrar con mil muertes un suspiro. Por esas luces sagradas, que en movimiento continuo lucen ha merced de aquel iluminado epicicio. Por los Dioses soberanos, deidades que han merecido, por la adoración, y el ruego essure el Orbe el dominio: esa luciente antorcha, que en su curso sucesivo, en el torno de los días está debanando siglos, que han de probar el acero estos Bárbaros, y al filo sangriento de mi venganza he de dar al mármol frío tanta púrpura caliente, que ensangrentado el cuchillo escriba en el ara, al tiempo, la duración del castigo, la perpetuidad del rayo, el furor de su incentivo, el estrago de su ruina, y el horror de su peligro. Justa venganza es, señor, la tuya, pues todos vimos a la Deidad irritada, y no hay como persuadirlos a los Dioses, que es buscando aquellos medios precisos, que trae la fortuna a cuenta de efectos ejecutivos. Hay pasión, que aventurada con tantos riesgos te miro, si no es que te da la gloria la pena del precipicio! Qué es esto, Flora? parece que el pecho, de enternecido, no deja usar a los ojos su natural ejercicio; pídeme lo que gustares, advirtiendo, no permito en favor de los Cristianos tengan los ruegos dominio, que han de morir, no hay dudarlo, que me he de vengar, es fijo; no olvides esta propuesta, previniéndole a tu juicio, es la Deidad quien lo manda, que soy yo el primer Ministro, que es la ley quien lo condena, y es mi imperio quien lo ha escrito. Tu gusto, señor, se cumpla, pues determinado miro contra el amor el influjo, negando para el arbitrio. Dónde está el Emperador para entregarle a este impío? Qué ruido es ese? Señor, el orden distribuido de tu mandato, ha logrado traer prisionero a Sixto. A Saxto? Sí, gran señor. Dónde está? A tus pies rendido, mas por decreto del Cielo, que por tu decreto indigno. Villano, besa mi planta, decrépito, loco, impío, y ultrajado. Sea por Dios, mucho más merece Sixto. Bárbaro, que aún no mereces ser a mis pies abatido, pues veo que te levanto todo el tiempo que te piso; huye de mi vista, y sea para probar el cuchillo, que no ha de haber más Cabeza en Roma, que el Laurel mío. Qué feliz nueva! la tierra beso por tal beneficio, y ella benigna reciba su mismo ser en mí mismo. Qué rigor! Qué tirabía, Dioses!por qué tan benigno reduce el corazón, toda la parte de compasivo en favor de los Cristianos? Aún no alcanzo lo que m Yo sí, pues lo estoy tocando, aunque apenas lo distingo. Dejadme entrar, no a mi logro e vorbéis ejecutivos la fortuna de morir a su lado: mas qué miro? Señor, qué bárbaro impulso, en tan Sagrado Ministro de mi Dios, pone las plantas, sin recelar el peligro? Prended aquese villano, matadle. Señor invicto, su vida solo. Qué enfado! aparta, Flora. Te pido, y de este mísero. . . No, no ruegues por quien es fijo, no ignora ha de hallar la vida en el postrer parasismo. Hipolito. Qué me mandas? Qué impiedad! Perros impíos, dejad a mi amo libre, que sino, por Jesucristo, con este acero. . Ah villano, suelta. Apártense digo, no me vayan a la mano; que haré una del diablo. . Asidlo. Ay de mi infeliz! Señor, (muero al dolor) tu abatido, y ultrajado? qué tormentó! Laurencio, abrázame, hijo, para que al lance postrero llegue más fortalecido. Cómo, Señor? Como voy a morir. Cielos Divinos, si no es decretado el golpe, quede el dolor suspendido! Quién será es Joven? No sé. La plática les permito, por ver si aquella terneza reduce de este obelisco tanta constancia, que pasa por ardimiento a prodigio. Adónde vas, Padre amado, sin mi corazón? no es fijo, que siendo tuyas las alas, perderán el ejercicio con tu ausencia, Vice Dios? ya tu Diácono se mira sin el lustre que le daban tus repetidos auxilios. Vas a ser sacrificado por Dios, y dejas remiso un albedrío, que busca las aras de tu martirio? Qué escucho? rabio de enojo; verá su logro cumplido. Qué has visto en mí, Santo Padre? juzgas, que el valor no es hijo de tu ardimiento, que huyes de mis amantes suspiros? Mira (no acaso reprendan esta acción a tu cariño) que negarme al simulacro, no es quererme al sacrificio. Contigo mueran mis ansias, porque acabando contigo, renacerán mis cenizas a la llama de tus visos. Por escuchar su respuesta, bebiendo estoy basiliscos. No me dejes, Padre amado, muera yo muera contigo, no me dejes. Qué es dejarte? no puedo de enternecido hablarle: ay hijo Laurencio, no huyo de ti por el juicio que has hecho, que tus alientos, con más generosos bríos, darán mármoles al tiempo, y duraciones al siglo. Leve será mi tormento, que a ti por fortalecido, la variedad de rigores hará en tu cuerpo ejercicios. Solo te encargo recojas los tesoros, Vasos ricos de la Iglesia, y a los pobres. Qué escucho! tesoros dijo: y servirán en el Templo. Repártelos a tu arvitrio: Hoy morirá tu Maestro, y en el transito preciso de tres días, a tu vida llegará el postrer gemido; y adiós. Villanos, qué hacéis? en mi presencia atrevidos usáis llanezas amantes? Ciego Pueblo, solo Cristo es la Deidad verdadera. . Cortad las lenguas, ministros, a esos blasfemos (qué ansia!) pero esperad, que a los filos de mi acero han de morir. No serás, bárbaro, digno de triunfo, que es tan glorioso. . Dioses, qué es esto? y mi brío? Huyamos. . Qué maravilla! Qué pasmo! Qué gran prodigio! . Huid de mi vista todos; y pues veis que muero herido de un furor, de un sentimiento, de un pasmo, de un sudor frío, dejadme morir, dejadme, y en tormentos repetidos me acabe el ansia, la pena, el sentimiento, el martirio, el pasmo, el dolor, el susto; pero antes que mis suspiros fallezcan, en estos viles, y cuantos Roma en sus nidos albergan, de mis rigores han de probar el cuchillo; mueran, pues rabiando muero, etna soy, llamas respiro. JOR GUNDE
JORNADA SEGUNDA
Porque desprecia de Venus Adonis las ansias tiernas, está el amor que se muere en brazos de la fineza: alienta, amor, alienta, la pena asegure la gloria que esperas. Dejadme, ninguno estorbe mi muerte, pues con violencia negada al alivio, solo halla descanso en la pena. Aún del acaso pasado el asombro persevera tan inmortal en lo estable, que hace duración la idea. Diviertete. No es posible. Descansa. En vano me alientas, cuando las respiraciones corren del dolor a cuenta; ay rigor, y como triunfas con dominio en mis potencias, pues aún el juicio no puede hacer razón a la queja. Gustas qué canten? Oh Flora, mandándolo tú, no queda en mi albedrío elección, pues tú sola le sujetas. Alienta, amor, alienta, Ea callad: ay tal susto? ay aprensión más severa? que esté la vida sintiendo el padecer, y no pueda, reconociendo el peligro, quitar al riesgo la fuerza? Esto es morir Valeriano; quien a tu Imperio dijera, que bastarda sombra fuese de tantas luces tiniebla? Qué quieres de mi Vicario de ese Dia? el golpe cesa, que bastan la amenazas para quien del susto tiembla. Déjame hombre: (qué ansia!) aún después de muerto intentas sean tus cenizas bulto dónde se abrace mi pena? Déjame, no me atormentes, y pues falleció tu diestra, con ella se quiebre el arco del influjo de la fecha. Rabiando muero, y más viendo que hoy en su lugar se queda ese Laurencio, esa roca, que a embates de mi grandeza inmóvil escollo sufre del castigo las tareas. Dioses, si el ruego en la imagen fue recomendada ofrenda para el alivio, a qué aguardan vuestras sacras influencias, que no me asisten? queréis que irritada mi paciencia suba al Cielo, y ultrajando luces, signos, y Planetas, las arroje en ese monte de zafir, para que sean instrumento con su llanto, de enterneceros? Qué pena! loco estoy. Pues buen remedio, de esas luces, y Planetas puede formar una jaula, porque a un águila tan regia menos que en prisión volácil fuera locura el ponerla por ser Papagayo Real. Señor, aquel que se niega a la dirversión, estando con un dolor, o no intenta el alivio, o busca hallarse tan ajeno de que ol pueda ser su mejora, que quier, su propia lucha a ser venga la que le quite el sentido, y el uso de las potencias. No señor, no es buen remedio dejar al dolor la rienda, que espada en mano de un loco, no reconoce obediencia. Ya murió Sixto, y al lauro de haber muerto no le queda, ni más victoria a tu nombre, ni más triunfo a tu cabeza. Mueran con él todos cuantos (miente el labio, si se alienta a decir muera Laurencio) que te ofendieron, y sea el blanco donde las iras aprovechen las tareas. Y en tanto el blando susurro del métrico halago tenga para tu pecho armonía, para el oído cadencia: Cantad. Alienta, amor, alienta, la pena asegure la gloria que esperas Qué ociosa que es para un triste la armonía, pues no llega a saber ser instrumento de templar la contingencia! Hy tal pasión! yo me muero, y más que el dolor, la queja de ver la deidad sin ojos a toda la razón ciega. Murió Sixto? Pues Señor, no ha poco que fue mi lengua la noticia; dividieron de sus hombros la cabeza. Tienes razón; y Laurencio? Cargado de hierros queda en prisión, eslabonando el imán de su paciencia. No manifiesta el tesoro que dice? Que en vano intentas quitar al padre del día esa luminar carrera! y más, que están ya los vasos decretados, en quien tengan mejor lugar, pues él solo es el dueño. Pues qué espera mi rigor tan bien fundado, que a este mísero no entrega a un suplicio, y en él pague su respiración postrera, tanto como con su aliento ha turbado las potencias? Muera. No muera: ay amor, favorece mi cautela. Señor, a un pecho obstinado en su porfía, no es cierta proposición, la de hacer que el castigo nedio sea. Pruébese con la blandura, que tiempo, señor, te queda para que conozca el brazo no está la espada suspensa. Como quieres que lon asos benignamente te ofrezca, si están bebiendo sus labios el tosigo de la pena? Esto, señor, me parece que es prevención tan atenta, que se mira en el semblante de la razón, su experiencia. Justo es tu consejo admita; pero una duda me queda, quien será quien le reduzca. Si acaso yo. No aprovechan recelos tan manifiestos. Sola tú, Flora, pudieras darme ese gusto. Señor, (venciste, amo.) no desea mi rendimiento más dicha, que triunfar con la obediencia. Yo iré a la prisión a verle, y espero que sus riquezas aquílaten con mi amor el oro de su fineza. Pues ve, y la blanda armonía te acompañe, porque tengas dobladas voces, con que me reduzcas a esa fiera. Y pues no acaso el acento previne, porque pudiera ser diversión a tus males; hoy que el destino me lleva a ser amor todo cuanto la voz repite, y la lengua, razón será que me valga de su idionia, por primera ofrenda que amor dedique, y fiada en su clemencia, dirán voces, y armonía: Alienta, amor, alienta, la nena asegure la gloria que esperas. Dulce Jesús, admite de un rendido este dolor, qué en repetida ofrenda purifica el amor, y le consagra la amante adoración de la fineza. Vengan penalidades, vengan sustos, remnado el desvelo las tareas, que inviender el golpe en el delito no es aejar a la culpa satisfecha. Consúmase este barro, sin el riesgo de llegar a quebrarse su materia, que de anido el vaso, es contingente la forma de la unión para la quiebra, porque duplicados hierros eslabona a mis pies el metal, que me condena a inclinar a su ruido las acciones, para ver arrastrada mi flaqueza. Murió Sixto, Señor? Si morir puede quien fue felice Fénix de la tea, donde en unión dichosa vinculado, arde su llama pura sin pavesa, no permita Señor, que su decreto le derogue mi vida, solo tenga ocasión de que quede obedecido, y la piedad repita entonces muera. Ah Señor, a Señor, sin duda alguna elevado con Dios, no considera que se pierde de vista, y no le alcanza aún la imaginación que le contempla: Laurencio. Qué me quieres? Acabemos, que tanta suspensión es cosa cierta te puede arrebatar hasta los Cielos, y quedarte a la luz de las Estrellas. Qué dices, que no entiendo lo que hablas? Cómo que no entenderla? aqueso fuera no tener tan medida la distancia, que hay desde el corazón a la evidencia. Pero dejando estas dudas a tan vistas experencias como tu fe establecida tiene mi razón impresa, que juzgas hacer sufriendo de este Tirano, la fiera penalidad, que a castigos miro tu vida desecha. Por la riqueza es la grima: dásela por Dios, no quieras, que el Tirano, con sus bienes nos haga tan mala hacienda. Aún el sustento te quitan, y lo que más me deleita es ver, que tu desayuno en un Jesús te lo almuerzas. Vivamos, Señor, no intentes negarle el oro a esa fiera, y pues a ti no te sirve, no quiera, que te obedezca. Calle, Bonete: yo darle los Vasos, donde en la Mesa de Dios sirvieron al culto? yo permitir tal ofensa? tenga paciencia, Boncte, y gustoso en tanta pena a Dios ofrezca el dolor, en pago de la fineza de acordarse de nosotros. Ay Señor! yo bien quisiera, mas la cadena es el didolo, que como ha dado en ser necia, se vale de el eslabón, solo por darme culebra. Aproveche el sufrimiento. Yo sufrimiento? esa es buena proposición, si en mí habiese revestida una paciencia. No sea loco, pida a Dios le dé valor. Y no fuerza? pues en verdad, Señor mío, que estos imanes me aprietan. Qué hará, Cielos, Nepociano? es, porque pueda animar tantos alientos, como penden de su lengua: quien en su albergue se hallara!- Por cierto muy linda pieza, y adornada, que es un pasmo: miren qué refugio espera un Cristiano en su mansión, viendo Católica idea, por esper dos Efigies, adonde la vista encuentra la Imagen, en que a desengaños mudamente reverbera. Mira, Señor, si apeteces ir a estar en tal miseria, que por acá ya hay alivio, pues cuando menos, nos dejar hacer al hambre una Cruz, para que recen por ella. Ay Bonete, y como dudas, sin razón, en la clemencia de Dios, siendo sus favores iguales con las finezas! Oh felice Nepociano, quien en tu mansión pudiera cumplir el orden de Sixto! pues en tu albergue se hospedan tantos como del acero aguardan la ira sangrienta. Pues buen remedio, Señor, di a Valeriano, deseas darle el tesoro, si quieres ser rico sin conveniencias; anímate, previniendo, que por insantes se llega tu fin, Señor, y la vida te está repitiendo. Alienta, amor, alienta, la pena asegure la gloria que esperas. Con el aliento en la boca me dejó el eco, por señas, que aquellas respiraciones nacieron de estas cadencias. Fie en Dios, y en los peligros llame a su Deidad immensa. Señor, la música entiendo viene a la prisión. N que aquí se deseine, juzgue será cortejo que intenta hacer la lisonja al gusto de una ceguedad sin rienda. Válgame Dios si tal fuese, como tendríamos brega! que la música de grillos no lleva bien la de cuerda. Ah del calabozo. Andarlo, esto a tormento me sueña. Alegremente parece quiere este Bárbaro mueras, pues previene la armonía para la postrer cadencia. Jufeliz joven, ya el tiempo, por tu tenaz resistencia, va caminando por horas a la muerte que te espera. Redúcete, y los tesoros sean el medio que puedan, sino barajar las iras, por lo menos suspenderlas. Cúmplase la voluntad de Dios, pues así lo ordena. No hay remedio? No le hallo. Pues morirás. Quién lo niega: la pena de haber nacido a ninguno se preserva. Esta será anticipada. Sealo muy en hora buena, señor sayón, que en su cara trae el sobre escrito de ella; y yo he de morir? Ahorcado. Ahorcado? no en mi conciencia, que eso es darme cordelejo, y no llevo bien la mueca. No habrá otra muerte manual? Escoja, pues hoy se empeña mi voluntad a que elija. Vaya el sayón dando muestra de asesino, Pues escuche, muera quemado. Esa es fresca: usted quiere consumirme, no ve que tendrán gran queja las mariposas, sabiendo muero salamandro? Tenga, que ya le he hallado de molde; empalese. Guarda fuera: yo soy un tronco, y el palo discurro no me hará mella, Pues degollado. Tampoco, que los hombres de mis prendas no han menester vanidades, y de paso es bien advierta, que aunque soy barro, el acero no tomo, por ser receta. Usted me mate, si gusta, en cortesía. No sea tan necio, venga conmigo que Flora verle desea, por preguntar cierta cosa. Dudo el dalle la respuesta, porque en mi vida he sabido decir una cosa cierta. La vida en tu voz estriba. . Vamos, que si está en mi lengua el socorro de mi muerte, la vida he de hallar en ella. Y pues mi amo parece que elevado ya se queda, vamos a ver a esta Flora, si da fruto a mi miseria. Solo he quedado, Dios mío: Mas ay, Señor, que se engañó el corazón, pues no mira a la fineza por guarda. Amorir voy, y no siento el morir, no, que hoy traslada la fatalidad postrera, la línea de mi esperanza. Ay mi Dios, y quien tuviera en este lance más almas, que ha ocasionado descuidos. para ofrecerlas al ara. Oh qué pesada es mi culpa, pues no permite a las plantas veloces, y arrepentidas, busquen al dolor la caral Oh frágil barro, en qué breve respiración te fiabas, pues hoy te deshace el propio aliento de tu ignorancia! Mi Dios, permitidle tiempo al aliento, que consagra entre un ruego decoroso, una oblación voluntaria. Quien a tus plantas se viera, armoniosa Salamandra, libar en dulces cadencias de tu suavidad el ámbar! Llorad ojos, y el dolor de sangre en corrientes gratas del corazón la ternura, y los suspiros del alma. Llorad, y consiga el llanto para esta mísera barca, a pesar de infaustas olas, el puerto de la esperanza. Laurencio, tu llanto mira Dios humanado. Qué rara voz! Mas quien ay: Jesús mío, mi Dios, quien llegó a tus plantas rendido, que no lograse en la fe de tu palabra, de tu gran misericordia, tener la suerte ganada? Permitidme que os adore. Mucho tu terneza alcanza con su amor. Felice yo, que consigo ver logradas mis esperanzas dichosas, que a posesiones se pasan. . No llores, alienta, suspira, descansa, y pues la deidad se permite a los ruegos, logre tu amor la fineza en sus aras. Qué feliz soy, Señor, y qué contento que te miro sabiendo te he enojado, que tuve aliento para haber pecado, y no apuró el dolor todo el aliento. Que conozca este error, y que violento el mismo corazón lo ha declarado, y el lamento del pecho venerado no supo aprovecharse del lamento! Piedad, Señor, piedad, ya espero salga mi llanto a enterneceros por testigos, que ambos a dos mis ojos son dos lagos. Pero vuestra clemencia aquí me valga, no pasen los amagos a castigos, quédense los castigos en amagos. No llores templa, Laurencio, tantas repetidas ansias, no sea que enternecido pase el amor a imitarlas. No llores, alienta, suspira, descansa. Señor, a favor tan grande mi vida será la paga, y aunque ofrenda corta, espera dichas por sacrificada. Mas que padecer te queda, y es, que la deidad prepara, sirva tu laurel de incienso en el Templo de la llama. No llores, Nada ofrecerá, Señor, mi ardimiento, y pues le halla fortalecido a tu influjo, ociosa está la constancia. Vengan tormentos, y penas, porque al golpe de su saña reconozca mi flaqueza el impulso que la manda. No llores, alienta, suspira, descansa. No lloro, y el pecho suspira, y descansa. Y pues la deidad se permoo los ruegos. Por ver la verdad se permite a los ruegos. Logre tu amor la fineza en sus aras. Logrando el amor, y fineza en sus aras Laurencio, Señor, gran día, Flora la Romana, aquella gua laña de corazones, y estrago de las potencias, viene a la prisión a darte con la armoniosa cadencia noticia, como sin Faes trae en Solfa la fineza. Yo la vi, Señor, yo fui el que escuché de su lengua una fuga en mediación con una falsa en terceras. También viene en compañía una dulcísima Lesbía, que esvía todo el amor, aún estando en via recta. En fin, Señor, ella viene hermosa, como ella misma, y es, que nació lo perfecto a un tiempo con su belleza, porque su garbo es matome. Está loco? o en su idea, barajados los discursos ignoran. Bien. Luego piensas dejar al amor colgado del lazo de la fineza? Pues en verdad, Señor mío, sino hay su poco de arenga, con lo de no puedo más, yo a la verdad, bien quisiera adoraros, pero estoy (claro está) con una pena hija de casa, y tan propia, que parece mi parienta. Que nos han de dar, no hay duda, a ti, y a mí dos culebras, al uno por lo que toma, y al otro por lo que deja. Alienta, amor, alienta, la pena asegure la gloria que esperas. Jesús mío, en riesgo tanto, si me falta tu asistencia, mi pobre barca esta corriendo tormenta. Laurencio. Señor, valedme. Aún el temor no me deja aproveche en sus respetos mi veneración la lengua. Qué tal se quedó mi amo! parece estatua de piedra. juzgarás que mi venida es añadir a tu pena nuevo dolor? pues te engañas si tal juzgas, que no fuera mi atención tan poco fina, que a vista de quien la alienta, pasara a quitar la vida a quien es el alma de ella. Laurencio, vuelve en tu acuerdo, y no resistido quieras, por despreciar el halago, abrazar a la violencia: Yo te adoro con tan casta inclinación, que no queda, ni escrúpulo en el recelo, ni duda en la contingencia; mas que deseo bastardo es influjo, que mi estrella, benignamente tirana, ignoro por qué me fuerza; y esto sabido, Laurencio, escucha, porque desea mi labio darte la vida, sin respiración de ofensa. Libia, parece tu ama un sí es no es embustera. Calle el Bonete, ese agravio la ha de hacer? Pues Libia bella, para qué es la patarata del respeto, y la fineza? si en el color del semblante que viene, se va, y se queda, se ve que está tu señora opilada, y. Mas que prueba, si no calla, de mis ojos: un muerto soy. Libia, espera, no me hagas tanto favor, de súbito me muriera solo por darte ese gusto; pero el excusallo es fuerza, que en la tercera Jornada me ha menester el Poeta. Déjame, mujer. No huyas, pues no ofende tu pureza un respeto decoroso, que solo repite. Alienta, amor, alienta, Alienta, Laurencio, alienta, atiende a la voz sin eco de ofensa. Siguiendo he venido a Flora, por ver como su belleza triunfa del rebelde pecho, que está animando a esta fiera: con él está retirado, escucharé. Pues hoy premia mi fortuna la esperanza de ver a Flora, desea mi amor respetoso hacer mérito la resistencia: con Laurencio está (oh amor!) el feliz acaso alienta. Prosigué, Señor, haced reconozca su miseria esta infelice, pasando el dolor a ser enmienda. Los basos de oro del Templo s ese Dios que dices, dejan sin alivio a la desgracia, sin socorro a la tragedia, el peligro de morir manifiesto a ver se llega, sino es que tu labio ataje del decreto la ptencia; busquese un me do, entre tantos embates como nos cercan, que siendo tuyo el peligro, soy yo quien más le interesa: Di que le darás el oro, aunque después con cautela tenga su esperanza culpa, y tu voluntad enmienda. Válgame el Cielo! parece que algún influjo le alienta soberano, a que su acento haga impresión en mi idea. Nada en su acento puercibo. Amor, aún su voz me niegas! Mujer encanto, o prodigio, que cautelosa Sirena ofendes con la dulzura, y halagas con la belleza; de qué sirven las piedades con mi Ley, si torpe, y ciega, reconociendo la llama, te apartas de su influencia? La perfección que avasallas, como, puede ser perfecta, si le está faltando al alma la perfección verdadera? qué duración la establece? No previenes, que se deja ver ceniza al primer soplo de fragila aturaleza? Una Matrona Romana, que tuvo en sus ascendencias gloriosos Progenitores, que a la Fe dieron Diademas; ha de borrar en su estirpe la lamina, donde egregías se estamparon sus efigies a la adoración primera? . Teme a Dios, mujer, y advierte, que su justicia no excepta desde la planta más pobre, hasta la roca más Regia. Lloras? o si fuese el llanto dolor, que estampar pudiera la imagen, donde el delito mirara su culpa impresa! Enternecida le obliga. Con el llanto le corteja. No puedo escuchar sus voces llegareme más. No dejan los ceos a mis oídos noticia; llegarme es fuerza. Suspende la voz, Laurencio, no más, basta, que se anega mi corazón en su llanto, y agradecido a la deuda, que debe el alma a tu aliento, solicita, a tus pies puesta, mires con piedad mi culpa, pidas a Dios el asistencia. Qué escucho? matarle intento. Qué advierto? morir es fuerza. Llega a mis brazos, que a vista de tu religiosa enmienda, desea mi fe conozcas la agradecida fineza. Abrazáronse, esto es hecho; aquí paz, y después brega. Villano, muere a mi acero. Fácil mujer, de tus venas seré estrago. Dios me valga. Señor, asistidla. Muera. No mueran, no, no mueran, pues falta para el laurel mérito hacer de la ofrenda. Quién me suspende las iras? Quién ataja las violencias? Inmóbil el brazo rijo. La acción se mira suspensa. Qué prodigios! Qué favores! Muero rabiando? Qué pena! Marte, qué es esto Deidades, pues como yo. Hay tal paciencia! esta cólera parece que se ha convertido en flema. Oráculo misterioso, permite la vista sea la que te venere luz contra estas sombras primera. Bárbaro, como atrevido al Cielo escalar intentas? Inconstante beldad, como tu facilidad te ciega? Hoy moriréis a mis manos. Hoy seréis de Roma afrenta. Solo tu decreto es ley; mi voz aliente tu lengua. Señor, contra mí las iras, sañudamente sangrientas? qué dejas para un delito, que así ultrajas la inocencia? Es buen modo de obligarme, hacer que pase a violencia la satisfacción, aunque antes que su delito se sepa. No vine por tu decreto a hacer, que Laurencio diera los vasos, que reservados en su custodia se albergan? No ha conseguido mi ruego hacer, que postrado ofrezca toda la plata, que abrace el oro de su fineza? Ignoras que ha sido roca tan estable en las taréas del castigo, que ha dejado a la porfía suspensa? Pues para qué tanto enojo? Si es porque mis brazos eran el instrumento a tus tras; discurre, Señor, y piensa, que el que se obliga a asaltar dudosa una Fortaleza, se vale de todos medios, ponue con ella pelea. Qué dices, Flora? el contento me tiene loco; a qué esperas? llega a mis brazos, pues ellos te han de ceñir la Diadema. Si es la del martirio el logro conseguirá lo que espera. Por qué camino, Dios mío, benignamente franqueas, quede Sixto obedecido, y quede el amor sin queja! No mueran, no, no mueran, s falta para el laurel mérito hacer de la ofrenda. Alienta, constancia, alienta, el triunfo asegure gloriosas diademas. Prodigio a prodigio crece. Cristiano, qué tiempo intentas tomar para recogerme esos tesoros? Quisiera haberte ya satisfecho. Pues Hipólito, a tu cuenta desde hoy corra su persona, cobre ahora esta riqueza, que después en el tormento pagará su resistencia. Agasajarle es preciso: Laurencio, para que creas quito a tu cuello el cuchillo, este acero, que antes era amenaza de tu vida, daré al aire. Y la sangrienta ejecución, que intimo en este mi valor, tenga su misma región. Y el viento reciba estragos, y flechas. No mueran, no, no mueran, pues falta para el laurel mérito hacer de la ofienda. Alienta, constancia, alienta, Qué admiración! Qué prodigio! Qué presagro! Raro emblema! Oculto misterio tienen flores, y laureles. Piensa, Hipólito, y sabed todos, que Marte a triunfos corteja mi júbilo, pues previene esos trofeos en muestra de disponer se consuman favorables en su guerra, a pesar de infausto agüero, pues si el laurel hoy se deja mirar, se inclina a Laurencio, y las flores son pureza, y estas a Flora retratan. Claro está, que la evidencia de la realidad de entrambos, que antes dudé, ha dado muestra en las flores, y laureles de ser fina su obediencia, pues una inmortalidad crédito es de la pureza. Y pues la Luna de Marzo se cumple, en su Templo sean colgados esos trofeos por memoria de la empresa. Bonete, procure a Flora en señarla con presteza la cueva de Nepociano. Esto a bateo me suena; cual me he de poner de rosca! Y si antes mi pasión era la que fulminaba estragos, solo se escuche a la leagua. a mueran, no, no mueran; Quién es digno del laurel. Pues falta para el laurel. Por no recatar la ofrenda. Mérito hacer de la ofrenda. Alienta, amor, alienta, la pena asegure la gloria que esperas. Alienta, constancia, alienta, el triunfo asegure gloriosas diademas.
JORNADA TERCERA
4. . Piedad, Señor propicio, admite del dolor el sacrificio. Dichoso albergue mío, mansión dichosa, donde el albedrío en paz tranquila goza sin desdenes de la Aurora, y el Sol los parabienes. orizontes, puliendo valles, y dorando montes, previene en claras luces su armonía, al saludar el ámbito del día en sacras oblaciones, dediquen a su Dios adonciones, no solo Aurora, Sol, Estrellas, Cielos, mas imitando el curso a su desvelos, el hombre, el Ángel, el cristal, el vien el gemido, la voz, llama, y aliento. Aquí con fe, y halago, aunque el rigor repite cruel estrago, de ese ciego, y tirano, de ese bárbaro, y loco Valeriano, que furores y penas profetiza, a su pesar la Ley se inmortaliza tan estable, que duda la constancia, viendo en tanta aflicción, perseverancia; si es que la duración de su ardimiento tiene recomendada en el tormento felicidad, sosiego, gliia, y gozo, quietud, contento, dicha, y alborozo. Aquí los sacrificios, por más gloria, (oh cuánto merece creer esta memoria!) ofrecen mis Cristianos a porfía, y con suma alegría al incendio feliz que los inflama, víctimas se dedican en la llama, y Cisnes de la tea, sus ardores gorgran a su Dios tiernos amores con métricos afectos, y veloces los blandos Himnos, y armoniosas voces. Ay Laurencio querido! tú en tormentos crueles? tu abatido, y yo con vida? ha Cielos! como el tosigo pueden mis desvelos sufrir, sin que la vida pase a ser de los riesgos homicida, dividiendo el dolor, en saña herido, susto, respiración, queja, y gemido? Llorad, hijos, conmigo, y vuestro llanto pueda en el ruego tanto, que enternecido amor vea en los ojos la suplica rendida en los despojos. Por Laurencio rogad, le dé a su aliento valor fortalecido en el tormento, porque vea el rigor, saña, y fiereza, constante el pecho, fina la entereza, las tiernas repita el olando gemido. Piedad, Señor propicio, admite del dolor el lacrificio. Señor, guiad mis intentos, camine lde amigo, no haga el ocio en mi deseo por perezoso un delito. Con música te recibe, y no extrañes que este sitio tenga voz de Serafines, que son los más Ángelitos. Respeto, y temor a un tiempo me causa el haberle visto, y es, que el asombro ha pasado por veneración a tibio. Qué horrorosa estancia, Cielos! aún no satisface al juicio lo que reconoce el tacto, siendo la vista el instinto. Llegáreme, y a sus plantas rendi Señor divino, logre el mérito mas quien a tan oculto retiro osa llegar? . Una sombra, un caos, un confuso abismo, que ciegamente tirano quitó a la razón su oficio. Yo soy la infelice Flora, que en las delicias del siglo le vio la culpa con ojos, sin ellos el albedrío. Mas ya a la voz de Laurencio mi dolor arrepentido en religiosas corrientes se desangra sacrificio. Labe el Bautismo mis culpas, Padre amado, y pues hoy quiso darme la deidad aumentos, no dilatéis el alivio. Alzad, señora, del suelo, que a logro tan merecido, como puede Nepociano dilatar el vaticinio? Bonete, como no llega, no me abraza? . Oh Padren como le miré ocupado, juzgue estaba divertido. Y Laurencio, cómo queda? Libre. . Qué dice? Qué digo? que está tan libre, que tiene por prisión a su albedrío. Y adónde quedaba ahora? juzgo que vendrá a este sitio, sin tener humos de Padre, a ver los que llama hijos. Pues que, aún le dura el ser necio? Un si es no es, Padre míe, que Toy discreto del tiempo, y es correron el estilo. Ya el corazón impaciente se queja de su desvío. Gozar quisiera del tiempo, Nepociano, pues concibo ya necesita el valor de fortalecer al brío. Y pues quiso la fortuna quede ese ciego rendido al letargo de una pena que hace del asombro oficio; logre yo esta dicha, y luego venga el sangriento cuchillo, donde mire desatado el coral, no dividido. Los sacrificios a Marte se avecinan, y es preciso el asistir, por lograr, con un engaño, un alivio; aunque está libre Laurencio, nunca tuvo más peligro, por ser se afecto el que abraza gustoso los precipicios. Por si fallece a mi vista, muera yo, y en tal conflito de aquellas adoraciones aprendan mis sacrificios. Ven, donde sean los Ciglos en el ara los testigos, es la fe la que suplica, y es dolor el vaticinio. Y porque admita la ofrenda de la adoración benigno, el que es Causa de las Causas, diga el obsequio rendido con las voces de la Fe, que en ese lóbrego abismo está repitiendo el eco por la lengua del suspiro. 2. 4. Piedad, Señor propicio, admite del dolor el sacrificio. . Ay, que por su pie a la pila se va: Señores, quien quiso, a vista de este ejemplar, muy necio echarse a Padrino? Aún si fuera de este corte, vaya, que a la postre es fijo se luce un hombre, sin más gasto, que un poco de cirio. Pero llegar de enturbión para su bolfa el aviso: Mañana a las tres sin falta se le ha de dar al chiquillo baño al gusto, sal al alma, y al regañar un persignum. Síguense para este cuento muchos dulces prevenidos, que con ser bien vistos ellos, a si tiempo no son vistos. Coches para la partera, y has que el diablo ha introducido la respeten aquel día por Doña Aldonza de Anillo. Pollas, mantillas, y bodríos para la que a pocos gritos alejizó por un dolor saber lo que cuesta un hijo. Y después de aquesta brega, a cuatro meses, o cinco, ay, que se muere el criollo, con que clamando al Padrino antes, y después del parto, por los siglos de los siglos, según el Cura declara, se llega a ver el bendito, con mucha sobra de bobo, y poca parte de rico. Esta es la mansión dichosa, (oh Hipolito!) que destina Cielo, tenga el tesoro el erario de su dicha. En él quedarán los vasos, porque es voluntad precisa lograr en la Religión el valor que los sablima. Aquí, Hipólito, se albergan los que a mi Dios sacrifican en suspiros obsequiosos adoraciones rendidas. Aquí (oh felice mancebo!) por estar reconocida tu culpa, te ofrece el Cielo felicidades tranquilas. Toda mi dicha, Laurencio, debo a tus voces benignas, que influyen como precepto, y como piedad respiran. Laurencio, Señor. Bonete, y Flora? Se fue a la pila con Nepociano, a lograr, por el agua, ser bendita. O sin segundo prodigio de la Fe, pues hoy destinas al solio más elevado con un aliento dos vidas! Oh milagroso Laurencio, Ciriaca a voces lo diga, siendo sus ojos las lenguas, que mi verdad acreditan! Y en fin, yo lo diga, y Flor pues renacen las cenizas al nuevo Oriente de Luz, desde las combras nocivas. Oh Señor, cuantos favores debe confesar la vida, que se ve patrocinada aún el tiempo de remisa! Venid, hijos, y en el centro de esa espelunca, repita el corazón sacrificios, y en voces siempre festivas, mientras yo el orden de Sixto distribuyo, las benignas influencias del Señor, Hipólito, te bendigan. Rendido, Laurencio, espero ser el blenco de esa dicha. Ven, Hipólito, y si crees en su Deidad infinita, confía que los laureles te has de ceñir, porque digan a las edades sus ojas, en lienzo inmortal escritas, aquí Hipolito triunfo del laurel de la ignominía. En sus piedades espero halle la flecha propicia mi dolor. Confía en Dios, que en su gran favor se miran la misericordia grata, y piadosa la justicia. Vamos a ser Ermitaños por un rato, no se diga pudo faltar un Bonete adonde hay tantas Capillas. . Venid, Moradores de Roma, venid, venid, que hoy la Luna de Marzo ha dispuesto dediquen a Marte los cultos rendidos, por ser sacrificios, postrados obsequios. Venid, y en el simulacre consuma la llama a incendios, aún las cenizas heladas, que apagó el filo sangriento. Repita el año felice el más glorioso, el más bello día, que la edad ha visto, pues se añade al don supremo ser la ofrenda de las aras de Valeriano trofeos. Corra a velo a la imagen, porque a su vista los ruegos, mejorados en el culto, aprovechen el respeto. Llegad al atrío, Vasallos, y con encendido obsequio los laureles, y las flores se consuman en su incendio. Sea!a primera ofrenda las Flores, y mi decreto publicad, no ignore Roma cuanto rígido mi imperio, no deroga de la imagen sus continuos Privilegios: cantad, y el obsequio diga: Las flores dedican mátices, colores, desmayos, alientos. Benigna parece admite la deidad la ofrenda. Ah Cielos! Valedme, Jesús divino, y pues ha logrado el pecho constancia en tu amor, alienta mi corazón en el riesgo. Llegad, los laureles logren su inmortalidad, pues vemos. Supura la llama los triunfos, victorias, laureles, trofeos. Publicad el bando, no haya quien ignore mis preceptos en tanto se ve ceniza cuanto se admiró renuevo. Dediquen a Marte los cultos rendidos, por ser sacrificios, postrados obsequios. Moradores de Roma, atended al clarín de mi aliento, que hoy la deidad de Marte a mi voz substituye su soberano decreto. 1. Manda, que ninguno viva en el dilatado Imperio, con más voluntad que aquella que hace adoración del ruego. 2. Manda, que el ara se tiña del Cristrano humor sangriento, desvaneciéndose en humo, cuanto se animare en fuego. 1. Manda, se renueve el voto con repetidos desvelos, no sea el culto por tardo ofrenda del escarmiento. 4. Y en fin, manda no derogue la piedad tan justo premio, pena de traidor, si hay quien sea aleve a tanto dueño. Moradores de Roma, Va a la vista del peligro se a la Fe. Este es tiempo donde podrá tu constancia buscar el merecimiento. No la sangrienta amenaza desvanecida en su imperio, derogue a tus sienes triunfos, y laureles. Pierde el miedo, que estoy ya fortalecido de la gracia, y tus alientos. Dediquen a Marte, Qué bárbaro sacrificio! Estorbarán mis alientos, a pesar de la amenaza, tanto sacrílego afecto. Suspende, Señor, el culto a ese religioso obsequio, porque anticiparse puedan las riquezas de Laurencio. Ya su obediencia rendida a la voluntad del dueño, solo espera se decrete para lograr su deseo. Riquezas son de alta estima. . Llegan, Hipólito, a tiempo, que han de consumirse teas en la fragua de ese incendio. Mucho, Laurencio, me obligas; qué aguardas, que no has dispuasto vea yo el precio del oro para regular el premio? Así, Señor, lo confío; y porque veas, prevengo a ti un gusto, a mí una gloria; llegad, hijos, previniendo, que los temores no tienen lugar en Cristianos pechos. Por Dios daremos las vidas. Oh religioso ardimiento! Pues cómo, Hipólito ingrato, cauteloso? Yo no puedo haber alcanzado, y. Calla: Vengareme; dolor recio! Este es, señor, el tesoro de la Iglesia, que no intento, ni tener quejoso a Sixto, ni faltar a tu decreto. En estos míseros, todo voluntario te lo entrego, siendo la mayor riqueza la que se funda en sus censos. Ya su peligro me anima. Valor me infunde su aliento. Hay juventud bien lograda! Ay pobrecito Laurencio! como temo que Bonete ha de cantar en tu entierro! Villano, que locamente has trabajado en tu pecho como el gusano de seda, la cuna, y el monumento. Bárbaro, que a mi dominio, con cauteloso despecho has barajado a tu dicha la felicidad del premio; en qué te fías? discurres, que el tosigo de mi aliento no ha de fulminar en iras, cuanto respire en incendios? Quién eres, bastarda sombra, que a tus horrores advierto va faltando alguna llama parte de sus lucimientos? Quién eres, di? Si deseas, (oh Valeriano!) saberlo, escucha, que mi prosapia es esta; pero te advierto, no escuches como lisonja la voz que se oye, precepto de alta inspiración, que manda aclare mi nacimient Ovele, señor, si acaso consigue en tu noble pecho mas un ruego afectuoso, que no un impulso sangriento. Di, Cristiano: Sacros Dioses, esta suspensión no entiendo, pues de violento ha pasado a remiso el ardimiento. En Aragón, rama ilustre de Roma, pues noble hereda de su tronco los humores, y en las raices que echa, se ven colgados trofeos, que a imitación de su Excelsa Monarquía, se establecen en inmortales proezas los triunfos eternizados, religiosas las diademas. Nací de padres Cristianos, y siéndolo, ocioso queda el referir eran Nobles; que aquel que en su descendencia logra parentesco estrecho con la Fe, a muy pocas pruebas saca el lustre de su sangre el sello de su nobleza. En él, pues debí a mis padres las religiosas finezas de ilustrar mi entendimiento con darle al alma la excelsa prerrogativa, que hoy gozo por felicidad primera. De dos lustros, pues, me vieron el amor, y la terneza, dejar sin susto el cuidado, hallando en mis años señas religiosas, con que pude ir pagando la tutela, con sacrificarme todo al culto de quien me alienta. En su regazo me vieron las felices Primaveras cortas, que gocé su vista, dejar en su cuna regía, antes de ausentarme el alma, y en su fervorosa tea me consumí como Fénix, renací como pavesa. Ausénteme de su halago, y en la estudiosa palestra, debí a Zaragoza el ser, siendo la Angelica Esfera de MARIA del PILAR primer Erario, primera Basa, donde eternizada la Fe se verá a influencias de una divina palabra, y edades, y siglos vean, que está la inmortalidad pendiente de su asistencia. En este, pues, Sacro Cielo, Ara Celestial, que obstenta a un tiempo amor, y piedad, estudié, porque se vea, que en el Templo de la Luz, si el entendimiento intenta tener su atributo, halle para iluminar la idea una escuela, donde son las claridades maestras. Aprendí dichosamente la Gramática, que enseña la retórica de luz, de la llama la elocuencia. Dejé su Angélico Trono, llevando a Roma la pena de no establecer la vida donde el corazón se queda. Llegue con feliz viaje a su vista, y en la excelsa Dignidad de Sijeo, hallé todo amparo; y hoy se deja ver mi cariñoso afecto, reconocido a la deuda. Crecieron a su custodia mis dichosas conveniencias, tanto, que logré la suerte de Diacono (el Cielo quiera, que esta Púrpura acredite lo grande de la fineza.) Llegaste a este tiempo a Roma triunfante, siendo el emblema mayor, para tus laureles, ofrecer al ara ciega tantos corales de mi Paelgión, que anegan en púrpuras esos marés, y en su auchurosa palestra, cilnes armoniosos cantan exhaladas Filomenas. Dígalo Sixto, a pesar de la guadaña sangrienta, cuantos padeció rigores, cuantas consiguió diademas. Si el oro buscabas, ya le tienes en tu presencia, gozale en estos dichosos infelices; y si llegan a ser el blanco de tantas como repites miserias, se aquilatará en tus iras el valor de sus riquezas. Ya oíste mi nacimiento, estado, y clima; y si piensas ha de derogar la saña de mi Fe la fortaleza, te engañas, que es tan valiente, tan constante, noble, y cierta, que le basta para fina lo que le sobra de atenta. Piensa, discurre, imagina nuevo letargo, en que pueda hallarse el mérito grato al dolor, y a la paciencia; y no ciego, y tenaz juzgues, con cautelosas ideas, a tu mentida deidad dé sacrílegas ofrendas. Solo es Deidad Dios inmenso, a quien repetir debieras tanto holocausto abrasado, que dar a un bronce pavesas, mas que consumir la llama, es apurar la materia: no te canses con halagos, que es mi corazón de piedra, engendrado en un diamante. Dígalo. Aragón, y sea sin la voz de la lisonja, la verdad, gloriosa lengua, y a su imitación mi pecho, siempre valeroso espera dar por la Ley que profeso la vida, que la Fe alienta, porque eternizada logre en el Templo, donde sella mi Religión los trofeos, su inmortalidad, y regia destribuya decorosa para los orbes sus lenguas, para Roma los aplausos, para la frente diademas, para Aragón los laureles, que a par de los siglos crezcan, Calla, cobarde, villano, no repitan tus alientos tan ignominiosas voces, tanto sacrílego acento. Oculta Deidad te asiste, pues templándose mi fuego, rémora del albedrío predomina en lo suspenso. Hoy has de postrar a Marte sacrificios, o en incendios se ha de consumir tu vida al aire del escarmiento. Hoy he de ver este encanto, este pasmo, este embeleso hasta donde llega, veamos si puede acaso vencerlo el desengaño, a la vista de ver ceniza el objeto. Qué aguardas, loco? a las aras llega, y postrado el obsequio, por religioso consiga hacer ofrenda del ruego. Qué te detienes? qué esperas? La muerte. Oh constante pecho, cómo mudamente animas! Que a tan glorioso trofeo mal resistirse podrá un Aragonés aliento. Mentida deidad, no tiene para el sacrificio Templo, que es ignominioso el culto, cuando es sacrílego el dueño. Ay Laurencio, bien logrado? Bonete, pídale al Cielo fortalezca su valor. A Padre mío! lo cierto es encomemendar mi juicio por ahora, pues entiendo, si llego a escuchar por vidas, siempre echaré algún reniego. Eso un Cristiano pronuncia? Si Padre, porque yo advierto, que esto de morirse un hombre, para qué puede ser bueno? Yo he de vivir hasta tanto; que consiga hacer eterno el lustre de los Bonetes en el cartón de los tiempos. Oblígale con halagos, señor, y el último esfuerzo ponga el favor; y si acaso se negare a tu precepto, en este caso, la ira aproveche los aceros. Ea constancia, a la vista está tu mayor aumento; no los temores baragen el triunfo, que anuncia el pecho, Quién con belica armonía la salva hace a Marte renio? Señor, con el feudo vienen de tus Provincias, y Reinos, los Embajadores. Lleguen, que no acaso el Dios guerrero A me remunera los dones para aprovecharme de ellos, 1. A tus plantas, gran Monarca del Orbe, el Romano Imperio te consagra los laurles. 2. Cuando Europa los inciensos, que en aromáticas flores dan en lo fragrante el feudo. 3. Las colonias, rojo esmalte de la púrpura, el Isieño las ofrece como don, las repite como obsequio. 2 Las cuatro Coronas, que rindió tu invencible aliento, hoy se coloquen por tuyas en los Alcázares Regios. Alaad, que he de ver si dan vuestras ofrendas remedio. Ingrato, porque conozcas cuanto debes a mi Regio poder no solo perdono el desacato grosero, con que a mi vista tu labio respiró un atrevimiento; mas también disculpo pases a que dejes los preceptos con el engaño, por gloria, con la falsedad, por premio, Ya las riquezas no busco; y porque veas deseo dorar tus ingratitudes a costa de tantos hierros, Coronas, Laureles, Flores, y Colonia, nobles feudos, son el blasón de mis Armas, todo rendírtelo intento, porque al lustre de tu sangre añadan más privilegios. Admite todos mis triunfos, y en ese templado incendio, consúmelos como ofrenda, conságralos como obsequio, Oh cuán en vano te causas? que ya el corazón deshecho en tierno llanto, dedica sacrificios a su dueño. Ofrecedle los laureles. Apartad, Señor Supremo, no esta ignominia permitas. 1. No hará, que aunque su trofeo, legitimamente es tuyo, aún te falta el merecerlo. Las flores traed. los, asistidme (dolor recio! 2. Pierde el recelo, mirando, que la pureza a tu ejemplo, busca su mayor ragiencia en tu apagado ardimiento. Dedicadle las Coronas. Sea por tu amor inmenso esta aflicción. 1. Con triunfos renacerán en tu Imperio, ya no bárbaras diademas, si Católicos aumentos. Sacrificad las colonias. Al que es de los Orbes dueño es el sacrificio propio. 2. Y a ti, Aragonés excelso, serán sus Colomas Barras para el triunfo más supremo. Oh cuanto, Señor, os debe este tu indigno, pues veo, se repiten los favores, faltando merecimientos! Goza (oh Mancebo dichoso!) de mis glorias, advirtiendo es lo más que puedo darte. Siendo triunfos de Laurencio, nada el acaso le ofrece, pues es de todos el dueño. De qué os suspendéis? 1. Señor, miro tus triunfos desechos, 2. Y no hay que ofrecer sino el asomba Y yo no encuentro mas que el aire. l, sin duda, desvaneció tus trofeos. Pues como (rabio de enojo!) deidades (qué cruel tormento!) esto es morir, cuando, o como se miró bulto grosero a los ojos, que no fuese sombra de mágico cuerpo? Qué prodigio! Qué milagro! . Constancia. Valor. Aliento. Villano, como remiso estás en llegar trofeo a los pies de Marte? Loco, que falsamente has dispuesto se cieguen los simulacros a sacrílegos obsequios; para la Deidad de Cristo solo las Aras se hicieron, no para un barró, que tiene por alma un bastardo leño. Cobarde, como no miras que este Aragonés aliento es hijo de la Fe, y tanto, que si paso a los esfuerzos, no solo a ese bronce inmóbil, mas a ese horroroso eco del Demonio, y a ti mismo, si respiro, daré al viento las ciegas torpes cenizas de barro, bronce, y imperio. Blasfemo, calla. Ea valor. Ea constancia. Ahora es tiempo. Soldados. Qué nos dispones? Sacad las barras de hierro, que os previne, y a ese ingrato consumidle en el incendio. Y estos infelices praeben el cuchillo, tan a un tiempo, que aquí se escuche el gemido, y allí se repita el ego. Vamos, hijos, a morir. Menos yo, que no consiento en tan grande desatino. Bárbaro, que hasta este tiempo. Tirano, que hasta este caso. Pudo ocultar mi silencio. Supo reducir mi labio. No temor, si no precepto. No miedo, si no dominio. Decirte idólatra ciego. Desengañarte, que solo. Cristo es el Dios verdadero. Ingrata (qué es esto, Marte?) villano (yo estoy muriendo!) estos eran los halagos? este baldón a mi afecto? esto es amor? esto es deuda? Pues ya el cariño, ya el premio trocadó en ira, veréis lo que consigue un desprecio. Soldados, a esta Tirana rasgue el cuchillo su cuello; y a este ingrato, en cuatro arutos sea su cuerpo desecho, y al torcedor del azote desuña el dolor los miembros. Ya, mi Dios, llegó la dicha. Ya, Señor, logre el deseo. Quitadlos de mi presencia, mueran todos, pues yo muero. Bonete; si vivir quieres, aprovecha tus enredos, que a la vista del peligro tiene mala cara el miedo. Arrojad a ese tirano en las llamas; y pues tengo ya el eosigo de volcanes, consuma la vida a incendios. Y ocupen hoy vuestras manos extinguibles teas, siendo causa de esta ceremonia el ser rito antiguo nuestro. Animadlas, y si acaso ofusca su luz lo denso, mi ardor os dará un volcán, y mi pecho un mongibelo. Jesús, valedme: Cobarde, juzgaste que mi ardimiento perdería el noble lustre de su constancia en el riesgo? Pues no, Tirano, no puede, porqué inflamado mi pecho en amor divino, tiene al lado de la Fe, excelso un aliento Aragonés, que se animó para serlo. Ahora (valor notable!) puedes en aquese lecho ingrato, reconocer que descanso te prevengo. El mayor, si consideras logra el alma gozo inmenso. Piedad, Dios mío, asistidme, no en este trance postrero tus soberanos influjos queden al favar suspensos. 3. . Ya la deidad te asiste, congelando en el fuego la nieve que consume el voraz elemento. No desmayes, respira, alienta, Laurencio, que la llama no abrasa tan puros incendios. Tantos favores, Señor, a él! ni indigno? Hombre ciego, vuélveme de estotro lado; y pues sazonado veo está el plato de mis carnes, me de él. Raro ardimiento! Oh valiente Aragonés! Agua, Dioses, que me quemo. Aún ahora me atormentas después de dejar deshechos todos mis triunfos? 2. Tirano, solo es árbitro Laurencio de tus armas, pues en él son los atributos ciertos. 1. Por el martirio, y el nombre tiene en el laurel imperio, rubricando con su sangre la duración del trofeo: Luego este triunfo es solo de Laurencio? Qué finezas! qué agasajos! Qué dolores! qué tormentos! 2. Por su castidad, las flores en su depósito han hecho las pruebas, por donde logra su pureza el ardimiento: Luego este triunfo es solo de Laurencio? Todo es amor cuanto logro: Todo es pasmo cuanto veo. 1. Si cuatro Coronas son blasón, Bárbaro, hoy el Reino de Aragón le da al Levita cuatro por escudo Regio: Luego este trrunfo es solo de Laurencio? Ya va faltando la vida. Ya el dolor hace su efecto. 2. Por Aragonés adquiere ser de las Colonias dueño, que el renombre de las Barras de las Parrillas nacieron: Luego este triunfo es solo de Laurencio? Ya dese haya el corazón: mi Dios, mi Jesús, mi Dueño, en vuestras manos, Señor, mi espíritu os encomiendo. Albricias, albricias, renitan los Cielos, si el día que muere renace Laurencio. Ya murió: Oh constante muro de la Fel Dioses, yo muero; que me abraso; todo el utna se ha condensado en mi pecho; quitadle de mi presencia, apartadlo: Mas qué es esto? Marte sin ara! No es mucho, l apenas murió Laurencio, fue la Fe levantando, la Idolatria cayendo. Dioses, quitadme la vida; y pues veis rabiando peno, antes que el dolor me acabe, entre esas ruinas deshecho, iré a no ver este asombro: Marte, piedad, que me quemo, que me abraso: Sacros Dioses, valedme; rabiando muero. ̱. Vete con dos mil demonios, y en ese horroroso seno fábrica de tus cenizas bulto para el escarmiento. 1. A vista de este prodigio, todas las Provincias demos, si a su Religión las vidas, a su aplauso los alientos. 1. . 1. Sube a gozar laureles donde en empires asiento te has de ver ele en el Solio Supremo. 4. Pira de luces, cuna de incendios. 2. . 2. Llega a gozar las flores, que en el pensil del Cielo renacieron Estrellas al olor de tu aliento. 4. Clicies sergrantes, Cisnes veleños. 1. . 3. Con las cuatro diademas que te ofrece este Reino, como triunfo las ciñe, pues dilatas su Imperio. 4. Nunca vencido siempre venciendo. 2. . 4. Aragón con tus Barras se víncula trofeo, y el esmalte ilumina en su púrpura a un tiempo. 4. Noble quílate, triunfo supremo. , . Albricias, albricias, repitan los Cielo si el día que mue renace Laurencio. 1. Y dando fin a su vida. 2. Si es que consigue el Ingenio. 3. Que la escribio, los aplausos. Se los volverá a sus dueñ
