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Texto digital de Española de Florencia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto, preparado por Germán Vega, procede Rosenberg, S. L. Millard.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Española de Florencia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/espanola-de-florencia.

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ESPAÑOLA DE FLORENCIA

JORNADA PRIMERA

Valerio, obligaciones tan sabidas entre los dos cansarán referidas: Florencia sabe lo que en esto pasa, y cuánto vuestra casa fue mi casa desde nuestros abuelos. Quiero comunicaros mis desvelos como a hermano y amigo; piadoso me atended a lo que os digo. Hállome en esta edad sin heredero, que si bien tengo a Laura, a quien al paso que a mi vida quiero, es hembra al fin, Valerio, y no restaura los antiguos blasones generosos de claros ascendientes, que ilustraron con hechos hazañosos y glorias excelentes mi casa y patria en la común dolencia de las guerras civiles de Florencia. Sepúltase en olvido un linaje a una hija reducido, ni levanta cabeza hundida en otra casa la nobleza, pues solo los varones prosiguen con su nombre sus blasones, y de la hembra el apellido y gloria el lucimiento pierde y la memoria. Este solo cuidado me tiene mal contento con mi estado. Ya sabes mi nobleza, notoria es en Florencia mi riqueza. El cielo os dio una hija; mi inclinación me manda que la elija para reparo hermoso del daño que lamento. Si consigo este intento, me contaré, Valerio, por dichoso, pues de un yugo tirano me rescata Lucrecia con su mano. César, negar no puedo que en lo que me mandáis honrado quedo; solo me permitid que os represente un grave inconveniente, porque al fin siempre ha sido menor el daño, siendo prevenido. Direisme que se pasan las beldades en la desigualdad de las edades, pues conmigo, Valerio, ese es para mis bríos vituperio, que estoy tan fuerte y tengo tal aliento. No paséis adelante, que no intento poner en eso duda, y Lucrecia a mi imperio será muda. Solo quiero traigáis a la memoria mi lastimosa historia, de mí tan repetida, y de toda Florencia tan sabida. Ya sabéis cómo en Roma fui casado, y allí me alcanzó el tiempo desdichado en que Borbón, altivo o insolente, con la santa Ciudad fue rayo ardiente, en cuya furia extraña fue Roma cebo del furor de España, pues, metiéndola a saco irreparable, le ocasionó la ruina lamentable. Allí perdí mi hacienda, que pasaba de ochenta mil ducados; allí perdí también la mejor prenda, que era el centro feliz de mis cuidados, pues muriendo mi esposa del salto de tragedia tan penosa, robándonos las joyas y dineros, quedamos de Españoles prisioneros. Lucrecia y yo escapamos por una contingencia de la suerte; mas allá nos dejamos al riesgo de la muerte a mi hijo Alexandro, en quien vivía corta la luz de la esperanza mía. Fue el caso que intentaron a Lucrecia robar, y se engañaron con la gran semejanza que puso el cielo entre los dos hermanos, que es la mayor que la noticia alcanza en sucesos humanos, y tanto, que yo mismo me engañaba y los nombres mil veces los trocaba. Usaba de una traza, por que no me engañase la rapaza, que salió tan chancera y tan burlona, que aun a su mismo padre no perdona, y era mirarle el cuello, porque en él un lunar crecido y bello Alexandro tenía, y si dudaba, en el lunar el desengaño hallaba. Trazaron un disfraz adonde hacían dos ángeles los dos y divertían a un conde Castellano, nuestro dueño; era entrado en edad, venciole el sueño, y el que espiaba a su Lucrecia bella, robó a su hermano por robarla a ella. A mi patria, Florencia, volví después de tan infausta ausencia, a vivir con la hacienda limitada de mis padres y abuelos heredada. Aquí, César, me aflijo por no tener noticias de mi hijo, cuya memoria tanto me enternece; mas aunque por ahora no parece, podrá ser que algún día se me entre por mi casa, que no siempre ha de ser mi suerte escasa, y tras la pena viene la alegría. Vamos a lo que importa: César, la hacienda con que hoy vivo es corta; si Alexandro volviese, querría que tuviese algo con que vivir, o que se trate quizás de su rescate, porque al fin, como veis, es la coluna que ha dejado a mi casa la fortuna. Esto os quise advertir, porque se entienda cuán poco puede ser lo que en mi hacienda puede esperar Lucrecia. Tened, tened, Valerio, quien se precia de honrado y de galante, y si algo tiene, como yo, de amante, nunca en el interés pone la mira; solo a Lucrecia mi ambición aspira, y sin dote os la pido. César, Lucrecia es vuestra. ¡Oh, cuán dichoso he sido! ¡Tenga la amistad nuestra más apretados lazos! Dadme, Valerio mío, vuestros brazos. Ya os los doy como a hijo. No me cabe en el alma el regocijo, y porque estéis más cierto de cuán gozoso estoy de este concierto, digo que aquí me empeño en que si Laura no tuviere dueño cuando Alexandro venga, se la daré para que en ella tenga esposa bella y dote muy cuantioso. Es verdad que pretende ser su esposo (según me han avisado) Carlos Sabeli, de ella enamorado; y si él me manifiesta su deseo, no podré desechar tan grande empleo. Vos y yo le hablaremos, diciendo que se notan los extremos con que a Laura festeja, y allí veremos cómo se aconseja, o dejando su intento, o tratando de hacer el casamiento. Entretanto dad orden que mi dama se vuelva a vuestra casa con su ama, porque según me dijo el otro día, la tenéis en Santa Ana con su tía. Deseo que escusemos dilaciones, gastos y ostentaciones, que no son a mis años convenientes. Juntemos los parientes, que en el tiempo restante de esta semana habrá lugar bastante para hacer unas galas moderadas, y quedar las materias ajustadas. Voy a dar orden luego. A Dios por vuestra vida al cielo ruego. Señor, la Madre Modesta esta mañana ha enviado a avisar con un criado que Lucrecia está indispuesta. A buen tiempo, por mi vida, cuando la tengo casada. ¡Qué burla tan sazonada! No es caso de burlas, Lida. ¿Casada Lucrecia al fin? a los principios está. ¿Y quién el novio será? Un muy noble Florentín. ¿No puedo saber el nombre? Sí, Lida, César Ursino. ¡Jesús, qué gran desatino! ¿Lucrecia con ese hombre? Pues ¿no te parece bien? No, aunque me cueste la vida, ¿aquella Raquel florida con aquel Matusalén? ¿No adviertes cuán rico es? Todo es pobreza sin gusto. ¡Triste muchacha, qué susto te aguarda! Que el interés, las galas y la carroza, la darán presto el consuelo. Ay, Señor, que un viejo es yelo ¡para el temple de una moza! Pues ¿a quién quieres que elija, si no hay dote que le dar? De César puede esperar que la trate como a hija. Eso es echarlo a perder, porque en la edad en que está como a hija la tratará, pero no como a mujer. ¡Ay, Lucrecia, ay Ángel mío, que para esto te crie! Sosiega, Lida, que a fe que dices un desvarío. ¿Piensas tú que a los ancianos suele faltarnos aliento? Uno se hallará entre ciento. (Muy mal han de andar mis manos, o esto se ha de deshacer.) Camina al punto a Santa Ana, y habiendo hablado a mi hermana, S procura a Lucrecia ver, y si está para venir contigo, te espero en casa. Si ella por Carlos se abrasa, darla a César es morir. Arrojado aliento mío, ¿dónde perdida me llevas, siguiendo de mis antojos la ley obstinada y ciega? ¡Oh, cuántos peligros, Carlos, sobre mi vida se juegan! Pues tanto tengo perdido, poca será la que queda. Ya este bajel derrotado se arroja al mar de Florencia, sin que le enfrenen los riesgos de amenazadas tormentas; ya ni el honor me detiene, ni el respeto a mi nobleza acobarda de mi pecho la loca furia resuelta. Ya el furor me precipita, y antes esas once esferas deshechas vendrán al. suelo, que atrás en mi intento vuelva. Mas esta es Lida, mi ama; esme forzoso que sepa mis desinios, pues no puedo dejar de valerme de ella. Quiero engañarla primero, pues entre Españoles presa adquirí algún desahogo con que divierta mis penas. Pues bien, ¿qué quiere el calcillas, que tan tieso se pasea delante de mí?¡Oh, qué lindo! ¿No gusta de gente .tiesa la madre cincuenta y cinco? Pues no soy más que primera, que a tercera no he llegado. Mas debe de andar muy cerca. ¿Quiéresme por tu requiebro, matrona? Si bien supiera lo que gusta mi apetito de esos melindres de seda. ¡Ea, amores! No te esquives, que es fuerza que yo te quiera, porque, aunque muchacho, gusto que estén maduras las brevas. Pues, page de mala muerte, ya yo sé que tú deseas, siendo paje, hacerme paja, para madurar en ella; pero yo pico más alto. ¿Cómo picas si eres yegua y harta de sufrir albarda? No sino silla, gineta. ¿Conócesme, vida mía? Si de la capa la vuelta te cubre el rostro, mi vista nunca pajes brujulea. Pero, aunque paje y rapaz, mi inclinación te confiesa, que tu despejo me brinda a que tus donaires beba. Desemboza, por tu vida. Desembozo por ti mesma: ¿Conócesme? ¡Ay, Dios!¿Qué es esto? ¿Eres fantasma, Lucrecia? ¿Tú, en este traje aquí sola? ¡Jesús! alguna tragedia temo en tu honor, hija mía; cesa en tenerme suspensa, que estoy para dar el alma. Es por no dar cosa buena, como tienes de costumbre. Sosiega, loca hazañera, que me iré de aquí, si gritas. Pues ¿no quieres que esté en prensa todo el corazón, si veo monstruosidades tan nuevas? ¡Tú, encargada en un convento a tu tía Sor Modesta,- tú, por tus prendas ilustres los ojos hoy de Florencia,- hija de Valerio Conti y de Leonarda de Sena, cuyo honor con lenguas de oro celebraron las estrellas! ¡Sola en hábito de paje por las calles de tu tierra, expuesta a que te conozcan, y a mil desdichas expuesta! ¡Obligando a que te miren con acciones descompuestas, indicios de haber perdido el honor y la vergüenza! Cosas son donde el discurso desmaya, pasma la lengua, el sufrimiento zozobra, y toda el alma se anega. ¡Válgate el diablo, borracha! Parece que hablas de veras. ¿En qué taberna bebiste los humos de la elocuencia? No es lance de burlas, hija; mira que me tienes muerta. Pues toma una relación que te rompa la cabeza: Ya sabes que fui en Roma prisionera. ¡Pluguiera al cielo, Lida, que hoy lo fuera, solo por tener dueños Españoles, si rayos en la guerra, en la paz soles. El despejo bizarro, el galante descaro, la heroica gallardía, la airosa cortesía, el brío, el garbo, el militar aliento en el pecho Español hallan asiento; pues mezclan con tal alma lo terrible, que aun la soberbia tienen apacible, y la cólera hermosa. Al fin libre salí.-Paso a otra cosa. Ya sabes cómo en Roma me criaste, y de solo año y medio me dejaste, y a Florencia veniste para criar a Laura, ¡ay de mí, triste! que quizás desde entonces fue mi estrella que me dejen por ella. Ven acá, mala vieja, (no sé cómo mi colera me deja que te deje la vida), ¿por qué no fuiste entonces su homicida? ¿Por qué de una puñada no la hiciste contrecha y derrengada? ¿Por qué, (pese a Mahoma), no la dejaste belfa, tuerta y roma? ¿Por qué no la pusiste dos corcovas, o no la echaste en infusión de bobas? Que a no ser tan discreta y tan hermosa, ella fuera infeliz y yo dichosa. Esto es cansarme en vano, voy al caso: Al volver a Florencia estaba al paso la gran ciudad de Sena, origen de mi madre y de mi pena. Aposentó a mi padre Fabricio Adorno, deudo de mi madre, y díjole: ”Valerio, para que os reparéis del cautiverio y de ruina tan fiera, descansad en mi casa un mes siquiera. “Condescendió mi viejo. ¡Oh suerte infame! Mas ¿de quién me quejo? Todas, aunque busquemos más disculpa, quedamos con la pena y con la culpa. Érame yo,-y me soy una mozuela, aun algo más pimienta que canela, mis años dos de a ocho, dura para el amor como un biscocho, bulliciosa y muy viva, de pecho afable, aunque de ceño esquiva; modillo Españolado de hojarasca, el mirar de borrasca a lo burlón risueña, de talle muy cenceña, ajustada cotilla, que sería la pretina tan breve, que decía mirándola Fabricio: “Dime, hija, ¿cómo has hecho de lama esta sortija?” El traje a lo Español desahogado, cuello despechugado, arrojada balona, de pollera y enaguas muy ampona, airoso el polebid, las amapolas eran un mar de nacaradas olas, que el empeine cubrían, y los pies se bailaban, o corrían; los puños que se caen descuidados , los botones quitados , cubriendo y descubriendo las muñecas , que allá las consultaban en mantecas los ojos por soldados desgarrados. ¿Qué mucho, si se ven tan mal pagados, que anden tan desgarrados, que se note que se visten con solo su capote? La boca limpia, fresca, no ceñida, porque como es la puerta de la vida, un alma tan bizarra, como digo, no gusta de mandarse por postigo. La nariz, que fue siempre, si reparas, original pecado de las caras, ni pulgada, ni geme, pues no busca, ni teme, ni por Roma perdones, ni por Jerusalén inquisiciones. Crepúsculo el cabello discurría, porque ni era bien noche, ni bien día. La encrespada guedeja en su artificio huyó de todo extremo como vicio; entre Góngora y Lope decir puedo: ni muy facilidad, ni muy enredo. Todo el color del rostro fresco y sano,­ con esto he dicho hermosa por lo llano, y a poetas noveles, que carguen con jazmines y claveles. a tanto me alabar se le juntaba el garbo con que hablaba, aunque siempre en lo honesto sin perjuicio. Si vieras la diablura y el bullicio, en la chanza el gracejo, lo presto en las respuestas, el despejo en cualquiera alusión desahogada, la acción desenfadada, de la razón el hilo, el no afectado estilo en lo burlesco y grave, la lengua suelta con la voz suave, sin duda que dirías,- (de mis vanas locuras no te rías,) que como me has criado, hablo contigo, Lida, sin cuidado; y al fin, según de la experiencia infiero esto que te refiero, (si no es que mi ambición me ensoberbezca) no es vanidad, por más que lo parezca, dijeras que los ojos aprendieron el estilo Español, y a cuantos vieron, entre ceños y halagos, les daban mil diluvios de Santiagos; dijeras lo “de aljaba de Cupido." ¿No es dicho, aunque tan viejo, bien traído? que aquella hermosa mano a pescozones arroja Cupidillos a montones. Esta, que llueve a cántaros donaires, inficiona los aires; todo el mundo se guarde, que en poca chispa mucha Venus arde. Si el auditorio acaso me mormura el hacerme yo misma mi pintura, por esta Cruz Sagrada, que no hay cosa en el mundo más usada, porque si bien algunos cotejamos, cuantas mujeres somos nos pintamos. En esta ocasión, pues, voy adelante: Carlos Sabeli, de quien soy amante, y por quien traigo a costa de mi vida la opinión, ya jugada y aun perdida, de su patria Florencia diligente pasaba a la ciudad de Aquapendente. Yo estaba una mañana, cuando pasó por Sena, a la ventana, lavándome las manos; pródiga de despejos cortesanos, búcaro allí mi boca de corales, llena estaba de líquidas cristales. La gente que a mirar se detenía, tal vez imaginaba, y lo decía, como perlas mi boca destilaba, que con los mismos dientes me lavaba. Iba ya entrando un día caluroso. Ví a Carlos, tan galante, tan airoso, medio despechugado, tan aseadamente descuidado, la capa en el arzón, el talle al aire, tan de vez el donaire, tan de gusto el despejo , la acción de tan buen rejo; el mirar tan señor, tan atractivo, (no sé cuando me acuerdo cómo vivo,) que con cada ojeada parecía que imperioso decía: “Corazones, abridme sin recelo, que en vosotros me suelo, porque soy de la llave de todo corazón burlesco y grave." Levantó a mí los ojos y dio indicio de amante muy novicio; moderó el desahogo con mesura, mostró luego elevarse con ternura, y viendo que su vista se mecía, yo le toqué unas vacas con la mía. Lida, yo te confieso, que por él desde entonces pierdo el seso, y en una miradura de gran ruido le dije: “Amigo, en gusto me has caído," y en otra dije: “Miento, que yo he dado la caída a tus pies, y tú has triunfado. ”Informose de mí, trató de verme, que el amor al principio no se duerme, sobornó una criada, (mi inclinación ya estaba sobornada) hablele en una reja, y de allí resultó nuestra conseja. Partímonos mi padre y yo de Sena, yo siempre acompañada de mi pena; pero mi padre viendo mi despejo, celoso como viejo, por oírme llamar en su presencia “la bizarra Española, de Florencia", dio conmigo en Santa Ana, para estar con mi tía y con su hermana. Vuelve de Aquapendente Carlos a nuestra patria brevemente; mas ¡ay! que apenas vino, cuando viendo una tarde a Laura Ursino, que es tan hermosa,-baste (bien la conoces tú, pues la criaste) que la llaman la Bella, quedó rendido, y me olvidó por ella tan ingrato, tan falso, que aún no quiso de su vuelta a Florencia darme aviso. Sor Felicia en Santa Ana es de Carlos hermana, la cual, sin que supiese que yo hablado le hubiese, me daba de él noticia cada día y siempre me decía, de mi airoso despejo enamorada: ''¡Quién te tuviera, amiga, por cuñada!” Al fin me dio Felicia del nuevo amor noticia, y aunque intenté disimular galante, quedé muerta. Entendiome ,- quise desesperarme, consolome; díjome que sabía que un paje muerto a Carlos se le había, y le lloraba con dos mil dolores, porque le era tercero en sus amores, y que su hacienda entera por solo hallar otro discreto diera. Callé, fuime a mi tía, díjela que si verme no quería muerta y desesperada, fuerte, fina, resuelta y alentada ayudase mi intento. Comuniquele todo el pensamiento; púsome este vestido, que para sus disfraces le ha servido. Busqué a Carlos, hablele; hízome mil preguntas, agradele; recíbeme en su casa, por Laura me refiere que se abrasa; pídeme que su causa solicite, yo le dije que Laura no me admite: aflígese, porfía, fiando siempre de la industria mía. Con esto sé el secreto de su pecho, y yo tengo el provecho de verle, de asistirle, de hablar con él, de oírle, intentando, si puedo, con destreza en él y en Laura introducir tibieza. Quiéreme tanto, que dichosa fuera si así en mi traje propio me quisiera. Laura me muestra agrado, y de Carlos me trata con enfado. Este es mi estado, Lida, yo te he dado noticia de mi vida; si quieres refrenarme, será precipitarme. Ayuda mis intentos, que el disuadirme es azotar los vientos. a quien me busca en torno, red o escala, le responde mi tía que estoy mala; así paga a mi amor lo que le debe. Haz tú lo mismo, ¡Bercebú te lleve! Hija, ¿qué puedo decirte, si te miro tan resuelta? Vive tú, porque el vivir todos los daños remedia. Por ti tu padre me envía, y si el para qué supieras, te quedarás muerta aquí de risa, si no de pena. Pues ya más penas no caben en mí ¿de qué te recelas? Sabe que hoy ha prometido darte por mujer a César. ¿Y él no se casa con Laura? ¿Es acaso consecuencia? Sí, que un viejo hace los yerros a pares, sino a docenas. Eso no me da cuidado; sin casarme seré fiera madrastra de mi enemiga, si libre a Carlos no deja. Donoso está el padre Adán, a fe, que con él volviera a más triste cautiverio la Española de Florencia. Floro has de llamarme ya; entretén con mi dolencia a los dos viejos, y en tanto diles que galas prevengan. Vete, porque viene Carlos con Gerardo. Adiós te queda. ¡Al arma, enredos, al arma, que la batalla comienza! El muchacho es una sal; su despejo, su agudeza me tiene robada el alma. ¿Ya de Otavio no te acuerdas? ¿Qué hay de aquel, amigo Floro? Dame de mi vida nuevas: ¿Viste al sol en su carroza? ¿Viste al amor con sus flechas? ¿Viste a la Aurora en su albor? ¿Viste a Venus en su esfera? ¿Viste al cielo?¿Viste a Laura, que es la mayor excelencia? Hablóme al gusto, a fe mía. ¡Oh, mal hayan las estrellas, pues ya de puro borrachas barrajan las influencias! No quisiera responderte.[ Laura puede ser discreta, pero, por Dios, que imagino que tiene el gusto de necia. Vi a la Aurora muy helada, a Venus muy zahareña, al Sol con uñas que punzan, al cielo con nubes densas, y así al amor no le vi, aunque vi a Laura. No creas que siento menos que tú el ver que tu amor desprecia. ¡Pesia tal con sus melindres! siendo contigo muñecas cuantos Adonis y Aquiles engendraron Chipre y Grecia, pudiendo, ha dicho de todos, tu gala y tu gentileza hacer retirar al Sol, condenándose a tinieblas! ¡Mostrar ascos a tu nombre, a tu recado tibieza! ¡Por el cielo que nos mira, si respeto no tuviera a que el lince de tu afecto miraba tu amor en ella, que hiciera mil desatinos! Sola tu lealtad pudiera ser tabla de mi naufragio en tempestad tan deshecha; dadme, Floro, mil abrazos. ¡Eso sí, por Dios! Aprieta, aprieta más, que con eso acrisolas mi fineza. Oye, señor Recaredo, sepa que no me contenta tanto pegarse a mi amo. A otra parte la vareta, que soy Español, por Dios, y eso ni en burlas, ni en veras; que esto es amor y lealdad, y esa malicia muy necia. No te enojes, Floro amigo, más corriente juzgué que eras. Son para hombres como yo muy sucias esas correncias. Floro, ¡que fue tan cruel aquella divina fiera, aquella sierpe de alcorza, aquel tigre de jalea, aquel Nerón de alabastro, aquel gusano de seda, aquel erizo en blandura! ¡Oh, qué vil es mi paciencia, pues sufre tantos desaires! Di, Floro ¿qué me aconsejas? Mira que en ti está mi vida. ¡Ay, Dios, si tú “amor” dijeras! Señor, no tendrás salud mientras a Laura no dejas. ¡Qué amor tan acomodado es, Floro, el que representas! ¿Salud me exhortas ahora cuando tan a manos llenas estoy temiendo el veneno? Pues, por lo menos, te es fuerza el despicarte con otra, que damas hay en Florencia no menos lindas que Laura. ¡Oh qué memorias me acuerdas, siempre que el rostro te miro! ¿Memorias, en qué manera? Vive en ti la semejanza, Floro, de cierta belleza, que adoré lejos de aquí tanto que,-sabiendo que ella tiene un hermano en quien vive tan retratada, que apenas puede a los dos distinguir la advertencia más atenta,- admirando este prodigio la misma naturaleza, imaginé que eras tú, y si no me persuadiera que eras Español, con ver como pronuncias la lengua, nunca me desengañara. ¿Y están ya del todo muertas de esa dama las memorias? que el ver que se me parezca me hace lástima, por Dios. ¡Ay! Floro, mucho me lleva la inclinación aún agora. ¡Caminad algo, tristezas; resucitad, esperanzas! Pero está la alma tan presa de Laura, que no soy mío. Morid, presunciones necias! Pues, Señor, ¿en qué ley cabe querer la que te desprecia, y dejar la que te adora? Amar sin ley es violencia; demás que soy de opinión que el amar con resistencia es un afecto bizarro. Yo lo contrario dijera: el amor correspondido es la mayor excelencia· del alma. Pues apuremos l os dos esta controversia. Comienzo por la razón más llana: el que amando atiende a ser amado, pretende su gusto y su galardón; el que de su inclinación sigue el rumbo solamente, págase de lo excelente: luego a mejor Norte mira el que a gloria ajena aspira, que el que propio gusto siente. No, que el que correspondido adora una prenda bella, tiene esa gloria, y a ella junta la de agradecido; con que su amor prevenido se acredita de mayor, y el que responde al favor, rinde de justicia el gusto; pues ser prodigo, o ser justo, mírese cual es mejor. Es moralidad muy fría, aunque el discurso es galante, que ser prodigo un amante no es vicio, que es bizarría. Quien del afecto que envía ser pagado no pretende, en mejor llama se enciende; pues claro está que será dadivoso el que le da, codicioso el que le vende. Antes goza la afición empleo más noble así, pues quererme el otro a mí, lo juzgo en él perfección; despreciarme sin razón es declararse imperfecto. Luego puesto en él mi afecto indignamente se estraga; mas dándole a quien le paga, le pongo en lo más perfecto. El amor de una beldad, la perfección excelente, ha de ser independente de propia comodidad, y habiendo en toda deidad tantas perfecciones bellas, echar yo menos en ellas la del quererme, sabrás que es señal que insisto más en gozarlas que en quererlas. No es la menor perfección en las de un sujeto amable la de ser comunicable, que al fin es la aplicación; mas si por su oposición de mí se viene a ausentar, tan lejos vengo a quedar que encumbrándose en su ser, ni la alcanzaré a entender, ni la llegaré a estimar. Yo vi un ruiseñor sonoro, que a la Aurora esquiva y fría con mil quiebros esparcía voz de plata en pico de oro, diciéndola: “Yo te adoro por hermosa y por galante”; y siendo su fe constante, el Alba, aunque se rio, de aljófar le coronó por fino y discreto amante. Yo vi una fuente risueña llegar apaciblemente a un arroyo, que creciente con soberbia la desdeña. Ella entonces zahareña del camino se divierte; mas deparole su suerte un sereno estanque hermoso, y mirándole amoroso, con él sus cristales vierte. ¿Viste al Etna, a quien esquivo el cielo arroja rigores de nieve, y él en ardores le paga de fuego vivo? Solo por esto concibo que vive eterna su fama; pues, mirando que a quien ama toda el alma se le debe, sufre el desdén en la nieve y da el amor en la llama. ¿Viste al Cáucaso eminente, opuesto con su aspereza a la suma ligereza del Nilo y de su corriente? No verás que el Nilo intente vencer sus altivos bríos, antes con cuerdos desvíos se espacia por otro lado, y al fin reina coronado por el mejor de los ríos. ¡Vive Dios, qué discurristeis tan alto que en la materia es el Dante un badulaque, y es el Petrarca un badea! Dame, Floro, mil abrazos, que más estimo que tengas gusto de estar en mi casa, que ser Duque de Florencia. Yo estimo más el servirte que un imperio. De tu lengua fio que has de recabarme que me dé mi Laura audiencia por el balcón del jardín. (¿Mi Laura? ¿Esto más? ¡Qué fiera está mi suerte obstinada!) No faltará estratagema para asaltar ese fuerte. Amigo Floro, ¿de veras? Quítese allá! que me tiene enfadado muy de veras, y le cortaré la cara. ¡Eres muy valiente! Cuenta tus hazañas. Va de cuento, que es gracejo de la lengua: Llegaron cuatro valientes juntos a echar de la oseta, y eligieron a una dama por juez de sus competencias. Dijo el uno: “Yo fui cabo de noventa mil galeras, que el Rey don Pedro el Cruel armó en Milán contra el Persa. Yo al borracho de Borbón le di estocadas tan fieras, que su sangre en toda Francia se vendió por las tabernas. Después maté a Barbarroja cuerpo a cuerpo en las Terceras, y por ser roja su barba, hasta agora es barba en pena." Otro dijo: “Yo a los hijos de la Barbuda hice guerra, hasta que al fin renegaron de las barbas de las hembras. Y a los Condes Carriones corté luego las orejas, porque a las hijas del Cid salmonaron las ausencias." Dijo el tercero: “Yo quise a cierta dama bermeja, que tuvo en casa tres tías, dos cuñadas y una suegra. Después de esto me casé con tres mujeres solteras, y de todas he creído que las he hallado doncellas. Para triunfo de esta hazaña formaron arcos las cejas, hasta que dijo el postrero: "Yo sufrí, estando en Bruselas, diez años un camarada, que era necísima bestia, y estando siempre a su lado nunca perdí la paciencia. ”Dijo la dama: “Este ha sido más fuerte,-todos le cedan.” Aplica, Gerardo, el cuento, y si en la sala, en la mesa, con mi amo, o sin mi amo, en la cocina o despensa, y en todas partes te sufro necedades a docenas, mira si en valor me igualan el bravo Aquiles en Grecia, Rector invencible en Troya, ni el gran Tamorlán en Persia. ¡No hay tal humor en el orbe! La mano, patrón, espera, que ha de ponerte en la tuya esposa entendida y bella. (Pero allí he visto a mi padre venir hacia acá con César.) Adiós. Floro, no más burlas. Siempre mis burlas son veras. Oh, Señor Carlos, yo vengo en vuestra busca. Quisiera ser mucho para serviros. He de hablaros con llaneza: Decidme ¿qué sois estatua continuamente a mi puerta, de mis ventanas espía, de mi casa centinela? Tengo por casar mi hija, y que se repare es fuerza vuestro cuidado. Quien tiene tanto caudal y nobleza, a doncellas principales por otro estilo festejan, cuando al fin honesto y justo sus afectos se enderezan. Yo mudo agora de estado y me caso con Lucrecia, hija del Señor Valerio, y siendo tan moza y bella, por Dios, que me pesaría se continuasen sospechas de veros rondar mi casa; que aunque casi es igual mengua ser por Lucrecia, o por Laura el galanteo, en materia de honor, por Dios, que al Sol mismo no doy ventaja en pureza. Si lícitas pretensiones, Señor Carlos, son las vuestras, hablad claro, que pues lucen tan heroicas vuestras prendas, y pues Sabelis y Ursinos en esplendor y nobleza son tan unos, podría ser que ajustemos las materias. Lo mismo, Carlos, os digo, pues ya por suegro de César soy en esta causa parte. Conformes van los setenta. No sé, por Dios, qué responda, porque aunque Laura me lleva la inclinación, me lastima el ver que pierdo a Lucrecia, qué al fin es la que me quiere. Quiero escuchar qué conciertan mi padre, César y Carlos, que toda el alma me tiembla. (Pero, al fin, que Laura triunfe de mi libertad.) Quisiera, Señor César, ser gran Duque para merecer tal prenda; mas pues vuestra cortesía a tanto asunto me alienta, con toda humildad os pido de Laura la mano bella para servirla de esclavo, porque todo el mundo vea que son puros mis deseos. Esta es fortuna deshecha. ¡Aquí industria, aquí valor ténganse! ¡Traición!¡Apriesa! ¡Carlos, Señor, que me matan! Perdonad que la defensa de un honrado me interrumpe. Yo os llevaré la respuesta. Vámonos con él: mas no, que ya todo se sosiega. Juntas haremos las bodas. ¡Por Dios, que a no ser quimera de la vista, que jurara que era el muchacho Lucrecia! Al fin los he divertido, ya todo surte la vuelta; suspéndase agora el daño, y ¡apriesa, enredos, apriesa l Evitemos el morir; no quede por diligencias, pues estamos tan al cabo. ¡Ay, Carlos, lo que me cuestas! a buscar a Lida voy, porque si dándole cuenta de mis intentos me ayuda, está mi remedio en ella. A grande riesgo me puse con mi padre. ¡Ingenio, alerta! que hoy, entre veras y burlas, se han de ver las burlas veras.

JORNADA SEGUNDA

Lida, mi pena es mortal; no sé cómo te lo diga. Laura, esa pena mitiga dándome parte a tu mal; que quien el pecho te dio no te negará el consuelo. ¡Ay, Lida, que todo el cielo a cuestas se me cayó! Quiere mi padre inhumano que el día que él se desposa con tu Lucrecia, de esposa le dé yo a Carlos la mano, y antes me daré la muerte. ¿De eso estás tan lastimada? Pues ¡cuánto más desdichada es de Lucrecia la suerte! Ella ha menester paciencia, pues a un viejo se la dan, y a ti al mozo más galán que se conoce en Florencia. ¡Ay! Lida, que con disgusto no hay gala que lo parezca: ¿qué importa que lo merezca, si mira a otro Norte el gusto? (Bien se entabla por aquí el intento de Lucrecia.) Si tanto mi amor te precia ¿por qué te encubres de mí? ¿No es sujeto principal el que en tu afecto te enciende? Si a los méritos se atiende, no le tiene el mundo igual. Declárate, así te goces. ¿Conoces acaso. . .? ¡Ay! Lida, no me atrevo. Por tu vida, que me ofendes. ¡Ay! ¿conoces de Carlos aquel criado que se llama Floro? Sí. ¿No es muy hermoso?¡Ay de mí! Ya, Laura, te has declarado. Pues ¿de un paje te enamoras? ¡Ah, nunca yo me fiara de quien así me engañara con sus caricias traidoras! ¿Este es tiempo de aumentarme el fiero dolor que paso? En mil incendios me abraso; resuelta voy a matarme. Detente, que en mí hallarás más consuelo del que piensas. Si le empiezas con ofensas, con muerte le acabarás. (Aquí viene natural la ocasión de nuestro enredo.) Mira si aliviarte puedo: sabe que Floro es tu igual. ¿Qué dices, madre querida? ¿Qué dices, remedio mío? Mira que de ti me fío. Digo verdad, por tu vida, y en evidencia me fundo. ¿Si te han engañado? No, yo sé, que mejor que yo nadie lo sabe en el mundo. Pues ¿no es Español No, amiga, aunque finge que lo es. Dime quién es y después a ser tu esclava me obliga. Si le descubres tu amor, él mismo te lo dirá. ¿Quién, Lida, se atreverá a romper con el honor? No es deshonor el amar a su igual una mujer. Sí, me tengo de atrever, ¡buen ánimo! y comenzar, que le he sentido venir. Vendrá de parte de Carlos. ¡Ay! quién pudiera trocarlos para dejar de morir! Ya Lida está en la estacada, ya la tendrá prevenida. Es brava bruja la Lida; no hay que recelar de nada. Laura hermosa, a quien el día debe todo su arrebol, y así anda de sobra el Sol como una cosa baldía; centro de cuantos amores dulces flechas han tirado, que haces en saliendo al prado salir a coger las flores; yo vi un jazmín una vez, que al ver tu frente de nieve, me dijo: “El diablo me llene si yo no soy una pez." Un clavel avergonzado dijo:”¡Que un labio me venza! y estando yo con vergüenza, ¿no parezca colorado? La rosa dijo llorosa, viendo su tez encarnada: "Voyme a ser agua rosada, pues ya sobra para rosa." Dijo la flor amarilla: "Pónganme otro nombre a mí, que en saliendo Laura aquí, ella solo es maravilla." Una azucena afrentada, puesta en tu mano decía: “Señores, por vida mía, que me han cogido opilada." La espuela de Caballero dijo: “Si esta flor tan rica tantos caballeros pica, dejarle mi nombre quiero. ”En el monte y en el valle, cuanto se alienta y florece, a sus ojos no merece , aun ser echado en la calle. Esto ha sido en nombre mío, que soy un hombre de humor; mas aquel pobre señor, que te rindió el albedrío, dice: ... No me digas más, que no te tengo de oír. Pues yo volveré a decir en mi nombre. Siempre estás de chanza, y he deseado saber si eres igualmente, Floro, en las veras prudente, como en las burlas salado. Esto se entabla muy bien. Haz cuenta que me festejas, y dime amores y quejas. Temo, señora, el desdén con que has de tratar mi amor, despreciando mi humildad. Floro, en mí la humanidad es víspera del favor. Dime todo cuanto sientes, dime quién eres también, porque ya yo sé muy bien que el nombre y la patria mientes. Tú serás favorecido si me descubres tu pecho. Ya yo, Señora, sospecho que esta Lida me ha vendido; mas, llegarlo tú a mandar, es lo que me mueve a mí. Comience ya desde aquí el enredo a trabajar. Laura soberana, cuya boca y frente afrentan jazmines y abocan claveles; en quien lo discreto y lo hermoso siempre se dan la batalla, donde entrambos vencen; de las perfecciones escuela excelente, que en ti las beldades hermosura aprenden. Yo soy Alexandro, a quien ennoblecen de la casa Conti los rayos lucientes. Valerio es mi padre, y el pecho me ofrece Lida, en que me juzgo dichoso mil veces; pues siendo tu ama, permitió mi suerte que, donde los tuyos, mis labios se viesen. Ando disfrazado, porque es conveniente que mi padre ignore que libre me tiene; porque aún mi rescate en Roma se debe, y no querrá darle si me ve presente. Solo el adorarte pudiera moverme a que mi secreto su cárcel rompiese. Yo te adoro, Laura; un afecto ardiente, a tus aras bellas víctima se ofrece. Ya sé que tu padre contigo pretende que tu mano hermosa a Carlos entregues; pero yo, bien mío, te pido mi muerte, o que a mí me admitas y a Carlos desprecies. Demonio es esta hechicera; con cuanto quiere, saldrá. Pobre Laura, qua está; todo es fuego, todo es cera. ¿Háblasme verdades, Floro? ¿Juraraslo sin recelo? ¡Por mi vida, por el cielo, por esos ojos que adoro, que Valerio me engendró en su Leonora querida, y que me dio el pecho Lida! Y lo mismo juro yo. Alexandro mío, más fuerte que Aquiles, pues rindes la Troya de mi pecho libre, desde el mismo punto que fueron felices mis ojos y oídos en verte y oírte,- el hado me manda que te sacrifique el pecho más blando y el amor más firme. Lo airoso del talle, la guerra apacible, que en tu rostro mueven rosas y jazmines; el seso y donaire con que se compiten el alma en las veras, la sal en los chistes; del cielo influencias, con que en ti permite que se junten tantos bellos imposibles,- de modo contrastan mi pecho invencible, que hoy hago resuelta gala del rendirme. Tuya soy mil veces, y a ti se dirige la amorosa llama que en mi pecho asiste. No piense mi padre que ha de persuadirme a que a Carlos quiera y a Alexandro olvide. Si él quiere a Lucrecia, quien a ti te elige, (que eres su retrato), ya su gusto sigue. Los dos nos juntemos, y lleguen a unirse escuadras de Mayos y tropas de Abriles, que ya de mi pecho el título dice: “Aquí Carlos muere, y Alexandro vive." ¡Vitor! esa mano hermosa me da, para estar seguro. Toma la mano, y te juro de ser de Alexandro esposa. Al fin ¿juras y aseveras el que Valerio es tu padre? Y que fue Leonor mi madre. ¿Hay más lindas burlas veras? Y tú, ¿que el pecho le diste? Sí, por el Dios en quien creo. Ya se cumplió mi deseo. ¡Cómo se engaña la triste! Entrarme quiero, que es tarde, y vendrá mi padre. Floro, no te olvides que te adoro. Tu amor en mis venas arde. ¿Olvidarasme? Es locura. ¿Serás firme? Seré acero. ¿Quiéresme bien? Por ti muero. ¡Qué gloria! ¡Qué ventura! ¡Reina el amor! En los dos! ¡Mi vida! ¡El cielo la aumente! ¿Serás mío? ¡Eternamente! Adiós, Floro. Laura, Adiós. ¡En qué buena tierra siembras! Señores, ¿pasan por ver que echemos así a perder tanto requiebro dos hembras? Bien urdido va el enredo. Sabe que esta noche aquí vendrá Carlos, porque así con él empeñada quedo, en que Laura le ha de hablar. Pues ¿cómo no la avisaste? Mal mi intento penetraste: a los dos he de engañar; Laura no lo ha de saber, que es algo tibia, y no fio que le responda con brío. Yo le quiero responder. Con secreto me entrarás en la reja del jardín, y de Laura un faldellín y un tocado me darás, que como he de hablar muy quedo, no me podrán conocer, y luego déjame hacer. ¿Hay tal diluvio de enredo? Pero ¿si consigo quiere traerte? No ha de faltarme excusa para quedarme. ¿Y después cuando volviere? Por las tapias saltaré, y ya me hallarán en casa. Buen juego de pasa pasa entablamos a la fe. Vete, que vienen los viejos. Adiós, ama de mi vida. ¡Qué tal es la madre Lida para entablar los trebejos! Aunque ocasión se ofrezca, dilatad la respuesta; no parezca que rogáis con la dama. Aquí de nuestras hijas está el ama. Lida, ¿fuiste al Convento? Sí, Señor, de allá vengo, aunque reviento en ir a aquella casa, es morir lo que pasa. Responde la Tornera, que la Madre Modesta es enfermera, bajar no puede agora, vuélvase por acá dentro de un hora. Pasa bien hora y media, vuelvo y llamo; sale luego al reclamo: “No tenga tanta priesa, porque se halla en el Coro la Abadesa; después ha de acudir a Lucrecita, que anda con mal color y achacosita. Plegue a Dios que adelante el mal no pase; dígale, ama, a su padre que la case.” Y luego ensarta tanta impertinencia, que es menester un cesto de paciencia. Al fin, ver a la tía no he podido, con que, harta de esperarla, me he venido. Eso tú lo compones. Mucho siento, por Dios, las dilaciones. Despacio, señor mío, que para vuestra edad es mucho brío. No se os irá la moza. ¿Han visto que la sangre le retoza? Esté mejor Lucrecia, y dispondremos las cosas entretanto. Y hablaremos a Carlos, que aunque Laura no consiente, al fin se rendirá, que es obediente. Advertid uno y otro, que no es justo casar estas muchachas sin su gusto, porque se siguen de eso muchos daños. Tantas malicias tienes como años. ¡Fuego en la mala raza! ¿Son ellas como tú, deshonestaza? ¡Qué satisfechos van de las doncellas! y con razón, que no hay malicia en ellas. ¿Qué al fin, Floro, fue fingido aquel ruido de la espada? ¡A qué mal tiempo llegaste! Ya César me daba a Laura. ¡Cuerpo de quien me engendró, que un hombre de tu prosapia, de tus prendas, de tu modo, de tu hacienda, de tu gala, tan vilmente se desprecie a si mismo! Pues la traza de fingir el alboroto fue solo porque dejara de responder aquel viejo. Pues di, Señor ¿no es infamia que (habiendo tú comenzado a conquistar esta dama con músicas, con paseos, con mensajes y con cartas, exhalando en mil suspiros todo el aliento del alma,) desista de la ocasión? Y habiendo visto que trata de resistirse a sus tiros esta combatida plaza, ¿levante cobarde el cerco, apelando a que forzada su mismo padre la rinda? Pues ¿es vitoria gallarda de un noble, adquirir mujer enemiga y violentarla? ¿Qué importa rendir un cuerpo, si queda rebelde un alma? ¿No sabes que en las beldades es blasón el ser rogadas, y que es ese en la hermosura el primer fuero de hidalga? Porfía, ¡pesia mi mal! que, si tan presto desmayas, echas un borrón infame a las finezas pasadas. Aviva las diligencias, insiste, crezcan las ansias, que las vivas baterías son para fuertes murallas . Mas digo: si es que no gusta de casar contigo Laura, ¿cómo dices que la adoras, si el mayor pesar le trazas? ¿Es buen modo de rendirla? ¿Es cuerda ley de obligarla, que sustituya la fuerza el oficio de la gala? ¿De una mujer entendida que va al tálamo forzada, se ha de fiar un amor, se ha de fiar una casa? No está bien a tu decoro; eso no, Carlos. No hagas experiencias tan costosas, que puedan llegar a infamia. Por la reja del jardín te hablará esta noche Laura; ya es principio de vitoria admitirte a la batalla. Llega cortés, despejado, muy atento en las palabras, el rendimiento en la lengua, y la altivez en el alma; que la humildad en los hombres, cuando conquistan las damas, es mala para tenida, y es buena para mostrada. Yo, Carlos, no he de ir contigo. Vaya Gerardo, que basta; que es tanto lo que te quiero, que,—si acaso esa rapaza ha venido en que la veas para ya admitir tus ansias, y en vez de favorecerte, resuelta te desengaña, le diré pesares tantos y razones tan amargas, que tú mismo, si la quieres, no cumplas si no me matas. ¡Raro muchacho, que en todo haga evidencias tan claras Él tiene razón, Gerardo, y no he de admitir a Laura por mi esposa, sin su gusto. Ya serán las once dadas. Pues lleguémonos al puesto. Bien volveremos al alba. ¿Está ya Laura acostada? Trazose excelentemente. Como tienes igualmente en nuestras casas entrada, todo sale como quieres. Ponme esas enaguas bien, que en estas locuras den. ¡Lo que cuesta el ser mujeres ¡Guardainfante temerario, campanario puede ser! Con esto toda mujer es veleta en campanario. Nave parece en el mar con esto una dama cierto. No sino nave en el puerto, pues llega a desembarcar. ¿Y tocado? En la cabeza me bastará el serenero. El capotillo primero. Un manto me he de llevar, y con él este vestido; porque habiendo aquí cumplido, aún falta más que enreda r. ¿Cómo? Alla te lo diré. ¿Quién te infundió tanto enredo? Mira tú de quien lo heredo, que en la leche lo mamé. La hora en que dijo Floro que Laura saldrá, ya es dada. Aun la reja está cerrada. ¡Ay, que sus hierros adoro! Aquí se. encierra. el tesoro que enriquece mi memoria; aquí el ser rendido es gloria, ser esclavo calidad, ser fuego la libertad, y ser vencido vitoria. Ya la ventana han abierto. Yo llego. ¡Socorro, amor! ¿Es Carlos? Soy un vapor que andaba en el aire incierto, mas el Sol ya he descubierto, y con rendimiento sumo en sus aras me consumo. Mas la vista a que me entrego, cuando en mi experiencia es fuego, en su estimación es humo. No es falta de estimación, Carlos, el dejar de amar, que si es deuda el estimar, amar es inclinación. Si yo rindo el corazón, si sacrifico el cuidado con un afecto abrasado, quien se queda en su tibieza, aunque estime mi fineza, ¿cómo puede haber pagado? Quien inclinación no siente, si trata de amor, es fuerza que él sus afectos tuerza, y su libertad violente. Quien se inclina libremente, sigue su mismo raudal; luego ¿no es partido igual, llevar un consentimiento a que con amor violento pague un amor natural? En un alma generosa, no sé cómo puede ser violencia el agradecer, siendo una acción tan airosa. Ser agradecida es cosa distinta de enamorada, verdad en ti averiguada. Amante te juzgo yo; pero agradecido no, porque no me debes nada. ¡Ay, Carlos, en mi conciencia, que digo una gran mentira! En tu ingratitud espira, bella Laura, mi paciencia. ¿Hay más linda impertinencia, que en llegando una mujer a ser amada, ha de ser ingratitud no dar gusto, o ha de amar a su disgusto, no siendo libre el querer? ¿Hay sujeción más cansada, ley más dura, más severa, que pueda hacerme cualquiera ingrata, o mal empleada? La necia amó de obligada, el discreto él se rindió: tú te rendirás, yo no; que es de inclinación efeto, y no por ser tú discreto tengo de ser necia yo. ¿No es fiera ley? ¿No es terrible? Loca ambición de un cuidado; que el serme un hombre cansado siempre fue carga insufrible, me obligue a serle apacible, a quien no quiere,-querida. Yo la opinión de entendida renuncio, si he de obligarme por conservarla a mostrarme de un enfado agradecida. Bizarro desdén; no trates de matarme, que aunque así mates a todos, no a mí, que vivo de que me mates. Y así, aunque más me maltrates, más mi vida alentaré y sufriendo mostraré con cuanto valor alcanza, entre una ciega esperanza, ojos de lince la fe. Carlos, llego a confesar que me es gustoso el oírte, mas llegar a descubrirte amante, me da pesar. Verte el vuelo remontar tan airoso y levantado, será mi mayor agrado. Si tu incendio se modera, discreto yo te sufriera; mas no puedo enamorado. La verdad en esto digo, porque al fin son burlas veras. ¿Cómo discreto me vieras, si por Norte no te sigo? ¿Pensáis cuando habláis conmigo, que soy la dulce sirena, que fue vuestro amor en Sena? Si son celos, esperanza. volved a vivir, que , alcanza nuevos alientos mi pena. Laura, aquel amor fue ensayo del amor que hoy represento; este vive de un aliento, aquel murió de un desmayo. Fue aquel un ligero rayo, este es cielo incorruptible; aquel átomo invencible este luminosa esfera; aquel fingida quimera, y este divino imposible. ¡Ah, traidor, qué tal escucho! Ya toda yo no me basto. ¡Agora, agora, rigores, que sale el triunfo de agravios! Pues, Señor Carlos Sabeli, atended, porque nos vamos, que no está lejos el día, y tengo mucho que hablaros. Conquistáis a Laura Ursino: no sé si habéis penetrado la galante altiva pompa de sus alientos bizarros; porque es mi pecho tan libre, son tan míos mis cuidados, es tan señor mi albedrío, mis pensamientos tan altos, que el Sol mismo ha de entender si solicita mi agrado; que sola yo no obedezco, y que solo yo me mando. Nadie es en mí más que yo, y de un corazón gallardo nunca se adquirió vitorias con tan violentos asaltos. Pedir, sin que yo lo mande, nadie a mi padre mi mano, es ya pasarse a grosero desde amoroso un cuidado. En la Provincia del gusto no hay rendimientos forzados; toda inclinación es Reina, y todo Imperio es tirano. Diluvios impetuosos nunca fecundan los campos, que no hay sazón donde hay fuerzas, no hay violencias sin estrago. La mansa lluvia apacible con galán impulso, o mando penetra el seno, y le da respuesta florida el prado. Los bizarros caballeros, mereciendo y agradando, continuos en la fineza, atentos en el recato, en el respeto advertidos, en la esperanza templados, en los desdenes muy finos, y en los favores muy falsos, conquistan grandes empresas; que es mala razón de estado comenzar por lo forzoso lo que ha de ser voluntario. Esto basta en lo que toca a este punto: agora paso a vuestro primer amor, que es en lo que más reparo. Y advertid que no son celos; que nunca pudieron tanto los celos solos, que saquen tan resueltos desengaños. Lucrecia es mi grande amiga; sé cuán mal le habéis pagado el afecto con que en Sena la enredó amor en sus lazos. Yo sé sus secretos todos, y sé muy bien cuán ingrato a su blandura de cera mostráis dureza de mármol. Aún no le habéis dado aviso de vuestra venida, y cuando se aleja la cortesía ¿dónde estarán los cuidados? Un amor con tanto empeño dejarlo así, no lo paso, que para mí la mudanza fue siempre el mayor pecado. ¿Estos son términos nobles? ¿Esta es firmeza?¿Este es trato digno de Carlos Sabeli, que es de Florencia milagro? ¿Qué puedo yo prometerme, si a vuestro amor me abalanzo, cuando Lucrecia en el suyo padece dolores tantos? Si son tan grandes sus prendas, que en ellas todos los astros tan benignamente influyen lo más puro de sus rayos, si es noble, hermosa, entendida, si es su norte el adoraros tanto que está su salud vuestra ingratitud pagando, ¿qué ley hay para olvidarla? Volved a quererla, Carlos; no mueran obligaciones de un leve antojo a las manos. Y,-porque cerréis del todo la puerta a intento tan vano, y os persuadáis que pretendo de raíz desengañaros,- sabed, que yo adoro a un hombre, y tan resuelta le amo, que en sus memorias me enciendo, y en sus ternezas me abraso. Él es la luz con que miro, es la lengua con que hablo, es el alma con que aliento y el centro de mis cuidados. Tan firmemente le quiero, que caerán hechos pedazos esos globos de zafiro al fuerte impulso del astro primero que yo le olvide; porque hoy le he dado la mano de esposa, lazo que al punto le confirmaron los brazos. Ved, si el pedirme a mi padre es conveniencia de entrambos; ved, si es justo proseguir camino tan intricado. Consultad con vuestro honor la gravedad de este caso, y hallaréis que es imposible que Laura se rinda a Carlos; porque adora a un Adonis tan bizarro, que el Sol para lucir le presta rayos, tan galán, tan amable, tan hermoso que cuanto mira se le rinde todo. Y así cierro, cerrando la ventana, la puerta a la respuesta y la esperanza. ¡Laura, Señora, aguarda! Ventanazo me fecit. Qué gallarda serpiente de cristal! Si aquí viniera. Floro, ¡qué desatinos que dijera! Gerardo, ¿es sueño lo que escucho, es cierto? Todo es cierto, ¡ay de mí! Laura me ha muerto. ¡De otro dueño su mano,-oh suerte airada! Quizás quiso picarte la taimada, mas aunque hable de veras, te reporta; que, a toda ley, vivir es lo que importa. Nunca a mi los desdenes me desabren; si una mujer se cierra, mil se abren. Aunque me ha despreciado, voy de ella más que nunca enamorado . ¡Brava labia mostró! Yo voy perdido; no cabe en el vivir lo que he sufrido. Prosigan mis quimeras, que no se acaban estas burlas veras. Mostrar al mundo quiero lo que puede un amor invencionero. Aquí tapada aguardo. El vil picón me pagará Gerardo. Ya hemos llegado a casa. ¡Ay, Gerardo, que el pecho se me abrasa! Caballeros, si el cielo a piedad os inclina, tened duelo de una mujer, si noble, desdichada, que llega de su suerte atropellada a pedir vuestro amparo. Válgame vuestra casa de reparo, que en tanta desventura mi honor vuestra nobleza me asegura. Entrad, Señora, en ella. ¡Por Dios, qué la mujer parece bella! No sería en mi amo dicha poca, si por esta olvidase a la otra loca. Ya estamos en la posada. No tengáis, Dama, recelo que se os estrague el decoro, ni que se os falte al remedio. Son mis desdichas tan grandes, que solo del favor vuestro podrán salir en la tabla desde el mar, en que me anego. ¿Antes de dormirme historia, después de tanto desvelo? Más discreto anduvo Floro, aunque duerme como un necio. Pero ¿qué es esto?¡Ay de mí! Ya, Señor, he descubierto a los rayos de esta antorcha de mis afrentas el dueño. ¿Piensas , Gerardo atrevido, lograr el vil embeleco de querer manchar mi honor con capa de casamiento? ¡Justicia, Cielos, justicia! Mujer del diablo ¿qué es esto? Señor, me lleve el demonio si he visto mayor enredo. ¿Yo, amor?¡En toda mi vida! ¿Yo verme en estos aprietos, siendo un hombre tan holgado que ya de flojo no peco? ¡Ven acá, infame, mal alma! ¿Quieres negar, que este invierno, una tarde, me encontraste detrás de los Recoletos, y después de haber quitado más de diez ñudos a un lienzo, envuelto en cinco papeles, me sacaste real y medio, diciéndome: “Vida mía, perdona, que yo no tengo más de esto, que hurté a mi amo cuando jugaba a los cientos." Y yo, con dos mil desvíos, dije:”¡Valga el diablo el puerco, cuando eso fuera mi trato! ¿Soy yo mujer de ese precio?" Y él replicó: “Yo la pago como si fuera, por cierto, las tres mujeres en una. ¿No ve que le doy tres medios? “Y al fin, tras largas porfías, apelando al casamiento, confirmamos con los brazos el aplazado himeneo. Y luego puestos al Sol me dijo: “Amiga, pues puedo hablarte ya con llaneza: de piojos me estoy comiendo; espúlgame por tu vida, que antes del tálamo temo, que comiéndome la carne seré marido de güeso. Allí sacó la camisa sin quitarse los gregüescos, como una red en que sale pesca infinita bullendo. Por señas, que es tan salvaje, que jamás se vio en un cuerpo haber tan poco de hermoso, habiendo tanto de vello. Yo me retiré de casco, y él, viendo mi desaliento, entró en la batalla solo con tan bizarro denuedo, que oyendo yo, aunque apartada, los estallidos y truenos, y el gritar ”uñas arriba”, “uñas abajo“ y ”a ellos”, casi a desmayar me vine. Mas él salió tan sangriento, que no le tomé una mano en cuatro meses y medio. ¡Señor, por las Oraciones, Señor, por los Evangelios, por todo el Misal, que miente! ¡Hay más ridículo cuento! a no ser tantas mis penas, me detuviera. Acabemos, si viene, señor, de Requien, aquí feneció el enredo. Sosiega, Gerardo amigo; que Floro soy. El infierno te engendró en alguna bruja. Pues bien, Floro ¿cómo es esto? Para una farsa llevaba este vestido al Convento Lida, y yo aquí la detuve para hacer este embeleco; mas pues vienes triste, nada me refieras, que no quiero sino morir como tú. Floro, ya yo me arrepiento de negar que soy tu esposo, que eres un Ángel del cielo. Ya no me acuerdas memorias, que agora las echo menos. Pues la ocasión se ha venido tan de molde, yo te ruego' que con un ensayo intentes divertir el pensamiento. Piensa que soy esa Dama, pues tanto yo le parezco, y dime amores, a ver si te despicas con ellos. Con tanta sazón lo pides, que he de ver si me divierto: Lucrecia, Señora mía… Muy bien comienzas. Yo muero. ¡Ay, qué helado lo dijiste! Óyeme a mí; yo comienzo: Carlos, Señor, amor mío, ¿vos en Florencia? Era tiempo de dar alientos a un alma, que vive ausente del cuerpo todo un siglo, que los ojos están llorando sin veros. ¿Cómo venís, dueño amado, mi bien, mi gloria? Muy bueno. ¡Qué acomodada respuesta!. ¡Jesús, qué amante tan fresco! Bueno vengo, mi Señora, porque sé que a veros vengo, y como vos sois mi vida, solo vivo cuando os veo. Vos me matáis, y así están vida y. muerte en un sujeto; mas si me muero hacia vos, hacia la vida me muero. Eso sí ¡pesia mis males! venid, mi bien, a encenderos en mi pecho, que hallaréis toda la esfera del fuego. Dadme, amores, seis abrazos. Con el alma. ¡Ay, Dios, si en ellos me viera Laura, quizás se despertaran los celos! ¡De Laura agora memorias! ¡O, pesia todo mi incendio! Cuando mi pecho se abrasa, ¿a ti te abrasa otro pecho? ¡Repetir la recaída con tan conocido riesgo, cuando pensé que en mis manos iba ya sano el enfermo! ¡Salid lagrimas a mares! ¡Atosigadme, venenos! ¡Atormentadme, favores, que me abraso, que me muero! ¿Hay fingimiento más vivo? ¿Hay más bien mentido afecto? ¡Por Dios! que temo un rebuzno, según estoy boquiabierto. Salgan verdades a luz, salgan, Carlos, que ya es tiempo de decir, Carlos, quién soy. Vuestro paje está durmiendo: yo soy Lucrecia; por vos me he salido del Convento. Sé que conquistáis a Laura; vengo a vengar mis desprecios, y a decir, que no se tratan con engaños manifiestos mujeres a quienes sobran nobleza y merecimientos. Pero no vengo a vengarme, sino a acariciaros vengo, pidiendo que os acordéis que fui vuestro amor primero. Mi Señor, mi bien, mi Carlos: no responda vuestro pecho con tibieza a tanto ardor, ni con nieve a tanto fuego. Mucho me voy declarando, mas para todo ay remedio. Mi Floro, calla, ya pasan de ficción tantos excesos. Calla, Señor. No te acuerdes de que es ficción; que va bueno. De esta suerte has de sanar, que a gran daño gran remedio. Anímate a ver si puedes sacar a Laura del pecho. ¿Qué me respondes, bien mío? Lucrecia, que a ti te quiero. ¿Olvidas a Laura? Sí. ¡Responde con más aliento! ¿Olvídasla? Sí, la olvido, y el alma a Lucrecia entrego. ¡Qué bien lo dijiste agora! ¡Otro traguito! Acabemos de tomar la purga, Carlos, que está tu salud en esto. Dale la mano de esposo a tu Lucrecia. ¡Ay! No puedo. ¡Todo lo echaste a perder! Acabose el fingimiento. No sanarás en tu vida, y yo viviré muriendo. Ha inventado el diablo mismo tales burlas. Calla, necio, ¿no ves que son burlas veras? Pero, Gerardo, bailemos; levanto los fandularios, que ya a ser Floro me vuelvo, y de mujer abrenuncio. Mira las bragas, pandero; que según te vi embobado, tragástete el embeleco. En algo me he divertido más aliviado me siento. Pues, Señor, cuando gustares, al ensayo volveremos. Floro, ¡o morir, o tener eternamente por dueño a la que me habló esta noche con tan bizarro despejo! Vive Dios de procurar, Señor, con todo mi aliento, que sea tuya quien te habló; que más que tú lo deseo. Vamos un rato a dormir, auditorio reverendo. ¿Cómo va de burlas veras, y de amor invencionero?

JORNADA TERCERA

Gerardo escondidamente con Laura me ha visto, Lida, apresurando requiebros y repitiendo caricias. Él entró, quedose al paño, cogionos desadvertidas; mas vile bajar corriendo a dar a Carlos noticia. No estaba Carlos en casa; yo, que al Gerardo seguía por el vestido de Laura, subí en un instante arriba. Con él a tu casa vengo a que de amparo me sirva, porque si Carlos me encuentra corre peligro mi vida. Sálgale Laura del pecho, que aquí mis enredos tiran, y después, más que Florencia se abrase toda en un día, no me pesa del suceso. Luego importa que te vistas de mujer, que en este traje todo, Lucrecia, peligra. Este vestido de hombre quiero llevar a tu tía, porque de esa suerte crea que quedas ya recogida. ¡Qué escusadas tentaciones! Luego al punto me le quita, y dale a quien encontrares en la calle, por tu vida. Desengáñense, señores, que no habrán visto en sus días cuatro propiedades juntas como es esta sabandija: mujer tan enredadora, rapaza tan entendida, chancerilla tan salada, y enamorada tan fina. Al fin a Florencia llego por tanto mar de desdicha, que ya cansada mi suerte a la playa me vomita. Hambriento, desnudo y roto como el Pródigo, querría hallar mi amoroso padre. Buscar quiero quien me diga su casa, que-como yo nací en Roma, y en mi vida a Florencia vide,-nada en ella tengo noticia. ¡Oh vil robador, infame, que pensando que cogías a mi hermana, me robaste! ¡Jesús, qué furiosas iras concibo, viendo su engaño! ¡Por Dios, qué infinitos días tuve la vida en sus manos, jugada, si no perdida! Al fin huyendo escapé de su perversa malicia, contento de haber librado del furor de su lascivia con mi prisión a mi hermana. ¡Oh, cuánto me solicitan deseos de hallar mi casa, y ver mis prendas queridas! ¿Al primero que encontrare el vestido?¡No en mis días! Venderle quiero, pues ya Lucrecia le desperdicia. A este le vendrá pintado. ¿Hay cosa más parecida que este mancebo a Lucrecia? ¡Válgame Dios! ¿qué sería? ¡Si acaso fuese Alexandro! Suplícole que se sirva, Señora, de encaminarme. Tenga, que sin que me diga más palabra, acertaré a quién busca. ¿Es adivina? ¿Pregunta por la posada de Valerio? Por la misma. ¿No es Alexandro? Sí, soy. ¡Ay, hijo del alma mía! Abraza a quien te dio el pecho: Lida soy. ¡Hay mayor dicha! (¿Lida a un mancebo abrazada? ¿Qué será?) ¿Qué es esto, Lida? ¿Cómo has salido de casa? Mas pues ya has venido, mira que este es tu hermano Alexandro. ¡Hay tal dicha! No prosigas: No es bien que aquí te conozca. Solo a decirte venía que me supieses de Carlos, que son grandes mis fatigas; mas pues he visto a Alexandro, una traza peregrina he discurrido. ¿Eres fragua, que brota enredos por chispas? Dile, pues tan roto viene, que ese vestido se vista, y a casa de César, donde mi padre estará, le guía. Dile que se haga presente, y que a la primera vista le tendrá por mí mi padre, que ando con ciertas amigas disfrazada en traje de hombre; que calle, aunque más le riñan, sin disculparse, y que haga sin chistar cuanto le digan. Recogeranle con Laura; y si tú el intento avivas entre los dos, como sabes, será fuerza que consiga Alexandro gran fortuna, mi padre grande alegría, y yo el mirar acabados mis celos y mis desdichas. Harélo como lo ordenas, pues la Cátedra de Prima tienes de todo embeleco. Amor, el ingenio aviva. Vamos, Alexandro mío, que quiero darte noticia de mil cosas que te importan. Serás mi gobierno, Lida. ¡Alto, amor!-Averigüemos de nuestro pleito el estado, que si mi cuenta no ha errado, en mal punto le tenemos. Bueno será que intentemos que del derecho te apartes; que aunque con todas mis artes el ingenio despabilo, viene a quedar en un hilo, que se rompe por mil partes. Mi padre querrá cumplir lo que a César prometió. Carlos a Laura pidió; ya es empeño el insistir. Laura vendrase a rendir, viéndose de mí engañada; yo, llegando a ser buscada, no puedo encubrir mi enredo, y ni acreditada quedo, ni vengo a salir con nada. Lida se ha de disculpar, y echarme la carga a mí. Alexandro es nuevo aquí, y puede la traza errar. César querrase casar, que es viejo y con afición. Yo he de mostrar la aversión en que mi enredo le funde; y aquí el discurso se hunde, y se anega la razón.. Solo me puede aliviar en tan penosa inquietud, que amor con la fe es salud y dolencia el esperar. Quiérame el cielo curar sin respecto a mi dolor, y aliviándome el humor, que causa mi destemplanza, me sangra de la esperanza, porque quede sano amor. Pero a Carlos he sentido; tapada le he de escuchar. ¿No te pudiste engañar? Digo que le he conocido en la cara y el vestido, que iba con una mujer, que no alcancé a conocer. ¿No le matarás, traidor? Señor, por ajeno amor nadie se quiere perder. Confieso que esta ocasión me tiene de furia ciego. Vivo está sin duda el fuego de Laura en su corazón. ¿Qué mostró tanta afición Laura, que estuvo tan fina? Toda el alma a Floro inclina. ¡Qué vil empleo!¡Hoy saldrá de mi pecho! ¡Qué bien va obrando la medicina! ¡Alto! de brindarle trato. Mira, una brava tapada. No estoy, ¡por Dios! para nada. La pena divierte un rato. ¡A mi Reina de barato,-· oíd a este Caballero! Ni he ganado, ni lo espero. Yo estoy mucho más perdido. Yo muero de amor y olvido. Yo de amor y celos muero. Yo adoro a quien me ha querido y mudable me dejó. Y yo a quien nunca me amó, y así mudable no ha sido, y más es que ha preferido indigno competidor. A mí no excede en valor lo que me tiene mortal. Luego mayor es mi mal. Luego mi mal es mayor. Causa muy desesperada defendéis, porque, Señora, quien el que me excede adora, no llega a ofenderme en nada. En el mérito se agrada el amor, y cuando veo más valor, halla el deseo con mejorar su defensa; mas no hay disculpa en la ofensa en siendo indigno el empleo. Padecéis en eso error, pues puede, si no me engaño, ser mucho mayor el daño, siendo la ofensa mayor. De costado un gran dolor, siendo el cielo quien le da, no es injuria, y lo será un rasguño de otra mano. Mas decidme, Cortesano, ¿cuál mayor daño os hará? No está el discurso ajustado, pues en el caso presente el daño no es diferente; sois dejada, y soy dejado: vos, que no os han injuriado, confesáis; yo no, que en eso es muy otro mi suceso. Luego, siendo el daño igual, ¿os viene a llevar mi mal toda la injuria de exceso? ¡Qué bien dicho! Mas alcanza un gran desquite esa ofensa, pues al fin se recompensa con cierta luz de esperanza. El que a querer se abalanza el menor merecimiento, tal vez el conocimiento le viene a mostrar que erró; mas si lo mejor amó, buscadle arrepentimiento. Sí, mas es fuerte ocasión para quien llega a querer, condenarle a padecer, y no le dar la razón. Si es de mayor perfección quien me prefiere, ya sé que me dejan y por qué. Si yo excedo entre los dos, creo a ciegas y, ¡por Dios! que reniego de su fe. Esos consuelos, Señor, lejos están de ser buenos, que no es la razón ser menos con que se quita el amor. Antes doblo mi dolor cada vez que considero, que no solo es verdadero el ser menor mi caudal, mas que me juzga por tal quien más que mi vida quiero. Cuando en quien me divierto ama a quien es más que yo, ya en su elección descubrió la perfección del acierto. Mas cuando conozco cierto que puso sin atención en lo inferior su afición, me atormenta la memoria de haber puesto yo mi gloria donde cupo imperfección. Alexandro Macedón, que fue mayor que su fama, a un pintor cedió la dama, centro de su obligación, pues dijo : " Apeles amigo, aunque es vuestra esfera corta, gozad mi dama; no importa que yo me quedo conmigo. ¡Por Dios, que el discretear ya me lleva mareado! Pues lléguese acá, barbado. Respondo, que no ha lugar. Es que no pueden caber más necedades. Mujer, ¿de dónde a mí tal desprecio? ¿Conócesme ? Sí, que un necio es fácil de conocer. Alguna piltrafa es para pegarse al dinero. Vaya y busque otro agujero. Calla, taberna con pies. Hospital de mal Francés, que guarneces la buscona con ribetes de bufona. Cintura de azufrador, calla y dilo a tu señor: amigos y " Arda Bayona." Sazonada bachillera; si a Floro no hubiera visto agora, por Jesucristo, que por Floro la tuviera. Seguirla, por Dios, quisiera, que es grande su discreción, pues en tan falsa opinión discurrió tan delicado; mas llévame otro cuidado. Busquemos aquel bufón. Pues, Lida ¿cómo es esto? ¡Vive Dios! que me hubiera descompuesto, a no ser ya de César, más que mía,- ¡Lucrecia de hombre!-grande demasía. Al salir del Convento la he encontrado, y vengo de quitarme de su lado. Valerio, por mi vida, ¡qué está airosa! No le mostréis la vista desdeñosa, que es muchacha hasta ahora, y es cordura disimularle alguna travesura. No hay dudar, ella fue la de la espada; a fe que la rapaza es extremada. Óyeme un poco aparte, mi querida. ¡Qué disimulo me ha mandado Lida! y aunque no les entienda, es fuerza que con ellos condescienda. Ves, Lida, sin duda que ha sabido que me caso con ella, y ha venido con deseos de verme. ¿Qué te parece? ¿Puedo prometerme que de mí si aficione? Sin duda a muchos mozos me antepone. Pues, dime: ¿No soy yo muy bien trabado? Aún no estoy agraviado; las rugas hasta ahora no me afean, unas pocas de canas me hermosean. Dile por su consuelo, que no es vejez, que hay hombres de este pelo; y esto no hay extrañarlo, blanco es un potro, rucio es un caballo. Lucre cia me ha mirado; ¡vive Dios! que me mira con agrado. Alto, alto, enamorose; hecho está este negocio, concluyose. Andarlo, rematado va este seso; en mi verdad, que el viejo no es travieso. Valerio, ¿habeisle dicho mi ventura? Yo le perdono aquesta travesura. ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? ¿Qué misterio tiene, que a Floro, César y Valerio le agasajen así? Tengo por cierto que está por Alexandro descubierto. Vengáis en muy buena hora a ser de este Tritón florida Aurora. Un picón extremado, que con vestiros de hombre me habéis dado; que es decirme, si el alma no me miente, que no soy hombre yo bastantemente; pero no es mucho el daño, que muy presto tendréis el desengaño. Como a mujer mi padre trata a Floro; este secreto ignoro. Mas ¿qué será si he sido yo engañada? Sin duda que es Lucrecia; estoy turbada. César, que se quede mi hija con la vuestra, en tanto puede traer vestidos Lida. Nosotros la respuesta prometida luego a Carlos llevemos, porque juntas las bodas celebremos. Ya corro por mujer: ¡Qué lindo es eso! ¡PIegue a Dios, no les pese del suceso! Lucrecia me ha engañado. ¡Ah, fementida! Llámame a Laura, Lida. Ella viene, Señor. ¡Rara hermosura! Si con esta me dejan, qué ventura! Hija del alma mía, yo te traigo hermosa compañía de este galán tan bello y tan pulido; trátale en todo muy como a marido. Con él a solas queda, que nada se te veda, y mientras más por agradarle hicieres, más echaré de ver lo que me quieres. Adiós, hija. Adiós, padre. ¡Qué quimeras! Estas sí que serán las burlas veras. Reventando estoy de enojo. ¿Cómo, Lucrecia, se usan con mujeres como yo tan necias pesadas burlas? ¿Tú, con nombre de Alexandro, celebrando mi hermosura, conquistando mis favores, tu malicia disimulas? Por ti mi afecto de Carlos la pretensión desahucia, y mi libertad bizarra se sacrifica a la tuya. Por ti el amor en mi pecho toda la inquietud usurpa, dedicando a tu memoria todas las potencias juntas. Y cuando tener pensaba la felicidad segura, de que a los dos nos atase la dulce hermosa coyunda, en el fuego me hallo helada, en la claridad obscura, en el regocijo triste, y en la ventura confusa. Esto ha enredado Lucrecia; mas resuélvase la duda, y logremos la ocasión, pues toda en mi bien resulta: Bella Laura, yo soy vuestro. ¡Quita, déjame, que apuras mi paciencia con tu risa, y mis veras con tus burlas! A tu padre le obedece, y por que su gusto cumplas, como a marido me trata, de mis caricias no huyas, de mis brazos no te apartes pues con los tuyos se encumbran los aumentos de mi suerte, las glorias de mi fortuna. Para el tálamo te aplazo en dulce amorosa lucha, donde verás que Lucrecia de su parecer no muda. Allí verás desmentidos los temores que te turban. Si la ocasión no le agrada, ¿hay más que darla por nula? No se descuida el mozuelo. Pues, hija Laura, ¿qué dudas? Advierte que es Alexandro, que hace a tu padre esta burla para gozar la ocasión, y si ahora la renuncias, ya van a buscar a Carlos para ofrecerte por suya. No se desperdicie el tiempo, que si tu padre se injuria de hallarte con tu marido, así se echará la culpa. Lid a, pues eres mi madre, y pues mi dicha aseguras, de ti me fio, y me creo. Verás la verdad desnuda. A los ojos mentida en disfraz nuevo, en traje, en lengua, en nombre peregrina, mi fatiga a la muerte me encamina, y, Fénix de dolor, mi alma renuevo. Varios remedios cada instante pruebo, mas siempre la fortuna determina que esté, ausente él, al mal bien vecina; porque en mis males a dicha llevo, aun mi dolor vencer mi mal procura, y sacarme de mí toma por medio para buscar en el rigor mudanza; porque si vive en mí la desventura, solo el salir ele mí será remedio para que tenga alguno mi esperanza. Después que a Carlos hablé, por poder andar mejor hecha espía de mi amor, este vestido compré. Encontrar quisiera a Lida para saber si mi hermano le dará a Laura la mano, porque en eso está mi vida. De. casa de César sale; quiero ver si me conoce, por muchos años la goce, esta es la traza que vale. ¡Qué bizarra peregrina es la que en la calle veo! ¡Qué lindo garbo! ¡Qué aseo! No vi cosa más divina. Su rostro cubre un cendal. ¡Ah, Señora! ¿Es forastera? De las dichas extranjera, de las penas natural. ¿Quiere limosna? Quería, mas no me la quieren dar. Pues ¿quién con vos puede usar tan necia descortesía? Bien he menester paciencia, porque soy con gran dolor, estando rica de amor, pobre de correspondencia. ¿Quién es tan desconocido que a seros ingrato viene? El que en esa casa tiene todo su gusto cumplido. ¿Pues sabéis quién vive aquí? César Ursino. Es verdad. ¡Ay! perdió su libertad el que me la quita a mí. ¡Ay, Carlos, por ti lo entiendo! (Gran daño el alma adivina. Sin duda esta peregrina viene a Alexandro siguiendo, y quizás le ha visto entrar, y de todo se ha informado; con que hallándole casado, no la podrán aplacar. ¡Muerta de este susto quedo! Esto ahora nos faltaba, pues, a fe, que navegaba por alta mar el enredo.) Señora, ya os he entendido; yo vuestro mal os diré, que me hacéis lastima a fe; y por evitar el ruido que se puede levantar, juzgo que es muy importante que a contaros me adelante lo que podéis recelar. Esta no me ha conocido. ¡Qué linda burla le pego! Al fin, Señora, no niego que lo que habéis entendido es verdad; yo he penetrado que de Alexandro sois dama. Y que más que a sí le ama. Pues, Dama, ya está casado. ¿Cómo? ¿Qué dices, mujer? ¿que hundiré a quejas el suelo? Reina, solo Dios del cielo lo puede ya deshacer. Este día Laura bella la mano a Alexandro ha dado, y yo misma le he dejado en una cama con ella. ¡Mujer! ¡O furia infernal! ¿Qué ha pronunciado tu boca? que mi colera provoca a romper con un puñal ese pecho fementido. Daré gritos a los cielos, y penetrarán mis celos el seno más escondido. Peñas, montes, campos, ríos, mares, peces, aves, fuentes: clamad todos impacientes viendo los agravios míos. Yo concluyo con el seso, escuchando el testimonio de esta vieja del demonio, que ya ni es carne ni hueso. Loca estoy, yo lo confieso. ¿Que, al fin, están en la cama? ¿Que, entre cortinas de lama, se dan batalla amorosa? ¡Hay más insolente cosa Y dime, vieja maldita, ¿es la novia muy bonita? ¿Acostose muy contenta? ¿Y parécete a tu cuenta que estará risueña ya? Mas ¡quién duda lo estará! ¡Esto se consiente, Cielos! ¡Ay, que me muero de celos, que me abraso, que me quemo! ¿Cómo no tañen y tocan a fuego? ¿Preñada, y sin mi licencia? ¡Hay más terrible insolencia! ¿Y que no la quemen viva? ¿qué gobierno anda allá arriba? (¡Hay disparates más varios! Loca se ha vuelto.) Señora, sosegad un poco ahora, que tenéis grandes contrarios; sufrir es el mejor medio, porque no os oigan aquí. Pues, di ¿qué se me da a mí, cuando no tenga remedio? ¿De qué sirven tantas voces? He de verlos en camisa. No puedo tener la risa: Lida, pues ¿no me conoces? Lucrecia, ¿eres tú?¿Qué has hecho? ¿Qué nuevo enredo has urdido? ¡Jesús, y cuál has tenido para reventar mi pecho! Por la nueva que me has dado, en que consiste mi vida, con aquesta burla, Lida, las albricias te he pagado. No puedo estar encerrada cuando de Carlos no sé, y así este traje busqué para andar disimulada. Mas él viene por la calle; yo quiero probar, si puedo, hacer que prenda otro enredo para acabar de ablandarle. Ayuda tú mis intentos; celébrame en altas voces como mujer que conoces, que adivino pensamientos por las rayas de las manos. Aplaudidos han de ser tus enredos. ¿Qué he de hacer? Piérdome, si no le gano. ¡Qué no podamos hallarle, andando a Florencia toda! ¡Extraño caso! Él sin duda puso pies en polvorosa. Más quisiera haber seguido la encubierta socarrona, que me pico; mas ¿qué piensas? Juzguela por linda moza. ¡Hay cosa más admirable! Señores, aquesto es cosa de que es fuerza dar aviso al Padre Santo de Roma. ¿De qué gritará esta loca? ¿Qué es esto? Una peregrina, que dice que es Española, en quien he visto, Señor, la cosa más prodigiosa: ¡Jesús, no sabré decirlo, que estoy confusa y absorta! Por las rayas de las manos o por una seña sola, a cualquier prenda que alcance, a mirar de una persona, le dice sus pensamientos, sus deseos, sus historias, sus amores, sin que falte por decir la menor cosa. ¡Desatinada mentira! Si como parece hermosa es adivina, su ciencia será la mayor de todas. ¡Ah! Señora Peregrina, si en mí sus artes se logran, y un secreto me descubre, yo le ofrezco mi limosna. No me prometo, Señor, que ella será muy copiosa, que sois prodigo con unas, y muy escaso con otras. Tomad la mano. Eso quiero; en las rayas amorosas mil laberintos descubro. Confusas son mis historias. Amáis; esto es lo primero, aunque lo que amáis ahora no es lo primero que amasteis. ¡Válgame Dios, qué quejosa a cierta dama tenéis, que locamente os adora! Lo que amáis os paga mal, esta raya lo denota, y lo que más es, os deja (según pensáis) por persona de calidad desigual; aunque hay una gran tramoya, que la sabréis a su tiempo. ¡Hay cosa más espantosa, que una mujer extranjera me descubra un alma toda! ¿Y no me diréis el fin de esta batalla amorosa? Es, que saldrá esa dama contra vos tan vencedora, porque,-o quemaré mis libros, o ella saldrá con vitoria,- tan apriesa que impaciente las dilaciones le enojan, que los despechos de Venus mirando claro a las Osas, la subas en treinta grados, y con la bocina ronca, la cuerda del Sagitario le arma el ballestón. que arroja contra el arco de Diana flechas de ardiente persona. Y con este ardor la dama, que es una valiente moza, daba celos a su amante, no ejecutando las obras. Ya es indecencia el sufrir liviandades tan notorias; salga del alma este lazo que la razón aprisiona. ¿Hay más lindas burlas veras? ¡Por Dios, que es mujer heroica! Algo me di, Peregrina. Pues, dame la mano. Toma. Mil rayas aborrascadas, que se confunden en ondas, indican que aquí el amor nunca logró sus vitorias. Los Cariellos de Orten, que un aire caliente soplan, en oposición de Acuario fuentes y arroyos se agotan. Y así aborrecéis el agua, cuya furia venenosa, en entrando en vuestras tripas, tiene pena de traidora. Las cabezas de la Hydra, y del gran dragón la cola, la penca del brazo abrasan hinchada como una bota. Influencias, que me avisan que el dueño de esta manopla tiene el ser asno por gracia, y el ser borracho por gloria. Bien se concluyó el sermón. La ciencia es tanta, que asombra. ¡Vive, Dios, que hoy predomina alguna estrella bufona! Ya a casa de buscaros me volvía, Carlos: yo os hallo; ¡qué gran dicha es mía! Lleguemos a la entrada. Lida, aquesta ocasión es apretada. Ya en vuestra casa estamos. Pues, Carlos, el negocio concluyamos: mi hija es vuestra esposa con treinta mil ducados. Linda cosa; la mejor es, por Dios, la añadidura. Señor, otro ha logrado esa ventura, que gozando esa dama asegura sus dichas en la cama. El cuento es extremado; con mi hija se habrán equivocado. No, Carlos, que ha venido a mi casa, y yo soy ya su marido; y porque más alegres nos gocemos, juntos los desposorios celebremos. Oíd, Señores, aquesta peregrina; 2755 es famosa estrellera y adivina, y veréis lo que dice. ¡Nadie de mi verdad se escandalice! Yo descubro, mirando esta portada, de gemitud la estrella alborotada, 2760 y conozco en sus puntos que son hembra y varón los que están juntos. Y Saturno, que es padre de la generación, mira a la madre vejecita con cuenta atribulada, y es señal que la dama está turbada. Vengan comadres luego, que yo pondré las manos en el fuego. Esto es gran desatino. Yo de estos estrelleros abomino. 2770 Yo las entro a llamar, si están vestidas. ¡Hola! niñas, venid! Ya están venidas. Mi padre y mi Señor, y ya es dichoso por haberme entregado a tal esposo. En mí viene a doblarse el regocijo, pues nuevamente de los dos soy hijo; ambos me dad la mano, que he ganado toda esta dicha, por haber callado. Soy Alexandro, el hijo de Valerio, que huyendo me escapé del cautiverio. ¿Qué es lo que escucho? Espera,-quiero verlo. ¡Él es, no hay que dudar! Prenda querida, muerto estaba, y he vuelto a cobrar vida. Este fue trato doble. Fue cordura el lograr la ocasión de la ventura. César, tened memoria del empeño que hicisteis viéndoos de Lucrecia dueño, de que cuando Alexandro se volviese, si os daba a Laura, de Lucrecia fuese, y más que Carlos no resiste a eso. No lo puedo negar; yo lo confieso. Ya estáis, Padre, y Señor, obedecido, que en todo le traté como a marido. ¡Alto! Ello es hecho; no se pierda todo, y también con Lucrecia me acomodo: Perdonad, Carlos, que yo fui engañado. Muy mal término, Floro, habéis usado; pero yo os buscaré. No os he entendido, ni yo soy Floro, ni jamás lo he sido. ¿No me servisteis dentro de mi casa? Ni en mi vida os he visto. ¡Que esto pasa! Hasta agora es tramoya reservada, porque anda cierta estrella disfrazada. Mandad, Valerio, que Lucrecia venga. Voy , y a Lida avisad que se prevenga. Un astro he visto que eso contradice. De eso la Peregrina ¿qué nos dice? Yo digo, que de Andrómeda la estrella, que es rutilante y bella, osca mira las barbas de Bootes, que como tiene blancos los bigotes, a fe que causarán rigor violento en esa damisela del Convento; con que asentado dejo que no se casará con ese viejo. La ciencia es admirable, en todo acierta. La dicha con razón se desconcierta, porque todos los hombres sois ingratos; y porque os persuadáis a aqueste intento, dadme el oído un rato atento. Yo, Caballeros ilustre s, soy hija de padres nobles, y para su abono basta decir que son Españoles. La ciudad donde nací la callo, y callo mi nombre, aguardando a declararle en ocasión que me importe. Apenas pasó mi edad las Primaveras la Corte, cuando el ciego Dios me hizo aljaba de seis arpones. Siguiendo ya de mis hados el ya destinado Norte por precursores del alma, los ojos puse en un hombre. Tan firmemente le amé, que sentí andar ·desde entonces sin concierto el albedrío, y los sentidos sin orden. Todo asombros;-el sosiego todo susto, las acciones todo incendios; el cuidado y todo el aliento ardores. Correspondiome al principio, y estuvimos tan conformes que los dos pechos dudaban si eran dos los corazones. Mas ¡ay, qué infelices son las caricias de los hombres, qué mudables sus afectos, y qué falsos sus amores! Al fin se mudó mi amante, bien que por su gusto, adonde como en centro de su esfera cobraron almas las flores. Mas no hay disculpa que baste para una fe que se rompe, ni es decente que un empleo se mude, aunque se mejore. Y mirándome excedida de prendas tan superiores, imaginé con finezas recompensar perfecciones; y rompiendo la clausura, donde entonces me recoge de mis padres el cuidado, atropellando temores, serví en su casa, asistiendo, primera en sus aflicciones, y, a nadie en esto segunda,­ fui tercera en sus amores. Procuraba por vivir que las dos inclinaciones se dividiesen, que en eso estaba mi vida entonces. Mirábame a mí la dama, y al fin al fin declarose para el tercero, de cera, para el primero, de bronce. Dije entre mí: ¡Oh, cómo el Cielo, sin que esto ofenda, dispone, que en lo mismo en que te ofendes me vengue de tus traiciones! ¡Quién dirá cuántas fatigas me embistieron! ¡Cuán feroces tormentas pasó mi pecho por mares de confusiones! Ya los silos me sepultan en los centros inferiores, ya mentidas esperanzas me encubran hasta los orbes. Mas siempre a su gusto atenta, sin que accidentes me estorben, que su tibieza idolatre, ni que su desdén adore. Tanto su dolor sentía que dice, aunque yo lo llore, alguna vez: ”De tu dama te pienso fingir favores." ¡Qué disfraces! ¡Qué tramoyas! ¡Qué embelecos! ¡Qué ficciones! Siempre en los labios la risa, siempre en el alma la noche; siempre en vela los sentidos, siempre el cuidado en prisiones, con el gusto muy reñida, con el dolor muy conforme. Nunca le pude entibiar sus amorosos favores; y yo, aunque triste, apostando a firmezas con los montes, para que se admire el siglo, para que se espante el orbe, porque se pasme el amor, para que el cielo se asombre; para que en mí, y en mi amante, se vitupere y corone la más firme en las mujeres, y el más ingrato en los hombres. No sé qué impulsos me infunden los acentos de estas voces, que toda el alma me inclina a que esta mujer adore. Parece que mis oídos otra vez los ecos oyen de aquella altiva sirena que me encantó la otra noche. ¡Vive el cielo! que merece, peregrina hermosa y noble, el hombre que así os agravia, los castigos más atroces. Más estimará el ser vuestro que cuanto en su seno esconde el ambicioso elemento, que tantas riquezas sorbe. Y si quieres permitirme vengar esas sinrazones, desde aquí reto a campaña al que tan mal corresponde a tan hidalgas finezas; porque no puede ser noble quien con la sangre y el alma a tu amor no reconoce. Si yo hubiera merecido tan finas demonstraciones de una dama, levantara mil estatuas a su nombre. Pues ¿es cierto lo que dices? ¡Por el Cielo que nos oye, que puesto humilde a sus plantas, le pidiera mil perdones, y con la mano y el sí, que son siempre las mejores, diera el punto a sus agravios de oídas satisfaciones! Pues cumplid lo prometido, que vos solo sois el hombre, autor de todas mis quejas, y causa de mis dolores. ¿Cómo es posible ser cierto el caso, y que yo lo ignore? Sabedlo, pues llega el tiempo de que yo me desemboce: mirad patente mi rostro, y sabed todos, Señores, que aquí tenéis a Lucrecia, que fingió de Floro el nombre, enamorada de Carlos, a quien hablé en Sena, adonde tuvieron, como. él lo sabe, su principio mis amores. En su casa le serví, y fingiéndome una noche Laura, entre mil desengaños le enamoraron mis voces. Después me dijo: ”o morir, o ser de dueño tan noble, que aficiona con desdenes y obliga con sinrazones." Yo prometí procurarle, y pues soy la misma, conste si aviva la diligencia, quiera Carlos que se logre. (Yo soy aquel paseante, que fingí de Floro el nombre, aficionada de Carlos, a quien vi en Sena, donde pudieron, como él lo sabe tener fin nuestros amores.) Laura me juzgó Alexandro, Gerardo por mujer pobre, con Lida fui peregrina, apurando discreciones. Fui con Carlos esta tarde una tapada de Corte, que siempre soy sombra suya. Yo te pido me perdones, y te doy el alma y mano porque mis culpas se borren. Y se logren mis trabajos, pues fruto tan dulce cogen. Perdí a Lucrecia, ¡ay de mí! Esto los astros disponen; paciencia, César. Casarse podrán los dos Simeones. ¿Cómo?¿Gerardo con Lida? Abrenuncio. Pues yo quoque; cum tus viejos te contenta, y cuida que se remocen. ¿Y quién te dio ese vestido, Alexandro? Desnudole Lucrecia, y yo se le di. Todo les viene de molde. Yo, esposo, te amé en tu hermana . ¡Qué bien logrados errores! Solo el parecer mujer, Alexandro, os hizo hombre. Perdón os pido, Alexandro, pues otros yerros mayores causaran tal semejanza. Tendré el serviros por Norte. La Española de Florencia, Senado discreto y noble, fue la que alcanzó a su amante por tantas transformaciones. Y así la Comedia acabe, porque a vuestros pies se postren unas burlas, todas veras, y un amor todo invenciones.