Texto digital de El esclavo de Venecia y amante de su hermana
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- Lope de Vega Carpio
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- Comedia
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- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El esclavo de Venecia y amante de su hermana. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/esclavo-de-venecia-y-amante-de-su-hermana-el.

EL ESCLAVO DE VENECIA Y AMANTE DE SU HERMANA
JORNADA PRIMERA ¡Famagosta por Selín! ¡Vitoria, turcos, vitoria! Llore, como Nicosia, su ruina lastimosa. Rinde la espada o la vida. La vida será más honra, porque sin honra la vida es muerte, y muerte afrentosa. Tened, valerosos turcos, y no borréis vuestras glorias dando muerte al General de la insigne Famagosta. ¿Quién eres, turco piadoso, que darle la muerte estorbas al hombre más desdichado que vieron Grecia ni Roma, pues ya le enfada la vida? Soy quien gobierna las tropas del Gran Señor; soy quien pone terror a todas las costas, desde Roma hasta Mesina y desde Venecia a Rodas; soy Celidoro. A tu fama se le aventajan tus obras, y me holgara que a tus manos se acabe mi vida corta, porque esa gloria me queda de morir con tanta honra. Muy herido estás. Pelea, que ánimo y honor me sobra para probar el valor de mi antigua sangre heroica. No podrá cortar mi alfanje en carne tan generosa, y parece que esa sangre el corazón me alborota, y con ocultos impulsos me enternece y aficiona. No sé qué siento en mirarla, que pienso que cada gota me sale de las entrañas, bronce un tiempo y cera agora, y parece que el ser debo a esas canas generosas, que mis iras y crueldades truecan en misericordias. Verdad es que en los cristianos cierta inclinación piadosa arrebata mi albedrio y a ampararlos me provoca; pero no con tal vehemencia como me ha causado agora ver esa sangre que viertes con el valor que pregonas. Y ¡vive Alá! que trocara el bastón con que me honra Selín por ser hijo tuyo, cuya nobleza notoria hace el valor de ese pecho y esas canas, que provocan a lástima y a piedad y, a poderlo hacer sin nota, dejara de proseguir la conocida vitoria, y por tu respeto solo perdonara a Famagosta, cuyos altos homenajes hoy a mis plantas se postran. Mas haré lo que más pueda por que en libertad te pongas, y será que en una nave, sin que nadie te conozca, puedas partirte a Venecia. Será mayor mi deshonra si yo quedo vivo cuando he perdido a Famagosta, siendo su caudillo, y cuando tanta noble gente postra la. vida por la defensa. La vida es cosa preciosa, y, a pesar de la fortuna que te persigue ambiciosa, quiero que la goces. Guarde el Cielo la tuya:. Goza la libertad que te ofrezco, y que te cures importa, que de todo habrá en la nave prevención. El alma llora, valiente cristiano Marte, en ver la sangre que brotas, cual si fuera sangre mía, y el Cielo, que la confronta, sin duda sabe el secreto. Alá te guarde, que tocan segunda vez; a embestir voy, que importa mi persona; pon la tuya en salvo al punto. Ve con Dios. Alá te ponga en seguro y salvo puerto, que mis entrañas de roca has vuelto de blanda cera. Tienes entrañas piadosas. Dios te dé luz en el alma para que tu bien conozcas. Más valor era morir que aquesta vida afrentosa. No iré a mi patria, aunque pueda, donde mi infamia notoria me estará dando garrote. Adonde no me conozcan gastaré mi corta vida y haré vida religiosa para que el alma se gane, pues se ha perdido la honra. ¡Detente, fuerte Belona, si no eres Venus, que en Chipre, como el fénix del Arabia, de ti misma renaciste ¡Detente, Palas bizarra, que basta que solo mires para rendir libertades que altivos orgullos rinden! Sin duda alguna eres Flora, la diosa de los jardines, y entre las murtas y flores cautivas las almas libres, Y como es Chipre tu patria, por sus heroicos pensiles defiendes a Famagosta, ciudad tuya y corte insigne. Deja ese rayo de acero, pues que tus ojos despiden rayos que abrasan el alma y al sol turban con eclipse. Ríndete a mi fuerte brazo y la gloria no me quites de esta vitoria, pues ya tantos varones sublimes y valientes capitanes besan mis plantas, humildes, Aunque a esas plantas rendirme y adorar esa deidad. que cual carácter imprime el alma que se sujeta, para que las sacrifique a las aras de tu altar, que ya solo por ti vive. Ea, milagro de Alá, rayo de la Europa, dime la resolución que tomas; que si a mi piedad te rindes y si mi amor favoreces, harás que el Asia te invidie; oro pisarán tus plantas; topacios, piedras, rubíes, sembrados en ricas telas de damascos y tabíes, adornarán tus alfombras, y tendrás para servirte treinta turcas, todas nobles, de ilustre y antigua estirpe, y en mis doradas carrozas, con blancas yeguas, cual cisnes, podrás pasear alegre las calles de mis jardines, y en mí tendrás un amante con una voluntad firme, un galán que te enamore y un marido que te estime. Yo no soy mujer humana; muy mal podrás persuadirme con rigores ni ternezas cuando soy rabiosa tigre; que aunque no he perdido hijo en este trance infelice, perdí un padre, espejo mío, en mis años juveniles. Pierdo la hacienda y la patria, y la vida, que me aflige, quiero perder en venganza de aquesta sangre que tiñe la hierba de la campaña y aquestas murallas tristes, sitio de placer un tiempo por sus hermosos pensiles, ya teatro de tragedias de sangre ilustre y humilde, pues tu rigor no perdona a las edades pueriles, ni juventudes lozanas con bellezas infelices ni senectudes caducas que no ofrezcan por rendirse el cuello a la dura muerte, que pudieran tener libre si mantuvieras el trato, que era razón el cumplirle; mas fue palabra de moro, que ninguna tiene firme. ¡Infame trato mantienes! pues con cautela fingiste que a Candía, con la hacienda, podíamos pasar libres, y apenas en la ciudad entrastes, cuando hicistes lo mismo que en Nicosía y en todo el reino de Chipre. En ti he de vengar la muerte que causaste, monstruo horrible, sediento de sangre humana. Haz cuenta que soy Tomiris, que a vengar sale a sus hijos, y que eres Ciro y Caribe, el cruel rey que terror fue de Persia y sus confines. Verás, aunque soy mujer, que a los pechos varoniles aventaja mi valor, y quiero que me acrediten las obras, no las razones. (Beldad y valor compiten.) Aguarda:, bella cristiana, que no es razón que castigues mi valor con tus palabras y licencias mujeriles. Alí, general del mar, usó el mal trato que dices, que yo, cual piadoso Eneas, en hombros saqué a otro Anquises de la crueldad del incendio que en la nueva Troya viste. Él fue el Sinón engañoso, el falso y astuto Ulises, que metió el paladión con sus cautelas sutiles dentro los soberbios muros que hoy su homenaje le rinden; que yo mi palabra estimo, como es razón que se estimen las palabras de hombres nobles que ocupan puestos sublimes. Por Alá, bella cristiana, que me pesa que publiques, tan a costa de mi honor, infamias que no permite el valor que vive en mí, que es, por ser mío, invencible. Mas mi piedad te perdona porque, engañada, veniste a hacer de tu fama alarde con tus hechos varoniles; que hombres como Celidoro nunca usaron tratos viles, que acredito mis hazañas siempre con hechos felices, por que la fama los cante, que ella sola en bronce escribe, eternizando memorias que mi valor acrediten. Y pues ya te he satisfecho, agora quiero advertirte lo que más puede importarte para que te certifiques que hallaste un pecho leal, aunque infamias presumiste de quien tal nombre aborrece, que la fama eterna vive. Ya no queda quien te ampare que cristiano se apellide; aunque quiera mi piedad hacer tu hermosura libre y los turcos sin respeto, tengo por cosa infalible, que profanen tu deidad aunque tu valor resiste, yo, con respeto y decoro, adoro aquese imposible y esa beldad soberana, sin que a otra ninguna incline mi voluntad, pues a ti con sus potencias se rinde el alma, que es tuya toda, si ya por tuya la admites, y a ley de noble te juro, si en tu gracia me recibes, que jamás contra tu gusto, si trecientos años vives conmigo, intentaré cosa que te ofenda y desobligue; y aquesto pena de infame y que el Cielo me castigue si no guardare tu honor como hermano y como firme, y como leal amante quererte, amarte y servirte; y si mi amor no agradeces, aunque el amor lo prohíbe, serás prenda de Selín, gran turco, aunque no te estime como tus partes merecen, que cualquier belleza insigne por grandeza le presentan. El mejor camino elige: serás esclava o señora. Pues que mi estrella infelice en este trance me pone, cumpliendo lo que me dices, te suplico que me ampares, que, dispuestas a servirte por evitar mayor daño, voluntad y armas se rinden; pero el día que no cumplas todo lo que prometiste, mi mansedumbre verás trocada en furiosa tigre, que para guardar mi honor soy muro y roca invencible. Seré la misma firmeza en las promesas que hice, y el tiempo será testigo, que ninguna cosa finge en casos dificultosos. Siempre importan los ardides, y de uno es fuerza valemos, que no nos será difícil; tú has de vestirte de moro, que ansí podrás encubrirte, y pensarán que de paje en aquel traje me sirves. ¡Bien me parece la traza! (¡Oh. Alá! ¡No habrá que pedirte más si gozo esta hermosura con Vitorias tan felices!) ¿Cómo es tu nombre? Camila. Celindo podrás decirte de aquí adelante. A tu gusto lo acomoda. Vienes triste. Tú puedes considerarlo. Confín en Alá que olvides presto la patria y tristeza, que con tal rigor te aflige. Eso será con la muerte, que sin ella no es posible. Milagro de Alá, dejemos tristezas; ven a vestirte. ¿Adiós, murallas soberbias, ya por mi desdicha humildes! ¡Adiós alcázares altos y pirámides insignes ¡Adiós, regios simulacros; adiós, hermosos pensiles, que una desdichada hija de esta ciudad, infelice, sin hacienda y libertad, de vosotros se despide! ¿Conoces este cautivo que se ocupa en el jardín? ¡Por vida de Gandalín, cue cómo con él y vivo después que vino a esta tierra por mi desdicha y mi daño, cautivado por engaño, no en reñida y buena guerra Ya sé que su compañero has sido desde que vino a mi poder, y imagino saber de ti lo que quiero si conoces su nación es lo que saber pretendo. Yo Io conocí en naciendo. Tendrás la satisfación, si darme gusto codicias, que deseas. (¡Pesia mí, hoy me ha de hacer gran Sofí!) Darete el alma en albricias. ¿Qué es lo que saber procura de aqueste esclavo leal esa beldad sin igual, esa divina hermosura? Si la patria saber precia de este mancebo gallardo, su nombre proprio es Ricardo su rica patria. Venecia. Es un Adonis cristiano, aunque malogrado vive si de nuevo no recibe favores de aquesa mano. Si le acompaña nobleza como gala y discreción, espejo de su nación le crio naturaleza. Puede prestar calidad a las más ilustres casas; ansí sus dichas escasas le dieran la libertad. Siendo tan noble y galán, sin duda estará casado en su tierra. No ha tratado, por vida del preste Juan, de casarse, que salió n.uy joven de aquella tierra que de su bien nos destierra y conmigo se crio. Esta es la verdad, en fin, porque en verdad y secreto no hallarás otro sujeto que se iguale a Gandalín. Toma, amigo, este diamante y di a Ricardo que aguardo aquí. Ya en llamarle tardo. i Vivas más que un elefante! (Si la fortuna no topa y baraja algún azar, ya bien me puedo engolfar, pues que llevo viento en popa.) ¡Alado dios, vendado niño ciego, que postras altos cetros y coronas, al más pobre y humilde no perdonas y a todos haces guerra a sangre y fuego! Yo, que en las olas de la mar me anego, ¿qué defensa hallaré cuando blasonas que temen tu poder las cinco zonas, privando a los más libres de sosiego? Pues derribas, destrozas, atropellas majestades, imperios y tiaras, consuelo es para mí. aunque no me alabo, que quedo libre en ver que altivo huellas las libertades pródigas y avaras, el ver que me sujeta a mí un esclavo. ¿Qué mandas, señora mía, en que te pueda servir? Está cerca de morir una enferma, cosa mía, y vengo por un remedio, con el cual podrá sanar, y éste se puede aplicar estando tú de por medio. No requiere purga acerba esta enfermedad; en fin, tú has de darla del jardín, para sanar, cierta hierba. Jamás he sido herbolario, aunque entre estas flores vivo. ¿Qué ha de entender un cautivo sino su mal ordinario? La Fortuna te ha ofrecido ocasión para olvidar males y para medrar si tú eres agradecido. Jamás me precié de ingrato, que los amos que he tenido en extremo me han querido por mi proceder y trato. Y agora que mi fortuna me ha traído a tu poder, ya no tendré que temer rigor ni desdicha alguna, que eres ángel en beldad, y el trato será del Cielo, a cuya clemencia apelo implorando tu piedad. (Discreto es como galán; ansí fuese agradecido. ¿Oh, Amor!, ¿en qué me has metido? Luchando conmigo están la vergüenza y el temor, que, a imitación de las flores, me saca el rostro colores y ha de salir vencedor. Y podré sacar al cabo de este rendimiento mío que sujeto mi albedrío a un cristiano que es mi esclavo; aunque no hago mal empleo, que es galán discreto y noble, si el corazón no es de roble en pagar mi buen deseo.) ¿Qué hierba ha de ser, señora, la que tengo de buscar? Hierba que pueda curar esta enferma que te adora. (Ya Amor, que en mi pecho vive, corrió a la vergüenza el velo.) (Mi mal de nuevo recelo, que mayor me lo apercibe mi fortuna y suerte escasa, y siempre adversa conmigo, pues el mayor enemigo es siempre el que vive en casa.) Y pues el remedio está en tu mano, mi Ricardo, muy presto sanar aguardo; aquesa mano me da, que entre estas murtas y palmas y deshojados claveles, que es lo que cultivar sueles, cultivas también las almas. No tengo más que decir, pues te declaro mi pecho, que tu esclava Amor me ha hecho sin poderme resistir. Ya sé que eres principal, y que es tu patria Venecia, y que la fama se precia de hacer la tuya inmortal. De Gandalín lo he sabido, y estoy informada bien; no me pagues con desdén, en lugar de agradecido, Señora, mira primero que soy tu esclavo. Mi dueño eres. La lealtad que enseño considera. Considero que no hay lealtad en Amor, pues él me atropella ansí. Podrá quejarse de mí con razón, el Gran Señor. Con más razón podré yo quejarme de tu crueldad. No es mía mi libertad. ¡Quien a mí me la quitó al mundo puede rendir ¿Te extrañas porque te ruego? (¿Quién tales rayos de fuego ha de poder resistir?) Señora, aqueste es respeto que se debe a tu persona. Ya el respeto no blasona, que lo tiene Amor sujeto. Mira que caen al jardín los balcones de Palacio. Trataremos más despacio esto con honesto fin; solo te digo, señora, que estoy muy agradecido de verme favorecido de tal beldad. Mas agora no puedo corresponder a las leyes de tu gusto, que al Dios que adoro no es justo que ansí llegue a ofender. Todo lo que sin ofensa sea de la ley que sigo haré. Cásate conmigo, y que no le ofendes piensa. Ansí le pierdo el decoro cuando a tu fe se lo guardo. No se lo pierdes, Ricardo, si sigues la que yo adoro. Dos cosas, señora, pides imposibles para mí, que la ley en que nací es la que seguir me impides, V de eso no has de tratar, que antes perderé mil vidas que no hacer lo que me pidas en ese particular: porque es la vida del alma la que eternamente dura, y es conocida locura perder tan divina palma. También gozarla procuro y la antepongo al vivir. Otra ley has de seguir y camino más seguro para gozar tal tesoro que no hay más que desear; que no te podrás salvar «n la ley que vive el moro. Pues, Ricardo, no resisto; tú eres mi dueño y mi rey: di cuál es la mejor ley. La mejor es la de Cristo. Mi amor se lleva la palma, pues sujeto a tu elección tienes vida y corazón y ya me has trocado el alma. Ricardo, el Gran Señor llama. (¡Enhoramala vengáis) ¿Qué buen rato me quitáis! ¡Poco reposa quien ama!) Quédate adiós, que otro día, en el jardín o en palacio. trataremos más despacio de tu ventura y la mía. ¡Adiós, dueño de mi vida, que por ti me he de regir, y podrán por mí decir: "Quien bien ama, tarde olvida."' Mi fortuna va en bonanza, como la nave en el mar: no tengo que recelar si se logra mi esperanza. Mi guía has de ser y norte, Ricardo, pues tu ley sigo, y a ser cristiana me obligo sin que mi ley me reporte, que algunas inspiraciones antes de agora he tenido, que la ley en que he vivido, es llena de confusiones, y la que mi bien procura, para remediarme a mí sin duda ha traído aquí, para mi suerte y ventura, este gallardo cristiano, que el instrumento ha de ser que yo venga a conocer a Cristo, Rey Soberano. Ya tengo el alma cristiana, pues con voluntad rendida, el alma ofrezco y la vida, con fe pura, firme y llana, al Dios que adora Ricardo, y ya claramente he visto que Ricardo adora a Cristo, a quien yo seguir aguardo. Y aunque le pese a mi tío. el Gran Señor no habrá cosa que me impida el ser su esposa: y ansí, con heroico brío buscaremos ocasión, con vigilancia y secreto, para poner en efeto nuestra determinación. Dos cosas de eterna palma consigo en tan buen empleo: que se logra mi deseo y vengo a salvar el alma. "El venturoso Selín, gran monarca y Gran Señor, a quien viene estrecho el mundo desde el Danubio al Cedrón; el que griegas y egipcias monarquías sujetó, y la corona otomana dilata con tal valor, que el húngaro y veneciano tiemblan solo de su voz, el alemán y el francés y hasta el soberbio español." Selín solo me llamad; no me llaméis Gran Señor hasta que lo sea del mundo. ¿Fue mejor César que yo; tuvo más nobles principios, o fue su esfuerzo mayor? Si él con el romano Imperio adquirió tan gran blasón que tuvo al mundo en su mano por fortuna o por valor, yo, en la gran Costantinopla, donde soy Emperador, sin mil títulos y reinos que a mí se sujetan hoy, pretendo ser respetado por universal señor de todo cuanto circundan rayos del dorado sol. ¿Por qué ha de haber Rey de España cuando estoy reinando yo, ni Pontífice romano, ni alemán Emperador? Si Solimán en Viena a Carlos Quinto temió, y tan vergonzosamente se retiró sin honor, blasone con esa hazaña como Monarca español, afortunado en batallas más que César y Cipión. Si al cosario Barbarroja en Túnez desbarató, también perdió sobre Argel de toda España la flor, y con mi voz solamente soy de las costas terror, azote de los soberbios y del mundo rayo atroz. ¡Bien he vengado la afrenta con que Solimán huyó ¡Yo haré que a mis lunas tiemblen el águila y el león! ¿Qué cajas son éstas? Llega Celidoro. El corazón se alegra en oír su nombre. ¡Entre el Bajá defensor de mi Imperio! (¡Yo reviento de invidia, pena y dolor!) (¿Cuándo, gallardo mancebo, ha de llegar ocasión que te diga desengaños de tu ley, sangre y nación? ¿Cuándo llegará aquel día que te despierte mi voz de aqueste embeleco el sueño, que te usurpa la razón?) (¿Cuándo tengo de trocar alcuzcuz, pasa y arroz por lágrimas de Candía, por presulto y salchichón?) Dame, Monarca invicto, aquesas plantas. Llega a mis brazos. Con mercedes tantas levantas mi humildad a las estrellas, Tu nombre heroico está más alto que ellas. ¿Cómo vienes, restaurador famoso, del Imperio otomano? Con dichoso suceso, pues favor tan alto escucho de tu grandeza. Tú mereces mucho y no puedo pagarte lo que debo, aunque tan gran valor honre de nuevo, si no pongo en tus sienes la corona, honra digna al valor de tu persona. Si el reino indivisible pudiera en algún modo ser partible, contigo le partiera y la mitad, con gusto, de él te diera. Mas ya el amor del pecho, gallardo Celidoro, rey te ha hecho tuyo es aqueste Imperio más que mío, pues eres dueño tú de mi albedrío. Señor, a quien adoro y reverencio, las honras que me hacéis con el silencio agradezco callando, y las imprimo en el alma, en señal que las estimo como a mercedes de la heroica mano de un Monarca tan alto y soberano. Agora toma asiento y las vitorias me cuenta, nuevo Marte. Nuevas glorias me aumentan tus mercedes y favores. Mereces, Celidoro, otros mayores. (¡Encúmbrale, Fortuna, a las estrellas! Mas ya su fama está más alta que ellas, pues a Muley le costará la vida si su ambición no diere gran caída.) Llegó a Chipre tu armada vencedora, preñada de despojos y riquezas, que en sus famosos vasos atesora de costas, de islas y de fortalezas, cuyas ruinas hoy lamenta y llora, con ardientes gemidos y ternezas, la fuerte y defendida más que todas, la inexpugnable y valerosa Rodas. LIegó a ver los jardines y frescura que el mundo, con razón, celebra tanto, cuya fertilidad y compostura causan a la razón común espanto, porque es la \variedad y la hermosura tal, que no puede encarecerse cuanto merece tal grandeza de pensiles, amenos y frondosos, siempre abriles. Tomaron tierra los soldados fuertes, a quien el mundo ya les viene estrecho, tan sedientos de fama y de dar muertes, que el corazón revienta dentro el pecho, y a cada cual, por belicosas suertes, más les mueve la honra que el provecho, y así, en los ordenados escuadrones, todos son Aníbales y Cipiones. Un fuerte fabricamos en la orilla del mar, cuyos soberbios torreones eran del mundo otava maravilla, émulos de Babel sin confusiones. Cuando el sol sus almenas dora y brilla parece que se queda en sus rejones, donde, en sus bien fundados y altos muros, están nuestros soldados más seguros. Salieron venecianos valerosos a impedirnos el paso, de manera que en algunos encuentros vitoriosos Se quisieron juzgar en su ribera; mas nuestros fuertes turcos valerosos, que su fama inmortal toca la esfera, con tal furia y denuedo acometieron, que rayos desatados parecieron. Entraron por la isla rica y bella, matando muchas ninfas, que en beldades imitaron a Venus, y a Poncella en valor, con rigores y crueldades, sin perdonar casada ni doncella en los lugares, villas y ciudades, y entre billas, con crueldad y furia impía, ganamos la famosa Nicosia. Allí quedaron todos los soldados, ricos del saco. esclavos y despojos, en la codicia y la crueldad cebados, volviendo los cimientos blancos, rojos, de la sangre que corre salpicados, y flores destroncadas a manojos, trocadas en claveles y rubíes, aunque eran blancos, vueltos carmesíes. Y talando las mieses, cual langosta, de los fértiles campos y jardines, corriendo de la una a la otra costa, el reino a quien el mar pone confines. Llegamos a la insigne Famagosta con deseo de ver prósperos fines de la conquista- que, con tal fortuna, acabó de llenar tu media luna. Hicieron valerosa resistencia los venecianos, fuertes y animosos, y estuvo la vitoria en competencia entre muchos encuentros muy dudosos, porque su artillería, con violencia, vomitaba volcanes prodigiosos, causando en nuestro campo mil desmayos, que, en vez de balas, arrojaban rayos. Cerco pusimos a sus fuertes muros, Ali Bajá por mar, y yo por tierra, con mil ardides entre asaltos duros, para facilitar mejor la guerra. Cuando se imaginaban más seguros, llegó el postrer asalto, "¡Cierra, cierra!", -postrando muros y lugares sacros, alcázares y antiguos simulacros. Pusimos su arrogancia por el suelo, sus altos homenajes y obeliscos, cuyas puertas tocaban casi al cielo; rindiéronse en las sierras y altos riscos los que las habitaban; sin consuelo taladas plantas, mieses y lantiscos, las huertas y pensiles de alegría, el fuego convirtió en ceniza fría. De esta suerte rendimos la braveza de los fuertes y astutos italianos, volviendo aquesta ensancha a la grandeza de tus altos Imperios otomanos, que cien años tuvieron por cabeza los valientes y bravos venecianos. Ya no blasonará la Señoría con títulos de Chipre y Nicosía. Ya quedan en las plazas y cantones fijadas en tu nombre medias lunas, tremolando en los muros tus pendones, que publican tus prósperas fortunas, entregado el gobierno a seis varones que son de la lealtad firmes colunas, hasta que tú le invíes de tu mano Virrey como Monarca soberano. Alí Bajá partió con sus galeras cargadas de despojos y riquezas, sembrando en gallardetes primaveras, con doble guarnición y dobles piezas; fue corriendo las costas y riberas, humillando soberbias y bravezas; al canal de Lepanto parte aprisa, y ya tiene tu armada en la prebisa. Yo a darte la feliz y alegre nueva vengo de la vitoria conseguida, y aunque muchas heridas serán prueba que se ganó con riesgo de mí vida, como el valor y heroico pecho lleva, cualquiera en tu servicio recibida estimo por mercedes y favores, y en mayor grado las que son mayores. Manda, señor, a aquesta humilde hechura tuya que parta a conquistar el mundo, porque en tu nombre llevo la ventura de César, y seré César segundo en añadir blasones con fe pura a tu Imperio y poder, en quien yo fundo mis esperanzas y mi fuerte acero para hacerte señor del mundo entero. No tengo con qué pagarte, y ansí, los brazos te doy. ¡Manda en mi Imperio desde hoy, fuerte Alcides, fuerte Marte! ¡Tú has de dar y quitar leyes! Mi Imperio has de gobernar, que ansí se debe estimar hombre que sujeta a reyes. Tu hechura soy ; tú levantas mi humilde ser a tu esfera. Lo que te debo quisiera pagarte. Beso tus plantas. (¿Hay suerte más venturosa?) ¿A un esclavo tal favor? No hay privado sin traidor, que es la privanza invidiosa, y yo no puedo sufrir estas honras v favores, veneno en pechos traidores.) (¡Quién te pudiera decir lo que con el alma lloro, pobre joven engañado, de sangre ilustre engendrado cristiana y en la ley moro.) Mi Imperio goza de paz, sin haber quien se me atreva ni contra mí guerra mueva. Solo el Persa, pertinaz, a mi grandeza se opone, y con bárbara porfía con guerra me desafía y para que no blasone con tan soberbia arrogancia, sepa que mi Imperio tiene quien su grande orgullo enfrene y a quien tiembla Italia y Francia. Pruebe el rigor de tu acero el Persa bravo y feroz, y conozca que a tu voz tiembla todo el mundo entero. Lleva tus fuertes soldados; enseñados a vencer, podrán, sin acometer, dejar atemorizados sus soberbios escuadrones. Haré que el Persa se asombre; venceré al mundo en tu nombre, que llevo turcos leones. El decir y el obrar juntos comen conmigo a la mesa. Con tu licencia, a esta empresa me pienso partir al punto; que me corro, ¡vive el Cielo!, que te pierda así el decoro, cuando vive Celidoro, ninguna nación del suelo. Descansa agora. Señor, el descanso para mí es solo servirte a ti con lealtad y con amor. Pues gustas partirte luego, no lo pretendo impedir. Lo que me tardo en partir se dilata a Persia el fuego. Este mancebo galán ¿quién es? Un nuevo soldado que me sirve de criado, y puede ser capitán por el esfuerzo y valor. Quédese a servirme aquí, que me he aficionado de él. (¡Fortuna adversa y cruel.) no me persigas ansí (¿Qué he de hacer tan obligado? ¿Cómo le podré negar lo que pide, sin quedar por ingrato reputado?) ¿Qué dices Que le crie desde niño y me ha servido de paje y yo le he querido por su lealtad, trato y fe. y no me hallaré sin él, aunque a servirte me animo. Yo por ser tuyo le estimo, por galán, por noble y fiel. Mientras tú vences al Persa me servirá. El moro es lindo. ¿Cómo es su nombre? Celindo. (¿Qué quieres, fortuna adversa?) (Esto infiere poco amor, poca fe, poca amistad, poco respeto y lealtad al recibido favor.) Pues ¿qué dices, Celidoro? Señor, con esto concluyo: que se haga el gusto tuyo, aunque en el alma le adoro. En el amor que le enseño conocerás si le estimo. (Como carácter imprimo) en el alma el favor. Dueño tienes, Celindo, tan grande, que no sé si has de saber servirle sin ofender mi amor. Aunque se desmande el decoro y desvanezca por verme en tan alto estado, no seré tan mal criado que tu afición desmerezca.) Vamos, Celidoro amigo, y Alá te vuelva a mis ojos con los persianos despojos triunfando de mi enemigo; que yo tendré buen cuidado con el paje que me dejas. Mira que no halle quejas de que no eres fiel criado. El tiempo es quien desengaña. Y es el que todo lo muda. En ser yo fiel no habrá duda. Emprendes notable hazaña.) Para, fortuna, la rueda, porque en las vueltas que das vuelves mis dichas atrás; ten firmeza, estate queda. Pero ¿quién habrá que pueda llamarte firme, fortuna, si al que subes a la luna al abismo haces bajar? Luego bien puedo probar que en ti no hay firmeza alguna. Subí al cielo de Selín, tocó mi mano su esfera; mas soy a su fuego cera y derretireme al fin. Quitome mi serafín y del cielo me destierra; él en paz, yo en cruda guerra batallando mis sentidos, enemigos atrevidos que embisten por mar y tierra. Ira el corazón destila contra tirana potencia, que con poder y violencia mi fuerte pecho aniquila. Fuerte y discreta es Camila; mas ¡ay! que contra el poder no hay discreción en mujer que no atropelle y derribe; quien pobre y sujeta vive mal se podrá defender. Honras fueron y favores trocadas en vituperio; prométeme él medio Imperio y quítame otros mayores. Que los imperios de amores son los que el gusto pretende; éstos gozarme defiende, pues contra derecho y ley con el imperio de rey los tiraniza y ofende. Nunca me diera el bastón (En voz alta, furioso.) para mi fortuna adversa contra el arrogante Persa en semejante ocasión; nunca Selín el blasón de Celidoro encumbrara, que honra que cuesta tan cara mejor estaba sin ella, pues pierdo el gusto en tenerla, que nunca en honras repara. ¿Cómo das voces ansí, que alborotas el Palacio? Tal estoy, que me desgracio que esto me digas aquí. ¿No he de quejarme, ¡ay de mí!, si me echaron del jardín y tú, bello serafín, a cuya vista estoy ciego, tienes la espada de fuego y te quedas con Selín? ¿Qué importa, si mi valor dondequiera me acompaña? Cuanto y más que el traje engaña y te asegura el temor. Tiene ojos de lince Amor y libertad el poder. Tú eres hermosa y mujer, yo ausente, Selín galán y las riquezas imán, y es fuerza que han de atraer. No tengo más esperanzas de gozarte como esposo; pero parto receloso, la vida puesta en balanzas. Pues tan buen discurso alcanzas, te aseguro Celidoro, que honestamente te adoro. Dios te traiga vitorioso, que yo te haré mi esposo si tú dejas de ser moro. Y por que partas seguro esto te quiero advertir: que primero he de morir que Selín mi pecho duro conquiste. Aquesto te juro; que si él es Rey con poder, si me procura ofender y me quiere atropellar, yo seré roca del mar en firmeza, aunque mujer. Mereces, por firme, palma. Con eso iré satisfecho. Tú vives solo en mi pecho. Tú tienes mi vida en calma. Dueño eres de vida y alma. Tú mía, si eres constante. Seré en firmeza diamante. Alá, vida de mis ojos, te guarde. Con mil despojos te traiga. Siendo tu amante, JORNADA SEGUNDA No trates de Celidoro, Muley, que es amigo mío, y me ofenden tus razones. Gran Señor, lo que yo digo es que tienes nobles turcos y, por ventura, más dignos de tus heroicos favores que un esclavo. Yo le estimo por su valor y lealtad; y es corto a tales servicios el galardón que le doy cuando mis Imperios miro aumentados por su mano, seguros y defendidos. Valientes soldados tienes, y quejosos, imagino, por esta causa. La envidia tiene, Muley, por oficio oponerse a la virtud. Yo sé bien de quién me fío. No me hables en eso más, que me enojaré contigo. Tu gusto, señor, es ley, y así, en nada te replico. Mahamet, con un cristiano venerable, aunque de brío, licencia aguarda. Di que entre. Voy al momento a decirlo. Guárdete Alá, gran Selín, y dame tus pies invictos y al valiente general de Famagosta. El caudillo de Famagosta infelice te besa los pies rendido. ¡Oh, valiente Astor Balón, por tu fama conocido, por tu lealtad celebrado y por tus hechos temido! En extremo me he holgado, capitán, de haberte visto, no porque fortuna adversa te haya hecho mi cautivo, sino por tener un hombre tan valeroso conmigo. Y si me quieres servir te daré honrosos oficios, a tu valor convenientes y de tu persona dignos. A ese pecho generoso me confieso agradecido, y a poderlo hacer sin nota aceptara el beneficio y las honras que me ofreces; pero un hombre bien nacido, aunque fortuna le siga y aunque esté más oprimido, no ha de negar ley ni patria, que es el honor como vidro, y con un pequeño golpe Se quiebra el vaso más rico. Yo soy noble y soy cristiano. y si la fortuna hizo lo que quiso con mi suerte, como es libre el albedrío, no le puedo contrastar porque es firme, por ser mío, y tengo hecho el pecho a prueba de los golpes y los tiros de la fortuna inconstante, y ya de nada me admiro. Lo que sea sin ofensa de la patria y ley que sigo puedes mandarme, señor, y verás cómo acredito mi voluntad con las obras, gran señor, en tu servicio, Trataremos más despacio tu negocio. Lo que he dicho diré en cualquiera ocasión. Bien está. Monarca invicto, Alí, gran bajá, me envía con este noble cautivo, y a darte cuenta del caso de su prisión. Ya he sabido cue se ganó Famagosta y que está Chipre por mío. Pues oye agora el suceso de su famoso caudillo. Alí, general del mar, topó en un pobre navío al valiente Astor Valón, que se te escapaba herido, enderezando a Venecia, al parecer, su disinio; al cual le dio Celidoro libertad, y a darte aviso vengo de aquesta traición por que no ignores delitos contra tu heroica grandeza y por que tengan castigo atrevimientos que crían hombres bajos en sí mismos, usando mal del favor recibido en los oficios. (¡Qué a mi propósito habla Mahamet! Ya este edificio ha comenzado a temblar, y caerá, a lo que imagino.) ¡Celidoro a mí traidor! ¿Qué dices? Cuanto aquí he dicho es la verdad, gran señor. No merece ese apellido De piedad, viéndome a mí tan herido y la ciudad ya rendida, mandó entrarme en un navío, donde pudiera curarme, con nombre de su cautivo; mas yo, viendo la ocasión, fabriqué entre mí un arbitrio que, si se lograra, pienso me fuera de algún alivio. Quise pasarme a Venecia, atropellando peligros, a llorar mis desventuras, aunque sin honra y corrido por haber perdido el nombre de mis heroicos principios; por la libertad y vida, el honor, que tanto estimo, menospreciaba; yo tengo la culpa, y ansí el castigo ofrezco para pagar el gobierno mal perdido de Famagosta infelice, de quien fui noble caudillo. Pagaré la ingratitud que, en lugar de agradecido a la piedad generosa, al valor esclarecido del gran Celidoro debo, que, por mostrarla conmigo, padece su honor ultraje. Discúlpasle como amigo; mas no es disculpa bastante para lo que ha delinquido. (Algunas sospechas tengo, porque a Celidoro he visto inclinado a los cristianos, y sospecho que Celindo lo es, y en hábito turco le traía en su servicio. Con él le pienso dejar y, en un cancel escondido, averiguar las sospechas y recelos que he tenido.) A Celindo me llamad. Aquí tienes a Celindo. ¿Qué es, gran señor, lo que mandas? (¡Cielos! ¿qué es esto que miro?) ¿Mi hija en aqueste traje?) A este cristiano cautivo regala, que es principal, y de cualquiera honra digno. Otra vez beso tus plantas por favor tan excesivo. (Mi padre es, no hay que dudar. Huélgome de verle vivo, aunque esté sin libertad. Disimule el regocijo el alma, que se alborota alegre de haberle visto.) Gran señor, lo que me mandas haré con gusto infinito, y por merced y favor esta confianza estimo. Venid vosotros.—Y tú ten cuidado en lo que he dicho. Servirete con el alma y la vida. (¿Hay más martirios para aqueste desdichado? ¡Que a esto mis años prolijos guarden esta triste vida Quisiera ser basilisco y matarla con la vista, o la vista haber perdido para no ver con mis ojos afrenta y agravios míos.) ¿Conócesme? No quisiera, ingrata, vil, conocer una hija a quien di el ser, por que mi ser no tuviera. Fuiste una víbora fiera matando, al nacer, tu madre. ¿Pluguiera a Dios que a tu padre hubieras muerto también, infamia del mundo, a quien no hay otro nombre que cuadre! Ya que el honor que heredaste, liviana, estimaste en poco, ;por qué con ánimo loco la fe de Cristo dejaste? Pero al punto que olvidaste el casto y divino honor, hiciste el yerro mayor: que, por el gusto del Rey, ni-gas honor, patria y ley, añadiendo error a error. ¿Tú en traje de infame moro? ¿Tú turbante y capellar y te atreves a mirar a quien perdiste el decoro? ¿Tú dejas la fe que adoro como mujer indiscreta por la de un falso profeta con errores Semejantes, que entre gentes ignorantes sembró tan maldita seta? ¿Tú tienes de Astor Balón sangre? No es posible, no, que pude engendrarte yo, afrenta de tu nación. ¿Tú del heroico blasón de mi familia deciendes? No puede ser, pues ofendes la patria, el padre y a Cristo. De ser tu padre desisto si ser mi hija pretendes. Cruel fuiste, Celidoro, en defender esta vida, que si estuviera perdida defendiendo al Dios que adoro, fuera feliz; ahora lloro vida que muriendo vivo. No siento el estar cautivo ni perder a Famagosta; el verte tan a mi costa es m: dolor excesivo. No puedo dejar de darte satisfación, padre amado, que, como naciste honrado, no puede, en razón, culparte; pero podrás consolarte cuando la razón entiendas. No me pesa que me ofendas con tus sentidas razones, que con tus obligaciones cumples cuando así me enmiendas. Ya por muerto te lloré entre la ceniza fría de Famagosta aquel día que tan infelice fue. Cuando tu muerte pensé vengar entre la canalla. en la sangrienta batalla me encontré con Celidoro, y, guardándome el decoro que allí de noble juró, a seguirle me obligó vistiéndome en traje moro. Solo su gusto he seguido en trocar el nombre y traje, y, sirviéndole de paje, a la corte me ha traído. Como noble ha prometido guardar decoro a mi honor, aunque le ha incitado amor; y a lo que aquí te he contado cumple como turco honrado su palabra con valor, el honor santo y precioso conservo de aquesta suerte, que no le espanta la muerte a mi pecho valeroso, por no eclipsar el famoso timbre de mis ascendientes; que vive eterno en las gentes la memoria en casos tales, y yo daré a los anales historias y a los presentes ejemplo en nuestras edades. Que conservar el honor mujer moza con valor entre ruegos y crueldades, resistiendo gravedades y licencias del poder, gran valor es menester; ajena de libertad estimar la castidad conservando honor y ser. De aquesta suerte resisto, aunque con cautela, en fin, mi honor casto de Selín y en secreto adoro a Cristo. Que soy tu hija habrás visto, pues conservo con valor el casto y precioso honor a los ojos de Selín. (Y tú, bello serafín, me has vencido ya de amor.) Vamos y descansarás, que algún remedio ha de haber en tanto mal. En placer el dolor trocado me has, porque el alma, que es lo más, sé que no tienes perdida. Piérdase el hacienda y vida, el honor y el alma no. Lo que he sido he de ser yo siempre. Ven, hija querida. Ya el recelo que he tenido de Celindo averigüé, que yo siempre imaginé que era su traje fingido. El falso trato he sabido del ingrato Celidoro; nunca un cristiano es buen moro, y ha borrado sus blasones, que hombre que hace dos traiciones contra lealtad y decoro del Rey, hará ciento y mil. Ya, Muley, tu aviso alabo. Esclavo, en fin, falso esclavo; vil cristiano y trato vil, con qué cautela sutil mezclaba su valentía. Hechizado me tenía, mas pagarame el ingrato el falso y aleve trato, la traición y alevosía. Libertar a Astor Balón por que su gusto no impida, y, en traje de hombre vestida, que fue segunda traición, traer su hija a ocasión de cubrirme con el velo este bello ángel del cielo, es lo que más he sentido. Soy poderoso ofendido, echaré su torre al suelo. ¿Cuándo, amigo Gandalín, ha de llegar ocasión de dejar esta prisión, el azadón y el jardín? Si yo una turca tuviera que estimara mis pedazos, como tú, entre estos perrazos con muy gran gusto estuviera. Tú eres poco agradecido al favor de Zara bella, que es, señor, como una estrella y por ti pierde el sentido. Cuando la hables, por tu vida, le digas si hay por ahí una turca para mí, aunque sea algo traída; porque en la necesidad bien se gasta el pan moreno. Ese discurso condeno, Gandalín, por necedad. ¿No reparas en la ofensa que se hace a Dios de ese modo? Señor, a Roma por todo. Que nos ha de juzgar piensa, y de cualquier pensamiento cuenta estrecha se ha de dar. Dios manda multiplicar por que haya en el mundo aumento. Del matrimonio sagrado esa acción se ha de entender. Yo no me quiero meter en si es grave o no el pecado que no fuera yo el primero que por los gustos de amor fuera flaco y pecador, cuando todo el mundo entero, en lo justo y en lo injusto, gente ignorante y discreta, a todos Amor sujeta y siguen su ley y gusto. Tú lo llevas por lo santo, y aún pecas en necedad. ¡Plegué a Dios tu cortedad no nos trueque el gozo en llanto! Porque viendo su afición Zara bella mal pagada, después de estar declarada, con tal determinación puede mudar el amor que te ha mostrado tener, que es condición de mujer, con odio, enojo y rigor. Y ansí, en viendo la ocasión, pues dice que eres su espejo, Ricardo, yo te aconsejo que tomes la posesión. Que lo que en ti es compostura o continente pureza, podrá pensar que es tibieza y perderás coyuntura. Perderemos los regalos que de su mano tenemos, y quizá por ti vendremos a tener regalo en palos. Aunque eres tan indiscreto, para te satisfacer me has de obligar a romper y a descubrirte un secreto. Si no le guardas, la vida, te ha de costar. Callaré hasta reventar. Yo pienso ser tu homicida si Jo descubres. Advierte que también te va interés en lo que trato. Di, pues. No por temor de la muerte la callara Gandalín, sino por ser yo quien soy. Esta palabra te doy, que nunca usé trato ruin. Pues sabrás que Zara hermosa, en beldad nueva Diana, se quiere volver cristiana y yo hacerla amada esposa. Tanto ser cristiana precia, que aguardamos ocasión para la navegación y pasarnos a Venecia. Yo tengo el intento mismo que tiene mi Zara bella, que he de casarme con ella en recibiendo el baptismo. No temas que de mi trato se queje con disfavor, que no agradezco su amor ni que al favor soy ingrato. Esto, Gandalín, te digo, y, cuando llegue el efeto, de llevarte te prometo hasta Venecia conmigo. Procede con discreción, que algún día tendrán fin tus trabajos, Gandalín, y aquesta larga prisión. ¡Por Dios, que me vuelvo loco con tan buenas esperanzas! No hagas, fortuna, mudanzas, que hay que fiar de ti poco. Que aunque tenemos regalo por orden de Zara hermosa, es, señor, terrible cosa no haber licor, bueno o malo. Mas yo me desquitaré, cuando me vea en Venecia, de lo que el turco desprecia, que es lo que plantó Noé. Esto y no comer tocino es lo que llevo más mal, que es un gusto sin igual un brindis de lindo vino; aunque ninguno hallo malo, no, por vida de mi padre, que he sido lindo cofrade mientras me duró el regalo. Uno mejor que otro, sí; pero vino malo, no, ¡Bien haya quien tal plantó! De contento estoy sin mí. Acábese este destierro, apréstese la partida, dejemos tan triste vida entre tanto turco perro. No perdamos ocasión, que es mudable la fortuna, y nos dejará a la luna si se muda la afición. Tu astucia y aviso alabo; mas es fuerza dilatar la partida hasta avisar, como amigo a cierto esclavo que está de la corte ausente, y he deseado ocasión, cumpliendo mi obligación, goce la ocasión presente. A tu gusto lo acomoda. Ven, Gandalín, y callar, que en saberlo negociar está la ventura toda. Ya pasa de desdén eso, y a la fuerza lo remito. Las fuerzas son de tiranos. Cuando tus desdenes miro, me obligas a que las use V a ser descortés contigo. Mal conoces el valor de que se arma el pecho mío, que es mi honor un fuerte muro que no consiente portillo; que antes que logres tu intento cortará a mi vida el hilo la muerte, que por la honra en nada la vida estimo. ;De qué sirve blasonar, cristiana, con tanto brío, si la fuerza ha de acabar lo que el ruego no ha podido? Si eres Lucrecia romana, haz cuenta que soy Tarquino, que el amor y poder juntos son dos fuertes enemigos. Seré Judit valerosa, que, aunque a mi pueblo no libro, libraré el honor precioso. ¡Necia estás! ¡Y tú atrevido! ¿No eres mi esclava? Soy noble, que basta. Yo no te quito la nobleza. Camila, No hay nobleza si el casto honor se ha perdido, que es el que vive inmortal. ¿Y piérdeslo más conmigo que con Celidoro? El guarda con fe pura y celo limpio decoro a mi honestidad; y si este traje he vestido fue por estar encubierta de lo que siempre he temido. Deja tanta tiranía, que primero el monte Olimpo allanarás, que conquistes el honor que te resisto. ¡Soy tigre fiera de Hircania, y soy pisado áspid libio! ¡Tengo garras de leona, tengo ojos de basilisco, que bastan a darte muerte con la ira que te miro! ¡Yo tengo poder y amor para contrastar tus bríos, y gozaré esa belleza ¡No será mientras yo vivo! ¿Qué pretendes, vil esclavo, arrogante y atrevido? Matar esta desdichada hermosura, que ha nacido para afrenta de mis canas; que si la vida le quito antes de perder su honor, no me dejará ofendido; quedarás sin ocasión de usar tratos tan indignos de las personas reales, cuyos ejemplos seguimos los inferiores. No borres el honor que has adquirido por un gusto feo y torpe. Tú debes haber perdido el juicio.—¡Ah de mi guarda! ¿Qué mandas, señor invicto? A este cristiano llevad luego al más fuerte castillo, y en una mazmorra obscura, con fuerte cadena y grillos, le poned, que por Alá que antes que el sol a los indios alumbre segunda vez, le tengo de empalar vivo a la vista de esta ingrata, que ya en odio he convertido el amor que le tenía. Y ella esté en el cuarto mío, con cuarenta hombres de guarda. Gran señor, obedecido serás en todo. El honor te encomiendo. Jámila. ¡Padre mío, piedra seré en resistencia; que por mi honor y por Cristo, estimo la vida en poco! Ver la vuestra en tal peligro es lo que me aflige. Yo iré contento al suplicio por verte con tal valor. Haz cuenta que sacrifico a las aras de tu honor mi vida. Yo haré lo mismo. ¡Adiós, hija! Padre, ¡adiós! ¡Virgen Santa, en Vos confío, que sois Abogada nuestra y sois Madre de afligidos! ¡Camina, loco cristiano, a la prisión! Ya camino, y a dar cuenta de mi vida a mi Criador me apercibo. (¡Por Alá que estoy rabiando de verme tan ofendido; más tendré con la venganza algún género de alivio!) ¡Oh, Amor, no me dilates tanto tus gustos, que por alambique los das y sus quilates, cuando a grandes favores los aplique, como el bien no poseo, jamás me satisfacen el deseo Si bien con esperanza de gozar tanto bien me aliento y vivo, sin rendirse a mudanza el firme amor de mi galán cautivo, que el cuerpo y alma gana: el cuerpo, el gusto; el alma, ser cristiana. ¿Cuándo llegará el día de la alegre quietud que el alma precia, que yo trueque a Turquía por la insigne riqueza de Venecia, a quien por patria aguardo, que ya es mía por ser de mi Ricardo? Dice que cierto esclavo que está ausente le impide la partida; yo en este punto acabo de aprestar mi riqueza; apercebida me hallará a cualquier hora, como ya lo está el alma que le adora. ¡Oh, Gandalín! Señora, por quien alegre paso el cautiverio, en quien la bella aurora amanece a alumbrar este hemisferio, ¡en buena hora te vea, porque el jardín contigo cielo sea! ¿También eres discreto? ¡Bien sabes, Gandalín, decir amores! Soy precioso sujeto. y más cuando se estiman mis favores: mas soy tan desgraciado, que en mi vida mi amor fue bien pagado. ¡Esa es desdicha extraña! Desdicha es, mi señora, de manera, que a mí, cierta picana, me hizo, por desdicha, de Cervera, haciendo un falso ensayo, trocando su afición en un lacayo. Yo, que soy mal sufrido, al punto descarté la falsa sota antes de ser marido; que no es poco poderlo hacer sin nota de infamia el que honra precia viendo que es la mujer liviana o necia. Razón, Gandalín, tienes. ¿Adónde está mi bien y mi Ricardo? No paga con desdenes tu firme voluntad. ¿No es muy gallardo? La misma gallardía; se cifra en él nobleza y cortesía. ¡Oh, qué gusto me has dado Mas dime: ¿dónde está? ¿Cómo no viene? Señora, está ocupado en un cierto negocio que conviene, creo, al real servicio; mas no sabré decirte en qué ejercicio. Pues, Gandalín amigo, quédate adiós y dile a mi Ricardo cómo he estado contigo tratando de su amor y cómo aguardo que pague como honrado el deseo que debe a mi cuidado. ¡Por Dios, que estuvo el secreto casi a punto de salir Bercebú puede sufrir tan gran tentación y aprieto. ¡Válgate el diablo por Zara, y qué hacía de brindar, y yo para vomitar el secreto! Pero cara tentación hubiera sido si no me fuera a la mano, ¡No quedara güeso sano en mi cuerpo! No he podido sufrir con mayores veras. ¡Arredro vaya el pecado! Nunca estuve tan tentado de hablar; mas no parto peras con mi señor en tal caso, que, como suelen decir: ni aun de burlas el partir suele salir bien. Yo paso temeraria penitencia con el freno del callar; mas castigan por hablar. Señora lengua, paciencia. ¿Astor Balón? Sacra Aurora, Madre de Dios y doncella, puerta del Cielo y estrella del mar, divina Señora, ¿tal favor a aqueste esclavo? ¿Cuándo tal bien merecí? En Venecia estás por mí. Vuestras grandezas alabo, amparo de pecadores. Judit fuerte, hermosa Ester, ¿cuándo podré agradecer fan soberanos favores? Pues de esclavo me libráis, seré siempre esclavo vuestro, que en esto, Señora, muestro los yerros que me quitáis. Tendré esta rota cadena por escudo y por blasón, y el rosario por tusón, ¡oh Virgen, de gracia llena! Harás labrar un convento en este mismo lugar, pues que le puedes fundar y cuidar de su sustento; sea la Orden de Francisco, aquel serafín humano, en este apacible llano, al pie de aqueste alto risco. Estos favores alcanza el que en servirme se emplea; y el apellido de él sea la Virgen de la Esperanza. Pondrelo por obra luego, como siervo agradecido. ¡Vuestro favor. Virgen, pido, pues tan dichoso a ser llego! Ningún desvelo te aflija; cumple lo que te he mandado, que yo he de tener cuidado con el honor de tu hija. ¡Otro favor nuevo gano con nueva tan deseada! ¡Oh sacra Virgen sagrada, Madre del Rey Soberano! Queda en paz. Señora mía, ¿cómo con tal prisa os vais? Pero con razón dejáis tan inútil compañía. ¡Gastar pretendo mi hacienda, no, Virgen, con mano escasa, en fabricaros la casa que por Vos se me encomienda! Haré una rica capilla, adonde, reverenciada, esté la imagen sagrada de la Virgen sin mancilla. ¿Ya va mi nave en bonanza. que es el bien que el alma precia! Ya en tus riberas, Venecia, hay Virgen de la Esperanza, Sin dilatarlo un momento, pues la riqueza me sobra, Virgen, a poner por obra voy vuestra casa y convento. Tráeme, Muley, esa ingrata, esa sirena cristiana, que, con crueldad inhumana, mi heroica grandeza trata. Pues mi fuego no mitiga el desdén que en ella he visto, quiero ver si la conquisto con regalos: que si obliga mi pecho de aquesta suerte, librará de la prisión a su padre Astor Balón. y librarle ha de la muerte; mas si insiste en darme enojos y no me quiere agradar, vivo le pienso empalar delante sus bellos ojos. Voy a servirte, señor. Ya, sin duda, habrá trocado su pecho determinado, temerosa del rigor. Pensé olvidar su belleza viendo su desdén cruel, y Amor aprieta el cordel con notable fortaleza y con ímpetu violento, sin haber quien se lo impida: tiene en un hilo mi vida en el potro del tormento, ¿Qué me mandas, gran señor? Tú a mí me puedes mandar, pues se viene a sujetar a ti mi heroico valor. Confieso, bella cristiana, que anduve muy atrevido cuando, el decoro perdido de esa beldad soberana, confiado en el poder, a la fuerza remitía de mi amorosa porfía el contrastar y vencer lo que pudiera el Amor facilitar por buen modo. Ya te he respondido a todo, pues conoces mi valor. A tu padre librarás de la muerte que le espera si esa condición de fiera truecas. Tú sola serás la querida y regalada, a las demás preferida. No por restaurar la vida de mi padre, que estimada es de mí, como es razón, tengo de manchar la fama, que en esto el valor me aclama por hija de Astor Balón, y si mil padres tuviera, y cada cual con mil vidas, las diera por bien perdidas antes que el honor perdiera. No por verme tan compuesto me respondas de esa suerte. ¡No me da temor la muerte por mi honor casto y honesto, que ansí doy ejemplo al mundo y a las romanas matronas! ¿Llorarás lo que blasonas! En lo que he dicho me fundo. No se puede hablar agora al Gran Señor. ¿Por qué causa? Porque hay cierto impedimento. ¿Tú me defiendes la entrada? Soy mandado. ¿Para mí ha de haber puerta cerrada? ¿Qué es esto? Yo, que he venido de ganarte una batalla, y Muley me impide el paso para llegar a tus plantas. Pues ¿cómo rompes el orden que tengo dado a la guarda y entras sin licencia mía, esclavo vil? ¿Con quién hablas? ¿Contigo, traidor Mis hechos no merecen esa paga. Yo soy leal y lo he sido a pesar de la canalla infame que te ha informado mal de mis lealtades claras; mas yo cogeré algún perro que a las orejas te ladra, donde le saque la lengua atrevida con que habla en ofensa de mi honor, cuando Persia, Europa y Asia, y el mundo, sabe el valor de mi brazo y de mi espada. Si es invidia de mis hechos, ¿cuándo no ha sido invidiada la virtud y la lealtad de viles lenguas y falsas? Si es por no galardonar mis conocidas hazañas, no en lugar de premio pagues con afrentosas palabras, que razones semejantes, en boca de altos Monarcas, son balas de piezas gruesas que con solo el aire matan. Cuando te conquisto reinos, ¿este galardón me aguarda? ¿Yo traidor? ¿yo vil esclavo? ¿Miente la lengua villana que en tal ocasión me pone! ¿Yo, que en ocasiones tantas estimé la vida en poco, como lo dice la fama, solo por librar la tuya pudiera intentar infamias ni traiciones contra ti? El defensor me llamabas de tu vida y de tu Imperio, y agora, que con más causa me lo pudieras llamar, ¿solo de afrentarme tratas? ¿Olvidaste la fineza que en la sangrienta batalla de Alba Real, en Hungría, casi ya desbaratada tu gente, y puesta en huida la poca que te quedaba, al retirarte, embistió una tropa de corazas y mataron tu caballo, y tu vida amenazaba el conocido peligro? Puesta en la tierra la espalda, quebrado el lucido alfanje y destrozadas las armas, y yo, viendo tu persona en el aprieto que estaba, menospreciando el peligro de las pistolas y lanzas, entré, haciendo el pecho a prueba de botes de pica y balas, y dándote mi caballo, hice a pie senda tan ancha, que le dieron paso franco las enemigas escuadras. Pusiste en salvo la vida, dejando yo salpicadas con la sangre de mis venas las hierbas de la campaña, y salí con ocho heridas que se imaginó al curarlas que en la más pequeña boca se estaba asomando el alma En señal de agradecido a mi honor y a mis hazañas, me honraste con el bastón. En empresas señaladas ganete muchas citorias; llegó a tanto mi privanza, que la mitad me ofrecías, con mano pródiga y franca, de tu heroica Monarquía, de tu grandeza otomana. Mas subísteme a tu esfera porque de un vuelo bajara desde el cielo de tus glorias al abismo de desgracias. Más me quitas que me diste, pues con sola una palabra mi honra afrentas y dejas borradas mercedes largas que, liberal, me hiciste, mas son mercedes humanas sujetas a la fortuna, sin firmeza v sin constancia. Para que no formes quejas, traiciones averiguadas te tengo dos, cuando menos, que no me podrás negarlas. ¿A mí traiciones? A ti. Ve, Muley; haz que me traigan a Astor Balón, por que vea que no me ofendo sin causa, pues siendo Gobernador de Famagosta, a su patria le enviaste; pero Alí, que es leal, en la fragata que le diste me le envía preso, con custodia y guarda. Esta es una traición ; otra, la de esta bella cristiana, que en traje de hombre encubrías, ciego en su amorosa llama. Libertar a Astor Balón no es traición ; piedad se llama, y usarla con los rendidos es de piadosas entrañas; y encubrir la honestidad de esta cristiana gallarda, fue decoro a su deidad por que no la profanaras. Deshaciendo tus quimeras, humillaré tu arrogancia empalando a Astor Balón delante su hija ingrata, y después hará la fuerza lo que los ruegos no acaban. Cuando me quites la vida, podrás ofender mi fama. Nuevos alientos me das viendo tu hermosura casta firme, y sabiendo que el ser te dieron las nobles canas de Astor Balón. Ven, Camila, que con tu valor y espada a mi lado, el mundo todo en mi ofensa no me espanta. Lo que hay que fiar del mundo he visto en esta mudanza, pues truecan ansí los reyes los favores en desgracias. Ejemplo tomen en mí los que ciega la privanza, que el tiempo es sabio maestro y quien mejor desengaña. ¡Gran desdicha! ¿Qué hay, Muley? Que están las puertas cerradas del castillo y calabozo donde Astor Balón estaba, y él no parece. ¿Qué dices? Dicen, gran señor, las guardas que vieron a media noche un resplandor que cegaba la vista más que los rayos del sol. ¡Qué quimera extraña? Algunos hechizos son de aquesta nación cristiana, y así, con sus invenciones, de las prisiones se escapan. Tú eres el vil hechicero, pues con tus enredos tratas eclipsar los claros rayos de claras y nobles famas, Hablas como mujer libre. Aunque como mujer habla, es en el valor muy hombre, y tú mujer, pues que tratas de chismes y de quimeras y enredos, y son tus armas las que las mujeres usan, que se valen de palabras; mas yo cortaré algún día esa lengua que me agravia, sin que te valgan lisonjas y sin que Selín te valga. ¡Prended aquese villano atrevido, que amenaza la lealtad con altiveces y soberbias arrogancias; que quien las alas le dio sabrá quitarle las alas, humillando su soberbia Y esa atrevida cristiana prended también. Cuando tengo este brazo y esta espada, con el valor de Camila, ¿quién emprenderá esa hazaña? ¿Quién se atreverá a prenderme que tenga de vivir gana? Ven, Camila, que a mi lado viene segura tu fama y tu persona ; no temas aunque venga toda el Asia. Si eres Marte, yo Belona, y en tu valor confiada te seguiré, que en tu trato tu gran nobleza declaras. Defendiendo fama y honra, pienso morir como honrada, y dar a la fama plumas con que escriba mis hazañas. ¡Eres discreta y hermosa, honesta, fuerte y gallarda ¡Tú eres galán y valiente! ¡Sígueme, bella cristiana! ¡Hola! Prended a este aleve, soldados! ¡Ah de mi guarda! Sosiégate, gran señor, que en su prisión habrá traza sin aventurar las vidas. Dila, pues. Con una carta, disimulando tu enojo, puedes volverle a tu gracia, y fingiendo que le haces Virrey de la isla emanada de Chipre, se olvidará de las afrentas pasadas, y avisar a los soldados que, entrando en la Capitana, se conjuren y le arrojen al mar, o que a puñaladas le maten y a tu poder traigan la bella cristiana que tus favores desprecia, donde, por fuerza u de gracia, harás tu gusto, que, muerto Celidoro, es cosa clara que estimará tus amores viéndose sin esperanzas de su amor. Muy bien has dicho. Voy a escribir. (Ansí acaba el mayor contrario mío. Vendré a tener su privanza, que nunca en Palacio medra el que lisonjas no trata.) ¡Pobre de ti, Celidoro! ¡Oh fiera y falsa canalla. con qué fingida cautela su infamia y su muerte tratan No he visto turco en mi vida que me aficione con tantas gracias como Celidoro. Del peligro que le aguarda, le he de avisar, ¡vive Dios!, porque es de gente tacaña matar a un hombre a traición de partes tan estimadas. Yo me inclino a Celidoro; no sé qué secreta causa me mueve, y aunque el peligro amenaza mi garganta si saben que soy el fuelle que sopló en aquesta fragua, ¡vive Dios, que he de soplar! Quizá encenderé una llama que me caliente y que sea nube de una gran privanza. A gran peligro me pongo: premio o castigo me aguarda, ¡Por Cristo que me aventuro, que el hacer bien nunca daña! JORNADA TERCERA ¿Cómo se libraría de la prisión tu padre, que en Turquía no ha sido descubierto, ni ha faltado bajel ninguno al puerto, ni se sabe en qué parte se oculta su persona? Nuevo Marte, lo que de eso presumo que es quien le libertó de poder sumo. La Virgen soberana, fuente de gracia, que es donde el bien mana, tengo yo por sin duda que al salir del peligro le dio ayuda. Tu ley, Camila, alabo, que ansí de la prisión libra a un esclavo, Mas ¿qué Virgen es ésa a quien tu lengua de alabar no cesa? Es la Virgen María, alba del sol, lucero, norte y guía. y, Celidoro amigo, s! conocieses la verdad que sigo, cuan venturoso fueras dejando setas falsas y quimeras! Presunción he tenido que no eres turco, porque siempre he oído llamarte esclavo a todos. Alá, Camila, por diversos modos me ha dado inspiraciones que sigo ley con muchas confusiones, y siempre a los cristianos estimo y he querido como hermanos. No sé quién soy, Camila; que mi valor apoca y aniquila ver que el principio inoro, ni sé si soy cristiano, torco o moro, y mueren encogidos pensamientos que nacen atrevidos en este altivo pecho, A quien el mundo todo viene estrecho; porque hombres de honor faltos jamás tuvieren pensamientos altos. Sabrás, Camila bella, que cierta inclinación que me atropella el ánimo y sentido me trae desvelado y afligido, que apenas me resisto de una sombra o visión que en sueño he visto que me da pena mucha. Cuéntala, por tu vida. Atenta escucha. Cuando llegué con la armada a las amenas frescuras de Chipre, dando en la playa fondo las galeras turcas; mientras que se fabricaba entre dos soberbias puntas de dos peñascos un fuerte donde pudiera segura defenderse nuestra gente de la prevención que junta tenían los de la isla, que temiendo la futura ruina todos en armas se ponen, la más caduca senetud las armas toma dando ejemplo a la robusta edad, y con documentos que pudiera envidiar Numa Pompilio, el magno Pompeyo y la Monarquía augusta, en esta apacible playa estaba una noche obscura durmiendo en mi capitana, y entre las doce y la una vi una mujer en la popa de incomparable hermosura, toda vestida del sol, cuyo resplandor alumbra más que sus dorados rayos, con un manto azul, que turba la vista, lleno de estrellas, y los pies sobre la luna, coronada la cabeza como reina, y crespa y rubia tina dorada madeja servía de bordadura a los hombros, dando al sol envidia sus hebras puras. A respeto provocaba su belleza y compostura; ojos serenos y graves, con cuyas luces alumbra más que dos ricos carbuncos; sus bellos labios figuran un rubí hermoso, cortina de dos hileras menudas de perlas, y las mejillas a la nieve en la blancura y a la rosa, que el cogollo desfleca hermosa y fecunda entre juncias y espadañas y entre jazmines y murtas, un tierno niño en los brazos con una insignia que anuncia que es El el Señor del orbe, pues por la bola se juzga el mundo en la redondez, y un rótulo que dibuja su majestad y grandeza no sujeta a la fortuna. "Yo soy Rey de reyes—dice y criador de criaturas; soy Señor de los señores, y no ha de tener fin nunca mi reino, porque es eterno, v ansí eternamente dura." Quedé confuso y sin pulsos contemplando su hermosura y sus partes soberanas, que alguna deidad ocultan, a quien con miedo y respeto miraba y la lengua muda, con temeroso silencio con el alma i a saluda, cuando con vez mansa y grave estas razones pronuncia, que, lleno de confusiones, mi turbado oído escucha, diciendo: "¿Por qué persigues tu nación y por qué injurias la noble sangre que tienes? ¿Por qué a tu patria le usurpas los blasones que ha ganado, eclipsando la luz pura de la verdad que alumbraba esta isla y otras muchas? ¿Sed tienes de ganar fama a costa de sangre tuya? Mira que te precipitas; entre esas honras que buscas, la joya de más estima, que sangre inocente y justa labró, tienes tan manchada, tan asquerosa y tan sucia, que, de hermosa, rica y bella y un armiño en la blancura, en negro color trocada está con sombras obscuras. Inocentemente vives con esperanzas confusas, que las honras que apeteces son frágiles y caducas. Busca al verdadero Rey, que el tiempo pierdes y ofuscas, como bárbaro, el sentido en cosas que poco duran. Es toda la vida un sueño, y el sueño estampa y figura de la muerte, y mientras duermes en el sepulcro te juzga. Tu vida es toda un letargo, pues que no despiertas nunca del grande encaño que tienes siguiendo empresas injustas. Deja altiveces humanas, vanas honras y locuras, que como sombras se pasan; honras que han de durar busca. Sirve a mi Hijo que es Rey que, al que sirve con fe pura, premia con eternas honras, cuya privanza es segura. No se paga de lisonjas; con fe y verdades desnudas se agrada, y conoce bien el que le sirve o le injuria. Más sabio es que Salomón, aunque tuvo ciencia mucha, que el don de .sabiduría mucho a los reyes ilustra. Es ejemplo de virtud porque en Él se cifran juntas todas las virtudes, y es la verdad y bondad suma. Misericordioso y manso, perdona una vez y muchas las injurias que le hacen si se enmiendan de las culpas que contra su gran poder cometen, y con blandura se aviene con sus vasallos, que, primero que ejecuta el rigor de su justicia, les amonesta y anuncia su notable precipicio y el fin de su desventura por los tinientes que tiene, que pregonan y promulgan las leyes que ha establecido, sin que ignorancia presuman, que a dos solas se reducen. y puedo decir que a una, que es no ofender a su Rey, siendo su basa y coluna la fe pura y observancia de su ley preciosa y justa." Absorto quedé, Camila, y el alma triste y confusa de este prodigioso caso. En tan temerosas dudas, desde entonces en mi pecho la razón y el valor luchan. Si fue ilusión o verdad (y no sé a qué lo atribuya), una nube arrebató la soberana pintura que te he contado, y quedé ciego con su ausencia, a cuya honestidad me incliné con respeto y con mesura, debidos a su deidad y por la relación suya. a servir al Rey su Hijo, que sin lisonja procura que le sirvan los vasallos, cosa que tan poco se usa. Pareciéronme sus leyes y sus costumbres muy justas, y ansí le tengo por justo, pues ansí a la ley se ajusta. Pero los sueños, Camila, siempre se creen en duda, y porque aqueste fue sueño, su crédito dificulta mi valor, que siempre es uno, en buena o mala fortuna, que solo a Alá se sujetan y a tu divina hermosura. Verdades son, Celidoro, las que me cuentas. Dios quiere que del sueño de tu engaño y tu ceguedad despiertes. Esa Mujer que has contado de virtud tan excelente, es Madre de Cristo y es, siendo madre, virgen siempre; y aquel Niño milagroso que el mundo en sus manos tiene, en cuanto al linaje humano es de Abraham descendiente. Es igual en todo al Padre, pues su esencia y poder tiene, que en su entendimiento mismo Dios le engendró eternamente; y sin dejar de ser Dios, para remediar la gente, tomó nuestro humano ser para que morir pudiese como hombre, pagando deudas ajenas. ¿Cómo se entiende eso de morir pagando Cristo deudas que no debe? Escúchame, Celidoro, si la verdad saber quieres. Hizo Dios a imagen suya al hombre, y por que tuviese compañía, a la mujer crio con gracia excelente. Dotole de ciencia infusa, hizo que le obedeciesen aves, peces y animales, y que a todos nombre diese. Criolos en gracia y dioles un jardín hermoso, alegre, lleno de fruta y frescuras, que por morada tuviesen. Dioles licencia que coman de cuantas frutas hobiese en el jardín; solo un árbol les vedó, y que si comiesen de él perderían la gracia y la vida juntamente. No les puso otro precepto, otro mandato ni leyes, y quebrantáronle al punto soberbios v inobedientes. Perdieron gracia y morada, y a todos los decendientes alcanzó de Adán la culpa, sin que las puertas se abriesen del Cielo para ninguno aunque santo y justo fuese. Desde el Limbo a Dios clamaban que su rigor y ira cese, y que se acabe el destierro que tantos años padecen. Movido Dios de los ruegos de varones penitentes, trató de la paz del hombre, aunque fue ingrato y rebelde. Tenía Dios preservada, desde ab initio, en su mente, una doncella que todas las virtudes comprehende, que después de Dios no hay santo ni ángel que a su virtud llegue. Y ansí a Dios agradó tanto, que para hija la quiere. Despachó un embajador desde la Corte celeste, y en Nazaret de Judea, en un recluso retrete, leyendo la profecía que el bien del hombre promete, en contemplación divina, en que se ocupaba siempre, el alado paraninfo la halló y saludó alegre, diciéndola que ha hallado gracia con Dios y que quiere que, por misterio divino, su amado Hijo se engendre en sus entrañas humildes, que el Santo Espíritu viene a alumbrarla con su gracia y su luz resplandeciente, y que aquesta es obra suya, no de varón, y ansí puede ser madre, quedando virgen; y Dios a hacerse hombre viene, sin dejar el ser de Dios, para que ansí se remedie todo el humano linaje. Dio el "sí" humilde y obediente la Virgen, y al mismo instante se encarnó Cristo en su vientre; fue su santo relicario y custodia nueve meses, v después, peregrinando, para cumplir con las leyes, en un portal de Belén nació, y un pobre pesebre sirvió de cuna y de cama la paja. Allí con motetes celestiales le saludan ángeles, cantando alegres gloria al Cielo y a los hombres paz y gracia juntamente. Por una estrella guiados vinieron desde el Oriente, a adorarle por gran Rey y a obedecerle, tres reyes; y en señal de vasallaje le ofrecen ricos presentes, oro fino, incienso y mirra, y por su Rey le obedecen. Dando ejemplo a los mortales hizo vida penitente, y, cumpliendo la Escritura, padeció afrentosamente, de edad de treinta y tres años, para que el hombre viviese; y mostró el Cielo señales de que su Criador padece. Abriéronse los sepulcros, la luna y sol se escurecen y, dándose unas con otra?, las duras piedras se mueven. En pies, manos y costado dejó abiertas cinco fuentes, manando misericordias, con que la sed se remedie, y para lavar la mancha que por Adán comprehende a sus hijos, y de esclavos a todos libres los deje; y abriendo al Cielo las puertas al fin deseado llegue el hombre, que es ver a Dios, si sus pisadas siguiere. Tres personas y una esencia en la Trinidad se entiende, que a Padre, Hijo y Espíritu un ser solo comprehende; un Dios solo, una substancia, con un poder igualmente, que es el verdadero Dios y es solo el Rey de los reyes, a quien te mandó servir María, Reina excelente, Madre del Rey soberano a quien la vida y ser debes. Todos nacemos en culpa, y esta culpa a quitar viene el baptismo y deja en gracia al que le recibe, y siempre vivirá en gracia de Dios, si por su culpa no pierde aquesta joya estimada, y el que en gracia de Dios muere va a gozar bienes eternos y ve a Dios eternamente. Tu ley, Camila, me agrada y lo que dices del Rey; la de Mahoma no es ley, sino seta mal fundada. Desatino y barbarismo es seguirla, caso es llano: yo me inclino a ser cristiano y a recibir el bautismo. Humanas honras desprecia mi engañada fantasía: con tu dulce compañía iré contento a Venecia. Allí, con gusto y reposo, pretendo pasar la vida contigo, prenda querida, si merezco ser tu esposo. Agora sí me pareces galán, prudente y discreto; que me agradas, te prometo, mi señor, más que otras veces. Ganarás eterna palma si emprendes esa ventura; tendrás mi mano segura, y aseguras vida v alma. Siendo tú mi norte y guía no puedo, mi bien, errar; por ti me vendré a salvar, pues por ti dejo a Turquía, (¡Por Dios, que está acompañado con el gallardo Celindo! No he visto turco más lindo, aunque hobiera perdonado el ver agora su cara. Mas llamaré a Celidoro aparte. ¡Quién le topara solo! Pero ya he venido, no me he de ir sin le avisar. pues que le puede importar la vida.) Licencia pido, valeroso Celidoro, para hablarte dos razones en secreto, y que perdones suplico. Aunque el caso inoro, no tienes que recelar del turco que ves presente, porque es mi amigo y pariente y hombre que sabrá callar. Alto, pues, yo me aventuro, aunque a gran riesgo me pongo; pero al peligro antepongo el afecto y amor puro. Va de aviso. Escucha atento lo que mi lengua atrevida relata, porque mi vida librar de esta suerte intento. Yo, señor, en el jardín oí que el traidor Muley daba por consejo al Rey que diese a tu vida fin. En tu daño se desvela, y ansí aconseja el traidor te nombre gobernador de Chipre, con gran cautela. Que con eso olvidarías las injurias y la afrenta recibida, haciendo cuenta de la honra que adquirías: dando aviso a los soldados de la fuerte capitana que te echen con furia insana al mar y, determinados, te maten a puñaladas, y luego a cierta cristiana de hermosura soberana, tus defensas acabadas, lleven al cruel Selín; que, si a resistir se esfuerza, dice ha de vencer la fuerza. aunque es hecho de hombre ruin. Yo dije: "Tu nombre infamas con tan grande vituperio no mereces el Imperio, aunque Emperador te llamas." Y por pagar la afición que te tengo, de improviso prometí de darte aviso y cumplir mi obligación. Libra tu vida con traza y calla, porque amenaza a mi nuez un grande aprieto. i (Temiendo estoy el juicio del riguroso Selín, ¡por vida de Gandalín! por ser hablador de vicio. Pero cumplo lo que debo; que, a fe de cautivo honrado, que le estoy aficionado, que es muy gallardo mancebo.) Dime, ¿no es tu compañero cierto cautivo gallardo que se ha de llamar Ricardo? Sí, señor. Dile que espero a la orilla de la mar, y vendraste tú con él pagarte he el aviso fiel, y a él le quiero pagar el afición que me enseña; que siempre que me miraba noté que a solas lloraba, que enterneciera una peña. A solos los dos aguardo, que el alma os estima y precia, para pasarme a Venecia con este turco gallardo. Vivas más años, amén, que un cuervo ; vivas más años que tiene un gitano engaños, y más que Matusalén. Procede con discreción. Que me agravias te prometo; soy jubilado en discreto y soy segundo Catón. Adiós, hasta que vengamos. Ven volando. (Ahora bien: haz bien, no busques a quien, que haciendo bien, bien ganamos.) No en balde, Camila bella, a los cristianos me inclino. Mira con qué riesgo vino éste, y por todo atropella, no más de por darme aviso para que guarde la vida que a Cristo tengo ofrecida. Sin duda El librarte quiso. Vamos, que si es cauteloso y falso el traidor Muley negando amistad y ley, a un traidor otro alevoso. Muchas dilaciones, Ricardo, son éstas, con que amor gigante teme y se recela. Gran pensión le paga a Amor el que espera, que los días y horas por siglos los cuenta. La desconfianza que mi pecho engendra crece por momentos, la esperanza mengua. Los inconvinientes, el que ama de veras, con valor y brío vence y atropella. Oprimen el alma injustas sospechas, dudando la paga de tantas finezas. Cría atrevimientos en el pecho que entra Amor ciego y niño, que, armado de flechas, si de lejos teme embiste de cerca. No pierde ocasiones, porque la vergüenza, como anda vendado, la tiene encubierta, y si alguna tiene jamás usa de ella. Si Amor es cobarde y muestra flaqueza, señal es que muere su fuego y centella. Recelos avivo; yo soy la sujeta, yo soy la cautiva, pues vivo en cadena. Tú eres el alcaide de mi fortaleza, y con gran rigor la prisión aprietas. Libertad procura cualquier alma presa, y la triste mía está viva y pena. Sin razón, mi Zara, de mi amor te quejas, que es el pecho mío centro de firmeza. No infames mi amor con frías tibiezas, cuando es un volcán que se abrasa y quema. Ya sabes, mi Zara, que te hice promesa, habiendo ocasión, llevarte a Venecia, y, siendo cristiana, que has de ser mi prenda, mi adorada esposa; y mi fe te empeña cumplir la palabra que te tengo puesta, pena de hombre vil. Deja, Zara bella, que avise a un amigo que tiene nobleza y vive en destierro de su amada tierra. El alma a su centro has hecho que vuelva; ya desconfianzas y temores cesan. Albricias, Ricardo. Pues ¿qué buena nueva traes, Gandalín, con tal gusto y priesa? (Por Dios, que al secreto rompía las treguas si no reparara en la grave perra.) Siendo entre nosotros, enterrado queda. Bien puedes hablar. ¿Aunque Zara bella lo escuche? Bien puedes, yo te doy licencia. Pues desbucharele, que a fe que me cuesta haberle guardado sin echarle fuera grandísimos sustos: mas el miedo enfrena si cerca amenaza la más fácil lengua. Va de rompimiento. Celidoro queda con Celindo solo y dice que espera a orilla del mar para que a Venecia con él nos partamos. Lleva a Zara bella. Coge del copete la ocasión, que vuela, no te deje a escuras. Yo vengo a gran priesa a ser el Mercurio de esta alegre nueva. ¿Qué haces, Ricardo? ¿Qué dices? ¿Qué piensas? Pon faldas en cinta. Troquemos la guerra por la libertad que ya nos espera. Ya Constantinopla por Venecia trueca, que, aunque es tierra rica, no tiene tabernas, ni gasta tocino la gente turquesca, porque su Alcorán no les da licencia. Ea, ¿en qué reparas? Si duermes, recuerda. La ocasión da voces, mira no la pierdas. Démosles gatazo a estos perros. Sea el robo de Zara mejor que el de Elena. Ea, que la nave, con jarcias y velas, en la playa aguarda. Mil albricias vengan. que bien las merezco. A mis brazos llega. Gandalín amigo, que ya el Cielo ordena que tantos trabajos en bien se conviertan. Pues que Celidoro, sin saber quién sea, el Cielo le alumbra y a Turquía deja, sabrá de mi boca quién es en Venecia. Por él dilataba lo que el alma precia, aguardando tiempo en que le dijera cosas que le importan y que es bien que sepa. Pues ya llegó el día en que le dijeras lo que deseabas, que es ir a tu tierra, y en sus ceguedades dejar esta seta falsa de Mahoma que las almas ciega, vamos, mi Ricardo; llevaré riquezas de muchos quilates; que aunque haya en Venecia tantas, no harán daño. Eres muy discreta. Toma esta sortija por las buenas nuevas. Ruego a Dios que vivas la edad de una suegra. Adiós, alhelíes, rosas, azucenas, lechugas, melones, cardos, berenjenas, perejil, culantro, cebollas y berzas; ajos, zanahorias, nabos, hierbabuena, rábanos, patatas, escarolas frescas, garbanzos y habas, arroz y lentejas. Adiós, pasas, higos, peras y camuesas, pepinos, cohombros, guindas y cerezas. Adiós, azadón. Adiós, noria y huerta. Adiós, que me voy a mi amada tierra, que entre tantos galgos no hay quien vivir pueda. ¡Detente, Marte cristiano No ejecutes en mi vida el rigor de aquesa mano; no quites con una herida dueño al Imperio otomano. Advierte que soy Selín. No intentes mi triste fin, fuerte y gallardo español, Austria bravo, hijo del sol, nuevo Neptuno o delfín. Conténtate del estrago que has hecho en mi fuerte armada en ese sangriento lago de tanta gente granada que con la vida hace pago. Tantas galeras ganadas, tantas rotas y anegadas, con tantos nobles cautivos, que los que se escapan vivos llevas las manos atadas. Tu furia de rayo pasa. Conténtate con lo hecho contra mi fortuna escasa, no quieras pasarme el pecho dentro de mi misma casa. ¡Favor! ¡Que me matan! ¡Hola t Celidoro vuelve, amigo, y mi estandarte enarbola, que mi vida está contigo segura; tu espada sola es bastante a defenderme del daño que quiere hacerme, aunque con temor le pinto, el hijo de Carlos Quinto. Vuelve, amigo, a defenderme. Si te he agraviado, perdona, que el que es vasallo de ley, como tu fama te abona, olvida agravios del rey por defender su corona. Ea, amigos, que me matan y mis fuerzas desbaratan los cristianos escuadrones, que sus pintados leones mis medias lunas maltratan. ¿Por qué das voces, señor? ¿Quién a ofenderte se atreve? ¿Quién inquieta tu valor? ¿Quién esa guerra te mueve que te causa tal temor? ¡Válgame Alá! ¡Qué quimeras formaba el sueño! De veras el temor me amenazaba, que tal efeto causaba el miedo en ideas fieras. Un don Juan de Austria soñé que mi poder deshacía, y mi muerte recelé. Fue sueño, fue fantasía, pues veo que me engañé. Con todo, es tal el temor que aniquila mi valor, y como si verdad fuera me da pena esta quimera. ¿De qué temes, gran señor, cuando ansí tu fama crece, que el mundo te viene estrecho, pues a tus plantas se ofrece? ¿Temor cabe en tu real pecho cuando el orbe te obedece? Bien dices : no hay que temer que me puedan ofender cuantos gozan luz del sol. desde el soberbio español al rey de mayor poder. Señor, perdona y escucha una desdichada nueva. (Ya en mi pecho el temor lucha. Hagamos del valor prueba si la desventura es mucha.) Llegaron a la marina un Celindo y Celidoro y tu liviana sobrina, que, perdiéndote el decoro, a un vil cautivo se inclina; a un Ricardo que el jardín. con el falso Gandalín, cultivaba ; a un vi! cristiano que, con ánimo villano, ha robado un serafín. Y como era General el astuto Celidoro, nadie imaginara tal, que te perdiera el decoro ni de él entendiera mal. Dímosle entrada segura ¡gran desdicha y desventura! en la real capitana. pues con crueldad inhumana intentó tan gran locura. Dijo: "Su culpa condena, por justo derecho y ley, pues su malicia lo ordena, a muerte al traidor Muley", y le colgó de una antena diciendo: "Acaben ansí traiciones que contra mí tantas veces intentaste. Si alto estado deseaste, en alto te ves aquí." Y luego con gran cautela, entrando en un bergantín, se hacen al mar y a la vela, declarándonos el fin que su pretensión desvela; diciendo: "A Venecia voy, que desengañado estoy del engaño en que vivía. Decí a Selín que algún día conocerá lo que soy." ¡Aguarda, fementido, esclavo vil, villano, mal nacido! No huyas viento en popa, astuto toro con la bella Europa más hermosa y discreta, que no es Venecia venturosa Creta para que en su frescura libre puedas gozar de su hermosura. Ruego a Alá que los vientos soplen tan vivos como mis tormentos y mi pasión esquiva, y la nave atrevida y fugitiva vuelva a la playa sana con el París aleve y la cristiana. Ve, amigo, con gran prisa y a Alí, mi general, al punto avisa. Camina por la posta, que corra hasta Venecia golfo y costa si mi amistad profesa. que estimo en más que a Chipre aquesta empresa, Voy a servirte al punto. Camina, amigo, que el infierno junto se encierra en este pecho, que en ellos ira v fuego está deshecho. ¡Ah, Celidoro aleve, que tu cautela a mi valor se atreve consintiendo en tu nave, por que el tormento y el dolor me acabe, a mi sobrina ingrata, que ya negar su patria y su ley trata! Aunque Camila bella más el gusto que Zara me atropella. Prevén el corazón y ánimo fuerte para una gran desdicha, y dame muerte en oyéndola luego. ¡Lluevan desdichas hoy! Que escuches ruego. De tu tardar me espanto. Tu fuerte armada pereció en Lepanto. Don Juan de Austria famoso, hermano de Filipe valeroso, rey de la brava España, tus galeras venció. ¡Desdicha extraña! Ochalí, renegado, con sus galeras solo se ha escapado, y las demás rendidas quedaron todas, y otras sumergidas. ¡Cierra esa boca, infame, antes que aquesa sangre vil derrame! ¡Oh, Mahoma enemigo, que así me oprimes con igual castigo, de tu poder reniego! Trágueme el hondo abismo en vivo fuego, pues vivo en cruda guerra; abra su centro y trágueme la tierra, o caigan de la esfera rayos de fuego en que abrasado muera. ¡Con qué razón temía tanta tragedia y desventura mía! Verdad el sueño ha sido que me tuvo confuso y oprimido Nunca tiempo llegara que ansí a mi costa me desengañara. Ven, Mahamet, si codicias premio de aqueste aviso, las albricias te esperan con la muerte, que no mereces premio de otra suerte. ¿Para qué quiero vida si la honra y la hacienda está perdida? Valeroso Astor Balón, cristiano Alcides segundo, Marte que fuistes testigo de la pérdida del turco, cuéntanos la historia. Dadme atención. Gustaré mucho oírla. Yo de contarla, por ser nueva de tal gusto, que la pérdida de Chipre, aunque no de todo punto, se repara en mucha parte con esta vitoria y triunfo. La relación aguardamos. Ya la empiezo. Atento escucho. Partió el señor don Juan de Austria, el hermano del segundo Filipo, invicto monarca, Salomón prudente y justo, de Mesina con la armada más gruesa que ha visto el mundo después de Jerjes y Darío; a quien Pío Quinto, el Sumo Pontífice, el estandarte dio de la Liga, que muchos pretendieron, pero no le mereció otro ninguno. que es, aunque mozo, prudente, galán, discreto, robusto, afable, honesto, severo, sagaz, generoso, astuto, rama de aquel fuerte tronco que, por vivir más recluso, trocó a una celda el Imperio en menosprecio del mundo. Al valiente Marco Antonio Colona tiniente suyo, dando invidia al mismo Marte y honrando a Roma, le cupo, por ser tan diestro soldado, el puesto heroico y segundo, y a nuestro gran Barbarigo, a quien otro César juzgo, el tercero, a quien por deudo acompañé con gran gusto. El piélago cristalino cortaba el nuevo Neptuno con más número de naves que Aníbal contra Sagunto tuvo en la playa española para contrastar sus muros. Llevaba la fuerte armada, sin otros patajes muchos, decientas y más galeras, seis galeazas, de cuyos leños se formaba un monte, haciendo en el agua surcos; cuarenta y cuatro fragatas. que, cortando el cristal puro, de una ciudad que volaba eran fábrica y asunto. Tuvo el señor don Juan de Austria nueva que tenía el Turco su gruesa armada en Lepanto, qué, con soberbia y orgullo, iba buscando la nuestra ostentando altivo rumbo cuyo número excesivo en el piélago profundo cubría con pardas sombras, descogiendo el lienzo crudo la más apacible playa que gobierna el dios Neptuno. Doscientas y treinta y cuatro galeras reales, en cuyos vasos la nobleza turca iba embarcada, con muchos galeones y fragatas y otros bajeles menudos. A siete días de otubre los dos ejércitos junios se miraron en Lepanto de cerca, quietos y surtos. Parece que el mar, ufano, quiso salir de su curso, admirando tal grandeza con silencio quieto y mudo. Los escuadrones cristianos, bien ordenados y a punto en tres fuertes batallones, con escolta y con recurso, iban llamando a batalla a los arrogantes turcos, que en ver nuestra fuerte escuadra temen el daño futuro. En un bergantín pequeño los escuadrones dispuso el valiente don Juan de Austria, que el mismo César no pudo animar con más valor sus escuadrones augustos. Y con ser la vez primera que vio el mar al más astuto capitán, aventajaba como si todo el discurso de su vida hubiera andado embarcado, dando anuncios de la Vitoria, animando al más cobarde, y desnudo, y con un Cristo en la mano, y con valor como suyo, les hizo un razonamiento en que el honor les propuso en defensa de la fe, y el que queda allí difunto queda absuelto a culpa y pena por un legado del Sumo Pontífice Pío Quinto, varón excelente y justo. La devoción les encarga del rosario, y que seguros vencerán con tales balas, mayor poder que el del Turco. Y entrando en su capitana dar la batalla propuso al Turco en nombre de Cristo y de su Madre, y al punto Alí Bajá, general. sus escuadrones dispuso. Acometieron furiosos los dos ejércitos juntos más gruesos que miró el mar en su piélago profundo. Trabose la batería con rayos de fuego puro, más que Júpiter arroja de su treno. El denso humo pareció niebla, y las balas, granizo, y entre el confuso bélico estruendo de Marte, sirviendo el mar de sepulcro de tanto helado cadáver, tiñeron el cristal puro con la sangre que brotaron por pechos, brazos y muslos tantas bocas que abrió el plomo. Entre paveses y escudos el señor don Juan -y Alí se combatieron con mucho ímpetu y valiente brío, haciendo trinchea y muros los muertos sobre los remos de sus galeras, y estuvo la Vitoria muy dudosa; que en el piélago profundo la sangre que derramaron aumentó nuevo diluvio. Rindió nuestra capitana a la del soberbio Turco, y un valeroso español mató al fuerte Alí, y al punto tuvo nueva de quién era, y, valeroso y robusto, dijo: "Quiero ver si corta aqueste acero desnudo en cabezas de bajaes." Y, cortándola, la puso sobre una pica, diciendo: "¡Vitoria!", y el guion suyo derribó, y en su lugar, con celestiales impulsos, un devoto Crucifijo arboló. Absortos y mudos, cobardes y temerosos, viendo el caudillo difunto, todos los turcos desmayan, las armas rinden al punto; otros, echándose al mar, dando la vida en tributo al azulado elemento en sus cóncavos obscuros, dan a los peces sustento y las almas al profundo. Echó la cristiana armada, sin ser de provecho alguno, cuarenta galeras turcas a fondo, y los muertos turcos son más de cuarenta mil. Quince mil cristianos hubo que, gozando libertad, dejan el remo importuno. Ciento y setenta galeras sanas y sin daño alguno, se ganaron, de fanal treinta y nueve y tiros muchos; veinte galeazas gruesas con fuertes piezas de duro metal, riqueza infinita; los cequíes no hay discurso ni número por ser tantos. Murieron Alí, el astuto bajá; Pantán y Jafer, Azán, hijo del verdugo de las costas, Barbarroja, de Turquía, cuyos lutos y tragedias llorarán los presentes y futuros. Partió de allí nuestra armada: llena de pomposos triunfos, repartiendo los despojos por su rata a cada uno, de suerte que quedan todos con satisfación y gusto. Llegó el señor don Juan de Austria a Mesina, donde el vulgo le bendice, y donde goza, el laurel precioso augusto de la Vitoria mayor que jamás capitán tuvo. Yo vengo a daros aviso con gozo y contento mucho, y si perdí a Famagosta, aunque no fue por descuido, de aquestas alegres nuevas agora soy el Mercurio. Solo de ti, Astor Balón, pudiera escuchar Venecia nueva de tanta alegría. Ya enfrenará la soberbia Selín, que tan arrogante blasonaba. Solo en esta batalla ha perdido más que ha ganado en cuantas guerras y Vitorias ha tenido. De una fragata turquesca, o bergantín, cinco turcos agora han saltado en tierra, que con insignia de paz hicieron primero señas, y por mí a pedir envían, para entrar y hablar, licencia. Di que entren. Voylo a decir. Algún cautivo de prendas vendrán, Sin duda, a buscar. Guárdeos el Cielo, cristianos. Y a ti te guarde y mantenga. ¡Oh, gallardo Celidoro, huélgome verte en mi tierra! Con Camila, que ya sé que es tu hija, y con Zara, vengo a besarte la mano. Hoy todos mis males cesan. Llegad los dos a mis brazos, que el alma ignora a cuál tenga más inclinación; a ti por tu buen trato v nobleza, o a Camila por ser rama de este tronco helado. Deja, valeroso Astor Balón las generosas ternezas y escucha mi pretensión. En ser tuya será buena. Yo pretendo ser cristiano porque tu ley me contenta, porque la vida del alma a tu Camila le deba, y en recibiendo el baptismo he de casarme con ella, que es concierto entre los dos, con tu gusto y tu licencia. Yo la estimo, adoro y precio. Su honra ha estado a mi cuenta, y como noble he guardado el decoro a su belleza que pide su honestidad. Pues no me mató la pena, no me mate el alegría, que tiene el amor gran fuerza. Yo soy el que en ello gano, y quisiera que una reina fuera mi hija Camila para que te mereciera. Astor Balón valeroso, república de Venecia, Oíd un caso notable, que ya es fuerza que se sepa. Todos escuchamos. Di. Rompa el silencio mi lengua. Siendo yo de catorce años me vine a holgar de estas huertas que esta ribera del mar tiene frondosas y amenas. Una tarde, para mí desdichada, pues en ella perdí patria y libertad, los padres, deudos y hacienda, otros mancebos y yo, con gran regocijo y fiesta. dábamos su tiempo al tiempo, y, en el fin de una merienda, nos asaltó de improviso una fragata turquesca, matando mis compañeros, que, puniéndose en defensa, quisieron perder las vidas antes que darse a la fuerza de aquellos fieros piratas, que me llevaron por presa con un niño de cuatro años, sin perdonar la inocencia del tierno infelice infante. y, dando al viento la vela, nos llevaron a la corte del gran Selín, y en cadena pusieron mi libertad y al tierno infante le enseñan la seta del .Alcorán que dejó al falso profeta Mahoma, y en tiernos años dio de su valor gran muestra. Llamole el Turco bajá. fiole muchas empresas, siendo cruel enemigo del rebaño de la Iglesia. Era toda la privanza de Selín, y por secretas causas se desavinieron, quizá porque Dios lo ordena; deseé mil ocasiones para decirle quién era, y nunca mi corta dicha me quiso dar una buena. Lloraba yo en ver su engaño, haciendo los ojos lenguas para avisarle; mas nunca me quiso entender las señas, que amor solamente dicen suele entenderse con ellas. Llegué entre tantas desdichas a los jardines y huertas del gran señor, donde hallé alivio en tantas miserias, que fue aquesta noble turca, que ya por nuestra ley deja su seta, llena de engaños, y con su piedad ordena libertarme, y yo la hice de ser su esposo promesa en recibiendo el bautismo, que es noble, discreta y bella. Deseaba la ocasión, antes que a mi amada tierra viniera, para avisar a mis paisanos; mas niega las ocasiones Fortuna a aquel que más las desea, y dilatando a mi Zara las amorosas finezas, lo atribuía a desvíos, a desdenes y tibiezas. Mas ya Fortuna cansada de seguirme, dio la vuelta en mi favor, con que olvido cuantas dio contra mí adversas; con un esclavo me avisa lo que por puntos desea mi inclinación generosa para pasarse a Venecia. Como estaba prevenido, partí con mi Zara bella y este esclavo, y en la nave, lleno de gusto y riqueza, gozando la libertad, vengo con mi amada prenda, con el Bajá y Gandalín y con Camila discreta, ;i ver los dichosos muros de mi deseada tierra. El nombre de Celidoro en Carlos Balón le trueca, que el ser debes a estas canas que con tal valor veneras. Tú eres el turco engañado, perseguidor de la Iglesia, como otro segundo Pablo, hasta caer en la cuenta. Hermano eres de Camila, y el Cielo quiso que honestamente la hayas adorado, porque por ella vinieras a conocer la verdad, que tiene tan grande fuerza, que aunque esté más oprimida, aunque adelgaza, no quiebra. ¿Qué dices, cautivo amigo? La verdad Ricardo cuenta, hijo de César Otavio. Conocida es tu nobleza. No sin causa aquella sangre me dio compasión y pena cuando te di libertad envuelto en llanto y tristeza. La sangre sin fuego hierve, y la tuya, con terneza, viendo derramar la mía, quiso salir de las venas, ¡Dame mil veces los brazos! ¡Enlázame, verde hiedra, que por muerto te lloré a manos de alguna fiera, como Jacob a Josef, y ansí, tu vista me alegra, antes de ir a Famagosta, adonde nació tu bella hermana. Camila hermosa, que al sol con tu luz afrentas. porque no puedo gozarte, de ser tu hermano me pesa. ¡Dame los brazos agora! ¡No me abraces, tente, espera, que aumentarás en mi pecho el amor, que es bien que muera! ;Cómo, padre, os escapastes de aquella furia turquesca? La Emperatriz Soberana, la siempre Abogada nuestra, el amparo de los hombres, la que es de los Cielos Reina, la siempre Virgen María, Madre de Dios y doncella, me libró con su poder de la prisión y cadena, y en su compañía santa me hallé libre en Venecia, y me mandó edificar en esta amena ribera una casa y monesterio. donde, vestidos de jerga, hijos de Francisco habiten, el que estimó la pobreza más que la seda y holanda y el mundo y sus redes deja con una imagen divina que tras sí los ojos lleva: la Virgen de la Esperanza, cuya capilla frecuenta, por devota y milagrosa, gente de partes diversas, adonde pienso gastar la vida que Dios me deja en hábito religioso, dando a Dios gracias inmensas, que acabaron mis trabajos. Y yo, haciendo penitencia, seguiré tu compañía. ¡Llore y gima en una celda, alabando al Rey divino. el que persiguió a la Iglesia! Yo monja de Santa Clara entraré, pues Dios ordena que no goce el bien que adoro, goce el alma su riqueza. Yo he de apadrinar a Zara en bautismo y boda. Y ella, en fe que el alma lo estima, ser vuestra esclava perpetua por tan gran merced. Y yo la he de dotar en mi hacienda, por ser mi deudo Ricardo. Que, humilde, los pies os besa. y del pobre Gandalín, ¿no habrá quien memoria tenga? Yo te daré con que vivas de mi hacienda y de mi renta. Cantaremos la aleluya. pues se pasó la Cuaresma. El pellejo he de poner como un atambor de guerra, para enmendar lo perdido, en la taberna primera. Vamos a darle las gracias a la Soberana Reina, que, como es nuestra esperanza, todo el bien nos viene de ella. Todo ha tenido buen fin. Pues bien será que le tenga el amante de su hermana y el esclavo de Venecia.
