Texto digital de La esclava de su marido
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Desconocido
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Probable
- Género
- Auto
- Procedencia
- El texto ha sido corregido por Lucía Gómez y Claudia García a partir de un manuscrito de la BNE.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Gómez, Lucia y Claudia García. Texto digital de La esclava de su marido. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/esclava-de-su-marido-la.

LA ESCLAVA DE SU MARIDO
Villanos de aquesa suerte con ánimo fementido, sin haberlo merecido le das a un hombre la muerte. Lo mismo haremos de ti, pues, con frenesí tan loco, a los dos tienes en poco. Mal me conocéis a mí. Mil piezas os he de haber para que entendáis, villanos, que tengo valor y manos sino os sabéis defender. ¿Quién eres? El diablo soy. Huye, Horacio, que me fundo en que es ira del profundo aqueste hombre. Muerto soy. Ánimo XXXX ¡Ay de mí! Que excusado animarme cuando es cierto que dejarme quiere la vida. Pedí favor al cielo, señor, que es el remedio más cierto. ¡Ay, Aurelia, que soy muerto! No hallastes santo mejor. Gana me da de reír pues, cuando está palpitando, a su Aurelia está llamando. Que sin verte he de morir. Qué imagen de devoción. ¡Oh qué santo! ¡Oh santa llama, que le ayude si a su dama! Ha se visto igual traición. Ya no se irán alabando, pues uno muerto quedó, si el otro al viento igualó. ¡Ay! ¿Cómo estáis? Acabando. Animaos, si puede ser, y contadme por mi vida quién sois. Y aquesta pérdida la mía, eso quiero hacer. Yo valiente caballero, soy natural de Ferrara , Teodosio es mi propio nombre, de nobles, de antigua casa. No quiero ahora contaros blasones , hechos y hazañas de mis pasados que apenas tendré lugar de contarlas. Lo que yo os podré decir, es que iba a casarme a Mantua por orden de un tío mío, ¡ay de mí!, con una dama hija de Octavio Camilo, hombre de ilustre prosapia y ella un cielo en hermosura, cuyo retrato en el alma tengo, si aqueste en mi pecho. Mas, ¡ay dios!, aquí se acaba mi vida, Jesús. Yo muero. Animaos, no será nada. No nos hemos los dos visto porque, mi tío con cartas, lo ha tratado con sus padres. Sola esta divina estampa de su angélica hermosura es la que me robó el alma y quien, ajeno de mí, hace que desee mi patria. Estando pues a la vista, como ya miráis, de Mantua viniendo, pensando en ella, aquellos hombres me asaltan. Fuime a apear de la mula y, a este punto, una estocada de uno de ellos me tira y el pecho, amigos, me pasa, mas ya me falta el aliento en esta partida amarga. Solo os quiero suplicar, si acaso llegáis a Mantua, digais a Otavio el suceso, y la desdichada causa de mi muerte a mi Aurelia. ¿Me encomendareis? El alma tengo entre los dientes ya. Quedaos a Dios que se acaba mi vida. Virgen divina, pues amparáis al que os llama, interceded hoy por mí. ¡Dios mío, ángel de mi guarda! Decid Jesús dos mil veces. ¡Ay!, desdicha más extraña. Ya murió. ¿Qué hemos de hacer? Que tu juramento hagas. No comer pan en manteles, quitarte el pelo, ni barba, hasta que le hayas vengado, porque del Marqués de Mantua me parece aquesta historia. Que siempre aquese humor gastas. Parécete que es muy malo gastar humor cuando falta el dinero que gastar, que yo como una manzana, estoy gastando el humor, y es regla evidente y clara. Cuando un hombre vive enfermo de alguna enfermedad larga, no has oído que le dicen que si aquel mal humor gasta estará bueno al momento. Pues yo por aquesta causa el humor, por librarme de la sentencia pasada, de un fallamos que le sangren y le purguen si purgada, tenga la bolsa el traidor que tal pronuncia y tal manda, por siempre jamás amén. El retrato de la dama. Quiero ver gran hermosura. Si en su original es tanta, yo he de ver esta mujer, que me ha arrebatado el alma la copia de su hermosura. Aquesto solo te falta. ¿Qué hemos de hacer de este muerto?, ¿quieres que, por mi desgracia, nos tope aquí la justicia y, hasta averiguar la causa, nos metan en la prisión y sea mi desdicha tanta que, sin haberle yo muerto, me hagan en una plaza predicador de escalera o me echen en las gurapas ? Para mi intento conviene que, en ese río que pasa veloz entre esas dos sierras, con una piedra pesada, lancemos dentro en él, que después sabrás la causa del intento que yo llevo. Yo no entiendo aquesa traza, pero vaya, tende. ¡Ay! Ha mocedad mal lograda, ¿qué delito has cometido, que te sepultan en agua? Yo me muero de pensar que aquesta vil arrastrada, se vengue de un hombre honrado, que yo mejor me enterrara en una cuba de vino que no entra sapos ni ranas. Y la mula que, aunque ha visto, esto no ha hablado palabra. Veremos en la maleta que trae y, si lleva cartas, ¿qué me importa que los lleve? Y las demás zarandajas serán para mí. Bien dices. Pues vamos presto, que aguardas. Hija, mi cansada edad por puntos me está avisando que a mí se viene acercando la muerte. Que soy mortal, soy una casa formada de barro, y ese puntal me da avisos, que está tal que presto no será nada. Es la vejez en el hombre el blanco donde la muerte asesta su tiro fuerte, borrando su forma y nombre. Es una vela encendida que a cualquier viento se apaga y es en quien libra su paga la enemiga de la vida. Es un olmo que presume de fuerte a quien, con sus lazos, la hiedra y viciosos brazos le agosta , seca y consume. Es cual nieve puesta al fuego que en un punto se deshace. Es maravilla que nace para maravillarse luego. Es como el almendro loco que su flor muestra temprano, que el ciervo con fiera mano, la derriba y tiene en poco. Y, así, antes que mi muerte llegue Aurelia te he buscado noble esposo que tu lado ocupe. Señor, advierte. Yo no tengo que advertir, que el esposo que te doy muy bien satisfecho estoy que le puedes admitir. Pues es esto, hados infelices, cuando a Enrique tengo amor osáis aqueste rigor. No sé qué he de hacer. ¿Qué dices? Ya entiendo, padre y señor, que mi provecho buscáis y mi quietud intentáis porque me tenéis amor. No saldré de vuestro gusto mientras Dios me diera vida, que a vos la tengo ofrecida, y el no hacerlo es caso injusto, pero, os quiero advertir que, en un convento, señor, me hallara mucho mejor, aunque yo no he de salir de lo que vos intentéis, que sois mi padre, en efecto, y es justo aqueste respeto pues que como tal hacéis. Llega al cielo, Aurelia mía, que él mismo te haga dichosa, al paso que eres hermosa y te dé siempre alegría, aunque yo pienso que sí tendrás, que sé que tu esposo, por extremo virtuoso, que es lo que yo pretendí, pienso que no tardará, que ha días que me escribió su tío, en que me avisó que muy presto llegará. Él es rico y principal, y su tío y yo tuvimos, mientras que sodados fuimos, muy apretada amistad. Perdone, Enrique, que es fuerza de obedecer a mi padre aunque el disgusto me guarde y, aunque mi inclinación tuerza, sabe Dios, si yo gustara, de ser su esposa, mas ya mi padre resuelto está y mi fe en esto repara. Dos forasteros, señor, dicen que quieren hablarte. ¿De qué parte? De su parte. Diles que entren. El temor me tiene fuera de mí, de ver que mi padre intente casarme tan de repente. ¡Que haré, mi enrique, sin ti! Dadme, señor, esos pies. Alzad del suelo y decid, qué es lo que queréis de mí. Esta carta, señor, es quien os dirá lo que quiero. Ya la letra he conocido, seáis hijo bienvenido, ya que mayor bien espero. Su esposo es, Aurelia mía. Seáis bienvenido, señor. Belleza grande, ¡ay, amor! Mal haya quien de ti fía, terrible máquina intento. Yo, he de casarme con ella, que es por todo extremo bella pero ¿cómo el casamiento puedo hacer, si soy casado? Nunca a Teodosio encontrará, pues me ha salido a la cara, mas, ya estoy determinado. Mi intento he de conseguir. Gentil hombre es, y galán, el esposo que me dan. Gozarla tengo, o morir. ¿Qué quimeras son aquestas? Calla y mira. ¿Estás en ti? ¿Casarte intentas aquí? Mira. En vano me amonestas. Oye, viste, señora mía, es mantuana XXXX. En el traje no lo ve. Bellosa grande XXXX es doncella XXXX que de esas otras no se hallan que como espadas se fallan. Paréceme algo hablador, ¿es lacayo o escudero? Uno y otro y, si te agrado, piensa que no soy casado, que contigo serlo espero, que, si Teodosio ha venido a casarme con tu ama, la misma ocasión me llama a que sea tu marido. Muy galán soy, como ves. Y gran bellaco desvía. ¿Qué dices, mantuana mía? Yo te lo diré después. Gerardo me escribe aquí que algo dispuesto quedaba. Falto de salud andaba. ¿Qué es lo que intento? ¡Ay de mí! Haz Aurelia aderezar ese cuarto de la calle. Qué airoso detalle. Que tal bien he de gozar. Dadme, señora, esos pies. Alzad, mi señor, del suelo. Eso es, levantarme al cielo, pero no es mucho si es vuestra hermosura divina que al cielo me levantéis. Muy gran lisonja me hacéis. Sois en todo peregrina. Vuestro retrato, señora, los sentidos me robó y el alma me cautivó, pero más lo estoy ahora viendo que al original en él agravio le hicieron, pues mucho del excedieron. Eso es ser artificial. Basta, ¿queréis que me corra? Mas, como quiera que soy, a vuestro servicio estoy. Que así su nobleza barra, Filipo, a pobres mujeres engañadas, hay tal cosa. Las manos, Aurelia hermosa, medad que es justo. ¿Quién eres? Norte es el que veis aquí. De Teodosio soy su amigo, algunas veces le sigo y otras me sigue él a mí. Acaba ya XXXX. Para ti, sabes quién soy, déjame, pues razón doy de mi persona. No es mala la razón, algo es bellaco. Es hombre de buen humor. Estimo aquese favor. Di quién eres. Soy Tabaco. ¿Por qué Tabaco te llamas? Porque siendo yo mozuelo y en un día con mi abuelo, por entre unas verdes ramas, un buey me quiso envestir y, como determinado le vi, quedé algo turbado y, como no pude huir, viéndome en aprieto tal, la voz de su quicio sacó y dije recio: tabaco, y túvose el animal. Gracioso humor te acompaña. Hijo, cansado vendrás, pues en vuestra casa estáis, donde todos nos honráis. Razón es que descanséis que mañana, en aquel día, quiero que Aurelia la mano os de. Mucho en ello gano. Vamos de aquí, Aurelia mía. Oyes, Julia. ¿Qué me quieres? Lo dicho, dicho. Ya entiendo. En tus manos me encomiendo. Digo. ¿Qué? Que bufón eres. Señor, ¿qué locura es esta?, ¿en qué necedad has dado?, ¿casarse otra vez intentas?, ¿no estás una vez casado?, ¿no ves que aqueso es mal hecho?, ¿no miras que eres cristiano y que aqueso es hacer burla del matrimonio sagrado? Aconsejarme es locura, solo lo que a ti te encargo es el secreto. ¡Oh, por dios, que, si hicieses lo contrario, que te quitase la vida! Soy yo algún zurdo, soy calvo soy bizco, soy cambo, tuerto soy hombre que en triple hablo, duermo yo con vigoleras , rizo aladares , otra y yo. Dos alones por oraciones quitome acaso los años. Vente, Tabaco, conmigo porque, hasta verme en los brazos de Aurelia, no estoy en mi. Tu gusto y el mío. Vamos. ¿Aqueso te respondió? Señor, sí, que hoy ha llegado y que ya está desposado. Que, así, mi honor olvido a ingrata Aurelia. Estas fueron las promesas que me hiciste, mas bien se ve que fingiste pues, que tan mal fin tuvieron, mal hayan amén mil versos las noches que a tus umbrales pasé sintiendo los males que ahora ingrata me ofreces. Mal haya el amor que en ti puse pues tal galardón, dos a mi honrada afición. Mal haya el punto en que vi tu hermosura ingrata, seria. Mal haya la confianza que hice de ti y la esperanza. Mal haya la voz primera que mi amor te descubrí mis suspiros, mis desvelos mis congojas y mis celos, pues lo agradeces así. Mal haya en tus ojos bellos y mal haya tu hermosura pues, que tan poca ventura, la dicha me ofrece en ellos. Mal haya mi pretensión. Mal haya lo que he sufrido si todo aquesto ofendido para mayor confusión. Mal haya cuanto me cuesta. Mal haya el sí que me dieron tus labios, pues me mintieron. ¿Qué locuras son aquestas? Vuelve en tu acuerdo señor y hecha de ver que no es, razón que esas voces des. Posible es que, tan locura, tan mal galardón reciba, loco estoy, estoy mortal, como que uses rigor tal conmigo, fiera enemiga, por dicha es más gentil hombre, más galán, más cortesano a quien has dado la mano, que yo tiene mayor nombre. No soy yo de lo mejor de Mantua, no tengo hacienda, ¿qué título o que encomienda le honra? Advierto, señor, que Aurelia por aquí pasa con Julia y con su escudero. ¿Qué haré, que de celos muero y el corazón se me abrasa? Por San Lesmes que es galán Teodosio, señora mía, y que puedes este día holgarte mucho. Aquí están Enrique y Celio, señora, ¡Ay, desdichada de mí, que hube de encontrarle aquí! Ingrata, aleve , traidora, ¿aqueste pago le das a un amor tan verdadero, como por un extranjero me dejas? Quejoso estás, Enrique, con causa justa, mas la obediencia me esfuerzo de un padre a que el gusto tuerzo, y el quejarte es cosa injusta de mi en aquesta ocasión, pues yo te dije que hablases a mi padre y procurases con él esta pretensión, pues ya sabes que sujeta vivo al gusto de mi padre. No hay disculpa que te cuadre, pero eres mejor veleta que a cualquier viento se muda. A dios pongo por testigo que fue mi intento contigo casarme, pero ya anuda el cielo, con lazo estrecho, conmigo a Teodosio, y ya juntado a los dos nos ha. ¿Que ya es tu esposo? Ya es hecho. Plega a Dios que no le goces para que me vengue así el cielo de él y de ti, y plega a dios. No des voces. ¿Cómo que no, si me dejas sin alma, circe fingida? Vuélveme ingrata la vida, duelante mis tristes quejas, posible es que, a tanta fe, la dos tan mal galardón. Esta es, doy esta es razón. Oye, escucha. Déjame. Plega al cielo que te trate como a esclava, se ha casado para que me vea vengado de ti. ¡Ay tan grandes! Párate. Llévate luego a su tierra y de forma venga a ser que sirvas de mujer, vivas en continua guerra, nunca tengas para comer y, que celosa de ti, su primer mujer a mí, me vengue de ti, cruel, que, por un engañador, que no sabes quien ha sido, a quien rendiste tu amor vive dios que he de matalle, que son mis celos de suerte que, con menos que su muerte, no cesaran a buscalle. Voy para que eches de ver lo que en un pecho abrazado y tu infarto proceder. Tente ingrato, ¿dónde vas? Espera, fiero homicida, si le has de quitar la vida vuelve que en mí le hallaras. Varonilmente os han dado, y echase muy bien de ver que amor debes de tener a Teodosio. Es hombre honrado y merece que le abones. ¡Ay, locura semejante, válgate dios por amarte! ¡Ay, amor!, ¿en que me pones? Notable vista, por cierto, es la que esta ciudad tiene. Bien con su alabanza viene su bello adorno, esto es cierto. ¡Ay, bizarros edificios, bravos templos, lindas calles hombres de gentiles talles nobles y honrados oficios! Holgárame de encontrar a Filipo que cansado ando de haberle buscado por la tierra, por la mar. Sal aquí, bravo, en cuadrilla conocerás quién soy. Ven que aguardándote estoy. No es, Tabaco. ¿Qué rencilla es esta, señor soldado? Amén, Rufino, aquí estás, escúchate y lo sabrás. Después de ser bien llegado, hay con cierto gentil hombre ciertas palabras, he sabido sobre que favorecido estoy, y esto no te asombre que, como es esta librea tan galana y tan astuta, no hay moza fea ni hermosa, que en viéndome no desea, pues sea yo su galán fuera de que el tallemo de esposo, don aires y brío, todos adorando están. Y di, ¿qué ocasión ha habido para que, Filipo, aquí librea te diese a ti, estando ausente y huido de su sosiego y su casa? Porque en Mantua se ha casado. ¿Qué dices? Lo que he contado es, Rufino, lo que pasa. Aquí ha engañado a una moza, bella como un serafin , y a esta casado y, en fin, como marido la goza, si es que pretendes la vida, no le aconsejes ni hables. ¡Ay, sucesos más notables! ¿Y a qué ha sido tu venida? A decirle que bien puede volver a Génova ya, porque negociada está la muerte, y ya le concede la justicia amplia ciencia y le absuelve del delito que contra él estaba escrito. Advierte que, si en presencia de alguien le hablares, se llama Teodosio, mas vesle aquí a donde viene. Que así Filipo su nombre infama. Es posible que te ha visto. Rufino, amigo. Señor, mucho debes a mi amor, el gozo apenas resisto, ¿estás bueno? Bueno estoy, ¿y tú? Viéndome contigo, bueno y contento Di amigo, ¿qué hay de nuevo? Aqueso voy. Bien puedes irte a tu casa, ya estás libre. ¿Cómo así? Mi señora escribe aquí y te dirá lo que pasa. Muestra pues. Digo, Rufino que habrá Filipo de saber de la segunda mujer. No sé. Él fue gran desatino . Mi mujer me escribe aquí, que ya está todo acabado. Una cosa he imaginado que tú has de hacer, oye. Di Ya Tabaco habrá contado cómo en aquesta ciudad me he casado. Así es verdad, ninguna cosa ha faltado. Yo voy donde está mi esposa después que un rato esté allá. Tabaco te llevará pues, es ocasión forzosa, y vestido de camino de la suerte que ahora está entrarás y me dirás. Ya su intención imagino. Que es muerto mi tío y me aguarda su hacienda como heredero. Ya tu intención considero. Que ya mi persona tarda, ¿estás en lo que te digo? Sí, señor. Pues yo me voy. No te tardes mucho, amigo. Gracias a Dios, hija mía, que te dio esposo a tu gusto. Si tú le buscaste, es justo que le estime el alma mía, demás, que Teodosio es muy a mi gusto, señor, y me pasa aquel amor que yo le tengo. Después, hija, que te veo casada, pido que llegue mi muerte, que lo tendré a feliz suerte, pues quedas bien empleada. No digas eso, señor. Plega al cielo que tu vida sea tan larga y cumplida como desea mi amor. Una cosa solo siento, si mi esposo ha de llevarme a su tierra y apartarme de tus ojos. Tal tormento, y tan terrible dolor será, y tan cruel sentencia me acabará con rigor. Como la piedra arrojada que corta veloz el viento buscando su mismo centro vengo a ti, mi Aurelia amada. No puede estar separada mi alma de con la tuya, que, si eres tú gloria suya, bien es que contigo esté para que parte le de de su amor y en él la influya. No hay más bien que desear, ni menos mal que temer como yo te pueda ver. Bien me sabes obligar, siempre firme me has de hallar, mi Teodosio, en adorarte, porque es muy justo el amarte y para que esté más firme este abrazo lo confirme. A todos nos cabe parte. Después, qué galán estás, Tabaco, no hay quien te vea. Lleve el diablo la librea y a quien te la dio. No más Julia, que pena me das oyéndote hablar así que, si ya el alma te di, no es bien que quejosa estés. ¡Qué propio en los hombres es, engañar fingiendo amor! ¡Oye! Bufón hablador, no me has de ver en un mes. Teodosio, señor. Rufino, ¿qué hay de nuevo por acá? Esta carta lo dirá. Algún disgusto, imagino. ¿Llegas ahora de camino? Si, señor. ¿Cómo quedó su tío? El mundo dejó y en el cielo vive ya, que tal fama dejó acá de la vida que vivió. En efecto que mi tío murió, notable pesar me ha causado el escuchar su muerte aquí. Señor mío, que goza de Dios confío. Necesario es que a Florencia vayáis, porque tu presencia importa porque recojas tu hacienda. ¿Qué te congojas? Si hay que heredar, ten paciencia. Padre y señor, no quisiera daros aqueste disgusto, pero advertiréis que es justo que vaya porque me espera mi hacienda, y pedir quisiera que Aurelia vaya conmigo, que el cielo santo es testigo que, si aquesto no importara, nunca de vos la apartara. Cierta es ya mi muerte, amigo, ya la fuerte barba cana de la fuerza da a través en esta ocasión que ves, con suerte tan inhumana que de esta partida emana. Pero, en efecto, es tu esposa y el ir es cosa forzosa que, aunque sea contra mí, justo es darte gusto a ti. ¿Hay cosa más lastimosa? Tabaco, ¿también te vas tú? Eso es cierto, Julia mía. ¿Qué he de hacer sin ti? Confía en que tú te mudarás en no viéndome Tú das buen remedio. Es el más cierto, que hago cuenta que soy muerto para ti en viéndome ausente. Quien eso pensare miente. No llores. No he de llorar si veo de mí apartar tu vista. Mucho lo siente. Veníos conmigo los dos. Iremos a prevenir en que podamos partir, esposa querida, a Dios. El Señor vaya con vos. ¡Ay, padre, lo que temías se ha cumplido aqueste día! Es posible que dejaros he de poder y ausentaros de mi triste compañía. Hija mía, fuerza es, pero abre aquesta cortina donde está la luz divina que alba de los cielos es, arrojarme a sus pies y pedirela de hinojos en estos tristes despojos, pues menos no puede ser, me deje volverte a ver antes que cieguen mis ojos. Árbol de aquella fruta misteriosa contra el veneno que la vida quita, escala de Jacobo maravillosa, que el mismo Dios hecho hombre en vos habita, que tiene el cielo hermosa margarita fuente de gracia, puesta de la gloria estandarte de paz feliz victoria. Mi vida aquí os presento, virgen bella, que es mi Aurelia querida y hoy mi suerte sabe que con rigor me aparte de ella, que la lleva su esposo, y es mi muerte el pensar que jamás volveré a vella. Terrible confusión, desdicha suerte. Virgen, a vos la ofrezco en su partida, mirad por ella que es al fin mi vida. Ya sabéis que devoto vuestro he sido y que he tenido siempre gran cuidado en rezar el rosario esclarecido, y mi Aurelia también os le ha rezado. Vuestra cofrada es, y yo lo he sido desde pequeño, y siempre he celebrado vuestras fiestas divinas, virgen pía, sabed lo que os suplico aqueste día. Ella es vuestra menor, vos su tutora. Mirad por ella que hoy a vos la ofrezco, pues que sois de los hombres protectora, aunque favor tan grande no merezco. Ausente de mis ojos, bella aurora, moriré de pesar y yo me ofrezco que os servirá continuo, virgen bella. Yo lo prometo. Y yo soy fiador de ella. Virgen, mirad por mí que sola parto sin saber do me lleva mi destino, y aunque mi pena y mi dolor es harto, hago fiada en vos este camino de mi padre, y mi bien cual vías me aparto, y no sé qué disgusto en mi imagino, pero con vos no hay bien que no me quede. Cierra esa puerta, Aurelia. Vamos, padre. Ya señor has acabado con tus celos, pues te vas donde Aurelia no verás que era tu mayor cuidado Si amigo, a Génova voy, que me escriben que al instante me parta que es importante mi persona. Alegre estoy, pues padre en aquesta ausencia para mi dolor consuelo que no hay remedio en el suelo, ni más firme resistencia cómo es la ausencia que a tantos ha sido eficaz remedio. Linda cosa es tierra en medio y no quimeras ni encantos. Voy por mi rima Leonor que, como ya habrás sabido, un Filipo, un atrevido como alevoso y traidor, le dio la muerte a su esposo, y ella me escribe que ya eso concertado está, que es el hombre poderoso y la daseis mil ducados con que mi prima se aparte de la demanda, y es parte para aliviar a sus cuidados. Luego habemos de partir, vente conmigo que tengo que hacer y aquí me detengo. Si tienes que prevenir vamos, que por tu sosiego me huelgo de que te ausentes, pues cesará el mal que sientes y se apagará su fuego. Mi bien que imaginación es la que os lleva tan triste. Contadme vuestra pasión si en vuestro gusto consiste el mío, que es la ocasión. Advertid que es caso injusto el quererme dar disgusto, descansad mi bien conmigo, que el cielo santo es testigo, que es el mío vuestro gusto. Cielos, ¿cómo la diré su agravio y mi sin razón? ¿Por dónde comenzaré? Posible es que, tal traición, contra un Ángel intente. ¡Ay de mí! Señor, ¿qué es esto? vos triste, vos descompuesto. Mis ojos, no os aflijáis que con vuestra esposa habláis ¡Ay, mi amor! ¿En qué me has puesto? Sabrás, Aurelia querida, que en Génova soy casado. ¡Válgame el cielo! La vida pienso que ha desamparado su belleza. Filipo. Su homicida he sido yo, ángel hermoso, yo fui el falso y alevoso que fui a engañarte, ¡ay de mí! ¿Cómo he de vivir sin ti? Que el morir sin ti es forzoso. Tabaco entre esa espadaña , hecho sierpes de cristal pasa un arroyo que baña con fugitivo caudal esa apacible campaña. Coje un barro para ver si es parte para volver, de aqueste es mayor fuerte que es imagen de la muerte a Aurelia. No es menester, que ya parece, señor, que sin agua ha vuelto en él. ¡Ay, ay, fiero engañador! ¿Por qué me engañaste así? ¿Por qué me has sido traidor? Culpa a tu mucha hermosura, gallardía y compostura, que es quien la causa me dio. No culparé aquese yo, sino a mi corta ventura . Bien, Enrique, se han cumplido hoy tus justas maldiciones. Perdón, señora, te pido. ¡Ay, ingrato! ¿En qué me pones con tu falso amor fingido? Junto a Mantua dieron muerte a Teodosio unos ladrones, llegué yo allí por mi suerte y, en aquestas ocasiones, vi que de una herida fuerte estaba muriendo, y diome razón de ti y enseñome tu retrato, Aurelia mía, y como tanto tenía, su belleza cautivome. ¡Ay, padre, y que justamente aqueste daño presente temiste! ¡Ay si aquí estuvieses como de pesar murieras con tan penoso accidente! Virgen, vuestro auxilio invoco, volved por mi causa hoy si a cólera me provoco. ¡Ay, Teodosio! Ya no soy Teodosio, el nombre revoco. Filipo soy. ¿Con qué hazañas hoy tu nobleza acompañas? Mas ya que a mí me engañaste dime, Filipo, ¿qué hallaste en mi padre, que le engañas aquellas canas honradas? No te obligaran siquiera que es justo ser respetados, a que tal traición no **** tu pecho vil. Excusadas aquellas razones son, digo que tienes razón, mi Aurelia, tuya es mi vida, a ti la tengo ofrecida. Yo te he dado el corazón, contigo he de ir donde fueres. No me apartara de ti, llévame donde quisieres, que, si el alma te vendí, seré ejemplo de mujeres. Di a tu mujer que una esclava tuya soy. Afición brava. Ponme una ese y un clavo. Tu firmeza Aurelia alabo. Mi amor con esto se entabla. Eres, mi bien, muy hermosa, ¿quién duda, viéndote a ti, que esté mi mujer belleza? Ciérrame el rostro, que así la harás menos recelosa. Es tanto lo que te quiero, y tienesme tan rendido, que en no viéndote me muero. ¡Ay, Filipo!, aquesa ha sido mi enfermedad, ¿ya qué espero? El corazón me lastimas con eso. Si es que me estimas, no repares en herrarme , que aqueso será estimarme y tu amor así confirmas. Ya Rufino habrá llegado a mi casa y pues has dado en eso. Ven, te herrarán, adonde me mataran hierros que amor ha fraguado. Notable ciudad. Notable, muy bien se dice por ella. ¿Qué? Que es Génova la bella porque es en todo admirable, lindo tiempo nos ha hecho. ¡Ay, Aurelia1 ¿En eso das? Digo, qué gracioso estás. Aún vive dentro en mi pecho. Es posible que el camino, Enrico, no ha sido parte para que de ti se aparte su memoria. Es peregrino su don aire, y su hermosura tanta que, aunque he procurado olvidarla, es excusado poderlo hacer, mi ventura fue corta. Ya está casada, y es necedad conocida quitarse un hombre la vida por lo que no importa nada. Dime, si ahora enviudase, ¿fueras su marido? Sí, porque tanto puede en mi su amor y hermosura jara . A las señas que traemos, sino es que estoy engañado, a la casa hemos llegado de mi prima. Pues entremos. Viene muy cerca. Señora, según donde le dejé, no es mucho. Que en casa esté no tardará un cuarto de hora. Toma por aquesa nueva aqueste anillo, Rufino, que engasta un diamante fino. De tu amor bastante prueba es la que conmigo has hecho. Es que mi gusto ****, como viene mi Filipo que es corazón de este pecho, cuéstame muy gran disgusto sus travesuras, más ya pienso que sosegará que echará de ver que es justo que algún descanso me de después de pesares tantos como en su ausencia pasé. Albricias , señora mía, que el señor está en casa. ¿Qué me dices? Lo que pasa. Estoy loca de alegría ¡Filipo mío! ¡Mi Laura! ¿Es posible que te vea? Contigo estoy, y no creo que es verdad. Hoy se restaura mi pena. Y yo pessia tal, no soy de este mundo. Sí, Tabaco, llegaste a mí. ¿Cómo te ha ido? Muy mal, porque pasar mil pantanos, lagunas, arroyos, ríos, hambres, calores y fríos, no es vida para cristianos. ¿Qué esclava es esta? Mi bien, tuya es. Yo la he comprado. Yo te agradezco el cuidado y agradeciera también que no la hubierais traído. No sé qué imaginación me ha dado en tal ocasión que el alma me ha sorprendido. ¿Cómo te llamas? Constanza. ¿Eres cristiana? Sí, soy. Algo recelosa estoy. Aquí comienza la danza. Filipo, esclava tan bella me ha dado que sospechar. En mi casa no ha de estar, o yo no he de estar en ella. Cuando pensé con quietud gozar de ti sin celos, tú me traes quien me da celos, tormento, rabia, inquietud. Véndela por vida mía, si es que pretendes mi gusto, que es lo demás caso injusto. ¡Ay, fiera desdicha mía! Más que esto merezco yo. Virgen, mi causa os ofrezco más, pues que yo lo merezco, justo es que lo pague yo. Laura mía, por tus ojos que en vano enojada estás. ¿Aqueste pago me das? Tú me das estos enojos. Éntrate esclava allá dentro. Ya voy, señora. ¡Ay de mí! Mi Aurelia, ya voy tras ti, que eres tú mi mismo centro. Yo también quiero, señora, ver a Alejandro mi amigo, vente Tabaco conmigo. Yo le he menester ahora, Tabaco, satisfacción tengo de que eres leal y, como a persona tal, quiero en aquesta ocasión suplicarte que me digas qué esclava es esta que aquí. Me trae fuera de mí. Oye, sin que más prosigas, cogiome. Yo soy perdido, Laura, Filipo te engaña. Que no la compró, una hazaña mía aquí te la ha traído. Esta era mora encantada y, estando con su galán la mañana de San Juan en una cueva encerrada, yo andaba a buscar verbena y, como llegué a la puerta de la gruta, y la hallé abierta, confieso que me dé pena, porque de aspecto cruel vi que un moraco salía de la cueva y se venía para mí. Llegome a él tan cerca, que casi dio con las nares sobre mí, y por ellas me metí y mil estornudos dio, tan disformes que, rendido de estornudar, me dio muerto. Cayó en el suelo, esto es cierto y como le vi tendido, salgo y de la cueva saco aquesta moza que ves tan hermosa. Aquesta es digna hazaña de Tabaco. Bufón, villano, alcahuete. Bufonerías conmigo no han de quedar sin castigo. Yo soy, señora, un pobrete. Gracioso soy. Aguardad, yo haré que esas gracias sean para vos desgracias. Tabaco. Piedad, señora, piedad. Quiero poner tierra en medio, que es mujer y está enojada, y no hay tigre más airada. Este es el postrer remedio. La Aurelia se ha acabado. Tu contento ya cesó, tu placer y tu alegría. Ya tu vista da enfado, que algún día por ti era gloria, a alguno su tormento. Él no ver a mi madre es lo que siento y de eso está afligida el alma mía, pero mi triste suerte me desvía de poderle gozar solo un momento. ¡Ay, Filipo, qué infeliz fue mi suerte el día que tú viste mi retrato! ¡Maldito sea el pincel que tal compuso! Más me valiera mi temprana muerte, pues tuviste conmigo tan mal trato que no verme en un caos triste y confuso. Perra infame, malnacida. ¿Qué haces aquí? ¿Lamentabas el no verte con Filipo? Dirás que eres desgraciada en haber venido aquí, pues vive el ciclo, villana, que tal vida te he de dar, que desees por mil causas cada momento de muerte. Señora, mejor me trata, que soy cristiana, en efecto, aunque ves que soy tu esclava. Tú a responderme te atreves, tú me miras a la cara, ¡Ay, tan grande atrevimiento! Hola Aurelio. ¿Qué me mandas? Tráeme un palo, que a esta perra que con libertad me habla, la he de dar doscientos palos. Señora, tan enojada, ¿de qué procede el enojo? ¿Qué os ha hecho aquesta esclava? Tratadla, señora, bien. ¡Ay, ingrato! Aqueso esperaba de ti, por ella me ruegas. Ahora queda confirmada la sospecha que tenía. Vive Dios, que he de matalla y a ti, si vuelves a por ella. Por ser mujer enojada te sufro aquestas razones, y es bien que te persuadas, pues tan buena como es. Tú de esa suerte me hablas, tu por una esclava vil de esa manera me tratas, ¡Ay, ingrato, cómo confiesas lo que el alma imaginaba! Virgen, vuestra ayuda invoco volved vos por esta causa. Un caballero, señor, que aguarda en aquesa cuadra, me ha dicho que quiere hablarte. Dile que entre. ¿Qué tal pasa? Besoos los pies cien mil veces. Seáis bienvenido. Qué extraña ilusión. Teodosio, es este, el marido de la ingrata que me trae fuera de mí. ¡Ay de mí, triste cuitada! ¿Qué he de hacer? Que este es Enrique. Válgame, Dios, en mi cosa. Enrique yo soy perdido. Teodosio, ¿qué fue la causa de estar en Génova tú y Aurelia? Si no me engaña el sentido de la memoria, es Aurelia aquesta esclava. **** se ha deshecho. ¿Qué es aquesto? Estoy turbada. Teodosio llama a Filipo y Aurelia a la esclava llama. Aquí hay alguna traición. ¿Como Teodosio no hablas? ¿Qué es lo que te ha enmudecido? Bella Aurelia, ¿por qué causa a mejillas tan hermosas con esos hierros agravian? Villano, viven los cielos, que tú trujiste engañada aquesta mujer sin duda y que, con aquesta espada, he de hacer que aquí confiese que eres traidor. Virgen santa, volved por mi honor, señora, pues estoy encomendada a vos por mi padre viejo. Esas fieras arrogancias sabré yo en ti saciarlas. Pero ¿qué luz soberana es la que ciega mi vista, tan resplandeciente y clara? Suspended la ejecución, a su lugar las espadas. Volved y escuchadme atentos, que de mi excelsa morada vengo por la devoción que, con mis cuentos sagrados, Otavio y Aurelia, tienen, y porque cuando trataba de traérsela Filipo, vertiendo lágrimas tiernas, me la encomendó, aunque basta ser mi devota cual dijo, y para que quede Laura con Filipo, su marido, con quietud y me den gracias, llega Aurelia, que esos hierros que sufriste por honrada, mis manos aquí te quitan. Gracias os doy, Virgen Santa. Enrique dala la mano, pues, lo que tu deseabas, se ha cumplido aqueste día. Esta es mi mano y el alma os ofrezco a vos, señora. Luego os partís para Mantua, para que Otavio vea a Aurelia, cuyas venerables canas riega pidiéndome a mí, que antes que del siglo parta, la vuelva a ver, y yo quiero cumplirle aquesta demanda. Filipo, enmienda tu vida, mira que con justa causa está enojado mi hijo, pues siendo casado, engañas a Otavio y, en contra suya, tú con Aurelia te casas. Haz penitencia a Dios, que vuelvo donde me aguardan las angélicas criaturas. Virgen bella, denos gracias todas las cosas del mundo. Aurelia, a tus pies postrada, te pido que me perdones. Aléjate del suelo, Laura, no hagas aqueso conmigo, que ya mis brazos te aguardan. Filipo, perdón te pido, y pues tan acelerada cólera tuvo tal fin. Justo es que de confirmada mi amistad en los dos, lo que me trujo a tu casa era cobrar mil ducados que del concierto restaban de la muerte de Camilo, que es Leonor mi prima hermana y he de llevalla conmigo. No me atrevo a hablar palabra que estoy corrido a fimia, pero será acción gallarda que Aurelia y vos, este día, me perdonéis la pasada traición con que la engañé. Yo os perdono. Y yo. Mi Laura, seamos los dos amigos que, pues vistes lo que pasa y lo que la Virgen dijo, os he de servir, que basta ver que a Dios tengo ofendido para enmendarme. Ahora falta que me escuchen dos razones, pues que ya Enrique se casa con Aurelia, y es forzoso que vuelvan los dos amantes. Yo me tengo de ir con ellos para cumplir la palabra que a Julia le di de esposo. Y en mí tendrás camarada, pues sepa servir, Tabaco. Yo estimo aquesa palabra. Bien llevarás cien escudos. Y aquí, senado, se acaba la esclava de su marido. Perdonad sus muchas faltas.
