Texto digital de La esclava de su hijo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Lope de Vega Carpio Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La esclava de su hijo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/esclava-de-su-hijo-la.

LA ESCLAVA DE SU HIJO
JORNADA PRIMERA
Este sí que es mayo famoso, que los otros mayos no; este sí que se lleva la gala, y los otros mayos no. ¡Este sí, etc. Case las mozas Fineo, que sabe los nombres bien. Muy .bien dices, si tan bien supiese el mismo deseo. Como te parezca a ti así los irás casando. Mejor dirás agraviando, Y que se quejen de mí. ¿Queréis que las case yo? ¡Qué buen seso! Hasta casar de palabras ¿puedo errar? Pues ¿no está en palabras? No. Pues ¿qué es lo que dice el cura de "palabras de presente"? No seas impertinente. Así Dios te dé ventura, que no entra bien tu inorancia Garbín, en cosas de veras. Así, Lisardo, supieras como yo las de importancia. ¿Presumes tú que es saber un poco de mal latín? Vete a tus cabras, Garbín, que aquí no tienes que hacer. Siempre estorbas, siempre enfadas. Córrome de que yo sea siempre el barro del aldea, con quien andáis a puñadas. Vosotros sois los discretos, los sabios, los entendidos; de mil sentencias vestidos, preñados de mil concetos; los que vais a la ciudad, y de librillos cargados andáis siempre embelesados entre mentira y verdad. Pues yo os juro que algún día que echéis menos a Garbín. Siempre .has de dar este fin a cualquiera fiesta mía. Déjale, y diga Fineo. Escritos traigo, a la he, los nombres. Dilos. Diré lo que osedes a deseo. Oíd, selvas amorosas Amadríades sagradas, que servís en estos olmos de vegetativas almas. Oíd, ninfas de estas fuentes que por moradas pizarras formáis hidraules, haciendo de sus arroyuelos flautas. Oíd, aves envidiosas de que las sonoras aguas. ya que no tuvieron picos, tienen cantoras gargantas. Al mayo de Fuenteflor de esta manera se casan los zagales más briosos y las más bellas zagalas : Aliso con Felismena, Lucindo con Amaranta, Elpino con Doriclea y Silvano con Diana. Con Amarilis, Finco; Claridoro con Antandra, Silvio con la bella Filis y Córidon con Castalia, Enarato con Clarinda, Floripino con Silvana, Lisardo con Claridea... Para, ¡por tu vida!, para; que has errado algunos gustos, que celos serán la causa. ¿Con quién me casas a mí? Con Lausa. No quiero a Lausa. ¿Por qué? Porque es muy discreta, que en propia mujer es falta. ¿Falta? Sí, que luego quiere ser el dueño en una casa, y siendo pies ser cabeza. ¡Bestia! ¿No es dicha y qué tanta que pueda entrar a la parte del gobierno? No me agrada. De esta manera ha de ser para mí. Prosigue. Aguarda. Ella no ha de ser hermosa, porque en siendo hermosa es vana y piensa que se la deben la idolatría y las galas. Fuera de que si una cosa es de muchos codiciada, a pellizcos se madura como la fruta temprana. Que tenga buen parecer para mujer propia basta, por que ponga en diligencias lo que le falta de gracias. Con mediano entendimiento la quiero, por que no haga cosa sin licencia mía. No tan fértil que me para cada año, ni tan estéril que sirva de calabaza que se secan, ya me entiendes, las pepitas en la panza. No ha de haber querido a nadie, que esto de amores y cartas. como hace después cosquillas, algunas veces se rasca. Limpia ha de ser lo primero, que mujer de espesas ramas no es mujer, sino morcilla, cebollas y sangre atada. A una pastora antiyer vi el pescuezo, por desgracia, como corteza de queso negro y labrado de rayas. Pero no tan limpia sea que jabone el manto y salga del límite de ser limpia y al de melindrosa vaya. Una mujer con melindres váyase a un torno o sentada sobre seis cojines diga Ha de tener grandes pies. Calla, que eres necio, calla. ¿Grandes pies una mujer? Tú que con los libros andas, ¿por qué el pirámide es firme? Porque asienta en grande basa Luego una mujer que tiene grandes los pies, cosa es clara que tendrá para ser firme más fuerte y segura planta. Los pies pequeños mil veces quieren ser vistos y es causa de que con pequeño golpe todo el edificio caiga. Ha de tener... No tendrá más ventajas ni más tachas. Dejaros aquí, Garbín. Ahora bien, esta es la casa o el castillo del señor de aquesta hacienda que labra mi padre. Aquí está Jacinta, su hija; aquí el sol, el alba, las musas, la bizarrías, la discreción, la alabanza, la dulzura de los ojos; aquí el mayo, pues es maya del mes, del año y del cielo, se ponga; aquí, Tirso, planta laurel, obleas y flores, que desde sus rejas altas saldrá el alba, el cielo, el sol, la maya a quien celebraban los antiguos, aunque sea atrevimiento. No hagas alguna cosa, Lisardo, con que se enoje; y pues guardas ovejas, ¿dónde caminas a servir tan nobles damas? Este mayo es de Amarilis, para su puerta y ventana crio laureles el bosque, la vega espigas doradas; donde se hicieron oblías bastardo fruto en sus ramas; la primavera dio flores para Amarilis; no iguala Amarilis a Jacinta en sangre, mas la ventaja que le hace en hermosura y en gracias... Amas y alabas. Yo no amo, que Jacinta, hija de mi amo, es ama, y no dama, que este nombre quien ama aquí en ama le ama, y él se ha de poner aquí, p sobre eso... ¿Cómo? Aparta; deja el mayo. ¿Qué es dejarle, como no dejare el alma? ¿Qué es esto? ¿Qué puede ser, sino defender tu honor? ¿Mi honor? No con el rigor que se pudiera ofender, que no hubiera atrevimiento en la más infame lengua; pero de tu honor es mengua y sobra de loco intento que el mayo que los pastores han hecho este mayo tenga otro dueño ni a honrar venga otro dueño con sus flores para quien el bosque dio hoy su florida librea, que son esos pies, por quien tiene flores la ribera de este río. No pudiera nadie obligar mi desdén como tú, loco Lisardo. Lleva a Amarilis, Fineo, el mayo. Tu honor deseo, pero en estilo gallardo, al uso de la ciudad; sirviendo damas, jugando cañas, no al bosque robando flores con tanta humildad. Sírvate el señor a ti con el vestido galán, en el caballo alazán, acicate y borceguí. Ábrase por los ijares, convierta en fuego las piedras, formen a la puerta altares de una rústica aldeana. Yo voy, y el mayo pondré con tu licencia y daré al sol más clara mañana. ¿Qué has hecho? ¿Ya no lo ves? No lo veo, aunque lo creo, que premiar así un deseo gran rigor, señora, es. Quiero yo con mi humildad y con las sencillas flores que han cortado los pastores en esta serenidad adornar esos balcones de tu casa y de tu puerta, a mis desdichas abierta y cerrada a mis razones, y permites que un villano aqueste premio me quite para que yo solicite mis pensamientos en vano. Quiero yo que los laureles adornen lintel y jambas de tu puerta, pues a entrambas dar flores y auroras sueles. Quiero yo adornar tus rejas de flores esta mañana. y una rústica villana que goce tus prendas dejas. Basta; yo haré que en lugar de flores, cuelgue en tus rejas Ifis con las mismas quejas, para que te venga a dar el mundo las maldiciones de Anajarte... Espera un poco. ¿Qué puede esperar un loco entre tantas sinrazones? Pero pues tu gusto fue el despreciar mi fineza, es tan alta mi firmeza que sin premio esperaré. ¿Por dónde, Lisardo, en ti entró aqueste pensamiento? Por los ojos, que no siento que haya mayor causa en mí. Las puertas del alma son, y aunque grandes me han venido, Amor, que es güésped cumplido, ha ensanchado el corazón. Por ellos, en fin, entró este pensamiento mío, y es tanto mí desvarío que la puerta le cerró. ¿Qué pretendes? Adorarte pretendo, señora mía, y que de aquesta porfía tu rostro jamás se aparte. No quiero premio ninguno de este amor; mas solo quiero que el dulce premio que espero, en mis dichas solo uno, no me lo niegues, señora. ¿Qué premio? El dejarte ver, que así se podrá astener un corazón que te adora. Siendo villano es locura. Es verdad; pero el amor al mayor y al que es menor en sus crisoles apura. Él me ha muerto; él causa fue de que te adorase así; que yo, señora, no fui atrevido en lo que hallé. Vete, loco. Por tu vida, que no te vayas apriesa, que nunca a mujer le pesa ser amada y ser querida. Él no te pide que seas agradecida a su amor, que ya ve que es labrador y sabe lo que tú seas, sino que dejes amarte. ¿Y qué tiene de sacar de amarme a mí? Solo amar. ¿Eso tiene de pesarte? ¡Ay, Silvia! Tú me aconsejas que le escuche, mas advierte… Calla y su pena divierte y escucha sus tiernas quejas. ¿Y si después de dejarme amar le quisiese bien? No es tan flaco tu desdén. Sí; mas bien puede obligarme. Todo esto, señora mía, es de burlas; yo no quiero ni de tu afición espero satisfacer mi porfía. Déjate de esas quimeras, que temo más que el morir muchas veces a las veras, Dígame su señoría, así Dios la dé salud, ¿pierde nobreza, virtud, fama, opinión, bizarría, una principal mujer porque la quieran? No pierde. Mas bien es que se té acuerde de que la puedo perder. Que quien con el sutil filo de una espada se burlase, si alguna vez se cortase... Ya entiendo. Del mismo estilo me puede a mí suceder. Que Lisardo se ha criado en hábito y cultivado en tan bajo proceder, que me podría dañar el dejarme amar. ¿Por qué? Si él quiere, consúmase no más de platonizar. Garbín, después de alcanzado esto, pedirá otra cosa, que es licencia poderosa hallar entrada en lo amado. Pero sea como diga, que no tiene fundamento más que en solo amar su intento... Mi desigualdad me obliga; y digo que no tendré en mi vida pensamiento que se atreva al aposento de tu decoro y tu fe. Cerraré la vista al alma, poniendo banda a los ojos para que de estos despojos vengas a alcanzar la palma. A la boca y a la lengua echaré varios candados, para que de mis cuidados no anuncie la loca mengua. Los oídos cerraré con mil puertas de diamantes, que estos tesoros de amantes por el mundo buscaré. Finalmente, mis sentidos pondré, señora, en prisión, tanto, que del corazón no serán vistos ni oídos. Y si alguno con amor se opusiera a tu grandeza, le cortaré la cabeza como a vasallo traidor. Pues con eso y con callar satisfaré tus deseos, y por principio de empleos en mi amor, te quiero dar, Lisardo, esta cinta verde en este diamante atada, no sé si bien empleada en el alma que la pierde; pero, al fin, debo premiar, si no esperanzas, deseos. ¡Bien hayan altos empleos y servir y porfiar! ¡Bien haya mi pensamiento que tan alto se empleó, y bien haya el que fundó tan grande merecimiento! Escuchadme, claras fuentes y arroyos murmuradores, pues que vuestros resplandores han de correr transparentes. Selvas y bosques de amor, oíd en verso amoroso este labrador dichoso, dichoso, mas labrador. Montes bellos, selvas frías, apacibles alamedas que en aquestas arboledas fabricáis chozas sombrías: celebrad esta ventura con vuestras lenguas arpadas, no estéis ya tan descuidadas, ya hizo fin mi locura. Ya mi amor premio alcanzó y mi ventura ha crecido en los brazos del olvido, que antes de mí se olvidó. Pues para ser firme amante, sin esperar premio en nada, llevo la esperanza atada a la piedra de un diamante. Silvia, si en todas las cosas es el ejemplo tan fuerte, por las de tu dueño advierte mis esperanzas dudosas. Yo te quiero amar a ti con el mismo pensamiento. Garbín, conozco tu intento; siempre te burlas así, y, con ser tú más igual a mis prendas, no te creo. Siempre al bien que te deseo, Silvia, correspondes mal. Enfádaste de mi amor sin ver, porque no te alteren burlas, que los hombres quieren como tienen el humor. Un colérico pretende con arrojada locura, quien aprisa ofrece y jura, engaña, ofende y defiende. Un flemático se está deshaciendo entre sí mismo; es de celos un abismo, gruñe mucho y poco da. Un melancólico asiste con notable devoción; pide por señas, que son lenguas de su efeto triste. Uno sanguino alegre ama, cuenta a todos el favor... Y ¿cuál de estos es tu humor? El que socarrón se llama, que es un compuesto de todos, y que, en burlesco placer, sabe querer y tener dulces y apacibles modos. Y ¿estarame bien a mi tener amor socarrón? Prueba, que yo sé que son los de más gusto. ¿Yo a ti? Tú a mí, pues que tengo yo la fina bellaquería. ¿Qué me dices? Silvia mía, Jacinta ejemplo mos dio. Quiéreme, que no tendré en mi vida pensamiento que no piense en mi contento, ni a mi esperanza daré pesadumbre. Eternamente dejaré andar el deseo por donde quisiere, y creo que es lo más cierto. Detente, que baja al prado Amarilis. Dame un favor. Pues ¿qué mayo me has puesto, como Pelayo a Menga o Belardo a Filis? Eso de mayos y flores con laureles, con obleas, es uso de las aldeas; yo trato en cosas mayores. Pondré a tu puerta un pernil con sus rajas de canela, vestido de pempinela y de almoradux de abril. Y, en vez de oblea, colgando, cuatro garrafas de aloque y blanco, que amor provoque; que se está amor desmayando, cual dicen sin Baco y Ceres. Toma aquesta cinta bella, color carne de doncella. De ¿Carne de doncella a mí? Mas como a engañarme vienes por darme lo que no tienes, me favoreces así. Selvas y bosques de amor, oíd un pastor mocoso, en su querer tan dichoso como lo hace el favor. Escuchadme, claras fuentes y arroyos murmuradores, así ranas y aguadores enturbien vuesas corrientes. Allá voy, prado apacible, que me ha dado Silvia bella color carne de doncella, que es el mayor imposible. La mudanza de mi estado y la causa de mis penas, que el tiempo, como habéis visto, las trocó de esta manera, me obligan, Leonardo amigo, a que de vuestra nobleza me valga en esta ocasión. Ya sabéis que a mi hija Celia adorastes algún tiempo con tanto amor y firmeza, que las peñas se ablandaban a vuestras palabras tiernas. Pedísteme que os la diese por esposa, y os la diera si no fuérades, Leonardo, pobre entonces. Cosa fea, confieso que fue el negaros entonces a mi hija Celia por bienes que da fortuna cuando adula y lisonjea. Era yo rico, Leonardo; mas como el tiempo se trueca, la hacienda que a mí me dio me la quitó, y mi soberbia quedó allanada y confusa y humillaba por la tierra. Al mismo tiempo parece que se aumentó vuestra hacienda, porque también os pagarais de mí en la misma moneda. Agora, Leonardo mío, vengo a vos, no con vergüenza, que con pechos generosos no será razón tenerla, a que admitáis a mi hija por esposa antes que vea mi caduca edad encima cubierta con tierra y piedras. No os venguéis de mi locura y de las palabras fieras que os dije cuando pedistes a mi hija. Aunque pudiera responderos, y con causa, con más rigor y soberbia, no me atrevo, porque tengo a aquesas blancas madejas respeto noble, que es justo tenerle siempre con ellas. Vos, Albano, érades rico; mas mirad que la riqueza son premios que da fortuna, y no hay fortaleza en ella. No quisistes entregarme por esposa a Celia bella, tan adorada por mí; y ahora que veis que trueca los estados la fortuna y que me sobra la hacienda, os mostráis arrepentido; mas vuestra codicia necia tendrá el pago merecido. Aunque arrogancia parezca, yo me voy hoy a casar a Villaflor, donde espera la hermosura de Jacinta, hija del alcaide de ella. De su rostro soberano las más hermosas estrellas tienen envidia, que, al fin, es mayor su gran belleza. En su boca de cristal hay un tesoro de perlas, que a enriquecer bastaran el centro de la pobreza. Si queréis que vuestra hija sirva a mi Jacinta bella, llevadla mañana allá. Ya sobra de desvergüenza ese atrevimiento injusto. Yo confieso que es soberbia; mas de esta suerte se pagan las arrogantes respuestas. ¿Hay locura semejante? ¿Hay cosa más descompuesta? Mas ¿qué no harán en el mundo el poder y la grandeza, y qué no sufrirá en él la pobreza, si hay en ella tantos defetos, con ser hija de Dios en la tierra? Con razón crece tu enojo. . Nunca le llamara, Celia, para vengarse de mí con tan loca desvergüenza. Mas fue consejo, en efeto, de mujer. Confusa y ciega me ha dejado su rigor, tan mezclado con soberbia. ¡Loca estoy! ¡Estoy perdida! ¿Está aquí mi hermana? No; la muerte sí, que soy yo. Bien es que albricias te pida de que me salió una suerte en las que estaban echadas, de capitán. ¿No te agrada de que la fortuna advierte en los agravios pasados y los quiere deshacer? Yo también lo vengo a ser de ejércitos de soldados. Mas dime, hermano: ¿es ya cierto que Rosimundo hace guerra al Duque? Sobre esta tierra se ha descompuesto el concierto, porque dicen que le toca. ¡Ojalá de suerte sea y aquesta ciudad se vea. Lidio, en defensa tan p>oca que la abrase Rosimundo. ¿A tu patria? No es razón. Tengo en el alma a un Nerón que basta a abrasar el mundo; y por vengar la fortuna de Leonardo, estoy contenta de la guerra que se intenta. Pues ¿hay novedad alguna? Aquí mi padre le habló y trató del casamiento; mas él con atrevimiento y rigor le respondió, con soberbia y con fiereza, no haciendo caso de mí. Yo misma, hermano, lo oí. Celia, si nuestra pobreza, por mudanzas de fortuna, le puso por objeción al casamiento, no son defetos ni causa alguna. Culpa a la suerte, no a él. Yo me entiendo. Y yo no entiendo su culpa, pues no me ofendo de lo que ha pasado en él. Yo me parto a Fuenteflor, donde tengo de hacer gente. ¿Luego hallaraste presente a sus bodas y a su amor? Ya Ardenio está retirado en Fuenteflor y le casa con su hija. Cuanto pasa, Celia, tuve imaginado. Pero dime: ¿qué te causa enojo y melancolía? No sé; mas sé que algún día sabréis mi muerte y la causa. ¿También te dio prenda Silvia? También Silvia me dio prenda, que es esta cinta que ves. ¡Ay, Garbín! Dichosas nuevas; porque cuando una mujer que está de su dueño cerca, tiene interés en su gusto, no hay peligro que no venza, dificultad que no allane ni mal a que no se atreva. No querría que esto fuese aquella historia que cuentan del gallo y el perro. ¿Cómo? Hicieron los dos estrecha amistad en un camino. Vino la noche y, en ella, se acostaron en un árbol por ser oscura y molesta. Subiose el gallo a las ramas, el perro al tronco. Despierta el gallo a la media noche, cantó, y, al son, de la selva vino una zorra y le dijo: "Baja, divina sirena; baja, gallo varonil, para que tu canto aprenda. Discípula quiero ser de tu música, que enseña cómo han de volar las cabras." Conoció el gallo la treta y dijo: "¡Oh, zorra famosa, barbirrubia, mensajera de Mercurio; tus caricias me obligan a que descienda; mas en tanto que me quito el tocador de la cresta, despierta a mi compañero, que está echado entre esas hierbas." La zorra, que algún capón o zorra pensaba que era, fue al bulto diciendo: "¡Ah, primo!" Alzó el perro la cabeza y, agarrándola el pescuezo, tales bocados dio en ella, que, con gran risa del gallo, quedó de sus dientes muerta. Si Jacinta y Silvia son gallo y perro, donde piensas engañar, tengo por cierto que nos cojan entre puertas. ¿Para qué me ha dado a mi color carne de doncella? ¿No había verde o pajizo? ¿Qué es lo que quiere que entienda? Las doncellas y los duendes hay opinión, no muy cierta, que las anegó el diluvio. ¿Qué dices? Que allá, en Bohemia, dieron en cortar las colas, luego en naciendo, a las perras. Cortaron tantas, que ya, sin humana diligencia, nacían todas sin colas: aplícalo a las doncellas. El que se quisiera hartar de disparates, pudiera famosamente alquilando un balcón en tu cabeza. Jacinta, Garbín, me ha dado licencia para querella; querer matarme es crueldad indigna de su belleza. Y el diamante, ¿no lo dice? Diamante... No fíes en piedras, que yo tuve en la ciudad un amo de mucha hacienda que daba dinero a muchos, por hacer bien, sobre prendas, pero no sobre diamantes, diciendo: "Nunca Dios quiera que amanezcan cuerdos todos y caigan en que son piedras, yo me quede sin dineros y ellos sin ellas." No creas tal cosa, que no hizo el Cielo tal luz, tal gracia y belleza; que cosa que hiciese Dios así imita a las estrellas, ¿El no es veneno molido? Pues cuando más le encarezcas le igualas con las cicutas, las sierpes y las culebras. No es la luz para los ciegos, para los rudos la ciencia ni el diamante para ti. Calla, que Jacinta es esta. Más me entristecen los campos. No es mucho que te entristezcan. Por aquí siento ruido; muestra, Silvia, la ballesta. Bellísima cazadora de almas, de fieras y de aves, a cuyos dos ojos graves un alma rendida adora; hermosa y bella señora, tente un poco, ¿dónde vas?, v aunque tan airada estás de que no lo estés te advierto, que ha mucho que yo estoy muerto y poco en matarme harás. Lisardo, si yo supiera que estabas en este prado trujera menos cuidado de matar ave ni fiera; solo a decirte viniera lo que puede el pensamiento de un fundado atrevimiento de una mujer principal, porque si fueras mi igual dijera el atrevimiento. Para lo que cabe en ti basta que esto de mí entiendas. Y si del alma las prendas tuvieran valor aquí altamente me perdí. ¿Es posible que yo soy quien alma a este cuerpo doy? Si otro ser puedo tener de fuego debo de ser, pues a vuestra esfera voy. Bellísima cazadora de búhos y de mochuelos, que en corazones torzuelos haces tus presas agora. Silvia, cuya red traidora prende mil almas urracas, tempra el rigor con que sacas tantas flechas homicidas, que no hay para tus heridas ungüentos ni tacamacas. Si a matar vas por aquí, poniendo para mi mal la nariz en el coral, mata un cernícalo en mí; pero si hay piedad en ti manda al amor suspender la flecha, que hasta saber si eres blanda u desdeñosa no pienso her otra cosa más que dormir y comer. Créolo de tu verdad; eres amante muy fino. No lo fue más Calepino con Tisbe en la antigüedad; pero mi desigualdad me obliga aquestos hinojos pues que por no darte enojos no doy lugar al deseo y pienso que no te veo cuando no te ven mis ojos. Por aquí pienso que fueron. Esta es, sin duda : Señora, ¿qué haces de aquesa suerte? Pues bien, ¿de qué te alborotas? ¿No te dijo mi señor esta mañana, las bodas que tiene ya concertadas que se ejecuten dichosas? Es verdad que m-e advirtió, mas con palabras dudosas, que tan presto había de ser. Pues el novio llega agora, tan bizarro y tan galán y de tan linda persona, que con solo la presencia toda la casa enamora. Lisardo, nunca creí tanta brevedad, perdona; mi padre quiere casarme. Ove una palabra sola.. Di. Yo me daré la muerte. ¿Quieres que te diga otra? No tendré gusto en mi vida. Ese favor, mi bien, sobra para que contento muera. Oye, Silvia. ¿Qué le toma? ¿Tú también vas a casarte? Claro está, ¿de aqueso lloras? ¿Ves estos árboles? Sí; ¿mas que en ninguno te ahorcas? ¿Quieres matarte por mí? ¿Pues no?, mañana a estas Choras. Adiós, Píramo bellaco. Adiós, Tisbe socarrona. Pues, Lisardo, ¿qué tenemos? ¿No lo ves? La rigurosa fortuna mía, que ya se vuelve segunda Troya. Selvas, ya vuestro pastor os deja; aquel que en vosotras se crio, el que visteis niño y le veis mancebo agora. Claro río, que por rejas de vidro el sol que las dora muestras tus blancas arenas, de tu cuerpo almas de aljófar, presto llevarás el mío por el cristal de tus ondas, que voy a arrojarme a ti desde la más alta roca. Escribid, verdes oreas en las cortezas mi historia de estos árboles si amor tal vez las deidades toca. Jacinta se casa... Calla, que sin razón te despojas de la vida; que viviendo, se ven y alcanzan mil cosas que los hombres no imaginan. Agora morir me importa; después trataremos de eso. ¡Por Dios, que tú te apasionas por linda gente...! Mujeres; algunas digo, no todas; porque, dejando en su altar las buenas y virtuosas, las demás son pestilencia. En las elecciones, lobas; para la codicia, hormigas; para los alanos, monas, y, finalmente, en sus gustos se parecen a las botas, que el primero día aprietan y luego se caen de flojas.
JORNADA SEGUNDA
Ya es en vano aconsejarme, Silvia, porque el alma tierna mil imposibles le ofrece y le rinde sus potencias. Tú, Silvia, me aconsejaste que le hablase, que le viera y que le diese favores que a mí tan caro me cuestan. Pues tienes la culpa tú, no me aconsejes ni quieras que pierda, por no quererle, la vida y el alma mesma. Digo que tienes razón, pero si ya en el aldea está Leonardo, que ha sido el dichoso, pues es cierta su ventura y que ha de ser esposo tuyo, no quieras que tu fama se desdore y que tu opinión se pierda. Lisardo es un labrador que en tu casa y en la aldea se crio como villano. ¡Ay, Silvia, que su presencia me tiene muerta de amores! ¡Si es lo mismo dé sospechas! Apenas vino Leonardo a casarse a aquesta aldea conmigo contra razón, pues, al fin, mi gusto fuerzan, cuando vieras a Lisardo vertiendo lágrimas tiernas despedirse de mí. ¡Ay, Silvia!, pudiera ablandar mil peñas. Díjome: "Jacinta hermosa, yo confieso que mis prendas no son dignas de gozar esa divina belleza, que son villanas al fin; mas, por el Dios que gobierna los movimientos divinos desde la divina esfera, que pues que no he sido digno de gozar tus niñas bellas y en esos divinos ojos otra vez me hicieron señas, que he de partirme y no ver que a Leonardo el alma entregas, siendo para mí tirana y para mi amor de piedra. Yo me iré a la guerra, al fin, donde, escalando una cerca, una bala me derribe y dé conmigo en la tierra; que claro está que quien vio esos ojos y esas bellas puertas de coral divino decirme cosas tan tiernas que no ha de poder sufrir que a otra mano, y mano ajena, se dediquen y se entreguen con voluntad y firmeza." Con esto se despidió, y sabe Dios que quisiera impedirle con mis brazos, Silvia, y con el alma mesma; pero el honor y él amor, que batallaban con fuerza, uno por amar y otro por hacerle resistencia, me detuvieron al fin; pero al mismo punto vieras que quedé ciega y confusa entre profundas tinieblas, que es imposible vivir. Mira que el amor te ciega; no des crédito a los ojos, que lo peor te aconsejan. Leonardo viene a casarse contigo; de su hacienda y su nobleza bien sabes los méritos que hay en ellas. Lisardo es un labrador que en aquesta humilde aldea ha guardado de tu padre tantas escuadras de ovejas; mira qué dirán de ti si a tal caballero dejas por un pobre labrador... ¡Ay, Silvia, si tú no fueras causa de que yo le hablara, causa de que yo le viera, nunca yo a mi voluntad hiciera tan grande fuerza. Mas entrose por el alma al punto que la vio abierta, y aunque después cerrar quise, fue en vano tan gran quimera. En efeto, ¿que tú quieres no olvidarle? ¿En eso piensas? Antes verás que del cielo se desaten las estrellas, o que haya ingenio en los hombres que del mar cuente la arena que yo le olvide; antes hoy, para que más claro veas este amor inadvertido y esta voluntad opuesta, a la ciudad he enviado por un vestido que a prueba de mi resistencia firme están sus puntadas hechas. Con este rico vestido y una preciosa cadena, que hoy, Silvia, le llevarás, le contarás mi tristeza y mi pena y el dolor que siento en ver que se ausenta a la guerra. Has hecho bien; porque, al fin, de esa manera vendrá a valer y a lucir y tu voluntad ¡honesta no dará a Leonardo celos en el alma y la paciencia. Jacinta, Calla, porque viene aquí. ¡Parece que trae tristeza! En los ojos y en el alma bien clara, Silvia, la muestra. Aquí está tu bella esposa. Y tan fiera como bella, pues mis intentos no estima y mis finezas no precia. Muerto estoy, ¡viven los cielos!, de ver que su resistencia sea tanta con mi amor. Llega a hablarla, a amarla prueba. ¿Cómo podré, si sus ojos, que son divinas estrellas adonde el sol resplandece entre los rayos que engendra con tanta crueldad me miran, me tratan con tal soberbia, que desmaya la esperanza y la vida vive muerta? Porfía, que la porfía suele alcanzar con certeza lo que los ruegos no pueden ni las voluntades mesmas. Llega a hablarla. Llegaré muerto el gusto, el alma muerta; pero sus ojos me impiden y su hermosura me ciega. Voy a llegar, y al momento me dicen sus niñas bellas que, como, al fin, niñas son, son rapazas y parleras: "No llegues, Leonardo; aparta, porque Jacinta te niega la voluntad." ¡Ay de mí! ¡Qué palabras tan soberbias! No oso llegar, en efeto. Tú que de amante te precias, ¿de aquesa manera temes y dudas de esa manera? ' Mira ya que es cobardía. Ya lo veo; mas es fuerza que tema sus bellos ojos, ojos que tanto me cuestan. Perdonad, bella señora, si vos queréis que me atreva a llegar al mismo cielo, que es cielo vuestra belleza. Mil veces, señora mía, he querido con soberbia atreverme a solo hablar en vuestra presencia bella; pero el temor que a las almas el atrevimiento niega, no me quiso dar lugar para escuchar la respuesta. Vuestro padre y mi señor me ha dado aquesta licencia de serviros, perdonad que con soberbia me atreva. Tres días ha que en el castillo estoy con vos y aún apenas he visto de vuestra cara las relumbrantes estrellas. Si os miro no me miráis; si os hablo no dais respuesta; luego os vais si estoy con vos o al castillo o a la huerta; maldigo mis esperanzas, aunque nunca desesperan, pues que nunca me la dan de gozar vuestra presencia. Si ya soy esposo vuestro, si ya he venido al aldea solo a serlo, ¿por qué hacéis a mi amor tal resistencia? Dadme esa divina mano, dadme aquesa mano bella, imprimiré con los labios, por ser la merced primera. Señor Leonardo, advertid que yo soy esclava vuestra y que estimo los favores que me hacéis; pero es bajeza grande el humillaros tanto a la que es esclava vuestra. Estas palabras estimo; adoro vuestras promesas, vuestra bizarría bendigo y estimo esa gentileza; pero también os suplico que no tengáis por afrenta ni por desamor tampoco irme y pediros licencia. ¿Qué te parece? Que es cosa, por Dios, que no la sufriera un villano, cuanto más quien tiene tanta nobleza como tú. Yo he sospechado que tiene Jacinta bella otro amor, que a no tenerle yo sé que me respondiera con piedad más amorosa y con palabras más tierna:. Pues prueba tú si le tiene y véngate de su ofensa. Vamos. Muerto voy de celos: pero si sé que hay quien sea digno de su amor, bien puede prevenirse a la defensa. Julio, ¿Cómo le has de castigar? Responderé esa respuesta, Julio : amo y tengo celos. Bien fácil es de entenderla; porque un celoso castiga con rigor y con soberbia. Contigo seré soldado. A qué buen tiempo ha venido este Capitán. Ha sido de tus desdichas llamado. Vámonos allá, Lisardo. Pues no hay que ¡hacer en la aldea, ¿cuál hombre noble desea este sayal tosco y pardo? Tú tienes entendimiento, y, aunque pastor, has leído; yo también so desleído y me sobra atrevimiento. Tú no tienes de alcanzar esa gloria que pretendes. ¡Ay, Garbín, que tú no entiendes lo que es el sentir y amar! Si tú supieras querer yo sé bien que no me dieras esos consejos ni fueras tan contrarío a una mujer. Cuando la bella Jacinta no me quiera ni yo alcance aqueste dichoso lance que la fortuna me pinta, ¿qué vengo a perder, di, necio? Ser de todos murmurado y ver que de un hombre honrado "haga el mundo tal desprecio. ¡Vive Dios, que si no vas a la guerra a esta ocasión que he de pensar con razón que sin alma y juicio estás! ¿Qué has de hacer aquí, cuitado, entre penas y entre enojos? ¿Has de adorar unos ojos que otro primero ha gozado? ¿Has de adorar los balcones de una mujer que te deja y que de tu amor se aleja por, vulgares opiniones? Tienes honra, tienes juicio, tienes valor, tienes ser, mas ¿cómo lo has de tener dándonos de loco indicio? Vámonos, advierte y mira que en tu provecho ha de ser, A una mujer, y mujer todo embustes y mentira, que te engaña y que te ofende, ¿no ves que es locura? Advierte que será cierta tu muerte si el desposado lo entiende. Vámonos de este lugar, que un sabio nos declaró que el que su tierra dejó otras tierras ha de hallar, y ha de pensar con razón que el lugar en que vivía no es su tierra. Lisardo, Bien decía, ¡Animo, pues! Corazón, ¿en qué penáis y teméis? La ocasión es generosa. ¿Teméis que a Jacinta hermosa no habéis de ver? Mal hacéis. Vuestro mal gusto condeno, aunque por extremo es bella; porque más vale no vella que vella en poder ajeno. ¡Ea! : vámonos a perder por ese mundo adelante, que tú eres hombre importante y has de venir a valer. Yo seré tu Gandalín, y iremos de tierra en tierra. ¿Qué más guerra que la guerra de tanto diablo malsín? En Lazarillo de Tormes, un libro español famoso, se fue un escudero honroso por desatinos conformes. Decíale un caballero en topándose los dos: "Amigo, manténgaos Dios." Pues si deja un escudero su patria por bendiciones, ¿con cuánta mayor razón nosotros, en ocasión que nos echan maldiciones? En tan confusas batallas es imposible vivir, pues ver al vulgo decir, si callas, que por qué callas; si hablas, que es todo injusto y que dices mal de todos, buscándose ellos los modos de interpretarlo a su gusto. Luego por sátira arroja lo que se dijo por risa; si un ejemplo los avisa, es por quien se les antoja. Vámonos de aquí, Lisardo, acábese aquesta pena. Silvia estampando la arena viene a nosotros. ¿Qué aguardo? ¡Oh, aurora del sol que adoro! ¡Oh, sol de agosto, mayor que el que mata un segador! ¿Así guardas el decoro a un ángel? Déjale hablar, ¿Ángel mujer? Eso no, porque el diablo la engañó. Siendo ángel no pudo ser. De mi señora Jacinta te traigo un recado. ¡Cielos! Parose en sus paralelos el sol que de oro los pinta. Ya no le tiene el primero móvil; pasaron los orbes. ¡Por Dios, que es lindo que estorbes con estilo lisonjero el recado y el favor! Mi señora... Bueno estás. Viendo que a la guerra vas, que ya agradece tu amor, este vestido te envía, espada, daga y sombrero, y esta cadena. No quiero vida, ni ya la quería. Con tanto bien muerto estoy. Sí, mas con buena mortaja. ¿Para mí no hubiera raja o frisa? i Al diablo te doy! Silvia, ¿Yo a ti? ¿Por qué no, lechuza? Y ¿fuera mucho tú a mí? Pero vísteme de ti, vestirasme de gamuza. ¿Es posible que este lleves contigo? ¿Y es mucho error? Y ¿qué has de ser? ¿Atambor? Si me pones cintas nuevas y tu pellejo por parche de las baquetas curtido. Con este galán vestido bien será, Silvia, que marche al lado del capitán. Dirasle, Silvia, a mi bien que gracias por mí le den más que desgracias me dan la fortuna y el error, pues que conmigo han jugado al soldado, aunque el soldado ella le viste mejor. Negro me dio la tristeza y colorado el favor; morado me viste amor, naranjado mi tristeza; azul, mis celos; leonado, mis congojas y desvelos; pajizo, los desconsuelos con que voy desesperado. Solo, Silvia, no me dan en amor tan tierno y franco color que se cifre en blanco, que todas en negro están. Esta noche quiere verte en la reja. ¿Irá Garbín conmigo? También. Y, en fin, tanto daño quiere hacerte, viendo que anda cuidadoso Leonardo. Temes, en fin; mas el amante. Garbín, nunca estuvo temeroso. Dile, Silvia, que yo iré a verla y a despedirme. Y tú ¿qué piensas decirme? Despacio lo pensaré. Voyme, que está con cuidado. Yo también. ¡Adiós, mi cielo! ¿Oye? i Adiós, señor mochuelo! ¡Adiós, muladar nevado! Esperanza lisonjera, que con rigor inmortal mis esperanzas arrastras enemistando mi paz, deja ya de perseguirme, pues que ya quitado me has lo que adoré como al alma con un amor sin igual. Ya, esperanza, no procures darme contento jamás, que faltando el bien que adoro pienso que en vano será. A la guerra, señor mío, mi labrador, vos os vais: hoy hizo fin mi alegría, mis penas comienzan ya. Ese vestido, mi bien, que os envié le llevad por despojo de una esclava que aprisionada dejáis. Si habéis de volver, mi bien; si habéis de volver acá, alentad mis confianzas, mi vida solicitad; que para tan poco tiempo os conoscí, por mi mal, llore el alma su desdicha, pues que se arrepiente ya. Descansad, ojos, un rato del sentir y del llorar, pues las lágrimas se enojan de ver que así las vertáis. Entre estos bellos jazmines con el sueño descansad, que no hay descanso en el triste, sino en dormir y en llorar. El juicio, ¡vive Dios!, traigo perdido; que su rigor, ¡oh Julio!, me trae ciego, confuso, loco en tal desprecio, y creo que se vaya corriendo mi deseo. Tú haces perezosas diligencias y no me espanta su rigor y extremo, que quieren las mujeres cuando advierten que las quieren, señor, que las procuren; porque cuando ellas quieren o procuran a cualquiera peligro se aventuran. Pienso, Julio, que tiene en otra parte puesto su amor, y aquesto me desvela. Aquí duerme Jacinta. El sol no puede. Parece toda de azucenas hecha, y si decir amando se concede la inteligencia que los cielos lleva tras su rapto veloz. Llega, obra, prueba. Escriben de una piedra que se llama celeste, y yo la traigo en este anillo, que, sobre el corazón puesta a quien duerme, le hace decir cuanto imagina y hace. Escriben de las piedras mil virtudes. Es toda su materia tierra y agua. De ellas son duras, de ellas son porosas, mezclando en esto lo terrestre y húmedo. La esmeralda y el jaspe son castísimos; el nitro ayuda a las Vitorias siempre; huyen todas las fieras del carbunco, que si la piedra oftalmio hace invisible, ¿qué mucho que el celeste que yo tengo haga decir al corazón opuesta lo que hace y dice el dueño? Llega y prueba Yo se la pongo en nombre de mis celos. Notables influencias de los cielos. Esperanza el mal dilata como amigo lisonjero, que dando gusto primero después del suceso mata el ser que no tiene ser y una enigma de tal modo, que aunque se declara todo nunca se deja entender. Ella trata de esperanza. La que tiene de casar contigo. Ya vuelve a hablar. ¿Qué ha de hacer quien no te alcanza? ¡A la guerra, gloria mía! ¡A la guerra, mi señor! Poca paz tendrá mi amor, que hizo fin mi alegría. ¡Vive Dios, que se le va, quien quiera que es, a la guerra! ¡Notable virtud encierra! Escucha, que hablando está. Ese vestido que os di y esa cadena, mi gloria, porque os acordéis de mí... ¿Vestido y cadena dice que le ha dado? No creyera tal suceso si no fuera ella quien lo ha declarado. Pero ¿quién en sueños fía? ¡Ay, Julio, qué necio eres! En la mar y en las mujeres es necio el que se confía. Pues os vais vos a la guerra, yo en ella quiero seguiros, y formar de mis suspiros guerra mayor en mi tierra. Ejércitos de cuidados, volad con ligeras alas, poned a ese muro escalas. ¿Qué teméis? Subid, soldados. Enemigos hay. ¿Quién son? ¿Los celos tiraron? Sí. Acertaron; me caí... ¡Qué notable confusión! ¿Quién está aquí? No temáis; volved, señora, a dormir, que ya yo me quiero ir, pues vos me desengañáis. En el alma ¡vive Dios! he estimado el desengaño, pues del rigor y del daño quedamos libres los dos. Y ¡vive Dios! que quisiera conocer a ese dichoso, porque mi pecho amoroso justas albricias le diera. Gozadle felices años y él os pague vuestro amor, pues no mereció el rigor que distes a mis engaños. Y él goce también, señora, el vestido y la cadena, pues libre de tanta pena as sirve y os enamora. Mas no le dejéis partir por mi ocasión a la guerra, que si por mí se destierra yo no lo pienso impedir. Yo sabré, con dilaciones, a vuestro padre obligar a que se canse de hallar sufrimiento a mis razones. Y en viendo que el tiempo ofrece ocasión, me iré, y veréis cómo os dejo a que gocéis a quien mejor os merece. ¿Qué es esto, desdichas mías? ¿Por dónde o cómo ha sabido Leonardo que no es querido? Mas amor todo es espías. Yo lo sabré remediar, pues soy la causa también. Aquí está Lisardo. ¿Quién? Lisardo te quiere hablar. ¡Ay, Silvia, que estoy perdida! Pues direle que se vaya. El corazón se desmaya. Entre, y cuésteme la vida. Si acaso me conocéis en el hábito que vengo, de las fugitivas calzas y encorozado sombrero, vengo a pediros licencia de parte de un caballero que en el noviciado ha entrado de las ropillas de peto, y viene a hablaros. Di que entre, que ya por verle me muero. Galán por extremo estás. Créolo; si eres mi espejo y me esto mirando en ti. ¿No entra tu señor? Ya entro a tu divina presencia y a adorar tus ojos bellos, que son lumbreras del mundo en el campo de tu cielo. ¿Es posible que tú eres labrador? No sé, ni entiendo, cómo una alma tan hidalga cupo en tan villano cuerpo. En todo, bella señora, desdice mi pensamiento, de la sencillez villana y del estilo grosero. Que claro está que a tus ojos, que dan esplendor a Febo, acrecentando la luz entre tus celajes bellos, no se atreviera a llegar, si no es con mucho respeto, un villano. Escucha aparte, porque no nos oiga el viento. ¿Han visto qué galán eres y qué derecho de cuerpo? ¿No lo habías visto hasta agora? ¡Ah, vestidos lisonjeros, lo que encubrís y tapáis! Garbín, no en todos los cuerpos cubren faltas los vestidos. Eso, Silvia, es embeleco. Dame tú que tenga yo vestidos ricos y bellos, que es imposible dejar de tener hermoso cuerpo. Y, por el contrario, sé que el pobre, aunque Adonis bello sea en el talle, ha de ser, sin vestidos, un camello; y, por que mejor lo veas, oye a propósito un cuento. Ya vendrás con invenciones. En un hospital de aquestos donde las cuaresmas hacen pasos al devoto pueblo, vistieron en cierto paso a cierto bulto de aquellos de Judas, con barbas rubias, con sus botas y sus puerros. La Pascua, para otro paso, al mismo bulto vistieron de caballero, con calzas, plumas, espada, sombrero. Entró un mayordomo y dijo viéndole "galán: "Por cierto, que tiene aquella figura lindo rostro." A quien, riendo, respondió el que le vestía: "Pues ese del rostro bello era Judas antiyer, con una espuerta de puerros, y hoy representa a Alejandro, pretensor del reino hebreo." Y aunque es verdad que las almas son esto mismo que fueron, muchos Judas sin vestidos son Alejandros con ellos. Nunca te faltan historias. ¿Qué quieres? Busco rodeos de entretener, y aun importa, que es melancólico el sueño, aunque a vueltas de estas burlas mis pesares entretengo. En esta aldea nací; no he dicho, Silvia, ni he hecho mal a nadie; mas ¿qué mucho que haya ratones si hay queso? Por esto solo me voy, que, aunque soy pájaro viejo y no me espanto en la torre de los badajos del pueblo. no tengo más de una pluma en las alas, con que pienso servir extranjeras glorias, pues las propias no dan premio. Siempre dicen que te quejas. Descanso cuando me quejo y para ver si me escuchan; mas son voces en desierto. ¿No tienes dueño? ¡Y qué tal! A no tener ese dueño ya fuera cofia Garbín. ¿Calvo? Peor. ¿Cómo? ¿Necio? "Dentro están; entremos, Julio." Vete, mi bien, porque siento ruido en la huerta. Garbín, gente viene. Desenvaino la que puse al lado izquierdo. ¡Adiós, mi bien! Estos son. Pasaremos, caballeros. ¿Qué es pasar? Pues de esta suerte entiendo que pasaremos. ¡Que me matan! ¡Hombre, tente! ¿Qué es tenerme? ¡Afuera, perros! ¿Quién eres? ¡El diablo soy! Somos dos soldados nuevos; con el diablo embestiremos. ¡Ah, patria desdichada! ¡Ah, duros hados! Con más rigor se aumenta la batalla. Cansado del acero y dura malla me salgo, hermana, a descansar un rato para volver de nuevo a la pelea. ¡Dura fiereza! ¡Extraña desventura! Nunca, Celia, está firme la ventura, que la fortuna, al fin, como violenta, sube y abaja estados cada día. ¡Mal haya el hombre que en estados fía! ¿Quién vio esta tierra, hermana de mis ojos. rica, hermosa, vistosa y abundante; tantas grandezas, tantos caballeros jugando cañas y lidiando toros y arrastrar por el suelo sus tesoros por gusto y por honor de nuestra patria, y agora los miramos derramados por las calles y plazas, más por fuerza que por gusto, en efeto? Otra vez toca. A más fiereza el alma me provoca. Por no dejarte, hermana, en este punto, adonde te cautiven los contrarios, en sujetos tan viles y voltarios, no me atrevo a volver a la batalla; aunque ya es imposible remediarla. ¡Ah, triste patria mía, ya asolada por el gusto de un Príncipe tirano! ¡Ah, Rosimundo, fiero inadvertido! ¿Qué culpa fiera y grave han cometido los tristes e ignorantes ciudadanos para darles castigos tan tiranos? Basta el rigor; advierte que ya el cielo, rompiendo el manto azul y sacro velo, fulmina rayos en su centro hermoso por castigar tu intento riguroso; pues las haciendas quitas, no permitas que nos quiten las vidas, aunque quedan tan pocas vivas ya, ¡ah, duros hados!, desdoráronse, al fin, yerros dorados. Tú estás vivo, villano, ¿y no peleas defendiendo a tu patria? Padre mío, cansado me salí de la batalla, y por guardar la honra de mi hermana, que aquí conmigo ves. ¿Cansado? Loco; a más furia y enojo me provoco. Vuelve, villano; vuelve a la batalla y ejecute tu espada vencedora, que otro tiempo fue digna de laureles, en la gente cruel golpes crueles. Mira mis blancas canas salpicadas de la sangre que vierto por mis venas, que no hay en ellas ya una gota apenas. Vuelvo, ¡vive Dios I Advierte que vuelvo a ser guadaña de la muerte en los fieros contrarios. ¡Dios te guíe! Ve, Celia, a recogerte, y tú a mi lado. Ni dura el bien ni el mal en un estado. ¡A buen tiempo! ¿Cómo así? Porque la ciudad se asalta. Vámonos a recoger. ¿Estás loco. Garbín? Calla. ¿Por qué? Porque he imaginado seguir la parte contraria. ¿Contra la patria? ¿Qué dices? Yo no voy contra la patria, sino sigo mi fortuna donde los hados me llaman. Coriolano vino a Roma, y aunque hijo, ensangrentaba la espada en su cuello altivo. Yo, por amorosa causa, pobre labrador, vendré si los hados me levantan, contra una aldea, y, en fin, será Roma en mi venganza. ¡Altos pensamientos tienes! Muero por Jacinta. Apartá de Jacinta el pensamiento mientras la ciudad se asalta. ¡Ah, desdichada ciudad! Póngome esta blanca banda porque piensen que soy suyo. Y yo, que no tengo blanca, (hablando equívocamente, ¿qué me pondré que me valga? ¿No tienes siquiera un lienzo? Lienzo tengo, y de mi dama; mas diómele aquella noche con no sé qué zarandajas y no debe de estar limpio. Robando vienen las casas. ¡Oh, qué de sedas hermosas que arrojan por las ventanas! Sin duda son mercaderes que hoy pierden hacienda tanta. ¡San Francisco les ayude! ¡Oh, cuáles las tiendas andan de los plateros! Allí dos hombres se descalabran sobre coger una copa. ¡Qué de papeles arrastran y qué soberbios procesos! ¿Si son prestos? Garbín, calla; que son hijos de las leyes habidos en las desgracias. ¿No pueden ser de un poeta? ¡Papeles! ¿De qué te espantas? Bien parece que no sabes de qué manera se trata esto de darse a poetas. Pero, Lisardo, ¿qué aguardas? Pues la ocasión nos convida, cojamos de aquestas plazas algún proceso o alguna joya de cobre u de plata. Aquí traen tres soldados una mujer. Anda y calla; que en nuestro rancho serás más que mereces honrada. ¿No me conocéis vosotros? Di que eres muy desdichada. ¿Es ventura el ser cautiva, sobre otras muchas desgracias? No soy yo para la guerra. ¿Cómo? El alma me traspasa el llanto de esta mujer. ¡En qué lindas perlas baña aquellos hermosos ojos! Espantome que en el agua no se aneguen sus dos niñas. Son matrimonio que basta para que vivan más siglos. ¿Las niñas? ¿De qué te espantas? La de los ojos derechos es niño, y este se casa con la niña del izquierdo, y cuando es bizco es que andan pidiendo divorcio y riñen. ¡Locuras tienes extrañas! Y yo topo por las calles personas a quien les falta, que tienen ojos viudos. ¿Qué dices? Y si se casa después con otra persona es que hay un ojo de plata. ¿Los ojos? Y la nariz, y la cabeza, y las barbas, y el alma. ¿El alma? ¿Qué dices? Si es fingida, ¿qué te espantas? i Ah, caballeros! ¿Qué quieres? Que no tratéis esa dama tan mal. ¡Bueno, por mi fe! Pues qué, ¿quiere regalarla? Si me la queréis vender, no digo vender, trocarla, os daré aquesta cadena. Quedo. La más linda cara daré yo por un cuatrín. Y yo por una castaña. Déjese venir con ella. Tomen, y allá la repartan. Los eslabones se cuenten. Aunque todo es ser esclava, no sé qué he mirado en vos que se regocija el alma. (¡Por mi vida, que es hermosa!) Si vos gustáis, camaradas seremos los dos. Señora, no os dé pesadumbre nada. (Respeto pone su vista.) (Afición pone su cara.) (Aquel mirar a lo zurdo me tiene hecho una brasa.) (Honestamente le adoro.) Venid. Yo voy confiada en vuestro valor. Y yo en que movéis mis entrañas.
JORNADA TERCERA
Otro más fuerte y gallardo podréis, señores, hacer. ¡Sí, pese al mundo, ha de ser nuestro capitán Lisardo! Advertid que viene aquí el príncipe Rosimundo. ¿Qué es esto? ¡Oh, valor del mundo, que está temblando de ti! Murió nuestro Capitán y hemos hecho al más gallardo soldado. ¿A quién? A Lisardo. Por más valiente y galán, testigo de su valor y en vulgares opiniones merece premio y honor; y así, apruebo la eleción que habéis hecho. Esos pies pido; pues por ti he recibido tal nobleza y opinión. Levanta, Lisardo, y fía de mi valor y grandeza que ha de tener tu nobleza satisfación algún día; que estoy muy aficionado a tu valor y a tus hechos. Y de ti están satisfechos los príncipes de tu Estado, y los vasallos también. Gobierna esa compañía mientras que se acerca el día que yo te premie más bien. Aquí están dos caballeros que quieren, señor, hablarte. Entren, pues ; que ya he mandado que no se le estorbe a nadie la entrada. Ya están aquí. Mil años el cielo guarde aquese heroico valor, esa gentileza y talle. ¿Quién sois y a qué habéis venido en esta ocasión a hablarme entre guerras y entre espadas? De tus soberanas partes informados, gran señor, y de las mercedes grandes con que a los humildes honras y que a los sujetos haces, hemos venido los dos de parte nuestra y de parte de los vecinos que habitan una aldea miserable y se llama Fuenteflor, cuyo fresco sitio un valle cerca con un manso río que vierte blancos cristales. Que pues que ya están sujetos a tu poder, que es tan grande que en los asientos del sol solo habrá de colocarse, que no permitas que en él soldados ni capitanes entren robando las casas, entren talando las calles. Él no quiere defenderse de tu fuerza inexorable, sino rendirse y hacer a tu nombre vasallaje. Las llaves de su castillo y su fortaleza trae este caballero noble que a tus pies viene a humillarse. No tienen armas ningunas sus moradores leales con que resistir procuren tus acerados alfanjes; solo tienen por defensa, sin que tremolen al aire, banderas de espigas rubias, de donde el trigo se cae; sus armas son las guadañas y las hoces con que hacen la siega cuando el agosto tiempo y ocasión les trae. En efeto, ellos no tienen defensa con qué ampararse si no es con el gran valor de tus generosas partes. Este piden y este invocan, y yo vengo de sus partes a pedir misericordia y a entregarte aquestas llaves. Alzad, caballero noble; que vuestra presencia y talle mueven a noble respeto. Beso las plantas reales de tu majestad suprema. Yo enviaré presto un alcaide que con valor os gobierne y que con amor os trate. No tengáis pena ninguna. El cielo el nombre dilate de tu majestad heroica, desde donde Apolo sale derramando por el mundo sus lumbreras celestiales, hasta el sitio en que se pone entre nubes de diamantes. Bien podéis volveros luego a vuestro castillo, y dadle la obediencia como a mí al Capitán que enviare. Si somos esclavos tuyos, gran señor, será el alcaide nuestro generoso dueño. Caminad, y el cielo os guarde. Y tu poder eternice por mil siglos inmortales. ¡Lisardo! ¡Señor! Tú tienes de ir agora a ser alcaide de Fuenteflor. Esos pies, gran señor, he de besarte por merced tan generosa. (Apenas que oí nombrarle cuando luego eché de ver que quería el cargo darle de alcaide de Fuenteflor.) Luego, Lisardo, te parte y confía en mi valor, que con premios más iguales a quien eres y a quien soy pienso, Lisardo, pagarte. ¿Qué más paga, gran señor, que esas palabras reales, dichas con tan grande amor? Capitán, el cielo os guarde; pero capitán es poco: guárdeos Dios, famoso alcaide. ¿Qué te parece? Que has sido con el Príncipe dichoso; pues favor tan generoso de su mano has recibido. ¡Tú, alcaide de Fuenteflor! ¡Tú, a ser dueño de Jacinta! ¡Qué bien la fortuna pinta lo que diseña el amor! Acuérdome que leí en un libro el otro día que la fortuna tenía un árbol formado en sí, y de sus ramas colgando mil diferencias estaban de cosas que allí aguardaban los que la estaban mirando. Coronas, mitras, lucientes armas, libros, cosas tales, al pie varios animales de linajes diferentes. La Fortuna arriba estaba con una vara, y al punto que ella daba, todo junto del árbol se descolgaba. Al que era feliz caía un cetro o una corona, y al que la desdicha abona una espada le afligía. Finalmente, esto pasaba. Y eso ¿qué daba a entender? Que da sucesos sin ver a quién. Mi fortuna alaba su vara, a tiento o conciencia, pues tal suceso cayó. La Fortuna lo causó haciendo tal diligencia. A un cierto maestro vi que esperó un verde laurel y dio una albarda sobre él. ¿Por qué? El porqué no entendí, mas de que fama pedía por decir mal. Así es bien: al que escribe bien le den, no al que habla mal y porfía. Pero, dejando esto aquí, ¿dónde está Celia? Guisando tu comida. ¿Estás burlando, o haces burla de, mí? ¿No te he dicho que no quiero que Celia se ocupe en eso? Mi inadvertencia confieso y tu razón considero; pero ella está tan perdida por tu amor y tu nobleza, que ya se ve su belleza despreciada y ofendida y a tu cama y tu comida no ha de tocar otra mano. No me quiere Celia en vano, porque es de mí tan querida como si mi madre fuera. Jacinta... Aquese amor, aunque es verdad que es mayor y el alma le considera por más firme y admitido en el alma, has de advertir que ése eterno ha de vivir y ha de estar al alma unido. Es el de Jacinta bella amor firme y verdadero, el de Celia considero que es el mismo que hay en ella, Pero ve, ¡por vida mía!, a llamarla. Ya ella viene, y el mismo cuidado tiene que ha tenido su porfía. ¿Está aquí mi Capitán? Añade, Celia, el valor de alcaide de Fuenteflor, que esa tenencia me dan. ¿De Fuenteflor? Con razón vengo a darte el parabién, pues que me alcanza también parte alguna a mi afición, pues como ya me has contado eres de allí natural. Allí mi bien y mi mal tiene Amor depositado en el castillo de Ardenio, que es, Celia, donde nací. No la atormentes así, que contradice a tu ingenio dar pesar a una mujer, aunque tu esclava se nombre. Es verdad; pero no hay hombre discreto con el placer. Haz prevenir al momento, Garbín, en que Celia pueda ir a Fuenteflor y exceda su amor a mi pensamiento; que hoy habernos de partir a Fuenteflor. ¡Linda cosa! Por ver mi Jacinta hermosa tengo de abreviar el ir. Y vayan lo más galanes que puedan nuestros soldados. Si hubiera tiempo, bordados llevarán los tafetanes de tus banderas también. Pues ¿en qué te has divertido? ¿Sientes que se haya partido el Capitán? ¡Oh, qué bien! Ya hay malicias. ¿Qué malicias? ¿Piensas tú que yo no veo que tienes nuevo deseo y que a Lisardo codicias? ¿Yo a Lisardo? Tú, a Lisardo. Pero mal haces, por Dios; pues sabes que hay en los dos la desigualdad que aguardo que te declare el rigor del tiempo; demás que agora a Jacinta sola adora el Capitán, mi señor. Pero si tú, Celia, quieres de aquese amor divertirte, si pudiera persuadirte, cosa propia de mujeres, a que me quisieras tú. ¿Yo a ti? ¿En aqueso paró? Tú a mí. Pues ¿qué tengo yo? ¡Ofrézcote a Belcebú! ¿Has visto tú algún virote más bien sacado y derecho? ¿Hay en la ausencia del pecho cosa que eclipse el cogote? Si por el pie te gobiernas, no hay en mis piernas engaño, aunque dicen que hay hogaño buena cosecha de piernas. Que hace el tiempo maravillas sin llover, ni sin arar, después que han dado en sembrar simiente de pantorrillas. Si entendimientos penetras, aunque no es mi habilidad de azor de universidad, un capirote y sin letras soy. Yo lo creo. Garbín. Soy la misma Astrología; y así es digna mi porfía de alcanzar un dulce fin. Digo que yo te querré; pero será con amor de madre. Aquese favor como esotro estimaré. Antes es más tierno estotro, pues que la traición condena. No me da ninguna pena; que del uno vendré al otro. Digo, Leonardo, que puede estar Jacinta en la aldea sin temor de que soldados se atrevan a la belleza. Porque aunque es verdad que son algo atrevidos, es fuerza que la imagen del respeto clara en sus ojos la vean y no se atrevan a hacer ofensas a su belleza. Por pensar que más segura estaría en el aldea aquesto te aconsejaba, porque, al fin, no es cosa nueva el atreverse a injuriar en quien profesa la guerra. Cuando una mujer, Leonardo, no quiere, no hay furia ciega, ni furor desbaratado que puedan hacerla ofensa. Yo misma en mi guarda estoy, y no es razón que tú temas lo que no he temido yo. Es tan grande tu belleza, que tengo celos de que los rayos del sol te vean. ¡Ay, Silvia! Contenta estoy de ver que soldados vengan hoy a nuestra aldea. Sin duda, tendrás de Lisardo nuevas. Julio viene. Ya, señores, la lucida soldadesca del Capitán que esperáis llega a nuestra humilde aldea. ¿Es cierto, Julio? ¿No escuchas las cajas y las trompetas? Y por el viento se ven tremolando las banderas, que forman un verde abril con las colores diversas. El viento en los tafetanes se alegra, retumba y juega. Aunque os parezca, señores, que he venido a daros pena, solo he venido a serviros. De vuestra noble presencia y proceder apacible ningún peligro se espera. Dadme esas manos. Los brazos os aguardan. ¡Gloria inmensa! ¿No llegas, hija? ¡Jacinta! ¡Hija mía, llega, llega! ¿No conoces a Lisardo, al que desde la edad tierna en esta casa criamos? ¡Grande bien! ¡Ventura inmensa! Quien se crio en vuestra casa ¿qué mucho, señores, tenga tal ventura? No podía ser menos digna la vuestra. (Atisbola, ¡vive Dios! Ello tendremos celera.) (Rabiando y muriendo estoy de celos. ¡Ah, suerte fiera! ¿No es este, Julio, el soldado que aquella noche en la huerta acuchillamos los dos? El mismo es. ¿De qué te alteras? De que pienso que ha venido por nuestro mal al aldea, porque Jacinta le adora. ¡Extrañas máquinas piensas! ¿No habla vuesa merced porque viene de la guerra con las armas destrozadas? ¿Es suya la mochilera? Habla con tiento, que soy otro de aquel que en las eras iba quebrantando espigas con las portátiles piedras. A los ministros de Marte, cuando vienen de la guerra, se da Ahora bien; cansada llega, señor, vuestra compañía. Vamos, Leonardo, al aldea a prevenir las posadas, y a esta dama hermosa y bella una casa principal. No os dé su persona pena, que es mi esclava y ha de estar conmigo. (¡Extraña quimera! Si no la llamara esclava sospechara que era Celia.) (Muriéndome estoy de celos de ver que a Jacinta bella esté mirando Leonardo; pero, al fin, tened paciencia, celos, que los de Lisardo de sus traiciones me vengan.) Vamos, Leonardo, de aquí a prevenir el aldea. Y tú, Silvia, a esa señora como a quien es aposenta. Como a esclava al fin. Harelo. (¡Bella mujer!) Venga, reina, que para esclava es muy dama. Así los tiempos se truecan. Esperando que se fuesen estuve, Jacinta bella, para darte mil abrazos. Desvía, ingrato, que pruebas con tus traiciones villanas los poderes de una ausencia. ¿Cómo, ingrato, cuando yo, con una fe verdadera, con un amor increíble, con una afición inmensa, estaba esperando tanto el fin de tu larga ausencia, aumentando la esperanza y apocando la tibieza me traes a mi casa mesma una mujer, que bien prueba tu villana condición y tu malicia encubierta? ¿En eso solo, mi bien, reparaste? (¡Linda necia!) ¿No ves que es esclava mía? ¿Esclava mujer tan bella? No, Lisardo; tú, sin duda, serás el esclavo de ella, que su hermosura respetas y adoras a su belleza. Vete, ingrato; vete, infame, y más a engañar no vengas a mujeres principales con palabras lisonjeras. ¿Tú traes mujer a mis ojos? Detente, señora bella, y advierte bien que mi esclava no es digna de que tú tengas celos de ese trato humilde y de su indigna belleza. Yo la compré, esposa mía, por precio de una cadena en la guerra, por piedad de ver que en cara tan bella, y cristiana al fin, se hiciese alguna falsa cautela. Trújela conmigo, al fin, pero si su amante fuera, como tú dices, señora, no la trujera al aldea a tu vista y a tus ojos. ¡Oh, qué razones tan llenas de lisonjas y mentiras! No hayas miedo que te crea, aunque arrogante te animes y loco te desvanezcas. Yo me casaré... ¡Oh, qué bien! Detente, señora, espera; escúchame diez palabras y no te entres tan apriesa. ¿Qué quieres? Que no te vayas sin que primero no vuelvas de ese error desengañada y cierta de esa sospecha. Mira bien que mi señor te adora con tantas veras, que aquello que no es Jacinta es para él infierno y pena. En esta ausencia cruel, y en esta guerra soberbia, todo ha sido "mi Jacinta, mi Jacinta hermosa y bella; aquel rostro de cristal y aquella boca de perlas, aquellos cabellos rubios ensartados de mil perlas, que de cuando en cuando el sol le presta preciosas hebras". Todo, en efeto, señora, ha sido de tu belleza acordarse, y cuanto ves de esta mujer, es quimera, y es esclava al fin. Garbín, basta que alcagüete seas. (Cerró la plana.) ¡Por Dios, que de Gazpirria ni Fedra no se cuenta tal crueldad! Más enamorada queda. Garbín, de sus bellos ojos, el alma más dulce y tierna; de sus divinos cristales arrojaba dulces flechas, y, con las hierbas de enojos, me anunciaban muerte eterna. Pero al fin ella vendrá a desengañarse. Intenta una cosa. Ya no hay medio que a mi remedio convenga. Despide a Celia. Eso no, aunque a Jacinta perdiera; porque la adoro. Garbín, como si mi madre fuera. Pues si es así, con razón se queja Jacinta bella. Calla y llama a Celia. Callo, y voy a llamar a Celia. Comparaba un discreto el casamiento a la vida de un hombre mal fundada, que en su presente edad y la pasada fue de ofender a Dios su pensamiento. Y por un breve rato de contento, de una ocasión que tuvo deseada, es al infierno el alma condenada luego que el cuerpo queda sin aliento. Cásase un hombre, y en sus alegrías se ven tan bien aquestos mismos daños, pues por gozar sus locas fantasías, del cuerdo ejemplos y del necio engaños, escoge un cielo de tan breves días por el infierno de tan largos años. Aquí me ha dicho Garbín que me llamabas. ¡Oh, Celia! Tú seas muy bien venida. Y a darte las buenas nuevas de tu amor con mi señora Jacinta, a quien reverencia el alma por dueño suyo. i Ay, Celia! Muy malas nuevas tengo que darte. ¿Por qué? Porque tu rara belleza la tiene muerta de celos, y no es posible que advierta que eres mi esclava, y a engaño atribuya su flaqueza, y me ha dicho que a Leonardo, de su padre en la presencia, hoy tiene de dar la mano por castigar mi insolencia. Pues si eso es así, señor, yo viviré en el aldea, donde no la cause celos, pues no estaré en su presencia. Aquesto no, Celia mía, porque antes ¡por Dios! perdiera a Jacinta, y aun la vida, que ya en su amor vive muerta, que te apartaras de mí. Mi boca tus plantas besa por tan heroica merced; y pues que de tu nobleza y de tu valor heroico estoy cierta y satisfecha, te quiero decir, señor, un secreto. De tu pena seré abonado testigo y amparo de tus ofensas. Ese Leonardo que dices que la pretende y la ruega con una alma engañadora y con riqueza opulenta, es mi marido, Lisardo. ¿Qué dices? Que de mis penas seas severo juez y escuches. Prosigue, Celia. A imitación de los dos amantes que Roma y Grecia con tantas lenguas alaban y con tal honor celebran, con Leonardo me crie en la edad de amor más tierna. Semejantes en los gustos y conformes en las penas, creció este amor con ellos; y ya cuando el cuerpo era tan conforme con los años como la naturaleza, hizo todos sus efetos en nuestras almas a prueba de trabajos, resistidos a prueba de la paciencia. Al fin, para no cansarte con aquesta afición nuestra, pues donde las obras obran las palabras no aprovechan, tuvimos de aqueste amor un infante; hermosa prenda de este amor desatinado y esta voluntad opuesta. Viendo Leonardo que ya se acrecentaba mi pena, porque mi padre afligido mi liviandad no supiera, me pidió para su esposa; mas él, con grande soberbia, dijo que para criado en casa no le tuviera. Era Leonardo, señor, pobre entonces, que si fuera rico, como agora es, él tuviera otra respuesta. Resfriósele el amor, al fin, y yo, triste y ciega, viendo ya cercano el parto, me salí sola a la huerta, y, pariendo un blanco niño, que del mismo sol afrenta pudiera ser, a vivir, y de la luna y estrellas. Por el temor de mi padre formé, de unas madreselvas y unas anchas espadañas, una cunilla pequeña, y en el río le arrojé, una imagen de oro puesta en el inocente cuello que antes de nacer navega. No he sabido jamás de él; pero, volviendo a mi tierna historia, sabrás, señor, que, como el tiempo se trueca y la majestad del tiempo allana torres soberbias, facilitando imposibles cuando el poder no aprovecha, que mi padre de su estado cayó, y por la escala mesma por donde bajó mi padre, haciendo a su honor afrenta, subió Leonardo. ¡Ay de mí, que de mi historia funesta fue aqueste el daño mayor! No llores. Prosigue, Celia. Viendo mi padre afligido a Leonardo en tanta alteza, se determinó a ofrecerle, con lo poco de su hacienda, lo que antes pedido había Leonardo; mas la riqueza hace diferente rostro, y respondió con soberbia que para criada suya en casa no me tuviera. Vino a casarse, señor, a Fuenteflor con la bella Jacinta, que, con tus celos, de sus traiciones me venga. Perdí mi patria y perdí mi honor, y en aquella guerra me compraste por tu esclava por precio de una cadena. Trujísteme adonde he visto mi desdicha, si no fuera ventura en ser tu esclava, que, puesta a tus pies, te ruega que me ampares con tus alas y con tu poder defiendas, pues que soy hacienda tuya, que tú me estimas por ella. Admirado me has dejado con tu historia, y a terneza me han movido tus desdichas, que ablandar puedan de piedra los corazones más duros y las entrañas más fieras. Pero por el santo cielo y por la piedad inmensa de Dios, con cuyo poder el cielo y tierra gobierna, de restaurarte tu honor de modo que esposo sea Leonardo tuyo, y que goces de sus brazos y su hacienda, que es obligación forzosa a las mujeres aquesta. Mil años vivas, señor, y de tu heroica nobleza no esperé menos jamás. Vamos, Celia mía, y no temas, que yo volveré por ti aunque honor y vida pierda. Tu esclava seré, señor. Esclava, no; serás dueña de mi vida y de mis ojos, porque tu persona bella mueve a respeto amoroso. Vamos, señor, y a mi pena darás un alegre fin. Tu honor cobrarás, mi Celia, pues eres esclava mía y te estimas por mi hacienda. Admitir satisfación es propio al entendimiento, porque en tenerle contento se difine la razón. Este desengaño aprueba y de ese engaño te aparta, y no permitas que parta una sospecha tan nueva, tan firme amor. Mira que es su esclava, y que te ha engañada la sospecha y el cuidado, que has de conocer después. Garbín, no te canses más; yo sé que a la esclava adora. y sé también que es señora y no esclava, aunque la das tan bajo nombre. En mi vida vi semejante mujer, ¡Que no me quieras creer! Acaba, señora, olvida ese disgusto, y advierte que te adora mi señor, y enloquecerá de amor si acaso no llega a verte satisfecha de este engaño, que, al fin, él está sin culpa por causador de este daño. ¿No sabes el cuentecillo que sucedió a un cortesano? Déjame, Garbín, que en vano será el saberlo y oírlo. Yo sé que me vitupera y desprecia. ¡Qué porfía! Aqueste galán tenía una dama que no era de las que escriben papeles de "mi alma, en ella siento vuestro sentimiento". El cuento tiene prólogos crueles. Una amiga que tenía la referida mujer, con melindre bachiller la dijo, envidiosa, un día: "No le queráis, aunque os quiera, a Fulano, hombre afectado; las noches que os ha faltado las duerme con bigotera." La mujer, que oyó decir que "duerme con bigotera", mujer sospechando que era, dio en no comer ni dormir, hasta que un día salió de madre, y cerró con él, y, en celos y uñas cruel, le dijo: "¿Es mejor que yo esa infame bigotera? ¿Tiene mejor talle y cara?" Él dijo: "Las uñas para." Y, abriendo la faltriquera, sacó tanto cordobán que con dos cintas traía: era rubio, y parecía con ella macho alazán, y asomando la boqueta por la abertura apretante, con quien era semejante cierta enfermedad secreta, dijo muy largo de hocico: "Esto llaman bigotera", con que paró la celera. Doy fin al cuento, y aplico: cuando vengas a saber que esta esclava, o sea quien quiera, es no más de bigotera, y no cual piensas, mujer, ¿cuál será tu corrimiento? ¿cuál será tu desengaño? Yo quiero, si fuera engaño, dar por bueno el sentimiento; y estad seguros los dos que jamás os he de ver. ¿Que no me quieres creer? Sin echarla, no, por Dios. "No ¡por Dios!", dijo la celosa dama, que el sí y el no los gustos y las quejas como caballos son, corren parejas: de azufre es fuego amor y azul su llama. Como es al huracán la seca rama, y suele ser la tierra con las rejas y el femenino llanto a las orejas, tales son juramentos en quien ama. En vano mis palabras solicitan el desengaño, y en su amor apuro, pues al engaño no se facilitan. ¡Oh, bien haya mi amor firme y seguro, pues que do tengo celos me los quitan dos dedos de pernil y seis de puro! ¿Has visto a Leonardo? Aquí a Jacinta solo he visto, a quien resisto y conquisto con mil disculpas por ti. Pero ella nada ha creído. Yo la haré creer fácilmente que entienda que este accidente de sus celos ha nacido. Busca a Leonardo; camina. ¿Luego, luego? Al mismo instante. Dios nos libre de un amante si a su error se determina. Pero ya viene Leonardo sin que le llamen. Aguarda allá fuera. Así lo haré. En este punto enviaba a buscarte. ¿Qué me quieres? Que me declares, si basta el suplicártelo yo, si conoces una dama muy principal en tu tierra; pienso que Celia se llama. Ya la conozco. ¿Y conoces qué la debes? Basta, basta. ¿Quién te mete en eso a ti? Mi nobleza, que se agravia de que un caballero noble haga tan viles hazañas. Pero tú tienes, Leonardo, de casarte y adorarla por esposa o estas hierbas quedarán hoy salpicadas con la sangre de los dos. La gran soberbia te engaña. ¿Yo casarme con tu amiga? ¿Yo casarme con tu esclava? Miente el villano que dice tan descompuestas palabras. A mí no me ha desmentido ningún hombre sin la espada. Esta, Leonardo, es la mía. (¿Qué es esto, brazo? ¿Tú helada la sangre?) (¿Qué es esto, cielos? ¡Parece que me quebranta un monte el brazo.) ¿Qué temes? ¿Es aquesa la arrogancia y el generoso valor que has tenido? Es excusada esa pregunta, pues tú traes algunas palabras. Las que traigo están escritas en el papel de tu cara. (Voy a matarle y no puedo.) (Voy a herirle y teme el alma.) (Efetos del Cielo son.) (Sin duda el Cielo lo causa.) ¿Qué es esto, hijo, Lisardo? ¡Por el honor de mi esclava, que es Celia, volviendo estoy! Cuando a desafíos salgas, ¿por qué sales sin Garbín, que tengo de acero el alma, y seré cofia de armar y borgoñona celada? Ya tiene tu compañía caladas las picas altas, y los mosqueteros tienen en las horquillas las cajas, que un mosquetero, señor, está en pie seis horas largas. Aunque avises a las dos pide que encendamos hachas, Señores Lidio y Ardenio, yo pedí a Celia, y negada me fue de Albano, en que yo cumplí con mis esperanzas y con sus obligaciones. Toda esa disculpa es falsa, pues, al fin, mi honor me debes y por temer tu desgracia un niño hermoso y bello eché entre las verdes cañas de ese río. Espera un poco. ¿Traía un paño de grana y una imagen de oro al cuello?" Sí, señor. Lisardo, habla; que tú eres hijo de Celia. ¿Hay ventura más extraña? Ya lo quise decir yo. Hoy mis desdichas se acaban, Estando en esa ribera, yo y mi mujer Felisarda, vimos venir por el río una cuna de espadañas y en ella un hermoso niño. Sacámosle, y en mi casa le criamos, como saben los vecinos del aldea. Con una prenda tan alta, dame, esposa de mis ojos, los brazos. Aquí te aguardan a ti y a mi amado hijo. No en balde la sangre helada en tus respetos ardía. Mi dicha fue tu desgracia. Y no en balde el santo Cielo detuvo el brazo y la espada al ofendernos. Ya veo mis intenciones logradas. Dígame, señor Ardenio, y yo con aquesta cara ¿de cuál arroyo de tinta salí entre jibias y lapas? ¿Hallome entre algunos onsos hecho facistol de ranas? ¿No me dirá quién soy yo? Eso yo lo sé. Pues vaya. Forzó un villano del pueblo a una villana de casa, y dicen que fue en las eras. Levantose desgreñada y, sin cuidar de la honra, solo dijo en voces altas: "¡Ay mi Garbín, mi Garbín I ¡Bueno quedaría preñada! ¿Y llamáronme Garbín? Al pie de la letra pasa. Dale, Jacinta, a Lisardo la mano, pues que se acaban tantas disensiones juntas. La mano le doy, y el alma. ¡Grande bien! ¡Grande ventura I Fui para fin de desgracias venturosa al fin. Y aquí da su autor fin a La Esclava de su hijo, no a serviros, y él comienza, aunque ella acaba.
