Texto digital de El ermitaño galán
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Zabaleta
- Atribución estilometría
- Juan de Zabaleta Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El ermitaño galán. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ermitano-galan-el.

EL ERMITAÑO GALÁN
JORNADA PRIMERA
Todo de cazadores rodeado este sitio está ya. Tan coronado está el sitio de lanzas como espigas que no salva lo breve a las hormigas. Más que fieras son estas que buscamos, que, según la fatiga con que andamos, parece, entre el afán, el ansia, el susto, que las busca el enojo más que el gusto. Pero ¿qué fieras son las que seguimos? Que, según lo angustiados que venimos, parece que nos trae a esta espesura el enojo primero que la holgura. Tú, Artemidoro, pues nos has traído, explica de este afán lo no entendido. Leonida, tú, pues que nos guía tu planta, la causa explica de fatiga tanta. Pues ¿que queréis saber lo que esta caza... Pues ¿que queréis saber lo que esto traza... .contiene... .guarda... .oculta... .y atesora... .agora lo sabréis. .sabreislo agora. Aquesta inexcrutable dura sierra bárbara oculta, desabrida encierra un ermitaño que conserva de hombre una seña no más y esa el nombre Abramio, cuyo aspecto es ya tan bronco que, si parado está, parece tronco, en cuyo cuerpo flaco, adusto y yerto, menos la voz, todo lo vivo ha muerto. Este, pues, cuya lengua mi odio enfrene, como por sacerdote y docto tiene de predicar licencia, su insolencia es tanta que se toma más licencia, pues, convertido en granizante nube, en el púlpito sube a solo destruir las opiniones con las libres y necias reprensiones y, como del caballo de madera ⸺que fue de Troya destruición postrera⸺ salían hombres armados que asolasen todo cuanto encontrasen, de aquella boca salen tan atroces palabras, tan feroces que, intentando deshonras, abrasan las quietudes y las honras. A tanto pasa ya su desahogo ⸺¡aquí con mis palabras yo me ahogo!⸺ que, estando el templo lleno el otro día, que a una fiesta, y su voz, quieto asistía, vituperando del amor el fuego, paso arrojado y ciego, al que a Leonida yo tengo constante, porque soy y he de ser siempre su amante y, de este amor profundo en quien mis glorias fundo, dio tales señales y con tanto brío que todos conocieron que era el mío. Con una claridad tan importuna... Que los nombres no hicieron falta alguna A voces dijo entonces en el templo que es peor que un demonio un mal ejemplo, porque el demonio ruega, solicita, tienta, acomete, incita, pero, como no vemos su presencia, obra en nosotros con menor violencia, mas el ejemplo del escandaloso es a las almas mucho más dañoso, porque en nuestros sentidos los ojos pueden más que los oídos, que se van los ilícitos antojos, más que tras los oídos, tras los ojos. Dijo también ¡aquí mi asombro es fiero!, ¡aquí con el horror y el susto muero! dijo ¡ay de mí!, ¡aquí mi furia irrito! que era fuerte señal de estar precito dar escándalo público a la gente, porque es con la razón muy concerniente y con la ley de Dios muy ajustado, según lo que por ella está ordenado, sin que en esto se admita incierta calma, al que almas mató, matarle el alma. Con esto ya, severo y desdeñoso, con enfado nos mira el virtuoso. Con esto ya, como en acción precisa, el malo nos señala con la risa. Con esto ya, no sin pequeño gasto, a la ciudad huimos de Sicasto. Con esto ya, por esto que sufrimos, dejamos el lugar en que vivimos. Y yo con esto de vengarme trato de aquesta injuria, de este desacato. Y yo con esto airado estoy, de suerte que no tendré descanso sin su muerte. Para esto le busco en este monte. Para esto fatigo este horizonte. Su cueva, aunque la ignoro, es una de estas que bostezando están en las florestas. Su albergue, aunque le ignoro, conjeturo que es de estos un peñasco hendido y duro. Aquí, si me ayudáis, como a una fiera le daré muerte; como vive, muera. Aquí mi brazo muerte le apercibe como a una fiera; muera como vive. Que, si le acaban hoy nuestros rigores, no habrá quién nos acuse los errores. Nuestro gusto del vuestro está pendiente. Nuestro rigor al vuestro está obediente. Busquémosle en la gruta, que es más fiera. Al momento. Al instante. Muera. Muera. Pues todo se examine el horizonte. Al arroyo. A la fuente. Al valle. Al monte. Sitio no quede sin investigalle. Al arroyo. A la fuente. Al monte. Al valle. Yo he de perder el juicio con esto que estoy oyendo. ¡Ah, verdad, qué peligrosos tienes los atrevimientos! El maldito de mi amo matar quiere a un santo viejo porque sus vicios acusa de escándalo y mal ejemplo y la señora Leonida, sopla del odio el incendio. ¡Ah, mujeres, ah, canalla de buen rostro y mal consejo! Tanto vale aqueste enojo como si un hombre muy feo, porque lo dice, anduviera a puñadas con su espejo. Un médico en un instante le pone dos mil defectos a un enfermo, pues le dice con descaro muy severo: «vuesa merced tiene una calentura de harto riesgo, el hígado está dañado, el estómago repleto, el celebro sin calor, obstruidos esos nervios, perdidos los hipocondrios y hecho un cenagal el pecho». Y, después de haberle dicho en sus barbas al enfermo todas estas desvergüenzas, desahogos y desuellos, en lugar de mantealle al salir del aposento, con grande humildad le ponen en la mano su dinero. Y porque un santo varón con embozos y rodeos a un perdido te le dice que ponga en sus vicios freno, luego le quieren matar. ¡Votado a Dios, que está lleno este mundo de bergantes y que fuera muy bien hecho darles a todo! Aquí le he de encontrar. Como un trueno va bajando Artemidoro de la cumbre de aquel cerro. Aunque las peñas lo impidan he de salir con mi intento. ¿Para cuándo son los tigres si a este no matan sangrientos? Ya una mancha tienen más con lo que aquí están sufriendo. ¿Dónde estará este enemigo que no hallo y que aborrezco? Sin duda piensa algún monte que es de plata su cabello y como a mina le guarda, recatado y avariento, pero unas ramas cortadas forman en aquel repecho bárbaro cancel a uno de sus formidables güecos. Quiero ver si aquí se esconde, mas ¡válgame Dios! ¿Qué veo? «Padre es de la vida el campo, porque en el campo desierto se disimula lo pobre, como lo rico está lejos». Según esto, en las ciudades hay adornos de gran precio; allá, sin duda ninguna, son las pieles vituperio. Embebida tanto el alma tiene en lo que está leyendo que sus sentidos ignoran que hay asombros forasteros. Quiero dejar este libro porque dentro de mí siento que me pesa de vivir donde es escaso aun lo menos. No sé de la soledad qué diga, pero ¿qué es esto? ¿Quién aquí os ha conducido, donde a ser venís tan nuevo que, si no es en vos, jamás traje he visto como el vuestro? Mas yo me voy. Esperad, blando horror, asombro bello, que aquí no tenéis peligro, yo soy quien feliz le tengo. Decid, ¿quién sois? Yo, María. Ese es el nombre y yo quiero saber mucho más de vos. De mí yo no sé más de esto. ¿Tenéis padres? No lo sé. ¿Quién os trujo a aqueste puesto? Debí de nacer en él, pues de otro no me acuerdo. Decid, ¿no leíais ahora vos en aquel libro? Es cierto. Pues ¿quién os enseñó? Un monje, cuyo venerable aspecto, dos libros y esta montaña es lo que deciros puedo que he visto en toda mi vida. (Turbado estoy y suspenso.) ¿Que no habéis visto otro hombre? Si no es lo que dicho tengo, no vi otra cosa jamás. ¿Vistis vuestro rostro bello? Cuando bebo en esa fuente, pero olvídaseme luego, conque ni aun sé cómo es. Si queréis de mí saberlo, yo os lo diré; y advertid que haré informe más perfecto, porque el espejo no explica, sino traslada lo mesmo. Decid, y sabré de mí siquiera el rostro que tengo. (¡No he visto mujer tan tara!) Atendedme. Ya os atiendo. Noche el cabello, es tan bella que, con fatiga ambiciosa, de su escuridad hermosa nace el sol a ser estrella. Vuestra frente, hecha en compás de artificioso desvelo, es en lo agradable un cielo, media perla en lo demás. Por que le tengáis por franco con vos de cuanto atesora, vuestras cejas son, señora, firmas del amor en blanco. Vuestros ojos a porfía son, dando al aire arrebol, soles mejores que el sol, pues con ellos no hay mal día. Bajando de vuestra frente, la nariz es un traslado de agua que en cristal se ha helado al caer de una vertiente. Vuestras mejillas, señora, son, y aun más me satisfacen, rosas que en el cielo nacen de las luces del aurora. Es la boca que adornáis del rubí que la guarnece de tal aire que merece el donaire con que habláis. Naturaleza, impacientes sus manos, por el primor quebró la estrella mejor y os labró de ella los dientes. En la garganta no breve una imperfección se ve hermosísima y es que, siendo coluna, es de nieve. Esto es lo que comprehendo de vuestra rara hermosura, bien que a esta tosca pintura le falta lo que no entiendo. Mejor pintáis que la fuente y, según lo que en mí siento, pienso que no he de olvidar este retrato tan presto. Es una fuente muy fría para pintar con esfuerzo; lo que se pinta con agua es al temple y vale menos. Y decidme, ¿cualquier hombre dijérame aquesto mesmo? Cualquiera con mayor gracia, ninguno con tanto afecto. (La mujer es más hermosa que han venerado los tiempos.) ¿Y qué es afecto? Aquí, amor. ¿Y vos de amor estáis preso? ¿Heos pintado la hermosura y dudáis lo que padezco? No entiendo aquese lenguaje. Pues yo que sepáis pretendo. Artemidoro, ¿has hallado la cueva? (Este es fuerte empeño, que, si Leonida la ve, me ha de estorbar los intentos y así, puesto que sé ya el sitio en que asiste, quiero embarazar este daño con salirle yo al encuentro.) Hermosísima María, llamándome están. ¿Es vuestro el nombre que pronunciaron? Sí. ¿Y cúyo es el acento? De una dama. ¿Otra mujer? Sí, señora, y así intento irme. Pues decid, ¿dejarme por otra aquí no es desprecio? (Cuán soberbio animal es la mujer conozco en esto, pues esta de sí no sabe y ya sabe de este duelo.) No es desprecio. Artemidoro. Ya estar aquí más no puedo. ¿Ni aún podéis satisfacerme? Al punto a este sitio vuelvo. Yo no os digo que volváis. Quedad con Dios. (Yo voy muerto.) Él vaya con vos. (Parece que recibo desconsuelo.) Tened lástima de mí, que voy de miraros ciego y será crueldad holgaros del daño que me habéis hecho. En uno de aquesos libros en que descanso de aquellos ejercicios en que gasto no sin fatigas el tiempo, que es el amor, he leído, un artífice tan diestro que deshace un corazón y le vuelve a hacer de nuevo. Y debe de ser verdad, porque, si busco en el pecho el corazón que tenía, desbaratado le encuentr y empezado ya a formar por cámino tan opuesto que lo que en él era antes quietud es desasosiego. Después que miré este hombre, toda la paz que acá dentro hacía gustosa la vida tiene alborotos de incendio. Ya discurro más altiva, ya tengo mejor ingenio, ya sé a lo que sabe el ansia, ya soy presa del deseo, ya tengo penas sin causa, ya en la memoria me pierdo, ya la voluntad me guía, ya la razón esta lejos. Y, pues me encuentro tan otra y tantos males padezco por estas peñas, sin tino, sin descanso, sin acuerdo, sin atención, sin cordura, sin moderación... ¿Qué es esto? ¿Con quién das voces, María? Yo con nadie. (¡Asombro fiero!) Pues ¿qué es lo que tienes? Nada. (Aqueste es otro argumento de que es amor quien me oprime, pues que ya a mentir empiezo.) (Este semblante no es de corazón que está quieto.) ¿De la gruta a qué saliste? Aquesos ramos movieron que la entrada defendían y salí a ver del estruendo la causa. ¿Y cuál era? Un hombre en otro traje que el nuestro, de materia más vistosa y más ajustado al cuerpo. Sería algún ciudadano cazador. (Vamos con tiento.) ¿Qué te dijo? Preguntome quién era, mas, como esto yo no lo sé, no le dije más que mi nombre. ¿A qué efeto? ¿Díjote más? Unas cosas de rosas, perlas, luceros que yo no las entendí. Llamáronle y fuese luego. (Aquesto es haberla dicho algún encarecimiento con que alaban la hermosura los que adoran su veneno.) (Abramio ha reconocido la novedad de mi pecho y he de procurar cubrirla.) Padre, si algún sentimiento hoy hay en mí, es no saber quién soy. Yo os lo diré presto. Sois un lodo que parece mucho más, pero no es más, y una sombra que jamás en un punto permanece; una flor que se aparece y que luego, deshojada, se desparece olvidada; sois una niebla vacía, un humo que se desvía y en efeto no sois nada. Pero, por que no tengáis queja de mí en ningún tiempo, lo que he callado hasta ahora, porque juzgué que era bueno, os lo quiero ahora decir, y sea motivo nuevo para ser muy virtuosa saber vuestro nacimiento, mas sabed que vuestra historia tiene lazo tan estrecho con la mía que es forzoso decirlas ambas a un tiempo. Dadme atentos los oídos, María. Ya están atentos. Dios mío, si ha menester socorro este alma veloz, yo la voz pongo, en mi voz poned vos vuestro poder. Yo nací en un pueblo grande que, al Helesponto vecino, como le oye cada día, no le teme los bramidos. Hijo soy de padres nobles y acomodados, que quiso el cielo, por que conserven la nobleza, hacerlos ricos. Nació tras de mi Lisandro, segundo y amable hijo de mi casa, cuyo nombre aun hoy le lloro y le estimo. Criáronnos nuestros padres con regalo y con cariño, dejando a la educación hacer severa su oficio. Yo me incliné a los estudios, mi hermano a los ejercicios de caballero y entrambos nuestra obligación cumplimos, pero Lisandro, con tanta excelencia y excesivo primor, que el menor renombre en su aplauso era prodigio. Ya éramos mancebos cuando la muerte cortó los hilos de la vida a nuestros padres, caso tremendo y preciso, pero es la vida humana como agua que se ha vertido en la tierra, que no dura sino aquel tiempo sucinto que en irse embebiendo en ella pudo tardar, con que he dicho que el vivir es embebernos solamente en aquel mismo barro de que fuimos hechos y que pisamos altivos. Heredamos mucha hacienda, cuyo glorioso dominio nos pudo hacer venerados cuando peores nos hizo. Tratáronme un casamiento que yo admití y era digno por ser la novia quien era, de mayor punto que el mío. Llegó la noche aplazada y entre alborotos festivos me aguardaban muy galanes mis deudos y mis amigos. ¡Oh lo que alegra una boda! Y que esta causa imagino pensar el linaje humano, que se renuevan sus bríos, que se eterniza la especie y se enriquece de siglos, mas, en aquel breve espacio, el cielo me dio benigno a conocer de este mundo los agradables peligros porque, de la misma suerte que es por razón del sitio malo de guardar el árbol que está cerca del camino, es dificultoso mucho conservar los bien nacidos impulsos de la razón el que vive en este siglo. Y así, aquella misma noche, dejando un papel escrito a un amigo en que le daba la razón de mis designios y encargándole cuidase de mi hacienda, sin ser visto de nadie tomé la senda de esta soledad que habito. Entré en ella y desnudeme las galas y los aliños como el que quiere bañarse con gana de quedar limpio, que con manos diligentes se va quitando el vestido. Los parientes de la novia luego, luego muy sentidos se mostraron, mas después fue estando su enojo tibio, porque enojos mal fundados no pasan de los principios. Mi hermano, por acabar de quitarles el fastidio, casó con la misma dama y fue todo regocijo. Era liberal Lisandro, muy gastador y tarjido, conque agotó en breve tiempo dote y patrimonio ricos, que es un prodigo tan loco que, teniendo el apetito ansiadamente inclinado al gasto y al desperdicio, no sabe irse a la mano en gastar ni aun por el vicio de tener que gastar luego, conque en su ciego delirio, para no hacer lo que quiere, se va dando priesa él mismo. Murió dentro de tres años su esposa y yo no lo admiro, que ¿cómo ha de vivir mucho, siendo el dolor tan preciso, la mujer noble que tiene desperdiciado el marido? Yo había ya en aqueste tiempo mi hacienda distribuido entre pobres, porque, como de Adán el primer delito fue por comer, es muy justo que nosotros, compasivos, por borrar aquel pecado, demos con cuanto adquirimos de comer a la viuda, al huérfano y al mendigo. También estaba ordenado de sacerdote, aunque indigno, conque del todo me había retirado ya a estos riscos. Rezando una tarde estaba a la orilla de ese río, bien fuera del mundo cierto, cuando un labrador mohíno, que iba buscando unos bueyes inquietamente, me dijo que era ya muerto mi hermano y, sin darle ni a un suspiro lugar, fue andando y diciendo que estuvo el cadáver frío dos días sin sepultura ⸺¡fiera crueldad de los vivos!⸺ por no haber con qué enterrarle, dejando en el desabrigo de la pobreza una niña, cuyos años no eran cinco; esta sois vos, que me estéis atenta otra vez os pido. Rompióseme el corazón y un piadoso desatino me condujo a la ciudad, o fue el amor escondido de la sangre, que es afecto la lástima muy activo. Entré sin sosiego en ella y, corriendo al conocido lugar en que presumí que era el hallaros preciso, os vi sentada a una puerta con sollozos y gemidos pidiendo pan, que no saben padecer hambre los niños. Pregunté si de Lisandro erais hija y respondido me fue que sí; al momento, haciéndoos dulces cariños, en aquestos mismos brazos os truje a este mismo sitio. Aquí os crié y enseñé de la religión de Cristo todo cuanto saber debe quien feliz la ha recebido. Enseñeos a leer y a escribir y otros oficios de manos que nos ayudan y quitan al ocio el brío. En llegando a los diez años, la rotura de ese risco os di por celda, en que hicieseis al cielo muchos servicios. En ella y en este campo hasta hoy habéis vivido sin haber visto semblante humano, sino es el mío, mas ya que sabéis que hay más mundo. Quiero deciros que es ese mundo que resta como mar embravecido que a la orilla arrojar suele unos breves pececillos metidos en unas conchas, pardo y cobarde marisco. Estos, mientras en las peñas están, miran al zafiro del cielo sin los estorbos vagos de espumas y vidros, mas de allí a un poco otra ola sale a cobrar lo perdido y lo que arrojó se lleva si lo encuentra poco fijo. El mundo en ímpetu fiero de orfandad y desabrigo a esa peña os arrojó, desde donde el cristalino cielo estáis siempre mirando sin las telas de los vicios, pero, si no os tenéis bien, otro embate repentino os sacará de su amparo y os meterá en el abismo. María, la vida es breve, cierta la muerte, el juicio tremendo, eterna la gloria y eterno el fiero castigo. Esta soledad nos quita muchos riesgos enemigos, que hay mucho cielo en el campo, como hay pocos edificios. Vivamos en ella siempre y démosle al que nos hizo tan felices muchas gracias, por los siglos de los siglos. Dadme, padre, aquesos pies, pagaré los beneficios, que os debo en reconocellos. Con hacer esto que os digo pagaréis a Dios y yo os quedaré agradecido. ¿Como de vuestra obediencia? Aquí le habemos oído. Entrad por entre esas matas. Retírate, que a este sitio parece que van llegando alborotos peregrinos. Ya voy padre. Acaba ya. (Cielos, si tengo albedrío, ¿cómo conmigo no puedo acaudalar un olvido?) Este es, amigos. Matalde. Muera. Ya os he conocido, tú eres Leonida y vosotros sois de Artemidoro amigos y venís, según las señas, a matarme. A eso venimos. Y será porque un pecado público he reprendido, después que quise en secreto a la enmienda persuadiros, bien que lo intentaba en vano. Esa es la causa, atrevido. Con vosotros, desdichados, me sucede el caso mismo que le sucediera a un hombre que, piadoso y compasivo, a un león de carne hambriento le enseñara algún florido campo para que paciera en su agradable distrito hierbas que quitan achaques, flores que hacen beneficios, porque, entonces, el león, enojado y vengativo, como no es su pasto aquel, se volviera contra el mismo que le hacía el agasajo y quisiera, embravecido, hacer en él con las garras tan fiero estrago, tan vivo que ni aun de muerto quedasen en el cadáver indicios. Enseñeos la virtud, campo de frutos opimos donde las almas que entran hallan bienes infinitos, mas, como tenéis de fieras ese bárbaro apetito y de aquello no gustáis, queréis este cuerpo mío hacerle dos mil pedazos porque un bien haceros quiso. Pues, ea, aquí me tenéis, rompa ese acero enemigo este pecho, aquí empezaron cuantas razones os dijo aquesta lengua. Acabad. Pues a esto hemos venido, démosle la muerte. (Ahora veré si es ardiente o tibio aquel amor que me muestra Cleandro, desleal amigo de mi antiguo amante.) Yo lo intento y no lo consigo. (¡Que no pueda obedecer a Leonida! Estoy corrido.) Yo me animo contra él, mas vanamente me animo. Cásenme con él si quieren verle muerto. Cielo impío, ¿cómo me atas las manos cuando a mi venganza aspiro? ¿Veis cómo Dios me defiende?, que, aunque al injusto cuchillo mueren muchos justos, hoy mi inocencia es mi presidio. Matalde. Aqueso es muy bueno cuando pedirle es preciso que deshaga este milagro con que nos tiene impedidos. Cleandro, de vos me valgo, ¿cómo os hallo poco fino? ¿Por qué un yelo que no entiendo me está maniatando el brío? ¿Cómo, Eurialo, ese acero no cumple lo prometido? ¿Por qué todos mis alientos en oculta prisión miro? Creúsa, ¿tú del coraje de mujer has desistido? Para que le quiera bien el viejo me ha dado hechizos, mas ¿tú cómo no le matas? No sé, pero el rencor mío le irá siguiendo hasta que halle en su sangre el alivio. Contra esfuerzos celestiales, cualquier esfuerzo es baldío. La verdad no está desnuda, pues aquí armada la he visto. Contra la razón, no hay más fuerza que cerrar el pico. ¿Dónde, señor, por aquí me llevas a despeñar? ¿Esto es venir a matar al ermitaño o a mí? En este sitio cruel de la humanidad distante perdí, aunque bruto, un diamante y quisiera hallarle en él. Aquí es fuerza que yo muera y murmure que me abraso. Quien de un diamante hace caso merece que se le pierda. Si porque es piedra muy dura le tienes por estimable, más duro es un miserable y es un poco de basura. Si porque relumbra pones en él tan grande interés, mejor es un gato, pues relumbra y caza ratones. Deja ya aquese error de tu ignorancia importuna, que no busco sino una mujer. Peor que peor, y no en vano el tiempo gasto cuando mi voz te la ultraja, porque el diamante es alhaja, pero la mujer es trasto. Tu alabanza se reprueba porque sabrá tu locura que es, si mata una hermosura, por el solimán que lleva. Esta en suerte se mejora, pues, presumiendo de sol, ha tomado su arrebol de las luces del aurora. Si al alba parece, es fiera y será toda su vida de todos aborrecida. Di, ¿por qué? Porque cualquiera quiere más ⸺y aquesto es cierto⸺ soñar al amanecer con un demonio que ver catorce auroras despierto. Con la fatiga del monte tengo sed. No hay que espantar que tenga sed quien ha dicho aquí tanta necedad. Quiero llegar a beber de aquella fuente el cristal. Engalánate las tripas de esa joya, mas él va... A quien sabe bien el agua, no sabrá el veneno mal. ¡Vive Dios que bebe! Quiero este prodigio acortar. Huir quiero de este sitio y en él me he venido a entrar. ¡Triste de mí, que en el riesgo busco la seguridad! Macario. ¿Qué se te ofrece? ¡Raro prodigio! ¿Qué hay? Dentro de la fuente miro la hermosura singular que busco por esta selva. Llega, llega y la verás. ¿Es rana aquesa señora? Pero dice la verdad. Más que para ver, los ojos se hicieron para llorar. ¿No es muy hermosa? Por Dios que es la fiera una deidad, mas, pues ella está aquí dentro, sin duda aquí fuera está. Dices bien. Sigo el peligro. Bella María. Dejad de buscarme. A cuantos pierden les es lícito el buscar. Pues ¿vos qué perdéis en mí? Si eso decís, preguntad, ¿qué es lo que pierde en el cielo quien no le puede mirar? Ahora entra el sol, las estrellas el zafiro y el cristal. ¡Ah, mujeres, qué terrible es vuestra infelicidad, pues a puros disparates os hacen prevaricar! Que no me pesa de veros y de oíros es verdad, pero verdad es también que me está diciendo acá el corazón que no es bueno atender a lo que habláis y yo reverencio mucho los consejos que él me da, porque siempre de su dueño es amigo muy leal. Esta fiera sabe mucho, si bien otras fieras hay en quien es la tontería tanta como la fealdad. (Reducir a esta mujer preciso a mi vida es ya y así cuantos medios haya aquí tengo de intentar.) El corazón por lo menos afirmaros no podrá que no es bueno el matrimonio. No, porque yo sé que Adán se casó en el paraíso con Eva antes de pecar, de donde se infiere que es con toda seguridad santo el matrimonio, puesto que se pudo celebrar sin que perdiesen la gracia en el nudo conyugal aquellos padres de quien deciende la humanidad. No sabe tanta Escritura un escribano real, y pobres de sus amantes como él se hace pagar. Luego podré, según eso, sin que vos os ofendáis, deciros que, si queréis mi mano, vuestra será. Señor, ¿y si fuese oro? ¿Qué decís? Que, si gustáis, yo me casaré con vos. Y de dote te trairá mil y quinientos araños, puñadas dos mil y aun más; de todo la mitad luego y después la otra mitad (¿Qué he de hacer, que estoy sin mí?) Que en el casamiento hay virtud no puede dudarse, pero que es la castidad tesoro escondido es cierto, y aquí se conoce más porque, si en un monte siempre el tesoro suele estar, de esta virtud el tesoro en estos montes está, y así yo para cogerle de ellos no me he de apartar. ¿Sabéis lo que le da el sol a la tierra? Claridad, alegría y dulces frutos. Pues eso mismo le da al humano corazón el blanco amor conyugal. (Yo no sé si dice bien, mas no acierto a replicar.) ¿Pudiera pasar el mundo sin el sol? Escuridad y tristeza estéril fuera aquesta vida mortal. Pues eso mismo a ser viene vivir en la soledad sin las luces del querer y los frutos del amar. El fénix él solo vive y vive siglo inmortal. Que haya fénix es dudoso y cierto que abeja hay, y la abeja hermosa muere al punto que sola está. ¡Votado a Dios que mi amo está dado a Barrabás! Decidme ahora, ¿y los hombres dicen siempre la verdad? No, pero el que tiene amor verdadero la dirá porque amar es querer bien y mentir es hacer mal y hacer mal y bien querer nunca juntos se verán. ¿Y vos me tenéis amor? ¿Amor? Y, si hay algo más que amor, más que amor os tengo. Luego ¿poderme engañar no es posible? No es posible. Conque ¿asegurado está que seréis mi esposo? Es cierto. Pues, si eso es así, guiad, porque yo os quiero seguir. Ella es como el buen pan. Por tanto favor, mis labios esos pies han de besar. Si el marido es la cabeza y serlo mío esperáis, no estáis bien de aquesa suerte, porque tener yo será hoy la cabeza a los pies, de que me han muerto señal. (Hombre, ¿qué ha de ser de ti si esto llega a averiguar Leonida? (Déjame ahora.) Pues vamos, bella deidad, adonde mudéis de traje. Si la lleva a engalanar, ya no me espanto que vaya con tanta facilidad esta mujer aunque sea leona, pues cuantas hay bravas se amansan con ver gala que un hombre las da. Ya os sigo, pero antes quiero, por que no me ande a buscar un monje que me ha criado, escribir en la tenaz corteza de aqueste árbol que dejo la soledad. Para papel que es tan duro buena pluma es un puñal. Tomalde y lo haréis mejor. Decís muy bien. Dalde acá. Rompe la dura corteza, mas lo que escribo es maldad sin duda, pues al ponerlo empieza el tronco a llorar. Señor, ¿con esta mujer, sin saber su calidad, te quieres casar? Lo hermoso es nobleza celestial. Loco estás, pero ruido siento entre las ramas. ¡Ay, si es Leonida! ¿Oyes, María? Gente llega y el dejar este puesto es conveniente. (Si es Abramio, por mi mal me detengo.) (Si es Leonida, murió mi felicidad.) ¡Ay, mi Dios, que un ramo allí ladra cual perro leal a alguno que se le acerca! Vamos, pues mi dicha es ya tan grande que tú me sigues. Si es que yerro, tú el imán eres de mi yerro. Vamos. Mi dicha no tiene igual. Mi atrevimiento es terrible. ¡Favor, cielo! ¡Amor, piedad! Vamos con dos mil demonios, que llega el estruendo más. Abr. Avisar quiero a María que me vienen a matar por que se esconda, no logren en ella su atrocidad. Esta es su cueva. ¡María! Pero en su cueva no está. ¿De cuándo acá ella se aparta de este güeco pedernal? Mas una daga arrojada allí miro. ¿Qué será? ¡Si la habrán muerto! Si tiene sangre el acero, es verdad. Limpio está, pero la punta como que de trabajar está cansada, lo agudo tiene sin actividad. ¿Qué es esto? Mas aquel tronco, convertido en padrón, da a entender que sabe algo y lo quiere declarar, pues rota en letras hablando su lisa corteza está. ¡Válgame Dios, con qué miedo me llego a esta novedad! Dice de aquesta manera este letrero mortal: «No busque vuestra porfía fatigando el horizonte a María en este monte, que ya le dejó María». ¿Qué es esto? ¿Si es ilusión? ¿Si es sueño? ¿Si es falsedad del enemigo común por darme más que penar? No es posible, no. ¡María, María! ¡Terrible mal! Ni aun su nombre quiere el eco por mis voces retratar. Ella deja a Dios, es cierto, porque las letras que hay en aquel tronco son suyas, que sin duda este puñal fue el cincel con que se abrieron, tan diestro y tan eficaz en romper que, de una vez, pudo su inmensa crueldad, señalando allí las letras, aquí un corazón rasgar. ¿Dónde vas, triste de ti? ¿El mundo siguiendo vas? Mira que es moneda falsa cuanto gustoso en él hay, pues pensarás que algo tienes y es nada lo que tendrás, ¡Ay de ti, si del pecado en la vil cautividad entras!, pues mucho peor que un cuerpo muerto estarás, porque al muerto los gusanos royéndole solo van una carne que no siente, pero el gusano voraz de la conciencia, en lo vivo, delicado, y celestial de tu alma, estará haciendo heridas, tan pertinaz que le envidies la fortuna al que en un sepulcro está. ¿Qué he de hacer en tanta pena? Contentarme con llorar es locura porque el llanto alcanzarla no podrá, porque no pasa del pecho por volver a atormentar. Pues yo la he de seguir, aunque importe el penetrar los climas más escondidos, que, si la inmensa bondad de Dios me hizo su imagen, muy puesto en razón será que yo la vaya siguiendo con caritativo afán por ver si de aquella tierra en que a convertirse va, a semejanza de Dios, un cielo puedo formar.
JORNADA SEGUNDA
Esta es la casa y por Dios que las piernas me rehílan al llegar a sus umbrales. ¿Por qué, Macario? ¡Esa es linda! Porque he visto cómo tratas a la pobre de María. Trujístela desde el monte, guardándola de Leonida, a la ciudad, con palabra de que su esposo serías. Palabras que da el antojo no se cumplen, aunque obligan. Quien su obligación no cumple en su honor hace la herida. En fin, sin que de ella sepa tu dama, fue conducida a la ciudad y a esta casa, que un criado antiguo habita de tus padres; aquí está esperando a que la asistas con cuanto es razón que espere la que de un hombre se fía, mas tú, con un vestidillo y una tan mala comida que, en lugar de hartar, da hambre, pues les acuerda a las tripas que han de comer y no comen, la tienes y... No prosigas y en tu vida me des tú consejo que yo no pida. Sí quiero, que tú también me has dado a mí sin pedirlas mil puñadas otras veces. Los consejos que amohínan duelen más que las puñadas, conque tienes, si lo miras, el partido ventajoso pero, porque si predicas más te tengo de romper la cabeza, esto te avisa mi indignación, y es que tengo para tratar a María con crueldad y desagrado estas dos razones. Dilas. La primera, que da en rostro una mujer poseída. Distingo: si la mujer es fiel y recogidita, no se le da a un hombre de ella un cuarto, porque imagina que la que él solo quiere ninguno se la codicia y que el ser suya no es fineza, sino desdicha; mas, si es una socarrona que, bermejas las caricias, ofende lo que agasaja con amorosas mentiras y, si hace un gusto en el rostro, hace un chichón más arriba, por esta mujer un hombre se muere y se desatina. Y es porque tiene del otro a quien ella quiere envidia y a galantearla quiere hurtarle al feliz la dicha. La segunda razón es porque ha dicho que es sobrina de Abramio, ese monje que me ofende y me desestima, ¿Hate hecho mal el sol alguna vez? Infinitas, y una me dio un tabardillo que hube de perder la vida. Pues ¿echa acá un real de a ocho? ¿Por qué? Linda bobería, porque es de plata y la plata, como de la luna es hija, sobrina es del sol su hermano y, si él como lo afirmas te ha hecho tanto mal, no es bien, si es que tienes vengativa la condición, hacer caso de la plata su sobrina. Fiero disparate. Pues, hombre que a una fiera imitas, si a la sobrina del que te dio un tabardillo estimas, ¿por qué a la del que te dio un buen consejo abominas, valiendo ella más que toda la plata que hay en las Indias? Ya tú estás tan necio como yo cansado de las finas seguridades de esta mujer que me irrita y, por que veas más, si el verlo ha de ser apriesa, el decirlo es excusado. Arsenio, ¿oís? Cuitaditas mujeres, ¡a lo que estáis sujetas! Desde allá arriba oí vuestra voz y salgo tan contenta con oírla que... Está bien. ¿Dónde está Arsenio? Ana me dijo que iba a vuestra casa a buscaros. (Mucho el verla me fastidia.) Pues yo volveré después. No merece una visita, siquiera de cumplimiento, una mujer tan rendida que entre estas cuatro paredes no sabe más que ser fina. ¡Vístisme muerta por vos y huis de mí? ¡No me admira!, porque de los muertos todos se enfadan y se desvían. Dice bien, votado a Dios, la mujer es entendida, que a la que de amor se muere, si no la entierran, la olvidan. El amor de cumplimientos no pienso que necesita. El cumplimiento, si engaña, engaña con cortesía; el falso ceremonioso, si una dama le fastidia, cuando el amor le falsea, el respeto no le quita; y en las materias de amor, si a buena luz se averigua, el que desengaña ofende y en parte engaña el que obliga. Tratadme bien y engañadme, mas no podréis, porque hechiza la ingratitud a las almas convirtiéndolas impía en fieras y ellas no saben tener amistad fingida. Si la ingratitud transforma las almas, es en cochinas, que no en otra fiera alguna, que no puede es cosa fija dejar de ser una puerca alma desagradecida. Que no conoces al mundo en tus quejas se divisa, pues no sabes que los hombres con la dama poseída tienen ordinariamente las atenciones muy tibias. No es posible, porque hay muchas mujeres y es fija consecuencia que, si todas se vieran mal asistidas, sin estimación tratadas y sus finezas baldías, se hubieran muerto las más del dolor de su desdicha. Si una mujer en el pecho abrigase inadvertida alguna piedra cortada de infame y de ruda mina, le pagara el agasajo en lastimarla y herirla y en darla con su frialdad triste y enferma fatiga, mas, si a la piedra heliotropio le diese dulce acogida en su seno, como es de más noble tierra hija, por propia virtud que tiene ostentándose divina, fuera su vida alargando a consuelos y a caricias. De los mismos elementos que los hombres, participan las piedras y se componen, pero entre sí tan distintas que unas dan vida, otras muerte, pues de aquesta suerte misma hay para con las mujeres hombres de tan desunida variedad en los respetos y oposición enemiga que es tratar con unos muerte y tratar con otros vida. Todo esto es apedrearle el corazón, mas no había de ser con el heliotropio, sino con cantos de a libra. Pues, si yo soy de las piedras que maltratan y lastiman, con arrojarme del pecho de mis enfados te libras. Aunque fuera razón, hay dos razones que lo impidan. ¿La primera? Que yo os tengo afición muy grande. ¡Chispas! ¿Afición muy grande? Sí. Pues en eso se averigua que te trato bien. ¿Por qué? Porque las obras inclinan al corazón y las buenas hacia la afición le guían. Es verdad, mas no es verdad que eso es causa de la mía, que yo os quiero porque os quise y no porque solicitan esta afición vuestras obras. No entiendo sofisterías. Pues yo me daré a entender. Mucho tuerce la clavija. Un caballo generoso va corriendo a toda priesa y, en medio de la carrera, suele mano repentina avisarle con el freno que su curso no prosiga, mas, aunque el caballo intenta a la dura tiranía obedecer del bocado para que más no le aflija, parar tan presto no puede, como tan violento iba y así corre un breve rato no más de porque corría. Quíseos algún tiempo mucho y, aunque vuestro trato obliga a que en el amor me pare al freno de la injusticia, os estoy queriendo hoy no más de porque os quería. Para los enamorados se hicieron las boberías. A la segunda razón, que aquesa ya está entendida. La segunda razón es que se escurece o se eclipsa mi honor si no sois mi esposo, obligación ya precisa. Y fuera locura grande, por no sufrir vuestra esquiva condición, dejar mi honra malbaratada y perdida y, por que veáis que es verdad esto que mi voz publica, os suplico nuevamente, con afectos que agonías pueden llamarse, atendáis a que es tiempo que cumplida se mire vuestra palabra, pues en el tiempo peligra, que deudas que no envejecen, más que se pagan, se olvidan. Y así, señor, no dejéis a la crueldad de los días la paga de aquesta deuda. (Esto y lo que determina mi cansancio es todo uno.) ¿No me respondéis? María... Señor, ¿vos aquí y buscándoos yo por las calles? ¡Qué lista anda la infame fortuna contra aquesta pobrecilla! Arsenio, mirad aparte. ¡Que ni aun hablar me permita mi estrella porque parece que es caminar a la dicha! Haceldo como os lo mando. Reparad, señor... No sirva quien no sabe obedecer. Yo sirvo y es bien que siga vuestras ordenes y aquesta será luego obedecida. María, queda con Dios. Cierto, que el agrado obliga. Pues ¿por qué tan presto os vais? Aquesta es condición mía, en ninguna parte puedo estar mucho. Es muy sanguina su cólera. Anda, Macario. No es razón que yo resista vuestro gusto, pero antes que os vais es fuerza que os diga ¡sabe Dios! lo que lo siento, por ser la plática indigna de mi estilo y de mi amor, que se pasan muchos días sin tener lo necesario para sustentar la vida, y así os suplico. Está bien. Yo lo haré. Linda comida. Que es muy grande mi locura mi suceso certifica, pues con lo que muere el alma pretendo que el cuerpo viva. Fiar del vicio el sustento es ceguedad conocida. ¿Qué es esperar de un villano generosas hidalguías? ¡Ah, infeliz de mí! ¿Señora? ¿Qué me mandáis? (¡Suerte esquiva!) Cuando entré aquí, Artemidoro me dijo (¡qué tiranía!) que os echase de esta casa luego al punto. Si es precisa la obediencia, veldo vos, en mi suerte y en su impía condición, lo que me pesa, mas la voz no halla salida. Este es vuestro manto. Adiós, que os ampare y os asista. ¿Este es el mundo? ¿Estos son los gustos a que convida? ¡Ah, ignorante del que en ellos pone la gana y la vista! ¿Estos son los hombres? ¿Estos los que halagan y acarician? ¿Cómo animales tan falsos hallan mujeres tan finas? ¿Por qué, cielos, por qué, cielos, en parte tan escondida pusistis los corazones si tienen tanta malicia? A los ojos, no al discurso, habíais de dar su noticia, mas, si el discurso os debemos, toda mi queja es baldía. Yo quise ser engañada, pues quise ser pretendida; la posesión y el deseo tienen lenguas muy distintas. Fieme de un hombre ¡ah, ciega!, ¡ah, ignorante!, ¡ah, inadvertida!, que es tierra el hombre y la tierra miente en rosas las espinas. Ya, en fin, tan desamparada estoy que de la acogida de esta noche no estoy cierta, pues me falta a quien pedirla. Quiero ponerme este manto que en lo escuro significa el engaño en que me anego, el yerro en que estoy metida. Ya estoy disfrazada en nube, conque no me escandaliza que en lluvias de llanto vaya desatándose mi vida. Ahora bien, a la fortuna quiero fiar la barquilla de este miserable cuerpo por si le anega o le libra, mas suele con los dichosos estar tan embebecida y ocupada que no vuelve, desapacible y esquiva, el rostro hacia el desdichado que a la oreja le suspira, que, aunque suspire a su oreja el que padece desdichas, gusta del dichoso tanto que no atiende al que suspira. No paséis de aquí, que temo nos encuentre Artemidoro. Tan ciegamente os adoro, loco estoy con tanto extremo que, aunque un delito conmigo traigo, tan vil y tan feo como es poner el deseo en la dama de mi amigo, con la desesperación del incendio en que me abraso ni de la infamia hago caso ni del riesgo estimación. Decís bien, que, si se mide con razón, en la amistad ha de haber mucha lealtad. ¿Quién tu parecer te pide? Que yo en la amistad sea menos fiel porque amor exhalo yo os confieso que es muy malo, mas lo han hecho muchos buenos. Idos ahora si os agrada, Cleandro,... Tiemblo al oírlo. .y vedme después. Qué chirlo. Yo os veré. Qué puñalada. De criada en los oficios no entra el de persuadir, ¿quieres tú ahora introducir respetos entre los vicios? Y mi criada, por postrero aviso que te he de dar, quiero que sepa callar, mas que sepa hablar no quiero. Yo tomé aquella licencia porque temo, como es justo, no suceda algún disgusto. Si sucediere, paciencia. De males temo un abismo, que anda mi amo receloso. Las más veces un celoso no mata más que a sí mismo. Vamos. A esta mujer no he de servir, que me ofende. El manto se me desprende, ponle bien el alfiler. De la desdicha en el centro estoy, claro es de inferir, pues que busco a quién servir y ni a quién servir encuentro... mas una mujer con ricos adornos mis ojos vieron y los pobres se hicieron para trastos de los ricos. Esta criada me enfada porque es un poco habladora. Ya está puesto. ¿Habéis, señora, menester una criada? (Esta es buena suerte mía.) Sí, amiga. ¿Qué sabe hacer? Sé escribir y sé leer. Para una secretaría es buena. (Hado contrario, basta.) ¿Sabe hacer conservas? No, pero entiendo de yerbas. Nació para boticario. Poco sabe. Aquesto sé solo. ¿Sabrame tocar? Sabré querer agradar, con que presto aprenderé. ¿Y de labor cómo va? En ella estoy poco diestra. Esté un año en la maestra y vuélvase por acá. Con todos trabas batalla, ¿quién te mete en eso a ti? ¿Por ventura yo te di el cargo de examinalla? ¿En todo te ofendo? Creo que estoy de ti aborrecida. Calla. Sí haré, mas... ¿Leonida? Cielos, ¿qué es esto que veo? (De Cleandro aquesta vez pensé hallarla acompañada, mas no es tan feliz mi espada.) (¡Que esté el amor sin juez!) La que con honestidad se oculta, ¿quién viene a ser? Es una buena mujer que busca comodidad. Ella busca un mal empleo. No son mis hados mejores. ¡Qué es lo que miro! Señores, negotiatum est, laus Deo. (Si ahora su razón clama y su enojo contra mí, todo el sosiego perdí.) (Esta sin duda es su dama.) Hoy en mi casa no cabe y cierto que me da pena porque es la persona buena, pero hacer muy poco sabe. Una cosa sé extremada, bien me podéis recibir. ¿Cuál es? Callar y sufrir. Será muy buena criada. Sé sufrir y no sé hablar, que, si en el mundo es mirado, como un bruto, un desdichado, como un bruto, he de callar. Sé callar y sé sufrir aunque la razón me sobre, que es la venganza de un pobre injuria que hace reír. Sé sufrir cualquier baldón que el corazón me deshace por si la lástima hace lo que no hace la razón. (La mujer es entendida y yo recibirla quiero porque buen servicio espero.) (Esto va cosa perdida.) Y así... La lengua detén, que arrojarte no conviene. Sabe primero si tiene quien la fíe. Dices bien. (Esta industria hará en las dos que esto a mi mal no se guíe.) ¿Tiene, amiga, quién la fíe? No, señora. Pues adiós. Vos andáis muy advertida y sois muy cuerda mujer, que creer sin conocer me tiene a mí destruida. Ya empieza a gozar de calma aquel susto tan molesto. (¡Que este verdugo haga esto!) Lleve el demonio tu alma. (Ahora me vengaré de esta mi ama arrogante.) Aguardadme aquí un instante, porque os conviene. Sí haré. ¿Qué estrella es esta mortal, todo angustia y desconsuelo? Cielos, ¿cómo hay en el cielo quien a nadie quiera mal? Todo afán, todo desmayos, angustia todo y querella, los rayos de alguna estrella para mí se vuelven rayos. Ya el servicio de Leonida dejé porque es una fiera y allí aquella moza espera. Ingenio, a buscar la vida. Perdona amiga. Por ver tu gusto te aguardo aquí. ¿Eres forastera? Sí. Muy bien se te echa de ver. ¿En qué? En que en una ciudad tan rica y tan populosa vas buscando vergonzosa cual dicen comodidad. ¡No vi nombre tan errado! ¿Por qué? Admirándote estoy. Porque es el que sirve hoy el más desacomodado. ¿Con esa cara florida, cuerpo airoso y edad poca, quieres servir? ¿Estás loca? ¿Pudiendo tú ser servida? ¿Cómo? Siendo, y no te asombres, dama de corte lozana. ¿Y qué es dama cortesana? Es admitir muchos hombres. Con solo uno que se trate pienso que hay harto que hacer y mucho que padecer. Eso de uno es disparate. Mira, muchos es ninguno, ninguno manda insolente, cada uno llega obediente y regala cada uno. Cualquier hombre, o lindo o fiero, deja, si saberlo quieres, a una mujer dos placeres, y el segundo es el dinero. ¿Y da alguna en ese error de cuantas hay infelices? Muchas, mas ¿por qué lo dices? Por no ser yo la peor. (Dudosa está. Ya no dejo la empresa. Lograré el fin.) (¡Ah, necesidad ruin, cómo apruebas el consejo!) Tus bienes no tendrán suma, no habrá quien contarlos pueda, tu vestido será seda, tu comida será pluma, habrá en tu casa de noche bulla y cenas a porfía y habrá a tu puerta de día aquel gran regalo, coche. Celoso, al que amor se cala verás triste y rabioso; por solo hacer un celoso, puede una mujer ser mala. Ya entra hablador, ya profundo, ya airado, ya socarrón, y esto, visto sin pasión, no hay tal fiesta en todo el mundo. Habrá amigas de tu modo de ser queridas capaces, habrá chismes y habrá paces y, al cabo, es holgura todo. Yo no tengo, aunque seguir tu voz quiera y resolverme, ni un vestido que ponerme ni una cama en que dormir. ¿Aqueso te da cuidado? No seas cuitada, mujer, todo cuanto has menester mañana estará alquilado. Este lugar proveído está de todas las cosas, mañana tendrás famosas casa, alhajas y vestido. Y yo, por que no te deje, pasar por tu prima entablo, que no faltará un diablo que a mí también me festeje. Buscaremos una arpía, mujer vieja, que nos cuadre, que a ti te sirva de madre, y a mí me sirva de tía. La vieja sufrir no puedo. Calla, que es bravo interés. Pues dime, ¿para qué es? Para pedir y dar miedo. Su respeto te disculpa un mal peso y se despide un galán y, cuando pide, no te echan a ti la culpa. Yo conozco una viudilla que a esto su edad la hace punta, que es, entre bellaca y tonta, brava pieza de lanilla. Tendremos por más primor para enviarla aquí y allí, una gorroncilla, así que ni dé asco ni amor. De extranjeros no has de hacer caso ni darles lugar porque vienen a ganar y sienten mucho el perder. Serás con esta lición dama muy conforme al arte y, al fin, con no enamorarte queda todo en perfección. ¿Qué dices? (¡Ah, suerte impía! ¡Hado cruel y enemigo!) ¿Qué respondes? Que te sigo. ¿Cómo te llamas? María. Pues, María de mis ojos, vamos donde estés gustosa con los aplausos de hermosa, del servir sin los enojos. Vamos presto. Con razón priesa me das tan inmensa porque, si un error se piensa, peligra la ejecución. Macario. Bien sé mi nombre. En esta calle te queda y, si pasare Cleandro, avísame a toda priesa, que en aquella encrucijada te aguardo. Preciso es veas antes de irte este papel. Échale acá. Ya se echa. ¿Papel? Proceso es aqueste. Señor, proceso o procesa, es forzoso que le mires. Memoria de lo que cuesta una pendencia. Yo estoy bueno para estas frioleras... Lee, que te importa mucho. ¿Que me ha de importar? Alerta. Lo primero, seis reales de unos guantes ¡linda flema!,... Sí, porque al sacar la espada el uno a lo menos vuela. .dos reales de una vaina,... Si se quiebra la otra, es fuerza. .ítem ¿qué es esto? catorce cuartos de dos agujetas. Sí, que con lo braceado dos por lo menos se quiebran. ¡Vive Dios! Con menos furia, mas, pues no tienes paciencia para leerle hasta el cabo, lee la suma siquiera. Diez mil y doce ducados y seis años de miseria. Pues bien, ¿qué sacamos de esto? Lleve el demonio sus muelas, ¿así me arroja un papel que tanto trabajo cuesta? Lo que de aquesto sacamos es que no busques pendencias y que no intentes matar a Cleandro porque tenga los favores de Leonida. Pues una traición tan fiera, ¿cómo no ha de castigarse? Ser mi amigo y con secreta maldad pretender mi dama, y no solo pretenderla, sino hurtarme su cariño, pues ya por él me desprecia, ¡vive Dios que dos mil vidas le he de quitar que tuviera! Quien por una mujer riñe, vida y quietud arriesga, merece... Di, ¿qué merece? Sí haré, quedarse con ella. ¡Bravo castigo! El mayor que hay si atento lo piensas. Haz lo que te mando. Adiós. Esta es una de las perras calidades del servir, el haber de hacer por fuerza un hombre lo que conoce que es locura o vinagrera. Ea, pues alto, a esperar, que es también linda culebra. ¿Dónde habré puesto el tabaco? Que no tiene cosa buena, sino hacerle compañía al que con enfado espera y, si ahora no le hallo, ni aun esa tendrá, mas hela, ya he topado la cajilla, alto a un dolor de cabeza. Mi Dios, la oveja perdida que busco mi afán no encuentra; para vos, señor, la busco, no permitáis que se pierda. Miren cuál me pongo todo. ¡Qué población tan inmensa! Qué va que no me conoce mi amo cuando me vea. Muy difícil ha de ser encontrar a María en ella, pero hacia allí un hombre miro. Deo gracias. Sea norabuena, (mas ¡ay Dios, el ermitaño a quien le hurtamos la hembra! Si ahora aquí me conoce, ha de dar una querella.) Dígame, hermano, ¿en qué parte de esta ciudad opulenta concurre ahora mucha gente? En los garitos. No es esa la parte que le pregunto, que ahí solos hombres entran, sino donde comúnmente van todos. A la comedia, y se está haciendo estos días una sin pies ni cabeza y van ducientas mil almas. Eso es dicha. (¡Quién pudiera meterse por este rato la cara en la faldiquera!) ¿Por qué el rostro me retira? ¿Se cansa de mí? Pues sepa que enseñar al que pregunta es con grandes excelencias limosna espiritual. Basta que su reverencia lo diga. Dígame ahora, ¿en qué templo hay grande fiesta? ¿Qué más? ¿Limosna? Perdone, voy a darle a mi amo cuenta de esto, conque por ahora se suspende la pendencia. El preguntar cansa a todos, no me espanto que este vuelva las espaldas a mis voces. Señor, si estará en aquesta ciudad María, por ser la mejor que el Asia puebla, porque los perdidos nunca en corto lugar se encierran. Que Artemidoro no fue quien la llevó es consecuencia legítima, porque él iba con Leonida cuando ella faltó; sería sin duda quien la robó de la selva algún compañero suyo. Al pensarlo, se me anega como en lágrimas los ojos, el corazón en tristezas; no sé qué camino busque de hallar la dura tormenta. El que vive sin amor merece que le aborrescan, que no es bueno para el mundo quien al mundo no conserva. Voces escucho sonoras y salen de aquella reja, pero me pesa de oírlas por ser laciva la letra. A la atención le descubre mucho la ventana abierta, hombres y mujeres miro que están con quietud atenta escuchando a los que cantan. Solo se ha hallado una senda, solo un camino se ha hallado para que cielo no sea la música y es servirla a letras torpes y feas. Al que al amor no se rinde dénsele por justa pena las flechas de aquella aljaba, sin más calidad que flechas. Otra vez cantan y ahora que no tengo se me acuerda dinero con que esta noche albergar en una de esas posadas aqueste cuerpo y pedir limosna es fuerza. Quiero a la reja llegarme de esta casa en que se huelgan, que halla el pobre más socorro donde no está la tristeza. Den por Dios una limosna a un pobre viejo. Andregüela, dale a aquel pobre este ochavo. Yo se le daré. Está queda, que están aquí estos señores. Ya vuelvo. Oye, padre, tenga. Dios... Apriesa, que me aguardan. Mas Dios, ¡si es ilusión esta! ¿No es el rostro de María, y la voz los que ahora dejan en mi oído y en mis ojos multiplicadas las penas? Si será ella... Veamos si hallan los ojos certeza mayor por esta ventana. Entre otras allí se sienta, mas, ¡ay!, que el rostro la cubre una mata de azucenas que está en una jarra hermosa sobre un bufetillo puesta. ¿Padre Abramio? ¿Quién me llama? Yo, que a vuestra reverencia desde aquella puerta vi, que es de mi casa la puerta y ha mil días que le busco, y con tanta diligencia que al desierto en que vivía fui, mas que en aquella selva no estaba ya me afirmaron. ¿Pues qué me mandáis? Atienda. Cierta persona me dio, porque ajusta su conciencia, dos mil escudos que hubo malamente de la hacienda ya suya o de su hermano para que a su dueño vuelvan por mis manos. A su dueño, vamos y le haré la entrega. Dios os guarde muchos años. (Mi Dios, ¿qué secreto encierra aqueste dinero ahora! ¡Vos de tantas maneras inescrutable!) Señor, puesto que la casa vuestra es aquella, a ella mañana iré. Mi casa es aquella, Parmenio mi nombre. Adiós. Deteneos, que quisiera haceros una pregunta curiosidad, quizá necia. ¿Quién vive en aquella casa? ¿En cuál? En la de esta reja. Unas mujeres perdidas, que la una es forastera, cierto hermosa y a esto añade la grande gracia de nueva, con que entran mil mozos ricos y es todo holguras y fiestas. ¿Y sabéis cómo se llama? María es su nombre de ella y el de su madre es Getrudes. ¿Madre tiene? Son supuestas estas madres las más veces y lo debe de ser esta. Viuda de un maese de campo dice que es y, muy compuesta, afecta autoridad mucha, pero miente cuanto afecta. ¿Mandáis otra cosa? No. Pues mañana. En hora buena. Esta es sin duda María, que está entregada a la ciega torpe falsedad del mundo, que labra a deleites penas. Aún no me atrevo a creerlo, vuelvo otra vez a la reja. Ya la veo bien, ¡ella es! Corazón, si no revientas, debe de ser mi dolor tan poco que no te llena. Con unos hombres allí gustosa está y halagüeña. ¿Qué he de hacer? Si me entro allá, ha de huir de mi presencia y no es mi intento espantarla porque es mi intento atraerla. Ya los hombres se despiden. Señor Leonardo, las medias. Mañana vendrán sin falta. Los abanicos no sean cosa de aire, señor Julio. Más estable es mi obediencia, Señores, no se os olviden esas cajas de jalea, que, si os estriñen a entrambos, será maldita conserva. ¡Que esto escuchen mis oídos y mi vida no perezca! Pero dos cosas aquí, una aflige, otra consuela: la que me consuela es pensar que me dio ella mesma la limosna con su mano, que es señal de que aun en ella no están secas las raíces de las virtudes primeras; y luego lo que me aflige es mirar lo que me empeña con la limosna a mí dada. Sí, porque cuando el que peca da limosna, empeña al pobre en que a la virtud le vuelva. El olmo no lleva fruto, pero a la vid que a él se llega le da humor que la fecunde para que, copiosa, ella lleve el fruto por entrambos, con que fructífero queda el olmo en virtud de aquel humor que a la vid le presta. Yo soy la vid a quien dio esta mujer que no lleva fruto de virtud limosna y me obliga a que yo tenga fruto que nos sirva a entrambos y lo estéril le ennoblezca. Mi Dios, para esta mujer necesita mi miseria de virtudes, yo os las pido. Y ahora, con vuestra licencia, he de intentar la más rara acción que los siglos cuentan. Para convertirla a vos, el dinero que me espera ha de ser el instrumento de esta portentosa empresa. Mundo, no te escandalices cuando ejecutarla veas. ¡Gracias a Dios que se han ido! ¡No vi gente tan molesta!, mas al fin te dio Lidoro, Mariquita, esa joyuela; póntela, que es muy bonita. Parece cosa indiscreta las señales de una culpa ponerlas donde las vean. Culpa que para en diamantes, hija, aliña, que no afrenta. Daca, yo te la pondré, que aun estás todavía lerda. Andrea. Señora. Acaba, toma la mantilla negra y sal acá. Bien te está. ¡Hay tal furia! Y hay tal flema. Muchacha, vete al garito que está en esa callejuela, pero ya has estado allá, y pregunta... No quisiera ir jamás a aquesa casa. Pues bien, ¿por qué, bachillera? Porque los que entran y salen me dicen mil desvergüenzas. ¿Sálente chichones? No, pero como soy doncella... Pues mira no se te olvide. Anda, hermana, y a cualquiera que entrare dile te llame a Patricio, aquese mozo que dicen que anda de vuelta, y pídele los gazapos y las criadillas de tierra; vete luego al escritorio de Julio, sin que lo entienda nadie, pídele las pollas que me mandó y de carrera vete a la botica grande y al dotor verás en ella parlando y di que te dé aquella empanada inglesa. Bueno será tomar postas, si es que he de volver apriesa. Habladora. Anda, muchacha. Ansí, ¿oyes, Andregüela?, llévate hacia allá un puchero por si nada de esto pega y tómate cuatro cuartos de menudo en la plazuela. Señora, habiendo dinero, ¿queréis que cenemos esa porquería? Yo, hija mía, créeme que más quisiera una cazuela de pollos, mas veo que cuanto a cuestas tienes y está en esta casa es alquilado. Conveniencia es mía que lo que juntas en alhajas se convierta y no en comer, porque puede darte que no eres de piedra una enfermedad y es bueno tener en casa dos prendas. ¡Ah, para una mujer moza no hay otro gobierno! De esta cena vendré yo a tocar, cuando muy bien me suceda, mendrugos en infusión y algún retal. ¿A qué esperas? Mi ama es un angelito y un demonio aquesta vieja. Para mañana en la tarde tiene tu vecina Aurelia coche y dice... ¡Cuchilladas! ¡Justo juez! Ya me tiemblan aun los huesos. Mis señoras, muerto o malherido queda un caballero y tras mí la justicia. ¡Santa Elena! ¡Vive Cristo que es María! María es, mi muerte es cierta. Caballero, aquesta casa es tan corta y tan estrecha que es imposible escaparos, mas entraos en esta pieza y valga lo que valiere. Hombre, ¿qué haces? ¡Entra apriesa! Señor, ¿quién le trujo acá? ¡Ah, cómo es Dios quien me venga! Dos hombres aquí han entrado que una muerte dejan hecha y he de registrar la casa. Ahora a los tristes los pescan. No han entrado aquí esos hombres. Señor, esta es verdad cierta. No obstante, yo lo he de ver. Advertid. ¡Ah, si viviera mi esposo el maese de campo! En lances de esta manera se registra cualquier casa sin hacer al dueño ofensa. ¿Qué maese de campo? ¡Ay, que me pierde la vergüenza! (Yo he de procurar librar a este hombre, aunque me ofenda.) Entren en aquesa alcoba. Oídme, por vida vuestra, aquí aparte una palabra. Aguarden, decid apriesa. Señor, mi necesidad o mi engaño o mi flaqueza... Con decir que os he entendido os ahorro la vergüenza. Adelante. Pues sabed que al entrar vos por la puerta se escondió en aquella alcoba, para que aquí no le vierais, un hombre de tanto punto, de tal calidad y prendas que le ha de dar el ser visto mohína grande y mucha pena y aun pudiera ser que vos el descubrirle sintierais. Y así ya es preciso dude si entre o si me detenga, pues no hay certeza que entraron los reos, sino sospecha. Y, en señal de que lo estimo, servíos de esta joyuela. Guardad la joya, guardalda, que eso no es de la materia. La joya le da, señores. ¡Ay, que es loca la mozuela! Que es lo que habláis verdad clara con esa joya se apoya, que no habíais de dar la joya si el hombre no os importara, y yo juzgo en duda igual que es menor inconveniente que se escape un delincuente que hacer a persona tal, como decís, un disgusto. Señores, vamos, que a mí me consta que no entró aquí el agresor. Haz tu gusto. Pues la joyuela llevad, que me dejáis desairada para darla a una criada. Ya sois ingrata. Mirad, en mí fuera grande culpa si errara por interés, mas, si yerro por cortés, yerro con mucha disculpa. Pues ahora de agradecida mi boca a esos pies estampo. Adiós. El maese de campo os lo pague en la otra vida. Cierto, María, que eres discreta hidalga, constante. Si habrá agora algún bergante que hable mal de las mujeres... Menos lo de la joyuela, lindamente lo ordenó. María, echa aquestos hombres. Vamos, Creúsa. Ya voy. El alma tengo turbada. Bien podéis salir, señor. De corrido no me atrevo, no me atrevo ¡vive Dios! a mirarte al rostro. ¿Esta eres tú y este soy yo? Hermosísima María, todo cuanto aquí pasó hemos visto y nunca ha visto tan rara mujer el sol. ¿Esto hacen las mujeres? Bien haya quien os parió. ¿Es que tú, Macario, me honras? Perro enemigo de Dios, ¿a este angelito ofendiste? Pues ahora lo peor te falta, que he de matarte. Tienes, Macario, razón, dame la muerte. No hagamos la gata, que eso es temor, sino pon mano a esa espada. Macario, ¿tú ese furor con tu amo?, ¿qué es aquesto? Esto es vengar la traición que cometió contra ti. Yo se la perdono. Y yo. Lo que ahora resta es que os vais, pues que ya se sosegó la calle. ¿Cómo es posible sin cumplir mi obligación? María, yo dejo muerto o malherido a un traidor que, dándose por amigo, una dama me usurpó. ¿Es por quien me dejasteis? Sí, y me ha castigado Dios. Y así, pues no puedo estar en el lugar ¡que pasión!, esta noche, si tú quieres, te sacaremos los dos y con nosotros irás al lugar o la región en que estemos más seguros y allí para dulce unión conmigo te casarás, dicha siempre la mayor. ¿Casarme con vos? Ya es tarde. ¿Ya es tarde? Sí. (¡Qué aflicción!) Sin duda que ya ha parado en la carrera veloz aquel amor que corría, no más de porque corrió. No ha parado. Pues ¿por qué hoy me niegas el favor de aquesa mano? Porque os estoy queriendo hoy y a un hombre de tal nobleza no le ha de dar mi afición mujer que le desaliñe con sus manchas el honor. Si yo vivo libremente, sabe el cielo que vos sois la causa, mas no por eso que lo paguéis es razón, porque nunca con la honra se ha de pagar un error, fuera de que nunca hay causa que baste, aunque sea feroz a hacer mal a una mujer, que para eso tiene a Dios. Y así, puesto que yo tengo más culpa, páguelo yo. ¿María? Y de tal manera (quiero atajarle la voz) estoy resuelta a no ser vuestra esposa, que, si vos que no es posible quisierais con ciega, noble pasión de agradecido casaros, no lo consintiera yo, que pensara que era malo para esposo el que a su honor no le da el mejor lugar en cualquier resolución. ¡Mira lo que despreciaste! Macario, ¡sin vida estoy! ¡Ah, qué tarde se conoce el bien! ¡Y, ah, cómo llegó una dicha siempre tarde a quien sin ella nació, pues me llegaba la mía cuando de ella indigna estoy! Ea, señor, ya corréis aquí peligro, id con Dios. Adiós. A no vernos más ya revienta el corazón y arroja sangre a los ojos. Pues vivo, de piedra soy. Macario, cualquier caudal es corto en una ocasión de estas y, así, esta joyuela que el alguacil no tomó, tan cortés como ajustado, da después a tu señor. Señora... Tómala y calla. Ya esto es más que admiración. Adiós, María. Él os guarde. ¡Ah, qué ansia! ¡Ah, qué dolor! Pues no voy sin esperanza de morir tu esposo. ¿Vos? Sí, que te ha de dar el cielo virtud, y tan superior que tu honor ha de quedar con más lustre y perfección. Al cielo todo es posible. Dios te guarde. Líbreos Dios. Mujeres, quien no os estima es un pícaro ladrón.
JORNADA TERCERA
Suelta el manto. No has de irte. Suelta, María, no hagas que le haga añicos. Andrea, detenla. (Mas que se vaya.) Creúsa, mete a Getrudes por camino. Temeraria estás, señora. ¿Qué es esto? ¿Que te lo rueguen no basta? Cómo ha de bastar, Creúsa, di, si es una perdularia esta moza, pues la joya que le sacamos con tantas invenciones al cajero de Octavio, que fue sacarla de un peñasco, se la da al picarón que dejaba a Cleandro malherido solo porque se entró en casa. (Si esta supiera mi historia, cabal, con mucha más causa se enojara ahora conmigo.) Señora, si yo no errara no estuviera en este estado, pero yo te doy palabra de enmendar aqueste error con hacer cuanto tú mandas. Yo, hija, por ti lo hago, porque de miseria salgas, que a mí con mis hechicitos y dos amigas me basta, fuera de que también tengo reputación y es infamia que, gobernándote yo, se diga que estás descalza. Ea, seamos amigas, no haya más. Como tú hagas lo que te digo. Sí hará. Toma este manto muchacha, métele allá. (¡Que se queda!) Y ponle sobre mi cama, no se lleve un desgarrón. Tú le tengas en el alma. En fin, muchachas, tratemos de que tengáis cuatro galas, vuestra casa muy bien puesta, lucida vuestra criada, porque en aqueste ejercicio se pierde el respeto, hermanas, a la persona mil veces, mas al adorno muy raras. La riqueza es venerable, la mujer por aliñada restaura la estimación que iba perdiendo por flaca. Quien ve una mujer lucida piensa que al galantearla andan liberales todos y él como los otros anda. En esto de las visitas hay opiniones erradas, que unas sin causa se admiten y otras se arrojan sin causa. ¿Veis los hijos de vecino con toda su mala fama?, ello algo son pendencieros, pero lo que tienen gastan. Los poetas, hijas mías, por desmentir su desgracia se esfuerzan y luego son discretos y no embarazan. Uno a mí me galantea. Pues no es empresa muy mala para los ratos perdidos. Los forasteros regalan y callan, aquestos son hombres siempre de importancia. Los viejos, aunque su edad cortedad grande les causa, como sin méritos piden muy bien lo que piden pagan. A los hombres de papeles aplauden mucho las damas y..., pero quiero callar, porque es materia muy larga. Roque, el hijo de vecino, ahora a la puerta llama. ¿Hele de abrir? ¿Por qué no? Por el despejo me agrada. Servidor, señoras mías. ¿Vos honrando aquesta casa? ¿En qué quedamos, señoras, en la visita pasada, si se acuerdan? En un manto que se queda, según tarda, en la visita postrera. ¿Pecas en desconfiada? ¿Ves aquí estos ocho escudos? Y allá te lo compra, hermana, que yo no entiendo de mantos, y perdona la tardanza. No hay otro hombre en el mundo. Amigas, cuando se alcanza, se socorre. Oyes, Andrea, beneficia esta baraja para ocho cosas de a cuarto. ¿No lo entiendes, mentecata, que por esa barajita darán ocho cuartos? Vaya. ¿Y no hay nada para mí? Una muy famosa alhaja. ¡Ay, hijo mío! ¿Qué es? ¿Qué? Descansos de Vizcaya, que en una rifa gané ayer tarde nueve varas. Veslas ahí, madre mía. Daca, hijo de mi alma. Yo no siento el interés, sino el quedar desairada. Tres varas de tafetán he comprado esta mañana para aforrar un jubón, aforra un justillo y calla. ¿Con esto quién ha de hablar, sino solo en tu alabanza? ¿Cuánto va, que puedo irme? Y estarte siete semanas. Pues dado a mil diablos vengo con todas aquestas chanzas. ¿De qué? De que haya sanado Cleandro de la estocada que Artemidoro le dio. Pues ¿por qué el pesar te alcanza? Porque no es razón que viva hombre de tan viles mañas que al que tiene por amigo le galantea la dama ¡vive Cristo!, y diz que dice que se ha de ir a la montaña, aunque el otro anda bandido, a pelear con él. Aguarda, ¿y en eso corre gran riesgo el que le hirió? Como en Jauja, porque es el Artemidoro valiente como la espada. (Buenas nuevas te dé Dios.) Dándome están unas ganas de darle una noche una refacción de cuchilladas..., mas esto es meter un hombre con su mano el fuego en casa. ¿A ti quién te mete en eso? Andrea a la puerta llaman. El poeta. ¿Mi galán? ¿Quién? Lucindo. Haz que le abran, que es un hombre muy honrado. Sea Dios en esta casa. Amigo, ¿vos por acá? Una hermosura me arrastra. ¿Arrastrado y no traído? Vos venís de mala gana. Erró el poeta. No erré, que por hacer esforzada la hermosura de Creúsa la dejé en que me acusara. Luego ¿no hallarán salida estos demonios? Muchachas, adiós. ¿Os vais? No quedó una pendencia ajustada que dos mozos han tenido y es preciso acomodarla. ¿Escríbese ahora algo, Lucindo? Sí, una jornada escribo con dos amigos. Con el juego semejanza de los propósitos tiene, si mi ingenio no se engaña, una comedia entre tres. ¿Por qué? Porque el acertarla es acaso y no artificio. En eso estáis engañada. Tres juicios, si son buenos, a uno le han de hacer ventaja. Pediros quiero una cosa. A obedeceros se allana mi afición. ¿Qué es? Un soneto. Es una lucida alhaja. Veisle ahí. Este es doblón de a cuarto. Para una dama ese es el mejor soneto. ¡Oh entendidazo de chapa! No hablemos más en versos, por Dios, que es cosa inhumana pensar que el que los escribe otra materia no alcanza. Dice muy bien. ¡Ay, señora! ¿Qué tienes? Estoy turbada. Un viejo muy venerable, pero muy lleno de galas a mi señora le pide licencia de visitarla. ¿A mí? Sí. Dile que entre. ¿Y de eso estás asustada? Bésoos las manos, señoras, y a vos, señor, Dios os haga muy dichoso. ¡Raro viejo, por lo que se deshermanan en él la edad y el vestido! (Segunda vez hoy te llama, mundo, mi voz, no recibas escándalo de que haga esta transformación quien a Dios le busca esta alma.) Sillas. Despojar, Lucindo, que está es presa de importancia. Adiós, señores. ¿Os vais? Sí. Veámonos mañana. Tomad asiento. Con vuestra licencia, junto a esta dama le tomo. El que os diere gusto. (Cuidado, porque son bravas las sortijas.) (Nadie piense que de nueva culpa causa soy en aquesta mujer, porque ella determinada estaba a ofender a Dios con todos cuantos hallarla quisieran, que a no ser esto esta mi acción era mala, pues por salvar el infierno no se puede cosa es clara un pecado cometer, ni el de menor importancia.) Vos seáis muy bienvenido. Nadie sin dicha se halla de esta hermosura a los ojos, (si para Dios la restaura.) Pareceisme forastero. Sí, de tierra soy extraña, (y soy soldado de Cristo, que a ganarle vengo un alma.) Por eso os querré yo más, que ya en vos se me retrata el maese de campo. ¿Quién? Mi esposo, que el cielo haya, y padre de Mariquita. Que fue hombre de sangre clara su padre sé yo de cierto. ¿Quién os lo dijo? No falta. (¡Ay, querido hermano mío, siempre infeliz, pues no paran tus males en el sepulcro, pues aun ya muerto este pasas.) Pues, soldado y forastero, ¿quién os trae a aquesta casa? Vos me traéis. (¡Ay, señores, que el viejo se hace unas natas fuera de las que él traía en el cabello y la barba.) Vengo de Egipto en conserva del virrey. Esa sí es brava conserva, y no unas que venden en aquestas desastradas confiterías. ¿Podréis enviarme una poca? (Rara prontitud para pedir, pues, porque aquesta palabra se equivoca con los dulces, para pedirlos la engaña.) Yo os regalaré, señora, y de que no os haré falta ese diamante me fía. Quien da tal fiador bien paga. (Si un diamante da a la vieja, ¿a la moza qué ha de darla? De Egipto, en fin, he llegado a esta ciudad celebrada y a la señora María vi y le di muchas gracias a Dios. ¿De verla tan linda? De verla. Es bella muchacha, si no es que aquí la pasión de madre en esto me engaña. (Harto mejor madre tuvo, y al oír estas palabras... mms para disimular, Dios mío, dadme constancia.) Vila, pues, y os certifico que, como es grande la causa, la tengo grande afición. (Ahora lo veremos.) Daca, Andrea, el corte de puntas que está sobre la almohada del estrado y a su dueño se las llevarás... (Ya escampa.) .y le dirás que María por ahora no se halla con dinero suficiente para poder feriarlas. (¡Hay vieja tan pedigüeña! Con las puntas, que pagadas están, arma aqueste enredo.) Lástima es no comprarlas, que son muy buenas, y es lance, (y para el viejo lanzada.) (Ya esto está entendido.) Niña, por esas puntas no vaya, que no faltará dinero en este bolso, el que basta pienso que hay para esa compra. (¡Ciertos son los toros! Brava afición la tiene el viejo, pues en gastos no repara.) Quien anda tan liberal fácilmente hace una esclava. Sed tengo. ¿Queréis beber? Si hay quién me dé un poco de agua lo tendré a favor muy grande. Yo os la traeré. Merced tanta ni la merezco ni admito; mandádselo a una criada. Esto ha de ser. Es María con extremo cortesana, muy agradable y discreta. (Lo que hace de alabarla. ¡Oh asasino del demonio, que andas matando las almas!) (Este viejo es liberal. Yo quisiera alguna traza de sacarle sin pedirle, porque es la cosa más cara del mundo la que se compra a pedir, mas ya está hallada...) En un caballero limpio y galán viene a ser mancha tener polvo en los zaparos y en mi avantal ya no es tacha. ¿Qué hacéis? Quitaros el polvo. Esa es empresa muy larga. Si el polvo habéis de quitarme, es fuerza dejarme en nada, porque de polvo soy hecho, mas, porque tuvisteis gana de hacerme aquese agasajo, tomad, aunque es corta paga. Doce escudos son. Algún ángel le trujo a esta casa. (Sin pedirme me ha pedido aquesta pobre criada. ¡Oh lo que el ingenio enmienda de la fortuna las faltas!) (Hasta ahora sola yo soy aquí la desgraciada.) Ya tenéis el agua aquí. Mi Dios, la samaritana dándole agua a vuestra sed empezó a ser muy gran santa. Por sacerdote, retrato vuestro soy, haced que salga por quien sois este suceso. parecido al de Samaria. Soltad la salva. Sentaos. Sentaos vos. Como criada estoy y se ha de seguir una acción o no empezarla. Como discreta estáis siempre, conque nunca erraréis nada. (Cortesanazo es el viejo.) No bebéis, ¿en qué repara vuestra atención? Estoy viendo cuán hermosa está este agua en este cristal. Gustosa observación. No se engaña quien dice que a una mujer se le añade nueva gracia cuando llora sus pecados. Lo que es yo, de buena gana sin la gracia del llorar toda mi vida pasara. No digáis tal. ¡Ay de ti, si tienes tanta desgracia! Mirad, llorar como fuente no es perfección ni elegancia; caer el llanto como lluvia, esta es belleza estremada. Doyme a entender: una fuente aquel cristal que derrama le recibe de la tierra, pero la lluvia, que en blandas perlas algún suelo moja, del cielo a mojarle baja; cuando la razón del llanto es de pequeña importancia, baja terrestre abatida, entonces no añade gracia, pero, cuando la razón es grande, es sublime, es alta, de una mujer en los ojos dulce copa duplicada, está tan garboso el llanto, está con belleza tanta que en este cristal no está con más hermosura el agua. (El viejo sin duda quiere verme llorar. La edad larga yerra como la niñez.) Abr. Niña, toma aquesta salva, y ahora quedad con Dios. Él se va sin darme nada. Quedad con Dios, que anochece. (Aquí la industria me valga.) Que, como soy forastero y como conmigo andan algunas joyas de precio y dinero de importancia, temo que algunos ladrones me despojen. (¡Santa Paula! ¡Dinero y joyas!) María, dile que se quede en casa. Sí haré. Con aquese riesgo no será razón que salga vuestra persona. Quedaos, que no os faltará una cama. Andrea, saca aquí luces. (¡Oh vil codicia, cuál andas!) Mucho estimo el agasajo. Quien nos hace merced tanta de aquí ha de salir seguro. A vos no os he dado nada. No parecéis muy dichosa; mas esta cadena vaya a burlar vuestra fortuna. Y a hacerme muy vuestra esclava. Ya están las luces aquí. Aunque yo no ceno, traigan que cenen estas señoras. (No he visto manos tan largas.) En todo sois muy cumplido. ¿Vuestro nombre? A mí me llaman Amador. ¿Y el corazón con aquese nombre iguala? Sí, María. ¿La queréis? La quiero como a mi alma, (porque igualmente deseo la felicidad de entrambas.) (¿Con amor y entre esta gente? El viejo saldrá sin blanca.) Creúsa, con esa vela ve guiando hacia la estancia en que ha de dormir ya entiendes al señor Amador, anda. (Que le lleve al aposento de María me señala.) Vamos, señor. Ea, mi Dios, ya este empeño tiene cuantas fuerzas tomar ha podido, vuestra honra se os encarga. María, esta es grande empresa. Este viejo se declara por tu amante, tu fortuna está entre sus verdes canas. Aprovéchala, María, éntrate allá y busca raras maneras de empobrecerle sin que sea robo ni estafa. Ingeniosa es la codicia, ahora veremos si tratas de salir de la miseria en que casi ayer estabas. Anda, hija, y di a Creúsa que, antes que se entre en la cama, pues que no cena, le lleve unos dulces, vino y agua, y tú ponte aquel justillo y guardapiés, que son gala de estimación, para entrar adonde el viejo te aguarda, que Andrea y yo nos quedaremos aquí por si acaso llaman a la puerta los que suelen traer regalos y chanzas. Acabemos ya. ¿Qué haces ahí? ¿Estás elevada? Ya voy señora. (¡Ah, que yo llegue a fortuna tan baja!) Andrea, si alguien viniere, dirás que estás encerrada y sola, porque las llaves selas llevaron tus amas. ¿Y si no quieren creerlo? Que se vayan noramala. ¿Y en qué piensas emplear los doce escudos, rapaza, que endenantes te dio el viejo? En sábanas y almohadas. Pues ¿en sábanas no duermes? Quiero juntar ropa blanca por si me caso. ¡Ay, mi Dios! ¿Espíritu de casada tiene la gorrona? Lindo. Pues ¿no voy bien? No, mi alma. Mujer pobre casi siempre con hombre pobre se casa y el contento de la boda a seis días no se alarga. Un oficial, cuando mucho, para marido te aguarda, a quien seas mujer de noche y de día seas criada. Tendrás en él, cuitadilla sin que en aquesto haya falta, a quien temer y servir, no a quien amar regalada, quien te mate de por junto si te siente un poco flaca, y, cuando no, por menor te irá matando a puñadas. Dios acude a la virtud. Concluyome. ¿Oyes? ¿No llaman? Sí, anda, responde. ¿Quién es? Abre, Andrea. Sola en casa estoy. Este es el poeta, ¿Sola? Sí. Esa no es tacha. Este, mientras salud tiene, come de todo. Encerrada me dejaron y se fueron. Yo traía una empanada, mas, pues encerrada estás,... Ay, dile, que la haga plasta y la meta por debajo de la puerta. .adiós, muchacha. Por debajo de la puerta bien podrá entrar quebrantada. Y también por mi gaznate podrá entrar hecha migajas. Porfía. Échala acá. Con una condición. Vaya. Que te la has de comer tú. Eso de muy buena gana. Allá va. Digo, ¿y podré guardarle algo, si te agrada, a Creúsa? Sí, el secreto. ¿Y a Getrudes por anciana? Con un poco de veneno la mejor presa le guarda. Adiós. Él vaya contigo. Ya cautiva la empañada está, mas hecha pedazos. Ella no es para colgarla y, así, el que pierda la forma no viene a importar dos habas. Métela allá. Ya está en salvo. Zas. Otro petardo. Habla. ¿Quién es? Gente de paz. Fuego en tu paz y en tus entrañas. El hijito de vecino. Una amiga está muy mala de mis señoras y han ido allá y estoy encerrada. Harto malas están ellas. Hija, ya entiendo la maula, abre o daré con la puerta de dos coces en Arganda. ¡Ay, desdichada de mí! Háblale humilde, muchacha. Señor, por amor de Dios, que vuestro enojo no haga alborotos en la calle, porque echarán a mis amas en la galera y no están las pobrecitas culpadas. Pues, en duda, yo me vuelvo a llevar a mi posada esta cestilla de truchas. ¡Ay, mi Dios, que no se hallan! Dile que tú le echarás por una ventana alta una cinta, que las deje. Pues ¿cómo usáis crueldad tanta con mi ama? Porque ella es tan piadosa que mata. Yo echaré por un balcón una cinta y allí atada la cestilla subirá. Y, si el partido acetara, merecía yo subir a la horca. A la borracha de Getrudes le dirás que hubo truchas y no hay nada. Adiós. Mira cuál me ponen por teneros regaladas. También a ti te va parte. Por las truchas se me arranca el corazón. En efeto, ya es tarde, conque escusada es ya la asistencia aquí. Recojámonos y haga la fortuna que María quede esta noche medrada. El sueño me está en los ojos anudando las pestanas. A unas canas la codicia me lleva como mujer, con que mi culpa a tener viene segunda malicia. Al gusto le hago injusticia con vergüenza y al amor. ¡Oh razón superior del cielo, que en los errores, para que salgan menores, introdujo pundonor! En aquesa alcoba mía recogido está Amador, quiero llamarle y no acierto, pero no me admiro, no, porque en un anciano está con tal fealdad el amor como es culpa sin disculpa que causa abominación, pero, pues ello ha de ser, démosle aliento a la voz. Salid, señor. Ya presente me tenéis. ¡Válgame Dios! ¿Cielos, qué es esto que miro? ¿Que te asombras? Tu tío soy, Abramio soy, que procuro hurtarte a la perdición. Huir de vuestra vista intento. Detén el paso veloz, que yo a la enmienda te busco y no a la reprensión. Yo por ahora de la enmienda. no trato. ¡Oh fiero y atroz acento! ¿Tú dices eso? No, mi oído se engañó. Ya estoy en el siglo y quiero gozar del siglo en que estoy. Abr. Muy de barro estás, María, y me da grande dolor el barro a los agasajos que a blandos rayos el sol le va haciendo, se endurece con terrible obstinación. ¿Tú, de Dios al beneficio de estarte sufriendo hoy, de no haberte condenado, de que te haya hallado yo te endureces más y más? Pues no ha de ser así, no. Baña en lágrimas el barro, se irá poniendo mejor. Aquese debía de ser el llanto que apeteció vuestro gusto en mí. Este era, y ahora con más fervor le apetezco, porque veo de barro tu condición, que beber en barro llanto le sabe muy bien a Dios. (No sé qué interior secreto. me endurece el corazón. Huir de sus ojos quisiera.) ¡Ah, quién te ve y quién te vio! Yo te conocí una santa. ¿Sabes ¡oh fiera pasión! cómo tiene a Dios tu culpa? Con enojo y con rigor. Claro está. Pues más le tiene como al sabio labrador que vio ir creciendo la espiga de aquel grano que sembró con lozanía y belleza y ya a la mejor sazón de infame piedra abatida contra el suelo la miró. Mírala, y llorosa, quizá por restaurar el verdor con el agua de sus ojos, que aquella espiga perdió. Virtuosa fuiste, María, y te vio el agricultor celestial con gran belleza y está mirándote hoy abatida del granizo, del pecado y del error. Contempla cuál estará aquel Dios que te crió; como el labrador, sin duda, con lágrimas y aflicción. Contémplalo, que no es posible que un corazón que ve que Dios por él llora se deje llorando a Dios. Yo bien quisiera guardaros el respeto y el temor que como sobrina os debo y con tanta obligación, mas este error que mi alma casi forzada abrazó me ha tratado tan benigno que ya le tengo afición. ¿Que te haces de rogar? Piensa tu necio furor. ¿Que le haces a Dios falta? Pues es engaño feroz, que Dios no te ha menester para nada. El esplendor todo que a su serle toca tendrá sin tu contrición. El mismo cielo sin ti que contigo este señor tendrá por siglos eternos, y la misma adoración. Y quiero decirte más, que se le debe a este autor divino igual alabanza porque el infierno formó y porque fabricó el cielo, por ser lugares los dos donde halla el castigo el malo y el premio el que bien obró. Y, así, yo, cuando me muera que, según la condición de su clemencia, a gozarle iré al globo superior igualmente le daré, si te miro en la mansión infernal, gracias inmensas con dulcísimo fervor porque te condenó a ti y porque a mí me salvó. (¡Oh quién aquí no estuviera!) ¿Qué es esto, grande hacedor, ni por ruegos, ni amenazas puedo convertirla a vos? ¿Adónde está la limosna que aquesta mujer me dio? Dios piadoso, a vuestra mano aquí la llama mi voz. Vos mismo afirmado habéis que, como el agua apagó el fuego, apaga al pecado la limosna, pues, criador del cielo, vuestra palabra cumplid en esta ocasión. En fin, ¿os habéis de holgar de verme que pene yo en el infierno? Es preciso, pues le diste causa a Dios. ¡Ay de mí, no sé qué siento! Ya se le muda el color, ya se le trueca el semblante, ya muestra pena interior. Auxilios, señor, apriesa en aqueste corazón, socorrelda como a ciento, pues que tanto os ofendió. ¡Yo en el infierno! ¿Qué es esto? Ea, María. ¿Qué aflicción? Piadoso es Dios. Yo pequé; misericordia, señor. Gracias a vos, que ayudáis aun al que os desobligó. Llega a mis brazos, María, que, si es cierto ese dolor, en nombre de Dios te ofrezco su clemencia y su perdón. Este llanto certifique de mis ansias el rigor. ¡Qué hermosa está la mujer que llora porque pecó! Yo quiero mudar de vida. Esa es determinación precisa. ¿Quieres que vamos al yermo? Temo el horror de su soledad. No tienes en evitarle razón. Cuando echa algún rey humano a un reo de la prisión, le hace gracia de la pena, pero de la culpa no, porque el perdonar las culpas no entra en su jurisdicción; pero, cuando el rey divino a alguno le remitió la culpa, deja la pena en su ser y en su vigor. El rey que a ti te perdona es el rey divino, es Dios, tu culpa ya se te fue, mas tu pena se quedó. Esta es menester pagarla o acá o allá, y es mejor pagarla acá, que se hace a costa mucho menor. ¡Oh qué grandes, qué terribles las penas póstumas son, las que, después de enterrado el cuerpo, el alma pagó! De aquesto se librará quien se entregare al rigor de la penitencia, hija, desarmemos la feroz pena que allá nos espera con hacer buena elección de penas en esta vida, que se ahorra gran dolor. Pues, ea, al desierto, vamos. Qué agradable es esa voz. Ya la casa recogida está y sin hacer rumor podremos ir a la calle. Vamos con paso veloz. Por si hay alguno despierto, la luz mato. Es atención discreta. Dadme la mano. A ti en aquesta ocasión te toca el guiar. Dios mío, ya María vuelve a vos. Dios grande, de aquesta obra vos solo sois el autor. Quédate, mundo, contigo. Vaya con nosotros Dios. Señor, ¿hemos de ser trecientos años del demonio ermitaños? ¿Habemos de vivir en los desiertos, en robos, homicidios, desconciertos, siempre no más de a descomodidades? Aquí, y atiende hoy a mis verdades, el sueño que es descanso para todos a nosotros nos cansa de mil modos, porque es la cama dura de solo tierra, y esa, mal segura, en cerrando los ojos un cristiano, sueña en un alguacil y un escribano y ve al verdugo, aunque en confuso objeto, con su ceño, su soga y su coleto. [p. 18 pdf2] Luego le pican entre sus afanes, en vez de breves pulgas, alacranes y, sin estar el triste mal casado, le amanece con una sierpe al lado. Pues ya lo que comemos es gustoso, lo hurtado solo tiene de sabroso. El cabrito sin sal, tan crecidito que suele tener nietos el cabrito. La oveja es blanda y hace unas cosillas que nos tienen dos días en cuclillas. Negro el pan, mas de partes excelentes, ayer me tragué yo dos medios dientes a vueltas de un bocado que mazcaba, tal al morderle de invencible estaba. Que hay solo un vino malo yo imagino, el que falta, y aqueste es nuestro vino. Hasta agua no tenemos si no vamos por ella a los estremos de esta montana, en cuyas pardas quiebras menos las ondas son que las culebras, y esta culebra, que es de enfado eterno, es solo para irnos al infierno. (¡Ay de mí, que mi pecho no sosiega en tanta luz, escuridad tan ciega!) ¿No respondes? ¿Estás embebecido? Creyendo estoy que no me has entendido. ¡Hala! ¡Hao! ¿Dónde estás? Tú voz me enfada, de cuanto dices no se me da nada. ¿No se te da? Pues désete siquiera de que con ira, furia y rabia fiera tu enemigo Cleandro, a quien la herida le diste por los celos de Leonida, te busca en este monte, acompañado de parientes, de amigos rodeado. Si esto se te hace poco, adiós, que yo te dejo para loco. No te vayas ni entres en despecho de ver que a tus palabras niego el pecho porque le tengo ¡ay Dios! embarazado con un prodigio de mayor cuidado. Pues ¿qué prodigio ahora te suspende? Yo le diré. Va de prodigio. Atiende. La joya que María noble me dio, de mi desgracia el día, traigo conmigo siempre. Esto no dudes, para fiscal de mis ingratitudes y para conservar, en lo que lloro de aquel rico tesoro de discreción, belleza, agrado y arte que perdí necio, esta pequeña parte. Anoche, digo yo que ya sería cerca de su mitad, la inquietud mía al pecho me llevó la mano, acaso toqué la joya y, como es ella el vaso en que halla su consuelo mi desvelo, saqué la joya por hallar consuelo. Mirábala gustoso y mi memoria bañaba el corazón en dulce gloria, poniendo en él la imagen peregrina de la mujer mejor, de la más fina. Arrebáteme y, viendo en luces bellas estar ardiendo a tropas las estrellas por si entre ellas estaba la que me influye cruel y oprime brava, alta la mano que la joya apoya, les opongo las luces de la joya por ver si enmendar puedo sus crueldades tocándole la luz con las piedades. En esto estaba cuando de repente de los diamantes sale tal torrente de luz, tan desusada, tan hermosa que el aire estaba de color de rosa, el cielo sin color con mejor velo y la tierra con gloria, como el cielo. Absorto lo miraba, vuelvo la joya al pecho donde estaba, por ver si lo que vía era quimera de mi fantasía, pero, apenas cubrí sus claridades, cuando volvió a tender escuridades la noche sobre el aire y sobre el suelo, con que uno no fue rosa ni otro cielo. Esta la causa es de que el sentido ande mal advertido y esta la causa por que no me ha dado nada de cuanto has dicho algún cuidado. De todo tu hado cruel al perjuicio había volado, menos el juicio, pero, pues te oigo hablar de aquese modo, gracias a Dios, ya se ha perdido todo. Mira, señor, por ti que te despeñas, mira que vives entre duras peñas y entre robles sin gusto vividores, y un loco solo campa entre señores, mira... ¿Qué he de mirar? En este valle es, amigos, posible que le halle mi odio. ¡Ay, Cristo mío! ¿Oyes aquello? Cleandro es, que ya sobre mi cuello tiene la espada, pero diligente voy a juntar mi gente, que, en teniéndola unida, yo le quitaré el odio con la vida. Vamos. Vamos, por Dios, con ligereza. ¡Ay, que me he roto un pie y una cabeza! Algún demonio, sí, conmigo traigo. Yo soy gran pecador, pues ahora caigo. Aquí ha de estar. Esto es hecho. Compañeros, si le hallamos, muera. Él solo baja. ¿Y cuántos le asisten? Malo. Entre estas peñas sedientas y entre aquestos troncos pardos ha de estar. ¡Ay, el dolor de aqueste nuevo fracaso me ha cogido por en medio, porque en las tripas me ha dado! Examinemos el sitio. Ya todos le examinamos. Un hombre dormido o muerto está aquí. Ya me pescaron. Oye, ¿quién es? Un difunto. Él sin duda está borracho. ¿Difunto? ¿Difunto? Sí, ¿helo de decir cantado? Parece verdad que yede. Como no me amortajaron, no me metieron estopa ¿Y de qué murió? De parto. No tiene señas de hembra. Jamás vi humor tan estraño, pues, si es muerto, ¿cómo habla? Lindamente ha preguntado, porque soy barbero muerto. ¿Cuánto ha que murió? Diez años. ¿Y su alma dónde está? En mi cuerpo está penando. ¿Y cuáles penas padece? Temores y sobre saltos, mas ya es mucho preguntar, récenme y pasen de largo. Veámosle primero el rostro. Este es negocio bellaco, no hagan tal, que está podrido y los matará de asco. No importa, vuélvase acá. ¿Qué miro? Aqueste es Macario, criado de Artemidoro. Mientes. Si es desvergonzado, llevará cincuenta coces. Este iba con él cuando me hirió. Póngase en pie. Acabe el picaronazo. Tengan respeto a un difunto. Presto lo será. ¡San Franco! ¿Tu amo en qué sitio está? ¿En qué parte está tu amo? ¿Qué le quieren dar ustedes? ¿Lo quieres negar? Ahorcaldo. Cuélguenlo de un ramo de esos si un instante en confesarlo tarda. Nueve meses tuve yo para nacer de plazo y pido que se me otorgue para morir otro tanto. No ha lugar, vaya a morir. Ande el socarrón. Cleandro. Leonida. ¿Qué es lo que tienes? Aquesto no admite espacio, el virrey está cogiendo del monte todos los pasos por prendernos y lo puede conseguir si no nos vamos escapando a toda priesa. Soltad a ese hombre. Macario, yo te concedo la vida por que digas a tu amo que de este peligro huya, porque es común para entrambos campos, el suyo, y el mío, pero que entienda le hago este aviso como noble, no como desenojado, porque siempre que le encuentre le he de hacer dos mil pedazos. Como quien eres procedes. Ea, compañeros, vamos. Di a tu amo que Leonida tiene muy vivo el agravio de haberle a Cleandro herido. Pues, señora, ¿no hacen harto los hombres en castigar de una dama el peso falso en el hombre, siendo ella la que cometió el vil trato, sino que también los quieren comer por esto a bocados? No es el vengarse en el hombre beneficio ni agasajo porque, si el hombre es querido, es el castigo doblado. Feliz yo que eso te escucho. Vete. Como un halcón parto. Muy desgraciado es mi odio. Mi amor es muy desgraciado. Muy debilitada estás, ¿qué tienes? Sobre el cansancio que casi me trae rendida, tengo una sed que me abraso. María, como yo soy forastero en estos campos, no sé dónde caen las fuentes de que ellos son tan escasos, mas siéntate entre esa yedra mientras busca mi cuidado agua por entre estos riscos que corrija rigor tanto y que la he de hallar sospecho, que, si el ver llorar ha dado ocasión para llorar, mi llanto les dará llanto. Con mucha razón me niegan sus lágrimas los peñascos en sed tan grande, pues yo lloro tan mal mis pecados, mas ¡ay, mi Dios, que de secos no puedo mover los labios! Ya toda mi gente está junta y los puestos tomados, pero a aqueste sitio vuelvo por ver si encuentro a Macario, que aquí se me quedó atrás. Si le ha sucedido algo... La sed me tiene sin mí. Muerto le han, pues no le hallo. ¿Habrá quien dé un poco de agua a una mujer? ¿Qué he escuchado? Pero una mujer allí miro reclinada, santo el traje y, entre el pelo, confuso el rostro o negado. Mujer y virtud, ¡qué dos atributos tan sagrados! Agua ha pedido y ahora un compañero me trajo una cantarilla. Quiero traerla apriesa, que, si tardo, es la sed pasión tan fuerte que hará en ella algún estrago. De aqueste ardor de mi pecho, atrífice soberano, no hagáis sed que me fatigue, sino incendio con que amaros. Ya el agua está aquí, tomad, mojad el pecho y los labios. Dios la caridad os pague, mas ¿qué es lo que estoy mirando? ¡Cielos! ¿No es esta María? Hermosísimo milagro, ¿cómo estás en este sitio y en aqueste sayal basto? Estoy aquí porque vengo a mi tío acompañando y en este traje, porque olvide Dios mis pecados, con las galas le ofendía y ahora así me disfrazo porque por otra me tenga y, si soy otra, lo alcanzo. Bebe, que luego hablaremos. Pero ¿yo cómo te hallo aquí en traje de ladrón? ¡Quién pudiera remediarlo!, mas un consuelo me queda y es, a pesar de mi llanto, que no todos los ladrones son con Dios muy desgraciados. Dame el agua. Vesla aquí, sin duda que estoy soñando. Bien veis, mi Dios, esta sed que padezco y que a tal grado llega de grande, que en ella se me está el alma abrasando. Bien veis este agua que tengo a mi arbitrio y en mi mano, con que salir de esta angustia puedo sin algún trabajo. Pues, Dios grande, Dios inmenso, Dios piadoso y soberano, por que enmendéis a este hombre, la sed y el agua os consagro. ¿Qué has hecho? Pedirle a Dios que te mejore de estado. ¿Y ahora por qué vas huyendo? Porque es peligro muy claro estar contigo amoroso, si te quise bien ingrato. Seguirete. No hagas tal, porque me harás grande agravio. Yo, como yo, te lo ruego, o en nombre de Dios lo mando. No huyas, mujer divina, que lo hermoso y lo enmendado con dos singularidades están haciendo un encanto. Las culpas de que te enmiendas en tu decoro han dejado no fealdad de cicatrices, hermosura, sí, de astros. ¿Qué he de hacer? Vamos, María, que ya una fuente he hallado. No se olvida Dios de nadie, mas no busco lo que hallo; vengo buscando a María y encuentro al que la ha burlado. (Abramio es este, en el pecho no me cabe el sobresalto.) ¿Qué me quieres, enemigo? ¿No estás de ofenderme harto? ¿Por qué persigues aquesta mujer que al cielo le traigo? Lo primero, padre mío, pido a esos pies arrojado perdón de tantas ofensas y luego os digo que acaso fue el hallar aquí a María pidiendo a los aires vanos agua, con voz casi muerta. Trújela y al ir llegando el barro al labio dejó caer en el suelo el barro, apartose de aquí huyendo. Hizo bien. Embarazando para que no la siguiese con su precepto mis pasos. ¿Y por qué parte se entró? Por entre aquesos peñascos va caminando sin senda, pero yo os iré guiando. Dios me guiará, que no quiero, aunque ignoro aquestos campos, llevarle el peligro yo de que ella se va apartando. Cielos, la luz que la joya brotó en repentinos rayos fue señal de que María cobró el esplendor pasado. ¿Qué he de hacer? Si estará aquí.. Aquí está. Señor. Macario. Vámonos presto. Pues ¿qué, está cerca mi contrario? ¿Qué contrario? La justicia el monte tiene cercado sin que haya parte por donde sea posible el escaparnos. Pues ¿qué hemos de hacer? Meternos en lo escuro y entrincado de aquesa sierra. Avisemos a los compañeros. Vamos. ¿Cuándo de tantos ahogos me he de mirar libre, cuándo? Cuando el verdugo te haga fruta maldita de un árbol. Ya mi cansancio y mi sed a tanto extremo han llegado que siento que de mi vida se acerca el último plazo. Por no haber bebido muero, Dios mío, pero acordaos de la condición con que os di el agua en que iba tanto. Con condición fue, señor, de que enmendaseis humano la vida de Artemidoro y ahora de nuevo os lo encargo, y no os admire este afecto, porque creí tiempo largo que había de ser mi esposo y es el matrimonio santo un parentesco, señor, muy grande aun imaginado, mas ya me falta el aliento y el cuerpo se va postrando, sin duda que de mi vida se quiere romper el lazo. Quiero esperar de rodillas aqueste tremendo paso, que en una cruz le esperó quien murió por mis pecados. ¿Dónde hallaré yo a María? Si es preciso el despeñarnos, mejor es que nos ahorquen. Por aquesta sierra bajo solo fiado de Dios, a María voy buscando, mas él no me faltará. Creyendo estoy y esperando en vos y amándoos, Dios mío. Esto es ir a sepultarnos, pero en efeto es morir con honra. Doy al diablo toda la honra si vive dos días más un ahorcado. Ya me llamáis. Yo encomiendo mi espíritu en vuestras manos. Mas ya a lo profundo llego. Ya a lo profundo llegamos. Allí un bulto de rodillas miro inmóvil. O es de mármol aquel bulto que allí miro, o tiene celestial pasmo. Una fantasma no más nos faltaba en este caso Si está vivo... Si está muerto... Artemidoro. ¿Qué, Abramio? ¿Adónde vas por aquí? A que no nos den con algo. Huyendo voy del virrey. Yo, si a ti no me abalanzo, a la fiereza de estas profundidades, y en vano, pues que no encuentro a María. Lo inmóvil reconozcamos de este eremita. Lleguemos. Deo gracias. Háblele alto, que es María y está muerta. Cielos, ¿qué es lo que he escuchado? Dice la verdad. ¿María? Señor, perdonad mi llanto, que, aunque con señas la miro de que está de vos gozando, es mi sangre y soy mortal. No cabe en mí dolor tanto. Mi Dios, dad este consuelo al hombre más desdichado. Padre, atended a un prodigio que en el nombre soberano de Dios intento. ¿Cuál es? Este favor, cielo santo: muy bien te acuerdas, María, que te ofrecí, enamorado de ti, casarme contigo, bien que no lo cumplí ingrato para el tiempo que ofrecí y que, cuando hallé tu amparo huyendo de la justicia quise hacerlo y que tu trato siempre noble lo estorbó por no manchar mi honor claro con algún de efecto tuyo, a que te indujo el engaño de la edad y la pobreza, enemigos esforzados. También te acuerdas que entonces, casi del cielo dictado, te dije que yo esperaba en ti progresos tan altos de virtud que borrarían los ya de efectos pasados. Ya esto se ha visto y ahora, para poder quedar apto para esta dicha que intento, ardiente voto le hago a Dios de ser eremita a la obediencia de Abramio. Aquesto asentado, pues es entre los dos contrato, ¿quieres ser mi esposa? Sí. ¡Quién vio prodigio tan raro! ¿Después de muertas se casan las mujeres? ¡Fuerte caso! Pues, en señal de que aquesto es cierto, dame la mano. La mano alargó. Y yo os hecho la bendición. Y ya ha tornado a juntarla con la otra. ¡Oh suceso el más extraño! Pero los cielos se rompen. Y la gloria va bajando para llevarla a la gloria. Absorto estoy y turbado. Y, en este prodigio, fin tenga El galán ermitaño.
