Texto digital de El engaño en la verdad
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- Lope de Vega Carpio
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- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El engaño en la verdad. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/engano-en-la-verdad-el.

EL ENGAÑO EN LA VERDAD
JORNADA PRIMERA
¡Huid, que de las montañas furioso baja un león ¡Huid, huid, cazadores, al valle, hacia el valle! ¡Ay, Dios ¿Adonde podré esconderme? que me ha turbado el temor. Sola me dejaron todos Federico, Otavio, Otón, Pompeyo, Florelo, Fabio; Leonardo también huyó, que en el peligro evidente muy pocos tienen valor, ¡Yo soy muerta! De una fiera infame ha sido el temor, pues arrastró la nobleza hoy a los ojos del sol. No temas, señora. Vuelve a tu Adonis cazador, de cuyos brazos confío mayores hazañas yo. ¡Tío Otavio ¡Mi Marcela, sangre de este corazón, duquesa y señora mía Aún no puedo dar la voz, según temo y según siento. Ya, señora, huyó el león temeroso de tus ojos, si de nuestras armas no. ¿Adónde el Duque estará? Buscándote, que el amor mal asegura en la ausencia, que es el peligro mayor. Témole, Otavio. ¿De qué, si el príncipe, mi señor, es para las fieras hombre, para los hombres león? ¿Adónde fueron mis damas? Donde el temor las llevó. ¿y Serafina, tu hija? Pienso que el Duque acudió a socorrerla. (¡Ay de mí ¡Ay, celos!) Celosa estoy, que si engaña la hermosura poderosa es la ocasión; de Elisa Dido y Eneas retrato las cazas hoy, y que las cuevas del monte todas en mi agravio son. (¿El Duque y mi Serafina a solas? ¡Celos, rigor, furias, tormentos, infiernos, crueldad, desesperación, llevadme a mí donde están! No me llevéis, que es menor en duda cualquier ofensa y el desengaño traición. No quiero desengañarme, pues tengo por opinión que el engaño y la esperanza una misma cosa son. Serafina, al fin, es noble, y el Duque... Mas ; dónde voy cuando me abrasan sospechas y me acobarda el temor?) Venid conmigo, Leonardo, y venid, Otavio, vos, que lo que no quería hallar ahora buscando voy. (¿El Duque y mi Serafina a solas? ¡Celos, rigor, fuerzas, tormentos, infiernos, crueldad, desesperación, llevadme a mí donde están!) ¡Oh, pesia a quien me parió! ¡Qué cuchillada le di y qué uñarada me dio! ¡Ténganme, cuerpo de tal! ¿Qué es esto, Milán? Señor, hacer lo que hicieron todos, si menos cobarde yo; reñí con ese leoncillo y, en efeto... ¡Buen humor! (Milán, busca al serafín que para mi mal formó con deidad Naturaleza, mudable la inclinación. Vuela. ¿Sin alas? Pues corre el monte desde el balcón donde se asoma la aurora por ver madrugar al sol. Corre las torres soberbias desde el gigante Nembrot a la vanidad egipcia, No soy tan gran corredor, si bien con serlo de cambios he visto yo más de dos que para correr al mundo les dio su vida ocasión. Buscaré a tu Serafina. ¿Quieres más? La dilación me ofende. Sígueme tú, que yo con tus alas voy.) ¿Dónde vas? A asegurarte de no nada que es león, este de quien no hacen cuenta ni discreción ni valor, y yo la hiciera más bien de una bota y de un jamón, que para correr los montes son alas de un bebedor. Vamos, que ya hace caso, ciega, la imaginación, y es dar lugar al efecto bárbara ley del error. Cese, mi bien, el temor, pues hay amor que os defienda. Que a vuestra grandeza ofenda es lo que temo, señor. Yo vuestra ofensa recelo. Ninguna ley me acobarda con un serafín de guarda y un sol mayor que el del cielo. Otro pensamiento mueve, si no es desdén, tu tristeza, que soy yo, y a la grandeva nadie con la luz se atreve. Mal podrán tus fuerzas solas. Serafina, así es verdad; pero la mayor crueldad se vence mejor a solas, Y aunque la ocasión esfuerza los términos del vencer, hoy la razón ha de hacer lo que pudiera la fuerza. Que es noble la calidad que con la piedad se abona, y amor no tiene corona, si no es la de la piedad. Con tanto cuidado voy, que oírte, señor, no puedo. No te canses. Con el miedo en lo que dices no estoy. Si a mí tu ser me asegura, en vano, mi bien, te alteras, que. reconocen las fieras respetos de la hermosura. Mi suerte es bien que mejores cuando honras cielos y suelo con nuevas luces al cielo y al suelo con varias flores. No temas la fiera incierta, que, por darme esta ocasión, fingido ha sido el león. Y mi desventura cierta. Poco me quita el temor la seguridad del daño, que en el poder el engaño hace el peligro mayor. El de mí muerte podría lastimarte. Fía de mí, que por mi honor y por ti daré... Serafina mía, eso solo pido yo; mi muerte teme y recela. Vida por honra darela; mas honra por vida, no. Procede, pues eres sabio, hoy con la razón que extrañas, que para nobles entrañas no hay fiera como el agravio. Manos y deseos enfrena; aunque en tu intento señalo que no pretende ser malo, sino saber si soy buena mas si ha sido culpa mía yo la castigaré en mí, y verá mi padre en ti de qué príncipe se fía. Míralo, Carlos, mejor, que en tu injusto proceder soy sangre de tu mujer, tengo padre y guardo honor. No tiene amor recompensa si no es gozar. Ni el valor tiene obligación mayor que satisfacer su ofensa. (Llegas en buena ocasión. ¡Que el Duque tal fuerza intente! Mas ¿qué fortuna no miente ni qué amor guarda razón? Hoy que mis ofensas hallo a los ojos, ¿qué haré, amor, que el príncipe es mi señor, yo noble, mas su vasallo? ¡Muera el tirano! ¿Qué intento es este? Vengar mi agravio. Nunca sin acuerdo el sabio ejecuta el pensamiento. ¿Qué he de hacer, piadosos Cielos? Repórtate, que te importa. No es hombre quien se reporta cuando averigua sus celos. Yo lo quiero remediar, que esto va perdido.) Advierte que me he de dar yo la muerte, ¡Oh, qué albricias me ha de dar la Duquesa, mi señora, de haberte hallado!—Leonardo, aquí está el Duque gallardo. (Vengáis vos y él en mal hora.) ¿La Duquesa? Espera un poco, que aunque está del temor ciega, tan cerca viene, que llega. (Y yo, de celoso, loco.) ¿Que no se fue la Duquesa a Ferrara? No, señor. Presto llegará. El amor (¡Llanto envío al mar, siendo el mar mi llanto!) ¿Es posible que se fue esta fiera, este enemigo? ¿Qué es esto? ¿Sin él, contigo, mi Leonardo? No lo sé. ¿Eso me dices a mí si viste lo que pasó? Pues ¿por qué lo digo yo si no es por io que yo vi? Al Duque la pretensión ¿quién se la podrá quitar? Tú, si supieras tomar más justa resolución. Mas es príncipe, y es ley que se le guarde el respeto. Cualquier villano os prometo que es de sus gustos el rey. Milán, ¿por qué callas, di, si es verdad que me escuchaste? ¿O también te conjuraste con tu amo contra mí? Bárbaros montes y breñas, testigos de esta verdad, mayor fue mi ceguedad que vuestras silvestres peñas decidle a mi bien las medras de males tan rigurosos, que no para los dichosos han de hablar siempre las piedras. ¿No viste tú aquel valor con que resistió su furia? El que no olvida la injuria no diga que tiene amor. Tan temeraria y resuelta anduvo en el propio "no", que si fuera el Duque yo llevara una gentil vuelta. Deja los donaires. Vuelve donde va el Duque, entre tanto que mi alma bebe el llanto del sol y el vapor resuelve. Voy; mas no habéis de reñir los dos. Con cuidado parte. Yo vengo para llevarte adonde me veas morir. Mandome el Duque; en efeto, tercero quiere que sea. ¿Hay quien mi desdicha crea? ¿Tú quieres? ¿Tú eres discreto? Mal discreción y recelos juntan las derechas palmas, pues enmudecen las almas adonde hablan los celos. Deja sospechas y fía que solo tu amor me mueve, mi Leonardo; el tiempo es breve y grande la tiranía del Duque. Mira y advierte qué es lo que habemos de hacer. Serafina, obedecer la sentencia de mi muerte. Y yo volver a llorar descréditos de mi fe . Ea, mis ojos, que ya sé cuánto te puedo fiar. No más lágrimas, señora; la luz vuelva a su arrebol, que no ha de llorar el sol para que se ría la aurora. Mira , mi bien, que esas perlas pueden ofender al cielo porque se las das al suelo, indigno de merecerlas. Deja de llorar y dame resolución que convenga. (Amor que celos no venga gran parte tiene de infame. Quise probar de Leonardo el pecho, que sospeché no sé qué y sí sé qué, pues ya lo he visto. ¿Qué aguardo que no deshago este monte, que no abraso y que no quemo mil mundos?) Y a Polifemo desamparó este horizonte; seguro a abrazarte llego de su tiránica guerra. (Si no os cubriere una sierra os abrasará mi fuego.) Dame esos brazos, ¿qué haces? Vuelve esos hermosos ojos, que premia injustos enojos la gloria de hacer las paces. ¿A pedir premio te inclina lo que mereció castigo? Vea yo que soy tu amigo, mi divina Serafina. (¿Cuál desacierto no viene ahora en ocasión buena? Tenga la gloria en la pena que tan merecida tiene.) ¡Ay de mí! ¡Muere, traidor! Serafina, ¿Qué has pretendido, alevoso, dando la muerte a mi esposo? ¡Dulce Leonardo! ¿Ah, señor?- ¿Qué ha sido tu pretensión, tirano, de ley exento? Castigar en ti el intento y en Leonardo la traición; pues yo por mis ojos vi ofenderme y agraviarme, que sé de un golpe vengarme de ese traidor y de ti. ¡Amado esposo! ¡Mi bien!— ¡Ya murió! ¡Tristes abrazos I Pon el laurel de esos lazos donde parezca más bien. Con gusto he llegado yo a ver en lo que me ofreces, en ti el pago que mereces. y en él, el que mereció. ¿Era, villana, mejor indigno un criado mío que yo, que el alma te fío? No era a lo menos traidor, y tú pretendes en vano; que si a Leonardo he querido, en él quise a mi marido y en ti aborrezco a un tirano. Señor... Mas ¿qué desiguales males miro? No te asombres, que vida larga en los hombres largos promete los males. No te parezca que arguyo de falso, que si os dejé hoy para ocuparme fue en vengar mi honor y el tuyo, Yo llegué a ver su malicia y en sus brazos vuestra afrenta, y aún no es bien que allí consienta delito igual mi justicia. El cuerpo le he de quitar y echarle en esta espesura. ¿Cómo, que para llorar aun me ha de faltar ventura? ¡Mátame, traidor. No creo que tanto mal llego a ver. Cielos, ¿cómo puede ser que me engañe en lo que veo? ¿Puede haber ley que consienta que yo lo sufra? Es error, que en las manchas del honor la sangre quita la afrenta. Tened, que yo no permito en mi presencia. ¿No veis que soy yo a quien ofendéis, que he castigado el delito? En él ya está castigado y en ella, que en la mujer el castigo suele ser la confusión del pecado. Dadme palabra y jurad de no hacerle ofensa, Otavio. ¿Qué decís? Señor, mi agravio... De mí vuestro honor fiad. ¿El ser quien soy no os advierte que pues yo los castigué todas las culpas que hallé vengué con aquella muerte? Jurad. La palabra os doy contra mí. Vaya con vos, y tratadla bien. ¡Ay, Dios! ¿Que tan desdichada soy? Solo a buen tiempo me dejas; mucho de mi fe confías, que si son grandes mis días no son menores mis quejas. No el peso de muchos años te asegure en mi cordura, que no hay prudencia segura al golpe de tantos daños. Bien estás, sí, en un desierto dando abrazos a tu error, que no tiene el deshonor más viva imagen que un muerto. Vuelve tú el rostro no enjuto de la piedad que pretendo, airado para vengarme, lloroso para consuelo. Este que viste es mi esposo, Leonardo, mi esposo, es muerto; que siendo yo hija tuya no había de llorar por menos. Este Dionisio cruel, este volcán, este incendio, de quien estrellas seguras apenas conoce el cielo; el que de tu confianza hizo en sus ojos veneno, no para matar tu honor, que vive a pesar del tiempo, con los ojos me escribía atrevido, al fin, con ellos, que son papel donde el alma traslada sus pensamientos. Resistir su alevosía no pude, porque en el suelo un poderoso traidor nunca reboza deseos. Hoy que la injusta ocasión le dio a mi pesar cabellos, fingió el león, que criados se miran en su provecho. Testigos son estos montes y cristalinos espejos, que, murmurando tu injuria, a ver mi valor corrieron. Que fue por mi resistencia tan indignado y soberbio, que, de temor, entre nubes quiso esconderse el sol mesmo. Sin él me juzgaba apenas cuando Leonardo, tu yerno, llegó, buscando la muerte en la bondad de su dueño. Volvió celoso el tirano, sin Dios, sin ley, sin respeto, y atravesóle un puñal desde la espalda hasta el pecho. Matóle como alevoso, y el fin del injusto intento no fue por buscar tu honor, sino por vengar sus celos, ¡Pluguiera a Dios que tu muerte fuera del daño el efeto, que menos para matarme pudiera su sentimiento! ¿Tú te casaste sin mí? ¡Malhaya el hombre tan necio que da palabras que llora después su arrepentimiento, que yo quitara esa vida que de mis ojos destierro! ¡Vete, villana Señor, vengarme y vengarte espero; pues de matarme te privan palabras y juramentos, yo me mataré a tus ojos, Y yo las armas te ofrezco. Toma esa daga, enemiga; pues no pudieron tus yerros, muere con los de tu padre, deuda que a mi honor le debo. Hoy tu voluntad, si justa, verá ejecución y efeto después que de mi venganza se satisfaga tu acero, ¿Que no te matas? Perdona, que hacer tres venganzas pienso: a mi esposo, a ti y a mí, que una obligación tenemos. Quítate de mi presencia; vete, enemiga, que temo he de matarte, y no es justo que rompa yo el juramento, ¡Vete, infame! Ya me voy, (Préstenme ocasión los Cielos, que fuerzas dan los agravios y valor basta el que llevo.) ¿Dónde iré yo por no verte, que en tu presencia revuelvo los libros de mis desdichas y de mi afrenta el proceso? ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto en que tropecé y caí? ¿Es muerto? Pienso que sí, y que yo lo seré presto. ¡Ay, Serafina! Habló el muerto. ¡Válgalo el diablo, cuando de miedo no hablo Mas también se levantó. Mi bien, templad la herida con esa nieve suave, que sé el remedio que sabe cómo ha de darme la vida. ¿Yo su bien? ¡Gentil regalo! ¡Ah, señor, volved en vos y ahora acordaos de Dios, que, por Dios, que estáis muy malo, Perdí el sentido y perdí entre la sangre el acuerdo; yo pienso que el alma pierdo, pues no está mi bien aquí. Soy Belardo, un labrador, Ya sé mi desdicha brava, ¿Una dama que aquí estaba? Yo no la he visto, señor. ¿Que tan olvidado estoy? Mas que os dejaron por muerto, que lo parecíades cierto, Y parece que lo soy. ¿Tan presto un muerto se olvida? Si es mujer, ¿qué había de hacer? Tanto les dura el querer como a los ricos la vida. ¿Queréis que esta herida os ate? Que se os va sangre que espanta. Ojalá se fuese tanta que anegue y a mí me mate ya tantas glorias perdidas como tengo que llorar, muy bien se pueden soltar los ojos y las heridas. Por fuerza os la, llevarían a esa dama. Y sus recelos hacen que vuelvan los celos con el temor que solían. Hola, Belardo; a nosamo venga y la labranza aburra, que allí le traigo la burra bien más ligera que un gamo; que por pasos no contados le lleve, y le certifico que no le truje el borrico por ser ¡os asnos pesados. Venid, pues sois el Alcalde. Esta herida es ataré con mi ceñidor. A fe que no os la dieron de balde. ¿No sois de la corte vos? No estará mal merecida. No por escapar la vida, amigo, testigo es Dios, sino solo por saber de aquel ángel. Yo os prometo de que allí estéis tan secreto que ninguno os llegue a ver. Pardiez, hermano, yo creo, pues vos tan bien lo escotastes, que comistes y que hablastes. Trae la pollina, Danteo. Toda la corte a porfía paga el trabajo y sudor. ¿Quién es este labrador? De él como de mí te fía; es otro yo en la fortuna V en el secreto otro yo. ¿Mas que soy el sí y el no sin conocer dicha alguna? ¿Ninguno sabrá, en efeto, que viva o muera, de mí? Haré imposibles por ti. No es poco guardar secreto. Vos quedáis hoy enterrado; ningún miedo os alborote. Cubridme con un capote, iré más disimulado. Y aun más arropado irás. Al fin sois noble, Belardo; por vos mucho bien aguardo. El que yo pueda tendrás. A aquella parte te arrima. Danteo. Yo apostaré que os dieren este traspié los falsos de alguna prima. Que estés, pretendo, prevenido, Otavio, que del suceso la verdad no sienta ni sepa el mundo, que el' mayor agravio en cuanto no se sabe no es afrenta; remedia el daño, que el prudente, el sabio, no solo el mal que corre por su cuenta, mas del que llegó a ser neutral objeto, redimió la maldad con el secreto. Dignamente el silencio alabó un santo, y yo el secreto alabo dignamente, que no causa terror ni pone espanto lo que no se averigua finalmente. Otavio, para el mundo todo cuanto está 'encubierto, si al honor ausente no deshace el valor ni quita, en suma, del coronado pájaro una pluma. Vos estáis ya vengado; Serafina, restaurada en su honor; yo, satisfecho, que del traidor la herida, sí más digna, por obras falsas de la espada al pecho, no del que bebió sangre Catilina. con más justa razón roto y deshecho. creerán, si hallado fuere en el desierto, que por otra ocasión ha sido muerto. Vuelva, pues, vuestra hija, que en mi casa estará con su prima la Duquesa, más que del oro de soberbia escasa, que de humildad los simulacros besa. Casarse quiso, y quien al fin se casa, no la flaqueza, el ánimo confiesa; y yo en la causa que abonar procuro, que merece el perdón afirmo y juro. Señor, si en tu proceder quieres mi honor conservar, no tengo yo que ofrecer, que a ti te toca el mandar, como a mí el obedecer. Guardar pretendo el secreto con más rigor en mi historia de mí propio, que, en efeto, ha de borrar la memoria quien quiere guardar secreto. No me acordaré del caso, pues le conviene a mi honor, en cuyas llamas me abraso. El cuerpo de este traidor vamos a quitar del paso. (Casi tus engaños toco en esta solicitud, con que a rigor me provoco, que es mucho para virtud y para deudo no poco. Cielos, desdichas tan graves ¿qué término han de tener?) Será manjar de las aves. Tú sabes lo que has de hacer, pues lo que merece sabes. Otavio, ¿dónde dejáis a Serafina? Yo creo que se habrá muerto. ¿Dudáis, o me la negáis? Deseo que mi lealtad conozcáis ; presto sabréis dónde queda. (No encubre el fuego la llama aunque del humo suceda.) (Alma, sosegar, que ama, no hay seguridad que pueda. Si la ha .muerto, hoy me acobarda el fin que no temo en vano de aquella imagen gallarda, porque el honor es tirano y la crueldad quien le guarda.) Asidle bien, maniatadle,. que, por Dios, que es gran malicia. Resistíos a la josticia, y os ahorcará el Alcalde. ¡Villanos! Villanos son los hombres que hacen traiciones, que los nobles corazones conocen mal la traición. ¿Vos la sangre no mirastes? Pues ¿qué importa? Puede ser, y fue por reconocer si era la que vos sacastes; y no os queráis her señor. Ni esta muerte nos neguéis, que, par Dios, que parecéis o ladrón o salteador. Y serlo todo podría; que hombres sin renta ni oficios tienen estos ejercicios por el pan de cada día. ¿Qué gente es ésta? Un villano que debe de ser Alcalde de aquella aIdea. Apretadle; no le dejéis hueso sano. ¡Ah, buena gente! Sin duda que deben de ser cómplices. Prendedlos de las narices; yo os daré favor y ayuda. A la josticia os tened. ¿De dónde? De Peñaflor, del Duque, nuestro señor, por virtud de su merced. ¿Qué pretendéis? Ahorcar a cuantos tope y no tope, que he venido de un galope a pie desde mi lugar a averiguar la traidora y falsa muerte ... ¿De quién ? De un defunto hombre de bien, que muertos se usan ahora. (El Duque y Otavio son. Algún grande mal recelo.) ¿Quién es el muerto? Yo apelo al Cielo de esta prisión. ¿Vístelo tú? Yo le vi. y aun le vimos todos tres. ¿Sabéis acaso quién es? Mas ¿que se burla de mí? Prendedle vos y burladle. ¡Mas lo que ha repreguntado. El que tanto se ha picado ajos ha comido, Alcalde. Si yo trujera harta gente, ellos fueran maniatados. Advertid, hombres honrados, que es el Duque. ¿Mas que miente? Arrodíllate, Danteo, y tú, Elicio. Levantad, Alcalde, y, con brevedad, satisfaced mi deseo. Decid, del muerto ¿qué hicistes? Enterrámosle, señor. Ese fue notable error, pues quién era no supistes. No hallé de quién. Mas si están en que en enterrarle erré, yo le desenterraré y ellos le conocerán. Yo no le enterré ni vi. (¿Quién en esto me metió?) (¿Mas que venga a pagar yo por todos?) ¿Qué señas, di, tenía el muerto? ¡Pesia mí! como él estaba vestido, de espalda al pecho herido... (Con tal voluntad le di.) Dónde le enterraste? Allí. No ve desde aquí la ermita? Tiene pila, agua bendita, altar mayor y no y sí. (Igual tuvo la ventura que el Cielo en él castigó, pues tan humilde te dio el mundo la sepultura. ¿Este hombre no es criado del traidor? Sin duda es él.) ¿Por qué está preso? Eligió. Es, cruel, el que al buen hombre ha matado. La sangre miraba, y cierto que ella en verle rehervía, o murmuraba o decía que este traidor le había muerto. Y sin duda él le mató. ¿Yo matar? ¿A quién, señor? No disimules, traidor. Piojos no mato yo, cuanto más a un hombre honrado. (También este me engañó con la Duquesa; mas yo le sacaré de pecado.) Nadie le hable ni vea hasta que yo envíe por él. Seré en guardarle fiel. Parte con él a tu aldea. Como le escuchan atentos me encargas ese proceso, que mejor guardan un preso que fiestas ni mandamientos. ¿Quién será este muerto cruel por quien voy preso? Galán, ea, que allá se lo dirán cuando reviente el cordel. (¿Otavio y el Duque a solas?) No estoy sin causa confusa, ni sé desde cuándo se usa dejar las mujeres solas. Qué juicio no adivino prevendrá desdicha igual. Para mí la peor señal es pensar que se previno, y que así venía de acuerdo. No vais, señora, apurando más mi sufrimiento cuando entre desdichas le pierdo. Ese solo que resulta de la caza.—¿Dónde está tu hija? ¿Quién lo sabrá? ¿Mas si eres de la consulta y fue tuya la invención y el alboroto fingido, que ya yo sé que lo ha sido lo que pareció león? Señora, no vengas tal cuando nosotros lloramos mil pérdidas. ¿Ahí llegamos? ¿Hizo el león algún mal? Aunque aquel león de hoy si hizo algún daño, sospecho que solo ha sido a mi pecho. Ved que de burlas no estoy. Pues yo lo debo de estar. Otavio, ¿qué es de tu hija? ¿Hay más dolor que me aflija? ¿Qué me quieres preguntar? Si te ha acompañado a ti, ¿cómo puedo saber de ella? Ni yo tuviera querella si no te hallaras aquí. ¿Qué ha de decir quien te viere en la amistad que te hallo? Yo hago como buen vasallo, y el Duque lo que él quisiere. (¿Si dio este bárbaro muerte a Serafina? Reviento de pesar.) (Mi sufrimiento que no soy quien soy me advierte.) ¿Qué es de tu hija, villano? Carlos, ¿Adónde está? ¿Qué la has hecho? que de tu crueldad sospecho algún suceso inhumano; y si es verdad, imagina que has de morir, ¡vive Dios! ¡Oh, qué lindo! ¿También vos dais voces por Serafina? ¡Qué disimulo tan bueno y qué acertado concierto (Honor, pues yo no me he muerto, no es tuyo aqueste veneno.) (¡Loco estoy!) Toda la traza cayó en el suelo. ¿Aún, porfías? (¡Triste Otavio!) (¡Ay, honras mías, qué desdicha os amenaza!) Marcela, tu sangre soy, y la que tú tienes mía mil mundos honrar podría. Óyeme. Escuchando estoy. Para que te sirva a ti te di a mi hija. ¿Y ha sido, por dársela a mi marido, bien el quitármela a mí? No, en rigor de injusto juez, más mi sufrimiento tientes, que responderé que mientes diciéndomelo otra vez. ¿Hay tal maldad? El porfía en morir. Busco ocasión. De la desesperación nace mayor la osadía. Su muerte viene a buscar. ¿Cómo hablas tan osado? Porque quien no está culpado no tiene por qué callar.— Tú, príncipe, que en rigor me pides a Serafina, que no fla he muerto imagina, mas que la mató mi honor. Mi honra deposité en tu casa, que creí que hallaba príncipe en ti y un basilisco hallé. Y si de ti me he fiado fue porque tuve esperanza, que guarda la confianza más que el recato y cuidado, AI fin, púdeme engañar, porque eres en tus errores el juez que dice amores a quien viene a pleitear. Y mi hija antes quisiera, con corazón no vencido, un hidalgo por marido que no un rey que no lo fuera. No vengo a pedir perdón de lo que no cometí, ni de no haber culpa en mi vengo a dar satisfación; ni porque excusas prevengo a mi muerte o mi destierro, ni a desalabar mi yerro, que antes de buscarle vengo. Que como contra mi honor por él en culpa no caigo, no me pesa del que traigo, sino de que no es mayor. Mas de lo que el alma trata en este trance forzoso, poco hierro es poderoso. que ya poco hierro mata. Y es justo, si en esto encierro el misterio que os altera, que con poco hierro muera quien mata por poco yerro. ¡Ah, cruel! ¿Y de esta suerte me pagas? ¡Muera esta furia!; Matadla! ¡Vengué mi injuria! ¡Venga en buen hora la muerte! Deteneos, no la matéis. ¿Que aún la quieres defender? Prendedla, que esto ha de ser por que otra muerte le deis. Un tormento riguroso trazad a mi pecho fiel, que moriré alegre en él, pues he vengado a mi esposo. Pues con harta claridad su intención mostró este hierro, cuando hablaba del yerro que no vio mi ceguedad. Otón, la herida mirad. Mal se puede ahora ver. Eso se podrá hacer, señora, allá en la ciudad. Para allá en casa se guarde, que no es la herida mortal. ¿Que has acertado tan mal, oh, brazo vil y cobarde? Sigue del romano el hecho, pues yo a sucederle llego, que si te faltase fuego brasas te dará mi pecho. Venid, señora.—Tú, Otón, trae con cuidado los presos. De unos en otros sucesos os despeñó la ocasión. ¡Ay, padre, temo tus daños! Dame a mí toda tu pena, no porque no he sido buena, mas por ser menos mis años. No hay aquí razón piadosa; calle el paternal amor, que en tribunal del honor no se ha de hablar de otra cosa. Serafina, aquesto es hecho; no hay en ello más que hablar, sino solo acomodar a lo por venir el pecho. Temor ninguno te ocupe; persevera en una fe. Fía que morir sabré muy mejor que matar supe. Dios sabe lo que he sentido aquesta desgracia. Otón, dete pesar la ocasión, que esotro remedio ha sido. Mas lo que has de hacer por mí es que, preso en cualquier parte, de mi hija no me aparte. Cuanto pueda haré por ti.
JORNADA SEGUNDA
Gracias a Dios que te veo. Mil veces quiero abrazarte. ¿Que estás para levantarte? ¿Que se cumplió mi deseo? Sano estoy, no vivo. Esquivo estás con mi voluntad. Un hombre sin libertad no puede llamarse vivo. Yo soy tu hechura, y no es mía la vida que a ti te debo. Por obligarme de nuevo, deja esa filosofía, que has hallado en mis cuidados criados de fe y verdad. Con mucha dificultad se hallan estos criados. De la corte eso se crea; mas acá todo es llaneza. Trasladose la nobleza a la verdad del aldea. Mas dejando esto por llano, Danteo, que me ha curado, ¿dónde estudió? No ha estudiado, y es médico y cirujano. Mucho ha visto, y la experiencia diz que habilita a una peña, y lo que aqueste arte enseña es lo más cierto y no es ciencia. Naturaleza asegura, y sin su ayuda me fundo, que no hay médico en el mundo que sane una calentura; y en casos de cirugía, desde el pie hasta la cabeza, obra la Naturaleza mil milagros cada día. Con aceite del candil y con ensalmos nos cura, y aún da que hacer al cura, si se le pierde el carril. No era mortal tu herida; la falta de sangre fue el mayor mal. Yo quedé, por tu industria, con la vida, y esta ofrecida ha de estar siempre a su deuda. En efeto, aquí viviré secreto. No tienes que recelar. La enfermedad, el cuidado y el aldeano vestido, si galán desconocido te tienen y muy trocado. ¿Qué nuevas hay de la corte? Tiemblo en nombrarla, y recelo que ha de permitir el Cielo que el Duque no se reporte, y Serafina, mi bien, pague la desdicha mía. ¡Ay, Belardo! En Dios confía y mejor ánimo ten. Mejor tus cosas se harán. Su estado saber deseo. Allá amaneció Danteo con una carga de pan, que fue a llevársela a Otón, de quien yo soy panadero, y a fe que es buen caballero. Para ti todos \o son. Con él fue también Lisarda, mi sobrina, por comprar algo para el ajuar, que casarse presto aguarda. Mas ya los tienes aquí. Al uno y al otro veo. Dame los brazos, Danteo. (Si me los pidiera a mí cómo se los diera yo con el alma. Mas quién fue una mora, no lo sé, que a un moro herido curó y en sanando se casaron. ¡Si me sucediera a mí esto con Leonardo ansí, a quien mis manos curaron!) "Romerico, tú que vienes donde mi señora está, dime las nuevas de allá." Leonardo, buenas las tienes; buena está tu Serafina, y bien cerca de esta aldea. ¿Qué estrella mi bien desea y a mi fortuna se inclina? Oye lo que pasa. Luego que la herida pequeña del Duque, reconocida por los que el arte profesan, quitó al temor del peligro todas las cobardes señas, se coronó la ciudad de luminarias y fiestas, tanto como por el Duque, por las esperanzas ciertas del buen suceso de Otavio y tu Serafina bella. Que, a pesar de la fortuna, cuya nunca estable rueda apenas toca el valor y la hermosura apenas, y a pesar de alguna envidia que el mismo sol la tuviera, a no estar pescando entonces para su garganta perlas; y a pesar del sordo engaño y celos de la Duquesa, acreditó la esperanza di eco de aquestas nuevas, temió el Cielo que Faetón dejaba otra vez las riendas a los fogosos caballos, y así escondió sus estrellas en los brazos de la aurora por entre elevadas peñas; ya se levantaba el día, que en puro cristal se acuesta, cuando la Duquesa quiso, que no hay con celos paciencia, que muriese Serafina. Ni en mi sufrimiento fuerzas. ¿Que en ese peligro estuvo? Cuanto es mayor la tormenta se estima en más la bonanza. Prosigue. La cruel sentencia que pronunciaron los celos revocó Amor en su audiencia. Por que se acabe mi vida entre temor y sospechas; que si el Duque la perdona y Serafina le acepta, la han de obligar los favores a reconocer la deuda. Su padre tiene valor. La vida, amigo, es hacienda que, como no ha de cobrarse, se siente mucho el perderla. Quita la imaginación de esos recelos y piensa que el alcázar de la dicha tiene peligrosa puerta. Al fin, por quitarse el Duque la propia ocasión de verla, que no hay médico de amor tan bueno como la ausencia, mandó a Otón que en Torrefría, sin más guarda ni defensa que su casa y sus criados, a Otavio y su hija tenga, y esta mañana han venido a la torre, que es aquella que desde aquí se parece. ¿Que está mi gloria tan cerca? ¿Atrevimiento me falta? Mataré las centinelas, abrasaré campo y torre del cimiento a las almenas. Verá Troya y no el caballo preñado de gentes griegas, si no el fuego de este pecho. De sus deidades Eneas, sacaré a Otavio en mis hombros y hará Serafina esfera del sol mis brazos y ellos al cielo igual competencia. Sosiega, amigo Leonardo fortuna tienes más buena, pues podrás cuando quisieres sin esos peligros verla si yo soy su panadero de Otón y tú el pan le llevas. Siempre te debo la vida con obligaciones nuevas. No se hable en esto más. Para mañana te apresta, que has de ver a Serafina sin que conocerte puedan. y tú hallarás ocasión de hablarla. Armas secretas llevaré, que entre enemigos es necio quien va sin ellas. Lisarda, para tus bodas ¿qué traes de la corte? Penas; casarme y arrepentirme, que es lo que se usa en ella; y si después de casada le he de levantar quimeras a mi marido, yo vengo a no casarme resuelta. ¿Y mi palabra? ¿Qué importa si es la del cura más buena? Mucho hay que decir en eso. Belardo, el preso se suelta. Tío, que está en él tejado sin grillos y sin cadenas. Leonardo- ¿Qué preso es este? Después lo sabrás.—Danteo, cierra, no se vaya. Vamos todos. No has de ir tú, Leonardo; espera, que ha sido engaño, en efeto, para que hablarte pueda. Desde que mi tío te trujo herido, no te trujera, me pegaste a mí la herida cuando tú sanaste de ella. De Elicio, mi desposado, Leonardo, no se me acuerda después que de tus heridas me enamoraron las quejas. Aquel "¡ay!" que te dolía me dejaba a mí tan tierna, que daba yo más de mil por uno que a ti te oyera. Y si esta para pagarme no te parece que es deuda, la cama te hice yo estando herido en ella. Yo te he guisado el puchero, te puse y quité la mesa, y aun también hice el remedio que las cigüeñas enseñan. ¿Quiéresme, Leonardo mío? ¿Qué es esto, Lisarda? Suelta. ¿Así pierdes el respeto a tu tío? Aunque me pierda a mí propia he de adorarte. Pues yo haré, si eres tan necia, que te castigue Belardo. Y yo que rabiando mueras. Que una aldeana celosa es una silvestre fiera, y como ignoran respetos los más graves atropellan. Serafina da ocasión para que tú me aborrezcas, y yo se la daré al Duque para que quien eres sepa, ¿Viose desdicha mayor? No sé qué remedio tenga; que, celosa y despreciada, cualquier cosa hará mal hecha. ¡Ah, secreto mal fiado de mujer! Yo voy tras ella y fingiré que la quiero, aunque una y mil veces mienta. A tus manos he venido segunda vez, Serafina; que has de matarme imagina a hierro y no con olvido. No llore yo aborrecido y llore todo mí estado de un príncipe desdichado la muerte o castigo injusto, que yo, en saber que es tu gusto, he de morir consolado. Dirá, al fin, que es sinrazón que uno como yo ha querido, que habiéndome tú ofendido te venga a pedir perdón. Y es que he buscado ocasión, y con el tiempo lugar, para poderte enseñar, pues es lición del cuidado, que de un amor agraviado aprendas a perdonar. No puedo, Carlos, creer que eres tú, ni que soy yo quien ayer tu pecho hirió ni tú quien me mató ayer. ¿Puédense compadecer la maldad tuya en mi daño y lo que enseñas? No extraño la ocasión en que me pones, que en cátedra de traiciones el maestro es el engaño. ¿Tan presto se te olvidó tu delito? Tú aborreces la vida que no mereces o no sabes que soy yo. Si esa mano me hirió y quiere el Cielo que en vez de agresor seas juez, hazme este bien soberano, hiérame otra vez tu mano y acérqueseme otra vez. ¡Vive Dios, falso, tirano, que cuando esa fuerza intentes pedazos te harán mis dientes! ¡Suéltame, alarbe, la mano! ¡Suelta, suelta, vil, villano! No puedo, que en llanto tierno me anega un dolor eterno; y en ocasión tan forzosa esta mano es poderosa a sacarme del infierno. Llegue su nieve a mis labios ¡Oh, fiero, infame! ¡Oh, traidor! Tan loco nació mi amor que crece con los agravios, y es opinión de hombres sabios el no perder la ocasión. Si Cielo y rayos no son contra delito tan ciego, fuego de mis ojos, fuego abrasará tu intención. Suéltame, fingido amigo. ¿Qué es aquesto? ¿A quién dan voces? La causa que tú conoces y encubres como enemigo. Señor, mil veces bendigo al Cielo y mi buena suerte, pues he merecido verte libre de la injusta herida, por que yo viese tu vida antes que vieses mi muerte. Yo he considerado, Otavio, la calidad de mi ofensa; mas con piedad tan inmensa como es inmenso el agravio. Cierra el fementido labio si es que a perdonar se inclina. Yo perdono a Serafina y a ti te doy en mi estado... La muerte, que en tu pecado fuera mil veces más digna En aquestas ocasiones, testigo quizá un tercero, ni que me perdones quiero ni que a mi hija perdones. Otavio, no son razones esas de un hombre tan cuerdo. Siempre seré de este acuerdo, aunque vos sois de otro humor, que doy la vida al honor y la que aborrezco pierdo. Cuando me atreví a herir tu pecho debes juzgar que fue, más que por matar, con deseos de morir. Y también has de advertir de mi culpa, que fue inmensa, porque la ley no dispensa, aunque el príncipe sea aleve, cuando el vasallo se mueve con ánimo de su ofensa. Y es tan infeliz tu estado, a cuya acción te remito, que ha llegado a ser delito no ser mayor mi pecado, Tú estás tan desatinado, que ya fuera culpa en mí no hacer un castigo en ti ejemplar. Eso codicia, que en mi hija harás justicia y merced me harás a mí. No puede tenerle, espera, de esa petición el fruto, que verás si la ejecuto, y en tu hija la primera. Mi honor esa muerte espera; y cree, pues me la fías, que entre tantas tiranías delante de mí ha de ir; antes que yo ha de morir, si a tus manos no, a las mías. Alcalde, el preso sacad; confiese con juramento, que le habéis de dar tormento si no confiesa verdad. El Duque lo manda así, y yo vengo a ejecutarlo. Allá están para sacarlo, que no ha de mandarme a mí. Que por su mano fue muerto no tenéis que lo dudar. (Muy otro debo de estar, pues no me conoce Alberto.) (¿Qué te parece, enemigo, si a este dijese quién eres? ¿Ya no te adoro? ¿Qué quieres? Que no hables más que conmigo, que siempre a mi lado estés y que al descuido me mires, que algunas veces suspires y que me pises los pies. Que no nombres a esa dama que quieres.) (Aprieta el cordel. ¿Viose cárcel más cruel para quien como yo ama? Y he de fingir y callar, que es villana, y si se enoja mudará el viento la hoja y tendremos que llorar. Secreto puesto en mujer...) La confesión le he tomado y como un perro ha negado. Quizá lo debe de ser. ¿Qué quieren hacer de mí tras tanta hambre y prisión? (Hasta ver esta ocasión este caso te encubrí. A este truje preso, advierte, cuando por tu discreción fui a hacer la averiguación y se confirmó tu muerte. Este es un criado mío; aunque hombre bajo, fiel.) Que cante al son del cordel, eso también se lo fío. (Si él te hirió, ¿para qué es esta averiguación? Alguna nueva traición querrá inventar. No lo sé.) Tomad escarmiento aquí los que servís a un pelón, que os pondrán en (la ocasión y os dejarán como a mí. Servid siempre al dadivoso, aunque en su empeño se hable, no sirváis a un miserable, ¡por Dios todopoderoso! (Mucho su trabajo siento. ¿Cómo se podrá estorbar? Ahora yo lo he de intentar.) ¿Cosa es de burla un tormento? Haga su oficio el verdugo, pues niega lo que es tan claro- A él le costará tan caro, que quede como un besugo. Confesad, hombre de bien, que la verdad es de Dios. Confesad, hermano, vos cuando a vos tormento os den ¿Qué hará el tragadero, amigo, si yo una muerte confieso? Dios remediará el suceso. Entre tanto, nones digo. Tira, tira. ¡Ay! Di verdad. (¿Que te mueve aquel tormenta y el que yo padezco y siento no mueve en ti la piedad? Déjame ahora, por Dios. ¿Eso me dices? Perdona, mi Lisarda.) (¿Hay maza y mona tan juntos como los dos, Lisarda y Leonardo? A osadas que han de ver si un escribano se venga bien de su mano, aunque hay plumas desdichadas!) Di la verdad. ¿Quién dio muerte a Leonardo? Nones, non. Aflojen, que no es razón tratarme a mí de esta suerte. Di la verdad. Yo le di mil puñaladas, matele. Aflojen, miren que duele. Bájale ya. Eso, sí, confesad, que no me admira. Escribid. (Pierdo el juicio.) ¡Qué propio es de vuestro oficio escribir una mentira Métanme allá y denme vino. Cúrenle y denle a beber. (¿Que el tormento puede hacer confesar tal desatino?) Yo voy con él, porque quiero regalarle y consolarle. Y yo habré de ir a curarle, que diz que soy el barbero. Y yo me voy tras Leonardo. Tente, fiera, que ya pruebo tu rigor. Y yo me llevo la confesión. Yo no aguardo palabras de majaderos. Pues por vida de estas pocas, mujeres, las que sois locas, que en mi mano habéis de veros. Señora, bravo rigor es el que en vos estoy viendo. Pues ¿yo qué os digo, señor? ¿Vos pensáis que no os entiendo? Esa es la señal peor. La muerte pensáis que di a Leonardo, y no es ansí; preso está quien se la dio. ¡Jesús, mi señor! Pues yo nunca de vos lo creí ni que estuvisteis ayer en el castillo. ¿Yo? No, que no se puede creer, pues Serafina os hirió, que la fuésedes a ver. (Todo lo sabe, esto es cierto.) Dame tus pies. ¿Qué hay, Alberto?- La confesión que de plano hizo el matador villano de Leonardo. (¿Hele yo muerto?) Apenas en la garrucha se vio, cuando confesó. (Duque, vuestra culpa es mucha; que quien le hirió y le mató Dios sabe bien, si me escucha; porque de varios caminos se despeña en desatinos quien dora una alevosía.) Por ti gozaré algún día mis intentos peregrinos. Una sentencia firmada quiero darte en que te diga que des muerte a mi enemiga, la traza en ti reservada. Diré que en la torre muera por ser mujer, y tú allí, por darme este gusto a mí, lo dispondrás de manera que en el común pensamiento quede muerta ; en la Duquesa ansí la sospecha cesa y yo lograré mi intento. Del padre la apartaré con tal medio, en conclusión. Con aquesta confesión verán que yo no maté a Leonardo, y creerá él mundo que Serafina mintió, y fue en su muerte, y que yo en esto la suya fundo. Si en mí no hubiera sentido ni te oyera cual mereces, me lo has dicho tantas veces que ya lo hubiera entendido. ¿Cómo he de fingir su muerte, cómo al padre he de engañar, por dónde la he de sacar y cómo he de obedecerte? ¿Adónde la he de tener por que se encubra este yerro? ¿Cómo he de fingir su entierro? Ya sé cómo lo he de hacer; que de un secreto valiente me valdré en esta ocasión. Ciertas mis venturas son con un criado tan prudente. ¿Dónde he de echar este pan y quién lo ha de recebir? Más adentro hemos de ir, y diz que allá lo dirán. ¿Es buen pan? (Llégate a mí. ¿Qué más quieres que me junte?) Eso a mí me lo pregunte que lo masé y lo coci. Está muy bien sazonado, (¡Ay, quién te pudiera hablar!) ¿Y sois los dos de un lugar? Pues ¿no?, si es mi desposado. ¿Casados estáis los dos? Y en la iglesia conjunidos. ¿Casados y arrepentidos? Sí, por la gracia de Dios. (¿Qué dices? Que estoy casado por gracia de Dios. Si fuera eso verdad, ya te hubiera aquí delante ahogado. No la mires. ¿No sabías a lo que venía, Lisarda? ¿Quién me impide y acobarda? ¿No son estas glorias mías? ¿No es mi Serafina hermosa el serafín que me abrasa? ¿Ya no es el cielo esta casa y mi fortuna dichosa? Llegaré. ¡Ay, amor, espera!) Buen talle tiene. Verá, ya lo sabíamos acá sin que ella nos lo dijera. (Celosa es la labradora.) Llégate acá, labrador. (No he visto talle mejor.) (Mal me haga Dios, que le adora.) ¿Traes cuajada? Mas nonada, dos quesos aquí hallarán. Donde esas manos están ¿para qué buscáis cuajada? ¿Cuáles? Las tuyas, Lisarda. ¿Quiéresla mucho? Es mi bien. Y soy tu mujer también. (¡Celos, la dama es gallarda! Yo haré que no vuelva más Leonardo a ser panadero.) Que más que al alma la quiero. Después la conocerás, pues en peligro cruel por su respeto me vi. ¿Peligro de muerte? Sí, y aun aquí no estoy sin él. (No sé yo este labrador qué tiene...) (¡Qué linda arenga!) (Que me pesa de que tenga a esta mujer tanto amor.) ¿La Duquesa? Aquesto pasa. Venid. Vamos norabuena. Poco es mi fuego y mi pena, pues esta torre no abrasa. ¿Para qué la llevarán? El Duque dijo. ¡Ay de mí! Yo nombrar al Duque oí. Todos de concierto están. Para el Duque la ha llevado ¡Ah, infame tercero! ¡Ah, infames celos!, ¿qué espero? (El alacrán le ha picado.) Si en lágrimas mi mal menos se alivia, mira a tu cuenta las mortales sumas antes, honor tirano, que presumas deidad en trono que el furor entibia. Con negra tinta de engañosa jibia tiñes de amor las ya quebradas plumas, y sobre el fuego de leteas espumas al alma has hecho ponzoñosa Libia. Porque no creas, honor, que soy espúreo, pues ya con la venganza no te apremio a ser un propio ser conmigo mismo, seré el objeto del rigor sulfúreo hasta que de mi pena y llanto el premio asombre tierra, mar, cielo y abismo. Otón, no la mato yo, cuando sus traiciones dores, porque al Duque escucha amores, sino porque al Duque hirió. El daño, que no el favor, de mi marido castigo. Pues semejante castigo acuerdo quiere mejor. En dos razones me fundo: celos y herida hay aquí; celos vengo cuanto a mí, y la herida, cuanto al mundo. Cree que el Duque, mi señor, lo sentirá de manera, que yo, por lo menos, muera a manos de su rigor. Lo que yo quiero ha de ser, no tienes que replicar; tú me tienes de matar, Otón, aquesta mujer. Antes perderé la vida. No lo permitas. (Ya, Cielos, borra el dolor de los celos el de otra mayor herida. ¿Qué horror, qué llanto y pesar me hiela del pie al cabello? ¿Qué lazo me han puesto al cuello que aún no puedo respirar?) Ya mi hija ha confesado; llegue su muerte, que es hora. Perdona, prima y señora, los disgustos que te he dado. Esto es justo, Serafina. Tú me perdona, y de Dios perdón tendremos las dos, que su justicia es divina. (Aunque confuso cuidado temor me llegue a poner, como muera esta mujer lo doy por bien empleado.) (¿No es esta mi espada? Eterno tribunal, yo he de estorbarlo si vienen a ejecutarlo los principies del infierno.) (Armas os daré yo, Otavio, que bastaremos los dos contra todos. No, por Dios, procedes como hombre sabio; que quien mi amistad profesa si armas había de hacer, contra el Duque habían de ser, que no contra la Duquesa. No temes mi dolor, no, sino el del Duque, y yo quiero que no prives por tercero. Solo no he de poder yo. Muera mi hija porque mal te venga a nacer de aquí y entiendan todos de ti que todo lo guardas mal.) ¿Está el castillo cerrado cual mandé? Señora, sí. ¿Las llaves? Veslas aquí. Llegaos todos a ese lado; veamos cuál de vosotros tiñe en su sangre las manos. ¿Qué os acobarda, villanos? Lo que es valor en nosotros. Llega, Orlando, Federico, César.—¿Cómo? ¿Que no puedo quitaros el torpe miedo? No te indignes, te suplico, porque somos caballeros, y al Duque 'e pesaría. ¡Viles!, pues la ofensa mía hoy no ha podido moveros, yo le quitaré la vida, que obran los celos ahora. En tu grandeza, señora, será ofensa conocida. Aunque no parezco hidalgo esa decencia condeno, y si en mi lugar soy bueno no menos que todos valgo; pero por servirte a ti a mi padre mataría. Yo lo haré, de mí te fía. Mucho más fiaré de ti. (Pues aquí me trujo el Cielo en semejante ocasión, suyos, y milagros son, haré lo que pienso, harelo.) Otavio, aquesto ha de ser; id con Dios, dadnos lugar. Lo que vengo a desear, ¿por qué no lo puedo ver? Hija, ¿cómo de esa suerte vuestra firmeza se muda? ¿Queréis que me quede duda de que temisteis la muerte? Pues si he de sentir el mal más que tú en aqueste estrago, o yo en ser fuerte mal hago o tú en temer haces mal. No están en ningún extremo nuestros pechos diferentes: ni hablas tú porque no sientes ni callo yo porque temo. Mas en niñez o en vejez, aunque es tan cierta esta prueba, a todos es cosa nueva, como no han muerto otra vez. (Si no pudiese salir con mi traza imaginada, {Saca ¡a tabla y garrote y cordel.) para matar traigo espada y vida para morir.) Cómo ha de estar eso ordena. La silla puedes tomar. No me haré de rogar, que no me la das por buena. Ese negocio se acabe, que temo, al fin, la venida de quien el hecho me impida, porque ya el camino sabe. Llega, amigo. (Tiemblo tanto, que ser descubierto temo.) (Confusa estoy por extremo y alegre entre pena y llanto.) Que importa mucho le digo que vaya aquesto bien puesto. ¡Inmenso Cielo!, ¿qué es esto?) Aguárdate un poco, amigo. Dame tú tu bendición. ¡Ay, hija. Dios te la dé! Perdona, que soy mandado. Ya, amigo, te perdoné. Haz tu oficio. Leonardo, (Más valor, Serafina, has de tener; no te alteres ni te mudes Leonardo soy. ¿Cómo? ¿Qué? El Cielo me trujo aquí por que la vida te dé; que cómo escapé la vida y a aqueste punto llegué a pesar de otras desdichas, de espacio sabrás después. Finge que el cordel te ahoga, que yo, mi bien, fingiré que mueres tú, que estás muerta. ¿Leonardo eres? Sí, mi bien. No lo dudo yo. ¡Ay de mí A buen tiempo te hallé para que me des la muerte. Mi bien, fingida ha de ser.) Necio, ¿qué le estás diciendo? De lo que sé lo mejor. Mira que de tu temor se está la pobre muriendo. Antes no me turba ya el mal, sino la ventura que puedo vivir segura. Ea, villano, acaba ya. Con mucha razón te fías de mis manos, no las suyas, que no ato yo las tuyas, antes atas tú las mías. Ponle en el rostro una toca. Dices bien; así asegura el miedo y la compostura. Dejó de fingirse loca, Padre, adiós. Hija, el valor para esta ocasión conviene. Dios te socorra, que tiene igual clemencia y amor. Esto es hecho. Bien lo mira. Véase por la experiencia. Dios haya de ti clemencia. (¿A quién tal crueldad no admira?) A la puerta de la torre llama Alberto. Entre en buen hora. ¿Entrará? Entre, que ahora tarde el príncipe socorre.— ¿Qué vienes aquí a buscar? Hable por mí ese papel, cuya sentencia, si cruel, hoy tengo de ejecutar. (Aseguró mi sospecha sentencia tan rigurosa.) Si no vienes a otra cosa, esa muerte ya está hecha, sabiendo yo para que venías. ¿Qué es lo que veo? Del Duque cumplí el deseo, su sentencia ejecuté. Al fin, sin orden ha sido. Haz cuenta que tú llegaste antes y la ejecutaste; que nada se habrá perdido, cuanto más que diré yo que por aquesta sentencia lo ejecuté. Ten paciencia. Dame el papel. Eso no, que yo le quiero guardar. Vamos de aquí. Tú asegura que en la misma sepultura que pidió se ha de enterrar. De piedad estoy corrido. Mi casa quiero sacar de aquí, que no he de dejar un criado. Ya se han ido. Bien será, pues solo quedo y bronce, al fin, parecí, parecer padre. ¡Ay de mí! Un poco tengo de miedo. Quiero hablarte, hija mía, pues hasta que te perdí ni tuve ni conocí el mucho bien que en ti había. ¡Hija de mi alma! ¡Padre! ¡Santo Dios! Ya es cosa cierta. Juraré que habló la muerta. ¡Por el sigIo de mi madre, qué terrible confusión! ¡Padre mío!—¡Ah, labradora! Conmigo las quiere ahora. Otavio, la turbación... Algún traidor que la aguarde. Espera, no huyas, Lisarda. Aunque el temor me acobarda, no es amor el que es cobarde, Otavio, yo soy Leonardo. Cómo estoy vivo sabrás y tu hija, a quien estás escuchando. El fin aguardo. Creo que nos han dejado solos en la torre. Vamos donde de espacio sepamos de todos tres el cuidado.
JORNADA TERCERA
Justicia ha sido bien hecha. Y tan conveniente ha sido, que ya el pueblo, corregido, mil escarmientos sospecha. Mi remisión murmuraban. AI fin, murió sin que yo... En decirme que murió tus relaciones se acaban. Tú cumpliste mi sentencia y yo quedo satisfecho. Vos lo habéis mandado y hecho, señor, con igual prudencia, Temerán vuestro rigor; que es bien que un príncipe justo anteponga siempre al gusto las leyes de su valor, Rebelde el pueblo, se enfrena con esa misma igualdad, que si es mala la crueldad la severidad es buena. Hoy habéis asegurado vuestros estados y a mí, que nunca de vos creí verme en tan dichoso estado. ¿No creeréis que ha sido engaño vuestra sospecha? Y que os debo la vida, aunque no es de nuevo. (¿Hay suceso más extraño? ¿Cómo le podré decir al Duque lo que pasó?) ¿En la ermita se enterró? Muy cuerda anduvo en pedir; que no merecía mejor entierro. Mas, por mi vida, señora, si sois servida... (Al Duque tengo temor.) Vuestras damas prevenid, sabréis después para qué. Id con Dios. (Yo apostaré que le he entendido.) Advertid... (El quiere echarme de aquí, que aún no está desengañado.) que nos tenéis con cuidado. Presto lo sabréis de mí. Adiós. (Lo que se apresura.) Adiós. (Vase Marcela.) ¿Fuese esa mujer? Sí, señor. Podré saber sucesos de mi ventura. Dame esos brazos, amigo; llega a abrazarme, que hoy pruebo lo mucho que a ti te debo y lo que has de ser conmigo; que es tu industria y tu cordura de mayores honras digna. ¿Dónde queda Serafina, mi gloria? En la sepultura. Aun burlando es crueldad quererte aquí entretener con eso. ¿Qué puede ser si es, en efeto, verdad? No dudes, murió. En efeto, tú lo fingiste de suerte que se acreditó su muerte. ¡Oh, lo que importa un discreto! ¿Llevó bien este suceso? Con grande ánimo murió. Advierte que no soy yo a quien has de decir eso. Señor, ¿qué puedo decir en tan desdichada suerte? ¿Óyenos alguien? Advierte que nadie te puede oír. ¿Hízose, amigo, algún daño? ¿Queda en parte donde yo pueda verla? Señor, no. ¿Qué porfías en tu engaño? Necio estás. Óyeme ahora, y mátame o ten paciencia, que ejecutó tu sentencia la Duquesa, mi señora; porque yo la hallé en la torre y ya muerta la tenía. Poca es la paciencia mía si tu piedad no socorre. Señor, la verdad es esta, que no me había de burilar. ¡Vive Dios, que ha de llorar el mundo lo que me cuesta! ¿Muerte le dio la Duquesa? Tu sentencia tiene allá, que me la tomó. Verá cuan poca disculpa es esta, ¡Por vida!... Repórtate. ¡Por el Cielo soberano! Señor... Quítate, villano, o negligente, o sin fe; y pues a mí me quitaron la vida por ley expresa, hoy morirá la Duquesa y cuantos la acompañaron, porque en el respeto hallo del príncipe que han de ser los hijos y la mujer de quien aprenda el vasallo. ¿Y qué podrá parecer al mundo en esa violencia que hoy revoques la sentencia que tú pronunciaste ayer y tú mismo has publicado que lo mandaste? ¿Hay rigor como morir un señor por respetos de su estado? ¿Qué puedo hacer cuando lloro mi desdicha? ¡Ah, injustas leyes de príncipes y de reyes sujetos a su decoro! Mas trazarelo de suerte que se vengue el alma mía. Ángel divino, confía que he de castigar tu muerte. Su padre ¿cómo llevó esta ejecución? No sé; muy animoso le hallé, y aun pienso que se holgó. Aquí le tiene también la Duquesa, y libre entiendo. Pues que no muera pretendo, que fuera hacerle bien; que su honor o necedad quizá la ocasión ha sido, y pobremente vestido hoy saldrá de la ciudad. Todas sus tierras y hacienda le he de confiscar, y, pobre, con sus vanidades cobre el pundonor que pretenda. Que en el mundo, os certifico, no hay cosa que así se sienta como en el noble la afrenta y la pobreza en el rico. Quien no conoció ni sabe del bien que puede perder; mas hoy pobre y rico ayer, ningún dolor es tan grave. Si es soberbia la riqueza, el pobre vive afrentado, porque es el más bajo estado el de la infame pobreza. Civilmente ha de morir pidiendo para el sustento limosna, que no hay tormento ni muerte como pedir. En palacio no entre Otón, pues tuvo tan mal cuidado con la torre. Fue forzado. Esta es mi resolución. ¿Qué te parece, Belardo, de mi bien? Que Serafina, por hermosa y peregrina, es quien merece a Leonardo. Mucho el Cielo os socorrió en tan dichosa ocasión. Yo tuve resolución de librarla o morir yo. No hablemos en eso ahora, que vuelvo a tener temor. No temas, hermosa flor, peregrina labradora, que pues yo no estoy penando, libre estás. Dichosa suerte, mi bien, que he llegado a verte sin temor. Considerando que a su hija me dio Otavio en confianza, he querido que hasta que seas su marido su fe no padezca agravio. No hay sino prestar paciencia hasta que el cura os la dé, señor Jacinto. Ya sé que estamos a tu obediencia. Mas considera que es poco de mi locura el indicio, pues si no pierdo el juicio tú me has de tener por loco. No hay más extremos que hagas ni más finezas que pruebes; tú pagas bien lo que debes y debes bien lo que pagas. Vendrá Otavio porque os vais de tierra tan mal segura. Si hoy empieza la ventura, Belardo, mal receláis, que en empezando a subir por lo menos viene a ser que en los daños del caer tengamos más que sentir. (Danteo, este laberinto no hay quien le entienda ni crea. A mí la sobrina fea, y la hermosa, a Jacinto, No, Danteo, esto no es cosa. Antes le has de agradecer, que mujer propia ha de ser nada fea y nada hermosa. Flor me tiene ya sin mí.) Buena prima traes contigo. Comiéndola al enemigo. ¿Al fin es tu prima? Sí, y pienso que la primera por quien mis males aguardo, que ya Jacinto o Leonardo casarse con ella espera. (¡Que supiesen enredar aquella muerte fingida para quitarme la vida! Mas yo lo he de remediar: antes que lleguen las bodas descubriré yo la flor. No lo ha acertado en ser flor, porque se marchitan todas.) Mis dos sobrinas, Danteo, caso con Jacinto y Elicio, y hacerles fiestas codicio conformes con mi deseo. Cuando las bodas son buenas la propia fiesta es casarse, y si son malas en vano fiestas e! mundo les hace. Fiestas celebre el dichoso que de las prisiones sale, y el que viene al cautiverio no más que paciencias gaste, Y si como yo, por fuerza, viene un hombre a ser cofrade del santo arrepentimiento, ¿qué paciencia habrá que baste? Mas si queréis todavía que el pueblo, por ser su Alcalde, honre a vuestras dos sobrinas, honradas bien por sus talles, escoged las fiestas vos por que no os cuesten de balde, y convidad los amigos, que vendrá a ser todo el valle. Correranse dos novillos. Ese parecer borradle, que en bodas no es buen agüero animal con armas tales. Harase un baile. No es bien que en las mudanzas del baile aprendan los que se casan a divertirse y mudarse. Gansos quiero que se corran. Cabezas que por el aire se cortan, en los casados azar viene a ser muy grande. Pues hágase una comedia. Este es mayor disparate, porque hay legos en el pueblo y cuatro o cinco escolares que burlan lo que no entienden y dicen lo que no saben por que por sabios los tenga quien los conoce ignorantes. Pues ¿qué se ha de hacer? Oídme: una danza de salvajes. Y danzarán más de ciento. Pocos habrá que se escapen; y si no, un paloteado pienso que será importante, que sacan palos vestidos, hablarlos en su lenguaje. Y ¿cuándo serán las bodas? Para mí en aciago martes. Y para mí será en viernes, pasión que nunca se acabe. Hermosa Flor. Deja cuentos, no hagáis de mí donaire, que ha muy poco que soy flor. Decís bien, porque sois ángel. Arrastrando una cadena viene Milán a buscarte, que di Alcalde, como es noble, su casa me dio por cárcel, manco de tocar las cuerdas. Pues ¿no? ¿Por qué no cantaste? A quien no cree en el tormento, de seis se la doy que calle.— ¡Ay, señora de mi vida! (El callar es importante. Luego sabrás lo que pasa.) ¿Queréis que se vaya. Alcalde, el preso? ¡Oh, hideputa; qué ánima de peraile! A fe que escribís, amigo, con plumas de gavilanes. (Vete, que yo voy tras ti, por que no sospeche nadie que es Serafina, que cerca está el fin de nuestros males. Por ti estoy descoyuntado. Yo acudiré a regalarte. ¡Ay del que culpas ajenas paga con sus propias carnes!) Hasta que a puerta de iglesia os junten las voluntades, la mía quiere, y es bien, que a todos cuatro os aparte. Tú, que eres el escribano, vete a procesar verdades. Cortadas, quizá, a medida de las que confiesa un sastre. Y tú, Jacinto, en mi granja acude con los gañanes a da labor de la hacienda, no comas el pan de balde. Lisarda cuide de casa, y Flor, que en el campo nace, los ánsares por el río guarde en su florida margen. (Cerca está la granja, amigo; aceta, no seas cobarde, que del cristal la corriente me ha de llevar a buscarte. Como tú vayas, bien mío, no hay otra gloria que aguarde.) Serafina, esto conviene. Téngote en lugar de padre. (Una por una mi tío los divida y los aparte. ¡Ah, traidor No puedo más. Pues yo podré. No te canses, pues sabes que soy casado y que tú quieres casarte.) (Celos me da la villana.) (Hermosa Flor de estos valles... Elicio, allí está tu esposa. Mejor estuviera en Flandes.) (Tu esposo está allí, Lisarda. Mas que estuviera en la calle. Yo te buscaré en la granja, traidor, y si te burlares será contra tu cabeza.) (Yo, Flor, buscaré tu imagen en el abril de tus plantas y al brillar de los cristales te pienso hacer una causa si no quieres remediarme.) Dale la mano a Lisarda, Elicio.—La mano dale, Lisarda. ¿Qué dice, tío? ¿Habló conmigo el Alcalde? Hasta estar matrimoniados no, tío, no quiero hablarle. Ni yo es bien, sin matrimonio, que a vuestra sobrina hable. Ellos están convenidos y en conformidad iguales. Vamos todos, y a su oficio, cada cual vaya esta tarde. No la variedad que ofrece el campo, ni ver el sol que entre uno y otro arrebol con nueva luz aparece, ni el aurora que amanece por dejar el lado anciano; no el verde monte ni el llano con sus tapetes de flores, ni el Toro y los dos pintores del agradable verano divierten mi pensamiento; antes, con mayor rigor dan nueva fuerza al dolor y animan más el tormento. Más mis desventuras siento, Alberto, en la soledad, y, si he de decir verdad, en esos floridos prados vengo a hallar más cuidados que dejo allá en la ciudad. ¿Qué mucho si en tantos males el sol, cuando los permita no tantos signos visita como tú tristes señales? Nunca de estos montes sales donde el caso sucedió. Muda de lugares. No le podré dejar ansí, porque el mal sucedió en mí y quien le siente soy yo. Hasta que de mí me aleje penaré. ¿Luego no hay medio? Sí ; pero será el remedio que yo propio a mí me deje. No hay razón que te aconseje, que en todo vives extraño. ¡Mas qué propio desengaño de fortuna hemos hallado ¡Dichoso el que en pobre estado huye del mundo el engaño! Parece que huye. Llámale. ¿Hermano? Ya vuelvo, que no es en vano la ocasión que se me ofrece. Tomad limosna. Enmudece la vida, aunque el fin alcanza de tan injusta mudanza. Tomad limosna. Eso no; que no es lo que busco yo limosna, sino venganza. Otavio aquí se presenta. Al fin, villano, padeces, si no el dolor que mereces, de tus delitos la afrenta. No es el mal que me atormenta necesidad que publico; mas que adviertas te suplico, aunque enmudezcan tus labios, que quien sirve a sus agravios no puede quedar más rico. Antes quiero que se entienda, y es bien que tú lo permitas, que pues los hijos me quitas no he menester la hacienda. No hallaré bien que pretenda ni mal que darme hallarás, aunque en los bienes que estás y males de mí no ajenos, siempre suelen tener menos los que los merecen más. De una ermita, entre villanos, soy guarda, porque, en rigor, en ella guardo el honor que se libró de tus manos; no son intentos vanos, pues ya vi desenterrar los huesos, para enseñar, siempre huyendo la ocasión, que de una mala intención los muertos se han de guardar. ¡Que hable con tal libertad! No hay cosa que tanto sobre como libertad en pobre y en rico necesidad. Con pobreza y mucha edad nunca se vio lengua atada. Aquesta vieras cortada si no llegara a saber que en el viejo y la mujer sirve la lengua de espada. ¿Fue bien, si es bien que te aflija, dar como caduco viejo, si no el cordel, el consejo que dio la muerte a tu hija?; ¿Y es bien, por que se corrija de amor el intento injusto contra el pensamiento justo que en mis esperanzas hallo, quitar honor al vasallo por dalle riendas al gusto? Mas no velé yo importuno tan poco entre sus antojos que no tuviese más ojos que el tardo pastor de Juno. Ya mi dolor no es ninguno, pues honra en mí no liviana contra voluntad tirana escuchando otros enojos, el foso hace de mis ojos y del valer barbacana. Del ser de hombre estás ajeno; hablar puedes libremente. ¡Oh, qué de afrentas consiente un señor cuando no es bueno? No tu libertad condeno, porque te juzgo en estado que vives desesperado. Más en tu engaño se alcanza, que siempre tiene esperanza el corazón que es honrado. ¡Qué enfadado y qué enfadoso! Limosna le da y no más. Vayase. Mucho me das; al fin, como poderoso, dasme con que ser famoso en esta ocasión que alienta mis pensamientos. Intenta toma, y recíbelo aparte, llevar con que sustentarte. A mí el honor me sustenta. Cansome este mentecato; que ya por loco le dejo, por desesperado y viejo. ¿Quieres divertirte un rato? El tiempo te da barato; que entre estos chopos y ramos cuyo rumor escuchamos he visto una zagaleja con quien amor se aconseja. ¿Gustarás oírla? Oigamos. Decidme: ¿cómo os paráis, ondas de cristal, si vais adonde espera mi bien? Ánades que en su corriente bañaros queréis, teneos, que hay alas en mis deseos y os hallarán fácilmente. (¡Ay, triste! ¿Qué es lo que veo? ¿No es el Duque?) ¡Ah, labradora! (Con la turbación ahora que estoy bien trocada creo. Algún daño se me entabla. Pero ¿qué temo?) (Imagina que si esta no es Serafina es un retrato que habla. Ello es cosa que me espanta.) ¿Ah, pastora?, dile algo. Desvíese allá, hidalgo, que las ánades me espanta. No hayas temor de perderlas. Llégate acá, labradora. Desvíese allá en mal hora, que no ha de dar cuenta de ellas. ¿No permitirás hablarte? Llégate tú acá otro tanto. Pues a fe, si cojo un canto, que yo haga que se aparte. A mi honrado pensamiento no te muestres tan cruel. Con otros mejores que él sé tener yo atrevimiento. Gritaré si llega al río, y caro le costará si por dicha viene acá.... ¿Quién? El Alcalde, mi tío. Yo entiendo, y no son engaños, scgún tan osada vienes. que al Duque en el cuerpo tienes. ¿Al Duque yo? ¡Malos años! No lo has dicho, a fe, de balde. Sabralo el Duque de mí si no... ¿Qué se me da a mí? Buen tío me tengo alcalde. No tienes que tener brío, que el Duque te ha de matar. No haga sino llegar y ahorcarale mi tío. Llégate acá, labradora, y dime si eres casada. Solamente apalabrada; no hay otra cosa hasta ahora. ¿Quiéreste casar conmigo? No. Resuelto responder. Querrás bien a otra mujer y andaré a malas contigo. Mis gansos quiero seguir. Tente. ¡Miren qué descansos ¿No ven que se van mis gansos? Déjenme. Déjala ir, que pienso que va a esa casa o granja. Tras ella vamos. Vamos y quien es sepamos, que esto de curioso pasa. ¡Por Dios, que me entretuviera algún rato! Es peregrina, y aunque no sea Serafina, por parecerle siquiera, la verdad, picado estás. ¿No ves a quién se parece? Ella por sí lo merece, y por Serafina más. Hacia la granja se esconde; no la perdamos de vista. Fácilmente se conquista mujer que escucha y responde. Nunca le hicieron salva al día para alegrarle las aves, ni a coronarle de flores madruga el alba; ni vio su aljófar tan salva de otro más puro arrebol, ni de su propio crisol, dorando montes y señas, de entre celajes y peñas salió más hermoso el sol como este prado y ribera, este monte, aquesta huerta de eternas flores cubierta adoran su primavera. (Con un hombre habla; espera, sabremos cómo se llama y quién es. Si no es su dama, mujer será de un dichoso que ya me tiene celoso. Con más comodidad ama.) Flor divina, hermosa Flor, que vienes por verme, ¡ay, Cielos! No me traen sino los celos de mi prima. ¡Vida, amor!, ¿no se acabó ese rigor? ¿ya no pasó ese nublado? Supe que cogía en el prado flores.... (Celosa la pinto.) Y a guardar vine a Jacinto, que es flor de mayor cuidado. (Tu dama se llama Flor y Jacinto su galán, ¡Que gozar pueda un gañán el bien que estimara Amor!) Si se vistió del color de mi alma tu deseo, ¿qué aguardan tus brazos? (Creo que mi sufrimiento calma.) Recibe abrazos del alma. Villanos... (¡Ay, Dios!, ¿qué veo? ¿No es el Duque? Amigo, sí, que al arroyo le encontré... ¿Habló? Y aunque le engañé, aquí se vino tras mí.) ¿Está aquí el Alcalde? No. (Algún mal suceso espero.) Pues vele a llamar. No quiero. ¿Sabes quién soy? ¿Qué sé yo? ¿Mi casa había de dejarle para robarla? En buen hora quédese esa labradora en guarda y ve tú a llamarle. Eso fuera ya peor. Entienda este (laberinto: ni Flor queda sin Jacinto ni Jacinto irá sin Flor. ¡Mátame aquese villano Mal podréis aunque seáis dos. ¡Jacinto!—¡Señor, por Dios! Si tú me tienes la mano fácilmente la atarás; obligome a tus prisiones. Alleguen los fanfarrones, verán el que vale más. (Vete, amigo, y fía de mí, que es ofender mi decoro; temo el peligro que lloro si te conocen aquí. Vete, que conmigo quedo segura como contigo. Yo no a ti ni a mi enemigo, mas a mí me tengo miedo.) (Buena señal el cuidado me parece y la porfía, que echarle de aquí quería; picose si te has picado. Ya no se puede esperar, Alberto. Cordura ten, que amor llevado por bien es mucho más de estimar. Por que a Serafina iguale en estado, he imaginado de darle su propio estado, pues lo mismo puede y vale; y así pesar podré hacer a la Duquesa y a Otavio, y de mi gusto el agravio se vendrá a satisfacer. Y aun decir podrás también que es ella propia, pues tanto se parece, que es espanto. Has dicho, Alberto, muy bien. Yo la pondré en su lugar si vale la traza mía. Gentil engaño sería. Procúrame tú ayudar.) (El Duque anda por aquí, y es necesario, Belardo, que alguna desdicha aguardo, remediarlo. Harélo ansí. Esconderanse. ¿No adviertes que está con ellos? Gran mal. Hoy me da el tiempo señal que han de ser una tres muertes.) ¿Resuélvete en que nos vamos? Y en morir yo me resuelvo. Guarden la casa, señores, que volveremos muy presto. ¡Vive Dios, que he de matarle! Ten, señor ¡Viven los Cielos! Dejadle llegar, Belardo, que yo no le tengo miedo. Pues tu grandeza, señor, ¿se ha de poner con un necio labrador? Corrido estoy; remediarelo si puedo. ¡Qué mucho! ¿Príncipe es? Perdóneme. Hablarte quiero y hacerte, Flor, gran señora. Señor, páguetelo el Cielo. Con cuanto dijere yo concede. Si es mi provecho... Es para hacerte señora. Poco es menester para ello. ¿Belardo? Señor, ¿qué mandas? Tú, tus criados y deudos conceded todos conmigo. Sin saber qué es, lo concedo. Pierde del enojo, Otavio. Contigo ninguno tengo, que eres mi príncipe. Albricias me dad. que bien las merezco; que he hallado una joya vuestra, y es de inestimable precio. Señor, ¿ves este villano, Jacinto? El verdugo fiero fue de Serafina. Espera; repara tú en lo que veo: ¿no se parece a Leonardo? Jurara yo que es el mesmo. Por que también nos ayude avísale qué pretendo, pues quiere aquesta villana, salir ansí con mi intento.) Otavio, esta es Serafina; yo vuestra hija os entrego. (¡Ay de mí! Ya sabe el Duque toda la verdad del cuento. Por eso quiso matar a Leonardo. (¡Cruel suceso!) ¿Búrlaste, señor, de mí cuando la esperanza pierdo? Yo la vi muerta. Fue engaño. Hablaré como un jilguero y diré cuanto me has dicho y lo que yo sé más cierto. Habla, Serafina. Padre, tu hija soy. No lo creo; muerta te vieron mis ojos. Librome piadoso el Cielo. Dame esos brazos. Belardo, ¿no es la verdad todo esto? ¿No fue fingida su muerte? Sí, señor. Gracioso cuento. Pero dígalo el verdugo. (Acabose, aquesto es hecho; todo lo sabe, ¡por Dios!) Procedí como discreto. Fingía que daba vueltas con el garrote, y un dedo tuve, por no lastimarla, entre el cordel y el pescuezo. (¡Qué bien finge el bellacón!) ¿Y yo no hice los efetos de ahorcada? Qué os parece, ¿he andado bien? Por extremo. (Advierte que esta señora fue una dama. Ya lo entiendo que queréis que yo sea ella solo porque le parezco. Y por que mi dama seas. Eso es lo que yo no puedo. ¿Queréis llevarme a la corte? No puedo ir, que tengo dueño. ¿Quién es? Jacinto, mi esposo.) (Deshízose el embeleco, ¿Por qué? Cásale con ella y di que es Leonardo, el muerto; que pues le parece tanto será mejor el suceso. Un marido es cosa recia. No será estotro muy recio; que no es de los mal sufridos, y si le hace caballero le serviré la merced yo con su consentimiento. Dice bien; hágase ansí, que en dar pesar me he resuelto a Otavio y a la Duquesa.) (Mire, señor, oiga atento: ¿parézcome a Serafina? Eres su retrato mesmo. Pues a mí me hace señora, diga en qué la diferencio. Los hombres y las mujeres ¿somos más o somos menos que lo que el príncipe quiere? Digo que es divino acuerdo.) (¿Qué es esto, amigo Belardo? Otavio, yo no lo entiendo. ¿Qué hay que entender? Pues sin duda los conoció el Duque fiero y la verdad, temerosos, se la confesaron ellos.) Belardo, ¿este no es Leonardo? Sí, señor; Leonardo es, cierto, que yo le curé la herida. (A fe que el Alcalde es diestro.) (Ved si es lo que yo decía. Danteo, mis males temo.) ¿Y tú, villano? Señor, yo ninguna culpa tengo si le curé por ensalmo. (Todos fingen por extremo.) ¿Leonardo? Señor, perdona, que fueron de amor los yerros. (Ya no hay bien que esperar pueda.) (Bien le has instruido, Alberto.) (Pienso, Belardo, que el diablo nos metió en esto. Danteo, callar y esperar el fin.) (Pues está aquí el Duque, hoy quiero que muera esta Serafina y que se acaben mis celos.) (Hoy sabrá el Duque quién es aqueste Jacinto enjerto, y Flor quedará por mía.) Sepa, señor... ¿Qué hay de nuevo? Que soy Lisarda, sobrina del Alcaide. Yo lo creo. ¿Qué queréis decir? Señor, para acabarlo de presto, que no es Flor Flor, ni mi prima, sino Serafina, y vengo a decir que aquella muerte fue fingida. (Bien, por cierto.) Ya yo, Lisarda, lo sé. Que lo castigue pretendo. (El Alcalde la ha instruido, que dicen que es muy discreto.) Yo so Elicio, y secretario del lugar y del Concejo, y como él es el señor, no debo guardar secreto este Jacinto es Leonardo. Ya lo sé. Trújole, luego que le hallamos herido, el Alcalde. Eso es cierto. Yo lo tengo averiguado y le enseñaré el proceso. Delito es para ahorcarle. (A propósito vinieron estos dos.) Sí, juro a Dios, que es Leonardo. Yo lo creo. (Con buena gente encontramos. Todos parecen maestros de mentir.) ¡Mi Serafina! ¡Mi Leonardo Estos requiebros ¿puedes soportar, señor? Señor, ¿que pasas por eso? Otavio, todo mi enojo se acabó, y a vuestro yerno Leonardo y a vuestra hija les hago merced y ofrezco vuestros lugares y hacienda. Yo la sentencia obedezco, Yo quiero ser su padrino. Todo me parece sueño. Mucho hago, Serafina. No es poco lo que te debo. La Duquesa, mi señora. Llegáis, señora, a buen tiempo, que Serafina y Leonardo, que ya juzgaron por muertos, vivos están y se casan, a quien yo merced he hecho de los lugares de Otavio. ¿Vivos están? Y os prometo que me he holgado en el alma. Soy su padrino. En efeto, vive Leonardo, mi amo. Eso es, sin duda. Y quedo libre de la confesión a que me obligó el tormento, y tú obligado, señor, a darme para el sustento, pues no lo puedo ganar, manco de todos los dedos. Doite docientos ducados de renta. Vivas eternos años. ¿Cómo le soltaste? Yo le hice quitar Cos hierros porque le hallé llorando. ¿Nunca han de cantar los presos? (¿Qué invención nueva es aquesta? Que vive Leonardo pienso; mas Serafina, no hay duda sino que murió.) Pues llego a tiempo, seré madrina con vos; mas con juramento que no han de entrar en la corte. Así lo juro y prometo, que desde aquí a mis lugares no me detenga. No es bueno el juramento. Jacinto... Leonardo soy, y he propuesto lo que cumpliré mañana. ¡Villano, infame, grosero! Trátame bien, que soy noble. ¿Cómo, señor? Pues ¿qué es esto? Sabed, señora, que es burla y que se deshaga quiero; porque son pobres villanos de este campo y de este pueblo. Belardo, di la verdad. Yo, señor, nunca te miento. Ya no hay burla. Verdad digo. Di lo que pasa, Danteo. Elicio y Lisarda, decid la verdad. Dicho la habemos, que no hemos de desmentimos. ¿Hay tan notable suceso? Todos vienen conjurados. Mas si aquesto fuese cierto... Otavio, ¿no son tus hijos? Yo por mis hijos los tengo, en cuya fe doy mis brazos para coronar sus cuellos, No quieras, señor, quitarme lo que me concede el Cielo. Que no lo son. No lo sean; yo estoy contento con ellos. El engaño en la verdad es cuanto has dicho y has hecho. Ya nos tienes perdonados. Todo el caso comprehendo. Vos os hicisteis la burla. ¡Vive Dios, que pierdo el seso! Alberto, ¿qué he de hacer? ¿Qué? Perdonarlos de nuevo y que se vayan con Dios. Saber el modo deseo cómo vivió Serafina. Eso después lo sabremos; y ahora a la corte vamos, donde se casen. No pienso entrar en ella. Ni yo, si os casáis, os lo aconsejo. En este lugar se harán las bodas, con presupuesto que se han de ausentar mañana. Eso es lo que pretendemos. También a Otón, señor. Yo le perdono. Tus pies beso. ¿Qué hemos de hacer, Lisarda? Elicio, que nos casemos; que, a más no poder, a un calvo se suele tomar por dueño. Ea, Belardo, prevenid las fiestas, bailes y juegos, que son de marca mayor las bodas y los enredos. Todos le van a hacer fiestas al lugar de mis tormentos. Ánimo habrá para todo. Vamos, y acabad con esto El engaño en la verdad. Mañana también la haremos.
