Texto digital de Las doncellas de Simancas
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las doncellas de Simancas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/doncellas-de-simancas-las.

LAS DONCELLAS DE SIMANCAS
JORNADA PRIMERA
¿De un hombre me refieres el hazaña? Y ¿es éste, en fin, el invencible, el fuerte? Esto es, señor, el que esos montes baña De humor sangriento, y sujetó a la muerte, Del lucido escuadrón que te acompaña, Los moros de más nombre. Quiero verte. Con solos diez soldados que traía, Triunfar de sus blasones prometía. Desde el principio, Hazén, la historia cuenta; Prodigio es ¡por Alá! ver tal soldado. Cuando la obscuridad del suelo ahuyenta La blanca aurora, que en ardiente estrado, Precursora del sol, luces ostenta, El honroso tributo acostumbrado, Que hace nuestras victorias más gloriosas, El feudo, en fin, de vírgenes hermosas. Que en cada un año Mauregato envía A Abderramán, tu padre, yo, en efeto, Con guarda de mil moros hoy traía. Del corazón de un monte, el más secreto Que en sus entrañas esta sierra cría. Con ánimo constante, aunque indiscreto, Pues a tan loca empresa se dispone. Nos asalta, nos yerra y descompone. Porque apenas, señor, acometimos A querer sujetarle, cuando al punto Su pequeñuela escuadra salir vimos A defenderle con esfuerzo junto. Todos de su soberbia nos reímos, Mas fue llanto la risa al mismo punto. Porque a este monstruo, que el caudillo era, Marte debió de dar su espada fiera: Delante de tus fuertes compañeros. Con tan osado pecho se ofrecía, Que el que una vez probaba sus aceros. Sepulcro entre sus pies luego tenía; Todos en nuestra muerte iban tan fieros, Que su esfuerzo con ella más crecía; Nosotros, castigados y medrosos, En no aguardarlos éramos dichosos. Reconociendo, pues, nuestra flaqueza, Y su mucho valor reconociendo. Un rayo cada golpe a ser empieza, Y nosotros, aquí y allí cayendo, Viendo que no desmaya su fiereza, Confieso que nos íbamos rindiendo; Pero plugo a Mahoma que llegaron Tres escuadras que atrás se nos quedaron; Siendo, pues, de los nuestros socorridos, De los diez enemigos, seis murieron. Rindiéronse los cuatro, mal heridos; Sólo con este asombro no pudieron. Que un muro haciendo allí de los caídos, De cuerpos que a su espada obedecieron, a no estar muerto, nadie le venciera, Si tropezando en muertos no cayera; Herido, como ves, cayó en el suelo, Y aun hubo quien caído le temiese. Volverle quiero a ver; quitad. ¡Ah, cielo! ¡Que entre desdicha tanta no muriese! ¡Por el Profeta santo, que recelo Que entre los hombres tal valor cupiese! ¡Sólo de mí pensara yo esta hazaña! ¡Oh rayos de la guerra, hijos de España! Y ¿eres tú el fiero dueño de este estrago? Dadle sus armas, que he de ver yo ahora Si puedo hacer que baje al hondo lago; Pero es hazaña que mi honor desdora: Por no manchar mi nombre, no lo hago, Que esta gente por Marte ya me adora: ¿Tan grandes ansias de morir traías, Que así la dulce vida aborrecías.? No me pudiste dar mayor castigo Que el que la vida triste me apercibe. Cuando piadoso y blando estoy contigo, ¿Quejoso estás que de morir te prive.? En eso solo fuiste mi enemigo. En algo casi, casi te pareces A mí grande valor; bravo te ofreces; Valor promete tu bizarro brío: ¡Por Alá, que me tienes satisfecho! Mayores cosas de tu esfuerzo fío. Quitadle esa cadena ; el fuerte pecho Llega a juntar con el valiente mío, Y asegurado en este abrazo estrecho, Dime quién eres; de Abdalá te fía; Que soy tu amigo y tu fortuna es mía. No por aliviar mis penas, Pues referidas se doblan. Ni por temer tu castigo, Que ya la vida me sobra, Fuerte Abdalá, te obedezco; Escucha, si la memoria, Al renovar los pesares, El repetirlos no estorba: Los rigores, el castigo De la mano poderosa. La indignación de los cielos. Que justas venganzas logra; La ruina fatal que España Con tantas afrentas llora. No por culpas de Rodrigo, Que aunque ellas pudieran solas Desatar rayos furiosos De la esfera luminosa. Verter diluvios de fuego Vomitando ardientes bombas; No por eso la justicia. Ofendida, rigorosa, Mostraría la excepción Que tantas vidas apoca; Que tantos mares de sangre En las playas españolas Vertida por vuestras manos, Campos bañan, montes mojan. Más causa, mayores culpas La ira de Dios provocan. Que aunque es la cabeza el Rey, Y la República toda Es un cuerpo, a quien los daños De su Príncipe le tocan, No es bien pensar que pudiera La antigua misericordia, Que en Dios siempre resplandece, Vedar las entradas todas A su clemencia, y dejar Que la ira ejecutora De tantos males y estragos. Sin que exceptuara persona. Por culpa del Rey no más, A las armas vencedoras De una traición la entregara; El efecto mismo informa Que fueron culpas de muchos Las que aun al Rey no perdonan, Y que andaban ya en España Las torpezas licenciosas, Muy públicos los pecados. Que es lo que a Dios más enoja. De donde inferir podrás Que los blasones que goza Vuestra nación, no los causan Las innumerables tropas De ejércitos poderosos, Que en ligeras galeotas. Poblando mares soberbios. Ondas saladas azotan. No el trato aleve pudiera. Aunque puerto y pasos toma. Ser parte para vencernos; No os dio el triunfo, la victoria. El conde Julián; no fue El arzobispo don Opas, Aunque a su patria traidores. Vuestros pechos alborotan. Los que todo el daño hicieron; Todas fueron fuerzas cortas. ¿Quién pensáis que nos venció? Y ¿quién pensáis que blasona Del invencible valor De los godos, con que a Roma Y al mundo pusieron leyes? Sus propios hechos, sus glorias; El no haber perdido empresa; El ver que a sus pies se postran Las más rebeldes naciones; Ver que sujetan, que doman Cuanto encuentran, cuanto embisten, Y que España, ya señora De la más parte del mundo, Larga paz gran tiempo logra; La prosperidad, la dicha. Las riquezas, sin zozobra Gozadas, que en feudo ofrece La tierra extraña y la propia; El no temer que mudable Fortuna ¡presunción local Pudiera volver el rostro. Del bien que nos da envidiosa. Fueron causa que, entregados A descansos, a engañosas Delicias, que el ocio ofrece, Truequen las altivas honras. Manchen los altos blasones. Turben las claras memorias Con el vicio y la torpeza, Y que libremente corran La maldad y el apetito. Por quien se engendran y abortan Los daños que padecemos. Los males que nos congojan. Gran causa, pues, le obligó Que con mano vengadora El cielo tome el azote. Y por instrumento escoja Vuestra nación enemiga, Para que el mundo conozca Que, a no ser suyo el castigo, No bastaran alevosas Armas, ni vuestro poder, Claro está, nadie lo ignora. Catorce lustros, en fin. Que en cuenta más clara montan Años setenta, han pasado Después que su lastimosa Perdida España sintió, Pero no tres veces corta El Abril galas al campo. Vestido de nuevas pompas; No restituye las vidas A las plantas y a las rosas Tres veces primero el sol. Cuando las reliquias godas. Que del incendio escaparon, Y entre sierras escabrosas En las Asturias albergue Hacen de cavernas hondas. Cuando con pechos valientes Se animan con fuerzas pocas A vengar su injuria, y juntos Guerra intentan, campo forman. Permite que me detenga A ponderar tan heroica Resolución, tan constantes Ánimos, pues cuando brota. Cada pisada un castigo. Cada hierba, cada hoja. Una venganza produce; Y ya por toda la Europa Ejércitos poderosos Vuestros caudillos alojan. En tanto número, en fin, Que como parda langosta Las rubias mieses talando, Se ha visto ya en tanta copia. Que a la luz del sol opuestas, Forman luces tenebrosas; Así los vuestros se aumentan. Campos y sierras coronan. Entonces, pues, cuando el llanto A la esperanza acomoda Exequias tristes, y yace Sepultada casi toda. Entonces hay corazones, Entonces pechos, que forjan Rayos contra tantas furias, Y con Pelayo se arrojan A ver la cara a la muerte, Y a triunfar de vuestras glorias. Deste blasón invencible, Desta estirpe generosa Soy hijo de lo más noble. Que aunque decirlo no importa, De la sangre Real de godos Me cabe más de una gota. Mi nombre es Iñigo López; Bien pienso que a vuestra costa Le conocéis, pues mi espada Con mil riesgos lo pregona En vuestro daño ; y en fin, Opuesto a la vil discordia Del tirano Mauregato, Por defender la corona De mi legítimo Rey, Que es Alfón, a quien le toca Resistir con los más nobles. Que del reino le depongan. Pero como la ambición De Mauregato convoca El favor de Abderramán, Tu padre , y porque le ponga En la posesión del reino, Con vil feudo le soborna; Llámase rey con su ayuda, Y hoy las parias vergonzosas Que en pago de serlo ofrece, Y tú por tu padre cobras. Cuando bostezaba risas Entre esos montes la aurora, Me determiné a quitaros; Empresa poco dichosa. Que prometí a una deidad; Flecha de amor poderosa. Las fuerzas en que fundé Esta esperanza engañosa. Más eran que diez soldados. Más son de los que te informan, Porque conmigo venían Las venganzas , las discordias, Los rigores, los recelos, Los tormentos, las congojas. La confusión, los temores. Las llamas abrasadoras De celos, bastantes ellos A emprender mayores cosas. Cien soles lleváis, ¡qué afrenta!, Y yo sus luces hermosas Prometí sacar a luz De entre vuestras pardas sombras. Mira si no lo he cumplido. Si con valor, si con honra Nací, si éste el premio era De ganar hoy por esposa A quien con rigor me aguarda; Si ya he perdido esta gloria. Perseguido de un tirano, Lleno de afrenta y deshonra, ¿De qué me sirve la vida, o qué tu amistad me importa? Sé piadoso, sé clemente, Muestra el valor que acrisolan Tus hechos, en no otorgarme Una vida tan penosa. Líbrame a mí de mí mismo, Desata, deseslabona Tal número de pesares. Como aquí juntos me ahogan. Manda que un filo atrevido Por mi triste cuello corra; Pero si vengarte quieres, Pero si crueldades logras. No me mates, viva yo. Alarga mis tristes horas. Porque no podrá la muerte Lo que podrá la memoria. Por valiente y atrevido Al principio te estimé, Mas después que te escuché. Cobarde me has parecido. ¡Ven acá! El sufrir la suerte Contraria, ¿no es más valor Que el padecer el rigor De una apresurada muerte? No quiere bien a su dama Quien del vivir se enajena; Que nunca excusa la pena Ni el padecer quien bien ama. Pero, según te he escuchado Y los discursos han sido, No hay duda que has presumido Que en tu nación se ha encerrado Toda la gloria y honor. Mas herido estás; no quiero Que logres tu intento fiero Con el último rigor; Ven, pues, que esta vez la vida a tu pesar he de darte; Que quiero, Íñigo, mostrarte. Sin que tu suerte lo impida. Que yo vencerla podré: Vive, alienta la esperanza; Que no solo España alcanza El blasón que te escuché. Tu esclavo soy. También vive Entre moros fe y lealtad; También la santa amistad Glorioso laurel recibe. Dos vidas diste a la muerte De un golpe; el mayor rigor Ejecutaste, Leonor, Pues Íñigo, si lo advierte Tu crueldad por obligarte, o porque tú lo has querido, Bárbaramente atrevido, De mí misma fue a vengarte. Al paso que le aborreces Le adoro, y mi triste vida Con la suya va perdida Al peligro que le ofreces. Si te cansaba su amor, Si de cruel te preciabas, ¿Por qué venganza tomabas Tan a mi costa, Leonor? A los cargos que me has hecho No sé cómo responderte. Porque ni busqué su muerte, Ni yo pensé que en tu pecho Tan despacio amor vivía; Que, a conocer tu cuidado. Yo hubiera, Elvira, excusado Tu pena, aunque no la mía. Mas ¿cómo sabes que ha ido A malograr tu esperanza Íñigo, y que mi venganza Causa de su daño ha sido? Porque sé que se partió Resuelto a morir por ti. ¿Que se partió sabes? Sí. Tu amor es quien te engañó. Señora, esta desventura. Despedirse ha confirmado ¿Quién? Di. Lope, su criado, Con lágrimas la asegura; Y me dijo No prosigas; Que si es tan cierto el pesar, Mejor es no le escuchar. Más vale que no lo digas; Rompa el silencio la pena. Declárese mi dolor: En vano aquí mi rigor Tu lengua, Elvira, condena. ¡Ay, hermana, mal conoces De amor y de aborrecer. Pues pudiste no entender Mal que ya publico a voces! Por verle tan perseguido Del rigor de Mauregato, No porque mi pecho ingrato Jamás a su amor ha sido; Por ver que cuando quisiera Hacer a Íñigo mi esposo, Su estado poco dichoso Al presente lo impidiera; Y que nuestro padre, hermana. Por pobre y por desdichado, Le hubiera también negado Lo que por méritos gana; Quise, sin darle a entender Mi amor, tiempo al tiempo dar, Y su suerte mejorar; Pero hela echado a perder. Pues ¿cómo se compadece Amarle, y hacer que emprenda Su muerte? No hay quien te entienda; De razón, Leonor, carece Quererle bien y forzarle A un imposible cruel. El valor que vive en él Pudo a ese riesgo obligarle. Que yo nunca lo intentara. Vieron los nuevos despojos. Vieron, pues, mis tristes ojos Entregar ¡oh suerte avara! Al Moro el mayor caudal. El tributo más precioso. El triunfo más lastimoso De hermosura celestial; Vi arrancar las luces bellas De nuestro cielo español, Y vi avergonzado al sol. De vernos quedar sin ellas; Vi la confusión y el llanto De las que quedan y van; Vi que presentes están. Mirando deshonor tanto. Algunos hombres: si es bien Este nombre ya ofrecerlos; Iñigo estaba con ellos; Mirele allí, y con desdén Dije , del dolor vencida: «¿Cómo es posible que haya hombre Que merezca algún renombre De fuerte, mientras la vida En tanta infamia sustenta? Que no sois hombres es llano; No merecerá mi mano Quien no acabare esta afrenta. ¿Qué más decirle querías, O cómo en desprecio igual? ¡Oh, quién previera este mal! ¡Todas son desdichas mías! Dice a voces mirando dentro: ¡Cielos, Lope viene allí! Sí, él es, no me engañé yo; Lope, el alma te aguardó, La vida pende de ti. Llega, no aumentes mi daño, A mi Íñigo adoro y quiero; Llega a mis brazos, que muero, Apresura el desengaño. ¿Dónde queda, dónde está? ¿Viene? Acaba, ¡por tus ojos! Toma, y templa mis enojos, Asegura el alma ya; Di presto. Pienso, señora. Si bien tu rigor se advierte, Que, alegre ya de su muerte. Me das albricias ahora. Si, como llego a escucharte, Mi desdichado señor Era dueño de tu amor, ¿Qué causa pudo obligarte A desesperar su vida, o por qué su muerte ignoras, Si le matas y le adoras? ¿No viene? Más afligida. Señora, con tus razones El alma viene a quedar; Que el ver tu cielo turbar Con tristes demostraciones, Declara bien que este daño, La desdicha de los dos Le concertó. No, por Dios, No te burles si es engaño. Lope, mi pena es de suerte, Que cuando llegues a dar La gloria sin el pesar. Me habrás dado ya la muerte. ¿Por qué te vas? Oye. ¡Ay, cielo! Por no responderte. Espera. ¡Ojalá, señora, fuera Menos cierto el desconsuelo! ¡Pluguiera a Dios que el engaño Nos pudiera aquí valer, Sin llegar aquí a ofrecer Tan costoso desengaño! Íñigo te obedeció. En montes de Extremadura, Cuya intrincada espesura El sol apenas la entró, Con osada bizarría, Pensamiento temerario, Íñigo embistió al contrario Cuando en su guarda traía Un ejército; yo fui Testigo de mal tan cierto. Que de cautivo o de muerto No pudo librarse allí. ¡Oh pesar nunca esperado. Pena a mi culpa debida! Pero pues yo tengo vida, Y el dolor no la ha acabado, No es posible que él murió; Cautivo, y no muerto, está, Que imposible fuera ya Morir él y vivir yo. Si está preso, con el oro Su libertad compraré, Y el alma por él daré, Que es poco precio un tesoro. Ven, Elvira, que hoy verás Si le adoro o le aborrezco. Dos penas juntas padezco, No sé cuál me ofende más, El llorar aquí su muerte, o el ver que le hayas amado; Que si él vive, tu cuidado Que voy perdida me advierte. Secreta mina de amor Se ha reventado en su pecho: ¿Quién tan gran milagro ha hecho? Siempre le quiso Leonor; De la historia referida, Lope, una duda me advierte: ¿Cómo, en peligro tan fuerte, Te escapaste con la vida? Mucho apuras tú la historia, Constanza; en cualquier batalla, Quien cuente siempre se halla El castigo o la victoria; Yo fui Que vuelves sé yo. Digo que mil veces fui Que has vuelto, Lope, creí, Pero que hayas ido, no. Testigo muy abonado Te daré de que fui allá. ¿Quién el testigo será? Un madroño muy honrado, Y un espino, su vecino, Con cuyo amparo encubierto Tampoco eso, Lope, es cierto: Mienten madroño y espino. ¿Y si te traigo el turbante De un moro que cautivé? ¿Y el moro? El moro se fue: ¿Hay mujer más apretante? ¡Buen soldado! Por quererte, Constanza, y volverte a ver. Claro está que por volver; Eso solo he de creerte. Acreditarme no puedo; Mas cuando el peligro es tal, El honor más principal Ha visto la cara al miedo. Con todo eso me has costado Gran susto, que en la pasada Entrega, por entregada Al Moro te había llorado. No me cupo a mí la suerte. Claro está; ni pudo ser El llegarte a ti a caber. ¿Por qué? Porque, si se advierte, Los moros piden doncellas, Y es muy grande inconveniente. En tu lengua maldiciente. Yo nunca dije mal de ellas. Este es el lugar dichoso, Este el sitio alegre, el cielo De las glorias de Leonor. De cuanto miras es dueño Ñuño de Valdés, su padre. Cuyos blasones el tiempo No podrá borrar jamás, Que alcanzan nombre de eternos. Falta ahora que me digas La ocasión, el fundamento, Estéis enigmas confusas. Que esconden altos misterios. Después de darme la vida. Después, Abdalá, que debo a tu valor tantas honras, Que referirlas recelo; No por ingrato, por ver Que no he de salir de empeño, Aunque si tu esclavo soy, Y la obligación confieso, Cuanto liberal me has dado, Ya te pago, agradeciendo. Que es paga que niegan muchos, Que no es la que vale menos. Dísteme, en fin, libertad, Y prisiones añadiendo a beneficios tan grandes, Tú mismo, no sé el intento, Acompañándome vienes; Mi propio traje vistiendo, Te encubres y te disfrazas; Y sin declarar tu pecho. Muchas veces me preguntas Del estado y los aumentos De Ñuño de Valdés; yo, De su calidad te advierto Que es noble, que es poderoso, Y que a su vejez sirvieron De báculo y dulce arrimo Leonor y Elvira; y tú, luego Dices que quieres venir Conmigo a su patrio suelo A ver a Ñuño, su padre; Y que después, de un secreto Me darás larga noticia: Más me cuestan de un desvelo Estas dudas; ya, en fin, puedes Romper el mudo silencio; Ya se pueden descifrar Tus ocultos pensamientos; Ya estás donde pretendía, Y a mí me mata el deseo De saber lo que me encubres: Corre a la verdad el velo. No extraño el verte confuso. No admiro el verte suspenso; Que la causa que te he dado Es grande, ya lo prevengo. Cuando te vi tan bizarro, Cuando te escuche soberbio, Provocando mi favor, No ablandándome con ruegos; Cuando te vi que llegaste Casi a hacer de mí desprecio, Sin que el temor de la muerte Tuviese en tu vida imperio, Entonces, Íñigo, escucha, Te vi el alma, te vi el pecho, E hice elección en mi idea De tu valor, de tu esfuerzo, Para un caso que es tan grande. Que yo mismo a mí me niego. Lo que de ti solo fío, Y que no me engaño pienso; Porque solo se han de dar A los magnánimos pechos Las grandes dificultades, Los arduos atrevimientos. Responderás que por qué. Si te he obligado, no llego A declararme contigo Y te dilato el saberlo. Causa ha tenido también, Íñigo, porque primero Quiero que a tu dama veas, Y que en sus brazos aliento Tu vida triste reciba. Para que, viéndote en ellos. Juntes a lo que me debes Aquel gozo, aquel contento. Demás , que yo vengo a ser, Por si dudaren tus hechos Y tu modestia los calla, Coronista verdadero: Pues dices que vive aquí, Desta dicha en fin tratemos; Que en viéndola te hablaré, Y me oirás con más sosiego. No, Abdalá; tarde se me hace, Ahora saberlo quiero; Que me llegan a ofender Tan prolijos argumentos, Y solo por ti tuviera Tanta flema, tanto tiempo. Si he de serte agradecido. Bastante obligación tengo: Y si ingrato soy también. No dejaré ya de serlo; Que aumentan más su delito Los beneficios de nuevo; Que en el traidor y el ingrato No cabe arrepentimiento: Yo no he de pasar de aquí, Abdalá; yo estaré atento, Sácame ya de este encanto, Declárate sin recelo. Cansado moro, ¡por Dios' ¡Vive el cielo, que le temo! Di, Abdalá, ¿qué puede ser Tan prevenido suceso? Pues ya es fuerza, seré breve. Yo te lo suplico y ruego. Saque Abdalá un retrato. ¿Conoces este retrato? Mira bien. Sí; ya lo veo; De Leonor es : mire donde Vino por tantos rodeos A dar. ¡Desdichado soy! ¡Enamorado está el perro! ¿Qué dices? Que es de Leonor He respondido, y que espero Lo que me mandas. Bien piensas Tú que los dulces incendios De amor me abrasan el alma, Y que a ver sus ojos, ciego, Sin otra causa he venido; Mal piensas si piensas esto. Dejadnos solos. No hay quien Conozca su pensamiento. Pues dime, por Dios, la causa; Que estoy, Abdalá, muriendo. Ya sabes que Abderramán, Mi padre, quitó del cuello El yugo pesado a España, Porque hasta aquí la tuvieron Por los Miramamolines De África, solo en gobierno. De suerte que África y Asia Cabezas de España fueron, Hasta que mi padre, en fin. Se hizo señor de este reino, Y por armas le dejó De los Califas exento; De los moros que le habitan Uniendo, y juntando un cuerpo; Que él solo el primero ha sido Que por rey obedecieron. Con fábricas levantadas. Con edificios soberbios. Hoy a Córdoba engrandece; Que es de Córdoba el asiento La máquina hermosa y grave. El autorizado templo. Nuestra mezquita sagrada, Que de sabios arquitectos En su grandeza descubre La traza, el arte, el ingenio; Cuyos jaspes remendados, Atlantes de grave peso, Por ser tantas sus columnas, Los días del año excedieron, Es obra suya también. Sus blasones no refiero, Porque es padre, y porque ya La fama te avisa de ellos. Es pacífico, es prudente, Es piadoso, es justiciero; Sola una falta le culpo. Sólo un abuso condeno. Que es vicio ya entre nosotros, Pues sin decoro y respeto Al tálamo soberano, Tenemos ¡bárbaro exceso! Tantas moras por mujeres; Cuyo torpe desconcierto, Multiplicando familias, y confusiones creciendo. En las casas de los reyes Da cien hijos para un cetro. Por no cansarte, mi padre Llega ya al último extremo De la vida por su edad; Veinte hijos deja, en efeto; Si de uno solo es la dicha. Si uno es solo el heredero, Y no soy, Íñigo , yo. Siendo yo el que más merezco Mi pretensión te descubro; Yo la corona pretendo. Yo los más nobles obligo, Yo quien me apellide tengo; Que apenas habrá faltado Mi padre, cuando resuelto Las armas tome, y con ellas Venza la fuerza al derecho. Homar, que en África es El Califa, el rey supremo, Gente y amparo me ofrece, Y yo le ofrecí por feudo El que vuestro Rey nos paga De los cien ángeles bellos. Es Homar, éste es el caso. Rey tan sabio, que ha hecho Que de España y otras partes Copien con pinceles diestros, De todas las hermosuras Los más divinos sujetos. Entre otros, este retrato Por mi castigo le dieron; Obligueme, y di palabra De conocer, ¡qué gran yerro! La luz que dio a esta pintura Tan soberanos reflejos, Y presentarle a Leonor Secretamente, sabiendo Quién era; y solicitando Que el número de las ciento Ocupase, y fuese una, Salí yo mismo al encuentro. Pensando que la traían; Pero el desengaño viendo, Y aunque con cautela allí Conociendo de ti mesmo Su estado o su calidad, Y el imposible que emprendo, Determiné, disfrazado Ser yo mismo el instrumento, Para adquirir esta gloria. Con tu ayuda me prometo, Claro está, que será fácil. Que aunque de tu Rey infiero, Por conocerme y por ser Mi amigo, que mis intentos Ayudara, no he querido Que él llegara a conocerlos: Sólo de ti me he fiado. Un reino me va no menos, o el poder asegurarle. En cumplir lo que he propuesto, Y en darle al Rey a Leonor. Piensa, pues eres discreto, Cuánto te obligo en fiarte Tan importantes secretos; Seis prisioneras por ella, Para tu dama te ofrezco; La vida te di; a Leonor Me has de dar, Íñigo, en trueco. Pues de ser agradecido Blasonas, ya para serlo Bastante ocasión te he dado; Traza, intenta, busca el medio; Libre estás, pero obligado. Yo mismo a tu patria vengo; Como señor, te lo mando. Como amigo, te lo ruego. A solas quiero dejarte. Entra contigo en consejo, Y no me des la respuesta Sin que me des el remedio. Abdalá, escúchame, aguarda; La confusión del infierno No fue mayor que la mía, Abdalá. Ponlo en efeto, Y respóndeme después. Escucha ¡Perderé el seso! ¡Vive el cielo, que quisiera Poder sacarla del pecho! ¡Ah, Leonor, cuánto me cuestas! Mayores males recelo.
JORNADA SEGUNDA
Señor de mi corazón, ¿Qué milagro te ha escapado? ¡Tú libre! ¿Si lo he soñado? ¡Tú vivo! ¿Si es ilusión? ¡Tú donde yo verte pueda! ¡Tú donde llegue a abrazarte! Con verte, oírte y hablarte Dudosa la vista queda. Otra vez te vuelvo a ver, Otra vez te he de palpar, Otra vez te he de abrazar, Y aún no lo llego a creer. Vivo estoy, Lope; yo soy. ¿Sano y libre ? Libre y sano. ¿Sin faltarte pie ni mano? Gracias a Dios, bueno estoy. ¿Que no has menester traer Pie de palo ni muleta? No ha sido guerra perfeta, Quitádote ha el merecer. ¿No te dejé yo metido Entre mil alfanjes fieros? De sus bárbaros aceros Librarme el cielo ha querido. ¿Y los que te acompañaron? De seis la muerte triunfó, Pero de su fama, no; Más de cien vidas costaron: Los demás vienen conmigo Libres también. Preguntarte Más será, señor, cansarte; Yo, tú fuiste buen testigo, El primero acometí. Mas no me atreví a la muerte. Hiciste bien de volverte. De un madroño erizo fui; Él fue, señor, mi sagrado, Tan callado, tan discreto, Que a nadie fie secreto, Que más bien le haya guardado. ¿No preguntas por Leonor? Temo verla, temo hablarla. ¿Qué es temer? Resucitarla Podrá tu vista, señor: Parece que le ha avisado El alma de tu venida: Ella viene aquí; tu vida Un mar de llanto ha costado. Después te contaré extremos; Déjame ganar ahora Las albricias; y ¡señora! Oye. Despacio hablaremos: ¡Leonor! ¡Elvira! ¿Qué quieres, Lope? Muy presto han salido; Escóndete; albricias pido. ¿De qué? Saberlo no esperes Si primero Yo las gano. ¡Íñigo! ¡Señora mía! ¡Mala pepita! Desvía. ¡Albricias! Cánsaste en vano, Que yo las gané primero. Tu lengua, ¿a quién no ganó? Primero lo dije yo. Pues yo a Lope darlas quiero. Y yo a los tres las daré: A ti, porque me llamaste, A ti, porque le nombraste, Y a mí porque lo escuché. Pero si bien lo advertí, Corta en prometer he sido, Porque no hay, en mi sentido, A quien no las deba aquí; Y así, pagando A eso voy. A ti, en señal que agradezco, Lope, esta joya te ofrezco; A ti, un vestido te doy; A el alma un bien no esperado, Y a mí misma el parabién, Y a vos los brazos también, Porque el alma ya os la he dado. Gastó amor todo el caudal; Que no hay amor avariento Si gozando ya el contento Empieza a ser liberal. Aunque soy menos dichosa Que Leonor en merecer, No lo soy en el placer; Que con alma generosa Le hago ventaja mayor En la gloria que recibo De veros, Iñigo, vivo, Cuando vos sois de Leonor. Muy claro es el argumento, Pues si ella favorecida, Y de vos correspondida, Da muestras de su contento. Yo, que en sus brazos os vi. Ventaja la llego a hacer. Pues pudo más el placer Que el pesar de verlo allí. No en vano, cuando hoy salía A este campo, vi a las flores Vestirse nuevos colores Más alegres que otro día. Leonor bella, Elvira hermosa, Esta dicha, este favor, Laureles son del valor Y de una empresa gloriosa. Mi suerte no es tan dichosa. Que aunque el peligro emprendí Y fui a vencer, no vencí; Quede el favor suspendido; Que no cabe en un vencido La gloria que gozo aquí. Más puesto en razón será, Sin la merced que me hacéis, Que mi vida despreciéis. Pues no la he perdido ya, Aunque disculpada está; Que si la muerte sabía Que ofrecida os la tenía, La vida que me dejó Por vuestra la perdonó. Que supo que no era mía. Todo cuanto supo hacer Por obligar su rigor, Hizo en mi vida, Leonor, Mas no la puede vencer. Porque en llegando a saber Que era del amor la suerte, Suspendiendo el golpe fuerte, Huye, y mi vivir dilata; Que donde amor hiere y mata, No tiene qué hacer la muerte. Si bien se llega a advertir, Parias os viene a pagar. Pues no me quiso matar. Aunque yo quise morir. Y no es modo de decir. Porque cuando de mí huyó, Y la vida me dejó. Me dijo allí: «Esos despojos Son de Leonor, que sus ojos Tienen más poder que yo.» Si cortés la muerte allí, Íñigo, te ha perdonado, Bien a los dos ha mostrado Que fue por mí, no por ti. Porque si el alma te di, Y, como dices, sabía Que yo en tu pecho vivía. La piedad que allí mostró Fue porque viviese yo; Que tu muerte era la mía. Con justa causa podré. Si ya, en efecto, se advierte, Llamar piadosa la muerte. Mucho más que tú lo fue. A ti el nombre se te dé Que era suyo, pues tirano, Cuando ella, huyendo la mano. Por mi vida allí miraba. Tu rigor me la quitaba, Tú me matabas, es llano. Tan grande bien no se alcanza Con menor dificultad; Piadosa fue mi crueldad, Discreta fue mi venganza. Pues da el premio a mi esperanza Sin el pasado rigor. Yo no te dije, señor. Que partieses a morir. Porque eso fuera decir: Dale la muerte a Leonor. Constanza, poco te debo, Pues habiendo yo partido Al peligro referido, Un favor tuyo no pruebo, Ni me dices que te mato Cuando de ir a morir trato. Muy rebelde te imagino. Lope, por ese camino Nunca tú me has sido ingrato. Esta dicha, este favor Que gozo, y la libertad, Sólo debo a la amistad De un moro noble, Leonor; Y no es interés pequeño El que quiere por rescate, Si bien pide un disparate. Si para salir de empeño Mis joyas son menester. Ya, imaginándoos cautivo. Oro y joyas apercibo; De ello podréis disponer. ¡Ojalá fuera el caudal Del oro bastante paga! No hay cosa que satisfaga, Precio pide desigual; Pero la satisfacción Que yo ofrecerle quisiera. Es la que mi amor espera En la mayor confusión. Me darás vida, señora. Si entre las dichas que gano Merezco la de tu mano, Y me haces tu esposo ahora. Enigmas son que no entiendo; Pero si mi mano en parte Puede a la paga ayudarte. Tu libertad redimiendo, Elvira, tenlo por bien. Que el peligro a las dos toca, Pues escuché de tu boca Que quieres a Iñigo bien. No te ofenda este concierto; Tú sabes de mi cuidado Lo que al alma le ha costado: Que no te he ofendido es cierto, Pues fue primero mi amor. Que si conmigo pudiera Hacer que le aborreciera. Tú sola de este favor Dueño fueras: no le digas A mi padre nuestro intento. No estorbes su casamiento, Pues sabes que a Íñigo obligas. Lo que me forzó a perderme. Fue ver que no le querías; Pensar que le aborrecías, Todo el daño llegó a hacerme. Pero como has advertido, Mostraré mi ciego amor En no estorbarle el favor Y en llorar siempre su olvido. Vase. Lo que pudiera causarme Abdalá esté escuchando entre unos ramos. Celos, mi esperanza alienta; Mi dicha este campo sienta. Parabién lleguen a darme, Cuando por dueño te gano, Campos, yerbas, plantas, flores, Y auméntense tus favores. Si están, Íñigo, en mi mano: Tu esposa soy. Ya no espero ¿Ay, cielo! pena mayor; Iba a decir más honor Que desdicha. Mal agüero. La daga se me cayó; Pero será mi homicida, Porque esta sangre vertida Del corazón la sacó. No es nada, no os dé cuidado; Que si vuestra esclava soy, Más seguridad os doy. Pues con sangre lo he firmado. Dadme un lienzo, que con él Se remedia todo el mal. Pónela un lienzo. ¡Qué ufano queda el cristal Entre líneas de clavel! Quedaos, que a mi padre espero; Excusemos su pesar: Mañana os quisiera hablar. Sólo obedeceros quiero. Venga Lope, y le diré A qué hora podéis ir. Y ¿cómo podré vivir Si de la herida no sé? ¿Un rasguño ha de alteraros? No le deis nombre de herida; Que voy, Íñigo, corrida De ver que pudo turbaros: Ven, Constanza. Lope, adiós. Poco duró mi alegría. Escucha, Constanza mía, Declarémonos los dos. ¿En qué forma? Si tú fueras La que a casarte llegaras, y en este azar tropezaras, Y ensangrentada te vieras, ¿Qué sospecharas? No sé. Yo sí, porque era señal De una desgracia fatal. ¡Cómo! Yo lo te diré; Tú no hicieras solo un yerro, Claro está, y el tal esposo, Si era un poco vidrioso. Te había de dar pan de perro. Yo le obligara A encovarte Si él fuera esposo de veras. ¡Ay, Lope! Si tú lo fueras, Yo supiera ¿Qué? Enterrarte. No es cosa que me está bien: ¡Cuidado, enterrarme a mí! ¡Malos años para ti, Y para todos también! No se acabó mi pesar: Vete, Lope. Ya me ha visto. Enterrarme no, ¡por Cristo! Yo a todos pienso enterrar. Vete a saber de Leonor La herida te da cuidado. Vete. Allí hay un embozado. No fue en vano mi temor. A hablarse llegan; aquí Escondido escucharé. ¡Abdalá! Todo lo sé, Íñigo, todo !o vi; Ya la respuesta me has dado Sin dármela; mas no ha sido La que yo me he prometido. De tu amistad engañado. Ya te vi con tus favores Puesto en la cumbre de amor. Ya en el cielo de Leonor Te vi con grados mayores De gloria que tú esperaste; Ya te vi en unión segura. Que el premio de su hermosura Con su mano confirmaste. Pero el coral que allí vierte. La púrpura que derrama. Si no peligra en tu dama, Anuncia tu triste muerte. Abdalá, corrido estoy De que podrás presumir Que yo te quise encubrir Lo que llegaste a ver hoy. Si la respuesta aguardaras Cuando de tu pensamiento Me diste parte, mi intento Ni mi amistad hoy culparas. Lo mismo que a ver llegaste, Si entonces te respondiera. Sin engaño te dijera: Pésame que lo escuchaste; Que ya no agradecerás Saber la verdad de mí; Antes, como has dicho aquí, Que te engaño pensarás. Pero la respuesta sea Que a tu prisión volveré, Y que en ella moriré Porque cumplido se vea El presagio que advertiste En su mano. Yo entendí Que el verte dichoso allí, Que el favor que mereciste, Era caudal que juntabas, Si no bien para pagarme, Íñigo, para mostrarme La obligación en que estabas: Si queriendo bien la dieras, Fuera fineza mayor, Porque a no tenerla amor, En darme a Leonor, ¿qué hicieras? La libertad recibida, Por gozar de Leonor bella Te estimé, porque sin ella No había yo menester vida. Con mayor razón podré Decir que tú me engañaste, Porque, cuando me libraste. Debajo de engaño fue. Trato es doble, no amistad, Porque, a declararme el precio. No había yo de ser tan necio Que quisiera libertad. Sin gusto, di, ¿quién recibe Vida, o quien tenerla quiere? Que con la vida se muere, Y con el gusto se vive. Yo no te pude engañar; Que sin llegarlo a saber, Ni te la pude ofrecer. Ni te la puedo negar. Pero advierte: aunque otra fuera La dama, y yo no la amara. Tampoco te la negara. También te la defendiera. ¿Tú naciste con valor? ¿Tú eres el que te has preciado De agradecido, de honrado? ¿Tú tienes, Íñigo, honor? No es posible, no lo creo. Pues cuando ves que aventuro Un reino, y que le aseguro Con este hermoso trofeo, Bárbara resolución Tomas, sin considerar Que hay siempre damas que amar, Y no siempre hay ocasión En que a un rey obligar puedas. Mucho, Abdalá, te he sufrido, Y habiéndome conocido. Más obligado me quedas Que yo lo estaba de ti. Pues yo allá no moví el labio En tu desprecio, en tu agravio, Como tú lo haces aquí. Y según ya declaraste En el precio que pediste. La libertad que me diste En tu interés la fundaste. Siendo así, no es amistad; Interés sí; con el oro. No con la prenda que adoro, Pagaré mi libertad. ¿Ese no es agravio? No, Que el amigo que lo es ya Nunca vende el bien que da. Ni a imposibles se obligó. ¿En el sagrado fiado De tu patria hablas así? Pues si no estuviera aquí, ¿No te hubiera muerte dado? Villano, ¿tan libre estás Conmigo? Repórtate; Que te he sufrido, y no sé Si podré sufrirte más. No respondo a tu locura. Porque espero castigarte Con más rigor y quitarte Que no goces su hermosura. Si pudieres, harás bien; No te enojes. Quiere Íñigo ir con él. ¡Quita! Advierte Que yo en salvo he de ponerte, Y he de ir contigo también. No pases de aquí; sacarla. Si entre tus brazos está, De ellos mi valor sabrá. Yo te prometo guardarla. ¡Oigan! ¿Morito encubierto? Todo el caso he penetrado. ¡Alto! Mi amo, de honrado, No le ha dado muerte, es cierto. ¿Él no viene por Leonor? Yo no lo sé; bueno está: Por los pies no se me irá, Yo le quitaré el amor. ¿Qué rigor, qué castigo de los cielos Me causa tal pesar, tales desvelos.' ¿Quién mi vida condena A tan rabiosa y dilatada pena? No hallo parte segura. Sosiego en vano el alma ya procura; En el gusto, en la mesa, hasta en el sueño, De un desconsuelo en otro me despeño. La desdicha mayor carga en mis hombros, Dondequiera que voy, encuentro asombros. ¿Esto es reinar? ,Para esto, Mauregato, El reino adquieres con aleve trato? Pero ¿qué importa el cetro, la grandeza, Donde ya predomina esta tristeza? O ¿qué descanso el alma se apercibe, Si la conciencia mal segura vive? ¡Notable extremo de melancolía! Huye siempre el placer. ¡Mortal porfía! No se rinda, señor, tu pecho fuerte A exceso tal; tu pena aquí divierte. Si no en la caza, en este campo hermoso, Por su gran variedad más deleitoso. Hasta el campo, las yerbas y las flores Conjuran contra mí viles temores; Mucho al ciclo le ofendo, Pues de mí mismo aquí no me defiendo: Enrique, ¿yo no reino justamente? ¿No soy hijo de Alfonso, Rey prudente, A quien renombre eterno da la fama, Que por santo el Católico le llama? ¿No me toca el gobierno de derecho? ¿Qué agravio a Alfonso, mi sobrino, he hecho? Por la edad y experiencia, ¿No hay en mí más valor, más suficiencia Que no en sus tiernos años. Dispuestos a costosos desengaños? ¿Quién lo niega, señor? ¿Pues cómo he sido De todo el reino junto aborrecido? ¿Por qué tirano a voces ya me llaman, Y aun nombre de bastardo, en fin, me llaman? El dolor muchas veces Del tributo, señor, que al Moro ofreces. Causar pudo en el pueblo efecto 5 tales. Si por ser desleales Y traidores conmigo, Apellidando a Alfonso mi enemigo, Me obligan a que amparo al Moro pida, ¿Qué mucho que en traición tan conocida Cien mujeres en feudo le ofreciese, Porque del reino posesión me diese? Como es daño común y a muchos toca, El agravio y dolor sale a la boca: Ese lugar que miras populoso. Cuyo edificio hermoso, De aquí poco distante. De las ruinas del tiempo está triunfante. Hoy parte de este daño ha recibido, Y en suerte le ha cabido Que pierda siete estrellas, ü siete luces nobles las más bellas; Y temo que si llega a ejecutarse. Antes que al Moro puedan entregarse ¿Qué recelas, qué temes? Que la ofensa Ponga a sus nobles padres en defensa; Leonor y Elvira, pues, cuya hermosura Participa de aquesta desventura. Hijas de Nuño de Valdés Sí. Advierte Que es poderoso, y es contrario fuerte. Si albricias me pidieras Por tan alegre nueva, las tuvieras; Que Nuño fue también, ya lo he sabido. De los que al darme el reino han resistido; Y aun recelo que escribe A don Alfonso, y que en su gracia vive: No habrá, Enrique, tesoro Que a sus dos hijas libre ya del Moro. ¡Así vengarme de Íñigo pudiera! Así pluguiera Dios que del supiera. ¡Al moro, al moro, zagales! No se escape por acá, Ved que enamorado está; Demos alivio a sus males. ¡Villanos! ¡Todos a él! Descansará si le acierto. ¡Qué traición, qué desconcierto! No se nos huya el lebrel. ¡Vendido me han, oh traidor Íñigo! Estos son regalos De tu dama, porque a palos Da también el fruto amor. Retirado de mi gente, De un peligro en otro doy; Desdichado en todo soy. ¡Dale, Bras! ¡Tira, Llorente! ¿Qué es aquesto.? Unos villanos Que a un hombre siguen. Llegad. Leonor, por la voluntad. Te envía este besamanos. Villanos, ¿a un hombre así Dais muerte? Emboscada había: ¡Pesia tanta perrería! ¡Huid! La empresa perdí. Aguarda tú. Disfrazados Con nuestro traje y vestido, El Moro los ha traído: ¡Oh perros enmascarados! Di verdad, ¿qué os obligó A quererle dar la muerte? Que es el Rey quien te habla advierte. ¿El rey? El alma volvió Al cuerpo; que imaginé Que eran todos de su bando. Éste es un moro nefando, Que, aunque vestido le ve De nuestra piel, ha venido A robar una cordera: Si por Tu Alteza no fuera, Ya el lobo hubiera caído En la trampa. ¿Es verdad esto? ¿Quién eres? Fuerza ha de ser Que lo llegues a saber, Cuando es ya tan manifiesto, El yerro que hizo mi amor; Mi intento lograré así; Escúchame aparte. Di. ¿Conócesme ahora, señor? ¡Abdalá, dame los brazos! Sin descubrirme y nombrarme, Puede Vuestra Alteza honrarme. ¿Tú de esta suerte? Son lazos De amor, con que el alma, ciega, Locamente me ha traído Donde un traidor me ha vendido, Y hoy a la muerte me entrega. Amo a Leonor, hija hermosa De Ñuño, y en fin, tracé Este disfraz, y pensé Con industria cautelosa Poder vencer su rigor, Fiándome de un ingrato; Si has visto su aleve trato. Si has conocido mi amor, Y si el ser quien soy te obliga, A tus pies humilde pido Que entre el feudo prometido Esta adorada enemiga Se cuente, sin que a entender Llegue mi padre mi error; Que si me das a Leonor, Tu esclavo siempre he de ser. No tiene dificultad El habértela entregado; Ya por suerte la ha tocado El ser tuya. A esta piedad Le vendré a deber la vida. Enrique, con suficiente Guarda tu valor intente Desde hoy tener defendida A Leonor, hasta llegar a hacer de todas entrega; Prendan a ese hombre, y si niega ¡Cómo! ¡Lindo negociar! ¿Quién fue el traidor que le obliga A esta maldad? Denle muerte. Señor, mira, escucha, advierte Que esta canalla enemiga.... Llevadle. A mí su castigo Me toca, que no se alcanza Con su muerte mi venganza: Yo conozco a mi enemigo. Tú los castiga. Muy bien: ¡Qué zaino el perro me mira! ¡Triste Leonor, pobre Elvira, Y triste padre también! ¡Desdichadamente reino, Pues este feudo ofrecí; Grave maldad cometí, Grande afrenta de mi reino! ¡Con qué libertad pidió A Leonor! ¡Oh dura ley! ¡Vasallo soy, no soy rey! ¡El Moro reina, yo no! Conmigo te he de llevar; Ven, pues. Mi dicha perece; Rey que a moros favorece, Non debiera de reinar. Prometísteme avisar Hoy con Lope, Leonor mía, A la hora que podría Ver tu luz, venirte a hablar. Como no me han avisado, Y ha pasado un siglo entero Sin verte, por verte muero, Y vengo sin ser llamado; Que como soy delincuente, Y allí mi acero atrevido La mejor sangre ha vertido, Temo algún nuevo accidente: He pensado, mi Leonor, Mejor a mí me suceda; Que el herido siempre queda Con algún odio y rencor, Aunque estén hechas las paces, Contra el que riñó con él; No serás tú tan cruel Que esta venganza disfraces. ¿Cómo está la hermosa mano, Que no me atrevo a pedirla De temor que al recibirla Me muestre el golpe aún no sano? ¿Cómo estás, mi bien? Quejosa. ¡Quejosa! Luego es verdad Que dura la enemistad De la herida rigurosa. ¡Quejosa dije! Enojada. ¿Qué moro vino contigo? ¿Quién te lo ha dicho? Es amigo; Pero eso no importa nada. ¿Pues tú te guardas de mí? Íñigo, Lope escuchó Cuanto con él te pasó. ¿Lope te lo dijo? Sí. Pésame que lo haya oído; Mas pues lo sabes, Leonor, Es un fiero acreedor Que a ejecutarme ha venido. Reñimos sobre la paga, Fuese conmigo enojado; Mas si Lope lo ha contado, No importa que yo lo haga. Pero si el ser tuyo gano, Asegura ya mi vida. Si escarmentada en la mano, No se arrepiente la herida. Sé que tu padre ha partido Hoy a León: cuidadoso Estoy, Leonor; y aun celoso, Pues sé que a casarte ha ido. Mira que teme mi amor De mi desdichada suerte, Que he de llegar a perderte Sin ser tu esposo, Leonor. Sale Constanza turbada. Gente con armas ha entrado. Señora, en tu casa; temo Que es de la desdicha extremo. ¡Ay, Íñigo, si ha trazado Algún traidor tu prisión. Si el Rey a prenderte envía. Si han sabido, ¡ay, suerte mía! Que estás aquí! La ocasión Huye si me quieres bien. En ese jardín podrás Entrarte; no aguardes más; Puerta secreta también Tiene si salir quisieres: ¡Éntrate, por Dios! Señora, Yo entraré; mas hasta ahora No hay causa por qué te alteres. ¡Leonor! ¡Elvira querida! Toda la casa cercada Está ya de gente armada. Dice Leonor a voces, mirando adentro: ¡Ay, cielos! ¡Guarda tu vida! Ya entran. Íñigo, vete. Mayor mal llego a temer. Mayor, ¿cómo puede ser, Si tu prisión me promete? A violar vuestro sagrado, Enrique forzado entra; ¡Perdonad, hermosa Elvira; No me culpes, Leonor bella! ¡A mi casa, Enrique, vos Con armas venís! ¿qué empresa Acometéis? La mayor. Pues es contra vos la guerra. ¿Contra mí? La suerte ha sido. Señoras, no como vuestra, Aunque sí, que a la hermosura Le cabe la menos buena. ¿Qué decís? No sé, ni acierto, Que el alma turba a la lengua. Proseguid. Siete deidades En esta villa se entregan Al moro, y las dos también Entre las siete se cuentan. Mira, Enrique. El Moro, en fin, Es dueño de esta belleza. ¡Ay, hermana! ¡Elvira amada! ¿A quién no mata esta pena? Demos lugar a su llanto Porque el dolor no las venza. ¡Qué rigor! ¡Qué desconsuelo! Aguardad todos afuera. ¡Señoras, ¡ay, Dios! señoras! Apenas vida las deja El sentimiento; una espada Dos corazones penetra; Un dolor, un golpe mismo. Sus dos pechos atraviesa. Vuelven en sí. ¡Constanza! Señoras mías, Mi llanto os dará respuesta. Elvira, el valor ahora Se ha de mostrar. ¿Qué defensa o qué alivio el alma aguarda En desdicha que es tan cierta? ¿Qué temores me combaten, Qué recelos, qué sospechas Asaltan mi triste vida? Sola está, nadie hay con ella. Por darte gusto, Leonor, Que el obedecerte es fuerza, Me retiré a ese jardín; No sé qué causa me mueva. Ni sé qué agravios me siguen, Que aunque tú aquí me aconsejas Que me vaya, no he podido; Solamente he hallado puerta Para volver a tus ojos. Leonor, ¿qué enigmas son éstas? ¿No me hablas, no me respondes? ¿Tus claras luces me niegas, Leonor? No siento el agravio. Ni es bien que yo me prometa. Que hay alma capaz en mí, Pues libre la razón queda. Para saber discurrir; Que en el mal que me atormenta, No morir es gran delito. La vida es mayor ofensa. ¡Leonor! Vivir cuando pierdo Mi patria, mi amada tierra, Mi padre, mi propio ser, Y a un esposo que me espera. Que le adoro y que me estima. No es sentir; bastante prueba Es de que el seso he perdido o que ya en vida estoy muerta. ¡Leonor, tú sin responderme, Arrebatada, suspensa. Contra la imaginación. Convertida el alma en piedra! Respóndele riéndose: Íñigo, ¿tú estás aquí? ¡Ah rigor, ah dura estrella! Este pesar me faltaba. A un tiempo mismo concierta Mi desdicha tantos males Ahora sí que ya es fuerza o morir, o enmudecer, o no sentir si es prudencia. ¡Tú de esta suerte, Leonor! Sin duda que me desprecias. Íñigo, pues ¿no te fuiste? ¡Oh, si excusarle pudiera La muerte que yo padezco. Sin que mi desdicha entienda! ¿En qué te ofendí? ¡Ay, amor. Apaga aquí tus centellas, Que no es tiempo ya que al pecho Tus llamas de nuevo enciendan! ¿Quiéresme hacer un placer? ¿Qué me mandas? Que te vuelvas. Vete, y no preguntes más. ¿Qué causa? No te detengas; Íñigo, abrázame y vete. Que importa que no la sepas. ¿Tú lágrimas, Leonor mía, Tú el lienzo bordas con perlas, Tú lloras, y a tus dos soles Velo opones de tristeza? No, mi bien, no lloro yo. ¡Que es tan forzosa esta ausencia Y que no le he de ver más! ¡Que esté el perderle tan cerca! ¿No me has de ir a ver, señor? Vuelve a llegar. ¿Qué dices? ¡Oh, si pudiera Librarme yo a mí de mí! ¡Mucho sufro, gran paciencia! Íñigo se queda acá; Yo, entre bárbaros sujeta, Padeceré sin remedio. Él se olvida, y la presencia De otra dama le entretiene; Él la sirve y la festeja. Ella, hurtándome la dicha, Con sus favores le alienta, Y la mano que era mía. De esposo otra vez le entrega, Íñigo, ¿baste de casar? ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¡Oh, qué necia Anda mi memoria aquí. Pues tantas cosas me acuerda! Oye. Abrázame, y adiós. Señora, escuchadme, espera. Íñigo, me voy. ¿Adonde? No me voy yo, que me llevan; Otra vez me da tus brazos. Vuelve a salir Enrique y las guardas. Señora Leonor, ya es fuerza Que vuestra casa dejéis, Y que el orden se obedezca Del Rey. ¿Qué es esto, Leonor? ¿No lo ves? ¡Me llevan presa! Turbarse, llorar, no hablarme, Tantas lastimosas muestras ¡Válgame Dios, verdad es, A Leonor al Moro entregan! Iñigo es éste; él la amaba; ¡Fiero trance, mortal queja! Iñigo, si bien me quieres, Leonor es quien te encomienda La vida de un padre triste; Muéstralo en mirar por ella Y en morir. Íñigo, adiós. Leonor, el pecho revienta. Adiós. Aguardad; volved Contra mí las armas fieras.
JORNADA TERCERA
¿Las puertas me cerráis? ¿me atáis las manos? ¡Abrid aquí, villanos, Dejad que en mal tan fuerte Halle salida, y buscaré mi muerte! ¡Abrid, no me obliguéis a que yo mismo. En el confuso abismo De mi tormento fiero. Entregue el pecho al filo de mi acero! Permitid que mi vida desdichada, Menos desesperada, Honroso fin intente; Ved que me mataré afrentosamente. ¡Abrid, cobardes, que dobláis la injuria, Y aumentando mi furia, Crece vuestro castigo! Más fuerzas cobrará vuestro enemigo Si a solas le dejáis con sus desvelos. ¿Poder de amor y celos No teméis? Poco valgo. Pues no rompo las puertas, pues no salgo. Hace ruido como que derriba la puerta, y salen Abdalá y criados, que le detienen. Repórtate, reprime el furor ciego. Que yo a estorbarte llego La salida; yo he sido Quien la muerte que buscas te ha impedido; Que viendo que escucharme no podías, Y que a morir salías Loco y desesperado. Por mi orden las puertas han cerrado. ¡Apártate! Tanto, Íñigo, te quiero En las adversidades Se muestran las finezas y amistades. Que si yo, amante ciego, la adorara, Y en su amor me abrasara. Como no precediera La causa que ya sabes, te la diera. Por excusar así mayor exceso, Entre estas puertas preso Previne que estuvieses. Porque otra vez la vida me debieses. ¿Esto es lo que decirme prevenías? ¿Para esto me querías? ¿Tú piadoso conmigo? ¿No me das a Leonor, y eres mi amigo? Un mar de penas navego; Todo es confusión y espanto; En cualquier casa está el llanto, En ninguna hallo sosiego. Pues Lope, ¿qué es esto? Espera. ¡Ay, Íñigo desdichado! Elvira y Leonor han dado, Sin duda, a una muerte fiera Sus pechos tristes. Advierte Las llaves y armas quitando, Con cautela asegurando Dos guardas, a quien dan muerte Sin querer abrir. ¡Ay, cielos, Qué fiera resolución! ¡Suspende la ejecución! ¡No rompáis diáfanos velos! No hay duda, muerte han de darse: ¡Detente, escucha, Leonor! Mi intento, ¡fiero rigor! Temo que no ha de lograrse. ¡Ay, Dios, también han cargado Con mi Constanza! Mas ella Nunca pecó en ser doncella; Los perros se han engañado. A la más valiente acción, Al blasón de mayor nombre, Al más heroico renombre Nos llama ya la ocasión. A dos guardas muerte dimos, Llaves y armas les quitamos; En ellas solo fundamos La libertad que perdimos. No hay padre, amigo o pariente De quien esperar favor. Que el mismo Rey, ¡qué rigor! Para estorbarlo, con gente Y armas a la mira está; Que es tanta su tiranía, Que este desdichado día De fiesta le sirve ya. Él mismo a ver ha venido La misma infamia que emprende; Él mismo, en fin, que nos vende, Vernos llevar ha querido. Pocas horas pasarán Sin que el Moro sea señor De nuestras vidas y honor, De que posesión le dan. A ser esclavas serviles Nos llevan; nuestra belleza Triunfo es ya de la torpeza; A ser concubinas viles Del Moro injusto vais ya: Allí aguardan los tiranos; Aquí, solo en vuestras manos Y en estas armas está El ser suyas o el ser vuestras; El honor, la vida, el ser Y el alma vais a perder. Aquí, pues, bizarras muestras Manifestando el valor; Aquí, pues, amigas caras. Bañando en sangre las aras Soberanas del honor, Es bien que sacrifiquéis Las almas nobles en ellas, Pues veis que vais a perderlas. ¿Qué decís? ¿Qué respondéis? ¿No habláis? ¿Os turbáis? ¿Dudáis? Elvira, Mayor, Constanza, Estela, Sol, Esperanza, ¿Qué es esto? ¿Teméis, lloráis? Vivid, pues, infamemente. Guardad la vida afrentosa; Que yo sola aquí, gloriosa, Veréis que Leonor, detente; Que en nombre de todas yo Te respondo que este llanto. Que esta suspensión o espanto De la admiración nació, Del contento ha procedido, Del gusto que el alma ha hallado Sólo de haberte escuchado. Cada pecho, agradecido a tu consejo se muestra; Cada mano, con valor Sabrá seguirte, Leonor: ¡Gloriosa muerte la nuestra! Pequeña hazaña es perder La vida. Corto blasón Viene a ser que el corazón Llegue la sangre a verter. A mayor empresa os llama La ocasión; la muerte fiera. Darnos muriendo pudiera Menos gloria, menos fama. Íñigo llama, Leonor; Responde, mi bien, señora. No mates a quien te adora; Abre, por Dios, si mi amor Pudo algún tiempo obligarte. ¡Cielos, Íñigo! Abre presto. Mira que está ya dispuesto El modo para librarte. ¡Ay, amor! Escucha, advierte... Si es verdad, ve a abrir, Elvira. Leonor, que es engaño mira Para estorbarnos la muerte. Es, sin duda; más si él llama... Morir antes es mejor. ¡Venza el valor, muera amor! ¡Viva eterna nuestra fama! ¡Elvira, Leonor, esposa, Bien mío! ¡Si están ya muertas! ¡Abrid, derribad las puertas! ¡Qué ocasión tan lastimosa! Responded. Tarde has llegado, Íñigo; no es tiempo ya. ¡Ah, Leonor, mira que está Tu rescate concertado! Abre, pues, Leonor querida. Del poder de los tiranos Nos librarán nuestras manos. ¡No, por Dios, guarda tu vida! A lo alto de la torre Se han asomado. Escuchad. Albricias, alma. ¡Oh piedad Con que el cielo me socorre! Hidalgos nobles de esta villa triste, Ricoshombres y padres desdichados. En quien el llanto y la tristeza asiste, A un bárbaro precepto ya postrados; Pueblo infeliz, que sin defensa diste Al olvido blasones tan honrados. Cuya cerviz indómita y valiente A la infamia mayor baja la frente : Escuchad, advertid, estadme atentos. Ya que humildes pagáis viles tributos, Sin que antigua nobleza os haga exentos; Ya que rendís los más preciosos frutos; Ya que no resistís bajos intentos; Ya que corta el dolor fúnebres lutos, Y ya que goza el Moro de esta palma, Y vuestras hijas arrancáis del alma, Oíd, oíd: las fuerzas del contrato, Las condiciones y las leyes fueron Cuando firmó esta afrenta Mauregato, Cuando estas parias torpes se impusieron, Fue condición, en fin, fue ley, fue trato, Con que este fuero infame establecieron, Que de hermosura y sanidad constasen Las vírgenes que al Moro se entregasen; La salud, el adorno, la entereza Y las partes que a un cuerpo hacen hermoso: Sin salud, sin ornato, sin belleza. Triunfos ya del dolor más lastimoso, Despojos son del llanto y la tristeza, Si bien en cada brazo más glorioso Se descubre el valor, y más ufano Viene a quedar el brazo sin la mano. Saque de la banda el brazo sin mano con sangre. Seguros desengaños os presenta El rojo humor, que, en venas dividido. Los vitales espíritus alienta; El caudal a la vida repartido Del corazón, la fuerza que alimenta Al alma, en fin, pues solo ha resistido La fábrica del cuerpo milagrosa En la sangre que veis verter copiosa: Aún no está suspendida la creciente, Aún no están las corrientes agotadas: Nadar podéis en el raudal presente, Que las venas no están cicatrizadas; Cada brazo sin mano es una fuente, De quien al suelo bajan desatadas Las sartas de granates más preciosos, Los brazaletes de rubíes hermosos. El filo de un acero nos ampara, El golpe de una espada nos defiende, La sangre que a las venas desampara. De que a las siete ya no comprehende. El tributo cruel firma, y declara Nuestro valor; la libertad nos vende, Y nuestras mismas manos, siendo mancas, Libres del Moro ya, nos hacen francas. Mancas las siete estamos; vuestros fueros. Moros, no quebrantéis; pedid que sea. Como deben y suelen ofreceros, Cabal el feudo, sin que en él se vea El estrago mayor, los golpes fieros Que la una mano en otra mano emplea, Porque, a no mejorarse nuestra suerte, Aún quedan manos para darnos muerte. ¡Qué exceso tan lastimoso! ¡Valor y esfuerzo notable! Penélopes y Lucrecias Y cuantas Porcias pensaren Llegar a esta hazaña, mienten. ¿Qué he visto? ¡El dolor me acabe! ¿Qué miro? ¡Ah, cruel desdicha! Las manos, por no entregarse. Por librarse, se han cortado; Nuevos blasones levante La fama, y en nombre eterno Contra el olvido los guarde. ¡Abrid, las puertas romped Antes que se aumenten mares, Antes que crezcan diluvios De la más valiente sangre! Pues ¿mancas piensas llevarnos? Sí, mancas os quiero; honrarse Podrá el moro a quien la suerte De ser vuestro le tocare; Así mancas os queremos. ¡Abrid, que mujeres tales Sin manos se han de adorar, Erigiéndolas altares! ¡Derribad las puertas presto! No las derribéis; las llaves Tomad, que aún valor nos queda, Que engendra fuerzas bastantes Para daros muchas muertes, Pues hay hombres tan infames Que os escuchan, que os consienten Que blasonéis arrogantes. ¡Entrad, pues, que con los dientes, Cuando las manos nos falten, Os hemos de hacer pedazos A vosotros, más cobardes! Por cada mano perdida. Por cada gota que sale De sangre, una furia crece, Un rayo en el pecho nace. ¡Venid a ver, hombres viles, Las mujeres más constantes Que sustentan el valor Que en vosotros muerto yace! ¿Es posible que las manos De unas mujeres infamen Vuestro nombre, y que las nuestras No las libran de este ultraje? ¿Para cuándo es nuestra vida? ¿Para cuándo ha de guardarse El entregarla a la muerte. Si ahora en tan fiero trance No la perdemos, si ahora No hay quien esta causa ampare? ¡Mueran los bárbaros! ¡Mueran! ¡A ellos: ninguno se escape! No me aconsejes. Advierte. Que es peligro conocido, Y más si el pueblo ha sabido Ya la desdichada muerte De su noble padre. Espera. ¿Nuño de Valdés murió? Ausente estaba; hoy llegó, Y al darle nueva tan fiera. En sabiendo que perdía Sus dos hijas, sin hablar Rindió la vida al pesar: Tal fue el dolor que sentía. Nunca pensé yo sentir Su muerte; hoy llego a saber, Enrique, y a conocer Cuánto me cuesta adquirir Este reino, y cuánto cuesto a los que su rey me llaman: Bien de tirano me infaman, Ya mi culpa manifiesto. ¿Escuchas cajas de guerra? Sí, señor. Bien he temido: Acierto el venir yo ha sido. Sin duda en arma la tierra, Negando el tributo. ¡Ay, cielo! Desdicha, Enrique, será: Llegad presto. Oye, que ya Mayor el riesgo recelo. ¡Acometed, ah traidores! ¡La muerte a todos daré! A que la vida te dé Me obligan causas mayores. ¡Apartad! Mayor victoria Me dará la muerte aquí; No quiero vida por ti, Ni que alcances esta gloria. Pues ¿este premio merece Quien te defiende? ¿Es blasón? Vida contra la opinión, Sólo al infame se ofrece. Ya la deuda te he pagado Con defenderte y guardarte Cuando pude muerte darte. Cuando tú muerte me has dado. Pues yo, si lícito fuera, Por no llegar a deberte La vida, tirana muerte Hoy con mis manos me diera. Ved que está aquí el Rey, señora; Templad tan fieros extremos. Del pecho te sacaremos Esas entrañas traidoras. ¿Qué intentáis? Nuestro blasón Mayor se funda en tu muerte. Que es Leonor, señor, advierte. ¡Cielos, qué gran confusión! Leonor es; este pesar Sólo faltaba a mi vida. ¡Detente, Leonor querida! Tu maldad se ha de acabar. Pues a vuestro Rey, ¿por qué? Si lo ignoras ¡Rigor fiero! La causa advertirte quiero; Escucha, y te la diré; Sin duda permite el cielo Que encontrando aquí contigo. Sino para ejemplo tuyo. Para que dentro en ti mismo Tu confusión te dé muerte. Tu conciencia sea el martirio. Que a ver en nosotras llegues. Cara a cara tu delito. ¿Qué furia te ha dado el ser? ¿De qué fiera o monstruo impío Fuiste parto portentoso. Fuiste estupendo prodigio? Pues como fiera espantosa Arrancas los dulces hijos De los pechos de la madre, Rigor en hombre no visto. Tu reino fundas, ¡oh Rey El más triste, el más indigno Que justamente alcanzó Tan soberano apellido! Tu reino estableces, pues, En dar a los enemigos Armas que ensanchen su imperio. Fuerzas que le hagan más rico; Tu corona fundas, Rey, En ser ¡qué grave delirio! Ave rapante que llega A turbar el caro nido De las cándidas palomas. Entre simples pajarillos. Las más castas, las más puras, Negándolas el abrigo De las paternales alas. Noble amparo, firme asilo, Que les da ser, el sustento Comunicando a sus picos. Sobre esta torpe maldad, ¿Tu reino puede estar fijo? Este agravio, ¿puede ser Atlante del señorío Que gozas? No, Mauregato; Prevarican tus sentidos: Locura es bien manifiesta, Algún letargo has bebido. Dar a los moros mujeres, Sujetar a su dominio Vírgenes que haces esclavas, La menor violencia ha sido. Derribar almas del cielo, Que el lavacro del bautismo Las ofreció, hacer que tuerzan Del soberano camino Los pasos que a Dios las guían, Y que en obscuros abismos Truequen la luz que tuvieron. Efectos son conocidos Del padre de las tinieblas, Del que muros diamantinos Del cielo escalar pretende. Del que en su ciencia perdido, La gloria que iba ganando, En solo un instante quiso Quitársela a sí, y quitarla A ejércitos que deshizo De inteligencias hermosas: Luzbel eres, ya lo he dicho. ¿Quieres ver el mal que causas, Los rigores, los castigos Que a tu triste reino ofreces, Las congojas, los suspiros Que a tus vasallos ahogan? ¿Quieres ver de vengativos Rigores la mayor fuerza, El más lastimoso aviso? Mi padre, ¡ay ciclos! que fue Rayo del blasón morisco. Pues tantas veces postró A sus pies tu cuello altivo; Mi padre, cuyo valor Deja ya en bronce esculpidos Sus hechos, sin que jamás Borrarlos pueda el olvido; Mi padre, pues, en sabiendo Que le niegas este alivio A su vida, y que a sus años Quitas el más noble arrimo. Su valor rindió a la muerte. Matole el dolor; indicio Claro de la pena fiera Que a los demás ha cabido: Y aún no es éste todo el daño, Aunque es el daño infinito. Por no entregarnos al Moro, Juntas las siete ofrecimos Siete manos, las más fuertes, Al duro golpe de un filo: No lo dudes, vuelve a ver Siete abonados testigos; Los manojos de jazmines Son ya morados jacintos; Las cándidas azucenas Se han vuelto cárdenos lirios. Reportaos, que libres ya Del feudo las siete dejo; Fuerza es mudar de consejo; En su lugar, Abdalá, Escoger puedes. ¿Qué espera? ¡Cómo! ¿Abdalá, y escoger? Pues ¿puedes tú defender Que él a nuestras manos muera? Pues libres ya, ¿qué pedís? Que des libertades francas A esta villa, y que Simancas Se llame. Como decís, Franca, exenta y libre quede De feudo y pechos, y el nombre Que os da tan alto renombre, Desde hoy honrarla puede. ¡Bien le aprieta! ¿Pedís más? Que a Íñigo… Perdonado Está. Sus rentas y estado Vuelvas. Segura podrás Hacerle tu digno esposo; Yo le perdono, y le doy Nuevas rentas; desde hoy Llega Íñigo a ser dichoso. Tuyo soy. Elvira, aquí Enrique tu dicha aumenta. Nuevas glorias me acrecienta. Constanza me toca a mí. Las demás prometo honrar. Y esta villa, siete manos, Por trofeos soberanos. Podrá en sus armas grabar; Cuyas expansiones francas, Perpetuando su nombre. De siete mancas renombre, La eternicen de Simancas.
