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Texto digital de Don Juan de Austria en Flandes

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Alonso Remón Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Don Juan de Austria en Flandes. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/don-juan-de-austria-en-flandes.

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DON JUAN DE AUSTRIA EN FLANDES

JORNADA PRIMERA

Señor Otavio Gonzaga, Porque la embajada vuestra, Como esta ocasión lo muestra, a propósito se haga, La Resunta nos envía, Y todos los diputados De los flamencos Estados, Aquí a Vuestra Señoría, A penetrar y a saber A qué a Flandes ha venido De España, y ver si ha traído Del Rey, mi señor, poder. Si pide gobernación, Quién es, qué pide, qué intenta En Namur, y que dé cuenta De esto a la diputación. El señor Mons de Iche y yo. Que, aunque de embajada estoy, El Duque de Linod soy, Venimos por el sí o no; Que conforme la respuesta Ora ofenda o satisfaga, O la guerra se le haga, o se solemnice en fiesta. Señor Duque y señor Mons De Iche, ^cuándo yo fuera Hombre que no respondiera Por mi Rey, mi ley y Dios? Aunque con fuerzas no grandes Poco respondiera, o nada, A una tan libre embajada De los Estados de Flandes, ;No advierten los diputados Que es virrey por justa ley El que viene, hijo del Rey Que le envía a estos Estados? Pues, ¿cómo Vueseñoría Trata así al que viene, pues Vueseñoría mismo es Vasallo del que le envía, Y así a su humor se sujeta? Preguntan quién soy, y allano El caso: yo soy hermano Del Príncipe de Molfetta. Pregúntenme aquí en qué entiendo; Vengo gozando el favor De servir a mi señor Don Juan de Austria; esto pretendo. Que por estar informado Su Alteza de esta sospecha. Ha hecho así la desecha, Y así en el país ha entrado Conmigo a la posta, en nombre De un mi criado. Hasta aquí Representé lo que fui, Ya soy hombre de aquel hombre; Y así, es mi mejor riqueza Servir a señor que estimo. Muy bien anduviste, primo. Deme los pies Vuestra Alteza. Las manos. Duque, y los brazos, Y no con desigual ley De hermano de vuestro Rey, Sino con tiernos abrazos; Que yo, cual seréis testigos, Vengo a ser en los Estados Soldado con los soldados. Amigo con los amigos; Y aunque vengo a gobernar En vez del Rey, mi señor Y hermano, cuyo favor A mil reyes puede honrar, No represento en su ausencia (Esto mi sangre codicia) La parte de su justicia, Sino la de su clemencia. Mons de Iche, ¿qué os ha turbado? Téngoos amor; tened fe, Llegad, pues, y daros he Los brazos que al Duque he dado; Que por razón y por ley Debo el favor que prevengo: Conocedme, que yo tengo Más de hombre que de rey. Publíquese en todo Flandes Mi llegada y su acogida; Avisen de mi venida Sus titulados y Grandes. Yo vuelvo a Bruselas luego. Duque; ¿no me acompañáis? Iche, vos basta que vais: Que me disculpéis os ruego; Que de suerte me ha robado La libertad, la nobleza Y el estilo de Su Alteza, Que quedo por su criado. Ya, si no cual caballero, Asistiré en su presencia; Que un príncipe con clemencia Hará cera del acero. Yo voy. Las obras dirán Lo que de mi amor se aguarda: Mi amigo sois: de mi Guarda Os hago mi capitán. Beso tus pies. ¿Quién abona A este? Pruebas son mías. Pues ¿de tu enemigo fías La guarda de tu persona? Por este medio se alcanza El fin que yo busco y sigo: Al enemigo hace amigo El hacer del confianza. Señor, como la fama es tan parlera. Publicó de Su Alteza la venida, Y quieren maestres de campo y coroneles Capitanes, alférez y sargentos. Besar los pies de Vuestra Alteza. ¿Cuáles? Los españoles vuestros, las columnas De nuestra madre España, Sancho de Ávila, Don Alonso de Vera y otros nobles. No traigo orden; es muy presto agora Para poder dejarme ver de ellos; Y dígoles que mi señor hermano Está muy indignado, y con gran causa, Por los pasados sacos y motines. Ventilarse ha en telas de justicia De los culpados la notoria culpa, Y castigados estos, podrán verme Los inocentes de ello. Respuesta áspera . Sale otro soldado. Carlos Fúcar, soldado y rico príncipe, Y coronel mayor de les tudescos. Quiere besar los pies de Vuestra Alteza. Entre, Y aun es razón que al paso yo me encuentre. Sale Carlos Fúcar. Deme los pies Vuestra Alteza. Estos brazos están llanos, Y a esas victoriosas manos Se les debe esta llaneza. El Rey, mi señor, me envía Para la paz de esta tierra, Y si durase la guerra. Para haceros compañía; Que se confiesa servido De vuestro valor y ser, Y yo vengo a agradecer Lo que él tiene conocido. El alma dejas robada. La que te parió bendigo: Vivas, honor de Austria Amigo, Más se debe a vuestra espada. Dos pagas al sueldo aumento, Fúcar, aunque no traía Tanta licencia, a fe mía. Una, por ser tuya, es ciento. Licencia me puedes dar; Que voy a hacerte hospedaje Donde mi pobre linaje Tiene su casa y solar. Duque, con menor cuidado. La amistad estimo. Muero Por dar muestras de que quiero Mostrarme tu apasionado; Y verás la bizarría Del mundo en mi hermana Ircana. Por ir a servir tu hermana, Permito esa cortesía. Ya el alma en celos se abrasa. Desdorad la amistad, cielos, Con abrasarme con celos Del huésped que va a esta casa; Que pretendo en casamiento A Ircana, Sosiega, amor; Que hay muchas leguas de honor Entre el uno y otro intento. Tiempo es que te dejes ver De la ciudad. A aprestar Voy mis tudescos. Vanse el Duque y Fúcar. Yo a dar Orden dónde has de comer. Yo a gozar de los abrazos De unos secretos amores. Que con mil tiernos favores He de anudar en mis brazos. ¿Amores, señor? ¿Quién son? Otavio, mis españoles, Del cielo de España soles, Y gloria de su nación. ¿oíste con la aspereza Que respondí a los primeros. Y con tantos extranjeros Viste la usada largueza? Pues como la dama estaba Que en el caro galán sueña, Y en público se desdeña Y se muestra esquiva y brava. Rásganseme las entrañas Por abrazar los leones Que los troncos borgoñones Conservan a sus Españas. Mas fue granjear amigos El usar de aquel rigor. Entre las muestras de amor Que les di a los enemigos; Venga; abrazaré al momento Al menor español. Vamos; Aunque es justo que salgamos a aqueste recibimiento. Grandemente Namur te honra. La música haced cesar; Quédese para el altar Y para Dios esa honra. ¿Los que te estiman ultrajas? Pífanos y cajas quiero, Que me agrada su son fiero. ¡Orden: pífanos y cajas! ¿Tanto me quieres? De suerte, Que aún no sé si podrá ser Que divida este querer El cuchillo de la muerte; Ni puede su espada fiera Dividir, aunque divida Del alma y cuerpo la vida, Y este esclavo tuyo muera. Porque como la memoria Va en el alma tuya en fin, Y en ella no ha de haber fin, No le habrá en gozar tu gloria. Ya sé que son herejías Estas, que digo sin tiempo, Pero pasábase el tiempo, Y se han de acabar los días. Y en el reino de verdad O en aquel tartáreo seno, Sólo para el malo o bueno Ha de haber eternidad. Pero por varios caminos. Supuesto que soy cristiano. Loco con tocar tu mano. Digo tantos desatinos; De los cuales me arrepiento Y a Dios le pido perdón; Aunque no de mi afición. Pues su fin es casamiento. ¡Juicio, señor don Alonso De Vera! ¿A do estoy viniera Si antes aquí se dijera De mi réquiem el responso; Si no hubiera conocido Que el favor que me hacéis Y el que de mí pretendéis Es con nombre de marido? Y así, no ofendiendo a Dios Ni a mi honor en este rato. En que de casarme trato, Mi don Alonso, con vos, Permite la cortesía De una dama y un galán Que tan conformes están. Entretenerse hasta el día. Mas con todo, mi español, Sol de Marte manifiesto, Desocupemos el puesto Antes que visite el sol, o los rayos de su lumbre. Este zaguán y cancel; Que tengo un padre cruel Y habrá mucha pesadumbre. Que aunque es tan honrado el yerno, Aborrece la nación De España su corazón, Más que aborrece al infierno; Y quiero excusar enojos. Su condición conocida. ¡Ay, flamenca de mi vida! ¡Ay, español de mis ojos! ¡Qué de noches me ha costado No dormir, señor soldado, Por ver, antes de morir, Si se ve con no dormir, Quién es buena y quién honrado! Pero ya he dado en el cuento: Vuesarced ¿aquí qué aguarda En mi casa y aposento? ¿Es este el cuerpo de guarda? ¿Tiene esto de alojamiento? La muralla que atropella Del honor de esta doncella, ¿Es garita por do pasa? De paz estaba mi casa, ¿Qué guerra me mete en ella? Dígame, pues, lo que hace. ¿Cómo no me satisface? Que esta enemiga sin fe, Aunque lo que hace no sé, Ya sé el honor que deshace. Puesto, señor Mons de Prate, Que atrevimiento parezca El haber atravesado Sin vuestro gusto estas puertas. Por ser soldado español, Y esta señora flamenca. Ella rica y en su campo . Yo extranjero y en la ajena, Ambos mozos, y el lugar Y la nación extranjera, Solos y a hurto de todos, Y más de vuestra presencia. Escuchadme dos razones, Cuanto comedidas, cuerdas: Veréis cómo os satisface El mismo de quien dais queja. Mi nombre, ya le sabéis. Que es don Alonso de Vera; Mi linaje, es el que agora Aquí os contará mi lengua. Cuando, si tenéis noticia. En la Corte aragonesa Sucedió el caso notable Que nuestras historias cuentan, De que García, el Infante, Pidió un caballo a la Reina, Y por no quererle dar, Por temer del Rey la ofensa, La levantó que era adúltera El mancebo, sin prudencia, A la inocente madrastra. Tanto cuanto hermosa, honesta, Aquel rústico Ramiro, Criado allá entre las sierras Y montes, hijo del Rey Y de cierta montañesa. Defendió por tela de armas. De la Reina la inocencia; Y ella, bajo su brial, Le legitimó en la herencia. Y porque llevó Ramiro En la batalla, por letra, Veritas vincit, tomaron Sus bisnietos esta empresa, Siendo Vera el sobrenombre De a do descienden los Veras. Ved qué principal principio: Este es mi linaje, y esta Mi casa, y este mi nombre Allá en Castilla la Vieja. Ved con cuan honrada sangre Hoy emparentáis la vuestra Si me dais a vuestra hija. Créelo; la casa es buena. Pues en lo que es mi persona. Aunque arrogancia parezca, No soy de los desechados En las postreras hileras; No soldado tan bisoño, Que ya doce años no tenga, De Flandes, siendo doctor Por la pica y escopeta. No hay en todo este horizonte Provincia donde no pueda Medir a palmos y a pies. Desde aquesta Galia Bélgica, Desde Pramonte a Namur, Y desde Frisa a Lorena, Zelandia, Holanda, Celando, Luxemburgo, Astors, Susteifa, Flandes, Oró, Oniens, Tenante, El Sacro Imperio y La mesa. Desde que le sucedió Al de Alba en la tenencia El Comendador mayor. Que Dios en su gloria tenga. Heme hallado en lo de Amberes, En lo de Gante y Bruselas, Tardein, Mons de Guesin, Y en otras plazas y fuerzas, Con el Duque de Linod, Antes que el Conde se fuera. Tomadas ganancias, pérdidas. Contra el de Nassau y Orange Y otros príncipes de cuenta. Parciales de los rebeldes, Y de sus tropas cabezas. Créolo, ¡por vida mía! Pues en mi cuerpo, quisiera Poderos mostrar heridas Que mil partes atraviesan; Pues las que he dado al silencio Es más importante prenda. Porque es torpe la alabanza Cuando no está en boca ajena. Créolo, así Dios me ayude. En lo que es la hacienda y renta, No soy de los españoles Que nacieron en la tierra Hechos un sol de trabajos En las montañas primeras, Y siendo su mayor honra Guardar dos vacas y ovejas Con abarcas y cerrados Vestidos de tosca jerga, En empuñando una pica o una alabarda o jineta. Con una cadena al hombro Y una pluma a la francesa, Dicen que fueron sus padres Anquises, Didos, Eneas, Y que es su solar Guevara Y comen diez mil de renta. Quién soy yo, lo tengo dicho; Mi propia persona muestra Mi valor; mi ingenio, ya Lo ha mostrado mi experiencia. Hacienda, diez mil ducados Es mi patrimonio, y fueran Treinta mil si no jugara Mi tío don Juan de Vera. Créolo, créolo cierto. Pues, señor, ¿aquí qué resta Para hacerme merced Y para que el mundo entienda Que estiman los españoles Toda la nación flamenca? Si dudáis en el amor Que tengo a Arcila la bella, Que este nombre puede darse A mi esposa e hija vuestra, ¡Pártame un rayo, una bala Me pase de una escopeta, Y esté el plomo lardeado, Para que cura no tenga, Si hay voluntad cual la mía. Ni cual la mía hay firmeza, Porque de día y de noche Adoro y contemplo en ellal Créolo. Dádmela, pues. Con que mi pecho os protesta De seros hijo obediente. Rico, pobre, en paz y en guerra. ¿Queréismela dar? No quiero, Y perdonad la respuesta. Que huele a descomedida Por ser tan libre y resuelta. Primero no ha de haber hombres En Namur ni aun en la tierra Que mira al Septentrión, Con quien emparentar pueda, Que dé mi hija a español; Y en esto no os hago ofensa, Que soy padre y es mi gusto, Y aquí no importan las fuerzas. Pues quien supiere que he entrado Yo en vuestra casa. Quien sepa Que habéis entrado a hablarla Y forme de ello sospecha. No me la pida, que ahí Está Santa Clara cerca. Donde es una prima mía Del monasterio abadesa: Haré mi yerno a Francisco, Veré la monja profesa. Que aunque carezca de nietos, Ganancia será esta pérdida. Pues que tan resuelto estáis. Muy enhorabuena sea; Pero adviértoos que por mí. Hasta que la dama muera De su muerte natural, No os satisfagáis en ella Con género de castigo Por donde la vida pierda, Porque desde luego os reto Que me pongo a su defensa, Y a vos y a los que por vos Salir en campaña puedan, Porque del cabo de España Vendré a Namur, porque vea Flandes quién es don Alonso Y si de veras es Vera. Yo os abono esa palabra, Y me quedo con mi queja En mi casa, con mi hija. Donde, con mayor prudencia, Veré el castigo que es justo Que este atrevimiento tenga. Entrad adentro, señora. Id en paz, señor. Paciencia, Corazón, por no alterar A Flandes con cosas nuevas. ¡Hola! ¿Oís vosotros? ¡Lisardo, Eduardo, hola! Despiertas Antes del día la casa. ¿Qué mandas? Ahí te llega, Casa de Orsnido el herrero, El de la mano derecha; Dile llegue aquí, y que traiga Aquellas tenazas hechas A herrar tantos esclavos; Que tengo una esclava nueva Que ferié anoche, y me importa Que herrada hoy amanezca, Porque antes que llegue el día Ha de mudar dueño y tierra; Que importa así al honor mío. Voy. ¡Infame hija, piensa Lo que es un padre ofendido, Que honrada opinión sustenta! Ya se acabó la vida De la esperanza que con alas de oro Hasta el lugar que pretendí volaba; Ya todo el bien se acaba, Mi opinión va perdida; Como flaca mujer me aflijo y lloro. Sosiega, Mons, que claro Mío sinor, Príncipe mío, Pian, piano. ¡Qué desvarío! Tus intentos concierta. El ambición que me gobierna es muerta. ¿Y qué, Mons, te fastidia? La Casa de Austria y de don Juan ¡a envidia. Los Estados te sirven como a dueño. ¡Ay, que pasó cual sueño Esa diputación y esa subida! Y así, en mi pecho lidia Con la dura ambición la ciega envidia. Ahora consolarte quiero. ¿Cuáles consuelos podrán Mediar mi tormento fiero. Si claman señor don Juan Todos a este caballero. ¿Por qué es señor si está ausente? ¿Esto sufre, esto consiente Mi pecho. ¡Si hombre, criado, Mi allegado o mi privado Se lo llama eternamente, Vive el honor que sustento, Que le he de hacer allí Mil pedazos al momento, o que me maten a mí Si tal llamarse consiento! Todos gusto te darán. No, sino del; y si están Advertidos, a fe mía, Que lo más cierto sería Matar al señor don Juan. ¡Oh, perro! Alza la mano, Déjame o pásale el pecho. Ya le castigas en vano. Con esto estás satisfecho De que fue yerro; es muy llano, La lengua se deslizó. ¡Calla, Mequetrefe! ¿Yo? ¿A quién llamas señor, perro? Ya confieso que fue yerro. ¿Conoces a ese hombre? No. ¿Eres su vasallo? Sí, Un retrato suyo vi. ¿Qué gajes te ha dado? Nada. Qué, ¿te agrada? No me agrada. Pues ¿por qué hablas así? No sé: un amor natural Me guio. No digas tal: No sé qué remedio intente. ¿Qué fabricas? Que este intente Matar al señor don Juan. Si tú le llamas ansí. Hemos de matarte a ti. Con razón me matarán. Pues llamé señor don Juan A este mi enemigo, aquí. Gran Mons de Cleu, tu honor, Por apasionarte menguas; Busca otro medio mejor; Que este hombre, aun en nuestras lenguas. Le confesamos señor. Haz instancia tú en sacar Los españoles de Flandes; Que esto te ha de asegurar Y abrir puerta por do mandes Al que aquí intentas matar. Ofrece paz. En eso me resuelvo : Ve tú, Lisdauro, a tratarlo; Nada que te pidan niegues. Voy a obedecerte y callo; Lisdauro, porque sosiegues. Yo sé que sabrá tratarlo. No sacude tan bien de la melena La coyunda el novillo no domado. Ni el serpentín la bala que ha arrojado. Cuando el viento en su boca alumbra y truena; El lebrel castigado la cadena. El oso la colmena que ha robado, De las propias abejas hostigado, La boca de dulzura y rabia llena, Cual yo sacudiré el motivo fiero De que me dé su nombre pesadumbre, Pues solo quedo, y esta patria mía; Que aunque al lobo y al tímido cordero Suele hacer compañeros la costumbre, Sólo el mandar no sufre compañía. ¡Paces en Gante, paces en Gante! La nueva más importante Te doy que hombre te habrá dado: La paz se ha capitulado, Y se llama paz de Gante. ¡Paz de Gante! En paz están; Y con estas condiciones Que cifran estos renglones, Las hizo el señor don Juan. Señor ha de ser por fuerza. En cómo hablan de él me fundo; Señor es, pues todo el mundo Esta cortesía esfuerza. Trágalo y ve lo que te importa, como al enfermo que toma las amargas píldoras que le han de dar salud . «Ofrecen los Estados de Flandes y Gante que se gobernarán por sí, echando el señor don Juan los españoles de estos países, y confirmarse ha con su sello y firma, a quien obedeceremos como rey y señor.» Salgan estos españoles De Flandes, déjenme holgar; Que yo solo haré eclipsar No este Sol, mas muchos soles. Guárdele nuestra nación; Que yo solo le daré Mil puñaladas. Seré Atlante de tu opinión; Serlo has tú para matarlo El día que entre en Bruselas. Sin quitarme las espuelas Ni apearme del caballo Le daré un pistoletazo; Que yo, como soy truhan. Puedo llegarme a don Juan, Ya, Mequetrefe, te abrazo, Y en albricias del concierto, Toma estas, aunque no grandes. Da sin españoles Flandes, Y darete a don Juan muerto. ¡Oh España! ¡Con cuánta queja De ti mis ojos están! Vi a don Juan y tu don Juan ¡Ay. cómo el alma me deja! ¡Ay, señor don Juan! ¡Ay, Marte, Fénix del Arabia solo. Marte en guerra, en paz Apolo, Contra quien no hay fuerza ni arte! Duque hermano, ¿qué has traído A tu casa? ¿En qué te empleas? ¡Ay, huésped! ¡Ay, nuevo Eneas! Con la lastimada Dido Y ¿a sus intentos dejarlos Puedes, Carlos Fúcar? Piensa Que hay otra nobleza inmensa Ya, de otro hijo de Carlos, Tras quien el alma abrasada Va, con extraña pasión; Y el dueño del corazón Ha de ser César o nada. Mas este es mi hermano. ¡Oh Ircana! ¡Oh hermana y señora mía! ¡Duque y hermano! Alegría Da veros, hermosa hermana. ¡Oh, qué bien que parecéis! ¡Hermosa y bizarra estáis! Pues vos me lisonjeáis, Algo pedirme queréis. ¿De do podéis colegir Que este loor es interés? Porque lisonjear es La víspera del pedir. ¿Qué es menester? ¿Soy en algo De provecho? Si os obligo Con el intento que sigo, Mucho sois, a fe de hidalgo. Pediros quiero ¿Qué? ¿Toca Para el brazo? ¿Hay caña o justa? Petición es más injusta, Y más soberbia y más loca. ¿Algún collar? Más. ¿Mi cinta De diamantes? Más. No sé Qué me pidáis que yo os dé, Si es de estas cosas distinta. ¿Es algún tributo o renta De la parte que he heredado? Más. ¿Más que joyas y estado? No corre más por mi cuenta. Sino es alguna afición Deshonesta, y no ejemplar. Pues yo no he de ser Tamar; Por eso no seáis Amón, Duque; que será cansaros Y ofender mis pensamientos. Lejos van vuestros intentos: Mas quiero, quiero casaros. Si es con Carlos Fúcar, tengo Que pensar, y muy despacio. De más soberbio palacio, Príncipe y dueño os prevengo. ¿Es el de Orange? Tampoco; Mayor es su calidad; Que mi loca voluntad Dio vida a un deseo loco: Con el señor don Juan quiero Aspirar y pretender. Pues ¿quiéreme él por mujer? ¿Fuera menester tercero Si él me quisiera honrar tanto? Mas quiero que le queráis Y que finjáis que le amáis; No os cause este medio espanto; Que si sabéis hechizarle, Obligarle y atraerle, Hablarle y corresponderle, Quizá podréis enlazarle; Y el negocio sucedido, Por fuerza ha de ser cuñado; Que vuestro honor y mi estado Piden nombre de marido. Donde no, abrasarse ha el mundo; Y el ser señor del yo ya, Está en que esto se haga. ¡Va Bueno ese engaño segundo! Justo fuera responderos Más enojada y llorando; Pero riendo y burlando, Quiero ansí reprehenderos: Bien muestra ese proceder, Con ese aparente gozo, Que sois caballero mozo, Y no viejo mercader. Pues ¿en qué juicio cabía, Ya que vendéis vuestro honor, Que entréis quitando el valor Ansí a la mercadería? ¿Cuál pensáis que es la excelencia De la mujer más altiva. Ser discreta, airosa, viva. Tener hermosa presencia? No, hermano; nuestra labor Está en saber estimar Nuestra flaqueza, y en dar Recato a nuestro temor. El gusto, tras de infinito Trabajo, tiene sazón, Que es sal a la privación, y hermosea el apetito. Ruega el hombre a la mujer, Y más, mujeres honradas: Quitadnos el ser rogadas, Y quitareisnos el ser. Pero él viene; por mi cuenta Queda lo que habéis mandado. ¡Oh, lo que he disimulado La pasión que me atormenta! Si en algo a la majestad Del Rey, mi señor, serví. Pido se me premie aquí En esto mi voluntad; Adoro a Ircana, la hermana Del Duque, y puede casarme Vuestra Alteza. Es obligarme. Sería promesa vana; Haré el oficio de amigo De mi Príncipe y señor, Y vencerá ese favor Al más soberbio enemigo. ¡Oh Duque! Aquí está mi hermana. No he visto a Su Señoría: Perdonad, señora mía. ¡Qué grandeza cortesana! ¡Oh, hechicero español, Bello ramo de Austria! El puesto, Bonísimo es para esto. Ni ofende el calor ni el sol. Vengo, señora, a mirar Desde aquí el salir la gente De España, que hoy, francamente, A Flandes han de dejar. Por el edicto de Gante Se hace este sacrificio, Y como es día de juicio. Es mi persona importante; Porque ha de haber mil cuidados. Celos, agravios, enojos; Y así, los de vuestros ojos. Señales por mis estrados. Aquí pondré conclusión A este día peligroso. Con el alivio dichoso De vuestra conversación. Y estimo que Vuestra Alteza Halle en mí qué le entretenga. ¿No diréis que me convenga? Es desigual la grandeza. ¡Si es extremo la hermosura! Todo es vuestro. No sé nada. Señor, de mí te apiada. Goza de la coyuntura. ¡Ah de la guarda! ¿Quién es? A ninguno se le niegue La entrada, y quien fuera, llegue. Pida justicia a mis pies. Señor, si eres quien publica La fama Señor, si deja Tu piedad fama tan rica Señor, tu cristiana oreja A mi sentimiento aplica. Mons de Prate es padre de esta. Que, en traje de esclava puesta. Ha herrado el rostro que adoro, Entre aquel hierro y el oro Que su beldad manifiesta. Hallome con ella un día, o una noche, que quería Tratar con honesto intento Del hidalgo casamiento Que con ella pretendía. Pedísela, y despreció Mi parentesco; pedí Allí su palabra yo De que no hubiese por mí Enojo, y él me la dio; Y agora, cual ves, la ha herrado. Ya la llevaba a vender A Ingalaterra; abrasado Yo, y loco por la mujer, Y de la injuria agraviado De la palabra rompida. Le quise quitar la vida: Amparó aquí su cabeza. Senténcienos Vuestra Alteza, Nuestra culpa conocida. ¡Necio padre! ¿Es esto ansí? No puedo, señor, negar El yerro que cometí. Y vos, ¿quereisos casar, Don Alonso? Señor, sí. ¿Con una persona herrada? Si lo fuera, fuera errada La cuenta que de mí diera, Si herrada mujer quisiera. Para ser mujer honrada; Pero si por acertar Con mujer que no ha de errar, Veo a mujer tan honrada Por cuenta mía herrada. Sus hierros me obliga a amar. Por mi cuenta el hierro fue: Yo se le satisfaré. Cual dueño del yerro todo. Vos, señora, ¿de qué modo Guardáis tanto amor y fe? Con confesar que acertó El padre que me herró; Pues los yerros que tenía El alma, que no era mía, A la cara los sacó. Yo, de honesta y recatada Aunque de mi esposo amada, No mostraba mi querer, Por no venir a tener Nombre de mujer errada. Conoció que era importante. Mi padre, que este mi amante Entendiera el bien que encierro, Y diome lengua de hierro Para esta fe de diamante. Sólo el hierro que amancilla El fuego que a mi alma toca, Es, aunque no es maravilla, Que por ponerle en la boca Me le puso en la mejilla. Lleven preso a Mons de Prate Y a don Alonso de Vera; Que aunque es del amor dislate. Importa de otra manera Que se castigue y se trate. Y aquesta dama poned. Duque, en depósito agora. En mí el depósito haced. Eso es honrarme, señora. Que os he de servir, creed. ¿Qué tienen, amiga mía. Estos españoles fieles? No sé si yo acertaría A pintarlo aquí. ¡Ah, crueles! Vea, pues, Vueseñoría Pasar los tercios, que el son Nos avisa que estos son. ¿Qué maestres de campo van Siguiéndolos? Julián Romero con Mondragón. Ved, señor, cuál Vuestra Alteza Ordena, dispone y manda Salgamos los españoles De Flandes para ir a España; Las rodelas en las fundas, Las espadas en las vainas. Las trompetas en los hombros, En los bagajes las cajas. Ya que libró la cerviz Flandes, de la dura carga De la opresión española. Que tanto le ofende y cansa; Ya quedan con Vuestra Alteza, Encargadas de su guarda, Sus fuerzas con sus presidios, Con sus soldados sus plazas: Lloramos, que Vuestra Alteza Es prenda importante y cara; Del Rey nuestro señor es Del honor de España el alma; Es el sol de la milicia. El laurel guardado de Austria, Gran defensor de la fe. Mar de nuestras esperanzas. Y queda el mar suelto al viento, Y el sol entre nubes pardas, Y la prenda en un empeño De sospechosa ganancia. Tememos ¡Ah, Mondragón! ¿Por qué así a Su Alteza hablas? Señor, Vuestra Alteza es Toda la honra de España. Yo no hablo filosofías: Hanos quitado su guarda; Échanos de los Estados, Vámonos a nuestras casas. Queda entre sus enemigos, Que la lealtad castellana Era el freno de esta gente, Que con palabras le engañan. ¡Vive Dios, que han de venderle! Que conozco sus palabras; Y ha de enviar por nosotros, Do estuviéremos, mañana. Vamos llorando, no sea Que, aunque hagamos alas Los pies, no lleguen a tiempo Las manos: ¡esta es la lástima! Quédese en paz Vuestra Alteza, Y ¡plegué a Dios ¡Sancho de Ávila! ¡No quede sin españoles Flandes! Adiós. ¡Ea, basta! Proseguid en la partida; Vuelvan a su son las cajas; Que yo entro a sentenciar De don Alonso la causa. Vanse. ¡Matarme ha este casamiento! ¡Esta suspensión me mata! ¡Ay, Dios, la sentencia temo! ¡Por Dios, que es hermosa esclava! Tibio va mi pretensor. ¡Hola! Marchen las escuadras., Tocad noramala a orden, Pues ya murió tocar arma. ¡Esta prisión es remedio De que yo no vaya a España!

JORNADA SEGUNDA

Las cosas de modo van, Aunque haya más fraude y dolo. Que morirá, o verá solo Flandes al señor don Juan. Porque Mons de Cleu porfía, De los flamencos Estados, Cartas por horas me envía; No pueden sufrir que sean Por español de nación Gobernados; la pasión Con libertad señorean. La parte va muy caída Del Rey, y de España siento La mudanza y pensamiento. Yo aventurara la vida, Y si pudiera, el honor, Como abierta puerta hubiera, A que mi patria quisiera Servir al Rey mi señor; Que soy noble y soy leal. Sólo de casar gustara Mi hermana, que es prenda cara, Y trocara el bien en mal Si el señor don Juan, al fin Que yo voy fuera su parte. Pues él es en valor Marte, Y ella en rostro un serafín. Pero pues que no se inclina A ella, menos hará Lo que fabricando está El alma que lo imagina. Mi hermano y yo pasaremos Al bando de los Estados, No al fin de vellos mudados, Ni su daño intentaremos. Sino por ver si con ser De su bando nuestra ley. Que obedezcan nuestro Rey Hoy les podemos hacer. Sólo esta esclava me abrasa: Mi hermana Ircana la adora; No sé cómo hiciere agora Para que la eche de casa; Que estando en su compañía Será imposible gozarla. Aquí hermosa traza halla La apasionada alma mía. Mas esta es; quiero probar Su prudencia y su recato. Sale Arcila. Señor Duque, ¿qué hacéis? Trato De cómo os pueda agradar. ¿A mí? a vos, que vuestro preso, Como es mi mayor amigo ¿Mi don Alonso? Ese digo: Como su amistad profeso, Encargome que hiciera Con vos aquella amistad Que su misma voluntad, A estar presente, pudiera. Su libertad es favor Mayor que podéis hacerle. ¿Quereisle mucho? El querelle Llegó adonde pudo honor: De cómo vivo me espanto. Sin verle un instante. ¡Ay, cielo! ¿Tanto le queréis? Recelo Que le amo y quiero ¿Qué, tanto? No quiere tanto el olmo la tejida Vid que el hermoso tronco le hermosea; La tierra el agua, y la desierta aldea. La ciudad de quien siempre es socorrida; No quiere tanto la corcilla herida El arroyuelo manso que desea; Nuestra imaginación, su misma idea; Nuestro cuerpo mortal, su propia vida; No quiere tanto el padre al hijo amado; El conejuelo, aquel lugar que sabe; El soldado bisoño, su cuadrilla; La libertad, el preso lastimado; La salud, el enfermo; el mar, la nave. Cuanto a su don Alonso quiere Arcilla. Justo premio merecéis; Y por serle amigo fiel. Os quiero querer por él Todo lo que le queréis; Hacer la solicitud De su negocio. Está bien, y lo agradezco también. Procurar vuestra quietud. Regalaros, aumentaros. Eso va bien, sí, señor. Y la fe de vuestro amor, Con otra tanta pagaros; Y así, mi señora, trazo Por primera conclusión, Pues os doy mi corazón. Que vos me deis un abrazo. Eso va mal. ¡Si lo ordena Y manda el que es tan mi amigo! No tan amigo: yo digo Que esta amistad no va buena; Y supuesto que os entiendo. Señor Duque, por me hacer Merced, que deis en creer Que a don Alonso pretendo Y que mi mayor empresa Es el amor que os confieso: Donde él tiene el cuerpo preso, Tiene Arcila el alma presa. En mi don Alonso adoro; Más me enlazó la cadena De hierro que en sus pies suena, Que de toda Arabia el oro; Más rica estoy con llorar Por mí don Alonso ausente, Que con las perlas de Oriente Y las conchas de su mar. Allí quiero, allí no olvido. Allí adoro, allí deseo, Con el pensamiento veo, Y con el antojo pido. No cobre jamás amor A prenda tan rematada. Que trae la cara empeñada En hierros de su señor. Ásela el Duque de la manga. Si otra cosa no queréis, Soltadme. ¡Ah, ingrata! Soltadme. ¡Arcila! ¡Ah, Duque! ¡Soltadme, o daré voces! No haréis. ¿No habrá amor para mí? No. ¿Qué tal fin me dejaréis? Sí. ¡Ay de mí! Más ¡ay de mí Si ofendo a quien me adoró! Vete, bronce, diamante, roca, mármol, Helada Citia, corazón de fiera. Áspid sordo, pez mudo, y porque acierte, Mujer resuelta en adorar a un hombre, Que es darte el epíteto que te cuadra. Acaba de poner este veneno En los ojos y el alma que desdeñas; Yo sacaré de aquí, como la araña, De gozarte o trazar tu afrenta y muerte; Yo abriré puerta a la envidiosa llama Que roe las entrañas, que atosiga. Emparentar con él y dar mi hermana. Porque el señor don Juan la estima y quiere, Y luego diré yo a tu don Alonso Que a ti el señor don Juan quiere gozarte; Con que pongo esta leña, aunque no enjuta, A que reciba la impresión del fuego, Y partireme con Mons de Cleu luego. Hermano, ¿en qué se entendía? ¡Oh Ircana, hermana! Medía Lo que hay del agradecer Al no agradecer, por ver Que tantas leguas habría. ¿Quién ha desagradecido Algo en que le hagáis favor? A mí, nadie; a vos ha sido. ¡A mí! Y ése es el dolor, Que no lo hayáis conocido. Haced a Arcila amistad. Acariciadla, rogad, A quien ¿Arcila me ofende? ¡Toda el alma se suspende! Y todo aquesto es verdad. ¿Qué hace contra mí? ¿Y quién Impide al señor don Juan Que no os quiera, hermana, bien? Si desdén hermana, os dan, ¿Quién es causa del desdén? ¿Es, por dicha, nuestro estado Para no ser envidiado? Nuestra parentela ilustre, Del honor de Italia lustre, ¿Para no ser deseada? Vuestra gala y hermosura, ¿No tendrá a mucha ventura Gozarla otro rey mayor? ¿Pues qué si esmalta el color Del honor vuestra cordura? No soy tal que no pudiera Haber rey que pretendiera La mano que a don Juan doy. En fe de lo que yo soy Y lo que le pareciera; Pero ¿cuál impedimento Es el que Arcila me pone? En esto dudo, esto siento. Nuestro intento descompone Su villano atrevimiento. Qué, ¿el señor don Juan estima A Arcila? Ella es la atrayente A quien el contrario anima; Y al fin le saca valiente. Mucho el cuento me lastima, Y mal Arcila me paga; Muchos respetos estraga La envidia que ciega a Arcila. Evitad con despedirla Que lo que hace no haga. Vase el Duque. Mucho lo que oí me admira, Y a no ver la voluntad Con que a honrarme a mí aspira, Creyera que esta verdad Era mil veces mentira. Pero Ojos, disimulad, pues, Los celos y la afición; Enmudeced, corazón. Que es vuestro honor e interés. El Consejo y ciudadanos De Bruselas, que aun ahora Me dejan con sus paisanos, No han dado lugar, señora, A que os besase las manos; Agora lo vengo a hacer. Cuando Vuestra Alteza me haga Merced, la sabré tener Sobre mis ojos. La paga Que el coronel ha de haber De los tudescos, se dé, Y los papeles traed, Otavio Gonzaga: espero. Yo parto por ellos. Pero Grosero anduve: volved, Y en este rato asistí De conversación; vení. Sed aquí un noble testigo. Que la hermana de mi amigo No está sola bien aquí. Y menor inconveniente Es no pagar a esa gente, Que pagar mal al honor Del que es mi amigo mayor, Si vos no os halláis presente. No porque la vana red De amor me enlaza e inflama. Esto, de quien soy creed. Mas conozco de esta dama Que me hace mucha merced. No quiero dar a entender Que esta señora es mujer. Aunque es de mujer el nombre, Sino que yo no soy hombre Que mes … Esto se entienda así, Otavio, Que a entenderlo de otro modo, Sin razón la haréis agravio. ¡Que seas valiente en todo, Y seas en todo sabio! ¿Acabose esa consulta Tan retirada y oculta? Siempre os deseo servir; Sentada podréis oír Lo que de acuerdo resulta: Yo sé que he andado grosero En teneros en pie, pero Mas lo fuera si os quisiera Sentada a solas. Y fuera Pagarme mal lo que os quiero; Pero en venir Vuestra Alteza Ya de esta licencia ha usado. Al altar de la belleza, Do está vuestro amor sentado. Se debe aún mayor llaneza. El ser quien sois es un fuerte Que resistirá al asalto Del enemigo más fuerte. Paso, deseo, haced alto, Que os dará el volar la muerte. Señor, si me hacéis favor Y es merced que he de gozarla, Sea, mas de paz, señor; Que aquí, ni se ve muralla, Ni llega el son del tambor. Vuestra Alteza puede dar Aquí de mano al poder, Al armar, al pelear: No sea todo vencer. Que aquí el perder es ganar. Antes, aquí será gloria El llevar de la victoria La pérdida y la desgracia. Porque es ganar vuestra gracia Enriquecer la memoria. Otavio Señor, ¿qué dijo? Si viéredes que me pierdo Y el gusto al parlar dirijo. Hace un compañero cuerdo De un predicador prolijo: Tiradme. ¡Astucia donosa! Antes, prevención forzosa: Yo sabré, como soldado. Vencer un contrario armado, Y de una mujer hermosa, ¿Podrá ser salir vencido? En arma estamos. Desvela Con tus celos mi sentido, Amor. ¿Qué soy? Centinela De guarda, os he repetido. El Príncipe, ¿qué concierta? Que hay plática aparte incierta. Enemigos hay. ¿Quién son? Esta mujer y ocasión. A velar empiezo. ¡Alerta! ¿Tantos secretos y aquí? Un hombre tan ocupado, Siempre se divierte ansí. Y un galán, galán soldado. Siempre anda de guerra. ¿En mí Hay guerra? Puédela haber En otro. ¿Qué puede ser Guerra de mujer? La tierra ¿Tiene acaso peor guerra, Como la de una mujer? Si la hace con los ojos. No será de mucha furia, Será de muchos antojos. Si la hace con injuria Y la mueve con enojos. Podrá ser guerra que asombre Si es el fundamento grave, Y más si es guerra por hombre. Vuestra Alteza, que lo sabe. Le podrá poner el nombre. ¿Cómo se llama la guerra Cuando le niega una tierra A su rey la posesión Debida? Rebelión. ¿Y cuando una escuadra cierra Con un lugar defendido? Asalto. ¿Y cuando se halla Un ejército ofendido De otro, y se rompe? Batalla: Este es su propio apellido. ¿Y cuando por mal pagados Toman armas los soldados Y anda uno y otro pasquín Contra el general? Motín. ¿Y cuando los descuidados Ciudadanos presos son Del mismo alcaide? Traición. Luego esta guerra, en verdad, Que es traición de una amistad Y motín de una afición. Salió una amiga traidora. No os entiendo bien, señora. Ni yo ; el tiempo lo dirá. Tírale. Deo gracias, padre, que va Acabándose la hora. Muy bien; yo abreviaré. ¿Tanto, Señor, puede el amor ciego, Y de la muerte el espanto. De los celos el cruel fuego, Y de la ausencia el quebranto? ¿Se descomide aquí esta? Ya tanto me cuesta En la salud su rigor. ¿Hay desvergüenza mayor? En tal extremo estoy puesta Viendo a don Alonso preso, Estando con tal llaneza Nuestra fe en un mismo peso, Que a los pies de Vuestra Alteza Vengo a pedirle sin seso. Justicia y clemencia pido: Justicia, contra el ausencia Que me quita mi marido, Y clemencia, en la licencia De que uso en haberlo sido. Si Vuestra Alteza ha alcanzado A gozar, mal dije, a ser Del mal de amor lastimado, Dele a esta viuda mujer El dueño que le ha quitado; A este árbol su flor y hoja, Su descanso a esta congoja. Su salud aqueste enfermo. Su sombra a este campo yermo, A quien tanto estío enoja; Su vida a esta voluntad, A esta nave su gobierno, Y a esta guerra su amistad, Su paz, y gloria a este enfermo, Y su esfera a esta humildad; A esta llama su reposo; Que con pecho generoso, Usando de su largueza. Me da todo esto Su Alteza En darme libre a mi esposo. Ya sería remitido, Verlo y mandarlo soltar, A mi auditor Leonido; Mas si tanto ha de importar Que veáis vuestro marido, Haga lo que sea servida Mi señora Ircana bella; Seréis juzgada y oída; A ella dad la querella. Ella le suelte o le impida; Que me da el partirme prisa A Bruselas. Vuestra ausencia De mil males nos avisa. Bien se llevará en paciencia. Podrá sin ella. Es precisa; Demás, que ofender no quiero Donde soy casamentero Y padrino en el mensaje. Nunca Vuestra Alteza baje De su oficio al de tercero. ¡Por mi vida, que me han hecho Casamentero! Creed Mi lengua como mi pecho. Toda la vuestra merced Esa palabra ha deshecho. Dejoos de ser servidor. ¡Ah, padre predicador! ¿Tiro? Sois amigo fiel. Adiós. ¡Ay, amor cruel. Que te enmudeció el honor! Deja la forzosa ausencia, Pon al sentimiento pausa; Para sentenciar mi causa. Dame, amiga, la sentencia. ¿Qué es lo que pedís? ¿Qué modo Es ese, amiga, de hablar? A la razón le acomodo. ¿Ansí me quiere afrentar Quien me suele honrar en todo? ¿Qué es esto, amiga y señora, No soy ya merecedora De tu favor? Esta vez. No porque yo sea juez Vuestro, y vos seáis reo agora, Y estando yo en mis estrados Por tribunal, ya no debo Esos términos pasados; Que es para el juez muy nuevo Ser cortés con los culpados. ¿Qué pedís? Nada. Ea, pues, ¿Qué pedís? ¿Podré después Pedir? Agora es razón. Porque tengo comisión Y estáis culpada a mis pies. ¿Yo culpada? Si te entiendo, Un esmeril atrevido Rompa, con aquel estruendo Que suele, a este vil oído Que está sus culpas oyendo. Si jamás desmerecí Aquello que merecí Cuando te merecí hablar, Haga la voz popular Anatomía de mí. Ningún consuelo me cuadre, Venga don Alonso a ser Hijo de una infame madre, Venga a amar otra mujer, Vénguese de mí mi padre, Fálteme tu compañía, Que es como faltar al día El sol, si en cosa ha faltado La amistad que te he jurado Y la fe que te debía. Mas, pues con autoridad Usas de la comisión, Pídote la libertad De aquella injusta prisión. Vuestro marido soltad; Suéltenle, aunque yo os confieso, Que haceros bien profeso, Y si suelto ha de entender Que, aunque suya, sois mujer, Mejor es que él se esté preso. ¡Extraño y nuevo suceso! ¡Término de hablarme extraño! ¡No lo entiendo, pierdo el seso! ¿Qué testigos de mi daño Ha habido en este proceso? ¿Quién sin razón me castiga Quitándome tal amiga? A quienquiera que eres, digo Traidor, si eres enemigo; Falsa, si eres enemiga. A mi preso voy a hacer Soltar, y luego he de ver Quién te engaña y me ha ofendido; Que con sombra de marido Puede mucho una mujer. Yo tengo libertad y tengo vida, Por quererme valer Vuestra Excelencia. Muerta la guarda, la prisión rompida, Gusto tanto de ver en mi presencia, Mons de Prate, que culpo aun el cuidado Por ser mucha la vuestra diligencia. Aquí tendréis mis gajes y mi lado; Ya vendrá el de Linod; al Duque espero, Que también de don Juan se ha retirado; Mas ¿no es este que corre en el overo? Estas postas son suyas; ya se apea; Recebirle con tierna oferta quiero; Según es la invención es la librea. Deme los pies Su Excelencia. Dele Vuestra Señoría Las manos en mi presencia. Amigo, llegose el día Caro que cuesta esta ausencia; Que como soy tan leal Al Rey mi señor Filipo, Temo atribuyan a mal El caso Que es el hallarme parcial; Pero el fin que aquí he tenido. Si del lado me he movido Del señor don Juan, no es Otro parcial interés, Ni otra razón he tenido. Mas de pensar que podré Reprimir aquí la gente Que más rebelada esté. Basta, señor Duque, intente Vuestro honor mostrar su fe: En efecto, ¿vendrá a entrar Hoy en Bruselas? Sin duda; Mons de Prate, habíaos de hablar. Como medroso. Todo el color se me muda Cuando me vuelve a mirar. Todos venimos huidos. Mas no todos ofendidos; Que yo, lo que evitar quiero Os callaré. Desespero. Vengarme fie. Somos oídos. En parte estamos segura. Sabe el cielo que procura Mi pecho, en esto también, De los Estados el bien. Lloro al ver la carga dura Con que oprimidos están; Si quiere el señor don Juan, Hechizos tiene el señor De este nombre. No es error; Todos tal nombre le dan. Lo que mi intento procura Para echar la carga dura, Es la muerte del señor Don Juan. Darán por traidor Al que hacer eso procura; No quiera Dios que yo venga En tal maldad. Ni yo tenga En eso parte. Yo sí; La muerte le daré aquí Cuando a entrar al palio venga . La diputación me envía A que me prestes audiencia; Remediar daños querría; Óigame Vuestra Excelencia, Y óigame Vueseñoría: ¿Sin celos recibirá Hoy al señor don Juan? Da Toda la diputación Bastante demostración De la fe que guardará. Si los herejes pretenden Hacer a Su Alteza engaño, Muy ruin hazaña emprenden; Será mucho nuestro daño Si al señor don Juan ofenden. No ampare Vuestra Excelencia Gente ruin en la presencia De Su Alteza, ni en la entrada; Esta es, señor, mi embajada. Y donde no, haga ausencia, Sálgase de los Estados, Que todos los diputados Lo piden con cortesía Lo mismo a Vueseñoría, Que son leales y honrados. ¿Tal atrevimiento aquí? ¡Matadle! ¿Matarme a mí? Yo, ¿qué culpa he cometido. Si yo embajador he sido? ¡Viva Filipo! Sea así. ¡Viva Filipo, y matad A ese loco! ¡Qué amistad Para gozar tus favores! Lo dicho, dicho, señores, Sin que haya publicidad. Ya, Otavio, estoy a la puerta De Bruselas, esperando. En esta venta encubierta. La diputación. Llegando, Será su fe descubierta; Mucho fía Vuestra Alteza De esta gente. Esta llaneza Es el medio más seguro Para la paz que procuro; Vida me da esta largueza. En medio la mar mayor Navega mejor la nave Con viento blando y menor; Y el médico que más sabe, Cura con menos rigor. Al desdén que más porfía, Le vence la cortesía; Que la humildad y clemencia Es la mayor resistencia Que tiene la tiranía. Yo sé el intento que sigo Y dónde mi ingenio alcanza; Otra vez os digo, amigo. Que es el hacer confianza El freno del enemigo. Yo sé cómo me he de haber.... Suena un tamboril de danza. ¿Qué tambor es este? El son De máscara debe ser. ¿Llegará alguna invención Para causarnos placer? ¡Donoso baile! ¡Escogida Danza, y los trajes donosos! Sabed de adonde es traída. ¿Quién sois? Vasallos celosos Del cuidado de tu vida: De Barlamón soy el Conde; De Rensel, Conde es aquel; De Frigenber, el que esconde Este traje; el Conde De Fieldmegen corresponde Al… Y a vista de la ciudad Quedaron otros disfraces; Doce príncipes capaces Defienden Su Majestad. Por el vulgo hemos venido A buscaros y a ofrecernos Con este tosco vestido, Y así importará volvernos, Ya Vuestra Alteza advertido, Si no importa aquí quedar Y morir aquí y quitar Las máscaras y los trajes. ¡Oh honor de vuestros linajes, Los brazos os quiero dar! ¡Entraos en mi corazón! Tal sé que están los sucesos, Que quisiera, y con razón, Ser un labrador de esos, Y danzar a vuestro son; Y a fe, flamencos leales, Que son servicios reales Hechos de tales señores, Y que tales labradores Han de hacer cosechas tales; Pero ¡por vida del Rey Mi hermano, y por gusto mío. Que os volváis! Tu gusto es ley. No entiendan que desconfío De ellos, esa común grey. ¡Por vida mía! Señor, A peligro entras. Mejor Se hará así. Yo no querría. Señores, ¡por vida mía! Tememos. Perdé el temor, Y fiad, mis labradores, Más leales y mejores Que tuvo señor jamás; Que si el daño llega a más Y se aclaran los traidores, Y su traición llega a dar Mies que se pueda trillar. Fiad que de vuestra mano Fiaré la hoz de mi hermano, Con que la podréis segar. Bajo de esa confianza Se dejará la invención. Importa ¡Grande fianza! Compañeros, volvé el son, Y deshagamos la danza. Otavio, ¿hay lealtad en Flandes? ¿Hay titulados y Grandes Leales al Rey mi hermano? Adonde hay malos, es llano Que habrá mil buenos que mandes. De esto, Otavio, ¿qué dirás? Mucho bien; pero harás Mal si no temes mudanza. ¡Cuatro príncipes en danza! ¿Qué nación pudo dar más? Una señora preñada. Que de un pleito está agraviada, A Vuestra Alteza querría Hablar, y le importaría Que fuese antes de la entrada. Puerta franca se ha de dar. Otavio Gonzaga quiere Que esté solo al informar Lo que Vuestra Alteza oyere. ¿No es mujer? Ha de alcanzar Todo aquello que quisiere: Los dos quedamos, y vos Salid, pues ansí ha de ser. ¿Qué te querrá esta mujer? No temo: confío en Dios. Aunque estiman las historias De Castilla a la Condesa Que al conde Fernán González Sacó con grillos y a cuestas De la prisión de su hermano, No pienso que llegó a esta La hazaña de su amor, Como lo que pasa entiendas. Porque doña Sancha estaba Casada; el que libró, era Su marido; el Rey, su hermano; El pleito, por su hacienda; El alcaide fue en su ayuda, Que el respetarle era fuerza, Y el peligro en la huida, Fueron escasas dos leguas. Hasta que encontró al abad Que andaba a caza, y fue puesta Ella en el lugar del Conde, Y el Conde libre en su tierra. Pero yo vengo a librar a quien no solo no espera Mi fe que será su dueño, Aunque más méritos tenga. Pero aquí no me está bien Confesar, que ya me cuestan Lágrimas algunas sombras De unas celosas sospechas. No hago de esto caso; pasen Niñerías por consejas; Quiéroos bien, en conclusión: Del modo que digo, intenta El Duque mi hermano cosas Que a vuestro mal se enderezan. Quiere Bruselas mataros, Digo, no toda Bruselas, Muchos rebeldes que hay dentro, Que un Mequetrefe es cabeza. Saber esto con verdad. Muchos avisos me cuesta, Espías, pasos andados, Y quizás no poca hacienda. Por si de alguna pistola La llama villana y ciega Enviaré desmandada (Mandada es cosa más cierta) Alguna bala cruel Que a las entrañas se atreva Del imitador valiente Del valor del quinto César, Os traigo espaldar y peto. Hecho de mosquete a prueba: Que es el preñado fingido, Por cumplir con esos y esas. Ninguno sabe quién soy; Sólo lo sabe una dueña, Por cuya criada vine En carroza hasta Bruselas. Y en ella fingimos ser Dos damas pobres y huérfanas; Yo su hija, ella mi madre; Yo preñada, viuda ella De un capitán, a quien hizo Ciertos agravios de hacienda Un auditor; y queríamos Quejarnos a Vuestra Alteza. Ya el preñado se acabó: Del parto salió esta prenda; De la voluntad, el ansia; De esta flaqueza, esas fuerzas. Otavio Gonzaga fue Testigo de la primera Conversación; quiero que hoy De esta voluntad lo sea. Vuelva la posta a Namur: ¡Plega a Dios que, aunque yo pierda De mi honor, no pierda España La vida de Vuestra Alteza! No he de esperar más palabra, Que importa la diligencia. Adiós. ¡Criados, la silla! Demos a casa la vuelta. Callemos, si así conviene. ¡Notable prueba de honrada! ¡Gran valor Ircana tiene! Más grande amor. De obligada Y de agradecida, viene. Cuando Vuestra Alteza honró Su casa, no le mostró Tanto amor. Eso es ansí; Pues obligada de mí, No quiero decir tal yo. Sino que viene obligada Del padre que le dio vida. ¡Ah, hazaña tan extremada. Por mostrarse agradecida Al haber nacido honrada! De una suerte y de otra, ha sido Gran prueba de que ha querido Que no muera. Y quien procura Que viva, prueba es segura De que no me ha aborrecido. Si yo vivo, ya imagino Cómo la podré servir, Y por tan alto camino: Que no pierda por venir, Aunque se entienda que vino. Vos os vestid ese acero. ¿Vestirle yo? No, señor, Que yo moriré el primero; No soy tan cobarde, no. Y aun por eso, vivo os quiero. Mejor es que Vuestra Alteza Le vista, que yo me fundo En la verdad con llaneza: ¿Qué importa al cuerpo del mundo Y de España, esta cabeza? Y ¿dejaranme, en efeto, Si han de matarme sin ley, De dar por ese respeto? No respetan a su Rey, Y ¿respetarán a un peto? ¿Pensáis que va más segura Por el peto mi cabeza? Al fin es de plancha dura. Reíos de su dureza Si no estiman mi blandura. Rogadle vos que a la mano Que fuere a apretar la llave No la detenga; que es llano Detener el rostro grave Del que es de su Rey hermano. Que si la aprieta y porfía, Y la desvergüenza guía Ese atrevimiento fiero, También pasará el acero Quien pasa esa cortesía. Vestidle. Pues ¿para qué, Si Vuestra Alteza no quiere Vestirle? Yo os lo diré: Para que si yo muriere. Quede viva en vos la fe. Si el pueblo desvergonzado Llegare a tanto rigor Y anduviere tan sobrado, Quien matare a su señor, También matará el privado. Impórtame que en presencia De mi hermano confeséis, Si diere a esta gente audiencia. Cuan a mi costa me veis Calificar su clemencia. Y con ese peto fuerte Escaparéis de esa suerte. ¿Fuerza es vestirle? Y crecida; Que el testigo de la vida. Hace inmortal una muerte. Id y vestidle, que el son Es este ya de la entrada: Mi guarda y diputación. Por ser la hazaña honrada, Le visto a tu petición. Ya el palio llega, y también Llega el de Cleu. Está bien, Duque. ¡Señor! Entre extraños Estoy; fío en vuestros años Y valor: guardadme bien. Tengo a Vuestra Alteza amor. Saliome al rostro el color. Duque, la jineta es arma Del que a mil reyes desarma. De mi hermano y mi señor Él va aquí, no yo. Es ansí. Duque, mi amigo sois. Soy Criado tuyo. Advertí Que sois mi capitán hoy. Honradme. Fiad de mí. ¡Oh, lo que a un noble avergüenza Cualquier sombra de un delito! Ya el pueblo a llegar comienza. ¡Viva Austria y don Juan invito! Hoy no quiero que me venza El de Cleu en cortesía. El es: vencerle querría. Déme los pies Vuestra Alteza. ¿Conmigo tanta extrañeza? Los brazos, ¡por vida mía! ¡Qué gallardo y galán esl Si es tan soldado Es gallardo El General irlandés. A besar tus pies aguardo: Primero que me los des, Vivas, invicto don Juan, Otro Castrioto albanés. Gobernador, capitán De Flandes y de Milán, Dame a besar esos pies. Nunca está rico un soldado: De lo que tengo, recibe. Al fin, rey. ¡Bueno he quedado Para un hombre que apercibe La muerte que no ha pensado! Pon esa boca mejor; Va aquí el General, y toca A mí el volver por su honor; Basta que por una boca Nos descubrieses tu humor. Lleva esa pistola bien, Y no nos digas por tantas Lo poco que eres también. Con esa entereza espantas. ¡Quemen quien tal mate, amén! Entra en el palio, que espera Flandes. ¿Qué confusión era Esa? Aquí llega el tropel. ¡Santo cielo! ¿No es aquel ¿Quién? Don Alonso de Vera? Duque, ¿cómo traen ansí A don Alonso? decí. Señor, así es importante: Fue contra la paz de Gante, Y han de castigarle ansí. Señor, ya en Gante fundamos Paces, y capitulamos Que aquí español no quedase Con armas, o lo pagase Como a aqueste castigamos. Este con armas venía, Y por prenderle mató Doce de mi compañía; Este mi hija robó, Y este mil muertes debía. Hoy perderá la fiereza Y perderá su cabeza. Don Alonso, ¿cómo es eso? Ya del primero proceso Sabe harto Vuestra Alteza. La segunda culpa ha sido Saber que venía vendido Vuestra Alteza entre esta gente; Y como mi pecho siente Ver su Príncipe ofendido. Contra el edicto tomé Armas, y a morir al lado De mi Rey me aventuré; Sucedió lo que han contado; Pagarlo he si lo pequé. ¿No se podrá suspender La ejecución de su muerte Por hacerme a mí placer? ¡Muera el español! De suerte, ¿Que aun esto no he de poder? ¡Muera el español! ¡Extraña Resolución es aquesta, Y en mi fiesta! i Ah, leal España! ¡Cuántas lágrimas me cuesta, Y pasos, esta hazaña. Esposo del alma mía! ¡Cruel padre, que así tienes El alma que me regía! ¡Oh, loca! A buen tiempo vienes; Que tú le harás compañía. Pagarme ha tu liviandad. Arcila, ¿quién te ha traído A ver mi calamidad? Yo, que a tus pies he seguido Siempre desde la ciudad; Y como te vi prender, Corrí; pero soy mujer, Llegué ya tarde, y no tanto, Que siendo de hija el llanto. No pueda a un padre mover. ¡Padre de mi corazón, Dame mi marido vivo! Erré, y la satisfacción Del agravio que recibo, Está en esta posesión; Dame, con darme el honor. Ha sido a la paz traidor; Muerto te le podré dar; Que ya no quiero vengar Mi pasado deshonor. Soy tu padre lastimado; Vesle ahí; casaos los dos, Y en trance tan desdichado, A ti, castíguete Dios, Y a este, el pueblo indignado. No puedo enfrenar el llanto. Señores, ¿no podré tanto Yo, que por esta mujer Esto venga a merecer? De vuestro estilo me espanto. En el palio no entraré. Ni fiesta recibiré. Con crueldades a los ojos. Evita a Su Alteza enojos. Ya sin Arcila quedé. Otorgad esto por mí. - ¡Ah, flamencos! Decid sí: ¿Queréis otra nueva guerra? Porque entre hoy en nuestra tierra Linod. Yo lo haré ansí. Ahora, en el palio entrar quiero. Que entre Vuestra Alteza espero. Mons de Cleu, por prenda cara Os doy del palio una vara, Yo os hago mi compañero. Y si en el palio no entráis, No es por merecerle en ley De quien sois, sino que vais Con quien representa al Rey Que por señor confesáis. ¡Por qué modo tan galán Lo echó del palio! Ya van Mis rabias a más mil veces: Yo me vengaré, don Juan. En los príncipes jueces, Muy bien las varas están. Vamos, esposa, do mandes. Tras de trabajos tan grandes. Hijos, a la iglesia y lecho; Que ya yo voy satisfecho. ¡Viva Austria, Borgoña y Flandes!

JORNADA TERCERA

En acabando de mandar que pongan Estos vasallos los tablados todos. Porque Su Alteza hoy honre estos países. Ha mandado juntar sesenta postas, Y entra con ellas a correr sortija. Hablaremos despacio en acabándola; Que ya todas las calles y las plazas Vienen llenas de gentes, y los príncipes Que han de correr y entrar aventureros. Entran ya, que de aquí se oyen trompetas. En efecto, que es cierto ya se suena Que los Estados tienen ofrecido De Irlanda el reino, investidura y título, A Su Alteza, tomando estos Estados En protección y como amparo de ellos. ¿Qué respondió? ¿Aceptolo? Está corrido Y ofendido; sintiolo con extremo. Acaben de pagarme los Estados, Y la diputación a mis tudescos; Ireme yo a Alemania; ya, ¿qué aguardo? Ya aquí no hay guerra, ya no hay españoles Ni puede haber naciones extranjeras. Yo al rey Filipo, mi señor, servía. Por ser todos los Fúcares, mi sangre. Hechura suya y sus aficionados; Pero ya que faltó el servirle, quiero Dejar a Flandes. Señor Carlos Fúcar, Yo pienso que las cosas van de modo Que os habrá menester Flandes y Gante. ¡Yo contra España! ¡Yo enemigo de Austria! Mirad que está mi hermana de por medio; Seréis cuñado mío. No podía Llegarme a los oídos nueva alguna Que más me enterneciera y ablandara; Bastante es de tu hermana la belleza Para mudar el ánimo de un Héctor; Mas porque vea el mundo quién es Fúcar, ¡Ojalá vuestra hermana fuera Porcia En la firmeza, Elena en la hermosura, Diana en el recato, y Policena En calidad, en el tesoro Dido, Minerva en el saber. Juno en el nombre, Y en fin, para acabar, la misma Venus En el donaire, para que tuviera Más que dejar, dejando estos deseos Por no ofender al Rey que he defendido Siguiendo con sus gajes su partido! Vete, soberbio alemán; Que no faltará quien siga Aún contra el señor don Juan La conjuración y liga En que estos reinos están. El Mequetrefe, corrido De que en la entrada no osó Matarle, está apercibido, Y hoy le matara si yo Dentro ruido. Quedo, que siento ruido; Y como es mantenedor, Debe de entrar el primero. » ¡Ah de la guarda! ¡Señor! Haced plaza, alabardero, Porque se vea mejor Duque, ya ha llegado al puerto El engaño de los dos. Podéis estaros cubierto: ¿Para qué es el descubriros . Cuando yo os he descubierto? Ya sé que de la opinión De los Estados estáis, Y que vos, en conclusión, No es mi honor el que guardáis Sino el de vuestra opinión. En mi vida he deseado Hacer de enemigo amigo. Sino a vos; ved si he nado De vos, vos mismo testigo, La vida, el honor y estado; Pero llega el rompimiento De estas gentes a tal punto, Y es tanto su atrevimiento. Que en huir de todo punto Pienso que está el vencimiento. En la comida procuran Atosigarme, en las fiestas Contra mi hermano conjuran; Mis clemencias son molestas A los que más aseguran. Del bien hecho sacan mal, Lo que prometen dilatan; Del villano al principal, Todos me entierran y matan, Y yo me estoy inmortal. Mas todo esto, aunque era harta Causa, fuera medio vano; Que nada de vos me aparta Si el Rey, mi señor y hermano, No me enviara esta carta. Y aunque esto me escribe a mí, Quedará justificado En mudarme yo de aquí. Enséñale D. Juan una carta. Cortas es tu cura hoy. Esta la sortija ha sido Que tantas trazas me cuesta Para no ser ofendido, Y este es el fin de la fiesta Que Bruselas ha tenido. El que formare querella De mí, no tendrá razón, Si considera con ella Que huyo de la ocasión Por no poneros en ella. Estas postas prevení Para sortija; harto buena La corre hoy España en mí, Pues que sin peligro y pena Llegaré a Namur ansí. Adonde ya está tomada Del castillo posesión. Bien secreta y recatada, Sólo para ejecución Del fin de aquesta jornada. Entretanto, Duque, haced Como quien soy, y creed Que os estimo lo que callo; Ved de qué rey sois vasallo Y quién es Dios y su fe. Y reprimid la insolencia Que a esos herejes declara. Pues ya tienen experiencia De aquella risueña cara Que les mostró mi clemencia, La cual es tanta, y codicia Tanto enfrenar su malicia, Que fue menester volver Las espaldas para hacer Descubrirse mi justicia. Y pues que mi amor publica Tanta paz, ¿por qué a su agravio La guerra a esta tierra aplica? Adiós, Duque: pica, Otavio. ¿Dónde? A Namur: pica, pica. Corrido quedo, y con razón corrido. ¡Cómo con cortés término ha afeado Los bajos pensamientos que he tenido, Y de quien soy, así he degenerado! Pero ;qué digo, loco, sin sentido. Si ya por enemigo declarado Su pecho está del de Linod? ¿Qué espero? ¡Muera en campaña, que matarle quiero! Pero ¿agora aquí música? ¿Qué es esto? Mons de Cleu es, que entraba de aventura A la sortija y acordado puesto. ¡A bonísimo tiempo entrar procura! Espérate, y harete manifiesto El triste fin y nueva desventura Que amenaza a mi Estado y a mi espada. ¡Arrogante invención y brava entrada! Vienen aquí tres Césares vestidos a lo romano, y tiran a porfía De un mundo, a cuyo honor son promovidos, Y en cada cual la letra dice: «Mía Es la esperanza.» Tres son persuadidos A que es suya la humana monarquía. El honor, el esfuerzo y el linaje, Y todos pueden dalle vasallaje. con un mundo, entre los tres asido. Vuestra Excelencia sea bien llegado. Bien adornado y bien apercibido. Que a bonísimo tiempo aquí ha entrado; En ocasión bonísima ha salido Del mundo, pues el mundo le ha engañado; El de Austria, de las fiestas se ha huido Usando de las postas y las fiestas Con cautela: mis penas son molestas. Salen tres Césares tirando de un mundo, y Mons de Cleu con él en la mano. Huyó el señor don Juan. Huyó, sin duda, A Alejamburque y a Namur, ¡ah, cielo! Pero ¿qué importa que el favor le acuda Del Rey de España, ni del ancho suelo? No hay verdad cierta, ni hay lealtad en duda; Prenderelo en campaña, y matarelo. Por este y otros callo mi alegría, Que mi ambición no sufre compañía. Como, escondido el sol, queda la luna Dando luz a la tierra, aunque prestada. Quedo sin mi contrario, y mi fortuna En lo más alto es ya levantada. Desde los años de mi tierna cuna Me está la majestad pronosticada De estos Estados, títulos y nombre, Y hoy se confirma con el irse este hombre. Él será causa de traiciones, muertes. Robos, insultos y terribles daños. Yo he de ser otro hijo de Laertes Contra la pobre España, en pocos años. ¡Tomad todos las armas, haceos fuertes. Echemos de la tierra los extraños! ¡Al arma, Duque! ¡Guerra! El regocijo Se torne en el dolor que él mismo dijo. Haces un galán soldado. Y hago un esclavo herrado. Culpa a tu padre cruel, Y no a la voluntad fiel De quien el alma te ha dado. Ya, amiga, los españoles, Que de la guerra son soles. Vienen a largas jornadas, Sirviéndoles las celadas. Contra el sol, de quitasoles; Ya la indomable nación Camina a jornadas grandes, Seis mil en un escuadrón. Para que vuelva a ver Flandes Quién los españoles son. Agora, amiga, tendremos Libertad y honra. Y ¿vendrán... Esta semana. ¿Sabremos Qué gente? Ya lo dirán Estas cartas que tenemos. Digo, si viene nobleza De España, si traen riqueza. El ánimo traen de allá; Dinero, darlo han acá. Esta lo dirá. ¡Ah, sí! Empieza. Este capítulo basta., Con eso pondrán de nuevo Freno a los rebeldes. ¿Cómo? El español hierro y plomo Pide más cólera y cebo. Freno al infierno pondrán Los que vienen al abismo, Y sacarán asimismo En paz al señor don Juan; Que sin ellos, habrá sido Como en ajeno poder. Ahora bien: yo, ¿qué he de hacer Contigo en este vestido? ¿No fuera mejor que fuera Yo a la casa de mi padre Y de mi difunta madre, En la herencia sucediera, Y tú, con galas y pajes, Pues que mi padre te estima. Fueras de mi honor la prima, Y de otros muchos linajes, Y hecho rey en mi tierra, Siendo cortés y sagaz, Gozáramos de la paz. Viendo de lejos la guerra? ¿Dónde vamos? . ¡A morir Cuando importare al honor Y a don Juan, que es mi señor! Soy noble; voyle a servir. ¿No ves que ya te ha excusado El ser casado conmigo? Eso, si fuera yo amigo. Ya por casado o cansado ¿Eso se ha de oír de ti. Siendo mujer de español? El valor, de quien soy sol, ¿Por ser tuyo le perdí? Antes, por ser tuyo espera Mi honor mayor valor luego; Que es muy natural del fuego Dar mayor luz en su esfera. Y llevando tu consuelo, Y el lado para morir, Como eres mi cielo, es ir El sol en el cuarto cielo. Perdona que me hice sol. Siendo tu cielo mi instancia. Es natural la arrogancia En el ánimo español. Ahora no quiero más toca. Soy a tu lado soldado; Que de lo que te he tratado Se me ha pegado el ser loca. Muramos en el servicio Del señor don Juan y España; Sea pública esta hazaña De quien hoy damos indicio. ¡Vamos! Mas hay que ir ¡Detente! El señor don Juan está Pobre. Rico? Pues ¿quién le hará El ingenio y la gente. Tristes seiscientos ducados Estos días no ha tenido; Que a tenerlos, es sabido Que no estuvieran cercados En el castillo, do están, Él y sus criados. Cierto. El caso me ha descubierto Quien habló al señor don Juan. Pues ¿qué pretendes? Querría Llevárselos. ¿De qué modo? También te lo diré todo; Óyeme, ¡por vida mía! Quiérole hacer creer A algún mercader de nombre, Que eres mi esclavo y muy hombre, Y que no eres mi mujer; Y pedirele prestados Dineros sobre Mas, ¡cielo! El empeñarte recelo. De conocer ahora acabo Que es el ánimo español Sol de lealtad en su ensayo. Porque es pestilencia, es rayo, Si ve obscurecer su sol. Sosiega, pierde el temor, Que mis arcas joyas tienen. Pero Gente siento. Vienen Un villano y labrador. Veamos quién son, aparte. Tarde llegué: algo me corro, Pero bien se hizo el socorro. Fue tuya la industria y arte. Gente hay aquí. ¡Ay, Dios! ¿No son Arcila y Vera? Es ansí. El viejo enojo perdí, Y a Arcila cobré afición. Y don Alonso es honrado, Y él me pondrá con seguro En la parte que procuro. Sin temer tanto soldado. Quiérolos reconocer. Rapaces parecen. ¿Dónde Vais, villanos? No responde. ¿Cómo te he de responder? Que aunque es de villano el traje, No hago del nombre cuenta, Si el nombre no se me asienta En la sangre ni el linaje. Basta, que tiene el villano Brío; déjame llegar, Que yo le haré hablar. A espacio. ¿A dó vais, hermano? ¿A quién iréis a hablar vos, Aunque os hagáis más del bravo? A espacio, hermoso esclavo, Que patas somos los dos. ¿Qué dice el rústico? Digo, Que vuestra cara me obliga; Que sois mejor para amiga, Que seréis para enemigo. Pues ¿quién sois, que conocéis Tanto tan sin embarazos? Pues que os ofrezco mis brazos, Arcila, ¿qué más queréis? Vaya, fuera la mancilla De nuestra queja liviana: Dad esos brazos a Ircana, Querida y amada Arcilla. De conoceros no acabo. Reconocedme mejor. ¿Qué es esto, mi labrador? ¿Qué es esto, hermoso esclavo? Don Alonso, Ircana es. ¡Señora, extraño disfraz! Es una invención sagaz Y un buen donoso entremés; Que el amor, que es inventor De pruebas de hidalguía. Do hay nobleza y cortesía. Le dio esta traza al honor. Yo supe que en el castillo De Namur Su Alteza estaba, Y necesidad pasaba; Y apenas alcancé a cilio, Cuando, tomando este traje Y a Fabia, esta mi criada, De villano disfrazada, Y disfrazado el lenguaje, Pusimos en estos cestos Mis joyas, y hasta diez mil Escudos; y en forma vil. De heno y hierba compuestos. Les llegamos a vender Mantecas frescas: y allí, Luego a conocer me di, Y di a Su Alteza a entender Quién era, y lo recibió. Y está tan agradecido, Que en mi vida me ha ofrecido Lo que agora me ofreció: De que honraría mi casta Cuando esta guerra concluya; Que esta palabra, en ser suya, Para ser más que obra, basta. Volvimos, sin entenderlo Mas de los tres en el muro. Mas ya está rico y seguro Su Alteza después de aquello. Que el de Barlamón le lleva Doce mil escudos; y es Servirle el propio interés Que el honrado Conde aprueba. Mas ya nada ha menester. Porque el socorro ha llegado De España, y tanto soldado, Que hay en Flandes bien que ver; Tanto príncipe, tanta arma Contra el flamenco interese, Con' Alejandro Farnese, Nuevo Príncipe de Parma, Su valeroso sobrino. Y don Gabriel Niño muestra Ya del socorro la muestra, Y le sale al camino . Desde aquí verle podemos. Mucho, Ircana, os debe España; Muy de reina es vuestra hazaña. Si en paz los países vemos. Pienso que Austria os dará estado. Si vive el señor don Juan, Tal, que aquí os envidiarán Esos que os han murmurado. ¿De qué Porcia se contó Fe en pruebas tan conocidas? Vos, a muchos diste vidas, Y ella una vida quitó. Por tragar ella una brasa, Ved lo que de ella se cuenta, Y vos tragáis el afrenta De dejar a vuestra casa. ¡Buena Porcia sois, Ircana! ¡Arcila, el honor empeño! Si os saliere malo el dueño. Salga mi esperanza vana. Fabia, vete a descansar. ¿Llevo los cestos? Colige Lo que hay en casa; me aflige Solo, señora, en pensar Que quedas Mas ¿qué son fiero Es este? Los españoles. Del mundo y de España soles. Pues veámoslos primero Volver a Flandes, y ser Del señor don Juan ¿Queridos, Regalados? Recibidos; Que eso iba a darte a entender. Veamos de buena gana. Que por verlo asistiré, Y luego te llevaré Cas de mi señora Ircana, Donde quedarás guardada Del peligro de enemigos; Que yo he de ir con los amigos A esta primera jornada. Muy bien mi casa aventajas. Tú nos haces mil favores. Dejen allá sus amores, Y oigan las trompas y cajas. Leones, dadme los brazos, Prendas de mi honor amadas; Que cuanto vuestras espadas, Estimo vuestros abrazos. Aquí tiene Vuestra Alteza La flor de España. ¡Ah, señor! España le tiene amor. ¿Qué le dije? La nobleza De esta gente le ha vendido. Y ¡voto a Dios, que importara Que yo viera cara a cara Esos que se han atrevido, Herejes sin españoles Que los domen! ¡Déjenme! Sancho de Ávila, ya sé Que sois de la lealtad soles. Don Lope de Figueroa, Este Príncipe de Parma, Es gran pecho y gentil arma. Desde Milán a Lisboa Es un hombre celebrado. Y don Gabriel Niño Cierto, Primo y señor, que despierto De un grave sueño y pesado: Yo conozco que dormí. ¡Oh, mis españoles caros, Dejad, volveré a abrazaros. Honraré a todos ansí! ¡Ah, valerosa nación, Quién para cada bandera De las que traéis, tuviera, Amigos, un corazón Donde dar alojamiento. Del menor cabo de escuadra Al caporal de la escuadra! Ved que tanto es mi contento. Y por el Rey, mi señor Y hermano, os juro que agora, La voluntad que os adora, Hoy os cobra tanto amor; Que no quedaré jamás Sin españoles al lado. Esté desnudo, esté armado: Ya no más, por no ver más. ¡Casi el rostro grave baña! ¡Cómo a sus soldados ve! ¡Ah, columna de la fe. Muro del honor de España, Vivas mil años sin cuento, Goces victorias sin cuenta! Hoy me sacará de afrenta Vuestro nuevo alojamiento. Seis mil españoles son Bastantes para vencer El mundo. Si han de ser Como vos, tenéis razón, Sancho de Ávila. Señor, General es el deseo. Cristóbal Mondragón, creo Mucho de vuestro valor, Y porque estoy informado Que hacia Xenluis caminan Los contrarios, que adivinan El socorro que ha llegado. Digo, su campo entendió Vuestra venida hoy, y marcha, Yo quiero dejar la marcha Y a Lieja y Namur, y yo En persona, reformando El campo, ofrecerles quiero La batalla yo el primero; Y sepa de don Fernando De Toledo si su tropa De caballos está a punto; Apréstese todo junto. Que hoy va España viento en popa; Don Alonso Leyva esté Con su infantería en puesto, Para la ocasión dispuesto, Que yo les avisaré; Camine don Bernardino Y don Pedro de Toledo, Con quien ya a mi lado quedo: Saldré emboscado al camino; Otavio Gonzaga, vos No os dejéis llevar del pecho En quien mil pruebas ha hecho El valor que hay en los dos; Que si no hay quien dé la falda De la loriga, o se acuerde Si el mundo se gana o pierde. No sabéis volver la espalda. Honor de Italia y valor De Gonzaga: perdonad, Sobrino, que esta igualdad Da a los soldados su honor, Si estando presente quien Es de Italia y Parma Marte, Le trate a Otavio de este arte, Porque sé lo que es muy bien. Ha dado Su Alteza a Otavio Gonzaga lo que merece. Su Alteza me favorece. Pienso que a ninguno agravio. ¿Qué Alejandro o Julio César Tuvo tal mano y espada? ¡Oh, prenda de España amada, Rama de aquel quinto César! Por cierto gran confianza,, A todos el alma toca. ¡Ay, hermana, que estoy loca De lo que Su Alteza alcanza! A manos de su amor muero Por no merecer gozarle. Pues yo, solo de escucharle, Más que a mi vida le quiero. Marche el campo donde digo, Pues el eco nos responde Que venceremos. ¿Adónde? En busca del enemigo. Aquí no hay más que esperar. Arcila, la fe española Esta ocasión acrisola; En ella me he de hallar; Abrázame y considera Que te adoro. Aunque te adoro Como mi alma, no lloro, Acompañarte quisiera; Mas como me has enseñado a ser hombre en el sentir, Aunque estoy para morir. Te dejo partir honrado, Porque vayas do el valor De España lleva su intento, Que dar a tu honor aumento. Ese es verdadero amor. Ve en buen hora, parte, llega Donde va tu General; Esposo amante, leal. La espada a tu brazo entrega; La rebelde gente humilla, Para que con su victoria Viva rica en tu memoria Tu firme y querida Arcilla; Que te juro por la fe Que cuando te amé te di. Por el alma que rendí, El amor que te entregué, Y por las tiernas razones Que hasta mi oído han llegado. Do tu lengua ha confesado Ser uno dos corazones. De no levantar los ojos Que tu gloria solían ser, Hasta alzarlos para ver Los conquistados despojos. Vámonos, que yo estoy cierta De don Alonso: partamos. Si de aquí no la llevamos, ¡Buena tela hay descubierta! Don Alonso de Vera es mi apellido, Y agora verá el mundo si en las veras. Que marcharé debajo las banderas Que España a Flandes nuevas ha traído; Verá si fui soldado, y que nacido Casi entre las escuadras y hileras. Que siempre fue mi espada en las primeras, A matar o morir apercibido; Y hoy verá el mundo, pues lo manda Arcila, Gloria de honor y de mi fe la gloria, Si con razón por verme el rostro baña. Si a los herejes don Alonso humilla, Y si se ve en las armas su memoria En la defensa de su madre España. ¡Arma, gallarda nación! ¡Mueran hoy por vuestra mano Los de contraria opinión. Si es Rey, mi señor y hermano. Muro de la religión! ¡Dios mío, no os pido aquí Victoria porque de mí Se diga, para mi gloria Y honor, que tuve victoria Y a estos herejes vencí; Pídoosla porque sois Dios, Y porque digan que vos Sois Dios y que dais honor A quien os sirve. Señor! ¡Ea, venzamos los dos! ¡Cristo, Dios-Hombre, mostrad Vuestra clemencia y bondad! ¡Ea, españoles, seguid El alcance, andad, oíd. Peleemos, pelead! Pero en esta encrucijada De estos caminos veo luz Una cruz hay asentada Sobre una piedra. ¿Si es cruz? Cruz es, aunque maltratada. Espantóme, que han dejado Cruces: algunos herejes; En el campo se han hallado. Señor, los tuyos no dejes; Mira este tu pueblo amado, No la flamenca nación. Porque los más de ellos son Católicos; otras gentes De naciones diferentes, Que van en este escuadrón,, Son herejes, y podrían Maltrataros, cruz hermosa. ¿Cómo de vos se desvían, Cama santa y milagrosa? Mis brazos llevar querrían Vuestro peso soberano, Y poneros en mi tienda; Mas ¡ay! ¿Qué tirana mano, Tan sin respeto ni rienda. Qué vil brazo luterano Esta jara, esta baqueta De alguna infame escopeta, Por vuestro tronco pasó? ¿Qué bárbaro se atrevió, Ciego con su infame seta. Cama de mi Dios, a vos? ¡Se atreven contra mi Dios! Esta desvergüenza sea Castigada, que es muy fea; Volvamos por vos los dos, Cruz, arma de Dios sagrada. Señor, ya esta es gran malicia; Sacad, Dios mío, la espada De vuestra inmensa justicia: La mano descomulgada, Quede en el campo tendida. ¡En la cruz de Dios herida! Hoy te venceré, enemigo; Que si Dios está conmigo, ¿Quién hay que el vencer me impida? Cruz, yo os prometo morir Buscando el brazo cruel Que os pudo tocar ni herir, Y entretanto, prenda fiel. Dentro quiéroos cubrir; Pues ya vive en mi memoria Vuestra injuria, ya me enciendo, Viendo pena en vuestra gloria; La causa de Dios defiendo. ¡Victoria, hijos, victoria! No hay dolor con tal rigor, Que no alivie del tormento Algún instante o momento. Sino es el dolor de amor. Porque en ausencia el temor, Los celos en competencia. Con el desdén la inclemencia, Y con la afición el fuego; Ni hay en quien ama sosiego, Ni en quien espera, paciencia. Yo espero de la victoria Y el rompimiento, la nueva: Tras la esperanza, me lleva Este temor la memoria. Yo hago acá muy notoria La victoria aún no sabida, Y a la persona herida De don Alonso, mi amado. ¡Oh, esperar desesperado, Verdugo de nuestra vida! ¡Albricias, Arcila! Pues ¿Tú me las pides a mí. Señora? De este interés, Buena parte te va a ti; Tuya la ganancia es: El señor don Juan venció, Tu don Alonso ganó Nombre y lauro valeroso. Hasta verle no reposo. Quien el caso me contó. Sabe bien lo sucedido: El hereje va vencido. La mayor victoria fue Que el Rey de España y la fe En esta tierra han tenido. Cuatro estandartes cogieron De hombres de armas, las banderas De infantería perdieron, Y de esas naciones fieras. Siete mil y más murieron: Jamás se vio vencedor En los Países venciendo Con menos pérdida. ¡Honor Aumenta España! Pretendo Ver a don Juan mi señor, Y pedirle las albricias. Y ¿qué tales las previene? ¡Ea, no digas malicias! Mas mi don Alonso viene; Dalas si darlas codicias. Amigo del alma mía, Esposo y señor, ¿qué es esto? Con tal victoria en tal día, ¿Vos venís con mustio gesto A ver con melancolía Pues ¿cómo tan desabrido? ¿No me abrazáis? ¿No vencistes? Ya te abrazo; ya vencimos, Y victoriosos venimos. Pues si vencistes, ¿qué ha habido? ¿Qué ha de haber? Quiere mostrar La fortuna que es ninguna Su constancia; quiere dar A entender hoy la fortuna, Que es firme en causar pesar. Hoy, tras de habernos honrado Con la victoria que ha dado, Pinta con este disgusto Lo que hay que fiar en gusto Ni hay que fiar en estado. Hoy está firme y ya agrada, Con la muerte conjurada; En enseñarnos porfía. Que es la mayor alegría. Toda soñada y prestada. Pues ¿quién se quiere morir? No sé si lo ose decir. No sé si lo ose contar; El honor quiere saltar. La verdad quiere huir; Del mundo huye el consuelo, La guerra deja el valor. La corte deja el favor. La majestad deja el suelo; Todas estas cosas dan Indicio de que se van Para que más mal suceda, Pues hay más mal, y es que queda Enfermo el señor don Juan En una pobre casilla Del fuerte, en medio su armado Ejército, que es mancilla De la muerte: el mal le ha dado ¡Jesús! ¡Que me muero, Arcilla, Tenme! Por eso callaba. Y fuera mejor, por cierto. ¡Desgracia y desdicha brava! Si él muere, el mundo se ha muerto, El bien y el honor se acaba. Anímala. ¿Qué haremos? ¡Ay, fruto cortado en flor! Vuelve en sí. ¡Ay, infelices extremos! ¡Ay, don Juan! ¡Ay, mi señor! ¡Ambos juntos moriremos! Ya es por demás: allí están Médicos de cielo y suelo; Hoy lo imposible harán. ¡Ay, mi gloria! ¡Ay, mi consuelo! ¡Cielo del cielo! ¡Ay, don Juan! Vamos donde el accidente Tiene en la cama al terror Del Oriente y del Poniente. Si has de templar el dolor Y has de hablarle cuerdamente, Servirete de escudero. Vamos, que mostrar hoy quiero Que soy cristiana y soy suya. Con esa presencia tuya, Al mayor valor espero. Al fin, el padre Orontes ha insistido Que se le dé la Extremaunción al punto; Su Alteza con instancia la ha pedido. Dice que se imagina ya difunto. ¡Cuerpo de Dios! ¿A qué habernos nacido? He aquí un hombre que del mundo junto Llevó victoria, y tiembla de él la fama, Y helo aquí expirando en una cama. ¿Para qué es la riqueza ni el tesoro? ¿Para qué es la corona ni el estado? Vencer el Turco, encadenar el Moro Y dejar el hereje aquí abrasado; Y cuando hecho un hombre en cosa toda, De amigos y enemigos garrochado. Muestra que es hombre valeroso y fuerte, Llega y le lleva a su pesar la muerte. Pues digan, ¿muere viejo, o de treinta años, En la edad mejor que siente ausente, o muere peleando con extraños, Sino de un lento mal, de un accidente? ¡Ah, médico cruel, viles engaños De botica, pesar de quien consiente Médicos ni botica! ¡Que tal vida Se confíe de ciencia no sabida! ¡Cuerpo de Dios! Y Dios hoy no pudiera. Iba a decir Estoy de apasionado Tal, que contra el infierno me opusiera: ¡Por dalle vida, el mar pasara a nado! Señor Sancho de Ávila, quisiera No haberle conocido en tal estado. ¡Flandes, entierras hoy por triunfo nuevo, El Fénix de Austria, de la guerra el Febo! Su Alteza, que está expirando. Tras de recibir la Unción, Ha mandado echar un bando, Que quiere ver su escuadrón, A Dios por ellos rogando. Esa cortina tirad. ¡Ea, señores, mirad El Sol de Austria obscurecido! Hermanos, prestadme oído; Amigos, oí, escuchad. Prométeos que he deseado Morir por la santa fe, Y por ella he peleado, Y siempre mi intento fue Dar a la Iglesia su estado. El padre Orontes, a quien Dije mis culpas, honró Esta razón harto bien. El perdón os pedí yo; Perdóneme Dios. Amén. Yo ser clérigo entendí, Pero no lo merecí. El Rey, mi señor y hermano, Como Príncipe cristiano, Fio este cargo de mí. Podéis a Su Majestad Decirle que con lealtad Le he deseado servir. Contento muero en morir Con humilde voluntad; No me desvanece fama Del mundo que yo no gozo, Yo le apaciguo esta llama, Y parto alegre, aunque mozo, a dar cuenta a quien me llama; No tengo de qué hacer Testamento; mi señor El Rey, ha de disponer De mis criados mejor Que yo sabré proponer; A él lo dejo encargado Que no me olvide criado. Que ya sé que ese es su oficio Y me han hecho beneficio, Y de veras los he amado. Esto es cuanto a la hacienda: Cuanto a la vida, de Dios Es; Dios admita la enmienda. Señor, recibidla vos, Mi muerte no se suspenda Si es que me halláis dispuesto. Ya, cuanto a la vida es esto. Mas cuanto al alma, Señor, Yo he sido gran pecador Y a vos os es manifiesto. Perdonad a este don Juan Que confiesa vuestra ley; A vos mis suspiros van; Allá en mí señor el Rey, Dejo muy buen capellán: Él hará en las religiones Por este alma pecadora Las cristianas rogaciones. Amigos, oíd agora De esta lengua dos razones: Carlos Fúcar, yo he tenido Vuestro casamiento en peso, Y de Ircana muy servido Cortésmente me confieso; Esto como amigo os pido: Con esa noble doncella Os casad; que tengo de ella Tanta fe en lo que ha importado, Que a vivir y ser casado. No casárades con ella. No sé qué abono mayor Es hacerla gran favor; Tenlo de ella y no de mí. Ella por vos me dio el sí. Será hoy mi mujer, señor. Sancho, quiéroos encargar Que siempre vuestra nobleza Muestre ánimo singular. No me hable Vuestra Alteza, Que estoy para levantar. ¡Cuerpo de Dios con la muerte! Sobrino, Príncipe amado, Este punto es trance fuerte; El bastón que el Rey me ha dado, Os lo encargo de esta suerte. Tened vigilancia extraña, Príncipe de Parma, y vos Visitad nuestra campaña, Ved que va el honor de Dios Y que va el honor de España. Indigno sucesor queda, Aunque yo haré lo que pueda Con todas estas naciones; Que hartas obligaciones Quien nos heredare, hereda. Dios dará a todos favor. Diréis al Rey mi señor, Otavio Gonzaga, en fe De que aumentar deseé La fe y aumentar su honor; Que si acaso han merecido Mis servicios algún día, En las batallas que ha habido Esta mortal monarquía, Lo que le suplico y pido, Que este cuerpo sea llevado A España, a do está enterrado Mi padre el Emperador: Goce aunque muerto el favor De vivir muerto a su lado. A un Cristo que tiene en la mano: Y vos. Cordero divino, Cristo, Dios-Hombre, haced Paso franco en el camino; Rey sois; hacedme merced. Que el dolor me quita el tino. ¡Terrible es esta agonía! ¡Jesús, piadosa María! Rogad por mí a Dios, hermanos. ¡Mi Jesús, en vuestras manos Encomiendo el alma mía! ¡Ya la hoz de la muerte segar pudo La bella espiga de oro de estas mieses! ¡Ya el arado del rústico membrudo Arrancó el lirio verde en tantos meses! Muerto queda el honor; el tiempo, mudo. No sé filosofías. Holandeses E irlandeses, agora tendrán gusto, Pues en Flandes murió el segundo Augusto. Retirad la cortina, y dese traza Que se haga un famoso coliseo Y un grande anfiteatro como plaza. Celébrese el entierro cual deseo. Mas ¿qué música es esta? En vano traza, Príncipe, tu dolor tanto trofeo AI hijo de este Carlos quinto vivo, De quien España, tanta gloria escribo, Porque aunque muere, queda don Juan vivo. Aquí tiene Aquí a brazos abiertos hoy le espera El valor de Alemania y de Castilla, Que hizo temblar la mar y tierra entera. No le enterréis con son que haga mancilla, Ni arrastréis estandarte ni bandera, Pues que tanta corona goza y gloria, Dando fin al suceso de esta historia .