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Texto digital de Dineros son calidad

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Atribución tradicional
Desconocido
Atribución estilometría
Andrés de Claramonte y Corroy Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Dineros son calidad. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dineros-son-calidad.

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DINEROS SON CALIDAD

JORNADA PRIMERA

Ya llega el aplauso. Ansí, para el adorno os prevengo, porque otras telas no tengo, hijos, que colgar aquí. Sus edificios valientes, Nápoles con tal decoro adorne, que montes de oro se finjan al sol lucientes; que yo, para que la palma me ofrezca en los regocijos, mi puerta adorno con hijos, que ron pedazos del alma. Adornad brocados tiernos, pues ansí el tiempo me humilla, los tres mi pobre casilla, centro de llantos eternos. Que si la -vista le aplica, la que tan soberbia pasa, verá en la más pobre casa la colgadura más rica. ¡Señor! ¡Padre! ¿Vos lloráis? Si en los aplausos presentes hay también arcos y frentes, fuentes son las que miráis; cubrid la pobre pared. ¿Estaremos bien ansí? Poco se encubre, ¡ay, de mí!; algo los brazos tended. ¿Estamos bien? ¿Hay brocados para mí de más belleza? Bien llaman cruz la pobreza, pues estáis crucificados. Con la mayor majestad y aclamación de la gente que se ha visto eternamente triunfando por la ciudad, entra la Reina gloriosa, que anegado en su arrebol parece que viene el sol en brazos del alba hermosa. Pues Julia Laurencia, así honrando al tumulto viene, que de prima vera tiene la beldad que en ella vi. Échate a sus pies, y pide clemencia. Es inadvertencia, porque jamás la clemencia con la hermosura se mide; Antes, de fuerza ha de ser cruel, si es hermosa, y ya cruel dos veces será por hermosa y por mujer. Señor, ¿qué calvario es éste? Estos mis doseles son, porque la coronación tanto cuidado me cueste. Estos pongo en mi pared, para aventajarme a todos. Conseguirás de esos modos rigor en vez de merced. A aquel rústico imitar quieres en los desatinos, que colgó los dos tocinos, no teniendo qué colgar. Mándalos, señor, quitar; no añadas agravio a agravio. Rufino, Luciano, Otavio, no es ese nuestro lugar. Dejalde; mirad que en él parecéis los tres impropios, por ser doseles más propios de un molino de papel. Ansí, loco, obedecemos a nuestro padre. Y ansí, hijos, me agradáis a mí. Considera que la hacemos toro y no Reina. ¿Por qué? Por ponelle de esta suerte tres dominguillos. Advierte que cuando el toro los ve venga en ellos los enojos; y podrá, llegando a vellos, la Reina vengarse en ellos, señor, como en tus despojos. Bárbaramente interpretas lo que tú hicieras reinando. Parece que estáis jugando a Juan de las cadenetas. No estéis ansí. Mas ya viene la Reina; aquí he de estar yo, y haced cuenta que faltó un tapiz que nada tiene. Al compás de la riqueza, Es, César, la admiración. Orientes mis calles son. No he visto mayor grandeza. Y no es la menor, señora, la que ves. Déjame, ¿qué es eso? De amor eI mayor exceso Que se ha admitido hasta agora; Un viejo, que no teniendo Qué colgar, adorna ansí su puerta. Señora, aquí, mis deseos excediendo las maravillas extrañas con que hoy Nápoles os ve, estas paredes colgué de telas de mis entrañas. Pedazos del alma son; mal he dicho: almas enteras, colgaduras tan de veras, que los obró el corazón. De almas quise así adornaros mis pobres paredes hoy; almas tengo, almas os doy; no me queda más que daros. ¿Quién sois? Soy lo que no fui. ¿ Quién fuisteis? Lo que no soy; tan otro del que fui estoy, que no me conozco a mí. ¿Quién sois? Esto baste y sobre, que ansí a voces lo publico. ¿ Quién sois? Hombre que fui rico, que es deciros que soy pobre. Y siendo, señora, ansí, que soy otro, claro está, y pues tengo otro ser, ya no soy aquello que fui. ¿Sois de Nápoles? En ella fui hombre gran poderoso, el más rico, el más famoso y el que más felice estrella; y hoy ansí me considero, puesto en la mayor bajeza: tanto abate la pobreza y tanto ensalza el dinero. ¿ Cómo os perdisteis? Presté. Necedad. Yo lo confieso. ¿Tan grande fue vuestro exceso? Tan grande mi exceso fue. ¿A quién prestasteis? Al Rey, mi dueño y vuestro enemigo; que éste fue de Dios castigo y ésta fue del cielo ley, pues él muerto y la ciudad entrada por vuestro hermano, perdió el reino soberano, y perdí la calidad y lo prestado perdí, que eran dos millones, y hoy en esta casilla estoy admirando lo que fui. Vuestro hermano me quitó las villas que poseía, y las fuerzas, que en un día tan sin ellas me dejó. ¿Luego vos, sin duda alguna sois el Conde Federico? Yo fui conde, siendo rico, ya objeto de la fortuna. Ya, después que pobre estoy, todos me tienen en poco paso; y cantado, ya loco, ya necio y altivo soy. Cuanto digo es necedad, desprecio cuanto publico ¡Ah, pobreza! Federico, no os aflijáis; levantad. Y si es que no lo sabéis, pues llegáis a conoceros, volved a juntar dineros y lo que fuisteis seréis. Este consejo estimad, que en ser piadoso me fundo, pues veis que sólo en el mundo dineros son calidad. Tú quedas bien despachado. ¡Vive Dios! ¡Pesia! No más. Ansí con paciencia estás. Ansí con paciencia he estado. ¿ Qué se podía esperar de la Reina, siendo hermana de Ludovico? ¡Oh, tirana! ¿Dineros has de buscar para volver a tener calidad? Son los dineros del mundo efectos primeros y espíritus de su ser. Las inteligencias son de las cosas, los concetos más vi vos y más perfetos y los de más opinión. Hacen lindo a un corcovado y doctor hacen a un tordo; dan entendimiento a un gordo y dan prudencia a un delgado. Un bermejo con dineros no es Judas, Adonis es; y ansí, los cuatro, después que os faltan, sois majaderos. Padre y señor: pues se ha visto ser de los dineros causa la calidad, por ser ellos de todas las cosas almas, yo los dineros perdidos y la calidad que os falta, cobrar con las obras quiero y acreditar con las armas. Y ansí, pues, las armas son principio de tantas casas que la ambición las ilustra y el dinero las levanta, por armas juro y prometo ganar gloriosa alabanza, hasta daros calidad con inmortales hazañas. No he de ver eternamente esas venerables canas que al pecho, en sierpes de nieve, generosas, se desatan, hasta que las vista y cubra del oro rubio que os traiga de las entrañas de Ofir, de los abismos de Arabia, no con mercancías viles, no con engañosas trazas, sino con la industria sola de este brazo y de esta espada; que con ellos pienso ser destos desprecios, venganza; destos agravios, castigo; fortuna, de estas desgracias; de esta muerte, eterna vida; de esta vida, heroica fama; de esta afrenta, honor, y, al fin, de esta miseria, abundancia. Detente, Rufino; espera, oye, escucha, advierte, aguarda. Perdonad, padre y señor, que pues con bajeza tanta la Reina os vituperó, os he de honrar por las armas. Yo la calidad, señor, que los dineros engendran, a pesar de la fortuna que os tiene en tanta bajeza. si mi hermano por las armas, quiero adquirir por las letras; que ellos también dan imperios y majestades dan ellas. No los mal perdidos años de mi edad florida y tierna me han de acobardar, ni hacer que las esperanzas pierda; que también Leontino Gorgias de ciento y veinte años era cuando comenzó a estudiar, con admiración de Grecia. Pobre y noble soy, y ansí salir de mi patria es fuerza; que es la desdicha mayor de las humanas miserias vivir con pobreza un hombre a donde tuvo riqueza. No he de volver a esos ojos, no he de ver esa presencia hasta que de mis estudios generosos premios tenga; porque si la calidad en los dineros se aumenta, y en las letras, como he dicho, los dineros se conservan, por ella voy a buscallos, para que con ellas pueda, a pesar de la fortuna, sacaros de esta bajeza. Hijo, Luciano, ¿también me desamparas y dejas? Oye, escucha, espera, aguarda; oye, escucha, aguarda, espera. Perdonad, padre y señor; que pues con tanta vileza a este estado habéis venido, os he de honrar por las letras. Si en las letras y en las armas Rufino y Luciano han puesto la calidad, parto infame del pecado y del dinero, que la codicia del oro, en negros abismos preso ha dado a los vientos linos y ha dado a las aguas leños. Soberana tiranía de estos libres elementos. fingiendo en ellos delfines y águilas mintiendo en ellos; penetrando poderosos los climas no descubiertos, vistos apenas del sol, con ser lince de los cielos. Pero yo solo, sin arte, sin amistad, sin aliento, sin amparo, sin favor, sin alma y pobre, en efecto, que es cifraros cuanto he dicho y es deciros cuanto puedo, que contra el nombre de pobre, de infinitos epitetos, ¿qué mares puedo surcar, qué provincias o qué reinos, que en unos no halle rigor y en otros no halle escarmiento? ¡Oh, viles leyes del mundo, que en los dineros han puesto la calidad de la sangre, aliento y calor primero! Maldiga el cielo al tirano que, con loco desatiento, hizo deidad el metal e hizo dios al embeleco. ¡Ay, padre, que estoy sin mí! ¡Ay, señor, que pierdo el seso, juzgando infinito el daño, viendo imposible el remedio! Temo una reina enemiga; pobre estoy y pobre os veo; de los tiempos oblación y de la fortuna ejemplo. Mas si los dineros hallan los que los procuran menos, que eso tienen de tiranos y eso tienen de indiscretos, por los orbes, sin buscallos, hasta ver si los encuentro, surcaré mares, abismos, burlaré montes excelsos. Necedad hago en dejaros; pero ser necio pretendo, que para ser venturoso, quiero empezar a ser necio. Amigo, corre tras él y detenle. Antes pretendo buscar también calidad, hallándola por dineros; para hallarlos he pensado y un famoso arbitrio tengo: que es hacerme mentecato, miserable y avariento, que a éstos los dineros buscan y a los zurdos y a los tuertos; antípodas de los lindos, que de sí viven contentos. Seguir en esta facción uno de tus hijos quiero, que aquí te han desamparado con diferentes intentos; y no sé a cuál de ellos siga, aunque las armas no apruebo, que son médicos crueles, y los soldados enfermos, que al récipe de un balazo están contino sujetos: soldados los zurdos sean. También en las letras veo inconvenientes terribles; las pasitas y los huevos sorbidicos me desmayan, diciendo, entre probo y negó, temerarias bernardinas y solecismos tan gruesos. El de Otavio me parece más sano y más libre acuerdo; a Otavio quiero seguir, que si no es el fin tan bueno, es descansada la vida. Nápoles, de vos me ausento, hasta tener calidad que me zurza estos gregüescos. ¡Qué mármol, qué bronce duro podrá tener sufrimiento en tran graves desventuras y en tan míseros sucesos! Luciano, Otavio, Rufino, aguardad. Señor, ¿qué es esto? ¿Tú das voces? ¡Ay, Lucila!: grave es el mal, pues rae quejo. ¿Qué tienes? El no tener es, Lucila, el mal que tengo. Las almas que me animaban me han faltado; los luceros que iluminaban mi noche, en negro ocaso se han puesto. Perdieron la luz mis ojos, quebráronse mis espejos, que es decirte que a Rufino, Otavio y Luciano pierdo. ¿Cómo? Como me han dejado por desdichado y por viejo; que aquí condeno el rigor, si la piedad agradezco. ¿Mira lo que puedo hacer. Consolarte. ¿Qué consuelo hallaré sin tener hijos? El de Dios. Paciencia tengo. En mí te queda una esclava; que lo mucho que te debo te quiero pagar agora. Tú me has criado y me has hecho, siendo de padres humildes, la merced que no merezco. Señor, no te desanimes, que sustentar te prometo, de calle en calle llorando, de puerta en puerta pidiendo, hasta venderme a mí misma. Lucila, mi fin es cierto, vamos a ver si se han ido. Vamos. ¡Ay, Dios, ya se fueron! ¿Quién lo dice? El corazón, que está reventando el pecho. Cam. Soberana ostentación de su amor siempre inmortal, pues tan sacra admiración no quiso que fuese igual, Aurelia, a su corazón. En él halló sepultura más capaz, pero yo soy piedra en tanta desventura, y ansí a mi padre le doy sepulcro de piedra dura. Este llanto, hasta vengaros, eterno, padre, ha de ser; en sangre pienso bañaros, y ansí granates hacer estos alabastros claros; Ludovico morirá a mis manos. La comida, señora, aguardando está. Como me sobra la vida, sobre la comida; ya no quiero comer. Advierte que comiendo has de vivir, y viva vengar su muerte. Si el mal se acaba en morir, morir es la mejor suerte. Ya está la comida aquí. Refiéreme el triste caso como sueles. Oye. Di. Si cómo, la ley traspaso; padre, perdóname aquí. El soberbio Ludovico, Duque de Calabria insigne, de Nápoles y Sicilia desposee al magno Enrique.» No cantes, que se enternece. ¡Ay, dulce padre! Prosigue, que aquí el llanto es importante para que el dolor se alivie. Con engaño y con traición, plazas y puertos oprime, ayudándole al tirano los rebeldes que le siguen. Agua. Aquí está. ¿Qué me traes? Traigo el agua que pediste. Llegaron antes mis ojos, que ellos la copa me sirven con mayor puntualidad; vuelve el agua, y tú prosigue. Salió a la defensa el Rey; pero una noche le embisten sobre seguro mil fieras, que fieras conduce un tigre; los suyos mismos le venden, y la tienda le hacen libre, donde de diez puñaladas su nieve corales tiñen.» Diez puñaladas, ¡ah, fieras! No cantes más. No me prives. bárbaro, de este contento, que el llanto es goce del triste. Prosigue. Ama. Dame esos pies. ¿Tú en mi presencia viniste, Amadeo, desta suerte; tú de mis penas te ríes; ansí a mi padre profanas, que a entrar aquí te atreviste? ¿Ansí el decoro le pierdes? Vuélvete, no me visites. Este atrevimiento honrado las buenas nuevas te afirmen que traigo. ¿A mí buenas nuevas? Ya los sucesos felices de Ludovico pararon en la muerte; ya le ciñe pálido ciprés; ya ocupa sagrados jaspes. ¿Qué dices? Que cayó Faetón soberbio, del carro del sol que rige; presente me hallé al suceso. Quitad la mesa; ¿que viste muerto a Ludovico? Aquí de su historia lo colige. En un caballo de España, que otro hipogrifo se finge, cielo en sus líneas y estrellas, en las manchas jaspe o lince, salió Ludovico, haciendo que la tierra al bruto envidie, no permitiéndole apenas que con las manos le pise. Mas llegando a Pie de Gruta, a la voz de unos clarines, que animosos le incitaron, la espuela le pone, y libre los aires corta en esferas, como las aguas el cisne, y con tal ferocidad contra las peñas embiste, sin que la rienda le fuerce ni las voces le apacigüen, que en ellas chocando el monstruo hace que se precipite la majestad sacra, estatua que profanada nos dice que es barro el poder humano y hay piedra que le derribe. Matan, el caballo, en quien bárbaras furias se embisten, que Dios irrita los brutos para que al hombre castiguen Ansí acabó la soberbia, ansí la crueldad se rinde, y ansí en las sangrientas piedras Dios tus venganzas escribe. Después de las regias pompas. Nápoles mintiendo abriles, pone en el solio a su hermana, ganando lo que perdiste. Esta nueva te provoque, este castigo te incite; restaura tu reino, haciendo como Camila invencible. Deja el ocio de esta cárcel; lista infantes, junta ristres; y si el hombre infunde esfuerzo, tu mismo nombre te anime, que yo en Nápoles te ofrezco, de los nobles que me siguen la mayor parte del reino y la ocasión más felice. Dios, al fin, me ha vengado, amado padre mío, y ya me absuelve la fe que os he jurado; ya por vos vuelve el cielo y por mí vuelve ya labraros intento, en Nápoles eterno monumento. El ánimo redima la muerte de un tirano desamable; «Al arma» el viento gima; salga el reino del yugo miserable; truéquese el luto en galas, que Camila he de ser, si no soy Palas. En un castillo vive retirada, que le eligió por fuerte lugar solo, defendido del mar, donde la entrada ve en noche siempre la deidad de Apolo. Allí, en griega Artemisa transformada, nuevo milagro y sacro mauseolo, eternos alabastros al sol medra, donde a su padre resucita en piedra. César, a esa mujer prender me importa. Ha de ser imposible. ¿Qué imposible? Cuando se determina y no reporta, ¿el hombre no atropella?... Es invencible la gallarda Camila. Duque, acorta sus alabanzas, que andas insufrible. Para que mis deseos no desdores, yo prometo matalla. Sí, de amores. ¿De amores? Pues quien tanto la encarece, parece que en el alma la retrata. ¿No echas de ver que en la alabanza crece la voluntad? Mas, Duque, será ingrata mujer, que tan gallarda se te ofrece. Matará de gentil De ilustre mata. Y tú matas de necio al que te escucha; grande es tu amor, y mi paciencia mucha. Para ver si es tan fuerte y es tan bella, al campo he de salir; junta mi gente, que ansí la prenderé o haré prendella y veré si es hermosa y si es valiente. Al lado de tu sol, no será estrella, Poca lumbre le das, tu pincel miente; ya en alabarme a mí y en desprecialla andas tan necio como en alaballa. Un bando se eche luego, donde ofrezco todo lo que pudiera al que la prenda, que la dificultad ansí encarezco, porque más bien mi voluntad se entienda. ¿Valdráme esta prisión lo que merezco? Valdráte que jamás de ti me ofenda. Premio infinito es ése. Échese el bando y digan lo que pido y lo que mando. Ciegos y perdidos vamos tras el mayor imposible. Un disparate terrible es, Octavio, el que intentamos, un mentecato buscamos; puesto que su nombre adoro, sin respeto y sin decoro cuya ignorancia publico; que lo que tiene de rico tiene de cansado el oro. Pero discursos dejando, dime: ¿qué piensas hacer, cansados y sin comer? Quejarme al cielo. Callando y comiendo y descansando, menos vendrás a sentir. ¿Por qué había de vivir un pobre, y más cuando ha sido rico? Tu padre ha tenido la culpa. Puedes decir que es causa de este desprecio: la lealtad le costó cara. ¿Que dos millones prestara lui majaderote, un necio? Considera que me precio de hijo obediente. Señor, esto es culpar el error. Del Rey su vida y hacienda. Eso en lo moral se entienda, no en lo político. Amor natural en los vasallos obliga a tales excesos. Los mentecatos son ésos. Los infantes y caballos junta. Voy a convocallos. ¿Dónde me esperas? Aquí. La guarda venga tras mí, que entre esos olmos asisto. ¡Válgame Dios! ¿Qué hay, que has visto una olla? Un ángel vi, un sol, una admiración. Todo eso viniera a ser, a ser cosa de comer. Eres civil. Soy glotón. ¿Has visto mujer tan bella? ¿Y has visto hambre mayor? Eres civil. Soy pastor. Mira en el mundo una estrella. Mírate en el agua, que ella libre te está provocando, las yerbas descalabrando con las perlas que te tira. Mira un sol, un cielo mira. Pienso que estás delirando. Ya la miro, ¿qué tenemos? Esta la comida sea. Mira cómo se pasea. Come, que es maná el que vemos. No siento lo que comemos. ¿No ves que espíritus son? Son de blanda digestión, pues los como y no los siento; mas ya me abrasa el pimiento, ¡oh, maldito pimentón! Guisado espiritual con pimiento, ¡infame gusto!; digo que es guisado injusto o cocinero infernal, Limpio y parlero cristal, que con labios de rubís que de esas flores teñís perlas mostráis transparentes, si no son líquidos dientes con que mis penas reís: trocad la naturaleza en ocasión tan precisa; sed lágrimas, si sois risa, por piedad y por terneza; acompañad mi tristeza con vuestros sordos gemidos. Pues ya estamos bien comidos, vámonos a reposar. Siempre cansado has de estar. ¡Qué tiernos y qué manidos los espíritus estaban! ¡Linda comida, por Dios! Allí están dos hombres. ¿Dos? Los álamos les prestaban celosías. ¿Si escuchaban mis quejas? Pienso que sí. Hazles que lleguen aquí. ¡Hola! Ya nos han sentido; de lo que habemos comido querrán escote. ¡Hombre! ¿A mí? Llamad al que os acompaña. Ya la hermosura me encoge. ¿Quién sois, y qué hacéis aquí? Dos peregrinos que el orbe discurrimos, que a la risa de este cristal que se rompe sin compasión en las peñas y sin aviso en las flores, estábamos dando un rato treguas al cansancio enorme. ¿De dónde sois? De un país donde espíritus se comen, y andamos endemoniados. Vuestra hermosura perdone a este necio. No hay discreto sin comer. Basta. ¿De dónde sois? De Nápoles, y agora de los inconstantes golpes de la fortuna, tras quien sin albedrío y sin orden vamos ansí peregrinos. ¿Pues tenéis quien os enoje en Nápoles? Las mudanzas y los tiranos rigores que en ella ha habido en dos años, en tal cuidado nos ponen. Tiranizóla un ingrato, un Fálaris, un Creonte, que ansí a los nobles ha opreso con crueldades. ¿Sois vos noble? No, que en los pobres jamás la nobleza se conoce. ¿No murió ya el Rey? El cielo oyó las piadosas voces del pueblo; mas le sucede Julia, en la crueldad conforme. ¿Cruel es Julia? Es hermana de Ludovico. ¿Y qué nombre tiene por allá Camila? No hay quien su virtud no adore, quien su clemencia no estime y quien su hermosura no honre. Su reina la aclama el pueblo, y como gentes convoque, la han de admitir. ¡Plega al cielo, que a su antigua patria torne! Y en fin, ¿qué es lo que buscáis? Calidad, monstruo que corre con los dineros, pues dellos en el mundo se compone. Dineros vamos buscando, sin saber cómo ni dónde. Ya le digo que saltee, ya le aconsejo que robe, pues los que roban los hallan en los campos y en los montes. Si calidad vais buscando, la fortuna en mí os socorre. Aurelia, estos peregrinos lleva, y manda que se alojen junto a mi tienda. Fortuna, pues en mis ideas pones tan altos los pensamientos, no quieras que se malogren. Y mande también vusía, si es que en las cocinas la oyen, que cualque cosa mañemo de gratato o macarroni, de piñata y de rostuto. Harás que un refresco tomen. ¡Vivas, señora, más años que el alano de San Roque! ¿Quién será aquesta mujer? Un ángel que nos socorre. Es ángel, es sol, es cielo: ya voy perdido de amores. Yo de hambre y sed, porque llevo sed por mil y hambre por doce. Perdido y desesperado y loco, que este es el nombre que merece la osadía en que la ambición me pone. Vengo a emprender una hazaña que ha de dar vida a los bronces, materia eterna a la fama y aliento a las ambiciones. César el premio me ofrece, y a ayudarme se disponen la velocidad del sol y las sombras de la noche. Mi resolución ayudan Y me aseguran los bosques: haz, fortuna, que mi padre sea Federico el Conde, y que con mi atrevimiento su vil fortuna se postre. Hombre, ¿quién eres? Las plantas raudamente te responden, que en esta ocasión remito a las plantas las razones. ¡Aurelia, gente, Amadeo, soldados! Para que compre calidad mi atrevimiento, los pies son alas veloces. Voces da su Alteza. ¡Cielos!, Robada la lleva un hombre, que en un caballo la ha puesto, que ijares y piedras rompe. EI ejército lo siga. Amadeo, al arma toquen. ¡Triste suceso! ¡Infeliz! Yo he de ir desmintiendo montes tras ellos. Será imposible alcanzallo. Traidor, oye: guárdense de mí sus pueblos. Y de mí sus bodegones. ACTO 2

JORNADA SEGUNDA

Hombre, ¿qué pudo moverte a tan bárbara locura? Desestimar mi ventura, perder el miedo a la muerte; porque los hechos gloriosos los consiguen los osados, como los desesperados los casos dificultosos. Sí, que desesperación, puesto que bien te ha salido, lo que has intentado ha sido. Tienes, señora, razón; pero como el desdichado tiene descanso en la muerte, buscándola desta suerte, esta locura he intentado. ¿Pues qué te movió? Su Alteza prometió al que te prendiere todo lo que le pidiere en Nápoles. ¿La bajeza del interés pudo hacerte desesperado? ¿Pues quién podía hacello más bien que un monstruo tan bravo y fuerte? Pues si interés te movió, ¿yo dártele no podría sin tanta bajeza raía? No, señora. ¿Por qué no? Porque en Nápoles codicio este interés, donde tengo un padre, a quien le prevengo, con digno y piadoso oficio el descanso que tenía: que un hijo que tiene honor debe pagar en rigor, por piedad y cortesía, parte de lo que les debe a sus padres, que querer llegar a satisfacer toda la deuda, es muy breve plazo la vida. Tal es del hijo la obligación; y ansí esta piadosa acción, más que el villano interés, me ha movido al desacierto que has visto. Padre has tenido; si lo has amado y querido, y si hoy lo veneras muerto, por tu amor, disculpa el mío. No pases más adelante, porque en caso semejante honro todo desvarío. No podías suspender mi pesar con otra cosa; que soy hija y soy piadosa, y sé amar y agradecer. Por mi padre estoy ansí, y en tan enorme pesar me consuelo con hallar hijo que me imite a mí. Toma este diamante. Advierte. Esta ha sido ejecución por tu padre, y la prisión te pago yo desta suerte. Dame esos pies. Yaya preso. Ansí mi intento consigo. ¿Preso yo? Haced lo que digo. ¿Yo preso? Vos. ¿Por qué exceso? Allá os lo dirán. ¡Señora! Yo, amigo, ¿qué puedo hacer siendo una pobre mujer que su prisión también llora? Venid. Vamos. Ya es forzoso morir de desesperado, si el premio del desdichado se guarda para el dichoso. Vuestra Alteza me perdone, que la orden que traía pervirtió mi cortesía. No hay disculpa que os abone; que no excusa el ser cortés la orden; podíais grosero, serlo conmigo primero y ejecutarla después. ¿Conóceme Vuestra Alteza? Muy bien os he conocido. ¿Quién soy? Un inadvertido, un necio. Con aspereza le trata. ¿No ha de tratallo, si presa la trae ansí? Volar con ella le vi en un alado caballo. Quiero llegar. -César ... Ya tiene vuestra Alteza aquí lo que deseaba. Ansí de vos satisfecha está vuestra Reina: cumpliré mi palabra. ¿Eres tú aquella Camila invencible y bella? ¡Hola!, ¿no hay quien me dé un asiento? Solamente la Reina lo tiene aquí. ¿Eres tú Camila, di? ¿No traéis en que me siente? ¡Hola! Sólo la que reina se sienta. Pues ponte en pie, para que sentada esté pues sabes que soy la reina. ¡Alza, loca! Sí, lo soy; nadie llegue, que empuñada tengo en la mano la espada, y con ella, más lo estoy. Ya el mundo dello se admira, que es, si a furia me provoco espada en manos de loco, lengua en la mujer con ira. Pero el asiento quitad, o yo ansí le quitaré, que estando las dos en pie se duda en la majestad. Matadla. Será a traición, porque de la misma suerte venga a ser, Julia, mi muerte, que hoy ha sido mi prisión. Más gloria el triunfo te diera saliéndome tú a prender, pues de mujer a mujer poca la ventaja fuera. Pero mandar a un soldado que en el bosque se escondiese y ansí a traición me prendiese, tus victorias ha infamado. Y a este prendelle después, porque el premio te ha pedido. ¿No es César quien te ha vencido? ¿César a mí? ¿Pues no es César? ¿qué es esto? Señora, cuando este caso emprendí, orden a un soldado di, que queda en mi cuarto agora a mi favor, sin el cual no consiguiera la gloria, y ansí es mía esta victoria, por ser yo su general. Eso es cuando está presente, y cuando atreve su vida; mas la gloria merecida es del preso solamente. Haced el preso traer. (Mi descortesía ha sido demonio, pues ha infundido furias en esta mujer.) En mi cuarto retirado le tengo; que fue mi intento premiarle el atrevimiento. Id, Duque, por el soldado. Agora que has emprendido conmigo tan vil empresa, ¿qué intentas? Tenerte presa. Villano temor ha sido. Porque el traidor, temeroso, siempre del que ofende está, y alevosas trazas da por vivir con más reposo. Temo la conspiración del reino, y la excuso ansí teniéndote presa aquí. No está el ánimo en prisión, aunque esté preso. Aquí viene el Soldado. Álzate. ¿Fuiste el que a Camila prendiste? El Duque mi lengua tiene; mi general es, y ansí lo que él dijere será. Que la prendió, claro está: quien sabe vencerme aquí'. Él la trujo, a él se le debe el premio. Dame esos pies. Los brazos, sí. (Galán es; alma y espíritus mueve en toda acción.) ¿Qué os movió a esta locura? Saber que tu palabra ha de ser inviolable: ella me dio atrevimiento; ella labra en mí; que nadie emprendiera hecho glorioso si hubiera falta en la real palabra. Yo la di y la cumpliré; haced memorial. Yo voy. Pedid, que deudora soy y Reina. Andad. Vida os dé en bronce la eternidad. Ya rico y ya ilustre soy; ya, padre, tendrás desde hoy por las armas calidad. Duque: a Camila pondrás en una torre. A la reina. Laurencia sólo es la reina. Necia, Camila dirás; yo reino Yo soy quien reina por única. Yo por sola. Plaza a vuestra reina, ¡hola! ¡Hola!, plaza a vuestra reina. La fortuna loca y ciega el bien que gozando está al que lo huye lo da y al que lo busca lo niega. Y es desdichado el que llega a buscallo, conociendo su tiranía y sabiendo que la inconstante fortuna, si tiene piedad alguna, es con el que la va huyendo. Tanto el deseo se esconde, que pienso que no he de hállalo; mas la prisa de buscallo hace el cuidado mayor, Mas él es. —Padre y señor. ¿Calláis? De contento callo, que por poderme vencer y de mí mismo triunfar, como he callado el pesar quiero callar el placer. Pero imposible ha de ser, aunque atropellarme intento en tan grave sufrimiento, que es cuando el alma se enfrena menos resistir la pena que resistir el contento. Por las armas prometí volveros la calidad, contra la desigualdad de la fortuna en que os vi, y esto ha sucedido ansí. Pues vuelvo, señor, a veros con calidad y dineros, si los dineros lo son. ¿Qué dices? Que la opinión y la hacienda he de volveros. Poneos, padre, este vestido y vamos luego a palacio, que el gusto no pide espacio cuando de prisa ha venido. Hoy un diamante he vendido para vestimos; entrad, y estas glorias celebrad, y decid, pues llego a veros, por las armas, con dineros, que ellos dan la calidad. César, prudencia no tiene quien no teme los peligros, que es la confianza siempre de los agravios principio. Mostrarse aquesta mujer, Duque, tan libre conmigo, no debe de ser sin causa. Conspiración imagino en el reino. Lleno está de encubiertos enemigos, que tu confusión desean, aunque yo no te lo he dicho. El condestable Amadeo, en sus villas y castillos, armas encubre y soldados; el Regente y sus ministros te engañan, y de secreto, quien más mueve es Federico, ambicioso por cobrar los estados que ha perdido por soberbio. Yo de todos, Duque, vengarme imagino. De la corte he desterrado al Regente, y tengo escrito que me envíe de París el rey de Francia, mi primo, un varón de su asistencia y de mi privanza digno, que de consultar ninguno de Nápoles me confío. Será el Regente de Francia, y de ella algunos presidios pondré en el reino y saldrán del, por rigor y castigo, los enemigos secretos. Federico y sus tres hijos son los contrarios más fuertes, no digas que no te aviso. Glorioso vengo a esos pies por el premio prometido, pues las palabras reales el cielo leyes las hizo. Ansí dice: «La merced que a vuestra Alteza le pido por la prisión de Camila, es sólo que en sus antiguos estados hoy restituya, abonando mis designios a Federico, mi padre.» ¿Vuestro padre es Federico? Sí, señora. Sí, señora. ¡Loco, villano, atrevido! Ansí los estados vuelvo, y ansí los papeles firmo. Salid de Nápoles luego, o en los átomos rompidos, blancas lisonjas del viento, hallaréis tantos castigos como letras con que aquí la sentencia os notifico de muerte, si en ella estáis mañana, que Ludovico vive en Laurencia y Laurencia sabe castigar delitos. ¿Qué dices desto? Que aquí claro el efeto se ha visto de tu poca discreción y de mi poco juicio. Si dice por bando expreso V por pregones y edictos que el que a Camila le traiga presa pida a su albedrío lo que en Nápoles quisiere, y yo le pido lo mismo que era nuestro, ¿en qué soy necio, en qué soy inadvertido? En que siendo desdichado, apruebes los beneficios de la fortuna, que ingrata ansí ha dado en perseguimos. De Nápoles nos salgamos; excusemos los precisos daños que nos amenazan; dejemos esta Calipso, esta Medea de Italia y esta cruel, que es lo mismo que Calipso y que Medea con sus encantos y hechizos. ¡Ah, cruel! ¡Ah, ingrata! ¿Quién da voces? Dos afligidos que a la fortuna llamamos, y es sorda y no quiere oírnos. Danos tus pies. Levantad. ¿No sois vos el que atrevido me prendió? ¡Pluguiera a Dios que en tan loco desatino perdiera la vida entonces! ¿Julia Laurencia no os premia? Porque el premio le pedimos, de Nápoles nos destierra. ¿Quién sois? Tan desconocido estoy después que soy pobre, que quién soy no sé deciros; sólo os sé decir que estoy tan pobre y tan abatido por vuestro padre y por vos. ¿Qué decís? Verdades digo, yo soy Federico el conde, que para restituiros en el reino, dos millones os presté, y agora vivo por ello en tanta miseria, que de puerta en puerta pido. ¡Ay, Federico!, creed que todos en él perdimos estados y libertad; pero si vivo y me libro desta prisión en que estoy, y a quien vos me habéis traído, la mitad prometo daros de mis reinos, si a ser míos llegan algún tiempo. Agora con esto puedo serviros; que sólo tiene una presa cadenas. Ponernos grillos queréis con ella: que somos piadosos y agradecidos. Y ansí, señora, prometo, por los orbes peregrinos, convocar nobles vasallos, incitar reyes vecinos, hasta daros libertad, ya que os prendí inadvertido. El condestable Amadeo, con sus parientes y amigos, gente junta; ve a buscalle y dile cómo he sabido que las gentes de esta fiera postraron el obelisco donde mi padre habitaba, jaspes y alabastros limpios. Desmantelando la fuerza, que esto lloro. Ya publico a voces tu libertad. Yo a los cielos se la pido. Id con Dios, que si la cobro, todos quedaremos ricos. ¡Luciano, vítor! ¡Vítor! Quedo muy agradecido al favor que he recibido. Todos. Vítor al señor Dotor. No ha visto jamás París tan grave acompañamiento eternamente, argumento de lo mucho que lucís en esta Universidad, cuyo claustro hace de vos tanta estimación. A Dios, que engrandece la humildad, estos favores le debo; que pienso que premios son de mi piadosa intención; pues comenzando de nuevo mis estudios, he lucido en tan breve tiempo tanto, que de mí mismo me espanto. Premio a la virtud ha sido de estudios tan continentes, pues viendo vuestro cuidado, el claustro os ha graduado con los aplausos presentes, a su costa. Mueve Dios sus ánimos en mi aumento. Subiréis al Parlamento del Rey. Será de los dos el honor que consiguiere. ¿Quién es el dotor Luciano de Vuestras mercedes ? Gano tanto en serlo, que no quiere que lo dilate el honor que merezco; yo soy ése. Este mandó que le diese agora el Rey, mi señor. ¿A mí? Si no hay en París otro Luciano, será vuestra merced. Claro está. ¡Válgame Dios! ¿No le abrís? Si es gusto, ¿qué hay que temer? Cuando llega sin pensar, más que se teme un pesar se ha de temer un placer. «La Reina de Nápoles, mi prima, me pide un Regente para su Vicaría, varón selecto en nuestras escuelas, en quien juntamente resplandezcan virtudes y letras. Hanme dado noticias de vos vuestros maestros, y ansí os hago en su nombre merced de esta plaza. Venidme a ver, que quiero admirar en tan pocos años tanta alabanza, y daros la ayuda de costa necesaria para el camino. — El Rey.» Déme vuestra señoría las manos. Los brazos son lisonjas del corazón y efetos de mi alegría. ¡Ay, Urbán!, que esto es premiar, como el sabio lo predijo. Dios los deseos de un hijo que sabe a un padre estimar. Ya la calidad os llevo, que por las letras juré conseguiros; ya os pagué, padre' y señor, lo que os debo. Ya con espíritu nuevo al mundo resucitáis, ya Federico os Llamáis.— Ven, Urbán. Hoy partiréis. ¡Oh, letras!, mucho tenéis de Dios, pues hombres criáis. ¡Que con tan grande rigor el cielo me desampara! ¡Vive Dios que me matara con el demonio! Mejor fuera con la que nos mata, que contigo de hambre muero; que si es ingrato el dinero, ella también es ingrata. ¿No dicen que aparecerse suele el demonio al que está desesperado, y le da cuanto pide? Suele verse mil veces. Locuras deja, que hablar de veras deseo. Digo que sí, y yo le veo siempre que encuentro una vieja. ¡Vive el cielo que te mate! Siempre de burlas estás. ¿Aun quieres matarme más? Demonios. Es disparate llamarlos, que no vendrán, porque de prestar dinero se está muriendo un coimero y allá ocupados; están. Mas por tu vida, señor, que eches de ver que anochece y que lugar no parece, y que este tiempo es traidor; que las nubes en invierno son azacanes del mundo, y que este valle profundo es retrato del infierno. En estos desiertos vimos a Camila. ¿Aun das en eso? Aquí, amigo, perdí el seso. Y aquí la cena perdimos. Mira qué nubes se van levantando poco a poco. Húndase el mundo. ¿Estás loco? Si llovieran vino y pan, ¡pluguiera a Dios que esta noche otro diluvio se viera. Piquemos, pues. Yo lo hiciera sobre la arquilla de un coche, donde: un Saturno barbón salpica, sin cortesía, a la pobre infantería y pega sin compasión; pero a pie, no puedo más. Allí apenas se termina Un edificio. Ruina Desmantelada dirás. Vámonos allá acercando. ¿Y allá qué habemos de hacer, cansados y sin comer? ¿Estos es buscar, no buscando, dineros? Esto es buscar desdichas y menosprecios. ¡Qué envidia tengo a los necios, porque jamás sin cenar se acostaron! ¿No es pastor aquél? Angel di, ángel es. Dale una voz, pues le ves. ¡Señor pastor!, ¡ah, señor pastor! ¡Oh, qué bien criada es la hambre y qué discreta! Mas si la engendró un poeta aguda y sutilizada, claro está que lo ha de ser. ¡Ah, señor pastor! ¿Quién llama? No temáis. Como la fama del mal que suelen hacer los soldados, siempre es tal, en los montes los tememos. En la hambre lo seremos; pero no en haceros mal. Decid, ¿hay cerca de aquí población alguna? Hay dos. Buenas nuevas os dé Dios. ¿Y habrá bien qué comer? La que más cerca se ve, ¿cuánto está de aquí? Sí. Larguillas, doce millas. ¡Doce millas! Malas nuevas Dios os dé. ¿No tenéis cabaña vos, en que esta noche pasemos? No, por Dios, que perecemos. ¿Tenéis leche? No, por Dios. ¿Y pan? No, por Dios. ¡Groseros!: ¡vive Dios! ... Hoy vino todo a faltarnos. Lindo modo Este de buscar dineros. A la mañana vendrá el zagalejo, que fue a Belsi, y franca os haré mi voluntad. ¿Y no habrá abrigo donde pasemos esta noche? Este castillo, tiemblo, señor, de decillo, algunas noches solemos habitar; pero son tales los estruendos, los ruidos, los suspiros, los gemidos y las voces infernales que se oyen, que, sin dormir, a lo raso nos salimos y a los montes no subimos, sin podellos resistir. Será algún duende, o será alguna doncella en pena, que es lo mismo. Estruendo suena que horror a los montes da. ¿De muchos? De muchos. Pues almas de sastres serán, que aquí cosiendo estarán. Antes, dicen muchos que es estar en él enterrado el Rey de Nápoles, muerto a puñaladas, y es cierto, que yo le he visto animado en blanca piedra, y me espanto que un rey de piedra ande en pena, y más que en Belsi se suena que fue varón justo y santo. Y otros dicen que anda aquí el alma de un Ludovico que le mató. Albergue rico; comeremos bien ansí. Por lo que me has dicho, en él esta noche he de quedarme. Eso es querer añadir disparate a disparate. ¿Qué dices? Que quiero entrar. Dime: ¿qué puede ganarse con almas en pena? Estas jamás de las penas salen en que están; y ansí estas voces, tan horribles y espantables, serán de demonios, v éstos son espíritus cobardes. ¿Cobardes son los demonios? ¿Qué dices, si aún de su imagen tiembla el mundo? Verdad digo. Si por ser tus semejantes, a los soplones tememos, con ser demonios en carne, ellos, que incorpóreos son, por ser materia del aire, ¿no han de ser más invencibles y más espantosos? Baste, no me repliques. ¡Señor! ¡Vive el cielo, que te mate! Si tú estás desesperado, yo no; que es mucho con hambre no estarlo. En este castillo tantas desdichas se acaben; aquí tengo de morir. Entra. Mac. Señor, no me mandes entrar, por amor de Dios, que me dejes que te guarde la puerta, que aquí estoy bien. Esto ha de ser, no te canses. ¡Pobre Macarrón! De día, la entrada no excusa nadie; antes, sin entrar, jamás ha pasado caminante, que hay en sus salas y techos admiraciones notables, y entre todas, un sepulcro que sobre bruñidos jaspes, blancos alabastros sufre, en quien de rodillas yace también de alabastro el Rey y porque no te acobardes, mira cómo entro yo solo; Seguidme. Señor, ya es tarde; con la mañana entraremos. ¡Vive Dios!, que he de llevarte en los brazos. San Remigio y San Cirilo me saquen deste peligro. Seguidme, Del infierno la voz sale. ¿Por dónde vas? Por aquí, antes que la luz nos falte, entrad, veréis el sepulcro. ¿Por qué al infierno me traes? ¿Eres tú mohatra o juego? Suéltame. De aquí no pases, que esta es la sala primera. ¡Famosa vista! Agradable. De día; pero de noche, Belcebú que en ella aguarde a un espíritu que ahoga y en el viento se deshace. ¡Cobarde!, a tres hombres juntos, ¿quién habrá que los contraste? La más ruin alma en pena de la otra vida; no trates de hacer locas experiencias con almas que nos desalmen. Mira el sepulcro. En las venas apenas me queda sangre, viendo el retrato de aquel que a estado tan miserable nos reduce. Aunque Laurencia mandó que le derribasen, los soldados, respetando su presencia venerable, no la obedecieron. Dice ansí este epitafio: Hic jacet Federicus Magnus Rex Siciliarum et Italiae, Occissus á Ludovico violenta crudelitate. Sit terra levis.—Por vos. Por vos padecen, rey inconstante, mis hermanos tantas penas. tantas desdichas mi padre; por vos de esta suerte vamos, sin hallar quien nos ampare por los orbes peregrinos, examinando desastres; y pues en vos no he podido, ¡vive Dios!, que he de vengarme en vuestro alabastro eterno, como el toro que deshace la capa del que le ofende. Respeta el frío cadáver que el sagrado busto ocupa. Vivo, glorioso y triunfante agora verle quisiera, para hacer lo mismo. Dale, que por mucho que le hieras, le sacarás poca sangre. Tirano y bárbaro rey: mi honor y mi hacienda dadme, o, ¡vive Dios!, que he de haceros tantos átomos y partes como miserias nos distes, como hacienda nos quitastes. Y para que echéis de ver que no hay temor que me espante, aquí he de pasar la noche. ¡Vengan furias infernales contra mí! Señor, ¿qué dices? Digo que aquí he de quedarme, para ver si con Enrique contra mí espíritus salen, su escura prisión rompiendo, burlando su eterna cárcel: ¡entrad más adentro! Espera, que ya no hay luz y son grandes las salas. Yo estoy reñido con el alma de un pelaire; excusa aquí, por tu vida, que me mate o que la mate, porque es alma de la carda. Ya no es tiempo de donaires. Entrad. ¡Pobre Macarrón! ¡plega a Dios que desta escapes! ACTO 3

JORNADA TERCERA

Señor, por amor de Dios, que de nosotros te duelas, ¿dónde nos llevas ansí? A ver si hay almas que vengan a espantanos. Necedad será tan loca experiencia: si no eres excomunión, con las almas no te metas. Déjalas en su país, que los tres en tal tiniebla los raigones parecemos en la boca de una vieja. Mas, ¡ayl ¡Ay! Callad, cobardes. ¡Vive Dios, que un alma en pena me asió las manos! Y a mí. Salgámonos allá fuera, por amor de San Cirilo, que quiero ver las estrellas. Esta es una galería; por allí se va a una huerta, que a otra pieza corresponde, y ha de haber una cisterna no sé en qué parte, y podrías, ansí a oscuras, dar en ella; no pases de aquí. El temor, pintando lo que deseas, hace tu lengua pincel. Si dicen que los que esperan a solas al enemigo muestran mayor fortaleza, más ánimo y más valor, tú que de suerte te precias de gallardo y de animoso, a solas tu esfuerzo prueba con las almas, y a nosotros en ese campo nos deja, que allí estaremos mejor, aunque hiele y aunque llueva, que hace aquí bochorno extraño y es infernal la marea. Si en eso sólo consiste, dejadme y salíos. Espera. Cobardes, dejadme solo. Si tú, señor, no nos llevas, Belcebú, que a solas salga, aquí un poco te recuesta. Recostémonos, que es todo lo que de espíritus cuentan mentiras y disparates; duerme un poco. Yo quisiera; mas como estoy sin comer, tengo, señor, la cabeza como cofre de tahúr, como casa de poeta. Mira cómo he de dormir con tal vanidad en ella. Señor, amigo, señor: recuerda, amigo, recuerda. ¡Vive Dios, que se han dormido! ¡Que haya bellacos que apenas se acuestan cuando roncando el sueño en los ojos tengan que parece que venía guardado en la faltriquera! Estos perros no discurren; estos bellacos no piensan; estos brutos no imaginan, no se fatigan, no rezan. ¡Ah, quién pudiera imitallos! Pero si el rosario es treta, contra el sueño en este trance me ampare y me favorezca. Pater noster .. .Malo es esto: Qui es in celis ... >Más cadenas. Sanctificetur ... ¡Amigo! ¿Quién llama? Saber quisiera ... Nomen tuum. ¿Mi nombre? Sí. Mañana. Ya otra vez suenan; muerto soy, ¡amigo, amigo! Déjame dormir. Adveniat regnum tuum. Déjame. Fiat voluntas tua. ¿Es culebra? Para mí. «Sicut in cielo; ¡Escuche! Déjame. Es fuerza saber su nombre. Es Clarindo. ¿Cómo? Clarindo. Et in terra. Panem nostrum cotidianum da nobis hodie., ¡Oiga, advierta! Et dimitte nobis. Basta. «Debita nostra. ¡Ay! ¿Quién reza con esto? Sicut et nos dimittimus ... Mas se acercan. ¡Ay! Debitoribus nostris. Mucho estas almas vocean! Et ne nos inducas. ¡Ay! Esta es alma de doncella; in tentationem…, Señor, mucho el mal olor me aprieta. Sed libera nos a malo, Bueno aquí el romero fuera. Amén, Jesús. ¿Qué hay? Escucha. ¿Qué he de escuchar?: las quimeras Que engendra el no haber comido. Reposa, que esa es flaqueza del cerebro. ¡Ay! Aguarda. ¿Quién supiera quién se queja? Alma que andará de parto. iAy! Válgame Dios, qué fiera y espantosa voz! ¡Octavio! ¿Nombráronme? En nuestra lengua. Otavio, Otavio ¿Quién llama? Llega a vello. ¡Guarda afuera! Contra nosotros, señor, el purgatorio se suelta. Armémonos de responsos. ¡Otavio! ¿Quién eres? Llega y lo sabrás. Sin luz, ¿cómo? Llegue ese mozo a encenderla. ¿Yo? Belcebú que allá vaya. Pues yo haré que luz te enciendan; llega. Ya aparece luz. ¡Qué a punto tienen la yesca! Ya hay luz, ven. El corazón en el pecho me revienta y el cabello se me eriza. Ya te acobardas, ya tiemblas. ¡Yo temblar, yo acobardarme! Si los infiernos vinieran contigo. Pues ven. Aguarda, ya voy. No quiero que vengas. ¡Válgame Dios! Muerto soy. Y a mí no me falta cera para el entierro, aunque está corrompida. Aguarda, espera. ¿Conócesme? Sí, sí, sí. ¿Quién soy? En ... En ... En ... si te precias de gallardo. ¡Yo temer! Cólera es ésta. ¿Quién soy? Enrique. No temas Y tu Rey. Mis desdichas lo confiesan. Pues confiesas que lo soy, sígueme. ¿Dónde me llevas? Donde el valor ilustremos; donde probemos las fuerzas, porque otra vez a los bultos soberanos no te atrevas; que al Rey en mármol le anima la deidad que representa. ¿Defenderás lo que hiciste? ¿No quieres que lo defienda? Camina. Toma esa luz y guía por esa puerta. ¿Por esa puerta? Sí, acaba, no tiembles, no te suspendas. Ya voy. Camina delante. ¿Voy seguro? Sí. Pues entra, que ya alumbro. Es en mi noche esa Iuz oscura y muerta. Pues alumbrareme a mí. Mira que no te arrepientas. Sígueme; mal me conoces. Enrique soy. Aunque seas demonio, que no me espantan a mí demonios de piedra. Clarindo, amigo, levanta. No puedo. Pues como puedas, sigamos la luz. Bien dices. Porque nadie nos ofenda, espalda a espalda, finjamos las dos águilas del César. Dices bien. Tiende los brazos, por ver si espíritu encuentras. Y tú también. Pues sigamos la luz. Si escapamos desta, no más almas. ¿Cómo estamos? Ver los médicos quisiera, en quien las almas tomaran venganza de sus recetas. Basta, ya aquí estamos bien. Pues deja la luz, y sea este jardín el testigo de tu infelice tragedia. ¿Este es jardín? Dile infierno, cuyos árboles descuelgan del cielo horror a los ojos, bañados de sombras negras. Aquí sacarte he querido, villano, para que entiendas que de ti ofendido estoy. ¿Y qué pretendes? Que mueras. Pues saca la espada. Yo no la he menester; sin ella aquí te he de hacer pedazos. Retírate, que te acercas. Di, ¿por qué me profanaste? Por mil causas manifiestas, que tú sabes, pues por ti me veo en tanta miseria. Propón tus quejas. Escucha, y sabrás mis justas quejas. Di. Primeramente, estoy ofendido de la fuerza que hiciste a mi padre, haciendo que dos millones te diera, confiscando sus tesoros y embargándole sus rentas, cuando él, con tres mil caballos. Atlante de sus empresas, a su costa te servía. ¿Tienes otra? Fuera desta, tengo el haberle forzado a que la plata vendiera, tapicerías, caballos, muebles y pinturas, que eran la valentía de Italia y la admiración de Grecia. ¿Tienes otra? Y la mayor, que es ver en tanta bajeza a mi padre y mis hermanos, por tu ocasión. Todas esas son quejas muy injustas. ¿Cómo? Como las vidas y haciendas de los vasallos son todas de su Rey, por justa deuda; y ansí digo que anduviste tratando con indecencia a mi alabastro, alevoso y vil caballero, y piensa que aquí te he de hacer pedazos. Retírate, que te acercas. ¿Cómo retirarme? Agora verás lo que te aprovechan el corazón y la espada. pues no hay golpe que me ofenda ¿Cómo eres viento, si tienes de alabastro la presencia? Viento y alabastro soy, villano, para que entiendas que has de hallar piedra al castigo y has de hallar viento a la ofensa. No te alcanzo, Piedra miras y con el viento peleas; la espada no importa aquí. Pues ven a los brazos. Llega. Aquí he de morir. Aguarda, que esto sólo ha sido prueba de tu valor invencible y tu heroica fortaleza. Detente, que no es mi intento ofenderte, que eso fuera ser al beneficio ingrato. Dios manda que te agradezca a tu padre la piedad, y en premio de su paciencia, quiere que le restituya a tu padre, de mi hacienda, los dos millones, y ansí cavarás, cuando amanezca, este lugar en que estoy, hincando en él, para seña, este clavo; y luego, al punto, busca a mi hija, que a ella quiere Dios que des favor porque en su Estado posea con tu ayuda. Ilusión vana, ¿Es de veras? Tan de veras como las penas que paso en la residencia eterna. ¿Estás condenado? No, que esta restitución hecha, del purgatorio saldré; cava aquí, por que paz tenga, y tu padre calidad, que en los dineros se aumenta. Sácame destos rigores; redímeme destas penas. ¿Tales son? Dame esa mano, por que compasión me tengas. ¡Ay!, ¡ay!, ¡válgame Dios!, ¡ay!, que me abrasas, suelta, suelta. Pues ves el rigor que paso, no quieras que en él perezca. ¡Muerto soy! ¡Ay!, ¡vive Dios, que me asieron de una pierna! Aguarda, mi amo está aquí. En tierra está Otavio, es cierta su muerte. Si lo es la suya, también lo será la nuestra. Ya le dije que con almas, Clarindo, no se metiera. Si le han muerto, ¿qué juez le sacará de la iglesia? Lleguemos. Señor. Yo haré lo que me pides y ordenas, por que de ese rigor salgas. Mac. ¡Señor! ¿vivo estás? Pudiera no estarlo, a no ser de Dios particular providencia; luchando con la visión, se desvaneció en la tierra, y yo sobre ella caí como ves. Siempre fue necia toda experiencia, señor; salgamos antes que vuelvan, pues tenemos luz. Las glorias y las virtudes comienzan siempre en las temeridades, que éstas la fortuna premia. Hoy a mi temeridad debo esta gloria. ¿Qué sueñas? ¿No te dicen mis palabras mi ventura? ¡Oh, noche!, mezcla tus sombras en las espumas del mar, para que el sol vierta, entre espíritus de luz, granos de oro y blancas perlas. Salgamos a recibir al día, que el que se acerca a la esperanza, entretanto, engaña lo que desea. Bien dices; guía y salgamos. Por que mañana se vea donde Enrique se escondió, hincado este clavo deja. ¿Curiosidades agora? Estando yo aquí, no temas. Hinca el clavo. ¿Temor yo? Haré que el clavo se sienta en los abismos. Ya basta. Pues vamos. Toma esa vela. ¡Ay de mí, señor! ¿Qué tienes? Por Dios, que me favorezcas, que de la capa me tiran; mas dejareles con ella. ¿No adviertes que la clavaste? El miedo es inadvertencia; sí, por Dios, clavada está. Salgamos. Lo peor queda. Ruego al cielo que las almas no nos cojan entre puertas. No temáis, padre y señor, que yo, para enriqueceros, poderoso vuelvo a veros, pues en tan bárbara edad, es tan vil la calidad, que consiste en los dineros. Ya mis letras el decoro que perdiste os han devuelto, y esa caña se ha resuelto báculo de piedras y oro. Ya, padre, rico os adoro, si consiste en el ser rico la calidad que publico; volved de tanta bajeza, si es el honor la riqueza. a llamaros Federico. Abraza a mi padre, Urbán. Si esto en secreto se hiciera, más cordura pareciera, que murmurarte podrán los que adulándote están; que aunque piedad te parece, tal vez la virtud perece por semejantes acciones. En todas las ocasiones el padre este honor merece. Y si porque así lo ves, Urbán, lo desconociera, yo el vil, yo el villano fuera y él fuera lo mismo que es Padre, postrado a esos pies, quiero a Italia publicar que vos no podéis bajar ni que yo os puedo exceder; que el tiempo os quitó el poder, pero no os quitó el lugar. Balanzas somos los dos, y aunque alto me considero, abatirme al suelo quiero para que os levantéis vos; que si a las manos de Dios nuestro peso he reducido, tiranía hubiera sido, habiéndonos Dios pesado, ver el hijo levantado estando el padre caído. ¡Ay, hijo del alma mía!; las balanzas igualemos, por que las almas pesemos al compás del alegría. Padre, ya ha llegado el día de pagaros lo que os debo. Ya a llamarte no me atrevo hijo aquí; yo el hijo soy, tú el padre, pues vuelves hoy, hijo, a engendrarme de nuevo. ¡Que un villano sea Regente! Diré quién es a su Alteza. Debo, amigos, la grandeza al que ya aquí veis presente. Fed. Luciano, no digas que eres mi hijo a la Reina, mira que son el amor y la ira vehementes en las mujeres. Hazme villano, si quieres verte en su reino estimado; mira que me ha desterrado de Nápoles, por traidor, y mira que su rigor de nuevo se ha confirmado. Porque después que Rufino dio a Camila libertad, alterada la ciudad, con bárbaro desatino su gente a prenderme vino, y para encubrirme ansí este vil traje vestí. Padre, estimo la advertencia, aunque ya de la regencia traigo la cédula aquí. Este aviso es de importancia. Haré lo que me has mandado. Ya está aguardando el Senado. Urbán, tú a Nápoles pasa, visita a su Alteza y traza los aumentos de tu estado, Besa en mi nombre sus pies, abonando mis defetos, que en los amigos perfetos la ausencia el examen es. Documentos no le des, Luciano, a nuestra amistad. Padre, la mano me dad, que lo que el tiempo no pudo restaure el poder. No dudo que esta es del cielo piedad. No le cumples la palabra. Ansí palabras se cumplen cuando se dan a traidores, para que el daño ejecuten; Camila del se fio, cuando sus campos conduce, y bien, en tal confianza, las obligaciones cumple. Y sí esto hizo con ella, la razón me hace que juzgue que hará lo mismo conmigo, que un traidor no hay mal que excuse. ¿Yo había de ser esposa de un traidor? ¿Cómo no crujen, desencajadas sobre él, las eternas pesadumbres? Los reyes premiar no deben, aunque por traiciones triunfen los que las hacen, que sólo se han de premiar las virtudes. César, tenle en una torre, que no hallo lugar que ocupe más debido a su soberbia, que Dios en torres confunde. Tan justa pena merece, no hay disculpa que se excuse ni te obligue a la palabra. Ya el aire los ecos dulces de los instrumentos quiebra en los montes de sus nubes, nuncios que el Regente llega. Mucho a sus partes acudes. Soy francés y caballero. La lengua del alma es lumbre; ella descubre tu ingenio y tu nobleza descubre. ¿Y de qué país de Francia es el Regente? Del supe ser napolitano. ¿Cómo? ¿no es francés? Las letras suben al cielo las humildades; que son fortunas que infunden próspera suerte en los hombres. Ellas le hicieron que curse en París, donde ha ganado tantos aplausos comunes del pueblo, en tan breve tiempo, que ser prodigio presumen o fortuna superior, que sin ella, aunque uno estudie, no logra sus esperanzas, que antes de sazón se pudren. ¿Que es napolitano? Y tiene padre vivo. ¿Es hombre ilustre? La virtud hace los nobles; porque es como el sol que excluye todo defeto y tiniebla: tanto puede y tanto luce. Eso es decir que no es bien nacido. Nunca busque mal nacido vuestra Alteza, habiendo virtudes. ¿Puse en mi primo, el Rey, mi honor, para que lo ría y burle? Pedí Regente francés, y, haciéndome pesadumbre, me lo da napolitano y hombre vil; ¿dónde se sufre tal menosprecio y afrenta? Su plaza quiero que ocupes tú. ¡Señora! Esto ha de ser. ¡Qué bien incitarla supe! ¡Oh, ambición desatinada, qué de lealtades destruyes! Ya queda preso Amadeo. A vos os lo encargo. Duque: no sea como Camila. Ya el nuevo Regente sube. Déme a besar vuestra Alteza su mano, por el favor que debe al Rey, mi señor, en su nombre mi bajeza; que él por Regente me envía, y es la cédula presente la merced. ¡Gentil Regente a Nápoles nos envía! Volved y decid que os dé la plaza en su Parlamento, y en Nápoles un momento no estéis, que me enojaré. Venid, Regente. ¿Qué es esto? ¿qué fue? ¿qué me ha sucedido? ¿cómo ansí se me ha caído sobre mí el cielo tan presto? ¿No soy el que agora fui, venerado de la gente? ¿No era yo agora el Regente? ¿pues qué soy agora aquí? Hijo, ¿qué es esto? No sé; sólo sé que me han dejado los que me han acompañado, y que la Reina se fue. La cédula me rompió la Reina, airada y cruel. Luciano, en otro papel a romperla se enseñó. Siempre este daño temí; que el sabio debe temello, si no quiere padecello. Pues yo el ignorante fui; Urbán, padre, me ha vendido: Regente es Urbán. Salgamos de este infierno. Padre, vamos, que glorias del mundo han sido. No irritemos la fortuna; a la aldea nos volvamos, a ser Arístides nuevos y a ser nuevos Belisarios. El dinero redimimos, si esfuerzas bien el engaño, fingiéndole embajador, como tengo concertado. En desposeerte del fuiste un grande mentecato. Con ellos juntó en un día Camila diez mil soldados, y con ellos viene agora, con tal silencio marchando. Viene en nombre de Vaiboda, porque de secreto entrando en la ciudad, la prisión hará de la Reina, y dando el dinero yo a Camila, que el Rey difunto me ha dado, su padre, será forzoso que ella vuelva a sus Estados y yo a mi padre socorra y libre de sus contrarios. Allí va tu padre. Amor me hace agora ser ingrato; no quiero hablarle hasta verme con honor y con descanso. Eso es si el dinero vuelve; que si no, a escuras quedamos. La Reina sale. Esto es hecho; aquí me azotan. Temblando estoy. Calla, porque llego. — Del Vaiboda transilvano está aquí un embajador, gran príncipe y potentado, de la Moldavia. ¿Pues cómo viene con silencio tanto? Pasa el príncipe Vaiboda a Roma; viene excusando ansí gastos y alborotos, aunque el Colegio romano lo acompaña y viene a darte, aunque en lenguaje polaco, un gran recado en su nombre el príncipe Balfraganio, de quien yo vengo por lengua. Vueseñoría llegado sea en buen hora a esta corte. Cochimi. Pide su mano. Extraña lengua. Osfricot, quirlin, cucut. Tan despacio quiere hablar, que pide asiento. Dadnos asientos. Quitambo. La merced ansí agradece. Guturo. Lenguaje extraño. Calla. Gaturo. Prosigue. Sácame de estos vocablos; porque si mucho me aprietan, tengo de hablar por abajo. ¿Qué haces, gran señora, ansí con ese descuido, cuando Camila en Nápoles entra? Tripifomio dinerango. Dice, señora, que diga que es el Vaiboda el que ha entrado. Más de diez mil hombres vienen. ¿De tanta gente es su campo? Capolican. Que prosiga me manda. ¿No oyes entrando a Camila en la ciudad con diez mil napolitanos, aunque en trajes diferentes? ¡Lo que el Vaiboda ha causado! ¡Camila! ¿Cuándo Camila pudo, necio, juntar tantos, sin poder y sin dineros? ¿No oyes el marcial rebato de Castelnovo y Santelmo? El príncipe transilvano a Roma pasa de paz con ese escuadrón bizarro. Aquí está el príncipe ya. ¿Veis cómo el temor fue falso? La Reina tienes presente. Dadme, señor, esos brazos. Para prenderte. ¿Qué es esto? Castigo de tus pecados. Tan grande engaño conmigo. Engaños hacen engaños; muere, traidora. Detente. Tu lengua es ley de mi brazo. ¡Viva Camila! ¡Ah, fortuna! Pero si hay falsos vasallos, ¿cómo reyes puede haber? Dadme lo que me quitaron. Esto a mis dineros debes. Y esto debes a mi engaño. La mitad del reino es tuyo. Que me coronen aguardo hoy, juntamente contigo. Llegadme aquellos villanos. En el traje, que son nobles sus espíritus gallardos. Y será enemigo mío quien dijere lo contrario. Agora, padre, os conozco, que honor y calidad traigo, y dineros, que con ellos tan alta ventura alcanzo. Dame esos pies. Levantad. Laurencia: rico y honrado, ya puedo decirte agora, como dijiste, triunfando: «dineros son calidad». Verdad. Pues puedes buscarlos agora para tenella. Mi soberbia has castigado. De tu fortuna me pesa. Ya el dinero te he pagado con la mitad de mi reino, y agora el amor te pago con mi mano; tuya soy. Y yo soy tu humilde esclavo. De la parte de Sicilia, que yo elijo, señor hago a Rufino. Premio es tuyo. Ya del triforme peñasco eres rey. Pues hoy mi reino pongo en los pies soberanos de Laurencia; suyo es ya. A quien sabe obligar tanto, ¿qué he de responder? Corrida y afrentada, me acobardo. Con la mano, el sí de esposa, confirmándolo los labios. Mañana, con regia pompa y con glorioso aparato, se traiga mi padre al Domo. ¿Ha de quedar sin formacho Macarrón? Denme algo a mí. Lucila y seis mil ducados de renta son tuyos. Fue merced con aforro. Y hago del ducado de Calabria merced, señora, a Luciano. Yo gusto dello. A Clarindo haré merced. Hoy quedamos todos, señor, con dineros. Para que decir podamos: Dineros son calidad, pues se alcanza con hallarlos.