Texto digital de Dido y Eneas
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
- Atribución estilometría
- Guillén de Castro y Bellvís Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la modernización automática de la edición en TESO.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de Dido y Eneas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dido-y-eneas.

DIDO Y ENEAS
JORNADA PRIMERA
Ofrece admiración, causa mancilla su tierno llanto en su belleza pura, Ya llega. Tarde salgo a recebilla. El Rey que te recibe te asegura. Tan gran merced suspende y maravilla. Mayor es que su fama su hermosura, como es razón, te sirvo y te consuelo. Postrareme a tus pies, guárdete el cielo, y humilde besare lo que han pisado, porque te obligue más la pena mía. Eso quiero impedirte arrodillado Sobradamente alientas mi osadía, señor... Levanta y siéntate a mi lado. debo a tal calidad tal cortesía. No te puedo negar esas verdades, mas la desdicha abate calidades. Yo soy, Hiarbas famoso, Helisa, dichosa un tiempo, aunque infelice hermana del que en Tiro y Sidón ha merecido indignamente silla soberana, y porque tenga solo el haber sido esposa fui divinamente humana del gran Siqueo, que oye mis querellas, gozando glorias y pisando estrellas. Éste fue a quien la fama eroicamente, dio renombre de magno, en larga historia, y por quien incansable y diligente tendió sus alas, dilató su gloria; y el que altivo, magnánimo y prudente dio bronce duro a su inmortal memoria, dándole Alcides porque diera ejemplo el sumo sacerdocio de su templo. Entre estas glorias tanto amor había, que en nuestras almas donde amor moraba, él con mis pensamientos discurría, y yo con sus discursos me animaba, hasta que un día, ¡ay cielo!, triste día, la vil fortuna que envidiosa estaba. perdona, que me aprieta el sentimiento, y el llanto me congoja. Cobra aliento. Cebo son para el alma en el cuidado las lágrimas, si aumentan la hermosura de una mujer, en ellas abrasado, más tierna tengo el alma que segura. Digo, señor, que en el lugar sagrado entró mi esposo, ¡extraña desventura!, donde limpiaba, a Júpiter propicio, las aras para hacer el sacrificio. Muchos entrar le vieron, mas ninguno le vio salir, cual si caído hubiera en el húmedo centro de Neptuno, y yo triste esperando que volviera al tierno lazo, en tantos importuno, con quejas, ya de acero y ya de cera, ofendida y cobarde, en su tardanza vine a perder del todo la esperanza. Tan infeliz suceso divulgado, y por varias provincias extendido, igualmente sentido y admirado del mundo en opiniones dividido. este dice: «La tierra le ha tragado». y afirma aquel que al cielo se ha subido, y yo daba, entre lástimas y espantos, al cielo quejas y a la tierra llantos. Así penosa, incierta y suspendida con más desconfïanzas que consuelos. cansada el alma de llevar la vida muerta entre diligencias y desvelos; mansamente quejosa y ofendida, tanto obligue a la tierra, que los cielos tiernamente mirando mis enojos, tal vez acompañaron a mis ojos. Y un día que tuviera por pequeño el mundo entero, travesando alfombras, descompuesta al pesar, rendime al sueño; y apenas me llevó a sus negras sombras, cuando, viendo mi daño, vi mi dueño, y vile, ¡ay alma!, con razón te asombras, pienso que ahora, ¡ay cielo!, trance fuerte, lo estoy mirando de la misma suerte. Sosiega el pecho, ese color perdido, que huyendo fue de su mortal desmayo, para mi corazón un rayo ha sido, que abrasa dulcemente con ser rayo. Digo que vi a mi esposo el más querido, y a decir cuál le vi otra vez me ensayo; porque ofendida de mi pena, siento que el mismo orror me pone atrevimiento. Vile, entre sombras con mortal despecho, la cara cenicienta y amarilla, vertiendo sangre, el corazón deshecho, y una espada, con fuerza y con mancilla, desde la guarnición asida al pecho, y a la espalda sangrienta la cuchilla; y así, turbada yo, triste y medrosa, con ronca voz me dijo: «Esposa, esposa». Deja el cuidado y a vivir disponte, no engañes la esperanza, y el deseo de verme más, pues ya con Aqueronte he pasado las aguas del Leteo. pero, querida esposa, en cobro ponte. huye, inocente dido, que ya veo que como a mí te tiene amenazada el brazo riguroso de esta espada. Debajo del altar donde revela. Júpiter su concepto soberano. entrando solo yo a quien más consuela, me hirió una espada y se escondió una mano; diola el poder, compuso la cautela, el fiero Pigmaleón, tu indigno hermano, que cudicioso de mi gran tesoro, blandió el acero por quitarme el oro. Esto dijo, y con fúnebre tristeza de la herida el acero penetrante sacó, y dándole ira a la terneza, volvió la espalda, aceleró el semblante, revolviendo tres veces la cabeza, y tras un hay funesto y tremulante despareció y déjome tan incierta, que apenas sé si desmayada o muerta. Pero volviendo en mí, resuelta en llanto, vacilante y turbado el pensamiento, dudé, temí, temblé. Mas pudo tanto esforzar al sentido el sentimiento, que me infundió valor el cielo santo, y halle en la cobardía atrevimiento para emprender una famosa hazaña, la industria fue sobre valiente extraña. Mas porque no te ofenda la corriente de historia tan prolija y tan cansada, basta decir qué cauta y diligente, oída, obedecida y respetada dispuse voluntades, junté gente; y dando al mar una pujante armada, contrastando sus olas, he llegado donde tengo tus tierras por sagrado. ¿Y dónde, justamente, sin recelo, puesta a tus pies, entre mercedes tantas, en cambio de mi llanto, por consuelo espero el fruto heroico de sus plantas. Deja la tierra, que se ofende el cielo, levanta. Pues al cielo me levantas. y me niegas tus pies, dame la mano. No ofendas lo divino con lo humano. Y para ver cuán tiernamente llora el alma, esa terneza, ese cuidado, desembarca tu gente, y desde ahora de mis reinos dispón y de mi estado, y de mi brazo que te hará, señora, de cuanto incluye el círculo estrellado, travesando por varios horizontes, secando mares y allanando montes. Y para dar certeza a estas verdades, ciudades te daré, como en ofrenda de tu divinidad. Valor me añades. mas porque el mundo mi valor entienda, desiertos campos pido y no ciudades; pues para enriquecerlos traigo hacienda, y gente traigo que podrá, al poblallos, el nombre merecer de tus vasallos. Con más cuidado oída y respetada, seguiré la opinión que más te abona, y ahora en mi palacio aposentada, tomarás posesión de mi corona. En tu valor me miro confiada. A todo el cielo miro en tu persona. Mucho me agrada, estímola en extremo. Mucho me mira, mi desdicha temo. ¡Traición, traición! ¡Fuego, fuego! a Troya desdichada, del cauteloso griego nunca vencida, pero ya engañada. Bien, Casandra, decía, ¡Oh, maldito Sinón, a Troya mía! Griegas armas traidoras resuenan, ofendidas y crueles. las llamas voladoras por los pirámidales chapiteles tan soberbias se encumbran, que al cielo abrasan y a la tierra alumbran. ¡Ay, pueblo desdichado! ¡Ay, cielos ofendidos! ya el griego se ha vengado, ya entre quejas, lamentos y gemidos, fuego en los aires suena. ¡Ay, cielos! ¡Fuego, fuego! Ábrase a Elena. Favor quisiera darte querida Troya, pero estoy mirando adónde, y porque parte iré muriendo y moriré matando, aunque animoso, ciego, entre armas, confusión, desdicha y fuego. Ya no puede mi espada valerte más contra el injusto hado. ¡A Troya desdichada! ¿Acates? Ya del todo es acabado, sino es que tú lo seas, el ser de Troya, valeroso Eneas, de sangre las corrientes, aumentan las espadas y las flechas, y las llamas ardientes huyen del fuego como al sol deshechas, que el gran caballo griego pare gigantes y vomita fuego. Entra, dejando el puerto a los relinchos que le dio el caballo, por el portillo abierto del muro que rompieron para entrallo, tropel de gente griega sorda a las voces y a las llamas ciega, del viejo rey troyano, sin respetar sus canas y su alteza, vi, de Pirro en la mano. de la barba pendiente la cabeza y a Ecuba degollada con más injusta que valiente espada, la hermosa policena, que al cielo escureció las luces claras con sangre, en larga vena, baña del templo las divinas aras; que hace el hijo de Aquiles venganzas grandes, pero hazañas viles. Del palacio asolado el edificio y máquina eminente, ya es monte levantado, que en tierra viva y muerta tanta gente, y ya es urna que encierra las mejores cenizas de la tierra. Ya incrédulos troyanos vuestro descuido pago con la vida. Librarante mis manos. ¿No ves, Casandra, del cabello asida, y un gallardo mancebo que la quiere librar? ¿Quién es? Corebo su pretensor de esposo, que más que el alma su hermosura precia. ¡Oh, joven valeroso! Todos dentro. ¡Vitoria! ¡Viva Grecia! ¡Viva Grecia! Acates, suerte esquiva, que no apellida nadie, Troya viva? ¡Viva Troya, troyanos! acudid a mi voz, yo os acaudillo, las armas en las manos, ofreced las gargantas al cuchillo no cual mujeres viles, prueba en mí tu valor, hijo de Aquiles. ¿Qué importa que, valiente, hieras y mates, invencible Marte, y que la griega gente huya de tu valor, si por la parte donde falta tu espada está Troya perdida y abrasada. Mira tu insigne casa que arroja fuego hasta la misma esfera. advierte que se abrasa tu sangre en ella, ¿dónde vas? Espera, escucha, se piadoso, de allá te llaman. ¿Hijo? ¿Padre? ¿Esposo? Es mi desdicha eterna, Acates, padre, hijo, esposa amada, esa gente gobierna con menos desconcierto retirada, y del ardiente llama sacare aquella sangre que me llama. ¿Hijo? Padre, ya llego. ¿Padre? Esposo, señor, por esta parte ya nos alcanza el fuego. ¡Cielos!, si a repartirme fuera parte, haciéndome pedazos, allí enviara el pecho, allí los brazos. Hijo, mi amor te lleve a tu esposa y mi nieto, esto te ruego no a mí, en quien tanta nieve mejor resistirá el ardor del fuego. Calla los pasos guía. Esa piedad obliga más la mía. ¡Ay, padre, que me abraso! ¡Ay, hijo de mi vida! ¡Esposo, esposo! Eneas, mueve el paso, Ve al tierno hijo. ¡Oh, trance riguroso! Déjame entre las llamas. Cuanto más me despides, más me llamas. Tú serás el primero, a quien socorran mis piadosos brazos. Sea el cuchillo fiero, que envíe por el aire los pedazos destos viles, en pena del robo injusto de la ingrata Elena. Ya nos faltan los bríos. Retiraos, Troya, Troya apellidando, ¡Ea, troyanos míos! reliquia sola del troyano bando, Eneas valeroso, piedad, si es que te precias de piadoso. ¿Quién tuviera mil manos? ¡Divo Eneas, socorro! ¡Aprisa, aprisa! Perdonadme, troyanos, que obligación me lleva más precisa. no me dejes, Creusa. Lo que dispone el cielo no se excusa. Eneas el famoso, va por aquella parte. Alegre nueva. Precíase de piadoso, y al viejo Anquises en los hombros lleva. Morirán a mis manos. ¡Vitoria, griegos! ¡Mueran los troyanos! Sacude de los hombros hijo, el inútil peso de mis años, entre sombras y asombros nos persiguen. Mayores son mis daños. Lleva por esta falda tu tierno hijo en la piadosa espalda. A mi esposa he perdido. Ya es daño sin remedio, ¡cielo santo!, cerca suena el ruido, lleva tu hijo, escápate entre tanto que dejan ocupadas en mi arrugado cuello las espadas. ¿Hay tan confusa calma? Hijo, ya llega el escuadrón tirano. ¡Ay, esposa del alma! ¡Ay hijo, ay padre, ay cielo soberano! adonde un ciprés vieres del viejo templo de la diosa Ceres, me estaréis esperando los dos. Ya voy, ¡ay suerte rigurosa! Mientras que voy buscando con tierno llanto a mi querida esposa, Padre, ¿por qué nos deja? Excusa tengo de tan justa queja. ¿Adónde? Porque parte me llevará mi suerte rigurosa? moriré por buscarte, pues que vivo sin verte, esposa, esposa. pero de un desdichado huye la misma muerte. ¡Ah, cielo airado! Creusa, Creusa, Creusa, siguiendo voy la huella de tus plantas. si la vista confusa no me ha engañado en confusiones tantas, Mas buscarete, ciego, en las entrañas del caballo griego. Creusa, que tirano de glorias mías, tu desdicha aumenta? ¡Qué enemigo troyano mancha mi honor con sangre y con afrenta? Más que en los aires suena que responde a mis voces y a mi pena? lleno pe horror me tiene. ¿Eneas? ¿Quién me nombra? Quien te nombra, y a consolarte viene es de tu esposa la funesta sombra, que vive en la otra vida, muerta con los rigores de esta herida. Pierde el tierno cuidado de hallar la vida de tu esposa cara; que a permitillo el hado, tu peregrinación acompañara. mas tanto bien me impide el que gobierna el cielo, el suelo mide. errante y peregrino, sigue tu estrella, que te irá guiando hasta el reino latino, donde, pujante y vencedor, triunfando, te darán otra esposa, sino tan tuya, pero más dichosa. Y queda en paz, volviendo donde principio des a tus hazañas. a Ascanio te encomiendo, prenda común de nuestras dos entrañas. Esposa, esposa, espera, cuando tú te preciaste de ligera? Creusa, muerta o viva, despídete de mí con tiernos lazos. por los aires arriba te iré buscando y te daré mis brazos. Sombra soy desdichada, menos que viento soy, pues que soy nada. Callad, suspended un poco alabanzas y renombres desta divina mujer, sol ausente, escura noche; por quien tengo ha tantos días a los ecos destos montes cansados de oír mis quejas, y de repetir su nombre; mientras miro en esta tabla un borrón de sus colores, un rasgo de su hermosura, con que mis entrañas rompe. ¿Qué honestidad? ¡Qué belleza! tal es, que aun pintada pone amor y miedo en el alma, por quien se atreve y se encoge, por ver las partes del cuerpo competir con los valores del alma, escuchando y viendo su belleza y sus acciones. Prosigue ahora y podré dar en distancias conformes. a su traslado la vista, y el oído a tus razones. Largo trecho dividida de los africanos bosques, en un espacioso llano, que dilata su horizonte, porque al tenderse la vista en su llanura conforme, ni se pierde por los valles, ni tropieza con los montes; la población más insigne, que pienso que tiene el orbe, para espejo de los cielos, para envidia de los dioses, fundó la gran reina Dido, y de suerte la dispone, que por cabeza del mundo merece que la coronen, cuatro lienzos de muralla la cercan en cuadro y ponen por rémate a sus esquinas, aunque distantes, conformes, cuatro alcázares famosos, con baluartes y torres, donde lo hermoso y lo fuerte hacen competencia noble; entre uno y otro alcázar tiene sus puertas mayores defendidas y guardadas con mármoles y con bronces, y coronados de almenas, elevados torreones desde sus umbrales suben, y entres las nubes se esconden. por la parte de ocidente, adonde la deja el norte, la mira el mar, y parece que con espumosos montes quiere batir sus murallas, que a su braveza se oponen, mas respetando su alteza, después que sus ondas rompe, llega manso y besa humilde los pies de sus altas torres. dos calles en cruz la parten tan dilatadas, que esconden los cabos que la rematan de la vista que las corre. en círculo en medio dellas se estiende una plaza adonde con emulación amable, y conformidad disforme está su real palacio; aquí el ánimo se encoge, previniendo en su alabanza rudo ingenio y lengua torpe, porque en su heroico edificio en competencias conformes, el arte con la belleza son contrarios vencedores. el fornido fundamento, donde segura se pone aquella máquina insigne, que estremece entrambos orbes, las entrañas de la tierra lisonjeramente rompe, porque el arrogante peso, si la oprime no la enoje; sus chapiteles, parece que por los aires veloces, subiendo a coger estrellas, reverberán como soles. por sus soberbias portadas en figuras y labores resplandecen variamente mármoles, jaspes y bronces. sus eminentes ventanas, con sus dorados balcones, parecen ojos del día, y más si amanece entonces. por cuatro escaleras suben, de jaspe sus escalones, a sus cuartos repartidos en cuatro eminentes torres. lo que sus salas encierran, lo que sus cuadras componen de curiosidades grandes, y de riquezas disformes, son divinos imposibles, y más la gran sala, donde tiene su trono y su silla, causas juzga y pleitos oye esta divina mujer, que adorada de los hombres, injuriando las de Atenas, fueros hace y leyes pone, con justicia y con cuidado, constante, prudente y dócil, siempre a su gobierno acude, siempre a sus vasallos oye; con cuyo divino ejemplo nos está diciendo a voces, que el oído de los reyes para el rico y para el pobre jamás ha de estar cerrado, eternizando su nombre, aunque le ofendan las quejas, y aunque las dudas lo enojen. es, al fin, esta deidad tal, que con razón conoces, que es propria para ser tuya, pues te obligan sus amores; pocos días la pretendas, y muchos años la goces. No digas más, que me ofendes, y mi amante pecho rompes, hasta el corazón me abrasas, y todo soy corazones. Llamó a su ciudad Cartago. el origen deste nombre ya es bien sabido de ti. sol, que en mi alma te pones, soberanos ojos míos, Muerto soy. No te congojes, elígela por tu esposa. Séralo, aunque todo el orbe se oponga a mi brazo fuerte, y aunque los cielos se enojen. ven, partiraste al momento, y allanaras estos montes de inconvenientes que miro. Derrotados leños corren nuestras africanas costas, señor, y en armas las ponen, extranjeras son sus velas, y ellos muchos. Ya conocen el valor de mi persona las extranjeras naciones. así defendiera el alma, como mi costa y mi corte, espantando con mi mano, y asombrando con mi nombre. ¡Yza amaina! ¡Amaina, tierra! ¡Orza, puja! Dobla el cabo. ¡Mar en leche! ¡Al cielo alabo! Echa el ferro, aferra, aferra. Echa el batel, da a la banda. Pillaremo, vía, vía. ¡Boga, boga! ¡Cía, cía! Enviste en la arena blanda. Aunque fuera de metal, abriera en ella camino. ¡Oh, gran Júpiter divino, ¡Oh, gran madre universal, deja ahora, pues me toca tú amparo, tras tanta pena, que deje en tu blanda arena impresa mi humilde boca. ¿Qué tierra es esta batida de la mar? Por deseada es de todos adorada, pero no por conocida. Mi Ascanio, ¿cómo ha salido del mar? Aunque mareado, contento de haber besado la tierra en que está tendido. ¿Adónde estamos? Recelo que habitan fieras, no gentes, estos peñascos valientes, opuestos al mar y al cielo. Mas escucha si te agrada, descubramos su horizonte de la cumbre de aquel monte, de un peñasco coronada. Pero ¿no ves por sus faldas tres venados tan hermosos, que son sus cuernos ganchosos en sus cabezas guirnaldas? no los ves con más de ciento que los siguen? Cosa brava, que eran árboles pensaba, hasta ver su movimiento, ¿cómo vuelan? Esperanza tengo, aunque corra ligero, de que morirá el primero, si mi saeta le alcanza. ¿A qué tiras? ¿Qué pretendes? estos venados y fieras de saetas extranjeras nunca ofendidos, ofendes? Puede ser que te resuelvas a matar con mano airada esta caza reservada de las ninfas de las selvas? tente o mira. No es bastante, a que te obedezca ahora, tu aguda flecha, señora, sino tu hermoso semblante. ¿Por qué mar tempestuoso a estas tierras has llegado? ¿Quién eres? Fui desdichado tanto como soy dichoso; pues que saliendo a buscar entre adversidades tantas, que tierra pisan mis plantas, como arrojado del mar, he hallado, para tener bien logradas mis querellas, en tus ojos dos estrellas, que mis nortes han de ser. así, bella cazadora, tan divinamente humana, te den Apolo y Diana lo que yo te rindo ahora. así ganando despojos, mates con tiro certero a las fieras, si primero no las rindes con los ojos; que nos digas en qué parte del mundo nos puso el mar. Tan bien sabes obligar, que me obligas a pagarte. Estás, gallardo mancebo, son del África las costas, cuyo absoluto señor de casi su tierra toda es Yarbas rey tan famoso, que su espada y su corona, acreditada en su nombre, temen la Asia y la Europa. Por la parte de ocidente distara dos leguas cortas de una famosa ciudad tan nueva, que aún tiene ahora artífices que trabajan en perficionar sus obras. Esta fundo... Pero escucha, direte, en suma, la historia de su novedad extraña, y su fundación famosa. La gran viuda de Siqueo, que la mano rigurosa temió de su injusto hermano, que Pigmaleón se nombra, y huyendo de su rigor, con una pujante flota, navegando incultos mares, tomó tierra en estas costas, de Yarbas se favorece, y humilde la tierra sola, que un cuero de buey ocupe, por pequeño precio compra; y buscando y escogiendo llanura tan espaciosa, que ni valles la suspenden, ni montañas la congojan, donde el curso de los tiempos una península forman, de siete leguas de mar circuita a la redonda, con una de tierra firme, previniendo que las olas no le junten los extremos. Para tapalle la boca, la piel del buey con sus manos con tal sutileza corta, alargada y dividida en correas tan angostas, que infinita tierra mide, sin la península sola, donde fundó su ciudad para envidia de las otras, poniendo la primer piedra, principio de aquella obra; no donde halló la cabeza de un buey, cuya frente torba a los trabajos se aplica; sino donde hallaron otra de un caballo que a la guerra, con anuncios de vitoria, los corazones anima, y los ánimos mejora. Diola por nombre cartago, y esta mujer milagrosa manda la tierra que pisas, y el cielo que miras honra. Tu gallardo forastero ¿Quién eres? ¿De qué remotas partes los injustos hados entre estas peñas te arrojan? Yo soy el piadoso Eneas, que de la abrasada Troya saque las reliquias tristes, deje las ruinas solas, de los sagrados penates siempre he sido fiel custodia, entre las llamas entonces, y entre las aguas ahora, y errando por esos golfos mis naves de proa a popa combatidas de los vientos, y arrojadas de las olas, los dos polos he tocado, resistiendo a las dos zonas, de veinte naos que traía, perdidas, abiertas, rotas, solo siete me han quedado, que mis naufragios pregonan, sin que haya un dios en el suelo, que mirando mis congojas, pida justicia en mi nombre, o alcance misericordia. mi madre Venus me olvida, y como arrogante diosa, sin duda tiene mis penas por oprobrio de sus glorias. Gran Troyano, pío Eneas, ten, ánimo, aliento cobra, no desesperes, confía de tu fortuna dichosa; favorable estrella tienes, Venus tu madre piadosa, que te trujo en las entrañas, te conserva en la memoria. ¿No ves allí doce cisnes, a quien con soberbia pompa un águila los persigue, los abate y los congoja? no los viste, que turbados volaban? ¿No ves ahora que escapados de sus uñas, a volar seguros tornan? así tus perdidas naves, tras la furia borrascosa de las tormentas del mar seguros abrigos gozan. Anteo, Sergesto y Cloanto, que siguieron tu derrota, asegurando tu armada, defendidos puertos toman. para vellos ve a Cartago, con cuya reina famosa podrás tanto, que has de ser cabeza de su corona, y después pasando a Italia, serás rey de Italia toda, por premio de tu valor, y por dote de tu esposa, y habrá decendientes tuyos que añadan valor y honra a la cabeza del mundo, que tendrá por nombre Roma. queda en paz. ¿Por qué me dejas? ¿Quién eres? Oye, señora, que me anuncias tantos bienes, y me ofreces tantas glorias? más tu resplandor divino, dejando la humana ropa, me lo ha dicho Venus santa, madre impía, injusta diosa. porque tu vista me niegas? Ve a Cartago. Porque sorda estas a mis tristes quejas? escucha mis voces roncas. Sígueme Acates. Ya voy. Veré si me escucha a solas. pero ya entre nubes densas en su arrogante carroza sube a los cielos, ¡ah, madre!, poco a tus hijos piadosa. Vaya la gente de guerra, que no es justo dar lugar a que la que arroja el mar nos alborote la tierra, hasta tener ocasión de saber más bien sabida la causa de su venida, y el nombre de su nación. ¿Cuántas naves han venido? Hasta veinte se han contado, que a pedazos han llegado, y hechas piezas han surgido. y así pienso que a esta tierra, de su remedio capaz, vienen a buscar la paz, antes que a ejercer la guerra. El prevenirlo y sabello con mayor seguridad no es dañoso. Así es verdad. el general parte a vello. ¿Con qué gente? Con quinientos caballos, tres mil infantes, y con otros tantos antes venció Lisipo a los vientos. Abrieron las cuatro puertas de esta audiencia, que empezada ninguna ha de estar cerrada. Todas cuatro están abiertas. Así por satisfacerme les busco fáciles modos, a que para hablarme todos, en un punto puedan verme. y si añadirme pudiera al oír a mis vasallos, oídos para escucharlos, a todos a un tiempo oyera. que esta obligación precisa tiene parte en la grandeza del que junta en su cabeza esta máquina divisa. Los embajadores vienen de Yarbas, por ti admitidos. Denles asiento, instruidos de la obligación que tienen. ¡Bravo edificio! Solene fábrica arrogante y rica. Bien se ve en lo que publica los pensamientos que tiene. Y en ella los podrás ver, que es divina. Es milagrosa, con lo que tiene de hermosa, otro cielo puede hacer. ¡Yarbas, que puede en la tierra dejar al cielo envidioso, en mago, en fuerte, en famoso, ya en la paz y ya en la guerra; quiriendo hacer elección de esposa, cuya deidad íguale a su autoridad, y obligue a su corazón, aprobando tu persona, tu honestidad y belleza, poner quiere en tu cabeza la mitad de su corona. admite tan justo amor tan dichoso, si asegura, para que en él su ventura compita con su valor. De ofendida estoy turbada. más acuerdo es menester. que el dudar al responder hace la respuesta honrada. ¿No ves la severidad ¿Con qué escucha? Ve notando como responde callando, con enojo y majestad. Sosegados y furiosos vuelve los ojos airados, temidos por respetados, y adorados por hermosos. Divina veneración merece... Mas, ¡cielo santo!, ¿No es Anteo? ¿No es Cloanto? ¿No es sergesto? Sí, ellos son. Reina, que al cielo levantas esta ciudad, que ya es templo del mundo, a quien dan ejemplo tus leyes justas y santas. Si lo es con los rendidos ser piadosa y no feroz, escucha mi humilde voz con el alma en los oídos. Para que mansa a mi ruego traten tus piadosas manos a los míseros troyanos, con menos rigor que el fuego. De Troya, en el fin, sangriento de él escapamos, señora, así entonces como ahora, de su contrario elemento, Y en nuestros rotos bajeles llegamos a tu poder. mira si es posible ser tus entrañas más crüeles. No pretendemos con guerra tus costas alborotar, sino arrojados del mar hallar descanso en tu tierra. Pues eres divina humana, ofrece grato hospedaje a este mísero linaje de aquella nación troyana. Y si es que divinamente desprecias el ser humano, por nuestro rey soberano de Júpiter decendiente; mueva tu valor profundo tu piedad, si es que deseas tener grato al pío Eneas. Alzad, no temáis, troyanos, en mí entrañas rigurosas; pues tienen más de piadosas que de arrogantes mis manos. De justa me precio, alzad, que en personas soberanas siempre son de un parto hermanas la justicia y la piedad. En mí hallaréis acogida, siendo al punto reparada en mis puertos vuestra armada, y en mi tierra vuestra vida. Y a vuestro rey, en valor tan heroico y peregrino, por humano y por divino, le hiciera mayor favor. Pero como vuestro rey no ha llegado a mí el primero. porque el mar airado y fiero, sin respeto ni sin ley, tememos que le ha tragado, si al cielo no le ha subido su madre Venus. No ha sido vuestro rey tan desdichado, que sin postrarse a estos pies haya perdido la vida, dando el alma agradecida, a lo que pisan después. Gran reina, bien es permitas ser como diosa adorada, pues nuestra Troya abrasada, como Fenis resucitas. Quisiera para pagarte, aunque quedara a deberte, con la tierra obedecerte, y como al cielo alabarte. Yo soy Eneas, yo soy el que más quisiera ser, que cielo y tierra y poder adorarte como estoy. Levanta, ínclito troyano, hijo de Venus, levanta, Ya te conozco. Que es tanta mi dicha? Dame la mano. Y el hospedaje mejor que jamás príncipe ha hecho, en mi casa y en mi pecho te prometo. ¡Gran valor! De nuestro rey la respuesta dilatas? Solos tus ojos responden? Hartos enojos el dilatarla me cuesta. ¡Seguidle, prendelde, dalde! Dejadme, divina reina, la sentencia de mi muerte pronuncie tu boca mesma. Una sola, hermana mía, ¡Pluguiera a Dios no lo fuera! pues me ofenden sus agravios, y me matan sus afrentas. a esta con su gusto entero, y la mitad de mi hacienda, le di esposo que en valores, en virtudes y en noblezas, con el mejor competía, y en adorar su belleza era la Fénix del mundo; pero no revive en ella, pues apenas pasó un año de su muerte, cuando llegan sus abrasados deseos, su voluntad mal compuesta, a que viéndola mis ojos con un hombre, y con certeza de ser su culpa insolente, y no vanas mis sospechas, me llegué con el enojo, y con esta daga mesma le di a el de puñaladas. hiciera lo mesmo en ella, pero los ministros tuyos con tanto rigor me cercan, que este intento, mal logrado, me quitan y no me dejan hasta aquí, donde mi boca mi delito te confiesa. ¿Y dónde está esa mujer? Como una leona entra. ¡Justicia, justicia! ¡Cielos! ¿De quién la pides? Sosiega. De mi hermano, que en mi casa con mano injusta y sangrienta fue riguroso homicida. Y es verdad que te halló en ella con un hombre? Sí, señora. Pues esenta, pues esenta lo que declaran mis leyes, y pronuncian mis sentancias? ¿No has oído, no has sabido, que la mujer que no sea tan observante y tan casta, que en su biudez permanezca todo el tiempo de su vida, y del muerto esposo tenga el tálamo no manchado con obras, no con sospechas, en mi ley nunca violada, por mi dignidad suprema, mando que la quemen viva, para que la infamen muerta. porque así al esposo mío a quien circuyen estrellas suba la digna alabanza de sus memorias eternas. a ti por conservador de mis leyes daré renta, que al oficio corresponda, siendo de hoy más en mis tierras de los primeros en todo. ¿Quién no alaba tus grandezas? Esta traidora de al fuego cuerpo que tan mal conserva el casto amor tan debido a la jurada promesa. ¡Señora! Llévenla luego. Amor me obligó. Que tenga ¿Esto por disculpa? Andad, quémenla viva, no vean mis ojos, mujer tan mala. Ruego los cielos que tengas la misma desdicha mía, podrá ser que entonces veas si es desculpa el querer bien. Tapalde la boca y venga por mí su mismo castigo, si caigo en la misma afrenta. y vosotros lo que veis dadle a Yarbas por respuesta, pues me dio el cielo ocasión para que la diese buena. Su mucho valor asombra. Con lo que ofende granjea. Celestiales son sus cosas, en sus virtudes envueltas, apenas recién nacida quedó mi esperanza muerta. Estas son mis leyes justas. Volando el sol por su esfera, haga famoso tu nombre. Y tú en el mundo le tengas de ecelente capitán. Las almas deja suspensas. Piedad piden sus desgracias. Fuego arroja su belleza.
JORNADA SEGUNDA
De hoy más tirios y troianos serán con nuevos valores, con las armas en las manos siempre fieles valedores, y siempre amables hermanos, pues la cerimonia santa de nuestras leyes afirma amistad tan cierta y tanta, que los deseos confirma, y los ánimos levanta. Bastara en confirmación desta segura hermandad la precisa obligación que tiene a tu majestad nuestra troyana nación. Y así la gente troyana nunca en tu servicio ociosa, tendrá por divina humana a tu mano poderosa, y a tu imagen soberana. ¡Qué agradable cortesía! ¡Qué amable naturaleza! ¿Qué valor? ¿Qué policia? Su respeto y su belleza suspenden el alma mía. ¡Bravo capitán troyano! ¿Dónde vuelas? ¿Qué concibes, frágil pensamiento vano? ¿Por qué el agua no recibes? ¿Por qué suspendes la mano? Turbado estoy, porque no es justo atreverme, espero que tú, señora, a quien dio. ¿Esperas a que primero me lave las manos yo. deja el vano cumplimiento, Toma el agua. No es razón. Tal estoy, que apenas siento si tengo en el corazón las alas que doy al viento. Cuenta de Troya perdida la desdichada ocasión de mí tiernamente oída, Prosigue la relación comenzada y suspendida. Pues quien me manda lo ordena, volverela a la memoria, aunque suspenda esta gloria, volviendo al alma la pena de tan miserable historia. Contar quiere sobre mesa el piadoso troyano a la viuda de Siqueo, fundadora de Cartago, de Troya el incendio triste, volviendo al discurso largo, suspensión de una comida, que opulenta duró tanto; ella escucha y él comienza, y con severo recato, el alma puesta en los ojos pide silencio y aplauso; era lo mismo que un monte el engañoso caballo. que para el troyano incendio los griegos edificaron, y después de libre Troya de un cerco de tantos años, contemplámosle confusos, y mirámosle admirados, hasta que el falso Sinón trayendo atadas las manos, desató la libre lengua, y compuso el cauto engaño, diciendo con voz humilde fingiendo con tierno llanto, que después que el paladión a la gran Palas robaron, temerosos de su enojo, y en descuento de su agravio consagraron a su nombre aquel artificio extraño cuya belleza, señora, digo extrañeza. Turbado estoy, de tan bellos ojos ciego me tienen los rayos. ¿Qué causas te han divertido? Lastímanme los cuidados destas memorias. Prosigue. ¡Ay, cielos! ¿Qué estoy mirando? Y después de mil razones, con que doró sus engaños un hombre solo, nacido para desdicha de tantos, dijo que si entraba en Troya aquel edificio sacro, de la gran diosa admitido por eminente y por santo, dilatando nuestras dichas seríamos los troyanos los padres de las vitorias, los dueños de los contrarios. hubo varios pareceres; pero al fin determinamos lo peor; y fue que entrara en Troya el griego caballo. un lienzo de la muralla rompimos, y aunque al entrallo tres veces sonó el ruido de las armas, retumbando en los ecos de los monte, no bastó a desengañarnos, tanto ciega los sentidos la influencia de los hados. ¿Qué ciega? ¿Qué desengaña? ¿Qué dijiste? ¿Cómo, cuando entró? Perdona, ¿qué estuve? divertida... ¡Ay, ojos claros! que os adoro y os respeto. En cierta razón de estado. pensaba, prosigue. ¡Ay cielos! que responde con un salto a cada razón que dice mi corazón lastimado. La máquina de madera entró en Troya, celebrando el pueblo con alegrías lo que después fueron llantos. pero en llegando la noche, cuando el silencio era grato, a los que al sueño rendidos, se aplicaban al descanso, oyendo confusas voces llenas de clamores varios, repitiendo «fuego, fuego», dejé de mi esposa el lado, y con mi espada y mi escudo salí, donde vi volando entre las nubes las llamas, que la ciudad abrasaron. Iba a decir de la suerte que yo en tus ojos me abraso. El sentimiento te impide, y yo siento al escucharlo, entre compasión y pena, la terneza de un desmayo que se atreve al pecho mío. Quitaré ocasiones, vamos; suspende Eneas la historia, pues ves que te aflige tanto. Para mí tu gusto es ley. Tan mal he disimulado, que pienso que se ha ofendido, pero pues llega mi Ascanio, dale las manos primero. Tú favorece entre tanto a mi hermana con las tuyas, Guárdele el cielo mil años, es una bella criatura. Dame, señora, la mano. Démela a mí Vuestra Alteza. Señor, las tuyas aguardo. No me la niegues, señora. Darete el pecho y los brazos. llevémosle entre las dos, donde admita en los regalos el ánimo solamente. Es de los cielos milagro, de un ángel es su hermosura. Mejor responde callando, quien agradece sintiendo. Divertir puedes un rato las memorias que te afligen. Tu divinidad alabo. Tu encarecimiento estimo. ¡Qué impulso mueve mis labios! libremente he respondido. Como sin alma he quedado. ¿Qué tienes, señor? Amigo, para oírlo te prevengo, pero en el aire a quien sigo, ¿cómo diré lo que tengo, si apenas sé lo que digo? Tengo, Acates, un cuidado temeroso y atrevido, y estoy confuso y turbado, como en la tierra caído, y en el cielo enamorado, pues entre ocultas querellas, animando mis temores, adoro dos luces bellas, de quien merecer favores, sería alcanzar estrellas. Con mil imposibles pago la esperanza en que me anego, con las quimeras que hago. Escape en Troya del fuego para abrasarme en Cartago. De los incendios troyanos saque libres mis despojos, y en los campos africanos me abraso el sol de unos ojos, y la nieve de unas manos, ya por causas tan divinas me olvido de las humanas. en mi valor peregrinas, por quien cenizas troyanas fueran fénixes latinas, ya la menor de sus glorias puede más en mis entrañas eternizar las memorias que en mis heroicas hazañas las prometidas historias. Ya la fuerza de un deseo en la belleza que estimo, tan con toda el alma empleo, que ni a la empresa me animo, ni a los oráculos creo. Ya tengo por más verdad que es diosa, y con más razón, esta adorada deidad que mueve mi corazón, y rige mi voluntad. y al fin de tal suerte estoy prendado desta mujer, que cuando el alma le doy, por lo que quisiera ser, dejo de ser lo que soy. ¡Ay, Acates! Señor mío, no te congojes, advierte para usar de tu albedrío, que ejecuta en lo más fuerte esta flaqueza, más brío en tu amante corazón mira cómo en un espejo cosas que tan tuyas son, y de mí, sino el consejo, admitirás la intención. Yo le admito, yo le acepto; pero en mal tan inhumano, advertido de su efecto, no aconsejes como sano, pues tratas como discreto. Tus capitanes, señor, vienen... Tormento inmortal me causa, porque este mal si referido es menor, disimulado es mortal. ¿Qué hay, amigos? De tu armada hay mil cosas que tratar con la gran reina. Obligada es sin duda que ha de estar de su nobleza extremada, vamos, que es cosa segura que hará cuanto deseáis. Debérele a mi ventura esta ocasión que me dais de volverme a su hermosura. Hermana, reina, señora, que te aflige y te suspende? ¿qué desventura te ofende? ¿qué pensamiento te llora? Con razón me maravillas, pues añublando estos soles, das y quitas arreboles a tus hermosas mejillas. ¿De cuándo, en cuando te miro, que con medrosa pasión comienzas una razón, y te tragas un suspiro. Advierte que esos enojos secretos estar pudieran en tu boca, si no fueran con lágrimas en tus ojos, señora... Hermana, mas no me atrevo. ¿Qué dices? Di ¿En mí pones duda? ¿En mí? por ventura no soy yo. la que en tus entrañas cupe? Conmigo, que soy tu vida, hay recelo que te impida, ni vergüenza que te ocupe? sácame de aquesta calma. Eres mi hermana, en efeto. el alma de mi secreto, y el secreto de mi alma escucha, determinarme Quiero, ¡ay hermana!, Bien puedes. Mira bien si estas paredes se juntan para escucharme. ¿Qué huésped es este, hermana? cuyo talle y gentileza descubre naturaleza tan divina siendo humana? ¡Con qué hermosura previene! que a la del cielo se iguala? ¡Con qué prudencia señala el noble trato que tiene? con cuánta elocuencia aspira a las razones que entabla. que bien entendido habla, y que bien mirado mira? Lisonjea mis sentidos, y hace, piadoso y feroz, hasta el metal de su boz consonancia en mis oídos. desde que le oí aquel día sus destierros y naufragios, pienso que fueron presagios de alguna desdicha mía. Cuando cuenta el fiero estrago en Troya, del bando griego, parece que todo el fuego de Troya trujo a Cartago. Y entre apacibles enojos mezcla con él una nieve, que a mis entrañas se atreve, y se derrite en mis ojos. y así, pues luchando voy con mi honestidad incierta, será cierto el quedar muerta, si ya ahora no lo estoy, pues por no perder la palma de honrada, hermana querida, vendré a pagar con la vida los sentimientos del alma, ¡Ay, Ana mía! ¡Ay de mí! Ya veo en tu rostro hermoso que este troyano piadoso no lo ha sido para ti. Contó su trágica historia, y entre lástimas deshecho, puso terneza en tu pecho, y piedad en tu memoria. Rindiote la voluntad, que es muy proprio en su rigor el ser flechas del amor la terneza y la piedad; con ellas, entre humildades, que son capa a sus traiciones, aprieta los corazones, y manda las voluntades; del claro juicio priva, vanos concetos concluye, las castidades destruye, y las soberbias derriba. Con lo que engaña acredita, regala con lo que ofende. dificultades emprende, imposibles facilita, montes bien vistos allana, mares seca mal seguros, abre puertas, rompe muros, fuerzas rinde, fuertes gana. con estas armas secretas hace tiros acertados en los pechos más honrados, y en las almas más discretas. porque el arco con que, ciego, dispara, sin saber cómo, flechas de acero y de plomo, con rayos de oro y de fuego, como es ya tan conocido de todos, tan solamente al que voluntariamente le da el pecho, deja herido; Pero, hermana, ¿por qué das tanto mal al bien que tienes? ¿Por qué tan sin vida vienes? porque tan sin alma estás? si ves que el valor profundo deste príncipe troyano por heroico y soberano, es ya lo mejor del mundo, porque para no acabarte no adviertes mirando en ello, que te afliges con aquello que debieras consolarte? No eres reina, moza y bella, con tan grande majestad? ¿No mandas esta ciudad fundada en tan buena estrella? y el haber asegurado los reyes la sucesión de sus reinos, no es razón tan piadosa y tan de estado? pues quizá al cielo piadoso por estas causas le plugo ofrecerte un blando yugo que venga a tu cuello hermoso, resuélvete a ser esposa de Eneas. No digas tal, que ya me siento mortal de afligida y temerosa. De mi Siqueo las glorias que adorare eternamente la castidad permanente, prometida a sus memorias, se ha de acabar sin mi vida? La ley que a mis gentes di tan defendida de mí, por mí ha de verse rompida? Antes con furias extrañas, quiera el cielo soberano que de al viento por mi mano a pedazos mis entrañas. antes a eterno desvelo me obligue haciéndome guerra con tantas bocas la tierra como estrellas tiene el cielo; antes volando a su esfera, deslumbrado en su arrebol, me abrase un rayo de sol como si de fuego fuera. antes el polo, en quien funda toda la esférica vola se desquicie, y a mí sola me derribe y me confunda. Yo he de pasar al troyano las memorias de Siqueo? yo admitir otro deseo, y yo tocar otra mano? ¿Yo no he de ser lo que soy? ¿Yo mudable? ¿Yo liviana? no hermana mía, no hermana; Mas, ¡ay cielo!, muerta estoy, ¿Qué haré, ¡ay triste!, pues en mí? ¡Ay, hermana! ¡Triste yo! la boca dice que no, y el alma dice que sí. No te aflijas, mira bien. Déjame, desdicha ha sido, pero pues pierdo el sentido, piérdase el alma también, mas no se pierda el decoro de aquel por quien estimada en la tierra fui adorada, y a quien en el cielo adora. en sus memorias confío que mi remedio han de ser, a su imagen quiero ver que es el oráculo mío, hablárame con los ojos, cuya divina hermosura reportará mi locura, y amansara mis enojos. Corre, corre esa cortina, pues de vella me prometo en mi tan divino efecto como la causa es divina. Siqueo, esposo, quejosa de mí misma vengo a ti. Pero ¿qué tengo? ¿Qué vi? que te miro temerosa? ¿No soy yo tu amada esposa? ¿Ya no me miras piadoso? ¿Qué hice que estás quejoso? ¿En qué erré, qué airado estás? los pensamientos no más castigas? Esposo, esposo, ¡Tente, tente! ¡Hermana mía! ¡Deténle! ¡Qué desventura! Parece que la figura de la tabla se desvía. Imaginación sería. No fue pensamiento vano, no parece que inhumano a mis lástimas y enojos, enfureciendo los ojos me amenaza con la mano? mi bien, por consuelo vengo, por remedio vengo, amigo, antes de darme el castigo, mira la culpa que tengo. de esta injuria que entretengo en el pensamiento mío, no está en mi mano el desvío. pero aunque tanta crueldad sujeta la voluntad, libre queda el albedrío; y aun es tal que podrá darme, mandando en mi pecho firme valor para resistirme, o manos para matarme; pero si quieres honrarme con amor y con blandura, desde tu esfera procura que en mi tierno corazón se reduzca a la razón lo que influye la ventura. Si te enternece mi llanto... si te obliga mi provecho, Haz un milagro en mi pecho pues te adoro como santo, o suspendiendo el espanto, con que temo tu rigor. Aconséjame, señor, en qué forma, de qué suerte, sin dar la vida a la muerte, dé la pureza al honor. Respóndeme, esposo, habla, pues en pena tan mortal que ablandara un pedernal, responder puede una tabla, mejor mis dichas entabla cuando en tus manos estoy, pues toda el alma te doy, aunque resulte en mi daño con algún prodigio extraño, responderme, muerta soy. ¡Ay triste, pues de mi afrenta huyendo su imagen santa, a los cielos se levanta, y una espada me presenta tan rigurosa y sangrienta, qué fin, fatal y violento, anuncia mi sentimiento. Hay, que aunque más me retiro, en sus rigores me miro, y en mis entrañas la siento, a mi corazón se apunta ya, aunque la temo, la tomo. Ya veo en mi pecho el pomo, ya mis espaldas la punta, si todo el cielo se junta contra mí, ¿qué he de esperar? dale en tus brazos lugar, donde muera a una mujer que la tierra en que caer pienso que le ha de faltar, y cubre, cubre esa espada de mis ojos tan temida. ¡Ay, hermana, de mi vida! Ten valor. Soy desdichada. Toma el alma, llega al pecho, y advierte que te destruyes, pues a tu daño atribuyes lo que juzgo en tu provecho. Con la espada que te deja cuando a tus ojos se asconde, ¿No miras que te responde tu siqueo y te aconseja, que estará bien tu persona de otro esposo acompañada, con cuyo valor y espada asegures tu corona. pues quien como el gran troyano puede hacerte compañía? que parece que lo envía el cielo a darte la mano, cuanto será soberana, y estimada tu grandeza, si es que juntas la nobleza ¿Sidonia con la troyana? Si esto adivertes, ¿qué te espanta? deja el cobarde despecho, sosiega el medroso pecho, los bellos ojos levanta, anímate. ¡Ay, Ana mía! aunque ha vuelto tu razón el alma a mi corazón que por la boca salía, mi adversa suerte temiendo, mi desdicha adevinando, de la muerte estoy temblando, y en la vida estoy muriendo. de su rigurosa mano recelo alguna violencia. Para entrar pide licencia el gran capitán troyano. ¡Ay de mí! No se la des, espera, yo he de morirme, Temblando estoy, tierra firme les falta a mis torpes pies. Será poca cortesía el no hablarle. No lo niego, pero el velle mucho fuego, será para el alma mía, pues por experiencia sé que con verme y con hablarme, ha comenzado a matarme, no me acabe, váyase. Ponga en orden sus soldados, dé sus velas a los vientos. no abrase mis pensamientos, no destruya mis cuidados. Quizá ahora para ello licencia quiere tomar. Y yo podrésela dar, ¡Ay, Ana, si vuelvo a vello! di que se vaya, oye, di que vuelva después, espera, Di que espere. Considera que no es razón. ¡Ay de mí! Di que entre, mira... ¿Has mirado que das mucho que notar? Dirasle que puede entrar. ¿viene solo? Acompañado de lo mejor de su armada viene. Escucha: ¿qué querrá? Pienso que previene ya. su partida. ¡Ay, desdichada! dile que entre, pues no puede mas el pecho resistir, viendo al fin que he de morir, que se vaya o que se quede. Cobra esfuerzo, vuelve en ti mientras sin mí te aconsejas. Hermana, sola me dejas cuando me dejas sin mí. Mi honesto recogimiento hace este lance forzoso. Dices bien. Ten, animoso, y advertido el pensamiento. Vete, que yo, desdichada, a quedar sola me obligo, como quien ve a su enemigo venir blandiendo la espada, y sin resistencia alguna se va postrando y rindiendo, Así estaré recibiendo los golpes de la fortuna. Cuando a Júpiter tonante me opusiera cara a cara, y de su mano esperara algún rayo fulminante, con menos temor viniera, pues vengo a ver la luz pura desta divina hermosura que me abrasa, salíos fuera. Tan turbados pasos doy, que apenas lo pueden ser. Apenas oso volver los ojos, de yelo soy; llega, capitán famoso, ¿En qué dudas? ¿Qué imaginas? pesado te determinas. Atrevome temeroso. Sin alma estoy. Estoy loco. ¿Qué es la causa de ese efecto? Como llego con respeto, voy llegando poco a poco, a besar tu heroica mano, y viendo tus luces bellas, pienso que pisando estrellas llego al cielo soberano. Dámela. Tente, mortal es este hechizo. ¡Señora, lo que te suplico ahora viene en este memorial, y en viéndole decretado, como espero, pues he sido pretendiente y atrevido, por no ser huésped pesado, volveré con pensamientos más varios que mis pesares, a fluctuar por los mares, y a competir con los vientos. ¡Ay que al alma me llegaste! este memorial, ¡ay triste!, en el punto que le diste, tú mismo le decretaste; pero no des ocasiones, viendo mi pecho, a pensar que yo me puedo cansar de acudir a obligaciones, y al mar y al viento, por mí no te aventures jamás, pues la tiera donde estás es muy firme para ti; que yo con el corazón lloro tu trágica historia, y más si doy la memoria a la primera ocasión, porque me enfurece el ver causados tantos enojos por los livianos antojos de un hombre y una mujer. Desculpa les doy bastante, viendo con alma piadosa que fue Elena muy hermosa, y fue Paris muy amante. No los nombres, pues es llano que fueron, la razón ciega, infiel esposa la griega, y mal huésped el troyano. Cuando vi la perdición de una ciudad que adoré, con la cólera culpe su locura y su traición. pero ya viendo, en rigor, con más flema y más cordura tanta fuerza de hermosura, disculpo mucho su error, y tanto el pecho le apoya, que a darme la misma pena la hermosura de otra Elena otra vez perdiera a Troya. Fue Elena muy atrevida, descompuesta y mal mirada. Debió de ser muy amada, y fue muy agradecida. Fue indiscreta, fue liviana, y de su nobleza indigna. Movió voluntad divina su naturaleza humana. Fue adúltera rompió el nudo que loca pudiera atalla. Tanto debió de obligalla París, que vencella pudo. Fue Paris tan imprudente, como mal mirado y ciego. Debió de abrasalle el fuego, que nos guía ciegamente. Fue tirano, fue engañoso, alevoso y fementido. Si leal hubiera sido dejara de ser dichoso. Fue traidor. Fue enamorado. Perdió el ser. Dejó memorias. Hizo daños. Gozó glorias. ¡Perdiolas! Fue desdichado. Causó afrentas. Tuvo amor. Eneas mucho, te culpas en mi opinión, tú disculpas a una infame y a un traidor, en poco tener me debes, Mira… Estimo lo que vales. ¿Cómo, si a disculpas tales en mi presencia te atreves? Vete. Ireme. ¡Triste calma! Mi ignorancia te ha ofendido. Con la boca le despido, y le sigo con el alma. Mal logrado pensamiento Llévame donde me mates. A terribles disparates me encamino y me arrepiento. En desdicha tan terrible del todo el pecho desmaya. He de sufrir que se vaya sin cobrarle? No es posible, Muerta me tiene esta pena. Iré a resolverme en llanto. Eneas, pues sientes tanto que culpe a Paris y a Elena, a tus mismos pareceres me ajusto, consuélate, que yo los disculpare, solo porque tú lo quieres. menos severo juez seré por no darte enojos. Y yo volveré a tus ojos menos cobarde otra vez. ¿Ésa fue la respuesta? Y fue inhumano el rigor de que usó, a todo presente, el pío Eneas príncipe troyano, a quien favoreció tan grandemente, que a su lado y su mesa le convida, mezclando la troyana y tiria gente, dándole heroicamente engrandecida, compuesta de regalos esquisitos opulenta y espléndida comida, donde las ceremonias y los ritos de sus comunes leyes confirmaron jurando paz por siglos infinitos; y después cuando todos le escucharon la tragedia de Troya, los sentidos de la piadosa reina se turbaron. y entrando la piedad por los oídos, pareció que salía por los ojos, a ratos tiernamente humedecidos. ¿Es posible? ¡Ay de mí, duros enojos! Pero prosigue, acaba, aunque mi vida le dé a la muerte míseros despojos. Segunda vez la historia interrumpida en la lengua de Eneas balbuciente, y en el alma de Dido enternecida, aquel día pasó, pero el siguiente aplicando a las pompas alegrías el general concurso de la gente, con pecho heroico y con entrañas pías de suerte le festeja, que procura hacer cortas las horas de los días, tanto, que ya en Cártago se murmura entre mudos silencios, que es dichoso digno merecedor de su hermosura. y dicen más que para ser su esposo elegido del cielo soberano, escapó del incendio peligroso. Calla, no me destruyas, que un troyano que un hombre fugitivo y vagamundo merezca darle la extranjera mano? y despreciando mi valor profundo, me dé la muerte a mí? Yo, despreciado, cielos? Aquí me pierdo y me confundo. ¿De Júpiter Amón no fui engendrado? en varias tierras por incultos mares ¿No soy un rey temido y respetado? No consagre en cien templos cien altares, en cuyo inmortal fuego al padre mío le ofrecen sacrificios a millares, pues como consentís que tenga brío una mujer para ofenderme tanto? ciega en su obstinación y desvarío? engañado y movido de su llanto, la tierra no le di, con que a los cielos causar pudiera admiración y espanto? yo no la asegure de sus recelos. pues porque ingratitudes me condena a que me abrasen vengativos celos? ¿Yo he de sufrir la rabia de esta pena? Yo he de ver que en Cártago como el griego me abrasen otro Paris y otra Elena? No tengo enojo yo, no tengo fuego para abrasallos como a Troya? ¡Y bríos! con que ya de mi cólera reniego? ¡Qué cobarde valor, qué desvaríos detienen de mis celos las quimeras? ¡Ah, de mi guarda! ¡Ah, capitanes míos! ¿Señor? ¿Señor? Arbolé mis banderas, retumbe el son del bélico instrumento por todas las naciones extranjeras, para que prevenido y temeroso se amanse el mar y se aperciba el viento; y adorado, temido y poderoso, cuando navegue en mi pujante armada, el mundo sepa cómo voy celoso, guerra a fuego y a sangre publicada, sea contra Cártago, partid luego; teman los orbes mi valiente espada. guerra contra Cártago a sangre y fuego. To, to, por esta ladera corre, echalde los lebreles. ¡Qué espantoso jabalí! Atajalde, detenedle. Una blanca cervatilla vuela sin alas. Parece que lleva el viento en los pies. Y mi caballo alas tiene, de mi mano va herida. Morirá dichosamente. mira que diste en las peñas señora... ¡Cielos, valedme! Cayó el caballo, matóse; solo mis desdichas pueden ofrecer a mis cuidados tan grandes inconvenientes. Déjame, fiero animal, bestia espantosa, detente. ¡Ay, Eneas! Un león me persigue. ¿Tú le temes? si del pasado peligro tan libre pudiera verme como ahora de un león te libraré fácilmente, no me acabaran temores. Espera. Déjame. Temen Vase Eneas. mis entrañas la desdicha que podría sucederte. ¡Con qué destreza le busca! con qué valor le acomete. Dete el cielo la ventura, que el ánimo ya le tienes. Ya por la espantosa boca todo el venablo le mete, ya la cuchilla sangrienta a las espaldas parece, sobre el palpitante pecho pone el pie, divinamente son agradables sus cosas, del todo rendida tiene mi voluntad, ya dispuesta del todo a favorecelle, si mi vergüenza se anima, y su respeto se pierde. Ya pagó su atrevimiento el león; pero si adviertes, tu grandeza y tu hermosura que al mismo sol escurece, verás que solo quería adorarte y no ofenderte, y temiendo te excusaste de que a tus plantas pusiese la coronada cabeza, para ejemplo de otros reyes; mas ya que hacerlo no pudo, aquella sangre que vierte con mi mano y en tu nombre te sacrifica y ofrece; y como diosa te alaba, pues como reina no puede. ¿Cómo a tal tiempo llegaste a obligarme y a valerme? Tras la blanca cervatilla, que más que ofendida alegre, con las plumas de tus flechas iba volando hasta verse desangrándose en el agua, para morir dulcemente, te vi a ti que en tu caballo ibas volando, y al verte hice por seguirte, el mío tan veloz y tan valiente, cuando cayendo te vi entre peñas, ayúdete con el alma y con la boz, el alma llegó a valerte, y la boz muerta en el pecho, desde la silla arrojeme a servirte con los brazos, no tuve tan buena suerte, pero enmendela después llegando a tiempo en que hubiese de servirte esta ocasión, que estimare eternamente. Mucho debo a tu cuidado, y bastantes causas tienes de emplear en cosas grandes a quien la vida te debe. Con esa merced me pagas infinito, aunque a deberme quedas más. Haz tú la suma, y si puedo, pagarete. ¿Qué libertades son estas injusto amor? A no verte tan en los cielos, señora, apenas los ojos vuelve, cuando mi pecho acobarda, cuando mi lengua enmudece. ¿Qué me decías? ¿Qué tengo? que temores no se atreven entre tan mudos testigos? ¿Qué recelos te suspenden? ¿qué cuidados te congojan? ¿qué pesares te enmudecen? dímelos, para que yo, si es que puedo, los remedie. ¿Qué digo, cielos? Señora, pues tú me animas. Se entiende con el honor que me tratas, y el respeto que me debes. El temor me vuelve al alma, quien me anima y se arrepiente. ¿Qué locuras son las mías? pues en viendo que se atreve, me arrepiento y se retira. Eneas, di lo que tienes, puedo remediarlo yo? En el cristal desas fuentes. podrías ver mis cuidados. Ya es toda grana la nieve de sus mejillas hermosas. Mucho atrevimiento es este, dareme por no entendida, tan ocultas penas vences, que a lo insensible las dices, y a lo discreto las sientes? Tú las sabrías también, mas sospecho que dijeses que los huéspedes troyanos villanamente proceden. ¡Ay diferente valor! y honestidad diferente. que en Grecia, en Cártago... ¡Ay cielo! es infelice mi suerte, ya tengo por menor daño el morirme que atreverme. Mi honestidad no vencida ha de ser eternamente. Corre, huye al monte, al monte. El claro sol escurecen hinchadas y negras nubes. Extraño alboroto es este. ¿No ves que se cubre todo de oscuras sombras, parece con relámpagos y truenos que abajo los cielos vienen. ¡Valedme, Júpiter santo! entre turbiones crüeles tiembla la tierra y los montes se encuentran y se estremecen. No temas, Ascanio mío, procuraré recogerte en esta cueva. Mi hermana, ¿Dónde está? Señora, vete a otro lugar más seguro. Corre, el peligro, no adviertes peñascos caen del cielo. ¡Fuego arroja! ¡Rayos llueve! Corred, pastores, corred. Todo el ganado se pierde. A esta cueva te retira, señora, pues nos ofrece muda boca y manso abrigo. ¿Cómo, si apenas moverme puedo un paso? Sin aliento he quedado. ¡Llevarete en brazos, dame licencia. Toma la que tú quisieres. Sumamente soy dichoso. pues que tú me favoreces, que importa que gima el mar, y que la tierra se queje; y que importa que de nubes cubiertos los cielos queden, si un sol en mis brazos puesto, en mis ojos amanece.
JORNADA TERCERA
Regalos les han sobrado a tus gentes, pero el ser no permanente un estado aflige... no puede ser Bien entero el bien prestado. Ha entrado con gran rigor el invierno, haciendo así la incomodidad mayor. Tenéis razón, pero en mí solamente cabe amor. ¿Mi Ascanio? Señor, confío que su terneza ha de dar libertad a tu albedrío. Padre, vamos a ganar un reino que ha de ser mío. Ya os entiendo, ya dejáis mis pensamientos difuntos, pues sospecho que os juntáis para que me maten juntos los consejos que me dais. Con intento más piadoso venimos. Morir procuro, viendo afligido y dudoso, pues no hay estado seguro, que no hay amante dichoso, pues si favores no alcanza, vive muriendo por ellos; y si logra su esperanza, muere, previniendo en ellos la desdicha en la mudanza. Acates oye. Señor, que tienes en la memoria, y en el pecho? Tengo amor, en cuya gozada gloria hallo pena y pierdo honor. Cuando los mares te esperan, y en tu tardanza reparan. por quien las olas se alteran, que quizá se sosegaran cuando en sus brazos te vieran. cuando te guían los hados a los reinos prometidos, en la opinión dilatados, de glorias enriquecidos, y de riquezas colmados. Estás tú, porque amor sientes, que te encoge y te retira entre glorias aparentes, mirando el sol que te mira en el cristal destas fuentes, y a pasiones amorosas encaminando tus fines, estás cogiendo, olorosas, las flores destos jardines, a pesar del tiempo, hermosas? que pierdes en eso honor murmura la multitud de tu gente. Y en rigor el usar de ingratitud sería tener valor, a no ser bien recebida, de mi fénix adorada, mi armada rota y perdida, estuviera en pie mi armada, y tuvieran ellos vida, pues si a todos obligó, he de ser, por mis soldados, a quien las vidas les dio, entre tantos obligados, el ingrato solo yo? cosa es dura, cosa es fuerte el querer, dándome enojos, acabarme. Pero advierte que ya en la luz de sus ojos me transforma y me convierte. Ve acates considerando que su celestial figura a los que están murmurando de mi amor, con su hermosura ha respondido callando. Mi Ascanio donde ocupaste el tiempo que vi perdido, cuando mis brazos dejaste? Por el jardín he cogido las flores que tú pisaste. Mis ojos... Mi cielo humano, pues tanta dicha me toca, gócela yo más temprano. En adorando esta boca, iré a besar esa mano. ¡Bueno está! ¿Qué haces? ¡Desvía! Llega a mis brazos, ¡ay cielos!, creerás, Elisa mía, que de Ascanio tengo celos? De ti mismo los tendría tu corazón, porque a ti miro en él... Soy un abismo de amor inmenso; y así tengo celos de mí mismo, y te quiero más que a mí, Dejadnos. Poco importante fue nuestro acuerdo. Es veneno el niño amor. Es gigante. De espuelas le sirve el freno al que es verdadero amante. Aquí te aparta, y echado en mi regazo amoroso tras este álamo copado, el planeta luminoso nos dará el calor templado, Ven, llega. A la Empírea esfera. menos glorioso llegara. ¡Ay, mi Elisa! ¡Ay suerte avara! y quien tan dichoso fuera que esta gloria eternizara, o al menos pudiera hacer siglos, mi bien, estas horas que tan cortas suelen ser. No disimules. ¿Tú lloras? gran causa debe de haber. No mi vida. Tú me engañas, extraños son tus cuidados, y mis desdichas extrañas. Pesares disimulados reconozco en tus entrañas, pues otras mil veces yo he visto, en mi dicha incierta, tu congoja, que cerró a los suspiros la puerta, pero a las lágrimas no. ¿qué causas penas te dan? ¿qué regalos apeteces? y si es que en la tirra están ya que no los que mereces, los que quisieres serán. jardines no te consuelan? edificios no te agradan? No en servirte se desvelan hasta los peces que nadan, y hasta las aves que vuelan? si con triumfos soberanos quisieres hacer mercedes, tomando con francas manos de mis tesoros, no puedes enriquecer tus troyanos? Y esta ciudad no esta llena de infinita variedad de imposibles? Manda, ordena. Y ojalá en esta ciudad fuera un mundo cada almena, para que fueras, señor, de todo, como lo eres de esta mujer, cuyo amor tiene cuanto más la quieres, más fineza y más valor. Tierno estoy, ¡ay gloria mía! ¿Mi bien vuelves a llorar? Cierto capitán un día lloraba porque no había muchos mundos que ganar, y yo en las penas que añades, de ordinario a mis memorias lloro, apurando verdades, porque no hay eternidades para gozar destas glorias. esto, señora, sentí, y no más, porque te ofrezco que desde que a ti te vi, cuantas cosas apetezco pienso que las hallo en ti. a ti sola está rendida un alma que está en tu palma contenta y agradecida. ¡Ay, Eneas de mi alma! ¡Ay, Elisa, de mi vida! entre aquellos mirtos templa un músico su instrumento. Porque llega más sonora la música desde lejos, allí le mandé venir. Extremado pensamiento, por eso, y porque hay algunos que ofenden más con los gestos que regalan con la voz; y así el oíllos sin vellos, es cosa bien entendida. Bien tañe. Y canta en extremo ¡Oh, breves gustos de amor! nunca gozados enteros, por ser tan cierto el gozallos con temores de perdellos. Versos míos ha cantado. Él los canta y yo los siento. Con la dulzura del canto se atreve a rendirme el sueño. ¡Oh, amantes poco dichosos, pues siempre tenéis los pechos en los desdenes rabiando, y en los favores temiendo. ¡Mi Eneas! Elisa mía, ¡Guerra, guerra! ¡Cielo, cielo! cajas suenan, arma tocan. Vuélvese a dormir. Mas los males y los bienes son de importancia en los tiempos, pues los bienes y los males se desvanecen tan presto. Esto no es imaginado. Imaginación no es esto, pero ya ceso el ruido. Alguna desdicha temo. Todo el tiempo lo destruye, todo lo marchita el tiempo, siendo en los hombres la vida un verano y un invierno. Eneas, mi bien. Elisa mis ojos. Sin duda es cierto este rumor espantoso. Gran prodigio, bravo estruendo, entre amorosas canciones, y bélicos instrumentos en mi corazón compiten enojados Marte y Venus. ¡Huye, Elisa! Ven esposa. ¿Quién me llama? Saber quiero de donde salió esta voz, y si no me acaba el miedo, iré a ver si mis vasallos se revelan, o si el cielo me amenaza con desdichas. ¿Mi bien vaste? Luego vuelvo a Valerte. ¡Ha de mi guarda! ¡Ay Fortuna! ¡Ay, ojos bellos! por debajo de la tierra, por los aires, por los cielos tropas veo de soldados, tropel de caballos siento. Los polos se desencajan, las peñas caen, verdinegro se ha puesto el sol, los arroyos y las fuentes que corrieron, desatando cristal puro, despiden humor sangriento. enemigos me persiguen, ¿Qué es de mis armas? No tengo más de esta espada, con ella me aseguro y me defiendo. Pío Eneas, ¿no escapaste de los troyanos incendios para vivir en Cartago ocupando blandos lechos, a las ternezas rendido, y a los regalos sujeto para provincias mayores, y más dilatados reinos. te preservaron los hados, y te previenen los tiempos. De los dioses soberanos todo el sagrado colegio está enojado contigo, por quien a mandarte vengo que te vayas. Obedece, Vete, hijo, parte luego. deja los tiernos abrazos, surca los mares soberbios, viste las templadas armas y saca el valiente acero. Italia te está aguardando, por mí no pierdan mis nietos, y los descendientes suyos las coronas y los cetros de la cabeza del mundo. Y queda en paz, que yo vuelvo a pasar segunda vez por las aguas del Leteo. Padre, padre, espera, escucha, si deja el perdido aliento salir la cansada voz. ¿No hay réplica? ¿No hay remedio? que no arguyeras conmigo en la obligación que tengo a una mujer, contra quien han fulminado un proceso? pero pienso que te fuiste inexorable y ligero, por no quedar concluido con el menor argumento. Mas ya que tú no me escuchas, padre, conmigo tan fiero, oíd mi razón, oídme. ¡Dioses santos, dioses bellos! sacad las graves cabezas por el azul pavimento; ¿Conocéis a Elisa Dido? miraos a vosotros mesmos, y toda vuestra hermosura veréis cifrada en su cuerpo, arrojado de las aguas, escapado de los fuegos, no me dio un cielo en su tierra, y un corazón en su pecho. No es su alma mi sagrado, y sus ojos mis espejos, adonde, aumentando glorias, adevinan pensamientos? pues muriendo he de partirme, y he de dejalla, sabiendo de su corazón, que es mío, que la mato si la dejo? decís que le deje? ¡Ay triste tan poca ventura tengo, que lo diréis, no hay dudallo, ya lo miro, ya lo entiendo; ¡Ea, muera, muera Elisa! y muera yo, ireme luego, pues les agrada a los dioses la ingratitud de los pechos. ¡Muera Eneas, muera Dido! mas he de decir primero que son los dioses injustos que no merecen los cielos que juzgan apasionados mas no dirán por lo menos que no saben que es amor, pues todos amantes fueron, pero como yo ninguno. ¡Ay, que se me abrasa el pecho! allí viene el alma mía, ¿Qué le diré? Yo soy muerto. ¿Dónde estoy, en qué me fundo? cuando me atrevo y retiro, con turbados ojos miro. como cosa nueva el mundo, esposo, amigo, señor. Mil veces, señora mía, ¿Dónde estuviste? ¿Querría que me acabase el dolor. A pocos pasos que di, de aquellas voces llamada, temerosa y desmayada sobre un arrayán caí. Muerta estuve, mas tornando al sentimiento el sentido, como a mi centro he venido, donde te estoy adorando, después de haber con espacio aunque afligida y turbada, la ciudad no alborotada, y sosegado el palacio. Pienso que solos tú y yo hemos visto, hemos sentido el prodigioso ruido por quien la tierra temblo. ¿Tú qué hiciste? Mi consuelo. ¿Cómo diré? ¡Ay, desdichado! la sentencia que te ha dado no menos que todo el cielo? ¡Ay, mí, Elisa! ¡Qué visibles son mis penas que forzosas ¿Qué viste? Notables cosas. ¿Qué tienes? ¡Penas terribles! Dilas, moriré si fueren como sospecho, infelices... Quieren los hados. ¿Qué dices? Quieren los dioses. ¿Qué quieren? que me dejes. ¡Ay de mí! no mi vida. Hasme acabado, ¡Ay, mi bien, que un no dudado aunque es no, parece sí; ¡Ay, Eneas, a ti asida me acabaran mis enojos; Mírate bien en mis ojos, y verás que soy tu vida, pues los cielos te guiaron a esta tierra, y al llegar, desde los brazos del mar a los míos te arrojaron, pues mi corazón te di, y mi reino, a quien poseas, aunque te parezca Eneas, que es pequeño para ti. Es tan grande, Eneas mío, mi voluntad y mi amor, que en el mundo no hay señor de tan alto señorío, no en lo poco que yo valgo, sino en tu valor repara, la justicia tengo clara, el pecho tienes hidalgo. no me dejes, mis enojos tiernas lágrimas te ofrecen. ¡Que a los cielos no enternecen esta boca y estos ojos, a decille no me atrevo su injusticia, estoy mortal, pues he de pagarte mal, mi bien, el bien que te debo? diversas cosas, señora, tiene la pena que ves, y tú la sabrás después. Para consolarme ahora, si una palabra me das, en el alma la pondré. ¿De qué? Mis ojos de que no has de dejarme jamás. ¿Dásmela? Sí, ¡ay desdichado!, dos veces me has ofendido con aquel, no, suspendido, y con este sí, dudado. dime más claro que sí. Digo que sí. Soy dichosa. ¿Quieres hacer una cosa para asegurarme? Di. Para ver los bienes míos en mi vida asegurados, salgan del mar tus soldados, don Barreno a sus navíos, tomen en mi tierra asientos por su elección escogidos, donde les serán medidos con obras sus pensamientos, donde, según sus valores, gozarán libres y esentas dellos las mejores rentas, dellos los cargos mejores, y en mi casa por mis manos señalados y escogidos, siempre serán preferidos a los tirios los troyanos. Y porque vean que hago cosas con que al mudo asombre, por darte gusto hasta el nombre de Troya pondré a Cartago. ¿Quieres mi gloria? Mi espejo. si quiero, habré de engañalla, pues siento más que el dejalla el decilia que la dejo. Luego ha de ser, que un recelo me congoja. No te afanes, que a punto mis capitanes. vienen a servirte, ¡ay cielo!, Pues ireme yo entre tanto, para tenerle propicio, a ofrecerle en sacrificio sangre mía al cielo santo, queda en paz. Sin ti he quedado sin ella. En ti confiada, Contenta voy. Y engañada. de un traidor, de un desdichado. ¡Cielos injustos, acabadme, y vosotros perseguidme, desesperadme, afligidme, No me habléis, callad, dejadme. De otra Venus la hermosura me llama por una parte, y por otra el mismo Marte me amenaza y me apresura, Por una parte el buen trato me obliga a tiernas pasiones, y por otra obligaciones me fuerzan a ser ingrato. ¡Ay honra, ay amor! Perdido estoy, quisiera tener dos sujetos, para ser honrado y agradecido, mas tan sin dicha nací, que lo que con proprio efecto está siempre en un sujeto, no puede juntarse en mí. ¿qué he de hacer? ¿Qué he de esperar? pues tan infelice soy, Ciego miro, loco estoy, y loco me importa estar. pues el hacer con exceso entre amor y obligaciones, tan grandes resoluciones ha de ser perdiendo el seso, Anteo, Sergesto, Cloanto, Acates, ¡ay prenda bella!, pues mi desdichada estrella puede tanto, influye tanto. Ayudadme, mientras rabio, por torcer mi voluntad, a vengar una amistad, como si fuera un agravio. Con diligencias secretas vuestra embarcación haced, mis troyanos recoged sin cajas y sin trompetas. Id corriendo. Señor, no. No repliquéis, id volando. pero ha de ser tan callando, que no he de saberlo yo. Sacad de mí, Elisa bella, el amante corazón, y en haciendo esta traición volvé a matarme con ella. Pues los dioses soberanos tanto mandan, tanto pueden, varias desdichas suceden a los príncipes troyanos. Pues París también vencido de amor, con la misma pena, murió por llevar a Elena, y yo, porque dejo a Dido. ¡Qué cobarde y mal segura es la noche? Claro dice lo que tiene de infelice, por lo que tiene de oscura. Al parque, de mi aposento salí, por haber oído un lamentable gemido, un lastimoso lamento. Parecieron de mi hermana las tiernas quejas que oí y como su amor en mí dificultades allana, salí con alma piadosa, para buscarla atrevida, y ya estoy arrepentida, por lo que estoy de medrosa. ¿Qué de pasos doy al viento, sin cordura y sin aviso? que negras sombras que piso? que amargas penas que siento? A las tinieblas rendidos ciego mis ojosllorando, los perros de cuando en cuando me atormentan con avillidos. Los pájaros agoreros, noturnos y vigilantes, con graznidos disonantes aumentan mis males fieros. En todo perdida quedo, hasta el silencio perdido en las hojas y el ruido de las aguas ponen miedo. Hacia allí el lamento suena. ¡Ay, Eneas! Y es mi hermana. Señora, ¿eres tú? Sí, Ana, y vengo muerta de pena. ¡Ay, Ana, yo soy perdía! en mi pecho, en mi memoria ya es pena lo que era gloria, ya es muerte lo que era vida. De Eneas he sospechado lo que no le he merecido, mil agüeros he tenido, mil tormentos he pasado. Hoy el agua consagrada, al sacrificio ofrecida, vi sangrienta y denegrida; cosa horrenda y desdichada. Toda la noche me arguye entre sueños en la cama. un siqueo que me llama, y un éneas que me huye, de esperar desesperada a Eneas, casi sin vida le busque desvanecida, y no le halle desdichada, que no salió para huír de palacio, es cosa cierta, y solo por esta puerta del parque pudo salir. Fue Alcino secretamente para ver en qué me pone si en su armada se dispone la embarcación de su gente, y entre tanto estoy al paso, adonde que salga espero, y donde abrasada muero por las desdichas que paso. Pasos siento, Alcino viene. ¿Alcino? Señora mía, de perderse tu alegría muchas ocasiones tiene. la gran causa de tu pena oye. ¡Ay, cielos soberanos! Después de dar los troyanos a sus bajeles carena, y embarcar matalotajes regalados y opulentos, ya prevenidos los vientos para sus largos viajes, con tanta prisa embarcar se quieren, por no quedarse, que algunos por embarcarse se arrojan primero al mar, y esperan. ¡Perdida soy! ¡Ah Eneas! ¡Ay triste calma! y haz en cambio de mi alma presa en Ascanio. Yo voy. Ve volando. Triste nueva, tendrá por cárcel mis brazos. Llevaréle hecho pedazos, como el corazón me lleva. Esto, señor, es lo cierto. ¡Ay, mi Elisa! Id poco a poco. Pero atadme, que voy loco, enterradme, que voy muerto. ¡Ah, enemigo! Acompañado viene. Llega, que estoy viendo. ¿Quién vive? ¿Quién va muriendo? ¿Quién va? Un ombre desdichado Traidor, con infame huida pensaste hacer tu jornada, de mi alma adevinada, y a mis ojos escondida? ¡Traidor! Óyeme muriendo. Respóndeme tú callando. todos matan alcanzando, solo tú matas huyendo. no me diste para honrarme como esposo una fe firme, primero de recebirme, y después de no dejarme? Así los príncipes sienten de cosas tan importantes? ¿Así engañan los amantes? así los honrados mienten? Los capitanes famosos ¿son falsos? ¿Son fementidos? y el no ser agradecidos es de pechos generosos? Mira que de mí triumfaste, mira que mi dueño fuiste, que mi honestidad venciste, y mi honor aniquilaste. Por el viento a quien te igualas, mira mi fama y verás que aunque por ti vuela más, mas no con tan buenas alas. Mírame por ser tu esposa, de mi gente murmurada, de mi hermano amenazada, y de Yarbas temerosa. se prudente, se piadoso, vuelve en ti, pues en mí estás. huésped mío, ¿dónde vas? que el dulce nombre de esposo ya no me atrevo a ponerlo en mi boca, por temer que afrenta debe de ser, pues vas huyendo de serlo. Mas trocarele si quieres, aunque de mi honor se arguya, pues a trueco de ser tuya, seré lo que tú quisieres. Reina, negarte no puedo, si puedo con alma ajena oír muriendo de pena, hablar temblando de miedo) lo que tu lengua asegura. porque quien sabe mejor lo que debo a tu valor, lo que pierdo en tu hermosura. Yo confieso en mi mal trato que en vez de ser tu marido, soy un huésped fementido, y soy un amante ingrato. ¿Y que fuera más dichosa mi fortuna en ti empleada. Mas ¿qué haré, amiga engañada? ¿Qué haré, mal lograda esposa? Pues es mandamiento injusto de los dioses poderosos, más que de mi bien celosos, envidiosos de mi gusto. Mi padre, en sombra enojada, a quien su ministro han hecho, siempre apuntándome al pecho me amenaza con la espada. Muéstrame perpetuamente, con más formas que Proteo, Mercurio, su caduceo, y Netuno, su tridente. Porque de ti me despida, a pesar de mi congoja, de tierra el uno me arroja, y el otro al mar me convida. a Italia mandan que vaya, sin mirar que si lo hago, dejándote a ti en Cartago, quedaré muerto en su playa. ¿Es posible que compones otras fingidas verdades, disponiendo esas crueldades, inventando esas traiciones? Los dioses han de querer tu mal trato, tu mal nombre? y es honra, adorando un hombre, engañar a una mujer? Mejor ese dios lo hiciera, que a Italia quiere guiarte, si te guiara a otra parte, donde tu armada surgiera. Y cuando no fuera enredo esa soñada ilusión, en amor cabe razón? los amantes tienen miedo? No fueran glorias crecidas, dos cuerpos a un alma asidos, morir de un rayo partidos, por no dividir dos vidas? ¿Esto no ves? ¡Ay de mí! oye, escucha, advierte, Eneas. y cuando por mí no veas mi pena, mira por ti... Mira, piadoso troyano, que sin límite y gobierno. tiene el peligroso invierno el mar turbulento y cano. ¿Dónde vas? ¿Quién te obligó a matarte y a perderte? ya yo paso por mi muerte, pero por la tuya no. Deja que llegue siquiera con daño menos forzoso del invierno borrascoso la apacible primanera. Y si con riesgo menor te veo entonces partir, haré, enseñada a sufrir, más sufrible este dolor. Y más si pudiera ser, que en mí otro éneas tuviera, aunque tan pequeño fuera, que estuviera por nacer, Eneas, no digas no, un breve espacio te pido de vida, no más. ¡Ay, Dido! que ya en mí no mando yo. Ya me esperan mis soldados. ¿qué dirán si me detienes? ¿Tú tienes alma? ¿Tú tienes los pensamientos honrados? ¿Tú eres hijo de una diosa? ¿Tú de un dios eres hermano? tú de Anquises el troyano ¿Tienes sangre generosa? ¿Tú eres pío? ¿Tú eres noble? no eres sino un monstruo airado, en algún monte engendrado. de las entrañas de un roble. Un infierno te provoca de mis desventuras hecho, fieras tienes en el pecho, rayos echas por la boca. Vete, sigue tus rigores, Vete crüel a embarcar, ponte en los brazos del mar, pues son los míos peores. No ha mucho, pues, que el tenellos adorabas, ¡ay de mí!, ¡Ay, Eneas, vuelve en ti, y podrás volverte a ellos. Pues que mi llanto no es parte para obligarte y moverte, por fuerza quiero tenerte, por fuerza quiero gozarte. A ti asida y enlazada me llevarás donde quiera, que pues perdí por ligera, no he de perder por pesada. Sí lo soy, con más amor Déjame muerta a tus pies, y como sombra después podré seguirte mejor. Señora, no puede ser, sin mí, no puedo valerte, Dido, echada está la suerte. Pero está echada a perder. ¿Conmigo tan cruel amor? con una mujer? Recelo, que en mí, por quererlo el cielo, ya la terneza es rigor. Déjame. Rigor terrible, que no te detengo yo. No quieren los hados. No. pues quiere tú... no es posible. En mis escritas historias, ¿Qué dirán, si una mujer ha podido detener la corriente de mis glorias? Villano, ¿qué tal consientas? fortuna que tal permitas? y en mis historias escritas, ¿qué dirán de mis afrentas? Pero pues por esto pasan Dioses, para mí no santos. pues no te anegan mis llantos, ni mis suspiros te abrasan. Pues todo me falta ya, traidor, con tu misma espada, en mi desdicha afilada, he de vengarme. Aquí está. Mátame, que en mi querella será menos culpa ser muerto por una mujer, que detenido por ella. Tente, señora. ¡Villanos! Señora, tente. Dejalda. Vosotros me detenéis, ¿Traidores? ¡Ah, de mi guarda! vasallos míos, volved por vuestra reina afrentada. primero quiero de Ascanio cortar la tierna garganta. ¿Qué de Ascanio? Está siguro. La ciudad alborotada verás en un punto. Vamos. Aunque en nuestros ombros vayas. Muerto voy, ¡ah, Elisa mía!, bien querida y mal pagada. ¿Que no vino a detenerme? que me deje y que se vaya burlando de mis afrentas, sin castigo y sin venganza? seguirele; mas no puedo, que tropiezo en mi desgracia. pobladores de Cartago, vasallos, rigores, armas, perseguilde, detenedle, no se embarqué, no se vaya. mirad que el honor me lleva, mirad que me lleva el alma. ¿Pero yo no tengo pies? ¿Dónde vas, señora? Aguarda. espada llevas desnuda? a defender tus murallas vuelve con ella, pues vimos al amenecer del alba cubierto el mar de bajeles, cuya gente desembarca ya en tu costa y sus banderas a tu ciudad amenazan, Yarbas viene poderoso, con una pujante armada, a ser tu esposo por fuerza, por fuerza te quiere Yarbas. Ya se previenen tus gentes, ¿No escuchas tocar al arma? ya tus órdenes esperan. ¡Que pueda desdichas tantas influir sola una estrella? todas le ayudan sin falta. sin duda el villano Eneas, con astuta vigilancia, supo que Hiarbas venía, y temiendo su pujanza, ingrato me desconsuela, cobarde me desampara. ¿Qué haré? ¿Qué mujer se ha visto en fortunas tan contrarias de dos hombres ofendida? pues con desiguales armas el que adoraba me huye. y el que aborrezco me alcanza. ¡Ah, fugitivo, ah, engañoso! fueron heroicas hazañas huir de mí cuando ves que me pierdo por tu causa? ¡Oh, traidor!, ¡plega a los cielos!, que en la nave que te embarcas, combatida de los vientos, rebatida de las aguas, los turbados marineros enredados en las jarcias, pongan al revés las velas, y baje al centro la gavia, rotos árboles y entenas, timón, trinquete y mezana, en esas peñas envistas, de al través en esas playas. mas no en estas, ¡ay de mí!, pues es tan tuya mi alma, que te volveré a mis brazos, y te daré mis entrañas. Con más priesa al arma tocan. ¡Reina y señora! Y te llaman tus vasallos, ven, ¿qué esperas? anímenlos tus palabras con esa espada en la mano. ¡Ay, amiga!, que esta espada no quedó para temida en mi mano desdichada. esta me mostró Siqueo, cuando a su retrato hablaba, Esta es la que vi sangrienta, Esta es la que vi pintada. Ya sé el lugar que le toca. diles a mi gente, hermana, que yo sola he de librallos del poder y de las armas de Yarbas, siendo su esposa, y que pongan en campaña al salir de la ciudad una tienda bien armada, y en ella un trono y dos sillas, donde en la una sentada, le convide con la otra. Resolución tan extraña como divina parece. ¡Qué mal lo entiendes, ay Ana, Ven, vamos. ¡Ah, espada infame! presto te verás manchada con sangre de mujer firme, ya que no de mujer casta; Tenme, tropezando voy. Sosiégate, ven, acaba. Ciega voy, guíame amiga. ¿Dónde está la puerta, hermana? mas para mí la fortuna todas la tiene cerradas; ¿por dónde iré? Por aquí Ven, señora. ¡Ay, desdichada! por donde me huye Eneas? ¿por dónde me sigue hiarbas? Vanse y salen hiarbas con soldados tocando cajas. Gracias a los justos cielos, que entre instrumentos de guerra está temblando la tierra de mi agravio y de mis celos. A mi brazo y a mi espada, Ya estoy viendo que se humilla esta octava maravilla nuevamente edificada. ¡Ea, Libios vengativos, veamos si al ver su estrago, nos defienden a Cartago los troyanos fugitivos. Y veamos, pues me injuria este troyano valiente, si se opone a la corriente de mi brazo y de mi furia. Veamos si ardiendo yo entre mí llama amorosa, saca en hombros a su esposa, como a su padre sacó. Marche mi ejército aprisa. Marche, la palabra pase. Pase la palabra. Y pase, ¡Viva Hiarbas! ¡Goce a Elisa! Ahora, troyanos míos, dad las armas a las manos, y verán que los troyanos tienen valor, tienen bríos. Y verán, averiguadas las verdades por mí dichas, que huyamos de las desdichas, pero no de las espadas. Aunque por solo el amor que tengo a Dido, volviera, pero la causa primera por quien vuelvo, es por mi onor. En él la defensa apoya, opuesta al sangriento estrago, defendamos a Cartago, pues que perdimos a Troya. Marche mi ejército aprisa. Marchen, la palabra pase. Pase la palabra. Y pase, ¡Muera Yarbas, viva Elisa! ¿Así, hermana, me engañaste? ansí a Cártago remedias? ¿Estas fueron tus palabras? tus promesas fueron estas? Moradores de Cartago, haced pedazos la tienda, vení a ver esta desdicha. Y veréis a vuestra reina que ella mesma se conoce, y se castiga ella mesma. Erre, al fin, como mujer. las maldiciones de aquella que a las llamas condene me alcanzan, solo me pesa de que muero sin vengarme de Eneas. ¡Ah, ingrato Eneas, ¡Ah, Eneas! El nombre tuyo, ¡Ah, traidor! Mas me atormenta, que la herida desta espada, porque así rabiando muera. muero con él en la boca. ¡Ay, hermana! ¡Abraza, aprieta! estos lazos. ¡Ay, troyanos, ¡Ay, muere! Yo estoy más muerta, que tú, hermana de mi vida, enlazada está la lengua en las congojas del pecho. Ya parece que campea el ejército troyano. Las africanas banderas vemos ya, troyanos fuertes. Pero ¿qué desdicha es esta? a quien desde lejos veo? llegarme quiero más cerca. ¿Qué desdicha estoy mirando? acercar me quiero a ella. ¡Válganme los santos cielos! Hasta el alma tengo muerta. ¿Eres Eneas? Yo soy, ¿No lo dicen mis tristezas? ¿Eres Yarbas? ¿No lo ves? ¿No te lo dicen mis penas? yo venía a conquistar esta desdichada reina. Oponiéndome a tu espada, venía yo a defendella. Pues que la causa ha cesado con tanta desdicha nuestra, yo voy a llorar su muerte. Y yo es justo que me vuelva adonde me trague el mar. Arrastrad esas banderas. Enronqueced esas cajas. A recoger toca apriesa. Toca apriesa a recoger. Y acabe la gran comedia de la desdichada Dido por el fugitivo Eneas.
