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Texto digital de De un yerro nacen mil

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Atribución tradicional
Desconocido
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Andrés de Claramonte y Corroy Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido corregido por Marqués González y Magdaleno García a partir de un manuscrito de la BNE.

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Cita sugerida

Marqués González y Magdaleno García. Texto digital de De un yerro nacen mil. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/de-un-yerro-nacen-mil.

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DE UN YERRO NACEN MIL

JORNADA PRIMERA

Ten las lágrimas bellas, no desperdicien tus hermosos ojos ansí en la tierra estrellas, no avergüences al sol, no des enojos con tus perlas al cielo que envidia ver tan estrellado el suelo. Llanto en mis alegrías en mis gustos disgustos, si estoy viendo pena en las glorias mías llorando cuando el sol nace riendo. Sin duda eres aurora, de futuras desdichas precursora. Murió Alfonso mi hermano: gozo la sucesión, el reino heredo. Señor soy soberano ya en Aragón y coronarte puedo, pues te estimo y adoro, con sacros muros de diamantes de oro. Ayer era un infante y hoy soy un rey a quien el pueblo ofrece aplauso semejante. Si no es que mi fortuna te entristece, de tu pena me espanto, pues parabién jamás se dio con llanto. Ay, dueño generoso; mas digo mal: ay, dueño y señor mío, el armiño glorioso que heredas en la margen deste río que en sierpes se dilata hasta ofrecerle al mar feudos de plata engendra mi tristeza, mi llanto grande y mi melancolía; que en su antigua llaneza más seguro y alegre amor vivía y en lágrimas se baña porque el imperio y majestad extraña conformidad, divino. En paz gozaba amor con igual gusto; ya llorar imagino pasadas glorias en mortal disgusto, que amor en desiguales siempre suele causar efectos tales. dichosa prenda mía, si esas lágrimas bellas, si ese llanto nace de mi alegría, gloria no quiero que te cueste tanto. Ni el reino que hoy espero con prado con tus perlas no le quiero. Solo quiero adorarte, solo quiero servirte, solo verte; monarquía es amarte; reinar es confusión si he de perderte. Reinar quiero en tus ojos, no reino en Aragón dándote enojos. Goza infinitos años la corona que el reino te ha ofrecido, que temores y engaños de mi infinito amor estos han sido, pensando desta suerte que en llegando a ser rey he de perderte. Solo que consideres lo mucho que me debes te suplico, pues dices que me quieres: venzan al reino poderoso y rico justas obligaciones. ¿En mi verdad desconfianzas pones? Serás reina y señora en Aragón, bellísima María Trasládase la aurora anunciadora del – día a tu divina frente. Sol será tu cabello y ella oriente. Cuando no te debiera la prenda que me has dado, el casamiento acción gloriosa fuera, no solo por tu raro entendimiento, sino por ser quien eres, pues en sangre y nobleza me prefieres. Reyes de Francia han sido y de Aragón tus altos ascendientes, y es caso conocido ser muy deudos los dos y muy parientes. Pues, si es tan justa cosa, no halles dificultad en ser mi esposa. No habré tocado apenas la púrpura real cuando a mis barras junte tus azucenas. Teruel y Albarracín serán tus arras y Balbastro tu dote. Aunque en bandos el reino se alborote, salga el sol en tus ojos y mis glorias celebre entre tus brazos. Mil disgustos y enojos ha desmentido amor con tiernos lazos. será el menor tan fuerte que rompello no puedan tiempo y muerte. Es luego la partida. Ya del reino me espera la nobleza. Que tan corta es la vida… No puedo más, perdona esta terneza. De tu temor me admiro. ¿Vaste sin despedirte de Ramiro? Antes entrar querría a despedirme de él, señora, a besos. que puede mi alegría en tan dulce ocasión tales excesos. Quiero con mi licencia que te despidas de él en mi presencia. Sea muy enbuenora. Haz que saquen, Vermudo, el niño luego. - Teodora . ¿Quieres más otra cosa? Solo ruego que de madre y de hijo te acuerdes en tu aplauso y regocijo. Cómo puedo olvidaros, si parte sois los dos de mi memoria. Solo en imaginaros mayor es el placer, mayor mi gloria que, como por antojos, los juzgaré mayores a mis ojos. (Saquen el niño Teodora y Vermudo) Vermudo: Ya está don Ramiro aquí. Llega Teodora con él. ¿También ha llorado? Así siente tu ausencia cruel. Con la parte que le di llora también como yo, que mi grave sentimiento sentimiento le prestó. Tu divino entendimiento la razón le anticipó. ¿No le besas? Ya le doy - más en los labios. Con ese resguardo estoy segura de tus agravios. Fui padre e hijo solo hoy, y así, satisfecha aquí, pierde en esta ausencia el miedo con la prenda que te di, que si en don Ramiro quedo es cierto que quedo en ti. mi corazón te reparte amor en esta ocasión y, pues para consolarte te dejo mi corazón, no tengo más que dejarte. Mira en mi ausencia por él. Y tú mira cómo vas, porque un oprobio es crüel y en él vengarme podrás y lo sentirás en él. Advierte que hay polifeas que hijas a las fieras dan y que hay sangrientas Medeas que despedazar podrán niños que en pedazos veas. No cause en ti la ambición o el reino nueva mudanza que, vuelta sangriento halcón, cebándome en la venganza me comeré el corazon. No sé qué sientes de mi para hablarme de esa suerte Amor me hace hablar así, y el recelo de perderte viendo tal mudanza en ti. No es mudar de obligación, señora, el mudar de estado. Necios mis temores son. Ya a tu padre he despachado a que cobre en Aragón las villas que injustamente le quitó mi hermano y conde es de Jerica. Si ausente así tu amor corresponde, ¿qué harás cuando esté presente? Pagaré la obligación que debo. El cielo te guarde. Serás reina de Aragón. No hagas que la gente aguarde. Tienes, María, razón. Despídete de Ramiro otra vez. veréme en él, que es espejo en que me miro. Mira don Sancho por él. Sus advertencias admiro. Si es mi espejo y te le dejo tú por él has de mirar con prudencia y con consejo. Guárdale, que fuera azar quebrársenos tal espejo. Ya la nobleza o el reino quiere que el pueblo conozca a su rey y ya te aguardan los caballos y carrozas. La corta distancia que hay desde aquí a la corte es copia de todas las primaveras, que en ella se cifran todas. Con tan grande aclamación, con tal aparato y pompa tus vasallos te reciben. Estas son del mundo glorias. Ayer de mí en todo el reino no se acordaba persona y hoy con caricias y halagos todos a mis pies se postran. Un día la blanca aurora dos flores fueron emblema desta verdadera historia. A dos pirámides verdes que en arquitectura de hojas sobre el cristal de una fuente eran del viento lisonjas servían, si no de puntas, dos lirios de sacras borlas, y dos pedazos de cielos que en su zafir se retocan. Eran hermanos los dos porque de una rama propia nacían; puesto que al uno cupo la rama más corta, - galán se empinaba al sol con puericia loca. Hecho estrella de amatiste y de las ramas corona veneraban lisonjeras abejas que cuidadosas en escuadrón le cercaban sin que tocase una sola al hermano que encogido apenas el viento toca. Viendo al otro que inmortal se juzgaba en tantas honras, mas en vicios y tirano, un pajarillo destronca la flor que eterna se hacía y la encogida perdona, a quien todas las abejas con las mismas ceremonias luego cercaron, haciendo que al sol sus rayos -. Esto mismo me sucede con mis vasallos agora: cortó el lirio el pajarillo y síguenme desta forma. ¿queda el Almirante ahí? Previniendo en casa goza los arcos y simulacro que con tu vista en el rey quietud y sosiego pongas. Vamos, y haré las mercedes para que me reconozcan, que el rey es como la fe: que no aprovecha sin obras. Serás inmortal. María, mi justa ausencia perdona hasta que a pesar del reino vuelva a celebrar tus bodas. “Murió mi hermano el rey porque ha querido levantar mi humildad el cielo santo que siempre a la soberbia así ha abatido, maravilla en que dios se ilustra tanto. Ahora, alteza, le suplico y pido me envíe a donar tal mandando cuanto a su real servicio se le ofrezca como servirle mi humildad merezca”. Respetad el retrete, Artal. Señora. Esperad, no os vay vos, que quiero daros cartas de vuestro rey. Matarme agora vuestra alteza querrá. ¿Yo a vos mataros? Si es la carta de Alfonso, quién lo ignora, que en mi ofensa será. Por consolaros os la doy. Perdona haber temido su fiera condición. Muy bien ha sido. Esta letra es, señora, del infante. Del rey dirás. No es letra del rey esta. Todo bien en la muerte es inconstante. Esta es la juventud al cielo opuesta. don Alfonso murió ¿Quién? No os espante, que el hombre es flor en las corrientes puesta. Murió vuestro contrario. Enternecido estoy, que, aunque cruel mi rey ha sido, pésame de su tránsito al aurora o su florido abril, o vida humana, o sombra vil que apenas el sol dora donde jamás se vio cierta mañana. ¿Agora, Artal, le lamentáis? Agora viene mejor la compasión humana, que, aunque Dios me ha vengado desta suerte, lástima y no placer me da su muerte. Murió mozo. Dejad el sentimiento y celebrad el gusto y alegría del nuevo rey que os dice… Que al momento me vaya. ¿Sin tener licencia mía? Dejar a vuestra alteza es lo que siento. Yo perder vuestra hidalga compañía, pero al rey es razón que se dé gusto. Cobrad patria y honor, que es caso justo. Padre en Zaragoca os aguardo con el reino que os debo, sea luego el camino, que para él os hago – del condado de Jerica. Ese es un poder para que, con él, en mi nombre, satisfagáis las mercedes que de su alteza hubiésedes recibido, obligándome a la paga terrenalmente. Dios os hayga con bien. Zaragoza, yo el rey. Mucho os quiere, según lo que os escribe. Y aún es, señora, más lo que me debe. Que me parta al momento me apercibe y le he de obedecer. El cielo mueve los sucesos ansí. Don Sancho vive y a su hermano le es ya la tierra leve. Jüicios son de Dios Seis mil ducados repartid entre amigos y criados y hoy haced la libranza. ¿Cómo puedo pagar tantas mercedes? Satisfecha de vuestra voluntad, don Artal, quedo y, en vuestro amor, segura de sospecha. Y en eso quiero que veáis que excedo a la merced de vuestras manos hecho, si puede ser, haciéndoos reina mía, pues de Aragón eterna paz sería. Don Sancho, perseguido de su hermano vida, amparo y refugio en mí ha tenido cuando en el portugués y el castellano no halló favor llegando perseguido. Vida y reino me debe, - llano que ha de ser a esta deuda han reducido, y con este poder seréis su esposa. ¿Qué sabéis vos si trata de otra cosa? Yo lo supiera ya si ello tratara, que de mi parecer sus cosas fía. No quisiera que cosa se intentara que desdijera la grandeza mía. Cuando el poder del mundo se juntara en sola una corona y monarquía, no fuera de mi gusto impedimento: tened por concluido el casamiento. Fuera de las virtudes que publican de don Sancho, la gala y gentileza, de suerte, don Artal, la significan, que le tengo afición. Naturaleza en él se aventajó. Cuantos platican en él le alaban mucho. Vuestra alteza es esposa de un ángel. Que ya es cierto. O por tan justa acción quedaré muerto. Don Artal de Cardona, yo en Navarra soy soberana reina y muchos reyes me han pretendido con acción bizarra, que en mí el amor jamás se postró a leyes. Estos que veis gigantes de pizarra coronados de ejércitos de bueyes de su tibieza mi hermosura han hecho, que si de nieve son, nieve es mi pecho; y así no me metáis en ocasiones donde quede confusa ni corrida, porque, si todo el mundo es Aragones, toda su tierra dejaré encendida, espíritu daré a mis escuadrones y daré a mi venganza nueva vida. Yo el casamiento y paz os aseguro, porque con el poder no me aventuro, y antes que pueda haber impedimento, con su poder os doy la ley, la mano. ¿Sabéis lo que intentáis? Sé lo que intento y sé lo que el rey gana y lo que gano. La mano os doy, mas ved… No me arrepiento. Reina sois de Aragón, que es caso llano, que en negocio, señora, que es tan justo y que a él le está tan bien, no habrá disgusto; y, pues está en Tudela vuestra alteza, quince leguas, no más, de Zaragoza, en ella, con tumulto y con grandeza, ha de entrar como el Sol en su carroza, admiraráse el reino en su grandeza y el rey del ángel que Navarra goza, y luego, en paz y universal contento, celebraréis el alto casamiento. ¿No es mejor que se trate y que yo espere en Tudela? Señora, si no hay duda, ¿de qué sirve esperar? Don Sancho quiere lo que le está tan bien. El tiempo muda las cosas, que es teatro donde muere la edad, que en él se viste y se desnuda. Firme he de estar, aunque te mude todo. Plega a Dios que suceda de ese modo. ¿Qué dice vuestra alteza? Que me fío de vos, pero miradlo bien primero. Aumento es de mi rey y aumento mío, que en él pagaros mi hospedaje quiero. Esta temeridad de vos confío. Cardona soy. Y un grande caballero. Mucho se ha de alegrar doña María. Es hija vuestra al fin. Y es alma mía. No vi tan fuerte mujer. Ni yo tan libre la he visto. Diamante debe de ser. Un imposible conquisto, Bullón. ¿Qué tengo de hacer? Que dejarla y procurar otra igual al pensamiento. Eso es si amor da lugar. Mujer para casamiento dificultosa es de hallar. Si es seca, es dormir, señor, asado como conejo en un eterno asador; si es gorda, el martirio dejo para el curioso lector; si es larga, es yegua infernal; si es pequeña, es rana en pie; si es grande, es un provincial; si es morena, bronce fue; si es blanca, fue piedra sal; es camello si es vellosa; es demonio si cecea; si es necia, es terrible cosa; celos pide si es muy fea; celos causa si es hermosa; - es si es boquifruncia; de dos bocas si es bocona; culebra si es relamida; chinche si es ojibailona; si es roma, es descomedida; si es cetrina, el mal la alegra; si es rubia, es de mal humor; es cruel si es pelinegra; y, fuera de esto, señor, todas estas tienen suegra. Mira cuál puede escapar de estos peligros y quién, señor, se atreve a casar. Mal ladrillazo le den cuando lo llegue a intentar. Dime por qué me desprecia esta mujer. Por mujer, que es lo mismo que ser necia. Las fiestas no quiso ver. De recogida se precia. Si ha sido loca hasta aquí, mas agora lo será si priva su padre así. Al rey la pide si ya no la quiere para sí. Dejo ya de ser amante. El rey la acción ha perdido. Por ventura, y no te espante. A su padre agradecido, en galardón semejante querrá premiarla y poner la corona en su cabeza haciéndola su mujer. Calla, que viene su alteza. Tarde le vienes a ver. Del amor de cara goza han sido lenguas las calles Sus deseos significan aparatos semejantes. Muy agradecido estoy. Ha sido apacible tarde. Hasta el mismo sol aparece que quiso lisonjearme. Aunque se vistió de nubes milagro fue no abrasarte en las que en su ausencia hacían del sol donaire. Bellas damas vi, aunque puedo decir, que no he visto a nadie porque quedaron los ojos cautivos en una cárcel. Deme los pies, vuestra alteza, y para extirpar alardes en su juventud el tiempo eternidades descanse. ¿Tan tarde, primo? ¿qué es esto? Descuido ha sido notable. Antes cuidado, señor, en serviros. Almirante, yo os creo. Dadme los brazos. Señor. Llegad a abrazarme. ¿Estáis bueno? No me he visto así jamás. Dios os guarde como no pedís mercedes más sí sois quien puede darme voz amigo que os aprimo habrá en Aragón que os falte todo cuanto tengo es vuestro Y todo es tan poco baste primo, descubierto estáis no aguardéis a que os lo mande cubríos por vida mía Gran merced, favores grandes. Un negocio a vuestra alteza quisiera comunicarle a solas. primo, en buenhora. Dejadnos solos. Con tales halagos será señor de todas las voluntades. Ya, Almirante, estamos solos. ¿Qué queréis? Señor. No os cause imposibles el deseo. Pedid, que en mi pecho caben de Alejandro las grandezas, cuando sus reinos me falten. No quiero que vuestra alteza de Alejandro se aventaje, solo pido… Decid, ¿qué? Que vuestra mano me case. ¿Y tenéis con quien? Ya tengo, señor, elegido un ángel. ¿Quién es? La estrella María, de Cardona sacra imagen del sol en que quiere amor que eternamente descanse. Este serafín os pido, esto a vuestros pies me trae, que en cosas de vuestro gusto no ha de replicaros nadie. No sé cómo haceros pueda gusto en caso semejante, que su jurisdicción no tengo en las cosas celestiales. Pedid, primo, de mi reino títulos, villas, ciudades, acrecentamientos, honras, que a todo a tiempo llegaste; mas para doña María habéis llegado muy tarde. tarde llego porque ha habido, señor, quien antes llegase; que el poder madruga mucho, por tarde que se levante. Cierta mi sospecha ha sido: con ella quiere casarse; que, como la calentura, amor a los labios sale. Mi deseo es imposible siendo la causa tan fácil, mas, donde falta el remedio, no es bien que la industria falte. Hágase razón de Estado y don Sancho no se case con su vasalla. Mover quiero las comunidades, que en tales casos la envidia es siempre la que más vale. (Sale) Seis navarros caballeros, como el mismo sol galanes, dándole al cielo en sus frentes Babilonias de plumajes, se han apeado, y entre ellos don Artal. Ya llegan tarde. ¿Por qué? Porque tarde llego. ¿Tarde dicen que llegaste? Esto el rey me respondió ¡Vive Dios, que él llegó antes! No me parece cordura que este casamiento trates, porque un rey es basilisco. Y amor en mi pecho es áspid. Él viene aquí, hablarle quiero. Al fuego no te abalances, que si rey nones te dijo él no ha de decirte pares. Abre el puño y deja el juego, que es disparate muy grande jugar a pares y nones en juego que a pares salen. Mucho, necio, te calientas. Por fuerza he de calentarme, porque los palacios son braseros universales. Gracias al cielo que os piso, soberanos homenajes donde jamás pensé verme, sacro y lisonjero jaspe, espejo donde se miran tantas pesadumbres grandes de torres y capiteles en quien el sol giros hace. ¡Salve mil veces! Y tantas goce, tras ofensas tales, vueseñoría su patria. Será, señor Almirante, para que vueseñoría siempre a sus criados mande y amos, porque el rey me espera; que luego salgo a besarte más despacio, como es justo, las manos. Antes que hable al rey vuestra señoría, para que viva y descanse una palabra ha de oírme. ¿Tanto importa? Ha de importarme la vida. ¿La vida? Sí. Decid, aunque el rey aguarde, puesto que espacio pedían negocios tan importantes. La peregrina hermosura y las peregrinas partes de doña María, a quien no hay partes que se aventajen, me fuerzan a que os la pida por mi esposa, el rey lo sabe y dice que tarde llego. Vueseñoría es su padre y puede, con su hermosura, favorecerme y honrarme para que tarde no llegue. Nunca puede llegar tarde a honrarme vueseñoría como se digne de honrarme. María no tiene dueño no porque esposo le falte, sino porque mis desdichas me han hecho ansí descuidarme, mas hoy quiero que lo sea vueseñoría. Inclinarse a honraros al rey he visto. Yo traigo con quien casarte, y no quiero yernos reyes a donde están almirantes. Dadme esa mano y en prenda me dad para que descanse. Mi palabra y con la mía, que primero que ella falte faltarán las armonías de los orbes celestiales. Mi amor queda satisfecho. El rey sale. Si el rey sale yo me voy. ¿Cuándo mandáis que a la aldea os acompañe? Esta noche. ¡Oh, largo día! ¡Señor, cómo negociaste! ¿No echas de ver en mi gusto, señor, que no llegué tarde? De accidente de casado mueres, que es peor que landre. ¡Padre! ¡Señor! ¡Bienvenido! Mis labios a un tiempo os den el pésame y parabién, aunque parabién ha sido. La soberbia así ha caído siempre en tan mísera suerte. Con Dios no hay gigante fuerte, que hay, en culpas semejantes, montes para los gigantes; para los tiranos, muerte. Gozad mil años, señor, la majestad en que os veis, que una parte me debéis y otra a vuestro gran valor. Solo pido que un favor, por el daño recibido, me deis – estad os pido, un sí de esa boca quiero, que con el veros espero premiado y agradecido. ¿Qué me podéis vos pedir, conde, jamás, en que yo os pueda decir de no, por no poderlo decir y por poderlo cumplir? Estoy por hacer quitar el ‘no’ del uso de hablar porque el reino, desde aquí, aprenda, padre, en mi ‘sí’, a agradecer y estimar. El sí para siempre doy, mientras viva y vos viváis, en todo cuanto pidáis. A esos pies postrado estoy como agradecido soy, de esa palabra fiado. El ‘sí’ en vuestro nombre he dado: casado estáis. ¿Yo? Vos. ¡Yo! ¿Es con vuestra hija? No. pues, ¿con quién me habéis casado? Hijo a la reina le di, el sí y la mano por vos. ¡Qué decís, válgame Dios! Y conmigo viene aquí. Estoy por decir que el ‘sí’ no le pronuncie la gente en mi reino eternamente. pues, ¿tan presto os enfadó? Importaba más el no, conde, en la ocasión presente, si me pedís mi favor, que mejor os estuviera cuando aquí no os respondiera, y no sé qué os responder. Mas, si forzoso ha de ser responderos ‘sí’ u ‘no’ aquí, no y sí os respondo, que ansí, satisfacer quiero yo mi obligación en el ‘no’ y la vuestra con el ‘sí’. Si es el no darme a entender que os excusáis por honrarme y en mi hijo levantarme de vasallo a mayor ser, ya, señor, vuestra mujer la juzgo, ya es reina aquí para el reino y para mí, y así os agradezco yo vuestro deseo en el ‘no’ y mi palabra en el ‘sí’. En tan terrible rigor no hay entendimiento sabio. Temo decirle su agravio y callársele es peor; mas diréle que el honor, cuando me dio vida y fe, bárbaro y vil le quité. Rigor es más si lo callo: Ni él aquí podrá cobrallo ni yo pagarle podré. Decírselo quiero y vea premiada la ofensa mía, Artal, a doña María. La de Navarra se apea de una pintada – hija del viento español que en celajes de arrebol con que el aire se ennoblece que se apea el sol, parece, de los caballos del Sol. Quiero al fin disimular que en un minuto de tiempo hace mudanzas el tiempo, y montes suele mudar. Vamos. ¿Hay tal apretar, hay tal fuerza en casamiento? (Aparte) De las dudas del rey siento que el poder las almas muda, y de principios en duda dan los firmes escarmiento. Disculpe la flema mía la priesa de vuestra alteza, pues su impensada presteza suple la descortesía. Rayo llamarse podría, que en el edificio está antes que el tronido da, mas, si son bordando mayos tan angélicos los rayos, ¿quién los rayos temerá? El rayo, ¡milagro!, en fin, cubierto en mortales velos, y es un rayo de los cielos en forma de serafín. Rayo de nieve y jazmín, oloroso y encendido, solo aquí sea conocido; mas es vaso en que amor tiene fuego disfrazado en nieve, veneno en jazmín metido. No soy rayo y, si lo soy, del sol de vuestra grandeza lo seré. Con qué fineza locuras diciendo estoy, palabras al viento doy cuando está mi fantasía perdida en la prenda mía, ¡ay!, mas impensada esposa. ¿No es hermosa? Fuera hermosa si fuera doña María. Su alteza me defendió del rigor de vuestro hermano cuando, injusto, el castellano vuestra prisión intentó; y así agradecido yo a los favores pasados le doy con nuevos estados tan digna esposa también. ¡Gozaos mil años, amén! ¡Dios os haga bien casados! ¿Dónde vais? Señor, a ver a mi hija, que este día quiero que cause en María también contento y placer. ¡Cielos!, ¿qué tengo de hacer? ¿Cómo le diré su agravio? Pero el consejo más sabio es escribirle un papel, sepa mi torpeza en él, ya que se avergüenza el labio. Artal, a doña María un recado le daréis en mi nombre. Y llevaréis un papel instrucción mía, mi honor y mi monarquía os encargo. Harélo ansí. Vamos señora. Ya aquí contento quedo. pues yo no. Pues, ¿Por qué? Porque no. Pues, ¿por qué no? Porque sí. (Vanse) Tanto ‘no’ y ‘sí’ al rey no entiendo. Esfinge me ha parecido, que en un ‘no’ y ‘sí’ repetido enigmas me está diciendo. Cuando servirle pretendo, me lo agradece dudando; cuando un reino le estoy dando en sí, que tan bien le está, repara más si es rey ya quien lo agradeció reinando. Retirarme a mis estados quiero, sin mirar su intento, tomando vivo escarmiento en los trabajos pasados. No quiero nuevos cuidados ni ir interpretando ansí. ¡Osa, cielos, de ‘no’ y ‘sí’, que, si por grandeza mía un rey le quité a María, un almirante le di. ¿Qué tal fue el recibimiento? No sé yo que se haya escrito tal aparato, tal honra, tal fiesta, tal regocijo. A la entrada sustentaban dos pirámides egipcios un cielo que, artificial, parecía el cielo mismo; donde, admirada la gente, imaginara que quiso bajar a la fiesta el cielo con sus planetas y signos. En él amaneció el sol y, en la mitad de su giro, se cubrió de nubes pardas y llovió piedra y granizo, que, recogiéndola el pueblo, conoció que era fingido cuando en copiosa ambrosía en sus bocas se deshizo. Luego, su alteza a caballo, donde desgajados vimos de su asiento a los planetas, con milagroso artificio la luna postró a sus pies plata de los montes indos; Venus, al amor vendado; Mercurio, plumas y libros; el Sol, sus madejas de oro; armas el planeta quinto; Júpiter rayos y reinos; el que se comió sus hijos montes de vidrios le allana y rey en ellos le hizo. Luego, por en medio de ellos, bajó un áquila. En el pico, las llaves cuyo aparato a sus ojos sedes hizo a la puerta del aseo. En un dorado obelisco estaba el rey coronado, tan natural y tan vivo que en los dos dudaba el pueblo cuál hubiese de regirlo: tal alma le dio el ingenio, tal vida le dio el jüicio. Y, recibiéndole entonces con el clero el arzobispo, alternaron el Te deum, las campanas y los tiros. El pueblo, partido en ondas, en desiguales corrillos mil bendiciones le daban, y otros mil reinos, movidos estos de la inclinación y aquellos de los amigos a quien yo, tácitamente, les respondía en mí mismo. Ya tiene reina Aragón, que Dios elegirla quiso. Mil años el cetro goces, logrando de don Ramiro venturosos redentores del pirámide de Egipto. Dame albricias. ¿qué hay, Teodora? Tu padre está en el castillo. ¡Qué dices! Que entra en tu cuarto. Salgamos a recevillo. ¡Padre y señor! ¡Hija mía! Si causan los regocijos lágrimas, risas son estas, que con los ojos me río. ¿Estás buena? En vuestra ausencia poca salud he tenido, pero la que me faltaba de esos brazos la recibo. Dale al señor Almirante también los brazos. Los míos no se han de atrever al sol. Nieve soy. Fuego os he visto. De tantas persecuciones, ¿cómo escapáis, padre mío? Hija, premiado y contento. Y don Sancho, ¿agradecido? Muchos favores me ha hecho, aunque le he visto muy tibio en un ‘sí’ que le pedí. ¿‘Sí’ le pedistes? He sido casamentero. ¿Y dudó? Dudó, pero a darle vino dudando. Siendo este sí el premio de mis servicios, algo vengo disgustado. Si os dio el ‘sí’ que habéis pedido, ¿qué os disgustó? La tibieza, María, con que lo dijo. Al fin ya está el rey casado y tú lo estás, con que alivio el peso de mis cuidados. ¿Que está el rey arrepentido? Antes está muy contento. Sin duda, señora, quiso disimular por tu padre. Ya eres reina. Este no es sitio acomodado. Teodora, da a esas criadas aviso de que ha venido mi padre y que con él ha venido el Almirante, y prevengan luces. Yo voy a decirlo, y a decir cómo ya estás casada. No haya ruido. No es posible celebrando tu universal regocijo. Vamos, hija, que despacio, quiero en tus ojos divinos gozarme, que varias cosas tengo que tratar contigo. Ya – gozaros, señor, tras los daños recibidos quiero despacio también. De mis trabajos prolijos ya no me acuerdo después que te he dado tal marido. Prenda al fin dé vuestra mano. Ya, señora, han encendido luces. Señor almirante, vamos. Ya, señor, os sigo. Sin duda que por el rey el almirante, su primo, la mano me viene a dar. Y yo también lo imagino. Que de nosotros te acuerdes te ruego. Y yo te suplico me favorezcas. Bermudo, don Sancho es agradecido. ¿Qué dices de esta mujer? Que es encanto, que es hechizo. Llama, la imagen del cielo y milagro de estos siglos.

JORNADA SEGUNDA

¿Qué me dices? Que se fue anoche. Calla. Testigo fui de que llevó consigo al Almirante. ¿Podré resistirme en tal rigor? ¡Desatad mi lengua, cielos!, que no hay cordura con celos ni prudencia con amor. Sin a aguardar mi papel se fue. Disculpa es bastante la prisa del Almirante. Pues Luna, ¿a qué va con él? A desposarse. ¡Estoy loco! Ya es suya Doña María. ¿Cómo sin licencia mía? ¿Eso no es tenerme en poco? Atreverse don Artal a vuestra alteza sabiendo la merced que le está haciendo. Llevo desprecios muy mal. Sin mi orden no se ha de hacer en Aragón casamiento. Es muy grande atrevimiento No te imaginó ofender. No se tienen que casar sin mi gusto, vive Dios que me enojé con los dos, que también me sé enojar. Lleva a la aldea un papel y en mi nombre has de estorballo. Revienta, mata un caballo, aunque corra el viento en él. Venceré a tu pensamiento. Tú vas en resolución a dar aquesta instrucción y a impedir el casamiento. Cielos, ¿qué tengo de hacer que en tan confuso rigor me descompone el amor si me reporta el poder? Mas como amor puede haber si le corrige un deseo, no es amor mi amor pues creo que le tengo y le resisto que no es amor cuando es visto y estoy sin él, pues le veo. Declararme así pretendo, iré a la aldea, que así verá ofendiéndose aquí que le honro cuando le ofendo. Guerras civiles emprendo, pero discúlpeme amor; sienta la reina el rigor que quiero, aunque incendios abra faltar más a mi palabra que no faltar en su honor. ¡Hola! Señor. Ponga luego un coche. Si fuego son los celos, amor Faetón: hoy corre en coche de fuego. Ya me parece que llego sin riendas y sin camino, abrasado y peregrino, María, a tus dulces brazos, formando en eternos brazos otro Géminis divino. Mi amoroso desconcierto público pretendo hacer y al reino has de amanecer con resplandor claro y cierto. Solo secreto y acierto en mí me voy a abrasar que si, excusando el errar, dice un adagio civil que de un yerro nacen mil, de mí nace un acertar. Mucho tarda el rey, Teodora. Hace siempre la esperanza eternidades las horas, todo al que espera le cansa. Lo que se alcanza con ellas, ¡qué caro le cuesta al alma! Quien espera desespera, común proverbio de España. Vil pensión, Teodora amiga, siempre en las glorias humanas. Por eso en la gloria eterna no hay esperanza. Eso basta para ser perfecta gloria, fuera deber que la causa la vista de Dios. En ella toda esperanza acaba, pues siendo eterna jamás se espera más. Con el alma os madrugué imaginando que ya su alteza aguardaba, y me he vestido, Teodora, con tal prisa que la cara apenas me he visto. Estás hermosísima y gallarda. En tus divinas mejillas para las que se desatan rosas de sus nudos verdes, fingiendo estrella de nácar, parece que en ti jazmines forman azucenas blancas, ondas de leche. El cristal, Teodora, me desengaña. Lisonjera no te quiero, mas ya veo que me tratas como a reina. Las lisonjas gástalas a mis espaldas, que los príncipes y reyes nacen con desdicha tanta que en ausencia los murmuran y en presencia los engañan. Mal premias a mis deseos. Premiaré tus confianzas. Dame los brazos, condesa. Señora. ¿De qué te espantas? ¿No soy reina y tu señora, que te retiras y apartas? Llega, condesa, que ya no hay de qué temer desgracia, llega a mis brazos. Señora, llegaré a tus pies. Levanta, Que merece tanto honor quien mereció mi privanza. Ruego a los cielos, señora, que el tiempo inmortales haga tus monarquías y veas de tu generosa casa más descendientes que estrellas. Sola tú, María, faltas para el desposorio. ¿Cómo ¿ Como ya el tiempo se pasa. ¿Pues ha venido su alteza? El dueño con quien te casas no quiere lo sepa el rey ni la reina de Navarra. Su esposa excusando van grandezas extraordinarias, que también se casó ayer el rey. Con secreto salga, María, tu sol hermoso a hacer oriente esta sala, que en noche en tu luz espera y en pena espera tus gracias. ¿Cómo, qué, cuándo? ¿Qué tienes? No te detengas, acaba. ¿Pues no es Don Sancho mi esposo? No aspiro a grandeza tanta. Vivir sin envidia quiero, un almirante me basta por yerno, que un rey me sobra. ¡Válgame Dios! Doña Juana reina de Navarra, es reina de Aragón y ya enlazadas quedan estas dos coronas en paz y amor. Por tu causa yo la truje a Zaragoza, yo la casé. Ven, que aguarda el Almirante. ¿Pues cómo de aquesta suerte me casas sin darme parte, señor? ¿Anoche no me avisaras para que me apercibiera? Necia estás. Necia y burlada. Ven, que se aguardan. Señor, como ha mucho que las galas no acostumbro, tardo así en vestirme. En mi contraria fortuna este bien consiste y se cifra esta mudanza. De cualquier suerte, estás buena Mira que el tiempo se pasa, que sin prevención los reyes se casaron. Que me matan el alma cuando no quiere mi honor que los labios abra. Buena estás así. Señor, di que luego salgo. Acaba, que el Almirante te espera. ¡Válgame Dios! Si aspirabas a ser reina, hija, yo aspiro a lealtad en mi privanza, pues seguro de caer vive quien no se levanta. ¿Fuese? Sí. Válgame Dios, ¿qué es aquesto que aquí pasa? Que entiendo que los oídos al entendimiento agravian. Dime la verdad, amiga, no lisonjera y ingrata, que cuando falta el poder, también las lisonjas faltan. Habla, que enmudeces. Digo que eres… ¿Qué soy? …desdichada y digo que… Basta, detente, que harto has dicho en dos palabras. Conozco que tales son las humanas confianzas, tales los hombres y tales las mujeres que se engañan. Acaban paciencia y vida, que, pues el honor me falta de que la paciencia sirve y de que aprovecha el alma. Rabia en los hombres rabia y rabia en las mujeres que se engañan. Repórtate, que te escuchan. Ya aquí no son de importancia las reportaciones. Mira que el agravio que se calla no es agravio hasta el instante que el furor o luz le -. Conozco, guerra contienes y te ofrezco en amparalla la vida, que también ya estoy contigo enojada. Despacio, venganzas busca muerte y castigos traza en el padre y en el hijo fiero original, y espanta; y agora, si en tal pesar puedes mentir las desgracias, puedes fingir las acciones y disfrazar las venganzas, disimula y da la mano al Almirante, que es alta ocasión para tu intento. Oh vil, oh enemiga, oh falsa, ¿eso me aconsejas cuando paciencia y honor me faltan? ¡Rabia en los hombres, rabia y rabia en las mujeres que se engañan! Si mi consejo no admites tú misma, en tu misma causa juez puedes ser. Elige medio con que de aquí salgas sin dar a entender tu afrenta y sin que de un hierro nazcan mil, advierte que los yerros unos con otros se enlazan. Ay, Teodora, ¿cómo puedo, cuando los celos me abrasan, tener razón ni discurso; y cómo quieres que vaya al tálamo sin honor y a otros brazos infamada? Remedio ese daño tiene. Ese es remedio que pasa en vil gente, pero no en el lustre, y es la cama potro en que amor da tormento, y en él todo engaño canta. No creas, Teodora amiga, que hay jamás mujer incasta que al matrimonio se encubra; que, aunque los maridos callan los defectos de la noche los lloran a la mañana. Pues si en nada te resuelves, señora, a tu padre llama y dile aquí que no quieres casarte. Será dar causa a nuevas sospechas. Pues, ¿qué has de hacer? en pena tanta morir, Teodora ya viene el Almirante, engañada estás, ¿qué has de hacer? ¡Ay triste! Muerta estoy, ¿qué quieres que haga? Dile la verdad ¿Tendré lengua, podré tener cara para decir liviandades a quien espera alabanzas? En caso de tantas desdichas, en mar de tantas borrascas, estoy en callar resuelta. Plega Dios que con bien salga. María hermosa y divina, pintura valiente y sabia donde el pincel de los cielos bosquejos de Dios traslada, como aquel que entre las olas en montes de espumas blancas verse en salvamento espera en la piedad de una tabla, y los monstruos que le cercan más inconstantes le apartan apartan; tal mi amoroso deseo está entre desconfianzas a la vista de tus ojos, contrastado de ondas tantas. Bien sé que atrevido quiero parar al sol cuando marcha con ejércitos de estrellas, por - de plata. Bien sé que al cielo me atrevo gigante, a su eterno alcázar, y bien sé que no merezco grandeza tan soberana; pero mi amor, mis desvelos mis suspiros y mis ansias suplen en esta ocasión los méritos que me faltan. honra mi amistad, ilustra mi amor, premia mi esperanza, favorece mis deseos. y tus rigores contrasta que en un esclavo te ofrezco una voluntad esclava, en la voluntad la vida y en la vida el gusto y alma. Ay, Teodora, ¿qué diré? Amorosa y recatada, los favores agradece. ¿Cómo, sin calma? Extremada estás. ¿Piensas que con ella todas las mujeres hablan con los hombres? No te quiero Lucrecia sino Cleopatra. Vuestra excelencia desde hoy en mí tendrá una criada, que si el deseo me anima la vergüenza me acobarda; que ella, y no desprecio, ha sido la ocasión de esta tardanza. Suya soy. Siempre, señora , esperé tales palabras de tan altos pensamientos y de prudencia tan alta. Dadme besos de cristal en cuya divina palma finge amor rayos de dedos con que los orbes abraza. ¿Cómo he de salir, amiga, de confesión tan extraña? Loca estoy. Y yo confusa ¿Esta fe los hombres guardan? Rabia en los hombres, rabia, y rabia en las mujeres que se engañan. (Vánse y salen Luna y Bullón) No llega a tiempo, Luna, de pedir el desposorio. ¿Por qué? Porque antes del día eligió su purgatorio el que en el limbo vivía. Pues sin orden de su alteza se desposó el almirante. Su peregrina belleza será disculpa bastante en él, pues naturaleza con inefable poder, hoy muestra en doña María todo lo que puede ser. Hablar al conde querría. Yo voy a hacerle saber que su señoría está aquí. (Ruido dentro) ¿Qué es esto? Imagino que - salen ya. Como vuestro sol divino rayos entre nubes da, a bajadme en vuestros ojos, pues ya por dueño os merezco mas, ¿de eso son los enojos? ¿Cómo, si el alma os ofrezco? Porque son celos antojos de amor. ¿De quién los tenéis? De vos que, como los cielos quieran que a vos os améis, de vos misma tengo celos porque a vos misma más queréis; y no es mucho que en los dos falte amor que me - que tan sola os hizo Dios, que sois para vos vos sola y así os amáis vos a vos; que cuando en oro os miráis y tan desigual os veis de las partes que alcanzáis como vos os conocéis vos os queréis y estimáis; y así llegándoos a ver y llegándome a mirar tan desigual de ese ser, es fuerza considerar que me habéis de aborrecer. No quiero tan lisonjero a vuestra excelencia aquí. Yo así os estimo y os quiero. ¿Qué he de hacer, triste de mí, Teodora, que rabio y muero? Disimular y fingir. Fingir y disimular. Menos mal será morir. Ya no hay más que desear ni al cielo más que pedir. Llevadme en paz decir puedo, señor, pues vieron mis ojos lo que deseaba. El miedo de la afrenta y los enojos, Teodora, en que envuelta quedo me obligan a retirarme, porque si a solas no lloro el dolor podrá acabarme. ¿Y el decoro? No hay decoro. Despídete. Que engañarme pudo el rey que se casó y despreciada me deja que en él la verdad faltó. Es hombre, al cielo se queja. Rayos caigan de él, pues yo ya no me puedo quejar . ¿De otra suerte vuecelencia me de licencia? Matar es eso y pedir licencia pero yo os la quiero dar con que me la deis a mí de acompañar. No la doy para que paséis de aquí. Yo obedezco. Piedra soy, Teodora, pues sufro así. Pésame de haber llegado a daros el parabién cuando su alteza, enojado, quiere, señores, que os den paramal del nuevo estado; pues, ofendido de ver que sin su licencia ha sido, me manda que venga a ser estorbo de él y he venido, no a pedir, sino a ofrecer a vuecelencia, señor, vida y hacienda. Agradezco la voluntad y el favor, y en mí un criado os ofrezco. Vueceñoría ese amor debe a esta casa. Enojado está su alteza, ¿de qué? De que esto se haya tratado sin su - Cuidado fue por excusarle un cuidado, que esto se hizo con secreto, excusando la grandeza que en tal tacto me prometo de su alteza, que es su alteza príncipe en todo, en efecto, y sé que había de hacer una gran demostración de su amor y su poder, y yo por esta ocasión no se lo he dado a entender. Corrido en extremo está. Hablándole satisfecho de mi lealtad estará. Enojado al fin me ha hecho venir con tal prisa acá, y a traer esta instrucción que vea vuestra señoría. Ya, señor, es mi intención que pase desde este día. Estoy viendo de Aragón al Almirante, que de él fiar mis cuiados quiero, y esto he de pedir por él. Más de su prudencia espero. Advertirá este papel despacio, vueseñoría, que en él le confío yo, el reino que rey me fía, que si mi sangre heredó ha de - este día las mercedes y el favor que me hace el rey. No es cuidado para mí. Hijo. Señor. Yo en Jerica retirado desde hoy viviré mejor, vos ved el papel porque es la instrucción y en el gobierno de Aragón se ha de guardar. Tal peso pide más peso, más edad, más experiencia. Tal vez. Suelen años tiernos gobernar prudencia anciana, y Séneca en los consejos queda a Lucilo le dice que a la educación del pueblo importan jóvenes años como haya prudencia en ellos. Mozo fue Alejandro y de él tenemos actos eternos y el primer César fue mozo y van - tantos ejemplos sobrando en vuestra señoría valor, prudencia y esfuerzo, hábitos de que se adornan sus altos merecimientos. Después de haberme enredado la prenda que no merezco, busca vuestra señoría disculpa en los daños hechos, juntando y cifrando en mí los méritos que no tengo; mas, cuando todos me falten, me sobrarán los deseos de acertar, viéndome siempre en vueseñoría espejo que enfrene mis juventudes y corrija mis defectos. Aunque yo tengo a su alteza por tan prudente y tan diestro que eligirá en sus cuidados más experiencia y más seso. Esto le voy a pedir, y será el último premio de mis servicios pagados. Bien puede, fiado en esto, abrirle vueseñoría, que suyo será el gobierno. Su excelencia largos años se goce dando herederos a dos familias tan grandes. Y siendo criado vuestro ¿que dices, Bullón amigo, de mis dichosos sucesos? ¿Cómo pueden ser dichosos si han parado en casamiento? Siempre eres necio y cansado. Si, mas no casado y necio, que es si la mía -´ la tuya, censo perpetuo, que ahí dice, y dice muy bien, un corto - discreto, seis solemnes necedades. ¿Seis no más? Estame atento: Es la primera prestar. Dice bien, que luego hay pleito. ¿La segunda? Decir mal, que es delito sin provecho. ¿Y la tercera cuál es? Sin pedirle, dar consejo. ¿La cuarta? Ser presumido un tontón, un madero, como alguno que conozco. La quinta es fiar secreto ¿Y la sexta necedad? Casarse y hallarse envuelto un casado - cutre, una suegra y un suegro, que son las fieras pringadas del miserable torrezno. Pues si es necio el matrimonio como le has pintado y hecho, ¿cómo le desean todos? Porque se hacen desconcierto para consolarse así los que se casan primero. ¿No has visto tropa de amigos en una noche de invierno que encontrando algún mal paso el que va delante, haciendo camino, si cae, callar porque hagan todos lo mismo? Pues así dan los casados en el mal paso y cayendo callan porque caigan otros, y todos hacen lo mismo. Muchas excepciones vemos. Y más en el tuyo, que es matrimonio de los cielos. Dices bien, que estoy casado con un ángel. Sí, y con cuerpo, porque las mujeres son ángeles de carne y hueso, y estos no son invisibles. Que soy absoluto dueño del sol que ilumina y dora el mundo con rayos negros. ¡Que es mía doña María! ¿Estoy loco? No lo creo. Necio, tan grandes albricias se han de pedir con el seso. Voy a abrasarme en sus ojos. Bullón amigo, ¿no tengo buen gusto? El mejor del mundo. ¡Pide mercedes! Deseo comer. ¡Pues cuatro raciones dobladas desde hoy te ofrezco! Pues voy a colar las bulas, ya que me haces racionero. ¿Cómo? Quiero por escrito esa merced que no tengo. De contento de casado, señor, jamás buen concepto, que en tener intercadencias son como pulsos de enfermo. Voy a escribir la merced. Yo la firmaré. Yo vuelvo. Hermosísima María, tanta eternidad sin veros. A daros el alma voy, necio soy, yo lo confieso; pero por lo desposado tiene disculpa el ser necio. Mas ver quiero la instrucción de paso. Pero, ¿qué es esto? Que es para cuerpo tan grande espíritu muy pequeño. Para instrucción son muy pocos los renglones, no lo entiendo. Letra es del rey y así dice: “Padre, yo estoy en secreto con vuestra hija casado, válgame Dios, y pretendo avisaros por pagaros obligaciones que os debo”. Buena instrucción, buen papel. Para encargarme del reino cierta será la privanza. Muerto soy, quiero romperlo, pero, en tan fuerte acción, ¿quién podrá tener sufrimiento? “Avisaros por pagaros obligaciones que os debo”. Dos años ha que le sirvo, “y que” papel, paso, quedo. Del sol no me precipites a las penas del infierno. “y que”, temblando prosigo: “y que de este amor tenemos dichosas prendas” honor no hay que esperar, hecho el sello. “dichosas prendas que son los bellísimos luceros de don Ramiro” ¡Ay de mí! “vuestro hijo y vuestro nieto, que esta la ocasión ha sido, del pasado sentimiento. La reina desengañad; Dios os guarde. Vuestro yerno, el rey de Aragón”. Por Dios que vino el aviso a tiempo, amor, bueno quedo, honor bueno quedo, bueno quedo. Válgame Dios, ¿qué he de hacer?, que en pesar tan manifiesto solo en la muerte consiste el descanso y el remedio. Casado y sin honra estoy, ¿quien creyera tal exceso de tal virtud, de tal ángel y de tal recogimiento? ¡Oh monstruo de dos cabezas! ¡mujer, ángel imperfecto! Porque ángel que está sin gracia no puedo ser ángel bueno. ¿Qué he de hacer? ¿disimular y matarla? mas no tengo razón, porque si hay agravio yo mismo a mí me le he hecho. El rey me desengañó y ella en aljófares tiernos me declaró estas verdades y yo estuve loco y ciego. No sé qué remedio elija, pero el remedio más cierto será enseñarle este monstruo a la reina, deshaciendo el yerro que hice engañado, aunque de él nazcan mil hierros. Ya la merced traigo escrita y que las firmes te ruego, pues aquí de tinta y pluma así apercibido vengo. ¿La merced haces pedazos? No ha de quedar si yo quedo en todo el mundo papel. Serán lisonjas del viento en átomos desta suerte. Si las raciones en ellos me multiplicas serán raciones cuanto de cuentos. Ya tenemos novedad, y arrepentido te veo, que te paseas sin duda, que es cazuela el casamiento. Expiraron mis raciones. Enigma de amor parezco. Soy casado y no lo soy, tengo amor y tengo celos; y al fin, no teniendo nada, todas las desdichas tengo. Amor, bueno quedo, honor, bueno quedo, bueno quedo. Fuese enojado y confuso. Siempre esperé tal suceso. De los gustos de un casado al obispo de Marruecos las raciones me remite, pues hoy de anillo se han vuelto. Lo que dura el sol hermoso en una tarde de invierno, en un tahúr la ventura y en un poeta el dinero, en un sastre la verdad y la amistad en un tuerto, en un teñido el carbón, la desdicha en un grosero la cortesía en un zurdo, la piedad en un bermejo, la discreción en un gordo, en un flaco el buen respeto: eso solamente dura en un casado el contento, y eso duran las raciones o el que se confía en ellos. Comer, bueno quedo, beber bueno quedo, bueno quedo. Aunque es sentencia fiera vengarme quiero así: Ramiro muera. Es gloriosa venganza es un desdén y bárbara mudanza fiera, sangrienta arpía. Nadando en sangre el corazón le envía. Tal prenda le conviene que quien me agobia corazón no tiene. Aunque a Ramiro adoro, sin recato, sin honra, sin decoro, vengarme de él pretendo, que aunque es parte del alma, el alma ofendo; que en ella me castigo por castigar en ella a mi enemigo. Mátale, amiga, luego que es un - amor y el pecho fuego; que ya saben los cielos, pues se visten de azul, lo que son celos. Yo voy. Espera, aguarda, que amor, si ellos me animan, me acobarda. Madre soy. Si eso piensas no llores de don Sancho las ofensas. Mas - en el retrato el vivo original del – ingrato. Teodora, el niño muera que pensando en mi amor soy tigre, fiera. Ser quiero filicida y vengarme en mi vida de mi vida, que ya saben los cielos, pues se visten de azul, lo que son celos. Voy a matarle. Espera. Si te quieres vengar, Ramiro muera. No aumentes mis fatigas, y aunque vayas a hacerlo no lo digas. Mátale sin decillo mira que madre soy y he de sentillo. Que lo calles te mando. Pues yo te voy a obedecer callando. ¿Dónde vas? A matarte. ¿Y a matar a Ramiro? No, a vengarte, que en la empresa que tomo vengarte quiero sin decirte cómo. Véngame del tirano. Yo pongo el corazón, pon tú la mano; que ya saben los cielos pues se visten de azul, lo que son celos. No es disculpa bastante, que ha andado muy grosero el Almirante casarse sin mi gusto… ¿esto se puede hacer? Tu enojo es justo, mas yo la culpa tengo por él la garganta aquí prevengo. No me hablen Himeneo, sientan justo pesar, vivir deseo, y vos alzad del suelo. De tu rigor a tu clemencia apelo. Ay Dios, el rey es este muerta soy, sufrimiento amor me preste. El papel no ha leído, todo amor al rey desme tú cedido. ¡Qué necio soy amando! ¿Diste, Artal, el papel? luego, en llegando. Hijo, que no es bastante mi amor en el perdón del Almirante, perdónele su alteza. Vive Dios, de cortarle la cabeza, si a mis ojos te pone, no pidáis otra vez que le perdone. Que entrase no querría. Pues váyale a avisar vueseñoría. Yo voy. ¿Habéis leído el papel? Gran señor, lugar no ha habido. Mi vergüenza repara en decirte su agravio cara a cara. Mejor es que le lea y que a solas de amor locuras crea. Id, leedle al momento. Aquí María está. No hay sufrimiento en tal descortesía. Perdido estoy. Al rey habla, María, y por tu esposo ruega. Que se casase así. No temas, llega. A hacerle mil pedazos Quién hiciera las paces con sus brazos. Dadme esos pies. Señora vos me pedís los pies, pero si agora a otro más venturoso le pediste las manos, es forzoso el no pedir las mías. No he perdido jamás la cortesía pies los vasallos piden, y en pedillas yo agora disgustará a la reina, mi señora. Por fuerza me ha casado vuestro padre. A los dos ha forzado y es razón darle gusto. pues vos de ello gustáis, es caso justo. ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? Agua me haced traer, no es nada. exceso de haber así venido gran señor, a vueseñoría ha sido. Sí habrá sido. Mi venganza entra agora. Mande vueseñoría que Teodora agua traiga a su alteza y algún dulce también. Ya voy. Todo es fiereza. No entre ningún criado, que quiero estar un poco retirado. ¡Cielos, dadme paciencia! Agora es el valor y la prudencia. No he de poder resistirme. No he de poder reportarme. Fuerte ocasión, quiero irme. Mas, si pretendo vengarme, quiero estar constante y firme. ¿Que esta ingrata se ha casado? ¿Que este ingrato se casó? ¿Forzada fue? ¿Fue forzado? Mas cómo mi amor calló. Mas cómo mi fe ha callado. Si esta mujer me quisiera, al padre se declarara… Si este hombre ingrato no fuera, al conde desengañara y la verdad le dijera… Acción fue bárbara y vil. Ay de mí, el amor destierro, fiero, sangriento y gentil. Mil hierros nacen de un hierro. De un hierro han nacido mil. Llegar quiero, ¿cómo os va, señora, en el nuevo estado? Mi contento os lo dirá ya, vuestra alteza. Obligado me resistí, pero ya, con gusto de vuestro gusto, me hallo en él. Y es justa ley que lo demás fuera injusto, pues con el cetro del rey también te ha mudado el gusto. Tengo el alma de diamante, ya amor esta es de María. En mudanza semejante solo quejarme podría de don Sancho siendo infante; pero, pues en la grandeza del rey fueran vanas leyes, disculpado está su alteza porque en efecto los reyes son de otra naturaleza. y así no es bien que me espante, la poca fe y menos ley, que en mudanza semejante no debe cumplir un rey lo que prometió un infante. (Sale Teodora) Dulce y agua están aquí. Llega su alteza. Qué enojos si queréis matarme así, el agua que dan mis ojos es veneno para mí, mas llega. Come primero. ¿Qué es esto? Si el dulce extrañas, es el que servirte quiero bocado de mis entrañas, y esta es sangre de un cordero, alcorzas del alma son estas a que te convido. Prueba, prueba el corazón que en tu vida habrás comido tan sabrosa colación. Come, suspenso no estés, llega don Sancho a partillo que este bocado que ves no es de carne de membrillo, carne de mis carnes es. El espejo que me diste, en quien mi vida -, tú le quebraste y rompiste; pues muestra lo que quedó lo mal que le guarneciste. Yo rompí, despedacé el espejo en que me miro. Yo a Ramiro le quité: mátame, venga a Ramiro. Si no, yo me mataré. Corazón, ¿cómo no siento tan fuerte y bárbara acción? Reino es mucho en tal tormento. Si me falta el corazón que me falte el sentimiento. Dejad, corazón, quejarme y aquí matar y morir, mas, si venís a faltarme si vos, ¿cómo he de vivir, cómo he de poder vengarme? Mas, si en las manos tengo y sois vos mi corazón, ¿cómo, corazón, no os vengo y contra todo Aragón justo castigo prevengo? Y tengo de comenzar en la infiel que así me ha puesto, y aquí morir y acabar. (Saca la daga y salga Artal) ¡Señor, qué es esto! Esto es esto y no hay más que preguntar. ¿Con daga el rey contra ti, y enojado y descortés salirse y dejarme así? ¿Qué es esto? Pues tú lo ves no hay que preguntarme a mí. ¡Aguarda, ingrata! Teodora, Teodora, ¿tú huyes también? Escucha y dime qué es esto, ¿qué es esto? Yo no lo sé. ¿Qué sangre es esta que miro? Todas las gotas que ves rubís son desensartados de la garganta de Abel: venganza piden a Dios. ¿Venganza piden de quién? De quien de tu misma sangre, que es sangre tuya y del rey la que ves. Infame, calla, calla, que te mataré Pues viertes tu misma sangre, Caribe debes de ser. Aguarda. Que ya, tirano, puedes aplacar tu sed. Cébate en ella. ¡Ah, villana! Como elefante he de ser, que un escuadrón despedaza´ cuando sangriento se ve. Elefante soy sangriento, guárdese el mundo esta vez. De mi guárdese Aragón y guárdese el rey también, que tengo rango y honor y mi honor vale más que él. hoy he de salir muriendo de este gigante Babel.

JORNADA TERCERA

Si el mayor mal se ha hallado amar con celos, que será con celos de sentir, cielo airado, quien en su honor padece odio y desvelos. O séllense en los labios celos que no son celos, sino agravios, que amando pueda un hombre, sin razón, tener celos de su dama, el honor no se asombre, que esa es bárbara envidia de quien ama. Pero tener desvelos de su misma mujer, no serán celos; infamias de odio llenas con más justa razón podrán llamarse. Y el que en tan graves penas tiene paciencia y sabe consolarse y de piedra ha nacido, o no sabe la ley de ser marido. Celoso estoy, mal digo. Sin honra estoy, apenas soy casado, que es el mayor castigo que entre Tántalo y Ticio amor ha dado este monstruo, esta rabia que la razón y entendimiento agravia. Casarme de esta suerte con mujer que otro goza y tener vida será bárbara muerte. Piérdase todo, la razón perdida, que en daños tan eternos los que celos han sido son infiernos. Tal era la alabanza de este áspid, ay de mí, de este amor ciego, abrigo en mi esperanza, trocando amor en ira, rabia y fuego. Un infierno en mí lidia. Celos me abrasan, muérome de envidia. Esto en su muerte iguala, en aquesto el saber y honra consiste, pero la Reina sale. Deme los pies tu alteza. ¿Vos tan triste? ¿Almirante, qué es esto? ¿Vos llorando a mis pies? ¿Vos descompuesto? Ayer fue el primer día de vuestro venturoso y dulce estado y hoy triste. La alegría eso dura, señora, en un casado si no tiene ventura. Y yo tan poca tengo que esto dura. Pues, ¿qué os ha sucedido? ¿Es muerta vuestra esposa? Dios pluguiera. Mayor el daño ha sido. ¿Mayor que si muriera? Si muriera no viviera tan triste, porque en su vida mi pesar consiste; y es pesar que le toca también a vuestra alteza. No os entiendo. El furor me provoca así a matar, por no vivir muriendo, y quiero de esta suerte con puñal de papel darte la muerte. El rey de Aragón dice la firma y letra de una mano es – Mira lo que desdice en un tirano la nobleza goda, mas necio le prevengo al rey la culpa, cuando yo la tengo. Este papel dice así: “Padre, yo estoy en secreto con vuestra hija casado…”. Pasa adelante. “…y pretendo avisaros por pagaros obligaciones que os debo. Dos años ha que la sirvo y que de este amor tenemos dichosas prendas, que son los bellísimos luceros de don Ramiro…” Prosigue. Vuestro hijo y vuestro nieto. El rey de Aragón.” Mi llanto y mi pesar nace de esto. Y es justo el sentimiento, pero si este papel se hizo, Almirante, antes del casamiento, el rey tiene en disculpa semejante al conde satisfecho; y así remediad vos lo que habéis hecho. ¿De quién podéis quejaros? Casoos el rey por dicha sin su gusto. ¿No quisisteis casaros? Pues, si lo hicistes, el castigo es justo, que el que al daño se ofrece contra su honor castigo igual merece, y al fin sois su marido y ya está libre el rey de obligaciones. No miréis lo que ha sido, mirad lo que ha de ser, que las acciones que la mujer abraza comienzan desde el día que se casa. Si quiso que no quiera, diré a la vigilancia y al cuidado Quien en tales pensiones se ha casado, y en tal infierno mueren los que eligen mujeres que otros quieren. Vivid en tanta pena un tormento, vivid, que es caso eterno, pues amor os condena a tener un castigo del infierno, y en la mesa y la cama una mujer que a otro quiere y ama. El rey quedó con ella, id y haced el oficio de marido, ved que es hermosa y bella y ved que se han amado y se han querido, que, pues los apartastes, con tan grandes pensiones os casastes. ¡Hola! Señora. Luego me dad recado de escribir y al punto, para llevar el pliego, vos os apercebid. Áspides - para vengarme, cielos, ¡dejadme, infiernos, o matadme, celos! Guardad el desengaño de vuestro amor, guardando juntamente de la ocasión el daño; velad discreto y castigad prudente. Ved que habéis dividido dos tórtolas amantes, desunido. Ya remedio no tiene el daño que vos mismo os procurasteis, pues solo se previene - matar, pues os casasteis bárbaro y temerario. Ella es mujer y el rey vuestro contrario. Igual – ha sido celad vuestra mujer que yo, Almirante, celaré mi marido. Y si tanto cuidado no es bastante, de espadas y venenos están los libros y los bronces llenos. A quién le ha sucedido tan impensado mal, a quién tal pena. Sin pensarle ha venido. Quién vio tal Babilonia de amor llena, quién tantas sinrazones, donde todo el honor son opiniones. Pensé que se enojara con don Sancho la Reina y que, celosa, su pretensión dejara, y que, viniendo a ser del rey esposa en paz doña María, pudiera remediar la infamia mía; pero sin sentimiento al rey ha disculpado y profanado mi infame casamiento. ¡Cielos, qué puedo hacer, si estoy casado con mujer que otro goza! Bueno andará mi honor por Zaragoza… Ya corre por mi cuenta el honor de esta ingrata que es mi esposa y, pues así me afrenta, vengarme de la afrenta es justa cosa. Muera doña María, para que acabe así la ofensa mía. (Sale) ¡Señor, señor! ¿Qué es esto? ¿En astrólogo das? ¿Cuentas estrellas? ¿Miras si ya te han puesto por imagen también? ¿Qué ves en ellas? ¿De qué te maravillas? ¿Buscas el capricornio o las cabrillas? Basta que en pasearte después que te has casado has dado. Creo que quieres enseñarte a ser rocín de – o ser correo. ¡Oye! Déjame, necio. Después que culto soy, de ello me precio. Mas oye, aunque lo sea, que en tu busca, señor, de aquesta suerte vengo desde la aldea donde quedaba el rey. No me des muerte. Antes él, enojado, a muerte si le ves te ha condenado. Tan grande el sentimiento ha sido en él, señor, de que así hicieras aqueste casamiento, y así te aviso que si aquí le esperas ha de mandar prenderte, y si te prende te dará la muerte. Calla, villano, calla. Muerto soy, ¡confesión! Dejadme, celos, que en singular batalla me acometéis con furia de los cielos: yo me doy por vencido. Pienso que estás enfermo de marido. Bullón, que el rey quedara con mi esposa… Y aún - imagino, que aún con ellos no estaba el conde. Loco estoy, ya desatino, pues con valor tan poco mis penas comunico con un loco. Bullón, ven a la aldea. ¿Qué intentas? Acabar con mi cuidado sin que nadie me vea. ¿Qué tienes? ¡Ay, Bullón, soy desdichado! Agora lo has sabido. Bien dicen que el postrero es el marido. Muera doña María, por lo que puedo hacer, guarda secreto, que con la noche fría esto ha de ser. Ser piedra te prometo. ¡Oh, ingrata hermosura! el tálamo ha de ser tu sepultura. (Vanse y salen doña María y Teodora) ¿Así premias mi intención? Y aun es poco castigada, que el traidor jamás agrada aunque agrada la traición. Tú fuiste, ingrata, ocasión de la muerte de Ramiro. De tu ingratitud me admiro, que si a Ramiro maté solo por vengarte fue. Eso lloro, eso suspiro, que tú pudieras allí ser mujer y ser piadosa, pues yo, enojada y celosa, estaba fuera de mí. Y aunque la muerte le di, como sin sentido estaba, no vía lo que mataba aunque mataba mi vida; tú sí, tirana homicida, que razón no te faltaba. Tú en efecto no has de estar más en mi casa, y advierte que a poder darte la muerte aquí te la hiciera dar. Señora. No he de escuchar de ti ninguna razón, que para mí engaños son, y aunque – o temeré otra maldad o pensaré otra traición. Quiero la verdad decir, mas, si con mi engaño voy, resuelta en callar estoy lo que pretendo encubrir. Con esta me hace venir a Vueselencia, señora, un caballero que agora en la puerta del castillo - sangre un morcillo andaluz argenta y dora. No quiso entrar y aguardando queda la respuesta. ¿A mí quién puede escribirme ansí? Tu esposo será, buscando el bien que está deseando. Válgame Dios, no lo creo. Letra de la ruina veo. ¿Para qué lo estoy dudando? Vuelve y dile al caballero que luego responderé, y el castillo abierto esté, pues ves que a mi padre espero. Papel, si eres tan ligero que puedes hacerme espanto negocios que pesan tanto, más quiero hacer y callar, que si es demonio el hablar el callar fue siempre santo. (Váyanse. Salgan el Almirante y Bullón) Nadie nos ha visto entrar. Ha sido, Bullón, gran suerte; aunque hallar la puerta así, sin duda, misterio tiene. Pues, ¿no quieres que esté abierta, señor, si agora anochece? No si soy su esposo yo y si estoy, Bullón, ausente. Aqueso fuera, señor, si el matrimonio no fuese de participantes. calla, que excomunión a ser viene matrimonio que es ansí. Pues es comunión, es este mayor, pues a ti te alcanza. Ya don Sancho comprehende. Y aquí sin duda está agora, porque vi junto a la fuente del soto un caballo y vi gente también. Si estuviese aquí… ¿Qué has de hacer? Matarle. ¿A tu rey? Cuando los reyes son tiranos, monstruos son, y a un monstruo matar se puede. Bueno será que un rey tenga ánimo para ofenderme y yo no para matarle, siendo así común la muerte. Pues entremos. El honor me está provocando a que entre y, cuando me determino, la compasión me detiene. ¿Compasión tienes? Sí, amigo, que a las mujeres se debe. Imagínala sin culpa, favorécela y miente. Piensa que es virgen, que es casta, que, como tú te consueles no hay agravio, que el agravio solo el marido lo siente, y si el marido lo calla no se sabe eternamente ¿Piensas que eres tú el primero que traga doncella duende, después que hay viejas que zurcen y pichones que ensangrienten? Pues a infinitos maridos cada día les sucede otro tanto, a quien les dan perros muertos tan crueles que gruñen toda la vida en venganza desta muerte. Doncella conozco yo que ya lo ha sido con siete y siempre se está doncella, mira si es doncella fértil. Parece que sacan luz. Dueña es que pasa, y parece espíritu de algún culto que de la otra vida viene a matarnos con candor, superior lustre valiente. Calla, que doña María, calla, que doña María es la que sale. ¿Que tienes ánimo para ofender belleza tan inocente? ¿Inocente si la goza el rey? ¿El rey?, ¿cómo puedes averiguarlo? ¿Que no es averiguación pretendes que en el tálamo apartarme de mi esposa desta suerte y el quedarse, como has visto, con ella? Los que pretenden vivir casados a gusto miedos y sospechas vencen. Oye, con un hombre sale. Si es el rey, mal talle tiene. (Salgan doña María y Marcelo) Voy a acabar de escribir. Dile, Marcelo, que espere, ya que no ha querido entrar, y el castillo no se cierre. “Ya que no ha querido entrar” ha dicho. Recado es este del rey, y el caballo es suyo. Saldré afuera y matarele. Mas, si es mi rey, hoy honor mucho de tirano tienes, mucho de traidor, pues haces que así a mi rey no respete. Pero no es rey, es villano, es bárbaro el que me ofende, pero en muriendo esta ingrata todos mis agravios mueren. Voy a hacer lo que me mandas. Y, después, a recogerte. Aguarda. Ay, Jesús. ¡Quiénes! Tan desalumbrada vienes con la luz que no me has visto. Tu esposo soy, llega a verme. ¡Ay de mí, señor, pues cuándo! ¡Mis ojos! ¿Turbada? Alegre estoy, que la turbación del gusto, señor, procede. ¡Qué bien finge! Bienvenido a vuestra casa mil veces seáis. Después que soy tuyo vivo de ti, esposa, ausente. El rey está con enojo de que esto, señor se hiciese. Sin su gusto, tanto gusto de honrarme y premiarme tiene. Bien se echa de ver. Señor, avisaré a mis mujeres, que ya estaban recogidas, por que la cena os apresten. ¿Cómo retiradas ellas y tú, mi bien, desta suerte vestida y sin retirarte? Ya esas sospechas parecen de mi honor, que mal los sabios encubren lo que previene el corazón. ¿Yo sospechas? Error es que lo sospeches. Como está, esposo, mi padre desde ayer ausente y suele venir de caza a estas horas, abierta la puerta tienen del castillo, y yo le aguardo por no acostarme sin verle. Qué bien que sea disculpado. Si las disculpas aprenden de Eva su madre, ¿qué mucho? Boda que así se celebre jamás se ha visto. Señor si la boda solamente consiste en los desposados, y estamos en par y alegres, ¿qué nos falta en nuestras bodas? Saraos, músicas, banquetes y lo demás sobra cuando los novios contento tienen. ¡Qué bien sabe fingir! ¡Puede dejar a Medea atrás! Aquel lecho nos apresten, voy – María. ¡Criados! Para tu muerte aprestas la sepultura. Si así finge, si así miente una mujer principal, ¿quién a las mujeres cree? Yo voy a guardarme aquí. Apenas las plantas muevo. En cada pie un monte llevo. ¿Amor pesa tanto en ti? ¿Qué es amor donde hay honor? Mi agravio y mi ofensa muera, que el hombre que considera pone en duda su valor. ¿Al fin a matarla vas? Conmigo tan mal estoy que a matar, como ves, voy, Bullón, lo que quiero más. No ha de gozarte ni verte el rey siendo prenda mía. Perdona, doña María, que te mato por quererte. (Vase y sale don Artal y criados) Abierto el palacio así a estas horas luces osa. Criado : Aquí están. La casa sola Mal hueso. ¿Quién está aquí? Un descendiente, señor, de Gofredo. ¿Qué Gofredo? ¡Qué mal olor tiene el miedo! Gofredo el conquistador del pirámide de Egipto, que de él viene mi blasón. ¿No conoces a Bullón? Pienso en servicio te he visto del Almirante. No estoy con él, señor, desde ayer. (Dentro): ¡Ay! (Sale el almirante, desnuda la espada) ¿Pues esto? ¿Qué ha de ser? Hombre, ¿quién eres? Yo soy. ¿Es el almirante? Sí. ¿En mi casa y desta suerte? A tu hija he dado muerte. ¡Matadle! ¿Matarme a mí? ¡Apartad! ¡Ay, tal traición! Quien lo ha pensado ha mentido, que el orden solo he seguido que me ordena la instrucción. Honrado me mandó ser, y yo obedecerlo quiero. Guárdalo y guarda el sombrero (arroja el sombrero en el suelo), que ya no le he menester; y si el rey viniere aquí, pues él el papel te dio (Sale el papel), dile cómo guardo yo las instrucciones así. camina, Bullón. Aguarda, bárbaro, sangriento, monstruo, que de la traición que has hecho he de vengarme yo propio. ¡Aguarda, si eres valiente! ¡Tente, si eres animoso! Pero los traidores siempre tienen en la espalda el rostro. Venid conmigo, seguidle, que, aunque yo bastaba solo, si el dolor plumas me viste el tiempo me calza plomo. Criado : ¿Pues hase de ir sin castigo? No, que la venganza tomo yo a mi cuenta. Padre soy y ha de ser juez riguroso. En tan terrible crueldad, no sé, señor, de qué modo te pueda contar el caso más grave y más lastimoso. A las voces y alaridos suspiros y acentos roncos que en el retrete del sol daban sus signos hermosos llego alborotado y veo regando en diluvios rojos el marfil, púrpura fina, y en deshojados manojos. Rosas veo profanadas y el lecho un coral es todo. A un ángel veo sangriento dando de los pechos rotos caños de sangre, que hacían laberintos luminosos. Mi señora apuñalada, muerta al fin, pisando globos de estrellas con pies de nieve su espíritu generoso. Ven a ver el sol sin lumbre, su autoridad sin decoro, su discreción sin palabras y su hermosura sin ojos, que todo en doña María lo verás sin favor, como tal fue su ventura, y tal el rigor de un matrimonio. ¡Cielos de tanta crueldad! Ser yo la causa conozco. Yo di la muerte a mi hija, yo causé el rigor y el odio, yo la casé, yo la di el marido y el esposo, yo he sido el siracusano, yo el bárbaro rey de Ponto, Diomedes con los caballos y Falaris con el toro. Por servir a un rey cruel que, poniéndole en el solio y estimándole yo en tanto, mi honor estimó en tan poco. Estas eran las mercedes dignas de tantos oprobios: o papel de un rey tirano o instrucción de mis enojos. Díganme aquí las verdades tus renglones mentirosos. “Padre, yo estoy en secreto con vuestra hija…” ¡Qué oigo! “…casado, y pretendo ansí, en peligros tan notorios, avisaros por pagaros, como yo lo reconozco, obligaciones que os debo…” Sin seso estoy, estoy loco. “Dos años ha que la sirvo.”. Ya al almirante perdono, el rigor ya le disculpo y al rey en el alma pongo; y que deste amor tenemos dicho las prendas que abono más llanas para don Sancho, no quiero más testimonio. De sus deseos yo he sido la ocasión deste alboroto. Forzada truje la reina y, ignorante y riguroso, pedí el sí por fuerza al rey y hice en María lo propio. Y últimamente, porque de un yerro mil nazcan, pongo este papel en las manos del Almirante, su esposo. Hago juramento al cielo de vengarme de mí propio en mí propio, con suspiros, con lágrimas y sollozos, sin descansar hasta el día que de vuestro mar de ola vea los pórfidos blancos, vea los mármoles rojos. Llevadme de aquí, que muero. ¿Quieres ver el lastimoso lucero, señor? No, amigos. Criado : Pues vuelve a casa. Tampoco. Criado : Pues, ¿dónde? Ay de mí, no sé. Manda, tus criados somos. Llevadme a la sepultura, y tendré eterno reposo. (Váyanse. Salgan el rey, la reina y criados) Al arzobispo llamad, que luego he desposarme. ¿Cómo tanta brevedad en tanto espacio? Obligarme pudo tanta voluntad. Sin apartarme de aquí el desposorio ha de ser. Dadme, señor, si es así, lugar para agradecer tal favor. Desde hoy, en mí tendréis un criado. Yo, después que Artal me engañó con su parecer injusto, las sobras de vuestro gusto estimo, si aquí os sobró alguno en tanto cuidado como afligido os tenía. ¿Cuál es? Haberse casado la hermosa doña María a quien tanto habéis amado. Todo lo sé, nada ignoro: su recato y su decoro me han dicho, y fue injustamente, señor, quitarle a su frente la sacra muralla de oro; y vos la culpa tenéis, pues amor de tantos años así desfavorecéis. ¿Quién ha dicho estos engaños? Verdades, señor, diréis. Vive Dios que os ha engañado quien os lo ha dicho. Ya sé cuanto en la aldea ha pasado, aunque el Almirante esté de su esposa desterrado, pues no permitís, señor, que la vea. Y, si es amor, podré decir que son celos; si no, es que infunden los cielos estrellas con tal rigor. Yo al almirante, yo, yo… Jamás le distes licencia, aunque el padre os lo rogó, de entrar en vuestra presencia, señor, porque se casó. Confesad que habéis querido a doña María. Quiero, mostrándome agradecido, que se celebren primero sus bodas. Antes os pido, señor, que le perdonéis el disgusto que os ha dado y que vivir le dejéis con su esposa, pues casado está, como vos sabéis. Criado: El Almirante, señor, pide, de luto cubierto, licencia. Si algún rigor ha ejecutado. Si ha muerto a mi vida este traidor. (Entre el Almirante vestido de luto y una soga a la garganta y un criado con una fonte y en ella una daga desnuda) A tus sacros pies, bárbaro homicida de mí mismo, vengo a pedir justicia. Todo contra mí es rigor y es ira, y para que muera procesos fulmina el cielo, y me acusa que por mi malicia el sol ha quedado en tinieblas frías, sin luces la noche, el alba sin risa, sin verdor los campos, sin verdad los días, sin lustre los tiempos, la beldad sin dicha, que todo esto falta sin doña María. Yo maté, al fin lleno de villana envidia, la que más yo amaba, la que más quería. Venga al sol hermoso. Haz, señor, justicia, porque el Justiciero las gentes te digan. Soga al cuello traigo, que una alevosía privilegios nobles postra y aniquila. Con este castigo tu nombre eternizas, tus leyes ensalzas, tu valor duplicas. Contra mí levanta la daga enemiga, que aún no está, don Sancho, de su sangre limpia. Y aún será poco rigor matarte de aquesta suerte. (Vale a dar con ella) Señor, ¿tan honrosa muerte le queréis dar a un traidor? Alevosamente muera el que quiso cometer tal delito con mujer que aún apenas suya era. Yo quiero hacer, gran señor, en el castigo ejemplar: yo le tengo de matar, hacedme a mí este favor; que si en manos le pusistes de mi rigor, solo espero mostrar, señor, lo que os quiero vengando lo que quisistes. (Quitad) de mi presencia, que mi potestad os doy. Llévale, Luna. Yo voy a ejecutar la sentencia. Con gusto muero este día, porque pretendo en los cielos, sin la pensión de los celos, gozarte, doña María. (Vanse) En tan trágico suceso y en tan sangriento morir, sin duda, no he de sentir, pues que no he perdido el seso. Mas estar loco confieso, disculpa, en rigor tan fuerte; y no ha sido poca suerte no morir en tal tormento, pues tan grande sentimiento se acabará con la muerte. ¡Oh, padre más riguroso que el dios que, despedazados, los hijos come a bocados, melancólico y furioso! Tal sentimiento es forzoso contigo, que la ocasión diste a tanta confusión; y, aunque el tiempo no lo crea, he de hacer que eterna sea tal tragedia en Aragón. ¡Alagón! Señor. Id luego y preso al conde traed, que ya perdió mi merced. Ya con él soy ira y fuego: vea el pueblo y vulgo ciego que a los sucesos que ha habido él solo el culpado ha sido; y venga con tal rigor que conozca mi furor si mi amor ha conocido. (Salga) Ya ejecuté en el traidor el castigo y los agravios que debía a un ángel bello. Pagó en sangre el holocausto: ya por detrás la cabeza, como a traidor, le cortaron, aunque es sacrílego quien mata serafines sacros. Ven, señor, si quieres verlo sin vida. Dame esos brazos. Antes en premios quiero que me deis la mano luego de esposo. Muy poco me pides dándome tanto. Tu esposo soy desde luego. Con más grandeza y aplauso ha de ser, porque pretendo que lo vean tus vasallos. Siéntate, señor, y luego llamarlos manda. A llamarlos va ya Luna, ya en el solio sentados, señora, estamos. Agora saber deseo, señor, si habéis olvidado. Ya con la muerte de ese ingrato borré pasadas memorias y olvidé gustos pasados. Solo a vos, señora, os quiero; solo a vos, señora, os amo. ¿Estáis satisfecha? Sí. Ay, ángel que, en esos claustros de luz, por frentes de estrellas te paseas, de mi llanto compasión ten si contigo valen tan locos descargos. (Cantan dentro) Cantan: El infante de Aragón, perseguido de su hermano, vio un día, al sol de Cardona, de la hermosura milagro. Sirvióla por su hermosura, mereció favores castos hasta que el travieso amor los juntó en eterno lazo. ¿Quién canta? Una dama mía. Si no pareciera engaño, creyera, señora, que es ella la que está cantando. La imaginación es fuerte. Tanto que suele hacer caso. Oye, que prosigue. Pienso que, si no es sueño, es milagro. Cantan: Diole palabra de esposo y, después de este contrato, ella le parió un lucero, aurora de su sol claro. Mudóse don Sancho, que era, aunque rey, hombre, don Sancho, y ella, en venganza del hecho, le dio el hijo en holocausto. Ya aquí falta la paciencia. No cante más, cese el canto, que renueva en mi memoria los pensamientos pasados. Dejadme solo. Ya os dejo. Conociendo los engaños de los hombres y contenta, así a Navarra me parto. Llorad vuestro bien sin mí, a solas, señor, despacio, que no quiero en Aragón sus lágrimas estorbaros, ni ser esposa imagino de hombre que vive llorando prendas muertas que serán para mí vivos agravios. Dadme licencia. Señora, perdonadme que, elevado en la voz y el instrumento, os hice tan loco agravio. Suelte, vuestra alteza. Presa quedaréis entre mis brazos, cárcel de vuestra hermosura. (Sale doña María) No, que yo he resucitado para daros a entender que sois hombre y que sois falso. ¡Válgame el cielo! ¿qué es esto? ¿Eres ilusión? Ingrato, la misma que he sido soy, que en cubierta - he estado. ¿En cubierta -? Sí. Que yo, con este retrato defendí a doña María de los celos temerarios que el almirante tenía de ti, llegando a sus manos cierto papel que escribiste a su padre. Si no pago con la vida el beneficio, quedaré siempre obligado. Que viváis en paz deseo, sin dividiros del árbol, como suele el cazador, sin postrar nidos ni ramos. Dame esas manos de nieve y dime cómo este engaño se ordenó con tal secreto. Enviándome un criado con este pliego su alteza tan divino enredo trazo. Pues, viniendo el Almirante a la ejecución del caso, le pude dejar, fingiendo que prevenía entre tanto el lecho, y puniendo en él una esclava, al foso salgo del castillo, a donde estaba aguardándome un caballo que me enviaba su alteza, y en él me libré, pensando mi padre que soy la muerta. Agora resta casaros públicamente. Señor, licencia están aguardando todos los nobles. Mas, ¡cielo, qué veo! Verás presagios de amor en tiempo, que quiero dar a mi esposa la mano en su presencia. Señoras, llegad conmigo a sentaros. Por orden de vuestra alteza, gran señor, nos ha juntado Luna. Yo lo mandé al conde. Dame aquesos pies. Alzáos. Pues, ¿qué nos mandas? Pretendo que sepáis cómo me caso con doña María. ¿Pues no estaba muerta? Fue engaño. Viva está y yo gusto de ello. Que os gocéis eternos años decimos. Pienso que es sueño la gloria que estoy soñando. Ni yo tampoco la creo. Publicad por el palacio que es reina doña María. Todos: ¡Reine María mil años! (Teodora con Ramiro) En tiempo de tantos gustos para aumentar bienes tanto. Os ofrezco aquesta prenda a quien dio vida mi engaño. ¡Ramiro del alma mía! Prenda del alma, regalo de mis ojos. ¿Cómo es esto, Teodora? Escuse este daño, aunque mandó mi señora, - por ingrato, le diese luego la muerte y en su rigor temerario un corazón de cordero fue el que te di. En bienes tantos no sé qué darte. Las villas de Albarracín o Balbastro con los réditos caídos te doy. Gocéisos mil años. Ya viene don Artal preso, y te suplica llorando que antes que muera le escuches. Entre, que quiero abrazarlo. Justamente, señor, vengo preso a tus pies soberanos. A mis brazos decid, conde. Y decid, padre, a mis brazos. ¡Válgame Dios! ¡Viva estás! Y ya en Aragón reinando. Pues, ¿quién es a la que di sepultura en bronce y mármol? Alifa, una esclava mía. Lo demás sabrás despacio. Ay, señora, qué de yerros han nacido de pagaros obligaciones que os debo. Todos están disculpados con vuestra inocencia, conde. Dentro: ¡Danos al mejor vasallo que tiene el mundo! ¿Qué es esto? ¿En mi palacio rebato? Con tan grande aclamación viene el pueblo alborotado el Almirante pidiendo. Su alteza puede sacarnos de aqueste alboroto. ¿Cómo? Dando al Almirante y dando quietud al pueblo con él. Luna, señor, puede darlo. Ve por él, Luna. ¿Cómo ha de estar degollado quien a vos, señora mía, siempre os tuvo por amparo, excelso sol de Navarra. Mil veces la boca estampo donde vos ponéis el pie. Todo lo he estado escuchando y de todo perdón pido. Este suceso aguardando, mandé a Luna que llamase un verdugo y a un esclavo degolló tapado el rostro, y he disimulado el caso hasta agora. Veisle aquí. ) [Fragmento tachado en el manuscrito. Señor, ¿cómo, si está degollado? ¿Qué dices? Verdades digo. Yo, porque intentó este agravio] contra su esposa, le hice degollar, que es un villano el que mujeres ofende, y así quise castigarlo. En el corazón me pesa. Obedecer tu mandado fue solamente. Ya llega aquí el pueblo alborotado. ¿Qué queréis, bárbara gente? Todos: Que nos dé a nuestro amparo, al sol de Aragón, al padre de la patria. Es desacato llegar así a mi presencia. Puede, señor, disculparlos. La obligación que le tiene el reino. Luna, sacadlo degollado como está. (Sale el almirante) ¿Cómo ha de estar degollado? ¡Ay, sucesos más extraños! Todos: ¡Viva el almirante! ¡Viva el Almirante mi amo más que un suegro! Agora falta dejar vuestro honor pagado con mi mano y con mi reino. Dadme la vuestra. Tu esclavo he de ser eternamente. Mi señor has de ser. Dando a esta fingida tragedia alegre y glorioso aplauso.