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Texto digital de La dama corregidor

Metadatos de la obra

Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Probable ySebastián de Villaviciosa Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La dama corregidor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dama-corregidor-la.

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LA DAMA CORREGIDOR

JORNADA PRIMERA

Ten ese estribo. Está queda. Huésped, ¿habrá unas tenazas con que sacarme a tirones de entre esta maleta y manga? Aldonza, huéspedes entran. Ea, Andrés, a dar cebada. Por si hay que destripar, toma, Aldonza, esta navaja, maleta ⸺digo⸺ y alforjas. ¿Más alforjas? ¿No te agrada? Si no robo con los ojos, para lo demás soy manca. Pues con eso serás coja. Si lo fuere, santas Pascuas. ¡Ay, que no puedo tenerme! ¿Qué tienes, Tortilla? Nada, una mula en estos huesos, un madrugón y seis largas leguas de que se compone aquesta media jornada. Ea, presto sanarás, que hoy llegaremos a casa. Allá enfermaré de ti. ¿Yo también te canso? Matas porque me mandas. ¿Yo qué? Dos mil cosas que me enfadan. Por eso tú con no hacerlas de mi condición descansas. Solo ese consuelo tiene el servir. Dejando chanzas, grande ansia tengo de ver a mi esposa, a mi Casandra. ¿Ahora que tan cerca estás te crece de verla el ansia? Cuando más al bien se acerca inquieta más la esperanza. Nada haces a mi gusto si no es el querer con tanta fineza a tu esposa, que es muy digna de ser amada. Cuanto me acusas perdono por solo esto que me alabas. Prométote que también deseo ver a mi hermana. No tiene otro padre Estela y es bien como padre amarla. ¿Cuánto va que no deseas ver a tu suegro? Es villana presunción, porque Parmenio tiene condición hidalga y es padre, al fin, de mi esposa. Eso es ser suegro. ¿Hay posada? Sí, señor. ¿Y habrá algo bueno que comer? Este me agrada. No faltará. Pues poned esta ropa en una sala. Este hombre que ahora ha entrado entiende del mundo el mapa: de comer bien busca, que es región deleitosa y sana. Metamos estas maletas en aquella alcoba. Charra, ¿no ves que está en esta pieza mi amo y, con esas barbas, tú no has echado de ver que esta pieza está ocupada? De comer acompañado imaginé que gustara y por eso traía el huésped aquí. Si es que se cansa de esto aqueste caballero, sacad la ropa. Dejadla, que después que al dueño he visto os agradezco la entrada. Poned con la mía esa ropa. ¡Con qué desagrado hablaba el picarón del criado! Siempre forma las palabras la sangre, que no la lengua. La escopeta no se caiga. Hijos, la comida aprisa, pero muy bien sazonada. Gran pedazo de amor propio tiene este hombre y no es gran tacha, que es cuñado de sí mismo quien puede y no se regala. ¿De dónde venís? De esa bella ciudad celebrada de Seleucia. Dicen que es gran ciudad. (Mi amó le calla que es de allá. ¡Raro capricho!) (No le digo que es mi patria y mi habitación porque con mi nombre se declara mi calidad, con que escuso mil ceremonias cansadas.) Yo pensé que ibais allá. No, que a cosas de importancia a la corte de Fenicia voy con más priesa que gana. Yo soy mercader en Tiro y a ajustar vine unas largas cuentas con correspondientes que en esa ciudad se hallan. ¿Mercader sois? Sí, señor. Ejercicio es que me causa veneración. (Este es caballero que me habla con agrado muy altivo y humilla cuando agasaja.) Venero a los mercaderes porque es cuando contratan la verdad el instrumento mejor para sus ganancias y porque útilmente, activos y sagaces, a su patria le sacan lo que le sobra y le traen lo que le falta. ¿Qué os pareció, en fin, Seleucia? Ciudad muy bien gobernada. ¿Y su duque? Un caballero de prendas dignas de fama, mas algo galanteador. Culpa en su estado ordinaria, que dicen que no es casado. Así es verdad, y las damas dan mucha ocasión a esto, que son de belleza rara. Conque en amor no habrá sido infeliz vuestra jornada, que en ninguna parte tienen los forasteros desgracia con las mujeres. Tortilla, si en un defecto alabanza puede caber, es en ese, porque, si necesitadas o humanas en una culpa caen ⸺y en ellas una mancha⸺, es discreción no querer tener, cuando están culpadas, quién las mire cada día como a débiles y flacas. En esta materia a mí una cosa bien extraña ahora me pasó en Seleucia. Una mujer venerada por su sangre y aplaudida por su belleza y sus gracias me envió a llamar con secreto y por una puerta falsa entré en su casa una noche, donde antes que una esperanza encontré una dicha. Esa es la dicha, no esperarla. Yo a esta dama no había visto, mas su opinión era tanta de hermosa que con el nombre solamente enamoraba; vila y no me pareció tan grande como su fama. La fama igualar no sabe las cosas con las palabras. Con todo eso, la serví con una sortija, hermana de esta que traigo en el dedo, hechas con tan sutil traza que cada una de por sí es una airosa lazada y juntas un corazón perfectísimo formaban. En Seleucia la compré por ser joya que agradara para unas vistas, que siempre son unos los que se casan, pero ella me alabó la que yo entonces llevaba, y, como es el alabar pedir, fue preciso el darla. La joya era de buen gusto, pero la parte que falta sentidla no por perdida, por indignamente dada. No creáis que hay en el mundo mujer noble que a la infamia de una culpa de esa especie entregue su sangre clara. Las mujeres principales son del Danubio las aguas, en quien jamás de vapor, nube o niebla cayó mancha. Y, caso negado, demos que nazca alguna entre tantas buenas que a su obligación falte ciega y engañada. No lo creamos los hombres, que es en nosotros más tacha creer errores en ellas que no que en ellas los haya. Señor mío, esa mujer sería alguna cuitada que con esa maña quiso dar más valor a sus mañas, y sepa usted que es muy fácil que tenga una mala casa una puerta principal que parezca puerta falsa. En el negro vicio seis a mal encendidas ascuas de la vanidad el aire les hace levantar llama. Saben esto las mujeres y al forastero que agarran le hacen creer que son princesas de Transilvania. Lo noble es tan venerable que aun en las culpas se trata con agradable respeto y atenciones cortesanas y así esa ninfa sería... Basta ya, Torrilla, basta, porque una reprehensión se hace injuria si es pesada. Como no vais a Seleucia, no creí que en esto erraba. Pésame de haberlo dicho. En conversaciones largas sucede esto cada día y, esta materia dejada, feriadme, si no es que a algún desinio haga falta, esa sortija, que yo no tendré la mano escasa. Con haberla vos pedido la sortija está pagada. Quien compró para vender a lo galante no falta si vende lo que compró. Ya la sortija se halla mal conmigo, débaos yo el agrado de tomarla. Porque las galanterías también son deuda, se allana hoy mi mano a recibirla, y creedme que el llevarla es para mí de gran gusto porque, aunque de boda pasa ya mi matrimonio, quiero a mi esposa con tan rara fineza que la primera es con ella comparada centella con un incendio, y, así, haciendo que le hagan compañera a esta sortija, quiero que ella la una traiga, la otra yo, porque en los dos un jeroglífico haya partido que signifique que entre los dos no se halla más que un corazón partido que las dos vidas enlaza. De atender a estos primores tengo hambre. Aldonza, acaba, ¿no comeremos? Ya pongo la mesa. ¡Linda palabra! ¿Qué hora será? Ese reloj con certeza y sin tardanza os lo dirá. Cerca es de la una y media. Ya tarda la comida. ¿Veis ahí el reloj? Él me declara que es hora de agradecer de vuestra atención gallarda el agasajo. Ya es vuestra. Este retorno aventaja mucho al servicio que os hice. De diamantes y esmeraldas tiene un cerquillo que vale de doblones una carga. Yo sé que os quedo deudor. Aquesta sortija guarda, que no quiero que mi esposa la vea hasta estar labrada la compañera. A comer, señores. Hidalgo, vaya a mi ropa y del alforja saque de dulce una caja y otras zarandajas que para postre no son malas. Lo que es sacar hago bien, mas al volver hago faltas. Yo para sacar le elijo, no para que vuelva. (¡Brava roña tiene el escudero!) Acabemos, que se pasa el asado. ¿A otro mesón? No, sino de punto. Hermana, eso de punto no importa, como a la calle no salga. En verdad, que si le oyera, que yo no lo asegurara. ¿Enfado? Vamos, señor. Así, ¿usted como se llama? Roberto, pero ¿por qué lo preguntáis? Porque es tanta su prevención que es posible que traiga alguna criada en la alforja y me pregunte quién me envía por la caja y, si no lo sé decir, que me envíe noramala. No hagáis caso de ese loco. Por su buen gusto me agrada. ¿Está la bebida fría? Está como aquestas chanzas. Y la comida estará sin duda como esta cara. De comida y de bebida hay ya buenas esperanzas. Entremos. Siguiéndoos voy. (Con su buen trato avasalla.) ¡Ay, Casandra de mi vida, qué mal tu ausencia me trata! Ea, a la cocina presto. Ea, a decir bufonadas. De piedra imán a la mujer el nombre dan y el poder y es porque atrae al hombre y, aunque en esto hay certeza, es piedra imán de menos fortaleza. La piedra imán consigue atraer el hierro y ella no le sigue, mas la mujer, por su infeliz estrella, al hierro atrae y al hierro sigue ella. Dígalo aquí mi loco desacierto, pues al yerro seguí cuando a Roberto envié a llamar en nombre de mi ama, siendo mi error no más el que le llama. Era de liberal muy celebrado el mercader y luego tenía agrado en la presencia dulcemente grave, que el agrado sin voz es muy suave, conque juntos amor en mí y codicia labraron fieros tan atroz malicia. En casa le di entrada entre galas y joyas disfrazada, que, como de mi ama camarera soy, para mí muy fácil esto era, con que el hombre creyó sin duda alguna que a Casandra le daba su fortuna. Si esto me averiguaran, ¿no merecía muy bien que me quemaran?, mas, como el hombre era forastero, se fue y salí de este peligro fiero. Yo le alabé, taimada y no prolija, una sortija y diome la sortija, esta lazada de diamantes bella que, aunque estrella no es, es buena estrella, pues a que valga más ahora me aplico. Sin codicia ninguno ha sido rico y la mía a empeñarla ahora se mueve en docientos de a ocho en quien no lleve intereses y luego sobre prendas los prestaré, teniendo mil contiendas sobre el ribete. Al fin, haré al pobrete que se empeña que deje un buen ribete, con que haré en breve tiempo ⸺cosa es fija⸺ valer dos veces más a mi sortija. Mas mi ama viene, mi discurso calma y vuelvo la sortija hacia la palma. Ya sabes, Estela, que no está en Seleucia Mauricio, que es mi marido y tu hermano y hermano como marido. Pues, Casaudra, si lo sé, ¿de qué sirve referirlo? De ponerle un embarazo al descuido y al olvido. ¿Qué es olvido? ¿Qué es descuido? No puede en mí haber peligro de olvidar quién soy y así de señas no necesito. ¡Qué par de cuñadas! Cierto que es un par de basiliscos. ¡Los enemigos que hace un casamiento, Dios mío! Estela, bien sabe el cielo que en lo que a decir me animo no es mi desinio ofenderte, avisarte es mi desinio. Del gran duque de Seleucia somos, bien que esclarecidos, vasallos, como él lo es del rey de Fenicia invicto. Este, pues, príncipe excelso por casar y en lo florido de su edad te galantea con más claridad que indicios. No le culpo, porque en ti su hermosa disculpa miro y prendas de valor grande están haciendo atrevidos. Que gustas de sus finezas he sospechado y oído, porque no hay ojos enfermos para el ajeno delito y esto tampoco me espanta, que las mujeres nacimos con el corazón a estas ofensas agradecido. Lo que remediar pretendo es que el amor con estilo suave en tu corazón no prenda incendio enemigo porque, aunque luego tu honor acuda que en ti es preciso a apagar llama que tiene la edad sola del principio, no le ha de poder quitar, bien que logre cuanto quiso la mancha que dejó el humo en lo que estuvo encendido. ¡Qué fácilmente un dichoso es cuerdo y de buen juicio, como tiene los deseos satisfechos y adormidos! Tú, Casandra, estás casada con mi hermano en tan propicio astro que querida estás y él está de ti querido. Felicidades entrambas de placeres excesivos, que es ser querida y querer cielo de poco distrito. En el círculo no estrecho de tu noble estado altivo hay de estimación y bienes cuanto caber ha podido. Yo pienso que haces tú sola desdichados a infinitos porque a la Fortuna tienes embarazada contigo. Yo, hermana, estoy sin estado en el severo y arisco pupilaje de dos dueños más honrados que benignos. Lo preciso yo confieso que lo tengo muy cumplido, menos el gusto, que es también Casandra preciso. Los alimentos del alma son racionales alivios y hoy está sin alimentos este alma con que vivo. Que yo mire bien al duque ni lo niego ni confirmo, pero, cuando fuese así, ¿no puede ser mi marido? Dirás tú ahora que cómo creerse puede sin delirio que el duque, siendo vasalla suya, se case conmigo. A eso respondo que es la verdad, mas también digo que mil veces a una dicha se va por un desvarío. No es dichosa la templanza y que ser no puede ⸺es fijo⸺ muy dichoso quien rehúsa de desdichado el peligro. Si el amor del duque en mí manchare por bien oído, por el gran lustre que espero a leve fealdad me rindo. A pensar que respondieras, hermana, por ese estilo, no te hubiera dicho nada, porque es de tu sangre indigno. Nada hago yo que a mi sangre le empañe el esplendor limpio. Bueno está, Estela. (Ahora yo barajarles determino el enojo, porque tienen traza, si yo no lo evito, de echarse mano a la greña y, por decir algo, pido a mi ama los docientos de a ocho en que solicito empeñar esta sortija. Vamos, de esta yo le embisto.) Señora. ¿Qué es lo que quieres, Narcisa? Yo te suplico lo primero me perdones si te causare fastidio esto que a decirte voy. Ya estás perdonada, dilo. Una persona muy noble que se halla en un gran conflicto me ha enviado esta sortija ⸺sabiendo el caritativo pecho tuyo⸺ para que te pida ⸺tiemblo al decirlo⸺ sobre ella mil y seiscientos reales de plata, y te afirmo que será muy buena obra, que está el mundo tan perdido que nadie presta si no es con interés excesivo. Harelo de buena gana y que es limosna imagino, pues según lo que tú dices. le doy lo que no le pido. Vivas más de dos mil años. (Los dos intentos consigo.) Toma esa llave y al punto, con pronto y fácil cariño, a esta persona le envía el dinero que ha pedido, que siempre es la brevedad lo mejor de un beneficio, fuera de que es el pedir un trance tan enemigo que cualquiera le rehúsa hasta aquel punto preciso en que no puede ser menos, conque viene a ser impío el que a quien pide le hurta un instante del alivio. Daca y ponte la sortija. Tú me das un mal arbitrio, que, si ella me sirve a mí, ¿yo a quien presto en qué le sirvo? Póntela por hoy siquiera. En tanto que llego al sitio donde tengo de guardarla, tu amoroso ruego admito. Voy a hacer lo que me ordenas, (¡de contento salto y brinco!), más hay albricias, señora, que mi señor ha venido y ahora en el zaguán se apea. Si a tanto gozo resisto con el aliento vital, no se llame mi amor fino. ¡Mi hermano! Narcisa, anda y haz lo que te tengo dicho, que no es bien que a una piedad desaliente un regocijo. Voy a tomar el dinero porque no ande el diablo listo y mi amo desbarate lo que ya está conseguido. Casandra, adorada esposa. Esposo y dueño querido. Llega al pecho en que has estado hecha con diestro artificio de amorosos pensamientos. Desde hoy envidiosa vivo de esas imaginaciones por el lugar que han tenido. Dame los brazos, Estela. Dichosa a tus pies asisto. ¿Cómo mi señor está y tu padre? No ha tenido hora de gusto sin ti, pero bueno está. Yo estimo la dicha. De tus cuidados muy buen substituro ha sido. Señora, aquí está Tortilla, que con solo haberte visto ya no soy Tortilla. Pues ¿qué eres? Huevos mejidos Yo agradezco la lisonja. ¿Cómo a tu amo has servido? Harto mal, pero mejor que él merece. Pues ¿qué hizo que te trae tan enojado? ¿Qué ha hecho? ¡Pese a mis tíos! No me ha dejado dormir después que de aquí salimos. ¿Cómo? Como en las posadas en un aposento mismo nos hacían las camas y él, amante tuyo muy fino, cuando ya me iba durmiendo, me decía algo pasito: «¿Oyes, Tortilla?» «Señor». «¿Mi mujer no es un prodigio de virtud y de hermosura?» «Es verdad, y yo lo firmo de mi nombre. A buenas noches». «Dime, por tu vida, hijo, ¿con ella no soy el más feliz hombre de los siglos?» «Sí, por cierto», y un bostezo me desquijaraba tibio. «Dime, dime, ¿qué hará agora?» «Eso es muy mal dicho. ¿Soy brujo? No nos perdaníos los respetos, seó Mauricio». «Mas ¿qué ha de hacer? Estará rezando, eso yo lo fío. Su holgura es el oratorio. ¿Sí es?» Yo cerraba el pico. «Jesús, ¡qué presto te duermes!» «Señor, era bueno el vino». Y con esto le dejaba platicando allá consigo. Al cabo de muy gran rato se dormía de rendido, pero los ojos apenas cerraba cuando con gritos desaforados decía: «¿Qué es aquesto, cielo impío, yo de mi Casandra ausente, yo sin sus ojos divinos? Tortilla, ensillen las mulas, volvámonos». Y al punto yo recordaba, diciendo: «¿Qué te da, estás sin juicio?» Y él, como que descansaba, decía lacio y marchito: «Esta ausencia no consiente sosiego en el pecho mío». Con esto las noches todas pasaba yo desabrido, entre dormido y despierto, y con aquesto, mohíno, los días se me pasaban entre despierto y dormido. Ya Tortilla te ha informado. de mis amantes delirios. ¿A ti, mi Casandra, cómo en esta ausencia te ha ido? Mi hermana no ha estado ausente, sino muerta, con que he dicho que su alma enamorada de vista no te ha perdido, sin alma su cuerpo estuvo, cadáver fue yerto y frío, pero tan dichoso que le dejaron los suspiros. Sí, a vida estuvo y amante y tan muerta que imagino que no ha de contarle el cielo en el número preciso de sus días los que ha estado, señor, sin haberte visto. Pues lo dice su cuñada, no creerlo es desatino. (Aquestas lisonjas, son por que calle el amor mío.) A no decírtelo Estela, no acertara yo a decirlo. Lo que yo puedo afirmarte es que nunca encontré alivio en las estrellas ni flores, bien que le busqué prolijo. Pensé se te pareciesen y, al ir haciendo el registro, no hallé estrellas que igualasen a tus dos ojos divinos ni flores que compitiesen con las flores de que hizo el cielo aquese semblante, mejor que ellas colorido. Solamente un gusto tuve de quilates muy subidos y fue hallar en una sierra que era embarazo y camino de pura cándida nieve dos pedazos en un risco. «Estas», dije, «son las manos de mi esposa, este es el mismo color suyo, pero agora que atentamente las miro hallo...». (Mas ¡valedme, cielos!, la sortija allí diviso de Roberto. ¡Ay, infeliz!) ¿No proseguís? No prosigo... (Ea, honor, disimulemos.) .porque, aunque lo solicito, no hallo voces en que quepa todo este concepto mío. Mi amo es un mentecato, un inocente y un niño de la doctrina, pues no halla ciento y veinte y cinco hipérboles que decir a esos dedos cristalinos. Déjame mirarlos bien y verán lo que les digo. En esas dos blancas manos hallo... (Mas ¡válgame Cristo, allí la sortija veo de aquel mercader de Tiro!) ¿Tan poco hallas que decir? Muy falso te salió el brío. Hallo más de lo que busco y, así, no quiero decirlo. Desgraciadas manos tengo. No hay que fiar, por san Cirilo, en Casandras ni Casandros. Una gala nueva he visto que no dejé yo. ¿Y cuál es? Esa sortija que en ricos diamantes está brillando. (Penas, dejadme el juicio en tanto que de mi honra las desdichas averiguo.) Narcisa me la empeñó... (¡Oh alcahueta!) (Mal principio.) .porque a ella se la enviaron para este efecto y indigno me pareció de un buen pecho negar este corto alivio al que está necesitado. Yo de mi parte lo estimo. Y agora, porque vendréis muy cansado, yo os suplico que os entréis a descansar. Obedezco agradecido. ¡Cielos, muy dichosa soy! (Un infierno mudo abrigo en el pecho.) Mil temores con mi hermano me han venido Vamos, adorado esposo. (¡Qué tormento!) Ya te sigo. ¿Aquesta es Casandra, aquella del remilgado desvío? ¿Esta es la honrada, Dios mío? Pon, que honrada, fuego en ella. ¡Oh Mauricio desdichado, y qué mal ahora te viene! ¡Ah, en qué mala parte tiene su honra un hombre casado! ¿Entrados en mí desvelos de mi dueño? Pena, afán y, pues como de su pan, coma también de sus celos. Yo he de vengar a mi amo de mi amor en testimonio, que por Dios que soy demonio si yo sé cómo me llamo. Mi ira de vengarle trate. Yo, ya que me enojo bien, la he de matar, y también puede ser que no la mate, pero ¿cómo mis dolores han pensado en perdonarla? Mil vidas he de quitarla. ¿No soy un tigre, señores? Vencerá la furia mía. (Ya el dinero está cogido.) Seas, Tortilla, bienvenido.) Bienhallada, alcamonía. ¿Cómo con ese desdén me respondes y mal modo? ¿La primer palabra apodo? Lo malo es que venga bien. ¿Mis memorias te inquietaban? Una noche soñé en ti. ¿Y cómo fue el sueño? Di. Soñé que te encorozaban. Dejando aqueso a una parte ⸺porque es enfadoso el sueño⸺, ¿qué me traes, querido dueño? Berenjenas que tirarte. Pícaro desvergonzado, ¿qué forma de hablarme es esa? Perdone usted, alcaidesa de un castillo derribado. Bergante. No sé si acierta en reñir, que la daré cien bofetadas aunque las pida de puerta en puerta. Que soy de mesón chulilla le debe de parecer al muy... Abate, mujer. Salte allá fuera, Torrilla. (Si mi amo no atropella mi enojo... (¡Qué cruel semblante trae!) .y si tarda un instante, empiezo a vengarle en ella.) Salte allá y de aquesa cuadra no te apartes. Obedezco. (Ahora su declaración la toma.) (¿Qué será esto?) (¡Ah, infeliz de mí mil veces, que en casos de tanto peso, siendo un infierno el sentir, lo es mayor hablar en ellos!) Narcisa. Señor. ¿Quién es de aquella sortija el dueño que empeñaste en tu señora y tiene agora en el dedo? Es... (¿Qué he de decir... Y advierte... .si sabe mi desacierto?) .que lo que aquí pronunciares, por si es falso o verdadero, sin que tú salgas de aquí, ha de ir Tortilla a saberlo y, si lo que me dijeres fuere engañoso y supuesto, te he de dar mil puñaladas,... (¡Ay, Dios, qué terrible aprieto!) .mas, si dices la verdad, por atroz y por inmenso que el delito fuere tuyo, perdonártele prometo. (Quiero decir la verdad, que, aunque es muy malo el remedio, quiero con un riesgo ver si me libro de otro riesgo.) Señor, con la protección de tu palabra me ofrezco a decirte la verdad. Yo la confirmo y renuevo. (¡Oh plegue a Dios que enmudezcas si ha de matarme tu acento!) Vino un mercader de Tiro ⸺cuyo nombre era Roberto⸺ aquí estando tú ausente, hombre de hacienda y despejo. Yo en nombre de mi señora, ⸺ya a decir mi culpa empiezo⸺ le envié a llamar y una noche con recato y con silencio entró por la puerta falsa... Hijo, Mauricio. Tu suegro, que a darte la bienvenida cojeando viene y tosiendo. (¡Oh a qué mala ocasión llega!) Hijo mío, yo os prometo que setenta y cinco años que tengo ya y que padezco no han pesado veinte y cinco mientras he venido a veros. ¿Cómo venís? Salud traigo, gracias a Dios. Yo me alegro. Pues que aquesta ocasión Dios me ha dado, yo la aprovecho. (¡Oh cuál va la Narcisilla, con ella es tullido el viento! Solo por ver lo que hace a aquella cuadra me vuelvo.) ¿Hicisteis a lo que ibais? Ya lo hice, bien que lleno tengo el pecho de pesares. Mucho me aflijo de aqueso. ¿Podeislos comunicar? Por ahora, señor, no es tiempo, ni a Casandra los he dicho. Si ella ponerlos remedio no puede, habéis hecho bien, habéis andado discreto en no afligir lo que amáis, que no es cordura, pudiendo padecer con uno solo, el padecer con dos pechos. A mí, cuando os pareciere, podréis darme parte de ellos, porque de la vida somos maestros grandes los viejos (Yo quiero disimular.) No lo toméis tan a pechos, señor, porque mis cuidados no son de tan grande aprecio. Mientras menores, mejor, pero una cosa os advierto por si acaso, aunque entendido, la ignoráis, y es que los yernos son unos hijos a quien más que a los otros queremos, porque son hijos del alma y esotros lo son del cuerpo. El hijo que me dio a mí la naturaleza es cierto que le dio como ella quiso, por su gusto y su diseño, pero el que yo me escogí con solo mi entendimiento es como le quise yo, con que averiguado dejo que el yerno se quiere más y el hijo se quiere menos, bien que no es fácil que el mundo quiera persuadirse a esto. Yo os quiero tanto, Mauricio, que aun más que a Casandra os quiero, bien podéis de mí fïar vuestro mal cuando sea tiempo. Y agora quedad con Dios, que embarazaros no intento. Viváis, señor, muchos años. A ver a Casandra entro. Dejad la pena, hijo mío. Ea, después nos veremos. En todo soy desdichado. ¡Qué interrumpiese Parmenio la información de mis males! Tortilla. Señor. Ve presto y tráeme a Narcisa aquí. Habré de saber primero dónde está. ¿Dónde ha de estar si no en casa? ¡Bueno es eso! Luego que de aquí salió tomó el manto y como un trueno se fue con dos mil demonios. Pues, villano, ¿cómo viendo que se iba la dejaste? Pues, por ventura, ¿yo tengo profecía infusa? ¿Sabía yo si tu gustabas de ello? Quítateme de delante. Pues no, no espanto de feo. Sin duda que le ha salido lo que imaginaba cierto... Cielos, cielos, ¿no es rigor que al que dais un mal suceso con el dolor para obrar quitéis el entendimiento? ¡Oh entre los males qué malos son de encontrar los aciertos! Porque con pasiones grandes no se hacen discursos buenos. ¿Cómo estando sin juicio hacer puedo juicio recto? ¡Ah, infeliz del honor mío! Pues estuvo mucho tiempo en poder de una mujer mal seguro tesorero y agora en poder de un loco está a otros males expuesto, ero, pues comunicar el caso con nadie puedo, fuerza es que, como pudiere, le determine yo mesmo. Contra esa mujer están que a llamarla no me atrevo esposa mientras que miro de sus cargos el proceso porque con aqueste nombre regala a mi pensamiento mi voz y juzgaré mal si recibo este cohecho, contra esta mujer, pues, digo que están unidos y estrechos lo que a Roberto le oí, la sortija que en su dedo hallé y la deposición de Narcisa ¡ah, duro empeño!, que fue por estas palabras, si mal de ellas no me acuerdo: «Yo, en nombre de mi señora, envié a llamar a Roberto y entró por la puerta falsa una noche con secreto». A esto se añade la fuga de esta infame, conociendo que, como cómplice, estaba su vida en mortal aprieto. De manera que yo hallo contra Casandra en su pleito un testigo y tres indicios vehementes. Si no muero de los discursos que formo, debe de ser que ya he muerto, Veamos ahora lo que hay en su favor, porque al reo es declarada injusticia el castigarle indefenso. Lo primero, su virtud, mas respondo a lo primero que la virtud está siempre en cualquier humano pecho no más que como acogida, no como señora y dueño, y así, cuando la despiden, se va aunque triste al momento. Al que muchos años fue continuadamente bueno para que de serlo deje basta un instante pequeño. La sangre está en su favor también, mas no me convenzo porque hallo contra la sangre en la historia muchos textos. El amor que me mostraba es esforzado argumento. Si puede el amor fingirse, ¿adónde cae este esfuerzo? ¿Y no puede ser ¡ay Dios! le tuviese verdadero? Sí, mas también con amor ha habido traidores yerros: Cleopatra amaba a su esposo Marco Antonio con exceso y con Julio César, falsa, cometió infame adulterio. Pues, si su amor, si su sangre y buenos procedimientos su culpa no desbaratan, en el castigo pensemos. ¿Qué debo hacer? ¡Ay de mí! En estos casos no hay medio, o matar o dar por libre; darla por libre no puedo porque es muy terrible el cargo que contra ella está hecho, luego ¿matarla es forzoso? Sí, pues muera, agora vuelvo a conocer que no hay que fiar en humanos pechos, pues lo que adoraba ayer hoy aniquilar pretendo. ¿Qué es de mi amor? Aquí está. Pues ¿cómo matarla quiero? Porque la quiero, es así, porque en casos como estos piensan que mata el honor y son quien mata los celos. Pues honor y amor, venganza. Muera,... (Con el escarmiento de la ausencia que pasó, ni la de un instante puedo sufrir ya.) Querido esposo. .muera quien tantos venenos me ha dado en sola una culpa, culpa que... Señor, ¿qué es eso? ¿El uso de los sentidos os quita el divertimiento? Casandra, no te había visto. Eso es lo que yo siento. ¿Qué tenéis, que allá con vos estabais de vos tan lejos? (¡Oh lo que siento escucharla, porque el enojo más fiero pierde grados cuando es el enemigo halagüeño!) ¿Qué tenéis, esposo mío? Tengo un mortal sentimiento. ¿Mortal, esposo? Mortal. Decidlo, señor, con menos claridad, que les haré a mis ojos, pues no puedo de otro instrumento usar cuando a vuestra voz atiendo, que en copioso llanto agoten esta vida que poseo. (He aquí a Cleopatra traidora. Quitome con vil aliento el honor, vida del alma, y agora que me ve muerto con los hilos de aquel llanto que cae de sus ojos tiernos dos áspides de cristal se va poniendo a los pechos.) Decidme lo que tenéis. (Ahora mi vengaza empiezo, sea el rigor cauteloso.) No es tan grande el mal que tengo por ser él muy grande como lo es por lo que te quiero. En más confusión estoy. Es que me piden mis deudos los de la isla de Istria con grande encarecimiento que allá te lleve unos días para poder a festejos significar lo que estiman tu persona y parentesco. Déboles lo que tú sabes y a escusarme no me atrevo, y luego que has de sentir salir de tu casa temo y el pesar que ha de tener también tu padre recelo. A él se lo empecé a decir y que me faltó confieso el ánimo. (De este modo lo que le dije desmiento.) Entre estas dificultades estoy tal que te prometo que como cosa mayor me ocasiona los tormentos. ¿Eso es lo que os aflige? Esto es lo que padezco. (Yo me vengaré.) Tortilla. Señora. Luego al momento ve a la marina... Sí haré. .y fleta un bergantín de esos para que a Istria nos lleve... (¿Qué es esto, Dios?) .advirtiendo que habemos de salir hoy. Ved si agora estáis contento. Tan contento y obligado que en mí de gusto no quepo. (¡Que en quien esto sabe hacer cayese tal desacierto! (Apostemos, que mi amo se la va armando con queso.) No te detengas, Tortilla. Esto dalo ya por hecho. ¿Si lo estorbara tu padre? Es mi padre muy discreto. (Esta es máquina real.) (¡Ah, qué dolor me prevengo!) Entremos, que por serviros estoy sin sosiego. Entremos (¡Que pueda tanto el amor!) (¡Que el honor pueda hacer esto!) (¡Que a mí me lleven al agua no haciendo yo el adulterio!) No ha habido delito en quien cabal el silencio quepa porque no hay culpa que sepa guardar su secreto bien. Cuando a ser rica me aplico con quimeras y locuras, la cuenta de mis usuras me salió cuenta con pico. El empeñar la sortija me puso en el trance fiero, mas, si con vida y dinero salgo, no es bien que me aflija. Aquí, en cincuenta doblones, traigo docientos de a ocho, que es cada uno un bizcocho que alienta los corazones. Uno entre aquestas borrascas trocaré para gastar y a fe que es en mí trocar, que lo hago con muchas vascas. Sal, bolsa, que la hambre crece... Aquí no está ni está aquí. ¡Ay, desdichada de mí, que la biolsano parece. ¿Para qué cometí el yerro? Mi estrella es el can malvado, pues fue perro mi pecado aun sin haber sido perro. Servir ya es forzoso, sí, de nuevo, pues que lo traza mi fortuna. ¡Plaza, plaza! Mas el duque viene allí. Voy a buscar desdichada a quién servir y, afligida, serviré toda mi vida sin servirme a mí de nada. No pasemos adelante. Pues ¿por qué aquí se detiene vuecelencia? Porque el mar de aquí se ve. Por no verle cegara yo. Pues ¿por qué, Octavio, tan mal le quieres? Porque es la fiera del mundo que ha cometido más muertes. A mí me parece bien. ¿Y por qué te lo parece? Porque en él de la esperanza se hacen todos los bienes. Cuantos entran en el mar que han de ser dichosos creen y serlo o imaginarlo casi no son diferentes. Muy vacía es esa dicha. (Como este no me entiende, piensa que estoy delirando.) Mucho el mar se le parece al estado de mi amor y así me es su vista alegre. Adoro a Estela divina y de sus ojos a veces y a veces de sus palabras me nace encogidamente una esperanza muy dulce, con que dejar ya no puede de ser que yo sea feliz aunque nunca a serlo llegue. Señor, ¡estraña visión! Pues ¿qué a tu vista se ofrece? Galanteando una dama el viejo Parmenio viene. Servir a las damas es en cualquiera edad decente. ¿Vas cansada? No, señor. ¡Ay, Dios, el duque! (Detente alegría y en mi rostro el corazón no despliegues.) (A quien acompaña es Estela. ¡Dichosa suerte!) Ya es el hablarle forzoso. Salirle al encuentro quiere mi afición. Señor Parmenio, los años solo envejecen la vida en los caballeros, no los alientos corteses, muy bien sirviendo a una dama parecéis. Beso mil veces a vuecelencia los pies por la honra que le debe mi humildad. Sirviendo a Estela voy ahora porque ausentes están su hermano y mi hija, y, así, es fuerza que la lleve a mi casa mientras que ellos a la suya vuelven. ¿Mauricio ausente y Casandra? Bien inopinadamente ambos gustaron de ir a visitar los parientes ilustres que allá en la isla del sauce Mauricio tiene, fletaron un bergantín y van en él. Dios los deje volver a mis tristes ojos por que a estar vuelvan alegres. La navegación es fácil porque hay a distancias breves, islas donde tomar tierra y donde hay regalos siempre Es así, señor, y ahora por que Estela más no espere, con vuestra licencia voy a llevarla. Es muy prudente atención, y yo la iré sirviendo. Quien no merece ser, señor, vuestra criada tanto exceso no consiente. Yo os suplico que os quedéis. (Ya siento dejar de verle.) Solo haberlo pronunciado es honra muy eminente. Señor, con eso nos basta. Vamos y el cielo le cuente a vuecelencia los años por las edades del fénix. (¡Cuánto me alegré de verla! El no verla me entristece. (Quien con pensamiento vive no tema ratos de ausente.) Viváis, señor, muchos siglos. Por que os sirva en ellos siempre. Desvía el bergantín del arrecife y hacia aquí le da fondo. Echa el esquife, que quiero que Casadra esta isla vea. No la enamorará, porque es muy fea. Boga con fuerza. Rompe con la quilla la arena de la playa. Esta es la orilla. (Siendo el mar región extraña, la tierra aquí me entristece.) (Honor, tu crueldad agora he menester, no me dejes.) ¿Qué isla es esta, que no hay en ella señal de gente? Es una isla inhabitada porque brutos y serpientes feroces y venenosas la inundan y la defienden. Es la Isla de las Fieras, que por esta razón tiene este nombre. Pues, señor, ¿por qué a una tierra que yerve en peligros me sacáis? Acción, o cruel o imprudente. Porque he menester hablarte en materia que requiere soledad. Decid, que ya aguardo confusa. Atiende. (¿Por qué sin ser yo el culpado me da [a] mí angustia la muerte?) ¿Hete sido buen marido, Casandra? Tan cabalmente ⸺poco he dicho⸺, con tan raro estilo y tan de otra suerte en lo atento y cariñoso que no, no a mí solamente obligada me tenéis, sino a todas las mujeres, pues dais a todos los hombres con primores excelentes una medida más grande con que a todas las veneren. ¿Hete regalado? Y tanto, dueño mío, que parece que allá en nuestras escrituras matrimoniales y alegres se obligó por vos el mundo a darme cuanto posee. (La criatura más ingrata es esta que el mundo tiene porque todos, para ser desagradecidos, suelen olvidar el beneficio y ella, traidora y aleve, guardándole en la memoria tuvo valor de ofenderme, pero prosigo. ¡Ay de mí!) (Cielos, ¿qué enigma es aqueste?) ¿Hete tenido amor grande? A afirmarlo no se atreve mi voz porque eso en el pecho escondido vive siempre, pero que le hayáis tenido o no es mucho lo que os debe mi persona porque, cuando respectivo le fingieseis, el trabajo de fingirle hace obligación muy fuerte y, si era amor cierto, ¿qué beneficio como ese? Tan cierto que yo solía recibir pesar de verle tan grande, porque en llegando a lo sumo no cayese del punto superior. Yo lo creo. En fin, ¿tú lo crees? Sí. Pues quien tuvo atenciones como las que tu refieres, quien tanto te regaló y te amó tan tiernamente, cuando por no ensangrentar su mano en ti, se resuelve a dejarte a que aquí mueras. Mira la razón que tiene. ¿Qué es esto, cielos divinos? ¿Qué es esto que me sucede? Esposo del alma mía, no me dejes, no me dejes. Deja el áncora en el agua. Pica el cabo. Atiende, atiende, Mauricio. Hazte a la mar lo más presto que pudieres. Ya se aparta el bergantín de la orilla. ¿Qué te mueve a hacer esto? Tu traición. Dios me destruya y te vengue de mí si en mi vida tuve ni aun un pensamiento leve de ofenderte. Ya el bajel se aparta ligeramente de la isla y la distancia disminuye las especies, mas, mientras él se va huyendo, menos mis dolores crecen. Ya, ya le pierdo de vista, ¿qué he de hacer, hado inclemente? Quiero entrarme por la selva, mas ¡ay, que dos tigres crueles entre aquellas hayas son venenosos ramilletes! Quien tan sin mancha ha vivido, ¿cómo los cielos consienten que entre animales con manchas a que perezca la dejen? Por estotro lado sigo mi fortuna, mas detente, paso atrevido, que allí un león trabado y fuerte a un toro mira crecido con gana de acometerle, como quien dice entre sí que su condición valiente no gusta de lo que come si antes de comer no vence. Pero ¿por qué por la vida miro tan atentamente?, ¿tan bien con ella me va que quiero que se conserve? Muera, pues, mil veces yo, muera ⸺digo⸺ otras mil veces la que para mal tan grande, para pena tan rebelde, para tan duro fracaso, para dolores tan fuertes, para infamia tan injusta nació desdichadamente.

JORNADA SEGUNDA

Señor, ¿en qué ha de parar tanto callar y sentir? En suspirar, en morir, en padecer, en penar, pues apenas he llegado a Seleucia sin aliento cuando callo lo que siento y siento lo que he callado, mas quien dice su dolor los duelos de honor no alcanza, que el que explica una venganza publica su deshonor. Y, así, en pena tan crecida he de callar mi tormento en tanto que el sentimiento va acabando con la vida, y aun no quedaré vengado de la que ofendió mi fe. Aqueso es más llano que la espalda de un corcovado, mas, señor, ya que la echabas a la isla, ¿no la hicieras casa y de comer la dieras? Y no que entre fieras bravas la dejaste sin mirar que es un sitio despoblado. Por cierto, que tú has hallado lindo modo de enviudar. Allí el oso a la melena embestirá al pelo hermoso, que, como es dorado, el oso entenderá que es colmena y luego, desde el balcón de un risco, en furiosa lid, sin ser calle de Madrid, caerá tras ella un león. Los tigres, por que zozobre, darán mayores bocados, que como están remendados tienen un hambre de pobre. Ya el rostro de nieve y rosa a dentelladas le ajustan, porque hasta las fieras gustan del bocado de una hermosa. Ya un lobo... Calla y no aumentes fuego en mi amor ni en mi agravio. ¿Qué intentas? Solo que, sabio, Tortilla, a su padre cuentes cuanto yo te he prevenido, pues cuando me venga a ver... Ya yo le siento toser. Ignore lo sucedido. Eso. No hay que dar cuidado. De ti mi secreto fío. Yo suelo mentir de mío, miren qué haré aconsejado, mas ya el viejo te entra a hablar. El alma en mis brazos, hijo, confirme aquí el regocijo que tengo al veros llegar de una ausencia tan prolija. ¿Venís con salud, Mauricio? Yo vengo a vuestro servicio. ¿Y viene buena mi hija? No viene, que en la ciudad se quedó. Pues ¿cómo así? De oíros estoy sin mí. Señor Parmenio, escuchad. (Aquí he de decir cifrado el ardor que el alma siente sin que su padre la causa de mi deshonor penetre.) Después que a la isla del Istria partí con Casandra alegre para que en ella lograse festejos de mis parientes ⸻dejo que en el mar las ondas, por festejarla corteses, la ofrecieron en su espuma frescos plumajes de nieve que, como a Venus segunda, sus cristales la obedecen, con que llegamos a tierra dando fondo felizmente⸻, recibiéronla mis deudos con el agrado que suelen recebir al sol las flores en las mañanas alegres del mayo, pues el aurora no tiene cuando amanece ni más galas en los campos en los dos floridos meses ni más música en las aves ni más risas en las fuentes, pero, como la fortuna ⸻deidad inconstante siempre⸻ los bienes que da a una vuelta con otra los desvanece, faltó presto mi alegría, que a pocos días de ausente enferma cayó Casandra de un poderoso accidente, tan extraño que, aunque vía que iba creciendo la fiebre, era el mal todo flaqueza y era el médico prudente, y no se atrevió a sangrarla por ver el sujeto débil. Ordenola, por que viva del achaque que padece, dieta y soledad por que mejor la cura se acierte. Llegó al fin a tal mudanza Casandra, con mal tan fuerte, que, olvidándose a sí misma, lo que ha sido no parece y, así, la mandó estar sola por que de quién es se acuerde. Viéndola yo tan trocada, para más compadecerme, determiné de no verla por remedio más vehemente por que sanásemos ambos de un dolor que a los dos hiere, yo en ver que ella padecía y ella en ver que yo la viese. Volví a Seleucia sin ella, que, aunque ya con mejor suerte, de tanto pesado achaque quedaba convaleciente; yo no me atrevía embarcarla porque temí que volviese a recaer. No os espante, que quien más ama, más teme. Regalada queda en Istria y hospedada en rico albergue, asistida en el cariño de tanto noble pariente, que, en viéndola con más fuerzas, con ella vendrán a verme. Y, así, no es justo, señor, que ese cuidado os desvele, pues queda ya sin peligro Casandra. Difícilmente se consuela un afligido. ¡Valedme, cielos, valedme! ¿Después de tan larga ausencia me dais nuevas tan crueles? (¡Oh cómo lo siente el padre! No me espanto que se queje, pues le falta el chocolate que su hija solía hacerle y con ella andaba gordo. (¡Cielos, y cuán diferentes afectos los dos sentimos!) Su memoria me enternece. (Más regalado vivía que un alguacil en los meses cuando le toca el repeso.) Su ausencia no os desconsuele, que ella vendrá. ¿Y será presto? Sí, señor, para setiembre vendrá con las calabazas. (No sé qué sombra aparente turba el sosiego del alma y un recelo el pecho siente, que cuando miro a Mauricio su semblante me entristece.) (¡Jesús, con qué de mentiras mi amo al viejo entretiene! Apostar puede a mentir con una que está allí enfrente.) (Cielos, ¿qué batalla oculta entre amor y honor padece el alma que ambas me matan y no acaban de vencerme? ¡Que siendo el honor virtud se pierda tan fácilmente que basta para que falte el pensar que no se tiene! ¿No pudo ser un engaño? No, que hay indicio evidente. Amor, blandas son tus iras, honor, duras son tus leyes. Cuando el honor la delata, el amor por ella vuelve, ¿cómo cruel la castigas? Sin culpa está, el labio miente. Acuérdate que la adoras, acuérdate que te ofende, bien merece tus crueldades, no merece, sí merece. ¡Ah, amor, cómo me lástimas! ¡Ah, honor, cómo me convences!) (Cuanto ha dicho es tan verdad como dos y tres son siete.) (Mientras no viere a mi hija, serán mis ojos dos fuentes.) ¿Qué hacéis, Parmenio? Llorar mientras Casandra no vuelve. (Muy diferente es el mío del afecto que padeces, pues yo la imagino muerta y tú la lloras ausente.) Mas, por que no pueda nadie decir que su ausencia siente más que yo, mientras, sus ojos a mi presencia no vuelven, miraré la tierra triste, nunca veré el cielo alegre, buscaré la sombra oscura, ofenderame el sol siempre, pisaré el ardiente estío, nunca veré el campo fértil, tendré sed que me congoje, beberé en la turbia fuente por no verme sin mi esposa, pues, mientras yo no la viere, tendré el corazón partido como concha transparente que muestra que le han quitado la perla que en sí guarnece o, si no, viviré sin yedra, a quien hoz villana aleve le despojó por envidia de tantos abrazos verdes, pues fue fuerza ⸻¡ah, suerte impía!⸻, para herirme con más muertes que para cortar la yedra golpes en el olmo dieses. Mauricio, ¿es muerta mi hija? No, señor. Arrebateme del dolor viéndoos llorar, como una causa nos mueve, y así, con exclamaciones, prorrumpí al veros doliente, que no era cortés estilo, viéndoos triste, estar yo alegre. Quedad con Dios. ¿Dónde vais? A escribir con los bajeles que han de partir de Seleucia al Istria ⸻¡ah, infelice suerte!⸻ para que Casandra vuelva. ¡Ah, quiera el cielo que llegue! (A buscar a mi enemigo para darle cruel muerte voy, si es que antes no ejecuta en mí sus iras crueles, que la muerte a un desdichado o viene tarde o no viene. Ven acá, Tortilla, amigo. ¿Ha visto lo que me quiere y de antes me aborrecía? Dime, de Casandra ausente, ¿acordábase de mí? Sí, señor, mas muchas veces. ¿Lloraba por mí Casandra? Lo que es llorar, bravamente, mas no sé por quién lloraba, porque hay mujeres que suelen fingir que lloran y lloran de quínola porque tienen el llanto tan a la mano, tan fácil que casi siempre con un llanto Pericón lloran del palo que quieren. ¿Qué enfermedad ha tenido? Una enfermedad alegre. Loca estuvo y dio en decir, que era calandria. Tan fuerte locura nadie la ha visto. Como es poco diferente de Casandra la calandria, y casi unas letras tiene, «¡calandria soy!» decía a voces, y había quién lo creyese y no había quién la hartase de cañamones. Detente y no burles mis pesares, Tortilla, con tus placeres. ¿Por qué me pregunta tanto, señor, si nada me cree? Calandria era y, por más señas, que por que se divirtiese fingía yo ser canario y cantábamos a veces. Esta es la verdad del caso, hablando canariamente. Ven acá. ¿No me dirás quién son aquesos parientes de Mauricio por que escriba yo a Casandra? ¿Eso pretendes? (Por parientes me pregunta, mucho aprieta y responderle es forzoso.) Señor, son por su línea descendientes de los que la isla poblaron. ¿Cómo se llaman? Atiende. Es el señor Juan del Risco ⸻donde su hospedaje tiene⸻ caballero descollado y tiene, cuando los quiere, los regalos como agua, y eso es cosa muy corriente, porque en casa de los Riscos andan rodando las fuentes. ¿Por dónde ese parentesco los Riscos con tu amo tienen? Por lo duro. No con burlas mis pesares acrecientes. Aunque se llama Mauricio de Seleucia mi amo, puede descender por algún lado de ellos, porque tal vez suelen trocarse los apellidos, y en mí se ve claramente, que, aunque me llamo Tortilla, desciendo de las sartenes. Vete, loco, y no me irrites. Voyme cuerdo, por no verte. A buscar voy a Narcisa, que puede ser que la encuentre mi amo, que anda a buscarla, y así es justo que la lleve el aviso esta Tortilla antes que mi amo la estrelle. Yo he de hacer más diligencia buscando de Istria gente por que descanse el cuidado de esta duda que padece, porque, de ver a Mauricio ⸻que tanto a Casandra quiere⸻ volver sin ella a Selencia, de un recelo que no entiende la razón está indecisa y el alma está indiferente. En estas rejas que al mar resistían ha de salir la causa de mi pesar y en ellas he de asistir hasta ver al sol dorar segunda vez sus espumas y, pues ya caen las estrellas, de mi amor ardientes sumas, y el sol a sus ondas bellas, cisme de oro, da sus plumas, desde el mar podréis cantar en ese esquife mis penas. Bien lo sabes ordenar, pues músicos son sirenas y así están bien en el mar. Vamos, pues la obligación de servir premiando enseñas. Y id todos con atención, que hasta que yo haga señas no comencéis la canción. Di, señor, ¿quién es la dama que ocasiona tu fineza? Oye su nombre y su fama cifrado en una anagrama que con sus letras empieza: es la E engaño a mis ojos, la S suspiro ardiente, la T temor evidente, la E segunda dice enojos, la L llanto impaciente, es la postrer letra Amor, que explica su nombre extraño. Con razón me da temor, pues comienza con engaño y se acaba con dolor. Veis allí mi mal entero, veis allí su nombre de ella, que es Estela por quien muero. Tan alta que nunca espero ni olvidarla ni vencella. Con razón vencer porfía vuecelencia su firmeza, porque es singular belleza. De su hermosa tiranía soy prisionero. ¡Ah, señor, ruido a la reja he sentido! ¿Si habrá ya el duque venido? Sí, pues me tray vuestro amor. ¿Qué es amor? Una impiedad que al alma causa contento. Tenerle no es crueldad. No, que es vida aunque es tormento. Decid, ¿cómo? Oíd. Cantad. La vida, aunque de pasión, no querría yo perdella por no perder la razón, que tengo de estar sin ella. La letra en afectos dos se divide, y dice así: «Que es la pasión para mí y la razón para vos. Que es la pasión para mí y la razón para vos». Señora, después de veros, la vida pude entregaros, mas con temor de perderos porque, si es dicha el amaros, es pena él no mereceros. De la pena hace elección por mereceros mi vida, que amando tal perfección es muy para apetecida la vida, aunque dé pasión. En vos vivo cuando os veo y en vos peno sin mudanza, sin que pueda en este empleo desear otra esperanza ni esperar otro deseo. Penar por causa tan bella es la vida que apetece por mereceros mi estrella y así, hasta ver si os merece, no querría yo perdella. Yo amo por entendimiento y, aunque es gloria padecer por vuestro merecimiento, me pierdo por no perder la razón de mi tormento. Sintiendo mi perdición, olvidar he pretendido; ved cuál será mi pasión, pues me valgo del olvido por no perder la razón. Vida que olvidar pretende ofende mi pensamiento y a la razón tanto ofende que mi ciego entendimiento su mismo dolor no entiende y, así, vida que es fatiga y mi razón atropella a no tenella me obliga y a que la razón os diga que tengo de estar sin ella. ¡Ay de mí, ay, infelice! Entre las ondas soberbias zozobra un hombre. ¡Ay de mí! ¿No hay quién mi vida defienda? Perdóname, Estela hermosa, que ir a socorrerle es fuerza. Su desgracia me lastima. Tu hermano ha venido. Cierra la ventana a toda priesa. Echad presto, antes que muera, el esquife. El mar le sorbe, atento al remo. A esa entena puedes asirte, mancebo. Ya es vana la diligencia, que en esa dichosa tabla vencí mi infeliz estrella. ¿Quién eres, mancebo hermoso, que apenas la luz primera tienes de la vida cuando te combaten tantas penas? Cielos, ¿adónde he llegado? La noble Seleucia es esta y su duque te está hablando. Nuevos peligros me cercan cuando a mi patria me arroja la suerte que me echó de ella. Cóbrate del susto, joven, y tu tragedia me cuenta. (Pues ya no puedo de nadie ser conocida en Seleucia, que en mi rostro el sol ardiente ha dejado la tez negra y ya no es lo que antes fue, proseguiré con cautela su engaño, pues que por hombre me han tenido y pues dan señas de serlo estas toscas pieles, he de averiguar con ellas la causa de mi desgracia.) Yo soy, señor, por que sepas mi desdicha, patria y nombre, Lisias, natural de Arenas, hijo de padres ilustres que, criándome en la Grecia, me dieron por patrimonio el esmalte de sus venas, joya que al nacer se adquiere y, aunque vale, no aprovecha, que el ser noble en estos tiempos es caudal, mas no es hacienda. Viéndome tan desvalido y tan cargado de deudas, que son las obligaciones a aquel que nace con ellas acreedores de la sangre, que, hasta que el valor empeñan en alguna empresa heroica, siempre ejecutan por ella. Traté de dejar mi patria por probar suerte en la ajena y en una nave marchanta que iba a Fenicia de Atenas me embarqué por ver si hallaba más dicha y mejor estrella sirviendo al rey de Fenicia con una pica en la guerra, mas, apenas de aquel puerto salió la nave ⸻ligera garza de lienzo y de pino que aires y cristales peina⸻ cuando el mar embravecido, con una fiera tormenta, con crespos montes de espuma iba a apagar las estrellas, pues quebrar pudo en el cielo árboles, jarcias y entenas, con que la mísera nave a un vaivén quedó deshecha y, al dar el buzo a una roca, su trágico fin vio en ella, con que perecieron todos. Solo yo, sin diligencia ni de impulsos ni de brazos, libre me vi entre unas peñas y arrojado de los vientos di en una isla pequeña llamada Sira. Allí estuve y en la natural miseria del país nada hacer pude si no fue guardar ovejas y yo os prometo, señor, que por apacible y quieta me agradaba esta fortuna, que quien otra no desea solo vive, que el que aspira a más suerte, a más esfera que la que el cielo le ha dado a más muerte se condena y es infeliz, pues que se halla siempre con fortuna adversa, que, si su ambición no para, deseando otra más buena, si vive de desearla, se muere de no tenerla. En este descanso estaba... (¿Dónde voy con tal cautela?, mas aquí un alegoría me refiera a mí mi pena por que a vengarme me incite de Mauricio más apriesa.) En este descanso estaba contando un día en las selvas en mis quejas mis dichas sin envidiar las ajenas cuando una fiera rabiosa, voraz contra la inocencia de una tierna corderilla, nació de las sombras negras. La más blanca era de todas, del ganado la más bella, y por eso la desdicha la miró desde más cerca, que no es nuevo en la fortuna perseguir a la belleza. Era un lobo tan horrible que temblara a su presencia. el isleño más valiente de los que habitan su sierra, tenía erizado el pelo, con la color cenicienta, como quien muerte amenaza, grande de boca y de presa, los dientes como navajas, los ojos como centellas. Embistiola y defendila, di voces, no me aprovechan, que por ser el sitio solo solo el cielo oyó mis quejas. Contra mi volvió la saña, y, por ponerme en defensa, viéndome con una herida, me arrojé al mar con la fuerza del dolor, donde un esquife (desde aquí va verdadera mi tragedia) que a hacer iba aguada a otra isla desierta me recibió, mas ¿quién duda que fue por su mal?, que apenas me vi libre de un peligro cuando de otro me vi cerca, pues llegando hacia estos mares dio al través de tal manera que los que allí de mi vida fueron amparo y defensa en lamentable desdicha quedaron todos sin ella, y solo yo en esa tabla, que asir pude en tal tragedia, libre salí a estas orillas, venciendo al hado la fuerza, pues llegué a ver esas luces que este barco de oro cercan no como la mariposa, que, si haciendo tornos ciega las busca para abrasarse, yo mi vida he hallado en ellas. Este es, señor, mi suceso, esta es mi triste tragedia. Mal nombre la di, que es dicha, pues, estando mi rudeza hoy, gran señor, a tus plantas, ya no hay fortuna que tema. Levanta, Lisias, del suelo y alegre a mis brazos llega, que inclinación te he cobrado con justa razón, pues muestras ingenio tan peregrino en poca edad. Tu grandeza mi humildad, señor, levanta. Desde hoy en mi casa queda, que gustaré que me sirvas. Mi suerte es feliz, pues llega a merecerte tal honra. Contigo, Otavio, le lleva y haz que le vistan decente, como a mi persona mesma. Vele aquí lo que es el mundo. Quien ayer guardaba ovejas hoy sirve al duque y mañana vendrá a mandar a Seleucia. Vamos, pues ya viene el día desterrando la tiniebla de la noche y la esperanza de ver mi querida Estela, como con la noche nace, también con la luz se aumenta. Ven, Lisias, donde te sirva. ¡Válgame Dios! ¿Quién creyera lo que me está sucediendo? ¡Que trocase la fineza Mauricio tan presto en odio, que con tal crueldad ofenda y con impiedad castigue sin decir la causa de ella dejándome en una isla por alimento de fieras! Sin duda echó la malicia, persiguiendo mi inocencia, algún borrón en mi fama, mas, para que nunca sepa de mí quien es tan cruel, por que, como yo padezca, si acaso desengañado o arrepentido volviera a buscarme a aquella isla, en los más árboles de ella dejé esta letra que dice: «No la busques, que ya es muerta, y esto escribe de la vida casi en la línea postrera». Y, pues que mi vida el cielo ha querido defenderla, pues que ni el poco sustento que eran las raíces tiernas de los troncos la acabaran ni peligró en la fiereza de tantas fieras horribles que mi inocencia respetan, no es dudable, no es dudable que alguna dicha me espera si no es que el rigor del hado la ampara para más penas. El señor Otavio aguarda. No es bien por mí se detenga, vamos. Los cielos permitan que mi verdad me defienda. Supuesto que ya es de día y ya del sol en la puerta, según madruga, parece que es el alba aguardentera, quiero buscar a Narcisa, criada antigua de Estela y cuidado un tiempo mío. ¿Quiere usté algo de mi tienda? ¿Qué vende? Si no lo sabes, aquesta vara es la seña. Si buscas doncella o dueña, fregona o mujer de llaves, de todas soy el reclamo, que soy acomodador y a todas con esta flor las doy un ponte con amo. Su oficio es bien peregrino, ¿ha mucho que le usa usté? Sí, señor, yo acomodé a la dueña de Tarquino. Yo he andado haciendo pesquisa por dar con cierta criada. Si acaso está acomodada... ¿Cómo se llama? Narcisa, y esta moza es mi bien todo, mi fe, mi amor y cuidado. Búsquela por otro lado, que por ese no acomodo. Adiós, viejo. Dios le guíe. Usté trate de llevarme. a otra casa. Eso es cansarme. ¿Cómo, si no hay quien la fíe? Yo no pienso acomodarla. Pues ¿por qué? Porque hay mujer que se entra solo a barrer y suele barrer cuanto halla, y usté no es firme y no es para servir, bien mirado. ¿Es mucho el haber mudado cinco casas en un mes? Usté, reina, es poco estable. ¿Por qué al portugués dejó? Porque nunca olla se vio en su casa, es miserable y, como nunca olla tray, en llegando el medio día: «¿Ouvis, minina?», decía, mas nunca decía «Olla hay». ¿Como dejó los cariños de la casa del doctor? No era para mí, señor, porque había muchos niños y me daban gritos fieros. No eran casas de bambolla, que en la una no había olla y en la otra había pucheros. ¿Por qué dejó al confitero? Decía que era golosa, su mujer era celosa y su mandar era fiero. ¿Dónde quiere acomodarse si es tan golosa, hija mía, y en una confiteria aun no supo conservarse? Vaya y véame después. De buena gana. ¿Es Narcisa? (El manto me valga aprisa.) Sí es, caballero, y no es. Si lo es, usté no se meta donde mi amo pueda hallarla, que ha jurado de matarla. Pues ¿por qué? Por alcagüeta. Guárdese, no haya degüello, que ha jurado en conclusión que ha de hacer una impresión a costa de Pedro Cuello. ¿Volvió Mauricio? Volvió. ¿Y mi ama? No ha venido. Pues dime, ¿qué ha sucedido? Eso no lo diré yo. Como de las islas viene, para ti otra isla tiene. ¿Cuál es? La de las Terceras. Tu aviso pagar espero y quisiera regalarte. Ya que te guardo, guardarte quisiera yo algún dinero, que, si llega la ocasión y él te encuentra, temerario, bueno es un testamentario. Mi dinero di a un ladrón. ¿Y qué fue? Soy desdichada, en él lo puse a ganar y cuanto gané yo a hilar me llevó a la deshilada. Con mi dinero ganado, con una y otra mazorca se levantó. En una horca le vea yo levantado. Vete, que viene Mauricio. ¡Ay, Dios! Bien haces cubrirte, que, si te ve, ha de freírte. ¿En aceite? Y de Aparicio. ¿Con quién estabas hablando? Con una mujer hablaba, por Narcisa preguntaba como tú la andas buscando, y me toca tu desvelo, por que la casques la nuez, para que caiga este pez ando cebando el anzuelo. ¿Y adónde está esta traidora que manchó el cándido armiño de mi honor? Dicen que ha días que de Seleucia ha salido. Bien manifiesta su culpa, pues va huyendo del castigo. Ve luego y flétame un barco. ¡Ay de mí, que poco alivio hallo por más que le busco! Mi mal me quita el juicio. Señor, dime lo que intentas, pues que yo en todo te asisto. Si es de volver a la isla a ver lo que ha sucedido, por ver si es muerta Casandra, si es muerta, es mejor partido, pues al padre acallaremos, como oveja que ha comido el lobo, con el pellejo. Piadosos cielos benignos, o dadme menor la pena, o matadme compasivos, que este desvelo me ahoga. También tu desvelo es mío, que en esta noche pasada cabales no habré dormido si no es trece horas. ¡Ah, engaños que en vano pretendo alivios! ¡Brava chinche es un cuidado! Busca el barco. Ya te sirvo. Mi amo no come ni duerme, presto perderá el juïcio. Yo he de volver a la isla a ver si ha hallado cuchillos en los dientes de las fieras la fiera que me ha ofendido. Culpa es de mi brazo, pues tiene, remiso, con honra manchada el acero limpio. A preguntar voy si es muerta a los árboles altivos, que en su sangre salpicados de su fin darán aviso por que árboles sean de mi mal testigos, si mi amor un tiempo retrataron finos. Como vive en mi memoria, siendo el alma fiel archivo que la guarda, sin que borre tanto amor tanto delito, pues llevo en mi pecho su retrato vivo, buscaré otra fiera que acabe conmigo. Cruel y piadoso a un tiempo, viva y sin culpa la miro y imagino que la veo, mas veo que lo imagino, y es porque el deseo me da por alivios a pesares ciertos consuelos fingidos. Cómo acertaré a matarla, si es que vive, vengativo, si ella es cándida paloma y el amor guía el cuchillo. Muera la paloma al impulso mío, pues con pluma fácil calentó otro nido. De un temor y de un dolor está mi pecho vencido, el temor es verla muerta y el dolor es verme vivo. Yo parto a buscarla y, si en aquel sitio no muero al no verla, muera de sentirlo. Dime, Lisias, cómo te hallas, que tu contento deseo como el mío. Como aquel que estuvo, gran señor, ciego y vio la luz de repente y como el que estuvo preso y ya la libertad goza, como con sed el enfermo que halló remedio en el agua y apuró el vaso sediento, como la flor mustia y triste por la enfermedad del tiempo que cobra el ámbar perdido del puro aljófar del cielo; así yo con los favores que sin méritos te debo hallé en tu gracia, señor, siendo de todos ejemplo, ciego, preso, enfermo y rosa, luz, libertad, agua y cielo. Al modo con que me obligas siempre deudor, Lisias, quedo. No en vano mi secretario con justa razón te he hecho, pues en todas las materias tienes de anciano el ingenio. (Con los favores del duque hasta saber el secreto de mi esposo y sus crueldades, pues ignoro en qué le ofendo, he de vivir encubierta sin dar parte de mi intento ni aun a mi padre.) (Este mozo es de dicha. En poco tiempo se ha calzado la privanza del duque y yo, que soy Héctor, no me he calzado en mi vida ni aun con sus zapatos viejos, con ser cosa de valientes.) Mucho, Lisias, te agradezco el consejo que me has dado en mi amor. Es gran remedio el desvío. Vueselencia le procure, verá presto su mejoría. Eso hago, mas en vano lo pretendo. Y yo hago esto porque a Estela no solicite tan ciego, pues tanto su honor me toca. Es poderoso el incendio y crece aunque me desvío. A los principios tiene eso. Parmenio espera licencia. para hablarte. Entre Parmenio. (Mi padre, cielos, es este. ¿Quién vio suceso tan nuevo, pues de él he de recatarme?) A vuestros pies, señor, vengo y hasta que me hagáis justicia no he de levantarme de ellos. Llegad, Parmenio, a mis brazos (La sangre ha acudido al pecho, como llorando le miro.) Descansad tomando asiento, porque a tan nobles vasallos es debido este respeto cuando esas canas lo piden. Con vuestras honras me aliento. (Mucho el pecho ha resistido no hablarle y verle tan tierno.) Ya sabéis mi calidad... Bien conocida es, Parmenio. .y también sabéis que nunca anduvo omiso mi acero, pues le teñí en tantas guerras sirviendo a vuestros abuelos. De todo tengo noticia. Pues con todo os reconvengo, porque como juez os busco y os quiero, señor, atento. De Mauricio, yerno mío, hoy ante vos me querello, que llevándome a mi hija sin alma dejó mi pecho, sin luz mis ojos, sin uso ni razón, sin vida el cuerpo, sin amparo mi vejez y, quitándome todo esto, solo, señor, me dejó la voz para el sentimiento. Díjome, aunque con cautela, que la llevaba a un festejo a la isla del Sauce, donde fingió tener unos deudos, porque todo ha sido engaño... (¿Qué es esto que escucho, cielos?) .pues yo he andado averiguando la verdad de este suceso y ha sido de su malicia cauteloso fingimiento, pues sin duda mi hija es muerta y el querer desvanecerlo con cautela le descubre que él mismo el delito ha hecho, pues pensar que hubo en Casandra ni un pensamiento ligero es poner mancha en el sol, pues era su casa un templo de honestidad y recato. Yo puedo deponer de ello, pues por ser tan recatada nunca vi su rostro bello. Esta es la causa, señor, y este memorial que os dejo las partes de mi querella contiene más por estenso. Ved que queda en vuestra mano y que en líquidos acentos por segundo memorial va mi llanto a vuestro pecho. Id con Dios, que enternecido me deja vuestro suceso. (¿Qué hará en el corazón mío si en el duque hace este efecto?, mas disimular importa.) Guárdeos, gran señor, el cielo. (Él pide justicia cuando el corregidor es muerto y al duque le han consultado para el cargo mil sujetos y no ha elegido a ninguno.) Traedme luego al momento una vara de justicia. (Él debe de querer serlo.) Voy por ella. (Muy difícil ha de ser aqueste empeño, cuando es el culpado hermano de mi dama. ¿Cómo puedo apremiarle con rigores?) Lisias. Señor. Hoy intento dar un buen corregidor a Seleucia. Tus deseos nunca errarán la elección. No es fácil el buen acierto de escoger gobernador que tenga ajustado un pueblo. De la república un sabio dice que es un instrumento que el buen juez le ha de templar y le ha de escuchar atento a la menor disonancia, porque en suave concierto, con el castigo bajando y con el premio subiendo, ni la voz menor sea más ni la voz menor sea menos, que, si el noble está abatido y levantado el plebeyo, lo que es menos suena más y hace el sonido violento. Aquí está, señor, la vara. El dar un buen juez al pueblo sumamente he deseado y así, Lisias, te la entrego. Tú eres mi corregidor, que quien es para el consejo tan prudente siendo mozo digno es de mayores puestos. ¿Cómo me das este cargo cuando requiere un sujeto que tenga edad más anciana? Anciano es para el acierto quien es tan discreto, Lisias, y así en tus manos la empleo, porque espero que tu mano templar sabrá el instrumento. Señor, por tantos favores, aunque soy indigno de ellos, mil veces agradecido beso tus pies. (¿Hay tal cuento como este? Corregidor siendo lampiño le ha hecho.) Este memorial encargo que le decretes atento, haciendo toda la gracia posible en él porque el reo es el hermano de Estela y es el amor que la tengo el agente en esta causa y yo el que favor pretendo. Mucho siento que no tenga en mí lugar vuestro ruego, y no os parezca, señor, falta de agradecimiento, que la vara que este día disteis, señor, a mi diestra, si antes de darla fue vuestra, después de dada no es mía, del cielo es, que es quien la guía y el brazo del juez ampara. La justicia ha de ser clara, libre de humana malicia, y así yo he de hacer justicia o, si no, arrimo la vara. Huélgome de haberte oído, que, si he elegido un juez recto, aunque este pleito se pierda, gano en la elección que he hecho. Más que lo que vos pensáis me importa, señor, el pleito. (Pues ya de mi misma causa me toca el conocimiento, yo he de prender a Mauricio esta noche con secreto.) Id a tomar posesión a la ciudad, Lisias, luego por que con las ceremonias hagáis allí el juramento y, para haceros más honras, todos mis criados quiero que os vayan acompañando. Venid conmigo. Los cielos prosperen, señor, tu vida. Yo pretendo,... Yo pretendo,... .señor,... .señor,... Bien está. .yo te pido... .yo te ruego... .una vara de alguacil. Yo te la doy de portero. Alcalde de las legumbres vengo a ser, mañana prendo cuatrocientas verduleras. Yo por un oficio os ruego. ¿Qué es? Oficial de la sala. No os le doy, porque primero me he menester informar si sois bueno para ello. (A mucho empeño me obligo, mas ya lo más está hecho. Mauricio de mí se guarde, si está culpado, que el pecho que estuvo lleno de amor hoy de justicia está lleno y el cielo guía mis pasos.) Buen corregidor tenemos.

JORNADA TERCERA

Después que portero soy, me levanto con el día, mas al trabajo el mandar todo el mal sabor le quita. Los que mandamos tomamos los desvelos en almíbar, que bien los cuidados saben a aquel a quien divinizan. Este, en fin, es gran oficio, pero miren la familia del corregidor, mi amo, la flema con que se aplica a levantar de la cama. ¡Ah, señores!, ¿no sería bueno ir a dar de vestir a mi amo? No se aflija, seó portero, que ya está poniéndose la golilla. Como ando sin vara en casa, los mozos me desestiman. ¿Al señor corregidor podré hablar? Señora mía, ya se acaba de vestir. Avisársele podía que estoy aquí. No, señora, usted sosiegue la prisa, que su criada de usted está ahora medio dormida por calzar él un zapato y mal atadas las cintas y, sin ser su criado estotro, no es muy grande maravilla que tan a punto no esté como usted lo solicita. Vos tenéis mucha razón, yo anduve mal advertida, mas nunca en los negociantes es más prudente la prisa. Perdonadme. Ahora a esta sala saldrá a administrar justicia. ¿El señor corregidor se ha levantado? A esta misma sala luego al punto sale. Sentaos en aquesta silla. ¡Ah, caballero! (Ya escampa.) Mi señora. Hablar querría al señor corregidor. ¿Podré hacerlo? Si tantita flema usted quiere tener, la empresa está conseguida, porque ahora saldrá aquí. Bien. (A Parmenio divisa mi atención y él no me ve, como tan corto de vista la edad y el llanto le tienen.) ¡Con qué pena el alma lidia! Avisad ahí en la cárcel, que entro ya a hacer la visita. Pero allí miro a mi padre y a Estela allí dividida. Como son partes contrarias, ocupan partes distintas. Señor, una viuda soy a cuyo esposo debía un Roberto, mercader de Tiro, casi infinita suma de dinero. Este ha hecho quiebra con malicia y anda por aquestos puertos su persona fugitiva. Sé de cierto que está en uno de esta comarca y querría que os sirvieseis de enviar por él con secreto y prisa, porque tengo cuatro hijos y para que les asista su padre no me dejó más hacienda que esta dita. Harelo luego al momento por que de mí no se diga que a cuatro huérfanos hace más huérfanos mi injusticia. Id con Dios. Guárdeos el cielo por que a nadie el hado aflija. ¿Vosotros qué me mandáis, señores? ¡Entre, atrevida! ¡Con menos furia! al Acabemos. Esperad mientras se explica de este ruido la causa. ¿No tendrán más cortesía? ¿Qué es esto? Aquesta mujer, señor, llevaba unas guindas compradas, yo la encontré y repesarlas quería, pero por que no lo hiciese, ella enfadada y mohína, en el suelo las echó y las pisó enfurecida. Mirad lo que hacer en ella vuestro gusto determina. Vení acá, buena mujer, ¿qué mal haceros quería el alguacil, que a tan grande enojo y furia os irrita?, mas yo os lo quiero decir. El daño que a haceros iba más era hacer que os volviesen lo que en el peso se os quita y a castigar a quien vende muchas veces cada día el siniestro pulgar suyo con tal astucia y malicia que ninguno se le lleva cuando a todos se le aplica. Esto, con entendimiento, a ninguno enfadaría, mas esta de las desgracias es una de la justicia, pero, pues vos sin juïcio de esto os disteis por sentida, a la casa de los locos la llevad con ignominia y entre las locas esté como loca quince días. Señor. Haced lo que mando. Vaya la desvanecida. Agora podéis llegar. (¡Válgame Dios, qué exquisitas fortunas a aqueste pecho prodigioso el cielo envía!) Señor, como ya sabéis, padre soy por mi desdicha de la infelce Casandra. (¡Ay, padre del alma mía!) Yo soy de Mauricio hermana. Ya tengo de vos noticia. Señora Estela. Parmenio. (Ahora contra mí se irrita.) Por el llanto o por los años conocido no os había y por eso no os hablaba, no porque en mi pecho habita contra vos rencor alguno, porque de él no os juzgo digna. Bien sabe el cielo, señor, las penas, las agonías que este suceso me cuesta, pero bien veis que es precisa obligación acudir a mi hermano en tal fatiga. Veo que, como contrarias partes, ya que no enemigas, a hablarme venís entrambos y así es preciso que diga, por si acaso alguno tiene algo que secreto pida, que el otro se aparte un poco. De aqueso no necesita lo que yo quiero decir. Mi pretensión no desvía el oído de Parmenio. Pues decid. (Yo estoy sin vida.) Vos tenéis preso, señor, a Mauricio por que diga lo que hizo de Casandra cuando fingió que a la isla del Sauce a ver a sus deudos forzado la conducía. Que la dio violenta muerte las conjeturas afirman, y pocos juicios se ven errados en las desdichas. Que él no la mató por mala voluntad que la tenía, es infalible porque sus obras y sus caricias a conocer dieron siempre que de amor grande nacían. Algún testimonio falso alguna lengua maligna la levantó, porque hay lenguas humanas que solo vibran venenos en las palabras, como las de las nocivas culebras, que a daños solo mortales se facilitan. Él puede ser que rehúse daros de esto la noticia, que es loco error de los nobles callar acciones inicuas ajenas cuando el oído las busca de la justicia y el averiguar aquesto es lo que a las ansias mías les importa solamente, y así ellas os suplican, rendido yo a vuestros pies, que hagáis bien esta pesquisa y, ya que murió Casandra, su honra por lo menos viva. Yo, señor, vengo a deciros, reverente aunque sentida, que es mi hermano un caballero de una sangre muy castiza. Nunca lo he dudado yo, mas ¿eso a qué fin camina? A haceros saber que está con prisiones muy indignas de quién es porque a su pie una vil cadena asida le atruena cuando se mueve y a todas horas lastima, y así os suplico mandéis le alivien de esta fatiga, que allí se deja los cargos el que las prisiones quita. Cuando yerra un hombre noble lo que está haciendo, le pisa quien le ama, si le halla cerca la parte más escondida del pie, para que avisado en el error no prosiga. La justicia ama a los hombres mucho, pero muy más fina a los nobles y, así, cuando dentro en la cárcel los mira con aquel pesado hierro que a su pie pone advertida discretamente mañosa de que erraron los avisa. (¡Con qué sequedad responde! ¡Ah, lo que el poder anima!) Y ahora, volviendo, señor, a lo que antes me decía vuestra pasión, os respondo que no sin causa imagina que obraría en vuestro yerno falsedad de lengua inicua, pero también es posible ⸻perdonad que así lo diga⸻ (¡ea, cautela!) que Casandra como humana... (¡Oh voz impía!) Casandra, señor, no era humana, sino divina, no era mujer, sino ángel, no flor, sino aurora limpia, no era armiño, si no estrella en quien haber no podía mancha alguna, que las manchas nunca suben tan arriba, y, si osado el pensamiento de alguno se determina a hacerle objeción infame, sacrílegamente tira al cielo inútiles flechas que volverán encendidas sobre... ¿Qué es eso? allad. La verdad me da osadía. (No es mala cuñada esta, mas lo noble no se olvida.) Si esto dice quien no tiene sangre suya, porque afirma la verdad, ¿qué diré yo con verdad siendo mi hija? (Lágrima a lágrima el llanto que aquellos ojos distilan mi corazón en el pecho despedaza y desperdicia.) El báculo levantar quisiera, pero la vista en dónde está no distingue. Pues lo distingue la mía, veisle aquí. ¿Qué hacéis, señor? ¿Mi mano besáis indigna? Como acostumbrado estoy cuando en la mano ponía de mi padre alguna cosa a besarla con rendida sumisión, arrebatado hice lo que hacer solía. Pues también cuando Casandra, cariñosa y respetiva, besaba mi mano, yo con paternal alegría le echaba mi bendición entre halagos y caricias y, pues vos me creísteis padre, yo creo que sois mi hija y mi bendición os hecho con la de Dios, que os asista. (Esto entre mis dichas es verdaderamente dicha.) Y ahora quedad con Dios. Vos, señora, sin mohína id, que haré lo que mandáis. Mi corazón os la estima, mas también tened creído que, cuanto fuere benigna con Mauricio vuestra mano, os mostrará agradecida atención el duque. ¿El duque? Esperad, por vida mía, que tengo un poco que hablaros. Esa pasión que os fastidia dejad, que el cielo es piadoso. Él os conserve la vida. En fin, ¿que cierto será que, si yo con vuestro hermano ando ⸻aun sin razón⸻ humano, el duque lo estimará? Sí. Pues yo erraré mi oficio, mas con una condición. ¿Cuál? Que esta negociación la pueda saber Mauricio. ¿Qué negociación? Tened, solos estamos los dos. Decid presto. Que por vos el duque le hace merced. ¿Qué decís? ¿Que esto suceda? De oíros solo estoy perdida. Pues no hagáis, por vuestra vida, cosa que él saber no pueda. (¿Quién mete en esto a este hombre? Confusa voy y corrida.) Esa puerta que a la cárcel sale haced abran aprisa. Ya de miedo de que llegas grillos y cadenas chillan. Lo que voy a hacer es tanto que el pecho se desanima. Los que se han de visitar vayan al momento arriba. Allá voy. No tiene a qué, porque él no tiene visita. ¿No? Pues voy a que me traigan media azumbre algo fruncida, porque el vino encoge mucho si el dueño no le administra. A estar preso el jarro, él estuviera en la otra vida. Yo tengo gentil aliño, por ser criado, en efecto, de un celoso, estoy sujeto a un corregidor lampiño, mas con resolución cuerda al vinillo me acomodo, con él se me olvida todo o de él solo se me acuerda. El pobre jarro amarillo lleno de ventosedad está; a esta enfermedad, echarle vino. ¡Ah, chiquillo!, toma un cuarto y, diligente o con pereza muy floja, alcanza un poco de aloja de la taberna de enfrente. De su gravedad severa muy mal suceso se infiere. ¿Oyes? ¿No quieres? No quiere el hijo de una soltera. Si aquesto dura, me muero. Yo tengo el hado contrario. Si mi amo el boticario estará aquí... ¡Ah, caballero! ¿Quiere usted ir por el vino? Ve aquí el dinero y el jarro. (Tortilla es, yo le doy marro.) ¿A eso solamente vino? No se ha de ir a mi despecho. ¿Qué quieres? Tú eres pecado. A no estar mi amo encerrado, linda jornada habías hecho. Pues ¿qué le he hecho yo? Esta es pieza de desahogo bizarro. A no hacerme falta el jarro le rompiera en tu cabeza, mas, en fin, ¿qué hay por acá? Sirvo ⸻¡ay, Dios!⸻, y no te asombre, a un boticario que a un hombre hirió anoche y preso está. Y ya que el cielo divino a mí sed te envió, Narcisa, anda. Traigo una camisa. Pues déjala por el vino. Bien es que a servirte acuda, mas no la puedo empeñar, que ¿cómo la he de sacar yo después? Con una ayuda. No seas, por Dios, porfiado. Toma el dinero, cuitada. Daca. Esta es la criada que los bienes ha ocultado del boticario. ¿Quién, yo? Sí, presa es mientras confiesa. ¿Qué mujer estuvo presa porque un secreto guardó? Entregada queda ya, alcaide. ¡Fiero destino! Déjele usted traer el vino, que luego la prenderá. ¿Qué vino, costal de azumbres? Quite allá. Miren qué ceño tan cruel, uno que da sueño y quita mil pesadumbres. Vaya, no se quede en calma. ¡Ay! ¡Dejó el jarro caer! Ahora, mala mujer, mas que se te quiebre el alma... Vaya presto. Pues te da tal priesa ese rigor fiero, deja caer el dinero. ¿No ves que se quebrará? No acabamos. ¿Con quién hablo? Muy terribles sois los dos, digo, encomiéndame a Dios. Encomiéndote al diablo. ¡Ea, despejar de aquí! Si usted quiere despejar bien, écheme en la calle, que no volveré yo acá. No sea hablador, acabemos, porque aquí viene a tomar el señor corregidor una confesión. San Blas sea con el que confiesa si es grande la enfermedad. Alcaide, traed a Mauricio. Vos, secretario, sacad los papeles de esta causa. Ya prevenidos están. (Inquietamente deseo saber la razón que da mi esposo para haber hecho conmigo tan gran crueldad.) Ya está Mauricio presente. Salidos allá y cerrad esa puerta. Harelo así. (Aqueste es trance mortal.) (En aquel semblante miro dolorosa escuridad. ¡Mal haya, amén, quien te dio la ocasión de ese pesar!) (Del de Casandra en aquel rostro hay semejanza tal que parece ⸻¡ay, Dios!⸻ que es ella la que me viene a juzgar. Presagio es este tremendo, porque se parecerá a ella quien se le parece en hacerme mucho mal.) Siéntese allí, secretario. Vos esta silla tomad. Yo estoy aquí como reo, vos estáis como deidad, con que aun temblando y en pie no estoy como debo estar. (¡Que quien es tan entendido le pudiese así engañar!) Señor, porque a mí me importa que sentado respondáis, porque se debe inferir que el juez que a la calidad del reo le hace justicia, la hará e todo lo demás. Sentaos. Quiero obedeceros. (Miedo está atención me da.) Idme respondiendo ahora. ¿Juráis de decir verdad? Sí juro. (¡Fuerte tormento si a la obligación se está!) Secretario, id escribiendo cuanto oyereis pronunciar a este caballero. Así lo haré con legalidad. ¿Conocisteis a Casandra? Muy bien. (No, sino muy mal.) ¿Quién era? Era de Parmenio hija única. ¿Y no más? Esto ahora se me acuerda. ¿Y era (¡oh ahogo fatal!) vuestra esposa? Sí sería. Muy mal de memoria os va, pues, como cosa olvidada, ni la afirmáis ni negáis. (¡Que esto escuchen mis oídos!) Aquí la formalidad es precisa, responded derechamente. (Él está determinado a matarme, aun antes de confesar.) Con ella casado estuve. (¡Con qué desprecio lo ha confesado! Pues a fe que mi vida fue capaz de más buena estimación y de aprecio más cabal.) ¿Ha puesto ya, secretario, que ha dicho con claridad que fue su esposa Casandra? Sí, señor, puesto está ya. ¿Y dónde está vuestra esposa? No sé. (Dice la verdad.) Pues, en donde la dejasteis, ¿que no la habéis visto más? En la isla de las fieras. ¿Y pudísteisla librar de este riesgo? Muy bien pude, pero yo la lleve allá para dejarla en el riesgo a perecer o a penar. Y dice este declarante que en la isla perjudicial de las fieras a Casandra dejó por su voluntad. (Lo que ahora resta es lo que yo deseo averiguar.) Pues ¿por qué causa con ella hicisteis tan gran crueldad? ¿Para condenarme a muerte lo que tengo dicho ya no es bastante? Pues, por Dios, que no me preguntéis más. Yo no quiero castigaros si no es en la cantidad de la culpa que tuviereis y así es fuerza que digáis la ocasión que os dio Casandra, que puede ser fuese tal que os disculpe. ¿Qué decís? Que en obligarme a jura hicisteis bien al principio de aquesta función mortal, que con menor ligadura no me hicierais confesar. Yo eché a Casandra a las fieras por traidora y desleal al sagrado matrimonio. ¿De eso qué certeza hay? Sin duda me queréis bien ¿De qué lo conjeturáis? De que, para no ponerme en la vil mano fatal del verdugo, pretendéis con cuerda sagacidad que yo me vaya muriendo del dolor de haber de hablar. Esto a mi oficio le toca. Sí, y a mi infelicidad. (¡Que yo no muera de aquesto que ahora voy a pronunciar!) Un mercader pasajero en un mesón de un lugar en que ambos concurrimos (¡Que haya yo, antes de matar a este, de morir!) me dijo, con necia sinceridad, que una dama de Seleucia le había enviado a llamar y, agradada o codiciosa, en quien la felicidad logró de favorecido y quien, galante y galán, dio una sortija que era de otra bella la mitad que allí consigo llevaba, quísesela feriar por haberme contentado, mas él fue tan liberal que me la dio, bien que yo con alguna vanidad en la razón de galante. no le dejé mejorar. Llegué a mi casa y hallé la sortija ⸻¡fiero mal!⸻ en la mano de Casandra. Preguntela en falsa paz quién se la había dado y ella, sin asombro ni ademán de susto, dijo que una criada la fue a rogar que de dinero sobre ella diese cierta cantidad porque era quien le pedía persona muy principal. Pareciome la respuesta sospechosa y pertinaz examiné la criada, que a los riesgos de un puñal dijo que ella al mercader había enviado a llamar en nombre de su señora, que acudiendo puntual entró por la puerta falsa, mas antes de ponderar cuál sería mi dolor, decidme, si no os cansáis, ¿sois casado? Sí, en mi patria. Pues allá os lo contemplad. (La autora Narcisa ha sido de este daño. Universal autor, ¿por qué al obrar bien sucede infelicidad?, mas ¡ay, qué buena respuesta el juïcio celestial aquí me diera si yo la mereciera escuchar!) ¿De dónde era el mercader? De Tiro. ¿Y os acordáis de su nombre? Sí, Roberto era. Pues ahora firmad lo que tenéis declarado. Dadme la pluma. Ahí está. Temblando la tomo. ¡Ay, Dios!, ¿qué haré? Advertid que firmáis que fue adultera Casandra. Parece que os da pesar. No, pero dicen que fue buena mujer y leal. ¿Quién lo dice? Todo el mundo Y debe de ser verdad. Y así, por que me quitéis la vida lo he de firmar. En este pecho pavesas del amor que tuvo hay. Ya está firmado. Apealde sin rumor en el zaguán. ¡Hola! Señor. ¿Qué ruido es ese o qué novedad? Un preso que traen de fuera y que ya meten acá. El mercader que quebró en Tiro es el que miráis. Y el que me quitó la honra, pero ahora lo pagará. ¡Muere villano! ¿Qué es esto? ¡Tenedle! ¿Así me pagáis la voluntad que yo os tengo? Dos mil muertes te he de dar. ¿Quién riñe aquí con mi amo? Mas aquí este infame está. Yo le ahogaré. Ahora, Tortilla, conoceré tu lealtad. Déjenme matarle, que yo seré breve. Llevad a ese loco a un calabozo. Dentro de mí está un volcán. Vaya Mauricio a la torre y al mercader encerrad. (Ya el cielo vuelve por mí, pues por causa accidental Narcisa y el mercader en esta cárcel están. (¡Que matarle no pudiese!) (¡Que no le pudiese ahogar!) (¿De qué habrá nacido esta peligrosa novedad?) Vamos de aquí. Muerto voy Quebrarse el jarro fue azar. Alcaide. ¿Qué queréis? No tratéis a Mauricio mal. Pues ya con este ejercicio, porque lo requiere el cargo, vengo a ser criado enjerto de portero y de lacayo y, sin que uno al otro estorbe, sirviendo estoy a dos amos, al corregidor a veces y al duque sin que su agrado pierda por verme con vara. Quiero llevar el recado que hoy me entregó para Estela. Ahora bien vamos andando y, pues ya estoy en su casa, por si hay encuentro, aquí llamo. ¡Ah de casa! ¿Quién con voces alborota todo el barrio? Yo soy. ¿Y cómo con vara vienes? Como soy un trasto del desván de la justicia. ¿Ministro eres? Muchos años el oficio goces y de mi amo te acuerda, Otavio. No podré, que los que somos ministros no enamoramos. Otavio, ¿qué es lo que dices? Todo lo ha estado escuchando. Digo que el corregidor, por dar más gusto a mi amo, me hizo, señora, alguacil de los de escalera abajo, pues soy portero ⸻aunque indigno⸻ y, con más respeto hablando, soy alguacil de Somonte y aquí un papelillo traigo del duque por que le ponga, hermosa Estela, en tu mano. Solo por ser un día amante este diamante me ha dado. Sin duda no sabe el duque de la prisión de mi hermano o quiere satisfacerme. Leyendo sabrás el caso. «Gorrona del alma mía»... ¿Qué papel es este, Otavio? Esto fue trocar los frenos, descuido fue del lacayo, pues puse el freno del haca al caballo regalado. «Por poder mejor prenderte tu alguacil te envía un tocado,...». No leas mis disparates. «...que, aunque en los tiempos pasados algunas truchas te daban sobre tu rostro mis manos, ya, mis ojos, soy tu vara si antes fui tus cuatro palmos y, en señal de que soy firme y el puesto no me ha mudado, firmo. El alcaide mayor de lo que echan de lo alto». Lindamente, Otavio, notas. Escribiómele un muchacho y te aseguro, señora, que no le mandé yo tanto. Este es el papel del duque. Fácil, vil picaronazo, ¿para quién era el papel? Para ti, Flora. Esto es llano y así no hay que pedir celos. Pues deme luego el tocado si quiere quitar sospechas. (Cogiome vivo en el lazo.) Este es. Yo te lo agradezco. (¡Sabe Dios le había comprado para otra dama que tiene pelo negro y ojos zarcos!) Que vendrá esta noche a verme solo avisa y de mi hermano nada dice aunque está preso. La respuesta, Estela, aguardo, que el corregidor me espera, que ha de rondar y a su lado me lleva todas las noches. El ser valiente es trabajo, pues siempre quieren los jueces ministros de buenas manos. Por respuesta sabrá el duque que mi amor le está esperando y, así, no tienes que darla. Con eso a la ronda marcho. Y acompañe este diamante este cordón. Soy tu esclavo y a tu hermano por él veas, señora, sin embarazo, con más libertad que un bobo. Entra luces en mi cuarto, Flora, que quiero escribir un papel para mi hermano que has de llevarle esta noche a la cárcel con recato por que su tristeza alivie, que, aunque el amor ha ignorado que el duque me tiene, quiero darle a entender que he alcanzado favores y que en el pleito al juez tengo de mi mano. Adiós, Flora. Otavio, adiós, y el cordón después veamos. No le verás de tus ojos, mas la ronda aquí he encontrado. ¿Quién va a la justicia? Un hombre que la ronda iba buscando y a incorporarse con ella. ¿Cómo has hecho falta, Otavio? Los de casa, los primeros, han de asistir a mi lado. Perdón te pido esta vez, que otra vez vendré temprano. La vara enrosco, supuesto que todos de ronda vamos. ¿Quién va a la ronda? Dos pobres, un ciego y un estropeado, que a cuestas todas las noches el ciego, que va debajo, me lleva hasta la posada adonde juntos estamos y de esta suerte uno a otro, señor, nos vamos guiando, entre dos hacemos uno, yo con la luz voy mirando si hay mal paso en que tropiece, él de pies me sirve y ambos nos prestamos uno a otro, yo la vista y él los pasos, y de esta suerte socorre un trabajo a otro trabajo. Notable visión. Los dos ejemplo nos están dando de la prudencia, pues no hay en el corazón humano trabajo que no halle alivio si el prudente con cuidado sabe buscar en los otros aquello de que está falto. Tomad limosna y id con Dios. Guárdete el cielo mil años. ¿Quién va a la justicia? Un quídam. Yo alabo el desembarazo. ¿Qué es un quídam? Diga el nombre o vaya preso. Es guapo. Fulano soy. Pues llevad a un calabozo a Fulano. ¡No será fácil! ¡Prendelde! ¡Rinde el acero, villano! ¡Fuego de Dios, cómo tira el corregidor! ¿Es diablo? Rendido estoy ya. ¿Quién sois? De mudarme el nombre trato. Yo soy don Claudio de Ursino Cueva Manrique Velasco Cárdenas Lara y Carrillo. Vaya preso el seor don Claudio y a cada apellido le echen un par de girillos. No hay tantos para hombre de tantos nombres. Señor. Haced lo que mando. Señores, suplico a ustedes no me lleven agarrado. Vaya asido, que puede irse un hombre solo que es tantos. De llevar el papel vengo de la cárcel y parado con linterna un hombre miro. Si es justicia, yo me escapo. ¿Al señor corregidor quién diremos? Este manto. ¿Y debajo? Una mujer. Déjela, sor secretario, que esta sin duda es Fulana, que va buscando a Fulano. ¿Quién es o con quién habláis? Una mujer que encontramos. ¿Mujer sola y a estas horas? ¿Dónde vais? (Vaya de engaño.) Vengo de ver una enferma de allá de los barrios altos. De ver una enferma, dice, ese es su achaque ordinario. ¿Es posible que no sana esa enferma habiendo tantos años que la tenéis mala? Es que no la dan regalos aunque tantas la visitan. Sanad esa enferma estándoos vos de noche recogida, atareada al trabajo, que, si vos fuérades buena, la enferma hubiera sanado y id con Dios. Con las mujeres eres, señor, más humano. Las leyes las favorecen por ser de sexo más flaco. ¿Quién diremos a la ronda? (Lisias es juez de cuidado, pues vela el día y la noche.) Callando está y embozado. Decid quién sois o, por vida del duque... A vos solo hablaros quisiera. Apartaos todos. El corregidor es rayo. Yo soy, Lisias. ¿Vuecelencia solo a estas horas rondando? Mariposa de mi amor la luz busco en que me abraso. A Estela adoro rendido, a todas horas hallando siempre el ardor de sus ojos, nunca el favor de su mano, que es tan hermoso imposible que, aunque ve que la idolatro, siendo tantos mis suspiros, me corresponde dejando mi esperanza sin alivios y mi fe con desengaño. Pues ¿cómo, si corresponde, hacéis culpable su agrado, señor? Es que solo aspira a que la he de dar la mano de esposo y, galán, no admite mi cortesano agasajo. Diga de eso vuecelencia mucho. Te ha alegrado. Y tanto, que, si albricias me pidiera, fuera el alma corto pago. ¿Cómo así? Porque en la dama que se resiste yo hallo que añade más perfecciones a su rostro soberano y así con su resistencia hace mayor vuestro aplauso, pues siendo ella más hermosa estáis más bien empleado. (Bien disimulé el placer que Estela al alma le ha dado con resistirse.) La ronda despide y a verla vamos. Justo es, señor, que yo os vaya sirviendo como criado, (y mejor diría a hacer centinela a su recato.) Idos todos y mañana en mi cuarto estad temprano. Pues ya el paño de las sombras el alba le esta aclarando, que es lavandera que a puros rocíos le deja blanco. Vamos a ver el tintillo de la taberna de abajo. ¿Qué hay del pleito de Mauricio? Que el delito está probado y solo otra diligencia falta de hacer para el cargo y vuecelencia ha de verlo mañana dentro en mi cuarto. Vamos, Lisias, que yo fío de vos todo este cuidado. ¿Qué sientes, Tortilla? Di. Caer con grillos y, a mi ver, no siento tanto el caer, como el traerlos por ti, pues porque te hablé a la reja el portero se alboroza y por verme hablar con moza me ha echado los de la vieja. El alcaide me habla a mí y tuvo celos crüel. Pues, si tuvo celos él, echáratelos a ti. ¡Ay de mí! No te congojes. ¿En un tormento, Tortilla, qué hicieras? Decir neguilla. ¿Tú, neguilla? Como hay trojes. Que docientos me han de dar, dicen, por alcamonía. Ven acá, por vida mía. ¿Duele mucho el azotar? Pregúntalo a otro, Narcisa, que yo no probé esos males. ¿Y dan docientos cabales? Sí, si el borrico anda aprisa. Dime, ¿hay tal? No te alborotes. En mi vida de esos cuentos fui amigo y no juego cientos por ser número de azotes. Fuera de aquí. A despejar la cárcel me han enviado, que hoy el juez ha madrugado y el pleito ha de sentenciar de Mauricio. En celosía se halla el duque por festejo. ¿Festejo? A ser yo vencejo ya estuviera en Berbería. Por si este negocio aprieta, dígame, ¿cómo anda el trato? El verdugo está ahí. ¡Zapato! Y tray la penca. ¡Baqueta! Dos borricos tray. ¡A pelo! A pelo, no con albarda, que estas son señas. ¡De carda! Despejad. Válgame el cielo. Vuecelencia puede ver desde esa puerta en la entrada cómo la causa averiguo. De la justicia que guardas estoy, Lisias, satisfecho. Solo te encargo la gracia por la parte de Mauricio, que a ella obligué mi palabra. Sacad luego al mercader, que importa para esta causa que haga el reconocimiento para mejor sustanciarla de la prenda y la persona a quien la dio y, por que vaya con todos sus requisitos, haced que Mauricio salga ⸻como que le permitís que oiga y vea lo que pasa⸻ a esa reja donde está encerrado. Lo que mandas voy a ejecutar al punto. También pondréis la criada en la acostumbrada forma entre otras mujeres varias... Harase como lo ordenas. Por que más justificada vaya la causa, por auto lo poned todo, no se haga injusticia en cosa alguna. Muy bien el estilo guarda, bien se ve que con letrados comunica. Como mandas, se irá ordenando el proceso por que más te satistagas. Baje el mercader de Tiro, que le llaman a la sala. De este modo, la verdad se sabrá. A ver mi desgracia esta reja me permiten. Bronce soy, pues no me acaba la pena de ver que es muerta por mi deshonor Casandra. Temblando voy. Ande aprisa. ¿Sabéis para qué me llaman? No será para comprarle ningunas piezas de Holanda. Ya tienes aquí a Roberto. Este es la principal causa de aqueste infeliz suceso que ha costado penas tantas. ¿A quién dieron tal martirio? ¿Que vea yo cara a cara a mi enemigo y no pueda desde aquí arrancarle el alma? Poned en esa salvilla las sortijas por que vaya entre ellas reconociendo cuál fue la que dio a Casandra y, ante todo, el juramento sobre la cruz de esta vara haréis de decir verdad. Ella quiero que me valga. ¿Cuál de estas es la sortija que por precio de su infamia la disteis aquella noche a la mujer desdichada que al cometer el delito dijo llamarse Casandra? ¡Que tenga yo aprisionado el brazo de la venganza y que matarle no pueda! Esta de las esmeraldas y del rubí fue, señor, y esta es la misma que enlaza con otra que a un caballero le di en aquella posada, como declarado tengo en mi confesión. ¿Hay ansias para un pecho más crüeles? Cielos, si el alma traspasan y no acaban con mi vida, ¿cómo serán las que matan? ¿Tenéis algo que decir que pertenezca en la causa, Roberto, a vuestro derecho? Solo alego la ignorancia y protesto en mi delito no saber que era casada, pues no ofende el matrimonio quien no imagina que agravia. Bien el mercader responde, pues la ignorancia declara. ¿Hay más penas, más desdichas? Astro infeliz para un alma, si no muero de ninguna, cielos, ¿para qué son tantas? Después de esta diligencia, conocer la mujer falta a quien la prenda le distes. Si yo la viera la cara, entre mil la conociera. Muy bien él mercader canta. Sacadme cuantas mujeres estuvieren encerradas en la cárcel. Voy por ellas. Y, mientras vienen, aparta a ese hombre y tenle escondido. Digno es de toda alabanza un juez que tiene cautela. Lisias es de astucia rara, con él Bártulo fue un niño y Baldo con él fue un taita. Mal podrá reconocerla, si es muerta la tigre ingrata. El corazón al decirlo más vivas mueve las alas. Sin duda que son señales de que ya mi vida acaba, que es como la luz, que suele dar al morir mayor llama. Ya las damas que en la cárcel son presas sin ser tajadas van saliendo. ¿Qué nos quieren, que a todas juntas nos sacan, Otavio? Yo he imaginado que a usted el juez quiere darla una tortura. ¿Tortura? ¿Qué es tortura? Una jornada que hacer manda en un potro de tan mal paso que mata. Si eso es tortura, tortura tengas tardes y mañanas casando con mujer tuerta y tortura sea tu alma. Ya están aquí las mujeres. Pónganse todas en ala. La tercera de mi afrenta fue aquella infame criada. ¿Cómo de verla no muero si en ella miré mi mancha, pues su turbación fue indicio que hizo mi sospecha clara? Sacad a ese hombre. Aquí está. Roberto, ¿quién fue entre tantas la mujer a quien la distes la sortija señalada que aquí habéis reconocido? Esta fue. ¡Ay, desdichada de mí! ¿Yo fui? Sí, tu fuiste. Esta, señor, es Casandra, a quien la sortija di. Cielos, ¿qué escucho? Él declara la verdad. Yo he sido sola, señor juez, la que fui mala, pues, poniéndome su nombre, quité la honra a mi ama y a este hombre por el jardín torpe y fácil le di entrada y la sortija que dice fue de mi culpa la paga. Muera yo de haberlo oído, pues arde en doblada llama todo el fuego de mi amor. Los presos volvé a su estancia, Otavio. ¿Qué harán de mí? Nada más que encorozarla. Si yo tuviera unas limas, limara reja y ventanas. Señal es, pues quiere limas, que teme usté a las naranjas. Escuchadme, señor juez. ¿Qué preso es el que me llama? Un hombre infeliz, un bruto, un dragón sin fe y sin alma, pues di muerte a una inocente, a una hermosura que amaba, a un armiño puro y limpio, a la paloma más blanca. Rómpanse a mi llanto luego las cadenas que me guardan, pues, siendo más duro que ellas, de estar conmigo se cansan. Llevadme donde las fieras despedacen mis entrañas, pues dieron muerte a mi esposa. Muera, sí, quien así mata. Sacadme los ojos luego, sin luz muera en sombra opaca, pues sin luz morir merece quien hizo ceguedad tanta. (Quién vio caso más extraño! El aliento al dolor falta y vuelve al pecho, suspiro, la voz que iba a ser palabra.) En fin, ¿queréis que os den muerte? Venga luego, que ya tarda. ¿Cómo así os desesperáis? Porque faltó mi esperanza. ¿Quién os la quitó, Mauricio? Una sospecha tirana. ¿Cómo a Casandra matasteis sin averiguar la causa? Eran testigos mis celos y fue la información falsa. ¿No amabais a vuestra esposa? Con la vida y con el alma. ¿Al fin en vuestro favor no tenéis que alegar nada? El querer morir por ella. solo alego en esta causa y aun será mi vida corta satisfación de su fama. De piedra es el pecho a quien tan tierna queja no ablanda, para romper anda el llanto las presas de las pestañas. Aliviadle las prisiones a Mauricio y vos de guarda quedad con él hasta tanto que a oír su sentencia salga. Yo a vos de mí me querello, fiscal soy de mi desgracia, justicia contra mí os pido. Yo os prometo de guardarla. Justicia pide este preso, está mal con su garganta, no ha habido caso como este en días del mundo en la sala. Supuesto que soy aquí, parte y juez y averiguada está esta causa y conclusa, hoy tengo de sentenciarla. El suceso me ha admirado y, aunque es la justicia llana para morir por su esposa, yo le doy toda la gracia por la parte que me toca. La culpa en Mauricio es clara, convicto y confeso en ella pide la muerte con ansia, Casandra estaba inocente. Quien una inocente mata ved que castigo merece. La sangre inocente clama pidiendo al cielo justicia sobre la tierra que esmalta. Luego ¿es justa ley que muera? Ley es divina y humana. Luego, si es la ley del cielo y a mí toca el pronunciarla, yo he de sentenciar de modo que al cielo se satisfaga, pues se quebró una ley suya y a la inocente Casandra, pues por este testimonio perdió vida, honor y patria. Sentenciad como yo cumpla con la palabra empeñada que sobre salvar la vida de Mauricio di a su hermana. Yo prometo con justicia desempeñar la palabra. ¿Cómo así? Oíd la sentencia. Sacad cuantos presos haya que a esta causa pertenezcan y llamad las partes ambas para que todos la oigan. Ya están todos en la sala. A ver mi muerte he salido. Yo no salgo, que me sacan. Señor, por mi hermano mira. Mandarlo tus ojos basta, que son de amor dos imperios. Ya ruego como vasalla. Mi justicia es conocida. Doleos, señor, de mis canas. Oíd todos la sentencia por que a todos satisfaga. Atendiendo a que Mauricio, lleno de congoja el alma, por no matar a su esposa, viendo ofendida su fama con una causa de honor, en la isla despoblada de las fieras la dejó pudiendo entonces matarla, pues una herida en la honra, si no es con muerte, no fana, y, atento que hacer me toca justicia a las partes ambas, por lo escrito y alegado según contiene la causa y viendo que ha padecido Mauricio prisión tan larga y que es de su esposa amante tan fino que en su desgracia a voces pide la muerte sin que resulte culpada su intención, pues fue un engaño de una sospecha tan falsa como consta de los autos, fallo, según la probanza, que a muerte condenar debo a Narcisa, esa criada que levantó el testimonio, que el mercader libre salga, no estando por otra preso, por lo que toca a esta causa, y por la parte del duque mi señor, que a mí me es dada para administrar justicia, yo le absuelvo de la instancia a Mauricio, con que dé perdón la parte contraria. Muerta mi hija, un cuchillo tiña en su sangre esta escarcha. Yo no perdono. Yo sí, que soy parte más cercana. Mauricio, llega a mis brazos, yo soy tu esposa Casandra. ¿Qué escucho, esposa querida? Tuya es esta vida, abraza, que el cielo por varios casos por tuya quiso ampararla. Perdón pido, prenda mía, de mi crueldad inhumana. Un brazo para tu padre deja, querida Casandra. Después sabréis cómo ha sido de este traje la mudanza. No vio mujer más ilustre la historia griega y romana y, para que buen fin tenga día que es de dichas tantas, Estela me dé la mano de esposo. Tuya es y el alma y, por que todo sea dicha, perdón para esa criada te pido. Yo le concedo. Y aquí la comedia acaba, La dama corregidor y juez de su misma causa.