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Texto digital de Cuerdos hay que parecen locos

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Zabaleta
Atribución estilometría
Juan de Zabaleta Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Cuerdos hay que parecen locos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cuerdos-hay-que-parecen-locos.

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CUERDOS HAY QUE PARECEN LOCOS

JORNADA PRIMERA

Qué divertida el papel va leyendo. ¡Estoy perdido! ¡Celos, para averiguaros dejadme un rato el juicio! El entendimiento es de las almas el hechizo. Mientras más el papel lee, está con menos sentido. ¡Con qué aliño las palabras, las razones con que brío! ¡Qué afectos tan explicados, qué arrojos tan comedidos! ¿Cómo mi amor sufre esto? No hago bien si no le estimo. Antes que el papel se abrase en su amor, yo se le quito. ¿Quién...? pero ¿qué es lo que veo? Pues ¿de qué sirve, Jacinto, tener tal atrevimiento? De que tenga mi albedrío su carta de libertad en este papel. Lo admito y, si eso os parece poco, para que no esté cautivo yo en otro papel diré, con mi firma, que le libro. Bien sé yo que me aborreces. Pues si lo sabes, Jacinto, ¿en qué se funda el querer tener en mí ese dominio? En que nuestro casamiento tienen tu padre y el mío tratado. Y decidme ahora, ¿está tratado conmigo? Eso no sé yo. Yo sí, y sé que, si no confirmo lo que ellos tienen tratado, ha sido tiempo perdido. No digo esto porque en mí falte el respeto debido a mi padre, mas por que conozcáis que es desatino intentar que os sufra yo celos de tan mal principio. Si yo tuviera en tu pecho el lugar que tú en el mío, yo sé que me agradecieras, Narcisa, lo inadvertido, que de aquello que se quiere aun los yerros son bien vistos, pero quien a ti te agrada, es solamente ese Elisio, ese estudiante galán que, según lo que él ha dicho, viene a pasar sus estudios a este lugar. Y no admiro que le tengas afición, que dicen que es entendido y dicen también que es algunos contemplativos del gran duque de Moscovia en cuya tierra vivimos y cuyos vasallos somos hijo que reconocido está, mas no declarado. Y en las mujeres lo altivo es pasión tan vehemente que muestran mayor cariño donde encuentran vanidad que donde hallan sacrificio. Y así, pues esto es tan cierto... Dejad ya los desvaríos y volvedme ese papel. Ese es intento baldío. No lo será si yo puedo. Mas no podrás. ¿Qué ruido es este que de estas flores está profanando el sitio? ¿Entre vosotros contienda? (¿Mi padre aquí? Ya no vivo.) (¿Cloriando aquí? ¿Yo estoy muerto?) (Mas sea la industria mi abrigo.) Sí, señor, que aquel papel, (con qué turbación me animo) estándole yo leyendo, grosero y descomedido, Jacinto me le ha quitado. Ha hecho muy bien Jacinto. (Aquí me valga lo cuerdo que en los años he aprendido y témpleme la pasión de aquesta nieve lo frío, que en la barba y el cabello traigo en blancos remolinos.) Que Jacinto te quitase ese papel, se lo estimo por que en sus letras conozca tu inocencia o tu delito. Porque mi intención no es darle bien que me angustio al decirlo a un mancebo tan honrado y de linaje tan limpio mujer, aunque mi hija sea, que manche su lustre antiguo. ¿Quién te dio aquese papel? (Negarlo todo es preciso.) A mí nadie. (Yo estoy muerta.) Pues ¿cómo a tus manos vino? (¿Qué he de decir?) Entre esos sauces le hallé. ¿Y has sabido quién es el dueño? Yo no. (Sin vida estoy.) Y tú has visto, Jacinto, lo que contiene? No, señor. (Muerto lo digo.) Pues ve leyendo y saldremos los dos de este laberinto. (¡Oh qué infelices que tiene aqueste amor los principios!) Versos parece que son, según los renglones miro. Dice de aquesta manera: (¡Ah, quién no tuviere oídos!) Si no os hubiera mirado, no penara, pero tampoco os mirara. «Pluviera a Dios se muriera antes que la hubiera visto». En pocas palabras mucho aqueste galán ha dicho. ¡Qué bien fingen los discretos! Adelante. Ya prosigo: «Del miraros los enojos, mi vida tienen perdida, mas perdiera más mi vida si no os miraran mis ojos. Vino en gustosas cadenas y, habiendo yo a este lugar venido solo a pasar, todo lo que paso es penas; y, aunque viven de ansia llenas, estuviera en peor estado si no os hubiera mirado». Por las señas que de sí da aqueste galán tan fino no puede ser sino ese estudiante que ha venido aquí a pasar sus estudios. ¡Viven los cielos divinos, hija infiel! Estoy sin mí, que os reportéis os suplico, mirad que no tengo culpa. (No es tan feliz mi destino.) Por ventura, ¿este papel trae para mí el sobre escrito? Como estos papeles son ladrones con artificio, nunca señalan la joya que van a hurtar atrevidos. Pues, si a mí no me señala, ¿no es temerario juicio el presumir que soy yo? ¿Con quién hablan sus delirios? ¿Por ventura soy yo sola en el pueblo? ¿No han nacido otras mujeres en él? Pues ¿por qué, por qué el indicio está contra mí no más? Porque en tus manos cogido fue el papel. El encontrarle en el suelo no es delito. ¿Lloras? Si ya cuesta perlas, no es barato el dolor mío. Nunca en la mujer el llanto fue bueno para testigo. Allí miro, Rebirón, a Narcisa y también miro a Jacinto y a su padre. Estate quedo. Jacinto, Narcisa, vamos de aquí. (Mas ¡ay de mí! allí está Elisio.) (Triste de mí, que allí viene quien me aumentará el peligro.) Ya es forzoso no volvernos, que pienso que nos han visto, y, para llegar a ellos, ahora se me ha ofrecido una buena industria. Vamos. San Roque vaya conmigo. Por si hubiere pan de perro, que sea el perro el escogido. ¿Habéis acaso, señores, encontrado un papelillo que ayer se me perdió aquí? Y no importa dos cominos haberle hallado, que era hecho de trapos. (¿Qué he oído?) (¿Qué es esto? ¿Qué escucho, cielos?) (Si sueño...) (Si desvarío...) (¡El acaso es más dichoso que jamás ha sucedido!) Sí, señor, aquel papel encontré yo en este sitio y es sin duda el que buscáis. Que me le entreguéis os pido. (¿Mi papel en estas manos? Algún grande mal colijo) Dadle el papel a su dueño. Aquí está. Y en él recibo de vos un grande agasajo. Mi amo lo que no ha perdido lo halla y, si yo perdiera entre frailes capuchinos un ojo, no le encontrara. Veis, señor, cómo yo digo la verdad y que tu enojo... Que perdones te suplico, que es muy delicada un alma. (Confuso estoy y corrido.) (Aunque esto verdad parece, no sé qué señas diviso en aquestos dos semblantes que vuelve el dolor más vivo.) Mucho debo al cielo, pues de esta congoja he salido. (¡Válgame Dios! Si Narcisa dio mi papel a Jacinto por fineza, yo estoy muerto.) No creeréis el regocijo que llevo de haber hallado este papel, que le estimo, bien que es de poca importancia, pues son versos y son míos. Esos papeles, señor, guardados están perdidos, y más en este lugar, que no hay a quién escribirlos, que entienden, más que de versos, de su hilado y su amasijo. ¡San Judas! ¡San Rosambuco! ¿Qué hay? ¿Qué tenéis? Decidlo. Que el gran duque de Moscovia... .con el Príncipe su hijo... .de dos caballos famosos,... .de dos gallardos borricos... .se apean en ese prado... .y están entre esos alisos... .con más de docientos perros,... .unos grandes y otros chicos,... .unos gordos y otros flacos,... .unos blancos y otros tintos. Señal de venir cazando son esas, si bien admiro que hayan llegado a este pueblo donde jamás los he visto. Querrán correr unos gamos. Eso sin duda será. ¡Ay, que van llegando acá! A recibirlos salgamos. Señor Elisio,... (Prolija pena.) Decid. (Mal cruel.) No se os pierda otro papel donde le encuentre mi hija. De mis celos el error perdona por mis desvelos. Nunca perdona los celos quien los oye sin amor. Este sitio es excelente para poder descansar y está cerca del lugar. Dios os guarde, buena gente. Y vuestra alteza en la cumbre real, por estraños modos, viva mil años y todos los viva sin pesadumbre. Y a la persona gallarda del príncipe Dios le dé vida y gracia para que barbe presto, que ya tarda. Tomad por la rogativa. este diamante. ¡Embóquela! Vivid más que vuestra abuela; ha de estar muerta, que viva es la luz, qué gentil, de verla me maravillo. ¡Voto a tal que el diamantillo puede arder en un candil! (Por ver a Elisio venía fingiendo caza y recreo y es lo primero que veo. ¡Ay, hijo del alma mía! Decid, zagala, por mí, vos que holláis el horizonte, ¿hay mucha caza en el monte? Mucha y buena, porque aquí tan ligero el corzo es que causa iguales enojos el seguirle con los ojos que alcanzarle con los pies. Los conejos a escuadrones tanto cubren esos prados que, si los miráis parados, pensaréis que son terrones. Las perdices nunca graves, con pico y pies carmesíes, son, imitando rubíes, joyas en forma de aves. El tigre, con los colores varios que el tiempo conserva, si los pies tiene en la hierba, parece mata de flores. El jabalí siempre cruel alumbra, bravo y gentil, con sus lunas de marfil las tinieblas de su piel. Y todos viven ufanos en este campo florido porque tienen ya creído que han de morir a esas manos. Discreta sois, y muy diestra en describir con primor. ¿Quién sois? Narcisa es, señor, mi hija y esclava vuestra. Bien podéis estar glorioso con hija tan elegante. ¿Y quién es el estudiante? Un amo muy enfadoso. (Lo que yo sé preguntalle y él ignora, en mi entender, no es hablar para saber, sino ocasión para hablalle.) En la duda preguntada, no sé más de que soy hombre y que es Elisio mi nombre. De mis padres no sé nada. Yo de su estilo colijo que es noble y no mal lo infiero. El arte es de caballero. (Claro está, pues es mi hijo.) Decid, ¿quién os ha criado, que en punto os mantiene tal? Un hombre muy principal, muy piadoso y muy honrado. En su educación crecí, enviome luego a estudiar, he acabado de cursar y vengo a pasar aquí, donde, agotando su hacienda, me socorre a tiempo y bien. (Muy bien supe yo de quién fiaba tan dulce prenda.) ¿Y qué habéis estudiado? Leyes. Estudio famoso a su dueño provechoso y al bien público ajustado. Puede servir a cien reyes porque es estudioso y grave; lo que es leyes, bien las sabe, que a mí me dice mil leyes. Si corregimientos goza, tendrá muy buen proceder, pero no mandará hacer en un siglo una coroza. Con femeniles cohechos le tentará Satanás y, al fin, con él podrán más las tuertas que los derechos. (De aquesto que de oír acabo que obra como mozo arguyo.) Decid, ¿sois vos criado suyo? ¿No lo ve en lo que le alabo? Dirá dos mil necedades si quien se las oiga ve, que es loco Un niño. ¿Por qué? Porque digo las verdades. A ser, Elisio, juez os encamina el trabajo de ese siempre honroso estudio a que hoy estáis aplicado y lo llegaréis a ser, (y aun el de puesto más alto) que parecéis entendido y de ingenio sosegado, mas ved antes de subir al tribunal soberano que vais no solo a juzgar, sino a ser también juzgado. Este temor os hará obrar con acierto, tanto que vuestros cargos no puedan ser contra vos mismo cargos. Yo, señor, procuraré ser el que debo. (¡Qué agrado le muestra! De que es su hijo es aqueste indicio claro. (¡Ay, Adelfa, aquel papel que me diste y que mal rato me ha dado!) (¿Cómo, señora?) (Dirételo más de espacio.) Cierto que tan buena gente de tal suerte me ha agradado que, si el príncipe quisiera, pudiéramos hoy quedarnos a dormir en este pueblo cuando del monte volvamos. Mi gusto siempre, señor, es el vuestro. Y yo me encargo del hospedaje. ¿Quién sois? Un muy fino y leal vasallo de vuestra alteza y que tengo hacienda con que hospedaros. Yo estimo vuestros deseos, mas quiero que Cloriando, porque tengo de él noticia, me hospede. Dadme la mano por tal merced. Ea, Narcisa, Adelfa, a casa volando, que es el duque nuestro huésped. No más de aqueste embarazo nos faltaba. Anda, señora. Rebirón, dile a tu amo que de aquí a un poco en la fuente de los álamos le aguardo. (Pienso que no está esta dama muy mal con el licenciado.) Y ahora vamos adonde nos pongamos a caballo. Elisio, llegaos a mí, me arrimaré a vuestro brazo, seréis mi báculo hoy, porque me habéis contentado. Si a vos os sirvo de arrimo, con el cielo haré otro tanto, que si él como vos gobierna, yo como Atlante me ensalzo. No en vano hizo Dios de cuerdas aquestos cuerpos humanos, pues, como dos instrumentos que en un punto está templados, cuando un amante sujeto un sujeto toca amado, por sola la natural composición de los astros, dentro allá del pecho amante, sueñan dulces agasajos. De aquesta fuente a la orilla Adelfa el cántaro pon, yo en las flores la cestilla; labraremos la ocasión de mi muerte. ¡Ay, cuitadilla! Aguardaremos así a Elisio. Pobre de ti, y que enamorada estás. Enamorada no, mas sin amor estoy sin mí. Rebirón, ten ese libro, porque allí a Narcisa veo. Y Adelfa con ella está, que aun amarga desde lejos. Rebirón me dijo que... Ya sé lo que os dijo y, puesto que el tiempo que tengo es poco, no se desperdicie el tiempo. A título de coger hierbas de este sitio ameno olorosas que le sirvan de esta noche al cumplimiento y de que esa criada lleve el agua a casa más presto he salido aquí porque un poco que hablaros tengo, pero, por si viene alguien, para que nos apartemos, Adelfa, tú desde allí en viendo gente, al momento avisa. Y tú, Rebirón, harás desde allí lo mesmo. ¿En qué comedia se ha visto, señores, rigor tan fiero, que estén hablando los amos, y que nosotros callemos? ¡Hay tal crueldad! ¡Acabad! Adelfa. ¿Qué? Buen remedio. ¿Y cuál es? Hablar por señas, ya que hoy enmudecemos. Dices muy bien, porque, en fin, es hablar con todo el cuerpo. Sabed, señor, que después que venistes a este pueblo, conocí que me mirabais con un cuidado discreto, con una atención afable y un descuido muy atento. Luego me dio esa criada, diciéndome que era vuestro, un papel que contenía amorosos unos versos. Yo le recibí con gusto, que encareceros no quiero si fue fineza, bien que es agrado que ahora estreno, pero soy tan desdichada que, estándole yo leyendo, me le quitó de la mano un labrador desatento, un Jacinto. Bien está... ¿Jacinto se atreve necio a quitaros mi papel de la mano? ¡Vive el cielo! Muy noble debe de ser, pues siente tanto el desprecio. Hala. Parece que habla. Yo por ti me estoy muriendo. Que tiene sarna me dice. Pues por azufre al infierno. Vítor, que dice que está llana como aquese suelo. De Jacinto la osadía no sintáis con tanto extremo que entre su padre y el mío ajustado está el concierto de nuestra boda y habrá de cumplirse. Harto lo siento. Esto dejado a una parte, a aquello que empecé vuelvo: digo, pues, que, estando yo con el labrador riñendo por que el papel me volviese, salió mi padre y un hielo me cubrió toda, que anda muy justo al delito el miedo. Supo el suceso y Jacinto le leyó al turbado viejo el papel y a un tiempo ambos que era vuestro conocieron. A maltratarme mi padre empezó y, en tal aprieto, no supe qué responder, sino que le hallé en el suelo. Yo lo afirmaba y ninguno lo creía; en este tiempo llegaisteis vos y, juzgando que no era bueno volveros habiéndoos visto, sin dar la razón de ir a aquel puesto, que ibais buscando fingistes un papelillo. Suceso de tanta suerte y acaso tan dichoso que, si es cierto que el amor hace milagros, este ha sido el uno de ellos. Con esto quedaron ambos, según juzgo, satisfechos, aunque mi padre no mucho, como advertí en sus extremos. Y así, señor, pues salimos tan felizmente de aquello, no le demos, no, por Dios, a mi honor segundo riesgo, que andarse a esperar milagros nunca ha sido acción de cuerdos. Vos no seréis mi marido, claro está que no os merezco, y así con cualquiera indicio de que os escucho, me pierdo. Si es verdad que algún amor me tenéis, por él os ruego que me dejéis y, si no, dejadme por el que os tengo, que bien lo merece quien tiene amor, y ruega esto. Hermosísima Narcisa, cuyo nombre, tan bien puesto, se mira junto a tu rostro, que peligras en tu espejo, no llores, no, no te aflijas, que, si tu pasión remedio con dejarte o ser tu esposo, ser tu esposo es lo que quiero; yo me casaré contigo. ¿Qué decís? Que yo hago al cielo acreedor de esta palabra y cumplírsela prometo. Pues advertid que la admito. Pues segunda vez la ofrezco Yo ahora me arrojo humilde a esos pies. Erráis el puesto, porque vos no sois cadena de los pies, sino del cuello. Feliz yo. Dichoso yo muchas veces. Fuego. Fuego. ¿Qué es lo que tenéis? ¡Ay! ¡Ay! ¡Dilo! ¡Habla! ¡El viejo! ¡El viejo! ¿Mi padre? El mismo. ¿Podré irme sin ser visto? Dentro de una nube. Pues el libro, Rebirón, me da al momento y haré como que aquí estudio. Adelfa, a la fuente presto el cántaro. La cestilla toma, señora, al momento y coge flores. Ya voy. Tú busca algún embeleco de hacer que estás ocupado. Ahora verás mi ingenio. Yo finjo que esta baraja hago de retazos viejos. Coribante, aguarda un poco. Aquel vinillo sospecho que es un arrebatacascos. Cielos, ¿qué es esto que veo? ¡Allí Elisio, aquí Narcisa en ejercicios diversos y luego los dos criaditos en ocupado silencio! Estos ignoran que son malos de engañar los viejos. Cierto que es muy virtuosa gente la que estamos viendo. Tal salud tengan, amén. El dos de espadas no encuentro, mas que a ser cuco se ha ido. Este cántaro es muy hueco. El parágrafo si quis hace fuerte el argumento. ¡Ay, maldita sea la avispa que me ha atravesado un dedo! Señor. ¿Cómo tardáis tanto? ¿Es hoy día de que estemos tan de espacio en las haciendas? Vamos a casa. Ya tengo casi llena la cestilla. Adelfa. Señor, yo quiero, por si le remide el fiel, llevar el cántaro lleno. Digo, ¿habrá allá un as de bastos? (Con que moleros los huesos.) La ley, si cuando es famosa..., mas ¿vos aquí? Recogiendo ando mi familia errada, que con el huésped que espero tenemos todos que hacer. Yo gustando de lo ameno de aqueste sitio a estudiar salí un poco. Yo no entiendo de estudios, mas me parece que no es el campo buen puesto para estudiar porque, como tiene tan varios objetos, si alzáis los ojos del libro, es fuerza pensar en ellos y harán mezcla muy confusa allá en vuestro entendimiento el parágrafo si quis y las hierbas que cogiendo está Narcisa, conque no estudiáis y hacéis un hierro. Creed que mucho mejor os está vuestro aposento. Adelfilla, acaba ya. Pienso que estás hecho un cuero. Nunca peor, este vinillo de aquesta fiesta me ha muerto. Ea, ¿qué hacemos aquí? Idos a casa, acabemos. Oye usted, aunque me ha visto con unos naipes, protesto, que es una virtud que llaman eutropelia los griegos. Vamos, Adelfa. (Yo voy sin vida.) (Y yo voy con miedo.) Con vuestra licencia, yo me iré también. Deteneos, por hacerme a mi merced, que un negocio con vos tengo. Zape. (Cloriando en mi amor me quiere hablar y le temo.) Apartaos los dos de aquí. Ea. Obedezco. Obedezco (Al empezar las palabras como un azogado tiemblo.) (Para empezar a escucharle casi me falta el aliento.) Ya que hemos quedado solos, señor Elisio, yo quiero hablar un rato con vos, suplícoos que estéis atento. Yo, por la gracia de Dios, estoy bautizado y tengo hacienda, dos cosas que son las mejores del suelo. Para pensar que soy noble presumo que basta esto y, si no basta, ahí dejaron unos cartapacios viejos mis abuelos que declaran lo que soy y lo que fueron, bien que en un hendido almario y en polvoroso silencio los guardo y no los publico, no los digo y los conservo, porque en los lugares cortos es aborrecible intento el querer ser más y yo sola mi quietud pretendo. Desde mozo tuve buenas atenciones y respetos, a ninguno agravio alguno ni le he sufrido, ni hecho. Esa moza que va ahí es mi hija y os prometo, que es virtuosa y honrada, tal madre tiene en el cielo. Vos, parece, la miráis, no hay negarlo ni encogeros, porque yo lo entiendo todo. ¿Qué pensáis que es en los viejos aquesto blanco que traen en la barba y el cabello? ¿No lo sabéis? Pues es luz que arroja el entendimiento, los años alcanzan mucho. Y así, pues que yo penetro vuestra intención, es razón poner en ella remedio, pero ¿cuál pensáis que elijo? El de la humildad, y el ruego. Y así a vuestros pies postrado con profundo rendimiento, los pido que la dejéis, porque fuera injusto empeño deslucirme aqueste honor que he guardado tanto tiempo. Suplícoos, señor, no hagáis conmigo tan grande exceso, porque perderé el camino si en tanta nieve tropiezo. ¿Vos a mis pies? Levantaos y escuchadme. Ya os atiendo Digo, señor Cloriando, que ingenuamente confieso que he mirado a vuestra hija, mas con tan grande respeto, con intención tan honrada y cuidado tan honesto que lo que parece culpa puede ser merecimiento. Y así, pues que vos ahora me habéis salido al encuentro con el afecto mayor que signifícaros puedo, os pido, ruego, y suplico me la deis en casamiento y tendréis en mí un esclavo que de hijo tenga el pecho. Las lágrimas se me saltan de dolor y de contento. ¿Las espaldas me volvéis? ¿Por qué, por qué tal despego? ¿Es porque no tengo hacienda conocida? Si es por eso, también son caudal las letras. Yo tengo en ambos derechos, a toda costa de afanes, de fatigas y desvelos, andado tanto que juzgo, que me ocuparan muy presto. Y, si aquesto me faltare, a la corte me iré luego y allí abogaré, ejercicio que es honroso y de provecho. Hacedme aquesta merced, que, si la alcanzo, os prometo el estar a vuestro gusto toda mi vida sujeto. Plegue a Dios, señor Elisio, que no goce yo del cielo si eso que me proponéis no lo estimo y lo agradezco, pero a casaros, señor, con mi hija no me atrevo, que temo que hago disgusto a alguno a quien mucho temo. ¿A quién, señor? Que en el mundo no soy nada. Yo me entiendo. Mirad que el que me ha criado... Lo que me impide no es eso, sino que dicen que sois hijo de un gran caballero y no quiero que después me anulen el casamiento por el error de persona, que es por no saber vos mesmo la calidad que tenéis. Digo, señor, que me entrego, aunque sea un rey mi padre. En lo dicho me resuelvo, no hay qué hablar. ¿A quién le ha da la fortuna tal tormento? De ver lo que lo sentís yo me aflijo y me enternezco y así, por salir aprisa, señor, de dudas y riesgos, mañana dará Narcisa la mano a Jacinto. ¡Cielos, esto más! Y tan sin duda que ahora voy y lo prevengo. Advertid... ¡Aprisa todos! ¡Grande mal! ¡Triste suceso! ¿Qué es aquello? Mucha gente entra en el lugar corriendo, mas, como anochece ya, confusamente lo veo. ¡A casa de Cloriandro! ¡Qué escucho! Por si hay remedio, acudid. Vamos, Elisio, que algún grande mal sospecho. Ya, para mí, ¿qué ha de haber, sino asombros? Yo voy muerto. ¡Por las luces, apriesa! ¡Infeliz hado! Al Príncipe el caballo ha despeñado, y en confuso ruido aquí le traen, o muerto, o mal herido Siguiendo a un jabalí se rompió el freno y el caballo partió de enojo lleno y se arrojó desde una peña a un valle. Las toallas prevén, por si curalle es menester. ¡Ay, Dios, cómo se encuentran el gusto y el pesar! Mira, que entran. Hijo del alma mía, tened brío, que Dios os dará vida. ¡Ay padre mío! Levadle al lecho. ¡Qué infeliz suerte! Mirad que me estáis dando a mí la muerte, advertid que con lágrimas lo pido. Vuestra alteza me dé, padre querido, su bendición, que estoy muy fatigado. La de Dios os alcance. Cielo airado, ejecutad en mí vuestros enojos, muévaos el llanto de mis tristes ojos. Parece que le cubre el postrer hielo. Roberto, ¿murió ya? Ya está en el Cielo. ¡Oh qué triste destino! ¡Hado infeliz! ¡Asombro peregrino! Roberto, prevenid cómo y al momento vamos con él de aquí. ¡Raro portento! Vos, señor, lo hebéis hecho, no lo ignoro, perdonadme, mi Dios, esto que lloro. Todos al Duque asistamos, pues con tan grave dolor de nuestro lugar se ausenta. Servirle es obligación. Esta noche pensé darme un hartazgo a mi sabor y ya no habrá sino es escuro un kirieleisón. Adelfa, qué mal segura es la vida. Sin mí estoy. No es mucho un soplo la lleve, si de un soplo la hizo Dios. Luces. Presto, aquestas velas llevemos. Aquí había dos. Y las hay, veislas ahí, llevadlas. Aunque ocasión no es esta de hablar en cosa que no sea espanto y horror, porque no espero tener otra ya en mi vida ¡ay, Dios!, quisiera, Narcisa, hablarte. Tan impropia pretensión no es vuestra. Mañana habrá oportunidad mejor. Mañana será otro mundo. Hazme ahora este favor, puesto que nos da lugar la noche y la confusión. Pues ¿hay novedad alguna? Y tan grande. ¡Otro rigor! Adelfa, a ese huertecillo los ve guiando a los dos mientras yo estas luces llevo, que al momento vuelvo yo. Con un muerto entre las manos nos deja a escuras. Señor, ¿estáis ahí? De los vivos es de quien temblando estoy. Anda, Elisio. Ya te sigo. Sígueme tú, Rebirón. Haz cuenta que en tu zapato me llevas. No hagáis rumor, que hay gente por aquí cerca. ¿Eres el príncipe? No, pero lo parezco... Malo. .porque estoy muerto de amor. Pisad a mano derecha y buena nos la dé Dios. ¡Ay, maldita sea mi boca! ¿Qué tienes? Perdido soy. ¿Por qué? Porque esta mañana llamé al príncipe capón y ha de venir a vengarse. No seas loco, ten valor y venme siguiendo. Andar. Desde ahora soy un león vaciado. ¿Oyes, Adelfa? ¿Qué tenemos, hablador? ¿Es camino para el huerto la bodega? No, bufón. Dad ahora dos pasos quedo, que ya en el umbral estoy. ¿Eres maestro de danzar, Adelfilla? ¡San Simón! ¿Qué tenemos? Mal agüero, que de una fuente el rumor es lo primero que oigo. ¿Tienes miedo al torozón? Ya estamos dentro. Laus Deo. Las estrellas viendo estoy. Parecen sarna del cielo. Este es el sitio mejor, porque allí hay una puerta que sale al campo. Ahora yo pregunto: ¿y está cerrada? No más que con un troncón. Lo que es la puerta, me gusta, mas lo que es la tranca, no. Aquí están. ¡Ay, que es el muerto! ¿Narcisa? Elisio, aquí estoy, deseando ya saber qué novedad te movió a profanar de esta noche los términos del dolor. ¡Ay, Narcisa!, ¡ay, dueño mío! Quién pudiera con la voz hacer como del suceso de mis penas relación... Sabrás que tu padre sabe que adoro tu afición... Pues ¿declarose contigo? Conmigo se declaró y, al ir a pedirme afable que enfrenase mi pasión, yo te pedí en casamiento y él ¡ay, de mí! te negó. ¿Qué dices? (Para vicario no es bueno este labrador.) Esto ha pasado. Y a mí me ha pasado el corazón. Ya has visto cuán malo es esto, pues otra cosa hay peor. ¿Peor, Elisio? Sí, Narcisa. Dime, ¿cuál es? Que afirmó con gran fuerza que mañana, antes que se ponga el sol, habías de dar la mano a Jacinto. ¡Plega a Dios! Pero el paternal respeto temple ahora mi furor, mas no creas, que será... Esa es imaginación que quien ahora se templa mañana lo hará mejor. Pues ¿qué he de hacer? ¡Ay de mí! Muy presto lo diré yo. Allí hay una puerta falsa, aquí estamos en amor y compaña todos cuatro, abrirla y irnos con Dios a parte donde nos casen sin que haya contradicción. A proponer este medio nunca me atreviera yo, pero, ya que sin la costa del recelo y del temor le encuentro en aquestos labios, cree que es solo el que hoy puede haber. De solo oírlo es mortal mi turbación. Habiendo de ser tu esposo y habiendo hecho acreedor al cielo de esta palabra, y que tu agrado admitió por obligación... ¿Lo dudas? ¿Eso es tenerme afición? Que la tengo grande, es cierto, mas mi padre... Ten la voz. Padre que contra tu gusto está con resolución de darte esposo, enemigo se llama, que padre no. No te enojes con él tanto, haz de él más estimación si haces alguna de mí, que, aunque es terrible y feroz, a no haberme dado el ser, yo no te tuviera amor. Ya, en fin, es cierta mi muerte. No, Elisio, que siempre estoy... Narcisa. ¡Infeliz de mí, mi padre! ¡Ay, mi señor! ¡El viejo, jurado a Cristo! Miren si lo que anunció la fuentecilla es verdad. ¡Cloriando! ¡Muerto estoy! Sal, que ya todos se han ido. Vámonos, cuerpo de Dios, que anda el viejo como un trasgo. Ya entrar no es posible, no, porque está a la misma puerta. Si repara en que aquí estoy, soy perdida. Lo que antes era duda, ya llegó a ser preciso: tu esposo he de ser. Huye el rigor que te amenaza. Señora, pues ya todo se perdió, vámonos donde no riñan. ¡Oh, fuego en la detención! Si esto mi fortuna hace, ¿qué le tengo de hacer yo? Vamos, Elisio. Tu mano besaré por tal favor. ¿Ahora os estáis en eso? Narcisa. Otro envión. Adelfa, abre esa puerta. Ya está abierta. El cielo abrió. ¿Tú, Rebirón, casaraste conmigo? Y con otras dos. Vamos, por que no nos sientan. Hija. Ya se le olvidó. Esperad, que ha dicho hija y me falta aquí el valor. Vamos, esposa querida. También me anima esa voz. Cielos, pues que llevo al cielo, sed todos en mi favor. Amor, pues por ti me empeño, ampárame si eres Dios. Ven, remiendo, y no remedio, pues solo eres Rebirón. Anda, hija de un bergante, que después verás quién soy.

JORNADA SEGUNDA

Mujer, déjame vivir. ¿Dónde vas? Espera, aguarda, no huyas, marido mío. Mientes como una menguada. ¿Yo, marido? Antes por hongo me vendan en una plaza, antes de un sastre con niños sea aprendiz que tal haga. Pues ¿que no quieres casarte? No, mi reina, ni me pasa por el pensamiento. En fin, tú quieres la vida manca, porque a la vida soltera siempre una mano le falta. Con una mano un reloj hace toda su jornada, la cena de Baltasara tiene una mano y le basta. Pues ¿qué dirá el mundo, viendo que esta noche con mi ama tu amo se casa y que tú conmigo no te casas? Dirá que soy entendido y que él es Juan de buen alma. ¡Y cómo! Que es alma buena la suya, pues que la trata hasta que su esposa sea, con una amistad tan casta y cariño tan honesto, como si fuera su hermana. Ella es virtud muy heroica, mas flema muy reportada. Rebirón del alma mía, ea, casémonos y vaya el diablo para... Mi Adelfa, locura tan declarada yo no la he de hacer. Pues ¿es locura? Hablemos al alma. Si a cualquiera de los hombres, algo antes que lo engendraran; le dijeran si quería esta vida con la carga de dos cuerpos, ¿cuál hubiera tan simple que la tomara? Ninguno. Pues, si ninguno se espusiera a pena tanta ni aun por la vida, que es la más estimable alhaja, siendo lo mismo casarse, ¿por qué ha de haber quién lo haga? Si yo me caso contigo, que no haré, si Dios me ampara, tu hambre se vuelve mía, mía tu sed, tus tercianas, tu mal de madre, tu frío, tu calor y todas cuantas necesidades a un cuerpo por todas partes le cascan; pues, llévente mil demonios, ¿para penar no me basta esta humanidad que Dios echó a cuestas a mi alma sin que por mi mano yo las tuyas meta en mi casa? Anda, enmendador del mundo, que no se me da dos blancas de que mi esposo no seas, que pícaros no hacen falta. Y ahora a la cocina voy, donde a medio hacer me aguardan cuantos platos esta noche han de dar holgura, y fama a la boda. Ven acá y dime antes que te vayas, ¿este mi amo no es loco? La razón presto. Verasla. A vosotras os sacamos como el pelo de la masa, y aun el pelo saca siempre alguna cosa pegada. Salimos aquella noche del lugar con prisa tanta que fue milagro poder sacar de nuestra posada unas joyuelas y algún dinerillo que allí estaba. Por caminos desviados, temiendo que nos buscara el viejo con sus amigos, llegamos a aquesta casa de placer que de la corte está dos leguas escasas. Hospedonos el casero que la administra y la guarda con gusto y para la boda nos pareció buena estancia por estar del real camino ni vecina ni apartada. Empezose a disponer y mi amo con gallarda osadía dio al casero las joyas para que vaya a la corte y a su esposa dos ricos vestidos traiga, a él, otros dos y a nosotros, a vestidito por barba, el cual estará con todo esta tarde aquí sin falta. Del dinero que ha quedado previene una cena brava para cuantos labradores hay en aquesta comarca, los cuales de agradecidos previenen fiestas y danzas. Acabarase la boda con estruendo y algazara y sin blanca quedaremos, ni de tener la esperanza con que el buen simple tendrá aquí holgura y después trampa. El amor es liberal y solamente repara en servir a lo que adora, no en el daño que amenaza. Y ellos se aman de manera que, si el uno se aventaja al otro en las atenciones, en dulce envidia se abrasan, mas por entre esa arboleda, que flores y sombras labran buscándose el uno al otro, hacia acá vienen. Pues anda hacia tu cocina tú. Y vete tú hacia una albarda. Adelfa. Rebirón. Dime, ¿y Narcisa? ¿Dónde anda tu amo? Allí está. Allí asoma. Dios guarde a usted. ¡Santas Pascuas! Hermosa Narcisa. Elisió. ¿Cómo a la insufrible y larga ausencia de media hora condenas a quien te ama? Si tú no pareces, ¿quién de la queja tiene causa? Yo fui a hacer que de una aldea a aqueste sitio cercana trujesen tocas y cintas, que esta noche a las zagalas, que vienen a festejarte, desagradecida y franca... Mucho tus galanterías me obligan y me agasajan, mas no quisiera pasases de lo que tu fuerza alcanza. El sol, Narcisa, hace oro de la tierra en las entrañas y en las manos de un amante la hermosura que idolatra; el que ama siempre tuvo que dar porque en venas largas el sol que adora parece que el oro en sus manos cuaja. ¿Tú que has hecho? Yo salí a un prado que a las espaldas está de esta casería y he visto una cosa extraña y que me ha dado cuidado. ¿Cuidado? Que a asombro pasa. Dime, ¿cuál es? Una fuente que empieza sabrosa y clara a correr entre las flores y, a pocos pasos que anda, le arrebata aquellos dulces cristales en que empezaba un arroyo, tan severo y de ondas tan amargas que el que en el de aquella fuente quisiese coger el agua, tan otra la encontraría que sintiera el encontrarla. Pues ¿qué se te da a ti de eso? ¿Qué se me da? ¡Pena rara! Pues si, porque es la fortuna ordinariamente varia, hubiese algún accidente, Eliso, que te trocara y desigual parecieses a la fuente en la mudanza, ¿cuál quedaba mi afición? ¿mi honor, dime, cuál quedaba? Yo siempre a mí me parezco, y siempre igual. Oye, aguarda, porque allí un hombre se apea y hacia acá viene. Estas ramas nos escondan hasta ver lo que intenta. A un tronco ata esta yegua. Ya se acerca. Encúbrete en esas matas. Coribante, en ese puesto donde te dejo me aguarda. ¿Compañero de una bestia he de ser siempre? Mis ansias son tan fuertes que, por ver si algún instante se aplacan, suspendo en aquestas flores el camino que llevaba. A pedir voy a la corte justicia del que me agravia, mas, como al pedirla es fuerza que declaren mis palabras la liviandad de mi hija, se me rompen las entrañas. Elisio, mi padre es, que con su dolor batalla. Ya lo veo y el dolor de verle me aflige el alma. ¡Válgame Dios, que una hija en tanta virtud criada y que en lugar de su madre era dueño de mi casa, me dejase así! Mas ¡ay! que fue error de mi ignorancia no casarla con Elisio cuando él me lo rogaba, viendo que gustaba ella de que el ruego se lograra, pues, aunque fuera del duque como yo lo imaginaba hijo, la heredera sangre mía que oculta esta montaña, juzgo que no oscureciera los blasones de su casa, pero los padres queremos tener dominio en las almas de los hijos y lo erramos, porque las almas no manan una de otra ni entre ellas el parentesco se enlaza, conque puede muchas veces, sin que en esto culpa haya, cualquiera hijo querer lo que a su padre no agrada. El corazón se me parte de verle con pena tanta. Cielos, ¿qué haré? La paciencia con el discurso me falta y solo llorar ¡ay, triste! puedo de no poder nada. Ya no lo puedo sufrir, pisen mi boca sus plantas. Rendido a sus pies haré, para el perdón, confianza. Clemencia, males, clemencia, mas ¿qué es esto que me pasa? ¿Entre mis dos enemigos mi suerte me ha puesto airada? Padre. Señor. Estos nombres el enojo desbaratan. Decid, ¿estáis ya casados? No, señor. Pues ¿cómo ¡oh, rabia! delante de mí os ponéis? ¿Pensáis que fuerzas me faltan para haceros mil pedazos? Óyenos, por Dios. Aguarda. Ya ¿qué tengo que aguardar, si no es más penas, más ansias? Asentando lo primero que tu hija está tratada con tan honesto cariño como el que en tu pecho halla, digo que esta noche es nuestra boda... (¡Albricias, alma!) .y te pedimos que en ella te halles. De buena gana; pues, decid, ¿qué falta ahora? Nada, señor, que las galas, porque he enviado a la corte, estarán aquí sin falta dentro de un hora, que un propio fue por ellas. ¿Y si tarda? No es posible, que es un hombre de razón y confianza. Hijos, no es bien se aventure cosa de tanta importancia por una causa tan leve. Casaos luego, que no arraigan un matrimonio mejor la seda, el oro, y la plata; casaos, que gracias a Dios tengo hacienda, la que basta para que andéis muy lucidos. Decís bien, mas, pues sin falta estará aquí,... ¡San Onofre! Señora, ¡santa Leocadia! ¿Qué quieres? (Aquí está el viejo.) (Mi señor, ahora me mata.) Bien podéis llegar sin susto. Pues lo dices... Pues lo mandas... .sabed que en unas carrozas... .mucha gente cortesana... .hacia este sitio caminan... .vienen hacia aquesta estancia. Será el dueño de la quinta. Aqueso es sin duda. Para. No sé qué hay nuevo en mi pecho que me aflije y me maltrata. Aquí aquellos labradores nos afirmaron que estaba. Decid, ¿está un caballero aquí que Elisio se llama? Aquí está. Pero ¿vos sois... (No sé qué sospecha el alma.) .vuestra alteza? ¿Qué decís? Que vuestra alteza esta carta, que es de su padre el gran duque mi señor, reciba. Errada información os han hecho. ¿Vuestra alteza no pasaba en el lugar que murió el príncipe, que Dios haya? Su alteza pasaba allí y su alteza aquí no pasa; su alteza es el que estáis viendo y su alteza es el que os habla. Hombre, déjate tratar bien, pues no te cuesta nada. Dadme la carta. Esta es. Muriendo va mi esperanza. Dice de aquesta manera. ¡El pecho se sobresalta! Elisio, muchos días había que yo deseaba declararos por hijo mío y ahora la muerte del príncipe, que esté en el cielo, ha hecho preciso lo que yo deseaba; ya he publicado que lo sois y mis vasallos me lo han agradecido. Dondequiera que este os halle, sin dilación alguna, seguiréis a Roberto, porque os aguardo con el alborozo y desasosiego de padre que no tiene otro hijo. Dios os guarde muchos años. Vuestro padre, el duque de Moscovia. (¡Cómo fuera de sentido estoy con lo que me pasa!) (Insufrible es esta pena; fortuna, aunque sea soñada...) (Ya que hubo de ser esto, cielos, ¿no fuera mañana?) (Luego dije que este mozo era hombre de importancia.) Ven aquí, que nuestra boda ya de puro buena es mala. Vamos, señor, que os espera vuestro padre con tal ansia que no parece que vive el tiempo que en veros tarda. Ya voy. (De este triste pecho el corazón se me arranca.) Narcisa del alma mía, escusar esta jornada no puedo, mas yo seré tu esposo si no se acaba mi vida en muy breve tiempo. Ea, señor, vaya, vaya vuestra alteza adonde, afable, hoy su fortuna le llama, que, si yo con esta pena quedare viva, es que iguala al dolor de lo que pierdo el placer de lo que gana. ¿Habéis visto ya, señor, cómo yo no me engañaba? Padre mío. Ya ese nombre ni me alegra ni regala por la impropiedad que tiene. Ved que el gran Duque os aguarda. Vamos, padre y señor mío, hoy a mi esposa os encarga mi dolor. Mirad por ella en cuanto yo... Basta, basta, no prometáis lo que es imposible que se haga. ¿A ser príncipe caminas con esa pereza? Acaba, con mil diablos. Advertid, que ya es mucha la tardanza. Adiós, amigos. (¡Ay, triste! ¿Qué he de hacer en pena tanta?) El señor os acompañe. (Dolor, ¿cómo no me matas?) ¿Ireisme a ver? No, señor, que este sayal no se halla en la corte. (¿Para esto mi vida el cielo guardaba?) Mi amor no os merece esa sequedad. (¿Qué es esto, ansias?) ¿Y vos no me habéis de ver? Yo no salgo de mi casa. (¡Ah, pese a toda mi vida si es toda para desgracias!) Guárdeos el cielo. (¡Qué pena!) Él os guarde. (¡Qué mudanza!) Adelfilla, adiós, adiós, vedme cual que vez, picaña. ¡Quedamos buenos! Señora, ¿está con vos bien medrada mi estimación? ¿tendrán ya veneración estas canas? Fuera bueno obedecerme y estuvierais ya casada con un igual vuestro y no con acusación de dama. En lo que os ha sucedido, falseado vuestro conceto, conoceréis el respeto que a los padres es debido. Quien no los ha obedecido siempre habrá de padecer, con que se deja entender muy claro que, si en el mundo pudiera haber Dios segundo, el padre lo debía ser. Fuese la boda y dejonos sermón, tristeza y borrasca. Señor, yo mi error confieso, mas aun queda en mi esperanza... ¿De qué? De que será Elisio mi marido. Calla, calla, si no es que por loca quieres que yo perdone tus faltas. Para ser su esposa tengo, vive el cielo, prendas tantas. Pues tú ¿por qué? Porque soy vuestra hija. Ea, hacia casa vamos, que no estás en ti. ¿Cómo este mal no me acaba? Ve delante, porque temo tu locura declarada. Paciencia, cielos, paciencia. Templanza, males, templanza. Lo que ahora falta es que a mí me mate el viejo a patadas. Ya a la puerta de palacio el príncipe, mi señor, se apea. Y sufre mi amor muy mal aun tan breve espacio, ya me parece que tarda y de inquieto estoy temblando, que un gusto que va llegando atormenta a quien le aguarda. La novedad sin sentido me tiene con la extrañeza. Deme los pies vuestra alteza. Seáis, hijo, bienvenido, que subáis de esa profunda humildad al pecho quiero, que sois mi gusto primero y sois mi vida segunda. Con vos cesan mis cuidados. Ahora ha de haber brava mosca. Vuestra alteza nos conozca por sus hijos y criados. Mi agrado, mi amor apoye. ¿Cómo venís? Como quien esperaba tanto bien. (Parece que no me oye.) Rebirón, señor, me llamo, juntos venimos los dos. Muy bien me acuerdo de vos, que acusáis a vuestro amo. ¿Soy demonio? Viejo eterno, acállete San Antonio. El oficio es de demonio. Pues yo me voy al infierno. Esperad. Qué linda flema. Estoy ya desesperado. Yo tendré de vos cuidado. (Y yo tendré con vos tema.) Mis vasallos, con razón, hijo mío, se afligían, como en esta edad me vían, de verme sin sucesión. Yo en aquel desasosiego común, que atento advertí, por hijo os reconocí y ellos por príncipe luego. Por tal estáis admitido, haced, pues que ya lo estáis, de suerte que parezcáis muy digno de haberlo sido. Propicio disponga el hado que viváis para regir mas que yo puedo vivir con que os quito ese cuidado y, si no le pido a Dios en la pena que me aflijo, que ya que soy vuestro hijo, sea parecido a vos. Esto le pido al que es dueño de cuanto hay que gobernar, que, si lo llego a alcanzar, yo os sacaré del empeño. Discreto sois y yo loco me he de volver de contento. Idos a vuestro aposento, descansad, Elisio, un poco. Roberto, a su estancia, llena de gustos, le guiad apriesa. (¡Ay de mí, que sin Narcisa no puede haber cosa buena!) Al cuarto, que se convierte, vamos, en dulce vergel. Si Narcisa no está en él, más que en él esté mi muerte. Venid acá vos. No estoy diestro en ducal conversación. Mirad que os tengo afición... Yo no tengo nada vuestro. .con estas, aunque ligeras, cadenillas os obligo. En cualquiera de ellas digo que me lleven a galeras. Pues que vos habéis tratado al príncipe, me diréis su condición. Vos habéis tenídome por criado. Aquí habéis de declarar si es su condición liviana. Harelo de buena gana porque toca en mormurar. Lo primero, al libro asido, de leer no se reporta. Pues, decid, ¿eso qué importa? Que puede ser entendido. ¿Eso quién lo ha condenado? Yo lo condeno. ¿Qué escucho? ¿No ve que si sabe mucho puede ser muy desgraciado? Tras esto malo que cuento, para que más os asombre y temas, es el tal hombre renegado, que es contento... El pecho se me deshace. .hoy con un dolor de muelas, hoy al diablo el sacamuelas. Eso cualquiera lo hace. Adelante. Sus consejos son de prudente sazón. ¿Y eso es malo, Rebirón? Sí, porque es cosa de viejos; divino ni soberano la lisonja no podrá decirle. ¿Y eso en que está? En que es sumamente humano. Dug. Decidme, ¿muestra afición a las damas, cariñoso? Una cosa es ser gracioso y otra cosa es ser soplón. Yo por dádivas no tacho a mi amo con desaire; si usté quiere comprar aire, compre fuelles a un gabacho. Yo voy de contento lleno, gustoso y regocijado, que el que hace bueno a un criado sin duda que es él muy bueno. V. ¿Fuese? Sí. ¡Hay tal tormento! El viejo es impertinente, milagro ha sido patente no parlar el casamiento. A callar no me acomodo, que, si en mi pecho indicreto echo una corma a un secreto, se me va con corma y todo, pero al cuarto de mi amo quisiera ir y no aciertan mis pasos. Allí es sin duda, que unos instrucientos suenan y al pobre recién venido, pensando que le festejan, a músicas y a festines le romperán la cabeza Retírese la noche atropellando estrellas porque del sol los rayos todo el cielo despejan. Qué mal sueña la alegría donde agrada la tristeza. No cantéis cosas alegres porque a mí mejor me suena lo melancólico y grave, y entiendo mejor la letra. (‘Sin vida estoy!) La atención trae el príncipe suspensa. Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado, que el verdadero y firme enamorado está, cuando está ausente, más perdido. Esperad. No vi en mi vida verdad tan firme y tan cierta. ¡Ah, cómo tienen divino el ingenio los poetas! Digo: ¿los recién venidos no comen en esta tierra? Dos estudiantes, señor, para entrar piden licencia. Decid que entren. (¡Ay, Narcisa, más te adoro con la ausencia!) Como fuimos estudiantes, estudiantes se nos pegan. Aquesta carta me han dado para vos, señor. Verela. (Ni aun los ojos a mirarme he merecido que vuelva.) Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado, que el verdadero y firme enamorado está, cuando está ausente, más perdido. (¡Qué buena sentencia! ¡Ay, Dios, si mi Narcisa la oyera!) Mil veces me repetid, amigos, aquesa letra, que mil veces repetida tiene cariños de nueva, porque en ella he conocido que no tiene amor constante ni sabe que es ser amante... Quien dice que la ausencia causa olvido. En aquesto que he escuchado hallan mis males clemencia, que quien olvida en la ausencia... Merece ser de todos olvidado. En el pecho que apartado vive es más firme el amor, nadie lo sabe mejor... Que el verdadero, y firme enamorado Mucho regala mi oído oír, cuando de amor muero, que el amante verdadero... Está, cuando está ausente, más perdido. No solo no abre la carta, pero ni en abrirla piensa. Que mire aquesos renglones yo suplico a vuestra alteza. Tenéis razón. Ya le rompo a aquesta carta la nema..., (mas, cielos, ¿qué es lo que miro? Aquesta es Narcisa bella, que por mirarla en mi alma dejé de verla acá fuera. Esta carta que me ha dado dice de aquesta manera: «Narcisa soy y mi nombre pongo en el pliego cerrado por si le habéis olvidado, que puede ser, que sois hombre». ¡Ah, pese a mí, que no traigo el pecho con vidriera!) (¡Válgame Dios! Con qué furia de sí la carta despega. Infeliz soy.) Sosegaos, no recibáis de esto pena, que este enojo que he mostrado solamente es con las letras de esta carta, a quien decía con amorosa violencia que es muy buena mi memoria y mi voluntad muy buena. (Cobraos, alma, que ya de la muerte estaba cerca.) Dejadme todos y solo quede aquí... Ahora nos echan. .el portador de esta carta. (Turbado el corazón tiembla.) Como vuestra alteza está ya vestido, no se acuerda de Rebirón, pues, por Dios, que le he servido en la guerra. ¿Tú en la guerra a mí? ¿Estás loco? Cuando corrió la cazuela allá en la universidad, ¿no llevé yo en la cabeza por que a usted no le cascara el mozo con una piedra? Cuanto tengo es tuyo, vete. Brava palabra, si es cierta. Caballeros, despejad, que el príncipe solo queda. Solitas con él ¡ay Dios! quedamos, para bien sea. Ya se han retirado y ya deja mi voz de estar presa. Narcisa del alma mía por los brazos hoy empieza lo que tienes que decirme, que es razón de mucha fuerza. Harto será que arrojarme, señor, a esos pies merezca. ¿Qué es eso? No estés así, advierte que el lugar yerras, que, siendo mi corazón, no haces bien si el pecho dejas. Vuestra alteza, señor mío, me dé un robillo cualquiera, que más abajo hace polvo y se me entrapa la lengua. Adelfa, seas bienvenida, de verte el alma se alegra. Por verte, señor, andamos ni bien varones ni hembras. Eso es lo que más me admira, y pudiera esta fineza convertirse en esperar aquí mi amor. No pudiera, que el temor de que olvidabais, no solo mi fe, mis señas, me estaba para que os viese dando por momentos priesa. Y de tal suerte la daba que, teniéndola en la estrecha reclusión su airado padre de una rígida parienta en un lugar que del nuestro dista cuatro o cinco leguas, ofuscando su atención con invenciones diversas, en la nube de este traje vino a dar donde la vieras. ¿Qué dices? Pues ¿cuándo yo falto de memoria fuera habiendo rosas, Narcisa, que te imitan y te acuerdan? ¿cómo pudiera olvidar, dueño mío, tu belleza? Yo te quiero más que nunca, y adelante iré en aquella promesa que a ti y al cielo tantas veces tengo hecha. Tú serás mi esposa. Dadme para dudarlo licencia. ¿Tú dudarlo? Sí, señor, que se paró en la carrera la fortuna y hacia atrás hizo vuestra sangre excelsa. Corriendo hacia mi ventura iba amorosa y risueña, mas a su fuente la hacen retroceder con violencia. Mi afición de ese delirio tanto librarte desea que, de puro desearlo, a conseguirlo no acierta. Muchas cosas en mi abono arroja el alma a mi lengua, mas, entre cuantas me ofrece, por más clara elijo esta. Sabrás, Narcisa querida, que hay un río allá en la Grecia noble y caudaloso, tanto que hace al mayor competencia. Este, corriendo hacia el mar, da tan impensada vuelta que parece que le arrojan hacia su roca materna, que se retira a su origen no hay atención que no entienda y que el primero camino ya desamparado deja, pero el río generoso, viendo que el pagar es fuerza, al mar que le está esperando ondas, que cristales ruedan por tan extraños caminos y sordas grutas, despeña su raudal, que, cuando todos engañadamente piensan que del nativo peñasco el soberbio pie rodea, él está ya con el mar, unido de tal manera con lazos tan apretados y coyunda tan estrecha que no los podrá apartar toda la naturaleza. De esta misma suerte, yo, cuando parece que cerca estoy de la fuente limpia que dio la sangre a mis venas y que tengo ya olvidados los empeños que en aquella menor fortuna hice amante con verdad y sin cautela, el mundo me ha de encontrar pagando la noble deuda de mi mano a tu hermosura para ejemplo de firmeza. Bien haya el alma que tienes, que así pagas y así premias. Pues ahora decid, ¿qué forma se ha de tomar? Oye, espera, porque allí mi padre viene. ¡Oh lo que este amor me cuesta! Apenas llega mi hijo y ya empieza a darme penas. De esta suerte he de vengarme de su desdén y mi ofensa. Jacinto es aquel. El alma algún grande mal sospecha. No es posible que Jacinto que habemos venido sepa, porque el secreto fue grande, pero él trae sobre su hacienda un pleito con el lugar y estará aquí a su defensa. Esta carta que me trae este labrador discreta me avisa que está en mi corte una mujer forastera a quien palabra de esposo dio mi hijo allá en la aldea y también me dice que él la quiere con tal fineza que es menester acudir a que el amor no le venza. Venid acá, ¿sabéis lo que en esta carta se encierra? Sí, señor, bien lo sé todo. Pues decidlo. Que a su Alteza una dama sigue... Basta. ¿Estará en la Corte? Ella y su criada son las que estáis mirando. (¡Qué pena!) No miréis allá, que importa que nada de esto se entienda. (Finezas no agradecidas de aquesta suerte se vengan.) Id en buena hora, que yo cuidaré de lo que en esta carta se me pide. El cielo lo que yo intento conceda. (Aquí es menester cordura.) ¿Qué hacéis, hijo? No sosiega mi corazón, admirado con las dichas que hoy encuentra. Las dichas no imaginadas deleitosamente inquietan. ¿Quién son esos licenciados? Vienen, señor, del aldea en que yo estaba pasando a verme. ¡Grande fineza! (Para quedarme en palacio esta es brava estratagema.) Y también, señor, pretendo, bien que yo no lo merezca, quedar del príncipe paje, si es que vos me hacéis aquesta merced. (Digo que el amor tiene raras agudezas.) ¿Queréis dejar los estudios? Sí, señor, porque no eran más que para habilitarme los discursos y la lengua. Y también yo os lo suplico que a su padre tengo inmensas obligaciones. ¿Quién es? Cloriandro. Se me acuerda muy bien, del que el hospedaje me quiso hacer con largueza en su lugar, bien que el hado no consintió que le hiciera. Y vos habéis de tener una hermana... (¡Santa Elena!) .harto parecida a vos. Narcisa pienso que era su nombre. Es, señor, así. (Confuso estoy.) (Estoy muerta.) Las noticias que hay en mí los cariños las desmientan. Quedo advertido y haré muy buena correspondencia a Cloriandro (años míos socorredme de cautelas) y ahora despejad, porque quiero que el Príncipe tenga un rato a solas conmigo. Razón es que os obedezca. (Cielos, ¿en qué han de parar estas amantes quimeras?) (Yo pienso que he de ir allá si hay en Moscovia galera.) (Sin duda hace mi delito que el quedarme con él sienta.) (Fuera del gobierno, un hijo es la carga que más pesa.) Tomad, Elisio, esa silla, porque hablar con vos es fuerza. En pie estoy muy bien. Sentaos y atendedme. (El alma tiembla.) Hijo, tan recién venido sois a mi casa que fuera empezaros ya a reñir muy declarada imprudencia, pero, porque no permite más dilación la materia, en ella es preciso hablaros, bien sabe Dios que me pesa. Yo, Elisio, tengo entendido que una mujer, a quien ciega vuestra voluntad amaba y con quien teníais dispuesta de secreto vuestra boda, viene siguiéndoos resuelta y, por que no lo neguéis, yo he conocido que es ella uno de los dos que acaban de salir de aquesta pieza. Que vos os enamoraseis ni me admira ni me inquieta porque querer que no hicieseis lo que hacen cuantos llegan a vuestra edad fuera, hijo, pretensión muy indiscreta, pero pudiera afligirme, mirando en vos tantas señas de prompritud de discurso, de entendimiento y viveza porque siempre un entendido, como la verdad penetra, ama con mucha razón y con mucho riesgo enferma el que quisieseis casaros con una mujer tan bella y hija de Cloriandro, que cierto es hombre de prendas, no sabiendo que erais mi hijo tampoco me hace estrañeza. Y os juro que para mí es argumento de buena inclinación, porque el hombre que a la más triste doncella la sirve para engañarla él bien puede ser que tenga noble el corazón, mas no lo certifica la muestra. Lo que me admira es que vos quisieseis, y tan apriesa, introducirla en mi casa con engañosa cautela. Prométoos que lo he sentido y tened por cosa cierta que, si no fuera temprano para reñir, que os riñera, mas lo que pretendo ahora es solo poner en esta inadvertencia de entrambos el remedio que convenga. Y así os ruego que al instante se quite de la presencia de vuestros ojos aqueste riesgo que hacia el daño os lleva. Bien sé que habéis de sentirlo, mas decid, por vida vuestra, si de Dios alguna imagen que en una tabla estuviera os hablara y os mandara que algo hicierais, ¿no lo hicierais? Claro está, porque el asombro respeto grande infundiera. Pues, en este lance que como a padre me atormenta, yo soy imagen de Dios más parecida y perfecta y os hablo, mirad ahora si es precisa la obediencia, pero, por que no penséis que es mi rectitud tan seca que no atiende a los agrados que piden estas materias, os mando que me pidáis todas cuantas conveniencias le puede hacer liberal a Narcisa mi grandeza y adviértoos que he de enojarme si vuestra atención se muestra escasa en las peticiones, porque hace muy malas pruebas de ánimo generoso el hombre que por aquellas damas a quien tuvo amor no hace siempre mil finezas. Entendido sois y haréis lo que aquí mi amor os ruega y, si no..., mas ya este modo de hablar parece pendencia y es hoy el cariño el que me ha de sacar de esta empresa. Cometida está esta causa, Elisio, a vuestra prudencia. Quedad con Dios y mirad que yo no os merezco penas. Solo es para mí en el mundo la felicidad tormenta. (Al dejar la silla vi, esperando a aquella puerta, a Narcisa. Quiero ver si logró atenciones cuerdas). Este repentino asombro el juicio me atropella. ¿Qué te quería el duque, Elisio? ¿Qué tienes? ¿Hay ansias nuevas? Sí, Narcisa, que mi padre sabe... Acabose la fiesta. .tu nombre, tu ser y todo cuanto nos pasa. Ea, vengan más penas con que mi vida tenga fin en su inclemencia. Y me manda que te aparte de mí. Pues haz lo que ordena tu padre, que es lo mejor, sigue, Elisio, a las estrellas. ¿Yo rendirme? ¿Yo mudarme? Al polvo vil se lo lleva el viento, a una roca firme la enviste, mas no la quiebra; roca soy, seré tu esposo, si el mundo me lo impidiera. (¿Qué esto escuchen mis oídos? El corazón me revienta.) Y para que lo conozcas, esta noche entre las negras sombras huyamos de aquí, iremos donde yo pueda ser tu esposo, que contigo tendré la mayor grandeza. (En esto hay peligro grande si presto no se remedia.) En fin, ¿todos mis cariños no han valido una obediencia? Señor. Señor. Es en vano. Hola, ¿no hay ninguno ahí fuera? Roberto, señor, está siempre a ver lo que le ordenas. Prended aquesos dos mozos. ¡Ah, maldita sea mi abuela! Harelo como lo mandas. Oíd aparte. ¿A quién rodean tantos males en el mundo?) ¿Qué es aquesto, suerte adversa?) Advertid que son mujeres y es menester se prevengan dos vestidos luego al punto de labradoras, y sea una torre su prisión y haya gran cuidado en ella. Haced aquesto que os digo y el más presumido advierta que enmendará mi rigor lo que mi agrado no enmienda. Contra lo que manda el duque mi señor no hay resistencia. Venid conmigo. El diablo me ha metido con duquesas, mas los trabajos se hicieron para los hombres, paciencia. Esperad, Roberto, un poco. ¿Vos no querréis que me pierda? Al instante irán con vos. Escucha, Narcisa bella, lo que sucede mi dicha lo traza por que agradezcas las finezas que por ti he de hacer hasta que muera. Presa vas y el escaparnos es imposible, pues venza el amor a la fortuna. Yo he de fingir desde esta noche un engaño sutil que he fabricado en la idea con que consigo dos cosas: la primera, que no puedan con otra mujer casarme, y la segunda, que puedan darte sin inconveniente la libertad que hoy te niegan y luego lugar a mí para ir siguiendo tus huellas, con que logrará mi alma este fin porque pelea. ¿Y qué es el engaño? Presto lo sabrás. Temo. No temas, que has de ser mi esposa, aunque vida y estado se pierdan. ¿Con qué he de pagar, Elisio, tan nunca vistas finezas? ¿Y yo con qué he de pagar la dicha de que me quieras? Mirad, que si viene el duque... Ya podéis ¡ah, dura pena! llevarlos. Y también puede darnos pan y callejuela, y aun el pan le perdonamos. Guarde Dios a vuestra alteza muchos años. Él os guarde los que mi afición desea. Que no os olvidéis os pido de mí. Muy en hora buena que no muera de acordarme mejor pedirme pudieras. Aunque la prisión sea larga, no os canséis de hacer finezas. Lo que hace la voluntad, a nadie cansado deja, antes de darte desdichas se cansarán las estrellas. ¿Y daranos de comer en la prisión? Cosa es cierta. ¡Que no acaben estas ansias! ¡Que no maten estas penas! ¡Que haya quien con esto viva! ¡Que hay quien con esto no muera! Adiós, señor. Él os guarde. ¡Qué desdichas! ¡Qué violencias!

JORNADA TERCERA

Templad, por Dios, señor, el desconsuelo. ¡Qué infeliz hombre soy, válgame el cielo! Mi legítimo hijo ¡al pronunciallo muero de pena! le mató un caballo, que solo un bruto hiciera crueldad tan grande, sinrazón tan fiera. Este que tuve antes de casarme, reconocido ya para heredarme, y con razón, porque era su persona muy digna de un laurel de una corona. ¡diciéndolo a más pena me provoco!, de enamorado se me ha vuelto loco, conque tan muerto como el despeñado está en su triste y miserable estado, que el loco, en quien se mira más aliento, solo un cadáver es con movimiento, que no es el cuerpo el que conserva el nombre, la razón y el juicio son el hombre. Y yo estoy tal, con pena tan crecida, que imagino que ya perdí la vida y que cual mi sepulcro aquí a ser vengo, pues mi nombre no más es lo que tengo. Roberto. ¿habeisle visto? Ahora he salido de su cuarto, señor, enternecido. ¡Qué fieras desventuras! Debe de estar haciendo mil locuras. Muchas, y muy aprisa, y todo es preguntar por su Narcisa llamándola su esposa. Ese es el tema con que no reposa. Ahora bien, yo he de intentar un medio por ver si su accidente así remedio. Roberto, a la prisión id luego al punto en que Narcisa está, que es el asumpto de esta infelicidad, y en el espacio más breve que podáis traedla a palacio y decidla que gusto de que hoy vea a Elisio aquí, pero que, si desea agradarme, cuando él la diga amores, ella le muestre enfados y rigores, que le haga desprecios y desdenes cuando él la ofrezca dádivas y bienes, mas que, si no obedece lo que ordeno, la mandaré matar con un veneno, y encarecedla mucho la amenaza. Quizá dará algún fruto aquesta traza. Con mucha discreción lo habéis pensado porque, en viéndose Elisio despreciado y mal correspondido, será posible volver a su sentido, que es aun en los incendios más tiranos vanidad natural en los humanos, que siempre del desprecio está impaciente querer a quien los quiere solamente, porque, cuando el desdén a un pecho irrita, crece el deseo y el amor se quita, mas de allí a un poco en el violento empleo, como falta el amor, falta el deseo. Pero el príncipe sale. Andad aprisa y al punto me traed aquí a Narcisa. A obedeceros voy. ¡Oh qué molesta carga es un hijo, aun cuando menos cuesta! Rebironcillo, ¿qué quieres? ¿Andas tras de que te casque? Cobra, señor, el juicio. Pues ¿qué hace ni deshace un loco más en el mundo? El corazón se me parte. Amor es entendimiento segundo que se le añade a cualquier sujeto, en quien sus llamas prenden y arden, conque en este empeño yo vengo a tener pena grande, pues con dos entendimientos he de decir disparates, mas por cobrar a Narcisa, toda fatiga es suave, toda locura, discreta, todo error, de mucho arte. Mira que está el Duque allí. Dios te perdone, ignorante, que me has sacado de un cielo donde contemplando un ángel como en éstasis estaba, viendo a mi alma en los aires, que descansaba en las alas de sus hermosos plumajes. Linda ventolera es esa. Y, dime, ¿acaso encontraste en ese cielo a mi alma? ¿Qué dices, villano infame? El cielo donde entro yo no es cielo donde entra nadie. Ya se enmienda. Elisio, hijo. Así, duque, Dios le guarde. ¿Cómo os sentís? Yo tan lindo. ¿Es posible que os ultraje tanto esa melancolía? Mire, de eso no se espante, que estoy de mi bien ausente. ¿Qué bien? Elisio, ¿no cae vuestra atención en que era daño y no bien? ¡Qué donaire! Narcisa, me decid, yo lo soy y he de ser su amante. Olvidad, hijo querido, aquese amor, que al instante estaréis bueno de ese accidente que os abate. Mirad que yo os lo aconsejo. Venga acá usted, señor padre, si me diera un tabardillo, y usted quisiera curarme sin saber de medicina palabra chica ni grande, ¿estaba obligado yo a hacer lo que me ordenase? No, por cierto. Pues porque muy esperado y muy grave, no más de porque lo diga y por solo que lo mande sin saber lo que allá dentro de mí mis pasiones hacen, ¿quiere que mi amor olvide si el remedio ha de matarme? Dios mío, que yo naciese con estrella tan infame..., que no me haya vuelto loco solamente por privarme del gusto de decir todo cuanto a mí se me antojase... Pues, supuesto (agora entra mi cautela) que no valen mis ruegos nada con vos, para que dejéis el grave peso de aqueste cariño tan neciamente constante ahora vendrá aquí Narcisa. ¿Luego ya no está en la cárcel? Desde ella la traen aquí. Vivas, señor, más edades que han sido malas las suegras. (Ya mis ardides amantes empiezan a hacer efecto.) Y, si ella admite agradable tu afición, yo te permito que la quieras como antes. ¿Qué es admitir? Pues ¿es ella de las mujeres vulgares que hacen...? Aquí está Narcisa. Ojos, ¡esta dicha es grande! (Narcisa, si vivir quieres, hazle al príncipe desaires.) (Para matar sin verdugo, famoso camino hallastis, que está loco Elisio ha dicho Roberto. Si es el dictamen este de su fingimiento, piadoso cielo, amparadme. Bienvenida, presa hermosa, que con tu larga prisión estaba mi corazón más negro que cualquier cosa. Entre dos piedras, mi diosa, le tenían tus pesares, tus sustos y tus azares, pero, después que tu luz he visto, por esta cruz que son las piedras bezares... Vuestra alteza, señor mío, ya en ese estilo no hable conmigo. (¡Cielos, que yo venga a crecerle los males!) (¿Qué es esto que escucho? ¡Ay, triste!) Pues ¿por qué, deidad triunfante? Porque es otro tiempo ya. (¡Ah, vil miedo, lo que haces!) (¿Otro tiempo? Mas ¿si hubiese en mi suerte novedades?) Claro está que es otro tiempo, porque ahora es por la tarde y cuando yo te dejé eran las diez no cabales. Digo, señor, (¡nunca yo naciera para este lance!) que templéis vuestra afición, pues somos tan desiguales que es casaros vos conmigo desordenado dictamen. (Mas ¿que con esto de verás mi juicio ha de acabarse?) Pues ¿qué hay, señora mía, de nuevo? (¡Que esto no mate!) Que yo con Jacinto estoy determinada a casarme. (Para hablarla, ¿qué haría yo sin que nos oyese nadie? Mas un ardid se me ofrece.) ¿Qué es eso? ¿Quién? Que he de darle (antes yo muera) la mano a Jacinto. ¡Ah, suerte infame! Si quiere que yo lo crea, dígamelo y no se espante dos deditos de la oreja. (¡La ocasión es admirable!) Digo que quiero a Jacinto aunque pese a quien pesare. Mira que este fingimiento es el que previne antes. ¿Cómo haces esto, Narcisa, con quien esto por ti hace? Yo te adoro, Elisio mío, más que nunca, mas tu padre me dice que, si no hablo de esta suerte, ha de matarme. Todo esto muy aprisa los dos. ¿Eso pasa? Pues prosigue y desdéñame arrogante. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Olvidarme a mí? ¿A mí ofenderme y negarme por un rústico Jacinto? Pues, aunque fuera el diamante de esos celestiales orbes, haré que a mis plantas baje, fuera que aborta mi pecho mas incendios y volcanes que vio Nero de Tarpeya. Ya en fuego se ha vuelto el aire. Voyle guardando las vueltas, no sea el diablo que me alcance alguna chispa. ¿A mí celos? Es muy grande disparate. Señor, no os dejéis así vencer de vuestros pesares, volved en vos, advirtiendo lo ilustre de vuestra sangre y mi humildad. (¡Oh qué bien la labradora lo hace!) Humilde tú, no es posible de tu sangre los quilates en el crisol de mi pecho; más que el sol rayos esparce. Dadme una daga y veréis en mi pecho estas verdades, pues, si en él está Narcisa, ¿qué ejecutoria más grande? Basta, que está enamorando Elisio a fuego y a sangre. Teneos, Elisio. No soy quien pensáis, que soy Atlante, pues llevo sobre mis hombros el orbe de mis pesares y he de arrojársele encima a quien me disguste. ¡Zape! ¿Fabulitas con locuras? ¡Oh qué gentil maridaje! Bueno está, Elisio, ¿qué es eso? ¿Un hombre de vuestra sangre a tal delirio se rinde? (Sin los dobleces no es fácil poder vivir en el mundo.) (Ya que él lo que siento sabe, ahora cuanto hay diré.) (¡Si aquesto lo remediase!) Muy bien, Narcisa, has cumplido mis órdenes. Dios te guarde. Soy muy obediente yo, señor, a preceptos tales. Llevad, Roberto, a Narcisa y sea por hoy su cárcel un cuarto de este palacio. Vos siempre tenéis de honrarme. (Ya la apartan de mis ojos.) (Ya otro dolor me combate.) (¿Con que pagará el amor aquestas penalidades?) (Pues Rebirón queda aquí, yo he de procurar hablalle.) Doncella, vaya con Dios, y no trate de casarse, porque mandaré que ahorquen a todos los sacristanes. ¡Quererle y ser de su pena la causa, es terrible trance! Vamos, que lo manda el Duque. Vamos, estrellas, dejadme. Ya anocheció, que Narcisa en su divino semblante se lleva la luz y deja lleno de sombras el aire. Ya, hijo, habéis conocido el rigor y las crueldades con que Narcisa desprecia vuestros desvelos amantes. No hay que espantar, las mujeres, como son tan variables, pueden querer mucho a uno, pero mucho tiempo a nadie. Ella, en fin, os desestima, conque es fuerza, en desiguales desaires y ceños, vos paguéis ceños y desaires. Querer el que no es querido, o no es posible, o es grande locura, aun entre los brutos es muy raro el que lo hace. El amor que es verdadero le forman dos voluntades, intentarle hacer con una es, más que industria, coraje. A un desprecio otro desprecio se le debe oponer. Dalle, ¿qué les faltaba a los hombres si el desdén no enamorase? ¿Cuál está más loco? ¿El loco o el que a razones combate con él? Sin duda el amor es pasión tan penetrante que se hace parte del alma y, así, no hay con qué arrancarle, mas yo no me he de rendir porque, atento y vigilante, he de intentar cuantos medios para su remedio alcance, que un hijo es un corazón que en la vida de los padres se debe estimar en mucho, que este que en el pecho late se acaba con el sujeto y, en esotro, halla el cadáver que le engendró nueva vida, nuevo aliento y nueva sangre. O nada en el mundo monto, o es cierto que es menester, para haber de enloquecer, ser primero un poco tonto. De Narcisa la hermosura adoró Elisio; si fue tontería, ya se ve, pues cátenla aquí, locura. Al pobrete Rebiron he visto, ¿llego? Solicitarla, mas luego... ¡Qué bravo rato! Cachete. ¡Ay, Dios! Yo iré a destajo. Este bergante... Oye, espera. Me ha echado una muela fuera. Pues págueme mi trabajo. Nunca he visto afortunada mi estrella hasta este lugar. ¿Por qué? Porque sin pecar te he cascado una puñada. Bien me pagas la afición que el pecho de parte a parte me pasa, pues por hablarte he buscado esta ocasión. Pues dime, ¿que no lo toco lo que intentas diligente? Suplicarte solamente que te vuelvas por mí loco. Baste ya, Adelfilla, baste. Tu mala memoria en esto conozco, pues que tan presto la gaznatada olvidaste. Sabrás por razón primera que de nuestro entendimiento es el celebro el asiento. Quererte yo, bien lo hiciera, mas tendré, es cosa patente, si muy loco te requiebro, de los yerros del celebro las señales en la frente. Buena me pones la fama, mas no es hoy mi padecer si no es que haya yo de ser siempre menos que mi ama, mas la culpa tiene quien con un hombre baladí..., pero una sombra veo allí. Mirando al vestuario. Otra miro allí también y en este lugar no estoy bien porque habrá pena cruel si me ven contigo en él. Por eso también me voy. ¿Así? Mira antes de irte si en algo tu gusto acierto Sí. ¿En qué? En caerte muerto. Tampoco puedo servirte. ¡Oh quién encontrara a Elisio por aquí! ¡Oh qué dichoso fuera yo si por aquí viera los divinos ojos de mi Narcisa! Más ella hace este sitio glorioso. Mas ya mi piadosa suerte me le está ofreciendo solo. Narcisa. Elisio. Este rato le debo, no más gustoso, a mi fortuna después que tu dura prisión lloro. Solo por aqueste gusto que este breve instante logro cuantas injurias me han hecho las estrellas les perdono. A Elisio vengo siguiendo y que buscaba conozco a Narcisa. Mientras hablan, por escucharlos, me escondo. Para hablar seguros, mira si alguien nos mira a nosotros. Por aquí nadie parece. Por aquí ¡terrible asombro! escondido está tu padre y nos mira. ¡Ah, pese a todo mi destino! Mas ya tengo un arbitrio provechoso: paseémonos entrambos y, cuando demos el rostro a su atención, hablaremos tú desdeñosa y yo loco, pero, cuando las espaldas. volvamos, muy sin estorbo podremos hablar de veras, porque es muy dificultoso que nos oiga de esta suerte. Pensaste excelente modo. Vamos ahora hacia él. ¡Favor, cielo! ¡Amor, socorro! Como digo de mi cuento, yo, zagaleja, te adoro y me he de casar contigo, aunque te vuelvas Favonio. ¡Este es el antiguo tema! Rematado está este mozo. Vuestra alteza considere que es un casamiento impropio y que, cuando no lo fuera, mi gusto, señor, es otro. Cierto que a Narcisa debo mucho, yo lo reconozco. Volvamos agora. Vaya, que así mi suerte mejoro. Tu prisión con mi locura se aligera poco a poco, a su descuido dejemos de nuestro cuidado el logro. En nuestro amor, dueño mío, no encuentro más de un enojo, y es que tu aventures tanto por que yo te gane esposo. Como están tan retirados, nada de lo que hablan oigo. ¿Qué estado hay como mirar esos bellísimos ojos? Si es algo un alma, en la mía tenéis un imperio prompto. Volvamos, que el detenernos es un bien muy peligroso. Vuestro padre, en fin, señor, quiere, según dicen todos, casaros con quien merece cuanto en vos se mira heroico. ¿Mi padre quiere eso? Sí. Pues, si antes yo me ahorco, ¿tener un hijo ahorcado será título glorioso? Cuanto puede la mujer hace, pero todo es poco. Bien se disimula. ¡Ce! ¿A quién digo? Con asombro allí Rebirón me llama. Déjale llegar. Demonio o mujer, ¿aquí te vienes? que bien lo puedes ser todo ¿qué quieres a este cuitado? ¿que, aun estando loco, es bobo? Hasle destruido y ¿quieres hacer contigo lo propio? El Duque anda por ahí y si te ve hará... Pues, loco,... Esto es bueno. .¿podrá hacer mas que enviarnos al rollo? Y ojalá lo hiciera luego, que de ello estoy deseoso, pues no importa no ser duques mientras hay Narcisas de oro, pero, bergante, decid, ¿quién os pide vuestro voto? Mas yo os sacaré la lengua y la haré echar en adobo. ¡Que me ahoga! Señor mío, sosegaos. Mi Dios, ¡socorro! ¿Aun estáis vivo? Aguardad... ¿Qué es esto? Elisio, ¿el decoro os perdéis vos a vos mismo? ¿Sabéis quién sois? A mi mozo sé que estaba dotrinando, que quiero ser virtuoso. A un niño de la doctrina no le tratan de este modo. Vos, Narcisa, como hoy de estos cuartos lo espacioso es vuestra prisión, pudisteis llegar aquí, no lo ignoro, pero el hablar con Elisio sin mi licencia... (¿Otro ahogo?) Señor, su alteza pasaba por aquí y me fue forzoso oírle porque dejarle era peligro notorio, como este achaque padece. (Amor es muy ingenioso.) Mas prometo a vuestra alteza que, por si le desahogo de esta afición, le hice tantos desdenes... Ya los oí todos y os estoy agradecido. (El arbitrio fue famoso de los paseos.) Narcisa. Roberto, que es cuidadoso alcaide, os anda buscando. Y yo temo ya su enojo. Voy, señor, a mi prisión. (¡Ay, Dios, que espacios tan cortos tiene siempre mi alegría!) Ese respeto es muy propio de vuestra atención. (Ya vuelvo al dolor y a los sollozos.) (Mas, si se queda en mi pecho amor, por qué me congojo?) (Mas, si le llevo en el alma, por qué del dolor me asombro?) Adiós, la de los desdenes, mas desdenes que yo adoro. ¿Que un loco tan tierno tenga los ímpetus tan furiosos? (Pues el remedio intentado de nada ha servido, otro he pensado que quizá tendrá el efecto más prompto. Yo me retiro a esa pieza más cercana y de aquí a un poco con voces, pero el efecto dirá de mi intento el logro, a cuya rara experiencia podrá ser que el alboroto en el corazón de Elisio mueva la sangre de modo que los órganos del alma queden sin niebla ni estorbos.) Elisio, quedad con Dios. ¿Y heme de quedar yo solo con él? Claro está. (Acabose, los huesos me hace ahora polvos de cartas. ¿Os vais, señor? A ese cuarto me recojo a escribir. Mandad primero que le aten. Lo que noto no es bueno, pero la letra no la entenderá el demonio, tras de eso os iré ayudar. Para vos quiero yo el ocio. (¡Qué dulzura tan amarga son los hijos para todos!) (¿Cuándo han de parar mis ansias? ¿Cuándo de esto que zozobro me he de ver libre en el puerto del descanso y del reposo? ¿Cuándo ¡ay, Dios! de mi Narcisa tendré el Imperio dichoso? Pero mis hados...) (La luna le anda dando ahora tornos y, si de mí no me valgo, presto no valdré dos chochos. Hacerme loco también será aquí bravo negocio.) ¡Rugero, Rodamonte! ¿A quién llamas? A dos furiosos leones que están guardando las puertas del calabozo de este castillo encantado. (Aqueste está temeroso, como por loco me tiene, o mi padre, cauteloso, le envía a hacer este examen y, así, a seguir me dispongo mi locura, que me pierdo si aqueste secreto rompo.) ¿Los leones? Contra todos, y contra ti si me ofendes, mas llámolos contra un loco filósofo de la lengua que mi cabeza por globo lleva en las manos. ¡Detenle! ¿Y qué hace ahora? Los sesos va sacando cauteloso y la está hinchendo de viento. Con la tuya hizo lo proprio. Tente, filósofo vil, pues me dejas sin meollo, mira que para poeta soy hombre de poco fondo y que queda mi cabeza como calabaza o corcho. Para correo estás bueno... Has dicho bien lindo. ¿Cómo le he de dar? ¿Quieres que lleve, como un Mercurio Pandorgo, a Narcisa algún recado? Has dicho bien. Toma. Tomo. ¿Qué es esto? El pliego. ¿Y el porte? Ahí va. No me conformo, el recado vaya en letra, mas el porte venga en oro. ¿Qué te he de dar? Doce escudos. No te he de dar sino ocho. Tiene mucho más de costa. Bueno está. No está. Es forzoso que esté bueno. Quedo, quedo, parece que somos locos, vengan esos doce escudos. En esta bolsa los pongo en tu mano. Voy ligero como un pájaro de plomo. (¡Jesús, qué risa, el ingenio es escondido tesoro!) Traidores, ¿qué os he hecho, que el acero guiáis hacia mi pecho? Qué acentos tan atroces! Rebirón, ¿es mi padre el que da voces? ¡Que me matan! Él es, bien lo colijo. ¡Favor, Elisio, socorredme, hijo! Ya voy, señor, turbadles el amago, que yo de los traidores seré estrago. ¿Qué es esto, Dios? El cuarto está revuelto, ¿sabes lo que es? El diablo, que anda suelto, ¿Dónde están los traidores? ¿Dónde, señor, están los agresores? Muy seguras estamos a estas horas porque dicen traidores, no traidoras. Nadie parece. ¿Dónde se habrán ido? A decirlo no acierto. ¿Estáis herido? No, gloria a Dios. Pues vamos a buscallos. Hola, poned al punto los caballos por si son menester. Aguarda un poco. Más con que no parezcan me provoco. Roberto, sosegaos. (Nuevo cuidado, la mano el duque me ha apretado como que aquesto tiene otro sentido, sin duda que es ficción este ruido.) Este, señor, no es tiempo de sosiego, que es error grande, que es engaño ciego no tratar de prender los delincuentes para que los designios sean patentes de los que lo fomentan y en aleves rescoldos los calientan, que una traición es evidencia clara que está entre muchos cuando se declara y ya el temor los ha de hacer peores, conque harán los traidores más traidores. El vulgo es inclinado a novedades y por gozarlas hace atrocidades y, si se da lugar a un movimiento común, es grande el daño que en él siento, que en los motivos, aun variando modos, lo que quieren los más lo quieren todos y así, al momento, voy, porque me aflijo con esta detención. Esperad, hijo, (¡Oh cómo el arte templa las desgracias! Ya ha vuelto a su juicio, a Dios las gracias.) Elisio, cualquier achaque de un hijo es pasión tan fuerte para un padre que en el alma le está doliendo dos veces. Yo os vi a vos sin vos y quise intentar que a vos volviese la razón fingiendo que traidores me daban muerte. Viendo matar a su padre un niño de cuatro meses habló, tanto el paternal amor en las venas puede. De aqueste ejemplo movido, me quise valer de aqueste ardid para mejoraros y lo logré felizmente porque aquí habéis dicho tantas razones, y tan prudentes, tan políticas y graves, tan sentenciosas y breves, que no solo son las que el juicio decir suele, sino las que el juicio grande a la admiración ofrece. Y así, aquí, de esta ventura yo me doy mil parabienes y a vos mis brazos, que bien vuestro amor me los merece. (¡Vive Dios, que me ha engañado mi padre sin que pudiese remediarlo mi atención! Porque en caso que contiene o su peligro, o el mío menos grande inconveniente era declarar mi culpa que dejarle dar la muerte. Eso, en fin, ha menester nuevo valor.) (¡Que ahora hubiese, contra una cautela, otra, por que yo padezca siempre!) Un año sobre sesenta, es un médico excelente. (Volver a ser loco es el remedio que esto tiene.) ¿No habláis, hijo? Sí, señor, el contento de que fuese aquella traición fingida me obligó a callar de alegre, pero, ya que libre os miro, será razón que me vengue de este pícaro bergante. ¿Este es el cuerdo? ¡San Lesmes! ¿Qué es eso, Elisio? ¿Qué es? Yo me entiendo y Dios me entiende, a dos leones llamaba para que muerte me diesen. Lindamente está curado. Quizá es engaño que os vence. ¿Cómo engaño? A Rodamonte y Rugero aqueste aleve los llamaba, yo los vi. Sin duda en este accidente hay lucidos intervalos. ¿No hay quién haga que me suelte? Vuestra alteza, señor mío, diga, ¿es príncipe o corchete? Soltadle, hijo, soltadle. Sí haré, pero ha de volverme doce escudos al momento que me estafó. ¿De qué suerte? Porque un pliego me llevara y aun no ha ido el insolente. Aquí están los doce escudos, que se le vuelvan serpientes. El hombre está sin remedio. No vi locura tan fuerte. ¿Qué pensáis, que está acabada? Pues esperad, mequetrefe. Roberto, estos doce escudos tomad allá y, diligente, me los comprad al momento de víboras y serpientes, las mejores que se hallaren, para echalle. Obedecerte es fuerza, mas dime dónde quieres, señor, que se encuentren. En el pecho de un celoso hallaréis bastantemente, que, si él leones me echaba, yo le he de echar a serpientes. Mis leones eran caseros, solo al olfato crueles, no venenosos. Pues estos son venenosos y muerden. Callad ya, que estáis perdido. ¡Qué milagro fue perderme! Si es tan grande la hermosura en que peregrina siempre el entendimiento mío... aun bien que está aquí presente. (Esta firmeza de Elisio a la del mármol excede.) Roberto, escuchad aparte. Atento, señor, me tienes. Quitome los doce escudos y dejome los cachetes. (Seguir el tema a los locos es cordura las más veces porque, con esto, trabaja su imaginación vehemente con menos fuerza, mirando que en ella todos consienten, y aquesta blanda quietud ser su medicina suele.) (Aunque me engañó mi padre, yo, mi Narcisa, cobreme, que el amor que es verdadero, en lo que le estorba, miente.) (Y así, Roberto, he pensado, que será muy conveniente, supuesto que un loco nunca legítimas bodas puede celebrar porque en él falta el juicio que le gobierne, que le digamos a Elisio, pues es lo que él apetece, que con Narcisa se case, que, si después le volviere la razón, el matrimonio es ninguno.) (Es evidente.) (En tus constancias, Elisio, y en tus firmezas parece que le han quebrado las alas al amor, pues no se mueve.) (Pues llamemos a Narcisa, puesto que en ella se advierte que tiene por verse libre voluntad de obedecerme y digámosla este intento.) (Es atención muy prudente.) Mas que ahora tratan de darnos algo con que nos entierren. Narcisa. Señor. Mirad. (¿Qué secreto será este?) ¿Qué me manda vuestra alteza? Tan grande crédito adquiere vuestra obediencia conmigo que os empeño nuevamente. (Lo que asusta y lo que aflige cualquier secreto a quien teme.) (¿Qué querrá, cielos, el duque?) Mi voluntad solo atiende a serviros. Pues, Narcisa, hoy has de hacer aparente casamiento con Elisio, que, aunque es inválido este matrimonio, puede ser que le sane o le consuele. (Él piensa que a Elisio engaña, mas disimular conviene.) Señor, a cuanto mandareis estaré siempre obediente, mas, si acaso el matrimonio alguna fuerza tuviese, ¿quedaba yo bien casada con un hombre que padece un achaque tan terrible? Por tu vida que no tienes de qué tener el menor cuidado, porque no puede ser válido el matrimonio. Pues, siendo de aquesa suerte, yo, señor, me casaré. Mucho me obligas. (Detente, corazón, y no publiques mi contento, que es perderme.) Elisio, por que veáis las finezas que me debe vuestra afición, con Narcisa os quiero casar. (Hoy viene el disimulo mejor que vino jamás.) Pues besen mis labios aquesas plantas para que el mundo confiese que no solo los pies lindos son los que engendran claveles. (Aquesto es seguirme el tema, y háceme infinitos bienes.) Pero digo, ¿será presto? Esta tarde. Es tarde. Entren, ea, a vestirse de novios. (¡Oh qué tarde tan alegre!) (¡Oh qué día tan dichoso!) Aquesto es entretenerle. Esto solo es sosegarle. Oye, novia. ¿Qué me quiere vuestra alteza? Que se ponga muy galana y muy luciente de joyas y de lazadas, y que, en lugar de alfileres, que se prendan con sus ojos por que prendan lindamente. (No es seguro aqueste engaño...) (Peligro este engaño tiene...) (...mas nada teme mi amor.) (...pero mi amor nada teme...) (Cáseme yo con Elisio y deme luego la muerte.) (Cáseme yo con Narcisa y venga lo que viniere.) Voy a vestir a mi ama. Un dragón que se le llegue. Qué cuidado es tan cruel el que en un hijo está fijo porque es un árbol un hijo, que siempre hay que hacer en él. El contento es más infiel que nos ofrece el vivir porque, si se ha de medir un hijo con buen compás, no es más de una causa más de penar y de morir. A vuestros pies, gran señor, está el hombre a quien ofende la fortuna más que a cuantos, pensando que viven, mueren. Cloriandro, levantaos, no estéis así. Pretendiente vengo a ser de mis dolores, que esto un infeliz pretende. Una hija vengo a pediros que ya mi alma aborrece, pero no sé cómo es este odio que se tiene a los hijos, que, amagando a herillos, los favorece Dícenme que tenéis presa a Narcisa y, ciertamente, que no sé por qué, que cuando ella quiso, y no imprudente, casarse con vuestro hijo no sabía que lo fuese. El que le viniese a ver tampoco admiraros debe si lo miráis con piedad, que, como, aunque tiempo breve, le tuvo por su marido, no es mucho que le quisiese. Asentado estas verdades, pues no es posible se nieguen, que me la entreguéis os pido y, pues de culpa carece, viva, señor, como errada, mas no como delincuente, pero, si acaso su error vuestra indignación merece, yo os prometo que se haga mi rigor tan mal albergue que quedéis vengado vos y que yo vengado quede. Cloriandro, a vuestra hija pienso hacer tantas mercedes cuantas pudiere mi mano y cuantas ella pidiere, pero por algunos días es fuerza que no os la entregue, que, como el príncipe está con aquel duro accidente en la razón, derivado del grande amor que la tiene, quiero fingir que le caso con ella por que sosieguen estas imaginaciones o por que menos le inquieten. Cierto que de algunos días a esta parte me suceden cosas, señor, que no hay ya paciencia que las lleve. ¡Que sea yo tan desdichado que mi hija ha de ser juguete de palacio haya venido! Vil fortuna, ¿qué me quieres? Pues, ¡vive Dios!, que es su sangre tan honrada que desciende quizá de venas tan nobles; guardados tengo papeles que, cuando sean menester, lo confirmen y lo prueben. No digo esto, no, por que ni aun con el enojo piense que es digna de dar la mano al que vasalla obedece, sino por que la tratéis con estilo más decente, pues hay dentro de aquel traje nobleza que lo merece. Ya sabéis que el bien común al particular precede. Después de mí, aqueste estado no hay ninguno que le herede de mi línea, sino es Elisio y, si este no fuese Dios no lo permita hábil para que rija y gobierne, sería parcialidades tanta bien unida gente. Luego, sin hacer agravio a vuestra hija, se puede tenerla por instrumento que aqueste daño remedie. Aquesa razón, señor, me concluye y me convence. Pues ya la fingida boda sale, y será conveniente que estéis escondidos allí hasta que yo os llame. Cese la condición, ya que no los pesares retroceden. Los novios se gocen edades alegres y por las estrellas cuenten en sus placeres, que bien, que bien, que bien lo merecen. Todos estamos acá. Mi lealtad os obedece. Seáis mil veces bienvenido. Bravo paso ha de ser este. Digo, padre... ¿Qué decís? ¿No estoy muy bueno? Excelente. Pues a fe que trae la novia una cara matasiete. Pues son en amarse cada cual un fénix, en su mismo incendio su vida renueven, que bien, que bien, que bien lo merecen. (¡Oh si aquesta industria Elisio la lograse felizmente!) (Ea, amor, si eres deidad, agora he de conocerte.) Por que mi afición veáis y por que hoy se celebre la boda con todo el gusto cabal que le pertenece, os tengo aquí a Cloriandro. (¡Qué asombro!) (¡Novedad fuerte!) Salid. A vuestros mandatos doy reverencia de leyes. Suegrecito de mi alma, abrazadme estrechamente, no tengáis miedo que ahora el casamiento se yerre. (Parece que habla en juicio. ¡Oh lo que el alma padece!) Ea, bien podéis casaros. Lo primero que se advierte es que con vuestro gusto me caso. Eso es evidente. Digo que os doy licencia y que mi gusto es aqueste. Hola, ¿estáis embelesada? ¿Por qué muy humildemente no pedís a vuestro padre licencia? Andad. Obediente, señor, la pido y la mano... Dios os dé lo que conviene. Hecho, pues, aquesto, agora me la poned allí en frente. Ya aquí en frente la tenéis. Está como se requiere. Narcisa, digo que yo, con cuantas fuerzas previene el decreto, quiero ser tu esposo y, en señal fuerte de que lo soy, esta es mi mano, amor te la ofrece. Y esta, señor, es la mía. Pues los instrumentos suenen. Los novios se gocen edades alegres. No cantéis, no prosigáis, y vos, señor, atendedme. Aunque a los favores grandes, aunque a las muchas mercedes que me habéis hecho debía atenciones yo muy fieles, como había el amor tomado de este pecho, que aun hoy hiere, más antigua posesión, tuvo derecho más fuerte antes que vos declaraseis, blando, piadoso, clemente, que yo era vuestro hijo, quise a Narcisa y perdelle luego el amor fue imposible, que es mucho lo que merece. Viendo, pues, que vos no habíais de permitir que la diese la mano, me fingí loco con disignios diferentes, bien que todos ordenados a que esto se consiguiese. Ya lo conseguí y con tanta felicidad que en aqueste sitio en que estamos vos mismo me mandasteis que lo hiciese verdadero matrimonio, a uno en otro nos convierte, pues, estando en mi juicio, puedo muy bien contraerle. Ella, como yo, sabía este secreto, de suerte que ni en ella la ignorancia ser impedimento puede. Bien sé, señor, que ofendido os tendré, mas juntamente sé que tengo aquí una vida que os satisfaga y os vengue. A vuestros pies, gran señor, también mi vida se ofrece. Pregunto, señores míos, ¿cuándo está más loco este? ¿cuando se casa en juicio o cuando loco se muele? ¿A qué hombre ha sucedido lo que hoy a mí me sucede? Vuestra alteza, excelso duque, no le dé al enojo albergue hasta que coja en mis labios razones que se le templen. Narcisa es, señor, mi hija y en ella la sangre hierve de los principios de Albania, de quien somos muy parientes. Mi padre, del que esa entonces era primo, y, por quererle apartar de un error grande, él le quiso dar la muerte. Fuele preciso el huir de aquel corazón aleve, que los pechos que se agravian del servicio son muy crueles y, como una línea sola para que los diferencie hay entre estos dos estados, huyéndose vino a este. Papeles, dineros, joyas, lo que pudo fácilmente transportar consigo trujo y, disfrazado, en aquese lugar paró en que vivimos, donde compró en tiempo breve tanta tierra que de rico el grado le dio luciente. A nadie dijo quién era porque receló prudente que no le alcanzase el brazo de su enemigo, que siempre los príncipes soberanos muy largos los brazos tienen. Pasó esto, señor, así, mas, poco antes que muriese, de los papeles me dijo que cuidase atentamente. Yo, que con poca ambición he vivido, descuideme en leerlos, no pensando que tanto peso tuviesen. A ver lo que contenían me obligó aqueste accidente y hallé más de lo que dije, ahí están, conmigo vienen. Y, como esto sea verdad, en el suceso presente el error de vuestro hijo viene a ser, señor, muy leve. De tal suerte, Cloriandro, mi corazón desenvuelve vuestra voz de confesiones que ya me agrada mi suerte. Y así, puesto que está ya hecho y que no desmerece Narcisa, por ser quien es, esta dicha que posee, llegad, hijos, a mis brazos y Dios os haga mil bienes. De pecho que es tan benigno solo piedades proceden. Casi que duquesa yo he quedado de repente. Y aquí esta comedia acaba en que se ve claramente, teatro grande, que hay cuerdos que locos parecen.