Texto digital

Texto digital de Los contrarios de amor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los contrarios de amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/contrarios-de-amor-los.

Logo BICUVE

LOS CONTRARIOS DE AMOR

PRIMERA JORNADA ¡Oh, reniego de la fiesta adonde estuve tan ciego! ¡Nunca se empezara el juego! Ricardo, ¿qué pena es esta? ¿Qué pena? ¡Bien disimulas! Disimula, enhorabuena; que bien conozco que es pena que a las demás acumulas. Mas ¿cómo paso por tal? ¿prenda delante de mí? ¡Por Dios, Ricardo, que a ti el vicio te hace mal! O es vicio o poco juicio. Bien dices: que vicio fue el extremo de mi fe. Si cualquier extremo es vicio, vicio fue el extremo mío que me puso en tal extremo, que en mi fuego no me quemo y ardo en tu hielo frío. Pero ¿qué quieres decir?» es decir, ¿que es vicio aquel que por fuerza un pecho fiel viene al fin a descubrir? Que hablas de confiado y con segura esperanza de que no ha de haber mudanza. Ya ese verde se ha secado; ya la flor se marchitó de la esperanza que tuve; ya se escurece en la nube el sol que al alma alumbró. Y el responderme también que el vicio me hace mal es argumento y señal que quieres hacerme bien; y ese bien yo no le quiero, y si es vicio que me quieras, en vicios quiero que mueras, pues sabes que en vicios muero. Pero esta cinta me mata. porque a tu mano sujeta, la breve lazada aprieta donde mi vida le mata. ¿Quieres por dicha acabarme que así pruebas ofenderme? ¿Casta ya de quererme, o es principio de dejarme? Al cabo de tantos días que vivo en fuego deshecho, hallo, tocando a tu pecho, unas entrañas tan frías... Dulce Angelia, ¿qué es aquesto? ¿En qué fundas tu razón? ¿Es aquese el corazón a morir por mí dispuesto? ¿Cómo, Angelia, no merezco que me quieras? Sí mereces; mas para lo que padeces bien basta lo que padezco. Basta, no me digas más, que más mi vida se gasta; para matarme bien basta la respuesta que me das. Pero no basta, ni es cierto, que si a matarme bastara esa respuesta en mi cara, mil veces hubiera muerto. Sin ocasión te fatigas, y en tal extremo me tienes, que a pedirme celos vienes y a quererte mal me obligas. ¿Tengo de ser yo tan loca que, aunque me muera por ti, me tengo de andar tras ti diciendo: qué quieres, boca? Basta que te quiero bien: no escarbes en daño tuyo, pues por tu causa atribuyo a favor cualquier desdén. Vuelve, mi bien, esos ojos a los que en ellos se ven; da lugar que al alma den los prometidos despojos. ¿Contentaste con mirarme? Tanto contento recibo, que no me cuento por vivo cuando dejan de alumbrarme. ¿Una cinta ha de ser parte de que te ofendas ansí? Sí, porque ligada en ti puede el dueño cautivarte. Pues delante de mis ojos, traidor, te atreviste a tal, fue aquello darme señal que procuras mis enojos. ¡Oh. vista que al alma viste! del tormento que la abraza! ¡Oh, lazo que al alma enlaza I Señora, ¿qué es lo que viste? No he visto nada. ¡Oh, señores! El cielo sagrado y santo alivie cualquier quebranto contrario a vuestros amores y ponga en paz la querella. Y de vos también se acuerde. Guárdese mi cinta verde, que pediré cuenta de ella. ¿Qué dijiste? Que me aguarda verde tormento, pues pierde una negra cinta verde el sabor que verde tarda. Yo daré de ella tal cuenta que apenas me la pidáis. Señora, ¿por qué os cansáis? Ya os digo que me atormenta. Mirad que ya que la di di el alma enlazada en ella. Ricardo, ¿así se atropella la firmeza que hay en mí? Mas ¡ay! que allá se me olvida un guante hermano de aqueste. ¡Plegue a Dios que no me cueste cara la breve salida! ¿Volveré a buscarle? Sí. Ve por toda aquella calle antes que alguno le halle. Yo voy, aguárdame aquí. Pues, señor, la cinta verde ha hecho alguna impresión en un seco corazón para que de mí se acuerde. Quedo: ¿no ves que está aquí ésta que el verde marchita y a que lo siegue me incita? Pues échala tú de ahí. Vuelve a tu casa, señora, que si la cinta tomé es porque el juego jugué; que el alma en tu pecho mora, y la tuya vive en mí; a ti sola adoro y quiero. Despídete tú primero y vuélvete luego aquí. Ansí que el juego lo pide y fue término hidalgo. Señores, ¿mandaisme algo?, que me voy. Los pasos mide; no te alejes de manera que no aciertes a volver. Tengo mucho que hacer. Aunque estorbarlo quisiera, id, mi señora, en buen hora. ¿Haste, por dicha, partido? . ¿Es posible que te has ido, que me dejaste, traidora? ¡Oh, hermosa y bella Florinda! ¿Quién hay de tanta dureza que a la luz de esa belleza no se humille, postre y rinda? (¿Es posible que te fuiste, Angelia, y que me dejaste? ¿Es posible que mudaste los ojos de aqueste triste? ¡Que no me quiere dejar ese diablo de mujer, que yo no la puedo ver ni ella me puede olvidar!) Bien puedes darme un abrazo Si con mi afición te mides. ¡Traidor! ¿Un abrazo pides? Mejor pidieras un lazo, y fuera justa razón que pidieras un cordel, porque, ahorcándote de él, se acabara tu traición. ¿Piensas, traidor, que no sé que a Angelia quieres y adoras, y esas palabras traidoras son túnicas de tu fe? ¡A fe, que encarece y pinta bien Angelia su pasión, pues te envuelve el corazón en la color de una cinta! Pero no lo gozarás, que yo teñiré, traidor, de la cinta la color en que sustentado estás. Mis ojos con llanto igual, - viendo lo que el alma pierde, borrarán la color verde aunque fuera natural. Mira, mi bien, que se hace agravio a un alma que es tuya. Mi vida el cielo destruya antes que a Angelia me enlace. Yo, Florinda, vivo en ti y por ti la vida pierdo, que de Angelia no me acuerdo. Pues si eso es, Erbagio, ansí, dame agora aquesos brazos. (Está asomada a la puerta Angelia viéndolo todo.) ¿Qué es esto? ¿Abrazarla intenta? (¡Oh, amor! recibe a tu cuenta un lama puesta en dos lazos.) ¿No me abrazas? No me atrevo, que me dicen que ya voy... ¿Qué aguardas? Ya entiendo... Estoy... Mira que te aguardo... (Llevo tanto temor en el alma, que esa gloria... No lo haré... No la merece mi fe y escondérteme en calma) . No sé qué me siento en ti. ¿He de empezar yo la fiesta? {¡Qué tentación es aquesta! ¿Quién me metió en 'esto a mí?) Abrázame. Angelia, (Que le abraza.) (Que no la abrazo.) ¿No vienes? Señor, ¿en qué te detienes? Esta capa me embaraza. Y aun la ropilla también, y la espada es embarazo para no darme un abrazo. ¡A fe que me quieres bien! ¡Vete, traidor, y no niegues que me aborreces, si en tanto no quieres que con mi llanto forme un mar en que te anegues! (Vase Florinda.) ¿Fuístete? ¡Dulce alegría! ¡Gloria mía! ¡Mi consuelo! ¡Luz con cuya luz el cielo escurece el alma mía! Aunque con sólo mirarme puedes de luz encenderme y con mirarme y quererme puedes inmortal tornarme, mi dulce Angelia, no creo que gozo de este favor. y es muy demasiado amor y la fuerza del deseo. Pues cree que siempre estás adondequiera que estoy; y si acaso vengo p voy, conmigo vienes y vas. Mira que temo que estás muy rendido de Florinda. Primero a la muerte rinda la vida que tú me das. Mira que formo querella, mi bien, de que tal me digas. Y yo lloraré, si ligas el alma en el lazo de ella. Mi alma en tu pecho mora, que ya una vez te la di; pues si el alma vive en ti, ¿cómo he de darla, señora? Podrás rendirle dos almas, para mayor sacrificio; ofréceme a su servicio y ofrecerasle dos palmas. Basta, mi bien, que te burlas y con burlas veras labras. Siempre tomas mis palabras como palabras de burlas. Luego ;no te burlas? No. ¿Que de veras hablas? Sí. ¿Cuándo, Erbagio, para ti he tratado burlas yo? Digo que cierta sospecha de entrambos a dos recibo. Primero muera cautivo de quien nuestra ley desecha. Vuelve, mis ojos, los ojos; no los revuelvas con ceño, que mi palabra te empeño que me causas mil enojos. Gente parece que suena. Ricardo debe de ser. ¡Que por él he de perder tal gloria! No tengas pena, que yo me veré contigo mañana. Dime qué hora. De noche. Adiós, mi señora. Conmigo vas. Tú conmigo. En todo el lugar no hay tal, ni en la sala, ni en la calle, ni es posible que se halle de vuestro guante señal. Toda la calle he corrido con dos hachas que tomé, y en ella tengo por fe que el guante no se ha caído. En fin, ¿que no pareció? No queda en todo el camino. Mejor le buscó quien vino a buscar quien le perdió. Ese que os busca soy yo y anda siempre en vuestra busca; esotro no, que no os busca, sino que luego os halló. En fin, ¿que el guante os trujeron? Pues ¿cómo yo no encontré al que le halló? No sé, pues agora me le dieron. ¿Hay cautela semejante? Sin duda que te movió lo que aquella que pidió a don Manuel otro guante. Y si intento tan cruel te movió, fuera bastante que yo te diera otro guante como el que dio don Manuel. Mas por tu honor y fama no quiero con torpe mano darte, señora, el hermano, el guante de aquella dama. Mira que... No te disculpes, que no hay disculpa a tu culpa, y en lugar de dar disculpa será ocasión que te culpes. Ricardo se va enojado. ¡Ay, si fortuna ordenase que en libertad me dejase por libertar mi cuidado! Voy a dar orden de ver a mi Erbagio, antes que vea por no verle que se emplea en servir a otra mujer. Si más en eso me tratas te he de hacer quemar vivo. Reina, Pues ¿en qué estribas? Estribo en ser ejemplo de ingratas; porque el mundo de mí diga que en él una Reina encierra que hace a los hombres guerra por ser de ellos enemiga. Tanto aborrezco al que es hombre, tan contraria suya soy, que dondequiera que estoy me asombro de oír su nombre. Mira, señora, que es justo que rompas tan torpe ley , y que nos des. Reina, rey que nos gobierne a su gusto. Mira que tu reino queda sin heredero que herede; es bien que de ti nos quede hijo que heredarte pueda, Si tú te casas, tendremos rey que por rey conozcamos; si no te casas, quedamos sin rey, sin reina qué haremos . Mira, pues, cuál quedará sin reina y sin rey el reino. Agora por reina reino: muerta yo, rey le vendrá. Será rey contra derechos, y ansí lo será con guerra. En mí reinará, en mi tierra. Sí, pero no en nuestros pechos. Los más grandes de tu corte que te cases apellidan. Pues otra cosa me pidan que más a mi reino importe, ¿Con hombre había de juntarme? Cuando tal imaginara, sólo en pensarlo pensara que el cielo había de abrasarme. Queden sin rey y sin ley mis villas y mis ciudades, levanten comunidades sobre el ser cada cual rey. Que no tengo de tratar con hombre mientras que viva, y antes la muerte reciba que hombre me venga a gozar; antes si alguna mujer pone en hombre sus antojos, la he de hacer sacar los ojos que la hicieron querer, Y por que entienda mi tierra cuánto a los hombres persigo, contra Ingalaterra digo que pretendo mover guerra. Contra la tierra, mal dije, que a más venganza me entrego arbolen banderas luego contra el Rey que en ella rige. Este a las mujeres sigue, porque aborrece sus nombres, y yo persigo a los hombres, que quiero lo que persigue. Bastante ocasión me mueve a perseguir al tirano, pues él con sangrienta mano contra una mujer se atreve. A entrambos nos mueve un brío, a entrambos un desengaño, pues yo procuro su daño y él procura el daño mío. Por ser hombre le aborrezco, por ser mujer me aborrece; él a matarme se ofrece, y yo a matarle me ofrezco, No digo yo que esa guerra la dejes, mas que te cases, y una vez casada, abrases a fuego y sangre su tierra. Ya me amohínas de suerte que me ofendes y maltratas, y si más de ello me tratas te he de hacer dar la muerte. Pues, señora... No repliques. Mira que... No me aconsejes. Aunque sin vi Ja me dejes y aunque la muerte me apliques, no dejaré de avisarte de lo que a tu reino importa. Reina, Por no ver tu vida corta quiero irme y no escucharte. Pues aunque los pies ausentes por no escuchar la razón, yo he de buscar la ocasión de convocar a tus gentes. Casarte tienes, y darnos rey, que tu reino lo pide, pues si te casas se impide el mal que puede acabarnos. Voy a incitar las perdidas gentes sin lo de la corte, que aunque mi vida se acorte alargaranse mil vidas. Al fin. Alberto, lo que pasa digo; entré en la sala donde nunca entrara, pues vi, en entrando, mi contrario amigo; dos mil colores viéronse en su cara. ¡Ah, cielo! ¿No prosigues? Ya prosigo. Que una maldad tan conocida y clara bien merece que el mundo la publique y que al traidor castigo se le aplique. Entré, cual digo, y siéntome a su lado, y a tiempo fue que se empezaba el juego; la cinta anduvo el círculo usado hasta volver do se forjaba el fuego, y entonces con color disimulado tomó la cinta, de mi vista ciego contempla la color, los cabos mira, y con ella del juego se retira. No dio lugar a que segunda vuelta corriese la ocasión de mi tormento, que así, añudada, sin coger revuelta, con ella se salió del aposento. Quedé turbado, la cabeza vuelta, siguiendo sus pisadas por el viento, que, fingiendo un dolor en cierto lado, se levantó con ella del estrado. Con largo paso a sus espaldas deja los primeros umbrales de la casa; quíseme levantar, mas con la ceja Angelia puso a mi braveza tasa. Disimulado me llegué a la reja, y apenas divisé la cinta escasa i que en el sombrero, por mayor trofeo, la llevaba el traidor por camafeo. La fiesta se acabó, y apenas vide lugar para salir, cuando, rompiendo ¡Erbagio, Aurelio las pisadas mide. Por entre el golpe de la turba hendiendo ninguno el paso de que pase impide, antes me ayudan el camino abriendo, que en la color me conocían los hombres que iba sin alma el cuerpo, no te asombres. Al fin llegué contigo al sitio y puesto adonde agora de mi mal tratamos; pero si mi tormento nace de esto, ¿cómo en venganza el tiempo dilatamos? Ya que en mis manos tu deshonra has puesto, verás también lo que en tu bien trazamos. Pues traza, amigo, y traza de manera que este enemigo a nuestras manos muera. Déjame a mí, que yo haré de suerte que le tracemos al traidor. Advierte que suenan pasos de encubierta gente, y si la traza de su triste muerte por tus voces coléricas se siente, será ocasión... A aclararte empieza. ¿Quién hacia acá sus pasos endereza? De tu pasión informado, respondiendo a tu pasión, digo que estoy espantado de verte así emponzoñado del veneno de afición. ¿Cuál es el hombre que es hombre, que si sustenta este nombre se nombre de una mujer? ¿Quién tan ciego puede ser que del ciego dios se nombre? Esa amorosa pasión, ese querer, ese olvido, esa muestra de afición, esa Venus y Cupido origen de tu prisión, esos cuyos lazos tocas y cuyo favor invocas por alcanzar un favor, por quien al lascivo amor dos almas ciegas provocas, jamás en mi pecho asisten; para los cuerpos se queden que mujeril ropa visten. No es bien que en amor se enreden los que las armas resisten. Jamás a mujer rendí despojos; jamás vertí lágrimas por sus antojos; jamás lloraron mis ojos por el favor que perdí. ¡Oh! ¡Maldiga Dios el hombre que de mujer se enamora! ¿Tú quieres que yo me asombre? ¿De qué, Erbagio? De que agora quieres que libre te nombre. ¿No ves que es naturaleza que al alma libre endereza y la inclina a bien querer? Sí, mas no la fuerza a ser pertinaz en su dureza. ¿Quién me fuerza a intentos tales? Un amoroso accidente que fuerza a los animales. ¿y entiéndese entre la gente lo que en los irracionales? Esos sola inclinación los rige, y como razón les falta, al amor se entrega. ¿Y el hombre? Tiénela ciega. ¿Quién se. la ciega? Afición. Y esa afición, ¿de qué nace? De que al lascivo amador amor Ja razón deshace, que es lo primero que amor en un alma libre hace. De modo que para entrar amor a tomar lugar en un alma y posesión, ¿ha de cegar la razón? Primero la ha de cegar; primero la razón ciega y ella lo contrario niega, porque si no la cegara, nunca un alma se entregara a padecer cual se entrega. No quiero oír de mujer: "¡Por ti me muero! ¡En ti vivo! ¡De otra te siento cautivo! ¡A otra debes de querer!" No quiero ver ademanes de aquestas damas guzmanes por quien a morir te enseñas, que hacen al cielo señas para amartelar galanes. De experiencia juzgue el Rey el ajeno corazón. Habla, amigo, su pasión; que donde hay pasión no hay ley que se sujete a razón. Pues déjame, Aurelio, el cargo, que, pues de tu bien me encargo, carga será que me cargue hasta que la soga alargue que aprieta tu cuello amargo. En esto estriba mi gusto, Erbagio; yo gusto de esto, y pues yo de aquesto gusto, mostrad el pecho dispuesto a darme gusto en lo justo. En fin, ¿quieres que me aleje y el alma cautiva deje? Pues no podrán... No repliques, ni a servir damas te apliques si no quieres que me queje. Pues, dime, señor, ¿no fueran hombres de tu Corte, y tales, que este cargo merecieran con tus banderas reales y que más provecho hicieran? De un mozo cual yo confías tus banderas, y las fías sin saber lo que haré; muy buena cuenta daré de todas tus compañías. Sólo porque amor sujeta ese flaco corazón y. tan de veras le aprieta has de dejar la afición y has de tomar la jineta. Bien tu negocio se traza si Erbagio de aquí se ausenta. Por la corona que abraza mi cabeza, a quien se cuenta el honor que ella enlaza, que no ha de tener mi Estado algún hombre enamorado que a la guerra no le envíe, por que entre fuego se enfríe quien anda en hielo abrasado. Aurelio, vente tras mí, que voy ya trazando un hecho que ha de aprovecharte a ti, y si sale cual sospecho, también me va parte a mí. y más hay: que la mujer que en amores conociere, la tengo de 'hacer prender. ¿Por qué no he de ver arder a quien abrasarme quiere? Yo me partiré, señor, pues gustas que del amor no siga el dulce estandarte. Pues mañana con sol parte, so pena de ser traidor. Para Escocia se endereza la jornada que concierto; mañana a marchar empieza; queda por su Reina muerto, o tráeme aquí su cabeza por que mi furor mitigue. Que esta a los hombres persigue, yo a las mujeres, y pues también ella mujer es, también mi furia la sigue. Si su cabeza me dieres o el cuerpo en prisión sujeto, pídeme lo que quisieres, que desde aquí te prometo de darte lo que pidieres, como no pidas tu vida, que ésta es justo que se impida, porque puedes, confiado en la palabra que he dado, serme traidor y homicida, y es bien que los que pretenden con el Rey tan loco intento mueran, pues su fuego encienden. Justo es este (pensamiento; mas... Tus palabras me ofenden. No te ofendas, pues me pago, por servirte, de mi estrago. Pues obedéceme y calla. Ya yo callo. a la batalla te apercibe. Ansí lo hago. Las banderas se descojan que en mis servicios se alojan, y la caja rompa el parche tocando a que el campo marche. ¡Ah!... Tus razones me enojan. Yo arbolaré tus banderas, cual mandas que se enarbolen, aunque no cual de mí esperas, y aunque al viento tremolen las tus banderas ligeras. Yo me partiré cual dices, sin que más el fuego atices que me abrasa por quemarme. Yo parto a martirizarme sin que tú me martirices. Pártete luego. Ya estoy pensando. ¿En qué? En que tardo. Larga licencia te doy. ¿Qué aguardas? Tu gusto aguardo. Pues vete luego. Ya voy. ¡Ah, cielo, que ya se ve! No mormures, anda, ve. Voyme; mas si en ese pecho es verdad lo que sospecho, quien me agravia guárdese. ¿Posible es que puso el cielo tanto veneno encerrado, en este femíneo velo que, de su vista tocado, tiene emponzoñado el suelo? No es milagro que me asombre, mas que no me asombre el nombre de la mujer es milagro; pues si el alma le consagro no es quien la consagro el hombre, que no consagro tal palma a una mujer con modestia, y es más llano que la palma que si la consagro el alma no soy hombre, sino bestia. Señor, a la puerta aguarda una mujer por tu guarda y dice que hablarte quiere. No me entre aquí si no fuere en el pecho una alabarda. ¿Mujer tengo de escuchar? ¿Mujer ha de entrar aquí? ¿Mujer me tiene de hablar, que no hay cosa para mí más difícil de tratar? Déjenme entrar, pues es ley hacer justicia a su grey quien la gobierna en el suelo. Justicia le pido al cielo, pues no me la hace el Rey. Portero. Señor, los pechos estraga una mujer con sus voces por hablarte. Pues por paga apartadla de allí a coces o atravesadla una daga. Tened, que no habéis de entrar. Al Rey tengo de hablar aunque aquí me dejéis muerta. ¡Hola! Cerrad esa puerta. Por fuerza me has de escuchar. Ayer, cuando ya la luna sus rayos iba encubriendo, estando sola en mi casa con una hija que tengo, y por faltarla su padre con mi sudor la mantengo, Aurelio, tu secretario, a quien yo guardo respeto, rompiendo con mano armada las puertas de mi aposento, llegó con gente a la cama donde con mi hija duermo, y, queriéndola forzar, contra su fuerza y mi ruego, porque no lo consentí me arrastró de los cabellos. Y no fue el daño menor, que ojalá fuera el postrero, que no sintiera este agravio si no le hiciera más feo. De la sala me sacó y él se volvió luego adentro, y con mi hija y su gusto cumplió su malvado intento, dejándola deshonrada y él alegre y satisfecho. Viendo mi hija cuál queda mira tú qué hacer debo. Sola soy y sin marido; ni hermano ni deudo tengo, si tú no me haces justicia para ante tu Rey apelo, que éste, el día del juicio, me igualará con tu cetro, y al tomarte residencia te culpará si me quejo. Esta es, señor, la desdicha o la desgracia que tengo. ¿y las lágrimas también? De esas mis ojos estén hasta vengarme cual ruego. Salte de la sala luego. que Aurelio hizo muy bien. ¿Que hizo bien? ¿Qué me dices? Lo que escuchas. No te entiendo Rey: Que hizo bien. Contradices al nombre de Rey. Pretendo matar el fuego que atices. No te canses, que será verme a mujer blando ya ver que al agua venza el fuego y que al fuego mate luego la pólvora. Bien está. Bien encareces tu celo tan poco. De aquí te parte. No me repliques. Harélo. Lo mejor será dejarte. Justicia le pido al cielo; justicia pido a la tierra pues un Rey que en ella encierra no me la quiere hacer; antes, porque soy mujer, en mi deshonra me afierra. El Rey gusta que me aparte de ti, mas no será parte, pues contigo el alma dejo, y mientras yo más me alejo ocupas en mi más parte. No entiendo lo que pretende. ¿Para qué entenderlo quieres? Para saber de dó pende ser contrario de mujeres. El solo en eso se entiende, pues en ese extremo da. Tanto las persigue ya, que aquel que a mujer maltrata... Es porque una le fue ingrata, de quien olvidado está. Muy bien hace; huiga de ellas; muéstrese a todas cruel: persiga a las más estrellas, que ellas no son para él por no ser él para ellas. Pero volvamos al cuento de nuestro pasado intento. En fin, ¿quiere que te ausentes? Por fuerza. Poco lo sientes, pues lo dices tan contento. Si siento, pero la fuerza de ver que he de obedecer hace que mi gusto tuerza. En fin, ¿qué piensas hacer? Amor a callar me esfuerza; amor, viéndome penar, no me deja pronunciar tan rigurosa sentencia. ¿Qué has de hacer? Con tu licencia quiero... ¿Qué quieres? Callar. Callar me será mejor. Pues ¿no te partes? Temor me obliga a decir que sí. Luego ¿apartaste de mí? No, que ya me vuelve amor. No te partas. Partir tengo. ¡Ay! El alma he de partir, que no a despedirme vengo, ni a ella puedo repartir si todo en ti la entretengo. Acábate de aclarar. Pienso partirme a penar, pues el Rey así lo ordena. No serás solo en la peña, que yo te he de acompañar. Pero en tan triste partida sin tí, ¿qué tengo de hacer, que eres mi alma y mi vida? No soy en amar mujer, que en ausencia luego olvida. Yo me partiré, y es cierto que si partirme concierto no es porque quiero apartarme, En fin, que quieres dejarme; ya tu pecho has descubierto. Vete, si el estar conmigo te enfada. El cielo es testigo si tal me puede ofender. ¿Y acertarás a volver para visitarme, amigo? Mas ¡ay! que no acertarás; que olvidará tu memoria, si una vez ausente estás, el camino de mi gloria. En gracioso extremo das. Y es extremo y desatino, que aunque partirme imagino, lágrimas he de verter, que cuando quiera volver me enseñarán el camino. Esta señal dejaré; pero mira que vertidas cuando vuelva a ver tu fe, se secarán si me olvidas y el camino erraré. No le errarás, que el suelo, si eres tú mi cielo... El vuelo baja al hoyo. Cielo sí eres, si cual te quiero me quieres. Digo que agora soy cielo. Angelia, cielo me llamas y como a cielo me amas, pues cuando en el suelo el fuego se mata, el humo va luego al cielo desde sus llamas. El fuego que te ha hecho quererme dure encendido, que si le matas, partido el humo ha de ir a mí pecho y he de conocer tu olvido. Pues soy de firmeza ejemplo, esa fe que en ti contemplo no la mates, no se muera, arda en mi nombre, cual cera, por sacrificio en el templo. Sí arderá hasta que a ver tornes mi fe viva y cierta, y no porque soy mujer entiendas de hallarme muerta, que no me gasta el arder. Ya, mi bien, se llega el plazo de dar la lazada al lazo que las dos almas enlaza; pues un lazo las enlaza, abrácelas un abrazo. Ansí que toda mi fe a Florinda he entregado; en ella estoy transformado. A Florinda adoro. ¿Qué? ¿Qué dijiste? Que te quiero. Muy mal tu traición se tapa. ¿No te estorbaba la capa para abrazarla? En ti muero. Florinda, llégate acá que quiero hablarte a ti. Angelia, apártate allí. Traidor, aclarada está tu traición y tus cautelas: pues de Florinda te extrañas, señal es que a mí me engañas, pues que de ella te recelas. Bien sabes disimular. Quieres cumplir con las dos. ¡Traidor, maldígate Dios, que así me haces penar! Bien cumples lo que prometes; de presto me satisfice, pues de tus palabras hice cordel para que me aprietes. Tarde esperaré bonanza, pues una vez que la tuve se me deshizo, cual nube, al sol de ajena esperanza. Traidor, di: ¿qué te parece de esta cautela y traición? ¿Es aquese el corazón por quien el mío padece? Si es este el llanto, imagino, con que el camino regabas para acertar, si tornabas, por no errar el camino, presto tus ojos se truecan. No acertarás, si me olvidas, que esas lágrimas fingidas antes que caigan se secan. Bien disimulas tu engaño, y esta razón te condena, que si sintieras mi pena mal se disimula el daño. "Esa fe que en ti contemplo, pues soy de firmeza ejemplo, no la mates, no se muera, arda en mi nombre, cual cera, por sacrificio en el templo. ¡Qué bien estudiadas tienes, traidor, aquestas razones! ¡Qué bien partes corazones y en mil partes te entretienes! Mira, Angelia... No me hables. Erbagio, déjala entrar. No puedo. He de escuchar que tus traiciones entables. Ya, traidor, no habrá disculpa que disculparte me mande, que no hay disculpa tan grande que baste a salvar tu culpa. Déjala, Erbagio. No puedo. Florinda, déjame aquí. Traidor, no vengas tras mí. Erbagio, contigo quedo. Déjame, que no es posible dejarla. ¿Quieres dejarme? ¿Cómo? Si vas a matarme y es el vivir imposible. Acaba, que ya me enfadas. Erbagio, ¿quieres tornar? Angelia, venme a matar si de mi muerte te agradas, ¡Mal haya la cinta, amén, pues cuando de ella me acuerdo, y me acuerdo lo que pierdo, al alma privo del bien! Tal fuego se encienda en ella que te torne fuego a ti, pues por dártela perdí el bien que gané por ella. No te disculpes conmigo; ya la traición está hecha. Déjame. Que no aprovecha. Quédate. Tus pasos sigo. Déjame, que el ciego amor me lleva a desesperar. ¿Qué? ¿No me quieres hablar? Seguirte tengo, traidor. ¿Estáis bien en el concierto? Bien le apercibo en mi pecho. Pues, Aurelio, yo sospecho que ha de salir todo cierto. Tras Angelia caminaba y ella de él iba huyendo. Pues ¿cómo se tarda? Entiendo que Florinda le atajaba, y habrase allí detenido. En llegando, no aguardemos a que en vano trabajemos, que será mucho el ruido, y si acaso me cayere el soberbio bravonel, déjenme solo con él, que de la primera muere. No es razón que así le mates; mejor es como yo digo, que no es bien que con tu amigo con doblado pecho trates. Pues si es amigo, ¿qué ley, qué Rey, que Dios, qué razón le obliga a hacerme traición? ¡Aquí de Dios y del Rey! Escucha, que viene gente. Las espadas se aperciban y entre sus puntas reciban el pecho de este valiente. Angelia, ¿por qué me engañas? Poca firmeza hay en ti. Bien se muestran contra mí tus cautelas y marañas. ¡Muera el traidor que pretende ofenderme! Que no es él. Sí es; acabe el cruel que darme la muerte entiende. ¡Oh, traidores! Que me matan por no haberme conocido. ¿Dónde suena este ruido? ¿Dónde estas voces rematan? Bien cerca suenan de aquí. Horcajo, corre esa calle. Plegué a Dios que no los halle de modo que den en mí. Que do el corchete se mete no saca sino un chichón tamaño como un león, asido con el corchete. Prende al que vieres correr; prende al que huyere más. ¿Cómo? ¿Piensa que no hay más sino llegar a prender? Acaba, necio. Ya acaban. Miro que hay unos mocitos que traen unos cuchillitos que de pasada le enclavan, y me harán que no coma más pan, y si va a buscarme, hallarán que van a echarme como a las de Tibre en Roma. Anda, demonio, ¿qué aguardas? Ya voy ; no me mate tanto, que me hace tomar espanto. ¿Agora ansí te acobardas? El alboroto fue parte que perdiese una ocasión donde el premio y galardón no fueran pequeña parte. Señor, todo lo he sabido. En efeto, no fue nada. Una pendencia trabada fue la ocasión del ruido. Ya los hicieron amigos; ninguno herido se va. El mundo está lleno ya todo de mis enemigos. ¡Oh, pasión de Dios! ¡Cuál vengo de correr tras un ladrón. que le cojo en la ocasión si un poco más me detengo! Todo el pueblo he rodeado. ¿Tan presto? No puede ser. Si no he dejado el correr ¿no le puedo haber andado? En fin, por pies le alcancé; un hombre como un Sansón, valiente como un león, y la espada le quité. Metí mano para él ; afirmóseme, y envuelvo la capa al brazo, y revuelvo, y embisto, y cierro con él. ¡Lleve el diablo el bellacón! ¿La espada me quita ¡cuero! que la llevo al espadero a 'echar otra guarnición? Horcajo, ¿es éste el Sansón? ¿Es éste el hombre cruel, el que cerraste con él, el bravo como un león? Vuélvele luego la espada. ¡Vive Dios! Que si tuviera barbas como él, hiciera que la diera colorada. ¡Bien, por Dios! ¡Vaya el gallina! Llévese su espada y calle, o aguárdeme en esa calle, que ¡por Dios! que me amohína. ¿No ves que es muchacho y dan cuenta? Lo mismo hiciera si muchacho me volviera o él se volviera Roldan. Bueno está. Vamos rondando. Llama en cas de esa mujer. ¡Hola! ¿Quién es? ¿Qué ha de ser? El diablo que anda cazando. Abrid luego. No podemos. Pues romperemos la puerta y haré que se quede abierta. Aguárdense. ¿Que aguardemos? Todo el mundo se aperciba. ¿Por qué no dejan dormir? ¿Habéis de acabar de abrir? Ya está abierto. Sube arriba. Algún lance hemos echado, que de mala gana abrieron, y después que nos sintieron anda todo alborotado. ¡Oh, señor! Lance tenemos. ¿Qué dices? Aguarde un poco, que luego vuelvo. ¿Estás loco? Él quiere que le aguardemos. ¿Qué puede haber en tal casa? ¡Oh, señor! Buen lance echamos. Ya tu respuesta aguardamos. Luego diré lo que pasa. La casa está alborotada. ¿Qué puede ser? No lo sé. ¡Ah, señores! Óiganme. ¿Qué has topado? Una empanadla. ¿De qué? Dos amancebados. Un galán con una dama he sacado de la cama, como barbos empanados. ¿Hase visto tal maldad? ¿Quién son? El viejo meón y la que pesa el carbón. Muy buena gente, en verdad. Anda ve, sube por ellos. ¡Hola! ¿Acabáis de salir? ¿No nos dejaréis vestir? Ellos bajarán acá; pero, si queréis, subamos. Camine, señor Juan Ramos. Ya bajan ellos de allá. Helos aquí. ¡Gente honrada! Muy buenos presos son esos. Llévalos a entrambos presos. ¡Ay! Mire que soy casada. No llegues a mí, ladrón. ¿Ladrón, señora pelleja? ¡Vive Cristo! puta vieja que la abolle la facción. Diga, señora pescada, no cecial, sino abadejo, ¿cómo duerme con el viejo si, como dice, es casada? ¡Miren con quién fue a emplearse! Negocios son que acaecen y cada día acontecen. No tiene de qué espantarse. Ven acá. viejo braguero, ofrézcote a Belcebú; ¿no tienes vergüenza tú de andar cual gato en enero? ¡Hola, hola! Hombre honrado. No os descompongáis conmigo, que os pondré. Dios es testigo, como trapo mal lavado. Señor, si es casada ella suéltenla, que no es razón que la pongan en prisión. Váyase con Dios, doncella. ¡Vos doncella! Como yo, que fui tres años casado; ya sois de clavo pasado, ya vuestra flor se vendió. Ya que yo no lo soy trato con mil hermosas doncellas. Corchete, Sí, mas es para venderlas: que a fe que. hacéis barato de la fruta que se escota. "Voyme, señor alguacil; quede adiós, señor mandil. Corchete, ¡Vaya adiós, señora sota! Procura agora llevar al viejo, aunque más te ruegue, y antes que a la cárcel llegue. Horcajo, le has de soltar; que sólo quiero apartar una maldad tan extraña. Venid, viejo de Susana, que luego os han de azotar. Mocito, anda norabuena; ¿dónde llevarme queréis? Venid, que allá lo veréis. ¿Adónde he de ir? A la trena. ¿Qué es la trena, la dotrina? ¿La dotrina? Acabe ya. Mancebo, téngase allá, mire que ya me amohína. No saquéis cuchillo, viejo. ¿Quereisme llevar a mi entre los muchachos? Sí, para que les deis consejo. Ya entiendo vuestra malicia. Acabe el viejo podrido. V^iEjo. Téngase. Que me ha herido. ¡Ay, favor a la justicia! Que se resisten de mí. ¡Favor al Rey, que me matan! (Salen los Vecinos.) Vecinos. A la justicia maltratan. ¿Daremos al viejo? Sí. JORNADA SEGUNDA ¿Estame bien el vestido? Tan bien, que dice a tu gusto: viénete pintado y justo. Vendrá pintado y nacido. Ahora bien, Fabricio amigo, la paga de esto prometo si me guardas el secreto que quiero tratar contigo. Señora, agravio me has hecho. Pues ¿en qué te he hecho agravio? En sospechar de mi labio lo que se encierra en mi pecho. Tuyo soy : ordena y manda, dispón, concierta y propone, mueve, rígeme y compone, que siempre estoy de tu banda. Baja al centro de la tierra; sube a la región de fuego, camina al ártico luego, al mar donde el sol se encierra; dame vida o tenme muerto, quítame la paz que gozo, que mi pecho será un pozo, sin suelo, de tu concierto. Dime tu secreto aquí, que, pues procuro tu bien, aunque la muerte me den, nadie lo sabrá de mí. Dirasme que soy muchacho, y que con pequeño aprieto descubriré tu secreto sin más vergüenza ni empacho. Si te temes de esta mengua, dime el secreto, y después, por que más segura estés, córtame el pico a la lengua. Yo estoy de ti satisfecha: ya tu pecho he conocido. Pues sabrás que este vestido, que es causa de tu sospecha, me ha de llevar donde quiero, que es donde mi Erbagio está, porque él sin mí vive allá, y yo sin él acá muero. No puedo sin él vivir, y así, pretendo con él morir o vivir por él, qué lo más cierto es morir. Fabricio, tú has de seguirme y jamás decir quién soy, que el hábito con que voy bien basta para encubrirme. Y otra cosa has de hacer, que me es de importancia harta, y es que has de dar esta carta a Erbagio, de una mujer. Fabricio, Y esa mujer ¿quién será? Es Florinda. Bien entiendo. Veré, con lo que pretendo, si Erbagio la quiere ya; veré si se acuerda de ella, si con la carta recibe contento ; si muere o vive, si vive o muere por ella. Y yo luego llegaré con otra carta que diga que es de Angelia, su enemiga, y leyéndola, veré con cuál de las dos se huelga. Con cuál recibe más gloria, a cuál mide la vitoria que de su memoria cuelga. Este es, Fabricio, mi intento. Fabricio, Pues contigo determino ponerme luego en camino. Darasme en ello contento. Pues vamos, señora, y deja lo que en el secreto estriba a mi cargo. Mientras viva a mandarme te apareja. Yo soy quien ha de servirte. Angelia, Yo quien tiene de agradarte. Partiremos luego. Parte, que luego quiero seguirte. Entra y darete la carta. Vamos, y dámela, pues; mueve, señora, los pies; de este lugar los aparta. Todo el mundo me importuna, contrastando mi contento, pues cuanto hacer intento me deshace la fortuna. Ya no me queda esperanza de satisfacer mi pecho, pues la fortuna ha deshecho la ocasión de mi venganza. A Erbagio ausentó de aquí, y cuando el Rey le ausentó de las manos me quitó el bien que entonces perdí. Aurelio, no te congojes, que, pues Angelia te queda, no hay razón que formar pueda causa para que te enojes; y si no te satisface estar con ella y sin él, muera Erbagio, pues que del tu pena resulta y nace. Ese punto sólo aguardo; mi remedio es descubierto. Tú solo puedes, Alberto, matar el fuego en que ardo. Pues lo que pienso hacer lo quiero tratar contigo. Declárate presto, amigo; amigo, date a entender. Pues oye : tus esperanzas se ven ya sobre la luna. ¡Ah mudanzas de fortuna! ¡Sola en mi daño mudanzas! Ricardo es éste, sin falta; no es bien que nos halle aquí. Aurelio, vente tras mí, y direte lo que falta. Angelia, ¿dónde caminas? ¿Quién de mis ojos te lleva? ¿Quién hay que los pies te mueva? ¿En qué piensas? ¿Qué imaginas? ¿Por qué mal no me socorres y de la razón te alejas, que al que más te quiere, dejas, y tras quien te olvida, corres? Pues, Ricardo, ¿qué hay de nuevo? Muchas cosas nuevas hay, que el viejo tiempo las tray, que a decirlas no me atrevo. ¿Qué son? Mudanzas. ¿De quién? Del tiempo. ¿Quién las alcanza? Quien alcanzó mi esperanza. ¿Quién fue? Quien robó mi bien. Aclárate más conmigo, que tu desgracia recelo. Quiérome aclarar, ¡ah, cielo, de todo mi mal testigo! ¡Angelia! ¡Angelia! ¿Qué dices? Que Angelia mi bien causó y de ella mi mal nació. Tú mismo te contradices. En efeto. Angelia es ida tras Erbagio. ¡Ah, dura suerte, cómo acercas a la muerte una miserable vida! ¡Ah, traidor Erbagio! Calla, que tú la culpa tuviste. Yo callaré, mas ¡ay, triste, qué mal el daño se calla! Ricardo, ya la fortuna me dejó del lazo suelta, y agora ha dado la vuelta en otro que me importuna. Un tiempo te aborrecí y a Erbagio quise, y agora a Erbagio aborrezco y mora el alma que él tuvo en ti. Tuya soy, Ricardo mío. ¿Qué dices? Que tuya soy y que por tu causa estoy abrasada en hielo frío. Vuelve a quererme, mi bien, pues Angelia de ti huye y por Erbagio atribuye a gloria cualquier desdén. Ricardo, no puedes, Florinda, dar remedio al mal que padezco, porque si a Angelia aborrezco a nadie es posible amar; que primero el sol dará de noche la luz al día, y primero el alma mía finita y mortal será, y primero tú verás lo que es imposible ver, y primero has de tener lo que jamás no tendrás, y primero desde el suelo verás lo que el cielo encierra, y en el centro de la tierra verás el noveno cielo. y primero llanto eterno el que descanso tendrá, y al que pena dejará de atormentar el infierno, que yo te quiera, y primero no será cierta la muerte y lo flaco será fuerte, que olvide aquella que quiero. Bien encareces, traidor. mi olvido y tu amor. Escucha, que si tu afición es mucha también es mucho mi amor. Y pues soy aborrecida, al cielo daré mil voces: yo haré que no la goces, aunque me cueste la vida. Ningún temor me acobarda, y pues de Angelia te acuerdas, yo haré, traidor, que la pierdas. Aguarda, Florinda, aguarda. Desesperada se va. y temo no me levante alguna traición que espante a quien de mí la creerá: que es mujer y va ofendida, y quizá en mi daño piensa satisfación de la ofensa de ser de mí aborrecida. ¡Oh sueño aborrecible y temerario! Tenedme, amigos, que sin seso quedo por mi enemigo y capital contrario. ¿Qué es esto, Rey? Sosiégate. No puedo; que ya la muerte contra mi dispara en triste flecha original del miedo. Si más tu majestad no se declara, todos ignoran la ocasión que turba el natural color de aquesa cara. Una mujer es, ¡triste!, quien perturba mi paz y mi sosiego y quien intenta hacer lo mismo en la plebeya turba Pues ¿qué te ha sucedido? Danos cuenta de tu pena, señor, por que se aplique remedio al daño que tu pena aumenta. La fama pregonera comunique con vosotros mi mal, y todo el mundo mi fiero extremo y mi dolor publique. Sabed, amigos, que mi daño fundo, ¡ah, cielo! ¿En qué le fundas? Escuchadme, y escúchenme los cielos y el profundo. Mas antes que lo diga, amigo, dadme la muerte y no se sepa un torpe hecho. Matadme, amigos, ¿qué hacéis?, matadme. Sosiega, Rey, el alterado pecho; dinos la causa que te aflige tanto, quizá te dejaremos satisfecho. Pues ya que el cielo, o mi confuso llanto, os incita a saberlo todo, os pido que estéis cual suele el áspid al encanto, porque tan noble y principal sentido no participe de escuchar un caso, el más abominable que habrá oído. Ya de paciencia el término traspaso; no nos tengas confusos, señor, dilo, que estoy, cual hoja, tremolando el paso. Y yo, formando de mi pecho un Nilo por ver que desde anoche, anoche triste,. yo propio con mi infamia me aniquilo. Tuve en la cama... Di lo que tuviste. La causa que me pone en tal estrecho, por quien el alma de dolor se viste. Al fin, cuando se rinde el flaco pecho al dulce sueño, me acosté en la cama. ¡Fuera, pluguiera a Dios, pedazos hecho por no sentir el fuego de esta llama! En fin, apenas di tributo al sueño, cuando sentí abrazarme de una dama. Sólo en contarlo mi palabra empeño, que paso más que muerte al fin ha sido. Con ella estaba, cuando luego sueño que estaba mi pecho de amor herido, que la abrazaba, que la daba abrazos, de amoroso regalo enternecido; que la abrazaba con estrechos lazos el blanco cuello, que cortara agora del cuerpo, que hiciera mil pedazos; que la estaba diciendo : "Mi señora, por ti muero; tú me das la muerte, pues muere por gozarte quien te adora." Y que ella se hacía constante y fuerte por no venir a conceder mi ruego. ¡Oh triste trueco de mi triste suerte! ¿Qué rayo abaja publicando fuego? ¿Qué tempestad el fiero mar levanta que iguale a mi mortal desasosiego? ¿Yo con mujer conformidad, y tanta, que en una cama nos juntase el cielo? ¿A quién no espanta lo que a mí me espanta? ¿Cómo es posible que me sufre el suelo y no me traga? ¡Abrase la tierra y trague un Rey precipitado a duelo! ¿Qué es esto, cielo, que mi pecho encierra memoria de mujer, que a mujer nombro, que una mujer me haga tanta guerra? ¿Soy yo quien viendo una mujer me asombro, y no soy quien gusta de buscarla y quien para que pase el suelo al hombro? ¡Oh, Rey, el más infame que se halla! Dejadme, que reviento de coraje; reviento, digo, o tengo de matarla. ¿Tengo de consentir que tanto ultraje me haga una mujer? Aguarda un poco, que no dice esta furia con tu traje. Estoy a pique de tornarme loco, y ver que una mujer la causa sea hace que toque en el furor que toco. Sólo venganza el corazón desea, y por vengarme de mujeres muero, que soy quien en su daño el tiempo emplea. Mil veces por momento desespero, mil veces doy lugar al pensamiento de quien la fiera ejecución espero. Mil veces ciego de furor reviento por vengarme de aquestas mujercillas, y dos mil en su daño la edad cuento. No siento tanto las reales sillas verlas a pies de mi enemigo puestas como esas amorosas pasioncillas. No las nuevas, confusas y molestas de haber sorbido el mar toda mi armada me aflige, así cual amorosas fiestas. Que un sueño, que una sombra alborotada, por ser de una mujer, me aflija tanto, y que de ellas mi Corte esté poblada! ¿Qué es esto, cielo soberano y santo? ¿Queréis con sueños acabar el cetro que a un Rey sublima y favorece tanto? Señor, el sueño no es cierto, sino vana fantasía. Cierta fue la pena mía, pues me dejó casi muerto. Temo tanto su crueldad, que aun la imagen suya temo. Temo el fuego en que me quemo por ser sombra de verdad. Yo haré a Ricardo agora que se arrepienta su pecho de lo que conmigo ha hecho. ¿Qué es lo que queréis, señora? Al Rey quiero hablar, señor. Quitadla presto de ahí o llevadme a mí de aquí, que aumenta más mi dolor. Mi triste muerte es ya cierta. Señor... Sacadla allá fuera. Escucha. ¡Matadla, muera! No es razón. Abrid la puerta. Dejadme salir. ¿Qué es esto? Arrojareme de aquí. ¿Cómo delante de mí habla mujer? Idos presto. Ya me voy. Óyeme, Rey. Vaya fuera, que me ofende, y darme la muerte entiende contra justicia y sin ley. Ya me voy. Salíos, pues. Mira que Ricardo... Calla, no hables. ¿Queréis sacarla? Señora, moved los pies. Alguna traición traía Florinda con que engañarte. ¡Cielo, acaba de cansarte de ofender la vida mía! ¡Ah, mujeres! ¡Quién pudiera todas juntas acabaros, que por el gusto de daros muerte, mil muertes sufriera! Rey, Ricardo te levanta un bien falso testimonio. Quitadme aquese demonio, que con su vista me espanta. Porteros, ¿adónde estáis? Por fuerza se entró, señor. Vos me pagaréis, traidor, la pena que me causáis. Seguidme, que ya no puedo resistir su vista amarga. Ricardo, mi pena alarga; quita de la muerte el miedo. Traidora, ¿qué imaginabas decir al Rey de Ricardo?... Aún decir al Rey aguardo lo que en palacio intentabas. Ricardo, ¿Qué intenté en palacio yo? ¿Matar al Rey no intentaste cuando el veneno le echaste? ¡Malhaya quien te encubrió, que fui yo, pues que tan mal me pagas lo que allí hice, pues que tu traición deshice con otra traición igual! ¿Hay maldad que a aquesta iguale? ¿Yo intenté jamás tal hecho? Con el Rey valdrá este pecho ya que contigo no vale. Quédate, traidor, que aguardo que has de venir a rogarme. Florinda puede matarme si en poner remedio tardo, porque habrá cosa de un mes que el Rey en cierta bebida halló su muerte escondida, que ahora la mía es. Cierto veneno le echaron, no se supo quién lo echó, si agora dicen que yo los que el veneno hallaron, el Rey creerá que es ansí, y más si Florinda jura, que jurará, quien procura vengarse en esto de mí. Pues no hay cosa que me importe más que partirme a la guerra y ausentarme de esta tierra, dejando el palacio y corte. Amor me da la ocasión que más el alma desea para que a mi Angelia vea huyendo de la prisión. Ella tras Erbagio fue, ahora voy yo tras ella, que con la luz de mi estrella a tiento la hallaré. Soldados: ya la ciudad sus chapiteles descubre, y el valor que en ella encubre verifica su bondad. Mañana en ella entraremos aunque pese a quien la rige. Largo es el plazo que dije. Por ser tarde, aguardaremos. Idos, y dejadme solo, y volved de aquí sin falta cuando ya la luz nos falta por el ausencia de Apolo. Amor, ¿qué pasos son éstos? ¿Qué vida es ésta importuna? ¿Tiene acaso la fortuna mis pies en su rueda puestos? ¿Tiénesme acaso en el cielo, o en el hondo del abismo? Mas ¿quién mejor que yo mismo puede juzgar de mi duelo? ¿Vivo acaso, o muero yo? Sí muero, y vivo penando, pues muerto estoy aguardando vida de quien me mató. ¡Ay, Angelia! ¿Qué recelos en tu pecho se engendraron que la vida me quitaron, pues fueron muerte tus celos? De Florinda los tuviste. ¡Mal fuego a Florinda abrase y a mí cuando te dejase por la ocasión que dijiste! Gente parece que suena. Señor, esté norabuena. Y en ella vengáis, rapaz. ¡Qué buen principio de paz! Será principio de pena. ¿Qué buscáis o qué queréis? Busco un hombre de mi tierra, si acaso le conocéis, que diz que vino a la guerra. Mala información traéis. ¿Cómo se llama ese hombre? Un hombre es que sabe mucho. ¿Cómo se llama? Perucho, ¿acuérdaste tú del nombre? ¿Yo? No por cierto; ¿de qué? Pues yo tampoco me acuerdo. Pero las señas diré, y pues por señas le pierdo. por señas le ¡hallaré. Tiene de verde el vestido; pero ya le habrá rompido, que yo a romperle empecé. Vístese de poca fe y trae la capa de olvido. ¿Cómo? ¿Qué color es ésa? La que mi gusto interrompe y pésame. ¿De qué os pesa? De que la color no rompe que dejó en mi alma impresa. No os entiendo. Ni tampoco entenderéis que estoy loco y no me dejo entender. Hablo por una mujer que él dejó y estimó en poco. Pues decidme, si os lo enseño, ¿conocereisle? Por Dios , que me parece, o lo sueño, que casi parece a vos; pero no, que es más pequeño. ¿Tanto me parezco a él? Mira, si acaso soy él, que podría, por ventura. No, que no tiene él postura de ser tan malo y cruel. ¿Tan malo ha sido? ¿Qué ha hecho? Deja una dama con queja y huye de su provecho, y aunque la olvida y la deja, ella le tiene en su pecho. Por él deja su quietud; por él huye la virtud, y, en fin, por él se fatiga. ¿Qué mayor desgracia, diga? ¿Qué mayor ingratitud? No llores, por Dios, que haces que yo me acuerde de cosas... Si esas cosas fueran paces, a las palabras llorosas que escuchas a los rapaces, mi tormento y padecer Se convirtiera en placer. No entiendo tu desvarío, que aplicas al dolor mío memorias de otra mujer. Ven acá; que yo me asombre es razón de oírte hablar. Sin saber señas ni el nombre, di: ¿cómo piensas hallar entre tantos ese hombre? Dime a mí lo que le quieres, y está seguro después de lo que aquí me dijeres. Quizá por lo que le quieres descubriré yo quién es. Pues el principal indicio es que la dama me dio un papel. Calla, Fabricio. ¿Traéis carta? Sí. Hablara yo para el día del juicio. Muestra, que en ella dirá de quién viene o a quién va, que siempre en el sobrescrito va a quien va la carta escrito. Y en aquesta lo dirá. "Para Erbagio, capitán." A mí vienen, rapacito, las letras que en ella están. ¡Ah, señor mozo, pasito! Erbagio, señor galán. Espantóme que un mancebo hable tan tosco. Soy nuevo en hablar de cortesía, y turba la lengua mía la pesadumbre que llevo. Nunca andaba en las callejas de la corte, do los nobles hacen las casas con rejas, sino entre encinas y robles guardando cabras y ovejas. "La que te adora y te quiere y en tu ausencia pena y muere y espera que amor te rinda por que la quieras, Florinda." Pues, hasta la muerte espere. "Bien sé que a mí me aborreces por Angelia; ella te olvida por Ricardo, y tú padeces por quien te quita la vida y la quitará m.il veces. Pues avisote que está con Ricardo envuelta ya, y tú por ella interrompes..." ¡Ah, cielo! ¿Por qué la rompes? ¿Qué ocasión la carta da? Quisiera cortar los brazos que trujaron tal papel. ¿Por qué la has hecho pedazos? Porque aquí me pinta en él unos amorosos lazos, y quien los pinta me asombra. Mas porque a mi Angelia nombra, pedazos, quiero guardaros y con el alma juntaros porque viva a vuestra sombra. Ya que el cuerpo ver no espero, veré a lo menos el nombre de la ingrata por quien muero. Quiero besaros en nombre de aquella que adoro y quiero. Pardiez, que agora en él caigo, y que otra carta le traigo; mas no ha de ser tan cruel que despedace el papel que yo con el alma arraigo. Muestra, veré cuyo es. A su voluntad me postro; mas temo el verla después... Concoerasme en el rostro si me es de algún interés. "La que de tu ausencia harta, porque amor de ella reparta, vive, sin el alma suya, Angelia, cautiva tuya." ¡De mi Angelia es esta carta! ¡Oh nombre, oh papel, oh firma, oh pluma dichosa, oh letra, oh tinta donde se afirma nombre que al alma penetra y en gracia suya confirma! Mil veces te veo y pido perdón de haberte ofendido. Si ansí tu afición se gana, pues hoy resucita ufana un alma muerta en tu olvido , dime que en su mano estuvo aqueste papel. Sí estuvo, pues su mano me le dio. Pues porque ella le tocó hasta mi boca le subo. "Mi afición pide que escriba, tu olvido a callar me obliga; no sé qué remedio siga en batalla tan esquiva. Pero al fin, el afición vence, y digo que te acuerdes de aquellos colores verdes, principio de mi prisión. Bien sé que en ausencia estás de todo lo que ha pasado, tan ajeno y descuidado, que aún memoria no tendrás de la pena que padezco, pues a eso sé que empleo en ti todo mi deseo, pues por ti a morir me ofrezco. Tuya soy, tuya he de ser. Si por Florinda me olvidas, quedarán por ti dos vidas sujetas a una mujer, y está seguro, .mi bien, que eres de mí tan querido, que jamás entrará olvido do tus memorias estén. Bien puede el cielo acabarme y la fortuna importuna; mas el cielo y la fortuna no podrán de ti apartarme. El que aquesta lleva agora no le tratéis cual villano, porque es de leche mi hermano, hijo de una labradora. Regálese como a mí, que lo que por él se hiciere lo recibo yo si fuere hecho por amor de mí." ¿Que tú eres su hermano? Digo que soy su hermano y amigo, y aun tan cercano lo soy, que dondequiera que estoy vive en mi pecho conmigo. Yo soy ella y ella es yo: por eso no me deseche, ya que por mí la buscó, que mamamos una leche y un padre nos engendró. Buena necedad, por Dios; mas ¿qué leche os toca a vos si de un padre os engendrastes? ¿Luego a malicia lo echaste»? Yo llamo mi padre a Dios, ¡Bien, por Dios! Bien nos hablastes. ¡Gran ciencia en tu pecho mora! mas cuando a Angelia dejaste, dime. amigo, dime agora lo que con ella pasaste. Yo la dije que me diese quien conmigo acá viniese porque el camino no errase, o al menos que me enseñase porque yo no me perdiese, y ella respondió : "Imagino que con las lágrimas suyas dejó regado el camino, por donde las plantas tuyas sigan el rastro divino. Sigue el rastro, no te ciegue el sol, ni el andar te niegue, ni el agua te ponga espanto; puede mi bien llorar tanto, que todo un camino riegue." Yo por el camino vengo, pero lágrimas no hallo, y en buscarlas me entretengo. Calla, amigo. Ya yo callo, aunque ocasión de hablar tengo. Yo he de callar mi cuidado. A fe, dígame, ¿ha llorado? Que no se le ve en los ojos. Encúbrenlo los despojos que de ellos a Angelia he dado. ¿Cómo? ¿Qué despojos son? Los que me tienen ya muerto; los que brota mi pasión: unas lágrimas que vierto salidas del corazón. ¿Luego verdad viene a ser lo que Angelia dio a entender, que dejó, cuando acá vino, regado todo el camino para acertar a volver? Las lágrimas, como tales, van a salir : pero luego, por atajar sus raudales, sube de mi pecho el fuego que seca los lagrimales. Y ansí, por esta ocasión, aunque es mucha mi pasión, no se echa de ver mi llanto, ¡porque ya he llorado tanto que está seco el corazón! ¡Ay, qué lástima! No llore, que se secará en dos días. Cuando yo en tu hermana more ¿quitarán las ansias mías que con el alma la adore? Ahora bien; vente conmigo. ¿Cómo te llamas, amigo? Señor, yo me llamo Antón. Pues, Antón, de mi pasión seréis de vista testigo. Antón, en esta cercana villa quiero que os quedéis, en casa de una aldeana, de quien servido seréis. Por tener tan buena hermana, este es el medio mejor. . . Con él tengo de ir. señor, si a mi hermana se sujeta, para paje de jineta o por mozo de atambor. Que suelen muchos guzmanes venir niños a la guerra por sólo verse galanes, y luego van a su tierra sargentos o capitanes. Yo quiero volver galán do mis parientes están, y aun ser capitán podría, porque siempre el alma mía va aspirando a un capitán. ¿Quedaraste aquí, sin duda? Iré contigo sin falta. ¿No ves que en la tierra cruda muchas veces el pan falta? Sustentarame tu ayuda. No podrá mi corazón sufrir que duermas, Antón, sobre los duros terrones, y yo con blandos jergones cercado de pabellón. Pues, señor, si el interés de dejarme en tal jornada haber pocas camas es, no se le dé de eso nada que yo dormiré a tus pies. ¿A mis pies? A sus pies de él. Limpio estoy como un papel. Y' aun más de dos veces, digo, quisiera él dormir conmigo y yo no quise con él; y aun me daba el almohada, mas ya me niega los pies. Tu conversación me agrada. Tiempo ha de llegarse, pues, que busque lo que le enfada. Ven conmigo, sígueme. Camine, que sí haré. No te pierdas. Si me pierdo será porque del me acuerdo, y por él me perderé. ¿Estás en el caso, Alberto? Sí, porque es traza escogida. Pues en aqueste concierto está quedar yo con vida y Erbagio a mis manos muerto. Dirás que Erbagio le trata muerte, que Erbagio le mata, y que Erbagio le es traidor confiado en el favor en que su culpa recata. No te turbe ni te altere la temeridad del hecho, que si Erbagio una vez muere, de la fortuna sospecho hará lo que le pidiere. Sin darle muerte quisiera que tu gusto se hiciera. Mira, que ya sale el Rey, Rompe del, temor la ley que el corazón tuyo altera. Casamiento me pide, casamiento. Primero parará en el primer moble el curso de su antiguo 'movimiento que a tal sujete corazón tan noble, y antes el arco del postrer tormento se doble en mí que amor el suyo doble, y antes que de este intento me demude del cuerpo el alma a padecer se mude. No lo pide la Reina, mas los grandes, que quieren Rey que los gobierne y rija; y ya es razón, señor, que el pecho ablandes y a la razón que tienen se corrija. Ellos gustan, señor, que tú los mandes. Y tú gustas también que yo me aflija, pues que negocio semejante tratas sabiendo que en tratarlo me maltratas. ¡Malhaya el hombre que a mujer sujeta el libre corazón!, porque es un yugo que no sólo el exento cuello aprieta del que de amor la sujeción le plugo, pero es del alma una pasión secreta; juez secreto, público verdugo, y la mujer que más al hombre adora con poca causa lo que quiso Hora. Si dice que se muere, entonces vive; si dice que te adora, te aborrece; si llora, es por la gloria que recibe; si ríe, es por la pena que padece; si dice que te olvida, se apercibe para quererte ; finge que se ofrece a darte vida cuando acaso mueres. Tales son las cautelas de mujeres. Alberto, llega. No me atrevo. Alberto, Llega. Espera un poco. ¿Qué te turba? Alberto, El miedo. ¿Qué miedo? El que me ciega. ¿Quién te ciega Aguarda, que yo llego; mas no puedo. Pues ¿quién lo niega? La razón lo niega. Aguarda, que yo voy; pero el enredo me falta por trazar. ¿Qué diré, amigo? Lo que quisieres, y hazme a mí testigo. Yo voy; agora voy; espera un poco. Diré que Erbagio una traición ha hecho; que tú la sabes. En tu industria toco. Ya no me atrevo, que recela el pecho. Medroso estás. Y tú medroso y loco, pues ya mi perdición por ti sospecho. Aparta, que yo voy; llega conmigo. Llega tú solo y hazme a mí testigo. Yo parto. ¿Qué estás dudando? ¡Oh, Rey! Dame aquesos pies. Ya yo lo estaba aguardando. Levanta. Escúchame, pues. Ya mi bien se va trazando. Rey supremo, ¿qué razón mueve el fiero corazón...? Bien mi negocio se entabla; que el ánimo con que habla hará verdad la traición. ¿Qué dices? Que sin justicia, y esme el cielo buen testigo... Pero de aquella malicia... Ya voy turbado; ¿qué digo?... Sólo venganza, codicia. Señor, no quiero cansarte, Aurelio viene a hablarte. ¿Qué dice aquel hombre? Digo que él conoce un enemigo que ha procurado matarte. Este dirá todo el caso, que yo, señor, no lo sé. Paso, Alberto ; habla, paso. ¡Ay, triste! ¿Qué le diré, que el temor ataja el paso? Dime, Aurelio, ¿quién ha sido el traidor tan atrevido que a su Rey matar quería? Sabrás, Rey, que estuvo un día en tu palacio escondido un hombre, con pensamiento que diese la noche fría lugar a su fiero intento. Yo le encontré, que salía de tu secreto aposento, y como me conoció, todo el rostro se cubrió porque no le conociese, bajó del palacio y fuese sin que el rostro viese yo. No le conocí ; mas creo que tengo de conocerle por cierta traza y rodeo, y, conocido, ponerle por cebo de tu deseo. Pluguiese al cielo que ya el que tras matarme va estuviese en estos brazos para hacerle pedazos si por dicha vivo está. Señor, aqueste soldado una maldad intentaba que te dejará espantado: que aquesta niña forzaba. ¡Oh! ¿Lo hizo en despoblado? Sí, señor, los dos lo vimos y por eso lo prendimos; que a los gritos que dio ella diciendo que era doncella, desde el camino acudimos. Doncella, ¿es esto verdad? Sí, señor ; que yo llevaba a vender a la ciudad pan cocido, y éste andaba tras manchar mi honestidad. Haz que mi fama recobre, que como pobreza sobre. Iba, cual digo, a vender pan para poder comer, que soy de gente muy pobre. Supo que venía yo a la ciudad, y siguiome, y tanto me persiguió, que en medio el campo cogiome y su voluntad cumplió. Ya tu lástima he escuchado no digas más, calla un poco. Pero ven acá, soldado, ¿estabas, por dicha, loco, o estabas endemoniado? Señor, ya yo cometí el pecado, pero en ti tengo de hallar favor. Haz tú, Rey y señor, en perdonármelo a mí. En fin, ¿la forzaste? Digo que sí. Pues óyeme, amigo. Porque a mujer ofendiste no te castigo, que hiciste muy bien, el cielo es testigo, y ansí te perdono, pues fue contra mujer tu pecho. Soltadle. Preso, Dame esos pies. Pero porque con tu hecho ánimo a muchos no des, de una almena le colgad, pues tuvo tal libertad que en mujer puso los ojos; y por señal y despojos el corazón le sacad. Y no te mato por ser mucho el daño que hiciste, que antes me hiciste placer, sino porque te atreviste a querer bien a mujer. Señor, mira que... Llevadle y de una almena colgadle. Y tú, niña, vete luego si no quieres que en el fuego te arroje. ¡Qué buen alcalde! Tú, Aurelio, saber procura quién es el traidor infame que darme la muerte cura, porque luego se derrame su sangre en la tierra dura. Aurelio, ¿qué es lo que has hecho? ¿Qué quieres? Turbome el pecho el cogerme de repente. Alberto, Eres poco suficiente para tan soberbio hecho. Pues óyeme. Ya has sentido lo que al Rey acaso dije del traidor que ha pretendido darle muerte, y él se aflige por no haberle conocido. Este habernos de fingir que es Erbagio, a quien sufrir no puede el Rey, y su muerte será cierta. Pues advierte bien lo que 'has de decir. No ha de ser agora el 'trago. Tiempo mejor hallaremos de dar a Erbagio su pago. Pues vamos, Alberto. Entremos a apercibir el estrago. Fabricio, ¿qué te parece? Que merece Erbagio al justo tu gusto. ¿Cómo mi gusto? ¿Por qué causa le merece? Porque te paga el amor, aunque adeudarle procuras, y sufre mil desventuras esperando tu favor. ¿No notaste lo que hizo cuando la carta le di? Todo, Fabricio, lo vi, y mucho me satisfizo. Y después, cuando le diste la tuya, ¿no le miraste lleno de contento? Baste. Baste, pues, si tú lo viste. No sabes tú la traición que Erbagio encierra en su pecho. Otro Galalón se ha hecho, no fue solo un galardón. Disimulemos, que importa hasta ver en lo que para una cautela tan clara con que mi esperanza acorta. Idos delante, que yo quiérome quedar atrás. Soldado. Pues ¿solo te vas. señor? Aguardarémoste. No. Idos delante de todos. Pues ¿en qué se entiende, Antón? En dar fuego al corazón por muchos y varios modos. ¿Hallaisos bien en la guerra? Nunca la guerra me espanta, porque no mide mi planta en paz un palmo de tierra. Dábanme en mi casa fuego y continua batería; mira en casa que no es mía cómo esperaré sosiego. Ya volveréis muy soldado cuando a la tierra volváis. Si con la que voy me dais, me volveré muy medrado. Pues ¿qué quieres que te dé un hombre que nada es suyo? Todo lo que tengo es tuyo. Por cierto, muy bien se ve. Ese papel me hallé hoy junto a los pies de su cama; mire si es de alguna dama, y agradece a que lo doy. De doña Juana. Bien puedes romperle. ¿No importa nada? Guarde la carta, y guardada espere de ella mercedes; pero yo lo escribiré a mi tierra y a mi hermana que tiene una doña Juana, y aun quizá yo le diré... ¿Esto tenemos ahora? Buen pago le dais, pardiez, y es justo, porque otra vez mire de quién se enamora. Ven acá. Si ella me quiere, ¿qué tengo yo de hacer más que no querer? Querer a quien por su causa muere. Mire, no me espanto yo que levante el pensamiento a nuevo entretenimiento. ¿Que eso no te espanta? No. Pues ¿qué te espanta? Negarme lo que con los ojos veo, sabiendo que es mi deseo en su servicio ocuparme. Y ansí, si aquí me promete de no escribirlo a mi hermana, con aquesa doña Juana le serviré de alcahuete. Venga acá, ¿quiere que lleve a doña Juana un ringlón o un recaudo suyo? Erbagio, Antón, no me atrevo, ¿No se atreve? Pues ¿por qué yo callaré si se recela de mí? No me recelo de ti, sino de mí propia fe. Soldado. Señor, doña Juana viene con un paje, de secreto, y quiere hablarte. ¿En efeto, licencia de hablarte tiene? Entre, que la quiero ver. Yo voy por ella. Soldado, dile que estoy ocupado aquí con una mujer. Angelia Nunca mayor necedad ha dicho en toda su vida, que es necedad conocida una infalible verdad. Mas dime, ¿por qué razón que doña Juana se fuese mandaste? Porque se viese la fuerza de mi afición, y porque me pareció que mi Angelia me escuchaba y que de mí se quejaba. Se queja en quejarme yo. Erbagio, dame un abrazo. Mucho en dártele me tardo. ¿No eres Ricardo? ¡Oh, Ricardo! Ya de mi bien llegó el plazo. ¿Qué venida es ésta, amigo? Sólo a visitarte y verte, que el lazo amigable y fuerte me trae a lo que te digo, y también para apartarme de una traición que sospecho trazada en un cauto pecho que muere por acabarme. Escríbeme Angelia, amigo. ¿Qué dices? Espera un poco. ¿Estás loco? ¿Cómo loco? Pues ¿no se vino contigo? ¿Conmigo? Contigo, pues. . ¿Qué dices? Que tras ti vino. (¿Qué es esto, cielo divino?) Tras ti se partió después. Que vino tras ti fue fama; mas, pues contigo no está, cierto es que tras otro va. ¿Qué fuego mi pecho inflama? ¿Burlaste, o dices verdad? La verdad pura he contado. Digo que Angelia ha volado; que no queda en la ciudad. No hay que fiar en mujer, pues Angelia te burló y a mí también me dejó. (Este ha de echarme a perder.) ¿Qué es esto, tierra enemiga? ¿Tal maldad en ti se encierra? Trágame a mí también, tierra, porque halle en ti mi amiga. Antón, ¿qué os parece a vos de la fe de vuestra ¡hermana? ¡Ah, injusta, falsa, liviana! (No sé qué diga, por Dios.) Bien pagas, Angelia, bien, lo que por ti padecí. Vengueme el cielo de ti, que no le pido otro bien. Dime, Angelia, ¿qué hiciste que por otro me dejaste, que por otro me olvidaste y que con otro te fuiste? ¿No bastaba, di, cruel, que por otro me dejases, sino que a tanto pasases que te salieses con él? ¿Merecíte aqueste trago? ¿Has visto en mi fe mudanza? ¿Es ésta buena esperanza? ¿Es aqueste justo pago? ¿Es éste buen galardón al cabo de tantos días? ¿O acaso, Angelia, te fías de que te tengo afición? En esto debes fiarte. Pues, Angelia ingrata, advierte que como supe quererte sabré también olvidarte. Que ya las muchas querellas que de mi pecho han salido han en hielo convertido las encendidas centellas. Mire que podría ser mentira lo que éste afirma. Sí; pero el caso confirma el ser Angelia mujer. ¡Oh, más mudable que el viento, más que algún monte inmovible, más que el mar fiera y terrible, más fácil que el pensamiento, más revolvible y más queda que la tierra y la fortuna, más grata y más importuna que la volvedora rueda! Mas ¿qué es esto? Enciéndase el hielo que el alma enfría. Abrázame, Angelia mía. Mas, arre allá, téngase. ¿No eres tú mí Angelia? No. Pues ¿dónde mí Angelia está? ¿Tras quién mi Angelia se va? ¿Quién la lleva? Qué se yo Angelia, ¿no soy tu amigo? Angelia, ¿huyes de mí? Fabricio, ayúdame aquí, que quiere cerrar conmigo. Lleve el diablo quien le hizo. ¿Piensa que soy yo mujer? ¡Cielo! Angelia ha de volver a hacer lo que deshizo. Pero ya mi furia aplaco. Mi Angelia, aguárdame un poco. Este está borracho o loco, o lo hace de bellaco. Erbagio, ¿qué es lo que haces? ¿Quién del seso te desvía? Aguárdame, Angelia mía, que quiero que hagamos paces. (Ya ha dado en que Angelia soy.) Mira que muero por ti. (Él ha de pegar en mí si mucho con él estoy.) Mire que me llamo Antón. Ya con su Angelia se ofusca. Téngale, que este hombre busca como nos hagan carbón. ¡Mi Angelia! ¡Mi Angelia! Calle, que no soy Angelia. ¡Oh, cielo! ¡Oh, mi gloria! ¡Oh, mí consuelo! (Lo mejor será dejarle.) Fabricio, vente tras mí. Guarda no pegue contigo. Tus ligeros pasos sigo. Hola, Erbagio, vuelve en ti. Déjame seguir mi estrella, pues de ella la vida aguardo. Déjame luego, Ricardo, si no quieres tú ser ella. ¡Guarda afuera, hermano, vete! No quiero que se le antoje que soy su Angelia y se arroje a lo que el furor promete, ¡Ay, Angelia! ¿Tras quién fuiste que con Erbagio no estás? ¿Tras quién, enemiga, vas? ¿Por quién y quién te perdiste? Pero ya poco aprovecha buscarte, pues en mi pecho de tu mudanza sospecho lo que ninguno sospecha. Pero ¿tú no me dejaste? ¿Por qué he de guardarte fe? Yo también te olvidaré, pues también tú me olvidaste. JORNADA TERCERA Tan imposible ha de ser que yo reciba marido, como dejar de haber sido lo que una vez tuvo ser. No se ligará esta mano con la de varón jamás. ¿Qué?, ¿aún perseveras y estás en un intento tan vano? Dime: ¿a qué razón te arrimas? ¿No ves que no es caso justo, y que por seguir tu gusto a todo un reino lastimas? Tus tierras se van alzando por ver que sin rey están, y al rey Leonicio se dan, que ya las viene allanando. ¿Quieres que aquí nos perdamos y al enemigo aguardemos? ¿Quieres que en prisión entremos, pues bien cerca de ella estamos? Pues avisote, y advierte que tu reino llama rey; y pues sin justicia y ley tú les procuras la muerte, ellos se van levantando; y el que te juró en la silla, aquese hace cuadrilla como cabeza de bando. Piérdase toda mi tierra; abrásese cual se abrasa, y jamás dentro en mi casa me falte sangrienta guerra. Viva en paz o sin consuelo, quede libre o tributaria, sea parcial o contraria de las gentes y del cielo, que antes yo me entregaré a la muerte más infame que hombre su mujer me llame ni yo el sí de serlo dé. Manda, señora, luego que se cierren de la ciudad las principales puertas antes de ver en tu palacio propio cebada la cudicia del contrario. Yo desde una atalaya he descubierto las banderas, que el viento revolvía, en la soberbia mano que las rige; los atambores pregonando guerra, publicando el furor de quien los sigue; y el estrépito grande de la gente al más valiente atemoriza y turba, porque ya las fronteras han rompido y en tus castillos sus banderas dejan, ya como tierra propia de Leonicio. Pues oye. Reina, y sigue mi plegaria, que en nombre y voz de tus vasallos todos te pido y ruego lo que tantas veces los grandes de tu Corte te han pedido, y es que te cases. Mira que ellos quedan con sus tierras enteras. Que Leonicio ni se las toma ni las mete a saco: sólo les pide que se nombren suyos, y ellos, viendo que tú no les concedes lo que por tu provecho te suplican, se dan al Rey en amistad y gracia. Y el Rey sólo pretende de ti sola venganza justa. Mira lo que haces. No te arrepientas, Reina. Mira, advierte que te procuran dar infame muerte. Entre la gente atrevida. Seguid vuestra voluntad, pues aquesa libertad os ha de costar la vida. Reina, todos te pedimos que nos ayudes y ampares, y la miseria repares de quien huyendo venimos. Toda tu tierra destruye el enemigo cruel, y sólo se libra aquel que antes de probarle huye. De nuestras casas nos echan y en ellas se quedan ellos; asidos por los cabellos, como a viles nos desechan . Reina, un mar de sangre corre, porque en furor tan prolijo ni el padre socorre al hijo ni el hijo al padre socorre. Y si algunos quedan vivos, van con apretados lazos, cruzados los tristes brazos, del enemigo cautivos. Mira tú qué sentirá ver la mujer al marido, el padre al hijo querido, que en tal cautiverio va. Yo lo que me dicen, digo: que te cases, y tendremos paz, y que no nos veremos sujetos al enemigo. Esa es justísima ley. Reina, no se la traspases. Reina, ¿Qué me pedís? Que te cases. Que queremos tener Rey. Ese atrevimiento loco, locos, os ha de matar, que ni me quiero casar ni me casaré tampoco. Mueran los hombres apriesa; no con su muerte me asombres. No me pesa de los hombres, de las mujeres me pesa. Que si mi ciudad pudiera sin los hombres ser ciudad, tened por cierta verdad que a todos la muerte diera, Divina y humana ley negará que a tal llegases. Reina, ¿Qué me pedís? Que te cases. Que queremos tener Rey. Salid de palacio luego, que esa libertad liviana antes que llegue a mañana os ha de entregar al fuego, Que te cases pediremos hasta que la muerte venga. Reina, Por mucho que se detenga será presto. Rey queremos. Reina, ¿Qué atrevimiento les mueve a descomponer el pecho? Como ven que es tu provecho, cada vasallo se atreve. Atrévanse, pues si es justo, bien hacen. Atrévanse, que yo les contradiré, hasta la muerte, su gusto. Y cuando no pueda más he de entregarme a la muerte, porque ellos, de aquesta suerte, no vivan libres jamás. ¡Oh maldito proceder! ¡Oh venenífero pecho! Pero bien; basta ser hecho y trazado por mujer, Váyase muy noramala el caballero entonado. ¿Piensa que soy su criado y con un mozo me iguala? Pues si me descubro, a fe que quizá... Muestra esa mano. ¿Él sabe que soy hermano de Angelia? Ricardo, Agora lo sé. ¿Agora lo sabe? Sí, y es porque tú le pareces. Pues más de quinientas veces me ha visto con ella a mí. Atrévese porque estoy con aqueste sayo pardo, pues si le quito, Ricardo, conocereisme quién soy. ¿No sabéis vos que el sayal puede brocado encubrir? ¿No habéis oído decir debajo el sayal hay ál? Pues esto por mí se dijo, que aunque me veis de este traje, soy de más alto linaje y de nobles padres hijo. Y si este sayo vestí es, aunque nadie lo entiende, por ver si acaso se vende una verde que perdí. Y ya le he visto llegado en manos del pregonero hasta el remate postrero, pero no se ha rematado, y aguardo que se remate para tener ocasión de aprisionar al ladrón sin que disculpa me trate. Si aguardáis a que se venda, no lo cobraréis después. Hoy cobraré, porque es muy conocida la prenda. No son todos como vos, que por poco se perjuran y lo que no saben juran, con poco temor de Dios. Acábate de aclarar. ¿Qué he jurado yo? Una fiera maldad... ¿Qué fue? Que estuviera harto mejor por jurar. Que mi hermana se había ido con un hombre. Pues ¿mentí? ¿Cómo si mentistes? Sí. Mentistes, y muy mentido. En este lugar está. Tras Erbagio vino. Mira cómo es notoria mentira decir que con otro va. ¿Cómo no la he visto yo si, cual dices, con él vino? Porque llega de camino, que aun ahora se apeó. En este punto ha llegado. y a mí, como a hermano suyo, me halló primero. Concluyo con que yo he sido engañado, Pero si yo no la veo diré que mentís, Antón. Angelia, Pues yo buscaré ocasión que cumplas ese deseo. Yo me voy y haré que venga Angelia luego a hablarte. Pues, Antón amigo, parte, y haz que no se detenga. Tú puedes quedarte aquí, y si Erbagio, a dicha, sale, dile que se aguarde, y dale las nuevas que yo te di. Dile que Angelia ha venido a buscarle. Que aventure una hora, en la cual procure cobrar e! tiempo perdido. Dile por cosa muy cierta que Angelia vendrá, tan cierto, como contigo concierto o como Angelia concierta. Yo me voy, que esperará mi hermana donde paró. Vete, amigo Antón, que yo voy adonde Erbagio está. ¿Tú no me pusiste mal con Erbagio, y le contaste lo que de mí imaginaste, no imaginando yo tal? Pues yo haré que de ti tome Erbagio tal sospecha, que aquesta lazada estrecha de amistad rompa por mí. Y con esta enemistad, si el breve tiempo me ayuda, yo haré que ponga en duda si le contaste verdad. Amor, haz que quede salva; la fortuna el clavo apriete; la ocasión me dé el copete, y no me vuelva la calva. Si eres noble. Capitán, soldado en tu proceder, como al fin lo suelen ser a quien esos cargos dan. no mires que soy ni he sido enemiga de los hombres, ni de mi intento te asombres si acaso le has entendido. Soldados, no me tratéis de esa suerte, que os infama vuestro propio nombre y fama, si en mí las manos ponéis. Capitán, toma ese sello, y mi palabra con él, y prométote por él, si es que puedo prometerlo, de darte cuanto pidieres por que así no me maltrates, lo que con tu gusto trates, que será lo que quisieres. Pide, aunque mi reino pidas, de mis tierras la mitad; pídeme villa o ciudad, y lo que pido no impidas; pide, que aunque soy mujer, cumpliré lo que prometo. Reina, por tal te respeto, que no te quiero ofender; la merced que me prometes recibo como soldado, aunque harto me habrás dado cuando a mi Rey te sujetes. Soldados, la Reina reina en la tierra donde estamos, y pues su tierra pisamos, respétese como a Reina. Con la persona real cumplo en llevarla en prisión, que no tengo obligación de tratar al preso mal. Llevadla al alojamiento, respetada dental suerte, que vuestro servicio acierte a darla en todo contento. ¡Oh, Capitán! No es posible que eres hombre, ni este nombre tienes, que si fueras hombre, fueras más fiero y terrible. El cielo te dé la paga de tan justo beneficio. Y de mi justo servicio a mi Angelia satisfaga. Ya la guerra es concluida, ya está ganada la tierra, y empieza agora la guerra que da combate a mi vida. Bien, Angelia, me pagaste; bien justa paga me diste; porque mi fe conociste, la tuya, incierta, mudaste; que me tienes hecho a prueba de tus fingidas caricias. ¡Oh, Capitán! Dame albricias. Darete una buena nueva. ¿De qué, Ricardo? Muy buena. ¿Ya tu lengua se detiene? Que Angelia a buscarte viene. Eso me dobla la pena. Fuese la ingrata con otro y viene agora a buscarme; quiere de nuevo entregarme a los cordeles del potro. ¡Ingrata! ¿Qué te movió a dejarme? ¿Es caso justo que tú busques mi disgusto, buscando tu gusto yo? ¿Con qué tu gusto se emplea que no se espere otro tanto, pues eres hecha del canto con quien Sísifo pelea? Estoy, Ricardo, por irme, y no hablarla ni oírla. ¿Será bueno despedirla? ¿Bueno será despedirme? ¿Cuándo dijo que vendría? Luego dijo. Pues ya tarda. que desespera el que aguarda mil veces en solo un día. Desespero, porque acaba la paciencia el sufrimiento, no por gozar del contento que algún tiempo imaginaba. ¡Ay, Angelia!, que ya es tarde para esperar yo sosiego; que en mi pecho el vivo fuego de tus sinrazones arde. Señor, la Reina te llama y tu tardanza condena. El llamarme será arena que da más fuerza a mi llama. Yo voy, Ricardo, que es tarde. Di a Angelia que en un momento vuelvo, que en este aposento, secreta, a que vuelva, aguarde; que yo volveré en un vuelo. Vamos, soldado, de aquí. Hoy puede tomar en mí el olvidado consuelo. Sólo el olvido consuela al galán que quiere y ama; si no le mira su dama, que ya le olvida recela. Si alguno ha sido querido y agora le han olvidado, sujeto está el que es amado al fiero golpe de olvido. ¡Pero yo, que fui galán primero, que me sujete mi hado a ser alcahuete de Angelia y el Capitán! A mí me deja la llave de la que buscando voy. ¡Mal sabe el fuego en que estoy! ¡Mal mi pensamiento sabe! Antón, aguárdame ahí y apercibe lo que digo, porque, si vienes conmigo, conoceranme por ti. Ricardo, ¿qué ha sido aquesto? ¿Qué ha de ser, fiera enemiga, sino que quieres que siga tras tu proceder molesto? Luego ¿buscándome vienes? A ti te busco, cruel, porque de mi pecho fiel tú sola la llave tienes. Ricardo, ya se pasó el tiempo que tú me amaste; en una cinta acabaste, y en ella comencé yo. Tienes brava condición, no hay quien sufra tus antojos, no quieres que alce los ojos la dama de tu afición. ¿Acuérdaste de aquel día que tomé la cinta verde? Razón es que se te acuerde, pues por ella el alma mía te aborreció, porque hiciste tantos extremos por ella. que me espanto cómo en ella este cuello me envolviste. Amigo, ya te ha pasado, y a Erbagio guardo el decoro, y en ausencia suya lloro lo que en buscarle he tardado. ¿Dónde está mi Erbagio? Espera. No puedo esperar. ¿Qué aguarda? ¿Cómo Erbagio en verme tarda? ¿Quiere que, sin verle, muera? ¡Buen cuidado tiene, a fe, sabiendo que soy venida! ¡Yo he sido bien recibida, pero yo me pagaré! Erbagio está más contento que yo sabré encarecer. Ahora bien, ello ha de ser. Señora, en este aposento. dice que aguardéis un poco. Pues adentro voy, Ricardo; dile al Capitán que aguardo. Sin duda alguna estoy loco, pues de la razón me alejo; pudiéndola bien gozar, ¿de quién me puedo quejar? ¡Vengarme, vengarme quiero! Mas son pensamientos vanos; que Angelia se ha de ofender y Erbagio me ha de coger con el hurto entre las manos. Gran sinrazón imagino, pero la ocasión convida. Pues, Ricardo, ¿es ya venida? Más ha de un hora que vino. Entra, que te está esperando. Yo voy; al momento vuelvo. En fuego y hielo me envuelvo, confuso quedo y temblando. ¡Que, por quedar yo bien quisto, tengo de pasar por tal! Hoy dejo de ser mortal, pues a mi Ricardo he visto. ¡Oh, mi Ricardo! Enemiga, ¿dó vas? a buscarte vengo, que el mucho amor que te tengo a tal extremo me obliga. En vano tu mal me cuentas. Hombre, tente; ¿estás borracho? ¿No ves que yo soy muchacho? ¿Qué es lo que hacer intentas? El diablo me trujo aquí, que en tal peligro me veo. Verme ya libre deseo. "Alma" me llamaba a mí. ¿Estaba borracho, diga? Pues, Ricardo, ¿ansí me engañas? ¿Ansí tu hecho marañas? ¿Ansí mi amistad te obliga? ¿Eres Florinda? Yo soy, Erbagio ; dame esos brazos. Para hacerte pedazos te los daré, si los doy. (¿Qué es aquesto? ¿Estoy despierta? ¿Estoy en mí? ¿Duermo o velo? ¿No es ésta Florinda? ¡Ah, cielo, y cómo mi muerte es cierta! Mas quiero disimular hasta ver en lo que para.) Una traición que es tan clara ¿cómo la puedes negar? Señor, con mis propios ojos en tu aposento la vi; yo propio en él la metí. Da, Ricardo, a tus antojos rienda, suéltales el freno, despéñense en daño mío, que pues de ti me confío con mi boca me condeno. Pues ¿teniendo aquí mujer me tiene a mí por su dama? No mata aquesta la llama en que yo me dejo arder. Al fin, Ricardo, has trazado una notoria traición. Este tiene el corazón de traiciones engendrado. Conózcole muy bien yo, que nunca dice verdad; como decir la maldad que a mi hermana levantó. Señor, no le crea cosa; que es un traidor sin segundo, y basta enredar un mundo una lengua mentirosa. Esta sí que supe yo que se fue con un gitano, y estuvo todo un verano y al invierno se volvió, y volvió cual digan dueñas, con dos gitanicos chicos, todo narices y picos, harta, al fin, de saltar peñas. Hablad, villano, mejor. que sois muy desvergonzado. Sí, porque habéis vos comprado la vergüenza y el temor. Y como es tan importante, vale un ojo de la cara, y vos la vendéis tan cara que no se os vende un pesante. Mas toda la habéis vendido, que dije mal, porque creo, según la poca en vos veo, que se os debe haber perdido. De ti, Ricardo, sospecho que me has querido engañar, pues has osado aprobar la malicia de ese pecho. Lo que de Angelia dijiste mentira debió de ser, sólo por darme a beber la hiel que a beber me diste. Ya no creeré tus verdades cuando me cuentes verdad, que quien hace una maldad hará quinientas maldades. Ven acá; ¿tú no dijiste que estaba aquí Angelia, di? Si yo lo dije, mentí; pero agora tú mentiste; nunca yo te he dicho tal, no me eches a mí la carga. Ricardo, mi pena amarga ha de quedarse inmortal. ¡Hola, Antón! Vente conmigo. Ya voy, señor. Vente, pues. Mira, doncella al revés, los dos tenéis ya castigo. Nunca revolváis con puntos a los amantes más flacos, que hoy se llaman de bellacos y mañana duermen juntos, y quedan diciendo mal de aquel que los revolvió. Bien la fortuna dejó mi pena y mi culpa igual. A un enredó como aqueste bien a espantarme bastante. ¿Hay cautela semejante que tanto a un alma le cueste? ¿Es verdad o son antojos? ¿Angelia no estaba aquí? Con estos ojos la vi. si no están ciegos los ojos. Ricardo, ¿quiéresme hablar? Déjame, Florinda. Advierte que vengo sólo por verte. Ya no te puedo escuchar. ¿Ansí me dejas, traidor? Traidor, ¿así me desechas y a los pies ajenos echas las lágrimas de tu amor? Pues bien pude yo llegarte, traidor, al último extremo; pero tu peligro temo, como soy principal parte; pero si hallo ocasión, Ricardo, tú me vendrás a las manos, y tendrás por regalo mí prisión. ¿Cuándo el Rey llegará acá? Esta noche llegará, que ya ha mucho que partió, y según de allá salió entiendo que cerca está. Alberto, Angelia ha venido, según por cosa muy cierta de personas he sabido, o pública o encubierta, tras aqueste fementido; y agora es bien que tracemos de qué suerte le armemos que no se escape con vida, y será traza escogida lo que concertado habernos. No me has dicho a mi ninguna. Pues será de aquesta suerte. si nos ayuda fortuna, a dar a un traidor la muerte. La tardanza me importuna. Que, estando el Rey sosegado, libre de cualquier cuidado, hemos de buscar espacio que Erbagio vaya a Palacio, de la traición descuidado. Los dos iremos con él, y cuando al Rey llegue a hablar abrazarémonos de él, diciendo que le iba a dar muerte afrentosa y cruel. Y como el Rey vuelva luego, y él esté turbado y ciego, y porque mejor se haga, yo le enseñaré la daga y la sacaré del fuego, ha de entender el Rey cierto que Erbagio a matarle iba; y teniendo esto por cierto, le ha de poner en esquiva prisión, donde quede muerto. ¡Plegue al cielo que suceda como concertado queda o cual de lengua se trata, y que la fortuna ingrata no dé la vuelta a su rueda! Tente. ¡Qué grande contento muestra la gente! ¿Si acaso salen al recibimiento del Rey? Salgamos al paso. ¡No sé qué gran tropel siento! El Rey es: ¿no le conoces? No; porque el polvo y las voces que alza la gente por vello no me dejan conocerlo. Con poco le desconoces. Ves aquí, Rey, te sujeto la Reina que me pediste puesta en prisiones y aprieto; dispón de ella y de este triste, que obedecerte prometo. Que pues ya te obedecí cuando este cargo admití, viendo lo que allí perdía, sólo pide el alma mía lo que entonces no pedí; y es, pues que de mí apartaste quien me daba gloria inmensa. por paga quiero que baste de este triunfo en recompensa lo que entonces me negaste, que fue darme cruda muerte, para que, muriendo, acierte a hallar mi cielo y mi gloria. Capitán: deja memoria y trago tan triste y fuerte. Ven acá. Reina enemiga, que a favor puedes tener que no te llame mujer, sino que reina te diga. ¿Qué furia tu pecho mueve, que se atreve contra mí? ¿Cómo una mujer ansí con un hombre y Rey se atreve? Reina soy para atreverme contra un Rey, que ésa no es culpa y el ser reina me disculpa de la culpa de atreverme. En lo que toca a ser hombre, tanto a los hombres persigo, que tú serás mi enemigo por tener aquese nombre. ¡Hola! En prisión la llevad, pues por mujer se confiesa; vaya la enemiga presa, sin esperar libertad. Bien muestras el pecho injusto de ser hombre en lo que haces, pues cual hombre satisfaces con los cautivos tu gusto. Vaya la enemiga ; corre, Capitán, vete con ella, y manda luego ponerla en la más escura torre. Injustamente la tratas, si maltratarla pretendes; injustamente la ofendes y sin razón la maltratas. Mira que al fin reina ha sido, y que no hay razón ni ley que trate a una reina un rey como a esclavo conocido. Anda, Capitán. Yo voy; pero sin razón pretendes... Camina, que ya me ofendes. Como yo de ti lo estoy. Alberto, aguárdame aquí, que ya se llega ocasión de vengar mi corazón. Haré lo que prometí ¡Alberto! ¡Señor! Ordena que de mujer importuna no quede libre ninguna que no se ponga en cadena. Préndanse todas a hecho, la más discreta y más bella, la casada y la doncella, y aun la que mamare e! pecho. No se use con mujer sombra alguna de piedad; mueran en cautividad, como mueren por prender. Señor : mira que la tierra agora está alborotada, que aún no está bien sosegada de la temerosa guerra. Déjala agora unos días, y luego podrás mejor tratar de aquese rigor que nunca de ti envías. Aunque es dilatar mi gloria el dilatar su castigo, Alberto, tu gusto sigo, aunque jamás la memoria apartaré de su muerte. En fin, Erbagio, en llegando... ¡Oh, traidor!, ¿qué vas pensando?... ¡Guárdate, Rey! ¡Caso fuerte! ¡Tente, traidor! ¿Dónde vas? ¿Qué es lo que hacer querías? Señor, ¿de un traidor te fías? Bien poco seguro estás. ¿Qué es esto, Aurelio? ¿Qué ha sido Erbagio. señor, que iba a darte la muerte esquiva con furor, bravo, atrevido. Veis aquí, señor, la daga que le quité de la mano. ¿Qué dices, Aurelio hermano? ¿Así mi amistad se paga? ¿Yo quise hacer tal traición? ¿Yo imaginé tal maldad? Amigos, decid verdad, que adelgaza la razón. No me condenéis sin culpa, y si acaso culpa tengo, a dar la disculpa vengo que bastará por disculpa. Traidor, ¿qué disculpa tienes, si procurabas matarme? ¿Qué disculpa puedes darme, si a darme la muerte vienes? Que no dicen tal, señor. Amigos, ¿yo he dicho tal? Si, traidor; que este puñal te publica por traidor. ¿Esa daga saqué yo para hacer lo que decís...? Muy bien la traición urdís que vuestro pecho tramó; pero de vuestra injusticia, ya que me dais este pago, al cielo y la tierra hago jueces de esa malicia. La tierra dará señal de dos traidores que encierra, que ha prometido la tierra de no encubrir ningún mal. El cielo ve cómo es cierto vuestro cargo y mis descargos, porque es el cielo otro Argos que nada le es encubierto. Y como todo lo sepa, él hará que la verdad se descubra, y tal maldad en cielo ni en tierra quepa. Bien sé que morir espero y que la muerte me espera, y sólo en cambio quisiera saber por qué causa muero. Llevadle preso ; concluya, que me enfadan sus razones. No te enfadan las traiciones de estos, que el cielo destruya, y enfádate mi inocencia. Anda, traidor, ¿qué te abonas? Tú, como Rey, me aprisionas; yo doy, cual siervo, obediencia. Justifica tu derecho, que no te valdrá descargo; que ya me parece largo el plazo que di a tu pecho. Y pues que se ofrece aquí tan urgente la ocasión, asombro de tu traición, yo me vengaré de ti. Ya el cielo, sagrado y justo. da remedio a mi pasión, pues que me ofrece ocasión para vengarme a mi gusto. Erbagio va preso, y sólo aguarda el Rey que responda y a que en las aguas esconda sus rayos el rojo Apolo para entregarle el castigo. Pues si su muerte se trata, no es Angelia tan ingrata que no se vuelva conmigo. Muera Erbagio y viva yo para gozar lo que él quiere, que vivo si Erbagio muere, y si él vive muero yo. Traidores, iba llamando, al Rey, Aurelio y Alberto diciendo : "Estaré, aunque muerto, vuestra traición publicando." Todo el enredo he sabido, que Erbagio me lo ha contado, que estuvo un rato parado en hablarme entretenido. A Angelia dice que avise, que se duela de su mal, y púsome en verle tal, que ya descubrirme quise. ¡Oh, fortuna variable, que justo nombre te doy, pues que por tu causa estoy en punto tan miserable! ' Apriesa volvió tu rueda al tiempo del descenderme, y agora para subirme la lleva despacio y queda; y tan despacio, que sé que mil siglos tardarás en ponerme, según vas, adonde yo puse el pie. ¡Antón! ¡Ricardo! ¿Qué es esto? ¿Con quién vienes ocupado? Con las mudanzas del hado, que en tal extremo me han puesto, que ya la muerte me sigue. ¿Adónde los ojos subes? ¿Qué miras entre las nubes? La estrella que me persigue. Miro al sol, miro a la luna, que un punto jamás sosiegan: corren, vuelan, y no llegan a igualar con mi fortuna. Dígame, señor, ¿no sabe como mi amo va preso por el mandamiento expreso de este Rey, que el cielo acabe? Ya lo he sabido, y me pesa de que el Rey a un hombre tal pague el trabajo tan mal de darle una Reina presa. No quiero más de hablarla, sólo esto el alma desea: no más de que ella me vea y que yo pueda mirarla. Ven acá; que si tú haces lo que te pidiere aquí, yo me obligo hacer por ti que con Angelia hagas paces. A trueco de ese interés haré cualquiera maldad. Dime, Antón, tu voluntad. Dila, acaba... Escucha, pues. Florinda ha hecho prender a Erbagio porque se muere por él', y Erbagio no quiere dejarla de aborrecer. Ansí que, para pagarse, con Alberto concertó y Aurelio, que lo sé yo, de aprisionarle y vengarse. Tú busca luego ocasión, y di al Rey que sabes cierto que fue de Aurelio y Alberto concertada su prisión, y que tú fuiste testigo al concierto de esa muerte; y advierte, Ricardo, advierte que darte a Angelia me obligo. El Rey te ha de dar allí crédito, pues no interesas nada y verdad confiesas no yéndote nada a ti. Dirás que no concediste con su traidor parecer, y que sobre el conceder con ellos te revolviste. A ti no te culparán, pues descubres la traición, y de la injusta prisión será libre el Capitán. A Erbagio Florinda adora, Erbagio mi hermana quiere, pues si Erbagio, preso, muere por culpa de esta traidora, dirán que mi hermana ha sido la ocasión, y siendo honrada, ha de quedar deshadada de quien el caso ha sabido. Si esto haces, yo te prometo, a pesar de estos villanos, de ponerte en esas manos a mi hermana. Yo lo aceto. Abrevia, pues, la partida. ¿Qué es lo que hacer imagino, que al cabo de este camino está mi muerte escondida? Pero, mi Angelia, por verte, a mil muertes me convidas, y si tuviera mil vidas las entregara a la muerte. Yo voy al Rey, le diré aún más que tú me has pedido. Bien del enredo he salido que con Ricardo tracé. Fortuna, en esto te ruego que el brazo airado mitigues. Fortuna, ¿por qué persigues un corazón hecho fuego? ¿Por qué persigues un alma que siempre te pide ayuda? Mi poca esperanza muda adonde alcance su palma, que la esperanza que tengo deja el premio muy atrás. Pues, Florinda, ¿dónde vas? Antón, a buscarte vengo. Pues ¿qué me quieres? Pedirte que me enseñes a Ricardo, que si lo haces, aguardo eternamente servirte. Pues ¿no sabes el suceso? No sé nada, amigo Antón. Que está Ricardo en prisión, ¿Cómo en prisión? Que está preso, Ven acá, ¿quiéresle bien? En tal extremo le quiero, que él me aborrece y yo muero a manos de su desdén. Pues oye: Aurelio y Alberto, movidos de sus antojos, delante de aquestos ojos hicieron este concierto de levantar a Ricardo que quiere matar al Rey. . Que no hay en amigos ley. Saber lo demás aguardo. Hiciéronlo. El Rey prendiole en oyendo la traición, y sin más información en una torre encerrole. Pues dime, Antón : ¿qué haré si Ricardo preso está? Oye, Florinda, que ya, por bien tuyo, le encontré. Al Rey tienes de hablar cuando se ofrezca ocasión y descubrir la traición que a Ricardo ha de matar. Dirás que saliendo un día a un corredor a holgarte, que estabas en cierta parte donde Aurelio no te vía, y que Aurelio concertaba, o concertó con Alberto, de dejar un hombre muerto, cuyo nombre se callaba. No digas que era Ricardo, ni Sancho, ni Juan, ni Pedro. Pues di: en callarlo, ¿qué medro! Ya en decírtelo me tardo. Si dices que esta traición contra Ricardo se hacía, dirán que a ti te movía o que te movió pasión. Y no señalando parte, entenderán que es ansí, pues no ven muestras en ti de que procuras vengarte. Dirás que el concierto fuerte fue decir al Rey que aquel hombre, con pecho cruel, le procuraba la muerte. Que tú los viste tratar la traición, y concluyeron en esto, y luego partieron y al Rey fueron a buscar. De esta suerte librarás al que está sin culpa preso. Digo que es de mucho peso el consejo que me das; pero ese hecho demanda un pecho cual le atribuyo. Bien basta, Florinda, el tuyo si entre el fuego de amor anda. Ahora bien, Antón, yo voy a disculpar a Ricardo. Pues si vienes presto, aguardo en el lugar donde estoy. Ahora bien: todos dirán: ¿Qué enreda aquesta mujer? Pues más que han visto han de ver si atentos un rato están. ¿Quién llama? Ven. Yo soy quien tu voz publico . y contigo comunico todo mi mal o mi bien. Por la parte que me alcanza de tus males y tus bienes. Pues, Fabricio, agora tienes la llave de mi esperanza. ¿Cómo? Presto lo sabrás. Escucha, pues, y direlo. Algún enredo recelo que quizá trazando estás. Fabricio, tú has de tomar un vestido de mujer y, vestido, has de tener cuenta de disimular. Yo tengo de entrar huyendo, cuando ocasión se ofreciere, adonde el Rey estuviere, y tú me has de entrar siguiendo diciendo a voces que soy tu marido, y que lo niego, que me manden prender luego, pues de ti huyendo voy. Que te dejo deshonrada, pues la palabra te alargo. Lo demás queda a mi cargo, que será traza extremada. ¿En qué, señora, te fías? ¿Acaso estaste burlando? ¿Estás despierta o soñando, o por dicha desvarías? Lo que me importa te digo; y pues que me importa tanto, no te dé, Fabricio, espanto si de atrevida prosigo. Quien vino a morir por ti obligado está a servirte. Fabricio, ven a vestirte. Ya voy. Camina tras mí. Ansí, ¿que Erbagio es el hombre que en palacio se escandió? ¿Quién habrá que como yo con justa causa se asombre? ¡Oh traidor! ¿De aquesta suerte muestras el pecho leal mostrándole liberal en dar a su Rey la muerte? ¿Qué hace la Reina? Estraga su rostro con triste llanto. Llore, pues, la infame tanto que en lágrimas se deshaga. ¿Qué llora? La sujeción en que cautiva se ve. Por ser mujer la traté contra la ley de razón. Traedme a la Reina vos que quiero vengarme de ella, y venga Erbagio con ella, aprisionados los dos. Yo los traeré. Parte luego; apresura bien los pies, pues te aguardo, como ves, de rabia y cólera ciego. Señor, ¿por qué te fatigas? No es bien, pues presos están los que disgusto te dan, que aqueste tormento sigas. ¿No los tienes presos? Sí. Pues no te aflijas, señor. Da muerte al que fue traidor y acabe tu pena allí. Tú me aconsejas lo cierto; pero ¡que un traidor se atreva contra un Rey, y el brazo mueva por dejar a su Rey muerto! Cada vez que lo imagino más cólera me reviste. ¿Qué quieres a aqueste triste, ¡ah Rey!, de este nombre indino? Salgo a ver la paga injusta que ese injusto pecho da; que bien injusto será, pues no haces cosa justa. Y vosotros, que las muestras distes de maldad tan clara, ¿cómo me miráis la cara sin que se turben las vuestras? ¿Qué?, ¿quiere el cielo sufrir una traición como aquesta? Mucha libertad es ésta para quien viene a morir. Justo es que este gusto sigas; pero... Calla.—¿Que es posible, dime. Reina aborrecible, que tú también me persigas? ¿Qué causa te mueve, di, que contraria de hombres eres? La que a perseguir mujeres te tiene movido a ti. ¿Qué ley, qué razón ordena que a una mujer quieras mal? A la honesta y principal ninguna ley la condena; sólo a mudables, livianas, fáciles, incorregibles, cautelosas, insufribles, locas, ligeras y vanas; pesadas, revolvedoras, amigas de que las quieran y que por ellas se mueran; antojadizas, traidoras, tibias, exentas, taimadas, furiosas y variables, quebradizas, contrastables, libres y determinadas; perturbadoras del bien, causadoras del disgusto, enemigas de lo justo y amigas de su desdén. Gustan de ver padecer al que las quiere, y no dudes que todas estas virtudes se encierran en la mujer. Rey, muy engañado vas en seguir esa opinión. Pues dime tú la razón en que sustentada estás. Los hombres sois mentirosos, fanfarrones, palabreros, inconstantes y ligeros, desenfrenados, furiosos. Queréis con dificultad; decís lo que no hicistes y olvidáis lo que quisistes con .mucha facilidad. Sois muy libres en hablar, decís vuestro parecer, y está la pobre mujer sujeta siempre a callar. Disfamadores de famas, pregoneros de maldades, polilla de las ciudades, cuchillo de muchas damas. Tenéis más trampas y vueltas que de Creta el Laberinto, y sois hombres, que aquí pinto sus enredos y revueltas. Reina, ese falso argumento para más despacio es. ¡Malos años y mal mes! ¿Yo con ella casamiento? ¡Hola, 'mancebo! ¿Qué ha sido la causa de tu querella? Señor, aquesta doncella que me pide por marido. Diz que he de casar por fuerza. ¡Señor, que me ha deshonrado! Manda que quede casado y que su gusto se tuerza. ¿Yo casarme? ¿Mujer yo? Primero el cielo me abrase que mano a mujer tocase. Pues ¿no la quieres bien? No; que huyo de mis placeres, huyo que mujer me nombre; mejor me parece un hombre que cincuenta mil mujeres. De mujer no me aprovecho, que nada puedo sacar; un hombre puédeme dar y puédeme hacer provecho. Por ser tan hecho a mi gusto te daré cuanto me pidas, como de ti no despidas ese pensamiento justo. Tú solo has venido a ser el más firme, huye el agravio, el más discreto, el más sabio, pues huyes de la mujer. ¿Qué es esto, cielo sagrado? Antón, ¿no venís a verme? Poco debéis de quererme, pues os habéis descuidado. ¡Oh, cielo! ¿Qué es lo que veo? Di, ¿qué te admiras? ¿Qué ves? De que aqueste traidor es de quien vengarme deseo. ¿Tiénete en algo agraviado? Porque le daré castigo. Sí, señor; que este enemigo mi linaje ha deshonrado. ¿No es aqueste el capitán Erbagio? Sí. Pues mi tierra le alojó yendo a la guerra, que no se hartaba de pan. En mi casa se alojó, señor, y es cosa muy llana que tuve sola una hermana y este traidor la mató. Este pretendió su amor, y ella, cual mujer de aviso, jamás concederlo quiso y, en fin, la mató el traidor. Manda agora por su culpa darle por castigo muerte. Yo os vengaré de tal suerte que dé la vida en disculpa. ¿Qué dices, amigo Antón? ¿No basta mi desventura? Sin duda el cielo procura que yo muera por traición. Antón, el pan que comiste ¿conoces de esa manera? ¡Ah! Nunca yo lo comiera, pues tan crudo me lo diste. fortuna revolvió la rueda tiempo sustentarme pudo. Bien la que tanto pues este pecho, de traición desnudo, sujeto a muerte tan sin culpa queda. No hay ya tormento que ofenderme pueda, pues siento a la garganta el filo crudo. El Rey me puso el lazo, amor el ñudo y Angelia de vivir me deshereda. De modo que el amor y la fortuna, Aurelio, Alberto, e! Rey, Angelia bella, ponen sobre mi cuello el mortal yugo. Y lo que más, muriendo me importuna es que no sepa Angelia que por ella estoy entre las manos del verdugo. Ya traidor, de tus razones se conoce el proceder: que fue forzar la mujer la mayor de tus traiciones. ¿Qué es esto, que a quien más quise, a quien más quise ensalzar me venga agora a pisar y entre sus plantas me pise? ¡Ah, traidor! Si yo pudiera vengar en vos mi disgusto, yo os diera pago tan justo antes que hoy anocheciera. ¿Cómo pagaras su pena si yo te le diera a ti? Dándole una muerte aquí de dos mil tormentos llena. Pues él muerte ha de pasar y tú el agraviado eres, haz tú de él lo que quisieres que yo te le quiero dar. A tu voluntad le dejo: dale la muerte a tu gusto; quede mi derecho justo. Por que te vengues me alejo. Aurelio, vente tras mí que gran peligro sospecho. Por ser de cobarde pecho; pero al fin, iré tras ti. ¡Ah, señor! Bien puedo agora mandar y vedar en vos. ¡Espantado me has, por Dios! ¿Que tal crueldad en ti mora? ¡Que tú persigas mí bien queriéndote más que a mí! Sí dijeras cual yo a ti encarecíéraslo bien. Señor, oye una traición: la mayor que nunca viste. Apenas el pecho triste da lugar al corazón. Señor: Aurelio y Alberto han concertado de dar muerte a Erbagio, y de tratar contigo un falso concierto. Rey, yo propio los hallé concertando la maldad, y porque mí voluntad a las suyas les negué, han querido darme muerte, y si no sabes el modo y quieres saberlo todo, escucha, señor, advierte: Concertaron de decirte que Erbagio te procuraba dar la muerte, y que intentaba de la vida despedirte yo no sé por qué ocasión. ¿Es posible tal maldad? Esta es la pura verdad. Oye, Rey, una traición. Estando yo estotro día en cierta parte, oí a Alberto estar tratando un concierto contra quien no se decía. Pero Alberto concertaba con Aurelio de contarte que un hombre quería matarte y tu muerte procuraba. Sólo les oí decir: "De esta suerte le daremos la muerte, y nos vengaremos privándole del vivir." Por eso, Rey, mira bien de quién tu vida confías. Mira bien de quién te fías; guárdate de algún vaivén. Lugano. Señor, oye una maldad que el cielo va descubriendo. Aurelio sale huyendo apriesa de la ciudad, y ha dado la muerte a Alberto, que no se sabe del caso más de que al último paso oyeron decir al muerto: "¡Ah, traidor! Que por seguir la traición que preparaste y la que al Rey levantaste vengo, en efeto, a morir. Como de mí sospechabas que tu traición descubriese, que por que no la dijese con triste muerte me acabas. Si tu traición descubría ¿no me condenaba a mí y había de pagar por ti la culpa que merecía?" No dijo más. Pues ¿por qué? Porque expiró, y a su costa Aurelio tomó la posta y a reino extraño se fue. Sin duda los del concierto Aurelio y Alberto son; sin duda ha sido traición la de Aurelio y la de Alberto. A Erbagio le levantaron la traición que me dijeron, y las apariencias dieron que más á Erbagio culparon. Mas quiero disimular hasta ver en lo que para una cautela tan clara, que a Erbagio viene a salvar. Mancebo, ya de tu suerte no tienes que te ofender. Del preso ¿qué has de hacer? ¿Qué he de hacer? Darle la muerte. aunque al mal me sujete, quiero una merced pedir; que obligado está a cumplir el que es Rey lo que promete. Tú me prometiste a mí, cuando por ti fui a la guerra, que si te daba en tu tierra a la Reina, que está aquí, de darme en cambio y partido la merced que yo pidiese, como mi vida no fuese. Pues, Rey, lo que agora pido, y no lo puedes negar sin que tu palabra pases, es que con la Reina cases que yo pude cautivar. Que a tal disparate vengo que por fuerza lo he de hacer: aunque no quiera mujer cumplir mi palabra tengo. Reina, ¿conoces, por dicha, este sello que me diste cuando sujeta te viste a tal fortuna y desdicha? Pues por él me has prometido una merced, y ha de ser que has de ser del Rey mujer, quedando él por tu marido. Esto te quiero pedir; para cumplirlo te esfuerza. Cumplirlo tengo por fuerza; por fuerza lo he de cumplir. Dame, Reina, aquesa mano y perdóname, si quieres, y perdonadme, mujeres, si acaso he sido tirano. Que desde hoy prometo ser de mujeres tan amigo cuanto hasta aquí enemigo de la que ha sido mujer. Pues Rey, yo también te pido perdón, y a todos los hombres, y quiero que ya me nombres tu mujer, yo a ti marido. Agora manda matarme, que yo moriré contento, pues aqueste casamiento será parte de vengarme. Libre quedas ya por mí, que la razón te disculpa. La traición que a Alberto culpa viene a disculparte a ti; pero agora este mancebo pide una muerte que diste a una hermana suya. ¡Ay, triste, que mirarle no me atrevo! Mancebo, pues te le entrego, usa de piedad con él. Pues óyeme. Rey ; que a él y a ti que me oigáis os ruego. Yo soy Angelia. ¿Qué engaño es éste? A Erbagio perdono y de su culpa le abono, pues que llegó el desengaño; que todo ha sido fingido, trazado y hecho por mí. Agora te pido a ti que me le des por marido. Yo lo aceto. ¡Mi alegría! ¡Oh mi Angelia! ¡Oh mi consuelo! ¿Posible es que otorga el cielo tanto bien al alma mía? Ricardo, yo prometí de ponerme en esas manos. Vesme aquí, pero son vanos tus propósitos en mí, Ricardo, perdóname. Pues que yo casarme aguardo, Florinda lleve a Ricardo. Ya mi esperanza alcancé. A Erbagio quiero pagar dando a sus servicios pago, y así desde aquí le hago Almirante de la mar. Dame a besar esos pies por el favor que me has hecho. Levanta, que aquese pecho digno de más cargos es. Ricardo, quede de aquí con vuestra propia jineta, pues que su gusto sujeta a lo que yo le pedí. Pues ¿yo estoy descomulgado? ¿Soy hijo de algún tortugo que no me das ese yugo? Pues qué, ¿quieres ser casado? Sí, señor. Pues bien, será que con aquesa doncella os caséis, casaos con ella. Soy contento. ¡Arre allá! El Rey me casa con vos y que mi mujer os nombre. Téngase allá, que soy hombre, ¡Bueno es eso! Soy, por Dios... Que bien casada estaréis. Basta que lo mande yo. ¡Oh! Pese a quien me parió que soy hombre. No os canséis. ¡Vive Cristo! Que soy hombre. ¿Qué es lo que quieren hacer? Ya reniego el ser mujer. Oye, Rey ; nadie se asombre. Mi paje es y le vestí de esta suerte para hallar el bien que vine a buscar y para hallarte a ti. Porque dando yo a entender que por mujer la dejaba, con aquesto imaginaba venir contigo a valer: esta es la verdad del caso. Admírame tanto enredo. ¡Por Dios, que muy bueno quedo si acaso con vos me caso! Fabricio, no perderás el premio de tu servicio. Esa memoria es indicio de que merced me harás. Aquí se acaba el dolor que mi pecho sujetaba. Y aquí la historia se acaba de Los contrarios de amor.