Texto digital de La conquista de Jerusalén
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Miguel de Cervantes Saavedra
- Atribución estilometría
- Miguel de Cervantes Saavedra Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La conquista de Jerusalén. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/conquista-de-jerusalen-la.

LA CONQUISTA DE JERUSALÉN
JORNADA PRIMERA
¿Que nunca has de dejar mi compañía, enfadoso Trabajo? ¿No te cansas? ¿Por qué movido de la pena mía esa tu esquiva condición no amansas? Parece que en crecerme el agonía te alegras, regocijas y descansas. Deje por un momento mi cansada cerviz tu yugo y mano tan pesada. ¿Qué pretendes? ¿Qué quieres? ¿A qué estremo piensas llegar con mi dolor estraño? Pues ni más mal ni desventura temo, tanto se estiende de mi angustia el daño. Llega, llégate abajo, aquel supremo punto con que se acabe un mal tamaño: abre los senos de la madre Tierra y allí mi vida y tu furor encierra. Con las mesmas palabras te respondo con las cuales el Santo Yeremías lloró sobre ti mesma y de lo hondo del pecho dio a luz sus profecías. El cumplimiento de ellas no te ascondo, pues sabes su verdad ha muchos días; mas quiérote decir que siempre dura y durará tu amarga desventura. Bien podré preguntarte en qué manera sola te sientas, oh ciudad famosa, cual viuda triste hecha ya heredera: la reina de provincias venturosa, llorando lloras en la noche fiera, sin ser de tus amigos con piadosa ayuda consolada en tus mancillas, y tus lágrimas riegan tus mejillas; lloran las calles de Sión que miran ya la soledad, cuán pocos llegan a tus puertas destruidas, y suspiran tus sacerdotes que su bien le niegan; las rosadas colores se retiran del rostro de tus vírgenes que entregan el ánimo al temor, y en esta priesa tú de amargo dolor eres opresa. Jerusalén, pecaste, a cuya causa eres hecha inconstante y varïable, y en tus loores habían puesto pausa cuantos te dieron título loable; de tu inominia su burlar se causa, y se causa también que en miserable llanto deshecha, hacia atrás revuelvas y que a acordarte de su fin no vuelvas. Vosotros que pasáis por la carrera, ved si hay otro dolor igual al mío: vendimiado me han ya con mano fiera, cual lo dijo el Señor en quien confío; díjolo el día de su ira, que era también de su furor y su desvío, envïando a mis huesos desde el cielo fuego, y puso a mis redes en el suelo. Mas ya, Señor, ¡con cuántas ciertas pruebas son ya cumplidas estas profecías! ¿Por qué mi angustia y mi dolor renuevas haciendo eternas las pasiones mías? Mira, buen Dios, que si adelante llevas el quitarme mis justas alegrías, que dirá el que no sabe ansí regirse que con eso no vale arrepentirse. Tú dijiste, si acaso me olvidare: «De ti, Jerusalén, de ti se olvide mi diestra», y así es bien que tu ira pare, pues siempre con razón tu azote mide; si yo otra vez, oh buen Señor, pecare, de tu favor y gracia me despide. Vana es la contrición que poco dura cuando con el obrar no se asegura. Viénele a tu maldad justo castigo y aun tienes mayor pena merecida, pues con malicia y furia de enemigo diste la muerte a quien te dio la vida. Será de esta verdad cierto testigo este sagrado monte, do ofendida fue la divina Majestad del cielo, cubierto de mortal corpóreo velo. Desde aquel punto que la vida muerta se vio, y la muerte muerta por la muerte, de en par en par a mi dolor la puerta abrió la corta inexorable suerte. Pero ya veo mi salud abierta de otra que en gloria mi aflición convierte: ya engendran en mi pecho el cuento nuevo el estruendo de Marte y son de Febo. Suenan a este punto trompetas y atambores y chirimías. ¿Qué insólito acidente es el que siento de gusto y regocijo en mi sentido? ¿De cuándo acá en mi pecho es el contento por un mínimo espacio consentido? ¿El Trabajo no soy? ¿No es el tormento el que conmigo está contino unido? Pues, ¿qué quiere conmigo el alegría si no puede tomar mi compañía? ¡Jerusalén, Jerusalén, cuitada, conviértete al Señor con puro celo si quieres ver con dulce fin llegada la hora de tu gusto y tu consuelo! En tu arrepentimiento está encerrada cuanta ventura puede darte el cielo, mas ya el alto Señor, que el cielo ha hecho, está de tus gemidos satisfecho. Y porque el yugo del Trabajo insano no te canse y aflija y dé más pena, el alma del segundo papa Urbano de intenciones divinas tiene llena. Este santo varón tomó la mano para limar tu grillo y tu cadena, y en Claramonte la francesa gente llenó de furia santa y brío ardiente. Representóle tus miserias tantas y tus santas iglesias derribadas, con las reliquias de los santos santas de las bárbaras manos profanadas; puestas al filo agudo las gargantas de aquellos que con voces levantadas del agua santa aprueban del bautismo y no el circuncidar del paganismo. Díjoles que mirasen que así estaba el sepulcro santísimo de Cristo, y que con pies sacrílegos le hollaba el pueblo infame en mil errores visto. Esto les dijo, y luego se mostraba el más cobarde tan brioso y listo para seguir la declarada empresa, que al arma grita cada cual apriesa. El Pontífice santo abrió el tesoro tan rico de la Iglesia y concedióles mayores bienes que de plata y oro; y con nuevas razones animóles, y el pecho atado con igual decoro con coloradas cruces señalóles, y los que de esta impresa son soldados les quedará por nombre «los Cruzados». Los cuales, siendo su cabeza y guía Godofre de Bullón, varón prudente, ya son pasados de la Romanía y a ti vuelven el paso diligente. Queda Antioquía de temor vacía, rendida al brío desta ilustre gente: en fin, a las espaldas no le queda ciudad contraria, que dañarlos pueda. Presto verás del alto Boemundo las ínclitas hazañas valerosas, y del conde Virgilio, gran Reimundo, no menos muchas que valientes cosas. Verás también que no tiene segundo el latino Reinaldos, que en honrosas y cristianas impresas se señala, de modo que al francés famoso iguala. Verás la estraña fuerza y el denuedo, el valor, el donaire y cortesía, del rayo de la guerra, gran Tancredo, cifra de toda humana valentía, un corazón do nunca cupo miedo, una dulce amorosa fantasía, que el ciego amor en medio de la guerra hace tres tiros y ninguno yerra. Oirás de un ermitaño las razones, en quien se muestra espíritu del cielo, con que las da a los flacos corazones y hace venir al tardo agüelo. Este ajuntó cristianos escuadrones, y fue el primero que con santo celo puso en plática y obra esta venida, que ha de cobrar tu libertad perdida. Ansí que puedes ya regocijarte, Jerusalén, y hacer júbilo y fiesta y del pesado yugo descargarte que tanto te fatiga y te molesta. ¿Con qué podré, señora, yo pagarte nueva que tantas lágrimas me cuesta si no es con darte cuanto puedo y valgo? Que si algo soy, por ti sólo soy algo, que sola tú, Esperanza, has sustentado mi flaca, débil, temerosa fuerza. Animada de ti, siempre he mostrado ánimo y rostro al mal que así me fuerza. Y este enfadoso yugo tan pesado que a más cargarme y fatigar se esfuerza mil veces en tus hombros yo le he puesto por hacer su rigor menos molesto. ¡Quítale ya, Trabajo! No es posible. Pues, dime, ¿hasta cuándo? Hasta que vea lo que aquesta te ha dicho tan visible que la verdad me haga que lo crea. ¡Oh, cómo tienes condición terrible! Pues, aunque más terrible y duro sea, presto te ha de dejar. Harélo cuando esté el Contento y Gusto de su bando. Ya viene y viene envuelto en sus rumores del cristiano escuadrón. Ya, ya se acerca; ya las trompetas suenan y atambores, ya descubren tu santa y alta cerca. Desecha, oh ciudad santa, los temores y el continuo dolor que a tu alma cerca, y al ejército amigo no contrastes y en tu dureza sus aceros gastes. Muéstrale tus murallas sin defensa o, a lo menos, la parte menos fuerte, pues el hacerte en este trance ofensa es librarte del yugo y de la muerte. En esto solo estudia, en esto piensa, que son los medios por do espero verte, después de destruida y saqueada, con triunfo y nueva gloria renovada. Da lugar, por agora, a que se aloje el cristiano escuadrón ante tus muros y está suspensa y mira cuál recoge los suyos donde estén de ti seguros. Y si pudieres, su altivez encoge, y a los encuentros reiterados, duros, de las cristianas máquinas de guerra muéstrate frágil y arenosa tierra. Haré lo que me mandas, pues me importa. ¡Apártate, Trabajo! No aprovecha. ¡Cuál me tienen tus manos ya deshecha! Consuélate, que ya tu pena es harta. Pues que la tierra santa ya pisamos, término y fin del áspero camino y principio del triunfo que esperamos, con puro afecto y corazón benigno, todos con humildad pongan la boca donde puso sus pies el Rey divino. ¡Dichoso, oh tierra, el labio que te toca, o dichosos los ojos que te han visto con tal deseo que su bien provoca! ¡Oh, sepulcro santísimo de Cristo! ¿Cuándo por bien, por medio desta gente se hará, aunque indigna, el deseado aquisto? Alzad, amigos, la inclinada frente, mirad la tierra y la ciudad dichosa, cabeza y gloria del rosado Oriente. Aquella torre que allí veis hermosa, la torre de David, cierto, se llama; estotra es la de Antonio, bien famosa. Aquel alto edeficio, que encarama sus chapiteles hasta el alto cielo, tan celebrado templo de la Fama, es el templo famoso que, con celo santo, que el hijo de David discreto con tanta casta levantó del suelo, y después muchas veces por decreto del alto Dios, que en él se veneraba, se ha visto destruido y en aprieto. Este es el monte de Sión, do estaba llorando el gran profeta Jeremías el daño que a su pueblo amenazaba. Aquel es el Calvario do a los días de su aflición dio fin el verbo eterno y a los de nuestras tristes agonías. Aquel lugar que desde aquí discierno, es el castillo de Betania, adonde Cristo dejó espantado el mismo infierno, pues del cóncavo escuro, do se esconde, el ánima de Lázaro difunto a una palabra de Jesús responde y cobra gracia y vida todo junto; que nunca Dios sanó cuerpo doliente que no sanase el alma al mismo punto. Este aro que veis es el torrente que llama de los Cedios la Escritura, sabroso al gusto, manso en la corriente; Getsemanís aquel de sangre pura los santos miembros de Jesús sudaron hasta bañar la estéril tierra y dura. Es éste el mismo suelo que pisaron los santísimos pies de Cristo acaso y aquí su estampa y señal dejaron. Besémosle otra vez, oh campo raso, donde con Lucifer entró en batalla el Rey divino con humano paso. ¡Oh, soldados de Cristo, en quien se halla alta virtud cristiana y un cuidado de con raras hazañas aumentalla! El punto felicísimo es llegado, con inmensas fatigas adquirido y con estraño ay nuestro deseado, donde ha de ser a dulce fin venido aquel cabal justísimo deseo del cielo en vuestras almas infundido. No es menester, a lo que entiendo y creo, animaros al trance riguroso con promesas de palmas y trofeo. Yo sé que cada cual al fin honroso pondrá los ojos y alzará las manos con brazo diestro y paso presuroso. Que aquel intento que os movió, cristianos, a dejar, con la patria regalada, quién hijos, quién mujer, quién padre y hermanos, dará brío al valor, filo a la espada vuestra, para quitar al Aladino esta santa ciudad tiranizada. No se pierda el trabajo del camino, tan de enemigos nuestros contrastado, agora que está el premio tan vecino. Haced seguro el prado al lastimado, contricto peregrino, que a ver viene el lugar do Jesús fue sepultado. Para esta impresa haré lo que conviene, pues soy general vuestro, y por agora conviene que vuestro brío se refrene, que yo os diré cuando será la hora de dar asalto a la ciudad, y en tanto nuestro campo se aloje a su mejora. Dices muy bien, señor, porque el quebranto de nuestra gente un poco se rehaga, que la tiene cansada el marchar tanto. Del modo que conviene así se haga. ¿Por qué de aquesta suerte mueves ligero el paso, Teodoro? Por huir de la muerte que el pueblo infame moro al tímido cristiano apareja con fiera y cruda mano. Pues dime, ¿por qué causa? ¿Tan ignorante estás del mal estraño que nuestros males causa, cuando de nuestro daño y libertad perdida era, cual vemos, la salud venida? ¿Vuélvese, por ventura, nuestro cristiano ejército a su tierra? No, que otra desventura nos consume y atierra, la cual verás, si puedo mover la lengua que la turba el miedo. Retírate a esta parte, do no seamos vistos de ninguno, que en breve he de contarte el mal fiero, importuno, que en medio del contento nuestra esperanza parte por el viento. ¿Conoces a Marsenio? ¿No es aquel renegado y nigromante de tan mágico ingenio que hace en un instante turbar los elementos, andar los montes y parar los vientos? Aquése mismo digo. Pues bien, ¿qué hay? ¿No sabes lo que hizo en el rey enemigo? Sé que le satisfizo con un consejo estraño que le dio. Pues de ahí nos vino el daño. Díjole que importaba tomar la imagen de la Virgen pura que en nuestro templo estaba, y con estraña cura guardarla en su mezquita. Hízolo así con intención maldita, diciendo que entre tanto que en su poder la imagen estaría, ni pérdida o quebranto a la ciudad vendría, y que sería en vano llegado aquel ejército cristiano. Creyóle el rey, y toma la santa hermosa imagen y bendita, y adonde su Mahoma se adora en la mezquita, tan guardada la puso que sosegó su espírito confuso. Llegó en este conmedio el ejército bravo ante este muro para nuestro remedio, y luego a su conjuro acudió el renegado, mas no le han en nada aprovechado. Dicen que es causa de esto que la sagrada imagen no parece, que algún sutil y presto cristiano la robó y que empece tanto la falta de ella que el mago ignora qué hacer sin ella. Por esto en ira ardiente se abrasa el rey, y con furor insano manda ciego, inclemente, que no quede cristiano con vida si no damos la imagen o el ladrón que no hallamos. Pues, ¿quién pudo hurtalla? El cielo, que es ladrón santo y benigno, que quiso trasladalla a otro lugar más digno, que no la inmunda aljama donde el infierno su maldad derrama. Pues, ¿qué remedio agora? Huir la furia del tirano fiero por ver si se mejora. Pues yo contigo quiero esconderme, si quieres. Pues no hagas más de lo que hacerme vieres. No quede de la pérfida canalla uno con vida. Mueran todos luego, si por ventura entre ellos no se halla el fiero turbador de mi sosiego. ¿La imagen ascondéis? ¿No queréis dalla? Pues yo os entregaré todos al fuego. Cristianos perros, perros enemigos, ¿confiados estáis en los amigos? ¿A dicha veis esta ciudad vacía de aparato de guerra y turcos bravos? ¿En quién yo temor cobarde vía? Infame gente, tímidos esclavos, ¿no hay en esta ciudad famosa mía navajas, garfios, cuerdas, cruces, clavos? ¿No hay verdugos en ella? ¿Qué se espera? ¡Muera esta gente luego! ¡Muera, muera! Mueran, señor, si tardan por ventura de darnos el retablo que han hurtado, con el cual, si se vuelve, se asigura no sólo esta ciudad pero tu estado. ¡Dad a vuestros puñales sepultura en el cuerpo robusto o delicado de cualquiera cristiano! ¡Acabad luego! ¡Dadlos al lazo, al hierro, al palo, al fuego! Tiempla, rey, la furia insana, que yo te daré en la mano a aquel robador cristiano de la imagen soberana. Manda que cese la furia de tus ministros, señor, y guarda todo el rigor para el que hizo la injuria. Haz envainar las espadas que con rencor tan siniestro en daño del pueblo nuestro han sido desenvainadas. ¿Qué decís, cristiana? Digo que no mueran los cristianos pues que te daré en las manos el que merece el castigo. Yo revoco la sentencia. Haced que no mueran más. Yo creo que en balde das esas muestras de clemencia. Dime, pues, ¿quién se atrevió a acometer tal maldad? Pues he de decir verdad, el atrevido fui yo. Yo soy quien la imagen bella robé de tu aljama. Baste; pero ya que la robaste, dime, cristiana, ¿qué es de ella? Cuando me atreví a roballa, y al peligro me dispuse, en mi corazón propuse de nunca jamás tornalla. Y porque amenaza o ruego no torciese mi intención, con seguro corazón di la imagen santa al fuego. Y fue bien que se abrasase en el fuego aquel retablo antes que en poder del diablo y en el tuyo se entregase. Así que ya es por demás poner aquí tu cuidado, que si el ladrón has hallado el hurto no le hallarás. ¿Hase visto tal maldad? ¿Hay igual atrevimiento? ¿Dónde está tu sufrimiento? ¿Dónde tu severidad? Alto, señor, di, ¿qué haces? ¿cómo con la sangre y vida de esta cristiana perdida tu agravio no satisfaces? ¿Hacen torcer tu decoro los bellos ojos que miras, o arrójante al pecho viras sus luengos cabellos de oro? ¡Muera esta perra, señor! ¡Muera, y entréguese al fuego! ¡Muera digo, muera luego! Que «viva» dirás mejor, que no me mata la muerte por tal ocasión venida, antes a esta corta vida en eterna la convierte. ¡No aprietes! ¿Ya te lastimo? No, mas no haré defensa, porque esta muerte y ofensa por vida y honra la estimo. Justicia, Rey, no permitas que de mi hazaña notoria otro me quite la gloria que tú mesmo no me quitas. Los lazos y muerte injusta que esta doncella se aplica míos son, cual testifica mi confisión cierta y justa. Si ella por su altivo brío quiere al mundo eternizarse, busque otro modo de honrarse, déjeme a mí lo que es mío. Con más verdaderas cosas busque dar fama a su nombre, que mal se alcanza renombre con hazañas mentirosas. ¿Qué quieres, cristiano? Quiero que entiendas, alto señor, que yo soy el robador de la imagen verdadero. ¿Cómo pudo esta doncella, sin compañía y sin maña, acometer tal hazaña? Yo sí que salí con ella; si no, pregúntale el modo que tuvo para tal hecho y quedarás satisfecho de que burla y miente en todo. Yo soy el que la robé. ¿Y adónde está? Dila luego... Dime a quién. . Señor, al fuego. Pues, perro traidor, ¿por qué? Por estorbar los intentos de Marsenio. Antes, traidor, multiplicaste el rigor mío y de vuestros tormentos. Di, mancebo, ¿desvarías o piensas que en esta suerte no podrán sufrir la muerte las débiles fuerzas mías? Pues sal de aquesa dubda porque yo te sé decir que para haber de morir no quiero ninguna ayuda. Sin culpa no te condenes, que ya yo tomé esta carga. Goza tu vida más larga y por la mía no penes. Descubro el blanco a do tiras y sé que no das en él, aunque con justo nivel y santa intención lo miras. Estos se burlan de ti, señor, y de tus cuidados. Ellos serán los burlados. Llevaldos luego de aquí, y juntos los abrasad, pues que juntos se condenan ya, si aquí se me refrenan de decirme la verdad. La verdad he declarado. Mejor la declaré yo. Eso no. Mas eso no. Yo la hurté. Haste engañado. Yo también me engañaré en daros la pena al justo. Si a mí me la das es justo. ¡A mí, a mí, que la hurté! En dubda, abrásanse entrambos. Llevaldos, y tú, Marsenio, ven y despierta el ingenio para el trance que esperamos. No penséis siento el rigor de esta cuerda, oh gente cruda, que mas me aprieta y añuda el fuerte brazo de amor. No pensé yo que éste fuera, Solinda, el que nos juntara, sino que amor ordenara lazadas de otra manera. Días ha, Solinda bella, que te vi y te adoré. Días ha que yo no sé tu nombre ni tu querella. Tu honestidad se oponía a todo mi atrevimiento, y con sólo el pensamiento mis ansias te descubría. En el tiempo y en mi fee, tan ajena de mudanza, mi ventura y esperanza con santo intento fundé; mas, agora, con esquiva mano, la Fortuna brava mi ventura menoscaba y mi esperanza derriba; mas, pues que quiso mi suerte que fueses de mí seguida con solo el alma en la vida, con alma y cuerpo en la muerte, contento y alegre muero, y soy bien afortunado sólo por morir al lado de la vida que mas quiero. Mancebo de altos intentos, tiempo es ya que a mejor vía revuelvas la fantasía y amorosos pensamientos. Pon otro amor en tu alma, no de las cosas del suelo, mas de aquellas que en el cielo pueden darte triunfo y palma. De ellas serás entendido aunque no muevas la lengua, y no te tendrán a mengua habellas tarde querido. A la belleza del cielo mira, eterna y duradera, adonde el premio se espera del justo y cristiano celo; y a mi caduca belleza no mires en este trance, que ya la va dando alcance muerte con su ligereza. Y en este aviso te pago todo aquello que te debo, y a tu amor, con otro nuevo y más cabal, satisfago. Solinda, sola en el mundo en valor y en hermosura, si quieres que en la ventura yo no tenga otro segundo, y que este trance dudoso no me sea tan terrible, rescíbeme, si es pusible, gloria mía, por tu esposo. Mira que en esto no irás contra mi casta intención, pues que el tiempo y la ocasión hacen que no pida más. ¡Fácil cosa, duro aprieto, grande amor, intento sano! Dime, mancebo, ¿cuál mano te daré para este efeto si a entrambas el lazo liga? Di que sí, que tanto importa. Sí, digo. Ventura corta, áspera y larga fatiga, a un mesmo tiempo acabáis pena y gloria todo junto. ¿Estáis en tan triste punto y desposorios tratáis? Caminad, caminad luego do acabará con rigor vuestra vida y vuestro amor, que un fuego saca otro fuego. ¡Vamos! Dejadme llegar, señor, es por cortesía. Pues, di, ¿qué quieres? Querría a mi esposa... ¿Qué? . Abrazar. No hay para qué. Caminemos fuera de Jerusalén. Solinda, del mal y bien, igual gracia al cielo demos
JORNADA SEGUNDA
Mejor fuera hacer esta jornada al tiempo cuando la dorada aurora al venidero día descubriese sus rosadas mejillas por el cielo; y entonces, con menor peligro nuestro, pudiéramos cumplir el mandamiento del gran Godofre, y mirar más cerca los traveses, el foso y las murallas de esta fuerte ciudad que se defiende. A tu valor, Tancredo, no hace estorbo un tiempo a otro, que tu brazo rompe cualquier dificultad que se le ofrezca. Dignas son esas altas alabanzas más del vuestro valor que no del mío, y aquella confïanza que en él tengo de mayores peligros me asigura feliz suceso, vitoriosa palma. Bien pagados estamos. Basta, y dime, en tanto que llegamos algún puesto do podamos mirar a nuestro salvo lo que de la ciudad mirar queremos, cómo tu corazón fue tan robusto, tan esento y tan duro y tan de acero, que estando en tu poder la bella Erminia, hija del rey famoso de Antioquía, y siendo ella tu esclava y tu sujeta, a las muestras que dio a tu mandamiento no pudiesen hacer mella en tu pecho sus bellos ojos, sus cabellos de oro, la blanca leche y colorada rosa de sus mejillas, y cristalina grana de sus dientes y labios peregrinos. Dos estremos dinos cierto de que los cante la parlera Fama en alabanza tuya por mil siglos: el uno fue de rara continencia, de liberal fue el otro, pues sin premio, sin interés, promesa y sin rescate a una hija de un rey tan grande pusiste en libertad liberalmente. No me tengas, Boemundo, por tan justo. Si ella fuera bautizada, creo que nunca yo mostrara los estremos de continencia y liberal que dices; mas la pérfida seta que ella guarda fue causa aun que de Erminia me guardase, y por huir del manifiesto daño que su conversación causar pudiera. Por esto y por pagar de un blando y tierno amor que me mostraba, quise darle la dulce libertad sin premio alguno, mas yo creo que presto ha de perderla porque en esta ciudad se ha recogido con el rey Aladino, según dicen. Y si por dicha esta ciudad se toma -que se hará con el favor del cielo-, y Erminia acaso a mi poder tornase, otra vez y otras ciento gozaría la alegre libertad sin interese. En fin, es ése pecho de Tancredo. A lo menos es pecho que procura cumplir con lo que debe a caballero y aquello a que le obliga ser cristiano, favoreciendo a las mujeres tristes, o sea a las de pequeño o alto estado, y de oponerse a los asaltos fieros con que la mora salta y acomete a los tïernos y mancebos años. Cuanto más que entre el ronco son y estruendo de las fieras trompetas y atambores y el ancho relinchar de los caballos, entre los duros lechos de fajina, entre el bizcocho y encharcadas aguas, entre las golas de pesado acero, entre la poca quïetud del sueño, entre el desasosiego y sobresalto, ministros y secuaces de la guerra, muy pocas veces el amor se mezcla. Otro sosiego busca, otros regalos, otra paz, otros tratos y caminos que no aquellos que sigue el fiero Marte. Bien es verdad, pero, con todo eso, si a los poetas debe darse crédito, rendido al mismo Marte nos le pintan en gentil red cogido con la diosa, madre de ese muchacho a quien tememos. Fábulas son, pero, volviendo al caso, paréceme, Boemundo, que sería acertado ponernos escondidos detrás de aquel recuesto levantado, que allí se nos descubre, y poco a poco subirnos a la cumbre, y está claro que desde allí se ve la ciudad toda. No me parece mal. Guía y camina. Digo, señor, que oprobrias y que abajas tu nombre y tu valor con lo que haces si a estas burlerías torpes, bajas, crédito das y así te satisfaces. Si en esto confiado no trabajas en componer y en ordenar las haces y las usadas máquinas de guerra, la pérdida te anuncio desta tierra. Si la ley que profesas de Mahoma dice que es burla la de los cristianos, ¿por qué una imagen suya así te doma el brío y pone esposas en las manos? Toma, señor, la espada, el arnés toma, y deja los hechizos falsos, vanos, que los que se han de usar en esta parte son la industria y furor del Marte. Yo quité los cristianos que tu ira al fuego condenó, porque mi intento por otros medios de más honra aspira de reducir tu estado a salvamento. Magnánima guerrera, bien se mira en tus obras tu honroso pensamiento, y de solo tu brazo más confío que de todo el poder pujante mío; y yo perdono, si tú en esto gustas, a todos los cristianos mis sujetos. Misericordia es esa tan injusta cuan presto verás della los efectos. Si viene a la verdad tu ciencia justa, dime si tus carateres perfectos te dicen y señalan, por ventura, algún gran bien o presta desventura. Feliz reposo me asegura el cielo, larga, dichosa y descansada vida; de repentina muerte no recelo, de cautiverio o enfermedad mecida. ¿Si pruebo que mientes? Bueno. Ansí, velo de tal modo que venga a ser creída: llegue a tu corazón la daga mía, que mentirosa hará tu astrología. ¡Oh, Clorinda, más fuerte que los signos, furiosa ejecutoria de los hados! Ahí conocerás los desatinos de los abitros y puntos observados; encubrióte tu ciencia los caminos que estaban a tu muerte señalados. ¡No supiste huir tu misma pena y quieres prevenir la guerra ajena! No te parezca, oh rey, atrevimiento lo que mi mano ha hecho en tu presencia, que con esto verá su atrevimiento cuán poco hay que fiar en esta ciencia. De lo hecho, Clorinda, estoy contento, pues tu valor a más te da licencia, que ese brazo, que mata a los amigos, muy mejor matará a los enemigos. Mas pues iguala tu subido ingenio a tu fuerza y valor, dejando aparte el caso acelerado de Marsenio, y el vano arrimo de su ciencia y arte, suplícote me digas -si el ingenio divino te lo muestra- por qué parte, por qué modo o qué vía escusaremos la gran rüina que a los ojos vemos; que este cristiano ejercitado campo, con las muchas victorias arrogante, en mi sentido desde agora estampo que a sujetarnos ha de ser bastante. Su gente ocupa el espacioso campo que ves, y es lo peor que dice Argante que es toda fuerte, suelta y bien armada, a morir y vencer acostumbrada. Si la gente infinita que prepara el gran Soldán de Egipto en tu defensa, a esta sazón, oh buen señor, llegara, mal pudiera el francés hacerte ofensa; antes, estoy seguro que llevara de su atrevido osar la recompensa. Pero, entre tanto que no llega, digo que es bien que pidas tregua al enemigo, y él querrá concederla, a lo que entiendo, por dar lugar y espacio a rehacerse, y tú te irás despacio previniendo de lo que debe en tu defensa hacerse. Y si viene el Soldán como pretendo, verás cual humo al viento deshacerse el escuadrón que agora te amenaza desa cristiana mal nacida raza. ¿Qué me dices, Clorinda? Que el consejo y parecer de Argante es aceptado, y lo mismo yo misma te aconsejo, que es lo mejor en tan estrecho estado; y aun, si quieres, me ofrezco y me aparejo a llevar a Godofre este recado; digo a pedir la tregua que conviene, si en mi parecer el tuyo viene. Digo que sí, y ruégote que seas con Argante quien lleve la embajada. En el modo se hará que lo deseas. Id luego que yo estoy aparejada. ¡Cómo se ve, Clorinda, que te empleas en hacer que la Fama esté ocupada contino en pregonar tus hechos claros, al cielo nuevos como al suelo raros! En buena hora os partid, cuando os parezca, que en vuestras manos pongo mi ventura. Partirnos hemos antes que anochezca, o a la luz venidera clara y pura. Luego será mejor porque se ofrezca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ura del campo conducido aquí de Francia esta noche el descuido o vigilancia. Ármate pues, Argante, y vamos luego. No ha menester el que es heraldo armas. Tú sí las llevarás, pues en sosiego ni en guerra nunca he visto te desarmas. De tu ardiente valor redunda un fuego en mi pecho, que ya le adornas y armas de tan nueva virtud que, desarmado, no temo a Marte si te tengo al lado. Pues sabes, anciano Alzardo, cómo turba mi sosiego el blando amoroso fuego en que me consumo y ardo, y que ya no hay resistencia que le haga a su furor, y que es descanso el dolor de la amorosa dolencia. ¿De qué sirve aconsejarme lo que tan bien me estuviera, si en mi deseo cupiera querer dello aprovecharme? Yo sigo tras mi destino, él me consuela y esfuerza. Tú misma le das la fuerza, que apruebas tu desatino; el desatino es llano, pues así te has entregado, hija de rey, a un soldado, y tú mora y él cristiano. ¿Tiene otro príncipe el mundo de mayor ser y bondad? ¿En valor y calidad tiene Tancredo sigundo? ¿En destreza y gallardía, hay quien le iguale en la tierra? ¡Manso en paz, valiente en guerra, estremo de cortesía! Como espera a la victoria Amor de tu pecho en todo, a Tancredo de ese modo te lo pinta en la memoria. No te le pinta cristiano, enemigo de tu ley, ni que fue a vencer al rey, tu padre, con fiera mano; con los colores y tinta de gallardo y liberal, pesaroso de tu mal en tu sentido le pinta. Pero borra estas colores por la cristiana arrogancia, y las banderas de Francia los causarán trunfadores. Pon, Erminia, ante tus ojos que a la francesa crueldad sirve tu rica ciudad de miserables despojos. A crüel venganza aspira de tu deshonra y dolor, y del regalo de amor tus pensamientos retira. ¡Cuán poco me satisfacen las palabras en que sobras, porque del amor las obras consejos no las deshacen! En tal punto está el compás de mi amor en este instante, que ni puedo ir adelante ni querer volver atrás. La gran verdad de Tancredo, su estraña magnificencia, destierran de mi presencia todo inconviniente y miedo; que si él me dio libertad, teniéndome en su poder, yo le he de satisfacer con dalle mi voluntad. Y aunque la satisfación es pequeña a deuda tal, hágala rica el caudal de la amorosa afición. En fin, ¿qué quieres hacer? Hablar si puedo a Tancredo. Muy bien dijiste «si puedo». Pues muy posible ha de ser. Yo no imagino qué modo. Pues yo sí, si tú me ayudas. No pongáis en eso dudas, siendo yo tan vuestro en todo; que pues mi sano consejo no admitís en tal jornada, por no faltaros en nada a serviros me aparejo. El modo, pues, que tengo imaginado, Alzardo, y el mejor que me paresce, para dar fin al justo intento mío... No le des ese título, prosigue. Bien dices, que otro título más alto debiera darle, pero baste «justo». Digo, pues, que ya sabes que vivimos en el Real Palacio en una misma instancia yo y Clorinda, única y sola en armas, en valor y en hermosura. Y sabes ansimismo que a su gusto pone y dispone, ordena, manda y veda Clorinda, y la ciudad le da obediencia, como si fuese el rey, en cuanto quiere. Verdad es lo que dices, mas ¿qué importa? Pienso hurtar las armas de Clorinda, y, armándome con ellas, fácilmente podré salir de la ciudad de noche, pues no habrá centinela o guarda alguna que pensando ser ella no me deje salir y entrar en la ciudad mil veces. Esto ha de ser de noche, y tú conmigo saldrás, porque me importa tu venida. Con esa industria, Erminia, ya te veo fuera de la ciudad, y yo contigo. Pero, ¿qué se ha de hacer tras esto? Escucha. Tú irás al campo adonde está Tancredo con muestras de pacífica embajada, y allá por él preguntarás, y hallado dirásle que una mora, que desea saber si su valor llega a su fama, le está esperando adonde yo quedare; no le dirás quién soy, pero dirásle las señas de las armas de Clorinda, porque él, sabiendo como el mundo sabe, desta famosa mora las hazañas, creerá sin duda que Clorinda viene a probarse con él, por ver si puede llevar el triunfo de mejor latino que en el cristiano ejército milita. Y él, codicioso de la misma gloria, saldrá sin duda a verse con Clorinda; y si esto ansí sucede, y yo le veo, déjame el cargo a mí de persuadirle a lo que debe mi corazón sincero. ¿Que estás, en fin, a hacer eso dispuesta? Digo que sí, y más no me repliques ni me aconsejes cosa en contra desto; y si no quieres ayudarme en ello, tenme secreto, que yo sola entiendo. Primero que la mía a ti te falte, ha de faltarme el cielo en darme vida. Détela Dios cual yo te la deseo. Y a ti te la mejore si es posible. Vete, Alzardo, a tu estancia, que yo quiero ver si Clorinda viene a desarmarse, aunque entiendo que no, porque se dice que junto con Argante ha de ir ahora a pedir treguas a Godofre invicto. Ansí es verdad. Pues, cuando vuelva, haremos lo que ya queda bien determinado. Yo no pienso salir de tu mandado. Tancredo, alarga el paso y ponte a punto, que el alárabe viene encaminado hacia nosotros y aun está bien junto. Préndele sin herirle y ten cuidado que por pies no se vaya, que es ligero el perro según viene apresurado. Tras estas matas asconderme quiero. Tú, Boemundo, ponte a esotra parte que la caza se hará como yo espero. Si estoy, cielos, seguro en buena parte, si está cerca el cristiano campo amigo, si me ha salido bien mi industria y arte, . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . igo el campo aquí ha de estar hacia ocidente. ¡Deténte, perro, pérfido enemigo! Si no es de vuestra habla diferente la ley, yo me detengo y soy dichoso en ser tenido de tan buena gente. En el habla no es moro. Algún astroso renegado será. No lo permita el Dios que adoro inmenso y poderoso. Mirad si esta señal de cruz bendita, que traigo aquí cubierta por mi amparo, esa opinión de que soy moro os quita. Cristiano soy, y aquesto está tan claro, cuanto confieso un Dios trino en personas y uno en esencia: ved si bien me aclaro. Pues, ¿cómo con el hábito pregonas que guardas de Mahoma el falso rito, pues cual moro te vistes y coronas? El cielo por mil veces sea bendito, pues tan dichoso fuese mi vïaje tenía allá en su mente eterna scrito; que el hábito cristiano y el lenguaje vuestro sin duda alguna me asigura de cristianas entrañas hospedaje. Mas, primero que os diga mi ventura, de dó vengo, a dó voy, decid si estamos cerca del campo en parte aquí segura. De allá salimos hoy y allá tornamos. Este recuesto el campo nos encubre. Dinos quién eres, que lo deseamos. Este alquicer, señores, tapa y cubre al conocido Enrique de Volterra, que agora contento se os descubre y como en ningún tiempo se encierra la fama ilustre desta gran jornada y desta cristiana y memorable guerra. De mi patria y mi casa regalada me sacó la intención justa y piadosa de un ensangrientar aquí mi espada. Dejé mi tierra y mi primera esposa, y con muchos amigos y criados, gente en la guerra experta y belicosa, pasé los Alpes ásperos y helados, y en Táranto las velas dando al viento, de quien fuimos a veces maltratados, llegamos aunque tarde a salvamento a la grande Bizancio, que la manda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ento el falso emperador Alejo anda. Por destruir aquéstos allí llegan que traen la cruz por santa insignia y banda. El pasaje a este ejército les niegan y hasta quitarle todos sus haberes los griegos nunca paran ni sosiegan. ¡Oh, griegos, hombres no, sino mujeres! ¡Codiciosos, lascivos y habladores, inconstantes de vanos pareceres! Procuran infundir varios temores en los pechos de cuantos con instancia procuran ser de turcos ofensores. Dicen que ya el ejército de Francia la hambre y el trabajo lo ha deshecho, y que en esto ha parado su ganancia. Yo con buen dejo añadiendo el pecho, contra todas sus máquinas me opuse, poco de sus traiciones satisfecho, y a venir solo sólo me dispuse, y en el traje de alárabe mendigo; por saber bien su lengua en él me puse, y al alto cielo pongo por testigo de la hambre y trabajo que he pasado en el viaje que a contar prosigo. ¡Oh, ánimo, el mayor aventajado! ¡Oh, fuerte, oh valeroso Enrique, digno de ser eternamente celebrado! Una cosa he sabido en el camino que los moros la cuentan, y en contalla pierden el seso, la paciencia y tino. Dicen que en una sin igual batalla, que en Antioquía allá tuvieron con vosotros pensando recobralla, muchos armados en el aire vieron, que en las escuadras bárbaras hacían tan recio que ellos solos las rindieron. Las armas y caballos que traían eran más blancas que la nieve pura, y en los pechos también cruces tenían. A tan estrecho paso y coyuntura nos vino ese socorro, amigo Enrique, que ya a las puertas de la muerte dura estábamos tan cerca y tan a pique de prendernos, que no sé cómo agora te lo encarezca aquí ni signifique. Estaba nuestra gente vencedora en la ciudad, que ya quitado había de esa que tú dices turca y mora; y en la ocasión que menos se temía toda la Persia en nuestro daño viene de furor llena y de temor vacía. Dentro en los raros muros se entretiene, nuestra gente cansada, hambrienta y poca, que poco a vuestro espera y menos tiene. La hambre nos consume y nos apoca, salir a pelear es impedido de aquel a quien mandamos si lo toca. Estando, pues, con tal mortal partido, un ermitaño al gran Godofre vino, lleno de Dios, de Dios allí traído, y díjole: «Señor soy adivino -cierto es que dijo lo que Dios le ordena-. Tu bien, tu gloria desde aquí adivino. Fue por revelación de verdad llena quel santo templo de San Pedro encierra el remedio sin duda de tu pena: cubre el mayor tesoro de la tierra que tiene el suelo, ques la santa lanza que abrió la puerta al fin de nuestra guerra. Sácala y ten segura confianza que Dios por ella volverá al momento tu crecida tormenta en gran bonanza». Y luego con un tierno sentimiento, con pies descalzos y almas humilladas, con un cristiano y confïado intento, en dos largas hileras concertadas, las afligidas gentes que allí estamos, con gran aplauso y devoción guiadas, con el santo ermitaño al templo vamos; y con santa cudicia y prestas manos en el lugar que dijo allí cavamos. ¡Oh, firme confianza de cristianos, y segura promesa de Dios dada, que sus efetos nunca fueron vanos! La santísima lanza fue hallada, y al descubrirla un alarido tierno alzó la gente del placer turbada, quien dijo: «¡Oh, llave, que en el sacro eterno pecho de Dios la santa puerta abriste, por do salió su inmortal gobierno; tú eres la vara que la piedra heriste divina, que la sangre y agua pura manó do nuestro bien todo consiste». Tal fue el hallazgo y tal la coyuntura en que salimos luego a la batalla que nuestra fama y milagro dura. La multitud de pérsica canalla por divinos soldados fue abatida cual ella mesma no lo niega o calla. Nosotros con vitoria, ellos sin vida, quedamos y quedaron; deste arte nuestra firme esperanza fue cumplida. Otras cosas quisiera preguntarte de tu camino, Enrique, mas no puedo que dos moros asoman. ¿Por qué parte? Por ésta. ¿No los ves, señor Tancredo? Sí veo, y de paz muestran que vienen. Gentil donaire traen, gentil denuedo. Creo que nos han visto y se detienen. No hacen, ya se acercan, por mi vida, que es éste el modo que ambos tienen. La insinia del escudo es conocida que trae el de mano izquierda y según creo debe de ser Clorinda la temida. Sí, es Clorinda. Ella es el trofeo, la gloria y el honor del paganismo. Por vella me fatiga ya el deseo. Si no viene de paz al cristianismo, quitaré yo este asombro de delante, haciéndola bajar al hondo abismo. Fama tiene de hermosa y arrogante. Los moros dicen ques la más hermosa que jamás tuvo ni tendrá Levante; y aun piensan, por mirarla tan briosa, tan valiente en las armas y tan bella, que no es mujer sino divina diosa. Cerca está ya, bien puedes, señor, vella. El rostro se ha cubierto con un velo. Agora digo que sin duda es ella. Caballeros, ¿podemos sin recelo pasar? Pues vais de paz nadie os lo empide. Cuando yo voy de guerra a nadie suelo pedir seguridad, porque se mide con mi deseo todo inconviniente, y hace este braco lo quél quiere y pide. Sin duda que debéis de ser valiente. Pudiera en otro tiempo eso mostraros quéste no lo permite ni consiente. Primero que paséis he de rogaros, como os lo ruego y por merced os pido, queráis del rostro el antifaz quitaros. ¿Si no lo quiere hacer? Si es comedido, harálo, y si no, poco va en ello, pues será sin que tarde conocido. Séos yo decir que si él no quiere hacello, ni vosotros ni todo el campo vuestro podrá sino en las armas conocello. A amigos y a enemigos yo me muestro contino descubierta, y si me cubro, a conocerme por mi brazo diestro. Por éste, veis aquí que me descubro. ¿Habéisme visto? ¿Ya queréis mi nombre, porque veáis que nada no os encubro? Clorinda es mi apellido. Aquese nombre por sus hazañas es tan manifiesto que no hay quien en oírle no se asombre, aunque a mí más me admira ver el rostro de cuanto puede la naturaleza, cifrado todo en ese hermoso rostro. ¡Oh, rara sin igual alta belleza! ¡Oh milagro, en el mundo, de hermosura, destremos de verdad y fortaleza! Por cierto, caballero, ques locura alabar dese modo a tu enemigo. Jamás me he visto yo con tal cordura. A tu belleza pongo por testigo de que no he de quedar harto en tu alabanza, aunque añadiese más a lo que digo. ¿Tenéis ya los cristianos por usanza el adular? Clorinda, di, ¿qué esperas? ¿para qué alargas más esta tardanza? Si han sido mis palabras lisonjeras, Clorinda, el alto cielo me persiga junto con tu rigor con firmes veras. Por Dios, no sé, Tancredo, qué te diga. ¿Que Tancredo sois vos, aquel famoso? Días ha que yo soy vuestra enemiga, que siendo mi deseo codicioso de fama y honra, vuestros hechos raros le han tenido algún tanto invidïoso, y he deseado a solas encontraros para hacer con la espada prueba cierta si debe tanto ansí la fama honraros. Pero si la demanda sale incierta que nuestro rey a vuestro duque envía, de vuestro esfuerzo pienso hacer la puerta. Clorinda, mira que se pasa el día; demos nuestra embajada. Vamos luego. ¿Tú eres de los nuestros? Ni aun querría. Espía debes ser. Y aun eso niego. ¡Caballeros, adiós! ¡Adiós, señores! ¿En qué piensas, Tancredo? ¡Oh, niño ciego! ¿Quieres tornar a decir mal de amores? ¿Cuándo dije yo mal? ¿Ya se te olvida que dijiste que nunca entre atambores y son de trompas el Amor se anida, ni tiene qué hacer con el acero ni con la dura malla entretejida? Lo que hay desde aquí al campo sélo yo. Camina, Boemundo, alarga el paso. ¿No me dirás qué mal tienes, primero? Cierto mal es que suele darme acaso, digo de en cuando en cuando y por mi gusto. Que te vayas, amigo, en todo caso. Dejarte aquí solo será injusto. Digo que tras ti voy, camina agora. Harélo por no darte algún disgusto. Contigo seré, harto antes de un hora. Revienta ya corazón, pon tu dolor en la lengua, que tanto silencio es mengua que acomete la pasión. Solo estoy; mas, ay de mí, ¿ques lo que tengo, cuitado, que voy más acompañado quen toda mi vida fui? ¿No estás, Clorinda, conmigo? Sí, quen mi alma te tengo. ¡Ay, mal nacido deseo, de mi perdición amigo! Tancredo, ¿con quién las has? ¡Deja, miserable, deja aquel bien que se te aleja más cuanto lo sigues más! Su pie por la senda ruin de Mahoma va muy listo, el tuyo por la de Cristo: ¡mira si es contrario al fin: dame ser los dos temor de tan diferentes greyes! Mas lo que apartan las leyes suele juntar el Amor. Tancredo, ¿qué devaneas? ¿Tú no ves tus liviandades, y que hay mil dificultades entre ti y lo que deseas? De una virgen tan hermosa, tan valiente y tan honrada, ¿no será cosa escusada pretender o esperar cosa? Sí será, mas ¿qué haré quen mi muerte no hay tardanza si no fundo la esperanza aunque sea en no sé qué? Mas si andamos en la guerra, en ella quiero fundalla, pues que Clorinda se halla en defender esta tierra. Quizá la cautivaré, y si esto el cielo me envía, no usaré la cortesía que ya con Erminia usé; y allí rendirá el amor, con la potencia en que estriba, el señor a la cautiva, no la cautiva al señor.
JORNADA TERCERA
Alegre voy, Fabricio, a todos cuantos trabajos y peligros se me ofrecen en el discurso desta gran jornada, sin sentir el trabajo ni la hambre, ministros de la guerra, que otras veces en las jornadas quen Italia hice con mal rostro acogía y con mal ánimo. ¿Qué piensas ques la causa, amigo Charles? El ser esta jornada diferente de cualquier otra, questa es santa y justa, las demás llenas de ambición y envidia. Dices verdad, y el ánimo me dice que la santa intención que aquí nos trujo nos volverá con vitoriosa palma a nuestra alegre y deseada patria. Hágalo el cielo. No hay dudar en ello si consideras bien cuatro milagros que han sucedido en todo el gran discurso desta nuestra bendita y santa impresa, que a todos aseguró buen suceso. ¿Y qué milagros son? Escucha y nota. Bien debes de acordarte cuando el papa Urbano, en Claramonte de Alberona, juntó, estoy por decir, la Francia toda. Halléme yo presente. Pues ya ves que, cuando hizo aquel razonamiento tan divino, tan santo y elegante para mover los corazones nuestros y disponerlos a esta impresa santa, en un mismo momento, en un instante, a un punto mismo todas las gargantas de todas las personas que allí estaban formaron una voz clara y sonora y a una misma razón todos dijeron: «¡Así lo quiere Dios, así lo quiere! ¡Así lo quiere Dios!». Y una voz y otra, y otros y otras muchas repitieron esta misma razón, señal notoria quel Espíritu Santo la infundía en los cristianos tiernos corazones. Y este apellido, «Dios ansí lo quiere», mandó el papa quedase entre nosotros, y que fuese contino apellidado en todas nuestras obras y que fuese puesto en nuestras banderas por empresa. Ese, milagro fue. ¿Quién duda en ello? El otro fue que en aquel mesmo día quel papa Urbano hizo en Claramonte la oración y la plática que oístes, en aquel mesmo día, en aquel punto, por todo lo habitado de cristianos, la intención del pontífice sagrado se supo y la oración que en Francia hizo y la revelación de aquella junta. ¿Quién te podrá negar verdad tan clara, Fabricio amigo? Cuenta, pues, buen Charles, por milagro tercero el vernos juntos seis cientos mil infantes y, a mi cuenta, más de cien mil caballos; gente toda feroz aunque cristiana. Verdad dices, pues un tan gran ejército y tan bravo, cual jamás tuvo la nación cristiana, de naciones y estados diferentes, sin usar de licencias de la guerra, cual si fuera pequeña compañía de santos y templados religiosos, por las amigas tierras han pasado colmos de quïetud y mansedumbre, sin robar ni agraviar la pobre gente ni hacer desaguisado algún guerrero de personas o prósperas o ricas. ¡Estraño caso, milagro evidentísimo! El cuarto ya le sabes. ¿Cuál, Fabricio? Hallar la santa lanza que hallamos en la gran Antioquía, a tiempo cuando estábamos tan cerca de perdernos, si en tal sazón el cielo no ayudara con tan divino y sin igual remedio. ¿Quién lo duda? Sin duda pereciéramos. Pues si con tantas muestras y milagros nos ha Dios hasta aquí favorecido, no nos ha de olvidar de aquí adelante, y más, que ya se ven señales desto: que el gran Soldán de Egipto al gran Godofre envía embajadores como sabes, y también los envía el Aladino, Rey de Jerusalén, y a lo que pienso Godofre hoy les ha de dar audiencia. Así es verdad, y dícese, por cierto, que aquél que del Soldán trae la embajada es el mayor retórico que tiene todo Egipto, y creo es renegado. Sin duda ques así: griego es el falso. Los de Aladino son: una Clorinda, que tiene mucha fama de valiente... Pues no menos la tiene de hermosura. Con ella viene Argante, un bravo moro. Mas, ¿qué dirán cuando a Godofre vean con tan humilde pompa y aparato? Si son discretos admirarse tienen, considerando quen las armas solas y en la virtud del brazo y de la espada y en el favor de Dios sólo confía, y no en las apariencias de riquezas. Hanme dicho quen pie, en mitad del campo, quiere darles audiencia. No te engañas, y aun ha de ser agora, según dicen. Pues vamos a escuchar a lo que viene. Vamos, que todo el campo anda en bullicio, y a recoger los atambores tocan. Las trompetas también, la audiencia es cierta; tomemos buen lugar para escucharlo. Podréis, Jaldelio, a vuestro gusto agora del gran Soldán decirme la embajada; y vos también, Clorinda, ilustre mora, diréis la vuestra luego si os agrada. Argante ha de decirla. Sea en buen hora. Haced questé la gente sosegada. ¿En pie queréis, oh príncipe, escucharme? No suelo para esto yo sentarme. Varón famoso, cuya ilustre fama, sin que la pueda contrastar envidia, desde el un polo al otro se derrama, y contra el tiempo presuroso lidia, si quieres que con viva y clara llama, mejor que en obras del nombrado Fidia, tu nombre para siempre se eternice, escucha y haz lo que mi rey te dice. Dice que, pues quel término es llegado que darte puede un inmortal trofeo, -ciudades, reinos, gentes- conquistado conforme a la medida del deseo, que no por ser de la ambición llevado y del aplauso del humano arreo, querrás tentar fortuna en lo que queda, pues sabes la inconstancia de su rueda. Debes con lo que tienes contentarte y conservarlo, y déte Dios ventura, y no con vano augurio asegurarte suceso feliz en la guerra dura. Y si me fuera lícito mostrarte cuán poco en ella el buen suceso dura, vieras en mil ejemplos verdaderos la condición voluble de sus fueros. El gran Soldán de Egito y señor mío, si quieres no tocar en Palestina, con presta voluntad y ánimo pío, a ser tu amigo desde aquí se inclina; y siéndolo con todo el poderío suyo y de sus amigos, determina de tomar a su cargo defenderte contra cuantos quisieren ofenderte. Esta amistad te viene tan a cuento que con ella aseguras lo ganado, haciendo estable el débil fundamento de lo ques nuevamente conquistado. Vuélvese el oprimido a cualquier viento, y más si sopla y viene de aquel lado que a rebelarse incita, y más se esfuerza si ve del vencedor flaca la fuerza. Cualquier desmán, cualquier enconviniente, queen esta nueva impresa te suceda, hará soberbia levantar la frente a la gente vencida que atrás queda; y ésta que tienes tú por tan valiente, que a tu presencia hace honrada rueda, no ha de ser inmortal, pues si ella falta, ¿de dónde cumplirás, señor, la falta? ¿Fíaste por ventura en la fe incierta del codicioso emperador Alejo? Si della fías, ten por cosa cierta que presto gustarás su amargo dejo, aparente verdad, traición cubierta, a las griegas costumbres el anejo. Pero dime si tiene proveídas tus naves de las copias prometidas; faltarte tiene en todo y, si no, mira si no te va faltando el bastimento, pues sé que al descubierto ya suspira tu gente a quien no puedes dar sustento. Retira, pues, oh gran señor, retira de aquesta impresa el ostinado intento quel Soldán, mi señor, por este medio a tu incomodidad dará remedio. Si así retiras a esta paz la mano, tiéndela luego a la enfadosa guerra; quen daño tuyo, con furor insano, la siria y persa y egiciana tierra tomó las armas de Usán Casiano; el hijo invito con valor destierra el ocio de su pecho, y con la lanza quiere del común daño hacer venganza. Es esto tan verdad que casi puedo decir que vuelvas a mirar la gente tanta en la multitud y en el denuedo que ni más ni mejor tiene el Oriente. Sin duda has de volver en triste olvido rostro que muestras cuando verás parte en tu total ruina conjurados tantas provincias, reinos y soldados. Aceta, pues, señor, la paz rogada, pues sabes bien lo que la guerra cuesta, y si ha sido a tu gusto mi embajada, al gusto mío dame la respuesta. Por estar como está tan alistada la intención de los míos con aquesta que quiero descubrirte en mis razones, no hay para qué consulte mis barones. Dirás al gran Soldán que le agradezco el alto ofrecimiento que me hace; y aunques mayor de lo que yo merezco, poco o nada con él me satisface. A ser su amigo desde aquí me ofrezco, mas no con el contento que a él le aplace. Nuestra será Jerusalén primero, que de mis obras este premio espero. Dile también que nunca quiera el cielo ni caiga en intención alguna humana que haya movido de ambición el cielo a la gente que veis aquí cristiana. El patrio amigo deseado suelo por éste desta tierra soberana dejaron. Esto buscan, a éste quieren, a éste con la vida y alma inquieren. No nos lleva el vacío del deseo, los anchos reinos ni los montes de oro, y en esta universal máquina veo conforme a nuestro intento algún tesoro; sólo en esta ciudad sesconde y creo que aunque lo impida el persa, el turco, el moro, con el ayuda de la eterna mano presto ha de ser deste escuadrón cristiano. Mas si esta ayuda del divino cielo por no poderla merecer nos falta, no nos podrá faltar aquel consuelo que de gloria no tiene alguna falta, y es quedar sepultados en el suelo donde la Majestad eterna y alta sus sacros miembros sepultados tuvo y entre los hombres Dios, hecho hombre, anduvo. Pues si tenemos a dichosa suerte que en esta santa impresa nos suceda la más aborrecible, ques la muerte, ¿quién della habrá que retirarnos pueda? Ni el daño que tu lengua nos advierte, ni de Fortuna la inconstante rueda, ni el temor de la guerra que se espera, podrá mudar nuestra intención primera. No hay amistad, no hay paz, no hay tregua alguna, mientras esta ciudad no fuere mía. ¿Tanto fías, Godofre, en la Fortuna, viendo que yerra aquel que en ella fía? Pues yo quiero acabar en sola una palabra que declare esta porfía: este doblez desta mi ropa encierra la paz segura y más segura guerra. Dobla la halda de la vestidura como que tiene algo dentro. Elige la que quieres. Pues yo elijo... ¡Guerra, guerra, señor, la guerra elige! Elijo pues lo que mi gente dijo. Pues yo te doy la guerra como dije, y si en este propósito estás fijo verás en la verdad que te predije tu perdición. No creas en agüero, que Dios sabe los casos venideros. Desa manera no será acetada la demanda que traigo de Aladino, que a pedir treguas viene enderezada por diez días no más. Es desatino pensar que ha de estar queda nuestra espada hasta que con poder alto y divino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . anto do tuve de mi Dios el mortal manto. Muestras bien quen la soberbia Francia fue engendrado ese brío y ese talle; en tu gran confianza, o arrogancia, que no sé destos dos cuál nombre dalle. Pero podrá bien ser que tu jatancia, cuando menos lo piense, encuentre, halle quien vuelva en humo el fuego que le aviva; que así sucede a quien en ella fía. Eres, en fin, señora, mensajero, y eres mujer, dos cosas bien bastantes para no ser tenidos en un yerro tus atrevidos dichos y arrogantes. Pues yo, Godofre, de mi brazo espero, para que más te admires y te espantes, de mi atrevido osar mostrarte presto cómo puedo decir y hacer más questo. Está muy bien, y tiempo habrá do sea mostrado ese valor tan excelente. ¡Oh, segunda y mejor Pantasilea, más que Hipólita bella y más valiente! Dices verdad, señor, que en la pelea se descubre mejor el brío ardiente. Del valeroso pecho es gran mengua amenazar en paz con suelta lengua; y porque puedas ver por esperiencia presto que no arrogante y vana ha sido, para volvernos da, señor, licencia, pues ya a nuestra embajada has respondido. Aunques de codiciar esa presencia, y no para el marcial fuerte ruido, bien te puedes volver cuando quisieres. ¡Oh flor, oh honra grande de mujeres! Diez hileras de perlas orientales se le den a Clorinda, y una espada de las mías, y a Argante dos leales caballos le daréis y mi celada; y dénsele a Jaldelio dones tales en pago de su aviso y embajada, que en ellos vea mi agradescimiento y de vuestro valor el firme intento. Y luego desechando la pereza, se levanten las máquinas en alto, y con todo valor y fortaleza a la fuerte ciudad se dé el asalto, que solamente está en nuestra presteza hacer que quede en su disinio falto el egipto y el persa y el tirano, hijo feroz del fuerte Usán Casiano. Charles, amigo, llévalo en paciencia, que presto, a lo que creo, nos veremos fuera destos trabajos reposando dentro en Jerusalén con gusto y gloria; que después de mañana hay fama cierta que se ha de dar el general asalto. En esta impresa no hay trabajo alguno, que yo por tal le tengo: todo es justo, todo es dulce contento, todo es gloria. No hay para qué, Fabricio, tú me exhortes a que tenga paciencia en las fatigas. Ponte a esa parte y haz tu centinela, que yo haré la mía con recato, y está contino alerta y dame aviso con la señal acostumbrada nuestra si ves o sientes algo de importancia. Descuida deso, Charles. Pues retírate. A la propia medida del deseo, Alzardo, nuestra industria ha sucedido. Con los ojos lo veo y no lo creo, que no sé imaginarme cómo ha sido questé Clorinda un punto desarmada, pues que tú de sus armas te has vestido. Tan colérica vino y tan armada de ver el mal recaudo con que vino cuando hoy llevó a Godofre la embajada, que en dando la respuesta al Aladino, se vino a mi aposento y con despecho en la cama se echó fuera de tino. Desarméla yo misma, y en el lecho durmiendo queda, y yo sin detenerme, por hacer mi deseo satisfecho, fui luego a buscarte, y sin hacerme estorbo, en la ciudad, las centinelas, do me fue ya forzoso el atreverme, en ese campo do me pone espuelas Amor, y adonde espero por tu medio ver amainar a mi dolor las velas. Al campo irás, y yo en este comedio te quedaré esperando en la arboleda que de Sión y el campo está en medio; y porque algún desmán no te suceda, de paz una bandera haz de tu toca, quen paz te invía quien sin ella queda. A miedo y sobresalto me provoca esta resulución que hemos tomado, que tanto en menosprecio tuyo toca. No tengas de mi honor algún cuidado, tenlo de mi dolor ques lo que importa, pues veis que aquí el consejo es escusado. Mas, pues la vía de aquí al campo es corta, quiérote acompañar, quen tal camino con esperar el bien el mal se acorta. Paréceme, señora, que adivino que me sucede mal esta jornada. ¿Que contino has de ser mal adivino? Como si fuese cosa acostumbrada llevar a media noche al enemigo, pudiendo hacer de día la embajada. ¿Que no harás una vez lo que yo digo? Harélo, aunque es error. Error ha sido hacerte de mis hechos yo testigo. Déjate deso, Erminia, y sin rüido caminemos, mas que ya bien cerca estamos del campo, que las guardas he sentido. Quédate atrás, y adonde concertamos espera. Sí haré, mas no te tardes, porque antes que amanezca nos volvamos. En aquel puesto digo que me aguardes; no nos perdamos. No haré. Camina y por ningún peligro no acobardes: de aquí la centinela está vecina. ¡Qué gente, alarma, alarma! ¿Qué se hizo? ¿Otro enemigo? Detente, no le sigas, no caigas en celada. ¡Alarma, alarma! De paz vengo, señores, ¿qué es aquesto? Yo al gran Tancredo traigo una embajada. ¿Embajada de noche? Bien, por cierto. Verdad es lo que digo, y para prueba llevadme a la presencia de Tancredo. ¿Qué es esto, caballeros? ¿Por qué parte nos han tocado alarma? Por aquesta, do Charles y Fabricio en centinela están; mas éstos son. ¿Qués esto, amigos? Deste modo podéis ser informado, quél y otro compañero, en este punto, nos han puesto en rebato y dado alarma. Verdad es, pero yo de paz venía y vengo, según muestra esta bandera, y la embajada que a Tancredo traigo. ¿A Tancredo?¿Y de quién? ¿Quién es Tancredo? Yo soy Tancredo. Esta es la embajada: una doncella para cierto caso te espera, y no muy lejos deste campo; te aguarda sola y, puesto que con armas, seguro puedes ir de alguna ofensa. ¿Mujer y armada? Debe ser Clorinda. O sea Clorinda o sea quien se fuere, con tu licencia quiero, oh gran Godofre, saber quién es y ver lo que me quiere. ¿Crédito das tan presto al enemigo? ¿Qué sabes si es engaño el deste moro? Podrá seguro ir deso. No me suelten primero que Tancredo sea de vuelta, y que claro se entienda y se conozca, que no hay que recelarse de otro alguno... . sino es de tu doncella que le aguarda; sin duda debe ser Clorinda. Así lo creo: el moro ha dicho bien, Tancredo; parte y haz tu gusto y vuelve por tu honra, como contino tienes de costumbre, que el moro ha de quedar aquí en rehenes. Antes, señor, será mejor que venga a enseñarme dó aguarda la doncella. No la podéis errar, quella os aguarda en aquella arboleda que habéis visto, quentre Sión está y aqueste campo. Pues yo voy a buscarla. Sea en buen hora. Traed acá ese moro, y a el momento se tornen a doblar las centinelas y no dejen las armas de las manos hasta que venga el deseado día. ¿Quién sacó de cobardía honra más cierta y segura? ¿Es Clorinda por ventura ésta que me desafía? Que yo le pondré mi pecho desarmado donde haga otra nueva mortal llaga sobre la que amor ha hecho. A mí viene por triunfar de mi honra, yo a ella voy por dejar de ser quien soy; sólo por la contentar, que si me quita la vida, sin hacella yo defensa, es a mi alma su ofensa honra y gloria conocida. ¡Pues, aguijad! ¡A buscalla! ¿Que perezcáis? ¿Qué es aquesto? Mas, ay de mí, que tan presto tan alto bien no se halla. Altos cielos, ¿dónde estoy?, ¿en qué habrá Alzardo parado? En mal, si es tan desdichado como yo triste lo soy. ¡Oh, si supieses, Tancredo, y cómo por ti el Amor da espuelas a mi dolor y pone espuelas al miedo, vendrías a remediarme, aunque más de acero fueses! Y si a esto no vinieses, sería a desengañarme. Ay, cuitada, ¿qué rumor es éste que agora siento? ¿Si es mi bien? ¿Si es mi contento? ¿Si es mi gloria? ¿Si es mi amor? Armado viene y es él, porque otro no puede ser; que ansí me lo da a entender este corazón fïel. Dime, guerrero, ¿aguardas por ventura algún cristiano aquí? Señor, sí aguardo; ni sé si por ventura o desventura, sé que por verle me consumo y ardo. ¿Quiesme decir tu nombre? No es cordura preguntármelo vos. Dilo, que tardo, si no eres tú que busco, en ver aquella ques de mi escuridad la luz y estrella. ¿Llamáisos vos Tancredo? Así me llamo, y aun vos a lo que creo sois aquella a quien yo adoro, reverencio y amo, y a quien Amor dio el título de bella. Vos sois el sol, en quien, mi luz, me inflamo; vos sois el norte firme, vos la estrella por quien se guía el pensamiento mío y se rige y gobierna mi albedrío. Pues yo, de cualquier punto que miraron mis ojos tu beldad y gentileza, y atenta, intensamente contemplaron turcal liberal y fortaleza, a tu valor mis fuerzas sentregaron; rendida quedó el alma a tu grandeza. De nuevo tornó a ser su prisionera, en más fuerte prisión y duradera. Conforme a la verdad, Clorinda amada, dame en señal esa divina mano, y en hora venturosa, la Fortuna, a tu cielo levanta este cristiano. ¡Ay sin ventura, ay triste, ay desdichada, cómo mi gozo me ha salido vano! ¡Ay, Tancredo crüel!, ¿por qué no miras a quién abrazas y por quién suspiras? ¡Ay, Tancredo, cómo veo que en esta triste ocasión te cegó a ti la afición y a mí me turbó el deseo! No soy yo Clorinda, no, pero soy aquella triste a quien tú libre hiciste, y ella más se cautivó. Erminia soy, la cuitada, en tan triste hora nacida quentonces se vio rendida cuando se vio libertada. ¿Por qué, Tancredo, te admiras, pues es de amor este hecho, y sabes que no hay pecho que se escape de sus viras? Dime, Erminia, ¿dó está el dueño desas armas? ¿Dónde está? Donde nada se le da de amor: durmiendo a buen sueño. Pues, dime, ¿cómo han venido a tu poder? ¿Qué preguntas? Quesas preguntas son puntas que traspasan mi sentido. ¿Que ansí, Tancredo, te pierdes, y que así el Amor te rinda que preguntes por Clorinda y que de mí no te acuerdes? Si quies remediar mis males olvida, aunque brevemente, la ausente por la presente, pues que entrambas son iguales; esto en cuanto la hermosura, según que la fama aprueba, mas que si Clorinda lleva la ventaja en la ventura. Mas, aunque desta manera quiera Amor desengañarme, torna, Tancredo, abrazarme por estas armas siquiera. Haciéndome a mí favor en esto tu gusto harás, y vendré yo a deber más a las armas que al Amor. Yo no te puedo negar, Erminia, mi pensamiento, ni me puedo de mi intento un solo punto mudar. Y toma en satisfación de tu angustia y tu dolor, que si tú mueres de amor yo perezco de afición. Y porque más me acabe Amor en tan triste aprieto, tiene mi dolor secreto y quel tuyo ya se sabe. ¿Cómo admitiré disculpa del causador de mi pena? El que a penar se condena ése mismo me disculpa. Amor es la causa desto, pues su brazo poderoso no fue conmigo piadoso si fue contigo molesto. Recógete a la ciudad, Erminia, y vive segura, y en mejor modo procura conservar tu libertad, que la mía de rendida no puede satisfacerte. Ni yo sé, si no la muerte, quién pueda darme la vida; debrías considerar que te obligo por quien soy; y porque a matarme voy, tan contra mi voluntad, y que te ofrezco aparejo, mi voluntad y el lugar para que puedas mudar en remedio tu consejo, no me mandes recoger a la ciudad, oh Tancredo; que para quitarme el miedo basta estar en tu poder; contigo estoy bien segura de las marciales ofensas y mi alma otras defensas ni las quiere ni procura. Cuanto más liberal fuiste conmigo, y tú lo mostraste, con el alma te quedaste si al cuerpo libre hiciste. Ansí questás obligado a mirar por tu cautiva y procurarla que viva como señor bien mirado. Si llevas, Erminia, al cabo, con la razón mi dolor, verás que no soy señor sino humilde y mudo esclavo, y que no tengo poder para mirar lo ques mío, porque todo mi albedrío está en ajeno querer. Juzga por tu corazón el mío cuál debe estar, y vendrás a disculpar por la tuya mi afición, y verás cuán poco valgo para librarte de aprieto, y que soy nada, en efeto, aunque parezca ser algo. ¿Tan notorio desengaño a tan notoria amistad? ¿Y tan estraña crueldad a un amor que es tan estraño? ¡Cielos que lo consentís y queréis que os llamen cielos; mas no os llaman sino celos, que la clemencia encubrís! ¡Tancredo, adiós! Él te guíe. ¿Adónde me ha de guiar si no me guía al lugar que más de ti me desvíe? ¿Quies que diga algo a Clorinda? Cual me dejas y cual vas. Ya no me faltaba más sino que a esto me rinda. Dos cosas quiero rogarte, Tancredo, por amistad: que si tomas la ciudad de mí quieras acordarte, y no para cautivarme pues ya me tienes cautiva, mas para abrasarme viva pues que gustas de acabarme; y la otra es que me invíes aquel moro mi criado. De aquesto tendré cuidado, de lo demás no confíes, que de cualquiera manera serás siempre mi señora, presa o libre, en la fe mora o en la mía verdadera. ¿Que es posible que has hablado ya una palabra amorosa? No es para mí nueva cosa ser, señora, bien criado. De modo que a la crïanza atribuís ese favor, y no a las muestras de amor y a las sombras desperanza. Pues con él parto y sin ella, adiós otra vez, Tancredo. ¡Adiós, Erminia! ¿Que puedo ir con él y no con ella? Sin esperanza ya amar, sola soy la que lo hace, y tú solo a quien le place el verme desesperar. Tancredo, adiós, la tercera, y podré mejor decir, pues que voy cierto a morir, Tancredo, adiós, la postrera. ¿Cuál vas y cuál quedo yo?; ¿tú qué viste o yo qué vi?, que yo muero por un sí y tú acabas por un no. En tal son amé tus mañas, en este aprieto nos pones, de vida las intenciones y consume las entrañas. ¿Que en fin, Clorinda, estás puesta en proseguir tal jornada? Estoy tan determinada quel tardar ya me molesta; las máquinas levantadas de los soberbios cristianos han de ser por estas manos destruïdas y abrasadas. Argante viene conmigo, mas no, que yo voy con él y puédese asperar dél más cosas de las que digo. Ay, Clorinda, cómo veo quen tu determinación se encierra tu perdición seguida por tu deseo. No me dan miedo las armas cristianas que has de romper, ni tristes agüeros ver esas negras de que te armas; otra causa más bastante me hace no tema en vano y no el escuadrón cristiano por nuestro mal arrogante. Debes, Argente, tener, como tu lengua declara, el ánimo cual la cara, y la cara es de mujer. Aunque mujeres habría a quien, si tú parecieras, muchas ventajas hicieras al varón de más valía. Agora conocerás, Clorinda, si con razón temo de tu perdición en esta verdad que oirás. Di, que yo te escucharé si largo el cuento no fuere. Todo lo más que pudiere, señora, lo abreviaré. El sonado rey de Etiopía, que la ley cristiana guarda, de amor y de celos siente el alma toda abrasada por la reina su mujer, morena pero agraciada, de la cual fui yo su esclavo, y como eunuco en su cámara cual doncella la servía, costumbre entrellos usada. Donde la reina dormía, en una tabla pintada, un armado caballero con hermoso rostro estaba y una doncella hermosa a quien una sierpe brava con fiero error y semblante crudamente amenazaba. En esta mesma sazón la reina estaba preñada. Parió la reina, y el parto fue una niña hermosa y blanca, casi en todo semejante a la que pintada estaba. Confusa con miedo y triste quedó la reina cuitada viendo el parto hermoso y blanco donde negro lesperaba, y la condición celosa del rey la tiene turbada. Teme, si descubre el parto, su cierta muerte y infamia. En fin, tomó por remedio en trocar su prenda amada a una negra crïatura que recién nacida estaba. Esto fue con tal secreto que nunca el rey supo nada. Entregóme a mí la reina la hija que tanto amaba y rogóme la trujese donde la hiciese cristiana, pues hacerlo allí no pudo que su ley más tiempo manda. Diome infinitas riquezas, vertieron sus ojos lágrimas, y al caballero pintado con tierno pecho rogaba. Y al pasar de una floresta vi una tigre divisada, y con el miedo subíme, con el miedo en una haya, dejando la crïatura en el suelo, a quien llegara la fiera y con mansedumbre a sus labios aplicara los pechos de leche llenos, cosa que contar lo espanta. Fuese y sin lisión la deja de hambrienta contenta y harta. Del árbol bajé yo al punto que apuntaba la mañana. Torné a seguir mi vïaje con la niña mal guardada, y a las orillas de un río descubrí gente enseñada a robos y a desafueros, y a matar ejercitada. Arrojéme luego al río, y en una mano llevaba la niña alzada en el aire, con la otra rompía el agua; pero la rauda corriente, mis fuerzas dibilitaba y con temor de la muerte otra vez solté la carga, y agonizado y cansado en fin a tierra llegara; mas antes que yo llegase ya la niña en tierra estaba, allí traída del cielo que por su vida miraba. Y aquella noche, entre sueños, un fuerte miedo me asalta: vi el armado caballero que te dicho de la tabla, el cual con voz enojosa y terrible así me habla: ¿Por qué, Argente, no bautizas a esa niña? ¿Por qué tardas? Mas yo, que soy guardador de su cuerpo y de su alma, a pesar tuyo haré que muera en la ley cristiana. Desapareció al momento, pero yo no me di nada, a trueco de verte mora, de todas sus amenazas, que tú eres, Clorinda bella, esta niña desdichada, que por tantas desventuras has venido a ser honrada, y por tu valor estraño temida y reverenciada de cuantos a sus oídos llevó tu nombre la fama. Esto he querido contarte porque sé que lo inorabas por pesarte en la niñez que lo demás no importaba. Sólo me importa decirte questa noche a mí tornara el cual caballero blanco, el cual dijo que es tu guarda, y me ha dicho questa noche has de ser muerta y cristiana, y questo será sin duda antes que amanezca el alba. Por esto, Clorinda mía, te ruego que allá no salgas al campo de los cristianos donde la muerte te aguarda. Cuanto más de grande estado me dices que soy venida, tanto más esta salida mencita y pone cuidado, que si he querido hasta aquí, por mí sola señalarme, agora habré de mostrarme por mis padres y por mí. En la ley que me enseñaste pienso vivir y morir y en estorbarme el salir más tiempo aquí no se gaste, quel cielo, que en mi defensa tantas veces se ha mostrado desta impresa que he tomado, me volverá sin ofensa. ¡Ay, hija, cómo porfías con la fuerza de tu suerte a querer causar la muerte a los tuyos y a mis días! Clorinda, en lo que acordamos, ¿has mudado de consejo? Si traes, Argante, aparejo, torno a decir que partamos. Sí traigo, y a lo que creo ello es tal y tan perfecto que ha de traer el efeto conforme a mi deseo; mas, ¿para qué traís vestida esa sobrevista negra que el corazón desalegra? No quiero ser conocida. Pero partamos ques hora. Argente, quédate a Dios. A peligro vais los dos, quel alma en pensarlo llora, creo de lo que imagino. Ya, Dios, es vuestra sentencia: haced por vuestra clemencia un mentiroso adevino. Advierte, Clorinda, luego como a las máquinas llegues, que como pudieres pegues por todas partes el fuego, que según que sopla y corre y va reforzando el viento, sin duda que a mi intento el cielo ayuda y socorre. Descuídate deso, Argante, que yo haré lo que verás. Pero mira cómo vas, quel campo tienes delante: ves la máquina allí. Pues, sin mucho desvïarte, acude por esa parte que yo acudo por aquí. ¡A las máquinas, presto, amigos míos! ¡Allí es el fuego, allí se toca alarma! ¡Agua, soldados; agua, gastadores! ¡No trunfe el fuego del trabajo nuestro! ¿No viene el agua? ¡Acude, Boemundo! ¿Adónde está Tancredo? En la refriega anda ya envuelto con los enemigos. ¡Las máquinas se abrasan, qué desdicha! ¡Seguidme todos! ¡Muera el fuego, mueran mas vidas! ¡Amigos, ea, soldados! Volver a la ciudad es escusado, quel paso está tomado de enemigos. Seguir quiero esta senda, ¡gentil cosa! ¿Por ventura, Clorinda, vas huyendo? No es sino retirarte y es cordura ceder a la potencia demasiada del enemigo. Argante ya está dentro de la ciudad, pues esto es lo que importa. Pies, aguijad, que la cerrada noche encubrirá mi ardid y retirada. No te me esconderás si te escondieses en el escuro centro de la tierra. Valeroso soldado, espera, espera, que aquí en tan grande hazaña acometido muy mal le está y paree tanto huir. ¿Que hayan podido dos soldados tanto y que se retirasen a su salvo? No más del uno solamente pudo entrarse en la ciudad. ¿Y el otro? ¿Es muerto? Tancredo y Boemundo le siguieron, que con la luz de las ardientes máquinas los vi, si no me engaño. Estraño hecho, si nuestra diligencia no estorbara su estraño y atrevido pensamiento. ¿Quién podrán ser tan valerosos moros? No sé, señor. Pues yo sé que mañana habrá bien menester su esfuerzo y fuerza. Al retirar, amigos, y al descanso entregad los cansados lasos miembros, este poco que queda de la noche, que es menester mañana estar holgados. Tu vida acabaré con tu denuedo al filo desta espada, moro fuerte. Combate y calla. Guarda tú tu vida que bien tienes de qué, si acaso es éste el brazo que mi espada regir suele. ¡Ríndete, acaba ya! Primero el alma saldrá deste mi pecho quel esfuerzo quen él, con valeroso intento, encierro. Pues desa pertinacia toma el pago. Venciste, fuerte cristiano, pero si desta vitoria quieres llevar mayor gloria, detén un poco la mano, que no será honrosa palma la que ganarás, si adviertes, en querer darme dos muertes: una al cuerpo y otra al alma. Mas antes que el parasismo último llegue a acabarme, suplícote quieras darme como pudieres bautismo. Que si me le das, señor, en esta hora dichosa yo seré la venturosa, aunque tú eres vencedor. Antes me le da que rinda esta alma de intentos rica, que la que te lo suplica es la nombrada Clorinda. Cielos, ¿qué es esto? ¿qué siento, santo y poderoso Dios? Decid, señor, quién sois vos, que ansí os duele mi tormento. Soy el que sin vos no puedo vivir porque sois mi vida, soy la sombra dolorida del miserable Tancredo. ¡Oh, valeroso guerrero, si te precias de cristiano, dame la vida temprano, aunque tan tarde la quiero! No hagas que más me tarde si en mi bien te determinas, puesto que gracias divinas por jamás vinieron tarde. Medida a mi alma inclemente, ¿dó hallaré y a tu dolencia? Para el tuyo en la paciencia, para el mío en una fuente, la cual hallarás, Tancredo, según creo, aquella parte. Ni quiero sola dejarte, ni menos ir solo puedo, que si te acaba la herida del brazo en mi daño fuerte, en mí el dolor de tu muerte me va acabando la vida. Pues en tus manos estriba levantar yo mi bajeza, saca fuerzas de flaqueza y llévame donde viva; que si haces este hecho, será sin duda, señor, la recompensa mayor que no el daño que me has hecho. Acaba ya, que me acabo. Ven en los brazos de quien de toda su gloria y bien por su mal ha visto el cabo. ¡Oh, más dichoso que Atlante, si con más gusto y consuelo sostuviera aqueste cielo al divino semejante! Pero, por mi mal gobierno, más me fatiga esta carga que la que mi vida embarga en el hondo y duro infierno. Hoy es el día fuerte, compañeros, que la bárbara sangre descreída, abriéndole camino los aceros vuestros, será con su dolor vertida. No pienso desta hazaña encareceros, si tiene cual espero la salida, cuánto se ensalzará nuestra fortuna, pues escapa de esplicación alguna. Hoy echamos el sello a la ganancia de aquellos triunfos hasta aquí alcanzados. Hoy se acaba o se encubra la arrogancia de tantos enemigos conjurados. En fin, oh flor de Italia, oh flor de Francia, haced que vuestros frutos sazonados hoy sean con los hechos peregrinos de vuestro nombre y vuestros brazos dignos. Las largas esperanzas, sustentadas con tan largos trabajos y aspereza, hasta aquí en el cortar de las espadas traídas con valor y fortaleza, hoy han de ser a dulce fin llegadas a pesar de la bárbara fiereza, que mal podrán sus defendidos muros resistir vuestros brazos fuertes duros. Bien decís, oh soldados valerosos, que ansí lo quiere Dios, y ansí lo ordena el osar de temidos y briosos por vuestra gloria propia muerte ajena. Mas si queréis ligeros y animosos subir a la contraria y alta almena, primero entrad por estas cinco puertas que para daros triunfo están abiertas. Poned el corazón, poné los ojos en ésta de Dios hombre semejanza, veréis que en vuestros pechos a manojos se aumenta y fortalece la esperanza; y luego tendréis ciertos los despojos que encierra esta ciudad, y en confianza deste buen Dios por quien aquí llegamos, seguros de vencer acometamos. Dejad, pues, Tancredo, la tristeza quel caso que he sabido te acarrea. Con tu solo ardid y fortaleza apercibe tu gente a la pelea. Reimundo y Boemundo con presteza, por do Sión a la ciudad rodea, el asalto comiencen denodado, los demás por do tengo yo ordenado. Cumplido he ya, Esperanza, tu consejo: al escuadrón cristiano hoy he mostrado por dó rendirme y sujetarme dejo. Y tiéneme un buen fin asegurado tu rostro, pues que nunca te has partido desde que me echaste a éste de mi lado, y más que regucija mi sentido la Libertad quespero y el Contento, por ti, dulce Esperanza, prometido. Y no me engaña en esto el pensamiento, porque veis el Contento aquí a do asoma que por mi pasa cual ligero viento. Quien, cuando puede, no me abraza y toma, quedaráse sin mí, que soy ligero, pues mi cerviz a nadie no se doma. ¡Hola! ¿A quien digo? ¡Hola, compañero! ¿Adónde bueno vais con tanta priesa? ¡Oh, Libertad amiga, aquí os espero! Voy a regocijarme en una impresa quemprende hoy un capitán famoso de quien no poco a todo Oriente pesa. Contento, que contino presuroso pasas por mí, sosiégate un momento y en mis entrañas toma algún reposo. Mal podré yo cumplir tu mandamiento si tú a tu lado de contino tienes al Trabajo, enemigo del Contento. Amada Libertad, si acaso vienes por dármela, suplícote que pares y no entretengas tus amados bienes, que ya los instrumentos militares suenan, ya se aparejan a librarme millares de soldados y millares. Yo no sé quién me incita a no apartarme deste lugar. Mover no puedo el paso. A mí también me incita a quedarme. ¿No son, Jerusalén, no son acaso estas visiones ante ti venidas, que solían por ti pasar de paso? Vuelve, mira, y verás apercebidas al divino asalto las cristianas gentes para ganarme a mí o perder sus vidas. Oye los apellidos diferentes quen la ciudad y campo van formando : «¡Así lo quiere Dios! ¡Godofre, Godofre! ¡Francia, Francia!», los contrarios feroces combatientes. Bien puedes ya, Contento, ir en llegando . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . arte, pues se va mi remedio aparejando. La Libertad primero ha de abrazarte y el Trabajo importuno que de cerca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . arte. ¡Las escalas arriman ya a mi cerca! ¡Los cristianos ya embisten la muralla! ¡Las máquinas ya llegan, ya están cerca! ¡Oh, qué terrible encuentro, oh qué batalla en el muro, y las máquinas se empieza! ¡Qué voces, qué romper de dura malla! Dan voces y dicen: «¡Traigan aquí esa escala, disparen otra vez ese trabuco, aquí soldados, agua a las máquinas, arriba soldados, que así lo quiere Dios!» Libertad, ¿no llegas? ¿Qué pereza te detiene, pues ves el buen comienzo que al bien desta ciudad se le adereza? Por agora yo solo soy quien venzo; aún dura todavía la contienda. De verte aquí me corro y avergüenzo. Nadie deste lugar echarme entienda si con mis propias industrias no lo intenta, que es allá vano lo que más pretenda. Muy bien me quitará viendo el afrenta en questán los cristianos a este punto, que muy poca esperanza les sustenta. Enrique de Volterra llegó junto a las almenas y al perder la vida. Reimundo también queda allí difunto que ya van los cristianos de vencida. Contento huye, Libertad afuera, porque aquí no ternéis buena acogida. ¿Qué dices, fiero mostruo? Espera, espera, verás que ha sido esta retirada para tomar más brío en la refriega. Mira la gente ilustre y bautizada cómo vuelve al asalto presurosa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ada. Tornad, Contento y Libertad gozosa. Llegaos un poco más. Trabajo, huye Tórnanse a poner el y junto a . desta ciudad que ya será dichosa. Tu presencia y la destas me destruye. En fin, me voy, mas no me iré del todo hasta ver cómo aquesta se concluye. Siempre tuviste un enfadoso modo de proceder en todo cuanto haces. Engáñaste, que al tiempo me acomodo. A grita arriban las contrarias haces a la muralla, sobre aquel soldado: ¡Arriba, amigo, que mal satisfaces! No me seas tú al cabo ya pesado. Un poco más te aparta, pues que miras al escuadrón cristiano mejorado. ¡Qué poco y qué despacio te retiras! ¡Contento, Libertad, llegaos agora! Ya, Trabajo, te apartas, ya sospiras. Sí hago, porque llega ya la hora do tengo de buscar otra morada porquesta en el Contento se mejora. No estés, oh ciudad santa, desmayada. Vuelve en ti, que si agora te maltratan, será que yo te deje restaurada. Mira que ya de retirarse tratan los turcos que no pueden sustenerse, y unos a otros ya se desbaratan. Procura el valeroso Arnesto verse encima de sus muros; vele encima y cuán bien que se esfuerza defenderse. Él y Godofre han dado honrosa cima al asalto feroz de aqueste día como soldados fuertes y destima. Mira cuál se dilata el alegría en los cristianos pechos y la gloria del fin honroso desta patria mía. Oye los apellidos de vitoria que invían los cristianos hasta el cielo, dignos de gloria y de inmortal historia. Escucha el son alegre que consuelo infunde en ese pecho fatigado, hasta aquí lleno de inmortal recelo. Mira cuál va el Trabajo apresurado, dejando tu cerviz libre y esenta de su terrible yugo y tan pesado. ¡Oh, inmenso Dios, que de la dura afrenta que tantos años me ha tenido triste, de gloria y honra y de salud sedienta, y agora sólo porque lo quisiste, sin merecerlo yo, liberalmente, gloria y salud y libertad me diste, dispón mi corazón, dispón mi mente para darte las gracias que merece tamaño bien, merced tan excelente! Santa Jerusalén, ya me parece que no has menester más mi compañía en la buena ocasión que se te ofrece. Cumplido es ya tu gusto y alegría, y cumplida la cosa que se espera, ha de ausentarse la presencia mía. Sin temer de tormenta venidera goces eternamente esta bonanza sin que la servitud te asombre fiera. Aunque te vas, dulcísima Esperanza, conmigo quedas, porque siempre espero de Dios mi bien, con firme confianza. Bien podemos llegarnos, compañero, a quien tanto nos tiene deseados. Para que llegue yo, llega primero. Destierra, oh ciudad santa, los nublados que tu serena luz escurecían con la enfadosa carga de cuidados, y estos negros vestidos que cubrían tu cuerpo triste también, señora, en otros blancos que tu cuerpo crían. Recibe en buena y felice hora esta verde corona que asegura inmenso gusto en esta mi mejora. Regocíjese el cielo en tu ventura, que nos lo muestran ya los cortesanos, que mis pechos colman de hermosura. Recibe, ciudad, los escuadrones vencedores cristianos, que ya el cielo ha cumplido sus justas intenciones. Ven y está atenta al religioso celo, a la santa y humilde reverencia con que aún se temen de pisar el suelo. ¡Oh, amada Libertad, cuya presencia ha desterrado de mi pensamiento y de mis güesos la mortal dolencia! Como tú lo quisieres y el Contento podéis hacer de mí, que yo estoy presta a no salir de vuestro justo intento. Mi voluntad, Hierusalem, es ésta, que te apercibas con alegre rostro a hacer a los cristianos dulce fiesta. A vuestra justa voluntad me postro Ya el ayuda de Dios en vuestros brazos, cual veis, oh compañeros, ha rompido tantos inconvinientes y embarazos, y a dulce alegre fin ha reducido mi firme y cristïana confïanza con paga a quien no iguala lo servido. Ensanchemos de hoy más nuestra esperanza y procuremos que esta ciudad sea perpetua de cristianos dulce estancia. Próspera, que ella, oh buen señor, se vea con quien la pueda asegurar el gusto y la felicidad que se desea. Los que aquí estamos de un acuerdo justo acordamos que della te corones por rey, que sea emperador augusto. De vuestros honorosos corazones basta que sepa, compañeros míos, las bien agradecidas intenciones. Pero, ¿quién será aquel de tales bríos, de tan soberbio, altivo pensamiento, tan lleno de ambiciosos desvaríos, que de corona rica en rico asiento, presuma ver sus sienes adornadas, aunque dello le hagáis ofrecimiento, en el lugar adonde las sagradas de Cristo con dolor y menosprecio fueron de agudas puntas traspasadas? El cargo aceto, vuestro intento precio, y creo que de rey podré el decoro guardar sin esta pompa que desprecio. Rey podré ser sin púrpura ni oro, que la humildad en este punto pongo mi riqueza mayor y mi tesoro; y aunque a vuestros acuerdos no me opongo, por esta vez, descalzo y sin corona, entrar en la ciudad santa dispongo. No en balde, general, no en balde entona la voz la Fama, pregonando al mundo el supremo valor de tu persona; que si tú eres el primero, yo el segundo que siguiré tu humilde pensamiento quen humildad también mi bien yo fundo. Seguid, soldados, este santo intento; todos en humildad nos descalcemos, pues Dios nos viste de inmortal contento. En la ciudad humildemente entremos quen tal entrada nos promete el cielo mayores triunfos que pensar podremos. Al tuyo corresponde nuestro celo; guía, Godofre, y pon ya unos muy justos la boca y no los pies en este suelo. Seguidme, pues, amigos, y a mi gusto acomodad agora el gusto vuestro, pues veis quen ello me recreo y gusto. ¡Oh, hato de humildad, sabio maestro, los pies descalzos tras tus pasos vamos! Y con este postrero humilde nuestro, del fin y desta historia al fin llegamos.
