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Texto digital de El conde Lucanor (P15)

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Pedro Calderón de la Barca
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Comedia
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El conde Lucanor (P15). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/conde-lucanor-el-p15.

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EL CONDE LUCANOR (P15)

JORNADA PRIMERA

Desenlaza la pigüela a otro halcón que tras él suba a socorrerle. Huchohó. No hay para qué, que, aunque él huya volando, sabré corriendo hacer que se restituya a la alcándara, mas, cielos, favor. En las peñas duras el caballo del soldán se desboca. Suerte injusta. Por más generoso bruto, que, envuelto en sudor y espuma, rindas al aire el aliento, des a la tierra la furia. Desalojado del fuste que tu altiva espalda ocupa, del estribo que te ciñe y la rienda que te ajusta, sabré sin ti penetrar los senos de esta espesura, en seguimiento de aquel veloz pirata de pluma que en los piélagos del viento, haciendo una y otra punta para caer sobre el sol, más allá del sol se encumbra, mas, ¡ay!, que en vano te sigue ya ni aun la vista, pues suma tu velocidad te aleja tanto que la más aguda ni pájaro te divisa ni átomo apenas te juzga, conque perdidos los dos —tú en la campaña cerúlea y yo en la verde campaña— corremos igual fortuna. Mal seguido de mi gente porque no igualó ninguna el desenfrenado aliento que de sus ojos me hurta, perdido y solo en las quiebras de las bajas peñas rudas que enmarañada defienden la entrada a la luz más pura del sol me hallo, sin que tope la entrada a la luz más pura o vereda que me guíe o huella que me conduzca, pero en lo más intrincado del monte, si no me ofusca lo pavoroso del seno, quiere el cielo que descubra no sé qué fábrica pobre que, entre esplendores de augusta, a pesar del tiempo vive míseramente caduca. Acercarme quiero a ella por si la habitase alguna persona, que al real camino o me adiestre o me reduzga. ¡Ah del miserable albergue! mas ¿qué lamento se escucha que entre arrastradas cadenas la esfera del aire turba? Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. Ya de esta voz, ya que el ruido siempre que mi mal pronuncia, no es difícil que presuma dónde estoy, pues, aunque yo no pisé este sitio nunca, tuve de él noticias siempre. Esta es la prisión sin duda del infeliz Federico de Toscana, que asegura mis aplausos con sus ruinas, mis dichas con sus injurias. Pasar no quiero adelante por que la piedad no acuda a revocar los decretos de una sentencia tan justa que la pronuncian los hados por otra parte sin que me mueva a lástima alguna, pues a quien culpa su estrella no en vano mi rigor culpa. Quiero torcer el camino, y no sin causa, pues una parda choza allí parece que en bárbara arquitectura es fachada de otro seno no menos funesto, en cuya lóbrega instancia, quizá habrá gente. ¡Ah de la obscura habitación!, mas ¿qué oigo? Templado instrumento usurpa las cláusulas a las aves, a cuyo compás... Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. ¿Qué es esto, cielos? ¿Lo mismo que uno llora en sus angustias otro en sus lisonjas canta? ¿Que puedan dos voces juntas formar de un mismo concepto el lamento y la dulzura, repitiendo a un tiempo mismo, una alegre, otra confusa. Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. Muera, tiralde. ¡Ay de mí! Tercera vez articula, no menos casual asombro que la primera y segunda. ¡Favor, cielos! ¿Qué es aquesto? Detente. Las plantas tuyas, seas quien fueres, sagrado sean del que en noble fuga llega a socorrerse de ellas. Pues muera. Muera. La furia tened. ¿Por qué ha de morir? Porque tú mismo, señor, cualquiera persona inculta que estos sitios penetrare, cualquier toscana criatura muera, y aqueste lo es. ¿Qué es, traidor, lo que aquí buscas cuando mal ignorar puedes que de tu nación perjura cualquiera sombra me asombra y cualquiera voz me injuria? Óyeme y dame la muerte si no basta en mi disculpa la seguridad que goza quien ha venido en tu busca con fueros de mensajero. ¿Cómo aquí hallarme procuras? Como apenas a este puerto, primera posesión tuya, que con islas de Toscana el archipiélago junta, solo y sin armas de aquella mal defendida faluca tomé tierra, cuando supe que la generosa lucha o real de la cetrería —que es la caza de que gustas— te tenía en estos montes y, así, en fe de la segura alianza de embajador, te busqué en ellos, a cuya causa han querido matarme sin más delito o más culpa que no saber dónde estaba. ¿Quién todo eso me asegura? Este pliego. ¿Para mí? Sí. ¿Cúyo es? De Rosimunda, la duquesa de Toscana. Pues ¿qué, todavía le dura la esperanza de que pueda ver libre a su padre nunca? Retírate mientras leo. (¡Ay, Flora, en ausencia tuya, qué habrá que no sean desdichas!) «A la majestad augusta de Tolomeo de Egipto», y trae otra carta inclusa. «Ya que al rescate de cuanto todo aqueste estado suma, la persona de mi padre no es posible que reduzgas y que des su libertad allá por causas ocultas. Nunca la plática admites y siempre el contrato escusas; merézcate aquesta vez, no, señor, por hija suya, por el honor que me ensalza ni la sangre que me ilustra, sino solo por mujer triste, afligida, y confusa, que esta para con los nobles. es la dignidad más justa, que, después que te asegures de cuanto ese pliego incluya, permitas llegue a su mano y responda a esa consulta». ¡Qué secreto imperio, cielos, es este de la hermosura, que aun cuando ruega postrada es cuando manda absoluta! No solo he de ver el pliego cortés hoy con Rosimunda, pero sin verle he de darle y hacer que responda, que una cosa es mi seguridad y otra la estimación suya. Dile a Federico tú que hoy mis rigores le indultan la prisión, que a verme salga, y tú, por que no haya duda que de aquí conmigo lleve, mira quién aquella gruta habita y venga también a mi presencia; tú escucha lo que a Federico digo en obediencia tan justa porque has de llevar de todo la respuesta. ¡Luces puras, no me enternezcáis al verle, pues sois mi culpa y disculpa! Ya aquí Federico está. Y aquí Erífile sañuda. A ver a un tiempo en los dos dos monstruos de la fortuna, ¿qué mucho que me enternezca?, ¿qué mucho que me confunda? ¿A quién mi llanto enternece? ¿Dónde mis voces fluctúan? En mí, que compadecida la atención aquí os escucha. Esta infeliz prisionera ya alegre tus plantas busca. Yo triste lo solicito, aunque el dolor lo reúsa, que, como siempre le cierras la oreja a mi voz caduca, mejor hallado en el llanto está mi tristeza mucha. Alza, Erífile, del suelo y tú, duque, a la futura esperanza no le entregues el llanto que te importuna y, por que sepáis de mí la ocasión de vuestra angustia, oídla de mis rigores, ya que este acaso os ayuda. Apenas el primer lustro en que mi valor se ilustra me dio el cielo para ser en la majestad augusta de mi laurel gran soldán de Egipto, cuando en confusas varias imaginaciones un día que la espesura de un monte pisaba aquesta inclinación que me frustra de la caza con imperios de que mi albedrío usa, me entregué al sueño y, estando en el ocio que disculpa la inclinación de la caza que mis sentidos perturba, soñé mi valor postrado y rendido —aquí se ofusca al pronunciarlo la lengua— a un joven, el cual con mucha piedad andaba conmigo, aunque cautivo me juzga. Desperté despavorido, todo aquel distrito busca mi recelo, a nadie halla, el corazón se despulsa porque fuerza a fuerza estuve con el en notable lucha. Sosiégome del espanto y el asombro gente busca por que la imaginación al sueño no se confunda y, estando un día en palacio divertido en unas justas —ocio que la majestad siempre de estas fiestas gusta— con voces mal descompuestas un sabio aquesto pronuncia: «Gran soldán de Egipto, ¿qué haces cuando el hado de ti triunfa y de amagos de cautivo tienes persuasiones muchas? Deja las fiestas, prevén ciencias que la conjetura alcancen que te señala por librarte de tu furia». Esto dijo y yo, quedando al eco que le divulga, sí, acobardado, aquel sueño de la voz en tanta duda, hice que buscasen luego cuanto en mi tierra circunda, sabios que lo declarasen, ciencias que me restituyan al descanso de este amago, que uno y otro me acomula. Vino Erífile al mandato, la cual en mi estrella estudia letras del papel del cielo que en los signos especula y hallo... Lo que hallé diré, esto mi ciencia pronuncia. Será el soldán prisionero entre las aguas profundas del Nilo y en sus riberas le oprimirá la coyunda de otro príncipe, aunque poco le durará esta fortuna. Llegó a sus costas tu armada, cuya capitana surca el mar de Egipto perdida, pues tantos riesgos fluctúa. Llegó —como digo— a Egipto para esperar la resulta de las escuadras perdidas en la tormenta confusa que, para buscar su dueño, romper los mares procuran, cuyo portátil balumbo una selva era difusa que abollada de Anfitriste la campaña azul caduca, que a los azotes del remo erizaba sus espumas y, al peso de tanto peso, sus anchas espaldas bruma dejaste el mar. Desde ahí, aunque el dolor me confunda, referiré mi pasión si oírla no te disgusta. Amotinada, la gente de la real, como la chusma, pereció en la resistencia del trabajo y de la lucha. Saltó mi persona en tierra por emendar la fortuna y, aunque de paz la busqué, las diligencias escusas y enojado y ofendido me prendieron tus industrias sin saber por qué pretexto tus ambiciones me culpan si no es que vencer al persa en esta ocasión me acusa. Hicísteme prisionero en esta inculta espesura donde tristemente vivo padeciendo estas injurias. Cuanto refieres es cierto y, aunque con razón me culpas, el asegurar del hado el influjo en mí es cordura. Con vuestra prisión le tuerzo, pues por más que a mí se induzga, como viváis prisioneros, yo le haré que se confunda. No todo te des al llanto, algún alivio procura, pues tú y Erífile sois en esta prisión confusa los medios con que el valor el vaticinio asegura. Esta es la causa no más y, por que no se confunda en imaginarla más vuestro llanto, mi cordura os ha satisfecho ya. Si con esperanza alguna pides el remedio al hado, no le hallarás si le buscas, pues al amago no más del acero que me ilustra, si llega a enojarme el cielo, temblará su arquitectura. No el rigor de tus palabras me añaden el sentimiento, que vive con esperanzas de Rosimunda mi acuerdo y mis estados, que solos sin amparo de su dueño pueden causar sediciones y escandalosos incendios. Yo con las voces descanso y de mi estudio me quejo, pues el premio de mi ciencia me dio una prisión en premio, mas el duque en libertad se ha de ver si esos luceros sus ejes no se trastornan, no faltan sus movimientos. ¿Cómo puede ser si ya la fuerza, el poder y el reino, todo se da por vencido? ¡Oh!, dígalo aqueste pliego de Rosimunda su hija, pues, viendo que mi denuedo su esperanza ha desahuciado, me escribe ya en otros medios. Toma, aquesa carta es suya, yo licencia desde luego te doy para que la leas y que respondas te ruego a una duda, que el estado hoy en tu ausencia ha dispuesto. «Padre y señor, cuya vida aumente en su estado quieto el cielo, las disensiones de vuestro afligido reino, por ser los tumultos grandes sobre el eligirme dueño, yo, que obediente he vivido al señorío paterno, a vuestra elección despacho las consultas, advirtiendo que en ella está la quietud y el estado de tus reinos. El príncipe Astolfo es uno, Casimiro, otro, el tercero es el conde Lucanor, vuestro sobrino. Los cielos permitan, con la elección de vuestra prudencia, luego la libertad de esa vida que más que la mía quiero. Roberto, que es confidente criado, lleva ese pliego para el gran soldán de Egipto». Dame los brazos, Roberto. ¿Cómo Rosimunda queda? De penas y sentimientos vive triste. Esa elección entre los dos la miremos con prudencia en la consulta, que es deuda mía el respeto, que Rosimunda merece el ser absoluto dueño del mundo cuando la fama dice su beldad y ingenio. Roberto. Señor. De Astolfo y Casimiro pretendo hoy con vuestra relación examinar los sujetos y del conde Lucanor mi sobrino, a quien pequeño dejé cuando mi desdicha me trajo a este cautiverio. Mucho gustaré de oírlo. De aquesta elección prevengo que el vaticinio se cumpla que mis ciencias comprendieron. Los dos príncipes, señor, son muy gallardos mancebos. ¿Mi sobrino Lucanor no es valiente? ¿No es dispuesto? Si él se parece a su padre, será valiente en estremo. Él objeto es de la corte amable, prudente y cuerdo, pero es pobre, y la pobreza siempre tuvo inferior puesto. Bien se conoce que es pobre, pues se consultó el postrero. Hola, llevad a la corte con cuidadoso desvelo a Roberto, aposentando con gran regalo y cortejo en palacio su persona. Id a descansar, Roberto. Esto ya toca a los dos. Haced en vuestro concepto justa elección. Quiera Dios darme en la elección acierto. Eurífile. ¿Qué me mandas? De tu magia y de tu ingenio he de hacer aquí experiencia y saber de ti pretendo de estos tres príncipes cuál será elegido el primero. Lo que sabrá hacer mi estudio será, gran señor, ponerlos a tus ojos, donde veas la inclinación y el afecto de cada uno y podrás colegir por los efectos, cuál debe ser elegido. Pues dime, ¿cómo he de verlos? En este espejo, esta antorcha que yo prevenido tengo, que a su luz y su cristal, nada hallarás encubierto. ¿Quién en el mundo habrá visto tan prodigioso suceso? Ya el hacha y espejo traigo y desde esta parte espero que a todos tres pretendientes los veáis en sus reflejos. El príncipe Casimiro es el que ahora va saliendo, que al son de la música hace gala de todo su aseo. ¡Ay, loca esperanza vana!, ¿cuántos días ha que estoy engañando el día de hoy y esperando el de mañana? En la confusión de amor vivo, aunque con esperanza, porque puede haber mudanza en el más firme favor de Rosimunda. El ardor, aunque es incendio, me sana, haga mi esperanza llana en aquesta competencia y no dirá mi violencia «¡Ay, loca esperanza vana!» Del cielo de su hermosura nace todo mi recelo, ¿quién pensara que en su cielo delirara mi cordura y, aunque se juzgue a locura, diré, pues penando estoy, puesto que en méritos soy de razón el preferido, ¿en la cárcel del olvido «cuántos días ha que estoy»? Méritos de mi pensar, de mi valor, gala y brío me ofrecen el señorío que tanta beldad abona. Si consigue mi corona prendas de que digno soy, a mí el mérito me doy, por mí, que en igual balanza, desde ayer fue mi esperanza, «engañando el día de hoy». De la duda en que vivía, este cristal me asegura y hallo en esta conjetura que soy quien la merecía. De uno y otro la porfía crece más la suya vana, todas las dudas allana, pues se mira mi primor hoy logrando su favor «y esperando el de mañana». ¿Qué os parece, duque, de esta gala y de todo este aseo de Casimiro? Señor, que no es bueno para yerno, que, si todo el tiempo gasta en adornar su cabello, para libertarme a mí fuerza es que le falte el tiempo. Este que sale es Astolfo, su valor oíd atentos. ¡Piedad, señor, piedad! ¡Piedad, villanos! ¿Qué más piedad que muertos a mis manos? Fuera que al enemigo rebelde la piedad es el castigo y, así, con este acero que acabéis a mis manos todos quiero, pues que vuestra alianza queda desvanecida en mi venganza. ¡Ah, Rosimunda hermosa, quién pudiera sacrificarte una alma toda entera!, mas ¿de qué desconfío? Tuya es mi voluntad y mi albedrío. No es mal principio el que he visto que obliga con el acero. ¿Cuál te inclina de los dos? Ninguno he visto que afecto hable de mi libertad cosa ninguna y es cierto que no sirve a Rosimunda quien no me sirve a mí en ello. Duque, vuestra libertad vive sin ningún remedio. ¿Queréis ver a Lucanor? Sí, que quedó tan pequeño cuando salí de la patria que aun no podré conocerlo y con su vista daré algún descanso a mi pecho. Guarda la fiera, que osado de la cárcel rompió el freno y sus iras amenazan. ¡Socorro, piadoso cielo, Flora, Nise, Clori, Estela, todas me han dejado y muevo inútilmente las plantas! No temáis, que yo os defiendo y mi vida sacrifico a la vuestra como a dueño, como vasallo, dos veces sin ningún temor la ofrezco. Muere, osado bruto, al golpe de los filos de este acero. Válgate el diablo por fiera, de suegra tiene el aspecto. Ya Rosimunda, cobrada del susto, se entró allá dentro y mi amo queda envidiado de aquesta hazaña que ha hecho, pero ya sale. Pasquín. Aquí estoy hecho un leonero por no decir un león. Feliz fue el merecimiento de mi dicha, que a mi prima pude librar del aprieto en que la fiera la puso. ¡Si corría como un viento la duquesa! No era fácil darla un alcance aquel fiero animal, pues por huir dejo un chapín en el suelo. Yo le alzo para llevarle a que le tase un platero. ¡Detente, infame! ¿Qué haces? Alzarle no más intento. No le alces, que no eres digno de tocarle. ¡Bueno es eso! ¿Es acaso alguna estrella? Sí, que la deidad del dueño es ángel y sus despojos son de gran merecimiento y no se han de levantar, sino con este respeto. Gallarda cortesanía de bizarro caballero. Por cierto tú eres —perdona— grandísimo majadero. ¿De qué sirven sumisiones ni rendidos galanteos cuando no alcanzas por pobre a pretenderla? Por eso. ¿No pudiera la fortuna darme a mí el merecimiento de Rosimunda y, si yo tan grande interés deseo del cielo de su hermosura, con más veras lo pretendo por libertar a mi tío del penoso cautiverio? Todas esas son locuras metidas en el celebro con achaques de tu prima. Pues mayor empresa intento. ¿Cuál es? Los príncipes todos hoy por que elija han dispuesto de enviarla sus retratos y enviarla el mío pretendo, que, aunque vio el original, modo me han dado los cielos para ver si puede el mío ser parecido entre ellos. Vamos, Pasquín. Ven, señor, que por tu elección dos bledos no daré. Fortuna mía, hoy a tu elección apelo. Ya que a los tres hemos visto, ¿de cuál la elección has hecho? Si he de decir la verdad a tu majestad, la he puesto en el conde Lucanor. ¿Por qué? Porque en todos ellos ninguno a su valor llega. Eso es porque oíste a sus acentos y a sus amorosas voces que solo eran sus deseos por libertar tu persona. Con bizarros ardimientos la pasión nunca se oculta, señor, dentro de los pechos y por todo le he elegido. Yo en el mismo voto vengo, que su gala y cortesía me ha obligado y su despejo; y, en cuanto a su libertad, ningún escrúpulo tengo, que mi aliento y mi valor me aseguran el suceso. Dadme licencia, señor, que a responder vaya luego, que pide el caso cuidado. En efeto, ¿estáis resuelto en el conde Lucanor? El conde a todos prefiere. Vuestro consejo he estimado La obediencia es el silencio. Duque, adiós, que ir a escribir a Rosimunda pretendo, pues me aficionó de suerte lo cortesano del ruego que, menos darle a su padre, siempre a servirla me ofrezco. Ea, inconstante fortuna, si me miraste con ceño, quiera el cielo que algún día Lucanor me dé el remedio. Vuela, pensamiento mío, vuela sin temer osado los desaires de un desvío, que hoy a volver desairado es solo a lo que te envío. ¿Cúya es esa letra, Flora? Es del conde Lucanor. Pues ¿el conde —¡qué dolor!— hace coplas? No, señora, pero esta hizo. ¿Cómo? ¡Ay Dios! Como no es en su fortuna tan cuerdo que no haga una ni tan loco que haga dos. Discreto es el conde. Mucho, pues la pasión que le ciega toda al silencio la entrega. Siempre su alabanza escucho. Yo le estoy agradecida, pues con valor y fineza me libró de la fiereza que amenazaba mi vida. ¿Cómo podrá mi desvío, cuando obligada me veo, no premiar aquel deseo si nací con albedrío? ¿Cómo puede mi pasión resistir en lance igual aqueste golpe fatal de ver mi padre en prisión? Mis vasallos —¡qué rigor!—, viendo que yo me he escusado, que llegue a tomar estado quieren y lo niega amor porque, como al conde quiere y los dos príncipes niega, en él mi pasión se ciega y solo al conde prefiere. Entre justos aparatos, para aumento de mi pena, de estado el consejo ordena que me traigan los retratos. Yo por no dar a entender la pasión que va creciendo, voy contra mí obedeciendo el querer y no querer. Flora. Señora. ¿Han traído los retratos? Ya aquí están. Admiración todos dan, aunque con mudo sentido este reloj te señala por puntos y horas que admiro el amor de Casimiro. Su amor con el tiempo iguala, mucho vuela con su aliento. ¿Ya tú el mote habrás leído? Es de notable sentido. Más será de sentimiento. «Todas las horas amor la esperanza fija aquí cifrada en este primor; si la mano apunta a mí, será la hora mejor. Bien sentido si dijera, para que a mi amor le cuadre, poner libre a vuestro padre ha de ser la hora primera». Este es Astolfo, que preso y sujeto en penas tantas viene rendido a tus plantas de una cadena al suceso. «Hoy con su llanto mi pena me ha condenado rendido y, así, mi pasión ordena a que viva mi sentido preso en aquesta cadena». Mucho amor le ha sujetado, mas al dolor que yo siento todo aqueste rendimiento viene, Estela, muy errado, y acertara, y mejor fuera, la cadena que declara que a mi padre la quitara y a mí no me la pusiera. Rendidos amantes son los dos que buscan tu cielo. Sí son, pero tu desvelo no me obliga en la ocasión; ninguno mis penas siente y solo mi amor las llora. ¿Hay ya más retratos, Flora? (¡Que esté Lucanor ausente!) Este el conde Lucanor me acabó de dar ahora. Ya mi esperanza mejora, pues se alienta su valor. ¿Aquese no es el chapín que perdí en el riesgo, Flora? ¡Gran bajeza! Sí, señora, que él se le halló en el jardín. Mírale bien y no ingrato tu amor así le condene porque en ese chapín viene de Lucanor el retrato. Admiración me causó la intención que le desvela. Su retrato está en la suela, ¿quién mayor fineza vio? El mote será entendido. Quiere a Rosimunda el conde y a mi fe no corresponde todo en ella divertido. «Volverte a tu dueño trato, pues solo veniste a fin de que hiciese mi recato la suela de tu chapín la caja de mi retrato». ¡Qué humildad y qué pobreza! Ese a los dos los prefiere. Bien se ve que el conde quiere solo en aquesta fineza... Lucanor, señora, viene. (Disimular es forzoso.) En este jardín frondoso quejas el amor previene. ¿Dónde, conde Lucanor, vais? Perdonadme si ha entrado divertido mi cuidado a enojar vuestro rigor porque, el yerro cometido con ignorancia, no hay culpa. Sea, señora, mi disculpa el haber aquí venido a despedirme de vos, pues solo pude venir, siendo forzoso el partir, por vuestra licencia. (¡Ay, Dios!) Pues ¿por qué os vais? Es mi suerte tan avara con mi vida que, por no verse oprimida con pobreza de esta suerte, procura ausencia. ¿El ausencia es a vuestro mal remedio? No es remedio, pero es medio, pues es mal sin resistencia. ¿Tenéis amor? No, señora. ¿Tenéis celos? Sin amor no se engendra ese rigor, que del amor se atesora. Pues ¿qué os obliga a ausentaros? No poderme declarar, que, aunque llegué a confesar por el miedo de enojaros que no quiero, tanto quiere mi corto merecimiento que no puede el sentimiento declararse, con que infiere mi pasión y mi temor, por política evidencia, que está el remedio en la ausencia si en la ausencia está el dolor. Si a declarar no se atreve vuestro pecho esa pasión, fundada en quejas, ya son injustas, haced que pruebe la fineza ese sujeto y examinad los rigores. Hay fuertes competidores y yo soy pobre, en efeto. Nunca amor miró en poder. Aquesta ocasión sí aspira al poder, puesto que mira lo que el poder puede hacer. ¿Que resuelto, al fin, estáis? Si dais licencia, lo estoy, a buscar mi suerte voy. Pues ¿por pobre os ausentáis? No tengo otra causa alguna que me obligue a tal intento. Que os ausentéis, conde, siento de mi padre en la fortuna cuando de su gusto allano la elección, pues es forzoso que mi padre nombre esposo y dé al que fuere la mano. Solo acordaros de mí la dicha será mayor, ocupando mi valor en serviros, pues nací vasallo de vuestra alteza, aunque con poca fortuna. ¿De esas quejas es alguna acaso de mi grandeza?, que, si pobre habéis nacido, no tengo la culpa yo. No os culpo, señora, no, sino a mí por desvalido. Pues mirad, conde, el osado consigue con la porfía. Vuestra fortuna y la mía os tienen en este estado y, ya que ausentaros cuadre, siendo forzoso en tal lance, idos adonde os alcance el libertar a mi padre, que entonces, como sobrino, si conseguís esta dicha, cesará vuestra desdicha. Presto será si imagino mi valor en tanto golfo, pues, si estas dudas allano, pero vos no deis la mano a Casimiro ni Astolfo. El reino, conde, los llama, yo nací sin albedrío, mi padre es dueño del mío. Bien lo divulga la fama. Que toméis estado es cierto y que aquesta confusión cesará con la elección que hoy se espera con Roberto. Forzoso será. Id con Dios, (pero medios buscará mi amor y le detendrá.) Mil años os guarde Dios. (¡Quién detenerle pudiera!, mas, para que no se ausente, socorrerle agora intente, mas será de otra manera.) Una norabuena, conde, y un pésame solicito daros, de que os ausenteis la norabuena me aplico y el pésame, que faltéis a un corazón muy rendido. No os ausenteis, si es posible, que tiene el palacio invicto sangre real que os estima y ha de llegar a sentirlo y sé que le debéis a alguien algún cuidado muy fino. ¿A quién puede un infelice deber piadosos cariños cuando el mérito no alcanza a tan soberano abrigo? (¿Si esto que me dice Estela por Rosimunda lo ha dicho?) Con un concierto mi voz os prometiera decirlo como le admitierais vos. Yo, Estela hermosa, le admito. Pues mirad, conde, olvidad, que, como tengáis olvido, os afirmo que tendréis muy cariñoso el alivio. Vuelvo aseguraros, conde, que seréis bien admitido. Consultadlo, pues, con vos y solo os dejo advertido que es el remedio olvidar para poder conseguirlo. ¿Quién será aquesta hermosura, Pasquín, que Estela me dijo?, pero, si no es Rosimunda, de nadie quiero el alivio. Haz aprensión de que es ella. Fuera ofender su divino sol. Pues dime, ¿tú eres amante correspondido de Rosimunda? Si acaso tú le hubieras merecido algún favor, era fácil pensar que ella hubiera sido, pero, si siempre olvidado de su hermosura has vivido, es necedad el pensar que ella ampare a un desvalido. En el jardín está el conde. Así mi esperanza animo y, si logro esta intención, todas las dichas consigo. Que no me vean pretendo, desde aquí echar determino el papel y en él la joya, pues a los dos solos miro. ¡Ay, qué me han descalabrado! ¿Qué extremos haces? ¿Qué ruido? ¡Ay, señores!, ¿qué es aquesto? ¡Vive Dios que me han herido! Esta piedra..., mas no es piedra, callaré como un bendito. Di, Pasquín, ¿de qué te quejas? De este papel que aquí he visto y es para ti —¡vive Dios!— según dice el sobrescrito. Dámele, pues. No le leas, que puede ser desafío. «Conde Lucanor, no os vais, que de vos compadecido un sujeto de palacio toma a su cargo asistiros. Mirad que es noble y ahí va esa joya y os aviso que en una Venus de mármol que en ese jardín florido está hallarán tus cuidados con qué poder desmentirlos». Pasquín, ¿dónde está la joya? ¡Que me hiciese un billetico solo, un chichón como un huevo! Dame la joya. No he visto sino solo este chichón que hizo a mi cabeza el tiro. Vuelve a leer, que te engañas. Acaba, loco atrevido. Toma la joya, que bien puedes echar al olvido la pobreza. ¡Qué diamantes! Hagamos treinta vestidos. ¿Quién será aquesta mujer que, viéndome desvalido y que pretendo ausentarme, me detiene. Estás sin juicio. ¿Quién puede ser, sino Estela? Si es de Estela, no la admito, mas por solo averiguarlo volvérsela determino a Estela. ¿Qué estás hablando? Sin duda has perdido el juicio. Señor conde Lucanor. Flora mía, ¿en qué te sirvo? ¿Qué piedad aqueste puesto otra vez te ha conducido? Mi cariño es quien lo ha hecho de mi amor compadecido. Conde, para aquesta ausencia, que me debáis este alivio, tomad aqueste retrato, que ha días que anda conmigo, de la hermosa Rosimunda. ¿Con qué podrá mi cariño pagar tan preciosa prenda? Toma esta joya y te afirmo, Flora, que he quedado corto. Aunque intención no ha sido, por eso quiero tomarla. Siempre estaré a tu servicio. Señor, ¿qué has hecho? ¿A un retrato —¡pesia el alma que me hizo!— das la joya? Necio, calla, que, si un bien tan peregrino hoy ha llegado a mis manos, no podrán decir los siglos ya que el conde Lucanor este bien no ha merecido. Pléguete Cristo no fuera mejor en este conflito vender la joya, y mis tripas harían los regocijos. Mira qué ojos, qué cabellos, Mira tú aquestos aullidos. Vámonos, Pasquín, de aquí, que quedarme solicito hasta ver en lo que paran sucesos tan peregrinos. Vámonos, señor, que tú eres majadero de este siglo, camaleón que se alimenta de un retrato y de un capricho.

JORNADA SEGUNDA

Confusa imaginación que los riesgos facilitas, pues la libertad me quitas, no me quites la ocasión. Absorta y medrosa llega entre las dudas que siento a ejecutar este intento, mi esperanza triste y ciega. Lo que trazó mi cuidado, noble, al corazón fiel, de que leyese el papel desde el balcón arrojado ha conseguido y ha sido rémora al conde la duda y, por si su intento muda, seguir el mío he querido en este jardín, que fue donde prevenido está de que en la fuente hallará lo que le ofreció mi fe. Esta cadena dejar quiero en su sitio escondida, que, como no es conocida de nadie, puedo alentar el séquito, pues con ella el conde se detendrá y con su interés podrá vencer la tirana estrella de su fortuna inconstante, pues nace su encogimiento y vivir tan sin aliento de verse pobre y amante, que, si al puesto señalado donde mi pasión le ordena viniere por la cadena, podré alentar el cuidado. En este libro va escrito, sin que pueda echar de ver, quién le intenta socorrer, con que el riesgo facilito. Deme el amor la vitoria, Venus, de mi amor testigo, dirá el libro de memoria. Quien celosa vive mal sosiega en pasión profunda, mas allí está Rosimunda, de tristezas con señal que apetecer soledades es la mayor en quien siente, mas, cielos, ¿qué hace en la fuente? Haga mis dudas verdades, desde aquí acechar pretendo, pues son todos sus desvelos para mi amor fieros celos, veré si los comprendo. Ya con secreto he podido, sin ser de nadie sentida, dando remedio a su vida, dejarlo en ella escondido. Muda soledad, en quien cifro toda mi esperanza, denme tus mares bonanza, que, si hay tormentos también, también hay seguro puerto, que la esperanza que animo en la elección de mi primo la puede traer Roberto. Fuese, ya mi confusión seguro el campo ha dejado, mi curiosidad ha hallado su celosa presunción. En la fuente cristalina de Venus la vi esconder no sé qué y he de saber lo que su amor determina. Este es libro de memoria, leer lo que dice trato su hermosura y su retrato, pues me dio amor la victoria. «Un rendido corazón pide que no os ausentéis, que en esta fuente hallaréis para vuestra pretensión el remedio del poder. No os entreguéis todo al mal, que aquí hallaréis el caudal que para ello es menester; él libro os advertirá, la cadena recibid y esta Venus advertid que el secreto guardará». Cielos, ¿qué es esto que veo? Rosimunda, ¿con qué intento...?, mas, ¡ay, cielos!, pasos siento. No malogre mi deseo, el libro quiero dejar, en tan grande confusión, que yo buscaré ocasión de poderlo examinar. El conde es. ¡Piadoso cielo! La ocasión me favorece, pues a tal tiempo se ofrece, haga mío este desvelo. Estela, cuando el palacio de regocijo está lleno, vuestro retiro condeno. ¿La soledad tan despacio vivís? Sí, que mis cuidados, si he de deciros verdad, mejor en la soledad viven y más aliviados. El alivio en mi hallaréis, pues por no tener ninguna, mucho mejor mi fortuna, en la soledad veréis. En ella descanso tiene quien nació tan sin ventura. Claro está si la ventura este jardín os previene. Quien es pobre como yo, la soledad apetece. La soledad os ofrece lo que fortuna os negó. Muy poco aliviado estáis en lo que los dos tratamos. Lo que los dos asentamos, cuando piadosa os miráis, que el alivio me daréis a las pasiones que siento. Sí, mas fue con un asiento, conde, que os olvidéis. ¿Habéis olvidado? No. ¿Ni podréis? Yo no quisiera. Pues, conde, el concierto era el olvido y se ofreció el desengaño advertido. No podrá mi diligencia sanaros vuestra dolencia, sino empezáis con olvido. Tan imposible es en mí esa cura rigurosa que no podré, Estela hermosa. Conde Lucanor, así quedó entre los dos tratado. No os niego aquesa verdad, pero decid, ¿quién piedad de un hombre tan desdichado tiene? No puedo decirlo ni de su pasión lo infiero sin que olvidéis vos primero. Pues no podréis conseguirlo porque, aunque todo se pierda, en tanta pasión crecida solo olvidar se me olvida y lo demás se me acuerda. Pues, conde, quedaos con Dios, y vuestra pasión advierta que al callarlo soy tan roca y al silencio tan de piedra como esa Venus que veis. Vos preguntádselo a ella, que, si ella acaso os responde, mía será la respuesta. ¿Qué enigmas son estas, cielos, que en mi pecho causó Estela? ¿Qué intrincado laberinto con sus razones me deja? Ninguno, cuando podemos el saber la verdad de ella. Descifra, Pasquín, la enigma. Llego muy enhorabuena. Mi señora doña Venus, diosa hermosa de esta selva, que también hay Venus que suelen servir de alcahuetas, respóndame aquesta duda y, pues de amante se precia, regale, cuerpo de Dios, que así hacen todas las viejas. No responde. ¿Si es porque la motejé de tercera? Su enojo perdóneme y de este conde se duela: mas, cielos, ¿qué es lo que he visto? Al fin es deidad suprema, respondió con el silencio y nos ferió esta cadena. Guardarela de mi amo, que, si sus manos la pescan, la trocará a otro retrato, a otro favor, a otra prenda. Yo he de prenderme a mí mismo. y cautivarme con ella. Un librillo de memoria hay (aquesta sí que es prenda que no podré enajenarle, mi rebozo la defienda.) ¿Qué has hallado en esa fuente? Una bizarra presea: este libro de memoria, aunque más hallar quisiera un libro de entendimiento para que de él te valieras, pues sola la voluntad de las tres potencias precias, aunque eres tan entendido. Toma el libro. Pasquín, muestra, a ver si acaso responden a mis dudas estas letras. Perdida va mi esperanza, porque es forzoso que lea: «Esta cadena os envío», y he de dar con todo en tierra. ¿Qué es de la cadena? ¿Oyes? ¿No tomaste una cadena que con este libro estaba? Yo. señor... Necio, no seas cansado. En Argel, señor; con mil cadenas me veas, si la tengo, para darla, de mi maldición se advierta. Pues en la fuente estará. Yo la buscaré. (Él da vueltas a la fuente como macho de una noria.) ¡Que te quemas! Si tú la tienes, Pasquín, no me apures la paciencia, que has de estar a todas horas de chanza. No me detengas. ¿Ves cómo al cuello la tienes? ¿Por qué, loco, me la niegas? Porque soy cuerdo en guardarla de tu condición tan fiera y remediar más de dos necesidades con ella. Prométote de guardarla. ¡Oh cuánto debes a Estela! De Rosimunda he notado que, con ser, como es, tu deuda, no te quiere hacer su empeño Estela sí, que es estrella, Estela viva estrellada en aquella vida eterna. Pues, si Estela me la envía, no quiero nada de Estela. ¿Hay semejante locura que me des esa respuesta? Quiero, aunque no agradecido, ser cortés en responderla. Dejaré en la fuente el libro —¡ay, prima lo que me cuestas!—, pues más estimo el desaire de tu divina entereza que cuantos tesoros puede ofrecerme la riqueza. ¡Que Estela con su piedad mi pretensión favorezca y que no pueda yo ser agradecido a esta deuda!, mas sin Rosimunda, todo, todo es nada, todo se pierda. Si desalentado vivo, pobre en esta competencia, ¿no es mejor seguir el rumbo de aquesta propicia estrella, y servir con más valor a mi prima, pues es fuerza? De Estela tanta piedad, no, que es forzoso que ofenda su deidad y su hermosura y no puede mi nobleza consentir con la traición de amor, cuando la venera el corazón, y rendirme a las dádivas de Estela es agravio y es poner el amor en contingencias y así... Rosimunda sale. Haga mi discurso treguas, pues, aunque vacile el alma, con su vista todo cesa. Mucho, Flora, te agradezco de alegrarme la fineza, aunque para mí es en vano ya ninguna diligencia. Señora, el conde está aquí. Cielos, ya resuelta espera de la fuente mi esperanza, puntual está en la palestra. ¡Oh, si a su valor aliento diese el libro y la cadena! ¿Vos, conde, en este jardín? Es que su sitio me alienta, que cuando uno es infeliz la soledad le deleita, pues a las plantas les dice y a las fuentes sus querellas, aunque sabe que el remedio no le sirve ni aprovecha. Quejarse uno a quien no es capaz de remedio yerra porque las quejas al aire fuerza es que se desvanezcan. Con todo eso se divierten. Mal que respira ya cerca está de no ser mal. Bien negara la consecuencia a no ser, señora, vos la que afirmáis la respuesta. O queréis o no queréis; si queréis, aunque padezca a la vista del despego vuestro amor, es más fineza, que aquello se quiere más, que el rendimiento le cuesta y, aunque el sujeto sea ingrato, una y otra vez lo premia. Como tan divino es el sujeto, no se alienta mi encogimiento, señora, porque el temor le amedrenta a la vista del poder que me hace la competencia. Tan remiso os considero en la pasión que decís que a dar a entender venís que por interés amáis y no es sino amor aquel que al desaire más cruel se queja, si lo notáis. No es un amante rendido a las leyes del amor si solo por un dolor quiere ser correspondido. Cuando la dificultad de aquel favor que carece toda la gloria oscurece, entonces con más lealtad ha de porfiar la fe más fina en querer y amar porque amar y porfiar solo en quien ama se ve. Necio mi discurso fuera si el premio solicitara, que el respeto me atajara, aunque del dolor muriera. Si la competencia igual mi mérito la alcanzara, entonces sí que llevara de cualquier desdén el mal. Siempre os quejáis sin sufrir, siendo forzoso el callar. Que no es delito el amar y es delito el no sentir. El acento repetido en esta misma propuesta por mí os ha dado respuesta de mi amor compadecido. Si la voz se declarara, se condenara la fe. Quizá en el callar se ve lo que la voz malograra, que es su resolución gentil cuando está todo el dolor. Mezclando en odio y favor el noble afecto y el vil. Este mismo acento dio respuesta, mas prevenida muchas veces una herida por curarse se empeoró. ¡Hola! ¿Qué es eso? ¿Quién canta cuando la pasión que siento crece en la voz el tormento? (Celo y amor me adelanta.) Es, señora, Casimiro, que por obligar tu amor con voces de su dolor quiere obligarte. No es bien que así diga su pasión. Mientras mi padre en prisión, música ninguna den. Esto al príncipe le di. Harelo como lo ordenas. (Ya celos dobláis mis penas, pues con el conde está aquí. Procuraré allí escondida lo que dicen escuchar.) Hazlo, Estela, ejecutar. ¿No te vas? Serás servida. Estela se va despacio, celos lleva de misterio. ¿Mi padre en un cautiverio y música en mi palacio? Más debida razón fuera que se trocara entretanto aquesa música en llanto y de luto se vistiera. ¿En qué el discurso quedó que le he olvidado ofendida? En que a veces una herida por curarse se empeoró. Así es, si acaso el conde de mis pasiones se aleja, porque equívoca su queja a mi amor no corresponde. (Tente, celoso sentido. Pasiones, ¿adónde vais?) Dícenme, conde, que estáis en palacio divertido. (Así examinarlo infiero). Tu grandeza han ofendido, que en palacio no he querido, aunque del palacio quiero. (¡Qué discreto respondió!) Vuelva el discurso pasado a asentar el argumento y no se deje el intento hasta que quede acabado. Vuele la garza ligera, ave que el viento registra no quede, que mi altivez para obligarla no rinda y todos los elementos en mi pretensión la sirvan. ¿Quién de esa suerte el palacio altera tan sin medida? Astolfo el príncipe es, que con la caza te obliga, como rendido y llevado de su pasión, facilita el animal más veloz y el ave que el viento gira. ¿Siempre has de ser mensajera tú, Estela, de estas noticias? ¿No hay criadas que lo sean? Todas están divertidas y yo a tu servicio atenta mis lealtades anticipan. De todos esos cuidados yo me doy por bien servida. (Celos me ha causado Estela y es fuerza que los colija de verla tan puntual embarazar mis delicias.) (Con pesadumbre al mirarla se ha quedado. ¿Si noticia tiene de que en esta fuente Estela compadecida me ha socorrido? Fortuna, no me malogres mis dichas.) Los príncipes esperando para hablarte están. (¿Qué miran mis ojos? ¿Aquella joya —¿si deliro?— no es la misma que con el papel le di? Ella es. Pasiones mías, no os precipite el enojo. ¡Ah, traidor!, ¿así me obligas? Por Flora son sus pasiones. ¿Hay bajeza tan indigna? ¡Que enamore a mis criadas! Dos confusiones me privan de la razón: una Estela y otra Flora. ¡Estoy perdida!) Di a los príncipes que entren. Estela. Señora mía. ¿Qué dices del conde? (Esta es ocasión de disuadirla de su amor, diciendo que es desatenta su porfía y que en palacio pretende.) Enfadosa es su codicia, finge que te quiere y es por lograr en tanta dicha no tu hermosura, tu estado, pues de cierto sé que mira a una de tus damas, aunque de cierto no a la que obliga. ¿Si será Flora? Eso tú examínalo advertida, que amor nunca se ocultó, que es fuego entre la ceniza, que, si no luce, calienta. (Bien mis celos se mitigan con haberla dado celos.) Enojada está tu prima. Con los príncipes será. Tu atención la precipita, quiera amor que a tu poder su hermosura no se rinda. (¡Ah, ingrato, falso y mudable y de acciones fementidas!) A pedir a vuestro enojo vengo perdón si ofendida os tiene mi pretensión, que con las voces porfía a declarar su tormento. Mal el silencio publica a veces que las razones, pues es atención debida cuando mi padre está preso, que el sentimiento lo diga. Yo, llevado de mi afecto a la pretensión que anima un amor tan singular, intenté poner rendidas la pluma que el viento cruza, la escama que el agua habita, la piel que corre ligera por despojos de la vida. Yo, príncipes, agradezco las finezas repetidas de vuestro amoroso intento, mas, como el dolor publica mi debido sentimiento, se ofende de las caricias cuando mi padre en prisiones tristemente se lastima. Solicitar es muy justo, pretender, pasión muy digna, obligar, discreta acción, querer, fineza precisa, pero seguir mi dolor es mayor cortesanía. De esa razón he sacado la emienda. Y de la mía el castigo, porque ver enojos en quien se estima, ¿qué mayor le puede haber que padecer a sus iras? Yo ahora de paso pretendo advertiros que en mi vida de la dilación al riesgo a cada paso peligra. El estado pide a voces que a uno de los tres elija vuestra alteza y es razón que sus pasiones corrija, puesto que, en nombrando esposo, la libertad facilita del duque y le da sosiego con la elección de la dicha. ¿Ya qué tengo que esperar, Pasquín, cuando repetidas mis injurias el poder con desaires me retira? ¿No te he dicho yo, señor, que era vana tu porfía? No os niego yo, Casimiro, que el término que publica el plazo se llega ya, mas no es razón que se diga que, habiendo escrito a mi padre que uno de los tres elija, cuando venga su respuesta halle en empeño la mía y, así, vuestra pretensión no se canse, que advertida daré la mano al que fuere en la respuesta su dicha. Yo he de alzarle. A mí me toca. Sola esta fortuna es mía y es mi valor quien la logra, aunque a costa de su vida. Suelta, conde. ¿Qué es aquesto? Por tu abanico una riña de a tres, que los que hacen aire siempre ocasionan y irritan. ¿Porfías en mi palacio? Pudiera hallarme ofendida que hagáis palestra el palacio y, por que ninguno diga que uno ni otro le dejó, mi indignación os le quita a todos tres, con que a nadie aqueste duelo le obliga y, para de aquí adelante cuerda mi voz os avisa y mi respeto, no pase la pretensión a porfía, que soy yo a quien pretendéis y podrá vuestra osadía, volver el mérito atrás si aquese paso camina. ¡Qué cuerdamente templó mi enojo! Su bizarría deja el duelo satisfecho. ¡Qué discreta y qué entendida suspendió de aqueste acaso la pasión que tiraniza las almas!, mas su hermosura templa, suspende y inclina. Tú, Nise, esa prenda toma, que no es justo que me sirva alhaja que una discordia los decoros precipita y hasta el efecto obren todos la pasión más corregida. Ven, Estela. (El alma llevo llena de enojo y envidia, que con amor y con celos no hay pasión que se resista.) Obediente a esos preceptos la atención se sacrifica. Órdenes de vuestra alteza mis lealtades la confirman. Aunque mi valor es tanto, la pobreza es quien me humilla, pues padezco a un tiempo celos de un poder que los anima. Bella Nise, si feriar quieres aquesta sortija de diamantes a esa prenda mi fe será agradecida. Los preceptos de mi dueño nunca mi lealtad olvida, negarle ella y darle yo es deslealtad conocida. Pues mi pretensión porfíe, que el que constante porfía consigue, porque es el tiempo quien cuerdo lo facilita. Si a mil escudos que guarda este bolsillo te obligas, Nise, feriarme esa prenda a mi estimación debida. Dos cosas para negarla, príncipe, a un tiempo me avisan: la primera es el precepto de mi dueño, que me humilla, y la segunda, negarle a Casimiro; y, pues priva por ser leal mi advertencia al uno, no es cortesía que, si a aquel se le negué, otro tuviese más dicha. Cuerdamente has respondido, tus atenciones son dignas de agradecimiento, la pretensión que porfía, dichosas mis esperanzas, con amarla, y con servirla. Muy bien despachados van, el aire los desperdicia del abanico y mi amo solo con el aire obliga. Conde Lucanor, ¿y vos no aspiráis a la porfía y al favor de Rosimunda, vuestra soberana prima? Si los méritos mayores no obligan vuestra codicia, ¿cómo puede mi pobreza alzar el vuelo a pedirla? La codicia cosa es cierta que a la fe no tiraniza y, si a Astolfo y Casimiro, se le negué, fue advertida por haceros a vos dueño de esta prenda. Recibidla y vivid con esperanzas. Vuestro valor no se rinda, que, si ha de alcanzar el mérito, vos seréis el que consiga. ¿Hay fortuna más dichosa? Ya conmigo anda propicia. La vida quisiera darte, mas esta cadena sirva de agradecimiento, Nise. ¡Ay, señores, qué desdicha! Por ser vuestra, mis cariños es fuerza que la reciban. Este abanico fue el diablo, que en un aire Nise hincha y en otro aire a mí y al conde por los aires nos resfría. Conde, el seguir a mi ama es fuerza ya. Feliz vivas. ¿Qué dirá de ti la Venus, conde ingrato a sus caricias, de que a una mujer le des lo que a otra mujer le quitas? ¿Por un abanico, cielos? Como tus rayos no giras, una arroba de oro dad con tanta galantería. En los infiernos te hagan aire llamas encendidas, Nise ingrata, los demonios. ¿Hay tan grande bobería! No hagas estremos, Pasquín, sino aqueste favor mira, que tocó las azucenas de sus manos cristalinas. ¡Vive Dios que no te entiendo! ¿Acaso, señor, te fías que ha de remediarte Venus? Con la cadena podías pretenderla un año entero y una eternidad de días. ¿Qué más puedo conseguir, que un favor suyo? ¿Aun porfías, aun no te arrepientes? Tú eres hereje de amor. Mi vida es suya y, si mi valor las perlas que el Ganges cría, el oro que engendra Ofir, los diamantes que eterniza Ceilán, fuera mío todo, a un favor de su divina deidad todo lo trocara; tanto mi lealtad la estima. Ven, Pasquín, y el cielo traiga a Roberto con mi dicha, que, si llego a merecerla, cuánto intento me eterniza. Señora, Venus, ya ve de mi amo las boberías; en su libro de memoria las suyas ponga y las mías. ¿Dónde me llevas, memoria? ¿Posible, posible es que es verdad lo que me pasa? ¿Cómo descansar podré en un linaje de penas, que eslabonadas se ven tan una en otra que hacen mis discursos padecer? La tardanza de Roberto y mi corazón fiel le oprime de tal manera que no halla el valor qué hacer. Si elijo al conde, es forzoso que me culpen cuando vean que es pobre y, si elijo al uno de los príncipes, también es forzoso que me riña el amor, que al interés y no al gusto di la mano, fuera de que al parecer él no me quiera, pues veo que los efectos que en el descubre al amor van lejos del mío, si examino unos celos que rabiosos, sin poder vengarme de él, crecen en mi corazón sin poderse suspender. Si de Estela los concibo, cesa el discurso y los ve en Flora, que aquella joya que en el jardín la arrojé está publicando a voces el agresor y todo es una confusión que ofusca mi majestad y altivez. A aqueste jardín me vuelvo triste y confusa por ver si vino donde le había prevenido mi papel y si tomó la cadena que en la fuente le dejé; todo fue de que publique, pues, competidor también. El libro está aquí y no está la cadena. ¡Ay, Dios! Veré si agradecido responde. Lo que dice quiero leer. «Hermosa deidad, mi amor solo conocer desea la causa de estos favores, que, aunque el alma lo agradezca, es sin razón que la duda hagan a la lealtad grosera. Declaraos más, por mi vida, pues vuestra piedad me empeña». ¡Ay, cielos! Templó mi enojo la respuesta en lo cortés. Esta joya he de dejarle para alentarle más bien, que celos que están en duda no lo son, recelo es. Escribirele que siga este rumbo sin saber ni querer examinar, el dueño de esta merced. Mucho le declaro en esto. Entendido y bizarro es, discúrralo como cuerdo si lo quisiere entender, pero Nise sale aquí. Lo que pretende sabré. Nuevas a tu alteza traigo muy alegres. Di, ¿de qué? De que Roberto ha llegado en este instante. Está bien. (Cielos, ¿qué miran mis ojos?) Y los príncipes, al ver que ha llegado, por tu alteza preguntan. Yo adelanté el paso y vine a avisarte. (Esta la cadena es que yo le dejé en la fuente. ¿Hay confusión más cruel, mal caballero?) Di, Nise, que entren, pero no que estén en el salón de palacio. ¿Y el conde viene también? Todos aguardan el orden de tu alteza y todos tres, como el cielo te señala años, han querido hacer hoy justas demostraciones de contento y de placer. A los príncipes y al conde primero avisa y después dirás a Roberto que entre. Voy, señora, a obedecer. Dime, Nise, —¡ay, Dios!—, ¿y tú te has señalado también al festejo de mis años? Muy digno es de agradecer que tú te pongas cadena. Pues ¿cuándo faltó la fe de mi nobleza en los días tan dichosos y en mí fue el más festivo el que cumples, que igualdad los dé, a los del Fénix el cielo? Haz lo que te dicho, ve. ¿Amor, pasiones, y celos, qué es lo que de mí queréis? ¡Que el conde a Nise le diese la cadena! Todo es una duda que no alcanzo, el discurso ni el poder. ¿Si Flora y Nise terceras son de su amor? ¡Válgame mi discurso! Con Estela sin duda debe de ser. Roberto, ¡ay de mí!, ha llegado y negarme no podré a la elección de mi padre. Si me niego, hay que temer; si abro el pliego, se acabó mi esperanza de una vez; pues deme el amor industrias, discurso el pesar me dé, los celos me den lugar para que yo a un tiempo esté en la disculpa piadosa, cortés en agradecer, enojada en la venganza y con esto en todos tres pase plaza de razón lo que en mi temor cortés y, pues buscó mi discurso medio, a ejecutar lo iré, aunque viva sin el conde, para no morir sin él. Supe, Pasquín, que Roberto ahora acaba de llegar y aquí le vengo a buscar. ¡Es el jardín bravo puesto! Pregunto, ¿te has regostado? Ya la fuente se secó. Dicen que al jardín entró y a eso viene mi cuidado. Otra la intención sería. Para mejorar mi suerte le busco de aquesta suerte. Mejor a Estela diría, pues piadosa y lisonjera, para que tu amor se cebe, cadenas y joyas lleve haciendo a Venus tercera. Su favor agradecido en mí se llegó a mirar. Favor a dar y quitar el sueño me ha parecido y he de examinar ahora, pues la causa lo consiente, si ha dejado algo en la fuente esta piadosa señora, aunque verlo es por demás, si examino tu rigor, pues no faltará un favor, a que tú lo feriarás. Fue preciso andar cortés aunque tu pasión me arguya. Como no es hacienda tuya, se lo das a dos por tres. Mi discurso nunca halla tu intención porque es tramoya, aquí se ostenta una joya, busca, señor, a quien dalla. Leeré si más se declara Estela. Lee, señor, y corresponde a su amor, pues que no te cuesta cara. La misma duda he hallado sin decirlo su decoro. Es verdad, mas hallas oro que tu enigma ha declarado. Preciosa la joya es, no la pagues con desvío, engáñala, señor mío, di ahí que la quieres, pues tienes un refugio cierto con una piedad profunda. Solo quiero a Rosimunda, mas aquí sale Roberto. Dásela sin embarazos. Seas, Roberto, bienvenido, ¿cómo en Egipto te ha ido? Dadme, conde, vuestros brazos, que, habiendo logrado en ellos todo el bien que he deseado, diré «qué bien», pues he hallado la dicha de merecellos. ¿Cómo queda el duque? Bueno, aunque con tan dura prisión. ¿Hizo el duque la elección? Sí, señor, de pesar lleno y con su edad fatigado muchas lágrimas lloró. La consulta que firmó viene en un pliego cerrado. Por ti, señor, preguntó muchas veces. Mejor fuera que una sola le eligiera para yerno. Siempre yo a los favores atento vuestros allí refería el valor, la bizarría, la discreción y el aliento, hasta en el soldán hallé una inclinación notable, que es príncipe muy amable, bien de su favor se ve, por criado de tu alteza, su palacio me hospedó y tanto, señor, me honró que pretende mi fineza de mostrarse en ocasiones. Es a la caza inclinado, y vengo con un cuidado de enviarle unos halcones. (Ocasión me ofrece el cielo para eternizar mi amor.) ¿Que os hizo tanto favor? Cuanto pudo su desvelo. ¿Una cosa habéis de hacer por mí y vos ahora decís de que encargado venís por poder agradecer su fineza de enviarlos? ¿No es esto, Roberto, ansí? Pues ahora me importa a mí disfrazado ir a llevarlos; con esta joya buscad. Ya escampa. Los más diestros, puesto que hay tantos maestros de esto, al punto os encargad, pero quedad advertido sea secreto en los dos y, pues me fío de vos, decid por mí lo que os pido. ¡Buenos sus disignios van, en dar solo se desvela! A costa envíe de Estela, halcones al gran soldán. Solo el silencio será la respuesta, luego que el pliego a mi dueño dé, mi lealtad los buscará. Una cosa he reparado. Mal repara si le dio. ¿Qué es? Que, si el gran soldán os conoce, dudo yo que sus recelos no os hagan prisionero. Mi valor lo lleva trazado bien. En traje de cazador he de ir, que disimulando el estilo y el primor no es posible conocerme. Pondrelo en ejecución. Haced, Roberto, por mí lo que os pido, pero vos no habéis de decir a nadie mi intento ni dónde voy y, pues que de vos me fío, ayudadme en mi dolor, que algún día podrá ser que tengáis el galardón. Voy, que Rosimunda espera. Conde, adiós. Roberto, adiós. El más notable suceso que en las historias lineó la antigüedad de los tiempos es este que emprendo hoy. Mi tío, estando cautivo, no ha de eligirme a mí, no, que ha de querer para hijo a quien el cielo le dio poder, puesto que consiste su libertad, en la acción. Tú, Pasquín, has de ir conmigo, que así podremos los dos, ayudándonos el cielo, conseguir la pretensión. Tú has de decir que a llevar vas los halcones y yo dirás que los he criado y que tosco cazador, para que vayan seguros, tu cuidado me eligió. Yo, como digo, he de ser tu criado en la ocasión, tú mi amo, por que, siendo esta causa de los dos, yo consiga y tú me ayudes, como leal, mi pretensión. ¿Que tú has de ser mi criado? Sí, Pasquín, tu criado soy. Pues, si no me sirves bien, has de llevar pescozón. Por vengarme de las joyas que Estela hermosa me dio, quiero empezarte a mandar. Vamos de aquí. Ya yo voy, que Rosimunda estará aguardando en el salón y he de ira ver mi ventura, aunque desgraciado soy. A dar la norabuena a vuestra alteza Astolfo y yo venimos. ¡Qué grandeza! Que majestad de tan felices años, que muchos cumpla, dando al tiempo engaños. En lo mismo mi fe se satisface; del ave que en sí muere y en sí nace goce, señora, vuestra edad dichosa, en posesión feliz, cuanto amorosa la vida en dulce empleo. Príncipes, agradezco ese deseo y premiarle quisiera con mi mano. Ya mis dudas allano, cesando mi temor y hallando el puerto en la embajada que os trairá Roberto. Mira qué bizarría de cadenas y joyas. A porfía, ya que a Roberto diste lo que tú no ganaste y tú perdiste, pues te faltan, señor, los eslabones de la cadena, saca los halcones al cuello, pues cumplieras y a todos que envidiar mucho les dieras. Llega, señor y da la norabuena aunque ahora te falte la cadena. Todos le han señalado y solo en Lucanor no hallo cuidado. A vuestros pies me pone el gozo y el placer. La edad corone en pacifica unión esta corona siglos que la lealtad en ella abona. Alzad, conde, del suelo. Soy dichoso. ¡Que el hado riguroso de esta suerte me incline y de esta suerte oprima mi albedrío! ¡Pena fuerte! ¡Ah, que competidor tan peregrino que tendrá su esperanza yo imagino! Es su poder pequeño para que entre nosotros haga empeño. Ya Roberto, señora, está aguardando licencia para entrar. (Y yo penando.) Dile, Flora, a Roberto que entre. Mi recelo es cierto. Ya con haber hoy llegado donde la lealtad deseó todas las felicidades de tanto interés logró, pues el haberos servido es en Roberto el mayor. Alza, Roberto, a mis brazos. Indigno, señora, soy y así a vuestros pies esté, puerto donde el bien halló. Este es el pliego y despacho que mi dueño me entregó. ¿Queda con salud mi padre? (¿Qué es esto, imaginación? ¿No es la joya de Roberto la que en la fuente ocultó mi cuidadoso desvelo? ¡Ciega vivo y ciega estoy entre tantas confusiones! Ya mi esperanza llegó. Ya llegó al fin mi deseo. Ya mi aliento se turbó. Con salud queda su alteza, aunque triste en la opresión, y su venerable aspecto de tal suerte me obligó a sentimiento que el alma, movida de compasión, solo en lágrimas pagaba lo que no en ejecución. ¿Y el gran soldán —¡ay de mí!— cómo el pliego recibió? Cortés, amable y prudente, y de suerte le estimó que en su cabeza le puso antes de abrir, leyó su carta y luego al instante le dio al duque mi señor la suya. En este responde y en él viene la elección. Mía será, que el poder de que el cielo me dotó le obligaría a elegirme. Sin duda que me eligió, que a mi gala y bizarría nadie en el mundo llegó. Sin duda que la fortuna a mi valor olvidó, con que mi loca esperanza injustamente murió. Abra vuestra alteza el pliego. No dilate el bien mayor. (Aquí me valga mi industria.) Príncipes, oíd mi voz. Yo a mi padre despaché, para que hiciese elección de los tres, una consulta. Constante es que su dolor a uno de los tres elige para que en amable unión le dé la mano. Asentada esta verdad, ¿qué razón, qué aliento, qué bizarría, qué nobleza, qué valor humillará su albedrío al gusto, al gozo, a la voz de cariñosos halagos, cuando el medio corazón a este sentimiento acude y el otro medio al favor? Y, así, resolviendo cuerda de mi padre la intención, la de mi amor, al que fino con más presta presumpción de la prisión le sacare le daré mi mano yo. Si rompo la nema y leo, uno de tres, a quien dio su estrella propicia suerte, ha de quedar en los dos envidia, celos y rabia, pues ¿cuánto será mejor que de ninguno el enojo obligue a demonstración? Y, así, pues vuestro poder, vuestra sangre, vuestro amor os dio altivez, sea primero galardonar mi afición, alistando en sus banderas cada cual poder mayor y, libertando a mi padre, poner a Egipto pavor, miedo al soldán y en el Nilo sepultar su indignación, talando, abrasando, haciendo de la cuchilla al horror cenizas hasta librarle cuanto el laurel circundó; y, así, el primero que fuere valiente restaurador de la prisión de mi padre mi dueño será, pues yo, sin su libertad, la mía ni la entrego ni la doy. Solo mi silencio sea la respuesta y, pues me dio tan grande altivez el cielo, le libertará el furor. Y yo señora, trocando la gala que me adornó al acero, en la porfía de redimirle mi amor seré Marte, seré asombro, dando al mundo admiración. Sin poder, ¿qué he de ofrecer? El callar es lo mejor cuando el desaire que paso mi estrella le ocasionó. Pues, vuestro gusto siguiendo obediente la razón, sujeta a vuestros preceptos, regida de la pasión, tan atentamente cuerda, he de pedir un favor a vuestra mucha piedad, asentada la razón en que los dos concedemos. ¿Qué viene a ser? Que sepa hoy vuestro estado el elegido por salir de confusión. Podrá hacer el interés que sea el merecedor aquel que del bien privado, sin esperanzas quedó. ¿Todos venís en aquesto? Sí, señora, que, si yo de vuestro padre elegido no fuera, podrá el valor merecerse por sus hechos lo que el duque no le dio. Responde y di que no quieres esos partidos, que son con ventaja. Calla, necio, que en cualquiera ejecución yo he de ser el desvalido. Pues abra en nombre de Dios. Turbada la nema rompo. Roberto, leelda vos. Yo temerosa lo escucho. (A esto, cielos, me obligó temer que no sea el elegido de mi padre Lucanor.) Por obediencia le leo, si por noble me tocó. «Hija Rosimunda, en quien la esperanza se cifró, viendo yo y el gran soldán la consulta que envió nuestro consejo de estado, sangre y amor me inclinó a que la mano de esposa des al conde Lucanor... (Absorto y mudo he quedado.) (Yo sin voz y sin acción.) (¡Válgame el cielo! ¿Qué hice? De yelo es el corazón.) .que, aunque Astolfo y Casimiro tan grandes príncipes son, como la sangre es primero, ella misma me inclinó». (¿Qué es esto, fortuna mía?) (Rosimunda barajó tu dicha; pídela suerte y verdad.) (Ya se acabó mi esperanza entretenida y, pues este mi amor vio, vuelvo a apelar al intento de ir a Egipto cazador, que quizá en ello mi dicha libra el bien a mi valor. Sin responder he de irme porque no tiene razón el hombre que es desdichado y tan infeliz nació.) (No te quiero replicar cuando a ser tu amo voy.) (¡Ay de mí, que yo fui misma quien la muerte se buscó!) Mirad a quién elegía vuestro padre, que el temor le ausentó de la presencia de vuestra proposición. Por no exponerse a los riesgos tan cobardemente huyó. Ya es tiempo de que se ponga la empresa en ejecución, mi armada a Egipto camine. Pues gima el clarín veloz. La caja lo diga ufana. ¡Guárdate, Egipto, que voy y guía el amor la empresa! Mi poder mucho alcanzó. Vuestra alteza, gran señora, para partir a los dos dé su maño. Eso ha de ser solo al que venciere. Yo seré, si me ayuda el cielo. Yo seré, que con amor llevo la ventaja, pues es quien me alienta mi ardor. ¡Ay Estela, ay Flora, ay Nise! ¿Qué es lo que por mi pasó? Si no muero de congoja, mucho será mi valor. Veneno de celos tengo y ausencia. ¿Cómo doy al aire mi sentimiento? Cóbrese mi corazón, que para todo hay industrias en quien como yo nació. Averiguaré primero los celos de Lucanor y, como mentidos sean, he de intentar una acción que el mármol y el bronce sepan su perpetua duración. ¡Ah, Nise! Señora mía. ¿Quién la cadena te dio que al cuello tienes? Advierte no me finja tu traición la verdad porque la vida te va en ello. ¿Cómo yo podre negar la verdad? No te turbes. Lucanor, por el abanico tuyo, señora, me le ofreció. ¿Ves cómo el conde es igual? Mira cómo se ausentó sin ofrecerse al peligro solo por lograr su amor. Esta es la verdad. ¡Ah, Flora! ¿Qué tu alteza manda? Vos me habéis de decir quién fue quien os dio esa joya, y no excedáis de la verdad. ¿Quién me la dio? Lucanor, porque un retrato le di de vuestro divino sol. Buena probanza es aquesta, pues mi información halló. Hola, Roberto. ¿Qué ordenas? Una duda ocasionó una porfía en mis damas, de quién esa joya os dio con que celebráis mis años. Hoy el conde Lucanor, de albricias de haber llegado con la nueva, me la dio. ¿Hay semejante piedad? Cierto es que tuvo amor. Por quien a mis criadas de esta suerte cortejó ingrato no puede ser, pues mis mismas joyas dio. ¿Ves, Estela, cómo el conde no es injusto, no es traidor ni el interés de mi estado a pretenderle obligó? Señora, falsa sería la pasada información. (Aun no han bastado mis medios a descomponer su amor.) Ya no hay qué aguardar aquí, póngase en ejecución mi intento. Yo he de ir a ser heroico restaurador de la vida de mi padre y, si el conde se ausentó por no hallarse con poder para emprender esta acción, dándole la libertad a mi padre mi valor, aquel empeño que puse en los príncipes cesó, pues, siendo yo quien le libre, no falto a la obligación y, así, trocando el arnés luciente que el sol gravó por el femenil aseo, toda armada de furor Palas seré por pagar al conde su inclinación, que ninguno me ha servido con bizarría mayor y, si su fortuna le hizo tan pobre y le baldonó, siendo mi esposo será, pues que lo es en el valor, en lo liberal y atento, rico con mi posesión, que nadie me ha merecido, sino el conde Lucanor.

JORNADA TERCERA

La prevención es grande de tu armada, ya la gente alistada y armada de nobleza las órdenes aguarda de tu alteza, alarde haciendo en el mayor empeño a fin de libertar a nuestro dueño. Bien de vuestro cuidado esta empresa he fiado. La gente está pagada, el gusto con que sirve en la jornada decirlo puede, porque los soldados que sirven bien pagados son, si se advierte bien, a todo trance rayos en los peligros del avance. De mi gente lo espero. Hoy embarcarme quiero, pues el mar me promete tal bonanza; Egipto sepa que a tomar venganza va mi valor y va determinado a libertar mi padre aprisionado. Yo el gobierno he de ser que os acaudilla, librando el altivez de mi cuchilla. La facción, pues, protesto, que hasta que victoriosa en el arresto me vean mis enojos no he de quitar de Marte los despojos, que el coraje y la gala me ha venido mientras que al gran soldán no haya vencido. Amor es quien me guía, la piedad de mi sangre quien porfía, pues ¿cómo de esta suerte no ha de temer la rigurosa muerte si uno y otro le ataja al verme pelear con tal ventaja? Quiera amor que le venza en la lid, pues comienza de nuevo mi esperanza, Casimiro o Astolfo y que en venganza de mis rabiosos celos tengan fin mis desvelos: Rosimunda casada, el conde libre de ella y yo vengada. ¿Del conde se ha sabido alguna nueva? Habiendo yo inquerido entre amigos muy ciertos por cartas en los puertos si acaso su persona se ha embarcado, la noticia mayor que en ello he hallado es de que en una nave de mercaderes —solo esto se sabe— que la proa hacia Egito encaminaba se embarcó y, cuando estaba en alta mar, una tormenta fiera, arrojándola fuera, dio en un escollo, haciéndola pedazos, y que a fuerza de brazos, rompiendo de las olas la indignación cuatro personas solas que en el mar se arrojaron, en una tabla solos se libraron. (Bien ahora lo he fingido para que nadie sepa dónde ha ido.) ¿Y es esa nueva cierta? (¡Ay de mí! Yo soy muerta.) ¡Oh acento riguroso, que a tu herida sin el conde he quedado y sin la vida! (Estela, a aquel acento sin vida se ha quedado y sin aliento. ¿Qué más clara evidencia de que Estela su ausencia la desvela?, pero, si él no es culpado, ¿qué importa que desmayos sean de Estela amenazados rayos? Vuelva el pesar que atento te condena en ti, que, si ahora Estela te enajena, lo que ha dicho Roberto no lo creas por cierto, pues yo no lo he creído con ser quien su valor llora perdido. No es tiempo de enojarme, quiero cuerda templarme.) Vuelve, Estela, a mi voz; el conde es vivo. No tu valor altivo se rinda de esa suerte. Entregose a la muerte. ¡Ay de mí! (De este desmayo Estela ya va volviendo, mucho el alma está sintiendo haber forjado este rayo que a tanta luz la privó.) Estela. Señora mía. Vuelva a amanecer el día la luz que ahora se eclipsó. Vivo es el conde, el dolor no haga en ti ese sentimiento, no sea bastante un acento a declarar un error. Error es sentir no más que así la vida perdiese. Y, si esto verdad no fuese, ¿qué disculpas hallarás? Es el conde sangre mía. (Bien disculpé mis pasiones.) La sangre en los corazones obliga, alienta y porfía. Mucho a estimar he llegado ese celo, Estela hermosa. (¿Hay pasión más rigurosa?) ¿Hay amor más declarado? Cóbrate del susto. Flora, a Estela a su cuarto lleva. Voy a servirte. (Esto es prueba de su amor.) Vamos, señora. (No me quiero disculpar cuando a ser infeliz vengo porque la pasión que tengo más me puede condenar.) (La probanza de su amor que aseguraron mis ojos no ocasiona los enojos de celos a este rigor.) Roberto, ¿de aquesa nueva que tanto mal ha causado estáis muy bien informado? No, el crédito a mí me lleva a creer de tanto engaño con toda verdad, que es cierto que, si el conde hubiera muerto, ya fuera público el daño y pudo ser que esta nave y otras que de allí partieron no fueran las que sufrieron una tormenta tan grave. Id la gente a prevenir y haced que quede aprestada, Roberto, que a esta jornada hoy nos hemos de partir. De tu alteza solo es la dilación. El cuidado el tiempo me ha adelantado la partida. Vamos, pues, Roberto, que he de buscar, pues a mi piedad responde, después de mi piedad al conde, que es quien me obliga a embarcar, que, venciendo al soldán yo, la palabra que les di no la pedirán si fui quien mi padre libertó. A mi corte te he traído por que temples el exceso de la prisión, que, aunque preso siempre en mi amor has vivido, Erífile en la prisión queda, que mi autoridad no la ha dado libertad aunque culpe mi razón y saco por consecuencia que su ciencia no acertó, pues a sí no se libró y me condenó su ausencia, que fuera, si se repara mucho mayor ciencia en ella, que cuando miró mi estrella a la suya especulara. Muchas veces estudioso uno por ciencias profundas halla en las causas segundas un acierto prodigioso, pero Dios, que es la primera, aquella causa mudando, hace que vaya faltando lo que sin él no pudiera y, así, muy poco importó que el daño esté prevenido si otra mayor causa ha sido la que mejor la estudió, que, como hay de leguas suma tanta de aquí a las estrellas, ¿cómo pueden saber de ellas los hombres con una pluma? Vuestra majestad, señor, si es que lo quiere acertar, no pretenda examinar una causa superior y, pues valor y poder tanto le ha ofrecido el cielo, pierda ese vano recelo, que Dios lo podrá torcer, signo de que hace concepto, pero, si decreto ha sido, aunque esté más prevenido, se cumplirá su decreto. ¡Ay de ti si te amenaza, porque lo has de ver cumplido! Duque, estoy prevenido para salir hoy a caza. En mi corte quedas, fía de mi amistad y mi fe, que siempre te estimaré como a la persona mía. Ya la cetrería está con lo demás prevenida. Duque, adiós, que a volar voy dos pájaros que han traído de sus estados, que dicen que en la caza son prodigios. Roberto me los envía a mi amor agradecido y, como es mi pasión tanta, hoy probarlos determino para olvidar la memoria de este loco vaticinio. Hoy acabe ya mi pena, que en la elección lo confío. He de estar hecho estafermo de esta suerte. ¡Bravo vicio es el palacio mayor! Ni le quiero ni le estimo. Calla, simple, que ya está el gran soldán prevenido. Pues ¿a mí qué se me da que este o que no esté? ¡Qué lindo! ¿Piensa que he de ser criado de dos? A uno solo sirvo y esto tomallo o dejallo, que yo cogeré el camino. Anda, necio impertinente, si piensas que he de sufrirlo, ya que has llegado a la corte será el castigo preciso y te daré muchos palos. Dejalde, porque decirlo he gustado tanto como dé verle cuidar altivo de los halcones. ¿Qué tienes? Dilo. No quiero decirlo, que, si hubiera de decir, mas, tío, lo dicho, dicho. Graciosísimo villano. (¡Ay de mí! ¡Qué bien lo finjo! ¡Que llegue mi amor a hacer estremos cuando me miro en tan humilde fortuna!, mas nada es, si lo colijo, el morir por aspirar a aquellos ojos divinos.) He de estar un día antes de esta suerte. Mire, tío, este amo que traigo y yo sabe a qué habemos venido: a fe que, si lo supiera, no me ve, pues no me río, que el cuidado con que vengo no es por Dios para sufrido. Vamos si hemos de cazar, que están estos pajarillos deseosos de volar y, como los he traído en alas de mi deseo, piensan que el tiempo se ha ido. ¿Cuál de los dos es mejor? Yo señor, que aunque he venido sirviendo, bien sabe mi amo que le sirvo porque sirvo, porque, si no le sirviera, quizá no hubiera venido. No te pregunto eso yo, que cuál pájaro ha salido más en las puntas. ¡Hablara para mañana! Salimos los dos pájaros y yo y mi amo, mire, tío... Si vuestra alteza le oye, dirá dos mil desatinos necios, es tanto que, a no ser por el cuidado y estilo que con los halcones tiene por criarlos él, yo afirmo que le hubiera muerto a palos. ¿Hay tal agravio? Oye, tío, ¿sabe que quiero pedirle que me haga luego un vestido, que estoy tan pobre, por Dios, tan de todos desvalido que por la mucha pobreza a cazador he venido? Pues ¿no me sirves a mí? De nada a nadie le sirvo, que servir en competencia el que es pobre es desvarío. Misteriosamente habla el simple. No me ha entendido. Si no me pone en gran puesto, ya que vine, no me fío de las fortunas de aquellos que sirven a dueño altivo. Di que te den mil escudos. Dineros no los estimo en nada, que quiero más con mi gusto un albedrío que cuantas joyas me puede dar la piedad. (¡Qué bien finjo, pues con mis mismas razones la razón doy al sentido! ¿Hay garzas en esta tierra? No vi aqueste pajarillo. Pues al sol suele subir, mire bien, ¿no es muy lindo? Antes de acabar la caza verá en los dos un prodigio. ¿Cómo te llamas? No tengo nombre porque le he perdido, y hasta que le halle he de estar él sin él, con él y conmigo. Toda su tema es porque sirve. Acertó, bien ha dicho. Vamos, al campo me voy. ¿Que al fin no quieres decirnos cómo te llamas? Si importa mucho, mi nombre es Lucindo. Entretenido es el simple, mucho he gustado de oírlo. Tío, pues tanto me estima, he de serle agradecido. Hola, vos acompañad, mientras salgo yo, a Lucindo. Pues mire que, si se tarda —no diga que no le aviso—, que me volveré a la corte. ¿Fuese, Pasquín? Ya se ha ido ¿Hay hombre más venturoso? ¿Que haya yo, Pasquín, fingido tan bien?, mas ¿de qué me espanto si el amor es quien lo hizo? ¡Que así mi altivez se humane a tan rústicos estilos! Mira, señor, no te pierdas. Más de lo que estoy perdido no es posible. Amor me ayude. El campo es seguro sitio donde podremos hablar. Tú eres cuerdo, bien has dicho, yo he de vivir de esta suerte en tanto que no consiga mi intento. Señor, no es fácil, porque corres gran peligro. Vamos, que en el campo quiero que exhale el pecho suspiros, pues la suerte que mi hado tan piadoso me previno en la elección de venturoso que de mí su padre hizo quiso Rosimunda hacerle de piadoso más esquivo. ¡Oh rigurosa prisión, qué bien dijo el que te dijo que los efetos que causas son las penas del abismo! Retirada en esta quinta sin esperanza he vivido y vivir espero tanto cuanto dure el vaticinio que mi estudio al gran soldán con desvelos le privino. El cumplimiento ha de verse, mas el cuándo no averiguo, que lo más que alcanza el hombre en las estrellas y signos es saber de dos estremos contrario uno y otro propicio, qué ha de suceder, mas cuándo nunca saber ha podido. ¡Oh si el tiempo se llegase de que el soldán ofendido acabase de mi vida este penoso martirio! Aquí encerrada me tiene sin permitirme un alivio con que puedan descansar estos pensamientos míos que volando... Huchohó. Huchohó. Voces he oído, de cazadores serán, que el gran soldán ha salido a divertirse en la caza, inclinación que ha tenido desde pequeño, pues halla solo en ella los alivios. ¡Oh qué altivo el vuelo coges, veloz pájaro atrevido! Deja la garza, no suba tan alto su señorío, que, si los rayos del Sol pruebas tan desvanecida, puedes bajar a escarmiento lo que subes vengativo. Huchohó. Vuelve a mis manos. Piadosos cielos, ¿qué miro? Aqueste rostro conozco aunque le extraña el sentido. ¿Quién es?, que, aunque muchas veces a cazar el soldán vino, sitio de que tanto gusta, jamás le vi en este sitio. Dividido de la gente tras este halcón he venido. ¡Oh quién a Pasquín hallara! Esta voz y talle he visto y no puedo persuadirme dónde o cómo. Aquí me dijo el soldán que le aguardase. ¿Si del me viese perdido? ¿No es el conde Lucanor este hombre? Cielos benignos, ¿este es el mismo que vi al espejo cristalino cuando al duque y al soldán mi ciencia se les previno?, mas ¿cómo de aquesta suerte en tosco y rudo vestido se disimula? Yo quiero con experiencias y avisos examinar bien si es él y si disfrazado vino con intento cauteloso. De esta suerte lo averiguo: si le nombro y vuelve el rostro prompto a los acentos míos, acredito mi verdad y, si no lo vuelve, es indicio de que no es él. Yo le llamo. Conde Lucanor. Prodigio es que en esta soledad así mi nombre haya oído. ¿Si es Pasquín? ¡Ah, Lucanor! Sin duda que soy perdido. El rostro volvió dos veces, él es, pero yo prosigo. Conde Lucanor, no os vais. A ese arroyo me retiro. No os vais, escuchad piadoso a quien soy compadecido. Bien sé quién sois, que el disfraz que vestís nunca ha podido a la virtud de mi ciencia ocultar, yo os aviso de parte de mi piedad, de que os celéis de vos mismo y, por que vuestro discurso se sosiegue, he de advertiros quién soy. Pues negar no puedo, ya que me habéis conocido que soy el conde, decidme, ¿quién sois vos, que en este sitio me conoce cuando en él nunca mis plantas se han visto ni mi nombre? Yo soy quien por vos, por vos —bien lo digo— está padeciendo triste de una prisión el martirio. ¿Por mí? ¿Cómo, si en mi vida nunca os he hablado ni visto? Por vos es y, por que no dudéis, receloso digo que una mujer soy a quien por examinar el signo del gran soldán condenada padece aqueste castigo y, por que no os detengáis por el riesgo, he de advertiros que el cielo os tiene guardado para que seáis en Egipto asombro y habéis de ser la causa del vaticinio del gran soldán, que, en cumpliendo lo que con mi estudio afirmo, le habéis de hacer prisionero en las riberas del Nilo. De nadie os fíes y adiós, que más no puedo deciros de que a esta piedad que informa seáis muy agradecido. Aguarda, escucha, detente, ¿acaso habita contigo en aquesta selva el duque? No, mira bien este aviso. Fuese y me dejó sin mí aunque me dejó conmigo. Piadosos cielos, sin duda que nací para prodigio, ¡que una mujer encerrada en la dureza de un risco me conozca y me prevenga que ha de hacer el valor mío el cumplimiento forzos de un presagio prevenido, que al gran soldán amenaza en las riberas del Nilo! ¿Cómo es posible —¡ay de mí!— aunque disfrazado vivo en traje de cazador y con diferente estilo, fingiendo que simple soy que se logre el vaticinio? Darle muerte no es venganza porque corren más peligro la vida del duque y mía si la ejecución animo a darle muerte en secreto. Todo, ¡ay Dios!, es desvarío, mejor es vivir así y dejar al tiempo mismo lo que me quisiere dar, o piadoso o compasivo. Los dos príncipes es fuerza que a rescatar el cautivo duque, animados de amor con que ambos han pretendido, han de venir con armada, para alentar sus designios, pues viva de aquesta suerte entretanto mi destino, esforzando la cautela que a esta región me ha traído. Nadie ha de saber de mí, que, aunque de Roberto fío el secreto, su nobleza me cumplirá lo que dijo. ¿Si será —¡ay de mí!— verdad cuanto está mujer me ha dicho? ¿Yo cautivar? Al soldán buscando todos venimos. Prodigio notable es, pues cuando mi voz animo una cosa me responde lo que me avisó un prodigio. Esta voz es de Pasquín. Allí veo un edificio que en la inculta soledad me ha parecido castillo. Pasquín. ¿Estás solo? Sí, solo estoy, pues me he perdido y ha sido dicha encontrarte. Mucho que decirte, amigo, tengo, porque mis sucesos son sucesos peregrinos. A este castillo llegué y apenas pisé el distrito, cuando una mujer me llama, Pasquín, con mi nombre mismo. Pues, señor, perdidos somos si alguno te ha conocido. Esta mujer con piedad me indujo algunos avisos, luego, si cautela fuera, no me hubiere prevenido. No te fíes de mujeres, sírvate este ejemplo mismo de Rosimunda, pues fuiste el llamado y escogido a pliego cerrado y luego que se abrió fuiste el maldito. Nada me ha de acobardar, mi esperanza al tiempo fío. Dime, Pasquín, ¿finjo bien la simpleza? ¡Aqueso es lindo! Sin poner de casa nada, lo hacías por Jesucristo y para conmigo tú jamás has sido entendido. ¿Dónde dejaste al soldán? Muy cerca de aqueste sitio. Pues procuremos buscarle. Bien reparas, bien has dicho, mas ya por aquella falda de aquel empinado risco deciende al valle. Monteros de aqueste distrito, ¿dónde estáis? ¿No hay quién me oiga? Sal, Pasquín, a recibirlo, que yo por aquesta parte quiero salir a lo mismo. Hacia el valle, gran señor, bajad. Ya tus voces sigo. ¡Oh inclinación de la caza que arrastra los albedríos! ¿Dónde se perdió tu alteza? Apenas, óyeme, amigo, tras una garza un halcón de aquel villano regido salió cuando remontado dando en el aire mil giros la batió y, los dos luchando entre las garras y el pico, vino a dar en la espesura de este ciego laberinto de arboledas. Fui a buscarla y vi que desvanecido otra vez cogió la punta, con que, a mi vista perdidos, ni en el aire ni en la tierra uno ni otro determino. ¡Muy lindo cazar, por Dios, tiene el soldán! Yo perdido y él perdido, con que entrambos a un tiempo nos dividimos. Mucho de hallarle me alegro. ¿Es todo eso lo que ha dicho? ¡Que nunca me ha de dejar! ¿Si te perdiste, Lucindo, por seguir aquella garza? Pues ¿a qué habemos venido? Yo sigo lo que me toca. Los pájaros que has traído son prodigiosos y son de mi estimación muy dignos. Si no lo fueran, viniera yo con ellos. Mire, tío, yo por buscar lo mejor ando, como ve, perdido y es mi inclinación tan grande, aunque soy simple, que libro todo un mundo de esperanzas a un solo instante. Lucindo, vamos a la corte. Vamos. El caballo prevenido tu majestad tiene allí a la falda de aquel risco. Mañana intento volver, que la inclinación que sigo en mí tiene grande imperio, pues me olvida de mí mismo, ¿Qué te parece? Bien llevas tus intentos prevenidos. Yo he de dar muerte... ¿No vienes? (¡Ay de mí! ¡Yo soy perdido! Enmendarelo.) ...a los pájaros. Villano, infame, atrevido, ¿tú a los pájaros dar muerte? Solo su alteza ha podido reportarme en mis enojos. ¿Qué decía? Señor, dijo que ha de dar muerte a los pájaros. Defiéndame de este tío. Su simpleza le disculpa, válgale el sagrado mío. Por la pena el cuerdo, el loco no ha de quedar sin castigo, lindamente se enmendó el yerro. Vente conmigo, ninguno en palacio quiero que le ofenda. Bien lo ha oído. Que gusto tanto de oír sus graciosos desatinos que solo quiero que sea de mis memorias alivio. Este es, soldados, el día en que vuestro valor puede conseguir la mayor gloria que dio timbres y laureles. Valientes soldados míos, y osados como valientes, este el día sea en que vuestros triunfos se celebren. Vuestro dueño os acaudilla con tan numerosas gentes que la empresa os facilita el mismo riesgo que tiene. Vuestro general, soldados, la dificultad emprende porque es amor y valor los que la victoria ofrecen. ¡Ah del muro!, cuya fuerza mal seguros os defiende si negáis a mi designio lo que altivo pedir quiere. ¡Ah del escollo de rocas!, que el arte labró prudente del temor de vuestra ruina por el acaso presente. Pero ¿qué clarín responde? ¿Qué rumor bélico es este? ¿Qué retumbando en el mar? A la defensa se ofrece. Otra armada ocupa el mar y, a lo que entender se puede, es de guerra, pues lo dicen flámulas y gallardetes. ¿Quién, si no los dos, a aquesta grave empresa así se atreve? ¿Quién llevará la vitoria, pues ofendida a ello viene? ¿Quién, no fiando a los dos los acasos contingentes, ha querido, si vosotros acaso no le vencieseis, el gran soldán arrestar? Armada, dinero, y gente, que como a quien toca más, hoy he juntado mis gentes a libertar a mi padre y he venido de esta suerte. Bien de mi valor pudiera vuestra alteza convencerse cuando le rige el amor de su deidad a que puede vencer mi altivez soldanes sin arriesgar sus lucientes rayos, si mis armas solas vencer todo el orbe pueden, si mi poder es tan sumo que estas provincias le temen. ¿Cómo duda vuestra alteza la ejecución de mi ardiente enojo cuando a sus iras es fuerza que el mundo tiemble? Príncipes, de mi pasión son efectos que padece el ausencia de mi padre y, aunque en mí faltar no puede la confianza de ser príncipes tan excelentes, he querido que me deba mi sangre esta acción y cuente la fineza de que quise buscar mi padre ausente; cada cual, como en amor pretenda, pero corteses, pues merecerá mi mano el que a mi padre me diere. Vuelvo a llamar. ¡Ah del muro! ¿Quién inquieta de esta suerte mi sosiego? ¿Quién aspira presuntuoso a vencerme para que el desaire sea instrumento de su muerte? El príncipe Astolfo soy, invicto soldán, que quiere antes de embotar los filos de los aceros lucientes y hacer ruina la ciudad que al duque luego me entregues. Eso se verá despacio. Dime tú también, ¿quién eres? El príncipe Casimiro soy quien miras y quien viene solo a libertar el duque y, así, entregármele puedes antes que la ejecución de mis amagos contemples. Bien está. Traedme al duque, que quiero que se consuelen estos príncipes que son tan poderosos con verle. ¿Quién eres tú, que has callado? Sin duda que eres valiente, pues no libras a la lengua las razones que te mueven. ¿Acaso eres Lucanor? No soy Lucanor advierte y hasta desnudar la espada no diré más de que tienes a Rosimunda delante y que por su padre viene, que sin él no he de volver, que, si dármele quisieres, te estimaré el agasajo de tus regios procederes y, si no me le entregares, el tiempo dirá, que puede decir lo que mi acero y mi poder consiguiere. Solas tus razones son comedidas y corteses y mucho más que la fama es justo que te celebre esta acción, pues te contemplo discreta, hermosa y valiente. A mi estrella culpa sola el no poder ofrecerte al duque, pues los anuncios la ejecución me detienen, que, a no ser por ellos, yo te juro por las celestes antorchas que luminares arden incesablemente, cuya competencia son tus dos soles solamente, que te le entregara a ti y del mundo los laureles. Tus agasajos estimo y tus lisonjas. ¡Que espere lo ardiente de mis enojos a escuchar desprecios fuertes! ¡Que mis iras se suspenden, tomar la satisfacción sin que los ruegos se arresten! Veis aquí al duque los dos, cada cual por sí pretende la vitoria para sí. Si queréis que os aconseje, vuestras naves recoged, volved a embarcar la gente y, en caminando sus proas a la patria, haced que llegue con este consejo allá antes que enojado pruebe este invencible poder el mío, que, si se ofende, no reservará una vida para que las nuevas lleve. Tus arrogancias verás en la lid vencidas siempre. Quien gasta el tiempo en pulirse, y en la gala se divierte dividiendo el pelo en crenchas a los espejos lucientes y al son de músicas mal cumplirá lo que promete. Si para el amor me adornó Marte, ahora me enfurece. Esa altivez con los filos de mi cuchilla se enfrene, pues verás en el combate que yo te venzo. No pienses con aquesos ardimientos que esto es castigar rebeldes como alguna vez te vi. Dudo yo que tú me vieses, mas quien rebeldes castiga verás que bárbaros vence. Esa confianza hará mi razón desvanecerse. Si vibran luces divinas tus enojos y no vencen, ¿cómo vencerá lo humano de esos que llamáis poderes? En efecto, ¿en resistirte a mi enojo te resuelves? En eso resuelto estoy. Pues mis iras te prometen arruinar tus edificios. Tus razones no me vencen, aquí tienes a tu padre, dale a entender a qué vienes. Pues en la lid te veré. Te retirarán mis huestes. Yo me opondré a tus escuadras. En la ocasión hade verse. Padre mío, ¡que mis ojos merecen llegar a verte! Hija mía, Rosimunda, ahora venga la muerte. ¿Mi sobrino Lucanor también a esta empresa viene? ¡Muy buena elección hiciste y fue tu acuerdo prudente!, pues por excusarse al riesgo de cobarde, no parece ese conde Lucanor que eligiste por valiente. Por mi sangre le he eligido, que es quien me obligó a quererle. Yo basto a tu libertad. En la dilación se pierde el tiempo a las baterías. A dividir nuestras huestes. A resistir vuestras armas. Yo, soldán, he de vencerte. Yo he de llevar la vitoria. Traéis para eso poca gente. Pues, clarín, a recoger. El aire el metal penetre pregonando vuestro estrago. Ecos serán de tu muerte. Adiós, hija. Padre, adiós. Tu valor el cielo aliente. Sí hará, que me va tu vida y de Lucanor la suerte. Ea, Pasquín, ya se ha llegado el día que logre mi osadía la esperanza cifrada en el acero invicto de mi espada. Rosimunda ha venido a libertar su padre y han seguido los príncipes la empresa —aquesto es llano— para aspirar a su divina mano y he de intentar la acción más prodigiosa, que en el mundo se ha visto. Piadosa, propicia, mi estrella me patrocina ella y me ayuda mi suerte, pues he de dar al gran soldán la muerte. Acción dificultosa me parece, pues tu vida se ofrece y la del duque al riesgo cuando osado, ya que te hayas librado, ¿qué sacas de matarle si con su muerte no has de libertarle? Dices bien —¡ay de mí!—, que el riesgo es cierto, pues cuando le haya muerto nada consigue mi pasión profunda si al duque no le doy a Rosimunda. Tú has de hacer una cosa. Cosa cierta es que con la duquesa está Roberto, pues tú has de ir a llevarle una carta, que importa declararle que en la marina una barca me prevenga y con secreto a sus orillas tenga ocho soldados, viniendo tú con ellos, para advertillos bien y a mí traellos. El rey a la marina muchas veces sus pasos encamina y tal con él mi introdución se ha hecho que fía de mi pecho su vida y su alegría; entonces, pues, con la simpleza mía divirtiendo le iré, y aun provocando, y cuando al barco nos vamos acercando con prolijos abrazos, cogiéndole en mis brazos, le meteré en el barco, cuyos remos al confuso tropel de sus estremos, rompiendo las veloces y crespas olas con turbadas voces y algazara profunda, celebraré a la real de Rosimunda, adonde el cielo, si me ayuda ufano, me dará de justicia su real mano, pues me avisó un prodigio que sería quien al soldán yo solo le vencería con estudioso estilo en las riberas del creciente Nilo. Direle que saquemos los halcones al sitio y los veremos, pues tanta es la pasión que le embaraza, que de todo se priva por la caza. Yo a escribir me prevengo, espérame tú aquí mientras que vengo. No quiero replicarte, sino servirte, intento acompañarte, mas el soldán los pasos apresura adonde estoy, quedarme aquí es locura. ¿No estaba aquí Lucindo ahora contigo? Sí, señor, mas se fue y ahora le sigo, que de aquí fue furioso, como es tan presuroso, a requerir los pájaros. ¿No has visto —mal el pesar resisto— el poderoso imperio que viene a redimir el cautiverio del duque? Sí, señor, en vano ha sido si estás de tu poder tan defendido. (De esta suerte te le templo.) Salir quiero a la marina, llámame primero a Lucindo, que intento que vean estos príncipes mi aliento y, cuando a darme guerra se han juntado, que entonces mi cuidado, menospreciando furia y amenaza, a divertir se sale con la caza. Escusado es llamarle si ha salido a sus simplezas todo divertido, (A recibirle llego, no le vea el soldán, si trae el pliego.) ¿Has escrito, señor? Ya he escrito, amigo. Pues mira que el soldán está conmigo Guarda esta carta y parte al momento. A tu simpleza vuelve. A mi tormento dirás mejor, pues el pesar me inflama. Aquel me dijo ahora que me llama, dígame aparte a mí lo que me quiere, aunque de sus enojos bien se infiere. Si es porque aquí han venido estos príncipes dos y le han querido quitar al duque, no se le dé nada, que vibrando mi brazo aquesta espada ha fuerza, si de brazos, a todo el mundo entero. ¡Tente, villano! ¿Qué haces? A ese acero acobardado queda. ¡Hola, criados, este hombre matad! ¡Fieros cuidados! ¿No hay quién responda, quién aquesto vea? No sabremos, señor, de qué vocea. Si yo tomé su espada, provocado fue, por Dios, dejarle bien vengado de estos príncipes dos y todos fieros que a mí me han parecido majaderos. ¡Arrebatome la pasión! ¡Ay, triste! Todo el remedio en mi afición consiste, a su vaina la vuelva, si a fe mía sosiegue su medrosa fantasía. Atrevido villano, ¿cómo osado de esa suerte te atreves al sagrado decoro de tu rey? Se engaña, digo: ¿Cómo puedo ofenderle si es mi amigo? Darte la muerte intento. Deteneos. Ya murieron —¡ay, cielos!— mis deseos. Lo mismo que me enoja me suspende, su simpleza ocasiona, mas no ofende. ¿Cómo, Lucindo, siendo yo tu amigo, te enojaste conmigo? Error es conocido que la ocasión del enojo que he tenido solamente, señor, me le han causado los príncipes que viene con enfado a querer derramar tu sangre roja y quien a ti te enoja a mí me enoja. No en vano te he eligido para que seas de mi anuncio olvido. A la marina quiero que salgamos los dos a divertirnos. Señor, vamos, que solo vivo yo cuando te sigo y he de llevar los pájaros conmigo. Llévalos norabuena, tú lo traza. Sí, que ha de haber en la marina caza. ¡Qué contento que voy! ¡Brava locura! Halle, cielos, ocasión, tiempo y ventura, pues la estás ofreciendo y mi discurso vas favoreciendo. En esa torre altiva que sobre el mar en un escollo estriba al duque pondréis luego, donde aumente su vista ardiente fuego, que quiero que sus voces los aires rompan tristes y veloces y en uno y otro extremo que me divierto más y menos temo. Muy bien lo has reparado, caza aprisa, que estos príncipes son cosa de risa. De la lealtad ayudado y un barco que en la marina estaba pude llegar a dar a Roberto vista. Luego que el pliego leyó, haciendo lo que le avisa, despachó doce soldados de aliento y de bizarría en un vaso que esas peñas oculto guardan y a vista de él, de escolta un bergantín que los intentos anima. ¡Quién pudiera hablar al conde para darle estás noticias!, mas, si el deseo no miente, los pasos aquí en camina. Ea, halcón, vuelve a mis manos, no te aleje la codicia. ¡Oh si viniera Pasquín para saber!, mas ¿qué miran mis ojos? Pasquín, amigo. Ya, señor, obedecida tu carta está y allí un barco bien dispuesto en esta orilla tienes. Deja que mis brazos con el alma agradecida te paguen el beneficio. Tú al momento te retira y, cuando yo te haga señas con un lienzo, serán fijas de que el soldán está cerca, que, si los cielos animan mi intento, he de libertar al duque. No te replica mi obediencia. Al barco voy. Vete, que el amor avisa que el soldán viene a esta parte. En muchos riesgos peligras. Ea, valor, ea, altivez, ea, amor, este es el día que he de eternizar mi nombre si se consigue esta dicha. Tan divertido en la caza anda el rey que facilita mi intento y hacia esta parte viene, la cautela finja la industria, pues dando voces le acercará su fatiga. No remontes más el vuelo, huchohó, que vas perdida. ¿Qué intenta el soldán que así muda las prisiones mías? Quiere que a vista de tanta armada que ese mar grima más activos los enojos en esos príncipes vivan. Ya es despojo del halcón, todo a mi valor se rinda. Ya la paloma despojo se precipita, de aquel pájaro cometa encendido entre sus iras. Junto a la orilla del agua entre aquellas peñas rizas he visto una garza, allí es querencia donde anidan. Vamos allá. ¡Que el soldán, aun cuando el riesgo peligra, se divierta así en la caza! Todas sus melancolías con la caza las divierte, pues él más tiempo en la orilla del mar, cuando no se aleja, gasta en las aves marinas. Llegue conmigo tu alteza, que aquí verá mi codicia. ¡Hola, aú! ¿A quién das voces? A quien de escolta me anime para llevarte en mis brazos y conseguir una dicha. ¡Soldados, traición, traición! Fuerza es que yo la repita. Soldados, amigos míos, amparadme. Si la vista no me engaña, el gran soldán luchando está en las orillas del mar con aquel Lucindo. ¡Gran desgracia! ¡Gran desdicha! Yo soy, gran soldán, el conde Lucanor, en balde animas la defensa. Tu cautela no has de lograr fementida. Mi amparo serán las ondas. Luchando se precipitan. Traición es esta del duque. Despeñado al mar se rinda. Arrojalde. ¡Deteneos! Cumpliose la profecia. Soldado, no le matéis, que está mi vida en su vida. Todos a tu amparo vamos. Las voces del rey te libran, cielos esta novedad mi libertad facilitan. Soldados, ¿qué ruido es este? ¿Qué confusa bocería hay en mi armada? ¿Es acaso descuido de las espías? Vuestra alteza, gran señora, no se asuste y advertida oiga el suceso mayor que el mármol y el bronce linean. El gran conde Lucanor contra el poder de la envidia al soldán trae prisionero, con que su nombre eterniza. Roberto, ¿qué dices? Que él y el soldán la verdad digan cuando a tu presencia llegan. Cielos, ¿si es cierta esta dicha? A los pies de vuestra alteza me trae la fortuna mía con tan ilustre vitoria, pues es, señora, el que miras el soldán. ¡Grave pesar! No será bien que me aflija cuando prisionero me hallo de aquestas luces divinas porque, si mi estrella adversa al suceso me encamina, digo que ha andado piadosa si esclavo soy de esa vida. Vuestra alteza no esté así. Sola esta humildad me anima y estoy ufano de que la bizarra valentía me haya vencido del conde, que otro ninguno podía. Es el conde muy valiente. La novedad nos obliga a ver qué manda tu alteza. Siendo deuda tan precisa, esta novedad nos trajo. Mas ¿qué veo? Mas ¿qué miran mis ojos? Tarde venís, príncipes, que ya cumplida mi esperanza tiene el conde Lucanor. ¿Hay tal desdicha? Él ha sido el que pudo conseguirla. Turbado estoy. Yo, confuso. Un soldado esta sortija lleve a la corte por que se sosiegue y por que diga que al duque traigan aquí, por que nuestros trueques sirvan, cuando se pensó de llanto, de festivas alegrías. Vaya Roberto a llevarla. Y, por que a su alteza sirva, dadme, conde, vuestros brazos. Que esta acción es vuestra diga en ellas, pues me ayudaste. Ya las esperanzas mías desvanecidas quedaron. Vuestra grandeza advertida que daría la mano a quien le diese con bizarría a su padre libre dijo y, así, de justicia mía, pues hoy le entrego el rescate sin blasonar bizarrías como algunos blasonaron en la ocasión más precisa y, pues conseguí la gloria, esta de méritos sirva. Ahora no la entres rogando, pide mano, pues a vista de los mirones alzaste el triunfo de la espadilla. Primero es razón que esté, cuando el cielo lo termina, para asegurar el premio, presente mi padre. Envidia, celos y rabia me acaban. Rabiosa cólera me incita, mis celos me enmudecen. El duque, que siglos viva; conmigo me consultó para la elección y, vista entre los dos, fue del conde, porque tanta bizarría, tanto valor, tanto amor, tanto riesgo merecía solo vuestro esposo ser, pues cumplió la profecía sin faltar al cumplimiento que halló en mi estrella enemiga Eurífile, pues me dijo que poco me duraría la prisión. Ya el duque viene. Salgo a recibirle. Hija Rosimunda, que en tus brazos me ve la fortuna mía, ¿dónde está el conde mi hijo? A tus pies tienes mi vida. Solo tú hubiste de ser quien mis canas vivifica, ya de Roberto he sabido la relación peregrina de tus sucesos y, pues tú de los míos me libras, dando licencia el soldán, dale la mano a mi hija. Cuando vos, señor, no hubierais hecho elección tan digna, mi intercesión lo pidiera. Yo, señor, le doy la mía. Aquesta, conde, es mi mano y, aunque la palabra obliga, os la doy con condición que Estela de ello ofendida no se desmaye otra vez, porque no es nueva fingida. Vuestro esclavo la recibe, aunque no entiende esa enigma. Conde, a mis brazos llegad y vinculen paces fijas entre los dos. Un favor será forzoso que os pida. Vuestro soy, pedid. Que Eurífile tenga libertad propicia de vuestra mucha piedad, pues se lo debe la mía. Libre saldrá. ¿No parecen estatuas de piedra viva los dos príncipes? Seré vuestro amigo y quien os sirva. Pésame de no tener, príncipes, en tanta dicha, por galardonar afectos con qué pagaros, mas sirva de consuelo la palabra que dio a Rosimunda mi hija de que aquel que libertase mi caduca edad sería su esposo. De ver, señor, la libertad conseguida de vuestra alteza nos sirve de premio. Ese mismo pedía hoy El conde Lucanor, cuya historia peregrina alcance el perdón por ser libro de caballerías.