Texto digital de La codicia rompe el saco
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Pedro Calderón de la Barca
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta (Sevilla, Francisco de Leefdael, s.a.).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La codicia rompe el saco. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/codicia-rompe-el-saco-la.

LA CODICIA ROMPE EL SACO
JORNADA PRIMERA
Qué es esto? vos de camino? Voy a Sevilla a embarcarme para las Indias. Sin darme parte a mí? Me determino siempre con resolución advertida; y así, luego a mi quietud, y sosiego le importa la ejecución. Habéis en Madrid tenido alguna pendencia? No; disgusto he tenido yo, pero sin pendencia ha sido. En cualquier cosa que sea, ya mi voluntad sabéis, y que en mí, Don Juan, tenéis un amigo, que os desea servir, con tanto cuidado, tanta fe, tanta lealtad, como debo a la amistad, que con vos he profesado. Desde vuestra edad primera, siempre os debo confesar, agradecer, y estimar voluntad tan verdadera. Pues yo tengo de saber la causa que os ha obligado a iros, por el cuidado en que esto me ha de tener. Supuesto que sois mi amigo, esa obligación confieso, y para que lo sepáis, os pido, que estéis atento, En Madrid vamos al caso; porque deciros quien fueron mis padres, que yo nací en Madrid, que tengo pleitos, que no vivo acomodado, o por culpa de mis deudos, o por algún accidente, será deciros lo mismo que sabéis, y no pretendo malograros la intención, ni desperdiciar el tiempo. Pero le que no sabéis, es, que puse el pensamiento en un rayo lleno de almas, en un prodigio, un extremo de hermosura, y de crueldad, con tanta parte del Cielo, que desmentido en dos Soles, se acredita en un imperio, Tanto en lo humano divina, que a no ser por el decreto infalible, en lo mortal. no la tributara el tiempo, y pudieran reservaría la admiración, y el deseo, para copias de hermosura hermosísimo diseño. La primera perfección se origine de él acierto de este viviente prodigio de luces, y de misterios. De este piélago de asombros, dorde hallaron los deseos, para fluctuar, mezclados las olas, y los incendios. Donde yo a poco velamen, entregados mis alientos, zozobré con la esperanza en los peligros primeros. Porque esta deidad rebelde, este Sera fín perpetuo, competencia de los Alpes en lo helado, y lo soberbio. En medio de tantas partes, se gobierna tan atento a su utilidad, que rompe los antiguos privilegios de amor, sin que de finezas, de atenciones, y de extremos, se obligue a más que el discurso de un fácil conocimiento, Casarme quise con ella, que es el dictamen primero de obligar a la mujeres en igualdad de sujetos; y despreciome por pobre: o cuanto al entendimiento de un hombre altivo, y sin dicha le afligen estos desprecios. Que hay un género de ofensas en los humanos desvelos, que no obligan a venganza, y obligan a sentimiento. Sentilo tanto que hice propósito, y juramento de afanarme en mi codicia, fatigando mis anhelos, y volver a ver las Indias. No me parece, Don Juan, que desde el lazo primero de nuestra pura amistad, os he visto tan atento a vuestras comodidades: vuestro amor hacéis pretexto, para ir a enriquecer? que importa el mayor desprecio de una avarienta mujer, para que un hombre tan cuerdo, tan valeroso, y prudente, se avasalle a los decretos de una hermosura mortal, tan breve, y caduco imperio, que al vital soplo de un siglo le estremece en sus alientos? Pero ya que habéis tenido en los culpados extremos de esta miserable acción cautivo el entendimiento: Yo estoy recién heredado, y tengo hacienda, y no quiero que os vais, sin probar la suerte con mayor poder que el vuestro, A este repetido afán añadidle a un mismo tiempo, con mejores diligencias, con hacienda, y con acuerdo quitadle al temor de pobre las cobardías del miedo, si ya en mayor desengaño será el escrúpulo menos. Que no es posible, Don Juan, que a vuestros merecimientos, en el más torpe discurso les pueda faltar su premio. Y cuando no en Flandes hay, y en Alemama, un Imperio, donde esté vuestra codicia disfrazada en vuestro esfuerzo, No hallo capacidad en un agradecimiento para obligación tan grande, y mi viaje suspendo, y a vuestros pies. Eso no, que soy vuestro amigo, y pienso, que dudará el beneficio quien hace grandes extremos. Dónde esta Bernardo? Fuera. Quinientos escudos quiero; que os empiecen a servir, en tanto que yo prevengo mayor cantidad. Dejadme (si os cansa lo que encarezco) decir, que solo nací para ser esclavo vuestro Mucho. Bernardo, has tardado. Es verdad; pero, señor, hame dejado un rigor tan puramente atontado, tan helado, y tan atento al caso, que no sabia hacia que lado tenía la parte del movimiento, Llevé, señor el recado, por última despedida, de tu resuelta partida, a aquel hipogrifo helado de tu dama; dama sea de Asticoz Borgoñón, de un tigre, de un taburón, y de una sierpe cernea. Pues cuando estaba esperando dos ojos enternecidos, seis suspiros embebidos, y un hipo de cuando en cuando, Puesta la vista en atril, y la frente arremangada, como el que espera lanzada a la puerta del toril; dijo, repulgando extremos, con la boca retorcida: tendremos (con esta ida de Don Juan) un pobre menos, Considere el pío lector, de que color se pondría un hombre, que no es arpía, y que sirve con amor. Empéceme a estremecer, y que fue milagro, es llano, el no levantar la mano, para dejarla caer. Pero repareme un poco, y en recompensa de labios retorcidos, dije: Agravios de pobreza ofanden poco. Y mi amo en las acciones, en la sangre, en el saber, en el valor, en el ser, tiene un millón de millones, y le pudiera casar entre perfumes de Algalia, un Potentado de Italia, sin tener en que dudar, con primogenita suya; y si esta vida faltara, antes que desembarcara la conjugal aleluya. que todo lo puede Dios, con la segunda pudiera, y luego con la tercera, si se murieran las dos. Tres hijas es menester, que tu viese el Potentado. Nunca a mí me dio cuidado aquello que puedo ser. Dame Bernardo, los brazos, que hombre de tan buen decir, al Rey pudiera servir. Conmigo no hay embarazos de tique miques de damas, que si me encajo el sombrero, no tiene un volcán entero contra mí bastantes llamas. Que soy (aunque yo me alabe) cuanto otro pudiere ser, y sin quitar, ni poner, todo lo que Dios se sabe. Que no porque sirva a un pobre? Advierte, que ya ha salido tu amo de haberlo sido, y haré que todo le sobre; que ya sin buscar pasaje llegó a las Indias de un vuelo. Gracias sean dadas al Cielo, que nos dio tan buen viaje. Ven, y traerasle a Don Juan quinientos escudos. Qué? quinientos escudos? fue comparado a ti Roldán, una Francesa figura; y si es el dar valentía, también una mujer fría, y una espuerta de basura. Desde hoy reconozco, y digo (perdone mi sangre ausente) que el más seguro pariente es un verdadero amigo. No has de ver la luz del día por resquicios, ni ventanas, si a estar conmigo te allanas; porque eres tal, prima mía, que he llegado a imaginar de lo blanco de tu amor, que con el más inferior del mundo te has de casar; pues tan compasiva eres, que solo con la pobreza se regala la simpleza de tus necios pareceres. Y al menor golpe que da cualquier mendigo a la puerta, juzgo tu desdicha cierta, y como te temo ya, pienso que es extraordinario modo, Leonor, de avisarte, que salgas, para llevarte a la Audiencia del Vicario, Levanta a mejor altura tu condición desastrada, que el verse pobre, y casada, es la mayor des ventura, que le puede dar el Cielo a una mujer principal. Tu codicia natural es causa de tu desvelo; pero escucharte, y paciencia, pues te debo tan sin tasa, por el tenerme en tu casa, mi desvelo, y mi obediencia, Fuese Don Juan? Ya se ha ido. De camino le vi yo. Eso es lo que mereció siendo pobre, ser querido. Tu poco de simpatía. Donde hay causa declarada, hay inclinación fundada en razón: su cortesía, su deseo de agradar, su buen modo de decir, su padecer, y sufrir, con sentir, y con callar Y aquel reconocimiento de ser pobre, temeroso de pecar en lo enfadoso, y de faltar a lo atento, que puede ser, y no ser en lo que a ti te conviene, o qué tiene, o que no tiene? Lo postrero, no tener. Ver tu hermosura gentil, y que puedes rayo a rayo crecer las luces al Mayo, y las flores del Abril. Que tus ojos soberanos, en la Aurora de tu frente, despiertan continuamente los pensamientos humanos, Esa lisonja enseñada te quiero, prima, pagar, con solo desengañar opinión tan mal fundada. Ves estos, que te parecen, que cada uno, Leonor, con inclinación, y amor, para suya ma apetecen, pues no me quieren a mí; soy rica, y estos discretos parasismos, y conceptos, que vienen buscando aquí, en sala de competencias, jurisdicción absoluta, no pretenden la tenura de todas las excelencias que tú has dicho, que esta gente (que ociosamente suspira fingiendo afectos) aspira a mi dote solamente. Y quieres ver la verdad? tú eres muy bien entendida, y airosamente prendida, linda cara, poca edad, justamente acreditada con gala, y con bizarría, y eres pobre, prima mía, y nadie te dice nada? Mira, Leonor, las mujeres, que fácilmente se casan por su delito, no tasan a lo largo sus placeres. Solicitas el ultraje con que eternamente viven? porque estas solo regiben maridos a pupilaje. Yo me tengo de casar muy acomodadamente, o no casarme. Quién siente tan bien, mal hará en errar sus propias comodidades, si su amor no se conjura. La voluntad más segura se firma en las igualdades. Parece que oigo ruido. Tus pretendientes serán, que han hecho nuestro zaguán plaza de armas de Cupido. Pues diles, con cortesía, que me excusen sus enfados. Quieres verlos despachados todos juntos en un día? Sí quiero. Pues ponte a parte, donde puedas escuchar. Aquí podremos estar juntas las dos, y escucharte. Brava audiencia empieza ahora? Este es aquel galán rico, muy culto, y muy chiquitico, que con versos me enamora. Qué pueda un chiquito está? tan en sí, y pueda adquirir ánimo para salir de su casa a enamorar! Misterios son soberanos, o le vale la intención de alguna buena oración, que rezarán los enanos. La súper lumen de lumen, qué respondíó a mi papel? Sois solamente fiel de tan abundante numen, que enamora culteando. Quién, si no yo lo alcanzara? Pues mi señora estimara ingenio tan venerando, y de esposo tan galán, y recogido al arrimo; pero señor, tiene un primo del Ábito de San Juan, y por haber se criado juntos desde que nacieron, juraron, y prometieron de tomar un mismo estado. Luego incasable será? Cómo incasable? no hay Cura, que tenga Estola segura deis leguas de donde está; porque un hombre, porfiando, la palabra le pidio, dos puñaladas le dio, que le dejó boqueando. Puñaladas? Puñaladas, y tales, que las curaron, y dos fístolas dejaron, que no se verán curadas. Cumpla el voto prometido. Qué fácilmente se allana! Por este, tendrás mañana para un corte de vestido. El pretendiente deseo. Si le deseas, paciencia, porque hoy es día de audiencia, que es su mayor galanteo, Señora, el Aseñorado. Los recados del vestido, que te tengo prometido, si va también despachado. Para todos ha de haber motiladura Ay, Leonor! que este es un medio señor, que lo quiere parecer, y a puro desvalimiento, mucho denuedo, buen aire, cristoso a fuer de donaire, me trae sin entendimiento. Y este no es rico? Lo ha sido, y busca dote al quitar, para solo restaurar lo señor, y lo perdido. Quién fue, señora Teodora, el desairado prolijo, o el válidamente fijo? Ay, pobre de mí señora! Llanto? Llanto, y llanto tal, que cada lágrima mía, sin la humedad, ser podría eslabón de un pedernal. Ay, Astrólogo cruel! Hay por acá Astrologuitos? Con agüeros infinitos, y escándalos de tropel, quiso mi ama averiguar, casada, que sin tendría: y el Astrólogo (en Turquía lo vuelva a pronosticar) levantándole figura, dice, que los desposados, a dos días de casados irán a la sepultura. Suelen las tales patrañas adolecer de chistosas. Ha acertado en otras cosas, y estamos todas tamañas; y entre una, y otra pared, está esta casa, señor, temblando con el temor Guarde Dios a vuestarced Aún en duda no ha querido esperar la mortandar. Bien haya la voluntad con que te mandé el vestido. El rico. Si este procuras que sepa mi voluntad, sin parecer liviandad (ya me entiendes) las hechuras. Yo tengo, Teodora mía, dos mil ducados de renta. Este sí, que me contenta con menos argentería; pues con sola una razón generosamente anima, y es sin espada de esgrima, amante de conclusión. Y este diamante. Qué entrada tan de rico! Os dediqué desde el instante que fue mi voluntad declarada. Conmigo no hay que tratar de interés. Por vida mía. Señor. Es toda porfía culpa.Pues no porfiar, y más con vos, que tenéis una Estrella inclinadora: capítulo, mi señora, y lo que en ella veréis. No parezca chisme mío, que desde el punto que os vio, el corazón se le heló, y arroja el aliento frío, y tan helado, que ignoro, al respirar, y al toser si es resuello de mujer, o si es bufido de toro. Extraño encarecimiento. Tuvo mi padre bacada, y la traigo imaginada para cuanto digo, y siento, Por mío quedé, en efecto, el campo, y podré asistir. Asistir, y conseguir hasta el más díchoso efecto, sin que haya en este cuidado quien contradiga, ni arguya, porque esta colmena tu ya, sin zánganos ha quedado. Verla quisiera. Esta noche pienso que vamos al Prado, no hay si no determinado pespuntarse con el coche, y empezar la bateria. Puntualísimo seré, y siempre celebraré la dichosa suerte mía. Hase negociado bien? Y tan bien, que si pudiera, grandes mércedes te hiciera. Conmigo, Teodora, ven, que de estilo tan galante, muy bien me puedo obligar; y el vestido te he de dar con pollera, y guardainfante. Parece que este vestido, es con todo su envoltorio, fantasma del Purgatorio, y por cuartos ha caído. Buen criado, o mal criado, por la razón, y la fe, pienso que me mataré con un ejército amado. Ya que Dios te deparó un amigo tan leal, tan franco y tan liberal, que te da cuanto heredo; y que con determinada voluntad, nunca remisa, te ha mudado la camisa, como culebra arrastrana. Por qué vuelves a ensodarte con esta misma mujer, que como en quínola ayer hizo contigo el descarte? Para que el mundo te note de hombre que se resolvió airosamente, y volvio solo a besar el azote. No hay mujeres en Madrid, y mujeres celestiales, entre no, y si de inmortales, para esta amorosa lid, con tan suprema hermosura, que está la divinidad brujulcando deidad sobre pinta de criatura? Y no una mujer mal quista, que tiene en cada opinión retratado el corazón de un Veneciano Estadista. Por las entrañas divinas de aquel purísimo Abel, que dio púrpura al clavel, y a la rosa olor, y espinas, que te canses de cansar al mundo, que en tu locura ser puedes tonto en figura, yaf bula del lugar. Anoche, echada la pierna sobre una fuente del prado, me dijo un hombre: Ha criado de la muerte sempiterna; y otro dijo. Solo advierte, que te concede el servir licencia, para advertir pero no para atreverte: y habla en mí, deja el sujeto a que me incliné constante, que es consuelo del amante perecer en lo perfecto. Pues, señor, si has de asistir (hablando con más decencia) a esta fiera pestilencia, imposible de sufrir, aquí se acabo el criado. Y mi paciencia también. Huye. Y me estará muy bien huir de un endemoniado. Qué os ha hecho? Una traición: dos horas ha, justamente, que de sufrido, y prudente detengo la ejecución de una cólera rabiosa, en que así me precipito: como si fuera delito una pasión amorosa, con menguada autoridad, y sabiendo que me ofende, me culpa, y me reprende, profanando la deidad de un Ángel; y debe ser criado, y no consejero que yo bien sé lo que quiero, y lo que debo querer. Y cuando no lo supiera (que niego) pues sé que adoro un Cielo; en cuyo decoro la luz del Sol reverbera, con admiración, y espanto, de ver en su resplandor otra luz, que superior luce más, y alumbra tanto; quien me ha visto enamorado, y resuelto; aunque sea injusto mi gusto, apruebe mi gusto. Como no incurra el criado en culpa de deslealtad, donde peligra el honor, fácil es cualquiera error yo le volveré, esperad. Nunca volváis a pedir, que os sirva el que ya se fue, porque es voluntad sin fe, y llegará a presumir, que vivís necesitado de que os sirva, y claro está, si vuelve, que volverá a venderos el cuidado. Servía con asistencia, con lealtad, y con amor. Es verdad; pero, señor, recibir otro, y paciencia. Colérico habéis quedado: vamos os divertiréis. Dónde llevarme queréis, siendo ya tan tarde? Al prado, que podrá ser que veáis algo que os consuele allí. En todas partes, a mí vos solo me consoláis. Sin amo, y sin alegría vive ledo, si podrás, puñaladas sin compás, donde la mano podía deslizarse; guarda fuera, si le amargaban los dejos de mis postreros consejos, Pero sea lo que fuere, tienda la ralpa en el prado mi espíritu fatigado, y venga lo que viniere. Qué les costaba a los Cielos, supuesto que está en su mano, cuanto en el Empíreo humano redime nuestros desvelos, formar una nubecita, y que lloviera doblones éncima de mis calzones? Pero sin bulla, ni grita de mirones, y testigos; porque si lo tal se viera, bravo enjambre me naciera de parientes, y de amigos. Y aún apostaré (y es llano, si fuera verdad) que había mas de un Grande, que decía, que era yo su primo hermano, Bravo sueño me ha venido, y me enviste sin parar, como me ha visto soñar la nube, y que estoy tendido. Vive Dios, que es insufrible, que pueda sufrirlo yo. Pues a vos, qué os importé, aunque el lance sea terrible? La linterna les cogí; porqué han de andar los vergantes cortándoles los tirantes a esos coches que hay ahí? Son mozos, y habrán creído, que es gala una travesura. No hay gala sobre locura, con daño ajeno. Tendado está aquí un hombre. Sí está muerto? Bien podría ser, y eso es lo que quiero ver. Durmiendo lo imitara: quién está aquí? Un hombre soy, que cansado de buscar a quien servir vine a dar en este sitio en que estoy. Buscáis amo? Señor si, A mí me falta criado. Por eso se vio inventado aquello del heme aquí. Tendréis fianzas? De qué? De que no seréis ladrón, Bastante satisfacción de mi persona daré; pero me las ha de dar mi amo. Nunca se ha usado darlas el amo al criado. Empezarémoslo a usar, que los usos no han salido de alguna nube del Cielo, gusarapas son del suelo; y un amo que yo he tenido (como quien no dice nada) remata con un criado muchas cuentas de contado, con solo una puñalada. Bernardo es. Disimulemos, que la mucha oscuridad nos encubre. Así es verdad. Hecho estáis a los extremos de una mala condición Eran con él comparados dos Ángeles dibujados, Herodes, y Faraón. Reventando una escopeta, fuera con él un suspiro, los Tigres del Buen Retiro son coléricos de teta. Será valiente, y cruel. No me diera Dios más duelos, que cogerlo de los pelos de un bigote, y dar con él. Pobre de vos, si os oyera! Si me oyera, me escuchara; si me escúchara, temblara; y si temblara se fuera. Era entendido? Entendido, como puede serlo ahora un hombre, que se enamora de estafermo detenido? Pues el lenguaje es con gracia, es (sin quitar lo presente) hombre de ultimadamente de tristuras de falacia. Ahora vos gastáis humor, y quiero que estéis conmigo? De mis amos siempre digo en público lo mejor, Tened así con cuidado, que este papel quiero ver, que importa a cierta mujer. Con otro amante hemos dado? Tened firme, qué miráis? Iré, señor, por mi ropa. Ya es tarde, y si en eso topa, basta que mañana vais. Parece que estáis temblando. Acósteme con disgusto, y soy colérico adusto. Poco a poco se va helando. Algún miedo que ha tenido a los temblores dejo. Qué carrera diera yo, sino me tuviera asido! Espanta miedos me llamo, y a quitarlos me acomodo. Al traste he dado con todo: juro a Cristo, que es mi amo. No hay quien favorezca aquí a un hombre que matan? Muera, que es cochero. Brava culpa! Ah Cabalieros. JAquella es la voz de Doña Juana: seguidme. Pues quién pudiera detenerme? De ermitaño de San Cristóbal me dejan, Mal Escorpión me picara en el pico de la lengua, antes que empezara yo a descoser la talega; pero hagamos lo que hace el delincuente en la guerra, que en una parte desquita lo que en otra parte pesca. Y con linterna, y espada, seré en aquesta refriega pescador al candelero que a un tiempo encandila, y pesca. Qué pretendéis? Castigaros, para que en el mundo tengan, ociosos atrevimientos, castigo, ejemplo, y vergüenza. Que aquel coche del Sol es, aunque en diferente esfera, y ya Faetón sin caer, rayos fulminó la tierra. A tu lado está Bernardo, mata, y triunfa, porque tengan reparo en mis cuchilladas los deslicios de mi lengua. Tira a la luz que aquí estoy. La luz de aquella linterna me quito la puntería, y es fuerza que tire a ciegas, pero caiga el que cayere, Muerte soy! la paraleta del soslayo sea conmigo, que es como dar en Ginebra. A ellos, que vivo estoy. Ahora veréis cuan cerca está la culpa del riesgo del castigo de la ofensa. Muerto soy? Aquel soy muerto es de diferente tela, y a mi parecer difunto de ventus est vita mea. Quién es aquel? Don Antonio, que yo le dije, que fuera abordado con el coche, y le cogió la tormenta. Resueltamente los sigue. Y airosamente pelea. Y es rico, sobre valiente, que es como miel, sobre ojuelas. Rayo es su espada. Y tan rayo que a vislumbres, y a centellas, es cada golpe una luz, que informa de la pendencia. Aunque valiente te agrada, presumo, con tu licencia, que vas abriendo los ojos a la luz de su riqueza. Pudiera Don Juan de Ayala, el que tú tanto celebras, hacer más de lo que ves? Lo mismo pienso que hiciera, y en el argumento está probada la consecuencia: porque el ser valiente un hombre, no quita que otro lo sea. Dale esta banda, Teodora, y dile (si la pendencia te diere lugar) que yo le doy a entender en ella, de la gueje agradecido, de favores, y finezas, que solamente sus partes han merecido mis prendas. Si a mí me lo preguntara, yo pienso que le dijera, que esta dicha le encaminan dos mil ducados de renta. Que viene ya me parece. Pues a ti sola te dejan la comisión del recado, mi ruerto, y mi vergüenza. Todos, en efecto huyeron. Y a tropicones se llevan al del ahí. Por lo que has hecho te perdono mis ofensas. Es Don Antonio? Yo soy: la voz de Teodora es esta, y he de ver lo que pretende. Mi señora, satisfecha de vuestro grande valor, finísimamente os ruega, que os pongáis aquesta banda, dignísimo de sus prendas. Pues, y Don Juan ofendido, qué dirá cuando me vea? Don Juan? gentil matadura! pues cuando Don Juan lo sepa, es más que ofensa de un pobre? Buena noche. Con culebra. Ya se ausenta de Madrid, Dios le lleve, y Dios le vuelva, y quede con vos. Aguarda. Vase el coche, y no es fineza quedarme de infantería, pudiendo ser caballera. Ya con esto, mis desdichas al último extremo llegan, cuando la estoy obligando, son celos la recompensa. Algún Don Antonio es dueño de esta superior belleza; y esta acción desconocida se ha de poner a su cuenta. En tener la banda vos está la verdad dispuesta; y para que la fortuna por pobre no se os atreva, desde aquí renuncio en vos la voluntad de mi hacienda, porque no faltéis en nada a ninguna competencia. El Cielo os guarde mil años, pues solo vuestras finezas, en mis mayores pesares, me animan, y me consuelan. Habladores a butrón, de aquellos de la caterva, popular a troche, y moche, y estotro de vaya, y venga, escarmentad en la historia de esta nocturna tragedia, y sin desatar los ojos, nadie despegue la lengua.
JORNADA SEGUNDA
Yo lo vi, y pues yo lo digo (o las especies visivas no están en mis ojos vivas, ni más sentidos conmigo) no me podía engañar: escoge lo que quisieres. Con tan firmes pareceres, que se llegan a preciar de evidencias, no sería el por fiar discreción; pero causa admiración el decirme, prima mía, que has visto a Don Juan pasas por la calle con tu banda. Esto la razón me manda creer sin argumentar. Y para que más te espantes, en un caballo morcillo, con cadena, y con cintillo de brilladores diamantes. Y el bruto tan hollador, que pareció imaginado, para el sueño del cuidado, volante despertador. Y con tanta lozanía, los pedernales pisaba, que el golpe los arrancaba, y el aire los encendia. Una de dos, o Teodora al darla se equivoco, o Don Juan se la quitó a Don António. Señora. a Don Antonio la di tan en mí, que pregunté, si era él, y el darla fue sobre responder, que sí. Mirástele el rostro? En vano, porque la noche escondía en su lobreguez sombría la faz del género humano. Y con la fe que llevaba, y ahora también estoy, el acento del yo soy, me afirmo cuanto ignoraba, Pues a ti te ha de tocar el examen de tu engaño, que en el remedio del daño yo te sabré reservar. Que en la humana inteligencia de las culpas del honor, el menos culpable error requiebra mayor prudencia, Presto, señora, traeré apurada la verdad; pero una dificultad se me ofrece: a cuál iré de los dos? Al que es ya dueño de la banda por ahora, si es que me excusas, Teodora; con esto el segundo empeño. Que si a Don Antonio vas, cuando me ignora ofendida, en mi culpa cometida, habrá otra ignorancia más. Landamente lo has pensado; pero una cosa quisiera que tu ingenio me advirtiera, para salir de cuidado. Del que fue favorecido en tu voluntad, y ahora, por engañarse Teodora, fue trocado, y no es olvido: En qué te puede ofender la noticia, si en rigor ha sido suyo el favor, que esté en ajeno poder? Muy preciada de que das con esa bachillería en lo que yo no sabia. Muy bien sé que sabes más que yo; pero no ha de ser culpable, puesto en razón (si he de seguir tu opinión) preguntar para saber. Los presumidos, Leonor, suelen culpar preguntando, que no siempre argumentando se le hace cargo a un error. Y este modo de humildad dicen los bien entendidos, que son términos mentidos, que inventó la falsedad. Si Don Antonio supiera, que a ser de Don Juan llegó la banda, que quise yo que él trujese, no quisiera cobrarla? fuerza sería. O le faltara el valor, conforme el duelo de amor, Y este disgusto podría dejar de causar ruido en dos hombres principales, en sangre, y honor iguales? Muy grande. Pues concedido el estampido, Leonor, porqué he de solicitar muchos riesgos de un pesar, con dos causas de mi honor? Cuanto ignoraba he sabido. Dile a Don Juan, que no crea, que habrá favor que lo sea, tiranamente adquirido, porque nunca hay posesión segura en derecho ajeno, ni habrá sacrificio bueno, si le falta la intención. Y que pues es tan prudente, le suplico, que me dé mi banda. Así lo diré, aunque no muy fácilmente, porque cuando yo la di, le traté como si fuera la más feroz verdolera, que vio el que se me da a mí. Y podrá ser, que ofendido, se resuelva a reventar la postema del callar, en viendo se conocido. Y así, lo que importa, es ir a Don Antonio primero, que es prudente Caballero, y podrá ser adquirir la banda que Don Juan tiene; y con perdón de mi ama, esta visita me llama, por ser las que más conviene. Ama el tierno pimpollo de las flores, la verde rama, donde vive asido, y el dulce Ruiseñor el patrio nido, tálamo, en que gorjea sus amores. Anhela, y apetece sus verdores el tronco, de cortezas revestido, y entre nocturnas sombras confundido, el campo, de la Aurora los albores. Si almas vegetativas, y sensibles tienen aplicación de amor constante en actos positivos, y visibles; yo con un alma racional, y amante, a las luces del Sol incomprensibles, qué hago en adorar mi semejante? Dos cosas pueden entrar sin licencia en una casa; la una, el Sol que traspasa resquicios, sin ocupar, y de luz esclarecida, la deja alegre, y bañada; y la otra, la criada de la dama pretendida. Y con diferencia di, que al Sol ninguno le ha dado los brazos, por el cuidado, y yo te los doy a ti. Teodora, tanto favor? La grande necesidad de apurar una verdad, ha sido el intercesor. Anoche dónde estuviste? Fui al prado a buscar el coche de tu ama, y fue la noche tan oscura, como viste, y no pude dar con él; y sin culpa del cuidado, por esta parte he faltado a lo amante, y a lo fiel; y con tal pena quedé. que pienso que estoy sin mí. Viste una pendencia? Sí. Con nuestro cochero fue. Cuatro de estos mareantes, que obran con desembarazo, tras de darle un cintarazo, le cortaron los tirantes. Dio mi ama, de afligida, grandes voces, y acudió un hombre, que dije yo, que eras tú; y agradecida al socorro, y al valor, me mandó a mí, que te diera su banda, y que te dijera, que era digno tu valor de sus prendas; y turbada, con la oscuridad que hacía, di la banda al que reñía, y no a quien fue dedicada. Mi banda? Tu banda fue dada, por error de cuenta, a quien merecerla intenta. Pues yo se la quitaré a quien la tiene, Teodora. Eso es lo que pretendemos, que con eso quedaremos contentas yo, y mi señora. Y sabes a quién la diste? A Don Juan de Áyala fue. Muy bien le conozco, y sé, que es muy valiente. No embiste por entre nube sombría, desenfrenado huracan, como ya el dicho Don Juan les envistio; parecía, con las centellas sacadas del suelo, que baje Marte a ponerse de su parte, en lluvia de cuchilladas: Que era su espada cometa sobre cada exhalación piedra en llave de Simón, disparada en su escopeta. Ardiente pintura has hecho. Cada golpe que tiraba, de relámpago alumbraba, en puras chispas deshecho. Pues Don Juan no ha de querer (por muy valiente que sea) que su voluntad posea una prenda, en que ha de ser inútil la posesión; que él no granjea en tenerla, mas que el gusto en poseería, y yo pierdo mi opinión. Y para justificar mi causa, y darle a entender tu engaño, tú le has de ver primero que yo. Esto es dar con todo el trapo en el lodo; un estafermo es conmigo la hoja en el árbol: digo, que no me contenta el modo. Es, Teodora, el que ha de ser, si me quieres obligar. Aquí se acabe el temblar, que hay diamante que coger. De Fraile de la Cartuja obedezco sin hablar: o quien se pudiera untar con reverendas de Bruja, para coger la ventana, en diciéndole mi error? Irás, al fin? Sí señor, y desde aquí. Pues mañana tendrás. Lo postrero di. Diamante para otro dedo. Si piedras quitan el miedo, lluevan piedras sobre mí. Qué os pareció del morcillo? Qué es caballo del señor. Tiene espíritu, y ardor, pero es mejor el tordillo en que hoy habéis de salir. Mil años os guarde Dios. Muy bien podéis en los dos seguramente lucir. Mucho he dado que pensar al pueblo con esta dicha; que como en mi gran desdicha, tuvo tanto que admirar. Extraños modos buscáis, para solo referir lo que os deseo servir; y advertid, que os engañáis en mucha parte, por Dios, que solo he llegado a hacer lo que he llegado a creer, que hicierais conmigo vos. El mayor lance, que han visto los Moros, ni los Cristianos, nos va viniendo a las manos, y no sé cómo resisto el placer. Mi ferreruelo me quita? Señor, callar, y dejarte gobernar, si quieres subir de un vuelo a lo más favorecido, de lo demás olvidado, y después de gobernado, sabrás lo que me has debido. La golilla? La golilla. Vienes loco? Loco vengo, con el contento que tengo, y no será maravilla; y dame también la espada, si verte dichoso quieres. Hombre, demonio, o quién eres, dime lo que intentas? Nada. Sácale de aquesta pena en que le tienes ahora. A casa traen a Teodora el cintillo, y la cadena, y tengo de ser el Juez de la codicia infernal de una mujer principal; porque no diga otra vez, con los ojos muy serenos, y la boca retorzada: tendremos con esta ida de Don Juan, un pobre menos. Tienes tres joyas? Sí tengo, que para darlas traía a Don Juan, si las quería. Lo necesario prevengo; ten tu sombrero en la mano. Lo mejor de todo fuera, que se fuese, y que nos diera con la treta del Gitano. Cómo nos dejara atados los pies lo temiera de él, aunque saber que es fiel, me los tiene asegurados. Acercándose va el coco de la doncella Teodora. Y yo qué he de hacer ahora? Labarte muy poco a poco. Oigan con qué gravedad que se está Don Juan lavando! si se le van olvidando su pobreza, y su humildad? No echas de ver que me ofendo de que me sirvas así? Señor Teodora está allí. Ya yo lo voy entendiendo. Pues, Teodora, poraca? Señor. JDime lo que quieres? Pedirte, que no te alteren. Por pedir, lo pedirá. Anoche cuando en el prado esa banda te di yo, que mi a ma me mando con diferente cuidado, que la diese a un Caballero, y por él te la di a ti, hoy te suplica por mí, con afecto verdadero, que admitida su demanda, y confesando, que miente quien dice, que es más valiente que tú, le vuelvas su banda. Porque demás que será injustamente adquirido, cualquier favor recebido, sin gusto de quien le da; y que jamás no se ve, que prevalezca, señor, ninguna prenda de amor, gozada con mala fe: por tu prudencia, y cordura, que no hay, con razón dirán, en el mundo otro Don Juan. Don Juan? Gentil matadura. Estas joyas ha traído un platero, que las veas, porque sabe, que deseas dar una que has prometido de serecientos ducados, que siempre es la plateria tutora de la alegría de los recién heredados. Ay, señores, qué heredo! No son malos los diamantes. Estos están más brillantes, y estos escogiera yo. Sabes de joyas, Teodora? Con lo poquito que sé, a la mayor me atendré, que andan válidos ahora los bultos. Erraste el mío, y por eso lo dirás. Tú, señor enmendarás mis errores. Dio en bajío. Di que se vuelva después, y que se las deje aquí. Haralo, señor, así, que es comedido, y cortés, Guárdalas bien, que son amos, y saben batir el cobre. Es más que ofensa de un pobre? todos alegorizamos. No se les perdís una gota del pasa juego del prado, y juntos amo, y criado, saben volver la pelota. Mas yo que la causa fui de atributos indecentes del juego, chanzas corrientes quisiera sacar de aquí. En ti quiero yo poner mi causa: Si tú nacieras hombre, y siéndolo, te hubieras inclinado a una mujer, y esta de ti pretendida, por cierto, o por error te hubiera dado un favor, y después de arrepentida te lo volviera a pedir, diérasele tú? Criada he sido, y ya preguntada, para solo conferir, a juzgar me determino, con la justicia en la mano, que soy, señor, un Trajano del género femenino. Si tuviera de mi dama favor, y ella se volviera todo el fuego de la esfera, chilpa a chilpa, y llama a llama, solo con fin de cobrar la banda que te he pedido, al mismo favor asido, me dejara chamuscar. Pues di que tu sentenciaste, y que yo te obedecí. Todo carga sobre mí, segunda vez doy al traste; pero ahora es diferente el peligro, pues me llama la condición de mi ama al consuelo fácilmente. Que en sabiendo, que Don Juan todo el plumaje ha mudado, y está recién heredado sobre valiente, y galán: Su puesto que siempre es flaca su codicia en sus intentos, mudará de pensamientos pera volver la casaca. Que en esta humana conquista del mundo, no hay valimiento con ella, sin plus de argento, a fuer de buen Estadista. Y el llevarme aquí la palma; la del demonio ha de ser, que embista para vencer por las flaquecas del alma. El General valiente a las murales, y cínicas coronas prevenido, vive a sus inclemencias reducido, por los gloriosos premios imperiales: Cámbiase el mar en líquidos cristales, después que fue del Noto embravecido, y el bajel, en las ondas sumergido, enciende su esperanza en sus sanales. Y yo siempre del tiempo amenazada, con la fe de evidentes argumentos, y en vivos ejemplares enseñada del hombre, del ungel, y de los vientos, qué mucho, en tanto mar desamparada, que encienda mis altivos pensamientos? Qué dices? estás en ti? Yo lo he visto, y lo he tocado, dos miliones ha heredado. Quién, Don Juan? Señora sí. La colmena con su casa (es baja comparación) vale otro medio millón, Si para un dote se tasa, desgraciados son contigo los millones. Antes no, pues con ellos ando yo franca, sin estar comigo. Mas tiene de diez criados, y pruébolo, con que hallé diez gentil hombres en pie, con los sombreros quitados, sin Bernardo, que tenía la fuente en que se lavaba, y de rodillas estaba. Bajamente se servía. Sírviole al señor Don Juan, cuando andaban de lagartos, y suplele cuatro cuartos en las pruebas del zaguán. Tiene bajilla de plata? Una bajilla no más? muchas bajillas dirás: no es, señora, patarata, tan en plata come, y bebe, que una cantimplora había, que por números decía: Cartimplo veinte y nueve. Yo esto he visto, y esto sé por dos ojos que estregaba; pensando que lo soñaba; y a vistas (de que doy fe) le envío la platería dos escollos de diamante. Y quién estaba delante? Un gentil hombre que había, Diez dijiste, y uno es ya? o mientes en lo que dices, o ahora te contradices. Pues cabal la cuenta está, y probar, señora, quiero, que uno, y diez es uno mismo; hice la cuenta en guarismo, y es gentil hombre con cero. Y qué está tan poderoso? Puede comprar a Mila Siempre dije, que Don Juan era bueno para esposa, y tengo de recibir mi banda? Esto falta ahora: iba a pedirla, señora, y olvidóseme el pedir, como va tanta riqueza. Mal hiciste; pero ya que está hecho, bien está. Entrele por la flaqueza: el gentil hombre, uno en diez, y el lacayo de la suente, como coplas de repente, se nos meten esta vez. Deteneos. Diles, Teodora, que entren. Esta nieve entiendo, que se nos va derritiendo con la dicha cantimplora. Cómo te cansaba el dueño, pensé yo que los criados pudieran causarte enfados. No siempre lo za hareño es gala en la bizarría, porque aún el Sol suele ser diferente al parecer, en los términos del día. Mil años el Cielo os dé vida, y salud a las dos. Guardeos, gentil hombre, Dios. Don Juan mi señor, que fue, siendo pobre de opinión (que las dos, cuando queréis, elegís, y disponéis con acertada elección) de estas joyas el valor os envía a que veáis, solo a fin de que digáis cual de ellas es la mejor, para perder, o ganar una apuesta que él ha hecho con un hombre, satisfecho de que en nada puede errar. Veamos. Qué hay, mancebito? Los ricos no respondemos a mancébito, ni hacemos cuenta de un vos, ni de un grito; y más yo, que sé de cierto, que un gran señor, que pasó por Galicia, me engendró en la sobrina de un tuerto, que el año que le cabia, era Alcalde, y Regidor. En Galicia, y gran señor? gran necesidad tenía. Este Cupidillo fuera la joya que yo tomara. Equivoco? Yo juzgara (si mi voto se admitiera) que esta Venus. Y habrá sido por solo decir no más, que siempre, Leonor, estás de parte de lo rendido. Inclinación afligida te dio el Cielo. Si él la dio, como he de excusarla yo? Razón breve, y entendida, Amor habéis escogido, y ese amor os da Don Juan, porque se diga, que os dan lo que nunca habéis tenido. Y guardándoos el decoro, os envía firme amante, la firmeza del diamante, con la pureza del oro. Con intento de probar, que es tanto su amor fiel, que quedándose con él, también os le puede dar. Volved, esperad. Señora, si yo he nacido sujeto, y es de mi dueño el precepto, poco sabe quien ignora, que no es fuerza, aunque me pese. La joya habéis de volver. Mandarónmela traer, pero no que la volviese. Demás de que fuera error, poco atento a los reparos, venir, señor, a obligaros, y dejaros sin amor. Pues esta habéis de llevar Son dos joyas vinculadas a una casa, y apartadas os darán que pleitear. Y para que el Don os cuadre; y el Cupido en nuevo estado no quede desconsolado, le queda con él su madre. Espera tú. Ay tal lisonja? en un papel volverá, si es cochero. Eso será cuando yo me meta Monja. Dime, Bernardo, quien es, por tu vida, este criado? Un segundo desgraciado, primo hermano de un Marqués. Y sirve?Señora, no: hase arrimado a mi amo por el chislo, y el reclamo de la hacienda que heredó, Y de puro agradecido de que puede a boca llena blasonar en mesa ajena, ha dado en ser comedido tanto, que es el Don Luis (que así se llama) un esclavo, que para la ese, y clavo, casi no le falta un tris. Si entra por la mañanita, y ve que duerme, repara si tiene mosca en la cara, y sin hablar se la quita, volviendo a salirse fuera de puntillas; advertido de que le meta el vestido la familia camarera: y al vestirse vuelve a entrar, contándole de contado todo aquello que ha pasado los rincones del Lugar. Siendo una oración partida cuanto dice, y cuanto siente; y esto todo solamente por una pobre comida, siendo, como ves, galán, y de tan airoso talle. Muriéndome estoy por dalle esta joya de Don Juan, y di que lo digo yo. Al río quieren volver las manos de esta mujer el agua que de él salio. Diré que te vea? Sí dile que me venga a ver: del fuego, qué he de traer? Esta pasa, y por aquí: a dónde está mi señora? Ya saler qué es lo que tienes, que tan demudada vienes? Vienes de fuera, Teodora? Trás una culpa (ay de mí! si el salir ha sido error) vengo a remediar tu honor: otra vez a Don Juan fui, aunque el salir me limitas; que al rico, como le sobre, siempre tiene del que es pobre duplicadas las visitas; y al salir, vi que llegaba Don Antonio demudado, con el rostro persilado de cóleras que llevaba: y según me dio a entender, a pedir la banda entró. Ay, prima! aquí se perdió todo mi honor, y mi ser. Y a mi quietud, y sosiego le importa el ir: sígueme, que al principio apagaré con facilidad el fuego, y si le dejo encender, la voraz, y ardiente llama, incendios dará a mi fama. Apruebo tu parecer, prima, y siguiéndote voy, Por excusarme del daño, mariposa del engaño, luces bebo, y tornos doy. Aquí podremos hablar sin cuidado, ni sospecha de que nos puedan oír. Dónde vos quisiereis sea. Ya estamos solos, decid. Señor Don Juan, cuando llegan las personas como yo a referir sus ofensas, primero las certifican; porque fuera inadvertencia desperdiciar su razón con lo inútil de las quejas. Si bien hasta aquí no pienso que hay culpa de parte vuestra, si permitís que un engaño, que padezco, no lo sea. La criada de una dama (que ya imagino que de ella lo sabéis) os dio una banda por premio de una pendencia, que fue de vuestro valor justísima recompensa, confieso, si la intención tan dife rente no fuera; porque a mí me la envidiaba, que aunque menos digno sea, aquí no argumento yo la dicha del merecerla, que por mi atención, mi se, mi esperanza, y mi asistencia, a suspiros, y a deseos la granjearon mis penas. Y así, humildísimamente os suplico, que merezca gozar, sin estorbo vuestro, esa venturosa prenda. Disgustado pensaréis, que me tiene la altiveza de vuestro heroico ardimiento, y no lo estoy, pues me enseña espíritu tan bizarro la justa correspondencia, que se debe a los favores, que los amantes granjean, y por imágenes vivas acá en mi formada idea me infunden vuestras razones las mismas que yo dijera, si vos tuvierais la banda, supuesto que nos alienta en derecho, si de dos se forma una competencia, La dama que la envió, tan suyo me considera, que pude en la acción del serlo, adquirirla, y merecerla. Y si para graduarme la antelación de mis penas, me da jurídicamente mas tiempo, y más asistencia, y en nuestros dos corazones milita una causa misma, una ley, y una esperanza, para lograr esta empresa, y ella la dio agradecida, con que se arguye, o se prueba, qué pudo en vos la persona, mas que en mí la diligencia? juridicamente es mía; paro porque no se entienda que adquiero propio derecho contra voluntad ajena las causas que facilitan mi justicia, y mi defensa, renuncio, con el derecho que tengo para tenerla, y queda la banda libre, sin humana dependencia, para que aquel que tuviere mayor valor, la posea. Sacad la valiente espada. Temo que ha de haber quien venga a impedirnos la ocasión. No habrá, cerrando esta puerta. Sí habrá, que estamos aquí mi honor, y yo, y nos importa estorbar las demasías de pretensiones tan locas. Qué es esto, señor? Qué es esto? Qué preguntáis, si os informa mi banda, arrojada al suelo, con postrada ceremonia? Sin duda os partía el campo, como si fueran lisonjas para mí los desaciertos de una pasión amorosas. Los recatos del amante son los que hacen más gloriosa la opinión del entendado, y la intención del que ignora. Que no es mérito que añade pundonor, hacer notoria la inclinación de quien ama, si con recato se arroja. Si no es que queréis que sea la noticia muda, y sorda de la intención que os incita, y de la fe que os provoca. La banda tuvo Don Juan, y no es el que más me enoja, sino el que quiere cobrarla con manos escandalosas. Que el engaño fuera engaño en una voluntad sola; y en dos, el pleito que hace mi reputación dudosa. Y cuando riñáis, callando la causa, que es lo que os toca, vuestro peligro, y mi pena harán mi culpa notoria. Obraron los dos millones. Y estas son flechas que arroja el Cupido de diamantes a Don Antonio. Señora, que era estimación mirad. Era contra mí, y no importa. Lo que me dieron defiendo. Aunque hacíais lo que os toca, desposeídos quedáis los dos a un tiempo, y si ahora quisiereis coblarla a rayos de vuestras manos furiosas, vuestra amistad solicito, con llevarme lo que os sobra, porque el evitar la causa, es lo que más os conforma. Por deciros mi intención os voy siguiendo, señora. Y yo también. No la sigas, que tuya será la gloria. Y en qué lo fundas? Señor, en que nació codiciosa, y lo recién heredado se le pegó a la memoria. Bien dice, no la sigáis, pues con las palabras todas os mostró su inclinación, y pienso que se enamora. Pues por otra parte vamos, si os parece que me importa el padecer con el alma mis repetidas congojas.
JORNADA TERCERA
Tras de no la haber seguido, hoy os habéis de poner mucho más galán que ayer, más vistoso, y más lucido. Arderse ha de desear, si es verdad, que en su cuidado primogenito os ha dado la fe del primer lugar. Y si queréis conseguir el crédito del poder, en el riesgo del sentir. Que si ya en la voluntad de Doña Juana salió el concepto que engendró en vuestra prosperidad: En esta naturaleza de sus afectos, Don Juan, mala consecuencia harán su amor, y vuestra pobreza. Con término limitado me afligió la desventura de una impaciente locura, y un amor desatinado. Y así, me puede obligar con tan desigual poder, al principio a resolver, y ahora a considerar. Luego estáis arrepentido en vuestro amante cuidado? Cierta ocasión me ha templado en el amor que he tenido. Y quién os le ha dado? Vos. Causa yo, qué os pueda hacer estorbo, para tener el mismo amor? Sí, por Dios. Como sois la principal, por quien yo, Don Luis, respiro, os juzgo, os atiendo, os miro con afecto natural. Y como estáis desde ayer tan melancólico, y triste, presumo, que en mi consiste lo que os puede entristecer. No os diera satisfacción en culpa tan mal fundada, si ya no viera inclinada de fácil mi condición, Que el hombre que se arrepiente del bien que hizo primero a su amigo verdadero, es mudable civilmente. Y porque no presumáis, que os limita mi intención, Don Juan, la jurisdicción, en el poder que gozáis. Este movimiento helado, con quien mi espíritu informa, de mi tristeza es la forma de un amor determinado. Cuyo reciente embrión, por los términos del alma, trae mis sentidos en calma, con su primera impresión, Y como es naturaleza del querer al desear, y temo, vino a parar en mis ojos mi tristeza. Y quién os ha condenado al fuego de tanta llama? La prima de vuestra dama, que es tan prima en mi cuidado, que a faltarle a mi desvelo de vuestra fe la luz pura, conociera en su hermosura las perfecciones del Cielo. Y cuando no discurriera con admaración profunda, por esta causa segunda adorara la primera. A la desdicha de pobre me volveré, que sería especie de tiranía, que os falte, y que a mí me sobre. En eso estáis engañado, que los dos con diferente designio habremos de obrar; vos habéis de anamorar de rico, y yo pobremente. Porque en diferente esfera podamos reconocer, quien ha llegado a tener ventura más verdadera. Qué claro está, que en razón fundado, siendo admitido, sabré yo que soy querido con mayor satisfacción: Que el amante poderoso, en su más feliz estado, puede ser lisonjeado, cuando piensa que es dichoso, Y en nada puede dudar el pobre, pues no hay indicio de lisonja, ni artificio, con el que no puede dar, A dónde venden papel? Vienes con otra invención? Cuando vienen de empeñón, de trafago, y de tropel las dachas extraordanarias, cualquier hombre bautizado, en la plaza del cuidado, puede poner luminarias. Por la tal calle pasé, y la susó Doña Juana, ceceaba en la ventana, y en medio perfil paré, como tan marrajo soy, el cuerpo indeterminado, como hombre que está parado, sobre si voy, o no voy. Éntreme a lo desairado, como el que piensa pedir o ya ha pedido, y le han dado, Dile a tu amo, me dijo, que despedí a Don Antonio por él; porque el demonio no puede ser tan prolijo. Y pues él es tan valiente, que reducía el favor de mi banda a su valor; y también resueltamente le enviaré con Teodora la banda, que ya tenía; pero yo con alegría de confusión pecadora, que parece, y no parece, la respondí mesurada. Ningún Católico honrado, que su quietud apetece, puede en Madrid heredar, que de favores, plateros, sastres, y casamenteros, no ha de poderse espulpar, Y respondió albororada: plateros? y pienso yo, que el ama se le torció hacia la parte enconada. Porque en entrando con celos una afición detenida, pleiteada, y resistida, en casa están los desvelos. Y dices, común de dos, siempre para mí serán las venturas de Don Juan. Para ti hay también, por Dios; pues la prima cuidadosa a solas me ha preguntado dos veces, si eres casado, que es de la primera cosa que se informa una doncella en teniendo voluntad, porque aquí su castidad se baja de la quererla. Y en otra cosa consiste mas el saber que te adora; y es, que quiere darte ahora la joya que tú le diste. Pues cien escudos verá? en las tuyas. Cien escudos? Perdonen aquí los mudos por consonante no más, que no me han de encarecer la dádiva, Dete el Cielo libre cien años de abuelo, setenta de mercader. Yo, Bernardo? A ti te abona lo encogido, y no replico, que eres ayuda de rico, con asistencia capona. otros ciento te daré por Don Juan. Don Juan, y en sus dos cartas del Piró en duplicado, y seré tan esclavo de los dos, que ande, sin gruñir en nada, la esclavitud mareada. Guárdete, Bernardo, Dios por nueva tan venturosa, que si en premio de mi amor me ofrece Doña Leonor en voluntad generosa, la postrera fe de un sí, pensando que pobre soy, lo que no piensa le doy, con darle cuanto hay en mí. Entrambos podéis ahora gozar de dos ocasiones, quedándome yo de nones, por ser tan pobre Teodora. Que a tener algún caudal, pienso que la enmaridara, que tiene al uso la cara, pero aquí viene la tal, Cuando viene una mujer a dar, pienso, y con razón, que halla en cada escalón una casa de placer. Que como tanto recrean los favores, y mercedes, hasta las mismas paredes parece que se menean, Y así, vengo a tu presencia con grande satisfacción, a que me des atención, antes que pedirte audiencia. Mi señora Doña Juana. la misma banda te envía, que te dio por culpa mía, con estimación temprana. Porque vean su favor otros muchos que ha sabido que a pretender han venido ventura tan superior La culpa he tenido yo, y no hay para que mirar, que ya lo quise callar, y el demonio me engañó. Qué siempre me esté of Don Luis, este traidor de Bernardo. Ya, señor, lo que me mandas entiendo, Si mi amante corazón. Alerta al encarecer que lo has de echar a perder con la mucha estimación. JPudiera decir Teodora lo que siente; no sé afe, lo que dijera, ni sé lo que yo responda ahora. Esta banda que me envía la estimaré, claro está, por ser de mujer, que ya no es el tiempo que solía. Estos cien escudos son los que me han mandado dar. Señor. No hay que replicar, que todo es buena intención de quien te los da, aunque no has conocido el intento. Poco dote serán ciento, teniendo docientos yo Doña Leonor me ha mandado, que aquesta llave te dé del jardín. Puntual seré; yo tendré de ello cuidado. Don Luis, en qué ha de parar tanto anhelar, y sentir? Tú, por ser Guadalquivir; Guadalquivir, por ser mar. Bien haya Góngora, amén. Tus memorias dónde están? pues las de Lope dirán, que en todo dijiste bien. Bernardillo es codicioso, y para atraerle a mí; la del demonio entra aquí, con un embuste ingenioso, No vienes? Tengo que hacer una diligencia mía, y antes de hacerla quería, que me des tu parecer. Sabes si en este lugar algún hombre de importancia toma dinero a ganancia, con seguro de quebrar? Porque hay en estos intentos hombres de conciencia vil, de los de preso por mil, preso por mil y quinientos. Y tengo a gran necedad, el tener dinero holgando, cuando puede estar ganando. Qué te parece? Verdad: y cuánto tienes? Tendré mil escudos. Infinito dinero Codiciosito me sois? yo os percollaré. Y aún vivo con esperanza de acrecentar mi quiñón. Mil escudos? muchos son, para sin bote de lanza. Este discurso traidor perdona, que se me fue. No hay escudo que no esté punteado a mi labor; que soy tan prolija en ella, que en en las tiendas de Turquía se vende costura mía, y vienen acá por ella. Mi amo los tomará, mientras viene el harriero. Estudia este Caballero en Salamanca. Hoy tendrá, y mañana podrá ser (según se precia de franco) que nos quedemos en blanco, hasta que vuelva a caer su renta. Renta caída? mal agüero! Este es un modo del pueblo. Ya estoy en todo, y no tan mal entendida, que no sepa lo vulgar; pero renta suele haber, que en empezando a caer, no se puede levantar. Bernardo. Hasta que después podamos hablar de espacio, dobla en ese cartapacio Del interés fue la trampa en que ha caído. Mil escudos de contado, espeluzos de casado me parece que he tenido. Crece el álamo verde, alimentado de un cristalino arroyo generoso, que en pies de plata le acudió piadoso, con blando movimiento despeñado. Crece el vástago inútil arrancado de otro cadáver tronco, ya piadoso: el que se vio en todo lastimoso, áspira pompa, y vanidad del prado. Opuesto siempre al tiempo, y los rigores del duro invierno, de la escarcha fría, acrecienta su vida en los verdores. Y yo con esforzada lozanía, cuanto más solicito mis amores, menos granjeo en la esperanza mía. Aquí estará mejor, y yo segura te buscaré, Leonor; mayor ventura fue, que tu pretendes, o la esperas, que te has de casar rica, aunque no quieras, No es clausura prudente, ni acertada, negarle lo viviente al Sol la entrada, haciendo, que en ceñidos hemisferios, se pasen los recatos a misterios, formando de la luz, que está sin culpa, tu aviso, tu recato, y tu disculpa. Que debe a tu codicia, y tu desaires, el respirante soplo de los aires, que así le niegas a su oriente el paso, dando a tanta clausura, tanto ocaso, y tanta oscuridad, que apenas vemos discernidad las formas qué tenemos? No consta la verdad, que se acredita, de la luz que se añade, o que se quita; que antes con los extremos afectados se atreven a sospechas los cuidados, y el melindre hazañero, en lo violento a malicias se forja atrevimiento; que no siempre la fe de los prudentes juzga las apariencias evidentes, Luego culpada estoy? Culpada, y tanto, que al mundo das admiración, y espanto, o mal asegurada, o mal regada, por tu codicia siempre prevenida. Pues hela de tener eternamente, aunque diga tu gusto que lo siente; que para quien no trata de obligarme, el dejarme es más fácil que enmendarme Luego vi que el jardincito te estaba gozando ahora, que la privación, señora, es madre del apetito. Aún las zanjas que han dejado con los últimos despojos, la vanidad de los ojos, y el deleite del cuidado, festejan la luz del Cielo; y en vistosas celosías hacen aplauso a los días, y reverencias al suelo. Y no es posible que acierte la que con extremos tales aflige los naturales. Vendrá Don Luis? Sí, que tiene grande amor en lo que vi, cuando la llave le di; pero entretanto que viene, haz cuenta que yo soy él, y finjámonos amantes. amor de representantes será ensayando el papel; pero ensayemos. Con brío, y empieza tú. No ha de ser tan fácila una mujer; pero vayar Señor mío, yo confieso, que tenéis parte para ser amado, bien visto, y bien deseado, según lo que merecéis. Que no porque pobre os vea, ma grande amor se fallece, que donde no se merece, no hay riqueza que lo sea, Yo, señora, no he sabido mi dicha, que claro está, que a esa cara, a quien se da la luz del Sol a partido y en fe de que soy leal, y que vuestro amante soy, los brazos también os doy, Aquí entra el original El sacrificio mayor dacen que es obedecer, y en dos partes puedo haces, hermosísima Leonor, méritos a tal favor. Qué es esto? quiero escuchar. Pues vengo a sacrificar mi ser, porque sean, señora, mi fe, y mi obediencia ahora méritos de vuestro altar. Para lo que os he llamado, es solo para saber, si en vuestro poco poder vivís de vos lastimado. que es tan grave mi cuidado, que desde el punto que os vi, con tales partes sentí tanto el veros ha tenido a otro poder, que he querido sentir por vos, y por mí Esta corta cantidad, que entre diamantes poseo, a quien da luz mi deseo, y valor mi voluntad, os ofrece la piedad de un compasivo dolor, porque conozca el rigor de mi prima en este intento, la diferencia que siento en su codicia, y mi amor. Vuestra joya viene a ser muy grande en la estamación, pero diferentes son las que vengo a pretender, que en el alma hay más poder, y con otros (no lo creo) hiciera mayor empleo, aunque está su calidad, sin cuerpo en la cantidad, y sin farma en el deseo. Bien pudiera competir dos dichas en mi cuidado, darme, con haberme dado, la estimación del sentir; y tal sois, que al recibir, si yo tan pobre no fuera, cuanto soy os ofreciera, que mal pudiera pagaros, cuando quisiera obligaros, si todo mi ser no os diera. Tan contento, y satisfecho viviera, Leonor con vos, que formara de los dos un ser, un alma, y un pecha; que veluntad que me ha hecho, siendo pobre fácilmente, el bien que miro presente, nunca fuera desleal por afecto natural, ni por contrario accidente. Tan hija es mi voluntad de mi piadosa nobleza, que os amo por la pobreza, mas que por la calidad. Decís, traidor, la verdad, supuesto que no la tiene: yo haré que tu amor se enfrene Para que diga a Don Juan glorias que tanta me dan, licencia me permitid. Que soy vuestra le decid, Mis dichas se lo dirán. Y yo diré, prima infame, que ya tus locos designios, por tus fáciles flaquezas, han llegado a ser delitos. Cómo, dime, has olvidado, villana, los beneficios, que de más piadosas manos las tuyas han recibido? Es este el fruto esperado de tantos consejos míos, en las injustas entrañas de tu malicia escondidos? Son estos los ejemplares que tantas veces te dijo mi prevenido temor? que muchas que se han perdido por casarse pobremente, siendo su torpe apetito jazmín retorcido en manos de un villano advenedizo? A un hombre humilde te ofreces, tan bajamente abatido, que el servir, y el padecer son sus mejores principios. Cuando en mí, que soy tu sangre, tantos recatos has visto, graduando la riqueza del que ha de ser mi marido. Despedirte puedes ya de mi casa, y de tu abrigo, que yo tu virtud sustento, pero no tus desatinos. Y no pienses que pretendo disuadirte del que he visto, que en la ejecución del daño tengo librado el castigo. Hoy te has de casar con él, y advierte, que solicito con tu gusto tus desdichas, de parte de mis avisos. Escúchame ahora a mí. Qué puedes decir? Que has dicho, que esta inclinación me ha dado al Cielo, y la verifico, que en ese azul cartapacio, que en once cuerpos distintos es misterioso volumen del mismo Autor que los hizo, con caracteres de Estrellas, y entre Planetas, y Signos, que infunden, obran, y enseñan, lo que ha de ser esta escrito. Y tanto apetezco el riesgo, que entre amenazas me has dicho, que deseo tu venganza por conseguir mis designios. Teodora. Señora mía. Llámame luego a Don Juan, que así se remediarán mis penas. Con mi alegría, Por abreviar tu castigo le ha de pedir mi cuidado, que despida a su criado, y que él se case conmigo. Pues haz cuenta, siendo así, que a más tus aumentos pasan, y que contigo se casan Mágico, y el Potosí. Por él hablarán los mudos, y cobrará vista un topo, de asperges me, sin hisopo, anda rociando escudos. Parece que te escucho, que él viene. Gracias al Cielo, que tendrá fin mi desvelo. Y dichosa suerte yo. Bien sé que es atrevimiento llegar a vuestra presencia antes de pedir licencia; pero si está en el intento la ofensa, y no le he tenido de disgustaros, señora, muy bien puedo ser ahora perdonado, y advertido. Lo que a mí me da cuidado es, que siendo tan dichoso, podáis entrar temeroso a donde sois deseado. Merezca más confianza una noble voluntad, tan hija de mi lealtad. Lo que puede una venganza! Esta casa es vuestra ya, que su mayor interés, es poner a vuestros pies todo cuanto en ella está. Dos mil ducados de renta tengo de dote; y si a vos no os hubiera dado Don tal riqueza, tan contenta estuviera eternamente, que os ofreciera rendida mi honor, mi ser, y mi vida. Qué te parece? Que miente; porque si a topar no acierta con la herencia de cien mil, nos pusiera un esmeril a la entrada de la puerta. Si no me hubiera cogido esta dicha tan constante, en los deseos de amante nací tan agradecido, que si mil años tuviera, mil almas sacrificara, con ninguna os enojara, y con todas os sirviera. Si en tan supremo favor se pudiera introducir, en lo eterno del vivir, lo infinito de mi amor. Y en fe de que esto es verdad, esta es mi mano. Y la mía publicara mi alegría en tanta felicidad. Ya soy vuestra, y quiero yo suplícaros, que me hagáis una merced, si gustáis. Quién obligado negó? Don Luis, vuestro criado, le ha de casar con mi prima, supuesto que ella le estima con amor determinado, dando a entender, que apetece la pobreza, y su humildad, y tendrá su voluntad todo aquello que merece. Que no es poca dicha ahora, que no haya sido un lacayo. Este es el humo del rayo. Don Luis puede, señora, mirar lo que le conviene. Lo que me conviene es esto, que tuvo el Cielo dispuesto con el poder que en mí tiene, Yo por él siempre fui amante firme, y fiel, y ahora le toca a él hacer lo demás por mí. Leonor, casada estás ya, y ahora he de pretender, que empieces a padecer. Con tu marido estará tu resolución mejor, y yo libre de tu culpa, dando al mundo mi disculpa con no ampararte, Leonor, Vete de mi casa luego, y vos, señor, despedid a Don Luis, y advertid que esto importa. Aquí entra el fuego. La que más me importa aquí (supuesto que ya me honráis) será que vos le pidáis, que no me despida a mí. Don Luis de Toledo es quien con generosa nobleza favorece mi pobreza, porque gozase esta bien. Cuanto he dado, y he tenido, joyas, caballos, dineros, todo es suyo; y así, quiero confesar lo que he debido. Que de suerte poseía (porque el caso se concluya) su hacienda, que siendo suya, iba pareciendo mía. Seis mil ducados de renta tiene, y es de lo mejor de España. Luego Leonor es la dichosa? Qué afrenta! Que le agradezcáis os pido, pues sois dueño de mi pecho, la merced que nos ha hecho. Aquí reventó el tronido. Hablar quisiera, y no acierto, Jesús, cuál está mi ama. Es novia de Guadarrama, y elose al pasar el puerto. Y porque el fuego se apague, presumo, que se ha casado con pregón de ajusticiado, quien tal hace, que tal pague. Esta ha sido gran maldad; pero, corazón, paciencia, porque hagamos con prudencia virtud la necesidad. Con la hacienda que yo tengo podremos vivir los dos. Mil años os guarde Dios, que a ser vuestro esclavo vengo. Siempre Don Juan ha de ser de ma hacienda, y voluntad dueño absoluto. Lealtad bien digna de agradecer. Contenta estarás, que saco de aquí pesares, y enojos. Prima mía de mis ojos, a codicia rompe el saco. Y el perdón, y aplauso ahora pide su Autor Yo le aguardo, dando sin como un Bernardo, casándome con Teodora,
