Texto digital de El cerco de Viena
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El cerco de Viena. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cerco-de-viena-el.

EL CERCO DE VIENA
JORNADA PRIMERA
Si de tal padre soy hijo Y hallo preso a tal padre. Entre otras obligaciones, Debo morir por librarle. ¿Cómo no limo los hierros? ¿Cómo no rompo la cárcel? ¿Cómo no abraso a Turquía? ¿Cómo no atrueno los aires? ¿No soy alemán de origen Y de una alemana sangre? Y por el gran Carlos quinto, ¿No vengo arruinando alfanjes? ¿Cómo no mato al Gran Turco, Que con términos infames Una hermana me deshonra Y tiene preso a mi padre? ¡Ah, Solimán! Si tus obras Con mi deshonra se saben, ¿Qué haces que no me temes? ¿Quién te anima a que me agravies? Entraste en mi patria y tierra, En los fines alemanes, Y con quinientos mil turcos, Agraviando miserables, Llegaste a mi casa antigua. Herencia de mi linaje, Prendiste a mi padre en ella, Dos hijos le cautivaste. Y con ser ley de la guerra Rescatar cautivos tales. Niégasme mis caras prendas Con intento de agraviarme. Pues yo hago juramento A la alteza de mi sangre, A las heridas de Cristo Y a las ansias de su Madre; A las voces del Bautista Y a la fe del Protomártir, A mis honradas promesas Y a mis pensamientos graves, De no volver a Viena Ni de Turquía tornarme, De no salir de su campo Ni de entrar en los reales Del Emperador de España, Hasta llevar a mi padre, Aunque le pese al Gran Turco Y a todos sus capitanes. En lo que en el calabozo Visito al honrado preso, Y en lo que de verlo gozo, Y en lo que sus hierros beso Y sus desdichas sollozo; En lo que puedo esforzarle Con esta pobre comida Que ahora voy a llevarle. Que so pena de la vida Que ninguno pueda darle; No tengo ningún temor De estos perros homicidas; Que Dios me da su favor, Y aunque aventure mil vidas. Está bien por tal Señor. Guárdame, hermano, esta entrada, Y del Turco abajo, muera En esta ocasión honrada Quien entrare, sea quienquiera; Guarde mi vida tu espada. Bien puedes, hermano, entrar; Haz el oficio piadoso Que vienes a ejecutar, Y venga el más orgulloso Turco a quererlo estorbar. Volverá en su sangre tinto. Como hizo en Julio el rayo; Que soy Fuerte Braquio, y trayo En el pecho a Carlos quinto. Abrí esas puertas obscuras. Pues que presumís de honradas; Ánimo, manos turbadas, Y veréis mil desventuras en una depositadas. ¡Padre de mi corazón! ¡Mi hijo y todo mi bien! Los ojos que en tal prisión Tan injustamente os ven, ¿Cuál tendrán el corazón? ¿Qué es esto, padre? Hijo amado. Es la honra que me prueba. Ya sé que sois tan honrado. Que no es en vos cosa nueva Estar siempre aprisionado; Pero pudieran mirar Los que en tal trance os pusieron, Que no era razón atar Esas manos, que nacieron Sólo para pelear. No sé cómo no reviento De enojo viéndoos así, O si le tengo, nací Sin sólo un buen pensamiento. Iré al turco Solimán, Y pues espada no ciño. Mis manos le ahogarán. Mirad, hijo, que sois niño; No deis voces, que os oirán. Y podrame suceder Que me acrecienten las penas; Que aunque ellas deben de ser Más que en el mar hay arenas, Contra mí podrán crecer. Y no tiene culpa, no, El Turco de mi prisión. Pues ¿él no os aprisionó? Él no, sino su pasión; A su pasión culpo yo, Y a una hija que engendré. Cuya profesión honrada Dejó de ser la que fue Sólo por verse adorada De un hombre falto de fe. Rendida está Juliana A la torpe voluntad De la malicia otomana. Padre, ¿y nuestra cristiandad? No la conserva tu hermana. Por verse reina , ha querido Ver manchado nuestro honor; Por ella lloro perdido El que con tanto dolor Mis armas han adquirido. Por nuestro mal nació hermosa, Que, aunque hace la hermosura Una familia famosa, Si no está en parte segura, No hay cosa más afrentosa. Su liviandad, con gran ira. Me puso el Gran Turco aquí. ¡Oh cruel hermana! ¡Mira Qué sentimiento habrá en mil Segundo Ticio estoy hecho, Quejándome de un señor Tirano, aunque sin provecho; Que es un águila el honor Que me está rasgando el pecho. Y de ver que así se trate Mi honra entre estos tiranos, Hiciera un gran disparate; Mas hanme atado las manos Sólo porque no los mate. Piensan que han de reducir Mi gusto de esta manera, Y así me dejan vivir. Como si el agravio fuera Menos muerte que el morir. Viviréis, padre y señor; Y porque viváis honrado Como hasta aquí, y mejor. Ésta que habéis engendrado Sacrificaré al Señor. Yo mismo derramaré Esa sangre fementida. Y ¿cómo podrás? Podré, Aunque aventure la vida En venganza de la fe. ¿No ves que están poderosas Sus cosas y su afición? Yo le mataré a traición; Y si hay traiciones honrosas. Esta traición es blasón. Descansa, padre; y espera La más hermosa venganza Que se vio de su manera. Tu valor me da esperanza; Tu niñez me desespera. ¿Cómo niñez? Es engaño; Con esta afrenta he crecido Para atajar tan gran daño, Que un niño honrado, ofendido, Cada día crece un año; Y entretanto, traigo aquí Con que la vida sustentes. ¿Tráesme pan que coma? Sí. ¡Qué hijos tan diferentes Hallo en tu hermana y en ti! Tu cuidado me rescata Cuando estoy más acabado, Y ella de matarme trata; Que a un hombre que nace honrado, El que le afrenta, le mata. De buena gana tomara De tu mano esta comida; Pero, como es cosa clara Que te ha de costar la vida. No quiero cosa tan cara. La mano manda cortar El Turco a cualquier humano Que me diere algún manjar; Pues si te cortan la mano, ¿Quién me podrá regalar? Quien me da la vida eres, Y así, de mí no te esquives Cuando más flaco me vieres; Sin pan viviré, si vives, Y no con ello, si mueres. Vuélvete, hijo. No trato De hacer lo que has pedido; Que, aunque por verte me mato, Morir quiero agradecido, Más que no vivir ingrato. Yo pago mi obligación En procurar tu sustento, Y cuando en esta ocasión Muera porque te alimento. Moriré por la razón. De ti he recibido el ser, Y así, darle por ti, entiendo Que mi honra ha de crecer; Lo que granjeo muriendo, Eso te puedo ofrecer. Toma, padre. No permitas Que padezca tu niñez: Mira el mal que resucitas. Ya he renunciado otra vez La obligación que me quitas. Con mi mano el manjar llevo Donde le puedas gustar, Y no es beneficio nuevo Darte yo mano y manjar. Pues mano y manjar te debo, Y en mí está depositada; Goza de ella, pues te importa. Que, como la hiciste honrada, Por no verse quedar corta, No teme verse cortada. Hacen ruido dentro. Hijo Isidro, ruido siento; Cierra las puertas crueles Deste bárbaro aposento, Y harasme el bien que sueles Con menos impedimento. Cierra; comeré del pan Que con paternal amor Tus fieles manos me dan, Que será pan de dolor Si lo sabe Todo ese miedo es extremo. Es aqueste Turco un perro; ¡No he de temer un blasfemo! Porque te sosiegues, cierro, Pero no porque le temo. Déjame entrar. ¡Vive el cielo, Si estas puertas atraviesas, Que te arroje por el suelo! ¿Qué novedades son ésas? Yo hago aquí lo que suelo. Mi costumbre es maltratar Á quien maltrata su fama; Y si entras a visitar Presos tristes, vas muy dama; No quiero dejarte entrar. En fin, ¿que yo no he de ver A mi padre? No, villana; Que después que eres mujer Del Turco, ni eres mi hermana, Ni él tu padre puede ser. Dios sabe que si he mostrado Al Gran Turco algún amor. Que ha sido haberle engañado Para excusar el rigor Con que os hubiera tratado; Que soy cristiana, a pesar Del Turco y toda Turquía. En fin, que por excusar Los males que nos hacía, ¿Te has querido condenar? De tu confesión se infiere Que te has querido perder Porque yo me recupere; Que sin honra una mujer, Parece que vive, y muere. ¡Ah, hermosa Juliana! Quedara Roma envidiosa De nuestra sangre alemana, Si lo que tienes de hermosa No tuvieras de liviana. Pero nunca fue segura Sin riqueza la beldad, La pobreza sin ventura, Ni sin mucha honestidad La demasiada hermosura. El día que el Cielo envía Hija hermosa a un hombre pobre, No se puede llamar día, Porque la hermosura es cobre Donde orín el honor cría. Pero el Cielo, como siente Que la hermosura atropella Todo un linaje inocente, Donde da una hija bella, Da luego un hijo valiente. Y así, yo tras vos nací. Porque el honor que ha perdido Mi padre, y el que perdí. Por haber tras vos nacido, Se recupere por mí. Fuerte Braquio soy, soy muerte Que mato al primer alcance, Y el mundo en sangre convierte; Que Fuerte Braquio, en romance, Quiere decir brazo fuerte. Y juré de no volver A verme en aquel espejo De reverencia y poder, Hasta libertar un viejo Y dar muerte a una mujer. ¡Ay, hermano, por quien eres Que no me trates así! ¿Que no te castigue quieres? No puedo, que nació en mí El freno de las mujeres. Y como son reservadas De que las castigue acero, A las que hallo culpadas, Honradamente las hiero Con persuasiones honradas. ¡Vive Dios, que no he manchado Mi honra en sólo un cabello! ¿Y este vestido trocado? Mándame el Turco traerlo. Pues basta hacer su mandado; Que como es cosa imperfecta La hembra, en quien prevalece Cualquier vicio que acometa, La que en lo poco obedece, En lo mucho se sujeta. Yo viviré como debo; Vea yo a mi padre, y allí Lo prometeré de nuevo. ¿Quieres jurárselo allí? Ese pensamiento llevo. Es diligencia excusada: Quédate, no hay a qué ir. Que la hembra enamorada Menos la suele cumplir La promesa más jurada; Que como menores son En honra y en pensamiento, Por cualquier buena ocasión Relaja su juramento Su Papa, que es su pasión. El Turco viene a buscarte, ¿Cómo no quieres que entienda Que tiene en ti alguna parte? Tira la rienda a la lengua; Calla, no mande matarte. ¡Ruega tú por mi rescate. Falsa, pues eres su dama! Pero cuando mal me trate, Ya tiene muerta mi fama; ¿Qué importa que a mí me mate? Nadie acompañe mi sombra, Porque soy cuerpo sin alma. Que aquella beldad que adoro Me la tiene aprisionada. Mas ¡ay! que allí reverbera Aquella humana alemana. Turca sólo en los vestidos, Y en las costumbres cristiana. Hermoso espanto del mundo, Dulce prisión de mi alma, Infierno en las condiciones Y un paraíso en las gracias, ¿Por qué me tienes en poco? ¿Por qué ocasión me maltratas? Qué, ¿aún no merecen tus ojos A un hombre de prendas tantas? Legítimo descendiente Soy de la Casa otomana, La más antigua del mundo, La más venturosa en armas, La más rica, la más fuerte. La más noble, la más alta, La más llena de virtudes, La más llena de alabanza. Sucesor soy de esta sangre, Sultán Solimán me llaman. El que rige más imperios Que otros reinos tienen casas. África y Europa es mía, América tengo y Asia, A Egipto llegan mis leyes, Y hasta el gran Cairo alcanzan. A Chipre gané y sus costas, Hungría me rinde parias, Y desde el reino de Túnez A lo más franco de Italia. De los belgas tengo a Eutrosa, De los tudescos a Ungaria, De los Cruzados a Rodas, Y pienso ganar a Malta. Jerusalén me obedece; Mis armas tengo plantadas Sobre el sepulcro de Cristo, Que llaman la Casa Santa. La magna Valaquia es mía, La montuosa Tesalia, Grecia, la dichosa en letras. Frigia, la dichosa en armas. Cuanto tiene el mundo es mío; Nada por ganar me falta: España se me rebela, Y vengo a ganar a España. Quinientos mil turcos traigo, Y todos monstruos en armas, A quien di cuando partieron Diez pagas adelantadas. Con ellos vengo a Viena, Donde un pobre Rey me aguarda, A quien llaman Carlos quinto, Y hace mal, pues que me aguarda. Este soy yo; tú, ¿quién eres Sino una mísera esclava. Que al tiempo que entré en Hungría Te prendí en tu propia casa? Aficióneme a tus ojos. Sujetáronme tus gracias, Ofrecite mis riquezas, Prometísteme gozarlas. Pero el cruel de tu padre, Riñendo, viéndote mansa. Te mudaste, que nacieron Juntas mujer y mudanza. Prendile y téngole preso; Pero el día que en tu gracia Al gran Sultán recibieres, Será el mayor de mi casa. Y si no, ¡vive Mahoma, Su Alcorán y su ley santa. Que hasta que de hambre muera, No ha de verme más la cara! Pobre y muy pobre es mi hermana; Pero es, aunque tu cautiva, Noble, porque es alemana; Guardada, porque es esquiva, Y esquiva, porque es cristiana; Constante, porque es hermosa; Sujeta, porque es honrada; Grave, porque es recatada; Buena, porque es temerosa, Y leal, porque es casada. Y este viejo que amenaza Con la muerte tu crueldad, Del honor tira su plaza, Y es hilo de la verdad, Que no quiebra aunque adelgaza. Y cuando el hambre le aflija, Nadie vencerlo colija, Que es tal, que menos le espanta Ver con sangre su garganta Que ver sin honra a su hija. Pues yo no digo quién soy, Que ya lo dice la fama. Con quien tan bienquisto estoy, Que Fuerte Braquio me llama Desde que nací hasta hoy. Blasón es de hombre valiente, Y pues tal nombre me dan, Me comeré a Solimán Aunque comiendo reviente. Y sé que estoy bien ajeno De que me suceda tal, Que estoy de tósigo lleno, Y al ponzoñoso animal No le daña otro veneno. Mi hermana es ésta; pondera Quién soy, y que mi buen nombre Lo he de vengar cuando quiera. No en ti, que eres sólo un hombre, Sino Gran señor, espera, Detente. ¿Tal desacato Se comete contra mí? No le mates. No le mato Para no ofenderte a ti. ¡Mira cuan manso te trato! Beso tus pies imperiales Por la clemencia que muestras; Pero, pues que tanto vales, Probemos estas dos diestras Solos, con armas iguales. Desnuda la cimitarra, Y pruebe este flaco mozo Esa presencia bizarra, Y después, a un calabozo, El más obscuro, me amarra. ¡Váyase de mi presencia Ese atrevido mozuelo, Que perderé la paciencia! Perdona, que mi buen celo Me ha dado tanta licencia; Mas volverme sin llevar A mi buen padre y señor, Eso no lo has de mandar. ¿Esa es locura, o valor? Como lo quieras llamar; Mas ya que aquí me detengo, Tendré poca valentía Si un buen suceso no tengo. Por ser mi Rey quien me envía, Y mi padre por quien vengo. Recógete, hermano. Vete, Y no me repliques más. Manda y obedecerete; Pero si no me los das. Soy libre, y enojarete. Voyme, y con resolución, Como hombre desesperado De quebrantar la prisión. Que me aclaro como honrado Por no cometer traición. Vete en buen hora. Obligada Quedo a tu clemencia. Quedas; Y ¿en qué me será pagada.? En cuanto mandarme puedas. No ofendiendo el ser honrada. Ahora bien, tu padre quiero Que ablande tu corazón. Aunque te espantó primero; Tal estará en la prisión, Que me será buen tercero; Ya el hambre le habrá puesto Algo más manso que estaba. Abrid esa cárcel presto. Ver mi padre deseaba; Oyome fortuna en esto. ¡Tiene Hugo quien sustente Su vejez en la prisión! ¿Cómo me será obediente? ¿Tal sufre mi corazón? ¿Tan gran traición se consiente? Ya es notorio que he incurrido En la pena de tu ira; Digo que soy convencido; Mas, pues fuiste hijo, mira Las causas que me han movido. Mi padre es éste que animo Con este pobre bocado, Y el verte no me ha turbado, Porque soy como el racimo. Que da su fruto apretado. Si a tu ley (cruel) importa Cortar mi mano atrevida. Breve es la comida y corta; Acábese la comida, Y luego al punto la corta. Que no sentiré el perderla Después que cortada esté, Aunque mi padre ha de verla. Sino porque no podré Alimentarle con ella. Pero pues que a mí me toca Que su vida no se pierda, Mi mano derecha corta, Que aquí me queda la izquierda, Y tras la izquierda la boca. Quedaré de honrado rico. Pues en mí se representa La cigüeña, que sustenta A su padre por el pico. Si tu rigor se quebranta Cuando tu miedo te niega. Déjame esta mano santa, Y si quieres sangre, siega Desa mujer la garganta. Muéstrate aquí generoso; Que yo doy de buena gana, Si el morir uno es forzoso. Esa muchacha cristiana Por este rapaz piadoso. Con su sangre te contenta; Pues que como mal regida Me ofende, y él me sustenta; Diré que me das la vida Y que me matas la afrenta. Débeseme con razón Esa muerte, que obedezco, Pues por mí estáis en prisión; Que por eso la merezco, Que no por otra razón; Que Dios sabe que he tenido Cuidado de vuestro honor Y el de mi ausente marido. ¿Eso es cierto? Sí, señor. Si es cierto, perdón te pido. Mira que la fama es cosa Más que la vida estimada Y más que el oro preciosa, Y que es la opinión de honrada Mayor que la de hermosa. Por el buen ser que me has dado, Por la fe que te es debida, Te prometo, padre honrado, Que veas mi sangre vertida, Pero no mi honor manchado. Pues yo moriré contento: Venga la muerte más brava Que hallare tu pensamiento. ¡Oh mal viejo! ¡Oh falsa esclava! ¿Tan gran libertad consiento? ¡Hola! Zelín, Escander, Poned ese viejo cano Donde luz no pueda ver, Y al rapaz cortad la mano Con que le dio de comer. Y tú no ruegues por ellos. Que ¡por la luz del sol pura Que he visto yo en tus cabellos, Que aún tú no estabas segura, Á no ser ellos tan bellos! No fíes en tu belleza; Que sin reparar en nada, Si no amansas la braveza, Esta cortadora espada Os cortará la cabeza. Áspid de cólera ciego, Muéstrate ya enternecida Á mis lágrimas de fuego; Que por ti pierdo la vida Si no me remedias luego. ¿Qué trazas son éstas, cielo? ¿Qué honra o qué amor me llama, Que me ha hecho mi recelo Celoso desta cristiana, Y no sé por qué la celo? Yo no procuro obligarla, Ni lo mucho que merece Me obliga a reverenciarla, Y, con todo, me parece Me va la honra en guardarla. ¿Cómo, serafín sagrado, Cubres los hermosos ojos Por no verme arrodillado.? Cautiva, honrados despojos Desta guerra habéis ganado. Mas ¿quién pudiera creer Que el gran turco Solimán Adorara a esta mujer? Vaya mis turcos me dan; No saben lo que es querer. No te espantes, General, De haberme visto tan llano; Que hoy se rinden, por mi mal, A lo divino lo humano, Lo mortal a lo inmortal. Mortal soy, y ésa que ves Harás bien si la adorares. No sé quién soy ni quién es. Mas cuantas veces me hallares, Me has de hallar a sus pies. No dudo. Rey de los reyes. Que pareceré soberbio Cuando a vuestros torpes gustos Reprehenda como debo; Mas vuestra antigua crianza. Vuestra bondad, y el estrecho Amor que me habéis mostrado. Disculpan mi atrevimiento. No hay soldado en todo el mundo, Ni casi estrella en el cielo. Que no esté culpando a gritos Vuestro amor y vuestro miedo. Todos ellos os murmuran, Y admíranse todos ellos De que una cautiva pobre Os pueda tener sujeto. ¿Qué es del deseo glorioso Que en vuestros años primeros, De hacer tributaria a Italia Os crecía en vuestro pecho? Si este remedio os parece Para ensanchar vuestro reino, Los imperios no se ensanchan Con infames pensamientos. Si el vencedor otomano. Padre de vuestros abuelos. Tronco de vuestro linaje Y milagro de su tiempo. De los vicios se enviciara. Que pudo también tenerlos. Nunca la Grecia y Galacia Por sus manos fueran vuestros; Ni su hijo, que era imagen De su retrato y sus hechos, Triunfara de Frigia y Libia, El Cairo y Peloponeso. El invencible Amurates, Digno sucesor tras éstos, ¿Ganara a Tracia, a Bulgaria, A Suria, Carpeya y Delfos? ¿Rindiera Ocán en los moros, El indio y el mar Bermejo, Ni Zelín a la Ribera, Y al Egipto Bayaceto? Aquel azote del mundo, Zelín Rogel, vuestro abuelo, ¿Conquistara a Macedonia Con lo tocante al Imperio? Pues vuestro padre Amurates No le pasaré en silencio, Pues le llamaron los hombres El elemento del fuego, De cuyos golpes ahora Se ven notables ejemplos Desde el alto monte Pindó Hasta los montes fronteros. Si se hubiera estado ocioso, Gastando, cual vos, el tiempo En regaladas blanduras Y en amorosos requiebros, ¿Rigiérades vos, acaso. Tantos y tales imperios. Tantas provincias y tierras Tantas gentes, tantos pueblos? Ea, Solimán famoso. Basta el ocio, despertemos; Que piensan los que nos miran Que es cobardía o que es sueño. Y si no queréis acaso Que se aumenten vuestros reinos, Defended los que os dejaron. Que vienen a echarnos de ellos. El español Carlos quinto Viene a buscarnos soberbio; Sus cajas oigo y sus tiros; En Viena está, no es lejos. Cien mil hombres trae de guerra, De los más famosos tercios. Escogidos uno a uno Catorce de cada ciento; Y el Pontífice de Roma, Confederado con ellos; Con la muerte os amenazan. Que no se precian de menos. Gastad el tiempo en amores, Que por Mahoma os prometo Que es soldado Carlos quinto Que le temen muchos buenos. Marche el campo, toquen arma, Solimán, Mahoma, ¡a ellos! Vuelve el rostro Solimán , y dice: ¡Ah, retórico famoso, Qué bien que hablan los celos! Tales razones me has dicho. Que parece que despierto De algún frenesí del alma o de algún profundo sueño. Huya el amor de mis rabias. Vete, perro aleve, al cielo. ¡Guerra, Solimán! ¡Turquía, A ellos! ¡Turcos , a ellos! Vencidos son, que son pocos, Salgámosles al encuentro. Para que así entienda el mundo Que de mis padres heredo No sólo el cetro y corona. Sino el ánimo y esfuerzo. A ese soldado famoso, A ese Carlos quinto os reto; A ese Emperador de España Desafiaré cuerpo a cuerpo. Escríbase el desafío, Y sellado con diez sellos Vaya Abrahín a llevarlo. Que se arden mis pensamientos. ¡Oh gran Rey! Con ese brío Será posible que alientes Tu dichoso señorío. Solo no quiero que intentes Particular desafío; Que aunque es tanto tu valor, Los príncipes de tu suerte Han de guardarse mejor. ¡Oh loco! ¿Soy menos fuerte Que este flaco Emperador? No sólo quiero prenderle. Sino, tras bélicas trazas. Ganarle su campo y verle. ¿Conoces al que amenazas? Qué, ¿es menester conocerle? Basta conocerme a mí. Que para común espanto De los humanos, nací. Mucho intentas. Aunque es tanto, Pienso ejecutarlo así. Luego al momento te parte, Y el desafío harás Con mi parte y de mi parte. Obedecido serás, No quiero más replicarte. Algo se ha templado el fuego Que esta mujer encendió: Parta el campo y marche luego; Que el fiero Marte quedó En lugar del amor ciego. Están dentro cortando la mano a Isidro, y dice quejándose: ¡Ay! ¿Qué es aquello? Escuchad. ¡Qué golpe tan inhumano! ¿Quién se queja? Es un cristiano Que por cierta libertad Le mandé cortar la mano. Cierto bando quebrantó, Y por eso le castigo. Cualquier pena mereció. Basta aquello. Ya, enemigo. Tu crueldad se ejecutó. Cumpliose tu ley en mí, Y la mano que me honró. Como bueno la perdí. Por padre que sustentó. No por bofetón que di. Esta es la mano honradora De la sangre paternal; ¡Qué mano has cortado ahora Que fue a su padre leal, Y no a su padre traidora! Y así, no tengas temor. Que llore el verme sin diestra. Que el cortarla fue mi honor. Corte de paño que muestra La fineza al comprador. La izquierda manda cortarme, Que es en servicio de Dios, Que este esfuerzo pudo darme, Porque el cortarme las dos Será dos veces honrarme. Con esta sangre que viertes, La ira estoy incitando Que ha de causar tantas muertes. Tu ejército va marchando. Marchen mis soldados fuertes, Tiéndanse por la campaña Y muestren su valentía. En tantos siglos extraña. ¡Viva Sultán y Turquía Y muera Carlos, España! Carlos vivirá, a pesar De tu gente y de tu espada; Que le trae Dios a vengar Mi pobre mano cortada, Porque no puede cortar. Que si ella cortar pudiera, A mi padre libertara Y a mi hermana defendiera, Y contra quien me agraviara. Armas y vida pusiera. Mas ¿qué sirve amenazar A quien con ningunas trazas Podré jamás castigar? Que no estoy para amenazas. Más estoy para llorar. ¡Ay, mano, que sustentasteis A mi padre aprisionado! Noble galardón sacasteis, Pues la carne habéis sacado Por el pan que le acortasteis. Mira la mano, y prosigue: Siento por una razón El no poderos mover: Mano, ¿qué habernos de hacer Si en otra alguna ocasión Mi padre os ha menester? ¿Con qué acudiré al oficio De piedad que ejecuté.? Mano, vuelve a tu servicio. Porque sin ti no podré Hacerle este beneficio. ¿Qué mano habrá tan piadosa Que os haga el bien que os hacía. Padre, aquesta lastimosa? Isidro, aquí está la mía. ¿Quién me habla? ¡Extraña cesa! Aquí os traigo, Isidro, yo Para este oficio las mías, Que el tirano me cortó. Tales son sus tiranías, Que aun a vos no perdonó. Tal me tiene Solimán, Que aun no me dejan hablaros Los temblores que me dan. Aunque podré preguntaros Quién sois vos. Soy Adrián, Que condolido de ti. Como quien tiene experiencia De lo que pasar te vi, Vengo a hacer una experiencia. Y ¿habeisla de hacer en mí? Sí, que te vengo a curar. Si tal médico me cura. La izquierda podré cortar. Para que de tal ventura Pueda dos veces gozar. Estás con mucho cuidado De que la mano, instrumento De tu piedad , han cortado, Y por tu fiel pensamiento Manda Dios que seas curado. Llega, haré restitución A tu cuerpo de la mano Que por tan santa ocasión Mandó cortar el tirano Movido de una pasión; Que quien la perdió por dar A su padre de comer. Debe volverla a cobrar. Aqueso no fue perder. No ha sido sino ganar. ¿Tienes dolor en la herida? Ya la habéis curado vos. Ya te está restituida. Mano, alabemos a Dios, Que os recupero perdida. Porque el amor paternal Que tuvisteis, siendo humano, Quede memoria inmortal, Quedará siempre en tu mano Esa encarnada señal. ¡Qué hilo de carmesí! En verle me regocijo. Isidro, quédese ahí, Para que cualquier buen hijo Aprenda a serlo de ti. Poco hago en su favor, Pues en prisiones le veo Y no muero de dolor; Mas a lo menos proveo Más que mi vida su honor. ¡Ah! ¡Quién verle mereciera! ¡Quién sus males remediara! ¡Quién sus canas abrazara, Aunque en sus manos muriera! Ningún cuidado te den Los recuerdos de sus brazos; Que antes que helados estén Tú morirás en sus lazos, Y él en los tuyos también. Esto en la memoria lleva, Y como tan buen cristiano. Tu hidalgo esfuerzo prueba. Más gusto me da esta nueva Que haber cobrado la mano. Antes , Isidro , verás Los campos más poderosos Que se han juntado jamás Y los hombres más famosos Que el siglo celebra atrás. Que es ver al Emperador Y al gran turco Solimán, Su bravo competidor. Verlos quiero: ¿dónde están? Llevadme a ver su valor; Siempre con deseo estuve Del bien que hacerme deseas. Pues vente conmigo, sube. Te pondré donde le veas Encubierto en esta nube.
JORNADA SEGUNDA
Aprisionado alemán. Hoy descansan vuestras penas; Que, a pesar de Solimán, Quebrantaré sus cadenas, Que tanta infamia me dan. ¡Cielo, a pesar de Turquía Llevo a mi padre a Viena! Ayudadme, valentía, Brazos que hierros cercena; Reyes, prended algún día. En esta noche se prueba, Carlos quinto emperador, Mi ventura y tu valor. ¡Ay, hijo, somos perdidos; Que contra nosotros son Todos estos alaridos! Por buenos somos tenidos. Mostremos buen corazón. Ea, padre, no os espanten, Dejadlos griten o canten. No hayas miedo que nos cojas, Aunque del monte las hojas Hechas hombres se levanten. Sígote de mala gana, Que es grande temeridad. Ánimo, sangre cristiana; Que yo os daré libertad Y volveré por mi hermana. Al arma gritan, ¡a ellos! ¿Qué hemos de hacer? Gritemos Amontonados entre ellos, Fingiendo que somos de ellos. Pues traje turco traemos. Una noche es tan obscura, Que tendremos buen suceso Si no nos falta ventura. ¡Turcos, que llevan el preso! ¡Cielo, el peso me asegura! En lo alto del teatro se descubre San Adriano e Isidro en una nube. Grandezas jamás oídas, Desde aquí, Isidro, has de ver. Ya veo resplandecer Las armas, del sol heridas. ¡Qué de lanzas, qué de picas, Qué de arneses, qué de cotas, Qué de costosas marlotas. Qué de sobrevistas ricas; Qué de soldados feroces, Qué de galas, qué de lunas. Qué de golas, qué de plumas, Qué de gritos, qué de voces; Qué número de escopetas, Qué grandeza de jinetes, Qué cantidad de mosquetes. Qué nublado de saetas; Qué limpieza de cuchillas, Qué inmensidad de vasallos. Qué hermosura de caballos, Qué curiosidad de sillas; Qué de banderas tremolan. Qué de alambores atruenan, Qué de clarines que suenan. Qué de lunas se enarbolan! Cien mundos podrán vencer, Mil reinos conquistarán. ¿Quién es, divino Adrián, Quien tiene tanto poder? El campo del Turco es, Que contra el Emperador Viene abrasado en furor. ¿El que vernos? El que ves. ¡Oh Carlos quinto famoso, Menester has grande ayuda! No temas, porque sin duda Ha de volver victorioso. Por tu santidad te Juro Que me espanta sólo el vellos. Por medio de todos ellos Pasó tu hermano seguro. ¿Cuándo? Esta noche pasada. ¿Y mi padre? Libre está. ¿Qué alabanza bastará Para tal brazo y espada? Sólo falta que me muestres El campo santo español. Ocupa su vista el sol Y estos árboles silvestres. ¿Es tanta la inmensidad Del cristiano vencedor? Isidro, sí, en el valor, Pero no en la cantidad. Mucho gustaré de vellos. Enseñarete el Apolo Que tiene junto en sí solo La fuerza de todos ellos. Baja la vista a Belgrado, Verás los competidores Más famosos y mejores Que hasta hoy se han coronado. El que no tiene segundo Y es de todo el mundo asombro, Desde Hispano a Segismundo, Mira cómo tiene al hombro Nuestra Fe pisando al Mundo. Él solo, sola su espada Conserva la Fe sagrada. Que si por ella no fuera, Hasta en Alemania fuera Del todo desarraigada. Mira el Turco que te espanta. Cuya arrogante divisa Y cuya soberbia planta La Fe por el suelo pisa, Y el Mundo al hombro levanta; Cuya empresa determina Que la pujanza otomana. De mil vituperios digna. Estima la ley mundana, Despreciando la divina. ¿Quieres ver más? No podré. Que aunque hay tanto en la campaña, ¿Qué más puede ver quien ve Un Emperador de España Que tiene al hombro la Fe? Llevarme de aquí procura; Que por no ver aquel perro Que pisa nuestra Fe pura, Los ojos llorosos cierro Y la vida se me apura. Antes te quiero volver Al Turco, porque sé cuándo Eres allá menester. De ti me estaré acordando, Que siempre te he menester. Imperiales caballeros, Que siguiendo mis banderas, Dejáis la quietud amada Por las batallas sangrientas; Toledos, Carabajales, Mendozas, López, Cabreras, Rosas, Arces, Pimenteles, Ulloas, Velascos, Cuevas; Enríquez, Manriques, Laras, Guzmanes, íñigos, Cerdas, Figueroas, Sandovales, Córdovas, Avellanedas; Osorios, Haros, Girones, Viamontes, Ávilas, Suevas, Requesenes, Claramontes, Acuñas, Ayalas, Menas; Venid, veréis en mis hombros. No banda de cifras llena, No cadena de diamantes, No rico collar de perlas, Sino la carga más noble Que ha sufrido humanas fuerzas, La más llena de esperanzas Y la más rica de prendas. La Fe sustento, cristianos. La Fe me han cargado a cuestas. La mayor joya del mundo Y el mayor bien de la Iglesia. Ayudadme a sustentarla, Ayudadme a defenderla; Que para carga tan grande Son muy pequeñas mis fuerzas. Para esto quiero las armas. Para este fin son mis guerras; Sólo por su aumento salgo De mi quietud y mi tierra. Por ella vierto mi sangre. Por su honor, por su defensa; Por ella son mis trabajos. Mis vigilias son por ella. Por ella salgo ¿c España, Por ella vengo a Viena Contra el mayor enemigo Que conozco contra ella. Y sabe Dios que he venido, No por ensanchar mis tierras; Que no quiero más corona. Más cetros ni más riquezas, Que si yo los tengo en algo, Mi pie derecho los muestra. Debajo de cuya planta Tengo el Orbe de la tierra. ¡Ea, soldados de España, Defendamos nuestra Iglesia! ¡Católicos españoles, Muramos todos por ella! ¡Viva la Fe! ¡Viva, amigos, Y los enemigos mueran! ¡Al arma contra el Gran Turco! ¡Guerra, aquí de España, guerra! Turcos que tras mi estandarte, Cubiertos de medias lunas, Venís con honrosos nombres Y con honradas condutas; Bajaes, Sanjacos, Lequies, Arráez, Vclez, Leyes, Muzas, Nicolagos , Mostafaes, Acangios, Ferragutas Y los demás descendientes De la insigne sangre turca, Que desde el gran Amurates Vestís turbantes y aljubas, Venid, veréis en mis hombros La universal Tierra junta, Desde los indianos mares a las hercúleas columnas. Todo el Mundo tengo en peso. Todo mi poder lo ocupa. Mis fuerzas lo conquistaron, Consérvanle mis astucias. Por ganar reinos me armo. Por ser gran Rey no se enjugan Ni mis alfanjes de sangre, Ni mis caballos de espumas. En ambiciones me abraso; Ellas me llevan y ocupan En los peligros mayores Y en las más sangrientas dudas. Mis soberbios patrimonios Permito que se consuman. No desagraviando agravios Ni defendiendo viudas, Sino robando ciudades, Y con mis fuerzas injustas Haciendo disoluciones Y otras tiranías muchas. Sólo el dios que reverencio Es mi rabia y mi lujuria; Ninguna ley obedezco Ni guardo razón ninguna. La fe del moro blasfemo. De la del turco hago burla. Escupo la del judío, La del alarbe me ofusca; Pero la que estimo en menos, Y la que más me estimula Á un grande aborrecimiento, Es la que Cristo promulga. Debajo los pies la traigo, Y si aborrecerle es culpa, Soy el hombre más culpado Que cuantos estudian culpas. Yo haré borrarla del mundo; Mis atambores retumban, Mis estandartes tremolan, Y navegan mis chalupas. Contra Carlos quinto vengo Vertiendo mi pecho furias, Y aunque es mucha la que vierte. Es más la que disimula. Contra Cristo son mis armas, Contra su fe mis astucias. Contra su cruz mis banderas. Contra su fe mis condutas. ¡Ea, turcos valerosos, Muera la villana chusma. Desbaratemos el campo! ¡Aquí de las medias lunas! Soldados entretenidos Con esperanzas ligeras, Temerosos en las veras, Y en las burlas atrevidos. Afeminados isleños. Si es como decís la España, Si un pobre Rey os engaña Con intereses pequeños; Ya que la fortuna os haga Tanto mal, que entre homicidas Venís a dejar las vidas Por cuatro escudos de paga, Dejad la cobarde estancia; Que vengo desafiando Un hombre de vuestro bando, El de mayor importancia. Salid, cobardes, salid Tras los retos que os envío, Que por otro os desafío; Seguros estáis de mí. ¿Qué teméis? que un hombre os llama. ¿Quién es el que sin caudal Junto a la tienda imperial Tantas bravatas derrama. Turco, ¿a quién llamas así? ¿No te atreves a nombrarle? Llamo a un hombre de buen talle; Vuélvete, que no es a ti. Asegúrate, pobrete. ¡Hay tal arrogancia! Llama Al hombre de mayor fama De todo tu campo, y vete. Dime, ¿quién le desafía? El mejor brazo del mundo, El que no tiene segundo En esfuerzo y valentía. En efecto, ¿no soy yo? Por sí o por no, di tu nombre. Yo me llamo ¿Cómo? El hombre Que para matar nació. ¿Cómo no me has conocido? Pues soy el que al Turco asombra, Y el que sólo con su sombra Deja su campo vencido; El que quebrantó sus hierros, El que pudo libertar Al buen don Hugo, a pesar De un ejército de perros. Fuerte Braquio soy, si quieres Saber más nuevas de mí. ¿Fuerte Braquio el mismo? Sí. ¡Por Dios, que no sé quién eres! Soy el más pobre soldado Que tiene el Emperador, Aquel de cuyo valor Quedó el Gran Turco espantado. Soy hijo del gran don Hugo, De nacimiento alemán, Del gran Carlos capitán Y vuestro mortal verdugo. Muy bien estoy informado. ¿Fuerte Braquio dices que eres? Fuerte Braquio soy, ¿qué quieres? No eres tú el desafiado. Pues si no, de mi albedrío, Como soldado cristiano. Vengo a probarte por mano. No es a ti mi desafío. Apártate y llama gente; Envaina, j Pobre de ti! ¡Oh perro! ¿Trátasme así Porque está mi Rey presente? Yo me aparto, y desafía Al que dirigido vienes; Que si algún esfuerzo tienes, Yo te cogeré algún día. Es tanto tu vocear, Turco, que soy enviado, Si soy el desafiado, A que te haga callar. ¿Quién es este valentón? Cristianos, desengañadlo. Es Juan Bautista Cotaldo, Capitán de una legión. Soldado, seguro estás. Arrogantes son tus modos. (¡Cuatro venís? Venid todos, Y no nos cansemos más. ¿Quién es al que desafías? ¿Hemos de saber quién es? Sabreislo. ¿Cuándo? Después. ¡Gran cólera! De las mías. LEIVA. ¡Ah del turco valiente! ¿Quién son los desafiados? No busco viejos cansados. Vive tú seguramente. Antonio de Leiva el fuerte Es el que presente tienes. ¿Mandas algo? Flaco vienes; Pero bien puedes volverte, Que no eres el que procuro. En fin, ¿me mandas volver? Entiendo que no ha de haber En el campo hombre seguro Deste desafío cruel. ¿Hay más viejos? Si los quieres Como aquél, no los esperes. Que no los hay como aquél. ¿Será tu padre siquiera? ¿Díceslo porque le alabo? Pues por ser mi padre acabo. Que a no serlo, más dijera. Sale el Marqués del Basto. ¿Hombre es éste de valor? ¿Quién es? El Marqués del Basto. Palabras y tiempo gasto; Volverme será mejor. ¿Dónde vais, cansados viejos? ¿Dónde vais casi sin brío? Que yo a guerra desafío. Que no a dar buenos consejos. Pienso, señor General, Que puede Vuesa Excelencia, Si al Turco ha de dar audiencia, Enviar todo el real. ¿Sabes que soy Abrahín, Escudo de Solimán, Su amigo y su capitán Y su embajador, en fin? Pues llama a quien me responda: Por quien soy lo he merecido, Y por mis obras temido Desde Grecia a Trapisonda. Ea, daos priesa a llamarlos. ¿Quién os está amenazando? Este es el rey don Fernando, Hermano del quinto Carlos. Tampoco le busco a él. ¿Está el Turco despachado? No está aquí el desafiado. Nómbrele. ¿Quién es aquél? El que entre gente enemiga Ha ganado fama eterna, El que con premios obliga, El que con leyes gobierna. El que con armas castiga. El castigador de agravios, El premiador de valientes, El ejemplo de obedientes. El respetador de sabios, Y el amigo de prudentes. El que virtudes enseña. El que vicios reprehende. El que cobardes desdeña, El que poderosos prende Y el que humildes desempeña. El que siempre duerme armado. El que por milagro dan. El que es divino llamado, El valiente Capitán Y el obediente soldado. El que la soberbia humilla. El que traiciones desvía. El que reyes atraílla, El domador de Turquía Y el defensor de Castilla. Y si te parece extraña La relación que has oído. Desde aquí te desengaña; Que para espanto ha nacido Del mundo, y gloria de España. Es, en fin, nuestro señor; Es nuestro escudo y defensa. Nuestra vida y nuestro honor, Y por la bondad inmensa Es éste el EMPERADOR. Y es el que viene a Viena, Y el que por la fe cristiana, Aunque a costa de gran pena, Pondrá, de sangre otomana. Rubia la alemana arena. ¡Por la tierra, por el cielo. Por el mar alborotado, Por mi bautismo olvidado. Por la cristiana que celo. Por la fe de mi deseo. Por la religión que invoco. Que cuanto habéis dicho es poco. Respecto de lo que veo! Descubre un divino brío Entre semblante y persona; Estímote, mas perdona. Que a ti viene el desafío. ¿A quién? Al prudente, al manso, Al franco, al discreto, al diestro, A vuestra luz y maestro, A vuestra vida y descanso. Y no imagines que es mío Este atrevimiento, no; Que el Gran Turco me envió, Y ves aquí el desafío. ¡Reto. «Solimán, Sultán, Rey de los reyes y señor de los señores, y Emperador universal del mundo. A ti, Carlos V, salud, si la deseas. Ya has visto el gran poder con que vengo y el poco con que me esperas. Si acordándote de tu nobleza quieres acabar esta guerra sin sangre de tantos cuerpos, cuerpo a cuerpo te desafío: espérame en Viena, donde, si me vencieres, te haré señor de mis Imperios, y si te venciere, me apoderaré de tu pequeño Señorío. Dios te prospere para que me dé mayor gloria de vencimiento. Solimán, Sultán y Gran Turco, y No sufrirá fácilmente Castilla cosa tan nueva. Alemania lo reprueba. Italia no lo consiente. Roma con su Imperio dice Que no le está bien querello. Bohemia no viene en ello. Y Flandes lo contradice. Flandes, España, Castilla, Bohemia, Alemania, Hungría, La gran Nápoles, ya mía, Y desde Cuenca a Sevilla, Y cuantos reinos de nuevo Algún tributo me dan, Contradecirlo podrán, Pero yo solo lo apruebo. Yo acepto el desafío, Y le aguardo con seguro En Viena, junto al muro. De estotra parte del río. Y llevaos esta presea. Prospere el cielo tu estado: Voyme con harto cuidado, Hasta que otra vez te vea. Vase. ¿Tan cobarde habéis sentido Este imperial corazón? ¿Tantas mis flaquezas son? ¿Tan poco soldado he sido? Si es porque os han informado Que es único en pelear, ¿Con quién puedo yo ganar Más que con tan gran soldado? Todos de tu acuerdo son. De mi vida os aseguro; Que es mi pecho fuerte muro Y grande mi corazón. ¡Soldados, que me agravian, que me hieren, Que me quita la vida un gran soldado! Robarme el reino y afrentarme quieren, Mirad que me tenéis desamparado. Vénganme a defender los que me oyeren, Que me han aprisionado descuidado; Que me mata un cristiano caballero, Defendiendo la fe con el acero. Oigo en su tienda, Escander, Una vocería extraña. Santo Alá, ¿qué puede ser? ¡Que me mata el Rey de España, Sin poderme defender! Pero ¿cómo estás de hinojos? Vile vertiendo centellas, Iras, cóleras y enojos, Y yo, temeroso de ellas. Arrodíllome a sus ojos. ¿Adónde está el Rey? ¿Qué es de él? ¡Ah, cobarde, que eres ido! Vamos, Escander, tras él. Como me sintió dormido, Mostrábaseme cruel, Y en despertando, se huyó. Que me maten, si entre sueños No se te representó. Son enemigos pequeños Para que los tema yo. Más que sueño había de ser. Soberano Emperador, Pronósticos pueden ser De algún peligro mayor. Debes vivir recatado; Que es valiente el enemigo Que tienes desafiado. ¿Valiente? Nadie conmigo. ¡Por Alá, que es gran soldado! Y las sospechas me aumenta De algún contrario suceso, Desque se me representa Cómo te llevaba preso: Ten con tu salud gran cuenta. Pareciome que le vía Con una espada desnuda Y con ella me hería. Fue mal agüero. No hay duda; Que hasta aquí no le temía, Y ya tengo algún temor Y algún recelo me cuesta. ¿Adónde está mi valor? ¿Qué nueva mudanza es ésta, o qué nuevo deshonor? ¿Yo temo a Carlos de España? ¿Y yo temo a un reyezuelo? ¿Un roble teme a una caña? o me agravia el mismo cielo? o algún hechizo me engaña. Venga, venga al desafío, Hagamos entrambos guerra, Y ensancharé con su tierra Mi dichoso Señorío. A la presencia he llegado Del gran Solimán temido. Con el mucho andar cansado, Y con la razón vencido Del mismo desafiado. ¡Oh gran Monarca! Esperaba Por momentos tu venida, Y tu tardanza culpaba. Defienda el cielo tu vida, Que es para una espada brava. ¿Cuya espada? De un cristiano Apacible, fuerte y grave. Comedido, cortesano. Áspero, manso, suave, Piadoso, grave y llano. Gran discreción, gran prudencia, Gran fama, gran valentía, Gran hombre, gran excelencia, Gran valor, gran cortesía, Gran crédito, gran clemencia, Gran resolución, gran brío. Bien le pintas. Aún no pinto Su natural señorío. ¿Quién es ése? Carlos quinto, Que ya aceptó el desafío. Y pluguiera a Alá que entrara Robando toda tu tierra. Que tus límites quemara, Que nos venciera en la guerra, Que en la paz nos gobernara; Que quebrara tus mosquetes. Que prendiera tus vasallos, Que arrastrara tus bonetes, Que ganara tus caballos, Que matara tus jinetes; Que despedazando entrara, Que arruinando saliera, Que a Trapisonda asolara. Que a Galacia destruyera Y que nunca le aceptara. ¡Oh perro! ¿Abatirme quieres Con tantas desconfianzas? No te ofendas ni te alteres; Que todas sus alabanzas Son tuyas si le prendieres. Y no se puede excusar Entre los dos la batalla: Vence y procura ganar; Que sólo falta ganarla Para hacerte adorar. ¿En qué has echado de ver Que mi contrario es tan grave? En el blando proceder; Que quien hablar manso sabe, Furioso sabe vencer. Quien blasona, quien vocea. Quien agravia, quien afrenta. Quien sus propias obras cuenta. Habla, pero no pelea. Quien se humilla hasta la tierra. Quien al más bajo se iguala, Es la furia de la guerra, Y en entrando vencerala, Y cualquier temor destierra. Carlos quinto se allanó Y tanto, que en su semblante Dio a entender que te temió, Y es pronóstico bastante Para que le tema yo. ¿Por qué no me ha de temer? ¿Por qué no me ha de temblar, Si es del cielo mi poder. Si nací para matar, Si crecí para vencer? Marche al campo donde espera, Y nos veremos los dos, Y muera España, y él muera. Que el Turco soy. Quiera Dios. Quiera Dios, y aunque no quiera. Aquí está el gran Solimán; Poneos por tierra postrados. ¿Quién son? Del saco alemán Los envían tus soldados, Que abrasando pueblos van. Toda Alemania rindieron Los quince mil de a caballo Que a reconocer salieron, Sin ser parte a remediarlo Cuantos socorros vinieron. ¿Y el famoso Emperador? Ninguna gente ha enviado De industria ni de valor. Temor no, que es gran soldado, Gran espada, gran valor, Gran discreción, gran prudencia, Gran fama, gran valentía, Gran hombre, gran excelencia, Gran valor, gran cortesía, Gran crédito, gran clemencia. Es franco, es grave, es honrado. Es magno, afable y fiel, Es temido, es adorado. ¿Quién ha dicho tanto del? Abrahín me lo ha contado. Grandes cosas se publican De su valor y bondad, Pero no las certifican. Rey, yo te digo verdad, Y no los que me replican: Y a nuestro Mahoma invoco, Que puede hacerte gran daño. Despedázame este loco. Pues porque te desengaño ¿Me tienes, señor, en poco? Yo callaré, si te ofendo. Vete a descansar, cobarde, Que tú naciste temiendo. Voyme. Vete. Dios te guarde, V me dé lo que pretendo. Vase. En fin, ¿han hecho gran presa Los quince mil que envié? Aun nunca su furia cesa; Treinta mil almas conté Cautivas. ¡Gran suerte es esa! Estos rapaces hermosos Se escogieron para ti. Padre hallarán en mí. Besad el pie. Bésanle los pies los niños. Están llorosos. Levántense, y preguntadlos Por su ley; y hagamos paces Si es buena, y si no, matadlos. ¿A quién adoráis, rapaces? A Cristo. Abofeteadlos. ¿Vos lloráis, perros tiranos? Llama a vuestro Emperador, Que os defienda de mis manos. Pues dicen que es su valor Para defender cristianos; Dad voces al quinto Carlos Y a sus armas, que os amparen. ¿Quién bastará a remediarlos? Si todos no renegaren. Mandaréis apedrearlos. Por Cristo pienso morir, Por Dios he de padecer. A Esteban he de seguir. Como Laurencio he de ser. Como Paulo he de sufrir. Denme el fuego de Lucía. La cruz aplico de Acacio. El aspa de Andrés es mía. Míos los peines de Ignacio. Mío el hierro de Matía. Cargadlos de hierro a esos; Que yo los regalaré Con semejantes sucesos. Aun muertos tendremos fe, Cuanto más estando presos. En éstos pienso vengarme; Hijos de aquellos leones, ¿Qué, pensáis despedazarme? ¡Oh Santo! En parte me pones, Donde podré acreditarme. Solo hallo a Solimán: ¿En qué estará entretenido? Yo diera al Rey alemán. Por tres solos que he perdido, Cuantos cautivos me dan. Librose de la prisión Don Hugo, y aquel soldado Su hijo, cuya opinión Me tenía aficionado. Huyó sin contradicción. Y aquel rapacillo bello Que la mano hice cortar, O murió por dicha de ello, Que no me ha vuelto a hablar, Ni yo he vuelto más a vello. Sólo me quedó la esquiva, Libre en su mucha entereza, Aunque en el traje cautiva. Cuya beldad y aspereza No me consiente que viva. Pero ya no hay que esperar, Y si más me replicare. Pienso hacerle degollar. Si la espada te faltare, Yo la mandaré buscar, Y pondré en el pregón Tu sentencia, si te agrada; Que desta breve jornada Traigo, para esta ocasión, Sana la mano cortada. ¡Vesla aquí! Se ensoberbece Contra mi hermana querida, Y tu sentencia obedece; Que una gota bien vertida, Toda la sangre ennoblece. Dios me la dio; no te asombre Verme, por milagro, sano; Y porque alabe su nombre, Dios me dio la misma mano Que mandó cortar un hombre. Y porque un suceso tal Me honre toda la vida, Y haga mi honra inmortal, Aunque me sanó la herida Me quedó aquí la señal. Confieso que fue grandeza; Pero quiero probar yo. Por medio de mi firmeza. Si el que la mano te dio Te podrá dar la cabeza. ¡Hola! Zelín, pon de hinojos Esa alemana centella, Ponle un pañuelo en los ojos, Saca el alfanje, y degüella Su garganta y mis enojos. Espera un poco. Ya iba Descargando el golpe fiero. Quiero que un momento viva; Trae, Zelín, que aquí la espero, Aquella ingrata enemiga. Hela enviado a llamar Para que te vea morir, Pues a mí me ve penar. Mándala presto venir; Que me canso de esperar, Y tanto el morir me agrada, Que un hora que lo difieres Me das la muerte doblada. Ya vengo a ver qué me quieres. Cristiana, haz como honrada. Ea, Zelín, ejecuta Mi voluntad absoluta. Que es cortar esa cabeza Si no amansa la aspereza Que a libertad se le imputa. Si agradeces mi afición. Esa garganta, cristiana. Merecerá mi perdón. Déjame morir, hermana, Que es costosa condición; No te enternezca el amor Ni el verte de mí querida. Trátame con gran rigor, Que no quiero yo la vida Tan a costa de tu honor. Morir quiero como honrado; Ten firme, honesta alemana, Que tendré yo más cuidado En verte mala cristiana, Que verme tú degollado. ¡Ah honra y gloria albaneza, Y tu linaje alemán! Perdóname si es braveza; Que he de darle a Solimán De mi hermano la cabeza. Pues con ella honra te dan. Sufre la píldora amarga Que con la muerte se bebe; Que menos disgusto carga Una muerte honrada y breve Que una vida infame y larga. Casada dicen que fui, Y pues soy de mi marido. Aunque no le conocí, Podré llorarle perdido, Mas no entregarme por ti. Muramos en un momento, Yo por buena, tú por fiel, Y sírvanos de instrumento, A ti, la espada de Abel. Y a mí, el mismo sentimiento. Ea, sangre de don Hugo, Que porque veas el valor Que al cielo darme le plugo, A pesar del juez traidor, Quiero yo ser el verdugo! Recibe el honrado fin De mi vencedora mano, Santo Abel; que soy Caín. ¡Oh pensamiento tirano! Tenle ese brazo, ABRAHÍN. ¡Tente, mujer celebrada. Que en el cielo quedas puesta! ¿Eres tigre? Soy honrada, Soy cristiana, y soy honesta. De noble casta, y casada. Quede libre, desatadle, Y el valor de esa mujer Escribidle y celebradle. Nunca te puedo vencer, Cánsome contigo en balde. ¿Qué dices desta extrañeza? Sedientos son del honor. No crio Naturaleza En hombre mayor valor. Ni en mujer mayor firmeza. El perderte me lastima, Pero tu mucha bondad A no ofenderte me anima. ¡Oh preciosa honestidad. Que aun tu enemigo te estima! Llevadla, y en una tienda Guarde apartada su ley Sin que ninguno la ofenda; Que el que es honrado, ése es rey, Y honra es bien que el Rey aprenda. Y yo libertad te diera. Si no por cierto temor. Pues venciste, persevera. ¡Oh verdadero valor! ¡Oh nobleza verdadera! Cautivo quedo de ver La verdad de este mozuelo Y el celo desta mujer; Que tal bondad y tal celo Divinos deben de ser. Y de suerte me ha prendado Aquesta albanesa bella, Que aunque la venzo en estado. Me desposara con ella Si no fuera desposado. Mas, con todo, he de probar, Que volviéndome a la fe. Quizá la podré obligar. ¡Oh mujer, perdóname, Que hoy te comienzo a amar! Deja la crueldad aparte; Que aunque vivo como moro, tengo en Cristo alguna parte, Y ¡vive Dios, que te adoro Con resolución de honrarte! Aquellos nobles recelos Que Solimán me causaba, Favorezcan hoy los cielos; Que algo me pronosticaba Aquel morirme de celos. Toquen dentro una caja Caja tocan a consejo; Allá voy de cumplimiento. Justo y noble pensamiento, En tus santas manos dejo Este negocio que intento.
JORNADA TERCERA
Hambre, vendiéndome vas. ¡Oh sed que abrasa mi pecho! ¡Oh crueldad, basta lo hecho! ¡Oh persecución, no más! ¡Oh furia de un turco airado! ¿Hasta cuándo has de crecer? ¡Oh perpetuo padecer, Infierno disimulado! ¡Oh cristiandad maltratada! ¡Oh noble sangre vertida' ¡Oh triste y penosa vida! ¡Oh muerte nunca acabada! Cristianos, no os amedrenten Las pesadumbres que os dan; Que aunque ellas creciendo van, Cuanto más os atormenten. Tanto menos durarán. Quedó vencido el tirano Y victoriosa la Fe. Como bueno sufriré. Sufriré como cristiano. Como fuerte sufriré. Resistiré como honrado. Resistiré como fiel. Pelearé como soldado. En mí hallaréis otro Abel. En mí a Isaac crucificado. ¡Viva la Iglesia, a pesar Desta canalla perdida! ¿Osaréis apellidar A Cristo? Sí. ¡Cristo viva. Aunque nos manden matar! Aquí tengo la garganta Para entregarla al tormento. Niños, ¡viva la Fe santa! Cristo es Dios. ¿Qué atrevimiento Este alboroto levanta? El Turco os manda azotar. Ofenda, azote, atormente. ¡Viva Cristo a su pesar! ¡Viva! Niñez inocente. No OS vengo yo a maltratar, Sino a regalaros vengo. ¿Qué bien nos puede él hacer? Algún regalo os prevengo; Quiero daros de comer Por la voluntad que os tengo. ¿En turco tanta piedad? Soy de los turcos piadosos ¡Hola! Esos panes sacad: Sentaos, niños virtuosos, Y vuestra hambre aplacad. ¿De un turco tomamos pan? Comed, no os canséis en vano; Que las manos que os lo dan, Manos fueron de cristiano, Y de cristiano serán. Comed, nobles corazones, Que veis aquí os doy partidas Vuestras pequeñas raciones; Comed , sustentad las vidas Para tantas sinrazones. Repárteles el pan, y sale Juliana Las tristes voces de aquellos Que el Turco trata tan mal, Me traen de mi tienda a vellos. ¡Abrahín aquí! ¿Quién vio tal? Pan les da sentado entre ellos. Siempre este hombre ha descubierto Una nobleza cristiana Y un buen término encubierto. Los que ves son, Juliana, Granos de trigo encubierto, Para cogerlos después Convertidos en tesoro. ¿Dónde? En el cielo. ¿No ves Que no le pisan pies moros? Pisarle he con otros pies. No te entiendo, aunque agradezco El trato destos rapaces. Aun servirlos no merezco. Tengo en mucho lo que haces. Y ten en más lo que ofrezco. ¡Qué ofreces? Yo lo diré; La vida, el alma, la fe. Esa es mucha liviandad. ¿Mucha liviandad? ¿Por qué? ¿Por tu mucha honestidad? Porque es tal el amor mío, Que no son tus ojos bellos Los que vencen mi albedrío; No tus dorados cabellos, No tus cejas ni tu brío; No tu boca, no tu frente, No tus mejillas hermosas, No tu sol resplandeciente, No tus labios ni tus rosas. No tu discreción prudente, No tu divina beldad, No tu pico soberano. No tu afable gravedad. No tu delicada mano. Sino ¿qué? Tu honestidad. Sólo por ella me muevo A entregarte el corazón. Que aunque a desecharlo pruebo, Paréceme que te debo Justamente esta afición. ¿Por qué? No sé qué hallo en ti Que justifica mi amor; Algún milagro hay aquí. Siempre he guardado mi honor. Nunca mi honor ofendí. Si en escuchar liviandades Mi honestidad ofendía: Amor, ¿qué me persuades? ¿Qué mudanza es ésta mía? ¿Qué nuevas diversidades? Que me parece que ofendo Este turco en no le amar: Pensamiento, no os entiendo. ¿Qué es esto, hermana? Penar. ¿Qué te está Abrahín diciendo? ¿Con un turco te entretienes? ¿Cómo consienten cristianos Esta ofensa? No condenes, Isidro, males livianos. Que pueden parar en bienes. No soy turco. ¿Cómo así' La ley cristiana guardé Y el bautismo recibí. Dime cómo. Sí diré; Escúchame atento. Di. De hidalga sangre y nobleza Nací en Pergamo de Albania; Cristianos fueron mis padres, Y mis costumbres cristianas. Crecí, y crieme en la guerra, Ejercitando las armas En aumento de la Iglesia Y en defensa de la patria. Despóseme por poderes Con una dama alemana, Y para verme con ella Salí de mi patria y casa. Quiso Dios que en el camino, Y quísolo mi desgracia, Dos corsarios me prendieron En la mar, cuando pasaba. Lleváronme a Solimán, Que, aunque mozo, ya reinaba: Aficionose a mis obras Con voluntad declarada. Y con persuasiones suyas (¡Ay, Dios! ¿cómo no me acabas?) Tomé la ley de Mahoma, Olvidando la cristiana. Aprendí su trato y lengua, Y tañéndole una harpa, La voluntad del Gran Turco Gané con lisonjas vanas. Era en todo muy agudo, Y juntamente mostraba Fidelidad en las obras, Y donaire en las palabras. Hízome Bajá en la guerra, Y en esta empresa pasada Que ganó el Turco en Hungría, Fui General de la Armada. Tomó a Belgrado mi industria, Y para justificarla, Trájome agora a Viena Con mayores esperanzas; Donde, prendiendo a tu padre. Se aficionó de tu hermana El gran Solimán mi dueño, Y comenzó a granjearla. Y con celos que de él tuve, Apartarle procuraba Del pensamiento amoroso, Empleándole en las armas. Enviome al desafío A Carlos V de España, cuya presencia dichosa Me dio mil vueltas al alma. Reducirme determino A la vivienda pasada, Y confesando mi culpa, Volverme a la fe cristiana. Y con este pensamiento, Aficióneme a tu hermana, Para casarme con ella. Que no para deshonrarla. Y hago juramento a Cristo Y a su encarnación sagrada, A su bautismo, a su muerte, A su vida, a sus palabras. Que es la verdad lo que digo: Y porque certificada Quedes de mi pensamiento. Recibe este anillo en arras, Prenda de mi muerta esposa. No conocida, y llorada. Este anillo es conocido; Aquesta sortija fue La que a mi esposo envié: Isidro, este es mi marido. ¿Tienes, por dicha, guardado De tu esposa algún papel? Este. Mi letra es esta, y él De mi mano está firmado. Este es tu marido, hermana. ¡Oh mi bien! Tu abrazo espero. Eso no, Abrahín: primero Os volvé a la fe cristiana. Vamos al Emperador, Confesaré en su presencia Mi culpa. Pide licencia A Solimán tu señor. Como que vas a otra cosa Que a su servicio convenga. Aquí viene el Turco. Venga; Yo libertaré a mi esposa. Después de aquel sueño horrendo, En que la espada imperial Vi mi persona ofendiendo. El temor me tiene tal, Que yo mismo no me entiendo: ¿Qué hay, Abrahín, con cristianos? Reprehendo estos villanos, Que despreciándote están. No estoy seguro en tus manos, Que, en efecto, les das pan; Pero ¿qué dicen, reniegan? ¿Renegar? Morir queremos. Llorando por Cristo ciegan. Cien mil muertes sufriremos Si a darla tus fuerzas llegan. Poco tardaré en verter Vuestra sangre fementida, Si no me queréis creer. Gran Turco, guarda tu vida, Y apercibe tu poder: Mahomad soy, el caudillo De los quince mil caballos. Mucho me espanto de oírlo. Carlos quinto a tus vasallos Los va pasando a cuchillo, Y a mí me dejó con vida Don Hugo, tu prisionero, Cuya fuerza esclarecida, Como fuerte caballero, Vengó su patria querida. Con solos mil nos vencieron, Y no fueron veinte de ellos Los que en la guerra murieron. Colgadle por los cabellos. Mis culpas lo merecieron; Y aunque este premio recibo, Como a mi señor te advierto, De parte de aquel cautivo. Que si no quieres ser muerto, Vuelvas las espaldas vivo. Mira que el Emperador; Que tienes desafiado. Es perpetuo vencedor; Su brazo, de gran soldado, Y de gran Rey su valor. Yo te agradezco el consejo: Colgadle de un roble luego. No hay réplica. ¡Pobre viejo! Voyme, español rayo y fuego, Y victorioso te dejo. Ya os dejo, campos amenos, De España me voy temblando; Que estos hombres, de ira llenos, Son como rayos sin truenos. Que despedazan callando. No quiero esperar la espada Que despedazarme espera; Que aunque ella ser mansa quiera. El que la temió soñada, La temerá verdadera. Huyendo me voy; soldados, Suenen esos atambores Roncos y desconcertados, Y vuélvanse amedrentados. Pues no vuelven vencedores. Arrastrando las banderas Marche el campo hacia Belgrado. Si mis consejos creyeras. No llegaras a este estado Ni esta huida hicieras. Lleva esa cruel cautiva A Constantinopla, adonde Quiero que penando viva. A quien eres corresponde; Que tu esposa llevas viva. Vete al gran Carlos con ella. Que te será buen amigo. Gracias a mi buena estrella, Quiero llevarte conmigo. Procura salvarla a ella; Que yo quedo a ennoblecer El buen crédito cristiano. ¿No llevas esa mujer? ¿Irá con ella su hermano? No, que le he yo menester. Vete presto. Mucho siento Dejarte en esta prisión. Pues yo quedo muy contento. ¡Oh gloria de tu nación! ¡Oh causa de mi tormento! Los turcos se van marchando. Libre queda nuestra tierra. Estareisme murmurando, De ver que temo la guerra Y que vence vuestro bando; Mas por mi legislador, Cuya injusticia me aíra Y causa este deshonor, Que ya que mi miedo admira, Ha de admirar mi rigor. Vosotros seréis la presa En que se vengue mi afrenta. Cumple tu rabia, si es ésa. Por mi parte, no me pesa. Yo consiento tu castigo. Tu cruel sentencia apruebo. Yo a cualquier pena me obligo. Inventa un tormento nuevo Y ejecútalo conmigo. ¿Cómo es esto? ¿Quién ordena Que el ejército se parta Sin victoria de Viena? ¿Quién de la guerra te apartar ¿Quién tu buen celo condena? ¿Tu flojedad cómo es tanta Que huyes infamemente? Camine apriesa la gente; Que el hombre que a mí me espanta, No hay rey a quien no amedrente. El Emperador de España Me hace que el campo lleve. ¡Grande mengua, infamia extraña! Algún villano te engaña, o algún cobarde te mueve. ¿Tú temes? ¿Tú te amedrentas? ¿Tú huyes acobardado? ¡Vive el cielo, que me afrentas! ¿No es Carlos quinto un soldado? ¿Por qué su crédito aumentas? ¡Oh perros! Disimulados Encubrís con mi temor los vuestros acobardados. Pues temo al EMPERADOR. ¿Qué son siete mil soldados? ¿Qué? Son siete mil millones, Que es su próspera fortuna Espanto de mil naciones. ¡Oh gran Carlos quinto! Hoy pones Tu fama sobre la luna. ¡Oh perros! ¿En mi presencia? Poned aquesos villanos Donde paguen su insolencia. Hidalgos, si sois cristianos, Alto; a morir con paciencia. ¡Viva Cristo! ¡Cristo viva! En cruces altas poné Esa canalla cautiva; Mi cólera vengativa En ellos quebrantaré. Venga el Monarca español Y halle martirizados Sus alemanes amados. Hoy se ha de parar el sol A veros martirizados. A los soldados más bravos De mi campo los entrega. ¡Oh venturosos esclavos. Pues Dios a tal tiempo os llega, Que experimentéis sus clavos! Ya parte el campo, corrido De ver tu resolución. Camínese sin ruido. Cese el belicoso son; Que voy huyendo y vencido. Tocan cajas y trompetas. ¿Cómo tocan? ¿No he mandado Que se marche sin rumor? ¿De qué os habéis alterado? No es turco aquel atambor. Que está a lo español templado. Trompetas suenan de España; Turcos, la caballería Española está en campaña, Y llega la infantería Vertiendo cólera extraña. ¡Que llega el Emperador! ¡Huyamos, gran Solimán! ¿Dirás que eso no es temor? Cuando tiembla el capitán. Luego teme el inferior. Pues ¿para qué braveabas, Turco infame y fementido, Y al son de las trompas bravas Brotas el miedo escondido Que disimulando estabas? Yo no temo su atambor, Ni sus trompetas me alteran, Ni me pusieran temor Cien mil y más que vinieran, Sino aqueste EMPERADOR. ¡Ea, cobardes! Caminemos; Que permito que os salvéis, Porque todos nos salvemos. ¡Oh españoles, hoy vencéis! Las espaldas os volvemos. Pero aunque el suelo alemán De vosotros se cubriera. De Colibre a Perpiñán, ¡Vive Alá, que no os temiera Si os faltara el capitán! Llegad, hallaréis desierto Todo este valle famoso, De turcos y armas cubierto; Hoy me rindo temeroso, Porque no me hallen muerto. Jesús, ayudadme vos. ¡Oh crueles, vengativos! Aquéllos son los cautivos, Que están llamando a su Dios. Llega, españoles, llega Por los sangrientos despojos Que mi cruel campo os da. Levanta a España los ojos. Que acercándosenos va; Oye sus voces ya bajas; Quede ufano el vencedor. Aunque no siento ventajas. ¡Suéltame, infame temor, Que casi el paso me atajas! ¡Oh España! Con tu braveza Tanto mis sentidos ciegas, Que volveré sin pereza, Imaginando que llegas, Cien mil veces la cabeza. Ea, dejad la campaña, Y seguidme infamemente. Grande infamia se consiente; Para todos mengua extraña Que vaya huyendo la gente. El Turco y su campo huyen, Que van temiendo la muerte; Grande cobardía arguyen. ¡Vive Dios, que huye la gente, Y mi campo la destruye! Ea, Emperador del mundo, Y Rey de todos los reyes, Vuelve, vuelve a la batalla. Soberbio Rey, ¿qué te ofende? Mucho es tener tanto miedo Quien tantos títulos tiene. ¿Cómo huyes si eres noble? ¿Cómo eres noble si mientes? ¿Cómo mientes si eres bravo? Si eres bravo, ¿cómo temes? Espera, señor del mundo; Que un pobre Rey, que no tiene Sino su espada y sus armas, Te queda esperando; vuelve. Yo soy tu desafiado; Si eres tú el que se promete Bañar en mi honrada sangre. Sólo falta que me esperes: Una sola cota traigo Y una espada de tres jemes. Si quieres probar la tuya. No huyas, espera aleve. ¡Aquí de Dios! ¡Que haya un hombre, Que, rodeado de gente, Cuerpo a cuerpo me amenaza Y las espaldas me vuelve! ¡Ah bárbaro! ¡Vive el cielo, Que he de ver, aunque te alejes, Si son tu decir y hacer Conformes o diferentes! Estas honradas coronas A tus imperiales sienes, Tu ejército victorioso Presentan, rinden y ofrecen. Solimán huye vencido, ¿Qué mayor victoria quieres? ¿Qué mayor gloria procuras? ¿Qué triunfo mayor pretendes? Tomó Cipión a Cartago, Pero los cartagineses Vertiéronle mucha sangre, Matáronle mucha gente. Pero tú, gran Carlos quinto, Sin gota de sangre vences. Sin acometer espantas, ¿Qué será cuando acometes? En cuya correspondencia, Los vencedores laureles, Como a vencedor sin sangre, Esta corona te ofrecen. Venció Alejandro a los Citas, Domó los muros rebeldes. Los bárbaros Caramanes. Los rústicos Escoceses. Pero venció siempre armado, Y ellos desarmados siempre, Sin capitán que los rija Y sin rey que los gobierne. Pero tú has vencido a un hombre, Al Turco grave y prudente. Tan gran capitán, que el mundo Le da asiento entre los nueve. Y en premio desta victoria, Gran Carlos, te pertenece Esta corona de oro. Como Rey que vence reyes. Sujetó Mario a Sagunto, Pero primero que viese En su poder los vencidos, Halló la ciudad sin gente. Y el que le entregó las llaves Se arrojó luego de un fuerte, Porque no llevase a Roma Quien su triunfo ennobleciese. Tú venciste a Italia, a Flandes, A Sicilia, a Europa, a Gelves; Domaste los alemanes. Espantaste los franceses Y otras provincias famosas, Donde tus banderas tienen Ganadas las voluntades. No, cual Mario, las paredes. Y así, te rinden, gran Carlos, Mis manos, leales siempre. Corona de plata fina. Como a quien provincias vence. Entró Setual el Godo, De quien eres descendiente, Desde Nápoles a Roma Y desde Tántalo a Güelmes. Allí derribando muros, Acullá batiendo fuertes. Postrando en tierra ciudades, Vertiendo sangre inocente. Y después a sus soldados Hízoles dar crudas muertes, Por no partir entre ellos Aquellos robados bienes. Tú triunfas, vences y ganas, Y cuanto ganas y vences Repartes a tus soldados, Y entregas a tus jinetes. Al enemigo castigas, Pero al amigo defiendes; Ajenos reinos despojas, Y los tuyos enriqueces. Y así, te ofrezco corona De hojas de yedra verdes. Como a muro de la Iglesia Y defensor de su gente. Levantaos, amigos míos, Instrumentos de mis leyes, Y poned en vuestras armas Encinas, robles, laureles. Que tan honradas coronas A tales hechos se deben; Y sedme todos testigos (Que seréis testigos fieles) De cómo, desafiado. Busco al Turco y no parece. En los muros de Viena, Sus campos y vegas verdes. Sus árboles y sus ríos Saben que huye y me teme. Sale un soldado. Fuerte Braquio, victorioso De los siete mil caballos, Se ofrece entre sus vasallos, Como capitán famoso. Viene a besarte los pies Y a darte de su victoria La relación más notoria. Bien ha mostrado quién es. ¡Oh, victorioso alemán, Mucho me huelgo de veros! En efecto, caballeros, Llevasteis buen capitán. Estas banderas que arrastro Son las que al Moro quité. Por armas os las daré Con seis Castros, pues sois Castro. Y ese turco valeroso, ¿Es cautivo? No, señor; Este es el Gobernador Del ejército famoso Del Turco, y su General. Pues ¿qué quiere.? Es mi cuñado; Con mi hermana está casado. ¿Cómo? Majestad Real, Es cristiano y noble. Basta. Viniendo, topé con él. Que venía, como fiel Y como uno de mi casta, A besarte el pie; y sabrás Su historia más largamente. Él quiero que me la cuente. En tu aposento lo oirás. Entretanto que la sé, . . Os hago de mi Consejo. ¡Oh gran Carlos quinto, espejo De la nobleza y la fe! ¿Cómo, don Hugo, enlutado, Y habéis ganado tal yerno? Soy padre, y padre más tierno, A lo que es más obligado. Llévame el Turco cautivo Un hijo obediente y fiel, Y lloro porque fue aquel Por quien después de Dios vivo. Hijo, si el Turco os llevó. Haced como buen cristiano, Y no deshonréis la mano Que preso me alimentó. No lloréis, don Hugo honrado; Que el Turco me dejó aquí Libre y muy bien empleado. ¿Quién me habla? Isidro fui: Veisme aquí crucificado. En éstos vengó su ira Aquel gran perseguidor De Cristo. ¡Tal caso admira! Veis aquí muerto el valor Que el cielo respeta y mira. Todos han muerto, y espero Solo a verte. ¡Oh cielo abierto! ¡Oh mi Acacio verdadero! ¡Mi hijo! Qué, ¿os hallo muerto? No, padre, pero ya muero. ¿Qué cuenta me habéis de dar De una mano, si algún día Me pude en ella entregar? ¿Cómo, hijo, si era mía, me la dejasteis llevar? Ya allí, padre, entre los dos Fue la obligación cumplida; Mi mano cumplió con vos, Y a vos os sirvió en la vida, Y en la muerte sirve a Dios. Cuando la tuve empleada En buscaros de comer, No quise emplearla en nada: Ya no la habéis menester. Bien está ahora empleada. De Cristo soy fiel esclavo; Como su esclavo, me empleo Donde en su servicio acabo, Y él, por no ponerme feo. Me puso en la mano el clavo. Y fue una invención tan rara, Tan extraña y prodigiosa. Que sólo Dios la pensara. Pues quedó la mano hermosa, Y más hermosa la cara. No os cause disgusto en nada. Padre, ver que me suceda Una muerte tan honrada; Que un hijo soldado os queda Y una hija bien casada. Adiós, padre; adiós, hermanos; Adiós, noble Emperador; Adiós, soldados cristianos; Patria, adiós: ya voy. Señor, Recibidme en vuestras manos. Muere Isidro y corren la cortina. Espérame, hermano mío, Y pues vivo no te abrazo. Abrazaré el cuerpo frío. El corazón despedazo. ¡Ah don Hugo! ¿Y vuestro brío? ¿Este suceso os da pena? Pues es éste el bien mayor Que habéis ganado en Viena. Derrítese con dolor Una amistad cuando es buena. ¡Ah Solimán! Por Dios juro Que he de vengar estas muertes: No pienses que estás seguro; Huye a tus castillos fuertes; Haz ya muro y otro muro; Que tiempo vendrá que España Castigue el mal que le has hecho En Viena y su campaña. ¡Por cierto , bárbaro hecho Y resolución extraña! Vos, don Hugo, pues perdisteis Tal hijo, sufrí el perder: Por los servicios que hicisteis Serviréis de Canciller, Aunque ser más merecisteis; Y en vuestros hijos suceda El noble oficio que os doy. Noble obligación me queda. A vosotros todos, hoy No hay premio que daros pueda, Sino es los brazos de amigo. Entretanto que se os paga Lo que habéis hecho conmigo; Y ahora, un templo se haga Que quede para testigo Deste milagro presente, Adonde haréis enterrar Los cuerpos honradamente. Vos, Marqués, haréis pagar Lo que se debe a mi gente, Y dadles dos pagas muertas. Las piedras, con premios tales, A tu servicio despiertas. Toquen cajas y atabales; Abra Viena las puertas, Donde descansando un día, Me pienso a España volver Con mi noble compañía: Tendrá parte mi mujer De aquesta victoria mía. Alemania queda llena, Gran Carlos, de inmortal gloria Y gozo de paz eterna. Y esta es la feliz victoria Que alcanzó España en Viena.
