Texto digital de La católica princesa Leopolda, prima de doña Margarita de Austria, reina de España y elección del emperador Matías
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- Atribución tradicional
- Andrés de Claramonte y Corroy
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- Andrés de Claramonte y Corroy Segura
- Género
- Comedia
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- El texto procede de la transcripción automática (corregida posteriormente) del manuscrito MSS/15334 de la BNE.
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Gromowska Swiatkowska y Andreea Gaia. Texto digital de La católica princesa Leopolda, prima de doña Margarita de Austria, reina de España y elección del emperador Matías. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/catolica-princesa-leopolda-prima-de-dona-margarita-de-austria-reina-de-espana-y-eleccion-del-emperador-matias-la.

LA CATÓLICA PRINCESA LEOPOLDA, PRIMA DE DOÑA MARGARITA DE AUSTRIA, REINA DE ESPAÑA Y ELECCIÓN DEL EMPERADOR MATÍAS
JORNADA PRIMERA
¿Al fin ya se juró la archiduquesa? Ahora en este punto de Moldavia la ha jurado su padre por princesa. Él se gobierna con prudencia sabia, pues quiere que su hija en tiernos días posea el Principado. Si te agravia, así tú, hermano, sin razón porfías en querer que yo goce el Principado, si ella quiere casarse con Matías. A Viena por él han despechado, y su primo, el monarca de Alemania, el casamiento injusto ha concertado. Trocárase Moldavia en Transilvania, y yo, entre sus católicos, ser pienso tigre cruel de la desierta Hircania. ¿Dónde fue la jura? Con inmenso gusto y placer que mandó en su capilla negros penates y dorado incienso. La asentaron con pompa en una silla los papistas, con música solemne, causando a todo el pueblo maravilla, y en ella la juraron. Como tiene los católicos todos de su bando, todos le siguen. Ya a palacio viene. De aquí veremos cómo va pasando. Si Matías se casa con Su Alteza, Lutero y Suspimón se va acabando. Porque la Casa de Austria, por grandeza católica de fuerte, que por experiencia no reforma a ninguno la cabeza. El gran Rodolfo de Austria siempre ha visto mil fatal herejías en su Imperio y con ninguna su amistad conquista. Yo sé que en toda no afrenta y vituperio los Austrias han pasado porque el Papa sea el padre y señor del hemisferio. La mayor parte del moderno mapa por ellos es cristiano. Y a unas penas el Otomano si no se les escapa. Como parte de ganancias y centenas que el más pueblan están de santuarios y de santos y santas por él llenas. Por los Austrias el mar todo es calvario, que ellos le ponen cruz en cuanto ganan. Y así hay cristianos por de estos otros varios… Alberto e Isabel con gloria entran en Flandes de la Iglesia son columnas como los dos monarcas de la España. Nuestras tropas de hoy serán ninguna si vienen con Matías. En Moldavia Primero se besan XXXX. ¡Muera quien nos ofende y nos agravia! Hoy pienso atosigarlo en la comida pues se fía de mí, que aunque más soez sea Leopolda, con perder la vida su padre, ha de quedar a malgesto. Y a nuestra voluntad siempre rendida. Y llamo XXXX a lo injusto justo Quedo, que pasan ya. Dime por Roma cuándo así pudo entrar César a gusto. Hermosa es Leopolda. ¡Estrella! ¡Ángel es! ¡Será demonio ! Si mi hijo el conde Antonio, ¡conde!, no casa con ella, tome el príncipe, mi hermano. ¡Que yo luterano soy! Y así, con el mal, estoy; pues niega a su primo hermano. Porque XXXX mejor que se junte el Principado, mi ducado y mi condado. Dios lo trazará mejor. ¡Ya le pasan la comida! En ella me quiero hallar porque le he de atosigar aunque me cueste la vida. El duque Reynaldo sale. Es católico y privado; él en este Principado es solo el que puede y vale. Entremos a ver comer a la duquesa y así no le hablaremos aquí. Favorézcame en leer esta carta, Vuestra Majestad, que espero cuatro días. Es del príncipe Matías? Es del duque de Florencia. Nunca me han dejado entrar a hablar a Tu Alteza. ¡Guarda! Ansía al príncipe la guardia y a muy pocos da lugar por estar llena la XXXX de herejes; y por ser él católico y por ser fiel. Donde no hay Dios, todo es guerra. Fray Andrés de la condición que es él, que la presente lleva, es fraile de la Obser- vancia del Serafín Padre San Francisco. Pasa a Hungría y a Bulgaria a regular de su religión; Vuestra Alteza le dé amparo y libre XXXX como príncipe católico. Que por Cartal de Cardenales la vali- do de XXXX, que le ha dado pasaje el emperador y los demás príncipes. Que eres soporte de Europa, susten- tan y amparan la Roma y la Iglesia. Él es hombre de ejem- plo y Santa Vida y sus virtudes y le- tras, no solo en España donde na- tural son manifiestos, si no tam- bién en Italia. Dios guarde a Vuestra Alteza. De Pisa, mayo, veinticinco del año 1608. El duque de Florencia. Yo a Su Alteza le diré la carta y vuestro valor. Y en ello muy gran favor, gran señor, recibiré. Es Su Alteza tan amigo de los católicos todos que dame lanzas y modos para tenerlos consigo. Que, aunque la parte mayor del Principado persiguen los católicos y siguen de Lutero el falso error, a pesar de todos es católico. Dios le dé vida para que la fe postre el dragón a sus pies que la mayor parte engañó de esta región. ¡Quiera el sol del mundo! ¡Es fe de español labia! ¿Y adónde en España naciste? Nací en Valencia. Dicen que es bella ciudad. Si pudiera su beldad pintarte con tu licencia vieras como el sol dorado con Valencia la luz pierde; que ella alumbra un cielo verde, y él un cielo aturquesado. Aunque en esa galería un lienzo mandase pintar en relación, mas su XXXX verla pintando querría. Valencia, que de Sagunto ahora en Europa es el alma porque XXXX desde el tiempo que le falta. De sus mármoles y piedras, de sus efigies y estatuas. A pesar de sus reinas, a los cielos se levantan. Y es tan hermosa y tan bella, que aquella fe, más que mudar, fue sombra del nuevo fénix que se engendró de sus llamas. Y como en la Tierra es Cielo, está en un globo fundada cuyos círculos rodean mil soles de hermosas damas. Doce portales le sirven de doce signos que guardan este cielo, que hasta en esto no pierde su semejanza. Babilonia la vistió de sus insignias murallas. Aunque, para espanto, en ellos solo los pinceles faltan. El portal de los señores en dos torres se levantan a calcar los pies del sol y él, con ellos, se los calza. Esta ola de pájaros libres es una invencible jaula. Y en ella, aunque todos lloran, los que tienen plumas cantan. Esta torre, entre las ciento, fue la maravilla octava. Si el portal de cual no diera, y en vida a sus piedras pardas, porque en dos torcidas torres en cuyas puntas se lava. Recuerda el sol las que nacen siendo el pespunte en las barras. Las murallas con las torres que en compás antiguo labran. Parece un lienzo familiar de pasamanos y plata; y a un río que en día quiere, por verla parar sus aguas, cinco puentes le dan ojos con que llore porque pasa. Los cinco mejores ríos del mundo honran sus espaldas; pueden con los cinco puentes que el río en las suyas carga. Los cuatro tiempos del año cifra el mercado que es Palia en quien Flora y Amaltea están vertiendo abundancia. En él, la lonja se mira, cuya milagrosa traen, en enroscados con lonas, con artificio se cargan. Ciudad y diputación; son dos milagrosas casas por cuyos techos el oro en racimos se desgaja. Los dorados artesones y las paredes doradas han agotado las minas de Fray de las Armas. Tiene el portal de la mar un baluarte que guardar; Un banco que al grande defiende y su máxima y XXXX. Estas son chozas humildes que conservan en XXXX vino oloroso con XXXX e infinita pesca y caza. XXXX del baluarte tiene a la casa de las armas cuyos tapices hermosos son arcabuces y lanzas. Y de estos, y arneses limpios que de mil lazos se graban, pueden salir en una hora XXXX mil hombres a campaña. De este milagroso puerto, organizado de gracias, cuyas calles son las venas por donde su aliento pasa. Es la XXXX una torre que de XXXX se llama a quien da el sol sus cabellos porque la hizo el tiempo calma. Mas como a este cuerpo bello el corazón le faltaba, y sin corazón no hay vida, que es aposento del alma de lo más puro y perfecto. De este cuerpo en las entrañas la vio un rico corazón- Un XXXX, para que en el de Valencia la vida este conservada. Y le dio por alas bellas las dos alas de la fama. Es un colegio famoso y un estudio, en cuyas aulas, se estudia el culto divino en cinco atridas santas. Referir la compostura de las capillas gallardas; la arquitectura y concierto que en las bóvedas se enlaza. La valentía y la fuerza de los pinceles que esmaltan; las paredes que al brocado en sus telares agravian. Fuera querer referir de los cielos, con palabras, los cultos sacramentos repartidos en jurarlos. Solo digo que se cifra, en su pequeña distancia, la gloria que es esteza otro Juan me lo espanta. El templo es solo un reloj donde labores se gastan; con un XXXX no concierto que jamás se desbaratan. Es espejo en que se mira la virtud, la limpia cara, cuya guarnición costosa son zafiros y esmeraldas. El fénix del cielo hermoso, que a pesar de las borrascas que llueven en mi Iglesia, él nos promete bonanza. Es arca del Testamento donde se encierra y se guarda el pan que de un fin luce; sea amado en una palabra. Es reliquiario divino, esa agua, de cuya pasta, se reparte el que dio al mundo el primer Papa. Es un templo consagrado a la Eucaristía Sacra, que ha querido ser ribera de este mar de tantas gracias. Todos los jueves del año, cargados de flores varias, en cántaros y azafates de plata acendra y blanca. Sus XXXX compuestas sus clérigos acompañan, que en el azar y al pradal ponen con Santa Crianza. Y en sus coros la capilla, con majestad, salmos canta a la hostia descubierta, puerto de la Roma Santa. Y también los viernes todos, encubriéndose una tabla adonde ejemplo celebra con su colegio la Pascua cantándose el miserere tras cuatro velos de plata al que por sentir su muerte el templo, los suyos rasgan. Que es un cadáver divino, que por las culpas humanas está en el aire pendiente, que hasta la tierra le falta Es prodigiosa figura, y dicen que de Alemania la llevó el santo arzobispo para enriquecer a España. Referírete las reliquias que en oro y en plata engasta. Fuera querer referir sus ornamentos y capas; Solo digo que se haga este milagro de alcázar para con comparación, poniendo XXXX a tantas, este rector venturoso. Esta máquina gallarda, les ofrece a Dios, y él se toma para sí una piedra helada; Su memoria, sus virtudes, ella promete contarlas, porque en favor de los justos las piedras sin lenguas hablan. De Valencia y del colegio, cantando sus alabanzas me estuviera un siglo entero si ella no fuera mi patria. Goce el prelado mil años para que su blanca barba sirva ciudad tan en XXXX de invencible barba cana. Yo he tenido a grande suerte oíros. Así he querido, andando desconocido, excusarme de la muerte. Que ni al Seráfico Santo ni a su vida respetan los que a Alemania quieran cosa bien digna de espanto. De ellos la mudanza fue, que quitármela han querido. No importa mudar vestido el que no muda la fe. No os pondré, padre, en secreto con su alteza. Ya ha comido. Esto a Vuestra Merced mido. Eso y mi casa os prometo. Agrádame la canción; y mucho más me agradara cuando Dios Santo tratara que obligara a devoción. Los cánticos se ordenaron no más que para alabar a Dios, pasando el mar el XXXX celebraron los del pueblo con canciones. Y dos niños que tenía el fuego en Santa poesía, daban a Dios bendiciones. David, para enamorar a Dios, hizo copia a tantos de versos; y signos le canta la iglesia. Y pues el cantar se dedica solo a Dios, dejad canciones profanas para gentes no cristianas. ¡Que hacéis! ¿No os sentáis los dos? ¿Hermano? ¿Sobrino? Bien estamos. Dadme recaudo de escribir. Ya está turbado. ¡Cantarán! ¡Canten también! Cuando presos pasamos los días de Babilonia sollozando; a ratos nos sentamos, a descansar llorando. De ti, dulce Sión, nos acordando. ¿De qué sirven los días? Goteras que la vida van gastando cetros y monarquías. Estamos despreciando, de ti, dulce Sión, nos acordando. Allí, de descontentos, colgamos de los sauces levantados los dulces y mis tormentos, que en Sión acordados, cantábamos a Dios himnos sagrados. ¡Ay, Jesús! Ya va emprendiendo el enero con furor. En vuestras manos, Señor, el espíritu encomiendo. ¡Leopolda!, ¡Leopolda! ¡Señora y triste! ¡Señor! ¡Muerto está Su Alteza! ¡Nuevas de tanta tristeza nos das! En eso consiste mi vida ¡Ah, Señor! ¡Ah, hermano! ¡Muerto está! ¡Cierto! Y tan cierto como veis. Quedose muerto y con la carta en la mano; Tan apretada y tan fuerte que parece que está vivo. ¿Cómo mi llanto excesivo no me condena a la muerte? Extraño caso. Tomad la carta, ¡ah!, miseria humana, flor nacida en la mañana, daña mi ser a edad. Si no es rompiendo el papel no se la puedo sacar. Veamos, que de llegar, él es bronce y mármoles. Yo le sacaré terrible fuerza. Sacarle no puedo. ¡Es imposible! Yo quedo, a allanar este imposible, como viuda tortolilla. Hoy, señor, me habéis dejado; y de esa silla sentado vais a ocupar otra silla. Pero ya que os pierdo así, padre de mi corazón, fuera justicia y razón Que os acordarais de mí. Mas, ¡ay!, que no os despedisteis, porque como hoy comulgasteis todo, padre, os envío sostén; Y así con Dios os subisteis. Mas de una cosa os advierto, pilar Santo de la fe; y es que la defenderé yo aunque vos estéis muerto. Si el papel es testamento en que seré del Principado XXXX, señor cerrado, que yo obedezco y consiento. Dadme, señor, el papel; ya que al cielo os queréis ir. Que yo os prometo cumplir lo que me mandéis en él. ¡Extraño caso! La mano abrió y el papel soltó. ¡Cielos! ¡Su Alteza murió! Ya, duque, el llanto es en vano. Hoy las justicias divinas, con su mano poderosa destrozan la blanca rosa que ilustraba estas espinas. Entre tantas herejías, qué haremos, señor, sin vos; Mas, ¡ay!, que en llevaros Dios castiga las culpas mías. Cubrid el cuerpo, que viene todo el pueblo alborotado. Desdichado Principado, quién ha de haber que te enfrene. Temores no os sobresalten, que yo quedo aquí. Bien sé que no ha de faltar la fe como los Austrias no falten. Ya, ingrato, estarás contento. Ya el príncipe, tu contrario, murió. Si tu casamiento estorbaba, y de ordinario le buscaba impedimento… Ya el archiduque Matías, que Teodosio deseaba ver sucesor en sus días, con esta muerte se acaba y empiezan las ansias mías. Y ahora te casarás con Leopolda, que es mujer. Y aunque aborrecido estás, es inconstante su ser. Y de ella, favor, tendrás. Plegue a Dios que no te goces y que Matías te mate, pues mi llanto desconoces, en el primer combate. Mi Fulgencia, no des voces. ¡Cómo que voces no dé! Enemigo, ¿así se paga tanto amor, tan grande fe? ¿Quieres que te satisfaga? No, ignorante, todo lo sé. Ya sé que a la infanta quieres . Que aspiras al Principado. Que su primo hermano eres. Que la ambición de un Estado tiene varios pareceres. Ya sé que me desconoces porque soy pobre. Señora, reportarte así te goces y escúchame. ¡Ya no es hora ! Mi Fulgencia, no des voces. Verdad es que he procurado a Leopolda; pero era solo por el Principado, que a ti, mi esposa primera, el alma y vida te he dado. Desde hoy, Leopolda me agravia. Alma salí declarando a voces. Ya de mi rabia estoy mejor. En el caldo, con mano prudente y sabia, tósigo al príncipe dio el conde Alberto; y así, hoy de repente murió. Pues dame de esposo el sí y muerte le daré yo a Leopolda, que se fía de mí, que entiende que soy católica. El sí te doy para ese dichoso día. Y en señal, te doy mi mano en prueba de esta verdad. Hoy con la mano que gano entonaré esta amistad; que es del amor el canto llano con la mano que me das. Atropellando los miedos, muerta a esa ingrata verás; que son áspides sus dedos. Si ya la envidia no es más, al alma que por ti lidia, con su mano y sus lazadas das, contra quien nos fastidia, cinco saetas untadas con la hierba de la envidia. En esta mano me has dado cinco rayos, que en mi eterno veneno se han congelado; cinco furias del Infierno que ahora se han desatado. Dasme en esta mano armada cinco gigantes tiranos, cinco muertes, y, en celada, cinco caballos troyanos con cinco palmas de espada. En una mar con fiereza, desatados cinco vientos, cinco sillas sin firmeza; y me das cinco elementos contra la naturaleza: cinco escuadrones de guerra. Y al fin me das, sin los miedos que amor del alma destierra, una mano y cinco dedos donde mucho más se encierra. Que en tu mano me das, en un año, cinco mayos; sin volver el tiempo atrás. Un sol claro y cinco rayos con que alumbrándome estoy. En tu mano celestial das cinco llaves del alma con cruces de amor igual; y cinco ramas de palma en una palma inmortal. Cinco lazos, que oprimidos, tendrán los más libres cuellos cinco jardines floridos. Y porque me ves sin ellos, una alma y cinco sentidos, en un pedazo de tierra me das cinco cielos; que dos, en esta amorosa guerra, una mano y cinco dedos donde mucho más se encierra. ¡La infanta viene! Sospecho que han enterrado a Su Alteza. Voyme. ¡Adiós! Ya de mi pecho no te irás, que en la firmeza, monte inmoble Amor me ha hecho. Y con un veneno fuerte con esta ingrata concluyo y comienza nuestra suerte. Hasta la muerte soy tuyo. Y yo tuya hasta la muerte. Las muertes de los justos y los mártires la Iglesia alaba con sagrados dísticos; Y celebra David dulces sáficos. Ya de los cielos, racimados de ángeles, pisa el zafir en las píreas bóvedas, donde no cesan soberanos cánticos y el sol con arte rara y ciencia única de sus rayos le teje hermosa túnica. Son hijas del amor las tiernas lágrimas y, aunque es verdad que con alegres músicas es razón que se entierren los católicos que dan por Dios la vida entre estos bárbaros, la falta de tal padre y de tal príncipe con ellas lloro y no su alegre tránsito. Si en favor de la fe y nombre evangélico; este nombre troco por angélico. Vuestra Alteza se divierta que, pues de la luz se priva, ha de ser candela viva entre aquesta gente. Muerte Dios a los Austrias propaga no sin divinos misterios. Las monarquías e imperios de su celo, digna paga la Casa de Austria en el mundo alumbra como otro Sol. Desde el indio al español, con gloria y valor profundo, cuánto la fe mide, que alumbra como otro Polo. Que la casa de Austria es Polo Adonde estriba la fe. El emperador Rodolfo de Austria hace en la Germania, y en la más alta Alemania, lo que en Toledo, Ataulfo Alberto de Austria, a su hermano en Flandes con Isabel. Su dignisísima Raquel es freno del luterano; y el gran duque de Saboya, dueño de aquella divina y celestial Catalina, de España y del Cielo joya; Con mil divinos renuevos de esta casa soberana sustentan la fe cristiana. Y ha de ser cristianos febos el de Florencia también; de madama Margarita de Austria es nieto, y los imita y sabe imitarlos bien. De Mantua a los XXXX con esta casa engrandece; que la Casa de Austria crece. Y, por las regiones bajas, del viento con fuerza extraña, sin que herejía lo estorbe, la fe extiende por el orbe de los monarcas de España. Aquel padre, Fray Andrés; que es español, te dirá su virtud. Y Dios les da dos mundos que honran sus pies. Pues si Matías se ve en Moldavia, este dragón ha de postar su tusón y ha de establecer la fe. Padre mío, perdonad que el no haberos conocido ha causado ese vestido que encubre la dignidad. ¿Qué obediencia profesáis? La del Seráfico Santo, de la penitencia espanto. ¿Por qué ocasión no lleváis el hábito? Me robaron herejes XXXX, y enemigos calvinistas el hábito me quitaron. Y yo por poder mejor proseguir con mi viaje, encubro con este traje el de nuestro fundador. Pues yo quiero, padre amado, que es mi ventura tal, vestiros hoy del sayal con que afrentáis el brocado. Que si el archiduque viene redificaré al momento vuestro divino convento; que la herejía lo tiene asolado y destruido. Que los católicos son pocos y la religión de Lutero mucha ha sido; mas, aunque flaca mujer, ya que mi padre no pudo, fuerte y valeroso escudo de la fe tengo de ser. Austria es Vuestra Alteza y debe de la fe ser firme Polo. Porque al nombre de Austria su prestición no se atreve. ¡Mis primos! ¿Cuáles? Los reyes de las Españas. Los dos son conductos por quien Dios conserva sus Santas leyes. Son aquellas lumbres bellas, Cástor y Pólux divino; y son en el Cielo un signo, y en la Tierra dos estrellas. Y su perfección es tal, que son dos ángeles bellos; y España no ha visto en ellos culpa o pecado mortal. Son dos católicas almas, dos católicos luceros; dos XXXX de herejes fieros, y de la Iglesia dos palmas. El oro del crisol, de la virtud por quien media, vila una preciosa piedra con más fondo que el Sol. Y aquí su alabanza baste, con decir, señora mía, que tal piedra merecía solo tan divino engorde. Si la limosna os han dado idos de aquí, qué queréis. ¡La puerta no nos neguéis! Qué pobre tan porfiado. Conde amigo, no veis vos que el enojo os desconcierta; si a pobres cerráis la puerta, le cerráis la puerta a Dios. Entre Dios hasta mi Estado y así será más perfecto. No le perdáis el respeto porque viene disfrazado, conocedlo como yo, pues por daros en el suelo a vos su capa del Cielo Él en cuerpo se quedó. Vuestra vida se desangre por el Dios que en cuerpo viene, pues cuando cana no tiene, da por vos su misma sangre. Tanto, conde amigo, a vos la pobreza os atropella, que por venir Dios en ella, le cerráis la puerta a Dios. Procurad ser más cortés, que con Dios es la crianza; que vos sois su semejanza y el pobre el mismo Dios es. Vuestro disgusto se entiende. No temáis, hijos, llegad, que los tres sois Trinidad adonde un solo Dios viene. ¿No os ha dado el limosnero limosna? Señora, sí. Pues, ¿qué queréis ahora? Señora, de un caballero justicia, que mi humildad esta limosna codicia; y en los reyes la justicia es la mayor caridad. El marqués Raymundo, ayer, porque limosna pedía, por Cristo y Santa María, con crueldad y con poder, me dijo infame, por vista, que alborotas los estados, y mandando a dos criados miren qué honrada conquista. Que me matasen de suerte, mi señora, acometieron; que diez heridas me dieron y algunas de ellas de muerte. ¿Qué ocasión le disteis vos? No más de por que pedía por Cristo y Santa María. ¡A herejes castíguelos Dios! Duque, este caso escribid para su tiempo. Sí, haré. Hermano, yo os vengaré del traidor. Llegad; venid. El marqués Raymundo viene. Callad y dejadle entrar. El universal pesar que este Principado tiene por la muerte de Su Alteza no se puede encarecer . ¿No es este el pobre de ayer? Sí. Él es. ¿Qué hace Tu Grandeza? De esa suerte, a un vagabundo le da asiento en su dosel. Sí, Raymundo, que está en él. El que ha enriquecido el mundo herido está, y no os asombre; aunque a respeto me obliga, como a Dios, cuanto aquí os diga. Qué queréis, este es el hombre. Unos ministros airados estas heridas le dieron, que otra vez lavar quisieron mis culpas y mis pecados. Dios es el que mis regazos está bordando de luz, y porque le falta cruz le doy, marqués, mis dos brazos. En mis brazos se enclavó porque andaba cruz buscando; y entre ellos está rogando por el mismo que lo hirió en calvario y compasión. Muere en esta cruz que esmalta; y si buen ladrón le falta, no le falta mal ladrón. Pues es, marqués, vuestro intento católico; pues es Dios sed hoy, mico de muy vos y un gil de con vuestro ungüento. De mis brazos desclavadle, que es su dolor muy profundo; y en vuestra casa, Raymundo, favorecedle y juradle y volvedle vivo y sano. ¿Quién eso asegurará? Dios, que en ese pobre va, que es el mejor cirujano, en la carroza con vos le lleva. Ea. Llevadle. ¿Que esta enemiga así me ofende y castiga y a un bergante llama Dios? ¿Tú qué pides? Antes vengo a darte. ¿Tú a darme a mí? Sí, señora. ¿A darme? Sí. Y así, tu vida prevengo. Echado, señora, estaba en aquesa galería, en tierra que es cama mía, que ni se mulle ni lava. Y echado, señora, allí, oí hacer al conde Alberto un diabólico concierto y una traición contra. Puede de todos fiarse; es secreto. Muy bien puede. Porque Matías no herede y contigo no se case; porque teme que ha de darle su primo, el emperador de Alemania, su favor de gente para ayudarle. Han trazado que a Tu Alteza, esta tarde, el conde Alberto le dé un tósigo. Esto es cierto. ¡A tigres en la fiereza! Y el duque Vicencio, tío de Tu Alteza, solo intenta tu muerte. ¡Ay, tan grande afrenta! ¡No le llames tío mío, llámale tigre cruel! Mas Dios de él me vengará. Tu aviso, amigo, será premiado. Vasallo fiel soy de Tu Alteza. Llevadlo, pues su aviso me ha servido; y hacer de dar un vestido y cien escudos, Reynaldo. Venid. Llevadle. ¿Y vos qué queréis, hermana mía? Ninguna cosa, que es una inoportuna. ¿Por qué, conde, la ofendéis? No tengo enojo ninguno; y así, yo no la he ofendido. Si hubiera despobre sido, supiera de ser inoportuno. Llamáis inoportunidad su miseria y mal hacéis; y esto es porque no sabéis qué cosa es necesidad. ¿No os dan limosna? Señora, la limosna que me dan, aunque es dinero y es pan, y lo he recibido ahora, no es bastante para seis hijuelos que en casa tengo y, así, a importunarte vengo. En mí su madre tenéis. Después que hayáis vos tomado limosna, sin avisar a nadie podéis entrar hasta mi dosel y estrado, que yo os daré para ellos un doblón todos los días porque Dios traiga a Matías a domar bárbaros cuellos. ¿Un doblón, señora? Sí. Mira que es mucho. Callad, que es más su necesidad que el remedio que halla en mí. ¡Con seis reales les sobra! Fiera condición tenéis, conde. Ya que no la hacéis, no tachéis la buena obra. No pudiéramos venir los dos desde esta grandeza a su miseria y pobreza y a mendigar y pedir. No murmuréis, bueno está; ni aflijáis a la mujer, que la limosna ha de ser, conde, como quien la da. ¡Qué gentil magnificencia de conde! Padre, calle. ¿Este es conde? Sí. Será conde solo en la apariencia… Buen conde, ¡por Dios!, si esconde la limosna. ¡Luterano es como yo valenciano! Qué gentil traza de conde… ¡Plegue a Dios que no te veas en necesidad, señora! Aunque lo que das ahora, para doblarlo lo empleas; pero si en ella te ves, esto que ahora me das en mi poder lo hallarás multiplicado después. Que, aunque soy pobre, también soy piadosa y cristiana. Toma, y de ordinario, hermana, haz bien sin mirar a quién. Y aunque pobre, sé cortés; que yo limosnera soy de Dios y esto que te doy es también para que des. ¡Dete el Cielo larga vida! Yo rogaré a Dios por ti, porque aunque me ves así, soy señora agradecida. Por la ración a mí ven todos los días. Sea así. Y pues te le hacen a ti, haz bien sin mirar a quién. Ya que Su Alteza ha pagado la universal deuda humana; y el Cielo nos lo ha robado y en Estrella soberana, junto al Sol se ha transformado; importa que Vuestra Alteza se case que, aunque mujer, con la mayor fortaleza no ha de poder defender. Duque, mucho os agradezco el cuidado que tenéis; y, aunque mujer os parezco, presto príncipe tendréis. Honor del suelo tu deseo, el archiduque Matías, mi primo, es mi esposo ya. Él supla las faltas mías; ya hecho el casamiento está. ¡No lo ha de ser en mis días! En Moldavia dueño ajeno no ha de entrar como eso hacéis; ¡ya de veneno estoy lleno! Pues no es mucho que le deis si tenéis tanto veneno. Ya sé que sois escorpión, y sois víbora cruel, y con envidia y pasión, almas, inocente Abel, mordéis en el corazón. ¿De qué Su Alteza se agravia? ¡De ver que no queréis vos que haya príncipe en Moldavia! Pues duque, sabed que hay Dios, y es su mano eterna y sabia. Decir que aquese no venga no es decir que no quiero que señor Moldavia tenga; que darle señor espero que más le importe y convenga. Y, ¿quién es? El conde Antonio, mi hijo y tu primo hermano. Y es como da testimonio, gloria del nombre cristiano, desde el Istro al mar Ausonio. Dime, ¿yo no soy tu tío? ¿No fue mi hermana tu madre? Aqueste no es gusto mío porque es orden de mi padre. ¡De tu padre es desvarío!, porque tu padre dejó escrito en aquel papel; y en el último escribió que no te cases con él, sino con Antonio. Yo lo traje aquí y aún no está abierto, que aún no he tenido lugar de verlo. Él dirá la verdad y mi marido, el que dije, será. Mi hijo Antonio lo ha de ser y así lo ordenó Su Alteza. Aquí ahora se ha de ver Teme a Dios. Rara extrañeza. Hija, si quieres saber, persigue a los luteranos y se lograrán tus días. Da tu amparo a los cristianos y cásate con Matías, que ha de ser rey de romanos. Estás cláusulas advierte que es testamento en que mandó que se cumpla de esta suerte; que soy viejo y no sé cuándo me derribará la muerte. Colgate mi maldición si no lo hicieres así; de hacer lo que mando. Si… Si esa ha sido su intención… De un hipogrifo alazán, gran señora, se ha apeado un correo. ¿Es alemán? Este es, conde, mi criado. De veneno y Sol imán viene una carta cubierta y, si la llega a leer, ha de quedar luego muerta. Id, no le hagan detener. Ya le han abierto la puerta. Aqueste pliego reciba Vuestra Alteza. ¿De quién es? Del archiduque. ¿Y la prueba de la vida? Duque, pues en vos ya este caso estriba, leed esta carta. ¿Yo? ¿Vos no sois cuerdo y discreto? Yo, señora, cuándo no si hay en ella algún secreto. No os turbéis, duque. Entendida sin duda una traición. Que te cases con Matías está más puesto en razón; y, aunque de mí te confías, yo leo mal en confusión. Estoy puesto. El conde puede leerla, que lee bien. Matías el reino herede y otros mil reinos también; de que venga el archiduque a ser príncipe a Moldavia, dadle aquesa carta al duque. Ya que tengo de morir, la verdad decirte quiero antes de llegar a Dios. Pues tan noble caballero, ¿eso tiene de decir? ¿Vos morís por qué ocasión? ¿Habéis hecho contra mí algún engaño y traición? Abrid la carta, ¡ay de mí! Saltos me da el corazón. Aquesta es carta fingida, que viene veneno en ella para quitarme la vida; ¿tanto tardáis en ella? Está al papel tan asida la nema que se rompió un pedazo. No es ahora tiempo de vengarme yo de aquesta gente traidora que muerte a mi padre dio; pues no ha sido de provecho la carta que me han traído, que de deshecha y deshecho el papel que causa ha sido del engaño que sospecho, rómpase esa carta así pues tan mal escrita fue. Y nadie la lea aquí que, aunque no la leo, sé que se escribió para mí. Mis cosas así acomodo, rómpase aunque venga en ella mi sosiego de algún modo; porque quiero aquí romperla mas que no romper con todo. Duque, a este hombre le daréis cien escudos. Vos, amigo, al archiduque diréis, que hasta que se vea conmigo no se canse ni os canséis. Decidle que su valor ya por acá se penetra y, sin envidia y rencor, decid que haga buena letra porque se lea mejor. Y decidle que al formar la letra que escribe y pinta, sepa la pluma templar; y que no eche mucha tinta, que se hace rejalgar. Decidle que se recibe como carta que ha venido al pecho y la concibe, y que, sin haberla leído, sé lo que en ella me escribe. Decidle que su concierto se sabe y que no castigo, mas ya a decir más no acierto; pero, lo que yo no os digo, dirán Vicencio y Alberto. Lo que mi lengua empezó, con más prudencia lo acaben. Pagando a quien lo escribió, que yo sé bien que lo saben harto mejor que no yo. Responde a la Embajada sin que cláusula se esconda; con prudencia moderada, no me obliguéis que responda yo con letra colorada. Y escribidle que yo sé que mal la forma se encuentra; y mirad, si sabéis que la letra con sangre entra, yo con sangre escribiré. Venid, padre, y vos también, duque Reynaldo, que temo que estos la muerte me den. En vivo fuego me quemo. ¿Que aquesto mis ojos ven? Matemos aquesta fiera y Antonio a Moldavia herede. Así no ha de ser. Espera; con secreto morir puede. Pues sea de esta manera: ella suele dar lugar hasta su cama a los pobres; yo me quiero disfrazar para que venganza cobres y muerte le quiero dar. Y así, pobre disfrazado, será el negocio encubierto mejor en el Principado; que quién sabrá que es Alberto el que la muerte le ha dado. Aunque Reynaldo no quiera, que es él que en esta ocasión nuestra religión altera vuestra religión; ¡y muera Leopolda! ¡Muera!
JORNADA SEGUNDA
Con un soldado español está retirada, conde, desde que se ha puesto el Sol el rostro, que casi esconde con soberano arrebol. ¿Español? Y es principal aunque viene disfrazado. Es el soldado imperial. Y si es, Fulgencia, soldado, trazando está nuestro mal. Cerrados en su retrese están. Trazando estarán con que el reino se inquieta; pero su mal trazaron, que una bala de un mosquete del pecho le ha de sacar a solas y sin testigo la verdad. Para no errar con un engaño contigo le puedes, conde, llevar, a una parte oculta y darle la muerte si no confiesa aunque XXXX. Ingeniosa traza es esa. Así podemos sacarle lo que busca y solicita con Leopolda, que lo estima. Podrá ser que Margarita, reina de España y su prima, cuya santidad y mito lo haya enviado. No sé cómo esta duda concluya. Pues yo la verdad sabré. Y si he de ser prenda tuya, muerte a Leopolda daré; que ya el tósigo y veneno está a punto y tengo un vaso de mil confesiones lleno. Siéntelo en el mal que pago y míralo en lo que peno. Pues para que esté segura, jura que lo cumplirás. Por tu divina hermosura he de cumplirlo. Jura más. Y por ti, también tú jura. Duerma el Sol con la noche y no bostece de la Tierra los negros horizontes; átese el viento en los soberbios montes y el mar entre peñascos no se queje. La tierra se abra y que se junten de el negro XXXX con el turbio XXXX, XXXX den los pardos y XXXX, y en pedazos se quiebra el XXXX. Pierda el mundo la luz que le dibuja el tiempo, las Esferas desencaje y por el campo las Esferas fije; buscando el fuego en su región no XXXX y el agua pura en su cristal se queja si faltara, mi Antonio, a lo que diga. Del mundo azul de las Esferas once, las doradas Estrellas quince a quince, mano cruel y bárbara de XXXX; y sus puertas diáfanas desguince y, aunque es al parecer de jaspe o bronce, se rompa y rasgue y por su rostro esguince. Caiga en la Tierra el soberano lince desencajado de su eterno gonce; rompa su raya el mar, nadie lo estorbe, y por los Cielos hasta el Sol sea sierpe. La Tierra, ingrata, sus abismos abre, arranque el fuego de su centro el orbe, parezca el viento una sangrienta sierpe si faltare, Fulgencia, mi palabra. Leopolda y el español salen. ¿Es aqueste? Sí. Yo eclipsare su arrebol; la verdad sabré aquí antes que se esconda el sol. Padre, por este papel los católicos junta, pues todos están en él; y lo que importa he ordenado en favor del Señor. De él tendrá aviso Vuestra Alteza, y este soberbio dragón verterá infernal fiereza que la verdad y razón le han de postrar su causa. Si el convento reedifico del santo que se hizo pobre, padre, por hacerse rico, yo haré que renombre cobre. La intención que hay no publico. Fulgencia, ¿qué hacéis? Señora, aguardando que saliese Vuestra Alteza. ¿Y el duque? Ahora estaba conmigo y fuese, que estuvo aguardando una hora. Cansada estoy. Como estás, gran señora, sin comer, te sientes así. Y si das en aquesto, podría ser mayor el daño, podrás tomar ahora un bocado. Yo voy a mandar subir la vianda. ¿Eso es asado? Déjalo, que reducir no puedo a este Principado a la verdadera fe. De ninguno me confío. Una conserva traeré. De ti, Fulgencia, me fío porque tus virtudes sé. Traeré una caja. Y también haz que traigan agua. Voy a traerlo. El parabién de princesa me dé nos favor. Los cielos me den. Por mandarlo Vuestra Alteza no se le niega la entrada a ningún pobre. Ah, pobreza, que en el alma deseada eres la mayor riqueza. Llega amigo, ¿qué tenéis? Tengo un mal terrible y fuerte. ¿Y con qué de él sanaréis? Con la muerte. ¿Con la muerte? Mal en desearla hacéis. ¿Sois católico? Cristiano soy. Es culpa conocida desear la muerte, hermano. Malo estoy con esta vida y con ella estaré bueno. ¿Qué tenéis? Vengo muriendo de hambre. Hacedle traer algo que coma. Yo entiendo, señora, que no ha de ser de provecho. Ahora emprendo. Han hecho, mas gente viene. Ya está la conserva aquí. Fulgencia, mira qué tiene este hombre. ¡Muero! ¡Ay de mí! Quién del viento se mantiene, señora, qué ha de tener. Dame esa conserva. Hermano, toma. ¿Pues ha de comer de lo que comes? Es llano que lo viene a merecer harto mejor que no yo. Si en el pobre Dios está y el ánima no le dio esto que ahora le da cómalo quien lo frio. Lo que es vuestro os doy a vos. Antes de dárselo alcanza, señora, un bocado o dos. Di, necia, ¿es buena crianza que coma yo antes que Dios? ¡Perdida soy!; ¿qué he de hacer?, sin duda el Cielo defiende esta inocente mujer. Si el hambre, amigo, te ofende llega bien, puedes comer. No pidas la muerte acerba, toma este bocado aquí de saludable conserva, que la llamamos así porque la salud conserva. Come un bocado. Acabado de comer te pagaré, mi señora, este cuidado. ¿Cómo? Que yo te daré, aunque pobre, otro bocado. ¿Es bueno? Es de conocida virtud. Si Dios viene en él, será fabulosa comida. Yo te juro que como él no comas otro en tu vida. Come ahora el que te doy. Es sabrosa por extremo. ¡Cielos! ¡Muriéndome estoy! ¡Que me abraso que me quemo! ¡Furia del Infierno soy! ¡Cielos!, ¿¡quién ha derramado veneno en mi corazón!? Castigo es de mi pecado y premio de mi traición. ¡¡Dios así me ha castigado!! ¿Qué es esto que dices, hombre? ¿Qué tienes? Muriendo estoy, pero aquesto no te asombre, Porque el conde Alberto soy. ¡Mira que honrado renombre! ¿Que tú eres el conde Alberto? Señora, sí. ¿A qué venías así, de pobre encubierto? Porque no entrase Matías, matarte quise y me ha muerto Dios que tu inocencia guarda . Ve tú y llámame a la guarda Solos estamos los dos, conde; el castigo de Dios nunca en los malos se tarda. Tu envidia y error profundo te han dado muerte cruel, y así en Dios mis glorias fundo que es mejor estar con él que todo el poder del mundo. Y guardando mi reposo, Dios mi ignorancia ha vengado y en un bocado sabroso en mi defensa le ha dado a un traidor otro alevoso. Fulgencia el bocado lleno de tósigo me sirvió y Dios, como es justo y bueno de tu traición me libró. Alberto, con su veneno, Él tus intentos aplaca; Soy del daño de los dos. A vuestro pesar me saca porque cuando quiere Dios del veneno hace tiaca. ¿Qué manda Tu Alteza? Amigo, tomad esta caja llena de envidia de un enemigo. ¿Quién la trajo? Una hiena. Partió el veneno conmigo, llena de veneno va. ¿Que no hay ya de quién me fíe? El que bien con Dios está de los Infiernos se ríe. Llevadla y otra me da de conserva de tu mano porque, duque, solo a ti llamo en Moldavia cristiano. Harelo, señora, así. A lobo fiero inhumano. Vosotros, llama a Fulgencia. ¿A tu cama era? Sí. Fuera estaba Fulgencia. ¿Qué es esto? ¿Quién está aquí? La malicia y la inocencia. Señora, ¿qué ha sucedido aquí? Duque, un desconcierto. Qué te ha causado y movido. Quién es este. El conde Alberto, que esta miseria ha venido; toda su soberbia es esa. Alberto, conde, qué es esto. Ya mi lengua, cuan fiera; en este estado me ha puesto la católica princesa. Su padre lo atosigué y por mi causa murió; mas Dios, que las culpas ve, de esta suerte la vengó y yo propio me maté. Castigo del Cielo ha sido y, pues la defiende Dios, de todo perdón le pido. Hacedle llevar los dos, que a los dos os ha ofendido. Mi padre, vuestro cuñado, era su alteza. Este fiero sin razón muerte le ha dado de algún falso caballero incitado y obligado. Llevadle. Acabadle allá. Y al traidor que lo incitó decidle que Dios tendrá, pues ahora no me vengó cuidado y me vengará. Decidle, pues sois cristianos como amor y con prudencia a ese vil y a esos villanos que he de tomar residencia de todos los luteranos. Decid que aunque soy mujer soy un soberbio enemigo. Esto por mí habéis de hacer porque si yo se lo digo, no ha de poder responder; y de otra suerte será sacada que sé si fe. Ya pienso que muerto está. Todo aqueso le diré, no sé si hacerlo querrá. Dios fiero me ha de vengar de todos. Ya traigo aquí la caja, puedes probar su confección. Duque, a ti crédito te quiero dar, que conserva de tu mano por fuerza buena ha de ser. Esto por servirte gano. Duque, ¿qué habemos de hacer? Pues eres noble y cristiano entre esta bárbara gente me favorece y ampara que desvergonzadamente ya su maldad me declara. Pues Vuestra Alteza es prudente, con secreto ha de vengarse de aquestos tigres de Hircana; y este daño ha de atajarse. Así yo he de ir a Alemania sin que venga a sospecharse, y he de contarle a Matías su maldad y su intención; pues que de mí te confías. Yo, entre tanto, en oración pasaré, duque, los días. Con un criado no más tengo de correr la porta. ¿Y cuándo te partirás? Al punto. Ayuda de costa al conde le pedirás, y mi palabra te doy de pagarte esta amistad. Tu mejor vasallo soy. Fulgencia está aquí. Apartad. Aquí, gran señora, estoy. Di, vil, qué ocasión te he dado que tan ofendida estás. Que no sé en qué te he agraviado que este bocado me das. Cuando me das un bocado, ¿tanto deseas mi muerte que entre dulce la procuras? Mas, ¿quieres de esta suerte disfrazarla entre dulzuras para que venga más fuerte su cadáver amarillo? La muerte, porque no pene, con carne quiso encubrirlo, que a matarme en carne viene aunque en carne de membrillo. Pero aquí comerla quiero mas la salva me has de hacer . Hazme la salva que espero, porque un rey no ha de comer sin que hagan salva primero. Prueba la conserva, ingrata, porque muramos las dos; que Dios mi venganza trata Porque es palabra de Dios, que ha de morir el que mata. Come, enemiga. ¡Señora! De lo que a comer me dabas quiero que comas ahora. ¡Ten de mí! Come, no acabas. Vuestra Alteza me dé una hora de vida siquiera. Hiciste lo que me pides conmigo, aún una hora no me diste. Come, que así te castigo. ¡Señora! ¡Cómelo! ¡Ay, triste! Come ese bocado, que te hará muy buen provecho Pues ya tengo derramado el veneno por el pecho; así, la muerte he tragado. Confesar quiero primero mis maldades y pedirte que me perdones ahora; y también quiero advertirte lo que tu ignorancia ignora. Al conde Antonio le di palabra de darte muerte y él me dio palabra a mí de ser mi esposo; y la suerte se trocó, señora, así. El duque Vicencio no es católico y te procura por codicia e interés la muerte. Aquesa es locura del veneno. Aquesta es la verdad y, por el pago, en que esto y verdad te digo. ¿Cómo el pecho no le pasó? Si está la muerte conmigo, tu muerte no me hace al caso. Estos dos, señora, son traidores. No fíes de ellos; y la falsa religión sustentan. Corta sus cuellos y acabarás su traición. Y con esto me despido de esta vida, pues me das la muerte que he merecido. Enemiga, viva estás, que es el veneno fingido. De la muerte te reserva mi mano, que cuando estoy temiendo tu muerte te acerva; conserva sola te doy, pero tu muerte y conserva porque pierdas los temores la quiero probar aquí. Vosotros, si sois traidores, veneno tendréis en mí; y si no lo sois, favores. Lo que habéis puesto en efecto es sabido, y no os espante que os tenga en tan mal concepto; y mirad de aquí en adelante quién guarda vuestro secreto. Vamos, duque. Aguarda, espera. Y ya que aquesta mintió, como mujer considera que no he sido traidor yo. Si mi razón se pondera, tú eres hija de mi hermana, Antonio es tu primo hermano; y si eres cuerda y cristiana con un príncipe cristiano no es justo ser tan tirana. Dime, ¿es Matías mejor que mi hijo? Si Austria es él yo soy Gilbert sucesor. A pesar de su laurel, de otro magno emperador; y así no es traición pedir que te cases con Antonio, porque no ha permitir Moldavia otro matrimonio. Pues primero he de morir, traidores, que tal veáis. ¡Hade la guarda! ¡No hay guarda! ¡Muere, infame! ¡Aunque me hagáis pedazos! Reynaldo, ¡guarda la vida! Porque tengáis vivo a Matías, señora, en Moldavia he de escaparme que a Alemania parto ahora. ¡Muera! ¡A mí podéis matarme no al duque! Dentro de una hora morirás. ¿Sabéis quien soy? Una tirana que ha dado en varias locuras hoy. Que ya os habéis declarado fieros, que ya loca estoy. Vive Dios, que has de casarte con Antonio. ¡Capitán! Nadie hay que pueda ayudarte. Todos de mi parte están. Aquí habemos de matarte si no te casas con él. ¡Matadme, fieros tiranos! ¡Sed Caínes de este Abel! Por lo que tenéis de hermanos que es el odio más cruel. Encerradla en esa torre, que en ella habemos de ver si Marías la socorre. El Sol deja de correr y de escucharte se corre. ¿Yo? ¿Casarme con él? Antes sufriré dos mil martirios. Pues tirana, no te espantes si te coronan con lirios en vez de blancos diamantes. A esa torre la llevad. Y católicos no vea. Solo a los pobres dejad que entren en la torre. Sea. Con una escuadra guardad las puertas y solamente a los pobres dejad entrar. A fiera y bárbara gente de todos me ha de vengar mi Dios. ¡Llevadla! Detente. Qué quieres. Quiero, enemigo, quejarme al Cielo de ti. Que así te ofendo y persigo, pues hoy quiere el Cielo así darme ingrato este castigo. A mi reina natural quise por ti dar la muerte, y tu ingratitud es tal que me tratas de esta suerte solo por pagarme mal. Cuando perdiendo el respeto a Dios me atreví a emprender un hecho tan indiscreto, ¿me dejas? Para, mujer que guarda mal un secreto. ¿Por quién me dejas? ¿Por quién? ¡Por Leopolda! ¡Aguarda! ¡Suelta! Aunque no me pagas bien, en quererte estoy resuelta. Yo a tratarte con desdén. Eres mudable en afecto. ¡Y ya no te puedo ver! ¡Pues vete, amante indiscreto! ¡Quédate! Para, mujer que guarda mal un secreto Plegue a Dios, enemigo, que no logres tus locas esperanzas y para tu castigo, entre montes de picas y de lanzas se enfrenten tus porfías; ¡y mueras a las manos de Matías! Persígate Leopolda, los papistas te causen mil enojos, y el Sol, que al mundo entolda, con nubes de alquitrán ciegue tus ojos y no logres tus días; ¡y mueras a las manos de Matías! Meta con mano sabia la Casa de Austria en término su cinto por toda la Moldavia; la mitra y llaves de su Paulo V y por tus tiranías, ¡¡¡mueras entre las manos de Matías!!! ¡Muera el español pabista! Que aunque se esconda en el Cielo no ha de perderse de vista. ¡Para tu clemencia apelo en tan bárbara conquista! ¿Qué es aquesto, Fray Andrés? Huyendo vengo, señora, de los fieros, como ves. ¡Ampárame! Ya no es hora de hallar amparo a mis pies… Ya, Fray Andrés, estoy presa. Mira a qué extremo ha venido esta triste archiduquesa. Pero, di qué ha sucedido, ¿qué confusión es aquesta? Entraron, señora mía, los herejes sin dejar en toda la galería imagen santa y altar; y con bárbara osadía, con alabardas y espadas, las han hecho mil pedazos y dado mil cuchilladas. Y yo escapando en los brazos estas joyas maltratadas de sus tiranos combates las traigo a que así las veas y de la venganza trates. Recibe de aqueste Eneas estos divinos penates, este puñal en el pecho trae la que le dio a Dios y Él viene XXXX. Vos así, señora, y vos así, señor, tan deshecho como contra las espadas de estos bárbaros tiranos os faltan manos airadas; pero, ¿cómo tendréis manos?, si aquí las miro XXXX. Desclavad las manos bellas por avis dedos se mueven en sus poros las Estrellas, que estos cobardes se atreven; porque os ven mi Dios en ellos. Aunque así obediente estáis al gusto de vuestro padre porque no los castigáis; vengáis a vuestra madre, señor, ya que no os vengáis, pues tanto preciáis de ser buen hijo, dejad deshecho este bárbaro poder. Mirad que se atrevió el pecho que os dio su leche a beber; el pecado le clavó aqueste puñal airado y donde jamás se vio a un original pecado hoy el pecado se entró. Muy mal bien aparecer en tan perfecta doncella roto el pecho que os dio el ser; no se lo rompan a ella, ya que os le dejáis romper. Y vos, virgen soberana, madre de aquel que os ha hecho Estrella de la mañana, dejad que del limpio pecho saque la punta inhumana; perdonad la sinrazón que estos fieros os han hecho, que os hieren con su traición a vos, Virgen, en el pecho, pero a mí en el corazón. Morirá si está metido en el centro. Danos luego princesa a ese malnacido. Vicencio, con más sosiego. ¡Muera el traidor fementido! Yo me vengaré de vos. Pondré su muerte en efecto. ¡Tened respeto los dos! Pero, ¿a quién pido respeto?, si aún no le tenéis a Dios. Suéltale, que le daremos la muerte entre tus regazos. ¡Teneros! Harto nos tenemos, pues no le hacemos pedazos. O vivo nos lo comemos; hoy, fraile vil, probamos los filos de estas espadas ¡Señora! ¡No puedo más! Tus quimeras y embajadas hoy, falso, nos pagarás. Y tú mira qué has de hacer; apercíbete a casar u otro tanto en ti has de ver. No dejéis ya pobre entrar, si ellos le causan placer no tenga en nada consuelo. Solo en esa ausencia fundo mi llanto y mi desconsuelo, que los pobres en el mundo son los juglares del Cielo. ¡Señora!, ¡adiós! ¡Padre Andrés! ¡Rogad al Señor por mí! Como esta noche no des de ser mi mujer el sí, otro tanto en ti has de ver ¡Virgen Santa, inmenso Dios! Pues quedáis, acompañarme, venid vos y venid vos, ¡que nada puede faltarme si no me faltáis los dos! ¿Es posible que la entrada me nieguen aquestos fieros? La antecámara está armada y llena de alabarderos. Ay, Camila, ¡desdichada! ¿Quién me ha de amparar, señora? ¿Quién me ha de amparar, princesa? ¿Quién me hará merced ahora de veros sin culpa presa? Lágrimas de oro el Sol llora mas, aunque arriesgue la vida, hoy vuestra vida ha de ser. Que he de ser agradecida, que el que sabe agradecer de las deudas no se olvida. Esta ropa y esta saya y esta toca he de dejar aquí y, para que se vaya, esta sal la ha de avisar del indicio en que se ensaya. La voluntad que se encierra en mi pecho, en tu favor pondré también en esta tierra, porque lo entienda mejor, que si ahora se destierra de Moldavia, Dios pondrá en su mano la venganza. Daré voces y saldrá, señora, en vos mi esperanza. Aunque presa firme está, socórrame aquí Tu Alteza. Que me matan estos fieros sin respetar mi pobreza. Que estos viles bordoneros den gritos con tal fiereza. ¡Echa esa mujer de ahí! ¡Digo que tengo de entrar a hablar a Su Alteza! Si tienes gana de acabar en mis manos. ¡Ay de mí! ¡Sal afuera! ¡Señora mía! ¡Leopolda, salid acá! ¡Oh, qué graciosa porfía! Sal fuera. ¿Quién voces da? Mas algún pobre sería. ¿A quién habrán ofendido estos herejes? Aquí veo un humilde vestido. Si es de algún pobre, ay de mí, algún daño ha sucedido. No hay púrpura escarlata tan fina, aunque remendado, y esta, en cuanto se dilata de hilo blanco pespuntado burlándose de la plata. Mas, ¿qué tiene esta cestilla? Dentro de sí sal encierra. ¿Sal? Extraña maravilla, algún gran secreto encierra que no me puede estar mal. Mi pensamiento no yerra que esta tierra y esta sal me dicen: sal de esta tierra. Mas, ¿cómo sin ser sentido mi intento salir podré? ¡Poniéndome este vestido! Que en sus remiendos se ve que del Cielo se ha caído, que por sus roturas bellas me viene un Santo consuelo; porque veo en él por ellas que es un pedazo de Cielo remendado con Estrellas. Pues que venís a ampararme, quiero ampararme de vos, y así de estos escaparme yo quiero, pues sois de Dios. Con vos, vestido, endiosarme; vestido despreciado del mundo, hoy habéis de ser nube de un Sol eclipsado y funda en que esta mujer guarde el precioso brocado. La ropa viene nacida, y la saya humilde y llana; yo, sí me he visto en mi vida otras veces más galana, pero no tan bien vestida. La tierra que me ha amparado en el rostro me pondrán mis manos. Y ha criado Dios de esta tierra este Adán, pues Él la vida le ha dado. Hoy Leopolda se destierra de vos, palacio inmortal; y en desterrar, Señor, yerra que esta tierra y esta sal me dicen: ¡sal de la tierra! Allí dirá la verdad. Dos cadenas le pusieron con inclemencia y crueldad. Ya dos esposas asieron sus dos manos. Fuera echad esa mujer. ¡Solo hablar quiero, señor, con Su Alteza! Que la quiero remediar, que ha venido a mí pobreza. Nadie puede a verla entrar. Este bien no me estorbéis, que quizá podréis hablarla a la noche y no podréis. Esta noche he de matarla. Eso será si podéis. ¿Por qué? Porque es inmortal, señor; a lo que sospecho. ¡Echadla! ¿Hay locura igual? ¿Pues quién inmortal la ha hecho? Un poco de tierra y sal. Loca es aquesta mujer. No la dejéis aquí entrar que espía debe de ser. Muera si te da pesar. Será de verla ofender. De loca da testimonio. Entremos a persuadir a Leopolda. ¡Es un demonio! ¡Esta noche ha de morir o casarse con Antonio! Si no hay pobres en quien obres de Infierno en el mal gobierno, Moldavia el renombre cobre, que un rey no es amo Infierno. Cuando persiguiendo pobres, República desdichada, es la que pobres no tiene y, presto, será asolada. ¡Ay, Dios! Otra pobre viene, ¿saldrá también desterrada? Pero, ¡la princesa es!, que el vestido he conocido; Fortuna da estos traspiés, ved lo que es y lo que ha sido. ¡Ah, mundo que al tiempo imitas! Y así tan caduco estás aquí a cólera me incitas, que no sabes lo que das ni sabes lo que te quitas. En ti este estado mando; mas, como nunca has estado estable, su ser mudó y, con ser suyo el Estado, hoy de su Estado cayó. Con las mudanzas que traes, al viento mudable igualas y, aunque, en tu curso te enfrenes porque en ti duran los males, son mejores que los bienes. De la Corte me he salido encubierta y disfrazada con la nieve del vestido y, está tan alborotada, que salir milagro ha sido. Mil calles he rodeado para encubrirme mejor y, aunque el cuerpo se ha cansado, las alas de mi temor a los pies viento le han dado. Parece que no he comido en un año y que el estambre vital se me ha destorcido; aunque pienso que el hambre me la ha pegado el vestido. Mas, una pobre mujer está aquí y ella podrá mi miseria socorrer, que por ser pobre dará y no diera a no lo ser. Hermana, aunque pobre estás, socorre a aquesta afligida y, pues, aquí hallado has otra pobre que te pida. Consuélate en que lo es más; dame un pedazo de pan si quieres verme vivir, que los que en pobreza están, como saben qué es pedir, luego que les piden, dan. Dando os mi pobreza a vos he de ser reloj ahora. Pues eres reloj de Dios, dame aquí de vida una hora si no puedes darme dos. En este humilde zurrón tengo pan del que me dan. Tomad, que, en esta ocasión, como aquí os doy este pan, daros quisiera un doblón que algún día le tema que Leopolda me lo daba cuando su estado tema. Todo en el mundo se acaba; y aquesa desgracia es mía. Que si tú el doblón tuvieras con alguna parte de él, ahora me socorrieras. Sí que, aunque pobre, soy fiel. Ya ser rica no lo fueras, solo pan mi hambre desea. Estos pedazos podrás llevar y en otros lo emplear, que por dicha encontrarás otro que más pobre sea. Aunque pobres haya habido nadie lo es tanto en rigor como yo, que di, aunque pido. Que es la pobreza mayor no tener y haber tenido. Pues de mi pobreza ten lo que te baste y no sobre; y a mí de ordinario ven, que, de esto, aunque seas pobre, haz bien sin mirar a quién; y esta lición (lección) me la dio Leopolda de Austria. Ya, hermana, tan pobre es esta como yo, porque es la riqueza humana tesoro que se soñó aqueste bocado ajeno, por más cierto, lo señalo. Come de él y, aunque es moreno, que al hambre no hay pan malo; aunque todo el pan es bueno; y aún perdiz y faisán, y la tórtola fiambre, y el francolín alemán, te doy con el que hombre a estas cosas sabe el pan. Más estimo este manjar que el que otro tiempo comía y de hoy he de rogar a Dios que me dé algún día algo que te pueda dar. Y pues no se pierde el bien que se hace en esta vida; de lo poco que te den a cualquiera que te pida. Haz bien sin mirar a quién; mas, ¡ay de mí!, gente viene y me podrá daño hacer. Pues huye si te conviene. El tiempo me deje volver en lo que el tiempo me tiene, que por el pan que has dado con que tu intención se abona, si uno a quien se la he prestado me da solo una corona, juro delante un ducado. Acepto aquese partido; no quiero darle a entender aquí que la he conocido. ¡Corre! No puedo correr. ¿Por qué? Porque me han corrido. ¡Por aquí dicen que va! ¡Adiós y dame un abrazo! ¡Y el alma lazo te da! ¡Oh, si fuera eterno el lazo! Aquí esta enemiga está. ¡Prendedla! ¡Asidla! ¿Por qué me prendes? Porque se cobre lo que sabes. ¡Yo qué sé! Mas, si me prendéis por pobre, el sello delito fue. ¡Matadla! ¿Qué flema es esa? ¿Qué delito he cometido? Señor, no es la archiduquesa. Yo archiduquesa no he sido, pero pienso ser duquesa. ¿Ha pasado por aquí la archiduquesa? Yo ahora pasarla vi. ¿A la archiduquesa? No. A una pobre señora sí. Leopolda es, seguidla. Ten, que esta es la que os daba leyes. Leopolda es, Antonio. ¡Ven! Mal mundo que los reyes pueden ser pobres también. Si dices por dónde fue, Después, de mi corazón, mil ducados te daré. Dame en prendas el tusón y en tus manos la pondré. Yo lo pondré en tu poder y cumpliré la promesa. En prendas lo he de tener porque, si he de ser duquesa, un tusón he menester. Ella me ofreció un ducado porque callase, no más. Yo mil ducados te he dado. Pienso que aquel vale más, que es ducado con Estado. Dos ducados tuyos son si aquí en ducados reparas. Tú ya me das un doblón; mas, pienso que es de dos caras, que las tiene la traición. Perseguir a quien me agravia no es traición. Yo os la pondré donde ejecutéis la rabia. Hoy acabada veré la casa de Austria en Moldavia. Qué gentil poltronería, Amón sin banquisalfao. ¿Qué manda vuestra señoría? Si no os llamara, estuviera bien preso Lala os tenía. Me rustia la vitela, Me mena mazarrón. Y yo; aquella damisela cantando estaba. Es razón que esté todo el mundo en vela, estad alerta los tres, cantad y bailad los dos. (¿?) Ya cantamos. Alto, pues. Miserjacome, por Dios, que es duquesa la que ves en la hostalería y se llama madama Fulgencia. Espera, pienso que era esta madama de Leopolda camarera, ya la conozco por fama. Dice que pasa a su Estado huyendo del rigor necio de un hombre. Y no me ha espantado porque el rigor de un desprecio es fuego del despreciado. (¿-FA?) En cora bollo donar a gentielo no amañar. Y voy asaz que mañar molto e per piu conto chihi chi chi pasa tempo. Firaos qui e paramento. Por estancia ha de entrar el duque Reynando, el fiero reino que he de castigar. Esta es hostalería, quiero con mi venganza comprar para esta noche posada. ¡Dadme, por amor de Dios, esta noche! Aquí no hay nada. Quedaros ganaldo vos. Soy una mujer honrada, aunque pobre y afligida; y, aunque al parecer esté así sana, estoy y fallida. Tullida estáis y, ¿de qué? Señora, de una caída. La fortuna me subió una torre y su infernal mudanza de ella me he hecho ; y, aunque me hice tanto mal, no era más alta que yo. ¡Estas mujeres perdidas! Luego dicen que están malas de golpes y de caídas, y con estas necias alas son de su honor homicidas. Los que mis caídas dan, pocas veces han caído. Todos viendo te dirán que es gran verdad que has caído, pero con algún rufián. No, amigo, que mi caer del Cielo hasta el centro fue. Mal te debiste de hacer. Tanto que mi ser troqué. Demonio debes de ser. De ángel testimonio soy con gracia aunque, en esta calma, entre demonios estoy; que en las potencias del alma siempre lo que he sido soy. ¿Y tú lisión adónde es? En los pies, que la fiereza de cuerpo como ves, fue, señora, de cabeza por tener tan malos pies; y aunque, con el cuerpo van tan unidos y enlazados, muy poco servir podrán, que aquestos pies desdichados faltos de cabeza están. Bueno está pues no hay que os dar. ¡Andad con Dios! ¿Dónde he de ir? Habladora, a trabajar. No hallo nadie a quien servir. ¿Podréis barrer y fregar con las manos? Sí, podré; y aunque no fregué y barrí en mi vida, aprenderé. Pues, alto, quedaos aquí y si sois limpia veré. Y es tal la limpieza mía que hay en el mundo muy pocas que más lo sean; y fía de mí. Son las pobres locas. A patrón. Vuestra señoría venga en buena hora. Un bocado coma el caballo deprisa, porque vengo despachado a las treinta a la princesa de Moldavia. ¿No ha llegado la fama allá en tantos días de su afrenta y su prisión? El archiduque Matías pasa ya con su escuadrón del Alpe las faldas frías. ¿Que ya el archiduque viene? ¿Quién os mete en eso a vos? ¡Qué sabéis si me conviene! Tráigale a Moldavia Dios. Ya católicos no tiene Moldavia, y los que tenía están muertos y están presos y la religión podría hacerle a Matías. De esos que la sustentan te rías, que de Leopolda marido ha de ser. ¡Vete a fregar, Habladora! Ya he sabido la verdad. No quiero entrar en la Corte. ¡A Dios le pido que traiga a Matías! Quiero avisar, madama, al duque de este católico fiero. Mi lengua en blanco estoque o en bronce esculpir espero. ¿Sois católico? Si no, hereje por la vida. Mala vida y mala muerte os doy. ¡Entra a comer! No hay quien pida el alma en albricias hoy…
JORNADA TERCERA
Donde se esconde Su Alteza nadie lo sabemos bien, que este papista español causa de estos males es. ¡Pues papistas nos finjamos! Y hablando un rato con él por dicha le sacaremos. Llámale, que bien has dicho. ¡Ha de adentro a padre Andrés! ¿Quién me llama? Dos soldados. Amigos, ¿qué me queréis? ¿Es posible, padre nuestro, que con sufrimiento esté con tantos yerros cargado en las manos y en los pies? Regalos son de mi Dios, amigos, estos que veis; que es de oro aquesta cadena, aunque es hierro al parecer. Pedernal es este reino; mas Dios, que helado lo ve, me da tantos eslabones para poderlo encender. Él es esclavo y yo libre, aunque parece al revés; que si yo los hierros traigo, los traigo, hermano, por Él. Que aunque es ciega la fe, por once cielos las verdades ve; y el que con vista está, si le falta la fe, no los verá. Aunque nos ve, padre Andrés, callar y disimular, católicos también somos; esto es decir la verdad. Que, aunque al parecer seguimos a este Lutero infernal, que le da por ser tan frío fuego eterno al alemán; las verdades confesamos, que vosotros confesáis. ¡Ay, hermanos de mi vida! Ahora os quiero abrazar. ¿Que sois católicos? Sí. Y desde hoy queremos más, por ser cristianos, la muerte que la infame libertad. Qué importa que tengáis fe si la caridad negáis. Pues tenéis fe descubierta, descubrid la caridad. Salgan por chispas estrellas de ese duro pedernal, y las verdades divinas podéis ver y confesar. Que el que con vista está, si le falta la fe, no las verá. Que aunque es ciega la fe, por once cielos las verdades ve. Desde España, me ha traído a Moldavia a padecer esta reina valerosa, esta divina Raquel. ¿Que español sois, padre nuestro? Y en Valencia me crie. Tenemos mucha noticia de su cristiandad. Podéis decir que es Cielo en la Tierra, o que un tiempo Cielo fue. Padre mío, en confesión le quiero dar a entender un secreto que me importa que no salga de los tres: cien católicos y más le quiero ahora ofrecer, que por Su Alteza pondrán vidas y haciendas también. Dinos dónde está, que importa para que aviso le dé. De nuestro intento y su gusto será con nosotros ley. Nuestra reina natural y nuestra señora es; y es católica princesa y amparo del gremio fiel. Desde que dejó el palacio y disfrazada se fue no sabemos dónde está, ni lo podemos saber. Y si acaso tú lo sabes, como en confesión nos des aviso de dónde está, la iremos a defender. Quisiera, hermanos, saberlo, mas no lo sé; qué después que estoy en esta prisión pudo la suya romper. Mas buscadla por la Corte, que con la fe la veréis; que católicos hay muchos que amparo y favor les de. Que aunque es ciega la fe, por once cielos las verdades ve; y el que con vista está, si le falta la fe, no las verá. Tan larga conversación… No sospecho bien. De aquí escuchemos. Padre, así a los que cristianos son y por el Papa y la fe se han de entregar a la muerte, ¿les negáis de aquesta suerte lo que os pedimos? ¿Quién ve tal maldad y disimula católicos? Y sabrá la verdad el duque. Ya la cólera me estimula. Católicos son. En vano con él se encierran aquí. ¿No sois católicos? Sí. Sí digo con la mano… Reporto: ya viene aquí el duque y a buena ocasión, he de contarle su traición. ¡Que nos engañase así esta católica infame porque Leopolda se fuese! Señora, la verdad confiese o su sangre le derrame un verdugo. Venga luego y del vivir lo despoje; y así como está lo arroje entre los brazos del fuego. ¡Tres días a que nos tiene con invenciones y engaños entretenidos! Tres años hará también si conviene. Y dejará de fingir muriendo. Pues de esa suerte me condenas a la muerte, la verdad quiero decir. Estos dos saben, señor, dónde está Su Alteza y quién la esconde y guarda tan bien. Mujer, ¡qué dices! Favor le disteis los dos y está donde vosotros sabéis. Esto es verdad, no os turbéis; aquí el padre lo dirá. Lo que yo puedo decir es que católicos son. ¡Ha se visto igual traición! Ya no es tiempo de fingir; católicos son, que ahora estaban, señor, hablando con este aquí, confesando que lo eran. Quién XXXX nuestra opinión; es verdad que lo dijimos, mas era porque el papista dijera dónde estaba Su Alteza. ¡Dad luego a estos cristianos muertos hasta ensangrentar los pomos! ¿Que católicos nosotros? ¿Por qué negáis, de esa suerte, en público, la verdad? Que confesáis en secreto católicos sois en efecto, tenga una cristiandad. ¡Que mentimos en decir que lo éramos! Error es que así os venza el temor… Pues sin falta han de morir si no dicen dónde está la princesa. ¡Aquestos dos la escondieron! Si por Dios, hijos, la muerte se os da, id a la muerte contentos. Que somos herejes es cierto, que hicimos este concierto. Bien se lloran mis intentos pues mueren estos herejes y yo reservo mi vida. Decid dónde está escondida, ¡o morid! ¡Qué así te dejes llevar del enojo! ¡Acaben! Si no dicen la verdad, de una almena los colgad, pues que niegan lo que saben. El diablo nos hizo ser Curiosos, no ser cristianos. Dos mártires luteranos somos por esta mujer. Pienso que me has engañado. Señor, estos cada día que yo limosna pedía en su sala y en su estrado como cristianos hablaban. Ah, gente de poca fe. Y cuando yo lo encontré, aquestos dos la llevaban. Católicos, señor, son; que eso me estaban diciendo. ¿Que en secreto persiguiendo anden nuestra religión? Moldavos, no han de quedar, si en Moldavia mando y reino, Católicos en todo el reino, ¡vivos los he de quemar! Por ser cosa que te importa, entré sin pedir licencia. Di lo que quieres, que el duque a ninguno se lo niega. El archiduque Matías, con imperiales banderas, viene marchando a Moldavia y ya en sus límites entra. Preñados están los vientos de voces de sus trompetas y los hechos, de escuchadlos, hacen los peñascos lenguas. Mira qué intentas hacer, que el relincho de sus yeguas viene amenazando rayos contra Moldavia y su tierra. Apercíbete, señor, fortifica estas almenas; juntando la religión, sus armas en tu defensa. ¿De quién lo sabes? Señor, ha de saber vuestra señoría que Miserjacome soy, el que fuera de la puerta de la Hungría y la Alemania edifiqué aquella bella y regalada hostalería, cuyos estanques y puertas y cuyas ricas estufas, salas y camas cubiertas de todas aguas de olor, XXXX, brocados, telas le han dado fama a Moldavia. Y también por la limpieza y regaladas comidas. Donde las aves vuelan junto al Sol, no están seguras de sus espléndidas mesas. Allí, pues, señor, anoche llegó un hombre que a las treinta lo despachaba Matías con recaudos a Su Alteza y díjome que ya estaba de la Moldavia tan cerca, que dentro de cuatro días entraría por efesia. Pero, oyendo que tenías, señor, a Leopolda presa, por la posta se volvió como el viento a dar las nuevas. Miserjacome, bien sé tu buen celo y que profesas el bien de la religión de Lutero. Como espera en ella salvarse el alma, es bien que por ella vuelva. Tal os dé Dios la salud. El remedio se prevenga; júntese la religión y los católicos mueran luego, al momento, en secreto. Es bien que el caso se emprenda; quiero que al momento Antonio se case con la duquesa, que es de las más principales de la provincia y, apenas se habrán casado los dos cuando posean por fuerza el Principado, que es mucha la gente que la respeta en sus ciudades y villas. ¿Yo? ¿Casarme? Aunque no quieras. Mira… No repliques. ¡Mira! ¡Yo he de casarte por fuerza! ¿Por fuerza? Sí. ¡Plegue a Dios que jamás logrado veas el tálamo, y que al teatro sea la tumba funesta! ¡Ah, villano!, ¿qué es aquesto? ¿Qué quieres, señor, que sea? ¿Estando huida Leopolda me quieres casar con ella? ¿Esto a tu sosiego importa? ¡No hay cosa a quien aborrezca tanto! ¡Tu esposa ha de ser ¡ Antes que lo sea, ¡muera!, y en vez de dulces calandrias nos cantes pardas cornejas y búhos de ojos pintados con XXXX XXXX. Un turco de paz, señor, se ha apeado de una yegua cuya cola y cuya crin entorcidas alas llega, a verter copos de nieve cuando se para en la tierra. ¿Turco, dices? Sí, señor. Abridle luego la puerta. Ya está dentro, vesle aquí. Buen talle. Buena presencia. ¿Quién es el duque Vicencio? Yo soy. Si solos nos dejan, Diré, duque, a lo que vengo. Solo tú, Antonio, quédate; y vosotros a esos dos, poniéndole a esa una cuerda, Los volved a la prisión. Que si mi hijo celebra sus bodas, pondrá sus pies encima de sus cabezas. ¡Plegue a Dios, duque enemigo, que al revés todo suceda y que Leopolda los ponga, triunfando, encima de las vuestras! Di lo que quieres ahora. Duque, el gran visir te besa las manos y te suplica , porque sabe que profesas no la religión cristiana, que tantas vidas nos cuesta, Sino esta otra, que es más ancha y más conforme a la nuestra. Que le mandes que te ayude en sus escuadras turquesas, que hará luego, si en cambio le das por suyas dos fuerzas, una junto a torgo visto, en la Valaquia desierta, y otra que el Danubio guarda por donde los turcos entran. Que si le das estas dos, te promete paz eterna con solemne juramento y dice que, si lo quiebra, le niegue su paraíso su soberano profeta. Antes si os confederáis, no pongo duda que seas señor de toda la Hungría y de toda la Florencia. Yo agradezco al gran visir la merced y la promesa, aunque me espanto que esté de nuestra Corte tan cerca. Seis mil turcos levantaron un puente de madera en los hombros del Danubio y a la Valaquia por ella pasaron, señor, anoche. Pues digo que, como tenga seguridad del visir, en la ofrecida defensa y, a pesar de los cristianos, libre a Moldavia me deja; poniendo en la posesión a mi hijo y a Fulgencia las dos fuerzas serán suyas. Pero, para que entrar puedan con mayor seguridad, quiero de una estratagema valerme en esta ocasión, que estas a veces son buenas. Con mil turcos el visir, de quien más crédito tenga, en traje alemán vestidos han de entrar diciendo que entra el archiduque Matías, que los pabistas esperan. Y cuando los miserables dentro en la Corte los vean, pensando que son pabistas, defensores de su Iglesia, han de acudir y, acudiendo, que mueran todos es fuerza. ¡Oh!, ¡qué bien me ha parecido esa traza! Antonio, venga a tratar con el visir estas paces que concierta, y los capítulos todos se harán como convengan a los unos y a los otros. Toma, amigo, esta cadena, que de los rayos del sol quisiera que fuera hecha, mas mi voluntad la labra. Presto a obligarnos comienzas. Haz Antonio que te ensillen un caballo y en él vuela, que un caballo es ave cuando lleva por alas espuelas. Entre tanto, que yo voy a traerte a la duquesa. Señor, partiré al momento; pero plega a Dios. No temas, que hoy la Casa de Austria acaba y la de Gilbert comienza. Tomad ora esos caballos y buen recado les dad. Pandulfo, manda prensarlos con brevedad. Ya han ido a desenfrenarlos. Denles muy bien de comer. En quitándoles los frenos yo recado haré poner. Para que anduviesen menos, de plomo habían de ser. Pide un aposento. Presto. ¡Una sala! En esta pieza está ya recado puesto . Buena, la misma princesa puede estar en ella. En esto del secreto no te advierto, otra ve lo que has de hacer. Yo callaré como un muerto. Huésped, ¡habrá que beber! Por cierto que venimos fatigados, ¡bravo bochorno he traído! ¿Quieres agua? ¡Agua a los prados! Basta que habemos corrido en dos caballos aguados. Mal el santo vino está con el agua de contino, que desde el diluvio acá vemos que Él al mundo vino y desde Él ella se va; parece que también ha corrido y que está aguado, otro traguillo me den. ¡El vino es muy extremado! No lo he echado de ver bien. ¡Venga! Otro polvillo quiero. ¡Y otros dos! ¡Quiero pedirlos! Polvillos pido, y espero, que quiero puros polvillos. Hacer guantes de mí quiero, lero mejor me acomodo, así yo el vidrio me den, que quiero limpiarlo todo que se conviertan en lodo. ¿Es vino esto que he bebido? ¡Ahora lo echas de ver! ¡Por Dios, que no lo he sentido! Haced recado, poneros en esa sala. Esta ha sido la desventura mayor que se había visto jamás. ¡Ah, mundo ingrato y traidor! Nunca has sabido dar más ni tener menos rigor. Mas, ¿por qué culpo tus tratos? Que a los reyes das así, aunque con más aparatos, platos; y también a mí, como a reyes, me das platos. No es mala la fregatina… ¡Ah, mi reina! ¡Ah, mi señora! ¿Reina yo? ¡Y emperatriz! ¡Ay, Dios!, ¿quién fuera ahora de aquesos platos perdiz? ¡Oh!, ¡quién estropajo fuera para andar entre las manos de tan hermosa platera! Que estos fieros luteranos me traten de esta manera. ¡Ah, quién digo! ¡Ah, mi rascona! Maldición contra barnices diga conmigo, ¿se entona? ¡Hable! Si no, en las narices le sellaré una mamona. ¡Ah, necio! ¡Déjame aquí! No tengas el pecho ingrato y, pues que friegas así, ¡haz cuenta que yo soy plato! Sin lamer…, ¡friégame a mí! Porque no XXXX a hablar a quien servilla procura. ¡Ea, vamos al pajar! Que allí, si no está madura, yo la daré para zapatos. ¿A ver los puntos? ¡Ah, necio! ¡Ah, fregona de Pilatos! ¿Así a Pandulfo desprecias? ¡Ay, triste de mí! ¡Mis platos! ¡Después que los luteranos me persiguen de este modo, salen mis intentos vanos y así se me cae todo cuanto tengo de las manos! Los platos se me han caído por tu causa. ¡Déjame! Platera del Dios Cupido, yo platos te compraré. ¡Oye, escucha! Ella se ha ido. ¡Oh, platos a quien membrillo por vuestro mucho valor, que no podéis encubrirlo! ¡Oh, platos! En que el amor de mí está haciendo platillo. Platos, que gustos tantos han dado vuestros bocados como a mí enojos y llantos. ¡Oh, platos!, que ya quebrados no sois platos, sino tantos. De imaginar y de llorar cansado, mi pensamiento se quedó dormido y soñando pensó que es tan afligido al cuello del cruel que me ha olvidado. Despertó de este sueño alborotado, de esperanzas y gloria engrandecido, y vio como su bien era fingido y como su placer era soñado. Y, viéndose despierto, sin su dueño dijo con nuevo llanto a la memoria con la voz de aires y suspiros llena. ¡Oh, si fueras eterno breve sueño porque gozara de soñada gloria y no muriera entre despierta pena! ¡Los platos! ¡Triste de mí!, no tuve la culpa yo. ¿Qué es esto, huésped? Aquí, como en Sagrado, se entró. Reportaos, qué hiciste di. Con los platos que traía caí y viniéronse a hacer pedazos. La culpa es mía, que yo los dejé caer pensando que no caería. ¡De mi casa os podéis ir luego al punto! Sé decir… ¡Teneos! ¡Que me enmendaré! Aunque, señora, ya sé que no soy para servir . Baste. El enojo pasado. Vuestra grandeza me abone, le ruego que me perdone, que también yo he perdonado. No la escuche Vuestra Excelencia, que está loca. Hermana mía, tened paciencia y prudencia. No fuera pobre si un día yo perdiera la paciencia. No es aqueste estado bueno. Y seguro, aunque no sobre el tesoro que condeno, porque no se ha visto pobre que muriere con veneno. ¿De dónde eres? Tal estoy, que no he de decirlo aquí porque a menos siempre voy. Hija un tiempo de algo fui, ya ahora de nada soy. Con grandezas y aparatos fui el mucho que el mundo adora cuando duraron mis tratos. Mas, perdirme, y así ahora ya soy nada entre dos platos. A fe que bachirerías no le faltan. Vuestra Alteza me dé sus manos. ¿Las mías? Las mías habéis de pedir. Simpleza extraña. ¿Soy de Matías mujer? No, sino de Antonio, mi hijo. Ya he efectuado, princesa; está el matrimonio y ya es nuestro el Principado por más cierto testimonio. ¿Y Leopolda? Ya sin duda pereció. Mientes; que Dios la favorece y ayuda. ¡Ah, quién pudiera a los dos poder hablar sin ser muda! Pero su tiempo vendrá, que de los huérfanos es padre Dios. Ya el pueblo está aguardándote. Sal, pues, Fulgencia, y luz le dará tu Sol hermoso, aunque enojos le darán tus ojos dos Moldavia y sus despojos. No hay justicia aquí de Dios, que me roban a mis ojos. ¡Loca está! Loca de rabia; ¡y no hay monstruo que me iguale! Mas morderé a quien me agravia. ¡La haced plaza, que sale la princesa de Moldavia! ¿Quién en paciencia me iguala? Mi Dios, ¡acordaos de mí! ¡Ea! A fregar noramala. Ya fregué. Pues vaya allí a barrer aquella sala. Yo sé cuando por honrarme el tiempo, que en todo yerra, solía el suelo entoldarme; y, ahora, barro la tierra para poder sustentarme. ¡De la mano la llevaba y a voces públicamente la princesa la llamaba! ¿Que esto la tierra consiente? ¿Cómo el mundo no se acaba? ¿Cómo con furor profundo, en vez de lágrimas bellas de otro diluvio segundo, el Cielo no llueve Estrellas para que se abrase el mundo? Toda la Corte he corrido, Pandulfo, así disfrazado; ¡y noticia no he tenido de Su Alteza! Habránle dado muerte . ¡A Dios venganza pido! Entra, Pandulfo, y enfrena; que quiero hacer que Matías sobre la escarchada arena de aquestas márgenes frías en que el Istro bate y suena ha de estampar su escuadrón. Antes que el alba llorando lágrimas, que perlas son, baje al Oriente que mandó; salga el padre de Faetón. Ya voy. Mira, que te espero, que es tardar no donaire. Barrer esta sala quiero, si manda vuestra señoría. ¿Es posible, reino fiero? ¿Qué hacer tan gran crueldad? Hoy con tu misma princesa decir quiero en la ciudad que soy Reynaldo. Y pobreza y paciencia perdonad, Reynaldo, si vas buscando a la infanta Leopolda. Tal está que aun apenas no se conoce a sí propia. Tan pobre y tan miserable esta que pide limosna para comer y ya come sin músicas ni lisonjas; pero es justo que la veas cómo está, porque conozcas que son los bienes humanos humo negro y parda sombra. Ayer mandaba la tierra, y hoy tiene, duque, tan poca, que es suya no más de aquella que junta con esta escoba. Parte del mundo mandaba y yo mando sola esta ropa, que aunque es mapa en los remiendos, XXXX deshonras. Señora del alma mía, que, desenfrenadas, las olas del mar de la humana vida te han puesto de aquesta forma. Qué golpe de la Fortuna inconstante y variadiosa te derribó a estos abismos del Cielo en que te colocas; que vivo ras de Moldavia. Vertiendo envidia y ponzoña, en el honor te han mordido con sus sacrílegas bocas. ¡Qué bárbaros labradores! Has destrozado la rosa que olía a Dios solamente entre espinas y amapolas. Y al fin, ¿quién, señora mía, te ha puesto de aquesta forma? El tiempo, duque; que el tiempo no tiene firmeza en cosa. Soy aquella estatua de oro que adoraba Babilonia, que por tener pies de barro tuvo firmeza tan poca. Blanco he sido de desdichas y me han acertado todas, porque jamás yerra tiro la traición cuando se enoja. Vicencio y Antonio, duque, son autores de estas obras; y siendo las obras suyas, mira si serán honrosas… Pero, dime, ¿qué hay de nuevo? Señora, no es tiempo ahora de detenerme en contarte tan larga y prolija historia. No detenernos aquí, mi señora, es lo que importa; que en ocasiones a veces son siglos largos las horas. Por el camino sabrás lo que me pides. Dichosa he sido, duque, en tenerte por amparo en mis congojas. ¡Dame aquesos brazos! ¡Bueno! ¡El duque con la fregona! ¡Abrazados de esta suerte! Y Pandulfo no se enoja, señor. ¿Enfrenaste ya? Y tú has enfrenado hasta ahora, que relamida y mirlada me respondió melindrosa. Dígame, ¿es ella la honesta bruñe platos? Si retoza con este galán, ¿por qué conmigo se hace matona? Ya ceden mis cuatro reales, mas busca bolsa más gorda. Porque es perro perdiguero la mujer en las bolsas…; ¡pícara sucia y mujer que traza engaños! Reporta tu enojo, Pandulfo, y vamos. Y a ella en mi caballo ponla. ¿Pues va con nosotros? Sí. ¡Pues llevarla! Y me repostas… ¿Y tú en qué has de ir? En el tuyo. ¿Y yo? Tú irás en la sombra. Pues que camina contigo, y sabes que es andadora, muy mejor en ella irás, señor, corriendo la posta. Bueno, está borracho. Saca los caballos. Y la sota tú la sacarás. ¡Y tú sacarás el as de copas! Aún este, por el secreto, no quiero que te conozca. Vamos, duque, que bien haces si el secreto nos importa. Comió la dama al caballo y al peón no nos lo coman; mas, lacayos y culebras, somos una mima cosa. Aquí aguarde Vuestra Excelencia, que ya sale el Gran Visir solamente a darle audiencia. ¡Gran señor Alaquivir en tierra! Buen talle, hermosa presencia. ¿Qué dice? Que en la almohada se siente. Ya está sentado. Y ha de quedar sentada la paz que hemos deseado. Ya le dije tu embajada. Fui, señor, bien recibido, y lo que el duque responde dé concierto y dé partido; hoy lo sabrás del conde, que por su padre ha venido. ¿Qué responde? Que las paces serán con notable exceso si es que así te satisfaces. Gran señor, tus manos beso por la merced que nos haces; y pues el tiempo es tan bueno y apacible, es gran razón, poniendo a las lenguas freno, que gocemos la ocasión. Oye la traza que ordeno: cuatro mil turcos galanes dando ala y retafetanes cruzados se juntarán y en la ciudad entrarán vestidos como alemanes, que si la cruz colorada con secreto a la XXXX en tus banderas pintada, que es Matías pensarán. Dice que le ha parecido muy bien la traza y ha sido llave para abrir sus muros. Pues porque estemos seguros, oye solo lo que pido para hacer mi dicha cierta. Dos fuerzas solas dame que del Danubio en la puerta es la una y la otra está en la Moldavia desierta. Que como estas fuerzas dos me entregues, juntos los dos a sangre y fuego entraremos en Valaquia y sus extremos. ¡Muy buena traza, por Dios! ¿Qué responde? Que es razón y que aquesto se concluya; que vaya un escuadrón con una cédula suya a darte la posesión y, cuando estemos allá, dice que de buena gana a tu esposa le dará en rehenes a su sultana y así, si primo él baja. Y dice que nos vistamos de alemanes y que al punto a la Corte nos partamos, pues tiene así el campo junto. ¡Pues vamos al punto! ¡Vamos! El visir pide los brazos. De hoy adelante han de ser de hermanos estos brazos, y, con ellos, ¡pienso hacer al archiduque pedazos! Plaza, que se entra el visir. ¡Echaos turcos por tierra! ¡Gran señor Alaquivir! Con tu favor, de esta guerra victorioso he de salir. No hay por reinar tiranías, castiga así a quien te agravia. ¡Hoy se acaban en Moldavia la Casa de Austria y Matías! Con esta industria he trazado, Fulgencia, la sucesión de los dos en este Estado y hoy tomaréis posesión. ¿Y Leopolda? No se ha hallado rastro ninguno de adonde pueda estar. Reynaldo pienso que en Alemania la esconde. Con furia y poder inmenso el pueblo que corresponde a quienes viene y, entre ellos, los pavistas, y los incitan. Pues yo cortaré los cuellos que en mi ofensa solicitan. Disimulemos con ellos hasta que venga el visir. Pues si él viene con mil turcos en mar he de convertir la tierra por cuyos surcos de sangre naos podrá ir. No ha de quedar en Moldavia un católico, verás cómo ejecuto mi rabia y, a su pesar, ceñirás tu frente del oro de Arabia. Si el turco se viste bien, que es Matías pensarán. Como vestidos estén todos del traje alemán yo estoy cierto que no den a sospechar cosa alguna. En vez de entrar su tusón, entre la morisca luna. En el reino soy Sansón y no ha de quedar columna que no caiga sobre el suelo. ¿Dónde está el duque? Sal fuera y diles que entren. Recelo algún daño. ¿Qué te altera? Algún castigo del Cielo. Señores, ¿qué queréis? Duque, queremos que la entrada no impidas a Matías, a quien ya por señor obedecemos, que es digno de más altas monarquías. Los Austrias vivan esto pretendemos. Oíd, señores, las disculpas mías; Matías entre, yo eso mismo digo, que de los Austrias soy estrecho amigo. Que entre Matías a deciros torno que le importa a Moldavia y su gobierno. No me mueve malicia ni soborno que a más aspira mi valor eterno. Ya su campo a la escarcha y al bochorno del seco estío y del nevado invierno viene cargado, para cuanto advierte de rayos de alquitrán y de salitre, y entrará en Moldavia. Hoy, sin falta dos príncipes tendréis cuyas grandezas de Teodosio y Leonor suplan las faltas y adornen de coronas sus cabezas. Hoy princesa tendréis ilustre y alta. ¿Y príncipe también? Sus dos Altezas hoy las veréis juntar a un matrimonio. Digo a Fulgencia con el conde Antonio. Pues en nuestros intentos te conciertas, haga Moldavia varias alegrías. ¡Entre Matías!, ¡ábrasen esas puertas! Y entra vuestra muerte con Matías. Nuestras paces desde hoy han de ser ciertas. Hoy se han de confirmas las paces mías. Ya Matías, señor, viene marchando; gritos de fuego por los aires dando. Ya le besé las manos en tu nombre, aunque adornada de palabras torcas. ¿Y qué hombre es? Así como el renombre: como la nieve que se cuaja en roscas, blanco galán dispuesto y gentil hombre, y en un blanco bridón lleno de moscas le trae su gente porque no peligre. Hipogrifo en los pies; en la piel, tigre. ¿Estáis contentos? Sí, señor. Salgamos a esparcir estas nuevas por la Corte. ¡Viva la Casa de Austria! Si hoy no damos fin a Matías y a sus cosas de Corte, en gran peligro de la vida estamos. Pues alto el tiempo y dilación se ha dado, vamos a recibirlo. Bravo engaño. Mejor es que tener señor extraño. Dale, Antonio, la mano a tu Fulgencia, No logre Antonio mis floridos días. Tus celos me condenen a impaciencia y a otra dama le des las prendas mías. Viva sin ti llorando en triste ausencia, ¡y muera entre las manos de Matías! Y a tus ojos, señor, rabiando muera si hay cosa en este mundo que más quiera. Cáseme el Cielo por mi mal contigo; tus celos me condenen a impaciencia; tenga a mi lado siempre un enemigo; oféndame en ausencia y en presencia con lengua fiera, mi mayor amigo. Viva sin ti llorando en triste ausencia y entre las manos de Matías muera si hay cosa para mí que más mal quiera. ¡Dos cielos para mí serán tus ojos! ¡Y para mí los tuyos dos infiernos! Gusto inmortal tendré con tus despojos. Con los tuyos tendré llantos eternos. ¡Primaveras serán esos enojos! Y para mí serán fríos inviernos. Yo mi vida veré solo con verte. Y yo con verte a ti, veré mi muerte. ¿Es posible que tanto me aborreces? ¿Y es posible que tú tanto me quieres? Y tanto que a los cielos me pareces. Yo tanto a ti que los infiernes eres. ¿Que esto merezco yo? Sí, esto mereces ¡Ah, hombres enemigos! ¡Ah, mujeres! ¡Maldito seáis de Dios, pues tú me incitas! Y vosotras sin sello seáis malditas. Aquesa tempestad en dulces calmas ha de volver el Santo Matrimonio que en una ha de volver vuestras dos almas. Dando del bien casados testimonio, enlazaos las dos manos que son palmas. Suya he de ser aunque pese a Antonio. Y yo suyo también hasta que muera. No hay cosa en esta vida que más quiera. A media posta, gran señor, ha entrado Matías con su ejército y su gente y todo el tiempo viene alborotado viéndole entrar, señor, tan de repente. Venga en buena hora que es bien deseado, Vuestro engaño se traza bravamente. Vamos a recibirlos. Con prudencia. Ya lo tienes, señor, en tu presencia. Dame, señor, tus manos. Estos brazos, duque Vicencio, os doy, que ha muchos días que trabajo por daroslos. Y el alma, que viene deseosa de esta vista, hoy os promete el premio del trabajo de este recibimiento y de estas fiestas. ¡Qué bien que se han vestido y disfrazado!, parece que en el traje se han criado. Y vos, princesa, dadme vuestras manos y tomad en rehenes a mi sultana y a vuestro cuarto la llevad al punto. Dentro en mi pecho le daré aposento . Venid, señora, ocuparéis mi Estado. Y para que yo cumpla mi palabra, lleve Antonio a mi primo a su aposento. Vamos, señor, buena. Con secreto. ¡Por qué, señor, el rostro tienes encubierto? Porque no le conozcan, que es el parto más conocido en toda la Moldavia. Muera, duque Vicencio, quien te agravia. Guardad, zulema, esa puerta hasta que otra cosa os diga. Ya es tiempo, visir famoso, que acaben estos pabistas y que aqueste Principado Antonio y Fulgengia rijan. Mueran los Austrias en él y con vuestra ayuda vivan Los Gilbert a pesar suyo, pues que es casa tan antigua. Los católicos vendrán con la tuya, aquesta gente en entrando de las vidas que, cuando Matías llegue, ya será Moldavia mía. No sé qué he de hacer así me teman porque antes llegó Matías. ¡Yo soy Matías, traidor que te suspendes y admiras! No soy turco ni visir, si por turco me tenías. ¡Matías soy! ¡Pabista soy! ¡Y en defensa de la cristianía vengo a cortar las cabezas de esta rebelde provincia! ¡Usa de misericordia! Ya, villano, soy justicia, porque tenerla de ti fuera maldad conocida. ¡Carlos! ¿Señor? Luego manda a un verdugo que divida de los hombros su cabeza; aunque sospecho que es hidra y brotarán ciento luego por una que se le quita. Aquí en su bárbara sangre bañará mi espada limpia si afrentada no quedar después de quedar teñida. ¡Señor! ¡Caminad, cruel! Dios con razón me castiga, pues han sido mis traiciones más que arenas tiene Libia. ¡Ea, valientes moldavianos! ¡Viva Cristo y Austria mía! ¡Ea, famoso! Baja del rostro, la banda quita, que ya no hay quien verte pueda. La mano a la espada aplica y los papistas acaben dando al fuego sus cenizas. ¡Al punto y muera Reynaldo, que era quien los defendía! No morirá porque Dios de tus traiciones los libra. ¡Yo soy Reynaldo, cobarde! ¡Qué dices! ¡Mi espada diga lo que yo decir no pienso! Dios en tu mano la vibra, ¡muerto soy! ¡Tu vil cabeza en sangre aleve teñida ha de afrentar una escarpia o coronar una pica! Breve, sultana famosa, será la melancolía que en sujetando a Moldavia y en dando muerte a Matías hoy ya Leopolda su esposa que ya a su muerte camina; y en coronándome yo con Antonio aquí, en la silla de Moldavia está esperando. ¿Os volveréis por las frías márgenes del Isdro blanco a vuestra patria Turquía? Descubrid el rostro hermoso. Así haré, que si lo encubría era ingrata de vergüenza ya que tú no la tenías. Leopolda soy, no sultana. Yo soy la que tu malicia me trajo a barrer la tierra a una pública hostalería. ¡Yo soy castigo de Dios! ¡Pues no esperes que te pida misericordia jamás! Hicieras mal en pedirla, porque no hay misericordia para las almas precitas. Hoy has de morir, ingrata, donde matarme querías, que quiero que tu cabeza de alfombra a mis pies le sirva. Yo propia te he de matar. La muerte espero yo misma, que desesperada muero. ¡Mueres como merecías! ¡Vivan los Austrias moldavos! ¡Vivan Leopolda y Matías! ¡Viva Cristo! ¡Viva Cristo! ¡No quede hereje con vida! ¡Ea, famoso español! ¡Ea, famosa CamilaQ ¡Hoy la religión no perece! ¡Oh, luterano homicida! Hoy has venido a mis manos a pagar tus herejías. ¡Muerto soy en vuestras manos! Doy, Lutero, el alma mía. En el Infierno te aguarda. Y por la posta camina Más de treinta luteranos he muerto. ¡Los Austrias vivan! ¡Oh, padre Andrés! ¡Oh, señor! Duque, ¿dónde están Matías y la princesa Leopolda? Entrad, moldavos, aprisa y veréis que está haciendo misericordia y justicia. ¿Dónde están? En este trono están honrando dos sillas. Si tenéis gusto de verlos, corred aquesa cortina. Moldavos, que soy esposa del archiduque Matías y, estos tres que me impedían que me casase con él, siguiendo sus herejías han parado en lo que veis. Huid de su culpa misma, Sed católicos y leales. Nobles moldavos, yo gano en ser dueño aqueste día de tan alto Principado y de esposa tan divina. En mí tendréis un macete de la Tartaria y Siria y un escudo de la fe. ¡Vivan Leopolda y Matías! ¡Dame, señora, esos pies! Honrad, señor, a Camila porque la vida le debo. No tiene precio esa vida. El ducado de Fulgencia, con sus ciudades y villas, te doy por este servicio. ¡Infinitos años vivas! Del cuello aquese alevoso, Camila, el tusón quítalo que quiero que tú le des la honra que no tenía. Y los que el duque Vicencio y el conde Antonio tenían Reynaldo herede y se case con la duquesa Camila. ¡Los pies, gran señor, te beso! ¡Y aún más los dos merecían! ¡Reedifíquense los templos! Y su arzobispado y mitra don Fray Andrés lo posea y la religión francisca vuelva a reparar sus casas que están por tierra caídas. Y él quiero que nos despose y luego al papa se escriba este suceso. ¡Tus pies beso! Corred aquesa cortina. Esto es lo que ha sucedido en Moldavia aquestos días. Vuesas mercedes perdonen, entrad [PÁGINA ROTA]. ¡La católica princesa y el archiduque Matías! ¡Vivan Leopolda y Matías!
