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Texto digital de Castigando premia amor

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Antonio de Zamora
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Fiesta
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Castigando premia amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/castigando-premia-amor.

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CASTIGANDO PREMIA AMOR

JORNADA PRIMERA

En el que hoy se ofrece nuevo culto a Venus, consuma propicia, encamine recto, la víctima, el Ara, el humo, el incienso. Aquí, donde la gran naturaleza a pesar de esa rústica aspereza, introdujo con provido cuidado la apacible cultura de este prado; siendo su verde seno en patria ruda, morador ameno: huyend vengo de esas voces claras, que @ Biblioteca Nacional de España JORNADA PRIMERA buscando aqueste sitio mi deseo, por si en él encontrase: mas qué veo! o la vista me engaña, o penetrando viene la montaña Alegrín, y sintiera, que aquí llegase a verme. Hiparco, espera. Ya me ha visto y no puedo recatarme: qué viniera este necio a embarazarme? pero ocultarle convendrá el intento, que a este sitio me trujo . Sin aliento el venir en tu alcance me ha dejado; por ser ese camino tan cansado, tan necio, que mis pies con su rudeza, se han venido quebrando la cabeza. Pues qué causa a seguirme te ha movido? La de saber, quien diablos te ha inducido a dejarla florida Primavera de esa Quinta, que en Chipre es la primera; aunque el guarismo se lo contradiga, donde suda milagros tu fatiga, costándome también a mi sudores el afán de molerte los colores: y sin decirme nada; venirte a esta maleza enmarañada, a hacer, entre sus verdes espesuras, gestos tu cara, y tu pincel figuras. Este, Alegrín, que juzgas desatino, no deja de llevar algún camino. Bien puede ser; que él vaya encaminado; mas tú en seguirle vas descarriado; porque, dime, no está tu maestria empeñada en pintar la gallardía, que de la Diosa Venus al decoro, ha querido el Infante Artemidoro dedicar, porque teme, que el fuego de Cupido no le queme, por rebelde a su ley, pues siempre ha sido a sus agudas flechas sacudido; y de la propia libertad prendado, a su am orosa liga despegado: pues como desamparas la taréa, cuando verla acabada el Rey desea? primero que su hermano de vencer al de Epiro vuelva ufano; por más señas, que como su tardanza, en temor va trocando la esperanza, al Cielo quiere el Rey tener propicio, celebrando el primero sacrificio en este nuevo Templo, que ha labrado Artemidoro, a Venus consagrado; porque en fin, el Infante, quiere con lo devoto ahorrar lo amante, Esas mismas razones, que hacia mi intento sueñan a objeciones, quizá me traen a esta montaña ruda, verde atalaya muda, a donde el mar, cuya soberbia humilla, tasca espumoso el freno de la orilla; porque habiendo aprendido la Pintura en Atenas, de quien mi desventura me desterró inhumana, por suponerme una intención villana, cómplice vil con un traidor de esto; más para qué repito lo que atormenta mi afligido pecho, sin que sirva a dejarte satisfecho: y así, solo te digo, que habiendo hallado el generoso abrigo del Infante de Chipre, y empleado mi estudioso cuidado en tantas copias fieles de Venus; que animaron mis pinceles; estando hoy acabando la postrera sentada, en su marítima venera; y siendo verdad clara, que del pincel la diligencia rara, solo aspira a imitar, cuya destreza, se ha hecho artificial naturaleza: desde aquí, si le engaño, he pretendido imitar el hermoso colorido, y los varios reflex de esas ondas, que son del Cielo porque la vista; pero escuha atento, que de armonía se ha poblado el viento. En el que hoy se ofrece, Este es el Rey, que al Templo habrá llegado a celebrar el sacrificio. . . Al orado. al prado bajad, Zagales, en cuyo centro florido, cesará la competencia, dando a nuestro fin principio. Y está una rústica tropa de Pastores, que a este sitio viene: si entre ellos viniera; pero estorba mi designio este necio. . Pues Hiparco, supuesto que aquí no sirvo de nada, voyme hacia el Templo, por si encuentro en su bullicio alguna deidad, a quien sacrificar un pellizco, que la señale mi afecto; de aquestas deidades, digo, con quien gastando el humor, mucho más uso que estilo, lo que en otras sacrilegio, es en ellas sacrificio: y así; adiós. Bien lo dispuso la suerte, pues facilitó con su ausencia la intención, que a este prado me ha traído, a donde habrá cuatro días, vi el rostro más peregrino, que formar pudo la idea entre imaginarios visos: una humilde pastorcilla era el depósito indigno de tan raras perfecciones, que como el ingenio mío, luchando con el afecto de idear rostros distintos, apurada su inventiva, U ARIDIAIEIV se ha dado ya por vencido, quisiera de esta Pastora copiar el rostro divino, para el lienzo, que me falta, si es que los Cielos propicios permiten. Por aquí, Cloris. Glauco, por acá van Silvio, y Sirene. . Entrambas sendas hacen un propio camino. Mas ya llegan los Pastores, a esta parte me retiro, que si entre ellos viniere la que deseo, escondido en lo espeso de estos ramos, pueda verla sin ser visto. La opinión, que yo defiendo es tan crara, que en su juicio, pueden ser jueces de palo las varas de estos Alisos. Y la mía es tan corriente, que dirá lo que yo digo, claro, como el agua misma, ese arroyo cristalino. Yo los rédiles defiendo. Yo las redes apadrino. Pastora ha de ser quien haga de nuestra Diosa el oficio. No tal, si no Pescadora, Oye, Glauco. Escucha, Silvio: Primero, no nos diréis de vuestro pleito el motivo? Y no sabremos después a lo que habemos venido? Lo primero es lo primero, y a mí me toca el decirlo. Lo después, diré después, qué lo primero haya dicho. No es la Pastora que busco ninguna de las que miro. Es, pues, el caso Zagalas, que jamás en eldistrito de esta montaña hubo Templo de Venus, hasta que quiso fabricar Artemidoro, nuestro Infante, ese vecino que veis; y como nosotros nunca habemos entendido de ritos, ni cirimoñas, ni acá usamos otros ritos, que aquellos con que llamamos los cansados cabritillos, cuando se quedan zagüeros, pues solo entonces decimos, rito acá, rito acullá, entre la piedra, y el silvo: y conociendo, que es fuerza hacer algún sacrificio, hoy nos habemos juntado, y entre todos escurrido, que convendrá ensayonarle, antes que mal destruidos, digamos mil patochadas a la Diosa en sus oficios. Y habiendo entre las Pastoras, por más hermosa, escogido a Cloris, para que hiciese a Venus en el fingido sacrificio. . Ahora entra mi después entonces, dijo el tancho de Pescadores, que en esa playa vivimos, que solo a ellos tocaba ensayar los sacrificios de Venus, porque su origen a las ondas ha debido, y nombramos a Sirene, por más bella; pero Silvio dice, que ha de ser Pastora. Y lo digo, y lo redigo. Tiene razón, porque Venus en bosques tuvo su nido, después que vuestras espinas trocó por nuestros espinos. Del mar nació, y fue bien hecho que debiera su principio la Diosa de las bonitas al solar de los bonitos. Su graciosa competencia, gustoso me ha suspendido. Por Neptuno, Dios del agua; Pues por Baco, Dios del vino. Qué Sirene ha de ser quien de Venus haga el oficio. No ha de ser, sino. Partenia, dónde vas por estos riscos? Sigue mis huellas, Dorinda; Pero aguardad, que a este sitio se encamina una Zagala de buen talle, y mejor brío, Y parece forastera, porque nunca en el Egido la vi bailar. . Ni en la Playa coger corales la he visto. Si es la misma que deseo, qué venturoso habré sido, Pues si Pastora no fuese, ni Pescadora, yo digo, que la elijáis; y con eso, sin que reciban perjuicio las redes, ni los rediles, está el pleito concivido. Yo digo lo que Sirene. Los dos también lo decimos, Ella llega, acompañada con otre Este es el retiro Dorinda, en que mis tristezas, tal vez encuentran alivio. A mi Partenia también me sucediera lo mismo, si Amenosís no temiera; pues desde que aquí venimos, ha dado en traer lo sabio afortado en lo prolijo, y no quiere que salgamos de la choza. . Llega Silvio, y pescuda si es pastora, o pescadora. . Yo me entermino. Como está vuelta de espaldas, el rostro no la diviso. Bella Zagala, a quien debe este Prado lo florido, y su alegría estás fuentes, pues muestran con gorgoritos, que les retoza la risa del gusto de haberte visto: Así los Cielos te guarden, que nos digas qué ejercicio sigues, si caña, y anzuelo, o si cayado, y pellico. Ni unos, ni otros instrumentos, cortés Pastor ejército; si bien, entre unos, y otros, desde que nací he vivido. Alto, pues, Zagales, demos a nuestro ensayo principio. Sentémosla en esta pena. Esperad, qué hacéis conmigo? Sentada te lo diremos. Ella es; o peregrino suceso! pues ayudando estos el intesto mío, me facilitan el modo de retratar su divino rostro; y ella haciendo a Venus, contribuye a un tiempo mismo a bosquejar su retrato, y a ensayar su sacrificio, cuya extraña concurrencia, ordenada del destino, muy cerca está de misterio, cuando no llegue a prodigio el diestro agudo pincel, al terso metal áplico: Venus, si el impulso es tuyo, no le guíes como mío. Nos has entendido ahora? Muy bien; pero no he entendido lo que habéis hallado en mí, para tan alto ejercicio. No ser carne, ni pescado; pero atajemos camino, y vaya de ensayo. . Y yo, no he de hacer ningún oficio? Tú harás la sacerdotista, que es voz de los vaticinios. Pues yo empiezo; pero mira, que no despegues tu pico, mas que si fueras de mármol, porque humana a lo divino lo hablador. . Rara simpleza! pero tal vez, es preciso sujetarse a la ignorancia, para acreditar el juicio. Las dos seremos primeras, que a la Venus que elegimos, nuestras voces dediquemos: Escuchadnos. . Ya os oímos. Nueva Venus hermosa, que hoy nos amaneciste, con dos Soles, que flechan ardores apacibles. De estos campos alegres, los tributos recibe, y entre llamas de rosas, incienso de jazmines. Las perlas, y corales de los Mares admite, que el Alba en conchas pule, y el aire en agua tiñe. Alagüeñas las aves, la Corona te ciñen, con el mirto que crece junto al árbol de Alcides. De verdores, y acentos el maridaje escriben, las aves con sus plumas, las ramas con matices. Parece que te veo, madre de amor, en Chipre, sin adularla copia, de originalfelice. Logra, pues, este obsequio, beldad insigne, (les. porque te admiren, aves, ondas, y plantas, flores, y Abri- Venus, un Pastor Gentil, cuyo amor me hace merced, pretende guardar sutil, su ganado en mi redil, y mi cariño en su red: mil veces me ha pecilgado, mas yo no consiento el robo de mi honor. . Pues ten cuidado, porque con ese ganado, el Pastor suele ser lobo. Allá voy yo: cierta china, un bulto me hizo en la frente, y en medio de mi movína te di un grito, y de repente, el bulto se me hizo harina; hoy consagra mi fervor este milagro a tu culto, de mano de un buen Pintor. Mejor fuera de Escultor, pues fue el milagro de bulto. De dos Zagales, querida soy, sus suspiros helada me tienen, y consumida, porque una Dama es comida, mucho mejor que soplada; apaga el aire que mueve su pasión, y me destemplo, y me cuajo como nieve. Yo lo haré, cuelga en mi templo dos suspiros de relieve. Un pez, su espina me ralla, di a una pastora una vez, que mi amor dio en regalarla; pescome taimada el pez; y dejome de la agalla: ahora quisiera. Ah del Prado, Partenia. . Buena la hicimos, que es Amenofís. . Mi Padre, Dorinda, no me has oído? Partenia. Ya escampa el viejo, y viene lloviendo gritos. Padre, aquí estamos, Qué es esto? Que ha de ser, haber venido, Y quien si nos ve con vosotros, hará con cruel estilo de un sacrificio sin sangre, un sangriento sacrificio. Ya la copia parecida se muestra; pero del risco se ha quitado la Zagala, si bien, a la luz la miro que antes, pues el puesto solo ha mudado sin el sitio. Fuego de Dios en el viejo! Vamos, Cloris. . Vamos, Silvio Yo también me quiero ir, porque a escucharno me imesino, con capa de persuasiones, rebozados desatinos. Espera, Dorinda. . Hija, Partenia, como has salido de la choza sin mi orden? Perdóname, padre mío, que me tomé la licencia de decirte, que es prolijo el cuidado, que en guardarme pone ahora tu cariño, o tu condición, pues ya, libres del riesgo, salimos del contagio, que infestaba con sus alientos nocivos nuestra Isla, habiendo hallado en esta seguro abrigo: Ay, hija, que aún no han cesado los infaustos, los malignos influjos de nuestra estrella, que amagan mayor peligro! Si una duda con que lucho; algo pudiera contigo, te preguntara, no el daño, que temos del hado esquivo, porque los males asustan el valor con los avisos, y so temón esperados mayores, que sucedidos; sino la causa, por qué en un albergue pajizo, donde nací, me has criado con el político estilo, que pudieras, si a mi avara fortuna hubiera debido más rico, e ilustroso estado, más generoso principio? Aunque no me lo preguntas; te lo diré, compasivo a la duda, que padeces, y a mi riesgo prevenido, para que con la ignorancia no malogres mis designios, fiando de tu cordura, que callará lo que fío de tus años: yo, Partenia, así su inquietud mitigo, sin faltar al importante secreto, que el Cielo quiso fiarme; no soy Pastor: este grosero pellico es cauto disfraz, el nombre de Amenosís es mentido, porque mi Patria es Atenas, mi nombre. . Cielos, qué miro! o es ilusión, que el deseo fábrica, o este es Crisipo el traidor, en cuyo aleve torpe ejecrable delito me hizo cómplice la envidia, fiera de mis enemigos. Saldré a darle muerte; pero mejor será, que advertido de su vida venenosa, componga el preservativo de la mía, pues el Rey ofreció por un edicto, perdonar al que culpado en su error, le diese aviso de la parte donde estaba: aguardaré aquí escondido a que se ausente, y después la industria abrira camino a mi intento. Aferra, aferta el trinquete, que ya listos estas áncoras, y cables. Voces en el Mar he oído. Dale fondo, dale fondo, Todo ese Puerto vecino, se va poblando de Naves, en cuyo centro tranquilo, tenaces raíces echan, los secos errantes pinos. Sin duda es Arremidoro, que con la Armada ha venido. A la Quinta, y entretanto, repita el coro festivo. Quién con firme confianza, sacros Altares cultiva, colmado es bien que reciba el fruto de su esperanza. Y por esta parte sueñan alegres sagrados himnos. Y este es el Rey, que a la Quinta vuelve desde el sacrificio. Hija Paternia, a la choza, huyamos de los peligros de la vista. . Vamos padre, que mi corazón altivo, gustoso va de saber, que no es su ser tan indigno, que desmerezca engendrar este aliento que respiro. Ya se fueron, notaré las señas del rudo sitio, donde seguro se alberga este humano basilisco; y volvéreme a la Quinta, a donde habiendo cumplido. con el Infante, copiando este rasgo peregrino en el lienzo, que me falta, inventaré algún motivo aparente, para irme a Atenas, a dar aviso al Rey, de donde se guarda el alevoso Crisipo: mi muerta esperanza aliente, en tanto, que con distinto asunto, unos, y otros ecos dicen con varios sentidos. , c Da a tierra el cabo, y los remos descansen del duro oficio, que ya el esquise a la arena, su ociosidad ha pedido. Quién con firme confianza, sacros altares cultiva, colmado es bien, que reciba el fruto de su esperanza. Suspended el dulce acento; porque otras voces se escuchan, que contra las vuestras luchan, por la posesión del viento: id a saber quien motiva ese estruendo. . Artemidoro; gloria, defensa, y decoro del Reino de Chipre, viva. Esto es, señor, que el Infante con nuestra Armada ha llegado, Y sin haberme avisado, temo, que venga. Triunfante vengo, y a tus pies rendido; que aunque anticipar pudiera en una nave ligera la noticia, no he querido de tus armas los progresos, a ajeno informe fiar, porque el saberlos contar autoriza los sucesos. Hermano, llega a mis brazos, y confirme su prisión, con afectuosa unión de nuestra amistad, los lazos; que ya Venus me ofrecía la verde gloriosa palma de tu triunfo, cuando el alma, que la secase temía el hielo de tu tardanza. Su piedad te ha conseguío aún más de lo que ha sabido merecer tu confianza. Mas que la victoria? . Mas: abundantes son tus bienes. Grandes dichas me previenes, Escucha, y las sabrás: Después, que el medio templado de una tregua, suspendió el marcial fuego, que ardió por diez lustros, obstinado entre Epiro, y Chipre, siendo el mar Egeo campaña procelosa de su saña, y teatro de su estruendo, entre la quietud ociosa de la paz, llegó a tu mano un retrato, que inhumano introdujo más penosa guerra en tu tranquilo pecho, porque incauto. . No prosigas, que no conviene que digas, lo que a sentir no estás hecho: y pues la ciencia de amor has ignorado, no es bien, que tus palabras le den menos fuerza a mi dolor; ni aún yo diré los efectos de este achaque apetecido, por no dejar en tu oído desairados mis afectos: que del que danzar se ve, sin oír los instrumentos, locuras los movimientos parecen; y así diré solo, que un retrato vi de la Princesa de Atenas, a cuyas luces serenas ciegamente me rendí: que cuando a su mano aspiro, llegó tarde mi embajada, por hallarla ya tratada de casar con el de Epiro, que de tanta dicha ufano, para llevar a su esposa, una Armada poderosa fía al Infante su hermano; y yo viendo mi esperanza burlada de mi enemigo, pretendo ver si consigo de mis celos la venganza, enviándote a estorbar de su Armada la derrota, porque ya la tregua rota, con el término, culpar no podía de impacientes las cóletas de mi espada: aquestos de tu jornada fueron los antecedentes. Pues ahora verás, si es mucha tu dicha, en comparación de tu estado. . Mi atención tienes ya, prosigue. . Escucha; Surcando espumas Egeas salí, señor, con tu Flota en busca de la de Epiro; y alagando nuestras popas el céfiro lisonjero con armonía ingeniosa, las velas los aires rompen, las quillas los mares cortan tan blandamente, que el aire tiene la herida a lisonja, y del mar la faz serena, nuestras injurias no enojan: así navegué dos días; pero la tercera aurora, en vez de perlas, salió vertiendo negras congojas, en vez de risa, tristeza, y en lugar de luces, sombras? no mintieron las señales infaustas, anunciadoras del futuro mal, pues fueron en su ejecución tan prontas, que la nautica perdida, por presto que se recobra; contribuye a sus reparos diligencias perezosas. Franqueó el Dios de los vientos su cárcel, por cuya boca, heladas iras escupe, y ardientes rafagos sopla, que arrebatando las velas, y alborotando las ondas, aquellas el viento apagan, y estas las naves sufocan: a la luz del Sol, sucede la claridad horrorosa del relámpago, en quien halla triste alivio la congoja, pues si con el susto alumbra, con el beneficio asombra. Apártanse de sí mismas las naves, con la espantosa sañuda luz, por no ser sus escollos unas de otras, hasta que piadoso el Cielo sus amenazas revoca, y la nueva luz del día destierra las pardas sombras, los furiosos vientos calma, los hinchados mares doma; y creyendo, que me había la tempestad procelosa arrojado muy distante de mi empezada derrota, me halle cercano a la Isla de Salamina, y tan corta distancia nos dividía de ella, que me fue forzosa la atención de desviarme por el contagio, que ahora padecen los moradores de sus infelices Costas, desde donde las de Atenas se divisan arenosas, Recoga, pues, mis bajeles, que todos sus puestos toman, aguardando, a que la Armada enemiga reconozca el paraje de la Isla, que era Norte a su derrota, a donde sobre los bordos me mantuve veinte auroras, sin que en el mar divisase la vista una vela sola; pero al fin, teniendo puestas centinelas cuidadosas en los árboles, que mueven ojos, en lugar de hojas, una de ellas descubrió, aunque a distancia remota, cien velas, que en lo abultado; nos parecieron redondas: y aunque el rumbo que traían, hace que las desconozca en cámino diligente, hacia sus proas, mis proas; y después de navegar, él espacio de una hora, a un tiempo reconocimos en los linos que tremolan: ellos, mis Ciprias insignias, yo, sus armas Epirotas; y como el diestro neblí, que astuto los aires corta; para vencer a la garza, hace puntas engañosas, dando a entender, que se aleja de la que su sed provoca; así nuestras dos Armadas, solicitando mañosas conseguir el barlovento, presudio de la victoria, contra los vientos forcejan; y proejan con las ondas: Ganole, en fin, mi porfía, y con ira impetuosa, abordé a la Capitana, enemiga, que hallé pronta, a consentirme el abordo, y saltando por mi proa, a ella me recibió, con resolución heroica, su General el Infante de Epiro; aquí es bien, que oigas con atención, la más rara, más nueva, y más prodigiosa acción, que gravó en Anales, la antigua, y moderna historia: Al arrojarme al bajel, el Infante me lo estorba con los brazos, yo en los míos, recogí la fuerza toda; y uno, y otro sin soltar las espadas cortadoras, luchamos un breve rato; y antes que la lid se rompa, trocamos el duro leño, por la palestra espumosa. Caealmar, y caigo al mar, que nos tecibe en sus ondas, y de los odiosos lazos, la caída nos divorcia. El deseo del vivir, y del matar, nos exhorta, a que con el movimiento sostengamos la gravosa porción del cuerpo, librando con este brazó las propias vidas; y con el derecho; ofendiendo la enojosa del contrario, que en la tabla de una irritada memoria, ni el cuidado de la vida, el de la venganza borra. Buscámonos vengativos, a él me arrojó, a mí se arroja; y venciendo con los brazos dificultades undosas, n stro acero las aguas, que blando cortas y tal rompe duro el mío sus venas, que sangre brotan, porque las ondas tal vez, malignamente incidosas, nos juntaban, y otras veces nos dividían piadosas: hasta que el Infante, a el hado, mas que a mi valor, se postra; a tiempo, que en un esquise mi gente acude, y me cobra. Llévanme a la Capitana de Epiro, que ya gloriosas habían rendido mis armas; y cobrando en tregua corta las fuerzas, con el aliento de la adquirida victoria, que siempre ha sido el vencen una fatiga gustosa: me halle en el feliz estado de ver a la Armada toda del enemigo vencida, menos cuatro velas solas, a quien la ligera fuga libró de la común rota; y a la mía, que triunfante, rendidos vasos remolca, melancólicos testigos de sus alegres victorias. Y recogiendo mis naves, vencidas, y vencedoras, cuyos divididos miembros, un robusto cuerpo forman, a quien espíritu infunden los frescos soplos del Boreas, después de mandar, que a Chipre encaminen su derrota, averigué, que la Armada de Epiro, con presurosas alas, que le prestó el viento, ganado había las horas, llegando antes que nosotros a las Atenienses Costas, y a su Reino se volvía ufana, con la persona de la Princesa, que a ser iba deseada esposa de su Rey, con cuya nueva, en la Cámara de Popa entré alegre, donde hallé a Cintia, Princesa hermosa de Atenas, cuya beldad, es la más ilustre pompa del triunfo, que te presento, Mira tú, señor, ahora si allá tu imaginación en sus lisonjeras sombras, figurar pudo mayor ventura, que la que logras, que ya yo advierto en las señas, que tu silencio pregona, cuan grande, cuan excesiva es tu alegría amorosa; pues no cabiendo en la voz cuanta tu pecho atesora, vas encargando a los ojos el oficio de la boca. otra vez sean mis brazos el más expresivo idioma; con que el corazón pronuncie, lo que por tu espada logra: dónde queda la Princesa? Yo mandé, que las carrozas la trajesen a la Quinta desde el Puerto, y ya era hora de poder haber llegado, por ser la distancia corta. Vamos, pues, a recibirla. Esa, señor, es ociosa diligencia, porque ya, acompañada de toda su prisionera familia, hasta aquí llega. Señora, en hora dichosa venga Alteza, a ser la gloria de mi Reino. . Mal podrá venir en hora dichosa, aquella a quien la fortuna rigurosamente roba Padre, libertad, y Patria; trocándole tales joyas, por las pesadas cadenas de una prisión. . No, señora, no deis tan impropio nombre a la esfera, que ambiciosa de coronar vuestra planta de su contacto se adorna: Vos, no venís prisionera, antes a mi cuello toca sujetarse a cuantas leyes vuestro dominio le imponga, sin reservar a mi mano mas acción, que la gloriosa de ser la primera, que sobre vuestras sienes ponga la corona de este Imperio. Perdonad, que no responda, señor, a tantos honores, más atenta por ahora, porque oyendo a un tiempo mismo los hierros con que aprisionan mi libertad vuestras armas, y el oro de la corona, que vuestra mano me ofrece, no os admire de que oiga tan confusamentente el ruido, que estos dos metales forman, cuyos indistintos ecos, en mi oído se equivocan, que no acierto a distinguir cuando el sentido se informa entre corona, y cadena, ni cadena, ni corona. No temáis, que el duro yerro de vuestras prisiones rompa el umbral de vuestro oído; y si algunos ecos osan a penetrarle, serán los de una cadena sorda, que en un corazón cautivo tan dulcemente eslabona el mal; y el bien, cuyas señas, complicadas se transforman, que no sabe discernir el alma ciega, y dudosa, entre la gloria; y la pena, ni la pena, ni la gloria. Gracias a Dios, que he salido de la insufrible tahona de mi piedra, y mis colores, y que llego con devota ocicada a pespuntar tus zapatos con mi boca. Alegrín, como has tardado en verme? . Porque hasta ahora Hiparco me ha entretenido en la tarea sabrosa de molerle las especias, con que su pincel lazona lo que pinta. . Y en que estado está mi ordenada obra de la galería? . Dando creo, que estará a estas horas las últimas boqueadas, porque le dejo en la boca del postrer rostro de Venus, que de cuantas bellas copias ha concebido su idea; en mi sentir, esta sola fue parto a luz, y con ella Venus movidas las otras. Deseo verla acabada, porque mi fe religiosa, con el culto que da a Venus, en sus Imágenes compra la libertad, con que el alma rebelde su ley deroga, sin que el romperla parezca inobediencia injuriosa, si no, reservar mi pecho de las llamas amorosas, para que sea decente Altar a su deidad sola, porque fuera irreverencia de la religión impropia, adorar a una mortal en las aras de una Diosa. A cuál de estas dos daré la carta que Hiparco ahora me dio, para que la hiciese entregar en mano propia de esta robada Princesa, no queriendo él en persona dársela, por el peligro que tiene el que le conozcan los de Atenas; y aún presumo, que quiere escurrrir la bola. Supuesto que el Rey de Epiro en vuestro pecho no logra mas dicha, que la obediencia puntual observadora del gusto de vuestro Padre. Mas esta cara me abona cualquier secreto, y la carta quiero entregarla a ella sola; yo me llego: Oye ve Reina; Hoy mi suerte se mejora con la débil esperanza; que mis desalientos cobran; pues tiene ese estorbo menos mi delito, que se oponga al perdón de una violencia casual. . No se perdonan fácilmente las violencias, si la enmienda no las borra. Secréticos, y con Laura, y una carra la da ahora, de palabra; y por escripto me están quitando la honra. Cuando se borre del alma la Imagen; pero señora, ya es tiempo de que elijáis la estancia merecedora de aliviar con el descanso las padecidas zozobras del Mar. . A los prisioneros, solo he oído que les toca el sujetarse a la ajena elección, sin que la propia dé a entender, que es voluntaria la obediencia que es forzosa; y así, guiad. . La obediencia está de mi parte pronta a vuestro gusto sagrada Venus: si mis ansias logran conquistar esta hermosura, harás eternas mis glorias. . Venus divina, a tu Reino el hado esquivo me arroja, no sea mi libertad asunto de tus victorias. Hermosa madre de amor, solo tu deidad adora el Alma; y así, permite que me resista a esa ociosa fatiga con que tu hijo oprime a los que aprisiona, porque es de bronce mi pecho contra su llama traidora, que halaga con las ofensas, y mata con las lisonjas. Me haréis un grandel avor. En serviros seré pronta. . Digo, con quién hablo? . Usted lo sabrá. . Qué gentil sorna gasta! mas no ha de valerle; sepa que aquesa señora es colas mías. . Por cierto, que usted tiene lindas cosas, y que gusto mucho de ellas. A mí las suyas me enojan, porque quiere prendas mías. Esas prendas me enamoran. Pues si se atreve. . Dejemos suspensa nuestra discordia, y entre usted a ser mi huésped, que ya de cenar es hora, Soy contento, que el comer me suele tapar la boca,

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Qué hace la Princesa? Ahora entró su cara en consejo con la luna de su espejo, para consultarse aurora. Pues cuando se halle en estado de dejarse ver, avisa, porque el hablarla es precisa atención de mi cuidado, Mucho es preciso que aguarde tu Alteza, . Por qué? . Señor, Auroras del tocador, amanecen por la tarde: mas ya voy a obedecerte. . Oh quiera amor, que reciba su condición siempre esquiva la noticia de la muerte del de Epiro, con serenos ojos, ya que mi desdicha, labrar no sabe una dicha sin los estragos ajenos: murió el de Epiro, al dolor de ver a Cintia perdida, y de su muerte; la vida espera cobrar mi amor. De los mortales despojos fábrica el amor su imperio, y a los rayos de su aljaba, son las cenizas incendios. Dicen bien; pero el Infante es, que hacia está galeria viene: la melancolía, que pública su semblante, tiene mi afecto asustado, pues desde el día que airoso volvió su bastón glorioso, de trofeos coronado, contra su naturaleza, triste, y confuso ha vivido, sin que nadie haya sabido. la causa de sutristeza; y así, mientras para hablar a Cintia espero licencia, he de ver, si la violencia de sus ansias, a explicar acierta algunos indicios de accidente tan atroz, que el más callado, a la voz arroja sus desperdicios: de este cancel rocatado, observaré vigilante en su voz, u en su semblante descuidos de su cuidado. Cuando el amor se introduce tiranamente en un pecho, ardientes leyes promulga, impone helados preceptos. Entre el helar, y el arder, ya mi aliento se apagó. Quiéres que prosiguan? No. . Idos. . No os vais? Qué han de hacer, si no cantan? El sombrero. . Vesle aquí. Y te le pones aí? De ver tal lástima muero, Oh rigurosa pasión, del alma mal entendida; que sin apurar la vida, consumes el corazón! la espada. . Rara tristeza! Si nos da con la trocada, y por sombrero, la espada se pusiese en la cabeza! Luchando con su pesar, se arrebata, y se suspende, y lo que el furor enciende, quiere su esfuerzo apagar. No cantáis? . Pues no dijisteis, No me repliquéis: qué pena! Mas si esta la Luna llena? Maleste incendio resiste mi valor! . En estos males, que el alma siente escondidos, la música a los sentidos suele enviar sus señales; y así, en su dulce tormento, ella le hará confesar su dolor, con apretar las cuerdas al instrumento. Ay qué se vero (perio! en mi albedrío amor funda su im- Ay qué halagüeño, (rio! porlibertad me vende el cautive. 1. Que leveramente rinde el corazón más soberbio, en cuya dureza aprende. a ser durable su fuego. Ay qué severo (perio? en mi albedrío amor funda su im- Es verdad, rebelde fui a las leyes del amor, como incapaz de su ardor, de él mi pecho defendí, sin duda, que le creí más rapaz, y menos fiero; mas ya su poder infiero, de que herida el almágime, contra quien su aljaba esgrimo quien su aljaba esgrime puntas de oro en vez de acero: dicen bien. , . Ay qué severo (perio. en mi albedrío amor funda su im- 2. Que halagüeñamente engaña sus cautelosos efectos, pues con el traje de halagos, se disfrazan sus tormentos. Ay qué halagüeño, (río. por libertad me vende el cautive- En lo que el alma padece, halla un dolor tan suave, que con ser dolor, no sabe, por qué el dolor agradece: su incauta sed apetece el dulce mortal beleño, con que la brinda risueño el amor; y descuidada, bebe su inquietud, mezclada en las quietudes del sueño: dicen bien: , . Ay qué halagüeño, (rio. por libertad me vende el cautive- 1. No siempre triunfan sus armas con la verdad del objeto, también en nuves fingidas rayos forja verdaderos. Ay qué severo (perio. en mi albedrío amor funda su im- No se contentó el tirano con dejarme el pecho herido, sino que el arpón fingido fuese ignorada la mano: fábrico del aire vano un hechizo lisonjero, por quien abrasado muero, hallando mi afán ansioso el hechizo mentiroso, y el incendio verdadero: dicen bien. , . Ay qué severo (perio, en mi albedrío amor funda su imo No es posible: esta es locura; mas que amorosa pasión; yo postrar mi corazón a una fingida hermosura? las luces de una pintura llamas para mí han de ser? no, que lo que puede hacer el arte, es dar al fingir, reflejos para lucir, mas no ardor para encender, 2. Pigmaleón lo pública, aquel artifice diestro, que en el hielo de una estatua aprendió a sentir incendios, Pigmaleón lo pública, aquel artífice diestro, que en el hielo de una estatua aprendió a sentir incendios: o pese a la suavidad de vuestra voz, que en mi oído halaga con el sonido, y hiere con la verdad: y es inhumana violencia, mas que compasivo medio, para no darme el remedio, confirmarme la violencia: idos, pues, idos de aquí, no apuréis mi sufrimiento. Y qué quieres? . Cruel tormento! Quedarte aquí solo. . Sí. Sin duda, que Artemidoro tiene en esta galería, donde asiste noche, y día, algún oculto tesoro; porque andar por los rincones con las paredes hablando, tesoro es, o está mirando de Venus las perfecciones: Hasta aquí las inquietudes, que divulga su semblante, señales son de su mal, pero son mudas señales: o si sulabio mis dudas, y sus quejas desataso, que la soledad, es fiel confidente de pesares. Ya que a solas he quedado, rompa mi dolor la cárcel del pecho, porque respire en la libertad del aire, que altriste son de las quejas, se suelen dormir los males. Parece, que su pasión a mi intento es favorable, pues sin hacer él reparo, de que no le atiende nadie, tan distintas artícula las voces, con que a quejarse empieza, que a mis oídos llegan sus ecos cabales. Ya amor, rendiste mi pecho, de su altivez triunfante, y ya su helada materia en tus dulces llamas arde. De amor se queja, ya está reconocido su achaque; solo me falta saber, quien causa dolor tan grande. Ya Venus, se ve tu hijo vengado de mis ultrajes: qué mucho, si tú le diste las armas con que vengarse? pues todas sus perfecciones se trasladan a esa imagen, en que su artifice docto supo tan bien explicarte, que hasta en producir amor, es contigo semejante. Tan hermoso es el objeto, que su inclinación atrae? mas estas ponderaciones son propias de los amantes. Que en un divino imposible mis afectos se empeñasen! que rompiesen mis deseos c sagradas inmunidades! Cielos, templad mis pasiones, que si dejáis que me arrastren, aún con la naturaleza, será este afecto culpable. A un tiempo ofende su amor divinas, y naturales leyes: qué fuera, ay de mí! si Cintia; pero qué fácil, qué veloz corre el discurso a prevenirse los males! Oh nunca mi reverente obsequioso vasallaje hubiera sido instrumento, de que este sitio ocupase esta, que sin alma ocupa del alma la mejor parte! y, o nunca criara Atenas a quien con mano elegante, imprimir supo en mi pecho este ignorado carácter del amor. . Cielos, qué escucho! el instrumento de hallarse aquí el objeto, que adora, fue su obediencia; y añade, que en Atenas se ha criado: pues qué más claras señales, de qué es la Princesa? Ay Cielos! de quién se resiste amante? Pero por qué a ajena culpa imputo mis propios males, si soy quien incauto abriga a este venenoso áspid; si soy quien al precipicio ronda ciego los umbrales; y quien para huir del riesgo no tiene valor, que en tales peligros, es menester valor para andar cobarde? vive amor, que aunque me cueste la vida, que he de privarme de su vista; y pues no puedo arrojar de aquí la imagen, sin ofender la deidad: yo sabré en las soledades de estos montes, esconder con mi muerte este ejecrable afecto, que a la razón tanto se opone. . Notable furor de su resistencia! Muera; pero quien. . Infante, quién provoca esos enojos? disimulemos pesares. Señor, vos aquí? cordura, vuelva el dolor a su cárcel. Yendo a ver a la Princesa, quise de paso informarme de tu tristeza, que tanto desconsuelo viene a darme tu pesar, como que hagas tu pesar impenetrable: no me dirás lo que sientes? ojalá, que lo ignorase! Señor, mi fe agradecida se confiesa a tus piedades; mas el dolor que padezco de tan rara causa nace, que aún me niega riguroso el alivio de quejarme. De mi fiarle no puedes? De ti menos que de nadie. Pues por qué razón? o necias celosas curiosidades, que buscáis como remedio la certeza del achaque. Porque no quisiera, que tu compasión se mudase en otro afecto; porque hay tan desgraciados males, que en vez de piedad, provocan a la irrisión, o al ultraje: y así, pues no he de decirlo, dejadme, señor, dejadme con mi dolor. La Princesa acaba ahora de tocarse. Que con poca diferencia serán las diez de la tarde. Hermano, ya que deseas en tu soledad quedarte, quédate, conclaviso, de que en este breve examen, que he hecho de tu dolencia, he sabido de qué nace; y así, huye con valor de un riesgo tan formidable, que también es menester valor para andar cobarde. Espera, señor, derente: matadme, penas, matadme, pues ha escuchado las quejas; que fie del viento fácil, con que para reprenderme de sus clásulas se vale. Parece, que no me ha visto; por Baco, que he de acecharle, para ver, si lo que aquí con tanta fuerza le atrae, es codicia, u devoción, estesoro, u es imagen. Pues a qué esperan mis ansias? ea valor, a apartarme de esta mentida lisonja: mas qué atractivo semblante, parece que con los ojos me llama; pero qué haces tú aquí? . Adiós, ya se acabaror; todas mis curiosidades: ya me iba. . No te vayas; haga este inútil examen mi dolor; cual de estas copias fue la postrera, que el arte de Hiparco perficcionó, antes que de aquí faltase? Esta, en que en su concha Venus, peregrina es de los mares. Y de quién, dime, copió tan bello rostro? . De nadie, que yo sepa; pero ten, que ahora, que en ello cae mi memoria, ya yo sé, de quien solo retratarle pudo. . Di de quién. . De mí; Qué intempestivo donaire! Es que cuando le pintaba, yo solo estaba delante. Calla, necio: esto ha de ser; ea corazón, acabe tu esfuerzo de quebrantar esta imaginaria cárcel, que a expensas del albedrío, tú mismo te fabricaste. Huyamos, ojos, huyamos de este basilisco afable; y pues cegasteis de atentos, procurad, que se repare el daño con dar la espalda al objeto que os atrae; que donde yerra la vista, aciertan las ceguedades; y si no fuere la ausencia remedio a mi mal bastante, en los brazos de la muerte mis inquierudes descansen, Él se mata, voy tras él, por si pudí ese ayudarle, aunque en quererse matar no hace bien, que en mi dictamen, querer, y matarse, son sinonomos disparates. Parece, que tu sosiego anda, señora, alterado, Tú, Laura, le has perturbado. Yo, con qué? . Con aquel pliego, que el día pusiste en mi mano. . En él no recibiste aquel fiel aviso de Hiparco? . Sí. Pues si por él se ha sabido, donde Crisipo escondido vive, de qué es tu cuidado? De verme: ay Laura! obligada a encargar hoy su prisión al Rey, que es indigna acción el rogar una agraviada, Confieso, que fue violencia la que el Rey de Chipre usó con tu persona; mas no me niegues, que la decencia con que te trata, y lo atento, que a tu adoración se ofrece, si no te agrada, merece ganar tu agradecimiento. Si sus amantes acciones en Atenas se obstentaran, quizá en mis ojos hallaran más propicias aficiones; pero en su poder, no es bien mostrarme grata; y así, mas que desdén, es en mí razón de estado el desdén. Y es posible, que un suspiro no te deba la memoria de la malograda gloria del cuitado Rey de Epiro? Si sabes la repugnancia, con que consintió en su empleo mi siempre ocioso deseo, no es insufrible ignorancia, qué culpes mi sequedad? Pero al fin, le permitió, Lo que no se deseó, no se echa menos. . Entrad, señor, que ya está avisada. Y así, fuera injusta ley, que el de Epiro; pero el Rey. Tan temerosa, y turbada llega mi atención a oíros este nombre, que no sé, como pronunciar podré lo que venía a deciros. Pues que os puede embarazar el que artícule mi acento este nombre? . El sentimiento, que me causa el encontrar tan vivo en vuestra memoria, a quien dio violenta muerte su desvanecida suerte, y mi adquirida victoria. El Rey de Epiro murió? Y si por él vuestros ojos vierten líquidos enojos, al verlos moriré yo. Esa desgracia, nacida de vuestra ciega pasión, de mi padre la elección solo ha dejado ofendida: tratad de satisfacer su justificada queja, que a mi sufrimiento deja poco ese dolor que hacer; y para que consigáis minorar vuestro delito, proponeros solicito un medio. . Si me mandáis, como otras veces soléis, que con vuestro padre a Atenas os restituya, mis penas. Escuchadme, y lo sabréis: Después que amigas se unieron la razón, y la fortuna, y en Pisistrato, mi padre constituyeron la Augusta Corona de Atenas, siendo el primero, que con una autoridad, a su Patria libró del yugo de muchas. Vivió en quietud muchos años, aunque sintiendo la dura pena de verse sin hijos, cuyos lazos aseguran en las sienes la Corona, de los riesgos que la asustan: Con votos cultivó el Cielo, que al fin piadoso le escucha; y su esperanza, y su esposa, a un tiempo logró fecundas; y así que vio del botón materno, libre, y desnuda la flor de una hermosa hija, en demostraciones justas de un hacimiento de gracias, encendió víctimas puras en las aras de Minerva, cuyo oráculo consulta, deseoso de saber, si reinaria segura su succesión en Atenas, y si bien esta pregunta fue pública, no lo fue la respuesta, que se oculta en el inquieto silencio del Rey; pero las resultas la publicaron infausta; porque antes que se cumplan los dos meses de nacida la tierna Infanta, ejecuta el hado en su vida breve, lo que Minerva, sin duda. predijo al Rey; pues un día; que con paternalternura pasó a verla, acompañado de toda su Corte junta, para que fuese testigo de tan crecida ventura, vino a serlo del mayor dolor, la mayor angustia, que contra mortales pechos esgrimen mortales puntas; vagaba por todo el cuarto, triste, llorosa, y confusa la familia, al verla el Rey, turbado la causa busca de su desorden, y encuentra: aquí el aliento se turba! salpicado el breve lecho, con la sangre mal enjuta de su hija, y sin su hija, que aún la echa menos difunta, porque no encuentra su llanto objeto, en que se difunda; pues aquel brazo atrevido, que tan violento apresura la breve distancia, que hay desde la cuna a la tumba: no contento con la vida, hasta el cadáver le usurpa; quizá para sepultarle en las entrañas incultas de algún monte, si no es que le sepultó en las suyas, que según su crueldad, no serían menos duras; y examinando quien fuese el actor de tan injusta atrocidad, la impensada, bien que cautelosa fuga de Crisipo; un noble anciano, que el valimiento desfruta del Rey, y el haberle visto en las tinieblas oscuras de la noche antecedente; salir con plantas confusas de Palacio, en evidencias convirtió las conjeturas: despacha el Rey (aunque en vano) por todo él Rey no en su busca; y viendo que no aprovecha; su Real Edicto, promulga, en que ofrece perdonar cualquier linaje de culpa; al que lea donde Crisipo se oculta, aunque en su propio delito sea cómplice, con cuya diligencia se templó parte de su amarga angustia; mas no toda, que aunque al año nací, porque sobstituya la succesora perdida en sus inquietudes, duran señales, de que desea tener noticias seguras de Crisipo; y ahora el Cielo, por sus permisiones justas, ha querido que yo sepa la parte donde se oculta, por el medio de un vasallo de mi padre, que procura con este aviso, librarse de la enemiga calumnía que padece, reputado por cómplice de su culpa. Este es, señor el suceso, que la memoria perturba del Rey de Atenas, Crisipo, a quien irritado busca el centro, donde le esconden aquesas montañas rudas, y el medio para que olvide mi padre sus quejas justas, la prisión de su enemigo, que en vuestro Reino se oculta. Tantos motivos, señora, en este caso se juntan, para que yo os obedezca, que sin ofender la Augusta Majestad, seré el primero, que registre el monte en busca de ese traidor homicida, y midiendo su espesura, desde la hierba más débil, a la planta más robusta, aquí os le traeré, aunque el centro de sus entrañas le encubran. Esperad, que también yo es preciso que concurra en hacer este servicio al Rey, porque sin mi ayuda, todas vuestras diligencias, caminarian como a oscuras, careciendo de las señas, que el conocimiento alumbran: yo iré con vos, y conmigo mi familia, que no hay duda, que habrá entre ella quien conozca al traidor. . Si de eso gusta tu Alteza, la montería podrá servirnos de industria, y diversión. . . Que le alcance quien tuviere pico, y plumas. Qué es eso Alegrín? . Señor, si no das orden, que acudan a suspender del Infante la precipitada furia, temo, que de Orlando ímite, las encantadas locuras. Dónde va? . Por ese monte, hundiendo sus penas duras a suspiros, y a patadas. Oh cuanto a mi amor asusta su peligro! . Y no hay remedio a tan continuada angustia? Sí señora, si le hay; mas mi amor le dificulta. Ese afecto, lo difícil no facilita? . No hay duda; pero mi salud enferma, con lo que su mal se cura. No os entiendo. . Yo tampoco; y menos cuando se ocupa mi atención en el cuidado de serviros. Que se acuda también a evitar el riesgo del Infante, es acción justa; y pues son esas montañas, las que fragosas ocultan a Crisipo, y las que pisa la errante planta confusa de Artemidoro, la caza a sus senos nos conduzca, para que así dos acciones se puedan lograr en una. Decís bien. todos me sigan. Toda mi familia junta venga tras mí. . A la montaña. A examinar su espesura. A cazar miedo, y cansancio. Este ejercicio es de mucha fatiga, y poco provecho. Antes de los que le usan saca el muchísimo jugo. Y cuál es? . Todo el que sudan. Hija de aquestas penas, y honor de aquestos montes, en cuyos orizontes, Partenía, por más señas, es de Venus retrato peregrino, que sobre el verde prado, al margen de un arroyo cristalino, se vio de los Zagales adorada, con el culto primero, que estrenaron en ella, a donde hado severo, a donde airada estrella, y fortuna enemiga, llegarán tus desdichas, y rigores, de la que es primavera de las flores: mas ya Partenia sale a dar envidia a las fragrantes vidas, sin que ninguna iguale sus altas perfecciones aplaudidas, de la fuente que corre presurosa, de la púrpura regía de la rosa, de la abe, que en gorjeos se ejerdita, del aura, que a su imperio se limita, y de mi voz tambien, que si se atiende, a todo el mar enciende y . pero pues ella llega, yo me ausento por si en la soledad templa el tora mento. Hasta cuando, fortuna, has de eclipsar severa mi noble ser en humildad grosera? Desde que el pecho sabe la heredada nobleza, que al Cielo le debió, sufre impaciente, que su altivez agravie la villana rudeza de este traje; o permita el inclemente nado fatar: mas tente; no pases adtante tantaña, entrega ella inquietud, ese desvelo, al cuidado del Cielo. Y ahora al margen de esta tuente tría, descansen por un rato mis sentidos, a su murmureo blando suspendidos. Adonde pensamiento, sin elección, sin tino, me conduces por estas espesuras? Fatigado me siento del áspero camino. Sean mi alivio aqueltas aguas puras, en cuyas travesuras, la intancia de las nores te divierte: así mi pecho aigún auvio nallara; a la congoja rara, que contra mi quietud, sabró mi suerte; más ay de mí: que en vano hallar espero a mi mal, ni aún su origen verdadero. En eita rúítica tuente; pero a su margen norida, una rúítica vivana, según el traje pupiica; cormida yace, o suipenía; no pretendo interrumpiría la suspensión; o el descanso; que dando esta a sus ratigas; pues tú deivelo no puede ibloteca ser diversión de las mías, otro líquido criital, con su claro numor me prinda en la copa de aquel risco, que suspensa, o que cormida esta, pues no la despiertan mis pasos; pero que miran mis ojos! o estan qormazos, a vacionai qe Espario el sueño en sombras fábrica la imagen, que vi despierto, o esta hermosura es la misma, que desde un lienzo, sin alma, supo dejarme sin vida. Mas que evidencia, ilusión, la juzga el alma indecisa, que en un infelice siempre, son ilusiones las dichas. Pero perciban los ojos las especies más vecinas, sin que las mezcle el deseo, con aquellas que imagina. Ella es Venussagrada, hoy tus milagros se admiran, en mifavor repetidos; pues si allá una piedra fría animaste, aquí una tabla insensible vivificas. Mas ay! que según lo inmóvil, no parece que está viva, sino que el amor intenta con industria vengativa, darle más cuerpo al engaño, con que mi altivez castiga; con qué dulzura esta sombra; toda mi atención cautiva! amor, no la desvanezcas; y pues mi sedienta vista de mentiras se alimenta, dejala beber mentiras; pero los demás sentidos, examinar solicitan el bien que gozan los ojos, de quien tienen justa envidia: mi mano averigue. Quién, ay de mí! se atreve. . Albricias corazón, que tiene aliento, con que tu esperanza anima; Caballero, estoy turbada; cómo vos aquí? . Divina suspensión de mis sentidos, alma de mi fantasía, no esperado Sol, que asombras con lo mismo que iluminas: mujer, deidad, o prodigio, cuya beldad peregrina me enseñó a sufrir de amor las dulces ardientes iras, quién eres? . No os espantéis de verme, señor, remisa en responderos, porque a un mismo tiempo me admiras ese traje, y ese estilo, ajenos de mi noticia, y propios de la nobleza, a quien mi afecto se inclina; qué presencia tan gallarda! Pues a qué remoto clima te concedieron los Dioses, o en qué desierros habitas, que extrañas mi estilo, y traje? Este que veis, no os avisa, que hija solamente soy de alguna choza pajiza? malaya el duro precepto, que a disimular me obliga mi noble ser! . No es posible; algún misterioso enigma en tu traje, y tu hermosura, divino asombro se cifra: mis tiernos anticipados afectos me lo confirman, pues antes de verte humana; te han adorado divina. Antes de verme, pudisteis amarme? . Sí, que mi dicha, me mostró en sombras las luces, que esos dos luceros brillan. Yo no sé como entenderos. Ni yo sé como te diga, que la saña de tus ojos, anduvo tan prevenida contra mí, que antes que viese esos rayos, que fulminan, de solo atender los ecos, que mudos su estruendo imitan, de inanimados arpones, lloré sensibles heridas. Qué dócilmente percibe el oído la armonía de estas voces, y qué presto al pecho la comunica, a donde queda aprobada, aunque no llegue entendida! mas como mi corazón, con otra memoria olvida, la principal del recato, y ciego se precipita? a su peligro, ausentarme tengo por acción precisa, porque el huir de estos riesgos, es honrosa cobardía: Caballero, el Cielo os guarde. Pues por qué, hermosa homicida me dejas? tan poco caso haces de lo que conquistas? Porque sois muy lisonjero, y yo, señor, muy sencilla, y sencillez, y lisonja, nunca hicieron buena liga. Qué te ofenden mis afectos? No me ofenden, me desvían. Pues seguirante mis ansias, Serán vanas sus porfías. Fugitivo bien, espera. Ataja, que va de huida. (men! Ay de mí! . . Dioses, valed. Mas qué miro! de seguirla me excusa el furioso encuentro de una fiera, perseguida de la venatoria! de quien huyedo. . . . Mí ampare el Cielo. Por ella le sacrifico la mía. Con tal socorro, mi aliento menos tímido respira: hay gallardo joven, como mis desvíos desconfían de vencer, contra la fuerza, con que tus méritos lidian dentro de mi pecho, y más, cuando con tu bizarría, a la razón de inclinada, juntas la de agradecida, ya contra el cerdoso bruto, vengativos rayos vibra su acero. . . Sígueme Laura, que ya los Dioses envían quien nos socorra. . . Jamás habrás visto tan de prisa mi obediencia. . Mas qué veo! a este sitio se retiran, huyendo el propio peligro, que amenazaba mi vida, dos mujeres: estas ramas me defiendan de su vista, que no quiero quebrantar de mi padre la precisa orden. Desde aquí estaremos de este suceso a la mira. Mas que de vista, quisiera ser su testigo de oídas. Qué tan sola me dejaran en medio de la batida! Si no es por Artemidoro, siempre tu vida peligra, que corría más que tú, el peligro que corría. En haberle aquí encontrado, he conseguido dos dichas, su socorro, y el hallarle cuando mi piedad venía en su busca. . Pues ya vuelve triunfante de la enemiga fiera. Ya queda vengado el susto, que a tu divina belleza quiso. . Obligada me confieso a vuestra inclita mano, pues por ella vivo. Cielos qué miro! aquí Cintia, en lugar de la Zagala? mas ya es forzoso que finja: señora, en esta acción, solo he hecho lo que debía. Qué por esta; y no por mí, se empeñó su bizarría? Así lo creo, no tanto por aquella ley precisa de amparar a las mujeres, cuanto porque esta es debida satisfacción a lo mucho que me costáis, pues mi altiva libertad perdí por vos; y así es bien, que quien me quita una libertad, la pague con el precio de una vida. Su libertad la ha quitado, yo cuidaré de la mía, que entre inclinación, y deuda, estaba casi indecisa. Si el dueño de esa victoria, que me concedió propicia la fortuna, es vuestro esclavo, quéjaros de mi injusticia parece: donde te fuistes bellísima fugitiva? Su esclavo dice que es; ay Partenia, y que sencilla tu pecho a sus traidoras caricias! Que este estorbo por ahora buscarla no me permita! Qué su vista me embarace, para no huir de su vista! Todas las quejas que tengo de vos, depongo benigna, como dejando este monte, os reduzcáis a la Quinta, a donde tengan remedio las graves melancolías, que os afligen. . Allí está. Acia aquí sus pasos guía el Rey. Qué grosero acaso tuvo, señora, osadía de ofenderos? . Si el Infante de su furor no me libra. Infante dijo, ya es de otra especie esta desdicha. El Infante aquí? . No dudo que hubiera muerto a las iras de la fiera. . A su valor, tiene el mío noble envidia; no muy noble, que los celos, . nunca nobles se apellidan. En su defensa, a este sitio, me condujo alguna amiga Estrella. . . Vaya el traidor. El Cielo ampare mi vida! Que estruendo es el que se escucha? Y ella también. . . qué desdicha! Este, señor, es Crisipo, aquel traidor homicida, que buscáis. . Qué es lo que oigo? pero mi padre, y lacifra de su nombre descubierta. Crisipo yo? . Tu malicia no te ha de valer, que ya te he conocido. . A la Quinta le llevad. . Ay mi Partenia! tu riesgo me atemoriza mas que el mío. . Ea, llevadle. Pues tus rigores permitan, que a mí me lleven con él. Qué es esto que veo! . Hija, tú aquí? ya mis desconsuelos cesarón. . Y mi alegría empieza; Su hija eres? . Sí señora. Inadvertida la naturaleza anduvo en hacer, que tan inicua raiz, produjese un fruto tan hermoso; y pues me obliga tu beldad, y tu afición, segura en mi compañía estarás. . Y yo también, que en la choza desde niñas nos hemos criado juntas, y hecho siempre buenas migas. Con tan generoso amparo, serán menos mis desdichas. De aquellas dos intenciones, que a este sitio nos traían, una se logró. . Y la otra veo también conseguida, como el Infante a mis ruegos, pertinaz no se resista. A tu gusto, mi obediencia tienes, señora, rendida; que mucho, si va contigo el imán, que tiraniza mis potencias. . Dioses justos, presto llegará aquel día, en que harán vuestros decretos mi inocencia conocida. Vamos, Vejete, de aquí. Y las dos mis pasos sigan: qué fuera, si echara menos no ser del Rey socorrida? Qué será, que la prisión de mi padre, no me aflija tanto, como esta inquietud, que en el alma introducida, al principio la halagaba, y ahora la martiriza. Aunque sé que se resiste mi hermano a la llama activa de su amor, de que la venza, mistemores desconfían. Aunque mis desasosiegos premias, amor, con la dicha de haber hallado su hermoso origen, es tan indigna de mi afecto la corteza, que groseramente abriga su hermosura, que no sé, si premias, o si castigas.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA No me dirás, que tristeza te trae tan fuera de ti estos días? . Ay de mí! Es suspiro, o extrañeza, de que te ves transformada en dama, y de haber trocado aquel bellón mal cardado, por esa seda peinada? por mí lo juzgo, y que son esos suspiros sospecho, aún más que ahogos del pecho, apreturas del jubón. No, Dorinda, este tormento, que me aflige, es interior, y me rinde su dolor los hombros del sufrimiento. Parte conmigo tu pena, te la ayudaré a llevar. No es uno solo el pesar, que de quietud me enajena; pues desde que a Salamina dejamos por Chipre, huyendo de su contagio, y temiendo de nuestras vidas la ruina, tantos los sucesos son, que afligen mi entendimiento, que al paso, que el sentimiento, me ocupan la admiración. Si me los dejas contar, he de darte a conocer, que tienes que agradecer, sin tener que lamentar: por qué dime, no has logrado la dicha de haber sabido, que de padres has nacido nobles, y no ves trocado en blanda seda el pellico, las migas en chocolate, y el cayado en abánico? no gozas de la privanza de la Princesa, el Infante, tan mañoso como amante, con su intercesión no alcanza, que no tengan en la trena a Crisipo, aunque le asista un par de guardas de vista, como su hermano lo ordena? pues por qué es lo suspirado? no temes, que cuando afable te es la suerte favorable, el rostro te vuelva airado? gozas fortuna oportuna, y la desdeñas? no ves, que tiene también reves, como Marzo, la fortuna? Pluguiese al Cielo: ay de mí! que hasta hoy me fuera ignorada mi nobleza. . Pues te enfada saber que eres noble? Sí. . Oír por qué solicito. Porque que importa que sea noble mi ser, si le afea la vil mancha de un delito? indiciado de homicida, y traidor, mi padre está; y menos pena me da el peligro de su vida, que el desdoro de su fama, que aunque fía en su inocencia, el vulgo, por la apariencia engañado, juzga, y llama, cuando a sus ojos se ofrece, que mira siempre al revés, culpa, no a la que lo es, sino a la que lo parece. Una fortuna, negar no me has de poder. Ignoro cual sea. . Que Artemidoro te ame. . Ese es un pesar, que lisonjearme intenta; y entre el gozo, y la aflicción, me regala el corazón, y el discurso me atormenta: no se hicieron para mí sus amorosos desvelos. Esos los juzgara celos, si no supiera que aquí, según ayer me dijiste, dejó su amor satisfecha aquella cruel sospecha, que te causó lo que oíste a él, y a Cintia en la montaña. No me pesó haber sabido su verdadero sentido. Por si su amor no te engaña, qué temes? . La disonancia de su estado, y mi fortuna; o abara suerte importuna, en la sangre la distancia, y en las almas la igualdad, haces uno dos conceptos, y solo en los instrumentos pones la desigualdad! oh irreme diable dolor! En esos discursos cesa, que si el ama. A la Princesa quería hablar el traidor. Pero qué acaso severo tus voces interrumpió? Ah de entrar. . . Aqueso no. Por qué no? . Porque no quiero. Crisipo, y sus guardas son, que le quieren estorbar la entrada. Dejadme entrar. . Tente. Aparta. . Qué ocasión provoca vuestra porfía? Crisipo, que hablar pretende a mi ama, y lo defiende mi obligación. . En su día ha de mandar cada uno en el preso; y pues yo hoy su guarda de vista soy, calle, y no sea importuno. A mí el Rey me le ha encargado. También me le encargó a mí. Bien está, dejadle aquí conmigo. . Si lo has mandado, quien ha de ser tan severo, que a tu gusto se resista: adiós, seor guarda de vista. Adiós, señor Cancerbero. Qué nuevo accidente altera tu semblante? . Oh airado Cielo! un desvelo a otro desvelo se sucede: hablar quisiera contigo a solas. . Dorinda, procura llevar de aquí a Alegrín. . Se irá tras mí, como un cordérito. . Linda ocupación, por mi fe, es en la que me ejército . con este viejo maldito, desde que Hiparco se fue; quien habrá que me consuele de la mala suerte mía? a él los colores molía, y este la sangre me muele. Señor Alegrín? . Señora? Afuera tenía un poco que hablaros. . Me vuelve loco este engerto de Pastora, . y dama: afuera ha de ser? Sí. . Pues cómo he de dejar a mi preso. . A ti el hablar, no te toca defender, el ver Sí. . Tiene razón; y él no verá, que los ojos, ciegos los tiene de enojos de alguna grave pasión. Ven, que el que hable no te toca? Vamos, que el Rey me nombró su guarda de vista, y no su gentilhombre de boca. Ya estamos solos, ahora sepa yo, qué nuevo caso turba la tranquilidad, que gozas, tan confiado en tu inocencia, que aunque de la muerte amenazado estás, a vista del golpe te burlas de sus amagos? Ay. Partenia, otro peligro mayor causa mi cuidado! Mayor que la muerte? . Nunca he temido sus estragos, tu destino sí: parece, que porque hoy se cumple el plazo, que señalaron los Dioses, por seguridad del daño que amenazabas, permite, que yo viva recelando otro mayor, y en quien temo, el que tu hayas coopetado. Parte he tenido en el riesgo? qué temes? háblame claro, para que me enmiende. Oh nunca lo hubiera visto! retrato de Partenia, con el velo del hermoso simulacro de Venus, sin que ella rompa los preceptos del recato, no es posible! . Te suspendes? Y más, cuando he reparado, . que Al temidoro la busca, con sospechosos halagos. No respondes? . Atajar conviene a este mal los pasos, que el descuido del remedio, hace diligente el daño. Esto ha de ser: yo, Partenia, entre los avisos sabios, que debes a mi enseñanza, no tuve por necesario advertirte aquel honesto, firme, inviolable reparo, con que debe la hermosura resistirse a los asaltos de las amantes lisonjas: porque el modesto recato nace sin arte, ni estudio. en la mujer enseñado: y así, no dudo, que el tuyo, sus preceptos observando, sabrá defender la entrada en tu pecho los halagos, con que. Artemidoro intenta hacer su parcial tu halago. Yo, padre: Cielos, qué escucho! el Infante a mí, pues cuando. Oh qué presto tus mejillas la verdad han confesado! no se engañó mi sospecha. Qué hielen los sobresaltos el pecho, y al rostro arrojen las señales del estrago! No quiero culpar en yerro que no está en tu mano, sino advertirte, porque la diferencia de estados, que hay entre ti, y el Infante, no haga tu pecho más grato, que es precepto en el humilde el ruego del soberano: advertirte, digo, que eres aún más de lo que has pensado, y que en servirte el Infante, no ofende su sangre tanto, como parece. . Qué dices? que gozo tan no esperado! que soy más de lo que ahora parezco! En solio elevado, como a deidad te contemplo: válgame aquí su retrato, representación de Venus, para decir lo que callo. Qué bien llena esta noticia los dilatados espacios de mi corazón altivo; mas por qué con el cuidado de saber quien soy me dejas? Aunque ya se cumple el plazo, que te permite el saberlo, no me toca el publicarlo: conténtate por ahora con esta luz, que te he dado; sírvete de ella, y verás, como debe tu recato escuchar esos afectos, que anhelan por tus sagrados, mientras que yo a la Princesa, manifestándola el daño, que a esta prevención me mueve, entro a hablar, determinado a pedirla, que con este Embajador, que esperando están de su padre, el Rey de su embarcación gozando, nos envíe a Atenas, donde cesarán mis sobresaltos. Desde aquí empiezan los míos: . pues no temes el airado ceño del Rey? . No, Partenia, porque sin culpa me hallo. Advierte. . No hay que advertir. Que aventuras mucho. . En vano me persuades, cuando el Cielo tiene a su cuenta mi amparo. . También parece que toma mis desdichas a su cargo; pues cuando, ay Cielos! consigo saber, que mi origen claro no desmerece este afecto, que acá en mi pecho había hallado grata acogida, la ausencia me amenaza con su estrago? hay ciego vendado Dios! qué presto me has enseñado a sentir, cuantas pasiones fundan, y arruinan el basto duro imperio de tu aljaba; pero quién aquí se ha entrado? l . Bella Partenia. . Señor? Podrá mi amante cuidado ver a Cintia? . Sí señor: o si con este embarazo se dilatara el intento de mi padre; en ese cuarto, que pasa a la galería del Infante vuestro hermano, la hallaréis, si no os tardáis. Pues en este breve espacio quisiera. . Oh si le estorbase! . Supuesto que favor tanto alcanzáis con la Princesa: ea recelos tiranos, dadme luz para el remedio, pues que me alumbráis el daño; decirte no, que mi afecto tomes, Partenia, a tu cargo, que no está tan desválido, que en su atención no haya hasado, sino señas de admitido, indicios de perdonado; sino que si acaso vieres, que los ojos de mi hermano declaran a la Princesa, con impulso involuntario, o con atentos descuidos, sus amorosos cuidados, procures, que su atención se divierta, desviando su vista de unas acciones, sobstitutas de los labios, que cuanto más reprimidas, aún suelen hablar más claro: Qué es lo que escucho! ah traidor! . qué presto supe tu engaño! Porque recelo, que al ver el delirio, que ha causado su beldad, su noble pecho compadezca los tiranos dolores, que sufre, y calla; y han menester los que paso entera su compasión. A Cintia adoras? ah falso! . Y así, te pido. . Ah engoñoso! . Parece, que con ensado me atiendes. . Que fue fingido, e afecto tan ponderado. Y si mi ruego te ofende, no le proseguiré. . Gano tanto, señor, en serviros, que ya estaba equivocando la intención de obedeceros, con la atención de escucharos? yo os empeño mi palabra, de ser vigilante argos de sus ojos. . Mi inquietud convertiras en descanso. en esta acción, no es mi anhelo el menos interesado. Pues a Dios, que hablarla qu antes que deje su cuarto. . Qué tanto cruel tormento en mi paciencia ha cabido? no creí, que hubiera sido tan capaz mi sufrimiento; mas ay, que fiero el amor, queriendómele apurar, hace, que el primer lugar tome el último dolor! Amor, tu venganza siento, solo por el homicida, pues duele menos la herida, cuando es noble el instrumento; rindiome a una sombra vana, y cuando cuerpo la dio, él cruel me la vistió con el sayal de villana; y aún con más razón me irrito, pues su humilde candidez, trocada en noble altivez, la manchó con un delito: y fuera más estimada de mí, entre tanta bajeza, una villana pureza, que una nobleza manchada. Qué burlase el pecho mío, o su engaño, o su mudanza! Qué tomase tal venganza el amor de mi albedrío! Oh nunca a su falsedad oídos yo hubiera dado! Oh nunca hubiera entregado mis ojos a su beldad! No sintiera este dolor; que el corazón me ha deshecho; No fuera capaz mi pecho de tan indecente ardor. Según estoy, si le viera, con mis iras le abrasara. Según estoy, si la hallara, pienso, que la aborreciera, Porque ofende su deseo. Porque ultraja su bajeza. Mi vanidad. . Mi grandeza: Mas qué miro? . Mas qué veo? ay dulce dueño adorado! tu poderosa presencia triunfa de mi resistencia. Qué suspenso se ha quedado? pero por que se suspende mi ira? pasión extraña! como se hiela tu saña, a vista de quién la enciende? Pero yo me he de entregar a tan ciego precipicio, a donde es seguro indicio del vencer el pelear? Mas por qué callo prudente ofensas tan conocidas? vealas yo destruidas, hablándole al delincuente. Esto ha de ser. . Esto intento, Partenia? mi amor errado: mas sus luces han cegado la luz de mi entendimiento. Proseguid, que va he sabido, que con engañoso error, el yerro de vuestro amor venía hacia mi torcido; y también sé el poderoso imán, que hacia si le tira, por quien callando suspira vuestro afecto temeroso: y solo saber quisiera, por qué he de alumbrarme yo, con llama, que otra encendió. Yo otro amor? adiós pluguiera fuera noble mi locura; pero el discurso va errado, puesto, que en cualquiera estado siempre es nóblela hermosura: yo otro amor? yo otra afición? cuando tus ojos han sido los primeros, que han rendido mi rebelde corazón? Perdonadme, si no os creo; porque antes que os viese yo, otra deidad consiguió ese difícil trofeo. Es verdad. (sin duda ha visto su retrato) y te parece, que su beldad no merece mi adoración? . Ya resisto . en vano ofensa tan clara. No es su perfección igual a la imagen celestial, que representa. . Hay más . rara especie de desengaño! falso amante, fementido, como decirme has podido tan cara a cara tu engaño? Pues es acaso ofenderte el alabar? . Ah ingrato! Tu retrato. . Qué retrato? en lo que dices advierte. El que Venus representa, que está en esta galería, donde con vana porfía copiar el pincel intenta tu hermosura. . No te entiendo. Retrato mío? Ay de mí! mas si es esto lo que oí a mi padre? . Ya pretendo, que le veas, si hasta ahora no le has visto. . Si es verdad, enferma mi vanidad, con lo que mi amor mejora: (sas? mas no es posible. . En que pien- En tu engaño. . Dónde está? En tu amor. . Y quien habra, que le culpe? . Mis ofensas. Toda el alma se interesa en saber lo que te obliga a quejarte? . Que lo diga quieres? . Sí: mas la Princesa. Confieso, que me ha pesado. Has visto ya iSi, harto he visto: vete, pues; quién tal creyera! . Perdóname, que prolijo te vuelva a pedir, que en tanto, que está Partenia al abrigo de tu inviolable respeto, no olvides lo que te digo, porque en su decoro estriba también tu decoro mismo. . Porque en su decoro estriba, también tu decoro mismo: bien haces en repetir mi agravio, que es tan indigno, que viéndole averiguado, aún no le juzgo creído: porque parece increible, que el Rey; pero yo no he visto el retrato de Partenia: no oigo decir a Crisipo, que quien ofende el decoro de su hija, ofende el mío? pues que más clara evidencia busco para su delito, cuándo le están confesando los ojos, y los oídos? que a mi vista: Artemidoro, vos aquí? qué mal reprimo mi pesar! y sin hablarme? tanta extrañeza conmigo? No culpéis a mi silencio, señora de inadvertido, pues viéndoos tan pensativa, no me atreví a interrumpiros. Nunca vos podéis: mas quién, Partenía aquí? Que ha sentido parece, hallarme con él: yo, señora. . otro testigo encventro en su semejanza, para probar el delito del Rey, porque para acaso es mucho lo parecido. Con qué indignada atención . me mira! aquestos indicios mayor daño me previenen. Qué ocasión habrá podido turbar de Cintia el semblante? A vuestros ojos divinos llego dos veces alegre; la una, por el alivio, que en ellos hallan mis penas; la otra, por el aviso, que me acaban de traer del Puerto, donde ha surgido ahora una nave de Atenas. Y de esa nueva ha nacido vuestra alegría? . No hay duda; pues pendiendo del arbitrio de vuestro padre mi dicha, después de no haber querido hacer la guerra, que declararme airado quiso, por hallarme a vuestros ojos mas dignamente rendido: y estando mi fe esperando; según su postrer aviso, un Embajador, que envía a facilitar benigno la dicha, que no merezco, con fundamento imagino, que viene en este bajel. Él sea muy bienvenido, pues con él se facilita también el intento mío, Mas que quiere enviarme a Atenas, persuadida de Crisipo? Qué intento será el de Cintía? Aunque mi mérito, indigno se halla a tanta dicha, creo, que vuestro designio será das premio a mis ansias. Mejor dijeras Callándoos ahora mi intento, solo os diré del motivo, si bien lo reusa el labio, por ser de mi labio indigno; que borréis una osadía, que mudamente ha ofendido mis ojos, antes que llegue a ofenderme los oídos. Qué escucho? mas si el Infante, con infelice descuido de sus ojos vive el Cielo, que leabrasaran los míos con las iras que fulminan, a no saber, que advertido procura apagar su ardor dentro de su pecho mismo, Pero seráme forzoso, a pesar de mi cariño, ausentarle, y que la ausencia le sane de su delirio. Qué es esto? el Rey sin hablarme se va irritado conmigo? Qué ha de ser, traidor, ingrato? mi desaire, y tu delito. Delito yo? tu desaire? y darse por ofendido el Rey? qué es aquesto, Cielos? Pues si ama tu albedrío en perjuicio suyo. . A quién? Quiéres, que lo diga? . Dilo; Pues no quiero: qué querías, que regalara tu oído con el dulcísimo nombre de la que idólatra fino tu injusto amor? . Yo otro amor, que el tuyo? . Ah fiero enemigo? tarde supe tu traición; pero yo sabré. . Testigos son los Dioses. . De tu engaño? mas yo sabré. . Acaba, dilo, Huir de ti. Yo sabré sentir tu injusto desvío: mas para tanto dolor. Mas para tanto delito. Deme el mar sufrimiento. Dente los Cielos castigo. . ̱. Ya, señor. . A ha conseguido, sin que nadio le haya conocido, encubriendo quién es, ha ber llegado, como su Embajador, disimulado, desde Atenas a Chipre, donde creo, que logrará entre otros el deseo de tener en sus manos a Crisipo. Los Cielos soberanos saben, que es ese el principal intento de mi venida, porque el casamiento de Cintia con el Rey, que hizo forzoso así su rendimiento generoso, como las májimas de la prudencia que piden, que se atienda a la decencia de la Princesa; y que con cuerdo aviso, parezca voluntario lo preciso: quizá no me trajera, pues bastara, que por Embajadores se tratara; solo la nueva, que leal me has dado, cuya certeza me han asegurado las cartas, que de Cintia he recibido, a venir en persona me ha movido; y por librarme de las prevenciones de mi entrada, y demás obstentaciones de urbanas ceremonias, me he fingido mi Embajador, pues nada habrá perdido, cuando sepan quien soy. . Hoy mi ventura en tu propia venganza se asegura, ejecutando un ejemplar castigo en el traidor Crisipo. . Yo me obligo a dar a tu lealtad el premio justo, correspondiente al gusto de saber ya donde Crisipo vive, y testigo serás, de que recibe lo que merece de mi justa mano. El Cielo soberano prospere tu persona: mas ya estamos en la Quinta. . Y en ella nos hallamos, sin encontrar la gente, que vendrá a recibirnos; pero tente, si a la vista el deseo no anticipo, . parece, que él que viene allí es Crisipos y si bien ya no importa, no quisiera, que este de mi pasión testigo fuera: echarele de aquí; de mi llegada ve a dar la nueva; y para mi entrada, pídele al Rey licencia. Respóndate, señor, mi diligencia. . Puesto, que de mis guardas me he librado, he de ver, si es aqueste el Enviado de Atenas, previniéndole el deseo de la Princesa, y mío: mas qué veo? es verdad: oh caducos desvaríos! señor, tú eres? . Y los brazos míos te lo dirán, con amigables lazos. Mi centro son tus pies, que no tus brazos. Levanta, amigo, y antes que nos vean hablar conformes, di lo que desean saber mis dudas, que desde la ruina, que el contagio introdujo en Salamina, noticia no he tenido de ti, hasta que Hiparco, persuadido del publicado bando, y deseoso de su perdón, que se halla en él ocioso, porque no está culpado, me dio aviso, de que estabas en Chipre. . El Cielo quiso, que su Reino seguro, así lo fuera de mi vida, que a manos pereciera del contagio; si bien, no muy seguro, porque mi hado siempre adverso, y duro, a riesgo no menor me ha destinado; porque habiéndome hallado en una choza oculta, y retirada, sería con noticia anticipada, y que Hiparco la diese, no lo dudo; si bien ignoro, como verme pudo: preso a esta hermosa Quinta me han traído, donde habiendo creído, que soy traidor, aleve mí da; peligrara mi vida, si en su de defensa. bes lo que haces? me dices lo que sé, y no satisfaces el fin de mi jornada, ndome la nueva dese e de la salud de mi hija? T. La Princesa está buena, señor; y su hermos su virtud, su cordura, merecen dignamente succeder al adorno de tu frente, Oh que gustosa nueva que me has dado! y di, como ha llevado aquesta casual, y no esperada prisión? Bien es, que no te calle nada, para que atero al daño, busques medio que encamine los pasos al remedio: la Princesa, señor, aunque ha vivido, como sabes, de suerte, que a su oído, no se atreviero nunca esas ociosas. (cho; pláticas amorosas, desde que aquí llegó, según sospe- grata acogida hallaron en su pecho las de él. . Detente, espera, porque allí sale gente, y no quisiera, que me viesen contigo, ni quedarme en el cuidado que empezasto a dar- En esta galeria retirado, (me. te lacare, señor, de ese cuidado. . Avisaste? . A quién, señora? Dónde Partenia: ay de mí! se fue? . Si ahora de aquí la arrojastes. . El alma ignora lo que intenta ve a llamarla, y tu hacio que te digo. . Eso no, que no me obligo a hacer lo que ignoro. . Calla, o vete. . Hasta la mitad de eso sé hacer; ya me voy. . Dónde vas? perdida estoy! Tú no estás en ti. . Es verdad: mucho esta congoja crece; el Rey digo, si avisado está? . Y a quién lo has madado? Qué perezosa obedece al prudente entendimiento la voluntad: corazón, no desmaye en suspensión la actividad de tu intento. Pues qué intentas? Ya presente tienes a Partenia. . Ah Cielos! . qué pueda causarme celos la hija vil de un delincuente? Qué ostente aquesta beldad contra mí tanto rigor? qué a un tiempo ofenda mi amor, y ultraje mi vanidad? Que este áspid abrigue en mi pecho afectuoso? Aqueste fue el generoso abrigo, que en ella halle? Más ocultar la indecencia conviene de mis agravios. y Más vistan semblante, y labios el traje de la paciencia: señora? . Partenia, amiga, llégate, que hablarte quiero, Tu estilo menos severo, a obedecerte me obliga. Con la ausencia del Infante, aunque lo sienta mi afecto, tendrán quietud mis temores, y salud sus de vaneos. Que con mi ausencia aseguro su decoro, y mis aciertos: sin duda ha sabido el Rey lo humilde de mis deseos. Mas ya que quité las fuerzas al daño con el remedio, veré si se ha serenado de Cintia el divino ceño. Mas ya que me he de partir, procuren mis desconsuelos, el triste alivio de ver el dulce mal de que muero. Aquí está; mas el Infante: enojos, disimulemos, Aquí está; mas la Princesa, y el Rey: congojas, silencio. Señora, a vuestra presencia, confuso, y cobarde vuelvo; ignorando vuestras quejas, y vuestras quejas temiendo. Y yo señora, a pediros, ay de mil licencia vengo, para ausentarme, porque el Rey; aquí de mi aliento! que sus ojos han helado las voces dentro del pecho. Ausentarse quiere; hay triste! . no quieren tanto mis celos. Su turbación me ocasiona lástima, y enojo a un tiempo; . pero socorrerle, y dar a su ausencia algún pretexto importa: las disensiones, que espíritus mal contentos han fomentado en Citera, una Provincia del Reino, necesitan que el Infante, con la maña, y el respeto, las componga. . Yo también, imitando vuestro ejemplo, si vos queréis ayudarme, y el Infante suspendiendo su partida, estoy resuelta; no desfallezcas aliento, que ya parece que el alma sentía su agravio menos, a evitar un sedicioso indecente atrevimiento, que la república altera de mi sagrado respeto. Juzgo que está remediado, si es, señora, él que yo pienso. No puede ser, hasta tanto, que alcance con vos mi ruego, que a mi padre, y a mi patria me volváis; pero advirtiendo, que también ha de ir conmigo el dulce imán, que violento supo labrar, y atraer esos voluntarios hierros, que el mío, y vuestro decoro, a un tiempo mismo ofendieron: y pues el Infante fue quien me condujo a este Reino, también sea el que en la Nave, que ahora ha arribado al Puerto, al mío me restituya. Qué es esto que escucho, Cielos? Qué a tanta resolución, se atreva su ciego afecto? Albricias alma, que ya conseguiré por lo menos beber más tiempo las luces, con que mi sed alimento. De golpe tan no esperado, ni aún quejarse sabe el pecho. Ah falso amante, qué pronto diste al semblante el contento! Ah hermano fácil, qué mal disimulas tus consuelos! Mal disimula el dolor, de que a Partenia me llevo: no me respondéis? . Pues cómo, ni a creer, ni a dudar acierto, si evitar una osadía, es, señora, vuestro intento, llevándeos con vos la causa, queréis que atrás los efectos se queden? Con la licencia de tu criado, me atrevo a entrar hasta aquí, a pedirte, de parte del Rey mi dueño, digo de su Embajador, la audiencia que pide. . Ay Cielos! a qué mal tiempo que viene, y venir pudo a buen tiempo: dile que entre; y entre tanto, quede señora suspenso vuestro pensado designio, y mi impensado tormento. Si haré, aunque en él constante me hallará cualquier suceso. De todo vengo advertido, y a todo pondré remedio: dadme, señor. . Cielos santos. La mano. . Qué es lo que veo! padre, y señor, a tus pies me tienes. . Hija, a mi pecho llega, donde siempre asistes. Él, su padre; qué es esto? El Rey de Atenas en Chipre? El Rey de Atenas; ay Cielos! que por más que se asegura mi padre, su vida temo. Esta es Partenía, en su imagen me la dio a conocer Venus. Señor, . Alteza, cuando un Embajador espero, es quién viene a honrar mi Corte? Materias de tanto peso, como a ella me han traído; fiar no quise al acierto de un hombajador, y así, vengo a serlo de mí mismo; para tratarlas con vos. Dónde se ha ido este viejo? Dónde Crisipo estara? . Lucindo. Alegrín. . Y el preso? Que sé yo. . Ni yo tampoco. Muy buena la habemos hecho. Porque el preso se ha soltado, ha de andar el diablo suelto. Porque no es razón que mande a vista del Juez el reo, aunque su divina causa disculpa mis desaciertos: un os dejan Cetro, y Corona es, sabie mi mano, y sier que de sienes, y de mano, mejoran Corona, y Cetro. Para que veáis que olvido la queja, que de vos tengo, solo para perdonarla, vuestra autoridad acepto. Y yo echo menos la mía, para castigar sus hierros. Más perdonad, si a ejercerla por vuestro interes no empiezo, que me llama el del Infante, vuestro hermano, a más empeño, y por estar informado del ardiente amor honesto, que la Princesa de Atenas, mi hija, encendió en su pecho, A Ciuria yo? . A mí el Infante? . Qué oigo? Qué escucho? . Qué es esto? Tan público está el amor, que le creí tan secreto. Hasta el oído del Rey llegó de su amor el eco? No dudando, claro esta, que gustaréis de este empleo: la manode la Princesa, dé al Infante digno premio. Pues cómo, señor. . Yo, cuando. Qué ansia! . Qué sentimiento! Mira Lucindo que caras, Cada cual hace su gesto. Ven aquí un buen modo para dejar a todos contentos. Puede con su buen discurso echar a perder un pueblo. Vive Dios, aleve hermano, que mis iras. . Deteneos, que ya sé de donde nacen vuestros turbados afectos; y para que no luchéis inquietamente suspensos con vuestras dudas, sabed, que a nadie ofende el intento de casar a la Princesa con el Infante, supuesto, que Cintia, aunque es hija mía, no me succede en el Reino como inmediata, porque tuve otra hija primero, a quien pertenece el nombre de Princesa por derecho, y esta es Partenia. . Qué escucho? Si es engaño del deseo. Pues el bárbaro Crisipo no hizo despojo sangriento de la vida de Partenía? cuyo infelice suceso, aunque quisiste ocultarle con misterioso silencio, te le predijo Minerva en su Oráculo severo? Lo que el Oráculo dijo, fue lo que os dirá mi acento: oíd, que así se explicó el soberano concepto. Si criarla tu celo no procura, (da, por cuatro lustros, haú de si ignora- y del suelo Ateniense desterrada, arruinará a tu Imperio su hermo- Y yo a conservar mi Estado, (sura. políticamente atento, me resolví a obedecer el Oráculo y temiendo, que la dijese quien era, algún indiscreto celo, o que de su tierna vida triunfase algún mal contento, de la mudanza, que Atenas de República hizo en Reino, traté de fingir su muerte, autor de ella suponiendo a Crisipo, cuya ausencia lo hizo más creible al Pueblo, Pues si no estaba culpado, que fin llevó aquelse vero edicto? . Por si la suerte estorbaba los suenetos avisos, que del tenía, me valide aquese medio para saber de Partenia, que con cautela, y secreto, la noche de su fingido horroroso sin sangriento, a Crisipo la entregue. Que tus órdenes cumpliendo, la conduje a Salamina, de donde nos echó el fiero contagio, y en estos montes tomamos seguro puerto. Aunque este suceso admiro, no veo en este suceso señales, de que Partenía haya causado el incendio de mi hermano, porque antes, que viese sus ojos bellos, su corazón padecía amantes desasosiegos. El amor me los predijo, tomando por instrumento de su venganza, un retrato de Partenia, con el velo de la gran madre de amor, oculto no sin misterio. Y quién pudo, antes que aquí la trajesen, no lo entiendo, retratarla? . De esa duda saldréis fácilmente, siendo yo quien copió su hermosura, un día que la eligieron unos rústicos Pastores por Simulacro de Venus, para hacerla un sacrificio, y a Crisipo al mismo tiempo descubrí. . Qué desengaño tan dichoso! . Qué suceso tan favorable a mi queja! Ya la causa de mis celos viene a ser en mi favor. Ya piadoso amor, confieso, que lo que juzgué castigo, viene a ser mi mayor premio. Pues que de los cuatro lustros, fue ayer el día postrero, llega Partenia a mis brazos amorosos, y desde ellos recibe los del Infante, y premie Cintia el afecto del Rey, que yo cuidaré de Hiparco, y Crisipo, haciendo envidiadas sus fortunas. Próspere tu vida el Cielo. Y la mía se eternice feliz en tan dulce fuego. Ya empieza a serlo la mía, con la verdad de ese efecto. Pues Dorinda, y yo, también nos casamos, si queremos, y Lucindo con su Laura, si quieren, harán lo mismo: y pues ya habéis conocido por este gustoso ejemplo, que Amor Castigando premia, temblando os pide mi miedo, que no mordáis con tenazas, de la Comedia los hierros, sino que con blanda lima, los liméis como discretos.