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Texto digital de Casarse sin hablarse

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida posteriormente) del manuscrito MSS/15527 de la BNE.

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Casarse sin hablarse. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/casarse-sin-hablarse.

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CASARSE SIN HABLARSE

JORNADA PRIMERA

Pícaro, estad muy contento de que no vais muerto a palos, que en casas tan principales no han de entrarse a dar recados ni aun los criados del sol si los disfrazara en rayos. Tienes alma, pues de noche y a estas horas que está echando el diciembre cantimploras y me han de coger de brazo dame siquiera el vestido. Mira que ya estoy sudando pellas de nieve y dirán que me llevan al calvario a dalle un recado a gestas. Y parece su crïado. Cierra, Inés. Piedad, Inés. No la tengo de pícaros. Diciembre, hágote agosto, miren qué buen calendario cuando están sembrando trigo y a mí también me sembraron y he salido hecho puerro. ¿Qué dirá agora mi amo? ¡Válgame el horno del vidro!, pero soy tan desgraciado que harán de mí una garrafa para enfriar; si al verano llegase con este yelo que se me ha entrado en los cascos, me alquilara a un zotanillo que dan por aloja caldo; si encontrase capeadores, se habrán de quedar en blanco, que no llevo otro consuelo de este mundo. ¿Hay tan estraño encerramiento de casa que venga a hacer el recato terrible a doña Leonor, por lo hermoso y por lo honrado?, pero tiene un padre que es turquesa de los dïablos que ha servido al rey Enrique por general de su campo y por lo soldado piensa que son moros sus cuidados y su casa fortaleza para velalla por cuartos. Cielos, ¡un bulto descubro! La enfermedad de mi hermano me ha detenido hasta agora, mas, si no padece engaños la vista, voy descubriendo en la calle un bulto blanco. Reconoceré quién es. Acá se viene acercando, capeadores pronuncie, ¡oh, malditos sean mis labios, que no escupen sino agüeros! ¿Quién va? Cierto amortajado que para haber de enterrarme van a pedir por el barrio limozna cuatro ladrones de lo que a mí me quitaron. ¿Y sabéis por dónde han ido? Por donde a mí me han dejado sé no más. ¿Quién sois, amigo? Un forastero tan falto de socorro que aun el frío de verme está ya temblando y, si dicen que da el cielo tan piadoso a los humanos lana conforme a la nieve, a mí ya me tresquilaron. ¿No tenéis posada? ¿Cómo tengo de ir?, porque, en llamando, si la güespada se asoma, entiende la que soy trasgo y cerrará la ventana a piedra y lodo. (Este es caso piadoso y fuera tener el corazón inhumano si no le diera remedio.) Cerca está mi casa, vamos, que no os faltará un vestido. Para que sobre un milagro, ¡oh, ropero celestial!, que das vestidos fiados en el crédito de Dios, que paga aunque sea a lo largo. ¿Quién llama? Yo soy, Inés. Mi señor. ¿Si estoy soñando? ¿No es la misma casa? Sí, el vestido se ha amigado, que han llovido mis desdichas sobre él; este es don Fernando Osorio, el viejo feroz, mas entre lo recatado de Leonor, que no querrá decir quién soy. Esperando mi señora a que vinieras, no nos hemos acostado. Entrad, mancebo. ¿Qué es esto? ¿Adónde venís? Al baño, y pienso que hay mucha leña. De eso yo tendré cuidado. Íos a acostar. Señora, no he querido hasta agora, que vino mi señor. Me ha parecido que estáis medio dormido. No importa aunque del todo lo estuviera, que una mosca sintiera porque yo tengo el sueño más ligero que una pluma de garza, que Rivero y Ordoño son crïados con el sueño también acomodados, que, aunque viniera y fuesen de Jarama un encierro de toros a su cama, lince no se ha de hallar que en pie los vea hasta acabar del sueño la tarea. Señora, muerta vengo. A este mancebo le han puesto unos ladrones. Como nuevo, malditos sean de Dios y de sus santos. De la suerte que vas... Nuevos espantos me da su atrevimiento. ¿A mi casa se vuelve, con qué intento? Hallele en nuestra calle y es piedad remedialle. Inés, saca un vestido aunque sea de los míos. ¡Qué cumplido hizo a vuesa merced el alto cielo! (¡Compuesta estoy de yelo!) (¿Qué haremos?) (Dale el suyo.) Maravilla es de las siete. Cuando fue a Sevilla mi hermano me dejó que le guardara su ropa y, si gustara vuesa merced, le diera un vestido de paño. Sea cualquiera, que otro le compraremos a tu hermano. Yo voy por él. (¡Que vuelva este villano a doblar mis temores!) (¡Qué difuntas colores le han salido a Leonor! Pues no ha cantado, yo me vuelvo vestido y abrigado, mas, si la historia cuenta, sobre veinte me dan ciento y ochenta. Este os podéis poner. ¡Es estremado! (¡Ay, que es el mío!) Me vendrá pintado sin que falte ni sobre porque siempre el que es pobre por singulares modos tiene el cuerpo de todo: si es muy ancho el vestido, no trabaja el sastre, que es el pobre una tinaja; si es muy angosto, la piedad asiste, que el pobre es un arenque y se le viste. ¿Y a qué venís a Madrid? Señor, sirvo a un caballero que vos conocéis muy bien, a quien han dado los cielos tan gran vitoria en los campos de Granada. ¿No es don Diego Téllez Girón? Sí, señor, él entró en Madrid primero, que tomó en Getafe postas y yo por mi pasatiempo me vine mi paso a paso con un par de harrieros y entré en Madrid esta noche... No es poco lo que me alegro que don Diego haya venido, hoy habrá estado secreto, pues no ha visto al rey. Mañana, queriendo Dios, le veremos. No tiene el rey don Enrique mejor soldado, es un fuego en las empresas y tiene lo prudente del consejo al prevenirse, habrá un mes que dejó a Madrid y el cielo le dio la mayor vitoria que vio el sol en nuestros tiempos. Fuera de su ilustre sangre de los cielos previlegio, es bizarro cortesano. Pensamientos lisonjeros, ¿dónde entráis, siendo mi padre inadvertido instrumento? Yo le diré a mi señor, con lo mucho que yo os debo, los favores que le hacer. Decid qué, por no saberlo... No le he visto. Guárdeos Dios. Esperad, que por el riesgo irá un crïado con vos. Ya todos están durmiendo. Ya no será menester, que los ladrones yo creo que estarán ya recogidos. Pues id con Dios. ¿Hay tal viejo? Venid, os alumbraré Dile que aguarde. ¿Tenemos blanduras? Vamos, señor. El suseso del crïado estimo en mucho, que es muy mi amigo don Diego. Esperad un poco. ¿A qué? No podéis salir tan presto. Ya he cobrado mi vestido, juro a Dios que llame al viejo y descubra la trapaza aunque lo paguen mis güesos. Bien puedes estar seguro. Decid, villano embustero, ¿a qué habéis vuelto a mi casa? Agradeced... Sí agradezco. Que está mi honor... Ya lo sé que está tu honor de por medio y que por eso has hallado que por el mío confieso que hubierais dado las dos chillidos como silgueros. ¿Qué me importa a mí que sea tan bizarro caballero vuestro amo y que haya venido vencedor de los fronteros moros que al Genil y al Dauro beben cristales risueños ni a mí qué puede importarme que los aplausos plebeyos le celebren en la corte por galán y por discreto? Entra en las lisonjas suyas este retirado encierro que le sirve al sol de nube contra sus limpios reflejos, pues, cuando intenta luciente penetrar con rayos nuevos mis ventanas los cristales que por adorno se han puesto, piensa el sol que son estrellas y se retira huyendo de las sombras de mi casa a los indios contrapuestos, pues ¿don Diego qué pretende? ¿Qué es lo que busca don Diego que antes que fuese a la guerra —imposible pensamiento— cual centinela perdida me rondaba con paseos? ¿No hay en Madrid muchas damas de ilustres merecimientos que correspondan su amor siendo lícito y honesto? Sé hay, en verdad, pero yo soy el que la culpa tengo, que le he dicho que te sirva, pero en él son cumplimientos porque pierde su juïcio por un ángel, el más bello que ha copiado en nuestro siglo el gran pincel de los cielos. Fue berenjena zocata con su cara la de Venus, aunque en las güertas de Chipre se cultivase a requiebros; esto es cuanto a la hermosura. Cuanto al amor, es tan tierno que cuando habla a mi señor es toda ella un queso fresco. Viendo, pues, tus imposibles, que por helados sospecho que por órganos los pasa el mozo del alojero, iré a decille a mi amo que gaste mejor el tiempo y, pues que le importa el gasto, se vuelva a sus trebejos, y mira si mandas algo, que vuelvo a tomar el fresco de balde costando un ojo en los besugos y güevos. (Los que en mí fueron descuidos han venido a ser ya celos.) Dile a tu señor, entiendes... (¡Ay, Dios, y cómo la entiendo! Si es que ha de obrar la purguilla, salgamos del aposento.) Dime lo que he de entender. Dile que yo misma quiero, por que no te olvides tú, decirle que le desprecio porque, cuando en mis cuidados fuera muy grande el empeño, cuanto más que de su nombre, pienso que apenas me acuerdo. Téngolo yo muy creído que decir con mucho aliento, pues ¿don Diego qué pretende? ¿Qué es lo que busca don Diego? Es querer gastallo apriesa para olvidallo más presto. Pues ¿así lo has de entender? Así supiera yo el credo como entiendo lo que dices y seis varas más adentro y cuándo vendrá mi amo para oír de su derecho. Mañana en la noche. ¿A qué hora? A las doce, que el silencio de la calle y de las sombras dará lugar. No ay remedio. Pues ¿por qué? Porque le espera su dama a ese mimo tiempo y fuera delito grave dejar lo más por lo menos. (A puro embuste la abraso, no hay picar como los celos.) ¡Que esto sufro! ¡Que esto escucho!, mas, si el amo es tan grosero, ¿qué puede ser un crïado de tan mal entendimiento? Si no es que con un achaque de los muchos que yo tengo le sisamos a aquel ángel media hora, no está bueno, pues a fe que he de pagallo porque yo sé lo que pierdo en no llevalle a las doce. (¡Que tenga tan rudo ingenio que no haya echado de ver por lo demás de mi cuento que, aunque mi amo quisiera otra dama, no hubo tiempo, pues yo entro en Madrid agora para avisarla! ¡Qué ciegos son los celos principiantes! Tu voluntad agradezco. Mira que me das palabra de que trairás a don Diego. Lo que te olvidas del nombre es para perder el seso. No es memoria, sino enfado. Ireme. Bien puedes. Puedo a la sirvienta decilla a las ancas de mi dueño seis palabras mal tundidas. Cuando venga nos veremos. ¡Cuál queda, Leonor, por Dios, que después de tanto encierro que ha de haber toros y cañas y un par de lacayos muertos! Señora, ¿qué has hecho? Inés, son áspides en el yelo los celos que nunca ofenden hasta abrigallos el pecho. ¡Que se mude cuanto cría ese luciente farol!, que en las vueltas que da el sol susede la noche al día, que un monte, si no se muda, muda su verdor lozano, otro parece el verano que cuando el manto desnuda al soplo del cierzo frío y que tan firme Leonor no sea en lo mudable flor, sino monte en seco estío. Amor, ¿es culpa adoralla? Dila, pues imperio tienes, que adónde halla los desdenes, que a todas horas los halla. El cristal que más corriente baja desde el monte al llano suele cansarse el verano de ser tanto ivierno fuente, mas esta sirena ingrata con los dos opuestos lucha: con lo mudable si escucha y con lo firme si mata. Martín. Señor, pensarás, supuesto que anoche entré en Madrid, que me olvidé del cuidado con que estás, pues hablé a doña Leonor dentro de su misma casa. ¿En su casa tú? Esto pasa. Milagros son de mi amor. Detente, que sale el rey Y, con el rey, don Fernando. En vano se cansa cuando merece por justa ley Sancho su hijo la muerte. Valiente es como obstinado. Aliento desesperado es el suyo, se ha hecho fuerte en el castillo de Mora con todos los forajidos de España. Alientos perdidos su viejo padre los llora, pero jamás ha alcanzado perdón del rey. Claro Enrique, ya no es justo que os suplique por un mozo despeñado en su misma obstinación. Sienta, pues, vuestro castigo, que su mayor enemigo he de ser en la ocasión. Así, Fernando, lo entiendo. Seáis, don Diego, bienvenido. Con vuestro nombre he vencido. Y con el vuestro defiendo de los moros mis fronteras. Mercedes no merecidas a costa de pocas vidas triunfaron vuestras banderas. Llegué al margen sonoro cuyo cristal es playa arenas de oro, que, aunque el Dauro las cría, se las ofrece en su coriente fría, que, como ve al Genil más poderoso y le siente envidioso, oro le da en nativos minerales para que no le beba sus cristales; llegué, señor, con siete mil caballos que el sol dudó su luz por no envidiallos, era su general el nuevo Alcides, Mendo de Benavides, que no ha tenido España más bravo capitán en la campaña. Conozco su valor. La infantería, señor, que yo regía, aunque todo a mis órdenes sugeto como su general, causó el efeto que dirán las memorias para borrón de las romanas glorias; esta llegaba a doce mil soldados, que los juzgaba el sol desesperados en el acometer por otra parte; la militar prudencia con el arte tan cuerdos los miraba que el mismo Marte que los vio dudaba que a un mismo tiempo en campo ya mesclado se juntase lo cuerdo a lo ariesgado. Abderramén soberbio, en tanto estremo que copiaba el Genil a Polifemo la vez que a su cristal llegaba el moro de acero armado con escamas de oro, era caudillo y monte en su horizonte, sus soldados peñascos de aquel monte. Era mi campo desigual, traía tan grande copia el bárbaro que el día dio priesa a la batalla no por gusto de ver ejecutalla, que el sol hermoso a su limpreza atento mal pudiera esperar polvo sangriento para manchar sus luces cuando alegraba campos andaluces, mas fue porque, si el curso dilatara y el destrozo del moro se tardara, cubriendo a tropas todo el margen frío, temió, señor, que se bebiera el río, mescláronse los campos de tal suerte que largo espacio se escondió la muerte por ver que tantas armas homicidas la fatigaban al pedirla heridas. A esta sazón, Abderramén, blandiendo un frezno errado con mayor estruendo que la selva que en son áspero y bronco gime la ausencia de su verde tronco, pues el moro por prendas infelices le dejó solamente las raíces; a esta sazón que digo, el moro me llamó, las voces sigo y descubro tan alto un promontorio que pienso que se hiciera más notorio a los rayos del sol que el mauro Atlante, que antes que fuese monte fue gigante, y aun pienso —tan atento al verle estuve— que por celada se encajó una nube, que, como el sol entonces la bañaba y el aire los penachos ondeaba, me pareció por alta y por luciente los primeros celajes de su oriente; arremetí el caballo y el planeta, equívoco en sus luces, las inquieta porque los freznos rotos en astillas menuda tan remotos la vista los perdía, que el sol nos vio, a ver por celosía, viendo el Genil a un tiempo en sangre tinto al mostro del armado laberinto, que el morisco volumen desangrado ocupó tanto prado donde la frente humilla que pareció palenque de su orilla y la fama, que en mármoles y bronces iba esculpiendo la vitoria entonces, al campo se mostró difunto el moro, ceñida de laurel, bañada en oro, viva, diciendo en la marcial campaña el claro nombre del León de España, Enrique viva, asombro al sarraceno, y yo de aplausos lleno ofrezco a vuestras plantas esta vitoria por señal de tantas como el cielo os envía timbres de vuestra agusta monarquía. Solo de vuestro valor pude esperar esta halaña, fiad que lleguen los premios donde llegó vuestra fama. Despojando a los vencidos mis soldados, una escuadra llegó al genezal difunto y, quitándole las armas tan dobles como lucientes, le hallo, señor, esta carta. Don Fernando, ved qué dice. ¡Oh, cielos!, ¿a quién no espanta tan nuevo delito? ¿Quién decís que firma? Se agravia mi sangre, don Sancho Osorio mi hijo. Y en mi desgracia se atreve a escrebir al moro, mucho mi rigor se tarda. Ved lo que escribe. Sus letras son afrenta de mis canas. «Ya he respondido a las cartas que tu rey me ha escrito, pídeme por ellas que le vaya a servir con mi persona, ofreciendóme el bastón de general de sus ejércitos. Debe de pensar que los que nacimos con obligaciones de sangre ilustre olvidamos el servicio de nuestros reyes por intereses humanos. Los delitos que piensa el rey mi señor que he cometido, cuando lo sean, son delitos domésticos, que aun no llegan a la imaginación de desleales y quiero más los castigos de mi rey, aunque muera en ellos, que las honras que el tuyo me ofrece, y le dirás que, si por los servicios de mi padre alcanzo el perdón, que me han de ver los campos de Granada rayo español que fulmine el brazo de mi rey. Dios te guarde, don Sancho Osorio». Fernando, dadme los brazos, que donde hay nobleza tanta mal pueden caber resabios de inobediencia. Ya bastan las mercedes que me hacéis porque aun no podrá contarlas el mar si vuelve guarismos las arenas de sus playas. Sancho es mozo y por ventura, señor, como le acompañan tantos hombres forajidos y su capitán le llaman, como se ven sin remedio del perdón, toman las armas y, cual veis, se han hecho fuertes por ser invencible plaza en el castillo de Mora y Sancho, que en dos balanzas tiene la vida: la una, vuestras justas amenazas; otra, la opresión y fuerza que le han hecho con las armas los mismos que él acaudilla. Medroso defiende y guarda aquel castillo que es vuestro. Pues ¿no bastaban mis cartas para rendirle? Señor, pues ya os he dicho la causa, pueda su lealtad con vos. Mucho puede y mucho alcanza, mas, pues los mandatos míos a que le entregue no bastan, yo mismo he de ir, que no es bien que haya en Castilla una plaza que se resista a su rey. Saldré de Madrid mañana porque, viéndome don Sancho, es fuerza que satisfaga las obligaciones suyas. Señor, ¿y el perdón? Temprana diligencia. Dicen que su mujer —una bizarra amazona de los montes, de León nueva Diana con el arco y con la flecha, y que con el plomo aguarda fieras que los bosques pisan— es de sus delitos causa porque de mí desconfía. Señor, Beatriz se llama y es noble cuanto es hermosa, que ya Sancho se entregara, mas ella duda el perdón, que tiene un roble por alma. Su desconfïanza es necia, ya yo soy rey y me agrada más la piedad que el castigo, pero los premios se agravian si la justicia se encoje cuando castigos la llaman. Vos iréis también comigo. Pues dad lisencia que vaya a escrebir a Sancho agora, podrá ser, viendo que trata de ir vuestra alteza, que humilde salga a echarse a vuestras plantas. Bien podéis. Guarden los cielos vuestra vida. Yo tomara, a ser posible, don Diego, una vida retirada y segura por lo menos de las duras acechanzas del rey mi hermano por que él viviera y él reinara porque le dan sus memorias tantas congojas al alma que a montar viene su pena más que el gusto que se enlaza en el laurel que me ciño. ¡Oh, nunca fuera el alcázar de Sevilla infiel teatro de la muerte malograda del maestre!, que a los ojos de Pedro fueron las guardas maceros suyos verdugos de aquella siempre llorada tragedia. El odio fatal que nos tuvo llegó a tantas iras que a otros dos infantes hermanos míos —¡qué estraña crueldad!—, que el mayor tenía catorce años, con rabia feroz estando, en Carmona presos degollar los manda. ¡Oh, Pedro, perdone el cielo el daño que hiciste a España! En dos años que ha que reinas nadie te ha visto la cara con señales de alegría. Las cosas del mundo pasan, gran señor, como las sombras que a la luz del sol desmayan y, pues el término y linea de cuantas cosas humanas mira el sol es el olvido, deja memorias pesadas y las horas que da el ocio para alivio de la carga del gobierno las divierte porque agora son tan largas las de la noche que puedes honestamente ocuparlas. Pasea a Madrid disfrazado porque ya suele a ver damas que honestamente entretienen Auroras de sus ventanas. Pues acompañadme vos para ver si penas tantas las priva el honesto alivio de la pensión de tiranas. Iré, señor, a serviros. ¿Qué le ha dicho, cuando aguarda Leonor esta noche, cielos?, mas, si no sabe la trama, no tiene cuepa, yo sí, que pude en una palabra decille cómo Leonor, con las vislumbres de humana, le está esperando esta noche delante del rey. No hay chanzas en no siendo puntiagudas, porque tiene un rey mil almas, con vos mil entendimientos y descubre una trapaza mejor que un lince ¿qué haré para que mi amo no vaya con el rey? ¿Qué hombre es aquel A su atrevimiento iguala su locura, es mi criado y es tan simple su ignorancia que presente vuestra alteza quiere pensar que me agrada con desatinos. ¿Por qué, viendo que comigo hablaba, le estabas haciendo señas? Porque tenemos cien cartas que escrebir don Diego y yo, que parte de madrugada el correo y se ha ofrecido esta noche de gastarla acompañando a su alteza. ¿Hay locura más estraña? ¿Y a quién escribe don Diego? A un barbero de Alemania para que le envíe un estuche con cuatrocientas navajas. ¡Buen humor, don Diego! Es loco. ¡Vive Dios que le matara a no estar presente el rey! Si finge lo de las cartas, no tendréis ocupación. También yo gusto que vaya comigo, que, si decís que divertidas se pasan más bien las horas, él tiene donaire para ocuparlas. Como no haya refregón de los que se dan sin vaina, acompañaré a un entierro. Pues ¿con el rey te embaraza del temor? Y con los Reyes Magos cuando caminaban de noche. Si el rey —pregunto— el nombre de rey disfraza, ¿no podrá un vasallo tuerto darme a mí una cuchillada? No habrá ocasión de reñir. Los tuertos siempre la hallan porque, como no ven mucho, piensan siempre que el que pasa que les viene acometiendo y dan siempre adelantadas dos estocadas primero que el otro tiente la capa. ¿Cómo te llamas? Martín. Llevalde porque me agrada su alegre humor. Él irá para verlo, que le mandas. Pícaro, ¡viven los cielos! ¿Quién dice que no que vayas para acompañar al rey?, que yo no quiero por paga más de decilla a Leonor pues a sus... Esta noche te aguardaba doña Leonor para hablarte. ¿Qué dices, Martín? Que vayas para acompañar al rey. ¡Que llegase mi desgracia a perder esta ocasión! Ven acá. Cuando me hablabas, ¿no fuera eso lo primero? No pudo ser porque entraba Fernando y el rey y, así, volví el aviso a la caja. Pues ¿qué hemos de hacer agora? Un buen remedio. ¿Qué? Nada. ¿Para qué son las vitorias con que vencedor me aclaman, Amor, si la más ilustre y que más estima el alma tan fácilmente se pierde para no poder cobralla? Huélgome, por Jesucristo, porque me libra las pagas en que yo despoje moros porque entablan una maula fingiendo que están ya muertos y, si un hombre se desmanda, aunque llegue muy cortés a tomar una almalafa, le presentan el alfanje en mitad de las entrañas. Inés, mucho es el cuidado de mi padre. Es el temor una sospecha de amor, ya está en su cuarto encerrado y estará durmiendo ya. Su desvelo le despierta, por la junta de la puerta le vi agora. ¿Y qué hace? Está paseándose. ¿A qué fin? Todo es un justo temor, salió, al fin, al corredor que corresponde al jardín y tiene puerta a la calle, no sé lo que intenta Inés. ¡Y que tan cobarde estés! Causas tiene para dalle más desvelos, que tu hermano es quien le trae divertido. Gente en la calle he sentido. Siempre el temor fue villano. Don Diego será, ¿qué dudas?, pero ¿qué decirle piensa? De sus villanas ofensas le he de hablar. Las sombras mudas te oirán sin que él pueda verte, que es gran parte del recato. Quejareme de su trato porque es tan corta mi suerte que ya empeñada me veo en premiar su amor fingido. Dos bultos han parecido. Que fuesen ellos deseo. ¿Cómo no vino el criado? En él no es la inobediencia delito porque es un simple (y tan infeliz mi estrella que venga por esta calle del rey sin que yo lo pueda estorbar.) Si no me engaño, hay bultos en estas rejas. (A mis desdichas no igualan las que mortales se cuentan. Cielos, ¿si acaso es Leonor la que para hablarme espera?) Don Diego, bien puede entrar una curiosa lisencia, en las horas divertidas hablar un rato quisiera a las que el balcón ocupan, pero por que no se ofrezca ocasión que algún galán, si las ronda o las pasea, intente reconocerme, será bien quedéis la vuelta para asegurar la calle. ¿Ha de quedar vuestra alteza solo? Yo quedo conmigo. Es precepto la obediencia. (Cielo, ¿hay lance más terrible? Y mayor será si empeña el rey el gusto de hablarla. ¡Denme los cielos paciencia!) ¿Es don Diego? Esto es posible. (¡Que sea don Diego el que tenga la ocasión en esta calle y que pueda su vergüenza tanto que a mí me la encubra!) ¿Pensáis que estáis en la guerra? ¿Qué encubierto pretendéis? ¿Valeros de la cautela? Decidme, pues que llegáis tan solícito a estas rejas, si sois don Diego. Un amigo soy que le espera a que vuelva y ya no podrá tardar. (¡Por Dios que siento la pena de don Diego! ¿Y qué he de hacer si han comenzado sospechas a inquietar su amor por ver que con su dama me deja que se asegure su amor?) Señora, por que me deba entre amistades mayores don Diego aquesta fineza, pues en ser amante firme sé a los estremos que llega, haré que vuelva al instante. Y que es el alma os lo agradezca pide vuestra cortesía. A mucho obliga la vuestra. ¿No puede ser que el criado te mintiese y que tú seas la que su fe reconoce y la que su amor celebra?, que el que te habló bien lo sabe, pues que tanto amor confiesa. No serán mis dichas tantas. Un hombre viene. El que esperas será. ¿Cómo viene solo? El que le llamó se queda, si es él, para asegurar la calle. Llegue a las rejas, que en eso veré quién es. Comí su pan y me llevan cuidados de disculparle con una lealtad gallega, aunque el rey me esté esperando, en el balcón hay dos hembras, llego y disculpo a mi amo. ¡Ay, señores, y qué flema que trae el señor don Diego! Llegad, que es mucha tibieza para el amor que fingís. ¿Tan presto a reñir comienzan? ¡Vive Dios que las pedradas, si a mi señor se las echan, he de recogerlas yo, pues fui yo la causa de ellas y por saber de camino adónde llegan sus quejas por vuestros ojos, Leonor, que, aunque es amor quien me alienta, el temor de no ofenderos es quien mis pasos enfrena. ¿Vos tenéis amor? Muy bien decirlo agora pudiera si trujerais el crïado. Señora, que no hagas cuenta de aquel picarón. Mentís, mi crïado tiene prendas y no ha tenido razón la señora Inés, doncella para esas descomposturas que mi crïado pudiera hablar verdad en un corro de forasteros. ¡Qué necia estuviste. Mi crïado no sufre burlas como estas. Solamente la de anoche, que como un ánima en pena le eché en la calle en camisa. ¡Ay, si mi señor lo oyera! Dejemos tanto crïado porque siento que le ofendan. Un hombre ha entrado en la calle. Pues aprénsenme las piedras de la pared mientras pasa. Aunque no he temido ofensas de mi casa, por lo menos cuidados de honor desvelan la parte mejor del alma, mas, cielos, ¿quién a mis rejas está hablando? ¿Si serán las crïadas las sospechas? Apuremos la verdad, que tanto el saberla cuesta. Por esta parte seguro está el rey, que nadie venga. Hablando está —¿hay más pesares?—, aunque rey no diferencian los celos a las personas, si bien sufriendo se templan. ¡Vive Dios que, aunque aventure cuanto el honor me granjea, que le he de reconocer! Un hombre al balcón se llega. ¿Hay empeño semejante donde el valor es ofensa? ¿Dónde vais? Un hombre solo es muy corta resistencia para que no reconozca quién puede ser que se atreva a casa tan principal, que la mira con vergüenza el sol de luces armado si a ver sus paredes llega. ¿Qué he de hacer? Si le resisto, empeñarse el rey es fuerza y este hombre viene resuelto, aunque en la demanda pierda la vida, y se arriesga el rey por más que yo le defienda. ¿Qué respondéis? Apartaos porque con alma resuelta vengo a saber lo que he visto. El alma tengo suspensa. ¿Cómo no dejan la calle? Menos peligro es que sepa que es el rey, pues ha mostrado que acompaña la nobleza al valor, porque ¿esta casa quién pudiera defenderla menos que hombre principal? Mal hacéis, si es causa vuestra, que aventure la opinión esta casa. Más se arriesga, dejando en ella el peligro. Poco tiene hablando fuera, como veis. Ese es bastante para que no lo consienta el que sabe lo que es honra. Pues, con esto se remedia, dejemos los dos la calle, que el que tan celoso os deja es forzoso que nos siga. Será mi duda más cierta no por temor de reñir con los dos —¿si los dos fueran basiliscos que mataran mirando?—, mas por la mengua de que, sin saber quién es, se escape; lleve yo cierta noticia del ofensor, que luego esta calle mesma podrá ver cómo en los dos, cuando el mundo os lo defienda, castigo el atrevimiento de haber pisado sus piedras. Dos hombres están hablando si mis pesares conciertan. ¿Hay hombre más temerario? Tanto los celos despiertan mi enojo que me arriesgara con él, si el rey no estuviera empeñado en este lance. Si a vuestra arrogancia necia llegara el valor, creed que yo templarlo pudiera a cuchilladas agora, si no estuviera su alteza... ¿Qué decís? Que el que está hablando es el rey. ¿Cómo no tiembla el valor al nombre suyo aunque la opinión se ofenda siendo el remedio imposible caballero? A vuestra cuenta pudiera poner el riesgo del rey si aquí le tuviera. Mirad si gustáis que yo le acompañe. Que agradezca vuestro ofrecimiento es justo. Los cielos os guarden. Penas, ¿dónde me lleváis sin alma?, pero yo daré la vuelta a poner cobro en mi honor. ¿Dónde con celos me deja este hombre, y tan confuso que es laberinto mi ofensa? Uno se fue de los dos. ¡Ay, Inés, que mis sospechas dicen que no está mi padre en casa! Cobarde tiemblas de los temores que finges. ¡Que tal mi desdicha sea que me dejen la mitad del miedo en el que se queda! ¡Que no parezca don Diego!, mas volvió sin que le viera. Logré su amante cuidado y las horas entretenga, que yo asistiré a su guarda. Ya no es justo que a su alteza permita segundo empeño. Nadie a estas paredes llega cuando yo las guardo. Cielos, ¿hay más confusa quimera? ¡Vive Dios que no es el rey el que a Leonor galantea!, que yo vine con él solo, pues mi criado ya hubiera hablado a estar en la calle; ya son ciertas mis sospechas, por eso se mostraba tan enfadosa a mis quejas. ¿Cómo no os vais cuando veis que tienen quién os defienda el intento con los pasos? Fuera poca resistencia la vuestra si me importara que en esta casa entendieran que desvelo mis cuidados si no es por quien los merezca. A tanta descortesía fuera bien que os respondiera que vos no habéis merecido que las horas entretenga la más humilde criada que estas paredes encierran (¡Vive Dios que ha de pagarme el enfado por la necia arrogancia con que viene cuando celos le despeñan!) y, por que no presumáis que hay espada que os ofenda con ventaja, deteneos un instante por que vea vuestro desprecio arrogante y vuestra loca soberbia que os echo yo de la calle ¿Cómo vos no os vais? (Ya aprieta, aunque no me ha conocido, la reputación.) Ya espera quién os sabrá castigar palabras tan descompuestas. ¡Vive Dios que hablan muy ronco! Don Diego, aunque agora veas que llueven rayos las nubes y arroja el cielo cometas, no te pongas a mi lado, que ¡vive Dios que me debas tanto enojo que lo pagues con la vida! La obediencia no me deja dar un paso. ¡Bien hayan los que requiebran en los desiertos! Agora podréis ver si hay quién merezca vuestros cuidados si el sol juzga imposible la empresa. No he visto mejor espada, bien la guarda le encomienda el amante de Leonor. Toda mi opinión se arriesga. Inés, vamos. Muerta voy. Batiendo estoy una peña, no me vi en tan grande aprieto con mi hermano. ¡Bien pelea! ¡Caballeros, la justicia! Pues el retirarme es fuerza. Su nombre poner espero. Las más conocidas señas son volveros a buscar en esta calle. Desean esa ocasión mis enfados. No hayáis miedo que la pierdan. ¿Hubo más cansado estorbo? El rey ha dado la vuelta. Vamos, don Diego. Es muy justo, señor, que yo os obedezca. Este es el rey, ¡vive Dios! Señor, venga vuestra alteza. Siguiéndole he de saber quién sirve al rey en mi ofensa.

JORNADA SEGUNDA

¿A quién habrá sucedido un lance tan afrentoso? De mí mismo estoy medroso por confuso y por corrido. ¿Qué importa haber acabado en el castillo de Mora una acción que España agora me da en ella tan honrado blasón que oscurece el nombre del que más su fama aumenta si el sol en mi propia afrenta hace que a su luz me asombre la noche infeliz que fui a hablar a Leonor? ¡Oh, cuánto puede una desdicha! En tanto que el rey hablaba reñí con un hombre sin tener ni aun confusa la noticia de quién fuese, la justicia —a quien debe obedecer la lealtad con el respeto— nos dividió en las oscuras sombras y, cuando se duras esperanzas me prometo, sacando al rey del dudoso empeño, hallo que es Fernando el que voy acompañando. ¿Qué duelo habrá tan piadoso que a mi defensa se incline para asegurar mi honor?, pues el padre de Leonor es forzoso que imagine que he sido del rey tercero cuando estoy del rey celoso. ¡Qué laberinto engañoso de donde jamás espero verme libre! Me abandona en los más ciegos temores y entre celosos rigores mi voz, mi afrenta pregona. Mandome el rey que le viera cuando me falta el sentido porque a palacio he venido hecha una bruta quimera, con tan opuestos desvelos la ciega imaginación, siendo todo confusión, dudas, agravios y celos. Aquí está el señor mi amo y pienso que ha de llamarle el nuncio desde Toledo para plantar disparates en el jardín de los locos. Que me atormentáis, dejadme, imaginaciones mías. ¡Buen clavel si le regasen! ¡Que engañase los sentidos acompañando a su padre! ¿Esta es berenjena? Quiero probar a desencantarle con memorias apacibles y lisonjas agradables que los cuidados olvidan y divierten los pesares. Señor, ¡ah, señor!, ¿por dicha cuentan de los Doce Pares ni aun de los Trece de Nones vitorias con que te igualen? ¿Y la de don Sancho Osorio, cuando con él te abrazaste, rodando por la colina del castillo? ¿Qué gigante de Amadís? Déjame, loco. (Esta oreja no se abre. ¿Él quiere vitorias sordas?, pues pásome a la otra parte a despertarle el oído con sus propias necedades.) Don Diego Téllez Girón, ¿es posible, siendo amante que ibas venciendo imposibles en la belleza de un ángel, pues con la porción de humano gustaba ya de escucharte y cuando el recato suyo con veneración tan grande como si fuera sereno se iba escusando del aire, vas a librar a su hermano, que es fuerza que te embarace la pretensión de tu amor por su valor y su sangre? Hicieran más los demonios. Martín, pues mis penas sabes, ¿no sabrás dallas remedio para poder consolarme? (Déjame loco. También siento yo dificultades en el crédito dudoso que llegan a despeñarme, díceme el rey —¡caso estraño!—.) Vamos, don Diego. ¡Oh, pesares!, ¿parézcome yo a don Diego? ¿Hay más apretado lance? Mátame ya con locuras. No me atormentéis, dejadme, imaginaciones mías. ¡Vive el cielo que te mate! ¡Válgame don Sancho Osorio, que ya le tienes delante! Don Diego, yo os he buscado. Aquí me tenéis, mandadme. No tuve lugar de hablaros, como al rey acompañastis a la vuelta de Madrid y ser forzoso el quedarme para venir con mi esposa. Pues ¿qué decís? Escuchadme: a la falda del castillo, acompañando mi padre al rey, llegastis también... Pasad, don Sancho, adelante. Medroso, no inobediente a los mandatos reales, guardé con los forajidos aquella fuerza por darme poca esperanza un delito que lo confieso por grave cuando reinaba don Pedro, pues, viniendo a desposarse con Beatriz un criado suyo, desde Burgos a su alcance llegué tan ciego y perdido, y basta decir amante, que acometiendo a su gente, volviendo la yerba en jaspes, quedo en la campaña muerto y, como iban a casarse a Toledo, con su muerte hice la empresa tan fácil que Beatriz, que corresponde mi amor con valor notable, siguió mis pasos temiendo las iras del rey. Bastante información me habéis hecho. Esta se quede a una parte. Proseguid. Viene muy bien para cómo estoy el darme cuenta de susesos suyos. ¿Cómo tan cerca llegasteis con el rey haciendo señas con un lienzo? Para hablarme me pedisteis permisión y yo respondí que nadie, como subiese con armas, el imposible intentase; mi padre con el afecto, vos con el valor dejasteis las armas a un mismo tiempo y el rey que los cielos guarden os mandó subir a vos. ¿Hay confusión semejante? Es tan resiente el suseso que no hay para qué informarme de lo que pasó a los dos. Importa para adelante. Pues, si os importa, abreviemos: subí, al fin, y despejasteis la gente quedando solos en la puerta, las lealtades que deben guardar al rey los que tan ilustres nacen os propuse, respondisteis con pocas seguridades del perdón, canseme mucho de que hombres de vuestra sangre acreditada a blasones de su rey desconfiasen y, abrazándome con vos, rodamos los dos al valle cayendo a los pies del rey, donde el perdón alcanzasteis del delito. Si no hay más, ved lo que queréis mandarme. Hay mucho más porque el modo es bastante a que se enfade un hombre de prendas mías, toda cautela es cobarde y es indigna del valor. Pues queréis... El rey sale. Luego hablaremos, don Diego. Para mi cólera es tarde. Don Diego, admirando estoy agora el valor notable del hombre con quien reñí por vos en tanto que hablasteis al balcón aquella noche. Cielos, ¿quién hay que desate esta enigma? ¿Vos reñisteis, señor? Y por ser tan grande el empeño fue forzoso que yo mismo me ayudase de ser quién soy. Advertid que por estorbar que nadie llegase a reconoceros yo reñí cen el mismo Marte, que ¡vive Dios, gran señor, que coronado de alarbes tropas no temiera más! Tan afrentoso desaire como aquella noche... Yo por que el hombre asegurase el temor de la ventaja no os dije que no sacarais la espada en defensa mía y obediente me dejasteis reñir sabiendo que un rey, aunque le encubran disfraces, le acompaña su valor para que rayos desmayen si la cuchilla desnuda. ¡Que así las sombras engañen! Yo era el falso don Diego y en todo lo que mandasteis os obedecí tan fino que, aunque entraran en la calle doce mil jinetes moros, no saliera de mi encaje. De esa suerte yo reñí con vos. Y puede contarse mi dicha por la mayor entre ilustres capitanes que coronaron laureles, pues pudo el cielo librarme de que a vuestras plantas muerto con mi engaño no os pagase el enojo merecido de mi disculpa ignorante. Si yo me engañé también, las culpas fueron iguales y agora os estimo en más porque, aunque la fama os cante vitorioso en las empresas que rebeldes bronces labren, lleváis de ventaja agora cuanto debe acreditarse más la vista que el oído, pues ya mi esperiencia os hace más ilustre que al romano Cézar en la verde margen del Tibre, más que Alejandro, que fue a turbar los celajes del sol hollando las pardas arenas que peina el Ganges, mas, volviendo a vuestro amor, no dejaréis de emplearle en sujeto que le envidie el sol, no, no os acobarde esta curiosa noticia. Y con ella ha de matarme. Saber quisiera su nombre. Pregunta es que no la sabe. Señor. ¿De mí lo encubrís? (Ya son mis celos mortales.) Escoge en las letanías el de una virgen y mártir y tómate tú el martirio que no hayas miedo que falte un sayón que te degüelle y un Nerón que se lo mande. Decid. Llámase Leonor. Sí, señor, Leonor Hernández. Hija de don Sancho Osorio. (Veneno son mis verdades.) Pareciome muy discreta cuando la hablé. Que no sabe latín, mas el rey presumo que la quiere en buen romance. ¿Es muy hermosa? No mucho. Pobre señor, la comadre la llevó a Roma en naciendo, trujo indulugencias grandes, pues la ven por jubileo. Bien os ayuda el donaire del criado. (¡Qué celoso está cuando en mí no cabe la menor ofensa suya!) Vengo a acreditar verdades sobre evidentes sospechas. Con el rey habla, a esta parte escucharé mis desdichas aunque el remedio les falte. Quiero también que esta noche me acompañéis por que alcancen algún alivio memorias que de mis cuidados nacen. Cielos, ¿qué escucho? (La muerte fuera la empresa más fácil para mi perdido amor sin que los celos me abrasen.) Quiero que habléis a Leonor. (Así pienso asegurarle de sus celosos temores.) (Ya han llegado a confirmarse mis agravios, que es don Diego tercero del rey amante. ¡Así premia mis servicios!) (¡Oh, cielos!, ¿hubo linaje de tormento más feroz? ¿Si quiere el rey que la hable por él con afrentas mías de que ha servido el honrarme?) ¿Firmar puede vuestra alteza las cartas? A los alcaides de Jaén, Loja y Antequera escribo para que guarden sus fronteras porque el moro, aunque en su vega alcanzasteis la más ilustre vitoria que vio el sol bañada en sangre, va juntando nuevas tropas de caballos y de infantes y conviene a toda prisa que a su resistencia marchen los pendones andaluces con un caudillo que ataje del bárbaro los intentos. ¡Oh, si a don Diego enviase! Don Fernando. Gran señor. ¿Dónde está Sancho? Gigante de esta puerta puede agora entrar para que le mandes a don Sancho. ¡El rey os llama! A vuestras plantas reales tenéis una hechura vuestra. Poco en el crédito valen las mayores bizarrías ni los blasones más grandes si en servicio de sus reyes no llegan a acreditarse. A los rayos más ardientes del sol el águila lleva sus hijos, adonde prueba con muestras tan evidentes si la luz los acredita fuego a fuego y rayo a rayo, pero, si el mortal desmayo la vista y valor les quita, como ajenos de su amor los desprecia y los arroja, que aun a las aves enoja siempre el cobarde temor. La sangre ilustre se hereda, el valor la engendra y cría, examinarla porfía por que acreditarse pueda al sol de la majestad; sol es el rey; si en sus rayos muestra la sangre desmayos, se desmiente la verdad y el valor, que es el crisol que apura cuanto merece; su misma sangre aborrece si no la examina el sol; sangre ilustre os acompaña, bizarro valor tenéis, examinarla podéis sirviéndome en la campaña. Ya he llegado a perdonaros, con que mi enojo reprimo y mirad lo que os estimo que os castigo con honraros. General sois de la gente que aguarda en Andalucía del Genil la margen fría para turbar su corriente; os está esperando ya, mañana os podéis partir, el premio está en el servir si en manos del rey está. Mil siglos os guarde Dios y vuestra fama las cuente; si sois el planeta ardiente, ya me estoy mirando en vos, con que el valor acredito y la sangre que heredé; un rayo vuestro seré si tanta luz lo permite. Vuestra carta fue el ensayo, escrita al moro andaluz. Escrebí sin vuestra luz, ¿qué haré cuando lleve el rayo? Sin duda que a Sancho envía por que no estorbe su amor. Fío de vuestro valor. Vuestra luz es quien me guía para ofrecer mil vitorias a tan alta majestad. Fernando Osorio, escuchad. Mis afrentas son notorias aunque el honor las disfrace. A ser con su ausencia llego más feliz. Digo, don Diego, que por que no me embarace el orden del rey, supuesto que mañana he de partir. ¿Hay tan cansado sufrir? En otra balanza ha puesto mi amor este inconveniente, yo he de perder el sentido. Lo arrojado y lo atrevido dice mal con lo prudente, aquel modo de entregarme supuesto que engaño fue. Sea el que fuere. Y yo veré si en el campo sabéis darme satisfación si la halláis. Si en palacio no estuviera, la satisfación os diera que para el campo guardáis. Quién soy el mundo conoce. Así lo llego a entender donde nos hemos de ver. Será esta noche a las doce junto al sitio donde estaba la ermita de Atocha. Adiós. Y también os guarde a vos. (¡Esto a mis celos faltaba! Es valiente caballero, mas ya está echada la suerte. Fortuna, el contrario es fuerte, pero del valor espero blasones que el tiempo escriba. ¿Qué importará que venciera si amor con celos me espera para que muriendo viva? La enfermedad de su hermano es quien le habrá detenido, mañana podéis volver. En mi prisa no permito dilación, que a vos también importa a lo que he venido. ¿Traéis cartas a mi padre? Sí, señora. Pues ya os digo que podéis volver mañana. Yo os obedezco y os pido albricias, que os traigo nuevas, pero está el secreto mío sellado hasta dar las cartas a vuestro padre. ¡Qué alivio para mis penas y ahogos! En lo que mandáis os sirvo. Guárdeos Dios. El cielo os guarde. ¿Qué misterios escondidos son los de este mensajero que de mí quiere encubrillos? La fama, Beatriz hermosa, que con términos prolijos cuanto publica encarece, tan corta anduvo contigo que es más que fama silencio, si no es que temió el peligro de no creída en el mundo y por lo prudente quiso dar sus plumas a los ojos siendo la vista el aviso de las partes soberanas que te dio el cielo. No envidio las tuyas, bella Leonor, porque fuera desatino imposible imaginar que ha de competir contigo ni aun el sol y, así, la envidia cuerdamente la corrijo porque lo que yo no alcanzo locura es competirlo. Esas lisonjas te debo. ¡Gloria a Dios, que sin peligro dejo a mi hermano quizá por que tropiece en los míos. Bella Beatriz, a los reyes los que tan nobles nacimos debemos obedecer aunque el riesgo sea preciso. A los campos de Granada me envía el rey por caudillo de su campo. En honras tales son dichosos los peligros. Sentiré, Sancho, tu ausencia, pero mesclaré suspiros con parabienes de ver que tu valor y tus bríos sirviendo al rey los empleas. Serán alientos perdidos, pues se fundan sobre ofensas. (Ya es hora del desafío porque me importa ir primero que don Diego llegue al sitio.) Señor, ya es tarde y podéis recogeros. Yo os suplico que descanséis, pues se alivia la enfermedad de mi tío. Ella me causa desvelos. Leonor, tu cuidado estimo. Dejadme una luz, que quiero consultar cuidados míos con la soledad que busco. Guárdeos el cielo. Es preciso obedeceros. Mirad... Tengo agora por alivio quedar solo, que un cuidado despertador muy prolijo no da lugar al sosiego. Decidme, si en él os sirvo, lo que puedo hacer. ¡Ay, Sancho!, comunicaré contigo después la pena mayor que vio el humano sentido. Como yo templarla pueda, con la vida yo os suplico que la deis por el sosiego que os falta. ¡Ay, querido hijo!, déjame a solas un rato. Volveré, pues participo de cuidados vuestros. Sancho, tuyos son cuidados míos. ¿Hay honor más arriesgado? ¿Qué he de hacer en tanto abismo donde fue la luz tinieblas y mi tormento el aviso? El rey pretende a Leonor, mas las quejas que publico, las venganzas que prevengo, las furias que solicito contra don Diego han de ser, que con máscara de amigo es tercero de mi afrenta. Entre penosos suspiros tu padre está hablando a solas y de mí te certifico que de verle estoy temblando. ¿Por qué? Porque Martinillo, el criado de don Diego, sin advertir el peligro de entrar por tantos criados te quiere hablar y escondido le tengo en ese aposento. Si le hablaste, ¿qué te dijo? Que está don Diego en la calle de su amor tan prevenido que, aunque aventure mil vidas, te ha de ver. ¿Hay más precisos riesgos? ¿A mi honor se atreve don Diego? Estoy sin juicio entre congojas y dudas. Y yo en los riesgos te sigo. Fuerza es avisar a Sancho para que vele comigo mi casa y mi honor. ¡Que un viejo que hoy ha entrado de camino no se acueste cuando está durmiendo cuanto Dios hizo!, porque, aunque yo estoy en pie, también sé que estoy dormido que arrimado a una pared suelo... Quiero que sosieguen todos porque interrompe el bullicio lo forzoso de las quejas, lo tierno de los suspiros. ¡Ay, que quiero estornudar! ¡Mal haya mi romadizo! El primero que inventó estornudos, sin peligro los inventó, que estaría él sólo en algún cortijo, mas no cogido entre puertas como gosque advenedizo. Si me han dado cebadilla, las galeras sean comigo. ¿Quién está en ese aposento? Un hombre que se ha venido a estornudar a esta casa por ser su aposento chico. ¿No sois vos... Yo soy el Vos. .el crïado... Martinillo, el criado de don Diego, pues ¿no me habéis conocido? ¿No es aqueste mozo... Yo. Sirve a don Diego. Comigo viene a hablar, dalde lisencia. De molde viene el martirio castigo que me han de dar. Vení acá. Ya voy. ¿Don Diego no os dijo... Sí, señor, dijo don Diego... ¿No es en lo del desafío? Claro está, si yo lo sé, muera a manos de un morisco. ¿Dónde está vuestro amo? Está esperando en el postigo, que caza vuestros jardines. ¿Qué armas trae? Doce cuchillos. ¿Para qué? Es gran tirador y, en viéndose algo afligido con el que riñe, se aparta y desembraza un cuchillo y tan derecho que clava a cien pasos un mosquito. Esa no es arma de hidalgos. No, pero es de prevenidos y es mucho mejor que digan «aquí se escapó un judío» que no «aquí murió un hidalgo». Decilde que yo le estimo el cuidado y que le espero adonde quedó comigo adonde los dos dijimos. Yo voy. ¡Libramos el bulto! Es don Diego tan amigo que de mí quiso fiar un caso grave. Es peligro en que os habéis de arriesgar. Los dos, como ya lo ha dicho la esperiencia, bien saldremos del riesgo más conocido. ¿Cuánto más que, si lo viviera, él me hubiera prevenido? Y. si en vuestra misma casa y tocándoos a vos mismo, ¿vierais con riesgo evidente peligrar el honor limpio que heredasteis? Cielos, ¿cómo tengo aliento y tengo oídos para escuchar a mi padre en tan ciegos laberintos? Señor, pues ¿cómo de mí habéis querido encubriros? Pues aun hoy llegasteis, Sancho, ¿hay aquí quién pueda oírnos? No, señor, ¿qué es esto, cielos? El umbral apenas piso de la casa de mi padre cuando tropiezo en peligros del honor. ¿Que os suspendéis? Yo he descubierto, yo he visto... No me tengáis más confuso. Aunque los acentos míos quieren quejarse a los cielos, llega el dolor a impedirlos y, así, del pecho a los labios se entorpecen detenidos con la fuerza del dolor y es menester todo el brío de este corazón robusto, don Sancho, para deciros que solicita mi ofensa el poder. Mientras yo vivo el poderoso es mi aliento con el acero que ciño. El que ofende es poderoso. Yo no puedo resistirlo, el riesgo está en vuestra casa. Harto, don Sancho, os he dicho. Esperad, señor. ¿Qué es esto? En dos estremos distintos y tan opuestos me veo que aun es riesgo el prevenirlos. Peligroso por dos partes veo mi honor, el desafío me llama a voces, cobarde si más tiempo le permito, pues don Diego está esperando, mas ¿cómo en otro peligro dejaré mi casa cuando me dio mi padre el aviso? ¿Hay duda más peligrosa?, pero ¿qué poder altivo a quien se rinde mi padre tiene entrada donde asisto? Aunque el oro y el poder, soberbiamente atrevidos, sobornen a los crïados, domésticos enemigos, ofensiva es esta luz para sus locos disinios. Aquí entre mudos silencios de las sombras repetidos el riesgo primero aguardo y, si asegurada miro la casa, podré salir a cumplir el desafío y, si muero en él, mi padre no perderá más de un hijo y hará en sus agravios cuenta que aun no he dejado el castillo. Cielos, ¿adónde me llevan mis amantes desvaríos? Inés me dio franca entrada por el jardín y me dijo mi criado que don Sancho se previene al desafío, veré si puedo a Leonor para que me preste bríos aunque es su hermano el contrario. Pasos sin duda he sentido. ¿Si se valió de las sombras para la ofensa? ¿Qué miro? ¡Vive el cielo que la luz ha de descubrir abismos en sospechas de mi padre! Conozcamos el peligro, cielos, si está en nuestra casa. Yo veré si le resisto aunque entre en ella el poder armado de basiliscos. Pasos repetidos oigo y será más cuerdo aviso no llegar hasta que Inés con la seña que me dijo me llame. Esta es una puerta, a su amparo me retiro. Cielos, ¿quién mató la luz?, pero ¿en qué pecho se ha visto q pueda caber descanso si está el honor oprimido? ¿Qué sueño habrá que le rinda si le despiertan peligros? Agora veré quién puede atreverse al honor limpio más que el sol. En tanto empeño fuera ya el valor delito, este aposento me encubra. Aquí ha entrado un hombre. Hijo, ¿dónde vas? Detente. A ver si es el que vos me habéis dicho. No arriesgues la vida, Sancho, pues yo mismo te he advertido de que es persona tan alta que yo a su nombre me rindo. ¿Qué pretendes? Desatar esta enigma, que la finjo, señor, con temores vuestros. (Yo soy, que vengo corrido a llamaros, pues que tanto os tardáis, que un criado mío que vino a hablaros dudó vuestro valor y he venido a deciros...) Esta afrenta causó mi propio peligro, no he podido más, don Diego. dichosamente me libro de haberme hallado en su casa. Sancho, si le has conocido, sepa yo... No os toca a vos. ¿Es don Diego? Sí, es mi amigo y tan vuestro mal pudiera encubrirse y es preciso con él, que a hablarme viene, ir a ver en qué le sirvo. Cielos, ¿si es el rey? ¿Qué riesgos tuvo el honor combatido de la fuerza y del poder más evidentes que el mío? Luego volveré, señor. Advierte... Ya está advertido cuanto me podéis decir. Vamos. ¡En qué laberinto me dejas! Bella Leonor, ¡sin verte y por enemigo a tu hermano! Del suseso por infeliz desconfío.

JORNADA TERCERA

¿Cuándo os habéis de partir? Cuando vos me despachéis. Luego partiros podéis, trae recado de escrebir, Inés. Voy a obedecerte. ¿Tan temprano levantado mi señor? Más su cuidado aun del sueño le divierte. Con lo que vos respondáis tomará resolución mi señor. En ocasión con vuestra carta llegáis, que con la respuesta mía albricias podéis pedir a don Juan. Quiso venir él mismo, pero no fía tanto de su dicha que la mereciese alcanzar y, así, ha querido esperar por dilaciones que ve en lo que determináis, pues seis meses se han pasado que en cartas le habéis pagado, si bien con ellas le honráis. Pues en esta podrá ver tan cerca la ejecución que logre su pretensión. Tan dichoso vendrá a ser que dé a la envidia desvelos. En aquese corredor podéis esperar. Señor, larga vida os den los cielos. ¿Qué fin mi agravio tendrá? Aquí está lo que pediste. Salte allá fuera. ¡Qué triste y melancólico está! Dejadme, invencibles penas, porque en un sujeto humano es la resistencia en vano. Líbrase mi hijo apenas y llévale de mi casa un hombre anoche y el sol dorando el clima español por nuestro horizonte pasa y Sancho no viene. ¡Ciego y de mis penas vencido estoy!, y lo que he sentido es pensar que fue don Diego tanto que el furor me abrasa, pero ya vengarme espero, que, si del rey es tercero para ofensas de mi casa, su intención no ha de lograr ni menos el rey su amor yo veré cómo Leonor mis canas llega [a] afrentar. ¿Cómo en el sueño se advierte una enigma no entendida? ¡Que sea amigo de la vida siendo imagen de la muerte! La vida se aumenta en él, con el descanso recibe, pues ¿cómo, si en él se vive, tiene apariencia crüel? Si vemos que los sentidos viven estando despiertos y que llegan a estar muertos en llegando a estar dormidos, ¿cómo se vive y se muere de una causa a un tiempo mismo? ¿Quién hay que en tan ciego abismo vida y muerte a un tiempo espere? mas, como firme y contante quien pretende correr más da algunos pasos atrás para pasar adelante, el sueño, así que convida con el descanso que advierte, vuelve atrás hacia la muerte para volver a la vida. Yo, porque he perdido el sueño, todo el sosiego perdí, tanto que no vivo en mí ni soy de mi vida el dueño. Mi padre escribiendo está secreto y solo. ¡Oh, temor!, ¿si ha sospechado mi amor?, mas que lo presume ya dicen sus nuevos desvelos. Si lo llega a sospechar, solo me podrán librar de sus enojos los cielos. Quiero hablarle en penas tantas para descubrir mejor lo que ya temo. Leonor, ¿tan temprano te levantas?, mas vendrás a recebir de tus dichas parabienes. Noble y rico esposo tienes, yo te he querido encubrir con desvelo cuidadoso algún tiempo tu ventura hasta tenella segura. Sabrás que ha de ser tu esposo un caballero galán, el maestre de Santiago es su hermano, en ti le pago su amor, llámase don Juan de Padilla, en Burgos vive. Mañana hemos de partir, bien te puedes prevenir. (Aun el alma no recibe por faltalla sentimiento efetos de mi dolor.) ¿Con tanta prisa, señor? (Su voz me robó el aliento. ¡Muerta estoy! ¿Qué haré? ¡Ay de mí!) Por lo que don Juan me avisa, me importa, Leonor, la prisa como la obediencia a ti. Más bizarra cortesía fuera venirse a casa y él me pudiera llevar, que, aunque dejó de ser mía porque hacer tu gusto espero con tan debida obediencia, es bien que me des lisencia para que le vea primero, que ya una vez empeñada en la palabra que das, si no agrada, me verás obediente y mal casada. Esto ha de ser porque yo sé más bien lo que te importa y son tus escusas necias y sentiré que me pongas en ocasión que te diga con vergüenza lastimosa lo que sin mirar tu honor atrevidamente loca intentan tus libres pasos en tu agravio y mi deshonra. (¿Hubo desdicha mayor? Mi amor sabe... Ya me postran al abismo de mis penas sus palabras temerosas.) Yo, señor, pues ya lo sabes, yo, señor, pues no lo ignoras, te confieso mi afición, mas, si yerros se perdonan de amor, bien merece el mío, pues mis venturas se logran, que lo perdone tu enojo, pues quiere que se a su esposa el que mi amor solicita. Ya tus palabras pregonan que estás sin seso. ¿Qué dices? ¿Desvanecida te arrojas a levantar los deseos a una majestad? ¿No cobras temor? ¡Que, siendo tu padre, tales desatinos oiga! ¡Vive Dios que siento poco, pues mis manos no te ahogan! ¿Tu esposo ha de ser un rey...? Perdóname que interrompa tu voz con la admiración de tu noticia engañosa. ¿Yo tan libre, yo tan ciega que lo que soy no conozca? Tu hija soy, sangre ilustre por antigua y por notoria me da valor, no altiveces para que aspire a coronas cuando el rey... ¿Yo he visto al rey? ¿De qué ilusiones te informas para que de mí presumas quimeras tan fabulosas? Dédalo dicen que al hijo de libres alas le adorna dando la cera y las plumas la materia que las forma; los dos —¡qué suerte infeliz!— con la máquina ingeniosa la vaga región del viento como la miden la cortan, discurren, vuelan y pasan heladas y ardientes zonas, de los montes capiteles y de las nubes garzotas; vanse mirando al espejo de tantas azules ondas y ven cuajarse las perlas en el nácar de sus conchas; el joven desvanecido tanto su vuelo remonta que quiere, bebiendo luces, ser de los cielos antorcha; el padre, que en la soberbia del hijo intentos malogra, con cuerdo, prudente aviso le advierte lo que le importa: «hijo,», le dice, «las plumas de tanta bizarra pompa las ha juntado la cera; si tan presumido tocas la vecina luz del sol, la cera entre la fogosa llama desecha, serás materia infeliz de historias, pero, si tan bajo vuelas que, en las espumas que azotan por rebeldes los peñascos, que cansadas vuelven otras, mojas las alas también, con tragedia lastimosa te darán sepulcro helado sus más escondidas rocas; sigue, pues, la medianía, rumbos más seguros toma: ni al mar por humilde bajas ni por alto al sol te opongas». Desvaneciose y perdiose como ciega mariposa, pues, subiendo, el sol le quema y, cayendo, el mar le ahoga. Yo, atenta a estos ejemplares, a sus naufragios medrosa, siendo la prudencia el rumbo y siendo el norte la honra, igual esposo he buscado porque en sangre generosa no es inferior a la mía para que en el mar me esconda y al rey, que guarden los cielos, ni mis pensamientos tocan, pues no ha de haber, si me abraso, disculpas que me socorran. (Absorto y mudo me deja.) ¿Y quién?, pues tanto blasonas de cuerda (¿Hay suseso igual? Ella finge cautelosa.) Dime, Leonor, ¿quién ha sido el que tus yerros abona?, pues en la sangre me iguala. Forzoso es que le conozcas. Es, señor,... Prosigue, ¿quién? (Como sirena que roba los sentidos con la voz, así en su engaño sozobra el bajel donde mi honor navegaba viento en popa.) ¿A qué aguardas? ¿A qué esperas? (Su vista es tan espantosa por verle tan obligado al empeño de otras bodas que la voz fe vuelve al pecho cuando los labios la forman.) Digo, señor, que mi esposo... (El alma estos miedos rompa.) ¿No han venido estos señores? Otro peligro me cobra con el rigor del presente la fatigada memoria. Acá está la buena pieza. No hayas miedo que la rompas. Fui con don Sancho y don Diego anoche y fue tan forzosa mi ayuda que un boticario no se la diera más propia. Salieron desafïados... ¿Adónde, Fortuna, apoyas tanto vaivén de tu rueda, en qué firmeza colocas el colmo de tus desdichas, sobre qué robusta roca que por insensible y fuerte ni se humilla ni se postra mi flaca vejez derribas? La hazaña parece heroica, pues soy al primer amago caña que los vientos doblan.) Dime, amigo. Y servidor. Digo que en las mudas sombras los perdí a la primer calle porque fue su prisa airosa —aquí ha de entenderse airada—, tan veloz que pienso agora que era el viento una tortuga por más que volando corra, fatigueme por seguillos por que mi valor conozcan, pero la prisa en mis pies la vi en figura de corma cuando al doblar una esquina, si las esquinas se doblan, dijo una inorme gallega que fue en su tierra pandorga: «¡Agua va!», y respondí: «¡Mientes!, porque el agua que me arrojas la vio el médico primero y esa es mentira con borlas, en tu casa graduada, siendo el vejamen tu boca, porque esta agua es muy antigua y mira si está mohosa que se ha tomado de orín y, siendo verdad notoria que es el orín sacamanchas, el tuyo es sacapelotas por que le tire dos piedras que le quebre seis redomas, cayendo sobre mi cuerpo agua de trébol y rosas aunque todavía quedaba el retintín de la otra. Partí de allí como un rayo hacia la ermita de Atocha, lugar de su desafío, y no fue tan a la sorda que diez fraguas de herreros cuando martillan y soplan no dieran golpes tan firmes en las yunques sufridoras, siendo el acero desnudo de las bien templadas hojas en las centellas y golpes yunque la una de la otra. Aquí lo del santiamén viene de perlas preciosas, que en un santiamén llegué por si mis ruegos estorban, pero sirvieron de fuelles con que los golpes redoblan. Ni aun tapada de medio ojo para que no la conozcan pudo llegar la ventaja que estuvo hecha una broma, tanto que llegó primero el alba llorando aljófar porque le quitó el ruido del sueño más de dos horas, viéndose los dos campiones de tanto valor se asombran, de tanto tesón se admiran y suspensos lo pregonan y, viendo que la ocasión no fue sobre puntos de honra, envainando las cuchillas, los dueños se desenojan y, dando la vuelta juntos porque el valor los conforma, yo cargué con la noticia y, así, te la traigo toda. ¿Hay suseso semejante? ¡Mi suerte ha sido dichosa en que Sancho no peligre! Pues ya es fuerza que nos oigan. Sin duda que el criado de don Diego... Así como llegué lo dije luego. Sancho, seáis bienvenido. La dicha del suseso me ha traído. Beatriz, señor, perded ya los enojos, pues pude ser despojos de una infelice muerte, librome no el valor, pero la suerte, que es mucho ser dichosa siendo mía, porque don Diego, que vencer podía con la cuchilla que mostró fe amante al dios que con celada de diamante preside a las batallas, queriendo con tragedias celebrallas mitigó su valor, templó su fuego, que a no templar su cólera don Diego al bronce que rebelde en sus porfías se resiste al estrago de los días lo resolviera en polvo. Yo no pude, aunque la envidia las hazañas dude, de don Sancho probar, aunque quisiera, la esperiencia, señor, que, si la hiciera, de su valor aun al primer amago me viera el campo tan funesto estrago y tan deshecho que la luz del día juzgara la batalla fantasía. Gracias le doy al cielo que en tanto desconsuelo me ha socorrido, Sancho, la alegría de verte. Pues, señor, logre este día otra suerte dichosa: la sangre generosa, ilustre por blasones en timbres, en escudos y pendones de don Diego sabéis, junte el deseo tanto marcial trofeo a los de nuestra casa, al sol darán envidia si se casa con mi hermana Leonor. Pueda mi ruego, que os certifico el gusto de don Diego. (¡No seré tan dichosa!) (¿Hay más enojos? Del pecho sale el fuego por los ojos.) En ocasión llegarás que el fruto de tus ruegos alcanzarás, pero ya es imposible. (¿Hay lance más terrible?) Yo tengo mi palabra ya empeñada, como no esté casada, no hay imposible humano que lo impida. (¡Que tenga yo paciencia tan sufrida!) Pues ¿no basta que yo...? (¡Pierdo el sentido!) A don Diego, señor, la he prometido y se la habéis de dar. ¿Qué es lo que dices? Pues ¿cómo tú mi gusto contradices con tanto atrevimiento? ¡Viven los cielos que tu loco intento lo castigue de suerte...! El respeto me advierte la obediencia que os debo, mas, si la muerte pruebo en los rigores vuestros... (¡Que no fuera hombre con quien pudiera!) Leonor, tu gusto solo falta agora. (Mi suerte se mejora con el favor que espero de mi hermano.) Señor, ya os dije, resistiendo en vano a las preguntas vuestras, no el sujeto, porque, mientras el miedo y el respeto embargaban la voz al pecho helado, la acabó de impedir este crïado para que en mis temores más me asombre y, así, no os dije el nombre, pero, ya que mi hermano me da aliento, disculpa ya el temor mi atrevimiento, el mismo que os decía es don Diego, señor. Fortuna mía, no se pare tu rueda porque mi dicha coronarme pueda de los triunfos de amor. Estoy sin seso con tan mortal suseso. Escuchadme a esta parte. Hermano, no sean parte las amenazas de mi padre airado. No te aflija, Leonor, ese cuidado, que perderé la vida o mi palabra la verás cumplida. Y yo puedo también asegurarte que en tu dichoso amor he de ayudarte. No sé por dónde mi rigor comience. ¡Que un hombre como vos no se avergüence! Siendo del rey tercero en sus intentos, ¿tenéis tan abatidos pensamientos que pretendéis mujer que él solicita? Solo la sangre humilde facilita afrenta semejante. Para honrar bastante cuanto blasón os dieron sangre y valor, ¿la noche que riñeron junto a mi propia puerta —no os asombre— no dijisteis a un hombre «no lleguéis, que es su alteza el que está hablando»? Pues el que hablasteis era yo. (Dudando estoy de la verdad por peligrosa. ¡Cielos!, la muerte fuera más dichosa! La voz de la justicia los divide y el uno y otro las distancias mide de la calle con prisa acelerada y con alma engañada vos me dijisteis «venga vuestra alteza»; pues ¿qué mayor bajeza puede intentar un hombre bien nacido? (Más corrido me deja que ofendido, que mal de mi vergüenza me ha seguido.) Fuimos los dos por el silencio oscuro y a la luz de palacio me visteis. (No hay espacio en el oculto abismo donde pueda encubrirme de mí mismo.) Pues, si es verdad, don Diego, ¿cómo vive tan ciego hombre que honor sustenta? A mí me afrenta vuestra misma afrenta y el darle yo mi hija me acobarda a hombre que la pretende y no la guarda, que quien su honor atropella después casado con ella. (¿Aquí suseden estos lances, cielos? El alma cubren ya mortales yelos.) (Ya don Diego, a quien he dicho mis empeños, no pretende, como es tan cuerdo, imposibles, pues Leonor esposo tiene a la eleción de mi gusto, que es a quien ella obedece. Es ilustre casamiento con hermano del maestre de Santiago. Yo mismo pide mi honor que la lleve mañana a Burgos.) Ordoño. Señor, ¿qué mandas? Conviene la diligencia. Ya vais bien despachado. De suerte será mi prisa veloz por serviros que no tiene yerba el campo que la pise, haré al caballo que vuele. (Pediré lisencia al rey porque sin ella no pueden ricoshombres de Castilla casar sus hijos, mas tiene presa el rey la voluntad de ciego amor. ¡Socorredme, cielos!, en peligros tantos que los sentidos suspenden.) Id con Dios. El cielo os guarde. ¿Por ventura conoceisme? No, señor. Yo soy don Sancho Osorio. Iré más alegre en llevar a mi señor nuevas que el mundo celebre de que os goza libre España. Mostrad esa carta. Pierde crédito mi confïanza como a nadie se la entregue sino a don Juan mi señor. De nuevo agora se ofrecen ciertas conveniencias que mi padre no las advierte por no haberme dado parte de lo que escribe y resuelve y yo he de ver lo que escribe. Pues dadme lisencia que entre, se la daré a vuestro padre. Ni habéis de hablarle ni verle y me habéis de dar la carta o haré que la vida os cueste. Advertid que a quien la llevo es hermano del maestre y no sufrirá este agravio. ¡Viven los cielos si fuesen todos los maestres juntos, aunque en el campo la esperen, que no la habéis de llevar! ¿Ha habido empeño más fuerte? Sancho, ¿qué habéis hecho? Nada, que solo el principio es este. Su temeridad me admira. ¿Qué pecho habrá que no tiemble, Beatriz, del riesgo que miras? Leonor, ¿de tus dichas temes? Y vos, si gustáis que yo os quede obligada siempre, no salgáis hoy de Madrid. Fuerza es a quien obedece. Mañana os despachará mi padre. Los cielos queden con vos. Idos en buen hora. ¿Vuestro empeño qué pretende? Que os vengáis luego comigo. Vuestra voluntad lo ordene, pero ¿adónde? A hablar al rey y veréis cómo suseden los empeños que habéis visto dichosa y prosperamente. Si en el riesgo halláis alivios, si halláis salud en la muerte y en el peligro descanso, dichoso el que os obedece. Y yo he de ser la estafeta porque también me conviene hacelle al rey dos preguntas para que no se me queden en este cuerpo. Señora, pues quiso favorecerme vuestra voz tan oprimida del rigor tan inclemente de vuestro padre y don Sancho los mismos deseos tiene de honrarme cuando mi amor a las luces resplandece de vuestros ojos, que son bellísimos nortes siempre con que el bajel de mi alma seguramente navegue, poco los naufragios valen, poco las borrascas pueden para que deje mi amor de llegar al rico oriente de su esperanza feliz colmada con tantos bienes. Don Diego, el riesgo es tan grande por el gusto diferente de mi padre, a quien temblando medrosa todos mis sentidos temen, que es cada voz un cuchillo, cada amenaza una muerte, pero, siendo tan constante vuestro amor que se defiende y tan valiente se opone a cuantos rigores muestren, no es mucho que yo por vos los rinda y los atropelle con el favor de mi hermano. Como sois al mundo fénix en la constancia, que él solo vive lo mismo que muere, también en años felices le imitéis para que siempre a sombra de vuestra vida siglos inmortales cuente. Vamos, don Diego. Los cielos os guarden. Y a vos os dejen premiar una fe tan firme si mis dichas lo merecen. Beatriz, ya ves los ahogos de mi desdichada suerte, pues mi padre —¡qué rigor!— a llevarme se resuelve para darme dueño injusto. Pues ¿qué intentas? Atreverme quiero a la misma fortuna por si mi estrella la vence. Dime el modo. Es peligroso. ¿No quieres que te aconseje? Llegará el consejo tarde cuando el remedio es tan breve. Pues ¿qué quieres? Que me ayudes. Ya de tu parte me tienes. Empresa es terrible. Sea. El peligro es evidente en el rigor de mi padre. Tu amor escusarte puede, quiero libertar el alma si hay violencias que la fuercen. Pues, si el riesgo no te asombra, tu amor lo imposible intente o acabaré con la vida, seré ejemplo de mujeres. Llamad a don Diego. ¿A cuál? ¿Al de noche u al de día? Porque yo saber querría si soy don Diego cabal, esto me quita el sosiego y a don Diego y a Martín más, pues pienso su rocín vendré a ser Martín de Diego. Ven acá. Aquí escucharé. Martín, preguntarte quiero... Yo he de preguntar primero. ¿Primero se calza el pie que se cubra la cabeza? ¿Quien sube a una exselsa roca el humilde pie le toca antes que llegue a su alteza y, así, no habrá quien lo ruegue? Mi pregunta, aunque es trabajo, ha de empezar por lo bajo para que a la vuestra llegue. Bien dices. Pregunta, pues. ¿Don Diego no os ha servido muy lindamente? Él ha sido... ¿Cómo «ha sido»? Ha sido y es. Yo gramática he estudiado en Villacastín y digo que el «ha sido» es verbo higo por lo que tiene pasado. Pregunto, pues,... ¿Más preguntas? Sí, que a mi roca volviendo son pasos que voy subiendo que no pueden subir juntas. Fernando te quiere hablar. Entre. ¿El viejo? ¡Linda junta! Resbalé con la pregunta, al pie me quiero bajar. Áspides son estas cosas hoy que mis plantas las pisan. ¡Con qué temores que llego!, que es poderosa la vista de un rey, a vestir de yelos el más abrasado clima. Señor. ¿Qué decís, Fernando? (Como en espejo se miran en sus ojos mis ofensas para que la voz me impidan. Tu padre está aquí. ¿Qué importa cuando tanto el rey te estima? Desde aquí escuchar podemos y de tus fortunas fía que ha de ser tuya Leonor. Es contraria mi desdicha. Decid a lo que venís. Quiero casar a mi hija, señor, y vengo a pediros lisencia. Y la muerte mía pudiera pedir mejor. Necias son tus cobardías. ¿Con quién pretendéis casarla? Señor, don Juan de Padilla es de quien hice eleción, por nobleza conocida es hermano del maestre. En la voz del rey se libran mis esperanzas. Decidme, pues ¿en la corte no había caballeros tan bizarros, de nobleza tan antigua? (¿Qué modo podré tener sin que parezca injusticia para dársela a don Diego?, pero, pues ella le estima y son en la sangre iguales, no serán violencias mías.) Yo la he prometido ya y prevengo la partida a Burgos para mañana. (Cielos, ¡bien claro publica el rey que a Leonor pretende! Ciertas son ya mis desdichas.) Casalda en Madrid, Fernando. (¡Oh, pesares que lastiman la mejor parte del alma!) Mi palabra con mi firma está empeñada, señor. El desempeño es la mía. Dos damas, aunque cubiertas, lo bizarro certifican por lo airoso de su talle, pues dan a lo hermoso envidia para entrar a hablarte piden lisencia. Es muy justo oírlas. Entren. Dicen que han de darte a ti solo la noticia de lo que informarte quieren. Pues nadie su voz impida, despejad. Volveré luego, gran señor, a que se sirva vuestra alteza. Está bien. Cielos, ¿a quién pediré justicia? Por si vuelve hablar al rey, no le perdamos de vista. Yo he de ver en lo que para lo revuelto de esta enigma. Señor, si mi voz turbada... Dadme primero noticia de quién sois. Doña Leonor, de Fernando Osorio hija, que, si heredé noble sangre, heredé también desdichas y vos sois gran parte de ellas. ¿Qué decís? Que lo publican las crueldades de mi padre, que han sido las que me obligan a daros quejas de vos y a pediros de él justicia. No os entiendo, declaraos. Como el temor no lo impida, mi padre, siempre tan fiero que aun las sospechas castiga, siendo falsas ilusiones como las que el sueño pinta... Proseguid, Leonor. Me dice, contra mi opinión —más limpia que la pureza del sol—, que vuestro amor solicita mi ofensa y que os doy lugar tan loca y desvanecida para que podáis hablarme. Si él se engaña, de vos misma lo podéis saber más bien. Pues de esto nacen las iras con que castigarme intenta tanto que se determina a las violencias del alma, pues quiere... Estáis entendida, Leonor. Quiere, gran señor,... Bien lo sé. Su tiranía... Informado estoy. Casarme... ¿No es con don Juan de Padilla? Sí, señor. ¿Y vos tenéis afición por lo que estima vuestras prendas a don Diego? Pues tenéis tanta noticia, menos turbada mi voz humildemente os suplica. Hoy veréis juntos, Leonor, el favor y la justicia. Y libertarles un alma que su padre tiraniza con injustas amenazas de lo racional indignas. Ese aposento os encubra y veréis cómo castiga mi voz las sospechas suyas y se logran vuestras dichas. Guarde vuestra vida el cielo. Bien puedo pedirte albricias. Llama a don Fernando. Entrad. Gran señor, lo que es decía es... No le informe de nuevo mi padre sin que tú asistas a tu defensa. Bien dices. (Con cautela prevenida he de vencer sus engaños y he de casar a su hija.) Pues estáis determinado casarla en Burgos, no impida Yo el gusto vuestro, llevalda. ¿Qué escucho? Que, si quería premiar con ella a don Diego servicios que califica su valor, fue —como visteis— antes de darme noticia de las dos damas cubiertas la que su agravio publica contra don Diego. Señor, ¿qué decís? Será mi vida despojo mortal. Agravios cuando reino yo en Castilla de una mujer principal me están pidiendo justicia. Yo, señor, cuando sin alma estoy... Mi vejez se alivia con las venganzas que espero de don Diego. Y, porque miran mis piedades la nobleza vuestra, mi rigor se libra en que vos... Mirad, señor,... Esto ha de ser. ¿Qué me mira? Martín, ¿qué mujer es esta? ¡Qué sé yo! Son infinitas las que hablas. ¿Qué dices, loco? Mas, si esta fuese la hija del tundidor,... Claro Enrique, es merced no merecida la lisencia que me dais y suplicaros querría que la dama que decís alcance de vos justicia, que no es justo que don Diego intente ofender las hijas de los hombre principales. Y yo pediros querría parecer en este caso. Casarle es guarda y justicia. Tomaré vuestro consejo. A mi hermana me pedía, señor, y con lo que he visto, pero su vergüenza sirva de castigo. Esta es la dama, en España es conocida su nobleza. Dalda luego la mano. Pues no averigua vuestra alteza la verdad primero, diga ella misma si la tengo obligación, que pienso que de corrida de su mimo engaño encubre a vuestros ojos su vista. Ya su alteza está informado y con piedad os castiga. ¿Qué aguardáis? Culpa es de quien a sus mandatos replica, que a mi gusto me he vengado. Solo a la justicia mira, mi atención no repliquéis porque os costará la vida y, por que sepáis que os doy mujer noble, descubrilda. Si en ella he de ver mi muerte, ¿para qué he de repetirla? Basta que muera y me case, pues vuestro rigor me obliga. Pues agora podéis verla. ¿Tantas sobre una desdicha? ¿Si sueña el alma? ¿Qué es esto, cielos? Dará vuestra hija esposo que la merece, con que decifro la enigma de vuestro engaño, pensando que mi amor la solicita yo negando el bien que no conocía, pues vos me desengañáis. El mundo verá cumplidas mis venturas por que siempre os dé gracias infinitas. ¿Hubo suerte más dichosa? Otra hay mayor, que es la mía. Pues también la alcanzo yo. La industria fue peregrina con el viejo negando. Donde el poeta os suplica que le perdonéis las faltas para que adelante os sirva.