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Texto digital de El buen pagador es Dios

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Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de una suelta (Madrid, Antonio Sanz, 1751).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El buen pagador es Dios. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/buen-pagador-es-dios-el.

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EL BUEN PAGADOR ES DIOS

JORNADA PRIMERA

Iva nuestro Emperador edades, y siglos. Viva. Y pues nuevó Marte de la Alejandría sale a la campaña, las voces repitan, que triunfe, que reine, que venza, que viva. Que triunfe, que reine, que venza, que viva. Deudos, y vasallos míos, mi afecto a todos estima los aplausos que me dais, y a vuestra lealtad dedica mi estimación recompensas, que un Monarca se acredita, cuando de vuestras finezas pone a cuenta sus fatigas: y no en vano los vasallos, alma de la Monarquía se llaman, pues son las basas en que el dominio se afirma: y pues que de mi jornada, que dilaté tantos días, el plazo ha llegado, hoy, porque veáis lo que os estima vuestro Rey, déjaros quiere en reenes de su partida vuestro Príncipe Ricardo, con Irene mi sobrina, a quien en alegre lazo espero dejar unida la succesión de mi Imperio en volviendo (como fía mi esperanza) vencedor; y así vuestra voz repita, viva el Príncipe Ricardo, viva Irene mi sobrina. Qué triunfen, que reinen, que venzan, que vivan. Aunque con vuestra jornada::- Aunque con vuestra partida::- Me dejáis el sentimiento::- Dejáis la pena crecida::- ̱. Solo con la ocupación a un Príncipe tan debida, de asistir como criado a la Princesa mi prima, ya me dejáis, gran señor, motivo para que diga, tendré consuelo, si acaso puedo acertar a servirla. Nunca ha dudado mi afecto de vuestra galantería, que lo noble, y lo bizarro tan airosos se compitan: si bien la ausencia del Sol, que aqueste Cielo ilumina, es justo que la echen menos, aún los Astros, que más brillan. Con una, y otra atención tan amorosa, acredita mi cariño ser los dos los polos en quien estriba mi edad, las dulces quietudes, que el descanso solicita. Pero permite, señor, que el propio interés te riña (de nuestro afecto) el hacer ausencia de nuestra vista. Cuando de Constantinopla ha señor tan pocos días que has llegado, que aún no sé si te ha visto Alejandría, como tan de paso intentas hacer la marcha? Ay sobrinal ay Ricardo! que no es voluntaria mi partida, sino precisa: bien dijo el que dijo, que la invicta Corona no en vano estaba de oro, y piedras guarnecida, para que disimulada, se haga al hombre apetecida; y aunque ligera al tomarla, está pesada al ceñirla, que si al tiempo de ponerla las puntas que la autorizan supieran muchos que son las más agudas espinas, muy pocos la desearan, y todos la dejarían. Digo esto, porque sepáis, que la inquietud de Sicilia, (que tributaria a mi Imperio ha tanto que se autoriza) me obliga a que mi persona la reduzca con su vista, pues de la guerra de España acosada, y perseguida, quiere sacudir el yugo, que la oprime, y la fatiga; y voy con dos circunstancias, que es, a sosegar la altiva sedición con mi presencia, o a ver si a la paz se inclina el glorioso Rey Alfonso de España, que ha muchos días, que ser su amigo deseo, y mi Embajador me avisa, que trabajando en la paz quedaba: esto me motiva a apartarme de vosotros: ved si en ocasión tan digna puedo excusar el viaje. 1. Ya, gran señor, la partida está, como nos mandaste, dispuesta. Quién tanto estima a tu Majestad, señor, como yo alcanzar podría licencia de iros sirviendo? Ya parece que mi prima arrebató a mi deseo la obligación tan precisa, que tengo por hijo vuestro, que no es bien, señor, que diga la fama, que yo en la paz me quedo, cuando la invicta Majestad de tu persona a la guerra se dédica. A vos, sobrina, el deseo mi amor de nuevo os estima; y a voz, Príncipe, agradezco, se la ardiente sangre altiva, que heredasteis de mi aliento, mostréis; pero en mi partida no conviene que vengáis: mi persona no peligra, vos en mi ausencia importáis: dadme los brazos, sobrina. Humilde estoy a tus pies. Levantad, porque no es digna esfera mis pies, de quien aún el Sol no lo sería. A mí, gran señor, la mano me dad. Es acción debida esa humildad a quien sois: tomad, y pues de vos fía, Príncipe, mi confianza el cuidado, y la fatiga de mirar por los vasallos, obligación tan precisa, tratadlos como a hijos míos, porque es razón, y justicia. Así, gran señor, lo haré. Dadme permiso, que os sirva en acompañaros. Vamos. Quedaos, Príncipe, sobrina, quedaos, que no lo permito. Música, y salva repitan: Viva nuestro Emperador, edades, y siglos viva. Y pues nuevo Marte de la Alejandría sale a la campaña, las voces repitan, que triunfe, que reine, que venza, que viva. Ya que de amante, y criado el Cielo, Irene divina, permite, que en atenciones nuevos cuidados os rinda, mientras que mi padre vuelve, aunque a mi persona diga, que el gobierno encarga; yo, como deuda tan debida, pongo a vuestros pies el mando: mas no es mucho que lo rinda, quien a vuestro hermoso cielo tiene postrada alma, y vida. Aunque la oferta, Ricardo, sea en vos cortesanía, no desmerece en mi afecto para que esté agradecida: gobernad como es razón, que para mí será dicha, veros desde amante a Rey pasar la distante línea: Flora? Qué es lo que me mandas? Que avises la montería para esta tarde, que quiero salir. Para que os asista me daréis licencia? . No, que no es justo que se diga, que faltáis vos en la paz al gobierno, y la justicia, y así partamos distancias: yo me voy a la batida, que es imagen de la guerra: y si en dos cuerpos unida un alma ha de estar, yo en vos quedo para la fatiga del despacho: vos en mí vais para la divertida inclinación de la caza, que no es justo se dividan, entre el trabajo, y placer, vuestro afán de mi alegría. . Discretamente su cielo de mi obligación me avisa, y así cumpliendo con todo, iré esta tarde a servirla. . 1. . Ferra de gabia, que el viento lleva con fuerza cruel a las peñas el bajel. Amaina. 1. Amaina. Elemento feroz, que en soberbias olas burlas suspiros, y quejas, por qué entre espumas no dejas siquiera esperanzas solas? Mira, Lisardo, un bajel, subiendo al Cielo, y bajando, para su ruina luchando en brazos del mar cruel. 1. Alija, alija. Qué hielo mortal el mar nos previene! Ya a pique el bajel se viene. Qué lástima! Favor, Cielo. En la chalupa se arrojan algunos: el Cielo quiera darles paz en la ribera, que las aguas blandas mojan. Gracias a Dios, que ya llegan libres tres personas solas, y las enemigas olas el roto bajel anegan. Qué riqueza, qué tesoro, qué gente se habrá perdido! Dichoso yo, que me olvido con pobres redes del oro. Inmenso Dios, cómo puede dar gracias hombre mortal por un beneficio tal, que los límites excede del pecho más liberal? Cesen las vanas querellas de las olas, aunque en ellas cerca he visto de mí mismo las tinieblas del Abismo, y del Cielo las Estrellas. Con mis hijos libre llego: déjate, tierra, besar: si Eneas pudo librar un viejo padre del fuego, dos hijos libro del mar. Dame tus brazos, señor. Vuelva a engendrarme otra vez el amor en tu vejez, No vio el Cielo igual amor desde el Aries hasta el Pez. Pobres los tres nos hallamos, pero con vida en efecto. La tuya, señor, prometo, que Alejandro, y yo estimamos. No es pobre el hombre discreto, El parabién de la vida daros podrá, el que quisiera, que al ocio de esta ribera, la triste nave perdida con próspera paz viniera. Guardeos Dios, El sentimiento de la perdida cruel de Carlos, que en el bajel venía, es mayor tormento: Hay malogrado contento! Perdéis mucho? Tristes hados! cuatrocientos mil ducados en el mar ve sumergidos: qué fácilmente perdidos! con qué trabajo ganados! Perdí, al fin, un gran tesoro: hallome como nací; pero estos hijos que adoro, son dos naves para mí cargadas de plata, y oro. Cerca estáis de Alejandría; y aunque humilde Pescador, podré (perded el temor) daros una choza mía, llena de redes, y amor: aquí al confuso ruido de ese piélago temido vida quieta pasaréis, y en efero viviréis a vista del bien perdido. Yo, amigo, tan pobre estoy, que la palabra que ofreces acepto. . Pues yo mil veces la cumpliré: Amiclas soy, si tu César me pareces, choza, barquilla, y persona, si no Imperio, ni Corona, ofrezco a tus nobles canas: no llores riquezas vanas a quien el mar no perdona. Antes me consuela, amigo, verlas perdidas así, porque no es desdicha en mí, sino piadoso castigo. De qué suerte? Escucha. Di. Es la Patria de quien huyo Zaragoza de Sicilia, mis Padres fueron ilustres, y mi Casa es bien antigua. Profesé cuando mancebo la Militar disciplina, que a bélicos ejercicios ánimos nobles se inclinan. Oficios tuve en la guerra; pero dejelos un día por el ocio de mi casa, y el amor de mi familia. Casé la primera vez con noble mujer, y rica: calle, que un hijo que tuve, . (ay perdida prenda mía!) no sé si vivo es, o muerto en España; y en Sicilia del primero matrimonio viudo, tuve a Serafina, y a Alejandro en otra esposa, que Esferas Celestes pisa. Cubriome la edad de canas, y el corazón de codicia, pasión de viejos, que piensan, que ricos se immortalizan: al fin, amigo, en diez años adquirió la industria mía esas riquezas, que ahora robadas del agua miras, Sepultado el corazón en mis riquezas tenía, sin acordarme del Cielo: (qué miseria! qué desdicha!) Tirano fui para el pobre, Ministro que Dios envía a cobrar lo que nos sobra, porque es suyo de justicia. Ninguna limosna daba, que con ser las obras pías las que miran al pecado, era cruel mi malicia: Qué bien que hubieran lucido esas riquezas perdidas en las manos de los pobres miserables, y encogidas! Tragolas el mar furioso, y los Cielos me castigan, que los vientos, y las aguas por su mandato las quitan. Adquiriéronse tratando en Extranjeras Provincias, desde la Arabia caliente, hasta la Alemania fría. Vieron esa rota nave anchos mares peregrina, segura de mil Corsarios, Persas, Arabes, y Scitas: si atrevida navegaba, prosperamente volvia, porque el mar la conservaba para mayores ruinas. Esta paz tan cautelosa del mar, sepulcro de vidas, y de riquezas humanas, engañó mi fantasía, juzgué que fuera perpetua: locos son los que se fían del hombre, del mar, del tiempo, solo Dios es Verdad viva. Imaginé mi tesoro doblarlo en Alejandría, porque siempre el codicioso en ganancias imagina, donde para asegurar con el descanso mis dichas, a mis dos hijos llevaba, porque con mi hacienda rica pudiesen tomar estado, por ser su madre Dionisia, que ya está pisando Estrellas, natural de Alejandría. Lleno de piedras preciosas, sedas, y púrpura fina, que en Damasco, Tiro, España conchas, y gusanos crían, ese leño, que has mirado, hasta esas rocas venía, donde el Cielo justiciero guardó su fatal ruina. Escapamos en un barco, o por milagro, o por dicha, o porque ya mi pobreza de ejemplo a los hombres sirva: las vidas, y aquesta joya, que acaso al pecho traía, son el caudal que tenemos, gracias a Dios infinitas: a pobres darla pretendo, y en la soledad tranquila de esta ribera pasar el término de mis días: Alejandro, y yo podremos alimentar esta hija, que en vez de lágrimas vierte perlas, que el jordán envidia: tosco traje vestiremos, y en tu trémula barquilla tenderemos sobre el mar la red marañada, y limpia. Estos, Pescador piadoso, son mis sucesos, que admiran, y aqueste será el remedio de mis pasadas desdichas. Lastimosa historia ha sido; mas ya que a vivir te aplicas en el campo, y dar a pobres lo que de las ondas libras, al pie de aquella montaña, que el mar con sus ondas lima, ay un pobre Pescador, que graves males suspira; rico ha sido como tú, en los sucesos te imita, desnudo infelicemente sobre una piedra se inclina: limosna será bien dada. De tu mano la reciba. Pues, señor, estando pobre, y teniendo hijos, más digna será la limosna en ellos. No será, si bien lo miras, que yo lo podré ganar, y ayudar con mi fatiga a mi padre, y a mi hermana, y quien se halla en la agonía de males desnudo, no. Ay hijo del alma mía! Dios te premiará ese celo. Si hoy nacen los que se libran del mar, nada hemos perdido. Limosna acepta, y debida será dar este vestido, que no es malo. Ay Serafina de mi almal trueca, trueca esas lágrimas en risa, que tu dote dará el Cielo. Cómo tú, señor, me vivas, no quiero mayor riqueza. Vuestro celo me da envidia. Qué casa es aquella grande? El edificio que miras, es la casa de placer de Irene. Quién es? Sobrina del famoso Emperador de Constantinopla. Habita en ella? Sí, algunas veces, porque a la caza se inclina: ella, y Ricardo, que es hijo del Emperador solían cazar en aquesos montes: vamos, que en esas vecinas barracas está mi casa, repararéis la fatiga, y susto del mar. Tus pasos seguimos: ven, Serafina: vamos, Alejandro. s. Vamos. Ya te sigo: hay pena mía! es por ventura mi alma de bronce, o de piedra fría, que en polvo no la resuelve tan lastimosa desdicha? Salgan en largas corrientes mis lágrimas detenidas. Ay Carlos! hoy te ha perdido un alma, que en ti vivía. Si ya mi dueño ha espirado, mudos peces, que el mar cría no despedacéis su cuerpo: Delfines, que a la armonía de voces, y de instrumentos dais piedad agradecida, sacad el cuerpo de Carlos, que mis quejas repetidas música son lastimosa, dichas mal, si bien sentidas: mas qué me quejo engañando mis confusas fantasías? Ojos llorad, callad lengua, solamente el alma diga, venga la muerte, pues ya, sin Carlos no quiero vida. Ataja el bruto, que herido en la espesura se ha entrado. To, to, llama los Sabuesos. Dejadle, porque mi brazo quien le rémate ha de ser. El mío no: buen despacho es querer, que venga yo a verme entre sustos tantos. Herida la fiera va, y en el monte se ha calado. Monteros, a la Princesa seguid. Dadme a mí un caballo, que yo al cerdoso animal rendiré. Al bosque, atajadlo. Vaya muy enhorabuena. Quién demonios me ha engañado en querer ser cazador? huyendo del monte bajo, que seguir a jabalíes, es para podencos bravo: por no ir a la guerra ayer, como valiente Soldado, hice lo que muchos, que es saber dar un tornillazo: yo entre fieras? eso no. Donde, Montero, o Soldado, huyendo vais? e yo aunque si sé voy buscando el cuartel de la salud. Tenéis miedo? Tanto cuanto; y usted que me lo pregunta, qué hace aquí? Estoy esperando el Guardadamas. Si usted no lo da por embarazo, yo, aunque no guardé en mi vida damas, secretos, ni cuartos, por guarda de esa belleza, si gustáis:- Estáis borracho? No estoy, porque ha muchos días, que no lo pruebo y si acaso me embriagara, solo fuera de ver en vos tantos rayos. Atrevido, no veis que soy del Cielo de Palacio? Perdonad, que yo juzgué hablar de tejas abajo. Soy más de lo que pensáis. Yo no. Sois hombre ordinario: proseguid vuestro camino. Habiéndoos aquí encontrado, he de quedaros sirviendo, que aunque Morcón, soy honrado. Por aquí dices que fue? 1. Si señor, que yo esperando estaba para avisarte. Señor, seas bien llegado. Flora, y Irene? Del monte, en seguimiento se ha entrado de una fiera. Seguirela, que no es razón::- Cielo santo, favor. Mas qué es lo que escucho? No hay quién me ampare? otro encanto es este. . En el mar se oyó: hola, no hay ningún criado que sepa qué es eso? Yo, gran señor, a lo que alcanzo de la orilla del mar, es un hombre que se ha escapado de la tormenta, que hoy en ese golfo salado ha habido, y sin duda está en aquel solo peñasco, pidiendo que le socorran. Id, socorredle en el barco. Senor con la pesquería está en el mar. Ah Soldado, id, y socorred a ese hombre. Señor, en mi vida he entrado en agua, porque me dijo un Astrólogo afamado, que me tengo de ahogar si en agua entro. En mis brazos yo, señor, le sacaré. Premiaros ofrezco vamos a ver si a Irene en el monte puedo hallar. Pues yo aquí aguardo. Yo también. . Lindo socorro! Señora Flora, no es malo. No gusto gasteis mi nombre. Es, que yo soy herbolario, y voy buscando unas flores. Estáis desacomodado? Sí señora, y si gustáis, con una ración, y al ano de vuestro color ponerme una librea de paño, estaré con vos. . Andad, que no gusto de lacayos. Los lacayos de vos sí, y según tengo el olfato, sois dama de menudencias. No os he entendido, explicaldo. Que de Sabado sois dama. No lo entiendo. Vamos claros, que vuesamerced es mondonga; entender Quite el trasto, y agradezca no haya quien le mande matar a palos. . Yo estimo mucho el favor: alto, pues, veamos si acaso, ya que a la guerra no vas, ni de Montero me hallo, entre aquestos Pescadores puedo servir de pescado. Por qué, Seráfina, al monte me sigues? Porque el enfado de la playa, y de las redes tras ti me traen. De aquí vamos a ver si algún Pescador de este Morcón hace caso. Ataja, que de la cumbre el caballo desvocado la despeña. . Favor, Cielos. Qué es lo que miro? En su amparo todos acudid. . Detente: dónde vas? A ver si alcanzo modo para remediar tal desdicha. Ten el paso, que es imposible. . Desvía, bruto, o me has de hacer pedazos, o no has de lograr tu intento. . Ay suceso más extraño! no me bastan mis desdichas, sino el ver en riesgo tanto a un hermano? más ya llega, y delante del caballo, con un pedazo de tronco, que en el propio monte ha hallado, le detiene y el fogoso animal desatentado, con un corcobó la arroja: qué desdicha! mas llegando Alejandro, gran fortuna! la ha socorrido en sus brazos, y por sendas diferentes gente viene, Cielos santos, retirome entre estas ramas, que para mí no hay descanso, pues ya todo me faltó habiendo faltado Carlos. Dichoso, señora, quien pudo librar en sus brazos vuestra divina hermosura; y aunque vuestro sea el milagro, habiendo la tabla sido, que os escapó del naufragio de ese animado bajel, que atlante de vuestros rayos, llevando en vos todo el Sol, quiso llevarle a su Ocaso: mía será la fortuna, no vuestra, pues le habéis dado mérito para una dicha, a quien nació desdichado. Dos veces agradecida estoy mancebo gallardo, a vuestro socorro, una por la vida, que habéis dado a mi destino, y la otra, porque noble, y cortesano sabéis enseñarme a mí las atenciones del garbo: quién sois? Quién ya desde aquí no dirá, que desdichado nació, si para esta empresa le tuvo el Cielo guardado. No es eso lo que os pregunto: cómo os llamáis? Alejandro. Sois de Alejandría? . No señora, del Siciliano Reino soy. Y a qué venisteis? Fue el venir aquí un acaso. Cómo? Como en un bajel veniamos embarcados mi padre, mi hermana, y yo, y en un escollo chocando, porque airada una tormenta nos condujo a riesgo tanto, se hizo pedazos, y solo los tres del triste naufragio salimos, perdiendo toda la hacienda; pero qué hablo? no he perdido nada, puesto, que supo guiarme el hado donde gane mucho más quien ha merecido hablaros. Conoceisme? . No señora? aunque si os conozco, cuando veo, que sois la deidad, que estos bosques ha ilustrado. Sois noble? . juzgo que sí. No es menester confesarlo vos, porque vuestras acciones dicen más que vuestro labio: aquesta joya tomad, en pago de haber librado mi vida. No tomaré. Por qué? Por no desairaros. Desairarme a mí? Es constante: no lo entendéis? No lo alcanzo. Hay paga para una vida? Que haya a lo menos, aguardo reconocimiento. . Pues ese es el premio más alto: si yo la joya tomara, groseramente villano ponia precio a vuestra vida, y quedaba acreditado de ser hombre vil, vendiendo, a precio tan limitado, la dicha de que quedéis para siempre confesando, que tenéis que agradecerme, que es el interés más alto; y así, para que los dos quedemos bien, excusadlo: tened vos que agradecer, que yo de aqueso me pago. Llegad, que allí la descubro. 1. Con notable sobresalto nos ha tenido tu Alteza. Y yo por cuestas abajo, y cuestas arriba estoy, sin poder menearme. . 2. Vamos, señora, a la Quinta, donde te repares del cansancio. El Príncipe anda en el monte en tu busca. . Cielos santos, que haya en traje tan humilde pensamientos tan hidalgos! vamos, aunque no queráis paga de haberme librado del riesgo, os satisfaré la vida que me habéis dado. . Cielos, esta es la Princesa: ya es más difícil cuidado el mío, pues era pobre, y ahora voy enamorado. Ya parece que se han ido, y va tras ellos mi hermano: sola he quedado, (ay de mí!) o si pudiera en el llanto anegar tantos suspiros, que en el pecho reventando están por salir, y no puedo de una vez echarlos! Quien me dijera en Sicilia, (ay perdido amante Carlos!) que había de verme, como me veo, por ti llorando? nunca yo te aconsejara, que vinieras disfrazado en el bajel, y dejaras Patria y hacienda: o qué daños se originan de un error! no era mejor, declarando en Sicilia tus amores a mi padre, y a mi hermano, que hubiera quedado yo contigo casada? ay Carlos, yo te perdí para siempre! Para cuando, para cuando, Cielos, la muerte guardáis, si al que la está deseando parece se la negáis, porque sienta más despacio? Perdido de los Monteros todo el bosque he caminado sin poder hallar a Irene, y de la caza no alcanzo el latido de los canes; confieso que estoy cansado: por aquí: pero qué miro! Un hombre está aquí. Milagro es de perfección: Serrana, sabreisme decir (encanto es de los ojos) si habéis visto a Irene, que cazando por estos montes andaba? No conozco a quien nombrado me habéis; pero lo que he visto es la gente que ha pasado, y una señora con ellos, que de un furioso caballo, a no haberla socorrido, hubiera sido teatro infeliz esta espesura, y a una Quinta la llevaron para que se reparara. Y fuisteis vos el milagro de su despeño? que en vos la deidad estoy mirando de amor: venís disfrazada, nueva Diana, a estos campos a robar los albedríos? quién sois? Solo a mi cuidado le faltaba otro tormento. No respondéis? . Cortesano, vuestro caminorid, que a vos saber quien soy, excusado será. . No será Aldeana. No os importará escucharlo. ̱. Si importará, que mi amor::- Ocioso estáis, id volando adónde está esa señora, y acudid a su reparo. Decid quien sois. Pescadora de esa ribera. . No en vano, que sois deidad presumí, pues de ese golfo salado Venus de la mar seréis. No os entiendo. En aquel llano le descubro. . Gente viene: a diós, señor Cortesano. Contigo he de ir. Es ocioso, que tengo de embarazarlo. Cómo ha de ser? Con la fuga. . Oye, aguarda. Todo el campo, y montaña hemos corrido, gran señor, y no te hallamos hasta ahora: el infeliz, que mandaste del naufragio socorrer, tienes aquí. Y a vuestras plantas postrado, no sé como agradeceros la nueva vida que alcanzo por vos, sino con decir, que aquí tenéis un esclavo, que os reconoce por nuevo padre, pues que le habéis dado la vida segunda vez. Cómo os llamáis? Señor, Carlos. De dónde sois? Soy de España. ̱. Cómo fue vuestro naufragio? De una tormenta cruel, en esas peñas chocando el bajel en que venía, gran señor se hizo pedazos: ay hermosa Serafina! si tú has muerto, por qué alcanzo yo la vida, que fin ti no la estimo? Habréis quedado pobre? Sí señor, y aún más de lo que puedo explicarlo. Sois noble? Noble nací, señor, pues soy desdichado, que de la nobleza son patrimonio los cuidados. Vos, Lisardo, este diamante tomad, por haber librado a Carlos. Guárdete el Cielo. Y tú vendrás a Palacio, que gusto de que me sirvas. Obedecer tus mandatos será mi mayor fortuna. De aqueste portento raro de hermosura voy confuso: y pues el traje villano me dice, que en la Ribera la he de hallar, veré si acaso, en la inquietud que padezco, hallo el sosiego: el caballo me dad, Carlos, ven conmigo. . Ay Serafina! hay milagro de hermosura! quien pensara verse en desconsuelo tanto cómo me veo? Piadosos Cielos, decidme si acaso, pues conmigo generosos esta vez habéis mostrado tanta piedad, si mi dueño de tan penoso naufragio habrá librado la vida: soberbio mar, que alterado de las rafagas del viento, montes de agua levantando, te opones a las Estrellas, dime si en el azul campo de tu espuma, compasivo, (si alguna vez lo has estado) la Venus de la hermosura ha sido infeliz teatro, o si acaso compasivas tus Sirenas, restauraron (haciendo de los cristales ostentuoso Palacio) su vida; pero ay de mí! suspiros al aire lanzo, lágrimas doy a la tierra: o qué en vano es, o qué en vano querer que el Cielo, ni el Mar se acuerden de un desdichado! De mi casa, Serafina, tu beldad me ha desterrado, siguiéndote en el bajel venía (ay de mí!) juzgando, que en Alejandría premio tuviera vuestro amor casto; pero de una vez la suerte el intento ha barajado. Ah fortuna! qué inconstante para mí tu rueda ha andado, pues cuando quise pararte, fijando a tu curso el clavo, de la cumbre de la dicha a lo infeliz me has bajado, y sobre tantos disgustos, anhelos, ansias, cuidados, penas, afanes, disgustos, riesgos, suspiros, y llantos, fuera de mi Patria estoy, sin Seráfina me hallo: pues para poder llevar tal tropel de sobresaltos, desdichas, no tan aprisa, infortunios, más despacio. JORNADA NDA

JORNADA SEGUNDA

Alejandro, y Serafina? Quedó remendando redes. Oh Señor, cuantas mercedes debo a tu piedad Divina! Tanto pobre a la ribera acude, que es confusión. Hijo, el darles es razón, ojalá yo lo tuviera. Ya que generoso hiciste de los bienes, que sacaste del mar, desperdicio, baste: ya obraste lo que pudiste: hasta la piedra preciosa, que en el Pez afable el Cielo quiso encontraras, tu celo dio con mano generosa, repartiendo su valor a los pobres: hijos tienes, guarda para ellos los bienes. Dios es mejor Pagador, a su cuenta han de vivir. Su celo es admiración. Y a aqueste pobre Morcón, que está cansado de oír, cuando le llega su tanda? Dos veces hoy os he dado. Qué importa, si se ha gastado, y vuelvo con la demanda? 1. Clemente, de mi aflicción te duele, que en todo hoy no he comido. A darte voy, que me has dado compasión. 2. Señor, tú limosna aguardo, dame por amor de Dios. Y qué razón tenéis vos; perdonad lo que me tardo. Yo recibo lindamente; mas también lo doy después, pero la dadiva es a mis tripas solamente: dame limosna, señor, conforme a mi calidad. 1. Conforme a tu necedad pudieras decir mejor. Ay Irene peregrina, qué desdichado nací, pues por pobre te perdí! Hoy no he visto tu divina belleza: deudora eres de una vida, que te he dado, y yo sin ella he quedado: tirano amor, qué me quieres? Aquestos pobres gorristas los tengo de espavilar: oyen váyanse a espulgar. Por qué? Porque son sopistas, y tanto pedir es plaga: cincuenta reales junté en una tarde. Con qué, Morcón? Con sola una llaga. Con qué penosos cuidados vivís! . 2. Que esto le consienta! Vale una llaga de renta cerca de dos mil ducados: es la fortunilla varia: hay quien tiene en su aflicción una gentil comisión, si entona bien la plegaria, y con esta vida fiel muchos pobres comen pabos, que suelen caer ochavos, como moscas en la miel. Amigos, para que acierte a ver prodigo este mar, venid a verme pescar, y a Dios pido, que esta suerte de provecho alguno sea, porque todo bien os haga. Iremos, y de la red tiraremos, cuando ya llena se vea. Yo también he de asistir para verlos trabajar. Lisardo, vamos al mar. Ejemplo da su vivir. Hacia esta selva florida, que cerca la Quinta tiene de la hermosura de Irene, y con su luz la da vida, quiero nuevo Girasol acercarme: albricias pido, que ya el Alba le ha corrido las cortinas a su Sol. Flora, en la Quinta dirás, que prevengan la jornada para volverme a la Corte. Direlo como lo mandas. Lo mismo, señora, ha sido oír que ausentarte tratas, que el delincuente, que escucha la sentencia, que le aguarda: tan presto el día, señora, que aquesta esfera ilustraba, nos deja? Alejandro, sí, que vive muy desairada la que acreedora se mira de la deuda, que no paga: vos no admitís recompensa. Ay, que no podéis pagarla. Por qué? Porque es imposible. No os entiendo. Es la desgracia, que no podéis entenderme. No sé qué siento en el alma, después que vi en Alejandro tan airosa la arrogancia, tan cortesano el discurso, tan sin afecto la gala, ran modesto en las acciones, que pienso, que: pero es vana fantasía, que el hallarme a su valor inclinada, es, porque negar no puedo, que la vida restaurada, que gozo, por él la tengo. Ahora V. Alteza calla? Qué he de hacer, si vos decís, que a vuestra deuda no hay paga? No tengo que daros puestos? mirad, en qué se empleará vuestra persona mejor, que con el Príncipe alcanza mucho mi favor. Ay Cielos, que aquesa es la mayor causa para que sienta, y suspire, y os hiciera el escucharla disonancia, gran señora. Yo admito la disonancia. Si de las inclinaciones los hombres dueños se hallaran, quien fuera tan atrevido, señora, que no intentara en la igualdad del objeto la inclinación que le arrastra, poner la mira? Los hombres tenemos mucha desgracia en no elegir nacimientos: nací pobre vos tan alta, respecto de mi bajeza, cuanto va de mucho a nada: soy humilde Pescador, vos Princesa soberana, y aunque mi sangre es ilustre, a la vuestra no se iguala: pues qué queréis que pretenda, ( si lo que desea el alma no se puede conseguir? discreta sois, esto basta. Pora No sé qué he de responderle. Qué es esto, que por mí pasa, que lo que la deuda inclina, el decoro lo embaraza? Alejandro, no he entendido de vuestro labio las ansias, y antes estoy persuadida, que de vos apoderada alguna locura está. Bien decís, y tan tirana, que reina de mis sentidos, el albedrío avasalla. Volved en vos. No es posible. Iza, la red fuera vaya. Iza. Qué voces son esas? Pescadores que en la playa la red, que al mar entregaron, a la orilla la trasladan, Y cómo vos no acudís? Pues en otro mar mis ansias juzgaron hallar el puerto, que ha perdido mi esperanza. Y aún yo también la he perdido: . Alejando, ya que avara la fortuna anda con vos, a mí me toca enmendarla: procurad vuestros aumentos, que lo que os doy mi palabra, es, que esté de vuestra parte en lo que posible haya lugar: esto es lo que ofrezco, quedad con Dios. Oh mal haya quien a humilde nacimiento le da presunción tan alta! pero tengamos cordura, no despeñándose vayan tan del todo mis acciones: vamos, pues, hacia la playa, aunque a tanto fuego, Cielos, todo el mar es poca agua: mi padre está en la ribera, y los pobres le acompañan. 1. Iza, que sale la red. 2. Llena debe de salir. Ya yo me quiero rendir. Del cansanci No, de sed. Ánimo todos tened. Por qué no tiras, Morcón? Porque soy pobre poltrón, más trabajo yo animando, que no vosotros tirando: iza, pues, iza. . 1. Ah ladrón, como huyes del trabajo! De la red el copo veo tan lleno como deseo; hijos, sacad más abajo la red, en tanto que atajo el suelo de aquesta playa, porque al agua no se vaya el pescado. No has; mirado, que no hay en la red pescado? Oh plegue a Dios que lo haya! Cajas son, si no me engaño: no me engaño, cajas son: Cielos nueva admiración causa lance tan extraño! Busca aprisa el desengaño; tortugas, y ostras serán las que en esa red están, porque son peces con cajas. Calla, pues que no trabajas. Mi lengua no es holgazan. Llega, Alejandro, a mirar cuanto perdí en el navio, que ahora vuelve a ser mío: obras de Dios, a pesar de la soberbia del mar: con razón en Dios espero, las cajas son del dinero, y de las piedras preciosas. Obras son maravillosas. Pobres, abrázaros quiero, vosotros sois hijos míos, los que tirando esas redes conseguís tantas mercedes en los mares, y en los ríos, que mis locos desvaríos hechos, así en el Invierno de mi edad, como en el tierno Abril, jamás merecieran, que tan liberales fueran las manos de Dios eterno: Señor, qué buen pagador sois de aquello que debéis! solamente vos podéis hacer la paga mayor. Quién no admira su fervor? Es de la piedad portento. Señor, de vuestro contento qué hemos de participar? Venid, que yo os quiero dar, como Dios, por uno ciento. Padre, supuesto que estás rico, en este alegre día vámonos a Alejandría, que allá más pobres tendrás: y yo ocasión tendré más de ver a mi Irene. Es llano, porque el pobre es un hermano del rico. Y es evidente, yo soy el mayor pariente. De ti, si estuvieras sano, me sirviera. Sano estoy: mas por qué me has escogido? Porque humor te he conocido. Ven, Lisardo. Trás ti voy. Vamos, Doristo. Si voy sirviéndote, enmendaré mis costumbres, y seré un arrepentido pobre. Para que todo me sobre, todo a mi Dios le daré. Mientras más veces la veo más conozco su valor, y al conocimiento creo que le es debido mi amor, y al amor todo el deseo; y así, Carlos, pues has sido del ciego niño flechado, no en vano de ti he querido fiar todo mi cuidado. Siempre servirte he querido. Mira, el sol por quien suspira mi pecho, y mi voz suspende, la Pescadora es, que admira la que redes de oro tiende sobre el alma que la mira. Revolveré en mi memoria mi triste, y pasada historia, para pintar más al vivo tu pasión. Hoy muero, o vivo: Amor, dame la victoria. A ti vengo, Mar salado, como a sepulcro en quien hace sus exequias mi cuidado, nuevo Leandro, en ti yace en amor, y agua anegado. Imagen es confusa del deseo. Ilusión es de amor, y de los ojos. Alma, es esto verdad, o son antojos? Es fantástico bien este que veo? Conozco mi desdicha, y no lo creo. No renovéis, engaños, mis enojos. Oh muerte, no me enseñes tus despojos! Memoria, basta ya tu debaneo. Qué miro! no es aquesta Serafina? Carlos, no es este, qué perdido lloro? Me conoces, imagen peregrina? Sí, que eres vida tu del bien que ignoro. No me mates, placer: mi luz divina? Mi dueño? Viva estás. Viva, y te adoro. Oh qué bien se ha introducido! por hombre del Mar le tiene: buen fin espero. El olvido, qué acción, ni derecho tiene a tanto amor? Solo pido tu amor, que después de verte de los brazos de la muerte libre, no quiero otro bien sino amarte. Yo también amarte, y obedecerte. Tener vida no creí, y por muerta te juzgué, ya dos vidas hay en mí, la que del mar escapé, y la que descubro en ti: en otro abismo profundo han dado ya nuestras vidas, y no es menor el segundo, porque nunca están cumplidas las falsas glorias del mundo: Ricardo, el Príncipe, a quien yo sirvo, te quiere bien, y a solicitar me envía tu hermosura. A esa porfía llamas abismo también? A esa duda de tu amor no llamo yo abismo nuevo, que es más noble mi temor, porque soy criado y debo no engañar a mi señor: si le digo la verdad, causarale enemistad, y temo la muerte fiera. El ceño muda, y altera: sin hacer curiosidad he de hacer que me paseo por si la pudiese oír. Esos sucesos no creo. Equivoca has de decir, mi bien, lo que yo deseo: si tú le tienes amor, vivirá contra el rigor del tiempo. Perpetuamente le amaré. Fortuna tente, no me enloquezca el favor, que ha de amarme está diciendo, perpetuamente, vencer su fortaleza pretendo, y en dudar tanto de mí esta victoria, me ofendo. Si es de alguna calidad mi consejo, no detengas a Ricardo esta verdad, nada pierdo aunque me tengas una honesta voluntad: dile como tú has de ser mi dueño, y esposo. Arder podrá en celos, y en amor. El daño será mayor, si después lo ha de saber: con mucha facilidad harás que su amor mitigue, que al hombre de calidad no hay cosa que más le obligue, que decirle la verdad. Sola una vez me ha mirado, que de amor, y de vergüenza los ojos no ha levantado; pues a querer me comienza, quiero como enamorado escucharlos. Razón tienes, que el Príncipe mi señor es gran César. Muchos bienes le dice de mí. Y amor vendrá a coronar tus sienes. Ese habrá siempre en mi pecho. No hay que dudar, esto es hecho, amarme le ha prometido, de mi calidad ha sido su duro mármol deshecho. Y así la verdad le di. Harelo así: a Dios, mi bien; me has de amar? Digo que sí. Y te podré hablar? También. Cuándo? Siempre. A dónde? Aquí. Ya se puso el sol que via, a cuyos rayos me quemo, y así pasó el alma mía de un extremo en otro extremo: noche es ya lo que era día: triste vienes. iste, Pues lo que responde supiste, que el rostro del mensajero, suele decirnos primero si es la nueva alegre, o triste. Finges, Carlos? Si a tu llama traigo remedios ajenos del deseo de quien ama, ocasión traigo a lo menos de más gloria, y de más fama: hoy puedes ejercitar una virtud singular. Cuál es? La magnificencia, que es de mayor excelencia, que ser amado, y amar: y pues el estorbo de esto es el amor manifiesto, que a otro tiene, que le des muerte te pido. Y quién es? Yo, que a tus pies estoy puesto, si es la victoria mayor la que alcanza de sí mismo el hombre: mira, señor, que en ese profundo abismo vida me dio tu favor; y pues que tú me has librado de ese piélago salado, no me des, con no vencerte, otro género de muerte más breve, y más desdichado: la que amé en Sicilia yo, me mandas que solicite, el agua la perdonó, y no es bien que otro me quite lo que el mar no me quitó. A hablaría fui descuidado, viva sin pensar la vi, quedé alegre, y admirado, y al fin, a tus pies volví confuso, y enamorado. Divierte con otro objeto más hermoso, y más perfecto esa liviana afición, que en esto hace distinción del necio el hombre discreto: a mujer fuerte combates, y yo, como enamorado, que de proseguir no trates te pido, y como criado te suplico, que me mates: a las dos cosas estoy obligado, tuyo soy, pues que la vida me diste, y ayer tu hechura me hiciste, deshacerme puedes hoy. Con cuanta satisfacción juzgaba yo su afición, siendo de Carlos, por mía! pero en fin, este es el día, que he de igualar a Scipión: estás muy enamorado? Honestamente la adoro. Quiere ella? En igual grado; pero guardando el decoro al fin a que es ordenado, ser su esposo pretendí, pero el intento encubrí, porque pobre me hizo Dios, mas ya lo estamos los dos. Y pensáis casaros? Sí. Acción heroica ha de ser, Carlos, esta a mis antojos: la razón ha de vencer, padezcan, o no mis ojos: ama en paz a esa mujer. Deja que bese tus pies. Levanta, y así no estés; yo te haré rico. Quién tiene tal señor! Ya se fue, Irene. Despechada mujer es: el poco amor que en mi vio la obligó a partir sin mí: y podre alcanzarla? Sí. . Ven, Carlos. Dichoso yo, que tanto bien merecí. Esta casa de placer, que fuera está de la Corte, r, y al paso de Mira Flo es donde el bullicio corre, el nuevo amo a quien sirvo, y me sacó de ser pobre con quitarme de pedir; Mayorazgo de bribones ha tomado, porque dice, que para ejercer lo noble de su caridad, es sitio mas a su gusto conforme; y dentro de la Ciudad otra casa se dispone, antes que el Emperador llegue con todo lo noble de su campo, porque quiere tener ambas diversiones de vivir afuera, y dentro: él es un bendito hombre, pues lo que tiene reparte, llamando hijos a los pobres: quien me viere tan galán, no dirá, este es senorote de mucha suposición? no hay duda: o lo que supone un pícaro bien vestido! que hoy en el mundo, señores, el noble pobre es villano, y el villano rico es noble; pero aquesto no es del caso, mis dos amos vienen voyme a ver si me mandan algo. Morcón? Señor? Sabes donde mi padre salió? Discurro, que a ver si en el mundo hay pobres, que como él viva cien años, no ha de haberlos. Sus acciones son ejemplo de virtud: no sé, Cielos, como informe . a Carlos de que aquí estoy, que volverán sus amores a buscarme a la ribera: no dirás, qué suspensiones tienes, Alejandro? Sí, que no es justo que lo ignores; ya sabes, que desde que vi de Irene los dos soles::- pero, Morcón, salte fuera. Así lo haré: estos señores amos, como soy criado catecúmeno, no corren con las burlas del gracejo. No te vas? Voyme, y revoyme. . Quedé a su cielo inclinado: ya veo, que no es con orme mi amor a su calidad; pero en las inclinaciones, lo que dominan los Astros no pueden vencer los hombres: desde que de su despeño fui dichosamente noble, quien al Faetón de sus luces supo parar los rigores, quedé abrasado en su llama, y aunque generosa entonces pudo pagar con agrados, que son de los superiores los premios, que a poca costa hacen amados sus nombres, torciendo al premio el camino, a mi valor dar dispone una joya, y yo la dije, mal, señora, las acciones heroicas se conocieran entre las que no suponen tanto, si a tan corto precio paga tuvieran: entonces darme a entender quiso (ay Cielos!) que a sujetos inferiores solo con los intereses satisfacen los señores: Ya conozco, Serafina, de mi locura el desorden, y que mañana en volviendo el Emperador, dispone, que con Ricardo heredero de su Imperio, se coronen con Irene las victorias, que canta la fama en voces; y así, triste, y pensativo con mis imaginaciones, ni sé si vivo, o si muero. Alejandro, pues conoces, que es imposible lograr tan rendidas atenciones, procúrate divertir, desecha tantas pasiones, que donde está la razón, la voluntad no supone. Seráfina, como tú no entiendes de los rigores del amor consuelos hallas. Pluguiera a Dios, que tus voces la verdad dijeran. Para. Qué ruido es este? Señores, la Princesa, cuando menos, ha llegado. Deja el coche, que en esta casa esperar la familia quiero. Corre, señora, y a recibirla sal a la puerta, no note la grosería. . Ay de mí! No te detengas. Temores combaten mi pecho, sal, Seráfina, y de tus voces reconozca el agasajo. Pues mientras que tú te escondes, yo llegaré. Sin mí estoy entre dudas, y temores. Válgame Dios! Qué ha sido? te has hecho mal, señora? El pie he torcido al apearme. Mucho me ha pesado, señora, cuando a veros ha llegado aqueste humilde espacio, que con vuestra presencia hacéis palacio, con azar haya sido a tu belleza: se ha hecho mal acaso vuestra Alteza? Yo os estimo el cariño, algo sentido el pie ha quedado. Desdichado he sido, pues siempre con afán tengo el contento. Yo quiero descansar, dadme un asíes Aquí está. Mientras tanto haremos hora, hasta que llegue la familia, Flora. Siéntome yo también: que siempre vengas corriendo por el campo, y te entretengas con venir en un coche moledero, sin temer uno, y otro batidero, a pique de que un vuelco te maltrate, y a mí también me mate, dejando la familia atrás causada? Si no me engaño, aquesta es la cría que en la vatida vi. Cansada vengo, agua me dad. Con ella al punto vengo. Pues el caso esta ventura fragua, yo he de ser quien la sirva con el agua. Gentil hombre? Por mí os habló la fama. Quién es, decidme, aquesta hermosa dama? Es hija de Clemente, de todo el mundo el hombre más prudente, afable, liberal, y limosnero, y por su sangre grande Caballero. Ah mucho le servís? Yo discurría, que vuestra Alteza consideraria, viendo alabar al amo su criado, que era el primero día que le ha entrado a servir; y aquesto es maravilla, que todos profesamos de cartilla mormurar en lo propio, y en lo ajeno del amo, lo que es malo, y lo que es bueno. Para beber vuestra Alteza, (perdone el atrevimiento) tome unos dulces. Si haré, y en mucho estimaros debo el agasajo: tú, Flora, toma. Venga, que en efecto, por concomitancia el su también he pasado. . Quiero introducirme en los dulces; y para aqueste Escudero, de aquesas manos, de alcorza no habrá un mazapan? Grosero Lacayo. . Señora Flora, todabía dura el ceño, que en el bosque me mostrasteis? Turbado, y temblando llego: beba vuestra Alteza, aunque no sea tan digno el dueño, que para serviros tenga debidos merecimientos, pues a milagro tan grande, a tan divino portento, fuera poco todo el Sol para servir de copero. Discreto sois, dadme el agua. Válgame el Cielo, qué veo! no es este hombre parecido a Alejandro? . Qué es aquesto? pásito de suspensión. Es esta ilusión, o sueño? Bien podéis beber señora, sin escrúpulo y sin miedo, que la lealtad que os la sirve, en el cristalino espejo de la copa se ha mirado, para que llegue su celo con lealtad, y con amor: perdonadme lo grosero del estilo y advertid, que aunque sea turbio el concepto, es tan clara su verdad como el agua, por lo menos. Qué hace de estar con el vaso si la bebo, o no la bebo? De qué se habrá suspendido mi ama? En el brío, en lo atento, y en toda la semejanza es Alejandro no acierto a darme por entendida. Señora, bebes? . Ya bebo, y lo que me he detenido, es, por estar discurriendo, que aunque el agua está tan clara, suele a veces el deseo con que se bebe, hacer mal; y así reprimirle quiero, bebiendo poco tomad, que para el ardor que siento, ya he bebido con los ojos todo lo que al labio niego: no sé como me declare; sin darlo a entender. . Es juego lo que pasa entre los dos? El ver a mi hermano, Cielos, la ha dejado suspendida. Sois vos de esta casa el dueño? Fuilo antes que vos pisaráis aqueste albergue grosero: después de pisarle, no, que si del criado el premio es servir a su señor, ya he logrado, por lo menos, aunque en tan poco, serviros; y si es debido respeto dar el vasallo a su Rey hacienda, y vida por feudo, siendo Reina, y yo vasallo, nada es mío, y todo es vuestro. A vuestra sosisteria responder pudiera el dueño, pero no es del caso ahora: de rabia, y de celos muero: aquesta debe de ser su dama, o su esposa. Quiero, señora Flora, pues es del cuarto del primer cielo, preguntar, qué entiende de este alegórico concepto? Entendemos las deidades los términos palaciegos; pero en estando en la Villa, el lenguaje no entendemos. Cómo os llamáis? Seráfina. De esta suerte apuraremos, ideas, las confusiones: y sois casada? . No te hasta ahora libre albedrío, gran señora, para serlo. Pues por qué? Porque ahora está a la elección de otro dueño. Quién dominio tiene en vos? El padre que me dio el Cielo, y después mi hermano. . Quién es vuestro hermano? El que puesto está, señora, a tus pies segunda vez. Ya con esto se han templado mis fatigas: vos, cómo os llamáis? Tan presto, señora, desconocéis los que son vasallos vuestros? mas no me admiro, que como la fortuna, en lo supremo de su rueda, os tiene a vos por deidad de su manejo, no padeciendo inconstancias, no hay que extrañar de su ceño, viéndoos en seguridades, no os acordéis de despeños. Sois vos Alejandro? . Sí señora. . Cómo os veo de Cortesano en la Corte, cuando ha tampoco, que os dejo de rústico Pescador, no es mucho más saber quiero, como dejando la playa, os hallo con tan diverso modo de fortuna? . Cómo? Piadoso, y provido el Cielo hizo sacase en la red, que al mar entregó el desvelo de mi amado padre, en vez de peces, todo el dinero, y joyas en unos cofres, (maravillas del Eterno Poder) pues hizo, que el mar, ladrón del tesoro nuestro, restituyese lo hurtado; si ya no fue, que atendiendo a las piadosas entrañas del anciano padre nuestro, porque tuviera que dar a los pobres su desvelo, como a Tesorero suyo volvió a fiarle el manejo; y así, a mi instancia, señora, dejando el afán del remo, a Alejandría venimos: aqueste ha sido el suceso de desconocerme vos. Mucho de veros me alegro en mi Corte, y conocer a Seráfina, a quien tengo de llevar a mi Palacio, porque desde hoy sus aumentos han de correr por mi mano. A vuestros pies agradezco, señora, tantos favores como hacéis, sin merecerlo, a esta humilde esclava vuestra. Yo, señora::- Nada quiero, que me digáis, Alejandro, y empezar a pagar debo, en la parte que es posible, la atención de mi respeso. Si habéis de pagar, señora, la voluntad::- Nada entiendo de voluntad, que no sea hacer lo mejor. . Qué necio es el acreedor, que quiere cobrar del Supremo Dueño en alhajas imposibles! Mi señor viene yo quiero avisarle: Señor, mira, que en nuestra casa tenemos a la Princesa. Dichoso mil veces, señora, el centro, que merece os acordéis de honrarlo y favorecerlo, mis hijos, vida, y hacienda están al servicio vuestro. Un acaso me obligó a pararmé aquí, y me alegro, pues he visto en Serafina agasajo, entendimiento, y hermosura; y al fin vi lo que yo desear puedo, y al instante que a la Corte llegue mi tío, prometo a Seráfina llevarme a Palacio: y también quiero mandar mi primo cuide de que todos los aumentos de Alejandro, sean conforme él merece y yo deseo. A mí, señora, me basta aquese deseo vuestro para hacerme muy dichoso, y otro favor no pretendo. Aquí se apeó su Alteza. Ten el caballo. . Ligero tu primo el Príncipe llega, con el acompañamiento de carrozas, y criados. Para que muera de celos, el Príncipe ahora llega. Poco, señora, merezco con vuestra Alteza, pues hace desperdicio de mi obsequio en no querer admitirle. Qué decís? que no os entiendo. Que con toda la familia, cuando hallaros considero en Miraflor, os venís, quitándole a mis cortejos la vanidad, de que vaya al estribo, haciendo aprecio de mayor Caballerizo. Hubo más desdicha, Cielos, que estar mirando a un dichoso un desdichado! . Ya es tiempo, señora, de que nos vamos. Bien dices, vamos. Primero, señora, me permitid, que os bese la mano, en premio de haber tenido la dicha de este acaso. No os la niego: tomad, y después los brazos. ̱. Cielos, qué escucho, y qué veo! no es aquesta semejanza de aquel hermoso portento, que ya por Carlos olvido? absorto estoy, y suspenso. Quedad con Dios. Él os guarde. Desde hoy mi casa habéis hecho Palacio, que el Sol envidia. Dónde vais, Príncipe? Atento a desquitar una dicha con otra. . No lo consiento: quedaos. Eso es desairarme. No sé lo que es, solo os ruego, y os mando, que aquí os quedéis: Ay Alejandro, quien dueño se hallara de su albedrío, para que el lugar que niego a Ricardo, le ocuparas! s. Llegad la carroza. . Fresco el Príncipe se ha quedado. Ausentose el Sol del Cielo, y me ha dejado en la noche infelices escarmientos. Alejandro, Serafina, venid. Ya yo te obedezco: mucho el Príncipe me mira, y a Carlos con él no veo, con mucho cuidado estoy: que no pueda hallar el medio de avisarle! Amor tirano, vamos a sentir tormentos. . El Príncipe se ha quedado: sin duda quiere, que el dueño de esta casa le convide a cenar. Ah Hidalgo. . Menos soy que Hidalgo. Ah Gentil hombre. Gentil? soy Cristiano viejo. Sois Paje? No lamo platos. Seréis Lacayo. Acabemos. Quién es dueño de esta casa? Es de ella dueño mi dueño. Cómo se llama, os pregunto? Llámase, señor (yo quiero engañarle) Don Tiburcio. Y el apellido? Marruecos. Marruecos? Sí, gran señor, que de allá vino su abuelo. Decidme, y aquesta dama::- Ya picó el pez en el cebo: alcahuete quiere hacerme. Qué es de hermosura portento, cómo se llama? Leoparda. Raro nombre! Es de otro abuelo. ̱. Es casada? Señor, si. Con quién? Con un Caballero. Cómo se llama, os pregunto? El Caballero de Olmedo: Príncipe preguntador, dejadme. Id con Dios. Ya puesto tienes el caballo. Ay Carlos! si hubieras llegado a tiempo, hubieras visto un milagro, hubieras visto un portento. En quién? En una mujer tan parecida en lo bello a tu Dama Serafina, que a no saber cuan diverso modo de fortuna goza, dijera que es ella. Ay Cielos! que en el puesto que me dijo, que me aguardaba, el desvelo de un cuidado no la halla. C. Y pues, hidalgo mi pecho, a tu Dama te dejo, tú has de hacer por mí, que el Cielo de esta belleza conquiste. Servirte, señor, prometo. De un criado de la casa, que es casada supe. Intento me digas como se llama. Leoparda. Nombre extranjero debe de ser. Vamos, Carlos. Ya te sigo. Cuando el ceño, Seráfina, de mi estrella hallará en tus brazos puerto!

JORNADA TERCERA

Seas, señor, bienvenido. Dame, Clemente, los brazos: días ha que no nos vemos. Apenas supe en Palacio veníáis Embajador de España, cuando buscando os venía, y el alborozo las palabras me ha embargado: señor, pues qué novedad os ha traído? El Tratado de las Paces he venido a efectuar y el hallaros extraño, en Alejandría. Son sucesos muy extraños los que han pasado por mí. Seráfina, y Alejandro están buenos? Sí señor, para serviros estamos ellos, y yo más quisiera que me dijeseis de Carlos. Si vos no lo preguntaráis, yo no os le hubiera nombrado; porque a mi amor, y cariño le tiene muy enojado. Pésame de haberlo oído. Desde que en sus tiernos años os le per l, y le crié, siendo para todos cuantos le trataron hijo mío, conmigo fue tan ingrato, que me dejó, pienso, que de una Dama enamorado. Sentilo como es razón, pues dócil, y cortesano, y a fable, tanto lugar se supo hacer, que a mi lado granjeó de nobleza, y plebe con el cariño el aplauso; y aunque varias diligencias en su busca he hecho, no he hallado noticia ninguna de él. Pésame haberlo escuchado, porque no quisiera yo, que os hubiera dado enfado su proceder: y aquí viene, señor, mi hijo Alexandro. Aquí está tu padre. Llega. A vuestras plantas postrado, señor Don Ramón, tenéis, quien debido cortesano; llega a tener por blasón ser de vuestra casa esclavo. Levanta, Alejandro: qué haces? llega, llégate a mis brazos, que he estimado tanto el verte, como si viera::- A Palacio llega ya el Emperador. A recibirle salgamos. Apenas, señor, ponéis en Alejandría el paso, cuando porque os vea el Pueblo, olvidáis tanto el descanso, que de Palacio os salís: sin duda, mal hospedado mi cariño os tiene, pues tanto me olvidáis. No hallo a quejas tan amorosas satisfacciones, que daros, que no es faltar al cariño visitar los Templos santos: a dar gracias, como es justo, de la jornada, he llegado hoy, como es razón: llegad, Don Ramón, besad la mano a mi sobrina. Sus plantas serán dosel de mis labios. Seáis, señor, bienvenido; pero allí he visto a Alejandro. Llegad, Don Ramón: hablad con el Príncipe Ricardo. Ponerme a sus pies es ley. ̱. Os recibirán mis brazos, que es más decente lugar. Ay Irene, dueño amado de mis sentidos, el verte es a mi dolor descanso. Qué os parece Alejandría? Que es nueva Chipre en lo vario, y bello de sus jardines. Aunque no venís despacio, mientras quedan de la Paz los conciertos efectuados, veréis de sus edificios, y suntuosos, Palacios lo principal: vamos, pues, porque ya es hora, al Despacho: Adiós, sobrina. Él os guarde. A Don Ramón os encargo, Príncipe. Tanto favor! ̱. Haré aposento en mi cuarto a Don Ramón, gran señor. Es razón hacerlo: vamos. A dar limosna a mis pobres, vamos, Morcón. Vamos, amo. Señores, de Lazarillo me trae el viejo gastando el dinero, y para mí no puedo hurtar un ochavo; pero yo he de poder poco, o tengo de darle un chasco. s No os vais vos? Señora, no. Por qué? Porque estoy mirando, girasol de vuestras luces, cuando se ausentan sus rayos. Pues qué pretendéis con eso? Vivir, y morir, pues hallo dulce vida cuando os miro, triste muerte al ocultaros: y pues no he de conseguir de vuestro sol soberano otro alivio a mis pasiones, dejad que este breve rato, que os atiendo, tenga vida, que harto tiempo a un desdichado le queda para morir. No prosigáis, Alejandro, que sin duda os olvidáis, que soy yo con quien hablando estáis: pundonor, qué quieres? . déjame; que vas pasando a ser desagradecido, debiendo estar obligado; mas si no ha de ser posible, que la línea del recato se pase a la voluntad, sufrid, amor, callad, labio. No señora, no me olvido de quien sois; pero es tan raro este poderoso afecto, que del todo apoderado está de la voluntad, que ciegamente luchando, ni se acuerda del peligro, ni se considera el daño. Oh nunca os hubiera visto! Primero el mar obstinado, haciendo tumba el bajel, en su arena sepultado hubiera mi vida. O nunca::- pero no sé lo que hablo; mal dije: Dichoso el día, que las ondas arrojado me hubieron a aquesa playa, para que fuese reparo mi vida de vuestra vida, pues por lo menos los hados no me han de poder quitar la felicidad, y de que acreedora seáis del valor de un desdichado. En todas las ocasiones, que atrevido, y temerario vuestra pasión declaráis, de lo que blasonáis tanto, os he dado recompensa, pues el castigo os dilato. Ay amor que aunque lo riño, no me pesa el escucharlo! Ya con aqueso, señora, reconozco, que a cansaros he llegado, y a morir, de vuestra vista me aparto. Yo no os envío a morir. Pues vos no causáis mis daños? Yo os los causo? qué decís? Sí, que al Príncipe Ricardo le queréis. Es obediencia. Y no hay remedio? No le hallo. Bien podéis. Es imposible. Por qué? Sois muy desdichado. Quién lo causa? Vuestra suerte. Puede enmendarse? Alejandro, ya es imposible. Por qué? Porque es fuerza dar la mane al Príncipe. Cruel estrella! Dura suerte! Para cuando::- Son las iras? Son las penas? Son las ansias? Son los rayos? Esta primera es su casa. Qué, estás tan enamorado? No digo, que estoy helado, ni que el alma se, me abrasa. Ay de mí, qué desdichado nací, pues la suerte airada a Don Ramón de Moncada ha traído (infeliz hado!) a Alejandría, y dudoso, no me atrevo a que me vea, aunque sé que lo desea, porque estoy de él temeroso: luego a Serafina, Cielos, aunque tanto he discurrido, ingrata no ha parecido, para darme más desvelos. ̱. Por qué, Cielos, te has parado? en la puerta he visto gente: llega, Carlos, diligente. Espérame retirado: es de casa Gentil hombre? Pues han de ser de la calle? Una dama de buen talle, que vive::- No tiene nombre? Si no me engaño, Leoparda es su nombre. Bien se emplea: ya sé de qué pie cojea: el Príncipe es linda albarda! De una. Serrana del monte traigo un papel. Yo le tomo, que soy su marido. Y cómo se llama? . Rinoceronte, y es bien que me haga la venía. No oí nombre tan extraño. Es, que habrá cosa de un año, que me desposé en Armenia. Guardas tiene aquesta Dama: su marido es aquel hombre. Le preguntastes el nombre? Rinoceronte se llama: por los nombres, gran señor, esta casa aborreciera. Carlos, de cualquier manera solicita su favor. Parece que me ha temblado este pobre labrador: oy a buscar mi señor: hola, a quién digo? hombre honrado, vuélvase otra vez al monte, porque a mi esposa Leoparda ha de saber que la aguarda su esposo Rinoceronte. ̱. En el estilo he advertido, Carlos, bien lo considero, que aqueste es el Escudero, y que a mí me ha conocido. Ya hemos llegado. Sospecho, que es la que en su casa ha entrado: el corazón alterado me está saltando en el pecho: ella es. Tu Alteza aguarde donde no esté conocido. La noche nos ha cogido fuera de casa. No es tarde: ver a Carlos pretendía, y en vano a Palacio fui, porque supiese (ay de mí!) que estoy en Alexandría. Calor hace, yo me quedo en el patio: una luz pide. Puesto que no hay quien lo impide, hablaros sin susto puedo. Y quién sois? Un Labrador. . Labrador? Y gente honrada, que le traigo una Embajada. De quién? De un grande señor, porque más secreto sea: solo yo le satisfice, como soy rústico, y dice, que hablarla a solas desea, y servirla en cualquier cosa, que la vio cuando cayó Irene a su puerta, y vio, que es la mujer más hermosa del mundo: si aquesto entiende en término cortesano, sabrá que no soy villano, y lo mismo que pretende, persuadiré con razones. No es aqueste Carlos, Cielos! sin duda la obligan celos a tantas satisfacciones. En la voz le conocí, aunque la ha disimulado: de mi amor desconfiado supo como estaba aquí, y celoso de Ricardo se quiere satisfacer: esto solo puede ser. La respuesta vuestra aguardo. Que haya ofendido mi amor con esta desconfianza! digno será de venganza tan necio, y loco temor. Con celos quiere manchar amor tan puro, y honesto: Carlos, qué he de hacer en esto? satisfacción no he de dar? Qué respondéis? Que he estimado esa voluntad, que ofrece, de la suerte que merece. No voy muy mal despachado. Que yo a su Alteza veré, y sabrá que tengo amor, porque asegure mejor de mi fineza la fe: y aunque el hombre, que debía estar de mi satisfecho, siendo el alma de mi pecho, duda, teme, y desconfía: hallar puede en mí su Alteza el amor, que ya ha sabido, que Serafina ha tenido, con más dicha, que belleza. Qué es lo que el alma está oyendo? , i. Aquí está la luz. Pues vete: ponla sobre ese bufete. Mi misma muerte pretendo, mejer piadosa, y tirana, piadosa en estar aquí, tirana en dar contra mí respuesta tan inhumana. Como no me conociste el corazón has mostrado, yo quedo desengañado, desairado, pobre, y triste, mal pagado, bien quejoso, loco, olvidado, ofendido, y lo que más he sentido, enamorado, y celoso. No esparzas voces al viento; que responder no me dejas a los agravios, y quejas, que yo con el alma siento. No basta haber ofendido mi honesto amor sin mudanza con esta desconfianza, que a mi casa te ha traído? Vienes con la voz trocada a hacer prueba en lo que digo, intentando hacer conmigo lo que el necio con su espada? Hoy de mis castas razones bien, y mal ambos saquemos, pues ya sin duda tenemos diversas inclinaciones: no es, Carlos, la tuya buena, pues mis palabras convierte en mudanza, que la muerte no me diera tanta pena. Ni una silaba perdí, de todo, ingrata, me acuerdo. Para ver que no eres cuerdo, qué dije? Al Príncipe di, que recibo, y he estimado la voluntad, que me ofrece, de la suerte que merece. Quise decir, sin cuidado. Y aunque el hombre, que debía estar de mi satisfecho, siendo el alma de mi pecho. Eso por ti lo decía. Duda ya? verá su Alteza el amor, que ya ha sabido, que Serafina ha tenido con más dicha que belleza. Qué amor he tenido yo con dicha, sino es el tuyo? anda, loco. De ti huyo. No crees mi verdad? No, que has hallado este pretezto para aumentar mi dolor, tirana. Tú eres traidor, y engañoso, pues. Qué es esto? engañoso, y traidor tú a nadie? Vengar aguarda mi acero. Tente, Alejandro. Fuerte empeño! Qué desgracia! El Labrador es aqueste, si no tengo cataratas. Yo, señor, te lo diré: deme el amor una traza para librarle ese hombre, que según traje, y palabras es rústico Labrador, sin duda al entrar yo en casa se quedó oculto en el patio, y mientras que me sacaban luz, me quité aqueste manto, porque vine fatigada, y lo dejé en esa silla. Prosigue. Quedé asustada al verle en el patio, y yo, creyendo que se llevaba el manto, me alboroté, y él con tímidas palabras me dijo, que la pobreza le había traído a tu casa para que le socorrieras. Yo, creyendo que me engaña, me alboroté, y dije entonces, de la cólera llevada, mientes, traidor engañoso: esto ha sido lo que pasa. No me espanto: la pobreza, este, y otros yerros causa. Idos de aquí, a qué aguardáis? Habrá ejemplar, que a una dama, para librar a su amante, de tales medios se valga, y que le quedé obligado con lo mismo que le infama? Aguardad. Cielos, qué intenta? No sabe, que aquesta casa la guarda el Rinoceronte? Alejandro. Qué me mandas? Creerás, que me ha enternecido ver su juventud lozana, arriesgada a un precipicio? Qué queréis? Su muerte traza. Un hijo tengo perdido, . Dios sabe si acaso se halla con necesidad, y quiero la caridad emplearla en este: tomad, amigo, y no cometáis infamia por veros pobre: pedid, que el Dios que todo lo manda, a enseñarnos vino al mundo esta discreta enseñanza, no me cometáis vileza, que os empeño mi palabra de no faltaros jamás. Vivas la edad dilatada del Fénix. Pobre embustero, suelta la limosna. Aparta. Miren, qué Dios se lo pague! el hijo de una bellaca dijo, si no el Ave Fénix, vaya a pedir a la Arabia. Qué dices? Que es catero, y aún más. Pues de qué lo sacas? Yo me entiendo, y Dios me en- ladroncillo. (tiende, Morcón, calla. Mucho defiende a este pobre la sántica de mi ama. Vete allá fuera. Ya voy: él no me dijo: Leoparda vive en esta casa? sí, por aquí el Príncipe anda. . Qué quieres? Queridos hijos, ya mi edad caduca, y larga, según la naturaleza, llega al fin de su jornada: ya visteis en ese mar nave, y riqueza anegadas, y salvamos las tres vidas por milagro en una barca: con una joya que a Dios ofrecí, he visto en mi casa mayor caudal que tenía, que Dios de esta suerte paga: hacer se debe tres partes, cuando yo del Mundo vaya al Tribunal rigoroso de la justicia Sagrada, que aunque sois vosotros dos, sabed, hijos, que en España fui desposado primero con una Dama gallarda: un hijo tuve, y del parto murió moza, y malograda Doña Beatriz Mompeller, de ilustre, y antigua Casa: fue el casamiento secreto, porque con sola mi espada la festejé en Barcelona, sin más caudal, que mi fama: un deudo suyo piadoso, que es Don Ramón de Moncada, que ahora es Embajador de Constantinopla (el alma se me enternece de pena) el niño lleyó a su casa, y con nombre de su hijo natural: (en tiernas ansias se me resuelve la vida) al fin, hijos, en su casa le crió, y aunque me ha dicho, que fugitivo se halla, no es bien, que yo desherede hijo de sangre tan alta: fuerza es, que se hagan tres partes, las dos os caben, que basta para ser ricos: de todo a Dios le demos las gracias: muriendo yo, quedáis mozos, sujetos a las mudanzas de la fortuna, y el tiempo, y también en tierra extraña. Daros estado quisiera, pero la vejez, y el alma hacen que niegue a mi pecho respiración la garganta, y temo una breve muerte: hijos; aquestas palabras se dirigen a dos cosas, a vuestro bien ordenadas: una, si queréis que os deje un Tutor de soberana riqueza, en cuyo gobierno verdad inmensa no falta: otra, si queréis las partes, y legítimas, que darlas podré fácilmente: ahora, escoged una de entrambas. Tomemos los dos consejo, Serafina, en esta causa: Tutor los dos, nuestra edad ya de esos términos pasa: cosa impropia me parece tener en tutela, y guarda ya nosotros nuestra hacienda. Nuestra, Alejandro, la llamas! el mar anegó la nuestra. A tus venerables canas, a la sangre de tus venas, en las nuestras heredada, dejemos la ejecución. En las redes marañadas nueva hacienda te dio el C en nosotros, y ella manda. Pues lo dejáis en mis manos, mi bendición os alcanza: por Tutor es dejo a Dios, a fe, que no perdéis nada: hijos, buen Tutor os queda. De los bienes de mi casa le entregaré este Instrumento, no habrá menester fianzas. Al Hospital de San Pedro, que es fábrica necesaria, dejo ochenta mil ducados, treinta mil al de Santa Ana: para huérfanas doncellas, que por pobres no se casan, dejo treinta mil, y aquesto en joyas de oro, y de plata: para cumplimiento de ello, suplicaré al Patriarca la administración acete: será desde hoy esta casa un albergue de los pobres, porque a nosotros nos basta una casilla pequeña: quedará depositada la hacienda, que al otro hermano le corresponde, y alcanza: y aunque tú, mi Serafina, carezcas de tantas galas, con solo una ropa humilde te has de quedar, que eso basta: Alevandro, tú también, y vivid con esperanzas, que vuestro Tutor Divino remediará vuestras faltas: esto se ha de hacer tan presto, que se ejecute mañana: hijos, paciencia, y volved a la pobreza pasada. Señor, cuando en tu obediencia aquí nos amenazaran desdichas no prevenidas, afrentas no imaginadas, vieras a los dos más firmes, que la rígida montaña, opuesta a las blandas olas, que el pie robusto le bañan: nuestra voluntad es tuya, que aunque son de Dios las almas, por saber que Dios te inspira, tu obediencia nos agrada. Generoso intento tienes, valiente espíritu alcanzas, tu fe penetra los Cielos, pues con obras se levanta, dispon de las vidas nuestras, que aquí estamos yo, y mi hermana, para cumplir, siendo pobres, cuanto por Cristo nos mandas. Lo que promete Alejandro, con Divina confianza en Dios, cumpliré también: ricas queremos las almas, que si es Dios nuestro Tutor, él cumplirá su palabra. El Hospital, señor mío, es Casa de Dios Sagrada; pues donde podré vivir mejor, que en su misma Casa? Serviré a los pobres suyos, que es la perfecta ganancia, y es el logro más seguro hacer lo que nos encargas. Ahora venga la muerte, porque de venturas tantas no triunfe el tiempo, y la vida: todas las glorias humanas no llegan al menor punto del bien que goza mi alma: hijos, con vuestra obediencia, rieos quedáis, con ventajas immortales: Dios os guía, Dios os defiende, y os guarda: por norte, y tutela os dejo su Misericordia santa. Pues en su amparo nos dejas, riquezas tendré sobradas. Pues dejas a Dios mis bienes, segura está la abundancia. Vuelva a Dios lo que es de Dios. Imortal será la paga. Dichoso el que en Dios espera, pues para siempre descansa: a Diós, Irene divina: Pensamiento, que volabas hasta los rayos del Sol, abate, abate las alas, y a deseos imposibles no empeñes las esperanzas. . En nuevo cuidado estoy de este hermano, que en España tenemos, porque mi Carlos tiene sangre de Moncada: si son deudos? si serán, que alguna secreta causa, confrontando voluntades, hace amigas nuestras almas. . Pues que tantos días ha, que de viaje tan prolijo he descansado, pretendo asegurar lo preciso, con dejar a mis Estados, lo que ha tanto solicito, en la succesión dichosa, que es el más blando camino, para que propios, y ajenos Estados, estén unidos en la paz, sin que discordias de derechos succesivos a los extraños alteren, y a los propios den motivos de mal contentos, que son los más crueles enemigos; y aunque dejándote a ti, Ricardo, como preciso heredero, sosegaba tantos daños, determino, que con mi sobrina Irene se afiace lo temido: que es mi voluntad, sabéis, que es la vuestra, me lo ha dicho lo que uno y otro interesa; y para que prevenirlo pueda con solemnidad, a la Europa daré aviso de mi determinación, y en públicos regocijos, los Príncipes feudatarios han de venir a asistiros. Válgame el Cielo! qué escucho? Amor me valga, qué he oído? ay Alejandro, acabaron de mi afición los cariños. Ahora suspensos los dos? Ay adorado prodigio! ay Seráfina! señor, es tan grande el regocijo, que ha embargado a las acciones usos de lo agradecido. A vuestros pies, gran señor, por las honras que recibo, en ser de mi prima más esclavo, que esposo, rindo todas las gracias, que ofrezco. Sois en efecto hijo mío. Yo, señor, que hablar no tengo, porque no tengo albedrío, (y es verdad: ay Alejandro!) que no sea vuestro. Estimó, sobrina, vuestra respuesta, y a mi cuarto me retiro, que pensiones del mandar cansan también. Mucho admiro, señora, vuestro despego, cuando yo tuve entendido mereceros más agrado. Pues decid, cuando habéis visto nunca en mi más agasajo? Esta queja es del cariño: ay Serafina, quien dueño fuera de darte el altivo laurel de Constantinopla! Tened, Príncipe entendido, que la obediencia me casa, no las prendas, que es vos miro. Así, señora, lo entiendo. Vamos a morir, destino, y a sepultar con mi llanto mi amoroso desvarío. Flora, qué tiene mi prima? Estos, señor, son precisos desdenes de las señoras. De las palabras que ha dicho, de mí tiene alguna queja. Y con razón la ha tenido, que eres amante muy seco: qué música por ti ha oído? qué suspiros la has costado? qué lágrimas te ha debido? Ni aún a mí, que soy aduana por donde pasa el cariño, no te he debido que digas: Flora, toma ese bolsillo, ni arrimate a esa sortija. Tienes razón toma. Digo, señor, que miente mil veces el censurador, que ha dicho, que por hablar muchos pierden, pues ahora he conocido, que por hablar yo he ganado, y el tomarte aqueste anillo, es por no ser descortés. Dile a Irene, cuán rendido amante de su belleza, ciego idólatra me rindo. Jesús! diré, que no hay, ni ha de haber, ni nunca ha habido amante como tú, da; que dijo bien el que dijo: dádivas ablandan peñas, muéstrate desde hoy rendido a su belleza, que yo haré a tu amor los oficios de criada, y regalada, que harto con aquesto he dicho. . ̱. Qué poco solicitara ver de mi prima el desvío agradable, si de Carlos lo galante, lo rendido, no me hubieran apartado del amoroso designio de pretender la hermosura de Serafina! Qué miro! con el Príncipe he encontrado, volver atrás determino, no se acuerde de Leoparda. Quién sois? No me ha conocido, pues quien soy pregunta. Hablad. Yo, señor; soy tu perdido, y me ando buscando a mí. Me parece que os he visto; más Carlos viene. Señor? Carlos, como no te he visto en todo hoy? Porque he estado, si verdad, señor, te digo, de este Embajador de España receloso. No colijo por qué. Pues sabrás, señor::- O es el diablo que anda listo, o yo conozco este hombre, que es aquel, sí, vive Cristo, que se fingió Labrador; y pues al Príncipe miro, que habla con él, no hay dudarlo. En mucho, Carlos, estimo saber, que el Embajador te haya criado como hijo, y la queja, que de ti tiene, por haber salido de su casa, yo con él ajustarla determino. Beso mil veces tus pies. Y ahora dime, si has visto; o conoces a ese hombre? Si conozco, este es el mismo, que en casa de Serafina, aquella noche me dijo, cuando a la puerta le hallé, que era, señor, su marido. Consultas entre los dos, y mirarme tan mohinos! ay pobre Morcón! que ahora te han cogido en el garlito. Decidme, me conocéis? Paréceme que le he visto a Vand. . Y adónde? En mi casa, señor mío. A quién servís? A Clemente, varón justo varón pio, que su hacienda, que era mucha, en pobres ha repartido, y en Hospitales ha empleado, sin dejarles a sus hijos mas que el amparo de Dios. Acción generosa ha sido. Ay, Seráfina, qué escucho! es verdad aqueso, amigo? Si es verdad? tanta verdad es lo que hablo, y lo que digo, como es verdad, que sois vos el Labrador escondido, que iba en busca de Leoparda, sin asustarle el sonido del fiero Rinoceronte: no escapó mal del peligro, pues que salió con dinero, pudiendo salir molido a palos. Y vos no estáis con ellos? Es desatino servir un pobre otros pobres, habiendo en el mundo ricos: no más pobres en mis días. Bien decís, quedaos conmigo, que gastáis gentil humor. Besar tus pies solicito, pues sacas a este Morcón de ser de una vez Corito. Voces da el Emperador, acudid. Qué es lo que he oído en el cuarto de mi padre? Carlos, escucha el ruido. Sosegaos, gran señor. Qué admiración! qué prodigio! Válgame Dios! Qué os altera? Señor, qué tenéis? decidlo. Hablad, gran señor. Si haré. Le ha dado algún parasismo a este viejo martullero? Callad vos. Cerraré el pico. Del prolijo desvelo del cuidado, que el peso del reinar trae, fatigado me hallé, porque es difícil desempeño, y así al desvelo treguas hizo el sueño: y aún no bien los sentidos en éxtasis quedaron suspendidos, cuando oigo, que me llama (divina inspiración, amante llama) una voz, que sin duda fue del Cielo: turbose el corazón, y en tanto anhelo pronunció: Emperador, si darme quieres agrado en cuanto hicieres, mira que yo también tengo acreedores, satisfacer procura a mis menores con premios verdaderos, que para todo tengo Tesoreros, y en la tierra eres tú, de tanto vario caudal como te di, depositario: Busque aquestos menores tu agonía, que ya los tienes en Alejandría, a quien a mí me dio, dar no reuses, y tímido en hacerlo, no te excuses, si pretendes tenerme por amigo, porque si no, tendrás de mí el castigo: desperté del espanto temeroso, (do, asustado, y medroso: Dios, que pague a sus Fieles me ha intima- vigilante he de hacer lo que ha ordenado, el modo no discurro, ni prevengo, solo del Superior el orden tengo; y pues que a obedecerle fiel me inclino, él me abrirá en las dudas el camino. No te dé auxilio tal, gran señor, susto, pues trae anticipado tanto gusto. Aquí tienes, señor, a mi persona, del Estado dispón, y la Corona, pagar por Dios, quién mereció tal gloria? digna es, que se enternice en la memoria. Absorto me ha dejado lo que he oído. Qué fuera que el deudor, yo hubiera sido, que manda Dios que pague? es evidente: señor, yo soy. Qué intentas, loco, tente. Quién sois vos? Yo, señor::- Pasa adelante, proseguid. Soy un pobre vergonzante, y puede ser que sea Dios loado, a quien mande, paguéis lo que le he dado. Pues Dios, qué os debe a vos? Según mi cuenta, yo soñé, que tenía mucha renta, que Dios me la pidió, yo se la daba, porque mejor me estaba: desperté con el gozo de ser rico, y me quedé, señor, hecho un borrico. Aparta, loco. Bien habéis medrado. Florilla, yo he nacido desgraciado. El Embajador de España pide licencia, señor. Dile que entre. Yo, entre tanto, afuera aguardando estoy. Dónde vas, Carlos? detente, que aquesta es buena ocasión para darte a conocer::- Leyes tus preceptos son. No quisiera embarazaros con mi visita, señor, cosas de más importancia. Ya sabéis cuan vuestro soy. De ver a vuestras Altezas con salud, a mí me doy dichosas enhorabuenas. Yo os agradezco, señor, cortesanía tan vuestra. Ya sabéis somos los dos amigos a todo trance. Saber deseando estoy, qué os parece Alejendría? Siendo toda admiración en lo alegre, y suntuosa, qué podré decir, si no puede la lengua explicar lo vario de su primor? pero en tanto como he visto, solo un caso, que está hoy sucediendo, es el prodigio de los prodigios mayor. Decidme, qué es? Un Clemente, a quien el Cielo dotó, sobre ilustre nacimiento, y admirable discreción, virtud la más singular, que vio el mundo, ha muerto hoy: fue poderoso en la hacienda, toda en pobres la gastó, repartiendo en Hospitales, y obras pías, su fervor, su hacienda, y la de sus hijos, diciéndoles, que si es Dios quien al hombre da la hacienda, el hombre no tiene acción de decir, que nada es suyo; y haciendo repartición, de lo que toca a sus hijos, les ha dejado un Tutor, para que los alimente. Quién es ese Tutor? Dios. Válgame el Cielo, qué escucho! ya descubristeis, señor, vuestros deudores: los hijos dónde están? Están, señor, sirviendo en un Hospital. Qué escucho mis amos son. Hola. Señor, qué me mandas? Que traigáis, sin dilación; los dos hijos de Clemente a Palacio. Voy, señor, a ejecutar lo que mandas. . Aquesta es buena ocasión, Carlos, de pedir por ti; yo tenía, Don Ramón, que pediros. Qué mandáis? Que sepáis, que guardo yo una prenda vuestra, y quiero restituírosla hoy. Qué alhaja puede ser? Carlos, yo he de alcanzar el perdón vuestro por él. Llega, Carlos. No tengo, señor, acción para hablar, que la vergüenza las razones usurpó. Es vuestro hijo? Le he criado como a tal. Ya están, señor, los dos hijos de Clemente a tus pies, Dichoso soy, pues que merezco besarlos. Lo mismo os digo. Atención: qué miras? no es Alejandro? Levantad, llegad los dos a mis brazos. Qué estoy viendo! no es esta, envidia del Sol, Serafina? Aquí mi Dama? no desmayes, corazón. A todos tendrá suspensos la novedad. Sí señor. Dios me ha mandado que pague a quien a él le prestó: yo he de pagar a Alejandro una deuda, y la mayor que puede darme cuidado: pedid, pues. Hay confusión más grande! Qué he de pediros, si no merezco, señor, el que de mí os acordéis? Mi palabra Real os doy, de que la cosa más ardua no he negar: pedid vos, y sea lo que quisiereis, pues os dejo la elección: vosotros sois acreedores, pedidme, pues. Yo, señor, si os he de pedir (que espero malograr esta ocasión, será del ánimo ultaje) os pido a Irene, señor. Si ha de casar con Ricardo mi hijo? ̱. Aunque tanto voy a perder, si Irene gusta, yo cedo. Gustosa doy la mano a quien me dio vida. Cuándo la vida te dio? Un día, que salí a caza, del caballo lo feroz me hubiera dado sepulcro en las peñas, si el valor de Alejandro no llegara a mi amparo ved si estoy obligada al beneficio. Tu mano es galardón a beneficio tan grande: dasela. Dichoso soy. Pues casada mi sobrina; mayor premio se logró en vuestra hermana, Alejandro, que de mi hijo ha de ser hoy esposa. Qué es lo que escucho! Aunque os estimo el favor, yo, señor, tengo marido. Ya mi esperanza acabó. Pues con quién queréis casaros? Con Carlos. Dichoso yo, que te merezco. Aguardad. Pues qué hay que aguardar? Señor, que es su hermana Serafina. Qué escucho! De mármol soy! ̱. Señor de Clemente es hijo, que le crió mi atención desde sus primeros años. Ya la suerte me logró la dicha de ser tu hermano: dame los brazos. Mi amor no en vano el alma te daba. Raro caso! . Yo el favor espero de Serafina. Dale la mano. Es razón no negarme a tal fineza. Quién tal ventura logró? Carlos, yo te casaré. Ser tu esclavo quiero yo. Y Morcón ha de casarse? Con quien sea otro Morcón. Esta es verdadera Historia, digna de la admiración, porque solo en esta vida el Buen Pagador es Dios.