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Texto digital de Bernardo del Carpio (segunda parte)

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Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
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Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Bernardo del Carpio (segunda parte). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/bernardo-del-carpio-segunda-parte.

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BERNARDO DEL CARPIO (SEGUNDA PARTE)

Esta es Roma. Es gran ciudad. La fama tiene ocupada de tanta valiente espada que tuvo en su antigüedad. Esta a los Césares dio su principio generoso; pero el tiempo, presuroso, las glorias les impidió, después que a Grecia pasaron su Imperio y lo dividieron. Mucho pundonor perdieron, cuando esa acción intentaron. Constantino fue el primero que tuvo en Grecia su silla, y por grande maravilla, mostrándose lisonjero el vulgo a su voluntad, Constantinopla llamó su Corte, con que mostró en eso su lealtad, a quien los griegos llamaron Estambul, y, agradecido, a Roma puso en olvido. Bravamente le obligaron; son los griegos cautelosos: dígalo el Paladión, cuando aquel falso Sinón, a los troyanos medrosos, después de muerto el primero de los nueve de la Fama, de Príamo heroica rama, Héctor, que a Aquiles prefiero, que, aunque su homicida fue, no le cogió cara a cara, porque el Héctor le matara solo con un puntapié. Que eres leído, no niego, por ver lo que has referido. ¿No ves que, si es bien nacido, que sabe mucho un gallego? Bien se escribirá de mí, porque soy muy alentado. ¿Qué te parezco enojado, Bernardo? Responde, di. Borracho, ¿quieres callar, que siempre has de estar de humor? ¿Has visto fuerza mayor ni más lindo pelear? En la escaramuza, ¿quién como yo te acompañara y tu persona guardara como la guardo tan bien? A un moro alto y fornido, que te tiraba un revés, le dije: Moro: ¿no ves que Bernardo es bien nacido y hombre bien emparentado, y si la justicia advierte que tú le has dado la muerte, que has de morir ahorcado? Tírale al de más abajo, si es que su muerte te alegra: negociarás con su suegra con poquísimo trabajo." Tomó el moro mi consejo, y al de la suegra le dio, y esta, de albricias, me dio de vino casi un pellejo. Paga tuviste a tu modo; mintiendo quiés divertirme. Ahora bien: quiero pulirme, que soy tu criado y godo, y éste es Palacio, sin duda, ¡Que es posible que he venido! ¿De qué estás arrepentido, si ya el Rey de intento muda? Es verdad, pues a mi padre la amada libertad dio y al punto le desposó, que esperaba, con mi madre. Y al monte me envió a llamar con aquellos caballeros, que sus disignios primeros ha querido consultar conmigo, haciendo elección que su intento maravilla, de lo que tanto a Castilla le conviene y a León. Y así, del Rey y del reino, vengo con esta embajada, por evitar que la espada, por vía de buen gobierno, no averigüe entre los dos el derecho ni la ley. ¡Qué mal lo ha mirado el Rey! Si el Papa, que es vicediós del suelo, no lo remedia, bien habrá que pelear. Aquí te puedes quedar. ¿Qué lacayo de comedia no ha entrado hasta los retretes de los reyes y señores, que somos como dotores o como ocultos pebetes? (¡Bizarro francés, gallardo, dispuesta persona y talle!) Hoy la embajada he de darle, que para aquesto le aguardo a Su Santidad, de Carlos, que ya juzgo rey de España, que presto de su campaña a los moros podrá echarlos si concede de León y Castilla la tenencia, que muy poca resistencia hará en aquesta ocasión. Y decirle cómo intenta venir contra Teosidoro, que no guardarle el decoro toma Carlos por su cuenta, que las guerras de Armelín le impidieron este intento. Españoles son, y siento que es ya su venida a fin de mi embajada. ¡Bizarro talle de español, por Dios! (Cuál estamos dos a dos, para brindar con un jarro.) (Bien las armas le estarán en hombre tan alentado.) (¡Qué bien parecerá armado aqueste español galán! Solo yo vencerle puedo si batallamos los dos.) (¡Solamente yo, por Dios, soy bastante a dalle miedo!) (¡Lástima me diera el dar la muerte a un hombre tan fuerte! aunque con esta mi suerte pudiera al Cielo volar.) (¡Causárame compasión dar la muerte a este francés, aunque con ella después se aumentara mi blasón!) (Entre sí está hablando y me mira. ¿Qué dirá?) (¡Entre sí hablando está y con atención mirando!) (Hablarle será razón, que me ha obligado su talle.) (Ahora bien, yo quiero hablarle, que le he cobrado afición.) Salud tengáis, caballero. Lo mismo hacer yo quería, mas vencido en cortesía me dejáis. De vos espero que sois cortés y gallardo, como las muestras lo dan. ¿Cómo os llamáis? Yo, Roldán. ¿Y vos, señor? Yo, Bernardo. No sé qué ha sentido el pecho, que dentro se ha alborotado. Con veros solo he quedado, de quien sois, bien satisfecho. Y yo, de veros no más, lo que la fama publica confirmo. Siempre se aplica la fama a decirnos más de lo que las obras son. ¿A qué bueno habéis venido? Yo una embajada he traído de Francia. Yo, de León. Con disignio que mi Rey rija y gobierne a Castilla. Yo solo vengo a impedirla por justo derecho y ley. ¿Por qué quiere poseer Carlos lo que no le toca? Casi a furia me provoca tu atrevido proceder. Aun bien que estás con espada, y yo la traigo también. ¡Español, míralo bien, y no intentes tu embajada, porque resultar podría tu perdición y tu muerte! Hoy Bernardo de otra suerte la respuesta te daría, conforme a su calidad. Pero, ¡saca aquese acero! ¡Hacer lo que dices quiero! Detened, señor; mirad que Su Santidad afuera viene ya, a daros audiencia. Solo pudo su presencia evitar que aqueste muera. Agradece a su venida la vida, pues ella es. Y tú agradece, francés, a su venida tu vida. Voile a recebir, que es bien; que es vicediós en el suelo. Voile a recebir, que el Cielo gusta de que honras le den. Sé, francés, agradecido, que con la vida te dejo. Sea agradecido el pellejo de que no le haya rompido. El me trató de borracho. ¡Mi enojo resisto en vano! ¡Eres, español, marrano! ¡Eres, francés, un gabacho! ¿Irás a España? ¡Y allí verás quién son los franceses! ¡Y tú, quién son los leoneses en Francia, España y aquí! ¿Es tu nombre? (Porque crea que soy noble), yo me llamo Ordoño; sirvo a mi amo. ¿Y el tuyo? Yo, Mingolea, ¡Mingolea! Vive Dios, que es nombre de dominguillo. ¿De qué se pone amarillo? ¡Ya nos veremos los dos! Ya van saliendo hasta aquí; agora cese el gracejo. Quiero tomar tu consejo. Eso importa. Importa así. Déjame besar tus pies. Tus pies me deja besar. Asientos podéis tomar. ¡Detente, español! Francés, ¿qué intentas? Sentarme, que éste, español, es mi asiento. Mal será, si yo me siento. ¿Quién probará a levantarme? ¡Yo! Hijos, amigos, basta; suspended vuestro furor, y sin que perdáis honor. ¡Que este español me contrasta! Francés: junto a mí os sentad; llegad más aquella silla. (El valor me maravilla de aqueste español.) Llegad: como vicediós lo mando, fuerza es el obedecer. (¡Que esto venga a suceder estando presente Orlando!) Como a tal os obedezco, y así, diré mi embajada. (¡Que aqueste español soberbio así se oponga a mi fama!) Digo, Padre clementísimo, que está Castilla alterada, y todos sus hijos tienen apercebidas sus armas. Español, ¿no ves que a mí primero me toca el darla, que soy de Carlos sobrino, rey y emperador de Francia? Advierte, francés: sobrino soy de Alfonso, rey de España, hijo de su hermana mesma y del Conde de Saldaña. Sí, mas hijo natural, como lo dice la fama. ¡La fama y el mundo mienten, que ya con ella casada quedó, y si más repite tu lengua aquesas palabras mi verdad contradiciendo, aunque traigas más espadas que hay estrellas en el cielo, no te serán de importancia para librarte de mí! ¡Gusto me dan tus bravatas! Mas ¿qué hacen los españoles ordinariamente? Hablan. ¡Peores sois los franceses, que habláis mucho y no hacéis nada. Prosigo. ¡Padre clemente! ¡Detente, francés! ¡Aguarda, español! Pues la tiene comenzada, prosiga Bernardo, y luego Roldán dirá. ¿Cómo agravias a Francia de aquesa suerte? Por mí, la honra de Francia en esta ocasión la tomo; yo os lo ruego. Roldán. ¡Basta, que a quien es Dios en el suelo, obedecerle es ganancia! Ya podéis decir. Pues digo que el rey Alfonso, a quien llaman el Casto; que no lo fuera nos fuera más de importancia, pues intenta que Castilla, con León, vivan a Francia sujetos aquestos reinos, solo porque hijos le faltan, aunque tiene otros sobrinos que son de Pelayo ramas, que a Césares y a Escipiones en virtud y sangre igualan. Alfonso, olvidado desto, le dio a Carlos la palabra de darle la posesión, como a heredero de España. Aquesto hacerlo no pudo, porque España es conquistada con la sangre de los pechos que hoy la defienden y amparan, y pondrán en su defensa honor, vida, sangre y armas, y aunque el mandato del Rey obedientes sufren, callan, cuando llegue la ocasión que a Francia quiera entregarla, como hijos valerosos, si ven a la madre esclava, por ella se arriesgarán contra el infierno y sus llamas. ¡Ay de Carlos, si lo aceta, y de sus fuertes escuadras, con que al orbe espanto puso y asunto le dio a la fama! Porque el honor que ha adquirido en Italia y Alemania, en Flandes y Inglaterra, ha de perder en España. Vuestra Santidad la mire con vista piadosa a Francia, y este intento se lo impida, pidiendo a Carlos no vaya a buscar su perdición, ya que humille su arrogancia. Vuestra Santidad perdone que a semejantes palabras no consiente el corazón que tenga silencio el alma. En lo que toca en que Carlos ha de perder en España los blasones que ha adquirido en Alemania y en Francia, respondo que es todo hablar, que sus Pares le acompañan, temidos, como se sabe, en mil sangrientas batallas. León y Castilla son dos provincias desdichadas, donde el africano apenas os consiente en vuestras casas. Que si Carlos acertó a su Corona agregarlas, fue de lástima movido, para mejor ampararlas. Y agora, solo no más por quebrarle la palabra, lo que no de voluntad, habrá de hacer por las armas. ¡Francés! Detén, español; tu heroico discurso ataja, que el valor de vuestros pechos bien vuestros bríos declaran. Ya veo que sois valientes; con justa razón espadas traéis entrambos ceñidas, y mientras vuestra embajada la resuelvo (i), atentamente dad silencio a mis palabras. Teosidoro, rey tirano, a quien fuerza y nombre dieron Tebas en Grecia y Albania, que usurparon sus abuelos el cetro, y Esclavonia, usurpadas del Imperio, hecho un segundo Nembrot, que intentó escalar el Cielo en los campos de Sinar con aquel fiero portento de Babel, donde el castigo tuvo de su mal deseo. Este, pues, hecho un Minidas, un Nerón, un Tarpa fiero, con cien mil hombres de guerra, pone a Italia espanto y miedo. A las ciudades destruye, abrasa pequeños pueblos, a Roma tiene sitiada, a sus fuerzas remitiendo, que si hay en Italia alguno que le aventaje en esfuerzo, que levantará su campo, que nos tiene en tanto aprieto. Muchos nobles han salido fin a su vida poniendo, aunque en la eterna es sin duda que han de renacer de nuevo, y han adquirido blasones, como sus padres y abuelos. Y agora que tal valor en vuestros pechos contemplo, con lágrimas en los ojos, que las vierto de contento de que hayáis los dos venido; que, sin duda, os trae el Cielo para humillar un tirano y castigar un soberbio: que Dios un David crio para amparo de su pueblo, que también a Dios le agrada el servirle heroicos pechos. ¡Ea, valiente español!, ¡ea, francés caballero!, preveníos al desafío, pues venistis a tal tiempo. Como vicediós, lo mando; como hombre mortal, lo ruego. No quiero que respondáis, ya sé que venís en ello: no quiero que os disgustéis en la elección del primero. Bernardo con él pelee, y por si en el vencimiento sus escuadras se alteraren, podrá llevar mis ejércitos Roldán, que son veinte mil soldados, en guerra expertos. Ninguno ha de disgustarse: partid entrambos contentos y llevad mi bendición. ¡Concédaos victoria el Cielo! Español, dame los brazos, que me ballarás como amigo, ¡Al Cielo hago testigo, aunque temo estos abrazos! Forma en mi cuello dos lazos, que, en esta conformidad que manda Su Santidad, que seré tu amigo juro. Solo, Bernardo, procuro que conozcas mi lealtad. Mas se entiende en esta guerra que se ofrece, que después, de nuevo advierto, francés, que, en defensa de mi tierra seré tu enemigo. Cierra mi boca lo que has hablado, porque, en habiendo acabado aquesta aventura extraña, soy tu enemigo en España, que he de ponerte en cuidado. Aunque mis brazos después te tienen de dar la muerte, aunque eres tan bravo y fuerte como lo muestras, francés: Bernardo tu amigo es, pues gustas de ser mi amigo. Eres, amigo, enemigo. Y tú, Roldán, muy gallardo. Tú, muy bizarro, Bernardo. Que hablas como noble, digo. Vete a armar para la empresa, que yo a recoger la gente quiero ir, que conveniente será si el rigor no cesa, si es que a tu gente le pesa de ver muerto a tu señor. ¿Ya me juzgas vencedor? Más de tu esfuerzo confío, de tu aliento, fuerza y brío. Ya me alienta tu valor. ¿Qué le dice, Mingolea, de lo que ha pasado aquí? Ahora, por amor de mí, aquesto quiero que crea. ¿No es Bernardo muy valiente? No lo es poco don Roldán, porque más fama le dan. Quien eso dijere, miente. ¿Miente a mí? ¿Cómo se dice a quien no dice verdad? ¿Sabes tú mi lealtad? ¿A mí mentís? Yo lo hice con celo de amigo honrado; porque verdad no decía, le dije yo que mentía, ¡no hay de qué estar enojado! Ese mentís pediré en España en la campaña. Pues si lo pide en España, otros ciento le daré. Y en venciendo que venzamos ese gentil, o ese moro, que se llama Teosidoro, si acaso nos encontramos, también le daré, esto es llano, cuantos mentises pidiere. Eres un belitre. Espere. ¿Qué ha dicho, gabacho hermano? Francés fino de Putiés soy, gallego fanfarrón. Pues, si es puto, no es razón lo sea conmigo, francés. ¡Quiero apretar los calzones! ¡Váyase con Dios, amigo! Que soy de Putiés, le digo. Excusemos de razones, que hombre que ansí puto es, no es bien que haga camarada conmigo. Saque la espada. ¿Cómo, si riñe al revés? ¡Francés de puto es! ¡Al punto te aparta de mí, al momento, que de mi cólera siento te convertirá en difunto si no te alejas de mí! ¡Belitre, ( I) rocín, marrano! Vos sois de putora hermano y yo en Galicia nací. No quiero nada con vos, que no entiendo vuestro juego. ¡Antes moro que gallego! ¡Y vos lo sois, juro a Dios! En este ameno dosel () de quien retratar pudiera la industria a la primavera, que es el más sabio pincel, la variedad de colores que a toda pintura exceden, que con su fragancia pueden vencer al ámbar las flores; a quien libres arroyuelos besan humildes los pies, siendo espejos, como ves, que retratan a los cielos, puedes sentarte a la sombra, pues para tus pies darán esmeraldas, que podrán servirte, mi bien, de alfombra. ¿Estás cansada? No sé. que clara estrella, que en resplandeciente y bella, mi cielo, agravio te haré en comparar los luceros de los orbes cristalinos con tus ojos peregrinos, luz de aquestos hemisferios, ¿hasta cuándo, mi señora, ha de durar el rigor? ¿Cuándo alcanzará de amor premio el alma que os adora? Siempre presente conmigo: guardando a esa honestidad la debida autoridad, cual sois, mi gloria, testigo, os traigo, que aun una mano no he merecido de vos, abrasado, ¡vive Dios!, de aquese sol, más que humano. Muy bien pudiera apagar de amor esta ardiente llama. pero eso fuera a mi fama la eterna gloria quitar. Demás de que Teosidoro, que soy espanto del suelo, no es bien que pierda a ese cielo tan merecido decoro. Teosidoro, yo confieso que con finezas me obligas, y que cuando mucho digas, de tu amor único exceso, no he conocido, señor, en tu grande voluntad, guardando la honestidad que es tan debida a mi honor. Bien sabes que me robaste de la clausura en que estaba, que mi llanto no se acaba aunque después me obligaste. Legítima sucesora soy del Imperio greciano, muerto mi padre y hermano, como tú sabes, ahora. Tú, con tu valor, intentas usurparle mucha tierra, moviéndole al mundo guerra, causando muertes violentas; buscando a quien darle muerte, cuerpo a cuerpo, entre tus brazos, siéndoles mortales lazos, dando al olvido su suerte. Teosidoro, es ocasión esto que digo a temer venir a ser tu mujer y no tenerte afición. ¿No te obliga, no, enemiga, el ver tanto amor en calma? Como no salga del alma, poco a una mujer le obliga. ¿No sabes que es caso cierto que está el gozarte en mi mano? Sin mi gusto es caso llano que es gozar un cuerpo muerto. ¿No estimas haberte hecho, por si en la guerra muriere, que a mi sangre te prefiere el grande amor de mi pecho, reina y señora de todos mis reinos y mis Estados? Que tus intentos honrados son en tan ilustres modos de obligar, yo, mi señor, lo confieso; mas ¿no ves que nunca por interés ha habido perfecto amor? Eres de nieve a mi fuego, y en ella se enciende más, ¡Oh, qué cansado que estás! Y en tu amor, rendido y ciego. Un caballero ha llegado, y dice te quiere hablar. (Si ha venido a pelear, mitigará mi cuidado: él me pagará el desdén que hoy Estela me ha mostrado.) ¿Llegará? ¡Mucho ha tardado! haz que la entrada le den. Él llega. ¡Bizarro talle! ¡Buena presencia, a fe mía! Teosidoro, yo venía... Prosigue, pues, a matarle, A que de Roma levantes el campo luego, y te vuelvas, y que en esto te resuelvas, Teosidoro, no te espantes, tus escuadras recogiendo, cual dicen que has prometido después de quedar vencido, que hoy lo quedarás, entiendo, si no haces lo que digo y, como ves, te aconsejo, que siempre el primer consejo es bueno del enemigo. A esto vengo solamente. Respóndeme. Sí haré, antes que muerte te dé, que te amenaza al presente. Saber tu nombre deseo, tu calidad y nación, que si es grande tu opinión, hará mayor mi trofeo. Por que no gastes el tiempo, pues ya tu intento no ignoro, que no vengo, Teosidoro, por burlas ni pasatiempo; que tu vencimiento aguardo o mi muerte en la campaña, noble soy, y soy de España, y mi apellido, Bernardo, Pésame verte tan mozo, que poco nombre darás a mi fama; antes más tuviera en volverte, mozo; y por si obligarte puedo, compadecido a tus años, evitarte tantos daños dándote mis hechos miedo, referírtelos intento. Yo gustaré de escucharte, que a quien tiene de matarte será mayor vencimiento. Yo en campaña he peleado cien veces en desafío, y tantas el valor mío de mis contrarios triunfado. A diez gigantes he muerto, y, entre ellos, maté a Agricano, hombre que, con una mano, mataba a león, y es cierto. He muerto treinta romanos, de Césares descendientes, que, aunque fuertes y valientes, no les valieron sus manos. En el Asia le gané al persiano cien ciudades, y, por mostrar mis crueldades, otras tantas le abrasé. Rayo de Júpiter fiero toda el Asia me llamó; África feudo me dio, temerosa de este acero, Italia me está temblando, porque teme mi castigo. Escarmienta en lo que digo. ¡Vuélvete! ¿Qué estás dudando? ¿Qué es volver? ¡Qué mal conoces de León un corazón! ¡Que me espanto, y con razón, de que no te he muerto a coces! (¡Resueltamente le habló! Pesarame que le mate, que es mozo,) Que se dilate tu vida pretendo yo, y tú me vas enojando. Cual león sin duda soy, que con poca presa estoy entretenido jugando. ¿Qué pretendes de esa suerte? Dar fin a tu crueldad, de Roma la libertad y triunfar dándote muerte. ¡Señor, por amor de mí, suspendáis vuestro furor! Más me provoca a rigor eso que escucho de ti. Tú vuelves por él, sin duda, que te ha causado desvelos. ¡Hoy en mí empiezan los celos, y en áspid fiero me muda el que intercedas por él! ¡Ya darás nuevos colores con tu sangre a aquesas flores, alfombra de ese dosel! Español, ¡al campo! ¡Elige! Tú hacerlo más bien podrás. ¡Hoy en mi brazo verás que un áspid libio le rige! ¡Que no me espantan bravatas! (¡Mucho se enoja este fiero!) (¡Si el español muere, muero!) ¿Por qué tu muerte dilatas? ¡Para darte muerte aguardo, y ha de ser entre mis brazos! ¡Entre los suyos pedazos hoy te piensa hacer Bernardo! (¡Quién le pudiera ayudar, San Hilario, San Antón!) ¿Cómo a mi enojo y pasión puede un hombre contrastar? ¡Ah, de mi guarda, que muero! ¡Ah, español, de mí triunfaste! Pues a tu guarda llamaste, su intento impida mi acero. (¡Linda devoción la mía! ¡San Hilario es mi devoto! De rezarle hago voto continuo un Avemaría.) ¿Cómo? ¿A Teosidoro has muerto? ¿No lo ves, que duerme al sol? ¡Dos muertes, fiero español, que has dado de un golpe es cierto? Yo he de prenderte.—¡Soldados! Llama, Ordoñuelo, a Roldán, Aquí, a tu servicio están. ¡Soldados fuertes y honrados: este es quien dio la muerte a vuestro Rey natural! Para vuestra suerte igual, este brazo airado y fuerte, solo lo impiden los ojos que mis homicidas son. (¡Qué ciega estoy de afición!) (¡Rindiéndole está despojos el alma!) ¿Qué os detenéis? ¡Muera este enemigo! ¡Muera! ¡Mal vuestro acero pudiera! ¡Detened, no le matéis! Mas, ¿qué digo? ¡Ea, amigos, muera este enemigo aquí! Pero matareisme a mí: ¡hago a los Cielos testigos! ¡Si pretendes muerte darme, a ti sola entregaré mis armas! ¿Cómo podré, si tú veniste a matarme? —Oye, Armindo. ¿Mi señora? (¡Grande tracista es Amor!) Para que podáis mejor prenderle, dejadle agora, que yo sola trazaré cómo quitarle la espada, y vendrás con gente armada, y luego os le entregaré. Dices bien. ¡Vamos, soldados! (He trazado esta quimera para que mi pena fiera mitigue con mis cuidados.) (No me da mala esperanza apartar de aquí su gente.) (Por temor de que se ausente, hoy mi opinión se abalanza.) (i Oh, qué suave mirar!) (¡Su vista me alegra el alma!) Suspenso estoy. Y yo en calma, que aun apenas puedo hablar. Español gallardo... mas yo me detengo. ¿Cómo he de poder, si ha influido el Cielo sobre mi albedrio que tengas imperio? No puedo conmigo, yo te lo confieso, que lo que te adoro lo pase en silencio. Después que te vi, gallardo y dispuesto, no impidió mi alma que fueses su dueño. Lo que Teosidoro, que es a quien has muerto, no alcanzó de mí el menor requiebro, ni darle una mano, que siempre desprecios pagaron regalos, no amores del pecho. En vida me hizo reina de sus reinos; que los rija y mande quien fuere mi dueño. Y porque de mí quedes satisfecho, mi padre, que olvido (i) de él no tendrá el tiempo, pues jaspes y bronces ocupan sus hechos, era Maximino, dueño del Imperio romano, que hoy le llaman el griego, dio fin a sus días en el duro asedio () que a Nuncio puso a quien destruyeron. Mi hermano imperó, y a manos fue muerto de unos conjurados, sarpas del imperio. A llamarme envían, no tuve remedio; porque este tirano, de amor loco y ciego, quiso que su esposa lo fuese primero. Pero yo no quise, la verdad diciendo, ser emperadora con tan grave peso. Y agora que a ti (si pagas deseos de una voluntad gigante en extremo, español gallardo) te ha traído el Cielo, si acetar quisieres, de mí, serás Rey y todos mis reinos. Mis ojos, a voces, claro están diciendo eres rey del alma, que entraste por ellos. ¿No dices de sí? ¿Aún estás suspenso? ¡No aumentes mis males negando el remedio! Que en el alma estimo negarte no puedo la oferta, señora, que agora me has hecho. Más quiero a tus ojos, hermosos luceros, que el cetro ni mando del imperio y reino. Desde que te vi, milagro del tiempo, fénix de beldad, te adoro, confieso. Mas lloro, ¡ay de mí, poca suerte tengo!, que mi patria agora tiene su remedio en mi confianza, mi señora, puesto. Con armas la inquieta el Moro soberbio, quiere, airado y fiero, sujetarla a Francia. Mira tú si aquesto es parte a impedir de amor mis deseos. No me mires; vete, que en amor me enciendo. ¡Ay, ojos suaves, retratos del Cielo! (i) ¡Ay, dulce español! ¿Qué hechizo en el pecho encendió tu vista, que apagar no puedo? Pero, porque veas que cuando queremos somos las mujeres de lealtad ejemplo, si me das palabra, te juro y prometo que serás mi esposo. Hoy dejar intento los reinos y mandos: que, más que los cetros, estimo el ser tuya. Yo tus manos beso por tan gran favor, y prometo al Cielo de no ser ingrato. ¡Acude de presto, señor, que Roldán con todo el ejército el campo destruye, tu muerte creyendo! ¡Al fin es Roldán un buen caballero! No os alborotéis: yo iré a detenerlo. Conformes los dos. Sin duda, Himineo, en las divisiones, nos dará el remedio. Llévame contigo. Sin ti, ¿cómo puedo, señora, vivir? ¿De qué estás suspenso? ¡Ni yo sin tu vista no tendré contento! ¿Qué aguardas? ¡Señora, si conmigo el cielo llevo, todo es gloria, que en ella me has puesto! Roldán viene aquí, y de él van huyendo todos los contrarios. Yo daré el remedio. ¡Viva el español! ¡Oh, Escipión mancebo! ¡Héroe valeroso! ¡Tus brazos espero! Agora me dijo aqueste escudero que aquestos soldados, vengando al Rey muerto, tú muerte intentaban, y, al peligro opuesto, rompiendo escuadrones, solo, con mi acero, vengo a que conozcas que es lo que profeso ser amigo tuyo, que te guarde el Cielo. ¡Viva el español! Roldán, ¿qué es aquesto? Todos los soldados, siguiendo mi ejemplo, vienen a valerte. Roldán, detenedlos. ¡Ya acabó la guerra, que estos ojos bellos son los que me matan! Fue dichoso empleo. Pero, ¿en qué quedamos? En lo que primero. No vayas a España. Si al marchar estruendo sintieres de Carlos, no salgas, te ruego, porque no te mate. Por lo que te debo, te ruego, si Carlos a España, soberbio, sus Pares pasare, no vengas con ellos: ¡teme aquestos brazos! Roldán, ¡Lástima- te tengo! ¡Sentiré el matarte! ¡Ya matarte siento! ¡Llorarate España! Si allá vas, es cierto tendrás el sepulcro en los Pirineos. Solo por ver esto, el vivir deseo; no por pelear, porque lo aborrezco. ACTO SEGUNDO ¿Qué me dices? Esto pasa, y el secreto me encargó y aqueste papel me dio. ¡Un Etna mi pecho abrasa! ¡Ah, papel! ¿Si viene en ti, con que a morir me condeno, en tus renglones veneno? Ya le abro. Dice ansí... ¿Quieres tú que hable el papel? ¡Qué gentil despacho tienes! Lengua, si bien lo previenes, verás que le dio el pincel. El papel quita el recelo para hablar sin temor el súbdito a su señor, que es de la vergüenza velo. Mas, por no perder contigo el tiempo, paso adelante, que, al fin, eres ignorante. ¡Por Dios, que hablas conmigo como con hombre sin manos! Hónrame, pues soy valiente; que en el Carpio... ¡Paso, tente! Entre aquellos africanos moros, tiré cuchilladas como un Héctor, un Aquiles. ¡Vieras asirme alguaciles, moros de las atacadas, y a la mazmorra llevarme, de miedo que me tenían! Porque, en fin, ellos temían que yo pudiese soltarme. A un moro gordo le di, porque no era moro al uso y cerca de mí se puso, un sopapo, y le tendí. En efeto, me solté cuando así te maltrataban, y como así te paraban, ¡vive Dios! que te vengué. ¡No consiento, no, villano, que, de burlas, mi opinión ultrajes! Di, fanfarrón, ¿aquesta invencible mano no es bastante a sujetar la redondez de la tierra? Dime tú: ¿quién en la guerra a mí me podrá igualar? Aquesta jornada he hecho a la Rioja y Navarra, que a la jaquesa bizarra gente deja satisfecha. Cuando Marsilio encerrados los dejó dentro en sus muros, sus moros, poco seguros, cuanto de mí amedrentados, las batallas que en campaña les he dado, que los ríos, en vez de cristales fríos, roja púrpura los baña, llorando el Moro su estrago, en que me mostré gallardo, que tiembla de oír ¡Bernardo!, ¡cierra, España, Santiago! Que su algazara me agrada, te confieso, y su rumor aumenta más mi valor, dando filos a mi espada. Y yo también. Si así entrambos nos parecemos (), Bernardo, bien pelearemos los dos con mil moros, sí. Ahora bien: leo el papel, que así el corazón altera. ¡Olvida ya esa quimera! Bernardo: "Hijo (¡Fortuna cruel! De mi padre es.), si te obliga el haberte dado el ser, y que tanto padecer quiere la suerte enemiga, que, aun faltándome los ojos, que, a tenerlos, fueran ríos, por su lugar cursos fríos destila el alma en despojos. Desde que te hablé no tengo consuelo alguno en mi mal; de hablarte el deseo es tal, que ansí mi vida entretengo. Bernardico: cuatro años ha que te palpé y hablé, que cuatro siglos diré: temiendo estoy nuevos daños. Y pues noble has nacido, y la palabra me has dado, que a hacerlo estás obligado, que al Rey sirves y has servido, porfía en mi libertad, prenda del alma querida, rama de este tronco asida, no perezca su mitad. Pudo tanto mi dolor, que las guardas escribieron estos renglones, que dieron al alma nuevo calor. Esperando tu respuesta, Bernardo del corazón, queda en aquesta ocasión la vida a morir dispuesta. ¡Quiera Dios que mi fortuna, entre sus tiernos abrazos, sea que muera en tus brazos, no en el castillo de Luna! Y porque el llanto que baña mis canas, no da lugar, él por mí podrá firmar quién fue El Conde de Saldaña." Aquí el dolor permita que humedezca los ojos con el llanto del que en mí resucita. ¡Ay, padre amado! ¿Qué prisión, qué encanto vuestra vida maltrata, que de un fiero dolor a entrambos mata? ¡Qué sirven los blasones con que hago mayores mis fortunas, sirviendo a los Leones de basas los pendones con las Lunas, si mi padre, entre tanto, preso en cadenas, se deshace en llanto? ¡Perdona, padre amado! ¡Ay, de mí, que en los ojos he sentido, en tu mal transformado, lágrimas de piedad! ¡Valor ha sido! ¡No es la piedad vileza, que la piedad arguye fortaleza! Poco fuerte te he visto, (i) porque jamás has hecho extremos tales, Mal el llanto resisto. Mayores que mis bienes son mis males. ¿Cómo tengo sosiego y el Palacio no abraso con mi fuego? Yo le hubiera cobrado, cuando, con luto, entré ciego y furioso. ¡Ya estás necio y pesado! Todo es uno, señor, porque es forzoso que un necio pese mucho. ¡Espantóme, señor, cómo te escucho! ¿Habías de matarme? Al Rey le pediré mi padre ahora; pues es fuerza el honrarme, pues ha hecho mi mano vencedora con su valor y auxilio, que tiemble el Toledano con Marsilio, Y al Cielo le prometo, si hoy mi padre no libra, no ha de verme, en público o secreto, hombre mortal, que gusto de perderme. ¡Mi padre preso, Cielo; ajeno estoy de bien y de consuelo! Como nueva ha tenido que has llegado, señor, ya sale a verte. Hoy a mi padre pido; que con su libertad hago mi suerte en extremo dichosa; que sin ella la muerte es perezosa. Ya sale. ¡Qué severo! ¡Él es hombre de bien por excelencia! Ahora bien, llegar quiero; que alienta mi dolor con su presencia. Bien venido, Bernardo. Nuevas mercedes de tu mano aguardo. Alegróme en extremo, Bernardo, que con bien hayáis venido. Con vos en vano temo la suerte adversa, habiendo en todo sido Ramiro mi padrino. A vuestra voluntad siempre me inclino. ¿Cómo os fue en la jornada? Semblante triste novedad me ofrece. Hacedme, si os agrada, la relación. El hado te promete, invicto Rey hispano, tu reino en paz, temiendo el Africano. Famoso Rey de León, a quien la fama conceda más laureles que Escipión a Roma dieron, ni César; a quien España le llama el Casto por excelencia, siendo cifra de virtudes; que eres tú la virtud mesma. Salí a servirte, señor, con tus cristianas banderas, que el Moro atemorizar con sus medias lunas piensa. En las riberas de Arlanza (i), que sus corrientes ligeras la multitud de su gente usurpan, roban y secan, tuve nuevas que esperaba robando villas y aldeas, talando todos los campos, que sus armas amedrentan. Era el número tan grande, que pareció que la tierra produjo en lugar de plantas alarbes que la molestan. No pienso yo que es posible que llevó Jerjes a Atenas, cuando castigó las aguas, que el puente rompen y quiebran, mayores turbas persianas que éste de africanas fuerzas. Tuvo nuevas -de nosotros, aunque muy poco le alteran, contemplando su poder, que del miedo le reserva. Hace recoger su gente, forma escuadrones apriesa, cuyas armas son espejos adonde el sol reverbera. Parecían los turbantes encima de las cabezas una floresta de flores, donde descansa Amaltea; que emulación parecía de agradable primavera. Que dudé de la victoria aquí mi lengua confiesa. Mas como a los atrevidos dicen que siempre se muestra la fortuna favorable, y que el no sentir flaqueza al contrario suele a veces conceder victoria cierta, audaz a mi gente animo y mi valor le presenta la batalla a mi contrario. Al arma tocan apriesa los moriscos atambores, los clarines y jabebas. Al arma mando tocar a un tiempo con "¡'Cierra, cierra!" apellidando "¡Santiago!" Aquí Bernardo se mezcla entre alfanjes berberiscos y entre africanas saetas; que parecían las lanzas, que vibran, brillan y juegan en mi contra, de altos pinos una intrincada floresta. Y aunque hablar en su alabanza en algunos es bajeza, no por alabanza mía, que de Dios la honra sea, diré en sucintas razones lo que alcanzaron mis fuerzas; pues, viéndome así cercado, cual tigre o hircana fiera, apellidando "¡Santiago!", y entre los que allí me cercan, como toro agarrochado plaza, no calle, me dejan, formando de sangre ríos. En esto, a mi gente cerca un caudillo de los suyos; vilo, y dando presto vuelta, de los primeros encuentros hago que esmalte la hierba. Este era el más alentado de la gente sarracena. Viendo su sangre vertida, teme su gente, y empieza a huir en confusión, que mayor daño recela. Cansado ya de matar, arrastrando sus banderas, ricos todos tus soldados, a Logroño di la vuelta. No he puesto cerco a ninguna ciudad, villa ni aldea; mas he talado sus campos y abrasado sus riberas. A Zaragoza llegué, donde me cerró las puertas Marsilio, que me tembló, ofreciendo paz y treguas, jurando no molestar más a la gente jaquesa y de servirte, si gustas, así en paz como en la guerra. Temblando están de esta mano Toledo, Aragón, Valencia, Jaén, Córdoba, Granada, Sevilla, Murcia y Cerdeña. Esto ha hecho en tu servicio el que pide que merezca en premio ver a su padre que tienes preso en cadenas. Dale libertad, señor; Dios olvida las ofensas; llegue ya el plazo en que el mundo por bastardo no me tenga. Pues me diste la palabra, señor, el cumplirla es fuerza; porque palabra de un Rey ningún imposible quiebra. Aquesto a tus pies aguardo, que, humilde, mi boca besa; haz que tu aliento a mi honra nueva vida le conceda. Alzad de nuevo, sobrino, valiente como gallardo; sois nuevo Cipión, Bernardo, del laurel romano digno. Vuestro valor peregrino la fama desde hoy alabe; y pues que ya el mundo sabe quién sois, nada os dé cuidado, que estoy por vos muy honrado. ¡Fiero dolor! ¡Pena grave! Señor, ¿no he de merecer la libertad de mi padre? Pues tu hermana es mi madre, que tu sangre vengo a ser, y que será su mujer me ofreciste, gran señor, dame ser, dame valor; que son mis hazañas muertas, señor, si no las despiertas de nuevo dándome honor. Señor, merezca Bernardo por su sangre lo que pide. Pues que ya el tiempo lo impide del tiempo prolijo y largo la venganza, que gallardo te muestres es gran razón. Tengan este galardón sus hazañas, siendo ley, que cuanto perdona el Rey adquiere nombre y blasón. Bueno está, Ramiro y Flor. Sobrino, libre veréis a vuestro padre. Ponéis en más confusión, señor. Ya basta. ¡Fiero rigor! Ley mi palabra será: vivo vuestro padre está. ¡Gentil despacho tenemos! Dénosle, o le quitaremos. Necio, calla; aparta allá. Peor es tener cordura. Hazte loco; a Luna vamos; que si en el castillo entramos, tendrán a muy gran ventura dárnosle vivo. Procura hacer, señor, lo que digo; que a darte favor me obligo, si no te apartas de mí.) Adiós, Bernardo.—Vení, Ramiro y Flor. ¡Ah, enemigo! ¡Rey cruel, que de veneno el corazón me dejaste lastimado! ¿Aqueste premio es justo, señor, que aguarde quien como yo te ha servido? Perdonad, amado padre, el no daros libertad; que no está en mi mano; acabe, acabe aquí con la vida, pues que no han sido bastantes mis ruegos ni mis servicios a que pudiera librarte. Mas... ¿qué me detengo? Iré a Luna, y la obscura cárcel romperé con las prisiones; haré que el mundo se espante. Eso es lo mejor, señor; y pues ya mi valor sabes que faltarte no puede, no temas. Calla, cobarde. Mas... ¡ay de mí! que me dijo mientras el mandato falte real mi padre que no su libertad intentase. Si voy a verle do está, es fuerza que ha de matarme el dolor de verle preso, y que él en su llanto acabe. Partirme quiero a los montes, donde habitan fieras y aves. Llévame, señor, contigo; no te olvides de tu Acates, Que, mudas, no me dirán, causándome nuevos males, mi desdicha y mi dolor. Adiós, Rey. (¡Pena notable!) Adiós, don Ramiro y Flor; adiós, palacios reales. (Adiós, queridas tabernas...) No he de pisar los umbrales hasta que a mi padre libre. (Que no he de brindar a nadie hasta librar, como es justo, unas canas venerables.) Holgara que fuera Troya León, que fuera más fácil de entre enemigos y el fuego, como Eneas a su padre sacó en sus robustos hombros, con que vinieron a darle nombre justo de piadoso; que a mí no fueran bastantes a que no librara al mío, a no ponerse delante la lealtad que yo profeso y que al Rey es justo guarde, las espadas que los griegos ni los moriscos alarbes contra Troya y contra España rigieron fuertes y audaces. Que contra el furor que siento volviera en cera el diamante de su acero. Mas... ¿qué gasto mis vanas quejas al aire? Vamos, Ordoño. Contigo voy, señor. Pues adiós, padre; que voy a morir sin ti, pues que no puedo librarte. (Yo una bota llevar quiero, con que pueda consolarme.) Proseguid. Invicto Alfonso, a quien, como es justo, el Cielo ampare, guarde y dé vida para quietud de tus reinos, Carlos Primero de Francia, emperador, que en los tiempos su nombre será inmortal, pues que ya ocupan sus hechos a la voladora fama; a quien estatuas ha hecho de pórfido y alabastro, jaspes y bronces eternos, salud te envía, y está agradecido en extremo, que sus flordelises de oro con tus leones soberbios y castillos unir quieras para horror del Sarraceno; que, unidas Francia y España, contra sus heroicos pechos mal podrá el temor cobarde del escuadrón agareno a tanta valiente espada embotarle los aceros. Cuando vean animosos tantos franceses, que al viento en plumas y tafetanes se les muestre lisonjero, y el sol, que brillando diga en sus hermosos reflejos, en aceros diamantinos, de tanto Par el esfuerzo. Vendrá Reinaldos, que en él se muestra un Aquiles nuevo; vendrá un don Durandarte, Montesinos y Oliveros; vendrá el infante Celinos, y también vendrá Rugero, que, aunque moderno en la fe, que, aunque en la sangre agareno, en defenderla ninguno le aventaja en el esfuerzo. Y, por remate de todo, vendré yo, que, solo, puedo, con la fuerza de estos brazos, con el valor de este pecho, defenderos vuestras casas, sacar del hispano suelo los moriscos estandartes, sacándoos de duro asedio, (i) Esto ofrezco por mi Rey, invicto Alfonso, esto ofrezco. cuando reinas en Castilla; que cuando sea él su dueño la obligación será suya de saber guardar sus reinos. Yo he venido a esta embajada; Roldán soy; tus plantas beso, y espero que tus vasallos contentos vengan en ello. ¿Roldán?... ¡No sé cómo puedo!... ¿Esto los nobles consienten? ¿Cómo? ¡Que así nos afrenten! ¡Rabiando!... ¡Confuso quedo! Dejarle hablar fue error. ¡Que a tal nos obligue el Rey! ¡Que aquesto obligue la ley! Obediencia es, no es temor el no haberle respondido, ¡Quedo! ¿Qué os alborotáis, si, españoles, no ignoráis que yo soy el que he venido? Bueno está. Mendo, Ramiro, Rasura, vasallos, basta. Nada mi valor contrasta. ¡De su arrogancia me admiro! Permite, señor, le demos la respuesta. Bueno está. Respuesta, Alfonso, me da. ¿Señor? Cesen los extremos. Roldán: cuando a Carlomagno le di del reino el derecho, fiado en su heroico pecho, en su fuerte brazo y mano, fue por la opresión fuerte que el Moro hacía en mi tierra molestándola con guerra, cual ministro de la muerte; oprimidos mis vasallos y entonces favorecidos acetaron los partidos que agora habrán de excusarlos, porque un monstruo que ha nacido en mi reino, te prometo, viéndolo con tanto aprieto, de esfuerzo y valor movido, juntó mi gente de guerra, v dando asunto a la fama. con la sangre que derrama ha asegurado mi tierra de suerte, que, tributarios me son ya los reyes moros, pues me ofrecen sus tesoros. Y aquestos sucesos varios, todos por este español, mi sobrino, y tan gallardo, cuyo apellido es Bernardo, que es propio hijo del sol. Esta respuesta darás a Carlos, tu emperador. Pues ¿cómo, Alfonso? ¿Es valor de un Rey el volverse atrás? Yo no voy contra la ley de Rey, Roldán; que por mí verá que en lo que ofrecí, que soy godo y que soy Rey: que yo seré de su parte le dirás; pero prometo que dudo que tenga efeto. Si ese Bernardo es un Marte (i) y cada vasallo tuyo un Aquiles, un Scipión, vista tu resolución, a quien la gloria atribuyo, no serán parte a impedir el intento de los dos. ¿Esto sufro? ¡Vive Dios! ¿Esto se puede sufrir? Parte, Roldán. Dios te guarde. Él quede, Alfonso, contigo. A darle voy el castigo. ¿Mendo? ¿Ramiro? Que aguarde, después de vista, señor, tu resolución, no es justo; pues causando este disgusto aniquilas el valor de Castilla; ¿qué temor ocupa tu heroico pecho, que aqueste agravio le has hecho? ¡Sujeta a Francia Castilla, cuando ha puesto su cuchilla a todo el mundo en estrecho! Mi Rey, mi señor, mi tío sois; el reino no quiero; () su libertad solo quiero, que en tantos nobles confío valdrán al intento mío. ¡Ah, señor! Mal lo has mirado; que con lo que has intentado de esta nueva sujeción, verás revuelto a León, verás el mundo alterado. ¡Ea, nobles caballeros! quien fuere español me siga; que ya el ser Rey no me obliga; seamos de los primeros de quien pruebe los aceros. Perdona, Alfonso. Detente. Nadie detenerme intente. Todos tus pasos seguimos cuantos este agravio vimos. ¡Ah, de mi guarda! ¡Hola, gente! ¡Viva Castilla y León! No quede a nadie sujeta. Toda la ciudad se inquieta. ¡Extraña revolución! Seguidme. ¡Qué confusión! ¡Hasta las dueñas se alteran! ¡Grandes desdichas se esperan en mis reinos! ¿Qué he de hacer? Dios me limita el poder. ¡Mueran mis intentos! ¡Mueran! No te espante, invicto Alfonso, entrar hasta tus retretes, porque agravios de las madres las buenas hijas lo sienten. En ver entrar al Francés, todos tristes, y tú alegre, conocimos que a Castilla darla ajeno dueño quieres. Castilla es madre de todos, y de hijos tan valientes, que a Roma y Grecia en olvido han puesto sus héroes fuertes. Pues ¿cómo consentirán que ansí a su madre desprecies, que la entregues a un extraño, que la humille y la sujete? Si no quieres que Ramiro, aunque es tu sobrino, reine. otros deudos tienes; sangre que parte en tus venas tiene. ¿Por qué los mueves a ira? ¿Para qué a enojo los mueves? ¿Por qué a furor los provocas? ¿Por qué en furia los conviertes? ¿Por qué incitas su cordura? ¿Por qué sus ánimos quieres probar, cuando en tantos moros rojas sus espadas vuelven? ¿Bernardo no es tu sobrino? Pues ¿de qué Cipión valiente, de qué invencible Alejandro, que el mundo a sus plantas tiene, como lo dice la fama, que ya a sus hechos previene de Bernardo bronce eterno, duro jaspe, mármol fuerte, para que de olvido el tiempo no las borre ni la muerte, se cuenta lo que de un joven que apenas bozo no tiene? ¿Él no ha librado a Castilla? ¿No ganó al Carpio valiente? ¿No aprisionó sus alcaides, dando temor a sus reyes? ¿No ha ganado estas victorias, que a las antiguas suspenden? Pues ¿cómo a ramas tan nobles ansí sujetarlas quieres, cuando sangre femenil dentro de los pechos hierve, y no consiente este agravio, aunque en brazos de mujeres? Nosotras, como amazonas, dejando atrás a los nueve, le impediremos el paso a Carlos y a sus franceses. Mas no será menester, que hijos España tiene que volverán por su madre. Mira el medio conveniente, Rey, que evites tantos males y que excuses tantas muertes. Perdona estas libertades, y advierte que las más veces suelen ser de la fortuna instrumentos las mujeres; que por ellas nos avisan los futuros contingentes. Lo que te digo te dice hoy en mí toda tu gente. Busca la paz, pues que es el oficio de los Reyes. ¿Flor? ¿Elvira? Perdona; que todas sus pareceres seguiremos. Y a todas no ha de espantarnos la muerte. ¡Todos se van, y solo me han dejado! ¡Ya es mayor mi tormento! ¡Mayores penas siento! ¡Ya es mayor mi cuidado I ¿Esto es reinar? ¡Ah, Cielo! De esta inclemencia a tu piedad apelo. Mi intento sabéis vos que ha sido bueno; que si uní a Castilla con la francés cuchilla, es porque ansí las dos del Sarraceno seguras estuvieran, y sus moros al África volvieran. ¡Temiendo estoy que don Ramiro agora se junte con Bernardo, que, alentado y gallardo, rayo y cuchillo de la gente mora, por su madre Castilla, contra el francés no esgrima su cuchilla! Y a llamarle envío, porque quiero darle a su padre preso, que es ya rigor, confieso, la detención. Quietar mis reinos quiero y al Pontífice en Roma, que es quien el bien común a cargo toma. Con un embajador, de parte mía, que a Carlos persuada que no mueva la espada le pediré, y que cese su porfía. Si no es lo que recelo que en esto nos castiga el justo Cielo. ¡Oh, noche obscura! Alivio a los mortales suele llamarte el que cansado viene, pues descanso al trabajo le previene, que en tus tinieblas hallan fin sus males. Obeliscos y alcázares reales, defensas que la industria humana tiene, que, en ausencia del sol, su luz mantiene el fuego, que le sirven de fanales, ya pisarlos no quiero, ni deseo tu luz, ¡oh sol! Detente en tu carrera, que, pues mi honor igual a ti no veo, y de un Rey el enojo persevera contra mi padre, que es su muerte creo en noche escura, es bien su hijo muera. En la margen de este río, cuyos cristales al mar tributo van a pagar, juntos con el llanto mío: me siento, porque Ordoñuelo, que es quien solo me acompaña en la desierta campaña, me halle aquí, que recelo que andará él triste, afligido, buscando lo necesario; porque él solo, de ordinario, el sustento me ha traído. Mil transformaciones hace con que a mi mal divirtiera, si tan del alma no fuera, porque de la misma nace, con que engaña a los pastorea porque sustento le den, y todos le quieren bien por estos alrededores. Si no me engaña la vista, él viene, y viene entre sí hablando. Este sauce aquí de la suya es bien resista la mía, hasta saber lo que le habrá sucedido, por si puedo, divertido, algo el tiempo entretener. ¡Aspereza rigurosa, causa de mi confusión, más que no causó en León mi embajada prodigiosa! Criado y caballo dejo en esa espantosa cumbre hasta que del sol la lumbre nos dé del paso consejo. Y yo he bajado hasta el río por ver si puedo del pecho, vertiendo fuego deshecho, que temple su curso frío. Ya del rey Alfonso llevo la resolución que basta; que si Ramiro contrasta contra este disinio nuevo, el mundo no son bastantes a huir del yugo francés... (Bernardo, ¿qué oyes? ¿qué ves?) Aunque Cipiones y Atlantes produzga, en lugar de flores, todo el campo castellano; aunque contra Carlomagno los moriscos atambores los muevan en su defensa, aunque... por mí solo, siento de alcanzar el vencimiento. ¡Loco es quien eso piensa! ¿Quién responde a lo que digo? A hacer mi intento vano, ¿quién es bastante? ¡Esta mano! (Parece que hablan conmigo estos sauces en sus ecos.) ¿Quién a Francia ha de impedir la Vitoria? ¿Quién? ¡Morir! ¿Qué respondéis, troncos huecos? ¿Qué espíritus os alientan? ¡Que me lo digáis aguardo! ¿Quién es bastante? ¡Bernardo! Ya mis deseos se aumentan de conocerlo, y saber si es tan bizarro y fuerte Será tu muerte si esa prueba has de hacer. Ya me eres, sauce, enfadoso. ¡Hacerte pienso pedazos! ¡Tu cárcel serán mis brazos! J ¡Fiero monstruo prodigioso, suelta! ¿por qué me atormentas? ¡No lo puedo resistir! ¡De esta suerte has de morir si aquesa máquina intentas! Mas, para saber de ti más de espacio tu suceso, te dejo. ¡Nadie, confieso, ha puesto temor en mí sino tú! Mas ¿esto digo? Saca la espada, verás tu muerte. Si en eso das, será tu muerte y castigo, ¡Bizarramente peleas! ¡No la esgrimes mal, francés! Mas, pues ya mi valor ves, si tu muerte no deseas, cuéntame a lo que has venido, (i) A hacerlo estoy obligado, porque el valor que has mostrado, de un fuerte pecho nacido, muestras da de tu nobleza. Y así, sabrás, caballero, que a Carlos, a quien prefiero en valor y en fortaleza, que ya entre los Nueve goza el nombre de invicto y magno, a aquel gran César romano, fundador de Zaragoza, Alfonso, tu Rey, le ofrece la castellana Corona, porque mejor su persona tan buena elección merece. Agradecido, envió de aquesta bizarra acción al rey Alfonso a León Carlos, a quien sirvo yo, una embajada conmigo y otros nobles caballeros, de cuyos fuertes aceros Armelín es buen testigo. Alfonso, con noble pecho, confirma su parecer, con lo que vino a poner toda su Corte en estrecho. Contradícele su intento Ramiro con los demás; pero, al fin al fin, verás que es todo cosa de viento. Como a Carlomagno vea esa gente amedrentada. poco importará su espada. ¡Ahora, español, pelea! Confieso que te matara, loco francés, si no fuera porque tu arrogancia viera, como tu lengua declara. Que si Carlos intentare venir con las lises de oro, aunque en su favor el Moro, y en su ayuda se declare, con el militar estruendo, con orden para embestir, que ellos bien podrán venir, pero volverán huyendo. Y, por que tu pecho vea no lo dejo de temor, pues conoces mi valor, agora, francés, pelea. Eres valiente guerrero. Tu nombre saber querría. No, que matarte podría. Deja ésa gloria a mi acero. Del mío esa gloria aguardo, ¡Espanto sus golpes dan! (Este es, sin duda. Roldán.) (Este es, sin duda, Bernardo.) ¡Detén el brazo, español, que tan bizarro has andado, tan diestro, tan alentado, cual propio hijo del sol! Por no apresurar tu suerte me procuro reportar. No he querido pelear por no apresurar tu muerte; por que veas con la vida que es de tu patria el castigo Carlos, siendo tu enemigo, y este brazo tu homicida. Pues, por que veas también que es vana aquesa opinión, que si intenta de León que el reino y cetro le den, será afrenta de sus Pares, tan temidos y esforzados, y que traiga de soldados más millares de millares que hojas el árbol produce, que será su intento en vano si este brazo castellano alguna gente conduce, vuelve con vida, francés. Hasta entonces tendrás vida, que yo seré tu homicida. Yo te mataré después. Quiero enseñarte el camino, pues dices que lo has perdido. (¡Raro valor escogido!) (¡Es su esfuerzo peregrino!) De ti mil triunfos aguardo. Mis brazos te lo dirán. ¡Tú sabrás quién es Roldán! ¡Tú sabrás quién es Bernardo! ACTO TERCERO En aquestas praderías, los caballos se apacienten, mientras dicen lo que sienten mis amorosas porfías a Estela, que ya robados tiene todos, mis sentidos, ciegos, presos y rendidos, de amor por ella abrasados. ¡Que fuese tan desgraciado Ordoño que motilona no trujese! Una fregona falta, que dé a mi cuidado alguna ayuda de costa para poder divertirme, que contino en perseguirme venga siempre por la posta. ¡Ah, fortunilla; ah, taimada! Si a Bernardo favorece tu rueda, ¿qué desmerece mi persona, acreditada en el Carpio, donde he muerto más moros por estas manos? Deja esos discursos vanos. Más son voces en desierto. ¿De qué Ordoño se quejaba? Ordoñuelo es muy gracioso. Yo, señora, estoy quejoso de que no le acompañaba a vuestra serenidad un adarme de criada donde poner que premiada fuese tan gran voluntad, que por ser hechura vuestra, pusiera yo mi afición, ya que vos, como es razón, hicisteis la dicha nuestra feliz mostrando a Bernardo, ya que yo no estaba allí, que le estimo más que a mí, por bizarro y por gallardo, en quererle de repente, aunque amor todo lo puede, que, niño, en fuerzas excede al gigante más valiente. ¿Quieres decir que tu talle le causará más desvelos? (Sin duda que le doy celos. No será malo el picarle.) Si viera mi valentía, mi gracia, mi perfección, mi agrado, mi discreción, juntos con mi cortesía; mi saber entremeter, mi cuentecico donoso, que le hace a un hombre airoso con la más cuerda mujer, Bernardo, ¿no es cosa clara, si Venus la diosa fuera, que a mucha dicha tuviera, que con gusto la mirara? Mucho gusto de escucharte: eres gracioso bufón. Tú tienes poca razón, en que pretendo obligarte, y me trates de ese modo, que se llama entretenido a un hombre tan entendido: que por eso me acomodo a razonar de esta suerte contigo, que eres más basta que Bernardo, me contrasta, haciendo corta mi suerte. Deja ese discurso, loco, si no quiés verme enojado. Sí haré. ¿Qué dices, menguado? Que yo me voy, poco a poco, a aderezar la comida mientras tú te estás aquí. ¡Pues, vete! Harélo ansí. (¡Que ansí Bernardo me impida a mi fama la opinión!) ¿Qué aguardas, di, majadero? Ya me voy. ¡Vete! (¡No espero que se enoje, que es león!) ¡Gracioso ha andado Ordoñuelo! Es un muy leal criado. Parece que está eclipsado ese sol en breve cielo. Parece que descontenta estáis en venir conmigo, que no habrá males, testigo el Cielo, que tanto sienta. Bernardo, deja razones y no pruebes a mi fe, pues que tu alma: posee juntos nuestros corazones. Eres norte de mi vida, por quien se va gobernando, y eres luz que va guiando a esta alma, en tu amor rendida. Ya el ejército partió para Albania, y libre queda Roma por ti, porque pueda decir que libre quedó por Bernardo solamente, que muerte dio a Teosidoro, y a mí vida, pues le adoro, de que el alma gloria siente. Ya Su Santidad ha unido nuestras almas, gloria mía; que tanto amor no podía pagar sin ser tu marido. Los reinos que me ofreciste no los dejé de temor, mas por ver que en mi valor de mi patria el bien consiste. Su Santidad, con Roldán, movido de aquesta hazaña, pide desista de España a Carlos, que nombre dan de Magno sus valerosos hechos, de que ya la fama de polo a polo derrama; que los tiempos presurosos no podrán oscurecerlos con olvido, ni la muerte, que en mármol y bronce fuerte siempre habrá memoria de ellos. Y para ver si desiste de esta empresa Carlomagno, me voy a París, que en vano le saldrá; pues, como viste, a Teosidoro y su gente obscurecí su vitoria, y ansí a Carlos poca gloria tendrá cuando aquesto intente. Que pues tus ojos divinos tan en mi favor los veo, del alma dichoso empleo, en su beldad peregrinos, no espero contrario fuerte, que me sirven de señal, de iris arco celestial contra el rigor de la muerte. Bernardo, de agradecida no te acierto a responder; que tan tuya vengo a ser, que es tuya mi alma y vida. Sin ti vida no quisiera, reinos no quiero sin ti, porque si reinas en mí, no es mucho que yo te quiera. Con mi amor fábulas son las de Venus ni Diana, ni el de la hermosa gitana que a un áspid dio el corazón. Deja discursos, amores; que de tu voz la armonía, aunque insensibles, podía enamorar estas flores que tributarias se ofrecen por alfombra de tus pies, ufanas de que les des el premio que no merecen; que yo, que en mi amor espero que he de saber obligarte, mi gloria, pretendo amarte sin decir lo que te quiero. Porque imposible ha de ser el declarar tanto amor, los ojos podrán mejor callando ese oficio hacer, que pues puerta franca dieron, como porteros de casa, al fuego que al alma abrasa, y presentes estuvieron, ellos saben solamente lo que publican callando, que mudos están hablando todo lo que un alma siente. Pues bien te dirán los míos lo que te adoro, Bernardo, que en tu amor me abraso y ardo, no juzgando a desvaríos el poner mi voluntad en quien mató a Teosidoro, que él no me perdió el decoro, créeme aquesta verdad. Robome de la clausura do mi padre me dejó, cuando en Nive murió, y persevera y procura que de voluntad le quiera, lo que no alcanzó conmigo, al Cielo hago testigo, o me sepulte una fiera. Pero luego que te vi con tal despejo y valor, al tuyo rendí mi amor y solo reinas en mí; tú eres imán de los ojos cuando te llego a mirar. Cesa, mi bien, de obligar a quien gozas los despojos; que de mi alma abrasada en tu amor te los rendí. Tuya soy. Vives en mí. ¿Que merezco ser amada de ti? Decid, flores: ¿quién tan venturoso fue? Pagas, español, mi fe. A mi fe pagas, amores. ¿Cómo estás tan descuidado, señor, cuando apriesa llegan tantas escuadras, que al sol con sus armas amedrentan? Aquesta ciudad vecina, que sus hermosas almenas compitiendo con las nubes sus homenajes se mezclan, vienen a cercar. Al punto sube a caballo, y apriesa, con Estela, mi señora, vente, señor, y no quieras poner a riesgo tu vida. Haz lo que aquí te aconseja Ordoño, que la fortuna no siempre en favor se muestra. ¿Qué me aconsejas, villano? ¿Yo huir la cara a la guerra, cuando sus bélicas voces mis espíritus alientan? ¡Señor, por amor de mí! Ensíllame presto, vuela, mi caballo. Agora veo que mi grande amor desprecias. ¿No te mueven estos ojos? Camina, no te detengas. Pues ¿tú dices que me quieres? Y más que a mi vida, Estela. Pues ¿cómo te vas, ingrato? Mi gloria, pues ¿quién te deja? Si a riesgo pones tu vida, ¿no quieres, mi bien, lo sienta? ¡Al arma, fuertes soldados; aunque a las mismas estrellas toquen las soberbias torres, igualadlas con la tierra. Ordoño, vengan mis armas. Dadme, señora, licencia. ¿Cómo? ¿Tan poco te obligo, Bernardo, que así me dejas? ¿Ya de mis brazos te olvidas? Mi gloria, pues ¿quién te deja? (i) Mira que el alma te estima, que este peligro recela. Vámonos, mi bien, de aquí; sírvate mi amor de espuelas. Mal aquesta gente embiste; mejor fuera dando vuelta, y fuera el riesgo menor. ¡Toca apriesa, apriesa, apriesa! Arrimad al muro escalas. ¿Habrá en él quien lo defienda? Quien lo defienda ha de haber, si es que Bernardo lo intenta. ¿Tan poco puedo contigo, que es posible te diviertas tanto en la guerra, señor? Perdona, querida Estela, que no puedo detenerme. ¿Que me dejáis? ¿Quién os deja? Vuelvo a mirarte, mi bien. ¡A ellos, soldados! ¡Cierra! Mucho la gente maltratan guardados de las almenas. Si una tropa de soldados por donde es mayor flaqueza abrieran algún portillo y juntos acometieran, entrarían en la ciudad. No sirven humanas fuerzas a contrastar la muralla, porque son de blanda cera mis soldados, y en los muros diamantes los que pelean. Haz tocar a retirar. Querida Estela, no tengas, con tus ruegos, detenida la Fama, que a mis empresas nuevos laureles previene, sin que olvido las ofenda. ¿Qué, en fin, mi señor, os vais? El alma con vos se queda. Tus armas tienes vestidas. Embraza aquesta rodela. Pues yo he de morir contigo. Ahora a mi boca entrega tus pies para que los bese. Pues a tu lado me llevas, seré en matar enemigos otra Semíramis nueva. ¡Eres valiente amazona! A retirar toca apriesa. ¿Qué es a retirar? ¡Soldados, hoy veréis que un rayo llega al muro! Tus pasos sigo. Algo enojado me deja. Bueno será pelear, pues tengo valor y fuerzas. Ahora bien será ensayarme, y pensar alguna treta para dar un antuvión, sin que el contrario me hiera; saco la espada furioso, poniéndome en línea reta; y si me dan por un lado, ¿qué me sirve la destreza? Si tiro este tajo, es malo, que pueden con una piedra darme en la cholla, y no es bueno; que no hay destreza que tenga contra piedras. Ahora bien: si es malsano de cabezas saber quiero este lugar; que no es bien sin que lo sepa se ponga en peligro Ordoño. ¡Santiago! Ya comienza; tal ejemplo tiene en mí Bernardo. Ya está en tierra el muro. ¡Arriba, soldados! Ya es en vano la defensa; que en un hombre solo el Cielo nuestro castigo reserva. Detente, joven gallardo, y pues me rindo, me oye, que en vencerme solamente haces eterno tu nombre. Segura puedes hablar sin que mi acero te enoje, porque nunca a las mujeres ofenden los españoles. Confiada en tu palabra, yo soy, valeroso joven, Casilda, duquesa un tiempo de Marinan, Crema y Lode. Es mi apellido Gonzaga, cuya sangre reconoce el Emperador francés a quien dan de Magno el nombre. Sirviole mi padre un tiempo sentándose entre los doce Pares, todos deudos suyos, ricos todos de blasones. Concertome de casar con un Grande de la Corte, alférez mayor de Carlos, a quien Dudón dan por nombre. Esto fue en mis tiernos años; murió, y mi padre, que goce pisando esos pavimentos de las celestes regiones, Teobaldo, fiero animal, que también tiene en las flores doradas sangre, pretende que por fuerza me despose con él, haciendo por fuerza violencia a los corazones; cosa que solos los ojos a su voluntad disponen. Enviome su retrato, dádivas, que aunque los montes dicen que allanan, hicieron los imposibles mayores, pues aunque el alma jamás admitía sus favores, el no profesar la fe de Cristo, profeta y hombre, fuera bastante a impedir a que con él me despose; que sangre cristiana es bien que la herética no borre. Vista mi resolución, quiere que por fuerza logren sus intentos, sus deseos; y ansí, con sus escuadrones intenta escalar los muros y estas invencibles torres, si no llegara tu brazo, que hoy igual no reconoce; que asaltando la muralla haces que a tus pies se postren los más valientes saldados que hay en todas mis legiones. En ser español he visto, suplícote me perdones, me ampararás por mujer, impidiéndole que logre su intento a Teobaldo, que antes daré mi pecho a este estoque. Cristiana soy, tú lo eres; mujer soy, y tú eres hombre; mi honor en tus manos dejo; mira por él. Ansí goces del laurel que, siempre verde, en tus sienes te corone. No hagas ese exceso, que me obligas, señora, te confieso. ¿Que yo esgrimí la espada en contra de la sangre bautizada, y ayudé la herejía? ¿Que esforcé la crueldad, la tiranía? ¡Ah, Cielo piadoso, pues contra mí no fuiste riguroso! Esta ciudad perdida vuestra será o perderé la vida. Casilda hermosa y bella, dueña seréis, como primero, de ella. Si Teobaldo no quiere desistir de esta empresa, de mí espere que le daré el castigo; que quien fue en su favor ya es su enemigo. Da tus manos mil veces a la que tal favor de nuevo ofreces. Aquí estaba, señora. (¡Esto faltaba por sentir agora! ¿En otros brazos? ¡Cielos! Muero de amor cuando me abrasan celos. Deja, Ordoño, que muera.) Que te daré favor, sin duda, espera. En tu valor confío. (¡Ya muero! ¡Terrible desvarío!) Hoy Bernardo te ayuda si de su mal propósito no muda Teobaldo; yo me obligo. Tu esclava soy. Levanta. (¡Ah enemigo! Esperanzas me ha dado, que Bernardo es cristiano bautizado; con dos no ha de casarse, y con la una habrá de desposarse. Ordoño, hoy soy duque. Ruego a Dios que este bien no se trabuque.) Tus pies, si los merezco, héroe invicto, me da cuando le ofrezco mis labios a tus plantas. Con aquesa humildad más te levantas. Alzad, señor, del suelo. ¿Eres Marte, que del quinto cielo, por dicha haya bajado, que en aquesta ocasión favor me has dado? ¿Quién eres, que prometo que eres, sin duda, celestial sujeto? Casilda, mi señora, mi rigor disculpar podréis agora. Teobaldo es mi enemigo. Bien segura estaréis si estáis conmigo. Teobaldo valeroso, del laurel digno siempre vitorioso, Casilda me ha contado la ocasión que a esta guerra os ha obligado: cómo la habéis querido, y cómo pretendéis ser su marido. Ved que el daño apetece quien pretende mujer que le aborrece; que es a disgusto os digo del hombre la mujer fiero enemigo; que es fuego que le abrasa, y, en fin, es enemigo dentro en casa. Volved a vuestra tierra, poned fin a esta dura y fiera guerra. A Lode le dejad, que yo os lo ruego; la gente recoged, marchando luego, que, como amigo, os juro que en esto vuestro bien solo procuro. Por muy cierto he entendido que estás loco, español desvanecido, pues me aconsejas que desista ahora de la que el alma adora. ¿Sabes que es más posible volver el tiempo atrás, cosa imposible (); retroceder los ríos, que poner fin a los intentos míos; que olvidar unos ojos que de mi alma gozan los despojos? (Este me va enfadando. Partirase de aquí, pero rodando.) Hablad, Casilda bella. Que si aqueste tirano me atropella, que mi muerte deseo. ¿Veis aquesto, Teobaldo? Ya lo veo. Teobaldo riguroso, antes que puedas ser injusto esposo, siendo infeliz mi suerte, vendrá primero mi temprana muerte. (¡Cielos! Ya he sospechado que de aqueste español se ha enamorado. Por este me desprecia, pues que tan grande amor no quiere y precia.) (¡Confusa estoy, ah, Cielos!) (De este español me abrasan vivos celos.) (Confusa el alma aguarda; que en extremo es hermosa y es gallarda.) (Este es aborrecido, sin duda; será Ordoño su marido. Si me mira a la cara, al momento sé yo que se declara.) ¿En qué, di, te resuelves, Teobaldo? Pues tú por ella vuelves, que la quieres sin duda, y que si de propósito no muda tu parecer, es cierto que has de quedar entre mis brazos muerto. Si en eso consistiera, ¡Dios sabe de los dos el que muriera... (Nuevos daños aguardo.) Que aún no habéis conocido aquí a Bernardo! Matad a este villano. Lo que se ha de hacer tarde, sea temprano. Tú mientes. ¡Ea, amigos; que pues de mi valor fuisteis testigos, veréis vuestra señora, que, ya vencida, queda vencedora! Nadie a traición le tire. Que es sobrino de un Rey todo hombre mire, y que pueden matarle, y que quedo yo aquí para vengarle. Y tú manco, diré viéndote yo ¡mal haya el alma, amén, que te mancó! ¿Este es rayo o demonio? De ello nos dan sus obras testimonio. ¡Santiago, y a ellos! Ya derriba valonas, que no hay cuellos. No hay fuerza que le aguarde. Yo voy a hacer de mi valor alarde. Señora de mi vida, ¿adónde vais ansí, descolorida? De pelear cansada y de aqueste español aficionada. hacia aquí me retiro, que la vitoria en nuestras manos miro. Que el Cielo le ha traído para que restaurase lo perdido. Había de enojaros estando yo, que en adoraros, señora, me desvelo. Volved, señora, aquese rostro o cielo. (¡Lindas facciones tiene! ¡Con qué donaire! ¡Qué enojada viene!) ¿Conoceisme, señora? Lacayo sois. ¿Aqueso quién lo ignora? (Ella se ha delatado. En la primera hoja con mi oficio ha dado.) Hidalgo y caballero, descendiente de Adán por lo primero soy. Pues ¿qué pretendes? ¿Es posible, señora, que no entiendes? ¿Qué tal te he parecido? ¿No soy galán, discreto y entendido? ¿No declara mi traje mi discreto hablar con buen lenguaje? ¿Merezco tus regalos? También mereces que te muela a palos. El envite no quiero. Con palos entras, no es muy buen agüero. A tu amo acompaña. No será aquesta su mayor hazaña, porque en matar cansados estamos yo y Bernardo ejercitados. Si el daño mayor fuera, ¡vieras allí lo que Ordoño hiciera! Soy espantoso rayo, demonio soy enjerto en un lacayo. Aquesto es pasatiempo; mas verasme, señora, con el tiempo. Coronista eres tuyo. Le doy a cada cosa lo que es suyo. Tu amo va siguiendo los contrarios, que ya se van huyendo. Pues eres tan valiente, vente conmigo. ¡Oh, sol! ¡Oh, claro oriente! (Sin duda, está picada.) El mundo tiemble de mi fuerte espada. Que le sirva de frío, volviéndole en invierno el seco estío. Camina, pues, apriesa. Príncipe soy, y mi mujer Princesa. Cansada de pelear, que, al fin, fuerzas de mujer, quiero el tiempo entretener y olvidarme de matar. Y al pie de esta fuente fría, pues la gente no parece, ya que el descanso apetece y quietud el alma mía, probar, si pudiese, ¡ah, Cielos!, dar alivio a mi dolor, pues cuando supe de amor me atormentaron los celos. Bien sé que es obligación de los nobles caballeros ejercitar sus aceros por semejante ocasión; pero como yo le quiero, y Casilda es tan gallarda, teme el alma y se acobarda por ser mi amor verdadero. Siéntome para aguardar: que solo venga mi dueño si acaso me deja el sueño sus partes considerar. Ya me rinde. ¡Ah, infeliz suerte! ¡Qué bien dijo el que primero dijo que eras verdadero sueño imagen de la muerte! Hija de Maximino, Estela ilustre y clara, atiende a mis razones, con los ojos del alma. El Tiempo a verte viene; que, aunque lleno de canas y caduco le pintan, excede y aventaja al viento y pensamiento, que aún no huellan mis plantas. Será tu sucesión tan ilustre en España, que la envidien los reyes, cesares y monarcas; porque el Cielo te ofrece por tus primeras ramas tres hijos, cuyos nombres mi lengua te declara. Mendo será el primero, y conde de Saldaña, y por Mendo dirán (i) Mendoza aquesta casa. Diego será el segundo, y de Diego se aguardan los Díaz, que los siglos ostentarán su fama; pues un Rodrigo Díaz tendrá muy presto España, que el arábigo Cid por su desdicha llama. Este, con poca gente, rendirá las murallas de la insigne Valencia, y aquestos acompaña Illán, que es el tercero, y de esta ilustre casa será la que a Toledo le conquiste su Alcázar. Y de aqueste apellido jamás habrá batallas do Toledos no asistan, ni en Flandes, ni en Italia, por dignos generales, que en valor aventajan los romanos y griegos que celebra la Fama. De todos te dijera; pero con estos basta. Ya tu Bernardo llega, que vitorioso aguardas. ¡Jesús! ¡Notable ilusión! Sin duda es la fantasía, que entre sueños me decía lo que ignora el corazón, que con sombras aparentes aquí me ha dado a entender como que yo he de tener tan ilustres descendientes. Y si no he tenido ciego el sentido, a lo que entiendo, el primero llamó Mendo, otro Illán y el otro Diego. Y a cada uno de los tres creo sucesión promete. Mas, ¡déjame sombra, y vete, que el sueño, al fin, sueño es! Mas por estas ramas suena gente. Sin duda es Bernardo. Mas no es, ¿qué me acobardo? Mi espada alivie mi pena. Gente suena. Las espadas llevemos apercebidas, si hay que quitar más vidas. ¡Con ese valor me agradas! ¿Quién está aquí? ¿Quién intenta saber quién es? ¿Ya no basta? ¡Poco tu voz me contrasta! ¿Qué campo sigues? Asienta. ¿Tengo de decirte a ti, siendo como yo mujer, y que has venido a vencer, por lo que me toca a mí, quién soy y qué campo sigo? (¡Esta me mata con celos, pues dan ocasión los Cielos, pensando que es enemigo, he de procurar su muerte!) (Esta viene con Bernardo. Si le doy la muerte aguardo hacer felice mi suerte.) Mis golpes, ¿no te maltratan? ¡Presto tienes de morir! ¡Ay, que se pueden herir! ¡Ay, señores, que se matan I ¿Qué he de hacer? Entrambas riñen, ¡No pase más adelante! Quiero meter el montante, como hacen cuando esgrimen. ¿Que es Estela no ha notado, y de Bernardo mujer? Señora, ¿no echáis de ver que es Casilda? Que excusado pudo estar ¡viven los cielos! ahora que me enojo yo. (Esta no la conoció; a estotra la pican celos.) ¡Vuescelencia me perdone, que yo no la conocía! Aquí mi descortesía pido a vuescelencia abone, que, como andamos de guerra, cualquier rumor nos altera. (Fuerza es disimule y muera.) (Aquí mi deseo entierra el saber que es su mujer, y no es justo que la inquiete.) (Aquí mi industria promete que en paz las he de poner. Celos de Casilda tiene; si yo le digo que es mía ha de cesar su porfía y el grande dolor que tiene.) Óyeme aparte, que digo con licencia. Di. ¡Por Dios, que, aquí para entre los dos, que son cosas de un amigo! Casilda tiene buen dote, y como soy forastero, que he de casar rico espero, y que ninguno me note de pobretón, con que borre mi pobreza. Aquesto es: Duque he de ser, o Marqués, cuando todo turbio corra. A Bernardo le he de hacer mil favores. Sí, en verdad, porque le tengo amistad, aquesto podéis creer. Mas disimulad, os ruego, que la Marquesa es celosa. (No entienda de mí otra cosa y alborotemos el juego.) ¿Tan mal gusto, dime, quieres que tuviese tal señora? ¿Agora tu ingenio ignora que son locas las mujeres? ¡Por semejante locura, antes le diera la muerte! ¿Quieres perturbar mi suerte y acortar ya mi ventura? ¿Qué es eso? Locuras son de este loco. ¡Calla, digo! No haré poco, pues me obligo a callar. ¡Chito, chitón! ¡Esos despojos llevad a la ciudad, que ya estoy con vosotros, porque voy buscando en la soledad a mi dueño. (Esta es Estela.) (Este es Bernardo.) ¡Dame esos brazos! Yo aguardo a que tus manos me des, Y yo aquí tu bendición para un negocio importante, porque estoy muy adelante. Después sabrás la ocasión. Ordoñuelo, ¿qué te has hecho? ¿No me has visto pelear? Peste he sido en el matar. No hay alemán de provecho. ¿Mil tullidos no encontraste, a quien tú diste la muerte? Yo los puse de esa suerte con mi brazo. Pero, baste. ¿Todavía estás de humor? Pues si no me he jaropado, ¿qué mucho? Ya ha levantado aquese competidor vuestro de Lode, señora, el cerco; y, amedrentada su gente, desamparada la ciudad, os deja ahora los despojos que, ganados, tuvieron en esta guerra; con ellos a vuestra tierra vienen los vuestros cargados. Entrad en vuestra ciudad, que mil años gobernéis. Solo os suplico me deis licencia, y me perdonad, para que a París me parta, porque es allí mi jornada, que llevo cierta embajada, y aqueso de vos me aparta; que asistiéramos con vos Estela y yo, por serviros. Yo no sé cómo deciros, español, testigo es Dios, lo que estoy agradecida y en la obligación que estoy. (¡Ya asegurándome voy si es tan breve la partida!) ¡Ay, malogrado Marqués, si la Marquesa se queda! ¡Fortuna, detén tu rueda, no des conmigo al través! ¡Ay, malograda afición! Dueño seréis de mi Estado, que, pues vos le habéis ganado, que sea vuestro es razón, y con Estela, podéis serviros de él y de mí. ¡Ah, señor, quédate aquí, que me importa! Me ponéis en obligación de nuevo. Cuando ese un Imperio fuera, yo a esas plantas le pusiera, que fuera hacer lo que debo. Como os dije, con Dudón, mi padre, me ha concertado de casar: pues que me ha dado el Cielo tal ocasión, con vos a París iré, si en eso no os disgustáis. De que servida seáis os doy mi palabra y fe. (¡Cielos! ¿Qué es esto que he oído? ¿A París se quiere ir?) Ya yo empiezo a revivir de nuevo para marido. Dudón, en italiano, pienso que dudar será, y ansí, dudo si estará de darme agora la mano. ¡Oh, rostro bello y hermoso, tu amor mi pecho no ignora! ¡Yo te pagaré, señora, con ser tu esclavo y esposo! Pues yo quiero en mis Estados nombrar un gobernador que, con prudencia y valor, los tenga bien gobernados. Id, y haced lo que decís. (¡En celos me siento arder!) (Ella será mi mujer luego, en entrando en Paris.) Voy a hacer, como es razón, se aperciba vuestra entrada, señora Estela. Excusada puede estar la prevención. Luego seré con los dos. Mas no os pongáis en cuidados. (¡Haremos buenos casados!) ¡Adiós, mi señora! ¡Adiós! ¿Qué te parece, señora, cuan cortesana que ha andado? Que esta a conocer me ha dado celos, que ignoré hasta agora; porque es muy hermosa, y baste lo que tú por ella has hecho para abrasarse mi pecho, que con menos obligaste. ¿Es posible, gloria mía? ¿No te aseguras de mí, pues ves que a ti me rendí cuando en libertad vivía? Deja, mi bien, los enojos, olvida injustos desvelos, que te aseguran de celos la beldad de aquesos ojos. No te espantes, pues te quiero, que tenga celos, señor, y que nacen del amor que te tengo considero. Como mi señor ignora lo que por acá ha pasado, que estoy casi desposado con esta hermosa señora, no la sabe reportar a Estela. A mi parecer, yo tengo honrada mujer, y en esto no hay que dudar, ¡Oh, qué donoso dislate, qué donosa presunción. que quieren darme ocasión a que con celos la mate! ¿Que tan adelante estás? ¿Hay semejante menguado? Lo que a hacerlo me ha obligado es la hacienda, y no más; aqueste mi intento es. Bien es que así me acomode; y, a más no poder, de Lode o seré Duque o Marqués. Casi me hace reír con sus gracias Ordoñuelo. ¡Venturoso eres! ¡Al Cielo debo mil gracias rendir! Perseguiré la herejía cuando sea titulado, ni jamás seré aliado con África ni Turquía. Si me hubieres menester, Bernardo, me avisarás, porque en tu favor verás que arrestaré mi poder, porque, como te he criado, te debo esta obligación. ¡Gentil borracho! ¿Es razón hablar ansí a un titulado? Aquesta es la puerta, ¡entrad! ¡Asegurad mis enojos! ¡Mejor lo harán vuestros ojos, que son fénix de beldad! Casilda, ya sin Dudón, a quien tú duda has llamado, resuelto y determinado, voy a pagar tu afición. ¡Gracias al Cielo, que, en fin, de las márgenes cristianas conduce a las africanas sus escuadras Armelín! Y para premiaros, solo paladines, os prometo, quisiera tener sujeto desde el uno al otro polo. Poseed, Conde de Arglante. el Estado de Tolosa, que a espada tan valerosa, no es la paga semejante, y decid: Su Santidad ¿qué responde a mi embajada? Desde la zona abrasada, de siglos de eternidad, al Norte helado, tu nombre viva, a pesar del olvido, por el favor recebido, que haces que, indigno, me asombre. Su Santidad, que suspendas pide, por mí, tu cuchilla, y que en no ir contra Castilla que le darás gusto entiendas. Porque un mancebo gallardo, de quien su valor no ignoro, dio la muerte a Teosidoro, a quien le llaman Bernardo. Aqueste es del Rey sobrino y del Conde de Saldaña hijo, de parte de España con esta embajada vino. De este, pues, se hizo elección, y fue tan feliz su suerte, que, dando al contrario muerte, voló al Cielo su opinión. Su Santidad me mandó que con su campo saliera por si peligro tuviera; pero, cuando llegué yo, tenía hecho pedazos al Rey; su gente, medrosa, y a Estela, discreta, hermosa, en los conyugales brazos. El vicediós los juntó, que es hija de Maximino y nieta de Constantino; que el tirano la robó de la clausura do estaba, que aunque amores la decía, y en su poder la tenía, su mano aún no le tocaba. Esta es, señor, la ocasión porque el Papa a cargo toma, por haber librado a Roma aqueste español león, que te pide que el acero de tu vencedora mano suspendas. De Carlomagno ¿qué dirá aqueste hemisferio si que dejo de temor de ese mancebo gallardo esta conquista que aguardo, que me dé nombre y valor? ¡La palabra pediré en España, en la campaña, a Alfonso, que, en yendo a España, sé que su señor seré! Dudón, ¿no pides mercedes? La merced que me has de hacer, con que en dar y en el vencer al gran Alejandro excedes, es la gente prometida para descercar a Estela (i) que su peligro recela mi alma, a la suya unida. Teobaldo dicen bajó con escuadras alemanas; y a las suyas italianas dentro de Lode encerró, y ansí los tiene cercados, aguardando tu favor. Esto por premio, señor, de mis servicios pasados, te suplico; que si das este favor a Dudón, podré decir con razón que el ser de nuevo me das. Ya yo tengo reservados, porque el aviso he tenido de lo que habéis referido, veinte mil hombres armados, que están en León de Francia, con que seguro estaréis que con ellos venceréis de Teobaldo la arrogancia. Tus pies ¡oh, César! te pido por semejante hazaña. Tu nombre sujete a España y al indio más escondido. Diga agora el albanés su embajada, que ya espero. Carlos en nombre primero, que el mundo ponga a tus pies tu fortuna favorable. ¡Que ahí os detengáis aguardo Decid que está aquí Bernardo. ¿Qué es eso? ¡Rigor notable! Un español, que porfía que por fuerza te ha de hablar. Luego le dejad entrar. Ver quiero esta bizarría. Carlos, a quien ya a tus hechos ni a tus heroicas hazañas no podrán tiempo ni olvido oscurecer ni borrarlas... (¿No es esta Casilda? ¡Cielos!) Si saber mi nombre aguardas, yo soy Bernardo, y sobrino soy de Alfonso, rey de España. Ya te habrá dicho Roldán nuestros sucesos de Italia, y cómo Su Santidad te suplica, pide y manda que no intentes a León ni a Castilla con las armas inquietar cuando los moros sus campos corren y talan. Y también traigo, señor, de Castilla otra embajada, y León, en que te piden no le pidas la palabra a Alfonso, cuando el cumplirla le ha de estar tan mal a Francia. Con el contento que en verte, Casilda hermosa, me causas, se suspende la respuesta que merece esta arrogancia. ¿Qué suceso os ha traído, cuando Dudón mis escuadras tenía ya apercebidas, que vitoriosas juzgaba? Sabrás, invicto señor, que asaltaba las murallas de Lode Teobaldo, cuando aqueste español pasaba. Brava resistencia hicieron contra sus gentes airadas los míos, que era imposible que la vitoria alcanzaran, cuando este fiero español los exhorta con palabras, y trepando por los muros, mis legiones desbarata. Viéndole tan alentado, de su gran valor se ampara mi industria; y por ser mujer, y de religión cristiana, pide a Teobaldo desista del intento que llevaba. Túvole Teobaldo en poco, remitieron a las armas la contienda de los dos, y las vencidas espadas, con su favor vitoriosas, vuelven en sangre bañadas. En fin: el contrario huyó, y viendo le acompañaba tal señora a este español, que a otra Evadnes aventaja, dejando quien gobernase mis Estados, vine a Francia. Esto ha pasado, y agora pido que me des tus plantas. ¡Alzad del suelo, señora! Ved que Dudón os aguarda para que le deis la mano, que tiene tan deseada. (Poner quiero impedimento, ¿Qué este es Dudón? ¡Qué desgracia! La mano, señora, espera quien os ha entregado el alma. La mano y vida son vuestras. Y tú, español, que aventajas en esfuerzo y valentía a cuantos la fama alaba, manda a Dudón, que el servirte será su mayor ganancia. Y yo, en haberte servido, a mi dicha doy las gracias. (Que, en fin, ¿no he de ser marqués de Lode? ¡Desdicha extraña! Mas Casilda no es hermosa; sus facciones no me agradan, y, en fin, sin casar me quedo, que no es de poca importancia.) Ya he sabido, Estela hermosa, que con Bernardo casada venís, y de Maximino yo soy sangre de su casa, y por premiar de Bernardo hazañas tan levantadas, hoy a Marsella posea, a Aviñón, a León de Francia y el Ducado de Bierna, (i) que en premio y dote os señala un Emperador, sobrina. ¡Indigna a merced tan alta, beso tus pies, gran señor! A este fin es mi embajada, señor, que cuando reinó Teosidoro, rey de Albania, dejó a Estela por señora y reina de cuanto baña el mar en Esclavonia, y que si Estela se casa, que le obedezcan por dueño a su dueño, y a este fin () he venido solamente. ¿Qué decís, Bernardo? España es mi madre solamente, y mientras que sus campañas huelle el africano vil, no podré desampararla. Partiraste tú, y dirás que los albaneses hagan otra elección, porque yo quiero más ser en España vasallo de un Rey tan justo que poderoso Monarca. ¿Que ansí desprecias dos reinos? (i Extraña grandeza! ¡Extraña!) Agora, Carlos, que digas tu disignio solo falta. ¡Que es fuerza que el rey Alfonso me cumpla a mí la palabra! Pues, Carlos, con tu Marsella, Aviñón, León de Francia, con el Condado de Hibernia, a los tuyos premia y paga, porque en la empresa te sirvan, que te será de importancia. Parte, que presto verás, si en Roncesvalles me aguardas, si los franceses pelean. Y tú que les aventajan los españoles. A las obras remitamos las palabras. ¡Llore España su desdicha! ¡Llore su desdicha Francia!, mejor pudieras decir; ya que, para lo que falta, senado, de aquesta historia, su autor os convida y llama a la tercera comedia, supliendo sus muchas faltas. FIN