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Texto digital de Arminda celosa

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Arminda celosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/arminda-celosa.

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ARMINDA CELOSA

JORNADA PRIMERA

Ya, señora, estamos solas. ¿Qué es lo que quieres a Octavia? Teme el castigo el que agravia y el navegante las olas. Octavia hermosa, yo soy tu Reina. Yo soy tu esclava. Mucho temo hablarte. Acaba, 'mira que muriendo estoy; habla o mátame. El que quiere castigar la ingratitud o la soberbia, en virtud de la causa que refiere, pinta las obras que ha hecho o la sangre desigual. La tuya es sangre real, y el obligado es mi pecho. Al Duque hice rey y a mí le igualé. Ya es tu marido. Celos del Duque he tenido. ¿Del duque Antonio? Y de ti. ¿De mí? Yo sé que hay testigos. Él te quiere. Es testimonio. ¿Niegas que te quiere Antonio? ¿Morirá? Escuchad, amigos, Di, Octavia, lo que hay. ¿Qué dudas? ¿Qué es lo que queréis hacer? ¿A un pecho de una mujer poner dos dagas desnudas? Una basta para mí. Una vida soy y un ser. Dos dagas son menester, que está el Rey dentro de ti. Pues ¿es matarle bien hecho? ¿Eso es razón? ¿Eso es ley? No quiero matar al Rey, sino matarle en tu pecho. Si tu palabra real me das de ablandar tu furia, yo te diré quién te injuria con atrevimiento igual. ¿Luego no eres tú? Si digo quien te ofende, no soy yo. ¿Que no eres tú, Octavia? No. ¡Qué mal me han puesto contigo! Habla, mi Octavia, y perdona: dime quién es esta fiera. Florela, tu camarera: y aun se atreve a tu corona. , ¿Qué es esto, cielos airados? Mientes, Octavia enemiga; y porque su honor me obliga, que estamos medio casados, aunque la Reina perdone me descubro en tu presencia, que ella me dará licencia para que su honor abone. Yo digo en esto verdad, y que tú has sido el tercero. Teodoro, ¿este engaño espero de tu servicio y lealtad? La muerte pensaba darte encubierto. Octavia fiera, y descubierto quisiera, por esa traición, matarte. Perdona, Reina, esta furia, que de Florela el amor me obliga con tal rigor a satisfacer su injuria, que ésta, temiendo la muerte, se ha valido de este engaño. Podré con el desengaño, señora, satisfacerte. Ven a Palacio, y si allí juntos no te los mostrare, ¿qué puede haber que repare que pongas la mano en mí? Préndeme, mátame, acaba con mi vida. í Vil Teodoro! ¿Es este el justo decoro que de mi honor te obligaba? ¿Es esto el haber buscado de mis celos la ocasión? ¿Es aqueste el galardón de haberte mi honor "fiado? ¿Diote el Rey este consejo? ¿Florela es del Rey la dama, la que quiere, la que ama, la que es su vida y su espejo, y tú el que los juntas, di, con sombra de su marido? ¿Que el Rey la goce he sufrido? ¿Esto esperaba de ti? Una mujer tu enemiga, loca, fingida, cruel, ¿más que un hombre tan fiel a que la creas te obliga? ¿Tu secretario no he sido diez años? ¿Qué deslealtad conoces de mi verdad? No sé, que pierdo el sentido. Veo que eres mi privanza, Teodoro; sé tu virtud; fuera extraña ingratitud a mi amor y confianza. Firme como el curso eterno del cielo en mis cosas fuiste; siempre en tus hombros tuviste el peso de mi gobierno; de nada te hice; al cielo de mi honor te levanté. Ten, Teodoro, que daré con tu privanza en el suelo. Si lo que dices de mí sabes como aquí lo cuentas, ¿por qué, señora, me afrentas? ¿Por qué me infamas ansí? Quita, Aurelio, el rostro; quita la máscara; di a la Reina cuál hombre, después que reina, más su vida solicita. Reina, si viera caerse el sol, del cielo, en la tierra y el extremo de esta sierra valle profundo volverse; si viera secarse el mar, si viera sin precio el oro, fuera menos que a Teodoro verle en tu lealtad faltar. Y si viera hablar los peces, que hicieron los cielos mudos, y los animales rudos ser de los hombres jueces; si guardar palabra un moro o firme ausente mujer, más lo creyera que ver que aborreces a Teodoro. Aurelio, los celos son una cierta fantasía en que apenas se confía el alma de la razón. Los ojos no hacen fe, ni se creen los oídos, sueños parecen fingidos cuanto se toca y se ve. No te espantes que no crea; pero vamos a Palacio, y sabrá el alma despacio lo que saber no desea. Que si Octavia me ha engañado, Teodoro será quien es. Yo sé que verás después que es mi pensamiento honrado. Y yo sé que lo es el mío. Octavia todo es cautela. Si es dama del Rey Florela he de hacer un desvarío. Ciego, que a tantos ciegas: lince, que a tantos pensamientos miras; cruel, que a tantos tiras; niño, que a tantos que desprecias ruegas, ¿por qué niño pareces, si eres mayor que el tiempo dos mil veces? Al tiempo pintan cano y a ti, niño cruel, cabellos de oro, que seas niño ignoro, amor, pues eres más que el tiempo anciano. Mas ¡ay!, que los discretos te llaman niño, amor, por los efectos. No es tirana la muerte fiera y cruel, sino el efecto suyo. Amor, el nombre tuyo es niño entre los hombres de esta suerte; bien se prueba conmigo; dejo mis veras y tus burlas sigo. Ayer Duque y vasallo, hoy Rey de un reino respetado vivo, mas a tus pies cautivo mi libertad en tus prisiones hallo. Allá mi razón tienes, ¿qué harás, amor, de mí? i Qué triste vienes! ¡Ay, Julio! Estoy ausente; y, al fin, en el amor las soledades descubren las verdades con que suele engañar él bien presente. Amando hiciera Apolo discursos tristes si estuviera solo. : Por -una breve ausencia estás de aquesta suerte? No te espantes. Amor quiere paciencia. Pues ésa falta a todos los amantes. Mas, con las horas buenas, quien ame ha de llevar también las penas. Julio: ¿qué hará mi Octavia? La Reina, gran señor, entreteniendo estará, maldiciendo a quien las horas de su gusto agravia. ¡Quién supiera si agora desea verme! Por tu ausencia Hora, ¿Cómo sabré si tiene memoria del reparo de mis daños? Quien ama, con engaños la ausencia de sus glorias entretiene. Suertes echar podemos. Bien has dicho. ¿Qué suertes echaremos? Si -lo que estoy pensando adivinas, ¡oh, Julio!, yo te digo que Octavia está conmigo agora en mi cuidado imaginando. ¿El pensamiento? ¿Cómo? Mas, por tu gusto, ese imposible tomo. Será respuesta sabia. Escucha. Pues, ¿qué pienso, Julio amigo? Pensando estás... (¿Qué digo?) Que piensas en Octavia. i Ay, dulce Octavia! ¡Vive Dios!, que acertaste, que eso mismo pensaba que pensaste. Aquel vestido verde que bordado ayer llevé a las fiestas, di a Fabricio que te den, Julio amado, por divino adivino. Mi servicio tu galardón merece. Mira quién viene. Alberto me parece, Alberto. A la puerta de Palacio dejo un alazán abierto por los ijares. ¡Oh, Alberto! Y aun has venido despacio. ¿Es papel de Octavia? Alberto. Sí • pero hay gran mal. Muestra a ver. Alberto. Apriesa puedes leer, que viene el mundo tras mí. "La Reina sabe nuestros amores; para que los confesase me pusieron dos máscaras las dagas a los pechos. Dije que hablabas con Florela por disculparme, y por defenderla se descubrieron el rostro Teodoro y Aurelio. Estos son los que han trazado mi muerte y tu disgusto; yo me ofrecí mostrar a la Reina que Florela es tu dama; finge lo mismo, que me va la vida." ¿Cómo fingir? Si agora del infierno saliera Alecto al mundo, y de sus crines 'de víboras echara fuego eterno que abrasaran del orbe Jos confines, y si temblara el celestial gobierno de ver ejecutar trágicos fines, no fuera tan extraño su prodigio. ¡Alecto soy, mi pecho es lago Estigio! ¿Que ya sabe la Reina mis amores? ¡Que Teodoro y Aurelio me persigan! I Esto pueden privanzas y favores! ¿A tanta deslealtad un hombre obligan? Ellos no pensarán que son traidores porque a la Reina tus amores digan: que, aunque juntos estáis por matrimonio, ella es la Reina al fin, tú el duque Antonio. El más celoso, el más desatinado, con su satisfacción está contento: no hay amante tan bravo y enojado que no se rinda a un tierno sentimiento. Con lágrimas se ablanda el agraviado; gran fuerza tiene el arrepentimiento; siempre queda de amor cualquier sospecha con juramentos falsos satisfecha. Aquí está el Rey. Vuestra alteza sea mil veces bien venida, a dar alma, gloria y vida a quien mató su tristeza. Ya mandaba apercebir en que dejar la ciudad, porque tanta soledad, ¿cómo se puede sufrir? No puede, aunque lo procura, el alma caber en mí, que me mataban aquí memorias de su hermosura. Y como en ella la estampo no hay gusto que me reporte, que mal vivirá en la corte quien trae el alma en el campo. ¿Qué ha hecho allá vuestra alteza? Corrí el campo hasta la playa. Nunca vuestra alteza vaya al mar si tiene tristeza, porque la aumenta, por Dios. Poco en su ribera estuve: a solas también- anduve con Octavia, hablando en vos, que es lo más que estima y precia, mi señor, el alma mía. Antonio, ¡Qué bien os entretendría, porque es Octavia una necia! ¿Necia es Octavia? Yo sé que es necia. (Yo me he engañado.) Si la escucháis con cuidado veréis que. no me engañé. Si fuérades con Florela. viérades un peregrino entendimiento divino. (Aquí ha de entrar mi cautela.) Es gallarda y sabe bien cuándo ha de callar y hablar, con donaire singular que admira cuantos la ven. Es mujer que puede hacer a un rey del mundo sabor; es mujer... Paso, señor; que ya yo sé que es mujer. Dígolo porque querría que os holguéis y entretengáis; que lo haréis, si la lleváis siempre en vuestra compañía. No me ha parecido a mí Florela tan entendida. Pues yo no he visto en mi vida tal entendimiento. Ansí, yo me visto y me desnudo con Florela, y no he caído en su entendimiento. Ha sido que siempre el respeto es mudo Los que privan son dichosos; que son del privar efectos hacer los necios discretos y los más feos hermosos. ¿Y es Florela muy hermosa? No lo he mirado, por Dios; porque quien os mira a vos no ha de mirar a otra cosa. (Siempre ha sido error antiguo, celos, el averiguaros. Más confusos vengo a hallaros mientras más os averiguo.) La noche se cierra: entrad, para que lugar me deis. Lo mismo que el sol haréis, y con mayor claridad: que más por faltarle vos cesará la luz del día. Adiós, dulce Reina mía. Mil años os guarde Dios. (Julio, con esta antepuerta te cubre y ve lo que pasa.) (Aquí me escondo.) (¿Mi casa tiene esta fiera encubierta?) ¡Infante y Conde! Feliciano. ¡Señora! ¿No es hora de descansar? Ya os queremos dar lugar. Feliciano. (Celos son.) (¿Celos agora?) Feliciano. La Reina de celos rabia. Y yo, Conde, lo he trazado, que a la Reina le he contado la desvergüenza de Octavia. De envidia del Duque ha sido, que pretendo a toda ley quitarle el amor del Rey. Feliciano. Matar a Antonio he querido. Lo mejor era matarle. Feliciano. Si ella le desfavorece, lo mismo a mí me parece; pero idolatra en su talle. Caso que ya fuese muerto, de tu hermana ¿qué has de hacer? Dártela a ti por mujer es el primero concierto, y tú darme a mí lugar, como amigo verdadero, para que reine. Feliciano. Ahora quiero tus pies. Infante, besar. (Si con la Reina me caso no reinará quien lo piensa.) ¿Qué dices? Feliciano. Que de la ofensa en justo furor me abraso. Ten ánimo. Feliciano. Como amor es niño, es muy temeroso. Ven conmigo. Feliciano. (A un alevoso nunca le falta un traidor.) ¿Posible es que te ha contado el Rey tantas gracias de ella? Y se muestra, hablando en ella, perdido de enamorado. Señora, si verlo quieres y que el secreto descubra, toma algún disfraz que cubra la majestad de quien eres, y esta noche lo verás. Octavia, obstinado estoy. Si a verlo también no voy mal persuadirme podrás. Yo gusto que vengas, ven. Sí; pero a ninguna parte de la Reina has de apartarte. Dice Teodoro muy bien. Que bien podrás con enredos hacer verdad tu mentira. Que así me aprietes me admira Octavia, amor todo es miedos. Aquí te quiero encerrar en aqueste corredor. Hazme, señora, un favor. ¿Ves?- Ya se empieza a turbar. No turbo; mas es razón que tampoco tú te apartes de la Reina. A entrambas partes quiero dar satisfacción. Teodoro se irá conmigo y tú quedarás aquí. Sí, que apartado de ti por no desprivar contigo, irá avisar a Florela. Venid conmigo los dos. Vamos y cierra. ¡Por Dios, que es todo engaño y cautela, que está Florela inocente, que sólo a Teodoro adora! Mi muerte he trazado agora; merézcola justamente. No te entristezcas. ¡Ay, Dios, qué sobresalto me has dado! Julio, ¿por dónde has entrado?, que '^hoy moriremos los dos. Detrás de aquesta antepuerta escondido me quedé; mas cuidado no te dé el ver cerrada la puerta, porque el Rey está escuchando y llave maestra tiene. Mi muerte pienso que viene. Tu vida estoy deseando. Yo soy, mi querida Octavia, no te alteres, que yo soy • contigo a solas estoy, a pesar de quien te agravia. Yo soy aquel venturoso, en los ojos de la gente, porque fui ambiciosamente de la reina Arminda esposo. Y yo soy el desdichado en mis ojos, pues perdí, por estar casado así, no estar contigo casado. ¡Malhayan reinos, amén, poseídos con disgusto, que adonde no reina el gusto desdicha se vuelve el bien! Yo era Duque, libre, honrado; ni pobre humilde, ni altivo; quise ser rey, soy cautivo, que estoy sin gusto casado. Mas no quiero entristecerte: ve, Julio, y haz que Florela ayude a nuestra cautela y ella se cause la muerte; que de tu ingenio lo fío. Presto, señor, lo verás. No te vean, que esto más de tus astucias confío. Argos con cien ojos vela; pero a ciento y a cien mil vence un Mercurio sutil. Voy a engañar a Florela. Aún no he perdido el cuidado: cierra esa puerta, mi bien. í Que sean terceros también los celos! Ellos han dado traza con que pueda verte. Aquí cualquiera traidor tiene llave y de mi amor sólo la tiene la muerte; y pues mi mujer ha sido quien tan bien nos ha juntado, abrázame, que es cansado el tiempo en amor perdido. Son mi descanso tus brazos; y cree lo que te quiero en que por puntos espero cuando me han de hacer pedazos. Que amor que llega a ofrecer la vida no tiene extremo donde subir. Ya no temo que eso pueda" suceder, los celos asegurados con la discreta cautela de que es mi dama Florela andaremos recatados; que no nos fiemos, digo, aunque amor por fuerza obliga, tú de la mayor amiga y yo del mayor amigo. De esto, Octavia, se te acuerde para que tengas temor, que el más concertado amor por los amigos se pierde. Yo sé bien ¡lo que te debo, si nos sucediere mal, daremos con muerte igual a amor un ejemplo nuevo. Yo soy tuya, y sólo quiero morir por ti agradecida a tu verdad. Ya mi vida es tuya, pues por ti muero. Torna, tórname a abrazar. La llave siento en la puerta. Detrás de aquesta antepuerta hay de esconderme lugar. La Reina está disfrazada • bien puedes venir conmigo. No dirán, Aurelio amigo, que a Florela tengo hablada. ¿Qué? Luego, ¿será verdad que el Rey la quiere? ¡Pues, no! A la Reina llevo yo para verlo. ¡Qué maldad! Ya se partieron. ¿Qué espero? ¡Oh, qué bien se traza ansí! Irme quiero, desde aquí, a las rejas del terrero, que más fácil es de hacer una víbora amansar que querer asegurar los celos de una mujer.

JORNADA SEGUNDA

Por señas de que le diste hoy una banda encarnada y que era de ti bordada, Florela, al paje dijiste. Dice que te pongas luego a la ventana, Teodoro. Esa novedad ignoro; amor no es mudo, que es ciego. O le burlas o desdeñas. No es burla, Julio, que amor es en Teodoro, en rigor, • mudo, pues habla por señas. Lo que me dijo te digo. Di que yo le saldré a hablar. Pues, oye: que has de pensar que tiene un grande enemigo. ¿Es el infante? Ha jurado ese bastardillo fiero, si le halla en el terrero matarle desesperado, y Teodoro, por poder hablar con seguridad, me dijo... ¡Extraña maldad! ¿Soy su dama o su mujer? Que le llamases alteza y como al Rey le tratases, para que así le engañases y guardases su cabeza: que él, pensando que es el Rey, no osará llegar. No crea que podrá, como desea, poner a mis gustos ley. Llamaré alteza a Teodoro porque es mi rey. Esto dice que hagas. Siempre lo hice, que yo por mi rey le adoro. ¿Fieros el Infante a mí? ¿Y de qué favor le nace? Yo presumo que los hace a Teodoro, que no a ti. Vete y dile a mi Teodoro que a la ventana me voy, aunque con enojo estoy. Guarda a tu honor el decoro, y mira que has de llamar rey a Teodoro y alteza. Bien lo entiendo. (Bien empieza; con bien se venga a acabar.) ¿Cuál es, Octavia, el balcón de aquella ingrata sin ley? Octavia, Oye: ¿no es aquél el Rey? Creo que él y Julio son. Huélgome, que aquí verás si le quiere o no Florela. Fue de Teodoro cautela; En fin, ¿saldrá? ¿No te digo de qué suerte la engañé? ¿Conocerame? No sé; mas yo sé para conmigo que de noche, en una calle, y medio embozado un hombre, mudando señas y nombre, y en algo imitando el talle, será por otro tenido como no hable muy alto. Ya del alma el sobresalto me dice que habéis venido. Paso, ¡vive Dios! que es ella, i Ah, mi rey! ¡Ah, mi señora! ¿Oyes aquello? ¡Ah, traidora! Muere por él y él por ella. ¿Cómo viene vuestra alteza? ¿Ves si es el Rey o Teodoro? Luego, por el Dios que adoro, le haré cortar la cabeza. Honrada quedas. Octavia, Darte mil abrazos quiero. Yo echarme a tus pies primero. Florela fue quien me agravia, Aquí vengo, Aurelio mío, a ver de Octavia el engaño, hasta ver el desengaño. Poco de Florela fío, que es, en efecto, mujer. En fin, ¿vuestra alteza vino cansado? Es largo el camino. Oye, el Rey debe de ser. El Rey y Florela son. Y Octavia y la Reina aquéllas. ¡Oh, mujeres! Fiad en ellas, Todo es engaño y traición, ¿Agradó la prenda? Sí, por ser- vuestra me agradó. (Oye, que prenda le dio.) (Con otra me engañó a mí. ¿Es posible que esto veo? Mas no mandes que lo vea; pero bien será que sea veneno de mi deseo. ¡No más amor! Ven tras mí, que daré al Rey ocasión con mi celosa pasión para que me mate aquí. Del abajo por los cielos que ninguno me quitare que mi afrenta no vengare.) (Calla.) (¡Ah, celos!) (Todo es celos.) Sin duda Teodoro es el que a la esquina llegó. Así se lo dije yo. Allí hay dos hombres o tres. Dos son, y ninguno es hombre. Engañarme, Julio, quieres. Pues cree que son mujeres. ¿Puedo yo saber su nombre? La Reina y Octavia son. No te acerques más, No haré; pero, escucha, te diré una notable invención. Llámame al Conde y dile que consigo traiga al terrero dos o tres criados, y cuéntale el suceso de la Reina, y que con la ocasión que se me ofrece quiero quitarle a Octavia de los ojos. ¿Cómo quitarla? Dile que metiendo mano a la espada, sin hacerle ofensa, en brazos lleven a mi hermosa Octavia, y que en su casa me la guarde el Conde, porque con esto no sabrá la Reina quién la ha robado y yo podré gozarla sin que la Reina me la mate. Has dicho la cosa más discreta que pudiera imaginar agora ingenio humano. Voy a llamar al conde Feliciano. Requebrar quiero entre tanto A Florela. ¿Qué has de hacer? Necedades de mujer. Octavia, que quiere tanto. Vámonos, que ser podría que te conociese el Rey. Si hay necesidad sin ley ninguna como la mía, déjame ver mis enojos que del amoroso daño es la purga el desengaño y bébese por los ojos. ¡Ah, mi bien! Mi rey, ¿sois vos? Yo soy. ¿Quién era esa gente? Ese bastardo insolente que nos divide a los dos. Pero no os cause pesar, que yo le desacredito con la Reina. Y yo os imito cuando se ofrece lugar. (¡Ay, Octavia!) (Esfuerza el pecho) (No se llamará de hoy más rey este traidor.) (Podrás deshacerle, pues le has hecho.) Feliciano. (Aquellas son sin duda; llegad quedo, y en brazos le llevad los dos a Octavia y los dos quedaréis a resistirla.) (¿Qué gente es ésta?) (De mirarlos tiemblo.) Suelta la capa. ¿No hay aquí justicia? ¡Aquí, favor, que mi mujer me llevan! i Favor aquí del Rey! ¡Valedme, cielos! Quien quiera enloquecer mátese en celos. Antonio, (Entraos, que lo quiero ver.) (Adiós.) Adiós. Pues, hidalgo, ¿puédoos ayudar en algo? Llevádome han mi mujer. ¿Eso poco? No es más que esto. Si la aborrecéis, fue dicha. Yo la tengo por desdicha; mas pienso cobrarla presto. ¿Quién era la gentecilla? Cierta sospecha me ha dado. Si una vez os la han llevado, no volváis a recibirla. ¡Válgame Dios! Si conmigo, y a mi lado, mi mujer me quitaron sin poder resistir a mi enemigo, el Rey, que a su mujer deja y anda de otra enamorado, ¿cómo está tan descuidado? De vicio Arminda se queja, que yo sé que no la agravia. Pues ¿qué es? Martelo y cautela, Pues ¿por qué habla a Florela y roba de noche a Octavia? ¿El Rey? El Rey. Es mentira. Yo le he visto. No lo creas. A:rminda. ¿Viéndolo no? Aunque lo veas. Tu mal término me admira. ¿Dónde has halla.do esas leyes que callemos y veamos? Ahora bien, no nos metamos en las cosas de los reyes, (La Reina me ha conocido.) (Ya el Duque me conoció.) ¿Qué decís? Arminda, Que en amor yo siempre desdichado he sido. Vámonos en paz los dos, y ellos riñan y hagan tiros. ¿Mandáis algo? En qué serviros. Pues, hidalgo, adiós. Adiós. No sé qué traigo conmigo después que he visto a Florela y al Rey con tan lindo embuste tener celosa a la Reina. Todo por librar que Octavia en esta ocasión no muera, yo, por servirle, he trazado esta notable cautela, que pienso que ha de venir a llover en mi cabeza; porque celos de casados paran, y es cosa muy cierta, en amistades y paces y en daño de los que tercian. Yo creo que el pobre Julio ha de mediar en la feria algún jubón carmesí o alguna muerte violenta. Si es éste que vuelve el Rey. ¡Ay, cielos! ¿El qué se queja ya que le han robado a Octavia, si no es que a la Reina tema? Rey. i Soledades que nacientes de mis confusas tristezas que al cielo esta triste noche me obligáis a dar mil quejas! La luna y estrellas claras se escondan, porque no entiendan que el temor rompe el silencio a quien la muerte desea. Con llaves cierran mi Octavia; gruesas paredes la cercan, si estas puertas no me abren, mi muerte saldrá por ellas. ¡Tristezas y soledades, cielos, noche, luna, estrellas, muerte, silencio, temor, llaves, paredes y puertas. cuando yo muera por Octavia bella la causa en gloria volverá la pena, i Oh, pinturas, que mostráis en historias verdaderas amores como los míos y no menores tragedias! ¡Jaspes y mármoles blancos que de este jardín las hiedras visten, como mi esperanza, al viento de aquella^ selvas! Amor me ha dado esta cárcel llena de sombras inciertas, por cuyas rejas el alma quiere salir y me deja. Pinturas, historias, jaspes, mármoles, jardines, hiedras, esperanzas, selvas, viento, amor, cárcel, sombras, rejas, quien casa por tesoros de la tierra, fuego es el oro y el reinar pobreza. A desatinos me obligan pensamientos que me alteran, enojos de una mujer estas congojas me cuestan. Penas y imaginaciones a mil ansias me condenan, que las tristezas me matan como el pensar salir de ellas. Suspiros te envía el alma, dulce Octavia, porque piensa con sospechas de tu amor que ya de mí no te acuerdas. Desatinos, pensamientos, enojos, congojas, penas, imaginaciones ansias, suspiros, alma y sospechas, mi muerte es cierta, pues quitarme intenta mi bella Octavia la celosa Reina. No he querido interrumpirte. ¿De qué, señor, te lamentas si la Reina está de Octavia engañada y satisfecha y Octavia en poder del Conde, donde presto puedes verla en tus brazos? ¡Ay, mi Julio! No falta causa que sea. bastante a darme fatiga. No hay quien al amor entienda. Bien le pintan como niño, pues en un punto se queja de lo mismo que le han dado. ¿Qué te han hecho? ¿Qué deseas? (¡Ay de mí! Que estoy temiendo, cuando a mis hombros decienda, la tempestad destos celos.) ¿No quieres que me dé pena ver que ambición de reinar me casase con la Reina cuando adoraba en mi Octavia? Pues ¿eso no se remedia con ser rey, y hacer tu gusto, gozando de Octavia bella, que, en poder de Feliciano, aquesta noche te espera? No me atrevo, Julio amigo, porque el día que se sepa se me caerá la corona que ya en la frente me tiembla. Pues matar a Arminda es hecho cruel, y que mi cabeza pone a notable peligro, porque, en fin, la Reina es ella y yo un Duque, su vasallo, y aunque también yo los tenga, de los reyes sus parientes no puedo excusar la guerra. Vamos a ver qué hay de Octavia y consolareme en verla, o pedirele a la muerte que acabe con tantas penas, que no hay cosa más triste ni más fea. que, sin querer, fingir amor por fuerza. Ni más cruel que, por servir de tercio, poner la espada y esperar ducientas. Feliciano. Eres mi reina y señora; no he de serte desleal. ¿Puede haber traición igual como la que escucho agora? que tú fuiste, conde amigo, el que a Octavia me robó. Feliciano. Así el Rey me lo mandó. No vi que estaba contigo. Al fin, la tengo en mi casa. Armida. Luego ¿presa sin razón está Florela? Feliciano. Es traición que entre el Rey y Julio pasa. No le llames Rev. Feliciano. El Duque. Pues ¿qué? Feliciano. El Duque, señora, en mi casa tiene agora a Octavia. Su engaño fue. Sácame de la prisión con este anillo a Florela y a Teodoro. Feliciano. (Hoy el Rey vuela. Buena va mi pretensión.) Aquí está el Embajador del Rey de Irlanda, señora. Vos, César, ¿sois paje agora? Soy vuestro esclavo en amor. Sois mi hermano y yo muy vuestra. Y yo tan vuestro be de ser, que de este amor se ha de ver antes de una hora la muestra. Amasio. La prisa que por cartas nuestro Príncipe, segundo 'hermano de tu esposo muerto, nos da, señora, nos obliga a darte la misma en que concluyas lo que pide, como verás en ésta. Ya he sabido el gusto, embajador, que el rey Albano tiene de que le case de mi mano. Harelo agora, que ocasión se ofrece. Alejandro. Albano, por quererte, lo merece. Resuelve presto, así te aumente el cielo los reinos que heredaste y que gobiernas, lo que te pide el Rey, que es tu cuñado y tu amigo el mayor. No se ofrecía ocasión como agora. Yo os prometo de casarle muy presto. Amasio. El cielo santo prospere tu valor, tu vida y reino. Por la respuesta volveréis mañana, que yo me encargo de avisar mi hermana. Dales señora, una famosa reina, por tal amor, a los de aquellas islas. Soy, César, desdichada en casamientos. Almas al Duque, no te digo nada. De muchos reyes fuiste deseada. Ninguna de las damas de mi Corte me parece a propósito. De todas bien puedes escoger quien le merezca. Mil años vivas. Guárdente los cielos. ¿De qué estás triste? ¡Oh, César! Tengo celos. Feliciano. Los presos están aquí. Arminda, Amigos, vuestra verdad venció la temeridad de quien me ha engañado ansí. Juzgué por la información, que es oficio de juez, sin que pudiese esta vez cegarme vuestra afición. Vi a Florela con Antonio, Teodoro también la vio, ¿cómo pude pensar yo que era falso testimonio? Señora, Julio me había dado un recado engañoso, porque de César celoso guardar Teodoro quería. Llamábale rey y alteza porque ser el rey pensase y de esta suerte me hablase. ¡Julio, a/1 fin! ¡qué buena pieza! Sabe Dios, señora mía, que por ti al Rey mi señor, tengo un doméstico amor. Duque es ya desde este día. Ninguno le llame alteza, porque le haré castigar. ¿No- quiere, Teodoro, hablar? Alzad, Teodoro, cabeza. Quien se vio como me vi en tu gracia, es bien que sienta con este extremo su afrenta. Tu amor, Teodoro, ofendí. Hoy vuelves a mi privanza, hoy te querré mucho más. De hacerme merced me das con tu valor confianza. Vuélvanle, César, al punto sus papeles a Teodoro, su honor, su oficio y decoro. Todo el bien me viene junto de aquesas manos reales. Vamos, que quiero mostrar cómo el Duque ha de tratar las mujeres principales. Feliciano. ¡Bien se va haciendo! Estoy loco Feliciano. de esta vez el Rey despriva. Pues no hayas miedo que viva. Feliciano. (Ni que tú vivas tampoco.) Deténgase vuestra alteza. ¿Para qué? Para que soy quien la detiene. Ya estoy libre de aquella tristeza. Ponga en Antonio los ojos; no esté ansí. ¡Triste de mí! Advierta que estoy aquí y recibo de eso enojos. ¿Desa suerte, Arminda mía, con Antonio? ¡Quién dirá que esto es verdad! ¡Bueno está! Calle vuestra señoría, que tengo justa tristeza. ¿Eso tenemos agora? ¿Qué es señoría, señora? Solía yo ser alteza. ¿'Cómo habláis conmigo ansí? Y aun mejor fuera no hablar, que con decir mi pesar sé yo que os vengáis de mí. Bastaba, a mi parecer, el dejarme por Octavia, ni más bella, ni más sabia, ni más principal mujer. Bastaba haberla robado, pues está en casa del Conde, que de la Elena que esconde ha sido Paris forzado. Bastaba que despreciéis el amor que os he tenido, aunque yo sé que esto ha sido porque no me merecéis. Fue justo agradecimiento de haceros Rey de un vasallo, sin otras cosas que callo por honrar mi pensamiento. Esto, Antonio, es comenzar; mañana habéis de querer matar a Arminda y hacer que podáis solo reinar, o que ella reine trazáis y tiranizar mi Estado. Pero vivís engañado, que vuestra muerte buscáis. Yo, que Rey os pude hacer de Duque, siendo engañada, de Rey os haré no nada, y vendréis a estar sin ser. Esperad. ¡Arminda mía! ¡Reina! ¡Señora! ¡Mi bien! ¿Vuestra yo y Reina también? ¡Y mi sol, mi estrella y día! De una carroza se apea Octavia, y te quiere hablar. ¿Octavia? Octavia, y llegar a besar tus pies desea. Vendrame a matar. ¿Quién duda? ¡Hola, guarda! ¡Ha, Infante! ¡Ha, gente! Antes vendrá humildemente a pedir. Reina, tu ayuda, Déjame poner la boca en la tierra de tus plantas. Mucho, Octavia, te adelantas, mas es tu vergüenza poca. Llega a besar las de Antonio, pues a buscarle vendrás; que ángel le parecerás y me pareces demonio. ¿Quién duda que te han contado traidores, que te han mentido que el Rey, mi señor, ha sido, señora, el que me ha robado? Bien dices, pues es tu rey, en decir rey y señor; licencia tiene el amor de quebrar cualquiera ley. Amor de rey es; rey, no; tú no tienes para qué llamarle Duque, No sé si has hecho reyes o no. Pero el Duque o el Rey sea, oye mi desdicha. Di; pero no pienses de mí que has de alcanzar que te crea El Conde me ha perseguido, y viendo mi resistencia, por no tener tu licencia para llamarle marido, supo que contigo fui y embozado me robó, donde sólo el cielo oyó las muchas voces que di. Hoy dije que lo sabías, y librome por temor, Octavia, es músico amor y da en tañer fantasías. Dios me confunda a las penas de las que el infierno esconde si no me ha robado el Conde. Bien juras; no te condenas. Todos juráis, y he venido, por lo que he visto, a creer que ya debéis de tener el buen crédito perdido. Ninguna verdad decís, ninguna lealtad mostráis, y en ver que todos juráis veo que todos mentís. Octavia, ya sin trabajo goza al Duque, que este día podrás llamar señoría, que para alteza es muy bajo. No entre en mi cámara. ¡Hola! Sírvanle aparte en su cuarto. Señor, tras ella me parto, que estoy mal contigo y sola. ¡Ay, Octavia! ¿Qué esperanza me queda, pues tan sin duda veo en tu cuello desnuda la espada de su venganza? Pues si me quieres guardar mándame luego prender diciendo que a tu mujer doy ocasión de pesar, Y así, con guardas y presa nadie entrará donde estoy. Bien; pero, a fe de quien soy, que aunque es de burlas me pesa. El Infante viene aquí. Fingirme quiero enojado. TÚ, infame, ocasión has dado para que se vaya ansí. Señor, ¿yo que dije agora? Duque, ¿qué quieres hacer? ¡Que enoje aquesta mujer a la Reina, mi señora] César, llevadla a una torre. Prendedla, para que vea la Reina si la desea el Duque o si la socorre. Y pues que vos sois su hermano, la llave y guarda tened. Haceisme en esto merced y vuestro negocio llano. Aplacaréis a mi hermana y el pueblo sosegaréis. Pues, alto. ¿En qué os detenéis? Camina, hermosa tirana. Una palabra, señor. Dejadla llegar. ¿Qué quieres? (Ya sabes que a Las mujeres es natural el temor. Sácame presto de allí.) (i Ay, Octavia! Si haré, porque el alma libre esté, que me llevas presa en ti.) Vamos ya. ¡César! ¡Señor! Di a la Reina lo que ves. Todo lo sabrá. Y después sabrá que todo es amor. Ve, amigo, tras ella y 'mira cómo queda y dónde queda. Siguiéndola iré. i Que pueda esto d temor! ¿Qué t€ admira? ¿Es poco lo que aventuras? i Por Dios, que quedamos buenos! Rey fuiste ayer por lo menos, y hoy nos quedamos a escuras. Bien dices, Julio, también aunque estoy de amor mortal, porque no hay tan fuerte mal como haber perdido el bien.

JORNADA TERCERA

De cómo estamos yo y vos ¿estáis ya desengañado? Tanto lo estoy, que he quedado muy sosegado, por Dios. Pues ¿pudo ser de otra suerte más notorio el desengaño? No he querido hacerte daño, lastimado de tu muerte; pero para mí bien sé que al Rey hablaste. ¿Yo? Sí. Hablole, pero por ti. Por mí o por él. ¿Cómo fue? ¿No sabes que a Octavia adora? Bien lo sé; pero también pienso que te quiere bien y eres la que priva agora. De Octavia estará cansado y vendrasle más al justo, que en un poderoso el gusto es delito estar parado. Sólo será lo invisible: lo que ven quieren querer, porque les dice el poder que todo será posible. En mi no querrá buscarle. Es muy de pobres estar quedos siempre en un lugar. y muy de ricos mudarle. Los pobres firmes están por más que ofenderlos veas, porque son como las feas que a los primeros se dan. Yo sé, Florela, que el Rey es un poco antojadizo. ¿Y si de burlas lo hizo? Es alarbe amor, sin ley. El hombre que más adora suele en la fuga de amar por solo su antojo, dar en la más fea, señora. No libra mis desengaños desta dura obstinación que me cuentes la afición de Octavia por tantos años. Yo vi al Rey la noche toda hablarte sin mover paso, y ver sombras es mal caso la víspera de la boda. Y advierte, si advertir quieres, en lo que es celos honrosos, que gozan los poderosos con los ojos las mujeres. No quiero amor sospechoso, porque en la honra, Florela, cualquier pequeña cautela deja a un hombre sospechoso. No me hables ni me mires ni más de casarte trates. ¿Quédante más disparates? ¿Quédate más que delires? Lo que a la Reina asegura ¿no te puede asegurar? La paz la podrá engañar que con su esposo procura. La ofensa de la mujer no es cosa que la deshonra, mas como en el hombre es honra, nadie la quiere perder. Quédate, Florela, a Dios. Óyeme. Serás mii muerte, que, oyéndose de esa suerte, presto se conciertan dos. Pues, óyeme y no me veas. No podré sin verte hablarte. Luego, ¿nada ha de ser parte para que esta verdad creas? 'Cuando averiguan verdades dos amantes enojados, entran muy desatinados y salen con amistades. Loca es la mujer que ruega. Pues déjame, si es razón. Basta. Que los celos son enfermedad que se pega. Mata, desdeña, abrasa, hiela, enciende el alma que te adora, desdén mío, que cuanto más me matas más te envío la libertad del alma que te ofende. Castiga, aflige, rompe, injuria, prende, lo que el cielo me dio de mi albedrío, que en mi firmeza contratar confío cuanto la tuya en su rigor pretende. Compitamos los dos: yo en atreverme, para que mi locura se confirme, y tú en matarme; helarme y encenderme. Que no 'pienso jamás arrepentirme; que aunque es verdad que puedes deshacerme no serás tan cruel como yo firme. Pese a Octavia y quien te engaña quiere hacerte por castigo, aquí en Bretaña, Rodrigo, como la Cava al de España. Vuelve en ti, que es cobardía por una indigna flaqueza que el que ayer te llamó alteza hoy te llame señoría. Procura hacer amistad con la Reina a toda ley; vuelve, señor, a ser Rey, que es lo demás vanidad. Dejarante tus amigos, que es ley del mundo al que baja, y podrán con más ventaja vengarse tus enemigos. Si oro ciñe tu cabello, acero será después; los que besaron tus pies pondrán los pies en tu cuello. Tente y no seas Luzbel, porque cuando baja el alto todos se ríen del salto y todos pasan por él. ¡Ay, Julio! Bien me aconsejas; que, no sólo han de faltarme amigos para matarme de Arminda las justas quejas. Si hubiese alguna invención para que la Reina vuelva a mi amor y se resuelva de Octavia tanta afición, no dudes que lo intentase, porque el estado perdido me muestra cuan loco he sido. ¿Qué dirás si yo la hallase? Di. Veamos. Tú has de darte alguna pequeña herida, de cuya sangre vertida teñido podrás mostrarte, y yo a la Reina corriendo iré a decir que te matas por ver que tan mal la tratas, o que ya quedas muriendo. Y que el verte arrepentido te obliga de aquella suerte a estar loco y darte muerte. Y todo ha de ser fingido. ¿Y sabes tú que vendrá? Pues ¿no había de venir? ¿Qué le diré? Julio, Que morir quieres, pues la ofendes ya. Voy a herirme. Yo a llamarla. Quédate, que viene aquí. ¿Qué? ¿Prenderla manda? Sí; y en una torre guardarla. Calla, Infante, que habrá sido por llamarle señoría. Yo te juro que reñía con ella. Habranlo fingido. De sus enredos yo creo más que me puedes decir. (Agora quiero salir, que a César con ella veo.) Si la piedad alguna vez, señora, halló aposento en tu divino pecho, que más los cetros de los reyes dora que el oro puro de que el tuyo es hecho, date priesa a llegar; camina agora, que el duque Antonio llega al paso estrecho de su vida mortal. ¡Ay, cielo santo; toda me cubres de temor y espanto! Así como te fuiste matar quiso a Octavia, a quien mandó prender, y luego perdió el discurso y seso de improviso y el grave entendimiento quedó ciego. Quísete dar de su locura aviso, y cuando a alzar el antepuerta llego veo que con la daga al pecho tira, diciendo: "Hoy, Reina, tu enemigo expira." Arremeto y deténgole de suerte que fue pequeña la primera herida; tirome a mí; temile aunque mi muerte no la temiera por salvar su vida. En fin, la guarnición no era tan fuerte que media mano, como ves, rompida, la daga le saqué de entre las suyas. Mi vida, Julio, deberé a las tuyas. Parte, César, por él. No será nada. (¡Oh, plegué a Dios que de la herida muera!) ¡Ay, mi querido Antonio! (¡Oh, bien trazada industria! ¿Qué Sinón mejor la hiciera?) Confusa toda estoy, estoy turbada; mi bien, si has de morir, espera, espera. (La máscara de enojo, amor, se quita. Con esta muerte el Duque resucita.) César, no me detengáis. César, mi bien he perdido. Señor, pues ¿así os matáis? ¡Ah, mi Rey! ¡Ah, mi marido! Suplícoos que en vos volváis. (Ya le llama Rey.) ¡Ah, cielos! Que entre tantos desconsuelos habéis mi vida guardado. ¡Que esto celos han causado! i 0(h, maldiga Dios los celos! ¿No veis que mi Reina bella al cielo de amor se sube y se convierte en estrella? Quita, Infante, que eres nube y quiero adorarla y verla; pero en el tormento eterno y debajo del gobierno de Minos ¿no veis a Octavia? Mas quien tanto al cielo agravia pene en el profundo infierno. ¿Hay lástima semejante? Volved en vos, señor <mío. ¿Es la herida penetrante? No, <jue fue punto en vacío. No te aflija ni te espante, que toda la herida fiera, sangre, locura y quimera se resuelve en un rasguño. Túvele yo por el puño, que, si no, muerto estuviera. ¡Ah, mi Rey! ¡Ah, mi señor! Llámale Rey muchas veces, que así volverá mejor. ¡Mi Rey! A Arminda pareces, que fue mi primero amor. ¿Eres tú, señora mía? Yo soy, que pagar querría llorando tanta crueldad. ¿Qué tienes? La enfermedad de llamarle señoría. Antonio, Tengo el haberte ofendido, tengo un tierno sentimiento, tengo estar arrepentido. (Todo ha sido fingimiento.) Dios sabe si lo he sentido. No me verás vivir más si a tu gracia no me vuelves. ¡Ay, mi bien. En ella estás si es que a dejar te resuelves a Octavia. ¿Qué? ¿En eso das? ¡Fuera, que el sentido pierdo! i Fuera, que ya tengo en poco la vida de que me acuerdo! ¿No ves que vuelve a estar loco?' (Haralo de puro cuerdo.) Antonio, Dulce desdén, ¿a qué remota parte, a qué tierra, a qué cielo diferente, apacible, cruel, helado, ardiente, no fuera yo para poder templarte? Hermosos ojos, pues ignora el arte ciencia de serenar la hermosa frente; donde hace el sol su más ilustre oriente y tantas flechas el amor reparte. Quien sólo en esto ocupa la memoria, noble desdén ¿de quién queréis vengaros... Que cuando más segura la victoria me dais, desdén, en esos ojos claros pena mirando y con miraros gloria, Arminda, Mi Antonio, mientras viviere Octavia, ¿qué puedo hacer si tu gusto la prefiere? No me debes de querer, Arminda, Mas así teme quien quiere. Antonio, Castígala, Yo no quiero castigarla, mas honrarla. ¿Cómo? Quiero a un heredero de un reino por mujer darla; mas con tu gusto primero. Antonio, ¿Es el de Ir: anda? Ha partido por el rey su embajador. ¿Qué, en fin, por el rey es ido? Arminda, Sin duda, Antonio, Por tal favor, Arminda, los pies te pido, Arminda, Luego ¿gustas que la case? Antonio, Y se lo agradezco al cielo. (¡Oh, amor! ¡Que esto por mí pase! Mas la razón le hará hielo cuando más fuego me abrase,) ¡Ay, si le viese llegar! Pues yo voy a despachar que se dé priesa. Pues di, ¿verete esta noche? Sí; conmigo la has de pasar. Vete a escribir. A eso voy. Infante, traed a Octavia. (Paces han hecho. Ya estoy temblando de enojo y rabia.) Julio, desdichado soy., Julio, Antes eres muy dichoso; pues a ser rey vuelto has en tiempo tan peligroso, y Octavia lo es mucho más con tal reino y tal esposo. Antonio, ¡Muero! ¡Pierdo la paciencia! Julio, Calla, señor, que el ausencia es el médico más sabio. Eso es cuando hay agravio que hace al amor resistencia. ¡Ah, codicia de reinar! ¿Que a Octavia vengo a casar que aparto a Octavia de mí? ¿Que tal cosa permití? Remedios ando a buscar, y tengo en la fantasía uno muy bueno, señor. ¿Cómo? De la señoría haz que se acuerde tu amor, y verás cómo se enfría. ¿Casar yo a Octavia? ¿Yo mismo a Octavia he tratado así? ¿Hay tan loco barbarismo? Octavia, Rey, está aquí. (Y en mí el fuego del abismo.) Ve, César, dile a tu hermana que se dé priesa a escribir. (Salió mi esperanza vana; pues o reinar o morir.) ¿Sabes tu muerte, inhumana? ¿Sabes, Octavia, que soy el que a los dos notifico dos muertes, la que te doy y la que a mi pecho aplico? ¿Sabes que te casas hoy? ¿Sabes que te has de embarcar presto en el mar de mis ojos más que en el vecino mar? Esta paz de mis enojos ha venido a resultar. Esto la Reina me pide o darte muerte. i Ah, traidor! Grande amor nunca se mide, que la ambición del honor es la que a los dos divide. ¡Hallábaste, Duque, mal y a ser rey quieres volver! Partido, Octavia, es igual. A un rey te doy por mujer, si aspiro al cetro real. Gozarte ya no podría; ya la Reina lo sabía... Dividámonos los dos. ¡Qué bravamente, por Dios, te enfadó la señoría I Dejemos eso. Tú. eres reina, i Qué amor! ¡Qué desvío! ¿Tú eres hambre? ¿Tú me quieres? Antonio, ¿este pago mío tienen todas las mujeres? ¡En verdad que quedas mal! ¿Darte a un rey son falsas leyes? ¡Oh, cómo estás liberal! Tan rey eres, que das reyes. ¿Quién ha visto cosa igual? Pensé aquí llorar contigo el ver que te has de casar, y tú burlaste conmigo. ¿Tú llorar? ¿No he de llorar lo que siento y lo que digo y el ver que tú no te asombres? ¡Ah! ¡Malditos seáis los hombres! Cuando dejarnos queréis ¡qué de faltas nos ponéis! i qué de ¡bajezas y nombres! Vete, loco, por tu alteza, que yo me iré por la mía. Mal conoces la grandeza de mi amor. " La señoría te ha puesto en tanta bajeza, Como Reina ha procedido, tú como vil, pues me ha dado, habiéndola yo ofendido, el castigo más honrado, que ha sido darme marido. Si la ofendiese en quererte, en nombrarte más, ni en verte, quíteme el cielo la vida. ¡Octavia, Octavia querida! ¡Mi vida, escucha, mi muerte! ¿Viviré sin ella? No. ¿Pues han de llevarla? Sí. ¿Lloré a Octavia», No lloré. ¿Perdila? Ya la perdí. ¿Quién tuvo la culpa? Yo. ¿Si la llamaré? No puedo, y sin ella muerto quedo. i Qué desdichas de mí nacen! ¡Ved qué batalla que hacen conmigo el amor y el miedo! Rey. Decirle podéis a Arminda Amasio. Rey. que, como me hallé tan cerca en el disfraz que venía, luego quise obedecerla, y que el retrato de Octavia, que me ha enviado por prenda, es carta de confianza para que todo lo crea y el mayor salvoconducto para que seguro venga sin temer peligro alguno, más que si fuera en mi tierra. Aunque ya corrió delante Belisario a que lo sepa, iré, señor, por tu gusto. Pues, Amasio, esta cadena, de cuyos ricos diamantes pende mi retrato, lleva a mi esposa Octavia, y di cómo ya de Irlanda es reina; pero que reina en mi pecho que es ciudad de más grandeza, donde la torre del alma le ha dado sus tres potencias. Ya no hay para qué le avises, porque toda la nobleza de la corte la acompaña y el Duque viene con ella. {Toquen la música de chirimías, y salgan muy galanes el Infante César, el Conde Feliciano, Teodoro y los demás Criados, el Duque Antonio, Florela v Octavia y la Reina.) Sea, señor, bien venido vuestra alteza. Y vuestra alteza me dé sus manos. Señor, justo será que agradezca la priesa de tu venida con los brazos. Y que tenga parte de ellos vuestro deudo. Amor es la mayor deuda. ¿Señora mía? Besa al Rey la mano, llega. A mí me toca, y es justo, besar. Octavia, las vuestras. Yo he sido muy venturosa. La ventura fue tan cierta en mí cuanto se conoce de que estas manos merezca. (Julio, el seso estoy perdiendo.) (Pues mi señor, no \p pierdas, que en las cosas sin remedio son inútiles las quejas.) (¿Qué haré, que se casa Octavia? (Querer muy bien a la Reina, que es lo que te manda el cielo.) (Y es muy justo que la quiera, y al mismo doy la palabra de que otro gusto no tenga mientras que tuviere vida.) (La misma razón te enseña.) Caballeros de Bretaña, háganse notables fiestas a la venida del Rey. Feliciano. Señor, el infante César, previno una fiesta acaso. (Otra pensé yo que hiciera quitándole el reino a Antonio. Feliciano. Por el gusto de Florela quiere hacer una sortija. ¿Hay quien tenga celos de ella? No seréis vos a lo menos. Mi alma os estima y precia, y a la Reina, mi señora, por el amor que me muestra, en pago de mis servicios, por mujer os pido. Fuera de casar, Teodoro, a Octavia, ninguna cosa en la tierra me diera más alegría. Pues mientras que se conciertan las bodas, tomen asientos, señores, vuestras altezas, porque ya el mantenedor de la sortija se acerca y están los aventureros previniendo sus empresas, deseosos que sus damas entiendan su amor por días. Deme mi Arminda la mano, como mi señora y Reina. Yo os la doy. Y yo os prometo eterno amor y obediencia. La vuestra me dad, Octavia. Y el alma, señor, con ella. Teodoro, Florela, os pide humildemente la vuestra. Ya que estoy desenojada, dice amor que os la conceda. Dé fin La celosa Arminda, pues la sortija comienza.