Texto digital de Amor vencido de amor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Vélez de Guevara, Juan de Zabaleta y Antonio de la Huerta
- Atribución estilometría
- Juan Vélez de Guevara Probable yJuan de Zabaleta Probable yAntonio de la Huerta Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Amor vencido de amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-vencido-de-amor.

AMOR VENCIDO DE AMOR
JORNADA PRIMERA
Mucho del desdén te vales. No es el recato desdén. Hazle a mi amor tanto bien que así lo crean mis males. Como de quien soy me precio, mi amor te responde ingrato, porque ha de hablar el recato con la lengua del desprecio. Eso es querer que mi amor muera entre dudas, pues veo que solo entiende el deseo el lenguaje del favor. Amor suele, desluciendo lo mismo que está estimando, favorecer despreciando, despreciar favoreciendo y, así, quien firme enamora de un niño no se confíe, que con los pesares ríe y con los pareceres llora. En un pecho enamorado es rigor mal advertido que mate favorecido la duda de despreciado, fuera de que, si es así, a quererme te acomodas. Esto, aunque es verdad en todas, solo no es verdad en mí, que nací privilegiada de amor al común poder y solo sé aborrecer de mi esquivez enseñada. ¿Cómo sabes su crueldad sin padecer su tormento? Selo por mi entendimiento, que no por mi voluntad, que al imperio del amor es rebelde mi porfía (Aunque miento, porque es mía menos que de su rigor.) Fuerza es que ingrata te admire, pues, aumentando mis quejas, a un resquicio no me dejas por donde el alma respire. La esperanza solicita a tanta pena sosiego aunque el cierzo de un despego tal vez su verdor marchita. Mal con mis desconfianzas tendrá alivio mi tormento si están sujetas al viento por flores las esperanzas, que, aunque tu padre y mi tío, porque así mejor te emplea, nuestras dos almas desea reducir a un albedrío y aunque con forzoso empeño tu mano he de merecer y, siendo tu esclavo, ser de tanta belleza dueño, porque, como soy varón de su casa, ha deseado contigo Aurora casado ver de los dos sucesión y ya tuviera este intento efecto a no haber querido tu padre, como valido del rey, que este casamiento con el suyo se lograra por el gusto que interesa de Albania con la princesa, de cuya belleza rara por fama está enamorado... (Ella a ser mi muerte viene.) .y, aunque mi esperanza tiene el plazo tan limitado, fuerza es que sustos me den el deseo y el temor, pues, si me anima mi amor, me desmaya tu desdén cuando tan desvanecido me tiene mi fe constante, que por la puerta de amante quisiera entrar a marido. Mi recato de honor lleno a tus enojos concluya, pues hasta que yo sea tuya te he de tratar como ajeno y esperanza que no es vana súfrase, que ser quien soy, si me hace desdeñar hoy, me hará agasajar mañana. (Mi desdén no es bien que pase con Ladislao a despecho por mi padre, aunque mi pecho en otra llama se abrase.) Es que quiere mi afición el favor de tu belleza debérsele a tu fineza más que no a tu obligación. ¿Cómo puedo anteponer la atención con que nací? ¿Y en lo que hicieres por ti qué te vendré yo a deber? Mi padre viene. ¿Piadosa no te he de hallar ningún día? ¡Oh qué cansada porfía! ¡Qué ingratitud tan hermosa! Hijos, muy en hora buena os hallen mis regocijos, que ya entrambos sois mis hijos, pues mi dicha así lo ordena. Pedidme albricias, que vengo de las venturas que toco tan contento que estoy loco y a dároslas me prevengo. Pues ¿qué hay de nuevo? Que ahora un gentilhombre ha venido diciendo cómo ha partido la reina nuestra señora y trae un retrato tal de su beldad que recelo que solo pudiera el cielo ser su hermoso original y no estoy de gusto en mí de ver al rey tan contento. (¡Y yo de pesar reviento!) ¿Eso te alboroza? Sí, que por muchas causas hallo, pues es por razón y ley, desealle gusto al rey obligación del vasallo. Claro está si se origina de su gusto el nuestro, pues cabeza de todos es. (Ya está mi muerte vecina.) (Demás que logro el empleo de ver a los dos casados... (Yo aumento nuevos cuidados.) (Vitoria por mi deseo.) .y en el gusto que ha tenido el rey gran parte me va, que cualquier suceso está por la cuenta del valido.) ¿Que, al fin, la reina es hermosa? Y tanto, que a su hermosura envidia el sol la luz pura. (¡Y que sea tan dichosa!) Su retrato de los cielos a ser ultraje se ofrece. (Si es tan hermoso, parece que le han pintado mis celos.) El rey a su hermano viene enseñándole el retrato. Bien le merece... (¡Ay, ingrato!) .todo el amor que le tiene, que con recíproca unión es tanta su voluntad que ha reducido a amistad la sangre su inclinación. (Triunfe de mi suerte esquiva tu belleza imaginada, pues darme muerte pintada es más hazaña que viva.) ¿Qué te parece el retrato? Que es un milagro del cielo, del sol una hermosa envidia, del alba un blanco desprecio, un prodigio en quien están, aunque unidos, compitiendo lo humano con lo divino, uno en sombras y otro en lejos, tan lucientes rayos gira que sin duda el pincel diestro le robó todas las luces al hermoso firmamento, tan vivo está que parece severidad el silencio y temo que te responda si preguntas por su dueño, alma tanta en sus facciones se disimula que entiendo que pueden dudar los ojos si está vivo o si está muerto y, finalmente, es tan raro que a encarecerle no acierto, (que es muy poco lo que digo para lo mucho que siento.) Qué sobradamente pagas todo el amor que te tengo, pues en aplaudirme el gusto aun más finezas te debo. Ven acá. ¿Puede el aurora, cuando aljófares vertiendo nace a dar vida a las flores que con la noche murieron, ser como su boca? En vano competirá sus luceros, si la envidia de su risa puede hacer llorar al cielo. Qué divertido le tiene el retrato. Y tan suspenso como él Astolfo le mira. (De pena en mi llanto anego, como no puedo lloralle, el corazón allá dentro.) No podrá el sol con sus ojos blasonar de luz ni en fuego, pues ellos abrasan más y no saben lucir menos. (De mi resistencia a costa, bien a mi pesar lo creo, pues estoy de haberlos visto abrasado como ciego.) Mira en su belleza unida la desigualdad del tiempo, en sus mejillas el mayo y en su garganta el enero. Juntos el calor y el frío, mucho es que flores y hielos aquestas no se marchiten o se derritan aquellos. ¡Oh lo que entretiene el gusto! ¡Estraño divertimiento! Aquí está Aurora y su padre. (A esta locura pretendo templarla con divertirla.) (¿Habrá mal tan sin remedio que por quien mi amor ignora me esté muriendo de celos?) ¡Oh cómo de que estén juntos en esta ocasión me alegro! Ladislao, Rodulfo, Aurora, de alborozo estoy sin seso, llegad a ver a Matilde, lisonjead mi deseo, que añaden las alabanzas a la hermosura más precio, pues se aumenta el gusto propio con los aplausos ajenos. ¿No os parece que del alma de un rey merece el imperio sin valerse el albedrío de su común privilegio?, que de hermosura tan grande es amor fácil trofeo, una vida corta hazaña y un corazón poco centro. Llegad todos a admirarla. (Mirad que vais a perderos, que de la luz de sus ojos, que abrasa y deslumbra a un tiempo, el que saliere con vida no podrá escapar de ciego.) Mira, Aurora, si con causa mis venturas encarezco. ¿No te parece muy linda? Bien disculpa tus estremos su belleza. (¡Que he de estar de parte de mi tormento!) ¿Hizo la naturaleza hechizo de amor tan bello? (Nadie podrá como yo acreditar su veneno.) Astolfo, tú solo puedes dar a mi inquietud sosiego apresurando mis dichas y, así, en las alas del viento ve a recibir a Matilde. ¡Oh!, para llegar más presto yo te prestaré las plumas de mis proprios pensamientos. Hoy con el retrato tuve aviso que la tenemos muy cerca aunque para mí hasta que llegue está lejos. Sal de mi parte con toda la nobleza de mi reino a dalle la bienvenida, que solo de él tuyo puedo fiar mi amor, mi esperanza, mi fineza y mi deseo. Siempre vive mi obediencia pendiente de tus preceptos, aunque pones mi lealtad en muy peligroso empeño. ¡Que a hacer treguas con mis ansias el cuidado del gobierno yo lograra esta ventura! (Pero moriré primero.) Ladislao, pues con Astolfo has da salir, parte luego a prevenir la jornada. ¡Oh qué alegre te obedezco, pues me va en la brevedad toda el alma cuando menos! Vos, Rodulfo, a quien estimo por mi amigo y por mi deudo y a cuyos hombros encargo del reinar el grave peso, id a disponer las fiestas de su entrada, porque espero publicar en regocijos de mi elección el acierto. (Muerte serán para mí.) Yo voy y ruego a los cielos que os cuente el sol rayo a rayo los años y los contentos. Aurora, a ti ha de tocarte de las damas el festejo, que acaudillar las estrellas solo al sol le toca hacerlo. Señor, de la adulación te escusan tus rendimientos y para servirte sobra la obligación que yo tengo. El sarao queda a mi cargo. (Por padecer, mas me alegro, que es festejar las desdichas lisonja del sentimiento.) Tú, Astolfo, parte a traer de mis glorias al empleo, de mis potencias al alma y de mi cuidado al dueño. Como tu gusto es el mío, yo estoy a partir dispuesto. Dame tu mano y adiós. Los brazos y el alma en ellos. (¡Qué pesares!) (¡Qué peligros!) (¡Qué lealtad!) Llévete el cielo con bien. Y guarde tu vida la edad que le falta al tiempo. Amor, abrevia mis dichas. Sabedme matar, desprecios. (Si es así tu original, retrato, mucho te tiemblo.) En este ameno prado, corte de mayo, rico potentado, en la florida esfera de lo verde y alegre primavera de este arroyo vecino en la margen descansa del camino. Mientras llega tu gente, eres novia a las veinte, que no puedes pararte. Dime, ¿tienes qué hacer más que casarte? Pues que descanses pido, que harto tiempo tendrás y harto marido, porque es cosa de risa a lo que es tan despacio ir tan de prisa, Laura, quien de su tierra para toda la vida se destierra y a nueva patria viene a buscar otro centro del que tiene en un dueño a quien ama fiada en los aplausos de su fama, no es mucho que apresure el paso por llegar y que procure para tan justo empleo caminar en las alas del deseo. De Albania apenas sales cuando, negada a afectos naturales, la patria lisonjera olvidas por la que es tan extranjera y tan apriesa vienes que aun para descansar no te detienes y, en vez de estar en llanto convertida, casi para anegar tu hermosa vida eso mismo te obliga a estar risueña. Nace de las entrañas de una peña cristalino arroyuelo, por abril vidrio y por diciembre hielo, y apenas a los pies donde le arroja lame las guijas y la hierba moja cuando por ambición o por costumbre, huyendo de su patria, que es la cumbre, tan veloz se desata que se acredita exhalación de plata que corre a otro horizonte o flecha de cristal que tira el monte hasta que, despeñado, en verdes brazos le recibe el prado, siendo en su amena grama del sol espejo y de la flor escama, adonde su inquietud tanto reposa que basta a detenelle cualquier rosa y, al hospedaje blando agradecido, porque es fuerza correr, correr dormido, y, olvidando la sierra, que es de sus aguas tierra por más que se desvíe, tan bien hallado está que aljófar ríe. Yo así, que fugitivo soy en el ejemplar arroyo vivo, del monte de mi patria me he olvidado y corro alegre a lisonjear el prado. Que puedes ser arroyo cosa es clara, pues eres como un agua, mas repara en que viene tu amante. ¿Quién dices? Fabio, aquel pobre estudiante que de puro entendido se volvió loco, puesto que ha tenido buen gusto en la locura que ha tomado, pues es su tema ser tu enamorado y desde Albania viene a seguirte no más. Lindo humor tiene. Bien se ve que no es vivo, pues te adora. Yo gusto mucho de él. ¡Oh mi señora! ¿Cuándo tendrá mi pena algo más aliviada la cadena? ¿Cuándo me haréis favores tan aprisa que me matéis de amor oyendo misa? ¿Todo ha de ser rigores y asperezas? ¡Qué mal saben su cuento las bellezas!, que, si mi amor os inclinara, para siempre sin duda os remediara. Vuestra fineza presto desconfía. ¿No os moriréis por mí siquiera un día? ¿He de andar yo por vos a los serenos y no habéis de adorarme por lo menos? Servíos de mí, pues por mujer os pido, que yo seré vuestro menor marido. Solo merece tu favor, señora. ¿No veis que estoy ahora concertada a casar? Sois muy atada. ¿Para qué es bueno ser tan concertada?, mas buen remedio. ¿Cuál? Amor es loco, iros desconcertando poco a poco. ¿Que he de desconcertar? ¡Qué mal se alienta! Desconcertaos un brazo a buena cuenta. Gracioso desatino. Con eso se divierte mi camino. Cuando a olvidaros despechado pruebo, porque habéis de sentillo, no me atrevo y, así, aunque amor me quema, el adoraros ya me va por tema, pero, sintiendo que seáis tan corta que no sepáis querer lo que os importa, que, dejándome a mí, no es bobería veniros a casar en romería. Ya sé la dicha que con vos me sobra. Pues ¿para qué os hacéis tan mala obra? Hacedme vuestro esposo, pues a ese a quien dichoso vais a buscar con ansias amorosas sabed que le aventajo en cuatro cosas. ¿Cuáles son? Gala, amor, entendimiento y poder. ¿De qué suerte? Va de cuento. En gala de verdad he de ganalle que no me dejará mentir mi talle y esto es sin que el aliño lo disponga, que a mí me basta un trapo que me ponga; En el entendimiento va perdido, que soy un hombre yo muy entendido, porque con tanto el cielo me socorre que fue conmigo Séneca un Binorre, Platón un ignorante y Cicerón un pobre vergonzante. No se alaba muy mal. Aunque sea mengua, mal haya el que perdiere por su lengua. Pues, en amor la ventajilla es boba, más que él os quiero yo más de un arroba. Nunca es pesado amor con tanto exceso. En mi sí, que soy hombre de gran peso. Y en poder ya veréis que un rey del suelo no se puede oponer a un rey del cielo, que para dalle mate con un choque yo soy de las estrellas rey y roque. Y, así, en gala, poder, ciencia y cariño claro está que le engaño como un niño. Vencido habéis en todo. Pues ¿demás de casarnos algún modo? Por ahora no hay medio. Ello se ha de buscar algún remedio, que con el que pensáis, pues lo resisto, no os habéis de casar, votado a Cristo, porque mi amor. Forzoso es reportalle. ¡Ataja! ¡Ataja! ¡A la montaña! ¡Al valle! Por Dios, que aqueste ruido me desvía de enseñalle a la reina cortesía. ¿De qué es este alboroto? Siguiendo viene por el verde soto un jabalí tu gente. De este arroyo se abate a la corriente, que de su sangre llena trueca en coral el oro de su arena, que de su muerte la eligió por cama. La inclinación me llama, denme luego un caballo, que quiero la vitoria de matallo por ser en este día el primer triunfo que me ofrece Hungría. Podré así divertirme mientras que es hora, Laura, de partirme. Diana quieres ser de este horizonte. No dejéis de seguirle. ¡Al valle! ¡Al monte! Pues amor es quien solo me embaraza y de Cambray no gusto ni de caza Adelantarme intento y de este casamiento, cuando no pueda más, a mi contrario le tengo de apartar por el vicario. Apartarme de mi gente he querido en este soto, amena patria del mayo, del alba galán frondoso, donde dicen que cazando está la reina, que solo en mis recelos cobarde y en su admiración absorto vengo a examinar mis riesgos, que al de la muerte me expongo si no sale en su belleza el retrato mentiroso, pues, demás del imposible, basta a matarme yo proprio, que aun a mi hermano se atreve pensamiento licencioso, pero, aunque al sol venza en luces, templarme puede el antojo el que no corran parejas lo entendido con lo hermoso. Quizá con la disonancia será menos el ahogo de mi pasión y tendrá mi peligro algún socorro, pero no vengo por eso a estar menos peligroso, que debe de ser sin duda de la belleza en abono el lucir más en las lindas lo bello que lo ingenioso, que, como admira lo uno, no se examina lo otro, ¿qué importa, si por la vista entra el veneno amoroso, que quiera tomar el gusto de otros sentidos el voto, pues, en llegando primero, ya desengañan ociosos a la razón los oídos, estando ciegos los ojos? Luego ¿no hay contra el destino, que me induce poderoso a una traición sin disculpa y a una pretensión sin logro, remedio? ¿Pueden los hados hacer conmigo forzoso su decreto cuando tengo en mi razón un apoyo, en mi amor un imposible, en mi deseo un enojo, en mi valor un escudo y en mi lealtad un estorbo? Sí, que tienen de su parte mi albedrío y, imperiosos, aunque los resista mucho podré defenderme poco. Luego ¿de mi hermano al deudo y de mi rey al decoro tengo de faltar por fuerza ingrato como alevoso? Sí, que, si amor es delirio, con causa esta ley derogo, pues lo que he de observar cuerdo no me obliga estando loco, pero, como arrebatado de mi mismo afecto, corro sin razón al precipicio de un riesgo que aun es dudoso. No he visto el daño y le temo, no sé el pesar y le lloro, aun no conozco el peligro, y ya el desmayo conozco. ¿Ha de poder un retrato, a quien pudo artificioso el pincel hacerle bello por lisonja o por soborno, más que yo? Pues cuando fuera sombra de la luz que ignoro en su original discreto pasó queja prodigioso por que esta pasión no sea de su amor fácil despojo, de mi lealtad torpe injuria, de mi sangre infame oprobrio, con mi inclinación luchando cuanta me encendiera a soplos, llama el deseo, dejara revolverse en humo y polvo porque en mí... ¡Detente, bruto, que desbocado y furioso a despeñarnos a entrambos te has precipitado solo! En un caballo parece que desde ese promontorio baja despeñada al valle una mujer. Los socorros de mis brazos lleguen antes que el hipogrifo espumoso de la silla la derribe a ser del monte destrozo. El caballo es de su alteza. Acudid, acudid todos. Señora, (¡válgame el cielo!) ya del susto (¡estoy dudoso!) os podéis cobrar (sin duda que están mirando mis ojos de aquel retrato divino el original hermoso.) ¿Hízose mal vuestra alteza? No, que ese joven heroico fue de mi perdida vida restaurador generoso. Mucho a su valor le debo. Lo que hoy he servido cobro solo en haberos servido. A fe que nos dio a nosotros buen sobresalto el suceso. Fue, Laura, muy peligroso, porque desde aquellos riscos, que más allá de los chopos quieren pasarse a ser nubes cansados ya de ser troncos, sin atender al precepto del freno el bruto ambicioso por acreditarse de ave, siendo de las fieras monstruo, bajel con alma y sin remos, bien a costa del piloto, sin el timón de la rienda surcó el aire golfo a golfo y, zozobrando en las rocas de tanto mar proceloso, la muerte nos ofrecía a cada paso un escollo hasta que los nobles brazos de ese mancebo al ahogo de mi perdida esperanza fueron el puerto dichoso. Ventura notable ha sido. (En lo peregrino absorto de la beldad de Matilde suspenso he quedado, como arroyo a quien prende el suelo, que corriendo presuroso las que eran alas de plata convierte en grillos de plomo.) Mucho que pensar me ha dado de este caballero el modo porque su recato encubre lo que publica su rostro. (Sombras fueron los pinceles, borrón el retrato tosco con su divina hermosura.) (Tan bizarro como airoso con gran atención me mira.) (Amor, vamos poco a poco, no me despeñes.) Señor, ¿así vuestra alteza? (¿Qué oigo? ¿Si acaso es el rey? Sin duda mi amor será venturoso.) De su gente se adelanta que en todo este verde soto no se ha dejado alcanzar. Gusté de caminar solo por su agradable distrito. Quejarme será forzoso del tiempo que habéis negado esta dicha a mi alborozo. (El rey es, feliz acierto.) De aquel riesgo el alboroto, de mi atención lo admirado, de vuestra beldad lo hermoso decir quién soy me impidieron,... (Si este es el rey, lindo mozo.) .pero ya algo más cobrado de aquel susto y de este asombro, deme a besar vuestra alteza su mano y por muy gloriosos años venga a aqueste reino para ser reina de todos. Los brazos están más cerca, que son para vos más proprios. Levantaos. (¡Qué cortesano!) Antes, señora, dispongo besaros la mano. (Ya llegó mi esperanza a colmo.) Vuestra es. Tomad. Por mi reina y por mi hermana la tomo y la beso. Pues ¿no sois el rey? No soy tan dichoso. Vengo en su nombre, que soy, si es que soy, su hermano Astolfo. ¿Que este no es el rey? No, Laura. Pues nuestro gozo en el pozo. ¿No es muy hermosa la reina? Es su beldad milagroso prodigio del cielo. Y di que es veneno en vaso de oro. (¡Que aun cuando engañan las dichas se dejen gozar tan poco!) Cuando vuestra alteza guste, podrá partirse. (Medroso va mi amor, que mira el riesgo aunque vendados los ojos.) Vamos muy en hora buena. No ha de ser tan bueno el novio. Las carrozas. (A mi muerte apelo de mis enojos.) (¡Oh si fuera así su hermano!) (Valor, morir vitorioso.) (¡Qué buen talle!) (¡Qué hermosura!) (Confusa voy.) (Yo voy loco.) ¡Oh lo que tarda una dicha cuando la aguarda un deseo! Que se apresurara creo si pudiera ser desdicha, pues por que pueda lugar la pena en todo tener, es perezoso el placer y es diligente el pesar. ¡Cómo de Matilde siento la ausencia por esposo y por amante! Es un año cada instante y un siglo cada momento, que cuando me representa la idea su dulce gloria lo que tarda la memoria más que divierte atormenta. De su efigie el arrebol aliente tanto desmayo, si puede la luz de un rayo suplir la falta del sol. En su copia original hoy mis consuelos estén, quizá las señas del bien serán alivios del mal, aunque en tan ciegos antojos son los consuelos fingidos, si echan menos los oídos lo que aun no miran los ojos. Aquí está el rey, que el retrato mirando está de Matilde, no calléis, celos, decidle que con mi amor es ingrato, mas no, que vais arriesgados al desaire y, temerosos, mejor es morir celosos que vivir desengañados. (Beldad, por cuyo interés doy el alma en recompensa.) (Huir quiero de mi ofensa, pues no la vengo.) ¿Quién es? Yo soy. ¿Por qué te volvías? Porque os vi tan divertido. Antes, Aurora, has venido a tiempo, que las porfías consolarás de mi pena, pues sabes que ausente estoy. ¿Quién os ha dicho que soy para las ausencias buena? (¿No me bastan mis desvelos?) No te debes ofender de esto, pues cualquier mujer sabe de amor y de celos. Es del ser quien soy bajeza, si es que algún donaire alcanza alentar vuestra esperanza de parte de otra belleza, que, si os he de consolar, en los dos fuerza ha de ser vuestra dicha encarecer y su belleza alabar. Yo soy muy vana y así viene a ser entre los dos lo que conveniencia en vos, grosero desaire en mí. No enciendo, Aurora, por qué con tan estraña crueldad te niegas a esta piedad. ¿No he de sentir mucho? ¿Qué? Que a costa de mis recelos... (¿Qué digo?) ¿De qué es tu agravio? (A declararme iba el labio, que habladores son los celos.) Mucha causa te ha obligado a equivocarme el sentido, pues un consuelo te pido y una confusión me has dado. Cualquiera mujer procura ser sola de amor la llama y así siente cualquier dama hablar en otra hermosura. Olvidé esas atenciones como apasionado amante. ¿Adónde va el estudiante? Téngase el papaliciones. No embaracéis mis porfías. En vano intenta pasar. Bárbaros, dejadme entrar, que voy a hacer de las mías. ¿Qué es eso? Un loco que ha dado en que ha de hablarte. Entre, pues. (Si gustas del que lo es, no desprecies mi cuidado.) Entrad. A guardas molestas que mal sabes cortejar, ¿para entrar yo se ha de andar en demandas y respuestas? Su figura causa risa. Puesto que hablarme queréis, ¿quién sois y qué pretendéis? Decid. No os deis tanta prisa. Salir de duda quisiera. ¿Si sois el rey os advierto? Yo soy. ¿Sabeislo de cierto? Sí. Pues érase que se era, yo soy Fabio, un estudiante noble, discreto y valiente, no quitando lo presente. Bien está. Pasa adelante. Si hay patria que le esté bien al que nació desdichado, soy albanés por un lado y por el otro también. Aquí, pues de una belleza a costa de mi salud adorar su ingratitud se me puso en la cabeza, aunque mis amantes cocos desprecia su rigor fiero, hablar en lo que la quiero es una cosa de locos. Esta que mi amor ofende y mi corazón abrasa dicen que con vos se casa, para lo de Dios se entiende, y, pues no es bien que entre buenos haya contiendas jamás, yo la quiero hasta no más, dejadla vos por lo menos, que mi amor, como en él reina, le está mejor de los dos, aunque ya sé que con vos pasará como una reina y, ya que en esto no hay medio aunque dos lleguéis a amalla, ¿para qué es bueno quitalla a la pobre su remedio? ¡Oh si pertinaz estáis por que yo logre mi intento! Dad fin a este casamiento lo más presto que podáis y, así, aunque Matilde es bella, no os descuidéis, reparando que yo os estoy esperando para casarme con ella. El concierto es estremado. Justa es vuestra pretensión. Soy muy llegado a razón. ¿Qué hay, Rodulfo? Que ha llegado su alteza el señor infante. ¿Viene la reina? (Estoy loco.) Atrás se ha quedado un poco, que él quiso venir delante a darte este aviso. (Cielos, hoy son mis gustos cumplidos.) (Hasta aquí fueron fingidos, de hoy más son verdad mis celos.) ¿Y sabéis si tardará? No os previerta algún capricho, señor rey, lo dicho, dicho. Él llega y te lo dirá. Deme de albricias sus plantas, si merece estos favores quien le trae a vuestra alteza todo un cielo por consorte. Levanta, Astolfo, a mis brazos, que tu lealtad reconocen y de un corazón quisieran hacer muchos corazones de tus finezas en pago y dime, por que repose el deseo de la reina, que es reina de mis acciones, ¿cómo viene? Como el sol, vistiendo de luz los montes, dando alegría a los prados y nueva vida a sus flores. Yo la encontré en una selva, ameno pensil, adonde su siempre verde esmeralda, olvidada de los once meses del año, parece que solo al mayo conoce, mas fue porque de Matilde gozaban los resplandores, que contra el ivierno airado, por más que alientos blasonen, solo sus ojos pudieran dar floridas esenciones. Saludábanla gozosos por alba los ruiseñores, mas, si creyeron su risa, no se engañaron sus voces; las rosas, que van perdiendo con las sombras los colores, de nuevo a vivir tornaban en fe de sus arreboles; los arroyuelos corrían más que otras veces veloces por hacer a sus cristales espejos de sus dos soles; y, al fin, plantas, fuentes, aves de aquel frondoso horizonte de quien fue segunda vida siendo muerte de los hombres. Si el sol es alma del campo, nunca tuvo más que entonces, pues, mientras duró su día, no se le atrevió la noche, pero ¿para qué te canso si ya matando de amores a hacer menos mi alabanza llegan sus admiraciones? Dichas parecen soñadas cuantas me ofrece conformes el amor por que el deseo las dude aun cuando las logre. (Ya vas sintiendo mi vida llegar de la muerte al golpe.) Deme a besar vuestra alteza su mano y para que adorne de triunfos mi amor, Hungría por muchos años la goce. Para ser vuestra deseo vivir. (La fama perdone, que Astolfo le ha desmentido todas sus aclamaciones.) ¿Cómo viene vuestra alteza? Como quien viene (¡ah, temores!) a ser vuestra esclava (un tiempo alegre con este nombre.) ¿Vuestra alteza cómo se halla de salud? Con los favores vuestros, si el placer no mata, no tengo mal que me asombre. (Yo sí, que de lo que vives mi amor a morirme expone.) Aurora, a besar la mano llega a la reina. (¡Ah, rigores! ¡Que quien viene a darme muerte una obediencia me postre!) Deme los pies vuestra alteza y goce en los corazones reinando, como deseo, a Hungría. El cielo corone de dichas vuestra belleza. Y vuestro abril no malogre. Todos estamos acá. ¡Oh Fabio! No se alborote, que urdida se la tenemos el rey y yo. A sus pasiones debe mucho vuestra alteza. Sí, mas no hay de cobrar orden. Estimo yo mucho a Fabio. Mal se le luce. (En ardores se abrasa el pecho y primero que estraguen mis atenciones la verde flor de mi vida fatal arado la tronque.) Celebren fiestas mis reinos porque quiero que pregonen mi alborozo antes que lleguen mis amantes pretensiones a lograr sus esperanzas, que, aunque el deseo lo estorbe, entretenidas las dichas suelen parecer mayores y descanse vuestra alteza en tanto. El cielo dispone este embarazo a la duda que en mi confusión conoce. (Treguas son de mis pesares.) (Nada alivia mis dolores.) Prudente el rey lo ha mirado. (De mi esperanza las flores, cada vez que se dilata, temo que se me deshojen.) Vamos. (¡Qué alegre va el alma de ir en tan dulces prisiones!) (Sin mí voy. Quieran los cielos alumbrar mis confusiones.) (Deseo viva mi fe por que de dichas me adorne.) (Celos, ya que no hay remedio, matadme, pues sois traidores.) (Amor, pues contra la furia no basta un pecho de bronce, lealtad, a morir de triste antes que a vivir de torpe.)
JORNADA SEGUNDA
Señor, señor, no os mostréis intratable a mi cariño, dificultoso a mi ruego. Para vos os solicito no os entreguéis a una pena, tened sobre vos dominio, que solo es gran rey el que lo sabe ser de sí mismo. Templad ese sentimiento, no interrompáis el estilo de vuestra rara prudencia, que parece en lo afligido y absorto que no sabéis, ciego el discurso más limpio que a todos suceder puede, lo que a alguno ha sucedido. ¿No habéis visto vos a nadie padecer tristes deliquios de la salud que gozaba? Claro está que lo habréis visto. Pues, si pensarais entonces sin afectos discursivo que el infante, mi señor y vuestro hermano querido, era de la misma especie y del barro quebradizo hecho que los otros hombres, creyerais que ha cometido, podía ser de enfermedades y obrara con menos brío el dolor de verle ahora a las dolencias rendido, que siempre atormenta menos fracaso que se previno, mas, ¡ah, señor!, que los pechos humanos con el delirio de la pasión no se atreven a creer que los peligros se hicieron para ofender a aquellos que en su cariño y en su amor tienen lugar, mas juzgan inadvertidos que son posibles los males no más de en sus enemigos y, así, no admiro... Rodulfo, dura casta es de martirio poner modos a una pena y a un dolor término fijo. Yo siento infinitamente ver a mi hermano oprimido de aquella melancolía por el riesgo en que le miro de su vida y porque veo sus años desposeídos de todos los bienes juntos, que están los bienes baldíos en quien no puede gozarlos. ¿De qué le sirve el mullido lecho que pende en coral y que ilustra el oro a giros a quien no sosiega en él? Los gustos más exquisitos no deleitan al que tiene destemplados los sentidos. Peor fuera verle muerto. Peor, pero yo imagino que es muerte cualquier mudanza, y, así, aunque Astolfo está vivo, su alegría murió en él y, pues por lo que me aflijo es muerte, no me digáis que esté templado al sentillo. En fin, señor, querías vos que os diera ese autor divino, ya que a él le dio tantas partes y a vos tan su amante os hizo un hermano tal que fuera inmutable por sí mismo, que no pudiese pasar de sano a enfermo, de rico a pobre, de alegre a triste y de la vida al abismo de la muerte, pues sabed que lo que pedís altivo jamás con criatura alguna su inmortal mano lo hizo y Dios, con ser infinito su poder, no puede hacer otro Dios, ved si es baldío el deseo que es mayor que poder tan excesivo. Contentaos con que Astolfo, muy amable, muy bienquisto, muy obediente, muy fiel, muy liberal y entendido, y tratad de su remedio. ¿Qué remedio cuando han dicho los médicos que no alcanzan. de su tristeza el principio? Yo haré por investigalle, que, si este achaque es nacido en el alma, ella dará de sí bastantes indicios en los ojos y la voz. De vuestra prudencia fío tanto bien. Empezad luego y advertid que este servicio será de dos suertes grande: por lo que a mi hermano estimo y porque, sanando él, a Matilde, peregrino incendio de frescas rosas donde yo me sacrifico, daré la mano de esposo, que la boda ha detenido este tan sentido achaque. El primer medio que elijo es tratar de divertille y, así, señor os suplico que, pues el cielo ha dotado por que en todo sea prodigio a la reina mi señora, de aquel soberano hechizo de su voz, que la roguéis que cante en parte que oíllo pueda vuestro hermano. Todo cuanto yo puedo le aplico desde hoy a este accidente para su remedio. Digo que le rogaré a la reina lo que decís. Es arbitrio que a muchos ha aprovechado que este achaque han padecido. Abrid la puerta del cuarto en que está ese muerto vivo, que quiero verle. Aquí está. Ya siento el haberle visto. De suspenso no nos oye ni nos ve. ¡Fiero destino estar muerto sin morir! (¡Ah, males, lo que os estimo!) Entre sí habla. Para verle ya desmaya el valor mío porque parece en lo inmoble que es sepulcro de sí mismo, sirviéndole entre los labios de epitafio los suspiros. El rey no se atrevió a estar más con su hermano y se ha ido. ¡Ah, quién pudiera! ¿Rodulfo? (Ya me ofende cuanto miro.) (Quiero ocasionarle a hablar, que nada hay tan escondido en un pecho que en la voz no dé de sí algunos visos, que las palabras se forman de aquel interior, nativo viento que las almas mueve, y, así, el saber es preciso hacia donde corre un alma con dar a la voz oídos.) ¿Qué tristeza tan molesta de vos mismo os causa olvido? ¿Cómo estáis tan divertido? ¿Qué calma, señor, es esta? ¿Al desvelo que me cuesta vuestra salud no atendéis?, mas no admiro lo que hacéis, que en la suspensión que estáis solo veis lo que pensáis, no pensáis en lo que veis. Aunque de este mi disgusto es tan activo el rigor, dentro allá de mi dolor encuentro no sé qué gusto. De mi pensamiento gusto cuanto no puedo decir y, al fin, para concluir deme mi fortuna esquiva que mi pensamiento viva y no sentiré el morir. (De esto nada inferir puedo, porque el cielo es tan benigno que en el centro de las penas siempre esconde algún alivio. Demos un paso adelante, que, si está el dolor bienquisto en este pecho, sin duda es amor el que le ha herido.) Señor, ¿el mal que padece vuestro pecho en sorda llaga, si entristece, cómo halaga? Si alaga, ¿cómo entristece? Que es imposible parece haber esa unión, mas, pues será tan grande interés poner en su estrago medio, ¿para buscar el remedio no me diréis cómo es? Es esta pasión tan ciega que mis males solicita que el que tengo se me quita con el gusto del que llega. Cuando a las penas me entrega, siendo el rigor tan violento, es tanto el gozo que siento que hago más en callar el placer de mi pesar que el dolor de mi tormento. (Este es efecto de amor, porque estar agradecido un corazón a sus penas solo en este mal se ha visto. Gustan mucho de su idea los amantes y colijo que es porque hallan en ella sin defectos lo querido. ¡Oh quién pudiera saber a quien se inclina!) Prolijo estoy sin duda. Dejadme a mí batallar conmigo. Con quien peor podéis estar hoy, señor, es con vos mismo, mas con vuestro entendimiento se deshace este peligro. Ya que soy tan desdichado que el morir no he conseguido a manos del sentimiento que me causa este delito que ha cometido mi alma sin culpa de mi albedrío, porque querer yo a Matilde tan sin mí me ha sucedido que había mucho que era suyo y aun juzgaba que era mío, aquí, pues morir no puedo, quiero buscar mientras vivo algún alivio a mis penas, si hay a mis penas alivio. Direla lo que padezco, mas ¿cómo a pensar me animo cosa que a mi hermano ofende? ¿Yo he de atrever mis designios livianamente a su gusto y a su elección? Sí. ¿Qué digo? Que sí otra vez, pues atento lo que hay de aquí al cielo mido trepando de causa en causa y encuentro en esos zafiros un astro cuyos consejos tienen de imperio los bríos y no puedo a las estrellas quitarles yo sus oficios. Perdone mi sangre aquí y, si mi hermano ofendido de mí se hallare, quejarse puede de su hado impío, que no es tan grande el mundo que en él hubiese un retiro donde no alcanzase el cielo con sus influjos activos, que con eso de los astros fuera vano el ejercicio, mas, pues tan cerca nos tienen que logran todos sus tiros, sufra él mi atrevimiento, pues yo sufro mi martirio. De ser mi hermano el estorbo con esto queda vencido, pero está ⸻¡válgame el cielo!⸻ por vencer el ser mi amigo. Mayor parentesco es este porque puede haber, o tibios, o son amor los hermanos, y sin él jamás ha habido amigos ni puede haberlos, que mintiera el apellido. ¿Qué he de hacer en tanto ahogo?, pero ¿para qué me aflijo? Porque, si la amistad es, según el mejor juicio, un corazón con dos almas sin sor dos los albedríos, claro está que yo y mi hermano hemos de querer lo mismo por secreto impulso, pues con un corazón vivimos y, así, pues piadoso el cielo darnos tanta amistad quiso, él se encargó de que en esto no pudiese haber delito. Como amigo y como hermano ya no estorba a lo que aspiro, pero estorba como rey, ¡oh título siempre digno de toda veneración!, yo mis pasiones te rindo por hacerme creer a mí, atención, que yo me estimo, que mi intento no injuriaba a mi hermano y a mi amigo. De razones aparentes hice muchos silogismos, pero, ya que rey le encuentro, al discurso no permito que obre nada en mi favor. Su respeto es más preciso que mi vida, que el que ofende villanamente atrevido a su natural señor, ese con aliento indigno le está negando el ser rey y da de traidor indicios. Pues muera mil veces yo antes que infame el sonido de traición mis desaciertos y a estragos de mi destino las vanas oscuridades ocupe de un mármol frío. Perdone un rayo los montes y, enojado y vengativo, haga mi vida pavesas. Venga la muerte. El ruido sonoro de un instrumento enfrena mi precipicio. Un animal venenoso hay que aquellos que él ha herido con la música se curan. ¡Oh si el daño en que peligro, que es veneno de unos ojos, le curase con lo mismo! Está mi pasión tan llena de un gustoso padecer que de callar mi placer mi placer se vuelve en pena y en mi tormento dos graves tormentos hallo: en el bien porque le callo y en el mal porque le siento. Deidad que mi muerte atroz causas con dulces enojos, ¿no bastaba con los ojos, sino herirme con la voz? En tu instrumento sonoro que derrama suavidad das a entender tu crueldad, pues cantas lo que yo lloro. Prosigue y a mi despecho mira en tus voces suaves, pues lo que yo oculto sabes, como vives en mi pecho. Déjeme ya menos fiera lograr mi fortuna esquiva o aquel bien para que viva, o aquel mal para que muera, que en mi tormento dos graves tormento hallo: en el bien porque le callo y en el mal porque le siento. Calla, milagro del aire, porque mi fortuna es tal que de hermosura y de glorias me está labrando el pesar. Calla o yo para no oírte te dejaré. ¿Dónde va vuestra alteza como huyendo? (Fortuna mía, ¿esto más?) Si era de mí, yo cantaba por alegraros. (Mas ¡ay, que siempre anda el querer muy junto con el causar!, que, aunque el que le quiere ignora, basta quererle no más.) (En sus ojos mi silencio es muy fácil peligrar si mucho tiempo la miro. Dejalla quiero.) Acabad, decid, ¿por qué os retirabais? Porque, como el suspirar es en mi mal tan continuo, le busco parte a mi mal donde no canse a los otros. ¿Y con eso descansáis? Algún alivio recibo, pero es sagacidad traidora del mal, pues vuelvo con mayor fuerza a penar. ¿Cómo se hacen los suspiros? ¿Tan grande felicidad es la vuestra que no habéis formado alguno jamás? (No he sido yo tan dichosa.) Astolfo, no es pedernal mi corazón, que es humano como todos los demás... (¿Qué me importa que lo sea si no me ha de remediar?) .y, por si acaso es consuelo para esa pasión fatal ver que hay otros que padezcan, es de esta suerte, escuchad. Cuando ocupa algún afecto la corta capacidad de algún corazón, el alma arrebatada se va a la causa de la pena y cesa aquel natural movimiento de la vida por algún tiempo, y es tal la suspensión que parece que el pecho donde esto hay no se acuerda de que vive o que desprecia el durar, pero, llamado de aquella amada necesidad del vivir, al alma obliga a que le vuelva a animar. Coge espíritu y respira con más fuerza y, como está afligido el corazón, el aliento que de allá sale es eco lastimoso, lo que tarda en acabar, que pega el aire sus penas un pecho que está mortal. Supuesto, pues, que sabéis que es causa de suspirar divertírsenos el alma de asistir a aquel vital aliento que nos conserva, bella Matilde, mirad cuál estará un pecho a quien se le olvida el respirar. ¿Cuál estará un pecho a quien se le olvida el respirar? Estará como este mío, que se me ha olvidado ya. Matilde, sin movimientos y sin tener facultad en los sentidos, de absorta, de sí misma ausente está. Debe de sentir que el rey no se acabe de casar. Aurora. Señora mía. (Amor, ¿por qué tanto mal?) Parece que estás suspensa. No estoy gustosa. Será porque de Astolfo detiene... (Él es quien me ha de matar.) .tus bodas la dilatada y penosa enfermedad. (Ojalá por eso fuera.) (Aunque es locura pensar que el rey puede ser mi esposo, por aquesta natural inclinación no me pesa de los estorbos que hay.) ¿Por qué no me hablas? Aurora, no sé que me tengo. Están..., mas el rey con el infante. (El rey debio de encontrar a su hermano y no le deja volver a su soledad.) No he de permitir, Astolfo, que estéis solo, bien estáis donde haya quién os advierta. Debo a vuestra majestad oficios de padre. ¿Y vos, bella Matilde, a ilustrar de suave rosicler esta esfera la ocupáis? La luz que de vos recibo es la que yo puedo dar, que en mí no hay ninguna. (Ahora es ocasión de mirar si Astolfo ⸻mas no es posible⸻ se abrasa ⸻¡qué necedad!⸻ de Matilde en la hermosura o en los ojos ⸻¡fiero mal!⸻ de Aurora ⸻mas no ha de ser tanta mi infelicidad⸻.) (Ojos, mirad por mi honor.) (Lenguas del alma, callad.) Astolfo, por vida mía que de vuestra parte hagáis por mejorar lo posible, porque, si en no dilatar ya mi boda tantos días, que tan gran felicidad se espera de mala gana cuando tan a mano está, atended a que os lo ruego, y agradecido olvidad esa tristeza. No puedo. Yo quiero hacer empezar las fiestas de tanta dicha porque en regocijo tal tendréis gusto de mi gusto y el de todos causará en vos un divertimiento con que acabéis de sanar. (¡Harto buen remedio es este para mi pena inmortal!) (Si ha de sanar para eso, crézcale la enfermedad.) (No hace movimiento alguno.) (Nada me aprovecha.) Saz, entreme hasta el mismo rey. Señora, vuestro galán está aquí. Débole a Fabio finísima voluntad. (¡Oh si se alegrase Astolfo!) Pues, Fabio, ¿qué hay por acá? Pretensión. ¿Vos pretensión? Proponedla. No es bocal. Pues ¿qué es? Es por escrito, aquí viene el memorial. Yo le veré. Linda flema, no hay yo le veré. Tomad, Rodulfo, leedle vos. ¿Rodulfo? ¡Voto a san Blas! Pues ¿importa que le lea? Tengo con viejos azar y habrá menester antojos. Yo pienso que no los trae. Pues harelo de mezquino porque debe de aguardar, por no comprarlos, a que se le quiebre un orinal. Usted me dé mi papel. Veisle ahí, pues porfías. Leedle vos y seréis mi secretario. Allá va. «Señor, Fabio el estudiante, que dicen que loco está porque enamorado vive, y debe de ser verdad, dice que, atento, que ha mucho que bebe por la beldad de Matildica los vientos, bebida que siendo tan fresquísima no ha podido amante fuego templar, y que ella en ser su esposa tan poco a poco se va que se escalfa de esta dicha la agradable mocedad. Vuestra Majestad se sirva, porque es colérico el tal, de concederle licencia para morirse no más, porque de este galanteo y de su prolijo afán a descansar quiere irse en casa de Barrabás, que, en esto y en que le dé algo que poder testar, por no morir como un puerco gran merced recibirá». Ella es rara pretensión, pero, Fabio, nadie hay que para morirse haya menester licencia. ¡Ta!, no soy yo como los otros, que he de obrar sin más ni más. Vos me habéis de dar licencia y también me la ha de dar esa ingratilla de perlas, viborilla celestial, porque fuera lo contrario, mirado de par en par, ser con ella muy grosero y con vos muy desleal. Muy loco estáis, Fabio amigo. Yerra vuestra majestad. No está muy loco el que quiere morirse por no esperar. A este memorial Matilde puede responder. (No está Matilde para donaires, mas quiero disimular,) Si dentro de un mes no soy yo su esposa, ejecutar podrá Fabio lo que dice. Beso tu chapín real por tanto bien y ¿en aquello de algún plus para ordenar mi testamento no hay nada? Quien no tiene voluntad no puede hacer testamento. Vos amáis y no será desmentir vuestra fineza cosa justa. Cuánto va que, si muero sin dineros, no me quieren enterrar. Siente tanto en vuestra alteza ese achaque el reino todo que cada uno busca modo de divertir su tristeza y, así, con suma afición, que es en su pecho notoria, este arte de memoria le dedica un gran varón. Tanto atrevimiento anima el ansia de tanto bien. Dos mil escudos le den y decid que no lo imprima. ¿Por qué, hermano? Porque es contra el bien común. Decid por qué razón y advertid que yo le juzgué interés. Señor, como en los mortales por soberanos desdenes el número de los bienes es menor que el de los males, es consideración cuerda estorbar estos intentos, que hace muchos los tormentos arte que nos los acuerda. Fuera más de estimar el libro y causara gloria, si, como es de memoria, fuera arte de olvidar. En asuntos peregrinos sus pensamientos se emplean. La dedicatoria lean, que tendrá mil desatinos. Vóisele a dar, pues en vano trabajó lo que aquí está. Ladislao, volved de acá y guardádsele a mi hermano. No entiendo estos beneficios. ¿En mí para qué ha de ser? Los reyes le han menester para no olvidar servicios. (Todo en su melancolía le disgusta y desagrada.) (Feliz mil veces aquel a quien la memoria falta.) Otro esta copa de oro, por ser de labor extraña, le presenta a vuestra alteza. Mucho el arte se aventaja en ella y será gran gusto pensar entre luces tantas que el cristal que la ocupare fácil materia se abrasa, pero luego en la experiencia de los labios que le hallan hielo en llamas desmentido creer por verdad intacta que han hecho en su esfera breve paces el fuego y el agua, mas tomad esta cadena y dádsela con la tasa a quien la trujo, que yo no gusto de esas alhajas. ¿Hay tan extraño capricho? Señor, ¿por qué no os agrada la copa? Porque es de oro. ¡Miren dónde halló la tacha! Porque el oro es siempre hurtado y es que la vil tierra avara al sol los rayos le hurta y allá en sus senos los guarda, donde a endurecerlos viene la frialdad de sus entrañas, y ese es el oro que vemos y no es bien que yo me valga para mi gusto de luces que se hurtaron a un monarca ⸻al sol, digo, rey del día⸻ porque es mi fineza tanta que temo ofender al sol solo porque rey se llama. (Estas respuestas de Astolfo más escurecen que aclaran.) (¿Qué querrá decir en esto?) ¿Podré a su dueño entregarla? Sí. Dejadla, que yo gusto de que se guarde, que basta ser rey el sol para que se entienda sin repugnancia que da, para hacer dichosos, sus luces de buena gana, y ahora entremos, porque a mí muchos cuidados me aguardan de mi oficio. (¡Que no puedo ver pena tan porfiada que con nada se divierta!) (¡Oh qué mal mi amor me trata!) (Plegue a Dios que de estas penas Matilde no sea la causa.) (Males, heridme en buen hora, mas no descubráis la llaga.) Señora Aurora. ¿Qué queréis? Un poco tengo que hablaros,... (¿Qué querrá este loco?) .mas antes de deciros lo que os quiero ya sabéis que me muero. Ya sé que vuestra dama os dio licencia para moriros. Grande es su clemencia, con qué agrado me dijo el dulce labio: «dentro de un mes podrá morirse Fabio si yo no soy su esposa». ¡Ah, que es la buena sangre linda cosa! Al fin, ¿yo he de morirme? Quizá ella antes la mano os rendirá más bella. No hayáis miedo de tal, de ningún modo, que es mujer y lo tiene de errar todo y, así, porque mandé sin tener dudas este vestido para hacer los Judas a un zapatero, que es muy su devoto, aunque Judas no sé si anduvo roto porque era despensero. Para mortaja súplica no quiero que me deis, si no os canso en lo que pido, de los vuestros un habito traído. ¿Soy fraile yo? (El loco está estremado.) Si no sois fraile, ya esto está acabado. Para lo que atrevido os detuve sabréis que es porque he oído decir a mucha gente que lloran las auroras bravamente ⸻cosa que yo la creo⸻, pero ha mucho tiempo que deseo preguntar a una aurora por qué llora. Declarádmelo vos, pues sos Aurora. (¿Hay tan fuerte locura?, mas seguirle el humor será cordura.) De responder usía al punto trate. Yo de amor he llorado. Disparate, mas llorarías perlas. Transparentes. Sin duda que llorasteis vuestros dientes. ¡Cuerpo de Dios!, y como sois bonita, ojirrisueña y carirredondita... (Mas ¿si el loco de mí se enamorase?) (¡Que esto en un hombre pase! Que así como le enguizga una belleza, empiece un quebradero de cabeza sin poder más, pues miren la garganta. Fabio, ¿mirarme con atención tanta es amor? No es amor. Pues será ocio. Acá es un poquillo de negocio. Aunque sé, bella Aurora, que os cansa mi afición, no puedo ahora dejar de hablaros, pues aquí yo he visto... Dondequiera el amor anda muy listo. La lisonja agradezco. (Aqueste hombre me cansa con la sombra y con el nombre.) Vení acá. ¿Queréis bien aquesta dama? Mi corazón en su beldad se inflama. ¿Y ella de vuestro amor está gustosa? Está ingrata, está esquiva, desdeñosa y la ofende mi pena; a lo que infiero de su rigor. Pues soy un majadero, mirad, cualquiera porfía, aunque sea puro amor, es grosería, que el cansar a una dama es tan gran culpa que ni aun con el amor tiene disculpa. Moríos como yo, que en tal querella cumplís con vos y la obligáis a ella. A eterno porfiar mi amor me inclina. Ahora vaya un poco de doctrina. Circe la encantadora, hermosa ⸻aunque no tanto como Aurora⸻ con sus hechizos y su linda cara, que cierto que era rara, por que mejor sufriesen sus molestias transformaba los hombres. ¿En qué? En bestias, cada uno con forma de algún bruto. Llegó a su casa Ulises el astuto y entró desencantando con gran furia, quiso sacar a uno de la injuria de ser lechón, con astucia brava de cuatro mil maneras lo intentaba, mas el maldito puerco ¿qué hacía? Andaba hacia atrás y no quería, porfiaba el varón de lastimado, de ver que hubiese hombre tan errado, mas él le dijo, en tono de enojarse: «cochino quiero ser, no hay que cansarse». De aquesto es copia vuestro desatino, pues ahora quedaos para cochino, que yo a morirme voy luego al instante porque me precio mucho de galante. Bueno el loco me ha puesto. Mucho, señora, siento el ser molesto. Es loco, en fin, mas el infante llega. La suspensión que trae está tan ciega que no nos ha de ver. Sería gran daño que nos hallase aquí. ¡Dolor estraño! No pido otra alegría si no engañar mi triste fantasía. Al jardín va a salir. Vámonos luego. ¡Oh Aurora, si tu ardieses en mi fuego! Cielo juzgo este vergel donde, en dulce oposición, siendo las flores estrellas, tienen de más el olor. Estas las rejas del cuarto de aquella hermosura son cuyos bellísimos ojos sirven rayos al amor. Desde aquí se ve su lecho y está ⸻¡dulcísimo error!⸻ descompuesto del achaque, quizá de que reposó en él la siesta. Detente, soberbia imaginación, mas ¿para qué me reprimo? Mejor es que mi dolor, puesto que nadie me escucha, descanse aquí por mi voz. Lecho, que diste entre marfil y oro sosiego a la deidad que amor no alcanza, donde nunca ha llegado mi esperanza porque igualo a mis penas su decoro; lo que de ti ocupó tiene el tesoro de su fingida bella semejanza, conserva muchos siglos sin mudanza esa confusa imagen que yo adoro; ¡qué hermoso estás con ese aun no entendido bello desorden de mi triste pecho que aun no quiere en pensar ser atrevido! ¡Oh qué contrarios somos, dulce lecho! Tú estás deshecho porque la has tenido; yo porque no la tengo estoy deshecho. Penas, en ninguna parte le dais a mi corazón de los males que padece treguas, ya que paces no, mas a Astolfo he visto allí y él pienso que no me vio, pues no quiero a mis suspiros darles materia mayor,... A Matilde he visto entrar en confusa suspensión. Ireme, que no es bien darle más dolor a mi dolor,... .mas ¿he de perder el verlo? .mas ¿he de dejarla yo? Sí, porque a mi honor importa. Sí, porque importa a quién soy. Pues a dejarle... A no verla... .con ánimo. .con valor. Doy pasos,... Muevo los pies,... .que es muy justo,... .que es razón,... .mas una atención aquí me ha preso. ¡Válgame Dios! .mas aquí ⸻¡válgame el cielo!⸻ me ha encargado una atención. El amor todo es locuras. Todo es locuras amor. ¿Aquí Astolfo con Matilde? Aquesta es buena ocasión de notarle los acentos y hasta el ademán menor. ¡Oh qué dicha que sería para mis intentos hoy si le aprendiese yo el alma estudiándole la voz! ¿Si se habrá ido Matilde? ¿Si ya Astolfo me dejó? Mas aquí está. Ya me ha visto y es fuerza hablarle. Señor. Bella Matilde. ¿Qué hacía vuestra alteza? Aquí fijó mis inciertos pasos una vana consideración porque mi melancolía nunca templa su rigor. Otra quimera gustosa también a mí me quitó el movimiento. ¿Y cuál es? Si decís la vuestra vos, sabréis la mía. (¿Qué he dicho?) (¿Qué haré en tanta confusión?, pero yo quiero decillo, porque no es posible, no, que me entienda.) Es de esta suerte. Cuidado mío, atención. Al salir de entre esos cuadros mis pasos embarazó un descollado alelí que pálido su color miraba una hermosa fuente con tan cariñosa acción que daba bien a entender la melancólica flor que, para estarla adorando, tenía humano corazón, pero la fuente risueña iba corriendo veloz a ser esposa del mar, que rey de zafir nació, y dije compadecido al alhelí: «¡Qué bien hoy le pagas a tu fortuna por tristísima pensión la ventura de adorarla, de perderla en el dolor! Ya he salido de una duda. para una pena mayor. ¡Oh corazones humanos que ciegos y libres sois! (Cielos, ¿si me quiere Astolfo?) Ya sé que sois mi acreedor, esta es la idea que a mí gustosa me suspendió. Veré si hay correspondencia en esotro corazón. Vi una abeja que vestía mallas de oro con dos alas de lucientes sombras y misterioso rumor, como si fuera un Cupido de buena disposición a las hojas de una rosa atrevida se caló, que así como sintió herirse de aquel disfrazado Dios, dando a entender que era el peso la causa de aquella acción, hacia un clavel que allí estaba dulcísima se inclinó, que no quiso declararse, como es tan noble la flor. Reparé en ambos y vi interpuesto un girasol que soberano impedía la más agradable unión y dije a la rosa amante, con ternura y compasión: «infelice tú mil veces, pues que tanto te apartó de aquese clavel que adoras enemigo agricultor». Cielos, ¡quién sin declararse tan mucho se declaró! (¿Si es que Marilde me quiere?) Ya es mi desdicha mayor, ese clavel me ha afligido cuanto aquesa rosa a vos. No sé si el clavel amaba. Eso no lo dudo yo, que, siendo la rosa reina del jardín por su explendor, no había de ser clavel de tan necia condición y de gusto tan errado que no amase lo mejor. Pues ¿veis vos aquella fuente que allá corría veloz y risueña? Pues, también mirado en el interior, la imagen del alhelí en su sombra arrebató y la guarda allá en su pecho por ídolo de su amor. Mas, con eso, corre al mar. Y decid, ¿qué sabéis vos si antes de llegar allá la consumirá su ardor? Ya no lo puedo sufrir. ¡Qué infelices sois los dos! Quiero ir a pensar qué haré en tan grave confusión: (Mucho se apura este enigma.) (Mucho se atreve mi voz.) (Ya es justo salir de aquí.) (Ya salir de aquí es razón.) (A padecer, rosa triste.) (Triste alhelí, a tu pasión.) Adiós, Astolfo gallardo. Divina Matilde, adiós.
JORNADA TERCERA
Señor, para el sentimiento de tu oculta enfermedad cualquiera en su voluntad halla justo atrevimiento y perdonarás el mío, pues conoces que es mayor mi obligación y mi amor. Es verdad, de ti confío cuanto es justo que confíe de un amigo y de un vasallo, pero ¿qué remedio hallo cuando más de ti se fíe? Mi justo agradecimiento puede esperar la salud de tu amor, de tu inquietud, de tu pena y sentimiento, pues, si nada de ti espera un mal aun de mí ignorado, vive tú con tu cuidado, dejadme a mí que me muera. Ver en todos pena igual suele ser de un desdichado consuelo, aunque remediado así no quede su mal. Todos de tu mal se duelen y en esto el daño no aumentan; permíteles que le sientan, puede ser que le consuelen. No puede ser, que el dolor que padece su lealtad es mi oculta enfermedad y, aunque esto es tenerme amor, quien más me quiere aliviar ese conmigo es más cruel, pues no puede ignorar él la causa de su pesar. Luego ofenderme es forzoso y no quedar consolado, si en esto soy desdichado, cuando él en esto es dichoso. Al dichoso ver no quiero, que mi mal le afligen ahora, que él sabe por lo que llora y yo no de lo que muero. ¿Tantos suspiros señor tu pena no han de templar? No, porque en mí el suspirar hace la pena mayor. Suspirar es diligencia del que alentarse pretende. Con los suspiros se ofende mi pesar y una experiencia fácil te ha de convencer de este mi desasosiego. La causa total es fuego porque yo me siento arder. al viento una vela pon y, al primer soplo violento, verás cómo apaga el viento aquella ardiente ambición. Enciende un monte y verás que, si el viento se enfurece, el fuego irritado crece con sus soplos mucho más. Si el fuego es poco, vencida queda la llama luciente; si es mucho, en rigor ardiente al cielo sube atrevida. Fuego es mi mal, no me admiro si a arder muchos mundos sobra ver que tantas fuerzas cobra en uno y otro suspiro, pues, si es viento el suspirar, fácil queda de entender que al mucho le hará crecer y al poco podrá matar. Mi duda se satisfaga con su inútil argumento. Un monte le enciende el viento, la vela un soplo le apaga. Tú eres sol y así el arder vida la has de presumir. No ardo yo para lucir, sino para padecer, porque entre el fuego y el humo ser como los dos pretendo, monte soy porque me enciendo, vela, porque me consumo, con que siempre habrá de ser por mi daño el suspirar si vela me he de pagar o monte me he de encender. El procurar el remedio es parte de la salud. Perdida ya mi quietud, nada en mis males es medio. Al menos, ya que te quejes, templa el dolor enemigo. Ya he hallado un remedio amigo. Dime, ¿cuál es? Que me dejes. No te pensé disgustar. Tu alteza me dé perdón. Yo solo soy la razón de mi pena y mi pesar. Fuese, gracias a los cielos, que conmigo solamente me dejan adonde pueda como el hablarme, el perderme. Ni aun de mí mismo me fío, que este mortal accidente, si nació dentro del alma, dentro del alma se muere. Quiero a mi hermano de modo, adoro a Matilde. ¡Pese a mi lengua, que este nombre ni a pronunciarle se atreve! Labios, mirad lo que hacéis, que el viento informado puede de su nombre repetirle y murmurar estas fuentes, aun esta ofensa que el alma más que la hace la padece. Venza un amor otro amor y el amor fraternal quede secretamente glorioso, que el amor más noble vence y, ya que el mundo le ignora, diga el alma que le siente que amor vencido de amor halló la vida en la muerte. No puedo yo para mí, acordando las especies de esta divina hermosura acá dentro, hacer un ente de aquella belleza grande y gozarla independente de olvidos y de temores, de rigores y desdenes. Claro está que puedo hacerlo, pues sin esperar posee quien con quietud del deseo ama, pero no apetece, pero es amor muy grosero el que adora libremente sin depender del objeto amado porque padece porque la mayor fineza es querer lo que otro quiere, gustar de lo que otro gusta, rendido el dictamen siempre y amar y no desear a ninguno le acontece, porque, aunque muchos lo dicen, pregúntenlos si lo sienten. Otro amor solo es remedio de aquesta fatiga ardiente, dar materia a aqueste fuego puede aliviar solamente la actividad de esta llama. Aurora hermosa. ¿Qué quiere vuestra alteza? Aurora mía, ver en ti cómo amanece en tus ojos todo el día, porque solo a ti le deben toda su vida estas flores, toda su risa estas fuentes, toda la luz ese sol, todos sus rayos lo ardiente, la blancura los jazmines, la púrpura los claveles, toda la campaña flores, porque tú, mi Aurora, eres el alma solo del mundo, sol que alumbra, luz que enciende, flor que alegra, alba que nace y, en fin, un prodigio breve que, dándole a todo vida, solo a mí me da la muerte. Muy poco debe de haber, señor, que a mis ojos debe tantos milagros el mundo. (¡Con qué estraños accidentes su estraña melancolía o le alegra, o le divierte!) (¡Oh qué mal fingen los labios contra lo que el alma siente!) Astolfo, infante, señor. Ya es justo, Aurora, que cesen mi silencio y el recato que en dura prisión me tiene, pesaroso de agraviar mi amor aun fingidamente. (Con despropósitos quiero a Aurora desvanecerle mi intento y hacer locura, lo que juzgué conveniente para remediar mis males.) Tú sola estorbas mis bienes y tú eres ocasión sin culpa del mal que el alma padece. Yo te adoro, y no lo he dicho, forzosos inconvenientes en la cárcel de mi pecho tuvieron injustamente tanto amor, (esto es verdad) razón es ya que reviente el incendio de esta mina, yo he querido ocultamente tu belleza, (esto es mentira) mi hermano ingrato no quiere que yo contigo me case. Si tú, hermosa Aurora, quieres, esta noche de palacio saldremos secretamente. Dueño hermoso de mi vida, vamos, ¿en qué te detienes? (Mejor aqueste delirio siguiendo su humor se vence. El rey me mandó venir, como tanto su mal siente, a procurar divertirle, que su diligencia quiere de todos, si no lo logran, que por lo menos lo intenten.) Yo, señor, siempre he querido a vuestra alteza. ¡Qué escucho! Siempre os he querido mucho. Vuestro recato y tibieza y lo que debo a mi honor silencio a mi amor ponían, bien mis ojos os decían mi voluntad y mi amor. ¿Qué me admiran mis desvelos si tanto a Astolfo quería? De un imposible moría y ya me muero de celos. Yo siempre os tuve por dueño. (¡Notable melancolía!) Yo soy más vuestra que mía. Bien sé yo que me despeño y que a mi mal, si se advierte, no hay que buscarle remedio, pues a curarle no hay medio, ni la vida ni la muerte. A hacer lo que el rey ordena. A dar alivio a tu mal. Ya que todo esté cabal. (¡Qué bien!) (¡Qué rabia!) (¡Qué pena!) Venga, infante, divertid pena que se ve y se ignora. (Pero no la ignora Aurora.) (Alma, penad y sufrid.) Y yo también, como es justo, su precepto he obedecido, si ya no lo ha conseguido de Aurora hermosa el buen gusto. Todo cuanto pude he hecho por divertir su pasión. (¡Qué piedad!) (¡Qué compasión!) Y nada fue de provecho. Infante, yo os vengo a hablar, perdonad mis desaciertos. Muerto estoy, pero a los muertos hay cosas que harán hablar. Amigo Fabio, divierte la tristeza que le mata. Sois, Matilde, muy ingrata, habeisme dado la muerte y ahora, por condenarme a más rigor y crueldad, con desusada impiedad aun no queréis enterrarme. Amigo Astolfo, pudrirme es forzoso en mis porfías, yo pedí ha muchos días licencia para morirme y, hallando que sin provecho mi gana no satisfago, pardiez, tomo, vengo y ¿qué hago? ¡Zas! Morirme, dicho y hecho. Inútil crece al albor yerba que el campo embarace, sol de la campaña nace hermosísima una flor, ámbar respira el olor de esta que nace dichosa y ni fragrante ni hermosa estotra sin atención, siendo con igual razón una yerba y otra rosa. Ya con tema diferente vuelve a seguir su cuidado. (O Astolfo está enamorado, o toda mi ciencia miente.) Yerba y rosa unos cuidados divino a su autor previenen porque una costa le tienen dichosos y desdichados. Secretos averiguados son que nadie los abraza, sale del mundo a la plaza quien rosa pensó nacer, si desdichado ha de ser, inútil yerba embaraza. Rosa donde yo nací a todos les parecía, pero en la desdicha mía desengañado me vi. Ahora escuchadme a mí. (De aqueste infante aturdido el mal tengo conocido.) Di, Fabio, tu sentimiento. La aplicación de este cuento dirá cómo lo he entendido. A un grande predicador de aquello de no acabar ⸻porque, en empezando a hablar, perdónale tú, señor⸻ un hombre dicen que oyó, diole al tal un accidente, con el desmayo la gente del sermón se levantó, que, si esto no sucediera, con gana de hablar tan rara nunca el sermón se acabara y el hombre allí se muriera. Otro que con pena igual junto al doliente se halló dijo a voces: «bien sé yo de aqueste infeliz el mal. Él volverá del letargo con muy grande brevedad, que solo es su enfermedad achaque de sermón largo. Esta es no más, porque yo, si el padre no lo dejara, por poco me desmayara cuando ese se desmayó». Al infante amor le ha dado, que de amor se muere es cierto, yo lo sé, porque me he muerto de Matilde enamorado. Tiene razón mi dolor. Justísimamente muero. Tomad, Matilde. Si os quiero, todos os morís de amor. No sé si estoy agraviado, mas sé que no soy querido Este no es muy entendido y muere por ser casado. A mi pena comparada ninguna pena es creída. Esta muere de entendida, pues no quiere ser casada. De mi afecto las querellas huye mi amor ciegamente, sin ellas me muero ausente, presente me matan ellas. ¿Tan cobardemente huir de qué a mi amor le sirvió? ¿No es furor ⸻pregunto yo⸻ matarme por no morir? Como ya mi juicio peina canas, de nada me ofendo. Esta muere a lo que entiendo de achaques de no ser reina. Bien de mi muerte me vengo, pues ellos por tantos modos ahora se mueren todos y yo muerto me lo tengo. Consolado en tanto yerro, mi pena es más entendida, pues acabé con la vida. ¡Alto!, a tratar de mi entierro. (Esto ha de ser. Hoy al rey la causa he de revelarle de la enfermedad de Astolfo por que de una vez se acaben las confusiones del reino, que, amedrentado y cobarde, aunque se atreve a sentirlas, no se atreve a declararse.) Amigo Rodulfo, siempre con veneración de padre os miro yo, porque os debe demostraciones iguales. Yo os confieso que me he holgado de escucharos esta tarde el proponer en las cortes tan cuerdo, tan elegante, tan prudente, tan templado que, si en todo os igualastes, en todo a todos vencistes, y no sé en vos cuál fue antes: lo delgado del discurso o lo hermoso del lenguaje. El deseo de acertar, gran señor, milagros hace. Yo a los reinos les propuse de vuestras necesidades el estado y, como todas de las muchas guerras nacen, el servicio concedieron obedientes y leales, que agradece que le pidan el que espera que le manden. Yo, Rodulfo, nunca siento que al que llegó a consultarse con modestia me replique, que, como nunca el ultraje pretendo ni la injusticia, siempre que consulto o mande es porque quiero acertar y, si en la réplica hallare cosa que mi entendimiento sin repugnancia la abrace, también yo sabré vencerme, que conmigo solo vale, sin que el poder me atropelle, lo justo y lo razonable. En fin, ¿de Astolfo mi hermano sin que remedio se halle duran las melancolías? En fin, ¿rendido el infante a una pasión ignorada mal logra las buenas partes de que el cielo le ha adornado y la experencia y el arte? En este confuso mal nada alcanzan, nada valen. Yo tengo, señor, que hablaros. ¿Es menester avisarme que tenéis que hablarme vos? Señor, hay materias tales que traen consigo el recato. Ea, decid, despeñadme. Gran cosa debe de ser. Yo os aseguro que es grande. Yo de Astolfo vuestro hermano he conocido el achaque. ¿Vos su enfermedad sabéis? Antes que la sepa dadme los brazos por esta nueva y, si hay en mis reinos parte que no sea vuestra, tomadla. Ocultas enfermedades tienen oculto el remedio, mas, llegando a declararse, la dolencia, aunque terrible, cualquiera salud es fácil. (Nadie es primero que el rey y yo primero que nadie.) ¿En qué os detenéis suspenso? La enfermedad reveladme de mi hermano. Vuestro hermano rendido a una pasión yace y el remedio es imposible. ¿Y cuál es? Amor. Bien grave pasión es la del amor. Más grave no puede hallarse, si como Astolfo se halla desesperado un amante de conseguir lo que quiere. Pues decid, ¿quién puede hallarse que tanto se le defienda a un hombre de tantas partes, a un hombre de tantas gracias y a un hombre, al fin, de su sangre? (Yo he de hacer una experiencia por ver si puede templarse su indignación cuando sepa la enfermedad del infante.) Mujer puede haber, señor, que, si en calidad no iguale a Astolfo ⸻que competencia no hay como personas reales⸻, no pudiendo ser su esposa, le oponga por no infamarse a caricias que la afrenten y a favores que la agravien, que, si su alteza con ella no es posible que le case y para esposa es pequeña cuando para dama es grande, no es mucho que amante muera desesperado y cobarde si quiere con blanda cera duro labrar un diamante. ¿Quién es, en fin? Es mi hija. Gracias a Dios que sacastes de confusiones el alma. (¡Válgame Dios, qué de cosas imaginé en un instante!) Y, como es ley inviolable del reino que con vasalla los infantes no se casen, porque de hacerlo resultan siempre inconvenientes grandes, melancólico padece con afectos desiguales de Aurora la resistencia y del reino el homenaje. Lo que os sé decir, Rodulfo, es que, si pudiera darle una hija, se la diera, superiores causas hacen superiores los efectos. Yo estimo tanto al infante, yo quiero tanto a mi hermano que, si yo pudiera darle mi vida por que su vida fuera mayor un instante, ¡vive Dios que se le diera!, sin que en esto tengan parte vanos encarecimientos ni hipérboles singulares y, pues yo no he de pediros cosa indigna a vuestra sangre, que sois muy honrado vos y nunca es razón que mande ni aunque permita lo injusto aquel que obligado nace, pues nació mejor que todos, a vivir mejor que nadie en el amor confiado de mis reinos, que leales el mucho amor que me tienen espero que me le paguen. Ya que a cortes convocados ha sido dicha el hallarse, mañoso haré que se venzan aquestas dificultades, daré a mi hermano salud y premiaré alguna parte de vuestros muchos servicios y a Aurora hermosa, que es ángel digno de mayor esfera, pues merece coronarse por su virtud y hermosura del mundo en las cuatro partes, un amante que la estime y un marido que la ame. Esto es cuanto el caso pide, que a saber que ocasionase otra cosa su tristeza, si a su salud importase, no hay reino donde yo mismo no fuera a solicitarle la vida, porque es Astolfo mi hermano y mi amigo grande. Ea, Rodulfo, no estéis triste, yo me obligo a que se allanen los votos sin que ninguno de mi voluntad se aparte. ¿No me abrazáis? (¡Raro caso!) ¿Qué os suspendéis? Es más grave que vos pensáis. Nada ahora vuestro discurso embarace. Yo sabré facilitarlo. (En fin, he de declararme, que es mi rey. Ya estoy resuelto.) Señor, nunca los pesares se han de decir de una vez. Astolfo adora, el infante, de Matilde, digo, Aurora... (De una vez ahora acabe de declararse mi pena.) En los bellos ojos arde de Matilde vuestro hermano. Yo, que intenté averiguarle la pasión, la he averiguado. Esto no es cosa dudable. Vuestra alteza lo remedie, que a mí solo el avisarle me toca y obedecerle primero que aconsejarle. Sosegaos, sosegaos, de ellos no puede dudarse verdad en lo que decís, cuando vos os arrojasteis. (¡Toda la piedad del cielo me valga en tan duro lance!) Bien claro está que sería con información bastante. Esto supuesto, de vos quisiera ahora informarme, si es que Matilde le paga su mucho amor al infante. Aunque de la reina siempre melancólico el semblante la misma pasión indicia, como puede imaginarse que el dilatarse las bodas melancólica la trae, no hay que buscarle ocasión con ocasión tan bastante, mas vuestro hermano, señor, muere entre penas mortales de ver que su amor no puede lograrle ni declararle. Violenta estrella le arrastra, de que no puede librase la inclinación, mas Astolfo dura resistencia hace y esto es de lo que se muere, no que aleve a vuestra sangre y a vuestra amistad ingrata, según pienso. ¿Examinastes su afecto y le conocistes?, mas yo quiero hacer examen que como a vos me persuada. Hacéis bien, porque engañarme puedo yo. Venid, Rodulfo. Si de amor nacen los males de mi hermano y si es Matilde la ocasión de sus pesares,... (No sé si acerté en decirlo.) .vos veréis de errores tales tan grande enmienda... Señor. No tenéis que aconsejarme. Prudencia, no me dejéis; amor y celos, dejadme. Yo cumplí mi obligación, no tengo que congojarme. No entréis, deteneos, Rodulfo. Matilde aquí y el infante en una de estas ventanas que caen encima del parque están sentados. Ya veo que ocupan los dos remates del balcón, mirando atentos las flores y los cristales. Notablemente suspensos, estatuas de hielo yacen, muertas las acciones todas, sin aliento y sin semblante. Ya de Matilde los ojos amorosamente suaves miran como que no ven, volviendo a una y otra parte la atención y cautamente vuelve y revuelve a mirarle. (Ansias celosas, despacio si no queréis que me mate.) Ya con un suspiro Astolfo se desmintió de cadáver, con que la región del fuego es ya la región del aire. Con la mano en la mejilla, dulcísimo maridaje de jazmines y de rosas, de claveles y azahares, la tempestad del afecto turba sus soles y salen inundaciones de perlas y diluvios de cristales, (donde la vida y el alma está a riesgo de anegarse.) Ya el infante arrebatado se levanta y ya cobarde, después de haber dado un paso, vuelve otra vez a sentarse. Matilde hiriendo las manos una con otra se sale del balcón mirando al cielo y, al fin, se va sin hablarle. Y el infante sin perderla de vista, atento y constante, águila de tantas luces bebe los rayos que esparce hasta doblar los canceles que un cuarto del otro parten y, tropezando, no acierta ni a partirse ni a quedarse. Sin reparar en nosotros los dos hacia aquesta parte como que a buscarse vienen. Matilde, señora. Infante? Ya mi amor... Ya mi silencio... .si le he callado. .aunque callé. ¡Notable arrebatamiento! Siempre está ciego un amante. (Mi hermano.) (El rey.) ¡Qué desdicha! Ya esto es verdad. (¡Fuerte lance!) Matilde, Astolfo, ¿qué hacéis? Señor, como está el infante... Señor, como aquí la reina... A divertirle... En mis males... (Amor, agravios y celos, mucho he de hacer en templarme.) Vos vendríais a divertirlos y vos a que le aliviasen oyendo y viendo a Matilde. Sí, señor. ¿Y no hay hallarle camino a vuestro remedio? Yo solo, Astolfo, he de hallarle. Venid conmigo, Rodulfo. (Ahora, si irremediable mi pena, será la muerte término de tantos males.) (Quedé abrasada en el fuego de mis ardientes afanes.) Estrañas demonstraciones remedien daños tan graves. Los grandes y el reino todo venga a palacio al instante. Como yo os advertiré, mis acciones ejemplares serán de mis descendientes, que aun hasta ahora no saben, por más que el Grande me llaman, quién es Primislao el Grande. Yo hice lo que debía y, si de esto resultare algún grave inconveniente, primero es mi rey que nadie Si el rey lo entendió, a morirme. Si el rey lo entendió, a matarme. Muera en hora buena el pobre, pues en hora mala nace, que todos viven ahítos de quien se muere de hambre. Si no mirase que hay Dios y si que hay yo no mirase, ya diera con este cuerpo aun más allá de cadáver. Ya de los gusanos fuera alimento miserable y me dieran al demonio el cura y los sacristanes, que a quien pobremente muere nunca la casa le saben de barato los responsos ni los sufragios de balde. A palacio vienen los procuradores y grandes, sin duda que hoy es mi entierro y vienen a acompañarme, mas los clérigos no veo, el ataúd ni los frailes y con ninguno que llore muchísimos que me canten. Ello es hecho, todos entran para entierro muy galanes, muchísimo de mi muerte deben todos de alegrarse. Confusos a todos tiene sin penetrar el intento. Ninguno su pensamiento sabe ni lo que previene. (Mucho me temo, que el rey jamás algo me ha ocultado y en esto se ha recatado de mí, mas su gusto es ley.) El rey me mandó venir. El rey me mandó llamar. (Ya sé que vengo a acabar.) (Ya sé que vengo a morir.) Tome asiento vuestra alteza y tomadle vos, infante. De un rey aun mata el semblante. ¡Qué majestad! ¡Qué grandeza! (Hoy el mundo verá aquí si a hacer lo que debo acierto.) Como ha tanto que me he muerto nadie ha reparado en mí. Atentos me escuchad todos cuantos a ver lo que intenta mi resolución. Confusos os trujo aquí mi obediencia. Yo soy, húngaros famosos, cuya no vencida diestra teme el bárbaro otomano, que sus lunas siempre menguan, que vibra rayos mi acero, tan dilatadas mis fuerzas que todo el norte obedece o mis bandos, o mis letras. Del moscovita y polaco soy dueño y rey me respetan cuantos la Noruega triste y la bárbara Suecia alberga en yelos y en robles, oculta en lagos y en selvas, frondosos piélagos surcan, campos de cristal navegan. Con Matilde concertado de casar, cuya belleza estimo más que a mi vida, a quien almas y potencias, si como a humana la quieren, como a deidad la veneran. A Astolfo mi hermano elijo para que a Albania por ella parta, puesto que, además de ser una sangre mesma, el vínculo que en los dos la rara amistad estrecha era tan grande que pudo dar envidia y ser afrenta a cuantos Grecia encarece y a cuantos Roma celebra. Vuelvo otra vez a deciros, que quiero tanto a la reina... (¡Ah, nunca fuera verdad porque nunca verdad fuera este lazo que me ahoga y este incendio que me quema!) (¿Qué dudo? Él va a declararse.) (De escucharle el alma tiembla.) (Matilde me da cuidado, que yo no importa que muera.) En fin, yo la quiero tanto que soy mariposa ciega, que me desato en cenizas en la suavísima hoguera de sus ojos, cuyas luces, con inclinación atenta, rayo a rayo le examina por que rayo a rayo muera. Trújola el infante a Hungría y es causa de que detenga la ejecución de mis bodas, la extraordinaria fineza con que a mi hermano he querido, pues no es posible que tenga gusto yo si está sin gusto y su terrible dolencia es fuerza que Primislao como Astolfo la padezca. Busqué remedio a su achaque sin perdonar diligencias de cuantas el arte apura o acredita la experiencia. Nada bastó a su remedio. Yo, por que ahora le tengan sus pasiones y las mías, que a un tiempo nos atormentan, quiero que los dos sanemos, mas con una diferencia, que no ha de vivir el uno para que el otro no muera. La detención de mis bodas tiene sin gusto a la reina, más melancólico a Astolfo y a mis vasallos con pena. En dar la mano a mi esposa las diligencias empiezan de su salud y la mía coronando mi cabeza de triunfos y de laureles, a que el tiempo no se atreva y de los rayos las puntas alumbren, pero no ofendan. Hoy Astolfo ha de casarse, también esta es diligencia a su salud necesaria, que a la enfermedad secreta que padece ha de importar. Es Aurora sangre nuestra, cuya virtud y hermosura y cuyo ingenio y nobleza generosas le compiten por más que nunca se venzan, hija es de Rodulfo, a quien todo el reino se confiesa deudor ⸻la envidia lo diga, que cobardemente ciega siempre se opone al valido y en él, medrosa o atenta, convencida se recata y medrosa se sujeta. Ya sabéis que os he pedido permisión, si no licencia, para dividir mis reinos, porque no hay humanas fuerzas que tan dilatado imperio sin mucho riesgo se atrevan. De la mitad de mis reinos ciña sagrada diadema Astolfo, de un mundo digno por su valor y prudencia. Responded, ¿venís en ello? Yo, a quien toca la respuesta por los reinos, «sí» respondo. De los grandes la obediencia a tu precepto se rinde y a tu gusto se sujeta. (Si con Aurora me casa, esa sí que es muerte fiera.) (Si me da por dueño a Astolfo, ni aun el reinar me consuela.) (Perdí toda mi esperanza.) (La dicha de Aurora es cierta.) El amor de mis vasallos el amor de Astolfo venza, otro yo sea en la fortuna como en la naturaleza y, por que dichoso goce esposa que le merezca, como yo la mano a Aurora, él la dé a Matilde bella, pues su amor y mi respeto es causa de que padezca y Amor vencido de amor a los venideros sea ejemplo de la amistad mayor que el mundo celebra.
