Texto digital de El amor bandolero
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.
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Cita sugerida
Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El amor bandolero. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-bandolero-el.

EL AMOR BANDOLERO
JORNADA PRIMERA
Quien camina en Aragón con cuatro tiros pedreros no sabe de bandoleros, como unos camellos son. Los que he visto esta es la hora que a mi señor han topado, de embajador ha bajado a la desdicha que llora. Nunca dejara a Toledo ni a Zaragoza viniera. ¡Ah, buen conde! Yo quisiera acabarlo con el miedo para ayudarte, mas tiene jurisdición tan capaz que aun a solo meter paz me dice que no conviene. Es tan amigo de treguas el temor que por vivir nunca me deja reñir dentro de las cinco leguas. Ya se acercan. Si escapar puedo de esta gente fiera, pondré un gallego de cera en la Virgen del Pilar. Por lo menos con tu muerte pienso vender bien la vida. Ya de tu espada homicida el duro efecto se advierte. Muerto soy; conde, procura librarte con pies veloces, pues sientes armas y voces de mi gente. No es ventura pequeña, que mi enemigo, cuando vengarse pudiera, darme tan piadoso quiera consejos que alegre sigo, pero ¿no he de conocer quién es cuando él me ha llamado conde? Ten el brazo airado. ¿Quién eres? He de saber que en el pecho que hay valor, si bien hay temeridad, vence la curiosidad muchas veces al temor. Ya es forzoso conocerte. ¡Válgame Dios! ¿Dónde estoy? Hermano, señor, yo soy, mi alevoso intento advierte. Don Nuño hermano, ¿qué ha sido la causa que muerto estás por quien te ha querido más, que su misma vida? Olvido ponga agora la piedad aquí al peligro mayor, pague con llanto y temor mi disculpada crueldad. ¿Esta fue la breve ausencia que tú de mi casa hiciste? Si a morir también veniste, no disculpes mi presencia. Escápate, pues te dan vida tus pasos ligeros, mira que los bandoleros de quien yo soy capitán por espías avisados te buscan con orden mía para hacer dichoso el día con tu muerte. Otros cuidados me desvelan en tu bien, ¿por qué matarme has querido? Si ya turbado el sentido no llega a turbar también la lengua casi difunta, oye mi intento feroz, si puede enriquecer mi voz, satisfacer tu pregunta. Policena de Aragón, de España lucero hermoso a quien tú cuerdo y medroso mostraste honesta afición, tanto llegó a desvelar un pensamiento abrasado que mi atrevido cuidado la pudo en su casa hablar. Diome en respuesta crüel —no quiero llamarla necia— que por pobre me desprecia, yo entonces, necio Luzbel, tan soberbio y arrogante, viendo que a hacienda sola mi ardiente amor acrisola desesperado y amante, busqué el medio más feroz que vio la avaricia humana con la traición más villana que dio a la fama la voz. Teniendo un competidor más rico, aunque eras mi hermano, tracé tu muerte, aunque en vano mi vida alienta el amor, pues la he llegado a perder cuando llega Policena, luz de estos campos serena, a su casa de placer. Dos escuadras repartí para esta empresa dichosa, pero la muerte envidiosa me niega el bien que perdí. Con el aliento postrero rindió el alma entre mis brazos, dándome tan cortos lazos para la muerte que espero que por el bosque resuenan ecos, enemigos ya, si Policena estará donde a morir la condenan, porque el honor es la vida de una mujer principal, fortuna firme en el mal si has de ser mi homicida. No me permitas que vea agravios de un sol que adoro si han de perdelle el decoro después de mi muerte sea. Por no dar qué sospechar, aunque sus luces seguía, no vine en su compañía. Quizá pudiera importar el admitir mis despojos entre mortales deseos para fulminar trofeos en los rayos de tus ojos, pero ¿dónde me divierto, si con lágrimas escribo ausente un agravio vivo, presente un hermano muerto?, mas ¿qué haré para ocultarme? Su traje ha de defenderme, que, pues sirvió de ofenderme, ha de servir de librarme. Seré en desdichada suerte ladrón después de homicida por que se libre una vida con despojos de una muerte. Por este jaral espeso, por este espeso jaral, hay más mal de lo que piensan, más de lo que piensan hay. Si aquí como Valdovinos muerto mi señor está, quitarme al marqués de Mantua es quitarlo del altar. ¡Oh, infausto sobrino mío! ¿Quién te podrá consolar? Si de la viña del mudo, fruto, uva y en agraz. Veinte y seis heridas tiene y la menor es mortal y, si tiene alguna menos, el difunto lo dirá, mas ya de los bandoleros vuelve el feroz capitán, haciendo calvarios viene para los que ha de matar. Pobre Triguero, ¿qué nuevas de tu muerte le darán a la galiciana Aldonza que ya aguardándote está? Con la sisa de seis meses válgame que santos hay que hayan sido capeadores. ¿Podré con este disfraz desmentir a mi fortuna? Bandolero celestial, así cuando el sol madrugue te permita saltear, campos de estrellas formando para cuellos de cristal, que te duelas de mis años... Vete, como no hables más. Irme sin rendirte gracias será poca urbanidad. Plegue a Dios, ladrón divino, que te llegues a hurtar al sol el dorado cinto donde los signos están y por tahalí te traigas en tu capa de sayal la guarnición de planetas y el aforro de cambray. (¡Qué medroso está Triguero!, pero a mí me importa más que él no descubra quién soy.) Ya he dicho que sin hablar te vayas. El primer hombre a quien han sabido mal las lisonjas eres tú, pero al irme te he de dar alabanzas interiores y, como oración mental, en lo intrínseco del pecho te saludo. ¿No te vas? Voyme sin volver el rostro porque soy en tu amistad agradecido cangrejo que siempre camina atrás. El engañarse Triguero me alienta para pensar que he de asegurar la vida que ya tan perdida está, aunque ya mis esperanzas luz de la aurora serán, que van perdiendo la fuerza cuando resplandecen más. Ya los bandoleros llegan, medroso estoy, hice mal en remitir a la industria lo que el esfuerzo me da. Ya tus dichas se han cumplido, famoso Don Nuño, aquí viene tu prenda. ¡Ay de mí! El casto honor he perdido porque la esperanza muere si hay tirana posesión. ¡En qué apretada ocasión el amor dejarme quiere! ¡Lógrese mi engaño, cielos! Por mi hermano me han tenido, sin esperanza han vencido sus desdenes mis desvelos, esta es la prenda que adoro, retiraos todos. Advierte que sabré estimar mi muerte si me pierdes el decoro. Mira que el rey de Aragón y el infante castellano desde el monte a lo más llano con un copioso escuadrón de monteros va cerrando el paso a nuestro horizonte. Nuestra defensa es el monte, que, si el rey viene cazando, no ha de arrisgar su persona, pues, si me buscase, empeña por esa senda pequeña que remata en la corona de aquesta montaña fría, aunque va sobre seguro, que el valle al rayo más puro de sol tinieblas envía con las sombras que desata su capacidad amena. Goza, pues, de Policena su luz cuanto hermosa ingrata, pues pudo nuestro cuidado hacer dichosa tu suerte, pero en llamarnos advierte si te vieres apretado, que todos acudiremos. Partid, que yo haré señal disparando el pedreñal. Por servirte moriremos. Bien a la fe que mostráis vuestro valor corresponde. ¿Y si encontramos al conde? Matalde si le encontráis. Pensarás, fiero Don Nuño, que en tu poder y en el bosque tienes segura la presa; poco mi valor conoces. No es valor para ofenderte, que en mis ilustres blasones libro mis castos deseos, como otras en matar hombres, no puñales de Lucrecias contra ejecuciones torpes, que la que espera el delito no hay tragedia que la abone. No me lo dio loca fama porque la mujer que es noble no tiene mucho de honrada sino hay pasión que la acoge. Con un sentimiento mío de ver tu loca desorden daré a los cielos el alma, haré monumento bosque. Policena de Aragón —bien lo sabes— es mi nombre, con sangre de tantos reyes como ellos tienen blasones, el infante de Castilla, primo del rey, que dispone sus bodas con nuestra infanta, sin mirar obligaciones de los tálamos que espera, quiere a precio de favores que yo compre afrentas mías, mas no querrá Dios que logre sus esperanzas ninguno porque mi honor se compone de iguales merecimientos y de honestas pretensiones. ¿Quién pudo obligar mi pecho? ¿Quién muros de nieve rompe? ¿Quién medroso y recatado vence con mudas razones? Es alevoso Don Nuño, tu valiente hermano el conde, aquel valeroso Enrique que en moriscos escuadrones ha sido un cristiano Marte; este es el que se antepone en mi alma a los demás. Esta confesión, que a voces hago a estos olmos y yedras, a estos pinos, a estos robres de casto amor que le tengo, que en mi pecho es roca inmoble. Es por que más se lo digas cuando con mi sangre borres las pisadas de tus plantas que mira piadoso el bosque. Dile al conde don Enrique que por quien es me perdone si escucha desprecios míos y que los juzgue a favores, pues le di entre ellos el alma, y dile que, aunque me arroje la fortuna donde el sol pasa con rojos ardores, tostando abrasadas Libias que de sierpes se componen, allí seré siempre suya, allí adoraré su nombre y por triunfo de mi vida firmaré que soy del conde. Yo le diré cuanto dices. ¡Válgame Dios! No te asombres. Son prodigios de estas selvas, que nuevas transformaciones miro. Por Dios que me digas... Pues he merecido que honres mis bien nacidos deseos, no te valgas de ilusiones para desmentir mis dichas, yo soy, Policena, el conde, que pude escuchar milagros de amor, tus varios temores no den arrepentimientos al bien que el cielo conoce en mi dichosa fortuna, pero advierte que no escoges dueño que mandarte pueda, sino esclavo que te adore. Sin que me den vanidad tus no pensados favores, antes, si lo miras bien, te han servido de escuadrones, Arnaldo, en tu defensa, porque cuando en este bosque sola como estás te hallas y tus pasados rigores en ejecución pusieras, aunque amor se pinta noble, en villanos osadía. Pienso por amante y hombre que te perdiera el respeto, mas, ya que publica a voces tu lengua las glorias mías, tanta deuda reconocen, viendo que no las merezco, que están fraguando eslabones a las cadenas de amor y, aunque licencias me sobren de amantes atrevimientos, no quiere mi amor que ignores que por deidad te respeto, sirviendo ya tus favores de rayos que te defienden en las hojas de estos bosques de armados soldados tuyos, que, si los cielos disponen que yo merezca tu mano, no es bien que favores goces antes que al tálamo llegues ni que el vulgo siempre torpe publique que te has casado forzada de obligaciones. Hasta tu casa de campo te seguiré sin que toquen tu sombra los bandoleros que en este disfraz esconden su engaño y la dicha mía, aunque es forzoso que llore una vida que me cuesta el verte huida de un hombre que en el amor y la sangre es otro yo. Más razones te diera, pero mis penas es bien que tu luz las borre de una alma que ya te sigue como a bellísimo norte y no a la bárbara Scitia, donde dices que los hombres entre la escarcha abrigada del templado abril se esconden ni donde tostando arenas entre espíritus feroces, entre piélagos de injurias, a racimos se recogen. Allí seré siempre tuyo, allí adoraré tu nombre y por triunfo de tu vida firmarás que eres del conde. Tan altos modos de amor, tan corteses pretensiones al mismo silencio obligan y agradecida responden. Lo que es esención del alma desde hoy es prisión, perdonen recatos de la obediencia que solo al conde conocen por mi dueño, mas ¡ay, cielo!, que envidia enemiga rompe la paz de nuestros deseos. Al caballo deja un hombre por la maleza del sitio y con las islantas se encoge para encubrir su persona. Presto hará que de él se informen los ojos. Turbada estoy. Ya vencieron los temores al valor, el rey es este. Pues, Enrique, demos orden de que a su poder no vuelva, que es atrevido por hombre y por quien es confiado mira que sus pretensiones en esta ocasión las libra porque no ha venido al bosque a cazar fieras, mis pasos sigue como tierno Adonis: yo soy la caza que él busca. No sé qué consejo tome en tantos peligros juntos porque, si el rey me conoce, pensará que me disfrazo para robarte en el bosque y con la ley del poder no habrá leyes que me abonen en su tribunal de celos, pues, si con máscara y nombre de bandolero me encubro, será fuerza, que se arroje a matarme y la defensa por natural en los hombres. Es fuerza cuando me apriete que el valor y esfuerzo cobre para ofenderle, en que estrecho tu amor y mi honor me ponen, mas ya llega el rey, en vano busca el alma prevenciones, donde el discurso tropieza en los peligros que escoge. Este es menor por ser mío, pues muero encubriendo el nombre. Bárbaro, ya que en delitos das bruta fama a estos robres, perdiendo al cielo el decoro como el respeto a mi nombre, ¿cómo al sol te has atrevido? ¿Hubo en pechos de ladrones atrevimientos tan altos? ¿Atreviéronse a los dioses? Gigantes tuvieron fuerzas, aunque el delicto fue inorme, soberbia y valor tuvieron, pues acumulando montes fueron penetrando nubes, si bien su máquina torpe cayó resuelta en ceniza con rayos abrasadores, pues ¿cómo un ladrón cobarde que a mis edictos se asconde y tiembla de mis justicias a la luz del sol se opone? Robando sus rayos de oro, si fulminados Faetontes no te sirven de escarmiento, yo haré bien presto que llores tu despeñada osadía. Haz cuenta que soy un hombre sin excepciones de rey, que el sol que en mí se conoce, con el valor le conquistó y no son regios blasones, dale fuego al pedreñal si no te vencen temores y no me yerres ladrón, mira que este limpio estoque he de envainar en tu pecho. Tengo respeto a tu nombre y al valor de que me precio y, aunque ventajas me sobren para tus ofensas, Pedro, no hayas temor que se logren en tu daño, mi defensa busco solo y, para un hombre que tan bizarro acomete sin que privilegios goce de reino, es razón que quiera valerme yo de armas dobles, mida el pedreñal el campo y, si los cielos disponen, Pedro, que muera a tus manos, tendré la muerte más noble que vio soldado en campaña, advirtiendo que perdones defensa que es natural. Pues quieres, al fin, que te honre muriendo ahora a mis manos, haz que el furor te provoque, llega al último ardid muerto, al valor, que, si te encoges y cobardemente mueres, daré el silencio a tu nombre para no afrentar mi espada y es forzoso que malogres la gloria de haberte muerto un rey. ¡Qué de informaciones te pienso dar de mi abono en tu espada. Temo al conde, que, aunque es soldado y valiente, los celos, como traidores, pueden obligar al rey que para matarle tome la pistola. Si el peligro miro, yo haré que informe al aire el fuego y el humo de las ventajas que tome. ¡Perdido soy, ay de mí! ¿Qué has hecho, mujer? ¿Conoces el peligro de tu rey y en más peligros le pones? Esta es la seña que di a los bandoleros, borren mis desdichas mi opinión. A las de viento veloces nos arrojan en tu ayuda. Perdido soy, atreviose la fortuna a la grandeza, descubriome y tiró el golpe. No temas, si estás conmigo, porque los reyes socorre la fortuna más contraria si en opinión de ladrones hubo sombras de piedad. Si naturaleza os pone obligación de vasallos —que solo el traidor las rompe—. vuestro rey tenéis presente. No con mancha de traidores augmentéis vuestros delitos, que basta ser españoles para llamaros leales. Advertid que reconocen a su rey aves y fieras y las estrellas menores llaman rey al sol y viven en su obediencia conformes, en los prados y en las selvas honran a su rey las flores y respetan al Olimpo por su monarca los montes; pues, si los hombres, las fieras y los brutos más feroces conocen que tienen rey, no aguardéis a que os informe la muerte que en nombre suyo de la punta de este estoque alientos del pulso aguarda para ejercitar los golpes. Retiraos, o, ¡vive el cielo!, si dais lugar que me enoje, que enseñe nuevas crueldades al furor. A solo el orden que nos das obedecemos, pase la palabra al monte, retírense todos luego. El cielo mis ruegos oye. ¡Qué gran suerte! ¿Este es ladrón, capitán de salteadores? No puede ser, más parece robador de corazones. ¿Dónde vas? Asegurarte espero. Que te perdone cuantos delitos has hecho piden mis obligaciones. Este anillo es el perdón, parte mañana a la corte, donde pagaré esta deuda con merecidos favores. Guárdete, señor, el cielo, animoso amor socorre al mayor peligro mío, no des lugar a que goce favores de Policena. El rey a mis turbaciones permite industrias sutiles por que su amor no se logre y al templo de tu hermosura desde el Austro a los Drïones daré holocaustos sabeos, haré que el bálsamo llore lágrimas que en llamas de oro esferas del mundo asconden por que el sol se aromatice sin que los indios adoren. Jamás las venturas llegan solas; como las desdichas, también se atropellan dichas y a quien favorecen ruegan. De un peligro conocido me libró oculto valor y multiplica el amor las venturas que le pido. Estas mudas soledades me dan licencia, señora, para merecerte agora, no conquistes majestades, sino voluntad y amor. A quien soy debes mirar. Tiempo, ocasión y lugar no conocen al temor. Mía has de ser, Policena, aquí he de gozar tus brazos, Y primero en mil pedazos mancharé la blanca arena: Con mi sangre daré voces a mi gente. ¿Si te escuchan? Temen. ¿Retozan o luchan? ¡Qué mal mi furia conoces! Furo verdugo he de ser de sus deseos villanos. Quien pone en mujer las manos valiéndose del poder es villano. Mal negocio importa a mi autoridad. Aquí está su majestad. Cansada cosa es el ocio. ¿Qué dices? Que a estos ladrones, sin que les importe el plomo, puse a seis docenas, como cañuelas de gorriones. ¿Quién eres? Conmigo estuvo el conde aquí y en Toledo. ¿Defendiose bien? ¡Ay, miedo! ¿Peleó? Pulido anduvo, mi enseñanza le alumbró líneas. (¡Que con esto venga por que suspensiones tenga mi amor!) Mi fe le envío. A un salteador revejido alcancé en unos barbechos y le di en aquellos pechos —¡notable dicha he tenido!—, dile una estocada fiera que le atravesé el pulmón, mas dile otra en un botón que le tapé la primera. Vete a llamar a mi gente. Ya le entiendo. Otra estocada —en buen hora sea mentada— le di al ladrón más valiente que delantero venía y, si no lo ha por enojo, fue la estocada en un ojo, voto fue ventura mía, pues, dándole a campo abierto una herida tan crüel, acertó a venir tras el otro bandolero tuerto y, como por el cogote la fiera espada salió, en la punta se llevó el ojo de primer vote y, como el tuerto quería vengar su reciente enojo, le encajé de suerte el ojo que hay opiniones que vía. Lance fue de la destreza, que, admirando su primor, no le pusiera mejor la misma naturaleza. Verdad es, por que se acuerde, que yo matarle quería, que era negro el que el traía y el que yo le puse es verde. Yo te he dicho que a mi gente vayas a llamar. Ya voy, estorbos poniendo estoy, mas no hay cosa tan valiente como un mandado real. ¿He de llamar los monteros? Sí. ¿ Y algunos caballeros? Vete. Nací puntüal. Necio, llama a quien quisieres. ¿Llamo al conde mi señor? Villano no habrá rigor que por castigo no esperes, haré que te de una encina por fruto... El rey se alborota, soy ahorcado bellota. Si ofenderme determina, ¿qué mayor bien que morir opuesta a su intento ciego? Manda que me ahorquen luego, que no te puedo servir. Este necio me provoca. Llame al conde. ¿En qué ocasión, cómo? Con el corazón, pues no puedo con la boca y viene con tanta prisa como si me hubiera oído. (¡Qué de estorbos he tenido!) Mi amor, gran señor, me avisa tu peligro y vengo a darte favor si te importa el mío. De vuestro valor me fío, que sois castellano Marte. (Hasta en el ingenio tiene valor, su industria ha salido sutil.) Vime perdido y solo y, como previene tus defensas mi opinión, por lo que importa a tu vida, la diligencia vencida me trujo a buena ocasión, aunque ya de los monteros que acaudillaba el infante el escuadrón arrogante huyó de los bandoleros, mi hermano don Nuño y yo les seguimos más su estrella, sus intentos atropella, pues en mis brazos murió. (Así encubro su delito.) Y yo vengaré su vida en el ladrón homicida, dejaré en el monte escrito el castigo y la venganza. Volvió a ganarles la presa el infante, heroica empresa por quien nombre eterno alcanza. Al fin, se libró don Juan, el padre de Policena... (El cielo mi dicha ordena.) .y ya en tu presencia están cuidadoso de mi vida. Jamás los trujera el cielo, pues en su necio desvelo miro la ocasión perdida. Señor, pues así te arrojas sin prevención donde pueda tu persona aventurarse. Infante, estando tan cerca el conde, no hay qué temer. Si de importancia le fuera mi abono, testigo soy que se arrojó a la maleza del sitio en defensa mía contra la escuadra más fiera de bandoleros y ahora aun solo con la presencia. está guardando mi casa. (Quiera Dios que el rey me entienda y sus pretensiones deje, pues tanto me ofende en ellas.) ¿Tiénele ya acreditado su fama? Por esta deuda a que estoy reconocido, pedir al conde quisiera, mientras en el campo asiste cazando, que en mi pequeña casa hospedaje reciba, cuando no como merezca, como piden mis deseos. (¿Hubo petición más necia? ¿Este estorbo he de tener en su casa? Muy bien medra mi esperanza, cuando el conde mis casamientos concierta con la infanta, mal podré pretender a Policena estando en su casa Enrique. Yo pienso que no desea el conde que agradezcamos con las obras nuestras deudas. A las obras me remito. Primo, escucha. Imagen bella que mis sentidos adora eres tú, ¿cómo pudiera cuando [a] tu templo me llamas negarte la reverencia? Y en fe de que reconozco el bien que darme deseas te doy esta prenda hermosa que me dio el rey por que entiendas que son las mercedes más para que tú las poseas. Como prenda tuya, Enrico, la estimo. Siempre se precian de entender los castellanos las palabras, y aun las señas, pues, como a Enrique no alcanzas, que el suplicarte defiendas, mi casa no es de ladrones, bastante gente hay en ella para guardar mi persona; pues tienes valor y fuerzas, defiende, Enrique, mi honor. Pues ¿qué caballero hubiera que no acertara el amparo? Seré honrosa centinella de vuestra casa, don Juan, y, aunque por guardar la pierda mil vidas, hoy doy palabra de serviros siempre en ella hasta que en felice estado gocéis vuestra hermosa prenda. Como bobo es nuestro yerno. Para mí no hay más firmeza que vuestra palabra, conde. Y yo soy fiadora en ella. Por Dios que ha metido en casa el caballito de Grecia. (¡Qué bien desvelé al infante para que mi amor no entienda!) Por cuanto vale Castilla no quisiera que entendiera mi amor el rey cuando trato que su misma hermana sea mi esposa. Señor, el conde, mientras el calor se templa de julio, será en el campo mi huésped. Y no se emplea tan mal que no cause envidia. Que os vaya sirviendo es fuerza. Ya no os he menester, que tengo mi casa de campo cerca, pero quiero que por mí hagáis cierta diligencia. Mandarme podéis, señor. ¿Qué puede ser? Una empresa amorosa es la que sigo y vos sois la guarda puesta contra mis cuidados, conde, que estando en su casa es fuerza que vos la guardéis querría, ya que sois Argos en ella, que con vos pueda yo tanto que vuestros ojos se duerman. Esto en amistad os pido, porque una noche quisiera sacar... (¡El cielo me valga!) .de su casa a Policena, teniendo tantos criados. Don Juan, no sé si lo aciertas. No importa, que un hombre solo que he de llevar dará muestras de lo que servir me estima. ¿Y quién es? por que yo sepa a quién he de dar lugar. Un bandolero que enseña con el valor cortesías y que ha sido en mi defensa otro romano Scipión, dile por segura prenda una sortija, mañana me ha de ver y, como espera de sus delitos perdón, es fuerza que a Policena me entregue, aunque el mundo todo por su daño la defienda. (¡Qué caso más apretado imitar fábulas griegas donde el amor me ha metido!) Conde, ¿queda ansí? Ansí queda. Vamos, infante don Juan, guarde vuestra hermosa prenda el cielo. Y vuestra persona como Aragón lo desea. Amor, a tu industria apelo, pues a tu ley me condenas. ¡Bueno va la danza! Conde, no se olvide la promesa de guardar mi honor. Don Juan, antes pidiros quisiera que vos me guardéis a mí. No lo entiendo. Ni lo entienda, porque perderá el juicio en averiguando cuentas.
JORNADA SEGUNDA
Conde, ¿en qué te has metido?, mas ¿qué haces agora? ¿El divertido y encubriendo tu fuego calzarte un guante y descalzarte luego? ¡Oh, celos mal nacidos, celos bastardos, celos corrompidos! De humor estoy agora para escucharte. Muy bien dices, llora, pues que no desesperas, no hay fiar de mujeres palabreras; ya me hubiera acordado si ocasión como a ti me hubieran dado. ¿Qué dices? ¿Estás loco? Yo no sé qué ocasión. Ni yo tampoco. Policena me estima, ¿aun no conoces bien quién es tu prima? Es la misma firmeza. De ella aprende esplandores la belleza. Sigámosle el capricho. Mas viene por mi mal. Muy bien has dicho, es mujer deleznable. ¡Que la pretenda el rey! Pues, cuando la hable, ¿qué pensarás que importa? El sentimiento mismo me reporta, ¡oh, hermosa Policena! Primeras ocasiones de mi pena. ¡Que el rey me haga tercero de sus amores! ¡Oh, monarca fiero, tirano, rey injusto, bárbaro Cita y Abarimo injusto! Pues ¿ha de ser por eso bárbaro un rey? Pues ¿qué será, travieso? Bien dices, que aficiones tienen disculpa en grandes sinrazones. En fin, con la cautela que enseña el tiempo y el amor desvela el rey entretenía, pero el infante por desdicha mía pretende a Policena y como el rey me descubrió su pena... ¡Oh, bárbaro despecho, infante habitador del turbio Nilo! El descubrir su pecho es cosa natural. Muy bien has hecho, discreto es el infante, buen San Juan le dé Dios. Necio ignorante, has de advertir que quiero que me sirvas leal, no lisonjero, otorgas cuanto digo y cánsasme en estremo. El humor sigo de un médico excelente, pintado a la medida de un doliente: «si acaso», le diría, «señor, si me sangrara, quedaría templado de este fuego». «Cuádrame el parecer, sángrese luego». «Estoy flaco de suerte que, si me sangran, me han de dar la muerte y escusarlo quería». «Dice muy bien, escuse la sangría». «Estoy tan desganado que no puedo comer ni aun un bocado, de la polla más tierna tiene en el alma apoplegía eterna y, para abrir la gana, comiera yo, señor, de una manzana». «Estará luego bueno, bien la puede comer, que no es veneno como esté bien enjuta; es fruta, en fin». «Dice muy bien, es fruta». «Matarle ha, no le coma». ¿Y se curan? No sé, dineros toma, mas queréis compañeros con ser quien inventó sepultureros, cada receta suya es un responso para que el destruya todo un género humano, no hay sino echalle pulsos a la mano, persuadildo sin miedo de todas las parroquias de Toledo, es un escapulario, todos mueren con él. ¡Qué temerario eres, qué mal diciente!, agora más te quiero diligente. Pues en el alma inquieta traigo la quintaesencia de un planeta. Menester será todo tentar la industria y acortar el modo. El rey pretende, ¡ah, cielos!, atropellando causa de mis celos, robar a Policena, no como Paris a la griega Elena, con cauteloso engaño quiere augmentar las penas de mi daño. Descubriome su intento, pero a mi daño servirá de aliento. Un bandolero dijo que ha de venir hablarme. Ya me aflijo de pensar que a tu historia añades bandolero. Poca gloria sacaron de la empresa, díjome el rey, en fin, que va la presa; como él venga, segura llamando está a la puerta la ventura. Yo soy el bandolero,... (¡Dios sea conmigo!) ...que fingirlo quiero. Es el que yo te digo y disfrazado, haciendo al rey testigo, del mismo robo pienso llevarme a Policena. No dispenso. No me conformo. Necio, por la prenda que gano, es poco precio. La vida que aventuro... ¿Y yo en este disfraz iré seguro? Tú has de venir conmigo disfrazado también. ¿Tanto testigo? ¿No basta el rey? Advierte lo que has de hacer agora... El trance es fuerte. Que al rey le digas quiero que te dio este papel un bandolero que al pie de esa montaña te habló. Ya estoy bien drecho en la maraña. Has de llegar turbado. No hay qué advertir, que yo tendré cuidado. ¿Hubo más confusiones nacidas de unas mismas ocasiones? Ya soy maboteo, laborinto es la casa en que me veo, no hay trance de batalla más temido y cruel, pues para hablalla el rey con más sosiego sin saber que es la causa de mi fuego que oculto se levanta, a casa de don Juan trujo la infanta, como si no tuviera en su casa de campo la ribera del Ebro, donde quiso dejar copias del sol el paraíso. Ya estoy determinado, vencerá mi advertencia su cuidado, que fuera cobardía dejar la empresa si la empresa es mía. Conde. Señor. La infanta muestra tanto disgusto que adelanta nuevas melancolías a la ocasión mejor, que penas mías al jardín viene agora con Policena. Mucho el rey ignora la causa de mi pena, celos bien claros son de Policena. ¿Cómo la habla el infante? Sentiré que su mal pase adelante. ¿Cómo ha de irse a Castilla?, que comience a tener —no es maravilla— la pena de tu ausencia. Más siento yo el rigor de una sentencia que siempre me amenaza, siendo el debido amor sola una traza a mí en el bien que espero y esta ha faltado ya que el bandolero a verme no ha venido y se ha pasado el plazo prometido. De rey son los favores que suplen a las fuerzas inferiores. Si lo que dijo oyeras, menos su fortaleza encarecieras: yendo yo a Zaragoza cuando la noche privilegio goza, cuando destierra el día entre las sombras de la noche fría, sentí rumor de gente, paré el caballo, y me detuve enfrente y escuché a tu soldado, que de reñir contigo estaba honrado, y en discurso prolijo dijo a los suyos... Conde, ¿qué les dijo? ¿Que teme mi grandeza que haya sentido en mi valor tibieza de soles, que mi espada, que ha sido en nuestros polos respetada, con muestras inferiores mostró flaqueza o engendró temores? ¿Qué bandolero es este? Temiendo estoy que la opinión me cueste y a su valor arguyo, a costa de mi honor, que el valor suyo en trances tan honrados publicará sin duda a sus soldados y, si él no se mostrara superior a mi brazo, no dejara el pedreñal perdido, que fue arrogancia si respeto ha sido. Dejole arma de fuego, sacó la espada y con fatal sosiego reconocí la mía, llegó luego su agrura compañía y a mi lado se puso, diome favor y me dejó confuso; y claro está que piensa que el valor que le iguala le hace ofensa. Pues ¡vive Dios que estriba mi vida en mi opinión!, mi honor me priva, de majestades vanas veré las cumbres de ese monte llanas. Yo solo he de buscalle y, si ha hablado en mi ofensa, he de matalle, si viene con más gente, que Horacio retiró guardando el puente. Estoy de enojo ciego. Escucha agora y matarelo luego. Estando yo seguro, el rey me acometió, no le figuro por lo que representa, por un soldado sí que a matarte alienta, con tan nueva osadía que copia de su imagen parecía. Un rayo fue Pelayo, de este varón no se descubre el rayo de la rompida nube con violencia mayor. ¡Qué necio anduve en perder la ventaja!, que, aunque furor la acción humilde y baja, el pedreñal pudiera defenderme la vida y la perdiera si no llegarais luego, que, de la suerte que en la plaza el juego de provechosa esgrima, llega el soldado cuando en poco estima al opuesto enemigo, así entró Pedro a batallar conmigo, la pistola francesa me vio en las manos, no temió la empresa, antes bizarro y fuerte, mostrando en cada acción con una muerte, me dijo, ardiendo en ira, «no me yerres, ladrón, apunta y tira, pues hay quien te provoque; tente, que he de hacer el limpio estoque la vaina de tu pecho». No me he visto jamás en tanto estrecho, por los cielos sagrados, con ser quien dio a Genil despedazados más moros andaluces que en ese monte se descubren cruces. Faltome el ardimiento, perdí el color en tan sobrado aliento. «Pedro, mil siglos vivas, en bronce brividor tu nombre escribas por blasón de la Fama, que en eternos pirámides derrama por fuerte caballero». Esto dijo el ladrón y esto refiero. Que, al fin, de espada a espada confesó que la mía salió honrada. Estimo esos blasones por no ver mi opinión en opiniones. Tú mismo la has tenido, tú mismo tu valor has ofendido. Cuando soldados veas atropellando bárbaros no creas que en el valor te igualan, que son sus hechos rasgón que señalan imitando a sus reyes, que saben dar vitorias como leyes. En todas ocasiones, en singular batalla en escuadrones de estraña y propia gente el rey ha de pensar que es más valiente y, si la sangre cría, en siendo noble esfuerzo y valentía, en qué el pecho se ampara quien la tiene real cosa es bien clara, que vendrá a ser la fuente donde aprenda valor el más valiente. Eres, al fin, soldado con el valor del pecho acreditado. Señor, la infanta viene ya del jardín. Y Policena tiene posesión de mi vida. Y mi esperanza del poder vencida. ¿No es muy discreto el infante? Tú lo sentirás mejor. Mírale con más amor, no porque yo esté delante le has de negar los favores que tiene ya merecidos. Ya son celos conocidos, mucho me pesa que ignores quién soy. No eres Policena de Aragón. ¿No hay más que esperes de honra y valor? Ya sé que eres para su dama muy buena. Para su esposa le soy y también como... Esos bríos, más parecen que son míos, pero agradece que estoy en presencia de mi hermano, que los celos que me das vengara... Engañada estás, pretende el infante en vano, puesto que ha de ser tu esposo. ¡Qué arrogantes bizarrías! Son obligaciones mías. Desmentir será forzoso tu necia disculpa, yo bien sé que le das favores, tu rostro en rojas colores mis sospechas confirmó. De corrida estoy turbada y del desprecio ofendida. Yo sé que no estás corrida tanto como enamorada, pero algún día... ¿Hay rigor tan fuerte como los celos? Dalde desengaños, cielos, si os mueve [a] piedad mi honor. ¡Que la infanta venga a ser verdugo de mis deseos! Ya son jardines hibleos, pues han merecido ver a vuestra alteza. Las fuentes me agradan por deleitosas, están a la vista hermosas. Dos soles en dos orientes estoy mirando en sus ojos. Abrasado estoy de amor y celos. Nuevo rigor para acabarme de enojos muestra, conde, Policena. No hay qué espantar si la mira la infanta. Aun al sol admira su frente de luces llenas. ¡Cielo!, en la cuenta había de ser. No hay caída que temer cuando un rey la mano os dio. Conde, la vida trocara por aquel favor. ¿Qué veo? Es ilusión del deseo, que siempre en agravios para. ¡Vive Dios que Policena tiene mi sortija! Hermano, pues tiene tan buena mano vuestra alteza. No es muy buena. Ya sé que hay otra mejor. Claro está que no es la mía. Conde más galán quería al galán que doy favor. El que mi esposo ha de ser no ha de perder ocasiones. Pues ¿en qué ocasión me pones que yo la pueda perder? Cielos, ayudadme agora, para remediar su daño padeció mi amor engaño y a desengaños adora. Aquesta sortija es tu prenda, toma y advierte que sabré estimar mi suerte; vamos, que es hora. Después. ¿Qué novedad me ha eclipsado tan presto el sol por quien vía luz de tan alegre día cuanto descubre un cuidado? Prevengamos valedor si otra vez has de caer. Ya no será menester. Siempre es dichoso el valor. ¿Es hora? Sí, ya te espero, esta sortija has de dar también al rey. Declarar. No hay qué declarar, no quiero favores que haya tenido Policena en su poder, al rey se la has de volver, pues fue suya. Pues ¿qué ha habido? ¿Qué yerba has pisado, celos? Dirasle al rey... Ya te entiendo, de que me adviertas me ofendo, que me cuestan mil desvelos. ¿Tu historia no me dijiste cual bandolero la diste por varios casos? ,Consiste amigo, en tu diligencia toda la ventura mía. Yo lo haré, mas no querría que llegue [a] hacer esperiencia el rey de mi mal gobierno. Que se llegue a descubrir, ¿qué importa? Enviarme a servir con seis lanzas al infierno porque estos son los favores de los pobres alcagüetes, si en el infierno jinetes, en el mundo corredores. ¿A quién pudo suceder lances tan atropellados que se despeñan cuidados para volver a caer? Mi amor a venido a ser pajarillo a quien desvela propia y natural cautela que tierna al pecho se fía y en el mismo pecho cría plumas con que huyendo vuela. Cierra esa puerta. Jamás, para la adversa fortuna si se ha levantado alguna para despeñarse más. Ya está cerrada la puerta. En fin, que a pedirte vengo un consejo. Siempre tengo la puerta del alma abierta para servirte, señor. Tú mismo me has confesado que aquel hombre, aquel soldado, bandolero o salteador dijo que sintió en mi espada valor a la suya igual y el contrato desleal dejó su opinión manchada. Hame ofendido y, si callo sin la venganza, que espero... ¿Qué dices? Mi daño infiero. Estoy resuelto a matallo, mi causa en tus manos dejo, mira el consejo que das. Pues, si tan resuelto estás, ¿para qué pides consejo? Advierte bien lo que digo y aconseja sin pasión porque en mi resolución has de ser parte y testigo. Lo primero, no es ladrón, solo de mi amor lo eres. Pésame, señor, que eres con tu celosa pasión, pues no has de poder tomar el consejo que has pedido. En dejándote advertido, me podrás aconsejar. Vile, al fin, con Policena solo en el ver que mi amor pudo advertir y el favor que me dio más le condena. Nobleza y poder se encubre con el disfraz —esto es cierto—, que no estuviera encubierto a quien su pecho descubre. Si Policena tuviera temor del traje feroz, con el alma y con la voz favor a su rey pidiera, pero en su blando sosiego sentí que le conocía y que sereno admitía quejas de un amante ciego. Diome palabra de verme, no me vio, faltó a la fe y, aunque más yo le escuse, es cierto viene a ofenderme. Mira agora qué he de hacer, con que sé que me ha ofendido; el consejo que te pido por vuestro lo he de poner. Por vida de Policena, mira que de ti me fío. Si fuera el suceso mío y me escusara la pena de traidor o desleal, tuviera aquí por mejor que me matara un traidor que no aconsejarte mal. Lo primero, el desafío se niega al que es inferior aunque le sobre el valor; este es sentimiento mío. En ocasión apretada que siempre venir sucede con su mismo esclavo puede un señor sacar la espada, mas después, si el enemigo inferior llega a ofender, entonces no vendrá a ser venganza, si no castigo. Rey eres y el que has pensado que te ofende no te iguala y cae él y no le señala campo, aunque te haya agraciado, mas falta satisfación en tu nombre y ha de ser sin que llegues a perder punto en tu reputación. Si sabes quién es, te importa que él te confiese rendido que jamás ha pretendido la ofensa tuya, y no es corta la satisfacción: que elija y que se desdiga un hombre por que no haya quién no asombre ver que un noble se desdiga. Si por honrado quisiere sustentar en dicho o hecho el agravio que te ha hecho, ya no hay clemencia que espere; puedes matarlo, señor, para castigar su brío y no será desafío donde se empeña tu honor, pues no llega a prevenirse, que no es pasada pasión, sino presente ocasión que dio por no desdecirse. A esto estás obligado en tu celoso tormento, esto juzgo y esto siento por la vida que jurado... Pues, conde, si eso es ansí, tú tienes obligación de darme satisfación o habrás de mirar por ti. Señor, ¿qué dices? ¿No entiendes es tan obscuro el abismo —tú eres juez y eres él mismo— que en el delito me ofendes? ¡Vive Dios que has pretendido a Policena. Señor, ni me acobarda el temor ni el delito presumido y mil veces moriré en el tormento más fiero que inventó el rigor primero que satisfacción te dé porque, si no he de sacar la espada contigo aquí porque tienes sobre mí juridición de matar y yo quedé por quien soy sujeto a afrentosa mengua, si te desdice la lengua de la opinión en que estoy, me resuelvo ya a esperar su ejecutivo poder, pues no he de satisfacer, supuesto que de callar. Callando me has confesado lo que yo pretendo aquí. Díceslo tú y será ansí. Pues ¿cómo te has condenado justificando la ley? Porque es más sano partido el quedar por convencido que no desmentir a un rey. Pues, si confiesas, ¿qué esperas, si ves que te has de matar? Yo he de morir y callar por más que ofenderme quieras. La sortija que le di al bandolero aquel día, si no es ilusión la mía, en este instante la vi en poder de Policena; clara señal que tú fuiste el que después se la diste. Tu sospecha me condena. Pues que a reparar salí de tan peligroso enredo niega, pues. Tampoco puedo porque te he de desmentir. ¿Y en sospecha tan incierta qué haré por que no me engañe mi amor? Que te desengañe la verdad. Abre la puerta. Aquí está un hombre, señor, en traje de bandolero que quiere hablarte. Ya espero. ¡Válgame san Salvador de bandolero adivino! ¡Notable viene Triguero! Bandolero y con antojos. Si soy, no le cause enojos, letrado de bandoleros. ¿Qué quieres? Mi capitán. (Bien finge, bien se demuda.) Desde el bosque te saluda y cuantos con él están... ¿Qué hombres tiene? Ayer hicieron la reseña, por los nombres hay cuatrocientos mil hombres. De Jerjes no lo dijeron. ¿Cuarenta qué era decir? Sí, señor, «cuarenta» dije. ¡Vive Dios que ya me aflige!, más seremos, que el mentir... (¡Con qué medrosas quimeras finge Triguero temor!) Quejoso está mi señor y estoy temblando de veras. Tu capitán, ¿qué pretende? Ganar a Jerusalén. (¿Qué dice este loco?) Bien. Ya con dilación le ofende. Esta sortija me dio para que por ella veas que tendrá lo que deseas efecto, y lo firmo yo. ¡Válgame Dios! Esta es mi sortija, estoy corrido. Enrique, perdón te pido y, si hay humano interés que las deudas satisfaga de mi amor y mi amistad dispón de mi voluntad. El desengaño es la paga. De celoso te ofendí, pero, si ofensa no hubiera, de lisonja te sirviera lo que sospeché de ti porque, si el hombre encubierto a mi valor le igualé y que eras él sospeché, que te di lugar es cierto sobre Alejandro y Aquiles. Más precio tu desengaño que tu favor. ¡Caso estraño! ¡Qué bajos son y qué viles!, los celos temor me dieron de nuevo competidor. ¿Voy despachado, señor? Jamás servicios se hicieron tan grandes a rey ninguno, toma en señal de mi fe esta cadena. Sí haré, que temo el ser importuno. ¿Que vendrá mañana, en fin? Digo que vendrá mañana. Es ocasión soberana y, si es el premio un serafín, conde, por la falsa puerta del jardín la he de robar. Mira en qué me has de ayudar. Señor, en dejarla abierta. Con eso no habrá mercedes que no te ofrezca mi amor, que, al fin, me debes señor de un cielo. Allá lo veredes. El Agrajes no diré porque es ya civilidad. Engaños de amor, premiad con más engaños mi fe. Con temor llego al balcón porque permiten los cielos que el breve espacio que aguardo hoy me sirve de tormento. ¿Esto has de hacer? Si mañana la has de robar, ¿qué recelo tienes de que la hable el rey por el balcón? Eres necio, palabras de un rey amante ablandan montes de acero. Hay por aquí caserías que casi forman un pueblo de pastores de don Juan y, el rey y el infante puestos, sin descubrirse el amor hacen de noche tercero de este sitio disfrazados y que yo les guarde el puesto me han pidido. ¡Fuerte caso! ¿No le pueden guardar ellos? En la traza que [he] mostrado han de pensar que obedezco su gusto y hemos de hacer que salga vano su intento, él sale hablar al balcón. ¿Hubo semejante enredo? Sabralo el rey mi señor, para que ponga remedio la oscuridad me defienda. Ya estoy contemplando un leño, que le esgrime algún villano sobre mis hidalgos huesos. Un hombre se acerca aquí. ¿Hombre hacia aquí? ¡Santo cielo!, libradme como a Esaú cuando Holofernes su yerno... ¡Vive Dios!, que aquesta historia es del Testamento Viejo, y no me espanto, que estoy para hacer yo testamento. ¿Es el conde? Su alma soy. Habla más claro. No puedo, si yo fuera el Conde Claros, tuviera más claro el pecho. Por mi vida que digáis quién sois. El noble Triguero más que un espárrago solo y más solo que contento, más contento que turbado, mas turbado que protervo, más protervo que... ¡Jesús! .que todos cuatro elementos. Ocupado el puesto hallo, no es mal principio de celos. ¡Qué bien ha cumplido el conde la palabra! ¡Vive el cielo! Que están hablando al balcón, ya mi amor pide remedio para desvelar sospechas, ¿quién es? El infante. Creo que va en mi dicha, señor; su intención me ha descubierto, el rey quiere a Policena y, como debo respecto a su nombre, le [he] dejado ya para hablar libre el puesto. Paciencia, conde, es el rey, pero mira que te advierto que mi pretensión encubras. Si sabes que amor te debo por infante de Castilla, ¿qué me encargas? Luego vuelvo, quizá me dará lugar la fortuna. Furia y celos me abrasan. ¿Quién es? Señor, pues ¿yo no he puesto remedio a lo que mirando estás? No digas más, ya sospecho lo que puede ser, pudiera el infante por lo menos... Guardarele cortesía a mi hermana conociendo que está en casa de don Juan, esto se quede en silencio. Conde, pretenda el infante que no he de quitarle el pecho mientras él no lo dejare. Hízote discreto el cielo. Queda a Dios. Pues ¿quieres irte? Para dar la vuelta luego. Basta tu satisfación a desengañar cien necios. Como el rey vio la sortija, puede por fácil acuerdo el dársela luego al conde. Clarísimo entendimiento te dio el soberano artífice. Dirás agora que tengo celos, sin causa han mentido mis ojos lo que sospecho, ¿no has visto lo que ha pasado? O los toros andan sueltos, o se cae algún andamio. Si no tomare escarmiento de este agravio. Infanta, advierte. ¿Qué de advertir cuando veo que estás hablando al infante viéndome abrasada en celos? Las veces que de él he dicho, si él no fuera de tu pecho, me descubrieras tu amor, ¿quién puede ser? Aun los ecos, meguelina palamenta, paso a paso y dedo a dedo voy esquimando la boca. ¿Adónde se va Triguero? Cuando la misma verdad está sirviendo de ejemplo, no es razón que tu cuidado, formando injustos conceptos, tu necia disculpa atajen. Con vergüenza te confieso mi amor, don Enrique el conde, esta pretensión que tengo para honroso fin, señora. Bien fácil podrás saberlo, pues es su mismo crïado, con el que hablaba. En el terrero no hay gente, ventura es mía, si por el rey no la pierdo. Ya dio Triguero la vuelta. Poco satisfecha quedo si no oigo hablar al criado. Saldrás de la duda presto, ¿ha venido el conde? Agora se apartó de mí y sospecho que es el que me está guardando las espaldas, que le debo todo el bien que estoy gozando, como es de mi amor tercero, como sabe que os adoro, cesen ya tantos desprecios, mi bien, que, si por infante no tengo merecimientos, por la firmeza en amaros vengo a pensar que os merezco. ¡Válgame Dios! Hoy me falta la paciencia y sufrimiento. Señora, advierte —¡ay de mí, muerta soy, sin duda llego al centro de la desdicha!—... Que no responde sospecho por el temor de la infanta. Señor, la verdad te advierto: a Policena pretende el conde, por el suceso conocerás la verdad. Su criado está en el puesto porque se lo dijo a él mismo por engañarte diciendo que es el infante el que habla. ¡Qué confiado y qué necio sus palabras he creído! Quiero acreditar su engaño para apartalle del puesto. Infante, hacia aquesta parte os quiero hablar. (Ya sospecho lo que puede ser. El rey es este, en notable aprieto por haberme conocido me he de ver, mas ya está hecho, sigamos a la fortuna.) (Turbado el sentido tengo, ya es mi desdicha mayor porque han llamado a Triguero y sospecho que es el rey, en conociéndole pierdo mis esperanzas dichosas.) Ya vengo a satisfaceros, mirad qué queréis pidirme. Villano, ¿qué atrevimiento tu pecho cobarde engendra para perderme el respeto? (Callando estoy de confuso y de admirado suspenso.) ¿Sabéis que soy el infante? Otavio, cielo, ¿qué es esto? (El cielo remedio ponga.) Señor. Conde, ¿es burla? Es cierto, es el infante. Esas dudas te dan arrepentimiento, bien sé que me has conocido. ¿No te dije que en el puesto estaba el infante hablando? ¿Cuando ves que me desvelo en tu servicio me pagas tan mal? Por bárbaro y necio hace lances la fortuna, conmigo, conde, en efecto, por un criado del conde os juzgué. Fuera muy necio si yo no os creyera primo. Conde, solamente creo tu verdad y tu lealtad, mi amor en tus manos dejo para que tú le gobiernes. Permita amor que el gobierno que esperas de tus amores sea como yo deseo.
JORNADA TERCERA
¡Viven los cielos, villano, que tal escarmiento haga en ti! ¡Suspensión de daga!, que soy por Adán hermano. Antes de matarme escucha. Pues ¿qué tienes que decir, villano? Plazo y oír. ¿Qué he de oír? Disculpa mucha. ¿Qué disculpa puedes dar si por tu villana ausencia llegó el infante? Paciencia. Púdome anoche costar toda mi reputación. Si en mi pellejo te hallaras, bien sé yo que te ausentaras de toda conversación. Cené pepinos no más y un cántaro de agua fría, ruibarbo y Alejandría no hicieron obra jamás en el cuerpo de un cristiano, tan fuerte los seis pepinos se volvieron torbellinos y el agua el mar Oceano. Pues ¿a qué me persuades? A que creas la verdad: fuime con necesidad de hacer mis necesidades, pues proveyó la fortuna. Calla, bárbaro. ¿Qué hacéis, conde? Si no os ponéis a su cólera importuna, luz de nueva hierarquía, aragonés serafín, las flores de este jardín bañara con sangre mía. Conde, pues ¿tanto rigor? ¿Por qué le queréis matar? Porque me quise purgar sin licencia del dotor. No escuchéis sus desatinos, fuese de un lugar y quiere... Señor, si otra vez me fuere, que vuelva a cenar pepinos. Yo le fío. Bien podéis Enrique, a vuestro criado he menester. Obligado a serviros me tenéis, también me podéis mandar. Solos hemos de quedar. Pues empiezo a obedecer. Ya estamos en la estacada, que a ver tal belleza llego, ¿quién fuera Adonis gallego de esta Venus? ¿Qué? No, nada. Bien sabes que tu señor está a servir obligado al infante de Castilla por vasallo de su hermano, tratose mi casamiento, con él otorgó el contrato el conde con poder suyo y después, para mi daño, vino el infante a Aragón, pues cuando llegaba el plazo de celebrar nuestras bodas pudo advertir mi cuidado que a Policena pretende, dilatando con engaños mi esperanza. Vile anoche con esta sirena hablando tan amante y tan rendido que aquel transformado mármol, alma de Anajarte dura, fuera bastante ablandallo a sus justas pretensiones. Tú, pues eres fiel crïado del conde, podrás decillo, que hable al infante si acaso no lo estorban mis deseos, mi vida pongo en tus manos para que de ella dispongas. Diversas veces he hablado con el infante en razón de tu causa y hemos dado el medio más conveniente. (Así sus celos aplaco.) De mí se acuerda el infante, ¿qué dices? Pues es milagro, tus pensamientos adora. ¿Y Policena? Estropajo es en tu comparación. Con ella le he visto hablando. Está ensayando requiebros para cuando esté en tus brazos. Mira que el infante viene. Déjame con él un rato. Verás cómo lo dispongo. ¿Qué has de decirle? Que vamos y te saque del jardín una noche disfrazado, que una vez puesta en Castilla yo estoy aquí, que a tu hermano sabré aplacar con razones. La dilación temo tanto que doy crédito a las tuyas. ¡Plega a Dios que llegue el plazo que yo en tu poder me vea! Yo tengo muy obligado al infante en casos tales y hará por mí en este caso cualquier desalumbramiento. ¿Y este lo es? Digo, trato, si tú no fueses su esposa, no le saliera muy caro el robo, digo, señora, que cuando el obscuro manto con guarnición de lechuzas preste sombra a estos naranjos te ha de robar el infante. Junto a este laurel aguardo para saber la respuesta. (¡Que haya amor tan mentecato que mis disparates crea! Yo al infante no le he hablado jamás cosa de importancia, pero será necesario que mi embuste se acredite, pero no sirva de lazo para que tropiecen todos.) ¿Y el conde? Entre estos espacios de murtas y de jazmines estaba agora aguardando para hablarte en cierto, ruego... Cuanto me pidas es llano porque su gusto deseo. ¿Y si a pedillo ha llegado la infanta? Con más razón vengo a estar más obligado. La ley de tu cortesía obliga a pechos hidalgos, algunas palabras oigo rompidas. Si estás despacio, te diré lo que ella pide, Dios ponga tiento en mis labios para no echarlo a perder. Cuanto puedo y cuanto valgo para servir a la infanta ofrezco. Mi fe he logrado, servir a la infanta, dijo, tiene la infanta un criado. No lo ha de saber el rey. Di, ¿qué es? Y por varias cosas ha conocido del mundo los peligrosos encantos, que la vida es una flor que, si la corta el arado de la muerte intempestiva, viene a ser segundo Hilario en el ejemplo y la vida hará bien presto milagros, si Dios le diere licencia, huye los tiernos halagos de la patria, los amigos, los deudos, los paniaguados, porque estorban la virtud, las soledades, los campos. Hecho un penitente Onofre, pretende nuestro Pascasio —que así se llama— y querría, valiéndose de tu amparo, que le lleves a Castilla, que quiere ser ermitaño en Sierra Morena, adonde salga, en viendo gente al paso, con algún arcabucito para entretenerse en algo, porque todo penitente ya puedes ver... Yo me he holgado en que se ofrezca ocasión para servirla. Escuchado ha estado, señora, fuera imposible... Señora, desde hoy me llamo dichoso, de vuestro gusto me dio aviso este criado y por lo que yo intereso de serviros tarda el plazo de cumplir vuestro deseo. Guárdeos el cielo mil años, señor, que no esperaba menos de ese valor soberano, para mí vuestra palabra es el más firme contrato, con él estaré segura del favor que espero. Vamos, que puede escucharlo el rey si hablan un poco más alto. Damos con la casa en tierra, mirad que importa el recato y que no lo sepa el rey. Dejaldo todo a mi cargo, que me costará la vida primero que el ermitaño deje de ver a Castilla. Aliña esos bledos, Pablos. ¿Qué ermitaño es este? Al fin, como eres mujer, no has dado en el punto. No lo entiendo. Entre los dos concertamos una seña para el robo y, así, en diciendo ermitaño, Dios lo puede remediar. La vida, amigo, me has dado. Conde, esta noche he de dar fin a tan larga aventura. De mi parte está segura, daré ocasión y lugar hasta que llegue a tus brazos. Mas matallo. ¿Qué es aquesto? (A morir estoy dispuesto, haranme dos mil pedazos.) ¡Bravo necio! Conde, solo que se ausente el sol espero. ¿Ha venido el bandolero? Apenas de nuestro polo huya el bello resplandor cuando llegue. ¿Puede ser? Cierto está no hay qué temer, conozco ya su valor. Llegó el plazo y de manera el lazo llega a apretar que, si más pienso aguardar, será forzoso que muera. Vámonos a prevenir. Espero la voluntad de Policena. En verdad que me han venido a decir que, si no la hablas primero, muy humilde y muy rendido debes de haberla ofendido, por la sortija lo infiero. ¿Quién te lo ha dicho? Paciencia. Dice una sentencia antigua que quien chisme averigua arguye poca prudencia. No la hables, tente fuerte. ¡Por dios que me ha de pagar las malas noches que llevo! Pues, si mi verdad no pruebo, no tengo ya qué probar; tantos peligros me faltan. No vencerás si te allanas, las mujeres y las ranas, en estando cerca, saltan, espántala con desdenes y verás cómo te ruega. Tomo el consejo. Ya llega, véngate, que ocasión tienes, quiérola hablar para ver en qué hartura está su enojo. Ya soy humilde despojo de quien me pudo vencer. Trigueros. Señora mía. ¿Diste la satisfación al conde? Su condición no la sufrirá una arpía, has hecho de rogar de manera que ha jurado no hablarte. ¿Tanto enfado le pude al conde causar? Yo quiero desenojalle. Haslo de echar a perder. Pues, Triguero, ¿qué he de hacer? Hacerle fuerte y no hablarle. Las que son cuerdas escogen este medio, no te asombres, las tortugas y los hombres, si los espantan, se encogen; espántale con desdenes y verasle compungido. Tomo el consejo. Ha sido para el amor que le tienes de perlas, eso te ruego, y verasle humilde luego más que un pollo presentado. La libertad es gran cosa. Gran cosa es la libertad. Y mayor la necedad y menos dificultosa. ¿Sujetarse un hombre? Muera antes que llegue a querer. ¿Sujetarse una mujer? Primero que quiera muera. Bueno está naranjo. Y Dios me libre. Dios me guarde. ¿Cómo no llega? No es tarde. ¿Llegaré yo a hablarla? No. Ya no le puedo sufrir, Trigueros hablarle voy. ¡Ah, Trigueros, muerto estoy de esperar y de sentir! Pues yo les doy comisión para hablar cuarenta días. Enrique, las penas mías hallan dulce suspensión, en tus ojos menos grave debe de ser esperar, pues no me llegaste a hablar; Mi bien, Trigueros, lo sabe. Él me dijo que esperara que me hablaras tú. Y aquí lo mismo me dijo a mí. ¿Por eso hacen mala cara? ¡Que mi paciencia permita que este me llegue a burlar! Pues ¿no me había de pagar el susto de la daguita? Por el donaire que tiene ha merecido perdón. ¿No ves que la dilación siempre desdichas previene? Del poco espacio que al día le queda para aguardar la noche me da lugar mi bien su tiniebla fría. Tu gusto y consejo espero con breve resolución. Fabio, dichosa ocasión suspende el paso, que quiero escuchar oculto al conde, que es tercero de mi amor. Para consejo y favor solo mi amor te responde. Dispón de mi voluntad, tuyo es, señor, mi albedrío. Con justa razón me fío de Enrique. Honrosa amistad le debes, pues que procura con el cuidado que ves tu causa. Por que después no lloremos la ventura que la ocasión nos ofrece es bien que no la perdamos. Brevedad y concluyamos. Su amor y su fuego crece del infante y rayos llama a tus ojos, Policena. ¡Qué bien le dije mi pena, qué bien habla, qué bien siente quien sabe al ajeno amor darle tan bellos matices! No ignoro cuanto me dices. También con ciego furor te pretende el rey, ninguno por esposa te pretende. Ya sé que mi honor se ofende, pero su intento importuno no tendrá lugar. ¿Qué importa? Si el rey te piensa robar... Sabrelo yo remediar, también una espada corta, lazos de un injusto amor, yo sabré buscar mi muerte primero. El remedio advierte, más conveniente a tu honor. El rey se ha determinado a robarte, como sabe que el blando aliento suave entre las hojas templado gozas en este jardín de noche y al hombre aguarda qué riñó con él? Quisiera que tenga dichoso fin, conde, la traza que das. Yo soy el hombre que aguarda; si tu amor no se acobarda, dulces efetos verás. De mi industria y desmentidas has de ver las esperanzas del rey. En sus confïanzas me tiene amor escondidas, votos de mi casto amor. Tuya soy y tuya fui. Fabio, yo también lo oí. Si hallar testigos procuras, pienso que Enrique me vende. Y yo lo pienso también. Pues esta noche, mi bien, que robarte el rey pretende he de gozar de la presa a sus mismos ojos yo, que, si el cautelas trazó, yo soy dueño de la empresa, por más venturoso amante, quedando por justa ley burlado el amor del rey y sin premio el del infante. Robe el niño amor, si es dios, pasos al viento ligeros. En traje de bandoleros hemos de venir los dos. ¡Qué bien le dije mi pena! ¡Vive Dios que me ha engañado!, mas yo dejaré burlado el amor de Policena. Su misma cautela ha sido el norte que he de seguir, traje y nombre he de fingir de quien fue amigo fingido: tú imitaras al criado, que con los despojos fieros de los presos bandoleros quedará mi amor premiado. Por ver tu venganza hiciera en tu servicio imposibles. Todas son cosas posibles cuando amor vengarse espera. Ya el amor se adelanta sintiendo del sol la ausencia. Yo voy, si me das licencia, a desvelar a la infanta. Yo entretanto prevendré caballos que al viento imitan. Si sus vuelos facilitan los méritos de mi fe, serán lisonjas valientes de la noche. Adiós, mi bien. Vaya contigo también. ¿Qué empresa habrá que no intentes, Amor? Por camino estraño a su templo me levanta. Más si aguardase la infanta la seña del ermitaño. Parece que las tinieblas, ya de la luz vencedoras, conocen que yo las llamo, se enlazan unas con otras, anuncios son de mis dichas, que para cumplirse todas el último plazo falta. El conde me dijo agora que ya estaba en el jardín el bandolero, las sombras de la noche le defienden. ¡Qué bien mi intento se logra! Ya soy dueño de la puerta que amantes yedras coronan, cumplió su palabra el conde por que le pague con obras. Como es diligente amor, sobre las alas se arroja del tiempo. ¿Si habrá llegado el infante? Nueva aurora parece esta muda imagen, que entre azucenas y rosas con su misma luz enseña rayos del cielo, que adora... ¡Policena es esta, cielos!, que aspira nuevas aromas la yerba como la pisan sus plantas de nieve hermosa. ¡Que se me pierda el criado dándole ocasión las sombras de los árboles!, que encuentro que en ocasión tan forzosa me falte desdicha es mía. Amor, si no se malogran mis deseos, el infante viene ya a cumplir su honrosa promesa, mi dicha es cierta. Parece que voy agora por el limbo, ¡que no fuera entre estas tinieblas sordas clarísimo mi señor aquí de manos a boca! Se me fue de entre las manos, ¡que no hubiera en cada hoja una linterna! Ya he visto dos vueltas en dos personas. Este parece a mi amo. ¿Eres tú? Yo soy. Dichosa es mi suerte, Policena es la que animando rosas aguarda hurtos de amor. Pues las manos a la obra, no se nos enfríe el barro. ¿Si acaso mi bien no estorban el estruendo que en las ramas suena? De esta vez me azotan. No son vanos mis recelos en el jardín. ¿A estas horas gente y faltar de su cuarto Policena? En mi deshonra se desvelan todos, quiero, pues es guarda cuidadosa, llamar al conde. Sería algún hortolano. Importa el silencio y el secreto. Todo es tinieblas y sombras. Gloria a Dios que ya he llegado, que fuera mengua notoria dejarle en esta ocasión. Bien es. Vengo, y con no poca sospecha, que he visto ocultas... Necio, juzgarás las copas de los árboles por hombres. ¿Si es el conde venturoso? Puedo llamarme: ¿quién es? La ejecución la responda, señor. Has dicho muy bien, mas, por si el paso me estorban, para desvelar sospechas llevarás mi prenda hermosa hasta ponerte en la raya de Castilla. Perezosas serán las yeguas del Betis con el caballo que borda estas flores con espumas. Quien pierde ocasión la llora. Ánimo, amor. ¿A qué aguardas? El amor es quien te roba. Como crïado obedezco. ¿Hubo mujer más dichosa? Nadie a mi ventura iguala. Ladrón, en mi vida apoyas la deuda que te confieso. ¿Quién habrá que estorbe agora mis cumplidas esperanzas? Enrique, vuestra persona busca mi honor ofendido. ¡Válgame Dios! Pues se postra la fortuna a vuestros pies y vuestro valor pregonan los moriscos estandartes, ocasión tenéis agora, que tengo en casa enemigos, cerradas las puertas todas están del jardín, no pueden los que buscan mi deshonra escaparse. Nadie fíe de mentirosas lisonjas de la fortuna más firme. Don Juan, mi palabra sola basta por vuestra defensa, este jardín será Troya si hay quien os ofenda en él. (Fortuna, inconstante diosa, ¿cómo permites que yo me ofenda a mí mismo? Agora quiero ausentar a Trigueros para que no se conozca la fe y amistad rompida.) Los demás crïados rondan por las cercas del jardín, no se escapará una mosca. A esta parte suena gente. Más temo la afrenta sola que el peligro. No temas, que, si el mismo infierno arroja volcanes, estás seguro. Llega esas luces. Ya sobra, don Juan, tanta diligencia. Señor. ¿Qué sueñas, qué sombras mis desdichas acreditan? ¿Dónde estoy? ¿Qué Babilonias confunden los oficiales en su torre prodigiosa? Piden cal y doy ladrillo, alto de esta vez me arrojan estos ángeles barbados a concertar otras bodas a las galeras de Argel. (Mi resolución importa, que está turbado el infante.) Señor, si ya no te enojan licencias de un casto amor... ¿No es mi hija? Es fabulosa esta selva, di, prosigue. Como era ya causa honrosa ser esposa del infante y yo fui la causa propia, señor, de que tú escribieses al conde de Barcelona arrepentida y amante, antes que de mí dispongas, al infante descubrí tu intento, cuya amorosa piedad mostró los quilates de una hazaña tan heroica, supuesto que, si me lleva, soy su legítima esposa. ¿Hay confusión semejante?, pero ya el riesgo pregona que he de obedecer callando. Con disculpa tan honrosa el perdón está seguro. ¡Válgate Dios por la novia! Señor, cerrado han las puertas. Cielos, ¿qué he visto? Esta es otra. Ya los engaños ofende adonde peligros sobran. Famoso rey de Aragón, a cuyas plantas heroicas se derriben las banderas, que sobre el Ganges tremolan, si tiene un amor disculpa que ilustremente blasona de que al tuyo excedí en tiempo, a tiempo estás, si perdonas, que tu fama se eternice, con fe y palabra de esposa solicité a Policena, trazas de amor fueron todas para entretener el tuyo, el que en la selva se embosca capitán de bandoleros, el que de tu mano propia sortija y favor recibe, el que con ansia amorosa para aquesta empresa aguardas soy yo; si a caso te importa que yo muera, aquí me tienes con una humildad tan prompta que me cansara la vida si conoce que te enoja. Conde, si lo que es enfado fuera agravio, tu persona estimo en tanto que pienso que te perdonara agora el mayor; por ser quien soy busco la mayor vitoria venciéndome yo a mí mismo, goza en paz tú prenda hermosa que tantas penas te cuesta. Muy bien guardastes mi honra, Enrique. Yo os di palabra de aventurar mi persona hasta poner en estado a Policena, ya goza el estado que desea y nadie en el mundo ignora quién es el conde de Ureña, que a la más alta corona puede mezclar sangre suya. Señor, mi casa se honra del valor que vos le dais, satisfecho quedo agora y basta que el rey lo mande. Aperciba Zaragoza fiestas, porque he de ser yo padrino de entrambas bodas. Pues ¿hay otro desposado? La infanta ha de ser la novia, mira tú quién puede ser. Todos recibimos honra de su alteza. Cante el mundo entre virtudes heroicas este vencimiento tuyo. ¡En mi vida he visto bodas de bandoleros como estas! ¿Qué mucho, entre tantas bodas, si es bandolero el amor, que lo parezca en las obras?
