Texto digital de Los amigos enojados
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Gaspar de Aguilar Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los amigos enojados. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amigos-enojados-los.

LOS AMIGOS ENOJADOS
JORNADA PRIMERA
¡Vete al momento, traidor, antes que pueda tu ruego menospreciar mi valor, y antes que toquen a fuego las campanas de mi honor, y antes que quiera, enemigo, castigar tu atrevimiento! Mas tienes para conmigo tan poco merecimiento, que aun no mereces castigo. ¡Camila, escucha! ¡Cruel! No me trates con amor, pues soy esposa de aquel que, en ofensa de su honor, ha sido tu amigo fiel. Deja el término amoroso y a matarme te apercibe, porque será fin dichoso que me mate aquel que vive en el alma de mi esposo. Por eso ¡fiero atrevido! comienza luego a matarme donde afrentarme has querido, y podrá tu mano darme la honra que no ha tenido. Moriré honrada y contenta, y si mi esposo buscando fuere, por dicha, mi afrenta, en la sangre, resbalando, podrá caer en la cuenta. Y cuando no caiga bien en la cuenta de esta suerte, a fe que no falte quien se lo diga, que la muerte tiene trompeta también. Vete, Camila, no estés quejosa de mi amistad, que el nuevo amor que en mí ves parte de la voluntad que tengo a tu esposo es. Que como amigo tan fiel, vivo en él y vive en mí, y tanto amor le ofrecí, que, como estabas en él, te ha cabido parte a ti. Deja las falsas razones, que aquí no sirven de nada, tú que a deshacer te pones una amistad confirmada con tantas obligaciones. Lo que agora es menester es que me digas ¡ingrato! qué pudiste pretender de mi marido Renato que lo dejase de hacer; o qué hacienda mi marido no ha entregado a manos llenas por pagar lo que has debido, o qué sangre de las venas por tu causa no ha vertido. ¡Mal haya quien no desea que una ofensa tan terrible de todos sabida sea! Mas, como cosa imposible. ninguno habrá que lo crea. Con esto solo le quito todo el mal que hacerte quiero, y lo que siento infinito es ver que eres el primero que le cometió un delito. El honor, como ha notado ser esta maldad inmensa, porque no seas castigado quiere que a la misma ofensa te acojas como a sagrado. Esto, Manfredo, te digo, como ves, postrada en tierra, y con aquesto, enemigo, quédate en paz, digo, en guerra, que es lo que tienes contigo. ¿A quién será, en tal jornada, pedir consuelo acertado aquel que no acierta en nada? Si al Cielo, estará indinado; si a la tierra, está cansada; si al Amor, de ningún modo, con los favores que aprueba mis servicios acomodo; si al aire, todo lo lleva; si al fuego, abrásalo todo; si a las aves, van volando y no escucharán mis menguas; si a las aguas lo demando, contino están murmurando y agora no ternán lenguas. ¿A quién, pues, le pediré, cuitado, sino al abismo, porque claramente sé que, por tenerle en mí mismo, lo que quiero alcanzaré? Mas pues ha sido verdad que una mujer sin ventura hízomela en mi amistad con una falsa hermosura una fingida bondad, procurando mi castigo, desde agora me destierro de este lugar enemigo, donde he cometido un yerro contra un acertado amigo. Y ansí me iré consolado, porque nunca más veré el lugar descomulgado donde a Renato afrenté y adonde quedé afrentado. Amor ciego, injusto Amor, ¿por qué tu poder injusto quiere con tanto rigor que al ídolo de mi gusto sacrifique el de mi honor, y que hoy roben mi reposo desquiciando al fuego mío por la honra de mi esposo? Pero el aire del desvío enciende el fuego amoroso. Y tú, esposo, a quien no puedo de este daño asegurar; que el daño, por estar quedo, siempre vive en el lugar de donde se partió el miedo. Ya que no temiste, advierte que la persona entendida del amigo de más suene suele confiar la vida y no mujer, que es la muerte. Tú mismo este daño has hecho, pues en esta casa triste, de su amistad satisfecho, la misma entrada le diste que yo le he dado en el pecho. Fiaste de tu mujer y de tu amigo el honor, sin mirar que suele hacer este niño y dios de Amor nuestros juicios perder. Mas ¡ay, triste! ya le siento, pues se alegra el corazón. Por venir en un momento, las alas fuera razón pedir prestadas al viento, y aunque es verdad que he corrido, sospecho que habré tardado. Seas, Renato, bien venido. ¿Do está Manfredo? Cansado de esperarte, se ha salido. No se cansa de esperar llevándole yo conmigo. ¿Que no se puede cansar? No, señora, que es mi amigo. ¿De eso te quieres fiar? No me digas, por tu fe, lo que escuchar no quería, que mi vida le fiaré, aunque en eso poco haré, porque es más suya que mía. Mas dejando esta contienda, dime al momento si tiene 290 AMIGOS ENOJADOS Y VERDADERA AMISTAD Eufrasia. Renato. Eufrasia. Renato. Eufrasia. Renato. Eufrasia. Renato. Eufrasia. Renato. Eufrasia. Renato. necesidad de mi hacienda, que entregársela conviene para que la empeñe o venda; y si algún desesperado ha pretendido enojarle, que, si el honor le ha faltado, para morir o cobrarle iré a ponerme a su lado. Nada de eso ha menester, que está de amigos y honor tan rico, a mi parecer, que tú agora su mayor enemigo debes ser. Pues si no tiene Manfredo otro enemigo, yo juro que podrá vivir sin miedo. Poco de ti le aseguro. Yo sí, señora, que puedo. Y porque lo esté de mi me voy de tu compañía. ¿No ves que se fía de ti? Pues porque de mí se fía quiero partirme de aquí. Porque si él no se fiara no fuera ésta mi tensión. Mal te parezco a la clara, pues tu esquivo corazón en esas cosas repara. Sin duda mal te parezco, pues mueres por ausentarte. Mi, fe y palabra te ofrezco que viendo la menor parte de las tuyas enmudezco. Y ansí, digo que pareces a mis ojos una estrella, que contino resplandeces, y que en el mundo mereces el nombre de la más bella. Y que sin esto eres quien arbolas el estandarte de la discreción también, que a no parecerme bien poco hiciera yo en dejarte. Mas voyme, que soy traidor a mi amigo. Pierde el miedo, que aquí tienes en valor otro amigo sin Manfredo. ¿Es tan grande? Y aun mayor. Dime, pues, qué amigo es ése; servirele de ordinario. (¡Ay, triste! Si me entendiese sin que fuese necesario que mi lengua lo dijese.) Di: ¿quién es? Eufrasia, No tiene ser, pues le ha perdido por verte. ¡Que tal osaste emprender, monstruo, furia, encanto, muerte, demonio, infierno, mujer! ¿Posible es que no ha bastado ver que tu mal conocía y estaba disimulado, por ver si en ti causaría vergüenza a mi pecho honrado? Mas i ay!, que en mi corazón (que es de este daño el proceso) viste escrita la traición, pues hallaste en mí ocasión de poderme decir eso. En mí estaban las raíces del árbol de esta maldad. Paso : no te escandalices, que bien podrá la verdad estar secreta. ¿Qué dices? ¿No ves tu amor, importuna, por la f€ que nos guardamos, que no puede, aunque queramos, enseñarle cosa alguna que los dos no la sepamos? Y es tanto, que te prometo que si esta traición hiciera, es tan mi amigo, en efecto, que entiendo que no pudiera no decirle este secreto. Y adiós, que no puedo más oírte, hablarte ni verte. Renato, pues que te vas, dame con hierro la muerte que con palabras me das. Pasa con hierro mi pecho; podrá con hierro salir mi vida de tanto estrecho. Si a hierro quieres morir. piensa en el yerro que has hecho, Aguarda, espera, cruel. y pues es negocio llano que ofendí tu amigo en él, dame al menos con tu mano justo castigo por él; Por mi amigo a tu maldad diera castigo con rabia. pues me dice mi lealtad que es faltar a su amistad no matar a quien le agravia. Mas quiero eximirme de ello, aunque sé ofendo mi amigo; estos brazos que han de hacerlo aun para darte castigo no han de llegar a tu cuello. Y ansí te reservaré del mal que te has procurado, y de esta tierra me iré, do una mujer he hallado más que las otras sin fe. Suéltame, Eufrasia. Espera ¡Ay, triste! No es menester tratarle de esta manera; que si él lo quisiera ser nunca yo se lo dijera. Quiero entrar en mi aposento, esperar a mi marido y hacer con el pensamiento de un yerro no cometido un largo arrepentimiento. ¿Tomó el papel? Sí. señor; mas de ella una cosa temo. ¿Y es? Que no tiene amor, o tiene honra. En extremo me cansas con tu temor, porque siempre tienes miedo. Pues miedo tengo también, que ella le tiene a Manfredo, según habla con desdén. De él asegurarte puedo; porque siempre de mí ha sido con grande honra tratado en todo lo que he podido. Harto mal es ser honrado por la mujer el marido; pues por más que se disfrace lo que digo, has de saber que deshonra viene a ser cualquier honra que se hace por hermana o por mujer. Aunque sin licencia puedo partirme de tu presencia, dame licencia. Manfredo, ¿tú me demandas licencia? Sí, señor. (Confuso quedo.) Dime: ¿qué te sucedió que licencia me demandas para partirte? Eso no; dame licencia si mandas, si no, tomarela yo. Sepamos adónde vas. A nunca más parecer. Duque, Muy desesperado estás, según eso. Has de saber que no puedo estarlo más. ¿Posible es que de un dolor huyes con tanta eficacia? Es una cosa, señor, que en género de desgracia se ha de llamar la mayor. Dime: ¿viste algún portento, que estás tan turbado y triste? ¿Viste el cuarto elemento alcanzar la tierra, o viste rojo el cielo, el mar sangriento? O, por dicha. ¿viste alguna oposición que amenaza varios golpes de fortuna, que es cuando el sol se disfraza con el rostro de la luna? ¿O en la noche aborrecida viste algún cometa ardiente, cuya luz resplandeciente por los aires esparcida pone temor a la gente? No, señor ; no he visto nada de lo que dices aquí; que otra cosa más pesada he visto. ¿Qué viste? Vi una mujer enojada, que es más terrible portento que eclipsado el sol y centro, rojo el cielo, el mar sangriento y un cometa prodigientro, fuego del cuarto elemento. Pues ¿por qué está enojada? Porque es amada. ¿Mujer hay tan inconsiderada que no quiera ser amada? Sí, señor. No puede ser; que antes todas cuantas son se huelgan de dar cuidado. Pues por la misma ocasión que es imposible, me ha dado tan notable admiración. Y ansí me voy, que el dolor con la memoria se altera. Duque, Manfredo, espera. Señor, si dijeras desespera te obedeciera mejor. ¿Vaste? Sí. Pues por tu fe déjate de hacer extremos, y dime adonde y por qué. Manda que solos quedemos, y lo que mandas haré. Apártate un poco allí, que quiero saber su intento. Norabuena. ¿Fuese? Sí. Pues oye, señor, mi cuento. Duque, Comienza. Manfredo: Escucha. Di. Sabrás, poderoso Astolfo, que en la primavera hermosa, cuando la tierra se cubre de verde, y menudas hojas, y cuando las tiernas plantas sus verdes pimpollos brotan y de contento de verse lloran los árboles gomas, mi sangre y la de Renato, " que creo que es una toda, renacieron sin morirse a imitación de estas cosas. En la noche de San Juan, cuando todos se alborotan por gozar de aquel rocío que a veces sirve de aljófar, fuimos a una huerta mía los dos en una carroza, y en ella vimos (¡ay, triste!) un bello escuadrón de hermosas, coronadas las cabezas de claveles y de rosas. Pero sobre todas una, que bien era sobre todas, pues con la luz de sus ojos pudo obscurecer las otras y hacer que fuesen las almas a las Indias de su gloria por el mar de sus cabellos, porque todos eran ondas, los cuales estaban llenos de tantas piedras preciosas, que a estar más lejos de mí pensara que era el aurora, que de su balcón miraba la fiesta maravillosa, y el día del Precursor era del sol precursora. Después, señor, que la vimos, quedamos como una cosa que, perdido el ser que tiene, en lo que en él se transforma. Callé yo, por ser casado, mi tormento y mi congoja; pero sintiole de suerte mi amigo, que en breves horas, a pesar de sus parientes, la recibió por esposa. Cuando supe el casamiento vine a sentirlo de forma que, después que pasó el día de mi muerte y de sus bodas, busqué ocasión en su casa de verme con ella a solas —que a veces la amistad suele causar estas cosas—, y diciéndole mi pena, volvió a mirarme furiosa, como tigre que ha perdido los hijuelos de su honra. Díjome algunas palabras que, a mi pesar, fueran pocas, pero dulces, pues salieron por el portal de su boca. Y después de haberme dicho muchas de ellas injuriosas, se entró, y dejome la ingrata del modo que estoy ahora, hecho un Vulcano de infierno, que echo por esta boca más abundancia de fuego que hay en la hórrida zona. Y ansí, corrido de ver que es mi ventura tan corta, quiero dejar a tu tierra, que Sura, señor, se nombra, por vivir en los desiertos donde las serpientes moran, por no ver más los testigos de mi lamentable historia, y al fin, señor, por echar tras del caldero la soga. Pues ¿cómo ese desvarío hace un hombre de caudal y un hombre de quien confío el cargo de general de todo el Estado mío? Por la ocasión que se ofrece tan poca ¿emprendes un hecho tan indigno de tu pecho? ¿Poca ocasión te parece ser traidor y sin provecho? Pues yo me daré el castigo que merece mi pecado. Manfredo, aunque no lo digo, también vivo enamorado de la mujer de mi amigo; pero no me voy de aquí a morir de esa manera donde no sepan de mí. ¿Mandas algo?, que me espera mi gente. ¿Tu gente? Sí. Luego ¿acompañado vas? ¿Pues no? ¿De quién? De mi esposa. Basta: no me digas más, que esa es, Manfredo, una cosa con que la muerte me das, sin poderme socorrer. ¿Por qué te quejas, señor, así? Porque has de saber que me llevas lo mejor de lo que en mí puede haber. Mi fuerza llevas contigo; mira de qué suerte quedo si viene algún enemigo. ¿Tu fuerza llevarte puedo? La pura verdad te digo. ¿Cómo? ¿Adónde está? Tú has sido el lugar donde confieso que estar mi fuerza ha querido, siendo mía. Según eso, pierdes lo que no has tenido. Es verdad. Pues ¿qué tormento, te puede causar perderla? Mucho mayor del que cuento, porque siento yo tenerla y haberla perdido siento. Yo me voy. No seas tirano, mira que a esto me obligas, amigo. No puedo. ¡Hermano! Menos. ¡Señor! Aunque digas príncipe ha de ser en vano. Voyme. A pesar de mi estrella dejarme, ingrato, quisiste sin mi fuerza ; mas ¡ay, triste!, que no me dejas sin ella, pues en esto me la hiciste. Ya mi fuerza está en tu mano, y errado por ti el remedio, porque el Cielo soberano, como a fuerza de villano, le puso su hierro en medio. Renato, No quiero tener paciencia para ver tal deshonor. ¿Qué buscas en mi presencia, Renato amigo? ¡Oh. señor!, vengo a pedirte Ucencia. ¿Para qué? Para partirme. ¿Adonde? Renato, A no volver más, sino primero morirme. ¿Sabes bien adónde vas? Renato, Sí, señor. Duque, ¿Adonde? A irme. Porque solamente el ir es mi intento señalado, (¿Si por hacerme morir estos dos se han concertado en venirse a despedir? Pero no, que la verdad debe de ser que se alejan mis gentes de mi ciudad, y como malo me dejan en perpetua soledad, Huélgome, pues, que se alejen, y del alma que les di con ingratitud me dejen, que pues yo me dejo a mí, no es mucho que ellos me dejen,) Tú, Renato, ¿al fin te vas? Sí, señor. ¿Por qué ocasión? Renato, Cualquier hombre de razón guarda secretos, y más los que de importancia son. Perdóname, por tu vida, que habría solo por ello más de una honra perdida. Duque, Es privarme de saberlo el decirme que lo pida, Dilo, pues, y no procures causarme pena. Primero será bien que me asegures. Por asegurarte, quiero jurar. No quiero que jures, porque el secreto jurado las más veces es violento, pues se tiene tan atado el lazo del juramento, que se rompe de apretado, De tu palabra confío. Desde ahora te la doy. Has de saber, señor mío, que de tu tierra me voy por no ver el desvarío de una mujer principal que, siendo mujer de quien no tiene en el mundo igual, ha dado en quererme bien, aunque no es bien, sino mal; pues, ciega de la pasión que la consume, porfía en que yo haga traición a mi amigo. Duque, Valentía es huir la ocasión. Pero más confuso quedo sin el nombre de esa dama, porque así saber no puedo quién es, Renato, Eufrasia se llama. ¿Y su marido? Manfredo. ¿Qué dices, hombre? Señor, digo lo que no quisiera. ¿Eufrasia te tiene amor? Sí, señor. Considera que es mengua de su valor, ¿No considera que ofende a quien le da los despojos con que adorarla pretende y quien en sus bellos ojos la luz de su vista enciende? ¿No considera que ha sido la que tuvo un corazón tanto tiempo entretenido? (Sin duda que su intención es volver por el marido.) Duque, ¿No considera el profundo amor que otro le tuviera, que no tuviera segundo? Y que, al fin, ¿no considera que la ruega todo el mundo? ¿Por qué ruega, siendo honrada, a quien la debe olvidar? Mas no me espanto de nada, porque de ser muy rogada se habrá enseñado a rogar. Vete al momento. Señor, yo me volveré después, que ahora estás con dolor de lo que he dicho. ¿No ves que tengo a Man fredo amor y que el daño de Man fredo he de sentir como el mío? Ansí, señor, lo confío. Quédate en paz. Ya no puedo refrenar mi desvarío. Ya el dolor conmigo lucha sobre el asiento del pecho. ¿Creonte? ¿Señor? Escucha, que mucha falta me has hecho. No creo que sea mucha. ¿Viste los dos que se fueron en este punto de aquí y de mí se despidieron? Sí, señor; muy bien los vi. ¿Oíste lo que dijeron? Cubierto de la antepuerta escuché con atención toda la conversación. Ya de mi esperanza muerta veo mi resurrección. Pero sin señas no puedo creer que lo vieses. Di: ¿Renato no dijo aquí que la mujer de Manfredo le quería bien? ¡Ay de mí! Que aunque tanto el alma mía con este daño se aflige, en parte me da alegría que lo sepas, porque dije que a ninguno lo diría; y habiéndolo tú escuchado cualquiera saberlo puede sin que yo quede culpado y sin que quebrada quede la palabra que le he dado. ¡Oh, amigo! Tu buena suerte me vengará del desdén que me ha causado la muerte. ¿No me dirás por qué es bien haberlo escuchado? Advierte que quiero vengarme ahora de esta furia emponzoñada, de esta serpiente enroscada, de esta Circe encantadora, de esta víbora pisada, de esta rémora que deja surta la nave en la mar, de esta loca comadreja que al león suele dejar más humilde que una oveja; de esta langosta que el trigo del alma suele comer, y, al fin, de esta mujer que de todo lo que digo compuesta debe de ser. Pues tanto, señor, me obligas, dime ahora con qué puedo dar remedio a tus fatigas. Con que vayas y le digas lo que ha pasado a Manfredo. Ve y dile cómo has oído de la boca de Renato que de su esposa es querido tiernamente. De aquí a un raro quedarás arrepentido. Creonte, pues dices tal, mal los desdenes conoces de aquella furia mortal, que es un cuerpo que da voces en el toro de metal. Deja que vengarme intente. Pues con esto ¿qué has de hacer? Que el marido no se ausente y tiemple de su mujer el amoroso accidente. ¿No irás Juego? Luego iré; mas voy, señor, sospechando que morirás. Duque, Moriré como Sansón, derribando este templo de mi fe.. ¿Está todo apercibido? Al punto puedes partirte. Pues denme luego un vestido de camino. El despedirte pones, Manfredo, en olvido. Mi fe y palabra te doy que des que decir de ti. Eufrasia, a fe de quien soy que despidiéndome estoy de mí, pues me voy de mí; pero pues soy tan cruel que de mí quiero partirme —bien como amigo fiel— de Renato despedirme por lo que a mí tengo de él. Siendo de ti la partida, ¿dónde me llevas? Conmigo, y de esas cosas te olvida. De Manfredo, que es mi amigo, será bien que me despida. ¡Renato amigo! ¡Manfredo!. ¿Do vas tan alborotado? Apenas decirlo puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo. ¿De qué? De darte cuidado, que es malo de recibir. Dime qué te ha sucedido. Que me vengo a despedir para partirme. ¿Has sabido que yo me quiero partir por una ocasión terrible que en un daño voluntario pone mi pecho insensible? No es posible. Lo contrarío es lo que será imposible. Luego me parto. Sabrás que mirándonos estoy tan hechos por un compás, que te vas porque me voy y me voy porque te vas. Esto, sin duda, es verdad, porque son nuestros sucesos de tal suerte y calidad, que somos los contrapesos del reloj de la amistad. Renato, ¿puedo saber por qué te partes? Manfredo, por una loca mujer quiero partirme. No puedo de ningún modo creer tan extravagante cosa. ¿Cómo así? Porque me voy por otra mujer furiosa, de quien ofendido estoy. Pues ¿delante de tu esposa tratas de eso? De ello trio como de cosa pasada. (Ya yo conozco, Renato, que debo ser olvidada de ese corazón ingrato. Pero, al fin, tener paciencia. Locura ha sido j por Dios!, tratar de eso en tu presencia.) Veamos de aquestas dos mujeres la diferencia. Yo por una voy pensando, que el mal que conmigo lucha no quiere estarme escuchando. Yo, por otra que me escucha todo cuanto estoy hablando. Si escucha, ¿por qué interés de ella quejándote vas? Escucha tan al revés, que te quejarías más si te dijese quien es. Mas por que menos se pene con la ausencia dura y fiera, partirnos luego conviene; porque el daño que se espera siempre es daño hasta que viene. ¡Abrázame! Es consentir en que las almas se alteren; pues quererse despedir dos personas que se quieren, es no quererse partir. Mejor es irse al momento sin despedirse, y tener ahorrado el sentimiento, que bien será menester para sentir el tormento.. El secretario, señor, del Duque, te quiere hablar. Ve luego; déjale entrar. Si viene a rogar... Mejor dijeras a importunar. ¿Manfredo? ¿Creonte? ¿Es bien que todos de tu partida las tristes nuevas me den y tú calles? ¡Por tu vida! ¿Quién te lo ha contado? ¿Quién? Los que lo saben, que son infinitos. Si has venido a que te pida perdón, desde ahora te lo pido. No es esa mi intención. ¿Cuál es? Que vengas conmigo a escucharme cierta cosa de importancia que te digo, con licencia de tu esposa y de Renato, tu amigo. A escucharla luego voy. Vamos. ¿Renato? ¿Qué quieres? Que con Eufrasia me esperes. ¿Sabes, por dicha, quién soy? Sí. ¿Quién soy? Mi amigo eres. ¿No soy hombre? No, por cierto, pues de ti tan poco fías. Vamos luego. Pues querías decirle mi desconcierto, ¿por qué no se lo decías? Que según he visto en ti harto has hecho de tu parte, pues lo que -dijiste aquí no ha sido por abonarte, sino por culparme a mí. Pero aunque más me persigas con la lealtad que mantienes y aunque a mi esposo lo digas, he de escuchar tus desdenes y decirte mis fatigas; que al fin tantas sinrazones han de vencerte y matarte. Yo pensé que tus pasiones se acabaran con quitarte, señora, las ocasiones; pero fue imaginación, porque fu ser mujeril es hiedra en la condición, y ansí de cada ocasión que te quito, nascen mil. Ocasiones quiero darte para que conmigo estés, pues conforme, por tu parte, van las cosas al revés, el darte será quitarte. ¿Qué me quitas? La gana de hablarme. Será imposible. Pues si tan poco se humana tu duro pecho invencible y tu voluntad liviana, y tu corazón traidor asimismo solo imita, dejarte será mejor para el infierno de amor, que penetra y no se quita, ¡Apártate! ¿Adónde vas? A no verte. Escucha un poco. Pues déjame. Es por demás. Mira que es volverme loco. Pésame que no lo estás. Deja el bohemio. ¡Malvado, con él te perseguiré! Tal estoy con tu cuidado, que al fin te lo dejaré solo porque lo has tocado, que sin duda hechizo tiene la fuerza de tu deseo. ¡Ay, Dios! Mi marido viene. ¿Es visión esto que veo? (Disimular me conviene.) Eufrasia, ¿no hay más recato en una honrada mujer? Como de partirme trato, quise en las manos tener el bohemio de Renato para ver si era, señor, tan bien hecho como el mío, y he visto que era mejor. Eso es lo que yo confío de tu nobleza y valor. Cobra, Renato, el bohemio, que no por esta ocasión te despido de mi gremio, antes en mi corazón te señalo justo premio. Y tú, mujer infelice, digna de cualquier castigo, pues tu infame lengua dice que el bohemio de mi amigo es mejor que el que te hice, ponte aquel que por tu honor se cortó dentro en mi pecho, mídele con tu valor, que, aunque no es tan bien hecho, a fe que te esté mejor. No es bien, ingrata, que penes por el que piensas que está tan recamado de bienes; es corto, y descubrirte te ha las muchas faltas que tienes. El cual, por poder cumplir el gusto de tu deseo, no solo ha de presumir descubrir faltas, mas creo que ha de dar que descubrir. Bien puedes aquí dejarme, que ya no quiero partirme; que, antes de desengañarme, tan muerto anduve por irme como ahora por quedarme. Vete, que no quiero verte. ¡Manfredo! No me respondas de ningún modo, y advierte que de mis ojos te escondas i por tu vida!, que es mi muerte. Pésame, Manfredo amigo, de la pena que te doy, pues, aunque no te lo digo, has de saber que yo soy el que merece el castigo, que tu mujer no pecó en lo que quiso emprender. ¿Luego es buena mi mujer? Ningún hombre como yo lo puede, amigo, saber, pues tu nobleza señala que está de vicios ajena. Ningún señal la condena para probarme que es mala como el saber tú que es buena; pues aunque suela tener en todo término honrado, ninguno puede saber que es honrada una mujer sino aquel que la ha probado. Si lo probaste, declara quién sus pensamientos lleva. En eso no se repara, que hay mujeres que la prueba llevan escrita en la cara. ¿Yo no sé que por ti pena y con glorias te regala? Dime, pues, qué ley ordena que a mí me digas que es buena diciendo a todos que es mala. ¿Yo digo que es mala? Sí. Dudo que probado quede. Decir que te quería a ti ¿no es decirlo? Nadie puede decir tal cosa de mí. Mira qué dices, amigo, que te podrá desmentir quien sabe el negocio. Digo que no lo puede decir ningún hombre. ¿Y si hay testigo? Será falso. ¡Aqueso no! Probar la verdad espero, que si el que lo contó es uno solo, primero he de ser creído yo. No, que en cosas de mujer a quien la verdad acusa, aunque todo puede ser. primero se ha de creer el pecado que la excusa. (¡Oh, Duque mudable y vario, cuan bien te vengaste ya!) ¿Tienes, dime, algún contrario? Quien lo ha dicho lo será, que es, sin duda, el Secretario, porque después que te habló te he visto muy alterado. Sabrás que ése me contó lo que solo he sospechado, mas no lo he creído yo. Sospecha solo he tenido, que poco o nada aprovecha. Cuando no lo hayas creído, a lo menos la sospecha no dejará de haber sido. Considera si me ofendes. Pues sabrás que he sospechado y creído. ¡Ay, desdichado! ¡Eso falta! Tú no entiendes lo que es un amigo honrado. Sabrás que solo deseo en esta empresa que sigo, y ansí un negocio tan feo no lo creo como amigo y como honrado lo creo. Por eso, Manfredo, es bien que mi corazón y vida humildes parias te den, y que deje la partida, pues tú la dejas también. Dejémonos de partir los dos de conformidad. Hágase tu voluntad. (Y huélgome por decir al Duque una libertad, pues la fe firme y constante me rompió como traidor.) (Ahora bien : de aquí adelante quiero curar de mi amor esta herida penetrante y dejar de pretender a Camila como loco, porque soy de parecer que en el mundo no hace poco quien mira por su mujer.) ¿Los dos, al fin, nos quedamos? Sí, pues por ello te abrasas. ¿En qué quieres que entendamos? En mirar por nuestras casas. Bien has dicho. ¡Vamos! ¡Vamos!
JORNADA SEGUNDA
Arrepentido me siento de lo hecho. No pregone tu lengua ese pensamiento, porque yerro presupone quien dice arrepentimiento. Este lo ha sido. ¿Quién duda que una persona enojada esté de razón desnuda? ¿Cómo escuchó la embajada Cuasi con la lengua muda. ¿Con la lengua sus enojos escuchó? ¿No ves que es mengua de lo oír? No son antojos, que lo he visto con los ojos y lo publica la lengua. Porque la voz no hay dudar sino que se retiró del corazón al lugar de la virtud que perdió, V no pudo más hablar. Y pasado aquel desmayo de la cólera nascido. con más presteza que un rayo se partió. Digo que ha sido triste y peligroso ensayo. ¿Si habrá muerto a su mujer no imaginando ofenderme? No, que para bien hacer su oficio, ni ha de creerme ni dejarme de creer; que siempre merece duda la primera información. ¿Supiste la pretensión que tiene en partirse? Ya muda, señor, la imaginación. Ya no se quiere partir. Pues ve y llámalo al momento, que le quiero persuadir a que de ese pensamiento se acabe de divertir. Luego le voy a llamar. ¿Dónde me esperas? Aquí te espero, en este lugar; ve luego. ¡Cuál esperar es infierno de por sí! Mientras allana mi lanza el pensamiento cruel que Manfredo en este alcanza, llano subiré por él al cielo de mi esperanza. Déjame entrar, si no a coces sabré cumplir mi deseo. Renato, ¿por qué das voces? ¿Quién eres? ¿No me conoces El Duque soy. No lo creo. ¿Vienes ciego por ventura? Para poder conocerte te saqué por conjetura. ¡Considera de qué suerte una traición desfigura! ¿No eres tú aquel que tenía de palma la posesión? Pues ya no te conocía. que hasta la filosomía desfigura una traición. ¿Traidor he sido? No alteres el orden con que he querido darte el renombre que adquieres, pues no digo que lo has sido sino que ahora lo eres. ¡Villano, soberbio, loco! ¿Ansí me pierdes el miedo? ¿Ansí me tienes en poco? ¿No imaginas que te puedo, si a cólera me provoco, con una palabra dar la muerte que agora vienes tan sin razón a buscar? ¿Luego tú puedes matar con aquello que no tienes? ¿No tengo palabra? Baste que una sola que me has dado al punto la quebrantaste. Sin duda estás engañado. Sí, porque tú me engañaste. Mas para que de repente cumpla tu apetito ciego, llama, llama a tu gente, que de tus palabras fuego encenderá fácilmente. Salga el escuadrón armado de los que en tu casa están, pues para que muera honrado la muerte que me darán dirán cuantos me la han dado. Y cuando ello esté encubierto con mi muerte arrebatada, tú, que por tu desconcierto nunca sabes callar nada, dirás que he sido mal muerto. No atribuyas a traición ver que hablando te persigo, aunque tú tendrás razón, pues las palabras que digo hijas de tus obras son. Aunque no era menester volver agora por mí, suspendiendo mi poder, te respondiera si en ti hallara que responder. Pero el Cielo me es testigo que no lo he podido hallar, pues eres tal enemigo que aun no hallo en ti lugar adonde quepa el castigo. Tú agora me has maltratado de tu cólera afligido; mas yo mismo lo he causado, que el príncipe reportado hace vasallo atrevido. No te quiero responder, aunque responderte puedo, sino que de tu mujer tengas cuenta, que Manfredo te la pretende ofender. Por ella era la partida, que por mi grande recato de ninguno fue sabida. Mira por ella, Renato, que, aunque es buena, es pretendida. Vete a sanear tu pecho; haz que tu honra esté en pie, y si vuelves satisfecho, entonces me vengaré del agravio que me has hecho: que entonces por honrado merecerás el castigo que hasta agora no te he dado. (Al fin, con esto que digo mi venganza he procurado, y le dejo el corazón, con solas estas razones, más negro que no el carbón.) Digo, señor, que me pones en muy grande obligación. Digo que obligado quedo a volver luego por mí; mas lo que sufrir no puedo es ver que tratas ansí de la honra de Manfredo. Porque es mi amparo y abrigo; es de la verdad trasunto; es de los vicios castigo; es honrado, es mi amigo, que es dicillo todo junto. Con todo, saber deseo la verdad por mi regalo, pues es negocio tan feo, que si lo creo, soy malo, y peor si no lo creo. Saber quiero lo que ha sido agora de mi mujer, ya que tal suerte he tenido. que otros mueren por saber yo muero porque he sabido. Dame licencia, que acabo de consumir la paciencia. ¡Bravo está mi amigo! ¡Bravo! ¡Manfredo. ¿Qué tienes? Dame licencia. ¡Es furioso por el cabo! Bien te puedes ir. Renato, ¿adónde vas? A buscar lo que no deseo hallar. ¡Déjame! (Del desacato me quiero agora vengar y darle luego el castigo.) ¡Oh, señor Duque! Duque. ¡Oh, Manfredo! Agora se fue tu amigo de hablarme. Ya tengo miedo que va enojado conmigo. ¡Bueno es eso! Va de suerte que, si no fuera por mí, te hubiera dado la muerte. Pues no está lejos de aquí. Mejor es llamarlo. Advierte que primero se ha de dar cuenta de todo. En efecto, ¿que me quería matar? Sí. ¿Por qué? Por un secreto que le han querido contar. ¿Y es con justa causa? Si. ¿Mi amigo? Tu amigo. ¿Aquel a quien el alma ofrecí se puede quejar de mí? Sí, porque no has sido fiel, pues pusiste la afición en su esposa. Si es por eso, digo que tienes razón, y desde agora confieso que he cometido traición. Pero ¿de quién lo ha sabido? De su esposa. ¿Y él codicia vengar su pecho ofendido? Tanto, que a pedir justicia con mal término ha venido; y siendo yo su señor dice que el honor le quito como príncipe traidor, pues en mis tierras permito a quien le quita el honor. Mira si este desacato digno de venganza es; por eso, con gran recato, quiero que luego le des la muerte. ¿A quién? A Renato. Creo que te estás burlando. Acaba. ¿Cómo podré, si es mi amigo? Ve volando, que si antes te lo rogué agora ya te lo mando. ¡Mátale luego! ¡Oh, señor! No quieras que siendo honrado muestre tan grande rigor con el que valor me ha dado, si es que tengo algún valor. Mira que es causarme enojo no hacerlo de buena gana. ¿Soy bárbaro que me arrojo a comer la carne humana? ¿Soy cíclope con un ojo? ¿Soy indio? ¿Soy troglodita nacido entre gentes fieras? ¿Soy alarbe, o soy scita? ¿Soy monstruo que en las riberas del sagrado Nilo habita? ¿Soy Dionisio? ¿Soy Daciano ¿Soy Atila entre los godos? ¿Soy Nerón? ¿Soy Domiciano? ¿O soy tú, que en ser tirano eres más cruel que todos? ¿Que por hacerte placer he de hacer tal desatino? (Señor, ¿qué quieres hacer? Quiero, por este camino, usurparle la mujer.) No lo permita mi suerte; que antes le quiero avisar, si es posible. Advierte que la muerte le has de dar o has de recibir la muerte. Determínate aquí presto si has de dar o recibir. En gran confusión me has puesto. Mira si quieres morir o matar. ¡Cielo! ¿Qué es esto? ¿Por un amigo tan fiel dudo en morir de esta suerte? Dame la muerte, cruel, que ya le debo la muerte, pues dudé morir por él. ¿Morir quieres? Soy contento. Manda, Creonte, que acuda la guardia de mi aposento. (Este es tirano sin duda. Quiero hacer su mandamiento, y en aquesto consentir para poderlo estorbar.) ¿Señor? ¿Qué quieres decir? Que yo le quiero matar por poder con él morir. Darle, al fin, la muerte quiero después de habérmela dado, pues ya el cuchillo fiero tomo con hierba dañado, pasando por mí primero. ¿Díceslo de veras? Digo que lo mataré al instante. Si sales, Manfredo amigo, con eso, de aquí adelante a ser tu esclavo me obligo. Quien de su gusto lo es, jamás podrá serlo mío en cosas de su interés. (Creonte, aunque me confío de Manfredo, como ves, es su amigo, y no quería que le venciese el amor. Quiero que en su compañía vayas. Confía, señor, de la diligencia mía. No te apartes de su lado hasta tanto que la muerte a mi enemigo haya dado, que a él solo, por ser tan fuerte capitán lo he mandado. Sin esto, has de procurar que hablar con ninguno pueda. Seguro puedes estar. ¿Ah, señor? ¿Qué quieres? ¿Queda otra cosa que mandar? No. Pues vamos al momento. Bien puedes, que yo me voy. Creonte, yo estoy contento con imaginar que estoy sujeto a tu mandamiento. Téngolo a muy gran ventura. Seré, si esto acabo, tu amigo en tal coyuntura; mas ¿qué digo amigo? Esclavo. Mas ¿qué digo esclavo? Hechura. ¿Qué pretendes alcanzar con término tan humano . Que quieras considerar que Astolfo, por ser tirano, quiere a Renato matar, y que es bien hacer de modo que no muera. Desde luego con tu gusto me acomodo. Haciendo lo que te ruego, puedes remediarlo todo. ¿Qué me mandas? Que a buscar le vayas luego y le cuentes como hay en este lugar cierta manera de gentes que le pretenden matar. Dile que es una canalla que importa guardarse de ella, que el deseo de matarla podrá en su pecho hacer mella para que se ponga malla. Que, si cuando doy la herida topa en la malla mi mano, mi gloria estará cumplida, pues daré gusto al tirano y a quien le debo la vida. Ve luego, que esa embajada llevaré por contentarte. Amigo, quiero besarte las manos. En tu posada quiero primero dejarte. Sin duda estás enojado, pues, aunque más lo colores, veo en tu rostro un nublado hecho de grandes vapores que el corazón ha brotado. En tus ojos se verá sí lo que digo es antojo, pues si por algo podrá llamarse el enojo enojo, es porque en el ojo está. Pero ¿por qué te detienes en darme algunas señales de lo que en el alma tienes? Si son males, dime males; sí son bienes, dime bienes. Que a todo quiero acudir por sujetarme a tu estrella. ¡Respóndeme! No oso abrir la boca, porque por ella se quiere el alma salir. ¡Déjame! Mira que pido que de tu mal me des cuenta. Yo pienso que le has leído en este rostro, que ha sido el borrador de mi afrenta. En él escribió la boca del Duque lo que borrara mi espada si fuera loca, porque me dijo en la cara lo que en el alma me toca. Díjome que eres amada de Manfredo, y el suceso de ello por toda pasada. ¡Mira cuál estoy! Con eso ¿no dijo que soy honrada? Sí dijo; mas tu bondad no de aquello la colijo, que él de toda la verdad la una mitad me dijo, yo creo la otra mitad. ¿Qué mitad? La que te toca por la parte que callaste. ¿Soy mala? No. Camila, ¿Pues qué? Loca, pues esto no remediaste con el aire de la boca. Tú y él me habéis afrentado pudiéndolo remediar; y ansí queda averiguado que él me afrentó por hablar y tú con haber callado; que si tu boca me hablara y su afición descubriera, luego yo lo remediara y el Duque no me dijera lo que me dijo en la cara. Callando me has ofendido; mas yo diré, como honrado, que por ti callado he sido, porque decir que he callado es decir que has consentido. ¡Ay, Camila! Traspasar quisiera luego tu pecho solamente porque has hecho que fuese malo el callar, siendo dé tanto provecho. Tú que darme culpa vienes, que no lo son, sino penas, por males juzgas los bienes, pues ¿cómo, ingrato, condenas la obligación que me tienes? Considera el mal que hubiera si en mí cupiera ese vicio, porque todo se perdiera, y el alto y tierno edificio de la amistad pereciera. Luego ¿piensas que está en pie? Quererlo tú, amigo, sobra. No sé, Camila, no sé, que pocas veces se cobra cuando se pierde la fe. Mas dudo que él la perdiese, pues tanto de él me confío, que fue menester que fuese lo que ha dicho daño mío para que yo lo creyese. Creonte te quiere hablar. Dile que entre. Yo me voy. Solo te quiero dejar. No imagines que lo estoy después que tengo pesar. (Como al Duque tengo miedo, no quiero estorbar el daño, por eso resuelto quedo de no hacer aquel engaño que concerté con Manfredo, sino que le dé la muerte.) Creonte amigo, ¿qué es esto? ¿Dónde bueno? Vengo a verte. En obligación me has puesto. Y bien grande. ¿De qué suerte? Has de saber que he venido a reñirte. ¿Por qué? ¡Baste! ¿No sabes que está sentido Manfredo porque le hablaste algún tanto desabrido? No por falta de amistad. Pues mira, estas cosas son de tal suerte y calidad, que tiene necesidad de mucha satisfación. Por que el negocio se acabe, que vayas a hablarle quiero, que Manfredo es hombre grave; es hidalgo, es caballero y es tu amigo. Dios lo sabe. Mas por que entiendas que soy lo mismo, aunque no lo digo, dile que al momento voy. ¿Qué respondes? Como amigo mi fe y palabra te doy. De modo iré, que no tengas pesar de haberlo cumplido. Mira que no te detengas y que honrado y prevenido de buenas razones vengas, que importa darle a entender que no ha tenido razón de quejarse. Es de saber que por hacerte placer le daré satisfación. A servirte esto me obligo. Dios quede en tu compañía. Él mismo vaya contigo. Quien tal recado me envía no pretende ser mi amigo. ¡Dios sabe si este pesar me traspasa el corazón! Con todo, le quiero hablar para ver si con razón de mí se puede quejar. Y aunque yo voy satisfecho, él tendrá, por no allanarse, de quejas tan lleno el pecho, que aun pienso que ha de quejarse del agravio que me ha hecho. Por ver que al alma traspasa la tardanza dura y fiera y que sin ella se abrasa, cualquier hombre que no espera ¿cómo le espera en su casa? Convertido en Mongivel de la mía me salí, y he venido a la de aquel que por amor vive en mi y por amor vivo en él, solo por ver si el enredo se ha podido efectuar. ¿Qué es esto, señor Manfredo? ¿No me pudiste aguardar? Bien sabes tú que no puedo, porque me estoy abrasando por hacer lo que conviene. Lo mismo estoy procurando. ¿Dó está Renato? Ya viene. Pues ¿qué dice? Estase armando. Díjome que por poder librarse de la traición, un jaco se ha de poner más fuerte que la razón. ¡Muy fuerte debe de ser! . Mas ya viene. Yo me voy. Que no me dejes te ruego y verás cómo le doy, para que lo digas luego. (De ninguna suerte puedo de mí el temor desechar, si es que tengo algún azar del encuentro de Manfredo. ¡No sé qué tengo, ay de mí!) ¿Amigo? (; Amigo me dijo!) Que me tiene amor colijo.) ¿Vienes prevenido? Sí. Mas ¿por qué lo has preguntado? Por darte lo que te doy. ¡Válame Dios! ¡Muerto soy! ¿Luego no vienes armado? (No tengo más que esperar.) ¡Espera, traidor, espera, que antes que Renato muera la venganza he de tomar! Porque como amigo fiel iré tras ti de tal modo, que, aunque esté muerto del todo, morirás primero que él. ¡Perdona, Renato amigo, si dejo de acompañarte! ¡Perdona que por vengarte dejo de morir contigo! ¡Tú, traidor, cuya cautela tan grande daño causó, escucha, espera; mas no, anda, aguija, corre, vuela, que esas alas que tú pones hacia atrás te van llevando, porque llevas arrastrando el peso de tus traiciones, las cuales, loco atrevido, a ti mismo me trairán, como verdadero imán del yerro que he cometido! En gran peligro esto puesto, pues ninguno me socorre. Yo le vi.. ¿Es posible? ¡Corre! No puedo más. ¡Corre presto! ¡Ay, Dios! Su sangre imagino que de verme se apiadó, que a recibirme salió a la mitad del camino. ¡Amigo, esposo y señor! ¿Qué es esto, mi bien, qué es esto? ¿En tal peligro te ha puesto la mano de aquel traidor? ¿El brazo de aquel cruel, el pecho de aquel tirano, el cuerpo de aquel villano, el alma de aquel infiel? Camila, no digas tal de mi amigo verdadero, que, aunque me ofendió, no quiero sufrir que le trates mal, pues en la persona mía este daño ha cometido para mi provecho, ha sido una importante sangría. Que la nuesa enfermedad de nuestra amistad tan brava me tuvo a punto que estaba frenético de amistad. Y como mi amigo amado de ella me quis% curar, con esa daga, en lugar de lanceta, me ha sangrado. Ponme aquí un lienzo. Mejor dijeras ponme una venda. Bien dices, por que se entienda que ha sido herida de amor. Después de haberte sangrado ¿qué has en el pecho sentido? Que la sangre se ha salido y el amistad se ha quedado. ¿Por qué, señor, de esa suerte le sufres tantas ofensas? ¿Piensas que soy loca, o piensas que no he de sentir tu muerte? Pero pues te veo mortal, la vida es justo perder, que sentimiento ha de hacer a lo que se pierde igual. Traspasar luego es razón este pecho endurecido, que por ser tan libre ha sido causa de tu perdición. Pues ya no me falta nada para emprender esta guerra, que armas produce la tierra con sangre tuya regada. Este puñal duro y fiero que estuvo en tan buen lugar, agora me ha de quitar la vida. ¡Espera! ¡No quiero! Señora, un favor te pido: que como esposa fiel no te des muerte con él, porque de Manfredo ha sido. Baste mi propia cabida sin que en medio de este mal tenga celos del puñal que te ha de quitar la vida. No lleguen a ver mis ojos en tu mano ajenas prendas. ¡Déjala! Por que no entiendas que puedo causarte enojos, luego le quiero arrojar y condenarme a vivir. No tienes más que decir. Ni tú más que desear. ¿Cómo te sientes? La herida muy poco el pulso me altera. Por esa nueva quisiera darte en albricias la vida. Mas dime, ¿puédeste alzar? Yo no lo puedo saber; a ti, que eres mi poder, se lo puedes preguntar. ¿Tu poder soy? ¿No está llano que si cobro algún vigor ha de ser con el favor de esa hermosísima mano? Amigo, mientras estoy dando la mano a mi esposo, un cirujano famoso ve a llamar presto. Ya voy, Dame la mano. Imagino que otra vez me caso agora. Sabrás que adrede, señora, sobre tus hombros me inclino, porque, vista tu bondad, puedes ser de aquí adelante otro segundo Atalante del cielo de la amistad. Vamos, pues, señor, de aquí. Renato, Soy contento, y aun iré muy poco a poco, porque dure mucho el ir ansí. ¿Posible es que en un infiel tal ligereza consista, que sin perderle de vista he perdido el dar con él? No sé si por dicha es león que va caminando y con la cola borrando las estampas de los pies, o si en la presencia mía se deshizo en un momento y cobró cada elemento la parte que de él tenía, o si bajó al abismo; mas quien tal pudo pensar no tuvo por qué bajar, sino esconderse en sí mismo, Pero ¿qué es esto que digo? ¿Tan ciego estoy de dolor que voy buscando un traidor y no he topado conmigo? Sin duda que me perdí. y si conmigo no doy, es porque de nadie estoy tan lejos como de mí. Que estoy lejos es verdad, pues estoy, por más castigo, la mitad en mi enemigo y en mí mismo la mitad ¿Aquí estás, señor? ¿De qué te maravillas? Sospecho que no sabes lo que has hecho. Lo que he hecho no sé, pero sí lo que he deshecho. Criado, No disfraces las verdades que a costa tuya he sabido, pues por tus grandes crueldades en la ciudad se han movido bandos y parcialidades. Por todo el pueblo, señor, guerras civiles se encienden; unos defienden tu honor, y otros, que no le defienden, dicen que has sido traidor, El Duque, viendo movida toda esta ciudad, que tiene por su defensa y guarida, en tu seguimiento viene. ¡Huye, huye, por tu vida que en persona viene aquí a prenderte! Eso pregona que está loco. ¿Cómo ansí? Porque se viene en persona. Sin duda no viene en sí. ¿Luego no es persona? No, sino un monstruo a quien el justo Cielo en el mundo formó, que jamás participó de razón si no de gusto. Mas ¡ay, triste y desdichado ¿A quién daré por testigo, pues todos han sospechado que en la muerte de mi amigo sin duda he sido culpado? Publique Dios mi intención en lugar de mis pasiones, pues es común opinión que para sus lenguas son orejas los corazones. ¡Éntrate en casa, que viene! Ya que mi suerte lo ordena, esperarlo aquí conviene, que no me dará la pena de lo que la culpa tiene; antes me podrá librar del trabajo en que me ha puesto. Aquí está. No hay que esperar. ¡Prendedle! (Sin duda esto es por más disimular.) ¡Quitadle luego la espada! (Desde luego yo la entrego, que a mí no me quitan nada.) ¡Quitadle la espada luego Capitán. Ya, señor, está quitada. Soberbio, loco, atrevido. ¿Sin duda hablas de veras? ¡A Renato has pretendido quitar la vida! No quieras publicar lo que no ha sido. Un testigo hay de ello aquí. ¿Quién dice ese desconcierto? Creonte. ¿Es posible? Sí. Y si digo quién le ha muerto ¿darasme crédito a mí? No, porque tu pretensión fue luego vengarte de él. Di: ¿quién hace la traición, el puñal o el corazón de quien ofende con él? Según regla natural, del corazón inhumano al brazo le viene el mal, del brazo viene a la mano y de la mano al puñal, y ansí, el autor verdadero del daño es el corazón. Pues, señor, esa razón has de ponderar primero que condenes mi traición. Ya sé que fuiste mandado para hacer esto, Manfredo; que todo me lo han contado. ¿Quién ve lo mandó? ¿No quedo con aqueso disculpado? No valdrá el hombre que digo para ser testigo, pues se consideró contigo en eso. ¿Tan malo es, que aun no vale por testigo? No puedo sello aunque quiera, porque es mengua de su honor. Al fin ¿permites que muera? Yo sé que tiene dolor de verte de esa manera. Según eso, ¿ha de morir? La prueba lo dirá todo. Ahora bien: quiero decir la verdad. No sea de modo que te pueda desmentir. No hayas miedo. Tú, Escribano, esta confesión advierte. Manfredo, Confieso que por mi mano a Renato di la muerte por mandármelo un tirano, un sin verdad, un traidor, un lobo con piel de oveja. ¡Calla, infame! Tú. señor, ¿mandástelo? No. Pues deja que resuelgue mi dolor. Quiero vengar el que digo, que es mi amigo y vive en mí. Pues solo por ser amigo de la persona que digo, te diré otro tanto a ti. ¿En ofensa de mi honor has de hacer tal desvarío? ¡Llevadlo preso al traidor! Traidor, sí; pero no mío, que eso es manifiesto error. Pues ¿de quién? De quien lo dice, que es el por quien me levanto como persona infelice. Tanto como tú lo hice, y por ventura no tanto. ¡Llevadle, que es por demás escucharle! ¡Gran consuelo con la muerte me darás! ¿Sabes dónde vas? Al Cielo, pues voy donde tú no estás. ¡Ya se fue! Bien es que ordenes, Creonte, con que se aplaque la furia de mis desdenes. Sí haré. ¿Cómo? Con achaque de confiscarle los bienes puedes entrar en su casa y saber de Eufrasia luego si quiere admitir tu ruego. ¡El corazón se me abrasa! No me espanto, que es de fuego. Pero ¿no quieres entrar? Mejor es, que la conoces, que la envíes a llamar, porque si no dará voces que alborote este lugar diciendo que a casa vienes a forzarla. Es tan fuerte que no saldrá. Razón tienes. Di, pues, que por esta muerte le quieres confiscar bienes y enviarla a ejecutar; porque este será el rejón que la hará luego saltar y, como conejo, dar en la red de tu opinión. A fe que es muy lindo ardid.— Tú, Escribano, y Capitán, ambos a dos a casa id de Manfredo, y escribid los bienes que en ella están; que quiero por esta muerte confiscarlos. Al instante iremos a obedecerte. Tenme por hombre ignorante si no sale de esta suerte, y en saliendo, tu alma ciega quedará luego encantada de esta que tus gustos niega, que es sirena cuando ruega y Circe cuando es rogada. Que en la ley del bien querer el rogar es natural efecto de la mujer, aunque ya, por nuestro mal, del hombre ha venido a ser. Soberbio Nilo, que sales de madre con los desdenes y a tallar mi hacienda vienes. Porque no escucho tus males ¿me quieres quitar mis bienes? ¡Tiempla tu curso arrogante y mira si puedes ver que no hay ocasión bastante para ofenderme! ¡Mujer, no pases más adelante! ¿Sabes que con un puñal agora tu esposo ha muerto a Renato? No sé tal; pero sé que ha de ser cierto solamente porque es mal. Pues sabrás que le ha quitado la vida, y ansí al traidor los bienes he confiscado. ¡Ay, desdichada! ¡Señor, sin duda se ha desmayado! Bien dices. Tenía de allí. ¡Gran dolor tiene consigo, pues se desmayó! ¡Ay de mí! Pues por que estaba conmigo se quiso apartar de sí. Sin duda que desmayar se quiso la ingrata adrede. Déjate de lamentar. Ve por agua. ¿Agua puede, donde hay lágrimas, faltar? Yo quiero llorar un rato el tormento que le di. Mas, triste, ¿por qué me mato? Que pues ella no está en sí sin duda que está en Renato. Por él padece el dolor que la tiene de esta suerte, no por su esposo. Señor, poco a poco vuelve. ¡Ay, muerte! No procurarte es mejor. ¿Qué tienes, Eufrasia? Un mal que con ninguno le igualo, pues ninguno le es igual. ¿No te mata? Lo más malo que tiene es no ser mortal, pues con no quedarme nada, aún me queda que perder; porque aunque en esta jornada he perdido todo el ser, no perdí ser desdichada. Esto solo me ha quedado de los males que mantengo, y a tal extremo he llegado, que hasta el nuevo ser que tengo la desdicha me le ha dado. ¡Ay, duque Astolfo! ¡Ay, señor! Si supieras lo que hiciste con la nueva de dolor que a mi corazón le diste, tú lo miraras mejor. Pero sin duda estoy loca, porque cuando más le vieras fuera mi dicha más poca, pues con los ojos hicieras lo que has hecho con la boca. Vuélvelos, pues, y verás que he perdido en un momento más que bien, más que contento, más que todo el mundo y más que cabe en mi entendimiento. Eufrasia, grande pesar te debe dar el dolor, pues te ha venido a causar tan gran pena. La mayor que puedes imaginar. Orden conviene que des como tu dolor se ablande, y aunque blasonando estés que es muy grande, no es tan grande como yo imagino que es; porque entiendo que es mortal, pues un muerto a llorar vienes. ¿Yo lloro muerto? No hay tal. Vivo está. Vivo le tienes en tu memoria inmortal. ¡Dichoso ha sido! Yo trato de mi marido Manfredo. ¿Y tú, señor? De Renato. ¿Qué dices? Lo que no puedo sufrir de tu pecho ingrato. ¿Yo quiero a Renato? ¡Loca! Ya que le tienes amor, no le tomes en la boca en ofensa de mi honor y de tu vergüenza poca. Calla, que ya me han contado que Renato es tu querido; ya la verdad se ha sacado por el rastro del olvido con que siempre me has tratado. Ya sé que pones tu amor en un muerto y no en Manfredo, que, volviendo por su honor, le mató. Ni en mí puedo perdonar "al matador. Pero pues los muertos quieres, como tierra es bien tratarte, y ya que en tus cosas eres desierta, debes sembrarte de mis gustos y placeres. Quiero abrasar en tu seno los animales que el daño causan al bien por quien peno: la culebra del engaño, la víbora del veneno, el león de la arrogancia, el tigre de la malicia, el áspid de la inconstancia, el lobo de la codicia y el oso de la ignorancia. Y, en habiéndolas quemado, quedará con su ceniza hecho ameno y fértil prado, de tu arena movediza, el monte más levantado. Mi gusto, al fin, quiero hacer; no embargante el ser hidalgo, que el seso, la honra y ser, si se han de perder por algo, por amor se han de perder. (Este me puede hacer daño con su pretensión ruin; bien es por término, extraño engañarle, porque al fin no hay fuerza para el engaño.) Remediar quiero mi mal con mi poder absoluto. Astolfo, no digas tal, porque yo no soy nogal que he de dar por fuerza el fruto. ¿No basta que tu afición reconozco y desde agora le prometo galardón? Aunque te burles, señora, te quedo en obligación. (¡Mal sabes mi pensamiento!) Con todo, no he de creer que he de verme en tal contento. ¿Por qué no? Por no perder de gozo mi entendimiento. Créele, que Amor te ofrece por premio de tu cuidado. (Creonte, ;qué te parece de mi bien? Que has alcanzado lo que tu valor merece. Ya que viste mis enojos a ver mi bien te apercibe, y en tanto que los despojos coge el corazón, recibe la primicia de los ojos. Ten regocijo de ver el bien que conmigo lidia, ten contento, ten placer, ten envidia, que esta envidia de mi bien puedes tener. Eso no ; pero en memoria de la merced que me has hecho, que a todo el mundo es notoria.) (Que le engañaré sospecho con esta fingida gloria.) De la casa de Manfredo queda la ropa embargada. Mira qué mandas. No puedo tratar de eso agora nada; porque asegurado quedo con una bastante prenda que yo tengo en mi poder. Irme luego es menester. ¿Cuándo podré por la hacienda que me ofreciste, volver? De noche será mejor, por que no la vean sacar. Bien dicho, que su valor es infinito. Señor, con eso me quiero entrar. Bien puedes. Dichoso has sido, pues tal gloria cupo en ti. Al revés lo has entendido, que ella no ha cabido en mí, antes yo en ella he cabido. Mas vámonos al momento, que el contento poco a poco me quita el entendimiento, aunque por este contento es locura no estar loco.
JORNADA TERCERA
Mejor parece que estás. Sabrás que no me he sentido con tanta salud jamás. ¿Y esto de agora? No ha sido sino alteración no más; porque luego el homicida se arrepintió de su intento, y en mi persona ofendida sentí el arrepentimiento tan presto como la herida. Y es que su bien procuraba, pues que en efecto es mi amigo, la mano furiosa y brava; fue por no topar contigo, que dentro en mi pecho estaba. Con todo eso, he sentido dolor en el corazón, no de que me haya ofendido, sino de que haya tenido para ofenderme ocasión, porque siempre he procurado dar buena cuenta de mí. A fe que bien lo iba pagado. ¿Quién? Manfredo. ¿Cómo ansí? Está a muerte condenado y confiscada la hacienda. ¿Por mi causa? Sí, señor. Ya que me siento mejor, bien es que Manfredo entienda que soy hombre de valor. Pues; señor, has de saber que tengo un papel aquí de parte de la mujer de Man fredo. ¿Para mí? Para ti debe de ser. ¿Qué será? No lo sé yo, que el papel que te presento aleluya pareció, que, volando, por el viento de unos suspiros bajó. Según eso ¿fue arrojado? De la ventana lo ha sido. Quiero verle. Algún cuidado a la triste le ha venido con la mudanza de estado. (Mal debe venir en él, aunque a mi esposo no quiera; porque en el espejo fiel de su rostro reverbera lo que viene escrito en él, y sin duda que es dolor, pues el corazón le abrasa.) ¿Es posible que el traidor Duque le ronda la casa para quitarle el honor, y que pretenda el tirano dentro de su casa entrar? ¡Vive el Cielo soberano, que luego he de procurar que salga su intento vano! Dame la capa y espada, que librarle es menester. ¿Dó vas sin estar curada la herida? Voy a vencer a Manfredo. ¡Ay, desdichada! Y a que en peligro te pones, ármate, señor, primero. Déjate de esas razones, que, como amigo, le quiero vencer con obligaciones. Pues si ve que yo he querido hacer que libre su estado después de haberme ofendido, estará más obligado que si lo hubiera vencido, y tendrá más confusión en su pecho voluntario, pues no hay tan fuerte varón como aquel que a su contrario vence con obligación. Renato, no vayas hoy, por tu vida. Jurar puedo, Camila, a fe de quien soy que por mi vida no voy, sino por la de Manfredo; porque quiero darle muestra de que hay reliquias en mí de la firme amistad nuestra. Señor, ya tienes aquí la capa y espada. Muestra. Acuérdate que ha querido darte la muerte. No puedo: porque dentro en mí he sentido que está mi amigo Manfredo de lo hecho arrepentido. ¿Y si ves que el homicida está alegre y satisfecho de haberte pasado el pecho? Por la boca de la herida le diré cuán mal lo ha hecho. Por la herida le diré cosas de grande pesar, pues con el aire podré, que saldrá de ella, apagar la candela de mi fe. Deja que al momento vaya a procurar lo que digo. Dudo que en los hombres haya uno que en la fe de amigo ponga tan alto la raya. Tú, vete siempre a su lado, pues sabes que de la herida no está Je todo curado. Perdé señora, cuidado. Antes perderé la vida. Mejor es que muera. ¿Quién? La desgracia que acabar me pretende. Dices bien; mas no la podrás matar sin matarte a ti también, porque está contigo unida como el alma que está en ti. Creonte, déjame aquí, no te pongas. ¡por tu vida!, entre mi desgracia y mí. ¿De qué estás desesperado? Tú, que conmigo has venido, ¿no ves que se ha burlado de mí Eufrasia y ha rompido la palabra que me ha dado? ¿Qué me preguntas? No aciertas en eso ; por vida mía!: que si ella tuvo las puertas cerradas, quizá tenía las del corazón abiertas: y por haber gente allí disimuló con recato. Señor, para entrar aquí pide licencia Renato. ¿Quién? Paje. Renato. ¿Estás en ti? ¿No ves que Renato es muerto? Paje. Será su sombra por él. Dile que entre. Si esto es cierto, de tu esperanza el bajel se perdió a vista del puerto. Sin duda que resucita este villano, y será porque, mi suerte maldita, para que viva le da la vida que a mí me quita. ¡Ah, señor! Como quien soy, que te veo y no lo creo; porque me dijeron hoy que eras muerto. De deseo de ser tu esclavo lo soy. ¿Cómo está la herida? Digo que de placer estoy loco porque la tengo conmigo. Debe de ofenderte poco. Al fin, herida de amigo. Pues ¿qué se ofrece? Señor, suplicarte que a Manfredo le perdones por mi amor, ya que estoy vivo. No puedo dejar con vida un traidor. No le des ese apellido. El mismo se lo ha tomado con la herida que te ha dado. De mí perdonado ha sido. Aunque le hayas perdonado, yo no perdono a un traidor que alterar mi Estado quiere. Tú, perdónale su error, norabuena, que si muere, perdonado irá mejor. (Bien despachado ha venido.) Tanto al que es traidor amaras, para mí tuve entendido, que porque te ha parecido a Manfredo perdonaras. Mas tú a todos los querrás degollar por varios modos, y en esto no acertarás, pues si los matas a todos a tus manos morirás. Aunque del Seleuco Augusto te da nombre el ciego dios, pues perdiste, como justo, no un ojo, mas los dos, por el hijo de tu gusto, con este nombre mantienes este solapado enredo, y con él a poner vienes en la honra de Manfredo esos ojos que no tienes. Y ansí, pues vengo a saber que estás ciego por Amor, ya no será menester llamarte de hoy más traidor, sino amante con poder. Por eso ofendes; por eso, ajeno de todo bien, a mi amigo tienes preso, y con su mujer también te quieres quedar por eso. Pero no permita el Cielo un daño tan excesivo, que antes, por dalle consuelo, a la casa donde vivo quiero llevarla de un vuelo. Y si allí con tu poder la pretendes alcanzar, vida tengo que perder y manos para guardar el honor de esta mujer. Vida tengo porque aquel que quiso que la perdiese me dio, como amigo fiel, vida para que pudiese perderla agora por él. ¿Qué es esto? Mi perdición. ¿Cómo sufres que te hable con tanta resolución? ¿No ves que es inexpugnable la fuerza de la razón? ¿Qué responderé? Si el labio mueves, mayor daño cobras. Mejor es, a tanto agravio, el responderle con obras, que es respuesta de hombre sabio. A quien el pecho me abrasa, ¿qué respuesta puedo dar, pues, si pretende llevar esta mujer y en su casa la quiere depositar? Déjate de eso, señor, y tus desdichas remedia. Ahora bien, con tu favor quiero hacer una tragedia de las cosas de mi amor, y que todo acabe en muerte, que es el fin donde remato mi pretensión. ¿De qué suerte? Tú has de seguir a Renato sin que nadie pueda verte. Y si ves que la mujer se lleva con poco miedo, al momento has de correr a la prisión, y a Manfredo en su libertad poner. Que él irá descuidado a su casa, y sin mirar el bien que le ha procurado, debe Manfredo pensar que su mujer le ha llevado, Y, sembrando más cizaña, segaré con brazo fuerte la semilla que me daña, pues me prestará la muerte su cortadora guadaña para que les dé un castigo que iguale con mi disgusto. A cuanto quieres me obligo. ¿Qué te parece? Que es justo ir luego. Pues ven conmigo. Señora, ¿qué te parece de este Príncipe tirano que tus glorias escurece? Que es traidor, que es inhumano, que me adora y me aborrece, que mi crédito deshace y que es de suerte el exceso que de sus traiciones nasce, que tiene a Manfredo preso por los delitos que él hace. Y agora con más rigor, por hacerle más ofensa, confiscar quiere el traidor todos sus bienes, y piensa empezar por el honor. Pero no valdrá su enredo, que de mi dote pagar me quiero agora si puedo; que es mi hacienda, y no ha de estar obligada por Manfredo. Y aunque esta hacienda guardada, como dote de mujer pudiera estar obligada, no por eso debe ser a sus rentas aplicada; porque es de tanto valor lo que agora en esto gano, que aplicársela al traidor no puedo, que a un tirano no puede aplicarse honor. Bien has dicho; pero advierte que el traidor que te pasea para gozarte desea dar a Manfredo la muerte por que el agravio no vea. Que viniendo a ponderar, aquel que viene a afrontarse siempre que tiene lugar para morir o vengarse, ha de morir o matar. El, conociendo el quilate de tu marido, que muere por su loco disbarate, por vivir seguro quiere que muera por que no mate; pero no mira que ansí a su honor no corresponde. Pues te confías de mí, sin decirte para dónde vengo a sacarte de aquí. X-amos luego, y al temor, Eufrasia, no des lugar, que, aunque puede ser mayor, en esto quiero tomar la venganza del traidor. Solo te quiero advertir que si viene mi enemigo la muerte ha de recibir. Vamos luego, que contigo segura puedo partir. Pues ¿cómo siendo quien eres no das de ti mejor cuenta? ¡Déjame, necio! No esperes que he de pasar por la afrenta que hacer a Manfredo quieres. No me apartaré, cruel, si puedo, de este lugar, porque soy criado fiel, y a tu esposo he de mostrar que soy criado por él. Criado desatinado, déjame hacer lo que quiero, si ya de mí, enojado, no quieres morir primero que acabes de ser criado. ¿Que te fuiste? ¿Que te has ido? ¡Oh, falsa! ¡Cómo es verdad que está con pecho atrevido la mujer con libertad cuando le falta el marido! Grande mal, Renato, es el que a Manfredo hacer osas, porque en la cárcel le ves con grillos y con esposas atados manos y pies. Pero no pienses librarte, que aunque agora puedes irte porque está el que ha de acabarte sin manos para matarte y sin pies para seguirte, ya las traiciones malditas de tus hechos inhumanos con que a venganza le incitas le hicieron libres las manos, pues una esposa le quitas. Pero ¿qué es esto? ¡Ay de mí! ¡Manfredo viene! Quisiera no haber visto lo que vi. Sin saber de qué manera me han librado, estoy aquí. ¡Esta novedad me espanta, aunque más me espanto el ver el cuchillo a la garganta! Llamar quiero a mi mujer, pues mi buena dicha es tanta. (¡Ay, triste! ¿Quién le dirá que se fue?) ¿Hola? ¿Señor? ¿Qué es de Eufrasia? ¿Dónde está? ¡Llámala luego! (¡El dolor sin duda me acabará!) Corre, volando. Sabrás que obedecerte quisiera, pero verla no podrás porque Eufrasia es muy... ¡Espera, espera; no digas más, que todo el mal viene junto! Repórtate, vuelve en ti. No puedo, que estoy difunto. Di lo que sabes. De aquí, cuasi en este mismo punto, con bien poco honesto trato se fue. ¿Quién? Eufrasia. ¿Adonde? A ver las calles un rato. ¿Con quién? (¡Ay, triste!) Responde. Dime con quién. Con Renato. No es posible. Otro seria. Él fue sin duda. ¡Oh, villano! ¿Oíste lo que decía? Díjole que por su mano del traidor se vengaría. No digas más, que revienta el alma que te escuchó, porque es de suerte mi afrenta, que el hacerla me afrentó y el contármela me afrenta. ¡Oh, cruel Duque! ¿Qué hiciste? ¿Por qué con tanta inclemencia en mi casa me pusiste, donde escucho la sentencia que de mi muerte me diste? Hasta que fuese agraviado suspendiste, como injusto, la sentencia que bahías dado porque no tuviese el gusto de pensar morir honrado. ¡Cielos, pues veis mis tormentos, porque mi venganza vea con otros ojos sangrientos, dejad que mi cuerpo sea de solos dos elementos; y ansí podré desfogar mi cólera arrebatada, que no quiere el alma osada agua, pues no ha de llorar, ni tierra, porque es pesada! Consúmanse los dos luego; y, por que pueda matarle, dejad en mi cuerpo ciego el viento para alcanzarle y para abrasarle el fuego. Pero ¡ay, mísero! ¿Qué digo? ¿Para qué entre quejas muero? Pues a matarlo me obligo. ¿Dónde vas? Ir quiero a matar a mi enemigo, porque afrentarme ha querido con injuria tan pesada, y dará muerte mi espada a cuantos lo habrán sabido, porque quede sepultada. Y pues vengarme confío, quiero enviarle al traidor un papel de desafío, que sin duda tiene honor, pues trae el suyo y el mío. ¿En qué parte le dejaste? Al revolver de una esquina. ¿Por qué no le acompañaste como te mandé? Imagina que no pude. ¿Cómo? ¡Baste! Dime lo que sabes de él, que en partiéndose de mi trasladé en mi pecho fiel sospechas de aquel papel que estaba leyendo aquí. Declárame su intención, que quiero saber, amigo, si tiene alguna pasión. ¿Celosa estás? Lo que digo no son celos. Pues ¿qué son? Celos son, que sus antojos cuasi un ciego puede vellos, porque son tales enojos, que ellos vienen a los ojos y no los ojos a ellos. Que esta enfermedad celosa cualquiera la ve muy bien, y ansí es suerte milagrosa que ciega a los hombres cosa que se deja ver tan bien. Pero aunque él va de esta suerte, bien puedes perder el miedo que, sin rostro de ofenderte, quiere librar a Manfredo, que está en peligro de muerte. Por eso, señora mía, confía. Aunque eres honrado, confiarme no quería, pues ninguno hay engañado, sino aquel que se confía. (Con la furia del enojo que muerto me lleva en pie, dentro en su casa me arrojo, y aun quizá me le entraré, como Agras, dentro en el ojo.) ¿Qué es esto? Manfredo viene. (Aquí se ofrece su esposa; disimular me conviene y pensar alguna cosa para hurtársela.) ¿Qué tiene que no habla? (Ya he pensado cómo poderla engañar.) Qué, ¿no me queréis hablar, señor Manfredo? He tomado un grande enojo y pesar; perdonad mi cortedad y escuchad lo que os digo, que importa la brevedad. ¿Qué se ofrece? A mi amigo le ha dado una enfermedad. Y es, señora, de manera que a todos nos causa espanto; por eso, luego quisiera que fueras a verle. Espera, que voy a ponerme un manto, que no hay reposo en mi pecho hasta ver la enfermedad. ¿Hola? ¿Señor? ¿Qué se ha hecho de Renato? No sé, en verdad; que fue a valerte sospecho. ¿A valerme? Sí, señor. No le des ese apellido, que nunca tiene valor un infame, un fementido, un alevoso, un traidor. ¿Traidor ha sido? Sabrás que ha sido traidor infiel, y por eso le hablarás de mi parte, y le darás, en viniendo, este papel. Dile que saque la cuenta dé quien debe y ha de haber; pues, aunque él no lo consienta, me llevaré a su mujer por entregarme en mi afrenta. Yo la llevaré conmigo más contenta que quejosa. ¿Qué dices, Manfredo? Digo que me llevaré a su esposa, a pesar de mi enemigo. Vamos, que no tengo sosiego. Espérate un poco, Acaba, que me abraso en vivo fuego, (¡Esto a Renato faltaba! ¡Quién se lo dijera luego!) Mucho quería, señora. que dejases esta ida, a lo menos por agora. Eso es quitarme la vida. (¡Oh, fementida! ¡Oh, traidora! ¡Dios te confunda!) Sospecho que has hecho burla de mí; si fue por probar mi pecho, después que llegaste aquí está en lágrimas deshecho. En él verás una fragua, porque es mi tormento viejo, y verás con grande magua que las lágrimas son agua y el agua sirve de espejo. ¡Mira que me tratas mal! Vamos, pues, porque no penes. ¡Oh, señora! No hagas tal. ¡Por tu vida! Camila, Tú la tienes porque no tengo un puñal. ¡Loco, atrevido, traidor! ¡Poca lealtad es la tuya! (¿Hay desvergüenza mayor?) Dígale, ¡por vida suya!, lo que ha visto a su señor. Direle que desdichado por todo el mundo se nombre, pues su infamia han procurado su mujer propia y el hombre que tiene más obligado. Direle que aunque la quiera no mire de hoy más la cara de esta arpía ingrata y fiera, que porque no le afrentara fuera mejor que lo fuera. Direle que sus querellas arroje dentro al abismo y levante a las estrellas, aunque solo de sí mismo puede hacer gran parte de ellas. Direle, al fin, su pesar, si la vida no le cuesta al oírmelo contar, que una infamia como ésta es difícil de escuchar. Eufrasia, Razón es que tus orejas con tantas quejas inflame. Harto confuso me dejas, pues no hay cosa que más ame ni aborrezca que tus quejas. Amo aquellas que de honor hiciste agora, y te ofrezco la venganza del traidor; mas juntamente aborrezco las que me hiciste de amor, porque es tanta tu porfía, que han hecho largo el camino desde tu casa a la mía. Imagino que eres piedra helada y fría. Renato, Eso me holgara de ser, para estar sordo a tu ruego. (Avisarle es menester,) ¿Hola? ¿Señor? Llama luego a Camila, mi mujer. (¿Quién le dirá que es traidora su mujer?) Acaba ya; ve a llamar a tu señora. No está en casa. ¿Dónde está? Criado, Salió fuera. ¿Cuándo? Agora. ¿Con quién ha salido fuera? Para conservar tu honor tan mudo estar quisiera, que ni aun por señas, señor, decirte el daño pudiera. Mas por poder persuadirte que vayas luego a vengarte, pretendo solo decirte que el que te hirió sin matarte te ha muerto ya sin herirte. Tu amigo Manfredo, aquel a quien siempre has obligado con obras de amigo fiel, a tu esposa se ha llevado v ha dejado este pai)el. ¿Loco estás? Por tu interese sin duda he perdido el seso. Manfredo, di, ¿no está preso? Criado, No, señor. Aunque así fuese, ¿él había de hacer eso, librando yo a su mujer del que con tirano pecho le pretendía ofender? Has de saber que lo ha hecho, porque no lo habrá de hacer. Y Camila, como loca, mostró en remediar su fuego poca fe y vergüenza poca. ¡Calla, traidor! ¡Calla luego! Cierra esa maldita boca, en cuyo centro quedó sepultada mi honra muerta, y que después que esto habló, cerrada como la puerta por do la Cava salió. Pero ¿qué es esto? ¿Qué antojos tiemplan mi furia mortal, como no ponga los ojos en la causa principal de mis tormentos y enojos? Bien es vengarme de quien tan terrible mal me ha hecho en pago de tanto bien, y que pues murió en mi pecho muera en el mundo también. En mí, por su desconcierto, murió, y ansí por echar de mí este mal encubierto, furioso estoy como el mar cuando tiene un cuerpo muerto. Mas, pues, su amistad murió, y de ella, por ser ingrata, tan grande injuria nació, que como víbora mata la madre que la parió, ciego de venganza, ciego de la honra que perdí, pretendo abrasarle luego, no en fuego de amor, que en mí hay dos maneras de fuego: fuego será de tormento, y si este pierde su furia, le encenderán al momento las alas del pensamiento de esta recibida injuria. ¡Muestra ese papel! No hay hombre que tenga lealtad tan poca. Quiero ver la empresa loca de este traidor, que el nombre no he de tomar en la boca. "Para que entiendas, Renato, la diferencia que hay de tu persona a la mía, te espero junto a las paredes del castillo, adonde, con una espada y daga, te probaré que has sido traidor y te daré la muerte en parte de paga de la traición que me hiciste. — Manfredo." ¡Traidor me llama, sin ver que con su nombre me infama! Sin duda que es menester, pues con su nombre me llama, con sus hechos responder. Pero su alma, desnuda de nobleza y de valor, tanto la traición le ayuda, que con llamarle traidor me ha hecho traidor sin duda. Yo soy traidor, pues procuro que muera como hombre honrado este infiel perjuro, que de mi honor ha postrado el alto y soberbio muro. Mejor fuera con crueldad dejar esto y juntar luego los que me hacen amistad y llevar a sangre y fuego los de su parcialidad. Mejor fuera así callar dardos, chuzas, picas, lanzas; mas bueno es disimular, porque suelen- las venganzas los agravios publicar, y así, quiero a mi enemigo secretamente vencer.— Tú, señora, ven conmigo. ¿Dónde me llevas? A ser de mi venganza testigo. Eso es hurtarme, y no es bien siendo yo mujer honrada. No puede ofenderte nada hurtarte, porque también veniste conmigo hurtada. ¿Hurtada he venido? Sí. ¿Cómo? Yo te lo diré, que cuando veniste aquí, al traidor Duque te hurté, y agora te hurto a mí. Mira si a restitución sujeto debo de estar. Digo que tienes razón, y que conviene tomar venganza de la traición. Pues llevarse mi marido a tu esposa es fraude y dolo, y estos celos que he tenido no nascen de amor, que solo de menosprecio han nascido. Vamos, que con rectitud nos quieren vengar los Cielos del que, falto de virtud, a ti te ofende con celos y a mí con ingratitud. (Quiero que por orden mía el Duque avisado quede, y ansí remediar confío el escándalo que puede resultar del desafío.) ¿No dices que le dio un mal, de todos el más cruel, a Renato? Y tan mortal, que le quitó lo que en él puede haber más principal. ¿Qué le ha quitado? El honor. Luego ¿el honor ha perdido? Sí, porque ha sido traidor con el que darle ha querido la nobleza y el valor, que soy yo, aunque mal he andado en publicar que soy yo. Pues si ser traidor ha usado, sin duda que lo aprendió del valor que tú le has dado; y aquesto se muestra bien en el mal que me causaste, pues eres, Manfredo, quien de mi casa me sacaste y de mi seso también, ¡Oh, traidor! Has de saber que vengarme he pretendido con tenerte en mi poder. ¿Por vengarte del marido afrentas a la mujer? ¿Quién te ha enseñado a vengarte con tan terrible inclemencia, que afrenta viene a causarte, pues te vengas en la parte que no tiene resistencia? Mejor es, loco atrevido, que el combate que me das se le des a mi marido, aunque tú no reñirás con un valiente ofendido. Mas si quieres que en tu vida pueda servirte de espada, yo puedo serlo sin duda, en lo que es estar desnuda de mi ventura pasada. Espada soy que cortar puede mucho, y si peleas con mi esposo, has de pensar que, por valiente que seas, la espada te ha de ganar. Tomar venganza conviene de un tan grande desvarío. (Retirémonos, que viene mi contrario. ¡Poco brío el que se retira tiene!) ¿Cómo es posible, arrogante, que habiendo sido traidor tú me oses poner delante sin temer al resplandor de mi vista penetrante? ¡Renato mío! ¡Oh, traidora! Tu maldad está probada. ¡Manfredo! No es tiempo agora de caricias. Con la espada de mi afrenta, vengadora, te diré lo que has hecho contra mi reputación; pero la espada sospecho que, por no ver su traición, no querrá entrar en tu pecho. Aunque con vergüenza poca me llamas traidor, infiel, mucho ese nombre te toca, pues no te faltaba de él por llevar sino la boca. Con todo eso he entendido que contra mi serlo quieras, y ansí, ten por entendido que, porque tú lo fueras, me holgaré de haberlo sido. No me hables más de esa suerte, que con priesa quiero darte lo que mereces. Advierte que a espacio quiero matarte, porque gusto de tu muerte. Aquí están. ¡Préndelos luego! (¡Reniego de su venida!) (¡De su venida reniego!) ¡Quitadles luego la vida, pues me quitan mi sosiego! ¡Ténganse al Duque! Tenidos somos. ¡Prendedlos! ¡Malvados, no os lleguéis tanto! ¡Atrevidos! ¿Cómo estáis confederados estando tan ofendidos? ¿Ofendidos? Sí. ¿Por qué? Porque os quitáis las mujeres. Engáñaste. Yo lo sé. Pues si lo sabes, ¿qué quieres? Que en pago de ello se os dé la muerte. El enojo olvida, que somos hombres honrados y es afrenta conocida. Por estar desafiados tenéis la vida perdida, y ésa habéis de perder luego por mucho que tengáis brío. Sin duda que vienes ciego, porque aquí no hay desafío. sino quietud y sosiego, que antes en tiempo y lugar de tener conversación. La verdad quiero contar, que se me ofrece ocasión de morir o de matar. Ya la verdad se ha probado, por mucho que escurecida esté agora. Confiado que llego al fin de la vida, que en tu servicio he gastado, quiero descubrir, señor, la verdad. No tengas miedo, que descubrirla es mejor. Has de saber que Manfredo me desafió. ¡Oh, traidor! ¿Por qué ofendes de esa suerte a quien te hizo amistad? Manda que nos den la muerte, pues te he dicho la verdad. ¡Soy contento! Escucha, advierte. ¿Sabes lo que dices? Digo que tú me has desafiado, y a probar esto me obligo con la carta que me han dado de tu parte por testigo. Léela. No he de poder, según de enojo estoy loco. "No puedo negar, invencible Renato, que la nueva que me dieran de tu felice vida no fue parte para consolarme de la que mi esposo ha de perder por causa tuya." No es esa. ¿Quiéresla ver? toma estotra. Espera un poco, que la he de acabar de leer, "Lo que te suplico es que, pues el duque Astolfo, ciego del amor que siempre me ha tenido, procura valerse de la ausencia de Manfredo para entrar en mi casa, me saques de ella y me pongas en parte donde no corra peligro la honra que, por ser de tu amigo, se puede llamar tuya. — Eufrasia." ¿Qué carta es ésta? Manfredo, tu esposa me la envió agora por cierto miedo que ha tenido. Luego yo ¿con mi honra propia quedo? ¿En eso dudas? Pues te digo que aunque el Cielo me destruya a ser tu esclavo me obligo. Sepamos ¡por vida tuya! por qué te odiabas conmigo. Porque había sospechado me quitabas mi mujer, y agora me ha declarado la carta que tu poder del de Astolfo la ha librado. (¿Posible es que sufro tal?) Y por albricias te digo que tu mujer es leal, pues si se vino conmigo fue con achaque de un mal que le dije que tenías, que le causó alteración. Pues dime, ¿qué pretendías? Vengarme de la traición que me dijeran que hacías. Amigo, dame esos pies. Dame los tuyos primero, darte he los míos después. Por no ofenderte, yo quiero darte los míos cual ves. Basta un abrazo apretado. ¡Grande bien! ¡Grande alegría? Dime, ¿no has considerado cuán claro se muestra el día después que pasa el nublado? Pues tal estoy. Si condenas, señor, estos desdichados al castigo de tus penas, estos brazos rodeados nos servirán de cadenas; que pues de la voluntad son cadenas, bien podremos tener mucha calidad. por que abrazados quedemos del nudo de la amistad. Mátanos luego y verás nuestras dos naturalezas, pues plantas nos volverás quitándonos las cabezas para que crezcamos más. Acaba, danos la muerte, por quien estamos muriendo. (No hay pecho de hombre tan fuerte que no se enternezca viendo dos amigos de tal suerte.) Con tu licencia, señor, los quiero hablar. ¿Qué pretendes decirles? Que soy traidor, y más con aquel que ofendes con la centella de amor. Quiero que por honra suya entiendan mis desvaríos, para que de ello se arguya que fueron efectos míos nascidos de causa tuya. Y ansí digo que yo he sido el que ha dado la ocasión de quedar el uno herido y el otro puesto en prisión. Ya estoy tan enternecido viendo el efecto que ha hecho en tu pecho su amistad, que, cuasi al llanto deshecho, la raíz de la crueldad quiero arrancar de mi pecho. Y ansí, pues hay ocasión de sacar del pecho mío la amorosa pretensión, les perdono el desafío y les demando perdón. No quiero de hoy más poner mi amor, que no tiene igual, en Eufrasia, ni ofender un amigo tan leal y una tan noble mujer. Y aquesto lo hago yo de mi propia voluntad, porque de madre salió el río de su amistad y el corazón me lavó. Con hechos tan soberanos subirá tu nombre al ciclo. Danos, príncipe, esas manos. Sí, para alzaros del suelo y abrazaros como a hermanos. Tanto bien el Cielo envía, que no cabe en mi memoria. Tampoco cabe en la mía. ¡Renato mío! ¡Mi gloria! ¡Mi contento! ¡Mí alegría! ¡Manfredo mío! ¡Mi bien, ya perdido, ya ganado! Creonte, pues eres quien tanto bien nos has causado, quiero abrazarte también. Eufrasia de mi vida, causadora de todos mis enojos, la gloria merecida que la fortuna adversa con antojos quitaba de mis ojos, hoy la tengo presente; mas advierte que contra la amistad no hay caso fuerte. Camila de mi alma, ya que como mujer fuerte y constante mereces esta palma que ofrece el Cielo a tu valor triunfante. vive de aquí adelante sin miedo alguno de contraria suerte, que contra la amistad no hay caso fuerte. Yo, libre de la injuria del que suele causar daños disformes, voy a templar mi furia, que no es mucho que amigos tan conformes venzan casos enormes y atropellen al mundo y a la muerte, que contra la amistad no hay caso fuerte. Será trabajo inmenso de la amistad encarecer los hechos; pues ella, como incienso, sube a los altos y estrellados techos, y en los humanos pechos en mal el bien y el bien en mal convierte, que contra la amistad no hay caso fuerte. Quien hizo esta comedia, como pone la mira en su tormento, pretende que es tragedia todo lo que acaba en casamiento, y ansí, su pensamiento es que solo en quedar confederados acaben Los Amigos enojados.
