Texto digital

Texto digital de Amar por burla

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de Amar por burla. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amar-por-burla.

Logo BICUVE

AMAR POR BURLA

JORNADA PRIMERA

Nunca en su pecho acredita defeto en lo que es amado quien, con amor y cuidado, amar firme solicita. Pues si el temor habilita quien ama viendo el rigor, ¿no es defeto de valor empeñarse y obligarse? No, porque llega a premiarse del ser que le da el temor. ¿Declararme es bien a quien reprueba lo que pretendo? Anarda, según entiendo, a don Sancho quiere bien. Aunque siento su desdén, no me asusta acreditar su sospecha, por no dar al alma más sentimiento. No apruebo tu pensamiento. Matorral, ¿quieres callar? Si tu quietud solicito, y no pretendes vencer con lo que debes temer la fuerza de tu apetito, al tiempo, señor, remito mis sospechas. Tú verás en él qué engañado estás. Bien puede ser que lo esté; mas por lo menos veré desde afuera lo demás. Al fin, ¿hemos de aguardar a Anarda? Para vivir. ¿Es cierto que ha de venir? Por aquí es fuerza pasar. ¿Cuándo acaba de tomar el acero? Yo estimara que acabara y no acabara por el interés que espero, pues mientras toma el acero gozo de su hermosa cara. Esta pienso que es, señor. Su donaire te previene. Aquí vuesa merced tiene, si lo admite, un servidor. Dulce gloria de mi amor; sol que este valle enamora, ¿cómo tan tarde, señora, sales, sabiendo que el alba te aguarda y ha de hacer salva como anuncio de su aurora? Las plantas de aquesta orilla, que tus ojos fertilizan vivos colores matizan cuando ven su maravilla. El sol, que envidioso brilla, de tus ojos ofendido se muestra más encendido y queriendo escurecerte, enamorado de verte, de verte queda corrido. Los penachos de estas fuentes, si libres murmuradores, por jurisdicción de flores te ofrecen ricas corrientes cuando al cristal de sus fuentes perlas le das que, al cogerlas, enamoradas de verlas en tu boca carmesí, para bordar su rubí te restituyen las perlas. Imperfección es, señor. que consulte el responderte, si el ser que me das me advierte que se lo debo a mi amor. Repara en este favor, pues cuando tu gusto apruebes y el clavel de mi amor lleves, hallarás en el intento que debo a mi pensamiento lo mesmo que tú me debes. En cuanto a la estimación de tu persona, confieso que me ha puesto en tanto exceso la fe de mi obligación. Pregunta a mi corazón lo que siente en esta parte del bien de solicitarte, cuyo imposible se advierte, que está la pena de verte en la gloria del mirarte. ¿Qué sientes? Un imposible. ¿Imposible? Sí, mi bien. ¿Quién mueve la causa? ¿Quién? Ese valor invencible. ¿Es muy grande? Es imposible que pueda el alma explicar lo que llega a desear. ¿Qué deseas? Lo que veo. ¿Quién te obliga? Mi deseo. ¿Para qué fin? Para amar. Si, amoroso al bien sigo, siento el fin de este accidente, y no digo lo que siente el alma, que está contigo, siente tú lo que no digo. Y pues de mi pensamiento sabes, señora, el intento, aunque las penas sean breves, obligada de ellas debes sentir, mi bien, lo que siento. Aunque lo siento, no espero el premio cuando quisiera que tu pecho me entendiera, pues sabes lo que te quiero, por ti vivo y por ti muero. Bien quisiera referirlo; pero no me maravillo, cuando debes conocerlo, pues la gloria de tenerlo está en no saber decirlo. Loco estoy por tu hermosura, acaba mi pensamiento, mira tu merecimiento disculparás mi locura. Y si esto no te asegura, justamente se acobarda el alma, en el bien que aguarda pues a decir me provoco que fuera quererte poco decirte mi amor, Anarda. Querido dueño adorado: ¡qué bien sabes obligarme para vencerme y matarme en el fin de tu cuidado! Veneno dulce me has dado con sus favores, si advierte el alma en tan buena suerte, yo aseguro de su parte que ha de quererte y premiarte, pues tanto gana en quererte. Faltar mi agradecimiento no puede al bien de su empeño, que es poderoso su dueño y pide en mi vencimiento. Disculpa mi atrevimiento con la causa que me das, que si la juzgas, verás cuando su verdad apruebe􀃟 que ni tú menos me debes, ni yo puedo querer más. Advierte ... Si quiere bien un hombre que no ha querido ¿ podrá ser reconocido sin cláusula de desdén de vusté? ¿De mí? ¿De quién puede ser señora Inés sino de vusté? Después que nací no me he inclinado a pícaros. Porque ha dado en lo civil de interés. Ni hago caso, ni quiero, ¿De mí? ¿Por qué razón? Porque con lo de bufón tiene lo de majadero. Ese es término grosero, y está vusted engañada. ¿Qué es lo que dice? Probada se hallará, porque ha de ser como vusted la mujer... ¿Qué soy yo? Mujer honrada. Y él pícaro. Conocido. A su modo y a su trato no me hable más. Ingrato fuera yo si agradecido no me mostrara. Ya atrevido está el pícaro. Como ella, sabiendo que conocerla es tan fácil. Yo, bufón, soy doncella de opinión. Si vusté fuera doncella, ¿cómo la quisiera yo siendo cosa conocida que han llegado en esta vida a lo que no se entendió? ¿A qué han llegado? A que no se estime la que lo es, porque, a fuero de interés, se ha visto en otra como ella dar a entender que es doncella diez veces a un ginovés. Estimo tu noble intento, y con él tanto me allano, que le ha de dar esta mano premio en mi agradecimiento. Rayo del sol que violento a su mesma luz se atreve, ¿cómo, en término tan breve dándole afrenta al cristal, por ventanas de coral muestras efetos de nieve? Libre, como cautelosa, te ofreces para mostrar en tan pequeño lugar tanto jazmín como rosa. Prenda del cielo hermosa, ya que mi muerte dilatas, ¿cómo si de matar tratas, dulce hechizo del amor, para templar tu rigor das vida con lo que matas? Quédate a Dios, que me espera mi hermana. Prenda querida, mucho siento tu partida. ¡Ojalá que yo pudiera no partirme, porque diera un buen día a mi cuidado! Basta con el que me has dado. Acuérdate de mi amor. ¡Qué desdicha! i Qué rigor! ¿Fuese? Sí. Dios sea loado. ¿Quién dirá que esa mujer no puede tener buen trato? Yo, que soy el más ingrato, y lo llego a conocer. Y tú también puede ser - que digas lo que yo digo. Falta, señor, un amigo, con ser hombre, en la ocasión a su misma obligación y se confirma enemigo, ¿y quieres no falte quien en todas las ocasiones de ingratas resoluciones acredita su desdén? Ninguna ha querido bien. Engañado en eso estás. ¿Engañado? Tú veras en la que más se ofreciere que menos te estima y quiere cuando tú le quieras más. Sin atender al intento que el tuyo mueve a mi ruego, sabrás, al fin, que don Diego, con un libre atrevimiento, en el paso de la ermita de San Pedro la aguardó y con palabras mostró lo que su amor solicita. Tu hermana, al fin, entendida. le dio la mano a clon Diego, a cuyo amoroso fuego se mostró reconocida. Don Sancho, señora, pide tu licencia para hablarte. Vendrá, ¡por Dios!, a cansarte. Dile que nadie le impide. Mándale, señora, a Inés que nos deje. Salte fuera. El darte a entender quisiera lo que advertirás después. Si acaso mi atrevimiento rendido lo que merezco dijere lo que padezco con un justo sentimiento, te suplico por quien eres, que disculpes mi osadía. Servirte solo quería. Yo la merced que me hicieres estimaré en tan sagrado, que eternamente tendrás en mí quien te sirva más. Prosigue, di tu cuidado. Cuánto estimo y quiero Anarda ya sabes, Aurora hermosa. Informarte de ello es yerro, pues mis cuidados te informan. Dos años ha que padece en su acuerdo la memoria, desprecios e ingratitudes entre pasiones celosas. Dos años ha que ofendido del rigor de esta ponzoña, vive el pecho, si es que vive, en el infierno quejosa. Tu hermana, mal advertida a lo que el alma la adora, determina mis pesares cuando tanto amor no ignora. Y para más convencerse en su culpa licenciosa, a mi vista favorece con premios y con lisonjas al que ingrato, como sabes, se desvanece y remonta al favor que no merece, dándole con estas obras a su soberbia, licencia; a su presunción, costosa ambición, y a sus alientos, causa para que a mi costa solicite desengaños y atrevido se disponga a ocasionar mis cuidados, con que es fuerza que yo rompa la cárcel de la paciencia. El alma a rigores toma este medio de quejarse cuando tú debes, Aurora, serlo de mis esperanzas, que sola tú, como sombra del sol que me niega vida puede, a la que tengo corta, dar alientos que afiancen la esperanza que dudosa juzga para que, ayudada de mi amor y tu persona, halle premio en sus temores, medio en su ventura corta, satisfacción en su agravio, conocimiento a sus obras, osadía a sus deseos, valimiento a sus congojas, correspondencia a su fe y, finalmente, señora, memoria a tantas finezas, si es que merecen memoria. Don Sancho, si en mí acredito las penas que te alborotan, y me animo, persuadida, a tu ayuda, es cierta cosa que el temor que me previene me des ayuda y estorba por dos causas que me advierte la obligación que me toca. Es la primera, que en mí acredites una cosa semejante, pues querer que te sirva con mi honra, o con amor te disculpas, o desconocido ignoras mi honor, cuando será justo que mi obligación conozcas, ya. que amante te disculpes y que pretendas que rompa fiado de mi secreto, el fin de esta causa es otra, es fuerza reconocer: si te enojare, perdona. Yo sé que Anarda. mi hermana, si que la quieres no ignora, te aborrece declarada en su obstinación remota. Si esto sabes y cuan libre a quién presumes adora, y que una mujer resuelta cuando quiere es firme roca, ¿qué medio puedo intentar que solicite y disponga el fin que pueda premiar tus acciones amorosas? Y cuando para servirte yo lo jure, es triste cosa contrastar con persuasiones un alma que tan furiosa, ingrata, se desobliga, declarada y cautelosa. Esto dejado a una parte: si a mi persuasión se enoja ¿qué medio puede bastar a que de mí no conozca que falto a la obligación de su honor y de mi honra? Propóngote esos peligros, porque quiero que dispongas por mejor medio tu intento. Adviértelo bien. Señora, sólo quiero que le des este papel, cautelosa, a los daños que refieres, por que de ti no conozca lo que dices. Si es posible que lo lea y me responda, lo estimaré por favor. Diligencia incierta y poca es la de un papel, don Sancho, cuando está dificultosa la voluntad de lo amado. (Por este medio mejora mi pasión y puede ser que de ofendida y celosa en el fin de lo que intento alcance mi amor vitoria) quisiera valerte agora. Obligada de obligarme y de hacer por ti una cosa, que si su efeto ejecutas es la más fuerte de todas cuantas puedes intentar. Advierte, Sancho... Que te oiga me manda amor, cuando estimo que mis cuidados conozcas. Anarda, mi hermana, Sancho, de noche está y duerme sola en una cuadra que tiene correspondencia con otra del cuarto de aquesa huerta. Unas parras hacen sombra a un postigo que se muestra entre mirtos y entre fosas, arrayanes y laureles. Esta noche, si te importa, cuando ella durmiendo esté, por él entrarás de forma que llegues hasta su cuarto, donde, empañada la honra, a la fuerza ha de premiarte. Parece que te alborotas. No me espanto que te admires. Sosiega, el temor reporta. Con esta llave maestra de esas puertas, sin que pongas más que el obrar de tu parte haciendo lo que te toca, tu amor quedará premiado. ¿Me entiendes? Que no responda, menos que dándote el alma, me advierte amor, porque nota, no mi obligación ni el bien que recibo, mas mi corta dicha en poderte pagar. Aurora. Estimo que lo conozcas. Esta noche, como digo, si tu temor no lo estorba, tienen fin tus esperanzas. Mucho me debes. Sancho. Aurora, ¿cómo es posible pagarte? Mil veces pongo mi boca a tus pies. Levanta, Sancho; vete, que temo nos oiga mi hermana. Quédate adiós. El te guarde. —¿Inés? Señora, ¿qué me quieres? Que volvamos a nuestra conversación, pues nos da el tiempo ocasión y solas las dos estamos. Como te digo quedó don Diego de aquel favor premiado y con grande amor. ¿La mano a Anarda le dio? Sí, señora. ¿Pasó más? Paréceme que te enfadas. Si por dicha no te agradas de la relación, podrás advertirme y callaré, que sólo tengo deseo de servirte. Yo lo creo. Eso debes a mi fe. Inés, en tu voluntad halla mi pecho ocasión de decirte el corazón una amorosa verdad. Yo quiero a don Diego, Inés, con eceso y con secreto; de cuyo amoroso efeto vive ajeno, como ves. Quiere mi hermana a don Diego con tan declarado amor, que causa en mí su rigor continuo desasosiego. No me atrevo a descubrir con que padece el deseo y hacer a mi daño creo el mal que llego a sentir. Crezcan en mí los desvelos con sentimiento interior por haberme dado amor este linaje de celos. Tú has de ser quien dé a mi mal remedio, por ser el medio que puede darle remedio a su pasión inmortal. Vámonos porque no advierta, de vernos juntas Anarda, alguna malicia. Aguarda. ¿Qué es lo que tu amor concierta? Vengarme por cierto modo. Sólo advertirte pretendo mires por tu honor. Ya entiendo. Después te lo diré todo. ¿Que no quiso obligarme ni el papel recibir? Ramiro. Al declararme temí su desagrado y me pesó de haberme declarado. La causa de este efeto, según que me prometo, es estar empeñada en otro amor, pues muestra declarada aborrecerte en todo con desagrado y con sensible modo, cosa que me ha admirado si considero que en cualquier estado se muestra agradecida de ser solicitada y ser querida la mujer más honrada. Muchas veces de ser solicitada nace su desagrado. Para salir, Ramiro, del cuidado que me dan mis desvelos, entre confusos celos, no sé qué medio diera que me templara al fin o me advirtiera. A don Diego de Frías he visto por su calle muchos días mostrarse cuidadoso en mirar sus ventanas, receloso de mí, que le miraba; y puede ser, si yo no me engañaba, de causa a tus enojos que es culpa de los ojos el descuido en quien ama. No a justa sospecha con su fama en mi amor aprehendo, que injustamente su valor ofendo. Ya el alma no abona descrédito en su honor ni en su persona; el pecho se acobarda a tu sospecha: puede ser que Anarda se obligue de don Diego. Si pretendes sosiego, informarte procura; pues es, señor, cordura hacerlo el que desea salir de confusión. Que no te crea, Jacinto, amor me advierte. Pues, señor, de esa suerte, ¿para qué te aconsejas y das injustas quejas de verte aborrecido? En grande confusión estoy metido. Para templar tu fuego, procura, cauteloso, que don Diego informe tu cuidado, que puede ser que viéndose obligado de ti, su pensamiento te declare el intento. Bien dices; parte luego y llámame a don Diego; que tu consejo admito si en él mi desengaño solicito. Yo parto a obedecerte. Quiera Señor que acierte en servirte el cuidado. Amor desengañado, ¿qué es esto que procuras cuando más ofendido me aseguras? ¿Qué es esto que pretendes? ¿ Como no te defiendes de ti mismo si sientes tan libres acidentes? Pero ¿de qué me admiro si mi firmeza y tu inconstancia miro? Después de verte, a pedirte que me des, señor excelso, licencia para hablarte, triste y temeroso vengo. Seguro puedes hablar, que en mi persona te ofrezco un amigo que te ayude. Mil años te guarde el cielo. (Aunque Anarda me aborrece, puede ser por este medio que consiga, a su pesar, lo que busco.) Di tu intento. Aquel opuesto del sol, cuyos ojos, siendo negros, para dar luz a sus rayos le sirven al sol de espejo; aquel serafín de amor, dulce milagro de Venus, cuyo fuego solicita globos de amoroso incendio; Anarda digo, imposible de los milagros del tiempo, con su agrado y con sus partes sólo iguales en su extremo, obligó mi libertad a mostrar atrevimientos, hijos del amor más firme que mereció tanto eceso. En algunas ocasiones, aunque cobarde y suspenso, le declararon mis ojos sus amorosos empeños. Su agrado en todas le dio buenas nuevas al deseo, cuyo impulso acrecentó firme esperanza en el pecho. Lisonjeaba mis quejas, dudoso de los aciertos, con pensarle agradecida envidioso de mí mesmo. Puede ser que el corazón se engañase a lo que siento, que, según mi corta dicha, no dudo que será menos. Viéndome, si no premiado, en esperanzas de serlo, con favores de sus ojos... (Amor, ¿qué es esto? ¿qué es esto? ¿A qué me obligas si sabes que me aborrece, en efeto?) Señor, el temor me ha dado unos celos o recelos con que se abrasa mi alma en dilatado tormento. Aunque los teme mi amor y de sus penas me advierto, por disimular mi agravio no sé, al fin, de quién los tengo, que, para más condenarme al rigor de aqueste infierno, quiere mi dicha ocultarme, por más convencerme, el dueño. Teme la esperanza el fin, acobárdase el esfuerzo, no se remata el temor y auméntase el sentimiento. Para asegurar la causa que ocasiona estos efetos y que la memoria olvide el mal que está padeciendo, cuando dudo de mi dicha, cuando mi desdicha temo, cuando mis agravios sigo y cuando mis penas siento, en pago de tanta fe, como en el alma confieso, por no dilatar mi muerte sólo busco, sólo quiero el casarme con Anarda, sólo esto, señor, pretendo, esto sólo te suplico, que si tú vienes en ello y se lo mandas a Fabio, fácilmente tendrá efeto. Y si, por desdichas mías, cuando, señor, trates de ello reconocieses que Anarda no se allanare a tus ruegos, te advierto en su condición el desagrado, sí, es cierto, que me ha dicho muchas veces... (¿Qué digo? ¿Cómo no advierto que falto a la obligación del valor que a su honor debo? Perdone Anarda y su honor; con este medio prevengo la disculpa de mi culpa si llegara, como espero, el gozar de la ocasión en que su hermana me ha puesto.) Digo, señor, que me ha dicho que teme lo que yo temo, que aguarda lo que yo aguardo, que quiere lo que yo quiero, que desea lo que busco, que busca lo que deseo, que estima lo que yo estimo y siente lo que yo siento. Llama, señor, a su padre, a quien mandarás que luego remita a la ejecución el fin de mis pensamientos. Todos mis servicios pongo a tus pies. En éste quiero me pagues lo que te estimo, cuanto te he servido. En esto quiero que me satisfagas; pues con mi amor y con ello queda, válida mi fe, premiados mis pensamientos, la voluntad obligada, reconocido el deseo, acreditado mi gusto, vencido el fin de su empeño, el temor desengañado y, finalmente, yo quedo para servirte, señor, obligado y satisfecho. Puesto, don Sancho, que dices que Anarda te quiere, pienso que haré muy poco por ti. Vete con Dios, que yo quedo entendido y obligado para poner en efeto tu pretensión. Sancho. Dios te guarde. ¿Qué es esto que siente el pecho? ¿Qué es esto que determina el rigor de mis recelos? Si has descubierto que Anarda quiere a don Sancho, ¿no es cierto, si don Diego no la quiere, que quiere Aurora a don Diego? El cuidado de tu gusto, por servirte como debo, me trae, señor, a tus pies. Duque. Yo lo estimo y lo agradezco. Salte, Jacinto, allá fuera. Ya sabes cuánto te quiero. Para una ocasión que importa, fiando de ti el secreto, quisiera que me sacaras de una sospecha que tengo. (Notable es la confusión en que estoy.) Señor, prometo de servirte con el alma. Tus finezas agradezco. Digo, pues, don Diego amigo, que, sabidos los empeños que tienes con una hija de Fabio... (¡Válgame el cielo!) Saber, don Diego, quisiera en cuál de las dos has puesto la voluntad de tu amor. No te excuses. Lo primero, por mi gusto; lo segundo, porque me importa el saberlo. Fuerza es, señor, el servirte. (¿Qué he de hacer? Negarle quiero mi amor, pues debo al honor de Anarda este buen respeto.) Con admiración me tiene el caso que me has propuesto, y no es mucho que me admire si tu pretensión no entiendo. Digo, señor, que hasta hoy no he tenido pensamiento de amar ni solicitar, con asistencia ni ruegos, a ninguna de las dos que me propones. Lo cierto es que de inclinarme yo amoroso, por mi acuerdo a la mayor me inclinara; pero, como digo, es cierto que a ninguna solicito. Ni lo dudo ni lo creo. (Este ha sabido, sin duda, cómo quiero a Aurora, y con temor de no enojarme califica mi respeto.) Tus palabras acredito. Y te la dan mis deseos de cumplir tu obligación y de servirte en aquello que me ordenares, señor. Duque. Por que sosiegues el pecho te he de decir la ocasión que me obliga a lo que espero. Pretendo que Anarda case con don Sancho de Toledo, puesto que los dos se quieren; y por excusar mi empeño, si acaso la pretendías, quise informarme. El secreto guardaréis por lo que importa. (Aquí es fuerza que los celos descubran en su recato su amor y lo que pretendo; si no es que éste quiere Aurora y no los tiene.) (¡Qué infierno me solicitas, amor!) ¿Qué te parece? Si es cierto que, como dices, se quieren los dos, (Amor, ¡qué tormento me das con tanto rigor!) fácilmente tendrá efeto la pretensión de don Sancho. Bien te puedes ir. (No acierto a salir de aquesta cuadra.). Quédate a Dios. Más suspenso estoy con estas enigmas. ¿Has, por dicha, descubierto lo que pretendes? Ramiro, que la materia de celos lo mal es el confesarlos y lo menos el tenerlos bien puede desengañarme. Mas, según lo que sospecho, a don Diego quiere Aurora, porque de su modo infiero el crédito de mis dudas, si me ha engañado primero. Que me he de satisfacer y ha de sentir lo que siento, tu cuidado me ha de dar la satisfacción que espero, y la tuya queda al mío. Servirte en todo prometo,

JORNADA SEGUNDA

Notable es la inclinación de don Sancho. Yo confieso la calidad y el exceso de su amorosa pasión. ¿Qué es lo que Sancho pretende? Quererte desobligado. Es muy propio de un picado estimar a quien le ofende. Efetos del amor son oponerse al desengaño, solicitarse en el daño y seguir su pretensión. Y así, no te admirarás que su agravio no acredite ni que tu amor solicite. ¡Qué mal advertida estás! Quien vive desengañado y sus agravios no siente, o carece de prudente, o no siente su cuidado. Mostrar, Aurora, osadía aquel que vive ofendido, desengañado y vencido, es linaje de porfía. No es amor, sino pasión del altivo atrevimiento, pues se vence del intento de su poca estimación. Porque quien quiere obligar a quien no quiere que quiera, si no teme lo que espera es para desesperar. Nunca aquel que a amar llegó acredita en su respeto ingratitud ni defeto del pecho a quien obligó. Que es fuerza de la razón no pensar que haya de haber quien deje de agradecer el fin de la obligación. Engañada en el pensar estás, con que te diviertes, que agradecer, si lo adviertes, es diferente que amar. Agradecer debo yo que me quieras; pero amarte, si no me inclino a premiarte, no lo debo, Aurora, no. Porque el amor es acción del alma, y ha de tener, para premiar y querer, voluntad e inclinación. Por amarme, no he de amar, que fuera, sin duda, injusto querer obligar el gusto de agradecido a un pesar. Agradecer me parece será estimar un favor; y cuando no tenga amor, la persona que agradece, si reconoce el intento, ha de quedar obligada al premio, porque se agrada del mesmo agradecimiento. Este en quien tiene valor muchas veces solicita lo que menos acredita, y viene a engendrar amor. Eso mesmo te enajena y me desobliga a mí, que, como lo siento así, a ingratitud me condena. Es mengua en la voluntad, por más que esté persuadida el querer de agradecida; y entendida a esta verdad, agradezco exteriormente, interiormente aborrezco, de manera que agradezco con ánimo diferente. No agradezco por vencer, si adviertes, mi inclinación, sino por la obligación del fin del agradecer. Ya lo creo. i Inés! ¡ Señora! ¿Está mi padre acostado? Ya lo estará [que], encerrado, le dejo en su cuarto agora. Vete, hermana. Adiós te queda. ¿Vino don Diego? A las rejas salí, y entre dulces quejas, con voz agradable y queda, me dijo cuánto te amaba, y que, aunque estaba celoso, ofendido y temeroso, en servirte se empleaba. Mandome que le arrojase una cinta, y yo, curiosa, se la arrojé, recelosa de que en ello te enojase, cuando, entre suspiros, él, al favor agradecido, recatado y prevenido, puso en ella ese papel. Mil años vivas, Inés, por el gusto que me has dado. Yo te agradezco el cuidado. El servirte es mi interés. Trae recado de escribir sin que mi hermana lo advierta. Inés. Voy por él. Mi dicha es cierta. ¡Quién pudiera divertir el cuidado en mis desvelos y acreditar de su dueño, si no la causa, el empeño de su temor y sus celos! "En triste obstinación y desventura vive aquel que, cobarde y temeroso, amando sigue premios de quejoso, quejoso busca medios de ventura. Quien entendido al daño se asegura, nunca puede llegar a venturoso, pues en su mesmo agravio receloso, solícito a su bien, su mal procura. Si esto es verdad, Anarda, y que te quiero, sentir tu ingratitud temor es justo, fin esperar ventura en mi cuidado. Mi muerte solicitas, morir quiero; con morir tendré premio y tendrás gusto; no le niegues su alivio a un desdichado." Si me quisieras, señor, te aseguraras de mí que soy la misma que fui y excusaras tu temor. No entiendo el fin de tu amor; cuanto más llego a quererte, el alma en sí misma advierte que, ingrato, te desesperas, pero tú no, no lo fueras si dejaras entenderte. Lo que pides está aquí. Vete. Adiós. Quiero cerrar esta puerta, por no dar a entender lo que hay en mí. Pues amor me trata así, bien será solicitarme en el sentir y el quejarme de mi dicha y de su olvido, pues apenas dicha ha sido cuando trata de matarme. Al papel responder quiero satisfaciendo la queja del que corrida me deja, si su temor considero. Mas ¿por qué me desespero, si son efetos de amor sentir el fin del temor, dudar el premio y el bien, ofenderse del desdén y acreditar el rigor? "Descrédito necesita quien, como tú, por amar, fácil, se deja engañar; cobarde, se inhabilita. Quien sabes me solicita tu descrédito procura; pero mi amor te asegura firme fe, y en esta parte, si no merezco obligarte es defeto de ventura." Si no me he divertido, me parece que siento algún ruido de llave en esta puerta: quiero advertirme bien, no me divierta el temor del cuidado; confuso el pedio, el corazón helado, me atiendo y me divierto. El peligro está cierto fraguado y no procuro remedio a tanto empeño; más seguro será, por no empeñarme, de lo que puede ser, asegurarme con abrir la otra puerta y escaparme por ella, pues es cierta mi sospecha. No puedo mover los pies con el temor y el miedo. ¡Aurora! ¡Inés! ¡Duarte! a mi padre llamad. Por esta parte retirarme pretendo. Solícito a mi agravio, mas me ofendo en el bien que deseo. Desdichas de mi amor, ¿qué es lo que veo? Velando su cuidado hallo que Anarda está cuando empeñado vive mi pensamiento en dilatado fin de su tormento. La ocasión he perdido: en grande confusión estoy metido. Yo mismo a mí me ofendo. Sin duda que escribiendo estaba. ¡Ah, quién pudiera saber su pensamiento de manera que quedara vencida la inclinación del alma con la vida! Dos papeles parece que están escritos. ¿Quién te desvanece, pensamiento cobarde, si siempre llegas tarde? Tomarlos será bueno para que acabe, al fin, con su veneno. De don Diego de Frías es esta letra. ¡Ay, confusiones mías!, pues vivís declaradas, ¿por qué, si me asistís determinadas, no acabáis de acabarme en el mal que queréis solicitarme? Este será de Anarda. ¿Cómo la muerte tarda? Ya que el lance he perdido, antes que sea sentido será bueno partirme, no quiero divertirme en leer lo que escribe Anarda, porque vive su memoria en mi pecho y estoy de sus agravios satisfecho. El papel que le daba a Aurora cuando el alma se quejaba es este; pues desea el alma que le vea, bueno será dejarle, que si vuelve a tomarle es cierto... ¿Inés? ¡Señora! Dispierta y llama a Aurora, ¿Hay tan profundo sueño? Partirme quiero y excusar mi empeño. Toma esa luz. ¿Qué papel es éste? ¡Señor! ¡Callando! Anarda, estás confesando la culpa que miro en él. Señor, mi honor te asegura... ¿Tu honor? ¿Cómo puede ser que llegue, ingrata, a tener honor quien no le procura? ¿Qué papel es éste? Acaba de declararme su dueño. (Turbada estoy. Grande empeño.) Señor, digo que yo estaba... (¡Válgame Dios! Quién pudiera dar la vida por no dar que sentir y que pensar a mi padre.) Acaba. Espera. Dime de quién es, ¡villana, atrevida, licenciosa! Señor, estoy temerosa de decírtelo. Mi hermana Aurora podrá informarte. ¿Aurora? Más mal espero si en tu culpa considero que Aurora llegue a culparte, No te enojes ni te enfades hasta que mi culpa diga, cuando la ocasión me obliga a confesarte verdades. Señor, don Diego de Frías solicita (¡Qué rubor!), con asistencia y amor el casarse, ha muchos días, conmigo; pues es tu igual en calidad, yo me ajusto a su intento, si es tu gusto. Ya conoces su caudal. De don Diego es el papel que miras. ¡Por Dios, señor, no te admire mi disculpa: confieso que tengo culpa: tiempla, señor, tu rigor! No digas más, cierra el labio; detén la lengua, atrevida, que hoy he de perder la vida en satisfacer mi agravio. Advierte... No hay que advertir; entrada, que yo haré de modo con que lo declare todo aunque aventure el morir. ¿Qué es esto, amor? ¿Quién ha dado causa a tu desasosiego? Si fue por dicha don Diego quien me ha puesto en tal cuidado, ¿cómo es posible pudiese entrar? Si sola aprensión me ha puesto en esta ocasión sin que principio tuviese la causa, ¿de qué me admiro? Yo' estoy loca, sólo siento no advertirme en el intento cuando mi deshonor miro. A Aurora, mi hermana, espero consultar lo que ha pasado, pues me hallo en tal estado que busco lo que no quiero. Sospechas apasionado. Temes bien cuando mal sientes. Señor, por los accidentes determina mi cuidado el de Anarda. Siempre has dado en sentir indiferente' de lo que mi pecho siente. Cuando amor tiene desvelos, es condición de los celos acreditar fácilmente. Confieso que solicita don Sancho el fin de su intento. Siendo ansí mi pensamiento justamente necesita de pasión, pues se acredita de tu mesma confesión. Antes muestra la pasión declarada en pretender que pueda Anarda tener ingrata resolución. Estimo haberos hallado, señor don Diego. Quisiera que en vuestro servicio fuera de provecho mi cuidado. Despedid ese criado, que quiero tratar con vos cierto caso. Vete. ¡Adiós! Serviros, señor, prometo. Sólo os encargo el secreto, por lo que importa a los dos. Señor don Diego de Frías, obligaciones de padre me tienen de vos quejoso; las de mi honor y mi sangre me han obligado que os vea. Bien pudierais excusarme de sentimiento, debiendo atender cuan mal lo hace quien, libre, le da ocasión a los hombres de mis partes. No os entiendo, aunque quisiera entenderos. Escuchadme. Más solícito a mi agravio que entendido el fin que hace; considerando a la culpa mi pensamiento más grande, yo hallé en poder de mi hija Anarda... (¡Pecho cobarde! ¿Cómo, si sientes tu ofensa, inadvertido te vales de medio tan afrentoso?) este papel; tal la infame, de la suma de mi agravio, si hay quien se atreva a agraviarme. Ella me dijo que es vuestro, que, solícito y amante, pretendéis su casamiento. Bien pudierais excusarme de la queja que mi honor tiene de vos, casos tales por diferentes caminos suelen, don Diego, tratarse sin empañar el respeto, ni perderlo a quien, por padre, y por sus obligaciones lo debe sentir. Si hace fuerza en vos este respeto, para poder excusarme de mayores sentimientos, mis obligaciones hallen en vos seguro juicio. Toma el papel, donde fácil hallaréis lo que a mi honor deberá el vuestro. Escuchadme. Conozco vuestra intención; la justa razón que os trae a declararos conmigo. Cuanto, señor, a culparme no niego vuestra razón, a tener culpa que baste. En la que vos me ponéis juzgo que estáis ignorante, o informado mal, porque este papel satisface a cuanto puedo deciros. Si os le dio Anarda, en el darle por mío vive engañada, pues ella, señor, bien sabe que es de diferente dueño. Y supuesto que intentase casarme con vuestra hija, para servirla y honrarme, culpa ha sido, mas las culpas que entre personas iguales, inclinadas del amor, son para fin semejante, conocido el que les mueve, deben, señor, perdonarse. Volved el papel a Anarda, que yo sé que disculparme debe Anarda por quien es. Pedidle que os desengañe y que os declare su dueño, que, a ser mío, fuera fácil satisfacer vuestro honor con el medio más suave que determinareis vos. De admirado me combaten un millón de pensamientos, cuando la culpa en mí hace un cuerpo ingrato de injurias, ¿cómo el cielo a tantos males da lugar y no concluye lo flaco de este cadáver? ¡Ah, desdichas, de mis obras declaradas y constantes a mi deshonor! ¿Por qué así dudáis de acabarme? ¿Qué aguardo yo de las mías? si muestran en sus caudales tantos géneros de agravios? Don Sancho quiere hablarte. Sólo falta que don Sancho venga con sus disparates a irritarme la paciencia. ¿Puede saber quien no es nadie lo que narró el señor Fabio? Matorral, ¿quieres probarme el sufrimiento? Señor, yo no soy tan ignorante que no sepa que lo tienes. ¡Ay, celuchos, tempestades, truenos, rayos o... Que entre don Sancho, y tú vete antes de que me enoje. Perdona. Que Anarda sin causa trate de ocasionar mis cuidados cuando debiera premiarme. ¡Don Diego amigo! ¡Don Sancho! ¿Qué es lo que queréis mandarme? Suplicaros sólo quiero. Lo que pienso será fácil en vos. Como sea serviros, no lo dudéis. Escuchadme. Anarda, hija de Fabio, sol de Europa, noble imagen de los milagros del tiempo, cuyo valor, cuyas partes, si de admirables los juzgo, no digo por admirables, ha dos años que entendida del amor firme y constante de mi pecho, corresponde con apremiarme y matarme. Sé que vos la pretendéis, tan cortés y tan amante que solícito y discreto, de que ella se ofende y hace descrédito conocido, mandome que os declarase mi intento y su noble queja, y que os suplique y encargue que olvidéis vuestras acciones. Por quien sois, y por honrarme, debéis hacer lo que os pido, pues contrastar voluntades contra gusto no es acción de un hombre de vuestras partes. Ya sé que le habéis escrito, y, para que os desengañe la verdad y acreditéis cuanto os trato en declárame, este papel os lo afirme que le escribisteis, y al darle, cerrado me lo envió. No sintáis que se retrase de su voluntad, que amor, donde no asiste constante, fácilmente en sus acciones, determinado, se vale del fin de la ingratitud. Sólo pretendo casarme con Anarda. (Bien quisiera" satisfacer este lance de tan apretadas quejas; pero me fuerza a que calle Anarda y mi obligación.) Señor don Sancho, mandarme vos y Anarda que la olvide es justo, y más cuando hace ella alarde de mis culpas, si es verdad que hace alarde. Negaros que no la he escrito fuera grande disparate, que no puede ser mayor, siendo verdad que ella sabe la causa que me ha movido, el agravio de culparme. Y de daros mi papel no fue justo, cuando amable solicitaba su amor, mi amor no se satisface con verla en vuestro poder; que es el amor en mí estable, para vencerme el agravio. No dudo que pudo darle; pero justamente dudo, y puede ser que se engañe, quien lo tomó y os le dio. Advertid bien que repare vuestro pecho en lo que dudo, pues cuando dude y no allane agravio tan conocido, debéis mucho disculparme si acaso tenéis amor. Que vuestra disculpa halle en mí crédito debido es justo, si acreditarme en la verdad que os he dicho debéis; porque en casos tales siempre, aunque duda quien ama, acredita sus pesares, por lo que tienen de pena, si aquello dicho no baste para vuestro desengaño, este papel os declare la duda que pretendéis. Otros pudieran sacarme del descrédito que digo, mas uno basta. ¡Ah, quién sabe las inconstancias del tiempo! Esto es hedió. Dios os guarde. Para que gocéis de Anarda, palabra os doy de olvidarle. Agradézcoos el favor. ¡Quedad con Dios! El os guarde. ¿Qué es lo que pasa por mí? ¿Quién como yo pudo hallarse tan colmado de desdichas? ¿Quién de agravio semejante puede salir sin que pierda la vida para empeñarse en mayores sentimientos, y quién para tantos males tendrá fuerzas ni valor cuando se asiste cobarde? ¡Oh, amor! Retrato del mundo, que al que más te satisface más ingrato correspondes. ¡Ah, ingratitud! ¡Qué bien haces de declararte conmigo! ¿ No soy yo aquel que constante a tantos golpes de cellos, a tantas penas estables, a tantas dudas y agravios, a tantas temeridades, a tantos desasosiegos, a tantas injurias graves, a tantas ingratitudes y, al fin, a tantos combates me he opuesto amoroso y libre? Pues para desengañarme se ha de conjurar el cielo a que satisfecho y fácil, me acredite del engaño y desconocido al áspid que alimenta con veneno el corazón por matarme. Adoré su ingratitud, justo es que atrevido pague el daño que a mí por mí me he hecho, para que acaben los sentimientos en mí, si es posible que acabarse pueden con la vida injurias de calidad semejante. Como digo, empeñado del peligro mi amor de ese cuidado teniendo por incierta mi esperanza llegué al fin a la puerta mano prevenida a la llave maestra, si ofendida del agravio y desvelo. Pisadas oigo, turbase el recelo; acúsame la afrenta; el alma, a su pesar, libre y exenta solicita la culpa, vencida del amor que le disculpa; y al sentido le ordena que asista atento a la temida pena. Excusado el ruido; al temor de la ofensa prevenido, solicito al deseo, advertido en la causa del empleo y dudoso si acierta, al fin abrí la puerta del bien que él deseaba. Anarda, que mi mal solicitaba, reconocida o alerta [puerta al suyo, antes de abrir la llave y por otra se escapó, si no entendida, a mi agravio y al suyo prevenida. Confuso y ofendido, viendo que la ocasión había perdido, por darme más enojos, me ofrecieron los ojos sobre un bufete de ébano pequeño otro mayor empeño. Su efeto solicito: acerqueme al bufete y vide escrito un papel. Al tomarle otro en él hallé, quise dejarle y obligado al intento ordenó al corazón el sentimiento, Aurora, que tomase los dos papeles, y que le dejase otro que la había escrito declarándole el fin que solicito, para que se advirtiese y el imposible de mi amor supiese, Y por no ocasionarme otro empeño mayor, el retirarme elegí cuando en calma quedó rendida el alma. ¿Has visto ameno prado de cristal de un arroyo acuchillado, superior en colores tan abril en el mayo de sus flores lisonjear los ojos con sus matices cárdenos y rojos; que cuando más suspende en un instante el sol que le defiende de lugar, envidioso, a un cierzo que rizado y riguroso tala el verde atavío y comprehende en el soñado río el castigo violento, opuesto libre al húmedo elemento, en hielo convirtiendo lo que antes fue cristal? Así yo, el efecto impensado, [viendo que destino admirado, falto de confianza convida sin aliento mi esperanza... esto que digo ha pasado. Todo, Sancho, lo he sabido, y hete querido escuchar para darle más lugar a la pena que he sentido. Mil años vivas, Aurora. Dios te dé lo que deseas. Sólo pretendo que creas que te he de servir. Señora, tu padre y Anarda vienen a esta cuadra. ¿Qué he de hacer? ¡Todo está echado a perder! Mira, Inés, si se detienen. Inés, Ya llegan. Vete y advierte... No te vayas. ¡Qué pesar! Aquí te puedes entrar, que después yo haré de suerte que salgas sin que te vean. (¡Desdichas!, ¿qué me queréis? Si matarme pretendéis ¿para qué me lisonjean los deseos cuando amor declarado me condena a la más injusta pena y al más injusto rigor?) ¿No te vas? Sígueme, Inés. Adiós, Sancho. Adiós, Aurora. ¿Qué es tu pretensión, señora? Aurora. Yo te la diré después. ¡Aleve! Con la vida, pues estás a tu honor desconocida, has de satisfacerme. ¡Engañarme y ponerme en empeño tan grave! No me culpes, pues sabe, tu pecho mi disculpa; que en lo que dices no he tenido culpa. El papel que tomaste tú mesmo le trocaste. Este que me has mostrado, cuyo sea no advierte mi cuidado, a ti mesmo remito el descargo que busco y solicito. ¿Estás en ti? ¿Qué dices? ¿Mi verdad contradices, con sospechas villanas ofendiendo estas canas? ¿Yo trocar pude, ingrata, el papel que me ofende y me maltrata? Cuando el papel alzaste, otro con él trocaste de mi letra; éste afirma la verdad que en mi pecho se confirma. Dámele, por que veas mi inocencia, señor, si es que deseas saber lo que pretendes. ¡Villana! ¿Así me ofendes? ¿De otro engaño te viales para aumentar mis males? ¿Cómo el morir resisto? Sólo el papel que has visto hallé cuando, confusa y engañada de tu culpa, obligada a la verdad incierta, dijiste que en la puerta de tu cuarto sentías ruido. ¿Qué porfías son éstas, señor mío? De mi verdad y tu valor confío. ¿Esto consiento? ¡Pierdo el juicio, y me acuerdo, si el tuyo considero, cuando salir de tanto engaño espero, más engaños intenta tu condición por darme más afrenta! Si tú te reportaras, padre y señor, sin duda que hallaras la verdad que profeso. A tus plantas rendida yo confieso la que tengo si advierte tu amor en mi desdicha y corta suerte. Si quieres que confiese que tengo culpa, y tu designio es ése. por lograr el intento que don Sancho pretende, el casamiento ha de ser voluntario. No asistas temerario a persuadirte, ingrato, pues la verdad retrato. Prudente te' aconseja y determina el modo que he de guardar para servirte en todo. A la verdad remito lo cierto que en el pecho solicito. ¡Que tal consienta el cielo! Señor, deja el desvelo, desecha las pasiones, en mí ejecuta tus resoluciones si vieres que te engaño. No te muestres extraño, pues en todo me ajusto a cuanto tengas gusto. Tu engaño me previene. Señor, el Duque viene. Procura retirarte sin que te vea. Aquí puedes entrarte, y sabrás el intento del Duque. (¡Cobarde pensamiento, acaba de matarme, que muy fácil será sin declararme!) ¡Fabio! ¡Señor! Yo he querido, pues que no me ves, venir a verte, por prevenir el nombre de agradecido. Como de pechos reales siempre es, señor, calidad favorecer la humildad, y conocer lo que vales, quieres honrarme mostrando el peso de tu poder en mí lo que puede hacer. Siempre viviré estimando tu nobleza. Si has de honrarme en mi mayor interés, será asistiendo a tus pies. Levántate. El levantarme es estando aquí, señor. Hombres de tu calidad tienen en mi voluntad muy seguro su valor. En la honra que me ofreces siempre debo asegurarme, que es cierto que con honrarme descubres lo que mereces. Fabio, el honrar el señor al vasallo le es debido cuando está reconocido, como yo, de tu valor, Yo te pedí el casamiento de don Sancho con Anarda, y viendo cómo se tarda la ejecución de mi intento, saber el tuyo quisiera por excusar el cansarte. Si es que puede asegurarte, como mi humildad espera, mi amor y mi obligación, bien puedes acreditar que como está en ti el mandar vive en mí la ejecución. En estos tiempos, señor, porque mi edad se corrija, la más encerrada hija suele aventurar su honor. El tuyo le he declarado, y según me ha respondido tiene el suyo divertido, con que me ha dado cuidado. Disponiendo estoy servirte de suerte que Sancho vea cumplido lo que desea. Sólo quisiera pedirte dilates algunos días el efeto. Agradecido estoy de ti. Yo entendido de servirte, si es que fías tu gusto de mi deseo. Ei mío al tuyo remito. Sólo, señor, solicito el servirte. Así lo creo. Aunque eres prudente y viejo, y en todas acciones sabio, por lo que te quiero, Fabio, te quiero dar un consejo. Es del padre obligación, para salir de cuidado, dar a los hijos estado conforme a su inclinación. Y no deben dilatar por otro ningún respeto la ejecución de este efeto, porque dan que murmurar. Según esto, no te aflijas si adviertes en mi razón, cumple con tu obligación y da esposos a tus hijas. Disculpa tiene, señora, si advertís, mi atrevimiento. No hay disculpa que lo sea. Cuando, el que ofende indiscreto, atrevido se dispone a la ejecución del yerro, y más en casos de honor la disculpa es el tercero que agrava más su delito. Poneros en tanto empeño no sé, don Sancho, qué sea, aunque dudo mal, sabiendo que es condición en los hombres que asisten a sus desprecios, infamar a quien no admite el interés de su pecho. ¿Sabéis quién soy? ¿No advertís que es poco temor y acuerdo, viviendo desengañado, solicitar con defetos, obligar con libertades y amar con atrevimientos? Escuchadme una palabra. Mayor queja de vos tengo, si entendéis que he de escucharos., que es conocido defeto admitir satisfaciones en agravios manifiestos. Olvidad vuestras acciones, corregid vuestros deseos, retirad vuestros cuidados, templad vuestros pensamientos, venced vuestra inclinación y conoced vuestros yerros. Esto os pido, y os suplico que os vais luego, y no pretendo saber quién os dio licencia para tanto atrevimiento, porque fuera culpa mía disimular un eceso de calidad semejante. ¡Anarda! ¡Sancho! ¿Qué es esto? ¿En la casa de mi padre tanta libertad? (¡El cielo dé paciencia a mis cuidados!) Justo fuera que primero que intentarais declararos advirtierais el extremo de agravio tan conocido. ¿Qué dices? Mucho me ofendo de que estés tan divertida que te falte entendimiento para conocer tu culpa. ¿No me entiendes? No te entiendo. Por no enfadarme y decirte la que tú tienes en ello me voy, que una libertad en quien siente lo que siento pide mucho y cuesta mucho. Escucha, hermana. No quiero. ¿Qué te parece, don Sancho, del empeño en que me has puesto? Que es hijo de mi desgracia. Para tantos sentimientos ni hallo caudal en mí, si lo tienen mis deseos, Aurora, para pagarte. El pagarme es conocerlo. Vete, Sancho, y de mí fía, que con cuidado y secreto no perderé la ocasión de tu dicha (y mi remedio). Sancho. Quédate a Dios. ¿Hase visto en mujer como yo eceso semejante, pues vencida de un amoroso tormento, solicitando mis dichas, mi afrenta en ellas pretendo? Por descansar, si es que puede descansar, Aurora, el pecho, que, desengañado, busca en sus agravios remedio, a verte vengo ofendido. No quiero decir que vengo celoso, que un desdichado, a su mesmo seno puesto, para que cuente su agravio con mayores sentimientos hasta los celos le dejan lo que más siente. (Me huelgo. Picado viene el galán, y ha de sentir lo que siento, pues es causa de mi agravio.) De tus quejas y tus celos tengo noticia; la causa que te obliga, según pienso, es justa, pero la culpa vive en ti, porque sabiendo que Anarda quiere a don Sancho, firme a tu agravio y resuelto solicitas en tu agravio mayor desvanecimiento. Mi hermana escribe a don Sancho y empeñada en su respeto, ingrata, te corresponde. Para tanto desconsuelo no hallo medio que pueda satisfacerte, en efeto, si no es que, considerado el mal que estás padeciendo, sin cuidado y con cuidado le des celos, que los celos muchas veces al que, ingrato, se desvanece soberbio, y al amor se desobliga con desagrado y despecho, solicitan el castigo por camino tan violento, que lo que no pudo amor con sus halagos ni ruegos, allana su condición, de cuyo impulso y veneno no hay ninguno que se escape. Aurora, sólo pretendo el no morir dilatado. No me ajusto a tu consejo, porque amor, cuando padece, firme ad mal y al bien ajeno, no remedia su accidente con la ofensa del sujeto, a quien ama declarado; antes como quiere opuesto a su ser vencer su ser, crece y se vende a sí mesmo. Cuando venza este imposible. que por tal, sin duda, tengo, ¿cómo le puedo obligar con aquello que le ofendo a quien me aborrece? Aurora, ¿Cómo? Con la ofensa. Aunque confieso que pueda ser lo que dices, por más imposible tengo el querer, Finge que me quieres. ¿Se puede querer fingiendo? Fingir se puede. Repara, Para darle más desvelos, me has de querer, ¿A ti? Aurora Sí. Escucha mi pensamiento. Solicitando mi amor con libertad y despejo, daré a entender que me quieres. Solo te encargo y advierto que si llegare ocasión de hablarte Anarda, modesto te declares en mi culpa, y en todo acontecimiento no escuches satisfación, ¡Señora! ¿Qué dices? Pienso que quiere tu hermana hablarte. Aquí puedes, encubierto, excusar que no te vea, porque conviene el secreto. Dices bien. Adiós. Adiós. ¡Fuerte ocasión! ¡Grande empeño! Aurora, ¿fuese don Sancho? Ya se fue. Yo te confieso que me quiere; tú pudieras darle a entender defeto de mi amor, por que advertido a esta verdad, por lo menos excusara darme enojos. Sólo te encargo el secreto de todo lo que ha pasado, que no quiero que don Diego lo entienda. De esos cuidados vivo advertido, creyendo que amas, ingrata, a don Sancho, y no es bien... ¡Válgame el cielo! ¿Qué laberinto es aqueste? No te enajenes, que siento más eso que mis agravios. Yo de escucharte me ofendo. Si te ofendes de escucharme, quédate a Dios, que no quiero darte ocasión. No te vayas sin declararme el efeto de la causa que te obliga a tan ingratos respetos. Hombres de mi obligación, aunque sientan lo que siento, no manifiestan agravio semejante. No te entiendo. Ni yo a ti. Escúchame. Aventuras tu respeto. ¿Por qué? Porque eres ingrata. ¿Yo, ingrata? Así lo confieso. Has de escucharme o he de hacer. ¿Qué has de hacer? Que tenga el tiempo en mí el mayor ejemplar. Si Jo hicieres, por lo menos te darás a conocer. ¿Esto sufro? ¿Esto consiento? ¡Ay, ingrato! ¡Ah, falsa! ¡Ah, villano! Vete y déjame, que temo que tu ingratitud me obligue a más de lo que padezco. Que una mujer principal, por tan libre modo y medio falte a su honor y que quiera, con engaño y con despecho, empeñarse y no advertirse en su culpa, ¡vive el cielo!, que es defeto de mis dichas. Ese defeto dejemos, don Diego, si es que pretendes vengarme de ese defeto. ¿Es posible que no adviertes en el fin que te aconsejo tu venganza? Considera que con sólo lo que has hecho basta para castigarla. Tú verás en breve tiempo lo que los desprecios obran. Pues para morir no verlo será necesario, Aurora. Adviérteme. Estame atento. Tú me has de solicitar, y fingiendo amor, fingiendo, digo que me has de querer, ¿No me entiendes? Ya te entiendo Sólo quisiera advertirme en el modo. ¿Cómo puedo enseñarte el modo yo? Haz cuenta que con tu dueño estás cuando estés conmigo, y dime tus pensamientos. Escucha si digo bien. (Aunque me ofende don Diego, quiero saber lo que trata con Aurora, que no espero bien de tan larga visita.) Aurora, con el deseo tanto te quiero y estimo que, como sé que te quiero, ofendido de mí mismo, de mí mismo tengo celos. Y aunque es injusto quererte, como tan grande amor tengo, porque no me debas más quisiera quererte menos. Padezco con tanto gusto que, aunque miro que padezco, como es por ti el padecer me olvido del sentimiento. (¿Maldad de esta calidad ha intentado aleve pecho desde que la ingratitud dio principio a su veneno? ¿Es posible que esto escucho?) Don Diego, bien me prometo el crédito de ese amor, si de mi dicha no espero, que merezca esos favores. Tu inclinación agradezco y sé que el alma te estima con tanto amor, que primero faltara a su obligación que falte al fin de tu intento. (Conformes están los dos. Sin duda que yo merezco trato igual. ¿Esto es posible? ¿Tales son los hombres? Pienso que me falta la razón y me sobra el sufrimiento, pues no atropello mi honor y con valor y despecho castigo esta libertad. Retirarme es mejor medio que entrar a darles mi queja, porque de su empeño mesmo obligados, han de dar más ocasión a mi empeño.) Si nos hubiera escuchado mi hermana, yo te prometo que tú quedaras vengado. Poco sentimiento espero en quien aborrece, Aurora. Al más ingrato y soberbio, si los celos le persiguen dejarán en breve tiempo que pierda el alma y la vida. Lo que has dicho ejecutemos. ¿Al fin me quieres burlando? Aurora, yo te prometo que es el hechizo de amor de tal calidad, que temo que se (ha de burlar de mí. ¿Cómo? Sin quererte, pienso ¿Te burlas? Advierte que yo no quiero que me quieras de otra suerte; y para que en este intento esté segura de ti y mi amor no tenga riesgo, de no quererme de veras has de hacerme un juramento por que me asegure en todo. Así lo hago. ¡Qué presto te allanas! Soy obediente. Eso es lo que yo no quiero. Pues ¿qué quieres? Que me quieras. ¡Vive Dios! que no te entiendo. Que me estoy burlando. Adiós. ¿Qué es esto, cielos, qué es esto? Acaba ya de sacarme, amor, de tantos enredos.

JORNADA TERCERA

Si quien ama ha de penar y amando debe temer, mal se excusa el padecer siendo forzoso el amar. Sentir, temer y dudar efetos son del amor, sienta el alma este rigor, pues se empeñó inadvertida por que pague con la vida lo que le debe a mi honor. El Duque me ha preguntado dónde estás. Y él ¿dónde queda? En el corredor. ¡Que pueda Un amoroso cuidado tanto, que determinado le venza en su obligación! Ya llega. (Pues, corazón, sufrid si vivir queréis; templaos y no os declaréis, que no os faltará ocasión.) Desesperado y celoso, informado de mi suerte, me he determinado a verte, confuso si temeroso, no quiero decir quejoso de mi dicha y de tu olvido, pues de ello vivo entendido, y así remedio no espero, que yo pienso que te quiero porque me has aborrecido. Justamente me condeno a padecer y a morir, que es imposible vivir sin el fin de este veneno. Agradéceme que freno la pena del sentimiento; mas en vano mi mal siento cuando del remedio trato, que en un corazón ingrato no cabe agradecimiento. Defeto fuera, señor, el dejar de conocer tu voluntad a poder contrastar libre mi honor el no quererte mayor. Y así, diciendo verdad, estimo tu voluntad y temo de agradecida, si no morir ofendida, ofender tu autoridad. Que, como debes mirar por mi honor, desacreditas aquello que solicitas, si no con el fin de amar, con la obligación de dar el premio justo a mi honor. Temer mi agravio es valor y debes agradecerme que tema, pues es perderme obligarme de tu amor. Agradecer por respeto. Señor, impensadamente me traen mis obligaciones adonde estoy; si excediese, movida, al fin, de mi honor, al respeto que se debe a vuecelencia, suplico conozca lo que pretende el intento de mi eceso, como mi padre está ausente, y su honor a mi cuidado todo aquello que no fuese en crédito de su honor sentiré. (Aquí me conviene satisfacer y sufrir, disimular y vencerme.) No dudo en mi obligación ni me admira lo que os mueve, Anarda, a tales cuidados. Sólo mis pasiones sienten ocasionar vuestra culpa, a tiempo que agradecerme debéis lo que solicito. Ajena, señor, me tiene vuestro favor. Siendo ansí que lo dudáis, me parece deciros lo que me obliga a estar donde estoy, si advierte vuestras quejas en mi intento, viendo que don Sancho os quiere y que os está bien casaros con él, pues él lo pretende. Entendido de que en vos había correspondiente voluntad, cuando no amor, pedí a vuestro padre diese consentimiento al efeto de este amoroso acidente, y sabiendo no gustáis de casaros, por vencerme y acreditar vuestro gusto, antes que os culpe o me empeñe quise de Aurora informarme. Apenas la lengua mueve el intento cuando vos, tan inadvertidamente, solicitáis presunciones, si no ciertas, diferentes a quien sois y a mis intentos. Con vuestra licencia quiere mi culpa satisfaceros, confesándoos la que tiene mi pecho en cuanto a pensar de vos cosa que no fuese dina de vuestra grandeza. Sus atrevimientos siente el alma y os pide, humilde, le perdonéis. También quiere satisfaceros, señor, en lo que Sancho me ofrece. Confieso que me está bien el casarme y pretenderme Sancho por muchas razones, y cuando ninguna hubiese, bastaba quererlo vos, mas hacerlo eso es ponerme contra toda mi quietud, respeto que ella aborrece, el alma tan declarada en su mesmo ser, que teme a venir en vuestro intento, si no acabarme, perderse. Y siendo cierta verdad, el alma me pide os ruegue que desengañéis a Sancho si es verdad que amor me tiene. Anarda, si estáis resuelta a la ingratitud que él vence la razón, el cielo os guarde. Yo me voy. Dejad que os bese los pies por tan gran favor. (Disimular me conviene, porque esta ingrata villana no se me case o se afrente si le declaro su culpa.) Aurora, poco se advierte quien pudiendo remediar con tiempo el mal que le ofende, de temerosa se obliga a padecer lo que teme. Y aunque en aquesta ocasión don Diego, ingrato, me ofende y pudiera, de ofendida, Aurora, satisfacerme, debo mucho a mis cuidados, quiero saber, si ser puede, qué le obliga a ser ingrato. No sé, Aurora, si me entiendes. Aurora. Bien pudieras olvidarlo, supuesto que te aborrece, y casarte con don Sancho, que te adora. Muchas veces me has dado aquese consejo, pretendiendo convencerme contra mi gusto al intento de don Sancho, y aunque advierte el alma tu inclinación, saber si es posible quiere qué te obliga y cómo sabes que don Diego me aborrece. Yo, que sin pasión conozco la voluntad que le debe tu obligación y tu amor, quisiera, Anarda, que fueses liberal y agradecida, por el honor que me viene, como tu hermana y amiga, de aquel que tú recibieres. También quiero declararte, puesto que saberlo quieres, el cómo sé que don Diego ni te busca ni te quiere. Aquel día que le viste salir de aquese retrete, culpándole yo de ingrato, me informó que el pretenderte para casarse había sido contigo, y que el acidente, sabiendo cómo don Sancho te solicita y pretende, faltaba de su memoria. Díjele que se advirtiese como tú le aborrecías. Respondiome cuál mal siente el que se quiere casar con mujer que otro pretende, aunque ella le estime y quiera, pues si alcanza y llega a verse en posesión de marido, vive con recelos siempre. De aquel principio, con esto y con que sé que a otra quiere, tu desengaño pretendo. Esa dama, sea quien fuese, en poco estima su honor; mal, Aurora, de sí siente, pues tan fácil al peligro se solícita y se vence. Sabiendo toda esa historia pudiera reconocerse y tomar ejemplo en mi; pero sin duda que debe de ser mujer poco cuerda, fácil, libre, impertinente, atrevida y temeraria. Tiene amor. Mucho amor tiene, pues a costa de su honor con desvergüenza se atreve a cosa tan mal pensada. ¡Dios guarde a vuesas mercedes! Estimo el haber hallado juntas las dos. ¡Quiera el cielo que no cause algún desvelo la fuerza de mi cuidado! Con los de mi obligación ando tan inadvertido, que me parezco un marido quejoso de su opinión. Digo, pues, que mi señor don Diego, a quien sirvo, y quiero, de lacayo, de escudero y de culto embajador, me dio este papel, sí dio, y a dármelo, a lo que entiendo... (¡Vive Dios, que no aprehendo!) ¿Qué dudas? (A quién mandó que lo diese de las dos, si bien sé que quiere a Anarda.) Muestra, Matorral. Aguarda, hermana. ¡Válgame Dios! ¿Queréis que a pares y nones lo echemos? Dame el papel, que con lo que viene en él excusarán confusiones. Cuando te le quiero dar me aconseja el corazón que me retire a la acción con que me hace dudar. Yo lo tomaré, villano. Testimonio pido al cielo De esta violencia, y apelo para Tito y Vespasiano. (Conviene disimular tal traición y tal rigor. En fin, ¿qué os importa, honor? Hasta que os podáis vengar, cautelosa, con secreto, sabré lo que no quisiera.) ¿Qué te escribe? (¡Quién pudiera dar a entender su defeto!) Bien dices, que este papel no es para mí. ¡Triste hora! Para la señora Aurora viene, como se ve en él. ¿Para mí? Para ti digo. Pues yo le responderé. (Eso te conoceré.) Guarda el bulto. ¡Hola! ¿Qué digo? No le digáis a don Diego lo que ha pasado. Agradezco lo que me mandáis, y ofrezco, por ser embajador lego, serviros, y agradeceros el excusarme este enfado. Este que me habéis causado estimo por conoceros, para que más sienta Anarda lo que pasa y lo que ignora. "El alma esta noche, Aurora, adonde sabes te aguarda." (Para don Diego y su intento, supuesto lo que desea, está bien que Anarda vea este papel. Sólo siento el modo de la ocasión. Pero ya ¿qué hay que sentir, si es fuerza haber de fingir y el sufrir obligación?) Digo que es muy necesario decirme qué he de decir a quien me ha hecho venir con el dicho extraordinario. Decidle cómo le aguardo donde manda. Soy contento. ¡Dios os guarde! Sufrimiento me preste un lego Bernardo. Cuando más me resisto, más solicito el daño a que me asisto: mis desdichas son ciertas. El Condestable, para que diviertas el mal que te atormenta, un escuadrón volante te presenta de pájaros que han dado nombre a la fama, a la región cuidado. Para olvidar la flecha con que amor hiere el pecho, no aprovecha divertirse, que ofende violento el golpe más a quien pretende, conocido el empleo, oponer escasas fuerzas del deseo. Esto es lo que yo siento. No niego que su golpe sea violento; pero cuando aconseja la ingratitud al alma firme queja del linaje que sientes, para no acreditar... es consejo prudente que se divierta el alma a lo que siente, pues aumenta rigores quien, cobarde, padece sus temores. Por padecer pudiera merecer si mi fe se conociera; mas nunca fe segura halló acogida, gozo ni ventura, Sal al campo esta tarde, olvida el sentimiento, no acobarde tu noble ser violento la causa justa de tu sentimiento; verás los baharíes acosar la perdiz y los neblíes; la garza y el milano, con alto vuelo y con poder tirano, hurtando a abril colores; oponerse a la presa los azores, y del sacre las trazas rendir alcaravanes y picazas; taladrando cristales, seguir el pájaro en los dorales; ayudarle al aleto, presto a la presa, fácil al efeto; a la liebre encogida privarle el alfaneque de la vida; el borní acompañarle, valiente compañero en ayudarle con pausas dilatadas; el esmerjón peinar de las copadas la cola, y, en su modo, el gerifalte sujetarlo todo. Don Sancho quiere hablarte. ¿Qué me querrá? Yo pienso que cansarte. Entre, que en mi tormento lo mesmo siente Sancho que yo siento. El corazón me advierte lo poco que merezco con mi suerte cuando mi pecho entiende, señor, que solicita a quien ofende, Sólo mi amor quisiera saber su bien o mal porque pudiera, al fin, descuidado o vivir o morir desengañado. Don Sancho, de mi parte he hecho lo posible para darte el bien que solicitas; pero en vano pretendes y acreditas favores en Anarda, justamente tu pecho se acobarda. Ella, determinada, se excusa ingrata y siente declarada, y, en efeto, no admite que tu amor le pretenda y solicite. Estimo se declare cuando, señor, es fuerza que negare en su desdén ingrato lo que debe a mi amoroso trato. El amarla es debido; sentir que me aborrezca concedido a mi fe y mi cuidado; y así vivo quejoso y obligado. Y ¡por Dios! que quisiera no amarla con verdad, porque pudiera excusar enojarla; mas no es posible en mí dejar de amarla. de haberse visto tan fino amante, Sancho. Como asisto a mi amor, me condeno a alimentar mi fe de su veneno. ¿No me adviertes el medio de tu venganza? Sólo es el remedio amar solicitando, señor, lo que me; mata, porque amando mi muerte y vida espero, y así vivo por mí si por mí muero. Quédate adiós. Espera. ¡Notable amor! ¡Oh, Sancho! ¡Si pudiera el mío declararte, yo sé que no acabaras de admirarte! Sancho, el que aborrecido como yo vive, elige por partido amar solicitando: lo mismo pienso hacer, porque amando conozca mi deseo lo que le debe a mi amoroso empleo. Celoso y desengañado por sentir y padecer, solicita mi querer tormentos a mi cuidado, (¿Al campo salís, amor? ¡Quiera Dios no os engañéis! pues fácil os ofrecéis, atropellad el temor.) (Si no es que me engaño, creo que Aurora está ya en la reja.) (O el deseo me aconseja, o don Diego es el que veo.) ¿Eres tú Desconocido tanto de mi dicha estoy, que dudo ya lo que soy y creo lo que no he sido. (A costa de mi sosiego, solicitando mi daño, desde aquí mi desengaño sabré más bien de don Diego.) (Mira que te escucha Anarda.) (Ya entiendo.) ¿Cuándo, mi amor, no ha de sentir tu rigor? Don Diego, nunca acobarda, a quien ama, no alcanzar el premio que solicita; antes se desacredita con el temer y el dudar. Ese remedio, si advierte la que se precia de ingrata, es una vida que mata con dilaciones de muerte. Bien es verdad que merece menos el que premio espera, si cuando ama considera los pesares que padece. Según eso, el ofendido ¿más ama? En tanto pesar, no es desdicha haber de amar, sino amar aborrecido. Quién sea decid. No espero confesarlo a quien lo sabe, porque mi sosiego acabe a manos de lo que quiero, ¿Has de quererme? Corrido, de que lo dudes, me veo. Bien conozco tu deseo. (¡Ah, falso y desconocido! Tanta ingratitud con quien te adora. Pero ¿qué dudo? Si eres hombre en quien no pudo hallar su constancia el bien.) Don Diego, ¿qué sientes? Verte. Mal sientes cuando acredito, con el bien que solicito, el obligarte y quererte. Como la desconfianza vive en mí, nunca ha llegado a que tenga mi cuidado ni aun principios de esperanza. ¿Quisieras?... Morir espero. ¿Quién te ofende? Yo. ¿Tú? Sí. ¿Cómo? Porque yo por mí vivo olvidando que muero. ¿Cómo olvidas? Nunca olvido. Si no olvidas, ¿qué es tu intento? Castigar mi atrevimiento, pues se persuadió atrevido. Don Diego, yo no te entiendo. Pues debieras entenderme. ¿Por qué causa? Por deberme el bien que estoy padeciendo. ¿Por quién padeces? ¡Por quién! ¿No lo sabes tú? Quisiera que tu pecho me entendiera. Téngolo entendido bien, para que el amor se acuerde de lo que pasa inmortal siempre fue su mayor mal conocer el bien que pierde. Olvida ese bien. No puedo. Poco sientes. De sentido me tiene amor divertido. Mucho le debes al miedo, (i) ¿Don Diego? ¡Señora! Espera; no te vayas, que me ha dado este ruido cuidado. Aguarda. ¿Quién es? Yo fuera a haber en tu pecho fe, y el no haberme conocido, es porque soy quien no ha sido, si fui la que no seré. Soy la que, desengañada de tu aleve y falso trato, por no juzgarte de ingrato se juzga la desdichada. ¿Así se paga un amor? Pero en vano mi mal siento cuando me dice tu intento tu falso trato ¡traidor! ¿Para qué si a Aurora amabas y tanto amor le tenías, con amorosas porfías a mí me solicitabas? ¿Para qué con tus engaños me obligaste a tanto empeño cuando a diferente dueño, y por modos tan extraños, solicitabas amor fingido a quien te adoraba? ¿Y para qué me obligaba tu pecho a tanto rigor? ¿No adviertes tu libertad? Mas ¡qué mucho que no advierta quien a cara descubierta solicita una maldad! Escucha, Anarda. ¿Querrás satisfacerme o culparme? Pero, mal digo, engañarme para que me debas más. Confieso me cuesta mucho, la fe de mi noble trato, y así no negaré ¡ingrato! escucharte, pues te escucho. Oírte quiero, y aquí será imposible sin dar, que sentir y mormurar a quien tú sabes. Así lo confieso. Pues mañana en la noche me verás. ¿Dónde, Anarda? Donde estás, sin que lo sepa mi hermana. Quédate adiós. ¡Fuese! ¡Amor, mal tu favor me previene! Parece que gente viene. Retirarme es lo mejor. Un hombre se ha retirado que, según me pareció, hablaba al tiempo que yo llegué. Con algún cuidado me tiene el poco sosiego. Holgara, pues he venido, mucho haberle conocido. Don Diego era el que se fue. ¡Vive Dios, que ha de pagarme el resistir y ocultarme los empeños de su fe! No ha sido nada, don Diego. Vete, y mañana vendrás a esta hora. ¿Para qué? Mañana te lo diré. ¡Qué inadvertido que estás! Si puedo tendré las llaves y entrarás. ¿A qué? ¿No entiendes? A gozar lo que pretendes aunque le pese a quien sabes. Justo premio de mi amor. Advierte que a no venir a abrirte yo, te ha de abrir Estimo el favor. ¡Adiós! En tan grande abismo asiste mi sentimiento, que para mayor tormento se atormenta de mí mismo, Ya he descubierto ¡cuitado! vuestra sospecha. Templad vuestro fuego. Si es verdad que vivís desengañado, no solicitéis el daño si ha de ser en vos mayor el sentimiento al rigor que el valor al desengaño. Decisme que no podéis. ¡Valiente al peligro estáis! Decidme: ¿solicitáis cuando vuestro agravio veis? Pues os vence la pasión de un agravio declarado, no dejéis de ser cuitado hasta gozar la ocasión. Para poder responder con tanta resolución, me advierto de la razón; y es necesario saber qué es lo que impensadamente hoy le obliga a tu cuidado a que le informe un criado que ha de servir legalmente, como yo, de caso tal. Advirtiendo que me afrento si tu persona o tu intento de mí ha presumido mal. ¿Yo traidor? ¿Yo magancés? ¿Yo Judas? Eso, te advierto que sólo lo hace un tuerto o un gordo injerto en francés. El Duque casar pretende a Anarda y Aurora. Es tan noble como cortés, y aunque de las dos entiende ha de descubrir su intento, por no engañarse al disgusto, quiere saber, con su gusto, la eleción del casamiento. Saber quiere a quién las dos se inclinan, y me mandó que de ti lo sepa yo. ¡El hermano Juan de Dios me valga! Notable estrecho. Grande empeño. ¿Qué he de hacer? Darte conmigo a entender y descubrirme tu pecho. En un caso semejante, ¿quién me habrá de disculpar si me llego a declarar con don Diego? Este diamante. Estimo, no la prebenda, sino la intención, señor, y aunque callé del temor, en el que tengo aprehenda la sustancia del delito y atropelle mi castigo. Por este diamante, digo que Anarda quiere poquito a don Diego, mi señor. El, de don Sancho celoso, vive de Anarda quejoso y a Aurora le muestra amor. Recátate de mí, modo solícita a lo discreto; lo demás está en secreto. Con que te lo he dicho todo. ¿No me dirás qué pretende? Sólo enseñarle a rezar. (¡Que tal llegue a preguntar un hombre barbado!) Atiende, que eso lo quiero saber. si en el modo de empeñarse quiere don Diego casarse o entretenerse. A mi ver, una de esas cosas es. ¿A cuál le has visto inclinado? Sabrelo de su cuidado, y te lo diré después. ¿A Aurora le tiene amor? No sé. Y Anarda, ¿ha sabido que don Diego le ha ofendido? (Notable preguntador.) No sé si le quiere Aurora, ni sé si Anarda le ofende, ni sé de lo qué pretende, sólo sé que le enamora. Lo demás que saber quieres ellas, pues, te lo. dirán. Ella, o él. O el preste Juan. Escúchame. ¿Qué me quieres? Que me avises cuando acaso visite Aurora a don Diego. ¿Quieres que haga el entrego de Judas? Estrecho paso. Basta; que por un diamante lo he sido, cuando debía no estragar la cortesía de embajador y ayudante. ¿Qué te importa a ti el saber lo que pretendes? Dar gusto al Duque. Yo no me ajusto, señor, con tu parecer; porque jamás un tercero se muestra tan cuidadoso. ¿Eres por dicha el celoso? Ni lo soy ni serlo quiero. ¿Quieres más? El secreto te encomiendo. Ruego a Dios que lo tengamos los dos. Por mi parte lo prometo. Parece que estoy corrido de lo que he hecho. Mas ¿cuál, rogado en un caso tal, deja el ser agradecido? Quien me culpase, ignorante. es necesario que atienda que no habrá quien se defienda de la fuerza de un diamante. Ya que conocidamente mi desgracia me condena, premiar quiero mi desgracia con la vista de estas rejas. Aquí, que padece el alma ofendida de sí mesma, es justo que satisfaga el pesar de que se premia. (¿Si habrá venido don Diego?) (O el amor me lisonjea, o en esta reja y su marco oigo gente. Cosa es cierta. Bien será satisfacerme.) (O el alma en lo que desea no se advierte, o el que miro es don Diego.) (Di, ¿qué intentas, amor, con tu atrevimiento?) ¿Don Diego? (Sin duda que esta es Anarda, que, engañada y mal advertida, piensa que yo soy don Diego.) Escucha. ¿Qué me quieres? Anarda, Por que veas lo que me debes, ingrato, y a tu obligación adviertas, te he de abrir. El premio estimo, porque quedes satisfecha. Aguarda. Notable caso. Ventura, ayúdame en ésta, pues debes a mis cuidados tanta dicha como esperan. Entra, don Diego. ¿Es posible, oscura noche, que llegas para dar a mis deseos, si no el gusto que desean, principio a las esperanzas que me obligan y sustentan? (Ya entra en el puesto don Diego. ¡Honor, bien sé que me empeñas! Acaba ya de acabarme, o dale medio a mi afrenta.) ¿Don Diego? ¡Aurora! ¿Has de entrar? Sólo eso el alma desea. ¿Para qué? Para pagarte la voluntad que me muestras. Engañado estás, don Diego. (Puede ser que tú lo seas.) Ya voy a abrir. Eso quiero. Esta vez, aunque no quiera mi dicha, la he de gozar, que tal vez un hombre llega a gozar aborrecido lo que amado no pudiera. Entrad. (Buen lance has echado.) Cuando confusa navega el alma en tantos peligros, por no sentir la tormenta viene a divertirme el alma. Con un millón de sospechas me tienen las que acredito, ¡Quiera Dios que salga de ellas! Puesto que me manda Aurora que si don Diego viniera con recato y con secreto le abriera al punto la puerta y encerrara en una sala, he de aguardar. No quisiera que se tardara don Diego. ¿Quién es? Quien desea servirte. Yo te agradezco la voluntad que me muestras. Mi señora me mandó que en esta reja estuviera y te entrara con cuidado. Estimo tu diligencia. Aguarda, ya voy a abrir. De esta vez, aunque no quiera, he de salir de cuidados. Animo, que amor me alienta. ¿Eres tú? Yo soy. Acaba de entrar. ¡Ay, Jesús, qué flema! Don Diego, en aquesta sala me aguarda hasta que yo vuelva con luz, donde pueda hablarte. Está bien. (Para que. entiendan sin culpa Aurora y don Diego y castiguen su vergüenza con la razón de mi agravio, he intentado que ambos vean la infamia que solicitan y la pasión que sustentan. Y así, le voy a traer porque quiero en su presencia dar a entenderles su culpa.) ¿Qué castigo es el que intentas, amor, cuando tan valiente a un desengaño condenas la esperanza que te aflige? ¿Don Diego? ¿Qué quieres? Llega, y en esta sala me aguarda. Señora, mira que vuelvas presto. Adiós. ¿Quién será la que se fue y el que queda? No me advierto ¡vive Dios! toda el alma se enajena, (i) En esta sala me dijo mi señora te pusiera hasta que yo le avisase; y así voy, con tu licencia, a avisarla. Adiós, Inés. (Si yo no yerro la cuenta, ya estamos tres enemigos.) (De haber entrado me [pesa] porque es fuerza el conocerme. Este que ha entrado quién sea no determino.) Has de entrar, porque quiero que se entienda cuan ajena estoy de culpa. No te recates ni ofendas, pues que sabes la que tienes… Señor, ¿quién a vuecelencia ha puesto en esta ocasión? ¡Don Diego! ¡Sancho! ¿Qué intenta Vuestro atrevimiento? ¡El cielo me valga! ¿Qué miro? (Cierta es mi muerte.) (De admirado me confundo de manera que no sé qué le responda.) (Declarar mi culpa es fuerza, aunque el Duque se me enoje.) Señor, si me das licencia, la verdad diré de todo; perdóneme vuecelencia. Holgárame de saberla. Averiguada una culpa de una persona suprema se dispone a más castigo el que la acusa o la niega, Rigores de mi destino, inclinación de mi estrella, o defeto de mi dicha, si es dicha nacer sin ella, me obligaron a que amase a don Diego de manera que, sujeto el albedrío y la inclinación sujeta, se rindió la voluntad tan tenaz y tan resuelta, que fue imposible vencer el golpe de su violencia. También mi hermana le amaba, que, como la sangre nuestra tiene un natural, dispuso fácilmente la materia. Ambos se correspondían con billetes y promesas, hechizos que tantas veces engañan y desesperan. Secretamente sentía yo estos celos, que, por serlo, con tormento dilatado daban a mis ojos guerra. A este tiempo procuraba Sancho casarse con ella, cuyo incentivo me dio en la causa buenas nuevas. ' Consultome sus pasiones, yo, por divertirme de ellas y no afligir la esperanza de mi amorosa impaciencia, puesto el medio de casarse, le di una llave maestra que tenía en mi poder, de esa cuadra y de esa puerta, para que gozar pudiese de su honor, en cuya ofensa libraba yo a mis cuidados el premio que no debiera. Mis desdichas le avisaron a mi hermana... Aurora, espera: ¿que don Sancho fue quien quiso de mi cuarto abrir las puertas? Yo la abrí, y en un bufete hallé dos papeles. Cierta fue mi presunción. Tómelos, y dejé, porque entendieras mi amor, otro que había escrito de mi mano y de mi letra. Vencido de mi pasión, busqué a don Diego (Aquí es fuerza que me avergüence mi culpa), y, con engaño y cautela, se los mostré por vengarme, dándole a entender cómo era gusto de Anarda olvidase su amor y correspondencia. ¿Qué? ¿En eso no tuvo culpa Anarda? Así lo confiesa el alma. Mal advertido en ley de honor que profesas estuviste. El imposible de mi amorosa cautela me obligó desesperado. No fue mala diligencia. Celoso, pues, y ofendido don Diego de esta quimera, un día, al fin, se dispuso a darme de Anarda quejas. Y yo, que hallé la ocasión que buscaba mi firmeza para disuadir su amor y que a mí me lo tuviera, a don Diego aconsejé que para vengarse de ella le ofendiese con desprecios, por que ofendida sintiera lo mismo que yo sentía; y con fingida apariencia amarme solicitase, librando, señor, en esta eleción, si no mi dicha, la venganza de mis penas. Ejecutó estos engaños don Diego. ¿Qué? ¿No fue cierta de don Diego la mudanza? ¿No lo escuchas? Siempre yerra quien los celos acredita hasta que los celos tengan autoridad que acredite el disgusto con que empeñan. Según eso, Anarda, en mí no ha habido culpa que pueda persuadir la que me pones. Claro está. Cuando eso sea, ¿cómo está don Sancho aquí? ¡Notable pregunta es ésta! Digo, señor, que pasando por esa calle, en las rejas de Anarda sentí ruido, acerqueme, y en voz queda n oí a Anarda que hablaba, de su mesmo ser ajena. Preguntó si era don Diego, y engañada de sí mesma me ofreció la entrada al fin. Es verdad lo que confiesa, que como Aurora y don Diego daban causa a mi sospecha quise darles a entender su ingratitud, y así cierta de que el que entró fue don Diego se fue a esta sala con ella, (i) Y a don Diego, ¿quién le entró? Yo, señor. ¿De qué manera? Mandome Aurora acudiese con secreto y diligencia a las rejas de esa calle, y que si hallase en ella a don Diego recatada le diese entrada. Suspensa me tienen tantos engaños. (Aunque más el alma sienta Agravios tan declarados, corazón, hoy os condena la obligación de mi honor a sufrir, y pues es fuerza, sufrid y disimulad.) También es justo que sepan don Diego y Sancho, mi entrada; y porque mejor adviertan digo, pues, que, como Fabio está ausente y a mi cuenta la estimación de su casa, y ya que he alguna ciencia de lo que se ha referido, pasando una noche de estas por esa calle rondando vi un hombre que en esas rejas hablaba y cuando me vido se retiró. Llegué a ellas; salió Aurora y entendiendo que yo era el mismo de antes o acusada de su culpa concertó que yo viniera esta noche. Vine, abriome... Conformaros de tal suerte, que honradas y satisfechas queden Aurora y Anarda. Dele Dios a vuecelencia vida y gusto. Dad la mano a don Diego, por que vea el premio de sus cuidados. Y Aurora... Con tu licencia, señor, se la doy a Sancho, que no puede el que sospecha mal de quien no tiene culpa estimar a quien debiera más firme agradecimiento ni hay disculpa que lo sea. Reconocida a este agravio, y advertida de mis deudas, debo agradecer a Sancho que, aborrecido, me quiera. Y así su amor en mi alma nuevo amor y ser engendra. Con ese ejemplar, Anarda, que será bien que agradezca, me obligas y en confusión venzo el rigor de mi estrella y le satisfago a Aurora, si no el amor, la firmeza que ha mostrado en él, y así doyla la mano y con ella el parabién de su dicha. Cuando vuestro padre venga le satisfaré de todo. Guarde el cielo a vuecelencia. Alzad, alzad. Aquí acaba de acreditar el poeta cómo quien ama burlando suele amar también de veras.