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Texto digital de Alejandro el Segundo

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Lope de Vega Carpio
Atribución estilometría
Lope de Vega Carpio Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Alejandro el Segundo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/alejandro-el-segundo.

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ALEJANDRO EL SEGUNDO

¿Bajó muerta? Sí, señor. El vuelo ha sido el mejor que he visto en mi vida. Ha sido tal, que no me ha sucedido cuanto ha que soy cazador. Viendo el águila, solté de las pigüelas el pie del halcón, luego en tres puntas fueron las dos aves juntas de modo que me asombré. Embistió el halcón y entró por mala parte, y volvió a mejorarse, y de arriba sobre el águila derriba la furia con que subió. . Era el águila feroz, y temiendo un caso atroz, di un grito que el cielo oyera cuando escuchando estuviera el ruido de la voz. Batallaron un momento. y pudo el águila tanto, que echó al halcón de su asiento. Vióse, en fin, libre, y en tanto le volvió a hurtar el viento. Debió de escapar herida, tomó por sagrado el sol; viéndola el halcón perdida quiso por un caracol dar otro asalto a su vida. Subió, venciendo de un vuelo distancia y rayos, al cielo; bajó como un torbellino, y trújose de camino el águila hasta el suelo. ¿Cuál de mis halcones es quien la derribó? El que ayer puso la garza a tus pies. Harasle el cuello torcer, y enséñamele después. ¿Que le mate? ¿Por qué no? ¿Sabes lo que vale? Valga un reino, un mundo, que yo no quiero que un ave salga del natural que heredó. Todos, desde que nacemos, animales, aves, hombres, a nuestro rey conocemos y debemos a sus nombres el respeto que tenemos. Esta le perdió, atrevida, matando su propio rey contra ley tan recibida, muera, que es muy justa ley. Arguyes mal, ¡por tu vida!, que es diferente la suerte. Que aquí no da un hombre muerte, sino un ave. ¡Muera el ave! ¿Sabe ella ley? Esta sabe, que el natural se lo advierte. Y con tal disgusto estoy, que como partes culpadas de esta muerte, han de ver hoy las aves más estimadas el castigo que les doy. Pájaro ninguno viva, mis alcándaras derriba, corta por los capirotes el cuello a esos tagarotes en quien más mi gusto estriba. ¿Qué me miras y te ríes? Parte al punto, y alcotanes, jirifaltes y neblíes, aletos y gavilanes, torzuelos y baharíes, juntos el cuello les siega, cubra la caza esta vega. Mueran por esta mohína desde el halcón de la China hasta el azor de Noruega. Cuando estoy para jurar por Rey, viene a derribar la humildad a la grandeza. ¡Con gentil agüero empieza quien mañana ha de reinar! ¡Cardenio! ¡Señor! ¿Es vuestra esta hija? ¿No os lo muestra el talle y la rustiquez? Es, señor, de mi vejez el báculo que me adiestra, Aquí el soldado que pasa le recibe del camino: los regalos son sin tasa que previene al peregrino si llega cansado a casa. Tras de esto, de esos pastores, sobre alcatifas de flores, cuando de burlas los trata, almas prende, cuerpos mata, como me mata de amores. Vos tenéis mucha razón. ¡Antandra! ¡Señor! Hablad. Mujer que vence a un león hablar puede. Así es verdad cuando se ofrece ocasión; pero agora hame enojado no sé qué que habéis mandado. ¿Qué ha sido, por vida mía? Matar la volatería que vos mismo habéis criado. ¿Que si mató ese halcón su rey, interpretación otra se le puede dar para poder escapar su vida en esta ocasión. ¿No reina el águila? Sí. ¿No es el que la mató aquí súbdito suyo? ¿Pues no? Pues ansí interpreto yo el agüero. Empieza. Hoy vuestro padre es rey, y estáis dos hermanos que nacistes de un parto, sin que sepáis cuál fue el primero que distes miedo al reino que heredáis. Digo yo que, el rey difunto, toma el reino vuestro hermano y vos en el mismo punto derribáis, por vuestra mano, rey y silla, todo junto. El halcón os da a entender lo que os puede suceder. Mirad que el muerto podría trocarse la profecía. ¿Eres mostro? ¿Eres mujer? A ser gentil la creyera • y como a oráculo diera fe a sus palabras. Ventura ha sido en tal coyuntura hallarte en esta ribera. Ya, señor, llegó la hora que es menester que prevengas valor para una desdicha y fuerza para una fuerza. Dé fin la caza esta tarde, deja las aves que llegan a los extremos del mundo y del suelo a las estrellas. ¿Qué tienes, Guillermo? Mira que por los ojos me enseñas más fuego que vido Troya por las traiciones de Grecia. ¿Qué ha sucedido en la Corte? ¿Qué desgracia? ¿Qué tragedia? ¿Es muerto mi padre? No. Alejandro es muerto en ella. ¿Yo? No pases adelante; dame la cicuta o hierba, Guillermo, en taza penada, muera a espacio. Ten la lengua. Apenas de tu palacio salistes para esta sierra, cuando se vido en la Corte la cifra de la grandeza. ¿Has visto abrasarse un monte espeso de leña seca, retrato del hondo abismo por el fuego y la soberbia? ¿Has visto sobre la mar, perdiéndose algunas velas, dar voces "¡Misericordia,'" y en otras partes "¡Clemencia!"? Pero ¿qué sirve cansarme y cansarte con arengas? Por lo que celebra el rey con tanto gusto estas fiestas, es porque quiere mañana coronar... Guillermo, espera. ¿Qué quieres decir? Aguarda. Mira lo que dices ; piensa, que en una torre subido estoy para echarme de ella en la tormenta mayor sobre las olas soberbias, en una tabla en la mar y de tierra muchas leguas. Mira que soy preso y eres un secretario que llega con la muerte o con la vida del que espera la sentencia. ¿Y si la tardanza puede hacerte, señor, ofensa, y la brevedad te pone la corona en la cabeza? Dime que es muerto mi padre, mi hermano que el mar navega libre de su dura cárcel y otro diluvio me enseña. Di cuanto quisieres ; dime que, ella puesta en mi cabeza, viviré solas dos horas como dos horas la tenga. Dele yo a Rosaura un reino; vea yo a Rosaura reina, y luego el cielo derribe los polos que le sustentan. Tu padre quiere que el reino jure a tu hermano y Bohemia le da mujer, y mañana es la jura y son las fiestas. El vulgo está alborotado; el eco en el aire suena del que apellida tu nombre es preso en las almas nuestras. Pide caballos, que yo, por avisarte, una yegua dejo una legua de aquí por los ijares abierta. Paladio, ensilla.- ¿Caballos? ¡Caballos! ¿Con esa flema? Cuando tú lo fueras hoy y el caballo viento fuera, tú en traerlo, él en partir, de plomo me parecieras. ¡Ah, cielo! ¡De este camino no fuera el trecho una legua no sufriera carga un ave o no volaran las bestias! Guillermo, delante parte, entra en la corte, y en ella sabrás la hora y el sitio de la jura. Por las huellas que dejas vuelve a avisarme, serás testigo en la tierra de que Nerón no fue en Roma tan cruel. Yo parto. Vuela ¡Oh, Antandra, ingenio divino, mostro de naturaleza!, ¡qué peregrino acertar, qué interpretación tan buena! Mi hermano el águila ha sido; yo seré el halcón que llega a echarle, a pesar del mundo, en los brazos de la tierra. Mi volatería, Antandra, desde aquesta tarde es vuestra, dádiva que puede un rey dar una ciudad por ella. De toda os quito el halcón, que ha de ser, en esta empresa, el San Telmo de mi armada, de mi camino la estrella ; será el timbre de mis armas, el murciélago en Valencia, el águila en Alemania y el cuervo en Ingalaterra. Adiós, Cardenio y Antandra. Caballos. Ensilla. Enfrena. Esto manda. En hora buena. Vueseñoría perdone si le enojo. No os dé pena; basta para que lo abone decirme que el rey lo ordena. Pero grande novedad en este tiempo parece que mande su majestad, cuando un reino se le ofrece, aquesta riguridad. Mandaros precisamente con aquesta guarda y gente poner aquí mi persona, es decir que la corona la recibe injustamente. ¿Yo guardas? ¿Yo en el lugar que el reino le ha de jurar? No entiendo su fin. Su fin es poner guarda al jardín que después ha de gozar, César, ¿qué dices? Señora, hago lo que manda el rey, que juran dentro de un hora. Su mandato es ley, la ley es la que yo guardo agora. En este mismo lugar le viene el reino a jurar, y quiere veros presente para que ciña esa frente el laurel que le han de dar. César, si bien me estuviera, el recado agradeciera; pero soy de sangre tal, que la corona real ni me alegra ni me altera. Que si coronas amara, cuando ajeno rey buscara, siendo hija de Turbino, fueran, por cualquier camino, coronas las que pisara. La -que esperaba perdí, la que me ofrece no quiero; Alejandro vive en mí, amor es rey verdadero. Esto a Filipo le di. Si para darme tormento quiere que presente esté en la sala al juramento, en eso obedeceré; en lo demás no consiento. Vos, por el amor sobrado, Capitán, que habéis mostrado al llamarme majestad, este diamante tomad que, a reinar, fuera un Estado. Besaré esos pies. La guarda se vuelva. Decid al rey que mi honestidad no aguarda la guarda del rey, la ley de mi honor es quien la guarda. Solos habernos quedado, padre. Mucho he deseado salir de una duda, y quiero que vos, como caballero, me saquéis de este cuidadc. ¿Qué quiere decir que estando en cualquiera fiesta o juego, como vos la estéis mirando os hallo a mi lado luego tiernas lágrimas llorando? Si estoy, como estoy, aquí, dais mil suspiros; si río, lloráis vos tanto, que allí de esos ojos nace un río que viene a parar a mí; si os llamo ante mi presencia, que he hecho de esto experiencia, como al señor el criado me respondéis destocado y con una reverencia. Mi nombre en ninguna hora, que esta es mi sospecha agora, os leo, y si algo os pregunto, respondéis al mismo punto "Sí, señora" o "No, señora". Sepa esta duda, señor. ¿Qué enigma es esta? El amor del padre se echa de ver, Turbino, en el responder y en el respeto el rigor que tenéis. ¿Qué habéis sabido? ¡Ay, hija! Padre, ¿qué es esto? ¿Pesados golpes han sido mis palabras, pues tan presto los ojos han respondido? No sé si es bueno el lugar para poderlo contar. Solos estamos. Decid. La mayor desdicha oíd, si no lo estorba el pesar. Habrá, Rosaura, hija mía, veinte años que el rey de Albania al de Escocia que hoy tenemos le pagaba ciertas parias. Lo que duró este concierto de cobrarlas y el pagarlas dejo aparte; diré solo lo que de esta duda aguardas. Entonces ¡ay de mí, triste! el albanés adoraba una hija que tenía, de quien ayo fui en su casa. Era de dos años solos y, tanto mostró adorarla, que mandó que en esta guerra fuera el lucero del alba. Quiso llevarla consigo, y, ciego de amor, me manda que en una tienda por sí la lleve y la tenga en guarda. Hícelo así ; llegó el día, Rosaura, de la desgracia para que viese a mis oíos la más sangrienta batalla. Cubrió la sangre la tierra, cuerpos muertos la campaña, duró la guerra diez horas sin conocerse ventaja de ambas partes, y al fin de ellas, retirándose el de Albania con tres o cuatro heridas, roto el campo y él sin armas, del escocés vi en mi tienda las belicosas espadas. Entre el saco y confusión me hallaron con la infanta. Preguntome el rey quién era; negué con temor que estaba la tienda diciendo el dueño con lenguas de piedras varias; dije que era un caballero de Albania que a la batalla trujo con amor de padre esta niña de su casa. Hice mi hija a mi reina con temor de que llegara el rescate a ser mayor que la pérdida pasada. Enamorose de ver, el rey, la beldad cifrada y el sol entre hebras de oro, vestir cebellinas martas. Diote mil besos, que tú eres, querida Rosaura, la niña, niña en mis ojos, reina, y reina de mi alma. Asegurome la vida y mándame que me parta con él a Escocia. Entré en ella, diome aposento en su casa, hízome tantas mercedes, que puedo decir que basta la menor de todas ellas para ennoblecer mis armas. Si no te he dicho quién eres, temor ha sido la causa que he tenido de perder el espejo de estas canas. Reina de Albania eres, hija; yo, un criado de tu casa, a quien un tiempo tu padre puso en la mayor privanza. Resucite la grandeza, castíguese en mí la infamia; dos vasallos pierda Escocia, y Albania cobre a su infanta, que para llevar las nuevas con su clarín, ya la Fama, para partirse a decirlo, está batiendo las alas. Padre, ¿qué decís? Mirad si el discurso que habéis hecho, es cierto. Es tan gran verdad como estar vos en mi pecho, casa que os dio mi lealtad. Castigad, señora, en mí la culpa de haber callado este secreto hasta aquí. Errando habéis acertado. Padre, levantaos de ahí; alzad, dadme aquesos brazos, lazos de mi amor. ¿Qué lazos han de igualar tal grandeza? Sois mi padre. Vuestra alteza lleva la humildad en brazos. Si a cobrarle me anticipo y el reino que participo, será vuestra la mitad. ¡Viva Filipo ¡Tomad... ¡Muerto soy! ¿Viva Filipo? ¡Pesar de la infame gente cobarde que lo consiente! Alejandro ha de vivir, si pesa al mundo, y ceñir la corona real su frente. ¡Señora mía! Guillermo, ¿qué ha sido aqueso? Un enfermo, harto de vivir, pidió la muerte, dísela yo, y queda en el suelo yermo. ¡Peregrina caridad! Si su majestad pidiera en aquella adversidad la muerte, se la trujera con la propia libertad. ¡Que por Filipo le quiten el reino a Alejandro! Basta, sin que a cólera me inciten; ¡pesia al rey, pesia la casta, pesia los que lo permiten! ¿No vive Alejandro? Sí. ¿No tiene un rey feudatario y tres mil hombres en mí? Si su padre es su contrario, ¿qué aguarda Alejandro aquí? Vamos de aquí, que ¡por vida de la corona usurpada, mal quitada y peor tenida! por la cruz de aquesta espada que traigo al lado ceñida, de no ver del rey la tierra aunque honor y vida importe, de subir luego a la sierra, de no entrar más en la corte, de prevenirle la guerra, de sacar seis mil vasallos pagados y mil caballos al campo del albanés, y venir a estos después con él a solo cobrarlos. Sepa el rey que soy amigo de Alejandro, y un testigo de sus hazañas, y puedo con él, a pesar del miedo, darle el mayor enemigo. Sois, Guillermo, la coluna del reino, y si la fortuna da las vueltas que ha de dar con vos, le pienso asentar en los cuernos de la luna. La hidalguía agradezco que habéis mostrado por él. Todo es nada cuanto ofrezco si no le doy el laurel de las sienes que aborrezco, por su vida y por la mía, que a estar él aquí podría ver Filipo en este solio lo que vio en el Capitolio de Roma César un día. ¿No hay espadas que afilar? ¿No hay hombres? ¿No hay una daga que le derribe al pasar? Falta un Cebóla que haga otro Porsena temblar. Dame licencia. Quisiera ver con vos la furia fiera de aquesta elección altiva. No podré. ¡Filipo viva! Yo digo entre dientes ¡Muera! La guarda llega. ¡Ay de mí! Con las cuchillas aparta un mundo que trae tras sí. ¡Ah, fortuna! ¡Aparta! ¡Aparta! ¿Quién se ha de fiar de ti? Mil gracias doy al cielo, caballeros, que me ha dejado ver este día tan deseado de mi reino todo. Aqueste es el lugar, el solio es este adonde me juraron rey de Escocia vuestros pasados y mi padre mismo me puso la corona que a Filipo he de poner, jurándole vosotros. Dos príncipes tenéis; ambos nacieron de un parto al mundo, sin saber quién fuese el heredero, que a saberlo, juro por el cielo sagrado que nos mira que no fuera otro rey ; mas por la suerte bajo la inocencia por descuido, reine Filipo, y Alejandro quede capitán general de mis ejércitos; que este en la silla y en el campo el otro veréis a Escocia como a Roma un tiempo, cuando la gobernaron Remo y Rómulo. Cuando Filipo, valeroso César, no fuera tan gran príncipe bastara ser retrato de un rey tan cristianísimo. Filipo es recto, es justo y gran soldado; amoroso, pacífico, bien quisto; para el gobierno muy capaz ; el reino quiere a Alejandro, como tú a Filipo, y esperan verle rey. El Rey de Hungría, con este embajador que está a mi lado a su hija le ofrece, que a eso viene. El que está en esotra parte trae el feudo que negará mañana si Alejandro las armas deja, que han vencido a tantos. Si se enoja con estos la corona no está sigura si la guarda el César. Este es mi parecer, tras de esto juro por mi Rey a Filipo, y el primero seré de todos quien su mano bese. Alto; pues ya Filipo es rey de Escocia, ¿juráisle todos? Sí, juramos. Dame primero a mí la mano. Sois mi padre; sois Alejandro, en fin; con justa causa el título tenéis. Vuelve a sentarte, recibe esta corona, mas, primero que ciña tu cabeza, encima de ella has de jurar que, como recto príncipe, guardarás a tus súbditos las leyes que por siempre han guardado tus pasados. Ansí lo juro. Que merced ninguna que dejo hecha quitarás; que viendo al enemigo prevenir las armas en ofensa de Escocia, al tercer día estará tu persona en la campaña como un soldado singular. Sí, juro. Eres mi hijo, la corona es tuya, tuyo es mi reino. Danos esas manos. Levantaos, caballeros, de la tierra. Sois nuestro rey. Amigo vuestro basta. Tomad vuestro lugar, ya el reino es mío. ¿Qué la quieres? Padre, agora lo veréis. El rey, Rosaura, pide que llegues a su lado. (¡Cielo, por Alejandro mira, que le adoro y temo de Filipo alguna fuerza!) ¿Qué me manda, señor, tu alteza? ' Daros, después de aquesta silla, el reino Escocia. Rosaura, reina por Filipo. Hijo, ¿sabes qué dices? ¿A Rosaura? ¿Sabes que es una dama de palacio, hija de Turbino, un criado de mi casa? El que me replicare, de mi padre al hombre más humilde de la tierra, he de tener por enemigo. Escocia, besad la mano a vuestra reina. Denos tu majestad las manos. No he de darlas sin que primero se me dé de término cuatro días no más. ¿Cuatro? Cuarenta, con la palabra que, cumpliros, pueda quedar por mío este imposible. Digo que lo prometo. Embajador de Albania, ¿a qué venís? Con el tributo vengo que Albania envía a Escocia cada un año. Es de Rosaura. Por Albania empiece a cobrar el tributo de un rendido, que si vivo dos años las dos águilas verá Alemania en mi poder.—Hungría ¿qué dice, embajador? No dice nada. Esperó la corona en Alejandro; quiso ofrecerle el reino con su hija Reina. Fiílipo, volveré a Eduardo a darle aviso del suceso. Parte. Ya no reina Filipo, sino Marte. Apartad las alabardas y abrid las puertas. El Rey las manda guardar. La ley no habla conmigo. Guardas, abrid digo. ¿Quién da voces? Alejandro. ¿Qué aguardáis? que si no las apartáis derribarelas yo a coces. No entre acá, César. Ya está en la sala. ¡Majaderos! ¡Oh, señores consejeros, todos estamos acá! Buena está la sala. ¿Quién al Rey le aconsejó tal? ¿Y a la corona real votan mujeres también? Si no la ha entrado a votar, bastaba que su persona me quitase la corona sin darme aqueste pesar. ¿Cómo tan libre has entrado? ¿Cómo tan seguro estás? ¿Cómo hablas? ¿Cómo das en la locura que has dado? ¿Sabes, Alejandro, di, cómo ya Filipo es Rey, y cómo manda la ley besarle la mano? Sí; mas las leyes de ese modo, si la perfeta deshace, ha de pensar quién las hace que hay quien las derogue y todo. Quien ha hecho tantas leyes, quien tantas leyes quebró, ¿guardará la que ordenó el más malo de los reyes? Es malo el vulgo y la ley que infama bajo el intento del primero pensamiento. Malo el reino, peor el rey que esa silla me ha quitado, habiendo yo solo sido el rey que os ha defendido como soy el descartado. Pero mi padre se guarde que mío no participo sangre de un rey tan cobarde. Guárdese mi hermano; Escocia se guarde de mi poder que antes de un año ha de ver como conmigo negocia. Y vos, nuevo consejero, contrario mío, ¿esa fue la mano, palabra y fe del juramento primero? ¿Esas las lágrimas fueron que a mis pies se derramaron cuando esos labios juraron lo que tan mal me cumplieron? ¿Un mes de ausencia ha podido, en un pecho tan honrado, derribar el ensalzado y ensalzar el abatido? Que una discreta mujer ¿piensa que un león se doma? De esta suerte, abrase a Roma Nerón; vuélvase a encender Troya en venganza de Elena; dé a sus caballos Diomedes los huéspedes; Nicomedes ponga a su padre en cadena; haga otro tanto el tirano Farnaces y Trasimundo; eche del reino y del mundo a su padre y a su hermano, el perverso Tolomeo; haga Lotario arrastrar a su padre, y despeñar a sus sobrinos Atreo; destruya Sila en un día su patria, que no ha de haber venganza, a mi parecer, que se iguale con la mía. ¡Tenedlo! ¡César, por Dios, que os mate! ¡Alejandro muera! Si el mundo la guarda fuera y el capitán de ella vos, rompiera las alabardas. ¿Esto sufro? ¿Aquesto sientes? ¡Muera el traidor! ¿Traidor? ¡Mientes! Apartad las puntas, guardas. ¿Sabes lo que has hecho? Marte no considera este día. Loco estás. Después, podría, que esta es la primera parte. Prendedle luego; llevadle a la torre que pretende, Filipo. ¿Si se defiende? Si se defiende, ¡matadle! Ya, Rosaura, has visto aquí este imposible acabado. La frente el monte ha humillado que esperabas contra mí. Ya has visto a Filipo rey; ya has visto a Alejandro preso, y que tengo el reino en peso por justa y divina ley. Ves aquí que no hay segundo que se oponga a mi poder, y que mañana he de ser, si vivo, espanto del mundo. Ves aquí a padre y hermano sujetos a mi persona. Mío el reino, y la corona en la frente del Tebano. Ves aquí que adoro y muero. Si el plazo que me pedías llega a dos, mucho es dos días; a un día, mucho es entero; una hora has de tomar de plazo, al plazo que ves, que este aguardar más después la vida puede costar. Muy mal parece, señor, en un rey tanta violencia. Tengo amor. Tengo paciencia, pudieras decir mejor: que cualquier fuerza es delito contra amor, si se defiende. Dar gusto a quien se pretende es amor, y este apetito. Dese a prisión o matadle. ¡Matadle u dese a prisión! Llegad, cobarde escuadrón, que no lo compráis de balde. (¡Ay de mí, que aquella voz es de Alejandro, y decir deseo muera es prevenir alguna desdicha atroz! ¡Oh, Rey cruel! Ya estarás seguro, preso Alejandro.) Anegó el mar a Alejandro; porfió, no pudo más; ya dio en el suelo este encanto; ya la torre de Babel vino a tierra, y dio Luzbel en el reino del espanto. Que oponerse a una hazaña tan imposible, no era para que otro fin tuviera. ¡Oh! ¡A cuántos hombres engaña el ánimo y la fiereza! ¿Prendiose a Alejandro? Ya con veinte guardas está en aquesa fortaleza. Ha costado su prisión a palacio treinta vidas. Por esas treinta perdidas doy vida a más de un millón. Que si se escapa imagino que no estábamos seguros de estos muros, si estos muros fueran de diamante fino, ¡Gracias a Dios que vencí! Ya reino, que no reinaba mientras Alejandro estaba libre, ofendido de mí. Tú, Guillermo, si codicias mi amistad, la hora llegó que puedes, si puedo yo, mandar mi reino en albricias, que puesto que he deseado hacer mil veces contigo de un enemigo un amigo, pienso ahora haberlo acabado. Y así quiero, mientras reina Rosaura, que hoy todo el reino la ha de jurar donde reino mientras la tengo por reina, la plaza de secretario sirváis, que si hoy perdéis un príncipe, un rey tenéis, a pesar de mi contrario. Beso a vuestra majestad los pies por tan gran merced. ¿Sois mi amigo? Sí. Creed que me debéis amistad. Y tú, nuevo dueño impío, vencido con la prisión de un león, nuevo Sansón que derribó el templo mío, ¿cuándo me darás la mano? Luego; mas con condición... Pide, vencido, un león; pídeme ese monte llano, pídeme una estrella, a Marte preso a tus pies por mi mano, y pide libre a mi hermano, que es lo más que puedo darte. No le quiero libre ya, que estoy presa de tu amor; mas quiero verle, señor, en la torre donde está. Déjamele ver y hablar, que importa acabar dos cosas, para gozarte dudosas, fáciles de remediar. Y a la salida me espera, donde verás a tus pies este imposible, y después un diamante vuelto cera. ¿Y cuándo pretendes ir? Esta noche lo procura mi gusto. Y por ir segura de hombre te has de vestir, que no quiero que las guardas te conozcan al encuentro. Ni que sepan que estoy dentro mientras tú en la puerta aguardas, Y ha de ser de aqueste modo que me has de dar un vestido de los tuyos conocido, que ha de parecerte en todo; y al Alcaide has de avisar que a tu hermano quieres ver esta noche, y ha de ser sin testigos el entrar. De modo que con tu nombre he de entrar y he de salir. ¿Quién ha de ir contigo? Ha de ir un hombre. ¿No más de un hombre? ¿Quién ha de ser? El que más sepa guardar el secreto. Pues Guillermo, a ese respeto, ha de ir contigo, si vas. No dices mal. Pues le has hecho secretario, empiece a usar su oficio. Puedes fiar eso y más de aqueste pecho. (¡Si Guillermo me ha entendido!) (¿Qué quiere intentar Rosaura?) Si esta vida se restaura aro el mar y el viento mido. Ya en aquesa torre fuerte está el Príncipe. Está bien. Mañana ha de estar también en los brazos de la muerte. Y porque cerca le espera está noche me he de hallar con él, que le quiero hablar, César, primero que muera, Y no quiero que las guardas sepan que le voy a ver. ¿Solo has de ir? Solo ha de ser. Quitaré las alabardas. ¿No va siquiera contigo un hombre? Guillermo irá. Para los dos estará abierto. Solo un postigo. ¿ Quieres más? Hasme vencido. ¿ Quiéresme bien? Como a mí. Pues tu ingratitud vencí, ven y darete el vestido. Arrimad las alabardas a esa pared, y en el suelo echados, diga del cielo quien sabe más de las guardas mientras la noche camina. Dadme un azumbre en un jarro, y pase o no pase el carro, calle o cante la bocina, ¿ yo del cielo?, Tolomeo lo diga, que lo escribió. ¿Durará esta prisión? No. No durará, a lo que creo. No me pudo suceder cosa que mayor pesar me diera como guardar, Ricardo, a este Lucifer. No ha podido averiguarse con todo el mundo y pretende, cuando de ellos se defiende, con nosotros estrellarse. Venga y guárdelo quien toma la corona a su pesar. ¿Quién dices que ha de reinar? Aqueso preguntó en Roma cierto capitán romano reinando Rómulo y Remo. Que ha de ser Rómulo temo, Filipo. Y Remo, su hermano. ¡Ay de Escocia si se escapa de la torre! No ha de haber, Clarino, a mi parecer, tanto que ver en un mapa. Temblando estoy, ¡vive Dios!, de que empiece por las guardas. ¿No estamos veinte alabardas? Como si estuviesen dos. Mirad, no os canséis; yo he estado en las guerras que ha tenido, sé los hombres que ha vencido, sé los cuellos que ha pisado. Hele visto atado y preso y sentenciado a morir. Un día le vi salir con cuatro guardas en peso, y, ¡vive Dios!, que imagino, en la prisión que se ofrece, Clarino, que me parece que lleva el propio camino. El miedo que tienes tú te le ha pintado tan fuerte. ¿No es este un hombre? Es la muerte, es el propio Bercebú, es el diablo que me trujo aquesta noche tras noche. Oscura ha vuelto la noche, más sabe en ella que un brujo, que doquiera siento ruido. Oíd, que es el capitán. ¡Oh, mi señor! ¿Dónde están los demás? Hanse esparcido. ¿Qué es lo que mandas hacer? Retirad las alabardas. No sé qué siento en las guardas que me han dado que temer. ¡Oh, capitán! ¡Oh, señor! ¿Qué hay de nuevo? El Rey, tu hermano, te quiere ver. ¡Que el villano tenga para entrar valor! Rosaura, César amigo, ¿se ha entregado a su querer? Ya reina. ¡Reina el poder que ha tenido mi enemigo! Yo me aparto, que me ha dado el Rey esta orden. ¡Cielo! ¿Ha tenido o tiene el suelo hoy hombre tan desgraciado? ¡Que llegase estando abiertas las puertas tras diez villanos, y con la espada en las manos se me cerrasen las puertas! ¡Por vida de todo el mundo, si la cólera no templo, que ha de ser la torre el templo de aqueste Sansón segundo! Y en ella he de derribar, sin asirme a la coluna, la rueda de la fortuna que a mi hermano empieza a alzar. ¿Voy bien, Guillermo? Un Narciso me pareces en el talle. Solo está; quiero hablarle. Que te exigió el Rey te aviso... No importa; vete a la puerta, por que si al salir nos sienten, cuando cerrárnosla intenten, la puedas tener abierta. Que esta noche todos tres hemos de perder la corte. Con tal estrella y tal norte mil hallaremos después. ¡Oh, amor, qué dificultades allanas cuando tú quieres! Otra Semíramis eres si a serlo te persuades. Si fuera mi hijo el preso en algo le pareciera, aunque en amar bien pudiera, que le adoro con exceso. (Este es Filipo el traidor. Muere esta noche a mi mano.) (Fingiré que soy su hermano primero. ¡Ayúdame, amor!) (La noche es oscura, el fuerte se ha abierto para su entrada; él muerto, su propia espada me ha de librar de la muerte.) ¡Alejandro! ¿Qué me quieres? ¿Parécete bien querer atropellar sin poseer todo un reino? No te alteres. ¿Alteración te parece aquesta? Si me alteraras ¿vivieras cuando llegaras a la ocasión que se ofrece? Ya reino, ya en mi poder tengo a Rosaura, ya reina. Pues no reine más; si reina, traidor, conmigo ha de ser. ¡Ay, de mí, Alejandro! Parte, vil cobarde, al reino espera, que os baja desde su esfera el rayo que ha de abrasarte. Muerta soy. Óyeme, espera. Pagaste, vil, tu porfía. ¡Adiós, reino, que algún día, te veré de otra manera! ¡Ay de mí! ¡Alejandro! Aguarda, no te pierda yo. ¡Señor! Tené, que se va el traidor de la torre. ¡Ah, de la guarda! ¿No me dijo el Rey a mí, de su persona a la mía, que a su hermano ver quería? ¿Qué traición ha habido aquí? ¿Cómo, si estuve al concierto, me engañó así? ¡Ah, capitán! ¿Dónde las, guardas están? No lo sé, que vengo muerto. Alejandro no ha dejado de veinte que éramos, dos. ¿No os lo dije? ¡Juro a Dios, Ricardo, que me he holgado! Rosaura, ¡Ay de mí! ¡El Rey es muerto! César, la mano me da. ¿Hiriote Alejandro? Ya estoy de la muerte al puerto por seguir un desvarío. ¿Puedo hablar al Rey? Di quién eres. Quien perdió su bien. ¡Alejandro mío! Señor, pues ¿cómo? ¿Hiriote el traidor y llámasle de esa suerte? No es de Filipo la muerte, César; vivo es tu señor. Rosaura soy, que a pagar ha venido a la prisión. (Aquí, sin duda, hay traición.) ¿Qué es esto? Dadme lugar. ¿Qué es de Rosaura? Aquí estoy. ¡Que a dar un paso no acierto sin tropezar con un muerto por dondequiera que voy! Dame, mi bien, esos brazos, que por mi corona juro que no está el traidor seguro si le tiene Marte en brazos. ¡Señor! No me digas nada, todo lo sé, por mi daño. ¡Ah, César! Que fue el engaño de mujer determinada. Llégate, mi bien, a mí. Llevadla, que está afligida. (No importa; tenga yo vida que yo iré, mi bien, tras ti.) Un bando echad que apercibo, que a cualquiera que saliere tras Alejandro, y me diere a Alejandro, muerto o vivo, le daré diez mil ducados. Y ansí mismo pregonad por traidor en la ciudad y por todos mis Estados al que le diere sustento. Y tú en un caballo ponte, con otros ciento, en el monte, y parte en su seguimiento. Dente, César, el favor que a mi propio. Sepa el mundo que es Alejandro el Segundo, César, el primer traidor. ¡Gracias a Dios que he llegado donde seguro podré descansar del mal pasado! No puedo tenerme en pie. Tanto sin parar he andado. ¡Válame Dios, y qué tierra tan montuosa! Esta sierra descubre nuevo horizonte. ¡Linda fuente! ¡Hermoso monte! ¡Otro paraíso encierra! ¡Qué peregrina frescura de árboles! ¡Qué de caza juega por esta espesura! Si este es bosque donde caza algún señor, por ventura, en veinte días que he andado fuera de camino usado, no he visto lo que en un día me enseña de montería este bosque y este prado. Rosaura ¿no me mandó tener del castillo abierta la puerta que me ordenó? Si Alejandro la halló abierta, ella, ¿por dónde salió? Embestimos con la guarda los dos; Alejandro, aguarda, y de veinte alabarderos que llegaron los primeros dejó la una alabarda. Cargó gente, y cuando quiso volver a mí el poco aviso dio con los tres al través, de suerte que todos tres nos perdimos de improviso. Rosaura sé que perdida quedaba; Alejandro vio su remedio en su huida; fuese a la montaña, y yo salvé por aquí la vida. ¡Válame Dios! ¡Qué de breñas he visto! I Qué pocas señas de gente! ¡Qué de animales cruzan entre estos jarales y duermen entre estas peñas! ¡Quiera Dios que haya llegado, tras de tanto mal pasado, donde remediarme pueda! ¡Ayuda aquesta vereda! ¡Socorro! Voces han dado. Socorro pide una voz. Si no me engaño esta es traición. Es desdicha atroz de alguno que está a los pies de alguna bestia feroz. Quiero entrarle a remediar si puedo, que pide ayuda. ¡Ya no me puedo escapar! ¡Ah, gente! ¿No hay quién acuda? Vivirás, a su pesar, si puedo. ¡Gran corazón! Morirá hecho pedazos si fueran los de un león aquesta vez sus dos brazos. ¡Qué venturosa ocasión! ¡El cielo, sin duda, aquí me ha defendido y librado! ¡Brava fuerza! ¿Es muerto? Sí; dos veces por el costado este puñal le metí. ¿Quién eres? Un peregrino que, perdido del camino, cansado de buscar gente, me asenté junto a esta fuente a la sombra de este espino. ¿Voces dio Su Majestad? Sí, señora. ¿Qué decís? Aquí está el Rey. Apartad. Como San Telmo, venís después de la tempestad. Pues, señor mío, ¿es razón que a esa edad embista a un oso? Engañome el corazón. Descubrile y animoso le embestí, y era un león; tírele el venablo y dio un salto tan liberal, que le herí y libre volvió de suerte que en animal tal ferocidad se vio. Del tiro ofendido cierra conmigo, y hecho pedazos muriera si aquesta sierra no me diera estos dos brazos ambos hijos de la tierra. Del cielo ha venido. Al cielo doy gracias, que te libró. Que estás herido recelo. (No puedo pensar que el suelo tan gran socorro me dio.) (¡Qué prodigiosa aventura! La fama en esta espesura, entre robles y animales, quiere empezar los anales del libro de mi ventura. Rey es a quien vida di. Y si lo es yo imagino que está el premio cierto en mí, si la desgracia no vino conmigo de Escocia aquí.) ¿Dónde caminas? Perdido he llegado aquí, señor, buscando, cual perseguido, sagrado para el rigor de un poderoso ofendido. ¿Qué tierra piso? Esta es Hungría. ¿Hungría? ¿Qué aguardo? De esa manera a los pies estoy del rey Eduardo. Alza. Cuando me los des. Levanta; dame los brazos, Bien estoy. Esto ha de ser. Rey han de tener en brazos brazos que saben hacer los de una fiera pedazos. ¿De qué nación eres? Era escocés ; ya húngaro soy. ¡Pluguiera a Dios que ansí fuera; que de que lo fueras, hoy Hungría honrarte pudiera, Buena suerte es verte así. ¿Vienes de la Corte, acaso? Un mes habrá que salí de ella, sin que solo un paso haya torcido hasta aquí. ¿Cómo el reino ha recibido a Alejandro? ¿Hale jurado Rey de Escocia? Halo perdido. Filipo se lo ha llevado. ¿Qué dices? Lo que has oído. ¿Filipo reina? Señora, ya murió la luz del sol a las puertas del aurora por colgar, como español, la cuchilla vencedora. Dame tus pies. Bien venido seas, Ataúlfo. Ha sido ventura haberte hallado. A lo que fui he negociado. Muy mal; todo lo he sabido. Quien la nueva caminando sin volar te trujo, entiendo. Para quien la está esperando la buena viene corriendo, pero la mala, volando. Este hidalgo que ves. Ya le conozco. ¿Quién es? Es un gran varón de Escocia contra quien el Rey negocia cierta venganza. Después que de la Corte saliste, como Alejandro faltó con la ayuda que le diste, vuestro Estado confiscó y por traidor dado fuiste. No importa. Alejandro esté libre de su furia, y dé los golpes sobre la hacienda; a mí, amigo, no me ofenda, que hacienda yo buscaré. ¿Sabéis si libre ha quedado de todo punto? Huyendo salió de todo el Estado, la torre y prisión rompiendo. Lo que más ha alborotado fue que al tiempo del huir hirió a Rosaura al salir. De qué suerte el caso fue no se sabe. (Yo lo sé. Bien lo pudiera decir.) Como a Reina la mandó llevar Filipo; sanó, que era pequeña la herida, y sana y de amor perdida a su Alejandro siguió. Eso solo he deseado saber. ¿Ya libres los dos están? A Escocia han dejado. ¿Cierto? Sí. ¡Gracias a Dios! ¡Dios los guarde! Que me he holgado. ¿Qué mujer es ésa? Es la que le dio libertad; hija de un vasallo. Pues ¿es mujer de calidad? Sabréis su historia después, que es buena para el camino. (¡Alejandro peregrino, con Rosaura, y que a buscarlos no vaya!) Pedid caballos, que volvamos determino a la Corte. En ella quiero una justa publicar; venga todo el mundo entero, por armas la ha de llevar el mejor aventurero, Pues la diestra más honrada y el más fuerte corazón te faltó en esta jornada, quiero, con esta invención, darte la mejor espada. Los príncipes pretendientes que has tenido, en mil porfías, sabrán por diversas gentes, que has de ser, en treinta días, de los brazos más valientes. El regalo y la posada con la voluntad honrada estimo en mucho. ¡Pluguiera a Dios un palacio fuera la pobre choza ahumada! ¡Pluguiera a Dios el asiento ámbar fuera, telas finas las tablas de ese aposento, oro el polvo y cornerinas las piedras de ese cimiento; los pobres techos pajizos de arrayán, mirto y carrizos valieran un gran tesoro, fueran las retamas de oro, que agora son negros rizos. Esa huerta se tornara de coral; la fuente clara que la ciñe, aljófar diera y esta sierra de imán fuera, por que partir no os dejara, que sin duda soy de acero, pues os vais y nos dejáis, siendo vuestro el campo entero. Mucho, amigos, me obligáis. Soy un pobre caballero que paso a Albania, y querría saber por qué tierra voy antes que se pase el día. En Escocia estáis. ¿Que estoy en Escocia todavía? Pasado aquese pinar tenéis un día que andar primero que la dejéis, ¡Válame Dios! Ya que os veis, señor, en este lugar, nos habéis de dar razón de los pregones que ha dado Escocia en esta ocasión, que han este monte alterado las nuevas. Aquestos son. Ya sabréis cómo prendió el Rey a Alejandro. Bien. Y cómo también huyó de la prisión. Sí. Y también que Rosaura le siguió. Todo lo sabemos; que es aquesta casa una venta, y en sucediendo en los tres reinos algo, se nos cuenta cuatro o seis días después. Que como aqueste camino es tan real, de contino, como la dejáis pagada, paga en nuevas la posada el que pasa peregrino. Finalmente, Ergasto, viendo el Rey a Alejandro ausente, ha pregonado, temiendo que le ampare alguna gente, mil prevenciones haciendo que, so pena de traidor, hacienda y honra perdida, no acojan al malhechor. ¡Guarden los cielos su vida! ¿Conoceisle? No, señor; mas por la nueva he sabido su valor, que le adoró el reino que le ha perdido. (A quererle como yo, no le hubiera sucedido.) En conclusión: al que preso se le entregase dará diez mil doblas después de eso, y así buscándole va todo el reino. ¡Bravo es eso! Agora yo, caminando sobre esa fuente que azota el mar, veo que, bajando un mancebo, me alborota, estas palabras hablando: "Señor, así el cielo os dé la vida que deseáis; si podéis seguir a pie, me sigáis, que si os cansáis estos hombros os daré." Seguile sin descansar hasta encima de una peña terrible, en que bate el mar, y, en allegando, me enseña un sol que me vi abrasar. Alza el sombrero y desata, sobre nieve y escarlata, hijas del mayor tesoro, una madeja de oro con unas manos de plata. Apenas suelta la vi, cuando dijo: "Caballero, si a Escocia vais, le decí al rey Filipo que muero la muerte que veis aquí. Yo soy Rosaura; si os veis con el cruel, le diréis que supe cómo murió Alejandro, y, muerto, yo tuve el fin que ahora veréis." Quitose aqueste joyel y esta sarta asida de él, y dijo: "Estos son testigos que entre todos sus amigos te han de acreditar con él." Esto dijo, y sin pensar que pudiera una mujer yerro tan grande intentar, sin poderla detener, me la dio y se arrojó al mar. Allegué con los dos brazos porque sirvieran de lazos al desesperado intento; pero entre la voz y el viento bajó al mar hecha pedazos. Murió, al fin; tomé el joyel, y en el monte, peregrino, me meto, Ergasto, con él dos días por un camino mas que esta mujer cruel. Llegué, en efeto, a esta casa, donde reina la piedad, que es donde tiene sin tasa un palacio en nuestra edad el peregrino que pasa. Y en ella me habéis honrado, servido y entre el carbón blanco de vuestro cuidado, el más flaco un corazón de Alejandro me ha mostrado. Y en pago, ya que está echada la suerte de mi jornada, ya a Escocia no he de ir con él. Dejaros quiero el joyel de esta mujer malograda. De él os servid, y si acaso, pues este es de Escocia el paso, alguien le fuere a buscar, con él le podéis contar la desventura del caso. Hame espantado el suceso, y tomar la joya quiero, no en paga, que fuera eceso para quien soy; mas espero ser testigo del proceso, que podría suceder, buscando aquesa mujer, con ella excusar mis males. Escuchad. Montes, jarales, ayudadme a enriquecer. El que esto da lleva más. Tifón. ¿Qué quieres? ¿No estás cansado de hacer carbón? Mucho. ¡Qué brava invención tiempo y ocasión me das! En el tiempo que este ha estado güésped de esta casa, he echado de ver que es algún señor, en mil joyas de valor que al descuido me ha mostrado. Es verdad. Mucho porfía de irse. La noche cierra y, a más andar, pasa el día. ¿Qué quieres? Muera en la sierra. por ver lo que al pecho cría, que por brújula le he visto una cadena, y quisiera, puesto que quedo malquisto, hacer aquesta primera con los oros que conquisto. Cuando se quiera partir. Tifón, tienes de decir que le vas a acompañar hasta salir del pinar, que al salir ha de morir. Poco a poco has de ir con él. que pues de hecho nos vamos, me quedo por el joyel. Hartos de hacer estamos carbón, salga el fuego de él. Esto es lo que habéis de hacer, ya que estas sus señas son. ¿No nos volveréis a ver? A la vuelta, ¡Adiós, carbón, que plata os vea volver! ¡Adiós, Ergasto y Miralba! ¡Adiós, monte! donde el alba, cuando le faltan estrellas, forma tiro de centellas para que le hagan salva, que si os dejo, es por temor. ¡Adiós, amigos! Señor, licencia me habéis de dar para poderos sacar de este monte, que es traidor. Merced me haréis. Una espada me saca, Palante. Espera. (¡Brava industria! Bien trazada la dejo. Cuando el Rey quiera seguirme en esta jornada, podrá ser que, oyendo el caso, le dé crédito, y el paso vuelva el que me busca atrás.) Tu espada es esta. ¿Esto más? Partid. Vamos. (Bien lo amaso. Al romper del alba estoy contigo.) (Despacio vamos.) Señora güéspeda, hoy bien la posada cobramos. Tal fue el güésped: rica voy. ¿Quién tal ventura creyera? ¿Quién tal ocasión pensara? ¿Quién en un monte dijera que esta suerte se encontrara ni esta ventura se viera? Basta el tiempo que engañado en esta montaña he estado haciendo en mi corazón más arrobas de carbón que en ese monte abrasado, que, pues la ocasión llegó, la tengo de aprovechar; la joya que se quedó en Ergasto he de robar y matar a quien la dio. Hechas las dos cosas, quiero irme a la guerra, que en ley de noble, debo primero en ella servir a un rey que en un monte a un carbonero. Si el deseo de hallarle no me engaña. Camino es este y casa la que veo. Un hombre he descubierto; una montaña tan áspera con gente no lo creo; mas tan cansado allego de la extraña aspereza del monte, que el deseo como un espejo mágico me enseña que es hombre un ramo, y casa de una peña. Pero no, que sin duda un hombre he visto y una mujer con otros dos. El cielo me quiere remediar. Ya el mal resisto hallando en mi aflición tan gran consuelo. ¿Qué tierra es ésta? ¿En qué montaña asisto? ¿Si piso a Escocia todavía el suelo? Parece que me dice aquesta venta llegaron los pregones de tu afrenta. Y si es así, parar no puedo en ella, que me siguen cuadrillas a millares. ¡Fama veloz que cantas mi querella, tiempo cruel que engarzas mis pesares, así camines con mejor estrella que siempre vueles o que siempre pares! ¡Oh, sol! Corriendo pasa, aunque te aguarde mañana más temprano. ¡Dios os guarde ! Venga, señor, con vos. ¿ Sois de esta tierra? En este monte vivo. ¿Hay casa alguna por aquí? La que veis tiene esta sierra; no hallaréis, señor, otra ninguna. Catorce hombres y una moza encierra, hija del mayoral, que la fortuna carboneros nos hizo, aunque con tino servimos de amparar al peregrino. Parece que llegáis cansado. Llego hecho pedazos. ¿Qué provincia es esta? Allí da fin Escocia, sobre el fuego que veis ardiendo encima de la cuesta, allí comienza Albania; Hungría luego divide aquella sierra a estotra opuesta. En buena parte estoy. ¿Quién sois? Un hombre que pasa peregrino. ¿Vuestro nombre? ¿Qué importa que os lo diga si he nacido adonde no es posible conocerme? Soy de aquí muchas leguas. Lo que pido por el vuestro no es satisfacerme del nombre, quiero de un varón perdido que busca Escocia. (¡Ay, Dios! Volví a perderme. No estoy seguro aquí, pues han llegado acá las nuevas. Irme es acertado. ¿Cómo podré trocar, sin dar indicio de quien soy, el vestido con aqueste? ¡Ayuda, cielo, aquí! Seme propicio, pase sin mi azar la casa de este. ¿Piadoso no te llaman? Haz tu oficio. Aquesta es la ocasión; el tiempo es este.) (¿Si aqueste fuera el príncipe?) Pregunto de quién queréis saber. (Algo barrunto.) ¿De quién? De un hombre que si le acogemos le damos sustento adonde estamos, hacienda, vida y el honor perdemos por pregones del Rey, y así no osamos, desde el punto, señor, que lo sabemos, acoger a ninguno aquí. Les damos de limosna algún pan, con harto miedo a cualquier peregrino. (¡Bueno quedo!) De mil hombres que buscan ese hombre, yo soy el uno por mandato expreso del Rey de Escocia. Importa, no os asombre, me deis ayuda para darle preso. Pues ¿dónde está, señor? Tuvimos nombre que estaba ayer en ese monte espeso, y así treinta caballos le han seguido, y de ciento de a pie yo el uno he sido. Réstame agora que troquéis conmigo ese vestido, amigo, por aqueste, que si del modo que me veis le sigo, es cierto caso que él huirá por este, Mejor os le daré, Vamos, amigo. (Bien me ha venido.) (Mi remedio es este.) (Para mi pretensión, ¡qué buen vestido!) (¿Carbonero eres tú? Ángel has sido.) Esto nos dijo, y se partió al momento, pagándonos con esto el hospedaje. Aquí estuvo dos días muy contento, y de aquí tomó a Albania su viaje. ¿A Albania dijo que iba? Aquese intento nos dijo que llevaba; de linaje hidalgo parecía. Este es Rodulfo, de Albania embajador, o es Ataúlfo. Que de Escocia partieron en el tiempo que Alejandro huyó y Rosaura vino tras él, y pudo ser llegar a tiempo que vieran la desgracia en el camino. (¿Alejandro y Rosaura tan sin tiempo muertos de esa manera? Yo imagino que aqueste nos engaña?) (Es caso cierto.) (Antes sospecho que Alejandro es muerto. Los pregones del Rey dicen que al hombre que se le entregue vivo en sus Estados dará veinte mil doblas, y en su nombre, en este y otros tres están ya dados, y al que muerto le diese, no os asombre, dará seguros ocho mil ducados. ¿Cómo queréis que muerto no le hayan, y vivo o muerto con las nuevas vayan?) ¿Qué tanto puede haber que con vosotros estuvo aquese hombre? (Aquí me pierdo.) (No lo digas.) (¿Por qué?) (Porque en nosotros no pase la desgracia.) No me acuerdo. Pasaba solo? No, señor; con otros. Recámara llevaba. (Andado has cuerdo.) (No sea el del pregón, y aquesta prenda o nos cueste la vida o la hacienda.) Muy cansados vendréis, y los caballos ¿adónde los dejáis? Entre esos pinos. Tráiganlos a mi casa; regalarlos suele mi gente a varios peregrinos que pasan por aquí. Haz desatarlos. ¿Qué camino es aqueste? Hay dos caminos: el de Hungría y Albania. (No he dejado cosa en ducientas leguas que no he andado, y en el discurso del viaje veo al fin de mi camino aquesta seña; con otra de Alejandro mi deseo satisfecho saliera de esta breña, aunque es funesto el lastimoso empleo y para tal ofensa es muy pequeña, otra tomara de Alejandro y diera por llevársela al Rey cuanto tuviera.) Dadnos un jarro de agua. Entra a beberla; descansaréis un rato. No podemos. ¿Sois de la corte? Sí; salimos de ella hoy hace justo un mes, y en él no habernos, sin ser guiados de infelice estrella, dejado monte y sierra en cuanto vemos, que no habemos andado, deseando hallar cierto varón que voy buscando. ¿Es Alejandro? Sí. ¿Tenéis noticia del caso por acá? ¡Cómo si tengo! Temblar hace a esos ramos la justicia, y a mí con ellos cuando a casa vengo. ¿No lo habéis visto? Fuera sin justicia negarlo. No, señor. Irme prevengo. Dadnos el agua, que en bebiendo juro de no dejar del monte árbol seguro. ¿Voy bien de aquesta suerte? Vas de modo que a no saber yo que eras caballero por carbonero te tuviera en todo. (Salvar la vida de esta suerte espero.) (Bien para lo que intento me acomodo.) Caballero eres ya. Tú, carbonero. (Ya no veo la hora de dejarlo.) (¿Cómo, para partir, podré engañarlo?) (Un húngaro me dijo esta mañana que tiene Hungría mil pregones dados para una justa, y que a Lisaura gana en premio el que venciese, y que, avisados, mil Príncipes están. Aunque inhumana la jornada parece en tres Estados, tengo de ver, si puedo, su grandeza solo guardado de esta vil corteza. ¡Ay, Dios, y quién llegara en tal porfía a las fiestas a ver esas privanzas de la misma manera que solía! ¡Ah, tiempo vil! ¡Fingidas esperanzas! A no estar como estoy, este era el día que me había de ver entre sus lanzas sobre la tela haciendo maravillas, hombres dando a la tierra, al cielo astillas.) La noche llega, el monte es algo espeso y no podréis pasarlo; yo quisiera hasta mañana que os quedéis. Yo beso por tal merced las manos; si pudiera, aunque en hacerlo cometiera exceso, de mí podréis creer que lo hiciera. Ya en el camino estamos. Ya has salido. (¡Válgame Dios! Sin duda soy perdido. César es este, que me sigue. ¡Ah, cielo! ¿Tras tantos males este me esperaba?) Los caballos bajad a ese arroyuelo que aquesa verde hierba baña y lava. Beberán, subiremos y este suelo, puesto que sea su espesura brava, mediremos a pies, y luego iremos al Rey con estas nuevas que tenemos. Esta prenda llevamos solamente y nueva que Alejandro queda muerto. Cuando otra cosa procurar intente, que no saldrá con ella es caso cierto. ¿Cierto murió Rosaura? Sí. (Esta gente, ¿qué busca por aquí?) (¡Qué desconcierto para librarme se me ofrece! Acuda en lo que intento el cielo a darme ayuda.) La color me parece que has mudado. Volverela a cobrar de aquesta suerte. ¡Jesús! ¡Válame Dios! Voces han dado. Un hombre a otro aquí le ha dado muerte. ¡Tenedle! Ya lo estoy. ¿Por qué le has dado la muerte a este hombre? Di. ¡Oh, hado fuerte! Dejad, que aún habla. Di: ¿por qué te ha herido? Matome por quitarme este vestido, que otra cosa no pudo ser la causa de mal tan grande. ¡Adiós! A la otra vida partió, sin duda. ¿Es muerto? Ya hizo pausa el cuerpo; el alma vive. Di, homicida, ¿por qué le has muerto? No lo está sin causa. ¡Válame Dios! La ropa conocida es esta de Alejandro. Es caso cierto. Por el vestido que miráis le he muerto. De este monte que veis soy carbonero desde edad de diez años, y conmigo el propio tiempo fue mi compañero este que hice agora mi enemigo. Llegó una nueva a este monte fiero, que del pregón quizá seréis testigo,. que quien diere a Alejandro, vivo o muerto, le darán cierto premio. Así es, por cierto, Ha tres días que falta, y al fin de ellos bajar le veo aquesta ropa al hombro, de aquestos pinos y parado en ellos una cosa me cuenta que es asombro. Díjome que bajando ayer por ellos, que la ventura por desdicha nombro, vido a Alejandro muerto en su ribera, medio cuerpo comido de una fiera. Desnudole el vestido, y por las nuevas que tuvo del pregón, llevarle quiso para dársele al Rey, Yo, entre otras pruebas, teniendo ya también del caso aviso, viendo ya muerto al Macedón de Tebas y tan grande ventura de improviso, le dije que era justo que me diese para mí la mitad del interese, Negómelo, no quiso, y meto mano, y doyle muerte, como veis; que intento llevar la ropa yo, (¡Cuento galano! Todo parece que nos viene a cuento.) Escuchadme. (Mi mal es cierto y llano. Que me han de conocer sospecho y siento. Ayuda, cielo, aquí, que si hoy me libro la fama escribe de mi vida un libro. ¡Válame Dios! ¿qué tratan?: ya adivino lo que pueden tratar.) (Cuando eso fuera, esto se ha de hacer.) Mas ¿que imagino lo que hablado habéis? ¿Qué piensas? Muerto como el que muerto mide ese camino, si no trazáis mi fin de la manera que yo se la he trazado al que en el suelo está tendido. No has errado un pelo. A mí me importa que esta ropa lleve, ya que murió quien darnos cuenta pudo del dueño de ella. ¿Qué queréis? Que en breve prometo de hacerlo, si de escudo ello me ha de servir y el llanto os mueve. De mí la causa, como veis, sacudo. Tomad, que aunque va dada en la partida, no me dais poco, pues me dais la vida. Vuestro término obliga a no ofenderos. ¿Dónde vivís? En ese monte vivo, con otros diez o doce carboneros. A darle alguna cosa me apercibo. ¿Qué le dais? Cien escudos. ¡Caballero! No los he de tomar. ¡Villano altivo! Tomad, quedad con Dios. Vamos, que es tarde. ¡Venturosa ocasión, el cielo os guarde! ¡Ah, cielo! Pues que de esta me he librado, como de otros peligros de la guerra, para algún grande bien estoy guardado. Sepulcro quiero dar en esta sierra al más infeliz cuerpo y desdichado que vio la muerte en brazos de la tierra; y enterrado, partirme adonde pueda, de la fortuna detener la rueda. De la merced recibida tan agradecido quedo, que yo no sé cómo puedo pagarla en toda mi vida. Desde aquí os podéis volver, pues ya tan seguro voy. (En la misma parte estoy que dijo Palante ayer. ¡No sé cómo no le veo!) Esta sortija llevad, que a valer una ciudad os la diera mi deseo. Perdonadme. No es razón que os excuséis. (Importante será, pues tarda Palante, que supla el yerro Tifón.) Tomad, por amor de mí. Hidalgo, solos estamos. Es verdad. Peñas y ramos son testigos de esto aquí. Verdad. ¿Por qué lo decís? Porque quiero que me deis todo el oro que traéis. ¿Qué dices? Esto que oís. ¿El oro? Sí. ¿El oro? El oro. Y ha de ser luego. ¿Qué espera? Acabe. ¡Qué más dijera en su misma playa un moro! ¿Esos los regalos fueron que he recibido? Estos son. Como tratáis en carbón, carbones se me volvieron. Villanos, en fin. Presumo que la vida has de dejar con el oro. Y tú trocar las joyas y el oro en humo. Defiéndeste. No, que quiero matarte. ¿Qué dices? ¿Sientes quien soy? Un ladrón. Tú mientes. ¡Oh, pesar del carbonero! Acudid presto. Parece que viene gente. Huir me es forzoso. No te has de ir. Al socorro lo agradece. Qué cierto es, ¡válame Dios!, el ser un ladrón cobarde. ¿Libre quedó? El cielo os guarde. Y venga, señor, con vos. ¿Qué ha sido aquesto? No es nada. Un rasguño de un ladrón que pintó con un carbón alguna mano turbada. Tiene muchos este valle. (¡Bello mozo!) (Como un sol.) ¿Qué nación? Soy español. (Linda cara.) (Hermoso talle.) ¿Vais a Albania? Allá camino. ¿A qué pasáis? A buscar, señor, si le puedo hallar, un hidalgo peregrino que voy buscando. ¿Es pariente? El más cercano que tengo. Huélgome que a tiempo vengo que os pueda servir mi gente y yo recibir merced de tan buena compañía. Estimo la cortesía. Que os he de servir, creed. (Rodulfo, el embajador, es aqueste; no quisiera que agora me conociera.) ¿Sois vos de Albania, señor? Sí soy, y puedo serviros el tiempo que en ella estéis, y si dejarla queréis regalaros al partiros, que os he cobrado afición. Soy, señor, hechura vuestra. (Este es noble.) (Valor muestra.) ¿Vamos? ¡Qué linda ocasión, para buscar, he hallado, a Alejandro y para ver a mi padre! ¡Oh, amor! El ser me vuelve que me has quitado.) ¿Eso responde el Húngaro? Esto dice. ¿El propio no me dijo en cuatro cartas, excusándome yo que de Lisaura era digno marido? ¿Cómo agora la palabra me niega? Quien ha sido otro Trajano en obras y costumbres, ¿no me dijo: "Si ligan de los reyes las palabras la doy de que Lisaura no lo será de otro si la guarda el César?" Pues ¿cómo agora me la niega? Ha puesto un cartel en su corte y enviado a las demás docientos, en que avisa para una justa a príncipes y grandes, diciendo en ellos que es Lisaura el premio de aquel que la venciere, y fue tan público, que han acudido de diversas partes príncipes infinitos, y de gente no caben los caminos. De ese modo no tengo que esperar; de mis banderas se ocupen otra vez mis capitanes. Llamad al punto, que en persona quiero hacer esta jornada. Tus pies beso. ¡Oh, Rodulfo! ¿Qué nuevas hay de Escocia? Haylas muy grandes. Tu embajada hice al tiempo que la corte alborotada estaba con un caso harto nuevo. Filipo reina ya. ¿Qué dices? Digo que le vieron mis ojos coronado. De esa manera Albania queda libre del feudo que a Alejandro le pagaba. Con buen principio la jornada emprendo. Pues Alejandro ¿cómo queda? Huyose por cierta industria de Rosaura, hija de Turbino, un criado de su casa, acompañada de Guillermo, un hombre cuatro veces barón, y con engaño le libraron huyendo los tres juntos. Tuve nuevas ayer que en el camino que Alejandro y la dama en cierto monte murieron a las manos de una fiera. (¡Guárdele Dios mil años! ¡Qué gran nueva para que no me sigan!) ¿Cómo dices que se llamaba el hombre que haces padre de esa mujer que le libró? Turbino. ¡Válame Dios! ¿Qué tienes? Ese nombre el ayo tuvo que le di a mi hija. Pero de aquese nombre ser podría que hubiese muchos. (En aqueste punto acabo de creer que este es mi padre. Turbino dijo la verdad en todo. ¡Ay, padre de mi vida! Solo el verte a Albania me ha traído. ¡Qué gallardo! ¡Qué mozo está! Sin duda en tiernos años se debió de casar, porque es tan mozo que mejor le juzgara por mi hermano.) Mañana has de partir, Rodulfo, al Húngaro a decirle que parten mis banderas a tocar las almenas de sus muros si no me da a Lisaura, y si la niega tercera vez, le talaré sus campos, su tierra abrasaré. Con la respuesta te espero tan vecino de sus puertas, que apenas me la des cuando mis tiros han de volar las torres de su alcázar. ¿Quién es este mancebo? Un caballero español dice que es. En el camino le vide acuchillando unos ladrones que robarle quisieron. Socorrile, y hemos venido juntos. Es discreto, cortesano, galán, prudente, y puedes de su espada fiar cualquier empresa. (Hermoso talle y rostro.) Yo te juro que debemos los dos de haber nacido debajo de una estrella, y que quisiera, si no es forzoso su viaje, hacerle de mi boca y tenerle en mi servicio, que le he cobrado amor. (¡Qué bello mozo!) En efeto, español ; sin duda España es madre de la más airosa gente que tiene el mundo. Llámale. Hidalgo, llegad, que os llama el Rey. ¿Qué es lo que manda vuestra real majestad? Decid: ¿qué causa os trae a una provincia tan remota del límite español? Vengo buscando cierto hermano perdido, a quien le debo no menos que la vida. Tengo nuevas que siguió esta derrota, y ansí vengo de esta suerte, señor. Grande deseo me ha dado de tener a mi servicio vuestra persona. Sus reales manos me dé tu majestad. Alzad del suelo. La merced, gran señor, que has de hacerme, pues te sirves de mí, que esta embajada que a Rodulfo le das que lleve a Hungría, me la entregues a mí, que él es mi amigo y lo tendrá por bien. ¿Sabré en su corte si lo que busco está? Porque es mi hermano persona de valor, y por el nombre será posible hallarle, que es amigo de torneos y justas, y estas nuevas le habrán llevado a ver esa grandeza. Y si le hallo, te juro como noble que bien puedo jurar el juramento, de partirme con él adonde pueda recibir la merced que me promete un rey tan poderoso, y ser podría traerte buenas nuevas, que en mi vida cosa pedí que me negase nadie. Y aún estoy por decir que por tus manos, mira en la posesión que estás conmigo, he de gozar lo que deseo. Dame licencia de partir. Entra, Rodulfo; conmigo ven; prevengan su partida. ¡Ay, padre de mi vida! ¡Ay, Alejandro! En la embajada que a mi cargo queda, como llevo el principio el fin suceda. ¡Válame Dios! ¡Qué grandeza he visto en solo un momento, y qué de yeguas que al viento vencen con la ligereza! ¡Qué de príncipes señalas ¡oh, fama! sobre las sillas haciendo mil maravillas! ¡Qué de caballos con alas! ¡Ah, cielo! Aplaca el rigor de tan grande y vil pobreza cuando arrastra la grandeza piedras de tanto valor, La fama de esta mujer me tiene escandalizado. ¡Ah, Dios! que en aqueste estado sin armas me vengo a ver. ¿No es este mi hermano? Sí. Pues si pretende a Lisaura, ¿qué ha hecho ¡Dios! de Rosaura? Algún misterio hay aquí. ¿Este es Guillermo? Sí, él es. ¡Ay, Dios! Si le hablaré. Mi amigo fue, y preso fue el que me libró después. Este me dará favor. Tu majestad puede entrar. Ya se van. Quiérole hablar. Señor, señor, ¡ah! señor. ¿Qué me queréis? ¡Hola! ¿Quién dejó entrar este villano adonde está el Rey? ¡Ah, hermano! En el campo estáis más bien. Salid allá. ¿Aquí os enfado? ¿Quién os metió hasta acá dentro? Quien, como busco mi centro, hasta verlo no he parado. Salí allá fuera. ¡Ah, señor! Así a la infanta veáis bien lograda si estimáis el aumento de su honor. Si es posible, me escuchéis aquí aparte dos palabras. ¿Sois pastor? De cuatro cabras. Irlas a guardar podréis. Vamos, anda norabuena, que me enfado ya con vos. Fuéronse. ¡Válame Dios! ¿Ay más dolor? ¿Ay más pena? ¿No era aquel Guillermo? Él era. Pero no, que si le hablara yo a Guillermo, le obligara, y, obligado, respondiera. El deseo me pintó su cuerpo, su aspecto y rostro, que tal vez hizo de un mostro cuanto el alma le pidió. ¿De qué sirve haber venido tantas leguas y pasado tanto mal si ya llegado ha de enterrarme el olvido? (No sé qué fuerza tuvieron en mí, de aquel labrador, las palabras, que en rigor dejar al Rey me hicieron antes de tiempo. No sé qué hechizo tiene en sí, que forzado vuelvo aquí a saber lo que dudé.) (Ya ha vuelto. Sin duda alguna es Guillermo.) ¡Hola, pastor! ¿Quién sois? Un hombre, señor, que derribó la fortuna. La patria quiero saber. Donde nacistes nací. ¿De adonde soy yo? De mí. ¿Y vos? De vos vengo a ser. No os entiendo. Yo tampoco me entiendo. No os espantéis, que estoy tal... ¡Ojos!, ¿qué veis? Id por el mar poco a poco. ¿Eres Alejandro? Yo era quien la escala escaló un tiempo, de la fortuna; el que el tiempo arrojó de la escalera. Yo soy lo que tú quisieres. Dame, señor, esos pies. ¡Que te he vuelto a ver! No des voces. ¡Señor! No te alteres; mira y habla con cuidado. ¿De qué manera has venido? Por milagro. ¿Qué vestido es ese? El que me ha librado. ¿Cómo estás aquí? ¿Qué estrella te trujo aqueste lugar? Mi fortuna, que acertar me hizo la fuerza de ella el día que te libraste, cuando yo y Rosaura fuimos a la cárcel y te dimos lo que tan mal nos pagaste. ¿Qué dices, Guillermo? Espera. ¿Rosaura fue aquella que entró contigo? Ella fue. ¿Rosaura? Rosaura era. ¿Qué te admiras? Yo le di, pensando que era mi hermano, dos heridas. Cierto. Es llano, como te lo pinto aquí. Y aun con eso no salió. Sin duda le di la muerte. Errando acerté. La suerte fue buena, pues me ofendió. ¿Cuándo te ofendió? Sentada, contra razón, contra ley, estuvo al lado del Rey. ¿Qué importa, si fue forzada? ¿Qué dices? ¿Qué digo? Digo que el salir de la prisión tú aquel día fue ocasión el ir Rosaura conmigo. El cómo te contaré después. Rosaura te adora; está viva, y hoy la llora tu hermano porque se fue. ¿Adónde? Apenas se vio sana, cuando fue a buscarte. ¿Súpose, a dicha, a qué parte? Quien lo dijo lo ignoró. Esto, de un embajador de Eduardo, supe yo un día que en cierto monte de Hungría le di vida a su señor, dándole a un oso la muerte en cuyos brazos rendido le vi, vencile y, vencido, sucedió mi buena suerte; hízome almirante, y, ciego de mis servicios, me encarga de todo el reino la carga, pues lo vine a mandar luego. Fuera del Rey, yo soy rey; no hay más leyes que guardar de las que yo quiero dar, ni más ley de aquesta ley. Y pluguiera a Dios hoy fuera mío el mundo, que a este punto te lo diera todo junto si rey del mundo me viera. Eres mi amigo. Vasallo pudieras decir mejor, tan humilde, que al menor me igualo. ¿Quieres probarlo? Lo que por mí has de hacer, pues te hallo en tal lugar, es, porque quiero justar, que me ayudes a vencer de la manera que ves. Esto y un arnés me falta, y un caballo. No hará falta. Caballos tendrás y arnés, y tantos, que el Rey se asombre de los que puedes mudar. ¡Que aquí te vine a hallar! ¿Eres ángel? Soy un hombre que rey te quisiera ver. Entra, que vendrás cansado. (Un imposible acabado, otro comienzo a emprender.) En extremo me he holgado, César, que hayáis allegado a tiempo que podáis ver en esta plaza correr a todo un mundo abreviado. Que, en efeto, aquesas nuevas a Filipo le traéis seguras con tantas pruebas. Ya murió, como oído habéis, aquel Macedón de Tebas. Quiérole las nuevas dar a Filipo. Es el segundo, César, que sale a justar, y se está hundiendo el mundo en esa plaza. ¡Apartar! ¡Que un hombre pudo vencerme! Celoso parto y corrido de que un hombre haya podido merecer tal hermosura... Dime, ¿qué desdicha ha sido? Muy inclinada la vi al caballero; una vez se llevó el cuerpo tras sí de Lisaura... Indicio que vencerá sin cautela a los demás. Ven, Mauricio; que para mí fue esta tela hoy la tela del juicio. No he de esperar más un día; hoy he de salir de Hungría, no he de vencer a quien me ha quitado tanto bien. Mas ¿qué es aqueste rumor? Ven y sabremos quién es. Pero ¿qué es esto señor? ¿Cómo vienes? Di a los pies, Capitán, de mi rigor. Huélgome de hallarte aquí. Dame, César, un abrazo. ¿Has caído? Amigo, sí. ¿Cómo? Derribome el brazo mejor que en mi vida vi. Un bote de lanza ha sido quien me dejó sin sentido. Perdí el caballo y la silla por un brazo a quien se humilla la grandeza que ha venido. Vencionos a todos. Ya, César, Lisaura tendrá el marido que merece. Déjame en pie, ¿Qué se ofrece? ¡Válame Dios! Llega acá. ¡Jesús qué golpe tan fuerte! Imagino que la muerte, César, no le da mayor. Volvedme a dejar. Señor, no estás bien de aquesta suerte. Ven y acostaraste. Juro, por quien soy, de no comer más en Hungría. Su muro dejaré si sé perder esta vida que aventuro. Si tantos vencidos van de su mano y su poder, puesto que el triunfo le dan, ¿qué te afliges? No saber por quién vencidos están. El descubrirse ha excusado con haber tan bravo andado desde que en la plaza entró. ¿Y al Rey? Al Rey se negó, de que está el pueblo admirado. Pero sea lo que fuere. ¿Qué hay de nuevo? En el camino lo sabrás. El alma quiere saberlo luego. (Imagino que ya por saberlo muere.) ¿Prendiste a Alejandro? No. Luego ¿libre está? Murió una desdichada muerte. ¿Rosaura? La misma suerte y desventura corrió. Las muertes sabrás después, en el camino. Ea, pues, ensilla. Bienes y males corren parejas iguales, puesto que venganza es. Lo que diciéndome estás es la gloria que me das tan grande, que ya no siento la pena del vencimiento. Ven. Vamos y lo sabrás. Eres de valor profundo, por la fe de caballero, tan Alejandro en el mundo, que a vivir hoy el primero, fuera el primero el segundo. Quisiera que hubieras visto lo que he visto y lo que has hecho. Todo es poco si hoy asisto, ayudado de tu pecho, a la hazaña que conquisto, ¡Ay, Guillermo, qué te debo! Vida me has dado y honor. Vuélveme a obligar de nuevo. Soy un esclavo, el menor, que a mi dueño en hombros llevo. Asombrada está la corte de lo que has hecho. Otro corte, Guillermo, habemos de dar. ¿Qué quieres? Disimular quién soy. Bien es cuando importe; pero agora ¿cómo puedes si a mil príncipes ecedes en valor? ¿Te has de encubrir? ¿No ves que lo han de decir por las rejas mis paredes? ¿No ves que el Rey ha mandado que te busquen? Y han de hallarte, que a su cargo lo han tomado hombres que sabrán sacarte del lugar más bien guardado. ¿De qué sirve haber vencido tanto príncipe valiente, haber mil lanzas rompido, si al darte el premio la gente te hallas arrepentido? Si disculpada Rosaura conmigo doy a Lisaura la mano que le he de dar, ¿no es mal hecho? ¿Has de aguardar mil años, si se restaura tu vida y honor, a que ella parezca, en cuanto podrías perder a Lisaura bella por esperar las porfías de la fuerza de una estrella? ¡Ay, Dios! Que bien podéis vos este imposible vencer. Ya no os veréis más los dos. Bien lo puede Dios hacer; que, en efeto. Dios es Dios. Vamos, te desnudarás las armas, que te has cansado. ¡Ay, Rosaura! ¿Dónde estás? El Rey baja. Con cuidado vamos. Por aquí saldrás. Esta merced reciba de tu mano esta vez para que viva. Este hombre me has de dar, si mar y tierra en su vientre le encierra. Ha de ser mi marido si, como es vencedor, fuera el vencido. Repórtate. No mandes, señor, que me reporte. Ya los Grandes le van buscando. ¿Con Guillermo agora le vistes? Sí, señora. Pues búsquenme a Guillermo. ¿Estamos en la corte, o en un yermo? Un hombre que a mis ojos ha tenido a sus pies tantos despojos de trofeos y premios conocidos, de príncipes vencidos ¿no se halla en la corte, y luego me pedís que me reporte? Lisaura. ¡Ay, padre mío! holló a la honestidad el desvarío. Vos sois la causa del amor que tengo. A darte esposo vengo, que la ocasión ofrece; mas hemos de saber si lo merece su sangre, su nación, su estado y casa. Señor, por lo que pasa de la hazaña presente, nos dice su nación, su patria y gente. Su valor considera, que de tan grande hazaña autor no fuera menos que un hombre de prosapia ilustre. Su calidad, su lustre sabremos esta tarde, y quiera Dios lo sea. ¡Dios te guarde! No quede en toda Hungría casa que no se busque, hasta la mía. Sepamos quién ha sido aqueste Marte que, vencedor, se parte del premio que ha ganado, habiendo tantos hombres derribado. Este es el caballero que mandaste buscar. Tus pies espero. Los brazos es mejor. (¡Qué gallardía!) Venciome la porfía. Sentaos. (i Qué gran belleza!) Deme los pies, señora, vuestra alteza. Los brazos y la palma será mejor que os dé. Vuestra es el alma. ¿Qué mucho que haya puesto por el suelo tantos reyes, si el cielo permite que yo entre ellos le dé el laurel que aguardan sus cabellos? De valor tan profundo tiene noticia, caballero el mundo, y quedo tan suspenso y admirado de aquese brazo airado, que imagino que Marte tiene del vencimiento alguna parte. Pero ya que vencido habéis a tantos, lo que agora os pido, para daros el premio, no os asombre, me digáis vuestro nombre, valor, sangre y estado. Grande es el premio, y mucho lo ganado; pero si el mundo fuera, y con él a Lisaura se me diera habiendo de decir mi nombre, digo que luego desobligo mi persona y la vuestra. (¡Feroz semblante! De quien es da muestra.) Es mi madre la tierra. Grande valor por mi corona encierra. Mi padre un río, como Remo dijo. De aquestos dos soy hijo. Si por yerno me cobras, conocerás mis padres por mis obras. Con atención le miro, y cuanto más le escucho más me admiro. ¿Quién pierde el premio por negar el nombre? Valor tiene este hombre. Espero en la fortuna que ha de ser de mi reino la coluna. Ya que a cobrarle vengo, mayor necesidad de amparo tengo en la ocasión que estoy, que de nobleza. En este mi grandeza he de apoyar sin duda. No es bien que vuestra alteza esté tan muda. Estoylo en la presencia de mi padre, y aguardo la licencia. Primero que la dé para que hables, Lisaura, es bien que entables el ser esposa suya. Mil años vivas, que es hazaña tuya, que los brazos espero que a tantos fueron, de templado acero, rendidos, a los míos. Vuestros son estos brazos. Eternos vivan tan dichosos lazos. A la puerta parado está un embajador de Albania. Ha dado en que te quiere ver. Dile que llegue; nadie el paso le niegue. ¿No es mejor que te aguarde? (Qué cansado esperar.) ¡El cielo os guarde I Notable entrada. Ha sido de embajador de rey que está ofendido. ¿Quién Eduardo es de los presentes? Con él hablas. No sientes, pues dudas de mi grandeza. Quiere mi Rey hablar a vuestra alteza. ¿Adónde está? Conmigo. ¿Cómo, si entraste solo, está contigo? Yo soy el rey ausente Feduardo. (Que me den silla aguardo y nadie llega a darla, y si no me la dan he de tomarla. j Válgame Dios! ¿Qué veo? ¿No es aquel Alejandro? ¿O el deseo con el temor del lado que le ampara me ha mostrado su cara?) ¿De qué se ha suspendido? Hasta que hable escucha divertido. (Alejandro es, sin duda. Lengua turbada que quedando muda le dais poder al agua de mis ojos para que mis enojos mis pesares le digan. Ambos callad, si a entrambos os obligan. Disimular conviene.) ¿No me dan silla? ¡Gran descuido tiene! Téngola de tomar si al Rey le pesa. Esto su Rey confiesa. Pesar de la porfía, traed más sillas, que esta silla es mía. ¡Notable pensamiento! ¿En mi presencia tanto atrevimiento? ¡Matadle! El que llegare, ¡vive el cielo!, que ha de medir el suelo. Esta culpa ha tenido quien me ha querido ver descomedido. En Albania no usamos con los embajadores que escuchamos descortesías. Con mi Rey se asientan, y sentados, le cuentan lo que dicen sus reyes. Si aquí usáis esta ley, son necias leyes. Yo llego algo cansado del camino, que es largo. Si asentado me quieres escuchar, de mi jornada os diré la embajada; si no, dadme licencia. Vuelve a sentarte. Di. Prestadme audiencia. Ya sabes, Rey poderoso, cómo a Feduardo diste palabra de que a Lisaura le darías. Verdad dices. Ya sabes cómo después en varios reinos pusistes carteles para una justa. Es verdad. Que todos dicen que probando sangre ilustre, valor y nobleza insigne, darías al que venciese a Lisaura, Aqueso dije. Ya sabes que entre mil brazos allegaron dos felices que le quitaran el premio a los del greciano Aquiles; que la venció y se le has dado. Es verdad. ¿Qué dices? Dime: ¿conoces a Feduardo? Como a mí. ¿Sabes que viste más de ordinario el acero que la espada que se ciñe? ¿Sabes que es rayo enojado? ¿Sabes que es cordero humilde? ¿Sabes que Marte en su esfera tiembla como al aire brillen de sus soldados las armas cuando enojado le siguen? Tú me lo dices, Si sabes que es verdad, ¿cómo permites que Feduardo se queje y venga marchando libre, haciendo llanos los montes que al sol el paso le impiden; que haga tantos teatros de tragedias infelices; que lleguen los cuerpos muertos a que con tus pies los pises? Su campo viene marchando, sus infantes y sus ristres la tierra pisan, talando cuanto nace y cuanto vive. Viene tus trigos quemando, agostando tus jardines; tu tierra de sangre y cuerpos,. ha vuelto de selva en sirte; tus villas quema en el fuego de tus vasallos humildes. No hay Anquises para Eneas; no hay Eneas para Anquises. Es el de Jerjes su campo; su rigor, el de un caribe; su valor es de Alejandro y sus astucias de Ulises, Considérale enojado y que, vecino, te pide que la palabra le cumplas que cuatro veces le diste. Si, engañado, se la niegas, lugar hay de arrepentirse, y si no, presta paciencia, que, por el Señor que rige el cielo, que vencedor ha de dormir, si te embiste, mañana en tu propia cama sobre gasas carmesíes, A aquesto vengo: responde como discreto, no incites la cólera a tantas muertes, pues tanta justicia pide. ¿Sabes con quién hablas? Sí: con un león, con un tigre, con dos volcanes furiosos de los que rayos despiden; con el mar soberbio hablo cuando sus olas embisten con el cielo, y en dos tablas camina el que te lo dice; hablo con el monte Atón, pendiente de un hilo humilde, que tiene a Albania debajo y a mi Rey, ¿Por qué lo dices? Matad ese embajador. Repórtense; no me inciten, que mataré al que llegare si alguno se descomide. Vamos, Lisaura, de aquí; marido tienes, replique a la presente embajada de tantas palabras libres. En campo os puedo poner de soldados invencibles más que Jerjes, si el de Jerjes es el suyo, como dice. Por la respuesta he de ver quién sois, el valor que asiste en el pecho que tenéis. Respondedle solo y libre, que libertad de palabras libres palabras concibe. Quede Guillermo con vos. Apenas gozar te quise, bien mío, en aquestos brazos, cuando las armas lo impiden. Mirad, Guillermo, por él cómo responde se mire, que temo de este principio alguna historia infelice. ¡Válgame el cielo! Guillermo, mira aquese embajador. ¿Hasle visto? Sí, señor. Pienso que despierto duermo. ¿Por qué lo dices? ¿No ves a quién retrata? Imagino lo que sospechas. ¡Divino parecer al albanés! ¿Qué me quieres? Responder. A eso aguardo. ¿De dónde eres? Soy de adonde tú quisieres. Quisiérate conocer. Parece que el alma (Mira, Guillermo, si alguien parece.) que mirándote enmudece y hablándote suspira, eres... Sí soy. ¿Qué no fuera la que ha dado por su parte vuelta al mundo por buscarte y te halló de esta manera? Yo soy, Alejandro, quien su bien se partió a buscar, y acabado le de hallar hallo perdido mi bien. Yo soy Rosaura. Esos brazos me enlaza al cuello, y pluguiera a Dios que la muerte fuera quien los hiciera pedazos. ¡Señora mía! ¡Ay, Guillermo! ¡Dios sabe lo que he pasado en poblado, en despoblado, en el camino, en el yermo, desde el día que perdí esa buena compañía! Fue toda desdicha mía. No estamos muy bien aquí, que hay mil disculpas que dar, mil cosas a que acudir, mucho que saber fingir y mucho que negociar. Sé, mi bien, que fui engañado, que fuiste forzada sé, sé tu amor, supe tu fe y sé que estás a mi lado. Esto quiere más lugar que el que tenemos primero, pues Dios trae tan buen tercero es menester remediar el peligro que se ofrece. ¿Eres, cierto, embajador del de Albania? Sí, señor. El cómo no me parece que hay lugar de que lo cuente; que está tan cerca de ti, que desde su campo aquí se puede escuchar la gente. ¿Viene enojado? Perdido de enamorado dirás, y tanto, que si le das a Lisaura le has vencido. ¿Qué infantes trae? Treinta mil. ¿Fíase de ti? Infinito. ¿Por qué lo dices? Os cito para una industria sutil. Si le llevas buenas nuevas ¿le podrás ¡qué intento Iocq!, Rosaura, sacarle un poco de su gente? Bien lo pruebas. Dame las de que Lisaura es ya suya, y le verás venir hasta adonde estás tras los pasos de Rosaura. Prevén, Guillermo, cien hombres de valor. Di: ¿para qué los quieres? Yo lo diré. ¿Cuándo? Cuando me los nombres, tiniéndolos a tu lado. Di lo que trazas. Después. Advierte que al Albanés le debo... Cuanto te ha dado, bien mío, le pagarás, si es que pretende a Lisaura. Dime cómo. ¡Ay, mi Rosaura! Ven conmigo y lo sabrás. La gente, del trabajo del camino algo cansada, retirada queda, esperando, señor, lo que les mandes. Dime tu pretensión, ya que los muros del contrario tenemos a la vista. Aquí quiero del Húngaro, Rodulto, esperar la respuesta, y si responde que a Lisaura me niega, treinta piezas han de batir la torre de su alcázar, por el cielo sagrado que nos mira. ¿Tanto la quieres? ¡Por el cielo juro que la adoro, Rodulfo, de manera, después que me quebraron la palabra, que diera el reino por gozarla esclavo! La respuesta se tarda. Aquesta tarde la tendremos, sin duda. ¡Dame albricias!- Yo te las mando. ¿De Rodulfo puedes desviarte? Tendremos un buen rato, que hay que considerar en la respuesta. Rodulfo, con la gente te recoge, que yo te avisaré. Yo parto. Vamos por este arroyo abajo hasta esas sombras de aquesos olmos, y direte el alma de Lisaura y el fin de tal principio. ¡Vivas mil años! Ven. (Aquí sospecho que estaremos mejor.) (Más escondidos, por lo menos, estamos; que ese monte con esas peñas que sustenta en hombros el secreto le guardan a este arroyo, que murmurando baja a aquesos árboles. ¿No me dirás, señor, esto que intentas? ¿Cómo pueden cien hombres solamente quitar la gloria de tan grande número? ¿A qué has venido? ¿Qué Rosaura intenta? Di: ¿qué hacemos aquí?) (Guillermo amigo. la guerra todo es trazas; mil soldados han rendido mil fuerzas con la industria, y si algunas ha habido, aquesta sola ha sido la mayor. Viviera Ulises, que él lo dijera.) Dice que te adora; que será tu mujer, si pesa al padre. ¡Dame esos brazos! Dese vuestra alteza a prisión. ¿Qué es aquesto? Dé las armas presto. ¡Válgame Dios! ¡Vendido he sido! ¿Son aquestas, traidor, di, las albricias que me pedías de tan buena cara? ¡Quién tan grande traición pensar pudiera! ¡Oh, bárbaros amantes! ¡Cuántos yerros hacéis amando! Veis aquí mi espada, (¡Qué bien que me sacó de mis soldados! ¡Qué suspendido tras mi engaño vine! No me harto de verle, con haberme vendido; me parece el hombre un ángel.) (¡Ay, padre de mi vida, y quién pudiera quitarte del temor alguna parte y tras de eso decir quién soy. Mas quiero ver qué intenta Alejandro con tal máquina, que aun a mí no ha querido darme parte de este secreto.) Vuestra alteza mire que en aquesta prisión su gloria estriba. Yo soy el digno esposo de Lisaura, de quien cuenta la fama tantas cosas; supuesto que hasta agora no le he dado la mano para efeto de gozarla. ¡Válgame el cielo! ¿Qué miras? Digo que eres digno, señor, de las hazañas que la fama me cuenta de tus obras. Tu humilde preso soy. Lo que yo siento es el tiempo que vengo a tal desdicha cuando esperanza tuve de remedio. No me conoces. Por el cielo juro que has de ser de Lisaura digno esposo; pero me importa que te envíe preso a su poder, señor, por cierto intento que sabrás otro día. ¿Es sueño o fábula? Si es verdad lo que dices, no la llames prisión; de libertad ponme en el rostro un letrero que diga el nombre tuyo; haz de mi campo lo que tú quisieres, que a Lisaura he de ver, aunque sea preso. Libre la vas a ver. Dadle la espada. ¡Hola, Guillermo! A Feduardo lleva con esta carta al Húngaro, que en ella digo lo que ha de hacer cuando el Rey llegue, que escrita vino para el mismo efeto. Muy contento me parto. Resta agora que me entregues un sello de tus armas para que tus soldados me obedezcan. ¿Tienes necesidad de que te sirvan? Sin que te ofendan. De ese modo, dame licencia que lo mande, y después juro, así a Lisaura vea entre estos brazos, de partirme a besar los pies del Húngaro. Que en más estimo la prisión agora, indicio de la gloria que me ofreces, que estar en duda dándole un asalto. No; me está bien aqueste. Firma y vete. ¿No sabremos lo que es? Escucha : "Digo que por causas bastantes que me mueven, al que os diere ese sello de mis armas y esta patente mía, se obedezca hasta que me volváis a ver el rostro. Ese es mi general, ese me ha puesto en los brazos divinos de Lisaura." No digo yo firmarlo; mas, si quieres por soldado llevarme, con el alma te iré sirviendo, y en cualquier peligro seré el primero que al contrario embista. ¿Hate ofendido alguno, por ventura? Tú lo sabrás después. Muestra una pluma. ¡Qué prevenido vienes! Diome el alma que había de negociar de aquesta suerte. (¿Qué máquina es aquesta que levantas?) (Tú, mi bien, lo sabrás.) ¿Firmaste? Toma. ¡Hola, Guillermo! Parte con su alteza; sírvanle mis soldados, y en llegando se le entregue a Lisaura. ¡Dios te guarde! Solos hemos quedado. Dime agora qué es lo que intentas. ¡Ay, Rosaura mía! Como te adoro, siempre estoy pensando de qué manera levantarte puedo. Mi reino me quitaron. En sus montes fuile seis años pastor de algunas cabras cuando tú de la torre me libraste. Después, como te dije, entré en Hungría con el vestido que guardé ganado. Hallé a Guillermo en ella, que Eduardo hizo almirante, porque en una selva le dio la vida un día dando muerte a no sé qué animal que se la daba. Llegué pobre; hablele; diome armas para la justa, que era el mismo día que yo llegué; vencila, y a Lisaura me entrega al mismo punto que tú entraste, dándome el reino con su hermosa mano. Pero ¿de qué me sirve la corona si no es, Rosaura, para aquesas sienes? Feduardo la goce. Con su gente has de tener la de Filipo. Aguarda; de Feduardo los soldados vienen. ¿Dónde está el Rey? Agora fue a la corte. Pues ¿cómo tan secreto hase partido mandándolo Eduardo? Esta patente con este sello me mandó que os diese. El sello es suyo. (¡Qué hazaña emprendo! Ha de saber Escocia que Alejandro pudo volver a su primer principio.) La patente obedezco; dame el orden. ¿Dónde quieres que marche el campo? A Escocia. (Parece que otra vez he visto a este hombre.) ¡Ea, soldados! A marchar. (Rosaura, hoy el campo albanés mi honor restaura.) Tan cerca el campo y no haber venido, me da a entender que algún peligro ha tenido. ¡Grande atrevimiento ha sido! ¿Qué? ¿No pudiste saber con el intento que fue? No lo dijo. ¡Extraña cosa! Los que con él fueron sé que era gente belicosa. Temor tengo. ¿Tú? ¿De qué? De que en aquella ocasión para sujetarle hiciese que la coyunda rompiese tan notable sinrazón, Confieso que tuve amor a Feduardo, que es noble, valiente, muy gran señor, mas son mayores al doble las partes del vencedor. Presto le verás. Partir y sin quererme decir su nombre, a mi hame dado no sé qué, que he sospechado que no tiene de venir. Aquí, señora, te envía a la misma cortesía presa tu esposo. ¿Quién es? Dadme primero los pies que sepáis la afrenta mía. Es, señora, Feduardo. Alza. Que me des aguardo los pies. ¿Así he de hablarte? Bien estoy. Tienes de alzarte. Mucho temo y me acobardo. (¡Ay de mí, que aquesta ha sido la que la fama ha esparcido por tantas partes, y en quien dio el cielo a guardar el bien de la gloria que he perdido!) ¡Ay de mí! Si verdad fuese la palabra del dichoso que me da tanto interese, hágame el cielo tu esposo puesto que después me pese. ¿Cómo, Feduardo, has hecho jornada tan mal pensada? Hícela por el derecho que tuve. ¡Buena embajada; digna de tu heroico pecho! ¿Pensaste que acá no habría espadas, ni quién podía tu soberbia derribar? Amaba. Es saber amar saber tener cortesía. Señor, no porque esté preso se ha de tratar con eceso hombre de tanto valor, que es rey y me tuvo amor y que le quise confieso. Y a no haber hoy sucedido lo que en la justa ha pasado por el vencedor que ha habido, a no serlo el que me has dado, le escogiera por marido. Regálese al Rey del modo que si mi marido fuera, que puesto que es guerra todo, entre las armas quisiera la paz de tan fuerte godo. Beso tus pies. ¿Cómo tarda mi esposo, Guillermo? Luego lo sabrás; el cómo guarda aqueste cerrado pliego. Muestra. ¿A ver? (¡Suerte gallarda! ¡Por cuán extraño camino de la fortuna la rueda tuve! En tan gran desatino plega a Dios que me suceda del modo que lo imagino.) ¡Válame Dios! ¿Qué te altera? Esa carta te dirá el mal que Lisaura espera. Toma. ¡Cielos! ¿Qué será? Dice de aquesta manera: "Vuestra Majestad, vista la presente, con mi esposa y la persona de Feduardo se parta luego al punto a la corte de Escocia, donde podrá saber lo que tanto ha deseado. Yo voy marchando a ella con el campo del Albanés a concluir lo que dejo para mejor ocasión." ¡En gran confusión estamos! ¿Qué te parece? Señor, paréceme que partamos, que temo y le tengo amor, y hay peligro si tardamos. ¡Ay, Guillermo! ¿Quién será este monstro peregrino? El tiempo te lo dirá. Partamos. Haga el camino vuestra alteza, y lo sabrá. Vamos, señor. Rey, conmigo tienes de ir. Tus pasos sigo tras la luz de ese lucero. La tuya seguir espero. Soy tu esclavo. Eres mi amigo. ¡Hola! Sosegad las cajas, pues habemos allegado de tan áspero camino al lugar que deseamos. Plantad esa artillería, prevénganse los soldados, que la gloria me han de dar después de tantos trabajos. Estas las murallas son de aquel primero Alejandro que desheredó al segundo. . Las puertas nos han cerrado. ¿Qué importa, si entrambas fueran dos montañas de alabastro? Han de volar sus astillas al aire hechas pedazos. Sobre los muros se han puesto algunos. Si no me engaño, hacen seña con un lienzo. ¡Ah del muro! ¡Ah de allá abajo! ¿Qué me quieres? ¿Quién de todos es el general del campo? Yo soy; ¿qué me quieres? Dime: ¿Qué le obliga a Feduardo, tras ser tributario mío, asaltar mis muros altos? Sacudir el yugo infame, quitarte el reino usurpado, que es de Alejandro. ¿Qué importa si ha que murió tantos años? Ya está, quien le vengue, aquí. ¿Eres tú? ¿Quién eres? Rayo que ha despedido la ira para vengarse de entrambos; un río fuera de madre, el rigor de Marte airado, una bala de cien libras en la boca de un petardo; soy caudillo de esta gente, general de Feduardo, que vengo con poder suyo a cobrar estos estados. Bajad a darme las llaves, o ¡por el cielo sagrado! que he de poner vuestros muros más llanos que aquestos llanos. No precipitéis la ira. Responded).—¡Hola, soldados! jugad esta artillería. General, aguarda. Vamos, diré lo que se ha de hacer. Sin responder se quitaron. Las llaves te van a dar. ¡Oh, reino, qué me has costado! Cuatro veces te he perdido y otras tantas te he ganado. ¿Posible es, Rosaura mía, que te he de ver en mis brazos reina de Escocia? ¡Ay, mi bien! Harta inquietud te ha costado. Señor, ya llegan los reyes. Si los reyes han llegado, Guillermo, vos el primero me habéis de dar un abrazo. Dadme, señor, vuestros pies. y vos Lisaura las manos. Los brazos será mejor. Es posible que he llegado después de tantas fortunas a verte dame tus brazos. Hasta que acabe esta guerra Lisaura mía he jurado de no dártelos perdona brazos te daré y abrazos oh Feduardo. oh señor No temáis esto es guardaros el respeto que se os debe. Apartad. presos llegamos señor invicto a tus pies y tu clemencia aguardamos. Alzaos entrambos del suelo. Estas son las llaves vamos entra en la ciudad que goces Señor infinitos años. Válgame el poder de Dios a los pies señor estamos de Alejandro el mismo soy qué miro cielo sagrado que eres Alejandro Sí que los cielos me han guardado para darme lo que es mío del rigor de vuestras manos eres Turbino Esos pies he de besar Padre amado no os bajéis tanto que quiero más que pensáis levantaros. Ay señor perdí a mi hija. Cielos qué es lo que mirando están mis ojos aqueste no es Turbino no es el ayo que a mi hija le entregué Padre no lloréis qué aguardo di conócesme Turbino Como a mí luego te hablaron cuando te vieron mis ojos Y mi hija ay cielo santo no te puedo responder pregúntaselo a Alejandro Válame Dios qué es aquesto es sueño que estoy mirando hija del de Albania eres Sí mi padre es Feduardo y Rosaura esta que veis Hay tal ventura Esas manos me has de dar bien de mi vida con el alma os doy los brazos dio mi esperanza en el suelo Agora resta Eduardo viendo el suceso presente que me perdonéis y daros por yerno a quien le debéis la palabra que habéis dado si se la negáis os cercan mas de treinta mil soldados que la cobrarán Yo quedo contento Dadme la mano que porfiar contra el cielo no es posible Padre hermano puesto que es grande la ofensa quiero por mí perdonaros que no fuera yo quien soy si no perdonara agravios ya soy rey Rosaura reina vos Guillermo aunque no os hago aquí ningunas mercedes con otras quiero premiaros que hemos de reinar los dos como aquellos dos hermanos hijos de la loba en Roma que después la gobernaron Soy tu hechura Ven Turbino bien es discreto senado que de fin, si dais licencia, aquí el segundo Alejandro. venid mañana a las dos acabarse a más temprano.