Texto digital de Aire, tierra y mar son fuego
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- José Ortí y Moles
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- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto (preparado por Germán Vega) procede de BVMC.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Aire, tierra y mar son fuego. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/aire-tierra-y-mar-son-fuego.

AIRE, TIERRA Y MAR SON FUEGO
Del incendio tirano al vil tormento no su altivez ha de rendir el viento. Al aire al aire, que del aire en el imperio no ha de introducir Amor las traiciones de su incendio. A la voraz, tirana, ardiente, fragua no ha de humillar sus piélagos el agua. Al agua, al agua, que del agua en el imperio no ha de introducir Amor las traiciones de su incendio. ¡Ay de quien afianza ser en sus penas del amor venganza! Al gemido y al llanto más me aumento, porque de amor son triunfos agua y viento. ¡Qué desdicha! ¡Qué ansia! ¡Qué tristeza! ¡Qué sin ventura es siempre la belleza! Al fuego, al fuego se arrojen, que del fuego en el imperio son de Amor en sacrificio la deidad y el ara incendios. ¡Ah de las aguas! ¡Ah de los vientos! Escuchad, atended, que publico las guerras contra el incendio. ¿Quién, quién llama? ¿Quién de los mares suspende el imperio? Proteo, deidad de los mares. ¿Quién, quién llama? ¿Quién de los aires suspende el imperio? Bóreas, deidad de los aires. A vuestra voz obediente paran el curso ligero... en las ondas los peces su curso, en los aires las aves sus vuelos. Escuchad, atended, que publico las guerras contra el incendio, aunque de amor el desvelo introducir pretende... en las aguas,... en los aires,... en los mares,... en los vientos,... la tirana región de sus incendios. Tirana deidad de Amor, horror villano y grosero, ¿por qué al llanto de lo hermoso le niegas los vencimientos? ¡Válgame el cielo, qué hermoso, divino prodigio bello! Cupido, deidad cruel, ¿cómo en rigor tan severo, negándote a los suspiros, eres más sordo que ciego? ¡Qué soberana hermosura! Si esta es Oritia, yo muero. Pomona, graciosa ninfa de estos árboles y de estos floridos prados, ¿qué causa te mueve a tanto desvelo? Oritia hermosa, ¿por qué del dios Cupido el decreto, cuando oráculo responde, tú le escuchas como agüero? ¡Ay de quien afianza ser en sus penas del amor venganza! No admires de mis pesares... No extrañes de mis desvelos... el infeliz pesar el sobresalto aliento cuando está diciendo amor: cuando amor está diciendo: Al gemido y al llanto más aumento porque de amor son triunfos agua y viento. Tú Pomona, que eres ninfa de esos jardines amenos... Pero tú, Oritia, que hija eres del rey Ericteo... ¿esa ley te sobresalta? ¿te suspende ese decreto? ¡Ay Nise!, que a quien condena el sacrificio cruento... ¡Ay Celia!, que contra quien es el holocausto fiero... soy yo, pues dicen las voces: soy yo, pues dicen los ecos: Las bellezas de Oritia y Pomona se entreguen al fuego, que de amor las venganzas fabrican lo hermoso y lo bello. ¡Ay de quien afianza ser en sus penas del amor venganza! En vano, Cupido, intentas de Pomona el fin sangriento. La muerte infeliz de Oritia no conseguirás, dios ciego. ¿Qué es lo que le escuchó al agua? ¿Qué es lo que le escuchó el viento? Pues yo defiendo su vida. Pues yo su vida defiendo. ¡Qué monstruo en las aguas miro... ¡Qué asombro en los aires veo... que defendiendo mi vida publica al amor opuesto!: Escuchad, atended que publica las guerras contra el incendio aunque de Amor el desvelo introducir pretende en las aguas, en los aires, en los mares, en los vientos, la tirana región de los incendios. Al aire, al aire, que del aire en el imperio no ha de introducir Amor las traiciones de su incendio. Al agua, al agua, que del agua en el imperio no ha de introducir amor las traiciones de su incendio Al fuego, al fuego se arrojen, que del fuego en el imperio son de Amor en sacrificios la deidad y el ara incendios. Las bellezas de Oritia y Pomona se entreguen al fuego, que de Amor las venganzas fabrican lo hermoso y lo bello. ¡Qué poco dura un alivio! ¡Qué presto acaba un consuelo! Las que este bosque habitaren han de morir Malo. Bueno. que así lo manda Cupido. Señora, vamos huyendo; no nos encuentren. Señora, huyamos. Divinos cielos, ¿cómo ha de huir el peligro quien lleva consigo el riesgo? La orilla del mar pasan. Cubran sus rostros los velos, porque sin saber quién son se han de arrojar al incendio Ninfas, huyamos. Amigas, huyamos. Vámonos presto, porque en las fortunas corre mayor peligro lo menos. Pomona... Oritia... qué extraño sobresalto... qué desvelo... alienta inútil mis pasos. suspende mis movimientos. Yo, Pomona, a tus jardines venía, que en mis desvelos buscaba tu alivio, cuando también tus penas encuentro. Yo de mi jardín salía pidiendo clemencia al cielo, cuando a peligro mayor me arrojó el destino fiero. Huyamos, Pomona. Huyamos. Ya no podréis esconderos. ¿Cuándo a injustas obediencias, no vuela el paso ligero? ¡Llevadlas cubierto el rostro! Ya, señor, le obedecemos, y apretado el nudo impida las voces de su lamento. Solo me pesa haber sido en lo obediente tan ciego, que no haya visto ni oído esta infelice que prendo. Aunque Amor mandó prenderlas sin mirar quién eran, cierto me pesa no haberla visto; curiosos ojos ¿qué haremos? Pero yo el nudo desato. Pero yo desato el velo. Mas el rey viene; acabose. Ya esto no tiene remedio. Impedid la voz al labio, que ni hallar pueda el aliento el alivio de la queja ni del suspiro el consuelo. Violentamente estrechad los lazos a entrambos velos, que, pues Amor ha mandado que se ejecuten sus fueros sin saber quién son, las voces no han de informar de sus dueños, porque en la pasión de algunos, ya obligación, ya respeto, no peligre lo obediente a persuasión de lo tierno. Y vosotras, infelices, a quien ha mandado el cielo que para enojos divinos seáis desagravios bellos, no extrañéis este rigor, que en los divinos decretos la inobediencia os buscara mayores los encantamientos; y aunque mi hija Oritia fuera a quien los hados trujeron a tan lamentable estado ¡Válgame Amor!, que no acierto a decir que aun en Oritia le obedeciera el precepto. ¡Qué sobresalto! ¡Qué susto! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Monstruo es todo el mar. El aire todo es asombros. ¿Qué es esto? Que apenas se vieron de esas dos infelices cubiertos los rostros, cuando hizo el mar tan extraño sentimiento que eclipsaron sus espumas, marinos monstruos, siguiendo otro mayor que la orilla solicita tan ligero que envidiar pueden las plumas de sus escamas el vuelo. Que esas bellezas prendiste apenas cuando los vientos de tal horror se poblaron, tales asombros vistieron que el sol, anegado en sombras, llora sus fines sangrientos; y desprendida una nube del cristalino hemisferio, con tan raro precipicio baja a estas selvas cayendo, que parece que arrastrados se lleva tras sí los cielos Y entre el tumulto escamado, marítimo vulgo fiero, sonoras voces se escuchan que dicen templado el ceño: Al agua, al agua, que del agua en el imperio no ha de introducir Amor las traiciones de su incendio. Y de aquella misma nube se escuchan sonoros ecos, suavizando en lo que oímos el horror de lo que vemos: Al aire, al aire, que del aire en el imperio no ha de introducir Amor las traiciones de su incendio. ¡Todo es horrores el golfo! ¡Todo es asombros el cielo! Ya el monstruo del mar humano se ha transformado en el puerto. Ya las nubes arrojaron racional rayo en el suelo. Y por dos distantes sendas caminan a un mismo puesto, dirigiendo aquí sus pasos ¿Quién de tan raro suceso me dará noticia? Yo. Pues, quién sois? Estame atento. He aquí un par de relaciones que están clamando silencio. ¿Oyen ustedes? Escusen el enfadoso rodeo, prólogo de relaciones: Pues ya escucho, pues ya empiezo,... Ericteo, invicto rey Invicto rey... Ericteo... Ahogándose dos romances entre la garganta y pecho, perdónenles, si es que han sido largos estos caballeros. Este es Céfiro apacible, fragante deidad del viento, que viene en defensa mía a la ley de Amor opuesto. Ericteo infelice, que de Amor ejecutas el decreto, tan sin luz, que consagras más ciega la obediencia que el precepto, libra esas hermosuras que condenó la ley de lo severo sin tener más delito que el trágico peligro de lo bello. No de lo inobediente villanos te acobarden los recelos, que nunca a lo divino las piedades delito parecieron. De Céfiro a las voces fragancias crece el monte más grosero no, pues, de tantos riscos venza la obstinación tu noble pecho. Yo, deidad de las flores que la tierra produce en su hemisferio, contra el Amor amparo, que no es la tierra triunfo de su incendio. De Cupido se obedezca el inviolable decreto, que si la tierra lo impide, será el mundo pavesa de mi fuego. ¿Qué intentáis, raros portentos, que venís en mis pesares, uno aborto de los mares, otro parto de los vientos, y por tan raros caminos venisteis tan misteriosos, que cuanto os temo horrorosos os reverencio divinos? Yo la vida vengo a dar a estas bellezas. Y Yo, aunque Amor las condenó, también las vengo a librar. Aunque os juzgara a los dos deidades de igual poder, no puedo un dios ofender cuando obedezco otro dios, Con tristes llantos y penas de ver a Amor ofendido, está llorando afligido toda esta patria de Atenas. No ha de aplacar su rigor hasta que estas dos bellezas, de sus altares pavesas, templen las iras de Amor. Y así, en mi obediencia, ved como no os agravio ciego. ¡Ea, arrojadlas al fuego sin saber quién son! ¡Tened!, a vista de su inclemencia, que no será inobediencia lo que es solo dilación. Sí haré, y mientras, retirad de mi presencia el horror de esas tristes que el Amor ha condenado. Aguardad, que, aunque aumente sus enojos, quiero, a vista de lo atroz, que lo que os diga la voz os persuadas los ojos. Infelizmente engañada patria de Atenas, que a infames decretos de Amor ofreces holocaustos las crueldades, no la tirana obediencia tan ciegamente os arrastre, que para acertar el golpe neguéis la vista al examen. ¿Cuál bárbara, cuál injusta, cuál ley tirana, hay que mande, que se castigue la culpa ignorando quién la cause? Ofendido estaba Amor de ver que olvidados yacen sin sacrificios sus aras, sin tributos sus altares, sin reverencia sus leyes y sin culto sus deidades. Es verdad que con razón pudo entonces indignarse, pero ¿cuándo en lo divino fue el castigo tan durable que enojo que ardió al delito, al suspiro no se apague? Al amor agravió Atenas, mas ya en rendidos afanes de las voces del delito formando el dolor renace; ya buscas arrepentidos de su deidad las piedades; dígalo el ver que rogando humildes revoque afable la ley de que dos bellezas sean de su incendio ultraje. Duplicando sacrificios, unos miedo, otros lealtades, ni aromas el prado ilustran, ni reces el bosque pacen que no dejen en sagrados, rendidos votos constantes o ya las llamas se encumbren, o ya el cuchillo se engañe, el templo cubierto en humo el ara teñida en sangre. Pues si del llanto al diluvio y si del suspiro al aire no se templa, no se ablanda su mal vengado coraje, no deidad se reverencie, ni divina se consagre la que va prompta al castigo y viene al indulto tarde. Sacudid de vuestros hombros ese yugo intolerable, que sin arrastrar triunfos solo a la injusticia os abate. De la divina Minerva el sacro auxilio dejaste por deidad que los incendio ilustra de ceguedades. Volved, volved a su amparo, sus simulacros se aclamen, caiga del divino solio deidad que, al verse triunfante, a la voz del rendimiento anima las impiedades, caiga deshecha su estatua que a vuestra voz lamentable será menos duro el mármol si deja de ser su imagen. No, soberano Ericteo, tu invicto pecho acobarde en el precepto de Amor ser por divino inviolable, pues, ¿qué obediencia será obediencia que se pase a ejecutiva, sin ser aprobación del dictamen, que lo divino se encuentra con la razón, que hallarse puede razón qué se oponga a preceptos celestiales? Lo divinamente arcano, incomprehensible, no hace contra la razón, sino que la razón no lo alcance. Si ese decreto de Amor, por divino veneraste, también de nuestra venida los dos rumbos admirables de sacro numen oculto manifiestan los señales, pues en uno y otro asombro, ya en los vientos, ya en los mares, visteis a nuestros imperios rendir prompto vasallaje, sin alas de lino el golfo, sin velas de pluma el aire. También el Céfiro dulce, a cuya deidad afable deben tus prados el ser en blando aliento suave las no articuladas voces, pronunciaciones fragantes, has visto que del Amor a la ley inexorable, a pesar de sus rigores, ha propuesto las piedades; pues si todos tres a un tiempo de clemencia dan señales, uno en golfos, otra en flores y yo en el viento, no agravies por lealtades de una ley de tres leyes las lealtades. ¿Puede el Amor blasonar más que de un incendio frágil que en las caducas pavesas de leves cenizas arde? ¿Es más que una inútil llama a quien sirven inconstantes los alientos que la encienden para soplos que la apaguen? Pues si a sus luces opuesto mar, viento y tierra escuchaste, ¿será más creído uno que tres elementos? Basten menos razones, señor, y sobren tantos señales, que ofende lo generoso persuadirle las piedades. ¿Las bellezas al incendio? ¿A la muerte las beldades Vuelve los ojos y mira en ese horror lamentable cómo lo que a mi voz falta tus ojos lo persuaden. Y, en fin, si mares, si vientos, si tierra no son bastantes, a templos de tus rigores, obedientes impiedades contra el incendio de Amor opuestos mas, tierra y aire serán las soberbias olas mongibelos de cristales, toda la tierra vesubios, todo el viento tempestades, porque a tu rigor opuesto y de Cupido a lo instable las tiranías del fuego venzan tierra, viento y mares. Ya escuché vuestras razones mas será tu intento error, porque Atenas al Amor rinde sus adoraciones, conque en vano dilatas el sacrificio admirable cuando en decreto inviolable al mismo Amor escucháis: De Cupido se obedezca el inviolable decreto, que si la tierra lo impide, será el mundo pavesa de mi fuego. Ya, pues, que en tantos prodigios tan incrédulo a mi acento te has mostrado, yo he de hacer con lo que decirte quiero que tú mismo solicites lo que yo agora te ruego: sabe que esta, a quien Cupido a morir condena fiero, es... Detente, no prosigas, porque no quiero saberlo, pues aunque fuera... (Mas, dilo, que sustos recela el pecho) es la infelice Pomona. ¡Qué es esto que escucho, cielos! Murió mi infelice amor. Ese otro prodigio bello... Calla, suspende la voz, que ya el corazón deshecho en lástima se enternece, y pues la una sé, no quiero saber la otra, que aunque fuera Pues sabe que es... No lo atiendo. Lo he de decir. No lo escucho. Tu hija Oritia. ¿Cómo es eso? ¿Qué dices? Pero no, calla. El sacrificio cruento proseguid, aunque a mi vida le pese. ¡Vayan al fuego! Aguardad, aguardad. ¿Quién dijiste que era? Dios ciego, perderé la vida antes que vaya Oritia al incendio. Tu hija Oritia. ¡Ay de mí! ¿Qué te suspendes? ¿Qué aliento será tan tirano donde aun es crueldad lo suspenso? Deidades, glorias o sustos que por sendas de agua y viento venís, ¡espanto a la vista!, y llegáis, ¡piedad al ruego!, si por tan extraños modos, con prodigios que no entiendo de mi constancia queréis apurar el sufrimiento, no, no habéis de conseguirlo, que aunque fueran verdaderos vuestros presagios y aunque viera por mis ojos mesmos que era Oritia (¡Ay hija mía!) esta infeliz (¡Qué tormento!) a quien Cupido (¡Ay de mí!) hoy condena, (¡Qué desvelo!) yo mismo, si otro no hubiera, la arrojaría al incendio. ¡Oh, quién a un tiempo pudiera librarlas obedeciendo! En fin, ¿eso determinas? ¿Tú eres padre? Esto resuelvo. ¿No basta el ruego? No basta. ¿No hay remedio? No hay remedio, esto ha de ser. No ha de ser. ¿Pues qué intentáis? Lo que intento solo con la ejecución lo verás, Bóreas. Proteo, una de estas dos bellezas a quien condenó amor ciego es imán de mi albedrío. es norte de mis afectos. Cielos, si es Pomona a quien adora Bóreas, yo muero, mas de esta averiguación, corriendo su vida riesgo no es tiempo. ¿Qué os detenéis? Mas, qué mucho que suspensos no acertéis a obedecer cuando yo a mandar no acierto. Yo, Proteo, determino una tempestad fingiendo, librar su hermosura. Y yo ayudaré a tus intentos, porque robando a Pomona podré conseguir a un tiempo librándola del peligro librarme de mí de mis celos. ¡Arda el aire! ¡Arda el cristal! ¡Sea horror! ¡Sea portento! volcanes respire el aire... Etnas aborten los hielos... diciendo a un tiempo juntos entrambos elementos: Rásguese furioso el ábrego. Todo es horrores el cielo, Rómpase el agua diáfana. Todo el mar es un portento ¡Qué sobresalto! ¡Qué furia! Sombra es todo el hemisferio. El aire suena en los árboles... Los mares gimen coléricos... en tempestades del Céfiro... entre huracanes intrépidos... blandiendo las flores trémulas. saltando arena y términos. ¡Todo son horrores trágicos, aires y piélagos! ¿Dónde estás Oritia, hija? Mas, si tu libertad veo en este asombro, ¿quién vio el rigor más lisonjero? Los aires gimen furiosos. Pues huyamos que andan sueltos. No cabe el mar en su esfera. No es mucho, que es un soberbio. Murieron del sol las luces. Téngalas Dios en el cielo. Sígueme, Oritia, que voy entre amor y horrores ciego. Con el mismo horror que causo, a Pomona hablar no puedo. Deidad bella... Ninfa hermosa... ¿dónde estás? Mas, ya te encuentro. No temas, prodigio hermoso... No temas, asombro bello... y ese cendal atrevido... y ese sacrílego velo... que eclipsa tu luz... que ciega tus dos hermosos luceros despojo del aire sea. sea triunfo de los vientos. Rásguese furioso el ábrego. ¡Ay de mí, padre Ericteo! Rómpase el agua diáfana. Suspende el rigor sangriento. Mas, ¿qué sombras me invaden? Mas, ¿qué ceguedad encuentro? Pues cuando la venda aparto... Pues cuando la venda dejo... el aire suena en los árboles, los mares gimen coléricos. Suspende tu sobresalto Deja tu cobarde miedo que a darte libertad vine que a librar tu vida vengo en tempestades del Céfiro. entre huracanes intrépidos. Airados los aires crujen Todo es el mar desconciertos blandiendo las flores trémulas, saltando arenas y términos. Sígueme, hermoso prodigio... Sígueme, hermoso portento... que he de defender tu vida. que he de librarte del riesgo. Ya te sigo entre mis ansias. Ya te sigo en mis desvelos. No temas, tu vida amparo. Lo infeliz todo es recelos. Por tu defensa esas voces... Bien por mí esos tristes ecos... horrorosos repiten y halagüeños: ¡Todo son horrores trágicos aires y piélagos! Oritia, ¿dónde te ocultas? Oye de Celia los ecos. Entre los horrores voy la voz de Celia siguiendo. Pomona, sigue las voces de Nise. Pero ¿qué es esto? también va por aquí Nise; y si juntas las encuentro en los eclipses de sol habrá conjunción de celos: una a una vengan Celias y Nises. Mas, no me atrevo a exponerme a que las dos se me declaren a un tiempo para que otra tempestad sobre mí llueva más recio. Ya el sol su luz restituye. Ya del horroroso estruendo sosiega la tempestad. Buenos días. Pero entre estos árboles oí las voces de Titiro, o los acentos me engañaron. Pues yo, Nise, a nuestros celos volviendo, he de ver si averiguar podemos sus fingimientos. Cuando Pase por aquí, Lesbia y Arminda, cubiertos tendréis los rostros; nosotras estaremos en acecho, que para la industria mía sin duda el acaso ha puesto estos dos cendales que, de la tempestad huyendo, alguno debió arrojar con la prisa, o con el miedo. Bien has dicho. Hoy amanece por la tarde. Pues a ello. Vaya de chasco, que viene. Ya es de día. Mas, ¿qué veo?, ¿embozadas en el templo? ¿a medio ojo en el desierto? ¿entre bastidores mantos? Este poeta, a lo menos, no sabe que en mutaciones no se usan estos enredos. Dudoso a llegar no acierta. Nise y Celia son; yo llego, que de este modo podré hablar con las dos; y luego, a cada una le diré que hablaba con ella. Bellos arrebozados prodigios que sois los ojos cubiertos, buenas noches de los ojos, malos días de los pechos. Las mismas serán, sin duda, pues llevan los mismos velos, y una es ninfa y otra dama, conque no habrá duda en ello. Es así, y aún del horror embargado el movimiento, no se han movido de aquí. Pues, ea, al rey las llevemos. ¿No habláis, prodigios hermosos?, ¿no respondéis a mis ruegos?, ¿mudas estáis?,¿que a lo ingrato no le bastaba lo bello? no imaginéis que callando se han de templar mis incendios, que hallar mujeres que callan no es ventura de estos tiempos; sin duda que estatuas sois que ser mujeres no creo, pues calláis y no miráis. ¡Quita, loco! ¡Aparta, necio! ¿Qué tienen estos? Señora, perdona mi atrevimiento Perdona mi grosería. porque a mi rey obedezco. ¡Ay de mí! No os defendáis, porque es vano vuestro intento. Solo he quedado: esto tiene enamorar dos a un tiempo. Titiro, ¿qué es esto? Nada. ¿Qué es esto, Titiro? Cielos, emboscada había aquí. Vamos en su seguimiento, que, después, de este villano la traición castigaremos. Señor Titiro, par diez, habemos quedado buenos. Qué buena ocasión se ofrece para un soliloquio; pero vamos a ver en qué para, después soliloquiaremos. ¡Ay, que dolor! ¿Si mata el amor fineza, qué será venganza, Amor? Por la arenosa ribera del archipiélago voy buscando a flora en quien venga Cupido su enojo atroz. Por las selvas voy huyendo de Céfiro. Mas ¿quién vio que huya la planta lo que va siguiendo el corazón? Porque a Oritia defendí persuadiendo al rey que no la condenase al incendio del Oráculo, el rigor publica que nueva Flora si a mi amorosa pasión piadosa me corresponde. ¿En quién ¡ay de mí! se halló que impida el amor que quiera lo mismo que quiere Amor? Floridos campos de Atenas, que en fragante inspiración a mis piedades debéis en cada aliento una flor, de la tierra se endurezca la rústica obstinación, y hasta que venza las iras del rapaz flechero dios, árboles, flores y plantas, dejad vuestra ostentación. Cielos, lastimaos de mí... Compadézcaos mi dolor... pues miráis que voy diciendo... pues veis que diciendo voy... ¡Ay que dolor! ¿Si mata el amor fineza, qué será venganza, Amor? Pero... ¿a Céfiro sentí o la idea me engañó? ¡Que haya a huirle más quien lo que desea encontró! Aguarda, detente, espera, que es inhumano dolor dejar al aire sin voz. Céfiro soy, que a tus luces, animado girasol, solo con la vida logro eternizar un dolor. Rígidos no tus desdenes mi vida acabarán, no, que a un infelice atormenta, mas no le acaba el rigor. Duélete de mi lamento y no agravies tu arrebol, que a estas flores hermosea piadosa la permisión. ¡Ay qué rigor, que a la muerte permita los ojos y el cielo a la vista me niegue la voz! Lastimada me deja zagal, tu aflicción, mas mi silencio obliga causa superior. Si divina influencia tu amor obligó, también es mi destino quien causa el rigor. Huyendo de tu vista me aparto veloz, pero basta que sepas que diciendo voy: ¡Ay qué rigor, (que a la muerte permita los ojos Espera, ninfa, que el aire te va siguiendo veloz; no temas de Amor crueldades, pues que repitiendo voy: Aguarda, detente, espera si Amor tus penas causó, yo sabré triunfar de Amor. No temas, hermosa ninfa, que ya no te sigo yo. Suspende el curso, que ya no te sigue mi atención. Clemencia, piadosos cielos... Piedad, soberano dios que ya me falta el aliento. que ya me falta el valor. Ya parece que aquel monstruo que del riesgo me libró no me sigue. Ya la fiera que del tirano rigor mi seguimiento dejó. Pero, Pomona, ¿también te libraste del horror? Sí, Oritia; pero ¿qué haremos? Negar que fuimos las dos las que hallaron, pues a mí el monstruo que me libró me ha advertido que ignorando están quién fuimos. Pues yo también de quien me dio vida llevo la misma instrucción. Pues vamos a tu jardín, donde cobrado el valor que nos hurta el sobresalto y causa la turbación, podremos negar que fuimos las que el Amor condenó. Pues vámonos antes que cause alguna presumpción el no hallarnos, porque así negar podremos mejor que fuimos nosotras. ¡Dioses, compadézcaos mi aflicción! ¡Rapaz desnudo, clemencia! ¡Clemencia, vendado Dios! Pensando librar a Oritia, engañado del horror, libré a Pomona, y agora decir escucho una voz: Aguarda, detente, espera si amor tus penas causó, yo sabré triunfar de Amor. De las sombras engañado libré a Oritia y cuando voy siguiéndola al viento escucho que está diciendo traidor: Aguarda, detente, espera que es inhumano dolor dejar al aire sin voz. Yo, Proteo, he de saber si por ti se repitió. Aguarda, detente, espera, si amor tus penas causó yo sabré triunfar de Amor. También preguntarte quiero si por ti dijo esa voz: Aguarda, detente, espera, que es inhumano dolor dejar al aire sin voz. Ya te dije antes, Proteo, que era imán de mi afición una de aquellas bellezas. Pues ahora te digo yo que también de mis cuidados es causa una de las dos. Pues di quién es. Tú empezaste, y será estilo mejor que sin que yo te interrumpa continúes la razón. Tu propusiste la duda, y me da más ocasión para que lo solicite ver la resistencia. No has de saberlo de mí sin que primero tu voz... Ya que de los decretos de Cupido la tempestad libraros no ha podido, prosiga el sacrificio su tristeza y a las llamas se entregue la belleza. Penas, ¿qué esto que oyen mis desvelos? ¿Qué vos escucho, soberanos cielos? ¿Si Oritia en el peligro se ha quedado? ¿Si Pomona, ¡ay de mí!, no se ha librado? Pues escucho el indicio... Pues dicen prosiguiendo el sacrificio... De las aras de Cupido es la hermosura la infelice ofrenda, porque para el incendio el mayor holocausto es la belleza. Yo impediré la infelice desgracia de Oritia bella. De la afligida Pomona yo estorbaré la tragedia. Que ya a mi intento importó... Que ya a mi intento aprovecha... el traje humano. la forma que humano me representa Proteo, de aquellas voces ya escuchas las inclemencias, y así de nuestra cuestión la plática se suspenda, que no será desairar el aliento en nuestra empresa, pues aunque un peligro deje a mayor riesgo se entrega. La defensa de lo hermoso es la obligación primera. Y más cuando al sacrificio diciendo las voces llegan: De las aras de Cupido es la hermosura la infelice ofrenda, porque para el incendio el mayor holocausto es la belleza. ¡Ay triste de mí!, ¿quién cielos creyera que las desdichas, fortunas y penas tan villanos y humildes pensamientos tengan? Que se mueran las deidades, mueran muy en hora buena, mas, de enfermedad de hermosas, ¿quién vio morir a las feas? ¿Y de cuándo acá, Cupido, en sus tiranas violencias para los pechos de azófar los arpones de oro empleas? ¡Ay triste de mí! ¿quién cielos creyera que las desdichas, fortunas y penas tan villanos y humildes pensamientos tengan? De las aras de Cupido... Suspended ese trágico ruido. es la hermosura la infeliz ofrenda... El sacrificio injusto se suspenda. porque para el incendio... ¿Quién aleve contra preceptos del Amor se atreve, cuando para templar su fortaleza el mayor holocausto es la belleza. Suspended de vuestras voces las engañadas ternezas. Suspended de vuestro acento las traiciones lisonjeras. ¿Cómo sacrílegas, locas, vuestras intenciones necias de un inviolable decreto revocar la acción intentan? Mas, ¿yo no libré a Pomona la ninfa que Amor condena?, ¿Cómo pues al sacrificio veo que una ninfa entregan? ¿Una ninfa y una dama las del sacrificio no eran?; pues si yo a Oritia libré, ¿qué dama debe ser esta? Ya tanto silencio mudo vuestra sinrazón condena, (¡Ay, hija, qué mal las voces de un triste el alivio encuentran!) y así, prosiga diciendo la reverente obediencia: De las aras... Oye, escucha. de Cupido... Aguarda, espera. es la hermosura Callad. la infeliz ofrenda. Es fiera. ¿Qué pretendes? Que la ninfa que enojado Amor condena no es la que sacrificas, porque aquella veloz fiera que fue asombro de los vientos, la ninfa, a quien las estrellas enemigas condenaron, libró del peligro. Penas, sin duda que Bóreas, viendo que Pomona en riesgo queda, pretende librarla. Y tú, ¿qué pretentes? Que no es esta la dama que eligió Amor por su lastimosa ofrenda, porque yo vi que aquel monstruo de los mares en la densa tempestad la libró. ¡Cielos!, ¿qué más claras evidencias de que él ha robado a Oritia o agora librarla intenta? Y aunque sienta el rigor... Y aunque tu indignación sienta... veré quién es esta dama... veré qué ninfa es aquella... que en desdichas tan injustas... que en tan infelices penas no es violencia lo piadoso. lo piadoso no es violencia. Tened. (Pero es mi hija. Triste corazón, alienta). No es Pomona. No es Oritia. Venció en amor la clemencia. ¿Qué decís? Que todo el pueblo con religiosa impaciencia, al tiempo que tú a la llama conduzcas por ofrenda en esas dos infelices dos animadas pavesas, consultaba de Cupido las aras, por si pudiera templar su enojado ceño, el ver lo que a un tiempo ruegan sus votos en el altar y en la pira tu obediencia, cuando advirtió que la imagen, entre piadosa y sangrienta, de que cese el sacrificio dio señales manifiestas. Con esta noticia, pues, su piadosa ligereza venía a darte este aviso cuando, del aire en la esfera siguiendo viene la voz de Amor que diciendo llega: Amor todo es rigores, pero en sus influencias no admite sacrificios que son de los acasos contingencias. De este Oráculo, señores, yo os diré la inteligencia. Calla, loco. ¡Qué es que calle! si yo lo sé y, por más señas, me lo han dicho Celia y Nise, personas tan verdaderas que no deseare yo que mis verdades supieran. (Amor, yo quedo en mis dudas si sería Oritia aquella). Pues, ¿no fueron estas dos a quien el cielo condena? No, señor, que por burlarme en el campo Arminda y Lesbia se pusieron los dos velos que acaso hallaron en tierra, y no sé si se descuidan si a mí me engañan o a ellas. ¿Esto es verdad? Sí, señor. Despacio Amor estuviera para estar entre estas otras, empleando su inclemencia, que en lo humilde no se hablan oráculos ni cometas. Pues yo sabré de mi hija lo que ha sucedido. ¡Penas, no me matéis con las dudas, matadme con evidencias! Luego, entrambas se libraron de la víctima sangrienta. Pues, Bóreas llevó a Pomona. Pues, Proteo a Oritia lleva. Vamos, pues, todos al templo ya que los cielos ordenan darnos, con la dilación, lugar a que el ruego venza y de estos dos extranjeros la piedad mi fe agradezca, pues con sus ruegos han dado lugar a que Amor refiera: Amor todo es rigores, pero en sus influencias no admite sacrificios que son de los acasos contingencias. ¡Qué bien dice que es rigores, Amor, pues celos le aumentan! ¡No fuera rigor Cupido si los celos no tuviera! ¿Pero a mi intento Proteo ha de oponer sus cautelas? ¿Pero Bóreas a mi amor, tirano, oponerse intenta? ¿No soy yo Bóreas? ¿No soy quien del aire en las esferas cuando enojado se mueve, cuando furioso se inquieta, desatado en aquilones sus violencias no reservan ni la obstinación del tronco, ni del monte la dureza? ¿Yo no soy Proteo, a quien esos golfos reverencian, marina deidad, a cuyo poder si se desenfrenan esas cristalina zañas a su espumosa violencia teme ahogos el abismo, recela el cielo tormentas? ¿Cómo, Eolo divino, permites estas ofensas? ¿Cómo, Tetis soberana, estos desaires consientas? ¿Contra mí el mar? ¿Contra mí del viento las iras ciegas? Vea mi venganza el agua. Mi venganza el viento vea. Arda en incendios el aire. Arda la espuma en pavesas. Tema el mundo mis enojos... Mis iras el mundo tema... que llevan los aires celos. que celos las aguas llevan. ¡Venganza, cielos, venganza; o clemencia, Amor, clemencia! Espanto, asombro, portento del mar incierta ficción..: Prodigio, engaño, ilusión, fiero escándalo del viento... de los mares apariencia, que sirves a mis enojos de sombra para los ojos, para el susto de evidencia. del aire idea coronada, cuya realidad fingida es verdad para temida y es mentira para hallada. ¿Dónde, apariencia, te vas? ¿Quién te deshace horrorosa? ¿Aquí estás, Oritia hermosa? Bella Pomona, ¿aquí estás? No extrañes que, divertida, en ti no haya reparado, que es tan fuerte mi cuidado que aun de mí propia me olvida. Con el ansia que resisto mal pude yo reparar no haberme llegado a hablar, si aún yo no te había visto. Tú, Oritia, debes temer el decreto del Amor. No, que ya es mi mal mayor; ¿juzga cuál debe de ser? Ya de aquel libres estamos, porque cuando nos prendieron, como el velo nos pusieron sin vernos, y nos libramos por tan extraños accidente que aún ignora el corazón, pudo nuestra prevención, ya tímida o ya prudente, negar que habíamos sido las dos que habían hallado, o entonces ejecutado viera su rigor Cupido: mira si es bien manifieste mi dolor, si es tan cruel que con la muerte de aquel quisiera librarme de este. ¡Ay, Oritia, también yo nuevo mal siento, ay de mí! ¿Otro mal padeces? Sí. ¿Luego no es el mismo? No, que en mi ignorada inclemencia siento tan oculto un daño que aún no dejo al desengaño alivios de su evidencia. La inconstancia de esos mares me avisa tantos desvelos que les busco por consuelos y les temo por pesares, pues con horror aparente miro en ocultas ficciones sombras que huyen, ilusiones, sustos que encuentro... Detente. ¿Qué es lo que llego a escuchar? ¿Qué es lo que dice tu acento? ¿Lo mismo que yo en el viento Pomona encuentra en el mar? Dioses, ¿qué horror enemigo estas sombras ocasiona? Pero prosigue, Pomona, tus pesares. Ya prosigo. Con aparentes antojos, con solo horrores fingidos, tal vez le ven los oídos y tal vez le oyen los ojos, pero en la espuma gallarda tan vanos tan aparente, que luego invisiblemente, sin saber por dónde... Aguarda, que en tan oculto temer más me puede confundir oírtele referir que llegarle a padecer; y porque adviertas que iguales sentimos las dos, infiero que en solo lo que refiero verás tu mal en mis males. En los pasados desvelos el Oráculo de Amor consultaba en mi temor los mal templados recelos; llevada de mi rendida imaginación, cansada de mis afectos, arrebatada, de mi temor oprimida, tanto arrastrar me dejé del discurso de mi historia, que dentro de mi memoria de mi misma me olvidé; y en éxtasi de la idea vi en las regiones del viento, que en opuesto movimiento me acobarda y lisonjea, de horribles monstruos poblados los aéreos horizontes; se estremecieron los montes: ¿qué harían, pues mis cuidados? Entre el horrible tumulto era deidad ignorada un cuerpo de solo un nada, de solo un no ser un bulto; pero entre la oculta sombra vi de este mostruo volante tan lisonjero el semblante que desmiente cuanto asombra. La vista en neutral noticia de aquella exhalación parda, horrorosa me acobarda, lisonjera me acaricia. Pero lo que más violenta a que mis dudas obligue es ver que si huyo me sigue y si le busco se ausenta. Mira si es justo que muera en horrores tan extraños que muestran verdad los daños, pero los bienes... Espera, que en dolor tan singular son más extrañas ideas ver que tú en el aire veas lo que yo miro en el mar. Pero ¡cielos!, ya otra vez este vano horror advierto. Mas, ya del asombro incierto me amenaza su altivez. Aguarda, horror lisonjero. Déjame, espanto horroroso. Mas, déjame, riguroso. Mas, ven, que no eres tan fiero. Terrible mata. Pena mucha. Grave dolor. Ansia fiera. Atiende, repara, espera. Aguarda, detente, escucha. ¡Ah de las tristes moradas. en cuyas estancias rudas las fierezas de los aires violentamente se ocultan! ¡Ah de las lóbregas cuevas de Eolo, mi padre, en cuya habitación de los vientos gime oprimida la furia! !Ah de las cárceles fuertes! ¡Ah de las prisiones duras que huracanes y aquilones, templáis con lo que se injurian! ¡Ah del centro de aire y viento, grosera estancia profunda donde al mismo viento el aire la respiración perturba! ¡Ah de la erizada esfera que con airadas espumas, recíprocamente opuestas, entre sí mismas fluctúan! ¡Ah de los inquietos mares cuya campaña confusa cuanto lo cercano argenta, tanto lo distante azula! ¡Ah, del imperio de Tetis, materna escamada cuna que deidad me reverencia y a quien mis desdichas buscan! ¡Ah del piélago salobre, cuyas cóleras sañudas al incendio de mi pecho más que a sus golfos se inundan! Sacras deidades del viento, a vuestras aéreas grutas vengo a consultar las ansias que en mi pensamiento luchan. Sabed que, tirano, Amor, soberbia deidad injusta, a imperios de breve llama del poder del aire triunfa. No solo, ¡ay de mí! rendido yo de Oritia a la hermosura, porque solo es ser su amante fuera más piedad que injuria; no solo amante, mis males, celoso, celoso, os buscan, sean norte de mi amor vuestras estancias escuras. Respóndanme de los vientos las mal oprimidas furias En las cóncavas grutas de los aires mal los acentos cláusulas pronuncian, pues entre sus horrores aun lo mismo que dicen no articulan. Marítimas semidiosas, azul escamada turba, el infelice Proteo sus pesares os anuncia. Sabed que rigor tirano del Amor, deidad desnuda, en vuestras heladas nieves sus incendios ejecuta. de Pomona amante muero; no solo amante, pues muda la voz no sé cómo os diga, que celos al agua inundan. esas cerúleas campañas mi triste pesar anuncian, que sus olas hermosean y mi corazón enlutan. Responded, Nereidas sacras, a mis amantes preguntas, que vuestra misma deidad vuestros alivios procura. En las líquidas selvas de las aguas mal tus pesares mísero consultas, pues entre su incostancia aun lo mismo que aclaran dificultan. Eolo, piadoso padre, a quien mis deidades buscan. Soberana deidad Tetis, a quien llaman mis injurias. ¿Quién me llama? Bóreas soy. Yo, Proteo. Pues, ¿qué buscas? Hallar alivio en mis males Tener certeza en mis dudas. Suspende tus ansias... Enfrena tu angustia... que Eolo en tu amparo... que Tetis en tu ayuda... con sola una voz tu alivio asegura. ¿A sola una voz reduces mi consuelo? ¿En sola una voz de toda mi esperanza cifrada está la ventura? ¿Quién me defiende? Violencias... ¿Quién me ha de amparar? Industrias... que de amor las industrias las vencen violencias. que de amor las violencias las vencen industrias. Suspende tus ansias, enfrena tu angustia. Nueva confusión me añades. Nuevos recelos me asustan. ¡Oh!, qué bien aquellas voces pronosticaron confusas... En las cóncavas grutas de los aires mal los acentos cláusulas pronuncian, pues entre sus horrores aun lo mismo que dicen no articulan. ¡Más, pesares me amenazas! ¡Más, temores me estimulas! ¡Oh!, qué bien las voces antes me explicaron, aunque mudas... En las rígidas selvas de las aguas mal tus pesares mísero consultas, pues entre su inconstancia aun lo mismo que aclaran dificultan. En nuevo abismo de miedos... En nuevo golfo de dudas... me acobardas cuando alientas. me ciegas cuando me alumbras Eolo soy, que te amparo; no temas, no, tus injurias, que no hay poder en Amor cuando las violencias triunfan. Tetis soy, que te defiendo; no de Amor temas las furias, que si la industria pelea no hubo violencia segura. Suspende tus ansias... enfrena tu angustia... que solo en tu amparo... que Tetis en tu ayuda con solo una voz tu alivio asegura, que de Amor las industrias las vencen violencias. que de Amor las violencias las vencen industrias. Suspende tus ansias enfrena tu angustia. Aguarda, deidad del viento, extraña enigma confusa... Oye, Oráculo marino, respuesta ignorada, obscura... ¡Detente, horror de los aires! ¡Espera, del mar injuria! repite esa voz... Violencias. repite ese acento... Industrias. ¡Oíd, vientos! ¡Oíd, mares! ¿Cómo asegurar procuras mis recelos? De esta suerte. Aguarda. Espera. Oye. Escucha. ¡Penas, qué impensado horror... ¡Penas, qué nuevo tormento... ¡Penas, qué asombro violento... ¡Penas, qué injusto rigor... a este jardín me ha llevado! hace verdad lo fingido! a este jardín me ha traído! hace verdad lo ignorado! Vana ilusión singular, que pasas con nuevo ser de incierto amago de ver a evidencias del mirar. Pronosticado desvelo, que pasas con nuevos males de idea de los cristales a ser realidad del suelo. ¿Qué deidades o qué furias privilegian tus crueldades? ¿Qué furias o que deidades apadrinan tus injurias? En la rara admiración de lo que me está pasando, cuanto los ojos mirando temiendo está el corazón. Este dolor que me ofende tanto priva mis sentidos, que aun para estar suspendidos las acciones me suspende. Pero ¿Oritia con Proteo? ¡Más confusión me ocasiona! Pero ¿Bóreas con Pomona? ¡Dioses!, ¿qué es esto que veo? Monstruo, en tu silencio mudo recelo nuevo pesar. Fiero, en tu mudo callar mayores desdichas dudo. ¡Huiré el mal que me acobarda! ¡Huiré de tu vista fiera! ¡Aguárdate, pero... espera! ¡Espérate, pero... aguarda! Pero a horror más peregrino me ha conducido el horror. Pero a peligro mayor me ha arrojado mi destino. Cielos, este es el portento que yo en la espuma miré. Cielos, este el monstruo fue que yo reparé en el viento. Prodigio que a estas esferas tan veloz se transformó, que a no ser Proteo yo juzgara que tú lo eras. Bello hechizo del donaire a quien es justo confiese, que si yo el aire no fuese juzgara que eras el aire. No temas, que en tu favor desde ese alto mar desciendo. No huyas, que yo te defiendo a pesar de tu rigor. Si ese monstruo... Si esa fiera... fue tu horror... fue tu pesar... yo te sabré castigar, de mí la venganza espera. Más pesar encuentro en ti. Más tu vista me admiró. ¿Luego tú no huyes de él? No. ¿Luego huyes mi vista? Sí... que en ti mayor daño espero. ¿Qué quiero, más desengaño? que en ti espero mayor daño. ¿Qué más desengaño quiero? Y así, penas inclementes, huyamos esta impiedad. Pomona, Oritia, esperad, que os he menester presentes. Proteo. Bóreas. Yo adoro una de estas dos bellezas y me ofenden tus finezas porque a quién sean ignoro. Hoy, pues, en presencia suya tú propio me has de decir a quién intentas servir. La misma pregunta tuya a que lo calle me obliga, pues si estos testigos juntas, basta el ver que lo preguntas para que yo no lo diga. Tu respuesta me empeñó más, pues si a escusarte llegas, basta el ver que tú lo niegas para que lo pida yo. Pues de mi amistad la fe rompes negando alevoso, yo castigaré celoso lo que amigo te rogué. La ley de amistad a mí bien me pudiera obligar a quererme declarar y aun a valerme de ti, mas si llegas a entenderlo ha de ser el descubrirlo cuando yo quiera decirlo, no cuando quieras saberlo. De tu negar afectado he podido conocer que me has dado que entender todo cuanto no has hablado, pues sabiendo que tu ciencia no hay acaso contingente que no examine presente, es bien clara consecuencia que el ocultarme tu amor es porque, sabiendo el mío, oponerse a mi albedrío ha imaginado tu error. No, Bóreas, que aunque agorero soy, no permiten los hados que de mis propios cuidados haga juicio verdadero; antes bien, vive igual este recelo en mí de tu amor, conque vendrá a ser mejor que el tuyo se manifieste. Llegándolo yo a pedir fuera extraño pretender no solo responder, sino hacérmelo decir. Y así por eso lo contrario arguyo con evidencia, que en mí argüirá violencia y en ti será voluntario. Yo lo he llegado a pedir. Yo estoy resuelto a negar. Pues yo lo he de averiguar. Pues yo no lo he de decir. Sabrán vencer mis violencias tus engaños aparentes. Industrias habrá valientes que venzan con resistencias. La ira villana detén. ¿Qué es lo que llego a escuchar? Suspende el fiero pesar. ¿Qué es lo que mis ojos ven? Mentido engaño aparente... Villana traición severa... huyendo tu vista... Espera. ausentándome... Detente. Prodigio oculto feroz, tirana apacible herida tú en tu silencio homicida, tú que matas con tu voz. Fieros extraños enojos que sois con raro disgusto, tú a mis ceguedades susto, tú lisonja de los ojos. Lidoro, de tu furor suspende el necio pensar. Desde aquí pienso escuchar los tiquismiquis de amor. No, Fineo, el desvarío te descomponga arrojado. ¿Que no estuviese aprestado para estos lances un tío? Ya de estos dos extranjeros es la segunda ocasión que de nuestra presunpción han excedido los fueros, y así, uno de otro amparado, castiguemos su osadía. Para vencer su porfía, Lidoro, estaré a tu lado. Pues yo, Proteo, mi aliento juntaré con tu valor, y para ocasión mayor guardaremos nuestro intento. ¿Qué es lo que hacéis? ¿Qué intentáis? ¿En mi presencia os reñís? O que estoy yo no advertís o la que sois olvidáis. Suspended el desvarío, de tan desalento arrojo que el que prosiga su enojo sepa castigar el mío. ¿Cuándo os dieron esperanzas mis invictas esquiveces a tan locas altiveces y a tan injustas venganzas, que el mirarme a mí ofendida vuestro furor no suspende? La primera es que se ofende de mirarse tan querida. ¿Yo, señora? Es manifiesto vuestro error. Si me atendéis... No haré, que más me ofendéis con la respuesta. ¿Qué es esto? ¿Qué miro? ¿FINEO?¿Lidoro? Y vosotros, ilusiones, de quien miro las traiciones y las traiciones ignoro, la otra vez os ausentaste en tempestad de agua y viento, mas ya a saber vuestro intento segunda vez me empeñaste, que alguna traición abona y algún ignorado fin: entrar en este jardín donde están mi hija y Pomona. Las que condenó Cupido vosotros las defendíais -que eran las dos nos decíais-, y en tal rigor he advertido que estimará mi pasión, en este desasosiego, verlas antes en el fuego, que expuestas a una traición. ¿A quién buscabais, decid? Cielos, ¿Qué he de responder? Ya me es forzoso valer de algún aparente ardid, pues son las transformaciones de mi deidad excelencia, no podrá una contingencia causarme a mí confusiones. Con vuestro silencio mudo ya la traición confesáis. ¿Que no respondéis? ¿No habláis? Lo que he de responder dudo. Señor, tú lo has de saber: de sacro impulso movido a este jardín he venido a buscar una mujer; la que Amor condenó fiero en este jardín está... ¿Si que soy yo le dirá? Si él se declara, yo muero. libre del horror huyó y la pretendí seguir. Sin duda quiere decir cómo él a Oritia libró, porque el rey agradecido a su aliento generoso le dé la mano de esposo. Pues, ¿cómo la voz no impido? ¿Y en este jardín está? Tan cierto es, que la estoy viendo. Oritia es, según entiendo. Pomona, ¡cielos!, será. ¿Qué intentas, fortuna ingrata? ¿Qué es esto, dioses supremos? Mucho lo piensa, apostemos que es embuste o patarata. ¿Tú la viste? No lo niego. Cielos, ¿cómo lo he de hacer? ¿Pues quién es? Esta mujer. ¡Ay, ay, que me mujeriego. Estas de aquí son basquiñas, este, cielos, es tocado, estas son barbas lampiñas. Sin duda que esto habrá sido transformación de Proteo. Ya, Lidoro; ya, FINEO, de la duda hemos salido. Yo, señor, aún receloso vivo de alguna traición. Y yo de que esto es ficción quedo con causa dudoso. Si me queréis atender. Los labios suspende. ¡Dalle! ¿Cómo es posible que calle transformándome en mujer? Y advierte que de callar pende tu vida. ¡Qué espanto! No siento el ser mujer tanto como el serlo sin hablar. De que es engaño el indicio bien claro se considera, diciendo que Oritia era la que iba al sacrificio y agora que es esta dice la que el Amor condenaba, conque o traidor engañaba, o agora se contradice. Bien fácil es la razón de fingir aquel engaño pues, por evitar un daño me valí de esa ficción: que era Oritia te decía porque a piedad te concluya a tanta obediencia tuya, tanta interposición mía. Aunque le pudiera dar crédito a tu voz mi pecho, aun del temor satisfecho, no le puedo asegurar, juntando, al decir allí que la otra del sacrificio era Pomona, el indicio de estar entrambas aquí. Y, en fin, ¿la que en la ficción fue Pomona, dónde está? Veamos a quién tocará esta transformación. ¿Quién era la ninfa, di, que las iras de Amor llora? Responde, ¿quién era? Flora. ¿La del sacrificio? Sí. ¿Si Amor no condenó la ley de sus rigores, que serán sus injurias cuando son sus delicias tan atroces? Ya Ericteo, invito rey, experimentas que Flora es la infelice que llora de amor la severa ley. Pues la oración lo ha llevado me valdrá la contingencia. Pues di, Flora, ¿qué influencia a morir te ha condenado? Pues mi muerte sabéis, que de vuestras razones, ¡ay de mí!, lo colijo, no me mandéis que al referir las doble. ¿Cómo dice Flora bella que es ella cuando yo soy? Lo que veo dudando estoy, siendo yo, dice que es ella. De mi pena infeliz son tantas las pasiones que muriendo al silencio no son remedio de morir las voces. ¡Qué lástima! ¡Qué crueldad! Extraño el acaso fue, mas yo le proseguiré. ¡Que sea horror quien es deidad! Un decreto de Amor a la muerte me expone; pero de mis silencios esas cláusulas tristes os informen. Muera la que de Amor las leyes rompe, ¡muera!,... ¡No muera! que quien su muerte publica de su muerte adelanta los horrores, ¡muera! ¡No muera! que quien su muerte publica de su muerte previene los horrores. ¡Muera! ¡No muera! No muera quien de Amor las injustas tiranas leyes rompe, que no es inobediencia negar a lo inclemente sujeciones. Amor condenó a Flora si a los labios de su amor permitía los informes, como si fuera el pecho bastante cárcel para sus ardores. ¡Clemencia, Amor piadoso!, tus decretos se templen y revoquen, que desdice de Amor el fabricarle a la muerte dorados arpones. No tal rigor merece, no, guardad del silencio la ley torpe, porque es de Amor indigno el que supo templarse a leyes dócil. Y así, Amor soberano, tu divino decreto se derogue por más que repetidas de tu inviolable ley digan las voces: Muera la que de Amor las leyes rompe, ¡muera!,... ¡No muera! que quien su muerte publica de su muerte adelanta los horrores, ¡muera! ¡No muera! que quien su muerte publica de su muerte previene los horrores. ¡Muera! ¡No muera! ¡Extraño prodigio! El cielo, tan opuesto cuanto acorde, Flora, de tu vida y muerte incierta la ley propone; y así, al templo de Cupido vamos porque nos informe. (¡Oh, más cierta la piedad! ¡Oh, menos airado el golpe!) y vosotros, extranjeros, venid también, que aun los dioses se permiten obligados de humanas veneraciones; después, de vuestra venida me informaréis, que no es noble la piedad cuando al remedio le concede dilaciones. Vamos al templo. Cupido, si eres Amor los rigores suspende, pues son los llantos tus más ciertas oblaciones. ¡Con qué susto de su aras he de mirar los ardores! ¡Oh qué medrosa la planta al templo camina inmóvil! Luego veré de Proteo si son ciertas las traiciones. ¿cómo haré que Bóreas ¡cielos!, de sus cuidados me informe? Al templo de Amor venid, que ya en músicos rumores vuelve a repetir el eco de ese sonoro desorden: Muera la que de Amor las leyes rompe, ¡muera!,... ¡No muera! que quien su muerte publica de su muerte adelanta los horrores ¡muera! ¡No muera! También yo al templo. Detente, imán de mis ojos, oye. No me faltaba sino tener galán que me ronde. Déjeme. No tan esquiva guarnezcan tus sinrazones melindres de filigrana con resistencias de bronce. Bravo paso ha de ser este. Hágase allí, no me toque. Si algún favor de tus manos me permitieras. Señores, que después que soy mujer rabie porque me enamoren. si mis ruegos... Que te pierdes, que el traje es fuerza me informe que porque me rueguen más, más los ruegos me entone. mi osadía... mas, ¡qué manos tan groseras! Acabose: cuanto lo remiso oculta declaran las permisiones. Óyeme usted, señor mío, no la aspereza se asombre de las manos, porque tarde salí de mis tocadores y me olvidé, con la prisa de estas dos transformaciones. ¿Luego transformada estás? Cierto, ignorancia disforme, ¿qué belleza hay a quien no el amanecer transforme? Mas, dejando estos donaires, volviendo a nuestros amores, ¿me has de querer? En firmeza seré, deidad bella, un monte. Pues mira, yo tengo celos. ¿Tan presto? No se alboroten a tu amor de primer vista celos de primeras voces. Hay una no sé qué Celias, de quien ciertas presumciones me librara esa sortija, que el ser suya... No la nombres, porque es falsa y no quisiera darte falsos favores, y con todo, si la quieres... Sí, tú. Pues toma. Pues tome. Reyna mía, todo es dar, él sortija y vusted golpes. Repórtate, Celia. ¿Cómo, Infame, que me reporte? Pues porque el enojo cese, yo ofrezco, con acción noble, restituirte la sortija como el golpe le retornes, pero digo que son celos. Celos son, que en un mal hombre. Miren allí, y con qué linda cara le quita ocasiones. ¿Vusté es la sacrificada? Cierto el dios de los amores puede en sus ojos dejar descansados los arpones. Pardiez, que esto es bravo vicio. ¿Quién a un tiempo vio que un hombre celos tenga y celos dé, celos pague y celos cobre? ¡Al templo todas venid! Mas, Celia, ¿qué es esto? ¡Dioses, Pomona está aquí! Cogiome, mas yo lo remediaré de forma que se mejore: señora, el rey ha mandado que esta dama, a quien rigores de Cupido condenaron, quede en tu jardín, en donde entre tus ninfas se albergue, y obedeciendo este orden lo estaba diciendo a Celia. ¡Ah, traidor!, tus intenciones conocí, que en el jardín lograrás que yo no estorbe el hablarla, pero yo malograré tus traiciones: aunque eso ha mandado el rey, Oritia, mi ama, dispone que conmigo a su palacio se venga. Oritia perdone, que yo intento que se quede en mi jardín. Disensiones h ay sobre dónde he de estar y en elección tan discorde, si el palacio alberga Celias, Nises el jardín esconde; y así, elijan dónde quieran. Pero sepan los autores de comedias que hay gracioso que sabe un secreto y, noble, tiene valor de callarle, y aun siendo mujer compone mujer, gracioso y secreto. Mas saben también los dioses que es más temor que virtud. Y tú, Celia, tus temores suspende, que yo hablaré a Oritia. ¡Ah, infame, logrose tu traición! De esta sabré la causa de mis temores, si es deidad, asombro o fiera, o si es su galán si es hombre; mas, si es dama, ¡qué mal gusto que tiene! ¡Ah, viles pasiones, qué presto a la común queja indignáis los esplendores! Cuidado, que la sortija te di el alma. ¿Que es de cobre? Solo es acuerdo. Pues busque más para otras ocasiones, que soy flaca de memoria y he menester las mayores. Soberbio escamado vulgo del reino undoso salobre, seguid del triste Proteo las mal pronunciadas voces. De Neptuno los húmedos rebaños, entre lágrimas y olas apaciento con suspiros formando tan extraños, más tempestad que el aire mi lamento. ¡Oh peces infelices!, vuestro daño os conduce mi propio seguimiento; libres nadad y, viéndome perdido, con lo errante enmendad lo conducido. Mas ya de la triste noche las palideces tiranas al descanso de Anfitrite los rayos de Apolo llaman. Ya en multitudes de estrellas inútilmente retratan tantas luces que se encienden a una sola que se apaga. Ya es hora que mi rebaño a sus lóbregas estancias se retire, en marinos ligeros monstruos de escamas, a recoger y lograr cuanta dulce quietud blanda lo irracional os permite; y a mí el discurso me aparta en tanto que de este risco, sentado en la ruda falda, resistimos igualmente no sé cuál con menos alma, yo los golfos de mis dudas y él los embates del agua. De Neptuno por la instable azul inquieta campaña viene buscando a Proteo por montes de espumas y selvas de aguas. El Céfiro soy, cristales, que mis pasos no os agravian porque es quietud de las olas el dulce combate que hiere y halaga. De Bóreas vengo enviado para que a mis voces blandas, Proteo rendido al sueño, sus penas dispierten, descuiden sus ansias. Pero allí miro a Proteo; voces, inspirad templadas, que ha de ser grande el arrullo para que bien duerma aquel que bien ama. ¡Oh, qué en vano alivia el sueño lo poco que un mal descansa! Duerme, sosiega, duerme, descansa, que el sentir no remedia lo que maltrata. ¡Oh, qué dulcemente... Duerme. sosiega el pecho. Descansa, duerme, Proteo, y olvida. Duerme, que en la quietud blanda no tiranizan memorias dulce el descanso del alma. Duerme, sosiega, descansa. Con qué tristes pesadeces luchan el sueño y las ansias. Mira de la que conduces turba marina escamada cómo en suaves descansos burla del golfo la saña. Duerme, sosiega, descansa. Duerme y entrega a la noche todas tus desconfianzas que en el silencio respetan pero en los labios agravian. Duerme, sosiega, descansa. ¡Dejadme, tristes memorias! Pero ¿qué pereza, blanda fatiga, agradable, dulce, del sueño mi voz embarga, pues torpe ya a mis sentidos el postrer aliento falta? Y ya del Céfiro blando, traición halagüeña incauta, dulce suavidad repite, que aliento robando al alma, él voces, yo intercadencias, repiten mal pronunciadas: Duerme... Pero qué pereza,... y entrega a la noche... blanda... fatiga agradable... todas... dulce... tus desconfianzas,... del sueño... que en el silencio... mi voz... respetan,... embarga,... pero... pues torpe... en los labios... ya a mis sentidos... agravian... el postrer... Duerme, sosiega,... aliento falta... descansa. Ya quedó rendido al sueño. Ea Bóreas, ¿a qué aguardas si a estos descuidos libran tus cuidados su esperanza? Llevado de mis afectos del mar la undosa campaña, entro náufrago dos veces con sus olas y mis ansias. No extrañarás mi venida, vulgo undoso de las aguas, pues por más que de Neptuno el gobierno os arrebata, dócil a mis movimientos, obediente a mis templanzas o ya de crespas espumas del viento en la región vaga celestes jurisdicciones examine vuestra saña, o ya en quietudes alegres, con rizos que dora el alba, la hermosura os acredite los rigores que os disfraza. Todo a la ley de mi imperio lo debe vuestra arrogancia, pues, aunque Neptuno os rija, es el viento quien os manda. Del marino Dios, Proteo, buscando voy las estancias donde a Céfiro envié, porque del viento la blanda delicia le incite al sueño; y encontrándole mis ansias dormido le he de prender, y en dura prisión sus rabias me dirán si quiere a Oritia o a Pomona; a cuya causa, prevenida esta cadena, mis intentos acompaña, pues Dios agorero, solo con las violencias declara las respuestas, y, oprimido con transformaciones varias, por librarse se transforma en monte, en fiera o en llama, y hasta que a su forma vuelve no responde y se quebranta. Las prisiones que le oprimen, las violencias que le atan se libra huyendo, mas yo, a pesar de industrias tantas, si él es monte, seré risco; si es fiera, seré arrogancia; y si es llama, seré amante fuego que al incendio abrasa. Dispierta, Proteo, tu sosiego no fíes del agua... El coro de los tritones que el sueño a Proteo guardan de mi venida le avisan y ya el sueño le quebrantan. que en las mayores claridades, tal vez las traiciones se encumbren más raras. Pues ¿quién, atrevido... Duerme,... contra mí intenta? descansa que el sentir no remedia lo que maltrata. ¡O h, lo que de un susto puede la imaginación cansada! Dejadme, inquietos pesares. Dejadme, ilusiones vanas, que el sentir no remedia lo que maltrata. Dispierta, Proteo, tu sosiego no fíes del agua. Ya segunda vez el coro de los tritones le llama, ¿cómo es esto que en los mares no hay quien los vientos ampara? Ea, sirenas, si sois aves, que tal vez dijo la fama, medio vestidas de plumas, cortando al viento las alas, el coro venced... Despierta,... de los tritones. Descansa, duerme, descansa, que el sentir no remedia lo que maltrata. Despierta, Proteo,... Duerme, descansa... Mientras opuestos los coros le turban y desengañan, he de llegarme. Ea, Amor, tu atrevimiento me valga. Tu sosiego no fíes del agua... que el sentir no remedia lo que maltrata. Que en las mayores claridades, tal vez las traiciones se encubren muy raras. ¿Quién, cielos? Ahora, engañoso, falso, aleve, de tus ansias dirás la verdad. Dispierta. ¿Quién de mi estación profana las cárceles? Bóreas soy. Pues, ¿qué pretendes? Descansa. Que volviendo a nuestro empeño me declares a quién amas: si es Oritia o si es Pomona. En vano respuesta aguardas cuando en mi poder industrias y violencias se acompañan. ¡Monstruos, furias de los mares! Inútilmente les llamas cuando están diciendo que... Tu sosiego no fíes del agua. Pues, mi propio sentimiento forme tan fiera la rabia que de tu traición... Tampoco te ha de valer, si reparas... Que el sentir no remeda lo que maltrata. Ya de tu injusta soberbia altivo el valor desmaya. Villana región, ¿qué es esto? ¿Qué es esto, espumas nevadas, que tal sufrís? ¡Oh!, qué bien dicen esas consonancias: Que en las mayores claridades, tal vez las traiciones se encubren raras. Ya que a mi poder vencido quedas agora, declara la respuesta o a violencias de esta cadena pesada, atado a ese duro risco, serás entre espumas canas o ejemplo de tus desdichas o triunfo de mis venganzas. ¿Yo vencido? No, que aunque de tu violencia la saña sea más feliz, tendré poder. ¡El cielo me valga! ¿Qué es lo que miro? Del monte en las lóbregas entrañas tan violento se introdujo que el asombro me arrebata. Ya, Proteo, tus traiciones conozco, mas no me espantan; y por más que transformado en tus apariencias falsas causarme horror imagines, serán tus traiciones vanas. Y tú, fantástico monte, ilusiones todo, rasga de tu aparente corteza los vestigios. Mas, qué extraña, sañuda, fiereza altiva, bruto irracional. ¡Batalla! ¡Detente! No temas, ¡batalla!, que el valor apariencias no le acobardan. Ya el aliento de esas voces fielmente me desengañan, que todo son de Proteo apariencias; y así, airada, mentida, horrorosa fiera, verdad, aficción... ¡Repara! ¡No temas! ¡Detente, repara, que la industria pelea con dobles armas! Si son dobles, son traidoras y la traición es villana. Y tú, engañoso Proteo, suspende tus amenazas y responde a mi pregunta, que en vano librarte aguardas de mis prisiones. ¿Qué intentas? Mira que es inútil, vana tu intención, que ya estoy libre. ¿Qué es lo que mi vista alcanza? De Proteo la fingida forma mi aspecto retrata por ver si, juzgando Bóreas que soy Proteo, desata de las violentas cadenas el ñudo estrecho que embarga sus movimientos. Ya entiendo que con ese intento trazas que deje de esta cadena la prisión que te acobarda, y porque veas que no temo tu ficción, aguarda, ceñuda fiera, que opuesto mi valor contra tus garras lidiaré contigo. ¡Cielos, nuevo horror me sobresalta! Mira que es vano tu intento. Qué ilusión tan desusada: incendios la espuma aborta, Etnas arrojan las aguas, centellas visten los mares, vesubios los golfos nadan y a un tiempo el agua y el fuego, en dos acciones contrarias, furias me encienden las olas, yelo el volcán me acobarda; mas no por eso mi intento a tu industria se avasalla. Ya de mi valor injuria es su resistencia tanta; y pues quiere que Proteo le ha de decir a quién ama, yo he de hacer que al mismo tiempo de las violentas pesadas cadenas desate el lazo, y que a pesar de sus rabias, él mismo en su acción publique cuál de las dos es su dama, pues de Oritia y de Pomona, fingiendo dos sombras vanas que por los mares peligren, es fuerza vaya a librarlas. Mas la ejecución lo diga. Suspensa y absorta el alma se ha quedado. ¡Ay, infelice! ¿Qué escucho? ¡El cielo me valga! Voces de mujer oí, y, si no mienten del alma los mal formados recelos, la una, aunque no muy clara... ¡Ay, desdichada Pomona! ¡Ay, Oritia desdichada! ya en más distinctos acentos, de Oritia mal explicadas las cláusulas se perciben, o el aire al viento le engaña. Soberbio bruto que llevas la infeliz Pomona hurtada, y por los mares te engolfas con velocidades tantas, que a raptos de Ganimedes prestar pudieras las alas, ¿dónde me llevas? Aquella es Pomona. Fiera airada que por el undoso mar, trepando la espuma cana, robada me llevas desde las orillas de mi patria, templen de tu airado ceño mis llantos las amenazas, que más lastimosas voces son, en naufragios del alma, de una Oritia lo que llora, que de un Arión lo que canta. Por precipicios de espumas dos escamados piratas de Oritia y Pomona llevan las dos bellezas robadas. Espera, Oritia, no temas que yo en tu defensa... Aguarda. No aguardes. No ampares, aguarda que aun fingidos los llantos el pecho arrastran. Fingidas dicen las voces que son sus lágrimas ansias. También estas de Proteo son aparentes estatuas que inclinan la adoración por solo lo que retratan; pues, retiremos los ojos de sus encantos. Ampara. No ampares. No aguardes, ampara que el remedio peligra con lo que tarda. ¡Qué haré, cielo, en tantas dudas! Aquella voz dice: «Aguarda». La otra me avisa: «No aguardes». Allí: «No ampares, aguarda que aun fingidos los llantos el pecho arrastran». Yo me resuelvo, sabiendo que es fantasía, a dejarlas. ¿No hay quien ampare mi vida? ¿Cómo no? Bóreas la ampara; y a pesar de mis recelos en tu seguimiento... Aguarda. ¿Pues qué he de aguardar? Que muero ¡Clemencia, cielos! ¡Qué ansia! No aguardes. ¡Qué confusiones! ¡Piedad! No ampares, aguarda que aun fingidos los llantos el pecho arrastran. ¿Qué haré en este devaneo a que el empeño me llama? si es verdad pierdo la dama, si es ficción huye Proteo; aquí es cierto mi trofeo, allá incierto lo horroroso, ¡Oh tirano riguroso!, de esta elección el pesar, que ha de obligarme a dejar lo cierto por lo dudoso. Pues, dolor, viendo inclemencias fuerza, es que a lo incierto acudas, que una desdicha en las dudas propala sus evidencias. Fiar de las contingencias fuera necia sinrazón, pues en tan fuerte aflicción será más sensible herida perder incierta una vida que una evidente ocasión. Y así, verdad apariencia, certeza o engaño... Ampara. ¿Otra vez decís? No ampares. Pues aunque más encontradas realidades, ilusiones, digáis... No aguardes, ampara. más puede esa voz diciendo... ¡Ay infelice! Y tú, cauta traición de mis sentimientos, queda libre, pues declaran esas voces: que el remedio peligra con lo que tarda. Ya Oritia (pero ¡qué miro!) Con tú Pomona, (¿también falta?) pues al incendio, (¿tampoco?) ¡ni aun leves cenizas guarda! Todos, (¡ay de mí, infelice!) exhalaciones, (¡qué ansia!) se desvanecieron: sombras, Oritia, Pomona y llama... Que en las mayores claridades, tal vez las traiciones se encumbren más raras. Yo sabré de esas traiciones sujetar las arrogancias. Altivo, injusto Proteo, guárdate de mis venganzas, que para injustos rigores llevo el ultraje por armas; y no importará que tú de las industrias te valgas cuando ves que a mi valor mi sentimiento acompaña... Que el sentir no remedia lo que maltrata. Vientos, el agua os combate; aires, el mar os ultraja; rásguense de vuestras iras las violencias deseadas, y sean de sus espumas fiero azote vuestras rabias; rómpanse de sus arenas las bien ceñidas distancias; huracanes lo compitan aquilones le combatan, y en airados torbellinos tan sin orden se deshaga, tan atropellado gima, y tan confuso se abata, que de sus mismos enojos llore sus propias venganzas, porque triste experimente en sus transparentes aguas... Que en las mayores claridades las traiciones se encuentran más raras ¡Del mar corred las riberas! ¡Registrad los verdes prados! ¡A la playa! ¡A la marina! ¡A las orillas! ¡Al llano! ¿Qué es esto, cielos? Apenas del celoso sobresalto libre me vi, conociendo que de Bóreas los cuidados eran adorar a Oritia pero no a Pomona, cuando, al buscar en sus jardines alivio a tormento tanto, encuentro en confusas voces y en ruidosos aparatos todos tumultos los mares, todos confusión los campos, allá escuadras divididos, la orilla del mar poblando de más gente que de arena, al golfo enfrenan los pasos. Del archipiélago undoso registrad puertos y barcos, y no haya extranjero a quien no prenda vuestro cuidado. Allá ansiosos los zagales registran apresurados desde la flor más humilde hasta los montes más altos. Zagales, no haya extranjero que a su fuga encuentre amparo, o por las selvas corriendo, o por los montes volando. Mas ya de unas y otras voces los acentos encontrados de este oculto bosque tienen sitiados todos los pasos. Aquí le vi entrar. Aquí se ha escondido entre estos ramos. Sin duda me han visto ya, pero yo hasta averiguarlo, porque puede ser importe, entre estos enmascarados senos de inculta maleza he de esconderme hasta tanto que de estas confusas voces pueda averiguar lo extraño. Por más que defensa intentes Por más que busques amparo no has de librarte. Fineo. Lidoro. De mis cuidados fuiste, sin duda, el motivo. Y tú lo fuiste a mi engaño. Pues en este bosque umbroso, oyendo ruido acaso, penetrar quise los senos más escondidos, pensando si de los dos forasteros, en cuyos alcances vamos, era el retiro. También del mismo intento llevado entraba yo, conque fueron en la contingencia de ambos los mismos cuidados nuestros burla de nuestros cuidados. ¡Ay, Fineo!, que recelo que solo por nuestro daño vinieron los extranjeros a Atenas. De ese reparo estoy también receloso, porque yo, sacrificando mi corazón a Pomona, en amantes holocaustos vive tan inseparable de mi pecho el sobresalto de uno de los dos, que aun entre estos frondosos ramos, o parece que le veo, o él a mí me está escuchando. Pues, Fineo, a prevenirlo venza al destino el cuidado; busquémosles y sus muertes den término a dolor tanto, ya que cuando en el jardín a los dos les encontramos embarazó nuestro intento salir el rey; y así, entrambos, en su seguimiento juntos, las dos veredas tomando, tú las selvas y yo el mar, apuremos este encanto. Dichosa ocasión ofrezca en este día el acaso, pues por aplacar de Amor el infelice presagio, que contra la triste vida la Flora se ha publicado, hoy al jardín de Pomona, con músicos holocaustos, Oritia y su padre vienen, conque podremos, entrando en el discorde tumulto de bailes, voces y llantos, yo buscar a Oritia y tú ver a Pomona. Pues, vamos, tú por los mares, Lidoro. Tú, Fineo, por los prados. La traición venza al desvelo. Venza el Amor sus encantos Cupido, o más sufrimiento o menos tenaz el rayo. Amor, o templa los tiros o duplica los reparos Ya de la áspera maleza el sitio inculto dejaron y cada cual en sus tropas introducido. Tirano, injusto dios, ¿cuándo el viento sirvió a los tiros de blanco? Bóreas a esta parte viene, yo me retiro. Mas, ¿cuándo sin que el viento las admita despide flechas el arco amante? ¿De quién? De Oritia. Pero ¿qué acento, qué acaso arrastró del corazón la impensada voz al labio tan veloz que al pensamiento excedió lo pronunciado? ¿Acaso ha podido al aire engañar el viento? ¿Acaso el ser yo amante de Oritia? ¿De Oritia? Sí. Pues yo amo a Pomona, y nuestro empeño con esto quede acabado, pues tú, el viento, lo dijiste, y aunque yo pude escucharlo, en iguales competencias he querido, adelantado, deudas de lo contingente pagar con lo voluntario. Yo, Bóreas, amo a Pomona; tú a Oritia, y en el rato que estos celos fenecieron, otros celos empezaron, pues oculto en la espesura de aquestos frondosos ramos oí que a Pomona adora Fineo. ¡Ah, celos tiranos, que solo a los sospechosos los evidentes borraron! También oí que Lidoro adoraba a Oritia... Paso, que atropellan los alivios las noticias de los daños. ¿A Oritia adora Lidoro? A él mismo se lo he escuchado. Pues yo quiero hablar al rey, aunque sea aventurarlo. Pues yo entre el vario tumulto de las fiestas, que formando por Flora está Cupido, pretendo entrar disfrazado y hablar a Pomona. Pues a nuestros intentos vamos, que repetidas las voces, significan que llegaron Oritia y el rey diciendo: ¡A la marina! ¡A los prados! Vamos, Proteo, al intento. Bóreas, al intento vamos. Yo a los ruegos. Yo al disfraz Ciego dios,... Rapaz vendado,... Menos rectitud al tiro. Menos dobleces al arco. ¡Padre, Ericteo! ¡Hija, Oritia! ¡Qué asombro! ¡Qué sobresalto! Mas, sin duda, fue ilusión. Pero, sin duda, fue engaño. ¡Padre! ¡Hija! ¡Qué dolor! Fuerza es el disimularlo. ¿Cómo tu asistencia falta a los cultos que consagro a Cupido? Divertida por lo ameno de estos campos, lo que allá con fiestas ruegan pretendo obligar con llantos. (¡Qué mal las ansias de un pecho sabe desmentir el labio! ) Yo he de ser fiero despojo de un hurto. Inclementes astros, ¿robada Oritia? Mas no, que fue ilusión. Cielo ingrato, no puede ser. Sí ha de ser. Pues ¿cómo? Suspende el paso. Sí ha de ser; yo he de llegar. ¿Qué es esto? Señor, buscando aquellos dos extranjeros en esta selva encontramos este, cuyas señas dicen ser el uno, y procurando prenderle dice que hablarte le es preciso; mas, pensando que era industria por tener a su fuga libre el paso, le dije no podía ser, a lo que respondió osado: «Sí ha de ser» Y porque veas que en afectos encontrados admitís como osadías los que afectos os consagro, escucha: Pues di (Recelos, acaso fue, pero extraño) Ojos, ¿qué es lo que notáis? Aunque algo disimulado, ¿no es este a quien las ideas del viento...? Mas, temerario discurso, ¡déjame! Penas está que me está escuchando es Oritia. ¡Deidad ciega, alientos anima al labio! ¿Qué te suspende? Mas dudo cuanto más me desengaño. ¿Ahora me faltáis, alientos? ¡Ea, prendedle! Reportaos, porque antes que con la voz con silencios quise hablaros, pues viéndome en la presencia del prodigiosos milagro de tu hija, Oritia, atento ofendí la voz al labio, para que de mi venida informe más cortesano y menos torpe el silencio. Repara. En nada reparo. Advierte que... Nada advierto. Aguarda. Ya nada aguardo. Pues no repares, adviertas, ni aguardes, que yo mudados mi rendimiento en venganzas, en violencias mis quebrantos, mis infiernos en incendios y mis ruegos en estragos, he de mostrar lo rendido por medio de lo tirano. Detente, aguarda. Señora. Mi padre... (¡Mas qué arrojado ímpetu violento!) Hija, ¿qué es esto? Pues tú. Llevados mis temores del cobarde susto que está amenazando... (Miento, que solo el cariño le llamaba y no el espanto) Señora, si tu piedad puede lo que ya no alcanzo ¡Ea, callad! Pues ya que humildes mis rendimientos postrados solo sirven a que aumenten de tu crueldad lo inhumano, yo me valdré de las iras en venganzas de mi agravio, porque rindan las violencias a quien hizo el ruego ingrato. Señor, no a sus amenazas temas el altivo amago, porque, ¿cómo ha de poder lograr su intento? Robando. ¿Qué escucho? ¿Pero de quién será el altivo villano atrevimiento? Del aire. ¿Qué contingencia, o qué acaso resucita las memorias de aquellos sustos pasados en que vi robada a Oritia entre ilusiones? Robando del aire las ligerezas en los jardines sagrados de Pomona entró. ¡Fineo! Siguiendo el alcance vamos del otro extranjero, a quien vimos entrar en el sacro jardín de Pomona, y ya mis zagales han sitiado sus contornos; y pues este ya en vuestro poder le hallo, a un mismo tiempo a los dos les prenda vuestro cuidado. ¡Corred al jardín, zagales! ¡Prended a Bóreas, soldados! Y pues que es deidad del viento dice, o loco, o temerario, veremos si será el aire más veloz que mis cuidados. ¡Ea, prendedle! ¡Deteneos! ¡Muera, matadle! Es en vano. Y pues no creéis que soy el viento, los desengaños serán vuestros escarmientos. Iré siguiendo tus pasos aunque igualar imagines del aire el imperio ufano. Pero ¿qué miro? ¡Detente, aguarda, prodigio raro, leve despojo del viento! ¡Qué asombro! ¡Qué sobresalto! La inculta región del viento va tan veloz sujetando, que aun el mismo pensamiento corre en sus alcances tardo. Toda es horrores, la selva. Toda mi vida es espanto. El viento le arrebató. ¡Tomad del jardín los pasos! Ya ningún alivio espero. Ya ningún consuelo aguardo. Vamos, Oritia (¡Ay de mí!) (¡Ay, infelice!) Padre, vamos. ¡Oh cuán peligroso nace lo hermoso de ser estrago! ¡Oh qué de evidencias temo de lo mismo que no alcanzo! Celos que les forma el aire, ¿cómo podré averiguarlos? Registrad todo el jardín y examinad con cuidado desde la flor más humilde, hasta el más altivo ramo. ¡Ay!, que sin duda han sabido cómo yo estoy disfrazado de Pomona en los jardines y me han venido buscando. ¿Qué haré con este disfraz si no hay máscaras hogaño, y antes del bando me prenden por ninfa de contrabando? Entre las densas paredes de aquestos mirtos me enramo. ¡Oh quién esta vez poner pudiera puertas al campo! Soberano prodigio, aguarda, espera. Suspende el paso, rigurosa fiera. No al mirarme rendido ahuyentes el rigor. ¿Cómo, atrevido, con tus pasos traidores el sagrado profanas de estas flores? Aunque pudiera mi poder librarme, finjo que huyo por poder quedarme a ver si más piadoso puedo vencer su pecho riguroso. Cual temerario intento, Gloria te anima el que será escarmiento que a intentos desleales castigo sabrá dar. ¡Corred, zagales! Señora, perseguido de ese que escuchas presuroso ruido, a tu jardín frondoso vengo pidiendo amparo generoso, donde, habiendo tus ojos encontrado en peligro mayor he tropezado. Alivio encuentren, pues, en tus imperios con sola una piedad dos cautiverios. Este debe de ser el perseguido, mas, por si acaso, quédome escondido, y lo que pasa, desde aquí mirando, ya que no huyendo me estaré escuchando. Por diferentes puestos todo el jardín corred. Ya ninfa de estos acentos tan vecinos tomados miro todos los caminos, y así entre aquestos ramos permíteme quedar. Buenos estamos. ¿Quién está aquí? ¿De qué se ha confundido? Otro huésped que estaba ya escondido. Por aquí le vi entrar. ¿Qué es vuestro intento? Señora, perdonad mi atrevimiento, porque el rey ha mandado que busque un extranjero que aquí ha entrado. Aunque en la acción que tú obediencia llamas pudiera haber también duelo en las damas, no solo ya que le busquéis permito, mas, porque en mí no imaginéis delito, te diré dónde está. ¡Oh, cuán en vano te fiaste en mujer! ¡Calla, villano, que, pues te trujo aquí la contingencia, serás de mis intentos diligencia, y en tu forma primera convertido han de juzgar que fuiste el escondido. ¿Dónde, pues, se ha escondido el que buscamos? Por aquí le vi entrar entre estos ramos. ¿Dónde, traidor, estás? ¡Acaso fuerte! ¡A la primera forma te convierte! Di, ¿quién eres, villano? Una afligida, infelice mujer que, perseguida, la fortuna procura ser estrago fatal de su hermosura. ¡Calla, loco! Señora, tu criada. ¿Por qué has entrado aquí? Por mi soldada. ¿Qué haces, Titiro? ¿Qué? Lindo despacho. Luego ya no soy hembra sino macho: ya me destransformé; mas no me aflija, pues no se destransforma la sortija. Si el decir que este ha sido el que entre aquestas ramas se ha escondido fue solo por librarle, tu respeto perdone, que hasta hallarle le he de seguir. Mas, o la vista miente o entre estas ramas advertí... Detente, que con tu enojo fiero lo vigilante pasas a grosero. Clori fingirme quiero, y de esta suerte, veré si triunfo de su pecho fuerte. ¿Qué es lo que viendo estoy? ¡Cielos!, ¿qué miro? ¿Quién eres, ninfa, di, que en mi retiro te has entrado atrevida, no siendo entre mis ninfas admitida? La infeliz Clori soy, a quien los cielos condenaron a muerte en mis desvelos; y, habiendo tú mandado que en tu jardín quedase, me he mudado de ninfa el traje, porque, con decencia, pueda mejor estar en tu presencia; que está la causa, ¡ay cielos!, habrá sido de no haberme, señora, conocido. Tan afligida del decreto estaba en que el cielo a morir te condenaba, que no debo culpar a mi memoria sino a mi turbación. Miren qué historia. Mas, yo me voy, aunque en sus dudas cieguen no sea que otra vez me mujerieguen. Tú, Fineo, prosigue el sentimiento del que sin duda fue fingido intento, y verás cuán en vano lo procuras. Todas esas incultas espesuras están corridas ya con tal cuidado que, aunque le hubieran dado la tierra centros y los aires vuelos, no se hubiera librado a mis desvelos. Combatida de tantas confusiones me embarazan las dudas las razones: ¿Cómo se habrá ausentado el zagal que se había retirado? Perdona, pues, señora, que atrevido a tus divinos ojos he venido; mas ya me permitió una contingencia la fortuna de estar en tu presencia, templa, pues, deidad bella, tus enojos. ¡Que haya de consentir esto a mis ojos! Si ese era el extranjero que buscaste, ¿qué te admiraba, el ver que no le hallaste? Buscando vine agora. Buena la escusa fue. Vamos, señora. Ninfa Clori, o lo que eres, ¿cómo opuesta tan contra mí has salido? Porque en esta no profanada estancia de Pomona, que tu intención sacrílega baldona, la defensa he de ser que a tu desvelo ni aun la intención permita, y, ¡vive el cielo! ¿Qué haces, Clori? (El dolor me arrebataba y el papel de mujer se me olvidaba) Como nueva he venido yo a servirte, con mis enojos pretendí decirte que, si mi afecto tus agravios siente, la criada seré más obediente. Clori, dijo muy bien y tu ignorancia de estos jardines ya deje la estancia antes que experimente qué ocultáis la traición con lo obediente. Yo, Pomona, saldré de tus jardines, pero también te ofrezco que examines que mi desvelo amante, lo que rendido no, venza arrogante No haya, zagales, escondida estancia que no examine vuestra vigilancia. ¡Contra el traidor mi ira se resuelva! ¡A la selva!, ¡a la selva! ¡A la selva!, ¡a la selva! Y buscando a quien hoy de tantos males es la causa infeliz... ¡Corred, zagales! De tus ninfas los ecos armoniosos y los acentos de Fineo ansiosos, con distantes intentos, confundidos se encuentran en los vientos. ¡A la selva!, ¡a la selva! ¡A la selva!, ¡a la selva! ¡Corred, zagales!,... ¡Corred, zagales!... Que entre las flores se oculta traición amante. Que entre las flores se oculta traición amante. Contingencia ha sido extraña que hayan podido juntarse de sola una letra dos explicaciones distantes, pues buscando al extranjero, zagales por una parte, y por otra de mis ninfas la diversión agradable en que entretenidas viven, están repitiendo iguales: Que entre las flores se oculta traición amante. Todas esas contingencias forma el acaso, y no extrañes advertir que a dos sentidos los mismos acentos hablen, que aunque a tres sentidos digas, no está tan fuera de hallarse verdad que lo manifieste. No te entiendo. Aunque explicarme pudiera, de tu decoro a las leyes inviolables las explicaciones terno, que en tan sagrados altares lo que el silencio no explica es bien que la voz lo calle. Misteriosa, Clori, estás. Ya te entiendo. A tus pesares dirás que venían bien, que, de ordinario, los males todos los semblantes visten del color de sus semblantes. ¡Oh, que no es por mí, señora! Pues, di, ¿por quién? Perdonarme será forzoso, que yo temo tu enojo. ¿Es bastante confianza a tu recelo que te ofrezca no enojarme? Sí, pero aún temo. ¿Qué temes? Que a la palabra me faltes. ¿De mí lo dudas? ¡Si yo, bella Pomona, te hablase del zagal que fugitivo entró en tus jardines antes! Y eso, ¿cómo quieres que con aquellas voces cuadre? No solo son del intento, pero son muy semejantes. ¿La música y voces? Sí, porque si él pudo ocultarse de tu vistoso jardín entre las flores fragantes, si allí... ¡A la selva!, ¡a la selva! dice la voz, y en compases aquí... ¡A la selva!, ¡a la selva! repiten... ¡Corred, zagales! ¡Corred, zagales! También, pues en tus jardines late escondido entre las flores humilde racional áspid, a tres sentidos dirán él, la música y zagales... Que entre las flores se oculta traición amante. ¿Qué dices? ¿En el jardín él ha podido quedarse? ¡Ninfas, traición! No te inquietes. ¡Traición, ninfas! No las llames, pues aunque le busquen es imposible que le hallen; pero para que a tu vista él venga, yo iré a llamarle. ¡Aguarda, Clori, detente! Ya lo procuras en balde. Yo te impediré los pasos. Aunque excedas a los aires he de lograr mis intentos. Te seguiré hasta alcanzarte. Tú verás si con razón dijeron las voces antes: ¡A la selva!, ¡a la selva! ¡A la selva!, ¡a la selva! ¡Corred, zagales!,... ¡Corred, zagales!,... Que entre las flores se oculta traición amante. Que entre las flores oculta traición amante. En vano correr intentas aunque a los vientos iguales. déjame, bella Pomona. Ya, Clori, no has de librarte de mi poder. Pues será de esta suerte. Asombro, o áspid, que bien dijiste que oculto estaba entre lo fragante, ¿qué pretendes? Mas ¿qué miro? ¡Cielos!, ¿no es este semblante de aquel apacible monstruo que miraba yo en los mares? ¿Qué te suspendes? Prosigue de tu queja los ultrajes. ¡Oh qué mal puedo esforzar las quejas cuando al mirarle del veneno de los ojos están los labios cobardes! ¿Quién de tus iras suspende la voz? Ver que transformaste con tanta velocidad tu forma. Pues no lo extrañes; yo, señora, soy Proteo, deidad de esos altos mares, cuyas soberbias espumas a mis imperios se abaten, no a mi poder se reservan las noticias más distantes, pues más veloces que el tiempo, sin esperar sus edades cuanto dilatan los siglos, mira presente mi examen. Si de todo este poder quieres ser el dueño amante, por deidad sacra del agua te dará el mar vasallaje. ¡Ay de la llama que templanzas del fuego busca en el agua! Ya en presagio infelices y en amenazas fatales al aire de mis suspiros dicen cláusulas suaves: ¡Ay del amante que templanzas del fuego busca en el aire! No temas, bella Pomona, las vanas casualidades que el acaso las desprecia, y el temor las persuade, y para que experimentes que antes fueron favorables esos acentos que explican Flora y Céfiro, su amante, retírate, y desde aquí, oyendo sus lamentables acentos, verás que son tus miedos seguridades. ¡Oh, cuán poco han menester tus persuasiones mis males, que está de sobra el oír donde el mirar fue bastante! ¡Ay de la llama que templanzas del fuego busca el agua! ¡Ay del amante que templanzas del fuego busca en el aire! Mas, ¡ay de mí! que si muero de amante a la muerte le debo la dicha de que me mate. ¿Que infieres de lo que oíste decir a los dos? Que aun antes que le oyese decía que era el morir agradable. A la muerte le debo la dicha de que me mate. De mis llantos las corrientes... De mis suspiros el aire... en vano el alivio buscan en los vientos y en los mares. Pero allí Céfiro viene. Pero Flora al jardín sale. ¡Oh!, qué infeliz es la dicha que es tristeza al encontrarse. Y pues mi llanto infelice... Y pues mi suspiro amante... ni viento ni el agua alivian digan otra vez mis males: ¡Ay de la llama! que templanzas del fuego busca con el agua. ¡Ay del amante!, que templanzas del fuego busca en el aire. Mas, ¡Ay de mí!, que si muero de amante a la muerte le debo la dicha de que me mate. Suspende de tus tristezas, Flora, el infeliz combate. ¿Cómo suspenderle puedo, cuando del cruento ultraje de mi infausto sacrificio las voces repite el aire...? Los enojos de Cupido Flora en el incendio apague. ¡Qué infelicidad! ¡Qué pena! ¡Que tal escuche a los aires! Vientos, ¿cómo de esas voces las cláusulas tan infames antes que acentos pronuncien no hacéis que silencios callen? Supremo poder de Juno, del viento deidad afable, ¿cómo permites mi injuria sin que en mis penas amantes sea el pavón de Juno, diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y flora las tempestades? Sea el pavón de Juno, diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y Flora las tempestades Ya compadecido el cielo a tus voces lamentables tu ruego acepto, pues miro un pavón, cuyo donaire entre las vistosas flores forma vistosos alardes. ¿Qué pavón es este que entre las flores fragantes de mi jardín hasta hoy no le vi? Porque no extrañes su novedad, ésa es Juno, sacra deidad de los aires, que favoreciendo a Flora, por ser Céfiro su amante, a las tristezas que lloran viene ofreciendo piedades. Divina Flora, no temas aunque al viento le escuchaste... los enojos de Cupido Flora en el incendio apague... porque ese pavón que miras envía Juno a librarte; y así, porque experimentes si son ciertas sus señales, de nuestros humildes ruegos diga la voz agradable: Sea el pavón de Juno Diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y Flora las tempestades. Ufano pavón, anuncio feliz, dichoso mensaje, pues buscas las flores encuentra piedades. Vistoso esplendor, hermosa piedad, mi lamento alcance, que tus bellos ojos miren mis pesares. De Flora el morir rehúsa piadoso el iris de paz tus plumas señalen, pues que nuestros ruegos repiten constantes: Sea el pavón de Juno, diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y Flora las tempestades. Ya al vuelo restituido airoso el pavón volante dichas anuncia diciendo entre cláusulas suaves: Sea el pavón de Juno, diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y Flora las tempestades. Flora infelice, no temas Como por quererte muera yo sabré morir constante. Por más que el viento repita... Por más que repita el aire... entre villanos acentos... entre presagios fatales... los enojos de Cupido Flora en el incendio apague... pues a su rigor opuesto dice el cielo en sus piedades: Sea el pavón de Juno, diosa del aire, iris dichoso que temple de Céfiro y Flora las tempestades. Ya que de mi atrevimiento la osadía perdonaste, y ya que mi adoración admitidas llamas arde, permite que de mis dichas las ninfas y los zagales el dulce lazo publiquen, y con músicas y bailes me regocijen esposo, demostraciones de amante. De nuestro feliz consorcio sean testigos y señales humos que la tea alumbre, incendios que el pecho abrase. Donde le publique el mundo... Donde el mundo le declare... que triunfé con mis desdichas... que vencí con mis pesares,... pues a la muerte le debo la dicha de que me mate. Detente, glorioso hechizo, fugitiva ostentación, pues ves que en tu seguimiento en alas del viento voy. Viva, fantástica idea, imaginado esplendor, que te propones asombro y solo te encuentro voz. Déjame aleve, que huyendo de tus amenazas... No, no te asustes, no, que los pasos no exceden los vuelos del aire veloz. ¡Cielos!, ¿qué es esto? A esta parte el dulce espanto se oyó. El cielo me dé su amparo para que, volando No, no te ausentes, no, que los pasos no exceden los vuelos del aire veloz. ¡Ay de mí!, también del cielo la cristalina región me niega el alivio. Pues al profundo abismo No, no te ausentes, no, que los pasos no exceden los vuelos del aire veloz. Combatida de tan raro, tan incomprehensible horror, en vano alientan los pasos lo inmóvil del corazón; pues del aire, cielo y tierra el alternado rumor en opuesta competencia los pasos me embarazó allá diciendo los aires... No, no te ausentes, no. allá diciendo los cielos: No, no te ausentes, no. allá diciendo la tierra: No, no te ausentes, no. y de los tres repitiendo la horrorosa confusión: que los pasos no exceden los vuelos del aire veloz. Pues si tierra, cielo y aire contra una infelice son, diré que tiranos fueron aire, tierra y cielo. No. ¿Luego son piadosos? Sí. ¿Quién podrá decirlo? Yo ¿Quién eres, asombro vano, mal comprehendida ilusión, que la duda del oír hace tu vista mayor? No temas, detente, aguarda, hermosa Oritia. Yo soy Bóreas, que a un tiempo soy rey de Tracia y del aire Dios. Yo soy por quien dice el aire al ver tus rigores: No, no te ausentes, no. Por mí los cielos repiten con piedad clemente: No, no te ausentes, no. Soy por quien dice la tierra al ver que te ausentas: No, no te ausentes, no. Y, en fin, soy quien a tus ojos con rendida adoración de las clemencias del llanto, de las iras de la voz, formando va las piedades por las sendas del horror. no de mis tristes lamentos huyas la humilde oblación, que aunque a los desdenes vueles, aunque corras al rigor, de mis suspiros al aire nunca la planta igualó; por eso entrambos decimos que la planta no excede los vuelos Por más que en blandas lisonjas, por más que en fiero rigor delicias y horrores juntes, mi constante obstinación no ha de rendirse a quien fue villanamente traidor. Padre. Los labios suspende. Celia. Detente. ¡Qué horror! Oye mis penas, señora. En vano tus llantos son. Pues ya que el ruego no vence tu obstinado corazón, vuelva a los rigores, vuelva a mi violento furor y el aire de mis suspiros, que tu crueldad despreció, en torbellinos deshecho por la aérea población, robando de tu hermosura el invencible arrebol, logre con violencias cuanto con rendimientos perdió, y quien al ver mi venganza culpe mi desatención forme el desprecio más blando o haga menos ciego a Amor. ¡Vientos, vengad mis injurias! ¡Ay de mí! ¡Traición!, ¡traición! En terremotos la tierra se rompe. ¡Qué confusión! No fíes ya de tus quejas porque del aire el horror el que arrojarás acento se llevará exhalación. De mi hija en el retrete se ve el peligro mayor. ¡Padre, Lidoro, vasallos! En vano alientas la voz cuando en mi defensa vienen todos los vientos; y yo, por no mirar mis crueldades, de mí propio huyendo voy, que es menos rigor causarle que estar mirando el rigor. Roben los aires furiosos y opuestos de Oritia divina el sacro esplendor, y en venganzas de Bóreas compitan el Céfiro blando y el fuerte Aquilón. Roben los aires furiosos y opuestos de Oritia divina el sacro esplendor, y en venganzas de Bóreas compitan el Céfiro blando y el fuerte Aquilón. ¡Ay de mí! que de la tierra el horroroso temblor todo el palacio en vaivenes su estabilidad perdió; y a los embates del viento en horrible turbación no hay resistencia constante que venza tanto furor; de un airado torbellino presurosa exhalación mal resistida la planta librada en el aire voy. Padre, Celia, Arminda, Nise. Hija. Señora. ¡Qué horror! Roben los aires furiosos y opuestos de Oritia divina el sacro esplendor, y en venganzas de Bóreas compitan el Céfiro blando y el fuerte Aquilón. ¡Clemencia! ¡Pálida nube! ¡Piedad! ¡Horrible vapor! ¡Ay, infelice, de mí! Detente... Aguarda... que yo... Pero ¿qué miro? ¿Qué es esto, cielos? Lidoro. Señor. sin duda de aquesta nube la velocidad robó a tu hija Oritia. Calla, que no puede ser, que no. Mas... sí será, que es desdicha. Ya lo dice aquella voz: Roben los aires furiosos y opuestos de Oritia divina el sacro esplendor, y en venganza de Bóreas compitan el Céfiro blando y el fuerte Aquilón. Señor, siguiendo tus pasos entre los horrores voy. ¡Ay, Fineo, que los aires el soberano arrebol de Oritia robaron! Penas, ¿quién a tan fiero dolor dará alivio si en mi hija me falta la vida? ¿Quién eres, gallardo joven? ¿Quién eres, bello garzón que a tan fiera tempestad le ofreces alivio? Amor, que amor es alivio aunque es aflicción. De Bóreas el orgullo, de Céfiro el blasón, de Proteo la industria, publicando exempciones del amor el aire, tierra y agua negaban a mi incendio adoración. Y en Bóreas el viento, en Céfiro la flor, en Proteo los mares, arde todo en mis llamas, pues que son Pomona, Oritia y Flora las amantes pavesas de su ardor. Y pues a mis incendios rinden jurisdicción los tres ardiendo amantes, rendidos de mi fuego al arrebol Lidoro, el rey, Fineo, testigos han de ser de mi esplendor. Extrañas dudas advierto. Cuanto miro es confusión. Toda es recelos el alma. Venid siguiendo mi voz que después a vuestras ansias daré el alivio mayor. Aunque en mis dudas absorto, te he de seguir. También yo, aunque alivio que ya es tarde es más desesperación. Yo os sigo, que la evidencia es alivio del temor. Pues mis acentos seguid mientras el dulce rumor publica de mi poder en ufana ostentación: A las violencias de Amor en vano resiste el pecho, si al rigor de sus aljabas aire, tierra y mar son fuego. A las violencias de amor en vano resiste el pecho, si al rigor de sus aljabas aire, tierra y mar son fuego. Retirados, desde aquí se verán mis vencimientos. Sacra deidad de los mares, Tetis divina, a quien debo que de Pomona el rigor haya templado los ceños y a las que antes eran quejas las rindo agradecimientos; y así, a tus húmedas aras rendida, oblación ofrezco en tanto que a su jardín amante felice vuelvo a rendir a su hermosura de toda el agua el imperio. Pues la espuma publique tus vencimientos si en tus dichas amantes el agua es fuego. ¡Aguarda, traidor! ¡Detente! Pues los desvelos que fingidos se buscan los lleva el viento. ¡Oh, qué bien, ciega deidad, del alma dulce veneno, publicaron de tus voces los acordados acentos!: A las violencias de Amor, en vano resiste el pecho, si al rigor de sus aljabas aire, tierra y mar son fuego. Agradecido a tu amparo, suprema deidad M viento, Eolo sacro, de Oritia triunfante y rendido vengo. Ya en mis violencias robé la mejor estrella al cielo; a Tracia la lleve el aire donde vendrá a ser a un tiempo la deidad de mi albedrío y la reina de mi imperio. Arda en luces de mi amor del aire el diáfano reino, que yo me aparto a adorar de Oritia el esplendor bello, donde Tracia la corone por reina de su hemisferio. Pues el aire publique tus vencimientos si entre dichas amantes el aire es fuego. ¡Espera, tirano! ¡Aguarda! Pues los desvelos que fingidos se buscan los lleva el viento. Ya el aire manifestó ser, ¡ay de mí!, verdaderos los acentos que en defensa de Cupido repitieron: A las violencias de Amor en vano resiste el pecho, si al rigor de sus aljabas aire, tierra y mar son fuego. ¡Clemencia, piedad rigurosos cielos, que no son las llamas remedio de fuego! ¿Cómo, severa deidad, permites rigor tan fiero? Estas son solo amenazas de mis rigores severos, que ya por mí perdonada dice el afligido pueblo: ¡Viva Flora!, que ya Amor ha revocado el decreto. Vive ya, felice Flora, que tus ausencias gimiendo ni el prado animaba flores, ni eran las flores aliento. Y ya al verte perdonada todos los campos amenos en muestras de su alegría flores están produciendo. Yo que doy vida a las selvas en tus tristezas muriendo paré el curso a sus fragancias que ya restituyo obsequios. Pues las flores publiquen tus vencimientos si en tus dichas amantes la tierra es fuego. ¡Aguárdate, Flora! ¡Espera! Pues los desvelos que fingidos se buscan los lleva el viento. Ya en el mar, el aire y tierra veis que con razón dijeron: A las violencias de Amor, en vano resiste el pecho, si al rigor de sus aljabas aire, tierra y mar son fuego. Zagales y ninfas publiquen contentos glorias de Pomona triunfos de Proteo. Agradecida a tan fieles demostraciones de afectos serán indicios mis brazos del regocijo del pecho. ¡Oh, qué contenta que está mi ama en su casamiento! El ciego amor a la muerte la condenaba primero; ahora, en lugar de las llamas la ha casado. Quiera el cielo que a muy pocos días no le cause cariño el fuego. Si tus bellas luces logro mis dichas envidie el cielo ¡Ea!, publicad, zagales, mis fortunas repitiendo: Vaya de fiesta y de baile. Vaya de gusto y contento. Zagales y ninfas publiquen contentos glorias de Pomona triunfos de Proteo. Verás agora, de Atenas soberano rey supremo, la coronación de Oritia, reina de Tracio, diciendo: ¡Viva Oritia nuestra reina, sacra emperatriz del viento! Por reina de Tracia feliz se corone Oritia la bella, hija de Ericteo, y el laurel de sus sienes explique amantes triunfos reales imperios. Ya que del sacro Cupido en el religioso templo te han coronado por reina más que laureles afectos; ya que ofreciste en las aras de amor holocaustos regios, entra, Oritia, en tu palacio, en donde logres contentos sobre tus sienes tus triunfos, y a tus pies mis rendimientos. ¡Qué bien admitiera tantas demostraciones de afectos, si fuera en presencia suya mi padre el testigo de ellos! Entra, Oritia, en el palacio, que ya su dórico centro impacienta lo que tarda ser Adlante de tu cielo, que si de tu padre quieres despedirte... ¿Cómo puedo, si está ausente? ¡Hija, aquí estoy! ¡Calla! diciendo esos ecos: Por reina de Tracia feliz se corone Oritia, la bella hija de Ericteo, y el laurel de sus sienes explique amantes triunfos reales imperios. ¿Y Titiro no tendrá su mutación? ¡Calla, necio, sigue mis pasos! ¿Adonde he de seguirte? A este puesto. Digo que tienes razón, que aquí están los elementos todos con más propiedad, pues allí está ardiendo el fuego, la flor del campo en la olla, el agua en el caldo, excepto que no quisiera se hallara en la calabaza el viento. Mas, ¿qué miro? ¿esta sortija que tú llevas... Bueno es eso, no es la que llevaba Clori, la que Amor condenó? Quedo, que aquella Clori que viste, Celia mía, era yo mesmo que en mujer me transformé sin saber cómo fue aquello. Sobre mi sortija están Celia y Titiro riñendo. Ea, Amor, este es el campo fregatriz de nuestros celos; sale un paso de celoso muy enojado diciendo: ¿Cómo ingrato? (Bueno vas) ¿Cómo atrevido? (Esto es bueno. A fe que es lance apretado, y nosotros no tenemos un padre o tío que salga que es el único remedio) Téngase usté, señor Licio, y puede creer que cierto por acabar la comedia se pierde un famoso enredo. ¡Viva Oritia! ¡Bóreas viva! ¡Vivan Pomona y Proteo! Ya que postrados has visto mar, tierra y aire a mi fuego, en recompensa agradable de que este alcázar excelso mi deidad haya elegido, para su auxiliar pretendo que forme sus diversiones de mis triunfos, y así a un tiempo todo cuanto yo os mostré venga a tu alcázar diciendo: Ea, zagales y ninfas, publicad mis vencimientos, Zagales y ninfas repitan contentos glorias de Pomona triunfos de Proteo. Pues la espuma publique tus vencimientos, si en tus dichas amantes el agua es fuego. Ya vuelves a tu palacio, Oritia, divino dueño. Por reina de Tracia feliz se corone Oritia, la bella hija de Ericteo, y el laurel de sus sienes explique amantes triunfos, reales imperios. Pues el aire publique tus vencimientos, si en tus dichas amantes la tierra es fuego. Clemencia, piedad, rigurosos cielos, que no son las llamas remedio del fuego. Pues las flores publique tus vencimientos, si en tus dichas amantes la tierra es fuego. Y de todos los tres triunfos repita el aplauso a un tiempo. Pues la espuma publique sus vencimientos, si en las dichas amantes el agua es fuego. Pues el aire publique sus vencimientos, si en las dichas amantes el aire es fuego. Pues las flores publique sus vencimientos, si en las dichas amantes la tierra es fuego
