Texto digital de La adúltera perdonada
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Lope de Vega Carpio
- Atribución estilometría
- Antonio Mira de Amescua Probable
- Género
- Auto
- Procedencia
- El texto ha sidp prepardo por De la Fuente Martínez a partir de un documento en la BNE.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
De la Fuente Martínez. Texto digital de La adúltera perdonada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/adultera-perdonada-la.

LA ADÚLTERA PERDONADA
Que vengas, Alma, te ruego. Amor Propio, ¿a dónde voy? A donde vamos jamás que no haya gusto. Eres ciego. Y ansí razón me conseja que ni te siga ni nombre, porque o lo acierta el hombre que te niega o que te deja. Si nací de tu hermosura ¿cómo me puedes negar? Con solo considerar que hay criador y soy criatura. Dios te dio hermosura tal que a su imagen te formó. Es verdad, pero me dio cuerpo frágil y mortal. Confieso que en la belleza, Alma, a tu cuerpo prefieres que naciste inmortal, y eres de mejor naturaleza. Pero Dios os formó un día, obras de su mano fuisteis y desde entonces tuvisteis tan estrecha compañía. Y es vuestra amistad tan buena y su amor tan estimado que sueles de su pecado llevar primero la pena. Y tan bien de la vitoria que a sus pasiones quita mientras que no resucita tu sola llevas la gloria. En efecto, como a hermanos Dios a un tiempo os forma, y toca tú eres soplo de su boca y él es barro de sus manos. Un compuesto os hizo Dios y vuestra unión es de suerte que no es otra cosa muerte sino apartaros a los dos. En cuanto juntos estáis el hombre es hombre, tú ausente el cadáver, que no siente, y por aquesto os amáis. Y es tal vuestra compañía que tú sientes sus pasiones sin que el hombre halle razones de aquesta filosofía. Mira, pues, si yo he nacido de esta unión, cuando jamás tu propio Amor negaras Yo confieso que ha tenido extraña dificultad, pero muchos te dejaron que a sí mismos se negaron para seguir la verdad. Y si la hermosura inclina a un amor tan peligroso, ¿quién ha sido más hermoso que David, que Caterina, que Joseph, que Madalena? Y les faltó esta pasión. Mas hermoso fie Absalón. Esa hermosura fue llena de soberbia, que nació de ti, a su padre dio guerra, afectos fueron de tierra que en la muerte le faltó. Pues vino a morir con ellos en el aire atravesado con una lanza y colgado de esos hermosos cabellos. Y aquel rey vanaglorioso de quien habla Ezequiel de su amor ciego y con él tan soberbio como hermoso. No castigó su locura Dios con extraño rigor, porque tuvo propio Amor nacido de su hermosura. Tirano hiciste a Adonias del profeta David, hijo ya otro por ti maldijo o seas Al fin porfías a dejarme. No porfío, la antigüedad que un altivo en el cristal fugitivo de una fuente se miró. Y allí a sí mismo se quiso tanto que la fuente pura fue su espejo y sepultura. Es verdad, ese es Narciso. Pues elegir quiero estado donde yo pueda negarte. En efecto has de casarte. A mi cabaña han llegado dos embajadores hoy, tu consejo espero. El mío, consejero es tu albedrío, ni los tomo ni los doy. Pero, dime, ¿son pastores? Uno es pastor y otro rey que amor no guarda una ley. Entren los embajadores. Serrana de aquestos valles, morena pero hermosa, cuyas divinas facciones quema el sol que el cielo borda. El rico Mundo le quiere para dama o para esposa, mira que el tiempo separa, coronémonos de rosas. Corren hasta el mar los ríos y nunca a sus fuentes tornan, Y así es nuestra humana vida, goza serrana sus glorias. Zagala hermosa y morena, a mí el Deleite me nombran, embajador soy del Mundo, a quien tu rostro enamora. Ya conoces su poder, pues su máquina redondea en sí mismo, pero estriba, porque tiene fuerzas propias. Largos mares son sus brazos, sus guisospeñas y rocas, sus miembros son las montañas, y las noches sin sus sombras. Sus ojos los claros días, son los volcanes sus bocas, los árboles sus cabellos que el otoño enrubia y dora. Las claras fuentes y ríos son sus venas espaciosas, su vello la vegetación que le alegra y que le adorna. Cuando respira, es su aliento la región del aire toda y es el llover del invierno, que por tus amores llora. Oro sus entrañas crían, sus brazos perlas y aljófar, sus venas cristales puros, su vello apacibles rosas. Esta es su ilustre materia y son su gallarda forma república y naciones ya juntas y ya remotas. Reino, leyes, y costumbres, ya tivanas ya piadosas son el Alma de este cuerpo, que su bello rostro adora. Seis mil años es su edad, pero tan mozo está ahora que en los sucesos parece que tiene la edad muy corta. Es hermoso como rico, que consta de varias cosas, y es señor de las riquezas, de los gustos y las honras. De todo al fin serás dueño, elije hermosa pastora, un esposo tan bizarro que tendrás mis envidiosas. Nunca tendrás descontento con tal dueño y tal señor. Hable el otro embajador. Yo soy el Conocimiento de sí mismo, que de parte del hijo del hombre vengo, la Razón por madre tengo y así puedo aconsejarte. Son, pastora, sus ganados pensamientos divertidos, que se aparecieran perdidos en montañas de cuidados. Parecen velo de grana sus labios tan de coral, y, como dulce panal, destilan miel soberana. De paloma son sus bellos ojos, que dan afición revelos de cabras son sus dientes y sus cabellos. Sus mejillas son, si adviertes, tórtola, su garganta torre de David, que espanta con las armas de los fuertes. Huele su vestido a incienso y así a rostro tan hermoso es conveniente un esposo manso, hermoso, sabio, inmenso. El Mundo y su monarquía es mortal, su fin aguarda y así, pastora gallarda, quedarás viuda otro día. Si es tu origen celestial y el Mundo en su pompa es dueño, elige existente dueño, porque has de ser inmortal. Con este esposo divino tendrás más sabiduría que el gran Salomón tenía, que es verdad, vida, y camino. Mira hermana que es celoso y da vida desabrida si quieres alegre vida, el Mundo ha de ser tu esposo. Al hijo del hombre quiero, porque es pastor como yo, y a su imagen me formó nuestro autor. Mira primero, que es poderoso enemigo el Mundo. El hijo del hombre hará que tiemble y se asombre. Suya soy. Yo se lo digo. Cuando a su cabaña sientas los furiosos escuadrones del Mundo y de sus pasiones, ¿quién duda que te arrepientas? Cuando lleves tus ganados paciendo yerbas amargas y estén en las noches largas esos ojos desvelados. Cuando tres contrarios veas dándole guerra cruel en este monte y en él le falte lo que deseas, echarás, ingrata, menos flores, cuyo olor admira que es aliento que respira Favonio, en valles amenos. Echarás menos los vivos arroyuelos que te ofrecen plata, y culebras parecen de cristales fugitivos. Los pastos de alegre tierra le faltarán, necia y loca. No los quiero. Al arma toca guerra, Mundo, guerra ¡guerra! Negar piensas este día, tu Propio Amor y pasión, y no pudo Salomón con todo lo que sabía. Seis horas solas estuvo Adán sin mí, el Propio Amor era el afecto mayor que el Ángel soberbio tuvo. Advierte, pues, lo que pasa, que hoy has elegido esposo de condición tan celoso que me ha de echar de su casa. Sin mí no podrás hallarte, y es tan estrecho camino el que elijes, que imagino que al principio has de cansarte. La Razón, que mucho sabe, me ha dicho por que le quiera, que es su carga muy ligera y que es su yugo suave. Enamorada estoy ya que es mi amado rubio y blanco, es manirroto, es muy franco, muéstrame, Amor, dónde está, en qué valle, en qué floresta apacienta su ganado, a dónde está recostado en el calor de la siesta. Hijas de Jerusalén, su vieredes a mi esposo, el amado y el hermoso, decid que le quiero bien. Decid [de] que ya le adoro, que su amor roba las almas, que sus cabellos son palmas y su cabeza fino oro. En su huerto el dueño mío coge los lilios y aromas y sus ojos son palomas a los márgenes del río. Mas ya he escuchado su voz, ¡saltando viene mi amante por los montes, semejante al cervatillo veloz! Sus facciones soberanas él mismo, hermoso, me muestra, tras de aquella pared nuestra, por resquicios y ventanas. ¡Ya me habla, ya le veo! Date prisa, dulce esposa, ven a mí, amiga, mi hermosa, porque abrazarte deseo. El invierno desabrido que en aquestos montes llueve ya mariposa de nieve y ya cristal derretido, ausente está y han salido en el valle tantas flores que tórtolas, ruiseñores, celebran la primavera, brotando está la higuera, las viñas dan sus olores. Dale a tu esposo y amado tus abrazos muy estrechos, pues son mejores tus pechos que vino y olor preciado, es tu nombre derramado óleo, y así las doncellas aman tus facciones bellas y con ser yo luz del Mundo su resplandor sin segundo vence al sol y a las estrellas. Qué de suspiros me cuestas, qué de veces te he rondado, dejándome mi ganado perdido entre esas florestas, cuántas calurosas siestas el sol te daba reflejos estos arroyos espejos, los cedros alegres sombras, los prados verdes alfombras y yo divinos consejos. Ay, esposa, ¡ay, alma mía! Al fin, ¡al fin te he hallado! Como la sed me ha quemado el sol del ardiente día. Negra estoy, aunque hermosa, y no es mucho que esté ansí si guarda de viña fui. Cuando el mayo ha visto rosa, nacida en ásperas zarzas, con más beldad que tú enseñas ni el blanco lilio en las peñas ni las palomas y garzas tuvieron tal hermosura, esposa, me has de querer. Más que a mí. Si eso ha de ser, tu Propio Amor es locura. Celos tengo, amor me abrasa, mira si querrán los cielos que a quien me mata de celos tenga dentro de mi casa. Échale, esposa, de aquí. Tú no le puedes echar. Acción que es tan singular quiero que nazca de ti. Amor Propio. ¿Qué me quieres? Que te vayas. Mira, pues, no te arrepientas después, que es condición de mujeres ser a primer movimiento fáciles, desde hoy te pones a resistir tus pasiones. Es divino vencimiento, esposa, de esta victoria de enemigos invisibles coronas inaccesibles te prometo allá en mi gloria. Y aunque pobre te parezco, debajo de este pellico vive un corazón tan rico que el mismo cielo te ofrezco. Mío es el mar, mío es cuanto el principio cubrió, que mi palabra le echó las prisiones en los pies. Y porque te cause espanto, yo doy sustento suave a la fiera, al pez, al ave, que invocan mi nombre santo. Conmigo estás desposada, esos ojos de los cielos no vuelvan dándome celos a ver la vida pasada. Mi entendimiento te adora, tus facciones celestiales estimo. Salid, zagales, a recibir la palabra más hermosa que vio el valle. Del Líbano viene la divina esposa, de cafir y rosa dos guirnaldas tiene. Sea bienvenida la bella zagala, que a su esposo iguala, en la estrecha vida dáranla en comida banquete solemne, en fe milagrosa de cafir y rosa dos guirnaldas tiene. De las montañas caldeas el aquilón no derriba con mayor ímpetu y furia las verdinegras encinas. Ni en el mar braman los vientos ni el Nilo se precipita con la furiosa corriente de mi cólera excesiva. Guerra daré a sangre y fuego a la esposa haciendo liga, con la carne y el demonio ¿qué fuerzas hay que resistan? ¿Cómo es posible, Alma ingrata, que menospreciado viva el Mundo contra desdenes si eras otro tiempo mía? Apenas, Alma, te vi en el umbral de la vida, cuando te di mis deleites, mis fiestas, ¡mis alegrías! ¿Cómo me dejas por otro? Tu mismo esposo decía que es gusano y que no es hombre, ¡mira tú por quién me olvidas! La libertad de mis leyes, el oro que en mí se cría, y de mi venas las sangres, la humana y sacra codicia. La variedad de mis reinos, las verdes tapicerías, que teje la primavera y borda con perlas finas. El alba, los anchos mares con ciudades movedizas, cuyas azules espaldas rompen casas peregrinas. Los peces que en sus entrañas sepultura de hombres fría hacen círculos de plata y no suenan ni respiran. Las que hacen sus alas remos y velas tendidas y las lóbregas regiones del aire surcan a prisa. Todo en dejarme lo dejas, mira si es poca desdicha que por una vida pobre pierdas hoy cosas tan ricas. Esposo tienes celoso de condición tan esquiva que por un descuido solo te dará muerte algún día. Oza diga su rigor la mujer de Lot lo diga, que por mirar y tocar perdieron las dulces vidas. Guerra te he de dar cruel, a tus cabañas envistan ejércitos de pasiones, que a muchos fuertes derriban. Los leones de soberbia, los lobos de la avaricia, con los perros de la gula y los tigres de la ira. Los bueyes de la pereza, los sátiros y las jimias de lasciva torpeza y los linces de la envidia. Atormentan a esta ingrata, cuya hermosura divina espanta a un[o] a los infiernos y a los ángeles admira. Mundo rico y poderoso, ¿por qué no la solicitas? Primero con tus regalos festéjala algunos días. Dale música, y ronda su puerta, que la porfía allana dificultades y torres altas inclina. Como galán la pretende porque, si está arrepentida, será adúltera a du esposo. Discretamente me avisas. Tráele músicas, Deleite, la curiosidad la escriba, el interés la regale, la desvergüenza la pida. El ocio le de ocasión, el Amor Propio la siga, que yo rondaré entretanto esta cabaña pajiza. Despertad, ojuelos verdes, que a la mañanita lo dormiredes. Si el Mundo no os da cuidados y en él no estáis divertidos, despertad soles dormidos, no parezcáis eclipsados, a vuestros enamorados haced, señora, mercedes que a la mañanita lo dormiredes. Gustad del Mundo esta vez, Alma, que es grande inocencia hacer tanta penitencia en una tierna niñez, remitidla a la vejez, gozad vuestros años verdes que a la mañanita XXXX… ¿Quién me ha desvelado en medio del dulce sueño? Un galán que, aunque formado de la voz de vuestro dueño, de vos está enamorado. ¿Quién primero se llamó vuestro? Y, ¿quién daros espera el pago que a todos dio? Es el Mundo. ¿Quién pudiera desvelaros sino yo? Tomad, Alma, a la alegría, porque no os aprisionaron cuando un jarro de agua fría en la cabeza os echaron, que hasta entonces fuisteis mía. Volved a la edad pasada, si el esposo no os agrada, verdad es que a mi pesar ninguno os puede llamar la bella mal maridada. Pero mayor libertad tendréis en el reino mío, reinarás a voluntad, suelto andará el albedrío por el ocio y la vanidad. Levantáranse por mí nuevos deleites, que ansí amor mis fuerzas inclina, que es vuestra imagen divina, de las más lindas que vi. Si ahora os ven afligida vuestros ojos peregrinos dejad la senda elegida, id por los anchos caminos que tengo para la vida. Los recelos y temores del esposo pierde ansí quien gusta de mis favores, haced elección en mí si habéis de tomar amores. Haber elegido estado no os de temor de manera que no sintáis mi cuidado, pues no seréis la primera que a su esposo ha adulterado. Amad, pues, para que ansí os divirtáis, que yo fui quien más gusto os supo dar y si alguno habéis de amar, sol no me dejéis a mí. Ya, Mundo, se ve mi vida como una batalla fuerte, la voluntad afligida a la memoria divierte de la razón desasida. Menos echo al Propio Amor, mi carne siente el rigor de esta vida y yo lo siento y ciego el entendimiento no acierta a darme favor. A ley sin regalos vengo, acuérdame la memoria, tú, Deleite, y si detengo su rigor, la vanagloria me dice que fuerzas tengo. Al fin, Mundo, yo quisiera tratarte, mas que esto fuera sin que dejara a mi esposo de todo punto. Dichoso seré ansí. ¿De qué manera? Verte podré disfrazado. Pues yo te espero y me voy, Que lo siento desvelado Digo, Deleite, que estoy venturoso enamorado. Favores de esposa ajena más se deben estimar, quede libre o propia, ordena cómo podamos entrar en su casa. En hora buena. Sirenas que a la memoria del Alma engañáis también, cantad y la vanagloria venga a darme el parabién de tan singular victoria. La más bella niña de aqueste lugar hoy está arrepentida y ayer por casar. Libre era la niña, mas su libertad sijeto a un esposo que es dios inmortal, en santa abstinencia la ha obligado a estar y ella a los deleites no olvida jamás, la verdad seguía ya empieza a pecar. Que hoy está arrepentida y ayer por casar. Alma, tu melancolía nace de alguna inquietud que siempre da la virtud al espíritu alegría. Cuando, dulce esposa, viste algún piloto escapar de las tormentas del mar, que en la ribera este triste. Cuando incierto peregrino que en el campo se perdió tuvo tristeza si halló o la ciudad o el camino. Y cuando en la noche obscura quien ninguna los había sintió falta de alegría con los rayos de luz pura. Ni en los sedientos pastores cuando viste pena igual si ven fuentes de cristal bordadas de varias flores. Pues, ¿cómo no te divierto de aqueste triste accidente siendo yo la luz, la fuente, la ciudad, camino y puerto? Si es porque yo a tus ganados, que obras son y pensamientos, prohíbo algunos intentos de entrar en pastos vedados. Valles tienes muy amenos XXXXXXXXXXXX, donde tu fe viva entiende que yo he de premier los buenos. Si quieres monte favor puedes subir y en su cumbre gloria hallarás que te alumbre con divino resplandor. Si acaso te agradan, mas sombras de árboles a ti sube al calvario, que allí la de mi cruz hallarás. Dulce esposo, aunque es verdad que esos pastos me convienen, los primeros actos tienen alguna dificultad. Después me hallaré mejor, que con vos he estado poco, Guarda el loco guarda el loco. Dame, engaño, tu favor. Rabadán rico y famoso dijeron que tenía tu esposa melancolía y así ese loco gracioso, que ningún truhan le iguala, traigo porque la entretenga. Muy en hora buena venga. Quizá será en hora mala. ¿Cuántos días hay que estar, loco, ansí? Yo te confieso que solo he tenido seso cinco o seis horas, no más. ¿Qué edad tienes? Seis mil años y alguno más. Ya eres viejo, ¿y estás furioso? No dejo de causar a veces daños. Con tan edad no estás cuerdo. Son mis años vanidad y así mientras más edad, más el seso y razón pierdo. Deciros pudiera a fe vuestro esposo lo que pasa, una vez entró en mi casa, preguntad como le fue. ¿Cuánto estuvo? ¿Cuánto? Treinta y tres años estuvo, y todo ese tiempo tuvo hambre, sed, dolor y llanto Mal tratas a tus amigos. No lo fue, que, si lo fuera, muchos regalos tuviera, una vez me pidió higos, y no se los quise dar, Cómo se enojó. ¿Qué dijo? Una higuera maldijo, otra vez viéndole estar cierto compañero mío con hambre, piedras le dio. Y mi esposo las comió. Oh qué gentil desvarío. Oye, loco. Cuerdo diga. Si tú furioso no estás entretenerme podrás a mi esposa y dulce amiga. Qué bien nos compadecemos algunas veces tú y yo. ¿Y ha de seguirme? Eso no, Viciosos son los extremos. Bien es que oiga tus locuras, pero que de ti se ría, porque necio el que confía en las cosa más seguras. Más que vos tengo ganados. Esos se llaman perdidos, los míos son escogidos, aunque pocos. Pues llamados me faltan a mí. ¿No ves que lo que yo he desechado solamente es tu ganado? ¿Cuántas ovejas después de ser vuestras, mías son? Dioles roña y deséchelas, no tienes perro, ni ve las ovejas de maldición. Son las tuyas y perdidas quien a un loco reconoce. Una os hurté yo de doce que tuvisteis escogidas. Siete ciudades había donde os cupo solamente una ovejuela inocente, pienso que Lot se decía, no sé por qué os alabáis y perro tengo también que velar sabe muy bien. ¿Y cuál es? El que miráis. Tú, Deleite, ladra un poco. Si esta cordera despierta, ¿qué me darás? Cuando muerta, el pellejo. Es lindo el loco, cómo ladras. De esta suerte. Qué dulcemente me suena tu música. Y es sirena, que da cantando la muerte. Como has dicho pocas gracias. Qué mal que me has conocido, siempre mis cosas han sido desventuras y desgracias. Ayer mi gran hermosura que varios todos me llaman y son locos cuantos aman mis cosas, que esta locura los reinos, las dignidades, las riquezas, la ambición son locuras, todas son vanidades. Cuando el mercader procura con su ganado dinero igualar al caballero, ¿no es locura? Y gran locura. Hallarse en la edad madura desde el bozo en esperanza, de un bien que tarde se alcanza y alcanzado poco dura, pasar la mar no segura con hidrópica codicia, que después será avaricia, ¿no es locura? Y gran locura. Cuando de acción se murmura del que manda del que priva, sin saber en lo que estriba, ¿no es locura? Y gran locura. Preciarse de su hermosura la mujer no siendo fuerte contra la edad y la muerte y una débil calentura, si pudre su dentadura la mujer que se deleita en afeitarse y se afeita, ¿no es locura? Y gran locura. Del laurel que siempre dura pretenden los ignorantes, porque juntan consonantes sin arte, ciencia y cultura, si maldiciendo ventura idiotas por mil resquicios porque no alcanzan oficios, ¿no es locura? Y gran locura. Siendo ansí pues, quedan pocos a quien locura no doy, maldicen que loco soy. Si no, ¿qué? Jaula de locos. Ándase de muchos modos, pero el ordinario es. Di cuál. Andar al revés y tras mí se vienen todos. Esposa, un rato divierte con el loco tu tristeza, pero con tal fortaleza que no te cause la muerte. Sirva el escucharle un poco de darme gracias a mí y de que adviertes ansí cuanto va de cuerdo a loco. Yo me voy, mas no me alejo, que siempre estaré contigo, este loco es tu enemigo, por que burles de él, te dejo. Y vos podéis, buen pastor, que la esposa está segura. ¿De qué nació tu locura? Agora nace de amor. Y aunque tengo por oficio ser loco disimulado, vos, señora, habéis triunfado de mi vida y mi juicio. El Mundo soy. ¡Mundo mío, dame los brazos! ¡Daré mis reinos, tuyo seré! Desde el austro al polo frío. De mirarte ansí me río. La novedad te admiro, que si no he vestido yo este sayo agironado el vestido me ha faltado, pero la locura no. ¿Quieres venirte conmigo? Temo a mi esposo de suerte, que le imagino en la muerte un riguroso enemigo. Si amas ya por el castigo, no es el amor verdadero, la vez que seguirte quiero me da pesar la memoria y a la pena y a la gloria va el pensamiento ligero. Confunde la voluntad la memoria con el olvido y el Deleite apetecido me oscurece la verdad. Con mucha facilidad seguirás tu inclinación. Poderosa es la ocasión, la razón va de vencida. Alegra esa triste vida, muera, muera la razón. Siendo yo mujer casada, a gran peligro me pones. Goza algunas ocasiones del Mundo, pues que te agrada. Soy vuestra criatura honrada. Antes que vuelva tu esposo podrás volver. Temo y oso. Venga al temor la osadía y más que puede otro día perdonarte, que es piadoso. ¿Qué me dices, voluntad? Que te vayas a tu memoria, que escojas o pena o gloria. Vos, ¿razón? Que eso es verdad. Tú, ¿entendimiento? Piedad tiene tu esposo y rigor. Tú, ¿apetito? Que es mayor la piedad del ofendido. Vos, ¿temor? Que ha consentido, pues el Mundo es vencedor. Victoria, Mundo, victoria tuya soy, seré tu dama. Pesarte después llama al ocio y la vanagloria. ¡Cantad de mi amor la historia y mi dama se reciba con baile y música! ¡Viva! Con las que fueron mozas. Coronémosla de rosas, pues que es la edad fugitiva. Haciendo está el Mundo loco llorar y reír y trae la esposa de aquí para allí. Era la fe de la esposa blanco diamante y cafir, esmeralda la esperanza y su caridad rubí, ya no son piedras preciosas, porque pierden ansí las virtudes de las almas que al Mundo quieren seguir, haciendo está a los mortales llorar y reír, y trae a la esposa de aquí para allí. ¿Quién amando a mi esposa? No puedo estar ausente de mi dama, despierta dulce esposa tu dueño y tu pastor es quien te llama, ¿por qué no me respondes? Zagala, ¿dónde estás, dónde te escondes? Responde, ausente hermosa, recoge tus ganados ya perdidos, paloma, amiga, esposa, suene tu dulce voz a mis oídos, tus ojos o tus cielos me maten con amor, mas no con celos. Si acaso estás dormida, oh, hijas de Sión, XXXX recuerde a mi esposa querida, mueva el Aura sutil la ojos verde de los cedros vecinos al son de los arroyos cristalinos. Mas, ¡ay!, que no [a]parece, el Mundo la llevó, quedo sin ella, ya aquí no resplandece aquella luna, sol, alba y estrella, tinieblas es quien solía tener más resplandor que el claro día. Esposa, ¿qué te mueve a dejar por el Mundo tu cabaña? ¿no ves que es gloria breve, desvanecida sombra que te engaña, vapor que te resuelve y cuervo que en volando jamás vuelve? Si el Mundo es una venta, en que solo descansa el peregrino, ¿por qué si va sedienta de gloria, haces morada en el camino? No sigas sus engaños, mira que vuelan tus ligeros años. Paloma fugitiva, ¿por qué dejas por agua turbia y muerte arroyos de agua viva? Al nido torna, llega, osa y advierte que, en llamándote “esposa”, los ecos de estos valles dicen “osa”. Trocar pienso el cayado en armas, y buscar a mi enemiga, que un esposo agraviado injusto vendrá a ser si no castiga. Pastora tan ingrata, que es mi enemiga, quiero ansí me mata. Qué dulces son las horas que contigo se pasan, y qué breves. En efecto me adoras. Aunque me has regalado amor me debes, mas, ¡ay, que tras mis esposo por cayado un esto que riguroso! Quédate en paz, yo huyo, porque con todos esto mismo hago. Pues ¿cómo?, el favor tuyo me falta agora. ¿A quién no di este pago? Que tu amigo jamás tuve, que no ciegue si ve, caiga si sube. Favoréceme. En vano el favor que yo doy. Espera un poco. Soy veloz y tirano. Pues dame algún consejo. Soy un loco. Pues “el rico” te nombras, dame riquezas. Son indebles sombras. Entre unos brazos ajenos los de mi esposa me enojan, como los aires serenos furiosos rayos no arrojan, con relámpagos y truenos. Tal maldad, tal desvarío hace el Alma en quien confío, decid pues, perdí mi bien, hijas de Jerusalén, si hay dolor que iguale el mío. Sin esposa esta vez quedo perdió amor, faltóle fe, ¿matárela?, tengo miedo; pero si adúltera fue la ley me dice que puedo. Mas un divino temor procedido de mi amor casi el brazo me detiene, pero es justicia y conviene usar de aqueste rigor. Esposo, el brazo detén. Ingrata, estoy ofendido. Los sacramentos me den favor, y a la iglesia pido me favorezca también. Inspiración, dame vida, llévame a la iglesia santa. Aunque allá estés retraída, ha de ser a culpa tanta, la inmunidad prohibida. Corriendo el agua mansa cada día, enternece la piedra helada y dura y resuelve el calor la nieve pura con que enero vistió la tierra fría. La tigre más cruel sus hijos cría, ofender a quien huye no procura y solo sin piedad y sin blandura está la nieve, piedra y tigre mía. Con mi llanto ordinario se endurece el fuego de mi amor la hiela el pecho y, de verme rendido, está más fiera. Su mucha ingratitud pena merece la justicia divina, satisfecho mi agravio dejara mi esposa muera. Justicia, tu amparo pido, de mi esposa me querello, la iglesia no la ha valido mando que corte su cuello, pues hoy adúltera ha sido. Justicia santa y preciosa, pues envías paz dichosa, de los cielos a la tierra, toca al arma, muera, guerra contra mi adúltera esposa. No goce la inmunidad de la iglesia aquesta vez la cabeza le cortad, vos propio seréis Juez en vuestra casa, piedad no ha de haber a tal ofensa parece en mi tribunal esposa. Justicia inmensa, yo no tengo a tanto mal que alegar en mi defensa. Venda los ojos que han visto para más perdición suya, que yo a tu venganza asisto. Amor, me mandas que huya el brazo, mas yo resisto. La razón me da valor, la ofensa aumenta el rigor, acúsala su malicia, fuerzas me da la justicia y me las quita el amor. Iglesia, de esta manera deja morir a quien pide piedad con fe verdadera. Nadie mi rigor impide dale muerte, muera, ¡muera! Dale perdón, viva, ¡viva! Mi auxilio le ha de valer piadoso el brazo derriba su castigo hay de poner a tu cuenta. No esté viva. Esposa que se ha perdido. A vos, Justicia, toca la parte del ofendido. Muera, guerra al arma toca. En ira voy encendido, muera pues. “Que muera”, dice la justicia divina y poderosa y la iglesia repite: “no muera, viva, paz, vívala esposa”. La música de la Iglesia me mueve, Justicia santa, a piedad, daré la vida, ¿qué me aconsejas o mandas? Muera, ¡muera! El rumor ya me anima a la venganza, morir tiene. Viva, ¡viva! Pues que la Iglesia la ampara. Oh, ¿qué voces poderosas para detener la espada de la divina Justicia, amor y piedad me causan? Vencido vuelvo, Justicia. No lo estoy, que aunque la guarda la Iglesia, vive la culpa, porque no está perdonada, guerra, ¡guerra! Paz, ¡paz!, dichosa y santa, a los hombres en el suelo y gloria a Dios en el cielo. Justicia, vencido torno. Católica Iglesia sacra, que el dragón de la herejía tienes postrado a tus plantas, ¿en qué fundas tu clemencia? ¿qué dolor, qué tiernas lágrimas en esta adúltera has visto, solo porque a ti se vaya? Te opones a mi rigor si tus ministros no hablan, la ejecución no la impidas de la muerte de esta ingrata. Ya ves mi poder, Justicia, pues de la cárcel te sacan mis ministros, a los reos Madalena y Paulo gastan. Raro ejemplo, si es ansí, ¿cómo estás tocando el arma, cómo te pones agora contra mis fuerzas? Si calla el delincuente, no puedes defenderla. La esposa, llama la eucaristía y penitencia. Santa penitencia, baja en mi favor, dame ayuda. De la inmunidad sagrada la esposa debe gozar, no cortes ya su garganta. La espada de la justicia vuelva el Esposo a la vaina de la gran misericordia. ¿Morirá, Justicia, el Alma? Vendida estoy, ya no puede porque si esas dos le amparan, mis fuerzas quedan rendidas. Y viviendo quien me agravia, ¿quedas satisfecha tú? Mediante las muchas llagas tuyas, estoy satisfecha. Y mi esposa perdonada, Abre los ojos hermosos, divina esposa, levanta, ¿ofenderásme otra vez? No, mi señor. Pues abraza al que de amores has muerto y al que, ofendiéndole, matas. Soy tu esclava. Aquí da fin la clemencia en la venganza.
