Texto digital

Texto digital de Viento es la dicha de amor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Antonio de Zamora
Atribución estilometría
Antonio de Zamora Segura
Género
Zarzuela
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de un impreso.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Viento es la dicha de amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/viento-es-la-dicha-de-amor.

Logo BICUVE

VIENTO ES LA DICHA DE AMOR

Zagales, acudid, acudid presto al Templo de Amor, que airado se le va sorbiendo el fuego. En el Templo son las voces, y del boraz Elemento, que le abrasa, nos da el humo noticia. Clemencia, Cielos! que de un riesgo huyendo, voy a morir en otro riesgo, co, piedad, pues conoces las ubas de tu majuelo. Por si en música la queja obliga, y halaga a un tiempo, vuele al aire la noticia del peligro, y sea diciendo. Fuego, fuego. que en su Templo, al incendio de Amor abrasa otro incendio. Fuego, fuego, Pues es el Templo de Amor, el que aborta a un mismo tiempo ventilado el humo en nubes, canoro el Aire en lamentos, a socorrer de sus Ninfas el riesgo vamos. Si el negro horror de la noche, no hace; que perdido el tiento de la puerta del jardín, nos embarace entrar dentro; por ella (pues fácilmente podrá derribarla al suelo nuestro impulso) será fácil ampararlas. Por solo esto, no he querido yo ser Ninfa, y he hecho bien, pues a lo menos me ahorrode morir quemada. Pues cascado el po- bre leño en ese peñasco, a pique le echa el enojo del Cierzo, el que pudiere, se salve: ajompení Favor, Dioses. Piedad, Cielos. Piedad, Cielos, favor, Dioses, dijo el lastimoso acento, que en el Río se oyó, cuando bramando a soplos Euro abrasa en ondas un barco, anega en llamas un Templo; y pues mi traidor designio, se frustró el día, que pierdo la ocasión, de que robada Liriope, monstruo bello de estas Selvas, hacer pueda dichoso mi atrevimiento, a cuyo fin, ayudado de vosotros, mi despecho prendió ese boraz activo hidrópico mongibelo: de la maraña, Zagalés del bosque nos amparemos, para no ser conocidos. Dices bien, pues siendo reos, Céfiro, de tal delito, morir es fuerza. Al estruendo de la tempestad parece; que se arrancan de su centro los montes. Será venganza de amor, de ver que ponemos fuego a su Templo. Esta tea, que fue el traidor instrumento de su ruina, y mi delito, quedará en un tronco de esos, a ser de la verde esfera vejetativo lucero pues por ella será fácil descubrirnos. Mejor creo, que será apagarla. No: pues si nos vienen siguiendo, por el norte de su luz, a la luz, y no a su dueño, se encaminarán, en tanto que escapamos. Vamos presto. Ah amor, cuando tus fine despechos! is pues? Piedad, Dio ses. la Fuego, fuego, que en su Templo al incendio de amor, abrasa otro incendio; pero no por eso dejarán de quedar a mi enojo pavesas amantes, que encienda mi aliento: Fuego, fuego. Mi Templo, que hermoso milagro del Arte, fue dórico hibleo, es ya a las porfías de cólera ardiente, caduco escarmiento; pero no por eso faltará del Amor la memoria, pues dura en el alma de Amor el recuerdo, el mármol del ara, al impulso del humo, que empaña su espejo, hoy queda atezado, si ayer las ofrendas le vieron sangriento; pero no por eso dejará de mostrar, que es su bulto pedazo sensible del risco de Venus. Mi Estatua, que ayer perfumaban preciosos continuos inciensos, hoy sin Altar, solamente conoce la luzdel desprecio; Pero no por eso, faltarán a mis cultos Altares, mientras tuviere albedríos, y pechos. Mis Ninfas, que ayer hospedaba Florido, su verde recreo, ya profugas vagan, ya errantes habitan el rudo desierto; pero no por eso, mientras no falten saetas al arco, Fuego, fuego, (de amor, que en su Templo al incendio abrasa otro incendio, Fuego, fuego Ninfas, que aunque el rudo, espeso, enmarañado boscaje del bosque se ponga en medio, la Quinta diviso. Mientras no descubra nuestro afecto a Liriope, es en vano intentarlo. Al risco, al Puerto. (pa Confusa, asustada tro- de Ninfas, cuyos alientos, o los perturba el cansancio, o los debilita el miedo, es la que entre el pavoroso, alborotado silencio de la noche, corre al bosque el enmarañado ceño; (da pues qué aguardo, que en su ayu- no voy, para que mi acierto, si las influye cegando, las encamine influyendo? Por aquí: Dónde, irritadas Deidades; pero qué veo? les faltarán a sus flechas imperios. Céfiro, en fin, que a Liriope adora, divino portento, es quien, por lograr la osadía del robo, cedió al sacrilegio. Pero no por eso, aunque hijo del viento, su auxilio yo dejaré de vengarme del viento. Mas como podré. quién es? qué susto! No, hermosa, turbada injuria de Febo, te asuste el verme, pues antes a estar en tu amparo vengo; de quién huyes? Bien la duda te califica extranjero en estas selvas; pero aunque lo fueses, no conociendo con quien hablas, como ignoras, que huyendo voy de aquel fiero, voraz, airado besubio, que descollando soberbio al Cielo su enojo, quiere abrasar el Firmamento? Con que si eres noble, es fuerza, que solo en razón de serlo me ampares; y más si digo, que hurtada al incendio llevo la estatua de Amor; pues como tuve a mi cargo en su Templo el de gran Sacerdotisa, sola yo:: pero el aliento, atosigado del susto, interrumpido del peso falta, y:: el Amor me valga, pues por librar a Amor, muero, Ay infeliz! que en mis brazos tan muerta la considero, que solo tiene de vida el saber que muere en ellos. Vuelve, vuelve del mortal aleve desmayo fiero, que si pierdo tu hermosura, toda mi venganza pierdo. Por aquí Ninfas. Las voces, que de más cerca se oyeron, avisan, que en busca suya el Bosque vienen corriendo, y pues en este peñasco, asegurada la dejo, pues alguna de mis Ninfas dará con su desaliento: encubrámonos, rencores, hasta que diga a su tiempo mi ira, como del aleve traidor Céfiro me vengo. Y tu infeliz hermosura, queda a ser el instrumento de mi venganza, entre tanto, que van diciendo sus ecos:: Yo he de hallarla, pues yo fo quien entiende esto de ojeos. mejor que todos. No quede (pues ya va el día rompiendo del disfraz del Cielo tanto confuso ropaje negro) tronco que no se examine. Yo seré; pero qué veo! Albricias, Ninfas, que aquí Liriope esta; mas Cielos en la palidez del rostro avisa el dolor del pecho. Elada, y innoble en torpes relajados esperezos, a media voz, nos envía el suspiro por consuelo. Sintiendo, tan sin sentido ánima, que aún ha despecho del desmayo está en el pulso palpitando el sentimiento. Liriope? Hola, a quién digo? Albricias, alma, que ha vuelto del letargo. Soberana Ninfa de amor, cuyo riesgo fue segunda ruina, alienta. Y ya que la dicha habemos logrado de hallarte, dinos, Liriope, qué es aquesto? Esto es, que cuando la luz, y el estruendo desperto gimiendo, alumbró quemando, y el sosiego blando. del ocio dormido, dejó mi descuido del Templo en la esfera mis pasos cegó la traición de hoguera. Cuando miraba, sin ver lo que via, que el Templo se ardía, y el alma se hclaba, al Trono en que estaba la Estatua, me arrojo, y osado el enojo, le usurpa con ella, la más viva luz de una, y centella. Errante el destino triunfando del fuego, atlante de un ciego mas ciega camino, donde me previno del bosque la puerta; hallándola abierta, en mal tan injusto tan dentro del susto, reparos al susto. con planta medrosa discurre el cuidado, de el Bosque asustado, la estancia fragosa, de cuya espaciosa maraña en el centro, un Joven encuentro: que afable a mi llanto, borrar solicita el horror de mí espanto. mispenas intento, que el labio le diga, Serena el blan Liriope soberana, que do dilubio e aunque florece de Amor las mejillas, marchita con nieve también las pestañas; si caduco polvo el Templo redujo cólera osada; alcázar florido os queda en mi Quinta, que supla la falta del Dórico Alcázar: verde altar un Cenador será de Amor a la Estatua, adonde del alma obsequioso el deseo, disculpe la ofrenda lo humilde del Ara. En vela del Simulacro, yo con sus Ninfas sagradas seré la primera, que pase la noche, bebiendo el reflejo al Lucero del Alba. Y pues del susto es razón, que convalezcan las ansias, mi planta será, pues ya el Sol amanece, quien guíe a mi Quinta tus Ninfas. Ataja. Cercadle, y muera. Villanos, resto os daré con! y aleve fatiga me anuda el aliento? de mi desaliento, mi esfuerzo vencido, cae sin sentido, adonde la vida moria gustosa, de verse perdida rompiendo embarazos al desmayo injusto, volviendo del susto, me cobro en tus brazos, en quien a pedazos, mi intrépida ira el alma respira, y en mudos enojos, en fuego se exhala el dol los ojos. espanto nos sobresalta! No temáis, y pues con Fedra ir podéis, aseguradas hasta mi Quinta, dejad a mi cuidado el que vaya a averiguar, que motivo la Selva altera, ya que anda el acaso tras hacer nuestra quietud desgraciada. Disimulemos, cautelas, (. el secreto, que en las altas esferas, leyó en renglones de Estrellas mi judiciaria. Cómo, resultando en culto de Amor, el ver, que le amparas a él, y a nosotras, en esa florida espaciosa estancia, podemos a tu cortejo excusarnos? hay tirana memoriano me recuerdes. (. de Céfiro la esperanza! pues a vista de su ausencia, mas que me adula, me agravia. En mí, Ninfas, tendréis quien os sirva; hay Céfiro, cuanta (. a vista de tus olvidos, es mi pena? A tu bizarra acción, Fedra, agradecidas siempre estaremos. No en vanas cortesanías, que ociosas, cuanto agradecen, desairan, os detengáis; y pues tú, hija, de ofrecerte encargas al Simulacro de Amor nuevas florecientes aras, las Ninfas conduce, en tanto, que haciendo a su susto espaldas, salga al paso a ese accidente. Y ya que el Sol por la parda greña del monte la riza meleña desenmaraña, vuestro armonioso acento vuele del viento en las alas, por si de las Tropas, que la esfera del Bosque vagan, alguna se nos agrega, que a vista del riesgo vaya en nuestro comvoy. Aunque a vista de la pasada pena, implicarse es preciso lamentos, y consonancias, te obedeceremos. Ay rebelde pasión ingrata, no del alma tan a costa, vayas dominando el alma! Seguidme, pues. Y repita acorde la disonancia. Fuego, fuego, que en su Templo al incendio de amor, abrasa otro incendio. fuego, fuego. q . Zagales de la Selva, Barqueros de la Playa, venid, si Amor os guía, pues el Amor os llama, ha del valle, ha del risco la falda; Osado joven, si piensas librarte de nuestra saña, mal discurres. Si juzgáis vosotros, porque me halla! solo el peligro, que puede convencerme la ventaja; una, y muchas veces vuestro, cobarde juicio os engaña. O preso, o muerto es preciso, quete llevemos. Hidalgas cóleras en nobles pechos mueren, pero no desmayan. Ya que eso resuelves, presto verás, que te desengaña tú misma ruina. Ya es cobardía la tardanza, y más cuando aquel acento nos instímula, pues canta:: Zagales de la Selva, Barqueros de la Playa, Todos sois pocos. Tened, Zagales, de la indignada acción el golpe; tú, airoso Joven, la cuchilla envaina, si algún respeto te debe la dignidad de mis canas. Mientras mi razón no escuches, es vano intento. Repara, Tiresias, que cuando el Templo de nuestra Deidad, se abrasa, es vehemente indicio ver, que extranjero joven haya en nuestras Selvas. Y más cuando la tea apagada, dice ser ella quien puso fuego al suntuoso Alcázar de Amor. Y pues es precisa en nosotros la venganza, deja, que le demos muerte, Eso no, que nunca falta tiempo al fatal, riguroso efecto de las desgracias; y para que la disculpa, joven, no menos te valga, que la vida, di quién eres? Si haré, no para librarla, sino para dejar libre mi hidalguía de la infamia, que me acumulan. Tiresias te escucha, qué esperas, habla Tiresias eres, de cuya ciencia pública la fama tantos prodigios? Sí. Pues, óyeme atento. Aunque nada logremos, ya por lo menos cautelosa nuestra maña disculpó a Céfiro. Oh cuantos temores me sobresaltan! Epiro, noble Provincia de Grecia, es mi feliz Patria; mi nombre Antenor, mi padre Fíneo, que en su sagrada diadema entreda el verdor de laureles, y de palmas. Desde el primer generoso ardimiento de mi infancia, latió en mi valor aquella tan util; como olvidada ansia de ver mundo, en cuya vanagloriosa enseñanza, aprende a vencer la noble codicia de los Monarcas; pues como un Príncipe puede bien hallado en la ignorancia de lo que nació, aspirar a ser mayor, si no trata, de que le dé a lo que hereda envidia lo que le falta? No ha habido entre las inmensas raras maravillas varias del Orbe alguna, que pueda, por oculta, o por lejana, eximirse de mi vista, a porfías de mi planta: pues no siendo ese sagrado Templo de amor, a quien daba ayer votos, y hoy olvidos, la devoción del Arcadía, tan no vista obra, que hiciese curiosa mi vigilancia, a venerar sus umbrales venía, siendo en la clara transparencia del Alfeo, para abreviar las jornadas, posta de pino la pobre resistencia de una Barca; en cuyo belero buque, dos, o tres, que me acompañan, fiados, tocar pensamos las piedades de la Playa. Apenas desde la espuma, que todo el aire en bonanza mecia, avistarpudimos (gracias a la luz escasa de la Luna) el bulto hermoso de su descollado Alcázar, cuando a un mismo tiempo fue- motivo de dos mudanzas (ron aire, y fuego, pues el Templo segunda Troya se abrasa, y segundo Templo el Río se inquieta, en dos tan contrarias acciones, como que allí nazca toda la desgracia, de que el agua, hasta el incendio no se eleve; y aquí nazca, de que el susto de la hoguera se comunique hasta el agua. Bien creeréis entre dosustos tan grandes, como ver, que haya ira, que amotine el golfo, furor, que avive la llama, (o cuan sin tiento, y cuan sin rum- norte, y guía en la crespada saña del Río, sería blanco infeliz de dosañas, hasta que de un golpe, y otro a los embates cascada, la mísera Barca a fondo se fue, sin que reservara otra vida, que esta, que hoy ha de venderse tan cara, a cuantos, adjudicando a mi inociencia su infamia; hacerme cómplice intentan de tan vil, tan desairada culpa, como que alevoso huésped de su esfera, haya abrasado a Amor el Templo: pues cuando no le estorbara el culto, con que se acerca mi Religión a sus aras, a cualquier noble ardimiento le disvadiera tan baja acción, como que en perjuicio de sus Ninfas, intentara sacrílego muchas veces tan ignominiosa hazaña, como ofender a los Dioses, y disgustar a las Damas. Esa tea, que en mi diestra, antes de rayar el Alba, encontraron encendida, porque espirase apagada, no sé de quién sea, pues solo sé, que al encontrarla fanal decerá en un rudo Vucentoro de esmeralda, por si con ella salía de la densidad opaca del Bosque, que envuelto en escollo fingió las ramas, (humo, con ella vagué hasta el día los rodeos de su estancia; y pues mi atenta hidalguía, en cuanto ha podido, salva la sospecha de ser yo el agresor de esta infausta, impensada ruina, ved, que debe hacer, quien se halla restado a morir, no solo en defensa de su causa, sino en castigo de un yerro tan vil, como el que desaira verdad, atención, y culto, pretendiendo, que su espada sirva antes a la defensa, y después a la venganza. Cuando tan no prevenidas casualidades se enlazan, disculpa el yerro de creerlas, la extrañeza de admirarlas; con que salvando, bien como debe creerse de la hidalga atención vuestra, el curioso motivo, que a ver os traiga nuestro Templo, sin entrar en la vil desconfianza de igual sospecha, responda mi respeto a vuestras plantas, por todos cuantos alegan por disculpa la ignorancia. Y ya que el hado, esta vez feliz, concede a mi casa la dicha de tan glorioso huésped, merecer aguarda mi ruego, que la honréis, mien tras, volviendo a Epiro, descansa vuestra fatiga, pues aunque a las Ninfas soberanas de Amor hóspeda mi hija Fedra, hoy en mi Quinta, a causa de hallarse fuera del Templo extranjeras en su patria, aún le queda a mi atención en su jardín reservada mansión, que ofreceros, si es, que vuestra piedad se humana a hacerla, para vivirla, mas digna con aceptarla. Neciamente descortés, sabio Tiresias, obrara mi agradecimiento en no aceptar tan cortesana, cariñosa oferta, y más cuando eldía, que hospedadas las Ninfas tenéis, estoy más cerca de venerarlas. Pues seguidme. Vuestra Alteza. En poco delinque, o nada, quien la vez, que agravia, ignora el decoro, a quien agravia. En buen empeño estoy puesto, si mi ciencia no me saca airoso de ambos. Divina hermosura retratada, a quien hoy mis ansias buscan, déjate hallar de mis ansias. Guárdete el Cielo, Tiresias. Id en paz. Si acaso halla vuestro descuido en la Selva quien por mi pregunte, valga mi ruego, para que alguno de Tiresias a la estancia le encamine. En la obediencia veréis nuestras vigilancias. Estrellas, guiad mis quejas. Astros, volved por mi causa. Dónde me lleva tú ardor, Amor, Amor? Si a dos luces ciego, tropiezo en el fuego de tu resplandor. Donde me lleva tu ardor, Amor, Amor? Yo, Niño Dios, quiero bien un desdén, que adoro como favor; mas si en la esquiva beldad la crueldad aún niega la indignación, donde me lleva tu ardor, Amor? Liriope es la hermosura, que procura mi rendida inclinación: pero si innoble a mi queja no me deja más dicha, que el disfavor, donde me lleva tu ardor, Amor? Despechado mi desprecio puso necio fuego al Templo superior, con que si aún no me consuela la cautela, ni me alivia la traición, donde me lleva tu ardor, Amor? De Tiresias en la estancia su arrogancia hóspeda la compasión, mas si es en vano entrar dentro pues ya es centro del rigor con su rigor, donde me lleva tu ardor, Amor, Amor. Si a dos luces ciego, Mas ay de mí! cuán inútil es mi llanto, si mi llanto solo le escucha la ruda compasión de estos peñascos. Robarla quise, creyendo, que abrasando el celebrado Templo de Amor, en quien tuvo de Sacerdotisa el cargo, podría mas sácilmente lograr el hurto, mezclando pretensiones de rendido, con violencias de Tirano. fustrome el hado enemigo el designio; o pese al hado! y pese al traidor influjo de aquel malevolo Astro, que para encontrar desdenes se encendió a influir halagos! pero, qué digo? no soy Céfiro, adoptivo parto del viento? Sí. Pues por qué no podré, si en sus espacios rijo del golfo vacío el azul Tridente vago, amotinar en mi auxilio rafagas, iras, estragos, a cuyo vaivén continuo, a cuyo horror destemplado bácile la Arcadia, ardiendo, para fallecer temblando? pues si una vez. Zagaleja; de que sirve correr tanto, si te he de alcanzar? De hacer, que os canséis vos, pues me can- A quién digo? Espera. (so. (do Allí, Delfa; a quien tal vez he habla- en la Quinta de Tiresias, volando sin pluma el campo, de un hombre huye, o si pudiese saliendo mi ruego al paso, lograr, que me introdujese en sus jardines! A espacio, Zagala, fondos en liebre. Caballero engerto en Galgo, no quiero. Por esta senda será fácil atajarlos; o quiera Amor, que mi intento consiga. Mujer, u diablo, que Mercurio de Obra Prima te desvira los zapatos, que tanto corres? No hay quien dé treinta, o cuarenta palos a un atrevido? Cogite; Ninfilla de mala mano. Miente, y remiente. No me hagas la veneración pedazos, que te perderé el respeto, Suélteme. Vamos al caso. Mas qué doy gritos? Sabrasme decir, donde vive un Amo, (plo, que entre las llamas de un Tem- y los váivenes de un Barco, habrá muerto de cocido, si resúcito de ahogado? No sé nada. Ay tal perrengue! Suélteme. Mas que te casco. La mano alza? El grito entona? (osado Qué es esto? Pues cómo extranjero. Usted, Rey mío, primero de hacerme el cargo, se informe del caso. Es un pícaro: Soy Lacayo, y aún por eso lo parezco. A qué esperas? habla. A espacio, que ya hablarán; yo, Señor, soy, con perdón, un Criado, tan mal criado, que suelo hacer lo que manda mi Amo, diole gana a este curioso Caballero estrasalario de venir, en busca de unos ojos, que vio en un retrato, allá en su tierra; y viniendo conmigo el Alfeo abajo, diose en hacer remolona la borriquita de palo; la tormenta, ya la visteis, el incendio, ya está claro, y más claro, que el incendio, el que vuelta boca abajo la Barca, dio con nosotros de páticas en el charco. Quiso Dios, que viendo el agua, cuan pocas veces la trago, no quiso tragarme a mí, con que siendo en el naufragio Atún, ya Liebre en el golfo, tuve honores de Gazapo: amaneció; con que siendo fuerza el preguntar, si acaso mi amo ha parecido, viendo salir de esa Quinta al campo esa mi señora, quise saberlo de ella; mas dando en que ha de huir, en su alcance vine, con que fuimos ambos, si ella Dafne de costera, yo Apolo de contrabando; empeñado en inquirir el suceso estaba, cuando llegasteis vos, y pues esto es todo lo que ha pasado, ved, que mandáis. Que de aquí os vais, sin que de mi brazó probéis el enojo. Pues yo, Rey mío, en qué he pecado? Oye, oye, pues yo tengo de hacerle romper los cascos, Sabrán a la holla, y puede ser. Qué? Que le a margue el caldo, No os vais? Ya se irán, hay hombre tan ariscamente zaino? Ahora bien, por si hay quien diga, de este hombre perdido, vamos pregonándole. Oye Delfa. Quién hubiere visto un amo, perdido de hoy, venga a mí, le daré su buen hallazgo. Esto he de deberte. Pues lo que hay de nuevo en el barrio, es, que hacen Templo el jardín de Tiresias, entre tanto, que más digna ara disponen; a cuyo fin convocados los Zagales, hoy esperan decir de amor en aplanso. Para proseguirlos cultos del ciego rapaz vendado, si abrasó el Estío un Templo, florezca un jardín el Mayo. Las dulces voces, que ya dentro del jardín sonaron, cantando avisan, y pues siendo florido teatro de sus cultos, no habrá para entrar en él embarazo: De elfa a Dios. Yo por estotra senda irme quiero acercando a la Quinta; queda en paz. Ay Liriope! hay tirano dueño mío, quien hallara ocasión de que mi labio te descifre mi tormento, en tanfausto, y tan infausto día, como haber de Amor ofendido el simulacro, y ser su ofensa quien hace espaldas a mi cuidado, cuando logrando un obsequio, donde halla muchos agravios. , . Para proseguir los cultos del ciego rapaz vendado, si abraso el Estío un Templo, florezca un jardín el Mayo. Este el prevenido Trono es, que en mi Quinta consagro a su Deidad; y pues viendo el jardín vais, ved si acaso a la función de las Ninfas queréis quedaros. No trato, antes que sin el confuso tropel, pueda más despacio decirlas mi rendimiento, llegar a hablarlas. Pues vamos torciendo el camino, ya que van al jardín bajando, pues luego volver podemos. Decís bien, dolor, finjamos, el que me cuesta el que ignore la misma beldad, que amo: . hay ausente dicha mía! En qué, Amor, pararán tantos de no prevenidos sustos, eslabonados acasos? pues solo se oye, que digan a un tiempo lamento, y canto. Para proseguir los cultos, Zagales de la Arcadia cuyo afecto postrado, cuantos respira alientos, sacrifica holocaustos. Felices moradores de aquel dichoso espacio, donde es vivir de atentos, morir de enamorados. Oíd mis ecos blandos, pues ya ha trocado el susto en armonía el llanto. Oíd sus ecos blandos, Viendo, que a impulso aleve de Amor el Templo sacro, si abrasó el aire ardiendo, apagó el mal cegando. Yo en mi frondosa Quinta, aunque indigno Palacio, con su Deidad mejoro el vergel, que consagro. Porque Amor apiadado a veces fertiliza las flores con los rayos, Porque Amor apiada. do, Hoy pues al rito amante su florido teatro en matices da el jaspe, para suplir el mármol. Y pues yo en sus pensiles de Amor la Estatua guardo, al ver, que la colocan el celo, y el cuidado. Repita vuestro labio de su Deidad las glorias, de su poder los lauros. Repita vuestro labio, Viva el Amor. Amor viva. Y porqué conozcas cuanto debe a nuestro obsequio, ya que en el Trono colocado, el dorado bulto queda, buscando, Zagales, vamos ofrendas, que dedicarle. Bien dice Anteo. Ven Fauno. A la Selva. Oíd, aguardad, pues siendo festejo usado en nuestro Templo, el que os va- las Ninfas acompañando (yan hasta sus puertas, uniendo ya en cadencias, y ya en lazos, baile, y Música; es preciso, que el rito se cumpla: a espacio memoria, que si me acuerdas . de Céfiro los agravios, tú eres quien me ofende más. Promtos a servirte es- tamos. Que yo en vela de la Estatua quedar es fuerza. Si valgo, Liriope, algo contigo, merézcate mi agasajo la ventura de ser yo, ya que en mi jardín estamos, quien en guarda suya quede. Si haré, Fedra, este es el arco, cuida de Amor, si es que valen, cuidados contra cuidados. Ay, que en vano le defiendo! si con tus armas le guardo. Por ver si se queda sola Liriope, de estos ramos me oculté: o quiera mi dicha, que lo logre! A qué esperamos? A que en culto repetido pronuncie el himno acordado. Solo el Amor es Deidad, pues logra su sinrazón, halagar la inclinación, hiriendo la voluntad, solo, solo, solo el Amor es Deidad. Tú, hasta que a mudarte venga, Fedra, prosigue en la guarda. Nada al pecho le acobarda, por más que ofendida tenga la osadía su Deidad. Mira, que no está segura a vista de su locura, ni razón, ni voluntad. Ya se fue; y al ver, que quedo tan cerca de amor injusto, siento un alivio, que es susto, y esfuerzo undolor, que es miedo Por no ser visto, una rama aún no me atrevo a mover. Mas provemos a vencer con el aliento la llama. Vela, cuidado; vela, rigor, pues ves, que al descuido difícil ha sido guardar al amor, ni guardarse de amor. La voz de Fedra escuché; y sola ella es quien está junto al simulacro, ya cuanto emprendí malogre. Mas Líriope es aquella, que junto a esa fuente fría parada está: pasión mía, busca en su fuego tu estrella: pues aunque es fuerza pasar por donde me haya de ver Fedra, esto en fin ha de ser. Penas, volved a cantar. Vela cuidado, quién es? Fedra soberana, quien no enojar determina tu ceño. Donde camina, Céfiro injusto, tu vana inconstante fe traidora? Tarde al sacrificio entré de las Ninfas; y al ver que se fueron, me ausento ahora, con que no habiendo otro paso, este busco mi atención. Aunque no es esta ocasión, valiéndome del acaso de que culpe tu mudanza, pues por Liriope infiel me olvidas, lo es de que en él dé principio a mi venganza. Qué intentas, pues? Que te avise, o el amagar, o el herir, que por otra parte has de ir, pues no han de decir, que quise abrir camino a mi ofensa. Oye, y véngate después. Digo que la vi. Cómo es posible, necio, (si piensa adularme tu locura) que crea, que el hado esté hoy tan en mi favor, que halle la misma hermosura, qué busco? Cómo al entrar buscándote a ti, la vi; pero una Ninfa esta allí. Vete, y déjame llegar solo a mí. Cómo, si hablando con ella un Zagal está? No repliques. Voyme, ya que en eso te empeñas. . Cuándo de mi amor correspondido, de mi fineza obligado, aún era en mi amor cuidado la pereza del descuido, tu ingratitud te mudo, quieres que te crea? Sí: que para creerme a mí, basta que te adore yo. Celos le pide! Traidor, miente tu designio ingrato. Pues satisfacerte trato, después, no ahora tu rigor me estorbe. Es en vano ya. Suelta. Antes me darás muerte. Pues no puedo de otra suerte, de aquesta suerte será, Espera. Sola ha quedado, ya puedo llegar. No hay quién de un villano me vengue? Hermosa Ninfa, si habrá, si tú; mas qué veo? Hombre, a quien otra vez jamás en Arcadia vi, quién eres? y por qué has osado entrar en estos jardines? Soy quien, buscando una beldad, la encontró para perderla. Eso no entiendo. Quizá, si otro lo dijese, fuera mejor oída su verdad. De mí quién? Ese infelice, necio, arrevido Zagal, tan mal hallado en tu amor, que huye de tu voluntad. Sin duda me oyó; mas quién Cielos, este hombre será? . Apenas a hablar acierto. Aunque puedo castigar la osadía de atreverte a hablarme en platicatan indigna de mis oídos, quiero advertida mostrar, que para ti no se hicieron las flechas de mi carcaj, qué aguardas, vuelvete. Sí; yo me iré, que me está mal ser testigo de mi pena. Qué pena? Tu falsedad. Loco, si a irritarme vienes, vive Amor, que es mi deidad. más Liriope. Ya es fuerza, hasta otra vez, dilatar mis quejas. Quién eres, di, pues te vas? Ya lo sabrás. Cuándo? Cuando yo a Tiresias. Qué oigo! Le diga, que hay Ninfa tan aleve, que haja con su amor su vanidad. Oye, aguarda. A quién llamabas? No sé, porque una mortal aprensión el discurrir ciega con el delirar. Pues qué sientes? Toma el arco, y no me preguntes más, porque me importa saber, lo que aún no acierto a ignorar. Fedra, escucha. Ingrata, oye. Tú aquí, qué intentas? Si estás sola, lo sabrás. Conmigo. está mi desdén, no os vais? No, que quiere mi pena, ya que te encuentro, respirar entrequejas los desalientos. Si tu pena me agravia, como pretendes apadrinar lo fino con lo rebelde? no me detengas. No te me ausentes. Ay de tu mal, si tu mal no te acaba. Ay de mi amor, si mi amor no te vence. Cómo quieres que crea tus falsedades, si lo engañoso es sombra de lo constante. Como por ti en la Arcadia viviendo muero, sin hallar más alivio, que el del desprecio, viento soy, pues me nombro del viento hijo; y aún a mí no me basto, cuando suspiro. Si todas mis finezas malogra el hado, no tengo yo la culpa de ser infausto. Si a beber tus reflejos vine a tu Quinta, tengan piedad tus rayos de mis cenizas. Qué resppudes? Qué afable:: más labio mientes, que no caben piedades donde hay desdenes. Qué ingrata vives! Qué osado eres! ay de tu mal, si tu mal no te acaba. Ay de mi amor, si mi amor no te vence: una voz por con suelo no me permites? Que quieres que te diga, si ya te dije: Qué piedad no merecen quejas impías, cuando al amor ofenden con lo que obligan. De la estatua en el bronce mi voz se forma. Es el bronce materia de las hermosas: oye mi llanto. Qué aguardas? vete; hay de tu mal, si tu mal no te acaba. Ay de mi amor, si mi amor no te vence. Qué haré, Cielos Vencerte, pues por vengarse Deidad, que influye amando, manda, que no ames. Ya mi respuesta oíste. Sí, pero falta, que se vuelvan finezas las amenazas. Liriope. Las Ninfas me andan buscando. Fedra. Tiresias viene; y en qué quedamos? En que en vano se cansar falsos cariños, cuando el arbitrio vive tan sin arbitrio. Por mí el Amor responde. Sí, pero vuelve a decir mi fatiga, por si te mueve: Astros, clemencia. Dioses, valedme. Ay de tu mal, si tu mal no te acaba. Ay de mi amor, si mi amor no te vence. JORNADA SEGUNDA Ves como yo dije bien, que la mismísima Ninfa, que vi, cuando entré a buscarte al jardín, era la misma que vienes buscando? Calla Marsias, pues ves que se implican tu descuido, y mi cuidado, mi tristeza, y tu alegría De qué alegría, y cuidado, dime, señor, se originan? pues si lo es, de que el Alfeo se tragase tu familia, y tu padre el Rey, no puede tener tan presto noticia de dónde estás, para eso hay pluma, papel, y tinta, cartas, postas, y después gentilhombres, que se alquilan, a real de plata por legua. Qué rudamente imaginas! que a Reales pechos no imutan, ni fortunas, ni desdichas: otro es mi mal. Y qué cosa? Desesperación, facida de que otro tenga esperanza. Andar, dimos con la mina; esos son celos. Sí, pero de calidad tan indigna, como que sea la Dama quien los da. Pues haya pisa, pellizco, u otra que tal magullante bugeria del azul escaparate de tu amor. Si así me alivias, mejor es no hablar en esto. (ga? Pues qué quieres quete di- he de aconsejarte, que andes de eterna melancolía, revestido el gesto, y no haya instante en que no repitas: Ay Dios aleve! hay pena injusta! hay vida mía! si con celos te acuerdas de que eres vida. Ay Dios aleve! hay pena injusta! ay vida mía! Ves cómo, aunque calle, hay quién mis pesares explica? Y ves como es uno, y otro grandísima bobería de quién siente? pero aguarda que, a lo que de aquí se mira, por la corredera de esa enredada celosía, Fedra, dentro de su cuarto, es la que canta, y atisba. Lleguemos; pero detente, que por esotra vecina abierta venfana es Tiresias quien se divisa, entregando a los estudios de la docta Astrología instantes, que le hurta al sueño. Pues vámonos, que sería sospechoso, que a estas horas nos viese hablar con su hija. Dices bien. O si encontrase la zagala fugitiva, que corriendo más que un censo, amarga más que una tía: pero dime, sabe ya quién eres? Cómo podía, necio, ignorarlo? Y se ha dado contigo por entendida? No ha habido hasta ahora ocasión. Pues para qué desconfías de que mudada te quiera, dejando, como se estila, la pensión por la prevenda? No en tus locuras prosigas; y sígueme. Sigo, y callo. Y ojalá la melodía de su voz cante otra vez, para adular mi fatiga: Ay Dios aleve! hay pena injusta! ay vida mía! si con celos te acuerdas de que eres vida. Ay Dios aleve! hay pena injusta! hay vida mía! Nunca, aunque hechice apacible de aquella voz la armonía a quien la oye, en mi atención tan sensiblemente hechiza como hoy, que de mis estudios divierte la succesiva gustosa taréa. Oh cuanto, radiante Esfera divina, te debe el mundo, pues cuando los futuros vaticinan tus Astros, en lo que acuerdas, la mitad del daño evitas! Y pues nunca tu semblante me mintió, veamos el día, que a Liriope predice Astro amante, amante ruina, en mis especulaciones abultadas tus noticias, apuremos de sus hados las fuerzas, por sí, sabida la causa, puede mi ciencia oponerse a su ojeriza: ha infeliz beldad! La voz de Fedra, cuya atractiva, dulce queja a un mismo tiempo me adula, y me atemoriza, en su cuarto se oyo, y:: pero Tiresias en la continua taréa de sus estudios ocupado, es quien registra al cuaderno de la Esfera las nunca borradas líneas, pasar al cuarto de Fedra pretendo, sin que le impida el sosiego. Ay, otra vez, y otras mil, mi queja diga, Liriope desdichada! Qué oigo? Pues fieros se irritan contra tu beldad infausta fuego, y viento. Estatua viva el susto me deja! Pero, quién aquí ha entrado? Quién iba buscando una adulación, y encontró con una ira. Liriope, si habrá oído . mis voces? No, no prosigas, si la voz desmiente cuanto la misma voz califica; y pues ella, y el empleo en que te encuentro, confirman mi sospecha, dime, qué hado fatal, qué injusta desdicha, mi vida amagan? Advierte, que erradamente imaginas, que contigo hablaba; y cuando contigo hablase, sería dar crédito a una desgracia adivinada, y no vista, poco valor del valor. Por qué? Porque si en la misma ciencia, que la avisa, son tan inciertas las premisas, es creerla adelantada, padecerla sucedida. Nada le miente a tu estudio; y pues callarla acredita, o que obre como invencible, o influya como precisa, de aquí no me he de ir sin que mi mal me reveles. Mira:: No hay que mirar. Ea, industria, ya que mi luz desmentida en este traje dar fuerzas a su temor solicita, de Céfiro disvadiendo el amor, démonos prisa en adelantar su amago. No en disuadirme prosigas, que esto ha de ser; pero aguarda:; Quién osadamente pisa este retiro? Un Zagal de esas convecinas Islas, que extranjero, en esta selva, traído de las noticias de tu ciencia, hablarte a solas mi curiosidad quería. Por esa cercana puerta del jardín, que a la rendida frecuencia con que veneran hoy como Templo tu Quinta tus Zagales, sirve, entre; y sabiendo que aquí habitas, de paso solicitaba hablarte, y verte. Aunque estima a tu atención, extranjero joven, la caricia mía el motivo; por ahora perdona, que no le admita; pues:: No más que el ver que está contigó esta hermosa Ninfa, me responde; y así, hasta que de su luz te despidas, en ver el frondoso, verde Templo, que al Amor dedicas, gastaré el tiempo, que baste a hallarte solo. Oh le pinta mi aprensión, o es este el joven, que en el bosque hallé! A la vista me quedaré, porque sean mis voces rayo, que vibra el ceno de mis enojos. Id en paz; y porque os sirva, que volváis estimaré. El Cielo os guarde: ea, impía saña cruel, y pues sé cuanto a Tiresias le dicta su ciencia, valido de esa voz, con que Fedra suspira, verá, que a infaustos presagios dulces encantos avivan. . Ya se fue; no me dilates mas, o el amago, o la herida. Si haré; a ti, infausta her- mosura, como antes mi voz decía, fuego, y viento amagan, siendo teatro de una osadía, y una violencia su azul campaña; en ella destina el hado padrón a tanta desatención encendida. Pues, dime, el aire (ay de mí, qué mal el pecho se anima!) puede intentar (dura pena!) mi ofensa? (qué tiranía!) Es el hijo del viento quien se conspira a mezclar los ardores con las cenizas. , . Hay pasión ciega! ay dulce engaño! ay vida mía! si en mi pena te alientas con lo que espiras, ay dulce engaño! ay vida mía! El hijo del viento, dijo! en nueva duda vacila mi susto! El Zagal, que viendo el jardín va, es quien envía en suavidades el eco. Y entre áspides, que respira, también acorde el veneno. Ya que necia, de advertida, a la casualidad quieras construirla la malicia en que te miente; pues si hijo del viento ruinas fábrica el engaño, áspid, que duerme entre flores, y mentiras (ta algún amoroso engaño, que, aún se cree, cuando se evi- será quien te amague. Ay Tiresias! que conocida solo de mí su razón, aún con más causa pública. Mas del Céfiro aleve tus ansias fías, si es el aura, que halaga, cierzo, que arruina. , . Hy traidor ruego! ay falso halago! hay vida mía! si aún se labran peligros de las caricias. Hay falso halago! ay vida mía! Qué más claro ha de decir, que es Céfiro quien motiva mi riesgo? Disimulemos, cordura, no tan vencida, Liriope, a tu aprensión al primer susto te rindas, que aún falta que saber. Pues qué esperas? di. De esta indigna, osada, vil, descortés victoria desconocida, en quien no es el que se goce razón de que se consiga, pues quien por violencia logra, hurta, pero no conquista; segunda infeliz tragedia llorará segunda vida. Cómo? temblando le escucho! Cómo, aunque más lo resis- tas, un bello Zagal, a quien hará la estrella enemiga retrato de tu hermosura, succesor de tu desdicha, pues hijo tuyo, y del viento, heredará luces, y iras, después que a tu lado el tosco seno de los montes viva. No solo a otra desdichada beldad, que el Arcadia habita, ruinas predice de amor, sino que en su beldad misma lleva para si el estrago, porque en dobladas fatigas, él en las florestas llore, y ella en los peñascos gima, para que riscos, ni flores, duden, que en dos agonías:: El Narciso, ella Eco quejas duplican; mas ni se desvanecen, ni se marchitan. , . Hay flor ingrata! ay voz amante! ay vida mía! que duráis a las penas, y no a las dichas. Ay voz amante! ay vida mía! Eco, y Narciso, qué es esto? aún más de lo que adivina mi estudio, la voz recela: De suerte, influencia esquiva; de suerte, Tiresias docto, que contra mi desdén lidian engaño, robo, y violencia, para que después se siga en una Eco, y un Narciso otra lastimosa, indigna fábula de amor? pues vive su misma Deidad, que aprisa ha de dejar mi despecho la amenaza desmentida. Qué intentas? Que del Alfeo las sagradas ondas rizas me sepultén, Considera::: No me detengas, que irritas mas mi enojo; y pues muriendo futuros daños se evitan, miente la Esfera, tu estudio miente, y miente esa armonía, que casual áspid del viento, todo cuanto sueña, hechiza; pues yo misma he de matarme, para morir de mí misma. Liriope, escucha, espera; pero ay de mí, que venoida de la edad la planta, en vano pretende mi amor seguirla! Liriope es quien da voces. Mas qué aguardo? ha de la Quinta. Padre? Tiresías? Qué es esto? Qué ha de ser? qué persua- dida Liriope de una aleve, traidora melancolía algún precipicio intenta. Pues yo en su busca la umbría maleza pisando, iré en su alcance. Al jardín, Ninfas. Ay hija! que si no vuelas, malogras lo que caminas. Sus alas me dé el deseo. . Seguidla Ninfas, seguidla, que todo mi imperio muere, si su perfección peligra. Zagal, que a sembrar dis- cordias veniste, quién eres? Iba a decir, que a quien le importa sembrarlas, para influirlas. No respondes más? No puedo: pero quizá vendrá día en que lo sepas. Pues vete; y ya que el daño motivas, concurre a evitar el riesgo. Eso si haré, pues me obligan tu ruego, y su perfección a obedecerte, y servirla: industria, ya te he logrado. Toda su voz es enigmas! Por aquí van. No te pares. Antenor, si mi fatiga, y de Liriope el riesgo, merecen a tu hidalguía una piedad, en alcance de::: No, no me lo repitas, que no quiero que te cueste cara mi galantería: ven, Marsias, tras mí. . Zagales, a la selva. A la Alquería, al Río, al Monte. Ignorantes, cuanto mejor os sería repetir, a la Taberna, a la Cama, a la Cocina; mas si ello ha de ser, andarlo. Caballero, en cortesía no me diréis:: No sé nada. Vos sois? Sin quitarme pizca. Adónde vais? Qué sé yo? Pues de qué es la vocería, que se oye? Yo qué sé? Esa es ruindad. No me riña. Pues qué ha de hacer? Yo se qué:: Con las tres silabas dicha responde? No traigo hechas voces para las esquivas. Yo he de saberlo. Sí? Vaya. Y bien, qué decís? Que siga. Selva apac manana marchita; mañaña marchí tu ruina acredita del Cierzo indignado la cólera ardiente, antes que se ausente, dile a mi bien, di al dueño mío, que todo se muda, si no es su desvío, Olmo galán, a quien ábrego fiero la pompa desnuda, porque sañuda troncos escarche la saña de Enero, pues de un desdén muero, di al dueño mío, dile a mi bien, que todo se muda, si no es su desdén. Fuente, que lengua feliz de esa peña, el susto te amaga, de que el hielo te alga callar aterida, si hablaste risueña, pues mi mal te enseña; dile a mi bien, di al dueño mío, que todo se muda, si no es su desvío. Rosa, que ufana la púrpura rizas, y en sola una aurora la noche traidora tus ascuás reduce a fragrantes cenizas, pues le simbolizas, di al dueño mío, dile a mi bien, que todo se muda, si no es su desdén. Selva florida, tronco frondoso, cristal undoso, pimpollo tierno, ay de vosotros, si llega el Invier Fuego de Dios, cómo corre! mas tras él voy, aunque digan, que el paso se trueca. y Al Río, a la Selva, a la Alquería, hoy floreciente, decirm más Céfiro es este. No me dirás, galán Joven; más Fedra; labio detente. Aquí Antenor? Cruel hado! Él es, infelice suerte! Disimulemos pesares. Divina Beldad, valiente Extranjero, no el asombro, o de veros, u de verme, la voz embargue, decid, qué mandáis? Ah ingrata! Ah aleve! Desde esa Quinta, en quien soy de Tiresias, feliz huésped. Desde ese Jardín, que hoy Templo la Estatua de Amor contiene. En busca de una hermosura, que dos veces lo parece en ser infeliz. Siguiendo de una bella Ninfa el siempre traidor, infausto despecho. Por si embarazar pudiese su tragedia. Por si acaso, desvanecía su muerte. Salí al Bosque. Pisé el Campo. Y pues veis, que en dete- nerme. Y pues veis, que en no en- contrarla. Toda mi piedad se pierde. Pues del Alfeo en las ondas a precipitarse viene. Pues en el cristal del Río su trágico fin pretende. Dime, para que la ampare: Dime, para que la encuentre: Si pasar por aquí has visto a Liriope? Detente, calla, no, no me lo digas, que al oír (la vozse suspende) que al ver, (el pecho se asusta) que (la vida descaece) Liriope está a peligro de perderla, y de perderse, no hay acción, que no se pasme, ni aliento, que no se hiele. Mas qué aguardo? Idolatrada, hermosa, esquiva, detente: no mueras, hasta que yo no pueda saber, que mueres. Sagrado Alfeo, tus ondas su brillante luz respeten, que es mucho Sol, y para él eres tu poco occidente. Dónde vas? Si eso preguntas, dichoso tú, pues no quieres. Qué intentas? Oh cómo dices, lo mal que te compadeces! mas no importa, que bien presto daré a entender, que me mueven mas que en tu amor las piedades, en su ceño los desdenes. . Cielos, qué es lo que he es- cuchado! viva Estatua soy de nieve. Qué más claro ha de decirlo? Mas si a Antenor aborrece, mi ira, qué importa, que lo (ven oiga. Daré a entender, que me mue- mas que en tu amor las piedades en su ceño los desdenes? Esto ha de ser. Esto importa. No os vais? Sí, que me conviene huir de un agravio, que une, lo que mata, y lo que ofende. Lo que ofende, y lo que mata? si matase, y si ofendiese, no os toca a vos; y pues yo por esta del papel verde arenosa línea el Bosque discurría, agradecedme, que os deje tantas, por donde podáis huirme, por no verme. Ahora sabéis, que no hay senda fácil para que se ausente quién ama de lo que ama? Luego vos me amáis? Quién tiene hecha la costa al sentirlo, qué importa, que lo confiese? En Epiro vi una copia de vuestra luz, y de suerte herido quedé, que en busca vuestra. Tened, que el que viere, que mi descuido os escucha, podrá pensar, que os atiende; idos, pues. Aún me negáis la dicha de que me queje? Sí, que todo cuanto es de es muy justo que se os niegue. Pues negadme la ventura, no la razón. De ahí se infiere, que no la ay, pues nadie pide, que le den lo que se tiene; y en fin. Por aquí, Zagales. Ya esas voces os advierten mi riesgo, si os ven conmigo: qué aguardáis? A que me fuerce a irme, ver, que vos os vais, que no han de decir, que pueden atrevimientos celosos pasar a ser descorteses. Pues si eso esperáis, en busca. de Liriope la fértil maraña del bosque haré que me oculte. Tal vez suelen por entre sombras frondosas. respirar luces ardientes. Lisonjero, y atrevido. sois. Amor; rara vez miente; pero en que, beldad divina, quedamos? Enque me deje Adónde, divina Ninfa; precipitada desciendes, sin reparar, que es temprano para que el Sol en el cristal se anegue? Con qué motivo apagar tus explendores previenes, por vengarte del quien vive de aquella luz, que de su luz see ier Qué culpa tiene: El acento, traidor Céfiro, sus nde, vuestro error libre la acción, de que déspida, y que ruegue. De qué ruegue, y qué despida? qué más claro, hado inclemente, ha de decir, que lo que mi cariño desmerece, merece en Céfiro el odio: pero como se detiene en réplicas el cariño, para que el desdén se vengue? pues nada es antes, que ver si quiere el hado, que encuentre a Liriope; por esta senda buscarla pretende mi piedad. Undoso Alpeo; tu cándida espuma hóspede a una infeliz, que en tus hondas busca sepulcro de nieve. Liriope? Al Río, al Bosque. Fedra? A la Quinta, a la Fuente! A tu colerica saña, monstruo de vidrio, se entregue mi vida, antes que los hados triunfen de mis altiveces. que en cada acento, que escucho, un áspid vago el corazón me muerde. Yo no quiero a tus finezas, si algo mis ruegos merecen, deber más de que me olvides, y si no me olvidares, que te ausentes? No es ya ingratitud mi ceño, temor es, de que me cueste el trágico fin, que aguardo, la traidora ojeriza de mi suerte. Un hijo del viento huyo, y un hijo del viento eres, pues déjame de piadoso, ya que ceder no quieres de rebelde, Las estrellas. No hay más astros, que esos dos ojos ardientes, de cuyos influjos negros los demás penden árbitros celestes, Qué recelas? Un delito. Quién te amenaza? Mi suerte. Y quién le avisa? La Esfera. Susto, Esfera, delito, y suerte mienten, No mienten. De qué lo sabes? De tu amor. Y a mi amor temes? Sí, que es traidor: No lo creas. Y en fin, qué a mis ansias respondes? Atiende. Aunque contrarios, mi amor, te disuadan recelos injustos, fantasmas aleves, te he de querer, hermosísima Ninfa, pues es imposible vivir sin quererte. Bien puede ser, que medrosa, o esquiva, el susto te esconda, o el ceño te aleje; Y JIAS CO JOpIdEAO Traidor, de esta suerte, Ninfas. Contra quién te enojas? Zagales. Quién se te atreve? De qué das voces? Qué es esto? Esto es querer, que se esfuerce a vengarme vuestro enojo. De quién? De ese traidor, de ese, que con lo que adula, agravia, con lo que persuade, hiere; de Céfiro en fin. Pues qué delito Céfiro tiene, que merezca tu castigo? Ser el instrumento aleve, que destinan a mi estrago los Dioses. Cuando eso fuese: qué culpa tiene mi vida, pero a mis ansias, aunque dan industrias, con que vencerte, pues tú no te vences. Eso pronuncias, sabiendo que irritas la misma piedad, que te ruega, que ceses? pues vive mi luz, que has de ver a tu costa, que industrias no triunfán, donde iras defienden. En el jardín lo verás esta tarde cuando robada en mis brazos te lleve. Pondré yo de guarda en mi amparo las Ninfas, que tus traidores designios acechen. Pues la experiencia te avise mi arrojo. Antes vengarse mi cólera intente Cómo, si aún no me amedrentan los hados, de lo que mi estrella ofende? La que tiene quien aman- no asegura, ni obedece; (do pero qué digo? Venid, Ninfas, conmigo, que aunque este amagado precipicio de mi estrella me amedrente, no lo ha de lograr mi estrella. Que en fin nada te merece mi ruego? Cansaste en vano. Pues no me culpe quien viere, que las traiciones violentan. a quien los ruegos no mueven. Vamos tras él. Del jardín el florido espacio verde divertirá tus pesares. Los míos mal se divierten; pero vamos. Menos yo, que me he de quedar adrede a buscar quien me enamore. Amor, que adulando, hieres, si así tratas los rendídos, qué harás con los delincuentes? Quién entenderá tan varios encontrados accidentes? . Has visto, Nise, las raras manias, con que se viene Liriope? Si es hermosa, no lo extrañes, no ha dos meses, que estaba quieta, y ahora la dan vahidos de repente. Debe de andar en el alma algún escondido duende, que la inquieta; pero vamos tras ella, antes que se aleje. Delfa a Dios, Gracias a Baco, pues me ha hecho mil mercedes en que se vayan. Allí está el verderon sirviente del Príncipe Ruy. Señor: Ya me ha visto, pues me vuelve la espalda; pero yo llego. Despreciarle me conviene, Buenos días os dé Dios, la mi Zagala. Váyase uced noramala, Caballero, que ya he dicho, que no quiero Que en vano aspira el racional cuidado a embarazar del hado la traidora amenaza, pues nunca se embaraza, en cuanto influyen trají que me quiera: Ah traidora, ha ingrata fiera; respingona, Infanta míe homicona de esta Selva, es posible, que no vuelva esa carilla. Ay tan raro mojarilla, y picaron, que a toda esta perfección la resquebraja. Escúchame, buena alhaja, dos razones. Al Rey, que paga busones, se las diga, y mire, que no me siga, pues si acaso atrás diere un solo paso. Qué, señora? Mandaré, que antes de un hora por deleite, me le frían en aceite. Soy yo huevo? pero ya a quejarme pruebo de tu trato, Basilisco mogigato, y de esta peña hermosura berroqueña, y Tigre humano, tú verás, como mañana, si Dios quiere, será lo que Dios quisiere. el fatidico ardor de las Estrellas. Liriope lo diga, pues por más, que su juicio, o su fatiga escudo al daño han hecho, de cauto aviso, o profugo despecho, ni despecho, ni aviso aprovecha en el duro, en el preciso destino, a que le induce llama, que ahuma con vapor, que luce. Hoy quiso en el Alfeo su desgracia anegar; mas mi deseo, estorbando su ruina, cuando en su busca el curso se encamina, de Ninfas, y Zagales, la negó a la impiedad de los cristales. Y hoy en estos jardines, verde esfera de rosas, y jazmines. la hóspeda mi cuidado, por ver si divertido, u olvidado su pesar la permite a la armonía, con que en solfas de luces canta el día, diciendo entre verdores la turba alegre de esos Ruy. Señores. En los jardines de Amor Líriope la infeliz, cansada ya de llorar, se consuela con decir. Ay de mí! ay de mí! que el morir no es estorbo, para no morir, Bien esa queja cadente, si cadentes quejas hay, muestra, que hacia aquí la trae su mal, porque el mal lamente: quitáreme de delante, que no es cordura advertida, ser testigo de una herida, que en vano mi afecto amante, o mi afecto cuidadoso embarazar ha podido, pues eco en el mundo ha sido lo infelice de lo hermoso. Y ya que su bien consiste en repetir su dolor, no la estorbemos, Amor, el que diga infausta, y triste. En los jardines de Amor, Es posible, Ninfa bella, que no ha de valer contigo mi ruego? Es mucho enemigo, para vencerle, una estrella. Prueba, señora, a rendir su ceño. Es grande el pesar, y pues no ha de aprovechar, dejadme, Ninfas, gemir. Yo en fatigas tan impías te daré un remedio, pues, para no llorar. Cuál es, Delfa, amiga? Qué terías. Tu sencillez me bastara, si yo de alegrarme hubiera. Pues ya que de esta manera de la soledad se ampara tu dolor, dejarte quiero sola en este Cenador, verde Palacio de Amor. Solo ese consuelo espero. Mas porque a solas contigo tu imaginación no quede, pues yo sé bien, cuanto puede el valor de este enemigo; de cuantas flores argenta el Alba en este jardín, iremos cogiendo, a fin de que a nuestro celo atenta, una vistosa guirnalda formes, para más decoro de Amor, cuando engaste en oro, lo bruto de su esmeralda. A nada, que culto suyo sea me resistiré: hay fiera aprensión, y que en vano tus iras huyo! Pues cada una por su parte cogiendo las flores vaya para la guirnalda. Que haya de ser en las lindas arte el continuado pesar de eterna melancolía! Bien hayáis vos, vida mía, que no habéis sabido amar. Pues qué aguardáis? A que el viento la Música vuelva a herir. Que sea consuelo oír, para adular mi tormento. En los jardines de Amor, Ya que en estos jardines, cuyo ameno Páis a mi contacto vuelve, por parecerse a mí, la ardiente Rosa, y pálido Alelí. Ya que en su muda estancia esa discordia vil permite a mi dolor, para abreviar mi fin, que el delitar parezca discurrir: apuremos, pesares, los motivos, que di a tan airado golpe, a tan traidor motín, que consuela el herir, con él herir. Mas para que me canso, injusta pena vil, en repetir mi pena, si al irla a repetir, por sí solo mi mal se queja así: Ay de mí! que el morir no es estorbo para no morir. Tú aquí, Nise? Porque extrañas, que yo sea la primera en servirte? de esta Esfera en las fértiles campañas estos jazmines hallé; y mirando que su nieve del Céfiro el soplo leve desabrochó::: Calla, que cuando en aquestos jardines me acuerdas hoy los errores de Céfiro, son las flores áspides, y no jazmines. A saber:: No digas más. Que habías:: Vete de aquí. Ya te obedezco. Ay de mí! Con quien tan airada estás? Con Nise, pues atrevida a Céfiro me nombró. Por eso pretendo yo solo, que de mi rendida fe admita tu voluntad de mí estos narcisos. Calla, que en ellos mi temor halla retratada otra crueldad. Pues por qué al Narciso quiso hacer tu contrario el hado? Solo se que mi cuidado es ruina de otro Narciso: Yo: De mi vista te ausenta pues me atormenta esa flor. Loca está. Huye mi furor. Ya me voy. Que esto consienta la infausta fortuna mía! De qué das voces, señora? Qué sé yo? No sabes; y ahora en toda la estancia umbría del jardín, de un grito tuyo, que lleno el espacio hueco mil ecos duplicó el Eco? Ves que de mis penas huyo, y a Eco me nombras, villana Pues como te he de decir, que el eco me hizo venir? Vete, antes que mi inhumana rabiosa furia te mate. Ay Dios! diola el frenesí. Vete, villana, de aquí. Perdona este disparate, señora; y si te ofendió mi voz, en toda mi vida nombraré a Eco. Atrevida, vuelves a irritarme? No: que ya, pásito a pasito me voy, si me das licencia. . Aprovecha en mi paciencia la venía de tu delito. Mas qué digo, y hago? Cielos, pues en penas tan atroces qué culpa tienen sus voces de qué maten mis recelos! Ahora bien, probemos males, a vencer esta aprensión: estas las flores no son, que con presagios fatales mi ruina acordaron? Sí: pues de ellas hacer intento la guirnalda, vea el viento cuan poco al viento temí, pues amago, que en rigor el aire ejecuta infiel, fuerza es que muestre, que en el Viento es la dicha de Amor. Qué suave acento contrario al que iba a pronunciar yo, para adular lisonjero, llegó a mi oído veloz! Quién, Cielos, le habrá formado? si serán las Ninfas? no: que a ser de ellas, no extrañara mi oído la suspensión, demás, de que en la quietud en que se mantienen hoy, con qué causa han de decir: Viento es la dicha de Amor. Dulcísimo encanto, si eres prevenida suspensión de mi mal, dime quien es tu divino dueño? Yo, que hijo dos veces del viento en el viento el bulto recato, pero no la voz. Nadie me responde; y cuando ninguno me respondió, manso el viento, con su leve, placida respiración de estos laureles, inquieta el desdeñoso verdor, que dulcemente las hojas mece. Que mucho, si soy traidor halago, que viste de lisonjas la traición. Pero en labrar la guirnalda prosigamos, que es error creer, que para mi tormento puede hallarse diversión. Ahora verás, cruel perfección, que porque consiga (ción. la dicha mayor, a la esquivez burlará la trai- Jurara, que armonioso, amante acento sono tan cerca de mí, que abrasa el oído con la voz; pero qué error! No es error, que si mi queja es mi dicha: , . Viento es la dicha Amor. En estas flores podrás ver, que son despojo del aire, que amante inspiró fragrante desdén, y sensible verdor. Mas qué es esto, arrebatada del viento una, y otra flor faltan de mi vista, Cielos; qué fuera, que este traidor Céfiro; pero qué digo? de mi desconfío yo? qué ilusión! No es ilusión, que, aunque el amor es incer Viento es la dicha de Amor. Ya a tan repetidos sustos es desaire del valor no descifrar este asombro, diciendo en mi confusión. Sombra, que infiel mi susto abultó, dime quien eres, antes que en mi ardor te abrase el incendio de mi in- dignación. Nimfa divina, yo soy, y no soy quien quiere contigo, volando veloz, (tu Sol. dar, si es Cielo el aire, a su Cielo Esa es traición. No es traición, sino mostrar, que por fácil: , . Viento es la dicha de Amor. Huiré yo de ti. Siguiéndote voy. No osado me embargües el paso, y la acción. Ahora verás, que no va- le el rigor. Cómo, ignorado prodigio, que invisible a mi furor te permites hallar solo de mi desesperación, a afirme te atreves? Cómo no es defecto del valor, por conseguir el trofeo, enajenar la atención. Pues qué emprendes? Qué conmigo suba a ser tu resplandor astro en la región del aire. Yo del aire en la región despojo de tu amor? Sí. Quién eres? Céfiro soy, pues bien el suave susurro, que al entrar me disfraz o en tus jardines, lo dice. Pues tu traidora intención no lograrás. Cómo? Así. No des gritos. Antenor, Fedra, Tiresias. Yo haré, que se confunda tu voz. Liriope es quien nos llama. Armonía superior, que en el viento me apadrinas, repita tu adulación: Que en vano intenta el rigor. Que en vano intenta el rigor, Fustrar de Amor el intento, Fustrar de Pues para adular al viento. Pues para Viento es la dicha de Amor, Viento es Ninfas de Amor, acudid; Zagales, favor, favor; Deidades, piedad, piedad; Venganzas, traición, traición, Traición, traición. Qué es aquesto? Qué tienes? Quién te ofendió? De qué das voce De hijo del viento, veloz me arrebata, por más que luchando con él estoy! suelta, traidor. Cómo es fácil, habiendo llegado yo, que lo logre? De las flechas vibrad uno, y otro arpón. Soy aire, y dan en el aire. No desatáis este atroz nudo tenaz, que me oprime? Sí, porque veas que son aprensiones tus fatigas. Viento, a quien el ser debió este hijotuyo, desate en mi amparo tu furor rafagas, que embravecidas los cieguen, mientras yo doy el vuelo al vuelo con esta desdeñosa perfección, Que no esperado uracán es este? Fiero antubión de soplos! Ay infeliz! Ven conmigo: Ira de Dios; cuál arrecía! Piedad, Dioses. Y en el cuajado vapor; que nube, o trono te espera, publique tu sinrazón. Que en vano intenta el ri- gor,& Nimfas de Amor, acu- did,& Divina Venus, qué es esto? Qué es esto, sagrado Amor? Es una injusta vio lencia, y una atrevida pasión; que en aire disfraza el fuego; pues el aire disfrazó a Céfiro, bien como hijo de su vaga indignación, en sí mismo desmentido, en este jardín robó a Liriope, que ya huéspeda de otra mansión quejas alterna, por más que el amante robador su voz confunde, diciendo la prevenida canción. En vano intenta el rigor, Liriope falta? Sí. Y quién lo asegura? Yo. Pues quién eres? Soy aquel vendado, alijero Dios, rayo, que rompe la nube, y áspid, que muerde la flor. El Amor soy. Y qué intentas? Qué pues Céfiro logró su traición, y a embarazarlo no bastó todo mi ardor, dejéis la Arcadia desierta, y la vana religión de mis estatuas, también participe el deshonor, qué aguardáis? La ira detén, divina beldad, pues no me atríbula mi pesar tanto como tu dolor. Dejadme arder en la rabia de saber, que no bastó todo mi poder a hacer dichosa una perfección: qué enojo! qué ira! qué agravio! Oye. Espera, que, o mintió la vista, o sobre una nube, cuyo vistoso arrebol es iris, que entre colores compone solo un color, Céfiro se deja ver. Y convencido el furor del uracán, a su lado Liriope, serenó las rafagas de sus iras. Escuchemos. , . Atención, que ya de amor es lisonja lo que fue ofensa de amor. Atención, atención. Cupido, si mi despecho tu mejor Templo abrasó, hoy por Liriope tienes el Templo en mi corazón. Ninfas, que en el vago imperio, que Céfiro me ofreció, el que fue hasta hoy agravio, desde hoy es adulación. Atención, atención, Pues en mi aplauso resulta tu triunfo amante, ya estoy, Céfiro, desenojado. Pues Céfiro consiguió persuadirte, y tu contenta con él vives, no es razón, que nuestro pesar malquiste tu jubilo. Y pues yo doy vuelta a Epiro, ved Tiresias, en qué puede mi atención serviros, ya que me encargo de que el Templo, que arruinó de Amor el fuego, por mí se reedifique. Es acción digna de un heroe tan grande. Que en fin, nos vamos, señor, sin dar una mano a Fedra? Aunque Céfiro olvidó (se su amor, basta el que ella hubies- sabido lo que es amor. Adiós, seora Doña Delfa. Señor Don Marsias, alón, Ya agradezco a mi fortuna el que se vaya Antenor. En fin, invencible el hado, su vaticinio cumplio. Con que aplaudiendo mí dicha en tanto que vuelta doy al Boreal, Alcázarmío, repita la aclamación: (rigor Que en vano intenta el fustrar de amor el intento, pues para adular al viento, Viento es la dicha de Amor.