Texto digital de El vicio en los extremos
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- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
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- Guillén de Castro y Bellvís Segura
- Género
- Comedia
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De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de El vicio en los extremos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/vicio-en-los-extremos-el.

EL VICIO EN LOS EXTREMOS
JORNADA PRIMERA
Libre estás. Es mal forzoso en mi amorosa pasión. Mejor dijeras traición en la amistad de mi esposo. Engáñaste. No es verdad ¿Que sois amigos? No quiero negarlo, mas fue primero este amor que esa amistad. Si te adore tantos años, en quien para más rigores, disfrazados en favores, me abrasaron tus engaños. Si estuvo en ti mi esperanza como el sol está en su esfera, hasta que fue por ligera rigurosa tu mudanza. si te casaste, y de suerte que de abrasado y celoso, que hice amistad con tu esposo para que mediase al verte, porque mirando este amor tan tuyo, le ha condenado tu desdén ha desterrado con título de traidor, sabiendo que en las pasiones amorosas, aunque injustos sean los medios de los gustos, no por eso son traiciones. Será porque las argenta quien las hace, mas por eso el engaño en que hay exceso no deja de ser afrenta. Déjame, si es que te obligo cuando acordándote estoy que yo muy honrada soy, y mi esposo muy tu amigo. Y vive tan satisfecho de tu amistad disfrazada, que te ofrece libre entrada en su casa y en su pecho. Págale bien, y si no, temiendo mayores daños, a decille tus engaños habré de atreverme yo. Tu amor pasado consiente tal rigor? Necio has andado, pues llamándole pasado, le tratas como presente, Déjame. ¡Qué rigurosa estas. ¡Ay de mí! Reniego de la fortuna y del juego, por no decir de otra cosa. ¿Qué hay, don Antonio? Perder sobre la palabra, y dar diligencias al pagar. mira tú qué puede ser. esa cadena os quitad doña Jacinta. En buen hora. ¿Dudáislo? Acabad, señora, donosa flema, acabad, para quien está rabiando. Yo os la quitaré más presto, Llévala. ¡Señor! ¿Qué es esto? Ve a vendella. Iré volando. ¿Dónde vas? Muestra. ¡Señor! ¿Hay tal desvergüenza? Atención, que ya comienza el padre predicador. ¡Bueno estoy para sufrir vejeces. Bien puedes dar con tus modos de tratar ejemplos para vivir. No tengo que preguntarte lo que ha pasado contigo tu mujer, aunque tu amigo me informara de tu parte; Ya sé el porque de su cuello esta cadena desvía, pues de vello cada día, estoy prático en sabello. gentil honor heredado de la nobleza que tengo. Siempre, señor, te prevengo que nací para soldado, crieme desde rapaz en la guerra, y tú tras esto en otra guerra me has puesto que tiene nombre de paz. Para casado no soy, y para soldado era; y así, estando como fuera de centro, a mi centro voy. ¿No digo yo que los modos olvides de los soldados; pero no por extremados propongas el vicio en todos, que de adornarte presumas con plumas, pase, y no importe mas no de rua en la corte lleves un monte de plumas. Si alguna causa amorosa te inclina, sigue su efecto; mas no pierdas el respeto a los ojos de tu esposa. Si al juego te inclinas, pasa por sus ciertas desventuras, mas no villanas locuras resulten dello en tu casa, por quien cada día aflijas a tu esposa con las penas de quitarle hoy las cadenas, y mañana las sortijas. y en vez de dalle los brazos con blandura para hacerlo, de sus manos y su cuello las sacas hechas pedazos, término del todo indigno de un hombre tan principal, pues para tratarla mal aun no buscas buen camino. y al fin en ti siempre vemos extremado el proceder en todo y todo sin ver que está el vicio en los extremos. También he sido extremado en lo que a ti te he sufrido. Y a no ser, ¿qué hubiera sido? ¿Yo también no fui soldado? Eres padre. Poneos hija al cuello vuestra cadena. ¡Señor, señor! No os dé pena. No lo mandes. No os aflija. Mi esposo la ha menester, y es el dársela forzoso. en mi gusto... A injusto esposo de tan divina mujer. Hacelda por mí dichosa, y di tú lo que perdió mi hijo, y darete yo con que pagues. ¡Linda cosa! Beso tus pies, y me voy con tu licencia. En buen hora. Vamos. Lastimado ahora, más enamorado estoy. ¡Señor! Bien está. Entendida persona. Harete llamar. No te olvides, porque el dar tras el prometer, se olvida. Hija, vos también tenéis algún extremo vicioso. ¿Y es, señor? De vuestro esposo hasta el aliento teméis. Apenas la voz levanta, cuando no solo bajáis la cabeza, mas tembláis desde el cabello a la planta. Y en la mujer de valor para en semejante efecto, ha de ser noble el respeto, mas no civil el temor. Porque teniendo en los labios tan cobardes valedores, parece que en los temores séñala que debe agravios. Y así, en ocasión forzosa, de no excusar la respuesta, ni debe hablar descompuesta, ni enmudecer temerosa. y así, hija, cobra ser, aliéntate y considera que destas cosas cualquiera es extremo en la mujer. ¿Para qué miraras cuál estoy de obligada, fuera dicha, si el alma tuviera tras viriles de cristal. Ya en los ojos te la veo. Ya te la pongo a los pies, y que la mano me des pido. Estimo tu deseo. tu prima viene. ¡Qué cierto era el volverse mi esposo con Doñana. De celoso es sin duda que estoy muerto. Siempre le sale al encuentro. con la vista. ¡Qué galán! es don Álvaro. Ya están mis ojos como en su centro. ¿Prima mía? Prima mía, Tarde vengo. Bien decís, porque cuando vós venís pienso que se acorta el día. Venid, que tengo que hablaros. no ha de ver sus bellos ojos. Siempre para darme enojos la vi pensamientos claros. Yo solo seré el galán esta vez. De haberlo sido. nace. Apenas han venido mis dichas cuando se van. Don Álvaro, ¿no imagines que los libres disparates que en mala opinión me tienen, y mal casado me hacen. de mi desdicha engendrados en mí solamente nacen, de haber tenido en la guerra soldadescas libertades, porque aunque largas costumbres naturalezas se hacen, quien con el tiempo las mide, las modera con el arte. Otros accidentes son para en mi daño más grandes, los que la quietud me llevan por el fuego y por el aire. Como sabes, yo llegue a Madrid, dejando a Flandes, por seguir la inclinación en mi estrella de mi padre. y al llegar aquella noche a morirme o a casarme, que es lo mismo en quien se ve con desdicha semejante. Estaban juntas mi esposa y su prima, tan iguales en galas y en prevenciones, que fue entonces cosa fácil ¡ay de mí!, engañarme yo al entrar para inclinarme, antes que a doña Jacinta, a esta su prima, este ángel, en quien miraron mis ojos humanas divinidades, creí que mi esposa fuese. ¿Qué sería el avisarme de que me engañaba. ¡Ay cielo las entrañas se me parten de considerarlo ahora, por hacer un disparate estuve; pero venciendo la cordura a los pesares, di la mano a quien la tiene con una fuerza tan grande, que a mi corazón asida, yelo aprieta y saca sangre. Siendo yo desde aquel día tan desesperado amante de doña Ana, que en sus ojos se escurecen mis verdades. porque apenas ve en los míos las evidentes señales de mi amor, cuando los pone tan hermosos como graves. Y no solo no me mira, pero enojado el semblante, me reporta el atreverme, y me niega el escucharme. Y yo con estos desprecios, siguiendo mis ceguedades, causas le doy a mi esposa para que en celos se abrase; y así, ofensor yo ofendido, estoy tal que me renacen de grandes inconvinientes resoluciones más grandes. tanto, que quiero de ti valerme, para mostrarte que tienen las confïanzas gran fuerza en las amistades. Yo he visto diversas veces –con qué pena, Dios lo sabe– que esta crüel que me tiene en mi obstinación constante. te mira con buenos ojos, y para que no me acaben los celos sin esperanza, quinta esencia de los males quiero, don Álvaro, escucha, lo que has de hacer para darme; la vida que he de deberte, y el alma en que he de pagarte, es pretender con engaño a Doñana y señalarle, y me obligó tu amistad a no apetecer sus partes. Y no solo no me temes, pero que de mí te vales para que yo en tus amores te acredite con sus padres. Y si resultare desto que me escuche, que me hable, pues es la ocasión autora norte, amparo, hija y madre de todas las pretensiones, podría ser que llevase mi esperanca a entretenerse, ya que no fuese a lograrse. Y si no, mi industria entonces, yendo tu engaño adelante, para que tú la conquistes buscare facilidades. La voluntad solamente se ha de entender hasta darte lugar de entrar en su casa; porque entonces has de darme el que ella te dé, mediando silencios y oscuridades de aquella noche en que yo entrando en tu nombre, engañe en mi amor y en su esperanza los gustos y las verdades. Ya veo que es una empresa temeraria el ayudarme a una cosa que es injusta a un exceso que es notable. Pero don Álvaro muero, ¿qué he de hacer? Sino arrojarme como el que se arroja al mar cuando se abrasa la nave. y tú que lo ves, no dudes, pues esta desdicha sabes, en arrojarte conmigo a emprender temeridades, pues pide remedios fuertes la enfermedad incurable, y la vida de un amigo tanto obliga cuanto vale. ¡Qué milagrosa ocasión para mi intento. ¿Dudaste en la respuesta? ¿Qué dices? Antes pasando adelante mi discurso, en tu deseo trataba de ejecutarle. Dame los brazos, amigo. ¡Bueno fuera que dudase mi amistad en darte el alma para tu vida importante. desde esta noche comienzo, que hablar a doña Ana es fácil, pues me ha dado muchas veces ocasión de que le hablase. ¡Ay, que de celos me diste! ya veo que ha de engendrarse del remedio que procuro el veneno que me mate; tan grande exceso de amor no han visto las tres edades. ¿Quién vio tan loca intención? ¿Quién vio tan ciego dislate? Quien jamás compró con celos, y previno con pesares engaños que lo entretengan. y esperanzas que lo engañen? Mucho te debo, fortuna. pues en ocasiones tales. enamorando el marido, favoreces el amante. Ya la visita se va. Acompañarla es razón. Y la primera ocasión en que te sirva será. En ella me abrasaré de celos. Yo lo jurara que tras de sí te llevara, y por eso te avise. ¡Pluguiera a Dios que no fuera eso tan cierto en mi suerte. ¡Quién pudiera detenerte, notable burla te hiciera. ¡Y quién pudiera! ¿Así? ¿Así ¿Marina? Pues oye, tente, cuando yo tan fácilmente la puedo emplear en ti. Mira Benito... Oye, ven, No te turbes, negros duelos, a mi amo pide celos, y a mí casamientos, bien. no sé ¡por Dios! qué demonios obligan tus ceguedades a ejercitar libertades, y pretender matrimonios. No sé qué causa es bastante, si no fuese haber querido que profese de marido con noviciado de amante. Mas no es mucho, pues estoy en puesto bajo, y en mí brujuleas lo que fui, por lo que miras que soy. Pues porque veas que fundo mi linaje honraosamente, sabe que soy decendiente del primer hombre del mundo. y más feliz, pues los cielos le dieron una mujer, a quien gozó, sin tener hombres que le dieran celos. ¿De quién los tienes? De ti, que fuiste quien los pedía a mi amo. Eso sería por mi ama y no por mí. ¿Y qué poder te ha otorgado ella? Mas tú le tendrás para pedir lo demás, quizá en ella mal cobrado. Y si tu albitrio se aplica a semejantes poderes, y por todas las mujeres vas cobrando, serás rica de dineros y de antojos. Mas yo no quiero, aunque pobre, riqueza en ti, que me sobre por encima de los ojos. ni quiero que tú lo creas ni aun por sueño, y quédate ¡Para, para! Escúchame, y tan rigido no seas. que los pobres no rigores han de tener tan honrados, que junten bajos estados. con tan altos pundonores. Ni las mujeres corridas de que fueron desdichadas, cuando son tan libertadas han de ser tan presumidas, pues a mí hacerme barbón, añadiendo el consonante? No te vayas, ea, gigante. que en la enmienda está el perdón. La enmienda difícil es, en quien es tan natural el ser pu... No digas tal, oye. Quita. Vete pues, que después nos avendremos tú y yo. No haremos, por Dios, que en el mundo hasta en los dos está el vicio en los extremos. ¡Qué de montes altos que puso el amor desde la esperanza a la posesión! Jesús, ¿qué tengo? venga el padre del alma deme remedio. ¡Oh, si cantasen! Ya estás en lo que digo. Sería gusto a mi melancolía, aunque la creciesen más. ¡Ay de mí!, que me llaman con tantos golpes a las puertas del gusto que me las rompen. ¡Jesús, qué tengo! Ya el jesús que tengo viene a todas las siguidillas. ¿En eso han dado? Cosquillas hace el tono. Gracia tiene, demás de que como andamos tales, los más que no vemos, no solo lo que tenemos, Pero apenas donde estamos apenas se halla quien no se alegre o se despeñe con preguntar lo que tiene a quien lo sabe también. ¡Ay de mí! Mas, ¡ay de mí! otra vez? Descuido ha sido, en la calle me han oído. ¿No es Doñana? Creo que sí. Mil veces dichoso fuera. buien tan del alma os sacara tal suspiro. Si mirara que le oyan no saliera; pero novedad ha sido en vos este atrevimiento. No es culpado un pensamiento con ocasión de atrevido. ¿Sois don Álvaro? Yo soy, no os vais. No haré. Esa respuesta tan buenas alas me presta, que ya en vuestro cielo estoy. ¡Jesús, y qué os ha obligado! ya juzgo en mi pensamiento menor el atrevimiento, pero más nuevo el cuidado. fuera de pensar estaba esto en vos, mas no me admiro. si es que os llamó mi sospiro. Sin saber que me llamaba. Esto es ya mucho apurar. Fuera mucho el merecellos pero diera por saberlo. Ahora dejaldo estar. Y pensad vós que obligarme a obligaros o a perderme, no es nuevo en el atreverme, si lo fue en el declararme. más tuve en las esperanzas de tan altas pretensiones, dudando en las ocasiones recelo en las confïanzas. Mejor dijerais respeto a quien me le pierde a mí, ¿Ya sabéis quién digo? Sí; pero también os prometo en eso aun más novedad. ¿Cómo así? Dicha he tenido, don Antonio ha reducido su gusto por mi amistad. Vio en mis ojos que adoraba, los vuestros, y también vio en vos lo que entonces yo en mis méritos dudaba. Y como tan de mi amigo se precia, quiso mostrar que lo era, con llegar a declararse conmigo. Y no solo con intento está de que su cuidado, ni en vos ha de ser enfado, ni a mi amor impedimento. Pero quiere ser por mí con vuestro padre tercero, y con vos. Dos cosas quiero estimar en lo que oí. Es la una que el amor tanto en don Antonio injusto, deje de enfadarme el gusto, y de ofenderme el honor. Y la otra, el ver qué alcanza, bien fundada en mi querella, mi dicha tan buena estrella, que guía vuestra esperanza. Pues en los dos, siendo tal el fin que esperando estoy, el deciros que os la doy, no es posible estarme mal. Y más habiéndola visto tantas veces en mis ojos. Con tan divinos despojos glorias del cielo conquisto, nubes piso, alcanzo estrellas, contemplo divinidades, y dudo si son verdades, para no perderme en ellas. pero veré si lo son con la segura experiencia de que vuestra diligencia alienta mi pretensión. ¿Cómo? Estando agradecida con don Antonio, y no en vano, de que remitió a su mano el remedio de mi vida. Hablalde, haced confianza dél, si previene y procura, que den con vuestra hermosura dulce fin a mi esperanza. Pues de manera le veo, pasados sus desatinos, que buscará mil caminos para lograr mi deseo. Apenas habrá acabado el día de amanecer, cuando vaya a disponer vuestro gusto mi cuidado; que achaque no ha de faltar. para hacerlo. Soy dichoso, Saca presto sol hermoso, hoy la cabeza del mar, que por verte en mi alegría, bien puedes apresurarte. Ya de solo el escucharte, pienso que amanece el día. Adiós, adiós. ¿Ya te vas? Avísanme, son ajenos mis gustos, no puedo menos, yo quisiera poder más. Rigurosa cosa emprendo, pues con título de amigo así a don Antonio obligo, porque a su mujer pretendo. ¡Bueno estoy! ¡Ah, buen estado las mujeres me han traído, pues una engaño querido, y otra quiero, desdeñado. Pero ¿qué haré, viendo estar tan contra mí la fortuna, que para seguir la una, a la otra he de engañar. Pero vaya, ¿qué he de hacer? pues solo, si amor precede, por una mujer se puede engañar otra mujer. Echa esa agua, que enfrïar pueda el alma por los ojos. Pero, ¿qué vanos antojos? cuando no bastara un mar. Desde antes de amanecer estás en pie, ¿qué has tenido? Necia pregunta a un marido. Que duerme con su mujer, y añade más, que está loco. Por su dama. Esotro es yel con vinagre, en vez de miel sobre ojuelas. Y aun es poco. Pues cuando en la cama están, le parece, si rodea, su aliento, aunque bueno sea, de la boca de un volcán. Cada pie y mano, sospecho que es las garras de un león, pues que será la prisión de sus brazos en su pecho? Paréceme que será el garrote de un verdugo. Más que entonces aquel yugo aun más apretado esté. ¿Ves eso? Pues ¿hay, señor, otra cosa que condena con más rigor a otra pena mayor. ¿Qué dices? Mayor. No es posible. Más lástima enamorarse y tener en la cama una mujer, temiendo que no os estima. ¿Hay tan civiles tormentos? como el estalla adorando, afligirse adivinando por señas sus pensamientos? Y dudando en sí ligera, o firme su confianza obliga con lo que alcanza, o finge por lo que espera? ¡Ay pena cómo el cuidado de si se acerca o retira, si se divierte o suspira, si tiene gusto o enfado? Pues ¿qué rabia, qué despecho es, si acaso se revuelve, y con la espalda que vuelve, da estocadas en el pecho? Es un dolor que remata el seso el ver que consigo tenga un hombre un enemigo, que a espaldas vueltas le mata. En fin, yo, señor, ¿qué bien lo sé, porque lo he probado, habiendo sido casado, y enamorado también. Digo que, aunque el ser marido apretado, es mal gigante, lo es mayor el ser amante dudosamente querido. Y pues en esto prevengo tu consuelo, en él repara. Con todo ahora trocará por ese estado el que tengo. ¡Señor! don Antonio, andad vos fuera. Ya se encamina a su ordinaria dotrina, más pesada que su edad. porque es el viejo extremado, y háralo el mozo peor, que un padre reprendedor hace un hijo mal casado. Apenas amanecía, cuando don Álvaro estaba a esa puerta. Algo buscaba, que quizá me importaría. Yo le mande despedir cortésmente. ¿Qué habrá sido? Yo sé que lo habrás sentido, pero quiérote advertir que de tu amistad abusa, porque tú le das lugar, poco cuerdo en excusar lo que el de necio no excusa, que es al buscarte el tener tanta libertad, que llama apenas, y hasta en la cama te halla con tu mujer, a menudo te visita, cuando tú no estás en casa, y esto, hijo, a extremo pasa, que no es bien que se permita. No es justa la confïanza de un amigo? Así es verdad, cuando la necesidad le previene en la esperanza; mas tan sin causa el tenella tan sin compás, no es razón porque es darle en la ocasión los peligros que hay en ella. ni el dársela a la mujer, no es justo porque el honroso marido, si no es celoso, prevenido debe ser; cuando no por sus antojos, seguros en su justicia, porque juzgan con malicia los demás que ven sin ojos; y porque lo que es extremo en las más cosas es vicio. El ordinario ejercicio de tus reprensiones temo, y así ocuparé el cuidado, que a la enmienda me obligó. En el reprenderte yo, no es vicioso lo extremado, que en el amor paternal cualquier extremo es virtud. Dios te guarde. Y tu salud haga tu vida inmortal, que dijeras a saber ¿Hay padre cuán sin decoro, y con cuánto extremo adoro, siendo tigre, una mujer. ¡Marina! ¡Señor! Divierte un poco mi pena, espera, ¿Por qué te vas? Yo quisiera divertirte y no quererte. pero cuando a ver te vengo tal, el quererte, el servirte, y celosa divertirte, por imposible le tengo. Acaba, que en ti me enfada ese extremo, por tu vida. Soy, por ventura, nacida, sin alma, aunque soy criada? Llégame al cabello, empieza, acaba. Con más razón llegara a tu corazón las uñas, que a tu cabeza. ¡Oh, lo que hubieras tenido que sacar de él! Mas no ignores que otras uñas muy mayores que las tuyas no han podido. Bien, por Dios, que espero ya de Marina y sus enredos? quien tan bien pone los dedos, brava organista será. Este es Benito. ¿Quién vio tal desvergüenza? Señora, me ha visto. ¿Qué importa ahora? Haz tú lo que mando yo. Llégate, Marina, a ser tanto más que yo dichosa. No ha de ser tan melindrosa la que es tan propria mujer. No ha de ser tan desdichada, será mejor que digáis. ¡Cuerpo de Dios! Ya lloráis, ¡Oh, qué mujer tan cansada! Cuando os ofendan los fines de mis tratos, por los cielos, pedidme, pedidme, celos, en las manos los chapines. pedid, pedildos gritando, injuriando y ofendiendo, amenazando, hiriendo los pedid, mas no llorando; pues son ofensibles tanto, que aun en la mujer ajena dan enfadosa la pena, si se piden con el llanto. Que mereciera pensaba, aunque llorando, sufriendo; mas pues veo que os ofendo, y crehí que os obligaba; ya que no puedo excusar el llanto ni el sentimiento, las piedras de mi aposento iré a mover con llorar, pues es tan mala mi estrella. Andad, que ahogado muero. ¡Oh, hideputa! ¿Qué altanero tenéis el casco doncella. Ven, escucha. Diciplina ha de haber, porque digáis cuando a mi amo rascáis adonde os come, Marina. ¡Bueno me dejan ahora! cuando me abraso de amor, un padre predicador, y una mujer lloradora. don Álvaro, que querría hablarme tan de mañana, si habló anoche con doña Ana, ¡Ay qué pena! Pero es mía. Mas ¿qué veo? ¿Son antojos? ¿No es doña Ana? ¿Así es verdad? Señora, ¿qué novedad he mirado en vuestros ojos? Aunque estoy algo encogida al decíroslo, os prevengo de que muy alegre vengo de estar muy agradecida. ¿A quién? A vos. Gloria siente el alma, con que os obligo. Pues que fuisteis para amigo mejor que para pariente, escuchad. ¿Qué novedades veo? ¿Siempre en las mujeres hay mudables pareceres, y ligeras voluntades. a mi ama avisare, porque me ayude a llevar estos celos. Yo he de dar este crédito a esta fe, de don Álvaro sabida, y por vos ratificada. Yo teneros obligada, porque estéis agradecida? don Álvaro, vuestro esposo, ha de ser... si yo no muero de celos. Por vos espero un estado tan dichoso, porque ha dos años, y aun más que por desealle paso alguna ansia. ¡Ay, que me abraso de celos. Llega y verás. Pues perderasla, aunque pierda yo la vida. ¿No le ves? Quisiera, puesta a tus pies, parecer loca y ser cuerda. cuando no porque mi amor deseas favorecer, porque dejas de ofender, sino a mi esfuerzo, a mi honor. ¡Ay de mí! Escucha, señora. ¿Es posible lo que vi? ¿Traidora es mi prima? Sí. porque mi dicha es traidora. Ya no basta el sufrimiento, cuando es mi pena de plomo, a que en mi pecho no sea. menos que azogue el enojo. Mi prima viene, ¡hay cuitada!, en qué sospecha me pongo. ¿Qué es esto? ¿Qué está eclipsado mi sol con estar hermoso? Pues no le has de ver, por más que le mires con antojos. ¿Cómo he de estar de enfadado, cuando muero de celoso. Siempre se esfuerza el valor, cuando le tienen en poco, hasta en el pecho más flaco, más humilde y temeroso. y así no es mucho que el mío con tan públicos enojos te pierda el respeto a ti, aunque le tenga a mi esposo. estas libertades, prima, por ser tuyas desconozco en tu opinión, cuando en ti las averiguan mis ojos. No pasen más adelante las tuyas. Si te dispongo, para después la disculpa, modera ahora el antojo, y no me trates tan mal. En lo que fue tan forzoso, tan gran desengaño, ¿quieres disculparte, no sé el cómo. y en disculpas que no pueden ser públicas, presupongo poca fuerza. Calla, calla, ¡Oh, vive Dios! Don Antonio reportaos. ¿Dónde se han visto los extremos que hay en todos? En el honor tengo yo tanta fuerza. Poco, poco se ha mostrado. Tú te engañas. Yo digo verdad. Yo pongo en mi cólera tu agravio. Yo, si puedo, te reporto. Yo mi sospecha acrédito en el pensamiento proprio, que a defendella te obliga. Y yo al castigo me arrojo de tu atrevimiento, toma. ¡Válgame el cielo piadoso! Toma, pues que me han brindado. El cielo en los dientes tomo. ¡Vive Dios! Rásgame el pecho. sed más cuerdo don Antonio. Don Álvaro, ¿qué hacer quieres? De ofendido estuve loco. Sosiégate, amigo. ¡Ay cielo! ¿Qué trances tan peligrosos? ¿Qué esto? ¿Qué? Aquí el sermón llega a tiempo milagroso. ¡Jesús, qué grandes desdichas! ¡Qué extremos tan vergonzosos para un hombre principal? los honrados, los honrosos. los bien nacidos, los nobles, que tienen pechos heroicos, ponen, ponen civilmente, ni descompuestos ni locos las manos en sus mujeres, que no sea para solo vengar agravios de honor. ¡Oh, qué efecto tan impropio! ¿Qué dices? ¿Tú eres mi hijo? Vete, vete, que me corro de que sepan que lo eres, cuando yo te desconozco. Corrido y enamorado iré muriendo. Forzosos son mis pasos y mis penas. Yo luego me desenojo, en dando una bofetada, vamos. Yo haré que el retorno te amargue más. ¡Hija mía! Tus consuelos son piadosos, pero mi desdicha es grande. A vuestro agravio antepongo mi disculpa. ¿Eso es posible? puede ser? Oídme el cómo. Consolad a vuestra prima, sobrina, y aun a mí y todo, pues me aflijo, averiguando con este suceso solo, que está el vicio en los extremos, como el peligro en los ojos.
JORNADA SEGUNDA
Pues tú, que apenas me oías, tienes que hablarme, señora? ¿qué esperanzas son las mías? que dichas comienzo ahora al cabo de tantos días? es verdad que me has mandado llamar? Sí. Dichoso he sido, Jac. La causa que me ha quitado en ti el peligro, ha podido asegurarme el cuidado. El día en que ceguedades de apasionados desvelos, escureciendo verdades, dieron rabias a mis celos, y a mi esposo libertades. Mi prima se disculpó, con que él terciaba por ti con ella, aunque entonces yo cortésmente lo crehí, más seguramente no. Pero después inquiriendo en ti y ella una esperanza, cuyos cuidados entiendo, porque en la enmienda y mudanza de mi esposo la estoy viendo. La quiero facilitar, de doña Ana persuadida, por quien te mandé llamar, y para hablarte, atrevida, te facilité el lugar. Que ya tan dificultoso es para ti en esta casa, desde que en ella mi esposo desconfiado se abrasa, y te recibe celoso. Ya sé que en esto recelos. doy a mi honor de algún dolo, pero obliga mucho, ¡ay cielos!, con un casamiento solo satisfacer tantos celos. Y así, al tuyo y de doña Ana quiero dar fácil camino, aunque presunción tan vana en sus padres imagino mas todo el tiempo lo allana, y en ella... En mí solamente esto pudiera pasar, ¡Señora! Diversamente respondes. No he de negar esa verdad aparente. Pero a costa de mis daños la causa de sus efectos, para que los tenga extraños, incluye muchos secretos, esconde muchos engaños. Los cuales, aunque los lloro, me obliga mi desventura a fingir que los ignoro; pero la verdad más pura es, señora, que te adoro. Que la paciencia destruyo, cuando en ti un favor tan bueno para proprio, le atribuyo a un amor, que es tan ajeno siendo en mí, desprecio tuyo. Calla, que me han engañado, y vete, que pasos siento, Vete, vete. ¡Ay, desdichado! ¿Qué presto mediste al viento? ¡Qué confusa me has dejado! En su amor y el de doña Ana secretos y engaños hay, ¿qué será suerte inhumana? ¡Ay de mí mil veces, ay! si es traidora y fue liviana. Ajeno llama a su amor don Álvaro, cuando está ella aspirando al favor que me pide, si será de don Antonio, ¡ay traidor! ¿En qué entretenéis la tarde, hija mía? Fuera justo, que en serviros. Dios os guarde. ¡Qué peligrosa en el gusto es la esperanza cobarde? Para jugar al reinado don Antonio, mi señor, por cien reales me ha enviado. ¿Jugar quiere? ¿Harto mejor le fuera no haber jugado. Que no te los quiero dar, le di, corre. Entretenido es el juego. No hay dudar, pues porfiado y reñido entretiene con gritar. Ve, ¿qué esperas? Hija mía, mejor envialle será el dinero por que envía; que pues don Antonio ya no juega como solía, no dejarle entretener con límite, es fuerte cosa; y el querérsele poner tan civilmente su esposa, otro extremo viene a ser. El pasado en él ha sido tal, que por remedio ahora lo que hago ha merecido. Mirad que lo erráis, señora, que no es esclavo un marido, envialde ese dinero, que sin razón le negáis. Él le pide y yo le espero. Por su vida que lo hagáis. Por la vuestra, que no quiero. Breve la respuesta ha sido. por industriosa y por blanda esta mujer ha rendido de manera a su marido, que a chapinazos le manda, y con tan vario conceto de libertad superior da causa a su libre efecto, que a él le oprime el valor, y a mí me pierde el respeto. En contrario extremo ha dado esta casa, pues la vemos tal. Mas cuando no han pasado altos y bajos extremos por la vida de un casado? ¡Buen despacho llevo! Espera, ¡Benito! Fineza mucha fuera el esperar, si fuera no mal despachado. Escucha. Pero de balde lo hiciera, a trueque de no volver a mi amo tan avara respuesta. ¿De su mujer? Quien quiera lo adevinara. claro está. ¿Cúya ha de ser? cuando con tal maravilla si él mandaba con desdén, ella impera con mancilla. En los dos, como en sartén, vemos vuelta la tortilla. ella rindió la aspereza en él apuros desvelos de porfía y de terneza. Ve ahora a pedirle celos, y a rascalle la cabeza, osad los dos quedar solos como solíais. ¿Qué quieres? hanse mudado los bolos. ¿Qué no harán de las mujeres las cautelas y los dolos? lagrimillas y razones suyas bastaran, por Dios, a disponer ocasiones en que trocarán los dos la saya con los calzones. En hombre tan desgarrado extremo notable ha sido. El más libre, el más honrado le vemos presto rendido, de una mujer engañado. Mas ¿qué no harán sus desvelos? pues yo de tus libertades cansado, engaño mis duelos, sin desnudar tus verdades, ni escrupular en tus celos. Porque he caído en la cuenta, y veo que es lo mejor, cuando sin sal ni pimienta, se satisface el honor, si la vida se sustenta. Que yo, de uncido domado, y tú, de hermosa atrevida, nos pongamos en estado que haga viciosa la vida, haciendo libre el cuidado. y viviendo al uso quiero. que la experiencia me avise. ¡Hola, hola! Majadero, ni tan honrado le quise, ni tan pícaro le quiero. hacer quiere? ¿Qué eso pasa? arbitrio del matrimonio, estoy. Mas, ¡ay!, suerte escasa, mi ama viene, que es demonio, desde que manda en su casa. ¿Aún no te has ido? Aún estoy esperando ese dinero. No eres más necio. Sí soy. Ve en malhora. Así la espero cuando sin dinero voy. Ya en ti el tardar es costumbre ¡Benito! Aunque no lo fuera tardará. Excusar quisiera entre los dos pesadumbre. Disculpado estoy. ¿Podías avisarme. ¿Eso dudabas? No; que en viendo que tardabas, dije porque tardarías. Pues si sois tan prevenido, que os preciáis de adevinar, el dejarlo de enviar más fácil hubiera sido. Bien decís, porque excusara con no hacerlo el ofenderos, y entre algunos caballeros tan corrido no quedará, de que presto no volvía, que estuve por empeñar esta cadena, y jugar a los juegos que solía. Pues porque no la empeñéis, si se ofrece otra ocasión, Quitáosla, que más razón será que a mí me la deis; tendrela yo más segura. Burlaisos. Esto ha de ser, Acabad. ¿Hay tal mujer? Tened, por Dios, más cordura. ¿Qué esperáis? En hora buena. Ella le dará de azotes. Quitárale los bigotes, si no le da la cadena. Pero vos mejor lo haréis. Dádmela, o nos han de oír los sordos. ¿Hay tal sufrir? Callad, por Dios, no gritéis, pues tras los gritos el lloro espero, y porque con él no me aflijáis, me iré a Argel a ser cautivo. Y aun moro. Bien harás, pues en tu casa tienes menor libertad, ¿Qué es esto? Dices verdad. Ya está cabal esta baza. Ya solo te falta ahora y haréis vos mal en no hacerlo, ponelle de yerro al cuello otra cadena, señora. ¡Hijo, hijo! ¿Extremar quieres siempre el modo del vivir, esto, esto han de sufrir. los hombres de sus mujeres? la extremada bizarría, que te quedó de soldado, en esto, en esto ha parado? Sí, padre, yo la tenía, pero fundáronse tanto en mi honor tus reprensiones, y en ella las ocasiones de las quejas y del llanto, que apurado y afligido, a mí me quise vencer, y sin echallo de ver, he quedado tan vencido, que alguna vez estoy loco, y me desconozco a mí. Virtud es vencerse a sí, mas ni tanto ni tan poco en un marido ha de ser, que sea vicio, pues ha sido siempre falta en el marido sujetarse a la mujer. Regálela, déle vida apacible, aunque se venda, de él, de él de su hacienda cuanta pueda en cuanto pida. mas no se la ha de entregar toda y después permitir en él, cobarde el pedir, y en ella dudoso el dar, cosa que ofende y enfada tanto, que dan a la vida el injuria conocida, y ella bajeza extremada. ¡Señor! Callad, pues estoy tal, que pasara de aquí, mas por ver que viene allí quien nos escucha me voy. Bien dice el viejo, yo sé eso bien, que un tiempo estaba tal, que di cuanto alcanzaba a una mujer que adore, con tal terneza y congoja, que por gusto cada día como niño le pedía para un cuartillo de aloja, y págómelo después, de vergüenza no lo digo. Tan fuertes contrarios sigo, que traigo el alma en los pies. Prima, con mil gustos vengo a verte. Sé bien venida. De celos estoy perdida. ¿Tienes salud? Salud tengo. Y vos también la tendréis, mi primo? De fuego soy. Claro está, pues viendo estoy, que vos, prima, la tenéis. ¿Qué advierto? Su condición es tal, que temo enojalla. Regálate con miralla. mas ella te da ocasión. Vete al momento de aquí, o ella sabrá de mi boca. Calla, por Dios, ¿estás loca? Vete luego. Iré sin mí. tras sus ojos se me van los míos, y no me atrevo. a vella. ¿Qué habrá de nuevo? ¿Celos? Sí, celos serán, pues apenas me ha mirado. don Antonio al despedirse. ¿A qué extremos podrá asirse en los aires mi cuidado? Doña Ana, poco te obligan la amistad y el parentesco entre las dos apurada con el gusto y con el tiempo, pues veo que es para mí, a pesar de mi deseo, el almíbar de tu boca, en tus entrañas veneno. Dísteme desde aquel día, por tu causa no sereno, para enmendar mis agravios, y satisfacer mis celos, por disculpa que mi esposo te hablaba como tercero de don Álvaro, creilo porque desde entonces fueron poco a poco acreditando tu amoroso pensamiento, en las costumbres mudanza, y experiencia en los sucesos, en fe de los cuales yo obligada de tus ruegos, de tus ternezas movida, burlada de tus consejos, hablé a don Álvaro, dile lugar tan solo y secreto, que mi honor aventure, por tratar tu casamiento. pero hálleme tan burlada, cuando le vi tan diverso de lo que tú me dijiste, que fueron brasas mis yelos; díjome que era tu amor, no suyo, y que siendo ajeno, a conservar los engaños le obligaban los secretos, y que él, no más, adoraba de solos mis pensamientos. ¡Ay de mí! Calla y escucha, No te turbes, que te has vuelto de mil colores, y piensa pues me conoces, que entiendo que siendo ajeno tu amor en don Álvaro, es bien cierto ser de don Antonio, al cual le sirve de medianero el mismo, en cuyos engaños quiere deslumbrar mis celos. y si quisiste pagarle esa obligación, haciendo que yo le diera lugar para darle atrevimiento, hiciste mal, siendo ofensa de un hombre, a quien por lo menos quieres bien, cuando no fuera, por ser mi esposo, tu deudo, y contra mí estas cautelas, desvaríos, embelecos, sino venganza a las manos, piden justicia a los cielos. Prima, si no viera en ti las ocasiones que veo, que para esforzar tus quejas engañan tus pensamientos, no te oyera esas injurias con llanto en mis ojos tierno, ni hubiera sido en mi boca medido mi sufrimiento, y los mudados colores de mi rostro, no nacieron de turbarme tus palabras, ni de encogerme tus miedos, sino de saber por ti los engaños que me ha hecho un traidor que me ha vendido, un ingrato que me ha muerto. Este es don Álvaro, prima, en cuyo fingido empleo solo miro confusiones, y falsedades advierto; porque yo no sé en qué funda, si le abrasan tus deseos, el engañar mi esperanza, y valerse para esto de don Antonio, que aplica el cuidado y el ingenio en procurarle favores y dalle merecimientos, que esta verdad es más clara que el sol sin nubes, y fueron esotras sospechas tuyas, las sombras de tus recelos. mas para ver si lo es con certeza, procuremos que me hable don Antonio, y tú escuches el extremo con que tercia por su amigo don Álvaro, de quien pienso que a todos tres nos engaña, aunque la causa no entiendo, mas será costumbre en él tan usada en estos tiempos, que por gusto la ejercitan los que la aprenden por yerro. Doña Ana, no te congojes, yo paso por el concierto de oírte con don Antonio; pero como trazaremos que te hable? En esa sala se pasea, vete y luego haréle una seña yo, y tú estarás donde, oyendo lo que yo paso con él, te satisfagas. Con eso, aunque más confusa voy, menos ofendida quedo. ¡Con qué esperanza resisto los celos con quien peleo? pues a don Antonio veo, llamarele, ya me ha visto, y ya viene. ¡Ay Dios! ¿Qué haré? ¡Ah, don Álvaro! ¡Ah, traidor! ¿Así se olvida un amor? ¿Así se rompe una fe? Temblando a sus ojos voy. No temas. a ser dichoso siempre llego temeroso, porque desdichado soy. La condición de mi esposa estoy recelando, ya la sabes. Ahora está divertida en otra cosa. Bien puedes hablando paso hablarme. Ojalá te hablara de modo que te abrasara en el amor que me abraso, señora, ¿en qué desventura mis esperanzas están? en tus ojos tanto iman? tanta gloria en tu hermosura, tanta fuerza en tu rigor, tan poca en mi confïanza, tanto yelo en tu esperanza, y tanto fuego en tu amor, me traen muriendo por ti. ¿Qué he dicho? ¿Qué oí? Yo muero, esto ha sido ser tercero de don Álvaro. ¡Ay de mí! ¿Qué dices? Remediarelo. lo que ha tanto que te digo, que don Álvaro, mi amigo, merezca gloria en tu cielo. pues pena por ver que halló en ti esperanza dudosa, y como en cualquiera cosa es don Álvaro otro yo; de modo me divertí, casi transformado en él, que ya te hablaba por él, como si hablara por mí. Ahora he resucitado. Esa si es buena amistad. Pues que ya en tu voluntad cuanto merece le has dado, lógrale su pensamiento del todo dichosamente. El injusto inconveniente desa dicha yo le siento, yo le lasto, yo le lloro, y yo que se allane espero, porque a don Álvaro quiero, porque a su esperanza adoro. pero quien sabe más bien mis amorosos desvelos, que tú mismo? Rabio en celos. Pues fuiste, pues fuiste a quien tantas veces suplique que en mi padre dispusieras la voluntad con que hicieras en mi dichosa la fe. y en ella viste encogida? Yo, pues siendo desa suerte ¿Qué puedo hacer? Resolverte a ser amante atrevida, para dejar satisfecho al que por tu amor se abrasa, dale lugar en tu casa, como le tiene en tu pecho, que con palabra de esposo no se ofenderá tu honor. y en siendo por mi traidor, seré yo por él dichoso. Y mi viejo padre el día que esa libertad supiera hecha en su casa, que hiciera de su vida y de la mía? El amor y la piedad de padre le han de mover, y en lo hecho habrá de hacer de la fuerza voluntad. ¿Cuánto más que en el secreto escondido vuestro gusto, el tiempo no siempre injusto dará causa, cuyo efecto os traiga dichoso un cuando lo que esperáis alcancéis, y mientras tanto podréis no esperar desesperando; pues te aseguro, señora, para obligarte y moverte, que en don Álvaro es de suerte lo que te quiere y te adora, que el alma a tu amor rendida, si de alcanzar tu hermosura la esperanza no asegura, no le aseguro la vida; pues tal le vi que en los ojos, y en la boca el sentimiento, dando suspiros al viento, y terneza a los enojos; me advirtió de tus rigores de suerte que me obligó a lo mismo; que si yo esperara tus favores; no es justo, pues que te espante en un amor tan valiente tan pequeño inconveniente. ¿Quién vio extremo semejante? querer que un amor ajeno la sirva de puente al mío. Dudosamente confío y seguramente peno. Don Álvaro solo fue el traidor que nos estima poco. Creeré a mi prima, o a don Antonio? ¿Qué haré? pues ella desacredita a don Álvaro, y le da el tanto crédito. Ya haces mi pena infinita. ¿No respondes? En mi casa después que no sé quién viene ahora. Adiós. Cuál me tiene este extremo que me abrasa! Ya quedarás satisfecha, prima, con lo que has oído. Sí, prima y perdón te pido de mi engaño en mi sospecha. Pues yo, prima, no lo estoy, porque dudosa en mi daño de tu sospecha a mi engaño, muchas confusiones doy. Di, por Dios, es cierto, es cierto que don Álvaro, atrevido con amores te ha ofendido, y con mudanzas me ha muerto? Y cabe en mi calidad el mentir? Mejor lo mira. Suele con una mentira apurarse una verdad. Si es la mentira una cosa tan mala cuanto peor lo fuera contra mi honor mentira tan vergonzosa? Pues ¿qué será, que reviento de congoja? Escucha, di. tener ocupado en ti, don Álvaro, el pensamiento. y hacer que tercie tu esposo por él con tan gran cuidado, que me le pinta abrasado, y me le muestra quejoso, porque no le favorezco más amorosa, más llana las noches que en mi ventana escuchando le amanezco. ¿Dónde me obliga su amor a estimar y agradecer? Eso en el que puede ser, sino solo ser traidor? pues me solicita a mí, atrevido y cauteloso, y por deslumbrar mi esposo, finge que muere por ti, y hace que tercie por él. Dices bien. ¡Ay suerte mía! pero también ser podría otra cosa aún más crüel. ¿Y es? que amándome tu esposo como no le di lugar donde me pudiera hablar atrevido ni amoroso, para hablarme y para verme ha buscado esta invención, y está esperando ocasión de engañarme y de ofenderme. y don Álvaro, ¿qué hazaña tan crüel no pone en duda para en mi engaño le ayuda, y para en tu amor lo engaña. Dices bien, que en sus razones pude ver esos desvelos, mas pues ya de tener celos en las dos hay ocasiones, averiguemos verdades fielmente. Yo lo prometo, prevenidos al respeto parentescos y amistades. Otro estilo semejante te aseguró en mi valor, ¡Ah, fementido! ¡Ah, traidor! ¡Falso esposo! Injusto amante. ¡Qué riguroso cuidado me tiene loco el sentido? pues donde soy tan querido siento el venir tan forzado. y donde tratado soy con tanto aborrecimiento, viendo que me abraso, siento que tan voluntario voy. A don Antonio ofendí, y ofendo amor me destruya, pues una prenda tan suya la deseo para mí. ¿Y quién por amor tan fiel con tanta razón podría ser alma en todo tan mía, la procuro para él. Y así él y yo merecemos esta diversa inquietud, porque en los dos la virtud se aparta de los extremos. Él es. don Antonio. Vengo a que mi engaño esforcéis, seguro de que podréis, con las premisas que tengo; pues hablé a doña Ana, y tanto en cuantas cosas le hablé le encarecí vuestra fe, le celebré vuestro llanto; que casi de enternecida la vi resuelta a tratar de daros franco lugar, como en el alma, en la vida. y así don Álvaro ahora, pues será tan cierto el ver que saldrá a veros y a ser destas tinieblas aurora, lo que la dije esforzando, disponelda, prevenilda, animalda y persuadilda, aunque fingiendo, llorando, con ternezas la obligad, con extremos la moved, aunque yo lo escuche, ved, aunque yo muera, mirad ¿cuáles serán mis desvelos siempre por puntos mayores, pues quiero que a mis amores les hagáis puente de celos? Oíd, que ya sale. Sea para aliviar mi pasión, debajo de su balcón podré oír sin que me vea. ¿Es don Álvaro? Un diamante labra en su pecho, llega. Él es. Pues si él es, será falso amigo, injusto amante, y será un traidor que en paga de lo que obligado fue, se atreve a empeñar la fe, y la obligación no paga; y será quien me ha burlado. ¡Señora! Mi pena es mucha. ¿Y será quien, si no escucha se irá sin ser escuchado. Mira... Calla, que inconstante pecho pudiera querer para ser ingrato, ser conmigo fingido amante, y que don Antonio sea tercero, quizá por dar a un mismo tiempo lugar de que me hable y me vea, y tenerle en los amores de su esposa, en quien si fuera menos honrada, corriera su honor peligros mayores. Mira, escucha, ¿hay tal violencia? ¿Qué he de escuchar? ¿Qué he de hacer? matarele? Hasta saber si te engañas, ten prudencia. ¿Qué dices? Que de los celos fue su origen atreverse a ser nubes y a ponerse en los ojos de los cielos. y así, en la tierra, a quien deben las malicias que disponen, en lo más grave se ponen, y a lo más alto se atreven. Dígalo el ver que no impides lo que celosa previenes, mirando que tú los tienes, y viendo de quien los pides. Pero, señora, si fueran tan cuerdos como valientes, no en partes tan eminentes se fraguaran y atrevieran. Y cuando en ellos faltara tan superior calidad, la que debo a una amistad en mi respeto, bastara para tener cuando estoy de ti tan favorecido, sino gusto en lo que he sido, confianza en lo que soy, mas si quieres ver que fueron de tus celos las querellas, sombras sin sol y centellas que del aire se encendieron. Di, por Dios, ese cuidado tan ciegamente atrevido, ¿qué ocasiones ha tenido? ¿En qué causas se ha fundado? pues mal puede prevenillas quien no pudo imaginallas. don Álvaro, ya es dudallas impedimento al decillas. Eso, en sujeto tan grave, a la razón contradice, pues con peligro se dice lo que con duda se sabe; y así yo, para excusar apurado en el sufrir, si es que tienes que decir, que no tengas que dudar, mientras lo piensas, me voy dudoso de lo que valgo. ¡Espera! Si de esto salgo, diré que dichoso soy. Oye, por Dios. Yo he llegado de confuso a estar perdido. Pues ¿sabes lo que he querido? Perdona lo que he dudado. Pues su razón va adelante en mi favor, llegar quiero. Escucha. Celoso muero como esposo y como amante, pues aunque en mi amigo vi tan disculpado el valor, le dudo, porque es mi honor más escrupuloso en mí, y Doñana, tanto pasa sus celos a mis enojos, que con los mismos antojos que le disculpa me abrasa. Confuso estoy, ¿qué he de hacer en la ocasión que me hallo? pero pues tanto el pensallo para hacerlo es menester, ireme, pues tal estoy, que mi confusión me obliga hasta saber lo que diga, ¡Oh, qué calle! ¡Bueno voy! pues caben en mi albedrío como amante y como esposo un honor escrupuloso, y un celoso desvarío. Con tan grandes causas, bien de mi sospecha pasada pienso que estoy disculpada. Y satisfecha también, pues el estarlo te toca ¿Estaslo mucho? Infinito, pero pues tanto acrédito cualquier palabra en tu boca, pues con solos sus accentos, pueden tanto tus razones, que aclaran mis confusiones, y aprueban tus pensamientos. No me engañes, por los cielos, cauteloso en lo que sientes, con dudas no me atormentes, ni me enloquescas con celos. que no es acción generosa, ni atrevimiento ejemplar en un hombre el engañar una mujer no engañosa. pues con esta fe me allano a que asegurar se pueda de mi fortuna la rueda en la fuerza de tu mano. Iba a responderte, y veo gente. Adiós. Pues me ha dejado don Antonio, él ha dudado mi lealtad en mi deseo, ¿Qué haré? ¿Confusiones trato que encarecen mi temor, tanto porque fui traidor, como porque soy ingrato. Ya por amante obligado debo ser agradecido. y ya me advierto corrido de no ser amigo honrado, adonde acaba comienza mi duda que hacer podría? Mas voyme, que viene el día, y del sol tengo vergüenza. Marina mucho me cuesta tu amor. Pues, Benito, di, ¿Yo qué te hago? Esa en ti es ordinaria respuesta, con que más rabia me das, pues a tantas libertades como ejércitas, si añades yo que hago, ofendes más. de la zutea al desván, y del desván al balcón. registras a cuantos son. Los que por la calle van, al uno chinas le tiras, y al otro le haces señas, y al otro claro le enseñas que le hablarás si le miras. Pues que si en el cuarto bajo a la reja de la esquina pide tu tiple marina consonancia al contrabajo; entonces yo te imagino para alivio de la gente pasajera, como fuente a la margen del camino. Y luego, caricompuesta, cuando te enmiendo o te amago con castigos. Yo ¿qué hago? respondes, gentil respuesta. y es quizá porque te obliga no del todo satisfecho, tu gusto de avello hecho, a querer que yo lo diga. y esto demás de que estoy contento de haber venido a ser manso en lo sufrido, en lo tonto no lo soy, para obligarme a que vea trato en ti tan insolente, y luego no solamente le sufra, mas no le crea. Todo eso viene a dar en ser visiones soñadas, vistas por imaginadas. Borracho debo de estar. No es imposible, pues bebes vino y amor, por quien sabes hacer injurias tan graves de unas quimeras tan leves, pues si de ti no me olvido ¿Yo qué hago? ¿Hay tal mujer? Marina, santo he de ser, y luego ser tu marido. Él, porque esperando estoy. Por emplear tu castigo, que pues, Benito, me digo, si es que tu marido soy, siendo ya santo, infinito gustare, llegando el plazo, de ponerte en cada brazo a la espalda un san Benito. Buen disparate, ya veo a nuestro amo, inquieta estoy, yo volveré aunque me voy. Para velle yo lo creo, Pero guarda, no te vea nuestrama, que creo, por Dios, que vengara de los dos las injurias. No lo crea señor Benito. Señora, Marina, todo se acaba, no fisgue que si la amaba antes la aborresco ahora. Casi loco de afligido estoy. Señor, ¿qué has pasado? que apenas te vi acostado, y ya te veo vestido. ¿Qué he de pasar, pues que tengo una mujer que me pida cuenta estrecha de mi vida, cuando yo sin ella vengo? en cuya civil batalla que me rinde, pues me humilla, habiendo dado en sufrilla, solo me atrevo a dejalla. ¡Con qué presteza volvió! Toma, señor, un pañuelo. Y aun con los dientes el cielo ahora tomara yo. En mala ocasión llegaste al husmo del regodeo de mi amo. Mi deseo villanamente juzgaste. ¡Oh, y de puta traidora, y quien no te conociera! Mi ama. Pues oye, espera, repara redondo ahora. ¿Qué es esto? Un pañuelo di a tu esposo y mi señor. ¿No se le diera mejor ¿Benito? Señora, sí. Vete, y si quiere tomarle el de ti, y tú se le das otra vez, tú volarás por la ventana a la calle, y aun a él por la ventana le arrojaré. Bien haréis. y porque vos me arrojéis, caeré yo de buena gana, y más como estoy ahora, adonde todo me enfada, mas no seáis arrojada en mi deshonor, señora, que entonces mi cortesía mucha ahora, será poca. Esa ha sido en vuestra boca descortés ofensa mía. Mujer soy yo, en cuyo brío cabe tan poco valor, que me arroje al deshonor vuestro, por cuenta del mío? ¡Vive Dios! ¿Qué tal escucho? Pero vuestro padre llega, y aunque el enojo me ciega por ver que le siente mucho, no quiero que suyo sea; y quiero, porque llamara mayor vergüenza a mi cara, que en mis espaldas le vea. Salíos fuera. ¡Andad, andad! Vamos, y aconseje el viejo. Difícilmente un consejo enmienda una necedad. Notable desigualdad es la que da pesadumbres de tu vida en las costumbres, pues te vimos y te vemos apurando tus extremos ya en los valles, ya en las cumbres. poco ha, te vi tener tal confianza en tu amigo, que el acostarle contigo al lado de tu mujer pudiera entonces temer y ahora el trato has mudado tanto que haber sospechado podría el que en tu esposa alguna opinión dudosa te hizo desconfiado, y en ella, en ella también descuidabas los desvelos, y ahora le pides celos. y le señalas de quien; gentil disparate, bien, bien, por Dios, inadvertido de que, habiéndolos pedido, tan declarados, serán medianeros del galán los celos en el marido. Demás desto, ¿hay quien no vea que abre camino al ser mala su mujer, quien le señala que es posible que lo sea? civil cosa, cosa fea, baja cosa, riguroso extremo, y tan peligroso para en un marido honrado, que es darse por afrentado el declararse celoso. Demás desto, son desvelos cuerdos hasta amanecer dejar sola a su mujer, y luego pedirla celos? Por cierto, hermosos consuelos, no advirtiendo de la fama que honor pierde, agravios llama el que las noches se ausenta, porque convida a su afrenta con la mitad de su cama. Vuelve en ti, vuelve, y verás que en hombre de tus quilates, condenan por disparates los extremos en que das. Con tus consejos me das documentos con que acierte a vivir, pero en mi suerte, por quien siempre desvarío, no es tan libre el albedrío como la razón es fuerte. Yo, sin mí favoreciendo, dos contrarios, vigilante, acudiendo al ser amante el ser honrado pretendo, y de lo justo saliendo, aunque en mi esposa se ordena el no ser mala, en mi pena acelera la pasión de mis celos, la ocasión que le doy de no ser buena; y con igual sentimiento, por obligalla y temella para en lo demás con ella es piedra mi sufrimiento; y así, con vario tormento, ¿Cómo tan cobarde estoy, y entre confusiones voy de un extremo en otro extremo. Hago agravios y los temo; pido celos y los doy. no puedo más. La evidencia abono de la verdad, alumbra la ceguedad, y encamina la prudencia. ¿Quieres ver si es diligencia inútil, siendo una cosa pedir celos a la esposa, sobre injusta desvalida, sobre cobarde atrevida, y sobre infame dañosa? Oye, si es mujer honrada, quedará cuando se ve por ofendida, en la fe, en el valor no obligada, de la vergüenza afrentada, si no es honrada, testigo su temor, que será digo con estilo poco sabio avisalla del agravio, para que huya el castigo; y así el marido que al fuego se abrasa deste cuidado, reconozca descuidado. hoya sordo y mire ciego. dé la cólera al sosiego. y si le son inhumanos al alma discursos vanos, fíe de tales antojos, el desengaño a sus ojos, y la venganza a sus manos, pues celos jamás conviene que pida, ni de ellos trate (demás de ser disparate) por no pedir lo que tiene. Allí don Álvaro viene. Alumbrásteme, señor, y, mas ya llega. El color te ha mudado con llegar, pero constante al pesar, y prevenido al valor. Disimula, aunque al ardor de tales celos te quemes hasta el alma, que a mi cuenta será adelantar tu afrenta el decille que la temes. Y ya que en todo te extremes, si por dicha has sospechado que deja de ser honrado antes antes que corrido te confieses, ofendido le mata desesperado. pero lo justo es saber primero si el honor suyo faltó en él, pues en el tuyo te asegura tu mujer, porque soy de parecer que en el duelo más valiente es menor inconviniente, aunque se aventure honor, perdonar un ofensor que matar un innocente. Y adiós, ten cordura, ireme, porque no quiero que mire tu sospecha en mi semblante, y en el mío la averigue. Pues sus consejos me alumbran, procuraré resistirme para vengarme después, si mis agravios lo piden. ¿Don Álvaro? Don Antonio, con cuidado me tuvistes anoche, si fue el dejarme no forzoso, ¿fue posible? ¿Por qué os fuistes? La verdad he de deciros, pues piden verdades averiguadas amistades infalibles. Colgado de las razones que escuchastes y dijistes a Doñana, aunque dudosas por mal oídas, previne que os pedía amargos celos, formando querellas libres. y de ver que os los pedía, los tuve tan insufribles, que me arrojara invidioso, a no reportarme humilde, el ver que en culpa inocente es el castigo infelice. Y así, para huír entonces, de aquella ocasión terrible, os dejé sin detenerme, y sin avisaros fuime, Perdonadme. Bien se ve que no siente lo que dice. pero yo, por deslumbralle, ya prevengo que decille. pues si no os fuerais, por Dios. Bien podéis hablar. Oídme. Quien procura desengaños, disímulos apercibe. ¿Vuelves a probar la mano? Vuelvo a ver que me persigues. Espera. Señora, viene. Que te vea y te castigue es lo que pretendo yo. Acaba. Sosiega, y dime aquí aparte. ¿Qué hacer quieres? Decir quiero lo que hiciste. Yo dije mucha verdad. Y yo creo, pues dijiste que don Álvaro te amaba, siendo tan mío. ¿Qué dices? ¿Qué fue? Si pasa adelante esa razón, desmentirte será poco, y si te importa por deslumbrarme el decirme que don Álvaro te adora, para que yo facilite el hablarte don Antonio, como tú me preveniste. y con la misma verdad para engañarme prosigues, no han de ser contra mi honor de inexpugnable invencible tus segundas intenciones, y tus embelecos libres. Tu libertad es injusta, y tú, término insufrible. ¿Qué es aquello? Alzas la voz porque te oya y te anime el que debe a tus favores este favor que le pides? Hasta el pensamiento miente en la boca que tal dice. Quebrarete yo la tuya. ¡A doña Jacinta lo dice! Ciega anduviste. A doña Ana lo dice. Y aun a ti que la defiendes. ¿Qué tal oiga? ¿Qué tal mire? Señora, señora, tente. Pues me han brindado, recibe estos chapinazos. Pese a mi linaje, ¿qué hiciste? Déjame. Si la paciencia bastara para sufrirte, más cordura fuera en mí de tus locuras reírme. Pero, ¡vive Dios!, saca la daga. Detente, ¿Qué haces? ¿Y qué me impides? entre marido y mujer. en ninguno se permiten defensas ni prevenciones. Yo con buen celo las hice, mas tú las conoces mal. ¡Extraña desdicha! ¡Ay triste! ¿Qué es esto? ¿Civilidades se consienten tan humildes entre gente tan honrada, y de tan heroico origen? Gentil cosa en ti, Jacinta, dar en extremos tan libres, que bajan de la cabeza a levantar los chapines. Bajezas son estas, son disparates. Decir quise lo que son, pero son tales, que los calla quien los mide. Y en ti, don Antonio, en ti, el querer que se castiguen como yerros criminales libertades tan cililes también es extremo, acaba de conocer que consiste en el medio la virtud, y más ahora, pues viste en tan viciosos extremos sucesos tan infelices. Otros medios facilitan, y otros castigos prohiben en la mujer libertades, mas no es tiempo de decirte cuáles son, para después mi prudencia los remite, y en vos también con extremos las amistades se miden, señor don Álvaro ahora los callare, pues no sirven consejos donde hay enojos, pero el paso os faciliten para salir desta casa. Harélo así, pero admite después mi disculpa. Bien. y venid las dos, seguidme donde me escuchéis un poco. Otras ocasiones piden mis venganzas. Y mis penas a otra esperanza se rinden. Los consejos de mi padre quiero seguir, pues me dicen que está el vicio en los extremos, porque sin ellos me anime a pesar de injustas penas, a buscar medios sutiles, con que la verdad esfuerce, y en quien la virtud estime.
JORNADA TERCERA
Ese papel he de ver. No me apretéis, pues ya he dicho que no han de estar en los dos con extremo los estilos. El mayor que tuve yo, que fue cegarme y pediros celos, enmendado ya cuerdamente le habéis visto. pues demás de ser en mí trato humilde, bajo estilo, con el tiempo asegurado en el vuestro, he conocido que está mi honor más seguro, más constante y más altivo, que en mi medroso cuidado en vuestro valor divino. alguna advertencia mía perdonaréis si os la digo, porque no parezca en vos algún descuido delito. en vos el pedirme celos, teniendo causa, no impido porque en mi opinión no tengo por muy seguro el marido que se los da a su mujer. y ella a lo falso o lo tibio, ya que excusa el apurallos, pueda excusar el pedillos. Si os los doy, pedidme celos, Pero, por Dios, os suplico que no sean, aunque justos, ni llorados ni reñidos; descompuestamente al menos, presumiendo en mi albedrío de libre tiranizado, hacer lo que Dios no hizo. en otras cosas también, si es que conformes vivimos, para mediar los extremos buscaremos los caminos. En vuestra casa pedid los regalos exquisitos a vuestro gusto aplicados, y a vuestra mesa servidos. Para lucir vuestras galas, dineros, joyas, vestidos, pedid abundantemente, pues os prometo el serviros cuanto bastare mi hacienda. aunque para hacer precisos cuantos fueren gustos vuestros, lo quite a mis apetitos. pero no como hasta aquí serán vuestros los recibos de mis rentas, ni los gastos a vuestra mano remito, porque no quiero en los dos mudando los ejercicios, trocar lo franco del daros con lo humilde del pediros, y de las puertas adentro de mi casa yo os permito que arrojéis por las ventanas cuanto es vuestro, porque es mío. Pero no os metáis, si en ella viene a buscarme un amigo, o un paje me da un papel, mirándole el sobreescrito en si es requiebro de amor, o plazo de desafío. que en lo primero hay enfado, y en lo segundo peligro. Si vengo, si voy, si juego, si doy, si presto, si pido, no me propongáis consejos, ni me procuréis desvíos. Si me veis algunas veces despechado o pensativo, no adevinéis mis cuidados, ni examinéis mis sospiros, pues que yo tampoco en vos reprehendo ni examino. lo que es más proprio en los más, ser pasiones que delitos; así que de desde ahora, sin replicallo al sentillo, si no queréis que al precepto vaya siguiendo el castigo. y pensad que si a estos medios nuestros extremos rendimos, nuestras paces apoyamos, venciendo nuestros caprichos seremos tiernos amantes, seremos grandes amigos, y en los dos sería virtud lo que hasta ahora fue vicio. A tan gran resolución, si la siento no replico, Pero... Por Dios, no lloréis, pues mayor pena recibo si lloráis, que si reñís, pero ya de solo un grito, y de una lágrima sola vuestra, mis ojos y oídos han de escaparme huyendo cuerdamente prevenido de que en vos extremos tales con tales medios límito. Paciencia, pues es tan fuerte la razón, que al punto mismo que con la pasión la lloro, con el respeto la mido. Prima, supuesto que estás segura de que paso nuestro enojo, quiero yo que en mi trato lo estés más, porque he notado después de aquella ocasión, que en muchas me oyes y no me escuchas; me miras y no me ves; y así, pues el gusto en mí será en ti satisfación, oye la resolución con que vengo, escucha. Di. Si yo, si yo hacerte viese que entraba a verse conmigo don Álvaro, y qué testigo dello don Antonio fuese, tendrías vanas sospechas de mis entrañas sencillas, tiráriasme varillas, que a ratos parecen flechas. No, prima, pues fuera justo en mí con aplauso extraño admitir mi desengaño, y alegrarme de tu gusto. Pues, prima, yo determino demás de satisfacerte, por lisonjear mi suerte, ponella en ese camino, que pues me niega un esposo mi padre, tan de mi gusto, con extremo tan injusto, que ha llegado a ser vicioso. con otro extremo mayor por don Álvaro he de hacer cosa que lo habrá de ser sin su gusto por mi honor, pues si mi padre asegura en mí tan gran desengaño, y escoge su menor daño, dará en mí mayor ventura. Dices bien; mas ¿cómo estar podré yo donde ver pueda lo que dices? Eso queda a mi cargo, quiero hablar con don Antonio, que allí viene. Vaime, ya le veo, mas a mis sospechas creo cuanto más te escucho a ti. Aquí está, y yo estoy corrido de que pude componer medios, y en todos vencer los extremos que he vencido, y el de este amor que obligaba con más causa a más efecto, a mis desdichas sujeto, ni se rinde ni me acaba. No os detengáis en hablarme don Antonio, porque es dar más causas que sospechar. Prevenirme es alumbrarme, pues siempre a escuras camino con los temores que tengo. Pues de otra cosa os prevengo. En mi favor la imagino, por vella en vuestro semblante. ¿Y qué es, señora? Que quiero, pues fuisteis tan buen tercero como don Álvaro amante, parecer agradecida, aunque parezca arrojada, dándole esta noche entrada en mi casa y en mi vida, porque mi padre, sabiendo la resolución que sigo, vea en mi honor que le obligo con lo mesmo que le ofendo, y vos habéis de ayudarme a todo, con prevenirme como antes el persuadirme, ahora el asegurarme con don Álvaro el honor, y con mi padre el cuidado. A ser milagro ha llegado lo que fue extremo de amor por mi amigo tiernamente. os le agradezco, y por mí. ¿Y será esta noche? Sí. ¿Y no será inconveniente ir a tu casa mi esposa esta noche? Así es verdad, que acude a la enfermedad en mi padre peligrosa, que es su sobrina querida, mas eso mismo ha de dar más causa al facilitar que al impedir… Por tu vida ¿Cómo? Diré que el cuidado de mi padre a ella le doy, mientras descansando estoy de las noches que he velado, tendré yo así más lugar, y en mi casa tu mujer menos echara de ver que le faltas... No hay dudar, dices bien, y si buscara yo ese medio en cuanto hiciera, ni tan mal casado fuera, ni a tal extremo llegara. allí don Álvaro viene, háblale y dile que venga, donde conmigo prevenga la mucha dicha que tiene; porque yo me voy, temiendo que no sospeche mi esposa diverso trato, dichosa cautela, a ti me encomiendo. ¿Oyes? ¡Señora! Dirás. que venga a mi prima. Tiene en ti el cuidado, ya viene, que ha visto que sola estás. Mira tú desde esa puerta si sale el viejo. Sí haré. Ya en mi pecho es viva fe lo que fue esperanza muerta. Escucha, Jacinta, y llega don Álvaro. Me deslumbra lo que veo. A mí me alumbra la misma luz que me ciega, y así llego poco a poco. Acaba, porque tan lerdo llegas? Duda como cuerdo quien sabe que estuvo loco. recelo que mi señora doña Jacinta se ofenda de mi libertad. Enmienda habrá en su sospecha ahora, pues busco a su desengaño un camino, aunque dichoso, en mi vida peligroso, y en mi atrevimiento extraño. Y es disponerme a que vea que te hago esposo mío esta noche, y que me fío del suyo, para que sea disculpa a mi libertad, y testigo de tu fe. Háblale, al momento ve, que él sabe mi voluntad, y lleva a su cargo el modo de disponella... ¡Ay de mí! don Antonio sabe. Sí, ¿Qué tienes? Desdicha es todo, eso con él dispusiste? No es el quien lo ha deseado más que tú? Porque turbado lo escuchaste y lo sentiste? Oíd las dos, pues ya es tiempo de decir verdades claras, si no sale por mi boca antes que la voz el alma. don Antonio, a quien tenían los amores de doña Ana, contando con sus desdenes las quejas y las desgracias. Viendo que ya en sus porfías eran sus deseos rabias, eran fuego sus desvíos, y viento sus esperanzas. Y viendo en un mismo tiempo que en sus descuidos mostraba los favores que me hacía con los celos que me daban, desesperado topó con una quimera extraña, que fue de extraños efectos, después rigurosa causa. Propúsome su amistad, encareciome sus ansias, y medio muerta la vida, fiola a mi confïanza. persuadiéndome a que yo a doña Ana enamorara con aparentes deseos, y con fingidas palabras, hasta merecer con ella franco paso, libre entrada, a las sombras de la noche, como en su pecho en su casa, y ponerle en mi lugar; yo que entonces, yo que estaba, perdona, dando a tus ojos pedazos de mis entrañas. por agradar a tu esposo, quise añadir a las faltas de una traición otro engaño. ¡Mal haya el amor, mal haya! pues tanto incita los gustos, y tanto rinde las almas, que las honras atropella, y las locuras dilata. Con este concierto, en fin, hecho con él, esforzaba tanto en ti injustos deseos, como en ti promesas falsas, pero en tu valor topé resistencia tan honrada, y en tu amor correspondencia tan constante y tan hidalga, que reduje mis extremos a medios tales, que bastan a que respete tu sombra, y a que la tuya adorada sea de los ojos míos. Mirad si es justo que hagan sentimientos mis temores, mis desdichas amenazas? porque querrá don Antonio que le cumpla la palabra, para ser entre tinieblas él dichoso y tú engañada. Que aunque yo pienso morir primero, será sin falta el remitir los enojos de entrambos a las espadas, y perder nuestra amistad por culpa mía, que basta a que dude en cuanto diga y a que tema en cuanto haga. ¿Quién vio tan extraño enredo? ¿Quién vio cautela tan falsa? ¡ay de mí!, si no impidiera mi inocencia a mi desgracia. Tu suegro llama, señora. Vete, que yo daré traza, pues sé tus impedimentos, de disimular tus faltas con don Antonio. Esta noche ve sin recelo, pues hallas en mi gusto acogimiento, y en mi valor confïanza. Con eso me voy seguro. Y yo me quedo asombrada de ver que en el mundo ya quien más puede más engaña. doña Ana, ¿qué hemos de hacer? No lo sé, porque me faltan discurso en las confusiones, y en las dudas arrogancia. Yo, que oí todo el suceso, si menos apasionada que atrevida me admitís, os diré cosa que os salga al deseo, y no a los ojos. Pues, Marina, dila, acaba. Dos cosas piden remedio en esto y las dos contrarias. La primera es la violencia con que por tu amor se abrasa don Antonio, mi señor. Y es la otra, si le falta don Álvaro en su cautela a cumplille la palabra, el peligro entre los dos. Así es verdad. Pues entrambas con un lance se remedian, y es fingiendo que te engañas, concertar tu casamiento, hablando por la ventana don don Álvaro, y después dejarle la puerta franca. Si fuere a entrar don Antonio. estando yo en asechanza, y conociéndole bien, a tu aposento y tu cama le llevaré; allí su esposa engañosa y no engañada, podrá esperarle, y podrá mudarle las esperanzas, y entibialle los deseos, siendo cosa averiguada, las más veces al menos, que las amorosas brasas que en el esoerar comienzan, con el poseer se acaban. ¿Y no será liviandad eso en mí? No, sino hazaña. una reina de Aragón te da un ejemplo, que basta para disculpar el tuyo, pues de su esposo obligada, hizo con el otro tanto, por ser historia tan clara, tan vulgar y tan sabida la sé yo. Marina hermana, dice muy bien, el hacello conviene, pues se reparan dos daños con un remedio. Mas por ser yo desdichada, el uno con más certeza que el otro... A más importancia obliga el que esta más cerca. Dices bien, determinada estoy, vamos. Ve animosa. Nunca vence quien desmaya. ¿Quién yerra por acertar su misma intención le salva. ¿Marina? ¡Benito! Ahora que ya tan en paz estamos, menos nos vemos y hablamos. Ocúpame, mi señora, que soy ya muy su privada. Debes serle puntual, pero si has de olerme mal, ese oficio no me agrada. Buen disparate. En gracioso de puro contento he dado, desde que más confiado me tienes menos celoso. Gracias les doy a los cielos de que a tal te persuades. En ti menos libertades hacen menores mis celos, que al compás de nuestros amos hasta en esto procedemos, pues de viciosos extremos en buenos medios páramos. Mas guárdate del demonio si es que te tienta. No hará. Con eso no más habrá entre los dos matrimonio como el puño. Por estrecho, o por grande? Por los dos extremos. Adiós. adiós. esa mano, esa otra al pecho. Ceremonia peregrina. ¿Dónde te hablare esta noche? ¿No viste a la puerta el coche? Sí he visto. Pues adevina. ¿Vas en casa de doña Ana? A velar su padre enfermo. Seré a su esquina estafermo. Y yo saldré a su ventana. Y para estar sin desvelos. Y darme menos mohína. Menos libertad, Marina. Benito, menores celos. ¿Qué importara que le des palabra de ser su esposo, pues ha de ver riguroso el desengaño después, cuando sepa que fui yo el que en tu lugar entre? Y podrá obligarme, en fe, de mi ofrecimiento? No, pus su mengua ha de callar, porque pública no sea. ¿Y sábrala? Cuando vea que no la puedo excusar, si es que sospecha concibe a escuras, imaginando que disimulo callando. Y si con luz te recibe, no previenes que aventuras lo que pretendes? Entradas en partes tan recatadas casi siempre son a escuras; ¿Cuánto más que alguna cosa se ha de fiar de la suerte, en los atrevidos fuerte, y en los engaños dichosa. antes me da, por tu vida, ¡Valor que miedo! Que fuera aparte. si Doñana no estuviera obligada y prevenida? Ella es, por Dios, de ti fío aparte. mi esperanza. Y yo he fiado de su ingenioso cuidado lo peligroso del mío. ¿Es don Álvaro? El que adora un estado tan dichoso. No me das de ser mi esposo la palabra? Sí, señora. ¿No es don Antonio testigo ¿De qué me la das? Sí soy aparte. señora... Temblando voy ya por el norte que sigo. ¿Está seguro ese puesto? ¿Cómo en ti mi dicha cierta? Pues entra, que ya a la puerta ¿Hay quien te espere? ¿Qué es esto? Cubrireme de esta esquina. Dame esa capa y sombrero. Advierte... Acaba. Yo muero. Entra, señor. ¿No es Marina? Mira... Presto. ¿Qué he de hacer? Suelta, por Dios. a inhumana ¡Qué ocasión tan soberana! ¡Qué fementida mujer! Marina era, y mi amo, a los dos he conocido, con buena intención marido me llama y mujer la llamo. buena enmienda he visto ahora para que serlo pretetenda, pero por jamás se enmienda la que es natural traidora. Ireme, y aunque resisto agora agravios y quejas; diez narices, veinte orejas la he de cortar, ¡voto a Cristo! ¿Dónde estoy? ¿Qué mudanza he visto en mi cuidado? ¿Qué hielo en mi esperanza? ¿con qué monte he topado? que nubes han pasado por mis ojos? ¡Qué fuego me tuvo mudo y me detiene ciego? ¿qué confusión me espanta? ¿qué nudo se me ha puesto en la garganta? ¿Con qué lazo me ahoga? a qué suplicio voy que aún no me deja mover los pies para arrastrar la soga? La causa de mi queja ¿no lo fue de mi empleo? no redujo a su agrado mi deseo? no acrédito palabras de su boca con los tiernos despojos no solo de las niñas de sus ojos, pero del corazón pedazos hecho, como por un cristal visto en su pecho? Mas no importa, es mujer, hase mudado. ¿qué la pudo obligar? Si se ha fundado en que la dije la intención primera que tuve en sus amores? y con tales rigores, por ser del todo fiera, aunque la enmienda que la doy, la obliga no solo el pensamiento me castiga, pero forma, a pesar de mi esperanza, de sus mismos agravios la venganza. ¿Hay rigor tan extraño? ¿Hay tal modo de engaño? prevenirle su afrenta en mi desdicha, tan llorada y tan dicha, con terneza escuchalla, y tomar a su cargo el excusalla, por no darme lugar a que yo fuera quien no la ejecutara, aunque muriera. ¡Brava traición, por Dios, gran insolencia en ella, y gran paciencia en mí, pues con el fuego que me abrasa no me atrevo al incendio desta casa, o a punta pies no dejo, o a puñadas sus puertas, sus paredes derribadas, o al menos no doy voces a los cielos, cuando abrasada y fría, no sé si el alma mía siente más los engaños que los celos. ya mis locuras sigo. mas como a don Antonio, ¡ay desdichado!, nunca amigo culpado, le he de ser tantas veces falso amigo. mas podrélo sufrir, suerte inhumana, tanto tiempo en los brazos de doña Ana? no, no, no puede ser. ¿Qué haré? ¿Qué espero? fingiré que me matan, pues me muero. socorro pediré, aunque llegue tarde, que no es mengua un celoso ser cobarde. y pues morir me siento, antes será verdad que fingimiento; y aun estoy por matarme con mi espada, por hacerlo verdad averiguada. ¡Ah, traidores, huid! ¡Que me habéis muerto! De turbada no acierto; ¡Ah, don Álvaro mío! que traidores te matan. Desvarío, pues celos declarados, siendo tales, no son traidores, aunque son mortales. Ya conozco tu pena, porque temí tu engaño; pero si en ti condena mi opinión, aségurate del daño, Franca tienes la puerta, entra con brío, donde te espero, como a esposo mío, y sabrás que ha quedado don Antonio dos veces engañado. No acierto a responderte, ni ya de hacerlo trato, pues demás de ofenderme, si dilato mi dicha, de tal suerte me alboroza la causa de su efecto, que segundo peligro me prometo, pues de celos moría, y ya muero de amor y de alegría. De madrugar he tenido gran gusto, por vida mía, que es hijo del alba, el día, y agrada recién nacido, mucho se engaña el que vela de noche y de día duerme. De los pies he de valerme. Quien huye sin alas vuela. mas no importa, has de pagarme de contado. Escucha, advierte mal podré satisfacerte, si no quieres escucharme, ¡Ah, Benito! Cuando lloras finges. Señor, está allí. Nunca faltan para mí o señores o señoras. ¿Qué es eso? ¡Cierta mohína! Tú se la puedes contar. Sobre el pedir de almorzar, y dilatarlo marina. no es malo el pleito. ha quedado pendiente y perdido va. ¿Qué hace don Antonio? Ya deja de ser extremado en los tratos y en los modos, pues desde que ha que sabemos que está el vicio en los extremos, busca los medios en todos. De mis reprensiones es ése el fruto, aunque engañadas fueron por ser extremadas, más moderelas después, y logre el intento mío; que no del todo han de ser los padres al reprender. tiranos del albedrío. pues suele ser tan dañoso extremo, el mucho apretar los hijos, que viene a dar las más veces en vicioso. Dices bien, que fuiste extraño reprendedor. Ocasión tendrá con la dilación de caer en el engaño don Antonio, y así quiero hacer lo que concerte. Dile que venga. Sí haré. ¡Señora! Aflígida muero. ¿Por qué lloráis? ¿Qué tenéis? ¿Qué dudáis? ¿Para qué venza mi desdicha o mi vergüenza, espero que me animéis. Ahora estáis por saber que soy vuestro. Yo, señor, tuve a don Álvaro amor, que honesto pudiera ser, si mi padre, por mi vida, me le diera por esposo, pero diome, riguroso, causa de ser atrevida, a mí mándome tu hijo, que de su amigo es tercero, esta noche, ahora muero. Mucho dudáis. Más me aflijo esta noche, habiendo sido los dos en haber honrado la fe que el uno me ha dado de que será mi marido; como a tal, ciega y liviana, le he dado lugar, y fuera más dichosa si muriera, pues viéndole esta mañana, que de conmigo salía desabrido y descontento, temí su arrepentimiento, que en mi deshonor sería, no dilaté. No lloréis. Mi remedio, pues lo es, el arrojarme a tus pies, y decirte mis temores. Mi hijo, o mal caballero, anduvo en eso? ¿Y señor por cuenta suya mi honor corre. Ya, ya, ya lo espero, porque lo envíe a llamar para otra cosa, y ya viene. ¡Qué notable gusto tiene ¡Quién finge bien un pesar! ¿Que doña Ana pudo ser tan resuelta? Que eso pasa, don Antonio? ¿En casa, en casa de un tío de tu mujer, tan injustas, tan violentas haces las ejecuciones, las desventuras dispones, y aventuras las afrentas? ¿Tú eres noble? ¿Yo quejoso de ti, en ti siempre he notado disparates de extremado, mas no culpas de afrentoso. ¡Señor! Calla, ve al momento y haz, pues corre a cuenta tuya, que don Álvaro concluya. con doña Ana el casamiento, y si lo excusa en campaña, acredita su razón con él. ¡Gran resolución! Es justa. Y también extraña. Ve con tu prima, señora, mientras rinda a mi piedad tu padre la voluntad, que ya será fuerza ahora. luego vuelvo, que a eso voy En todo tu gusto sigo. Don Antonio, haz lo que digo. ¿Qué haré, si confuso estoy? a doña Ana pretendí, seguí, perseguí, engañe, en un punto la alcance, y en otro la aborrecí; y hallóme ahora sin mí, de que con tal ceguedad desvanecí la verdad en lo que hice, y no puedo para salir del enredo vencer la dificultad. don Antonio, con cuidado desde anoche me has tenido, ¿Qué te paso? Arrepentido quedaste o enamorado? parece que me has mirado con semblante desigual; ¿No respondes? ¿Viose tal? mayores dudas me añades; ¿Cómo te fue? Si verdades he de decirte, muy mal. Grandes glorias, mi pasión, asida a su confïanza, de doña Ana en la esperanza, formó la imaginación. mas luego en la posesión, tarde prevenido al daño, aunque vi a escuras mi engaño, me parecieron ajenas por tan humildes, que apenas las hallaba el desengaño. Mil cosas menos halle en ella, importante alguna a su honor y a su fortuna, y la aborrecí, ya fue; porque menos la estime, haciendo hidalgo el disgusto, o porque el deseo injusto que en el amor es delito, fundado en el apetito, no es constante para el gusto. quede, por Dios, enfadado. pero diome por consuelo darme a conocer el cielo en la esposa que me ha dado, que merece mi cuidado, dejando ajenos amores, pues demás de ser rigores, veo que son, como es justo, sus partes, para mi gusto, sin comparación mejores. La diferencia que hallo, siendo unas mismas, no es mala. Demás desto, me regala, con que de mí se quejó a mi padre. Hícelo yo. Y el buen viejo tanto sella con mis armas su querella, que hecho un león contra mí, quiere que te obligue a ti. a que te cases con ella, y no sé por dónde echar para salir deste enredo, del cual a ti tengo miedo, no te resulte pesar. Pues ¿en esto hay que dudar? dile que en la fe confías, que te di de que dos días dilato mi casamiento, para hacerlo, con intento de que luzgan cosas mías, y en este espacio a doña Ana le diremos nuestro engaño, la cual previniendo el daño, callará de mejor gana, que afrentarse cosa es llana. Eso podemos hacer, allí viene mi mujer, a quien ya no son extraños mis gustos, pues mis engaños en sus ojos puedo ver. Mi Jacinta, mi señora, mala noche habréis tenido con el enfermo. No ha sido sino buena, y más ahora viéndome merecedora en vos de tan gran favor, por quien tan claro se ve, que el enfermo que vele, si no sano, está mejor. ¿Pues en mí lo conocéis? Como en cristal lo estoy viendo en vos. ¿Cómo? No entiendo. Yo sé que lo entenderéis algún día, si sabéis lo que espero que sepáis, ahora no suspendáis el decirme en qué ha fundado mi dicha el nuevo cuidado de que esta merced me hagáis. ¿Nuevo es serviros? ¿Y es tal, que maravilla también. Nunca se conoce el bien, hasta que se ve en el mal. Habladme más puntual en lo claro. Y es razón, pues será satisfación que antes agrade, que ofenda, para proponer la enmienda, el confesar la traición. Yo quise, Jacinta mía, cierta mujer que me daba ocasión por quien dejaba lo que en vos no conocía. llegó la noche o el día, en que nos vimos los dos, y al suceder, quiso Dios, que vi a la luz de mi estrella, lo que procuraba en ella, y lo que dejaba en vos; y halle tan gran diferencia della a vos, en cuanto vi, que por vuestra parte di la vitoria a la sentencia; y con la misma asistencia, aunque con varia pasión, que le daba el corazón, os doy el alma segura, de que en ella fue locura lo que en vos será razón. ¿Quién vio tal extremo? Justo será estimar estas suertes. ¡Oh, imaginación! ¡Qué fuertes efectos causa en el gusto! Al regalo del disgusto. me ha llevado mi ventura. De hoy más viviréis segura. Y os serviré agradecida. Alma será de mi vida el ser de vuestra hermosura. Venid, señora doña Ana, que aquí vuestro casamiento, como forzosa la causa, tendrá preciso el efecto; don Álvaro, sin tratar de réplicas al momento Dadle a doña Ana la mano. Don Álvaro está dispuesto a cumplir su obligación, solo ha pedido de tiempo dos días, y en mi palabra esta confïanza ha puesto. No consienten dilaciones las cosas de tanto peso, y en quien se aventura tanto. ya su padre viene en ello, y he de ser su ejecutor, yo que traigo para hacerlo gente que guarde esa puerta, y espadas que por su pecho entren a vengar su agravio, si no me asegura presto la satisfación que pido. Tanto rigor ya es extremo. señor. ¡Qué diversamente esto que le digo siento! Padre, pues tus ceguedades tan resueltamente veo en la afrenta de mi amigo sin su culpa, no consiento y con libertad declaro, que el que estuvo tú su aposento de doña Ana, y en sus brazos, aunque fue villano efecto, no es don Álvaro, soy yo, si algún castigo merezco, porque con su nombre entre, no en su honor, sino en mi pecho es razón que se ejecute. ¿Eso dices? ¿Eso has hecho? ¡Vive Dios, que he de matarte! Señor, señor, deteneos, que don Antonio, engañado de la culpa que yo tengo se hace cargo. La verdad es que estuvo en su aposento de doña Ana con su esposa. de que lo engañé bien puedo pretender que me perdone, pues de mi engaño vinieron a ser leves tus enojos, y ningunos sus excesos. Y yo de mi libertad, pues me sirvió de remedio, doy el castigo a tus manos, o la disculpa a mis celos. Pienso que fueron soñadas todas las cosas que veo; pero más pienso que han sido permisiones de los cielos. ¿Ves que te dije verdad? Yo quedo bien satisfecho. Yo he quedado, aunque corrido, con muchas causas contento, pues tales inconvenientes tan sin pensar no lo fueron. Yo a doña Ana doy la mano. Yo la admito. Y yo prevengo mil bendiciones que daros. Y yo con Marina quiero casarme, si das licencia. Yo la doy. Y yo la apruebo. Yo soy tuyo, mar. Yo soy tuya. Pues aleluya y toquemos. Con que tenga fin dichoso aquí el vicio en los extremos.
