Texto digital

Texto digital de La verdad averiguada y engañoso casamiento

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Guillén de Castro y Bellvís
Atribución estilometría
Guillén de Castro y Bellvís Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la modernización automática de la edición en TESO.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de La verdad averiguada y engañoso casamiento. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/verdad-averiguada-y-enganoso-casamiento-la.

Logo BICUVE

LA VERDAD AVERIGUADA Y ENGAÑOSO CASAMIENTO

JORNADA PRIMERA

Vamos, que muero por ver mi esposa, dame el caballo que como el viento ha de ser... Aún no te has puesto a caballo, ¿Ya estás loco? De placer, para recebir mejor mi esposa recién llegada. ¿Tu esposa y recebidor? parece cosa soñada verte casado, señor. Tú a casamiento te inclinas, siendo tardes y mañanas por las calles granadinas zahorí de las ventanas, y puntal de las esquinas? A tan diversa fortuna el cuello esento acomodas? tú, que empezaste en la cuna a ser tan común de todas, podrás sujetarte a una? o no debes de saber que es ser esposo y esposa. y que es la proprio mujer por lo menos una cosa que por fuerza lo ha de ser. Es un yugo a la garganta, una congoja mortal, una discordia que espanta, y un duo que canta mal, porque llora cuando canta. Es un centro del disgusto, un juez apasionado, un contrario de lo justo, una centella al cuidado, y un inconveniente al gusto. Es una duda que advierte de ordinario al alma asida, y un lazo al cuello tan fuerte, que aprieta toda la vida hasta cortarle la muerte. Esto es la buena y la mala es un amigo fingido que ofende cuando regala, y la afrenta del marido sobre los ojos señala. y demás desto, a comer siempre mujer, y a cenar siempre la misma mujer; ¡Por Dios, que basta a sacar de obstinado a Lucifer. Que advierto, te certifico el laberinto en que estoy, a quien sin gusto me aplico. Mas ¿qué haré, si pobre soy, y me caso por ser rico. Es la pobreza una ira que con la paciencia lucha; y es, aunque llora y suspira, fabulosa a quien la escucha, increible a quien la mira; que aunque con las señas viene de rigurosa y cruel. para que más se condene la conoce solo aquel que la tuvo o que la tiene. Está el pobre desdichado de su bajeza corrido, de su esperanza colgado, con los ricos encogido, con los pobres lastimado. tiene por pena el callar, pues cuanto prueba a decir nadie le quiere escuchar, pensando que va a pedir cada vez que quiere hablar. A su miserable ser ninguna desdicha iguala, en la tierra, echa de ver que la pobreza en ser mala compite con la mujer. Con eso queda probado que viene a ser el ser pobre mayor mal que el ser casado. Yo, por hacer que me sobre lo que hasta aquí me ha faltado, como al escarmiento sigo, con menos pena me obligo a pasar para tener por el sí de una mujer que por él no de un amigo. Con cuarenta mil ducados, y no con doña Leonor me case, y estos pagados. el mundo verá mejor mis pensamientos honrados. Ya me parece que el mundo en tus nobles pensamientos verá tu valor profundo; y en tus gastos opulentos un Alejandro segundo. Tendrás coches y caballos, y al mismo sol puesto en ellos, parecerás al picallos, y dejarás de tenerlos muchas veces por prestallos. Con libreas de color harás alegres los días, y pareciendo, señor, de mujeres señorías serás loco pretensor. Llevará la cortesana la cadena o bracilete, y darás con pompa vana hoy opulento banquete, brava merienda mañana. Y tanto querrás hacer de bullir, servir, gastar, dar, prestar, jugar, perder, que al fin vendrás a quedar sin dinero y con mujer. Entonces con más cuidado hará que el pesar te sobre la pobreza que has pintado, y verás que solo es pobre el que es pobre y es casado. ¿Con qué afrenta y aflicción pasarás por su aspereza, porque sospecho que son juntas mujer y pobreza sobre mentís, bofetón. Si una dellas da desvelos, las dos a un tiempo que harán? y más si te dan los cielos hijuelos que pidan pan, y mujer que pida celos. Procederé cuerdamente. Déjame ahora seguir el gusto que el alma siente, quien teme lo por venir goza mal de lo presente. Como sé tu condición esto recelo de ti. Hijo a las nueve es razón que te mire el sol aquí? descuidos muy tuyos son, ve a recebir a tu esposa, que allarte dentro el lugar sería culpable cosa. Y pues la puedes llamar honrada, rica y hermosa, no señales con tibieza el gusto, siendo verdad que hallarás en su nobleza, ya que no tu calidad, a lo menos tu limpieza. Fue su padre un mercader, del linaje que en España tiene por nombre el tener, y su hermano la acompaña, que te la dio por mujer. Ve presto, que honrar su entrada con recebille, es razón; pues de Córdoba a Granada honra con su ostentación su hermana recién casada. Iré volando a servilla, y el contento mostraré que tengo de recebilla; que si me detuve, fue la causa. Ve sin decilla. Si sois don Juan y don Diego, a un hombre desesperado escuchad. Los mismos somos. Dadme primero las manos. De Córdoba un caballero soy, mi nombre es don Gonzalo, en mala estrella nacido, aunque de padres hidalgos, pues fui de doña Leonor tierno amante, idolatrando en lo negro de sus ojos, y en lo dulce de sus labios. Si alcance della favores en discurso de seis años que fui su sombra en seguille, el pensamiento y los pasos, os dirán estos testigos, aunque son mudos, hablando con las quejas de mi boz, y las lenguas de mi llanto. Este morado listón, primer favor entre tantos, me arrojó una prima suya, hurtándole a su tocado. este azul dichoso entonces, pues fue lazo a su zapato, me le dio su camarera, mis celos pronosticando. Este amarillo cayole, y alcele yo. Y este blanco pretendido muchos meses, tomé de su propria mano. Díjele: «Dichoso soy». Y respondió: «Don Gonzalo, a pensar yo que era suerte, no la llevarás en blanco. Pues otros testigos tengo, que por más acreditados tienen veneno en las lenguas para decir mis agravios. Mirad estas firmas suyas, y entre todas estas en blanco, donde ofreciese en su nombre cuanto estuviese en su mano. Yo le corté estos cabellos, cuando me dijo al cortallos volviendo tiernos los ojos. Tuya soy, corta otros tantos. Y más noches que hay estrellas en su aposento cerrado entre, a pesar de la luna, y me halló el sol en sus brazos. estando entre tantas glorias contento, alegre y ufano, ¡Ay mujer! ¿Quién tal creyera de tu casamiento el trato! La fama de tu valor, la porfía de su hermano, y mi desdicha, de suerte mudaron su pecho ingrato, que advertido en su tibieza, pude recelar mi agravio. Supe la verdad de todo, y colérico y turbado, díjele injurias de amante, por lo tierno y por lo bravo, humilde puesto a sus pies, furioso asido a sus manos. Di fuego vivo a las quejas, y muertas boces al llanto. Satisfízome mintiendo, y seguro y engañado me entretuvo algunos días. Sabe Dios si fueron malos hasta llegar el postrero, que ella y su hermano trazaron de fingir que se partían a una aldea de su hermano. Y aunque vi la prevención para camino más largo, nunca imaginé posible tal desdicha y tal engaño. Pero como amando el alma, ofrece fuego al cuidado, envíe un criado mío que les siguiera los pasos. Violos pasar de su aldea, y que el camino tomaron de Granada, y volvió a mí, que de un cabello colgado lo esperaba en el camino. Y apenas le vi volando, cuando vi las dichas mías entre los pies de un caballo. y en sabiendo de su boca la certeza de mi daño, más bien dispuesto a la pena, que bien prevenido al caso, tomé postas y partime como un torbellino, un rayo, atropellando decoros, y reventando caballos. Moví los montes con quejas, talé con fuego los campos, canse con boces los ecos, rompí las nubes con llantos hasta llegar a tus pies, donde os suplico llorando, que por mí, si eres piadoso, y por ti, si eres honrado, no admitas una mujer, de cuyo jardín vedado cogí yo la primer flor. gran fuerza tiene un engaño. ¡Jesús! ¡Jesús! Bien, por Dios, casamiento y desflorado? nadie dirá por lo menos que no le viene muy ancho. Mirad mi pena, señores, no me respondáis callando. ¿Venís sin vos? ¿Estáis loco? sabéis, señor don Gonzalo, que están... Infelice soy. Por poderes desposados don Diego y doña Leonor. ¿Desposados? ¡Cielo santo! mis males son sin remedio. Afrentosos son mis daños. Arrojareme en un pozo, o pondreme al cuello un lazo. Esperad, oíd. Dejadme, y quedaos esos traslados destas verdades que os digo. y yo, pues soy desdichado, publicando mis desdichas, satisfare mis agravios. No publiquéis mis afrentas. Dejadme. Si no le mato, Cobarde soy. No, don Diego, más acuerdo pide el caso. ¿Qué haré? Sin sentido estoy. Corrido estoy de afrentado. ¿Qué descuido os entretiene? pues ya por Granada entraron Ricardo y doña Leonor. ¿Qué harás, hijo? No esperarlos, iré huyendo de mi afrenta. ¿Cómo? En el mismo caballo que previne para el gusto. Honradamente has pensado. Vamos, Cobeña. Volemos. Por la puerta falsa vamos, que escucho en la principal un coche que se ha parado. todo en mi pecho es veneno. Con la salva te le han dado que te han hecho en la mujer. Cuanto es mujer es engaño. ¿Qué es esto, señor don Juan? Valerio amigo, no sé. solo decirte podré, que mis desdichas serán, y que las resisto en vano. ¿qué haré ahora? Considera que ya suben la escalera doña Leonor y su hermano. Lo que en mi suerte ha cabido ¿a qué desdicha se iguala? Ya van entrando en la sala. Turbado estoy de corrido. Este menosprecio siento. No sé qué haga o qué diga. A notable pena obliga. Obliga a gran sentimiento. ¿Es posible? ¿Quién tal vio? el corazón se me abrasa. ¿Está sin dueño esta casa? o vengo sin honra yo? ¿Es aquel don Juan? Él es. ¿Qué les diré? Voyme o llego. ¿Y tiene salud don Diego? ¿Está sin alma o sin pies? diviértenle otros cuidados? ¿Dónde está? Todos calláis. Señor don Juan, poco honráis a huéspedes tan honrados. Si mirárades mejor, señor Ricardo, algún día por vuestra casa, en la mía hallárades más honor. ¿Qué decís? ¡Ay, desdichada! En mi casa lince soy, y con la hermana que os doy dejaré la vuestra honrada. ¿Habrá en el mundo persona que diga que no lo está? Don Gonzalo os lo dirá, que en Granada lo pregona. ¿Don Gonzalo? Estoy mortal. Y estas cintas y cabellos que dicen bien con aquellos mirad si parecem mal. La letra destos papeles ¿conocéisla? ¿Hay tal traición? Sus firmas testigos son abonados. Y crüeles. Y más la que en blanco está, pues promete y asegura, que cuanto tiene aventura quien firmas en blanco da. y don Gonzalo presenta, colérico y vengativo, la cédula del recibo por testigo de la afrenta. Aquí nos dejó perdidos lo infame de sus despojos, y por no vella a sus ojos quien la tuvo a sus oídos, se fue mi hijo? ¡Ah, cruel! ¡Ay infelice! ¡Ay, traidora! Como yo me voy ahora afrentado como él? Ya mi paciencia se apura. Oye, hermano. El seso pierdo. ¿Hante engañado? Sed cuerdo Con afrenta no hay cordura. ¡Jesús mío! Suelta... Tente. ¡Cielos! ¡Muera! ¡Hame afrentado! Detened a un engañado, y amparad a una innocente. Doña Hipólita, mejor conservas la honestidad en casa. Será verdad, pues tú lo dices, señor. Hija, y sin madre, estará con más causas retirada, aunque dé ocasión la entrada de la reina. Bien está. Pues sola no puedes ir. parece que el enviar por quien te lleve, es mostrar mucha gana de salir. Sí, señor. En tu obediencia tan grande valor contemplo, que puede servir de ejemplo al mundo y honrar Valencia. Tu hija obediente soy. Tal virtud el cielo aumente con nuestro gran Benavente. ¿Hay recebimiento voy desta Margarita bella, que hoy en el suelo español dará reflejos al sol, de quien viene a ser Estrella? Dios te guie. De una hija tan discreta y tan honrada Contento estoy. Yo cansada de una vejez, es tan prolija siempre ya la reprehensión, ya el enfado, ya el consejo. quien tiempla tan a lo viejo, no hace acordado el son. que en el hombre o la mujer con más tiento se ha de atar lo que por mucho apretar se suele a veces romper. ¿Esperanza? Beatris? ¿Juana? ¡Hola, Vicentilla! ¿Adónde estáis? ¿Ninguna responde? Ya van, señora, que mana, que mana vosamerce? No te he dicho que has de hablar castellano? Descuidar me suelo, mas yo lo haré; que el irse a lo natural siempre la lengua, es muy llano. Habla siempre en castellano. Y perdona si hablo mal. Señora, del pensamiento. ¿A qué te atreves, señor, del alma. Es grande mi amor. Y mayor tu atrevimiento. ¡Ay, Jesús, qué gran locura! Fundela en tu confïanza. Guarda la puerta, Esperanza. Contigo estará segura. Vi que tu padre salía a caballo, y me atreví a entrar en casa. ¡Ay de mí! ¡Ay gloria del alma mía! no sales a ver la entrada, haciendo al sol competencia, cuando por Denia Valencia casi revienta de honrada, cuando Filipo pregona piedra de tan gran fineza, por basa de su grandeza, y adorno de su corona. Cuando el mundo la acompaña, campeando egregiamente la alabanza de la gente entre los grandes de España. Cuando en calles y ventanas son de los ojos terreros Valencianos caballeros, y señoras valencianas. Ve mi bien, pues que me fundo en que tú sola, ángel bello, bastas para echar el sello a la hermosura del mundo. Aunque sé que no pudiera ese imposible emprender, por verte a ti parecer mejor que todos, lo hiciera. mas es mi padre tan viejo, que apenas, porque desea que aun yo misma no me vea, me deja ver a un espejo. Son sus recelos extraños. Y extraña su condición. No seré de su opinión, aunque me vea en sus años, que hay infinitas razones para temer muchos males de mujeres principales criadas por los rincones, pues la que con tal rigor se cría, en viendo en su calle el primero de buen talle, sospecha que es el mejor. y luego de amores muerta, tortolilla y casquivana se arroja o por la ventana, o le da franca la puerta. Salga la que es bien nacida, donde verán, si es honrada, que es de muchos deseada, y de pocos merecida. Su honesta desenvoltura sea espejo en la ciudad, alaben su honestidad cuando admiren su hermosura. dé alegrías, cause espantos, porque tenga para honrarse vanidad para estimarse de ver que la estimen tanto. que cuando su inclinación la lleve a intentos no buenos, entre tantos por lo menos hará mejor elección. por lo menos vendrá a ser para escoger al mirar lo que tardaré en dudar, menos ligera en querer. Dios te me guarde, en efeto es tal tu trato amoroso, que aun hasta en el ser celoso te vales del ser discreto, y yo tan dichosa fui, que aunque al rincón me críe, sin escoger acerte lo mejor del mundo en ti. Mas ve si a la fiesta vas, que es tarde. Por no dejarte, no fuera a ninguna parte donde tú, mi bien, no estás. mas por gozar tus favores iré donde el mundo vea entre tantos mi librea lucida con tus colores. ¿Y dónde, viendo que voy publicando esta esperanza para lucir mi alabanza me digan que tuyo soy. Ve en paz, y pues eres hombre que no admites competencia, honra a tu patria Valencia con tus galas y tu nombre. Mira las damas que son más de tu gusto y al vellas pasa los ojos por ellas, pero en ninguna los pon. que no quiero, ni aun de lejos, que puedan verse despojos de otra hermosura en los ojos, que a mí me sirven de espejos. ¡Ay, ángel de nieve pura, ¡Oh, venturosos cuidados! de seis años empleados en adorar tu hermosura, la bendición, cielo humano, y la mano. Aunque perdones, darete mil bendiciones. pero no puedo una mano hasta que mi padre espera, dé licencia, pues que ya se trata. ¿Y si no la da? Entonces, aunque no quiera, seré tuya. Soy dichoso, ten firmeza. Soy diamante. Que soy tuyo. Firme amante ¿Qué seré? Querido esposo. ¿Cuándo será? Luego fuera pero espero. Mi bien, ¿qué? El sí de un padre. ¿Y qué haré si no quiere? Aunque no quiera seré tuya. Mire al cielo. ¡Ay luces santas! será luego? Al mismo punto. Mil veces te lo pregunto, por oírtelo otras tantas. así queda. Entre los dos. En ti espero. De ti fío. Gloria mía. Amante mío, Ve que es tarde. Adiós. Adiós. ¿Esperanza? Mi señora. La almohadilla y la lavor me trae luego. ¿Y no es mejor si te parece, señora, admitir otro consejo, ya que a la fiesta se van, el uno tierno galán, y el otro enfadoso viejo? desenfadar los sentidos, pues tan a su salvo puedes, saliendo destas paredes, sin lenguas y con oídos, y ver... ¿Cómo? ¡Ay cielo santo! Tomando, ¿de qué recelas? de dos corchos las chinelas, y de dos suelas el manto, sin que fueses conocida, podríamos ver la entrada. Casi me tienes tentada, o a lo menos persuadida. mas si me viesen, ¿no ves llenos de acibar los fines? Mudando saya y chapines, no hay conocerte Así es, vamos a ver esta entrada. Y ahórquese el viejo ahora, para tentar la señora es demonio la criada. Con solene autoridad se previene el alegría. Habemos llegado en día, que es un mundo una ciudad pues que se han juntado en ella del mundo lo más granado. A buena venta has llegado. No es siempre mala una estrella, y aun me promete más bienes en Nápoles, donde huyo. Dicen que un retrato suyo es Valencia. Razón tienes, bellos jardines y huertas pagan eternos tributos, ya con flores, ya con frutos, dentro y fuera de sus puertas. las calles, si angostas, llanas, y ahora es cosa eminente, la multitud de la gente, por calles y por ventanas. Y hay mujeres muy hermosas. Son ángeles en ser bellas. Solo desagrada en ellas. ¿Qué cobeña? Algunas cosas, no saber cómo en Castilla airosamente vestirse, ni con los mantos cubrirse, como en Granada y Sevilla, la poca cortesanía, con que no os dejan hablar, al responder el guiñar, hablando en Algarabía, anau, no vul, que voleu, pase avant, vaja en malora, y la menos gruñidora, dejem per amor de Deu, esto me ofende de modo que es darme con un puñal. La que fuere principal será diferente en todo, pues cuando busque desvíos, por no usarse, al responder es muy cierto que ha de ser con más cortesanos bríos. La reina viene. Y yo espero a ver dónde estoy, su entrada. ¡Bravo talle de embozada! Pues el padre compañero no es malo. A buen tiempo llegas. de entre la gente salgamos. Como tan cubiertas vamos, parece que vamos ciegas. ¿Dónde verás? En rigor, adonde menos estén, aunque no vea tan bien, pienso que estaré mejor. Si es así, el estaros toca a la boca de esta calle, aunque sé que tan buen talle merecía mejor boca. Desde aquí podéis mirar ¿qué inconveniente os espanta? pues es boca sin garganta, para poderos tragar. No son las razones pocas, para andar temiendo menguas, por no verse en muchas lenguas, huyendo de algunas bocas. Galán es el forastero. ¡Bien, por Dios! A maravilla, ya esto me huele a Castilla. Llegad si queréis Sí quiero, pues la ocasión me convida a estaros tan obligada. Ya se comienza la entrada. Ya la veré más lucida. ¿Cómo así? Haciendo reflejos, como en el sol sus despojos, pienso vella en vuestros ojos. Son pequeños para espejos. Y yo ¿cómo la veré? Hecho puntal de esa esquina podrás vella. Eres divina, Llégate a mí, arrimaré, sustentaremos así, yo a la esquina, tú a los dos. Preníulo al coll. Bien, por Dios. ¿Qué jugam? Llégate a mí. Asiéndola del brazo. So figa de Burjasot, ¡Qué palpant me maduraút! ¿Qué es ajo, digau, ¡Tira de ahí, borinot! Borí cómo, en renegado habla. Tan cristiano sea tu abuelo. ¡Brava librea! costosísimo bordado. Harto más me cuesta a mí lo que os dio de balde el cielo, que es la hermosura. Recelo que diréis que os la vendí. Hasta el alma me ha costado, sin habérmela vendido. Quedaréis muy destruido. Si es lo mismo enamorado. Pues porque quiera las dais, que malas almas tenéis, hasta el comer pagaréis, con el alma, cuando estáis sin dinero, que es la calma, en que siempre os soléis ver. Al menos el no comer, paga el cuerpo con el alma. Galán a lo corresano viene aquel bravo denuedo. Señaladlo con el dedo, y descubriráis la mano. Si fuera de nieve pura, aún me pudiera atrever. ¡Oh, lo que diera por ver entera vuestra hermosura! y si con vos puedo tanto, notable merced me haréis. Con tal que no me llaméis sol a mí, y nublado al manto, veréis que no soy tan vieja como el requiebro lo es. Lo que pisan vuestros pies quisiera besar, Que os deja tan suspenso? Haber mirado un cielo nunca ofendido. Yo pienso que arrepentido estáis más que enamorado. Ya estás más blanda. .que un higo... Porque yo te maduré. Sí, por cierto. Apártate. ¿Hay, señora, don Rodrigo viene allí. ¿Sí será él? Y al descubrirte te ha visto. ¡Con qué corazón resisto a esta desdicha! Es crüel. Perdonad, ciertos recelos me llevan. Pena os darán. Y grande. Celos os dan, o teméis que os pidan celos. Con los ojos te ha seguido, y el caballo ha desviado. ¿Ven, ay cielo? ¿Y se ha apeado? sin duda me ha conocido. ¿No vi más bella mujer en mi vida... Ya, señor, tropezaste. Es ciego Amor, su casa quiero saber. y los giraus de Valencia, ¿Ya los temes? Crüeles son, lo que oí en la relación recelo de la esperiencia. Eso mi fortuna quiso. ¡Ay Dios! En celos me abrazo. parece que a cada paso tiembla la tierra que piso. Porque, señor, te apartase de todos? Mi afrenta callo. Porque en dejando el caballo, la capa y gorra dejaste, y un fetreguelo prestado pediste al primer amigo y un sombrero? Porque sigo el rigor de mi cuidado. ¡Ay, Roberto! Porque tengo un pesar, sin alma estoy. Guíame, que ciego voy. llórame que muerto vengo; y a estar de espacio, ¡ay de mí!, funesto luto vistiera. ¿Es ilusión? ¿Es quimera? ¿Yo vi? ¿Es posible? Yo vi de Hipólita la hermosura? recato y honestidad con tan ciega libertad, y tan visible locura? Allí vienen. ¿Hay mujer? ¿Aquella saya traía? a este lado te desvía, y sin que nos puedan ver, veremos si entra en su casa. Camina Esperanza y mira... Imán tiene que me tira. Fuego tiene que me abrasa. ¿Quién nos sigue? El forastero. ¿Y parece don Rodrigo? No, vamos. Mi estrella sigo. Loco vas. De celos muero Ya entra en casa. ¡Ay, justo cielo! no tengo más que esperar. ¿No es la calle de la mar está? Sí. Y dice, verelo, esta carta, y a tres puertas de un barbero que hace esquina. ¡Oh, qué ocasión tan divina! ¡Ay qué sospechas tan ciertas! De don Pedro un caballero, a quien esta traigo yo, es la casa donde entró. Sosiégate. ¡Rabio, muero! Y con ella pienso entrar hasta el postrero aposento. ¿En la casa? ¿Atrevimiento es muy grande. No hay dudar. mas no es muy enamorado el que es poco desenvuelto. ¡Bien Dios que se ha reseulto! ¿Ha entrado? ¿Roberto? ¿Ha entrado? ¿No lo ves? Calla, ¡qué poco sabes del mal que poseo. No me digas que lo veo. Di que estoy ciego, estoy loco. Di que tengo, porque rabio, el sindéresis perdido. Di que presento al sentido lo que temo en el agravio, que es una máquina extraña de antojos que me persigue; una sombra que me sigue, y una ilusión que me engaña. Que a decirme que no soy ofendido, aunque lo viera, sospecho que lo creyera, tan enamorado estoy. Mas ues de mi amante ingrata averiguamos los dos, esta ofensa, ¡vive Dios!, que ha de morir quien me mata. En quien mi gusto atropella mi agravio quiero vengar. Esta casa he de abrasar, si es que se detiene en ella. ¿Temes? Yo misma me espanto de cuán para poco soy. ¿Vienes muy cansada? Estoy muerta. Presto quita el manto. Sosiega y descansa ahora. Gran sobresalto he tenido. ¿si nos habrá conocido? Pero pregunto, señora, ha te parecido bien la causa destos enojos? Siempre le traigo en los ojos. Y aun en el alma también. Ya pienso que a don Rodrigo no quieres tanto. Sí quiero. Más te agrada el forastero. De vergüenza no lo digo. ¿Más te agrada? No lo sé. Parla clar, que no podrá un requiebro en Castella, de un home quel parla be? A decirte la verdad, aunque en distancia tan poca, el alma me tiene loca, y ciega la voluntad, y ahora acabo de ver en mi mudada esperanza, que es centro de la mudanza el pecho de una mujer, pero no le veré más, y acabárase la vida, o el amor. Fuiste seguida del mismo, y no le verás? Mas don Rodrigo, ¿qué haría? Llorar entre desengaños, que edificio de seis años haya caído en un día. oye, ceraste? ¿Qué siento? Cerraré; ya es tarde ahora, el forastero, señora. ¡Qué notable atrevimiento! ¡Ay, Jesús, quina oradura! El señor don Pedro. ¿Quién? No te turbes. Vista bien, mal resisto a su hermosura. ¿Está en casa? ¡Estoy perdido! ¿Qué decís? ¿Qué me habéis dado? No dice el estar turbado, con preciaros de atrevido. Pero dejadme, por Dios, que esto de límite pasa. ¿No tenéis en esta casa más que yo, pues tengo en vos el alma, y vos la tendréis sin duda, en otro lugar. y así, pues vengo a buscar lo que llevado me habéis, perdonad. Si perdonara, Mas, ¡ay Dios!, tengo temor, de que aventuráis mi honor. Muriera si tal pensara, Con ocasión vengo a veros bastante para excusaros, que no admite el adoraros el peligro de perderos. ¿Qué ocasión? Excusa es, mas por emplear, señora, el tiempo que pierdo ahora, la guardo para después, escuchad. Mira Esperanza... ¡Señora! Toma el consejo, Mírame. ¡Gentil espejo! No hay honor donde hay mudanza. ¡Desvía! Mira al menos por mi vida. ¿Qué he sentido? ¡Ay de mí! ¿Quién ha subido? Dos hombres como dos truenos. Señor, ¿quién fuereis? Ya pasa vuestro trato poco usado, de atrevido a mal criado, que buscáis en esta casa? quien tanta licencia os dio, que estáis tan despacio en ella? A ser vos el dueño della, dijéraos que busco yo, Mas decidme que tenéis en ella, y os lo diré. Tengo una dicha que fue en la hermosura que veis. tengo un piélago de engaños, tengo una ciega pasión. y tengo una obligación cuando menos de seis años. tengo un valor ofendido, tengo un deseo abrasado, tengo un amor mal logrado, y tengo un honor perdido; tengo una razón gigante, tengo una afrenta patente, y una culpa de inocente, en unos celos de amante. tengo una gloria violenta, tengo una pena obstinada, tengo un ángel que me agrada, y un demonio que me tienta. téngoos a vós que me dais ocasiones de arrojarme de quien no pienso apartarme, hasta que della salgáis. ¡Don Rodrigo! Por los cielos, que aunque Miguel Sánchez fuera, en sus comedias no hiciera más bien un paso de celos. Por Dios que de mí os burláis, cuando el pecho se me abrasa. ¡Señor! Salid desta casa, o haré para que salgáis, que en mi acerada cuchilla veáis mi poca paciencia. ¿Sois valiente de Valencia? ¿Sois cobarde de Castilla? Allá en agravios o en duelos procedemos como sabios. Y nunca vengáis agravios, porque nunca tenéis celos. No hablamos entre paredes como vos lo hacéis ahora. ¡Ay desdichada! ¡Ah, traidora! Quiero dar voces. Bien puedes. Mas yo haré que me sigáis, donde os diga que mentís. Bien es, pues no lo decís, no esperar que lo digáis. Teneos, señores, ¡ay cielos!, ¡Mueran! Tente, no riñamos tú y yo. Porque... Porque estamos, sin amores y sin celos. El señor gobernador viene. ¿Pendencia en mi casa? ¿Quién la ofende? ¿Quién la abrasa? ¡Teneos! Sí haremos, señor. Doña Hipólita, ¿qué es esto? Infámame, don Rodrigo. ¿Qué ha pasado? Si os lo digo, veréis mi disculpa presto. A vuestra hija serví, como es costumbre en Valencia, señor don Pedro, seis años, para poder merecella. y la sirviera seis mil, creyendo que eran sus prendas, ¡Ay Dios, y qué grande engaño! mayor es que su belleza. Con mil honestos favores, y con mil palabras tiernas, regalándome sus ojos, y engañándome su lengua, me dio palabra de esposa, con que vuestro gusto fuera, para cuyo justo trato, vos mismo distes licencia. pues viniendo ahora yo acompañando la reina, más ufano por ser suyo. que si rey del mundo fuera... Entre la gente la vi que tan libre y descompuesta con este galán hablaba como si su dama fuera. Debieron de conocerme, y vi que la sigue y entra en su casa, como vos pudierais entrar en ella. Cégueme con el dolor, y llegue con la impaciencia. donde llorando mi agravio mezclado con vuestra afrenta, reñí con él. ¡Oh, villana! traidora, enemiga, esenta. Señor, miente, don Rodrigo. Ténganse, respeto tengan. Perdone vueseñoría, que la cólera me ciega. No es noble, no es caballero quien me infama y quien me afrenta. Decid la verdad, señor... Señores, porque se vea que se engaña don Rodrigo, para hablar me dad licencia. Haciendo viaje yo para Nápoles la bella, y viniendo de Granada para embarcarme en Valencia; mi padre, que es don Juan Vélez, me dio esta carta que os diera. Señor don Pedro, mirad si fue el venir a traella ofensa vuestra. Don Juan yo conoceré su letra, que es un grande señor mío. No hay dudar, su firma es esta. Y la carta es de favor. Mandara que sirva en ella al hombre más principal. de Granada. Ya le precia más el alma. Ya mis celos con menos rigor me aprietan. Mandadme, señor don Diego... Sobrada merced es ésa. Sea vuesed bien venido. Vueseñoría me tenga por su servidor. Y vaya por cosa tan descompuesta a la cárcel don Rodrigo. Mi honor en buen punto queda. Volved vos, señor, por él, que han de decir en Valencia de que os hallaron conmigo, y que a don Rodrigo prendan por vengador deste agravio? Decidme de qué manera. Dándome mano de esposo. Traidora, y sin mi licencia? Con mucho gusto os la doy. ¡Ah, cruel! ¡Quién mata muera! ¡Señor! Deteneos, ¿qué hacéis? Mira que el amor te ciega. ¿Dos veces quieres casarte? Por gozar mujer tan bella y aun dos mil. Señor, mirad, por mi vida extraña empresa ha sido la que intente. Señora, para tenella, más segura iréis conmigo, y tenga su casa mesma por cárcel don Pedro. Estoy corrido, notable mengua. Vaya preso don Rodrigo. Hasta el alma tengo muerta. Y busque Vuestra Marte. quien le fíe, porque tenga la prisión en su posada. Sí, señor. ¡Ah ingrata, ah fiera! Solo en esto son dichosas las mujeres, pues se vengan haciendo su gusto. ¿Y tú? No harán poco si me pescan. Irémonos a un pajar. En palacios me aposentan. ¿Don Diego? ¿Señora mía? yo soy vuestro. Y yo soy vuestra. ¡Ay hija! ¡Quién tal pensara! ¡Ah, mujer! ¡Quién tal creyera! Baste, andad. Notables son los efectos de mi estrella.

JORNADA SEGUNDA

Bella mujer. Y muy bella. ¡Lindos ojos! ¡Linda boca! ¿Yere amor? Alarma toca, pero no me he puesto en ella. ¿Sabéis quién es su marido? No es un mancebo adamado, a lo discreto tratado, y a lo gallardo vestido? que aquí gasta y pierde allí, porque sigue el mismo norte de los muchos que en la corte biben de milagro? Sí, y se llama don Ginés. Ese digo. Es de los buenos. ¿Y éste es su marido? Al menos ella piensa que lo es. ¿Cómo es eso? Es largo cuento Decilde, por vida mía. Pues gusta vueseñoría, hoya, Conde. Y muy atento. Este joven milagroso, en que come, viste y gasta, sin que le sepa ninguno en Madrid sensos ni casas, no se llama don Ginés, porque don Diego se llama, y es hijo de don Juan Vélez caballero de Granada. Casóse en Córdoba, ¡ay cielo!, bien a costa de mi alma, con la más bella mujer que pienso que tiene España. Era yo tan galán suyo, que al saber que se casaba, viendo imposible el remedio, hice infame la venganza, pues llegue a Granada el día que su esposo la esperaba, donde mil favores suyos, cintas, cabellos y cartas mostre a su suegro y esposo. Y aun esto no fuera nada; pero díjeles, mintiendo, que la mitad de su cama fue mía infinitas noches. A tanto obliga una rabia de una envidia y de unos celos. Y desde su misma casa hasta Madrid no paré. pero como todo acaba, fue medicina al deseo, la muerte de la esperanza. Al cabo de algunos meses. supe que en Madrid pasaba por don Jinés, el don Jiego. y para saber la causa busqué un fiscal de su vida, siendo un colón de su casa. Supe, en fin, mil cosas suyas, y entre todas una extraña, y es que llegando a Valencia, huyendo desde Granada de su primera mujer, primero mi amante ingrata, se caso segunda vez. ¡Jesús! Y admite y engaña mujer principal y hermosa pretendida y pleiteada, Pero ¿cómo fue sin gusto de sus parientes, gozaba sin blanca el señor don Diego, hermosura sin substancia. tanto que, viendo, afligido, a la pobreza la cara, ¿cómo debió de saber que en esta corte, sin falta, quien tiene mujer hermosa, come, viste, triumfa y gasta. aquí se vino con ella, y es esta que en su ventana te hizo brindis a los ojos, y cosquillas en el alma. Ya le he visto alguna vez. Por las calles, por las plazas, y en las casas de los juegos, pero porque calle, calla. Tanto me admira el suceso como el donaire y la cara de su engañada mujer. La divina Valenciana tiene por nombre en Madrid. pero si tanto te agrada, yo te pondré en el camino por dónde, pues se las trazas de don Ginés y don Diego, tenga paso tu esperanza. Harasme mucha merced, pero espérame que salga de esta casa de la esquina. Harélo de buena gana, Ven presto. Volando vengo. Picó, en fin, la valenciana? Agridulce de Valencia siente el gusto y prueba el alma. ¡Oh, inclinación natural de los humanos, en quien si una puerta cierra al bien, abre infinitas al mal! Mas un coche de alquiler al parador ha llegado, quien sale de él, extremado talle y brío de mujer. Mi amparo seréis los dos. Demás cerca vella quiero. de Leonor el escudero es aquel, ¡válame Dios!, si es aquella? ¿Es don Gonzalo? Mas no es tan liviana y loca. Cubre el rostro con la toca. ¡Jesús, qué encuentro tan malo! Que no me vea es mejor. ¿Cómo a mi pena resisto? pues lo primero que he visto en la corte es un traidor. Ten buen ánimo. Sí haré; que aunque es este mi enemigo, para el intento que sigo, es bien que en la corte esté; pues si mi innocencia mira, vendrá a ser más estimada. mi verdad averiguada en quien dijo la mentira. Ya estás en Madrid, señora, donde logres tu esperanza. Ya vivo en tu confïanza, ya mi suerte se mejora, y ya sabes que por ti me dispuse a esta jornada. En cuanto dije en Granada verás que te sirvo aquí. Ya vienes bien advertido. De coro se la lición. Si salgo con mi intención, dichosa diré que he sido; y tú valdrás a mi engaño, pues mi pensamiento entiendes. Extraña máquina emprendes. Todo en mi suerte es extraño. Y el engañar a tu esposo, no es alargar tu deseo? Siempre es mejor el rodeo, si el atajo es peligroso. Pero, señora, no es, más sigura diligencia el fiar de tu innocencia, y arrojártele a los pies? No, que estando en el estado infelice a que ha venido, estará muy ofendido, porque está muy engañado, y es bien tener estos miedos hasta que con más razones el tiempo y las ocasiones deshagan estos enrredos. Ya te he dicho con qué vida, en qué estado, y porqué norte sigue el trato de la corte. Y harto me tiene afligida. Pues manos a la lavor, que aquí cerca está su casa. pero, señora, el que pasa es don Diego mi señor. ¡Ay, Jesús, estoy turbada! galán brío, buen semblante. ya le quiero como amante, si le quise como honrada. ¿Cobeña? ¿Señor? Que ha sido tu tardanza? Mi pereza. ¿Qué hay de Granada? ¡Pobreza! Brevemente has respondido, no digas más. ¿Qué es aquello? Más cerca lo puedes ver. Bello talle de mujer. Aún es el rostro más bello. ¿Conócesla? Y la acompaño desde Granada hasta aquí. ¿Hablarela? Llega, sí, y verás que no te engaño. ¡Qué honestidad soberana! ¡Qué hermosura peregrina! ¡Qué bien pica! ¿Es Granadina? A lo menos, sevillana... Seáis, señora, bien venida. Es don Diego mi señor. Vos bien hallado, señor. ¡Bella mujer, por mi vida! ¡Qué galán! ¡Qué gentilhombre! ¡Ay, querido dueño mío! Hablad, señor, con mi tío. No ha menester otro nombre, para que le sirva yo. Hacéisme merced de honralle. No es bien que estéis en la calle, ¿Conoces posada? No. Pues iré yo a prevenilla. Sobrada merced me hacéis. Y porque no es bien que entréis en posada con tablilla. al coche os podéis volver, aunque os canse el esperar. Ocupada en estimar, lo que os debo agradecer, gusto haré la dilación. Tal merced servir espero. No es servicio tan ligero, para tanta estimación; volando vuelvo. Está bien. Si esas vueltas no me matan. ¡Bien haya tierra en que tratan los forasteros tan bien. Luego volvemos los dos. Vos hacéis cielo esta tierra. ¡Oh, qué bien! Con vueltas cierra esta llave, ¡vive Dios! Cobeña que me has traído, que sin alma me ha dejado? ¿Estarás enamorado? Estoy loco, estoy perdido. Cobeña cómo? ¿Por quién la acompañas? Di ¿quién es? Todo lo sabrás después, que ella espera. Dices bien. Di, al menos podré alcanzar mujer que tanto me agrada? Ya ella viene perdigada, y será fácil de asar. Alábele el noble efecto de tu trato y gentileza, y cállele tu pobreza. Hiciste como discreto, y sabe que soy casado? No se lo pude negar. Luego bien podré emplear cierta traza que he pensado. Y más si estás sin dinero. El mostrar tu habilidad te importa. Dices verdad. ¿Estás sin él? Sí le quiero, y más cuando me enamoro con industria y con aviso, hasta las piedras que piso verás que convierto en oro. Mayor cosa vendrá a ser que convertillas en pan... Estos que vienen lo harán, tentados por mi mujer. Él es, hablalle quisiera. Estos, notable ventura, han picado en la hermosura de Hipólita. Espera, espera. Ligeros mueve los pies. Es en todo muy ligero. ¿Resuélveste? Hablarle quiero. ¿Dónde, señor don Ginés, con tal prisa y tal cuidado? ¡Oh, señor, voy a buscar dinero para jugar, que he perdido y voy picado. y que mi mujer no esté en casa, temiendo voy, pues tan abrasado estoy, que las puertas romperé, y buscare una segur, si no puedo a punta pies; que tiene el seso en los pies el que es picado tahúr. Porque esa duda y cuidados que os da prisa, no os den pena, jugaréis esta cadena que pesa hasta cien ducados, y enviad por más dinero si perdéis... Bueno sería, No, señor. ¡Por vida mía! Alto, obedecer os quiero, y entre tanto podéis ir a que os pague hechura y peso mi mujer. No, bueno es eso. De esto os habéis de servir, que de mayor cantidad tiene prendas, con que quiero que con pagar el dinero, estime la voluntad. Será como vos gustéis. Estáreos siempre obligado. Yo también quiero un traslado de esta mujer, si queréis. Aquí aparte os quiero hablar. ¿Qué es lo que mandáis, señor? Con tan llano pagador quienquiera os puede prestar; aquí van juntos, y en oro cincuenta, bello dinero. podréis jugarlos primero, jugaréis con más decoro, pues le pierde en algo quien con prendas viene a jugar picado, sin comenzar con dinero. Decís bien, y pues me obligáis así, serviros quiero en tomarlos. Yo también iré a cobrallos desa mi señora... Sí. Adiós. Él os guie. Adiós. Ya he vuelto en oro y no en pan las palabras. Ellos van bien despachados, por Dios, rebuenos vais, caminad. Él queda bien prevenido. ¿Qué le dijiste al oído? Que estímase esta amistad, y que era vueseñoría dadivoso y liberal. Bien empleado caudal, ¡A qué buen cambio os envía! ¿Qué te parece? Que estás contento de haber podido no solo haber convertido piedras en pan, pero aún más, pues has convertido en oro el viento de tus quimeras. Mas, señor, no consideras que tu honor y tu decoro cobrará infames renombres entre honrados pareceres? Si con sus proprias mujeres hacen esto algunos hombres, no es mucho querello hacer yo con esta cada día; pues que no solo no es mía, pero no lo puede ser. cuanto y más que es tan honrada, que no muda estilo y vida, ni de mi trato ofendida, ni por su gusto obligada; y así me anima y consuela el saber que cada día despide con cortesía los que envío con cautela, y acaudalamos así ella honor y yo provecho. Cualquiera saco es estrecho para esos dos. Es así, mas dejemos de argüir, que la sevillana espera. ¿Qué has de hacer? Una quimera. por ella quiero seguir, pues el corazón me abrasa. El cuarto quiero aderezar que tiene por alquilar el dueño de nuestra casa. ¿En tu casa? ¿Y tu mujer ¿qué dirá? No importa nada, que han venido de Granada le quiero dar a entender y que es mi prima y mi tío el viejo. Tu pensamiento tiene mucho atrevimiento. Tiene mi amor mucho brío; y pues la adoro, podrá excusarme mil enojos el tener tan a los ojos quien tan en el alma está. Tan presto te abrasa el pecho ¿Tú nuevo amor? Rayo ha sido en que del cielo ha venido, y en los efectos que ha hecho. Tú prevenlos deste engaño, y él, porque conviene así les finge, y voyme de aquí, que en la dilación me daño, y espera aquí. ¿Puede ser? ¡Oh lo que en el mundo pasa! que este se lleve a su casa la que es su propria mujer, y la que en su casa está piense serlo, y no lo es, en una casa los tres notable junta será. Brava cosa has emprendido, en notable extremo das. ¿Qué quieres? No puedo más, que mi amor no admite olvido. Como adoré su belleza seis años tan tiernamente, la costumbre un accidente convierte en naturaleza. Y aunque quise como sabio divertir mi fe agraviada, vuelvo cual piedra arrojada a mi centro, que es su agravio. Pero detente, ¿no ves? ¿Quién serán estas figuras? O traigo el sentido a escuras, o es cobeña. El mismo es. No son malas figurillas. ¿Hablarele? Piensa en ello... De estos con rosario al cuello, y cuellos sin lechuguillas nos libre Dios, que es mostrar macilentos y elevados, que bien desengañados, y mueren por engañar. Estos entre sota y siete que tratan a lo dormido, corto ni largo el vestido, sin capilla y sin bonete, se hacen, por no dejar cosa que no les permita, de un estado ermofrodita que dos sexos pueda usar; pues cuando llevan antojos, que no es mala añadidura perdérase el que procura mirallos sin muchos ojos. Esto haré. Mira que es poca cordura. Fïarme quiero, que es una llave el dinero que cierra y abre una boca. Ireme yo. Vete o ven. Que no me vea es mejor. Alabado sea el señor. Por siempre jamás, amén. Él nos alumbre, él nos guarde, y el malo en su centro duerma. Cuello al cesgo, voz enferma, mano panda, pie cobarde, antojos, melancolía. Ojo al traje y tiento al trato, que son estos un retrato de la misma hipocresía. ¡Hermanito! Entre los dos será la amistad pequeña. ¡Oiga! Diga. ¿No es cobeña? Sí, por la gracia de Dios. Dice bien. ¿Qué más diría el Rey en sus provisiones? pero vanas ilusiones engendra mi fantasía, o esta cara y esta boz yo la he visto, yo la he oído, menos cobarde al oído, y a la vista más feroz. ¿Qué me mira? ¿En qué repara? oiga... Diga. ¡Hermano, en Cristo! Que me maten, si no he visto otras veces esta cara. ¿No es de Granada? Sí soy. ¿No servía a un caballero? Con nobleza y sin dinero. Ya conociéndole voy, y dígame, por su vida, y perdóneme a lo manso, si con preguntas le canso. Pregunte cómo no pida. sin pedir el preguntar, le sufriré, por tener caudal para responder, y no hacienda para dar. Nunca yo, como pretendo hallar lo que voy buscando, suelo pedir preguntando que es preguntar ofendiendo; antes para no ofender, siempre doy cuando pregunto. Pues consiste en ese punto al preguntar el saber. Dice muy bien, y pues dio tan presto en él, dalle quiero para saber, no dinero, que no le profeso yo, que a más alto ministerio quiero el alma disponer. Algún hueso debe ser sacado de un cimenterio, y dirá que es algún hueso de un santo grande. No, amigo, mayores verdades digo, y más buen trato profeso; no son sino unas medallas que alcanzan muchos perdones, ¡Bibe Dios, que son doblones! Y las truje para dallas. ¿Viene de Roma? Sí vengo. ¡Oh, qué devotas que son! Téngales gran devoción, ¿Y cómo que se la tengo? Bello metal, tú me hagas venturoso. He de besalle muchas veces. Quiero dalle cinco, por las cinco llagas. Por los cinco mil azotes con más devoción tomara. otras tantas, con que alzara pensamientos y bigotes. Déselas Dios por mi mano. hermano, mediante el dar, puédole ya preguntar pues ¿no le pido? Sí, hermano, cuanto en mi pecho se halla saldrá a luz. Cobeña, amigo, ¿Conoces a don Rodrigo? ¿Señor? Quedo, escucha, calla. que es de don Diego? Aquí está. ¿Y su casa? De aquí puedo señalarla con el dedo, Llega, un ciego la verá, por la calle abajo pasa, hasta encontrar un balcón verde. Sí, tienes razón, yo le vi. Aquella es su casa, y el cuarto de arriba es el que bien. Y el que infama. Don Diego, ¿cómo se llama en la corte? Don Ginés. Mas ¿qué te obliga, señor, a venir, ¿cómo has venido? Hipólita me ha traído con lástima y con amor. Supe el trato y la pobreza de su esposo y la crueldad; y crecieron mi piedad, memorias de su belleza. Y porque excusar espero sus afrentosos cuidados, traigo doce mil ducados en papeles y en dinero. Y este disfraz traigo hecho para servilla y saber si es de hielo esta mujer, que siempre me abrasa el pecho. Y podrán tener efecto en su casa empresas tales, si tú, cobeña, me vales con industria y con secreto. De mí puede disponer quien tan bien sabe obligar. servirete sin dudar, y pecare sin temer, pues mis disculpas previenes con medallas de perdones. En obligación me pones. A tu servicio me tienes. A Hipólita quiero hablar, como estoy desconocido. No está en casa su marido, siguro puedes llegar, el balcón verde verás. en su casa. Con razón la esperanza del balcón llevo en el alma. Bien vas. Adiós, y aunque es mi contrario, al mismo amor me encomiendo. Esa oración ve diciendo por las cuentas del rosario. Ya está todo prevenido, vamos, y al punto prevén. Oye, escucha. Espera, ten, que hay obra nueva. ¿Qué ha sido? ¿Hay alguna novedad? Llego a toda diligencia a quien hiciste en Valencia aquella grande amistad. ¿Grande? ¿Cuán grande sería? La mayor que pudo ser fue quitarle la mujer con quien casarse quería. ¿Don Rodrigo? Ese ha llegado. enamorado y perdido, a lo estudiante vestido, y a lo hipócritón tratado, Hablome. ¡Suceso extraño! y díjome que traía doce mil. ¡Por vida mía! Y esta es la muestra del paño. piensa gastarlos aquí solo en la necesidad de Hipólita... Si es verdad, buena nueva es para mí. Por cierta puedes tenella; Ya está en tu casa. ¡Por Dios! pues procuremos los dos que quiera quedarse en ella. Tendrálo por suerte extraña. Haré yo del ladrón fiel, disimulando con él, y pensara que me engaña. Y engañado ha de quedar. Y sabrá. ¡Suceso extraño! Que no hay tan discreto engaño como dejarse engañar. Tanto llorar noche y día la vida te han de perder. Esperanza ¿qué he de hacer, si dejé un bien que tenía, y un adorado enemigo escogí para mi muerte. ¿Hay mudanzas de mi suerte? ¡Ay Valencia! ¡Ay don Rodrigo! que a costas de mi salud tus ofensas pago ahora. ¿Quiéresle siempre, señora? Conozco la ingratitud que usé con él cuando estaba más obligada y sabia con qué valor me quería, con qué terneza me amaba. Veome con un marido menos honrado que honrroso, tan fácil, tan cauteloso, que hasta en el nombre es fingido. Conozco la diferencia de hombre a hombre. Soy mujer. escogí mal, ¿qué he de hacer? ¡Ay don Rodrigo! ¡Ay Valencia! Alabado sea el Señor. ¿Quién es? Quien limosna espera. Que de abajo la pidiera hubiera sido mejor. Dios le favorezca, hermano. Que me den, por Dios, espero, por ser pobre forastero. ¿Forastero? ¿Y valenciano? ¿Hay cuitada? ¿Es don Rodrigo? Él es, disimula. Creo que turbado en lo que veo, he de errar en lo que digo. ¿Hay belleza soberana? ¿Hay tal pena? ¡Hay tal locura! ¿Conocéisme por ventura? ¿Sabéis que soy Valenciana? Por ventura no la tengo; Mas bien sé lo que habéis sido, y de haberos conocido, he venido a lo que vengo. ¿A qué venís? A pediros que una limosna me deis, aunque sé que no tenéis sino quejas y suspiros; porque ya vengo informado de que tan mal lo pasáis, que con pobreza pagáis lo mal que me habéis pagado. Yo, amigo, que os debo a vos, si no os conozco? ¿Hay tal hombre? Por lo menos ese nombre que me dais, sábelo Dios. y que no me conozcáis, creo bien; que si eso fuera, ni cómo vengo viniera, ni estuvierais como estáis. ¿Qué decís? No entiendo nada de lo que escuchando os voy, y solo os digo que estoy contenta, rica y casada, y venís mal informado, si os han dicho que estoy pobre, pues ¿qué habrá que no me sobre donde el gusto me ha sobrado? Tomad. Infelice soy. Id con Dios. La muerte pruebo. Y pensad que solo os debo esta limosna que os doy. Pobre está quien no ha empeñado esta prenda? Mía ha sido, la palabra me has rompido, y la sortija guardado. eres crüel. Soy honrada. Cuando esta prenda te di. Por eso te la volví, para no deberte nada. No me debes más, traidora. Sí, pero debo a mi honor lo que hago. ¿Hay tal rigor? Vete en paz. Oye, señora. Don Rodrigo quede aquí lo presente y lo pasado, que tengo un marido honrado, y no ha de perder por mí, Déjame. ¿No me conoces? moriré si me desdeñas. tente, escúchame por señas lo que he de decirte a boces si me dejas. Loco estás. Óyele. Aventuro mucho si le miro y si lo escucho. Con irte aventuras más. si es que viene, un barrio entero a sus boces y a sus quejas. Matareme si me dejas, espera un poco. Ya espero. Cuando tu injusto rigor pagó con tan ciertos daños servicios de tantos años, y deudas de tanto amor. Cuando el seso me apuraste, cuando el alma me perdiste, cuando, ¡ay triste!, desdeñado me dejaste, y a tu marido seguiste, quejoso, ciego, abrasado, confuso, triste y corrido, quedé en el gusto ofendido, y en el alma enamorado. que aunque perdí la esperanza, cupo en mi naturaleza tal firmeza, que aborrecí tu mudanza, mas no olvide tu belleza. Esforzaron la locura de aborrecerte y buscarte, tu agravio por una parte, y por otra tu hermosura. Y así, cuando el alma mía tus ofensas celebraba, tal estaba, que la boca te ofendía. y la vista te buscaba. A dos contrarios tan graves desta suerte resistí, hasta que supe de ti. lo que ha sido tú lo sabes. Moviome la compasión de tu miserable estado, y he llegado no a vender la obligación, sino a estimar el cuidado. Estímale por tus ojos, pues es tan hidalga prenda, que te asegura mi hacienda para excusar tus enojos, a lo menos deste intento no te muestres ofendida por tu vida, que yo quedaré contento con dejarte agradecida. Don Rodrigo, yo confieso que sin dobleces y engaños te vi el corazón seis años que por mí perdiste el seso. Si fue el dejarte de amar culpa de mi flaco ser, soy mujer. ¿qué monte viste mudar? ¿Qué cielo viste caer? Lo demás que te obligó, y te han dicho, engaño ha sido, porque yo tengo un marido que no le merezco yo, pues tan bien sabe medir su gusto y mi pensamiento, que no siento en el sino competir con el regalo el contento. No por eso dejaré de estimar ese cuidado. Y si es que quedas pagado, con que agradecida esté, tanto lo estoy, por tu vida, que hago en esta jornada, disculpada, por mostrarme agradecida, algo contra el ser honrada. Y adiós vete, don Rodrigo, y hágate el cielo piadoso con otra mujer dichoso, pues no lo fuiste conmigo. que tú y yo, aunque en años tiernos, tuvo principio el amarnos, por matarnos. nacimos para querernos, pero no para gozarnos. Oye un poco. Si eres sabio, vence tu naturaleza. Más me aflige tu terneza que me ofendía tu agravio; Tente. Perdona. ¿Hay cuitado? menos tormento al sentido hubiera sido no dejarme lastimado, y despedirme ofendido. El Conde, señora. ¡Ay, cielos! ¿cómo sin licencia mía? ¿Qué manda vueseñoría? Solo me faltraban celos. No soy yo tan descortés que sin licencia subiera, si un recado no trujera, y del señor don Ginés. Y el llegar a mi aposento sin avisar, no podría llamarse descortesía? Al menos atrevimiento, pero por servir mejor hasta aquí la he dilatado. Sois grande para criado de tan pequeño señor, Mas decid que me mandáis, y sabré lo que queréis. ¿Por qué amor no os atrevéis? ¿Por qué celos me abrasáis? Vuestro esposo, aunque podía mandarme que le agradase, gusto de que le feriase una cadenilla mía. Concertámonos los dos, que no fue poca ventura, y del peso y de la hechura hizo la libranza en vos, y yo a cobralla venía, si a vuestro gusto ha de ser. Es mi esposo mercader que esas libranzas me envía? Daisle caudal y opinión. Sí será, no es cosa nueva. más como el libro que lleva es de cuenta sin razón, librará errando la cuenta sin ver que falta el dinero, y a mí, que soy el cajero con su descuido me afrenta, fundando en mis esperanzas, para tratar en sus gustos de cambios tan poco justos, tan imposibles libranzas. No ha sido sino fïar de la diligencia mía, pues que desde ayer traía docientas doblas que os daré. y don Ginés, mi señor, hizo en esta confïanza la promesa y la libranza. ¿Sois por dicha su hacedor? Aunque hago lo que veis, soy el que padezco ahora, pues sirvo, aquí van, señora, tomaldas y pagaréis. Activo sois y pasivo, con sospecha me dejáis. El dinero que me dais aun de vos no le recibo. para ser trato más llano, don Ginés me le ha de dar; y no le pienso tomar que no sea de su mano. daréisele vos a él, para que él me le dé a mí. No sois menester aquí sin dinero, ni con él. ¿Ireme? ¡Ay cielo! No os vais, que vos menester le habéis, pues un testigo tendréis de que de mí no cobráis, cobraréis de don Ginés. De vos la cobranza espero. ¿Cómo, si falta el dinero? De poca importancia es, pues que vos tenéis caudal con quien el pagarme os toca. perlas tiene vuestra boca, y vuestros labios coral, y aumentando ese tesoro que en vos el tiempo dilata, parecéis hecha de plata, y sois toda como un oro, de quien me importa cobrar la libranza que me ha dado vuestro esposo. Habeisme dado qué sentir y qué llorar. pues son mis desdichas tales, que si de importancia fuera, para pagaros, yo hiciera de mis lágrimas cristales. mas tienen poco valor, aunque a mí me cuestan mucho. Ya con lástima os escucho. ¡Oh, mal marido! ¡Oh, traidor! No lloréis. Perdón os pido al desengaño que os doy, advirtiendo que no soy honrada por mi marido, sino por mí soy honrada, y aunque del tiempo ofendida, porque soy tan bien nacida, como me veis, desdichada. mas no le digáis a él, que habéis cobrado tan mal, que es ingrato. Estoy mortal. Y suele serme crüel. No más; ya os he conocido. Pesa mucho, y dame pena el oro en vuestra cadena. Con eso me habéis corrido. Con más quilates que el oro soy yo fino caballero, y si por hermosa os quiero, más por honrada os adoro. y aunque fuera interesado, y noble no hubiera sido, el buen rato que he tenido, Bien barato me ha costado. Vuestro noble proceder me obliga. Y a mí, aunque muera por vuestro amor. ¡Oh, quién fuera marido de tal mujer! Dios os guarde. ¡Ay, desdichada! Y haga lo mismo a ti. ¿También te apartas de mí? Estoy corrida y turbada. Mándame, gasta mis bienes; pues ya no te excusarás, con decir que rica estás, y qué buen marido tienes. No le culpes sin saber que disculpa puede dar. ¿Aún quieres disimular? espera. No puede ser. ¿Quién viene? Yo, que subí sin licencia, confiado señora, en la que me ha dado vuestro marido. ¡Ay de mí! Prestele cincuenta escudos, fiole vuestra hermosura, y en cobranza tan segura bastarán testigos mudos. Id con Dios. ¿Hay tal maldad? ¿Hay tal pena? Bien podéis pagarme, pues le debéis más oro a mi voluntad. ¿Venís sin vos? Sin mí vengo, y por vos, señora mía. Si pensaba que tenía el dinero que no tengo, engañóse don Ginés. Pues de vos cobrar espero. ¿Cómo, si estoy sin dinero? Vuestra belleza lo es, pues sé que la vende en vos. dejad melindre y decoro, que cincuenta escudos de oro no es mal precio, ¡vive Dios! ¡Ay, cómo soy desdichada! Pagaldos deste dinero, señora... Tampoco quiero, por no quedar empeñada. Ta, ta, ya tengo vislumbres de lo que os impide ahora, que en los hábitos, señora, se conocen las costumbres. Direlo a vuestro marido lo mal que me habéis pagado. Y que es tan desatinado, como fuisteis atrevido, y que venga, que me trate como su infamia pretenda, que me aflija, que me ofenda, que me hiera y que me mate, pues me canso de sufrir el ser de su afrenta esclava. Más blanda te imaginaba. ¡Vive Dios! Quiérome ir. Tente. Suelta. Estás extraño. Matar quiero, estoy sin mí, a este, a tu esposo y a ti, causadora deste daño. Espera. Fuiste liviana. Cuanto he sido reconozco. Tente, por Dios, que conozco tu cólera valenciana. Mira mi pena, señor, y si quise, don Rodrigo, disimulalla contigo, por no tenerla mayor, pensamiento ha sido honroso de una mujer procurar sufrir y disimular los agravios de su esposo. mas pues por ser desdichada, tanto me viste ofendida, que los confieso corrida, y los padezco afrentada. si te ofendieron en mí las mudanzas de mi fe, mira lo que en ti dejé, y lo que en él escogí. y viendo mi poca dicha proceder de mi mudanza, alégrate en tu venganza, y déjame en mi desdicha. y piensa de mí que siente mi corazón lastimado también del amor pasado, y la obligación presente; que por honrado, por sabio, por amante y por querido, mi consuelo hubieras sido, si no temiera mi agravio. Señora, admito y entiendo la disculpa que me has dado, y es pensamiento honrado, ni le culpo ni le ofendo. mas antes está segura, que tan abonada estás, que no sé si quiero más tu valor que tu hermosura. y aunque vi mi poca dicha proceder de tu mudanza, ni me alegro en mi venganza, ni te dejo en tu desdicha. solo quiero, porque así de tantos peligros salgas, que de mi hacienda te valgas, y que te sirvas de mí. y no pienses, pues no es justo, que yo por ello pretenda cosa alguna que te ofenda en el honor ni en el gusto; pues tan en mi alma estás, y tanto servirte espero, que yo de ti solo quiero lo que te quiero, no más. con tan justa confïanza, admite mi amor y piensa que por guardarte de ofensa, te sirvo sin esperanza. Fïate de mí. Sí fío. pero no es justo, señor, fiarme de tu valor, poniendo en peligro el mío, pues me podría obligar con callar y con sufrir a que le dé sin pedir quien sirve sin esperar. Mi señor viene. Muriendo me dejas. Estoy temblando. Disimula y ve ayudando a cuanto fuere diciendo. Aquel es. ¡Brava invención! para deslumbrar mis ojos, notable viene de antojos. Los del alma ciegos son. ¿Hipólita? Señor mío. Cobeña, ¿qué hay de Granada? Fue más larga la jornada que la suerte. Yo lo fío, paciencia. A servirte vengo. Importárame el vivir. Ayudarete a mentir, ten buen ánimo. Sí tengo. ¿Hombre honrado qué queréis? y tú, Hipólita, ¿qué hacías? Escuchaba quejas mías. Y vos, ¿de quién las tenéis? De su merced, y no en vano, porque me ha desconocido. ¿Parecéis en el vestido estudiante valenciano. De los que llaman allá ¿Machucas o Moscas? Sí, ¿Desos sois? ¿Qué hacéis aquí? estudiaba en Alcalá, un mi hermano me acudía, a quien le faltó el caudal, y yo vine a quedar tal, que por milagro vivía. Y viéndome forastero, y que era estorbo, al saber el buscar para comer trazas de tener dinero; vine a esta plaza del mundo, a donde me acomodara, hasta que el tiempo lograra la esperanza en que me fundo. Seguía este intento y vi en hora alegre y dichosa, a un balcón a vuestra esposo, que fue un ángel para mí. Subí por esa escalera loco de placer, volando, porque entendí que en llegando, volando me conociera, y hame dado mil enojos el hallar que no quería mirarme como solía. Tengo diferentes ojos. De ver esa diferencia me quejaba yo endenantes. Las causas fueron bastantes. ¿conocéis la de Valencia? Pues no, en su barrio moraba, y fui muy gran servidor. de su padre y mi señor, y que lo fuera pensaba. mas por enojalle vos con tan fácil casamiento, deje de tomar asiento en su casa. Bien, por Dios, Él habla con dos sentidos. Pero tengo cinco yo. Pues ¿en qué os desconoció Hipólita? ¿En los vestidos? que el hábito diferente suele ser desconocido. Nunca diferente ha sido. Mírote a ti solamente desde que soy tu mujer, y divertida al pasar, como veo sin mirar, no es posible conocer. Con todo al que tu paisano, es bien (por no dalle enojos) miralle con buenos ojos; y para darle la mano, ofrecerle, pues llegó a esta casa, el vivir della. Siendo tú el primero en ella, no puedo ofrecella yo. Pues os lo parece así, yo le ofrezco al valenciano mi casa. Dame la mano. por tal merced. ¡Ay de mí! Ya entiendo que va trazando. ¡Qué bien lo engañé mintiendo! En las redes va cayendo. Los dos se van engañando. Dalle limosna es mejor, y la casa no ofrecella, pues no hay de qué sirva en ella. Vos sola tenéis rigor, y os tocaba la piedad por paisano y conocido. Perdonad, que a mi marido, ya vos os trato verdad. Servirá de dispensero. Yo regalaré a mis ojos. Yo sufriré mil enojos. Él quedará sin dinero. Servireos bien. Yo lo fío. y ahora me ha de importar, que tengo que regalar a mi prima y a mi tío que de Granada han llegado, y este cuarto he prevenido para ellos. Justo ha sido. ¿Y dónde se han apeado? No se han apeado. Ahora Cobeña me lo aviso, que de ellos se adelanto. y por tu vida, señora, que los recibas tan bien, como sabes cuando quieres. Nunca de tus pareceres fui contrario. Vamos, ven, porque ya el coche llegó. ¿Qué será? Tengo mil miedos, que siempre de sus enredos estoy temerosa yo. Dichoso he sido. Señor, tu tío y tu prima vienen. Vamos bajo. Bastara que a esta puerta los encuentres. ¿Por qué no avisabas antes? Bien vengan vuesas mercedes a esta su casa. ¡Señora! hacédmela en conocerme por muy vuestra servidora. Bésoos las manos mil veces. Muy hermosa es esta prima. Notable hermosura tiene. Tío, prima, vuestros brazos no es razón que se me nieguen. Dadnos los vuestros, sobrino. De otra suerte me los debe. Señora y sobrina mía. Señor mío, conocedme por vuestra... Bésoos las manos Dios los guarde como puede. Un hombre es de buena vida, que a Dios sirve y se entretiene en esta casa. Es por cierto ¡Loable cosa! parecen... verdades estas mentiras; pero ya entre cuatro tienen una mujer dos maridos, y un marido dos mujeres. Entendieron que era fiesta, y así a celebralla vienen un conde y un caballero. Señor don Ginés, si tiene algo de nuevo en su casa, mándenos. Mandar nos puede a todos vueseñoría. ¡Oh, quién pudiera esconderse! ¡Válgame el cielo, qué he visto! Éste ha venido a perderme segunda vez. Estos dos vienen buscando su muerte. cadena y dinero buscan. ¿Hay cuitada, no me afrenten? A mi tío y a mi prima conoced. Cansados vienen del camino. Pues descansen, mas después de conocerme por suyo. Criados tuyos seremos perpetuamente. Y adiós, perdonad si habemos enojado... Nunca puede enojar Vuestro Sol todos. ¡Ay de mí! No sé qué piense de un suceso tan extraño. Aunque el alma le aborrece, lo que calla le agradezco. ¡Ay, amor, muerto me tienes! yo he de morir o alcanzalla. ¡Ay cielo! En volviendo a velle los ojos volví a querella. Aunque a todo el mundo pese, es la sevillana mía. Muerta de celos me tiene esta prima, es muy hermosa. Pues sirvo a Hipólita, verme pienso contento algún día. Aunque la vida me cueste, yo cobraré a mi marido. Razón es que me caliente, pues que se quema el pájar. ¿Esperanza? Servirete, pues soy tuya. Dios te guarde. ¿Esto es mundo? El diablo lleve al que aquí fuere de carne, si buenos intentos tiene.

JORNADA TERCERA

No es rigor este desvío, y cuando a serlo viniera, no es agravio. No lo fuera negarme lo que no es mío. mas pide a boces venganza con la ofensa y con el daño, quien dilata el desengaño por mal lograr la esperanza. Quiero, señora, decir que seguirme, verme, hablarme, favorecerme, estimarme, para dejarme morir, ha sido conmigo usar la cautela y el rigor del astuto cazador, que ceba para matar, y así a morir me prevengo, porque mi desdicha es mucha. No me culpes tanto, escucha, que alguna disculpa tengo. cuando te vi, aunque el rigor de otros cuidados traía, admití por cortesía lo que dices que es amor. Seguí tu traza forzosa, que aunque crehí hallar y ver en tu casa otra mujer, no que fuera tan hermosa, y así, aunque el gusto procura favorecerte, no puedo, que a sus celos tengo miedo, y respeto a su hermosura. Demás desto, otra razón con más fuerza el alma siente, que sirve de inconviniente también a tu pretensión. ¿Y cuál es? Que soy casada, y que con el alma vivo de un esposo fugitivo, que hasta mi sombra lo enfada. ¿Casada? Sí. Y puede ser que la tierra no destruya hombre tan malo que huya de tan hermosa mujer? Si yo a ser tuyo llegara, si yo tan dichoso fuera, como sombra te siguiera, y como sol te adorara. ¿Adónde está ese dichoso? castigare si le mato, las ofensas de un ingrato con las manos de un celoso. Mucho debo a esos enojos que mis agravios te han dado. ¿Estás muy enamorado? Lo estoy mucho por tus ojos. Cree que te pago bien, aunque no puedo pagarte tan presto... ¿Quién será parte a esas dilaciones? ¿Quién? el que huye tras su engaño, de mí que a mi mal resisto. ¿Es posible que te ha visto ¿quién te haye? ¿Ése fue el daño? cegose con la pasión, no espero a ver mi justicia, y arrojóle la malicia de una falsa información. Si viera tus ojos bellos, ¿cómo pudiera dejallos? cegáriase al mirallos, y quedó ascuras al vellos; pero es razón que un ingrato impida mi buen deseo? Yo le lograré, si veo los fines de lo que trato; porque al intento primero a que vine, quiero dar antes el primer lugar. Y porque esperar no quiero los celos de tu mujer, que rompen mil corazones, ve a dalle satisfaciones, que allí viene. Puede ser ¡Que yo viva! ¿Dónde vas? Ya estas infamias son muchas. A decir, si no me escuchas, quién eres. Terrible estás, no logres tan mal deseo. Oye. Excusare mi mengua, que yo conozco tu lengua. ¿Señora? ¡Calla! ¿Qué veo? ¿Dónde vas? Espera. ¡Ay, cielos! ¡Qué buenas mis cosas van! pues allí celos me dan, porque aquí me piden celos. Señor, sin límite aflojas la rienda a tus desatinos, ¿cómo por tantos caminos me afliges y me congojas? ¿Qué te han dado? ¿Qué te han hecho que no hay seso que te valga? Tú tienes de sangre hidalga alguna gota en el pecho? ¿Eres cristiano? ¿Eres hombre? Siguiendo voy mi cuidado. Parece que te han mudado también el ser como el nombre. yo he de ser. ¡Válame Dios! que me abrasa y me lastima? ¿Yo tercera de tu prima? y tú, bordón de las dos? Mira bien en qué instrumento estas cuerdas lo serán, y que a un monte moveran lo que digo y lo que siento; ¿No basta querer los cielos que sea, y tú lo consientas, escudo de tus afrentas, sino blanco de tus celos? yo he de ser el estafermo de tus tiros, ¿soy de robre? Estar con marido pobre, es tener un hijo enfermo, que por no velle morir, le consienten mal criar. No me acabes de matar, sino ayúdame a vivir. A esto te obligo, esto quiero. Esto me ofende y me abrasa. Si es que trujiste a mi casa hermosura, y no dinero, en una ocasión tan triste, como pasar sin tener, Forzoso será el comer de la hacienda que trujiste; y en lo demás de tus celos ten paciencia y cierra el labio. ¡Hay tal maldad! Este agravio pongo en manos de los cielos. ¿Señor don Ginés? ¿Señor? bien venga vueseñoría. Este consuelo me envía mi desdicha. ¿Hay tal rigor? Esto añade al sentimiento, agravios, celos y enojos. Lágrimas, y en tales ojos... Yo las causo. Y yo las siento. son riñas de por San Juan entre marido y mujer? Desdichas vienen a ser, que hasta muerte serán. Pues vueseñoría es juez, testigo y tercero, oiga la ofensa primero y haga las paces después. que yo me voy a saber del alma que me han llevado. Aunque soy apasionado, en esto no lo he de ser. ¿Quién vio tan extraño modo de afligir y de afrentar? ¿Esto se puede esperar? estoy por romper con todo. ¿Qué os afligís? ¿Qué tenéis? que con mis ojos lloráis. La pena que vos me dais del agravio que me hacéis, por vuestra causa, señor, me tiene el honor perdido este ingrato, este marido enemigo de mi honor. Habéis dado en perseguirme, y acabaréis de matarme, el uno con afrentarme, y el otro con afligirme; y para excusa a estos daños fuera bastante ocasión en tan noble corazón tan honrados desengaños. Dejadme, que ha muchos días que con notable extrañeza ofende a vuestra nobleza pasar por lágrimas mías. Perdonadme, y no penséis que llorando me obligáis, porque cuanto más lloráis, mas al cielo parecéis; y el desengaño, aunque justo, hace mi amor infinito, porque crece el apetito con la privación del gusto, no puedo más. Y señora, dejando aparte el rigor, Dadme una mano. ¡Señor! ¿Cómo no le mato ahora? Arrojaros no es razón a desenvolturas tales. En casas tan principales esas libertades son. ¿Quién os mete en eso a vos? El pan que en ella he comido. Llevaréis por atrevido con un palo. Conde, ¡ay Dios!, ¿Y podréis decir que en ella os dan del pan y del palo. Yo os agradezco el regalo, pero si osáis salir della, matándoos a cuchilladas sabréis quién soy. Caminad, si igualáis la calidad, mediremos las espadas. ¡Ah, cruel! Bien dije yo que era engañoso el vestido. Ahora que me has perdido estarás contento. No, hasta matar este infame, para que contenta estés. Tente, y ocasión no des a que enemigo te llame. Oye, espera. Y la honra mía ¿de qué suerte ha de quedar? ¿Cómo te pudo obligar el que no te conocía? Ya viene a tratarme mal mi marido, espera, espera; solo con esto pudiera detenerle. ¡Estoy mortal! El Conde salió enojado, y lleva el color perdido, ¿qué ocasiones ha tenido? La misma que tú me has dado, el no admitir las visitas a que tú le das lugar, el defender y cobrar el honor que tú me quitas, el darle luz con que vea el propósito en que estoy, y el decille, pues no soy lo que tú quieres que sea, que como quien soy me trate. Con tanta necesidad tanto enfado es necedad, y tanto honor disparate; que es muy de tiempos pasados valer los muy principales, estimar los muy leales, y medrar los muy honrados. Ya ahora el más caballero con resabio de traidor, le importa perder honor, si quiere ganar dinero. tú con tan necios extremos ¿No ves que perdidos vamos, si a cada tiempo no damos lo que del tiempo tenemos. si es que gusta de venir el Conde a solo parlar, y tiene gusto de dar solamente por pedir; a ti, pues tan ciego está, que inconveniente te impide a no dar lo que te pide, y a tomar lo que te da? dilata el pedir sin dar, que bien puede una mujer prometiendo entretener, y entreteniendo engañar. ¡Hay tan notable crueldad! Buenos documentos son para perder la opinión, y escurecer la verdad. pero aprendiendo no voy las lecciones que me enseñas, pues no quiero, ni aun por señas, confesar lo que no soy. ni a ese Conde quiero hablar, porque no soy yo mujer de pedir y prometer, entretener y engañar. que la que tiene valor cuando promete mintiendo, pierde honor favoreciendo, y ofende con el favor; y trato tan poco honrado yo no le quiero tener. Pues hilen para comer las que hilan tan delgado. ¡Pluguiera al sumo criador diera fuerza a mi albedrío, para que el trabajo mío hiciera el tuyo menor. que yo hilara, prevenida de excusarte estos enojos, con la sangre de mis ojos el estambre de mi vida. ¡Ay, ángel! Bien corresponde tu valor a tu belleza. Deja melindre y terneza, desenojemos al Conde. el hermano Andrés podrá ir a pedirle prestados hasta docientos ducados de tu parte. Él los dará, si mi señora me envía. De mi bolsa los daré. Para que este me los dé. fue traza. ¡Desdicha mía! ¿Dónde vas? Infamia es, que por caminos tan malos procure yo los regalos de tu prima, si lo es. Esto es ser noble, es ser justo, antes me quita la vida, que apasionarme ofendida en la honra y en el gusto. porque tan grande rigor? ¿Soy tu esclava? ¿Soy mujer que he llegado a tu poder sin linaje o sin honor? ¿En qué cabaña he nacido? ¿En qué monte me has hallado? ¿de qué afrenta me has sacado? y a qué desdicha traído? Si vine pobre, por ti dejé hacienda que era mía, que mi padre no tenía más heredero que a mí. acuérdate de quién soy, pues sabes… Prolija estás, ¡Bueno está! No digas más, mas yo el ignorante soy, pues te escucho, y pues te espero lo que he dicho se ha de hacer, que bien o mal, mi mujer ha de hacer lo que yo quiero. En lo razonable y justo es obligación forzosa, pero no... En cualquiera cosa que tenga el ser de mi gusto. ¡Oh, mal hombre, reventando estoy de pena y de fuego. Sin replicar, vaya luego el hermano Andrés volando. No ha de ir el hermano Andrés, aunque yo muera por ello. Arrastrando del cabello te llevaré a puntapies, donde por tu misma boca pidas al Conde el dinero. ¡Oh, villano caballero, eres, infame. Eres loca, y darete. Cruel estás. Y verás si soy villano. Eso no, detén la mano, que no puedo sufrir más. ¡Jesús mil veces! ¿Qué has hecho? ¡Bien Dios, que estoy corrido! Piadosa cólera ha sido, que resulta en tu provecho, pues por quitar la ocasión te quite la daga yo. Que a tiempo disimulo. yo estimo la prevención y te quedo agradecido del haberme reportado. Si acaso te has enojado, mil veces perdón te pido. Muy sin enojo me voy. La daga puedes llevar. Yo me la suelo quitar cuando colérico estoy, iguala esta diferencia, y persuade a mi mujer, que si no es cierto, volver otra vez a la pendencia, disimular es mejor. y hacer mi negocio ahora. ¡Ay, que me has muerto! ¡Ay, señora! vuelve a tu rostro el color, perdona a quien se arrepiente. pues la disculpa es bastante. Mucho tienes de constante, pero poco de prudente. don Rodrigo, aunque tu amor credo de tu nobleza, en lo pasado terneza, y en lo presente valor. Y aunque entre cera y acero muestras, altivo y constante, sobre ternezas de amante, finezas de caballero. y aunque al sentir los enojos de la pena que me toca con la verdad en la boca, te veo el alma en los ojos. Y aunque es tan justo obligarme lo que padeces por verme, el porfiar en valerme, y el asistir a guardarme. Y aunque tu hidalga porfía se encamina a mi provecho, el quedarte a mi despecho en casa tan poco mía, y ponerme en ocasión de perder, y más perder, parece que ha sido hacer ofensa la obligación. Señora, el mucho adorarte, culpa de mí poca suerte, me trujo muriendo a verte, a servirte y a obligarte. Y puedes estar segura de que en este largo empleo ha sido bueno el deseo, así fuera la ventura. Mas pues de haberte obligado nace el haberte ofendido, ireme a morir corrido, de que soy tan desdichado, que es gran desdicha nacer, de consolar afligir, y de intentos de servir ocasiones de ofender. Pero escúchame y verás antes que muera en tu olvido, que tú partícipe has sido en las culpas que me das, pues si valido te hubieras de mi honrado ofrecimiento, de tu marido contento, menos ofensas tuvieras, y no dieras ocasión a que en tu corta ventura, yo que adoro tu hermosura, yo que guardo tu opinión, sintiera que estos villanos tengan para darme enojos el uno lacivos ojos, y el otro atrevidas manos, ni el Conde intentara tal, ni fuera cruel contigo tu marido. ¡Ay don Rodrigo! como le conoces mal. mejor que yo ha conocido tu persona y tu cuidado; pero fíngese engañado para engañarte fingido; y así, para que no arguya que fue de mi honor perdido precio infame, no he querido valerme de hacienda tuya. que como sabe que yo tan amante tuya fui, imaginará de ti lo que de los otros no. En fin, pues todo es morir, y sin dañar y ofender, ni tú me puedes valer, ni yo te puedo servir, Déjame en mi desventura. que aunque ha permitido Dios que haya amor entre los dos, pues en ninguno hay ventura. Vete, y piensa que si hallara cielo y tierra, en quien no vuiera Dios y honra, que yo fuera quien como Dios te adorara. y aun ahora a poder más, tan en el alma te quiero, que hasta el mismo caos primero los tiempos volviera atrás; y volviendo al primer ser cuantas cosas le han tenido, trocará por la que ha sido la que ha dejado de ser, Adiós. A morir me obligas. ¡Hay confusión más terrible! doña Hipólita, ¿es posible que eso hagas y esto digas? no aumentes el sentimiento de mi alma. Don Rodrigo, soy honrada, y hago y digo lo que debo y lo que siento. Aunque al hacer no responde, yo estimo tan buen decir. y adiós, que voy a morir, y a matar primero al Conde. Llega y dícelo si es cierto. ¡Pluguiera a Dios no lo fuera! Mi señora, el Conde espera, llega, y dícelo Roberto. ¿Qué hay, Roberto? Que viniendo como acostumbro a saber qué mandas, al trasponer de esta esquina estuve oyendo al conde, que a cuatro más los informaba de ti, que en las señas conocí que eras tú. Turbado estás. Siguiéndole las pisadas, dijo ¡Ay Dios! ¡Cuánto me aflijo! Matalde, y no sé si dijo a palos o a cuchilladas. temí tu muerte, y llegando con alas en cada pie, estas espadas tome, con que he venido volando. Dame, vamos. Muerta quedo, ¿por qué te vas a perder? Así pudiera vencer la desdicha como el miedo. Si a mis ruegos correspondes, no has de salir. ¿Cómo no? para que los mate yo, no hay en Castilla hartos Condes. Yo he de tenerte abrazado. Perdona. ¡Ay, cielo divino! y porque extraño camino a tus brazos he llegado! Mira la pena que siento, si los amas, no los dejes. Si alguien nos ve, no te quejes, y me digas que te afrento. No me aflige ese temor. ¿Y tu honor? Soy atrevida, en llegándome a tu vida me olvidaré de mi honor. ¡Oh, cuánto me has obligado, ejemplo de las mujeres, por hacer lo que tú quieres dejaré de ser honrado. No he de ser causa en tu muerte Las manos quiero besarte. Ni crüel quiero matarte, ni fácil favorecerte. Si no me tienes, yo iré a morir, tenme. ¿Qué dices? asido de las narices, y de la barba sí haré. mas tú mismo te tendrás. ¿Quién mi intento te adevina? El saber que eres gallina. Para gallo valgo más. ¿Tú le conociste bien? Y es de tu padre un criado, que ahora, cuando en Granada le di tu carta, y probamos a sacalle algún dinero, pensamiento mal logrado, le vi en su casa y comimos, aunque no muchos bocados, en una casa los dos. ¿Y ése a Madrid ha llegado? que tú con tus proprios ojos le viste? Llevo prestados algunos ojos ajenos, con que me ciego o me engaño algunas veces? Acaba, Di, necio. Digo que estando hoy en la puerta del sol, llegó a mí y me dio un abrazo, que yo se lo perdonara, porque fue tan apretado, que me hizo las narices, y deshizo el cuello, dando en ellas con los botones, y en él con pechos y brazos, gran falta en recién venidos, con amigos bien criados. Deja burlas. Y me dijo como por haber faltado de casa el corregidor, donde la depositaron, a doña Leonor tu esposa, está el mundo alborotado; y que llegando a Granada rompiendo cinchas su hermano, él y tu padre don Juan se partieron, y pensando que tú estabas en Valencia, como le mentí, llegaron a ver si doña Leonor iba siguiendo tus pasos, y allí por don Pedro fueron sabidores del engaño, que a tu segunda mujer y su hija hiciste; y tanto pudo en ellos el enojo, que ellos a vengar su agravio, y tu padre a componeros, entrarán a lo más largo hoy o mañana en Madrid don Juan, don Pedro y Ricardo. mira que corres peligro, y temo no te veamos subir con cirio y con mitra por las gradas de un tablado a ver la plaza sin toros, y a ser Obispo sin grados. Aunque es grande inconveniente el que se me pone al paso, para todo habrá remedio; pero estoy desesperado de que esta prima fingida pienso que se ha retirado, o habiendo falta en su gusto, o pobreza en mis regalos, y este traidor cordobés, este infame don Gonzalo, primer causa en mis desdichas, pues que quizá levantando testimonios a mi esposa, me la sacó de los brazos, agora yendo y viniendo, divirtiendo y procurando a mi sevillana hermosa. con visitas, con recados me tiene muerto de celos, y por excederle en algo a él y obligarla a ella, quise enviar un regalo a este hechizo de mis ojos, y teniendo ya trazado como haber de don Rodrigo bastante dinero, ha estado doña Hipólita tan firme como sabes. Todo el caso he sabido de tu boca; pero para saber tanto de trazas y de invenciones, ¿cómo ahora te han faltado? ni el mezclar en esto al Conde, ni a tu esposa importa un clavo; dile aparte a don Rodrigo, que lleve un recado falso al Conde de tu mujer, que yo sé que va buscando trazas de darte dinero, y dirá que dio el recado, y te dará cuanto pidas; y aun si quieres acertarlo, ponle por tercero tuyo, para que tome a su cargo el regalar a tu prima, que él te la pondrá en las manos; porque tiene mucho gusto el galán que ve empleado al marido de su dama. No ha sido el consejo malo; pondrele en ejecución. Voy a hablarle. Ve volando. Dos cosas hago con esto, dar a don Diego mi amo con esta traza este gusto, y doña Leonor, que ha pensado valerse de don Rodrigo, podrá vello y podrá hablallo sin estorbo y sin sospecha. mas por uno y otro lado salen los dos. Quiero dalle satisfación, que ha llegado su cólera a grande extremo. Yo le diré los agravios a que por su causa vengo. Que diga qué satisfago siendo la ofendida yo; por notables cosas paso. Ponga Dios tiento y cordura en mi lengua y en mis manos. Como se miran sintiendo, y no se hablan dudando? que dos contrarios tan fieros? que dos novillos tan bravos? aunque celosas mujeres, no es este símil tan malo, pues que las dos llevan cuernos. yo me voy por no esperarlos. ¿No hablas? Ese dudar algo tiene de ofender. Por hablar te vengo a ver, y apenas te oso mirar. Pues menos cobardes bríos presuponen tus enojos. Como vi llover tus ojos, puse capóte a los míos. que no por villanos tratos di aplicalles tal vestido. Poco hidalgos habrán sido, pues los vendes tan barato. y pues prima debes ser de quien los compra y estima, y le vendes obra prima. caro le puedes vender, por velle en el pecho abierto el alma, es bien se los des, y no por otro interés, que es precio infame por cierto, y viene a ser poco justo en él, pues ciego en tu amor quiere venderme el honor solo por comprarte el gusto. si sois primos, y esto iguala el ser, en su casa estás; llámete su sangre más a ser buena que a ser mala; repórtale, y con buen celo serás la paz desta guerra, o habrá justicia en la tierra, pues yo se la pido al cielo, porque ya no sé otro modo de dilatar el sufrir. ¿He te dejado decir para responderte a todo, qué pasiones o qué antojos te informaron, por tu vida, de que soy yo tan perdida, que quiera vender los ojos? piérdelos, y está segura de que en la corte no quiero por almas ni por dinero vender honor y hermosura; pues el cielo me destruya, si a la corte no venía por solo una prenda mía que alguno piensa que es suya; más dilato el pretendella, con tener para obligarte la justicia de mi parte, aunque me amagas con ella. Y porque veas mejor que no procuro, ni es justo que nadie me compre el gusto con el precio de tu honor, Toma estas prendas de mí, y dándolas a tu esposo, por hacer el trato honroso, dile que yo te las di, y servirán de ocasión para que tú y don Ginés, viendo mi poco interés, veáis mi buen corazón. Las prendas dejo, y por palma llevaré con más honor las que vi de tu valor en la boca y en el alma, perdona a quién te ha obligado. ¿Quieres mucho a tu marido, y los celos te han vencido, y la pasión te ha cegado. No es mi sentido tan loco, que tenga celos de amor, sino un honrado rencón de ver que me tenga en poco, que siendo yo principal, y afrentoso su desdén, ¿cómo puedo querer bien a quien me trata tan mal? Estoy dél tan ofendida, que el mundo ciego rompiera, o cortara si pudiera sin el hilo de la vida, y a poderle desatar, que lo hiciera, ten por cierto. ¿Esa puerta me has abierto? por ella me quiero entrar, si a desatar me obligara sin romper lazo tan fuerte, ¿Qué dijeras? Que era suerte para mis ojos bien clara, diérame mil parabienes. Pues, señora, has de saber que soy primera mujer de quien por marido tienes, que a mí me dejó engañada, y vino a engañarte a ti. ¡Jesús mío! ¿Y cómo vi llegar Cobeña a Granada, y me dijo su invención su trato injusto y cruel, vine, fiándome dél, a gozar de esta ocasión. Habla a Cobeña y sabrás desde el primer fundamento mi desdicha, porque siento pasos, señora, y podrás valerme, pues te prevengo, y sé qué gusto te doy. Lo que escuchando te estoy, por fin de mis males tengo. que un monasterio es mejor, que vida tan afrentosa, parece imposible cosa, que me engañase. ¡Oh, traidor! De mi señor don Ginés con un recado he venido. Será muy bien recebido. bien venga el hermano Andrés. Ducientos escudos de oro en este lienzo os envía, perdonaréis su osadía, si en algo os pierde el decoro; y estimad su voluntad, pues de vos enamorado, está tal, que me ha obligado con piadosa cristiandad, viendo que muere de amores, a procurar que le deis remedio. ¿Por qué queréis excusar daños mayores; sois por cierto un gran cristiano; ese oficio, hermano Andrés, Ahora en el mundo es más de madre que de hermano. por vos me quiero valer del recado y del consejo, y con el dinero os dejo, que vuestro debe de ser. y si es que os queréis pagar de lo más que me habéis dado, yo llevaré otro recado. ¿A quién le queréis llevar? A quien por tantas razones debe remedio a los daños de un amor de tantos años, con tantas obligaciones. a doña Hipólita digo. Señora, ¿a qué me obligáis? No os turbéis ni respondáis, ya os conozco don Rodrigo; de quien os habéis fiado, que es cobeña, lo he sabido; y el haberme vos traído el dinero y el recado, traza ha sido de los dos, para poderos hablar sin sospecha y confiar un gran secreto de vos, pues que sois tan caballero, y en el pecho y en las manos caballeros valencianos son de cera y son de acero, oídme y valedme ahora. Pues negar lo que decís no puedo, y lo que pedís tampoco. Decid, señora, que a vuestro servicio estoy. Dadme los pies. Esos niego. Pues sabed que de don Diego legítima esposa soy; y es fingida como el nombre. la triste que piensa ser su verdadera mujer. ¿Es posible? No os asombre mi verdad. ¡Válame Cristo! Mas decidme, si eso fuera, don Diego ¿no os conociera? ¿Cómo, si jamás me ha visto? por poder se desposó conmigo, desde Granada en Córdoba, ¡ay desdichada!, de donde huyendo partió, topando en inconvenientes de una falsa información, por quien yo, sin opinión, fui fábula de las gentes; y estando depositada en casa el corregidor, para aumentarme el dolor llegó Cobeña a Granada; su segundo casamiento me dijo: «Su trato y vida en la corte, y yo ofendida de su injusto atrevimiento, de Cobeña me fíe, y vine muriendo aquí, enamoróse de mí, como sabes, y aunque sé que me ama, aventurarme no he querido, por temer que en viéndome su mujer podría dejar de amarme. pero ya resuelta estoy, confiada, aunque encogida, de que asegures mi vida cuando le diga quién soy. pues demás de que sería cosa tan justa valer la causa de una mujer, es tan tuya como mía. porque así, Hipólita hermosa, para que tuya ser pueda, queda libre. Pero queda incapaz de ser mi esposa. ¿Y por qué? Porque ha quedado. aunque inocente, manchada. Si de don Diego engañada, aun contra Dios no ha pecado, qué ofensa alcanza en su honor? sino por tal desconcierto, como de un marido muerto quedar viuda? ¿Y no es mejor que yo le mate a estocadas, pues a las dos ha ofendido? y quedaréis de un marido las dos viudas y vengadas. No, señor, que yo le adoro, y esa palabra ha de darme, de valerme sin matarme, si te obligo, pues te lloro. a tu valor encomiendo mi remedio. ¿Qué he de hacer? Estarte escondido y ver lo que fuere sucediendo. presto, presto. Pierdo el seso, y no sé ¡suceso extraño! si me ofenda del engaño, o me alegre del suceso. ¿Podré hablarte? Muerto vengo a tus ojos. ¿Qué tienes? que con tanta prisa vienes? De responderte la tengo. porque me dejaste en calma, muerto el gusto, el alma loca, con la respuesta en la boca, y entre los dientes el alma. dijiste que al no querer lo que quiero causa ha sido el buscar a tu marido, y el temer a mi mujer. a lo primero, señora, respondo que no es mal trato. dejar un marido ingrato, por querer a quien te adora. por lo segundo me obligo, a que nos vamos de aquí, por servirte solo a ti, y verme a solas contigo. o ya que quieran los cielos, que estés firme en tu rigor, abrásame con amor, no me atormentes con celos. que puedo pensar que sea, sino que admitido está, quien tan ciego viene y va, te visita y te pasea? que te quiere don Gonzalo, porque es imposible efecto quien se atreve a tu respeto carecer de tu regalo. A todo quiero, señor, con claridad responderte; que quien tan claro pregunta clara respuesta merece; yo pospondré los respetos de tu esposa, y a mi suerte seguiré en los pasos tuyos ya en los males, ya en los bienes. y sabrás que don Gonzalo de mis favores carece, y que es galán enfadoso, por ser contrario insolente. pero escúchame primero mi mal largo en tiempo breve, cuando me arrojo a tus pies, cuando en tus manos me tienes. Y pues eres caballero, a la opinión que me pierden, o pon el brazo y la espada. Señora, digo mil veces, que moriré por servirte. Y puedes seguramente creer que si yo la cobro, seré tuya hasta la muerte. La verdad es, don Ginés, aunque tú engañado pienses, que yo sevillana soy, y por doña Inés me tienes, que nací en Córdoba, donde mis aguelos ginoveses, fueron, conforme a su estilo, hidalgos y mercaderes; heredaron sus costumbres mis padres, que hidalgamente tanto su hacienda aumentaron, qué opinión y fama tiene, y hoy es de un hermano mío, que famoso entre las gentes tiene Ricardo por nombre. ¡Válgame el cielo mil veces! Y a mí me llaman, Leonor. Ella es sin duda. ¿Qué tienes? ¿qué de color has mudado? Tus lágrimas me enternecen. Prosigue. Digo, señor, que menos años, que meses tiene el año, tenía yo, cuando en Córdoba patentes mi riqueza y mi persona, flor dorada en campo verde, tuve en público galanes, y en secreto pretendientes lo mejor de aquel lugar; pero el opuesto más fuerte fue el traidor de don Gonzalo, que cuerda y astutamente granjeó a mi camarera, y obligome a que le diese favores, cintas, cabellos, y dándome sus papeles, mal entendidos por mí, me obligaba a respondelle, que todo en mis pocos años, aunque alguna culpa fuese. fue desgracia de ignorante, y malicia de innocente. Pasaron más de seis años, que aunque él no dejó de verme, pasearme y perseguirme porfiada y locamente, yo con los años y el seso deje de favorecelle, siguiendo el gusto a mi hermano. Y como es hombre que siempre a grandes cosas aspira, y altos pensamientos tiene, con lo mejor de Granada me caso, es don Diego Vélez. Así, como es bien nacido, ingrato y fácil no fuese. Súpolo, pues, don Gonzalo, y ofendido injustamente, con su agudeza el demonio pudo obligarle a que fuese a Granada, donde hizo diligencias tan crüeles, que las piedras, si las saben, yo aseguro que las sienten. Mostró a mi suegro y esposo cabellos, cintas, papeles, y diciendo que eran míos, paso a desdicha más fuerte, que es decir, vergüenza tengo, Mas Dios, que sabe que miente, aunque la verdad dilata, ni la olvida ni la pierde. El fácil esposo mío oyendo estas cosas, fuese sin esperar de mi boca satisfaciones tan fuertes. Y llegando con mi hermano a serville y a tenelle por alma en la vida mía, vi mi afrenta y vi mi muerte, pues por dármela mi hermano me siguió, pero escapeme. que el innocente que huye pasos abre y alas tiene. A casa el corregidor fui a dar, y de allí líbreme para venir donde estoy, y donde, si fuerza tienen estas lágrimas que lloro, y mi razón, que es más fuerte, A este traidor don Gonzalo te suplique que le lleves al campo, donde en mi abono estas verdades confiese. ¿Señora? No me respondas, que allí don Gonzalo viene, y has de oíllas en su boca, para que animosamente emprendas el desafío. aquí puedes esconderte. ¡Válame Dios! ¿He soñado? si esto en el mundo sucede, pocas honras hay seguras, y pocas verdades fuertes. Señora, vuelve a mirarme, enemiga, espera a oírme. Cánsate de perseguirme, y oféndete de afrentarme. ¿A qué vienes, don Gonzalo? A procurar, como es justo, ser bueno para mi gusto, pues para ti soy tan malo. El alma traigo abrasada. y si no entibías mi fuego, sabrá quién eres, don Diego. Y sabrá que soy honrada, y que a cobrar mi opinión he venido. ¡Ay gloria mía! De adentro aparte. que soy su esposo sabia. ¡Qué notable discreción! Mas ¿por qué me ha de pesar de que sin tiempo lo digas? me amenazas y me obligas a sufrirte y a callar. ¡Oh, traidor! Estoy perdido, y me resuelvo a perderme. Ojos tiene para verme, ¿quién como tú me ha ofendido? a mi suegro y a mi esposo les dijiste que era yo cosa tuya. Díjelo. desdeñado y envidioso, mi mal lograda esperanza vengué así. Villano. Y era eso verdad? Sí lo fuera, no hubiera sido venganza. Sal a saber de esta boca estas verdades, don Diego, que ya sé que eres mi esposo. digan Cobeña y Valerio, que fue traza de los tres. Sí diremos. Sí diremos. Ya yo sé que eres un ángel en lo hermoso y lo discreto. Esto es traición. El traidor eres tú, y por tus enredos has de morir a mis manos. No te pierdas, mi don Diego. Aquí estoy yo don Gonzalo. Conde, ahora mediremos espadas y calidades. Pues llegáis a tan buen tiempo, Entrad, padre, entrad, señores. Aquí tienes a Roberto. Tente. Espera. Afuera, digo Teneos. Señores, teneos. Tenido soy, teneos todos. porque a mujeres y a viejos las lenguas y las espadas les deben mucho respeto. ¿Qué es esto, doña Leonor? Hijo don Diego, ¿qué es esto? que dos veces me he casado, y que de la mano tengo a mi verdadera esposa, porque he sabido el extremo, que tiene de honrada y bella. pero porque ahora temo la justicia, y con razón si sabe mis casamientos, con ella voy a esconderme, hasta que me vea absuelto por Roma de mi delito. ¡Los dos te acompañaremos! Los dos iremos contigo. A mí, padre, un monasterio me toca, y el perdón tuyo. No lo consiente el extremo con que te estimo y te adoro; y si tú licencia tengo, por mi esposa te recibo, que engañada de don Diego, ningún deshonor te alcanza, y yo tomaré a su tiempo la venganza de tu engaño, pues manos y espada tengo. Tuya soy con toda el alma. Los brazos os doy, y el pecho hay hijos del alma mía. Y yo y Roberto, ¿qué haremos? ¡Qué escoja el uno Esperanza! Digo que a Cobeña quiero. Yo quedo más bien librado. Y todos quedan contentos. Yo solo quedo corrido. Y con esto acabaremos la verdad averiguada, y engaño soy casamiento