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Texto digital de Ver y creer

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Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
Atribución estilometría
Juan de Matos Fragoso Segura
Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ver y creer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ver-y-creer.

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VER Y CREER

JORNADA PRIMERA

T Uestra Alreza, gran señor, pues sabe que todo el Reino de Portugal le idolatra, como soberano dueño, dé un buen día a sus Vasallos, templando el áspero ceño de su tristeza. . Don Lope le Acuña, desde el suceso infeliz de Doña Inés le Castro, cuyos luceros i otra mejor Monarquía por estrellas se añadieron, no quedaron mis sentidos capaces de admitir cuerdos Aalivios: la pena sola es ya mi divertimiento. Pues, señor, ya vuestra Alteza no satisfizo el sediento noble furor en las vidas de los que cómplices fueron en la injusta tiraní. de la Reina? Ya no dieron público escarmiento al mundo, con el más raro y más nuevo artificio de venganza, que intentó el rigor severo? Ya no le vengó? . No fue, Condestable, grande exceso el quitar la vida a quien me hirió en el alma primero, El divertir la memoria, señor, de esos sentimientos, le conviene a vuestra Alteza; pues esa vida, ese aliento, también es de sus Vasallos. Don Lope, admito el consejos dejemos la pena mía, y de otra materia hablemos. Bien sabe ya uustru Alteza, como el Príncipe Roberto, hera ano del de Sajonia, viene de su patria huyendo a valerse de tu amparo. Ya lo sé, y que estoy resuelto en recibirle en mi Corte; y aunque algunos me dijeron, que fue traidor con su hermano, y que tirano y soberbio, con rebelde alevoría intentó quitarle el Reino, dándole muerte, yo solo aquello que he visto creo, y lo que informan testigos; que creerse de ligero, arguye mucha malicia o muy poco entendimiento. La entrada que hizo en Lisboa, y el grande acompañamiento que tuvo de los Fidalgos, le acreditó de discreto, pues cortésano ha sabido agarajar halagueño a muchos con la modestía, a todos con el ingenio. justo será que le ampare. Pues piadoso y justiciero a un tiempo os mostráis con todos, una merced pedir quiero a vuestra Alteza. . Decid. De los servicios y hechos de Don Tello de Meneses, no quedó más heredero, que su hija Doña Blanca, a quien vuestra Alteza en premio el Condado de Udemira prometió; no tuvo efecto esta merced hasta ahora: y para su casamiento, por ser mi sobrina Blanca, que confirméis el decreto mi intercesión os suplica. Sabed, que mejor tercero tiene en mi memoria Blanca. Si sabe mi galanteo el Rey? ay Blanca divina, cuanto en amarte intereto! Y quién as, señor? . Su sangre su vireha y entendiniento, pues son acreedores míos los servicios de Don Tello, y lo miraré. Señor, aquel Príncipe Extranjero, que ha venido de Alemania, pretende hablarte. . Roberto es este, señor. . Di que entre. Si su delito fue cierto, recelo que el de Sajonia, que es Elector del Imperio y poderoso, se ofenda de que ampares en tu Reino a su enemigo. . Don Lope, la piedad, que es don del Cielo, no se acuerda del delito; y sea o no verdadero, el que se ampara de mí, negarle el favor no puedo. Vuestra Alteza me dé los pies. Roberto, los brazos al valor vuestro debidos. Dichoso yo, si en ellos hallo el puerto, que me negaron bárbaros oídos. Cómo venís? Pisando golfo incierto, contra vientos del hado embravecidos, que turbando mi honor me han obligado a vivir fugitivo y desterrado: mas ya, Pedro invictísimo, que veo a vuestros pies parada mi fortuna, no tengo que pedir a mi deseo, ni de tantas euvidias queja alguna. Al Duque de Sajonia, a Clodoven mi hermano, le informó lengua importuna, que yo de aquel Laurel, que ciñe Auguito, Solicitaba ser tirano injusto. Dio crédito al engaño, y persuadido, quiere meterme en a peras prisiones; cuando un leal, de mi compadecido, me avisa de sus cautas intenciones: sobre un bruto Aleman, rayo encendido, que al viento le bebló respiraciones, fin mi vida en medio del reposo, huyendo del rigor de un poderoso. Y qué mayor casiigo mereciera quien la Corona de oro hurtar pensara al pájaro del Sol, y hasta su esfera, ambicioso Neblí, se remontara Quién, contra el Laurel Regio, helodace- (ra, ciego y desvanecido fabricara, que no sembrara en cáudidas espumas el artificio loco de sus plumas? No suele en verde prado álamo solo es maltarse de pájaros parleros, para dormir cuando se ausenta Apolo, como mi hermano está de lisonjeros: debe de ser estrella de aquel Polo adornarse el Laurel de aspides fieros; pero si hallo aquí vuestros favores, yo le perdono al hado los rigores. Solamente al venturoso vale la razón, Roberto, que en delitos ignorados, siempre el infeliz es reo. Yo estoy de vuestra desgracia advertido, y con intento de ampararos en mi Corte, que me ha lastimado el veros perseguido de la envidia, y de vuestra patria huyendo. Lope de Acuña? . Señor. Daros a Roberto quiero por huésped y por amigo: de su asistencia el festejo fío de vuestro cuidado. Como ventura agradezco la ocupación, para hacer alarde de mis afectos. Él feliz soy yo, pues logro por amigo y compañero a quien tanto intenta honrarme, y a quien servir solo espero. Que es mi persona, advertid, Lope de Acuña, a quien debo, por sus servicios y hazañas, la Corona que poseo: él es el primer Vasallo de mi estimación. . Confieso, gran señor, que por hechura vuestra ese favor merezco. Por la fortuna que hoy logro, y por la que al lado tengo de Don Lope, a vuestra Alteza la mano otra vez le beso. Veníos, Roberto, conmigo, que informarme de vos quiero de las cosas de Alemania. Diré que al Sol voy siguiendo. Que el Rey se fuese esperaba, para hablarte. . Qué tenemos? No más que un favor de Blanca. De Blanca? No hagas extremos, que lo que tú no has podido, lo ha conseguido mi ingenio. Pues cómo allanó tu industría lo que yo en tan largo tiempo no pude? . Porque soy tonto, y mejor furtuna tengo. Yo no sé por qué razón son más dichosos los necios. Por muchas, y la mayor es la que te iré diciendo. Mira, la fortuna es una Dama de gallardo cuerpo, llena de joyas y galas, que causa a todos respeto. Esta anda entre los concursos mayores del Universo; y los discretos, que ven venir con garbo y despejo una mujer tan bizarra, como corteses y atentos, a los lados se retiran, porque ella pase por medio, haciendo como entendidos: y como los majaderos no hacen caso ni se apartan, y se están quedos, que quedos; la fortuna, que va andando, es fuerza topar con ellos. Bien has dicho: dime ahora el favor que traes. . Quedo, señor, que primero yo he de cobrar mis derechos: de Blanca un papel te traigo, y es el porte, cuando menos, veinte escudos. . Aún es poco: yo, Tristán, te los prometo, como ello sea verdad. Y como que es verdadero. Papel de Blanca, qué escucho? dámele, Tristán. . No puedo. u. No fías de mi palabra? Si haré, mas oye primero: Bien sabes como el jardín de Blanca es el más ameno que tiene toda Lispoa, porque su padre Don Tello, viniendo de ser Virrey, le labró con tanto aseo, que es emulación florida de los pensiles Hibleos. La puerta que sale al campo vi abierta, y con ardimiento me entré, como que buscaba a alguno, cuando al encuentro me sale tu Blanca hermosa, preguntándome, a qué efecto entraba allí: yo la dije, que tú te estabas muriendo, y que buscaba unas hierbas, que los Médicos expertos te habían hoy recerado; y que solo en aquel puesto se hallarían, por más fértil de todos los del terreno. Qué hierbas son? me pregunta; mas yo, que me vi de lleno cogido, inventando nombres, eché por aquesos cerros. En fin, la dije, que estabas, de rondarla aqueste invierno, con catarral calentura: que de los muchos serenos te habían dado unos flatos tan tiranamente recios, que te quitaban la vida; y que te diese remedio, que todo tu mal nacia de sus desdenes severos: que te daban parasismos, y que perdías el seso: que no podías comer ni dormir, y otros excesos, que encarecí tan al vivo, que yo los cres prmero. Ella anternecida entoncas, la escribansa pidiendo, tomo la pluma; y porque el papel quiso soberbio competir con la blancura de su cristal puro y terso, asentándole una mano, le afrentó con cinco dedos. Y en fin, aqueste billete me dio para ti. . Qué veo papel de Blanca en mi mano, de mi firme amor en premio! Qué has visto? Un favor tan grande, que me enloquece el contento; pondré en mi boca sus rasgos: ay, dulce adorado dueño, qué bien mis finezas pagas! Bien las albricias merezco. Tristán, toma este bosillo, porque solo tu despejo venciera aqueste imposible. Tal vez el que sabe menos, lo suele acertar mejor. Verdad debe de ser eso, pues sin mí lo hicistes todo. Oye a propósito un cuento Un Barbero en un cuartajo visitaba cierto enfermo, que tenía una apostema con unos dolores fieros. Alargábase la cura, y el paciente echaba verbos. Hermano, tened paciencia, decía el Quirurgo diestro, que este achaque va de espacio, que en el hipocondrío interno tenéis una hidropesía; alcanzadme ese tintero, porque quiero recetaros un nuevo eficaz remedio. Al darle el pobre la pluma, el Caballo, que era inquieto, aséntole la herradura, y le revensó el divieso, con que al púno le cesaron los dolores al enfermo, sintiéndose mejorado, y quedó a voces diciendo: Vive Dios, que mejor cura el Caballo que el Maestro: áplico ahora. . No apliques, porque sale aquí Roberto. Señor Don Lope, ya el Rey de mi quedó satisfecho, con la individual noticia, que le di de mis progresos: a vos mi amparo remite, como primer instrumento de sus determinaciones. Venid conmigo, que quiero enseñaros a Lisvoa. Habiendo visto el portento mayor, cuando en ella entré, todo lo demás es menos. Qué habéis visto? Una hermosura, que en toda mi vida espero ver más singular prodigio, y a saber quien era, el dueño la hiciera de mi albedrío, poniendo a sus pies, si heredo, el Estado de Sajonía. Y en fin, de amor este Cielo de Portugal, donde o cuando la vistéis? . En el paseo junto al Mar la misma tarde, que desembarqué. . Laus Deo: esos son Pueblos en Francia, y el buscarla es perder tiempo. Conocercisla, si acaso la volvéis a ver? . Es cierto; pues tan vivo en la memoria me ha quedado su diseño, que es imposible olvidarla. Pues vamos, señor Roberto, que no quedará en la Corte (por ver si halláis vuestro empleo) calle, que no discurramos, concurso, que no miremos. Plegue a Dios, que esos caprichos. no paren en escarmientos. . Ya que en estos jardines estamos, Blanca hermosa, retiradas, y con estos jazmines de registros domésticos guardadas, sin riesgo de enojarte, quisiera una pasión comunicarte. Seguramente puedes decirme tu cuidado. Tengo miedo de que admirada quedes. Cómo de afectos amorosos puedo admirarme, si a todos veo, qué rinde amor por varios modos? Amor los Elementos en dulce unión en laza: Amor, conforma extraños pensamientos: Amor, valientes Hércules transforma en actos mujeriles, y en fuerzas de Sansón animos viles: Amor, sin pesadumbre, corta del Mar las ondas arrogante, y con oculta lumbre, con natural instinto y voz amante, brutos, aves ynflores, dando mudos están señas de amores. El día, Blanca hermosa, que fuiste al Mar, y el de Sajonia vino; cuando por la arenosa playa cubrieron Damas el camino, en él puse los ojos, libre de imaginar tantos enojos; fue cosa en mí tan nueva, el ver que un Extranjero me agradase, que no pudo hallar prueba amor, que más sus fuerzas confirmase, que rendir el decoro, de quien siempre burió sus flechas de oro. Verle otra vez deseo, por ver si mi apreasión se va mudando quizá de aqueste empleo mi voluntad se irá desengañando, que tengo por injusto, que se abasarle la razón al gusto. No estés tan descontenta, prima, de tu capricho por extraño: pues que la Griega atenta al Capitán de Troya, y de su engaño, con más fácil conquista riudio su amor a la primera vista. No hayas miedo, que abrase a Lisfoa su amor como ella a Troya, ni que a cuidado pase, que allí la admiración de tanta joya y tan ricos despojos, hizo a la voluntad arguir los ojos: otra vez, que le unas conocerás tu error y desatino. Ay Blanca! no lo creas, pienso, que por mi mal a España vino, cuando a imaginar llego, que la espuma del Mar produjo el fuego. Aquel Príncipe Extranjero, que dicen que a nuestra tierra viene huyendo de su hermano (según los vulgares cuentan) de Don Lope acompañado, piden, señora, licencia para ver estos jardines, cuyas estancias amenas tanto la fama acredita. Di que entren muy norabuena, y avisa a los jardineros, que suelten a toda priesa las fuentes y surtidoses, para que lisonja de Caballeros tan prandes, pues a honrar su sirio llegan: no te detengas, Euarriz. Voy a hacer lo que me ordenas. . Sin duda, que al papel mío agradecido se muestra Don Lope, pues con achaque de ver el jardín, honesta con el disfraz de curioso lo oculto de su fineza. Mi deseo la ha traído. Parece que estás contenta, Leonor: que mal disimula la alegría su belleza! Antes, Blanca, estoy sentida, de que con Don Lope venga el Príncipe; pues no puedo mirarle sin que me vea. Ya están dentro del jardín de estas ramas encubierta puedes mirarle. . Bien dices. De qué tirve esa cautela conmigo cuando tú, más que verle, hablarle deseas? Mi pasión has conocido; mas supuesto que están cerca, dime si tengo disculpa en mi amor, y si sus prendas son dignas de mi cuidado. Él tiene gentil presencia, pero fáltale aquel aire Español, que tanto aprecian las Naciones. . A Don Lope ninguno hace competencia; más esto de inclinaciones, procede de las estrellas: venturosa tú, que sabes quete adoran; y hay de aquella, que sin poder declararse ha de amar por influencia! ̱. Recorriendo los jardines los dos hacía aquí se acercan, y con paso apresurado. Retirémonos apriesa no se aventuré el recaro: ven, Leonor. Ingrato fuera, divina Blanca, si a tantas cortes es corres pondencias no postrara el albedrío por víctima de la deuda, a los apacibles rasgos de estas fuentes lisonjeras, y de aquellas que dan vida, bordando flores por letras, bebí las respiraciones, debió el alivio mi pena; ya vivo, ya de la calma se serenó la tormentas pues veo de estos jardines una vez la entrada abierta. Por metasora agradece mi papel. Vuestra nobleza, señor Don Lope, y la gracia que tenéis del Rey, franquean mayores dificultades, que solo a la preeminencia de vuestra sangre y valor, las del recato se abrieran. De mi vino apadrinado Roberto, a ver la excelencia de estos amenos jardines, y poca urbanidad fuera de mi atención recatarle la ventura de que os vea. Con tal padrino, es razón que hablar a entrambas merezca. Llegad, Roberto. Conozco, señoras, que no pudiera mirar al Sol. Mas qué miro? Cielos, la deidad no es esta que en el paseo vi, cuando desembarqué? arda el etna de mi amor en mi silencio: qué haré? si diré mi pena: válgame todo mi aliento. Os turbáis? . Grosero fuera, señor Don Lope, si al ver un jardín con dos estrellas, una esfera con dos soles, y un sol con dos primaveras, no me túrbara. . Habréis visto otras mayores bellezas, y cortesano queréis lisoniearme. . No quisiera parecer necio en decir, qué todas son sombra vuestra. Sombra diréis de mi prima Doña Leonor. . Es muy bella; más basta estar junto al sol, para que parezca estrella. No pienso, que se me inclina: los ojos Blanca le lleva. Qué miro? Roberto en Blanca la atención de suerte emplea, que le Bebe la hermosura; la visita ha sido necia, y vive Dios, que me cansa: mas la Nobleza Extranjera estila estos agasajos, y disimular es fuerza. Y que de mí no haga caso! Quiero usar de la llaneza. Digo, señor, que en la Corte entrastéis con buena estrella. Que mayor, si he merecido el e en la presencia de más hermosas luces? A vuestra atención se emplea, si Leonor ponéis los ojos, que prima de Blanca. . Apenas mes lugar su hermosura paque en otra divierta la ención. pe te hombre es necio. a es. . Qué más? sna es buena: nes necio, señor, sino Gallo, según se llega. Mucho porfía en mirarme. . Aquí, Amor, de mi cautela. . s Supuesto, divina Blanca, se aquesta es la vez primera, de feliz piso este sitio, entro de la Primavera, lo será razón cansaros. Qué presto las dichas cesan! . Adiós. . Adiós. No se aparta quien en la memoria os lleva. Quereisme oír vos, señora? Ya, señor, os oigo atenta. ̱. Decidle a Blanca, que voy sin alma y que si pudiera hoy heredar a mi hermano, fuera en Sajonia Duquesa. Harelo así: qué esto escuche! . infeliz soy. . Qué belleza! De Roberto voy celoso; qué mal hice en que la viera! Su discreción, gaía y brío, mas a quererle me empeñan. Cómo quedamos, Beatriz? Tristán, como tú me quieras, soy tuya. . A tanto favor, mis sentidos hagan fiestas, ponga la alma luminarias, corran toros mis potencias. Paréceme que has quedado trite. . No tengo razón, si he visto con la afición, que Roberto te ha mirado? de la visita he sacado, prima notables consuelos para mis nacios desa los; porque si en la fantaría Solamente amor tena, ya tengo amores y celos. Leonor mía, si mi amor Don Lope no mereciera, segura estoy, que no hiciera a un Extranjero favor: en el Fidalgo mayor del mundo estoy empleada, ama y vive descuidada, sin tener celos de mí, que desde que a Lope vi, ya para mi todo es nada. Notable desdicha ha sido, que de Blanca se agradase Roberto, y no me mírase, mirándola divertido: pero pues me han prevenido para hacerme su tercera, aunque mi gusto prefiera a mi honor viendo que muero, sin que sepa que le quiero, tengo de hacer, que me quiera. Yo lo he de dar a entender a Roberto, que es querido de Blanca, y él persuadido de este ardid, la ha de querer: luego que le vea arder por Blanca, yo en su lugar mi cautela he de lograr, que aunque sea indigna acción; de una tan digna pasión quién se ha podido librar? No seré yo la primera, que este arrojo haya intentado; error es desesperado, vil delito, acción severa: conozco, que mejor fuera el morir; mas qué ha de hacer quien ha llegado a perder alma y honor, vida y fama? mucho más hará quien ama, olvidada de su ser. Por más que intento apartar el pensamiento de aquel lamentable, infauiro, triste suceso de Doña Inés, mas, para tormento mío, asesino mental es la memoria, que me quita la vida: hay perdido bien! Ya vuestra Abeza ha cumplido comanmanto cupo en la ley de amante y de poderoso: ya corono de Laurel aquella muerta hermosura, que asombro a los siglos fue, fineza, que solo cupo en Monarca Portagues: ahuea deresa tristeza sepa triuntar tu altivez, que aquí la mayor victoria es el saberse vencer. Oh si el dolor me dejara! Condestable, no extrañéis mi frenética locura, pues a cuantas partes veis que miro, se me aparece aquel helado clavel, aquella difunta sombra, y juzgando que ella es, abrazo el viento, y me burla el viento, porque mi fe, fiada en la fantasía, a cualquier césiro cree. ̱. Olvidar es el remedio. Dónde el olvido hallaré? Señor, en la resistencia; y de vuestra parte haced por borrar esta memoria, pues en ella estriba el bien de Portugal. . Bien decí: haced que canten, por ver si se templa mi pasión. Ya lo dispuse pues sé, que la música divierte a vuestra Alteza. . Está bien: tentaos aquí, Condestable. Señor, si es por la vejez, aún tiene aliento esta nieve para serviros en pie con una pica en campaña. Desusado favor es; pero mi ayo habéis sido, y gusto de que gocéis aquesta prerogativa. Ya me toca obedecer. Hola, cantad. . Para un triste, qué tarde llega el placer! Don Pedro, a quien los crueles llaman sin razón cruel, desde Coimbra a Alcobazas cien mil hachas hizo arder. El que compuso la letra bien supo qué era querer, que a no ser amante, no me disculpara cortes. Todas arden, mas que todas arde el corazón del Rey, cuanto va de amor a luces, y de cera a querer bien. Bien dice, que no se iguala un arder al otro arder, que la cera se cónsume, y temporal llama es, que sin materia no hay fuego; pero un afecto fiel, ardiendo sin consumirse, hace eterno el padecer. El Sol desconoce el día, cuando por la tierra ve en la noche de los lutos todo el firmamento a pie- Nunca a deseos amantes pudo igualar el poder; porque si conforme fuera su funeral a mi fe, fabrícara (a ser posible) para colocar a Inés, por túmulo todo el Orbe, todo el Cielo por dosel. Los clarines y clamores dan pesame y parabién al vivo de su fineza, y al cadáver de su fe. Parad, y no cantéis más, que enternecido otra vez . con esa memoria, el pecho se abrasa volcán: tened, villanos, la infame espada: contra una flaca mujer, contra una inocente vida ostentáis vuestro poder? oh rabia! oh furia! oh traidores! ahora, ahora veréis::- Señor, señor. . Condestable, arrebatome la sed de una segunda venganza, que me privó de mi ser, pues imaginé que via al que mató a Doña Inés. Deme, señor vuestra Alteza a besar su heroica mano; perdonándome el olvido, de que no haya vuelto a daros el justo agradecimiento de tan generoso amparo. Y cómo os va con Don Lope? Para ponderar los raros primores de su festejo y hospedaje cortesano, fuera menester mi lengua valerse de ajenos labios. Señor, si no fue Roberto servido con aquel garbo que me encargó vuestra Alteza, vuestra Alteza es el culpado, pues fío de mi asistencia los primores que no alcanzo. Qué os parece de Lisboa? Que es un asombro, un milagro del Orbe en la pompa ilustre de Damas y cortesanos. Como de aquesas bellezas llevan las aguas del Tajo. Yo vi, señor, la mayor hermosura, el más extraño compendio de perfecciones, que pudo el pincel humano de ujar. . Y conocisteis el sujeto? . Al agasajo de Don Lope, debí el logro de la ventura que aguardo, pues la comienzo a servir. Y en fin, la habéis visitado? Si señor. . Saber espero quien es la que alabáis tanto. Doña Blanca de Meneses es a quien rinde mi aplauso la adoración. . Oyes esto, Tristán? . Oh qué lindos palos merecía el tal Roberto! esto ves y estás callando? No es tiempo ahora: un abismo de furia en el pecho guardo. Mi pecho a amarla se inclina. Y no merece su mano menos sujeto; que en sangre, si no excede, iguala a cuantos se ilustran de iguales timbres. De que estáis bien empleado tened por cierto que Blanca, goza explendores tan altos de calidad, que yo solo soy mejor. . A vuestros rayos Blanca y yo, señor, debemos ese explendor, que logramos. Vamos Condestable. . Temo, que sobre este empeño vano, entre Roberto y Don Lope haya algún lance pesado. Aguardad, señor Roberto, que os tengo de hablar de espacio: veré, Tristán. . Ya obedezco: una gran desdicha aguardo, porque mi amo es terrible; yo me voy paso entre paso, para avisar en secreto a quien pueda remediarlo. . Decid, que atento os escucho Poco atento habéis andado en decir al Rey, que amáis a Blanca. . Desalumbrado fue siempre un amante ciego. Yo cumplo con avisaros, que un competidor tenéis, que os ha de costar cuidado. Del Rey abajo ninguno puede haber tan arrojado, que se oponga a mis intentos. El decirlo, no es lograrlo: no pudiera ser que alguno fuese de Blanca estimado, y os declarase su amor? Por dificultoso lo hallo, porque soy muy diferente. Pues vive Dios, que hay Fidalgo, que si el Sol mismo intentara, geroglifico plumado, vencer su altivez en vuelos, que ultrajándole los rayos, le hiciera retroceder el curso, para que osado remátase en escarmiento, lo que comenzó en agravio. Ya sé yo, señor Don Lope, que es Cid cada Lusirano, y por esa causa misma aspiro a lo más sagrado, pues vano y presuntuoso, os honro con imitaros. Sabéis quién soy? No lo ignoro, que el Rey no me hubiera dado a menos huésped, que a vos. Pues si ya estáis informado, sabed, que a Blanca festejo. Cómo, cuando a verla entramos, vuestro amor no me dijistéis? Porque los hombres de garbo, de la hermosuna a quien sirven, no dicen los agasajos ademas, que fuera ocioso, porque habiéndoos yo llevado, os tocaba el presumirlo. Esos primores no alcanzo; solo sé, que a Blanca adoro, y al que quisiere estorbarlo, le sabré quitar la vida. Yo le arrancaré a pedazos el corazón. Qué es aquesto? los aceros empuñados, y sin color los semblantes? este injusto desacato mi sufrimiento permite? Como en mi Real Palacio se atreven cóleras locas a delirios temerarios? no os enfrenó mi respeto? Señor::- No hay que disculparos; ya sé la ocasión, Roberto, y que tenéis culpa entrambos, vos en querer alterar el Reino de ayer llegado; y Don Lope, en no avisarme, que supiera remediarlo. No soy yo Don Pedro, a quien le dan de Cruel y Bravo las Extranjeras Naciones el nombre? No supe airado arrancar por las espaldas, él corazón a un tirano? Vive Dios, que el reportarme, mas que cordura, es milagro. Yo veo empuñar aceros, y tengo el mío envainado? Si yo juzgara ofenderos::- Si yo pensara enojaros::- Bueno está. . General vuestro en Mar y Tierra me llamo; y si habéis de ser Juez, señor y no Rey airado, pues decís que habéis sabido la ocasión, a suplicaros me atrevo, que me escuchéis. Ya vuestra disculpa aguardo; pero decidme primero lo que os fuere preguntando: Deña Blanca de Meneses, que es solo lo que reparo, cuál de los dos favorece? Mis favores no son tantos, que pueda alabarme de ellos; basta que me haya contado su prima Leonor, que estoy en su gracia . Quién o cuando os llevó a verla? . Señor, Don Lope recién llegado. No tenéis culpa en quererla; pero habiéndoos avisado, cómo es posible servirla, sin hacer a Lope agravio? La ley de amigo y de huésped, no obliga a un noble? . No hallo disculpa; perdón le pido, y a vos, señor, de enojaros. Con eso templáis mis iras: y vos, Don Lope, en qué estado tenéis el amor de Blanca? Ah que la sirvo seis años, sin haberme hecho un favor: mal dije, pues me ha dejado . servirla, sin que se ofenda. Qué cortésano recato! Don Lope? . Señor. Yo quiero hoy de mi mano casaros. Soy venturoso, si hoy quedo casado de vuestra mano. Yo sé, que hoy habéis tenido de Blanca un papel. . Negarlo no puedo. . Y también sabéis como su padre ha faltado, y que para dicha vuestra Blanca heredó sus Estados. Sí, gran señor. Pues, Don Lope, ya estáis con ella casado, ya sois Conde de Udemira, y yo a su dote os añado de mi amistad el cariño. Las estampas, que dejando van vuestros pies, beso humilde. Generoso Acuña, vamos, que quiero ser el padrino: y vos quedad avisado, que Blanca quiere a Don Lope, y que soy yo quien le caso. Que Blanca quiere a Don Lope, y que yo soy quién le caso? Válgame el Cielo! qué he oído? que mi ardimiento bizarro ajado de aquesta suerte haya el Rey? mas qué me espanto, si Lope es vasallo suyo? pero no por un vasallo ha de ofender mi altivez. Y pues Leonor me ha contado, que vivo en gracia de Blanca, yo en servirla a nadie agravio: y así, a pesar de Don Lope, del Rey y de sus Vasallos, he de seguir este norte, esta estrella que idolatro, esta antorcha que me alumbra, este fuego en que me abraso; porque Portugal conozca, porque sepan sus Fidalgos, si hay Lusitanos valientes, que es cada Aleman un rayo. ta era ea

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Solo quisiera saber (ya ves, que curioso soy) por qué madrugas tanto hoy? No he visto al Rey desde ayer. Recién casado un marido, tiene disculpa bastante para que no se levante. Las pensiones de valido, Tristán y de los negocios, que a mi cargo tengo ahora, me dispiertan a la Aurora. Bien hayan, amén, los ocios de un pobre, que en mansión quiera duerme del Alba la risa, que aunque no tenga camisa, tampoco escribe estafeta. Locas imaginaciones, hijas de nobles recelos, pocas sois para ser celos, y muchas para ilusiones. Perdóname la llaneza, si es que no te has de enojar, de atreverme a preguntar la causa de tu tristeza. Qué desazón o qué enfado, tras de tantas alegrías debidas, y de tantos días de regocijo, te ha dado? Tanta fiesta y tanto adorno de galas y de torneo, tanto amoroso trofeo pudo parar en bochorno? Qué tienes, que suspendido, triste, arqueando las cejas, contigo a solas te quejas, como tahur que ha perdido? Qué mal la melancolía disímulo en el semblante, pues este, siendo ignorante, conoce la pena mía! Mi achaque, Tristán, consiste en mala disposición: presumes otra razón, porque pueda yo estar triste? No, más sospecho, señor, que te tendrá desvelado ese Roberto, que ha dado en festejar a Leonor. A Leonor? . Pues dime, a quién podía solicitar en tan sagrado lugar? Tristán, tú dices muy bien: ya Leonor se irá a su casa, y con eso cesará el cuidado que me da. Mas ay de mí! que se abrasa el pecho en ansias mortales, por lo que sospecho y vi; más callar me importa aquí: sean mis dudas fiscales del examen más atento, para que prudente y sabio, antes que se queje el labio, sea alivio el escarmiento. Fingir yo que me ausentaba, quedándome ocultamente en Lisboa, era el mejor medio, con que fácilmente podía desengañarme de estas sospechas, que tienen confundido mi discurso: hacer esto me conviene; esto ha de ser por ahora, porque mis dudas se templen. Quédare aquí, que entrar quiero a ver al Rey: mas él viene. Respeto y temor infundo Señor, vuestra Alteza deme su mano. . Qué es esto, Conde? vos todo un día sin verme? mi amor merece este olvido? Permitidme, que se queje mi amistad, pues siendo vos quien sobre sus hombros tiene el peso de mi Corona, y de quien todo depende, me olvidáis. . Señor, señor, mi esclavitud no merece tan soberanos favores; no me tratéis de esa suerte, subiendo un humilde tronzo a divinas altiveces; o juzgaré que declina mi fortuna, porque suele, en llegando a la mayor altura, el blandón celeste volver a entibiar sus rayos, templando los accidentes. La amistad cabe en iguales sujetos, no en pequeñeces de mi distante fortuna. Pues no son hombres los Reyes? no les influyen los Astros simparias diferentes como a los demás? . Es cierto. Luego su influjo bien puede en el señor y el vasallo partir iguales poderes. Siendo eso así, ya me puedo asegurar felizmente, que perdonaréis mi olvido; pues fue, señor, si se advierte culpa de recién casado. El amor todo lo vence. Hoy tuve aviso, Don Lope, como el Moro osadamente, con Ejército copioso, por los Algarbes pretende entrar a fuego y a sangre, para cuyo efecto tiene sitiado a Castromarín, la más importante y fuerte Plaza de aquesta Corona, y socorrerla conviene con brevedad. . Pues, señor, si mis servicios merecen, que me concedáis la dicha de iros a servir en ese marcial empleo, sería de nuevo favorecerme: demás, que por General vuestro, este honor se me debe, pues ya los rojos turbantes de tanta Africana hueste, en las campañas de Tanger probaron de mis arneses los sangrientos filos, cuando el de Marruecos valiente intentó de aquella Plaza oscurecer los laureles. Estáis muy recién casado, y no quiero que se queje Blanca de mí. . Es agraviarme, señor, el pensar que puede el amor más excesivo vencer el que os tuve siempre. Lograd ahora, Don Lope, las posesiones alegres de vuestro amor, que despuéss::- Qué es después, señor? es este el valimiento, el cariño, que vuestra Alteza me tiene? así mis finezas paga? el deslucirme es quererme? No haya más, lo que mospade mi voluntad os concede. Bien es, que a daros las gracias mi agradecimiento llegue. Prevenid vuestra jornada, porque estos socorros quieren prontitud. . Señor, en ella consiste la buena suerte. Entrad, y antes que partáis, mirad aquellos papeles, que tengo allí decretados. Ya mi humildad obedece. . No os vais vos. Qué puede quererme? Servís a Don Lope? . Sí, mas antes que le sirviese, serví a vuestra Alteza yo. A mí vos? . Es evidente, pues fui en África Soldado, a donde mostré valiente mis bríos, por cuya causa Don Lope me favorece. Y qué servicios hicisteis? Matar a un León rugiente cuerpo a cuerpo en la campaña. León vos? . Mataré veinte, si se me ponen delante. De qué suerte? . De esta suerte: Viénese el León a mí, y al tiempo que me acomete, póngole un broquel delante, y como las garras fuertes del bruto el broquel penetran, yo entonces mañosamente con un martillo le voy remachando las crueles uñas por de dentro y queda atado para ofenderme. Le tiro al punto una punta por las fauces velozmente, e incontinente le mato; con que para mí a ser viene lo mismo echarme Leones, que gazapos. . Sois valiente, y gastáis famoso humor, con razón Don Lope os quiere. Somos grandes camaradas; no hay secreto que reserve a mi lealtad. . Bien está: que es lo que Don Lope tiene de unos días a esta parte, que imaginativo siempre le veo triste y confuso? Anda al uso. Qué uso es este? De ordinario los Vasallos imitar a su Rey suelen en las costumbres y modos: si en los libros se entretiene, todos al instante juntan librerías diferentes. Si gusta de los caballos, todos caballos pretenden. Si de perros, todos andan anhelando por lebreles. Si de bailes, todos bailan. Dicen, que en Indias hay gente, que porque a un Cacique vieron Sin un diente, incontinente todos desde entonces dieron luego en sacarse otro diente. Y así, como vuestra Alteza, desde aquella infeliz muerte de la Reina, anda tan triste, Don Lope imitarle quiere; que es tanta la imitación de todos los Portugueses, que porque amó vuestra Alreza a una Inés, ya todos quieren a las Ineses, no más porque se llaman Ineses. No, la tristeza de Lope de otro motivo procede: no me niegues la verdad. Quién negá sela al Rey puede? pero no sé si lo diga. Prosigue y nada receles, y atiende que hablas conmigo. No sé qué recelos tiene de este Roberto, que ha dado en mirar osadamente a los balcones de Blanca. La solicita? . Eso debe de ser. . Y lo sabe Lope? Pues si el otro lo supiese: qué es saberlo? imaginarlo, le hubiera dado la muerte. Y tú lo sabes? . Tampoco: lo sospecho solamente, y que no es el Sol tan puro como su hermosura. . Vere, y no te halle aquí Don Lope y aqueste secreto quede entre los dos. . Yo prometo de callar eternamente. Esta natural braveza con que nací, aqueste fuerte rencor que tengo a lo infuso, me induce a venganzas siempre: vive Dios, que si es verdad, que este Roberto se atreve a solicitar a Blanca contra las humanas leyes, habiendo yo intervenido en que esta pretensión deje, que le he de quitar la vida yo mismo; que esto me deben las lealtades de Don Lope, y me toca el defenderle: mal hago en esta ocasión de permitir, que se ausente, dejando en riesgo su honor. Pero si él al mío atiende, vigilante centinela guardaré el suyo de suerte, que en su casa no haga falta el tiempo que me sirviere. Ya, señor vi las consuitas, y lo que en ellas resuelve vuestra Alteza: ahora falta, que me dé, como otras veces, licencia para partirme. Don Lope, a mí me parece que fuera más acertado, que el Condestable emprendiese esta jorvada y no vos. Lo primero, porque siente vuestra ausencia mi cariño, y más quiero que se arriesgue un trofeo, que un amigo. Lo segundo es, porque tiene mi piedad lástima a Blanca; y en fin, de cualquiera suerte hacéis falta en vuestra casa. Válgame el Cielo mil veces! . qué escucho? callar me importa. Nada a mi Rey se prefiere; no hay Blanca aquí sino vos, que el honor y los laureles de vuestras armas, me están llamando gloriosamente a desempeños heroicos contra el Afrícano aleve. Pues queréis dejar por mí domésticos intereses, descansos, que el ocio blando de recién casado ofrece; también miraré por vos mejor que vos: id alegre a disponer el viaje, y volved después a verme. Confusas oscuridades, imaginadas preñeces de dudas que no examino, de asombros, que me suspenden, qué es esto que por mí pasa? cuando unas sospechas vencen mi discurso, cuando un solo indicio, un amago leve de celos me atemoriza, me turba, embaraza y prende; cuando ignorando quien sea, sin firma un papel me advierte, que tengo un grande enemigo, que solicita ofenderme: me dice el Rey, para más confusión, que no me ausente, y que en mi casa hago falta? esto algún misterio tiene. Si sabrá el Rey ya mis celos? si los sabe; es evidente, que es ya público mi agravio. Ay pensamientos crueles! Por qué de imaginaciones sufrís, que llamas recuerde? Todo el peso de mis dudas consiste, en que solamente hallé una noche en mi casa a un hombre, a quien oscurecen rebozos que le disfrazan, y al querer yo conocerle, por un balcón se me arroja, dejando impensadamente con la turbación, caer de Blanca un retrato breve, que por la cuenta, en la mano tenía, para que ardiesen en la llama del agravio mis recelos evidentes. Recelos dije? mal dije, celos son oh qué impaciente linaje de tiranía! qué bien, alma de la muerte le compararon los Sabios! La similitud alegre del original que adoro, en quien se retrata el Fénix de Blanca, en ajena mano pudo estar? quién fue el aleve, que le hizo para mi afrenta tirano de ajenos bienes? Cielos, en Blanca han cabido tan cautelosos dobleces, y la ligereza fácil de permitirse a pinceles en Blanca? pero qué digo? mienten mis sospechas, mienten mis celos, y también yo miento, si lo presumiere, que es mi esposa, y del Sol nunca tenebrosos accidentes alteran sus resplandores. Pero no es mujer? no puede ser, que alguna fantasía, algún pensamiento leve profánase el sacro templo del honor que se sostiene en tan frágiles cimientos, que a un leve soplo, a una leve respiración titubean sus columnas permanentes? Pero asentado primero, que se halle Blanca inocente, quien será aqueste enemigo, que solicita ofenderme? Yo sospecho, que es Roberto, y que cautelosamente con festejar a Leonor, disimular su amor quiere. Pues muera: mas qué pronuncio? no puede ser que otro intente agraviarme, y no Roberto, que a ampararse del Rey viene? todo cabe en lo posible. Pero porque no me quede escrúpulo en la venganza, que tomar mi honor pretende, supuesto que el Rey me manda, que me parta diligente a las fronteras del Moro, y que es fuerza obedecerle, dando a entender que me parto, me quedaré ocultamente en Lisbos algunos días, y en las mudas lobregüeces de la noche, seré lince, que registre, que penetre el homenaje sagrado de mi casa, las paredes del alcázar de mi honor: y si profanado viere de ella tan solo un resquicio, sus altivos capiteles serán abrasada Troya, serán volcanes ardientes, serán polvo, serán humo, cuyas cenizas rebeldes, de la infamia señas viles, de mi agravio caracteres, serán para mí dos mudos, que mis venganzas acuerden. Esto ha de ser, Leonor mía, sea razón o violencia. Que en fin quieres que yo viva de ti apartada, y que sea tu sosiego mi retiro, y tu descanso mi ausencia? Que en fin, prima, de tu casa quieres que salga? qué ofensa te ocasiona mi cariño? Quién pensara, quién creyera (ay nianca!) que la amistad de tantos años, pudiera por tan pequeña ocasión acabarse? . No es pequeña, y más cuando por tu causa aventuro la más bella prenda del alma, el decoro el respeto y la decencia, que peligra equivocada, si está a dos visos expuesta. Si Roberto tu hermosura fino amante galantea, y si tú de agradecida le correspondes discreta, no en desdoro de mi fama se interponga su fineza, que pensará quien le viere dar músicas, hacer fiestas, rondar de noche mi calle, mirar atento mis rejas, que de pasadas memorias vuelve a repetir llanezas, y en mí viene a ser ultraje, lo que en ti no es indecencia. Y aunque a mi nunca Don Lope me ha hablado de esta materia, reconozco en su semblante una tan rara extrañeza, un desagrado, un enojo, una desazón tan fiera, que de su amor olvidado, de sí mismo no se acuerda. Y anda tan embebecido, que ayer (esto no es quimera) le entré un recado, diciendo, que su pariente Don Cesar en la Lonja le esperaba; y respondió con gran priesa: Lonja dijiste, Beatriz? asala y comamos de ella. En Don Lope estas señales, sin duda, que son sospechas de alguna ilusión que ignoro, y mi atención no penetra. Tú con vivir apartada me excusarás de esta pena, dando con este desvío a mis inquietudes treguas. Y supuesto que tu casa está en las espaldas de esta, aunque en diferente calle, bien sabes que tiene puerta, que corresponde a la mía; por ella, Leonor, por ella me podrás ver si gustares, sin que ninguno lo entienda; que no se apartan dos almas, cuando es la amistad estrecha. Estoy por no responder, porque si Blanca supiera mis cautelosos ardides, no solo me aborreciera, sino que de mi tomara una venganza sangrienta; pero cuando una pasión imposibles no atropella? Supuesto, Blanca, que airada por una vana sospecha me apartas de tu cariño, y el mío ingrata desprecias, yo me iré; pero será mi retiro de manera, que ni tú ni el Sol ni el mundo jamás el rostro me vean, que no hay amistad a donde la desconfianza empieza: ven, Constanza. . Ya te sigo Beatriz mía, a dios te queda. . Parece que va enojada. Es preciso que lo sienta, que ella y su criada son grandísimas embusteras: escucha aparte y verás como te cuento bellezas. Con esta priesa me envía, Condestable, el Rey; es fuerza, que por la posta me parta. Sobrino, en ofensa fuera de vuestros grandes servicios no entregaros esta empresa el Rey, cuando vuestro brazo su crédito desempeña. Aquí está Blanca mi esposa: decidle por vida vuestra, Condestable, mi partida, que yo no me atrevo: ha pena! . qué en esta hermosura pudo caber traición! . Norabuena, Bien hice en desengañarla. Sobrina? . Señor? Las nuevas dicen, que han de ser sangrías a pausas, porque es prudencia no sacar toda la sangre de un golpe. . La de mis venas se helaría sin Don Lope, pero con él no hay que tema. Pues sabed, que el Rey le envía del África a las fronteras, al opósito del Moro, que entra abrasando la tierra de los Algarbes, y ya por la posta en su defensa esta tarde ha de partirse. Tú te retiras? no llegas? qué es esto, dueño adorado? tú te vales de otra lengua para explicar tu cuidado, para decirme tu ausencia? Don Lope, llegad: los dos allá os habed con las quejas amorosas, que entre amantes es ignorante el que tercía. Por no enternecerme, Blanca, le permití, que te diera la noticia el Condestable de aquesta precisa ausencia, por ver, qué impresión hacía en tu semblante esta nueva: pero ya que reconozco, que ni te turba ni altera, mas antes juzgo, que estás de la despedida nuestra gustosa, dame los brazos. Esposo:: . No me detengas, fingiendo tiernos halagos, que es añadir pena a pena: a Diós, a Dios. . Dueño mío, teneos un instante, y sea rémora mi voz que os pare en medio de la violencia, para que a desatenciones se opongan industrías cuerdas. Sin duda, que habéis perdido con el seso la prudencia, o mal hallado en las dichas, solicitáis que se pierdan. De cuando acá mis acciones os dan motivo o licencia a palabras misteriosas, que a mi respeto se atrevan? Qué hálagos fingidos son los que decís, que no encuentra todo mi examen la causa de vuestra impensada queja? Hablad, por qué enmudecéis? qué obscuridades son esas? qué oculto enigma os obliga a demostración tan nueva? Todo aquel festivo aplauso de tanta amante fineza, tan de improviso ha llegado? Que sombra o qué nube densa, desusada se interpuso, confusamente violenta, que de mi casto honor puro hizo eclipsar las estrellas? Si alguna ilusión, algunas fantárticas apariencias, en desaire de mi honor os turban o desalientan, referidlas, o matadme, porque es muerte más sangrienta dejarme viva en la duda, que morir en la evidencia. Rcomped, señor, las prisiones del silencio, y no parezca piedad vuestro sufrimiento, cuando es verdad mi inocencia. Alzad la voz, sepa el mundo vuestro agravio y mi defensa, porque calladas injurias suelen confiar sospechas: o vive Dios, que yo misma (siendo imitación de aquella Romana heroica) aplicando al corazón la sangrienta daga que ceñís, me mate, condenándome a la pena, porque si hay vida que agravia, haya muerte que defienda. El asegurarla importa, porque el uso nos enseña, que es el corazón humano un abismo de cautelas. Ver y creer es el mayor desengaño: no se venzan de sus palabras mis celos, hasta apurar la evidencia. Blanca, mucho tu hermosura ha debido a mi paciencia, y más te sufro de amante, de lo que esposo debiera. Decirte que son fingidos tus hálagos y finezas, es que tengo de mí mismo desconfianza, y no creas, que pueda haber fantasía, discurso, ilusión, idea, que no resulte en aplauso de tu atención y belleza. Mis celos, mis desazones, mis desvíos, mis tristezas se origman de otra causa superior; no son de aquellas, que con venganza se lavan, y con castigos se enmiendan. Qué es pensar de ti? los hombres, Blanca, como yo, no piensan; porque al que osado inténtase contra mi honor una seña de agravio, una leve sombra, un amago, una sospecha, un indicio, una vislumbre, una presunción pequeña, el corazón le arrancara, y de mi furia en la hoguera; en el volcán de mis iras, de mi enojo en la sedienta venganza, le aniquilara, y en trozos le dividiera, para que en polvo, en ceniza, en fuego, en humo, en pavesa, aún no quedasen señales de su traición lisonjera, de su infame alevosía. Y así:: mas qué he dicho? vuelva a cobrarse mi delirio: Jesús, y que inadvertencia! Blanca, esposa, dueño mío, perdóname que la lengua, arrebatada en afectos, de imaginaciones necias se dejó llevar; no estuve en mí, ciego anduve: llega de nuevo a enlazar mis brazos. Templaré en ellos mi pena. Como tú vivas pagada de mi amor, nada me inquieta. Como tú vayas seguro en mi fe, todo me alienta. Será preciso hoy partirme. Y preciso que yo muera: quisiera no ser mujer, dueño mío, en esta empresa, porque a tu lado llevaras todo mi amor en defensa. Ya llevo una copia tuya. Dónde? En la memoria impresa, que es la que más guerra me hace. Paz me ha de ser esta guerra, porque esperando victorias, sabré tolerar ausencias. Tú lloras? Esto no es llanto, sino unas señales tiernas de las lágrimas que encubro, porque no me anegue en ellas, pues más son las detenidas, qué las que mis ojos muestran. Adiós, Blanca. Adiós, bien mío. Yo estoy sin mí. Yo voy muerta. Qué dices de esto? Digo, que quien tiene honesta mujer, y celos la pide, que era bien que se los diera. Ya cesará la ocasión de tanto miedo y quimera; pues Leonor se fue a su casa, y mi señora ama y ella, Sin embargo concertaron, que pues hay en medio puerta, se vean de cuando en cuando. Y pues ya los celos cesan, dime, qué Algarbes son estos, o qué guerra, a que te llevan mis desdichas? . Tú me lloras? no seas pataratera. No he de llorar, si te matan? No hayas miedo que tal sea, que como está concertado el casarnos a la vuelta, para tal desdicha mía, querrá Dios que vida tenga. Y podré vivir segura de tu amor en esta ausencia? ya sabes que soy celosa. Solo de un modo pudiera asegurar yo tus celos. Pues dime, de qué manera? Descasándome contigo, antes que fuese a la guerra. Pues ese es remedio? Escucha, para que mejor lo entiendas: Hay en los Campos de Tanger unos Moros, Beatriz bella, que se llaman Meloneses. Y dime porque lo sepa, qué son Moros Meloneses? Los que los melones siembran: estos tales son tan raros, que aquella noche primera que se casan, a las novias, ya que desnudas se acuestan, en vez de dulces amores, azotan con unas riendas. Y preguntando la causa un cautivo de mi tierra, le dijo un Moro: Cristiano, esto se hace para muestra de amor y seguridad, porque la mujer no tenga celos jamás del marido; porque si con tal fiereza tratan las que más adoran, qué harán con las demás hembras? Con esto las aseguran de toda vana sospecha, rubricando a las espaldas esta carra de creencia. Malditos sean los Moros y las Moras que se emplean en esos bárbaros perros. A mi azotes y con riendas? no me casara en mi vida, a ser Mora, y me anduviera Cimarrona por los montes; como en las Indias las negras, cuando se van de sus amos: mal año, quien tal sufriera! despojadas y azoradas, y desnudas las desuellan? Pues tú no ves que es costumbre, y que lo hacen por fineza? Si así hacen con las mujeres, qué dejan para las suegras? Las van pasando a cuchillo. Tristán, con esa receta busque otra y de mí no trate. No pensé que lo sintieras: Bratrez, si nos desposamos, serán los brazos las riendas, porque::- Tente, no lo digas. Aguarda. . Mal año. Espera. Tristán, no es mejor ginete el que castiga la yegua. Pues quién? . El que la regala, y solo en sus piensos piensa. La Beatricilla es un rayo, y pica como pimienta. Ya estás en tu casa. . Ahora, que estoy, Constanza, en mi casa. viviré sin los estorbos, que tanto me embarazaban. Corrige tus desatinos, señora, y no temeraría te arrojes a tan indigna acción. . lo me digas nada; no soy yo quien eso emprende, sino una pasión tirana, que sin poder resistirla, el discurso me abasalla. En mujer ninguna he visto liviandad tan desusada; yo me matara a mí misma primero: una acción tan baja ha de emprendel la que es noble? contra la razón humana de mujer son tus caprichos. Yo no puedo más, Constanza: si sabes que desde el día que hizo Roberto su entrada, por simparia de estrellas, le rendí constante el alma, y que haciéndome tercera de su amor, finjo que Blanca le quiere y le corresponde, y aliento sus esperanzas falsamente con papeles. Y le entregaste con maña de Blanca un retrato. . Sí, con fin de lograr mis ansias: pero si lo sabes, cómo, mas que nunca, ahora extrañas mi amoroso precipicio? Pues porque ahora le llamas a la pocesión, yo temo, señora, una gran desgracia. Hoy le avisé, que viniese esta noche a ver a Blanca, y por la puerta que sale desde esta mía a su casa, me pasaré, sin que nadie me vea, porque las pardas sombras mi osadía encubran. Tu resolución me espanta. Y si Roberto conoce, que tu cautela le engaña? No hará, que en tal ocasión el amor ciega a quien ama. Yo no quiero replicarte; pero, señora, repara, que de Blanca y de Don Lope el sagrado honor infamas. Pues dado que se supiera, qué piensas tú que importaba? mi despecho no se funda solo en amorosas ansias, pues conseguido mi intento, contaré el suceso a Blanca, ella a Don Lope, y Don Lope al Rey, que es recto y con saña me casará con Roberto, por tan legítima causa, sabiendo que me es deudor de la opinión y la fama. Y si el de Sajonia queda sin hijos, es cosa clara que hereda Roberto, y puedo (si la industría no me engaña) ser Dúquesa de Sajonía, que es a lo que aspira el alma. Dúquesa? Jesus mil veces, qué imaginación tan vana! loca que tal imagina, mejor estuviera atada. Perderme o ganarme espero. Mira, que tu ser ultrajas. No sé que violencia es esta, que la resisto y me arrastra. Señora: . No me aconsejes, que ningún riesgo acobarda mi pasión, pues nada teme una mujer artesta la Hasta ahora tenía mi esperanza, Ricardo, puesta en duda. Todo el tiempo lo muda. La porfía en amor todo lo alcanza. Admirado me tiene tu suerte venturosa por la fama y virtud de Blanca hermosa. Yo nunca hablé con Blanca en mis amores, Solo Leonor ha sido de quien he recibido tan altas esperanzas y favores: de Leonor, prima suya, es de quien fía Blanca su amor rendida a su porfía. Pues en Leonor no habrá engaño ninguno. Ni yo le he dado alguno, que me pueda servir de desengaño para cualquier daño: todo nace de Blanca agradecida: tan mal resiste una mujer querida! quiero ver otra vez lo que me escribe. En los siguientes renglones me aconseja que me guarde, y que de este amor oculto no diga el secreto a nadie. Y pues su manto la noche va descogiendo a los aires, y para que duerma el Sol los llena de oscuridades, vámonos muy poco a poco acercando hacía su calle. Y a fe, que no es corto el trecho. Con las Damas que pasaren iremos entreteniendo el tiempo. . Es cosa notable de este Lugar el concurso. Ven, Ricardo, cada instante se me hace un siglo entero: hoy tendrán fin mis pesares qué largas que son las horas en el reloj de un amante! En las palabras que oí a Don Lope al ausentarse, no sé qué celosas dudas reconocí en su semblante, que me han puesto en confusión, y a registrar los umbrales de su casa vengo ahora, mas que nunca vigilante. Y aunque en Blanca mi sobrina se están compitiendo iguales la virtud con la hermosura, hay muchos necios amantes, que a pesar de lo que adoran, de su amor hacen alarde, y del recato más noble suelen turbar los esmaltes. Solo he de quedarme, vete. Pienso que hay gente en la calle. Ya te he dicho que te vayas, de qué sirve replicarme? Has de quedar solo aquí? Nunca un Rey puede quedarse solo, Don Nuño de Almeida; en el valor y el coraje yo soy muchos Reyes juntos, y cada Rey tiene un Ángel. Aguardarte aquí quisiera. Vete, Nuño, y no me aguardes. Ya me voy. Gente hay aquí: quién va? . Un hombre. En esta calle no hay más hombre que yo. Y yo, que de todas pienso echarle. Traes muchos camaradas, que las espaldas te guarden? Si traigo, que mi valor solo aquí por muchos vale. Pues ahora lo veremos. Si veréis. . La espada saque. Señor, vuestra Alteza aquí? Quién eres? El Condestable. Pues en qué me conociste No tanto en la voz y el talle, como en el sacar la espada, pues la postura y buen aire debéis al primer Maestro, que es el que tenéis delante. Qué hacéis aquí? Vine a ver a mi sobrina. . Tratadme verdad, que no se entra en casa de mjeres principales a vistar con broqueles, sino en las que son vulgares. Vine a ver, señor, si andaban por esta calle galanes en ausencia de Don Lope. Fue celo de vuestra sangre, y de Don Lope son celos. Celo, y no celos me traen, que como Blanca es hermosa, hay algún necio ignorante, que eclipsar su honor pretende. Quién, por mi vida? nombradle. Roberto, hermano del Duque de Sajonia. . Aquesta tarde tuve cartas de su hermano, con mil desengaños tales, que por el menor me dice, que de Roberto me guarde, porque no es hombre seguro; mañana haré despacharle, y saldrá de Portugal: idos a acostar, que es tarde, que yo guardaré estas puertas. Permitid qué os acompañe. Id con Dios. Señor:: . Basta, no me enojéis, Condestable. No era sin razón la pena, que tenía de ausentarse Don Lope: el Rey sirve a Blanca, y enviarle a los Algarbes no ha sido sin gran motivo: ha Cielos! quiero dejarle, que no tiene condición para que se atreva nadie a contradecir su gusto. Condestable, Condestable. Señor? Murmuráis, por dicha, que yo guarde aquesta calle? vais celoso? . Yo, señor, no seré tan ignorante, que de quien es Sol, que alumbra, presumiese aquese ultraje. Il con Dios. Guardeos el Cielo. Cosa que este imaginase, que shoy hombre, aunque Soy R y; pero aquí no veo a nadie, todo está en mudo silencio. Vete, Ricardo, y no aguardes, porque no entienda, que alguno nuestro amor secreto sabe. Bien dices, que no hay peligro . No sé si espere o si llame. Pero allí diviso un hombre, veré el intento que tras, para después conocerle. Un bulto miro distante, si es hombre o sombra ve mas no, que la puerta abre. Entrando en casa de Blanca, con la prevenida llave he abierto el postigo Cielos, qué temores me combaten! allí está un hombre: Roberto? Hermosa Blanca, tú sales a abrirme? . No hables palabra, entra y sígueme. . Pues hable Amor por mí. . En el jardín podrás más de espacio hablarme. Válgame el Cielo, qué he visto? estorpudo imaginarse de Blanca? esto de Roberto? En mujer tan noble cabe este libre desahogo, esta alevosía infame, este injusto atrevimiento? tibio andube en el examen, pues no le atajé los pasos antes de entrar, y en su sangre no lavé la injusta ofensa, que a tan leal Vasallo hace; pero quién juzgar pudiera, que un tan impensado lance pasase tan de improviso? ha mujer! ha hechizo fácil! Qué honor pueda estar seguro, si en ti, que eres el esmalte de sus timbres, torpemente tan puro explendor manchaste? Apenas tu esposo, apenas a empresas nobles se parte, cuando tú en viles empleos profanas seguridades! Mal la palabra he cumplido a Don Lope de guardarle el honor viven los Cielos, que he de vengar este ultraje. Aa, no pudiera yo abrir esta puerta! mas las llaves maestras que traigo siempre conmigo, he de ver si cabe de ellas alguna esta pruebo: no viene, desdicha grave! estotra quiero probar: vive Dios, que mi coraje la hizo venir o mi dicha: la vuelta dio y abrió fácil la puerta. A Roberto dijo, que al jardín tras ella entrase: ha vil Roberto! sin duda, que oculto misterio hace, que llegue a ver tu delito un Rey, para castigarte. No vengo a entrar, sino a ver para descansar con esto de tanto tropel de dudas, de tanta turba de celos. No ves, como todo el sitio está, señor, hecho un yermo? Qué es posible, que no creas, que es mi señora un portento de honestidad y recato? No lo sabe el mundo entero? no lo publican a voces sus acciones? Vive el Cielo, que si me dijeran todos, que era caballo o jumento, que en una caballeriza pusiera a un pesebre el pecho; y que si dijeran, que era golondrina, garza o cuervo, que de la torre más alta me echara a volar al viento: deja aquesos disparates, por Dios, que no seas más necio en dar crédito a sospechas. Yo vivo, Tristán, muriendo. Pues si vienes a tu casa, da, que es amor, y entra dentro, y pensará mi señora, que es más fineza, que celos. No pensará, que me ha visto lleno de asombros y miedos: estémonos en la calle, hasta que el Alba del puesto nos eche, como a la noche, a nuestro retiro. . Bueno; de manera, que has venido por unos vanos recelos a ser el galán fantasma. Espera, Tristán, qué es esto? hombre sale de mi casa, y la vuelve a cerrar. . Quedo? vive Dios, que de allá sale, y que se va. . Ah Caballero, ha Caballero: a quién digo? Hombre o demonio. . Tentos. Cómo tener? . Es Don Lope? Señor vuestra Alteza? Cielos! pues vos, señor, en mi casa? Yo os obligo, no os ofendo: vuestra casa a guardar vine, y en ella se entró Roberto a profanar vuestro honor. Pues mi venganza? . Teneos, porque vos ya estáis vengado. De qué manera? . No puedo con el horror y el asombro decirlo. . Aquí de mi aliento: y Blanca ha sido culpada? no me respondéis? qué es esto? ay de mi infelice! Mucho me decís con el silencio: déjeme entrar vuestra Alteza a ver mi casa. . Estáis ciego? no hasta, que os haya dicho, que por vuestro honor he vuelto? Si señor: pero matadme o referidme el suceso. Después sabréis al proligio. Si el Rey les dio pan de perro. Venid siguiendo mis pasos, y no apuréis el secreto, hastá que de ello os informe. Ya, señor, os voy siguiendo. De mi crueldad voy sentido; todo es confusión mi pecho. Estos misterios no alcanzo: vengado yo? no lo entiendo: sin duda (ay de mí!) sin duda, que fueron verdad mis celos: Blanca vil! oh tirana, que sin matarme me has muerto

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA a̱ . Proseguid, señor, que absorto, y suspendido:: . Primero cerrad esa puerta. . Ya cerrada está. . Los secretos del honor son tan sagrados, y en mí tienes tanto aprecio, que a no ser aire la voz, los recatara del viento; y pues de este caso solo fue mudo testigo el Cielo, no tenéis, no, que extrañaros de cuanto os fuere diciendo, que siendo ajena la culpa, estáis de la injuria exento. Dijo en fin Blanca, que entrase solo al Príncipe Roberto, que en el jardín hablarían: a mí, que lo estaba oyendo, me dejó torpes las manos la admiración del acento. Y aunque quisiera atajar el insulto, fue tan presto el cerrar la puerta, que ni pude ni tuve tiempo. Abro con llave maestra el postigo y con denuedo, irritado a la venganza del injusto atrevimiento, guín hacia el jardin los pasos, y junto a un esta aque ameno, que sin perril mar se finge de aquel florido hemisferio, diviso a los dos sentados, y como Adonis Roserto, dando tregua a sus fatigas en el regazo de Venus. Viome apenas, cuando al punto se puso en pie, y desenvuelto sacó la espada animoso, viniéndose a mí tan fiero, que me hube menester todo. Duró, en fin por algún tiempo el combate, pues la llama del enfurecido encuentro, despedida de los filos, y del eslabón sangriento, de suerte centelleaba, que la luz de los aceros dio motivo a que las plantas guardasen sus movimientos. Cansado ya pues de tanta resistencia, airado y ciego, con una punta me arrojo, y atrevesándole el pecho, cayendo desalumbrado, bordó de púrpura el suelo. Suceso fatal! aquí os he menester atento. A la tragedia, al fracaso acudió Blanca, y Roberto, en las postreras congojas, con violento lazo estrecho, quizá juzgando que estaba con su enemigo riñendo, la abrazó de suerte, que los dos asidos y envueltos, como estaban junto al margen del estanque con los vuelcos de la trabada discordia, en el estanque cayeron, Siendo de entrambos su golfo cristalino monumento; pues apenas del profundo cristal los vidrios midieron, cuando su campo espumoso quedó tranquilo y sereno; señal, que en líquido espacio les dio sepulcro en su centro, porque en nieve se apágase tan vil delito de incendios. Como Rey y como amigo, ya por vuestro honor he vuelto, cumpliendo así la palabra, que empeñé de defenderos: ya estáis vengado de entrambos. Cómo quien sois habéis hecho. Y aunque vos sintáis, Don Lope, el no haber sido instrumento de esta venganza, no importa, pues a saberse el suceso, que ahora está sepultado, habiendo sido en secreto, y sabiendo todo el mundo vuestro gran valor y esfuerzo, todos juzgarán, que vos, honradamente severo, la mancha de vuestro agravio lavastéis con escarmientos. Volved en vos, porque juzgo, que despavorido y yerto me miráis: ahora, ahora son menester los alientos: si algo se os ofrece hablad. Señor, quisiera:: no puedo, pues con lo que referis, a mí también me habéis muerto: que es muerta Blanca! Ya es muerta, Don Lope: vos sois discreto, volved, volved a la empresa, porque el bastón que os entrego, ahora está muy glorioso en vuestra mano, supuesto, que estando sin mancha el brazo, enseñado a desempeños, suele llamar por costumbre un trofeo a otro trofeo. Ah señor y cuántos suelen enfermar con el remedio! Yo estoy sin honra y sin vida: . bien dije, porque es lo mismo estar sin honor, que estar sin vida: como del Cielo un rayo no se desata, y me sepulta su incendio! Vive Dios, que no es posible que Blanca:: mas si lo veo, si lo exámino y lo toco, qué dudo? en que me detengo, si es humano Cielo un Rey, y nunca ha mentido el Cielo? No os detengáis en discursos, no os vean aquí, volveos, Don Lope, y dadme los brazos, que fío en Dios, que muy presto habéis de volver a verme triunfante del Agareno. Yo voy, señor, a serviros y a erernizar con los hechos de mis suspiros los montes de Mauritama; y aún creo, que vendrá para mis quejas todo su creciente estrecho. Mas qué digo? yo quejarme? yo ofendido me enternezco? afuera injusta menoria. Viven los Sagrados Cielos, que si volviera a la vida este hechizo lisonjero, este aleve monstruo ingrato, este animado veneno, que volviera a ren en ella el castigo terimo; y aún de mayores venganzas quedara mi honor sediento. . Lástima me ha dado oírle, y la que de Blanca tengo me está traspasando el alma: nunca tan raro suceso pude imaginar: mas ya que toda la noche en peso se me pasó en aventuras extrañas, perder el tiempo fuera error: y pues ya el Alba me llama con sus reflejos a la precisa tarea del despacho y del gobierno, pensión con que nace un Rey, quiero hurtarle un rato al sueño, y ver estos memoriales. Don Juan de Avendaño, enfermo, a vuestra Alteza suplica le mande pagar su sueldo para curarle. Bien pide, dársele doblado pienso, porque un Soldado, que pone por su Rey la vida a riesgo, es bien, que se le asegure con agasajos y premios, como quien tiene una joya guardada para un empeño. En la vida de un Soldado tal vez estriba un trofeo, un Reino y una Corona, como de algunos sabemos, y por eso se les debe honra, atención y respeto. Este es de Don Juan de Castro, que hace dejación del puesto de Virrey: varón notable! pues cuando otros con anhelo aspiran a estos honores, él hace dejación de ellos: tengo de honrar su persona de suerte::- Señor qué veo? vuestra Alteza levantado tan de mañana? . El sosiego me turba un negocio grave, que me obliga a estar dispierto: qué hay, Nuño? Que Doña Blanca de Meneses viene a veros, y quiere, señor, hablaros. Quién decís? que no os entiendo. La Condesa Doña Blanca. Qué Condesa? estáis sin seso? Doña Blanca, o la mujer de Don Lope, que es lo mismo. Andad con Dios, e informaos, porque no puede ser eso. Cómo no, si para entrar licencia aguarda? Qué es esto qué escucho? a tan raro asombro se me ha erizado el cabello! Mirad, Don Naño de Almeida, que será ilusión o sueño; porque Doña Blanca: andad, miradlo bien. . Mirarelo, que a mí no puede engañarme, sino que estoy loco o ciego. . Sombras vienen a turbarme en el seguro silencio de mi retrete, alterando la quietud de mis alientos: qué oculto prodigio es este? Blanca a verme, cuando dejo en monumento de espuma su cristal viviente yerto? fantastizas ilusiones se aparecen en el viento a mis criados? Señor? Qué decís? A decir vuelvo, que es Doña Blanca, señor, la que intenta hablaros. Cielos! esta es la primera vez, que se ha asustado mi pecho; mas yo de qué me acobardo? no soy el mismo Don Pedro, en cuyo corazón fuerte jamás se ha hospedado el miedo? como me turban horrores, que se asoman a ser miedos? Qué la diré? Decid que entre, Y para mayor respeto naced que entre acompañada de algunos: pero qué temo? hola, decid que entre sola. Así vendrá. . Ya la espero: Mujer, espíritu o fantasma de superior elemento, que aún imaginada asombras, ven en idea o bosquejo, o en aire, o como quisieres, que ya a todo estoy dispuesto. Deme, señor, vuestra Alteza la mano. . Mortal diseño de aquella muerta hermosura, que con pavoroso caño me asombras, dime, qué quieres? Yo, señor, a hablaros vengo, que no vengo, no, a asombraros. Nunca atemoriza el Cielo cuendo está sin nubes ya se va cobrando mi aliento; si es verdad o fautasía? si me engañé si fue sueño? no, que yo traje la espada teñida con sangre; pero sea lo que fuere Blanca? Señor? Proseguid, que atento os escucho. . Generoso invictísimo Don Pedro, cuyas gloriosas hazañas son admiración del tiempo; por vuestro gusto, señor, se logró mi casamiento; bien que para esta ventura puso mi amor los deseos. Apenas, pues, treinta Auroras, en el lazo tan estrecho de la amorosa coyunda se lograron los trofeos, cuando a Don Lope mi esposo, por vuestro Real decreto mandáis que al África parta a gloriosos desempeños. Se ausentó ayer, y quedaron tan tristes mis pensamientos, como sin el Sol la rosa; como sin flor el almendro, como sin verdor el valle, como la nieve sin viento, como sin cristal la fuente, como el Cielo sin Luceros, y como sin eco acorde tocado un ronco instrumento; que a no valerme del llanto (que es el último consuelo de una infeliz) toda el alma respirara en cada aliento. Con esta grave tristeza me llamó el afán al lecho, cuando de imaginaciones vencida, quedaron luego todas mis potencias surtas en la quietud del silencio: y en especies mal distintas de un profundo horrible sueño, me pareció que miraba a mi esposo combatiendo con los fuertes Africanos, y que vencido y deshecho de los Moriscos alfanjes, victoriosos y soberbios, ensangrentada la cara, roto el arnes y del yelmo abollado el metal duro, quedaba en el campo muerto, cercado de unos cipreses, que para alumbrar su cuerpo, con vejetativa llama, eran blandones funestos. Disperté toda asustada dando voces: acudieron mis criadas, a quien yo referí todo el suceso. Dije, que a Leonor llamasen mi prima; negose al ruego, o porque en casa no estaba, o quizá porque Roberto, para que fuese su esposa la traspasó a otro eminferio. Mas no para aquí el presagio, que me amenaza sangrientos infortunios, más fatales ocultos prodigios temo: Pues bajando esta mañana a los jardines amenos, por ver si en ellos hallaban alivio mis sentimientos, miro desde el verde tronco de un árbol, hasta el espejo cristalino de un estanque, teñido de sangre el suelo, de cuyo anuncio asaltada, quedé convertida en hielo; y con estar sin aliño, senti erizado el cabello. Con esta aflicción, con esta congoja, a pediros vengo, que como otra vez, piadoso deis a mis males remedio, con permitir que no vaya mi esposo a la guerra, siendo vuestra piedad generosa la que asegure estos riesgos. Para esta enpresa, señor, en Portugal hay sujetos de valor, que sabrán daros este y mayores trofeos. El Condestable mi tío se ofrece para este empeño, de mi pena enternecido, obligado de mis ruegos. Haced que vuelva Don Lope a mis ojos, que aunque a sueños no doy crédito, andan juntos siempre el amor con el miedo. Nadie podrá cono vos sentenciar, señor, el pleito de amor, a las ansias tristes, que pasa en ausencia un pecho, que ama firme, pues vos solo, en las finezas y extremos de amante y Monarca, disteis al mundo el más noble ejemplo. Un criado por la posta despaché a Don Lope, luego que el Alba rayó las luces, para que pusiese freno a sus determinaciones, hasta que vuestro decreto se revócase piadoso en favor de mis intentos. Haced esto que os suplico, así del Príncipe nuestro Don Dionis, pimpollo heroico y hermosísimo renuevo, veáis tan ópimos frutos, que contra el vil Sarraceno, a las invencibles Quinas corone de hermosos hechos. Mucho, Blanca, me ha pesado de vuestro desasosiego, por lo que quiero a Don Lope, y a vos estimaros debo. Y pues de Dionis la vida interponéis para el ruego, yo haré lo que me pedís. Vuestras Reales plantas beso. Levantad, Blanca, y tened entendido de mi afecto, que la paz de vuestro esposo, y vuestra quietud deseo: y dónde está el Condestable? Señor, para aqueste intento acompañándome vino. Decid que entre. A agradeceros esa piedad generosa, señor, solamente vengo. En alcance de Don Lope, Condestable, os partid luego, a que se vuelva a Lisboa; y vos con el mismo puesto proseguiréis el viaje, dejando a Don Lope un pliego, y con un decreto mío, porque enternecido quiero hacer este gusto a Blanca. Señor, mi agradecimiento, cuando vuelva victorioso, os dirá la fama en ecos. Ya, Blanca, vais despachada; id con Dios. Guardeos el Cielo. Válgame Dios! inocente está esta mujer y siento haber oído el homicidio de Leonor y de Roberto. no siento el agravio tanto como pensé: que tan ciego anduviese yo en el lance! pero en fin, va el daño es menos: a Don Lope le diré por menor todo el suceso, que este es el más singular, más desusado y más nuevo engaño, que se habrá visto en los añales del tiempo. Gracias a Dios que llegamos, señor, a Aldea Gallega, y parece que venimos los dos por Mar en carreta, según se ha tardado el barco. El peso de mis tristezas calmó las ondas, Tristán; yo me aparto de la Venta, para no ser conocido de los pasajeros que entran y salen: entre estos olmos, que están de la Ria cerca, harás que lleguen las postas. Ya, señor, fueron por ellas. Playa del Mar Lusitano, del Oriente ilustre puerta, por donde algún tiempo entraron victoriosas mis banderas: Aguas, quién imaginara, que el que adornó vuestra esfera con las Africanas Lunas, conducidas de mi diestra, habiendo entrado triunfante, tan ofendido saliera? Figones de mis entrañas, fregátrices Portugüesas, meninas de barrio alto, y Saloyas de Olivelas, quién dijera, quién pensara, que este corazón de piedra, morrendo por puro amor, se está facendo jalea? También tú te quejas? Son saudades da miña terra. Si tú te enterneces, siendo un tronco, que hará de cera un alma, a quien el incendio de amor le cónsume y quema? Hablemos de cosas vivas. Yo no puedo, aunque quisiera, Tristán, olvidar a Blanca: no has visto hermosa azucena, que a los rocíos del Alba borda su candor de perlas? pues así juzgo en las aguas aquella hermosura muerta. Yo la juzgo convertida en rana, en trucha o lamprea, pues según lo que hemos visto, ella era muy linda pesca. Con esa memoria (ay triste!) mi agravio otra vez me acuerdas. Vuelve en ti, señor, y mira, que hacia aquí gente se acerca. juzgo que serán las postas: vamos, Tristán. . Tente, espera, que este es Brito tu criado. Dame (oh Marte de la guerra!) mil veces las plantas. Brito? cómo es posible que vengas tan alegre de mi casa? Mi señora la Condesa me envía a saber de ti. Oh qué gentil borrachera! Qué Condesa? Mi señora Doña Blanca. . Y está muerta: por Dios, Belo, que sospecho, que habéis cargado en la Venta. Yo no os entiendo a los dos. Pues quién queréis que lo entienda? Qué se dice por Lisboa, dilo, no tengas verguenza, de mi honor? Pues qué has perdido, si aún no has llegado a la guerra, y te estás con mucha pausa aquí en Aldea Gallega, cuando juzgué que estarías del Algarbe en las Fronteras? Esta carta para ti me dio mi señora misma; y por señas que me dijo, que en tus manos la pusiera. Blanca te dio aquesta carta para mí? . Si señor, ella me la dio. . Qué dices, hombre? De quién queríáis que fuera? yo no sé por qué lo extrañas? Qué confusiones son estas? toda mi vida es asombro, el corazón se me altera: si es verdad o fantasía? dudoso rompo la nema, para ver este prodigio. Apártate allá, no sea que se dispare la carta, y nos rompa la cabeza; que cartas de la otra vida, es precisa consecuencia, que está loco quien las abre, porque el diablo es quien las cierra. Válgame Dios! qué he mirado? esta es su firma y la letra: exámino sus rengiones. Jesús, el cuerpo me tiembla! tú, Brito, de la otra vida debes de ser estafeta? que hay, Brito, en el otro mundo? co no los amigos quedan que de este mundo pasaron? con qué tormento atormentan a los blasfemos, que juran de continuo sin conciencia? que hay hombre que sin dos votos no acaba razón entera. Tristán, a los juradores les dan a bebar por fuerza plomo derretido. . Chispas: mal hayan tan malas lenguas. Mi amo y tú ya estáis locos. Pues dime, por qué? Por esas preguntas; hombre del diablo, qué ves en mi de extrañeza? yo vengo del otro mundo? cuando de Lisboa apenas acabo de llegar. . Hombre, vete en paz, y aquí me deja. Tristán, mira:: Arredro vayas, que hueles a calabera. Viva es Blanca, Tristán, mira esta carta, llega, llega, mira esta letra. . Señor, no me mandes que la lea. Mírala bien, no es de Blanca? Si señor. . Oye. Comienza. Lee Lope. Señor quieres santiguarme? hay tal engaño y quimera? Dime, Brito, te dio Blanca aquesta carta? . No eran esta mañana las seis, cuando llorando tu ausencia me la entregó. . Tú la hablaste? Si señor como pudiera haber fingido esta carta de su mano y de su letra? Sin duda, que Blanca vive: . bien está. Brito en la Venta te puedes entrar que luego has de llevar la respuesta. Allí la respuesta aguardo. . Ahora muchas sospechas a mi discurso se añaden: cómo, si Blanca no es muerta, me aseguró el Rey, que él mismo la vio anegar en las crespas ondas, de Roberto asida? Aquesta es clara evidencia de su engaño y mi desdicha; pues con fingida apariencia de premios y de favores, quitarme el honor intenta; pues me estorbó que no entrase anoche en mi casa, señas de mi engaño artificioso. Como cabe en la decencia de un Rey tan indigna culpa, si una mortal pasión ciega no le vendara los ojos? Ah Rey tirano! ha cautela de falso amigo! mis hechos con un vituperio premias? Mas pues el Laurel sagrado de la corona suprema, por noble excepción de todos, y ley de naturaleza, le exime de los castigos, y libre de la violencia del rayo, de la venganza el Cetro le privilegia; morirá esta noche Blanca, pues dando otra vez la vuelta a Lisboa, cauteloso, disimulando con ella hálagos, que la aseguren de mi venganza sangrienta, verá el mundo mis estragos; pues de aquesta suerte queda justificado el castigo, y mi injuria satisfecha. Tú a solas hablas contigo? tú de Tristán te recelas? no sé tu vida y milagros, tus fortunas, tus tragedias? pues de cuando acá recatas de mis lealtades tus penas? qué dices? . Digo Tristán, que fue mi desdicha cierta, que el Rey dejó viva a Blanca, y para que yo me fuera, quiso engañarme y librarla, y celoso, por la cuenta, a Roberto dio la muerte, porque le encontró con ella en el jardín. . A Roberto matar el Rey? no lo cieas: mañana vendrá otra carta de su firma y de su letra, en que te pide prestadas las mulas para una fiesta. Pues cuando vivan los dos, qué honor con Blanca me queda, saliendo el Rey de mi casa? Como estas sombras en pena andan de noche en Lisbea. Señor de tu esposa bella no creas tal liviandad, que apostaré la cabeza, que todo eso es testimonio, y que el demonio te tienta; porque si ella::- . Calla, calla, como tantas evidencias pueden faltar? Cómo falta la luz al Sol con la densa nube, y no por eso el Sol deja de ser Sol: mi tema es de defender a Blanca, y sobre aquesto muriera. Aquí está, yo llego a hablarle, que buena ocasión es esta. Señor. No hagas extrañeza el verme. Señor, qué es esto? a dónde va Vuecelencia? Lo que sabéis preguntáis? no os pese de que yo venga en vuestro lugar, sobrino, porque Blanca vuestra avtencia con tanto extremo ha sentido, que al Rey con lagrinas ruega, que desde el camino os mande volver, y es más noble empresa el remediar una vida, que proseguir una guerra. Yo soy vuestro substituto, y cuando este puesto fuera mío, yo os le diera a vos: rendid al Rey la obediencia, que es piadoso obedecido, y resistido una fiera. Y no os enojéis con Blanca, que en fin es esposa vuestra, y la disculpa el cariño: la orden del Rey es esta. Ya la obedezco, estimando el cargo, que en vos se emplea: tomad, señor Condestaa, el bastón, que si otro fuera, lo tuviera por desaire; pero siendo a vos, es fuerza, que mi suerte se mejore. Esta jornada, esta empresa, igualmente a entrambos toca, en mi vuestro aplauso queda: dadle aqueste gusto a Blanca, y no extrañéis su fineza, que en fin es quién es. Ya sé lo que la debo en mi ausencia: an tirana ah monstruo ingrato! . Ahora bien, dadme licencia, y el Cielo os guarde mil años. Yo me doy la enhorabuena: sn lo que se ha de holgar Blanca de ver, que a su casa vuelva! Pues tú me callas, señor, tu mal. Don Nuño, es de suerte, que no me diera la muerte más pena ni más dolor. Tu puesto en tanto cuidado? Nunca con tanta ocasión, la desdicha o la razón me tuvo tan desvelado. Desde que anoche salí contigo y me persuadiste a que me fuera, estas triste. Mal hice en quedarme allí, que un caso me ha sucedido tan raro, que a no tener hecho el uso a padecer, perdido hubiera el sentido. A poder yo remediarlo, solicitara saber. Pues no lo doy a entender, debe de importar callarlo. Vive Dios, que a no tener entrada franca en Palacio, que no tuviera buen fin este negocio que traigo. Señor: . Qué es esto, Tristán? Venir a buscar tu amparo. Volvió Don Lope? Volvió. Sintiolo? Es cuento muy largo: manda, señor, que despejen, porque es de importancia el caso, y tengo que hablar a solas. Nuño, despejad el cuarto. Ya, señor, os obedezco: confuso voy y admirado. Ya, señor, sabe tu Alteza, como partió despachado a los Algarbes Don Lope, por aquel suceso extraño del jardín, que tú no ignoras; y conociendo mi amo, que Blanca era muerta, estuvo de pena desatinado, cuando un criado le advierte de que vive: duda el caso, pero llega el Condestable, que le deja asegurado de la verdad el entonces se queja de tus engaños, diciendo, que tú de Blanca, firmemente enamorado, entraste anoche en su casa, solamente a hacerle agravio, se halla de esto ofendido, y viene determinado a dar a Blanca la muerte aquesta noche, a tu brazo, por soberano, le toca remediar tan grave daño, y no muera una inocente a la ilusión de un engaño. Pues tú lloras? Me enternece de Blanca este injusto estrago. Por esa piedad recibe este diamante. Los años vivas del Fénixy el Sol. De mi atención al sagrado se atreven sospechas viles, cuando yo para el reparo de su honor depongo el Regio decoro, solicitando defenderle? Vive el Cielo, que mucho más me ha picado su desconfianza, que pudiera el mayor agravio! Ven conmigo. Ya te sigo. No me canso de abrazarte, Lope mío y mi señor: pero qué necio es Amor, que debes tú de cansarte! no tenga tu enojo parte, en que yo le haya pedido al Rey, que compadecido de mí te hiciese volver, porque Amor suele poner mayor ofensa en olvido. No puedo dejar de estar algo enojado contigo, pues por ser fina conmigo, me has hecho un grande pesar: porque el Ruy ha de pensar, que yo contigo traté, que le hablases, y tendré con el Rey mala opinión, viendo que dejo el bastón, que tanto solicité. No estará, no, satisfecho; pero qué se puede hacer? aunque antes de amanecer lo ha de quedar de mi pecho: todo lo posible he hecho de mi parté, tú el error a que te ha obligado Amor: los hombres (no, no te alteres) queremos bien las mujeres, mas mucho más el honor. Yo saldré de todo bien, no te espante el verme así, pues cuando el honor perdí, gano del Rey el desdén: ahora a los brazos ven, que ya estoy desenojado. Ya nueva vida he cobrado. Qué importan alegres ojos, si hay corazón lastimado? Lope, seáis bienvenido. Señor, vos aquí? qué exceso tan grande! Aunque a vuestra casa fue justo venir a veros, un aviso, que he tenido aquesta noche, me ha puesto en mayor obligación. Blanca? . Señor? Yo no acierto a daros el parabién, hasta el fin de este suceso, pues tengo que hablar con Lope en un negocio secreto; importa que estemos solos. Guarde a vuestra Alteza el Cielo. Sobre ofendermé, me busca . en mi casa el Rey? qué es esto? Ya, señor, estamos solos. Pues, Don Lope, id respondiendo a lo que yo os preguntare. Es preciso obedeceros. Si un hombre de vos fiara su honor, y vos siempre atento, sin faltar a los primores de Noble y de Caballero; menos preciando el peligro. y haciendo gala del riesgo, defendieséis en su ausencia su punto y su casa, haciendo cuanto cabe en lo posible para dejarle bien puesto en la opinión de la fama, qué merecía este afecto? Señor, no hallo igual paga, que sirva de desempeño. Y si el otro en vez de estar obligado, loco o necio, sin fun lamento ninguno, mas que un vago pensamiento, una aprensión, no discurso, sin ver contrarios efectos, ni exa ninar muchas causas, publícara, ingrato y ciego, celos y desconfianzas de su amigo verdadero, qué castigo mereciera? El mayor de cuantos puedo imaginar. Vos, qué hicieráis? A dónde va a parar esto? p. Responded, no estéis confuso. Le sácara cuerpo a cuerpo a campaña y despícara con esto mis sentimientos. Pues si eso hicieráis, sacad la espada, que el mis no duelo tenéis ahora conmigo, pues siendo yo el Caballero de quien vuestro honor fiastéis, vos negado al justo fuero de noble y de bien nacido, bárbaramente prosero, ingrato pusistéis dolo en mi atención y respeto. Pues, señor, yo a vuestra Alteza, Siendo mi Rey? De ee aprecio no os valgáis, disimulando lo culpado, con lo atento, que yo para esta venganza renuncio los privilegios de ser Rey, que aunque pudiera castigar el vituperio de vuestra desconfianza con firme absoluto imperio, quiero que sepáis, que yo la ventaja deponiendo, a la igualdad me permito; porque vea vuestro esfuerzo, que si como Rey me enojo, cono hombre de bien me vengo. Señor, como los indicios fuerza de verdad tuvieron, presuma:: . Callad, callad, y sacad el limpio acero, o por vida de Dionis mi hijo y Príncipe vuestro, que enojado: . Detened la voz, que ese juramento me obliga a sacar la espada, que mi vida importa menos; mas será para ponerla . a vuestros pies, conociendo, que contra el Real sagrado no vale el humano aliento. Si vale, que la razón siene con defensa el Cielo: con vuestra humildad templáis mis iras; pero os advierto, que nunca imaginativo, hasta examinar lo ciento mo por vuestros ojos, deis credito a pensamientos fantásticos, y más cuando con contra el decoro Regio; que aún que penséis, que os ofende un Rey, no puede ofenderos: Blanca está sin culpa, yo testigo soy justiciero, pues más que el Sol, su honor puro está dando al mundo ejemplos y para que conozcáis vuestro engaño y mi despecho, no por vos, sino por mí pretendo satisfaceros, pero será necesario que a vuestro jardín pajemos nadie nos siga, Don Lope. Si señor. Los jardineros llamad para desaguarle, y porque se vayan luego, guían vos. Ya voy delante. Su mismo conocimiento le ha de servir de castigo, y a los demás de escarmiento. . Señora, qué estás mirando? No sé lo que me sospecho: a qué efecto bajarían los dos al jardín, supuesto que han estado hablando a solas? Señora, a tomar el fresco, y hablar de espacio en las cosas de la guerra y del gobierno. Y a Tristán no dices nada? Qué hay, Tristán? Tus plantas beso, y me holgara de tener la boca a compas del cuero de la suela del chapín, aunque fuera de cien dedos, para besártelo todo. Levanta, Tristán, del suelo: como ha estado Lope en esta tan breve ausencia de tiempo? qué decía? por tu vida. Mi Lamororoaquiebros. Oh cómo saben los hombres fingir caricias y enredos! en la cara son traidores, y en ausencia verdaderos. No mucho. Por qué lo dices? Yo, señora, acá me entiendo. No, no me dejes dudosa. Dígolo por un sujeto, lo pasará muy mal, haber Rey de por medio; me cuando al renegado an el amor y celos, llegar la espadilla, y no es el Rey de provecho: pero ya vino un caballo, que por la posta corriendo dio aviso al Rey, que perdió tarta blaica todo el juego, le cogió atravesado al hombre, que iba resuelto a matar la carta falsa; metiose el Rey de por medio, con que defendió la polla, que el otro habla repuesto. Declárate más, y dime por menor todo el suceso, para que lo entienda. . Escucha aparte. Estáis satisfecho? Estoy, sin poner más duda por lo que vi satisfecho. Pude engañarme? Pudistéis. Vistéis a Leonor? Es cierto, que vi aquellos dos prodigios. A entrambos por vos he muerto: Leonor, fingiendo ser Blanca, quiso engañar a Roberto, que hoy por un papel sin firma tuve aviso del suceso. Don Lope, Ver y Creer. Comozco, señor, mis yerros, y a vuestras plantas rendido perdón pido. Alzad del suelo: hablad bajo, y no lo entienda Blanca. Yo seré tan cuerdo, que les daré sepultura yo mismo, con tal secreto, que quede limpio mi honor. Que abracéis a Blanca os ruego, y la estiméis como es justo. Blanca? Señor, qué es aquesto? Que mis amorosos lazos llegan a enlazar tu cuello segunda vez. Pues qué ha sido? La causa te diré luego. Y vos, Blanca, recibid el parabién, de que os vuelvo a vuestra casa a Don Lope, porque no os asombren sueños, y que le dejo en mi graci con el propio valimiento que antes tenía; y Don Lope conozca, que el Rey Don Pedro jamás a ningún vasa de hacerlo. hizo agravio, ni ha Viváis edades eternas. Y aquí, Senado discreto, para que se vea y crea, da fin el raro suceso del Rey Don Pedro en Lisboa; ad sus desaciertos.