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Texto digital de La ventura sin buscarla (Burlesca)

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Género
Comedia
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El texto procede de Carmen Pinillos Salvador.

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Cita sugerida

Pinillos Salvador, Carmen. Texto digital de La ventura sin buscarla (Burlesca). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ventura-sin-buscarla-la-burlesca.

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LA VENTURA SIN BUSCARLA (BURLESCA)

JORNADA PRIMERA

Más que fruta de sartén codicio andar a tu lado. Vos, Duque, sois mi privado y aun mi privada también. Señor, si tanto levanta Tu Majestad a su hechura seré muy alta figura. Muy delgado se adelanta tu ingenio, pues solicita los favores que te ha dado, y pues es alto y delgado bien puede ser longaniza; mucho a quererte me obligas: con mi hermana casarás. Antes pienso que en jamás hemos de juntar barrigas, que tu hermana querrá un rey y no casar con pobretes. Andaremos a cachetes sobre ello; mi gusto es ley; quiérote casar aprisa por ser la Infanta tan bella, y, en fin, casado con ella la podrás ver en camisa; goza su gracia y su sal, su donaire y perejil. Llevaréla por candil si voy de noche al corral; ya mi fortuna echó el resto porque a la envidia persiga. A más mi afición se obliga. Soy muy tuyo. Soy un cesto. La Infanta sale, y bien nota querernos mal a los dos. INFANTA Bizarramente, por Dios, he jugado a la pelota; dime, Rey, dime, insolente, que así es razón que te llame, ¿por qué, bujarrón infame, me casas tan bajamente? ¿Con un vasallo me casas que apenas es escudero? ¿Estás borracho, estás cuero? ¿No ves que en ira me abrasas? Con tanta fiereza vengo y tanto me has enojado, que de cólera he barbado. ¡Mira el mostacho que tengo! No intentes verme forzada, que sin temer el infierno ¡vive Dios que con un yerno me mate a falta de espada! Para, luz; detente, estrella, no me dejes por ser ruin de penas un celemín. ¡Bercebú vaya tras ella! ¡Que contradiga mi gusto esta infame, esta buscona! Baila, señor, la chacona y perderás ese susto. Tente, vil. No te alborotes, déjalo, por Dios, estar. ¡Voto a Dios que ha de llevar una docena de azotes! Ya no se puede sufrir que prive el Duque. Es verdad, pero más felicidad es ver torreznos freír, que quien sufre sin ser Judas favor tan extraordinario sufrirá que un boticario le eche en salud seis ayudas. Pero aquí saber quisiera, si Su Insolencia es servido, qué fundamento ha tenido esta privanza o quimera. Si queréis estar atento prestad dos cargas de orejas. Sí, que soy mulo; parejas las tengo ya. Va de cuento. Su Majestad, que Dios guarde para espantajo de cuervos, o para sastre del turco, o para ser buñolero, al tiempo que los rocines y los demás cuadruperos, más verdes hallan los campos para retozar en ellos, quiso salir una tarde con la Infanta a coger berros porque mear no podía, que como dice Galeno verrorum facies orines, para cuyo fin sospecho que de berros aquel día dos gamellas se engulleron; urinó la Infanta tanto que afirman los que la vieron que desde entonces el campo tiene otro arroyo más grueso. Viendo el Rey que se tardaba y sufrirlo no pudiendo, llamó colérico a voces cuatro guardas, dos monteros, porque a cazar le ayudasen una zorra que vio lejos; fuese, en fin, y como el monte es intrincado y espeso, se pierde allí como niño con ser barbudo sujeto; viendo, pues, la Infanta entonces que se tardaba y que Febo con la luz que da la luna quiso que en este hemisferio fuese candil de las fuentes cuya cocina es el cielo, toma ¿y qué hace? Da un salto y sube sobre un jumento que allá le puso la albarda el Duque del Rastro viejo, y va derecha a palacio cantando al son de un pandero: «—Tú la tienes, Pedro, la borrica preñada. —Juro a tal no tengo que vengo de la arada.» Perdióse el Rey en la caza y esta pérdida en efecto fue la ganancia del Duque, que el Rey por divertimiento una jácara cantando, el Duque la estaba oyendo; fuese de su voz guiado en su busca; halló, en efecto, a Su Majestad y entonces saludáronse y bebieron de una gruesa calabaza (que en el campo no hay calderos); he aquí donde en un instante con negras nubes el cielo tempestades amenaza, guerras publica con truenos. Viendo, pues, piadoso el Duque a su Rey en este aprieto, ásele luego la mano, y juntos así corrieron hasta una casa de campo de quien es él allí dueño (no es casa aunque lo parece, es un pajar harto viejo) donde sin zorra y con hambre pasaron la noche en cueros. Vístense salida el alba y vanse los dos derechos, juntos en amor compana (como dicen los cocheros); llegan, en fin, a la corte, y como hambrientos vinieron, el Duque, que en un bolsillo trajo acaso real y medio, convidó a Su Majestad [a] almorzar, y juntos dieron sepultura en las barrigas a diez libras de buñuelos; echan después un tragazo y de esta acción satisfecho tanto quiso el Rey al Duque que su privado le vemos. No me admiro, ¡vive Cristo!, que tal fineza y valor ni cupo en ningún señor ni hay ciego que lo haya visto. Vamos a casa. ¿No habrá qué cenar? Mucho lo dudo. ¿No se trujo ayer menudo? Todo se ha acabado ya. ¿Pues panza no nos sobró? Comímela en mi conciencia, pero tendrá Vueselencia una morcilla. Eso no, por vida de mi mujer, doña Pascuala García, que la ha de comer Vusía; no hay que hablar, esto ha de ser. Mirad, señor Almirante, que es grande exceso el que hacéis. Conde, vos lo merecéis; ya sé que sois un bergante. Un lugar de Barrabás es la corte, ¡vive Dios!; hay merced, hay tú y hay vos y trecientas cosas más; hay señores y hay vasallos, hay favores y hay desdichas, hay torreznos y hay salchichas, hay pollinos y hay caballos, panza y callos, bodegones, requesones, longanizas y melones, achicorias, azanorias, hay mondongo, hay pepitorias, y hay tabernas de hipocrás y trecientas cosas más; hay caballeros andantes, hay músicos y hay poetas, mujeres que echan soletas y hombres que aderezan guantes, hay danzantes, añafiles, tamboriles, cascabeles y badiles, incensarios, letuarios, almireces, boticarios, y una ermita de San Blas y trecientas cosas más; hay muchos hombres con ollas y algunos desbarrigados, hay tejas en los tejados y carbón para las ollas, hay cebollas, arlequines, matachines, hay gualdrapas y cojines, espeteras, bigoteras, hay morteros y hay esteras, y un [...] de Gaifás y trecientas cosas más. Noche que sirves de coco, noche que sales tiznada, asconde agora en tus sombras esta desdichada Infanta; de mi hermano vengo huyendo que furibundo me casa con un vasallo escudero bravo comedor de panzas. Todo el reino le mormura, todos de infame le aclaman, todos le notan de burro, todos le aplican la albarda. Triste de mí que oprimida, sola entre desdichas tantas me consuelo, que he salido sin que me sientan las guardas; roncando quedaba el Rey, que sobre un costal de paja suele quedarse dormido revuelto en una frazada. ¡Válgate el diablo!, ¿qué miro? ¿Es ilusión o es fantasma? ¡Válgate Dios por figura más rabicorta que larga! De parte de Dios te mando que me digas sin tardanza si eres ánima del limbo, si eres cigüeña o urraca. Soy la puta que os parió. Esa por las eras anda. Esa de cara la miro. Esa abadesa se llama. Soy una mujer muy noble, que del temor de una espada viene temiendo sus filos, que mi inocencia amenaza. Por vida vuestra, señor, que pues el traje y la cara dicen que sois caballero, si estáis encima de un haca amparéis aquesta triste, que si mi gente me agarra me ha de poner este globo como Dios hizo una grana. Señora, perded el miedo, segura vais en las alas de mi favor, que hoy os suben hasta el cielo de la cama. Soy un grande caballero llamado don Carlos Flauta, que fue mi agüelo el primero que tamboril tocó en danzas. Vine a la corte famosa de nuestro insigne monarca para mirar sus grandezas que nos divulga la fama; pensé que hubiera cien calles de torreznos empedradas, y de turrón bien compuestas eran en Madrid las casas; pensé que hubiera una fuente de buñuelos en la plaza, con dos pilones en ella llenos de miel y de natas; pensé que hubiera en el parque árboles de frutas varias, de cuyas ramas pendían muchas perdices asadas. Vuelvo corrido a mi tierra y con pesadumbre tanta que estoy hambriento y no puedo mascar guijarros. ¡Qué lástima! Escribílo a mis vasallos, y para partir mañana me trujieron un borrico por haberse muerto el haca; con él os sirvo, señora, que es donde iréis a las ancas. Mucho la merced estimo. Vamos, mi bien. Vamos, alma. Dame esa mano de puerco. Mil veces beso esas patas.

JORNADA SEGUNDA

¿Viose mayor insolencia? ¿Viose desvergüenza tanta? ¡Que la Infanta no parezca! ¡Que aquesta Infanta barbada de mi persona haga burla! ¡Hola, hola! ¡Hala, hala! Salid acá, bujarrones. ¿Qué loco es este que llama? Pues, Duque, ¿no me conoces? Gran señor, Majestad alta, ¿tú das voces? Yo entendía que algún borracho las daba. Pues yo las di. Aqueso basta; lo dicho, dicho, señor; mas ¿no me diréis, señor, (si la pregunta os agrada y no es necia la pregunta) cómo, Majestad cesárea, con un candil y en camisa? Ando buscando a la Infanta, que me dicen que se ha ido esta noche de mi casa, y quizá estará escondida en alguna chimenea de las muchas que hay en casa. No, señor, que en el pajar puede ser que entre la paja se haya quedado dormida. Más fácil será el hallarla en el desván de palacio, que allí sospecho que estaba matando anoche las pulgas y rascándose una nalga. ¿Si está en la caballeriza?; que a veces ella y Costanza van a hacer cámara juntas. Sí, que su Alteza es muy llana. Amigos, todo lo he visto: fuera de palacio anda. Id al momento en su busca, y si la halláis, azotadla, o traédmela aquí a cuestas, que ha de llevar cien palmadas. ¿Qué se ha de hacer? No hay remedio. Mujer, en fin. ¡Y con barbas! ¡Ah, Infanta de los demonios! ¡Ah, pícara desollada! ¡Mal haya, amén, quien te besa! ¡Mal haya, amén, quien te rasca! Niña que quitas enojos, boca que engendras cariño, cara con rasgos de niño, cabellos largos y rojos, que ostentas en vez de piojos aljófares candidatos: retocémonos a ratos, que si nos ven con rigor dirán que está nuestro amor como entre perros y gatos. ¿Qué te cuesta sin ficciones dejarte dar dos abrazos? ¿Tírante acaso balazos? ¿Es esto dar mojicones? Si tiranizar propones, pierde lo que es tu hermosura. Déme tu piedad ventura; muéstrate blanda esta vez, que dirán que es de almirez tu mano, si eres tan dura. Ya tu discurso he escuchado. ¿Qué sientes, pues, de mi amor? Que un banco de un herrador hablara más concertado. ¿No te doy para el calzado, para afeites y albayalde? ¿No te sustento de balde? ¿No es mi afición con exceso? Luego tú me tienes preso. ¿Soy yo, por dicha, el alcalde? Ablanda un poco mi mal. ¿Soy manteca o levadura? En ti mi pena se cura. ¿Soy yo, por dicha, hospital? Difunto estoy y mortal. Pues un responso diré. El alma, en fin, se me fue. Ve tú corriendo tras de ella. ¡Qué rigurosa es mi estrella! Por eso a espulgarme iré. ¡Ah, Laura, detente un rato! ¡Ah, Laura, espérame un poco! ¡Mi luz, mi candil, mi moco, mi cigüeña y mi silbato!, escucha aunque más no vengas; no te me alejes, urraca; mas irás a hacer la caca, bien es que no te detengas. ¡Hola, Serón! ¿Quién me llama? Don Carlos soy. ¿Qué más quiere? Darte un gran bien. No lo espere, no siendo Laura mi dama. Pues yo te quiero casar con ella. ¡Bravo interés! Déjame besar tus pies o tus zancajos besar, y dámelos todos juntos para medirlos a varas, que quisiera que calzaras en cada pie treinta puntos. ¿Cuándo será el matrimoño? Aquesta noche ha de ser que, en fin, Laura es mi mujer. Son cosas ya del dimoño. Vela a hablar, ponte bizarro, di que es gallarda persona, que sabe más que una mona, que hiere más que un guijarro, que es su beldad alma tuya, y porque más se contente le cantarás de repente un réquiem y una aleluya; y pues adelante pasa la ventura que dispones quítate aquí los calzones y da la vuelta, Ganasa. Ya el alma toda retoza; yo voy, pues tanto consigo. ¿A qué? A rascarle el ombligo. Será bellísima cosa. Valiente industria es aquesta, que, si con este se casa, no será mi dicha escasa, cuando un rigor me molesta; que, como Laura es doncella, no es mucho esté rigurosa; casada, no será cosa dificultosa el vencella; y este Serón es paciente, blando, sencillo, amoroso, marido, en fin, provechoso para todo pretendiente. Vendréla, en fin, a gozar, que ese lo ha de consentir, y aun él tiene de parir como se deje tocar. ¿En fin murió nuestro Rey? ¿De qué, si sabéis, murió? De una cena en que mandó que le empanasen un buey. No pude verle enterrar. Mucho de verle me holgara. Vierais la cosa más rara que ha visto el mundo y el mar; y por si acaso es antojo (que puede estar Vueselencia preñado de pestilencia) oiga, si está sin enojo: llega el sol con su carro, tan galán como rotundo, al mesón donde se paran sus caballos y sus mulos, cuando nuestro gran monarca, tan cristiano que fue turco, murió sin querer un martes, que todo martes es zurdo. Atravesado con sogas sacan al rey en un burro como si fuera pellejo de vinagre su real bulto. Iban detrás del jumento de almodrote don Nuflo de Pistraque y don Marrueco, don Guillopo, don Calmurrio, colas arrastrando largas que alegraban todo el mundo. Iban en cuatro parejas, pero tan tristes, tan mustios, que fue el suspiro más temo un regüeldo, un estornudo. Delante del dicho cuerpo, para consuelo del vulgo iba una danza de negros pero, muerto el Rey, ¡qué mucho! La procesión remataban cuatro tudescos robustos que le tocaban cencerros cantando kiries al uso. Diose un pregón en la plaza por el alcalde Zamudio: que nadie fuese al entierro sin antojos y ninguno fue sin ellos a aquel acto; conque de veras presumo ser el entierro más grave que jamás monarca tuvo. No pienso yo, conde Arnaldo, ni pensó jamás el mundo ver tanta copia de luces o para entierros o triunfos, porque iban por ser de noche (que es tiempo entonces obscuro) ciento y setenta candiles; estos el cura dispuso en dos hileras, y luego meten el cuerpo en un cubo, que esto y mear en cazuelas es de monarcas augustos. En la misa del entierro (que hay misa, en fin, de difuntos) hizo el sermón un albéitar, que el sacristán Pedro Grullo estaba de parto entonces y hacer el sermón no pudo. Esto como amigo os cuento, que, en fin, para darte gusto será tu orinal mañana quien sea servidor tuyo. Vamos por la Infanta luego. Trácense fiestas extrañas; ásense muchas castañas, pónganse todas al fuego; regocíjense mil veces los hombres con gustos varios; más de seis mil boticarios vayan tocando almireces; haya colas, haya mazas, y en una noche deprisa salgan bailando en camisa cien dueñas por esas plazas. Esto ha sido de repente. Vamos todos adelante. Bien lo traza el Almirante. Es bravo zorro. Es valiente. ¿Qué hay, Serón? ¿Hablaste a Laura? Mejor dijeras a un risco: ni se ablanda ni se mueve, que sin duda algún espíritu se le ha entrado en la barriga. ¿Qué hay? Dilo. Sabrás, señor, (porque abrevie te lo digo) que Laura se ha ido al monte de tu casa en un proviso. ¿Laura? Laura.[…] ¿Laura al monte? Al monte mismo. ¿Que ya se fue? Ya se fue. ¿Vístelo tú? Yo lo he visto. ¿Para siempre? Para siempre. ¿Hablas verdad? Verdad digo. Serón, ¿es cierto? Y muy cierto. Pues ¿qué piensas? [...] [] Que se le da al arzobispo. [] ¡Vive Dios que he de ir tras ella por la posta en un borrico! Haz que me ensillen un buey. Es de tu ingenio el arbitrio. ¡Ah, Laura con más bigotes que un armenio! ¡Oh, basilisco! ¡Ah, moza de treinta frailes mercenarios y franciscos, benitos y vitorianos, trinitario y dominico! Pues huyes de ir conmigo, Bercebú te acompañe. ¡Plegue Cristo! Noche que sirves a tantos de socarrona alcahueta, ampara esta desdichada que en tu sombra se encomienda. De noche salí también fugitiva de mi tierra, mas fue la noche tan clara que fue la luna su yema. Apelé de los rigores de mi hermano a su clemencia, que me casaba forzada con el Duque (¡a Dios pluviera fuera agora mi marido!) y cuando osada y resuelta quiere don Carlos casarme con Serón, ¡qué necia empresa!, (que solamente serones han de casar con espuertas), con miedo voy por el monte, que sola y hermosa es fuerza hacer una travesura si algún barbado me encuentra. Aquí pasaré la noche mientras que el alba risueña, compadecida del hambre que en este yermo me aprieta, derrame al suelo morcillas en vez de aljófar y perlas, que si tales perlas guarda tendrá por nácar artesas. Por todo este monte oculto, que por serlo no es poeta, ando buscando perdido a la mejor de sus fieras. ¿Dónde estás, hermosa Laura? ¿Dónde te ocultas, Quiteria? ¿Dónde te rascas, Lucía? ¿Dónde te come, Teresa? ¿Por qué me dejaste, Alfonsa? ¿No estabas gorda y repleta? Pícara infame, ¿no tienes dos palmos más de caderas? ¿No dormías, bujarrona, metida entre dos esteras en un pajar de mi casa como si fueras la reina? Borracha estás, pues me olvidas; sin juicio vas, pues me dejas; mas ¡válgame el cielo santo! un bulto está allí. ¿Si es ella? Ella es, por Dios. ¿Hay tal dicha? ¡Ah, Laura, ah, Laura, no duermas! ¿Roncando estás? ¿No respondes? ¡Ah, mi bien! ¡A esotra puerta! Alzarla quiero las faldas por ver si acaso dispierta pegándola seis azotes. ¡Ay, Jesús! ¿Quién me recuerda? Don Carlos soy, no te alteres, mi vida. […] ¡Qué desatino! […] ¡Tales incendios me fuerzan, tales ardores me abrasan, tales afectos me alientan! ¡Vuelve, por Dios, a mi casa! Primero con una lezna me pase un moro una nalga. Moriréme, pues, de pena. ¿No ve que yo no cheriba? ¿Qué ropa, dime, es aquesta? No la has de ver. ¿Cómo no? ¡Vive Dios, que pienso verla! ¡Suspenso estoy y confuso! ¿Quién vio tan ricas preseas? ¿Es posible que tenías, mi Laura, tales riquezas? ¿Hay joyas de más estima? ¿Hay muladar que esto tenga? ¡Muy noble debes de ser! Sangre real tienen mis venas; más principal soy que tú, que al dejar mi patria bella, porque la necesidad no me obligase a bajezas saqué estas joyas de casa. Fue elección de tu prudencia mil veces digna, y pues ya he conocido por ellas tu calidad, desde hoy digo que porque viva y no muera quiero casarme contigo. Dame la mano. Con ella te doy un alma de cántaro. Yo te la doy de una suegra. ¿Cuándo gozarás mi amor? Presto, como tú lo quieras; mañana dormimos juntos. ¡Ay, mi cachorro! ¡Ay, borrega!

JORNADA TERCERA

¡Oh, qué linda la novia está! Urruá, urruá, urruá, urruá. ¡Oh, qué lindo es el garzón! Kirie, kirie, kirieleisón. Gracias a Dios que venimos matrimoniados los dos y nos reciben en casa con música superior. ¿Qué dicha iguala la mía? Pues, porque comamos hoy tengo un camello en cecina, en almíbar un lechón, en arrope tengo un gato y un gigote en conclusión de una pierna de Lutero. ¿Tanto hay? Sí, ¡voto a Dios! Mucho me huelgo de veros. Yo más de veros a vos. Pues quedémonos a escuras y nos veremos mejor. Vamos, que vengo con hambre; quisiera en esta ocasión tener por panza una cuba. Harto cuba y cuero sois. ¡Oh, qué linda la novia está! Urruá, urruá, urruá, urruá. ¡Oh, qué lindo es el garzón! Kirie, kirie, kirieleisón. ¡Qué hermoso caballo es este! ¡Qué terrible matalote! Ni le tuvo don Quijote ni hiede más una peste. Callen todos los caballos con este hermoso alazán. Este me dió el Preste Juan por solo un plato de callos que un sábado le guisé, que aunque fueron de herradura lo tuvo a mucha ventura. Ventura dichosa fue; pero dejando esto aparte ¿qué hemos de hacer si ha tres días que sin lograr las porfías de tanto ardid, trazas y arte no podemos descubrir aquesta Infanta barbada? Ella es una gran probada, que así se puede decir. ¿Qué hemos de hacer? ¿Qué? Holgarnos. Eso es andar por barruntos. Pues vámonos todos juntos a un corredor a espulgarnos. Ya se me murió mi hermano, ya se le llevó Jesú, ya se fue con Bercebú, pero no estuvo en su mano. Su cetro habré de empuñar; pídanme albricias crueles, que un celemín de pasteles pienso con todos gastar. No saben de mí los Grandes, que si dónde estoy supieran yo sé que por mí vinieran aunque estuvieran en Flandes. Pero con aquesta carta que hoy escribo al Almirante noticia le doy bastante para que por mí se parta. Mas mi esposo viene aquí; callar quiero, y enjugar aquestas legañas quiero, no huela este majadero que lloro por otro así. A caza partirme quiero por traer a esta borracha alguna anguilla o capacha del río de Tolú despensero; mas aquí está, hablarla quiero y decilla en dos palabras que me parto y que no llore, que yo volveré mañana. ¡Oh, mi Rey! ¡Oh, mi lucero! ¡Oh, mi corito! ¡Oh, gallega! ¡Oh, tinaja de bodega! ¡Oh, caraza de mortero! ¡Oh, bergantón! ¡Oh, picaña! ¡Oh, putonazo! ¡Oh, putona! ¿Adónde vas? Vengo aquí y es porque no voy allá. Quiérote bien, claro está, que un ciego no fuera así. Voy a caza, como ves, y aunque me cueste trabajo para matarte algún grajo y si voy es con mis pies; échame tu bendición y mataré un jabalí. ¿Con aquese perro? Sí. Aun no podrás un lechón. ¿A qué hora volverás? A la misma que volviere. Judas tu vida prospere. La tuya guarde Gaifás. No he querido descubrir mi pena a este mentecato por no perder mi recato que me ha de hacer deslucir. Ya no me quiero reír aunque me levante al alba, ni quiero que me hagan salva los pájaros ruiseñores, ni me diviertan las flores sino la color de malva, ni quiero que el perro de Alba venga a bailar un canario, ni que ningún calandario me señale a mí la calva; porque en la aflicción que estoy todo mi ser y mi gana es zurrarme la badana y no del modo que estoy; y porque el saber es llano de mi reino y de mi tierra es lo que me hace guerra y más ya muerto mi hermano; no sé cómo avisaré a los grandes cueratones, si lo avise con ratones u si de ellos me hartaré. Avisaré con Serón que es un grande bestionazo y echará por el atajo con grande resolución. Mas bien será en conclusión tener la carta en la mano, no llegue algún cirujano y me quite la ocasión. ¡Oh, si viniese Serón y esta epístola llevara y en sus manos la entregara, que es muy grande socarrón! Pero ¿no es ese que viene? ¡Hola, Serón! ¿Qué me mandas? ¿No te llegas? Ya me llego. ¿Eres tú? ¿Pues no lo ve? Llégate más. ¿Para qué? Para tocarte. ¡Arre allá! ¿Eres tú, mochuelo frío? Yo soy, pues mi dicha es cierta, o tu serón o tu espuerta, que esta razón me concuerdo. ¿Qué te sirvo? En que este día lleves una carta mía y se la des a Gaifás; y sé muy bien, si la das y tu ventura procuras, que si se la das a escuras te ha de dar a Barrabás. A obedecerte al instante voy como tú me lo mandas y a caballo en unas andas iré a ver ese bergante. Pues vete al punto; mas no, que gente a esta parte viene. Pues ella aquí me tiene no me voy por sí o por no. ¿No es aquesta la gabacha? Ella es, ¡por Dios! ¿Hay tal dicha? ¡Válgame Dios! ¡Qué desdicha! Sin duda que estoy borracha. Llevémosla de repente. Cojámosla en un instante. Yo lo haré, que soy gigante. Yo, que soy ancho de frente. Pues ¿qué aguardamos? Aprisa, antes que hable palabra. Calle la boca de tabla o pondrémosla en camisa. ¡Hola, Serón, que me roban dile a mi Carlos! ¿Qué es esto? Que aquesta gente malvada me lleva por esos cerros. ¡Hola, guardas de estos valles, monteros, perros, sabuesos, ratones, gatos, morcillas montes, peñascos y güevos! ¡Que roban a mi señora! ¿Estás borracho? ¿Qué es esto? ¿De qué das voces, morcón? ¿Acaso has perdido el seso o te nacen sabañones en la lengua, mal podenco? ¿Es nueso amo? El mismo soy. No te digo... Acaba, puerco. .una desdicha... ¿Qué hay? .que has de sentir. Sajarélo. ¿A quién? Al mismo demonio. Di deprisa, ¿qué tenemos? Serón, amigo, ¿qué hay? ¿No has oído, gua, gua, guay? Pues es mucho gua, guay, ay, y. ¿No sabes qué es cosa y cosa? Pues sabe que con gran porte tres sacristanes de corte te han agarrado tu esposa. Pues a mí ¿qué se me da? Si la han agarrado, ella al punto se soltará. Amo, no si la han robado y llevado por su mal. ¡Calla, infame!, no prosigas, y pues me dejas mortal, de la cárcel de la muerte pase mi vida el umbral; preso me tienen sus grillos, bien puedo agora cantar: Ya está metido en la trena tu querido Escarramán. De los Grandes me querello, de ellos nació mi pesar, que estos alfileres vivos me prendieron sin pensar. ¡Oh, nunca a caza saliera!, pues hoy por mí se dirá que andaba a caza de gangas y grillos vine a cazar. ¡Qué contenta irá a la corte esa Infanta desleal!, como el ánima del sastre suelen los diablos llevar. De modo me dejó herido que sin duda en su crueldad hizo en mi cabeza cascos un jarro y un orinal. Mas ¿dónde voy divertido glosando el Escarramán? Vamos, Serón, a la corte. ¿Y si te quieren matar? No importa, yo iré encubier[to]. Con eso contento irás. ¡Oh, cómo pienso ponerla! ¡Oh, qué zurra ha de llevar! Vuestra Majestad, señora, elija esposo a sus armas que rija esta monarquía. Es cosa muy acertada. Ya he dicho no puede ser con una y otra palabra; no me quiebren la cabeza, que no la traigo tocada para escuchar tantas veces pendiente de vuestras ansias. Para acabar de una vez digo que ya estoy casada: dos años ha que don Carlos y yo juntamos las tabas; un niño tenemos hecho y como en gente barbada pensaba cuando le hacía, nació como yo, con barbas. ¡Qué extraordinario prodigio! Quisiera verle. ¡Hola, ama! Sacadme luego a Alonsico. ¡Ah, mama! ¡Ah, taita! ¡Bendígate el cielo, amén! Déme un tres para cabañas. Tomad un cuatro, mi vida. Andad, volvedle a su ama. Coco taita, caca mama. ¡Los diablos lleven tu alma! ¡Bendígate Barrabás! ¡Vinagre! ¡Hola, guardas! Llamadme luego a aquel hombre. ¡Oh, señora de mi alma! ¡Oh, monarca de mi vida! ¿Cómo con aquesa carga hecho un pícaro has venido? Temiendo alguna desgracia quise venir encubierto. Ha sido grande arrogancia; amigos, este es mi esposo; saquen aquí las doradas insignias nobles y augustas. Bien puede en aquesta albarda sentarse Tu Majestad. ¡Notable trono le sacan! ¡Bizarra está la corona! ¡Y el cetro cosa extremada! ¡Qué majestad! ¡Qué grandeza! No se ha visto coronada zorra alguna si no es esta. ¡Todos tiemblan! ¡Todos callan! ¡Viva don Carlos y beba! ¡Viva y beba! Dos tinajas quisiera aquí, majadero; y pues dicha y gloria tanta consigo, y sin pretender, libre de toda esperanza, acabe aquí con los diablos la ventura sin buscalla.