Texto digital de La venganza honrosa
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Gaspar de Aguilar o Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate)
- Atribución estilometría
- Gaspar de Aguilar Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto (preparado por Germán Vega) procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega I (1857).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La venganza honrosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/venganza-honrosa-la.

LA VENGANZA HONROSA
JORNADA PRIMERA
Déjame morir. Señor, ¿Cómo vienes de esa suerte? Traigo, Ricardo, un dolor, El mayor del mundo. ¿Es muerte? Mayor. ¿Es rabia? Mayor. ¿Es ira? Mayor. ¿Es fuego? Mayor. ¿Es celosa furia? Mayor. ¿Es desasosiego? Mayor. ¿Es alguna injuria Del tirano niño ciego? Mayor mal que ese recibo. ¿Cuál es el que te atropella? Es el menosprecio esquivo De aquella ingrata, de aquella Por quien muero y por quien vivo. De aquella que se, ha casado Con el duque de Milán. Por quien a mí me ha dejado. Después que en ser su galán Toda mi vida he gastado; De aquella que cera fue Cuando había de ser piedra. De aquella que imaginé Que coronara con hiedra Las murallas de mi fe; Y en fin, aquella a quien di Lo que me ha quitado el cielo. Si le recibes de mí, Quiero darte algún consuelo. ¿Tienes dama? Señor, sí. ¿Menospreció tú valor? ¿Casose tu dama ingrata Por ventura? No, Señor; Que en la que puse mi amor Con más recato me trata. Deja pues de dar, infiel, Ese consejo mortal; Que en cierto modo es cruel El que consuela de un mal Que no ha pasado por él. Deja esa vana locura. Por quien me deshago en llanto, Y no consolar procura Menosprecios basta tanto Que gustes de su amargura. Deja que muera, y permite Que mi alma morir pueda Sin que nadie se lo quite, Y al gusano de la seda Muriendo encerrado imite. Tendrá el alma, que no es mía. Sepulcro en el pecho mío, Donde el invierno es estío, Y donde siempre se cría Hielo ardiente y fuego frío. Escucha. Inconsiderado. Pues tu amistad es dañosa. Déjame con mi cuidado; Será la postrera cosa Que en el mundo me ha dejado; Que ya todo me dejó, Y aun la gracia que perdí. Tanto de mí se apartó, Que ya no hay cosa de mí Mas apartada que yo. Mas di, ¿por qué liviandad Me haces venir encubierto, Estando yo en mi ciudad, Como la nave en el puerto Pasada la tempestad, Pues me escribistes que luego A Mantua viniese? Al fin Estás de cólera ciego; Que como el amor es fuego. El amante es polvorín. Yo te perdono, Señor. El rigor áspero y fiero, Y por templar tu calor, Quiero decirte primero Que Porcia te tiene amor. ¿Porcia? Sí. ¿Qué dices? Digo. Que te quiere más que a sí. Aunque está casada. Amigo. Si de lo que dije aquí Me quieres dar el castigo, No ha de ser tan riguroso. Digo que te quiere bien, Y que no quiere a su esposo Por pesado y por celoso, Y por marido también. Tanto, que queda eclipsado Su bello sol sin segundo. Pues después que se ha casado Contra su gusto, ha dejado De amanecer en el mundo; Y esta falta de alegría Que en su rostro conocí, Ella me lo dijo un día Que en su palacio la vi, Por tu ventura y la mía. Dijo que en su casamiento Su padre quiso hacer tiro A su altivo pensamiento, Y después de algún suspiro Que se lo llevaba el viento. Me dijo que te escribiese De su parte, y el pasado Tormento le agradeciese, Y que perdón del pecado Que no ha hecho te pidiese. Y que, como pobre, a ver la Vinieses a este lugar, Porque de esta suerte hablar Te podría mejor, pues ella La limosna te ha de dar. Ten luego esa lengua muda, Y la lengua encubre v calla, Pues viene tan en mi ayuda, Que para poder gozarla La habré de poner en duda; Que aunque esta nueva me envía El amor por mi provecho. Es tal la tristeza mía, Que habré de hacer en mi pecho Lugar para el alegría. Dame un abrazo al momento; Que pues como hombre infelice No abrazo, alegre y contento, Las palabras, que son viento, Abrazaré a quien las dice. Brazos son estos que, alados, De esclavos te servirán. ¿Posible es que mis cuidados Fenezcan ? Antes están Fenecidos y acabados. Pues la Duquesa te adora. No puede ser. Bueno es eso Para quien por verte llora. De contento pierdo el seso Tú lo cobrarás agora; Que tengo en cierto lugar Un criado que con priesa Nos vendrá luego a llamar. En viendo que la Duquesa La limosna sale a dar. Porque yendo disfrazado De la manera que digo. Podrás ver de tu cuidado el merecimiento. Amigo. Siéntome tan obligado, Que quisiera, porque hallara Tu servicio sin segundo Galardón que le igualara. Ser señor de todo el mundo. Como lo soy de Ferrara; Mas de ello y de mí dispón A tu gusto y tu provecho. Aunque ningún galardón Merece el hombre que ha hecho Lo que tiene obligación, Te pido... No es menester Que en pedirme te comidas; Que aunque grande puede ser, Primero que me la pidas Te la puedes ofrecer. Pues a tu hermana, Señor, Te demando por esposa, Porque solo por su amor Te sirvo. Di, ¿Porcia hermosa Me promete algún favor? Aunque no somos iguales, Haré que a mi hermana cobres Por remedio de tus males. ¿Señor? ¿Qué quieres? Que de pobres Están llenos los umbrales, Y Porcia quiere salir A darles la caridad. ¿Qué dices? ¿Qué ha de decir. Sino que con brevedad Te vayas luego a vestir? Y por lo que me has mandado Me des los pies. ¡Caro amigo, Dame un abrazo apretado, Y vamos, que yo me obligo A salir disimulado. Con pobres puedes hacer Que el bien que perdiste cobres. A mí me quiere traer A tal estado, que pobres Me vengan a enriquecer. No hay quien la costumbre ordene Deste mundo fiero, inicuo. Pues tanta sinrazón tiene, Que el rico viene a más rico Y el pobre a más pobre viene. Los dos la carga pesada Del vivir llevan de un modo, Pero es con suerte trocada; Que el pobre lo lleva todo Y el rico no lleva nada. Por no pedir voy muriendo Con tan miserable fin, Porque si el andar pidiendo Y recibiendo es tan ruin, ¿Qué será no recibiendo? Yo me quiero aventurar A pedir a la Duquesa, Que suele en este lugar Dar limosna. Ya me pesa De venir a demandar A quien durmiéndose está Y a dar limosna no sale. Porque yo la compro ya Con la tardanza, que vale. Vas que lo que ella me da. Valga el diablo la mujer Y a su poca diligencia. Mas paciencia es menester Tan pobre estoy, que aun paciencia No sé si puedo tener. Pues sois pobre, sed paciente Con las mujeres. Apenas Puedo ver tan mala gente; Que muchas de ellas son buenas Por vanidad solamente. ¿Quién la mete esta mujer En dar limosna? En la cumbre Por eso la han de poner. Lo más cierto es, que costumbre Desta tierra suele ser. Yo la llamo vanidad Dar limosna de su mano. Ruido siento, escuchad. ¿Pobre me llamáis, villano? Mentís y decís verdad. Amigo, ¿con quién reñís? ¿Yo? Con nadie. No me agrada El color con que venís. ¿Qué ha sido? He dicho un mentís. Como quien no dice nada. ¿Por qué ha sido? No os asombre; Díjome uno por afrenta Pobre. ¿Posible es que un hombre A otro, cual vos, desmienta Porque le llame su nombre? Cierto no tenéis razón. Antes sí. ¿Cómo? Escucha. El de humilde condición, Por no ser pobre, será Traidor, infame y ladrón; Y aunque pobreza le sobre Y a su infamia ponga el sello. No es bien que este nombre cobre; Que es llamarle todo aquello Que será por no ser pobre. Bien ha dicho. Bien por cierto. Digo que sabe infinito. No sé si vengo encubierto: A las obras me remito. Mucho sabéis. Mas que un muerto. No hay más En tu pecho fiel Está el amor tan profundo. Que no los habrá en el mundo Mientras tú vivas en él. Hay pobres de corazón. Pobres de espíritu vienen Algunos. Tenéis razón; Como espíritu no tienen. Pobres de espíritu son. Pero si a mi pecho fue. Engañarle amor no quiso: Astolfo parece aquel, Prevenir quiero el aviso Y disimular con él. Ya los ojos soberanos De Porcia dan esperanza De próspero fin. Hermanos. Perdonadme la tardanza. Danos, Señora, las manos. Yo sé que algunas querellas Se han hecho contra mi gusto Danos esas manos bellas. Las manos no será justo. Sino lo que traigo en ellas. Vos, que sois de más edad. Tomad limosna primero: Que vuestra necesidad Me parece mucha. Muero De una grave enfermedad. Que, con la vejez unida. Es la enfermedad de muerte. Con eso cobraréis vida. Y vos de la misma suerte Fortuna de mí se olvida. ¿Qué tenéis? ¿Qué he de tener? ¿No basta tener muriendo En mi casa una mujer. Con seis hijos, que pidiendo Me están siempre de comer? No hay desventura mayor; Tomad. Tu mano bendigo. Tú ¿qué tienes? Un dolor. ¿Cómo te llamas, amigo? Yo, Señora, el Contador. ¿Es nombre que en el bautismo Dieron en tu edad tierna? Antes le tomo yo mismo. Porque cruzando esta pierna, Hago un cuatro de guarismo. Cierto el hombre es singular; Yo quiero darte dinero Porque tengas que gastar. En tus alabanzas quiero. Señora, el nombre ocupar. Vos ¿quién sois ? Soy un soldado. Por mala paga perdido Según venís desgarrado. Cierto que habéis parecido Mas rompido que soldado, Mas tomad, y la esperanza No perdáis. Bien merecéis Por todo el mundo alabanza. Vos ¿qué pedís? Que me deis De limosna una venganza. ¿No sois pobre? No me aplico A que tal renombre cobre: La merecí dicha suplico Pues ¿qué sois? He sido rico. Que es mayor mal que ser pobre. ¿Rico habéis «ido? No fundo La riqueza en poseerla. Pues tuvo mi amor profundo en más su esperanza de ella Que la posesión del mundo. ¿Y es muy grande ese caudal Demás de ser grande y bello, Es un bulto de cristal, Con oro en vez de cabello, Y en vez de boca, coral. Por mejillas tiene ardientes Rubíes. esmeraldas ricas Por ojos resplandecientes, Y perlas menudas chicas Por chicos menudos dientes. ¿Será de mucho valor Para la ventura mía? Eso ha sido lo peor. ¿Por qué? Porque merecía Otro sujeto mayor. Con todo, su dueño ha sido Quien su luz hermosa y bella Puso en tinieblas de olvido, quien la tiene en menos que ella, en dársela se ha tenido. Quien perturbó su alegría, Y de todos cuantos son, Quien menos la merecía, Aunque por esta ocasión También pudiera ser mía. En mi vida he visto hablar Pobre con más buena prosa. Bien os podéis reposar; Que sola la vida es cosa Que no se puede cobrar; Mirad si yo puedo hacer Que se os vuelva. Es excusado; Porque el que me la quitó Podrá volverme, mas no El habérmela quitado. Esta pérdida que siento, Me hace loco, y de este mal Me huelgo porque es señal Que tenía entendimiento Cuando perdí este caudal. Y así, el dolor es de verte, Que el alma no le resiste. Con ser tan sabia y tan fuerte. Luego ¿no hay remedio? ¡Ay triste! Mi remedio está en la muerte. Pues tomad aqueste real Envuelto en este papel; Que si no le empleáis mal, Yo sé, amigo, que con él Cobraréis vuestro caudal. Con aquesto me ponéis Una cadena en el cuello, Pues darme un mundo queréis. Dándome, Señora, aquello Que en vuestra mano tenéis. Que lo que aqueste real tiene. A ninguno hay que no asombre; Y así, el nombre le conviene De real, pues que toma el nombre Del lugar de adonde viene. el doble daros quisiera. Siempre les darás el doble. Si les das de esa manera. ¡Qué afable mujer! ¡Qué noble! ¡Qué honrada! ¡Qué limosnera! En casa te esperarán, Y habrá por tu causa enojos, Aunque estás en el zaguán. Pues vamos luego. Los ojos Tras los pobres se le van. Ya se ha ido; yo me voy. Yo también Yo quiero hacer Otras estaciones hoy. Mañana me pienso ver En el lugar donde estoy. Pues la limosna que adoro He venido a descubrir, Quiero, con mucho decoro, Ser Colón en descubrir Las Indias de mi tesoro. Por poder ver el quilate, Tan levantado y subido. Que mis desdichas abate, De aqueste real, que ha sido El precio de mi rescate, Y Conocer el valor De aquella que darle agrada A un pobre merecedor, De la corona de amor La limosna coronada. Mas, triste, ¿por qué me afano? Que este sin duda es billete. Y billete de su mano. Claro está que me promete Algún favor de su mano. Pues no se pueden remediar, las quejas que haces de mi casamiento, ni las que yo hago de ti, De la condición del marido que contra mi gusto he tomado, sino en cerrar los ojos í mi honra y ausentarme de su poder; y por tanto, te suplico que al mismo punto que lo veas salir a caza, como suele de ordinario, «estés apercebido de caballos, y me «esperes a la puerta del jardín. por donde pienso irme, y gozar en tu Compañía esta vida de mis tiernos años, «ofrecida a tu gusto. —PORCIA ¿Dónde está de la meritoria La bien fundada querella? Pero ya es cosa notoria Que para alcanzar la gloria Importa el no merecerla. Y esto en mí cúmplese, pues Todo este mundo que veo. Menos en ley de interés De lo que deseo es. Y alcanzo más que deseo. ¿Quién vio en el mundo jamás Tan milagroso suceso? Sale ¡Oh mi señor. ¿Acá estás? Sí. ¿Qué tienes? Sin aqueso. Tengo todo lo demás. ¿Cómo? ¿Qué te ha sucedido? Que. la causa de mis males Mil bienes me ha prometido. ¿Cómo ansí? Mientras me vales Te contaré lo que ha sido. Si yo le puedo ayudar, Mándame. Ansí lo confío. Bien lo puedes confiar. Vamos, que te quiero dar Parte del contento mío; Que pues me causó contento El contento con quien lucho. Quiero sangrarme al momento De la vena del contento; No me ahogue por ser mucho. ¿Dónde está? Debe de hacer limosna. No hay quien entienda El gusto de esta mujer, Pues a costa de mi hacienda Da limosna. Has de saber Que ella no se toma nada. Mas errada en eso va; Porque la limosna honrada, Para ser bien ordenada, Comienza por quien la da. Y ansí, la fuera mejor Que la diera a su ventura, No linaje, no valor. No riqueza, no hermosura, Sino solamente amor; Que esto para mí la infama, Porque es negocio increíble Pensar que sin muestras ama; Que amor sin muestras es llama Sin humo, que es imposible. Y este daño que sospecho, Aunque de él no me asiguro. Se le trasluce en el pecho; Que pues es claro y es duro, De mármol sin duda es hecho. ¡Por eso es justo que calle, Como afrentado y corrido; Que la mujer de buen talle Que no quiere a su marido Está cerca de afrentarle. ¿Qué dices, Señor? Que tiene El pecho más que de cera Con los pobres. Ella viene Hecha una gran limosnera, Con la caridad que tiene. ¡Porcia mía! Ya me enfada Tu vista. ¿De dónde vienes? Di, ¿de quién eres amada Vas huyendo? Aquí me tienes, Como no me digas nada. Yo soy contento: mas di, ¿De dónde vienes agora? De los pobres, a quien di Lo que tú sabes. Señora, No lo creo. ¿Cómo así? ¿Por mentirosa me tienes? Bien es que este nombre cobres Que ya las obras mantienes; Que no puedes de los pobres Venir, pues de mí no vienes; Porque yo soy el mayor Y el que tiene menos brío. Pues indigno de tu amor, Soy Tántalo del favor Que no alcanzo, siendo mío. Jamás mi pecho se olvida De los pobres, pues los quiero Con amistad tan crecida, Que hoy be dado a un forastero Con la limosna la vida. ¿Forastero? Y tan honrado, Que sin duda es principal. Pues sepamos qué le has dado. Como le he dado un real, Quisiera darle un ducado. Porque es, Señor, de manera La nobleza que en él vi, Que sin duda se la diera, Y te la quitara a ti. Si quitártela pudiera. Un ducado y mil, Señora, De mi hacienda puedes dar A cualquiera, y dispensar Del corazón, que te adora. Con esto me quiero entrar. Di, ¿por qué te quieres ir. Y tu sol hermoso y bello De mis ojos despedir? Porque me dijiste aquello Que ofreciste no decir. ¿Qué dije? Ternezas tantas, Que me das melancolía. ¡Ah, Porcia, Porcia! querría Que esas nubes que levantas No eclipsasen mi alegría; Pero entiende que, a pesar Del olvido, con quien luchas, Podrás en este lugar. Pues mis ternezas no escuchas, Tus durezas escuchar. Bien sabes, Porcia, que he sido Quien tu mala condición como galán he sufrido. Tanto, que en esta ocasión Las sufro como marido. Tú, siendo mujer, también Como dama tienes furia, Pero en no quererme bien. Siendo dama, fue desdén, Y siendo mujer, injuria; Y si no, mira el rigor Con que siempre me has tratado, Para que quede mejor Probado y aun reprobado Que no me tienes amor. Pues si sé, Porcia, de ti Que has de emplear tu querer. ¿Cuál puede tenerme, di, No sospechar, mas saber, Que no le empleas en mí? Y así, es cuento verdadero Que otra planta echó raíces En tu corazón primero. ¿Quién dice que no te quiero? Tú callando me lo dices. De verme ansí no te espantes, Porque no puedo sufrir, Norandino, los amantes Que no hacen sino pedir Rubíes, perlas, diamantes, Puro crisol, mármol puro, Jaspe, coral, rosicler, Y convierten de ordinario El rostro de una mujer En tienda de lapidario; Cuanto y más que los maridos Nunca han de ser regalados, Por mucho que sean queridos. Esos son los desdichados, Y como yo aborrecidos; Que los que se quieren bien Con recíproca afición, Sin género de perder, Siempre idolatran, y son Idolatrados también; Siempre gozan los despojos De su corazón, sin miedo De pesadumbres y enojos. No como yo, que no puedo Dar un alcance a tus ojos. ¡Ay desdichado! ¿qué haré? Que aunque me sirves de espejo Me trae ya tu poca fe A término que me quejo De ti, sin saber de qué; Pero ya sé que el rigor De ese pensamiento loco Es con mengua de mi honor. Porque al fin tenerme en poco Es tenerme poco amor; Y así, de cólera ciego, No es mucho, Porcia, si arrojo Por esta garganta luego Fuego vuelto con enojo, Y enojo vuelto con fuego; Pero ¿por qué me atormento En juntar dos corazones De tan varias condiciones? ¿Hola? Señor. Al momento Apercibe los halcones, Y ven, que quiero cazar En el monte que apartado Está más de este lugar. Que quiero desenfadar A quien con mi vista enfado. ¿Qué llevaré? Llevarás Esas aves, que los vientos Volando dejan atrás, Para ver quién vuela más, Ellas o mis pensamientos. ¡Oh fiero perseguidor Del que mis glorias promete! Vete con todo rigor De tus pensamientos, vete Con los castigos de amor: Vete con la pena mía, Vete con todo el abismo Do tu aspereza se cría, Y vete contigo mismo. Que es la mejor compañía; Pero ¿quién me aconsejó Que diga vete? ¡ay cruel! ¿No será cosa más fiel Que ponga por obra yo Lo que le aconsejo a él? Pues Astolfo, a quien adoro. Me está esperando, deshecho En tierno apacible lloro, Mejor será, mas sospecho Que pierdo de mi decoro. Y que es mengua de mi honor Seguir la suerte amorosa; Pero seguirla es mejor, Cuando no por otra cosa., Por no vivir con dolor. ¿Con quién me canso, con quién Tanto pretendo, que pene Con la furia del desdén, Que hasta el amor que me tiene Me viene a cansar también? Yo me voy, mas ¿quién me ha puesto En olvidar lo que he sido? ¿Señora mía?, ¿Qué es eso, Ricardo? Ya tu marido Salió fuera. Vamos presto; Que Astolfo, con la tardanza, Tiene, demás de la vida, Rematada la esperanza. Vamos, aunque la partida Me ha puesto en igual balanza; El ser cuerda y el ser loca, Y el del uno al otro ser. La diferencia es tan poca, Que el peso vino a caer Con el aire de tu boca. No ha mucho que se ha partido A caza. Tengo temor Que algún descuido he tenido. ¿Quién sois? Un embajador Que de Milán he venido. ¿Qué hacen los suyos? Están En muy grande diferencia, Y todos se perderán Si allá no va la presencia Del gran duque de Milán; Por eso envían que al momento Dé una vuelta por su estado. ¿Vos no veis que el casamiento Con mi hija concertado, Tan a su gusto y contento, Es guerra, y no ha de poder Acudir a esotra guerra, Y que menos hay que hacer En gobernar una tierra Que en celos de una mujer? ¿Por qué queréis que la espada Desnude de su rigor? Aunque no sirva de nada, Con tu licencia, Señor, Le quiero dar la embajada. Sale EL Aguija, Señor, aguija, Y haz que para darte ayuda Toda la tierra se aflija, Porque yo sé que sin duda Falta en casa. ¿Quién? Tu hija. Ordena que en la ciudad Luego a rebato se toque, Y muestra con brevedad Tan desnudo de piedad Como de vaina el estoque. ¿Porcia Se fue? En el lugar Ya no está de ningún modo; Que yo la he visto llevar En un caballo que todo Lo tiene, sino el parar. ¿Quién la lleva? El de Ferrara, Que siempre la tuvo amor. ¿Posible es, fortuna avara, Que en esto paró el amor, Siendo una prenda tan cara? Pero ¿qué puedo decir Con esas impertinencias? Que en semejantes dolencias Lo mejor es convertir Las quejas en diligencias. Seguidme, que el corazón Le quitaré con la espada. En pago de su traición. Por cierto que mi embajada Vino a muy buena ocasión. ¿Posible es que no volvieron Los monteros? No, Señor. ¿No sabéis dónde se fueron? Fueron buscando el azor Que en tu presencia perdieron. Buenos habemos quedado. Solos y en este lugar. Aunque para mi cuidado No puedo en el mundo hallar Lugar más acomodado; Aquí de mi pensamiento Haré una fuerza, y querría Que fuese sin fundamento, Porque siendo fuerza mía. Pueda llevársela el viento; Y ya que no puedo hacer Contra el pecho airado y fiero Desta invencible mujer, Que con poder lo que, quiero. Me ha quitado mi poder: Y pues en quererme tarda. Desfogar quiero mi enojo; Mas, ¡ay! que el amor le guarda, Y las veces que me enojo El corazón me acobarda; No sé qué será de mí. Pues mis fuerzas desfallecen. Señor, gente viene aquí. ¿Son ellos? No lo parecen. ¿Vienen cerca? Señor, sí. Si no me engaña el dolor. Por el rastro de la gente Que va en busca del traidor Le pretendo hallar. Señor, Aguarda, espera, detente. Detén el curso ligero De tu gusto, y no detengas A quien vuela con las alas De su infamia y de su afrenta, En seguimiento del duque De Ferrara, que la lleva La enemiga de su sangre, Aunque tiene parte en ella; La víbora emponzoñada. Que da muerte a quien la engendra La hidra, que se ha cortado Ella misma la cabeza, Y de ella le nacen tantas Como hay en el cielo estrellas; La fénix de las maldades, Que en fuego de amor se quema, Y fue sin duda engendrada De las cenizas de Elena; Y al fin. para declarar Todos los renombres de ella, La hija que quise tanto Como es justo que aborrezca; Esta pues lleva el traidor, Y para que no la prendan Algunos vasallos míos Va derramando moneda, Porque mientras la recogen Salve la vida y la presa; La cual ha valido tanto. Que los que más valor muestran, son leones que delante de la luz del oro tiemblan. Déjame pues, Norandino, Que vengar tu agravio pueda. Pues soy la raíz de donde Salió el árbol de tu afrenta; Deja que llegue a Ferrara Y derribe sus almenas, Porque echadas por el suelo. En brazos del tiempo duerman; Deja que sus moradores A mis propias manos mueran, Y que a tal extremo lleguen, Que el bramido de sus quejas Suba al cielo por montañas. de sus tristes gentes muertas; Déjame, que aunque es verdad Que es mi edad cansada y vieja, En el fuego de mi agravio Hierve el agravio en las venas. ¿A Porcia buscando vas? ¿Cómo? ¿No soy vivo yo? ¿No ves que me ofenderás tú en seguirla mucho mas Que ella en irse me ofendió? Que el ir tú en su seguimiento. Sobrándome a mí el valor. Es decir que yo consiento En ello, y el deshonor Nace del consentimiento. Vuélvete. que no hay lugar No hayas miedo que me vaya. Déjanos, Señor, pasar. Quién pasare de esta raya. Conmigo se ha de matar. No sientes tú mi tormento. Pues no haces quejas algunas. Antes al doble lo siento; Que las quejas importunas Alivian el sentimiento: Que el que se quiere quejar. Suele a veces por la lengua La cólera refrenar, Y la cólera no es mengua Que a un hombre ha de dejar; Porque si miro la fe Desa mujercilla loca, En fuego me encenderé, Y hasta el alma echaré. Hecha carbón, por la boca. Pero dejarlo es mejor Hasta tanto que mi oficio Pueda ejecutar. Señor; Dame las manos. Fabricio, ¿Qué hay de nuevo? Tu dolor. Sepamos A qué veniste. A traerte una embajada. Que no doy por verte triste. Pues yo sé que en tu llegada Mi buena dicha consiste. ¿Cómo? Luego lo sabrás. Pues, Norandino, ¿qué haremos? Que os volváis todos atrás; Que yo y Fabricio queremos Emprender esto, y no más. Yo soy tu vasallo fiel. De mí a tu gusto dispensa. Siendo la traición inmensa, ¿Quién la ha de vengar? Aquel A quien se hizo la ofensa; Y ansí, solo yo he de ser Quien mi mujer matar pueda; Que el hombre que ha menester Que otro se la mate. queda Con agravio y sin mujer; Por eso es bien que me des Licencia. Saber querría Por qué secreto interés Vas solo. ¿No es compañía La de Fabricio? Sí es; Mas parece soledad, Según es poca. Mal sabes La fuerza de una amistad. Y porque saber acabes de saber mi voluntad, Yo parto a acabar mi honor, Y antes de partir querría Que quedases, por mi amor. Hecho absoluto señor De tu gente y de la mía. Toma este cargo por mí. Hijo, por quererle bien, Yo recibo el cargo aquí De mandarlos, y también De rogar a Dios por ti. Es mi amor tan singular. Que si tú, como hombre honrado. Puedes a Porcia matar. Te quiero hacer de mi estado Heredero, en su lugar. Por el favor que me has hecho. Prometo de darla muerte. Pues dame un abrazo fuerte ¿Qué tan estrecho? de suerte Que te ascondas en mi pecho; Que aunque yo tan poco valgo. Bien puedes; que el pecho mío. Ya desea tener algo. Porque el pecho que es hidalgo Muere por no estar vacío. Parte pues con alegría; Y si ves que alguna parte De tu sangre helada y fría Faltare para vengarte, Ven a tomar de la mía; Que parte y verdugo soy, Que sabré poner por obra Lo que prometiendo estoy. No trates de eso; que sobra El dolor con que me voy. Porque no tengamos miedo Que el dolor no vuelva atrás, Será lo que importa más. Tú considerar cuál quedo, Yo considerar cuál vas. Cierto que es gran sentimiento Ver aquesta despedida. Ven, Fabricio Soy contento. Oye, hijo, por tu vida, Una palabra al momento. Detenerme es excusado, Pues voy, a mi parecer. De una cosa consolado, Y es que jamás me has de ver, O que has de verme vengado. Suele ser la paciencia en los trabajos La virtud más subida y levantada; Pero en aqueste la paciencia es vicio, Pues acobarda los robustos pechos De nuestros invencibles corazones, Que la venganza piden a sí mismos, no a los altos soberanos cielos; Por esto, amigos, la venganza es justa Que Cada cual procure por su parte, Y que en llegando a la ciudad se arbolen Victoriosas banderas en los muros. Llamando al son de pífanos y cajas La gente que os parezca necesaria de nuestras gentes orgullosas fieras. Para postrar los arrogantes cuellos De los soberbios muros de Ferrara Y degollar los moradores de ella; Que si un poco me ayuda la fortuna, Pienso tomar venganza de los hombres. Quitándoles las vidas, de los muros. Echándoles por tierra de los campos. Arrancando los árboles, de modo Que allí no quede piedra sobre piedra. De mi parte, señor, juro y prometo Que siempre he de seguirte. Y de la mía Puedes estar seguro de lo mismo, Que ansí lo prometo. Pues en todos Tan grande muestra de valor se encierra, ¡Armas, armas, amigos, guerra, guerra!
JORNADA SEGUNDA
No tengas por cosa nueva Que la siga hasta su estado; Que aunque este agravio me deba, Voy, Fabricio, enamorado Ya del honor que me lleva. Siendo honrado me conviene Cobrarlo. No hay que dudar Que esa regla lo mantiene. Pues solo se ha de cobrar De mano del que le tiene. Porcia me tiene el honor, Y a Porcia voy dando guerra. Haces bien; pero. Señor. Mira que pisas la tierra Que es de Astolfo, ese traidor. Y allá dice en su renombre Que gusta de parecer A señor que es tan mal hombre. Porque en Ferrara ha de haber Ferrara como en el nombre; Que casi estamos en medio Del ducado. Mi caudal Con esto cobro y remedio; Que quien más se acerca al mal, trata más de su remedio. Hermosa es esta espesura. A no ser de Astolfo, fuera Apacible su frescura. ¿Qué te dice esta ribera? Cánsame el ver su verdura; Porque viéndola el antojo Por quien me pierdo y me pierdes, Siento con mortal enojo Que queden árboles verdes Delante el fuego que arrojo. Mas ya su amparo me obliga; Crezcan: que ansí me conviene Hagan sombra a mi fatiga, Porque todo agravio tiene A la sombra por amiga. Fabricio, ¿habrán ya comido Los caballos? SI, Señor. Oye, que siento rumor. De tres hacéis un traidor, Y no haréis de mí un rendido. Muere y calla. ¿Tú no ves Que en tierra tan despoblada No es bien que muerte me des; Que no es por nadie quitada Vida quitada por tres? ¡Oh, qué bien! Muy bien por cierto. ¿Argumentos a tal hora? Esta va sobre concierto: Y si tú mueres agora, ¿Quién dirá que tres te han muerto Estas plantas. ¿Cosa viva Ha de contar nuestras menguas? Dios que sus ramas aviva, Hará que truequen en lenguas Sus hojas. ¿En eso estriba? Y dirán cuán malo eres. Otavio, ¿dónde aprendiste. Que tan retórico mueres? En la ofensa que me hiciste. Traidor, ladrón de mujeres. ¿Sobre quererme robar A mi esposa me das muerte? Aquí no hay más que esperar; Haz, Fabricio, como fuerte. ¿Cómo? Quiérelos matar: ¿No has oído que han robado Una mujer los traidores? Verdad. Pues ponte a mi lado. Porque en estos malhechores Mato del Duque el pecado. ¡Afuera, que una traición No ha de sufrirse, enemigos! <Eres tigre? Eres león? Huyamos. Seguidme, amigos. No, que os sigue mi razón Templa, Señor, los aceros; No los sigas. Mis rigores Piden estos desafueros, Porgue pulgas y traidores Reviven quedando enteros. Sigue aquese; que yo voy Tras estos dos. En buen hora. ¡Qué venturoso que soy! Muerto me he visto, y agora Vivo, aunque obligado estoy. Mas no estoy vivo, aunque he sido Ayudado en tiempo breve; Que el honrado y bien nacido Que a otro la vida debe, Ya para sí la ha perdido. Mas ¿cómo sabrá el valor Satisfacer y mostrar Deudas debidas y honor. Si del que quiero pagar Huye apriesa el acreedor? Varón del cielo bajado, Si de allá bajan varones, Que por dejarme cargado, Y dejando obligaciones, Me dejas desalentado; No te sigo, que mi pecho, Sobre tu grande rigor, Correrá muy sin provecho Con el peso del favor Que en tu socorro me has hecho. Aquí muy siguro atiendo, En tus golpes confiando: Tuve vida, pues entiendo Que haces huir peleando, Y sabrás matar hiriendo. Destos que daño te han hecho, Uno queda ya sin luz; Pues mirando a su provecho. Por no matarlos sin cruz Esta le metí en el pecho. Besarla quiero, que es prenda De tu abono y tu valor. Es hábito sin hacienda; Y ansí, en un pecho traidor La he dejado en encomienda. Gusto me dan tus razones, Después que el vivir me ofrecen. Al revés de otros blasones; Los que aquesta cruz merecen, Pueblan cuartos de ladrones. De honor lo quisieran ser Estos tres. ¿Cómo? Han querido Saltearme a mi mujer, Con ser algo bien nacido, Y tener algún poder. Mi padre es gobernador De aquesta ciudad cercana , Y un Horacio, cuyo honor Sigue, como es cosa llana. Los aires de su señor. Sabiendo que al de Milán Robó el Duque a la Duquesa. Quiso, como buen galán , Dar a su gusto la empresa Que estas campañas le dan. En ellas vivo , y quería , De la soledad movido , Robarme mi compañía. ¡Ay, quién hoy fuera marido Por quedar viudo un día! ¿Por qué lo dices? ¿No quieres, Señor, que llore mi daño, Si he de ser lo que tú eres, Por no ser casado en año Que dan en robar mujeres? No sabes lo que en Milán Esta pérdida se siente. Pero donaires serán; Que un hombre que es tan valiente, De fuerza ha de ser galán. — ¿Quién eres? Un extranjero, Y por agora sin nombre. Y ¿quién es tu compañero ? Solo sé de él que es un hombre Que yerros hace de acero; No te puedo decir más. Porque somos tan de aliende. Que no nos conocerás. Quien me obliga y me suspende, Déjame honor muy atrás: Mas, pues os queréis celar De no pedir ni cansar; Pero conoced que pago En no quereros pagar. Soy Otavio, y obligado Con hacienda y con honor; No digo más. Sois honrado, Y el buen amigo, Señor. Es de los hombres traslado: Dadme licencia que siga Al amigo. Iré con vos, Pues el socorro me obliga. Somos dos, y siendo dos, Saldremos de una fatiga. No vengáis, id a sacar De cuidado a vuestra esposa. Al menos podréis tomar Esta cadena curiosa. Esa no puedo llevar, Porque profeso pobreza. Yo me voy, porque me deja Mas corto vuestra nobleza Y quejoso. Vuestra queja Es blasón de mi firmeza ; Como deben los señores Vivir bien , porque su vida Espejo es de valedores, Y al grande que a mal convida Le dan grandes sinsabores , La humilde queja le ampara , Y pues él es su consejo , Mal formará limpia cara Si está manchado el espejo. Siguen de Astolfo el camino Los suyos, porque no — Puede su gran desatino; Y también sigue tras ellos Su venganza Norandino. Yo he de seguir su pasar, Y quiero alcanzarle agora; Que he sabido a mi pesar Que el Duque y Porcia traidora Están en este lugar. ¿Que en esta tierra hay ladrones? Sí, Señor, y muy osados, Pues en estas ocasiones A vista de estos poblados Ejecutan sus traiciones. ¿Cuántos son? Dos me han seguido, Y el uno era cuadrillero. Que me dejó mal herido. ¿Qué dices, Horacio? Quiero Vengarme de este atrevido; Di lo propio. Yo diré Lo que gustas, por valerte. Ya yo a mis gentes mandé Qué los sigan. Desta suerte, Villano, me vengaré; La sangre me habéis sacado, El alma os he de sacar. También yo estoy mal llagado, Y escapé por aguijar Mas ligero que un venado. ¿Huyendo os hirió? Destruye Con su estoque temerario, Y esto mi corrida arguye; Que la espada del contrario Sirve de espuela al que huye. No se pueden escapar; Que los sigue mucha gente. - Albricias me puedes dar; Que hoy le quiero presentar un muy famoso presente. ¿Qué presente? Tu enemigo. ¿Mi enemigo? Calla, loco. Y es el ladrón a quien sigo; Pero repórtate un poco, Verás si verdad te digo. Y ¿eso es cierto? ¿No ha de ser? Calla, pues que he de fingir Que no le conozco, y ver Lo que me quiere decir, Pues le tengo en mi poder. Aquí está el ladrón. ¿Qué afán Os mueve a tal desatino? ¿En camino burláis, galán? ¿Quién no hurta en un camino, SI en Mantua hurtando están? Pues ¿en Mantua hay atrevido Que tal haga? Y con disculpa. ¿Quién la da? Su buen partido. Debe de tener la culpa Su duque, que es mal regido. Esa fuera su querella, A no ser su adversidad Nacida de una centella. Sepa guardar su ciudad, Y no robarán en ella; Gobierne bien sus partidos, Sepa regir y mandar, Conozca en tratos fingidos. Pocos se saben guardar De ladrones acogidos. Vayan con ellos. Señor, Son ladrones muy sutiles. Pongan guardas, que es mejor. ¡Ah, Duque! no hay alguaciles Contra ladrones de amor. Pues yo los tengo en Ferrara: Y ansí, ninguno pretenda Robarme mi prenda cara. Si es prenda cara, no es prenda Que se vendiera o comprara. Todo el mundo es opinión. Y todo el mundo mentiras. Mudemos conversación. — ¡Ricardo! Señor. ¿No miras Qué buen talle de ladrón? ¿Tengo buen talle? Extremado. Mejor lo debe tener Otro por quien me han dejado. ¿Quién te dejó? Una mujer. ¿Es ladrón enamorado? Mas tú lo debes de ser. No son buenas condiciones Para hombre honrado importantes. No se espanten, sus varones Si hay ladrones caminantes, Pues hay ya duques ladrones. Este ladrón te da motes. Debe de ser de Milán. No lo soy, no te alborotes. Señor, mis llagas están Clamando porque le azotes. Haz que vaya a la ciudad. Seguid con él. ¿Puede ser. Mundo, mayor crueldad? Con esto en Porcia he de ver Qué tengo en su voluntad. Pues el que se muere, alcanza Nuevo estado y nueva suerte, Con gran razón es bonanza Para mil sabios la muerte, Siquiera por ser bonanza. Lo que hice he de gozar. De Norandino apartada; Pues viviendo me ha de dar Ocasión, por ser casada, De no tornarme a casar. De Astolfo y sus prendas gusto, Y más estando impedido De ser mi esposo; que es justo Que un galán en ser marido Valga menos para el gusto. Con toda mi voluntad Me ha inclinado al casamiento De ser libre; que es verdad Que son lazos de un contento Prisiones de libertad. Que no es como aquel duende Lleno de necia cautela, Que juraré que no entiende; Que el que del aire recela, El aire solo le ofende. Lloré lo que fue imprudente, Pues en cuantos males son, Hace el mísero doliente Curso la imaginación, Y en ellos principalmente. Ya vino Astolfo de caza. Y ¿qué ha cazado. Una fiera Que en el monte haciendas caza, Y ha de estar en la leonera, Que tantas fieras abraza. ¿Qué fiera es esa? Un ladrón, Que quiere que tú le des Sentencia a tu discreción. ¿No ve el Duque, y tu no ves, Que ese caso es de varón? ¿La mujer ha de juzgar? La libertad o Ja muerte, Con tu voto le has de dar. Venga; pues de aquesa suerte Me quiere Astolfo probar; Hazlo entrar, Gobernador, Con testigos y escribano. Aquí está el preso. ¡Ay honor! ¡Ay tiempo ingrato, inhumano! ¿Conmigo tanto rigor? ¿Qué tengo? ¿De qué me altero? ¿No es mi esposo? Sí. Pues muera; Tenga un pecho que es ligero, Que tuvo entrañas de cera Para el mal rostro de hacerlo; Astolfo quiso sin duda Probar mi fe. Mi enemiga Me mira, y no se demuda. Mi venganza es bien que siga, Pues mi fortuna me ayuda. ¿Que es posible que en su daño Me conozca y no se altere? ¿Han de hablar estos ogaño? Juzgaré según oyere, Y tratarle he como a extraño. — ¿Quién os acusa, hombre honrado? Es ladrón, no digas tal. ¿Ladrón y tan bien tratado? Antes por tratarme mal A tus manos he llegado. ¿Quién le trató mal? La suerte. Y ¿por qué? Porque es mujer. ¿Conócesme? A conocerte, No viniera a tu poder. ¿Temes mi mal? Eres fuerte. ¿Sabes que sé castigar? Ya yo sé que tú castigas. ¿Sabes que puedo trocar Eu placeres tus fatigas ? Ya sé que sabes cambiar. ¿Qué monedas he cambiado? Muchas con mucha ventura, Y en tus cambios he notado Que son, por ser sin usura, De ducado por ducado. Y ¿eso es malo? Los muy llanos Tratan con mucho decoro De los ducados los granos, Porque pierde mucho el oro Que pasa por muchas manos. Mucho sabes de ganar. Mas sé de mi perdición. No lo dice tu razón. Antes sí, que soy ladrón Que nunca supe guardar; Porque si guardar supiera, Sin duda que no robara. Dices bien; mas ¿quién dijera Que tal ingenio y tal cara A tal oficio viniera? ¿No hay mil oficios que son Muy buenos para aprender? Duquesa, tienes razón, Pero en esta casa el ser Está puesto en ser ladrón. Con todo, yo no lo he sido; Que hasta agora no he robado. Dos testigos he traído Que dirán lo que ha pasado. Y otros dos sé que han mentido. ¿No sabes que el mismo Dios En dos puso la verdad, O en tres? También sabéis vos Que la mentira y maldad por ahora está entre dos. Digan sus deposiciones Los testigos. Ya han jurado. Diga Horacio. Mis razones Son las llagas que me han dado; Por seguir sus intenciones, Al camino me han salido Por robarme. Escriban esto. Ya está escrito. Y mal herido Me han dejado. Al mesmo puesto Los dos habernos corrido. ¿Robó joyas o dinero? No robó; que nuestras cosas Defendimos como arteros. Porque a manos codiciosas Solo valen pies ligeros. Siendo dos y tan constantes, ¿Uno solo os ha corrido ? Somos flacos. No te espantes; Que algún tiempo me han huido Otros dos más importantes. ¿Y alcanzástelos? Quisiera, Pero fue la suerte avara. ¿Muy mucho? Fue de manera Que si aquellos alcanzara, Aquestos dos no siguiera. Dejadme con él un rato; Que le quiero examinar. Porcia, mira con recato Lo que haces. No ha de dar Muestras mi pecho de ingrato. Eu buen hora. Mi valor, Norandino, bien te diera En este trance favor; Pero estás tú de manera Que no mereces honor; Porque estoy algo afligida De tu pasada deshonra, Y por esto agradecida, Donde te quité la honra Quisiera darte la vida. Pero no puedo valerte, Porque estás muy infamado; Que aunque para socorrerte Miro lo que eres honrado, Sé lo que puede la suerte. Y hago esta consecuencia En ti, que te considero, Con los celos, sin prudencia, En lo que es guardar severo, Y largo en propria licencia; Ganoso por tu provecho, Ciego por cualquier camino, De invidias ajeno hecho; Y estas cosas, Norandino, Arguyen ánimo estrecho. Y así, si los celos son Una gana de usurpar Toda ajena estimación. Quien es celoso ha de dar Sin resistencia en ladrón. Esto, amigo, te condena, Dios te deje hallar camino Por do salgas de esta pena. ¿Cómo ha de ser Norandino Libre, si Porcia no es buena? Ingrata enemiga exenta, Que sobre haberme afrentado- Me procuras nueva afrenta; El cielo que te ha librado, La tierra que te sustenta; el fuego de tus traiciones. El aire, que es mensajero De esas villanas razones; El agua misma, en que muero, Anegada en mis pasiones, Un caos forman para sí, Que su confusión me vence; Que quiere el bien que perdí Que otro mundo en mi comience Do se acabó para mí. Culparé tu aleve pecho, Aunque no te escandalices; O mirando mi provecho, Castigaré lo que dices, O vengaré lo que has hecho: Por muy seguras razones De mi crédito resbalas; Sus celos y sus pasiones, Si engendran mujeres malas, No paren duques ladrones. Y si las deudas ajenas Son la furia de tu brasa, Y ausente causan sus penas, Para hurtarla para casa, Mira tú cómo son buenas. Si gusté de retirarme. Fue la ocasión el tenerte; Y en el mismo recatarme, ¿Qué hice, sino quererte? Y tú, ¿qué, sino afrontarme? La libertad que pedias, ¿Conmigo no te sobraba? Pero no a conocías, Y en mi alma te la daba, Y en tu cuerpo la querías. Que las hembras sin provecho, Todo cuanto es defender Os parece imperio estrecho; Que vidriera queréis ser, Porque sois vidrio en el pecho. Bien lo dice en los despojos De ese ingrato por quien peno. Que hace en ti, por darme enojos, Vasos para mi veneno, Y lunas para sus ojos. Yo sé que gustas de ver Cómo triunfa de tu gloria. Traidora a mi parecer. Y que tienes por Vitoria El tenerme en tu poder. Y pues me llamas ladrón, Tengo por cosa sabida Que no es darme en tal sazón Esperanzas de mi vida Tenerme en tal posesión. Matarme, enemiga, puedes, Y pues a la muerte voy, Ya que por tus pareceres No muero como quien soy, Moriré como quien eres. Este lienzo me ha quedado. Porque en él deje tu muerte La estampa de tu pecado; Será tu verdugo fuerte, Por no ser tu condenado. Paga tus culpas, ingrata, Primero quédese señor, Que, por más que se recata, Morirá. ¡Gobernador! Socorredme, que me mata. ¿Qué es esto? ¿Qué atrevimiento, Traidor, tu orgullo levanta? Cierro por un escarmiento Unos pasos de garganta, Que los hunde mi tormento. Porque le quería matar Me mata. Tienes razón. ¿Qué piensas más aguardar, Pues le ha vendado el ladrón Con lo que él suele acabar? Tu socorro ha descompuesto, Duquesa, mi voluntad; La vida debes al puesto, Pero siempre la maldad Tiene el socorro muy presto. Esperanza me maltrate, Que conviene a tu interés De mis días el remate. Mátame. pero después No faltará quien te mate. Yo lo haré.— Denle garrote Por salteador de caminos. Bien es, oh Porcia, que note Tu estado, tus desatinos, Y que yo no me alborote; Porque señalas con esto Y con las obras ingratas Que, aunque un pueblo has descompuesto, Que así como presto matas, También afrentas de presto. Grande sentencia me has dado, Y pues con tantas razones, Con aplauso de tu estado, Das garrote a los ladrones. No viva quien te ha robado. Pero al fin eres mujer. Y en tus antojos y en ti Y en tu loco proceder. Donde hay soga para mi Hay cuerda para mi querer. Mas no faltará un galán Con fe nueva y nueva cara, Por cuyo nuevo ademán. Quites, ingrata, a Ferrara, Lo que quitas a Milán. Seguidme; que en su provecho Es mi partir y callar. Gran valor reina en tu pecho. Yo sé quién ha de estimar Este favor que le has hecho. Ejecutad mi sentencia. Yo lo haré. Dentro de un hora Ha de ser. Tened paciencia; Que quien pierde en vano llora. Ya sabéis que soy mandado, Y este es mi oficio y mi suerte; Tened por averiguado Que me pesa vuestra muerte, Porque parecéis honrado. Aquí en la cárcel podéis Confesaros con dolor De las culpas que tenéis, Y dad cuenta al confesor Antes que a Dios se la deis. Vuestras obras satisfagan, Si algún agravio sustentan, Y en gemidos se deshagan; Que en este mundo se cuentan, Y allá en el otro se pagan.— Y llevadlo a su lugar. ¿Que a manos de una atrevida Muera con tanto pesar? Yo quisiera daros vida, Y no os la puedo alargar, Pues sois bueno, a mi opinión, Y esta muerte se concierta Con siniestra información. Pues tened por cosa cierta Que no muero por ladrón. Ese Horacio es tan malvado, Que mil testigos levanta. La Duquesa lo ha causado, Que sabe que en mi garganta Ahorca todo un estado; Que es mala y ha de seguir Su traición y su querella. Su afrentar y su fingir. Hijo, no digáis mal de ella; Mirad que vais a morir. Estas cosas no la afrentan. Porque son sus alabanzas, Y sin pecado se cuentan. Venid, y olvidad venganzas. El mundo hará que se sientan. La flor de su juventud Siente con razón su muerte en medio de su virtud; Que sin duda es cosa fuerte Verse morir en salud. El imperio universal Subió por fuerza a su cumbre La potestad criminal. Porque es toda servidumbre Contra la luz natural. Este muere condenado; Que siempre con dos testigos Es un juez poco letrado. Padre, si son los amigos Vida de un hombre obligado, Si tienes tu voluntad Con la que tengo medida, Considera que es verdad Que me quitas una vida Quitándome una amistad. ¿Qué has, hijo? Este varón Que está a muerte condenado es de mi vida ocasión, Pues que con obras de honrado Nombre adquirió de ladrón. Bien será, padre, que apruebes Su castigo y su deshonra; Bien es que a morir le lleves, Que si mi honra es tu honra, La honra tuya le debes. Dice Horacio que robaba. Y tiene mucha razón, Pues cuando más le trocaba Le ha quitado una ocasión Con que el honor le quitaba. Si es robar robar afrentas, Muera, Señor, que es muy justo; Y si no, no lo consientas. ¿Con testigo tan injusto (Como Horacio) te contentas? ¿No sabes que solicita Sin respeto los amores De mi esposa Margarita, Y por no alcanzar favores, Por las armas se desquita? Pues sabrás que La procurado Darme muerte, y que muriera, Si este varón esforzado, Que a muerte tú has condenado. Mi vida no defendiera. Eso quiso su rigor, Y por ver que erró la cuenta Se ha perjurado el traidor, Y quien cae en una afrenta Levanta rabias de honor. Padre, no consentiré Que por haberme guardado. Muerte mi sangre le dé. ¿Qué he de hacer, si soy mandado? Mas que un rey manda una fe: Dale al preso libertad. Perdamos nuestras haciendas. huigamos de esta ciudad. Que son raíces mis prendas, Y ramas tu mocedad. Calla, loco. Yo te digo Que me mataré primero Que mates a un tal amigo. Vamos; que pensarlo quiero. No hay pensar. Vente conmigo. No es amistad alargar El darle socorro. Yo Sé valer y castigar. Pues sin pensar me ayudó, Dale vida sin pensar. También querrás que me acuerde De no perder mis venturas. Quien las guarda, mal las pierde. Vamos; que en cosas maduras Tienes el seso muy verde. Y aparejad la partida; Que he de partir a Ferrara Luego que pierda la vida. Ansí se hará. ¡Quién pensara Teneros tan adquirida. Porcia de mi corazón, Que estéis sin rastro en el pecho De la pasada afición! Quien hace por su provecho no merece galardón. Lo que hice, Astolfo, es justo, Pues fue atacar pensamientos Que os han de causar disgusto, que es rogar impedimentos abrir carrera a tu gusto. Y ansí, por daros placer, Pues ya le mandas sacar, Su misma muerte he de ver, Y comience vuestro amar Del fin de su aborrecer. Pues quiere mi voluntad Seguiros de toda suerte. Quiero verlo, y no es crueldad; Que yo no miro la muerte, Sino mi seguridad. Y ¿es posible que ha callado Que es señor? Aunque se abona, Procediendo como honrado, Quiere afrentar su persona, Por no afrentar a su estado. Sí; que lo de Horacio es viento. Alabemos su mentira, Que es madre de tu contento. Ya el pueblo a la cárcel mira. Que ya la trompeta siento. Si se quiere publicar Norandino, ¿qué he de hacer? Pues no hay en este lugar Quien le pueda conocer, Desmentir y porfiar. Amigo, tened consuelo, Y pues os quiere ayudar, Pasad con menos recelo El salto que habéis de dar Desta tierra a vuestro cielo. ¿No tenéis más que pedir, NI pretender más favor? Esto me da que reír; Mirad al Gobernador Que le ayuda a bien morir. No viene muy alterado. Piensa espantará la muerte Haciendo del enojado. Aquí venimos a verte, Por ver morir a un honrado. Son esos tus pasos ciertos; Que los gustos más esquivos, Ansí por sus desconciertos, Quieren ver los malos-vivos Como los honrados muertos. Pero di, ¿no me dirás De mi muerte la ocasión? En gentil locura das; ¿No te matan por ladrón? Tú lo debes de ser más. ¿Yo ladrón ? ¿De qué manera ? Dígalo toda Ferrara. ¿Qué robé, que ansí te altera? Lo que si yo te robara, Por ventura no te viera. Por eso solo te ofrezco A tan mísera fortuna. Ya yo entiendo que padezca, Porque soy de un sol y luna Tierra, que los escurezco. Eclipse quiere formar En su muerte; no es muy bueno. Quereislo ver? Sí. El estar El sol de tinieblas lleno Hace a su tierra llorar. La luna mira a su cumbre. Porque yo, que se la impido Con tierra, con pesadumbre, No regala el sol querido, Como tiene de costumbre. Muere por darle un abrazo, Y los dos que en esta guerra Los tenéis en el regazo, Hacéis enterrar la tierra Por quitarle el embarazo. ¡Qué astrólogo pensamiento! En las esferas me fundo, Pues voy a su acogimiento. Yo os enviaré al otro mundo A tener conocimiento. No estará allá mi marido Ni ha de estar; parte, comienza La posta que has emprendido. Escribid a la vergüenza, Que al cielo se os ha subido. Este loco se divierte; Dadle el garrote, acabad. Bien vuestra fe me convierte, Pues con tal felicidad, Duquesa, tragáis la muerte. Porcia sois, pero no fiel; Pues con tan notable indicio De rabiosa y de cruel Os tragáis mi sacrificio. Pero no las brasas de él. Dadle la vuelta, acabad. Dios mío, que la verdad Sabéis, pues voy a morir, ruégoos queráis descubrir Vuestra infinita bondad. No pido, mi Dios, la vida, Sino la de esta alma vuestra Sea por vos socorrida, Y sea de vuestra diestra. Como vuestra, guarecida. Pues, Dios mío y mi Señor, En tus manos me encomiendo Contigo muere el temor Con que he vivido, muriendo A manos de mi dolor. Ya no espero más ventura. Ni prueba de mayor fe. Amor, pues ya voy sigura. El Gobernador le dé Al difunto sepultura. Segareisle la garganta Antes de eso; que recelo Que su locura me espanta, Porque temo que en el suelo Ha de brotar, como planta. En gentil cosa repara La Duquesa, mi señora. La vida es prenda muy cara. Denos carroza, y agora Partamos para Ferrara. Pues no me acaba el pesar Solamente con oír Nuevas que me han de acabar; Sin duda llego a morir, Pues aquí pude llegar. ¿Qué es del muerto, en quien están De la honra los despojos, Que muerto con él se irán? Qué es de la honra los ojos? Qué es del valor de Milán? ¡Ah, Señor! ¿que os he de ver Muerto de aquesa manera, Y a manos de una mujer? Seguiré vuestra carrera, Pues no la puedo torcer. Vos, mi espada, en tal sazón Traspasad mi pecho fuerte, Y dad, que es justa razón, Las nuevas de aquesta muerte A mi triste corazón. Entrad y haced por los dos Un debido y justo hecho, Antes que permita Dios Que el mismo salga del pecho Solo a traspasarse en vos. Y tú, morada sigura Del valor y del querer, Recibe por su fe pura Este cuerpo, que ha de ser Piedra de su sepultura. Por la injuria representas Que en tu muerte no se ataja, justo será que consientas A Fabricio por mortaja Para cubrir tus afrentas. Adiós, Milán; adiós, vida. Hombre, ¿qué quieres hacer? ¿Quién de tu seso te olvida ? La vida quiero ofrecer A quien me ha dado la vida: Al buen duque de Milán Que está muerto. ¿Qué me dices? Lo que las piedras dirán. Oye, no te escandalices, Que no es tan grande tu afán. ¿Hay gente? Nadie ha quedado. Pues no ha quedado en la tierra, Porque el pueblo amotinado, Con la noche que ya cierra, En sus casas se han cerrado. Llama pues a tu señor. A ser santo, yo lo hiciera. Pues, Lázaro de tu honor, Sal de tu sepulcro afuera. Amigo Gobernador, ¿Cómo te podré pagar Una merced tan crecida? A Fabricio has de abrazar; Que harto más que en darte vida, Hizo en quererse matar. Sus obras con tu deseo Compiten con igualdad. - Dame un abrazo. Yo creo Que es tuya aquesta verdad Y este milagro que veo. ¿Cómo el cielo te ha escapado, Mi señor, de tanta ofensa? Porque procedió de honrado le he librado en recompensa De un hijo que me ha librado. Puedo mucho en la ciudad, Pues no hay cosa que no vede. Y es muy bueno hacer bondad; Que aun hasta el verdugo puede Hacer a un hombre amistad. De su valor me he valido, Y hallo en ley de hombre llano Un duque favorecido. Lo que debéis a su mano, De Otavio lo habréis sabido. Ya lo sé; vamos a dar Ocasión a que destierre Mi casa vuestro pesar, Porque es justo que se entierre Un muerto en vuestro lugar, Que le tiene aparejado Otavio. Padre tan bueno Tiene un hijo tan honrado. De mil contentos voy lleno, Yo de mil gracias cargado. Solo en mirar vuestra cara Pagáis. En más pagaré, Si la suerte, ya no avara. Quiere que la vuelta dé, Con victoria, de Ferrara. ¿Vais allá? Tras mi venganza; Que con vos tratarla puedo, Pues sois toda mi privanza. Astolfo partió con miedo, Temiendo vuestra pujanza; Que ha sabido que en Milán Levanta, para batirlo, Mucho soldado galán, Y quiere hacer un castillo Fuerte temiendo su afán, Donde piensa recoger Lo mejor de su nación, Con su hacienda y su mujer. Este castillo ocasión De mi venganza ha de ser. ¿Tú, Fabricio, no serás Para emprender esta obra Como artífice? Si das En ver si el valor me sobra, Digo que haré por ti más. De eso pende mi ventura. Pues la obra emprenderé, Y la pienso hacer sigura; Que de las escuelas sé Un poco de arquitectura. De suerte ha de ser, que pueda Cubrir el pecho mi brasa, Y el traidor que me lo veda Muera en acabar su casa Como gusano de seda. ¿La obra no se ha de dar Al que por menos la hiciere ? Así se ha de edificar. Pues, Fabricio, la obra adquieres, Que a mi costa has de pagar; Que pues yo estoy muerto, quiero, Fingiendo pobre caudal, Servirte de jornalero, Hasta que acabe el jornal De la venganza que espero. Todo va muy bien trazado; Vamos, antes que la gente Nos sienta. Sois tan honrado, Que por el favor presente Olvido el daño pasado. Bien será que no rehúya Una merced tan crecida. Aunque mi oficio me arguya, Pues ya el conservar mi vida Consiste en quedar la tuya. Mi honra, hacienda y caudal Es tuyo, pues por ti quiero Romper mi fidelidad. Solo, amigo verdadero, Quiero eso de tu amistad. Ya Ferrara no es ciudad. Dila cielo, pues encierra Mi ventura y tu beldad. iAy, amigo, que esta guerra Turba mi seguridad! Bien será que cercenemos los favores que gozamos, Querido esposo, pues vemos Que a son de cajas danzamos; Mira qué bodas tendremos. Ansiosa y sobresaltada. Con tus plumas me recreo, Pues me enseñan, alterada, Las que en tu sombrero veo Que las veo en la celada. Y las músicas, que dan Mas donaire a mis jardines, Me acuerdan un grande afán. El rumor de los clarines, Que llaman gente en Milán, Que con todo su poder Me dicen que vendrá presto. La fuerza que se ha de hacer Contra el campo y contra el resto Del mundo os ha de valer. Consoladla, Emilia hermosa. Por daros gusto lo haré. Pues en paz, aunque dudosa, Gozas la conjugal fe De tu amada y bella esposa Ya, Señor, será razón Que de tu hermana te pida La esperada posesión. Deuda es esa tan debida, Que es promesa y galardón. Dadle a Ricardo la mano, Emilia, pues la merece. Muchos meses ha que gano Esta merced, que parece Que aun agora espero en vano. De este medio me he valido, Emilia, contra el rigor, Que en tu gusto he conocido; Porque un galán sin favor Ha de alcanzarle marido. No te enojes; que es muy justo Premio debido a su afán. De tu acuerdo me disgusto; ¿Hombre que ofendió galán, Marido piensa dar gusto? ¡Qué! ¿no alcanza tu primor Que ha de tener por marido Mas partes? Si tu rigor Para allá no me ha valido, Para acá me da favor. Mi palabra y voluntad Se empeñaron, y no puedes Hacer menos. Es verdad. ¿Quién hace, hermano, mercedes Con ajena voluntad? Yo, que pretendo tener La de tu gusto en mi mano. Aunque te he de obedecer Porque soy mujer, hermano, No quisiera ser mujer. Gallardas son tus razones. Tienen, cuñada, tus veces; Pero mira, aunque perdones. Que es el ser mujer dos veces Tener dos imperfeciones; Y ansí, no quiero tomar Este estado por agora. Piénsalo con más lugar. Donde hay acuerdo, Señora, Todo es engaño el pensar. Pues mira qué se ha de hacer. No la apremies; que es infierno. Señor, los del tu gobierno Por mi te hacen saber Que en este grande oficial El castillo han rematado. Porque con menos caudal Y en tiempo más limitado Ha de hacer la obra real. Da mil trazas y razones, Que publican sus extremos. Pues lo quieren mis varones, Vamos, Porcia, y trataremos Del tiempo y las condiciones. — ¿De qué tierra sois? De Amberes. Talle tenéis de acertar. ¿Qué sabéis? Cuanto quisieres. Amigo, ¿sabéis trazar? Máquinas contra mujeres; En eso entiendo, y veréis Una que os ha de dar gusto. Y con mi hermana podréis Hacer que quiera lo justo. Astolfo, no la enojéis; Vámonos. Enhorabuena. Mas terrible es mi batalla Que la guerra que se ordena; Oye, Emilia ingrata. Calla; Que es cansarte y darme pena. ¿No me quieres? No te quiero. ¿No me has querido? Tampoco. Tienes el pecho de acero. Tengo al menos con un loco Poca fe, pues no le quiero. Oye. Calla. Tu aspereza En vano sigo y procuro; No haga el Duque fortaleza, Pues puede por más seguro. Encerrarse en tu dureza.
JORNADA TERCERA
Ya que conmigo emprendéis Lo que ninguno emprendió, Como un poco trabajéis, Saldréis de laceria, y yo Del cuidado en que me veis; Porque queriéndolo hacer Con la destreza que os sobra, La obra buena ha de ser, Si no me hacéis mala obra En quereros detener. La fe y palabra te doy De acabarla en un momento. Vos quiero que llevéis hoy Las espuertas. Soy contento. Vos la cal. Contento soy. Vos el agua. ¿El agua? Sí, Pues sois de los diligentes Que en toda mi vida vi. No haré mucho, que las fuentes No están muy lejos de mí. Este cargo se os reparte Porque trabajéis muy bien. Maestro, por agradarte Trabajaré por mi parte, Y haré trabajar también. Pues vaya con brevedad Cada cual a lo que digo. Vamos; que hay necesidad De trabajar. Vos, amigo, Una palabra escuchad. No detenerlo es mejor. Hermanos, no. tengáis pena; Que yo salgo por fiador De los daños. Norabuena. Fabricio amigo. Señor. Por tu vida, que no hay quien Con mi gusto así se muda. Mira que no juras bien, Porque jurando mi vida, Juras la tuya también. Y juras con el efeto La causa que es principal. En todo has sido discreto. Discreto no, mas leal Que lo he sido te prometo. Pero la invención sutil ¿No es muy linda? , Por mi fe, Que, con ser oficio vil, Pienso que me quedaré Convertido en albañil. Mira que sepas, Señor, Por tu honor disimular, Que aunque todo es por mejor, Será muy caro comprar Honor a costa de honor; Porque si el negocio erramos, En gran peligro estás puesto. Válgame Dios, ¿qué es aquesto? Fía de mi industria. Vamos A trabajar. Ah, maestro! Escuchad, ¿quién me ha llamado? Sin duda oído nos han; Vos, mancebo descuidado, ¿No veis que os aguardarán? ¿Qué os estáis aquí parado? Id volando a trabajar. Imaginad que es en vano Conmigo el disimular. -.. Naide disimula. Hermano, Escuchad. No habrá lugar; Que ha de abrir el fundamento. El irá luego. ¡Ay de mí! Perdido soy. Al momento Salíos, maestro, de aquí. Yo haré tu mandamiento. Si no miente la señal Que con aquel hombre has hecho. Tú eres hombre principal, Y el encubrirte sospecho Que es para hacer algún mal. Por eso dime quién eres, Y por qué estás disfrazado En mi casa, si no quieres Que te acuse. Ya he pensado Cierta cosa. No te alteres; Dime la verdad, responde. Pues la verdad es un sol Que pocas veces se esconde. Sabrás que soy español. Pasa adelante. Y soy conde. ¿Conde? Si. Pues ¿por qué vía A Ferrara eres llegado? Iba a cierta romería. Y pues ¿para qué te has parado En mi casa? No querría Descubrirle la verdad, Ya que remedio no espero. Fíate de mi amistad. Pues sabrás que lo primero Que vi en aquesta ciudad Fue tu bello rostro hermoso, El cual, con justa razón, Al cielo tuvo envidioso, Y encendió en mi corazón Ardiente fuego amoroso. Viendo, pues, que era mi estado Indigno de tu belleza, Di en levantar mi cuidado Junto con la fortaleza Que tu hermano ha levantado. Y ansí, por poderte ver Cada y cuando que quisiese, Albañil me quise hacer, Y que mi criado hiciese La obra con mi poder. Perdón, Señora, te pido, Si en caso tan importante Atreverme yo he querido, Y por parecer amante. Huelgo de ser atrevido. Por cierto, español honrado, Yo he quedado satisfecha, Mas no libro de cuidado; Porque pierdo una sospecha, Y otra mayor he cobrado. ¿Qué sospecha? Imaginar Que la más ardiente llama La vemos luego apagar. ¡Hola, hermano! ¿Quién me llama? ¿No venís a trabajar? Poco mi dinero os cuesta. ¿No veis que tengo que hacer? Venid; que habéis de poner Agua en la cal. Ya está puesta Todo lo que es menester. Mirad que el tiempo se gasta. No temáis que os haga injuria, Pues mi mano la contrasta. Luego ¿ya perdió la furia? ¿No lo veis? Aqueso basta. El criado que mantienes Codicioso es. Aprovecha Para conservar los bienes; Mas volviendo a la sospecha Que de mi firmeza tienes, Digo que no es menester Mi firmeza asigurar, Porque más puedes hacer Tú en dejarte querer Que otra mujer en amar. Y si quieres de mi amor Ver el sol que al horizonte Ciega con tu resplandor, Pon los ojos en el monte De tu encumbrado valor; Que allí sus rayos ofrece. Primero que al mundo faltó De la luz que no merece, Que, como el sol que amanece, Siempre hiere a lo más alto. Basta; que yo me entretengo Con esta conversación. Las razones que prevengo Son hijas de la razón Que para decirlas tengo, Y por eso, si las digo, Con tu licencia ha de ser. ¿Cómo te llamas? Rodrigo. Pues, Rodrigo, has de saber Que gusto de hablar contigo. Dame, Señora, esos pies. Mucho más puedes pedirme. Pues suplícote me des Licencia para partirme Y para volver después, Porque no dé qué decir. Mucho me holgaré de ver Que me supieras pedir la licencia del volver, Pero no la del partir; Mas aunque no supiste. Desde agora yo te doy La licencia que pediste. Tu esclavo, Señora, soy Por la merced que me hiciste. Por cierto que yo he llegado A venturosa ocasión. Parece que la intención Deste, que se ha disfrazado Por decirme su pasión, Me obliga... ¡Que se consienta Que este la gloria me quite! No es bien que escuche mi afrenta La tierra que la sustenta Ni el cielo que la permite. Escúchela quien alcanza De ellos el contrario intento. Y quien es por su mudanza. Tierra de mi sufrimiento Y cielo de mi venganza. Por eso. Emilia, es razón Que mi afrenta escuche agora. ¡Oh Ricardo! ¡Oh mi señora! ¿Qué buscas? Una ocasión. ¿De qué? De saber de ti De qué gustas. Ya he perdido El gusto. ¿Cómo ansí? Téngole ya muy caído. ¿Donde? En tierra. ¿En tierra? Sí. Deja de dalle ese nombre, Une el gusto que te atropella No le derribó tu estrella En tierra, sino en un hombre Que anda siempre envuelto en ella; Y así, para levantar De tu gusto el edificio. Quieres, Emilia, buscar Un hombre que por su oficio Le pueda reedificar. Pésame que en la elección Has tenido el gusto vil; Tanto, que en esta ocasión Con un peón de albañil Me das mate de peón. Tú podrás ser el juez, Pues lo que pude escuchar fue cosa de tal jaez. Que no lo quiero contar Por no escucharlo otra vez. Mal gusto tienes ingrata, Pues no me guarda el amor Del desdén que me maltrata, No me guarda del dolor De los celos, que me mata, No me guarde del disgusto Del sufrir tu engaño y dolo, Y no me guarde del justo Desengaño, sino solo De una mujer de mal gusto. ¿Piensas que soy tu mujer, Que me riñes? No te asombre Mi modo de proceder, Pues te riño con el nombre De lo que habías de ser. Y ruego a Dios que no goces, Ingrata, de aquestos bienes Que me quitas. No des voces; Que pues en algo te tienes, Sin duda no le conoces; ¿Quién eres tú? ¿No está llano Que soy, he de ser y he sido Un criado de tu hermano? Al fin, ¿dices que has servido ? Y por ello estoy ufano. Pues aquel de quien estás Con queja tan conocida, Es hombre de tal compás, Que no ha servido en su vida Sino a las damas no más. Siendo albañil, ¿no es villano? No entremos en ese abismo, Porque está sabido y llano Que tú sirves a mi hermano. Y el albañil a sí mismo; Que en género de valor, Es el tuyo más ruin. Aunque sirve a buen señor. Al fin ¿le tienes amor? Yo no tengo amor al fin. Luego ¿al principio te agrada? No sé. Pues me vuelves loco, Mira, pues eres honrada, Que a mí me dejas por poco, Y a esotro escoges por nada. Mas ¿qué digo? No lo adviertas; Ofrécele tu valor, Cierra a Trajano las puertas, Que en la guerra de mi amor Siempre estuvieron abiertas; Que pues lo quieres, me iré A morir desesperado, Y a los hombres pediré Albricias de haber hallado La mujer de menos fe. Ya te habías de haber ido Donde jamás parecieras; Que sin duda hubieras sido Venturoso si te fueras Antes que hubieras venido. — Pero dejando el desdén Con que atormentarle quiero, Verás, mi español, el bien; Que ya por hablarle muero, Y por no hablarle también. Mucho más que la bondad. La brevedad advertí. No tienes necesidad De decirlo, porque a mí Me importa la brevedad. Hoy he sabido que tienen Los de Mantua y de Milán Pesar porque se detienen. ¿Has sabido cuántos van ? Mejor dirás cuántos vienen; Y ansí, porque yo sospecho Que no están muy lejos, digo Que aunque se pierda el pertrecho, En viniendo el enemigo. Derribes lo que está hecho. Que este muro, que me cierra Muy mejor que de este modo. Estará para la guerra, O levantado del todo, O puesto todo por tierra; Porque el fuerte comenzado Será, conforme se espera, Defensa estando acabado, Y si no, será escalera Para cualquiera soldado. Eso, Señor, no te espante; Que yo, en viéndole llegar, Le derribaré al instante, Porque lo más importante De mi oficio es derribar. Con esto, me da, Señor, Licencia, y ten esperanza De que saldré con mi honor. Basta Sí; que lo peor Que hay en esto es la tardanza. Pues sé que lodo el estado De mi enemigo cruel Contra mí se ha conjurado, y esto lo sé como aquel Que sé lo que le he quitado, Solo defender querría La vida de Porcia hermosa. ¿Astolfo ¿Señora mía? - Quiero contarte una cosa Que parece niñería. Mejor lo podéis contar. Mi Porcia, cuando lo sea. Sabrás que salí a mirar La gente que en levantar Esa muralla se emplea. Y entre ellos vi un hombre, digo Una imagen natural Del hombre que, por su mal. Fue mi esposo y tu enemigo. Señora. no digáis tal; Que vuestro esposo murió. Y vos lo sabéis de cierto. De modo me pareció. Que a no saber yo que es muerto, Muriera en viéndole yo. Reportaros; no estéis turbada. Que ese miedo que hay en vos Formó la ilusión pasada, Porque el miedo, sin ser Dios, Suele hacer algo de nada; Y nada. estando conmigo, Os ha de causar espanto. Porque creas lo que digo, Ya viene el hombre que tanto le parece a mi enemigo. Huélgome en verdad que viene; ¿Cuál es? El que viene allí, Digo, Señora, que tiene El mismo rostro. ¡Ay de mí! Disimular me conviene. Mira si tendré temor, Viendo casi a mi enemigo. Llamarle será mejor.— ¡Hermano, hermano! ¿A quién digo? ¿No me respondéis? Señor, No tengo hermano ninguno. ¿No somos los dos al fin Hijos de Adán? Luego ¿el uno De los dos será Caín? ¿Quién lo será? No lo sé. Bachiller me has parecido. Tú licenciado. ¿Por qué? Porque licencia has tenido. ¿No le parece? Sí a fe. ¿De qué os espantáis? De ti, Que nos pareces a un muerto. No lo creáis. ¿Cómo ansí? Porque, Señor, lo más cierto Es que me parezco a mí. ¿Cómo te llamas? Rodrigo. ¿Quién eres? Un albañil. Pues ¿por qué ocasión, amigo, Sigues oficio tan vil ? Por parecerme a quien sigo. ¿A quién sigues? A mi suerte. ¿En qué parece a tu oficio? En ser temeraria y fuerte. Pues levantó un edificio Que ha de parar con la muerte. Y tu oficio ¿es temerario? Sí, pues el que en él se cría Suele caer de ordinario. Tú ¿caíste nunca? Un día. ¿De dónde? De un campanario. ¿Fue alto? Ansí como yo. No fue caída cruel. Antes ningún hombre dio Mayor caída que aquel Que de sí mismo cayó. Digo que es pieza extremada. Sin duda parece loco. ¿Qué decís? No dice nada, Sino que hablemos un poco De la obra comenzada. No me detengáis. Señor; Que están haciendo el pertrecho, y fáltales lo mejor, Que es el agua. Yo sospecho Que no admites mi favor. Sí admito. Si no te vas. Me darás mucha alegría. ¿Qué quieres hacer? Sabrás Que deseo, Porcia mía, Abrazarte donde estás; Que pues con lo que te pido, Ya no puedo. Porcia hermosa, Ofender a tu marido-. Quiero ofender una cosa Que tanto le ha parecido. Pues, como presente esté Un hombre tan semejante A tu marido, podré Decir, mi bien, que delante, Delante de él te abracé; Y será grande trofeo Abrazarme. A mi medida Es cortado ese deseo. ¡Que sin quitarles la vida Es posible que tal veo! ) Gente mal nacida, infame, Digna de cualquier injuria, ¿Queréis que luego se inflame Mi pecho en ardiente furia, Y vuestra sangre derrame? ¿Imagináis que no escucho Lo que vuestro pecho intenta Por ponerme a mí en afrenta? Pues a fe que antes de mucho Venga el día de la cuenta, Donde pagaréis, traidores, el pensamiento inhumano De vuestras culpas y errores. ¿Por quién lo dices, villano? Por estos trabajadores, Que, por verme divertido, Desde aquí he visto que están Luchando a brazo partido; Mira, Señor, cómo harán Aquello que han emprendido Si están abrazados. Di, ¿Qué importa su desvarío para que salgas de ti? Porque es, Señor, daño mío El estar ellos ansí. ¿Eres tú el maestro? No; Pero es tan claro y sabido Que este oficio me encargó, Porque maestro no he sido, Sino de mis males, yo. ¿Cómo va la obra? ¿Crece? Es la confusión tan brava, Señor, que en ella se ofrece, Que a la torre me parece Que Nembrot edificaba; Pues todo en ella se yerra, Porque le causa la fragua De la confusión tal guerra, Que por dar tierra dan agua, V por dar agua dan tierra. Dime, Rodrigo, aunque veo La diligencia ruin, Que conforme dices creo, Aun no podré ver el fin De la obra que deseo. Descuídate tú, y verás El fin que ver pretendiste de lo que esperando estás, Porque el fin de ello consiste En descuidarte, y no más. ¿En descuidarme? Sí. Errado Vas en aqueso. Rodrigo: Que nunca el descuido ha dado Cosa buena. De mi digo Que me estorba tu cuidado. Pues quiérome descuidar. Yo no, Señor, de traer El agua que es menester Para el pertrecho. Lugar Para todo has de hacer. Vete con Dios. No querría Mirar al que ver no puedo. ¿Qué es aquesto, Porcia mía? ¿Todavía tenéis miedo? Miedo tengo todavía. Quiero que mi pecho fiel De una infiel tome venganza. ¿De quién le tienes? De aquel Que es retrato y semejanza De tu enemigo cruel. Déjate de eso. Señor, Contarte, si mandas, quiero Cierta cosa. ¿Qué color Es aquese que traes? Muero. ¿De qué mueres? De dolor. ¿De qué? De haber visto... ¿A quién? A tu honor puesto en aprieto, Y a mi ventura también. Dime, Ricardo, en secreto Lo que ha pasado. Pues ven. Dame licencia. Pues mides Mi fe con la que te quiero, De pedirla no te olvides A ti, que en el alma infiero De persona a quien la pides; Pero es tal mi condición, Que solo por el desvío, A encubrirme esta pasión Engendró en el pecho mío Su hijo la privación. Este es un monstruo maldito, Que es de la gente homicida. Con el nombre de apetito. Yo me quitaré la vida, Si agora no se la quito; Que ya la puedo hallar Sola, a pesar de mi estrella; Tan sola en este lugar Haré que quede, que aun ella Con ella no ha de quedar. Vive Dios, que ha de morir, Pues por su gusto malvado Me ha querido destruir. ¿No es bueno que a este hombre ha dado En venirme a perseguir? Dadme, oh cielos soberanos, Venganza de tantos duelos; Mas son pensamientos vanos Estar pidiendo a los cielos Lo que pueden dar mis manos. ¡Muera la infame! Rodrigo, ¿Dónde vas? Déjame agora, ¿Qué quieres? Hablar contigo. Maldigo tu amor, Señora. Y tu venida maldigo. No quiero verme en contienda Con quien mi gusto contrasta. ¿Posible es que yo te ofenda Con mi venida? ¿No basta Que me estorbes de mi hacienda? Si es hacienda estar parado, Tú tienes culpa también. Mal conoces mi cuidado. No puedo conocer bien A quien tan mal me ha tratado; Que este cuidado violento, El cual engañó la entrada De mi altivo pensamiento, Tanto, que ser engañada, Mas que aborrecida siento. Por eso quiero decir, Viendo tu maldad extraña, Que debes de presumir, Rodrigo, que soy España, Que me quieres destruir. Y ansí, por tener lugar De emplear tu furia brava. Has querido fabricar, Como albañil, Una cava, Do me puedas sepultar. Señora... No es menester Que te encubras ni disfraces, Pues sin duda esta mujer Es la causa por quien haces La obra con tu poder. Dios sabe si puedo verla Mas qué al demonio. Pues di, ¿No estabas solo con ella, Y por verme entrar a mí, De mí formaste querella? ¿Sospechas quieres tener? Antes no; que el verte estar Solo con esta mujer Tanto ha dado que creer, Que no hallo que sospechar. Vuelve a llamarla, Rodrigo; Que yo me obligo, si quiere, A dejarla aquí contigo, Y aun a callar lo que oyere, Que es lo que importa, me obligo. Con tu prenda regalada Goza la ocasión presente; Mira que se va enojada. Y es mujer que está enseñada A irse ordinariamente. Aunque de mi te has quejado, Favorecido me dejas. Pues este favor me dejas, Como en diamante, engastado En el metal de tus quejas; Que las quejas, cuando son Desta manera, regalan Con su efeto el corazón, Y como norte, señalan Las Indias del afición; Y así, desde agora digo Que he sido inconsiderado En hacer esto. Rodrigo, No confieses el pecado, Aunque mereces castigo. No confieses la traición A la persona ofendida, Y si a dicha tu afición Ha de morir por tu vida, No muera sin confesión. Solo este favor te pido Por las muestras que en mi pecho De, afición has conocido. Es el favor que me has hecho Tan levantado y subido, Que hasta el alma te daré Por un bien tan soberano. Si me le das con la mano, De esposa la tomaré. Aunque no quiera mi hermano. En gran confusión me has puesto Con lo que pides. Rodrigo, ¿No me respondes a esto? Digo que a dalla me obligo, Pero no ha de ser tan presto. Porque un negocio tan grave No se puede hacer volando. ¿Cuándo, será? Cuando acabe Lo que estoy haciendo. Y ¿cuándo Lo acabarás? Dios lo sabe. Pues, Rodrigo, yo me voy, Porque puedas acabar. Sigura puedes estar De la palabra que doy. Con esta me quiero entrar. ¡Ventura ha sido tener Fuerza contra su opinión! Pues tiene tanto poder Con celos una mujer. Como un hombre con razón. Y aunque ventura he tenido. Medio corrido me voy, Porque matar no he podido Aquella por quien estoy Tan afrentado y corrido. Maestro, a mí me conviene Que muera luego. Señor, Sepamos qué culpa tiene. Rodrigo ha sido traidor; Y así, es bien que le condene. Tiempla, Señor, tus enojos, Y dime lo que ha pasado. Puso en mi hermana los ojos, De suerte que ella le ha dado Del corazón los despojos. ¿Quién te ha dicho que él se abrasa? Uno que por mil testigos Vale en contar lo que pasa. Mira, Señor, que en tu casa Tienes grandes enemigos, Y que el mozo es hombre honrado Y trabaja bien. Maestro, Excusarle es excusado. Considera que es muy diestro. Poco en esto lo ha mostrado; Al momento ha de morir; Llámale luego. Señor, Solo te quiero advertir Que para todo es mejor Esta muerte diferir. ¿Para qué es mejor? Sabrás Que te labra por su parte, Por ser él por quien sabrás La ocasión por que librarte De tu enemigo podrás; Que aquesta mina que intento, Sin que nadie pueda verla, La cual rompe el fundamento De una pared, y por ella Sube a dar a tu aposento, Es secreto de manera, Que podrás, estando preso, Sin verte los de allá fuera, Bajar, porque está en lo grueso De la pared la escalera. Y esta noche ha de ser hecho, Según del hombre confío. De dejarte satisfecho No trato, porque del mío Ha de nacer tu provecho. De lo que quiero tratar. Es de que muera el traidor En acabando de obrar. Porque si muere, mejor Podrá el secreto guardar; Y no nos pondrá en aprieto, Queriéndole descubrir. Pues, Señor, yo te prometo Que el traidor ha de morir En acabando el secreto. Eso es lo que determino, Y prometo agradecerte. Adiós. Por tu desatino Harás la salva a la muerte Que debes a Norandino, Cuya nobleza y valor Escurece la memoria. ¡Oh Fabricio! ¡Oh mi señor! A pesar de este traidor, Alcanzarás la Vitoria. Sepamos por qué razón Dices esto. El alma mía Te vio en la imaginación Muerto, como el otro día, Aunque por otra ocasión. ¿Muerto dices? Muerto digo; Que dos muertes semejantes Te quiso dar tu enemigo: Como a Norandino antes, Y agora como a Rodrigo. ¿Por qué me daba la muerte? Por pensar que pretendiste A su hermana. ¿De qué suerte Librarme de eso pudiste, Siendo el contrario tan fuerte? Díjele, Señor, que estabas Ocupado en un secreto Que para su bien labrabas; Y ansí, te tiene respeto Entre tanto que le acabas. Y después ¿cómo lo haremos, Fabricio? De eso te olvida; Que esta noche acabaremos. Este secreto que hacemos Para quitarle la vida; Que el castigo concertado Esta noche le vendrá, y vendrá disimulado De noche, porque será De la color del pecado. Ten buen ánimo, Señor. Pues a un hombre bien nacido, Sabes que le está mejor Cobrar el honor perdido Que cobrar de nuevo honor. Ven luego, que es menester Que la vil sangre derrames de Astolfo y de su mujer, Y mira, si como infames, No los pongo en tu poder. ¡Oh caro amigo! No siento Con qué poderte pagar. Yo sí. Pues dilo al momento. ¿Con qué podré? Con callar Y seguirme. Soy contento. Pues por vengar la traición Vengo de cólera ciego Volando por la región. No del aire, mas del fuego, Que me abrasa el corazón. Bien es, soldados valientes, Que en semejantes aprietos Quitéis vidas, prendáis gentes, Tulláis brazos, cortéis pelos, Postréis muros, rompáis puentes. Cielos, pues veis mis tormentos, Porque mi venganza vea Juntamente mis contentos, Haced que mi cuerpo sea de solos dos elementos. Y así, podré desfogar Mi cólera arrebatada; Que no quiere el alma osada Agua, pues no ha de llorar, Ni tierra por ser pisada. Consúmanse los dos luego, Y porque pueda acabarlos, Dejad en mi cuerpo ciego El viento para alcanzarlos, Y para abrasarlos fuego. Y aunque de noche lleguemos A cercar esta ciudad, Yo sé que la cercaremos Con muy buena claridad De la razón que tenemos. Que pues murió Norandino, Todo este pueblo asolar Por vengarme determino. Con gana de pelear Todo el campo, Señor, vino; Mira si mandas que luego Se dé el asalto. Sí, amigo; Y pues de enojo estoy ciego, Armas. Armas, fuego, fuego. ¿Quién es el que alborotó Con este asalto la tierra Que a los demás sujetó? ¿Tú tienes miedo a la guerra? ¿Quién no le tiene? Yo. ¡Yo! ¿Eso dices ? Y no en vano; Pues de aquella que me ofende No tienes temor. Tirano, Déjate de eso, y entiende En despertar a mi hermano, Porque llamándole están Los que han menester su ayuda Para remediar su afán. Pues yo voy luego. Sin duda Que es el campo de Milán. Que por subir las banderas Del gran Dios de las batallas, Arriman sus gentes fieras A las soberbias murallas, Codiciosas de escaleras. Y podrán subir contentos, Pues sus vasallos feroces Tanto mudan sus intentos, Que levantando las voces, Humillan los pensamientos. ¡Oh bella Emilia! No acierto A decirte que tu hermano Está durmiendo y despierto, Y por hablarte más llano, A decirte que está muerto. ¿Qué dices? De su aposento He salido en este punto, Y vi su cuerpo sangriento Con el de Porcia difunto. Segoles la muerte esquiva Las cabezas de los cuellos. Y de tal suerte los priva Del vivir, que no hay en ellos, Si no es sangre, cosa viva. Sospecho, si no me engaño. Que Milán el invencible Causó este dolor extraño. Aunque parece imposible. Lo creo por ser mi daño; Que la fortuna cruel Siempre ofenderme profesa Mas que a nadie. Este papel Estaba sobre la mesa. Mira pues lo que hay en él. No busquen quien ha hecho esta venganza, porque Norandino duque de Milán, por cobrar el honor que Astolfo y su mujer le habían quitado, después de trabajar en esta obra con el nombre de Rodrigo les cortó las cabezas; y por si alguno pretende que lo que hice no fue de caballero, determine de presentarse en el campo del duque de Mantua, que tiene cercada esta ciudad, donde defenderá lo contrario con la espada en la mano. » — Norandino.» ¿Es posible que Rodrigo Fue Norandino el traidor? Vayan a darle el castigo. Muera; mas si muera digo, Digo que muera de amor; Que agora le quiero más Por su esfuerzo, talle y brío.— Tú, Ricardo, ¿no saldrás Al campo, y un desafío Con el Duque emprenderás, Probándole que es traición Lo que hizo? Como fiel, Vengaré tu corazón. Todo es buscar ocasión De poder hablar con él. Para poderle pedir La palabra que me ha dado. Al punto quiero partir, Si a ti te place. A tu lado Quiero, Ricardo, salir. Por verlo todo. Señora, Vamos; pero has de saber. Que no será menester Partirnos del sol agora, Si tus ojos lo han de ver. Pues se ríe el alba bella Y nos quiere hacer la salva. Siendo tan hermosa estrella. Riámonos con el alba Y alegrémonos con ella, Ya que tienen que llorar Los que se han visto a la clara Sus murallas escalar. Dos vecinos de Ferrara, Señor, te quieren hablar. ¿Son hombres de calidad? Antes son humilde gente ¿Supiste su voluntad? Tráente, Señor, un presente De parte de la ciudad. Si es presente; venga luego. Dame tas pies. ¡Norandino! Que me des tus pies te ruego Antes de hablarte. Imagino Que estoy de contento ciego. ¿Eres Norandino? Sí. ¿No fuiste muerto? Señor, Fue esa muerte para mi En cierto modo mejor Que la vida. ¿Cómo ansí? Porque por ella he cobrado El honor con que me tratas. Luego ¿ya vienes vengado? Estas cabezas ingratas Te dirán lo que ha pasado. En ellas verás que sé Vengarme, como hombre sabio. De quien me hace por qué, Pues del libro del agravio Son dos hojas que rasgué. La sangre que derramar De una de ellas estoy viendo Con muestras de algún pesar, Aunque muerta, está muriendo Por volverse a su lugar. ¡Ay sangre! ¿por qué has querido Que el nombre de río te cuadre? Pues poco le has parecido; Que el río salió de madre, y tú de padre has salido. De tu padre, a su despecho, Saliste, después de dar Fin a los males que has hecho. Y vuelves, como río al mar De las penas, que es mi pecho. Muchas penas me has causado, Hija mía, y no te asombre Este nombre que te he dado; Que pues pagaste el pecado. Bien puedes cobrar tu nombre. Consuélate, si es posible. Antes yo curarme intento De una herida muy terrible. Que ha de causar sentimiento Un pecho que fue movible. Rompido me ha el corazón. Y a mí los ojos en llanto. De tu lástima me espanto. ¿Quién no llora con razón? Sí, Señor, pero no tanto. Una dama quiere entrar, Y un caballero con ella. Bien puedes dalles lugar. La dama es, Señor, tan bella, Que no hay más que desear. ¿Quién es Norandino aquí? Es uno que sabrá bien Dar buena cuenta de sí; Pero sepamos a quién Ha de responder. A mí. ¿Quién eres tú? Soy hechura Del duque muerto. Por cierto Que hechura de un hombre muerto Pide mucho. Hablar procura Con más orden y concierto, Y dime si eres aquel Que voy buscando. Yo soy. Pues yo buscándote voy Por lo que en aquel papel Dejaste escrito. Aquí estoy. ¿Qué quieres? Decirte quiero Que aquella venganza fiera no ha sido de caballero. Luego lo verás. Espera. En esta ocasión no espero. Aunque, Señor, no te enfrene El furor que te atropella, Peligro tu vida tiene. Pues para reñir conviene Tener muy buena querella. Y pues sé que ha de venir En tal peligro tu vida, Razón será que te pida Que te acuerdes de cumplir La palabra prometida. No mueras sin confesión Y me dejes sin ventura. Cuando no fuera razón Lo que pide tu hermosura, Me pone en obligación; Y ansí, te quiero entregar Fe y palabra de marido. Si tú te quieres casar, Yo no quiero pelear, Sino darme por vencido. No perderás la ocasión; Date norabuena. ¡Ay triste! ¿A ver esto me trajiste? ¿Aqueste es el galardón. Señora, que me ofreciste? Aunque me has alborotado, Repórtate, no te aflijas; Que yo te doy por honrado, Y de Ferrara el estado Quiero que en mi nombre rijas; Que, pues es de mi mujer, Claro está que será mío. De todo puedes hacer A tu gusto. No confío Menos de tu gran poder. Saber, Norandino, quiero Con quién os habéis casado. Pues tenemos concertado Que habéis de ser heredero Universal de mi estado. ¿No ves que la hermana es Del que nos puso en afrenta? Quiero pues, por mi interés, Abrazarla. Soy contenta, Como las manos me des. Tú, Fabricio, que mi honor Pudiste librar de afán, Quiero, por tanto valor. Hacerte gobernador De mi estado de Milán. De modo estoy satisfecho. Señor, que quedo obligado. Hijo, tan bien lo habéis hecho, Que el gozo habéis despertado Que estaba muerto en mi pecho. Pues con tal hija y tal hijo Tan discreta como hermosa, Tendrá mi alma dichosa Principio este regocijo, Y fin La Venganza honrosa.
